Ray Fisher, Jose La Luz, Bernie Sanders, Kendrick Sampson y Phil Agnew.Foto Marco Cruz

Nueva York. “Este es un movimiento de pueblo… que brota de la indignación y la esperanza, y con una columna vertebral de jóvenes”, afirma Jose La Luz, representante nacional/portavoz del candidato presidencial Bernie Sanders, en entrevista con La Jornada.

La Luz es un veterano luchador social y estratega laboral que ha sido director de educación popular de sindicatos y organizaciones sociales nacionales, coordinó la organización de más de 125 mil trabajadores del sector público en Puerto Rico, promotor de solidaridad internacional incluyendo México y Estados Unidos como parte de movimientos altermundistas, quien ahora ve parte de ese mosaico de experiencias en el movimiento insurgente electoral del socialista democrático Sanders.

En su participación con la campaña –ha estado trabajando en Texas, Nevada y Carolina del Sur– La Luz también introduce las realidades de "nuestros países" en las Américas como una dimensión del trabajo electoral.

Al preguntarle cómo explicaría el fenómeno de Sanders a quienes están observando todo esto desde fuera de este país, La Luz responde que "sin duda alguna, este es un movimiento de pueblo, es popular, tiene toda esa fuerza que para algunos resulta inexplicable pero que para muchos que llevamos años como luchadores sociales sabemos de dónde proviene. Esta indignación, la rabia de gente trabajadora en este país que siente ante promesas incumplidas, la manipulación constante de los que se proclaman amigos de los trabajadores y tan pronto que salen electos, es lo primero que olvidan, los compromisos con la gente trabajadora. Ya no aguantan más, como que se colmó el vaso y entonces eso es lo que estamos viendo y sintiendo, una indignación creciente entre gente trabajadora que obviamente incluye nuestra gente latina".

Esta indignación, agrega La Luz, proviene de la aplicación de la agenda neoliberal dentro de Estados Unidos, señalando que “en otros tiempos, amplios sectores de la clase trabajadora en este país se beneficiaba de la expansión imperialista y las políticas neoliberales aplicadas en otros países, pero hoy día están padeciendo las mismas consecuencias aquí. Es una clase trabajadora multirracial como sabemos, probablemente la más multirracial de los países avanzados... y todos han estado sufriendo los embates de ese proyecto neoliberal. (https://www.youtube.com/watch?v=QyciQNLBnYU).

"Desde la óptica de nuestros países, el resultado de un eventual triunfo de Sanders es que existiría un aliado estratégico que nuestra gente en América Latina necesita desesperadamente, un presidente de este país con respeto para nuestros pueblos, con un propósito de fomentar una economía de prosperidad compartida y una relación comercial que no sea definida por los grandes intereses financieros y empresarios, sino con base en las necesidades sociales en el continente para hacer frente a la creciente desigualdad", agregó.

"Por esto se presenta la posibilidad de una relación de solidaridad entre trabajadores del norte y el sur se puede plasmar con un gobierno de una persona comprometida como Sanders."

Comenta que voluntarios solidarios internacionales que han venido de Europa, Australia, Japón y otros países para trabajar con la campaña de Sanders "ven a Sanders como ese aliado estratégico que tanta falta nos ha hecho por tantos años".

La Luz considera, en vísperas del supermartes (se vota en 14 estados), que "si ganamos Texas y California, veo muy difícil que nos logren impedir que Bernie gane la mayoría de los delegados aunque no logre la cantidad suficiente para obtener la nominación (mil 991). El Partido Demócrata tiene un dilema muy importante porque si hacen lo que algunos proponen de organizar una maniobra (en la Convención Nacional) para negarle la nominación a Bernie, yo creo que es como decir: prepárense para otros cuatro años de Donald Trump".

“El voto latino fue contundente en nuestro triunfo en Nevada. La clave fue la gente joven, ya que sabíamos que ellos y ellas iban a arrastrar a sus padres y, efectivamente, así ocurrió. Porque el miedo que tenía nuestra gente no es sólo por el asunto de la migra y las deportaciones, sino por la represión que ocurre cotidianamente en este país desde que este señor (Trump) nos puso un blanco sobre nuestras espaldas, pero quienes les dieron valor para ir a particular fueron sus hijos”, comentó La Luz.

Recuerda que cuando llegaban a las casas a promover el voto, los padres eran renuentes en dejarlos pasar, pero que sus hijos intervenían y decían: “son la gente del tío Bernie, los tienen que escuchar, y con eso nos dejaban entrar para platicar”.

Y esa gente latina trabajadora tiene entre sus prioridades el acceso a servicios de salud y educación para sus hijos, justo lo que propone Sanders, un seguro de salud universal y educación universitaria gratuita, además de su compromiso con una reforma migratoria y cancelar la medidas mas antimigrantes del actual régimen. Eso explica el triunfo en Nevada, manifestó La Luz, por lo que se promueve esa misma estrategia en otros estados entre un amplio sector latino.

Y su carácter de movimiento será clave si triunfa el senador. "Sanders siempre reitera que este movimiento no se desarticule después de una victoria electoral, sino que al contrario, que continúe organizando y cobrando fuerza porque para lograr su proyecto político hará falta una movilización permanente" para enfrentar a los opositores tanto dentro como fuera del partido y los grandes intereses para la transformación del país.

Los jóvenes que son la columna vertebral de este movimiento también son luchadores en otros movimientos sociales, asegura La Luz. "Ellos son los que me dan tanto ánimo, me dan esperanza de que, efectivamente, hay un relevo que va a continuar la lucha".

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Imagen de la represión policial en el contexto de las protestas en Chile EFE

La organización publica este jueves su Informe Anual sobre las Américas, en el que hace balance de la situación de los derechos humanos en el continente

Desde Venezuela en enero hasta Chile en octubre, 2019 ha sido un año en el que la ola de protestas que ha recorrido América –en especial América Latina– se ha saldado con represión institucional por parte de gobiernos de distinto signo político, incapaces de generar diálogo con sus ciudadanos. Así lo cree Carolina Jiménez, directora adjunta de investigación de Amnistía Internacional para las Américas, que afirma que el continente "sufre, pero también se despierta".

En su Informe Anual sobre las Américas, la organización cifra en al menos 210 las personas que murieron violentamente en el contexto de protestas en el continente: 83 en Haití, 47 en Venezuela, 35 en Bolivia, 31 en Chile, ocho en Ecuador y seis en Honduras. "Es un balance negativo, un saldo demasiado alto", asevera Jiménez. Incluso en Chile, donde se ha abierto un proceso constituyente como resultado de los reclamos de los manifestantes, "nos preocupa el costo, en otros países se han dado estos procesos sin la necesidad de más de 400 personas con lesiones oculares".

Para Jiménez, es difícil comparar los niveles de gravedad entre un país y otro, pues cada uno tiene "sus propios retos" en cuanto a derechos humanos. Aunque apunta a Venezuela como país donde la organización puede establecer "un patrón sistemático de represión", pues, a diferencia de otros Estados, las protestas de principios de 2019 fueron "una ola más". "No se trata de hechos aislados, sino de la política sistemática de un Gobierno que no admite la disidencia", afirma, ante una represión que podría constituir crímenes de lesa humanidad,  según denunció la organización a mediados de año.

Sin embargo, un punto común entre las diferentes movilizaciones ha sido la incapacidad de los gobiernos para dialogar con quienes reclamaban más derechos sociales, civiles y políticos. "Hubiesen podido responder con propuestas o con, al menos, la construcción de un espacio cívico para el diálogo, y en vez de eso en casi todos los lugares se respondió con violencia estatal", lamenta.

Los defensores de DDHH y el derecho al asilo, en riesgo

En marzo se cumplen cuatro años del asesinato de la hondureña Berta Cáceres, defensora de los derechos medioambientales e indígenas, y dos del de Marielle Franco, concejala afrofeminista de Río de Janeiro. "Es un mes que nos causa mucha tristeza", dice la investigadora, porque quienes defienden los derechos humanos continúan viviendo "situaciones de impunidad". Con 208 homicidios, Latinoamérica y el Caribe fue la región más mortífera del mundo para los defensores; allí tuvieron lugar un 68% del total mundial de 304 homicidios. Colombia fue el país más letal, con 106 homicidios.

Jiménez destaca la vulnerabilidad de las personas que defienden el medioambiente y el acceso a la tierra, a menudo desprotegidas en comunidades aisladas. Y también de aquellas que, aunque no hayan sido víctimas de homicidio, han sido silenciadas o expulsadas, como es el caso de Nicaragua, de donde han huido más de 70.000 personas tras la crisis de 2018. "Son diferentes niveles de violencia, pero todos dañan a la sociedad", apunta. "Cada vez que censuran, callan, asesinan a un defensor, perdemos una oportunidad para avanzar los derechos de todas las personas".

Amnistía también ha visto "con mucha preocupación" el endurecimiento de las políticas migratorias por parte de Estados Unidos y México. "Vimos cómo se movió la frontera de México-Estados Unidos a México-Guatemala", explica Jiménez. "Trump logró externalizar sus fronteras, y México está haciendo el trabajo sucio conteniendo migrantes, deportando personas sin importar que muchas necesiten protección internacional". Entre otras medidas, el Gobierno de López Obrador retuvo a más de 51.999 menores en centros para inmigrantes, lo cual es contrario a la legislación de México, y envió un cuerpo militar para detener una caravana de migrantes centroamericanos

"Si algo ha demostrado la Administración de Donald Trump, es que es la xenofobia se puede institucionalizar", observa Jiménez, preocupada por la coyuntura de las siguientes elecciones en Estados Unidos. "Poco a poco ha ido erosionando el sistema de asilo, y eso ha sido en casi cuatro años. No queremos imaginarnos qué podría pasar en cuatro años más", enfatiza, ante la implementación de políticas como la devolución inmediata en la frontera y la separación familiar.

Mujeres y jóvenes lideran los movimientos sociales

2019 también ha alumbrado algunas luces esperanzadoras en el continente. Al terminar el año, 22 países habían firmado el Acuerdo de Escazú, un tratado regional pionero sobre los derechos medioambientales. En febrero de 2020, Ecuador se convirtió en el octavo país en ratificar el Acuerdo, lo que implica que solo necesita tres ratificaciones más para que entre en vigor. "Esperamos que se traduzca en políticas a favor de la Amazonía y del ecosistema que hace que América Latina sea  tan rica en recursos naturales", asevera Jiménez.

Pese a la degradación medioambiental y los incendios que arrasaron el Amazonas, el cambio climático también supone "una oportunidad", opina la investigadora. "Estamos muy esperanzados porque la población más joven de las Américas ha hecho del climático una razón de lucha, y puede que se traduzca eventualmente en política". Una lucha social que se ha revitalizado en el continente "gracias a la juventud y a las mujeres", apunta.

La marea verde a favor del aborto en Argentina, la ola morada contra los feminicidios en México y el himno feminista del colectivo chileno Lastesis, erigido como un símbolo global, son tres ejemplos de lucha contra la violencia estructural hacia las mujeres "que van a quedarse". "Países como Argentina nos enseñaron con su marea verde que no van a permitir que se controlen los cuerpos de las mujeres, y que la exigencia de autonomía es algo regional", dice Jiménez, ante la restricción de derechos reproductivos que continúa en países como el Salvador y Paraguay.

"Hemos visto un resurgimiento de la creatividad de la gente joven, de las mujeres, una revitalización de la protesta. Cuando ves cómo se conjuga toda esa gama de luchas es cuando sientes que puedes hacer cambios", señala. "Ya no es un sufrimiento en silencio". Aunque la impunidad y la violencia continúen atravesando el continente, "se pueden lograr cambios contra actores que parecen invencibles", concluye.

Por Clara Giménez Lorenzo

27/02/2020 - 07:00h

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La izquierda latinoamericana frente a Venezuela

Venezuela acabó por ser un peso político para las izquierdas, cada vez más y mejor aprovechado por las derechas para construir fantasmas de «venezuelización». Frente a un escenario en el que el proceso venezolano resulta cada vez más alejado de visiones emancipatorias, gran parte de las izquierdas carecieron de herramientas teórico-políticas para dar cuenta de lo que estaba ocurriendo.

El 30 de enero de 2005, en el estadio Gigantinho de Porto Alegre, el presidente Hugo Chávez declaraba la necesidad del socialismo. Con su característica camisa roja, el líder venezolano dijo:

«Negar los derechos a los pueblos es el camino al salvajismo, el capitalismo es salvajismo. Yo cada día me convenzo más, [entre] capitalismo y socialismo… no tengo la menor duda. Es necesario, decimos y dicen muchos intelectuales del mundo, trascender el capitalismo, pero agrego yo […] al capitalismo hay que transcenderlo por la vía del socialismo […].»

En estas declaraciones resonaba, lejanamente, aquella declaración del «carácter socialista» de la Revolución Cubana pronunciada por Fidel Castro en abril de 1961, en medio de fusiles y llamados a resistir la agresión imperialista. Venezuela no fue invadida, pero el chavismo extrajo una potente dosis de mística política de su victoria contra el golpe de Estado de 2002, apoyado por la oligarquía local y Estados Unidos, el paro patronal y la huelga en Petróleos de Venezuela (PDVSA) de 2002-2003, que provocó un fuerte golpe a la economía.

