Sábado, 07 Octubre 2017 07:33

El rey saudí le abre el juego a Rusia

Salman y Putin firmaron una quincena de acuerdos que representan “miles de millones de dólares’’.

 

Visitó a Putin en el Kremlin y firmó acuerdos militares y energéticos

Anuncian un contrato que abre la vía para la compra por Riad de sistemas de defensa antiaérea rusos S-400, rubricado en el Kremlin, entre otros documentos que representan transacciones por miles de millones de dólares.

 

Vladimir Putin y el rey Salman de Arabia Saudita, aliado tradicional de Washington, sellaron este jueves su acercamiento al firmar acuerdos militares y energéticos en ocasión de la primera visita del soberano saudí a Rusia. El anuncio de un contrato que abre la vía para la compra por Riad de sistemas de defensa antiaérea rusos S-400, rubricado en el Kremlin, entre otros documentos que representan transacciones por miles de millones de dólares, son el corolario de varios meses de un diálogo creciente entre ambos países, pero también simboliza la actual importancia del papel de Moscú en Oriente Medio.

“Esta visita brindar un nuevo impulso poderoso al desarrollo de las relaciones bilaterales’’, declaró Putin al iniciar su diálogo con el rey Salman. Los acuerdos firmados este jueves ''permiten elevar la asociación ruso-saudí a un nivel inédito’’, destacó el jefe de la diplomacia rusa, Serguei Lavrov, tras finalizar las negociaciones.

En total, se firmaron una quincena de acuerdos que representan ''miles de millones de dólares’’, según el presidente del Fondo ruso de inversiones directas, Kiril Dmitriev. Entre ellos, figura un protocolo de acuerdo entre la Saudi Arabian Military Industries (SAMI) y la agencia rusa encargada de la exportación de equipamiento militar Rosoboronexport.

Los sistemas de misiles S-400. uno de los incluídos en el memorando, constituyen una potente arma antiaérea, comprados recientemente por Turquía, miembro de la OTAN, lo que suscitó críticas de Washington. Los acuerdos también abarcan sistemas antitanque, lanzacohetes, lanzagranadas y fusiles de asalto.

A largo plazo, ambos países planean realizar transferencia de tecnologías para que los S-400 puedan fabricarse en Arabia Saudita. Otros dos acuerdos prevén en particular la creación de dos fondos comunes de inversión en el dominio energético y en el de las altas tecnologías, cada uno por un monto de 1.000 millones de dólares.

Sin embargo, estos acuerdos deben relativizarse: Arabia Saudita firmó con Washington en mayo contratos de compra de armamentos por 110.000 millones de dólares, en ocasión de la visita del presidente Donald Trump a Riad. A pesar de ello, ''así Arabia Saudita reconoce a Rusia como un actor importante en la región, en tanto hace dos o tres años, la retórica era diferente, llegando incluso a las amenazas directas. Ahora hay m s respeto por los rusos’’, aseguró el analista político Fiodor Lukianov.

Rusia y Arabia Saudita se encuentran entre los principales actores del conflicto en Siria, donde septiembre ha sido el mes más mortífero en 2017, con al menos 3.000 víctimas mortales, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH). Con respecto al conflicto en Yemen, ambos países tienen desacuerdos sobre el conflicto sirio, en el que Moscú apoya a Bashar al Asad y Riad a la oposición.

Señalando un intercambio “franco’’ sobre la situaci¢n en Oriente Medio y Africa del norte, Lavrov aseguró que los dos dirigentes comparten “la necesidad de alcanzar un diálogo respetuoso entre todas las partes interesadas, para arreglar estos problemas’’.

La Unión Soviética había sido el primer Estado en reconocer al reino de Arabia Saudita. Pero ningún dirigente saudí visitó la URSS o Rusia anteriormente, y Putin visitó el país del Golfo en 2007 por primera vez.

El acercamiento reciente entre Moscú y Riad ha sido favorecido por su rol motor en el acuerdo entre grandes productores de petróleo, que permita controlar la caída de los precios, lo que ha golpeado a sendas economías.

“Aspiramos a continuar la cooperación positiva entre nuestros países en vistas de estabilizar los mercados petroleros mundiales’’, aseguró el rey Salman en sus conversaciones con Putin.

Putin, que el miércoles se entrevistó con su homólogo venezolano, Nicolás Maduro, cuyo país es un gran productor petrolero, y juzgó posible una prolongación más allá de 2018 de este acuerdo, que en principio expiraría en marzo.

 

 

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Trabajadores y soldados armados en Petrogrado, 1917

El 16 de junio de 1917, Kerenski, recién nombrado Ministro de Guerra por el primer gobierno de coalición, dio la orden de iniciar la ofensiva militar rusa que, desde varios frentes y mediante un golpe rápido, debía llevar a una derrota decisiva de las fuerzas alemanas. Es cierto que contaba con la aprobación del Congreso de los Soviets que a la sazón estaba sesionando, donde, después de encarnizadas discusiones, los revolucionarios, particularmente los bolcheviques, habían sido derrotados. Pero era una pura formalidad, ni siquiera hacía falta pues la ofensiva ya se venía preparando desde mucho antes. A finales de mayo, en efecto, se había iniciado la movilización de las tropas en todos los frentes. Con ello los partidos de la conciliación –socialrevolucionarios y mencheviques– le daban gusto a la burguesía, presente mayoritariamente en el gobierno, e incluso a la vieja clase terrateniente que se expresaba en el alto mando y en la oficialidad.

 

En el fondo casi nadie creía en las posibilidades de triunfo. El general Denikin –el antiguo oficial zarista que luego encabezaría la contra-revolución de la guerra civil– lo había sugerido desde el principio. Y, una semana después, el soviet de la barriada revolucionaria de Viborg, con toda claridad responsabilizaba al Gobierno provisional, por semejante aventura criminal. Pero el interés político que animaba a los promotores de la insensata ofensiva era otro. Y habían logrado convencer al pueblo (que todavía respaldaba a los conciliadores), y sobre todo a los soldados, con el argumento muy simple pero convincente de que el ejército alemán se encontraba debilitado y amenazado por el ingreso de EEUU a la guerra, y que, por lo tanto, un golpe bien asestado era la mejor forma de alcanzar la paz.

 

La paz era, y casi sobra recordarlo, la meta que anhelaba todo el pueblo ruso. Incluidos los soldados que no eran otra cosa que campesinos en armas. De ahí el esfuerzo de persuasión que tuvo que hacer el gobierno. Dada la escasa disposición para el ataque (aunque no para la defensa) desde el principio se vieron las dificultades para aplicar el plan de operaciones y por ello los avances conseguidos fueron menores y efímeros. Es cierto que las fuerzas alemanas se retiraron, pero sólo para reagruparse e iniciar su contraofensiva el seis de julio. Fue entonces cuando los soldados rusos comprendieron la magnitud del engaño. El gobierno aspiraba a conseguir un efecto político y sicológico positivo como resultado de las victorias pero sucedió lo contrario. Cundió la desmoralización y después de los primeros golpes los soldados se negaron a ir más allá; varios regimientos abandonaron las posiciones y se inició una verdadera deserción masiva. El 12 de julio el colosal desastre ya era evidente.

