Martes, 11 Diciembre 2018 08:21

Cerca de diez mil hondureños atraviesan México para hallar una cuestionable recepción en los EEUU

Escrito por Jorge Pech Casanova, Guadalupe Santiago Lorenzo y Adrián Acevedo Galante*
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Para llegar al destino, uno de los objetivos principales de los caminantes es conseguir un aventón o “jale”. Este grupo de personas  que cruza por Santo Domingo Zanatepec, Oaxaca, lo ha conseguido y se dedican a disfrutar del paisaje. Algunos de ellos se percatan de la fotografía tomada desde el vehículo que pasa junto al camión Para llegar al destino, uno de los objetivos principales de los caminantes es conseguir un aventón o “jale”. Este grupo de personas que cruza por Santo Domingo Zanatepec, Oaxaca, lo ha conseguido y se dedican a disfrutar del paisaje. Algunos de ellos se percatan de la fotografía tomada desde el vehículo que pasa junto al camión

Oaxaca de Juárez, México, 15 de noviembre de 2018. Entre el 19 de octubre y el 14 de noviembre, cuatro caravanas de migrantes centroamericanos procedentes de Honduras, Guatemala y El Salvador –cerca de diez mil almas en total– han cruzado la frontera de Guatemala para internarse en territorio mexicano, huyendo de la violencia y la pobreza extrema que predominan en sus países natales, en busca de paz, trabajo y una vida digna, de preferencia en suelo estadounidense.

 

Ante la crisis humanitaria desatada por este éxodo, el gobierno de Donald Trump ha respondido a principios de noviembre de este año mediante el primer despliegue militar masivo en la frontera de Estados Unidos con México desde que hace un siglo, en 1916, el presidente Woodrow Wilson lanzó una expedición militar contra su vecino del sur para capturar al guerrillero Francisco Villa, quien junto con sus tropas había asaltado, en marzo de ese año, el pueblo de Columbus, Texas.

El gobierno mexicano, por su lado (en declive desde la derrota del oficialista Partido Revolucionario Institucional a manos del presidente electo Andrés Manuel López Obrador), ha dedicado sus últimos días a demorar y obstaculizar el avance de la caravana por suelo mexicano, siguiendo la política del aún presidente Enrique Peña Nieto para complacer en todo y sin medida al agresivo habitante de la Casa Blanca.

 

Los migrantes tenían pocas horas de haber llegado a Arriaga, Chiapas, y estaban instalándose para pasar la noche. Algunos se dispersaron en las vías (Foto: Guadalupe Santiago Lorenzo).

 

 

Los migrantes, por su parte, han atravesado los estados mexicanos de Chiapas, Oaxaca, Veracruz, Puebla y la Ciudad de México hasta alcanzar los de Querétaro y Guanajuato, última parte del país que aún puede considerarse una zona pacífica. A partir de Jalisco y Durango, los migrantes ingresan a un territorio donde la ley es un tenue recuerdo, casi una leyenda, pues en la mayoría de las entidades que colindan con la frontera estadounidense predominan como poder fáctico los cárteles del narcotráfico, como el boyante Jalisco Nueva Generación, y el aún poderoso cártel de Sinaloa, pese a que su líder, Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, está siendo juzgado por un tribunal estadounidense.

Ante este panorama, los migrantes de las cuatro caravanas no se amedrentan. Sin atender a las muchas noticias alarmantes que circulan en México sobre el crimen organizado, avanzan con determinación hacia la frontera, confiados en que podrán llegar ¡a Nueva York! En su desbordada marcha, hay más de mil niños pequeños a quienes acompañan sus madres, muchas de ellas embarazadas. Casi la mitad de esta caravana son jóvenes con edades que oscilan entre los 18 y 28 años. El resto son hombres, la mayoría solos, y otros más, padres de familia.

