Sábado, 10 Octubre 2020 05:59

El motor del capital

Protesta fuera de la Suprema Corte de Nueva York durante el primer día de juicio a Exxon Mobil. AFP, ANGELA WEISS

Exxon Mobil y sus compromisos con el cambio climático

 

Una reciente filtración de documentos internos del gigante petrolero Exxon muestra que la firma planea para los próximos cinco años un masivo aumento de su producción y de sus emisiones contaminantes, a sabiendas de sus consecuencias devastadoras en el clima. Mientras tanto, continúa haciendo promesas de responsabilidad empresarial.

Hace ocho años, 20 gobiernos encargaron una investigación acerca de las potenciales víctimas mortales del cambio climático si no se toman medidas para mitigarlo. Se examinaron las diferentes maneras en las que el fenómeno puede resultar en una catástrofe en masa: el hambre, el calor, los desastres «naturales» y las enfermedades. De acuerdo a las proyecciones obtenidas por el Foro de Vulnerabilidad Climática y la ONG internacional DARA se estimó que, para 2030, 700 mil personas alrededor del mundo morirán anualmente por causas directamente vinculadas al cambio climático.

Y eso tan sólo serán las víctimas fatales inmediatas. Cientos de millones de vidas humanas serán radicalmente transformadas por fenómenos climáticos extremos, la desertificación y el creciente nivel del mar. Esto causará, se estima, nuevos patrones migratorios, especialmente entre los miles de millones que viven en la pobreza, muchos de ellos en zonas de alto riesgo climático. A ello le seguirán nuevos conflictos geopolíticos. Ningún Estado será invencible y ningún estilo de vida será inmune a ese proceso.

Sin embargo, el país que hoy es el mayor productor mundial de petróleo y gas natural está, con Donald Trump a la cabeza, en plena cruzada desreguladora en materia de política ambiental, en franca oposición a cualquier consejo de la comunidad científica (no muy diferente a lo que hace por su parte su aliado Jair Bolsonaro, véase «Marcadoafuego», Brecha,2-X-20). Los grandes productores petroleros estadounidenses operan prácticamente librados a su buena voluntad. Y, como demostración de sus buenas intenciones, no escatiman en bellas promesas.

 

ECOLOGISMO PETROLERO

 

El año pasado, en un encuentro de la Business Roundtable (BP) –una asociación de gerentes generales estadounidenses–, varias compañías petroleras se comprometieron a «respetar a los miembros de nuestras comunidades y proteger el ambiente adoptando prácticas sustentables en nuestros emprendimientos». También en 2019, los ejecutivos de BP, Exxon Mobil y otras empresas del ramo publicaron un comunicado conjunto en el que prometen tomarse muy en serio el cambio climático.

Pero las corporaciones existen para un propósito y se someten a una única disciplina: la de generar ganancias. Pueden ceder voluntariamente frente a dilemas éticos por la simple razón de mejorar sus relaciones públicas, restaurar la confianza del público y así remover varios obstáculos (por lo general de índole político) en su carrera por la maximización de ganancias. Si en cambio sienten que sus compromisos públicos no están siendo del todo útiles para ese fin, no dudan en romperlos.

Un buen ejemplo es el de Exxon Mobil; en 2015 la compañía se volvió centro de un escándalo de proporciones mayúsculas cuando periodistas e investigadores revelaron que sus ejecutivos sabían sobre la amenaza que representaba el cambio climático desde los años setenta. A pesar de ello, Exxon Mobil se dedicó durante décadas a mentir de forma reiterada, quitarle gravedad al problema, financiar a negacionistas del cambio climático y continuar como si nada con sus devastadores operaciones petrolíferas.

La revelación y el escándalo resultante llevaron a una petición firmada por 350 mil personas para que el Departamento de Justicia estadounidense investigara a la empresa. En plena campaña electoral, los dos candidatos demócratas de aquel momento, Hillary Clinton y Bernie Sanders, se hicieron eco del reclamo.

Para Exxon Mobil fue una catástrofe. En pos de paliar los daños a su imagen, sus ejecutivos empezaron a hacer promesas, una detrás de otra. Ahora en la web de la compañía puede leerse: «Creemos que los riesgos asociados al cambio climático demandan acciones concretas y se necesita de todos nosotros –empresas, gobiernos y consumidores– para lograr un progreso real».

En una maniobra no falta de ingenio (o de inconmensurable cinismo), la firma petrolera ahora presenta sus viejas investigaciones internas –otrora celosamente escondidas– como una muestra de su compromiso con la causa: «Los científicos de Exxon Mobil han estado por décadas en la primera línea de la investigación climatológica, trabajando junto con los mayores expertos mundiales en la materia».

 

PLAN DE EMISIONES

 

Pero ¡sorpresa!: Exxon Mobil nos ha vuelto a mentir. Una explosiva filtración publicada por la consultora empresarial y agencia de noticias Bloomberg este lunes 5 revela que la empresa «ha venido planeando un incremento anual de sus emisiones de dióxido de carbono del tamaño de lo emitido anualmente por Grecia» y que «las estimaciones realizadas por la propia Exxon de su nueva estrategia de inversión de 210.000 millones de dólares indican un incremento anual de sus emisiones de 17 por ciento para 2025». La estimación sólo tiene en cuenta las emisiones generadas durante las operaciones de producción petrolera, no lo que ocurrirá luego, cuando el producto sea vendido y quemado por sus compradores.

La compañía se centrará en producir en cinco mercados clave: «Petróleo de esquisto en la cuenca Pérmica (Texas y Nuevo México), extracción offshore en aguas de Guyana y Brasil, y explotación de gas natural en Mozambique y Papúa Nueva Guinea». Los periodistas de Bloomberg Kevin Crowley y Akshat Rath apuntan que «los 21 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono anuales que resultarán de este incremento productivo eclipsan las proyecciones elaboradas por Exxon acerca de sus esfuerzos para reducir la contaminación, como el desarrollo de energías renovables y el entierro de ciertas cantidades de dióxido de carbono».

¿Por qué esta falta de apego de Exxon Mobil a sus promesas? Quizás la respuesta se encuentre en otra proyección: para 2025, la compañía espera duplicar sus ingresos.

Megan Day
9 octubre, 2020

    (Publicado originalmente en Jacobin como «We CantTrustOilCompaniestoRegulateThemselves». Traducción y titulación de Brecha.)

Publicado enMedio Ambiente
Un total de 210 científicos de 42 países han contribuido a un estudio sin parangón, que deja al descubierto el uso actual de plantas y hongos.Foto Ap

Múnich. Una cuarta parte de todas las plantas carnívoras del mundo está en peligro de extinción, según el resultado de un estudio internacional dirigido por un experto alemán, publicado en la revista Global Ecology and Conservation.

La Colección Botánica de la ciudad de Múnich informó que el equipo de científicos provenientes de Alemania, Australia y Brasil, liderado por el botánico alemán Andreas Fleischmann, determinó el estado de conservación de las 860 especies conocidas de plantas carnívoras y las incluyó en la lista roja de especies amenazadas.

Las plantas carnívoras son particularmente sensibles a las influencias humanas, como la destrucción del hábitat, la contaminación ambiental y el cambio climático. Según los investigadores, la agricultura intensiva y los proyectos de construcción representan la mayor amenaza.

