Miércoles, 22 Agosto 2018 07:12

Luz verde para contaminar

Luz verde para contaminar

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, asestó ayer un nuevo golpe al legado medioambiental de su predecesor, Barack Obama, al anunciar una nueva propuesta normativa que liberaliza y dejará en manos de los estados la regulación de las emisiones de las centrales térmicas de carbón (foto). “La nueva norma responde a la agenda del presidente”, señaló ayer el administrador interino de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), Andrew Wheeler, quien participó este martes en una rueda de prensa telefónica para dar a conocer la nueva regulación, bautizada como plan de Energía Limpia Asequible (ACE, por sus siglas en inglés). Esta nueva normativa, que tras someterse a un proceso de audiencias previas entraría en vigor por decreto, tiene como objetivo derogar el Plan de Energía Limpia (CPP, por sus siglas en inglés) implantado por la anterior Administración, cuyo objetivo era reducir la emisión de gases de efecto invernadero.


No obstante, desde la EPA, aseguran que la nueva normativa, además de cumplir con la ley y con la voluntad del Congreso de mayoría republicana, servirá igualmente para reducir las emisiones gracias a que la industria ganará en eficiencia. Según cálculos de la Administración, esta reducción llegará a ser de un 1,5 por ciento en comparación con las previsiones que se manejaban al amparo de la CPP.


“La ACE que reemplaza el anterior CPP, que era una norma excesivamente restrictiva y costosa, devuelve el poder a los estados, promueve la independencia energética y facilita el crecimiento económico y la creación de empleo”, señaló la EPA mediante un comunicado.


El CPP impulsado por Obama requería que los estados cumplieran con los estándares específicos de reducción de emisiones de dióxido de carbono basados en su consumo individual de energía. Durante la anterior Administración, la EPA estimó que el Plan de Energía Limpia podría prevenir de 2700 a 6600 muertes prematuras y de 140.000 a 150.000 ataques de asma en niños. Por este motivo, no es de extrañar que diversos movimientos sociales y legisladores rechazaran ayer el anuncio del Gobierno. “La regulación propuesta debilitaría los esfuerzos realizados por el Gobierno federal para limitar las emisiones dañinas que provienen de las plantas de energía más sucias. Sin embargo, no va a poder detener a las ciudades, estados y empresas de Estados Unidos que están definiendo su rumbo tomando como guía a la ciencia y no a la política”, dijo Carter Roberts, presidente WWF. Wheeler celebró que, gracias a la nueva regulación, la intromisión del Gobierno federal “se ha acabado”. La nueva medida concede un plazo de tres años a los estados para presentar una regulación propia sobre las emisiones de dióxido de carbono que, no obstante, deberá ser aprobada por la propia EPA en un plazo de doce meses.


Si la propuesta estatal no recibe el visto bueno de la agencia medioambiental, el Gobierno federal implantará su propia regulación. En cualquier caso, según explicó un funcionario de la Administración presente en esa misma teleconferencia, la ACE no impone “mínimos, no existe ningún límite que un estado pueda superar”. Desde el punto de vista del Ejecutivo, otro de los grandes beneficios de la nueva regulación en relación con la anterior es el ahorro de los costos de producción para la industria local.


“En comparación con el CPP, que el ACE está reemplazando esperamos que se produzca una reducción en los costes de entre el 0,2 y el 0,5 por ciento de aquí a 2025”, señaló el mismo funcionario.


La agencia medioambiental calcula que esta regulación supondrá un ahorro de unos 400 millones de dólares anuales para la industria estadounidense, que es el gran caladero de votantes de Trump.


De hecho, el mandatario tiene previsto dar esta tarde un mitin en el estado de Virginia Occidental, una de las principales regiones mineras del país, en el que con toda seguridad sacará pecho por esta nueva propuesta normativa presentada a poco más de dos meses de las elecciones legislativas de noviembre.

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Cómo proteger el planeta transformando el sistema alimentario

Estar en deuda con la naturaleza es peligroso, porque cuando las reservas de agua se agoten y no queden ni aire limpio ni tierra cultivable, no dispondremos de un segundo planeta que nos facilite estos recursos. Pero ese es el escenario al que ahora mismo nos dirigimos.

El 1 de agosto de 2018 tuvo lugar un suceso anual conocido como el “Día de la Deuda Ecológica”. Ese día señala la fecha en que ya se han consumido más recursos de los que el planeta puede generar a lo largo de un año. La de este 2018 es la fecha más temprana en la que se ha señalado.


Uno de los aspectos que más presión ejerce sobre las limitaciones del planeta es nuestro sistema alimentario. Este representa la forma en la que la humanidad cultiva, produce, transporta y consume alimentos. La forma en la que estas actividades se llevan a cabo hoy favorecen el cambio climático y la deforestación. Está disminuyendo las reservas de agua dulce y la biodiversidad.


Debemos transformar los sistemas alimentarios actuales para producir alimentos más nutritivos que provoquen un impacto medioambiental menor. Con este fin ya hay en marcha una serie de iniciativas repartidas por todo el mundo. Aquí presentamos cinco propuestas científicas, relacionadas con la cría de ganado, el cultivo de alimentos y el reciclaje de aguas residuales.


Todas ellas podrían ayudarnos a saldar esta deuda, cada vez mayor, que tenemos con el planeta.


Medidas inteligentes


Reducir las emisiones animales: Después del sector energético y del transporte, el sistema alimentario constituye uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero. Es responsable de alrededor de una cuarta parte de las emisiones totales.


La cría de ganado para producir carne y lácteos supone un 14,5%, debido al gas metano que expulsan los animales.


Una investigación impulsada por el Instituto Internacional de Investigaciones Agropecuariastrabaja en Brasil y Uruguay en la identificación de vacas que produzcan menores emisiones de metano.


Una vez identificadas, se podrán criar y reproducir de forma natural. Se espera que esta medida reduzca las emisiones asociadas a la ganadería entre un 5 y un 20%.


Recuperar alimentos olvidados: El 75% de los alimentos producidos en el mundo procede solo de doce tipos de cultivo y cinco especies animales. Se estima que unas 940 especies de plantas cultivadas están en peligro de extinción.


Existen multitud de alimentos olvidados que son resistentes a los cambios del clima, cargados de nutrientes y que podrían producirse de forma sostenible. La berenjena africanaes de color rojo o anaranjado y tiene unas hojas extremadamente ricas en calcio, hierro y betacaroteno (que el cuerpo transforma en vitamina A).


Resulta lógico estudiar estos tesoros nutricionales abandonados con la misión de suplir la demanda mundial de alimentos. Científicos del Consorcio Africano de Cultivos Huérfanos, organizado por el Centro Agroforestal Mundial, emplean técnicas de hibridación con cultivos infrautilizados para mejorar su resiliencia y calidad nutricional.


Agricultura de precisión: El nitrógeno, el fósforo y el potasio son nutrientes esenciales para el crecimiento de los cultivos alimenticios. El abuso de estos fertilizantes empieza a superar la cantidad máxima de sustancias químicas que la naturaleza puede asimilar.


Un estudio llevado a cabo por el Programa de Investigación de CGIAR en Cambio Climático, Agricultura y Seguridad Alimentaria en un área de cultivo de trigo localizada en México ha demostrado que una aplicación más precisa de nitrógeno disminuye significativamente las emisiones y vertidos asociados a su uso. Todo ello sin afectar a las cosechas.


Algunos investigadores estudian y promueven prácticas responsables para ayudar a los agricultores a emplear los fertilizantes de una forma más eficiente. Para ello analizan la cantidad de nitrógeno presente en el suelo y el clima. Han probado sensores portátiles capaces de calcular el nitrógeno que necesitan las plantas, lo que pueden indicar a los agricultores la cantidad óptima de fertilizante que deben emplear.


En 2017 y 2018, agricultores mexicanos del Valle de Yaqui ya usaron dispositivos con sensores similares acoplados en drones para obtener recomendaciones sobre las necesidades de fertilizante de más de 400 hectáreas de cultivos de trigo.


Controlar la deforestación desde el cielo: Se estima que la agricultura fue, entre 2000 y 2010, responsable del 80% de la deforestación mundial.
La producción de aceite de palma, que se emplea en infinidad de productos, desde el pan hasta el helado, es uno de los principales causantes de la deforestación. Los agricultores de los países productores destruyen bosques constantemente para plantar palmas de aceite.


El Centro para la Investigación Forestal Internacional ha elaborado un mapa que permite el control de prácticas no sostenibles. Este cuenta con una herramienta, conocida como “Atlas de Borneo”, que muestra, a través de imágenes por satélite actualizadas con regularidad, el impacto que tienen las 467 plantaciones extractoras de aceite de palma de la isla en las áreas forestales cercanas. También cualquier indicio de expansión de las plantaciones existentes.


El objetivo es que esta mayor transparencia promueva la eliminación de prácticas no sostenibles en las cadenas de abastecimiento por parte de las compañías.


Reciclar aguas residuales: Alrededor de un 84% del agua dulce del mundo se destina a la agricultura. Se espera que para 2030 la demanda agraria de agua será superior a la cantidad de agua disponible, dejando totalmente desabastecida la demanda para uso doméstico.