Frente a Chávez no había milicianos sino militantes sociales agrupados en el Foro Social Mundial, una articulación de partidos de izquierda y movimientos sociales movilizada contra la «mundialización del capital» y en favor de un cambio en las relaciones de fuerza a escala global. En este nuevo escenario post-socialismo real, el presidente bolivariano anunció, y enfatizó, que la nueva transición al socialismo debía ocurrir «¡En democracia!». Pero acto seguido aclaró: «Ojo pelao y oído al tambor: ¿en qué tipo de democracia? No es la democracia que míster Superman [por G. W. Bush] quiere imponernos desde Washington, no, esa no es la democracia». Y ahí subyace uno de los problemas neurálgicos del chavismo en sus dos décadas de hegemonía sobre la política venezolana. Si esa «no es» la democracia, ¿con qué tipo de democracia «superar» la democracia liberal? Y, en segundo lugar: además de la democracia, ¿qué diferenciaría a este «socialismo del siglo XXI» de las experiencias del socialismo real y las «democracias populares» del siglo XX en la Unión Soviética, el este de Europa, Asia y Cuba?

Se trataba entonces del momento épico de una «marea rosada» que se estaba completando. Ya estaban en el poder Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva, y estaban por llegar Tabaré Vázquez, Evo Morales, Rafael Correa, Fernando Lugo, el enigmático Manuel Zelaya y, dos años más tarde, el más polémico Daniel Ortega. Venezuela parecía ocupar entonces el lugar de una suerte de «núcleo radical» alrededor del cual se iban ubicando regímenes nacional-populares o de izquierda democrática, más moderados y/o más novatos, que daban forma al inédito giro a la izquierda continental.

No obstante, el «socialismo del siglo XXI», que en sus comienzos contenía la promesa de una renovación de la izquierda que permitiera dejar atrás la historia del socialismo real, terminó por mostrar sus límites infranqueables. Lo que aparecía como una locomotora (la Revolución Bolivariana) para jalar a las fuerzas transformadoras latinoamericanas se fue transformando en un sistema crecientemente ineficiente y poco pluralista, y las semillas militaristas que contenía desde el comienzo terminaron por capturar el proceso político iniciado con el triunfo electoral de fines de 1998. En ese marco, Venezuela acabó por ser un peso político para las izquierdas continentales, cada vez más y mejor aprovechado por la derecha para construir fantasmas de «venezuelización» en cada país donde las fuerzas progresistas tienen posibilidades de triunfo. Como escribió el economista Manuel Sutherland: «En este infausto panorama, Venezuela constituye el mejor ‘argumento’ para las derechas más retrógradas. En cualquier ámbito mediático, aprovechan la situación para asustar a sus compatriotas con preguntas como: ‘¿Quieren socialismo? ¡Vayan a Venezuela y miren la miseria!’. ‘¿Anhelan un cambio? ¡Miren cómo otra revolución destruye un país próspero!’. Sesudos analistas aseveran que las políticas socialistas arruinaron el país y que la solución es una reversión ultraliberal de la revolución».

Frente a esta situación, las izquierdas carecieron de herramientas teórico-políticas para dar cuenta de lo que estaba ocurriendo, especialmente la izquierda congregada en el Foro de San Pablo. En el caso del Frente Amplio de Uruguay, existen visiones cada vez más críticas; en el Partido de los Trabajadores de Brasil, la detención de Lula da Silva y la llegada de la extrema derecha al poder parecen haber provocado un repliegue hacia posiciones más defensivas, lo que incluye la cuestión venezolana. En el Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia, el discurso es poco permeable a un balance crítico. Y aunque Bolivia estaba lejos de ser Venezuela, Evo Morales compartía algunas visiones no pluralistas del poder que lo llevaron a buscar la reelección una y otra vez, lo que a la postre desencadenó una crisis política y una ola de protestas que a su vez dieron lugar a un golpe de Estado policial-militar y a un giro conservador y un represivo gobierno dirigido por la senadora Jeanine Añez, quien entró en el Palacio con una enorme Biblia entre manos.

Mucho de lo que había hecho de Venezuela un modelo atractivo era profundamente contradictorio desde sus orígenes. El proceso venezolano combinó formas diversas de empoderamiento popular con el liderazgo ultracarismático de Chávez; redistribución de la renta petrolera con mecanismos de saqueo de los recursos estatales por parte de camarillas burocrático-militares que feudalizaron el Estado; democracia comunal «por abajo» con formas pretorianas y autoritarias «por arriba»; imaginación para impulsar proyectos posrentistas con absoluta incapacidad para llevarlos adelante; reforzamiento del rol del Estado con incapacidad de gestión pública. Y, desde la muerte de Chávez en 2013, un declive económico que condujo a una caída del PIB de más de 50% durante la gestión de Nicolás Maduro y una inflación de 130.000% en 2018 –según datos oficiales finalmente emitidos tras un largo silencio informativo oficial–.

Las izquierdas latinoamericanas leyeron –y aún leen– Venezuela a partir de los imaginarios del «cerco» construidos en relación con Cuba desde los años 60. De esta forma, el «socialismo petrolero» venezolano –tal como lo denominó el propio Chávez en 2007– es exculpado de manera regular por el retroceso al que está llevando a la sociedad venezolana. Predomina en estas visiones el antiliberalismo fuertemente afincado en las izquierdas regionales y que tiende a minimizar los problemas democráticos, en el marco de lo que en Francia denominan «campismo»: la sobredeterminación de las variables geopolíticas en el análisis de cualquier realidad nacional.

Así, el antiimperialismo se desacopla de su dimensión emancipatoria para asumir una dimensión justificatoria –e incluso celebratoria– de diversos regímenes supuestamente enemigos del Imperio (la popularidad de Muamar Kadafi en algunos sectores de las izquierdas continentales es un buen ejemplo de ello). La narrativa sobre el «poder popular» –a menudo abstracta– se vuelve una forma de encubrir los déficits democráticos y, más aún, las (abundantes) violaciones de los derechos humanos por parte de las fuerzas represivas del Estado. De este modo, el «silencio Cuba», al decir de Claudia Hilb, de muchas izquierdas latinoamericanas –y de más allá también– devino en un «silencio Venezuela», que no significó, como tampoco ocurrió en el caso de la isla, no hablar de Venezuela, sino evitar enfrentar los problemas, desechando los datos empíricos y apelando de manera mecánica a las «agresiones imperiales» como única variable explicativa, tras años de hacerlo del mismo modo con la hoy pasada de moda «guerra económica».

Existen diversas correas de transmisión del discurso oficial venezolano hacia el resto de la región. Además de medios como Telesur, durante años la Revolución Bolivariana, al igual que en su momento la cubana, organiza diversos eventos de solidaridad, que sirvieron para organizar a una masa intelectual disponible para diversos tipos de pronunciamientos «solidarios», más o menos automáticos. Algunos han sido más organizados, e incluso apéndices de las embajadas, y otros menos, pero en general se fue construyendo un discurso sobre Venezuela que congeló la foto del golpe de 2002 y es incapaz de ver las aporías del bolivarianismo y los desplazamientos en la coyuntura política.

Hoy es imposible, por ejemplo, pensar el clivaje que atraviesa el país como un enfrentamiento «transparente» entre la izquierda y la derecha, o el pueblo y la oligarquía. En gran parte de las izquierdas regionales, se subestima la profundidad y la multidimensionalidad de la crisis, así como la degradación –política y moral– de la elite cívico-militar bolivariana. La «gente común» puede ser sacrificada sin problemas en el altar antiimperialista y funcionan eficazmente latiguillos como «la oposición es peor», «el problema son las sanciones estadounidenses», etc. Junto con ello, se minimizan los ataques al Estado de derecho y a la propia institucionalidad nacida de la Constitución bolivariana de 1999: la Asamblea Nacional Constituyente actúa como un poder supraconstitional y sin contrapesos, un poder de facto que no se concentró en redactar una Constitución sino en legitimar cualquier medida del gobierno sin necesidad de enmarcarse en una república constitucional.

Esto no significa, sin duda, que no existan agresiones e injerencias imperiales. Ni que los neocons que rodean a Donald Trump, como Elliot Abrams o John Bolton (quien finalmente terminó distanciado del presidente), no sean peligrosos. Pero precisamente esto ilumina otra cuestión: el discurso antiimperialista latinoamericano tiene como contrapartida un débil interés por estudiar el «Imperio» realmente existente, sus dinámicas políticas, sus (in)consistencias y sus intereses geoestratégicos concretos. Tampoco se trata de negar que en la oposición haya sectores financiados por Estados Unidos, halcones anticomunistas estilo Guerra Fría, antipopulistas racistas y elitistas retrógrados. Ni tampoco apelar al ni-nismo: «ni con Maduro ni con el Imperio». Sino, por el contrario, se trata de pensar la realidad venezolana en una doble clave: antiimperialista y democrática, sin sacrificar ninguno de los términos de la ecuación. La pregunta es sencilla: incluso si Maduro sale airoso de esta última batalla contra el «presidente encargado» Juan Guaidó, ¿qué tipo de futuro se puede esperar para Venezuela? ¿Qué energías vitales tiene la Revolución Bolivariana para encarnar los «nuevos comienzos» que Maduro promete una y otra vez para enfrentar la degradación societal que vive el país? El último nuevo comienzo es la dolarización informal de la economía.

Sin una izquierda más activa y creativa respecto de Venezuela, la iniciativa regional fue quedando, sin contrapesos, en manos de las derechas del continente. En la última reunión del Foro de San Pablo en La Habana, la secretaria ejecutiva, Mónica Valente, dijo que el vigésimocuarto encuentro de este espacio que reúne a gran parte de las izquierdas de la región «puede tener la misma importancia histórica de los años 90 cuando cayó el Muro de Berlín». No se refería específicamente a Venezuela, sino al «giro a la derecha» latinoamericano. Pero si se puede hablar de un Muro de Berlín regional, este se vincula de manera directa a la implosión de la Revolución Bolivariana –precisamente en el primer país que se declaró socialista después de 1989–. Por este solo hecho, el balance de esta experiencia es indispensable para cualquier renovación política y teórica de las izquierdas latinoamericanas.

Esta es una tarea importante, aunque las victorias de Andrés Manuel López Obrador en México y Alberto Fernández en Argentina hayan matizado la idea de un giro a la derecha tout court en la región.

Por Pablo Stefanoni | 22/02/2020 

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Aceleracionismo: por un control proletario de las tecnologías de producción

En lugar de enfrentarnos al capitalismo desde un mítico exterior que ya no existe, el aceleracionismo de Alex Williams y Nick Srnicek apuesta por una apropiación común de la ciencia y la tecnología de plataforma como única forma de poder subvertir el sistema capitalista desde su interior.

 

Desde que Alex Williams y Nick Srnicek publicaron su Manifiesto por una Política Aceleracionista en 2013, la recepción del aceleracionismo por parte de los intelectuales y movimientos sociales de izquierda ha terminado por dividirse en dos posturas claramente divergentes. Por una parte están todos aquellos que lo consideran una propuesta excesivamente academicista que en realidad estaría jugando a favor del capitalismo. Entre otros, este sería el caso de filósofo y sociólogo alemán discípulo de Axel Honneth, Hartmut Rosa, según el cual la aceleración sería un fenómeno inherentemente capitalista, moderno y totalitario que únicamente puede alienarnos y desconectarnos de las experiencias vitales ligadas al mundo material.

Por la otra, existe una gran cantidad de autores y autoras que han intentado precisar y desarrollar algunas tesis aceleracionistas desde ámbitos tan variados como la estética, la teoría del conocimiento, el análisis del trabajo, la organización de clase o el feminismo, como por ejemplo son el Xenofeminismo de Laboria Cuboniks y Helen Hester, o el post-operaísmo de Bifo Berardi y Antonio Negri. Concretamente, para este último, el aceleracionismo propuesto por Williams y Srnicek mantiene afirmaciones propias del operaísmo como es la de “liberar la potencia del trabajo cognitivo dentro de la evolución del capital, [debido a que] la causa de las crisis está en la obstrucción de las capacidades productivas”. Mientras que en el caso de Hartmut Rosa, la aceleración es vinculada unilateralmente con una necesidad permanente de optimización y maximización de los procesos productivos que sería exclusivamente capitalista; aceleracionismo, post-operaísmo y xenofeminismo plantean, por el contrario, que la forma de producción capitalista no es una máquina perfecta que únicamente trabaja en su propio beneficio, sino que para obtener este último necesita liberar e implementar algunas fuerzas cruciales que pueden ser re-apropiadas por el proletariado y utilizadas en su contra. Estas fuerzas son la ciencia y la tecnología.