 

El objetivo político, que no era por supuesto la derrota de Alemania, sino la liquidación del proceso revolucionario mediante la disyuntiva falsa de la guerra patriótica o la paz de la traición no parecía pues tan fácil de alcanzar. Semejante disyuntiva, sin embargo, seguiría siendo rentable políticamente durante varios meses más; acusar de traidores a quienes se oponían a la guerra era un recurso infalible. Es más, los bolcheviques fueron señalados descaradamente de ocasionar la vergonzosa derrota con su propaganda desmoralizadora. Y el colmo: Lenin fue acusado de ser agente del Estado mayor Alemán, en lo que Trotski llama “la gran calumnia” de julio. El objetivo, sin embargo, no era tan patriótico: detrás estaban los intereses y las exigencias de los aliados –la Entente– en la guerra mundial. Era en ellos en quienes pretendía apoyarse la burguesía que en el fondo lo que buscaba era preservar el status quo, mediante una Monarquía Constitucional o cuando menos una simple República Parlamentaria. El gobierno de coalición se había inaugurado, pues, con un nuevo intento de detener el proceso revolucionario. Y a ello estaban contribuyendo, en medio de un mar de dudas, los partidos conciliadores. En contra del sentimiento no sólo del proletariado sino de todos los sectores populares. Fue el comienzo del fin de la conciliación.

 

La imposibilidad de reconstruir un ejército

 

Si en alguna parte se sentía y se expresaba con mayor fuerza el anhelo de paz era, contrariamente a lo que pensaba el gobierno, en el frente de guerra. No era cuestión de cobardía o de valentía. Para los soldados, desde luego, era claro que, en las condiciones existentes, se debían continuar las acciones militares defensivas, pero al mismo tiempo se esperaba que en algún momento tenía que ponerse fin a lo que para ellos ya era una absurda carnicería. Absurda pues carecía de objetivos que pudieran ser asumidos como propios; para las clases dominantes no pasaban de mezquinas ambiciones imperialistas como las anexiones en los Balcanes y la muy apreciada Constantinopla. Una vez que los soldados adquirieron conciencia del cambio revolucionario que se estaba produciendo, nació en ellos la esperanza de que el nuevo régimen procedería a hacer realidad la posibilidad de la paz. Por eso, con la debacle de la estúpida ofensiva, no solamente se sintieron estafados sino que comenzaron a desconfiar del régimen que así procedía. De esta manera se sumaban a la desconfianza que crecía y se ampliaba entre las masas de obreros y campesinos de todo el Imperio.

 

Las razones materiales y tácticas de la derrota eran fácilmente explicables. Pero el problema, además, era que, en realidad, no había ejército. El viejo ejército zarista, reflejo de las relaciones feudales, con sus oficiales aristócratas y sus prácticas de opresión y humillación, había entrado en crisis, al igual que el resto de las instituciones del viejo régimen. La revolución de febrero no hizo más que poner en evidencia esta crisis, llevando al extremo la insubordinación permanente. Es cierto que en los últimos tiempos, en la oficialidad, habían ingresado algunos elementos de la burguesía y de la pequeña burguesía, pero aquello no alcanzaba para cambiar la fisonomía de las fuerzas militares. Para los soldados campesinos los oficiales equivalían a los odiados terratenientes, y así como la revolución había derrocado al Zar, en el ejército tenían que derrocarse sus equivalentes. No obstante, la primera reacción del gobierno provisional fue la de conservar o restaurar en sus posiciones a los antiguos oficiales, incluso en el alto mando y sobre todo en el Cuartel General ya que, al mismo tiempo, consideraba que precisamente el esfuerzo de la guerra serviría para recuperar la moral y reconstruir el aparato militar.

 

Todo era en vano. Es cierto que algunos oficiales acogieron, a su manera, los postulados del nuevo régimen y otros por conveniencia dijeron aceptarlos, a la espera de mejores tiempos. Sin embargo, la descomposición avanzaba a pasos agigantados y el colapso era tanto mayor cuanto que la magnitud de tal aparato era considerable y se encontraba repartido en todos los puntos de la extensa frontera terrestre y sobre todo marítima. En muchos regimientos los soldados no sólo deponían sino que apresaban a sus mandos y llegaban hasta ejecutarlos, a manera de retaliación por años de humillación y tortura. La insubordinación era particularmente consciente y eficaz en la Marina. No gratuitamente los marineros de Kronstadt llegaron a convertirse en el símbolo por excelencia de la revolución rusa. La continuación de la guerra y sus desastres lo que hizo fue profundizar la descomposición. Las cifras de las deserciones periódicas alcanzaban ya los millones; los campesinos retornaban a sus localidades a pelear por la tierra, aunque entre sus prioridades lo primero era la paz.

 

La actitud del Comité Ejecutivo de los Soviets, por su parte, era, como la de los partidos que allí predominaban, confusa y dubitativa. En una de sus primeras reuniones luego del triunfo de febrero y bajo la presión de los soldados se expidió el notable Decreto No. 1 que consagraba para ellos un conjunto de derechos y libertades que incluía la creación de comités directivos en todos los regimientos y la elección de representantes de soldados en un soviet. Sin embargo, al mismo tiempo, el comité ejecutivo enviaba una circular en la que condenaba las insubordinaciones y exigía sometimiento a los viejos mandos. Y luego, en un decreto No. 2, pretendía circunscribir el campo de acción del No. 1 tan sólo a la región de Petrogrado. Pero era inútil, la autoridad de los oficiales no necesitaba abolirse, se había hundido por sí misma. Es más, desde las primeras semanas de marzo comienza a tomar fuerza la proposición de las corrientes revolucionarias de base, especialmente anarquistas, de que los mandos fuesen elegidos por los propios soldados. Como si fuera poco el Comité Ejecutivo, consciente de la poca confianza que le merecían los oficiales, instituye la figura que después se consolidaría y se haría famosa como aporte de la revolución rusa, esto es el nombramiento de “Comisarios Políticos” para ejercer funciones de asesoría y vigilancia. En estas condiciones, se tenía una triple relación: las tropas elegían los mandos, el Comité Ejecutivo nombraba sus comisarios y en cada unidad militar había un comité electivo. Sin embargo, como se comprobó pocas semanas después, el esfuerzo no estaba mal encaminado pero en aquellas circunstancias resultaba inaplicable. En tiempos de revolución un ejército no se forma a la sombra de las clases derrotadas por ella sino bajo la política de las nuevas clases en el poder. Eso era justamente lo que no podía materializarse en las inestables condiciones de una dualidad de poder.

