Sábado, 09 Marzo 2019 06:34

La revuelta feminista y sus conexiones

Las más jóvenes, los sectores populares y las mujeres racializadas son las protagonistas de este momento histórico

Vivimos una extensión del feminismo sin precedentes: lo que antes era marginal se volvió sentido común. Los acontecimientos se suceden tan velozmente que a veces no podemos pararnos a pensar. ¿De qué está hecha esta revuelta que tambalea cimientos a escala global? ¿Cuáles son los ingredientes que agitan su potencia?


A veces se ha intentado responder esta pregunta desde la idea de olas, buscando identificar en cuál estamos, como si el momento actual hubiese concluido y pudiéramos analizarlo de forma estanca. Mi propuesta es enfocarlo de un modo distinto, que evite cierres apresurados y utilizar estas preguntas no tanto para definir, sino para escuchar los modos en los que está siendo contestado el poder contemporáneo, porque en ellos encontramos claves fundamentales para comprender nuestro presente.


La revuelta feminista que recorre nuestros cuerpos es radicalmente heterogénea y se produce al mismo tiempo en diferentes niveles: calle, escuela, institución, entornos laborales, medios de comunicación, redes sociales, sindicatos. Esta multiplicidad tiene lugar de manera simultánea en una serie de expresiones comunes: hartazgo ante la violencia, huelga como desafío, demanda inaplazable del aborto. Desde esta perspectiva, es posible repasar algunas de las imágenes que nos deja la revuelta y que hilan un feminismo radicalmente diverso y transformador.


Una revuelta que se inicia en el Sur


Las imágenes de movilizaciones históricas se mantienen muy presentes en nuestras pupilas. La mecha prendida en 2015 en Argentina con la movilización #NiUnaMenos tras una serie de feminicidios, entre los que se encuentra el de Chiara Páez –adolescente de 14 años embarazada en ese momento– y su réplica en México el 24 de abril de 2016, con una movilización que sacude el país entero, resitúan la cuestión de la violencia en términos de clase y la raza: ¿A qué violencias están sometidas las mujeres de las villas o de la periferia de la Ciudad de México? ¿Cómo resistir cuando tu casa se encuentra en la misma zona donde salir a la calle supone en sí mismo riesgo de desaparición o muerte? ¿Qué economías operan en la violencia contra las mujeres? ¿Cómo defenderse, cuidarse colectivamente, cómo no ceder al terror?


La convocatoria en Ciudad de México fue precedida por la acción #MiPrimerAcoso. Cientos de mujeres narraron en ese momento por primera vez abusos de todo tipo. Se iniciaba un proceso histórico: la ruptura del pacto de silencio que impera sobre la violencia. Comenzaron a organizarse grupos de denuncia contra el acoso en las universidades y se tejieron alianzas con las familias que buscaban incansablemente el regreso con vida de sus desaparecidas o batallaban por justicia ante los feminicidios. Las cruces rosas quedaron clavadas en los territorios allí donde la violencia se impuso, allí donde la hermana, la hija o la amiga desapareció, allí donde se encontraron sus restos: símbolos contra el olvido, resistencia contra el borrado de humanidad.


Más tarde, en España se gritará, con la fuerza de quienes sienten en primera persona aquello por lo que batallan, “hermana, somos tu manada”. Se recontruyó un nuevo nosotras no unitario en una realidad cargada de violencia e impunidad. Y también asistimos a las movilizaciones de las estudiantes chilenas por una educación libre de violencias, las de las mujeres en la India marchando juntas, encadenando fuertemente sus brazos, las turcas desafiando al régimen, y el #MeToo, no como causa de esta revuelta, como erróneamente se ha interpretado en ocasiones, sino como efecto de la oleada que nace desde el Sur y el Este, reconfigurando el mapa global de la protesta.