Más de la mitad del agua dulce del mundo acaba convertida en residuos inutilizables. Por este motivo, el Instituto Internacional de Gestión del Agua ha estudiado hasta 24 propuestas para la reutilización de aguas residuales de manera que esta resulte rentable.


En Bangladesh, por ejemplo, el agua residual de un complejo hospitalario, que normalmente habría acabado vertida en un río cercano, ha sido reutilizada en la producción de alimentos ricos en proteínas para la cría de peces.


Los beneficios de la venta de estos peces rápidamente superaron los costes del proceso, de manera que la propuesta comportó ventajas tanto a nivel económico como de seguridad alimentaria para la zona.


Saldar nuestra deuda


La naturaleza es implacable, como el cobrador del frac. Pero como reflejan estos proyectos, y otros tantos gestionados por científicos de todo el mundo, la humanidad no está perdida. Todavía nos quedan muchas opciones por explorar para conseguir un sistema alimentario más sostenible y saldar nuestra deuda con el planeta.

 

Por Elwyn Grainger-Jones
Executive Director, CGIAR System Organization

20/08/2018

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El capitalismo, no “la naturaleza humana”, fue lo que acabó con nuestro impulso para enfrentar el cambio climático

Este domingo, la revista del New York Times entera estará dedicada a un solo artículo sobre un único tema: el fracaso a la hora de enfrentar la crisis climática global en la década de 1980, una época en que la ciencia y la política parecían alinearse. Escrito por Nathaniel Rich, esta obra de la historia está llena de revelaciones internas sobre caminos no tomados que, en varias ocasiones, me hicieron maldecir en voz alta. Y para que no quede ninguna duda de que las implicaciones de esas decisiones quedarán grabadas en el tiempo geológico, las palabras de Rich aparecen reforzadas por las fotografías aéreas a toda plana de George Steinmetz, que documentan de forma dolorosa la veloz desintegración de los sistemas planetarios, desde el agua torrencial donde solía haber hielo en Groenlandia, a las floraciones masivas de algas en el tercer lago más grande de China.

El artículo, con una extensión de novela corta, representa el tipo de compromiso de los medios que la crisis climática se ha merecido siempre aunque casi nunca se le ha dedicado. Todos hemos escuchado las diversas excusas de por qué ese pequeño asunto de expoliar nuestro único hogar no se consideraba una noticia urgente: "El cambio climático es cosa de un futuro lejano"; "es inapropiado hablar de política cuando la gente está perdiendo la vida por los huracanes y los incendios"; "los periodistas siguen las noticias, no las crean, y los políticos no hablan del cambio climático"; y, por supuesto: "Cada vez que intentamos hablar del tema, los índices de audiencia se desploman".


Ninguna de estas excusas puede enmascarar el abandono del deber. Los principales medios de comunicación siempre han podido decidir, por sí mismos, que la desestabilización planetaria es una gran noticia, muy probablemente la más relevante de nuestro tiempo. Siempre tuvieron la capacidad de aprovechar las habilidades de sus reporteros y fotógrafos para conectar la ciencia abstracta con los fenómenos climáticos extremos experimentados. Y si lo hicieran de forma consistente, disminuiría la necesidad que de los periodistas se adelanten a los políticos porque cuanto mejor informada esté la gente sobre la amenaza y las soluciones tangibles, más presionarán a sus representantes electos para que se decidan por acciones audaces.


Por eso es tan excitante ver que el Times pone toda la fuerza de su maquinaria editorial al servicio de la obra de Rich, acompañándola de un video promocional, lanzándola con un evento en vivo en el Times Center y acompañándola de material educativo .


Por todo ello es por lo que resulta tan indignante que el artículo se equivoque de forma espectacular en su tesis central.


Según Rich, entre los años de 1979 y 1989, se entendió y aceptó la ciencia básica relativa al cambio climático; la división partidista sobre la cuestión aún no se había producido, las empresas de combustibles fósiles aún no habían iniciado seriamente su campaña de desinformación y había un enorme impulso global para conseguir un acuerdo internacional vinculante y audaz de reducción de emisiones. Al escribir sobre el período clave de finales de los ochenta, Rich dice: "Las condiciones para el éxito no podrían haber sido más favorables".


Y, sin embargo, "nosotros", los seres humanos, lo echamos todo a perder porque al parecer somos demasiado miopes para salvaguardar nuestro futuro. En caso de que no entendamos a quién y a qué hay que culpar por el hecho de que estemos ahora "perdiendo el planeta", la respuesta de Rich se presenta en un recuadro a toda página: "Conocíamos todos los hechos y nada se interponía en nuestro camino. Nada, excepto nosotros mismos".


Sí, Vds. y yo. Según Rich, no eran responsables las compañías de combustibles fósiles que acudían a cada reunión política importante descrita en el artículo. (Imagínense a los ejecutivos del tabaco siendo repetidamente invitados por el gobierno estadounidense para proyectar políticas que prohibieran fumar. Cuando todas esas reuniones no consiguieron resultado sustancial alguno, ¿no deberíamos llegar a la conclusión de que la razón de ello es que los seres humanos sólo queremos morirnos? En cambio, ¿no podríamos llegar a la conclusión de que el sistema político es corrupto y está en quiebra?


Varios científicos e historiadores del clima han señalado esta lectura equivocada desde que la versión online del artículo apareció el miércoles. Otros han comentado sobre las enloquecedoras invocaciones de la "naturaleza humana" y el uso del regio "nosotros" para describir a un grupo muy homogéneo de poderosos actores estadounidenses. A lo largo del relato de Rich, no oímos nada de todos aquellos líderes políticos del Sur Global que exigían una acción vinculante en este período clave y después se preocupaban de algún modo por las generaciones futuras a pesar de ser humanos. Al mismo tiempo, las voces de las mujeres son casi tan raras en el texto de Rich como los avistamientos del pájaro carpintero real en peligro de extinción, y cuando las señoras aparecen, es principalmente como esposas sufridoras de hombres trágicamente heroicos.


Todos estos fallos han sido ya abordados, por eso no voy a discutirlos de nuevo aquí. Me centraré en la principal premisa del artículo: que a finales de la década de 1980 las condiciones no "podían haber sido más favorables" para una acción climática audaz. Bien al contrario, una apenas podría imaginar un momento más inoportuno en la evolución humana para que nuestra especie se encontrara cara a cara con la dura verdad de que las ventajas del moderno capitalismo consumista estaban erosionando rápidamente la habitabilidad del planeta. ¿Por qué? Porque los últimos años ochenta estábamos en el cenit absoluto de la cruzada neoliberal, un momento de suprema ascendencia ideológica para el proyecto económico y social que se propuso vilipendiar deliberadamente la acción colectiva en aras a la liberación del "libre mercado" en los aspectos de la vida. Sin embargo, Rich no menciona esta turbulencia paralela en el pensamiento económico y político.


Cuando ahondé en esta misma historia del cambio climático hace unos años, llegué a la conclusión, al igual que Rich, que el momento clave en que el impulso mundial se estaba forjando en aras a un acuerdo global firme basado en la ciencia se produjo en 1988. Fue cuando James Hansen, entonces director del Instituto Goddard para Estudios Espaciales de la NASA, testificó ante el Congreso alegando que tenía un "99% de seguridad" en que había una "tendencia real hacia el calentamiento" vinculada con la actividad humana. Más tarde, ese mismo mes, cientos de científicos y políticos celebraron la histórica Conferencia Mundial sobre Cambios en la Atmósfera en Toronto, cuando se discutió sobre los primeros objetivos para la reducción de emisiones. A finales de ese mismo año, en noviembre de 1988, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU, la principal entidad científica para asesorar a los gobiernos sobre la amenaza climática, celebraba su primera sesión.


Pero el cambio climático no sólo preocupaba a políticos y expertos, había pasado a formar parte de las conversaciones cotidianas y charlas de café, a tal nivel que cuando los editores de la revista Time anunciaron en 1988 su "Hombre del Año", optaron por cambiarlo por el "Planeta del Año: La Tierra en Peligro". La portada mostraba una imagen del mundo sostenido con un cordel, con el sol poniéndose al fondo de forma inquietante. "Ningún individuo en particular, ningún acontecimiento, ningún movimiento logró capturar la imaginación ni dominó más los titulares", explicaba el periodista Thomas Sancton, "que el grupo de rocas y suelo y agua y aire que es nuestro hogar común".


(Curiosamente, a diferencia de Rich, Sancton no culpaba a la "naturaleza humana" del pillaje planetario. Siguió profundizando en el uso indebido del concepto judeocristiano de "dominio" sobre la naturaleza y en el hecho de que suplantó la idea precristiana de que "la Tierra era considerada como madre, como donante fértil de vida. La naturaleza -el suelo, el bosque, el mar- estaba investida de divinidad y los mortales estaban subordinados a ella.)


