Martes, 10 Mayo 2016 07:15

Un domingo cualquiera

Escrito por Carla Guimarães
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Un domingo cualquiera

Días antes de que el Senado brasileño ratifique el proceso contra la presidenta Dilma Rousseff, la población vive polarizada entre el rechazo a la corrupción generalizada y el oportunismo de los partidos de la derecha.

A pesar del calor, Jean Wyllys salió de su casa con un pañuelo rojo en el cuello. Se había puesto un traje oscuro para ir al Congreso pero, sin el pañuelo, se sentiría desnudo. Al fin y al cabo, el rojo es el color de la izquierda. En el 'campamento por la democracia' el rojo reinaba incluso sobre los colores de la bandera nacional. Las más de 10 mil personas acampadas en Brasilia se preparaban para un momento decisivo en la historia brasileña. En Salvador de Bahía, el Movimiento de los Sin Tierra montó sus tiendas de campaña delante de uno de los puntos turísticos más famosos de la ciudad: el Faro de Barra. En Sao Paulo, centenas de personas vestidas de verde y amarillo empezaban a ocupar la Avenida Paulista. En Río, una enorme protesta tomó las calles de Copacabana. Estaba claro que aquel no sería un domingo cualquiera en Brasil. Aquel domingo 17 de abril, la Cámara de los Diputados votaba el impeachment de la presidente Dilma Rousseff.


Jean Wyllys es el primer diputado homosexual declarado en el Congreso más conservador de la historia de Brasil desde la dictadura militar. Su partido, el PSOL, hace oposición de izquierda al gobierno de Dilma. Sin embargo, él ya había anunciado que votaría “no” a la destitución de la presidente. Jean sabe que Dilma no está siendo juzgada por sus errores, sino por sus aciertos. Durante los 12 años de gobierno del partido de Dilma y del expresidente Lula, el PT, cerca de 40 millones personas salieron de la pobreza y la población históricamente excluida ganó espacio dentro de la sociedad. “Yo tenía todo para ser una excelente empleada de hogar”, dijo la estudiante de medicina Suzane da Silva en un acto en el Palacio del Planalto. Mujer, negra y suburbana, Suzane consiguió cambiar una historia que parecía ya estar escrita. La cineasta Anna Muylaert plasmó este cambio de la narrativa social brasileña en su película 'Una segunda madre'. La protagonista, Val, es una empleada de hogar cuya hija, Jessica, aprueba la selectividad. Val representa el Brasil de ayer y Jessica el de hoy. Val es sumisa y acepta las reglas clasistas de la sociedad. Jessica las cuestiona.
A pesar del gran giro que el PT dio a una historia de más de 500 años de desigualdad, el partido también cometió graves errores. El principal de ellos fue haberse dejado absorber por la política tradicional brasileña. Esto último lo dijo el expresidente Fernando Henrique Cardoso que, irónicamente, es parte de esa política tradicional. El partido de Lula y Dilma se alió con la vieja derecha para poder gobernar. Sin ir más lejos, el PT ganó las últimas elecciones en coalición con uno de los partidos más oportunistas del país, el PMDB. Hay una broma en Brasil que dice que el PMDB es como esa madre que va al supermercado y pone un hijo en la cola de cada cajero. Con esta estrategia, el partido ha conseguido estar siempre cerca del poder. El PT está pagando caro por el error apuntado por Fernando Henrique. El presidente del Congreso, Eduardo Cunha –destituido el pasado 5 de mayo del cargo por estar envuelto en casos de corrupción–, aceptó el proceso de impeachment en contra de Dilma y el vicepresidente del país, Michel Temer, ya filtró a los medios su discurso de investidura. Ambos son del PMBD. El partido que siempre ha estado cerca del poder finalmente ha encontrado la manera de tomarlo. Y, lo mejor, sin pasar por las urnas.


En el 'campamento por la democracia' había personas de diferentes movimientos sociales, como los sin tierra y los sin techo, además de sindicalistas y líderes de diversas tribus indígenas. Viajaron a Brasilia desde todo el país para protestar en contra del impeachment. Sao Paulo fue el escenario de la mayor manifestación a favor de la destitución de la presidente. A diferencia del rojo que predominaba en el campamento montado en Brasilia, en la Avenida Paulista reinaban los colores verde y amarillo de la bandera.
El gran argumento de los que piden la caída de Dilma es la lucha contra la corrupción. Los que piden su permanencia advierten que lo que está ocurriendo es un golpe de estado. Denuncian que los mayores medios de comunicación del país, que pertenecen a un pequeño grupo de familias, han creado una especie de dramaturgia del impeachment. La historia es muy sencilla: existe un gobierno corrupto, el pueblo pide su salida en las calles, el congreso derriba a la presidente y Brasil vuelve a ser el país del futuro. Esta versión, sin embargo, fue refutada por numerosas personalidades brasileñas y de otros países, entre ellos el periodista americano ganador del Pulitzer, Glenn Greenwald, que vive en Rio de Janeiro. Para Glenn, la corrupción no es patrimonio de un partido o de un gobierno. Domina las esferas más influyentes del país desde hace mucho tiempo. La investigación sobre la empresa pública de petróleo, Petrobras, destapó uno de los mayores casos de corrupción de Brasil y logró algo impensable: llevar al banquillo y a la cárcel a las élites políticas y económicas del país.