También tenemos recientes las imágenes del Paro Internacional de Mujeres, impulsado por las argentinas en 2017, a raíz del brutal feminicidio de Lucía Pérez, de 16 años de edad, y que colmó la pretensión de asimilar socialmente la barbarie. Una huelga en el que la protesta contra el feminicidio, el derecho al aborto y las desigualdades económicas se entrelazan: “Sin nosotras no se produce y sin nosotras no se reproduce”. Desde Argentina, el desafío se expandió: ¿Qué significa parar cuando la realidad laboral es la precariedad extrema y la familiar depende del cuidado? ¿Cómo hacerlo dentro de una comunidad? ¿Cómo reinventan las mujeres el paro? ¿Qué circuitos económicos colapsan cuando las mujeres dicen «basta»? ¿Qué orden social y qué entramado de poder son cuestionados en cada situación?


Posteriormente, al calor de la huelga feminista convocada en España, adquirió forma otra intuición: si en este sistema las mujeres y quienes no se adecúan a las normas de género son explotadas y excluidas –como las empleadas domésticas, las migrantes, las disidentes sexuales o las trabajadoras del sexo–, amenazadas e, incluso, asesinadas, –en un sistema que impone la desigualdad y la violencia como formas de control–, ¿no será necesariamente el feminismo anticapitalista y antirracista? ¿No cuestiona el feminismo de raíz este orden intolerable? En otras latitudes, las mujeres zapatistas dicen algo que resuena fuertemente con estas preguntas: el capitalismo ataca nuestras comunidades, las mismas condiciones para la reproducción, la misma posibilidad de existir.


Por último, en nuestra memoria reciente aparecen las imágenes de las luchas por el derecho y la despenalización del aborto. Las irlandesas regresando a casa a votar en referéndum histórico; las polacas vestidas de negro, desafiando al régimen en su empeño por prohibirlo y penalizarlo; las argentinas tomando el parlamento, haciendo que sus demandas se conviertan en debate nacional y anudando pañuelos, el verde de las jóvenes, el blanco de las Madres de Plaza de Mayo y el de millones de mujeres en el mundo entero. ¿Qué discursos hegemónicos sobre el control del cuerpo de las mujeres se ven desplazados aquí? La autonomía, sobre la que pivotan buena parte de las reivindicaciones históricas del feminismo, se actualiza en varios aspectos: una nueva dimensión internacional –la autonomía de las de aquí pasa por las de allí–, el derecho de las personas trans a decidir sobre su cuerpo y el cruce con la clase, la edad y la procedencia: son las más jóvenes, los sectores populares y las mujeres racializadas las protagonistas en este momento histórico.
El feminismo como punto de partida incuestionable


El sentido del feminismo se está reconfigurando a través de todas estas nuevas prácticas. Mirar desde esta perspectiva implica asumir que no existe programa predefinido o agenda única que pueda imponerse para calcular avances o evaluar logros. En otras décadas, el feminismo se articuló en torno a la representación de la mujer, categoría que aglutinó al movimiento el movimiento; posteriormente, se cuestionó con la aparición de las diferencias entre mujeres y el reconocimiento de una enorme diversidad de feminismos –populares, comunitarios, negros, transfeministas, queer, descoloniales–. En la actualidad, sin negar nuestras diferencias, nos reunimos en torno a situaciones o problemas comunes. Estas situaciones tienen, además, la cualidad de reverberar a escala global: mensajes, reivindicaciones, discusiones y formas de acción circulan traspasando fronteras y haciendo que unas vibremos con la experiencia de otras. Esta articulación de las diferencias en un nuevo común no unitario es el problema filosófico-político de nuestro tiempo.


El trabajo de identificar situaciones o problemas comunes expresa la resistencia contra lo que podemos llamar lógica de separación: separación de experiencias, separación de cuerpos, separación de territorios. Ante un poder que separa la vida, la nueva revuelta feminista reconstruye los vínculos sociales rotos de maneras diversas. En el Estado de México, la Asamblea Nos Queremos Vivas Neza, formada ante el terrible aumento de niñas y mujeres desparecidas y/o asesinadas, afirma: “El miedo se transforma en amor por otras”. En la práctica de organizarse, reaparecen otras formas de estar juntas y juntos.


