Sábado, 18 Enero 2020 06:41

Mucho ruido y pocas nueces

Mucho ruido y pocas nueces

El acuerdo comercial preliminar entre Estados Unidos y China.

 

El gobierno estadounidense firmó este miércoles con su par chino un documento de 86 páginas al que describe como crucial, importantísimo y de grandes consecuencias, y que ofrece una pausa en la disputa comercial entre las dos economías más grandes del mundo. Pero los insultos, las amenazas y las represalias trumpianas lograron pocas de sus metas.

 

Durante su campaña electoral de 2016 y en los primeros dos años de su presidencia, Donald Trump enardeció a sus seguidores proclamando que China robaba a Estados Unidos, y prometió a creyentes e indecisos que le asestaría a Pekín un marronazo comercial tal que los chinos vendrían gateando a firmar los términos de intercambio dictados por Washington.

Lo que por casi dos años Estados Unidos y China han intercambiado son amenazas, fanfarronerías y aranceles que han gravado el comercio por cientos de miles de millones de dólares de parte y parte.

Así hemos llegado a enero de 2020, cuando a Trump le apura la concreción de algunas de sus promesas más rimbombantes, si es que desea al menos que parezca que las cumple cuando faltan menos de trescientos días para las elecciones presidenciales. Otras promesas espectaculares han quedado por el camino, como la que alentó a los trumpistas a corear “Lock her up!”, clamando por el encarcelamiento de la candidata demócrata en 2016, Hillary Clinton. En realidad, quienes han ido ya a prisión o la tienen en su agenda anotada son varios colaboradores muy cercanos de Trump. O la promesa de construcción de una muralla que cerraría la frontera de 3.200 quilómetros con México gracias a un muro que sería impenetrable, alto, indestructible. Y por el que México pagaría. Ahora el presidente anda desviando fondos asignados por el Congreso para el Pentágono, y su gobierno ha construido apenas 150 quilómetros de muro, de los cuales 144 corresponden al reemplazo de estructuras más viejas. México, por supuesto, no ha pagado un centavo, y el gasto lo cubren los estadounidenses con sus impuestos.

Suerte parecida han tenido las promesas de reducir la deuda nacional y el déficit fiscal, situaciones que Trump en 2016 describía como catastróficas. La deuda nacional estaba en los 19 millones de millones de dólares en el último período fiscal bajo la presidencia de Barack Obama, y está ahora encima de los 22 millones de millones. El déficit del gobierno federal fue de 585.000 millones de dólares (equivalente al 3,1 por ciento del producto bruto interno) al cierre de la presidencia de Obama, y llegó a 1 millón de millones de dólares (5 por ciento del Pbi) en 2019.

Trump asimismo prometió que reduciría el déficit comercial de Estados Unidos con el mundo entero y, en particular, con China. En los primeros 11 meses del año pasado el déficit en el comercio de bienes y servicios fue de 562.965 millones de dólares, casi sin cambios comparado con los 566.872 millones de dólares en el período similar del año anterior. El déficit comercial con China fue, de enero a noviembre del año pasado, de 320.823 millones de dólares, y había sido de 379.697 millones de dólares.

De modo que mientras la segunda economía más grande del mundo y potencia global emergente, China, ha tomado todo el barullo comercial en el contexto de una estrategia que mira la historia –y calcula que, quizá, después de enero próximo Trump ya no esté en la Casa Blanca–, Estados Unidos llegó a este primer paso de un primer movimiento hacia un posible avance con gran alharaca.

LA TREGUA. 

La llamada “fase uno” de un acuerdo comercial más amplio que también sigue siendo una promesa compromete a China a comprar productos estadounidenses adicionales por unos 200.000 millones de dólares a lo largo de los próximos dos años. Esto incluye 77.700 millones de dólares en bienes manufacturados y 32.000 millones de dólares en productos agropecuarios.

Estados Unidos había buscado que China comprara productos agropecuarios por 40.000 a 50.000 millones de dólares. Hasta noviembre pasado, el Departamento de Agricultura había distribuido unos 6.700 millones de dólares entre los productores agrícolas y ganaderos estadounidenses afectados en 2019 por la caída de sus exportaciones a China como resultado de la querella comercial. Las áreas rurales y semirrurales de Estados Unidos son el territorio electoral más favorable a Trump. Por otra parte, su gobierno no divulgó todos los detalles sobre las futuras compras chinas de bienes agropecuarios, a fin de evitar aumentos abruptos de esas materias.

Muy al tono negociador del presidente, que desprecia los mecanismos multilaterales, como los utilizados por la Organización Mundial del Comercio (Omc), ambas partes se pusieron de acuerdo en que resolverán las disputas que surjan mediante un proceso de consultas directas sujeto a la amenaza de nuevos aranceles. Este mecanismo para vigilar el cumplimiento del acuerdo incluye un cronograma para el manejo de las quejas por parte de cualquiera de los gobiernos. Si los funcionarios de bajo nivel no logran resolver las disputas, estas pasan a funcionarios de más alto rango, hasta llegar al nivel del representante comercial de Estados Unidos y su contraparte en China. Si aun a este nivel la disputa no se resuelve, los presidentes de ambos países pueden tomar medidas que incluyen la imposición de tarifas o aranceles punitivos. Muy lejos han quedado los mecanismos que desde las conversaciones de la Ronda Uruguay en 1994 llevaron a la creación de la Omc, en la que Estados Unidos y más de un centenar de países habían repudiado este tipo de arreglos por la distorsión que causan en el comercio global.

El acuerdo baja al 7,5 por ciento los aranceles de 15 por ciento que habían sido impuestos sobre unos 120.000 millones de dólares en bienes, pero la mayor parte de los gravámenes más altos –que afectan otros 360.000 millones de bienes chinos y más de 100.000 millones de dólares en exportaciones estadounidenses– permanecen en pie.

Fuentes del gobierno de Trump señalaron que el acuerdo firmado este miércoles no especifica que Beijing esté comprometido a bajar los aranceles que impuso a las importaciones desde Estados Unidos, lo que deja abierta la puerta para que la disputa vuelva a calentarse en un futuro próximo. Pero China prometió que dará a las empresas estadounidenses mayor acceso en el sector de servicios financieros, que no devaluará su moneda para ayudar a los exportadores chinos y que ya no obligará a las firmas estadounidenses a que compartan su tecnología como condición para hacer negocios en el país asiático.

LA FACTURA. 

De este lado del océano Pacífico, quienes han pagado y pagan el plato son los consumidores. Varios economistas han calculado que el costo para ellos y las empresas ha sido de unos 40.000 millones de dólares tras 20 meses de disputa. La Oficina de Presupuesto del Congreso ha calculado que la incertidumbre relacionada con los aranceles ha cortado un 0,3 por ciento del crecimiento económico estimado para Estados Unidos, lo que redujo el ingreso promedio de los hogares en 580 dólares al año desde 2018.

El acuerdo ahora alcanzado, que no requiere la aprobación del Congreso, también dejó sin solución las preocupaciones de Estados Unidos acerca del impacto que tienen los subsidios industriales chinos sobre los mercados mundiales. Si bien el déficit comercial estadounidense con China disminuyó en los 12 meses transcurridos hasta noviembre pasado, el déficit estadounidense con el resto del mundo subió, lo que en la práctica borró casi el 90 por ciento de la disminución lograda en el déficit con China.

