Pablo Goldschmidt, reconocido virólogo.

Pablo Goldschmidt, un reconocido virólogo, habló con Infobae desde Mónaco -donde vive y transcurre su cuarentena francesa- y lanzó polémicas definiciones sobre el número de casos y la idoneidad de la OMS, la oscura razón de tantos muertos en Lombardía, Italia, y culpó por los decesos, más que al virus, a los deficientes sistemas de salud

 

Como alguien que nada contra la corriente, el doctor Paul Goldschmidt (nacido en nuestro país hace 65 años -los cumplió hace dos días-, que vive hace 40 en Francia), lleva desde hace años una lucha contra el pánico a los virus. Su libro “La gente y los microbios”, donde explica la psicosis que generaron la gripe H1N1 y el SARS, así lo atestigua.

Ahora, este virólogo jubilado del Ministerio de Salud de Francia, que pasa sus días en su departamento de Mónaco, la emprende contra los cálculos que la Organización Mundial de la Salud hizo sobre los alcances del coronavirus COVID-19, que ya contagió a 595953 personas y mató a 27333 (690 y 17 respectivamente en la Argentina) aunque Goldschmidt lo relativizará.

“Estamos todos encerrados. Hay drones en Niza que le hacen multas a la gente desde el aire. Mire donde llegó este control. Hay que leer a Hannah Arendt, mirar cómo fueron los orígenes del totalitarismo. Cuando alguien le mete miedo al pueblo, hace lo que quiere con él…”, sostiene. Y si se le hace notar que por su edad está en el grupo de riesgo, lo asumirá: “Pero claro… todos estamos en riesgo. Pero hay gente de 80 que está fantástica".

-¿Por qué sostiene que hay una paranoia injustificada con el coronavirus?

-Mire, este tipo de enfermedades no merecen que el planeta esté en un estado de parate total, salvo que haya predicciones que sean realistas.

-¿Y no las hay?

-En el Imperial College de Londres, que tiene un servicio muy bueno de epidemiología y de predicciones matemáticas, hay un profesor, (Neil) Ferguson, que hizo el modelo de las curvas que se achatan, o no, en epidemiología. Y que fue tomado para todas las decisiones políticas gubernamentales por consejo de la Organización Mundial de la Salud, sin discutir ni poner en tela de juicio las ecuaciones. Yo desde el principio empecé a analizar esto y vi que había algo raro. A mi eso no me cerraba. Anteanoche, este señor Ferguson dijo que la proyección que hicieron debía ser masivamente disminuida -tal la palabra que usó en inglés- con respecto a las cifras de muertes.

-¿Que significa?

-Que, por ejemplo, para los Estados Unidos él proyectó con su modelo -que todo el mundo está utilizando en este momento sin siquiera cuestionarlo-, 2.200.000 fallecimientos; y 500 mil en el Reino Unido si no se tomaban las medidas de achatar la curva y todo lo que significaba eso. Ahora dice que no, que las predicciones no parecen ser exactas. Lo mismo que sucedió con el H1N1. Predijeron muchísimas menos muertes ahora, siempre que se mantengan las medidas de cierre como las que tomaron los gobiernos. Las estimaciones son mucho más bajas.

-Pero por el bloqueo...

-Dice que el bloqueo las va a mantener. Pero el bloqueo para achatar la curva se hizo en función de los primeros cálculos, que daban un coeficiente de transmisibilidad y mortalidad mayor. Pero ahora dice que ya no es como le daba antes, que está en el orden del 3 o 2,5, dentro de los valores de la gripe. Y dijo el miércoles que, por las estimaciones que revisó y las medidas de cierre adoptadas por el gobierno británico, los hospitales van a atender a la gente infectada y morirán más o menos 20 mil personas por el virus... o por la excitación que van a provocar otras dolencias asociadas al virus.

-¿Qué tipo de dolencias?

-Infartos, accidentes cerebro vasculares… Porque usted va al hospital y si muere por un infarto, dirán que murió por el virus. El problema es que ahora se mezcla todo. Una persona que llegue por una tentativa de suicidio y que se tomó un remedio por estar resfriada, murió por el virus. Alguien con un ACV mal manejado, si está resfriado, murió por el virus, no por el accidente cerebro vascular. El dice que hay que corregir la cifras porque solo se está considerando eso. Por supuesto, en Oxford hay otro epidemiólogo que dice estar sorprendido porque se haya aceptado de manera tan incondicional por parte de las organizaciones internacionales el modelo de Imperial College. Ellos están haciendo otro tipo de modelo predictivo y dicen que este virus se ha propagado de una manera invisible y descontrolada por lo menos un mes antes de lo que cualquiera hubiera sospechado, y si se empieza a hacer test a la población probablemente la mitad haya sido infectada, y que entonces la mortalidad es mucho más baja y el riesgo también. Si eso es verdad, uno de cada mil infectados sería el que enferme y necesitaría hospitalización, porque el 86 por ciento no tiene síntomas serios. Esto apareció ayer en Inglaterra.

-¿Qué cambia esto para el sistema sanitario?

-De cada 100 personas que van a consultar, 86 por ciento padecen síndrome gripal. El médico, en ese caso, le va a hacer un análisis de sangre y le pedirá cuatro parámetros, que el laboratorio le puede hacer en media hora o una hora. Ahí se puede saber si la persona tiene o no una infección viral. No le va a decir si tiene coronavirus. Tiene un virus. Influenza, adeno, cualquier otro. Pero se necesitan laboratorios que puedan hacer dímeros, proteínas C reactivas, recuento globular… Si los dímeros positivos dan altos, alguna lastimadura tendrá en el pulmón. Y se hacen enzimas hepáticas y se pide un ionograma para ver como esta el potasio. Si dan, la persona tiene un virus, sea corona o no. Si esas cosas no están alteradas, lo mandan a la casa y le dan tratamiento de gripe. ¿Entiende? Hasta aquí no hace falta pánico, y hablamos del 85 por ciento de la gente. Pasó en Corea, China, y en todo el mundo.

-¿Qué sucede con el 15 por ciento que sí da infección viral?

-Puede ser grave. La única manera de saberlo es hacer un test PCR, que no es accesible en todas las ciudades, provincias o laboratorios. El costo de cada test es de 30 o 40 dólares y se necesita personal muy bien formado y materiales. Yo justamente estuve en la Argentina en diciembre, y dí una charla sobre cómo desarrollar test de biología molecular casero y que no sea caro. Pero para desarrollarlos hay que esperar por lo menos dos meses. Hay que comprar los de Corea, porque los chinos en este momento tienen un problema bastante serio, mucha gente no los quiere comprar más. Pero inclusive comprando el mejor test de Corea hay un 20 por ciento de falsos negativos.

-¿Y si el resultado es coronavirus COVID-19?

-Si tiene una infección viral, y dice tengo fiebre (más de 38,5 durante dos días), estoy cansado, tosiendo, siento que me falta el aire y además, por una razón muy rara, pierde el gusto y el olfato, la única salida es una resonancia o una tomografía de pulmón. No hay otra. Una radiografía no siempre da buenos resultados. Si el radiólogo dice que hay infección compatible con neumonía por coronavirus, esa persona tiene que ser internada en terapia intensiva, pero eso es para un máximo del cinco por ciento de las personas. Ahora, si no tiene resonadores o tomógrafos, ¿qué hace? No se sabe, y ahí empiezan los problemas.

-¿No hay solución en ese caso?

-Lo que hacen los coreanos, y ahora los franceses se atribuyen la paternidad, es dar un antibiótico, como puede ser la amoxicilina con clavulánico y la hidroxicloroquina.

-¿Sirve la hidroxicloroquina?

-Es lo único que se puede dar ahora. No hay pruebas contundentes, pero es mejor que nada. Se trata como una neumonía. La diferencia con la neumonía clásica es que, esta vez, se le agrega la hidroxicloroquina, pero solamente si el médico le hace un electrocardiograma y mide el potasio del paciente. Porque cambia la conductividad cardíaca, y al cabo de tres pastillas los electrocardiogramas traen sorpresas. No se le puede dar a cualquier persona. Por eso en Francia hubo una negociación entre Salud Pública y el profesor de Marsella que tomó los procedimientos de Corea (Didier Raoult) y dijeron que eran para todo el mundo… pero no. Es para quienes tienen un médico que los sigue, porque si tienen un trastorno del ritmo cardíaco, si baja el potasio, puede ser peor el remedio que la enfermedad. Pero en definitiva, estamos hablando de que a esa gente hay que internarla. Y acá viene la gran pregunta.

-¿Cuál es?

-Que tiene que estar en un servicio de terapia intensiva con gente formada. ¿Hay gente formada en todos los países y ciudades para terapia intensiva? ¿Hay suficiente gente que sepa meter un laringoscopio para intubar a los pacientes? ¿Hay enfermeros y médicos a quienes el Estado se hizo responsables de formarlos para hacer frente a eso? La respuesta es “no”. Y tampoco hay suficientes máquinas. En Alemania hay seis veces más respiradores que en Italia. Y diez veces menos muertos por la misma patología. En Europa hay 80 mil camas de terapia con personal formado, un promedio de 12 cada 100 mil habitantes; en los Estados Unidos hay 28 cada 100 mil; en Alemania, 29; en Portugal, 4,2; en España, 10,3, pero el problema es que allí el 78 por ciento de quienes atienden esas camas está entrenado para terapia médico quirúrgica y unidad coronaria, gente que sabe manejar infartos y acv, pero el Estado no formó neumonólogos para hacerse cargo de este tipo de crisis. Entonces, ¿hasta dónde es solamente el virus responsable?

-¿E Italia, el país donde dicen que se hizo todo mal?

-El problema de Italia e mucho más serio y necesita un análisis aparte. Allí la mortalidad es muy alta, y la gente está cantando el himno, pero no sabe que desde hace 25 años cierran camas y no crean cargos de médicos. Y mucho menos, médicos de terapia intensiva que trabajen en los hospitales. Lo que esto habla es que no es sólo el virus. Hay 75 mil personas diagnosticadas y 7400 muertos, el 9 por ciento de muertos. Algo significa.

-¿Cómo ve al sistema de salud argentino?

-No lo podría decir. El sistema argentino es complicado. Hay hospitales estatales, privados, municipales, de sindicatos. Cuando estuve el año pasado, en el Hospital Fernández todo funcionaba, pero al Clínicas no puede ir porque no andaba el ascensor. Y en cuanto a los profesionales, no se en este momento cómo está la neumonología. Hay buenas individualidades, gente brillante, pero en lo general, no se.

-Usted dice que no hay que tener paranoia, y está bien. Pero si en China tuvieron que crear hospitales de la nada, esto es distinto a una gripe común, algo pasa...

-Mire. Cualquier persona que tose va a terapia intensiva. El año pasado, en los Estados Unidos hubo 460 mil personas con neumonía, en terapia. Este año no se si va a haber 100 mil. La cosa no es así. La gente corre al hospital por cualquier cosa. Y los enfermeros y médicos no fueron formados, porque hasta hace tres meses no importaba. A los pacientes les ponen máscaras de oxígeno, y sobre 100 ancianos, en un geriátrico del sur de Roma murieron 11 en una mañana. ¿Los mató el virus? Quizás estaban con el corona. Pero, ¿qué hubiera pasado si los atendían correctamente? ¡No tenían ni procedimientos! En China, al principio la mortalidad era del 9 por ciento, y ahora están en el uno. En Italia están en el 9, pero está bajando porque están aprendiendo a trabajar. Que están aprendiendo significa que no los formaron, que no había infraestructura. Está el sentido patriótico, la gente sale a la ventana, pero los médicos no son héroes, son trabajadores que va a poner el lomo pero no están formados. Los ponen frente a situaciones dramáticas, y muchos no saben lo que deben hacer. Los procedimientos no estaban escritos. Recién ahora la cosa se sabe. Por eso yo pregunto ¿es el virus sólo el responsable de estas muertes? Dicen que se acumulan los cadáveres, pero en España, ayer, mostraron que el año pasado hubo la misma cantidad de muertos.

