Estudio advierte sobre extinción del café para fines de este siglo


Levantarse por la mañana, y recibir el tan necesario “empujón” de la cafeína en el desayuno puede llegar a convertirse en un lujo, o incluso en una quimera, a finales de este siglo debido al efecto que el cambio climático podría tener en el cultivo de la variedad más común de arbusto productor de café, el cafeto arábigo.


 
Esa es la advertencia que se desprende de un reciente estudio realizado por investigadores británicos y etíopes, para los cuales el 70% de la producción mundial de café podría verse erradicada para el año 2080.


 
El equipo de investigadores se centró en el modo en que el cambio climático podría llegar a transformar los suelos en los que se cultiva esta planta, de modo que se volvieran improductivos, ya que este arbusto es muy vulnerable a los cambios de temperatura, así como a otros peligros como las plagas y las enfermedades.


 
Según el mejor escenario predicho por este estudio, la reducción de tierras adecuadas para el cultivo del café arábica podría ser del 38% en el año 2080. Las peores predicciones se elevan hasta el 90 e incluso hasta el 100%.
 


Las conclusiones son demoledoras: “existe un alto riesgo de extinción”. Obviamente la economía de muchos países productores, como Etiopía, Colombia y Brasil podría verse enormemente afectada si la predicción es correcta.


 
La mayor parte del café que consumimos es de la variedad arábica, muy apreciado por su diversidad genética y por crecer muy bien entre los 18 y 21ºC de temperatura. Eleva un poquito la temperatura sobre este intervalo y la planta madurará demasiado deprisa (lo cual afecta al sabor) o crecerá demasiado despacio.


 
Y lo peor es que los científicos creen que sus predicciones son incluso optimistas, porque no han tenido en cuenta peligros como la deforestación que sufren las áreas donde se cultiva, que es lo que está pasando en los bosques elevados de Etiopía y del sur de Sudán.


 
Por eso mismo, los botánicos urgen a tomar medidas desde ya para proteger esos lugares “clave”.

 

20 Noviembre 2012


 
(Con información de Cuaderno de Ciencias)

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Sábado, 10 Noviembre 2012 06:46

¿Un shock del pueblo?

¿Un shock del pueblo?

Menos de tres días después de que Sandy tocó tierra en la costa este de Estados Unidos, Iain Murria, del Competitive Enterprise Institute (Instituto de Competitividad Empresarial), dijo que la miseria que los neoyorquinos estaban a punto de sufrir era por culpa de su oposición a los grandes almacenes comerciales. En Forbes.com explicó que el hecho de que la ciudad rehúsa acoger a Walmart probablemente hará que la recuperación sea más difícil: “Las tienditas simplemente no pueden hacer lo que los grandes almacenes sí pueden en estas circunstancias”, escribió. También advirtió que si el ritmo de la reconstrucción resultaba ser lento (como a menudo sucede), entonces “las reglas en favor de los sindicatos, como la ley Davis-Bacon”, tendrían la culpa. Se refiere al estatuto que exige que a los trabajadores en proyectos de obras públicas se les pague no el salario mínimo, sino el que impera en la región.

 

Ese mismo día, Frank Rapoport, abogado que representa a varios contratistas de bienes raíces y de la construcción que manejan miles de millones de dólares, rápidamente sugirió que muchos de esos proyectos de obras públicas no deberían ser públicos. En vez, los gobiernos, cortos de dinero, deberían voltear hacia las “sociedades pública-privadas”, conocidas como “P3”. Esto implica puentes y túneles reconstruidos por compañías privadas, que podrían, por ejemplo, instalar casetas de cobro y quedarse con las ganancias. Estos acuerdos no son legales en Nueva York o Nueva Jersey, pero Rapoport cree que eso puede cambiar. “Las estructuras de algunos de los puentes en Nueva Jersey que fueron destruidos necesitan ser remplazadas, y va a ser muy costoso”, dijo a The Nation. “Así que el gobierno podría no tener el dinero necesario para construirlos de manera correcta. Y ahí es cuando recurres a un P3”.

 

El premio al sinvergüenza capitalismo de los desastres seguramente se lo lleva el economista de derecha Russell S. Sobel, quien escribió en un foro en línea de The New York Times. Sobel sugiere que en áreas muy golpeadas la FEMA (Agencia Federal para el Manejo de Emergencias) debería crear “zonas de libre comercio –en las cuales todas las regulaciones normales, licencias e impuestos (sean) suspendidas”. Al parecer, este alboroto empresarial “proveería mejor los bienes y servicios que las víctimas necesitan”.

 

Sí, claro: esta catástrofe muy probablemente creada por el cambio climático –crisis nacida del colosal fracaso regulatorio para prevenir que las empresas traten el medio ambiente como una cloaca abierta– es simplemente una nueva oportunidad de mayor desregulación. Y el hecho de que esta tormenta ha demostrado que la gente pobre y de la clase trabajadora es mucho más vulnerable a la crisis climática demuestra que esto es claramente el momento para despojar a esa gente de las pocas protecciones laborales que aún tiene, así como de privatizar los escasos servicios públicos a los que aún tienen acceso. Sobre todo, al enfrentar una extraordinariamente costosa crisis nacida del egoísmo empresarial, dar vacaciones fiscales a las empresas.

 

La oleada de intentos de usar el poder destructivo de Sandy para hacerse de dinero es sólo el más reciente capítulo de la muy larga historia que he llamado la “doctrina del shock”. Y es un pequeñísimo vistazo a las maneras en que las grandes empresas buscan cosechar enormes ganancias a partir del caos climático.

 

Un ejemplo: entre 2008 y 2010 fueron presentadas o expedidas al menos 261 patentes relacionadas con cultivos “listos para el clima” –semillas supuestamente capaces de soportar condiciones extremas, como sequías e inundaciones; de estas patentes, cerca de 80 por ciento estaba controlada por sólo seis gigantes de los agronegocios, incluyendo a Monsanto y Syngenta. Con la historia como nuestra maestra, sabemos que los pequeños agricultores se endeudarán intentando comprar estas nuevas semillas milagrosas y que muchos perderán su tierra.

 

En noviembre de 2010, The Economist publicó un texto, el de portada, acerca del cambio climático, que sirve como un útil (aunque desgarrador) anteproyecto de cómo el cambio climático podría servir como el pretexto para el último gran arrebato de tierra, un último despeje colonial de los bosques, las granjas y los litorales, a manos de un puñado de multinacionales. Los editores explican que las sequías y los cultivos sometidos a calores extremos son tal amenaza para los agricultores, que sólo los grandes jugadores pueden sobrevivir el desbarajuste y que “puede ser que muchos agricultores abandonen la granja como forma de adaptarse”. Tenían el mismo mensaje para los pescadores que ocupaban valiosas tierras frente al mar: ¿no sería mucho más seguro, tomando en cuenta los cada vez más elevados mares y todo lo demás, si se unieran con sus compañeros agricultores en los barrios bajos urbanos? “Es más fácil proteger de las inundaciones a un puerto que a una población similarmente distribuida a lo largo de una costa de pueblos pesqueros.”

