Viernes, 06 Julio 2018 07:20

Las venas abiertas de Nicaragua

Las venas abiertas de Nicaragua

Pertenezco a la generación de los que en los años 1980 vibraron con la Revolución sandinista y la apoyaron activamente. El impulso progresista reanimado por la Revolución cubana de 1959 se había estancado en gran medida por la intervención imperialista de Estados Unidos. La imposición de la dictadura militar en Brasil en 1964 y en Argentina en 1976, la muerte del Che Guevara en 1967 en Bolivia y el golpe de Augusto Pinochet en Chile contra Salvador Allende en 1973 fueron los signos más sobresalientes de que el subcontinente americano estaba condenado a ser el patio trasero de Estados Unidos, sometido a la dominación de las grandes empresas multinacionales y de las élites nacionales conniventes con ellas. Estaba, en síntesis, impedido de pensarse como conjunto de sociedades inclusivas centradas en los intereses de las grandes mayorías empobrecidas.


La Revolución sandinista significaba el surgimiento de una contracorriente auspiciosa. Su significado resultaba no solo de las transformaciones concretas que protagonizaba (participación popular sin precedentes, reforma agraria, campaña de alfabetización que mereció el premio de la UNESCO, revolución cultural, creación de servicio público de salud, etc.), sino también del hecho de que todo esto se realizó en condiciones difíciles debido al cerco extremadamente agresivo de los Estados Unidos de Ronald Reagan, que supuso el embargo económico y la infame financiación de los "contras" nicaragüenses (la guerrilla contrarrevolucionaria) y el fomento de la guerra civil. Igualmente significativo fue el hecho de que el gobierno sandinista mantuviera el régimen democrático, lo que en 1990 dictó el fin de la revolución con la victoria del bloque opositor, del que, además, formaba parte el Partido Comunista de Nicaragua.


En los años siguientes, el Frente Sandinista, siempre liderado por Daniel Ortega, perdió tres elecciones, hasta que en 2006 reconquistó el poder, manteniéndolo hasta hoy. Sin embargo, Nicaragua, como por lo demás toda Centroamérica, estuvo fuera del radar de la opinión pública internacional y de la propia izquierda latinoamericana. Hasta que el pasado abril las protestas sociales y la violenta represión llamaron la atención del mundo. Pueden contarse ya muchas decenas de muertes causadas por las fuerzas policiales y por milicias adeptas al partido del Gobierno. Las protestas, protagonizadas inicialmente por estudiantes universitarios, apuntaban a la displicencia del Gobierno ante la catástrofe ecológica en la Reserva Biológica Indio-Maíz causada por el incendio y por la deforestación e invasión ilegales. Se sucedieron después las protestas contra la reforma del sistema de seguridad social, que imponía recortes drásticos en las pensiones y gravámenes adicionales impuestos a los trabajadores y los patrones. A los estudiantes se unieron los sindicatos y demás organizaciones de la sociedad civil.


Ante las protestas, el Gobierno retiró la propuesta, pero el país estaba ya incendiado por la indignación contra la violencia y la represión y por la repulsa causada por muchas otras facetas sombrías del gobierno sandinista, que entretanto empezaron a ser más conocidas y abiertamente criticadas. La Iglesia católica, que desde 2003 se "reconcilió" con el sandinismo, volvió a tomar sus distancias y aceptó mediar en el conflicto social y político bajo condiciones. El mismo distanciamiento ocurrió con la burguesía empresarial nicaragüense, a quien Ortega ofreció sustanciosos negocios y condiciones privilegiadas de actuación a cambio de lealtad política. El futuro es incierto y no puede excluirse la posibilidad de que este país, tan masacrado por la violencia, vuelva a sufrir un baño de sangre. La oposición al orteguismo cubre todo el espectro político y, tal como ha ocurrido en otros países (Venezuela y Brasil), solo muestra unidad para derribar el régimen, pero no para crear una alternativa democrática. Todo lleva a creer que no habrá solución pacífica sin la renuncia de la pareja presidencial Ortega-Murillo y la convocatoria de elecciones anticipadas libres y transparentes.


Los demócratas, en general, y las fuerzas políticas de izquierda, en particular, tienen razones para estar perplejos. Pero tienen sobre todo el deber de reexaminar las opciones recientes de gobiernos considerados de izquierda en muchos países del continente y de cuestionar su silencio ante tanto atropello de ideales políticos durante tanto tiempo. Por esta razón, este texto no deja de ser, en parte, una autocrítica. ¿Qué lecciones se pueden extraer de lo que pasa en Nicaragua? Ponderar las duras lecciones que a continuación enumero será la mejor forma de solidarizarse con el pueblo nicaragüense y de manifestarle respeto por su dignidad.


Primera lección: espontaneidad y organización. Durante mucho tiempo las protestas sociales y la represión violenta ocurrieron en las zonas rurales sin que la opinión pública nacional e internacional se manifestara. Cuando las protestas irrumpieron en Managua, la sorpresa fue general. El movimiento era espontáneo y recurría a las redes sociales que el Gobierno había promovido con el acceso gratuito a internet en los parques del país. Los jóvenes universitarios, nietos de la Revolución sandinista, que hasta hace poco parecían alienados y políticamente apáticos, se movilizaron para reclamar justicia y democracia. La alianza entre el campo y la ciudad, hasta entonces impensable, surgió casi naturalmente y la revolución cívica salió a la calle asentada en marchas pacíficas y barricadas que llegaron a alcanzar el 70% de las carreteras del país. ¿Cómo es que las tensiones sociales se acumulan sin que se noten y su explosión repentina toma a todos por sorpresa? Ciertamente, no por las mismas razones por las que los volcanes no avisan. ¿Puede esperarse que las fuerzas conservadoras nacionales e internacionales no se aprovechen de los errores cometidos por los gobiernos de izquierda? ¿Cuál será el punto de explosión de las tensiones sociales en otros países del continente causadas por gobiernos de derecha, por ejemplo, en Brasil y Argentina?

Segunda lección: los límites del pragmatismo político y de las alianzas con la derecha. El Frente Sandinista perdió tres elecciones después de haber sido derrotado en 1990. Una facción del Frente, liderada por Ortega, entendió que la única manera de retornar al poder era haciendo alianzas con sus adversarios, incluso con aquellos que más visceralmente habían hostilizado al sandinismo, como la Iglesia católica y los grandes empresarios. Respecto a la Iglesia católica, la aproximación comenzó a principios de la década de 2000. El cardenal Obando y Bravo fue durante buena parte del período revolucionario un opositor agresivo al gobierno sandinista y activo aliado de los contras, apodando a Ortega como “víbora moribunda” durante toda la década del noventa. Pese a ello, Ortega no tuvo pudor en aproximarse al cardenal al punto de pedirle en 2005 que oficiase el matrimonio con su compañera de muchos años, Rosario Murillo, actual vicepresidenta del país. Entre muchas otras concesiones a la Iglesia, una de las primeras leyes del nuevo Gobierno sandinista, todavía en 2006, fue aprobar la ley de prohibición total del aborto, incluso en casos de violación o de peligro para la vida de la mujer. Esto, en un país con alta incidencia de violencia contra mujeres y niños. Por otra parte, la aproximación a las elites económicas se produjo por la sumisión del programa sandinista al neoliberalismo, con la desregulación de la economía, la suscripción de tratados de libre comercio y la creación de sociedades público-privadas que garantizaban jugosos negocios al sector privado capitalista a costa del erario público. Se produjo también un acuerdo con el expresidente Arnoldo Alemán, considerado uno de los jefes de Estado más corruptos del mundo.


Estas alianzas garantizaron cierta paz social. Y debe destacarse también que en 2006 el país estaba al borde de la quiebra y las políticas adoptadas por Ortega permitieron el crecimiento económico. Se trató, sin embargo, del crecimiento típico de la receta neoliberal: gran concentración de riqueza, total dependencia de los precios internacionales de los productos de exportación (en particular café y carne), autoritarismo creciente ante el conflicto social causado por la extensión de la frontera agrícola y por los megaproyectos (por ejemplo, el gran canal interoceánico, con financiamiento chino), aumento desordenado de la corrupción, empezando por la elite política en el Gobierno. La crisis social solo fue atenuada debido a la generosa ayuda de Venezuela (donaciones e inversiones) que llegó a ser una parte importante del presupuesto del Estado y permitió algunas políticas sociales compensatorias. La situación tendría que estallar cuando los precios internacionales bajasen, hubiese cambio de política económica en el principal destino de las exportaciones (Estados Unidos) o se evaporase el apoyo de Venezuela. Todo eso ocurrió en los últimos dos años. Mientras tanto, terminada la orgía de favores, las élites económicas tomaron sus distancias y Ortega quedó cada vez más aislado. ¿Puede un gobierno continuar denominándose de izquierda (y hasta revolucionario) a pesar de seguir todo el ideario del capitalismo neoliberal con las condiciones que este impone y las consecuencias que genera? ¿Hasta qué punto las alianzas tácticas con el “enemigo” se transforman en la segunda naturaleza de quien las protagoniza? ¿Por qué las alianzas con las diferentes fuerzas de izquierda parecen siempre más difíciles que las alianzas entre la izquierda hegemónica y las fuerzas de derecha?