En estos lugares periféricos, vemos con terrible crudeza que nuestro tiempo está definido por la paradoja: al mismo tiempo que vamos ganando vamos perdiendo. Al mismo tiempo que adquirimos más fuerza, experimentamos mayor violencia. Al mismo tiempo que somos potencia, nos sentimos extremadamente vulnerables. El feminismo es hoy un punto de partida incuestionable porque sin él no existe justicia, igualdad ni cuidado de la vida. Y, sin embargo, nos vemos obligadas a gritar: “Disculpen las molestias, nos están matando”, que en lugares como México cobra un sentido absolutamente literal. Es importante reconocer la paradoja de nuestro tiempo, no para quedarnos en ella, sino para hacerla estallar.


Estallar la paradoja


En la revuelta feminista encontramos ingredientes que pueden permitir estallar la paradoja para conducirnos a horizontes distintos. En primer lugar, una comprensión de la categoría de lo humano más allá del paradigma de la racionalidad. El feminismo enseña que la existencia no es evidente, sino una posibilidad que emerge al hacernos cargo de la vulnerabilidad y de la potencia de los cuerpos radicalmente diversos. No hay autonomía como transcendencia, sino que aquélla se da siempre en un entramado situado de interdependencia. Las madres que buscan a sus hijas saben que sin el apoyo de las demás es imposible literalmente sostener la búsqueda.


El significado de la acción política también cambia radicalmente. Aparecen varios desafíos. El primero, inclusión y horizontalidad. ¿Cómo impedir que las diferencias entre mujeres –de clase, procedencia, sexo– se resuelvan en desigualdad? ¿Cómo seguir atentas a las exclusiones producidas por las categorías morales y políticas de la tradición que tratan de imponerse? ¿Cómo propiciar el protagonismo de las menos privilegiadas? El segundo, conexión. María de Jesús Patricio Martínez (Marichuy), representante indígena en las pasadas elecciones en México decía: “Se trata de conectar dolores”. ¿Podemos hacer que distintos dolores dialoguen entre sí para hacernos más fuertes? ¿Qué tipo de nosotrxs distinto puede emerger? El tercero, amplificación. ¿Cómo generar prácticas que interroguen lo que se considera privado –cuidado, sexualidad, afecto– en sus aspectos políticos? El último, una política de lo común que nos permita entendernos enredadas en permanente conversación: con resistencias no necesariamente identificadas como feministas, identidades minoritarias no normativas, las genealogías de las luchas de las que somos parte, el malestar de millones en distintas partes del mundo. El feminismo internacionalista debe revolverse contra las desigualdades producidas por el colonialismo sin reproducir al mismo tiempo identidades estancas.


La revuelta feminista está planteando una de las preguntas más difíciles de nuestro tiempo en un momento en el que cualquier alternativa se declara imposible: ¿Cómo queremos vivir en común con criterios de justicia e igualdad? Y una respuesta tentativa: ¿No lo estamos ensayando ya? En muchos lugares del mundo, este próximo 8 de marzo seguiremos practicando el horizonte transformador por el que transitamos con todas nuestras fuerzas.

Autora
Silvia L. Gil, feminista y profesora/investigadora de Filosofía. Es autora de Nuevos Feminismos. Sentidos Comunes de la dispersión (Traficantes de Sueños) y participa en distintos procesos de pensamiento y acción colectiva entre México y España.

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Viernes, 01 Marzo 2019 06:39

El futuro del trabajo

El futuro del trabajo

Después de Laudato Si, que no solo denunció la crisis ecológica, sino que también puso al trabajador en el centro del debate como víctima principal de un sistema económico que mata, no puede armarse una agenda mundial seria sobre el desarrollo humano integral sin pensar el futuro del trabajo, y sin establecer con carácter de urgencia un programa de transición hacia las nuevas tecnologías digitales y los nuevos modelos económicos sustentables. La OIT levantó el reto; el proyecto está en marcha. 