 

Pero, se podría preguntar, ¿no hay un problema de desempleo en la mayoría de estas ciudades? Nada que un poco de “reforma a los mercados laborales” y libre comercio no puedan remediar. Además, las ciudades, explican, tienen “estrategias sociales, formales o informales”. Estoy bastante segura de que esto quiere decir que la gente cuyas “estrategias sociales” antes implicaban sembrar y atrapar sus propios alimentos, ahora pueden aferrarse a la vida vendiendo plumas rotas en los cruces o quizá traficando drogas. Aún no se menciona cuál debería ser la estrategia social informal cuando los vientos de una súper tormenta aúllen a través de aquellos precarios barrios bajos.
Durante mucho tiempo los ambientalistas consideraron que el cambio climático era un gran igualador, el asunto que afectaba a todos, ricos o pobres. No pensaron en la miríada de maneras en las que los súper ricos se protegerían de los efectos menos aceptables del modelo económico que los hizo tan ricos. En los pasados seis años hemos visto el surgimiento de bomberos privados, contratados por compañías de seguros para ofrecer un servicio de “conserjería” a sus clientes más ricos; además del Helpjet, que duró poco, una aerolínea chárter en Florida que ofrecía servicios de evacuación de cinco estrellas, de las zonas de huracanes. Ahora, después de Sandy, hay exclusivos agentes de bienes raíces que predicen que los generadores de energía serán el nuevo símbolo de estatus, con el juego del penthouse y la mansión. Al parecer algunos imaginan el cambio climático no tanto como un peligro claro y presente, sino más como una especie de vacaciones de spa; nada que la correcta combinación de servicios hechos a la medida y accesorios con buena curaduría no puedan vencer. Al menos esa fue la impresión que dejó la venta pre Sandy de Barney’s en Nueva York: ofrecía descuentos en el té verde sencha, juegos de backgammon y mantas de 500 dólares para que sus clientes de lujo pudieran “instalarse con estilo”.

 

Así que sabemos cómo los doctores del shock se están preparando para explotar la crisis climática, y, por el pasado, sabemos cómo termina esa historia. Pero aquí está la verdadera pregunta: ¿podría esta crisis ofrecer una oportunidad diferente, una que disperse el poder a las manos de muchos en vez de consolidarlo en las de pocos; una que expanda radicalmente lo colectivo en vez de subastarlo en pedazos? En pocas palabras, ¿podría Sandy ser el inicio de un shock del pueblo?

 

Creo que sí. Como bosquejé el año pasado (www.thenation.com/article/164497/capitalism-vs-climate?page=0,0#), podemos hacer cambios que posibiliten bajar nuestras emisiones al nivel que la ciencia demanda. Éstos incluyen trasladar nuestras economías (así que vamos a necesitar a esos granjeros donde están); expandir enormemente y reimaginar la esfera pública para no sólo detener la siguiente tormenta, sino también prevenir peores trastornos en el futuro; regular a morir las empresas y reducir su venenoso poder político, y reinventar la economía para que ya no defina el éxito como una expansión sinfín del consumo.

 

De la misma manera en que los movimientos que nacieron a raíz de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial hicieron suyos el orgulloso legado de las redes de bienestar social en el mundo industrializado, así, el cambio climático puede ser una ocasión histórica para engendrar a la siguiente gran ola de cambio progresista. Además, ninguna de las artimañas antidemocráticas que describí en La doctina del shock son necesarias para hacer avanzar esta agenda. Lejos de aprovechar la crisis climática para hacer que se aprueben políticas no populares, nuestra tarea es aprovecharla para demandar una agenda verdaderamente populista.

 

La reconstrucción tras Sandy es un gran lugar para comenzar a probar estas ideas. A diferencia de los capitalistas del desastre, que usan la crisis para evadir la democracia, una recuperación del pueblo (como muchos del movimiento Ocupa ya demandan) implicaría nuevos procesos democráticos, incluyendo asambleas barriales, para decidir cómo deberían ser reconstruidas las comunidades fuertemente golpeadas. El principio primordial debe ser el de tratar al mismo tiempo las crisis gemelas de la desigualdad y el cambio climático. Para empezar, eso quiere decir una reconstrucción que no sólo cree empleos, sino trabajos con sueldo digno. Implica no sólo más transporte público, sino vivienda económica, energéticamente eficiente, al lado de esas vías de transporte. También no sólo más energía renovable, sino control comunitario democrático de esos proyectos.

 

Pero al mismo tiempo que se redoblan las alternativas, necesitamos incrementar la lucha contra las fuerzas que activamente hacen que la crisis climática empeore. Eso implica mantenernos firmes contra la expansión continua del sector de las energías fósiles hacia territorios nuevos y de alto riesgo, ya sea en arenas bituminosas, con fractura hidráulica, exportaciones de carbón a China o taladrando en el Ártico. También implica reconocer los límites de la presión política e ir directamente tras las empresas de energías fósiles, como hacemos en 350.org con nuestro tour “Haz las cuentas”. Estas compañías han mostrado que están dispuestas a quemar cinco veces más carbón de lo que los cálculos conservadores dicen que es compatible con un planeta habitable. Nosotros hicimos las cuentas, y simplemente no podemos dejarlos hacerlas.

 

Esta crisis, o se vuelve una oportunidad para un salto evolucionario, un reajuste holístico de nuestra relación con el mundo natural, o se convertirá en una oportunidad para el mayor alboroto del capitalismo del desastre en la historia de la humanidad, dejando al mundo aún más brutalmente separado entre ganadores y perdedores.

 

Cuando escribí La doctina del shock documentaba crímenes del pasado. La buena noticia es que éste es un crimen que está ocurriendo; aún está dentro de nuestro poder frenarlo. Asegurémonos de que esta vez los chicos buenos ganen.

 


Naomi Klein, autora de No logo y La doctrina del shock.

 

Traducción: Tania Molina Ramírez.

Copyright Naomi Klein 2012.

Publicado en The Nation (thenation.com).

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Martes, 06 Noviembre 2012 06:33

Sandy refuta el negacionismo

Sandy refuta el negacionismo

En un país como Estados Unidos, donde cunde el escepticismo sobre si de verdad se está calentando el clima, las fuerzas de la naturaleza han vuelto a poner en la agenda un asunto que estaba siendo ignorado en el debate público y en particular en la carrera por la presidencia. Romney llegó a burlarse de Obama por su intención de tomar medidas para detener el cambio climático; sin embargo, la realidad es que tampoco la actual Administración adquirió compromisos en la cumbre del clima de Copenhague, en la que debía pactarse un acuerdo para limitar emisiones de CO2 que sustituya al de Kioto. La crisis económica aparcó completamente el debate del cambio climático. Hasta que el huracán Sandy vino a recordar a todos que, mientras tanto, el clima se sigue calentando. Y que, según numerosos científicos, ello influye en la gravedad de los fenómenos meteorológicos.


 
“La influencia del clima es un tema sobre el que se lleva hablando demasiado tiempo, pero si estamos aprendiendo algo con este huracán es que el cambio climático es una realidad. Y la realidad es que somos vulnerables a él”, aseguró en rueda de prensa el gobernador del Estado de Nueva York, Andrew Cuomo, horas después de la llegada de Sandy. Es el mismo mensaje que llevan repitiendo no pocos científicos en las últimas décadas. “Solo hay que observar lo ocurrido el año pasado en Estados Unidos: la sequía, las olas de calor y el gran número de incendios forestales. El cambio climático está asomando la cabeza”, explica por correo electrónico el científico Kevin Trenberth, del Centro Nacional de Investigación Atmosférica en Nueva Zelanda.