Tercera lección: autoritarismo político, corrupción y desdemocratización. Las políticas adoptadas por Daniel Ortega y su facción crearon divisiones importantes en el seno del Frente Sandinista, y oposición en otras fuerzas políticas y en las organizaciones de la sociedad civil que habían encontrado en el sandinismo de los años 1980 su matriz ideológica y social y su voluntad de resistencia. Las organizaciones de mujeres tuvieron un protagonismo especial. Es sabido que el neoliberalismo, al agravar las desigualdades sociales y generar privilegios injustos, solo se puede mantener por la vía autoritaria y represiva. Fue eso lo que hizo Ortega. Por todos los medios, incluyendo cooptación, supresión de la oposición interna y externa, monopolización de los medios masivos, reformas constitucionales que garantizan la reelección indefinida, instrumentalización del sistema judicial y creación de fuerzas represivas paramilitares. Las elecciones de 2016 fueron el claro retrato de todo esto, y la victoria del eslogan “una Nicaragua cristiana, socialista y solidaria” encubría mal las profundas fracturas en la sociedad.

De un modo casi patético, pero quizás previsible, el autoritarismo político fue acompañado por la creciente patrimonialización del Estado. La familia Ortega acumuló riqueza y mostró su deseo de perpetuarse en el poder. ¿La tentación autoritaria y la corrupción son una desviación o son constitutivas de los gobiernos de matriz económica neoliberal? ¿Qué intereses imperiales explican la ambigüedad de la OEA frente al orteguismo, en contraste con su radical oposición al chavismo? ¿Por qué buena parte de la izquierda latinoamericana y mundial mantuvo (y continúa haciéndolo) el mismo silencio cómplice? ¿Por cuánto tiempo la memoria de las conquistas revolucionarias opaca la capacidad de denunciar las perversiones que les siguen al punto de que la denuncia llega casi siempre demasiado tarde?

Por Boaventura de Sousa Santos
Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez
Coimbra, 5 Julio 2018

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Viernes, 22 Junio 2018 06:16

Nicaragua: la locura del poder

Nicaragua: la locura del poder

La insurrección popular en Nicaragua, que exige la salida del poder de la pareja Daniel Ortega-Rosario Murillo, es una buena oportunidad para reflexionar sobre las opciones estratégicas de las fuerzas revolucionarias. En particular, para repensar las causas de esta deriva autoritaria y criminal, ya que la masacre de jóvenes nicaragüenses muestra la peor faceta de un régimen que se dice sandinista.

Dos cuestiones llaman la atención. Algunos intelectuales de la izquierda latinoamericana han orillado hasta el momento cualquier pronunciamiento sobre lo que sucede en Nicaragua. Se comprende, aunque no comparto, el silencio de varios gobiernos, ya que las alturas del poder tienen sus lógicas. Mucho menos aceptable es que intelectuales que van y vienen con sus opiniones sobre los más diversos temas, rehúyan una opinión contundente sobre la brutal represión.

La otra es que, afortunadamente, muy pocas personas atribuyen los sucesos a la mano negra del imperialismo. No tengo la menor duda de que Washington desea la caída de Ortega-Murillo y trabaja para ello, pero el argumento según el cual todo lo que perjudica a la izquierda es obra del imperio, está en franca decadencia.

Lo que viene sucediendo en Nicaragua puede contribuir a una reflexión de fondo sobre las revoluciones y sobre la administración del aparato estatal por fuerzas políticas de izquierda.

La primera es que las causas de la deriva genocida no pueden atribuirse al clan Ortega-Murillo, del mismo modo que el estalinismo no fue cuestión sólo de Stalin. En este punto debemos ser claros y precisos: Daniel Ortega es un genocida que profesa un caudillismo sediento de protagonismo y poder, como señala Mónica Baltodano, con rasgos de locura por el poder (goo.gl/kr41uc).

Sin embargo, la cuestión no puede ni debe reducirse a Ortega y a Murillo. Hay algo más. Podemos perder todo menos el poder, decía el comandante Tomás Borge, citado también por Baltodano. Salvo el poder todo es ilusión, proclamaba Abimael Guzmán, presidente del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso, el grupo revolucionario más criminal de la región.

Por más poderosos que sean los individuos, son ejecutores de fuerzas históricas y sociales que los empujan en cierta dirección. El estalinismo es un fenómeno político que no puede explicarse en términos de una excentricidad individual, escribió el historiador Edward Hallet Carr en su obra De Napoleón a Stalin (Crítica, 1983, p. 122).

Stalin fue el músculo de la modernización acelerada de Rusia, pasando por encima de cualquier resistencia, aún al precio de aniquilar la dirección histórica de su propio partido. “Stalin fue el déspota más despiadado que Rusia había conocido desde tiempos de Pedro ( El Grande), y fue también un gran occidentalizador”, añade Carr en La Revolución Rusa de Lenin a Stalin (Alianza, 1979, p. 221).

Ortega representa a la una nueva burguesía nicaragüense que se forjó mediante la acumulación por despojo de capital, desde la piñata (apropiación masiva de bienes públicos por la cúpula al abandonar el gobierno en 1990) hasta los acuerdos petroleros con Venezuela, que le permitieron a un sector del FSLN ascender económicamente en alianza con la Iglesia y sectores de la vieja burguesía.

No es la primera vez en la historia que se utiliza el aparato estatal para acumular riquezas. En Nicaragua este proceso parió lo que Baltodano denomina oligarquía chayo-orteguista ( Chayo es el mote de Rosario Murillo) que necesita el poder estatal para reproducirse y sostenerse. Pero un ascenso tan vertiginoso requiere siempre de métodos corruptos y mafiosos, como ha sucedido en tantos procesos que se dicen revolucionarios pero, en realidad, han gestado una nueva clase opresora.

No resulta adecuado mentar traición, cuando la deriva actual de Ortega comenzó hace mucho tiempo, y se tornó inocultable en la década de 1990. Después de la piñata se produjo la reacción cínica de la izquierda nicaragüense y continental a la denuncia de Zoilamérica Narváez, en 1998, asegurando que su padrastro (Daniel Ortega) la abusaba desde los 11 años (goo.gl/L5Q7op). Los hechos graves no nacen de golpe, crecen en la tolerancia ética y en los desvíos del poder.

La segunda cuestión es el tema del poder estatal. No pocos nicaragüenses aseguran que la represión de Ortega es peor incluso que la del dictador Anastasio Somoza. ¿Porqué se repite la historia? ¿Porqué Stalin fue comparado con el zar Pedro El Grande y los dirigentes comunistas chinos con los viejos mandarines del imperio?

Lo que no funciona es pretender cambiar el mundo desde arriba, desde el aparato estatal, e imponerle los cambios a las masas, como si fueran objetos sin voluntad propia (una de las peores frases que se escucha en la izquierda dice conquistar a las masas). Pretender cambiar el mundo como una totalidad, sustituyendo un todo por otro todo, es un camino que conduce al desastre autoritario, como lo enseña un siglo de revoluciones triunfantes.

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Temer les dio más poder a los militares brasileños

Por primera vez desde la dictadura, un militar estará al frente del Ministerio de Defensa. También fue creado el Ministerio de Seguridad Pública, que toma atribuciones de Interior, entre ellas el control de la policía federal.

 

El presidente de Brasil, Michel Temer, entregó ayer más poder a las Fuerzas Armadas, al nombrar por primera vez desde la dictadura al frente del ministerio de Defensa a un general.


Lo hizo en el marco de los cambios en el gabinete para crear el ministerio de Seguridad Pública luego de la intervención militar decretada para que el Ejército comande la lucha contra el delito común en Río de Janeiro. El anuncio lo hizo en el Palacio del Planalto el portavoz de Temer, Alexandre Parola, quien destacó que mañana asumirán los nuevos ministros.


El ministerio de Defensa fue creado en 1999 y siempre fue ocupado por civiles, ya que desde el fin de la dictadura en 1985 cada fuerza funcionaba como una cartera autónoma, sin control político directo. Ahora, 19 años después, Temer decide mover el tablero y, tras la intervención militar en la seguridad pública de Río de Janeiro, ofreció el ministerio de Defensa al número 2 de la cartera, general de reserva Joaquim Silva e Luna, ex jefe del Estado mayor del Ejército.


El cargo de Defensa era ocupado hasta ahora por Raúl Jungmann, un diputado aliado de Temer que pasará a ocupar la nueva cartera de Seguridad Pública, el ministerio número 29 del gabinete. El portavoz Parola anunció que será editado un decreto para estas designaciones que deben ser ratificados en 60 días por el Congreso. La creación de este nuevo ministerio reduce el accionar de la cartera de Justicia, ya que Seguridad Pública tendrá la conducción de la Policía Federal, institución que lleva adelante la Operación Lava Jato pero cuya conducción fue cambiada por hombres del propio Temer a fines del año pasado.


Jungmann, ex ministro de Reforma Agraria en el gobierno de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), pertenece al oficialista Partido por el Socialismo (PPS, ex socialista) y es una de las cartas de Temer para elegir un candidato de su riñón a gobernador de Río de Janeiro en las elecciones de octubre. “Esperamos un trámite parlamentario tranquilo para aprobar la creación de un nuevo ministerio”, dijo el jefe de gabinete, Eliseu Padilha, a periodistas.


Jungmann ganó relevancia como ministro de Defensa al saltar al primer plano nacional con la decisión de Temer de intervenir federalmente con el Ejército la seguridad pública de Río de Janeiro. Antes importantes referentes en temas de seguridad no habían aceptado las ofertas del gobierno para asumir en Seguridad Pública, que necesitará de un amplio tránsito para articular políticas con el servicio penitenciario y con los gobernadores, responsables por las policías de cada estado.


Incluso el jefe del Ejército, general Eduardo Villas Boas, quien en setiembre se había negado a intervenir como policía interna, la semana pasada defendió una mayor protección en caso de homicidios cometidos durante las intervenciones en Río de Janeiro. “No queremos otra Comisión de la Verdad”, dijo en la reunión de gabinete encabezada con Temer al referirse a la comisión creada por la destituida Dilma Rousseff, que investigó los delitos de lesa humanidad cometidos por la dictadura (1964-1985), de la cual ella misma había sido víctima.


