Domingo, 04 Noviembre 2018 05:44

Un país sin rumbo

Escrito por Raúl Zibechi
Valora este artículo
(0 votos)
Un país sin rumbo

Las elecciones en Brasil revelaron la profunda fractura social en uno de los países más desiguales del mundo. Se podría interpretar como una reacción de las capas medias y altas frente a su relativa pérdida de privilegios. El juez Sergio Moro será ministro de Justicia, lo que confirmaría una connivencia entre la extrema derecha y la judicatura. El Mst enfrentará más ataques, cree João Paulo Rodrigues, uno de sus dirigentes. Será un desafío gobernar para el autoritario e intransigente presidente electo, ya que tendrá que pactar con otros sectores. Sus anuncios en materia económica y de política internacional ya presentan contradicciones y tendrán repercusiones en toda la región.

Los resultados dejan poco espacio para las dudas. El triunfo de Jair Bolsonaro fue amplio y contundente, por más de diez puntos y diez millones de votos. Ganó en todo el país menos en el nordeste. Obtuvo una victoria avasalladora en el sur y el sureste, con un 75 por ciento en el estado de Santa Catarina, donde la mitad de la población la constituyen descendientes de alemanes y austríacos.


Tuvo un apoyo mayoritario entre los varones de todas las edades, con un respaldo de 20 puntos porcentuales más que entre las mujeres, cuyas preferencias fueron parejas para ambos candidatos. La derecha ultra se hizo más fuerte en las ciudades ricas y blancas, y la izquierda fue imbatible en las zonas negras y pobres. En suma, un voto de clase y de color de piel, dos condiciones que en Brasil siempre estuvieron estrechamente anudadas.


En Blumenau (Santa Catarina), con 300 mil habitantes, Bolsonaro obtuvo el 84 por ciento de los votos. Ahí el 90 por ciento de la población es blanca y sólo el 13 por ciento son pobres. Un extremo opuesto puede ser Monte Santo (estado de Bahía), pegado al mítico Canudos, con 52 mil habitantes: Haddad obtuvo el 91 por ciento de los votos, pero sólo el 37 por cientoson blancos y el 78 son pobres.


Brasil está en una situación muy difícil. Una sociedad tan desigual –compite por ser la más desigual del mundo–, con una fractura social y cultural enorme, no puede encarar ningún proyecto de futuro. La historia dice que sólo las sociedades mínimamente integradas pueden despegar algún proyecto de país viable. El gran problema es que las dos fuerzas que podían representarlo, la socialdemocracia de Fernando Henrique Cardoso y el PT de Lula, ambas tienen problemas casi irresolubles. El primer partido fue vapuleado en las urnas y casi desapareció del mapa político (véase nota de Esther Solano). El segundo es odiado por algo más de la mitad de la población.


Ante este panorama de crisis no sólo económica, sino de sentido histórico como nación (algo similar a la crisis de civilización que atravesamos), los debates sensatos son sustituidos por la gritería y el fanatismo, que son los que dan seguridad en medio de las catástrofes. Cuando el Titanic se hunde, sólo caben dos acciones: o seguir escuchando la orquesta como si no pasara nada, o dejarse guiar por el mandón de turno aunque te lleve a ninguna parte. Son dos caras de una misma actitud, que consiste en no afrontar la realidad.


CANSADOS DE LOS POLÍTICOS.


Carlos Moisés da Silva, 51 años, ingresó al cuerpo de bomberos en 1990 cuando finalizó el curso de Formación de Oficiales de la Academia de la Policía Militar en Santa Catarina. Además de sus funciones como bombero militar, actuó como coordinador regional de Defensa Civil. Antes se había graduado como abogado en la Universidad del Sur, donde fue también profesor de derecho administrativo y fungió como abogado y coronel del Cuerpo Militar de Bomberos.


En marzo de 2018, hace poco más de medio año, se afilió al Partido Social Liberal, liderado por Bolsonaro, se presentó como candidato a gobernador por su estado bajo el mote de “Comandante Moisés”, y obtuvo en la segunda vuelta nada menos que el 71 por ciento de los votos.


Considera que su victoria fue una sorpresa, incluso para él mismo. En las mediciones de fines de agosto tenía apenas el 1 por ciento de las intenciones de voto. “Hicimos una campaña simple, sin dinero del partido, con sólo siete segundos de tevé en el primer turno, cuando ningún instituto de opinión pública previó que iríamos al balotaje. Soy el gobernador más votado en la historia porque represento la renovación” (O Estado de São Paulo, 28-X-18). Sus partidarios festejaron en Florianópolis y Blumenau.


Explicar cómo desconocidos se alzaron con las votaciones más altas es un desafío que los partidos tradicionales, de derecha e izquierda, parecen no querer asumir. El masivo apoyo al PT, con el 60 por ciento de los votos a Lula en 2002 y 2006, fue la última apuesta de una población cansada de una clase política a la que desde hace mucho tiempo identifica con la corrupción.


Luego de diez años de gobierno del PT, esa población entendió que practicaba exactamente la misma cultura política que los demás, y se lanzó a la calle en junio de 2013. Fueron 20 millones de personas en 353 ciudades. Pero los políticos, incluyendo los petistas, no quisieron escuchar y fueron incapaces de reaccionar.


