Sábado, 20 Diciembre 2014 07:19

La otra revolución de Hong Kong

La otra revolución de Hong Kong

Un estrecho camino de hormigón separa los que parecen dos mundos paralelos. De un lado, una amplia carretera de dos vías, grandes edificios idénticos de color blanco sucio y rosa antiguo y el tráfico perenne. Del otro, bananos frondosos, árboles de guayaba, tierras abandonadas y tierras cultivadas hasta donde alcance la vista, casitas bajas decoradas con murales, colinas y los mil sonidos de la naturaleza. Si en el primero coches y camiones son lo único que se divisa en esta calurosa y húmeda tarde dominguera, el segundo es un hervidero de gente. Una joven suena Oh! Susana con una armónica mientras otras escogen cuidadosamente verduras tropicales de cestas multicolores y un señor lee un libro a un niño, que reposa en sus brazos. A su lado, unas familias escuchan atentamente las explicaciones de una joven, quien les enseña a trabajar la masa para hacer pizza.

La escena tiene lugar en la granja comunitaria de Mapopo en la aldea de Ma Shi Po (tocando al pueblo de Fanling), noreste de los Nuevos Territorios de Hong Kong. A sólo unos kilómetros de distancia se pueden avistar los grandes rascacielos de la ciudad china de Shenzhen. Si los planes del Gobierno local se cumplen, de aquí a unos años no quedará ni rastro de la aldea, donde hoy habitan unas cien familias, unas 15 de las cuales viven de la agricultura. En su lugar, se construirán más de 60.000 apartamentos, además de oficinas, espacios de ocio y nuevas carreteras que confluirán en el plan de urbanización NENT NDAs (sigla en inglés de Áreas de Nuevo Desarrollo del Noreste de los Nuevos Territorios). El proyecto en su conjunto llevaría al desplazamiento de más de seis mil personas y al cierre de más de un 10% de las granjas agrícolas que quedan en Hong Kong, muchas de las cuales llevan allí desde hace más de un siglo. El objetivo formal del Gobierno es proporcionar viviendas públicas; sin embargo, según los números provisionales del plan, estas no llegarían ni al 6% del total.

 

La granja comunitaria de Mapopo nació en 2010 como respuesta a este proyecto gubernamental. Becky Au, de 29 años, ha pasado toda su infancia jugando a capturar peces y a ayudar a limpiar las raíces de las plantas mientras su madre, su padre –y antes sus abuelos– cultivaban verduras en una parte de la parcela de tierra que hoy ocupa Mapopo.

 

"El primer proyecto de urbanización en la aldea empezó cuando tenía cinco años", recuerda Becky. Por ese entonces en Ma Shi Po vivían unas 700 familias. "Los promotores inmobiliarios comenzaron a comprar las tierras a los propietarios y mucha de la gente de la aldea, que estaba de alquiler, fue obligada a irse: sus casas fueron demolidas y las tierras agrícolas abandonadas. Mi familia, que posee unos 450 metros cuadrados, no cedió porque amamos nuestra casa y dependemos de este trozo de tierra", explica con la voz pausada y la mirada sonriente que la caracterizan.

 

Becky creció, fue a la universidad, donde estudió negocios, y empezó a trabajar en una agencia. "No era la vida que quería para mi", dice. En 2009, durante las alegaciones públicas del plan NENT NDAs, Becky conoció a Tv Yuen Yiktin, considerado uno de los pioneros de la agricultura orgánica en la región. "Empezamos a pensar qué podíamos hacer respecto al plan y para esta aldea y decidimos montar una granja comunitaria". Hoy Mapopo, que trabaja en colaboración con cuatro familias campesinas de la aldea, vende sus frutas y verduras in situ y a escuelas de la zona; además es un centro de formación en permacultura, sede de mercados bisemanales de agricultura local, de talleres para jóvenes y de visitas guiadas por la zona. Diez personas, en su mayoría sin experiencia previa, trabajan de manera estable en el proyecto. "Nuestro objetivo es atraer gente desde la ciudad y contarles la historia de este sitio y los detalles del plan del Gobierno, que tiene efectos negativos no solo para nuestras casas, sino para el futuro de Hong Kong", explica Becky. "La agricultura va de la mano con la expansión de la ciudad", apunta Tv Yuen. "Un crecimiento excesivo no solo destruye las zonas rurales, sino que también pone en peligro las ciudades, que padecen crisis alimentarias y pérdida de herencia cultural; al final acabamos teniendo un único sistema de valor: el dinero".