Más allá de los dos gigantes trenzados en esta disputa, se calcula que la “guerra comercial” recortará en más del 0,5 por ciento el crecimiento de la economía mundial. Sin embargo, algunos países han salido beneficiados al reencaminarse las corrientes comerciales estimadas en unos 165.000 millones de dólares. Por ejemplo, Vietnam, Taiwán y México han visto un incremento de las inversiones estadounidenses, que se han apartado de China, y la Reserva Federal calcula que el aumento de las importaciones estadounidenses desde México benefició en un 0,2 por ciento el crecimiento económico en el país vecino.

LA POSGUERRA. 

“El mayor impacto a corto plazo del acuerdo firmado esta semana es, simplemente, que quita del camino algo de la incertidumbre perniciosa creada por la disputa misma”, escribió el analista Nathaniel Taplin, en The Wall Street Journal. En tanto, “el impacto más duradero de esa disputa es un deterioro notable y rápido en las relaciones generales entre Estados Unidos y China”. Taplin señaló que “las hostilidades comerciales abiertas pueden permanecer contenidas por ahora al aproximarse la temporada electoral estadounidense, pero la competencia tecnológica, de seguridad e ideológica siempre subyacente en las relaciones chino-estadounidenses, se ha recargado con el conflicto”. “Los inversionistas seguirán lidiando con las consecuencias por muchos años”, añadió (The Wall Street Journal, 15-I-19).

Mientras tanto, el jefe de la minoría demócrata en el Senado, Charles Schumer, de Nueva York, comentó en conferencia de prensa que “el presidente se jacta de que este es ‘el acuerdo más grande de la historia’. Yo creo que la impresionante falta de reforma sustancial y de largo plazo lograda perjudicará a los trabajadores y a la industria de Estados Unidos”.

Lo cierto es que el miércoles, y en el tono de desprecio por la diplomacia que Trump ostenta como virtud, el presidente estadounidense describió como “pillaje” la política comercial de China mientras el vice primer ministro de China, Liu He, y otros funcionarios chinos de alta jerarquía aguantaban de pie la ceremonia de firma del acuerdo y la conferencia de prensa de 45 minutos. Cuando le llegó su turno, Liu leyó un mensaje del presidente Xi Jinping, quien escribió que el pacto “refleja el respeto mutuo” entre ambos países.

En la ocasión, en la Sala Este de la Casa Blanca, estuvieron miembros republicanos del Senado y de la Cámara de Representantes, junto con decenas de ejecutivos muy infatuados de grandes corporaciones como Boeing y Honeywell, y financieros de Citibank, J P Morgan y Citadel. No hubo, en cambio, representantes de los sindicatos, cuyos afiliados supuestamente se beneficiarán con este pacto.

Por Jorge A. Bañales

17 enero, 2020

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 El viceprimer ministro chino Liu He y el presidente Donald Trump, tras la firma. En el video, la firma del acuerdo. FOTO: KEVIN LAMARQUE (Reuters) / VIDEO: REUTERS

Washington aún mantiene aranceles sobre 360.000 millones de dólares en productos importados de Pekín

Estados Unidos y China han firmado este miércoles un acuerdo que cierra el primer capítulo en la dañina guerra comercial que las dos principales potencias vienen librando desde hace casi dos años. El acuerdo abre el mercado chino a más compañías estadounidenses, especialmente del sector financiero, supone un aumento de las exportaciones de productos agrícolas estadounidenses y contiene compromisos de respeto a la propiedad intelectual, pero mantiene en vigor los aranceles a productos chinos, por valor de 360.000 millones de dólares. Estos gravámenes permanecen vigentes, ha explicado Donald Trump durante la ceremonia de la firma en la Casa Blanca, para que Estados Unidos pueda tener “una herramienta negociadora” de cara a la segunda y última fase del acuerdo, cuya negociación ha dicho el presidente que empezará inmediatamente.

El acuerdo, de 86 páginas en su versión en inglés, pone fin a dos años de tensas negociaciones, tras la ofensiva de un presidente que, como ha recordado este miércoles en su comparecencia con el viceprimer ministro chino, Liu He, ya en la campaña que hace tres años le llevó a la Casa Blanca prometió mano dura con China, cuyas prácticas comerciales considera que han mermado la industria y el empleo en Estados Unidos. El acuerdo, en el arranque del año en que el presidente se somete a su reelección, permitirá a Trump vender una victoria en una batalla que ha lastrado su primer mandato, pero sus críticos podrán subrayar el daño económico provocado por la larga disputa y el hecho de que los frentes más peliagudos siguen sin resolverse.

“China gastará más de 200.000 millones de dólares en los próximos dos años en productos estadounidenses”, ha dicho Trump, que ha procedido a desglosar la cantidad: 75.000 millones en bienes industriales, 50.000 en energía, 50.000 en productos agrícolas y entre 40.000 y 50.000 en servicios, incluidos los financieros. El presidente estadounidense ha destacado también los avances en la protección de la propiedad intelectual y las “fuertes restricciones en los estándares de devaluación de la divisa”.

El acuerdo, sin embargo, tiene un alcance limitado y deja para la segunda fase, que el presidente Trump ha dicho que será la última, algunas de las principales fuentes de las tensiones entre ambas potencias. Queda fuera del acuerdo cualquier compromiso de China de corregir su política de subsidios para apoyar a sus industrias estratégicas que socava la competencia, y tampoco se ha logrado un compromiso de Pekín de mayor transparencia en el manejo de datos y en la ciberseguridad. Seguirá habiendo aranceles por valor de 360.000 millones de dólares a productos chinos, pero Estados Unidos se compromete a no imponer más si China cumple sus compromisos.

Todo lo cual no ha impedido hablar a Trump del “mayor acuerdo que nadie ha visto nunca”. “Juntos estamos corrigiendo los errores del pasado y proporcionando un futuro de justicia y seguridad económica a los trabajadores, granjeros y familias estadounidenses”, ha dicho el presidente. Después, el viceprimer ministro chino ha leído una carta del presidente Xi Jinping, y ha prometido que Pekín “honrará estrictamente el acuerdo”.

Ambas partes han pactado, asimismo, un mecanismo bilateral de resolución de disputas, al margen de los órganos multilaterales.

A la ceremonia han acudido, además de las dos delegaciones, decenas de empresarios estadounidenses, a los que un Trump pletórico ha ido saludando y elogiando uno a uno. En la sala, repleta de periodistas (había hasta 60 medios chinos acreditados), estaban también destacados legisladores republicanos. En el otro extremo de la avenida de Pensilvania, en el Capitolio, los congresistas se preparaban para votar en los prolegómenos del juicio en el Senado sobre el impeachment de Trump, que el presidente ha aprovechado para volver a calificar de “farsa”.

La obsesión por intervenir en los flujos de comercio en nombre del beneficio de los trabajadores estadounidenses ha sido una piedra angular de la agenda del America first de Trump. Y supone una llamativa ruptura con el dogma de libre mercado enarbolado por Administraciones estadounidenses de uno y otro signo en el último cuarto de siglo. El nuevo acuerdo comercial con México y Canadá, que sustituirá al NAFTA y que Trump espera que sea aprobado en el Congreso en las próximas semanas, también contiene medidas proteccionistas.