ACELERACIONISMO Y DESTERRITORIALIZACIÓN

Gran parte de la oposición a las propuestas de Williams y Srnicek derivan de una comprensión alterada de qué es exactamente lo que proponen con “acelerar”. Concretamente, la que ha terminado siendo la comprensión más habitual del aceleracionismo lo entiende como una exhortación a intensificar cualquier tipo de proceso capitalista existente, con la (ilusoria) esperanza de que esto llevará al sistema a un colapso definitivo que es necesario alcanzar para poder instaurar un nuevo sistema más justo y equitativo.

Frente a esta tergiversación y simplificación es necesario recordar que el origen y fundamento de la propuesta aceleracionista se encuentra en uno de los fragmentos más discutidos que Gilles Deleuze y Félix Guattari escribieron en el Anti-Edipo, cuando se preguntaron “entonces, ¿qué solución hay, qué vía revolucionaria? […] ¿Retirarse del mercado mundial como aconseja Samir Amin a los países del tercer mundo, en una curiosa renovación de la ‘solución económica’ fascista? ¿O bien ir en sentido contrario? Es decir, ir aún más lejos en el movimiento del mercado, de la descodificación y la desterritorialización. Pues tal vez los flujos no están aún bastante desterritorializados, bastante descodificados […] No retirarse del proceso, sino ir más lejos, acelerar el proceso”.

Según Deleuze y Guattari, el principal problema del capitalismo es que si bien aparenta ser una fuerza que desterritorializa y descodifica las relaciones sociales y económicas propias de las sociedades tradicionales, clasistas y heteropatriarcales, ello es debido a que únicamente lo hace con la intención de volver a re-territorializarlas y recodificarlas dentro de un sistema socioeconómico que se ajuste perfectamente a sus necesidades y objetivos. En este sentido, desterritorializa el régimen de propiedad de la tierra propio del feudalismo para reterritorializarlo bajo la primacía de la propiedad de los nuevos medios de producción, industriales y cognitivos. Del mismo modo, descodifica las relaciones sociales heteropatriarcales basadas en el parentesco para recodificarlas como relaciones laborales con asimetría de género.

Dado que este proceso de desterritorialización y posterior reterritorialización sigue funcionando de múltiples modos, lo que afirma el aceleracionismo es que hemos de incrementar o “acelerar” los procesos de desterritorialización y descodificación hasta un punto de no-retorno que impida su re-territorialización y recodificación capitalista. Desde este punto de vista, lo que hay que acelerar no es el capitalismo en sí, sino únicamente la descodificación que promueve antes de volver a recodificarla. Ahora bien, es precisamente en este punto donde el aceleracionismo se bifurca en una concepción marxista defendida por Williams y Srnicek, y otra (anarco)liberal mantenida por reconocidos antimarxistas como Nick Land, fundador en 1995 de la Unidad de Investigación de Cultura Cibernética junto a la filósofa Sadie Plant.

La principal diferencia entre ambas posturas radica en que en el caso de Land el proceso concreto a acelerar coincide directamente con el tipo de des-codificación sociosimbólica posibilitada por Internet y las plataformas digitales tal y como eran en los años 90. En cambio, en el caso de Williams y Srnicek, la aceleración de los procesos de descodificación debe ser complementada con una reapropiación común y no necesariamente estatal de las tecnologías de plataforma que posibilite una re-organización antagonista eficaz de las relaciones productivas anti-capitalistas.

ACELERACIONISMO Y MARXISMO POST-OPERAÍSTA

El aceleracionismo marxista mantiene que la tecnología promueve dos tipos de procesos dentro del capitalismo que, a diferencia de lo que mantiene Hartmut Rosa, no pueden considerarse ni idénticos, ni inseparables. La necesidad de reducir el trabajo humano necesario para realizar una tarea (el incremento de productividad) y la necesidad de incrementar continuamente la cantidad de producción total de mercancías (lo que Unabomber llamaba la auto-expansividad de un sistema). Derivado de ello, la otra gran distinción que separa al aceleracionismo marxista de la teoría crítica consiste en su consideración de la tecnología como una herramienta susceptible de incrementar exponencialmente la efectividad social del trabajo y el conocimiento con vistas al empoderamiento de sus productores frente al capital. Más específicamente, cibernética y plataformas digitales son identificadas como la infraestructura básica que posibilitaría una autogestión efectiva y común de las luchas contra el capitalismo, y cuya reapropiación debería considerarse como uno de los objetivos fundamentales de cualquier tipo de lucha anticapitalista.

El último libro de Hardt y Negri proponía reorganizar el funcionamiento de los movimientos sociales a partir de un “liderazgo emprendedor” aplicable a aquellas tareas de tipo “táctico” que no necesiten ser evaluadas por una Asamblea que se limita a tomar las decisiones estratégicas principales. El aceleracionismo de Williams y Srnicek va un poco más allá, y mantiene que una lucha realmente efectiva contra el actual capitalismo de plataforma requiere poner a jugar a nuestro favor todos los procesos de automatización, Deep Learning e Inteligencia Artificial que podamos, para que realicen un sinnúmero de tareas tácticas, logísticas y repetitivas que nos liberen de la enorme carga de gestión que requieren.

Si bien Antonio Negri tiene razón cuando afirma que “el nombre de aceleracionismo es ciertamente infeliz” debido a la ingente cantidad de confusiones a las que ha dado lugar, ello no le impidió entender la propuesta de Williams y Srnicek como “un complemento postobrerista” que renueva la consigna “no al trabajo”. Aunque los actuales repuntes de un anarco-primitivismo radical como el propuesto por John Zerzan o Theodore Kaczynski nos han acostumbrado a aceptar que todos los males provienen de la tecnología, no por ello deberíamos identificar unilateralmente a esta última con el sistema industrial capitalista tan rápidamente como hacen ellos. Nos guste o no reconocerlo, la verdad es que tal y como afirman Williams y Srnicek, desde comienzos del siglo XXI los movimientos sociales han aglutinado y articulado la acción de una cantidad cada vez mayor de personas y sin embargo, aparte de frenar algunos procesos a nivel local y en lugares concretos, la triste realidad es que la precariedad y la redistribución desigual de la renta continúan incrementándose exponencialmente a nivel global. Debido a ello, tal vez sea el momento de plantearnos seriamente la necesidad de una reapropiación profunda y de masas de aquellas tecnologías que nos empoderen lo suficiente como para poder desarticular definitivamente las relaciones sociales de producción en las que se basa el capitalismo.

En este sentido, el aceleracionismo marxista no es tanto una pulsión irracional por incrementar la velocidad de un sistema que se cree condenado a su propia autodestrucción, como un proyecto orientado a la re-configuración de las principales fuerzas que dicho sistema ha desatado para emplearlas en su propia subversión y desmantelamiento. El problema al que esto nos enfrenta y que muchas veces no nos gusta, es que mientras que la mera resistencia exterior a un sistema opresor siempre es moralmente loable aun en los casos en los que conduce inexorablemente a la derrota, la decisión de utilizar sus propios recursos como única forma viable para destruirlo siempre está abierta a la traición, voluntariamente asumida o no, de los objetivos por los que fue iniciada la lucha. La apertura a la corrupción y/o tergiversación de los fines perseguidos es algo que siempre está presente en cualquier tipo de lucha por (o empleo de) el poder. A este respecto, lo que el aceleracionismo marxista nos está pidiendo es que salgamos de nuestra cómoda esfera de seguridad moral, y no temamos utilizar aquellas fuerzas que son necesarias para poder tener siquiera la oportunidad de hacer algo efectivo y duradero a escala global.

Por Jorge León Casero

Profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza


publicado

2020-02-21 10:00

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José Mujica: "Las fuerzas conservadoras están sustituyendo los viejos golpes de Estado por campañas publicitarias"

El expresidente de Uruguay recibe a eldiario.es en su casa para analizar la actualidad de EEUU, Venezuela, Bolivia o el feminismo

Sigue militando a sus 84 años, aunque ahora se ve más bien como un "letrero" para atraer a gente con ganas de seguir su camino cuando sus luces se apaguen. José Mujica (1935, Montevideo) fue presidente de Uruguay desde 2010 a 2015, un breve periodo en el que se aprobaron leyes impensables en otros países de estas mismas latitudes como la regulación del mercado de la marihuana, el matrimonio igualitario o la despenalización del aborto. Pese al desgaste interno, Mujica se convirtió rápidamente en un icono internacional, señalado como ejemplo de que la izquierda puede gobernar y, a la vez, conservar altas dosis de autenticidad.

Fue guerrillero tupamaro, estuvo 12 años en la cárcel como preso político durante la dictadura, fue diputado, ministro, presidente del gobierno y ahora de nuevo senador. Mujica recibe a eldiario.es en su modesta vivienda. Rodeado de libros, fotografías de líderes como Fidel Castro y de pequeños tesoros como una réplica del diario que el Che Guevara escribió en Bolivia, cuenta que sueña con que América Latina tenga "una voz común" en el mundo que viene.

En estos últimos 15 años, la coalición con la que gobernó, el Frente Amplio, ha logrado importantes avances en derechos laborales, reducción de la pobreza o libertades civiles. ¿Por qué perdieron entonces las últimas elecciones?

Existen varios factores. En Uruguay, como en todas partes, está operando la maduración del fruto de la cultura que ha sembrado el capitalismo, que necesita hacernos compradores compulsivos para perpetuarse y garantizar la acumulación. Confundimos felicidad y progreso con comprar cosas nuevas sin plantearnos si somos más o menos felices y gastamos gran parte de la peripecia de nuestra vida para conseguir esos medios económicos que nos permiten hacer frente a esa demanda. Siempre vamos como el burro que persigue la zanahoria.

Además, hay inconformismo. Tenemos autos como nunca tuvimos y cosas por estilo, pero no nos alcanza. Y no es lo único. Operan también fuerzas muy conservadoras que están en contra de las políticas sociales, de las políticas de reparto, de las miserables políticas que intentamos hacer para mitigar las desigualdades de nuestras sociedades. Hay gente convencida de que la justicia es una rémora intelectual y que hay que aceptar las desigualdades.

Ahora, una coalición de derecha, liderada por el Partido Nacional, gobernará en Uruguay durante los próximos cinco años. ¿Qué opina de esta coalición?

En el país ya hubo ensayos anteriores (de coaliciones), aunque no tan grandes como este, y después se rompieron. Están apurados por lograr antes de romperse. Veremos qué pasa. Están operando algunas metodologías que han aparecido en América Latina.

¿A qué se refiere?

Hay una tendencia de las fuerzas conservadoras a sustituir los viejos golpes de Estado por campañas publicitarias, hay una domesticación de la justicia, una judicialización de la política, tratando de sacar partido de actos que puede haber más o menos cuestionables, que son insignificantes en Uruguay, pero existen. Las fuerzas más conservadoras siempre se han presentado con un halo de moralina y después son la cosa más podrida que ha existido. Siempre ha sido así a lo largo de la historia.

En el caso de Bolivia la mecha se prendió por un supuesto fraude electoral. ¿Hubo golpe de Estado?

Sí. Supongamos que fue justa la mecha que se prendió, pero no tiene nada que ver con todo lo que vino después. En Bolivia, hay una persecución escandalosa y una resistencia a que la situación se vuelva a encauzar que rompe los ojos. Es probable que las debilidades del partido al que pertenece Evo [Morales] le obligaron a forzar una candidatura que puede ser criticable y que no está bien, pero eso no justifica lo que vino después. Lo que vino después es espantoso. Ha habido una represión feroz en Bolivia y los organismos internacionales no dicen nada. La OEA no dice nada, nadie dice nada, hacen gárgaras con la democracia.

Es curioso. Cuando alguien medianamente de izquierdas se equivoca o comete un error es espantoso, cuando gente notoriamente de derechas hace barbaridades miran para otro lado. Es lo mismo que con Venezuela. Yo tengo mis discrepancias, pero jamás puedo acompañar la política de sanciones económicas, porque ya tenemos experiencia. Le pasó a España en la época de Franco y quien sufrió fue el pueblo español, que pasó hambre y todo lo demás. La humanidad debe desterrar las sanciones económicas a un país porque no lo pagan los Gobiernos, lo pagan los pueblos, que no tienen responsabilidad.

¿Qué opina del proyecto de Juan Guaidó y del Gobierno de Nicolás Maduro?

Guaidó está haciendo turismo internacional. Tiene mucho apoyo internacional, pero tiene un problema de gallo enano. En Venezuela es un presidente decorativo, es todo un papelón. Yo no veo otro camino que una buena negociación o algo por el estilo, pero a los gritos y al ataque, no. El problema es encontrar una salida para que el pueblo venezolano no siga sufriendo, eso es lo primero y no lo otro. Hay una terquedad, dos bandos que están atrincherados, pero se está conformando una economía paralela a medida que pasa el tiempo. Teóricamente en Venezuela deberían estar todos muertos de hambre y no, están mejor hoy que hace un año porque se van generando mecanismos por aquí y por allá.