-¿Pero muertos por qué causa?

-Por infartos o neumonías. Ahora resultan todos por COVID-19. Pero el año pasado no se ponían a sacarles muestras nasales a todos los muertos.

-¿Usted quiere decir que lo que llaman muertes por COVID-19 no son por esa causa?

-Por ahí son por COVID-19, pero por ahí había también el año pasado por otros virus respiratorios. Seguro que hubo, porque la influenza mató a muchísima gente en España e Italia. Pero morían de neumonía, sin ponerles etiquetas. Ahora bien. Ya analizamos la falta de respiradores, de formación, personal, médicos y enfermeras, que en Italia gritan todos los días porque no abren cargos en hospitales públicos. Prácticamente no había servicios de terapia en las ciudades chicas. Hasta ahí uno razona, pero empujando el razonamiento al máximo, yo me pongo a mirar las causas de muerte en Lombardía, donde murió más gente. Y lo que le voy a comentar no lo publicó nadie.

-¿Qué vió?

-En Italia, en Lombardía, es donde más mueren por mesotelioma. Todas las fábricas de fibrocemento que usaban amianto estaban ahí. Hasta 1992, que lo prohibieron, estaba en techos y aislante de fábricas. Las paredes tenían amianto, que larga cristalcitos que llegan al pulmón, que luego puede cicatrizar, o no. El mesotelioma es el cáncer de pulmón producido por asbestosis o amianto. En las autopsias que se hicieron en Lombardía en los últimos diez años, el 85 por ciento eran por exposición laboral. Tumores malignos con localización pulmonar y peritoneal. Y hasta el 92 nadie prohibió el uso. Lombardía tiene diez millones de habitantes, es el lugar que tiene más empleados en la industria del amianto, el lugar del mundo con más asbestosis. Pero además, el amianto se pega a la ropa, a las fibras. La ropa de alta costura del norte de Italia las hacen señoras costureras. Puede creer que entre el 2000 y el 2012 hubo 4442 mesoteliomas malignos (2850 en hombres y 1592 en mujeres), cáncer de pulmón invasivo por exposición al amianto. Y crece más. Este año hubo 3,6 por ciento más que en años anteriores en hombres y 3,3 en mujeres mayores de 65 años. Y hasta el 2030 habrá 20 mil más.

-¿Qué relación existe con el coronavirus?

-Que en esa región, castigada por falta de medios, el cierre de camas, falta de aparatos de respiración, se encuentra la gente mayor, con pulmones con cáncer o lastimaduras crónicas, que hace que una infección viral se transforme en una infección mortal. Un pulmón agredido por una fibra mineral, tendrá una reacción distinta a un pulmón sano. Y no es casualidad que muera más gente donde están las fábricas de amianto.

-Pero el COVID-19 mata más que la gripe común...

-Todas las infecciones virales pueden ser mortales. La diferencia es que con esta se armó pánico y con las otras no. El año pasado murió mucha gente de gripe y nadie cerró el planeta. Entonces, ¿qué pasa ahora?

-Se lo pregunto a usted, ¿qué pasa?

-No se…

-Pero qué percibe, ¿una conspiración?

-No, eso se detecta enseguida. El año pasado hubo 36 millones de personas con gripe en los Estados Unidos. Fueron internadas 370 mil y 22 mil se murieron. ¿Queda claro? Y nadie cerró ningún aeropuerto. En Francia hay 33 mil casos, pero cuando murieron 23 mil viejitos en los geriátricos por una ola de calor el país tampoco se cerró. Hay algo muy raro aquí.

-Por eso insisto, ¿qué ve usted?

-Un error grave de los peritos de la OMS, lo que denuncié desde un principio. ¿Sabe qué quiere decir pandemia? No significa enfermedad grave o severa. Quiere decir que muchos países tienen una enfermedad. ¡Todos los años hay pandemia de resfrío, y nadie cierra nada! ¿No hay que relativizar todo esto?

-Pero el COVID-19 es muy contagioso, doctor…

-Sí, como el resfrío, que es como muere la gente en los geriátricos. Antes no los contaban, ahora si. Hubo más de medio millón de casos de neumonía en el mundo el año pasado. Hay un millón de personas que se pueden agarrar meningitis en África, y se transmite por la saliva, y los aviones van y vienen. Y a nadie le importa nada. Hay 135 mil personas que van a andar con tuberculosis en América Latina, y nadie hace escándalo. A mi, cuando algo hace mucho ruido como con el corona… Se está teatralizando mucho. Desde el primer día dije que las cuentas no daban, como cuando apareció la gripe H1N1.

-¿Y qué haría usted?

-No soy una autoridad para decir que haría, pero veo que falta formación y materiales. Entonces, primero, formaría al personal para lo que viene. En tres semanas, cuando vean las señas de la enfermedad, ellos van a ser los que inciten las nuevas medidas. Mire lo que pasa en Alemania. La mortalidad es diez veces más baja porque hay especialistas en neumonología y terapia intensiva pulmonar. Bueno, hagamos cursos en la Argentina, y en todo el mundo. A los médicos no los pueden largar improvisadamente frente a una persona que no puede respirar. Cuando esa gente se forme, las cifras van a demostrar que ese cinco por ciento de casos graves va a poder ser atendido en los hospitales. Y que lo demás se va a caer por su propio peso.

-¿Hay que parar la cuarentena?

-Cuando el sistema esté en condiciones, con personal formado, equipos, medicamentos e infraestructura, sí, no tiene ningún sentido. Como está ahora la situación, no se puede decir nada sobre la cuarentena porque no se sabe cuánta gente va a estar infectada y si las camas de terapia intensiva y el personal alcanzarán para el 5 por ciento de ellos. La medida no es por el virus, sino por el riesgo de no poder hacerse cargo de la gente que está en situación crítica. No sé si está mal, porque no hay cifras objetivas. A lo sumo, está bien que hayan parado porque les forzó la mano la OMS, y una vez que se larga la cuarentena no se puede parar. Pero habría que comparar con las cifras de muertes del año pasado. El pánico es absurdo. Hay 690 positivos…¿a cuantos se les hizo el test? ¿A 30 millones o a mil? Fallecieron 17, yo quiero ver cuantos murieron en geriátricos o en su casa de neumonía por neumococo o hemofilus, que hay muchísima en la Argentina, el año pasado.

-¿Cómo evalúa lo que está haciendo el gobierno, entonces?

-Dicho lo anterior, a mi me parece que el gobierno actúa muy bien y con mucha cautela. Pero la autoridad internacional les empuja la mano con las cifras de mortalidad que ponen los peritos de la OMS, que hacen cuentas matemáticas. Pero no es mala fe, sino incompetencia. No hay nadie detrás. Pero insisto, en la Argentina están haciendo las cosas bien y con seriedad. Ginés me parece muy bueno. Y Carla Vizzotti es una mujer que sabe lo que hace, es muy competente, conoce, estudia. Cuando usted está con personas que son estudiosas, que no son panfletarias, que son serias, le dan confianza. Charlé con ella y me impresionó. Nunca vi en la Salud Pública ese nivel de formación. Hacen las cosas lo mejor que se pueden hacer con el presupuesto del que disponen.

-Pero no piensa lo mismo de la Organización Mundial de la Salud.

-Para nada.

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Diez píldoras para después de la pandemia

Si creemos que después de la pandemia se volverá al supuesto estado del bienestar, en forma de Green New Deal o similares, somos el colmo de la ingenuidad.

Se recomienda no tragarlas todas de golpe. Pueden provocar una reacción excesiva. Écheles un vistazo a todas, pero luego, si le apetece, vaya tomando una cada tres días, dejando que se disuelva lentamente en el aparato de sentir, pensar y decidir. O como mejor le venga, claro.

  1. El sistema no ha provocado directamente la pandemia, pero es muy probable que la haya producido indirectamente. Tal vez no ha causado la crisis puntual, la del corona­virus -parece que no les gusta que mezclemos el virus con la corona, pero así son las cosas-, pero sí que ha generado las precondiciones: vuelco climático, reducción de es­pacios naturales, movimientos desmesurados de personas y mercancías (suponiendo que para el capital sean cosas distintas) por la globalización, la deslocalización y el tu­rismo, alimentación basura, contaminación “urbi et orbi”...
  2. Lo que sí es seguro es que ha creado las condiciones para la extensión de la pande­mia y el colapso sanitario. La contrarreforma neoliberal se ha cebado en los servicios públicos y sociales (y en las condiciones laborales) para abrir nuevos nichos de lucro con las necesidades básicas. Al tiempo, “su” estado destinó a las empresas centena­res de millones de euros para cubrir sus espaldas. El pueblo paga cada vez más por cada vez menos, los amos pagan cada vez menos por cada vez más.
  3. El sistema no ha provocado la pandemia, pero está dispuesto a sacarle el jugo: en lo social, en lo político y en lo económico. El capitalismo no es superinteligente ni omni­potente, pero es sumamente listo para sacar provecho de cualquier circunstancia. Hasta la última gota. Caiga quien caiga. Y más ahora que está senil y desesperado por la imposible recuperación de la perdida lozanía. Es su ocasión para expulsar a más gente del sistema, para más autoritarismo (incluso neofascismo) y para más negocio (o lo que es lo mismo, en las actuales circunstancias, más especulación, es decir, más casino financiero).
  4. La pandemia no es la causa (la precondición) de la crisis, sino su precipitante. Esta­mos acostumbrados a analizar las crisis como fases cortas. Esas son las pequeñas. Tal vez nos deberíamos habituar a considerarlas como fases largas. Esas son las pro­fundas. Esta empezó, sin necesidad de fechas precisas, en el último tercio del siglo veinte (o en el último cuarto, qué más da) y puede durar siglos. Para pasar del escla­vismo al capitalismo (su versión mejorada y modernizada) se necesitó toda una Edad Media.
  5. ¿Y para qué aprovechan la crisis? Para recuperar, fortalecer e incrementar precisa­mente el sistema que la ha producido y que la ha convertido en caótica. Las grandes empresas por delante de la gente. Muy por delante, suponiendo incluso que la gente del pueblo esté en la fila. Solo hay que saber comparar cifras. Sí, para salir de la crisis (y de la pandemia) pretenden apoyar en primer y casi exclusivo lugar a quienes la han producido y/o expandido, aunque no hayan mostrado el más mínimo signo real de arre­pentimiento. Todo muy razonable y justificado.
  6. Pero esta pretendida salida de la crisis no afecta solo a lo económico. Si quieren tener más beneficios y más dinero es para tener más poder. Si quieren tener más poder es para tener más beneficios y más dinero. Como los tiempos que se avecinan van a os­cilar entre lo muy duro y lo terriblemente duro prevén que van a necesitar más estado. Y más subordinado. Y más subordinante. Así que el autoritarismo, la vigilancia, la mili­tarización, el ultranacionalismo, la xenofobia, el neofascismo (incluso el ecofascismo), la aporofobia (el odio a los pobres), etc., se van a mezclar con nuevos chivos expiato­rios a los que culpar (el sectarismo, por principio, no tiene límites) y el fomento de las “guerras entre los de abajo” -no vayan a señalar a los verdaderos culpables-, ataques a los servidores y no a sus amos, etc.
  7. Esta gran crisis (la importante, la de fondo) puede contener muchas crisis puntuales. Y la siguiente puede ser peor que esta. Y la siguiente… Si creemos que después de la pandemia se volverá al supuesto estado del bienestar, en forma de Green New Deal o similares, somos el colmo de la ingenuidad. Tendrían que verse con el agua al cuello por la resistencia o la movilización popular… o por la imposibilidad de recuperar sus ganancias. Tendríamos que no haber aprendido nada para caer de nuevo en la misma argucia: el capital pacta cuando está débil para poder lanzar la ofensiva cuando recu­pera la fuerza. Elemental.
  8. Nunca hemos estado mejor preparados para afrontar una crisis de fondo. El pensa­miento y la ética antagónicos, ecofeministas, solidarios, autogestionarios… ya no son marginales, aunque tal vez sigan siendo minoritarios. Nunca este pensamiento y esta ética han estado mejor y más unitaria y, al mismo tiempo, diversamente expuestos. No digo nombres (muchos femeninos), porque no cabrían.
  9. Y no es solo el pensamiento y la ética, sino, lo que es más importante, la multitud de pequeños colectivos movilizados y de pequeñas experiencias refe­renciales de otro modo de con-vivir: comunitarias, agroecológicas, educativas, comuni­cacionales… Gente que ha situado en la práctica una vida digna y feliz al margen de la acumulación de beneficios, del sacrificio del tiempo y de las relaciones humanas insatis­factorias y del consumismo idiota. Al mismo tiempo, nunca nues­tras posibilidades de organización en red han sido tan potentes.
  10. Ahora solo queda la última píldora: siempre nos jugamos mucho. En el día a día. Pero hay momentos específicos en la historia -acontecimientos- que van a suponer un cam­bio de sentido. Para peor, para mucho peor, o para mejor, para mucho mejor. Ojalá acumulemos suficiente asco y rabia y la transmutemos en acción resistente y creativa, en apoyo mutuo y dignidad. No sé si seremos capaces pero, en principio, esperanza. Mucha esperanza.