 

A los ojos de la mayoría Hong Kong representa finanzas y negocios y, sin embargo, hasta los años setenta, en la región de administración especial china, por entonces colonia británica, la agricultura no era una rareza en absoluto. Las tierras agrícolas cubrían más del 10% del total y la región producía más del 80% de las verduras que consumía. Sin embargo, en las últimas décadas, y contrariamente a lo que ha pasado en las otras grandes ciudades chinas –muchas de las cuales tienen un índice de autosuficiencia del 30%– en Hong Kong no ha habido ninguna política para promover la producción local de comida. Hoy las tierras cultivadas no llegan al 1% del total (cerca de 700 hectáreas) y Hong Kong depende en más de un 98% de importaciones, mayoritariamente desde la China continental, para abastecerse de vegetales. Las tierras en teoría designadas como agrícolas corresponderían en realidad al 4% del total, pero gran parte de ellas están abandonadas, en muchos casos en manos de promotores inmobiliarios que las precintan y dejan sin uso a la espera de proyectos de urbanización: ese tiempo intermedio puede durar hasta veinte años. En la aldea de Ma Shi Po un único promotor inmobiliario es el dueño del 80% de la tierra.

 

"En Hong Kong la agricultura sigue el libre mercado como cualquier otro negocio, y como en todo negocio la política del gobierno es no interferir", aclara Chris Fung, funcionario del Departamento de Agricultura del ejecutivo local.

 

"El Gobierno es el dueño último de todas las tierras: aunque conceda el derecho de uso a propietarios que sí pueden gestionarlo como mejor consideren, legalmente tendría el poder de readueñarse de ellas ante un interés público y yo creo que el abastecimiento y la seguridad alimentaria –fundamentales para la resiliencia de una región– constituyen un fundamento más que suficiente para hacerlo. Es totalmente inaceptable dejar abandonada tanta tierra durante décadas, aún más considerando que en Hong Kong es un bien escaso", apunta Edward Yiu, profesor asociado de la facultad de Geografía y Gestión de los Recursos de la Universidad China de Hong Kong. El secretario del departamento de Alimentación y Salud, Ko Wing-man, en una comparencia ante el Consejo Legislativo del año pasado afirmaba: "El desarrollo de la industria agrícola a una escala suficiente para aumentar la cuota de productos locales en el suministro de alimentos no parece una propuesta viable".

 

Mapa de los distritos de Hong Kong.


Sin embargo, no siempre ha sido así: "Hasta la II Guerra Mundial el Gobierno británico tenía una política agrícola muy poderosa porque quería asegurarse la lealtad de los agricultores de los Nuevos Territorios", apunta Tv Yuen. "En los años setenta, a sabiendas de que les faltaba poco para devolver la región a China (lo cual ocurrirá en 1997), empezaron a vender la tierra para sacarle el mayor provecho económico antes de irse. La prosperidad de Hong Kong tiene su origen en la venta de terrenos a los promotores inmobiliarios".

 

Y esta no es la única razón del deterioro de la agricultura: "Sobre todo en los años sesenta Hong Kong tuvo un rápido incremento de población proveniente de China; el Gobierno empezó a comprar suelo en los Nuevos Territorios y a construir urbanizaciones e industria cambiando el uso de las tierras, que así adquirían mucho más valor", explica Chu Yiu Kwong, profesor de historia en escuelas secundarias y agricultor por pasión. "Además en los ochenta, con la política de puertas abiertas de China, las verduras locales empezaron a ser muy poco competitivas: la mayoría de las y los agricultores se mudaron a la madre patria, donde tierra y salario eran mucho más baratos, y empezaron a vender desde allí a Hong Kong".