La acumulación de funciones y poder del Ejército con la intervención en Río fue una “jugada maestra” en palabras del propio Temer, para enfrentar el delito, más allá de que la capital carioca sea la décima del país en violencia. En octubre, Temer promulgó una ley que evita que los militares que cometan delitos o maten a personas sean juzgados por la justicia ordinaria y ordena que sus casos se remitan a los tribunales castrenses.


El avance del poder castrense se da en un año electoral en el cual la mano dura es la principal propuesta del sorprendente número 2 en las encuestas, el diputado ultraderechista Jair Bolsonaro, y alimenta el sueño de varios oficialistas en postular a Temer. El presidente negó ser candidato.


Otro factor que según organismos de derechos humanos encendió un debate dentro del Ejército es que la fiscal general elegida por Temer, Raquel Dodge, le pidió a la corte suprema anular la Ley de Amnistía de 1979 que prohíbe juzgar a los autores de crímenes de lesa humanidad. Todos los dictadores brasileños ya fallecieron y las denuncias abiertas apuntan directamente a los jefes de los regimientos, cuarteles y comisarías, todos protegidos por la Ley de Amnistía, ratificada en 2010 por el Supremo Tribunal Federal por ser parte de una “solución negociada” para retomar la democracia.


La primera elección directa en Brasil fue en 1989, en la que fue elegido Fernando Collor de Mello, quien recibió el bastón por parte de José Sarney, elegido por un Congreso que administró la transición, en 1985, sin elecciones. El 29 de septiembre de 1992, Collor se apartó de la Presidencia debido a las investigaciones sobre posible corrupción en el Poder Ejecutivo. Su entonces vicepresidente, Itamar Franco, actuó como presidente interino hasta el 29 de diciembre de 1992, cuando Collor efectivamente renunció y luego fue impedido por el Congreso. Así, Itamar Franco se convirtió en presidente constitucional para gobernar hasta fines de 1994.


Franco fue sucedido por Fernando Henrique Cardoso, quien fue reelecto en 1998 y gobernó hasta diciembre de 2002. Las dos presidencias de Cardoso fueron sucedidas por otras dos de Lula (2003-2010) y otra de Dilma, quien fue reelecta en 2014 pero no pudo completar su segundo término porque fue derrocada por un golpe parlamentario en agosto de 2016.

 

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Administran el país como si fuese una empresa criminal, acusa George Soros

Davos.

El empresario e inversor George Soros acusó al presidente estadunidense Donald Trump de administrar el país como si fuese una empresa criminal. Quiere establecer un Estado mafioso pero no puede, porque la constitución, otras instituciones y una vibrante sociedad civil no lo permitirán, aseguró.

El empresario, de 87 años, también alertó de que las tensiones con Corea del Norte han puesto a la humanidad ante el peligro de la desaparición. El ascenso de líderes como Kim Jong-un en Corea del Norte y Donald Trump en Estados Unidos tiene mucho que ver con esto, aseguró. Los dos parecen dispuestos a arriesgarse a una guerra nuclear para mantenerse en el poder.

Soros alertó que las tensiones con Corea del Norte han puesto a la humanidad ante el peligro de la desaparición y aprovechó su discurso ante el foro de Davos para criticar las redes sociales y la moneda virtual bitcoin.

Las redes sociales generan deliberadamente adicción a los servicios que proveen, afirmó en su discurso.

Las compañías de redes sociales inducen a la gente a renunciar a su autonomía. El poder de moldear la atención de la gente está cada vez más concentrado en pocas manos, denunció.

“Hay una perspectiva aún más alarmante en el horizonte. Podría haber una alianza entre Estados totalitarios y los monopolios tecnológicos ricos en datos que podría hacer surgir sistemas de vigilancia corporativa.

Esto podría convertirse en una red de control totalitario de un tipo que ni siquiera Aldous Huxley o George Orwell podrían haber imaginado, aseguró.

Previamente también se había manifestado sobre la moneda digital bitcoin, que consideró una típica burbuja. El bitcoin no es una moneda, es especulación, dijo. Una moneda que oscila un 25 por ciento en un día no puede ser usada, por ejemplo para pagar sueldos, aseguró el influyente inversor.

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Sábado, 27 Enero 2018 06:49

El “engaño” del gobierno de Irán

El “engaño” del gobierno de Irán

 

Con la periodista kurda Maryam Fathi.

 

Las manifestaciones populares más grandes desde 1979, que movilizaron a amplios sectores de la sociedad a principios de 2018 bajo la consigna “Pan, trabajo, libertad”, habrían sido coordinadas, según el régimen, por “los enemigos de Irán”. Esta tesis es defendida también por Nicolás Maduro, quien denunció la injerencia de Israel y de Estados Unidos e hizo “votos para que el pueblo y el gobierno de ese país hermano sigan construyendo y afianzando su propio modelo soberano de país”. Fathi, activista y refugiada kurda de Irán, rechaza esta lectura: “Me sorprende cuando veo a los partidos de izquierda occidentales apoyando un Estado como el iraní, tan asesino, tan autoritario”, dijo en conversación con Brecha.

 

Periodista y activista por los derechos de la mujer en el Kurdistán iraní, Maryam Fathi hubo de emprender el camino del exilio ante el riesgo de ser encarcelada. Desde 2011 vive como refugiada política en el País Vasco, donde milita en la asociación vasco-kurda Newroz.

 

—¿Cuáles han sido los motivos de las protestas con que Irán recibió el nuevo año?

—Los problemas económicos fueron el detonante y, en concreto, el anuncio del actual presidente, Hasan Rouhani, en el parlamento iraní, de que su nuevo programa económico, su presupuesto, destina el 50 por ciento de los recursos a sostener las operaciones militares fuera de las fronteras de Irán. En las protestas la gente pedía que se olvidaran de Líbano, Siria y Yemen (donde son conducidas estas operaciones) y que pensara en Irán. Están expoliando al pueblo para mantener su actual política internacional. La solidaridad con los pueblos que sufren la guerra es algo diferente a oponerse al envío de fondos a grupos armados o al Estado sirio. Al mismo tiempo, las partidas para educación, por ejemplo, eran ridículas en Irán, incapaces de satisfacer las necesidades de la población.

El problema económico iraní es grande, grave: el 80 por ciento de la población se encuentra bajo el umbral de la pobreza. Una de las políticas empleadas por el régimen para perpetuarse en el poder ha consistido en empobrecer a la población. En su opinión, una población hambrienta y preocupada por sus necesidades materiales inmediatas no puede ocuparse de asuntos políticos. Pero, obviamente, no se pueden separar política y economía, más teniendo en cuenta la importancia que el Estado persa concede a esta última. Son muchos los años que Irán lleva aguantando el aislamiento; teniendo dificultades para vender su petróleo y su gas; teniendo problemas políticos con la Unión Europea y Estados Unidos, que han llevado a la firma del acuerdo en materia nuclear, acuerdo que no puede resolver décadas de problemas económicos. Irán tiene un gobierno teocrático radical, portador de una ideología como la del Estado Islámico; no hay esperanza de cambio con un gobierno así. Las protestas se dan porque la gente no la tiene. Los jóvenes no pueden escuchar música en la calle. La gente está triste, la gente tiene hambre. No hay libertad alguna.


—¿Qué diferencia guardan estas protestas con las de 2009?

—Hay diferentes análisis sobre las últimas protestas en Irán. Desde Europa, desde el exilio, se piensa que están orquestadas desde fuera, por Estados Unidos o Arabia Saudita. Por otro lado, los reformistas y los conservadores se acusan mutuamente. Pero en realidad estas protestas comenzaron en la ciudad de Mashad, símbolo del nacionalismo persa. Un lugar donde el ex presidente Majmud Ajmadineyad tiene muchos simpatizantes y quién sabe si tuvieron parte en el comienzo de las protestas. Lo que está claro es que a las pocas horas de su inicio la gente se levantó en otras ciudades y pequeños pueblos donde no había habido ninguna manifestación desde la revolución de 1979. Ni reformistas ni conservadores esperaban que la revuelta se extendiera con tanta rapidez y en tantos lugares de Irán. Tampoco podían imaginar la masiva presencia de jóvenes y mujeres, de la clase trabajadora, en primera línea. Desde la caída del sha, repito, no se habían dado protestas tan grandes, y menos aun en los cuatro puntos cardinales de Irán: Baluchistán, Kurdistán, las tierras de azeríes y árabes, Teherán...

La diferencia con las protestas de hace nueve años es que entonces fueron lideradas por el ala progresista del régimen y sólo se dieron en el centro de Irán, en Teherán; no llegaron a otras comunidades.

Nacieron, por otro lado, de las diferencias políticas entre los dos sectores del régimen. Las recientes son una erupción que estaba larvada, que se venía gestando y que tiene entre sus destinatarios tanto a los conservadores como a los reformistas, quienes en 2009 consiguieron apagar el descontento con la promesa de nuevas leyes y llevar a la población a las elecciones, a votar, otra vez más, al mismo Estado, la misma ideología. Si hoy en día hubiese un referéndum en Irán, los líderes ultrarreligiosos –teócratas– actuales no ganarían. Sobreviven gracias a la represión, las ejecuciones, las torturas, la cárcel, al empobrecimiento de la sociedad, a sus intervenciones en otros estados de Oriente Medio.

Son bastantes los lugares de la región donde se está dando un cambio político radical. Hasta la fecha, Irán ha conseguido mantenerse alejado de él, gracias, entre otros factores, a su política internacional que ha causado tantos y tan graves problemas, por ejemplo en Siria y Yemen, y que desvía la atención internacional de cuanto sucede en el interior de Irán.