 
La actividad de huracanes ha sido muy alta en la costa Atlántica del país desde 1994, hasta alcanzar su máximo en 2005, con el huracán Katrina. “Más o menos se da uno fuerte cada cinco años”, afirma en conversación telefónica Katharine Hayhoe, profesora asociada en el Departamento de Ciencia Política y directora del Centro de Impacto del Clima en la Universidad Tech en Tejas.


 
La tormenta ha dejado a su paso más de 150 muertos en el Caribe y en 12 Estados de la costa este de Estados Unidos. Algunos se enfrentaron durante más de 48 horas a ráfagas de viento de más de 145 kilómetros por hora y lluvias que llegaron a anegar literalmente, entre otras, la ciudad de Atlantic City. “Nuestro clima está cambiando. Y si bien el aumento de fenómenos meteorológicos como los que hemos vivido en la costa Este y Nueva York pueden ser o no el resultado del mismo, el riesgo de que haya una posibilidad de que sea el causante debería ser suficiente para obligar a los líderes mundiales a actuar de inmediato”, explicó el alcalde de esa ciudad, Michael Bloomberg, en una rueda de prensa tras cuatro días del desastre.

 


El cambio climático estaba ausente del debate político durante la larga campaña para las presidenciales. En la Convención Republicana de Tampa, en septiembre, el candidato republicano Mitt Romney declaró: “El presidente Obama prometió parar las mareas de los océanos y a sanar el planeta. Mi promesa es ayudarle a ustedes y a sus familias”. A lo que el presidente contestó: “El cambio climático no es una broma, cada vez hay más sequía y más incendios. Y es una amenaza para el futuro de nuestros hijos, y si eligen bien estas elecciones, haremos algo al respecto”. Los republicanos no se lo pusieron fácil alineándose con las industrias contra los límites a las emisiones.

 

Y entonces llegó Sandy. Lo sucedido en la ciudad de los rascacielos es “un suceso raro”, pero “hay que admitir que las probabilidades de que esto vuelva a ocurrir están aumentando”, afirma Trenberth. “Está claro, el cambio climático no es la causa directa de Sandy pero sí se ha visto influenciada por este fenómeno”, añade el experto. “No creemos que el número de huracanes vaya a crecer en los próximos años, pero creemos que la energía de los mismos, sí”, continúa Hayhoe. “Un dato que la gente debe recordar es que el 60% de las capitales mundiales se asientan cerca del océano, por lo que, si sigue aumentando el nivel del mar, vendrán otras tormentas como Sandy”.


 
Sandy comenzó como un huracán normal que se alimentó de las aguas cálidas superficiales del Océano Atlántico. En el momento en que la tormenta tocó tierra, se había convertido ya en ciclón extratropical con alguna característica de tormenta tropical, y con una gran cantidad de tormentas activas pero sin ojo. A este fenómeno se le unió una precipitación de invierno procedente de Colorado que convirtió a Sandy en un híbrido que llegó además a mezclarse con contrastes de temperatura que se producen en latitudes medias. “El resultado fue que la tormenta dobló su tamaño, llevó la misma fuerza que un huracán y cubrió una gran parte de la costa Este cuando tocó tierra”, explica Trenberth.


 
A ello se unieron la marea alta, una fase lunar favorable y una presión atmosférica demasiado baja que conllevó un récord de oleaje de hasta casi cuatro metros en el sur de Manhattan y en las zonas costeras del tercio norte de EE UU, según explican los expertos. “Esta perfecta combinación dio, además, lugar a la erosión de las playas, inundaciones masivas y ráfagas de vientos muy fuertes que han causado miles de millones en daños”, enfatiza este científico. Además de las más de cien vidas arrebatadas, más de ocho millones de personas en esta región sufrieron cortes de luz y más de un millón de hogares y negocios fueron devastados.


 
La consultora experta en catástrofes Eqecat estimó el pasado jueves que la tormenta costará más de 20.000 millones de dólares (15.500 millones de euros) a las aseguradoras y más de 50.000 millones (39.000 millones de euros) al Gobierno de EE UU. “Esto dobla las previsiones, y se puede asegurar que va a ser mucho más costoso que el paso de Irene, en 2011”, aseguró un portavoz de la compañía a la cadena Fox. El más costoso de la historia de EE UU fue el Katrina, en 2005, que costó más de 180.000 millones de dólares (140.000 millones de euros) y la vida de 1.200 personas.

 


“La temperatura de la superficie marina, antes de llegar la tormenta, era 2,8 grados centígrados superior a la media de los últimos 30 años, aunque se considera normal para esta época del año en la franja de 800 kilómetros de costa que se alarga entre los Estados de Carolina del Sur y Canadá. Y es muy probable que un 20% de este calentamiento se haya producido por el cambio climático”, explica Trenberth. Normalmente, con cada aumento de temperatura de un grado Fahrenheit (0,60 grados centígrados), la atmósfera suele retener un 4% más de humedad, según calculan los expertos.

 

Todas estas condiciones hicieron que “Sandy cogiera más humedad, lo que la convirtió en una gran tormenta que aumentó las condiciones de lluvia entre el 5% y el 10% en comparación con las condiciones de hace más de 50 o 60 años”, añade Hayhoe. El calentamiento también es el causante del aumento del nivel del mar a un ritmo de medio metro cada siglo, en parte por la fusión del hielo de los glaciares y el Ártico.


 
Sandy ha seguido los pasos de Isaac, que llegó en agosto de este año, y de Irene, en agosto del año pasado, ambos acompañados de inundaciones que evidenciaban el incremento de la humedad en la atmósfera asociada al calentamiento del mar. “Mientras siga aumentando el efecto invernadero, seguirá existiendo el calentamiento de los océanos y los niveles altos del mar están garantizados. Estamos pagando el precio de no tomar medidas, y la reconstrucción de lo destruido no es suficiente”, continúa la experta.


 
Algunos Estados ya han empezado a prepararse. En California se han elaborado planes con una proyección de décadas, tras sufrir inundaciones de carreteras y del aeropuerto de San Francisco; una terrible sequía en el parque nacional de Yosemite y en su región agrícola, y la pérdida de gran parte de su zona costera debido a la erosión del Pacífico. “Sin embargo, los Estados no pueden elaborar los planes solos, el Gobierno federal tiene que estar comprometido”, continúa la científica de Tejas. “Esta tormenta nos ha enseñado que somos vulnerables ante los efectos del impacto climático. Mi trabajo es prevenirlos en distintas ciudades de Estados Unidos. Acabo de terminar proyectos para Chicago y Cambridge. En la Costa Este, nuestro primer objetivo es contener las fuertes y abundantes precipitaciones. Una medida viable es amurallar ciudades como Nueva York”, continúa Hayhoe. “Debemos actuar ahora, aunque no se vean los resultados hasta dentro de 20 o 30 años. Hay que planear un plan de acción, todavía hay tiempo”, concluye Hayhoe. Un mensaje que podría empezar a calar entre los ciudadanos: según un sondeo de Gallup del mes de marzo, un 52% cree que los efectos del cambio climático ya se están notando.