Cuando examiné las noticias climáticas de este período, parecía que podría lograrse realmente un cambio profundo. Pero después, de forma trágica, todo se desvaneció, con Estados Unidos largándose de las negociaciones internacionales y el resto del mundo conformándose con acuerdos no vinculantes que dependían de "mecanismos de mercado" sospechosos, como la comercialización y compensaciones de bonos del carbono. Por tanto, merece realmente la pena preguntar, como lo hace Rich: ¿Qué demonios sucedió? ¿Qué fue lo que interrumpió la urgencia y la determinación que emanaban de todos estos establishment elitistas de forma simultánea al final de los años ochenta?


Rich concluye, aunque sin ofrecer ninguna prueba social o científica, que algo llamado "naturaleza humana" se puso a dar patadas y lo estropeó todo. "Los seres humanos", escribe, "ya sea en organizaciones globales, democracias, industrias, partidos políticos o como individuos, son incapaces de sacrificar las ventajas presentes para evitar el desastre impuesto a las generaciones futuras". Parece que estamos programados para "obsesionarnos con el presente, preocuparnos por el medio plazo y eliminar de nuestra mente el término a largo plazo, aunque acabemos envenenados por ello".


Al examinar el mismo período, llegué a una conclusión muy diferente: que lo que al principio parecía ser nuestro mejor intento para salvar la vida de la acción climática había sufrido, en retrospectiva, un caso épico de mal momento histórico. Porque lo que queda claro cuando se mira hacia atrás en esta coyuntura es que justo cuando los gobiernos se estaban uniendo para actuar seriamente a fin de controlar el sector de los combustibles fósiles, la revolución neoliberal global se convirtió en supernova y ese proyecto de reingeniería económica y social chocó a cada paso con los imperativos tanto de la ciencia del clima como de la regulación corporativa.


El hecho de no hacer siquiera una referencia pasajera a esta otra tendencia global que estaba desarrollándose en los últimos años ochenta representa un gran punto ciego incomprensible en el artículo de Rich. Después de todo, el principal beneficio de volver como periodista a un período en un pasado no muy lejano es que puedes ver tendencias y pautas que aún no resultaban visibles para las personas que vivieron esos tumultuosos acontecimientos en tiempo real. Por ejemplo, en 1988, la comunidad del clima no tenía manera de saber que estaban en la cúspide de la convulsa revolución neoliberal que transformaría todas las economías principales del planeta.


Pero nosotros sí lo sabemos. Y una cosa que queda muy clara cuando se mira hacia atrás, en los finales ochenta, es que desde ofrecer "condiciones para el éxito que no podrían haber sido más favorables", 1988-89 fue el peor momento posible para que la humanidad decidiera que iba a tomarse en serie el hecho de poner la salud planetaria por delante de los beneficios.


Recuerden qué otras cosas estaban pasando. En 1988, Canadá y Estados Unidos firmaron su acuerdo de libre comercio, un prototipo del NAFTA (siglas en inglés del Tratado de Libre Comercio de América del Norte) y de los innumerables acuerdos que lo seguirían. El muro de Berlín estaba a punto de caer, un acontecimiento que los ideólogos de la derecha aprovecharían con éxito en EE. UU. como prueba del "fin de la historia", tomándolo como licencia para exportar la receta Reagan-Thatcher de privatización, desregulación y austeridad a todos los rincones del mundo.


Fue esta convergencia de tendencias históricas -la aparición de una arquitectura global que se suponía iba a abordar el cambio climático y el afianzamiento de una arquitectura global mucho más poderosa que iba a liberar el capital de cualquier restricción- lo que hizo descarrilar el impulso que Rich identifica correctamente. Porque, como señala repetidamente, enfrentar el desafío del cambio climático hubiera requerido imponer rígidas regulaciones a los contaminadores, a la vez que invertir en la esfera pública para transformar la forma en que impulsamos nuestras vidas, vivimos en las ciudades y nos movemos.


Todo esto fue posible en los años 80 y 90 (todavía lo es hoy), pero habría exigido una batalla frontal contra el proyecto del neoliberalismo, que en ese momento estaba librando una guerra contra la idea misma de la esfera pública ("La sociedad no existe", nos dijo Thatcher). Mientras tanto, los acuerdos de libre comercio que se firmaron en este período estaban desarrollando muchas iniciativas climáticas sensatas, como subvencionar y ofrecer un trato preferencial a la industria verde local y rechazar muchos proyectos contaminantes como la fractura hidráulica y los oleoductos, que son ilegales en virtud del derecho comercial internacional.


Sobre esta colisión entre el capitalismo y el planeta escribí un libro de 500 páginas, y no quiero entrar de nuevo en los detalles aquí. Sin embargo, este extracto se introduce en el tema con cierta profundidad, por lo que citaré aquí un breve fragmento:


No hemos hecho lo necesario para reducir las emisiones porque eso entra fundamentalmente en conflicto con el capitalismo desregulado, la ideología reinante durante todo el período en el que hemos estado luchando para encontrar una salida a esta crisis. Estamos atrapados porque las acciones que nos darían la mejor oportunidad para evitar una catástrofe -que beneficiarían a la gran mayoría- son extremadamente amenazadoras para una élite minoritaria que tiene un dominio absoluto sobre nuestra economía, nuestro proceso político y la mayoría de nuestros principales medios de comunicación. Ese problema podría no haber sido insuperable si se hubiera presentado en otro momento de nuestra historia. Pero es nuestra gran desgracia colectiva que la comunidad científica hiciera su decisivo diagnóstico sobre la amenaza climática en el preciso momento en que esas élites disfrutaban de un poder político, cultural e intelectual más ilimitado que en cualquier momento desde la década de 1920. De hecho, los gobiernos y los científicos habían empezado a hablar seriamente sobre los recortes radicales a las emisiones de gases de efecto invernadero en 1988, el año exacto que marcó el comienzo de lo que se llamó "globalización".


¿Por qué es importante que Rich no mencione este choque y, en cambio, afirme que nuestro destino ha sido sellado por la "naturaleza humana"? Es importante porque si la fuerza que interrumpió el impulso hacia la acción somos "nosotros mismos", entonces el titular fatalista en la portada de la revista New York Times Magazine "Perdiendo la Tierra" es realmente merecido. Si la incapacidad de sacrificarnos a corto plazo por una dosis de salud y seguridad en el futuro se cuece en nuestro ADN colectivo, entonces no tenemos ninguna esperanza de cambiar las cosas a tiempo para evitar un calentamiento verdaderamente catastrófico.


Por otra parte, si nosotros, los seres humanos, estuvimos realmente a punto de salvarnos en los años 80, pero nos vimos inundados por una oleada de fanatismos por parte de la élite del libre mercado, a la que se oponían millones de personas en todo el mundo, entonces ahí hay algo bastante concreto que podemos hacer al respecto. Podemos enfrentar ese orden económico y tratar de reemplazarlo con algo que esté enraizado en la seguridad humana y planetaria, esa que no coloca la búsqueda del crecimiento y el beneficio a toda costa en su centro.


Y la buena noticia -y sí, hay alguna- es que hoy, a diferencia de 1989, un movimiento joven y en crecimiento de socialistas democráticos verdes está avanzando precisamente con esa visión en EE. UU. Y eso representa algo más que sólo una alternativa electoral: es nuestra única línea de vida planetaria.


Sin embargo, tenemos que tener claro que la línea de vida que necesitamos no es algo que haya sido probado antes, al menos no en la escala requerida. Cuando el Times tuiteó su tráiler del artículo de Rich sobre "la incapacidad de la humanidad para enfrentar la catástrofe del cambio climático", la excelente ala de ecojusticia de los Socialistas Democráticos de América ofreció velozmente estacorrección : "*CAPITALISMO* Si fueran serios a la hora de investigar qué ha ido tan mal, deberían centrarse en la ‘incapacidad del capitalismo para abordar la catástrofe del cambio climático’. Por encima del capitalismo, *la humanidad* es totalmente capaz de organizar sociedades que prosperen dentro de límites ecológicos".


Su punto de vista es bueno, pero está incompleto. No hay nada esencial sobre los seres humanos que viven bajo el capitalismo; los humanos somos capaces de organizarnos en todo tipo de órdenes sociales diferentes, incluidas las sociedades con horizontes de tiempo mucho más largos y con mucho más respeto por los sistemas de apoyo a la vida natural. De hecho, los humanos han vivido de esa manera durante la gran mayoría de nuestra historia y muchas culturas indígenas mantienen vivas hasta el día de hoy las cosmologías centradas en la tierra. El capitalismo es un breve incidente en la historia colectiva de nuestra especie.


Pero culpar simplemente al capitalismo no es suficiente. Es absolutamente cierto que el impulso hacia el crecimiento y las ganancias sin fin se oponen rotundamente al imperativo de una transición rápida en el abandono de los combustibles fósiles. Es absolutamente cierto que el desencadenante global de la forma desatada de capitalismo conocida como neoliberalismo en los años 80 y 90, ha sido el mayor contribuyente al desastroso pico de las emisiones globales en las últimas décadas, así como el mayor obstáculo para la acción climática basada en la ciencia desde que los gobiernos comenzaron a reunirse para hablar (y hablar y hablar) sobre la reducción de emisiones. Y sigue siendo el mayor obstáculo hoy en día, incluso en países que se promocionan como líderes climáticos, como Canadá y Francia.


