Crisis mundial de desempleo juvenil: el gran reto de nuestro tiempo [junto al cambio climático]

Hasta en un 90%. Así de determinante ven jóvenes de todo el mundo —entrevistados para la fundación Millennial Dialogue— el papel de la economía en su “futura calidad de vida”. En medio de un debate general sobre el futuro del trabajo en la actual Revolución Industrial, tanto el paro crónico como la precariedad a la que están expuestas las nuevas generaciones, además de su desconfianza en la política, podrían tener consecuencias devastadoras para el conjunto de la sociedad.

 

“Cada año en todo el mundo, 40 millones de jóvenes —400 en una década— se incorporan a un mercado de trabajo que no se está ampliando lo suficiente”. De los 200 millones de parados globales, 70 millones son jóvenes y, como explica Nieto, “si la economía no es capaz de dar una respuesta, nos encontraremos con una generación perdida”, algo que conllevaría la “pérdida de capital humano, exclusión y desarraigo”, advierte.

 

“El otro desafío es la calidad del empleo”, continúa, “ya que, a diferencia de generaciones anteriores, con grandes conquistas de los trabajadores, la crisis ha agudizado la sustitución de trabajos de calidad por otros que no lo son”. A esto habría que añadir “el debilitamiento de las políticas de protección social y un cierto resquebrajamiento del contrato social”.

 

“Si no se resuelve la situación de paro juvenil mundial, las consecuencias serán graves, pero aún está por ver en qué dirección”, argumenta Nieto. “Es necesario que haya una orientación de las políticas económicas y sociales del empleo para resolver este problema, ya que la crisis de empleo juvenil está detrás de fenómenos de todo signo, como en 2011 estuvo detrás de la Primavera Árabe”, añade.

 

Países con “explosiones demográficas juveniles”, paro e inestabilidad


Precisamente un informe del instituto de investigación noruego Peace Research Institute Oslo (PRIO) sobre la Primavera Árabe y el rol de los jóvenes, concluía que países con “explosiones demográficas juveniles” se enfrentan a un mayor “riesgo de colapsar”. Pese a que Oriente Medio y África del Norte “están madurando demográficamente a un ritmo rápido”, la investigación aún apunta como elemento preocupante la escasez latente de “oportunidades políticas y económicas” de los jóvenes.

 

 

Aquel año (2011), el 40% de los manifestantes en Egipto, Yemen, Libia y Túnez tenía entre 18 y 20 años, cerca de la mitad eran estudiantes y un 75% estaba desempleado o trabajaba a jornada parcial.

 

En Centroamérica, las pirámides poblacionales también reflejan un rápido crecimiento —concentrado entre los 15 y los 24 años— que continuará durante las próximas tres décadas. La tasa de homicidios de varones en esa edad, muchos producto de la violencia de bandas, es cuatro veces el promedio mundial, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen. Ana Glenda Táger, directora Regional de América Latina de Interpeace, conoce bien el fenómeno de las agrupaciones juveniles en la zona (pandillas, maras, barras deportivas y escolares) que ha pasado de “mecanismo de cohesión, identidad y solidaridad” a “radicalizarse” debido a la “excesiva violencia ejercida por escuela y familia y a la acción represiva de la policía”, como detalla a Equal Times.

 

“A los jóvenes del conocido como Triángulo del Norte —Guatemala, El Salvador y Honduras—, que además constituyen la mayoría de la población, solo les quedan tres opciones vitales: migrar hacia los Estados Unidos —en condiciones precarias y corriendo toda suerte de riesgos—, participar de la economía informal o engrosar las filas de las pandillas o del crimen organizado”, denuncia. Estos tres países encabezan el número de jóvenes en la región que ni estudian ni trabajan, NINI, con porcentajes cercanos al 30 %, según un informe de la OIT sobre trabajo decente y juventud.

 

En toda América Latina la cifra alcanza los 20 millones de jóvenes, de acuerdo al Banco Mundial.

 

“Son conscientes de que no vivirán mejor que sus padres”


En el caso de los jóvenes de los países industrializados, Nieto no puede afirmar que las consecuencias de su “cuestionamiento del establishment y del funcionamiento del sistema” vayan a ser negativas.

“Es una juventud bastante formada, participativa, por lo que pueden darse fenómenos como el 15M español —más bien solidarios, que han sacudido aspectos anquilosados de las democracias actuales— o por el contrario podría darse la incorporación masiva de jóvenes a organizaciones que ofrecen como respuesta la xenofobia, el racismo y el nacionalismo excluyente. La reacción social y unas políticas económicas de empleo que generen la suficiente confianza como para que este cuestionamiento sea constructivo, serán fundamentales”.

 

En España, desde el inicio de la crisis, el riesgo de pobreza entre los jóvenes de 16 y 29 años ha aumentado 11 puntos porcentuales (de 18,1 a 29,2%), mientras que ha descendido 13 (de 25,5 a 12,3%) entre los mayores de 65 años, según el Instituto Nacional de Estadística.

 

La mayor encuesta sobre mileniales (los nacidos aproximadamente en las dos últimas décadas del siglo XX) revela que esta generación, formada por jóvenes de entre 18 y 35 años, no está interesada en la política. Su principal argumento: que son los políticos quienes no están interesados en los jóvenes y sus problemas. “En Alemania sí están en la agenda política.

 

Pero, se sienten traicionados cuando, tras las elecciones, los políticos hacen otra cosa”, critica Fabian Wichman, responsable de campañas de Exit Deutschland. Este proyecto de desradicalización, único en el país, ha “rescatado” a más 600 personas de organizaciones nazis en los últimos 14 años. Sin embargo, el Ministerio del Interior germano calcula que aún quedan 25.000, el 40 % de los cuales desea “emplear la violencia para promover su ideología”.

 

“La protección de datos excluye a los menores de 16 años de esa cifra”, explica Wichman, “pero si miras a la criminalidad en general, la edad más violenta en grupos conectados a diferentes ideologías se sitúa entre los 18 y los 31 años”. Respecto a los detonantes de la radicalización de estos jóvenes, para Wichman: “tiene mucho que ver con hacerse adulto y con problemas familiares o en la escuela (...), pero también hay razones económicas: miedo a no conseguir un empleo o a los extranjeros”, añade.

 

“Otros sí tienen empleo, no están desconectados de la sociedad, pero el temor a perderlo puede desencadenar comportamientos violentos. También situaciones globales, como la crisis de refugiados... sienten que van a tener menos o que otros colectivos tengan menos. Hay un miedo a no obtener lo que uno quiere, una vivienda, por ejemplo (...). Es una combinación de factores —familia, entorno violento— y la promesa del grupo de ‘tú tienes problemas, nosotros tenemos la solución’”, concluye.

 

“En el debate sobre el Futuro del Trabajo, OIT, gobiernos, sindicatos y patronales estamos analizando si habrá trabajo —decente— para todos y cómo será. La automatización en la actual revolución industrial supondrá un incremento extraordinario de la productividad; la clave es si estos beneficios se repartirán o no”, explica Nieto.

 

“Si se reparten, el escenario podrá ser inclusivo. Pero también podría suceder lo contrario ya que las tendencias del empleo, en relación a las medidas tomadas durante la crisis, no apuntan en la buena dirección. Y si mantuviera la orientación de los últimos tiempos podría llevar a una revolución tecnológica con exclusión social donde la convivencia no sería posible. Ese es el gran riesgo”, concluye.

 

Publicado originalmente en Equal Times

Publicado enEconomía
Viernes, 01 Diciembre 2017 17:36

La metáfora Pascua

La metáfora Pascua
La decisión de la administración Trump de abandonar el Acuerdo de París sobre cambio climático resulta más alarmante en un año en el que se agravaron sus consecuencias. Por su parte, en noviembre, la Cumbre de Naciones Unidas dedicada al tema (COP23) no fue capaz de responder a las amenazas urgentes que se presentan.

 

La Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP23) se llevó a cabo en Bonn (Alemania), del 6 al 17 de noviembre pasado. Recibió a más de 25.000 participantes, incluidos delegaciones nacionales, representantes de unas quinientas ONG y más de mil periodistas.


Dos temas influyeron de modo determinante en el desarrollo de la COP23: la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París (COP21) y una mayor incidencia de fenómenos potencialmente asociados al cambio climático en muchos lugares del planeta. Que Fiyi –Estado archipiélago amenazado de desaparición por la subida del nivel del mar– haya presidido la COP23, siendo un conjunto de islas supervulnerable que acaba de enfrentarse, hace solo unos meses, al ciclón más potente registrado y con un programa muy ambicioso de despliegue de energías renovables, pone en el centro del debate los impactos, la adaptación y la mitigación desde el mundo en desarrollo. A la vez, deja en evidencia a la administración Trump, que ha convertido a su país en el único miembro que no formará parte del Acuerdo de París a partir de 2020. Un sentido de urgencia y la equidad como aspectos centrales del debate marcaron el entorno en que se movió esta COP23.


La cumbre concluyó con un balance paupérrimo, casi sin progresos, y con el único consuelo de que la comunidad internacional sigue unida en la lucha contra el calentamiento global pese a la deserción de la administración estadounidense por decisión del presidente Donald Trump. Además, en agosto pasado, Washington anunció que retiraría todos los fondos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (Ipcc, por su sigla en inglés), el órgano de la Organización de las Naciones Unidas encargado de investigar el cambio climático.


Las casi doscientas delegaciones presentes en la antigua capital de la República Federal Alemana no lograron ni siquiera ponerse de acuerdo sobre los mecanismos técnicos que permitirán poner en marcha el acuerdo suscrito hace dos años en París en la COP21. Fue una cumbre decepcionante. Ahora, el peso recae sobre la próxima cumbre, que se celebrará en diciembre de 2018 en la ciudad polaca de Katowice, situada en el epicentro de una gran cuenca carbonífera...


Los desafíos pendientes


La cumbre de Bonn fue decepcionante también porque la mayoría de los asuntos ha sido, sencillamente, aplazada. Y esto a pesar de que un número creciente de sucesos catastróficos nos recuerda cada día la gravedad del problema que, en el último año, se agravó al haber crecido un 2 por ciento las emisiones de CO2 a la atmósfera, tras dos años de esperanzador estancamiento. Las inundaciones en India y Nigeria, las sequías en amplios territorios del planeta, los ciclones del Caribe y los incendios que se desataron en Estados Unidos y Europa en este 2017 sirvieron de telón de fondo. “El mar se traga aldeas, devora la costa y arruina los cultivos –declaró Timoci Naulusala, de 12 años, procedente de las islas Fiyi, en un apasionado discurso–. Las muertes por hambre y sed, el realojamiento de personas, los llantos por los seres queridos perdidos... Quizá crean que eso sólo afectará a los países pequeños. Se equivocan”.


