Viernes, 28 Diciembre 2012 08:07

Paz en una nación armada

Paz en una nación armada

Amigos:

 

Luego de presenciar la deschavetada y mentirosa conferencia de prensa de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), el viernes pasado, me quedó claro que la profecía maya se ha cumplido. Excepto que el único mundo que ha terminado es el de la NRA. El poder fanfarrón que le ha permitido dictar la política sobre armas de este país se ha acabado. A la nación le repugna la masacre en Connecticut, y los signos están en todas partes: un entrenador de basquetbol en una conferencia de prensa después de un partido; el republicano Joe Scarborough; el dueño de una casa de empeños en Florida; un programa de recompra de armas en Nueva Jersey; y el juez conservador y dueño de armas que condenó a Jared Loughner.

 

Aquí está, pues, mi brindis decembrino para ustedes:

 

Estas masacres con armas de fuego no terminarán pronto.

 

Siento decir esto, pero muy en el fondo todos sabemos que es cierto. No significa que no debamos seguir presionando: después de todo, el impulso está de nuestra parte. Sé que a todos nosotros, yo incluido, nos gustaría que el presidente y el Congreso promulgaran leyes más estrictas sobre armas. Necesitamos que se prohíban las armas automáticas y semiautomáticas y los magacines que contienen más de siete balas. Necesitamos mejores revisiones de antecedentes y más servicios de salud mental. Necesitamos regular las municiones también.

 

Pero, amigos, me gustaría proponer que si bien todo lo anterior reducirá las muertes por armas de fuego (pregúntenle al alcalde Bloomberg: es prácticamente imposible comprar una arma en Nueva York y el resultado es que el número de homicidios por año se ha reducido de 2 mil 200 a menos de 400), en realidad no pondrá fin a estos asesinatos en masa ni atacará el problema esencial que tenemos. Connecticut tenía una de las leyes más severas sobre armas en el país, y no sirvió de nada para prevenir la matanza de 20 niños el 14 de diciembre.

 

De hecho, seamos claros sobre Newtown: el asesino no tenía antecedentes penales, así que jamás habría aparecido en una revisión en archivos policiales. Todas las armas que empleó fueron adquiridas legalmente; ninguna encajaba en la definición legal de arma de “asalto”. El asesino parecía tener problemas mentales y su madre lo hizo buscar ayuda, pero fue inútil. En cuanto a medidas de seguridad, la escuela Sandy Hook fue cerrada con candados antes de que el homicida se presentara esa mañana. Se habían realizado simulacros precisamente contra ese tipo de eventos. De mucho que sirvió.

 

Y he aquí el hecho sucio que ninguno de nosotros los liberales quiere discutir: el asesino sólo se detuvo cuando vio que los policías llegaban en tropel a la escuela, es decir, hombres armados. Cuando vio llegar las armas, detuvo el baño de sangre y se mató. Las armas de los policías impidieron que ocurrieran otras 20, 40 o 100 muertes. A veces las armas funcionan. (Sin embargo, hubo un alguacil armado en la escuela preparatoria de Columbine el día de la matanza y no pudo o no quiso detenerla.)

 

Lamento ofrecer esta verificación de realidades en nuestra muy necesaria marcha hacia un montón de cambios bienintencionados y necesarios –pero a la larga, cosméticos en su mayoría– en nuestras leyes sobre armas. Los hechos tristes son estos: otros países donde abundan las armas (como Canadá, donde hay 7 millones de armas en sus 12 millones de hogares, la mayoría de caza) tienen una tasa de homicidios más baja. Los chicos de Japón ven las mismas películas violentas, y los de Australia practican los mismos juegos violentos de video (El Gran Robo de Autos fue creado por una firma británica; el Reino Unido tuvo 58 asesinatos por arma de fuego en una nación de 63 millones de habitantes). Esta es la pregunta que deberíamos explorar en lo que prohibimos y restringimos las armas: ¿quiénes somos?

 

Trataré de contestar esta pregunta.

 

Somos un país cuyos líderes oficialmente aprueban y cometen actos de violencia como medio para lograr un fin a menudo inmoral. Invadimos países que no nos atacaron. Ahora usamos drones en media docena de países, y con frecuencia matan civiles.

 

Puede que esto no sea sorpresa para nosotros, siendo una nación fundada en el genocidio y construida sobre las espaldas de esclavos. Nos causamos 600 mil muertes en una guerra civil. “Conquistamos el Salvaje Oeste con una revólver de seis tiros” y violamos, golpeamos y matamos a nuestras mujeres sin piedad y a un ritmo asombroso: cada tres horas se comete el asesinato de una mujer en Estados Unidos (la mitad de las veces por su pareja actual o su ex); cada tres minutos hay una violación, y cada 15 minutos alguna mujer recibe una golpiza.

 

Pertenecemos a un grupo ilustre de naciones que aún aplican la pena de muerte (Corea del Norte, Arabia Saudita, China, Irán). No nos causa mayor conflicto que decenas de miles de nuestros ciudadanos perezcan cada año porque carecen de seguridad social y por tanto no ven a un médico hasta que es demasiado tarde.

 

¿Por qué hacemos esto? Una teoría es que es simplemente “porque podemos”. Existe un nivel de arrogancia en el espíritu estadunidense, amistoso por lo demás, que nos persuade de creer que poseemos algo excepcional que nos separa de todos esos “otros” países (sí tenemos muchas cosas buenas; lo mismo puede decirse de Bélgica, Nueva Zelanda, Francia, Alemania, etcétera). Creemos ser número uno en todo, cuando la verdad es que nuestros estudiantes están en el lugar 17 en ciencias y el 25 en matemáticas, y ocupamos el lugar 35 en expectativa de vida. Creemos tener la democracia más grandiosa, pero nuestra participación en urnas es la menor de cualquier democracia occidental.
Somos lo más grande y lo mejor en todo, y exigimos y tomamos lo que queremos. Y a veces tenemos que ser unos violentos hijos de puta para obtenerlo. Pero si uno de nosotros no capta el mensaje y muestra la naturaleza sicótica y los brutales resultados de la violencia en Newtown, en Aurora o en el Tec de Virginia, entonces todos nos ponemos “tristes”, “nuestros corazones están con los familiares” y los presidentes prometen adoptar “medidas significativas”. Bueno, tal vez en esta ocasión este presidente lo diga en serio. Será mejor que así sea. Una enfurecida multitud de millones no va a dejar caer el tema.