 

Entre la paz y la guerra se jugaba el destino de la revolución

 

Para las clases aún dominantes el propósito de sostener la participación de Rusia en la guerra mundial era, como se ha dicho, bastante claro. Permitía, en primer lugar, conservar y fortalecer la estructura del ejército con el fin de asegurar un sólido pilar de continuidad del Estado que pudiera restarle peso a los Soviets. Las urgencias militares, por lo demás, justificarían de manera convincente el aplazamiento indefinido de la prometida Asamblea Constituyente. Y con ella se esfumarían también las ofertas de reforma agraria con la temida entrega de tierras a los campesinos. Como quien dice el fin de la revolución.

 

Era el objetivo compartido por todos, desde los Monárquicos más reaccionarios muy bien representados por los Generales Alexéiev, Denikin y Kornílov, hasta los burgueses que se expresaban a través de los prohombres liberales del gobierno provisional como Gushkov, Miliukov e incluso Kerenski. Estos últimos, por cierto, se esforzaban en repetir cínicamente, al oído de las potencias aliadas, que la revolución había sido un levantamiento patriótico y que, una vez removidas las resistencias aristocráticas, se facilitaba la guerra democrática en contra de dinastías como la alemana. Para los oídos del pueblo ruso tenían otra canción igualmente mentirosa. Se trataba de la defensa de la patria, en busca sobre todo de una paz justa, por lo cual se podía renunciar incluso a todo tipo de anexiones.

 

El discurso patriótico, además tenía un objetivo complementario ya comentado. Permitía desprestigiar las corrientes revolucionarias pacifistas, especialmente los bolcheviques que para entonces ya encarnaban el peligro demoníaco, pero incluso algunos de los propios “Socialistas Revolucionarios” que compartían esta posición. Con ello se contribuía a restarle peso a los Soviets. El argumento era eficaz. Lo que buscan –se decía– es una paz por separado con Alemania. Así favorecen los intereses de esta potencia al debilitar el frente aliado. Estaban además los evidentes riesgos, incluso para la integridad territorial, de un armisticio como ese.

 

En las filas, tanto de los demócratas y socialistas moderados como de las corrientes revolucionarias, la situación no se presentaba muy clara y no era fácil de superar la encrucijada. Es cierto que la desmovilización se había producido espontáneamente como rechazo a la guerra (no era el resultado de la propaganda de los bolcheviques), pero entre la población civil de las grandes ciudades, comenzando por los obreros, predominaba la confusión. No propiamente porque hubiera muchos que creyeran el cuento de los “agentes alemanes” pero sí porque parecía razonable la actitud de la defensa militar de la revolución. En el Comité Ejecutivo de los Soviets aun los que antes preconizaban la paz entraban en dudas: ¿cómo no vamos a enfrentar, desde la recién conseguida democracia, a la reaccionaria tiranía de los Hohenzollern? A mediados de marzo los conciliadores habían logrado un manifiesto en el que los Soviets terminaban apoyando la continuidad de la guerra; sin embargo, en julio, después de la derrota nuevamente volvían las dudas.

 

La clave de la discusión estaba justamente en que no se trataba de la defensa de la revolución sino todo lo contrario como se señaló anteriormente. Para los conciliadores el parámetro que definía si la guerra seguía siendo imperialista estaba en si se renunciaba o no a las anexiones y las indemnizaciones. Evidentemente era el colmo de la ingenuidad. Aunque Rusia lo hiciera, lo cual era por demás falso en el discurso de los liberales, la guerra en su conjunto seguiría siendo un choque entre potencias imperialistas que buscaban sus propios objetivos geopolíticos. Rusia continuaría haciendo parte de la entente y sería ridículo pedirles a los aliados, que no daban espera y presionaban, que dejaran de ser depredadores. Y lo más importante: es que no se trataba de un gobierno socialista y revolucionario sino capitalista e imperialista pues eran estos quienes tenían la mayoría y los principales Ministerios. Por eso Lenin insistía en que no se trataba de que la paz fuera separada o no, sino del gobierno que la firmara y por ello desafiaba a los conciliadores, a sabiendas de que no serían capaces de hacerlo, a que asumieran la totalidad del gobierno, es decir todas las carteras. Y Trotski añadía que sólo cuando el poder fuera de los Soviets exclusivamente se podría hablar en verdad de una defensa de la revolución.

 

La discusión, sin embargo, no se liquidó, sino que se pospuso. Hasta principios de 1918 cuando el nuevo poder de los soviets negoció y firmó la paz de Brest-Litovsk con Alemania. En circunstancias en que la descomposición del viejo ejército ya había tocado fondo, poniendo de manifiesto una realidad que al principio no se había reconocido y que constituyó el telón de fondo de la construcción del nuevo ejército: una conflictividad social, campesina, regional, étnica, que habría de expresarse, canalizada por la contra-revolución, en la espantosa guerra civil que asoló durante casi cinco años el territorio del antiguo Imperio.

Publicado enEdición Nº236
Cien años de la Revolución de Octubre: el movimiento estudiantil en Rusia

Cuando se habla o escribe de la revolución rusa, por lo general la referencia apunta hacia el movimiento obrero o campesino, a los soviet o al Posdr, pero casi nunca al movimiento estudiantil o al barrial; es como si ellos no hubieran existido, como si no hubiesen desempeñado papel alguno en la revolución, por lo cual son tratados como algo secundario y sin valor alguno.

 

Sin embargo, el movimiento estudiantil fue el precursor de la lucha revolucionaria que sacudió los cimientos del imperio zarista a finales del siglo XIX. Podría decirse, incluso, que con sus luchas se inició la revolución rusa, armando el torrente de 1905. No es exageración, pues fueron las asambleas estudiantiles uno de los lugares que dieron origen al soviet. Corresponde también a este movimiento el periodo del terrorismo, del socialismo democrático, del inicio del marxismo y de la construcción de los partidos revolucionarios en Rusia.

 

Fueron los debates y luchas de los estudiantes universitarios en 1899 el inicio de todo, o de casi todo lo que sería un poderoso movimiento revolucionario que con avances y retrocesos llegaría a 1905, 1907, a la represión y el reflujo revolucionario que solo superaría su sequía en 1917.

 

Los albores

 

En sus inicios, la oposición al zarismo estuvo en la universidad, y en cierta forma debía ser así pues allí confluían profesores, estudiantes y expulsados politizados bolcheviques, mencheviques, anarquistas, feministas, social-revolucionarios y liberales radicales. Los intelectuales y parte de la intelligentsia se expresaban en la Universidad, la que desde 1864 poseía un estatuto orgánico que le daba bastante autonomía. En el Imperio Zarista para 1870 existían diez universidades y escuelas que enseñaban filología, derecho, medicina e ingeniería, y también teología. Según historiadores, eran 35.000 los estudiantes, en su abrumadora mayoría “intelectuales pobres”, nada que ver con la intelligentsia. Eran hijos de sacerdotes, de burócratas, de comerciantes y campesinos; los nobles hereditarios eran la minoría igual que los judíos.