El gran objetivo de esta cumbre fallida era empezar a redactar el reglamento del Acuerdo de París (2015), pero los actores reconocieron que será preciso un empuje mucho mayor para que el documento esté concluido antes de finales de 2018. La ausencia de Washington en los debates decisivos de la cumbre, suplida en parte por numerosos representantes de la sociedad civil estadounidense, no se dejó sentir demasiado, pero muchos participantes acusaron el golpe, conscientes de que esa deserción hiere gravemente el acuerdo.


“La acción a nivel nacional está muy lejos de lo que se necesita –sintetizó Manuel Pulgar-Vidal, de la asociación WWF–. El abismo entre lo que estamos haciendo y lo que debemos hacer es gigantesco.” En el mismo sentido se pronunció Wolfgang Jamann, de Care International: “Los acuerdos políticos no han abordado suficientemente la dura realidad climática a la que ya se enfrentan millones de personas”. “Nunca había visto una COP con una tasa de adrenalina tan baja”, expresó un diplomático europeo en declaraciones a la Agencia France Presse. Y también muy sintomático fue el comunicado emitido por la delegación española: “En Bonn, se ha continuado trabajando para construir el Acuerdo de París y no ha habido retroceso en ninguno de los temas tratados...”.


Los principales escollos en las negociaciones, que se prolongarán el año que viene en Katowice (Polonia), se refieren a dos asuntos clave. El primero, conocido como “Diálogo de Talanoa” (1), es la revisión de los compromisos de reducción de emisiones de CO2 que se anunciaron en París. Es decir: qué criterios se aplicarán para que los países ofrezcan propuestas más ambiciosas con vistas al 2020, cuando se pondrá en marcha el nuevo tratado, puesto que las que se encuentran ahora sobre la mesa no garantizan la estabilización de las temperaturas globales, sino que las impulsan más de tres grados por encima de los valores preindustriales. En Katowice, con nuevos datos del Ipcc, se realizará una nueva evaluación colectiva de cómo están evolucionando el calentamiento global y las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero.


El segundo escollo fue nuevamente la financiación que los países industrializados destinarán para que los países en desarrollo puedan adaptarse al calentamiento global, ahora con el agravante de la ausencia de Estados Unidos, lo que podría obligar a las restantes potencias a aumentar su contribución (la administración Trump ya ha anunciado que no abonará su participación al llamado Fondo Verde de la ONU). En la COP15 de Copenhague (2009), se acordó que los países industrializados aportarían 100.000 millones de dólares anuales a partir del año 2020, pero los detalles de la implementación no se han precisado. Y la urgencia es enorme: “Este año, tres ciclones excepcionalmente violentos devastaron el Caribe, las inundaciones destruyeron miles de hogares y escuelas en el sur de Asia y la sequía devastó a millones de personas en el este de África –declaró Tracy Carty, jefa de la delegación de Oxfam–. Ya no estamos hablando del futuro. Los países y comunidades más pobres del mundo ya están luchando por sus vidas contra los desastres intensificados por el cambio climático”. Por su parte, Jens Mattias Clausen, jefe de la delegación de Greenpeace, añadió: “Hablar no es suficiente. Nos falta la acción. Llamamos a Francia, Alemania, China y otras grandes potencias a intensificar y mostrar el liderazgo que dicen tener. Aferrarse al carbón o a la energía nuclear y desfilar como campeones del clima mientras no se puede acelerar la transición hacia la energía limpia no es más que mala fe”.


Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), las centrales de carbón siguen produciendo casi el 40 por ciento de la electricidad mundial y son uno de los principales factores causantes del cambio climático. Además, la contaminación del aire por la quema de carbón causa enfermedades respiratorias severas y otros muchos efectos nocivos para la salud.


La canciller de Ecuador, María Fernanda Espinosa, destacó en su intervención, en nombre del Grupo negociador G77+China (que agrupa 134 países), que se necesita avanzar prioritariamente en el financiamiento del Fondo Verde para el Clima (FVC), que permite captar recursos financieros de los países desarrollados para que las naciones en desarrollo más vulnerables puedan afrontar las consecuencias del cambio climático. El FVC espera contar con unos 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020. Sin duda, uno de los grandes retos de los próximos años será avanzar en ese tema.


María Fernanda Espinosa recordó también que el planeta ya afronta las consecuencias desastrosas del cambio del clima a través de graves inundaciones, derretimiento de glaciares, sequías, que además son amenazas para la seguridad alimentaria. Asimismo hizo un llamamiento para proteger a las mujeres, niños, niñas, migrantes y refugiados, quienes son los más afectados por el cambio climático, que calificó de “mayor amenaza global de este siglo”.


Evidencias del cambio climático


Aunque Donald Trump lo niegue, el calentamiento del sistema climático es una realidad inequívoca. Unos 2.500 científicos internacionales, miembros del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, lo han confirmado de modo indiscutible. Su causa principal es la actividad humana que produce un aumento descontrolado de las emisiones de gases, sobre todo dióxido de carbono (CO2), producto del consumo de combustibles fósiles: carbón, petróleo, gas natural. La deforestación acrecienta el problema porque los árboles, las plantas y las algas de los océanos absorben y neutralizan el CO2 y producen oxígeno; de ese modo ayudan a combatir el efecto invernadero.


Desde la Convención del Clima y la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, y la firma del Protocolo de Kioto en 1997, las emisiones de CO2 han progresado más que durante los decenios precedentes. Si no se toman medidas urgentes, la temperatura media del planeta aumentará por lo menos en cuatro grados, lo cual transformará la faz de la Tierra. Los polos y los glaciares se derretirán, el nivel de los océanos se elevará, las aguas inundarán los deltas y las ciudades costeras, archipiélagos enteros serán borrados del mapa, las sequías se intensificarán, la desertificación se extenderá, los huracanes, los ciclones y los tifones se multiplicarán, centenares de especies animales desaparecerán...


Las principales víctimas de esa tragedia climática serán las poblaciones ya vulnerables del África Subsahariana, de Asia del Sur y del Sudeste, de América Latina y de los países insulares ecuatoriales. En algunas regiones, las cosechas podrían reducirse en más de la mitad y el déficit de agua potable agravarse, lo que empujará a cientos de millones de “refugiados climáticos” a buscar a toda costa asilo en las zonas menos afectadas. Las “guerras climáticas” proliferarán.


Para evitar esa nefasta cascada de calamidades, la colectividad científica internacional recomienda una reducción urgente del 50 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero. Único modo de evitar que la situación se vuelva incontrolable.


Por otra parte, debemos cambiar nuestro modelo económico despilfarrador que agota los recursos del planeta. Actualmente, la Tierra ya es incapaz de regenerar un 30 por ciento de lo que cada año consumen sus habitantes. Y, demográficamente, estos no cesan de crecer. Somos ya 7.500 millones, y en 2050 seremos más de 9.000 millones, lo cual complica el problema. Porque no hay recursos para todos. Si cada habitante consumiese como un estadounidense se necesitarían los recursos de tres planetas. Si consumiese como un europeo, los de dos planetas... y no disponemos más que de una única Tierra. Una diminuta isla en la inmensidad de las galaxias.


A este respecto se recordó en Bonn, en reiteradas ocasiones, la “metáfora Pascua”, en alusión al desastre que conoció la isla de Pascua o Rapa Nui (Chile). A esa tierra, una de las más alejadas del planeta, llegó entre los años 800 y 1200 una expedición polinesia que quedó aislada del resto del mundo. Pequeña (unos 160 km2), la isla estaba recubierta con una suntuosa vegetación, rodeada de aguas muy ricas en peces, con costas llenas de moluscos y millones de aves migratorias que allí anidaban. En unos cuantos decenios, los rapanuis se multiplicaron y desarrollaron una brillante civilización (la de los moai), que aún hoy asombra al mundo. Pero lo hicieron a base de explotar con exceso y sin precaución las riquezas de la isla. Resultado: en poco tiempo no quedaba un árbol en la isla, ni un pez en sus mares, ni un molusco en sus costas, ni un ave en sus nidos. Cuando el escritor francés Pierre Loti visitó la isla en 1872 solo quedaban unos cientos de habitantes, “un pueblo de fantasmas, desnudos, esqueléticos y hambrientos; últimos escombros de una raza misteriosa” (2).


Con la excepción de Donald Trump, cada día quedan menos escépticos frente a las evidencias del cambio climático. Cada habitante de nuestro planeta puede constatar, en particular, estas siete realidades: 1) la temperatura global sigue aumentando (2017 ha sido uno de los tres años más cálidos de la historia desde que existen estadísticas); 2) la frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos sigue en aumento; 3) la concentración de CO2 sigue acumulándose; 4) sigue subiendo el nivel de los mares; 5) la acidificación de los océanos no disminuye; 6) las capas de hielo de la Antártida siguen reduciéndose; 7) sigue disminuyendo el hielo marino en el Ártico.


La tarea de los países ricos


En Bonn, los países más desfavorecidos exigían a los más industrializados que indicasen, con dos años de antelación, cuánto dinero iban a aportar y en qué plazos, con el objetivo de que pudieran saber con qué fondos podrían contar. Fuentes de la delegación de la Unión Europea (UE) aseguraron que con los márgenes presupuestarios que manejan los países europeos no es factible decir, aquí y ahora –como les estaban exigiendo–, cuánto dinero van a aportar en un horizonte de diez años, si bien no fue la UE quien se opuso a avanzar en este exhaustivo reporte, sino Estados Unidos, Australia y Japón. Por su parte, Angela Merkel se comprometió a duplicar los fondos para el clima y ayudar a los países en desarrollo para 2020, y explicitó su compromiso de ayudar a las naciones en desarrollo en iniciativas como sistemas de información climática y gestión de riesgos de desastres.


Pero los participantes se decepcionaron cuando Merkel anunció su plan para reducir la dependencia del carbón de Alemania. Alrededor del 40 por ciento del sector energético de ese país depende del carbón y, de seguir así, Alemania no cumplirá sus objetivos en materia de reducción de emisiones contaminantes para 2020. De hecho, la Unión Europea no podrá lograr su objetivo de reducir los gases de efecto invernadero en por lo menos un 40 por ciento para 2030, respecto de los niveles de 1990, a menos que cambien las políticas y redoblen sus compromisos. España, por su parte, es uno de los países de Europa Occidental –junto con Polonia y Alemania– que no ha firmado el compromiso gradual para poner fin a la producción de carbón con el año 2030 como horizonte.