 

Lo que hace un recibo de electricidad

 

Es lo que le cuenta la señora Dulcina Concepción a Guadalupe Santiago Lorenzo, fotógrafa de la Dirección de Comunicación Social de la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca, organismo público que acompañó a la primera caravana migrante desde que el contingente salió de la población de Arriaga, en el sureño estado de Chiapas, el 26 de octubre, hasta que alcanzó el 5 de noviembre el albergue instalado por las autoridades de la Ciudad de México en el estadio “Jesús Martínez Palillo” en la Ciudad Deportiva de la Magdalena Mixhuca, casi a las afueras de la metrópoli mexicana. A la fotorreportera oaxaqueña, la señora Dulcina Concepción le explica que abandonó su tierra natal debido a los cobros excesivos por energía eléctrica que prácticamente condenan a los hondureños a vivir sin este servicio. Al tener noticia de la caravana, la madre de cinco hijos no pensó inicialmente en sumarse al éxodo, pero al sopesar el recibo que le impone una deuda impagable por la energía eléctrica, la modesta exempleada decidió jugarse la suerte en México.

 

La fotorreportera se lleva de su recorrido de siete días –desde Arriaga hasta Juchitán, antes de contraer una enfermedad respiratoria derivada del agotamiento– historias como la de Denís, joven hondureño de 23 años de edad. Al ver la condición de la fotógrafa, Denís quiso animarla y le pidió mantenerse en contacto por Facebook. Siete días después, convaleciendo en su domicilio de la ciudad de Oaxaca, la colaboradora de la Defensoría oaxaqueña se sorprende al hallar en Facebook un mensaje en que Denís le informa que ha decidido quedarse en la Ciudad de México, donde halló empleo como boxeador. En su mensaje, el joven hondureño presenta una foto en la que –provisto de guantes de boxeo rojos– practica con un sparring, y otra en que aparece reunido con el grupo de reclutadores que lo descubrió en el albergue del estadio “Jesús Martínez”.

 

“La Biblia se está cumpliendo”

 

En la comunidad de Santiago Niltepec el viento sigue levantando el polvo de los escombros arrumbados por los terremotos del año pasado. En la iglesia sigue faltando la campana, y el palacio municipal presume una fisura que lo recorre de punta a punta, como un cascarón roto. Allí, después de tres días de marcha por territorio oaxaqueño, Adrián Acevedo Galante, fotógrafo de la Defensoría de los Derechos Humanos, halla a Salvador, quien persigue una vez más el “sueño americano”. Es fácil reconocer al dos veces emigrado, pues se mantiene aparte del grupo, en las calles menos concurridas. Busca donde echarse, distante al caos y ajeno al asistencialismo oficial. Bajo un almendro, protegiéndose de la resolana, Salvador pide un encendedor antes de contarle al fotorreportero que la primera vez que intentó cruzar México lo hizo con su esposa y su bebé. Al llegar a Veracruz los tres fueron víctimas de un asalto y prefirieron entregarse al Instituto Nacional de Migración para que los repatriasen. Ahora Salvador dejó a su familia en Honduras con la promesa de conseguir lo necesario para reunirse en un mejor lugar. Cuando el migrante rememora la situación hondureña, parece hablar de México: falta de empleo y sueldos miserables, impuestos por las nubes y políticos corruptos, guerra de cárteles y muertes colaterales, persecución a activistas y asesinato de periodistas, pandillerismo y marginación. La descripción calza con precisión a la actualidad, no sólo de México, sino de casi toda Latinoamérica. Pero de pronto el emigrado pregunta al fotógrafo: “¿Tú crees en Dios? Si crees que evolucionamos del chango, dímelo de una vez para que te consiga un plátano”. Salvador le explica a su incrédulo interlocutor que la fe es lo único que no puede abandonarse en el camino. Afirma que la existencia de Dios es evidente, pues en la Biblia constan sucesos a manera de predicción que tarde o temprano ocurren, incluido el éxodo. “Ése lo están cumpliendo los hondureños”, asienta Salvador con la convicción de quien ha caminado mil kilómetros en pos de un sueño.