Los compromisos adquiridos por China en esta primera fase del acuerdo supondrán un considerable aumento respecto a los 128.000 millones de dólares en productos estadounidenses que el país compró en 2017, el año que los negociadores han utilizado como referencia. Eso podría perjudicar a empresas europeas o japonesas, que venían cubriendo parte de esa demanda. Pero la predilección de Trump por poner restricciones al libre comercio tendrá que someterse a un nuevo examen cuando, probablemente avanzado este mismo año, el foco se traslade a la Unión Europea, el próximo objetivo del presidente. Está por ver si las mismas tácticas que ha empleado su equipo negociador con China funcionarán con Bruselas.

Pablo Guimón

Washington 16 ENE 2020 - 02:24 COT

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Jueves, 26 Diciembre 2019 05:45

2020, lo que viene en la economía mundial

2020, lo que viene en la economía mundial

Octubre se despedía con el extendido pronóstico de que una nueva recesión de la economía mundial se acercaba con horizonte en 2020. Las oscilaciones bruscas en el mercado financiero, muy sensible a las noticias políticas.

Y también a los informes de la marcha de la economía real por parte de los gobiernos de las principales potencias,lo mismo que a la evolución de la guerra comercial entre Estados Unidos y China; el breixit frustrado todavía entonces, la desaceleración del comercio mundial y la crisis inminente o abierta en países emergentes importantes como Brasil, Turquía, Argentina, entre otros, alimentaban las opiniones de los especialistas y encendían las alarmas de las principales instituciones del capital financiero.

Para mediados de diciembre se alcanzó el primer acuerdo en la guerra comercial, luego de establecida una tregua a principiosde noviembre,en medio del creciente ruido de un nuevo posible crak. Quedaron suspendidos los aranceles de productos electrónicos y consumo masivo que deberían entrar en vigencia hacia finales de año.

El 28 de noviembre los mercados de bonos y acciones de Wall Street alcanzaban un nuevo máximo histórico. Al tiempo se conocía que la FED, el banco central norteamericano, mantenía los tipos de interés sin provocar una nueva baja, sugiriendo que el pánico provocado en el banco central estadounidense por la perspectiva de recesión se atemperaba.

Mientras tanto el abultado triunfo electoral de Boris Johnson en el Reino Unido, llevó tranquilidad al centro financiero de Londres, el segundo más importantes del mundo, esta tranquilidad se expresó en la recuperación de la bolsa.

Pero a pesar de las aparienciasel sentimiento que domina a los mercados es la incertidumbre. Desde octubre también se está desarrollando a nivel global un ascenso de luchas populares, ciudadanas y obreras que se plantan frente a los ataques del capital contra el nivel de vida de los pueblos.

El despertar del pueblo chileno mostró al mundo el verdadero significado del “oasis” neoliberal, y la clase obrera francesa, en una huelga con pocos puntos de referencia en ese país, está hiriendo de muerte a la reforma de la previsión social. La incertidumbre que esto lleva a los mercados puede medirse también por el juicio político a Donald Trump aprobado recientemente en la Cámara de Representantes de Estados Unidos.

Por su parte se ha confirmado que la recesión en el terreno de la producción mercantil ya es global, que se mantiene el pobre crecimiento económico de las principales economías, que continúa la caída en la evolución del comercio mundial, y que crece el volumen de deuda corporativa y de los ciudadanos, al tiempo que se espera una reestructuración de la deuda soberana de Argentina que ha entrado, de hecho, en un nuevo default.

Más allá de las señales positivas que buscan y pretenden transmitir los operadores financieros, la perspectiva de que se aproxima una nueva crisis se mantiene y las razones hay que buscarlas en la profunda depresión del sistema capitalista que lleva ya más de una década.

Depresión económica y proteccionismo

Como señalábamos en agosto de 2918 [1] la actual guerra comercial entre Estados Unidos y China se explica por un proceso económico estructural que recorre a todo el sistema capitalista desde el último crack producido en 2008.En otras palabras no es la causa de la actual tendencia a la recesión sino la consecuencia de la crisis, por eso las treguas serán episódicas y los acuerdos que se alcancen no resolverán los problemas de fondo.

La actual depresión es, por su duración y magnitud la tercera de su tipo en el capitalismo moderno. La primera de ellas se manifiesta entre 1870 y 1890, y desemboca en la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, y la segunda se produce a partir del colapso de 1929 y culminaría en la Segunda Guerra.

En los últimos diez años el crecimiento no ha recuperado el nivel previo a la crisis de 2008, la inversión productiva mantiene su curva descendente y la productividad del trabajo no ha crecido. Es decir que todos los principales indicadores para medir la salud del sistema están mostrando un deterioro constante. Es una característica de estos periodos depresivos el proteccionismo, con sus consecuentes disputas comerciales.

Decadencia imperialista y estancamiento económico

A pesar de los niveles que ha alcanzado la especulación del capital financiero la economía muestra claros síntomas de estancamiento prolongado: El crecimiento de Estados Unidos en el último trimestre, el periodo que va de julio a septiembre, muestra un crecimiento mediocre de 2,1%, menor que el del trimestre anterior pero superior a las del resto de las economías del G7.

Así por ejemplo Canadá ha crecido el 1,7, Japón el 1,5 la Unión Europea al 1,2 y el Reino Unido a 1%. Mientras tanto el FMI pronostica apenas un crecimiento de 2,5% de la economía mundial. Por otra parte China y la India tendrán su peor crecimiento en casi 30 años.

La decadencia imperialista se expresa además por otros dos factores centrales para medir la vitalidad del sistema: el crecimiento de la inversión productiva y el de la productividad del trabajo. Ninguno de ellos logra salir de los parámetros de estancamiento de la última década.

Como señala Michael Roberts en su artículo El mundo de fantasía continúa [2] : Según la Junta de la Conferencia de los EE. UU., a nivel mundial, el crecimiento de la producción por trabajador fue del 1.9 por ciento en 2018, en comparación con el 2 por ciento en 2017 y se prevé que regrese al crecimiento del 2 por ciento en 2019. Las últimas estimaciones extienden la tendencia a la baja en el crecimiento de la productividad laboral global de un tasa promedio anual de 2.9 por ciento entre 2000-2007 a 2.3 por ciento entre 2010-2017. Esto significa que el tan anunciado incremento de la productividad del trabajo con la utilización de las nuevas tecnologías no ha llegado aún.

Llegamos a la clave del estancamiento, la débil y decreciente inversión productiva. Según los datos obtenidos esta se encuentra alrededor de un 30% por debajo de los niveles que había alcanzado antes del crack de 2008. Esta debilidad en la inversión se debe fundamentalmentecomo, a que las ganancias en la economía productiva siguen cayendo, confirmando una vez más, por si hiciera falta, la ley de Marx a la caída de la tasa de rentabilidad.

La amenaza de la deuda corporativa y la sobreacumulación del capital ficticio

Otro de los índices que ha sobrepasado peligrosamente los niveles previos al estallido de 2008 es el que hace a las deudas corporativas. La deuda de las compañías es casi tres veces más de lo que era a fines de 2008, llegando en la actualidad a 8 billones de dólares, un 50% superior a inicio de la recuperación en 2011.