 

El gobierno necesitaba gente instruida pero no radical, por eso perseguía a los estudiantes, organizados o no, que tenían ideas por fuera de lo tradicional.

 

Después del asesinato del Zar Alejandro II el gobierno revisó los estatutos y recortó la autonomía universitaria, prohibió que los profes nombraran el rector, prohibió las organizaciones estudiantiles, colocó a las Universidades bajo la dirección del Min educación, nombró como responsable de la disciplina a un externo estatal que hacia las funciones de policía. La tasa se fue llenando cuando el gobierno nombró como Min educación a un conservador intransigente e indolente, el señor Mijail Bogolepov, que logró apaciguar los ánimos entre 1887-1890.

 

La tasa se llenó el día de la celebración del aniversario de la Universidad de San Petersburgo, que incluía fiestas y rochelas por las calles, las cuales no le gustaron al gobierno; dada la condición de Rusia cualquier acción callejera era tratada con dureza, lo que la convertía en un hecho político, así no lo fuera. Los policías reprimen, los estudiantes se defienden, y luego celebran asambleas durante dos días para ir a la huelga general si la policía no le respetaba sus derechos.

 

El movimiento queda en manos de los “radicales” dirigentes revolucionarios que posteriormente fueron miembros del soviet de Petrogrado (San Petersburgo). Para la conducción del movimiento se constituyó un Comité Organizador desde donde enviaron delegados a las otras universidades para cohesionar el movimiento. La mayoría de las universidades se unieron al llamado de huelga, en la que participaron 25.000 estudiantes exigiendo respeto a sus derechos y en contra la brutalidad policial. El Gobierno arrestó a los dirigentes del movimiento; se integra la comisión Vannovsky que logra levantar la huelga, y el retorno a los estatutos de 1864.

 

Los revolucionarios llaman a los estudiantes a seguir en las protestas, pues lo sucedido era una muestra de lo que significaba el régimen opresivo y, por lo tanto, la tarea era luchar por derrocar el zarismo. Sin embargo el Gobierno decidió en 1899 castigar a los estudiantes revolucionarios con el servicio militar. En 1900 son expulsados dos estudiantes de la Universidad de Kiev, lo que detonó una vez más el movimiento; en respuesta el Gobierno ordenó que 183 estudiantes fueran llevados a prestar servicio militar. La U. de San Petersburgo entra en huelga de solidaridad y la respuesta gubernamental es llevar 23 estudiantes a la leva. Acto seguido un activista social-revolucionario mata a tiros al min educación, Bogolepov, responsable de las medidas represivas.

 

Estos hechos iniciaron otra fase del movimiento revolucionario en Rusia. Las huelgas y marchas se recrudecen por todo el país. Vannovsky es nombrado min-educación, para calmar la situación de huelgas en Varsovia, Járkov, Moscú y otras universidades –en donde centenares de estudiantes habían sido expulsados–; para lograr el propósito para el cual fue nombrado trata de resolver la situación con concesiones, pero el movimiento ya estaba en su apogeo. Las universidades se van convirtiendo, paulatinamente, en centros de agitación política estudiantil, obrera y popular.

 

Los Zemstvos (organismo de autogobierno provincial) entran en agitación y en 1902 un estudiante radical mata a tiros al min-interior Sipiauguin generándose una oleada represiva de grandes proporciones por orden de Plebe, sucesor del asesinado Ministro, incluyendo el progrom antijudío de 1903 en Besarabia. Esa arbitrariedad dio lugar, entre otras cosas, a la fundación de un frente de lucha llamado Movimiento de Liberación.

 

Al mismo tiempo que toman forma sindicatos organizados y dirigidos por la policía –llamados Zubatovshchina, por el nombre de su fundador–, los Zemstvos celebran congreso nacional y realizan campañas de banquetes pidiendo democracia representativa, parlamento y Constitución; otros pedían Asamblea Nacional Constituyente. Para colmo de males para el zarismo, Rusia pierde la guerra contra Japón lo que agudizó su situación política y social.

 

Hay agitación y nuevas organizaciones, pero sin trascender la lucha a niveles cualitativamente diferentes. Pero se prende la chispa. La calma chicha fue rota por la masacre de obreros y pobladores de barrios populares en San Petersburgo el 9 de enero de 1905, “el Domingo Sangriento”, que puso en movimiento a toda Rusia. Huelgas obreras, protestas de estudiantes universitarios y de secundaria, de barrios populares, de la burguesía. El gobierno ordena cerrar todas las universidades durante el año de 1905. En esos meses ocurrieron varias masacres de obreros, como la de Odesa. En febrero de 1905 el Gobierno llama a delegados obreros a negociar y ellos celebran asambleas para tal fin: estamos ante el gérmen del soviet de San Petersburgo.

 

El Gobierno saca el Manifiesto de febrero, concediendo la Duma de Estado (asamblea consultiva), lo que da paso a una impresionante campaña de peticiones o demandas de todas las clases y sectores sociales. En este periodo surgió la Unión de Uniones impulsada por los liberales radicales, eran organizaciones de todas las profesiones por derechos políticos.

 

Pero la realidad era que los liberales burgueses, atemorizados por la revolución, no hacían nada; su pasividad propicia que en septiembre de 1905, una vez más, entren en escena los estudiantes. En respuesta el Gobierno concedió cierta autonomía, aprovechada por los revolucionarios para convertir los recintos universitarios en centros de agitación obrera y popular. Se realizaron asambleas nacionales para votar, si o no, al reinicio de las clases, ganando la reanudación pero con la concesión de que los activistas, fueran o no estudiantes, podían usar la universidad como centro de agitación política.

 

Los mencheviques, anarquistas, bolcheviques, social-revolucionarios, todos estaban de acuerdo en transformar las universidades e instituciones de educación superior en lugares de reuniones populares y mítines políticos. De manera paulatina los obreros fueron llenando los salones de clases para los debates con los estudiantes. Suceso acaecido, en parte, por la influencia de los estudiantes revolucionarios se iniciaron las huelgas en toda Rusia.

 

De septiembre a mediados de octubre las universidades fueron el centro de coordinación de la lucha huelguística, de los debates políticos, de las orientaciones, de la organización de las brigadas de agitación. Se dice que durante ese lapso miles de obreros, habitantes barriales, campesinos y estudiantes, hombres y mujeres, participaron en los mítines políticos y cursos de educación política. Una razón para que esto sucediera: la universidad era la única institución donde la policía no podía entrar.

 

Es de esta manera como en 1905, las universidades rusas se convirtieron en alternativas de poder, gérmenes activos de lo que fue llamado el soviet, después de octubre el Soviet de Petrogrado. La universidad de San Petersburgo y el instituto Tecnológico, jugaron un papel muy importante en la huelga general de octubre de 1905.