 

Albergues y mala vida

 

Arturo Gopar, un joven abogado que trabaja en la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca, pernocta en Matías Romero (última población oaxaqueña importante antes del límite con el estado de Veracruz), cerca de los migrantes que han sido albergados (si es posible usar ese término) en una cancha de fútbol hundida en medio de la selva. Hacia las diez de la noche se desata una tormenta que inunda el “refugio” y obliga a desalojar cuanto antes a los miles de emigrados que iban a pasar la noche en descampado. A medio kilómetro de ahí, un par de hoteles abandonados desde hace años permite a Arturo y otros trabajadores de la Defensoría improvisar un refugio para más o menos mil personas que tiemblan de frío y rabia. Desde la mañana, cuando les dijeron que su albergue sería ese llano cubierto de hierba, manifestaron que ni a los animales se les trata así. Eso dispuso, sin embargo, la autoridad de Matías Romero, población donde no se encuentra un solo café pero abundan las cantinas, y cuya legendaria estación ferroviaria construida en el siglo XIX permanece cerrada por los daños que le causaron los terremotos del año pasado.

 

Minutos antes de ser tomada esta fotografía, los migrantes que van arriba de la camioneta iban caminando, al pasar el vehículo subieron corriendo y se acomodaron en todos los rincones que pudieron (Carretera Tapanatepec- Niltepec, Oaxaca) (Foto: Guadalupe Santiago Lorenzo).

 

Los migrantes tenían pocas horas de haber llegado a Arriaga, Chiapas, y estaban instalándose para pasar la noche. Algunos se dispersaron en las vías (Foto: Guadalupe Santiago Lorenzo).

 

En el camino

Édgar Rodríguez Díaz conduce uno de los diez vehículos –entre automóviles y camionetas– que la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca ha enviado en la misión de acompañamiento a la caravana. La madrugada del 2 de noviembre se vio en riesgo de ser arrasado por migrantes que confundieron con salvoconductos las cédulas con información sobre derechos migratorios, las cuales Édgar intentó repartir entre la agitada muchedumbre en marcha hacia los límites de Oaxaca con Veracruz. Al mediodía de ese mismo Día de Muertos, en un campo a las afueras de Matías Romero, Édgar ha logrado repartir con la ayuda de sus compañeros de la Defensoría las seis mil cédulas que ilustran derechos migratorios.

Dos días después, el conductor está en Sayula de Alemán, Veracruz, mojándose desde las cuatro de la madrugada junto con los miles de migrantes que en vano esperan que el gobernador veracruzano Miguel Ángel Yunes cumpla su promesa: 150 autobuses que transportarían a la caravana hasta la Ciudad de México. A las seis de la mañana, con la certeza de que el mandatario mintió, los migrantes deciden marchar por la carretera libre hacia Puebla y piden al ombudsman Arturo Peimbert que la Defensoría oaxaqueña los acompañe. Es un trayecto de más de 400 kilómetros plagado de peligros: ahí han desaparecido decenas y quizá cientos de jóvenes veracruzanos “levantados” por criminales. Los huesos de esos desaparecidos llenan grandes fosas clandestinas regadas por esa ruta de la muerte.

 

La zona conocida como La Ventosa debe su nombre a las poderosas corrientes de viento que se forman en el Pacífico. Debido a las constantes volcaduras de los transportes de carga, la Policía Federal realizó un operativo para bajar a los migrantes de los vehículos. Al ser un importante paso carretero, caminar en el acotamiento de La Ventosa implica también un gran riesgo (Foto: Adrián Acevedo Galante).