Por Ricardo Sosa

31 mar 2020 11:44

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Lunes, 30 Marzo 2020 06:39

Peste y primavera

Residentes de South Orange y Maplewood, en Nueva Jersey, se han unido para elaborar equipos de protección, como mascarillas y protectores faciales, con el fin de ayudar a los trabajadores sanitarios del área en la lucha contra el coronavirus.Foto Afp

La peste no es sólo el coronavirus, sino el manejo criminal y negligente de la crisis por casi toda la clase política. Está más que documentado que se sabía de las posibilidades terribles de una pandemia como ésta y la cúpula política no dijo ni hizo lo debido. El régimen estadunidense –en los hechos, por los números innecesarios de gente contagiada, personas que mueren– ahora compite con el coronavirus sobre cuál es más peligroso para la salud pública.

Ante la irresponsabilidad del régimen y gran parte de la cúpula política en torno al desastre que estamos viviendo en Estados Unidos, el temor –a veces nutrido por algunos medios cubriendo esta nota roja masiva con un tinte amarillista– se vuelve más contagioso que el coronavirus.

Por las cuarentenas parciales, cunde un silencio ensordecedor en grandes urbes sólo interrumpido por las sirenas de cada vez más ambulancias mientras la gente comparte historias de horror pero también de heroísmo, sobre todo el de los trabajadores de salud que intentan hacer todo para rescatarnos de esta peste.

No respiren, no toquen, el que está al lado puede ser mensajero de la muerte, esperen instrucciones de las autoridades; no se muevan, no se muevan. Ese es el mensaje oficial incesante.

Pero rompiendo esta inercia decretada, esta condición diaria donde uno –si no está capacitado en atender y salvar vidas– está condenado a ser testigo o víctima de todo esto, algo reaparece con la primavera.

Iniciativas de ayuda mutua –concepto de origen anarquista (Kropotkin, entre otros) después mezclado con corrientes cristianas radicales e indigenas donde el apoyo esta organizando horizontalmente para beneficiar a todos los participantes– están brotando en diversas esquinas del país, y con ello florece esa solidaridad que suele aparecer ante actos catastróficos para una sociedad. Son respuestas colectivas basadas en la lección básica de esta pandemia; lo que hacen todos y cada quien afecta a todos los demás.

Con ello, se han organizado brigadas para hacer compras colectivas y distribuir a la comunidad desde alimentos básicos hasta medicinas a organizar transporte y alojamiento. Esas redes, en gran medida son organizadas por jóvenes con sus talentos digitales, en comunidades pobres en Nueva York, Chicago, Los Angeles, Salt Lake City, Washington DC, Nashville, Las Vegas, Cleveland entre decenas y pronto cientos mas (https://docs.google.com/spreadsheets/ d/e/2PACX-1vRks16AM9mtiFCC dEJmckD9IszC7rHkvfRj6xxspMB4BBB8n_SiUsHCfbHb DCixmvNGTSPm7PEii2nP/pubhtml# ; https://mutualaiddisasterrelief.org).

Muchas de estas agrupaciones son recién nacidas ante este desastre, pero otras son más antiguas con largas historias de autogestión autónoma que ahora están respondiendo a una crisis más, y además de promover apoyo mutuo dentro y entre comunidades.

Como se comentó en un foro virtual esta semana en el Highlander Center por participantes en este tipo de esfuerzos tanto de ahora como en el pasado, el concepto se basa en solidaridad, no caridad, ya que la caridad rescata justo las estructuras que contribuyeron al desastre en lugar de transformarlas para que no se repita este tipo de crisis. Se rechaza la idea de que los expertos, que suelen estar o llegar de fuera, son los que tienen que resolver la situación sino que los problemas y sus soluciones tienen que ser definidos por los directamente afectados. Otra participante señaló que se tiene que rechazar hasta el nombre de la medida oficial de distanciamiento social, insistiendo que lo que se tiene que hacer es guardar una distancia física, pero mantener sobre todo la solidaridad social. Afirmaron que el objetivo es pensar en cómo construir una infraestructura de cuidado comunitario frente a un sistema capitalista que sólo le interesa rescatar sus intereses en una crisis como ésta.

No son una vacuna, pero estas respuestas –junto con la cada vez más esplendorosa gama de expresiones solidarias por artistas y otros trabajadores culturales en estos momentos– son los antídotos vitales, invitaciones a una primavera.

(https://twitter.com/i/status/1243550980022718465). (https://twitter.com/YoYo_Ma/status/1243618409067294720)

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Sábado, 28 Marzo 2020 07:03

Contagiar otro mundo

Contagiar otro mundo

Frente a los decretos de excepción expedidos por diversos gobiernos, el “ shock sicótico-viral” extendido por los pueblos del mundo, y el peligro científicamente probado del coronavirus, movimientos sociales crean formas de extender la solidaridad. Primero, para atender a las personas mayores, el sector más vulnerable en la pandemia. Después, para enfrentar los costos sociales que ya se colocan sobre los hombros de los de abajo.

Italia es un buen ejemplo. De larga tradición partisana, anarquista y autonomista, la Italia social reinventa sus formas de ayuda mutua. Christian Peverieri, integrante del colectivo Centros Sociales del Noreste, herederos del movimiento autónomo de la década de los setenta, colabora con lugares ocupados y en la lucha por los derechos de vivienda, de los migrantes y trabajadores: "después del decreto que nos obligó a quedarnos en casa, hemos empezado a pensar que podríamos hacer para no desaparecer como movimiento".

Una de las iniciativas más fuertes en Italia es la asamblea nacional por el salario de cuarentena, en la que movimientos sociales convergen en una línea: "esta crisis no la pueden pagar los pueblos". Así, un fuerte movimiento laboral podría estar en puertas, algo que abarque diversos sectores, especialmente a quienes sus condiciones materiales no les permiten parar, y cuya vida está en riesgo ante el virus y las exigencias del mercado: cambios en la producción, obligación de sostener la vida de quienes están en casa, ocupar gasto social para rescatar corporaciones y flexibilización del trabajo.

Lucia Arese de Carovane Migranti agrega: "Los más golpeados son siempre los sectores más vulnerables, con menos privilegios, menos protegidos por el Estado, los que están al margen del sistema". A las personas que viven al día y sin parar, se suman otras poblaciones excedentes. Por ejemplo, los migrantes y refugiados de los campos de Lesbos, donde ya se confirmó el primer caso de coronavirus. Los obreros cuyas industrias no querían detenerse y se fueron a paro ellos mismos. Y los presos ahí y en Colombia, quienes se amotinaron por sus condiciones de hacinamiento y fueron masacrados.

En diversas localidades de España, Francia y Alemania las redes vecinales en Internet trabajan a tope. Además de apoyar a adultos mayores, ofrecen asesoramiento legal y laboral ante despidos injustificados y cuidado de niñas y niños. Radios comunitarias y viejos movimientos por el derecho al hogar digno hoy claves para informar.

En Irán, el país olvidado de la pandemia, donde el gobierno asesinó a centenas durante las protestas de 2019 y ahora miente sistemáticamente sobre el virus, la población no tiene más que organizarse. El poeta Mohsen Emadi cuenta: "tenemos una huelga no manifestada. Se trata de tomar el control de su vida, porque el régimen no la puede cuidar".

Así, las redes organizadas dan un vuelco a las medidas de excepción, los discursos de los medios, y hasta rebasan a los filósofos críticos europeos, ahora centrados en debates sobre el Estado, el control, el estancamiento, la producción, pero han ignorado a las formas-de-vida que a diario practican la insurrección por venir.

Aunque, es cierto, vivimos el perfeccionamiento digital y policial de un Estado de excepción perpetuo. O más, una sociedad de la excepción: mercados, crimen organizado, medios de comunicación, redes sociales, son su garante. Estos poderes declararon la guerra a los manifestantes de los movimientos plebeyos y populares de 2019, y arremeten ahora contra un "enemigo" invisible no humano-el virus. Colombia e Irán, Ecuador y Francia, Chile y España, las calles de los países que se levantaron contra el neoliberalismo hace pocos meses están bajo sitio. De manera simultánea, los gobiernos mandan al Ejército a ocupar ciudades y lanzan programas de rescate, para corporaciones.

También es cierto que los pueblos han hallado la forma de retomar estas luchas. Un potente cacerolazo resonó en ciudades como Bogotá, Río de Janeiro y Barcelona el 18 de marzo. En los países sudamericanos el enojo es contra la ineptitud de sus gobiernos. En España las cacerolas truenan contra el rey Juan Carlos I, a quien se exige que ponga a disposición de los afectados el dinero que supuestamente le donó el difunto rey saudí. Toman la calle, pero de una manera distinta: con sonidos. O, incluso, como la fronteriza ciudad de Mexicali, miles se ven forzados a salir a manifestar su repudio por la imposición de una cervecera en su territorio, la cual amenazara el acceso popular al agua. Así, nos dicen: "arriesgamos la vida en el presente por la vida del futuro."

Para cambiar los términos del Estado de excepción y cuidar la vida ante el virus, la poeta de la India, Nabiya Khan, escribe: "distancia física con solidaridad social". Y los zapatistas, al anunciar el cierre de sus caracoles autónomos, llamaron: "a no perder el contacto humano, sino cambiar temporalmente las formas para sabernos", una manera quizás, de seguir contagiándonos, en su raíz etimológica: seguir en contacto. Esto nos coloca ante lo que los personajes de Albert Camus dicen en la novela La Peste: "no he tenido nada que aprender con esta epidemia, si no es que tengo que combatirla al lado de usted".

Así que, paradójicamente, el coronavirus amplía la disputa por otro mundo y revela el antagonismo: ¿cantamos el himno nacional italiano o español desde el balcón, o la canción partisana antifascista Bella Ciao? O nos adaptamos al capitalismo, su actualizado control biopolítico, o nos situamos en un “ momentum de emancipación anárquica y recreación en común del mundo humano en su simbiosis con lo no humano”, como escribió recientemente el joven filósofo chileno Gonzálo Díaz Letelier.

Esto implica una triada: actividad desde abajo, paro organizado y reflexión crítica. Quizás, como planteó el EZLN en estos días: "La palabra y el oído, con el corazón, tienen muchos caminos, muchos modos, muchos calendarios y muchas geografías para encontrarse. Y esta lucha por la vida puede ser uno de ellos".

Al-Dabi Olvera, cronista

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Jueves, 26 Marzo 2020 06:50

Escenarios futuros

Escenarios futuros

La dependencia del alto consumo material y energético de nuestro sistema, el límite de disponibilidad de estos recursos y la falta de opciones marcan la inevitable quiebra de la civilización industrial. Esta no ocurrirá de forma súbita y total, sino que será un proceso largo, complejo y diferencial, con altibajos. Habrá momentos de reactivación de la capacidad económica y del viejo orden social, pero seguirán nuevas crisis que terminarán en una mayor degradación de la complejidad. El declive de la sociedad industrial se parecerá más a una piedra rodando por una pendiente irregular que cayendo por un precipicio. Así, se irá pasando de lo complejo, grande, rápido y centralizado, a lo sencillo, pequeño, lento y descentralizado.