En este sentido, desde el inicio, la cruzada de las negociaciones ha tenido como punto central definir cómo pueden los países más ricos ayudar a los menos desarrollados en la adaptación y en la compensación. Bajo el primer concepto entran las distintas formas de cambiar las economías para depender menos del petróleo, gas y carbón.


La tarea, ya de por sí titánica, se complicó este año cuando Donald Trump anunció que sacaba a su país del Acuerdo Climático. Desde su campaña electoral en 2016, el republicano prometió esta medida. Y es que, entre otras razones, el presidente Trump considera que el cambio climático es una “mentira” fabricada por los chinos para minar la economía estadounidense...


Sin embargo, el proceso de renuncia lleva tres años, lo que convierte a Estados Unidos en un signatario hasta entonces. Por eso vino a Bonn una pequeña delegación oficial con el secretario de Estado, Rex Tillerson, al frente. Y es que un grupo rival de gobernadores, alcaldes y líderes empresarios también estuvo presente en Bonn: la desafiante coalición norteamericana “We Are Still In”, liderada por el ex alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, en nombre del Centro de Acción Climática de Estados Unidos. Así pues, hubo dos delegaciones estadounidenses en la cumbre, lo que llevó a los expertos a preguntarse cuál era la que realmente hablaba en nombre del país y a los asistentes a preguntarse con cuál hablar.


En este contexto, los expertos coinciden en que Estados Unidos dejó un vacío en el liderazgo climático. Más allá del compromiso que muestra la Unión Europea, la lupa se puso en los dos mayores responsables junto a Estados Unidos de las emisiones: India y China. El primero ya asumió el desafío al hacer de la energía solar un proyecto a gran escala. Por su parte, Pekín también da indicios de no querer echarse para atrás. Con su plan para un nuevo mercado nacional de carbono, China propone poner un precio a las emisiones corporativas.


Visto el fracaso de la COP23 y la inacción gubernamental, y visto que no podemos “bajarnos del mundo” como decía Mafalda, nuestras principales esperanzas residen actualmente en las 7.500 ciudades y entidades de todo tipo, en particular centenares de asociaciones de ciudadanos, que se han propuesto avanzar por su cuenta hacia una sociedad baja o nula en carbono. Está en juego el destino de la humanidad. 

 

1. El “Diálogo de Talanoa” es importante para suplir el vacío entre el Protocolo de Kioto (vigente hasta el 31 de diciembre de 2012 y extendido por ocho años más hasta el 31 de diciembre de 2020) y el Acuerdo de París, que entrará en vigor en 2020.
2. Pierre Loti, L’île de Pâques. Journal d’un aspirant de “La Flore”, Éditions La Simarre, Joué-les-Tours, 2016.

 

*Director de Le Monde diplomatique, edición española.
© Le Monde diplomatique, edición española

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Una maqueta de un planeta Tierra se muestra en el parque Rheinaue durante la Conferencia de Cambio Climático de las Naciones Unidas COP23 en Bonn, Alemania.

 

Acaba de concluir otra ronda de negociaciones internacionales sobre el cambio climático, con la 23 Conferencia Global de Naciones Unidas sobre cambio climático en Bonn, Alemania (COP 23, CMNUCC, 6-17 noviembre). Aunque en esta conferencia se avanzó en algunos temas, como la adopción de una plataforma indígena y un plan de acción de género, las negociaciones de fondo van a paso mucho más lento que la urgencia que marca el caos climático y los impactos que ya estamos sufriendo. Esto abre el camino para que propuestas altamente riesgosas como la geoingeniería ganen terreno.

En 2015, el Acuerdo de París sobre cambio climático acordó limitar el aumento de la temperatura a muy por debajo de 2 ºC, pero no fijó la obligación de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), medida crucial por que éstas son las que causan el cambio climático. Por tanto, los países principalmente responsables de las emisiones de GEI, siguen sin considerar medidas reales que ataquen las causas y permitan una solución de largo plazo. En su lugar empujan soluciones falsas, como mercados de carbono y medidas tecnológicas como la geoingeniería: la manipulación tecnológica y a gran escala del clima para manejar los síntomas del cambio climático.

La manipulación del clima tiene origen militar, pero es también un negocio redondo para las empresas petroleras, de agronegocios y otras de las más poderosas del planeta: significa que pueden seguir calentando el planeta con la contaminación de combustibles fósiles, sistema alimentario agroindustrial y urbanización descontrolada y al mismo tiempo hacer nuevas ganancias con la venta de tecnología para enfriarlo o para remover el dióxido de carbono de la atmósfera.

Hay una veintena de propuestas para manipular el clima a nivel global, algunas son para bloquear o reflejar los rayos de luz solares, por ejemplo instalando una gran nube volcánica artificial sobre el Ártico, inyectando sulfatos en la estratósfera o blanqueando nubes con miles de naves no tripuladas. Otras son para remover gases de la atmósfera, echando millones de toneladas de minerales y sustancias químicas en los mares, o absorbiendo carbono por medios mecánicos y químicos para luego enterrarlo en fondos geológicos; otras pretenden alterar el tiempo a nivel local, como siembra de nubes y manejo de huracanes. Todas las propuestas conllevan impactos ambientales, sociales y geopolíticos graves. Por ejemplo, bloquear parte de la luz del sol sobre el Ártico tendría impactos devastadores en otras regiones, provocando sequías o inundaciones en África, Asia y América Latina, poniendo en riesgo las fuentes de agua y alimentos de millones de personas (https://tinyurl.com/yamamn6a).

Aunque no está en la agenda oficial, en la COP 23 la propuesta de geoingeniería que más se promovió fue BECCS: bioenergía con captura y almacenamiento de carbono. Se trata de mega-plantaciones (árboles y cultivos), para quemarlas para bioenergía y capturar el dióxido de carbono de ésta y otras actividades para almacenarlo en fondos geológicos, como pozos de petróleo usados. Esta última técnica proviene de la industria petrolera (Enhanced Oil Recovery), fue diseñada para recuperar reservas profundas, pero no la usan por no ser económicamente viable. Rebautizada como técnica para el cambio climático podrían conseguir subsidios y créditos de carbono, logrando ganancias adicionales al extraer más petróleo y que además les paguen por combatir el cambio climático que esas mismas empresas causaron.

Por otro lado, para que BECCS tuviera algún efecto para mantener el aumento de temperatura en menos de 2 ºC o hasta 1.5 ºC, habría que plantar de 500 millones a 6 mil millones de hectáreas de monocultivos, lo cual es absurdo. Toda la tierra cultivada actualmente son mil 500 millones de hectáreas. Eso no evita que igual se promuevan esas mega-plantaciones, que aunque no sirvan para el cambio climático, serán negocio de quien las instale, compitiendo con la producción de alimentos y amenazando el territorio de campesinos e indígenas, ahora a nombre del combate al cambio climático.

Al mismo tiempo que la COP 23, en el Congreso de Estados Unidos se realizó una audiencia especial sobre geoingeniería, lo cual muestra que no hay contradicción entre negar el cambio climático y promover la geoingeniería. (https://tinyurl.com/y89 jyuzz)

Parafraseando a un directivo de Exxon, la fórmula es nosotros [Estados Unidos, la industria petrolera] no causamos el cambio climático, pero si existe, tenemos la solución tecnológica

Como todos saben que BECCS no funcionará para frenar el cambio climático (aunque lo que se haga con BECCS tendrá impactos sociales y ambientales muy negativos) otras propuestas de geoingeniería para bloquear la luz del sol o remover carbono se presentan como la verdadera solución. Pese a que por sus altos riesgos e impactos potenciales, el desarrollo de geoingeniería está bajo una moratoria en el Convenio de Diversidad Biológica, el Programa de Geoingeniería Solar de la Universidad de Harvard, ya está planteando hacer un experimento a campo abierto (SCoPEx), en zonas indígenas de Arizona, cerca de la frontera con México. (https://tinyurl.com/ ya6vs7g5)

Existen muchas vías reales, socialmente justas y ecológicamente sanas para enfrentar el cambio climático, como la agroecología campesina, restauración de ecosistemas desde las comunidades, rediseño del transporte público, energías renovables y locales justas, entre muchas otras. La geoingeniería se debe prohibir: es una apuesta de riesgos inaceptables, para mantener los privilegios de quienes provocaron el cambio climático y aumentar sus ganancias.

*Investigadora del Grupo ETC

 

 

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Puerto de carbón en la ciudad caribeña de Santa Marta (Colombia).

 

Aunque la mayoría de los países del mundo suscribieron voluntariamente los acuerdos sobre cambio climático de Naciones Unidas (ONU), un reciente estudio publicado en Alemania advierte que el uso del carbón como fuente de energía crece en América Latina y el Caribe.

La organización no gubernamental Urgewald presentó un informe titulado: "Lista de salida global del carbón" (Global Coal Exit List o CGEL, en inglés), en el que señala que, no obstante la presión mundial para disminuir la minería del carbón, varios países latinoamericanos y caribeños adelantan proyectos para ampliar "esa contaminante fuente energética", informó la agencia IPS.

 

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Mineros trabajando en la mina artesanal "pozito", en el pueblo de Nueva Rosita (México). / Tomas Bravo / Reuters

 

En expansión

 

El documento, cuya difusión coincidió con la 23 Conferencia de las Partes (COP 23) de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC), destaca la influencia regional de los explotadores de carbón, considerado como un mineral altamente contaminante.

"Hay varios proyectos en planeación para explotar el mineral y eso amenaza con mantener esa dependencia por años", declaró a la agencia noticiosa Heffa Schuecking, directora de Urgewald.

El informe de la ONG, que pasa revista a 770 empresas extractivas, comercializadoras, prestadoras de servicios y generadoras termoeléctricas, pretende alejar a los inversionistas de ese sector, con el fin último de "mantener un mundo habitable", dijo Schuecking.

 
Números negros

 

El GCEL precisa que en América Latina y el Caribe, la capacidad termoeléctrica instalada que depende del carbón para su funcionamiento, alcanza los 17.909 megavatios (MW).

 

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Una pala de tractor descarga carbón en el puerto de la ciudad de Santa Marta (Colombia) / Juliana Lopera / Reuters

 

Los países con mayores capacidades en la generación de energía con fuente carbonífera son:

México: 5.351 MW.
Chile: 5.101 MW.
Brasil: 4.355 MW.


Por otra parte, Urgewald asegura que varias naciones latinoamericanas adelantan proyectos que contemplan el empleo del carbón para generar 8.427 MW adicionales, y que serán aportados por:

Chile: 2.647 MW.
Brasil: 1.540 MW (sumados a su generación actual).
República Dominicana: 1.070 MW.
Venezuela: 1.000 MW.
Jamaica: 1.000 MW.
Colombia: 850 MW.
Panamá: 320 MW.