 

Mientras discutimos y demandamos lo que se debe hacer, me permito pedir que nos detengamos a echar una ojeada a los que creo que son los tres factores extenuantes que podrían responder a la pregunta de por qué los estadunidenses tenemos más violencia que casi nadie más:

 

1. Pobreza. Si hay algo que nos separa del resto del mundo desarrollado, es esto: 50 millones de nuestros compatriotas viven en pobreza. Uno de cada cinco estadunidenses tiene hambre en algún momento del año. La mayoría de quienes no son pobres viven al día. No hay duda de que esto crea más crimen. Los empleos en la clase media previenen el crimen y la violencia. (Si no lo creen, háganse esta pregunta: si su vecino tiene empleo y gana 50 mil dólares al año, ¿qué probabilidades hay de que se meta en su casa, les meta un tiro en la cabeza y se lleve el televisor? Ninguna.)

 

2. Miedo/racismo. Somos un país terriblemente miedoso, si se considera que, a diferencia de la mayoría de las otras naciones, jamás hemos sido invadidos. (No, 1812 no fue una invasión: nosotros la empezamos.) ¿Para qué diablos necesitamos 300 millones de armas en nuestros hogares? Entiendo que los rusos estén un poco amoscados (más de 20 millones de ellos murieron en la Segunda Guerra Mundial). Pero, ¿cuál es nuestro pretexto? ¿Nos preocupa que los indios del casino nos hagan la guerra? ¿Que los canadienses parezcan estar amasando demasiadas tiendas de donas Tim Horton a ambos lados de la frontera?

 

No. Es porque muchas personas blancas tienen miedo de las personas negras. La gran mayoría de las armas en Estados Unidos se venden a personas blancas que viven en suburbios o en el campo. Cuando fantaseamos con ser asaltados o con que nuestra casa sea invadida, ¿qué imagen nos formamos del perpetrador en nuestra mente? ¿Es el chico pecoso que vive en nuestra calle, o alguien que es, si no negro, al menos pobre?

 

Creo que valdría la pena: a) esforzarnos por erradicar la pobreza y recrear la clase media que teníamos, y b) dejar de promover la imagen del hombre negro como el coco que va a hacernos daño. Cálmense, personas blancas, y desháganse de sus armas.

 

3. La sociedad del “yo”. Creo que la norma del “cada quien para su santo” de este país es lo que nos ha puesto en el hoyo en que nos encontramos, y ha sido nuestra perdición. ¡Ráscate con tus uñas! ¡No eres mi problema! ¡Esto es mío!

 

Sin duda, ya no cuidamos de nuestros hermanos y hermanas. ¿Está usted enfermo y no puede costear la operación? No es mi problema. ¿El banco le embargó su casa? No es mi problema. ¿No tiene dinero para ir a la universidad? No es mi problema.

 

Y sin embargo, tarde o temprano se convierte en nuestro problema, ¿o no? Si quitamos demasiadas redes de seguridad, todos comenzamos a sentir el impacto. ¿Quieren vivir en una sociedad así, en la cual sí tendrán una razón legítima para sentir miedo? Yo no.

 

No digo que en otros lados sea perfecto, pero en mis viajes he notado que otros países civilizados ven un beneficio nacional en cuidar unos de otros. Cuidado médico gratuito, universidades gratuitas o de bajo costo, atención a la salud mental. Y me pregunto, ¿por qué no podemos hacer esto? Creo que es porque en muchos otros países las personas no se ven como separadas o solas, sino juntas en la senda de la vida, en la que cada una existe como parte integrante de un todo. Y uno ayuda a otros cuando tienen necesidad, no los castiga porque han tenido una desgracia o una mala racha. Tengo que creer que una de las razones por las que los asesinatos con armas de fuego son tan raros en otros países es porque hay menos mentalidad de lobo solitario entre sus ciudadanos. La mayoría son educados con un sentido de conexión, si no de abierta solidaridad. Y eso hace más difícil matarse unos a otros.

 

Bueno, pues he ahí algo en qué pensar mientras disfrutamos de las festividades. No se olviden de darle mis saludos a su cuñado conservador. Hasta él les dirá que si no pueden acertarle a un ciervo en tres disparos –y afirman necesitar un cargador de 30 tiros– es que no son cazadores, y no tienen nada que hacer con una arma en la mano.

 

¡Disfruten las fiestas!

 

Su amigo,

 

Michael Moore

 

Traducción: Jorge Anaya

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Miércoles, 19 Diciembre 2012 05:38

La bendita enmienda

La matanza de seis adultos y veinte niños en una escuela primaria de Newtown causada por un inestable mental es la más mortífera de ese tipo en la historia de EE.UU. y ha puesto otra vez sobre el tapete la discusión entre quienes desean que se controle la venta de armas a civiles y quienes proclaman que esas eventuales regulaciones violan la Segunda Enmienda de la Constitución de EE.UU., aprobada por el primer Congreso del recién nacido país en 1789. Su texto establece: "Dado que una milicia bien regulada es necesaria para la seguridad de un Estado libre, no se deberá infringir el derecho de las personas a portar armas". Es decir, se trataba de una medida destinada a garantizar la seguridad ciudadana, no a socavarla.

 

El segundo Congreso (1791/93) ratificó y precisó el alcance de la medida: todos los blancos en edad militar obtuvieron un mosquete y equipo para servir en las milicias: "La idea fue que los jóvenes pudieran resistir una agresión de países europeos, enfrentar a las tribus nativas en la frontera y sofocar rebeliones internas, incluidas eventuales rebeliones de los negros. No había nada particularmente idealista en la disposición, el objetivo era la 'seguridad' de la joven nación", señala Robert Parry (//election.democraticunderground.com, 15/12/12).

 

Huelga decir que una cosa es un mosquete, que se debía cargar después de cada tiro, y muy otra el rifle de asalto semiautomático Bushmaster 233, una de las armas con las que Adam Lanza perpetró la matanza. Pero a la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) –y al complejo militar-industrial que produce un armamento cada vez más avanzado– poco y nada les importa el transcurso de más de dos siglos y el cambio radical de situación consiguiente. Son "constitucionalistas" cuando de armas se trata.