Los distintos sistemas (ciudades, Estados, subjetividades, tecnología, economía) no colapsarán a la vez, sino que serán los elementos más vulnerables los que lo hagan primero y, a partir de ellos, se irá extendiendo el proceso mediante múltiples bucles de realimentación positiva.

Todo el proceso será largo. La total reorganización social se producirá durante un Largo Declive. La velocidad del colapso de los sistemas complejos depende del grado de integración de sus nodos y de la velocidad de funcionamiento de todo el sistema. A más integración y más velocidad, mayor celeridad. En el pasado, los colapsos societarios fueron relativamente lentos, como su metabolismo. El Largo Declive será rápido al principio (quiebra de la economía financiera y productiva global) pero, conforme avance, transcurrirá con más lentitud (desmoronamiento de lo urbano, quiebra del Estado fosilista) y el ritmo irá siendo más (cambio de subjetividades) y más (reorganización ecosistémica y climática) pausado. Además, el proceso tendrá distintas velocidades en los diferentes territorios.

Lo altamente probable

Entre los cambios que ya han podido empezar, hay cosas que sucederán con una alta probabilidad:

  1. Derrumbe monetario-financiero. Crisis de la banca, los mercados especulativos y el crédito. También de las monedas globales.
  2. Desglobalización y decrecimiento. La energía escasa y el estrangulamiento del crédito ahogarán el comercio, especialmente el internacional. La economía se relocalizará.
  3. Fuertes migraciones. Serán consecuencia de los cambios en el entorno, y de decisiones económicas y políticas.
  4. Reducción demográfica. Esta será una de las etapas lentas que empezará con el agravamiento de la crisis económica y de las condiciones ambientales, pero que se irá profundizando. Habrá serios problemas para sostener la fertilidad de los suelos por la falta de abonos provenientes de la minería (fosfatos) y de los hidrocarburos, y del cambio climático. Tampoco se podrá mantener el vigente sistema sanitario, empezando por la potabilización del agua. Pero los descensos poblacionales podrán ser de formas muy distintas.
  5. Ruralización urbana, éxodo hacia espacios rurales y conversión de las ciudades en minas. La imposibilidad de un transporte rápido y masivo hará insostenibles las ciudades, obligando a un éxodo de ellas y/o a producir una parte importante de la alimentación en ámbitos urbanos. En cambio, será en las urbes donde se podrán extraer los minerales que son cada vez más difíciles de encontrar mediante la minería convencional.
  6. Metabolismo agrícola. Sin combustibles fósiles disponibles de manera masiva, el metabolismo socioeconómico tendrá que tornar a ser, inevitablemente, mayoritariamente agrícola.
  7. Menor especialización social. Las personas se dedicarán a tareas más homogéneas, que probablemente pasen por el sector primario. Solo es posible mantener sociedades especializadas con flujos de energía densos y abundantes que les permitan no tener que dedicar el grueso de sus esfuerzos a la obtención de energía.
  8. Menos información disponible. En el mismo sentido del punto anterior, un sistema educativo complejo que permita sostener una gran cantidad de información solo puede producirse en sociedades con una alta disponibilidad energética. En todo caso, la información disponible puede ser más útil para construir sociedades justas, democráticas y sostenibles que la actual. Esta etapa será lenta y se irá produciendo tras el derrumbe de la economía global.
  9. Tecnologías más sencillas basadas en energías y materiales renovables.
  10. Menos medios para sostener las jerarquías. Esto se debe a varios factores entre los que destaca una menor potencia bélica posible, unas tecnologías y fuentes energéticas de acceso más universal o que las sociedades sean más locales y, con ello, potencialmente con una gestión democrática más sencilla.
    Además, instituciones claves para mantener sociedades desiguales, como el Estado, tendrán menos fuerza. El Estado se fortaleció mediante cinco mecanismos fundamentales: burocratización; estabilización e incremento de los ingresos; monopolización de la fuerza; creación de legitimidades; y homogeneización cultural de la población. Todos ellos retrocederán como consecuencia de la menor disponibilidad de energía y la consiguiente simplificación social.
    En todo caso, las jerarquías que se expresan en lo micro, como el patriarcado, contarán con los mismos medios.
  11. Cambio de los valores dominantes. La sostenibilidad y una vuelta a una concepción más colectiva de la existencia serán elementos inevitables en los tiempos complicados por venir.

De todo ello, surgirán nuevas luchas y articulaciones sociales que se moverán entre neofascismos o autoritarismos, y cuidados de la vida ecomunitarios.

Por Luis González Reyes es miembro de Ecologistas en Acción

Este texto es un extracto de la publicación «Colapso del capitalismo global y transiciones hacia sociedades ecomunitarias»

26/03/2020

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Liderazgo social alternativo para enfrentar la pandemia, y más allá de ella

El Covid-19 nos colocó como sociedad global ante el espejo, y su reflejó es el capitalismo, destructor, atomizador de relaciones humanas, destructor de la naturaleza, aniquilador de vida y de la esperanza.

Esa es una realidad. Pero también nos colocó cara a cara entre procesos sociales y políticos, con su característica atomización y pretensión de hacer cada uno por cuenta propia, con la fragilidad de no proyectar el mediano ni el largo plazo, así como de no retomar las capacidades y debilidades de cada uno para entre todos y todas, sacando lo mejor de sus particularidades, extender ante el país una alternativa que propenda por el liderazgo común, de los millones que somos, para así, con la fuerza totalizante de sueños y disposiciones poder avanzar tras la construcción de la gran vivienda que aspiramos sea nuestro país. Una vivienda donde cada quien encuentre su lugar, así como posibilidad de realización, personal y colectiva.

Tenemos ante nosotros, por tanto, una posibilidad –a pesar de todo lo negativo que esconde la coyuntura, manipulada por el poder global y local–. Actuemos de acuerdo al reto.

Como ya es coincidencia social, la cuarentena decretada no puede implicar multiplicación de hambre y penurias para quienes están al margen del sistema; de ahí que necesitemos un plan humano, inmediato, para los de abajo. Pero tampoco puede significar, una vez superada la coyuntura, continuidad de lo que ya traía el país, de una economía organizada a favor de unos pocos, y una participación de forma pero no decisoria; pero tampoco puede significar, producto de la crisis/recesión económica a la que se adentra el sistema mundo capitalista, ahondamiento de desempleo, pobreza y segregación social. La primera lección de la crisis es que necesitamos un país para los 50 millones que somos.

Es por ello que el país está de cara a toma, ya, sin más dilación, medidas como:

Medidas inmediatas

- Entrega de alimentos y otras ayudas para cada familia. Para ello, disponer las sedes de las Juntas de Acción Comunal, así como iglesias, centros educativos, para concentrar alimentos, y logística en general, que demanda la atención de la crisis, para distribuirlos en cada uno de los barrios.

- Para facilitar la entrega de estos recursos. Constitución de grupos juveniles para la selección de todo lo recibido y su entrega, casa a casa. Recordar que quienes están en edad juvenil son las personas menos propensas a un golpe duro por parte del Covid-19

- Realización urgente de censo, barrio a barrio y con duración no mayor a un día, de personas en necesidad de apoyo alimentario, reconexión de servicios públicos, atención médica –terapias y otros tratamientos–, y entrega de la información a las alcaldía locales –para el caso de Bogotá– y a los despachos de los alcaldes en cada una de las otras ciudades. Se supondría que el Dane, o departamentos sociales y comunitarios de cada alcaldía debiera contar con esta información, pero todo indica que no es así, o que no tienen una información totalmente actualizada, producto de que los programas sociales diseñados por años están enfocados no para todos los sectores excluidos sino para algunos de estos.

- Atención directa a personas con alguna discapacidad, así como acompañamiento psicosocial y de todo tipo para personas que lo requieran.

- Protección a mujeres y niños/as sometidos a violencia intrafamiliar.

- Acompañamiento a estudiantes que no cuenten con computador y/o red de internet en sus casas.

- Entrega de salario mínimo generalizado, hasta que dure la crisis, para desempleados e informales.

- En tanto las guarderías también fueron cerradas, despliegue de asistencia social para acompañar madres cabeza de familia, realización de terapias de estímulo a niños y niñas con capacidades especiales, implementación de recreación dirigida en los barrios populares, así como garantía de entrega de apoyos alimentarios para cada uno de estos infantes.

- Diseñar programas urgentes en procura de una conexión con los productores directos en el campo, algunos de ellos organizados en redes de producción y distribución –como lo evidencia la realización de ferias campesinas periódicas en distintas partes del país, algunas de ellas con asiento en plazas principales de ciudades–, rompiendo así la intermediación comercial, estabilizando de esta manera precios y brindando a los campesinos, por esta vía, ingresos seguros.

En pocos meses

La crisis humanitaria pasará, no así la económica, y en ese momento, para que el país vaya avanzando hacia una política cada vez más humana y digna, debemos implementar un conjunto de medidas de manera autónoma, sin esperar para ello la reacción del Estado y de los grupos que lo detentan; política lideradas por los movimientos sociales, dándole vitalidad a:

Soberanía alimentaria. Coordinación de redes de producción y de mercadeo agrario. Así debemos proceder. La coyuntura ha demostrado que el acceso a un abastecimiento suficiente y eficiente a todos los niveles es una de las primeras preocupaciones de las familias. El miedo al desabastecimiento, la especulación con los precios de los alimentos más esenciales para la mesa cotidiana, es un factor de desequilibrio y control social.

Construcción de tiendas comunitarias en todos los barrios populares, a través de las cuales se mercadee lo producido por las redes agrarias, garantizando calidad y control de precios.

Edificar la sociedad a la altura de nuestros sueños, sin depender del Estado. Redes comunitarias en salud, educación, comunicación, deporte, recreación, y demás particulares que facilitan que la vida sea más amena y satisfactoria. Más participación con capacidad decisoria, menos delegación.

Participación. Ampliación de los mecanismos de participación directa de las comunidades, con capacidad decisoria: implementación de asambleas comunitarias, como mínimo mensuales, donde se aborde y decida sobre la vida comunitaria en todos los niveles, donde se decida sobre la administración de lo público, y donde la democracia directa gane concreciones medibles.

Implementación de programas de agricultura urbana, realmente comunitaria, no individual. Para ello, disposición de espacios comunales –lotes– en los barrios. Estos lotes pueden ubicarse tras un censo de todos aquellos espacios que pertenecen a las alcaldías y que están sin uso o en comodatos.

Puesta en marcha de programas ambientales de las más diversas características e impactos: recuperación de cuencas y microcuencas, reforestación, reciclaje en la fuente, control de vehículos y emisión de gases, modernización de procesos productivos en todas las fábricas que por algún motivo generen altos niveles contaminantes, etcétera.

Instalación de industrias para la fabricación de ropa y útiles de aseo de todo uso, abriendo así políticas de empleo comunitario, al tiempo que programas de vida sana y vida digna.

Para ir cerrando las causas del eterno conflicto armado colombiano, amplia movilización por la demanda de restitución de la tierra a todos los usurpados y desplazados, concretando con ello lo definido en el Acuerdo de Paz firmado en reciente fecha. A su par, izar la bandera de reforma agraria integral, con lo cual se daría un paso fundamental para concretar el programa de soberanía alimentaria, así como los complementarios a la misma.

La crisis abre una oportunidad para los de abajo. Otra democracia, directa, radical, plebiscitaria, es posible. Actuemos en consecuencia.

 

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La política anticapitalista en la época del COVID-19

Cuando trato de interpretar, entender y analizar el flujo diario de las noticias, tiendo a ubicar lo que está sucediendo en el contexto de dos maneras un tanto distintas (y cruzados) que aspiran a explicar como funciona el capitalismo.