"Esos emprendimientos anclarían aún más el contaminante mineral en la región y dificultarían su retiro para combatir el cambio climático", indica el informe.

 
Manos foráneas

 

En los procesos de explotación de carbón, la ONG ubica 14 empresas creadas en países de Latinoamérica: Brasil (5), Colombia (5), Chile (1), Perú (1), República Dominicana (1) y Venezuela (1).

 

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Mina Cana Brava, operada por SAMA SA, parte del Grupo Eternit, en Minacu, norte del Estado de Goias (Brasil). / Ueslei Marcelino / Reuters

 

A ellas se suman las transnacionales que ya tienen operaciones en el área, como AES y Drummond (EE.UU.), Enel (Italia), Engie (Francia), Glencore (Inglaterra Suiza), BHP Billiton (Inglaterra-Autralia) y Anglo American (Inglaterra). Todas activas en la región.

 

Explotación y exportación

 

Según el documento, Colombia, con sus 90 millones de toneladas de carbón producidas durante el año 2016, es el país con mayor volumen extractivo en Latinoamérica. Una producción destinada casi en totalidad a la exportación.

Actualmente, Colombia opera sus minas a cielo abierto en conjunto con las empresas Drummond, Glencore, BHP Billiton y Anglo American.

Le siguen Brasil, con una capacidad de producción que alcanza los 8 millones de toneladas de carbón al año, y México con 7,25 millones anuales.

 

Intereses

 

Para Lusbi Portillo, académico venezolano y director de la ONG Sociedad Homo Et Natura, la insistencia de varios países de la región en explotar el carbón "es una inmensa contradicción, vista desde los acuerdos de cambio climático promovidos por Naciones Unidas".

Y advierte que detrás de la explotación del carbón en América Latina y el Caribe "abundan los intereses económicos".

 

Venezuela: un ejemplo

 

Portillo cita, como un ejemplo de voluntad política para generar energía limpia, el proyecto de parque eólico desarrollado en la Guajira venezolana, al occidente del país, que inició operaciones en 2013 y que se proyectó para generar hasta 10.000 MW.

 

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Venta de carbón en el mercado La Parada, en el distrito de La Victoria de Lima (Perú). / Mariana Bazo / Reuters

 

Ese parque, cuyo desarrollo contempla 10 fases, "podría generar energía limpia para el occidente de Venezuela y parte de Colombia", apunta.

Ahora, asevera el académico, existe el interés de un sector "de abandonar el parque eólico para construir una carboeléctrica que generaría apenas 1.000 MW".

El director de la ONG agregó que la explotación del carbón, en cualquier país del mundo, "sólo acentúa los efectos del cambio climático, dadas las altas emisiones de CO2 (dióxido de carbono)", y, en el caso específico de Venezuela, se convertiría en un contrasentido frente al discurso del gobierno, "que habla permanentemente de salvar el planeta".

 

Ernesto J. Navarro

 

 

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Noam Chomsky considera que la humanidad enfrenta tres crisis fundamentales.

 

La humanidad enfrenta una crisis moral que representa amenazas más graves que las vividas en la Guerra Fría y a la sociedad parece no importarle, declaró este domingo el filósofo, lingüista y activista estadounidense Noam Chomsky.

Durante su presentación en el festival Ciudad de las Ideas, que se celebró este fin de semana en Puebla (México), el lingüista afirmó que la sociedad actual se enfrenta a tres grandes crisis, todas con un factor común: la crisis moral de deshumanización.

“Todavía recuerdo ese 6 de agosto de 1945”, aseguró el intelectual sobre el día que la bomba atómica fue lanzada sobre Hiroshima (Japón) para apuntar la primera de estas crisis, la nuclear. Recordó que estaba en un campamento de verano cuando sucedió y entonces: “A nadie le importó. Salí solo a caminar y desde entonces he seguido el comportamiento temerario por parte de los líderes políticos”.

Chomsky dijo que acabar con la guerra nuclear es sencillo porque “sabemos cómo enfrentar el problema” y la solución es deshacerse de las armas pero los intereses particulares de determinados países prevalecen ante la paz mundial. En pleno siglo XXI la historia de las Guerras Mundiales parece quedar muy atrás para los jóvenes, sin embargo la amenaza es mayor porque los países están más armados que nunca y en una carrera armamentística y de exhibición de poder con una actitud de provocación constante al “enemigo”, indicó el analista nacido hace 89 años en Filadelfia, Estados Unidos.

“En el caso del cambio climático los signos ya están, la ciencia ha demostrado las consecuencias”, sostuvo Chomsky al resaltar la segunda crisis, la ambiental. Comentó que la Comisión Nacional del Cambio Climático en EEUU ha informado de que existe la posibilidad de que el nivel del mar se eleve hasta dos metros en este siglo, lo cual ha sido negado por la administración de Donald Trump.

Imaginar las consecuencias de que se produjera un incremento del nivel de mar es escalofriante porque si hoy hay problemas de refugiados “piense cómo sería si Nueva York estuviera bajo el agua”, sostuvo. Consideró inverosímil que EEUU, “el Estado más importante en la historia de la humanidad, está rehusando participar para enfrentar el problema”.

La tercera crisis que enfrenta la humanidad es el riesgo inminente a una pandemia porque “estamos en el vértice de catástrofes posibles y no lo estamos tomando en serio” reiteró. En una conversación con el fundador del festival Ciudad de las Ideas, Andrés Roemer, y el físico Lawrence Krauss, Chomsky criticó los tratados comerciales advirtiendo que no buscan el beneficio de la sociedad sino satisfacer los intereses de quienes los formulan.

“Los tratados de libre comercio no lo son; están diseñados por ejecutivos corporativos, inversores que buscan su propio interés, son convenios de intereses” enfatizó Chomsky. Además, acusó al gobierno de EEUU de imponer unas leyes que dificultan el desarrollo de tecnologías renovables.

(Con información de EFE)

 

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Protesta de activistas contra los combustibles fósiles en la cumbre de Bonn.

 

La financiación de los países ricos para los más pobres vuelve a atascar los avances en una cumbre del clima

 

El Acuerdo de París –que se empezará a aplicar en 2021– fue el marco general de la lucha contra el cambio climático. Pero falta desarrollarlo. Y los reglamentos para hacerlo tendrán que esperar a la cumbre de Polonia en 2018, la fecha tope que marca el propio acuerdo. Así lo han decidido los negociadores de los casi 200 países reunidos en la Cumbre del Clima de Bonn. En la recta final de esta cita la financiación que deben aportar los países ricos se ha vuelto a convertir en un escollo. Y lo volverá a ser en las próximas citas, adelantan los negociadores.

Los negociadores que se han reunido en la llamada COP23 de Bonn han esbozado los esqueletos de esos reglamentos de desarrollo del Acuerdo de París, pero los temas más polémicos sobre transparencia o contabilidad de las emisiones de cada país siguen abiertos y tendrán que cerrarse en Katowice, la ciudad polaca que acogerá a finales de 2018 la próxima cumbre. "Hubiera sido mejor avanzar más", reconoce Teresa Ribera, directora del Instituto para el Desarrollo Sostenible y las Relaciones Internacionales y experta en negociaciones climáticas. Pero lo más difícil se ha dejado para la siguiente cumbre, que se llevará a cabo en el bastión europeo del carbón, el combustible fósil que más gases de efecto invernadero emite.

Todo parecía indicar que esta cita de Bonn —que desde un principio se concibió como técnica— podía cerrarse, por primera vez en mucho tiempo, este viernes según el programa previsto. Pero las discusiones sobre la financiación han paralizado las negociaciones y mantuvieron abierta la cumbre durante buena parte de la noche. Finalmente, sobre las seis de la mañana, tras una larga noche de negociaciones, se desbloqueó la situación y se consiguió cerrar la cumbre.

La principal discusión se centró en los intentos de los países en desarrollo para conseguir asegurarse que los Gobiernos de los Estados más ricos y su sector privado pongan sobre la mesa los 100.000 millones de dólares anuales para financiación climática comprometidos con el Acuerdo de París a partir de 2020. Ese montante está pensado para que los países con menos recursos puedan poner en marcha estrategias de mitigación (recortes de emisiones de gases de efecto invernadero) y adaptación a los efectos negativos del calentamiento.

Los Estados más pobres presionaron para que los desarrollados se comprometan a comunicar cuánto dinero pondrán sobre la mesa cada año con antelación. Y los desarrollados argumentaban que no pueden comprometerse a eso ya que sus aportaciones dependerán de su disponibilidad presupuestaria. Este asunto continúa abierto también tras la cumbre del Bonn. "La financiación es el último tema que siempre se cierra en las cumbres", explica Laura Juliana Arciniegas, jefa de la delegación de Colombia. "Y lo será en las siguientes".

 

Salida de EE UU

 

La salida anunciada por Donald Trump del Acuerdo de París —que no se podrá materializar hasta 2020 porque así lo establece el pacto— supuso un golpe moral a esta alianza contra el cambio climático, que por primera vez tras dos décadas de negociaciones logró cerrar en París en 2015 un acuerdo que comprometía a todos a recortar sus emisiones. Pero Trump no ha provocado un efecto contagio. Al contrario, Nicaragua y Siria, que se resistían a firmar el pacto, han anunciado que lo harán y EE UU se ha quedado aislado. Pero más allá de los recortes de los gases que no acometerá EE UU, Trump ha dejado claro que no tiene ninguna intención en cumplir los compromisos de financiación, con lo que se reduciría el número de Estados desarrollados que deben aportar esos 100.000 millones. Y esto inquieta a los países en desarrollo.

El Acuerdo de París tenía una brecha bien identificada que se debe cubrir desde que se firmó hace dos años en la capital francesa. Los recortes de gases de efecto invernadero comprometidos por todos los países firmantes del pacto no son suficientes para lograr el objetivo: que el aumento de la temperatura media del planeta no supere los dos grados a final de siglo respecto a los niveles preindustriales, e intentar que se quede en los 1,5. Pero el Acuerdo de París contiene mecanismos para superar superar ese problema: periódicamente se harán revisiones y los Estados presentarán nuevos compromisos, siempre al alza, de sus planes de recortes de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, la salida de EE UU ha abierto otra brecha inesperada: la financiación. "Ahora existe una brecha de 2.300 millones de dólares en el Fondo Verde que EE UU ha dicho que no va a poner", señala el comisario europeo de Acción por el Clima y Energía, Miguel Arias Cañete. ¿Y quién va a cubrirla? Arias Cañete augura que el tema de la financiación volverá a centrar una parte importante de las negociaciones en Polonia. Las dudas sobre quién asumurá los esfuerzos financieros de EE UU es una de las razones que han empujado a los países en desarrollo a pedir que los Estados ricos anticipen cuánto dinero aportarán.