Por Carolina García 6 NOV 2012 - 00:00 CET

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Martes, 07 Agosto 2012 07:02

El dilema de las izquierdas

El dilema de las izquierdas
Discutir sobre la izquierda, quiénes son y qué organizaciones la encarnan, se ha convertido en tema recurrente, sobre todo desde la caída del muro de Berlín. Muchos hemos buscado una explicación a la atomización y diáspora militante, pero la discusión provoca desazón e intelectualmente perplejidad. Hoy no faltan adjetivos para identificar un cúmulo de izquierdas. Viejas denominaciones y nuevas adscripciones. Izquierda verde, ecologista, feminista, anticapitalista, gay, cultural, progresista, comunista, demócrata-radical, socialista, socialdemócrata, popular, autogestionaria, reformista o revolucionaria. Incluso hay quienes han planteado la emergencia de una izquierda responsable”. En este mar coexisten marxistas, leninistas, estalinistas, maoístas, gramscianos, libertarios, autogestionarios, trotskistas y últimamente, en alusión al filósofo italiano Negri, “negristas”, por citar algunos. Y en América latina las propias del contexto histórico. Guevarista, castrista, allendista, peronista, mariateguista, martianos y sandinistas. Y ahora, después de este ejercicio de catálogo, cabría preguntarse: ¿cuánto y qué separa a tantas izquierdas? ¿estrategia, táctica, métodos, principios? Seguro que hay diferencias y en algunos casos irreconciliables, pero este es el punto de inflexión que obliga a plantearse la refundación del espacio político de lucha anticapitalista. La convivencia en esta gran “familia” no ha sido fácil ni puede serlo. Diríamos que se caracteriza por su genética tortuosa y en ocasiones traumática. Las razias, los asesinatos o gulags dejan una huella difícil de borrar, introduciendo otro hándicap a la hora de definir una diferencia ética entre el accionar de la derecha y el de la izquierda.
 

Por si alguien piensa que la derecha tiene las manos limpias, la verdad es lo contrario. En sus filas se han cometido innumerables crímenes, todos execrables. Pero, salvo casos excepcionales, dichos actos de ignominia fueron cometidos contra sus enemigos naturales, es decir, las clases sociales dominadas y explotadas y los militantes de izquierdas, hayan sido éstos, indistintamente, comunistas, socialistas o socialdemócratas. La caza de brujas en Estados Unidos y la lucha anticomunista, en tiempos de la guerra fría, han causado millones de muertos en los cinco continentes. Sirva el caso de Indonesia, en plena euforia nacionalista. Derrocado Sukarno e instaurado en el poder el general Suharto, en menos de un año fueron asesinados, según las cifras, entre medio millón y 2 millones de simpatizantes y militantes de izquierdas. La isla de Bali perdió 8 por ciento de su población, equivalente a 100 mil personas. Qué decir de las dictaduras en América Latina, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, etcétera.
 

Sin embargo, la izquierda ha fagocitado a sus miembros, disparándose en el pie. Tres ejemplos. España durante la guerra civil, el asesinato de Andreu Nin, dirigente del PAUM, a manos del Partido Comunista. La Unión Soviética de Stalin, el asesinato de León Trotski en México, por citar uno, amén de los millones de muertos anónimos, y en América Latina, el ajusticiamiento del poeta salvadoreño Roque Dalton, perpetrado por su organización. Ellos fueron acusados de agentes del imperialismo y sus cabezas cobraron precio. Quienes cumplieron la “misión” lo hicieron en nombre de “la revolución”. Y no les tembló la mano. Ramón Mercader le atizó con un piolé a Trotski y Roque Dalton recibió un tiro en la nuca de su compañero y “amigo” Joaquín Villalobos, más tarde comandante del FMLN, hoy asesor de la derecha estadunidense. Pero los caídos en desgracia y considerados contrarrevolucionarios llenarían tomos y tomos. Y si vemos la historia reciente, baste señalar Camboya. Para los disidentes esta manera de actuar de las “izquierdas” demuestra la perversión del comunismo. Y para la derecha política y social constata la superioridad del liberalismo frente al totalitarismo marxista.


Lo anterior supone, para cualquier militante de izquierda de hoy, un lastre. En ocasiones es una verdadera losa para proponer una alternativa socialista y anticapitalista. Hay que estar continuamente reinventándose. Nuevos lenguajes, nuevas formas de actuar y, desde luego, de pensar. Cada vez que uno se proclama socialista o comunista, llueven los improperios y las descalificaciones. Se nos tilda de anticuados, obsoletos, fracasados, antisistema y, si la cosa se pone fea, el calificativo de “terrorista” siempre es un comodín. Constituyen restos execrables y prescindibles adscritos a la “historia negra del comunismo mundial”. Mejor que se disuelvan, se hagan el harakiri y se transformen en acólitos de la globalización trasnacional. Eso sí, antes deben hacer un gesto público de abdicación y entonar el mea culpa. Tal como ocurría en los tiempos oscuros de la inquisición, el hereje, antes de morir achicharrado en la hoguera, debía confesar su pecado. No salvaría la vida, pero a los ojos de la Iglesia y Dios, limpiaba su alma. Incluso un arrepentimiento a tiempo transformaba al inquisidor en un benevolente juez, capaz de sustituir la hoguera por una muerte veloz, el garrote vil o la horca. Pero cabía otra opción, dejarse caer en las manos de la verdad revelada. La inquisición los transformaba en espías, delatores. Algunos fueron premiados por la celeridad en sus actos. Torquemada, por ejemplo. En la arena política los conversos son muchos. En América Latina no faltan casos, Jorge Castañeda sin ir más lejos. Divulgadores de la nueva fe se dejaron la dignidad por el camino y la ética la arrojaron al retrete. La derecha se ha nutrido de semejantes especímenes para convertirlos en profetas del neoliberalismo.
 

Tal vez llegó la hora de refundar la izquierda. Sumar y no restar. Pero este proceso supone gran altura de miras. No se trata de crear un partido único o reconstruir una vanguardia excluyente. La marcha del capitalismo lleva al colapso planetario. No es ciencia ficción. En todos los ámbitos de la vida, política, social, económica, cultural, ecológica, alimentaria y, desde luego, ética, el capitalismo opta por una deriva irreversible. Los órdenes complejos han perdido la capacidad de reproducir su organización con resultado de muerte a mediano plazo. Hoy día, rehacer los espacios medioambientales deteriorados y contaminados no es viable. Sin una izquierda fuerte, posicionada y con capacidad de respuesta, el neoliberalismo terminará con un triunfo pírrico. Un planeta donde la vida no tendría posibilidades de prosperar. Esta es la responsabilidad de la izquierda, evitar la catástrofe. Impedir la muerte de millones de seres humanos y especies, aunque sólo sea por espíritu de sobrevivencia. Son horas vitales. El tiempo apremia. Hay que separar el polvo de la paja. Limpiar la izquierda de aquello que nunca formó parte de su tradición teórica, política y ética. No caer en falsos debates cuyo propósito paraliza el advenimiento de una fuerza capaz de enfrentar al neoliberalismo, con posibilidades reales de éxito.

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Miércoles, 04 Enero 2012 07:14

Desventuras del cambio climático

Desventuras del cambio climático

El calentamiento global es el gran cuco de nuestra época (y la idea apocalíptica de turno). Pero su realidad (y sus temibles consecuencias) están casi a la vuelta de la esquina. Un problema, en fin, que no se puede dejar pasar y por el que hay que calentarse.

 

–Bueno, usted es profesor emérito de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, doctor en Ciencias de la Atmósfera, investigador superior del Conicet, miembro del Comité Ejecutivo del Panel Intergubernamental de Cambio Climático. Hablemos del cambio climático.

–De acuerdo. ¿Por dónde empezamos?
 

–Por donde usted quiera.