El primer nivel es un mapeo de las contradicciones internas de la circulación y acumulación del capital como flujos de valor monetario en busca de ganancias a través de los diferentes «momentos» (como los llama Marx) de producción, realización (consumo), distribución y reinversión. Este modelo de la economía capitalista como una espiral de expansión y crecimiento sin fin, se complica bastante a medida que se elabora a través de, por ejemplo, los lentes de las rivalidades geopolíticas, desarrollos geográficos desiguales, instituciones financieras, políticas estatales, reconfiguraciones tecnológicas y un red siempre cambiante de las divisiones del trabajo y de las relaciones sociales.

Sin embargo, también creo que este modelo debe inscribirse en un contexto más amplio de reproducción social (en los hogares y las comunidades), en una relación metabólica permanente y en constante evolución con la naturaleza (incluida la «segunda naturaleza» de la urbanización y el entorno construido) y todo tipo de formaciones culturales, científicas (basadas en el conocimiento), religiosas y sociales contingentes, que las poblaciones humanas suelen crear a través del espacio y el tiempo.

Estos últimos «momentos» incorporan la expresión activa de los deseos, necesidades y anhelos humanos, el ansia de conocimiento y significado y la búsqueda evolutiva de la satisfacción en un contexto de arreglos institucionales cambiantes, disputas políticas, enfrentamientos ideológicos, pérdidas, derrotas, frustraciones y alienaciones, todo ello en un mundo de marcada diversidad geográfica, cultural, social y política.

Este segunda manera constituye, por así decirlo, mi comprensión de trabajo del capitalismo global como una formación social distintiva, mientras que el primero trata de las contradicciones dentro del motor económico que impulsa esta formación social a lo largo de ciertos caminos de su evolución histórica y geográfica.

En espiral

Cuando el 26 de enero de 2020 leí por primera vez acerca de un coronavirus – que ganaba terreno en China– pensé inmediatamente en las repercusiones para la dinámica mundial de la acumulación de capital. Sabía por mis estudios del modelo económico que los bloqueos (encierros) y las interrupciones en la continuidad del flujo de capital provocarían devaluaciones y que si las devaluaciones se generalizaban y se hacían profundas, eso indicaría el inicio de una crisis.

También sabía muy bien que China es la segunda economía más grande del mundo y que fue la potencia que rescató al capitalismo mundial tras el período 2007-2008. Por tanto cualquier golpe a la economía de China estaba destinado a tener graves consecuencias para una economía global que, en cualquier caso, ya se encontraba en una situación lamentable.

El modo existente de acumulación de capital está en muchos problemas. Se estaban produciendo movimientos de protesta en casi todas partes (desde Santiago hasta Beirut), muchos de los cuales se centraban en que un modelo económico dominante que no funciona para la mayoría de la población.

Este modelo neoliberal se basa cada vez más en el capital ficticio y en una gran expansión de la oferta monetaria y en la creación masiva de deuda. Este modelo ya estaba enfrentando una insuficiente “demanda efectiva” para “realizar” los valores que el capital es capaz de producir.

Entonces, ¿cómo podría el sistema económico dominante, con su legitimidad decadente y su delicada salud, absorber y sobrevivir al inevitable impacto de una pandemia de la magnitud que enfrentamos ?

La respuesta depende en gran medida del tiempo que dure la perturbación, ya que, como señaló Marx, la devaluación no se produce porque los productos básicos no se puedan vender, sino porque no se pueden vender a tiempo.

Durante mucho tiempo había rechazado la idea de que la «naturaleza» estuviera fuera y separada de la cultura, la economía y la vida cotidiana. He adoptado un punto de vista más dialéctico de la relación metabólica con la naturaleza. El capital modifica las condiciones ambientales de su propia reproducción pero lo hace en un contexto de consecuencias no deseadas (como el cambio climático) y en el contexto de fuerzas evolutivas autónomas e independientes que están reconfigurando perpetuamente las condiciones ambientales.

Desde este punto de vista, no existe un verdadero desastre “natural”. Los virus mutan todo el tiempo para estar seguros. Pero las circunstancias en las que una mutación se convierte en una amenaza para la vida dependen de las acciones humanas.

Hay dos aspectos relevantes en esto. Primero, las condiciones ambientales favorables aumentan la probabilidad de mutaciones poderosas. Por ejemplo, es plausible esperar que el suministro de alimentos intensivos (o caprichosos) en los sub-trópicos húmedos puedan contribuir a ello. Tales sistemas existen en muchos lugares, incluyendo la China al sur del Yangtsé y todo el Sudeste Asiático.

En segundo lugar, las condiciones que favorecen la rápida transmisión varían considerablemente. Las poblaciones humanas de alta densidad parecen ser un blanco fácil para los huéspedes. Es bien sabido que las epidemias de sarampión, por ejemplo, sólo florecen en los grandes centros de población urbana pero mueren rápidamente en las regiones poco pobladas. La forma en que los seres humanos interactúan entre sí, se mueven, se disciplinan u olvidan lavarse las manos afecta a la forma en que se transmiten las enfermedades.

En los últimos tiempos el SRAS, la gripe aviar y la gripe porcina parecen haber salido del sudeste asiático. China también ha sufrido mucho con la peste porcina en el último año, obligando a una matanza masiva de cerdos y al consiguiente aumento de los precios de la carne de cerdo. No digo todo esto para acusar a China.

Hay muchos otros lugares donde los riesgos ambientales de mutación y difusión viral son altos. La Gripe Española de 1918 puede haber salido de Kansas. El VIH puede haber incubado en Africa, el Ébola se inició en el Nilo Occidental y el Dengue parece haber florecido en América Latina. Pero los impactos económicos y demográficos de la propagación de los virus dependen de las grietas y vulnerabilidades preexistentes en el sistema económico hegemónico.

No me sorprendió demasiado que COVID-19 se encontrara inicialmente en Wuhan (aunque todavía se desconoce si se originó allí). Claramente los efectos locales pueden llegar a ser importantes . Pero dado que este es un gran centro de producción, su impacto puede tener repercusiones económicas globales.

La gran pregunta es cómo ocurre el contagio y su difusión y cuánto tiempo durará (hasta que se pudiera encontrar una vacuna). La experiencia anterior ha demostrado que uno de los inconvenientes de la creciente globalización es lo imposible que es detener una rápida difusión internacional de nuevas enfermedades. Vivimos en un mundo altamente conectado donde casi todo el mundo viaja. Las redes humanas de difusión potencial son vastas y abiertas. El peligro (económico y demográfico) es que la interrupción dure un año o más.

Si bien hubo un descenso inmediato en los mercados de valores mundiales cuando se dio la noticia, fue sorprendentemente seguido por alza de los mercados. Las noticias parecían indicar que los negocios eran normales en todas partes, excepto en China.

La creencia parecía ser que íbamos a experimentar una repetición del SRAS, que fue rápidamente contenido y tuvo un bajo impacto mundial, a pesar de su alta tasa de mortalidad.

Después nos dimos cuenta que el SRAS creó un pánico innecesario en los mercados financieros. Entonces, cuando apareció COVID-19, la reacción fue presentarlo como una repetición del SRAS, y por lo tanto ahora la preocupación era injustificada.

El hecho de que la epidemia hiciera estragos en China, movió rápida y despiadadamente al resto del mundo a tratar erróneamente el problema como algo que ocurría «allá» y, por lo tanto, fuera de la vista y de la mente de nosotros los occidentales (acompañado de signos de xenofobia contra los chinos).

El virus que teóricamente habría detenido  del crecimiento histórico de China fue incluso recibido con alegría en ciertos círculos de la administración Trump.

Sin embargo, en pocos días, se produjo una interrupción de las cadenas de suministros mundiales , muchas de las cuales pasan por Wuhan. Estas noticias fueron ignoradas o tratadas como problemas para determinadas líneas de productos o de algunas corporaciones (como Apple). Las devaluaciones eran locales y particulares y no sistémicas.

También se minimizó, la caída de la demanda de los consumidores – aunque algunas corporaciones, como McDonald’s y Starbucks, que tenían operaciones dentro del mercado interno chino tuvieron que cerrar sus puertas -. La coincidencia del Año Nuevo Chino con el brote del virus enmascaró los impactos a lo largo de todo el mes de enero. Y la autocomplacencia de occidente se ha demostrado escandalosamente fuera de lugar.

Las primeras noticias de la propagación internacional del virus fueron ocasionales y episódicas, con un grave brote en Corea del Sur y en algunos otros puntos calientes como Irán. Fue el brote italiano el que provocó la primera reacción violenta. La caída del mercado de valores a mediados de febrero osciló un poco, pero a mediados de marzo había llevado a una devaluación neta de casi el 30% en los mercados de valores de todo el mundo.

La escalada exponencial de las infecciones provocó una serie de respuestas a menudo incoherentes y a veces de pánico. El Presidente Trump realizó una imitación del Rey Canuto frente a una potencial marea de enfermedades y muertes.

Algunas de las respuestas han sido extrañas. El hecho de que la Reserva Federal bajara los tipos de interés ante un virus parecía insólito, incluso cuando se reconocía que la medida tenía por objeto aliviar el impacto en los mercado en lugar de frenar el progreso del virus.

Las autoridades públicas y los sistemas de atención de la salud fueron sorprendidos en casi en todas partes por la escasez de mano de obra. Cuarenta años de neoliberalismo en toda América del Norte y del Sur y en Europa han dejado a la población totalmente expuesta y mal preparada para hacer frente a una crisis de salud pública de este tipo, esto a pesar que anteriores epidemias -provocadas por el SRAS y el Ébola – proporcionaron abundantes advertencias y lecciones sobre lo que se deberíamos hacer.

En muchas partes del mundo supuestamente «civilizado», los gobiernos locales y las autoridades estatales – que invariablemente constituyen la primera línea de defensa en las emergencias de salud pública-  se habían visto privados de fondos gracias a una política de austeridad destinada a financiar recortes de impuestos y subsidios a las empresas y a los ricos.

Las grandes farmacéuticas tiene poco o ningún interés en la investigación no remunerada de enfermedades infecciosas (como los coronavirus que se conocen desde los años 60). La “Gran Farma” rara vez invierte en prevención. Tiene poco interés en invertir ante una crisis de salud pública. Solo se dedica a diseñar curas. Cuanto más enfermos estamos, más ganan. La prevención no es una fuente de ingresos para sus accionistas.

El modelo de negocio aplicado a la salud pública eliminó la capacidad que se requeriría para enfrentar una emergencia. La prevención no era ni siquiera un campo de trabajo lo suficientemente atractivo como para justificar las asociaciones público-privadas.

El Presidente Trump había recortado el presupuesto del Centro de Control de Enfermedades y disuelto el grupo de trabajo sobre pandemia del Consejo de Seguridad Nacional, con el mismo espíritu con el que había recortado toda la financiación de la investigación, incluida la relativa al cambio climático.

Si quisiera ser antropomórfico y metafórico, concluiría que el COVID-19 es la venganza de la naturaleza por más de cuarenta años de maltrato burdo y abusivo del medio ambiente, a manos de un extractivismo neoliberal violento y no regulado.

Tal vez sea sintomático que los países menos neoliberales, China y Corea del Sur, Taiwán y Singapur, hayan superado hasta ahora la pandemia en mejor forma que Italia.

Hay  muchas pruebas de que China manejó inicialmente mal la pasada epidemia del SARS. Pero esta vez con el CONVI-19 el Presidente Xi se apresuró en ordenar total transparencia; tanto en la presentación de informes como en las pruebas.

Aun así, China perdió un tiempo valioso ( fueron sólo unos pocos días, pero importantes). Sin embargo , lo que ha sido notable en que China, logro  confinar la epidemia a la provincia de Hubei con Wuhan en su centro. La epidemia no se trasladó a Beijing ni al Oeste, ni más al Sur.

Las medidas tomadas para confinar el virus geográficamente fueron draconianas. Sería difícil replicarlas en otro lugar por razones políticas, económicas y culturales. China y Singapur desplegaron sus poderes de vigilancia personal. Al parecer han sido extremadamente eficaces, aunque si estas medidas se hubieran puesto en marcha sólo unos días antes, se podrían haber evitado muchas muertes.