Además, las plantas carnívoras dependen de lugares limpios y en su mayoría húmedos y, por tanto, también sufren el calor y las sequías.

Sobrefertilización

"Esas plantas sólo pueden crecer en suelos pobres en nutrientes. Uno de los problemas es la sobrefertilización del paisaje natural con nitrógeno en el aire proveniente del polvo de la industria, el tráfico y la agricultura", dijo Fleischmann.

"La mayoría de las plantas carnívoras en peligro de extinción se encuentran ahora en Brasil, seguido de Indonesia, Filipinas, Cuba, Tailandia y Australia", detalló Adam Cross, de la Universidad Curtin de Australia, quien también participó en la investigación.

El informe subraya que estas naciones tienen una responsabilidad especial en la preservación de la biodiversidad de estas plantas. En la mayoría de los casos se trata de especies que sólo se encuentran en una pequeña zona de los respectivos países.

Radiografía

Por otro lado, el estudio de Kew Gardens, titulado El estado de las plantas y los hongos del mundo, reveló que 39.4 por ciento de las plantas, incluidas 723 reconocidas por sus propiedades médicas, están al borde de desaparecer del planeta.

El trabajo del reconocido instituto y jardín botánico de Londres, cuya cuarta edición se publica este 30 de septiembre, aporta una detallada radiografía de la situación de dos componentes básicos de la vida en la Tierra.

"Es un informe de esperanza y genuinas soluciones mundiales", afirmó Alexandre Antonelly, director de ciencia en Kew y editor del manual, durante la presentación virtual del trabajo.

Un total de 210 científicos de 42 países han contribuido a este estudio sin parangón, que deja al descubierto el uso actual de plantas y hongos; además de aquellas de sus propiedades que desaprovechamos y especies en riesgo de extinción.

Así, el informe destapa la amenaza del auge en la demanda de medicinas naturales, entre otros fenómenos relacionados con la pérdida de biodiversidad.

De 5 mil 411 plantas de esta categoría designadas en estado de conservación, 723 (13 por ciento) se clasifican como "amenazadas", de acuerdo con los más recientes datos recogidos por el equipo de Kew y sus colaboradores.

El informe es gratuito y se complementa con ensayos académicos, previstos para publicarse en Plants, People and Planet.

 La geoquímica Hope Jahren Mariano García/@iloveshoot

La autora del libro 'El afán sin límite' sostiene que  "todas las necesidades y el sufrimiento del mundo surgen de nuestra incapacidad de compartir, no de la incapacidad de la Tierra para producir"; y advierte de que el consumo desbocado del 10% de la población "ha influido en la expansión de la COVID-19"

 

Hope Jahren (Austin, EEUU, 1969) publicó la primera edición en inglés de El afán sin límite: Cómo hemos llegado al cambio climático y qué hacer a partir de ahí (Paidós) el 3 de marzo de 2020, es decir, cuando gran parte del mundo empezaba a estar afectada por la pandemia de coronavirus a la que se está todavía enfrentando. Precisamente este libro, al igual que la mayoría del trabajo académico de esta científica, tiene que ver con las condiciones que han llevado a nuestro planeta a ser un lugar amenazado por peligros como el virus que tiene en jaque a gran parte de la humanidad en estos momentos.

"La COVID-19 tiene un componente que está estrechamente ligado al consumo y a los patrones de consumo de los que hablo en mi libro. Por ejemplo, hace un año, antes de la crisis, el número de aviones que despegaban a diario en todo el mundo era el doble que diez años antes. Diez años es un periodo muy corto para un crecimiento tan increíblemente rápido. La COVID-19 emergió como muchas enfermedades infecciosas en el pasado. Pero la posibilidad de viajar de Wuhan a Milán, de Milán a Nueva York, después Seúl y Tokio en un plazo de diez días, ni siquiera existía hace diez años", explica Jahren, una de las cien personas más influyentes del mundo según la revista Time, en una entrevista con elDiario.es por videoconferencia desde Noruega. Es donde reside desde que comenzó a trabajar en el Centro para la Evolución de la Tierra y la Dinámica de la Universidad de Oslo en septiembre de 2016.

La geoquímica declara que "el aumento y el cambio en el patrón de consumo en todo el mundo ha alterado drásticamente la evolución de la COVID-19" y esta modificación ha otorgado menos tiempo para poder preparar determinadas regiones del mundo antes de que la pandemia llegase a sus puertas. "Esto es un ejemplo de cómo el patrón de consumo que lleva al cambio climático tiene un efecto directo en en catástrofes naturales o sanitarias que puedan surgir", remarca. Rechaza responder si además de en la expansión, piensa que los hábitos alimentarios o sanitarios pueden haber incidido en el paso del virus de los animales a las personas: "No soy una experta en ese asunto", zanja.

Para hablar de consumo ha investigado sobre los patrones concretos que han surgido y han variado durante sus cinco décadas de existencia. Jahren ha catalogado y cruzado los datos que reflejan el aumento de la población, la intensificación de la agricultura y lo mucho que ha aumentado el consumo energético en este periodo.

Cree que "solo después de ver dónde estamos podemos preguntarnos oportunamente si es aquí donde queremos estar". Y en concreto, el lugar donde nos sitúa es tan irracional como que "el colosal consumo de alimentos y combustibles por parte de solo el 10% de la población está amenazando seriamente la capacidad de la Tierra de producir los productos básicos que el otro 90% necesita para vivir". Un problema que la autora define como el "más complejo y exclusivo de nuestra generación".

El doble de personas, el triple de producción y consumo

En cuanto al análisis de los datos que han formado parte de la investigación de la geoquímica, hay uno que considera especialmente relevante. "La población se ha duplicado en los últimos 50 años, hay el doble de personas en el planeta, pero la producción de cereales y de carne se ha triplicado, la producción de azúcar se ha triplicado, el consumo de combustibles fósiles se ha triplicado y el consumo eléctrico se ha cuadruplicado. Entonces, la gente por lo general sabe que ha habido un cambio demográfico, pero lo que no sabe es que la cantidad de servicios, bienes, alimentos, energía que consumimos, las cosas que compramos y vendemos, han crecido mucho más de lo que ha aumentado la población. Mientras yo reunía todos estos datos, lo que más me impresionó fue que se repetía constantemente este patrón de que ha aumentado la población, pero lo que consumimos, lo que gastamos, lo que necesitamos, ha aumentado muchísimo más", explica.

Los fenómenos migratorios no escapan a esta dinámica. "Las ciudades del mundo seguirán creciendo; en todos los continentes habitados, la gente está migrando de las zonas rurales a las ciudades. Incluso en lugares como Europa y Norteamérica, donde más del 80% de la población ya vive en las ciudades, la gente sigue migrando para alejarse del campo". Una de las consecuencias de la despoblación de las áreas rurales, paralela al crecimiento de la población, es que "hará falta más de todo en general, en particular en lo que se refiere al suministro de alimentos. Lo que nos obliga a preguntarnos: cuando todo el mundo se haya mudado a las ciudades ¿quién quedará para encargarse de las granjas? La respuesta es que casi nadie".