 

Hubo ya matanzas masivas de civiles con armas de fuego en EE.UU. durante la década pasada y aun ésta. La mitad, las doce más mortíferas, tuvieron lugar desde el 2007. En realidad, la cifra queda chica si se la compara con la lista de 62 páginas de tales masacres que desde 2005, con mayor o menor número de víctimas, viene registrando la Campaña Brady para prevenir la violencia armada (www.bradycampaign.org, diciembre de 2012). Es mucha sangre y se debe en buena medida al poderío de la NRA y a su enjundioso cabildeo en apoyo de candidatos al Congreso que apoyan su objetivo central: respeto a la Segunda Enmienda.

 

Un estudio del Centro de Políticas Responsables revela que, desde 1990, la NRA ha contribuido con 29,2 millones de dólares a las campañas de candidatos al Congreso y a la Casa Blanca. Un 87 por ciento de esa cifra fue para republicanos. En el ciclo electoral más reciente, el pool pro-armas donó 3,1 millones de dólares a tales candidatos y gastó 5,5 millones en cabildeo (www.alternet.org, 15/12/12). En el 2011 y hasta agosto del 2012, el NRA financió el 60 por ciento del gasto en cabildear de ese pool, también integrado por propietarios de armas de fuego de EE.UU. y otros grupos (www.opensecrets.org, diciembre de 2012).

 

Atribuir a la NRA responsabilidad por la tragedia de Newtown es obligado, pero cabe preguntarse qué han hecho o hacen los tres poderes estadounidenses al respecto. El presidente Obama prometió cambios en la materia, pero no precisó cuáles. No pocos de sus antecesores en el cargo anunciaron lo mismo al producirse matanzas similares, pero Bill Clinton fue el único que impuso algunas restricciones a la venta de armas de fuego a los civiles: esas normas prescribieron hace casi un decenio. Sólo ahora algunos demócratas bregan para que se establezcan controles.

 

La opinión pública estadounidense se muestra dividida sobre el tema. Una encuesta de ABC News/Washington Post que se llevó a cabo del 14 al 16 de diciembre revela que un 54 por ciento de los interrogados demanda leyes más estrictas relativas al control de armas, mientras un 43 por ciento se opone (www.pollingreport.com, 16/12/12). Otro sondeo de Reuters/Ipsos indica, sin embargo, que la proporción de quienes se pronuncian por la promulgación de leyes que obliguen a una estricta revisión de antecedentes del comprador se elevó al 84 por ciento (www.dailypress.com, 17/12/12), algo menos abarcador en lo que hace a las medidas posibles: permitiría que continúe la venta de armas largas.

 

El Pew Research Center de Washington indagó algo de fondo: preguntó a 746 adultos si la matanza de Newtown fue el mero acto de un individuo perturbado o reflejaba la existencia de problemas más vastos en la sociedad estadounidense. Las opiniones, nuevamente, resultaron divididas: un 44 por ciento se pronunció por lo primero y un 47 por ciento por lo último (www.people-press.org, 17/12/12).

 

El lunes pasado, apenas a tres días de la tragedia de Newtown, la policía de Cedar Lake, Indiana, detuvo a Von. I. Mayer, un señor que había amenazado con "matar a todos los que pudiera" de una escuela vecina. Encontraron 47 armas de fuego y las municiones correspondientes escondidas en su casa (www.salon.com, 16/12/12). Vaya.

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CPD: instrumento ideológico del Pentágono y su “cuarta (sic) guerra mundial”
Estados Unidos e Israel, consagrados de cuerpo entero a la guerra, han requerido poderosos lobbies académicos y multimediáticos para impulsar sus agendas geopolíticas.


La carrera armamentista –un superlativo negocio– y la procuración de las guerras necesitan “recursos humanos”, reclutados en las universidades y los multimedia, para persuadir sobre la nobleza filantrópica de sus fines ante una opinión pública deliberadamente desinformada.


Fuera de los propios instigadores cupulares de las guerras, de no ser por una elite de investigadores lejanos a las lubricaciones pecuniarias, nadie sabría la razón por la cual fueron lanzadas dos bombas nucleares por Estados Unidos en Japón (La decisión para usar la bomba atómica y la arquitectura del mito estadunidense, Gar Alperovitz, Knopf, 1995).


Cuando los tambores de guerra retumban en Israel –con la perturbadora descripción de un muy agitado premier Netanyahu dispuesto a correr todos los riesgos (Haaretz, 3/8/12) con tal de bombardear a Irán–, Bill Kristol, con desmedida influencia en los multimedia de Estados Unidos y director de Emergency Committee on Israel (ECI), inquirió cuál era la utilidad de poseer bombas nucleares “si no se usan” (ver Bajo la Lupa, 15/7/12).


ECI exhibe alarmantes traslapes de su membresía con su gemelo Committee on The Present Danger (Comité del Peligro Presente: CPD, por sus siglas en inglés), matriz operativa de cabilderos “académicos” quienes impulsan la agenda del Pentágono y la “cuarta (sic) guerra mundial” contra el “terrorismo islámico” y quienes, en su obsesión de “guerra permanente”, catalogan a la guerra fría como la “tercera (sic) guerra mundial”.


Bill Kristol y Robert Kagan, identificados por su pertenencia a la fauna de neoconservadores straussianos que impulsaron el desastre de las guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán, publicaron como aperitivo premonitorio un año antes del 9/11 el libro conjunto Peligros presentes.


Según Source Watch, CPD es un “grupo de apoyo halcón (¡súper sic!) fundado en 1950 para “impulsar presupuestos más amplios del Pentágono y una acumulación de armas con el fin de contrarrestar a la URSS”.


Peter Hannaford, anterior director de CPD, muy cercano al Partido Republicano y anterior consejero de Reagan, comentó en 2004 que “vemos un paralelo entre la amenaza soviética y la del terrorismo”.


Ese mismo año el director de CPD era James Woolsey –anterior director de la CIA, vicepresidente de la consultora Booz Allen & Hamilton (que, por cierto, “asesora” a los presidentes del PAN)–, donde destaca la crema y nata del súper fascismo de Estados Unidos, entre ellos el controvertido senador Joseph I. Lieberman (su copresidente), muy cercano a Israel, y el rabino Dov Zakheim (todo un personaje que merece él solo una enciclopedia), anterior auditor del Pentágono y sobre quien pende un polémico faltante (¡súper sic!) en la contabilidad militar de nada menos que 2.3 billones de dólares (www.onlinejournal.com/artman/publish/article_1015.shtml), alrededor de dos veces el PIB de México.