 

—¿Cuáles son los intereses del Estado iraní en Siria?

—Por un lado está la política de bloques, con Siria, Rusia, China e Irán de una banda, y Arabia Saudita, Estados Unidos, Israel y Turquía, de otra. Por otro, está el deseo de Irán de llegar al Mediterráneo: su idea es crear una suerte de corredor chiita, una media luna chiita, a través de Siria e Irak, respaldado por sus simpatizantes. Es también una forma de acercarse a Líbano e Israel. Por eso a Irán le interesa tener buenas relaciones con el Estado sirio.

 

—¿El hecho nacional es otro factor a tener en cuenta? Los persas no son mayoría en Irán.

—El 60 por ciento de la población iraní está compuesto por balochis, kurdos, árabes, azeríes (N de R: o azerbaiyanos), turcos, turcomanos. Los persas ocupan la parte central del territorio. Irán es un Estado-nación teocrático que sólo respeta la cultura persa y la religión islámica chiita. Las protestas comenzaron en lugares significativos para la conducción del Estado –Mashad, Isfahán (capital cultural de Irán), Qom (centro espiritual del que han salido todos los líderes del régimen)–, lo cual muestra la gravedad de la circunstancia, la crisis ideológica que se vive en el seno del poder. Vista la situación en el corazón del Estado, los pueblos comprendidos en el Estado iraní aprovecharon el momento y también salieron a la calle; de hecho, la mayoría de las muertes se han producido en esta periferia: sólo en la pequeña ciudad kurda de Kermanshah, por ejemplo, hubo siete muertos en las protestas.


—Una veintena de muertos, miles de detenidos, ¿cuál es ahora la situación?, ¿qué perspectivas hay?

—El régimen, primero, suspendió todas las comunicaciones telemáticas, cortó Internet. Son años en los que aplicaciones como Instagram o Telegram juegan un papel importante para las movilizaciones, ya que no hay ningún medio de comunicación que no esté bajo la tutela del Estado. No hay partidos de oposición. No hay alternativa. Internet es fundamental para el intercambio de opiniones, de informaciones, para formar grupos. Es algo bien sabido por los líderes iraníes, que además de cortar Internet suspendieron grupos de Instagram como Ahmed News, que tenía un millón de seguidores.

Lo siguiente fue militarizar las ciudades. Veintiún muertos en tan pocos días no es cualquier cosa. Si la protesta interna continúa, habrá muchos más muertos, porque el gobierno es capaz de masacrar a la población. Un gobierno que realiza ejecuciones públicas es un gobierno genocida en potencia. Sólo en 2016, según datos gubernamentales, ejecutaron a más de mil presos políticos y sociales.


—¿Cómo se ve desde la disidencia el apoyo que parte de la izquierda internacional (como en Argentina o Venezuela, por ejemplo) ha dado al régimen iraní cuando éste se ve envuelto en problemas? ¿Qué se piensa del argumento que atribuye la contestación interna a la injerencia de potencias extranjeras?

—Los que hemos vivido casi toda nuestra existencia en Irán y conocemos al régimen sabemos que la izquierda clásica, tradicional, está equivocada. El gobierno de Irán no es anticapitalista ni antimperialista. No hay más que ver la entente que forma con una potencia imperialista como Rusia. La izquierda a la que me refiero lleva mucho tiempo engañada por el gobierno de Irán. Pensar que Estados Unidos y Arabia Saudita están detrás de protestas tan grandes –realizadas en más de 90 ciudades diferentes y en pueblos tan pequeños que ni siquiera los líderes iraníes podían sospechar que sus habitantes salieran a protestar– es una equivocación. Miles de personas estaban en la calle; de creer en la intervención extranjera habría que admitir que tienen controlado Irán. Que después de 40 años de silencio, tanta gente, de tantos lugares, de tantas identidades, salga a la calle desmiente esa idea.

Por otro lado, en Oriente Medio se está dando un cambio que también alcanzará a Irán. Los kurdos sabemos muy bien que las potencias extranjeras tienen sus intereses, que la guerra es una herramienta para realizar sus políticas en Oriente Medio. Pensar que si la guerra llegase a Irán su población ya no tendría que seguir aguantando el hambre, la humillación, la injusticia, la violación de los derechos humanos, la represión, es una equivocación. Por otro lado, apoyar a un Estado como el iraní es tanto como apoyar a Estados Unidos. Los estados implicados en la guerra de la región, los miembros de la coalición internacional, no van a llevar la democracia a Irán. El pueblo iraní lo sabe y, además, no quiere seguir permitiendo las políticas internas del régimen. Contra un sistema dictatorial hay que luchar, pero hay que tener cuidado con los intereses de los estados capitalistas en un lugar con tantas reservas de hidrocarburos y con un papel geoestratégico tan importante, como el de Irán.

 

—Pareciera que la memoria colectiva de parte de la izquierda se congeló con la caída del sha, y que olvidó tanto la contrarrevolución islámica como la ejecución de más de 30 mil militantes de izquierda en 1988, al finalizar la larga guerra contra Irak...

—La revolución que derrocó al sha Mohammad Reza Pahleví en 1979 fue encabezada por los comunistas (Tudeh) y otros partidos de izquierda, como Pmoi (Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán) y Fedayín. Quienes hemos nacido y crecido en Irán sabemos que aquella revolución fue secuestrada por los fundamentalistas religiosos, un hecho en el que Francia y Gran Bretaña tuvieron mucho que ver. No olvidemos, por ejemplo, que Jomeini vivía en Francia. Dada la contrarrevolución, la izquierda protestó: una república islámica no era aquello por lo que habían luchado. La mayoría de los militantes de izquierda fueron ejecutados, y quienes pudieron (como los kurdos, muy activos entonces en las políticas del Tudeh) escaparon a las montañas o al exilio. Yo nací después de estos hechos, y los he conocido, en gran parte, gracias a la lectura. A los nacidos después de 1980 nos llaman “la generación quemada”: porque nacimos bajo un régimen teocrático, tan represor que no deja que la vida florezca; son generaciones sin futuro. Es lo que le sucedió a la gente de izquierda: entraban a las ciudades de Kurdistán (y de todo Irán), sacaban a los varones de sus casas y en la misma puerta los asesinaban. También los mataban en las cárceles de Teherán, Isfahán... Fue una masacre. El régimen no permite la disidencia. Los kurdos no tenemos representación alguna; no tenemos oposición. Hay kurdos en instancias gubernamentales, kurdos que están a favor del gobierno. Lo mismo sucede con las mujeres: Irán es la cárcel de mujeres más grande del mundo. El presidente Hasan Rouhani pertenece al ala de los reformadores, más abierta, supuestamente, que la otra. Pero en su gabinete no ha habido ninguna mujer, no hay ministras; porque las mujeres tampoco pueden ser jueces, no pueden llegar a la presidencia... Me sorprende cuando veo a los partidos de izquierda occidentales apoyando a un Estado así, tan asesino, tan autoritario. Irán tiene problemas con los pueblos y naciones, con las minorías religiosas y las mujeres, con los jóvenes.


—¿Hay por dónde atisbar una solución, una salida, la construcción de una alternativa en Irán?

—La unidad entre los pueblos, conseguir autonomías democráticas, son factores importantes. El 11 de enero el Parlamento Europeo acogió una reunión de representantes de diferentes pueblos de Irán y diputados de izquierda de Europa. El Partido por la Vida Libre en Kurdistán, Pjak, propuso allí el confederalismo democrático como salida, como elemento para el trabajo común. Se está trabajando para formar una confederación democrática de pueblos de Irán; aunque sea en el exilio. De momento la idea es llevar la iniciativa a Irán, organizar al pueblo, sensibilizarlo respecto de estas propuestas, que puedan favorecer la aparición de autogobiernos. Hay que promover la organización para acompañar nuevas protestas o para hacer frente a problemas que puedan venir. Sabemos que no podemos esperar apoyo externo ni un cambio de Teherán: no nos van a traer democracia, sólo más problemas.

 

 

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"El sistema político que tenemos ya no representa a la gente"

"Todos nuestros problemas están personificados en un individuo [Trump], pero el problema es del sistema", dice Chelsea Manning, que ha decidido presentarse como candidata al Senado

 

Unas semanas después de ser liberada de prisión militar, donde cumplió siete años de una condena de 35 por filtrar secretos oficiales, Chelsea Manning se dio cuenta de algo terrible. “Estaba fuera, pero vi que mientras había estado apartada, la prisión se había extendido hasta aquí fuera también. Eso es lo que siento. Me da la sensación de que no he salido, sino que simplemente hemos intercambiado prisiones”.


Esa amarga visión de que incluso en libertad estaba atrapada en una prisión le surgió mientras paseaba un día por las calles de Brooklyn. El barrio neoyorquino tiene fama de hipster moderno, pero le impactó ver a tantos policías fuertemente armados.


“Había una inmensa presencia policial y estaban militarizados. He sido parte de una fuerza ocupante en un país extranjero y sé cómo es. Y eso es justo lo que vi en Brooklyn: una fuerza ocupante”, señala.


Su poderoso temor sobre la evolución de Estados Unidos durante sus siete años de encarcelamiento y su igualmente poderosa determinación por hacer algo al respecto explican el anuncio de Manning la semana pasada de presentarse como candidata al Senado.


Miedo y determinación. Se puede decir que ese ha sido su sello distintivo desde que en 2010 tomó la importante decisión de filtrar un inmenso tesoro de 700.000 documentos secretos cuando trabajaba como analista de inteligencia en una base militar estadounidense en Irak.