Pero tenemos que ser honestos y reconocer que el socialismo industrial autocrático ha sido también un desastre para el medioambiente, como lo demuestra radicalmente el hecho de que las emisiones de carbono descendieron brevemente cuando las economías de la antigua Unión Soviética se colapsaron a principios de los años noventa. Y como escribí en "Esto lo cambia todo", el petropopulismo venezolano ha continuado con esta tradición tóxica hasta nuestros días, con resultados desastrosos.


Reconozcamos este hecho al tiempo que señalamos que los países con una fuerte tradición socialista democrática, como Dinamarca, Suecia y Uruguay, tienen algunas de las políticas ambientales más visionarias del mundo. De esto podemos concluir que el socialismo no es necesariamente ecológico, pero que una nueva forma de ecosocialismo democrático, con la humildad de aprender de las enseñanzas indígenas sobre los deberes para con las generaciones futuras y la interconexión de toda la vida, parece ser la mejor oportunidad que tiene la humanidad para la supervivencia colectiva.


Estas son las apuestas del aluvión de candidatos políticos que están promoviendo una visión democrático ecosocialista, conectando los puntos entre los expolios económicos causados por décadas de ascendencia neoliberal y el devastado estado de nuestro mundo natural. Inspirados en parte por la carrera presidencial de Bernie Sanders, candidatos de diversos tipos, como Alexandria Ocasio-Cortez en Nueva York, Kaniela Ing en Hawai y muchos más, se presentan en plataformas que piden un "Nuevo acuerdo ecológico" que satisfaga las necesidades materiales básicas de todos, ofrezca soluciones reales a las desigualdades raciales y de género, al tiempo que catalice una transición rápida al cien por cien de energía renovable. Muchos, como la candidata a gobernadora de Nueva York, Cynthia Nixon, y el candidato a fiscal general de Nueva York, Zephyr Teachout, se han comprometido a no aceptar dinero de las compañías de combustibles fósiles y, en cambio, estánprometiendo procesarlas.


Estos candidatos, se identifiquen o no como socialistas demócratas, rechazan el centrismo neoliberal del establishment del Partido Demócrata, con sus tibias "soluciones basadas en el mercado" para la crisis ecológica, así como la guerra total de Donald Trump contra la naturaleza. También están presentando una alternativa concreta ante los socialistas extractivistas antidemocráticos del pasado y del presente. Y quizá lo más importante, esta nueva generación de líderes no está interesada en convertir a la "humanidad" en chivo expiatorio de la avaricia y corrupción de una élite minúscula. Busca en cambio ayudar a la humanidad, en particular a sus innumerables miembros sistemáticamente desconocidos, a encontrar su voz y poder colectivos para poder enfrentarse a esa élite.


No estamos perdiendo la Tierra, pero esta se está calentando de forma tan veloz que está inmersa en una trayectoria en la que muchos de nosotros vamos a perdernos. Justo a tiempo, está apareciendo un nuevo camino político hacia la seguridad. No es el momento de lamentar nuestras décadas perdidas. Es hora ya de salir del infierno por ese camino.

Naomi Klein, periodista e investigadora canadiense de gran influencia en el movimiento antiglobalización y el socialismo democrático. Entre sus libros publicados figuran: No Logo, Vallas y Ventanas, Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima. Su nuevo libro es: Decir no, no basta: Contra las nuevas políticas del shock, por el mundo que queremos.


The Intercept

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández


Fuente: https://theintercept.com/2018/08/03/climate-change-new-york-times-magazine/

 

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Petroleras: el negocio de la contaminación

La industria petrolera sabía desde hace más de seis décadas que estaba causando el cambio climático global. Además, patentó en ese periodo varias opciones de tecnología para energías renovables y otras que podrían haber disminuido el daño, pero no las desarrolló, porque los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) resultaban más rentables. Por si este crimen fuera poco, usaron, además, a los mismos investigadores que la industria del tabaco usó para negar por décadas los problemas de salud causados por fumar.

Aunque la industria petrolera siempre niega esa conexión, la organización Centro Internacional de Ley Ambiental (CIEL, por sus siglas en inglés), ha recopilado miles de evidencias, ahora publicadas en el informe Smokes and Fumes (Humo y gases), demostrando no sólo la conexión entre ambas industrias, sino que incluso fueron empresas petroleras las que diseñaron la estrategia y sugirieron investigadores a la industria del tabaco para engañar al público (https://tinyurl.com/ya2lapzd).

A partir de la década de 1950 en adelante, las industrias petroleras y tabacaleras usaron las mismas empresas de relaciones públicas y los mismos grupos de investigación, y también los mismos investigadores, explicó Carroll Muffett, presidente de CIEL, al presentar el proyecto. “Una y otra vez encontramos que tanto las empresas de relaciones públicas y los investigadores, trabajaron primero para las petroleras y luego para las tabacaleras. Era como un pedigrí que las empresas tabacaleras reconocían y buscaban”, añadió.

La estrategia en ambos casos seguía un patrón de negación de evidencias y de crear confusión sobre la realidad de daños e impactos, sembrando incertidumbre en el público y en comités políticos y judiciales, para que no se pudiera generar una política pública al respecto. Siguieron este modelo también con la negación de los impactos en salud y ambiente del plomo en la gasolina, el smog, la contaminación del aire, la toxicidad del benceno y otros casos.

Las evidencias recopiladas por CIEL, entre otras que han permitido atribuir el cambio climático a industrias específicas, como la de combustibles fósiles, han dado pie a iniciar una serie de juicios contra esas empresas por su responsabilidad en causar el cambio climático. Esto es algo que antes no se había intentado porque era difícil establecer legalmente la responsabilidad por los daños causados por el cambio climático en comunidades y regiones concretas a empresas específicas. CIEL muestra en su reporte que las industrias petroleras, por ejemplo ExxonMobil (antes como Standard Oil y Esso) recibían reportes desde la década de 1950 y 1960 sobre la relación causal entre los gases producidos por la quema de combustibles fósiles y el cambio climático.

Toda la industria petrolera, por conducto de su Instituto Americano del Petróleo, recibió informes constantes desde 1968 sobre los riesgos climáticos de sus producción. Desde 1980, la industria petrolera comenzó incluso a incluir los riesgos climáticos en los cálculos de rentabilidad y en el aseguramiento de sus activos. Pese a esto y pese a que el cambio climático ya estaba científica y notoriamente probado, desarrollaron desde 1990 una agresiva campaña de relaciones públicas para negar el cambio climático.

A finales de 2017, las ciudades de San Francisco y Oakland, así como varios condados de California emprendieron una acción legal contra las grandes petroleras Exxon, BP, Chevron, Conoco-Phillips y Shell por su contribución al cambio climático, y los daños que está causando a esas ciudades, en particular por la necesidad de crear nueva infraestructura para protegerse del aumento del nivel del mar. Además, acusan a las empresas de usar la misma estrategia que la industria del tabaco para desacreditar informes científicos críticos a sus actividades y ocultar intencionalmente “la amenaza existencial para la humanidad” causada por el cambio climático debido al uso y abuso de los combustibles fósiles. Se trata de demandas de miles de millones de dólares.

En enero de 2018, la ciudad de Nueva York inició otro juicio por responsabilidad civil contra las mismas cinco petroleras, por daños a la ciudad causados por el cambio climático, sumando nueve entidades entre ciudades y condados.

ExxonMobil respondió a las demandas con una campaña de intimidación, acusando legalmente a los fiscales responsables de las demandas y a una serie de funcionarios de esas ciudades, de “una conspiración para atacar los derechos constitucionales” de Exxon, una frase totalmente trumpiana, porque si hay alguien que ha hecho exactamente eso contra la población mundial, han sido estas empresas. A finales de marzo de 2018, la juez federal Valerie Caproni de Manhattan desechó la contrademanda de Exxon, por no existir materia para tal medida.

En Europa, Amigos de la Tierra de Holanda inició el 4 de abril de este año un juicio contra Shell (petrolera con sede en ese país) por su responsabilidad en el cambio climático, teniendo conocimiento de las consecuencias de su explotación desde hace 30 años. También porque sus actuales planes empresariales y de inversión, sabotean directamente el Acuerdo de París sobre cambio climático, ya que aseguran un aumento en la temperatura de cuatro grados para 2100. Esta demanda cuenta con el apoyo de Amigos de la Tierra Internacional, con miembros en 75 países, y está abierta a manifestar el apoyo de otras organizaciones e individuos (https://tinyurl.com/y73fvway).

Es apenas el comienzo. Hay un movimiento mundial para enjuiciar a las petroleras por causar el cambio climático, uno de los más graves crímenes ambientales contra la gente y el planeta.