Donald Rumsfeld, anterior secretario del Pentágono de Baby Bush, reconoció la evaporación mágica de tan colosal cantidad de dinero (www.youtube.com/watch?v=xU4GdHLUHwU).


CPD ostenta miembros que se traslapan con American Enterprise Institute, Heritage Foundation, American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) y Boeing (nota: para promover sus ventas de armas).


Varios de los miembros de CPD son gemelos de la Comisión Trilateral (nota: que incluye a varios entreguistas “mexicanos”: www.squidoo.com/TRILATERALCOMMISSION).


CPD fue diseñado para “alertar a EU del ‘peligro presente’ soviético” bajo la agenda secreta National Security Council (NSC-68) escrita por el superhalcón Paul Nitze con el fin de mantener “una supremacía militar de EU en el mundo”.
El blog de Cambridge Forecast Group cataloga a CPD como “una fabrica de mentiras” de los sionistas neoconservadores (19/11/07).


Tom Barry, director de política del think tank International Relations Center (IRC), con sede en Washington, expone la evolución desde 1950 del controvertido CDP y critica la cosmogonía bélica de Estados Unidos que vislumbra en forma paranoide “peligros por doquier” (Asia Times, 23/6/06).


Cita Tom Barry que los “halcones influyentes” Dean Acheson, ex secretario de Estado, y Paul Nitze, ex director de Planeación del Departamento de Guerra, “reconocieron que el documento NSC-68 debía ser tanto un instrumento de propaganda (sic)” como “guía política” del Pentágono.


Dean Acheson adujo que el “objetivo de NSC-68”, la hoja de ruta de CPD, consistía en “apalear (sic) la masa (sic) mental (sic) para que no solamente el presidente haga una decisión sino que ésta sea implementada”.


Tom Barry expone la “amplia membresía de israelíes en CPD” y su “traslape” con Jewish Institute for National Security Affairs (pro Likud) y el muy sesgado Middle East Forum.


CPD apadrinó un seminario sobre la “cuarta (sic) guerra mundial” (9/11/04), que epitomiza la “guerra contra el terrorismo islámico” y cuyos ponentes fueron prominentes neoconservadores straussianos: Norman Podhoretz, James Woolsey (ex director de la CIA), Eliot Cohen, Rachel Ehrenfeld y Paul Wolfowitz (ex subsecretario del Pentágono y ex presidente del Banco Mundial).


Sesenta y dos años después, en su nueva metamorfosis de inicios del siglo XXI –donde la constante escenografía es la “guerra permanente” y sólo varía el apellido del enemigo en turno (v. gr. sustituir a la URSS de la guerra fría por el sobredimensionado “terrorismo islámico” de la “cuarta guerra mundial”)–, CPD, según Tom Barry, “tiene como objetivo elevar el nivel de peligro entre los estadunidenses declarando que Estados Unidos está inmerso en la cuarta (sic) guerra mundial, pero que aún no ha comprometido recursos adecuados para la batalla global”.


¿Cómo? Estados Unidos antes debe salir de su incoercible marasmo financiero después de haber dilapidado colosales fortunas sin resultados tangibles en sus fallidas guerras de Irak y Afganistán.


Tom Barry aduce que “cinco años después de exageradas evaluaciones de amenazas de los neoconservadores y de la administración Bush –muchos de los cuales han sido públicamente expuestos, como las armas de destrucción masiva y los vínculos sin fundamento en Irak de Saddam Hussein-Osama Bin Laden–, CPD enfrenta un mayor desafío en obtener aceptación para su llamado al gobierno de Estados Unidos de expandir su mal dirigida “guerra contra el terrorismo” y su “cruzada misionera para expandir la libertad”.


Concluye Tom Barry que este nuevo clon del CPD primigenio es probable que sea incapaz de vender su visión alarmista del “peligro presente”.


A mi juicio, CPD se agotó gritando “ahí viene el lobo” que tuvo vigencia mientras Estados Unidos gozaba de primacía financiera global.


Hoy la bélica obsesión propagandística de CPD la convirtió en una anacrónica entidad vociferante (gracias al increíble control del eje multimedia/Hollywood/Las Vegas/Wall Street/Congreso) y cuyo discurso ha sido adoptado y adaptado por su gran aliado, el “sionista mesiánico” (ex director del Mossad dixit) Netanyahu, quien para encender su cigarro está dispuesto a incendiar al planeta y listo a “apalear la masa mental” del género humano con su propaganda muy aburrida de eterno verdugo seudovictimizado.


Twitter: @AlfredoJalife

http://alfredojalife.com

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El gobierno de Obama hace fracasar el Tratado de Comercio de Armas de la ONU
Adivine qué está más estrictamente regulado: ¿el comercio mundial de bananas o el de los buques de guerra? En junio, un grupo de activistas se congregó en Time Square, Nueva York, para denunciar una absurda realidad: “Las bananas están más estrictamente reguladas que las armas de bajo calibre. Hay más normas que regulan el comercio de bananas de un país a otro que las que regulan el comercio de una AK-47 o un helicóptero militar”. Así lo expresó Suzanne Nossel, de Amnistía Internacional Estados Unidos, durante la manifestación justo antes de que comenzara la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Tratado de Comercio de Armas ( TCA ), realizada del 2 al 27 de julio. Gracias a una declaración de último momento realizada por Estados Unidos de que “necesitaba más tiempo” para revisar el breve texto del tratado, de apenas 11 páginas, la conferencia culminó la semana pasada en fracaso.
No hay mucho que pueda considerarse polémico en el tratado. Los gobiernos signatarios acuerdan no exportar armas a países a los que se aplica un bloqueo de armas, ni exportar armas que facilitarían “la comisión de genocidio, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra” u otras violaciones al derecho humanitario internacional. La exportación de armas está prohibida si facilita la “violencia de género o la violencia contra los niños” o si las armas son utilizadas para “el crimen internacional organizado”. ¿Por qué Estados Unidos necesita más tiempo que los más de 90 países restantes que tuvieron suficiente tiempo para leer y aprobar el texto? La respuesta estriba en el poder del lobby de la industria armamentista y la aparente incapacidad del Presidente Barack Obama de hacer lo correcto, especialmente si no fue fríamente calculado desde el punto de vista político.