Esta es una información importante: en cualquier proceso de crecimiento exponencial hay un punto de inflexión más allá del cual la masa ascendente se descontrola totalmente (obsérvese aquí, la importancia de la masa en relación con la tasa). El hecho de que Trump haya perdido el tiempo durante tantas semanas puede resultar costoso en muchas vidas humanas.

Los efectos económicos están ahora fuera de control sobre todo fuera de China. Las perturbaciones que se produjeron en las cadenas de valor de las empresas y en ciertos sectores resultaron más sistémicas y sustanciales de lo que se pensaba originalmente.

El efecto a largo plazo puede consistir en acortar o diversificar las cadenas de suministros y, al mismo tiempo, avanzar hacia formas de producción que requieran menos mano de obra (con enormes repercusiones en el empleo) y a una mayor dependencia de los sistemas de producción con inteligencia artificial.

La interrupción de las cadenas de producción conllevan el despido o la cesantía de muchos trabajadores, lo que disminuirá la demanda final, mientras que la demanda de materias primas está disminuyendo el consumo productivo. Estos impactos por el lado de la demanda producirán por sí mismos una recesión.

Pero la mayor vulnerabilidad del sistema esta enquistada en otro lugar. Los modos de consumismo que explotaron después de 2007-8 se han estrellado con consecuencias devastadoras. Estos modos se basaban en reducir el tiempo de rotación del consumo lo más cerca del cero.

La avalancha de inversiones en estas formas de consumismo tuvo todo que ver con la máxima absorción de volúmenes de capital mediante el aumento exponencial  de las  formas de consumismo, que tienen , a su vez , el menor tiempo de rotación posible.

En este sentido turismo internacional es emblemático. Las visitas internacionales aumentaron de 800 millones a 1.400 millones entre 2010 y 2018. Esta forma de consumismo instantáneo requería inversiones masivas de infraestructura en aeropuertos y aerolíneas, hoteles y restaurantes, parques temáticos y eventos culturales, etc.

Esta plaza de acumulación de capital ahora está muerto: las aerolíneas están cerca de la quiebra, los hoteles están vacíos y el desempleo masivo en las industrias de la hospitalidad es inminente. Comer fuera no es una buena idea. Los restaurantes y bares han sido cerrados en muchos lugares. Incluso la comida para llevar parece arriesgada.

El vasto ejército de trabajadores de la economía del trabajo autónomo y del trabajo precario está siendo destruido sin ningún medio visible de apoyo gubernamental. Eventos como festivales culturales, torneos de fútbol y baloncesto, conciertos, convenciones empresariales y profesionales, e incluso reuniones políticas y elecciones son canceladas. Estas formas de consumismo vivencial «basadas en eventos» están prácticamente suprimidas . Los ingresos de los gobiernos locales se han reducido. Las universidades y escuelas están cerrando.

Gran parte del modelo de vanguardia del consumismo capitalista contemporáneo es inoperante en las condiciones actuales. El impulso hacia lo que André Gorz describe como «consumismo compensatorio» ha sido aplastado. ( un recurso que suponía que los trabajadores alienados podrían recuperar su espíritu a través de un paquete de vacaciones en una playa tropical)

Pero las economías capitalistas contemporáneas están impulsadas en un 70 o incluso 80 por ciento por el consumismo. En los últimos cuarenta años, los sentidos básicos  del consumidor se han convertido en la clave para la movilización de la demanda efectiva y el capital se ha vuelto cada vez más dependiente de estas demandas, artificiales en muchos casos.

Esta fuente de energía económica no había estado sujeta a fluctuaciones repentinas – como la erupción volcánica de Islandia que bloqueó los vuelos transatlánticos durante un par de semanas. Pero el COVID-19 no es una fluctuación repentina. Es un shock verdaderamente poderoso en el corazón del consumismo que domina en los países más prósperos.

La forma en espiral de acumulación de capital sin fin se está colapsando hacia adentro desde una parte del mundo a la otra. Lo único que puede salvarla es un consumismo masivo financiado por el gobierno, conjurado de la nada. Esto requerirá socializar toda la economía de los Estados Unidos, por ejemplo, sin llamarlo socialismo por supuesto.

Las líneas del frente

Existe un conveniente mitología de que “las enfermedades infecciosas no reconocen barreras y límites de clase”. Como muchos de esos dichos, hay una cierta verdad en esto. En las epidemias de cólera del siglo XIX, la horizontalidad de la enfermedad entre clase sociales fue lo suficientemente dramática como para dar lugar al nacimiento de un movimiento por una sanidad pública (que más tarde se profesionalizó) y, que ha perdurado hasta hoy en día.

No ha quedado claro si este movimiento estuvo destinado a proteger a todos o sólo a las clases altas. Pero hoy las diferencias de clase y los efectos sociales son una historia muy diferente.

Ahora, el impacto económico y social se cuelan a través de las discriminaciones «consuetudinarias» , que están instaladas en todas partes. Para empezar, la fuerza de trabajo que trata a un creciente número de enfermos es típicamente sexista, y racializada en la mayor parte del mundo occidental .  Estos trabajadoras y trabajadores se aprecian fácilmente, por ejemplo, en los servicios más despreciados, en los aeropuertos y otros sectores logísticos.

Esta «nueva clase trabajadora» está en la vanguardia y soporta el peso de ser la fuerza de trabajo que más riesgo corre de contraer el virus por el carácter de sus empleos.  Si tienen la suerte de no contraer la enfermedad a probablemente serán despedidos más tarde debido a la crisis económica que traerá la pandemia.

Está, también, la cuestión de quién puede trabajar en casa y quién no. Esto agudiza la división social. No todos pueden permitirse el lujo de aislarse o ponerse en cuarentena (con o sin remuneración) en caso de contacto o infección.

En los terremotos de Nicaragua (1973) y México D.F. (1995), aprendí en terreno que los sismos fueron en realidad «un terremoto para los  trabajadores y los pobres” .

Por tanto, la pandemia del COVID-19 exhibe todas las características de una pandemia de clase, género y raza. Si bien los esfuerzos de mitigación están convenientemente encubiertos en la retórica de que «todos estamos juntos en esta guerra», las prácticas, en particular por parte de los gobiernos nacionales, sugieren motivaciones más aciagas.

La clase obrera contemporánea de los Estados Unidos (compuesta predominantemente por afroamericanos, latinos y mujeres asalariadas) se enfrenta a una horrible elección : la contaminación por el cuidado de los enfermos  y el mantenimiento de la subsistencia (repartidores de tiendas de comestibles, por ejemplo ) o el desempleo sin beneficios atención sanitaria adecuada.

El personal asalariado (como yo) trabaja desde su casa y cobra su salario como antes, mientras los directores generales se trasladan en jets privados y helicópteros.

Las fuerzas de trabajo en la mayor parte del mundo han sido socializadas durante mucho tiempo para comportarse como buenos sujetos neoliberales (lo que significa culparse a sí mismos o a Dios si algo sale mal pero nunca atreverse a sugerir que el capitalismo podría ser el problema).

Pero incluso los buenos sujetos neoliberales pueden apreciar hoy que hay algo muy malo en la forma en que se está respondiendo a la pandemia.

La gran pregunta es: ¿cuánto tiempo durará esto? Podría ser más de un año y cuanto más tiempo pase, más devaluación habrá , incluso para la fuerza de trabajo. Es casi seguro que los niveles de desempleo se elevarán a niveles comparables a los de la década de 1930, en ausencia de intervenciones estatales masivas que tendrían que ir en contra de la lógica neoliberal.

Las ramificaciones inmediatas para la economía así como para la vida social diaria son múltiples y complejas. Pero no todas son malas. El consumismo contemporáneo sin lugar a dudas es excesivo, Marx lo describió como » consumo excesivo e insano, monstruoso y bizarro”.

La imprudencia del consumo excesivo ha desempeñado un papel importante en la degradación del medio ambiente. La cancelación de los vuelos de las aerolíneas y la reducción radical del transporte – y del movimiento- han tenido consecuencias positivas con respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero.

La calidad del aire en Wuhan ha mejorado mucho, al igual que en muchas ciudades de los Estados Unidos. Los sitios eco-turísticos tendrán un tiempo para recuperarse del pisoteo de los viajeros. Los cisnes han vuelto a los canales de Venecia. En la medida en que se frene el gusto por el sobreconsumo imprudente y sin sentido, podría haber algunos beneficios a largo plazo. (Menos muertes en el Monte Everest podría ser algo bueno).

Y aunque nadie lo dice en voz alta, el sesgo demográfico del virus podría terminar afectando las pirámides de edad con efectos a largo plazo para la Seguridad Social y para el futuro de la «industria del cuidado”.

La vida diaria se ralentizará y, para algunas personas, eso será una bendición. Las reglas sugeridas de distanciamiento social podrían, si la emergencia se prolonga lo suficiente, conducir a cambios culturales. La única forma de consumismo que casi con seguridad se beneficiará es lo que yo llamo la economía «Netflix», que atiende a los » consumidores compulsivos».

En el frente económico, las respuestas han estado condicionadas por la forma en que se ha producido la salida de la crisis de 2007-8. Esto ha supuesto una política monetaria ultra laxa , el rescate de los bancos y un aumento espectacular del consumo productivo mediante una expansión masiva de la inversión en infraestructuras ( incluso en China).

Esto no puede repetirse en la escala requerida. Los planes de rescate establecidos en 2008 se centraron en los bancos, pero también entrañaron la nacionalización de facto de General Motors. Tal vez sea significativo que, ante el descontento de los trabajadores y el colapso de la demanda, las tres grandes empresas automovilísticas de Detroit estén cerrando, al menos temporalmente.

Si China no puede repetir el papel que jugó en 2007-8, entonces la carga de la salida de la actual crisis económica se trasladará a los Estados Unidos y he aquí la gran ironía: las únicas políticas que funcionarán, tanto económica como políticamente, son mucho más socialistas que cualquier cosa que pueda propone Bernie Sanders. Los programas de rescate tendrán que iniciarse bajo la égida de Donald Trump, presumiblemente bajo la máscara de «Making América Great Again».

Todos los republicanos que se opusieron visceralmente al rescate de 2008 tendrán que comerse el cuervo o desafiar a Donald Trump. Este personaje podría llegar a cancelar las elecciones “por la emergencia” e imponer una presidencia autoritaria del Imperio para salvar al capital y al mundo de «los disturbios y de la revolución».

Fuente: https://observatoriocrisis.com/2020/03/22/la-politica-anticapitalista-en-la-epoca-del-covid-19/

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Lunes, 23 Marzo 2020 06:46

Lo que vendrá

Lo que vendrá

Nassim Taleb propuso el concepto de “cisne negro”, evento que resulta altamente improbable y difícil de predecir con información disponible, pero con un impacto extraordinario. Además, cuando ocurre y se analiza en retrospectiva resulta sumamente obvio. Con relación a la pandemia, aunque los científicos vienen advirtiendo el peligro de la deforestación, invasión de ecosistemas y cambio climático, nos tomó por sorpresa. Las políticas de austeridad en economías europeas periféricas como Italia y España diezmaron los sistemas de salud pública y empujaron a amplias capas sociales a la precarización e inestabilidad laboral. Sumado al individualismo y economismo exacerbado de la cultura se construyó el caldo de cultivo perfecto.

Se le atribuye a Antonio Gramsci la frase “una sociedad entra en crisis cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”. De muchas maneras el modelo neoliberal de transnacionalización y financialización venía dando muestras de agotamiento. Por un lado, el cambio climático y por otro el incremento de las desigualdades generó una creciente fragmentación social. También, la incapacidad manifiesta de la política tradicional para resolver el malestar llevó al surgimiento de líderes como Trump, Bolsonaro o Joerg Haider en Austria. Además de representar posiciones extremas, llegaron mostrándose como outsiders. La crisis sanitaria de escala global es tanto un resultado del propio modelo, como una herida (¿de muerte?) para el mismo.