Jahren calcula que en el año 2100 podría haber 10.000 millones de personas en el planeta, pero no tiene claro hasta qué cifra puede el planeta aguantar un crecimiento exponencial como el que se está viviendo en las últimas décadas. "No sé si realmente tenemos la respuesta a esa pregunta", reconoce. "Las necesidades básicas en la vida son la vivienda, la alimentación, el agua. Creo que la verdadera pregunta es: ¿cuánta gente sobre la tierra puede vivir bien, con todas sus necesidades físicas colmadas y posibilidades de tener una buena salud?". En lo que no tiene dudas es en que el reparto de los recursos es la clave. "A día de hoy, incluso siendo más de 7.000 millones de habitantes en la Tierra, con la producción actual podríamos alimentar a todos los habitantes. E incluso más", zanja.

De hecho, Jahren sostiene que "hemos creado un tipo de agricultura que genera más comida de la que necesitamos. Producimos tres veces más que hace unas décadas, pero hay gente que consume diez veces más de lo que hacía hace 50 años. Increíblemente, tenemos que aprender a producir menos comida, no más", nos asegura. Una vez más, la clave está en la distribución: "Algunos tienen que consumir menos, pero hay otras partes del planeta en las que se necesita consumir más. Y sin duda tenemos suficiente producción", remarca.

Lo tiramos todo a la basura

Uno de los capítulos de El afán sin límite está dedicado al desperdicio de comida. "Francamente, no sé si el hecho de que la magnitud del desperdicio global equivalga en muchos sentidos a la necesidad global me deprime o me da esperanzas", admite Jahren. Por ejemplo, la cantidad total de cereales que se tira es similar al abastecimiento anual de cereales disponible en La India, y la cantidad de fruta y verdura que se pierde todos los años supera el abastecimiento anual de estos alimentos en todo el continente africano.

"Cuanto más comemos, más desperdiciamos: en 1970, cada estadounidense desperdiciaba una tercera parte de medio kilo de comida a diario, de media. Hoy, la cifra ha ascendido a dos tercios. El 20% de lo que las familias estadounidenses mandan al vertedero a diario es, o era hasta hace muy poco, comida que se podría consumir perfectamente". A estas costumbres se añaden situaciones como los vegetales que se rechazan por ser demasiado grandes o demasiado pequeños, los cereales que desbordan las cintas transportadoras, la leche que se estropea en los camiones o la fruta expuesta que se pudre.

Una realidad que define como "una gran tragedia", ya que todos los días mil millones de personas pasan hambre, mientras otros mil millones echan a perder deliberadamente suficiente comida para alimentar a los primeros. "Vivimos en un momento en el que podemos comprar unas zapatillas de un almacén que está en la otra punta del planeta y recibirlas en nuestro domicilio en menos de 24 horas; que nadie me diga que la redistribución global de alimentos es inviable", señala.

Y añade otro ejemplo para concluir que "todas las necesidades y todo el sufrimiento del mundo surgen de nuestra incapacidad de compartir, no de la incapacidad de la Tierra para producir": si todo el combustible y toda la electricidad que se emplean en la actualidad se redistribuyeran de forma equitativa entre los más de 7.000 millones de habitantes del planeta, el consumo energético de cada persona equivaldría al consumo medio de un suizo en los años setenta.

El consumo de agua es otro de los temas que la científica analiza en su investigación, que señala que a nivel global ya se están viendo consecuencias negativas del mal uso y desperdicio de agua. "No estoy muy informada sobre cuál es el caso de España, pero sí puedo decir que en California, por ejemplo, se ha extraído tanta agua subterránea que se han registrado terremotos porque la tierra se ha desplazado para cubrir lo que ahora es un hueco y que antes estaba lleno de agua. Realmente es una cuestión muy, muy importante. Se está utilizando muchísima agua para regar campos de golf o para alimentar a ganado en la industria cárnica. Hay cosas que podríamos hacer. Hay áreas concretas desde las que se podría reducir el uso antes de quedarnos sin agua potable. Va a ser una cuestión muy importante para los próximos 100 años. Lo único que tendrá un impacto diferente según la región del mundo", explica.

La esperanza de Hope

A pesar de todos estos datos, Hope Jahren dice hacer honor a su nombre ("esperanza" en inglés) y prefiere mostrarse optimista sobre el futuro, sobre todo porque le parece más útil a la hora de revertir las tendencias más perversas. "Somos fuertes y somos afortunados. Nuestro planeta es el hogar de muchas personas que luchan por sobrevivir con demasiado poco. El hecho de pertenecer al grupo que dispone de alimento, refugio y agua limpia nos obliga a no perder la confianza en el mundo al que hemos puesto en peligro. El conocimiento es responsabilidad". Hace un llamamiento al 10% del mundo que utiliza la mayoría de sus recursos (nosotros) y le pregunta qué hará con la década adicional de vida que disfrutará en comparación con sus padres: "Debemos empezar a desintoxicarnos del consumo, ya que de lo contrario las cosas no mejorarán jamás", subraya.

A este respecto, los meses de pandemia y confinamientos le suscitan una reflexión que introduce en el prólogo de la edición española: "2020 nos ha enseñado que jamás debemos confiar en quien se diga capaz de predecir el futuro, pero lo más importante que he aprendido es que de todas las veces que conducimos y consumimos y nos reunimos y compramos y volamos y viajamos, muchas han resultado ser opcionales. Hemos pasado tres meses enteros sin recurrir constantemente a los hábitos que los últimos cincuenta años de consumo instauraron en nosotros y, en general, hemos sobrevivido".

Por eso el mensaje final es de optimismo, aunque reconoce que esta es "una cuestión muy personal", un rasgo de la personalidad y de su lugar en el mundo. "Creo que soy una persona que tiene esperanza porque soy profesora. Me dedico a compartir información con otras personas y veo cómo esas personas al recibir esa información crecen, evolucionan, toman nuevas decisiones, mejores decisiones y se convierten en personas nuevas", se entusiasma. Y destaca que en su libro no solamente señala las cosas malas que han pasado en los últimos cincuenta años, sino también las cosas positivas. "Hemos ganado en salud, estamos más interconectados. Creo que cada generación tiene una lucha y la lucha que nos ha tocado a nosotros es el cambio climático. Pero no, no tengo un sentimiento de falta de esperanza. Creo que hay mucha gente muy inteligente a la que sí le importan estos problemas y que cuanto más averiguan y más saben, más les interesa. Creo que al fin y al cabo, esta lucha se trata del planeta en el que vivimos, pero también de la comida que ponemos en nuestros platos, de los parques por los que paseamos, los coches que conducimos y al fin y al cabo es una historia, es la historia de nuestras vidas. Se trata de nuestro propio planeta. Pero más aún, se trata de nuestra propia vida".

Por Marina Estévez Torreblanca

26 de septiembre de 2020 22:59h

@marinaestevezt

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Miembros de la plataforma "Fridays for Future" Madrid se manifiesta a favor de la iniciativa internacional para conmemorar el Día de Acción Global por el clima, este viernes en Madrid. EFE/Emilio Naranjo

 

El deshielo alcanza un punto de no retorno, el fuego prende Siberia y los temporales se suceden con más frecuencia e intensidad. Frente a esto, la juventud por el clima y el movimiento ecologista tratan de construir un futuro alentador.