* investigadora del Grupo ETC

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Detectan niveles sorprendentes de contaminación en océanos

Explican que lejos de tierra firme, la atmósfera sobre esos sitios es la parte más limpia del planeta, en teoría; no obstante, hay 400 gases distintos en grandes cantidades, señala


Un avión de investigación de la Nasa, en misión desde 2016, halló niveles sorprendentes de contaminantes en el aire sobre los océanos Pacífico, Atlántico y Ártico. Destaca un persistente manto de humo y polvo en el Atlántico tropical.


La misión ha tomado muestras de más de 400 gases diferentes y una amplia gama de partículas en el aire en expediciones de un mes desde Alaska hasta Nueva Zelanda y luego a Sudamérica, subiendo después por el Atlántico hasta Groenlandia, y culminando a través del Océano Ártico.


Lejos de tierra firme, la atmósfera sobre el océano es donde se puede encontrar el aire más limpio del planeta, al menos en teoría. En el transcurso de tres despliegues, y con su cuarta y última expedición prevista desde finales de abril, el equipo encontró niveles sorprendentes de contaminantes sobre los océanos Pacífico, Atlántico y Ártico.


“Es asombroso ver tanta contaminación en medio del océano, tan lejos de las regiones de origen”, explicó el principal investigador de la denominada misión ATom, Steve Wofsy, de la Universidad de Harvard, al recordar el vuelo al centro del Atlántico y su parada en la Isla Ascensión a mitad de camino entre África y América del Sur, justo al sur del ecuador.


“Cuando descendimos la primera vez, nos quedamos atónitos de hallarnos en una espesa neblina de humo y polvo que se originó en África, a miles de kilómetros al este. La neblina tenía un color marrón amarillento poco atractivo y era tan gruesa que no podíamos ver el océano. Todos los cientos de sustancias químicas contaminantes que medimos tenían cantidades muy altas. En cada visita posterior a esa primera, hemos encontrado un manto similar que se extiende por miles de kilómetros, abarcando todo el océano Atlántico tropical”, señaló en un comunicado.


Modelos por computadora


Los modelos de computadora que simulan el movimiento de los principales gases como el monóxido de carbono, creados por la combustión incompleta de los incendios, son una de las herramientas utilizadas por el equipo de ATom para tener una idea de lo que podrían ver en cada tramo de su vuelo. También es una de las herramientas que evalúan.


“Una de las mejores cosas de la misión es mostrar lo bien que funciona el modelo en general”, explicó Paul Newman, científico en jefe de Ciencias de la Tierra en el Centro de Vuelos Espaciales de la Nasa en Greenbelt, Maryland.


El modelo combina pronósticos meteorológicos con química atmosférica conocida para indicarles dónde y cuándo una columna de contaminación se cruza con la trayectoria de vuelo. “Pero pierde un montón de detalles. Da una idea de dónde viene el material, y eso permite refinar tu ciencia. Así que no estamos descubriendo tierras inexploradas, pero es como si tuviera una mapa de Iowa, y conduzco por ahí, y quizás ese mapa es, dependiendo de la antigüedad, correcto 95 por ciento; el 5 por ciento incorrecto es lo interesante”.

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Viernes, 16 Marzo 2018 06:19

Podremos alimentarnos sin morir de sed?

Podremos alimentarnos sin morir de sed?

Ciudad del Cabo se está quedando sin agua. Desde el primero de febrero el límite de consumo por persona es de 50 litros por día. Si no llueve, se calcula que a partir del 11 de mayo no saldrá ni una gota de agua de sus grifos.


Pero este no sólo es un problema de Ciudad del Cabo. En los próximos 30 años tendremos que producir 70 por ciento más de alimentos debido al aumento poblacional y al cambio en la dieta. Un enorme obstáculo para alimentar a 9 mil millones de personas será la disponibilidad de agua dulce. Sin agua, no hay comida; así de simple. Entonces, ¿podremos alimentarnos sin morir de sed?


En los últimos 100 años aumentamos ocho veces la extracción global de agua dulce, hasta llegar a 4 mil kilómetros cúbicos anuales, equivalente a casi cinco veces el lago Titicaca. A escala mundial, de este inmenso mar de agua dulce, 70 por ciento se usa para producir comida.


El cambio climático añade aún más complejidad al desafío de producir alimentos para todos. Bajo un escenario conservador, países como Perú, Ecuador y Colombia experimentarán un aumento en promedio anual de las lluvias de alrededor de 30 por ciento, pero otras regiones como la Patagonia, México y el centro de Brasil se volverán más secos.


América Latina y el Caribe es la región con la mayor disponibilidad de agua dulce, con casi un tercio del volumen del planeta, y con sólo 9 por ciento de la población. En teoría tenemos 24 mil metros cúbicos por persona, un mundo de agua. Sin embargo, esta cifra esconde fuertes diferencias entre países y territorios: un tercio de la población regional vive en zonas áridas y semiáridas. Muchas áreas de Centroamérica, los Andes, el noreste brasileño y el Caribe, sufren carencia recurrente o crónica de agua y los asentamientos de la población no siempre coinciden con fuentes de agua abundantes. Además, existen diferencias climáticas dentro de un mismo país: la precipitación anual de Colombia varía de 300 milímetros al año en la península de La Guajira a 9 mil milímetros en la región del Pacífico.


Como tantas otras cosas, el agua también se reparte de forma desigual en América Latina y el Caribe. El consumo promedio por persona es de 240 litros al día, pero el consumo promedio de una familia acaudalada de Perú, que vive en San Isidro, es 25 veces superior al de una familia pobre de Lurigancho.


Pese a lo mencionado, somos una de las regiones con mayor potencial para aumentar de manera significativa su superficie agrícola regada. En la región, dos tercios de este potencial lo tienen cuatro países: Argentina, Brasil, México y Perú. En la región se podría extender el riego a una superficie equivalente a 106 millones de canchas de futbol. Sólo una quinta parte de esa superficie es regada hoy. Esto no es menor: una hectárea regada produce tres veces más comida que una que depende de la lluvia. Pero no estamos haciendo mucho por aprovechar ese potencial. Al ritmo que hemos invertido en las últimas cinco décadas, tardaremos más de 300 años en aprovechar nuestro potencial de riego.


Expandir la superficie regada es caro. Y tiene un lado oscuro desde el punto de vista ambiental y social. Afortunadamente, hoy existen variedades de plantas y animales que permiten producir más alimentos con menos agua. Además, podemos usar el agua de manera mucho más eficiente, si se modernizan los sistemas de riego y se adoptan técnicas que mejoran la calidad del suelo para que almacene más agua por más tiempo.


Implementar estas medidas requiere de un mayor esfuerzo: más inversión pública y privada, más organización social, mejor gobernanza del agua, de los suelos y los sistemas alimentarios. Y políticas públicas que faciliten todo lo anterior.


Entonces, ¿podremos alimentarnos sin morir de sed? La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura FAO es enfática al respecto: sí, ya que podemos producir muchos más alimentos con mucho menos agua. Pero debemos comenzar hoy mismo.


Por JULIO BERDEGUÉ, Representante regional de la FAO, y Elizabeth Coble, consultora de la FAO

 

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Ciudad del Cabo, el reto de vivir sin agua que pone cara al cambio climático

La ciudad sudafricana vive una crisis del agua sin precedentes que ha impuesto drásticos recortes en el suministro diario y que podrían convertirla en pocos meses en la primera urbe del mundo en quedarse completamente seca.

 

Hay dos hechos de los que se viene advirtiendo desde hace tiempo para el futuro de las ciudades: el primero es el de los efectos que el cambio climático, especialmente la sequía, tendrán para los recursos que abastecen a las grandes urbes. El segundo es la superpoblación, porque este es el primer siglo en la historia en la que hay más gente viviendo en las ciudades que fuera de ellas; y se estima que para el año 2050 esa proporción será de tres cuartas partes frente a una.


Para Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, este escenario ya es presente. La segunda urbe más grande del país surafricano, con cuatro millones de habitantes, está a pocos meses de convertirse en la primera ciudad del mundo sin agua corriente para el suministro diario de su población.

La severa sequía a la que hace frente desde hace tres años, sumado a un aumento desorbitado de sus habitantes —se estima que la metrópolis ha duplicado su población en las últimas dos décadas— ha llevado a sus recursos hídricos a una situación límite. 2017, el año más seco desde que hay registros, ha dejado tan solo 153,5 milímetros de lluvia acumulada, según el Climate System Analysis Group de la Universidad de Ciudad del Cabo.


La ciudad lleva meses en la cuenta atrás para el día cero, como se denomina al momento en el que los grifos se cierren definitivamente y el agua sólo sea asequible a través de los 180 camiones cisterna donde los habitantes podrán ir a llenar sus garrafas con un límite de 25 litros diarios. Es una cantidad ínfima, si se tiene en cuenta que sólo una ducha de 2 minutos consume 20 litros y que se necesitan otros 5 para comer y alimentarse. Las autoridades locales tienen previsto activar estas medidas cuando los embalses de los que se abastecen sus habitantes bajen hasta el 13,5% de su capacidad. Una línea roja que al principio se estimó que llegaría en marzo, pero que las intensas restricciones en el consumo han permitido alargar hasta el 9 de julio.