 

Chu estudió agricultura en Mapopo y el año pasado creó en el pueblo de Sheung Shui (noroeste de los Nuevos Territorios) la granja y centro de enseñanza en educación rural SoIL (Society for Indigenous Learning). "Veía que mis estudiantes eran totalmente ajenos al sitio en el que vivían y pensé que si podía enseñarles la historia de la comunidad y ponerles en contacto con su gente, aprenderían que el campo no es solo para ser vendido sino que representa cultivos".

 

Hasta los años 70, las tierras agrícolas cubrían más del 10% del total de las tierras y la región producía más del 80% de las verduras que consumía
La recuperación de la autonomía alimentaria ha estado presente también en la llamada Revolución de los Paraguas. Becky, Tv Yuen, Chu y otros agricultores participaron en las protestas, donde no perdieron ocasión de hablar de agricultura local y de los planes del Gobierno. Algunos, entre otros ex estudiantes de Mapopo, montaron incluso una mini granja en el centro de la ciudad. Todas las campesinas y campesinos entrevistados para este reportaje lo tienen claro: "Sin autonomía local será muy difícil conseguir una democracia real". Ying Hand, agricultor en SoIL, aclara: "Si Hong Kong depende fuertemente de China para sus necesidades básicas, no tendrá poder de negociación para pedir otros derechos, como el de voto".

 

El valle de Kam Tin, en el noroeste de los Nuevos Territorios, es probablemente la mayor extensión de llanura de la región, que por lo demás es en su mayoría montañosa. Sus tierras fértiles en el pasado abastecían a la región de arroz y verduras. Hoy, en el centro del pueblo homónimo, lo que hasta hace un par de años eran mercados y bodegas son agencias de la propiedad. El precio de la vivienda y el nivel de densidad estelar tanto de la zona financiera de la isla de Hong Kong como de la más comercial de Kowloon (en la tierra firme) atraen a mucha gente hacia las zonas más remotas. En las afueras, en equilibrio encima de un árbol de longan, la señora Lam recoge pacientemente dragon eye (frutos parecidos al lichi y así llamados por su similitud, una vez pelados, con los globos oculares).

 

Lam, campesina desde hace 40 años, hasta hace cuatro siempre había alquilado una parcela de tierra junto con su marido en Choi Yuen Tsuen, su aldea natal. En 2009 el Gobierno anunció la construcción de un tren de alta velocidad que enlazaría Hong Kong con Cantón. Esta infraestructura (con un coste de siete mil millones de euros es la más cara por kilómetro nunca construida) tiene retrasos y no se prevé que pueda entrar en función antes de 2017. Sin embargo, en 2011 las cerca de 500 familias de Choi Yuen, entre ellas, los Lam, tuvieron que abandonar sus hogares y tierras: aunque recibieron compensación monetaria, se les dio poco tiempo para dejar sus casas y no se les ofreció ayuda para construir una nueva aldea. Muchas familias campesinas pidieron más tiempo para encontrar un terreno y construir viviendas antes de ser desalojadas. El Gobierno se negó. El proyecto pronto se convirtió en pararrayos de un descontento más amplio de varios sectores de la población hacia la falta de democracia y de rendición de cuentas por parte del Ejecutivo local (el mismo que hoy en día confluye en la Revolución de los Paraguas).

 

Desde el 2011 la señora Lam y su marido alquilan una parcela en Kam Tin. "Mantuvimos el mismo alquiler durante 20 años; ahora disponemos de la mitad de la tierra y pagamos el doble", explica sin dejar ni por un momento su trabajo.