La ceguera de la política internacional no es proclive a solucionar problemas difíciles, quiere solucionar con imposiciones los problemas difíciles. Los grandes conflictos tienen siempre dos vías: o se arreglan militarmente porque uno de los bandos queda derrotado, o el otro camino es una negociación política. Debe haber una negociación política porque en el largo plazo no hay un chavismo, hay varios chavismos. Y mire lo que le voy a decir, con el paso de los años, el chavismo en Venezuela puede desembocar en algo parecido al peronismo en Argentina, que es un híbrido entre política y religión, con hondas raíces populares. Lo peor que hay en la alta política es no aceptar la existencia de realidades con las cuales hay que lidiar. Hay tantos chavistas, o más, fuera del Gobierno que los que hay en el Gobierno.

Hace unos días estuvo de visita en España. ¿Cuál es su opinión sobre el nuevo Gobierno de coalición progresista de PSOE y Podemos?

Es difícil, pero me sorprendió porque España estuvo de hecho como un año y pico sin gobierno y la economía creció un poco, ni mejoró ni empeoró, es como para hacerse anarquista. Parece que no se precisa tanto gobierno, las cosas andan solas (risas). No sé… quiero mucho a España, mi juicio puede estar torcido por el afecto que le tengo. Hay problemas como en todos los lados, pero yo después de España viajé a Río de Janeiro y es como cambiar de mundo. Una ciudad gigantesca llena de gente pobre durmiendo en la calle, con problemas sociales a patadas. Yo sé que Europa no está contenta, que está disconforme, pero si mirara al otro lado del charco… Somos complicados los humanos.

Pero también es cierto que en Europa las cosas están complicadas…

Sí, claro. La señora Merkel nos parecía hace 15 años una vieja conservadora y ahora la vemos como lo más sensato que hay en Europa. También es cierto que hay una ultraderecha que se escuda con poses nacionalistas. Está el Brexit, hay fuerzas que apuntan a deshacer el esfuerzo del acuerdo europeo por su integración, que para mí fue un esfuerzo fantástico impulsado por políticos conservadores pero con una visión geopolítica larga. Falta susto. Eso surgió porque a un lado estaba la Unión Soviética y al otro, el desafío americano. Hubo gente que tuvo la claridad de decir no y se puso a construir un acuerdo y terminar con la guerra y todo lo demás. No es poca cosa, pero la gente tiene poca memoria histórica. Hay una férula nacionalista que es peligrosa para esa construcción en un mundo donde aparecen en el horizonte monstruos geopolíticos. Porque China es un Estado multinacional milenario, porque la India está ahí y es otro, porque el mundo que va a venir no va a tener piedad con los más chicos.

Hace unas semanas, unas declaraciones suyas sobre el feminismo generaron críticas. Dijo que el feminismo puede ser "bastante inútil" y no puede "sustituir a la lucha de clases".

Sí, claro, a muerte, lo pienso así. El feminismo es una reivindicación importantísima. Pero pará, que hay feministas pitucas [pijas, adineradas] que tienen sirvientas a las que explotan, que pelean por sus derechos empresariales y están a la cabeza en las representaciones políticas. Hay mujeres esclavizadas en los barrios pobres, donde el patriarcado es más fuerte que en ningún lado. Esas son las que me preocupan, no solo por ser mujeres, sino por ser pobres y estar discriminadas por ello. Tal vez en Europa no se den nuestras condiciones, yo tengo una visión muy latinoamericana. Las que tienen plata siempre se las van a arreglar, como con el aborto [ilegal], que castiga a las mujeres pobres, porque las otras pueden acudir a clínicas que en la clandestinidad operan preciosamente, pero pagando. Que me perdonen las militantes europeas, cada cual habla en relación al medio.

Yo reconozco la existencia del patriarcado y el derecho de la mujer, pero quiero señalar también que hay un problema de educación y hay una responsabilidad de la mujer en la educación desde los párvulos. Si no vamos convenciendo a la masa de mujeres más humilde para que opere en favor de la justicia, no lograremos un cambio efectivo. En las superestructuras se está dando un cambio y se da por el lado de las universidades, la capacitación de la mujer… Pero abajo, en la sociedad pobre, precisamos una maestra que eduque distinto a las niñas y los niños. Que si la nena quiere subir un árbol la deje o que no tenga que vestir de rosado. Necesitamos ese cambio. Pero no la podemos asustar, porque si yo intelectualmente comprendo que una mujer tiene todo el derecho a gritar la libertad de hacer con su cuerpo lo que se le cante, si lo digo en esa sociedad, me bajan la cortina y no me escuchan. En lugar de ayudar a progresar, tengo una respuesta conservadora, y eso es muy fuerte, sobre todo donde hay un peso religioso. No es tan fuerte en Uruguay porque es el país más laico de América Latina, pero en el conjunto de la región sí.

A las que están con bronca les doy un abrazo.

¿Hay algún líder en América Latina que le represente?

Probablemente hay, yo qué sé. La idea de representación es más o menos, pero tengo afinidad con el presidente de México –Andrés Manuel López Obrador– al que tengo mucho respeto, y soy amigo del que está en Argentina –Alberto Fernández–. Soy amigo de Evo, viejo amigo de Lula… soy amigo de aquellos que luchan por mitigar las desigualdades. He tratado de cultivar la relación con gente que piensa distinto. Por ejemplo, traté de ayudar con el proceso de paz al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, hice todo lo que pude. En el primer gobierno fui amigo de Sebastián Piñera… aunque uno tenga diferencias, debe cultivar la relación porque tenemos intereses comunes.

Los latinoamericanos somos una nación no conformada que fundamos muchos países porque surgimos de la independencia cuando se organizaba el mercado mundial y quedamos más conectados con Europa y con el mundo desarrollado que entre nosotros. Lo que está por hacerse es que algún día podamos hacer una macro nacionalidad federal que respete las identidades locales que existen. Porque, si no, vamos a ser un juguete en el mundo que viene. Deberíamos aprender portugués obligatoriamente en la escuela y tener un horizonte de acuerdo federal que nos permita respetar lo local, pero tener una voz común en el mundo que viene. Yo no lo voy a ver, pero lo sueño.

Respecto a EEUU, ¿qué opina sobre el giro a la izquierda que parece tomar el partido demócrata con perfiles como el de Bernie Sanders o Alexandria Ocasio-Cortez?

Es interesante. Estados Unidos es tan grande y diverso… hay un mundo universitario muy fuerte, muy importante, que tiene un peso incuestionable. Y se está dando otro fenómeno rarísimo, el fracaso de liderazgo de generaciones intermedias. Hay una cantidad de ancianos que son muy respetados por los jóvenes. Sanders no es precisamente un nene y sin embargo es el preferido de los jóvenes. Hay que analizar ese fenómeno.

¿Cree que puede tener una posibilidad real la izquierda en EEUU?

Creo que sí, hay una visión más rica, menos confrontativa. Los lobbies tienen un peso terrible, pero hay derechas y derechas. Lo de Trump no es solo una derecha, es una especie de fantasía porque (Charles) de Gaulle y (Konrad) Adenauer eran de derecha, pero no puedo compararlos con el señor Trump. La democracia representativa queda como cuestionada. Si en un país tan importante como EEUU eligen un personaje como este, ¡mamma mía!, lo que está cuestionada es la propia metodología de la democracia representativa.

Sin embargo, Trump tiene muchas opciones de ser reelegido.

Sí, las tiene, porque por ahora la economía anda bien y eso al parecer es muy importante en esa sociedad.

EEUU es uno de los países donde más ha crecido la brecha entre ricos y pobres.

Sí, como siempre. Ha habido un cambio importante en la economía norteamericana en los últimos años. El 10 o 12% de la población hace 40 años tenía el 30 o 35% del PIB norteamericano y ahora mucho menos gente tiene mucho más del PIB, hay un proceso brutal de concentración de la riqueza. Acá se mide la pobreza con números y eso es falso. El concepto de pobreza requiere un análisis histórico y social. Ese fuerte proceso de concentración de la riqueza aumenta la distancia entre la cúspide económica y el común de la gente. Hay vastísimos sectores de clase media que quedan estancados y con peligro de derrumbarse y eso produce un inconformismo fuerte también. Este no es un problema de justicia social, sino de seguridad.

Y Uruguay, ¿qué males no ha podido resolver todavía?

No puede haber gente pobre. Si bien Uruguay tiene una franja que es mucho más baja de lo que hay en América Latina, acá no tendría que haber gente pobre, y no me refiero solo a pobreza material, sino a pobreza de acá – dice señalándose a la cabeza– que es la más dura. Uruguay tiene medios para eso. Tenemos un país que podría mantener a 50 millones de habitantes. Somos tres y medio y no sabemos lo que vamos a hacer. Es un país rarísimo, hay más vacas que gente, cuatro por habitante, ¿dónde se ha visto eso? (risas) y otras tantas ovejas. Entonces uno se pregunta: "¿Quiénes son los pobladores de Uruguay?"'. Los pobladores son unos animales grandes y un montón de gente que está estorbando a los bichos. Si las vacas votaran…

En 2018 usted renunció al Senado para tomarse, según dijo, "una licencia antes de morir de viejo". Pero en las elecciones pasadas volvió al Senado con la lista más votada dentro del Frente Amplio. Tampoco ha dejado de acudir a eventos oficiales y de viajar al exterior. ¿Cómo lo hace con 84 años?

Toda mi vida he sido un militante social, soy una especie de campesino frustrado, me encanta la tierra, amo la naturaleza. Saqué la cuenta y llevo 71 años militando, así que estoy como programado. Sigo militando. Ahora voy a ir al Senado, creo que no resisto mucho tiempo porque me aburro, pero siempre he dicho que el mejor dirigente no es el que hace más, sino aquel que cuando desaparece deja gente que lo supera con ventaja.

Las causas sociales y populares se van metamorfoseando. Cambian, pero siguen existiendo. La única manera es perpetuar la lucha por mejorar la sociedad y eso significa tener gente capaz y comprometida. Hay que generar instrumentos colectivos y comprometer gente. Ahora estoy sirviendo como un letrero para que llegue gente que puede servir y que van a quedar cuando al letrero se le apaguen las luces. Los letreros están sujetos al almanaque. La única cosa democrática que existe en el mundo que arregla todo eso es la muerte.

¿Se imaginó una vida tan intensa como la que ha tenido?

No, se dio porque no nos quedamos quietos. También nosotros cambiamos, nos insertamos en un mundo con determinadas reglas, soportamos, nos dimos cuenta de que no íbamos a hacer ninguna revolución pero que teníamos que seguir luchando porque sobraban injusticias. Yo no le puedo plantear a la gente común del pueblo un mundo utópico cuando me van a decir: "Mirá, mañana tengo que pagar la luz". Hay que atender los problemas que tiene la gente y eso por un lado nos mediatiza, pero también nos humaniza. Estamos en esto.

Por María García Arenales - Montevideo (Uruguay)

18/02/2020 - 20:35h

Publicado enInternacional
Activistas participan en una marcha convocada por el movimiento 'Ni una menos' contra la violencia de género en Buenos Aires. Emiliano Lasalvia / AFP

En los últimos días se han convocado varias protestas en distintos países de la región para reclamar el derecho al aborto y repudiar los feminicidios y la violencia machista.

santiago de chile

18/02/2020 22:42

Meritxell Freixas

@MeritxellFr

Cada día, un nuevo 8 de marzo. Al menos mientras siga habiendo mujeres asesinadas por hombres, violadas o que sufren la vulneración de sus derechos. Así lo entienden las mujeres latinoamericanas que en las últimas semanas (y meses) han ocupado las calles y plazas de varias ciudades del continente para rechazar cualquier tipo de violencia machista. El feminismo en América Latina está más vivo que nunca.

Este miércoles el foco está puesto en Argentina, donde las mujeres se congregarán en los alrededores del Congreso de Buenos Aires y en otras 100 ciudades del país, con sus pañuelos verdes, para exigir la aprobación del proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) que presentaron el 28 de mayo de 2019 y que garantiza el aborto hasta la semana 14. Actualmente el país se rige por una ley de 1921 que tipifica el aborto como delito, excepto en casos de violación y de riesgo para la madre.

"Es un tema que está siempre presente. Estamos haciendo una demostración de fuerza ante declaraciones auspiciosas respecto de la aprobación del proyecto por parte del Ejecutivo", explica Celeste Mac Dougall, integrante de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, convocante de la actividad. "Queremos demostrar en las calles que estamos exigiendo que las declaraciones se transformen en ley ya", añade.

Esta demanda histórica de las feministas argentinas cuenta con el respaldo explícito del presidente, Alberto Fernández, quien pretende presentar su propia propuesta el 1 de marzo, coincidiendo con el inicio del período legislativo en el Congreso argentino.

El debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo últimamente también ha sido tema en Colombia. Desde que en 2006 el aborto se despenalizó en tres supuestos (malformación fetal, riesgo para la gestante y violación), varias personas han presentado acciones legales para reponer su penalización total. Dos de éstas se discutirán en los próximos días en la Sala Penal del tribunal, justo cuando trascendió una nueva polémica sobre el tema. En la ciudad de Popayán, en el departamento del Cauca, una mujer interrumpió su embarazo de manera voluntaria cuando tenía siete meses de gestación y en contra de la voluntad del padre. Pese a estar amparada por una de las tres causales, su caso se mediatizó y fue duramente criticada por sectores de la opinión pública.