Con suerte, la fecha maldita coincidirá con las primeras precipitaciones de la temporada de lluvias, que históricamente comenzaban en abril, pero que el cambio climático está retrasando hasta el mes de junio.

"Aunque la lluvia vuelva mañana, no podemos volver a los hábitos antiguos. Hay que cambiar el comportamiento, es el tiempo del agua", señala en cualquier caso el director de Turismo del país austral, Sisa Ntshona, en una entrevista con Efe.


Las primeras restricciones en el suministro comenzaron a finales del año pasado, cuando se impuso un tope de 87 litros por persona y día. Desde principios de febrero, ese límite se ha rebajado hasta los 50 litros. Es un recorte importante, porque otro de los problemas que afrontaba la ciudad era el gran derroche de este recurso: antes de la crisis del agua, los habitantes de la urbe usaban entre 250 y 350 litros por persona al día. El consumo medio en España, por ejemplo, es de 132 litros por persona y día, según el Instituto Nacional de Estadística.

Además, se han recortado un 60% los suministros a la agricultura y un 45% los del comercio, se ha prohibido regar las aceras y jardines, lavar los coches con agua potable municipal o llenar las piscinas privadas, se ha regulado la compra-venta de agua de los pozos y se aplican multas para quienes derrochen.


“Se recomienda encarecidamente a todos los residentes que instalen piezas, accesorios y tecnologías eficientes para minimizar el uso del agua en todos los grifos”, señala la nueva normativa municipal.


El caso de Ciudad del Cabo, no obstante, supone un reto para el resto de ciudades en el mundo.


"Ciudad del Cabo es el foco de atención ahora mismo, pero en realidad es un problema global. El mundo tiene la oportunidad de aprender una gran lección de Sudáfrica: no deben esperar a que haya una crisis para modificar los hábitos de consumo", reflexiona Ntshona, que cita otras importantes capitales como Los Ángeles, Sao Paulo o Pekín, que enfrentan problemas similares.

 

26/02/2018 18:08 Actualizado: 26/02/2018 18:08
LUCÍA VILLA
@Luchiva

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Los que fríen el planeta y la geoingeniería

La semana pasada, se filtró a la prensa un informe sobre cambio climático que está preparando el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Se trata de un informe sobre los impactos del calentamiento global a 1.5o C sobre los niveles preindustriales. Según los datos obtenidos por Reuters, si se sigue en el ritmo actual de emisiones, se sobrepasará este límite en 2040 (tinyurl.com/yaehlbzc), lo cual conllevará impactos graves sobre muchos países, principalmente estados islas y con costas bajas, daños probablemente irreversibles a arrecifes de coral (que son el primer eslabón de la cadena alimentaria marina) y derretimiento del hielo en Groenlandia y Antártida occidental.

Aunque el informe es un borrador y el IPCC declaró que puede cambiar luego de las revisiones a que es sometido, no van a cambiar los datos de la ciencia, lo que podría –y debería– cambiar son las propuestas que hace el IPCC frente a esta realidad.

El Acuerdo de París sobre cambio climático que firmaron 197 gobiernos en 2015, estableció la meta de que el aumento del calentamiento global sea muy por debajo de 2o C hasta 2100. Con los datos revelados, hay un riesgo muy alto de que se sobrepase esa meta mucho antes de esa fecha. La única manera de evitarlo sería que inmediatamente se pusieran en marcha reducciones drásticas de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a escala global.

El IPCC había afirmado desde antes la necesidad de estas reducciones, pero este informe plantea, además, que habrá que remover el excedente de dióxido de carbono de la atmósfera por otros medios, como tecnologías de geoingeniería.

El clima planetario ya se ha calentado un grado centígrado en promedio desde sus niveles preindustriales, pero en realidad, más de las tres cuartas partes ocurrieron en los pasados 50 años, debido al aumento vertiginoso de emisiones de GEI.

Esas emisiones son provocadas en su mayoría por las economías industriales basadas en combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón). Las principales actividades emisoras son la industria de extracción y producción de energía, el sistema alimentario agroindustrial y el crecimiento urbano descontrolado, incluyendo los transportes que todas esos rubros implican.

El IPCC no está mirando ahora qué actividades causan las emisiones. Se supone que esto ya lo hicieron en los informes de evaluación globales que elaboran periódicamente. El más reciente es su Quinto Informe, que se publicó en 2014. El próximo será en 2021.

Un aspecto de enorme relevancia que el IPCC no considera es la desigualdad enorme que existe sobre quiénes causan las emisiones GEI. El 10 por ciento de la población más rica del planeta es responsable de la mitad de todas las emisiones globales. En el otro extremo, 50 por ciento de la población mundial, empezando desde los más pobres, no causa ni 10 por ciento de las emisiones totales. El nivel medio de emisiones generadas por una persona que forme parte de 10 por ciento más pobre de la población mundial es 60 veces inferior al de alguien que pertenezca al 10 por ciento más rico. (Oxfam, 2015, tinyurl.com/gnvz99r) Según Kevin Anderson, del Centro Tyndall de investigación sobre cambio climático, si la población más rica del planeta redujera su nivel de vida al promedio europeo, se reducirían 30 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero.

No obstante, estos datos no son considerados por el IPCC. En general, en las negociaciones de cambio climático –y también en el panel, que finalmente es una instancia no sólo técnica sino también política– hay un pacto de los gobiernos en las regiones que más emisiones causan, para no interferir en las ganancias de los más ricos, incluidas las trasnacionales petroleras y otras que lucran con las actividades que generan el caos climático.

En lugar de ello, que sería lo necesario, el IPCC propone técnicas de geoingeniería, como grandes plantaciones para bioenergía con sistemas de captura y almacenamiento de carbono en fondos geológicos (BECCS, por sus siglas en inglés). Ya en el Quinto Informe global del IPCC, incorporaron esta técnica, como una de las posibles soluciones para aminorar el calentamiento global, lo cual motivó muchas críticas, tanto de organizaciones de la sociedad civil, como de científicos, porque el requerimiento de tierra, agua y nutrientes de las megaplantaciones para bioenergía para afectar realmente al cambio climático, sería mayor que toda la tierra usada actualmente en agricultura. Competiría por tanto en forma devastadora con la producción de alimentos, desplazaría campesinos e indígenas, con fuerte impacto en la biodiversidad.

BECCS, al igual que todas las propuestas de geoingeniería, no va nunca a las causas del cambio climático –propone remover carbono cuando ya fue emitido– por lo que éste seguiría en curso, generando así un negocio cautivo para quienes vendan las tecnologías para absorber y almacenar carbono. Que casualmente a menudo son las mismas empresas petroleras (Exxon, Shell y otras). Empresas que cómo explicamos en un artículo anterior, tienen incluso a dos de sus empleados, que el IPCC aceptó, como autores de este reporte (https://tinyurl.com/y9k3xe4l).

por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC.

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Modelo alimentario y cambio climático

 

El cambio climático, originado por la actividad del hombre que genera gases de efecto invernadero (GEI), es uno de los mayores desafíos para la humanidad. A nivel mundial, el CO2 (anhídrido carbónico) representa el 77%, el CH4 (metano) el 14% y el NO2 (óxido nitroso) el 8% de los GEI. La agricultura, incluyendo el cambio de uso de la tierra (deforestación) representa un 30 % del total de la emisión de gases. La ganadería, incluyendo el transporte y la alimentación de ganado, representa el 80% de la emisión de GEI que se ocasionan en la agricultura. Las emisiones asociadas a la carne de rumiantes (vacuno y cordero) tienen aproximadamente 250 veces más emisiones, por gramo de proteínas, que las de la legumbres. Se estima que la producción y consumo mundial de carne se duplicará de 2001 al 2050, y el impacto sobre el cambio climático se incrementará notablemente si no se hace nada para remediarlo. Una dieta tipo Mediterránea (a base fundamentalmente de alimentos de origen vegetal) o tipo vegetariana reduce sustancialmente la producción de GEI. El exceso de consumo de productos de origen animal no sólo tiene un enorme efecto negativo ambiental, sino además un claro efecto perjudicial sobre la salud. Existe una sólida evidencia científica mostrando que seguir un patrón de dieta a base de alimentos de origen vegetal, comporta un menor riesgo de obesidad, de diabetes tipo II, de enfermedades cardiovasculares y cáncer. La sostenibilidad del medio ambiente está profundamente relacionada con nuestra salud. Velar por la conservación de nuestro planeta requiere cambiar muchas de nuestras pautas de vida.

 
Cambio climático y producción de gases de efecto invernadero

 

El cambio climático es uno de los mayores desafíos para la humanidad. El calentamiento de la tierra, los cambios extremos de temperatura, las tempestades, la desaparición de los glaciares y el aumento del nivel de los océanos son muestras inequívocas de sus efectos. Una cuestión clave es el reconocimiento por parte de la comunidad científica internacional, de que no es consecuencia de una desgracia natural, sino que está originado por la actividad humana, que genera gases de efecto invernadero (GEI) tal como señala el Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC) (1). La reducción de la emisión de GEI, es por ello, una de las estrategias más importantes para atenuar el cambio climático.