El otro punto sobre financiación que ha bloqueado las negociaciones ha sido el Fondo de Adaptación, que los países en desarrollo no quieren que se elimine cuando se aplique, a partir de 2021, el Acuerdo de París. Este fondo se creó con el Protocolo de Kioto, que estará en vigor hasta 2020, cuando el pacto de París tomará el relevo.

En el Acuerdo de París se abrió la posibilidad de que continuara el Fondo de Adaptación. En la Cumbre del Clima de Marrakech, de 2016, se reforzó esa idea. Y en la de Bonn los países en desarrollo querían atar definitivamente esta continuidad, lo que esta noche han logrado.

 

1,5 grados

 

En octubre de este año está previsto que el IPCC, el panel de expertos internacionales que bajo el paraguas de la ONU radiografían los efectos del cambio climático, difunda un informe sobre las posibilidades de limitar el aumento de la temperatura a 1,5 grados y las medidas que se deberían tomar para lograrlo. El reto es complicado, el calentamiento está ya en un grado respecto al nivel preindustrial.

La asunción de esa meta del grado y medio también ha centrado parte de las discusiones finales de esta cumbre de Bonn. Varios Estados, fundamentalmente los más petroleros (como Arabia Saudí o Irán) pidieron que se retirara toda referencia a esos 1,5 grados en uno de los documentos que está previsto que se aprueben, señalan fuentes de la negociación. Pero esa referencia ya está en el Acuerdo de París, con lo que no se puede dar marcha atrás.

 


 

WASHINGTON QUIERE SALIR “LO ANTES POSIBLE” DEL PACTO


Fuentes de las negociaciones explican que la actitud estadounidense (que ha enviado una delegación mucho menor que en otras cumbres y de perfil técnico) no ha sido de bloqueo. La encargada de intervenir en nombre de EE UU en el plenario de Bonn ha sido Judith G. Garber, secretaria adjunta de la Oficina de Océanos y Asuntos Ambientales y Científicos Internacionales. No puso en duda el cambio climático, sacó pecho de los recortes de emisiones de su país en los últimos años y dijo que EE UU es consciente de que se necesita una transformación energética. Eso sí, reafirmó que su país saldrá del acuerdo "lo antes posible".

 

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La retirada de Trump del acuerdo sobre cambio climático y el movimiento social que desencadenó

 

Todos los países del mundo se encuentran reunidos esta semana en Bonn, Alemania para debatir los pasos a seguir para la implementación del acuerdo de París, un pacto mundial alcanzado hace dos años para combatir el cambio climático. Todos los países... excepto Estados Unidos. Esta es la primera cumbre sobre cambio climático de alto nivel de las Naciones Unidas en realizarse desde que el presidente Donald Trump anunciara el pasado 1º de junio que iba a retirar a Estados Unidos del acuerdo. Otros dos países que no se habían suscrito al acuerdo hasta el momento, Nicaragua y Siria, ahora lo han hecho. Esto deja a Estados Unidos solo en el mundo, como el único país que se niega a tomar medidas para combatir el cambio climático. Pero cuando se trata de establecer políticas sobre el cambio climático, así como sobre el cuidado de la salud, los impuestos y, con suerte, hasta la guerra, Trump no tiene los mismos poderes dictatoriales que los líderes mundiales autoritarios a quienes tanto admira. Hay una fuerza más poderosa: el pueblo unido en un movimiento masivo. Este movimiento multifacético de estadounidenses que sí se preocupan por el cambio climático está muy presente en Bonn y le está haciendo saber al mundo, tal como indica su lema, que “Seguimos adentro del acuerdo”.

Una delegación oficial de Estados Unidos se encuentra en Bonn. Para consternación de Trump, a pesar de que el acuerdo de París es un documento voluntario y no un tratado vinculante, aun así el proceso para retirarse del mismo lleva cuatro años. En las cumbres anteriores, el enviado especial de Estados Unidos para el cambio climático daba conferencias de prensa con frecuencia. Y aunque varias personas en todo el mundo criticaron el papel de Estados Unidos en las conversaciones sobre el clima durante el período de Barack Obama, al menos se reconocía la existencia del cambio climático provocado por los seres humanos y hubo un compromiso con algún tipo de solución. Cómo pueden cambiar las cosas en un año. La delegación oficial del gobierno de Trump programó una única sesión pública formal durante toda la cumbre, cuyas actividades se extienden durante dos semanas. Democracy Now! participó de la cobertura del foro, que resultó ser justo lo que se podía esperar de un evento sobre cambio climático organizado por el gobierno de Trump.

Cientos de personas esperaban en fila para ingresar al salón y había una fila aparte para los periodistas. Mientras filmábamos la escena, un funcionario de la embajada de Estados Unidos tapó el lente de nuestra cámara con la mano. Las cosas no se veían bien. Al entrar, nos dejaron acorralados en la parte posterior de la sala, mientras que los invitados selectos ocupaban los asientos reservados de la primera fila. Antes de que la delegación oficial hiciera acto de presencia, dos gobernadores demócratas entraron sin previo aviso y se dirigieron a la prensa para condenar el espectáculo de la negación del cambio climático que estaba a punto de producirse.

El gobernador de Washington, Jay Inslee, secundado por la gobernadora de Oregón, Kate Brown, declaró: “Pueden dar esta noticia desde Bonn. Mientras Donald Trump intenta venderles tecnología obsoleta a un mundo implacable y a una ciencia implacable, la tercera mayor economía del mundo está trabajando activamente en la creación de empleos en el sector de las energías limpias. Y esa es la Alianza por el Clima de Estados Unidos, y estoy orgulloso de liderarla. Esto no es más que una distracción. Es algo pasajero. El mundo no está prestando atención, porque no va a escuchar a alguien que afirma que el cambio climático es un invento”. Los gobernadores Inslee y Brown vinieron a la cumbre de Bonn junto con decenas de otros funcionarios electos estadounidenses (alcaldes, gobernadores, senadores y otros) para organizar actividades y manifestar la resistencia popular a la retirada de Trump del acuerdo de París. Tras la declaración, los dos gobernadores se fueron, y la delegación oficial llegó.

El panel, moderado por Francis Brooke, asesor del vicepresidente Mike Pence, y George David Banks, asesor especial del presidente para energía y medio ambiente internacional, estaba integrado por representantes de las industrias del petróleo, gas, carbón y energía nuclear. Mientras pronunciaban sus predecibles sermones en torno a la necesidad de sus destructivos sectores energéticos, tres cuartas partes de la sala se levantaron al unísono, se pusieron de espaldas al panel y comenzaron a cantar una canción tan popular como patriótica, “God bless the U.S.A. / Proud to be an American” (“Dios bendiga a Estados Unidos / Orgulloso de ser estadounidense”, en español), de Lee Greenwood, cambiando la letra para convertir la canción en una sátira contra los combustibles fósiles:

“Dicen ser estadounidenses
pero vemos su avaricia con claridad.
Están matando al mundo entero
por ese dinero que el carbón da.
Nosotros, orgullosamente, nos ponemos de pie
hasta que ustedes lo dejen en el suelo...”

Afuera, cientos de personas a las que no les permitieron entrar al pequeño salón coreaban a voz en cuello en solidaridad. Después de que los manifestantes se marcharan y los panelistas terminaran sus peroratas, logramos hacerles una simple pregunta a cada uno: “Responda sí o no, ¿usted apoya la decisión de Donald Trump de retirarse del acuerdo de París?”. La defensora de la energía nuclear dijo que no estaba de acuerdo con Trump, al igual que el empresario de la industria del gas natural, un ex funcionario del gobierno de Obama. El ejecutivo de la industria del carbón, representante de la multinacional Peabody Energy, se negó a responder. El lobista de la industria del petróleo y el gas dijo que sí, que apoyaba la retirada de Trump, mientras que Brooks y Banks declararon que trabajaban para el presidente, por lo que, por supuesto, apoyaban su decisión.

La salida de Estados Unidos del acuerdo de París es una catástrofe, sin duda. Sin embargo, ha inspirado un abarcativo torbellino de activismo climático, con miles de empresas, universidades, grupos de fe, funcionarios y representantes electos, grupos estudiantiles y destacadas figuras estadounidenses que han asumido el compromiso de combatir el cambio climático. Ante las bravuconadas de Trump y todos sus tuits, esta puede ser la consecuencia más importante de su negación del cambio climático.

 

© 2017 Amy Goodman

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

 

 

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Cambio climático

 

La co-coordinadora de Ecologistas en Acción, Nerea Ramírez, la periodista de The Guardian Fiona Harvey, o Fleur Newman, representante de la Convención Marco de de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, entre otros, debaten sobre la introducción de la perspectiva de género en la llamada transición energética.

 

Durante los últimos meses hemos visto de cerca los efectos del cambio climático y cómo sus múltiples manifestaciones han devastado ecosistemas y sociedades. Una devastación que repercute por encima de todo en las mujeres, acrecentando su vulnerabilidad dentro de las sociedades y, debido a la mayor dependencia que éstas tienen de la tierra -según un estudio de la ONU en el planeta hay cerca de 600 millones de mujeres que dependen de la vida en el campo -, generando un aumento en sus cargas de trabajo.

“Las mujeres se ven más afectadas por el cambio climático, porque tienen una dependencia financiera menor y están mucho más sujetas a los resultados agrícolas”, explica la periodista de The Guardian Fiona Harvey en la conferencia Justicia Climática: la perspectiva de género en la transición energética, organizada por Los Verdes en el Parlamento Europeo.

De forma tradicional las mujeres han ocupado una posición determinante en la estructuras familiares patriarcales que les hace depositarias de las labores de cuidado y sostenimiento de las vidas que componen la familia. Unas labores que, además de estar excluidas de los mercados laborales, las convierte en las principales gestoras de los recursos energéticos naturales, dada la importancia que éstos tiene para garantizar la supervivencia de los seres humanos. Es por todo ello que las sequías, incendios, inundaciones o huracanes, efectos indiscutibles del cambio climático, atacan de manera directa a las mujeres, pero también a la vida del resto de componentes familiares que dependen de sus cuidados.