"Hay que dejar el pesimismo para tiempos mejores", decía Eduardo Galeano. Su frase toma fuerza en un momento en el que la crisis climática amenaza a la vida en todas sus formas. El Ártico se deshiela, la tundra de Siberia y la Amazonia arden en llamas, los huracanes azotan con insistencia la costa antillana y las cosechas de resecan ante un sol que se vuelve cada vez más intenso. Quizá por ello, el movimiento ecologista se aferra a la premisa planteada por el escritor uruguayo para así tratar de sortear la distopía anunciada por la ciencia y dar paso a un horizonte utópico. Un año después de la gran huelga climática en la que miles de jóvenes tomaron las calles, la situación parece halagüeña. Con una pandemia de por medio, consecuencia de la degradación ambiental provocada por el ser humano, el activismo aspira a seguir en la vía de la protesta, pero también a plantear un futuro alejado del miedo y apoyado en el optimismo.

Así lo entiende Pere Joan, portavoz del movimiento Juventud por el Clima, que reflexiona sobre la necesidad de, no sólo reclamar y protestar, sino imaginar el futuro. "Pretendemos una sociedad mucho más sostenible, más respetuosa con los límites de la tierra y que tenga en cuenta el patrimonio natural. Se trata de vivir en equilibrio", argumenta. El mero hecho de plantear una utopía –yendo, incluso, en contra de los pronósticos de la ciencia, que auguran un final de siglo XXI marcado por cierto caos ecososcial– supone ya un reto. Sin embargo, el joven va más allá y propone cambios concretos, estilos de vida diferentes requeridos por la coyuntura climática actual: "Por ejemplo, creemos que sería bueno alcanzar un ámbito laboral diferente, marcado por jornadas más reducidas y adaptado a las personas". Sin rehuir, este activista mallorquín se encamina a enumerar propuestas difíciles que van desde ciudades sin coches hasta un modelo agroalimentario de proximidad que reduzca la huella ecológica de la bolsa de la compra.

Este ejercicio propositivo parecía perdido, al igual que la idea de progreso. Andreu Escrivà, divulgador ambiental y autor del libro Y Ahora yo qué hago (Capitán Swing), achaca la visión distópica del futuro, no sólo a la crisis climática y las consecuencias reales que tendrá para la vida de las nuevas generaciones, sino también al triunfo de la revolución conservadora durante la década de los ochenta del siglo XX. "Con la llegada del tándem Reagan Thatcher se cambia por completo la idea de progreso, que deja de ser una construcción social para ser algo individual. Esto ha estado presente durante décadas, pero ahora se demuestra que esa visión, esa forma de actuar desde el yo en busca de la riqueza material no ha funcionado", opina.

"Por primera vez, hay una generación que no tiene una noción de futuro en la que se vean mejor que sus padres", agrega, para señalar cómo la crisis climática deja de ser un problema a futuro para ser algo con consecuencias en el propio presente: "Los jóvenes han percibido que van a vivir todo lo que dice la ciencia. Esto es algo nuevo, porque los que tenemos cierta edad sabíamos que, pese a todo, íbamos a poder vivir en unas condiciones más o menos buenas. Pero, los chavales de 15 y 16 años vivirán en 2100 y eso les hace ver que lo que para muchos era una distopía, para ellos va a ser una forma de vida". Sin embargo, para Escrivà, la juventud todavía está en una fase intermedia dominada, en cierta medida, por una acción basada en la rabia. 

Proponer una senda diferente a la recorrida durante décadas es un reto. En primer lugar porque el activismo actual debe sacudirse, antes de imaginar y proponer un futuro alternativo, la losa de la historia. "Nos encontramos en una sociedad donde la idea de progreso ha estado vinculada desde la posguerra a un desarrollo de la sociedad de consumo, entendida como tener más, mejor y a un precio cada vez más bajo. Esa noción de que el tiempo nos permitirá mejorar, sin embargo, está siendo cada vez más cuestionada. En primer lugar, porque no se cumple y, en segundo lugar, porque la crisis ecológica nos plantea que no existe un horizonte posible para una sociedad que produce a este ritmo", explica Jordi Mir García, doctor en Humanidades y experto en filosofía política. "Hoy, debido a la crisis climática, y sobre todo tras la pandemia, el ideal de progreso empieza a pasar por tener un sistema sanitario y educativo capaz de satisfacer nuestras necesidades como sociedad".

Con los jóvenes y el movimiento ecologista en las calles, Escrivá plantea la necesidad de hablar del futuro sin miedo. Sin temor al rechazo y a la ridiculización del argumento utópico. "¿Por qué resulta dan radical plantear, por ejemplo, una jornada laboral de cuatro días o una renta básica universal? Estamos ante un momento en el que nos asusta pensar en el futuro, porque evidentemente es muy negro, pero es el momento de preguntarnos cómo queremos vivir dentro treinta años", comenta. 

El reto de sortear el catastrofismo –que inmoviliza a buena parte de la sociedad– pasa por imaginar, pero también por movilizarse y abrazar lo común. Esto, a juicio de Mir es algo necesario en un escenario como el actual, donde el abismo ecosocial está cada vez más cerca. "El optimismo es fundamental, pero no un optimismo infundado e iluso, sino el optimismo de quien sabe que las cosas están muy mal. Dentro del debate sobre si hemos alcanzado o no el punto de no retorno, más allá de que pensemos que hay que trabajar, bien para gestionar el colapso, bien para revertirlo, es importante que se trate de construir algo desde el optimismo", plantea. 

Esta actitud del optimismo como combustible del activismo ecosocial es una de las premisas de la antropóloga Yayo Herrero, que en una entrevista con Público defendía que, en los peores momentos de la historia siempre ha habido motivos para seguir trabajando por un futuro alternativo, por muy utópico que parezca. "Durante siglos ha habido pueblos que han tenido que enfrentarse a crisis muy complejas y las personas han sabido organizarse y vivir de una forma más colectiva. La gente, al final, se seguía enamorando, seguía escribiendo poesía y seguía cuidando de la vida... Donde se viven los malestares y los bienestares es en la vida cotidiana y creo que esta crisis [climática] puede sorprendernos más por la aparición de valores que nos lleven al apoyo mutuo que por la aparición de valores que nos lleven a matar a nuestros propios vecinos. No sé si es optimismo o no, pero la tarea de crear esos valores y nuevas conciencias es hermosa", manifestaba la experta ecofeminista.

Esta idea de apoyo social es algo que tratan de reivindicar desde Juventud por el Clima. Pere Joan, defiende, precisamente como los lazos vecinales que han nacido durante la crisis de la covid, la búsqueda de un equilibrio social y económico ha servido para que los activistas maduren sus aspiraciones para edulcorar la protesta climática con ciertas ambiciones sociales, como es la simple defensa de una vida digna. Esto se debe, en definitiva, a que un año después de que el colectivo de Fridays For Future naciera ha aprendido, algo necesario en cualquier movimiento social, tal y como explica Mir García: "Cuando hablamos de movilización, pensamos que basta con salir a la calle a protestar o poner tuits y mensajes en las redes sociales. Pero el activismo, como todo en la vida, va ligado al aprendizaje, porque no vale de nada gritar en la calle sin articular un proyecto".

 27/09/2020 09:04

Por alejandro tena

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Sábado, 26 Septiembre 2020 05:59

Injusticia climática y pandemia

Injusticia climática y pandemia

Un informe de Oxfam de septiembre 2020 sobre los responsables del cambio climático entre 1990 y 2015, expone la lacerante desigualdad en el tema, que está directamente relacionado con la salud de los ecosistemas y de las personas (https://tinyurl.com/info-oxfam). Las causas del cambio climático se entretejen con las de la pandemia: en ambos casos el sistema alimentario agroindustrial es uno de sus principales causantes.