 

Los datos y cifras fueron tomados de:

 

Carr Hallett Edward, 1917, Antes y después (La revolución rusa), Sarpe, Madrid, 1985.
Kussow Samuel, “the Russian University in Crisis, 1899-1911”, tesis doctoral Universidad de Princeton, 1976, también del mismo autor otro texto del mismo tema, 1986. El texto más completo sobre el tema.
Pipes Richard, La Revolución Rusa, 1990, 2016, Debate.

Publicado enEdición Nº236
El Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció ayer que Robert Mueller (en imagen de archivo) será el fiscal especial para la indagatoria sobre una posible colusión entre el equipo de campaña de Donald Trump y funcionarios del gobierno ruso durante el proceso electoral de 2016. Mueller fue director de la FBI de 2001 a 2013 y goza de amplia confianza entre demócratas y republicanos

 

Expertos en leyes consideran que en esta crisis política “ya estamos en territorio de impeachment”

 

Nueva York.

 

El comandante en jefe empezó a chillar: ningún político en la historia, y lo digo con gran seguridad, ha sido tratado peor o más injustamente, que él. Tal vez esto podrá ser confirmado por un nuevo fiscal especial nombrado este miércoles, que continuará la investigación encabezada por el director de la FBI hasta la semana pasada, antes de que lo despidiera el presidente, lo cual detonó una tormenta política que ha puesto en jaque a la Casa Blanca.

En medio de las múltiples controversias que ha detonado, el presidente Donald Trump insistió, en un discurso ante la Academia de la Guardacostas, en tono desafiante: no me eligieron para servir a los medios o los intereses especiales en Washington. Me eligieron para servir a los hombres y mujeres olvidados de nuestro país. Reiteró que seguirá luchando y resaltó sus grandes objetivos de reducir impuestos, la reforma al sistema de salud y la construcción del muro fronterizo. Culpó del maltrato, sobre todo, a los medios.

Pero con la revelación explosiva de que el presidente podría haber obstruido la justicia al solicitar en febrero al entonces director de la FBI James Comey frenar la investigación sobre su ex asesor de Seguridad Nacional Michael Flynn, y eso sólo un día después de que Washington fue sacudido por la noticia de que Trump había compartido información de inteligencia muy delicada con diplomáticos rusos en Washington, y todo esto sobre el insólito despido del director de la FBI la semana pasada, cada vez más políticos y expertos expresan que el ocupante de la Casa Blanca está al borde de llevar al país a una grave crisis política.

La tarde de este miércoles, el Departamento de Justicia anunció el nombramiento de Robert Mueller –director de la FBI entre 2001 a 2013, quien goza de amplia confianza bipartidista– como fiscal especial para encabezar la investigación sobre la posible colusión entre socios de Trump y funcionarios del gobierno ruso en el proceso electoral de 2016 y sus secuelas.

La decisión fue anunciada por el subprocurador general, Rod Rosenstein, en un comunicado ante un creciente coro bipartidista que exige una investigación independiente del asunto después de que el despido de Comey, el papel del propio Rosenstein en esa acción y el hecho de que el procurador general, Jeff Sessions, se viera obligado a recusarse de esta investigación por sus propios contactos con funcionarios rusos durante la elección (lo cual ocultó), puso en duda la credibilidad de cualquier indagatoria oficial.

Rosenstein enfatizó que esta decisión no implica que se haya determinado la comisión de delitos, sino que con base en las circunstancias actuales, únicas, el interés público requiere poner esta investigación bajo la autoridad de una persona que ejerza un grado de independencia en la cadena normal de mando. A la vez, indicó que Mueller está autorizado a fiscalizar delitos federales si son detectados en esta investigación.

Trump emitió una declaración en la cual afirma que la investigación confirmará que no hubo colusión entre su campaña y una entidad extranjera, y que espera que el asunto se resuelva lo antes posible. Aparentemente, la Casa Blanca no fue informada hasta poco antes del nombramiento del fiscal especial, reportó el sitio de noticias Politico.

Aunque el liderazgo republicano en el Congreso sigue expresando confianza en el presidente, entre sus filas cada vez hay más preocupación. El representante conservador Justin Amash fue el primer legislador federal republicano en declarar públicamente que si son ciertas las nuevas informaciones, el presidente podría ser sujeto al impeachment (juicio político), reportó The Hill.

Varios expertos en leyes ya están proponiendo el caso para un juicio político, y veteranos políticos, como David Gergen, quien fue asesor de varios presidentes de ambos partidos, comentó: “creo que estamos en territorio de impeachmnent”. Sin embargo, nadie cree que eso sea una posibilidad inminente, por ahora.

Varios senadores republicanos han expresado que las nuevas revelaciones son muy perturbadoras y anoche el influyente John McCain se atrevió a declarar que todas estas controversias en torno a Trump están alcanzado dimensiones “del tamaño y escala del Watergate”.

La noche del martes el presidente del Comité de Supervisión Gubernamental, el republicano Jason Chaffetz, solicitó a la FBI entregar toda documentación que Comey mantenía sobre sus reuniones con el presidente. Indicó que si la agencia no lo hacía voluntariamente, estaba dispuesto a emitir una orden legislativa para obligarlos.

Este miércoles, el Comité de Inteligencia del Senado se sumó a la solicitud de la FBI de compartir todo informe de Comey sobre sus reuniones con Trump. Más aún, invitó a Comey a presentarse ante el comité. Otros comités también están invitando al ex jefe de la agencia.

Comey apuntó los detalles, y hasta citas, de la reunión con Trump en febrero, donde el presidente le solicitó soltar a Flynn y dejar de investigarlo. El director de la FBI estaba en la Casa Blanca con el procurador general, Jeff Sessions, y el vicepresidente, Mike Pence, para una reunión con el presidente sobre medidas antiterroristas, y Trump pidió que se quedara un rato más después de que se fueron los demás. Espero que puedas soltar esto, dijo el presidente sobre la investigación de Flynn, según apuntes de Comey en un memorándum de dos cuartillas que escribió inmediatamente después de este encuentro, reveló el New York Times en su exclusiva.

De hecho, la conversación empezó con denuncias de Trump por las constantes filtraciones a los medios de información desde el gobierno, y comentó que Comey debería contemplar encarcelar a reporteros que publicaran información confidencial. Acto seguido, abordó el tema de Flynn, reportó el Times.

Comey interpretó esto como algo no sólo inapropiado, sino un intento para interferir en una investigación federal. Tan delicado era que no compartió los detalles con sus agentes a cargo de la indagatoria sobre los vínculos de la campaña de Trump con Rusia. Comey hacía un informe después de cada encuentro o conversación telefónica con Trump, reportó Politico citando a un amigo del ex director.