–A nivel global, la comunidad científica internacional, por amplia mayoría, ha llegado a un consenso: estamos en presencia de un cambio del clima. Hay aumento de la temperatura planetaria, retroceso generalizado de los glaciares, desaparición progresiva del hielo en el Artico. Todas estas cosas demuestran que estamos en presencia de un calentamiento global. El segundo punto, más problemático, es el de la atribución de ese cambio. Por un lado, hay quienes piensan que podría ser una variación climatológica de las tantas que hemos tenido en el pasado. Ahí, entonces, habría que descartar otros posibles efectos. Los únicos posibles efectos en una escala de 200 años, donde tenemos que descartar por ejemplo los efectos astronómicos generados por la variación de la órbita de la Tierra alrededor del Sol...
 

–¿La variación de la órbita no pesa?

–Sí, pero es muy lenta. Tenemos que descartar también otras causas geológicas: la deriva de los continentes, los movimientos tectónicos. Lo que queda, entonces, es la radiación solar, que ha estado aumentando en los últimos 150-200 años, los gases de efecto invernadero...
 

–¿Por qué aumentó la radiación solar?

–Bueno, en escala, la radiación solar ha estado aumentando desde que la Tierra es Tierra, y aumentó en el orden de un 15/20 por ciento. Ahora, cuando vamos a 200 años, tenemos el orden de variación de eso es de 1 en 10 mil. El Sol ha estado variando en los últimos 200 años en ese orden. Otro efecto en esa escala es el de los volcanes, que cuando emiten de manera muy intensa llegan a la estratosfera. Las partículas emitidas pueden enfriar la atmósfera durante dos o tres años. Pero después eso se borra. Además, nosotros desde hace mucho tiempo a esta parte tuvimos pocas erupciones de ese tipo. De 1910 a 1940, período en que la Tierra se calentó, no tuvimos ninguno. Y en los últimos tiempos tuvimos tres o cuatro. El último factor es la variabilidad interna de la atmósfera. El clima puede llegar a tener variaciones sin que varíe ninguno de los factores externos. Esa es una propiedad que tienen tanto la atmósfera como el océano, y el clima está condicionado por estos sistemas (o es parte de estos sistemas). Lo que cabe, entonces, es ver si los modelos que representan aproximadamente bien el clima global presentan fluctuaciones similares a las observadas, y eso tampoco se ve. Por último, con los modelos se han hecho experimentos en los que se ve que si se trata de reproducir el ciclo de temperaturas de los últimos cien años, la reproducción de la tendencia positiva del clima fue buena hasta 1960, sin contar los gases de efecto invernadero. O sea: hubo un primer período de calentamiento, hasta 1940, luego un período de estabilización hasta la década del ’60. Eso los modelos lo dan bien con la radiación solar y la presencia de volcanes. Pero luego se abre la curva y ya no se puede explicar el calentamiento que sucedió a partir de la década del ’60.
 

–¿De cuántos grados estamos hablando?

–Siete décimas de grado a nivel planetario. Si uno considera que el océano se calentó menos que la tierra, que las latitudes altas se calentaron más... bueno, estamos hablando de un calentamiento de hasta dos grados en determinadas zonas. Ahora bien: si esos modelos incorporan las emisiones de gases de efecto invernadero y de aerosoles humanos, resulta que la reproducción del clima es adecuada.
 

–Bueno, pero es un modelo...

–No le estoy hablando solamente de un modelo: hay hechos más de 20, y todos dan más o menos los mismos resultados. Si no hemos visto antes el calentamiento global es porque hay dos efectos contrapuestos de la acción antrópica: uno es la emisión de gases de efecto invernadero, que ha ido aumentando en forma exponencial, que tiende al calentamiento; y la otra es la emisión de aerosoles humanos, que dura muy poco (10 días), pero que es continua y que tiende al enfriamiento. Si bien al principio se compensaban, como uno tiene una tendencia lineal y el otro exponencial, termina por primar el exponencial. Es más: se trata de reducir las emisiones de aerosoles, formados a partir del dióxido de azufre (que es tóxico). Si se lograra hacer, la Tierra se calentaría violentamente en un grado en muy poco tiempo. De modo que el fenómeno del cambio climático, causado por los gases de efecto invernadero, está presente. Lo que es dominante en esa emisión de gases es la quema de combustibles.Y el 85 por ciento de la energía que usa la humanidad viene de los hidrocarburos. Esto, entonces, no es una cosa que se resuelve tanfácil.
 

–Hay una inercia del sistema económico, pero también puede haber falta de voluntad.

–Depende de los países. Estamos en un período de varias crisis. Tenemos la del agua, la del petróleo, etcétera. Lo que pasa con el petróleo es que cada vez aumenta la demanda, y no puede ser satisfecha por la oferta. El origen de esa demanda viene dado por dos cosas: por un lado, por el crecimiento de la población; por el otro, porque se está transformando el modelo productivo del mundo. Hasta hace 20 o 30 años, los países ricos eran cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres.
 

–¿Y eso se invirtió?

–Si lo tomamos globalmente, lo que vemos hoy es que los países pobres crecen a una tasa mucho más alta que los países desarrollados. Las crisis que golpean más a los países desarrollados que a los no desarrollados demuestran esto. Lo importante es que no es lo mismo que crezca una economía desarrollada a que crezca una economía en desarrollo. La desarrollada, si crece, lo hace en el sector de servicios normalmente (computación, educación, salud), pero un país en desarrollo tiene que tener más peso en los sectores básicos. Eso genera una mayor presión sobre los recursos naturales. Esto no quiere decir que yo esté en contra de este crecimiento, que quede claro. Simplemente es una fotografía de lo que pasa. Con el cambio climático se esperaba que los países en desarrollo, que son unas tres cuartas partes de la humanidad, igualaran la emisión de los países desarrollados en 2025 o en 2030. Y lo que se vio es que los países en desarrollo hoy ya emiten igual que los países desarrollados. El 25 por ciento de la humanidad emite un 50 por ciento y el otro 75 emite otro 50 por ciento. Evidentemente, si bien es cierto que está muy desfasado, ya no se puede resolver el problema diciendo que tienen que encargarse los desarrollados.
 

–¿Y entonces?

–Esa es la negociación que está en curso, en la que se acepta que los países en desarrollo tienen que asumir compromisos, aunque no de la misma fuerza que los otros. Una de las reuniones de la corte de Copenhague llegó a un acuerdo para reducir las emisiones hacia el año 2050 a la mitad, para no superar un calentamiento neto de dos grados sobre el período preindustrial. Porque se supone que con dos grados de aumento habría efectos graves, entre otros que la biosfera dejaría de ser un sumidero. Hoy lo que emitimos va mayoritariamente a la atmósfera, y lo demás se divide entre océano y biosfera. Con dos grados de aumento se complica la cosa: se supone que la biosfera dejaría de ser un sumidero y se convertiría en una fuente de emisión. Ese, entre otros muchos efectos contrarios. Los países, entonces, se fijaron metas voluntarias para reducir sus emisiones, pero ahora se está tratando de que esas metas resulten legalmente vinculantes. Lo que pasa es que lo legalmente vinculante es muy difuso, porque el protocolo de Kioto lo es y, sin embargo, al no haber castigo para el que lo cumpla, resulta ser exactamente lo mismo.
 

–¿Y los países en vías de desarrollo?