Según el informe, el 10 por ciento más rico de la población mundial (630 millones de personas) generó 52 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI, por sus siglas en inglés) acumuladas, mientras la mitad del mundo más pobre (3 mil 100 millones de personas) generó tan sólo 7 por ciento de los gases. O, expresado de otra manera, la mitad más adinerada del mundo ha generado 93 por ciento de las emisiones acumuladas.

En el lapso 1990-2015 las GEI anuales (como dióxido de carbono y otros que calientan la atmósfera en forma permanente) se incrementaron 60 por ciento, pese a que ya existía claro conocimiento de sus causas y el riesgo de colapso climático.

De la población más rica, 5 por ciento (aproximadamente 315 millones de personas) fue responsable de 37 por ciento de este aumento. El repunte total de las emisiones de apenas el uno por ciento más adinerado fue, en volumen, tres veces mayor que el de todo el 50 por ciento más pobre.

Solamente 10 países son responsables de dos terceras partes de las emisiones históricas de GEI acumuladas desde 1850, aunque esa referencia es engañosa, ya que la mayoría de las emisiones de gases de efecto invernadero se realizaron en los 50 años recientes, y se aceleraron después de 1990. Estados Unidos encabeza esa lista.

Con menos de 5 por ciento de la población mundial, consume cerca de 25 por ciento de la energía global. En la década pasada, China se convirtió en el principal emisor de los referidos gases y Estados Unidos pasó a segundo lugar, seguido de la Unión Europea e India. No obstante, medido en emisiones per cápita, Estados Unidos sigue emitiendo 10 veces más GEI que India y más del doble que China.

Lo más terrible es que más de 100 países del sur global y la mitad de los habitantes más pobres del planeta prácticamente no emiten gases de efecto invernadero, pero son los que más sufren las consecuencias del cambio climático, con inundaciones y sequías extremas, migraciones obligadas y por quedar sin casa ni vías de sustento, entre otras.

En el mundo, dentro de cada país, los efectos del calentamiento global provocado por las minorías más ricas los sufren los más pobres y marginalizados, tanto en comunidades urbanas como rurales e indígenas, como, entre otros, los efectos de huracanes en Nueva Orleans, las inundaciones en Reino Unido o los incendios descontrolados de la costa Oeste de Estados Unidos, Australia, Brasil, Argentina e Indonesia.

Las causas del cambio climático son ya bien conocidas. Es una consecuencia del sistema de producción y consumo industrial a gran escala basado en combustibles fósiles.

Según el Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), los principales sectores emisores, por orden de magnitud, son la extracción y generación de energía, la deforestación y agricultura industrial, así como la construcción y transportes.

Si de estas fuentes extrapolamos el uso de energía, uso de suelo, deforestación, transportes, emisión de gases por desechos orgánicos, se muestra que el sistema alimentario agroindustrial (desde las semillas y agrotóxicos a los supermercados con empaques, refrigeración, transportes, desechos) es responsable de 40 a 55 por ciento de las emisiones de GEI. Ese mismo sistema agropecuario industrial es el factor principal en la generación de epidemias y pandemias. (https://tinyurl.com/ycfcksva).

Pero ni en el cambio climático ni en las pandemias, las políticas oficiales se dirigen a eliminar las causas: en ambos casos se privilegia volver a subsidiar a las poderosas industrias causantes de tan tremendas crisis, apoyando salidas tecnológicas que les garantizan nuevos mercados.

En la pandemia, con enormes inversiones públicas en vacunas escasamente evaluadas y que plantean nuevos riesgos (Ver Covid y vacunas transgénicas, https://tinyurl.com/yxzlpxv9), dejando intocadas las causas.

En políticas climáticas, permitiendo que, en lugar de reducir emisiones reales, las empresas y países se basen en el concepto perverso de "emisiones cero netas"; es decir, que puedan seguir contaminando con GEI, pero que supuestamente lo compensen con otras medidas.

En la reciente Semana del Clima, realizada en Nueva York paralela a la Asamblea de la ONU, las mayores corporaciones globales expusieron varios proyectos en ese sentido, como tecnologías de geoingeniería y lo que llaman "soluciones basadas en la naturaleza", que es un concepto para disfrazar megaproyectos de plantaciones y otras formas de explotar y mercantilizar áreas naturales (https://tinyurl.com/y2te9eco).

Ni la injusticia climática ni las pandemias son naturales. Son producto de sistemas de producción y consumo que nos enferman y que tenemos que terminar.

Por Silvia Ribeiro. investigadora del Grupo ETC

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Foto de: Ahmad Al-Rubaye

El 1 % más rico de la población mundial ha sido responsable de más del doble de la contaminación por carbono que los 3100 millones de personas que conforman la mitad más pobre de la humanidad durante un período de 25 años en el que las emisiones han alcanzado niveles sin precedentes. 

El nuevo informe de Oxfam Combatir la desigualdad de las emisiones de carbono se basa en una investigación llevada a cabo con el Instituto de Medio Ambiente de Estocolmo y se publica en un momento en el que los líderes mundiales se preparan para reunirse en la Asamblea General de las Naciones Unidas para debatir los desafíos globales, incluyendo la crisis climática.  

El informe evalúa las emisiones de consumo de los diferentes grupos de ingreso entre 1990 y 2015, 25 años en los que la humanidad duplicó la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera. Concluye que:     

  • El 10 % más rico de la humanidad fue responsable de más de la mitad (52 %) de las emisiones acumuladas en la atmósfera entre 1990 y 2015. El 1 % más rico fue responsable del 15 % de las emisiones durante ese período, más que toda la población de la UE y el doble que la mitad más pobre de la humanidad (responsable del 7 %).  
  • Durante este período, el 10 % más rico dilapidó un tercio del presupuesto global de carbono restante para mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 ºC, en comparación con sólo el 4 % de la mitad más pobre de la población mundial. El presupuesto de carbono es la cantidad de dióxido de carbono que puede añadirse a la atmósfera sin provocar que la temperatura media global se eleve por encima de 1,5 ºC, el objetivo establecido por los Gobiernos en el Acuerdo de París para evitar los peores impactos de un cambio climático descontrolado. 
  • Las emisiones anuales crecieron un 60 % entre 1990 y 2015. El 5 % más rico de la población fue responsable de más de un tercio (37 %) de este aumento. El aumento total de las emisiones del 1 % más rico fue tres veces mayor que el del 50 % más pobre.  

Tim Gore, responsable de Política Climática de Oxfam y autor del informe, declara: “El consumo excesivo de una minoría rica está exacerbando la crisis climática, pero son las comunidades en situación de pobreza y las personas jóvenes quienes están pagando el precio. Esta desigualdad extrema de emisiones de carbono es una consecuencia directa del afán durante décadas de nuestros Gobiernos por fomentar un crecimiento económico extremadamente desigual y basado en el carbono.” 