En su primera entrevista desde que la joven de 30 años publicó en Twitter los detalles de su candidatura al Senado, The Guardian le pregunta si existe relación entre sus ambiciones políticas de hoy y su conversión en una de las informantes más famosas –y más castigadas– de la historia de EEUU. “Verdaderamente no hay una línea directa”, sostiene. “Ha llovido mucho desde entonces. Soy una persona diferente a la que era hace 10 años”, añade.


Pero hay paralelismos claros entre estos dos acontecimientos. Fue un acto de gran valentía –algunos dirían que estúpida– descargar y transmitir a WikiLeaks informes de guerra, cables diplomáticos, vídeos y documentos de Guantánamo. Es un acto de gran valentía –puede que algunos digan que estúpida– presentarse al Senado estadounidense.


También hay una gran dicotomía entre su arresto en mayo de 2010 y su nueva campaña: si no fuese por el trato en ocasiones brutal que recibió a manos del Ejército de EEUU, ella no tendría el estatus global del que goza hoy en día.


¿Cómo da sentido a estas contradicciones? “No les he dado sentido”, señala. “Y no creo que tenga que haber una explicación. Aprendí muy rápido que mi experiencia en prisión ha formado mi visión del mundo”, añade.


Nos reunimos en su apartamento a las afueras de Washington en el primer aniversario desde que Obama conmutó la sentencia de Manning que aún no había cumplido. Tiene un salón grande con mucha luz, pero está medio vacío y eso le da un toque extraño e impersonal, como si hubiese imitado, aunque de forma más acogedora, la estética austera de prisión. Las paredes están prácticamente vacías, a excepción de unas imágenes de Oscar Wilde y de la anarquista Emma Goldman sobre la chimenea. Y de una copia de la carta de conmutación de pena.


Va vestida de negro, como iba en el vídeo de inicio de campaña, en el que llevaba también una rosa roja como símbolo de resistencia política. Con la luz brillante del salón, destaca el azul grisáceo de sus ojos maquillados con una sombra de color rosa.


Lleva una cadena de plata al cuello con una pequeña almohadilla (el símbolo del hashtag). “Twitter me sacó de prisión”, responde sin dudarlo cuando le preguntan por la cadena.


Decir que Manning ha asumido un duro trabajo al presentarse al Senado en su Estado natal de Maryland es quedarse corto. El actual senador y su rival en las primarias demócratas del próximo 26 de junio, Ben Cardin, es un veterano experimentado que se presenta a su tercer mandato. Es además el líder demócrata en el Comité de Exteriores del Senado y tiene una gran base de votantes leales de centro.


Según ciertas informaciones, Cardin tiene al menos dos millones de dólares para la batalla y la última vez que se presentó a unas primarias, en 2012, ganó a su oponente con un 74% de los votos frente a un 16%. Manning ha recaudado hasta ahora poco menos de 50.000 euros gracias a pequeñas donaciones online y tiene solo dos personas en su equipo, al que quiere mantener reducido –menos de 10 personas– durante la campaña.


¿Cómo piensa competir? “Sabemos que tenemos una gran batalla por delante”, afirma insistiendo en que se presenta para ganar. Aun así, pase lo que pase, no comprometerá sus convicciones por ganar votos. “Queremos ganar, pero si perdemos nuestros principios, entonces ganar no importa”, aclara.


Manning explica que pone su fe en la victoria en los grupos de activistas locales y de estudiantes con los que ha estado estableciendo vínculos desde su liberación. “No estamos haciendo una estrategia de campo centralizada, estamos esperando a que las comunidades locales vengan a nosotros. Yo les escucharé”.


¿Teme estrellarse y quemar su figura como le ocurrió al destacado miembro de Black Lives Matter DeRay McKesson cuando se presentó a las primarias demócratas a la alcaldía de Baltimore en 2016 y quedó sexto con solo un 2% de los votos?


“Baltimore es una ciudad con una comunidad activista muy activa y creo que De Ray no utilizó eso”, contesta. “No voy a criticar a un amigo mío, pero al mismo tiempo estamos hablando con la gente de Maryland y nos estamos tomando el tiempo necesario”, añade.


“Este es mi momento”


El estilo político de Manning ya se deja ver en su cuenta de Twitter. Es vivo y provocador, con frases como #WeGotThis (lo conseguimos), un mantra que desarrolló en prisión para alimentar su espíritu en momentos de desesperación. Manning utiliza un lenguaje directo que compara la agencia federal de inmigración (ICE), con la Gestapo y que dice sin tapujos “que le jodan a la policía”.


La estrategia funciona claramente para sus 323.000 seguidores de Twitter, pero todavía está por ver cómo funcionará en Maryland, un Estado (de seis millones de habitantes) con un gran contingente de funcionarios federales. El centro de espionaje de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) tiene su sede allí.


Manning describe su política como “antiautoritarismo radical”. “EEUU tiene el Ejército más grande y más caro del mundo, pero siempre queremos más. Tenemos el mayor sistema de prisiones del mundo, y aún así queremos más. Tenemos, con diferencia, el mayor y más sofisticado aparato de inteligencia, y seguimos queriendo más. ¿Cuánto es suficiente? Ese es mi momento. Tenemos que parar esto”, explica convencida elevando la voz.


Aunque dice no tener nada contra Cardin –“Le voté dos veces”–, lo ve como parte del problema. Manning señala la L ey Antiboicot de Israel, que él promovió y que ha sido muy criticada por intentar sofocar las protestas contra los asentamientos israelíes.


En su primera declaración de campaña, Manning menciona tres áreas principales de su política: justicia penal, sanidad e inmigración. En cada una de ellas se posiciona claramente a la izquierda de Bernie Sanders. Hay que cerrar las cárceles y liberar a los prisioneros; todos los hospitales tienen que ser gratuitos en el momento de su utilización, sin hacer preguntas; las fronteras estadounidenses tienen que estar abiertas.


Y quiere decir abiertas de verdad. “No deberíamos negar el derecho absoluto a venir a Estados Unidos. Tienes el derecho, todo el mundo lo tiene”, asegura.
¿Qué le diría a alguien de Maryland preocupado por la entrada de terroristas en el país? “Tenemos terroristas nacionales y pueden viajar a donde quieran. Cerrar las fronteras no soluciona el problema”.


Esta posición inicial es tan interesante por lo que omite como por lo que aborda. Manning permanece en silencio sobre políticas transgénero, a pesar de situarse ella misma a la cabeza del movimiento trans. Y Manning tampoco menciona a Donald Trump.


¿Por qué no hace ninguna referencia al hombre que para muchos progresistas se ha convertido en la personificación del mal? “Todos nuestros problemas están personificados en un individuo, pero el problema es del sistema. Nuestro sistema de inmigración fallido no apareció de la noche a la mañana. Es una máquina construida durante décadas por centristas de ambos lados”.


Manning sostiene que pronto comenzará a ir a encuentros públicos invitada por grupos locales. Teniendo en cuenta que su Twitter atrae de manera regular comentarios llenos de odio y amenazas violentas por parte de detractores de derechas y antitrans, ¿no le inquieta su seguridad?


“No me preocupa. Esta gente quiere acabar con la disidencia y nosotros tenemos que contraatacar. No me va a disuadir que alguien me diga cosas horribles”.


Los ataques a los que se enfrentará en la campaña ya han empezado a salir a la luz. La afirmación más predecible es la de que es una traidora a su país, seguida de las teorías que apuntan a que está pagada por los rusos para intentar desestabilizar a un senador demócrata.


Una vez más, Manning permanece impávida. “Hoy en día todo el mundo es un traidor. James Comey, Hillary Clinton, Trump, Obama... la palabra ya no tiene significado. Cualquier forma de ‘no estoy de acuerdo contigo’ se convierte en ‘traición' y en una sociedad así no se pueden tener debates”.


Es seguro que también se invoque en su contra a WikiLeaks y su fundador, Julian Assange, al que le filtró los documentos en 2010. ¿Qué opina ahora de Wikileaks? “En 2010 tomé la decisión de hacer públicos los documentos. Me puse en contacto con The New York Times y The Washington Post, me quedé sin tiempo y esa fue la decisión que tomé. Es algo que no puedo cambiar”, aclara Manning. “Ha tenido algún contacto con Assange desde que le filtró la información? “No. Cero”, contesta.


Puede que la acusación más grave haya venido de la derecha. El Conservative Review escribió que la batalla Manning contra Cardin “beneficia notablemente al Partido Republicano. Enfrentará al ala del establishment demócrata contra las políticas radicales de sus miembros más progresistas”.


La respuesta de Manning es que en esta época febril cualquier apuesta política está fuera de lugar. “Los comentaristas dicen todo tipo de cosas y siempre están equivocados. ¿Recuerdas la noche de las elecciones de 2016? Los tiempos han cambiado. La gente está enfadada. El sistema político que tenemos ya no representa a la gente. Así que sí, necesitamos una lucha”, señala.


Chelsea Manning, que en el pasado fue una persona sin techo, soldado de Estados Unidos, filtradora de documentos y prisionera militar y que ahora es una celebridad de Twitter y mujer transexual, se ha unido a esta lucha. Se abre la veda.

 

Ed Pilkington - Washington
22/01/2018 - 19:44h


Traducido por Javier Biosca y Marina Leiva

Publicado enInternacional
Martes, 23 Enero 2018 06:48

Falsos principios del neoliberalismo

Falsos principios del neoliberalismo

 

Reflexionamos hoy sobre algunas de las ideas fundamentales que el neoliberalismo nos ha imbuido en estas últimas décadas, hasta casi hacernos creer que “no hay alternativa” posible al mismo.