El 22 de enero, en el marco del centésimo aniversario de la Organización Mundial del Trabajo, se hizo público el documento de la Comisión Mundial de la OIT para El Futuro del Trabajo que muestra crudamente la realidad del trabajador en el siglo XXI. La cifra de 300 millones de personas desempleadas confirma la denuncia del papa Francisco cuando dice que el trabajador pasó de ser explotado a ser desechado. No obstante, el informe es esperanzador. Con la transformación tecnológica y ecológica se perderán tantos puestos de trabajo como los que se crearán. Se trata de centrar la economía en la persona humana, invertir en capacitación y organización para los más vulnerables, y redefinir trabajo y educación. El plan busca organizar la transición hacia un nuevo modelo de trabajo donde la tecnología sea la herramienta liberadora del cuerpo y del tiempo de los trabajadores. La transición tiene como clave la inversión en capacitación, y como condición el acuerdo social tripartito –entre empleados, empleadores y gobierno. Todo en línea con el principio de Trabajo Decente establecido por la OIT en 1999, y con los 17 puntos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sustentable de la ONU.


Cruda realidad: La cuestión del trabajo es tan “calamitosa y urgente” como lo era a fines del siglo XIX –así comenzaba la primera encíclica social Rerum Novarum de León XIII en 1891–. Según el documento de la OIT: 190 millones de personas están desempleadas; 2000 millones sobreviven por la economía informal –que en algunos casos es economía social y en otros crimen organizado–; 300 millones viven en la pobreza; y casi 3 millones mueren anualmente por enfermedades de trabajo. De acuerdo con estas cifras, la comisión establece que deben crearse 344 millones de empleos de acá al 2030 para terminar con el desempleo.


Análisis de la situación: Según la Comisión Mundial “nuevas fuerzas están transformando el mundo del trabajo” y causan desocupación estructural, pero también nuevas oportunidades. Los cambios políticos significativos a lo largo de la historia responden a nuevos sistemas económicos determinados por saltos cualitativos tecnológicos. La llegada de la pólvora a occidente, por ejemplo, fue la causa del pasaje del feudalismo al Estado moderno con su modelo de centralización y administración de bienes y cuerpos. Si el avance de la tecnología hacia lo digital y robótico es realmente un salto cualitativo significativo que habilita otro modo de producción, entonces el modelo económico y político actual estaría en proceso de cambio. Algunos interpretan la situación presente como desvío de la lógica imperante hasta el siglo XX, al cual creen que hay que corregir y, por falta de nombre, le han dado el de populismo. Otros, como la Comisión Mundial de la OIT –conscientes de que ante el cambio tecnológico de la Revolución Industrial fueron los mismos trabajadores los que dejaron de pelear contra las máquinas rompiendo telares, y comenzaron a organizarse sindical y partidariamente hacia estilos democráticos–, no ven en la tecnología una competencia desleal sino un factor de liberación del tiempo y el cuerpo del trabajador: “tenemos que aprovechar las posibilidades que nos brindan estas transformaciones profundas”.


Plan estratégico: El plan está enfocado en la persona del trabajador excluido y consta de tres ejes: 1) invertir en las capacidades de las personas –pobres–; 2) invertir en las instituciones del trabajo –sindicatos y movimientos sociales–; 3) invertir en el trabajo decente y sostenible –economía verde y del cuidado–. La inversion en capacitación de las personas debe garantizar: aprendizaje para todos y de manera permanente generando un “ecosistema de aprendizaje”; apoyo a las personas trabajadoras en el periodo de transición; transformación para igualdad de género; y fortalecimiento de la protección social. Por su parte, la inversión en las instituciones del trabajo deben restablecer: la garantía laboral universal; la soberanía sobre el tiempo del trabajador; la representación colectiva; y la tecnología en función del trabajo decente. Por último, la inversión en trabajo decente y sostenible debe poder transformar las economías reorientando los incentivos hacia un modelo empresarial centrado en la persona del trabajador, antes que en el trabajo.