Es probable que las emisiones de carbono vuelvan a repuntar rápidamente a medida que los Gobiernos levanten los confinamientos relacionados con la COVID-19. Si las emisiones no siguen disminuyendo año tras año y la desigualdad de las emisiones de carbono no se controla, el presupuesto de carbono restante para mantener el calentamiento global por debajo de los 1,5 ºC se habrá agotado por completo para 2030. Sin embargo, la desigualdad de las emisiones de carbono es de tal magnitud que el 10 % más rico de la población mundial agotaría por sí solo el presupuesto global de carbono para 2033 incluso aunque el resto de la población mundial redujese sus emisiones a cero. 

En 2020, con un calentamiento global que ya ha alcanzado 1 ºC, el cambio climático ha provocado ciclones mortales en la India y Bangladesh, enormes plagas de langostas que han arrasado con cosechas en toda África y olas de calor e incendios forestales sin precedentes en Australia y Estados Unidos.  Nadie es inmune, pero las personas en mayor situación de pobreza y exclusión son las más afectadas. Por ejemplo, las mujeres corren un mayor riesgo de experimentar violencia y abusos después de un desastre.  

El informe Combatir la desigualdad de las emisiones de carbono estima que las emisiones per cápita del 10 % más rico tendrán que ser alrededor de 10 veces más bajas para el año 2030 si queremos mantener el calentamiento global por debajo de los 1,5 ºC, lo que equivale a reducir las emisiones anuales globales en un tercio. E incluso si se redujese la huella de carbono per cápita del 10 % al nivel de promedio de la UE, se recortarían las emisiones anuales en más de un cuarto.  

Los Gobiernos pueden hacer frente tanto a la desigualdad extrema como a la crisis climática si abordan las emisiones excesivas de las personas más ricas e invierten en las comunidades en mayor situación de pobreza y vulnerabilidad. Por ejemplo, un estudio reciente descubrió que el 10 % de los hogares más ricos utiliza casi la mitad (45 %) de toda la energía vinculada al transporte terrestre y tres cuartas partes de toda la energía vinculada a la aviación. El transporte representa alrededor de un cuarto de las emisiones mundiales actuales, mientras que el mercado de SUV constituyó el segundo factor de crecimiento de las emisiones mundiales de carbono entre 2010 y 2018. 

Según afirma Tim Gore: «Limitarnos a reiniciar nuestras economías anticuadas, injustas y contaminantes pre-covid ya no es una opción viable. Los Gobiernos deben aprovechar esta oportunidad para remodelar nuestras economías y construir un futuro mejor para todo el mundo.  

Los Gobiernos deben poner freno a las emisiones de las personas más ricas a través de impuestos y restricciones a las emisiones de carbono en artículos de lujo como los SUV y los vuelos frecuentes.  Debería invertirse esta recaudación en servicios públicos y en sectores de bajas emisiones de carbono para crear puestos de trabajo y contribuir a erradicar la pobreza», añade Gore

25 septiembre 2020

Notas:

La nota informativa titulada Combatir la desigualdad de las emisiones de carbono y el informe completo de la investigación y los datos en los que se basa están disponibles aquí.

El 50 % más pobre de la humanidad ascendía aproximadamente a 3100 millones de personas de promedio entre 1990 y 2015, el 10 % más rico estaba compuesto por cerca 630 millones de personas, el 5 % más rico aproximadamente por 315 millones de personas y el 1 % más rico por alrededor de 63 millones de personas.  

En 2015, alrededor de la mitad de las emisiones del 10 % más rico (personas con ingresos netos superiores a 38 000 dólares) pertenecían a ciudadanos y ciudadanas de Estados Unidos y la Unión Europea, y alrededor de una quinta parte de China y la India. Más de un tercio de las emisiones del 1 % más rico (personas con ingresos netos por encima de 109 000 dólares) están vinculadas a ciudadanos y ciudadanas de Estados Unidos, seguidas por Oriente Medio y China. Los ingresos netos se basan en los umbrales de ingresos para 2015 y están representados en dólares PPA de 2011 (paridad de poder adquisitivo). 

La investigación se basa en estimaciones de las emisiones derivadas del consumo, es decir, las emisiones que se consumen dentro de un país  incluyendo las emisiones generadas por las importaciones y excluyendo las de las exportaciones.  Las emisiones nacionales vinculadas al consumo se dividieron entre los hogares individuales basándose en los conjuntos de datos más recientes sobre la distribución de los ingresos y una relación funcional entre las emisiones y los ingresos. Basándose en los hallazgos de numerosos estudios, se asume por lo tanto que las emisiones aumentan en proporción a los ingresos, por encima de un límite mínimo de emisiones hasta un límite máximo. Las estimaciones de las emisiones nacionales derivadas del consumo de los hogares (para 117 países y desde 1990 hasta 2015) se clasifican posteriormente en una distribución mundial según los ingresos. El informe de investigación ofrece más detalles acerca de la metodología utilizada.  

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Localización de terremotos en el océano Índico oriental y el anillo de fuego del Pacífico./SCIENCE

Un gran análisis de datos sobre el océano Índico indica una subida mayor de la temperatura en 10 años que la estimada hasta ahora.

 

Meter un termómetro en el agua no es el mejor modo de medir la temperatura de los océanos, un tema candente ante el calentamiento previsto debido a la crisis climática. De hecho, las medidas obtenidas hasta ahora, primero con barcos y luego con sondas, son un retrato bastante imperfecto de lo que está pasando en zonas tan grandes y tan profundas. Llega la termometría océanica sísmica, un método cuya base científica no es estrictamente nueva pero que demuestra que puede aprovechar los fenómenos naturales y aplicarse a gran escala. Se trata de utilizar la información que proporcionan las perturbaciones causadas por los terremotos que se producen en el suelo marino, deduciendo la temperatura del agua del tiempo que tardan las ondas acústicas en atravesarla y llegar hasta los detectores sísmicos.

Sismólogos y oceanógrafos han utilizado las bases de datos para analizar el tiempo de llegada al sismógrafo de la remota isla de Diego García de ondas acústicas de baja frecuencia de más de 2.000 pares de terremotos submarinos (lo que llaman terremotos repetidos, en el mismo lugar pero en distintos tiempos, que es un fenómeno común en las zonas de fractura lenta) que tuvieron lugar entre 2004 y 2016 en el oceano Índico oriental. Cuando sucede un terremoto en el fondo del mar parte de la energía se propaga por el interior de la Tierra y parte se convierte en sonido y se propaga por el agua con una velocidad que varía con la temperatura y la densidad de esta. En el agua océanica puede viajar horizontalmente durante miles de kilómetros. Cuando llega a tierra vuelve a convertirse en onda sísmica y se registra en los sismógrafos. De la comparación entre la llegada de los dos tipos de onda y de dos terremotos similares en su origen se puede inferir el patrón térmico del agua y su variación en el tiempo.

En el estudio, cuyos resultados ahora publican en la revista Science, se constata una tendencia sostenida al calentamiento en esa zona, de 3.000 kilómetros de ancho, superior al estimado hasta la fecha.

La noticia ha sido recibida con entusiasmo por los científicos interesados en saber lo que está pasando en los océanos, que absorben más del 90% de la energía atrapada en la atmósfera por el efecto invernadero, porque consideran que es una técnica muy prometedora. Hasta ahora los datos se basaban en las medidas puntuales de la red de sondas robóticas Argos, que se empezó a desplegar hace dos décadas y ha aumentado mucho en los últimos años pero solo alcanza los 2.000 metros de profundidad.