Una primera de éstas es aquella que establece la existencia de una línea recta, sin desvíos posibles, desde la privatización de los sectores económicos estratégicos de un país hasta los avances consiguientes, y sin límite, del modelo de desarrollo. Se nos repite machaconamente ese axioma, hasta considerarlo casi como ley natural e inmutable. Y en medio de esos dos extremos de la recta de evolución social y económica que supone este camino hay, por supuesto, algunas otras estaciones que nos llevan obligadamente de una a la siguiente. Así, el principio neoliberal completo podríamos resumirlo en una secuencia parecida a la siguiente, con pocos matices ya hablemos de Europa, de África, Asia o de América. La privatización de los sectores económicos estratégicos y de la vida de un país, provocará automáticamente la atracción de la inversión extranjera, con la consiguiente generación de puestos de trabajo, creando todo ello un aumento de la riqueza, que se traduce en una mejora de las condiciones de vida y de la lucha contra la pobreza y la disminución paulatina de ésta, provocando así un desarrollo ilimitado del país en cuestión.

El problema de este principio es que por mucho que se nos repita, éste no es más que eso, un postulado ideológico que la realidad se encarga permanentemente de desmentir. Con claridad absoluta si miramos a los países del llamado Sur; con claridad difusa, pero cada vez más nítida, si miramos a la mayoría de los países del llamado Norte. Así, el complementario principio del neoliberalismo, según el cual mediante esa regla la generación de riqueza en la cúspide de la pirámide social debe de alcanzar, digamos que por desborde (imaginemos una pirámide de copas de champan), a los niveles más bajos es una mentira absoluta y hoy evidente. La riqueza no fluye hacia la totalidad de la sociedad, sino que se acumula más y más en sus estratos ya enriquecidos, a costa de los demás, traduciéndose en un ensanchamiento de la brecha de la desigualdad que hoy ya ni las propias escuelas del neoliberalismo se atreven a negar. Por lo tanto, de la negación que pretendemos establecer del primer axioma neoliberal, habría que reconocer que el mismo si tiene una estación de ese camino como verdadera: la privatización de los sectores estratégicos y de la vida generan un aumento de la riqueza, pero ésta se queda en manos de la minoría, sin redistribución posible hacia las grandes mayorías y, sin producir por lo tanto ni disminución de la pobreza generada por ese mismo sistema, ni el pretendido desarrollo ilimitado.

Pasemos ahora a un segundo principio fundamental de este sistema dominante, que se ubicaría en el ámbito político. Así, aunque la proclama neoliberal sigue diciéndonos que la democracia es el sistema político ideal para la vida en sociedad, al igual que con los derechos humanos, comprobamos día a día que ésta es cada vez más discurso y menos ejercicio verdadero. De esta forma y a pesar de ser negado en todos los ámbitos, podemos afirmar como una realidad que va imponiéndose que el neoliberalismo, como modelo de ordenamiento y relacionamiento político y de la vida, hoy se asienta claramente en una deriva autoritaria.

Un rápido recorrido por algunos territorios del planeta nos permite ver que los golpes de estado llamados blandos han proliferado en los últimos tiempos en, por ejemplo, América Latina; todo ello para reencauzar y asentar firmemente las políticas neoliberales. Brasil, Honduras, Paraguay son evidencias de cómo el golpe de estado vuelve a ser el modelo para retomar el poder los sectores más extremos de la derecha neoliberal y, acto seguido, volver a la aplicación de este tipo de medidas que se traducen en reprivatizaciones de sectores estratégicos, recortes de derechos de todo tipo y empobrecimiento de las grandes mayorías. Pero esa deriva autoritaria se percibe claramente también en gobiernos aparentemente democráticos como los de Argentina, Chile o Colombia, donde las medidas de mayor control social o de recortes en derechos políticos y laborales son una constante para, por ejemplo, facilitar la entrada y explotación de recursos naturales (bienes comunes) por parte de las transnacionales y precarizar la vida de la población (despidos masivos, desaparición de subsidios, recortes de pensiones...).

Pero no nos equivoquemos. Esta situación no es una constante solo en América Latina y, por el contrario, de una u otra forma y con matices acordes a realidades diferenciadas, la deriva autoritaria se repite en muchos otros puntos del planeta. Estados Unidos abandera este proceso desde la aprobación de la conocida como Acta Patriótica a raíz de los atentados en 2001 que, entre otras, aumenta la discrecionalidad y poder de los cuerpos policiales y militares; deriva que hoy se agrava con las medidas que va implantando D. Trump contra la población emigrante de forma especial pero contra la práctica totalidad de sectores sociales. Así, cada día más y más sectores poblacionales en EE.UU. pierden su condición de titulares de derechos (población negra, latinoamericana, nativa, musulmana....), eliminando obstáculos posibles al dominio absoluto de las élites económicas y políticas.

Y si atravesamos el océano hacia esta otra orilla, los recortes civiles y políticos impuestos con la excusa de la crisis económica o de la seguridad antiterrorista en Europa hace que queden cada día más lejos los tiempos del estado del bienestar y, sobre todo, aquellos en los que este continente se presentaba como el campeón en la defensa de los derechos humanos. Evidentemente muchas se nos presentan (se nos venden) como medidas contra el terrorismo, pero poco tienen que ver con eso y mucho más con esa deriva autoritaria que señalamos. Ejemplos de esta tendencia serían la conocida como Ley Mordaza en el estado español o todo lo que hoy propicia el aumento de los postulados de la ultraderecha (Polonia, Hungría, Austria...). Así, a pesar de esa presentación de medidas para la protección de la población, los recortes en libertades suelen tener su verdadera, aunque oculta, razón de ser en evitar la respuesta social y política al libertinaje de las empresas y gobiernos ante todo el proceso de disminución de derechos que el sistema neoliberal va imponiendo. Imposiciones de las élites económicas que hoy son quienes realmente dictan la vida de nuestras sociedades, con el consentimiento subordinado de las élites políticas tradicionales en los distintos gobiernos, ya hablemos de Gasteiz, Madrid, París, Berlín o Bruselas.

Otro caso paradigmáticos de la deriva autoritaria, y posiblemente el más evidente fue el sojuzgamiento hasta el ahogo del gobierno y pueblo griego no respetando de ninguna forma aquello que éste último decidía en las urnas ante las medidas de ajustes y recortes de todo tipo que imponía la troika comunitaria.

Pero, más sibilina es la imposición que se hace desde determinadas esferas europeas de las políticas de ajuste estructural que hoy construyen una salida de esa crisis antes aludida en precario y con recortes brutales en derechos civiles, laborales y políticos. Por no hablar de lo poco democrático que para este sistema dominante, neoliberal y machista, resultan los índices de mujeres asesinadas o agredidas diariamente. Tampoco los datos de población emigrante ahogada en el mediterráneo o al otro lado de las vallas en las fronteras de esa Europa que un día se consideró la cuna de los derechos humanos y que hoy se encierra en una pretendida fortaleza inexpugnable.

En fin, como señalábamos al principio algunos principios neoliberales (desarrollo y democracia) son realmente difíciles de sustentar a poco que decidamos mirar a nuestro alrededor.

 

Este material fue compartido con autorización de Prensa Comunitaria

 

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“Es vital comprender de qué modo mueren las democracias”

Autor de una trilogía de libros indispensable sobre el ascenso, apogeo y caída del Tercer Reich, considera que del nazismo “siempre se aprende algo nuevo”. Evans estudió a fondo los orígenes del fenómeno y sus implicancias sociales y culturales.

 

Nacido en Londres en 1947, Richard J. Evans es uno de los especialistas más destacados en la historia de la Alemania moderna. De 1989 a 1998 fue profesor de Historia en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y entre 1998 y 2014, profesor de Historia Moderna en la Universidad de Cambridge, entre otros pergaminos que posee. Desde hace veinte años se dedica a estudiar el fenómeno del nazismo. Algunos de sus libros sobre el tema son In Hitler’s Shadow, Telling Lies about Hitler y la indispensable trilogía sobre el monstruoso poder que tuvo Hitler que ahora la editorial Península acaba de reeditar para la Argentina: el primero es La llegada del Tercer Reich, donde Evans parte del 1900 y se pregunta cómo si en el inicio del siglo XX Alemania era considerada una de las naciones más progresistas, dinámicas y admirables del mundo, en pocos años, guiada por Hitler y sus partidarios, condujo a la ruina a Europa, causó la mayor destrucción inimaginable y destrozó, para siempre, el sueño y la vida de millones de seres humanos. El segundo volumen de la trilogía, El Tercer Reich en el poder, analiza su historia una vez al frente de los órganos de gobierno y las instituciones alemanas, mientras que el tercer libro El Tercer Reich en guerra relata el desarrollo del nacionalsocialismo político y militar desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, hasta su final en Europa, el 8 de mayo de 1945.


“El nazismo fue con toda seguridad la más perversa y destructiva fuerza de la Historia. Por eso es importante conocerla. Con la trilogía, apunto a presentarle al público lector en general los más recientes conocimientos sobre el tema, por lo que hacerlo de un modo legible y fácilmente comprensible eran metas significativas”, señala Evans en la entrevista exclusiva con PáginaI12, sobre los objetivos que lo llevaron a investigar tan profundamente al nazismo desde su prehistoria, pasando por su apogeo del terror y hasta llegar a su final. “También traté de que se comprendan cabalmente las implicancias que tuvo para la gente común, incluyendo para ello anécdotas y diversos tipos de documentos”, agrega el prestigioso historiador.


–Después de todo lo que se ha investigado, ¿por qué sigue usted tan interesado en continuar con sus investigaciones acerca del Tercer Reich?