A nivel mundial, el CO2 (anhídrido carbónico) representa el 77% de los GEI, el CH4 (metano) el 14% y el NO2 (óxido nitroso) el 8%. Según el IPCC (1) la emisión de estos gases aumentó un 70% entre 1970 y 2004. La producción de electricidad y calefacción, transporte (principalmente los vehículos a gasolina), industria y deforestación son las principales fuentes de CO2.

La agricultura es la principal fuente de la producción de CH4 y una de las fuentes importantes de NO2. Hay que recordar que otra parte importante de emisión de NO2 proviene de los escapes de vehículos motorizados, especialmente los de gasoil. La FAO (2) estima que el sector de la agricultura, incluyendo el cambio de uso de la tierra (deforestación) y actividades relacionadas, como la fabricación de fertilizantes, representa un 30% del total de la emisión de gases, una contribución que aunque parezca sorprendente es mayor que la originada por la industria y mayor incluso que la del transporte.

La deforestación en sí misma no emite GEI, pero los bosques son una fuente importante de captura del CO2 de la atmósfera y esta función se pierde al talar los bosques para destinarlos a pasturas o siembras. A su vez, la ganadería, incluyendo el transporte y la alimentación de ganado, representa el 80% de la emisión de GEI que se ocasionan en la agricultura.

Según la FAO (2), un 35% de producción de GEI en la agricultura y ganadería se origina en la deforestación de la tierra, es decir la eliminación de bosques para dedicar tierra a pastoreo de ganado y producción de cereales para piensos; un 30% se origina por la fermentación del estiércol generado por la ganadería; un 25% por la fermentación entérica de los rumiantes, que producen metano; y un 3,4% por el uso de fertilizantes nitrogenados. El mismo informe de la FAO (2) analiza la importancia relativa de la emisión GEI por la producción de distintos tipos de carnes. La producción de carne de ganado vacuno genera 3 veces más equivalentes de CO2/kg que la de ovejas y cerdos, y 30 veces más que la de carne de pollo. La formación entérica de metano se genera casi exclusivamente por él ganado vacuno (incluyendo vacas lecheras), mientras que el metano del estiércol, proviene en partes iguales del ganado vacuno y de la producción de cerdos.

La ganadería usa actualmente un tercio de la superficie de la tierra. Esto está determinado por lo dedicado a pastura permanente de ganado, especialmente en los países en vías de desarrollo. El 57% de las tierras de pastura permanente en el mundo se localizan en países relacionados con la exportación mundial de carne de vacunos, ovejas y cabras. En los países más desarrollados predomina en cambio la cría industrial en espacios cerrados. Hay que tener en cuenta que el sistema de producción de carne por pastoreo, genera el doble de emisiones de GEI que el sistema intensivo (alimentación por granos), especialmente por la producción de metano. Por otro lado un tercio de tierra cultivable es dedicada a la alimentación animal. La cría de animales y la producción de carne ocupan aproximadamente el 70% de las tierras dedicadas a la agricultura, y consume un 35% de la producción mundial de granos, que se dedican a la alimentación animal. La producción de soja por ejemplo, de los principales exportadores como Argentina y Brasil, se destina a la alimentación de cerdos en China. La FAO (2) estima que la cría de animales es responsable de entre el 6% y el 12% de la emisión de gases en Europa, y un 18% a nivel mundial.

 
Consumo de carne en el mundo

 

El consumo de carne, como es de imaginar, es más de 5 veces superior en los países desarrollados (224 g por persona y día) que en los países en desarrollo (47g por persona y día) (3). África tiene un consumo de 31 g por persona y día, América Latina 147 y el sud y este de Asia de 112. Pero lo más grave es que según el reciente informe de la FAO (2) se estima que, en ausencia de políticas de cambio, la producción y consumo mundial de carne se duplicará de 2001 al 2050, inducida principalmente por la incorporación al mercado de consumo de proteínas animales de cientos de millones de habitantes de China, India, Sudáfrica y Brasil. Es decir el impacto sobre el cambio climático se incrementará notablemente si no se hace nada para remediarlo. Los organismo de expertos internacionales (4) recomiendan un consumo máximo de carnes rojas (vaca, cerdo y oveja) de 70 g por persona y día, de forma que una de las estrategias para mitigar el cambio climático es reducir sustancialmente el consumo en la población de los países desarrollados y adecuar su consumo en los países en desarrollo, logrando una alimentación sostenible y socialmente más igualitaria.

El incremento en el consumo de carne en grandes y poblados países como China, India, Sudáfrica y Brasil, es parte de la denominada “transición alimentaria” (5) caracterizada por un crecimiento exponencial de la demanda de proteínas animales, las calorías totales y las denominadas “empty calories” prevenientes de azúcar refinadas, grasas, alcohol y aceites. Este cambio de patrones alimentarios ha sido posible por el incremento en el nivel de ingreso per cápita, asociado además a la urbanización y la producción industrial de alimentos. Se ha acompañado también de grandes cambios culturales. Se estima que los países con un nivel de ingresos superiores a los 12 mil dólares por año, el consumo de calorías per cápita es aproximadamente 500 calorías por día superiores a las necesidades nutricionales (5). Este exceso de ingesta calórica, ha contribuido indudablemente al crecimiento de la obesidad en la población mundial, para llegar a una situación actual muy preocupante, caracterizada por la existencia por primera vez de más gordos que flacos en la historia humana (6)

 

Modelo alimentario y gases de efecto invernadero

 

Por lo que hemos visto anteriormente, existe una profunda relación entre la producción y consumo de distintos tipos de alimentos y la generación de GEI. Es de esperar que los alimentos a base de plantas vegetales (frutas, verduras, cereales, legumbres) tengan sustancialmente menos emisiones de GEI que los alimentos de origen animal. Efectivamente, hay enormes diferencias. Una exhaustiva revisión sistemática en una de las revistas científicas más importantes del mundo, ha mostrado que las emisiones asociadas a la carne de rumiantes (vacuno y cordero) tienen aproximadamente 250 veces más emisiones, por gramo de proteínas, que las de la legumbres (5). Asimismo, 20 platos o raciones de vegetales, tienen menos emisiones de GEI que un plato de carne de vacuno. Es por ello comprobable que una dieta omnívora genera muchísimas más emisiones de GEI que una dieta tipo Mediterránea (a base fundamentalmente de alimentos de origen vegetal) o tipo vegetariana.

Un reciente estudio de la cohorte de Oxford (7), del estudio Prospectivo Europeo sobre Nutrición y Cáncer (EPIC) ha estimado las emisiones de GEI asociadas a la dieta de más de 55.000 miembros de la cohorte (por cada 2.000 calorías de ingesta, ajustada por sexo y edad). Las emisiones de GEI, calculadas en kg de equivalentes de CO2 por día, fueron de 7,19 para los altos consumidores de carne (≥100 g/d), de 4,67 para los bajos consumidores de carne (<50g/d), 3,91 para los consumidores de pescado, 3,81 para los vegetarianos y 2,89 para los veganos. Es decir la dieta de un alto consumidor de carne produce 2,5 veces más GEI que un vegano.

Este estudio se ha hecho sobre la base de un exhaustivo análisis en el Reino Unido (realizado por la Food and Climate Research Network, de la Universidad de Cranfield) (8), que ha efectuado un inventario de las emisiones de GEI originadas por la provisión de alimentos para el consumo de la población de UK (incluyendo lo que se produce en agricultura y pesca, más lo que se los que se importa). Hace además una estimación de la emisión de GEI por lo que se procesa y distribuye nacionalmente (transporte), y por el cambio de uso de la tierra.

Este análisis ha permitido evaluar el impacto ambiental que se puede esperar de un cambio en el modelo alimentario. Se ha estimado que por la combinación de una dieta vegetariana (incluyendo consumo de lácteos y huevos), una reducción del 66% en el consumo de productos de origen animal, la adopción de nuevas tecnologías para reducir la emisión de NO2 del suelo y del metano de los rumiantes, se podría disminuir en UK un 70% las emisiones de gases de efecto invernadero. Se ha estimado que solo con cambiar los patrones de una dieta de tipo occidental a una más sostenible basada en productos vegetales, podría representar reducir entre un 20 al 30% la producción de gases de efecto invernadero. Solo con sustituir la carne roja por carne blanca, se podrían reducir un 9,2% la emisión de GEI.

Se ha estimado por otro lado, que la producción de los alimentos que diferencian una dieta no vegetariana de una dieta de tipo vegetariana, requiere 2,9 veces más provisión de agua, 2,5 veces más provisión de energía, 13 veces más uso de fertilizantes y 1,4 veces más uso de pesticidas (9).

Es destacable el hecho de que no existen prácticamente estudios empíricos realizados en España, sobre emisiones asociadas a los alimentos consumidos por nuestra población. Gran parte de las estimaciones disponibles en la literatura científica se basan en el informe de la Universidad de Cranfield, realizado para el sistema alimentario del Reino Unido (8). Hay que tener en cuenta sin embargo, que gran parte de los datos del informe Cranfield provienen de estudios realizados no sólo en UK sino también en Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza, Italia y Grecia, es decir de diversos países de Europa.