Mientras que la propia calificación de los créditos ha deteriorado su calidad, así esta deuda de baja calidad es hoy el doble de lo que representaba entonces. Esto sin tener en cuenta las llamadas empresas zombis, es decir empresas que no alcanzan a obtener ganancias suficientes como para pagar sus deudas y siguen funcionando gracias a seguir aumentando sus deudas. Según estimaciones de consultoras financieras hay en la OCDE 548 de estas compañías, un nivel apenas inferior que las que hubo en el momento más crítico de 2008.

La baja tasa de ganancia en los sectores productivos que señalábamos más arriba estimula la sobreacumulación de capital ficticio. El principal destino de la rentabilidad que obtienen y el efectivo que atesoran las empresas está destinado a la especulación financiera.

Las operaciones fundamentales a que se destina esta especulación son tanto en Estados Unidos como en Europa, la recompra de acciones de las propias compañías que se ha convertido en la categoría más grande de inversión en activos financieros, alcanzando la cifra de 1 billón de dólares.

El coctel de deuda y especulación financiera está provocando una sobreacumulación de capital ficticio que ya está en los niveles previos a la crisis de 2008.

Entonces, aunque no se ha producido aún la recesión que temían los operadores financieros desde octubre pasado y al mantenerse las ganancias obtenidas de la especulación, esperan en 2020 repetir la performance de 2019, un objetivo que por cierto significa apenas continuar con el estancamiento.

El hecho es que no esperan reiniciar un ciclo de crecimiento vigoroso del sistema, y que frente a esta esperanza pobremente optimista la alternativa sigue siendo que el sistema reproduzca la lógica de sus crisis repitiendo un nuevo crack de consecuencias imprevisibles.

El camino que deberemos recorrer en 2020 transita entre el proceso de rebeliones que continuarán conmoviendo al mundo y la perspectiva de una nueva crisis económica mundial.  

Por Carlos Carcione

Rebelión


Notas:

[1] Proteccionismo y crisis económica mundial: ¿Cuál es la lógica de la guerra comercial de Trump? http://lis-isl.org/2018/08/17/proteccionismo-y-crisis-economica-mundial-cual-es-la-logica-de-la-guerra-comercial-de-trump/

[2] https://thenextrecession.wordpress.com/2019/11/28/the-fantasy-world-continues/

Carlos Carcione. Coordinador del Equipo de Investigación de Marea Socialista. Colaborador del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la)

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Las autoridades chinas implicadas en la negociación con EE UU, en rueda de prensa en Pekín. En vídeo, declaraciones del portavoz del Ministerio de Comercio de China, Gao Feng. JASON LEE (REUTERS) | REUTERS

El acuerdo paraliza la subida de aranceles prevista para este domingo pero está pendiente de la firma oficial del texto

 

China y Estados Unidos han cerrado la primera fase de un acuerdo para resolver la guerra comercial que arrastran desde hace más de año y medio. Casi 24 horas después de que en Washington se diera a conocer que el presidente de EE UU, Donald Trump, había dado el visto bueno al acuerdo, el Ministerio de Comercio de China ha confirmado finalmente este viernes la fumata blanca en una rueda de prensa convocada de urgencia, a última hora de la noche en Pekín.

Según lo trascendido hasta el momento, Pekín aumentará sus importaciones de energía, productos agrícolas y farmacéuticos y dará entrada a más servicios financieros de Estados Unidos. El documento, según ha indicado el viceministro de Comercio Exterior Wang Shouwen en la rueda de prensa, tiene nueve capítulos, que incluyen también un mecanismo de resolución de disputas y medidas sobre la propiedad intelectual, entre otros asuntos.

Con este anuncio queda paralizado el aumento de aranceles mutuo que los dos países tenían previsto a partir del domingo. Estados Unidos iba a elevar un 15% las tasas sobre cerca de 165.000 millones de dólares en productos chinos, mientras que Pekín tenía previsto hacer lo propio sobre cerca de 75.000 millones de dólares en productos estadounidenses. Los nuevos aranceles de EE UU iban a aplicarse sobre productos electrónicos de consumo procedentes de China como televisores y teléfonos móviles, entre otros. Todo en plena campaña navideña de compras y en puertas de un año electoral.

Con el nuevo pacto, los dos países retirarán gradualmente algunos de los aranceles que han ido aplicando en los últimos 18 meses, indicó el viceministro Wang. Ese punto, subrayó, es una parte “fundamental” de las exigencias chinas. No obstante, no precisó un calendario ni cifras de esa eliminación por fases. El alto funcionario subrayó que el pacto es “mutuamente beneficioso”, una condición sine qua non en la que China había insistido una y otra vez en sus declaraciones públicas durante las negociaciones.

Antes de proceder a la firma oficial, no obstante, será necesaria una revisión del documento por parte de los respectivos equipos legales y una comprobación minuciosa de las traducciones. También la negociación del protocolo específico para la firma del pacto, incluido dónde y cuándo firmarlo. Washington espera que se pueda hacer durante la primera semana de enero.

Entre los compromisos adquiridos, China aumentará de modo significativo su compra de productos agrícolas, confirmó el viceministro de Agricultura, Han Jun, aunque no aportó cifras al respecto. Sí precisó que la compra incluirá trigo, y aseguró que esas adquisiciones no perjudicarán a los agricultores nacionales. Para el presidente estadounidense, Donald Trump, esa era una de sus principales exigencias.

Desde Washington, el representante de Comercio Internacional de Estados Unidos, Robert Lighthizer, ha calificado el acuerdo con China de “histórico”. El negociador estadounidense ha señalado que como parte del pacto, Pekín deberá acometer reformas estructurales en su modelo económico y cambios en el régimen comercial en áreas como la propiedad intelectual, las transferencias de tecnología, la agricultura, los servicios financieros y en divisas.

También se establece un mecanismo de solución de disputas y China se compromete a realizar “compras sustanciales adicionales” de productos y servicios de EE UU por valor de 200.000 millones durante los próximos dos años. En el caso de los productos agrícolas, Lighthizer explicó se acordó que adquirirá 16.000 millones adicionales anuales sobre los 24.000 millones de referencia en 2017. 

Esa cifra podría incluso acercarse a los 50.000 millones en un plazo de dos año si Pekín accediera a elevar más las compras, como busca Trump. Lo que no se detalla es el desglose por producto y la parte china evitó comprometerse en público con una cifra. El acuerdo, insiste Lighthizer, permitirá reequilibrar la relación comercial entre los dos países. El pacto se ha cerrado la misma semana que el texto definitivo del tratado comercial del país norteamericano con México y Canadá.

El presidente de EE UU aclaró, a través de Twitter, que el arancel que entró en vigor el pasado mes de septiembre sobre importaciones valoradas en 120.000 millones de dólares se rebaja del 15% al 7,5%. Para el resto de productos, por unos 250.000 millones, se mantiene en el 25%. Trump dice que utilizará los aranceles del 25% como palanca en la segunda fase de la negociación. La intención que es la discusión arranque en cuando se firme el pacto.