El gobierno de Obama hizo fracasar el tratado exactamente una semana después de la masacre en Aurora, Colorado. En Colorado Obama prometió “oraciones y reflexión”. Como afirmó el Alcalde de la Ciudad de Nueva York, Michael Bloomberg, al referirse a que tanto Obama como Mitt Romney estaban evitando hablar del control de armas: “Las palabras reconfortantes son muy lindas, pero quizá ya es hora de que las dos personas que aspiran a la presidencia de Estados Unidos nos digan qué es lo que van a hacer al respecto. Porque obviamente este es un problema que afecta a todo el país y cada día mueren muchas personas a causa de heridas de armas de fuego. Esto debe terminar, y en lugar de que los dos candidatos (el Presidente Obama y el Gobernador Romney) nos digan en términos abstractos que quieren hacer 'del mundo un lugar mejor', dígannos cómo lo harán. Este es un problema real. Más allá de cuál sea su posición respecto a la Segunda Enmienda, más allá de cuál sea su postura sobre las armas, tenemos derecho a que ambos nos digan concretamente, no solo en términos generales, qué van a hacer con respecto a las armas”.


La violencia con armas es un gran problema en Estados Unidos, que solo parece penetrar en la conciencia de la población cuando ocurre una masacre. Los defensores de la tenencia de armas atacan a quienes sugieren que se necesita mayor control de armas y los acusan de politizar la masacre. Sin embargo, algunos funcionarios electos están tomando medidas al respecto. El gobernador de Illinois, Pat Quinn, está impulsando una prohibición a las armas de asalto en su estado, similar a la que está en vigor en California, Connecticut, Massachusetts, Nueva Jersey y Nueva York.


El vicepresidente ejecutivo de la Asociación Nacional del Rifle ( NRA , por sus siglas en inglés), Wayne LaPierre, lanzó una amenaza ante la conferencia de la ONU : “Las armas de fuego para uso de civiles no deben formar parte de ningún tratado. No puede haber ningún tipo de concesión al respecto. Ni las Naciones Unidas ni ninguna otra influencia externa tiene la autoridad de interferir en las libertades consagradas en nuestra Declaración de Derechos, otorgada por nuestro creador a toda la humanidad. Por lo tanto, la NRA luchará con toda su fuerza para hacer fracasar cualquier tratado que incluya armas civiles dentro del ámbito de su aplicación”. La NRA organizó una campaña para enviar cartas de oposición al tratado, que fueron firmadas por 51 senadores y 130 miembros de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Tras el fracaso de la conferencia, la NRA se atribuye haberle dado el tiro de gracia al tratado.


Por supuesto que no hay nada en el tratado que pudiera afectar las leyes nacionales de armas de Estados Unidos. Los derechos protegidos en la venerada Segunda Enmienda (“Siendo necesaria una milicia bien regulada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del Pueblo a poseer y portar armas no será infringido.”) permanecerían intactos. El interés de la NRA no solo está puesto en los portadores de armas individuales, sino también en los fabricantes y exportadores de armas de Estados Unidos. Estados Unidos es el mayor fabricante, exportador e importador de armas del mundo. La regulación de este flujo mundial de armamento es lo que probablemente alarma más a la NRA , no la posibilidad de que la ONU elimine las armas que la gente posee legalmente en Estados Unidos.


Los manifestantes que protestaron frente a la sede de las Naciones Unidas durante la conferencia sobre el Tratado de comercio de armas recrearon un cementerio simbólico y en cada lápida pusieron la siguiente leyenda “2.000 personas mueren cada día a causa de la violencia con armas”. Es decir que muere una persona por minuto. En muchos lugares del mundo masacres similares a la de Aurora suceden con demasiada frecuencia. Unos días después de lo sucedido en Aurora, al menos nueve personas murieron en un ataque con avión estadounidense no tripulado en el noroeste de Pakistán. Funcionarios paquistaníes afirmaron que se sospechaba que las víctimas eran militantes, pero el gobierno de Obama considera a todo hombre adulto que es atacado por aviones no tripulados como militante, a menos que se demuestre lo contrario, póstumamente.


Luego de que la conferencia culminara sin éxito, Suzanne Nossel, de Amnistía Internacional, declaró: “Se trata de una cobardía sorprendente del gobierno de Obama, que a última hora cambió radicalmente de postura y saboteó el avance hacia un tratado de armas mundial, justo cuando estaba llegando a la recta final”. Las palabras de Nossel fueron aún más severas al criticar al propio Departamento de Estado, donde trabajó tiempo atrás bajo el mando de Hillary Clinton.


La ONU prometió reanudar la iniciativa de aprobar un tratado de comercio de armas, a pesar de la intransigencia del país al que Martin Luther King Jr. denominó “el principal proveedor de violencia del mundo”. Hasta entonces, las bananas estarán más fuertemente reguladas que los buques de guerra y las bazucas.



Amy Goodman
Democracy Now!


Texto en inglés traducido por Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.


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Tenencia de armas en EE.UU: ya es hora de un cambio
James Holmes, el presunto autor de la masacre de Aurora, Colorado, aparentemente se hizo de su arsenal con bastante facilidad. Algunas de las armas que poseía eran ilegales hace tan solo ocho años. Un proyecto de ley que está siendo estudiado por el Congreso podría volver a convertir en ilegales no las armas en sí, pero al menos a los cargadores de gran capacidad que permiten disparar balas rápidamente sin tener que detenerse a recargar el arma. Al parecer, Holmes adquirió la mayor parte de su armamento en los últimos meses. Es posible que, si hubiera leyes de control de armas razonables, que incluyeran la prohibición de cargadores de gran capacidad, muchas de las víctimas de Aurora que ahora están muertas o padecen heridas de gravedad estarían sanas y salvas.

Los hechos del ataque son de público conocimiento. Holmes aparentemente irrumpió en la sala repleta de gente durante el estreno de la película de Batman “El caballero de la noche asciende” y lanzó una o dos latas de una especie de gas o sustancia irritante, que explotaron. A continuación comenzó a disparar metódicamente contra el público: mató a 12 personas e hirió a otras 58.