El impacto de la agricultura orgánica en la emisión de GEI es aún controvertido, aunque intuitivamente se puede pensar que podría tener un gran efecto beneficioso. El estudio de la Universidad de Cranfield (8) evaluó el potencial de la agricultura orgánica en reducir la emisión de GEI. Evaluó 3 escenarios posibles. El primero incorporando la producción orgánica de carne y huevos. El segundo incluye asimismo la producción orgánica de leche, azúcar de remolacha y patatas. El tercero incluye también cereales. Globalmente, la reducción de emisiones que se podría obtener con la agricultura orgánica es entre un 5 a un 8%. Esta reducción se debe principalmente a la producción orgánica de cereales. La producción orgánica de carne (a pesar de que la orgánica usa un menor consumo energía total por kg de carne obtenida) el total de carne de vacuno, cerdo, oveja, pollo o huevos según este estudio no modifica la emisión de GEI.

Puede en cambio ser importante mitigar las emisiones de GEI mediante una mejor gestión del estiércol producido por la cría intensiva de ganado y su transformación en biogás. De la misma forma se considera que mejorando la calidad y digestibilidad de los granos para la cría de animales, podría reducir la emisión de metano por la fermentación entérica (3). Se debería hacer además un uso más eficiente de los fertilizantes nitrogenados.

Aparte de la evaluación de la producción de GEI, existen otras metodologías de análisis sobre el impacto de la actividad humana en el medio ambiente. Un de ellas es la denominada huella ecológica (10). Esta representa el área de tierra y agua, ecológicamente productivos-cultivos, bosques, ecosistema acuático- necesarios para generar recursos, y el área requerida para asimilar los residuos producidos por cada población, de acuerdo a su modo de vida. La unidad de medida habitual de la huella ecológica es la hectárea por persona. La de los GEI es la emisión de equivalente de CO2.

 
Modelo alimentario, impacto ambiental y salud

 

Diversas revisiones sistemáticas han evaluado en los últimos años las relaciones del modelo alimentario con el impacto ambiental y la salud (3,5,9). El objetivo desde el punto de vista de la salud pública es promover una dieta saludable y sostenible. El exceso de consumo de carne y productos de origen animal (recordemos que las recomendaciones indican no ingerir no más de 500 g por semana de carne roja, unos 70 g/día), característica principal de la dieta de tipo occidental, no sólo tiene un enorme efecto negativo ambiental, sino además un claro efecto perjudicial sobre la salud de los seres humanos. Existe una sólida evidencia científica (3,5,9) mostrando que, comparado a una dieta occidental, seguir un patrón de dieta a base de alimentos de origen vegetal (como la dieta mediterránea o vegetariana), comporta un menor riesgo de obesidad, de diabetes tipo II, de enfermedades cardiovasculares, así como un menor riesgo de padecer algunos tipos de cáncer (especialmente de colon y recto, y probablemente de estómago y de mama en mujeres postmenopáusicas).

Un reciente meta-análisis de 7 estudios de cohorte (11), incluyendo a más de 124.000 participantes mostró, comparando vegetarianos con no vegetarianos, que los vegetarianos tienen un menor riesgo de mortalidad (9%) por todas las causas, de mortalidad por isquemia coronaria (29%) por enfermedad cerebrovascular (12%) y de incidencia de cáncer (18%).

 

Conclusiones

 

Hemos analizado el origen de los GEI que contribuyen al cambio climático, y hemos señalado la importancia de la agricultura, particularmente de la ganadería en la producción de GEI. Hemos comprobado las tendencias negativas de aumento del consumo de proteínas de origen animal en la población mundial, asociada a la denominada “transición alimentaria”, que comporta un exorbitante exceso de consumo de carne en los países desarrollados. Existen abundantes estudios que demuestran que una dieta a base de productos de origen vegetal, como la dieta Mediterránea o la vegetariana, reducen considerablemente la producción de GEI. Hay por otro lado una evidencia científica sólida que este tipo de dietas no solo es más respetuosa con el medio ambiente, sino que es beneficiosa para la salud, al reducir el riesgo de obesidad, enfermedades cardiovasculares, diabetes y varios tipos de cáncer.

Existen por el otro lado, informes recientes de universidades de Suecia y Noruega, que reclaman que la mitigación del cambio climático no puede quedar reducida a acuerdos entre los estados, que pocas veces se cumplen, y con mayor riesgo aún con la nueva orientación de negación del cambio climático del presidente Trump, en el gobierno de EEUU, que rompe con los tibios acuerdos de Paris. Es imprescindible por ello involucrar activamente a la sociedad civil en la lucha contra el cambio climático. Cambiar las pautas de consumo, orientándolo a un consumo sostenible y responsable, hacer compras de productos locales y de proximidad, reducir el consumo de carne y aumentar el consumo de productos de origen vegetal, usar menos el coche privado, utilizar energías renovables. La sostenibilidad del medio ambiente está profundamente relacionada con nuestra salud. Velar por la conservación de nuestro planeta requiere cambiar muchas de nuestras pautas de vida.

Pero este cambio no depende solo de nuestras decisiones individuales, es una responsabilidad social y colectiva. Debe estar estimulado por políticas impositivas que graven lo que es perjudicial para nuestro ambiente y nuestra salud y desgraven lo que es beneficioso. La experiencia positiva de las campañas contra el tabaco, que tímidamente comienza a extenderse al uso del coche y al consumo de bebidas azucaradas, debe proyectarse hacia otras áreas de nuestra vida cotidiana que inciden en el cambio climático. La sociedad civil debe comprometerse y exigirlo.

 

Referencias

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­IPCC, 2014: Climate Change 2014: Synthesis Report. Contribution of Working Groups I, II and III to the Fifth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change [Core Writing Team, R.K. Pachauri and L.A. Meyer (eds.)]. IPCC, Geneva, Switzerland, 151 pp.

Gerber, P.J., Steinfeld, H., Henderson, B., Mottet, A., Opio, C., Dijkman, J., Falcucci, A. & Tempio, G. 2013. Tackling climate change through livestock – A global assessment of emissions and mitigation opportunities. Food and Agriculture Organization of the United Nations (FAO), Rome.

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Carlos A. González Svatetz Investigador Emérito. Unidad Nutrición y Cáncer. Instituto Catalán de Oncología. Profesor Master Salud Pública. Universidad Pompeu Fabra.

 

 

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La ola de frío amenaza con batir récords históricos en EE UU

 

El azote del Ártico se empezó a sentir con fuerza este jueves el Este de Estados Unidos. El temporal de frío extremo que comenzó hace unos días por Canadá, y probablemente ocupará dos tercios de territorio estadounidense, ya ha empezado a dejar temperaturas mínimas registradas a estas alturas del año. La ciudad de Washington se despertó con la mañana más gélida para un diciembre de los últimos 10 años, también se exploraron los mínimos en Detroit o Boston, y en algunas zonas de Pensilvania no habían visto tanta nieve en la historia.

 

Los servicios de meteorología advierten de que lo más duro del temporal llegará entre el domingo, 31 de diciembre, y el lunes, 1 de enero. En Nueva York, que en Nochevieja se llena de turistas deseosos de recibir el año nuevo en Times Square, esperan que la temperatura llegue a los -12 grados centígrados. De momento, este jueves, ya bordeaba la zona de los -10. En Washington, ha oscilado entre los -4 y los -6. Y en sitios como Dakota del Norte se ha llegado a los -26.

 

El temporal ha servido a Donald Trump para mofarse del calentamiento global, fenómeno que ha cuestionado en múltiples ocasiones. Esta tarde, en su cuenta de Twitter, ha espetado: "En el este, podría haber la Nochevieja más FRÍA registrada. Quizá nos vendría bien un poco de ese calentamiento global del que nuestro país, pero no otros países, iba a pagar billones de dólares por protegerse. ¡Tápense!", escribió.

 

El presidente americano se refería al Pacto de París contra el calentamiento global, que implicaba un desembolso para países como EE UU, y del que Trump decidió retirarse el pasado mes de junio por considerarlo perjudicial para los intereses estadounidenses.

 

Una de las zonas donde más se ha hecho notar la ola de frío extremo es en Pensilvania. La ciudad de Erie ha acumulado más de 165 centímetros desde el día de Navidad. La nevada superó los 85 centímetros solo en el día 25. El gobernador del Estado, Tom Wolf, anunció que la Guardia Nacional estaba "proporcionando vehículos militares todoterreno de alto rendimiento para ayudar a las agencias locales con la emergencia médica y la respuesta de la policía".

 

En Ontario, Canadá, el temporal ha explorado la zona de los -40 grados. "Tenemos que volver a 1993 para ver este tiempo en las provincias de Ontario o Quebec", advierte el meteorólogo Alexandre Parent, " y eso sin considerar el factor viento". Con estas temperaturas glaciales, los riesgos de hipotermia y de sabañones son severos y elevados, y con un enfriamiento eólico cercano a los -35 grados, la piel expuesta se puede congelar en menos de 10 minutos, advirtió el ministerio de Salud, según AFP.

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