Se trata de una realidad que a simple vista puede parecer lejana por la mayor dependencia ecológica de las mujeres agrícolas en los países en vías de desarrollo, sin embargo, el cambio climático también horada las diferencias entre hombres y mujeres en la propia Unión Europea. “Hemos comprobado cómo se ha rechazado cualquier enmienda propuesta sobre problemática de género en la revisión de las leyes energéticas que tenemos y es importante tomar conciencia de ello porque los impactos del cambio climático entre hombres y mujeres son muy diferentes. Por ejemplo, cuando en 2003, Europa vivió una de sus peores olas de calor y en Francia las víctimas mortales ascendieron a casi 15.000, el 65% fueron mujeres”, relata el eurodiputado de EQUO, Florent Marcellesi.

También se pudo ver como el cambio climático incidió de manera indiscriminada en la vida de las mujeres durante el huracán Katrina de 2005, cuando, según datos manejados por Fiona Harvey, “el 83% de las mujeres solteras no pudieron volver a sus hogares en menos de dos años y dos tercios de las personas que perdieron su empleo eran mujeres”.

Esa indefensión a la que las mujeres se ven atadas está fundamentada en un sistema que, en palabras de Nerea Ramírez, co-coordinadora general de Ecologistas en Acción, “ha declarado la guerra a la vida”. Un sistema en el que las decisiones fundamentales de materia energética se toman en base a unos criterios que excluyen la sostenibilidad del planeta y que , para nada, “tienen en cuenta a las mujeres”. Tanto es así, que en España sólo dos de cada diez directivos de las grandes multinacionales son mujeres, teniendo, además, la desoladora cifra de ‘cero’ representantes femeninos en la dirección de las gigantes energéticas españolas.

A nivel político, en España ni tan siquiera ha habido una mujer que ocupase la cartera del Ministerio de Energía, ni durante la república, mucho menos en la dictadura franquista, y tampoco en la historia reciente de la democracia. Europa tampoco puede sacar pecho al respecto: desde 1967 hasta la actualidad tan sólo una mujer ha estado al frente de la comisión de Energía, curiosamente fue la ministra de Agricultura del PP de Aznar, Loyola de Palacio.

Esta tendencia habitual de apartar a las mujeres de la toma decisiones sobre las políticas ecológicas y medioambientales provoca que sus necesidades y sus análisis queden relegados a un plano anecdótico, señalan varias de las ponentes de 'Justicia Climática'. Es por ello que si entendemos el cambio climático como un problema que sólo podría revertirse, en palabras de Fleur Newman, mediante “una transición radical” hacia las energías renovables, es necesario que se feminicen los espacios de diagnóstico y toma de decisiones.

 

Las mujeres “son agentes esenciales del cambio”


“Las mujeres no sólo son víctimas, también son agentes esenciales del cambio que vertebran las luchas por la defensa de los territorios”, expone Nerea Ramírez, quien entiende que “para poder hablar de políticas energéticas tenemos que hablar desde la lógica del sostenimiento de la vida, en la que las mujeres tienen mucho que decir, porque no hay nadie mejor que ellas para hablar de sostenimiento de la vida”.

Son principalmente mujeres, quienes combaten los efectos de un cambio climático permitido y tolerado mayoritariamente por hombres que ocupan altos cargos de gobierno. Mujeres como Lolita Chávez, nominada al premio Sajarov por su defensa de la vida ante las amenazas medioambientales de los tratados de libre comercio entre EEUU y los pueblos latinoamericanos o como Berta Cáceres, que perdieron su vida por enfrentarse a los macro-proyectos hidroeléctricos que amenazan la tierra.

También son mujeres las alcaldesas del cambio que han tratado de cambiar el rumbo de las grandes ciudades españolas y han legislado contra una pobreza energética que ha dejado al “26% de la población en situación de vulnerabilidad”, según un estudio realizado por Ecologistas en Acción para el Ayuntamiento de Madrid.

 

 

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Miércoles, 18 Octubre 2017 06:54

Francisco ante los embates geopolíticos

Francisco ante los embates geopolíticos

¿Un Papa infalible? ¿El pontífice es intocable? Son fantasías de doctrinas angelistas. A casi cinco años el papa Francisco enfrenta severas turbulencias que agrietan el rumbo de su magisterio. El pontificado de Francisco encara numerosos frentes de hostilidad. A la tenaz oposición intraeclesiástica se deben añadir frentes externos. Lobbies seculares vinculados a los intereses políticos y económicos de potentes grupos de poder internacionales. Las reformas de Francisco por transformar la Iglesia se tambalean contra una sólida resistencia que va desde los grupos más conservadores de la derecha católica diseminada en diferentes países hasta ambiciosos núcleos de la curia que ha sabido oponer una férrea línea de contención a los cambios. La intencionalidad del pontífice se topa con una muralla que lo hace ver bien intencionado, pero inocente e idealista. Todos sabemos que Francisco es un hombre de poder, sabe manejarse, pero la misión que se ha propuesto luce gigantesca al grado de que puede sufrir el pecado de la ingenuidad.

La ultraderecha católica lo ha censurado y lo acusa de herejía en torno a la interminable lucha doctrinaria sobre la familia plasmada en la exhortación posinodal Amoris laetitia. Además, los conservadores hacen conexiones seculares para debilitar a Francisco, a quien juzga demasiado liberal. The New York Times, por ejemplo, reveló en febrero que el entonces estratega en jefe de la Casa Blanca, Stephen Bannon, buscaba forjar alianzas en el Vaticano con prelados ultraconservadores, contrarios a las posturas de Francisco, apoyando a la curia disidente, como al cardenal estadunidense Raymond Burke, quien se ha enfrentado abiertamente con Francisco.

Intelectuales europeos católicos conservadores y laicos de izquierda reprochan al Papa sus posturas hacia las migraciones. No toleran sus señalamientos en materia de derechos humanos ni mucho menos que llame a los migrantes los nuevos mártires del siglo XXI. Los rijosos intelectuales no reconocen que Francisco viene del sur y es originario de una familia de migrantes. Preocupados por las consecuencias no sólo económicas, sino estéticas, ya que la identidad europea se ve amenazada por los nuevos bárbaros del sur. Francisco enfrenta también a vaticanistas, así llamados aquellos periodistas reconocidos por sus conocimientos en asignaturas eclesiásticas, como Sandro Magister, quien sistemáticamente ataca al Papa y filtra información clasificada que opositores de la curia le proporcionan para ventanearlo constantemente.

Grupos conservadores y fundamentalistas estadunidenses cada vez hacen más evidente su oposición a Francisco. El lobbie petrolero pretendió boicotear la encíclica ambientalista Laudato si y ahora está irritado por un posible sínodo extraordinario regional sobre la protección de la amazonia sudamericana. Como respuesta, el misil lanzado por el Papa contra Donald Trump al regresar de su gira por México en febrero de 2016, cuando zanjó su postura frente al entonces candidato republicano, al afirmar: "quien construye muros no es cristiano". Frente al capitalismo de corte salvaje y neoliberal el Papa ha sido particularmente severo, como expresó el 5 de noviembre pasado en la sala Pablo VI, durante el Encuentro Mundial de Movimientos Populares, Bergoglio planteó su reconceptualización del fenómeno terrorista: “Existe un terrorismo básico que se deriva del control global del dinero en la tierra y amenaza a toda la humanidad. Tal terrorismo básico está alimentando el terrorismo derivado, como el narcotismo, el terrorismo de Estado y lo que algunos erróneamente llaman terrorismo étnico o religioso”.

Si bien la historia demuestra que la Iglesia católica ha venido adaptándose a las formas de democracias, no necesariamente las promueve. La Iglesia tiene creciente peso en la escena internacional, la ha venido utilizando para: a) asegurar que la institución pueda seguir desarrollando su misión portadora de un código ético cristiano, es decir, proselitismo, y b) robustecer las condiciones materiales, económicas, jurídicas y políticas de sus estructuras, particularmente frente a los estados que faciliten esta misión.

Con Francisco, la Iglesia ha recuperado protagonismo internacional. El Papa ha privilegiado los suburbios, es mirar al mundo desde abajo, no desde arriba, ni desde los centros de poder. Esto explica muchas cosas; por ejemplo, su primer viaje fue a Lampedusa, la isla del infierno migratorio africano. Francisco es un actor internacional crítico, pero no irrumpe en política interna especialmente en sus viajes. Se empeña en romper fracturas en los aspectos críticos del mundo contemporáneo: guerras, ambiente, derechos humanos, migraciones, etcétera, para jugar un rol en lo que concierne a la reconciliación o puente de entendimiento: Cuba-EU, Colombia, etcétera.

Si bien Francisco, Trump y aun Putin pueden compartir valores tradicionales sobre la vida, la familia y rol de la mujer, el Papa argentino se opone al uso ideológico de lo religioso. Francisco, sostiene un cercano asesor del Papa, Antonio Spadaro, director de Civiltà Cattolica, pretende romper el vínculo orgánico entre cultura política, instituciones y la Iglesia a que aspiran las potencias. La espiritualidad no puede atarse a los gobiernos o las patentes militares, dice Spadaro, porque está al servicio de todos los hombres. Las religiones no pueden considerar a algunos como enemigos jurados y a otros como amigos eternos.

Es un hecho la distancia ideológica, política y religiosa de Francisco con la retórica fundamentalista de la política exterior estadunidense. Tras de que Bush había declarado un eje del mal, Trump dirige hoy su lucha contra una entidad etérea, "la de los malos" o "los muy malos". Francisco se distancia del simplismo escatológico y justificador de una lucha supuestamente profética que pugna amenazando los valores cristianos estadunidenses, y espera la justicia inminente de un Armagedón, un resultado final entre el bien y el mal, entre Dios y Satanás. Si para Bush hijo el mal fue Osama Bin Laden, para Trump es el norcoreano Kim Jong-un, quien es la encarnación del ángel de las tinieblas.

En términos de geopolítica, se recrudece un conflicto triangular, así llamado por mi maestro Emile Poulat, sociólogo francés. La controversia civilizatoria entre Bergoglio y Trump es evidente, pero ambos equidistantes de una Rusia intervencionista. El Vaticano también ha tomado distancia de Putin y de Rusia. Un verdadero diálogo entre Moscú y Washington ayudaría a resolver el golpe sirio. Así nace el triángulo geopolítico heredado de la guerra fría: el Papa, Putin y Trump. Expertos como Pasquale Ferrara, autor de Bergoglio y la política internacional, afirmó que existe una creciente conciencia entre las iglesias católica y ortodoxa, especialmente tras el histórico encuentro en Cuba entre Francisco y el patriarca de toda Rusia, Kirill, en febrero de 2016, dedicado a la persecución de los cristianos en Medio Oriente. Hoy Francisco es actor central del conflictivo triángulo geopolítico,

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Emiliano Terán Mantovani: “Con el Arco Minero del Orinoco estamos frente a un suicidio...”