“La película había comenzado hacía aproximadamente quince minutos cuando escuchamos que alguien abrió la puerta de una patada. Aparentemente la abrieron por la fuerza, pero la patearon y alguien ingresó a la sala y lanzó una bomba de humo al público. Pensamos que era una broma. Yo pensé que era una bomba de olor, algo un poco infantil, pero cuando la lata explotó todos comenzaron a gritar y fue en ese momento que el atacante abrió fuego contra la multitud y reinó el caos”, me dijo Omar Esparza, que estaba en la tercera fila del cine junto a cinco amigos en una celebración de cumpleaños. “Comenzó a abrir fuego contra el público y a disparar en cualquier dirección. Fue en ese momento que todo el mundo comenzó a gritar y a entrar en pánico. Ya mucha gente había recibido impactos de bala en ese tiroteo inicial y fue en ese momento que todos se fueron al suelo y comenzaron a salir. En un momento dejamos de escuchar el ruido de los disparos y parecía que estaba cambiando de arma o recargando su rifle. En ese preciso instante de silencio nos dimos cuenta de que era nuestra única oportunidad de salir si no queríamos morir. En ese segundo tuvimos que reaccionar y salir lo más pronto posible. Nos salvamos por muy poco, porque aproximadamente un segundo después de que salimos escuchamos que comenzó a disparar nuevamente”.

El momento de silencio se debió a que una de las armas se trancó. CNN informó que “según afirmó el domingo una fuente policial que tiene conocimiento directo de la investigación, el rifle semiautomático utilizado en la matanza del cine de Colorado se trancó en medio del tiroteo”.

Holmes supuestamente tenía un fusil AR-15, equipado con un cargador de tambor con capacidad para 100 cartuchos, además de dos pistolas Glock con cargadores con capacidad ampliada para 40 cartuchos y una escopeta Remington 870 que puede disparar hasta siete cartuchos sin necesidad de recargar. El fusil AR-15 puede disparar de 50 a 60 cartuchos por minuto. Holmes tenía un arsenal enorme, que adquirió fácilmente en tiendas minoristas y en Internet.
Carolyn McCarthy es congresista de Long Island, Nueva York. Su esposo recibió un disparo en la cabeza durante la masacre del ferrocarril de Long Island en 1993 y fue una de las seis víctimas mortales. Su hijo también recibió un disparo en la cabeza, pero sobrevivió y quedó paralítico. McCarthy era enfermera en aquel entonces, pero cuando el congresista que la representaba votó en contra de la prohibición de las armas de asalto se presentó como su rival en las elecciones, fue electa al Congreso y desde entonces es congresista.

McCarthy presentó el proyecto de ley H.R. 308 sobre artefactos de alimentación de municiones de gran capacidad, que prohibiría la venta o traspaso de estos cargadores de gran capacidad que posibilitaron la gran cantidad de muertes en Aurora y en Tucson, Arizona en enero de 2011 cuando la congresista Gabrielle Giffords recibió un disparo y seis personas murieron. La congresista McCarthy me dijo: “El problema es que los políticos y los legisladores de todo el país se sienten intimidados por la Asociación Nacional del Rifle y por los fabricantes de armas, que aportan tanto dinero a las campañas que pueden decir ‘si toman medidas en contra de nosotros les haremos perder las elecciones’. El sentido común diría que estamos en condiciones de aprobar una legislación razonable sobre armas y seguridad e intentar salvar vidas. Esa es la conclusión principal”.

Un grupo que promueve la prohibición de armas con cartuchos de gran capacidad es la Campaña Brady para prevenir la violencia con armas, llamada así en honor a Jim Brady, el secretario de prensa que quedó discapacitado tras recibir un disparo en la cabeza en el intento de asesinato del presidente Ronald Reagan en 1981. Hablé con Colin Goddard, que trabaja para dicha organización. Goddard sobrevivió a la masacre de Virginia Tech, donde 32 personas fueron asesinadas y donde recibió cuatro disparos. Le pregunté acerca de algo que actualmente se dice muy a menudo en la televisión acerca de que es demasiado político hablar del control de armas antes de que las víctimas hayan sido enterradas.

Goddard me respondió: “Ya hace mucho tiempo que deberíamos estar hablando de soluciones. Este debate tendría que haber tenido lugar antes de que sucediera esta masacre. Es increíble cuando escuchas a la gente decir que quieren que pase el tiempo. Esto sucede cuando la gente está indignada. Es en este momento que la gente se da cuenta de que esto podría pasarle a ellos. No podemos esperar. No podemos tener este debate dentro de varios meses cuando suceda la próxima masacre. Si no cambiamos las cosas no podemos esperar que las cosas sean diferentes en el futuro. Ahora es el momento de hacer un cambio. Podemos hacerlo”.

Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.
© 2012 Amy Goodman
Texto en inglés traducido por Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
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Jueves, 26 Julio 2012 06:38

Son las armas, pero no sólo las armas

Son las armas, pero no sólo las armas
Amigos:


Desde que Caín enloqueció y mató a Abel, siempre ha habido humanos que por una razón u otra pierden la cabeza en forma temporal o definitiva y cometen indecibles actos de violencia. Durante el primer siglo de nuestra era, el emperador romano Tiberio gozaba despeñando a sus víctimas desde un risco en la isla de Capri, en el Mediterráneo. Gilles de Rais, caballero francés aliado de Juana de Arco en la Edad Media, se volvió loco un día y acabó asesinando a cientos de niños. Apenas unas décadas después Vlad el Empalador, en Transilvania, tenía innumerables modos horripilantes de acabar con sus víctimas; en él se inspiró el personaje de Drácula.


En tiempos modernos, casi en toda nación hay un sicópata o dos que cometen homicidios en masa, por estrictas que sean sus leyes en materia de armas: el demente supremacista blanco cuyos atentados en Noruega cumplieron un año este domingo; el carnicero del patio escolar en Dunblane, Escocia; el asesino de la Escuela Politécnica de Montreal, el aniquilador en masa de Erfurt, Alemania… la lista parece interminable. Y ahora el tirador de Aurora, el viernes pasado. Siempre ha habido orates y siempre los habrá.


Pero he aquí la diferencia entre el resto del mundo y nosotros: ¡aquí ocurren DOS Auroras cada día de cada año! Por lo menos 24 estadunidenses mueren cada día (de 8 a 9 mil por año) a manos de gente armada, y esa cifra no incluye los que pierden la vida en accidentes con armas de fuego o los que se suicidan con una. Si los contáramos, la cifra se triplicaría a unos 25 mil.