 

A unos pocos metros de distancia, Fung Yu Chuk y otras 10 personas originarias de Choi Yuen Tsuen cultivan colectivamente una parcela de media hectárea. Hasta hace cuatro años, Chuk trabajaba de conserje en una escuela en un pueblo de la zona. "Cuando supe que el Gobierno iba a destruir la tierra en la que habíamos vivido durante décadas, sentí que tenía la responsabilidad de hacer algo". No solo Chuk dejó su trabajo, sino que en 2012 se presentó como concejala del distrito "para intentar ayudar desde dentro".

 

Perdió las elecciones y el pueblo fue desmantelado, pero la participación en las protestas la llevó a decidir cambiar el rumbo de su vida convirtiéndose ella misma en agricultora. "Pedimos al dueño que nos alquilara al menos durante cinco años para poder tener cultivos de larga duración (como los árboles frutales) e invertir en infraestructura", cuenta. "Nos dijo que no, porque espera que haya algún proyecto de urbanización del cual sacar más dinero; en ese caso, seríamos un obstáculo".

 

En estos momentos el Gobierno ofrece cerca de 3.000 millones de euros para adquirir unas 100 hectáreas de tierra agrícola que necesita para llevar a cabo el plan NENT NDAs: si aceptan, los promotores inmobiliarios recibirán por metro cuadrado 10 veces el precio que pagaron cuando adquirieron las tierras hace una década. "Si hubiese voluntad política y se recuperaran las más de 3.000 hectáreas de tierra agrícola hoy en estado de abandono, podríamos alcanzar inmediatamente el 30% de autosuficiencia en lo que concierne a las verduras", concluye el profesor universitario Yiu. Aunque el Gobierno no vaya hacia esa dirección, si algo han demostrado las protestas en la calle de estos meses es que nunca como hoy hay mucha gente en Hong Kong que quiere poder decidir por si sola cuál será su futuro.

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Diálogo con Miguel Altieri y Marc Dufumier: Crisis alimentaria y agroecología

Existe un interés creciente, no solo en el mundo rural sino también en la población urbana, por la agricultura ecológica, debido a su potencial para asegurar una alimentación sana y con menor impacto ambiental. No obstante, hasta ahora se lo ve más bien como una opción marginal del sistema alimentario, mientras se sigue imponiendo la visión de que sólo con la agricultura a gran escala se podría responder a las necesidades alimenticias del mundo. Pero, ¿qué hay de cierto en todo eso?

 

Un primer hecho a notar es que el hambre crónica que se padece en el mundo no se debe a una escasez en la producción de alimentos. En eso las cifras están claras. Cada persona requiere ingerir unas 2200 kilocalorías por día, para lo cual se necesita producir unos 200 kilos de cereales por habitante por año, o su equivalente en forma de papa, yuca, o similares. La producción mundial actual es de 330 kilos por habitante, o sea que hay una sobreproducción de comida, suficiente como para alimentar a 9 mil millones de personas, la cifra de población mundial estimada para el año 2050.

 

Estos datos nos proporcionaron dos investigadores, en sendas entrevistas que realizamos para profundizar sobre las causas de la crisis alimentaria y las alternativas que ofrece la agroecología. Se trata de Miguel Altieri, profesor de la Universidad de California en Berkeley, quien es también presidente de la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología -SOCLA-; y Marc Dufumier, profesor en el Instituto Nacional Agroeconómico de París, AgroParisTech.

 

Dufumier reconoce que la crisis alimentaria se agudizó en estos últimos 4 años, "pero ya en 2006 había 800 millones de personas que tenían hambre. Ahora hay un poquito más, pero es estructural, no es una crisis coyuntural", afirma: "es un problema de pobreza en términos monetarios. La gente no tiene poder de compra". En el mismo sentido, Altieri recalca: "un tercio de la población humana gana menos de dos dólares por día, entonces no tiene acceso a la comida. En Europa y en EE.UU. se bota aproximadamente 115 kilos por persona por año de comida, suficiente para alimentar a toda África". Otros factores que contribuyen a la crisis alimentaria, señalados por nuestros entrevistados, incluyen el aumento de la producción agrícola para alimentar a los carros en lugar de las personas; el incremento del consumo de carne (que se extiende ahora en países de gran población como China e India), siendo que se necesitan de tres a diez calorías alimenticias vegetales para producir una caloría animal; el sistema de distribución de alimentos, y otros problemas estructurales relacionados con el control de las multinacionales sobre el sistema alimentario.