Redefinición del trabajo: Se parte del supuesto de que todo aquel que para vivir depende de un salario es trabajador, incluso los desempleados. Pero no se lo percibe así. La aplicabilidad del proyecto depende de una redefinición social del trabajo. Aunque el informe señala que “el trabajo no es mercancía”, la idea de que los trabajadores realicen una actividad creativa remunerada sin que esta sea empleo asalariado en condiciones indignas, está lejos de identificarse socialmente como trabajo. Según la propuesta, el trabajo continuaría, lo que desaparece es el empleo asalariado en condiciones inhumanas. Se trata de volver socialmente aceptable la idea de que mientras la tecnología hace el trabajo forzado, los trabajadores se forman. Se propone la creación de dos fondos, de Garantía Laboral Universal y de Protección Social Universal, para asegurar a los trabajadores más vulnerables, desde el nacimiento hasta la vejez, lo básico, independientemente de su situación laboral. El dinero está, lo que falta es sensibilidad social, ya que –según el informe– han “reducido la proporción de los ingresos nacionales consagrados a los trabajadores”.


Redefinición de educación: La solución al desempleo finalmente depende de una “conversión cultural” como propone Laudato Si. Aun cuando las inversiones en formación lograsen ser “una prioridad básica de la política económica”, se requiere de una redefinición de la educación. El programa sugiere la creación de un “ecosistema eficaz de aprendizaje permanente” que engloba el aprendizaje formal e informal: “El aprendizaje permanente no abarca solamente las competencias necesarias para trabajar, sino que también comprende el desarrollo de las aptitudes necesarias para participar en una sociedad democrática”. Propone que sea supervisado de manera tripartita de acuerdo a un sistema universal de derecho a la formación. El cambio permitiría a los trabajadores tiempo libre y remunerado, y sería independiente del tipo de trabajo que hagan ya que estaría destinada a “apoyar a los trabajadores más vulnerables”.


La organización: El Futuro del Trabajo depende de los trabajadores organizados, son ellos “los que deben diseñar una nueva concepción de trabajo que aplique la tecnología en función de su bienestar”. Sin embargo, la concentración del poder económico debilitó a las organizaciones de trabajadores en la negociación colectiva, y además “el cambio climático va a perturbar aún más los mercados laborales”, ya que “la degradación del medioambiente afecta de manera desproporcionada a las poblaciones vulnerables y a los países de bajos ingresos”, tal como lo denuncia también Laudato Si. La Comisión Mundial es consciente de que los cambios jurídicos –como la derogación de derechos laborales en Brasil–, y la dificultad de conectar trabajadores por la falta de empleo, hace más difícil la posibilidad de organizarse. Sugiere a los trabajadores organizados “adoptar estrategias de organización inclusivas, posibilitando la afiliación a los trabajadores informales”. Los movimientos sociales son una alternativa que surge en el escenario de desempleo estructural. No obstante, los Convenios Colectivos de Trabajo son la realidad efectiva del diálogo social y la cultura del encuentro, del cual hoy 330 millones de personas desempleadas quedan excluidas.
* Miembro del equipo internacional del Programa OIT-ICMC: The Future of Work, Labour After Laudato Si, a cargo de Pierre Martinot-Lagarde, con sede en Ginebra. Asesora de Uitec (Unión Iberoamericana de Trabajadores de Edificios y Condominios).

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Es el momento de terminar la revolución que habíamos empezado

En 2016, nuestra campaña inició la revolución política que vivimos. Ahora, es el momento de acabar con Donald Trump, culminar esa revolución e implementar la visión por la que tanto hemos luchado.

Hace una semana, cuando lanzamos nuestra candidatura a las presidenciales, les pedí a todas las personas del país que se uniesen a formar parte de esta campaña de acción popular sin precedentes. La respuesta del pueblo estadounidense ha sido histórica. En seis días, más de un millón de personas han respondido al llamado.


