Sábado, 22 Agosto 2020 05:40

Los dientes

Escrito por Maciek Wisniewski
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Los dientes

1.Washington. George Washington (1732-1799), el primer presidente de Estados Unidos que más que una guerra por la Independencia –subraya Gerald Horne– encabezó una “‘contrarrevolución” para preservar la esclavitud en vías de abolición por Gran Bretaña en sus colonias norteamericanas (bit.ly/320sKPa), era, como tantos otros padres fundadores (Jefferson, Franklin et al), dueño de esclavos. Si bien −supuestamente− sus sentimientos hacia la esclavitud eran encontrados (bit.ly/31bFp2M), hacía todo para seguir lucrándose de ella, dejando este asunto para resolver a las futuras generaciones (uno por el que finalmente estalló la guerra civil). En sus tiempos no sólo perseguía con todo el peso de la ley a sus esclavos fugitivos (una preciada mercancía, no seres humanos)− o gobernando temporalmente desde Filadelfia usaba un agujero legal para negarle la libertad a su propiedad –Pennsylvania era uno de los primeros estados comprometidos en erradicar la esclavitud y según su Acto estatal de emancipación gradual de 1780 si uno no era su ciudadano podía traer sus esclavos únicamente por seis meses; pasado este lapso, automáticamente éstos obtenían la emancipación− rotándola periódicamente a su Virginia natal o sacándola no más por la frontera a Nueva Jersey reseteando en práctica el reloj de la libertad (Erika Armstrong Dunbar dixit), sino también pagaba a sus esclavos para que se extrajeran dientes sanos con los cuales completaba su dentadura. Unos chelines por allí, unos chelines por allá, según su propia libreta de cuentas. Plagado por problemas dentales desde los 20 años, asumiendo la presidencia (1789) con un sólo diente natural (bit.ly/2E334JG), Washington usaba varias prótesis −del marfil de hipopótamo, dientes de vacas, caballos, etcétera (bit.ly/2FCAgZ6)− y trataba de mejorar su estado con implantes primitivos de dientes de los esclavos. Desde 1619 cuando el primer contingente de esclavos negros fue traído de África a la todavía británica colonia de Virginia −157 años antes de la Declaración de la Independencia según la cual, sólo en la teoría liberal, todos han sido creados iguales− el racismo y la esclavitud han sido imprimidos en la futura nación que forjó Washington (bit.ly/3axABaU). Fueron base material de su acumulación primitiva (bit.ly/2Q6Z9hF) y la riqueza de las élites blancas (cuando en 1808 se prohibió la importación de esclavos, los criadores de caballos y ganado se dedicaron a criar negros para el mercado interno). El capital –tal como escribía Marx− vino también a Estados Unidos chorreando sangre de pies a cabeza. Junto con la boca.

2. Lumumba. Los dientes. Lo único que quedó de él. Cuando Patrice Lumumba (1924-1961) el primer jefe de gobierno del Congo independiente anunció que las riquezas naturales de aquel país africano finalmente iban a servir a sus habitantes y no a los colonizadores –y buscó ayuda soviética para fortalecerla independencia− tuvo que enfrentar una invasión belga (su antiguo colonizador), dos levantamientos secesionistas de unas ricas regiones mineras, la campaña estadunidense de desestabilización y un golpe de Estado anticomunista (bit.ly/3aFcfvR). La CIA trató de envenenarlo, pero luego optó por delegar la tarea a los verdugos locales y asesinos belgas (el uranio para las bombas atómicas de Estados Unidos provenía de Congo y éste “no podía ser ‘segunda Cuba’”). Lumumba fue raptado, torturado y ejecutado. Su cuerpo, cortado en pedazos, disuelto en ácido. A finales de la década de los 90 un policía belga detalló cómo se deshizo de su cadáver. Abrió el cajón y sacó dos de sus dientes y una bala sacada del cráneo (bit.ly/2Q3wMAG). Cómo recuerda Adam Hochschild –autor de un seminal King Leopold’s ghost: a story of greed, terror, and heroism in colonial Africa (1998) que detalla la brutal historia de la colonización belga− el asesinato de Lumumba fue un punto de inflexión que sofocó muchas de las esperanzas en toda la África en vías de la descolonización (bit.ly/2PXxakm). Congo (rebautizado como Zaire) se tornó otra vez el corazón de las tinieblas conradiano bajo la dictadura de Mobutu. Pero cuando un siglo antes el rey Leopoldo, un monarca iluminado, filántropo y liberal, invadió a Congo tenía boca llena de ideales: quería liberarlo del dominio de los esclavistas musulmanes, diseminar civilización, cristiandad y libre comercio. Acabó convirtiéndolo en una gran finca (marfil y caucho) con trabajo esclavo, explotación, saqueamiento y terror −cuerpos podridos, manos cortadas, cráneos y esqueletos en las cercas a los largo de la colonia, salvajes castigos con chicote, el látigo de piel de hipopótamo, en total entre 5 y 8 millones de muertos− mucho peor que el régimen anterior. Allí también el capital llegó chorreando sangre... Los “ zoo humanos” con congoleses traídos a Bélgica en condiciones nativas han sido el entretenimiento predilecto de las masas hasta... 1958 (unas décadas antes un joven congolés al cual sus captores le afilaron los dientes para que se viera más salvaje estaba exhibido en un pabellón de monos en el zoológico de Nueva York bit.ly/2YdBaSi). Ya llegó la hora de que nos dejen de ver como monos, le dijo en 1960 Lumumba en la cara al rey Balduino, el heredero de Leopoldo, que le concedió la independencia a Congo sólo para pronto querer dar marcha atrás... (bit.ly/2YhLZmr).

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  • Autor:Maciek Wisniewski
  • Fuente:La Jornada
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