Por tanto, en los próximos días se espera no sólo que Comey se presente –tal vez la próxima semana– ante el Congreso para testificar por primera vez desde que fue despedido, sino que también se obtendrán los memorandos de sus conversaciones con Trump. Expertos en leyes señalan que ese tipo de apuntes de oficiales de la FBI son admisibles como pruebas en un proceso judicial.

La incertidumbre en la cúpula política empezó a afectar por primera vez a los mercados, con un desplome en las bolsas de valores.

 

 

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Domingo, 14 Mayo 2017 06:54

El mundo árabe gira hacia Rusia

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, y el de Egipto, Abdel Fatah al Sisi, durante un encuentro durante una visita al puerto Sochi en agosto de 2014. - AFP

 

Una reciente encuesta revela cómo una mayoría de jóvenes árabes considera a Rusia como su aliado, superando a los EEUU de Donald Trump. La diplomacia rusa vuelve a estar presente en el Norte de África y Oriente Medio, lo que ha alimentado nuevamente en Occidente los temores a una expansión de la influencia de Moscú en la región.

 

Cuando a comienzos de mayo se hicieron públicos los resultados del Arab Youth Survey ─un sondeo de opinión llevado a cabo por la agencia Asda'a Burson- Marsteller a 3.500 jóvenes de 16 países árabes con edades comprendidas entre los 18 y los 24 años─, nadie esperaba semejante vuelco: Rusia había desbancado a EEUU como el país no-árabe preferido como aliado por los encuestados. Mientras Estados Unidos caía ocho puntos en un año ─de un 25% a un 17%─, Rusia aumentaba doce ─de un 9% a un 21%─ y pasaba por delante también de las antiguas potencias coloniales de Francia y Reino Unido. La encuesta reflejaba a las claras el rechazo de los jóvenes árabes hacia la nueva administración estadounidense ─hasta un 64%─, pero también desmentía, como señalaba el investigador de la Universidad de Harvard Simon Saradzhyan, tanto el argumento de que Rusia no pasa de ser una potencia regional como de que la campaña rusa en Siria ha resultado contraproducente para Moscú al contrariar a la población árabe suní.

Además de las recientes intervenciones militares, que siguen lastrando la reputación de EEUU ─y muy particularmente la larga ocupación iraquí (2003-2011)─, Moscú se beneficia de su discreta acción diplomática en la llamada región MENA (Oriente Medio y Norte de África, por sus siglas en inglés). La Federación Rusa ─donde un 6% de la población profesa el islam como religión, según una encuesta de la consultora Sreda de 2012─ mantiene buenas relaciones con todos los países de la zona, lo que la convierte a ojos de muchos en un potencial candidato a arbitrar en sus disputas regionales. Sin embargo, este hecho también ha alimentado los temores en Occidente a una expansión de la influencia rusa en la región e incluso la construcción de nuevas bases militares rusas en el extranjero.

 

Siria


Siria es sin duda el caso más conocido debido al apoyo ruso al gobierno sirio desde el estallido del conflicto en 2011. De todos los Estados de mayoría árabe, Siria fue probablemente el más cercano a la Unión Soviética y, tras la desintegración de ésta, a su sucesor, la Federación Rusa. Damasco cedió a la URSS en 1971 una instalación naval en Tartus ─popularmente conocida como “base” y oficialmente llamada “punto de apoyo material-técnico”─ que permite desde entonces a la Flota del Mar Negro disponer de un puerto en el Mediterráneo en el que reparar y repostar sus embarcaciones antes de regresar a la base de Sebastopol, en la península Crimea. Rusia y Siria iniciaron en el año 2006 conversaciones para su ampliación, las obras comenzaron tres años después y hoy permiten el acceso a buques de gran tamaño a la base.

La base de Tartus fue seguramente uno de los motivos de peso que llevaron a Moscú a implicarse en el conflicto sirio con la participación de los bombarderos de la Fuerza Aeroespacial, además de helicópteros, drones de vigilancia y asesores militares sobre el terreno. Su presencia permitió al Ejército Árabe Sirio recuperar el control de las ciudades de Palmira en marzo de 2016 y nuevamente en marzo de 2017 ─tras perderla temporalmente a manos de Estado Islámico─ y de Alepo en diciembre de 2016.

Para alojar a los aviones de la Fuerza Aeroespacial, ingenieros rusos construyeron un aeródromo en Khemeimin, en la provincia de Latakia, aprovechando instalaciones del aeropuerto internacional Basel al Asad. El pasado mes de enero el gobierno sirio firmó un tratado por el que cede esta base a Rusia por un período de 49 años, ampliable a otros 25. La base aérea de Latakia también aloja el Centro para la reconciliación, una iniciativa rusa establecida en febrero de 2016 para monitorear la tregua alcanzada bajo los auspicios de Moscú y Washington y de la que están excluidos Estado Islámico y Tahrir al-Sham, la fusión de varios grupos yihadistas, entre ellos el Movimiento Nour al-Din al-Zenki y el Frente al-Nusra (oficialmente la filial de Al-Qaeda en Siria hasta julio de 2016). El centro también coordina la rendición de armas por parte de los grupos opositores que se han acogido a la amnistía del presidente sirio de febrero de 2016 y la entrega de ayuda humanitaria a la población civil.

Además, Rusia es junto con Turquía e Irán uno de los tres países garantes del proceso de negociaciones en Astaná, que ha reunido en la capital de Kazajistán en torno a una misma mesa al gobierno y a grupos de la oposición armada con el fin de encontrar una solución acordada al conflicto y en el que EEUU participa significativamente sólo en calidad de observador.

A pesar de su cercanía con el gobierno de Bashar al Asad, Moscú no ha descuidado sus relaciones con los kurdos sirios. En febrero de 2016 el Partido de la Unión Democrática (PYD), cuyas Unidades de Protección Popular (YPG) constituyen uno de los grupos más efectivos en la lucha contra Estado Islámico en Siria, inauguró una oficina en la capital rusa. Y en la propuesta que juristas rusos entregaron en febrero a las autoridades sirias para la redacción de una nueva Constitución, la palabra “árabe” desaparecía del nombre oficial del país ─que pasaría a ser República de Siria─, se reconocía la autonomía cultural del pueblo kurdo y se recogía el reconocimiento de su idioma, aunque se mantenía el artículo sobre la integridad territorial del Estado sirio.

Aunque el PYD no excluye la posibilidad de celebrar un referendo de independencia con el fin de crear un Estado propio, el co-presidente del partido, Salih Muslim, defendió en una entrevista con la agencia ARA News la idea de trabajar en la creación de una Siria democrática y federal que incluya y represente a todos los grupos étnicos que viven en el país.