Eso significa que Estados Unidos es responsable de más de 80 por ciento de todas las muertes por armas de fuego en los 23 países más ricos del mundo combinados. Considerando que las personas de esos países, como seres humanos, no son mejores o peores que cualquiera de nosotros, entonces, ¿por qué nosotros?


Tanto conservadores como liberales en Estados Unidos operan con creencias firmes con respecto al “porqué” de este problema. Y la razón por la cual ni unos ni otros pueden encontrar una solución es porque, de hecho, cada uno tiene la mitad de la razón.


La derecha cree que los fundadores de esta nación, por alguna suerte de decreto divino, les garantizaron el derecho absoluto a poseer tantas armas de fuego como deseen. Y nos recuerdan sin cesar que un arma no puede dispararse sola; que “no son las armas, sino las personas, las que matan”.


Por supuesto, saben que están cometiendo una deshonestidad intelectual (si es que puedo usar esa palabra) al sostener tal cosa acerca de la Segunda Enmienda porque saben que las personas que escribieron la Constitución únicamente querían asegurarse de que se pudiera convocar con rapidez una milicia entre granjeros y comerciantes en caso de que los británicos decidieran regresar a sembrar un poco de caos.


Pero tienen la mitad de la razón cuando afirman que “las armas no matan: los estadunidenses matan”. Porque somos los únicos en el primer mundo que cometemos crímenes en masa. Y escuchamos a estadunidenses de toda condición aducir toda clase de razones para no tener que lidiar con lo que está detrás de todas esas matanzas y actos de violencia.


Unos culpan a las películas y videojuegos violentos. La última vez que revisé, las cintas y videojuegos de Japón son más violentos que los nuestros, y sin embargo menos de 20 personas al año mueren por armas de fuego allá, ¡y en 2006 el total fue de dos! Otros dirán que es el número de hogares destrozados lo que causa tantas muertes. Detesto darles esta noticia, pero en Gran Bretaña hay casi tantos hogares de un solo padre como acá, y sin embargo, por lo común allá los crímenes con arma de fuego son menos de 40 al año.


Personas como yo dirán que todo esto es resultado de tener una historia y una cultura de hombres armados, “indios y vaqueros”, “dispara ahora y pregunta después”. Y si bien es cierto que el genocidio de indígenas americanos sentó un modelo bastante feo de fundar una nación, me parece más seguro decir que no somos los únicos con un pasado violento o una marca genocida.


¡Hola, Alemania! Hablo de ti y de tu historia, desde los hunos hasta los nazis, todos los cuales amaban una buena carnicería (al igual que los japoneses, y los británicos que dominaron el mundo cientos de años, cosa que no lograron plantando margaritas). Y sin embargo en Alemania, nación de 80 millones de habitantes, se cometen apenas unos 200 asesinatos con armas de fuego al año.
Así que esos países (y muchos otros) son iguales que nosotros, excepto que aquí más personas creen en Dios y van a la iglesia que en cualquier otra nación occidental.


Mis compatriotas liberales dirán que si tuviéramos menos armas de fuego habría menos muertes por esa causa. Y, en términos matemáticos, sería cierto. Si tenemos menos arsénico en la reserva de agua, matará menos gente. Menos de cualquier cosa mala –calorías, tabaco, reality shows– significará menos muertes. Y si tuviéramos leyes estrictas en materia de armas, que prohibieran las armas automáticas y semiautomáticas y proscribieran la venta de grandes magazines capaces de portar millones de balas, tiradores como el de Aurora no podrían dar muerte a tantas personas en unos cuantos minutos.


Pero también en eso hay un problema. Existen montones de armas en Canadá (la mayoría rifles de caza), y sin embargo la cuenta de homicidios es de unos 200 al año. De hecho, por su proximidad, la cultura canadiense es muy similar a la nuestra: los chicos tienen los mismos videojuegos, ven las mismas películas y programas de televisión, y sin embargo no crecen con el deseo de matarse unos a otros. Suiza ocupa el tercer lugar mundial en posesión de armas por persona, pero su tasa de criminalidad es baja.


Entonces, ¿por qué nosotros? Formulé esa pregunta hace una década en mi película Masacre en Columbine, y esta semana tuve poco que decir porque me parecía haber dicho hace 10 años lo que tenía que decir, y no parece haber servido de mucho, excepto ser una especie de bola de cristal en forma de película.


Esto es lo que dije entonces y lo que volveré a decir hoy:


1. Los estadunidenses somos increíblemente buenos para matar. Creemos en matar como forma de conseguir nuestros objetivos. Tres cuartas partes de nuestros estados ejecutan criminales, pese a que los estados que tienen las tasas más bajas de homicidios son por lo regular los que no aplican la pena de muerte.


Nuestra tendencia a matar no es sólo histórica (el asesinato de indios, de esclavos y de unos a otros en una guerra “civil”): es nuestra forma actual de resolver cualquier cosa que nos inspira temor. Es la invasión como política exterior. Sí, allí están Irak y Afganistán, pero hemos sido invasores desde que “conquistamos el salvaje oeste” y ahora estamos tan enganchados que ya no sabemos qué invadir (Bin Laden no se ocultaba en Afganistán, sino en Pakistán) ni por qué invadir (Saddam no tenía armas de destrucción masiva ni nada que ver con el 11-S). Enviamos a nuestras clases bajas a hacer las matanzas, y los que no tenemos un ser querido allá no gastamos un solo minuto de un solo día determinado en pensar en la carnicería. Y ahora enviamos aviones sin pilotos a matar, aviones controlados por hombres sin rostro en un lujoso estudio con aire acondicionado en un suburbio de Las Vegas. Es la locura.


2. Somos un pueblo que se asusta con facilidad y es fácil manipularnos con el miedo. ¿De qué tenemos tanto miedo que necesitamos tener 300 millones de armas de fuego en nuestros hogares? ¿Quién creemos que va a lastimarnos? ¿Por qué la mayoría de esas armas están en hogares de blancos, en los suburbios y en el campo? Tal vez si resolviéramos nuestro problema racial y nuestro problema de pobreza (una vez más, número uno en el mundo industrializado) habría menos personas frustradas, atemorizadas y encolerizadas extendiendo la mano hacia el arma que guardan en el cajón. Tal vez nos cuidaríamos más unos a otros (he aquí un buen ejemplo de esto).