–En verdad, a largo de mi carrera abarqué un amplio espectro de temas dentro de la historia alemana, que exceden en su mayoría a éste. Mi tesis doctoral cubrió el período entre los años 1894 a 1933, analizando la decadencia de los valores liberales en Alemania, tomando como ejemplo el movimiento feminista. Luego, escribí un estudio acerca de la epidemia de cólera de 1892 en Hamburgo, utilizándola como punto de comparación entre los enfoques inglés y alemán de las relaciones entre la sociedad y el Estado, y de la libertad individual (Hamburgo se enorgullece de ser una ciudad de impronta liberal, al estilo “inglés”). Pero también dicté un curso sobre la Alemania nazi, y cuando los abogados del caso de Irving por difamación (ver recuadro) me pidieron que les recomendara una Historia del Tercer Reich generosa en detalles, al encontrarme imposibilitado de hacerlo, decidí utilizar esta experiencia que me dio la enseñanza como punto de partida para desarrollar una historia general. Sucede entonces que solo estuve estudiando el Tercer Reich durante las últimas dos décadas. Ahora mismo, estoy trabajando en las teorías conspirativas que involucran a Hitler, como parte de un proyecto a larga escala que dirijo en Cambridge, basado precisamente en este tipo de teorías. Ya que surgieron muchas investigaciones acerca de la Alemania nazi en los últimos veinte años, y muchas nuevas fuentes de información se hicieron públicas, es un tema del que siempre estamos aprendiendo algo nuevo.


–En la primera parte de su trilogía, La Llegada del Tercer Reich, narra cómo los nazis destruyeron la democracia y se adueñaron del poder en Alemania. ¿Por qué es tan importante conocer el origen de los nazis?

–Especialmente hoy, en que la democracia se halla bajo amenaza en casi todas partes como no lo estaba desde los años 30, es vital comprender de qué modo mueren las democracias y a dónde nos pueden conducir los regímenes totalitarios.


–¿Por qué los nazis encontraron una oposición tan débil a sus planes de transformar Alemania en un Estado totalitario? ¿Por qué tantos se dejaron seducir por Hitler?
–Los nazis, que nunca sacaron más del 37 por ciento de los votos en una elección abierta, transformaron el gobierno (al que accedieron el 30 de enero de 1933) en una dictadura, combinando básicamente la acción sobre las masas y la violencia criminal contra sus opositores, e incorporando ciertas medidas legales (o pseudolegales) destinadas a dotar de legitimidad a su destrucción de la democracia y de las libertades civiles. En ese marco, donde el desempleo trepaba a más del 30 por ciento de la fuerza laboral, sus oponentes eran débiles y se hallaban divididos. La poderosa retórica de Hitler, unida a su sofisticada propaganda, convencieron a muchos de que él iba a devolverle la grandeza a Alemania, resolvería el problema del desempleo, y restauraría tanto la estabilidad como el orden.


–Su trilogía cubre cultura, economía, industria, comercio, arte, educación, religión... ¿Cómo fue afectada cada una de estas áreas por el nazismo? ¿Alguna lo fue más que otras?
–Como sistema totalitario, el nazismo afectó todas las áreas de la vida. Se clausuraron todas las instituciones y establecimientos independientes (exceptuando aquellos que dependían del ejército o de la Iglesia), a la vez que se los forzó a unirse al partido nazi, o a alguna de sus fuerzas afines. Los objetivos de los nazis eran: utilizar la educación y la cultura para preparar a los alemanes para una nueva guerra por la conquista de Europa y el exterminio racial, administrar la economía de modo tal que se les hiciese viable proveer al país de armamento a gran escala, poner los templos religiosos al servicio de estas metas, diseñar activamente los principios centrales y rectores de la sociedad y de la política social, antes que estudiarlos meramente de modo pasivo. Tal como lo cuento en mi libro, su éxito sólo fue parcial: los nazis no pudieron dominar totalmente las iglesias, la economía no logró sostener el reabastecimiento de armas al ritmo y la escala que ellos requerían, y los alemanes, en general, no se mostraron muy entusiasmados con otra guerra, dada su experiencia con la Primera Guerra Mundial.


–¿En los orígenes del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (Nsdap) estaban ya presentes las raíces del antisemitismo alemán?
–El antisemitismo alemán tuvo sus raíces en la aparición de teóricos y agrupaciones políticas de finales del siglo XIX. Hasta fines de la Primera Guerra Mundial, siguió siendo un fenómeno marginal. La mayoría de los alemanes no era antisemita, mucho menos los socialistas, comunistas y liberales, quienes se oponían firmemente al antisemitismo. Solo una vez que los nazis llegaron al poder esta tendencia se generalizó, especialmente como resultado de la propaganda de su régimen.


–En La llegada del Tercer Reich usted analiza, entre otros aspectos, los primeros seis meses del gobierno de Hitler. En ese periodo específico, ¿se puede ya observar la destrucción metódica del sistema democrático?
–Sí, por supuesto: desde la asunción de Hitler, el 30 de enero de 1933 hasta la creación del Estado de Partido Unico, en julio, se da una combinación de fuerza, chantaje, amenazas y decretos.


–En el segundo volumen de su trilogía, usted trata específicamente la cuestión del racismo. ¿Cómo elaboró este capítulo en particular?
–Quería demostrar como el régimen nazi desplegó sus políticas de racismo a todo nivel, desde la selección eugenésica de la raza “aria” por medio de la esterilización forzada de los discapacitados mentales y de los minusválidos hasta la discriminación contra los supuestos “degenerados”: gente como los gitanos, los criminales, los homosexuales y otros tantos. Pero sobre todo, por supuesto, contra la escasa minoría judía de Alemania, a quienes se percibía (bastante erróneamente) como una potencial amenaza contra la Nación en la guerra que se avecinaba.


–¿Las Leyes de Nuremberg de 1935 fueron las que establecieron los principios básicos de la política racial en el Estado nazi?
–Las Leyes de Nuremberg hicieron foco únicamente en los judíos, considerados por los nazis como una amenaza palpable. Efectivamente, se los marginó y se les privó del derecho al voto. Pero hubo muchas otras medidas antisemitas no cubiertas por estas leyes, destacándose la “arianización”, o expropiación de los negocios de los judíos, y luego también la discriminación hacia otras minorías raciales.


–En su libro queda claro que la llamada “Solución Final” estuvo orientada no solamente hacia los judíos, sino también hacia los discapacitados (tanto físicos como mentales). ¿Los métodos de persecución y aniquilamiento fueron los mismos?
–No, la expresión “Solución Final para el problema judío en Europa” era explícita. Todos los judíos, según se decidió en 1941, habían de ser exterminados, porque todos ellos estaban supuestamente envueltos en una conspiración para destruir a Alemania. Los minusválidos y otros eran vistos como meros obstáculos para que Alemania ganase la guerra, a los que había que barrer del camino como si fuesen “subhumanos”. La inhalación de gas se utilizaba para ejecutar a los discapacitados en los hospitales mentales, y cuando la Iglesia Católica la objetó en 1941, los grupos que se especializaban en ejecución por gas fueron redestinados a matar judíos. Pero también hubo judíos asesinados en grandes cantidades por fusilamiento en fosas, o por confinamiento en los ghettos, donde se morían de hambre.


–Más allá del Holocausto, usted ha estudiado en profundidad la sociedad alemana. ¿Cómo la describiría? ¿Era consciente del horror?
–La mayoría de los alemanes sabía acerca del exterminio judío. Muchos estaban disconformes con eso, pero no podían hacer nada, dadas las condiciones dictatoriales imperantes. Los alemanes sentían culpa, y luego de la guerra negaron haberse enterado del exterminio.


–¿Qué pasó con la cultura? ¿Fue de vital importancia para sumar a la sociedad a la causa nazi?

–La cultura fue subordinada a la propaganda, pero Hitler también inició una cruzada contra el modernismo artístico, como artista fallido que era, por lo cual sus políticas culturales fueron más que meras políticas. Se suponía que los artistas alemanes debían servir a los propósitos raciales, políticos y militares del régimen. El grueso de los artistas modernistas abandonó el país en 1933, o poco después.


–¿Cuándo se rebelaron los alemanes contra el régimen nazi? ¿Fue cuando sus pueblos y grandes ciudades empezaron a ser bombardeados por las fuerzas de los Aliados?

–La moral y la confianza del público alemán en el régimen empezó a flaquear con la derrota de Stalingrado, y luego, más que otra cosa por la destrucción que los bombarderos aliados causaron a las ciudades alemanas. Hamburgo, en julio de 1943, con 40 mil muertos y cuyo centro de la ciudad fue totalmente arrasado por una tormenta de fuego, significó un punto de inflexión. Pero los alemanes siguieron adelante porque se reafirmaron en la creencia de que luchaban por Alemania, y no por los nazis. En los últimos meses, cayeron en una completa desilusión pero el régimen los mantuvo bajo control por medio de una oleada final de terror.


–La naturaleza violenta que constituía al nazismo, ¿al final se volvió contra la propia Alemania?

–Si, al final Hitler creyó que el pueblo alemán le había fallado y que no merecía sobrevivir, por lo que ordenó que todo fuera destruido. Por fortuna, fue mayormente desobedecido.

–Según su opinión, ¿existe alguna garantía de que nunca habrá un Cuarto Reich? A pesar de todo el horror pasado, en estos tiempos la ultraderecha e incluso los partidos neonazis están creciendo y tienen representantes en los Parlamentos de toda Europa.

–A los partidos populistas y anti inmigrantes les está yendo mejor que antes, pero más que nada en el antes llamado bloque del Este, donde las raíces de la cultura democrática son poco profundas. En Alemania, incluso, el partido de extrema derecha Alternativa Para Alemania (AFD) tiene simpatizantes de Europa del Este. Pero los verdaderos neonazis siguen siendo un movimiento completamente marginal.