 

Para Altieri, la crisis alimentaria, acoplada a la crisis energética, la ecológica y la social, "es una crisis del capitalismo, de un modelo industrial de agricultura que se basó en premisas que hoy ya no son válidas". Lo explica en estos términos: "cuando se crea la revolución verde en los años 1950-60, se crea un modelo de agricultura maltusiano, que percibe el problema del hambre como un problema de mucha población y poca producción de alimentos; y que había que cerrar la brecha trayendo tecnologías del Norte al Sur, como las variedades mejoradas, los fertilizantes, los pesticidas, etc. Ellos asumían que el clima iba a ser estable, que el petróleo iba a estar abundante y barato, que el agua iba a estar siempre abundante y que las limitantes naturales de la agricultura, como las plagas, se podían controlar fácilmente. Y así nos encontramos hoy en día con una agricultura que ocupa aproximadamente 1.400 millones de hectáreas en monocultivos altamente dependientes de productos externos, en los cuales los costos de producción varían de acuerdo a como sube el petróleo; donde tenemos más de 500 tipos de plagas resistentes a más de mil pesticidas". Uno de los resultados es que actualmente en el mundo hay "aproximadamente mil millones de personas hambrientas y por otro lado mil millones de personas obesas, que son víctimas directas del modelo industrial de agricultura".

 

Es cierto que este modelo, siendo altamente mecanizado, rebaja significativamente los costos directos de producción por hectárea; por lo tanto permite vender alimentos a menor precio a la vez que aumentar las ganancias. No obstante, Dufumier destaca que esto es una trampa, pues no toma en cuenta los costos indirectos: sociales, ambientales, de salud pública, etc. Cita el ejemplo de la leche en polvo barata, que "nos cuesta sumamente caro, por la contaminación de los suelos, por el exceso de nitrato en las aguas freáticas, por las hormonas en la leche. Entonces hay lo que los economistas llaman externalidades negativas", que impactarán en una menor expectativa de vida y en la salud de la población. Altieri estima que en el caso de EE.UU., de internar estos costos, sumarían unos $300 por hectárea de producción.

 

La agroecología como alternativa

 

Frente a este modelo, surge la pregunta: en qué medida la agroecología puede ofrecer soluciones viables; y si se trataría de soluciones parciales o marginales, o si tiene la capacidad de solucionar el hambre. Miguel Altieri aclara: "No me gusta caer en el argumento de si la agroecología podría alimentar el mundo porque, como dije, no es un problema de producción. Con la agroecología podemos producir alimentos suficientes para alimentar al mundo, pero si las inequidades, las fuerzas estructurales que explican el hambre no se solucionan, entonces el hambre continúa, no importa que sigamos produciendo con agroecología".

 

La agroecología –nos recuerda– "es una ciencia que se basa, por un lado, en el conocimiento tradicional campesino y utiliza también avances de la ciencia agrícola moderna (salvo la biotecnología transgénica y los pesticidas, por supuesto), pero sí los avances que tienen que ver con ecología, con biología del suelo, control biológica de plagas, todo eso se incorpora dentro de la agroecología, y se crea un diálogo de saberes. En el mundo hay aproximadamente 1.500 millones de campesinos que ocupan unas 380 millones de fincas, que ocupan el 20% de las tierras, pero ellos producen el 50% de los alimentos que se están consumiendo en este momento en el mundo. (La agricultura industrial solamente produce 30% de los alimentos con el 80% del área agrícola). De esos campesinos, 50% practican agroecología. O sea, están produciendo el 25% de la comida del mundo, en un 10% de las tierras agrarias. Imaginen si esta gente tuviera el 50% de las tierras a través de un proceso de reforma agraria: estarían produciendo comida en forma abundantísima, con excedente incluso".