El mundo al que volveremos será muy diferente al que pausamos. Y no es por no haber sufrido pandemias, sino que la cuarentena limita (con sus más y menos) casi por completo la actividad y contactos a nivel global, lo que resulta una singularidad nunca experimentada. Una de las consecuencias inesperadas fue la rápida disminución de la emisión de gases de efecto invernadero, al menos mientras dure el confinamiento. Desde el aspecto político cabe destacar las medidas de corte keynesiano y distributivas impulsadas en la mayoría de las economías, inclusive argentina: impensado a pesar de las cuantiosas y cada vez más masivas protestas en el mundo.

Sin embargo, los profundos cambios cualitativos no se limitan sólo a un mayor protagonismo estatal y mayores niveles de coordinación internacional para resolver problemas globales como el calentamiento. Cabe preguntar en términos de modelo de acumulación y paradigma tecno-productivo qué cambios inducirán la inversión acelerada de Estados, empresas e individuos en las Tecnologías de la Información. Algo que ocurre no sólo a nivel infraestructura, sino fundamentalmente con relación a culturas organizacionales y capital humano.

Por ejemplo, ¿qué efectos tendrá que masivamente se utilice la educación a distancia? Una vez hundidos los costos iniciales y curva de aprendizaje, llegó para quedarse: ¿disminuirá el costo de la educación en países como Estados Unidos o Chile la competencia internacional? ¿Podrá generar mayores oportunidades de inclusión educativa en países como Argentina donde la educación superior gratuita es Política Pública? O por el contrario ¿profundizará las desigualdades ya que el acceso efectivo depende de buena conexión y un soporte físico como computadora, Tablet o teléfono celular?

Otra incógnita es la masificación del teletrabajo: puede generar pérdida de predominancia de las grandes urbes como fuente principal de oportunidades laborales, pero también menor capacidad de sindicalización, al tiempo que transfiere muchos de los costos a los propios trabajadores. ¿y qué pasará con los que aún a pesar de todo, no puedan incluirse en el nuevo paradigma tecno-productivo?

Como ciudadanos de una economía periférica nos enfocamos en el día a día: respetar pautas para minimizar costos sanitarios económicos, sociales y psicológicos del aislamiento. Lo mismo que hizo el gobierno al instalar el manejo de la pandemia y sus consecuencias como prioridad. Estamos viviendo momentos históricos. Pronto sabremos si la crisis se resolverá rápidamente o el nacimiento de lo nuevo seguirá sin ocurrir.

Por, Por Eva Sacco, investigadora del centro Cepa.

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Coronavirus o la posibilidad de imaginar lo nunca imaginado

La resignación es el peor de todos los virus. Es importante, crucial, no aceptar el relato del “shock” y construir nuevas narrativas alternativas a las del establishment y el poder establecido.

veces nos parece que determinados acontecimientos son completamente nuevos y que todo es impredecible. Parece que no podíamos imaginarnos que fuéramos a pasar días y días en un encierro en nuestras casas debido a un virus cuyos primeros contagios se produjeron a miles y miles de kilómetros. Vivimos atrapados y atrapadas en nuestras propias vida, enredadas en nuestra rutina y, ciertamente, la mayoría bastante tiene con sacar adelante su vida precaria, mal remunerada y peor reconocida.

Pero todo ello no quita para que reconozcamos que lo que está ocurriendo era predecible. Estábamos avisados. El sociólogo alemán Ulrich Beck autor de La sociedad del riesgo escribió hace ya 28 años lo siguiente: “en la modernidad avanzada, la producción social de riqueza va a acompañada sistemáticamente por la producción de riesgos” (Beck, 2002:25)

No voy a entrar a valorar en cómo y por qué se generó el covid19, si hay razones para pensar en teorías conspirativas y qué intereses geoestratégicos puede haber detrás de todo ello. No tengo datos y creo que el tiempo irá poniendo las cosas en su sitio. En todo caso, lo cierto es que un virus que hace pocos meses se inicia en la región China de Wuhan se ha extendido ya por todo el mundo y que ello ha generado, entre otras cosas, que millones de personas en todo el mundo permanezcan confinadas en sus casas (aquellos que disponen de una..)

Esta extensión a nivel mundial de los riesgos también fue prevista por el sociólogo alemán cuando afirmaba que los riesgos de la modernización tienen una “tendencia inmanente a la globalización” (Beck, 2002:42). Vivimos en una sociedad donde los efectos de la contaminación y calentamiento global se extienden a nivel mundial mediante un aire que no reconoce fronteras. Pero, además, vivimos en un mundo que ha acortado las distancias (y los tiempos) y que, por tanto, acelera también los procesos de irradiación de los virus y de los riesgos.

Todo parece surrealista, todo parece increíble, jamás lo hubiéramos imaginado y ahora vemos como nuestras calles se apagan, el silencio se abre camino, todos y todas nos tenemos que recluir y no sabemos nada de nuestro inmediato futuro. No sabemos cuántas personas serán infectadas, cuántas personas morirán y cuándo vamos a volver a una situación que se le parezca a la de antes de ayer…

Todo parece que ha cambiado, pero no del todo. Aunque Ulrich Beck decía que la sociedad de riesgo había venido a sustituir a la sociedad de clases él mismo nos recordaba que “la historia del reparto de los riesgos muestra que estos siguen, al igual que las riquezas, el esquema de clases, pero al revés: las riquezas se acumulan arriba, los riesgos abajo” (Beck, 2002:41).

Han hecho falta sólo unos pocos días para comprobar que las consecuencias del coronavirus no nos van afectar a todas las personas por igual. No es lo mismo viajar en coche privado que en un transporte público ahora reducido y lleno de aglomeraciones, no es lo mismo confinarte en una casa de 60 metros cuadrados que en una villa, no es lo mismo tener que ir a trabajar por miedo a ser despido que poder llevar tu empresa o tus negocios desde casa.

Obviamente, tampoco es lo mismo que tengas que estar reponiendo o trabajando en la caja de un supermercado o poder trabajar desde casa con el ordenador, por cierto, como voy a poder hacer yo. Como hemos visto, tampoco es lo mismo que tengas un negocio de comestibles (te dejan abrir) o un puesto de verduras en un mercado al aire libre (los han prohibido). No es lo mismo vivir de rentas que trabajar de cuidadora en una residencia de ancianos. Y tampoco es lo mismo trabajar en una cadena de montaje o de costura de ropa que ser el dueño de la misma.

No tenemos los mismos privilegios ni las misma posibilidades para hacer frente a la situación de riesgo y es evidente que si bien el virus no reconoce a las clases, todas las clases no tienen los mismo recursos para hacerle frente. O dicho de nuevo en palabras de Beck, “los riesgos parecen fortalecer y no suprimir a la sociedad de clases” (Beck, 2002:41). Y en esa sociedad de clases, y dentro de la clase trabajadora las mujeres, las personas mayores, jóvenes y migrantes son por mucho los sectores que peor lo van a pasar en esta crisis sanitaria que pronto será también económica, laboral o de los cuidados.

El pasado sábado, en comparecencia extraordinaria, Sanchez Castejón aplicaba un 155 sanitario y se hacía cargo de todas las policías y de los recursos sanitarios de todas las comunidades autónomas. Una medida, por cierto, aplaudida hasta por Vox. Sin embargo, la supuesta “valentía” demostrada para hacer efectiva una medida que jamás en la historia del Estado se había tomado, no ha tenido su reflejo en aspectos más importantes para la vida y la salud de las personas.

Si, la policía (¡y el ejército!) ya pasea bajo nuestras ventanas y balcones instándonos por megafonía a no salir a la calle, pero cuidado de aquel o aquella que se le ocurra priorizar su salud y la de su familia o compañeras de convivencia, a los intereses de la empresa en la que trabaja. No sólo eso. A partir de esta semana miles de personas serán despedidas o se les aplicará un ERTE por trabajar en negocios y establecimientos que van a permanecer cerrados o que van a padecer un fuerte disminución en su demanda. Los empresarios, una vez más, no están dispuestos a hacerse cargo de ningún tipo de consecuencia económica de esta crisis. Desde hace tiempo, ellos son muy conscientes de que el sistema capitalista es aquel que privatiza las ganancias en tiempos de oro y que permite hacer públicas las perdidas en tiempos de crisis, sea esta financiera o sanitaria como la actual.

Por si todo lo anterior fuera poco, ya se vislumbra qué tipo de empresas van a poder, incluso, sacar tajada de esta situación: Amazon, grandes cadenas de alimentación, empresas de comida a domicilio que utilizan a riders que se tendrán que someter a peores situaciones laborales y de riesgo, farmacéuticas, etc.). No hay escrúpulos en el mundo del business.

En la pasada crisis financiera el estado con el apoyo del PP y del PSOE regaló 60.000 millones de euros a la banca en forma de “rescate”. Sin embargo, ahora parece que a esos mismos no se les pasa por la cabeza la posibilidad de paralizar, por ejemplo durante una semana, la economía que no sea absolutamente necesaria para “rescatar” la salud y la vida de las personas. Tampoco, por supuesto, se les ocurre utilizar una cantidad similar para sufragar mediante licencias retribuidas, o bajas médicas reconocidas explícitamente al respecto, a todas las personas que tengan a alguien a su cargo y que tengan que cuidarlas debido al cierre de centros escolares o centros de días.

En una reunión realizada esta misma semana la consejera de la comunidad autónoma vasca Arantxa Tapia dijo explícitamente que iban a abrir una vía de ayudas a las empresas vascas por el efecto del coronavirus, pero nadie de su ejecutivo ha propuesto el incremento de ayudas sociales, la creación de nuevas ayudas dirigidas a los sectores más desfavorecidas por la crisis social que se nos avecina o la condonación de la facturación energética o del agua. Nada de eso entra en sus cabezas formateadas por una ciencia económica que sólo habla de empresas y que se ha olvidado de las personas. El capital o la vida, y ellos están del lado del capital, sin contemplaciones, sin disimulo. 

El neoliberalismo que se nos ha impuesto estas últimas décadas, no sólo ha generado recortes sociales que nos obligan ahora a confinarnos en casa para no colapsar unos centros y recursos sanitarios restringidos y mermados a golpe de decretos de austeridad. El neoliberalismo imperante no sólo lleva décadas privatizando empresas públicas con beneficios y publificando negocios privados con pérdidas, sino que además, todo ello, se hace mediante el discurso del TINA (There is no alternative).

Como decía Bourdieu el discurso neoliberal no es un discurso más, sino que es un discurso fuerte y su función principal es la de “orientar las preferencias económicas de aquellos que dominan las relaciones económicas” (Bourdieu, 1998). Ese discurso económico es el que subraya la importancia de las empresas en la creación de la riqueza a partir de los sectores productivos y ese es el discurso, en este caso el no discurso, que hace invisible los cuidados y las labores reproductivas. Y a partir de ahí, los estados, con nuestro dinero, ayudan a las empresas y permanecen ciegas ante las desigualdades sociales que el sistema provoca.

Sin embargo, ahora, en plena crisis sanitaria, la realidad de los cuidados y la importancia de los aspectos reproductivos han salido a la luz como nunca. Nos obligan a quedarnos en casa para garantizar nuestra salud (aspecto reproductivo de la vida) y/ cuidar de criaturas y mayores, a la vez que nos obligan a ir a trabajar para seguir incrementando sus beneficios.

Hablando de la crisis que vivimos estos últimos años la economista feminista Amaya Pérez Orozco nos recordaba que “la situación a la que se enfrentan los hogares se caracteriza por una creciente dependencia del mercado para acceder a los recursos que el Estado deja de garantizar al mismo tiempo que el acceso a los ingresos es cada vez más incierto para la mayoría” (Pérez Orozco, 2014:140).

Esta frase que sirve para entender lo que ha ocurrido estos últimos años, toma toda su fuerza y se multiplica por mil para comprender lo que ocurre en estos momentos en decenas de miles de hogares. Los mismos Estados que no tuvieron problemas en ayudar a los bancos, a las empresas automovilísticas o a las energéticas en tiempos de crisis, ni se plantean ayudar a unas unidades familiares o convivenciales en un momento donde al riesgo de la infección del virus le puede seguir una pandemia de despidos, ERTEs y procesos de precarización que todavía den una vuelta de tuerca más a las condiciones de vida y trabajo de las clases populares.

