Domingo, 12 Enero 2020 11:45

Amagues y paños fríos. Por qué no habrá guerra entre Estados Unidos e Irán.

Escrito por Raúl Zibechi
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Amagues y paños fríos. Por qué no habrá guerra entre Estados Unidos e Irán.

Tras el asesinato del general iraní Gasem Soleimani en Bagdad las tres potencias globales, Estados Unidos, Rusia y China, prefieren apaciguar los ánimos, por razones diferentes. Washington desea salir del pantano de Oriente Medio, pero no encuentra quién pueda reemplazarlo.

El parlamento iraquí decidió exigir al gobierno que expulse a las tropas de Estados Unidos en represalia por el asesinato el pasado viernes 3 del emblemático estratega militar iraní Gasem Soleimani en el aeropuerto de Bagdad. El primer ministro interino de Irak –porque el gobierno anterior renunció a principios de diciembre ante una oleada de protestas– respondió que la decisión del parlamento se trata de “lo mejor para Irak”.

La resolución no es vinculante, y la renegociación del tratado que permitió la presencia de 5.200 soldados estadounidenses en Irak (a pedido de ese país, en 2014, cuando el Estado Islámico se convirtió en una amenaza seria) será trabajosa y larga. Pero la respuesta de Donald Trump fue contundente y el lunes 6 aseguró a la prensa que sus tropas permanecerán en Irak: “Si [los iraquíes] nos piden que nos vayamos y si no lo hacemos de manera muy amistosa, les impondremos sanciones como nunca antes han visto. Esto hará que las sanciones contra Irán parezcan un poco inocuas”.

La respuesta iraní al crimen contra Soleimani fue tan altisonante como la de Trump. Esta simetría revela, a los ojos de algunos analistas, una escalada militar inminente. Sin embargo, las amenazas a menudo develan impotencia, y todo indica que las respuestas de las fuerzas iraníes –inevitables para no caer en el descrédito– serán medidas para prevenir, precisamente, una escalada, como aconteció con el bombardeo esta semana a dos bases del Pentágono en Irak.

Lo cierto es que la región atraviesa una situación de extrema inestabilidad, con un arco que va desde Siria hasta Yemen, pasando por Irak, Irán, Arabia Saudita y las monarquías del Golfo. En esta situación, destacan dos triples alianzas: la que mantienen Estados Unidos, Israel y los saudíes, por un lado, y la que tejieron Rusia, Irán y China, que semanas atrás protagonizaron las primeras maniobras navales conjuntas en el golfo de Omán, finalizadas días antes del atentado estadounidense en Bagdad.

CRISIS IRAQUÍ. 

El 1 de diciembre había renunciado el primer ministro de Irak, Adel Abdul Mahdi, luego de dos meses de protestas callejeras que costaron la vida de 420 personas. El detonante de las protestas fue la destitución en setiembre del jefe de las fuerzas antiterroristas, general Abdul Wahab al Saadi, considerado por la población como “héroe nacional” por su lucha contra la corrupción.

Tras su destitución, a principios de octubre comenzó una serie ininterrumpida de manifestaciones contra la corrupción, el de-sempleo, la pésima calidad de los servicios públicos y la intervención extranjera. Sólo en la primera semana del mes las fuerzas de seguridad se cobraron 149 muertos, pero las protestas se extendieron al centro y sur del país.

El problema de fondo en Irak es el sistema de cuotas étnicas, ya que los cargos gubernamentales se reparten entre chiíes, kurdos y suníes, lo que consolida la endémica corrupción y bloquea la participación de los jóvenes, protagonistas principales de las protestas. “Los iraquíes no están simplemente pidiendo la caída de un líder o partido político”, asegura el analista Mahdi Renad Mansour. “Están pidiendo el fin de un sistema político que ha existido desde que la invasión liderada por Estados Unidos derrocó a Saddam Hussein en 2003, un sistema que, argumentan, les ha fallado” (Bbc, 2-XII-19).

La crisis de gobernabilidad que atraviesa Irak se relaciona con la presencia de los dos grandes antagonistas en la región: Washington y Teherán. El régimen iraní influye a través de una parte de la mayoría chií (60 por ciento de la población) que rechaza la presencia estadounidense y cuya hegemonía se vehiculiza a través de la elite política y religiosa, pero se materializa con la presencia de milicias armadas.

La acción militar que terminó con la vida de Soleimani fue, formalmente, una represalia ante el lanzamiento de cohetes por milicias chiíes contra la base militar K-1, cerca de la ciudad petrolera de Kirkuk. En esa ocasión, oficiales del Pentágono dijeron que los ataques de las milicias “se han multiplicado y tornado más sofisticados, impulsando una escalada incontrolable” (The New York Times, 27-XII-19).