México apunta a la prensa sensacionalista

En México las mujeres dicen que viven bajo estado de "emergencia nacional". Eso por las brutales cifras de feminicidios que registra el país: 10 mujeres mueren asesinadas al día y, en total, hay más de 90 homicidios en 24 horas. El último caso se conoció el lunes. La víctima, una niña de siete años cuyo cuerpo sin vida fue encontrado en bolsas de basura y con señales de tortura después de varios días desaparecida. La sociedad mexicana no tiene tiempo de recuperarse del estado de conmoción por el último feminicidio y se ve obligada a asumir y gestionar colectivamente uno nuevo.

Este martes un grupo de mujeres se manifestó afuera del Palacio Nacional para repudiar una vez más la violencia machista. "¿Cómo podemos soportar vivir en un país con tanta violencia?", rezaba la pancarta de una de las manifestantes. La semana pasada la rabia e indignación de las mujeres se también se expresó en las calles de la capital. Se unieron para repudiar el feminicidio de Ingrid Escamilla y el tratamiento mediático de su muerte en la prensa mexicana. "Con nuestras muertes hacen espectáculo", denunciaron las mujeres en la manifestación que apuntó a varios de los medios más sensacionalistas que difundieron las imágenes del cuerpo de la mujer en las que aparecía despellejada.

La periodista Itxaro Arteta, del medio digital Animal Político, explica que desde hace unos seis meses ha habido varias manifestaciones en contra de la violencia hacia las mujeres en México. "Procuran ser sólo de mujeres y se pide que no vayan hombres, ni periodistas ni camarógrafos. Incluso las manifestantes pidieron que solo fueran policías mujeres, aunque a veces van algunos hombres de reserva", dice Arteta. La comunicadora explica que hubo una serie de protestas todo el día, primero ante la sede de gobierno —el presidente López Obrador ha lanzado varios comentarios inapropiados a la hora de castigar la violencia de género— y luego en dos medios sensacionalistas.

Chile, el estallido y el nuevo proceso constituyente

"Un violador en tu camino", el himno del colectivo chileno Las Tesis surgido a partir del 25 de noviembre, Día contra la Violencia hacia las Mujeres, y en el marco del estallido social que atraviesa el país desde hace cuatro meses, se ha cantado en las últimas protestas de México y se entonará también este miércoles en Argentina con la participación de sus creadoras.

En Chile, el movimiento feminista ha tomado un rol protagónico en la crisis política y social. Más allá de la repercusión de la performance a nivel mundial, las chilenas han levantado la voz contra las denuncias de agresiones sexuales y vejámenes perpetradas por agentes del Estado en el marco de las protestas: el Instituto Nacional de Derechos Humanos ha presentado 192 denuncias por violencia sexual desde el 18 de octubre.

Otro flanco es en el ámbito político. Las mujeres están dando la pelea para asegurar la paridad de género en el proceso constituyente que se abrirá en el país. Quieren asegurarse de que la mitad de las sillas de quienes redactarán la nueva Constitución serán para mujeres. Lo exigen en las calles, en las asambleas e incluso en el Congreso, donde un grupo de activistas irrumpió e interrumpió a gritos una sesión legislativa para visibilizar su demanda.

El 8M será una fecha clave no sólo para las feministas, sino porque ha sido la elegida para retomar las movilizaciones después de la pausa del verano. La Coordinadora Feminista 8M ha convocado una huelga general "plurinacional, antirracista, transgeneracional, disidente y transfeminista, lesbofeminista, inclusiva, anticarcelaria e internacionalista" que dará el disparo de salida a un nuevo ciclo de masivas protestas en la rebautizada Plaza Dignidad. "Hemos programado la agenda de marzo sobre todo bajo dos perspectivas; una darle continuidad a lo que fue el proceso de construcción de la huelga feminista de 2019, en tanto de ir instalando y profundizando nuestra agenda en contra de la precarización de la vida", apunta Francisca Fernández, vocera de la organización.

"Por otra parte, otra arista fundamental es posicionar la idea del proceso constituyente como la construcción de un nuevo horizonte político desde los pueblos, territorios y comunidades. La huelga será fundamental para visibilizar que tenemos que tener una asamblea constituyente, plurinacional, feminista y popular que es lo fundamental", concluye la activista

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Trece tesis sobre la catástrofe (ecológica) inminente y los medios (revolucionarios) de evitarla

 I. La crisis ecológica está ya presente y se convertirá todavía más, en los meses y años próximos, en la cuestión social y política más importante del siglo XXI. El porvenir del planeta y de la humanidad va a decidirse en los próximos decenios. Los cálculos de algunos científicos en relación con los escenarios para el 2100 no son muy útiles, por dos razones: a) científica: considerando todos los efectos retroactivos imposibles de calcular, es muy aventurado hacer proyecciones de un siglo; b) política: a finales del siglo, todos y todas nosotros y nosotras, nuestros hijos y nietos habrán partido y entonces ¿qué interés tiene?

II. La crisis ecológica incluye varios aspectos, de consecuencias peligrosas, pero la cuestión climática es sin duda la amenaza más dramática. Como explica el GIEC [Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, ndt], si la temperatura media sobrepasa más de 1,5 grados en relación con la del período preindustrial, existe el riesgo de que se desencadene un proceso irreversible de cambio climático. ¿Cuáles serían las consecuencias? A continuación se señalan algunos ejemplos: la multiplicación de mega-incendios como el de Australia; la desaparición de los ríos y la desertificación de los suelos; el deshielo y la dislocación de los glaciares polares y la elevación del nivel del mar, que puede alcanzar hasta decenas de metros, mientras que solo con dos metros amplias regiones de Bengala, de India y de Tailandia, así como las principales ciudades de la civilización humana –Hong-Kong, Calcuta, Viena, Amsterdam, Sangai, Londres, Nueva York, Río- desaparecerán bajo el mar. ¿Hasta dónde podrá subir la temperatura? ¿A partir de qué temperatura estará amenazada la vida humana sobre este planeta? Nadie tiene respuesta a estas preguntas…

III. Estos son riesgos de catástrofe sin precedente en las historia humana. Sería preciso volver al Plioceno, hace algunos millones de años, para encontrar una condición climática análoga a la que podrá instaurarse en el futuro gracias al cambio climático. La mayor parte de los geólogos estiman que hemos entrado en una nueva era geológica, el Antropoceno, en el que las condiciones del planeta se han modificado por la actividad humana. ¿Qué actividad? El cambio climático empezó con la Revolución Industrial del siglo XVIII, pero fue después de 1945, con la globalización neoliberal, cuando tuvo lugar un salto cualitativo. En otros términos, es la civilización industrial capitalista moderna quien es responsable de la acumulación de CO2 en la atmósfera y, con ello, del calentamiento global.

IV. La responsabilidad del sistema capitalista en la catástrofe inminente está ampliamente reconocida. El Papa Francisco, en la Encíclica Laudatio Si, sin pronunciar la palabra capitalismo, denunciaba un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso, exclusivamente basado en “el principio de maximización del beneficio” como responsable a la vez de la injusticia social y de la destrucción de nuestra Casa Común, la Naturaleza. Una consigna universalmente coreada en las manifestaciones ecologistas en todos los lugares del mundo es: “¡Cambiemos el sistema, no el clima!” La actitud de los principales representantes de este sistema, partidarios del business as usual – millonarios, banqueros, expertos, oligarcas, politicastros- puede ser resumida en la frase atribuida a Luis XIV: “Después de mí, el diluvio”.

V. El carácter sistémico del problema se ilustra cruelmente con el comportamiento de todos los gobiernos (con rarísimas excepciones) al servicio de la acumulación de capital, de las multinacionales, de la oligarquía fósil, de la mercantilización general y del libre comercio. Algunos -Donald Trump, Jair Bolsonaro, Scott Morrison (Australia)- son abiertamente ecocidas y negacionistas climáticos. Los otros, los razonables, dan el tono en las reuniones anuales de la COP (¿Conferencias de los Partidos o Circos Organizados Periódicamente?) que se caracterizan por una vaga retórica verde y una completa inercia. La de más éxito fue la COP21, en París, que concluyó con solemnes promesas de reducciones de emisiones por todos los gobiernos participantes -no cumplidas, salvo por algunas islas del Pacífico-; ahora bien, si se hubieran cumplido, los científicos calculan que la temperatura podría sin embargo subir hasta 3,3 grados suplementarios.

VI. El capitalismo verde, los mercados de derechos de emisión, los mecanismos de compensación y otras manipulaciones de la pretendida economía de mercado sostenible se han revelado completamente ineficaces. Mientras que se enverdece a diestra y siniestra, las emisiones suben en flecha y la catástrofe se aproxima a grandes pasos. No hay solución a la crisis ecológica en el marco del capitalismo, un sistema enteramente volcado al productivismo, al consumismo, a la lucha feroz por las partes de mercado, a la acumulación del capital y a la maximización de los beneficios. Su lógica intrínsecamente perversa conduce inevitablemente a la ruptura de los equilibrios ecológicos y a la destrucción de los ecosistemas.

VII. Las únicas alternativas efectivas, capaces de evitar la catástrofe, son las alternativas radicales. Radical quiere decir que ataca a las raíces del mal. Si la raíz es el sistema capitalista, son necesarias alternativas anti-sistémicas, es decir anticapitalistas, como el ecosocialismo, un socialismo ecológico a la altura de los desafíos del siglo XXI. Otras alternativas radicales como el ecofeminismo, la ecología social (Murray Bookchin), la ecología política de André Gorz o el decrecimiento anticapitalista, tienen mucho en común con el ecosocialismo: en los últimos años se han desarrollado las relaciones de influencia recíprocas.

VIII. ¿Qué es el socialismo? Para muchos marxistas es la transformación de las relaciones de producción –mediante la apropiación colectiva de los medios de producción- para permitir el libre desarrollo de las fuerzas productivas. El ecosocialismo se reclama de Marx pero rompe de forma explícita con ese modelo productivista. Ciertamente, la apropiación colectiva es indispensable, pero es también necesario transformar radicalmente las mismas fuerzas productivas: a) cambiando sus fuentes de energía (renovables en lugar de fósiles); b) reduciendo el consumo global de energía; c) reduciendo (decrecimiento) la producción de bienes y suprimiendo las actividades inútiles (publicidad) y las perjudiciales (pesticidas, armas de guerra); d) poniendo fin a la obsolescencia programada. El socialismo implica también la transformación de los modelos de consumo, de las formas de transporte, del urbanismo, del modo de vida. En resumen, es mucho más que una modificación de las formas de propiedad: se trata de un cambio civilizatorio, basado en los valores de solidaridad, igualdad y libertad y respeto de la naturaleza. La civilización ecosocialista rompe con el productivismo y el consumismo para privilegiar la reducción del tiempo de trabajo y, así, la extensión del tiempo libre dedicado a las actividades sociales, políticas, lúdicas, artísticas, eróticas, etc., etc. Marx designaba ese objetivo con el término Reino de la libertad.

IX. Para cumplir la transición hacia el ecosocialismo es necesaria una planificación democrática, orientada por dos criterios: la satisfacción de las verdaderas necesidades y el respeto de los equilibrios ecológicos del planeta. Es la misma población –una vez desembarazada del bombardeo publicitario y de la obsesión consumista fabricada por el mercado capitalista- quien decidirá, democráticamente, cuales son las verdaderas necesidades. El ecosocialismo es una apuesta por la racionalidad democrática de las clases populares.

X. Para llevar a cabo el proyecto ecosocialista no bastan las reformas parciales. Sería necesaria una verdadera revolución social. ¿Cómo definir esta revolución? Podríamos referirnos a una nota de Walter Benjamin, en un margen a sus tesis Sobre el concepto de historia (1940) : “Marx ha dicho que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Quizá las cosas se presentan de otra forma. Puede que las revoluciones sean el acto por el que la humanidad que viaje en el tren aprieta los frenos de urgencia”. Traducción en palabras del siglo XXI: todas y todos somos pasajeros de un tren suicida, que se llama Civilización Capitalista Industrial Moderna. Este tren se acerca, a una velocidad creciente, a un abismo catastrófico: el cambio climático. La acción revolucionaria tiene por objetivo detenerlo, antes de que sea demasiado tarde.

XI. El ecosocialismo es a la vez un proyecto de futuro y una estrategia para el combate aquí y ahora. No se trata de esperar a que las condiciones estén maduras: hay que promover la convergencia entre luchas sociales y luchas ecológicas y batirse contra las iniciativas más destructoras de los poderes al servicio del capital. Es lo que Naomi Klein llama Blockadia . Es en el interior de las movilizaciones de este tipo donde podrá emerger, en las luchas, la conciencia anticapitalista y el interés por el ecosocialismo. Las propuestas como el Green New Deal forman parte de ese combate, en sus formas radicales, que exigen el abandono efectivo de las energías fósiles pero no en las que se limitan a reciclar el capitalismo verde.