Y es que efectivamente, como ya nos ha hecho ver Naomi Klein y su bien estudiada y desarrollada “doctrina del shock”, presumiblemente esta crisis sanitaria también va a ser utilizada para meternos el miedo hasta los tuétanos y, con ello, permitir la adopción de medidas económicas, laborales y sociales todavía más draconianas.

Si no vas a trabajar te despiden y si vas a trabajar te bajarán el sueldo, porque la economía está muy mal y ésta crisis, también, la tienes que pagar tú. No sólo tienes más posibilidad de ser contaminado por el coronavirus, sino que, además, el virus neoliberal de recortes sociales y laborales también ta va afectar a ti y sólo a ti. Mientras las grandes corporaciones seguirán haciendo público los beneficios de su último ejercicio como acaba de hacer Iberdrola con sus 3.000 millones de euros de beneficio neto.

Bien, esta es la realidad y los riesgos a los que nos enfrentamos. Como dice Marina Garcés “la condición póstuma se cierne hoy sobre nosotros como la imposición de un nuevo relato, único y lineal: el de la destrucción irreversible de nuestras condiciones de vida” (Garcés, 2017:22). Pero la resignación es el peor de todos los virus. Es importante, crucial, no aceptar ese relato y construir nuevas narrativas alternativas a las del establishment y el poder establecido. En palabras también de la filosofa catalana, “hemos de declararnos insumisos a la ideología póstuma” (Garcés, 2017:30). Una cosa es aceptar la gravedad de la situación y poner en el centro el cuidado de las personas, y otra muy diferente es tragarnos un discurso autoritario y lleno de miedo que no pretende otra cosa que limitar el ámbito de lo posible.

Afortunadamente, esta crisis también ha puesto encima de la mesa el sinsentido de un sistema capitalista y patriarcal que entra en crisis y cae en picado por un virus invisible, aunque con gran capacidad de contagio. ¿No se parece esa invisibilidad al modo en que pretenden también inyectarnos el miedo en todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida? ¿Y si fuéramos capaces de contagiarnos en otra dirección? ¿Y si fuéramos capaces de demostrar que este sistema no funciona y que cuando no funciona los estados nación actuales acuden a socorrerlo a costa de nuestro sudor, sangre y lágrimas? ¿Y si nos atreviéramos a ensanchar el marco de lo posible que la economía de hoy nos dice que es imposible? ¿Y si nos contáramos unas a otros que es posible construir otra sociedad, otra comunidad y que en plena crisis hemos sabido tejer lazos de solidaridad y cuidados que pueden servirnos de referencia? ¿Y si en vez de un estado que centraliza de arriba a abajo a favor de los de siempre dijéramos que queremos construir repúblicas socialistas y feministas de abajo arriba? ¿Y si nos creemos que los ayuntamientos en colaboración y gobierno comunitario con organizaciones sociales, sindicales o cooperativas pueden empezar desde hoy a dar pie a nuevas realidades sociales y económicas? ¿Y si nos convenciéramos y animáramos a boicotear a cualquier empresa que utilice esta crisis para enviar a trabajadores al paro o para precarizar más las condiciones de trabajo? ¿Y si saliéramos a la calle no a dar las gracias a las trabajadores de la salud pública, que también, sino a reivindicar una mayor inversión pública en salud y gasto social para revertir los recortes de esta última década? Es mucho lo que podemos hacer, pero para ello primero tenemos que empezar por imaginarlo, por creerlo, hacerlo real en nuestras mentes y empezar a socializarlo.

¿No nos damos cuenta que un sistema que no funciona como es el sistema capitalista y patriarcal se mantiene única y exclusivamente porque el discurso de que no hay alternativa ha taladrado nuestras mentes hasta pensar que es posible rescatar a los bancos pero no a las personas? ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta de la debilidad de un sistema que se basa en la mentira de una mano invisible que no ha funcionado nunca? ¿Cuándo comprenderemos el poder que ostentamos las personas para contaminarnos unas a otras de una utopía que vaya cerrando el escenario de caos actual y abrir paso a uno nuevo ciclo de igualdad y justicia social? ¿Por qué no aprovechamos esta desgracia para certificar la muerte de la necropolítica neoliberal y abrir paso a una política basada en la innovación social que teja redes entre lo comunitario y lo público a partir del reconocimiento de las diferentes soberanías (alimentaria, energética, cultural, económica, de los pueblos, de nuestros cuerpos, etc.) y que apueste por sociedades libres en donde personas libres puedan vivir vidas que merezcan ser vividas?

Que todo ello es difícil es indudable, pero no imposible. Nos han dicho que nos limpiemos las manos más de una vez al día, está bien y os animo a hacerlo. Pero podemos también aprovechar la ocasión para lavarnos nosotros y nosotras mismos la cabeza y quitarnos esa mancha neoliberal incrustada desde hace años y que nos dice lo que es posible y no es posible en la economía.

La economía es una ciencia social. Punto. Los margenes de lo posible y lo imposible lo dictan única y exclusivamente la voluntad de las personas, las comunidades y, claro está, los recursos naturales que tenemos que preservar. El resto no son más que excusas y virus al servicio e interés de los de siempre. Imaginémonos lo inimaginable para hacer posible lo que hoy se nos presenta como imposible. Como bien decía Mandela, todo es imposible hasta que se hace.

Por JOSEBA PERMACH

ECONOMISTA Y SOCIÓLOGO. ES MIEMBRO DE IRATZAR FUNDAZIOA

18 MAR 2020 16:03

Bibliografía

Beck (2002): La Sociedad del Riesgo. Paidós.
Bourdieu (1998): “La esencia del neoliberalismo”
Perez Orozco (2014): “Subversión feminista de la economía”. Traficantes de Sueños
Garcés (2017): “Nueva ilustración radical”. Anagrama

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Propuestas del grupo de socioeconomía, de la Universidad Nacional de Colombia, para garantizar los derechos de los trabajadores de la economía popular y la población desempleda, en el marco de la coyuntura del Covid-19

Las trabajadoras y trabajadores de la Economía Popular (trabajadores informales), quienes abastecen a la ciudad y el campo de los bienes necesarios para su subsistencia, requieren medidas urgentes frente al confinamiento decretado, bajo diversas modalidades. Sus ingresos son diarios, y un confinamiento implica no poder trabajar, y por tanto carecer de ingresos de subsistencia.

El trabajo de la economía popular (o informal) es el que satisface las necesidades vitales de: alimentación, vestido, transporte, cuidado de personas, reciclaje, reparaciones, cuidados cosméticos, entre otros. Le da a la sociedad bienes y servicios pero no recibe del Estado protección social ni  derechos sociales.

La Economía Popular es compuesta por miles de ciudadanos que se ganan la vida en las calles o en famiempresas al interior de los hogares. Actividades como la venta ambulante, peluquerías, tiendas de barrio, recicladores, costureras, sastres, cuidadoras, emboladores, trabajadoras domésticas, trabajadores de las plataformas digitales de domicilios y de transporte de pasajeros, e incluso trabajadoras sexuales, entre otros. Ellos en una eventual situación de cuarentena no podrán acceder al sustento diario y van a pasar hambre y necesidades.

Las propuestas que hace el grupo de Socioeconomía, de la Universidad Nacional de Colombia al Gobierno de Iván Duque son:

  1. Garantía del mínimo vital bajo las siguientes condiciones:
  • Ampliar el beneficio económico de las diferentes transferencias condicionadas, tales como, Familias en Acción, Jóvenes en Acción, y Colombia mayor, empleando como principal instrumento a la primera de estas.  El monto asignado debería ser de mínimo de 500 mil pesos mensuales para hogares unipersonales, y de 300 mil pesos por persona para hogares con dos o más miembros, durante el tiempo que dure la crisis de salud pública, garantizando la permanencia de ancianos, mujeres y niños en casa, iniciando a partir del mes abril.
  • Estas transferencias deben hacerse a todos los hogares y personas que lo requieran independientemente de su calificación en el SISBEN.
  • Abrir el Registro virtual/Telefónico Nacional de Población Ocupada por Cuenta Propia y desempleada, que derivan su sustento de actividades de la economía popular (informal) o no tienen empleo, para realizar una transferencia monetaria equivalente a 500 mil pesos mensuales para hogares unipersonales, y de 300 mil pesos por persona para hogares con dos o más miembros, durante el proceso de crisis de salud pública. El procedimiento de autoregistro deberá contemplar por parte del Gobierno un mecanismo de filtro en bases de datos y garantía de identidad, así como de aspectos sancionatorios bajo declaración juramentada en caso de recibir el beneficio sin necesitar de él.

Garantizar tanto para los inscritos en la base de datos de Familias en Acción como para aquellos registrados en el Registro Virtual/Telefónico Nacional de Población Ocupada

  • por Cuenta Propia y desempleada, el pago de los servicios públicos domiciliarios incluyendo la conectividad y el pago del arriendo, en los casos que corresponda, siendo este beneficio cubierto por el Estado.
  • Declarar suspendidos los pagos de créditos contraídos con entidades financieras, durante y hasta por tres meses después de regularizada la situación de crisis de salud pública, con tasas de interés cero para el período en cuestión.  

 

  1. Garantizar agua potable y saneamiento básico.

 

  • Para la población recicladora de oficio formalizada, el pago de la tarifa debe garantizarse al día, para lo cual los operadores de aseo deberán autorizar todos los pagos pendientes.
  • La población recicladora de oficio que se mantenga en la operación de aseo, deberá recibir capacitación y tratamiento especial en la medida que su actividad está integrada al saneamiento básico, contando con elementos de protección personal y claros protocolos fitosanitarios para la recolección, transporte y almacenamiento de residuos.
  • De igual manera deben realizarse intervenciones consensuadas de desinfección en las bodegas de reciclaje para su descontaminación y adecuado funcionamiento bajo estrictos protocolos sanitarios.

 

  1. Fortalecer redes de abastecimiento: 

La producción campesina, las centrales de abastos, los mercados locales y las tiendas de barrio hacen parte de una cadena fundamental en el abastecimiento de alimentos en el territorio, por tanto, se deben fortalecer las mismas, como una garantía tanto para mantener el suministro permanente de alimentos, como para hacer sostenible las posibles medidas de confinamiento, por lo que se recomienda:

  • Líneas de crédito condonables con tasas de interés cero dirigidos directamente a las personas naturales o jurídicas, que demuestren ser parte de alguno de estos eslabones.
  • Se debe garantizar el abastecimiento sin especulación, la política de control de precios tanto en los almacenes de grandes superficies (incluyendo las ventas virtuales), como en los centros de abastos, lo que es fundamental para que las tiendas de barrio sigan manteniendo un rol importante de abastecimiento. 
  • Se deben proveer todas las medidas y protocolos que garanticen la salud de las personas que participan en cada eslabón de esta cadena. 
  1. Suspensión de pagos de salud y cotización a pensión a trabajadores independientes.
  • Muchos de los trabajadores de la economía popular pagan su salud y cotizan a pensión como independientes, por lo que recomendamos un período de suspensión de los cobros de estos aportes, sin que ello acarree la desvinculación, para aquellas personas que realicen pagos sobre la base de máximo 3 salarios mínimos.

Nos enfrentamos a una crisis de salud pública sin antecedente histórico similar, sumado a la recesión económica más fuerte que hayamos enfrentado alguna vez, para ello se deben realizar esfuerzos sin precedentes. Garantizar los ingresos mínimos vitales para una vida digna son una medida económica y social fundamental. El gasto público de hoy, activa la economía en el presente, y garantiza los ingresos tributarios del futuro.

Las propuestas parten del criterio técnico y ético, así como de las medidas tomadas en el mundo, siendo conscientes que el país puede atender con medidas  inmediatas a la población más frágil garantizando su bienestar, mientras dure la crisis.  

Marzo 20 de 2020

Grupo de Socioeconomía, Instituciones y Desarrollo GSEID

Universidad Nacional de Colombia

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