 

Al mismo tiempo, la agroecología trae otras ventajas que no tiene la revolución verde. "Por ejemplo –señala Altieri– es socialmente activante, porque para practicarla tiene que ser participativa y crear redes de intercambio, sino no funciona. Y es culturalmente aceptable porque no trata de modificar el conocimiento campesino ni imponer, sino que utiliza el conocimiento campesino y trata de crear un diálogo de saberes. Y la agroecología también es económicamente viable porque utiliza los recursos locales, no entra a depender de los recursos de afuera. Y es ecológicamente viable porque no pretende modificar el sistema campesino sino optimizarlo. La revolución verde buscó cambiar ese sistema e imponer un conocimiento occidental sobre el conocimiento campesino. Por eso ha tenido mucha repercusión en las bases", concluye.

 

Un factor importante a considerar es que la producción agroindustrial de gran escala es menor cuando se considera la producción total. O sea, los monocultivos son más productivos en términos de mano de obra; pero la agricultura campesina produce mucho más por hectárea. "Si haces un gráfico de producción total vs área –indica Altieri–, la curva de producción va bajando en relación al área de la finca. Porque no estamos comparando producción de maíz con maíz, sino que estamos comparando la producción total de la finca. ¿Y qué produce el campesino? Produce maíz, habas, papas, frutas;cría chancho, pollo,... Y cuando analizamos así el sistema, nos damos cuenta que es aproximadamente 20 a 30 veces más productiva. Eso da una base muy importante para pensar en reforma agraria".

 

Otra ventaja es su mejor resistencia al cambio climático. No solo porque no genera calentamiento global -a diferencia de la agricultura industrial, con su alto consumo de combustibles fósiles-, sino que hay evidencias de que resiste mejor fenómenos como las sequías. Los monocultivos, que crecientemente dominan los paisajes agrícolas del mundo, "son altamente susceptibles porque tienen homogeneidad genética y homogeneidad ecológica", como lo evidenció la sequía del año pasado del Mid-West de EE.UU., la más grande en 50 años, donde la agricultura transgénica de maíz y soya perdió el 30% de todo el rendimiento, según Altieri.

 

Políticas públicas

 

¿Cuáles serían, entonces, las políticas públicas clave para que un país promueva y desarrolle en serio la producción agroecológica? Nuestros entrevistados coinciden en reconocer que la producción agroecológica, por ser artesanal e involucrar mayor mano de obra, tiene costos de producción más altos y debe ser mejor pagada; entonces se requieren políticas de fomento y subsidios que protejan a la agroecología y a los pequeños agricultores. De este modo se puede lograr que la comida sana esté al alcance de las mayorías, y que no sea solamente un producto de consumo de lujo de los sectores adinerados (como ocurre, por ejemplo, con los productos orgánicos que se exportan al Norte).

 

Miguel Altieri destaca, en este sentido, la experiencia de Brasil, con el programa del Ministerio de Desarrollo Rural que compra el 30% de la producción al campesinado, reconociendo su rol estratégico. Es una comida sana que se destina al consumo social, en las escuelas, los hospitales, las cárceles. "La agricultura familiar en Brasil cuenta 4,7 millones de agricultores que producen el 70% de la comida en 30 % de la tierra; es un papel fundamental para la soberanía alimentaria". Entendieron que para protegerla, no podían poner a los pequeños productores a competir ni con los grandes, ni con la producción de EE.UU. o de Europa "que es una competencia totalmente desleal". El investigador considera un acierto que ese país haya creado dos ministerios del sector: el de agricultura, para los grandes productores (que evidentemente van a seguir existiendo), y el de desarrollo rural para los pequeños, con proyectos de investigación, extensión, políticas agrarias específicas para el agricultor campesino. Incluso dice que este último ministerio tiene más recursos que el de agricultura. "Lo que no funciona es cuando el ministerio de agricultura cuenta apenas con una pequeña oficina o secretaría del agricultor familiar", algo que pasa en la mayoría de países.

