Jueves, 01 Noviembre 2018 06:21

Brasil confirma la instauración de un nuevo ciclo de gobiernos de derecha en el continente

Escrito por Ociel Alí López
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Brasil confirma la instauración de un nuevo ciclo de gobiernos de derecha en el continente

La derecha está diciendo lo que piensa y le está yendo bien, está teniendo más pegada que con los discursos moderados. Se vuelve tan extrema que se hace espectacular.

Con el triunfo de Bolsonaro ya son todas las experiencias progresistas que se se han visto sacudidas, castigadas por el voto popular. La derrota de Evo en 2016, cuando se jugaba su reelección fue sorprendente. Y el avance del macrismo en las legislativas de 2017 quizá más sorprendente aún, después del ajuste económico que desarrolla en caliente. La última experiencia electoral de Ecuador a principios de 2018 y las legislativas en Venezuela en 2015, en todas pareciera concretarse una tendencia general hacia la derechización del continente, no solo como una situación producida por algunos malestares sino por un “recambio” de epoca.

Volver al poder en Brasil, además de Argentina, no parece ser una situación automática de desgaste de la izquierda ya que la derecha no solo ha ganado sino que se está perpetuando, con táctica y legalismo, pero también en los imaginarios. La derecha está diciendo lo que piensa y le está yendo bien, está teniendo más pegada que con los discursos moderados. Se vuelve tan extrema que se hace espectacular. Digamos que la derecha se popularizó porque supo leer el momento de los sectores populares en todo el continente y no solo por errores de la izquierda, aunque estos fueron la puerta de entrada al debilitamiento de los liderazgos y la incapacidad de producir sustitutos populares.
Si el lulismo está alarmado, para los brasileños es un volver al Orden y Progreso, un saludo a su bandera.

Sin embargo, la izquierda y los movimientos políticos progres que realizaron la toma del poder político en la primera década del XXI en toda América Latina ha mantenido una fuerza política que le permitirá ser oposición firme. Eso se ha demostrado en los mismos comicios, una gran fuerza social y política que, aunque este descendiendo su nivel de influencia, tiene un enraizamiento que puede cambiar nuevamente la correlación de fuerzas en lo que se debilite a su contendiente por las consecuencias de la liberalización de la economía.

El 44% de Haddad terminó siendo no tan bajo como se esperaba. Los movimientos políticos como el chavismo, el peronismo, partidos como el PT, intentarán mantener sus fuerzas, y en paralelo ir reinventando su política para que en vez de que tienda a “minorizarse”, dividirse y nuclearse en torno a una figura, pueda rediseñar una agenda pública que abra su relación con la gente y que mantenga los lazos con un porcentaje muy importante y decisiorio de los que se han ido a la derecha los últimos años, los desencantados que están generando “mayorías abstencionistas” y sus propias filas que pueden tender a escindirse como ocurre al Peronismo.


Falta ver si se mantiene el escenario electoral como espacio privilegiado para la aplicación del poder o si veremos emerger otros escenarios como el militar. En Nicaragua, Venezuela, Argentina o Brasil el riesgo es alto para la democracia, incluso la más formal, la del voto. Para saber desenlaces aun faltan varios años, menos en Argentina donde las presidenciales son en 2019.

La derecha latinoamericana, ahora liderada por Bolsonaro y su propuesta abiertamente derechista, no solo es una acentuación de la situación de crisis en la izquierda, es la reesperanza de los populares por la política, ahora desde la derecha. Cómo mínimo tiene el balón y hay que ver cómo juega la izquierda en el terreno defensivo de oposición, para lo cual luce un poco obesa en este momento, muy poco preparado para ir a las calles nuevamente a reconquistar territorio.

Si Macri está creando el modelo de transición hacia un orden liberal no tan atropellado como el que se ensayó en los 90, Bolsonaro va a acelerar ese tránsito porque son dueños del discurso que permite el mantenimiento de apoyo de las masas electorales. La izquierda sigue usando el discurso restauracionista que por ahora las mayorías no quieren recordar.
Pero no solo discursos, el voto popular se está moviendo hacia nuevas demandas que van entrando en la periferia de la “gramática derechista” mientras salen de la “órbita progre”. Los primeros le sacan brillo a las nuevas condiciones mientras que los segundos le rehúyen. La izquierda se queda sin pelear esos votos y tiene un error de origen a la hora de captar a las nuevas generaciones que no tiene vinculación directa con las experiencias neoliberales de los 90 ni dictatoriales de los 70. Hasta ideas básicas como la de igualdad pasaron de fatigar a irritar al electorado popular. En todo caso lo que demuestran los resultados electorales del continente es que los sectores populares no eran de izquierda, sino que se situaban allí en una coyuntura, y la hegemonía de Gramsci les pasó muy lejos.