 

 

Édgar Díaz, en el automóvil para cinco pasajeros, sopesa los riesgos del trayecto y decide transportar a las personas que pueda en esa larga marcha que pasa por Ciudad Isla y Tierra Blanca, comunidades donde las ejecuciones con decapitación son el pan de cada día. Así, en la gasolinera a la salida de Ciudad Isla acomoda en su vehículo a tres mujeres con sus hijos pequeños, que en total hacen seis pasajeros. En el camino, conductor y migrantes, junto con el reportero que va en el asiento del copiloto, intercambian datos. Las mujeres huyen de la violencia o de la miseria en Honduras. Una de ellas teme que su marido la abandone a ella y sus cuatro hijos en el camino para irse solo a los Estados Unidos. El conductor del automóvil le responde que no hay que ir solos por esa carretera, donde quien desaparece no vuelve a ser visto jamás. Eso dispara el recuerdo en Analí, una de las intempestivas pasajeras: “Es cierto. Nosotras vimos ayer cuando dos tipos se pararon en una camioneta frente a dos muchachas con sus tres niños, las encañonaron con pistolas y se las llevaron. Después, todos los que estábamos en la calle corrimos a escondernos”.

 

En Ciudad Isla, Veracruz, los migrantes pasaron la noche en el Salón Social habilitado como albergue. Testigos entrevistados indican que al abandonar ese refugio, a la madrugada siguiente, un grupo de ellos sufrió un intento de secuestro por parte de los conductores de dos tráilers que fueron detenidos por el ombudsman Arturo Peimbert. Sin embargo, al permitir la policía local que los vehículos siguieran camino, en Tierra Blanca, Veracruz, lograron llevarse con rumbo desconocido a un grupo de mujeres y niños que no han sido hallados. (Foto: Jorge Pech Casanova).

 

Secuestrados y vendidos

El testimonio de la pasajera de Édgar Díaz será grabado días más tarde por el Defensor Arturo Peimbert Calvo en el albergue de la Ciudad de México, y se suma a historias menos risueñas que la del devoto Salvador o la del flamante boxeador hondureño. Un suceso más siniestro aún que el de las dos muchachas secuestradas con sus hijos, lo desentrañó el Defensor Peimbert al recibir en Ciudad Isla, Veracruz, la denuncia de un grupo de migrantes que le pidió impedir la salida de un par de tráilers cargados de personas de la caravana. Al ombudsman oaxaqueño, los refugiados le informaron que los conductores de los vehículos habían cobrado 150 pesos a cada emigrado con la promesa de conducirlos a la distante ciudad de Puebla. Pero los caminantes vieron con alarma que, al llenarse de gente las cajas de los automotores, los encargados del transporte cerraron las puertas con candados. El Defensor Peimbert Calvo acudió enseguida, fotografió las unidades con sus choferes y logró sacar de los tráilers a los encerrados; además, pidió la intervención de la policía y exhortó a los viajeros a evitar los dos sospechosos contenedores. Los policías que revisaron los tráilers permitieron a los conductores seguir camino por “no haber hallado nada anormal”. Por ello, otros migrantes que presenciaron el suceso desoyeron el consejo del ombudsman y se embarcaron en esos transportes.

En la ciudad de Puebla, distante más de 300 kilómetros de Ciudad Isla, el Defensor Peimbert volvió a recibir una denuncia de que cerca de un centenar de migrantes que subieron a esos tráilers fueron entregados frente a una base de la policía y ya no aparecían en los albergues.

Sin posibilidades de investigar personalmente estos informes, Arturo Peimbert acudió a la Fiscalía del estado de Puebla para denunciar la posible desaparición de un centenar de migrantes. Esa autoridad recibió la denuncia el 4 de noviembre y prometió investigar, pero se limitó a emitir dos días más tarde un breve comunicado en que afirmaba no haber hallado pruebas de la masiva desaparición. Para entonces, el ombudsman Peimbert ya había dado a conocer el caso a medios de comunicación mexicanos e internacionales, pero al no poder aportar más pruebas que las fotos de los tráilers con sus choferes, tuvo dificultades para que su narración fuese aceptada.