Fue el propio Trump el que este jueves disparó el optimismo de los inversores al asegurar que un “gran acuerdo” con China estaba “muy cerca”. El presidente se reunió horas después en el Despacho Oval con sus asesores en comercio y representantes de las empresas y dio el visto bueno al principio de acuerdo. Pero no hubo un anuncio oficial ni por parte de la Casa Blanca ni de la Oficina de Comercio Exterior, a la espera de la rueda de prensa en Pekín.

Por MACARENA VIDAL LIY / SANDRO POZZI

Pekín / Nueva York 13 DIC 2019 - 14:08 COT

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 Los presidentes y primeros ministros de los países reunidos este lunes en Bangkok. En vídeo, declaraciones de varios de los ministros. MANAN VATSYAYANA AFP | VÍDEO: REUTERS

La India ha optado por quedarse fuera, de momento, de la RCEP, una alianza abanderada por China y que excluye a EE UU

Quince países de Asia han concluido este lunes en Bangkok las negociaciones para constituir lo que promete ser la mayor zona de libre comercio del mundo y que se ratificará el año próximo. La RCEP, la Asociación Económica Integral Regional, es un proyecto promovido principalmente por Pekín, que se negociaba desde 2012 y que no incluye a Estados Unidos. En las negociaciones en la capital asiática, la India ha decidido no sumarse finalmente tampoco a la alianza por razones de “interés nacional”.

En el comunicado al término de la cumbre de países de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN) celebrada en Bangkok, los líderes de los 16 países negociadores indican que 15 de ellos “han concluido las negociaciones para los 20 capítulos y esencialmente todos los temas sobre acceso a los mercados”.

“No habrá ningún problema para que los 15 participantes en el tratado lo firmen el año próximo”, ha declarado el viceministro de Asuntos Extranjeros chinos, Le Yucheng. La India será “bienvenida” si en el futuro decide sumarse a esta asociación, formada por China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, además de los diez países de la ASEAN (Indonesia, Tailandia, Singapur, Malasia, Filipinas, Vietnam, Myanmar, Camboya, Laos y Brunei).

Si todo sale como el viceministro chino promete y la India se suma al pacto, la futura RCEP abarcará el 47% de la población mundial, o 3.400 millones de personas, y el 32,2% del PIB mundial, 20,6 billones de euros. También acaparará el 32,5% de la inversión global y el 29% del comercio del planeta.

Para Pekín, el éxito de las negociaciones representa un espaldarazo económico y político. Como promotora de la iniciativa, consolida su influencia en Asia y el papel que busca de adalid global del multilateralismo. El acuerdo también servirá para apuntalar su economía en momentos en los que su crecimiento se hace más lento y se enfrenta con Estados Unidos en una guerra de trincheras comercial y tecnológica.

Las negociaciones para esta alianza habían alcanzado inicialmente escasos progresos desde que se lanzó la propuesta inicial en Camboya hace siete años. Pero recibieron un nuevo ímpetu después de que, inmediatamente después de llegar a la Casa Blanca, Donald Trump ordenara la salida de Estados Unidos del Acuerdo Transpacíficode Cooperación Económica (TPP), el ambicioso tratado de libre comercio para ambas orillas del Pacífico que la Administración de Barack Obama concebía como el pilar económico para apuntalar la influencia de Washington en la región. La retirada de EE UU supuso la cuasi-defunción, a efectos prácticos, de aquel proyecto, pese a que 11 de sus miembros lo han ratificado.

En cambio, la propuesta china recibió una inyección de vitalidad. “No cabe duda de que daremos un giro hacia la RCEP si el TPP no avanza”, dijo en su día el primer ministro japonés, Shinzo Abe, uno de los principales adalides del acuerdo transpacífico.

La desaceleración generalizada entre las economías asiáticas al hilo de la guerra comercial entre EE UU y China terminó de suministrar el incentivo necesario para que las negociaciones llegaran a buen puerto.

La RCEP y el TPP son muy diferentes. Donde el TPP se centraba en la reducción de barreras no arancelarias (protección del medioambiente, estándares para la inversión extranjera), la RCEP pone el énfasis principalmente en los aranceles, sin las protecciones a los derechos laborales que ofrece el tratado que originalmente lideró EE UU.

La alianza, que requerirá la ratificación de los respectivos parlamentos nacionales, eliminará aranceles sobre más del 90% de los bienes intercambiados entre los miembros. El acuerdo también incluye protecciones sobre la propiedad intelectual y capítulos sobre inversiones y comercio de bienes y servicios. También estipula mecanismos para la resolución de disputas entre los países.

Entre otros problemas, las negociaciones han afrontado las reticencias de la India, una economía con déficit en su balanza comercial, a diferencia de las del resto de los países miembros, todas con superávit. Nueva Delhi teme que una amplia zona de libre comercio inunde su mercado de productos chinos y su industria manufacturera se viera perjudicada. También ve con sospecha la posibilidad de que los bienes agrícolas de Australia o Nueva Zelanda pudieran dañar a este sector de su economía.

“Nuestra decisión ha venido guiada por el impacto que este acuerdo tendría sobre nuestros ciudadanos”, ha declarado Vijay Thakur Singh, del Ministerio indio de Asuntos Exteriores, en una rueda de prensa citada por AFP.

La resistencia de la India no es el único problema por resolver en este acuerdo gigantesco, que aúna a economías tan dispares como la avanzadísima japonesa, la “socialista con características chinas” de Pekín o la de sistema comunista de Laos, uno de los países más pobres del mundo. Está por ver si el deterioro actual en las relaciones entre Japón y Corea del Sur tendrá algún impacto en la puesta en marcha de esta amplia zona comercial. Y Australia y Nueva Zelanda han expresado también su interés en fortalecer los derechos laborales o las protecciones medioambientales, como hace el TPP.

Por Macarena Vidal Liy

Pekín 5 NOV 2019 - 03:59 COT

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Trump, con el viceprimer ministro chino en la Casa Blanca este viernes. REUTERS/Yuri Gripas

En virtud del acuerdo, Estados Unidos decidió suspender su plan de subir del 25 al 30% los aranceles a importaciones chinas por valor de 250.000 millones de dólares, mientras que China se comprometió a adquirir entre 40.000 y 50.000 millones de dólares en productos agrícolas estadounidenses.

 

Estados Unidos y China alcanzaron hoy un acuerdo parcial "significativo" para dar una tregua a la guerra comercial que libran desde el año pasado, y podrían firmarlo durante la cumbre del APEC que se celebrará en noviembre en Chile, anunció el presidente estadounidense, Donald Trump.

En virtud del acuerdo, Estados Unidos decidió suspender su plan de subir del 25 al 30% los aranceles a importaciones chinas por valor de 250.000 millones de dólares, mientras que China se comprometió a adquirir entre 40.000 y 50.000 millones de dólares en productos agrícolas estadounidenses, según la Casa Blanca. "Hemos alcanzado un acuerdo significativo de primera fase (...) pero todavía no está redactado", dijo Trump a los periodistas durante una reunión en el Despacho Oval con el viceprimer ministro chino, Liu He.

El pacto se pondrá sobre papel a lo largo de las próximas cuatro semanas y el objetivo es que Trump y el presidente chino, Xi Jinping, lo firmen durante la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) que se celebrará en Santiago de Chile el 16 y 17 de noviembre. "Estaremos en Chile y tendré una [ceremonia de] firma formal con el presidente Xi", afirmó Trump, que hasta ahora no había confirmado si iría a la cumbre del APEC.