–Bueno, es interesante señalar que muchos se están comprometiendo de verdad, como por ejemplo Brasil, India, México. Pero también hay que señalar que nuestro país en eso está muy atrasado. A ver: la Argentina en temas de cambio climático ha tenido una muy buena gestión en la Convención; por ejemplo, en los problemas de bosques, nuestro país ha propiciado que se destinen fondos a la no deforestación, inició el proceso de pensar en la adaptación al cambio climático, fue pionera en hacer circular el concepto de la deuda ambiental. Luego, en la reunión de Cancún, la Argentina llevó otra buena idea: la de la “transformación justa”. Es inevitable que el petróleo va a tener que ser suplementado. Los países desarrollados han propuesto para 2050 una meta de reducción del 50 por ciento, pero comprometiéndose a reducir ellos el 80 por ciento. ¿Qué está detrás de esto? Hay una transformación necesaria, porque tenemos la crisis del petróleo y la del clima. Hay dos caminos: uno son las energías alternativas, que es a lo que apuesta Europa claramente; el otro tiene que ver con el aprovechamiento del carbón, y es usado por China y Estados Unidos.
 

–Usted me pintó un panorama muy completo y complejísimo. Lo que yo quiero preguntarle es qué es lo que piensa que va a pasar.

–Es complicado, porque hacer escenarios sobre la conducta humana es muy complicado. Yo creo que inevitablemente el tema de cambio climático va a ir ganando fuerza a medida que vayan pasando las cosas. Si uno mira los últimos dos o tres años, por ejemplo, la cantidad de inundaciones que hubo en el planeta es infernal y se cuentan los afectados por cientos de millones de personas. En el muy corto plazo, no creo que haya solución. Pero para mí es muy claro que en el mediano plazo, en los próximos diez años, la humanidad va a terminar por inclinar la balanza en contra de los hidrocarburos.

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Miércoles, 07 Diciembre 2011 16:56

Clamores apagados


Durban: las negociaciones entran en la fase política
Las negociaciones sobre cambio climático, que se llevan a cabo en Durban, Sudáfrica, desde el 28 de noviembre, entran esta semana en la fase de negociaciones políticas de alto nivel. Si bien parece perfilarse una postura mayoritaria de que Durban no debe significar el sepelio del Protocolo de Kioto, bien podría ser -como señaló un representante de Greenpeace- que éste termine en la unidad de cuidados intensivos.
 
Hay dos temas centrales y cruciales en los debates en esta Conferencia de las Partes (COP17): la renovación de los compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, en el marco del Protocolo de Kioto, cuyo primer periodo vencerá en 2012; y los mecanismos y fuentes financieras del Fondo Verde Climático (FVC), considerado indispensable para la implementación efectiva de otra serie de acuerdos y mecanismos, como los planes de adaptación, mitigación y transferencia tecnológica para que los países en desarrollo puedan enfrentar el cambio climático.
 
Voceros de la sociedad civil y movimientos sociales presentes en Durban están escandalizados por la aparente falta de voluntad política de algunos de los actores más potentes de comprometerse con acciones contundentes y a corto plazo, ya que la situación actual y las amenazas de catástrofes exigen respuestas urgentes. Los plazos y metas necesarios para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a un nivel más sostenible ya fueron reconocidos por la comunidad internacional en años anteriores.
 
El lunes, Nicolas Stern (autor del Stern Review sobre la economía del cambio climático), en una rueda de prensa, recordó las cifras: en los próximos 40 años, se tendrá que reducir las emisiones del nivel actual de unos 50 mil millones de toneladas anuales, a menos de 20 mil millones, para tener la posibilidad (aunque no la seguridad) de mantener el calentamiento global promedio por debajo de los 2 grados. Al mismo tiempo, 6 de los 7 mil millones de habitantes actuales del globo requieren de un crecimiento económico para satisfacer sus necesidades básicas, recordó.
 
No obstante, hasta ahora ni siquiera se han cumplido las metas globales -poco ambiciosas- de reducir las emisiones globales en un 5% hasta 2012 (sobre los niveles de 1995). Un estudio difundido por el Global Carbon Project a fines de noviembre revela que en 2010, las emisiones globales de carbono aumentaron en 5,9%, el mayor aumento anual registrado hasta ahora. El promedio de la última década ha sido un crecimiento del 3% anual, comparado con cerca de 1% en los años 90.
 
A pesar de esta situación, no se percibe en Durban un sentido de urgencia por parte de los grandes actores; incluso la mayoría de propuestas en discusión hablan de al menos ocho años más para seguir negociando, antes de asumir compromisos más radicales.
 

Planteamientos

 
Los países del ALBA, que han venido concertando posturas comunes, expresaron públicamente sus preocupaciones con el estado de las negociaciones. “No hemos visto avances significativos en el Protocolo de Kioto y eso todavía nos preocupa”, señaló en rueda de prensa la jefa de la delegación venezolana, Claudia Salerno. Los países del ALBA están comprometidos en buscar “un resultado que sea significativo para el planeta”, lo cual implicaría compromisos substanciales de reducción de emisiones, y a corto plazo. “Si las fechas críticas se establecieron en el año 2009, no entendemos cómo ahora ciertos países desarrollados planteen hojas de ruta que pueden tomar muchos años y que concluirían quizás con mucha esperanza en el 2020”, puntualizó.
 
Paul Oquist, ministro de la Presidencia para Políticas Nacionales de Nicaragua, respondiendo a una pregunta de ALAI, señaló que los países con responsabilidad histórica para las emisiones, y que tratan de evadir su responsabilidad civil por los daños causados a los países en desarrollo, ahora podrían sumar una nueva responsabilidad histórica: el de decretar una década perdida. “No lo podemos aceptar”, sentenció.
 
En los últimos días, China modificó su posición al decir que podría aceptar nuevos compromisos vinculantes a partir del 2020, pero estableció cinco condiciones. Por su parte, Japón, Canadá y Rusia han dicho hace algún tiempo que no participarán en un nuevo periodo de compromisos, pero también han señalado que no obstaculizarán un nuevo acuerdo.
 
En cambio Estados Unidos, que ni siquiera firmó el Protocolo, viene planteando medidas dilatorias y buscando debilitar los acuerdos, como lo denunciaron miembros del Climate Action Network. Nuestro mensaje a Obama, dijo Kumi Naidoo, es que si no puede lograr que su equipo acá en Durban cambie su actitud negativa, entonces “que se haga a un lado para dejar que el resto del mundo avance”. Jim Leape agregó que “ninguna de las soluciones actualmente en la mesa nos salvarán de la tragedia”, y que falta ambición y voluntad política.
 
En entrevista con ALAI, el jefe de la delegación boliviana, René Orellana, identificó como principales obstáculos a superar, primero “que el segundo periodo de compromisos se dé sin condicionamientos”, es decir que los compromisos no deben ser negociables a cambio de algo, sino que son “una responsabilidad moral y ética”. Y segundo, que los países desarrollados que no entren al segundo periodo de compromisos “admitan, acepten y decidan tener un sistema de cumplimiento de sus ofertas de reducción”. Ello implica que sus ofertas de reducción (voluntarias) permitan cuantificar la reducción de emisiones, con “un sistema de control riguroso y un sistema punitivo”, en caso de incumplimiento. Bolivia ha presentado una propuesta en este sentido a la Conferencia, pues, según los actuales textos en debate, mientras que la mayoría de países, que sí aceptan compromisos vinculantes, se someterían a un sin fin de controles, monitoreos, restricciones y verificaciones, hasta ahora no se contempla nada similar para los países con metas voluntarias.
 