XII. ¿Cuál es el sujeto de este combate? El dogmatismo obrerista/industrialista del pasado ya no es actual. Las fuerzas que hoy se encuentran en primera línea del enfrentamiento son los jóvenes, las mujeres, los indígenas, los campesinos. Las mujeres están muy presentes en el formidable levantamiento de la juventud lanzado por el llamamiento de Greta Thunberg, una de las grandes fuentes de esperanza para el futuro. Como nos explican las ecofeministas, esta participación masiva de las mujeres en las movilizaciones proviene del hecho de que ellas son las primeras víctimas de los daños ecológicos del sistema. Los sindicatos comienzan, aquí o allá, a comprometerse también. Eso es importante, ya que, en último análisis, no se podrá abatir al sistema sin la participación activa de los trabajadores y las trabajadoras de las ciudades y de los campos, que constituyen la mayoría de la población. La primera condición es, en cada movimiento, asociar los objetivos ecológicos (cierre de la minas de carbón o de los pozos de petróleo, o de centrales térmicas, etc.) con la garantía del empleo de los y las trabajadores y trabajadoras afectados.

XIII. ¿Tenemos posibilidades de ganar esta batalla antes de que sea demasiado tarde? Contrariamente a los pretendidos colapsólogos, que proclaman, a bombo y platillo, que la catástrofe es inevitable y que cualquier resistencia es inútil, creemos que el futuro sigue abierto. No hay ninguna garantía que ese futuro será ecosocialista: es el objeto de una apuesta en el sentido pascaliano, en la que se comprometen todas las fuerzas, en un trabajo por lo incierto. Pero, como decía, con una gran y simple prudencia, Bertold Brecht: “El que lucha puede perder. El que no lucha ha perdido ya”.

Por Michael Löwy

Mediapart

Mediapart.fr. Traducción: viento sur

Publicado enMedio Ambiente
Domingo, 16 Febrero 2020 06:15

Contra el ajuste.

Mary Lou McDonald (en el centro) y militantes del partido Sinn Féin celebran el resultado de las elecciones en Irlanda / Foto: Afp, Ben Stansall

El triunfo de la izquierda en las elecciones irlandesas.

Hartos de las políticas de austeridad, el último fin de semana la mayoría de los irlandeses volcaron en las urnas su apoyo al Sinn Féin y a sus planes de fortalecimiento del sector público y mayores impuestos a los más ricos. Entre las más insistentes de sus promesas hay un ambicioso programa estatal de vivienda, que incluye el congelamiento de los alquileres.

La idea de que Occidente vive una marea conservadora, que obliga a las fuerzas de izquierda a mantenerse a la defensiva, volvió a ser cuestionada por la realidad. En Irlanda se quebró una vieja hegemonía. Los dos partidos de centroderecha que gobernaban el país desde hacía un siglo –Fianna Fáil y Fine Gael– fueron derrotados. En las elecciones parlamentarias del sábado 8 de febrero, sobresalió el Sinn Féin, históricamente ligado al Ejército Republicano Irlandés (Ira, por sus siglas en inglés) y estigmatizado por ello durante décadas.

Liderado por primera vez por una mujer, Mary Lou McDonald, obtuvo el 24,5 por ciento de los votos –casi el doble de lo que obtuvo hace cuatro años– y superó así a sus rivales (Fianna Fáil conquistó el 22,2 por ciento y Fine Gael el 20,9 por ciento). No es seguro que consiga formar un nuevo gobierno. Pero las razones de su victoria son claras. El Sinn Féin capitalizó el desencanto de la población con la vieja política. Defendió, en especial, un paquete de políticas claramente volcadas a reducir las desigualdades y crear instituciones de defensa de lo común –principalmente en materia de salud pública y derecho a la vivienda–. Estas posiciones se volvieron especialmente populares entre los jóvenes. Según las encuestas de boca de urna, tuvo el 32 por ciento de las preferencias en los votantes de entre 18 y 34 años.

LAS MANCHAS DEL TIGRE.

Poblada por los celtas y receptora de una fuerte influencia vikinga en la Edad Media, Irlanda fue formalmente incorporada en el imperio británico en 1800 (tras dos siglos de dominación inglesa) y alcanzó su independencia apenas en 1922. Una parte menor de su territorio, Irlanda del Norte, con capital en Belfast, se separó de inmediato e integra hasta hoy Reino Unido. En los años noventa, la República de Irlanda se volvió la meca de grandes corporaciones (en especial tecnológicas), interesadas en sacar provecho de los bajos impuestos. Con una población reducida –menos de 5 millones de habitantes– y un área de 70 mil quilómetros cuadrados, se la llamó por entonces “el tigre celta”. Hoy su Pbi per cápita (83 mil dólares) es el quinto más grande en el mundo, de acuerdo con los datos del Fondo Monetario Internacional (Fmi).

Sin embargo, la crisis global de 2008 interrumpió su crecimiento y mostró que, en el capitalismo contemporáneo, incluso los países ricos tienen condiciones de vida en declive. Una crisis bancaria llevó a un rescate del Fmi y el Banco Central Europeo. Como contrapartida, los gobiernos irlandeses aceptaron imponer a la población un paquete de políticas de “austeridad”, que resultó en graves protestas, especialmente estudiantiles (en 2011 el movimiento Occupy Belfast se instaló en el edificio sede del Banco de Irlanda).

A partir de 2015, la economía volvió a crecer rápidamente, pero apenas en beneficio de una pequeña minoría de corporaciones. En 2019, un vasto artículo en The New York Times informaba sobre el aumento de los alquileres, los millares de desalojos de familias que no podían cumplir con el pago y el surgimiento de una población sin techo. Al mismo tiempo, el corte de fondos para la salud desencadenó una crisis en los hospitales públicos.

Esta combinación de factores y la sagacidad del Sinn Féin sacaron al partido de la condición marginal que ocupaba hasta ahora. En la campaña electoral, los dos grupos de centroderecha hegemónicos atacaron al partido, señalando sus lazos con el Ira y afirmando que sus propuestas “socialistas” espantarían a los inversores. Pero el Sinn Féin se mantuvo firme en el ataque a la desigualdad y en la defensa de su plataforma. Allí se incluyen impuestos más altos para los ricos y las corporaciones, la promesa de anular las medidas de “austeridad” que afectaron la salud pública y la respuesta a la crisis habitacional con el congelamiento de los alquileres y la construcción de decenas de millares de casas nuevas. En total contraste con las contrarreformas previsionales ahora en boga, el Sinn Féin quiere reducir la edad mínima para las jubilaciones.

EL DESAFÍO DE LA UNIDAD.

Para formar un nuevo gobierno, el Sinn Féin deberá buscar coaliciones con el Partido Verde (que obtuvo un 7,1 por ciento de los votos), el Partido Laborista (4,4 por ciento), el Partido Socialdemócrata (2,9 por ciento) y el Partido de la Solidaridad (2,6 por ciento), y contar con la división entre los lemas rivales de la hasta ahora hegemónica centroderecha. De cualquier forma, para Mary Lou McDonald, lo más importante es que las propuestas del partido estarán ahora en el centro del debate irlandés.

Hay un efecto colateral importante: defensor de la unión de las dos Irlandas, el Sinn Féin puede tensionar la cohesión de Reino Unido. Una manera de hacerlo, prevista en el programa del partido, es hacer, en poco tiempo y en el propio territorio de la República de Irlanda, un plebiscito sobre la reunificación. La medida, evidentemente, no dependería de la aprobación de Londres o Belfast, pero podría provocar deseos de unificación también en Irlanda del Norte.

Por Carlos Alberto Martins

14 febrero, 2020

(Publicado originalmente en portugués en Outras Palavras, bajo el título “Irlanda: o Comum volta a mostrar força”. Traducción y titulación en español de Brecha.)


 

Abuso inmobiliario

Hay una generación entera que considera la vivienda su primera preocupación, explicaba Eoin Ó Broin, una de las caras más visibles del Sinn Féin. Las medidas estrellas del partido de izquierda para estos comicios fueron la congelación de los precios del alquiler durante tres años y la construcción de 100 mil nuevas viviendas públicas. También incluyó en su programa un mayor control y regulación de las tasas hipotecarias para evitar abusos.

Según el liberal Irish Times (9‑II‑20), este punto “fue un importante factor para el éxito del Sinn Féin en las elecciones generales” y una demostración de la “pérdida de fe” de decenas de miles de jóvenes en las políticas de vivienda de los partidos tradicionales Fine Gael y Fianna Fáil.

De acuerdo con una encuesta publicada poco antes de las elecciones, el 38 por ciento de los votantes del Sinn Féin consideraba la vivienda el factor más importante para decantar su voto. La misma encuesta señala una mayor preocupación por los temas de vivienda entre la población joven, un factor que fue tenido en cuenta en la campaña del Sinn Féin.

“Nos están diciendo que el Estado ha fallado –decía el portavoz de vivienda del Sinn Féin–. En una economía robusta como esta, en la que la gente con buenos salarios no puede pagar el alquiler, ¿qué esperanzas tiene la gente con pocos ingresos?”

La crisis habitacional que sufre Irlanda desde hace años ha llevado a Dublín a convertirse en una de las diez ciudades más caras del mundo para alquilar, por delante de Tokio y Singapur. Según un informe de 2019 del Deutsche Bank, para vivir en un apartamento de dos ambientes de rango medio en la capital irlandesa había que pagar 2.018 dólares al mes, un 23 por ciento más que en 2014. Una crisis que también tiene su reflejo en las personas sin hogar, cuyo número se ha multiplicado por cuatro en el último lustro.

Esta particular crisis que vive Dublín se ha sentido en las recientes elecciones. En el centro de la capital irlandesa, el Sinn Féin obtuvo un 35,7 por ciento más que el Fine Gael del hasta ahora ministro de Finanzas, Paschal Donohoe.

“Las ganancias de los arrendadores y de los fondos de inversión nunca habían sido tan grandes. Y casi no pagan impuestos gracias a los privilegios fiscales que el gobierno les ha dado”, explicaba Eoin Ó Broin, quien suena como ministro de Vivienda en caso de que el Sinn Féin logre formar gobierno. “Así que congelar el precio del alquiler durante tres años no tendría ningún impacto negativo en la oferta. Pero, aunque tuviese un pequeño impacto, nuestra inversión en vivienda asequible para la gente trabajadora resolvería ese problema inmediatamente.”

Martín Cúneo

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El agotamiento del desarrollo, la confesión de la CEPAL

Lo que puede ser interpretado como la confesión de una derrota que afecta a toda América Latina ha pasado casi desapercibida. Se acaba de admitir que todas las estrategias de desarrollo implementadas en la región están agotadas. No sólo eso, sino que además se fracasó en todas ellas. Esa es la confesión de la secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).

A pesar de la gravedad de la declaración, no reaccionaron ni los gobiernos, ni la prensa, ni los actores ciudadanos directamente vinculados a la temática del desarrollo. Es más, la secretaria de CEPAL, Alicia Bárcena, avanzó más afirmando que el extractivismo, o sea la exportación de materias primas, es el que está agotado porque “concentra riqueza en pocas manos y apenas tiene innovación tecnológica” (1).

Estamos ante la confesión de la máxima autoridad del organismo económico más importante del continente, el que por un lado tendría que haber contribuido a evitar ese fracaso, y por el otro, haber asegurado el camino hacia lo que ellos conciben como un desarrollo virtuoso que reduce la pobreza y la desigualdad. Reconocer que nada de eso ha sucedido es admitir que la CEPAL no tenía estrategias realmente efectivas para ese propósito, o si se asume que sus propuestas eran las adecuadas, entonces los gobiernos serían los culpables por no haberlas seguido. Cualquiera de las dos posibilidades tienen muy graves connotaciones.

La admisión del fracaso

Resulta sorprendente que semejante confesión pasara desapercibida. Habría que preguntarse si la secretaria ejecutiva de la CEPAL reconoce eso en público porque ya todos los saben, y como muchos que son responsables de un modo u otro, nadie se ofenderá ni exigirá asumir las responsabilidades por ese fracaso. Es que hay un aire de fatalismo creciente en el continente que se siente en estas y otras situaciones que hacen a las estrategias de desarrollo.

Esto contrasta con el entusiasmo con que se discutía sobre desarrollo en el pasado reciente, tanto por políticos como académicos y militantes. Desde inicios de los años 2000 proliferaron en América Latina todo tipo de ensayos sobre otros modos de organizar el desarrollo, incluyendo cambios en el papel del Estado, la regulación de los mercados y las políticas públicas. Aquel ímpetu estuvo directamente asociado con los gobiernos progresistas, y a medida que éstos languidecieron, las expectativas con sus versiones del desarrollismo también menguaron.

La CEPAL navegó bajo distintas tensiones y ambigüedades frente a los ensayos desarrollistas del siglo XXI. Nunca fue una promotora entusiasta de algunas de sus versiones, coma la bolivariana, pero contribuyó a legitimar los modos más moderados, como el de Brasil bajo Lula da Silva. No abandonó sus propias propuestas, como las que en los años noventa postulaban la “transformación productiva” o la inserción en la globalización comercial. Más allá de los énfasis, la CEPAL se mantuvo fiel al credo del crecimiento económico como motor indispensable del desarrollo, y ponía su esperanza en ciertas regulaciones para educir la pobreza y la desigualdad.