Eso es lo que pienso acerca de Aurora y del violento país del cual soy ciudadano. Como mencioné, lo dije todo en esa cinta y si gustan pueden verla aquí y compartirla sin costo con otros. Y lo que nos hace falta, amigos míos, es el valor y la determinación. Si ustedes están listos, yo también.


Traducción: Jorge Anaya

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Lunes, 23 Julio 2012 07:01

Vampiros

Vampiros
La sangre de niños y jóvenes corrió por la sala mientras en la pantalla un hombre murciélago trataba de defender a su metrópoli de las fuerzas oscuras. Ese día en Aurora, Colorado, Batman fracasó.


El enemigo es tan feroz que ni el presidente, el gobernador, el Pentágono, un líder legislativo y, aparentemente, ni un superhéroe se atreven a desafiarlo, y todos se limitaron a expresar su profunda tristeza, lamentar el saldo del asalto mortal y pedir a todos “orar”.


“No necesitamos simpatía, sino acción”, fue la respuesta de la Campaña Brady para Detener la Violencia Armada, principal organización nacional dedicada a promover mayor control sobre el acceso a las armas de fuego en este país. Sin embargo, ningún experto o activista cree que la tragedia en el suburbio de clase media de Denver cambiará las cosas en este país.


A pesar de que esta escena se ha repetido tantas veces, hoy día hay menos control sobre las armas en manos privadas, lo que permite que se repitan estas escenas. Es como si estos espectáculos de sangre nutrieran algo enfermo en este país, como si fuera un vampiro.


Desde que asesinaron a balazos a Martin Luther King y Robert Kennedy, en 1968, más de un millón de estadunidenses han muerto por violencia de armas de fuego en este país, según el Fondo para la Defensa de los Niños. Durante las últimas décadas, hay más vidas perdidas en este país por violencia de armas de fuego que el total de muertos estadunidenses en todas las guerras que ha librado Estados Unidos, señala el veterano periodista Bill Moyers.


Aun así, aquí se permite que casi cualquiera pueda adquirir más instrumentos de sangre y muerte, como lo hizo el responsable del multihomicidio en Aurora, quien compró un rifle de asalto AK-15, dos pistolas Glock y una escopeta en una tienda sin ningún problema. Todo legal. Eso se puede hacer a lo largo y ancho del país. Cada año se celebran aproximadamente cinco mil ferias de armas, donde incluso hay menos regulaciones para adquirirlas. Uno de cada cuatro adultos estadunidenses es dueño de armas de fuego.


De hecho, esta sociedad civil, la más armada del planeta, compra más de 4.5 millones de armas de fuego cada año. Hoy día hay suficientes pistolas, rifles y escopetas en manos privadas como para armar a cada estadunidense adulto (casi 300 millones de armas de fuego).


¿Cómo explicar que existen menos controles sobre las armas a lo largo de estos últimos años, a pesar de las balaceras en Virginia Tech hace cinco años; en la preparatoria Columbine hace 13, otra en un preparatoria de Ohio en febrero de este año, la muerte de Trayvon Martin en Florida, entre otras, más los tiroteos mortales que se reportan diariamente en Chicago, así como en otras grandes ciudades, más las noticias de todas las armas estadunidenses que provocan muertes en México y otros países? ¿Cómo explicar que, ante todo esto, la opinión pública estadunidense se oponga cada vez más a tener mayores controles sobre las armas en manos privadas (según los sondeos de Gallup, el porcentaje de estadunidenses que favorece leyes más estrictas se desplomó de 78 por ciento en 1990 a 44 por ciento en 2010, reportó Reuters)? ¿Cómo entender todo esto, no obstante que cada año en este país mueren aproximadamente 30 mil personas por armas de fuego, 87 en promedio cada día? ¿Cómo explicar que 49 de los 50 estados tienen alguna ley que permite a las personas portar armas ocultas fuera de sus casas para su “defensa”?


Parte de la explicación gira en torno a la Asociación Nacional del Rifle (NRA), con más de 4 millones de miembros, una de las organizaciones más poderosas de este país. A través de su intenso cabildeo, en el que invierte millones para “cultivar” políticos y promover medidas contra todo control a las armas de fuego, han logrado tener una influencia casi sin paralelo. Junto a otras organizaciones, la industria de armas y aliados poderosos ha logrado definir el acceso a las armas como derecho constitucional y una “libertad” individual sagrada. Insiste en que “las armas no matan; matan las personas”.


De hecho, cuando políticos o activistas mexicanos exigen mayor control a la venta de armas en Estados Unidos, estas agrupaciones y sus aliados políticos acusan que esto implica una violación de un derecho protegido por la Constitución.

Tan efectivo es todo esto, que el derecho a las armas es considerado por gran parte de la población y por políticos como una “libertad” intocable. Cuando Barack Obama era legislador estatal y después senador federal, fue un ferviente promotor de mayor control de armas, pero desde que llegó a la Casa Blanca, e incluso ahora ante esta tragedia, no menciona tal cosa, ajustándose, afirman analistas, a la “realidad política”. El viernes Obama sólo se atrevió a declarar: “si hay algo que sacar de esta tragedia, es el recordatorio de que la vida es muy frágil”.


La NRA puede movilizar a miles para oponerse a todo intento de mayor control, como apoyar o atacar a políticos con su presupuesto anual de cientos de millones de dólares (ha gastado decenas de millones para atacar a Obama). Por ello, especialmente durante un año electoral, ni el presidente ni casi ningún político mencionará y menos promoverá un mayor control de armas en este país (especialmente cuando ciertos estados muy inclinados a las armas serán claves para decidir la elección federal en noviembre). El Congreso no ha adoptado ninguna nueva ley importante sobre control de armas desde 1994, mientras la NRA logró su objetivo de anular la prohibición de algunos rifles semiautomáticos –los que se suelen encontrar en crímenes en México– en 2004. Dos tercios de los estadunidenses tienen una opinión favorable de la NRA, según una encuesta de Reuters-Ipsos en abril.


Moyers afirma: “que la ley permita a un lunático enfurecido adquirir fácilmente armas asesinas y no esperar consecuencias asesinas” es engañarnos.


Por ahora, los murciélagos vampiros están felices de que esta película continúe. Mientras tanto, algunos cines están ahora bajo protección armada.

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