Trump aseguró que en los últimos meses ha habido mucha "fricción" entre Estados Unidos y China, pero ahora hay un "festival del amor" entre ambas potencias. "Este es un acuerdo tan grande que lo estamos haciendo por secciones", explicó Trump, quien precisó que se empezará a negociar una "segunda fase" en cuanto se firme la primera y no descartó que haya una tercera etapa.

El mandatario precisó que el pacto recién alcanzado incluye algunas medidas relativas a la devaluación de la divisa china y temas de propiedad intelectual, aunque no lidia con la transferencia forzada de tecnología en China, un tema que se tratará "en la segunda fase", según Trump.

El acuerdo tampoco resuelve el tema de los vetos a la exportación que afectan al gigante chino de la telefonía Huawei, un tema que se está negociando mediante un proceso paralelo, explicó a los periodistas el representante de Comercio Exterior estadounidense, Robert Lighthizer.

"No implementaremos el aumento de los aranceles" que iba a entrar en vigor el próximo martes, confirmó el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Steven Mnuchin. Trump también aseguró que había hablado con Liu sobre las manifestaciones en Hong Kong, pero que cree que ese tema acabará resolviéndose solo.

11/10/2019 22:22 Actualizado: 11/10/2019 23:01

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Lunes, 26 Agosto 2019 06:42

Batallas económicas

Batallas económicas

Los gobiernos de Estados Unidos y China están metidos en una batalla económica que tiene muchas aristas y escala de modo continuo. El argumento más directo usado por la administración de Donald Trump es que China se ha aprovechado, durante mucho tiempo, para extraer ventajas comerciales, tecnológicas y cambiarias de las estrechas relaciones de intercambio comercial y financiero que ambos países mantienen.

El intercambio de productos en 2018, según los datos oficiales del Representante de Comercio, tuvo un valor de 659 mil millones de dólares (mmdd); de ellos, 120 mil fueron de exportaciones y 539 mil de importaciones, con un déficit de 419 mmdd, 16 por ciento más que en 2017.

La inversión directa de Estados Unidos en China tuvo un acervo de 107 mmdd, principalmente en manufacturas, comercio al por mayor, finanzas y seguros; de la otra parte el valor fue 39, en manufacturas también, bienes raíces e instituciones financieras.

Un aspecto relevante tiene que ver con las corrientes financieras asociadas con la deuda del gobierno de Estados Unidos. El total a finales de 2018 fue de 22 billones de dólares (trillones, según se mide allá); una cuarta parte es deuda intragubernamental y el resto es pública. De esta última, 40 por ciento (6.2 billones) está en poder de gobiernos e inversionistas extranjeros. China con 1.12 billones y Japón con 1.03 billones son los principales acreedores, con más de tres veces que el que les sigue.

La estructura de las relaciones económicas hace que mantener alto el valor del dólar constituya una ventaja adicional en términos de la competitividad de los productos chinos y es una controversia persistente con respecto al comportamiento del renminbi.

Las sanciones comerciales impuestas por Trump a China han sido en la forma de tarifas, las que ahora abarcan 250 mmdd de sus exportaciones y que se elevarán de 25 a 30 por ciento; se añadirán 300 mmdd de otros productos que pasarán de 10 al 15 por ciento a partir del primero de septiembre.

Tales medidas están encaminadas, según declaraciones expresas, a causar trastornos y forzar a aquel gobierno a negociar concesiones de un mayor acceso a su mercado y mayor protección de los derechos de propiedad intelectual. De igual manera, a incidir en la política cambiaria.

Ante la respuesta china de elevar también las tarifas a productos estadunidenses, Trump declaró que esa medida tiene motivaciones políticas, como si las que él aplica no las tuvieran.

La economía de China está en desaceleración. El crecimiento del producto se redujo a 6.2 por ciento, el nivel más bajo desde 1992. El endeudamiento ha crecido notablemente desde el plan de estímulo aplicado en años recientes.

La deuda del gobierno, las empresas y las familias es del orden de 40 mmdd, equivalentes a 300 por ciento del PIB. Esta deuda representa alrededor de 15 por ciento del total global.

El impacto negativo de la deuda ha sido resentido por las empresas y se registran altos niveles de quiebras y se ha reducido el gasto en consumo. Todo esto provoca ajustes en la economía, cuyos efectos internos y externos están aún por expresarse de manera más clara.

En el análisis de las condiciones del conflicto entre los dos países habría que considerar el significado de la relación en cómo se configuraron de los mercados globales desde la década de 1980. China, sin duda, cumplió un papel protagónico en el desempeño de la economía estadunidense y en el desarrollo de los sectores manufacturero, tecnológico y comercial, así como en el entorno financiero, tanto público como privado, en Estados Unidos.

Hay diversos elementos en la política que sigue el gobierno de Trump con respecto a China. Desde sus concepciones acerca del poderío económico, o bien sobre el efecto social provocado por la relación con China. Una visión del nacionalismo muy propia del presidente y hasta de su manera de hacer negocios privados. Por supuesto, hay un elemento electoral relevante.

En todo caso, la batalla en curso no se limita a una cuestión de índole comercial. La presión se extiende al campo geopolítico y militar, y una idea del replanteamiento hegemónico de Estados Unidos define hoy las relaciones con Europa.

El efecto de la disputa con China tiene un significado sobre el comercio y las inversiones de México con Estados Unidos derivado de los vínculos productivos generados desde 1994. Hoy, el país tiene un superávit en la cuenta corriente con ese país generado por las transacciones de comercio, y eso en plena batalla proteccionista de Trump. Hay un espacio único para que gobierno, empresarios y trabajadores aprovechen la oportunidad.

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El presidente francés, Emmanuel Macron (c), el presidente estadounidense, Donald Trump (i), el primer ministro japonés, Shinzo Abe (2i), el primer ministro italiano en funciones, Giuseppe Conte (3i), el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk (espaldas), el primer ministro británico, Boris Johnson (d), el primer ministro canadiense, Justin Trudeau (2d), y la canciller alemana, Angela Merkel (3d), este domingo durante la cumbre del G7 en Biarritz EFE

Con la economía mundial en plena ralentización y la amenaza de una recesión en Alemania y el Reino Unido, la cumbre tenía como objetivo buscar una tregua

Hay "enormes riesgos económicos en el mundo por las tensiones comerciales", ha reconocido claramente la canciller alemana, Angela Merkel

El acuerdo entre Estados Unidos y Japón se centrará en agroalimentación, industria y comercio digital

 

La cumbre del G7 ha subrayado este domingo su inquietud por las tensiones comerciales, que suponen una amenaza para el crecimiento económico global, una preocupación ante la que el presidente de EE.UU., Donald Trump, solo ha podido contraponer un limitado nuevo acuerdo comercial con Japón.

Con la economía mundial en plena ralentización y la amenaza de una recesión en Alemania y el Reino Unido, en parte debido al incremento de la tensión comercial del último año entre EE.UU. y China, pero también por la amenaza de un Brexit sin acuerdo, esta cumbre de Biarritz tenía como objetivo buscar alguna forma de tregua.