Crecimiento económico y extractivismos

Asegurada la adhesión al crecimiento económico, se hacen concesiones que no lo pongan en riesgo. En ello está el origen de la aceptación de los extractivismos. De ese modo, la CEPAL llegó a apoyar el concubinato de los extractivismos con todo tipo de planes y estrategias de desarrollo, conservador o progresista, enfocándose en que se mejorara la gestión tecnológica (más limpios), se aumentara el dinero recaudado (económicamente más beneficiosos), y que se apaciguara la protesta ciudadana (menos conflictivos). Toleró los extractivismos a pesar que ello iba en contra de la temprana prédica cepalina que cuestionaba un desarrollo basado en exportar materias primas. Lo hizo porque esperaba que permitiera acumular capital que de alguna manera sirviera a cambios estructurales y a reducir la desigualdad. Como consecuencia, la CEPAL nunca fue una voz enérgica en denunciar sus severas consecuencias negativas.

Por ello, es tremendamente llamativo que ahora, en 2020, se reconozca que los extractivismos concentran la riqueza, apenas tienen innovación tecnológica y son parte de ese desarrollo que fracasó. Todo eso es lo que han dicho las organizaciones ciudadanas, unos cuantos políticos y un puñado de académicos, desde hace más de una década, sin ser reconocidos por la CEPAL.

Por el contrario, la comisión contribuyó a un nacionalismo de los recursos naturales, que sobre todo desde el discurso progresista insistía, en las exportaciones de materias primas para asegurar el crecimiento económico, y desde allí desplegar planes sociales. La discusión se centró, por ejemplo, en la recaudación fiscal sobre los extractivismos y no en el tipo de desarrollo que éstos implicaban. No se entendió que ese modo de apropiación de recursos naturales tienen impactos locales de todo tipo, pero que además generan condiciones que impiden una diversificación productiva.

Como ya se adelantó, esta situación es llamativa porque esa adhesión a los extractivismos en cierto modo contradice la prédica inicial de la CEPAL a favor de la industrialización y la autonomía comercial. Recordemos que el mandato fundacional de la comisión, en 1948, y luego bajo Prebisch en la década de 1950 y parte de 1960, se volcó a defender una industrialización, la revisión de los términos de intercambio, e incluso un mercado común continental. No es que estuvieran en contra de grandes emprendimientos mineros o petroleros, sino que consideraban como condición de atraso que éstos sirvieran únicamente al papel de proveedores de materias primas hacia el mercado internacional. Los extractivismos, en cambio, debilitan las opciones para una industrialización y a la vez imponen subordinaciones en el comercio externo, ya que deben aceptarse todas sus reglas si se quieren seguir exportando materias primas.

Cambio de rumbo y vuelco estructural

Con el paso del tiempo, la CEPAL poco a poco se apartó de aquellos propósitos para atender otras prioridades en el desarrollo. Por ejemplo, las propuestas cepalinas de la década de 1990 de una “transformación productiva con equidad” sumó un abanico tan enorme de metas, que varias de ellas terminaron siendo contradictorias entre sí (2). Por ejemplo, su adhesión a la globalización entorpecía su propuesta de industrialización, mientras que la insistencia en el crecimiento económico hacía imposible una sustentabilidad real. El “regionalismo abierto” de la CEPAL acentúo esos problemas (3). Las propuestas cepalinas nunca tuvieron un contenido teórico ni un apoyo político que permitiera atacar los obstáculos a la industrialización o a otra inserción comercial.

Más recientemente parecería que la CEPAL se recuesta más sobre el debate global acerca del desarrollo, como el que ejemplifica la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible o los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Sin duda, nadie puede estar en contra de perseguir algunas de las metas en esas plataformas, como asegurar el agua potable o el saneamiento, pero esos esquemas no suplantan ni resuelven las especificidades latinoamericanas.

Entonces no puede sorprender que la CEPAL tenga muchas dificultades en lidiar con la coyuntura actual y se sienta más cómoda en el pasado reciente. Se lanzan múltiples estudios sobre asuntos muy actuales, como el impacto de China en el continente, pero a la vez se sigue apuntando al neoliberalismo de las décadas de 1980 y 1990 como explicación de los problemas de hoy. Es así que cuando Bárcena admite que América Latina perdió las opciones de industrializarse, de promover la innovación y de reducir la brecha de desigualdad (otra confesión demoledora), lo explica culpando al neoliberalismo, que a su vez refiere a Milton Friedman y el Consenso de Washington.

Al hacerlo de ese modo, es como si se olvidara que en siglo XXI la región pasó por una fase de fenomenal crecimiento económico y en varios países se desmontaron unas cuantas de aquellas reformas de mercado. En sus explicaciones se desvanece la variedad de regímenes políticos que se sucedieron en el continente, cada uno con su ensayo sobre el desarrollo, desde Néstor Kirchner en Argentina a Juan Manuel Santos en Colombia, o desde Hugo Chávez en Venezuela a la irrupción de la extrema derecha en Brasil. Cualquier análisis del desarrollo actual requiere analizar estas circunstancias latinoamericanas.

Del mismo modo, no está nada claro si realmente se entienden todas las implicancias que tiene confesar el agotamiento del programa extractivista en particular y del desarrollo en general. Es que Bárcena afirma que hace falta una “vuelta estructural del modelo” para revertir ese agotamiento. Ese es otro propósito compartible, pero la duda está en qué entienden por “estructural” y por cambio en la CEPAL. Una reversión en las estructuras que resultan en las exportaciones de materias primas implicaría, por un lado una desvinculación selectiva de la globalización, y por el otro una integración regional dentro de América Latina aunque bajo otras premisas en organizar la industrialización. Es necesaria una postura muy distinta frente a la globalización, a los mercados globales y a su institucionalidad, como los acuerdos de la Organización Mundial de Comercio. La CEPAL nunca avanzó decididamente en ese tipo de cuestionamientos y alternativas, y por ello no está claro cuán estructural es el cambio que pregonan.

Los fantasmas de Prebisch

¿Qué dirían los fantasmas de Prebisch y sus compañeros de aquella CEPAL si escucharan que hoy se reconoce que todas las opciones de desarrollo fracasaron? ¿Qué sentirían al constatar que las materias primas siguen siendo los principales rubros de exportación de América Latina? ¿Cómo reaccionarían al observar la sucesión de planes de industrialización que no llegan a consolidarse?

Estas y otras interrogantes están vigentes porque la mirada de aquel estructuralismo inicial y los debates sobre el desarrollo de cuño prebischiano siempre criticaron la dependencia en exportar materias primas propia de los extractivismos. Una y otra vez intentaban apartarse de esa adicción.

No puede negarse que la situación actual de América Latina es muy distinta a la de 1948, cuando se creó la CEPAL. Por lo tanto es comprensible que las propuestas actuales difieran de las de aquellos años. Del mismo modo, las ideas de Prebisch de aquel tiempo, enfocadas en un “desarrollo hacia adentro”, no pueden ser trasladadas a la actualidad como un todo, aunque muchos de sus aportes siguen vigentes, y varios de los que fueron desechados merecerían ser resucitados. Tampoco puede olvidarse que el mismo Prebisch actualizó sus concepciones sobre el desarrollo, como lo hizo en 1981 en uno de sus últimos libros, “Capitalismo Periférico” (4).

Pero lo que sí se echa de menos son actitudes como las de Prebisch y su equipo en aquella CEPAL, avanzando en análisis críticos y rigurosos, independientes pero a la vez comprometidos con América Latina, y enfocados en buscar alternativas. Decía Prebisch en 1963: “Es todavía muy fuerte en América Latina la propensión a importar ideologías, tan fuerte como la propensión de los centros a exportarlas”, y para ser más claro agregaba: “Ello es residuo manifiesto de los tiempos de crecimiento hacia afuera”. No rechaza el aporte desde otros ámbitos y regiones, pero insistía en que “nada nos exime de la obligación intelectual de analizar nuestros propios fenómenos y encontrar nuestra propia imagen en el empeño de transformar el orden de cosas existente” (3).

Aquella “vieja” CEPAL producía ideas novedosas como respuestas a los problemas más agudos de su tiempo, y muchas de ellas fueron muy incisivas y por ello fueron tan resistidas. Los gobiernos no eran indiferentes, algunos las rechazaban otros intentaban aplicarlas cada uno a su manera. Había una visión, una aspiración y hasta un sueño de una gran narrativa de cambio, el “empeño” en transformar el orden actual, y es ese talante el que se fue desvaneciendo con el paso de los años.

Es esa postura, esa intransigencia en buscar el camino propio, la que más se necesita hoy en día dado que se reconoce que la propia idea de desarrollo está en crisis. No solo ha colapsado la concepción del crecimiento económico perpetuo, sino que eso también ha arrastrado en su caída a la categoría desarrollo. La confesión muestra que la CEPAL de alguna manera lo comprende, y que seguramente también lo entienden muchos dentro de unos cuantos gobiernos latinoamericanos. Es insostenible la tesis simplista de un crecimiento económico que asegura el desarrollo, ya que casi todos los países pasaron recientemente por una fase de expansión pero sin solucionar problemas como formalidad del empleo, equidad o industrialización. Hoy también es evidente que la propia idea de desarrollo está agotada. Se ha probado de todo, y el resultado final ha sido muy magro.

Este reconocimiento sería una oportunidad notable para abordar otro tipo de alternativas que estén ubicadas más allá del desarrollo. Pero como todos son más o menos responsables de este agotamiento, parece ser que siguen operando las barreras que impiden dar ese paso. Tal vez sea necesario rescatar del olvido a los fantasmas de Prebisch para, como él decía, “encontrar nuestro propio camino”

 Notas:

(1) América Latina ha perdido el tren de la política industrial y la innovación, I. Fariza entrevista a A. Bárcena, El País, 7 febrero 2020.

(2) La transformación productiva con equidad. La tarea prioritaria del desarrollo en América Latina y el Caribe en los años noventa. CEPAL, Santiago, 1990.

(3) El regionalismo abierto en América Latina y el Caribe. La integración económica al servicio de la transformación productiva con equidad. CEPAL, Santiago, 1994.

(4) Capitalismo periférico. Crisis y transformación. R. Prebisch. México, Fondo de Cultura Económica, 1981.

(5) Hacia una dinámica del desarrollo latinoamericano. R. Rebisch. México, Fondo de Cultura Económica, 1963 (2da ed., 1971), pág. 20.

Eduardo Gudynas es analista en temas de ambiente y desarrollo en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). La versión completa de este artículo está disponible en EconomiaSur.com Twitter: @EGudynas

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Domingo, 09 Febrero 2020 06:09

Líbano, la tierra de la revolución

Líbano, la tierra de la revolución

Manifestantes democráticos y no sectarios, furiosos ante la corrupción administrativa, condenan al parlamento como un lugar donde empresarios y terratenientes pueden ser vendidos y comprados, y demandan elecciones no confesionales y una votación popular para la presidencia. Repitamos el viejo lugar común: ¿les suena familiar?

Bueno, claro que sí. Pero en este caso se trata de Beirut en noviembre de 1938, y del Congreso Nacional y Democrático que había sido integrado por el Partido Comunista Libanés. Incluía a la clase media libanesa, economistas, socialistas, tenderos, estudiantes e incluso sindicalistas de todas las religiones, junto con la élite adinerada que se oponía al zaim tradicional, a las grandes familias que habían dominado el país –como lo hacen aún– durante más de un siglo. No llegó a ningún lado.
Protestaban contra el continuo y opresor mandato de los franceses –quienes desde siempre habían demandado un presidente cristiano para su pequeño Estado favorito en Medio Oriente–, pero luego llegó la Segunda Guerra Mundial, cuando la caída de Francia en 1940 entregó a Líbano por breve tiempo al gobierno de Vichy, y más tarde la “liberación” del país por los británicos y Francia Libre en 1941, tras de lo cual las demandas de independencia unieron por un corto lapso a musulmanes y cristianos contra Francia. Se mantuvieron juntos como nacionalistas libaneses.

Como es usual bajo ocupación extranjera, las diferencias sectarias importaban menos que la libertad. Cuando los franceses encerraron a las recalcitrantes autoridades libanesas, tanto cristianas como musulmanas, en la vieja fortaleza de Rachaya, hubo violentas protestas en todo el país. Pero cuando los franceses decidieron irse el sistema sectario libanés resurgió. Igual ocurrió en Siria. Los dos países compartirían la misma fecha de independencia. Y el mismo sombrío legado de confesionalismo, que los franceses habían estimulado insidiosamente durante su mandato, de 1923 a 1946.