“Queremos el retorno de esta Dilma”, se podía leer por esos momentos en una de las pancartas que sostenía una joven, en la que se podía ver a la entonces presidenta cuando estaba en prisión bajo la dictadura, que sobrellevó con entera dignidad. Esos fueron los años de gigantescos gastos en los estadios del Mundial 2014, mientras la población sufría con servicios de transporte, educación y salud cada vez peores.


RETÓRICA VERSUS ECONOMÍA.


La política internacional de Bolsonaro se puede sintetizar en el fin de la integración, el acercamiento a Estados Unidos, el aumento de las tensiones geopolíticas con China, Rusia y Venezuela y, finalmente, una política a la vez privatizadora y opuesta a los intereses de las mayorías sociales.


Tanto la Unasur como el Mercosur están tocados. El futuro ministro de Economía, Paulo Guedes, anunció que la alianza entre los cuatro países del Cono Sur “no es la prioridad”. La apuesta parece ser a las relaciones bilaterales, en el mismo sentido del gobierno de Estados Unidos, al que pretende acercarse.


El presidente electo anunció que sus referencias internacionales son Israel, Italia y el país de Trump, y que sus principales adversarios serían Venezuela y China. Sobre el dragón, Bolsonaro no se privó de hacer declaraciones contrarias (“China no compra en Brasil, compra Brasil”, dijo en plena campaña) y realizó una provocadora visita a Taiwán en febrero, algo que molesta sobremanera en Pekín.


En algún momento de la campaña declaró que China es un “predador que quiere dominar sectores cruciales de la economía” de Brasil, al parecer molesto por la compra de una mina de niobio por parte de China Molybdenum, ya que se trata de un metal estratégico que los nacionalistas brasileños no quieren enajenar (Reuters, 25-X-18).
Aunque China es un importante inversor en Brasil que se está haciendo con sectores clave de su economía, Bolsonaro no podrá prescindir de mantener buenas relaciones. En efecto, entre 2003 y 2017 el dragón anunció inversiones por 123.000 millones de dólares, en su inmensa mayoría en las áreas de energía y minería, incluyendo petróleo y minerales estratégicos (El País, 22-I-18).


Días atrás la Corporación de Inversiones de China (Spic) hizo una oferta formal para el control de Madeira Energía, propietaria de la represa San Antonio, una de las mayores del país, con una inversión total de 1.000 millones de dólares y asumiendo una deuda de más de 4.000 millones (Valor, 29-X-18). Brasil está barato y se espera una carrera de ofertas, en las que los chinos pueden llevar la delantera.


Hay, empero, una razón adicional para inducir a Bolsonaro a evitar la confrontación con China y a no alinearse con la guerra comercial de Trump. Brasil tiene una enorme dependencia de las importaciones de la potencia oriental. Los dos principales rubros de exportación a China son mineral de hierro y soja. El primero representa el 61 por ciento de las exportaciones totales de hierro y la soja que se dirige a China representa el 80 por ciento del rubro, ya que la guerra comercial desvió buena parte de las importaciones asiáticas de Estados Unidos al mercado brasileño.


Por más ultraderechista y nacionalista que pretenda ser el gobierno que se instalará el 1 de enero, las realidades globales ponen límites precisos a las veleidades y las opciones ideológicas. Algo similar puede decirse de la política nacional, en la que Bolsonaro tendría el campo más despejado, ya que cuenta con mayorías parlamentarias y una opinión pública favorable. En este terreno el juego de partidos y las inercias institucionales le jugarán también en contra (véase nota de Esther Solano).


Brasil tiene un déficit fiscal del 8 por ciento del Pbi, más del doble de Uruguay y tres veces el promedio de la región, lo que obliga a tomar medidas de austeridad y de reforma del sistema previsional, que es una de las principales causas del déficit. Se encararán privatizaciones, pero el sector militar que lo apoya se opone a que incluyan áreas estratégicas como Petrobras.


Bolsonaro y el MERCOSUR


Empresarios preocupados


La Confederación Nacional de la Industria (Cni) brasileña emitió un comunicado muy duro, advirtiendo a Bolsonaro que no diera pasos en falso. “Si el gobierno brasileño no da prioridad al Mercosur, o aun peor, si reduce la tarifa externa común de forma unilateral, el único ganador será China, que ya viene ocupando el mercado brasileño en toda América Latina. Las pequeñas y medianas empresas, que son las que más exportan para esos países, serán las más afectadas” (O Estado de São Paulo, 30-X-18).


El comunicado le recuerda al nuevo presidente, al que apoyó con fervor durante la campaña, que la Constitución establece los principios para la actuación del país en las relaciones internacionales, y que entre ellas figura en lugar destacado la integración económica de los países de América Latina.


En esa dirección, la Cni defiende fortalecer el Mercosur, porque “el bloque es un complemento del mercado doméstico brasileño y el destino de exportaciones en el cual la industria tiene mayor participación”. En opinión de los empresarios, es hacia esos países donde se dirigen las exportaciones con alto valor agregado y donde trabajan diversas multinacionales brasileñas.

Información adicional

  • Autor:Raúl Zibechi
  • País:Brasil
  • Región:Suramérica
  • Fuente:Brecha
Visto 78 veces

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.