El 20 de marzo un portavoz de las YPG declaró a la agencia Reuters que las fuerzas kurdas sirias habían alcanzado un acuerdo con Rusia y que soldados y vehículos blindados rusos habían llegado al municipio de Kafr Jina, en la provincia de Afrin. La noticia fue rápidamente desmentida por el Ministerio de Defensa ruso, que dijo no tener ninguna intención de crear nuevas bases en Siria. Los contactos con los kurdos sirios obligan a Moscú a hacer malabarismos diplomáticos, pues mientras Turquía ha expresado públicamente su descontento, los kurdos, a su vez, no confían plenamente en el Kremlin debido a sus contactos fluidos con Ankara, Damasco y Teherán.

 

Libia


Tras participar en la ofensiva en Alepo, el portaaviones Admiral Kuznetsov emprendió el viaje de retorno al puerto de Severomorsk. El 11 de enero hizo una escala poco publicitada frente a la costa libia, en aguas internacionales. El general libio Khalifa Haftar, quien al frente del Ejército Nacional Libio controla la parte oriental del país, se trasladó hasta el buque para mantener una conversación por videoconferencia con el ministro de Defensa ruso, Serguéi Shoigú. Aunque la cobertura oficial despachó escuetamente el encuentro bajo el genérico título de “lucha antiterrorista”, la conversación entre Haftar y Shoigú llevó a los comentaristas a especular nuevamente con la posibilidad de la apertura de una nueva base militar rusa en el Mediterráneo o el apoyo aéreo de la Fuerza Aeroespacial a las tropas de Haftar siguiendo el modelo sirio.

A la muerte de Muamar Gadafi en 2011 no le siguió una rápida transición, sino una larga disputa interna entre facciones por el poder. Actualmente el Gobierno de Acuerdo Nacional, con sede en Trípoli y al frente del cual está el primer ministro Fayez al-Sarraj, controla la parte occidental del país, mientras Haftar se niega a reconocer su autoridad y gobierna la parte oriental, donde se encuentran la mayoría de oleoductos y reservas de crudo. En el ínterin, varias organizaciones terroristas ─notablemente Estado Islámico, que hizo pública su presencia con la difusión de la ejecución grabada en vídeo de 20 egipcios coptos─, aprovecharon el vacío de poder para echar raíces en Libia.

La situación de inestabilidad en el país preocupa seriamente a la Unión Europea. La inmigración al continente es una de las cuestiones clave: el caos ha permitido a los traficantes de personas utilizar Libia como una de sus bases (entre la isla de Lampedusa y la costa libia hay poco más de 460 kilómetros de distancia). Además, Libia suministra petróleo a través del gasoducto Greenstream, un proyecto conjunto de la italiana Eni y la libia NOC con una capacidad de 11 millones de metros cúbicos anuales. Manifestantes de la minoría amazigh lograron interrumpir temporalmente el suministro el suministro de gas en 2013 y 2017 para reclamar al Estado libio que garantice sus derechos.

En su pulso con el Gobierno de Acuerdo Nacional, respaldado por Alemania e Italia, Haftar cuenta con apoyos dentro y fuera del país. El general libio visitó Moscú en 2016 en dos ocasiones, la última en noviembre pasado, cuando se reunió con Shoigú y el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov. El 26 de diciembre el viceministro de Exteriores, Guennadi Gatílov, reclamaba públicamente un puesto para Haftar en el nuevo gobierno libio. “En el desbarajuste actual Haftar se encuentra en mejor posición que cualquier otro”, escribe Thomas Pany en el digital Telepolis. “A la población libia se le han agotado los nervios [...] Todo esto juega en beneficio de Haftar, que con sus tropas ha logrado éxitos militares contra los yihadistas e islamistas”, continúa. Haftar “se ha labrado una popularidad y es apoyado por Egipto, Francia, los Emiratos Árabes ─desde allí el antiguo jefe de Blackwater, Erik Prince, ha enviado pilotos para Haftar─ y ahora, aparentemente, también de manera mucho más clara por Rusia”. Se rumorea que Moscú también ha enviado instructores y asesores militares a Libia oriental. Esta situación ha hecho que Italia accediese en enero a enviar por primera vez ayuda humanitaria a las zonas controladas por Haftar.

Khalifa Haftar (Ajdabiya, 1943) recibió instrucción militar en la URSS y en 1969 participó en el alzamiento de militares nasseristas que depusieron al rey Idris. Participó en la guerra del Yom Kippur de 1973 y en el largo conflicto que enfrentó a Libia con el Chad (1978-1987), en el que fue hecho prisionero. Repudiado por el líder libio ─uno de los motivos podría haber sido que la experiencia militar de Haftar lo convertía en un rival del propio Gadafi─, Haftar cayó en desgracia. Fue expulsado consecutivamente a Zaire ─donde en 1988 se unió al Frente Nacional para la Salvación de Libia, bajo patronazgo estadounidense─, Kenia y EEUU. En 1996 intentó llevar a cabo un golpe de Estado contra Gadafi y, tras el fracaso de éste, regresó al país en 2011 desde EEUU. Desde el año 2014 Haftar ha desplegado una estrategia para ampliar sus alianzas políticas y militares en el este del país. Su giro hacia Rusia le ha valido el apodo de “el zorro del desierto de Putin” por parte del semanario alemán Der Spiegel.

Otra dimensión de la presencia rusa en Libia menos comentada es la económica: en febrero NOC firmó con la petrolera rusa Rosneft un acuerdo de exploración y producción. “Necesitamos la asistencia e inversión de las grandes compañías petrolíferas internacionales para alcanzar nuestros objetivos de producción y estabilizar nuestra economía”, dijo en un comunicado el presidente de NOC, Mustafá Sanalla. “Trabajando con NOC, Rosneft y Rusia pueden jugar un papel importante y constructivo en Libia”, aseguró Sanalla.

 

Egipto


Barack Obama empezó su mandato, como ha explicado Nazanín Armanian, “respaldando a los Hermanos Musulmanes” y “apostó por el 'islamismo de corbata' frente a la nefasta alianza de Bush con el islamismo de turbante de los jeques wahabíes de Arabia Saudí”. Sin embargo, el golpe de Estado de 2013, en el que el estamento militar descontento con el nuevo gobierno islamista derrocó al presidente Mohamed Morsi, invalidó esta alianza y abrió las puertas a Rusia a cooperar con El Cairo.

En noviembre de 2013, durante un encuentro entre los ministros de Defensa y Asuntos Exteriores de ambos países en la capital egipcia, el ministro egipcio de Exteriores, Nabil Fahmy, manifestó el deseo de su país de regresar a los niveles de cooperación militar existentes con la URSS durante las dos primeras décadas desde la revolución de 1953. Detrás de esta declaración había también una cuestión práctica: tras el golpe de Estado la Casa Blanca decidió suspender la venta de armas a Egipto por un período de dos años, obligando al nuevo gobierno a diversificar su cartera de defensa. En febrero de 2014 el nuevo presidente egipcio, Abdel Fatah al Sisi, viajó hasta a Rusia para reunirse con Vladímir Putin. Se trataba del primer viaje de Sisi al extranjero tras el derrocamiento de Morsi, y, como tal, iba destinado a romper las resistencias al reconocimiento internacional de su gobierno.