Si bien el mandato francés había beneficiado en gran medida a los cristianos, para quienes el general Henri Gouraud amplió el nuevo Líbano a expensas de Siria, incluso la administración francesa se irritaba de cuando en cuando por los constantes reclamos confesionales de cristianos y musulmanes. De hecho, el gobierno del Frente Popular encabezado por León Blum en París fue criticado por los libaneses por su perspectiva no sectaria. Ahora que la mayoría sunita en Siria se había separado de ellos, los sunitas de Líbano se vieron reducidos a una minoría. El brigadier Stephen Longrigg, uno de los historiadores menos emotivos de ese periodo, detectó con rapidez cómo las pertinaces debilidades del país se podían observar incluso después de la Primera Guerra Mundial: “La falta de solidaridad nacional, la devoción a fines sectarios o personales, la interminable disputa por posiciones y poder, las intervenciones de los dignatarios religiosos… la dificultad de erradicar el dispendio, el abuso y la corrupción… las demandas excesivas del confesionalismo”.

Cuando la depresión mundial aplastó la economía libanesa (ligada inevitablemente a las finanzas francesas), hubo extensas huelgas, protestas callejeras y violencia. Los salarios cayeron 50 por ciento, lejano paralelo con la crisis actual, pero en la década de 1920 las protestas fueron instigadas sobre todo por carniceros, taxistas y abogados. Los cristianos estaban divididos, igual que hoy, pero los musulmanes chiítas eran desdeñados en gran medida por cristianos, sunitas y franceses. Pobres, en su mayoría sin estudios, considerados un elemento casi “extranjero” en Líbano –como lo siguen siendo para algunos sunitas y cristianos–, fue su comunidad hermana, los alauitas de Siria, la que capturó la atención de los franceses. Pero, dentro de Líbano, ahora segregados de la mayoría sunita en Siria, los chiítas se convertían en una poderosa minoría, al tiempo que los sunitas de Líbano, separados de sus hermanos y hermanas de Siria, eran una minoría menos poderosa.

Por desgracia, el creciente poder de la Alemania nazi comenzó a ejercer influencia sobre los libaneses. El Partido Nacional Socialista Sirio, que postulaba una Siria “más grande”, surgió con todo y camisas pardas y reverencia a sus líderes; hoy cuenta con 100 mil miembros en Medio Oriente y su emblema de un molino de viento rojo, blanco y negro evoca la suástica, como era la intención. Surgió la Falange Cristiana Maronita con desfiles, escuadrones paramilitares y un joven campeón de futbol, Pierre Gemayel, como líder. Su inspiración fue su visita a los Juegos Olímpicos de 1936 a Berlín. “Y entonces vi esa disciplina y ese orden”, me contó cuando era un anciano. “Y me pregunté, ‘¿por qué no podemos hacer lo mismo en Líbano?... Y nosotros en Medio Oriente necesitábamos disciplina, más que cualquier otra cosa.” Siria, por cierto, pescó la misma plaga a finales de la década de 1930. Tuvo sus movimientos de “camisas blancas” y “camisas de acero”.

Resulta interesante que los libaneses, entonces y ahora, desearan ahogar sus identidades sectarias con la nomenclatura política occidental. Un marciano o marciana que aterrizara en Líbano, si no fueran afectos al café árabe, podrían pensar que habían llegado a Europa. Se suponía que la Falange pertenecía al Partido de Unidad Libanesa. Más tarde se convertiría en el Partido Social Demócrata. Y, por tanto, actualmente hombres confesionales y a veces de hierro se ocultan detrás del Partido Nacional Liberal (cristianos de la corriente de Chamille Chamoun), el Movimiento Libre Patriótico (cristianos de Michel Aoun), el Movimiento Futuro (sunitas de Saad Hariri) y el Partido Socialista Progresista (drusos de Walid Jumblatt). Amal (el movimiento Esperanza, encabezado por Nabih Berri) es el partido chiíta más formal. Solo Hezbolá –el Partido de Dios– asocia su nombre con su fe religiosa (chiíta).

Tal vez el estudio académico más relevante para los manifestantes en las calles del centro de Beirut actual siga siendo la magnífica historia de la sociedad libanesa escrito por el finado Kamal Salibi, Una casa de muchas mansiones. De religión protestante, Salibi se preguntaba si las distintas comunidades del país deberían “ser representadas en el gobierno por liderazgos fieles a sus ethos confesionales o tribales, o su representación debería recaer en elementos más dados a la razón y la moderación”. En el primer caso, el gobierno “podría degenerar en una arena para el establecimiento de feudos confesionales tradicionales… y esto solo puede conducir al caos político”. En el segundo, la representación del país en el gobierno “no reflejaría su verdadera naturaleza social”, presumiblemente porque “la razón y la moderación” no eran tan fáciles de encontrar en Líbano como Salibi hubiera deseado.

Y aquí llegamos al centro nuclear de la crisis libanesa. ¿Podría Líbano llegar a ser un Estado moderno si alejaba su política del confesionalismo, pero retenía el sectarismo social? Si se acepta que musulmanes y cristianos no podrían casarse en el país –y que ese divorcio (un ingreso sumamente redituable para las iglesias de todos los credos) solo podía ser decidido por clérigos–, ¿en verdad se podría hacer todo esto a un lado y elegir a los líderes sobre la base de sus capacidades, más que de su religión? ¿En especial cuando los cristianos, por divididos que estuviesen, se miraban como representativos de la civilización europea bajo la amenaza constante de los musulmanes, mientras los musulmanes sentían pertenecer al nacionalismo árabe o, más adelante, al nacionalismo islámico o sencillamente a la “nación” del islam?

Salibi creía que el gobierno y la oposición, los liderazgos cristianos y musulmanes, deseaban impedir el desarrollo económico porque este “haría ver a los ciegos”: educar a la gente de las ciudades y poblados –estas palabras son mías– era un peligro para las élites instruidas. Puesto que los refinados y acaudalados cristianos y musulmanes sunitas controlaban los bancos y la economía, también serían culpados cuando la corrupción quedara expuesta. Las crisis económicas podían atribuirse a los extranjeros –primero a los refugiados palestinos, hoy a los sirios y los iraníes–, pero las primeras dos décadas de la independencia fueron de un éxito económico casi sin paralelo.

Entonces, en 1966, Intra Bank, dirigido por un palestino cristiano, cayó en bancarrota. Casi tan poderoso como el Banco de Líbano, controlaba empresas importantes en todo el país, entre ellas la aerolínea nacional y otras de desarrollo inmobiliario, turismo e industria. El banco, como el profesor Fawwaz Traboulsi declararía expresamente en su propia historia del país, financiaba elecciones, distribuía regalos en efectivo disfrazados de préstamos y pagaba sobornos de todo tipo. Investigación reciente sugiere que instituciones financieras occidentales pudieron haber causado el colapso –Intra tenía más activos que pasivos cuando fue destruido–, pero los resultados fueron catastróficos. Bancos más pequeños se vinieron abajo, y hubo una fuga masiva de capitales… exactamente igual que ahora.

De hecho, vale la pena preguntar si la actual revolución –en la que los manifestantes demandan poner fin a la corrupción y al sectarismo, y una nueva constitución– habría estallado si la economía del país, hace mucho tiempo abandonada por las potencias europeas, aún gozara de la prodigalidad de las décadas de 1950 y 1960. Después de la guerra civil de 1975-90, mientras la divisa se mantuvo en paridad de 1,500 a uno con el dólar estadunidense, la economía funcionó. Las remesas podían sustituir a los impuestos, y las propiedades eran un seguro contra la inflación o el colapso económico.

La corrupción era sostenible –por los bancos, por los líderes políticos y empresariales– sobre la base de que el sistema sectario protegía al país bajo lo que se conocía como Pacto Nacional. Si éste se derrumbaba –si la representación parlamentaria basada en el confesionalismo (un presidente cristiano, un primer ministro sunita, un chiíta como presidente del parlamento, etc. ad infinitum) ya no era capaz de proteger la economía libanesa–, entonces tanto el sistema económico como el sectario perderían credibilidad. Y eso es lo que con el tiempo ocurrió.

Resulta irónico, y trágico, que quienes hoy demandan una nueva constitución, una nueva forma de gobernar Líbano, poner fin a la corrupción institucional, no tienen aliados. Y quienes hasta hace poco estaban dispuestos a morir por la libertad del sur del país –Hezbolá– resultan ser los apoyos más poderosos de quienes han causado el empobrecimiento del pueblo: porque los lugares en el parlamento y en el gabinete son a final de cuentas más importantes para Hezbolá (y Siria) que el cambio político que el partido pro iraní habría demandado en Líbano bajo otras circunstancias.

Hay buena razón para esto. Todo político en Líbano reconocerá en privado que los chiítas, si estuvieran representados en el parlamento conforme a su verdadera población actual, deberían tener más de los 27 lugares a los que tienen derecho en la actualidad. Existe un acuerdo tácito según el cual Hezbolá no protestará por su desproporcionada falta de representación mientras se le permita mantener una milicia fuertemente armada. En otras palabras, el mayor movimiento chiíta puede conservar sus armas –infinitamente más poderosas que las del ejército libanés–, siempre y cuando no pida más lugares en el parlamento. Temerosos de perturbar este equilibrio –que los periodistas describen siempre como un “delicado balance”, aunque de hecho es sectario e injusto–, los libaneses prefieren aceptar una fuerza paramilitar chiíta “ilegal” que una futura república islámica. O, por lo menos, esta es la explicación que se da a menudo.

El sistema de elecciones por padrón asegura que los votantes también apoyen candidatos de una secta diferente de la suya, pero esto en sí mismo crea una ilusión “democrática” fraudulenta: que los líderes políticos son populares fuera de las comunidades a las que pertenecen. Partidarios del Movimiento Libre Patriótico del presidente cristiano Michel Aoun –dirigido por el yerno del presidente, Gebral Bassil– son alineados con Hezbolá (y por consiguiente con Siria). Pero Bassil no solo es líder partidista y yerno del presidente; también es ministro del exterior. Incluso se apareció en Davos este mes, afirmando que los gastos de su avión privado a Suiza fueron cubiertos por “un amigo”.

Bassil es el blanco principal de los manifestantes en Beirut. Él afirma estar brillante de limpio. Y eso decimos todos. Pero no conozco a nadie en Líbano que no tenga una historia verificable de corrupción. Estoy bien consciente, por ejemplo, de un trato acordado en los 24 meses pasados entre un prominente político libanés –no Bassil– y un banquero libanés igualmente prominente. El político pidió al banquero hacer un cuantioso préstamo a un pariente, diciéndole que si no lo concedía perdería su empleo. El banquero pagó. Conozco los nombres, la cantidad y la fecha.

No dudo que sus abogados me demandarían si escribiera más. Pero cada libanés tiene una historia personal –y, en la mayoría de los casos, probablemente cierta– de malos manejos semejantes. La corrupción masiva no es solo una acusación: es un hecho. ¿Cómo puede, por ejemplo, un miembro del aparato de seguridad darse el lujo de pagar decenas de miles de dólares para la boda de su hija cuando la población del país lleva 45 años sin poder disfrutar de energía eléctrica las 24 horas? Si los días dorados de la economía liberal libanesa pudieran regresar, esto se perdonaría u olvidaría por otro medio siglo. Pero Líbano ocupa el tercer lugar entre los países más endeudados del mundo. La libra libanesa está a punto de implosionar. Y, para la mayoría de las personas, el dinero se está agotando.

Riad al-Solh, primer ocupante del cargo de primer ministro después de la independencia, buscó integrar las comunidades religiosas del país en una nación, y hacerlo en tal forma que las sectas convivieran en amistad y amor, y no mediante el miedo y la pasividad. Solh, uno de los que fueron hechos prisioneros por los franceses en Rachaya en 1943, describía el sistema confesional del país como un veneno. Pero, como escribió alguna vez mi difunto colega Patrick Seale, la contradicción no resuelta entre una sociedad construida sobre “antiguas solidaridades confesionales” y un “Estado nacional construido sobre una identidad nacional común” continuó infectando a Líbano. Y así es hasta la fecha.

La historia moderna de Líbano contiene todas las pistas sobre la revolución actual. Yo solía decir que su tragedia (y sí, todavía culpo sobre todo a los franceses) fue que el país nunca podrá convertirse en un Estado moderno. Si se erradicara el confesionalismo, dejaría de existir, porque el sectarismo es actualmente la identidad de Líbano. El país era un Rolls-Royce con asientos forrados de piel y un gabinete para bebidas… pero con ruedas cuadradas. No estoy seguro de que una metáfora tan fácil haga justicia al sombrío futuro que hoy confronta a los libaneses.

Cuando las clases dominantes solo pueden reproducirse en forma cada vez más corrupta y aquellos a quienes se supone que representan solo exigen que se vayan, se tiene una revolución en más de un sentido. Sí, lo que ocurre hoy en Líbano es una continuación del despertar árabe de hace casi una década. Pero, como todos sabemos, cuando una población decide que sus gobernantes deben irse, a menudo es el momento en que naciones extranjeras más grandes y poderosas irrumpen para tomar el control. Entonces surgen los dictadores locales, ansiosos de atender el llamado de esos extranjeros a quienes tanto les importan las masas empobrecidas y hacinadas que anhelan respirar el aire de la libertad.


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Traducción: Jorge Anaya

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