Investigador y activista, Sociólogo de la Universidad Central de Venezuela, con una Maestría en Economía Ecológica de la Universidad de Barcelona, trabaja en circuitos de investigación militante, relacionados con círculos regionales en América Latina. Circuitos que tienen que ver con el debate y la lucha medio ambiental, e igualmente en el activismo que está relacionado con los movimientos ecologistas. Sobre todo con los ecologismos ligados a las luchas populares, por los territorios, por los bienes comunes, contra las desigualdades generadas por los impactos ambientales. En debate directamente relacionado con el cuestionamiento al modelo. Es parte de grupos como Alternativas al Desarrollo de la Fundación Rosa Luxemburgo, la Red Oilwatch Latinoamérica y otras organizaciones que acompañan luchas de comunidades indígenas, campesinas, urbanas, contra los impactos del extractivismo. Fue Mención del Premio Libertador al Pensamiento Crítico. Es uno de los jóvenes intelectuales y activistas comprometidos con los procesos de transformación más destacado del país.


Cuál es tu principal preocupación por el avance de la ampliación de la frontera extractiva en el último tiempo en Venezuela.


Hay varias preocupaciones. Pero hay una fundamental: A lo largo de la historia venezolana hemos estado planteándonos salir del modelo, o empezar a salir del modelo, hemos atravesado momentos en que se llega a crisis profundas, momentos de bifurcación, en los que está planteado salir del modelo o continuar en él. Hoy estamos otra vez en uno de esos momentos. Hay que insistir en que este no es un debate solamente de ecologistas sino que tiene que ver con el tema de la dependencia, que tiene que ver con la soberanía, porque es un modelo de altas concentraciones de poder de los sectores que capturan la renta.


Entonces una preocupación fundamental es que, en esta bifurcación, se están reformulando un conjunto de acuerdos que son o que suelen ser, acuerdos de largo plazo. Lo interesante para analizar es que son acuerdos de fuerzas muy negativas para el Estado Venezolano, es decir no son acuerdos de partes con potencialidades políticas iguales, sino que se estos acuerdos tienen que ver con concesiones, tienen que ver con desregulaciones, flexibilización creciente, formas de favorecimiento al desmontaje de la visión nacionalista energética que ha tenido en su momento el presidente Chávez. Y que estos acuerdos se van haciendo orgánicos, por ejemplo, la concreción de los acuerdos de PDVSA con el capital foráneo que ya no solo aparecería como “accionista” sino como “prestatario”, citando a Eulogio del Pino, presidente de PDVSA.


Qué significa esto, y esta es la trampa de lo que yo llamo el neoliberalismo mutante: por más que en términos formales, yo estado o PDVSA sea accionista mayoritario y tu privado, transnacional, seas minoritario, si tu pones tu capital accionario y además me prestas para que yo coloqué el mío, esto termina enredándose en una forma en la que en realidad tú tienes el control. Todo aquel que tiene la gran parte de la inversión, controla. Piensa por ejemplo en la participación de Estados Unidos en el FMI, en el Banco Mundial, o lo que supone el mecanismo de endeudarte, en lo que respecta al control de la relación económica o política que se tiene con respecto a las decisiones sobre los modelos económicos, de negocios, políticos, etcétera.


Por eso sostengo que el modelo que se está configurando desde hace dos años en Venezuela y la respuesta que se ha tratado de plantear es la siguiente: intentar hacer un piso mínimo, el que permitiría un flujo de caja mínimo para el gobierno y que las retribuciones se hagan de ese piso hacia arriba. En síntesis el planteamiento es subir el extractivismo en todos los ámbitos para poder retribuir con ese excedente, con lo que sería ese nuevo aumento del extractivismo, a la ganancia y a la devolución de la inversión en esos casos.


Esto supone además, una expansión de todos estos elementos que hacen a la arquitectura del extractivismo en Venezuela. Y que abre a otra preocupación que calza en esta situación, es toda la reconfiguración social que está ocurriendo en los territorios.


Hay que pensar por ejemplo en lo que escribía Rodolfo Quintero, toda la transformación antropológica, económica, social, cultural que se daba en los campos petroleros. Lo que está ocurriendo en Santiago de Cabrutica o en la zona sur de Monagas, todos estos cambios sociales que tiene que ver con afectación de tierras cultivables, problemas de agua severos, la migración de formas de trabajo productivo al taladro, provocando un mayor abandono de la agricultura, una agricultura extremadamente precarizada como lo está en la actualidad. Entonces lo que tienes es dos tendencias opuestas en términos de la crisis.


Una tendencia de una enorme gravedad, con una población de muchas décadas asimilada a la economía rentista, a los sectores terciarios de distribución de la renta, y una necesidad histórica de producción interna que necesita una subjetividad que tenga alguna cultura del trabajo. Entonces tienes dos tendencias que están caminando en sentido contrario y que va a agravar la crisis. La otra consecuencia es el tema ambiental, yo entiendo que el tema ambiental tiene poca incidencia en el país, por la fragilidad de los movimientos ambientalistas. Pero además, sobre todo por la poca información que existe sobre el problema ambiental.


Por ejemplo, el tema ambiental del agua en Venezuela es gravísimo, ahí tenemos varias bombas de tiempo. Por ejemplo lo que está ocurriendo con los embalses de Paucachinche y Camatagüa que atienden a 10 millones de personas en el país, que está proveyendo agua con más escases, por la incapacidad de potabilización. Porque viene además contaminada por diversas razones, pero entre ellas el proyecto de trasvase de agua para evitar que el lago de Valencia siguiera creciendo, pero entonces estamos tomando agua con heces aquí en Caracas, en Valencia y Maracay es peor, y esto es una bomba de tiempo política. Te voy a dar un ejemplo: en el 2014 hubo una crisis del agua en Sao Paulo en la cual Dilma Rousseff termina declarando que esa crisis se convierte en un asunto de Seguridad Nacional, por qué lo declara, porque una ciudad de más de 12 millones de personas colapsando por la escasez de agua es claramente una crisis política. Lo mismo en los Estados Unidos declara problema de seguridad nacional el tema, por ejemplo, del cambio climático.


Esta tendencia es a que se agrave porque hay negligencia e incapacidad para atenderlo. Y el extractivismo produce una agudización, una profundización de estos patrones. La expansión del extractivismo para dar un ejemplo concreto, generaría una contaminación severa del Río Socuy, que alimenta embalses fundamentales para suministrar agua a la población de Maracaibo, del Tablazo, de San Francisco, donde hay también millones de personas, ahí tienes también problemas de seguridad. Yo lo veo desde el punto social y ambiental, pero si lo tomamos del punto de vista más político hay una cosa de seguridad nacional con esta crisis. Y el Arco Minero del Orinoco ni se diga las consecuencias. Pero es bueno mencionarlas. El 4% del agua que consumimos está en la zona norte costera donde vive el 90% de la población. Es decir nosotros dependemos de las cuencas hidrológicas del sur del país. Cuencas hidrológicas que ya están sumamente contaminadas por varias razones.

Entre ellas la contaminación que producen las industrias básicas, el tema petrolero, pero también por la minería ilegal, es decir una cosa dramática, esta expansión del cianuro en las aguas. El tema del Arco Minero sería llevar a una devastación el tema del agua. Hay datos científicos de lo que llaman la huella hídrica del oro, que te dice que para obtener una onza de oro necesitas mil litros de agua. Y en el proyecto del AMO, estamos hablando de 7000 toneladas de reservas de oro que se plantea sacar. Tal vez no las saquen completas, pero el dato sirve para tener una idea de los billones y billones de litros de agua comprometida, sólo hablando de la extracción de oro. Es decir, yo creo que no hay ninguna duda en decir que estamos frente a un suicidio socio ecológico en puertas. Un muerta lenta. Y los que contrarían estos argumentos hablan justamente de un tema de seguridad y de soberanía. Pero que tengamos agua para vivir, es el verdadero tema de soberanía y seguridad.


Me parece que el debate del extractivismo ha sido poco comprendido porque no se entiende que toca todas las aristas de la vida. La arista cultural, la arista económica, la arista geopolítica y política, la arista ambiental y por supuesto la arista social.


Porque se supone que es en realidad la concepción del uso de la tierra y de la soberanía de los sujetos sobre esa tierra, nada más y nada menos. Entonces te diría que no solo se trata de este nuevo avance de frontera, sino cómo se va a hacer el avance de frontera y el contexto histórico en el cual está este nuevo avance de frontera. Esto hay que detenerlo como sea.


Pero para eso hace falta politizar más el tema ecológico, que se entienda que es un tema que tiene ver con territorio, con vida. Y yo no diría solo que crezca el reclamo de las organizaciones ambientalistas sino que hay que ecologizar también las luchas populares que tienen que ver con sindicatos. Por ejemplo los sindicatos que se han movilizado, aunque el reclamo no sea estrictamente ambientalista, sino por reclamos que hacen a la salud de los trabajadores, son los sindicatos del complejo petrolero industrial de Jose. Así sea por su seguridad laboral, pero por ahí hay algo que va haciendo el vínculo.


Vamos a cambiar de tema. Cómo ves la Constituyente...


Reconociendo de mí parte lo descabellado de la propuesta de la Constituyente y los claros visos autoritaristas que se han mostrado en el gobierno, mi punto es tratar de analizar el conjunto de actores sociales, la idea de este empate catastrófico en el que estaríamos, de una relación de fuerzas bastante similares. Al mismo tiempo la noción de la polarización gobierno oposición no explica la cantidad de actores que están en interacción en ese sentido. Creo que habría que entender, no solo la Constituyente como una posibilidad, sino la aparición de múltiples posibilidades. Inclusive algunas inesperadas. Reconociendo un poder que quiere aprovechar la Constituyente para tales o cuales cosas negativas. Incluso sea porque el gobierno termina de derrotar a la oposición, o porque se genera un pacto, como la Constituyente ha quedado controlada por los mismos de siempre, es decir los constituyentistas elegidos, es potencialmente un peligro para hacer una reestructuración de corte neoliberal.


Pero insisto en que también hay que verla como un campo en disputa. Aunque el campo popular este fragmentado, este bastante afectado por la situación, por el nivel de confusión de lo político que se establece hoy en día. Habría que reconocer que la constituyente fue asumida por muchos activistas de la base popular chavista como una lucha. Y esto no se puede desconocer. Los pueblos tienen unos tiempos, es una paradoja, porque las necesidades de las transformaciones a veces son urgentes, pero los pueblos tienen sus tiempos.