Sin darse por vencido, Peimbert Calvo mantuvo el acompañamiento de la Defensoría oaxaqueña a los migrantes, hasta conducir a la Ciudad de México a los últimos grupos de ellos en siete autobuses facilitados por empresarios. Así llegaron al albergue del estadio “Jesús Martínez Palillo”, en la Magadalena Mixhuca, el 5 de noviembre a las 23:30 horas.

Una vez instalados en el albergue los migrantes, el personal de la Defensoría de los Derechos Humanos de Oaxaca y su titular emprendieron la localización de las personas que podían dar testimonio sobre los migrantes desaparecidos. Durante tres días, los defensores de derechos humanos recorrieron los diferentes módulos de alojamiento, a diferentes horas, hasta dar con cinco testigos de cómo los migrantes fueron llevados contra su voluntad y con rumbo desconocido. Peimbert y su equipo grabaron en video estos testimonios y tuvieron por fin una evidencia de que la cuestionada denuncia tiene fundamento. La Organización de las Naciones Unidas ya respalda el reclamo del defensor oaxaqueño de derechos humanos.

 

En la gasolinera de Zanatepec, Oaxaca, pobladores estaban repartiendo comida a los migrantes, algunos de ellos instalados sobre una pipa de combustible. El conductor bajó la velocidad para que pudieran obtener alimento y volvieran a subir. (Foto: Guadalupe Santiago Lorenzo).

 

 

Tres mujeres y un hombre afirman –en videos que recabó Arturo Peimbert– haber estado en los tráilers que sus compañeros abordaron para ya no ser vistos más. Pudieron escapar porque iban en los estribos y en el frente de los camiones. Al ver que éstos se internaron por un camino de terracería en dirección contraria a la pactada, saltaron de ellos, hiriéndose en la maniobra pero logrando escapar. Al Defensor Peimbert una de estas personas le dice: “Usted ya nos había dicho que no subiéramos a esos carros y no le hicimos caso”.

Los testimonios recogidos por el ombudsman Arturo Peimbert entre cuatro testigos del suceso pueden resumirse de este modo: “Queríamos llegar rápido a la Ciudad de México.  Adelante de Tierra Blanca veníamos caminando. Por lo general pedimos raite (viaje gratis) y esto fue lo que hicimos. Se paró una camioneta, de esas cerradas, y se bajaron unos hombres. Iban armados y obligaron a muchos a subirse. Calculo que subieron a unos 50. Un muchacho vestido de negro, gordito, nos dijo que teníamos que pagar 150 pesos. Ya por Tierra Blanca nos dijo que teníamos que pagar 50 pesos más. Le dijimos que ya no teníamos dinero. Pasando un puente había ocho hombres encapuchados. Al camión entró uno y dijo que ya todos estábamos vendidos. Dijo todos: los 65 niños y siete mujeres fueron vendidos”.

Peimbert Calvo ha presentado el 12 de noviembre una denuncia ante la Procuraduría General de la República, exhibiendo todas las evidencias recabadas: los testimonios de los migrantes y las fotografías que él mismo tomó de los tráilers y sus choferes. Demanda el ombudsman que las autoridades busquen a las personas desparecidas hasta localizarlas, con vida, pues el fantasma de la matanza de 193 migrantes hondureños, cometida en 2011 por narcotraficantes en la población de San Fernando, Tamaulipas, ronda a la multitudinaria caravana. ν

 

 * Respectivamente: poeta y ensayista, fotógrafo y diseñador en comunicación gráfica.

 

Información adicional

  • Antetítulo:Cruzan dos peligrosos enclaves del narcotráfico mexicano
  • Autor:Jorge Pech Casanova, Guadalupe Santiago Lorenzo y Adrián Acevedo Galante*
  • País:México
  • Región:Norteamérica
  • Fuente:Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº184, diciembre 2018
Visto 289 vecesModificado por última vez en Martes, 11 Diciembre 2018 09:02

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