"La imposibilidad de saber lo que está pasando en aguas profundas sigue siendo un gran obstáculo para conocer los océanos y el clima", explica Carl Wunsch, un sismólogo que en los años setenta tuvo la misma idea pero utilizando fuentes artificiales de sonido. Las implicaciones medioambientales e incluso militares (los receptores eran hidrófonos fijos de la Armada estadounidense, para detectar submarinos) hicieron que se abandonara su aplicación. "El estudio publicado en Science demuestra cómo una curiosa mezcla de oceanografía física y técnicas clásicas de sismología abre una vía potencial para un nuevo sistema de observación global y completamente nuevo", escribe este científico jubilado en la misma revista.

El calentamiento detectado en 10 años en esa zona del océano Índico con la nueva técnica es de 0,044 grados centígrados, comunican los autores estadounidenses y chinos del estudio, liderado por Wenbo Wu, de Caltech (California). Esto es casi el doble del detectado por Argo. Susan Wijffels, que gestiona con otros colegas esta red de 4.000 sondas y no ha participado en el análisis, cree que la nueva técnica es muy prometedora, y que servirá para validar sus datos, incluidos los de las nuevas sondas que se están añadiendo para medir la temperatura del agua a más de 2.000 metros de profundidad, según publica la misma revista. También se puede ir hacia atrás en el tiempo y analizar lo que ha pasado en las últimas décadas para establecer mejor las tendencias.

Además, los científicos creen que sus datos mejorarían si utilizasen hidrófonos en vez de sismógrafos como receptores para establecer el tiempo de recorrido de las ondas acústicas. Piensan en los desplegados bajo el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBT), que les permitirían analizar todos los océanos, incluidos los cubiertos por hielo, ahora inaccesibles. Así se llegaría a una red global de datos sobre la temperatura del agua en los océanos de bajo coste. Terremotos no faltarían, desde luego, porque se estima que cada año se producen más de 10.000 de magnitud superior a 4 y a poca profundidad en la corteza terrestre, dispersos por todas las grandes cuencas oceánicas.

MADRID

22/09/2020 07:15

MALEN RUIZ DE ELVIRA

Lunes, 14 Septiembre 2020 06:05

Asfixia

Manifestantes de Black Lives Matter levantan el puño al paso de una caravana en respaldo al presidente Donald Trump ayer en un vecindario de Los Ángeles.Foto Afp

“En Estados Unidos, 2020 se podría llamar ‘el año que nos quitó el aliento’: del Covid a George Floyd, gas lacrimógeno y ahora incendios forestales”, me comenta la veterana luchadora social y política, Barbara Dudley, quien reside en Portland, Oregon.

El año empezó con alarma por la transmisión aérea del nuevo virus, obligándonos a cubrir boca y nariz, a no respirar juntos, para no contagiarnos entre todos, y menos cantar (ya que eso lo arrojaba más lejos y amplio).

Continuó con la muerte de George Floyd cuando un policía colocó su rodilla sobre el cuello del afroestadunidense durante casi nueve minutos hasta quitarle la vida. Las últimas palabras de Floyd fueron no puedo respirar, las cuales se han convertido en una de las consignas del masivo movimiento de protesta social Black Lives Matter, que ha sacudido al país.

En varias ciudades las protestas fueron confrontadas por las autoridades con violencia y gas lacrimógeno. Las imágenes de calles bajo nubes de gas desde Washington DC hasta Portland, entre varias ciudades más, fueron transmitidas por el mundo. Esas imágenes ahora son utilizadas por Trump y su campaña de relección advirtiendo que así se verá Estados Unidos en un gobierno de Biden (el candidato demócrata). El único problema –aunque los seguidores del presidente parecen no entenderlo– es que esas son imágenes de un Estados Unidos con Trump.

Mientras, la costa noroeste del país ahora padece de la peor calidad de aire en el mundo por los cientos de incendios incontrolados sin precedente en esa región. El humo y la ceniza de bosques incendiados ha vuelto entre anaranjados y rojos los cielos de San Francisco y la costa del norte de California, Oregon y el estado de Washington, ocultando a veces el sol.

El gobernador de California declaró: si quieren ver los efectos del cambio climático, vengan aquí. No son sólo incendios sino, según los científicos, son los fenómenos pronosticados durante años por los efectos del cambio climático. Sólo que no se esperaban tan pronto, y con tanta furia. La magnitud de los incendios no tiene precedente en esa región, con cientos de miles de hectáreas quemadas en unas cuantas semanas, con más de 10 por ciento de la población de Oregon bajo órdenes de evacuación y con funcionarios expresando temor de un incidente de fatalidad masiva.

Ni los incendios escapan de la tormenta política, en la cual Trump casi ha ignorado la catástrofe (algunos señalan que los tres estados más afectados son mayoritariamente demócratas), aunque anunció que pasará por parte de esa zona este lunes mientras criticaba el manejo de los bosques por los gobiernos demócratas. Al mismo tiempo, la FBI ha tenido que desmentir mensajes que circulan en redes sociales de que los anarquistas, los antifas y otros izquierdistas son responsables de los incendios y que tienen la intención de asaltar casas evacuadas para robarlas.

Pero los incendios son responsabilidad de todos los gobernantes, de ambos partidos, que rehusaron atender la emergencia del cambio climático durante años. No se puede respirar como resultado directo de la inacción e irresponsabilidad de las cúpulas políticas del país, incluyendo ahora a un presidente que ha ordenado el retiro de Estados Unidos del pacto de París sobre el cambio climático y sistemáticamente anulando normas ambientales desde que llegó a la Casa Blanca.

En tanto, no dejan de quitar el aliento las maniobras de Trump y la derecha para sabotear el proceso electoral, suprimir la disidencia y a los periodistas, entre otras actividades conocidas por los que han vivido bajo gobiernos autoritarios.

Esta máquina mata a fascistas, dice un letrero al lado del piano que toca un músico callejero en medio de Washington Square en Nueva York, obviamente en homenaje a la misma frase que decoraba la guitarra de legendario cantautor Woody Guthrie. Tal vez cantando se podrá empezar a respirar otra vez en este país. Pero mucho depende de la canción y de las dimensiones del coro que la cante para interrumpir la asfixia en el Estados Unidos de 2020.

https://youtu.be/E-1Bf_XWaPE

https://youtu.be/55s3T7VRQSc

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Megaincendios en la costa oeste de EEUU: “Si no creen en el cambio climático, vengan a California”

El humo proveniente de incendios forestales es visible en Pasadena, California, este sábado 12 de septiembre de 2020. Foto: AP.Varios megaincendios incineran más de un millón de hectáreas. Millones de residentes están asfixiados por el aire tóxico. Apagones continuos y olas de calor con temperaturas altísimas. El cambio climático, en palabras de un científico, le está dando una bofetada a California.

La crisis que enfrenta el estado más poblado de Estados Unidos es algo más que una mera acumulación de catástrofes individuales. También es un ejemplo de algo que les ha preocupado a los expertos del clima desde hace mucho, pero que pocos esperaban ver tan pronto: un efecto en cascada en el que una serie de desastres coinciden y se detonan o amplifican entre sí.

“Se están cayendo las piezas de dominó como los estadounidenses nunca se habían imaginado”, dijo Roy Wright, quien dirigió programas de resiliencia en la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA, por su sigla en inglés) hasta 2018 y creció en Vacaville, California, cerca de uno de los incendios más grandes de este año. “Es apocalíptico”.