Ahora mismo hay "enormes riesgos económicos en el mundo por las tensiones comerciales", ha reconocido claramente la canciller alemana, Angela Merkel, en unas declaraciones.

Merkel ha recalcado que Alemania quiere en primer lugar "que haya un acuerdo lo antes posible sobre la Organización Mundial del Comercio (OMC), que debe reformarse y potenciar su papel como árbitro" de estos conflictos.

La tensión comercial, alimentada especialmente por Trump y sus sanciones y aranceles a China, pero también con amenazas a la Unión Europea y otros países, ha protagonizado la primera sesión de la cumbre de este domingo.

A pesar de que la discusión ha sido positiva, con una "maduración en los temas", como la reforma de la OMC, "sería ir muy lejos decir que hay un acuerdo" en este asunto, ha reconocido un destacado funcionario de la Unión Europea.

Conversación centrada en China

La conversación se centró en China, después de que Trump protagonizara el viernes una nueva escalada en el conflicto. En la sesión, los líderes del G7 hablaron sobre "evaluación, análisis y objetivos" del proceso, ha precisado el funcionario europeo en declaraciones a la prensa.

Han convenido en que "China es una amenaza sistémica, que supone un desafío en término de distorsión del comercio", pero "no hay acuerdo sobre cómo lidiar con China", ha añadido. Para Merkel, se trata de encontrar soluciones sobre China "en las que todos los países se beneficien. Eso es posible y ganaremos todos".

La cuestión de China está aún más en las mentes de los líderes reunidos en Biarritz tras el agravamiento del conflicto del pasado viernes, cuando Pekín dijo que aplicará aranceles de represalia contra EE.UU. y Trump replicó incrementando otros dos aranceles ya anunciados y que aún no habían entrado en vigor.

Además, el presidente estadounidense avanzó que podría invocar la Ley de Emergencia Nacional de 1977 para pedir a las empresas de su país presentes en el gigante asiático (que es también el mayor mercado del mundo en muchos sectores) que lo abandonen.

Este domingo, Trump ha asegurado que los demás miembros del G7 no le han pedido que frene la guerra comercial con China, aunque ha reconocido que tiene dudas sobre todo lo que hace.

"Nadie me ha dicho eso", ha respondido el presidente estadounidense a una pregunta acerca de si sus aliados del G7 le han presionado durante la cumbre para que ponga fin a la tensión con el gigante asiático.

Trump, en unas breves declaraciones a la prensa tras reunirse con el primer ministro británico, Boris Johnson, ha reconocido que tiene algunas "dudas" sobre sus decisiones sobre China.

Poco después, la Casa Blanca ha precisado a través de portavoces y asesores que las "únicas dudas" de Trump consisten en "si debía haber sido incluso más duro con China".

Johnson, por su parte, ha dicho este domingo sentado frente a Trump: "En general, estamos a favor de la paz comercial". Y ha señalado su oposición, en principio, a la imposición de nuevos aranceles.

Nuevo acuerdo con Japón

Mientras la tensión comercial con China oscila con los altibajos verbales del inquilino de la Casa Blanca, este ha anunciado junto con el primer ministro japonés, Shinzo Abe, el final de las negociaciones de un nuevo acuerdo comercial bilateral, aunque parece que de alcance limitado.

El acuerdo se centrará en agroalimentación, industria y comercio digital. Trump se ha esforzado en destacar la importancia en el primer capítulo, después de que buena parte de las represalias chinas contra EE.UU. se han centrado en productos agrícolas y ganaderos, especialmente el maíz.

Trump ha asegurado que el nuevo pacto comercial, que debería firmarse hacia finales de septiembre, permitirá incrementar las exportaciones estadounidenses a Japón por valor de "miles de millones de dólares". Son "muy buenas noticias para nuestros agricultores y ganaderos", ha señalado por su parte el Representante de Comercio Exterior, de EE.UU., Robert Lighthizer.

Pero el primer ministro Abe, aunque ha considerado que el acuerdo tendrá "un inmenso impacto económico" en los dos países, ha precisado que algunas compras, como las de maíz, son de "emergencia" por problemas de plagas en el campo nipón, lo que apunta a que serían únicamente temporales.

EFE

25/08/2019 - 21:45h

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El temor a un ciclo recesivo derrumba los mercados financieros de Europa y EU

China reporta los peores niveles de crecimiento de la producción industrial en 17 años

 

Los mercados financieros de Europa y Estados Unidos se fueron a pique este miércoles ante temores de que la economía mundial se acerque a un ciclo recesivo.

La contracción de la actividad en Alemania, primera economía de Europa, y el surgimiento de indicios de una recesión en Estados Unidos contribuyeron a alentar una venta masiva de acciones en Wall Street, que tuvo su peor día del año.

En Nueva York el Dow Jones, que representa a las 30 empresas más importantes en Estados Unidos, perdió 800 puntos, 3.05 por ciento, y quedó con 25 mil 497.42 unidades. El índice Standard and Poor’s (S&P) 500, que agrupa las acciones de 500 empresas y considerado el más representativo de la situación del mercado, cayó 2.9 por ciento a 2 mil 840.60 puntos, mientras el índice compuesto Nasdaq, de empresas de tecnología y electrónica, descendió 3 por ciento a 7 mil 773.94 puntos.

Las monedas y los mercados latinoamericanos fueron arrastrados por la tendencia, las más afectadas fueron las bolsas de Brasil, Colombia y Argentina, que cayeron 3, 2.5 y 1.86 por ciento, respectivamente.

La liquidación de acciones se produjo luego de que, por primera vez desde 2007, el rendimiento de los bonos del Tesoro estadunidense a 10 años se ubicó temporalmente por debajo del rendimiento del bono a dos años. Los inversores optaron por recuperar rápidamente su dinero, en lugar de obtener mayores intereses por plazos más largos, una dinámica vista como presagio de una recesión.

A esta inquietud se sumaron resultados económicos de China, donde el crecimiento de la producción industrial en julio fue de 4.8 por ciento, su nivel mínimo en 17 años, en la más reciente señal de que las presiones comerciales de Estados Unidos han golpeado la demanda en la segunda mayor economía del mundo.

En Alemania la actividad económica se contrajo 0.1 por ciento en el segundo trimestre, en momentos en que su industria automotriz, uno de los motores de la economía regional, encara nuevos estándares sobre emisiones de gases y la amenaza de aranceles por parte de Washington. Tras el reporte, las bolsas de valores de esa zona registraron pérdidas de 2 por ciento en promedio.

La intensificación de la guerra comercial de Estados Unidos con China ha sido un factor clave en las preocupaciones sobre la desaceleración de la economía mundial, pero después de la caída en Wall Street el presidente estadunidense Donald Trump, renovó sus ataques contra la Reserva Federal y su presidente, Jerome Powell, a quien él mismo designó.

Los precios del petróleo cayeron más de 3 por ciento: el Brent perdió 1.82 dólares y se cotizó en 59.48 por barril, el estadunidense West Texas Intermediate cedió 1.87 dólares y se vende a 55.23 dólares, mientras la mezcla mexicana de exportación se hundió 2.33 dólares (4.58 por ciento) a 48.53 dólares.

Al tiempo, el yen japonés, el índice dólar y el oro subieron, pues los operadores decidieron buscar activos considerados refugio seguro para las inversiones.