En los pasillos se comenta que probablemente algún tipo de acuerdo saldrá de Durban que mantenga en vida el Protocolo de Kioto, mientras se siga negociando un instrumento más contundente; pero hay poco optimismo que pueda estar a la altura de lo que el planeta y la humanidad requieren, ni con la urgencia necesaria.
 

El Fondo Verde

 
La creación del Fondo Verde Climático ya fue acordada en Cancún, y durante el año se ha avanzado en definir el marco operativo, pero aun persisten marcadas diferencias sobre algunos aspectos. Se da por sentado que se llegará a un acuerdo sobre los mecanismos; no obstante, poco se está discutiendo las fuentes para llenar el fondo. Para los países del ALBA, se requieren compromisos claros y obligatorios de los países desarrollados. Ya se ha visibilizado el fracaso de los mecanismos voluntarios, afirmó Oquist.
 
Por su parte, Ecuador ha sometido a la conferencia una propuesta de monitoreo y verificación para los mecanismos de financiamiento, para saber cómo se están ejecutando los fondos comprometidos. De los fondos Fast Start establecidos en Copenhague hasta 2012, “ni el 9% han sido invertidos en los países en desarrollo”, destacó la ministra del Patrimonio, Mará Fernanda Espinosa. “Lo que vemos es una serie de baúles vacíos de recursos, pero llenos de retórica”, denunció. Esto deja en entredicho otros acuerdos de Cancún, cuyos mecanismos se están afinando en Durban, como adaptación, iniciativas REDD, mitigación, porque quedarán desfinanciados.
 
La posición de Bolivia en estas negociaciones se alinea con los demás países del ALBA presentes.  No obstante, afirma no haber dejado de lado los compromisos de Tiquipaya (Conferencia Mundial de los Pueblos, 2010). En este marco, señaló René Orellana, Bolivia ha presentado una propuesta muy rigurosa de manejo sustentable de los bosques, sin los mercados, que contempla la captura de carbono pero también una visión más integral, como espacio de vida que incluye alimentación, biodiversidad, agua. Algunos países han expresado interés, dice, pero la mayoría de países no han dado señal al respecto.
 
En otro tema, consecuente con el rechazo a los mercados como mecanismo de financiamiento expresado en Tiquipaya, se ha presentado una propuesta de impuesto a las transacciones financieras y un impuesto a los buques de navegación internacional y la aviación (que no responden a ningún país). Esto se está negociando y Bolivia tiene esperanzas de que sea incluida.
 
En cuanto a si habrá una segunda Conferencia de los Pueblos, Orellana respondió que son los movimientos sociales del mundo los que tienen que definirlo: “Esa conferencia ya tiene que ser apropiada por ellos y ya no por un Estado. Nosotros por supuesto lo apoyamos,” acotó.
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Principios para arrancar el clima de manos del capitalismo salvaje
Ya lo dijimos y lo repetimos: el Clima está en manos del “capitalismo salvaje” y sus instituciones. En las negociaciones del último año no se ha avanzado prácticamente en nada positivo para los pueblos, no se han logrado compromisos de una mayor reducción y, apoyados en los acuerdos de Cancún, se ha seguido una lógica suicida de “compromisos voluntarios” orientados a desmantelar el régimen del clima y fomentar un nuevo instrumento que sustituya al Protocolo de Kyoto facilitando a las grandes economías eludir sus responsabilidades, en particular a EEUU. Se ha empoderado al Banco Mundial y su rol en el Fondo Verde abriéndose hacia una mayor privatización, endeudamiento y condicionalidades, se ha avanzado en afinar los mecanismos de mercado para el “control” de las emisiones, no se cuentan con compromisos para fondos suficientes que respondan a la catástrofe, se ha debilitado en la práctica la situación de los países en desarrollo y vamos vertiginosamente hacia temperaturas mayores a los 2ºC, algunos colectivos científicos hablan incluso de que en este siglo podríamos superar una elevación de 4ºC promedio: una verdadera catástrofe.
 
Las decisiones que se vayan a tomar ya son tardías, pero daría al menos una esperanza saber que los estados son concientes de la magnitud de esta crisis y de sus responsabilidades. Los gobiernos deben decir la verdad, explicar a sus pueblos lo que pasa, pues los lamentos y las promesas de un futuro no son suficientes, necesitamos medidas efectivas e inmediatas para parar esta destrucción.
 
 Exigimos a los gobiernos que en la COP 17 defiendan los principios de la equidad y de las responsabilidades históricas de las grandes economías para con el mundo y que los países responsables de esta catástrofe no solamente se comprometan a reducciones sustantivas de sus emisiones, sino a dejar de impulsar un desarrollo insostenible en el sur mediante sus empresas, sus políticas y su afan de salvar al capitalismo en su crisis financiera. El planeta no tiene por qué pagar el costo de la crisis producida por ellos mismos.
 
 Exigimos también a nuestro gobierno que, a tiempo de defender el régimen climático basado en las responsabilidades históricas y diferenciadas entre las grandes economías y los “países en desarrollo”, actúe con coherencia y consecuencia en el nivel internacional y a nivel local, porque si bien clamamos por el derecho al desarrollo, debemos decir con la cara en alto que el tipo de desarrollo que buscamos no es el mismo que el que está destruyendo el planeta. Los representantes de Bolivia deben ser coherentes con cómo poner en práctica aquello que llamamos los “derechos de la Madre Tierra”, esos temas incluidos en los textos borradores de negociación deben contar con explicaciones coherentes, reflexionadas, basadas en lo que las realidades locales están clamando.
 
Y a quienes se rasgan las vestiduras afirmando que los que más contaminan hoy son los países emergentes, que no para nosotros son ningún modelo a seguir, les recordamos la enorme deuda histórica que los países desarrollados y las grandes economías tienen con los países pobres y que son precisamente las grandes transnacionales de occidente las que exacerban el extractivismo y el desarrollismo. El argumento de las economías emergentes está siendo usado por los países desarrollados, en particular por Estados Unidos, para desmantelar el régimen multilateral sobre el clima y destruir aquellos principios expresados en la Convención y el Protocolo de Kyoto e inclusive borrar con el codo lo que se acordó en la Agenda de Bali. Mientras tanto y en paralelo se afilan los sables para las negociaciones de la OMC que bajo mandato del G20 en la reciente reunión en Niza se han constituido en una prioridad a ser concluidas. Son precisamente las profundas asimetrías y las leyes del capital como los sistemas de propiedad intelectual y las reglas de inversión las que han facilitado a estos países ubicarse a años luz en tecnologías y matrices energéticas de bajo carbono y que –por cierto- ni siquiera son utilizadas como corresponde bajo políticas públicas sino que siguen en manos del poder corporativo.
 
Pero también es fundamental echar una mirada al poder de las corporaciones y las élites dominantes en los países del sur y a los modelos de desarrollo, infraestructura y energía que éstas están impulsando, como es el caso de América del Sur y su relación con la crisis climática y ambiental y recordar que el propio PICC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático) afirma que ninguna experiencia previa en términos de infraestructura, gestión del agua, gestion medioambiental es un antecedente para la magnitud de los desafíos que el futuro depara, dados los grados de vulnerabilidad por los cambios climáticos.
 