 

Apoyar las prácticas agroecológicas con investigación y con extensión agroecológica es otro elemento clave. "Mucho gente pregunta: ¿puede la agroecología alimentar el mundo, puede ser tan productiva? Pero mira, todos los institutos nacionales de investigación agropecuaria, los centros internacionales de investigación, las universidades, durante 60 años han financiado investigación en agricultura convencional. ¿Qué tal si a nosotros nos dieran el 90% de ese presupuesto para apoyar la agroecología? La historia sería otra", reflexiona Altieri. Señala a Cuba como el país más avanzado en este sentido, por la situación que enfrentó en el periodo especial. Una ventaja fue que tenía los recursos humanos para hacerlo, tenía agroecólogos formados; y a través de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños –ANAP-, 120 mil agricultores en 10 años incorporaron la agroecología, con altos niveles de producción y eficiencia energética.

 

Quizás el obstáculo mayor es la falta de voluntad política, combinado con intereses multinacionales "que están siempre empujando en el sentido equivocado". Altieri cree que el cambio climático es lo que finalmente va a poner los límites a la agricultura industrial. En el caso de países como Ecuador y Bolivia, cuyas constituciones ya establecen la soberanía alimentaria, el investigador considera que tienen "una oportunidad histórica: si no es ahora, ¿cuándo?" Él les ha propuesta establecer un proyecto territorial piloto, pues "el manejo territorial implica ecología del paisaje y otras dimensiones del diseño que van mucho más allá del diseño de la finquita particular. Porque si hay campesinos que practican la agroecología pero están dispersos, no se puede hacer una conversión territorial. Así aprendamos, porque no tenemos todas las respuestas".

 

¿Una agricultura de pequeña escala?

 

Nos preguntamos si la agroecología puede aplicarse en cualquier escala, o si es básicamente para la pequeña agricultura, y si eso es una limitante. Marc Dufumier considera que, por su esencia, sirve para la agricultura familiar, aunque reconoce que es más accesible a la mediana producción familiar que al minifundista, por su poca capacidad de ahorrar e invertir en tracción animal, carretas, producir estiércol y fertilizar por la vía orgánica. Las unidades familiares de tamaño mediano serían, además, las óptimas para generar empleo y evitar el éxodo rural. Los grandes productores agrícolas, en cambio, "tienen la capacidad de inversión, pero no tienen el interés, porque quieren maximizar la rentabilidad del capital financiero invertido, y amortizar la inversión sobre grandes superficies, entonces su interés es el monocultivo que es todo lo contrario de la agroecología".

 

Para Miguel Altieri, en cambio, la agroecología es una ciencia que entrega principios de cómo diseñar y manejar sistemas agrarios, de cualquier escala, pero con respuestas tecnológicas diversas, según el caso. "Yo he mostrado ejemplos de fincas de entre 500 y 3000 has. que se manejan agroecológicamente. Estoy hablando de un rediseño del sistema agroecológico con biodiversidad funcional, con rotaciones, con policultivos, que toman otras formas en la gran escala, porque hay que usar maquinaria por supuesto, no van a manejar 3000 has. con chuzo ni con tracción animal. Entonces hay muchos ejemplos de que se puede hacer a gran escala. Lo que pasa es que en América Latina, dada la importancia estratégica de la pequeña agricultura, la agroecología siempre se dedicó a solucionar el problema de la agricultura familiar, campesina, pero eso no significa que no se pueda aplicar a gran escala".

 

- Sally Burch, periodista, es integrante de ALAI.

Artículo publicado en la Edición de julio (487) de la revista América Latina en Movimiento, titulada "La alternativa agroecológica": http://alainet.org/publica/487.phtml

 

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