–En el mismo sentido, ¿piensa usted que hoy en día se debería reafirmar la conciencia colectiva y la memoria histórica?

–Sí, aunque ya son muy fuertes dentro de la mismísima Alemania. Sin embargo, me preocupa seriamente la reivindicación de los antisemitas y los simpatizantes nazis, como Stepán Bandera en Polonia. Y no me siento cómodo con la extendida creencia (que en algunos países, recibe apoyo oficial), de que Stalin era tan malo, o peor incluso, que Hitler. Ambos eran muy diferentes, y aunque Stalin era, en verdad, un genocida a gran escala, no consideraba a otras razas como si fueran inferiores, y tampoco trató de conquistar el mundo, ni siquiera Europa.


–Más allá de su investigación histórica, ¿siente usted que sus libros contribuyen a reafirmar la conciencia contra el nazismo?
–Ciertamente, espero que sí.

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Miércoles, 29 Noviembre 2017 07:03

El poder para siempre no existe

El poder para siempre no existe

En junio de 1972, la célebre periodista italiana Oriana Fallaci logró entrevistar en su palacio amurallado de Addis Abeba al emperador de Etiopía, Haile Selassie, el León de Judá, quien se proclamaba descendiente de la reina de Saba y el rey Salomón. Al final ella le preguntó: “¿cómo mira a la muerte? El emperador, que tenía 80 años y le faltaban tres para morir, pareció no entender: "¿A qué? ¿A qué?" "A la muerte, Majestad", insistió ella. Y eso desbordó la paciencia del soberano: "¿La muerte? ¿La muerte? ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde viene? ¿Que quiere de mí? ¡Fuera, basta!"

No cabía en su mente que su poder no estuviera ligado a la inmortalidad. Pero no fue siempre un hombre distraído de la realidad, porque en un tiempo se puso a la cabeza de la lucha en contra de las tropas de Mussolini que invadieron Etiopía. Y al final, depuesto por un golpe militar, no pudo imaginar la clase de muerte que tendría, estrangulado en su propia cama, y enterrado bajo el piso de un baño en su propio palacio imperial.

Me ha venido a la cabeza esta historia de alguien que desde su trono eterno se indigna cuando le hablan de la muerte, ante las noticias de la caída del dictador de Zimbabue Robert Mugabe, gracias a otro golpe militar, tras su permanencia en la presidencia durante casi cuatro décadas. Mugabe, un tanto más práctico a sus 93 años, sí aceptaba que un día habría de morir, desde luego que escogió como sucesora a su esposa y antigua secretaria, Gracia Marufu, mucho más joven que él, y a quien la gente llamaba en secreto Desgracia Marufu. También, en lugar del título de primera dama, le daban el de "primera compradora", pues se escapaba a París o Londres en excursiones por las boutiques de lujo para hacerse de decenas de trajes y zapatos exclusivos. Dueña del monopolio de producción y distribución de los productos lácteos en el país, alegaba que sus gustos se los pagaba con su propio dinero. La Universidad de Zimbabue le otorgó un doctorado, sin haber puesto nunca un pie en las aulas, siendo el propio Mugabe quien le colocó el birrete en la ceremonia de graduación. Ambiciosa y astuta, mientras su anciano marido se dormía en las reuniones de gabinete, ella iba tejiendo su propia urdimbre de poder.

La tentación de quien contempla la historia personal de un dictador, es verla como la de alguien que desde el principio alberga las intenciones de usar el poder para beneficio personal, y quedarse para siempre en el mando a costas de lo que sea, asesinatos, cárcel, exilio de quienes se le oponen, establecer un régimen familiar y designar como sucesor a uno de sus hijos, o a su propia esposa.

Pero la vida es más compleja. Tal como Haile Selassie, Mugabe, líder guerrillero del Ejército de Liberación Nacional Africano de Zimbabue (Zanla, por sus siglas en inglés), condujo la lucha de su pueblo para librarse del dominio de la minoría blanca que había establecido un régimen racista igual al de África del Sur. De las penurias del combate pasó a la ruindad de la tiranía, el crimen, el fraude electoral repetido, la corrupción y la opulencia, ya convertido en primer ministro, luego presidente, y al mismo tiempo jefe vitalicio del partido oficial, el ZANU-PF.

Y su discurso de los tiempos guerrilleros nunca cambió. Aunque arruinó al país, destruyó la economía, y la inflación llegó a una increíble cota de 231 millones por ciento, no dejó de proclamarse socialista, en lucha abierta contra los demonios del capitalismo y el colonialismo.

El paraíso socialista de Mugabe no fue sino un infierno. A su caída, el desempleo alcanza 95 por ciento; 72 por ciento de la población vive en la pobreza, sin acceso a la electricidad y al agua potable; sólo 6 por ciento llega al tercer grado de primaria, y la esperanza de vida es de apenas 56 años. Su pretendida reforma agraria destruyó la organización productiva de las fincas, y sólo trajo escasez y desabasto crónicos.

Cualquiera que lo criticara se volvía de inmediato un traidor, algo que en su ya obsoleta retórica revolucionara podía significar una orden de ejecución. Y también tenía a su servicio fuerzas paramilitares entrenadas para garrotear y asesinar disidentes. En 2008 perdió las elecciones ante su oponente Morgan Tsvangirai, y entonces proclamó que "solamente Dios" podía apartarlo de la presidencia. Dios a su servicio personal de católico practicante que comulgaba devotamente en la catedral de Harare, la capital.

Al celebrar sus 91 años, Gracia le organizó una fiesta para 20 mil invitados, que llenaron un estadio de futbol. Por supuesto, los empleados públicos debieron asistir obligatoriamente, bajo pena de despido, pagando su cuota. Se sirvió una parrillada gigante, donde podía elegirse entre lomos de elefante, entrecotes de búfalo, piernas de impala y costillas de antílopes negros, todo un zoológico sobre las brasas. Por lo visto, la dentadura del anciano seguía sana.

Ahora todo ha terminado para la pareja. Mugabe destituyó al vicepresidente Emmerson Mnangagwa, buscando dejar libre el camino a su esposa, y el ejército, que él mismo forjó, los detuvo a ambos y los puso con la casa por cárcel. El anciano fue destituido como jefe del partido, y a ella la expulsaron de sus filas. Por último, los militares lo obligaron a renunciar a la presidencia. El júbilo estalló en las calles.

Mnangagwa es el nuevo hombre fuerte, con lo cual las sombras ominosas vuelven a cerrarse sobre el país, igual que tras la deposición de Haile Selassie, cuando asumió el poder un nuevo dictador, el teniente coronel Mengistu Haile Mariam, cabeza del golpe de Estado. Mnangagwa, apodado El cocodrilo, por la fama de su crueldad, fue jefe de espionaje de la guerrilla durante la lucha de independencia, y luego ministro de Seguridad, y como tal, jefe de la policía secreta.

Pésima costumbre que tiene la historia de repetirse.

Guadalajara, noviembre 2017

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El Tribunal Constitucional permite a Evo Morales reelegirse para un cuarto mandato

El presidente de Bolivia podrá participar en las elecciones de 2019 después de que se suspendieran los artículos de la Constitución que prohibían la reelección


Evo Morales tiene carta abierta para reelegirse. El Tribunal Constitucional de Bolivia aceptó el recurso que un grupo de parlamentarios de su partido presentó en septiembre para suspender los artículos de la Constitución que prohibían dos reelecciones continuas consecutivas y, por tanto, impedían que el presidente Evo Morales participara en las elecciones de 2019.


El Tribunal encontró que estas cláusulas afectaban los derechos políticos de Morales y su vicepresidente, Álvaro García Linera, así como de todos los demás políticos cuya reelección estaba limitada, y consideró que estos derechos tenían prelación sobre las restricciones constitucionales.


Todos los líderes de oposición se manifestaron en contra de la decisión en diferentes tonos. El principal retador de Morales en la elección de 2014, Samuel Doria Medina, lo consideró “un golpe de Estado” y advirtió que convertiría a Bolivia en “una nueva Venezuela”. Los expresidentes Jorge Quiroga y Carlos Mesa hicieron hincapié en la ruptura del orden democrático que en su opinión produce esta decisión judicial. Otros, como el alcalde de La Paz, Luis Revilla, se enfocaron en la necesidad de formar una alternativa “seria” a la candidatura de Morales, que las encuestas reconocen como el mejor candidato del MAS y todavía el más potente de todos, pese a que ha caído bastante desde su cómoda mayoría de 2014, la última vez que venció a la oposición en las urnas.


La decisión ha sido objetada por varios juristas como una “aberración jurídica”, por la cual el Tribunal Constitucional no interpreta, sino que cambia la Constitución, sustituyendo las vías que la propia Constitución establece para su enmienda, que son todas electorales. De inicio Morales había intentado habilitarse para una nueva candidatura presidencial, que en caso de ganar lo llevaría a un cuarto mandato consecutivo, por el método señalado por la ley, el referendo constitucional, pero su iniciativa perdió por estrecho margen en 2016.


Después de eso, persuadido por las encuestas de que perdería cualquier votación sobre la reelección, decidió optar por la consulta al Tribunal Constitucional, una salida por la que ya optaron en el pasado algunos mandatarios centroamericanos.


Al justificar su veredicto, el Presidente del Tribunal Constitucional repitió la línea del oficialismo sobre este cambio de la norma electoral, señalando que la habilitación de Morales solo amplía un derecho, el suyo, sin quitarle a los demás su derecho de vencer al Presidente en la urnas. “Será el pueblo el que finalmente decida”, señala insistentemente la vocería gubernamental


La Paz 29 NOV 2017 - 04:22 COT

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