El Kremlin respaldó públicamente al presidente egipcio y expresó su interés en profundizar los vínculos bilaterales, no sólo ─como era notorio─ los militares, sino también los comerciales: Egipto sigue siendo un destino favorecido por muchos turistas rusos a pesar de los atentados terroristas y sus productos han reemplazado a los europeos en los estantes de algunos supermercados tras el veto agroalimentario ruso de 2014 en respuesta a las sanciones occidentales. Hasta un 43% de las exportaciones egipcias a Rusia entran dentro de esta categoría, según cifras del portal rusexporter.ru. Rusia, a su vez, exporta a Egipto sobre todo combustible y grano.

Además de la adquisición de armamento, en octubre de 2016 las tropas aerotransportadas de Rusia llegaron a realizar unas maniobras conjuntas con el ejército egipcio en El Alamein. Ese mismo mes el diario Izvestia informaba que Moscú y El Cairo estaban negociando la cesión a Rusia de la base naval de Sidi Barrani ─que la URSS utilizó hasta 1972 y desde la que monitoreaba a los buques estadounidenses en el Mediterráneo─, unas informaciones desmentidas poco después por un portavoz del presidente egipcio. La base de Sidi Barrani, que se encuentra a 95 kilómetros de la frontera con Libia, volvió a ser noticia el pasado mes de marzo, cuando los medios de comunicación informaron de la presencia en Egipto de drones y fuerzas especiales rusas (más tarde se habló de contratistas privados). Según los medios anglosajones, que citaban a funcionarios estadounidenses bajo condición de anonimato, Rusia habría desplegado también tropas en la base egipcia de Marsa Matrouh en el mes de febrero. El objetivo de este confuso episodio, según EEUU, habría sido respaldar la ofensiva de Haftar en Libia para controlar Sidra y Ras Lanuf, donde se encuentran un importante puerto y refinería petrolífera respectivamente. En su testimonio al comité de relaciones exteriores del Senado estadounidense, el general Thomas D. Waldhauser, responsable de AFRICOM, afirmó que “Rusia está tratando de ejercer influencia en la decisión de quién y qué entidad estará al cargo del gobierno en Libia”. Cuando el senador republicano Lindsey Graham inquirió si Rusia estaba intentando replicar la estrategia en Siria, Waldhauser respondió: “Sí, ésa sería una buena manera de presentarlo”.

 

Israel


Aunque Israel no es un país árabe, juega evidentemente un papel clave en la correlación de fuerzas en la región. Las relaciones diplomáticas de la Unión Soviética con Israel fueron la mayor parte del tiempo tensas debido al apoyo soviético al socialismo árabe y los obstáculos burocráticos a los que los judíos rusos se enfrentaban para llevar a cabo la aliyah (inmigración a Israel). Irónicamente, quizá haya sido esta misma emigración la que haya facilitado el restablecimiento de relaciones.

“Hoy hay alrededor de 1,3 millones de ciudadanos israelíes rusófonos, y la inmigración desde los países de la antigua URSS vuelve a estar al alza”, recordaba el año pasado The Times of Israel. No sólo el ruso es el tercer idioma más hablado en Israel ─con medios de comunicación propios, como el diario Vesti o el canal de televisión Israel Plus─, sino que “en un país de ocho millones de habitantes, la comunidad rusohablante constituye un electorado influyente”. Así, el partido conservador Yisrael Beiteinu se ha convertido en uno de los representantes de los intereses de la población rusófona en el país. Su presidente y ministro de Defensa, Avigdor Lieberman, nació en Chisinau, capital de la entonces república soviética de Moldavia; la titular del Ministerio de Absorción e Inmigración de Israel, Sofa Landver, en Leningrado; y el ministro de Medio Ambiente, Ze'ev Elkin, en Járkov. La marginación percibida o real hacia los judíos procedentes de la antigua URSS ─según un sondeo de la Oficina de Estadística de Israel un 67% afirmó tener la sensación de que sus compatriotas los veían como “rusos” y no como “israelíes”─ hace que este grupo de población presente una mayor cohesión ─un 72%, según ese mismo sondeo, declaró que su círculo de amigos se compone predominantemente de otros rusoparlantes─ y se perfile en consecuencia como un potencial lobby en el país.

“A pesar de Siria, las relaciones entre Rusia e Israel son las más cálidas de su historia”, titulaba el pasado 25 de marzo The Jerusalem Post. Como en el caso de Egipto, Moscú se benefició del giro de la política exterior de Benyamin Netanyahu durante la administración Obama y su búsqueda de nuevos socios. A pesar de que Rusia tiene vínculos con los enemigos tradicionales del Estado judío ─como Siria o Irán, e incluso la Autoridad Nacional Palestina (ANP)─, los israelíes valoran el pragmatismo de la diplomacia rusa y han encontrado en Moscú un contrapeso a sus relaciones con Washington y Bruselas, y Rusia, a su vez, puede apoyarse en Tel Aviv en su política occidental. Algunos analistas apuntan incluso a que el Kremlin habría tolerado convenientemente los bombardeos israelíes en Siria para no perjudicar este equilibrio. Otros señalan que las relaciones con Siria o Irán, lejos de enturbiar las relaciones con Tel Aviv, podrían facilitar el papel de Rusia como mediador en el conflicto palestino-israelí frente a EEUU, cuya evidente alianza con Israel lo convierte en un árbitro cuestionable. Rusia es miembro del llamado cuarteto junto con la ONU, EEUU y la Unión Europea para la resolución del conflicto.

Pero Israel también coopera con Rusia en otros ámbitos. Tras el veto agroalimentario, Israel ha visto aumentar sus exportaciones agrícolas a Rusia, y, aunque los alimentos son el producto estrella de las exportaciones israelíes (37%), también destacan los equipos electrónicos (8%) y productos farmacéuticos (6%). En 2015, el comercio bilateral ascendió a 2.700 millones de dólares estadounidenses, un incremento del 4% con respecto al año anterior. Israel importa más productos de Rusia ─2.100 millones de dólares─ de lo que exporta, según cifras recogidas por el portal económico rusexporter.ru. Como en el caso egipcio, la mayoría de exportaciones rusas a Israel las constituyen el combustible y los cereales.

Israel incluso colabora con Moscú en el siempre delicado plano militar, con la venta, desde 2009, de drones de fabricación israelí ─la última fue en septiembre de 2015, por un valor de 300 millones de dólares─ y mantiene un canal de comunicación directo, privado y encriptado, entre el presidente ruso y el primer ministro israelí desde el año 2014. “Rusia se siente muy próxima al gobierno israelí”, comentó el politólogo Aleksandr Tentzer al medio israelí Ynet. “Los rusos quieren hablar con Israel sin que nadie les espíe, en particular EEUU”, añadió.

 

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