Sin duda, las soluciones de fondo vendrán de la gente, que es la que vive en carne propia las consecuencias así como lo hemos visto en Tailandia, Colombia, Australia, América del Sur, las sequías en Africa y todas aquellas regiones golpeadas por la crisis climática y ambiental y por la vulnerabilidad que ha añadido a esta situación el uso de la energía nuclear, la construcción de infraestructuras agresivas y el incremento de los agrocombustibles. Es la gente de a pie, esa que no va a las conferencias internacionales, la que enfrenta y resuelve las crisis y la que se merece una esperanza.
 
Así fue también con la agenda propuesta por el Acuerdo de los Pueblos que sintetiza la conciencia de que requerimos acuerdos globales basados en la ciencia, la equidad y la justicia, recordemos algunas de las propuestas elaboradas colectivamente:
 
Los acuerdos deben estar dirigidos a limitar el incremento de la temperatura en el presente siglo a 1º C para reducir los efectos del cambio climático.
 
Se debe buscar reducir los gases de efecto invernadero en 50% respecto al año base de 1990 para el 2do periodo de compromiso en el Protocolo de Kioto desde 2013 – 2017.
 
Los países desarrollados tienen una deuda climática con los países pobres, la madre tierra y las futuras generaciones y deben honrarla.
 
Los fondos para enfrentar los impactos del cambio climático deben superar a nivel mundial los presupuestos de defensa, guerra y seguridad de los países desarrollados.
 
Ninguna institución de interés privado como el Banco Mundial u otras deben intervenir en la gestión de los fondos para el clima que son de interés público.
 
 No se puede someter la reducción de emisiones por la deforestación y degradación de bosques a los mecanismos de mercado. (Acuerdo de los Pueblos, Abril 2010)
 
Cada año los medios dicen que esta vez se trata de “la última oportunidad para salvar el planeta”. Hasta las palabras están empezando a quedar vacías de contenido. Lo que se juega en Durban no es la vida, porque ya la rifaron hace tiempo, lo que se juega verdaderamente es la posibilidad de encontrar los caminos reales y coherentes para detener la catástrofe y para sembrar desde la ética y la justicia las bases de una sociedad transformada que eluda consecuentemente los mecanismos y el aparato de la destrucción global en el día a día.
 
Elizabeth Peredo Beltrán es psicóloga social, escritora y activista por el agua, la cultura y contra el racismo.
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La “gobernanza mundial” ha sido debatida durante mucho tiempo. Pero 2010 será un año crucial para definir las respuestas. ¿Cómo se tomarán las decisiones sobre la crisis económica y el cambio climático, de manera democrática o en pequeños grupos de países dominados por las naciones ricas?

Después de la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas surgieron como el principal foro para resolver cuestiones como la paz, el desarrollo, las finanzas, el comercio, la salud, la alimentación y el ambiente.

El tema de la seguridad fue una excepción dentro del sistema de la ONU. El Consejo de Seguridad se configuró de manera antidemocrática, con cinco potencias como miembros permanentes y derecho de veto, y con poder para imponer sanciones y autorizar acciones militares.

A partir de la década del 80, la autoridad de las Naciones Unidas en materia económica se debilitó a medida en que los países desarrollados impulsaron la ‘reforma’ del sistema. Se menoscabaron sus funciones mientras se aumentaba en gran medida la autoridad del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, instituciones que utilizaron su influencia para imponer políticas antipopulares en los países muy endeudados y terminaron erigiéndose en los principales actores económicos mundiales.

Mientras tanto, los principales países desarrollados formaron sus propias instituciones, como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y luego el Grupo de los Siete (G-7), que se convirtió en el centro de la toma de decisiones y más tarde, cuando se incorporó Rusia, transformándose en el G-8, pasó a ser el bloque económico más poderoso.

Cuando en 2008 estalló la crisis financiera mundial, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, convocó a una primera cumbre del G-20 en Washington y en el año siguiente se celebraron otras dos, en Londres y Pittsburg. Lo integran grandes países en desarrollo (Argentina, Brasil, China, India, Indonesia, México, Sudáfrica) y reemplazaría al G-7, convirtiéndose en el foro donde los ‘principales’ países –desarrollados y en desarrollo– discutirán y decidirán diversas cuestiones relevantes.

Pero esto no ha funcionado bien para los países en desarrollo, ya que la mayoría no está en el G-20 y tampoco decidió que la represente. El presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Miguel D’Escoto, tomó la iniciativa de convocar a una Conferencia sobre la Crisis Financiera y Económica en junio de 2009, con el objetivo de lograr la participación de lo que llamó el “G-192” (todos los miembros de las Naciones Unidas). Muchos países en desarrollo cuestionaron la legitimidad del G-20 y arguyeron que sólo la ONU puede ser un foro democrático.

Se propuso la creación de un Consejo Económico Mundial en el ámbito de las Naciones Unidas, integrado por un grupo de países nombrados por los miembros en representación de diversas regiones. Este organismo estaría en mejores condiciones de discutir y decidir cuestiones de interés para los países en desarrollo, puesto que éstos estarían representados, y tendría la legitimidad de la que carece el G-20.

 Este año, el grupo de trabajo a cargo del seguimiento de la Conferencia sobre la Crisis Financiera y Económica tendrá la oportunidad de discutir el fortalecimiento de las Naciones Unidas y la creación de un Consejo Económico Mundial.

 En materia de cambio climático, el ámbito de acción internacional ha sido la Convención Marco de las Naciones Unidas, con los señalados más de 190 Estados miembros. Esta Convención organizó las conferencias de Bali (2007) y Copenhague (2009).

 El presidente Bush, a quien no le gustaba la Convención pese a que Estados Unidos es miembro, organizó su propio proceso sobre cambio climático –el Foro de las Grandes Economías–, en el cual participó sólo una veintena de países de los más contaminadores.

 Los países en desarrollo manifestaron su disconformidad con que ese grupo constituya una alternativa a la Convención Marco de las Naciones Unidas, a la que consideran el único foro legítimo sobre cambio climático.

La fracasada conferencia de Copenhague terminó con un documento resultante de una restringida reunión de gobernantes de sólo 26 países que no fue adoptado por el pleno. Ahora, algunos países desarrollados pretenden que las negociaciones transcurran fuera de la ONU, en grupos más pequeños, como el G-20. El 8 de enero, una reunión de mandatarios de la Unión Europea habría discutido esta posibilidad.

Salir del ámbito de las Naciones Unidas para formar un pequeño grupo exclusivo pudiera ser un gran revés para el foro mundial y el multilateralismo. También, contraproducente para el cambio climático porque se trata de un problema mundial que requiere la cooperación de todos los países.

 Aun cuando la toma de decisiones por un grupo grande lleve más tiempo, el hecho arroja un ahorro porque las decisiones adoptadas por un pequeño y autoelegido grupo deben ser discutidas por el resto. Los delegados perderían un tiempo precioso debatiendo sobre procedimientos y principios en lugar de enfocarse en la sustancia de cómo actuar ante el cambio climático.

 Por eso, en el tema crucial del cambio climático, seguramente habrá una dura batalla en materia de procedimientos, que en realidad son cuestiones de gobernanza mundial.

 Por supuesto que la mayoría de los países estará del lado de las Naciones Unidas, porque esta organización sigue ofreciendo la mejor oportunidad de un proceso participativo e incluyente de carácter decisorio.

 Por Martin Khor, fundador de Third World Network (TWN), es director ejecutivo de South Centre, una organización de países en desarrollo con sede en Ginebra. Traducción: Raquel Núñez Mutter.

Publicado enEdición 153
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