El voto va del igualitarismo hacia la seguridad, porque hay nuevas sensibilidades al respecto en los sectores populares; se traslada desde la exigencia de políticas sociales redistributivas hacia el “orden” en la economía, porque hay un sector importante en ascenso que va prefiriendo la autosostenibilidad que la relación clientelar con el Estado.
También impactan las dudas que genera en las nuevas generaciones un liderazgo con mucho tiempo en el poder y que a su vez pide la reelección. El gran éxito de la derecha es que está sacando del poder a la izquierda por medio de voto y aunque utilice maniobras jurídicas, lo hace en el contexto de asumirse mayoría y aprovecharse de un descrédito en el uso del poder de la izquierda. Hasta allí no hay invento mediático. La satanización de las redes sociales proviene de la intelectualidad analógica de la izquierda que se volvió senil y no quiere aceptar el cambio social que ella misma diseño, aunque no con los resultados esperados.

La izquierda-en-el-poder no supo leer este cambio en las demandas populares. Con su táctica de la negación de las dificultades y errores se impidió ella misma procesar y dar respuesta a nuevas exigencias que han surgido, entre otras, por el debilitamiento del modelo redistributivo que implementaron exitosamente los Gobiernos populares. Si la idea de crisis fue el eje discursivo de la izquierda en la resistencia, ahora es una categoría “superada”.


Mención aparte requiere la demanda en contra de los medios de comunicación que se escucha en todos los políticos de izquierda. Después de muchos triunfos electorales, ningún dirigente explica por qué los medios tienen la potencia de aniquilamiento que no tuvieron en los años de auge de los movimientos populares. En todo caso, después de varios años en el poder, más que denuncias contra los medios se deja colar una impotencia radical y pareciera que terminal, para entender la sociedad red de Castells, o para ser más humildes, para montar un canal que la gente quiera ver.


Si la izquierda latinoamericana le perdió el respeto a los medios y los develó insuficientes, no ha podido hacer lo mismo con las redes sociales porque repitieron el modelo de la mediática tradicional y mucho menos entendieron la generación millenial que ingresaba a ser parte importante del electorado y a quienes se le repitieron las fórmulas tradicionales de la política en momentos en que la dirigencia era cuestionada, con y sin razón, de corrupta y recién acomodada o como mínimo de un proletario que acepta “coimas” [sobornos].

Son diez millones de electores los que sacó Bolsonaro al PT. Especialmente de algunas capas, pero en líneas generales, millones de votantes que acompañaron durante la última década a Lula, hoy lo hacen por una derecha radicalizada. Y ahora lo hacen sin complejos ni culpas, por las derechas de todo el continente, ahora sin excepción.

La cuestión no es solo en América latina. En el reciente libro Regreso a Reims, el francés Didier Eribón relata cómo, en su tierra natal, obrera y comunista, ahora la gente apoya al ultraderechista Frente Nacional: “El [auge] del Frente Nacional se puede interpretar, al menos en parte, como el último recurso con el que contaban los medios populares para defender su identidad colectiva y, en todo caso, una identidad que sentían igual de pisoteada que siempre, pero ahora también por quienes los habían defendido y representado en el pasado”.”
Las respuestas de Evo en 2016 y Correa en 2018 a sus respectivas derrotas —relacionadas con la reelección — aún reproducen un discurso impotente contra el poder mediático, todo decorado de un discurso oficial “restauracionista” que luce conservador ante la iniciativa simbólica de la derecha, porque no puede recapturar nuevas demandas, expectativas y sensibilidades de los sectores populares .


Alejandro Grimsom lo explica muy bien refiriéndose a Argentina, pero es extendible para América latina: “El problema aquí surgió cuando la narrativa sobre los logros se distanció crecientemente de las percepciones sociales. Cuantos más problemas se generaban en la realidad económica, más se concentró el gobierno en narrar lo logrado en esta década”. Y con más puntería aun: “Cuando la derecha se apropió de los términos ‘cambio’ y ‘futuro’, eso ya implicaba una derrota cultural. Ya ha sucedido lo mismo en otros momentos de la historia, como cuando se inició la revolución neoconservadora. Los proyectos populares o de izquierda se colocan a la defensiva”.


Pero la cantidad de votos y la experiencia acumulada puede hacer retomar el poder a la izquierda latinoamericana, siempre y cuando se mantengan las elecciones como mecanismo de discernimiento del debate político. La judicialización de la política, en ambos bandos parecen abrir otro rumbo de consecuencias impredecibles donde gobierna el que tiene poder en las fuerzas armadas y los tribunales.

La cuestión de la izquierda después de la crisis actual es sobre el uso del poder político. Es factible abrir una nueva agenda de cambios que reentusiasmen a diversos sectores sociales o solo “para que no gobierne la derecha”, lo que execra a la izquierda a una muy disminuida zona de confort.

Un filósofo y político radical venezolano llamado Alfredo Maneiro hablaba, en los 80, en plena derrota de la izquierda, del “agua mansa” en relación a detectar las partículas que se encuentran cuando el agua parece tranquila, pero es la misma agua de la nueva ola que vendrá y producirá significación al renacimiento simbólico que se da en la quietud. Ese es el trabajo de los movimientos progres que llegaron al poder y hoy se encuentran en una encrucijada.

Por Ociel Alí López
Sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela

publicado
2018-10-29 11:27:00

 

 

Información adicional

  • Autor:Ociel Alí López
  • Fuente:El Salto
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