El campo popular del chavismo que yo reconozco como el campo con mayores potencialidades, el que ha asumido las banderas más claramente transformadoras, revolucionarias en muchos sentidos, reivindicativas en muchos sentidos. Que son sujetos que generan críticas, que entienden los riesgos de otras alternativas, pero que también asumen el desafío del momento actual, y no lo digo intelectualmente, lo he visto en las discusiones. Ahí habría que pensar y entro directamente a la constituyente, como este desafío, denunciado hasta el cansancio del autoritarismo y de las reformas neoliberales que allí se busca, pero también comprender este proceso de disputa. Que no se puede dar un paso al costado frente a él, y ver como plantear las cosas que estamos criticando. Cómo las reformas del marco jurídico y de las probables transformaciones en la gobernabilidad tienen que ver con una reestructuración económica. Tenemos que posicionar ese tema, pero hacerlo desde ese tejido social y no desde afuera. Porque para mí lo contrario lleva a una soledad política que frena los avances.


Pero ¿en esa disputa también entran los capitales transnacionales?


Esa es una disputa de disputas. Estamos hablando de una disputa desde el campo popular. El campo popular no es homogéneo tampoco, y esas disputas se generan a lo interno, es decir vamos a debatir cuales son las potencialidades políticas que van más allá del marco jurídico de este proceso, y cuáles son los peligros que están allí.
Pero ¿por qué? Porque al menos desde el año 2014, los que venimos siguiendo el campo económico estamos viendo procesos progresivos de flexibilización económica, desregulación, tasas preferenciales para las corporaciones en la Faja Petrolífera del Orinoco, zonas económicas especiales, reestructuración de la deuda con China. No es casual por ejemplo que la reestructuración de la deuda con China en 2014, sale en gaceta, y un tiempito después sale las zonas económicas especiales. Recordemos que el FMI prestaba a cambio de reestructuraciones. Entonces hay que preguntarse qué significa el consenso de Beijín en ese sentido.


Pero el capital internacional necesita garantizarse un marco jurídico para sus reestructuraciones, incluso el capital que no está y quiere venir. Y cómo el gobierno ha insistido, en su retórica, en su discurso, está planteando un marco de inversiones especiales para atraer al capital, para que venga a invertir en el país, y cómo eso está de la mano de una política y de unas políticas concretas que se formalizan en Gacetas, en Decretos y tal. Y cómo eso está totalmente conectado, al menos en su potencialidad, el peligro que tiene en un proceso constituyente, liquidar articulados o secciones de la Constitución que representan una barrera jurídica para una desregulación más amplia.


Una apropiación con la que el capital obtendría los recursos naturales o de los mercados venezolanos, y está necesitando derribar toda una normativa que existe. Y estas reformas están siendo solicitadas por el capital transnacional. Y en este punto no olvidemos el nivel de deuda que tiene Venezuela. Recientemente un informe de la CEPAL indica que Venezuela tiene una deuda de 130.000 millones de dólares, y el mismo informe señalaba que el país lo puede sustentar. Porque justamente el tema es ese, Venezuela tiene un nivel de recursos, de “riquezas materiales, precisamente lo que sugiere la CEPAL es que puede pagar y pagar bien pero, hay que agregar que se haría hipotecando el futuro del país.


Entonces: la deuda acompaña a las peticiones del capital foráneo y hay un peligro claro dentro del marco de la constituyente, de que esas reformas terminen tocando ya el centro de la tierra, el núcleo del proyecto de la revolución bolivariana que no es solo conceptual sino que tenía que ver con un proyecto al menos anti neoliberal ya que no era anticapitalista. La pregunta es ¿a quién hay que convocar a detener ese proyecto?, para mí al chavismo popular.


Estamos frente a una encrucijada histórica de los últimos 100 años, si el chavismo popular aprueba esto, es una desvirtuación de su propio sentido de ser histórico. Este es un peligro y el otro es: qué es lo que va a hacer el chavismo popular. Esta es parte de la disputa. Porque aquí ya no hay soluciones fáciles. Desde mi punto de vista lo que va a haber es un largo periodo de conflicto, que probablemente sea un conflicto de alta intensidad. Porque probablemente ha terminado un ciclo de batallas pero vendrán otras próximamente.


E insistir, sobre todo, en el debate del extractivismo. Porque nosotros somos una economía que se basa en que el capital foráneo extrae, nos despoja de nuestros bienes comunes, que deja una gran devastación ambiental, que deja culturalmente una dependencia de la renta, que nos deja cada vez más lejos de una cultura productiva. Que aunque yo, personalmente, creo que la idea de sembrar el petróleo es inviable, al menos como se planteaba en este proyecto, también creo que eso no significa que no se pudiera usar los excedentes para otras inversiones.


Creo que el proyecto es otro. Que hay que elaborarlo, creo que hay que seguir trabajando en la crítica sobre el modelo rentista, capitalista venezolano. Entender que el capital traza las rutas de la próxima fase económica sobre el extractivismo. Es decir el capital foráneo no va a orientar a la economía venezolana hacia un modelo producción industrial. Va a aprovechar el potencial económico venezolano que es el extractivismo. Y eso significa que los males que hemos conocido históricamente se van a reproducir, pero en un contexto más caotizado y de colapso histórico del modelo.


Entonces el debate sobre el extractivismo no es una cuestión adicional para pensárselo con tiempo. Es un debate sobre el modelo, un debate presente. Tiene que ver con el contexto de la dependencia. Del colonialismo. Ese es también un debate sobre los progresismos. No es sólo responsabilidad del progresismo, pero la situación actual es también reconocer que hubo políticas que no se dieron. Y esto no se puede evadir eternamente. Porque para estos debates nunca fue el momento. Al menos esto es lo que se siempre se ha dicho desde el poder.


Hay que hablarlo y hay que volver a insistir en el debate sobre el extractivismo y entender que no es un debate sobre la extracción. El modelo se basa en la extracción pero tiene todo un circuito de acumulación de capital que está también en la distribución, en la construcción de infraestructura, en el financiamiento, todo eso está ahí. Extractivismo es toda una arquitectura. Es el modelo de acumulación de capital a nivel nacional, es un circuito que va desde la exploración extracción y pasa luego por la venta, la captación de un excedente y todos los mecanismos de distribución que reproducen el extractivismo, que legitiman el extractivismo. Eso es lo que nos interesa analizar.
Como están los movimiento sociales y la reacción frente a este plan extractivista en América Latina.


Los movimientos empezaron a reaccionar ante una mayor politización del tema ambiental, una mayor politización del tema indígena, una valoración política de estos temas. Estos temas estuvieron durante mucho tiempo en un baúl, no eran considerados temas importantes. Y eso hay que decirlo autocríticamente como parte también de una tradición de una izquierda que no le interesó este tema por mucho tiempo. No eran sujeto de la revolución.


Y lo curioso fue que el sujeto de la revolución en Bolivia, por ejemplo, era el indígena, para darte un ejemplo. Luego los proyectos de los progresismos empiezan a prometer una transformación, empiezan a hablar del buen vivir, de los pueblos indígenas, del socialismo indoamericano, empiezan a hablar de los derechos de la naturaleza, empiezan a hablar de salir del modelo de la dependencia, elementos que tomo el gobierno de Chávez, que habló del buen vivir, lo que pasa es que terminó siendo una tarjeta de crédito. Chávez reivindica a los indígenas cuando coloca el capítulo octavo de la constitución, y reivindica la naturaleza con el capítulo séptimo, el de los derechos ambientales.


Estas demandas que eran previas, fueron tomadas por Chávez. Esto no es casual, esto viene de una corriente de lucha, por un cambio de cultura política de una nueva valoración, que no se quedó ahí. Pero los progresismos comenzaron nuevamente a relanzar el extractivismo, empezaron a profundizar este modelo, teniendo conflictos con las comunidades en todos los países, con marchas, movilizaciones y ocupaciones a veces violentas en muchos países. Aquí la lucha Yupka fue bandera. Y aunque otras luchas no salieran tan públicas igual se dieron. Hay una lucha en la península de Paraguaná, gente afectada por Cáncer. Desde los años 90 por ejemplo, contra el puerto de aguas profundas que quieren poner en la península de Araya. Aquí los pueblos indígenas se han pronunciado contra la minería ilegal y algunos contra el Arco Minero del Orinoco, y hay luchas muy fuertes porque están defendiendo su territorio.


Estas fueron luchas en la región y que aquí tuvieron poca resonancia pero esto es lo hay que cambiar. El giro político que tenemos que dar es en la identificación de los nuevos sujetos revolucionarios, si quieres verlo así. Es un sujeto campesino también, también, no es únicamente campesino, es un conjunto, es la mujer, es el indígena, es un sujeto urbano, y no por un tema de proporción porque la proporción en Venezuela, por ejemplo, es muy desigual, el sujeto urbano es más del 90%. Es tomar los saberes ancestrales, el concepto de territorio. No hay diferencias sustanciales entre el proyecto de la comuna y el proyecto que tienen los pueblos indígenas, porque es comunal también.


Creo muy importante y necesario recuperar la dimensión del territorio. Es como que para nosotros el espacio geográfico fuera una abstracción, eso revela un desligue con la tierra, el territorio y los bienes comunes. ¿Qué significa esto? El problema del agua podemos decir que en un caso determinado fuera un proyecto a futuro, pero no es el caso nuestro. El problema del agua en Caracas es cada vez más dramático, en Valencia, en Maracay, en el Zulia, y en casi todo el país, en Lara, en la Región Guayana, en el Oriente por el tema petrolero. Es un problema político, social, cultural, eso es necesario incluirlo en las demandas sociales políticas. Y entender que hay una posibilidad en este momento justamente por la crisis, para una subjetividad más integral, precisamente se puede unir las demandas que tienen que ver con las reivindicaciones del trabajo y las que tienen que ver con la reproducción de la vida. Este sujeto tendría una potencialidad enorme.


Hace muy poco estamos tratando de retomar el debate por la reivindicación de los derechos de los pueblos indígenas que cuestionó recientemente Luis Brito García. El sugiere eliminar los derechos indígenas en la Constitución, pero ese debate no es solo sobre los derechos indígenas, es un debate contra la concepción que se tiene sobre el territorio, sobre el extractivismo, sobre el poder, esta todo allí. Y buena parte de lo que llamo chavismo popular, verá entonces que ese no es su proyecto. Se preguntarán, 500 años esperando, postergando y ahora viene un intelectual del chavismo a cuestionar lo que habíamos avanzado.

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