Lo mismo se podría decir de toda la costa oeste del país esta semana, hasta Washington y Oregón, donde los pueblos se vieron diezmados por el fuego mientras los bomberos combatían al límite de sus capacidades.

Las crisis simultáneas de California son un ejemplo de cómo funciona la reacción en cadena. Un verano sofocante derivó en condiciones de sequía que jamás se habían experimentado. La aridez ayudó a que los incendios forestales de la temporada fueran los más grandes que se hayan registrado. Seis de los 20 incendios forestales más grandes en la historia moderna de California han sucedido este año.

Si el cambio climático era un concepto abstracto hace una década, en la actualidad es demasiado real para los californianos. Los intensos incendios forestales no solo están desplazando a miles de personas de sus hogares, sino que están provocando que químicos peligrosos se filtren en el agua potable. Las advertencias sobre el calor excesivo y el aire asfixiante lleno de humo han amenazado la salud de personas que ya están batallando durante la pandemia.

Además, la amenaza de más incendios forestales ha hecho que las aseguradoras cancelen las pólizas de los propietarios de las viviendas y que los principales proveedores de servicios públicos del estado corten el suministro de electricidad para decenas de miles de personas con fines preventivos.

“Si no creen en el cambio climático, vengan a California”, dijo el gobernador Gavin Newsom el mes pasado.

Los funcionarios se han preocupado por los eventuales desastres en cascada. Pero no pensaron que comenzarían tan pronto.

“Solíamos preocuparnos por un peligro natural a la vez”, dijo Alice Hill, investigadora principal del Consejo de Relaciones Exteriores que supervisó la planificación de la resiliencia en el Consejo de Seguridad Nacional durante la administración Obama. “Pero la aceleración de los impactos climáticos ha sucedido más rápido de lo que esperábamos”.

Los climatólogos argumentan que el mecanismo detrás de la crisis de incendios forestales es simple: el comportamiento humano, sobre todo la quema de combustibles fósiles como el carbón y el petróleo, ha liberado gases de efecto invernadero que elevan las temperaturas, lo cual seca los bosques y los predispone a incendiarse.

Mark Harvey, quien fue director sénior de resiliencia en el Consejo de Seguridad Nacional hasta enero, dijo que al gobierno se le ha dificultado prepararse para situaciones como las que se están viviendo en California.

“El gobierno tiene un desempeño muy muy deficiente en cuanto a los efectos en cadena”, afirmó Harvey. “La mayoría de nuestros sistemas están diseñados para lidiar con un problema a la vez”.

De cierto modo, los incendios forestales que han sucedido en California durante este año llevan décadas gestándose. Una sequía prolongada que terminó en 2017 fue una de las principales causas de muerte de 163 millones de árboles en los bosques de California en la última década, según el Servicio Forestal de Estados Unidos. Uno de los incendios que se propagó con más velocidad este año devastó los bosques que tenían la concentración más alta de árboles muertos, al sur del Parque Nacional de Yosemite.

Más al norte, el Bear Fire (incendio del oso) se convirtió en el décimo incendio más grande en la historia de California, pues arrasó con la impactante cantidad de 93.077 hectáreas en un periodo de 24 horas.

“Es realmente impresionante ver la cantidad de incendios enormes y destructivos que se propagan con tanta rapidez y suceden al mismo tiempo”, dijo Daniel Swain, climatólogo del Instituto del Medioambiente y Sustentabilidad en la Universidad de California en Los Ángeles. “He hablado con casi treinta expertos en incendios y climatología en las últimas 48 horas, y casi todos se han quedado sin palabras. Sin duda, no se ha vivido algo de esta magnitud en los últimos tiempos”.

Mientras las autoridades estatales se movilizan para lidiar con las amenazas inmediatas, los incendios también dejarán a California con problemas difíciles y costosos a largo plazo, desde los efectos de inhalar humo hasta el daño a los sistemas de agua potable.

El humo proveniente de un incendio forestal puede ser mortal, en el peor de los casos, sobre todo para las personas mayores. Hay estudios que demuestran que cuando llegan las olas de calor, la tasa de hospitalizaciones se eleva, y los pacientes experimentan problemas respiratorios, paros cardiacos y derrames cerebrales.

La pandemia de coronavirus añade una nueva capa de riesgo a una situación que de por sí es peligrosa. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) han emitido comunicados que advierten que las personas con COVID-19 corren mayor riesgo de resultar afectadas por el humo de los incendios forestales durante la pandemia.

“Cuanto más tiempo dure el aire contaminado en California, más preocupaciones tendremos por los efectos adversos en la salud”, comentó John Balmes, vocero de la Asociación Americana del Pulmón y profesor de Medicina en la Universidad de California, campus San Francisco.

13 septiembre 2020 

(Tomado de The New York Times)

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El derretimiento del permafrost liberará patógenos de hace millones de años

París. El despertar de un virus prehistórico congelado, el regreso de la viruela, el dengue que se instala en Europa, entre otras hipótesis dignas de películas de cine catastrófico, son seriamente estudiadas por los científicos, preocupados por el riesgo de epidemias vinculadas con el calentamiento climático.

La pandemia de Covid-19, con su virus sin duda procedente de un murciélago, ha sacado a la luz los peligros de las interferencias cada vez más importantes entre las actividades humanas y la naturaleza.

Sin embargo, el riesgo de epidemias también lo puede generar el cambio climático, que provoca el desplazamiento de mosquitos portadores de la malaria o el dengue, y el inicio del deshielo del permafrost, donde están atrapados microbios de otras épocas.

“En mis momentos más pesimistas veo un futuro realmente horrible para el Homo sapiens”, señaló Birgitta Evengard, microbióloga de la Universidad de Umea, en Suecia.

El permafrost es una "verdadera caja de pandora", destacó.

Estos suelos permanentemente congelados, que recubren un cuarto de las tierras del hemisferio norte, en Rusia, Canadá y Alaska, son una bomba de tiempo climático: una parte "importante" podría descongelarse para 2100, liberando decenas o centenares de miles de millones de toneladas de gas de efecto invernadero, según los expertos del clima de la ONU.

No sólo eso. "Los microorganismos pueden sobrevivir en un medio congelado mucho tiempo", advirtió Vladimir Romanovsky, de la Universidad de Alaska en Fairbanks.

"En cuanto se descongela el suelo, el agua empieza a correr, arrastrando partículas, materias orgánicas o microorganismos que estuvieron aislados durante centenares o miles de años", detalló el geofísico.

La ciencia ha demostrado que algunos de estos microorganismos pueden revivir.

"Cuando se pone un grano en un suelo helado durante miles de años, no ocurre nada, pero cuando se calienta el suelo, el grano va a germinar. Es lo mismo con un virus", sostuvo Jean-Michel Claverie. Con su equipo del Instituto de Microbiología del Mediterráneo, reactivó virus siberianos de hace 30 mil años.

En las regiones heladas, "los neandertales, los mamuts, los rinocerontes lanudos tuvieron enfermedades, murieron y cayeron. Es posible que los virus que causaron sus problemas estén aún ahí", advirtió.

El "verdadero peligro", según Claverie, está en las capas profundas que pueden tener 2 millones de años y potencialmente esconden patógenos desconocidos.

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