Sin embargo, el general iraní estaba en Irak en una misión diplomática, ya que ese país estaba negociando para aliviar la tensión entre Irán y Arabia Saudita, a pedido del propio gobierno de Trump. Lo que revela, según el analista brasileño Pepe Escobar, que “el derecho internacional estaba muerto, incluso antes de 2003” (Asia Times, 6-I-20).

INESTABILIDAD. 

Desde octubre se intensificaron también los disparos de cohetes y obuses de milicias proiraníes contra bases estadounidenses en Irak. En respuesta, el Pentágono ha bombardeado bases de milicias proiraníes en Irak y de la milicia libanesa Hizbolá en Siria. Una situación que ya es rutina en el entorno de las bases militares.

El norte de Irak y la frontera con Siria son los puntos más calientes, además de la capital, Bagdad, donde antes del asesinato de Soleimani las milicias habían incendiado parte de la embajada de Estados Unidos. El objetivo de la presencia de bases del Pentágono en la línea fronteriza consiste en impedir la conexión sirio-iraní a través de Irak, que tanto aflige a sus aliados regionales. Una sola de esas bases tuvo un costo de construcción de 1.000 millones de dólares.

El problema de fondo es la inestabilidad regional y el deseo, expresado en numerosas ocasiones por Trump, de abandonar una región en la que Estados Unidos invierte demasiado dinero para nada, ya que, fracking mediante, ese país ya no depende del petróleo de Oriente Medio, como sucedía hasta hace una década.

En suma, el tablero regional dice que la Casa Blanca desea retirarse de esa región, pero que no puede confiar en su aliado saudí –empantanado en Yemen y competidor en materia energética– como potencia capaz de poner orden y contener a Irán. Como sostiene el analista argentino Mariano Aguirre, pese a la enorme inversión estadounidense en Irak y a la masiva intervención militar desde 2003, “la mayor influencia en ese país es iraní”. Turquía, que era un aliado incondicional de Estados Unidos, se acerca ahora a Rusia y a Irán, en tanto “el Estado de Israel y las monarquías del Golfo establecen vínculos militares y económicos con Moscú y China” (Bbc, 9-VII-19).

DISTENSIÓN CONVENIENTE. 

“La hora de Putin está cerca”, escribió el pasado fin de semana el economista conservador Paul Craig Roberts, ex subsecretario del Tesoro durante la administración Reagan. Roberts sostiene que el ruso es “el líder más impresionante en el escenario actual”, uno que entiende que la guerra como respuesta al asesinato de Soleimani no le conviene a su país. “Putin sabe que el imperio estadounidense basado como está en arrogancia y mentiras está fallando económica, social, política y militarmente.”

El veterano economista cree que Putin contiene una respuesta dura de Teherán que pueda provocar una escalada inconveniente para sus intereses. Concluye con un aserto demasiado arriesgado: “El escenario está listo para que Putin y Rusia asuman el liderazgo del mundo” (Institute for Political Economy, 4-I-20).

China, por su parte, rechaza una eventual guerra, aunque muestra su respaldo a Irán. Oriente Medio “suministra más del 40 por ciento de las importaciones de petróleo de China”, y Beijing es el segundo socio comercial de la Liga Árabe, recuerda el investigador de la Academia de Estudios Militares del ejército chino Zhang Junshe en un reciente artículo en el oficialista Global Times. De ese modo, Beijing defiende su presencia militar en Oriente Medio, porque “China es mucho más dependiente del petróleo de la región que Estados Unidos”, sentencia una editorial del mismo medio (Global Times, 5-I-20).

Tras el bombardeo iraní esta semana a dos bases del Pentágono en Irak, funcionarios estadounidenses afirmaron a distintos medios que Teherán tuvo intención de evitar daños mayores y, sobre todo, de no afectar la vida de las tropas estacionadas allí. Además, el gobierno iraní reveló que había notificado a las autoridades iraquíes de lo que sucedería. La respuesta de Trump en su conferencia de prensa del día siguiente fue igual de mesurada. En suma, estamos ante reacciones acotadas, para evitar que estalle un polvorín del que nadie saldría beneficiado. Mientras sea posible, los actores más influyentes del mundo actual apuestan por transiciones lentas, sin sobresaltos.

Información adicional

  • Autor:Raúl Zibechi
  • Fuente:Brecha
Visto 160 vecesModificado por última vez en Domingo, 12 Enero 2020 11:48

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