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Manifestantes en Hong Kong

Durante estos días se han juntado demasiados asuntos en un triángulo formado por China, Hong Kong y Estados Unidos. A la guerra arancelaria le ha salido una derivada en forma de guerra de divisas, todo esto mientras en Hong Kong se suceden unas protestas multitudinarias que reclaman no caer en la espiral hacia la autocracia que buscan en Pekín. Las dos primeras a menudo se leen como una cuestión económica; la segunda, como un asunto de libertades civiles. Sin embargo, todas ellas están relacionadas y tienen un nexo común: la geopolítica. Pero vayamos por partes.

Cuando Trump se lanzó a la carrera por la Casa Blanca hace prácticamente cuatro años, una de sus fijaciones durante la campaña fue China. Se aprovechaba comercialmente de Estados Unidos, no respetaba la propiedad intelectual, manipulaba la moneda y otro sinfín de ventajas que, más allá del histrionismo trumpiano, eran ciertas. Por ello se propuso revertir todo eso si alcanzaba a la presidencia. Y lo hizo. Uno de sus objetivos ha sido renegociar todos los acuerdos comerciales posibles en favor de Estados Unidos, y China no ha sido una excepción. Como Pekín se ha resistido a esta solución, el presidente simplemente optó por algo que a un hombre de negocios como él se le da bien hacer: apretar a su oponente. Lanzó así a lo largo de 2018 una batería de aranceles sobre casi cualquier producto chino que Estados Unidos importe, algo que no ha hecho sino escalar desde entonces, alternando réplicas chinas y contrarréplicas norteamericanas.

En paralelo a este pulso comercial han surgido protestas en Hong Kong por la polémica ley de extradición a China, que acabó siendo retirada por el enorme rechazo social que generó. Sin embargo, más allá de esta cuestión de derechos políticos, Hong Kong y sus avatares internos son una pieza fundamental en estas dinámicas entre Estados Unidos y China. La pugna política se fundamenta en que los sectores prochinos quieren ir asimilando el sistema hongkonés, que hoy día goza de gran autonomía y bastantes libertades impensables en China, precisamente a ese sistema que impera en la potencia asiática. Por el contrario, la parte más liberal de la sociedad quiere mantenerse en la situación de autonomía actual o bien avanzar hacia la independencia para alejarse todo lo posible de China. Sin embargo, esta situación favorece a la larga a Pekín, ya que el acuerdo de autonomía de Hong Kong entró en vigor cuando este territorio pasó de ser una colonia británica a manos chinas en 1997, y donde se estipulaba que esta autonomía se mantendría durante 50 años –hasta 2047–. Por tanto, ese año China podrá simplemente asimilar de forma total el territorio.

En el contexto de la guerra comercial la importancia de este territorio no es menor: Hong Kong recibe un trato especial en términos comerciales por parte de Estados Unidos gracias a una ley de 1992, la Hong Kong Policy Act. Esta ley se fundamenta en la autonomía del territorio y, a cambio de que se sigan garantizando los buenos niveles de libertad política y económica que existen allí, Estados Unidos se compromete a tratar a Hong Kong como si fuese un país distinto de China en el aspecto comercial. Y de esta situación se beneficia también la República Popular, y mucho. Hong Kong es el segundo destino de las exportaciones chinas tras Estados Unidos, y es que las compañías chinas utilizan este enclave como intermediario para vender su mercancía a otras multinacionales radicadas en el territorio autónomo, que a su vez lo usan para penetrar en la China continental. El gran problema para Pekín de la guerra comercial es que Estados Unidos grava cualquier importación procedente de China. Pero gracias a Hong Kong, los productos chinos pueden esquivar, al menos parcialmente, esos aranceles y así mitigar su impacto gracias a un sistema llamado first-sale rule.

Hasta aquí el panorama no parece excesivamente perjudicial para China. Sin embargo, desde mediados de junio –al poco de empezar las protestas en Hong Kong–, demócratas y republicanos han impulsado en el Congreso estadounidense una nueva ley –aún no aprobada– llamada The Hong Kong Human Rights and Democracy Act para exigir que se identifique a aquellas personas que han cometido violaciones de derechos humanos en la autonomía para poder sancionarlas, así como para crear un procedimiento por el cual, de manera anual, Estados Unidos avale mantener el acuerdo de 1992 vigente teniendo en cuenta que el nivel de autonomía en el territorio hongkonés no se ha visto mermado. Si no, Washington se reserva el derecho de revocar esa prerrogativa comercial y equiparar a nivel comercial la China continental y Hong Kong. En ese supuesto, China perdería una de sus grandes cartas para esquivar los aranceles estadounidenses. Sin embargo, si Estados Unidos llevase a cabo este movimiento, China asumiría muchos menos costes acelerando la asimilación total de Hong Kong. Por el contrario, en Pekín saben que deben ser cuidadosos con no excederse atrayendo al régimen autónomo para no activar la cláusula de Estados Unidos y perder así su gran baza, al mismo tiempo que tiene que evitar que en la excolonia británica prospere un movimiento independentista que pueda hacer que Hong Kong se le acabe escapando de las manos.

En este sentido, China, a pesar de tener la carta hongkonesa, está en clara desventaja en su guerra comercial con Estados Unidos por el hecho de que su balanza comercial con el país norteamericano es enormemente asimétrica: la potencia asiática exporta mucho más a EEUU que al contrario, por lo que está mucho más expuesta a los aranceles que su rival. Así, en vez de seguir escalando en un pulso que tiene perdido, ha optado por llevarse la batalla a otro terreno en el que juega con algo más de ventaja: las divisas.

Para que nos entendamos, el Banco Central Chino tiene bastante más poder de control sobre el tipo de cambio del yuan –la moneda china– que el que tiene la Reserva Federal con el dólar. El primero no flota libremente –su tipo de cambio no viene determinado por la oferta y la demanda del mercado de divisas–, mientras que el segundo sí. Y esa diferencia hace que China pueda devaluar su moneda para ganar cierta competitividad comercial por una vía en la que Estados Unidos no dispone de tal herramienta. Además, esta devaluación supone un reto a Trump de primer nivel: el mandatario había acusado a China de que manipula su moneda para ganar competitividad comercial de forma injusta –porque es cierto–, pero esta jugada de China supone aceptar el órdago de Trump e ir a hacer daño en una herida que, quizás, en la Casa Blanca no se esperaban que Pekín podía atreverse a hacer.

La gran esperanza de China para acabar con este conflicto comercial es que Trump pierda las presidenciales de noviembre de 2020. Hasta el momento, todas las rondas de negociación que se han sucedido entre ambos han sido infructuosas. Es una jugada arriesgada, porque las encuestas no aseguran una derrota del actual presidente y el panorama de candidatos demócratas tampoco apunta a que vayan a presentar una figura de carisma arrollador y visión privilegiada. Por tanto, en este lapso de tiempo hasta los comicios –y quién sabe si con una prórroga de cuatro años más gracias a un nuevo mandato del neoyorquino–, China parece que solo tiene dos opciones: o capitular ante Estados Unidos o continuar la escalada hacia un límite que nadie sabe dónde está.

Por Fernando Arancón - El Orden Mundial

06/08/2019 - 21:13h

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