Irónicamente, el proceso de destitución de Dilma no es por corrupción. La presidenta está acusada de hacer maniobras fiscales irregulares para ajustar las cuentas de su gobierno en 2015. “La presidenta Dilma es una de las únicas figuras políticas importantes del país que no está involucrada o acusada en ningún caso de corrupción”, dijo Glenn en un análisis sobre la crisis en Brasil. “Todos a su alrededor, incluyendo los que quieren derrumbar su gobierno, están seriamente implicados”. Quizás uno de los casos más llamativos sea el del presidente del Congreso, Eduardo Cunha. El responsable de llevar adelante el proceso de impeachment está imputado en el caso de Petrobras y acusado de tener cuentas bancarias secretas en Suiza. El posible plan del Frank Underwood brasileño es que la catarsis generada por el impeachment haga creer a la población que el país se ha librado de la corrupción. Los medios dejarán de hablar de ello, la investigación de Petrobras será finalizada y los corruptos seguirán protegidos.


Según Transparencia Brasil, el 53% de los diputados de la cámara están actualmente imputados en algún tipo de proceso judicial. “Independiente del resultado de la votación, da asco, porque nuestro Congreso es un Congreso de reos” dijo el humorista Gregório Duvivier en una manifestación en contra del impeachment que contó con la presencia del compositor Chico Buarque y del filósofo Leonardo Boff. Horas antes de la votación, la población de las favelas de Río tomó Copacabana. El funk, que, como la samba, da voz a los excluidos, fue la banda sonora de esa protesta. Los sin tierra ocuparon otro barrio privilegiado, esta vez de Salvador de Bahía, la Barra. Por las calles residenciales de las élites brasileñas los funkeros y los sin tierra repitieron una y otra vez las consignas de las manifestaciones en contra del impeachment: “No va a haber golpe, va a haber lucha”.


Lo que nadie se esperaba fue lo que ocurrió poco después en el Congreso. Y no me refiero a la aprobación del proceso en contra de Dilma. La votación fue un circo de los horrores que reveló la verdadera cara de los diputados brasileños. Según la BBC, la palabra “vergüenza” fue una de las más utilizadas en las redes sociales para describir aquel momento. Los diputados que votaron a favor del impeachment daban como razón sus padres, madres, mujeres, hijos, nietos e incluso Dios. Casi ninguno citó las supuestas maniobras fiscales, el motivo por lo cual la presidente estaba siendo juzgada. La guinda de este esperpéntico pastel la puso el diputado Jair Bolsonaro, que dedicó su voto a favor del impeachment al hombre que torturó a Dilma durante la dictadura. Poco después de Bolsonaro, Jean Wyllys, ataviado con el pañuelo rojo, emitió su voto: “Estoy asqueado por participar de esta farsa, de esa elección indirecta conducida por un ladrón, urdida por un traidor, conspirador, y apoyada por torturadores, cobardes, analfabetos políticos y vendidos. Por los derechos de la población LGBT, del pueblo negro exterminado en los suburbios, por los trabajadores de la cultura, por los sin tierra y los sin techo, yo voto no al golpe. Y duerman con esa, canallas”. Instantes después de votar, Bolsonaro le gritó un insulto homofóbico y Jean le respondió escupiéndole en la cara. Ni el mejor autor de telenovelas brasileñas hubiese imaginado ese final.


Acompañé la votación desde mi casa en Madrid. Horas antes había llamado a mi familia en Brasil. Evitamos hablar de política para preservar nuestra relación, porque somos un fiel retrato de la polarización del país. Mi madre está a favor del impeachment, yo estoy en contra y mi hermana está en medio: quiere la salida de Dilma, pero piensa que el impeachment es un golpe. Sin tener mucho de qué hablar, terminamos intercambiando recetas de strogonoff, un plato ruso muy típico en Brasil. Hicimos como si aquel domingo fuera un domingo más y obviamos la trágica situación que vive nuestro país. Ese día las tres hicimos strogonoff, aunque mi madre lo hizo de carne, yo de gambas y mi hermana de pollo. Pero como aquel no era un domingo cualquiera, terminé el día con una terrible indigestión.

Información adicional

  • Autor:Carla Guimarães
  • País:Brasil
  • Región:Sudamérica
  • Fuente:Diagonal
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