Estadounidenses de absolutamente cada distrito en el país se han apuntado para colaborar en el liderazgo hacia un movimiento que no solo busca derrotar a Donald Trump, el presidente más peligroso de la historia moderna de América. También se trata de constituir un Gobierno basado en unos principios de justicia económica, social, racial y medioambiental.
Esta tarea no va a ser fácil. Hoy en día, la desigualdad en las rentas y la riqueza alcanza la cifra más alta desde la década de 1920: las tres personas más pudientes del país acumulan más capital que la mitad de nuestro país. Pese a una tasa de desempleo relativamente baja, millones de personas se ven obligadas a pluriemplearse porque sus salarios no les sacan de la hambruna. 34 millones de americanos no cuentan con seguro médico y somos el país que más paga por medicamentos prescritos en el mundo.


Mientras gastamos casi el doble per cápita en asistencia sanitaria que cualquier otro estado, nuestros resultados médicos son peores y la esperanza de vida está en declive. Ya es tiempo de que nos unamos al resto de potencias y garanticemos la atención sanitaria que se merecen y que tienen por derecho, porque no es un privilegio, a través de un programa de sanidad pública (Medicare For All).


Vergonzosamente, tratamos a la gente más vulnerable con desdén. De entre las naciones más desarrolladas, tenemos el índice de pobreza infantil más alto y un sistema de cuidado de menores que no solo no funciona, sino que la mayoría no se puede permitir. La mitad de la población anciana no tiene jubilación y, mientras, hay muchos republicanos que quieren recortar la Seguridad Social.


Entre tanta desgracia, tenemos un presidente que miente patológicamente, que es un fraude, que es racista, xenófobo y machista. Un fanático religioso que está llevando al país hacia el autoritarismmo.


Vamos a tener que enfrentarnos a los intereses concretos y basados en el poder que dominan nuestra esfera económica y política: enfrentarnos a Wall Street, a las compañías de seguros médicos, la industria farmacéutica y la de los combustibles fósiles, a las infraestructuras industriales militares, la industria privada de las prisiones y a las corporaciones multinacionales. Es la única manera de vencer, de establecer un Gobierno y una economía que funcione para la mayoría. Estos intereses especiales gozan de un poder extraordinario y estarán dispuestos a gastarse indecentes cantidades de dinero para sostener sus status quo y su riqueza.


La única manera de vencerlos a ellos y a Donald Trump, quien se nutre de este sistema, es a través de los movimientos populares. Movimientos que no se han visto jamás en la historia de Estados Unidos. Hombres, mujeres, negros, blancos, latinos, indios americanos y asiático-americanos, gays y heterosexuales, jóvenes y mayores, nativos y migrantes debemos permanecer juntos y afrontar los desafíos que nos atañen como nació


En un momento en el que nuestra infraestructura se desmorona y atravesamos una crisis de vivienda, podemos crear millones de puestos de trabajo bien pagados si reconstruimos nuestro país. Juntos, podemos incrementar el salario mínimo a un sueldo digno de 15 dólares la hora, asegurar la igualdad salarial entre hombres y mujeres y garantizar a los trabajadores licencias médicas para ellos y sus familias.


No podemos permitirnos esperar más para hacer frente de una vez por todas al la amenaza existencial del cambio climático. Debemos alejar nuestro sistema energético de los combustibles fósiles y derivarlos hacia las renovables y el rendimiento energético.


Por increíble que parezca, hay mucha gente joven que no puede permitirse ir a la universidad: la deuda de préstamos estudiantiles ha alcanzado la cifra de 1,5 billones de dólares. Está en nuestra mano reducir esta cantidad tan atroz y fomentar las universidades públicas.


EEUU tiene la tasa de encarcelación más elevada del mundo y los afroamericanos son encerrados hasta cinco veces más de promedio que la gente blanca. Nuestro deber es acabar con la destructiva "guerra contra las drogas", abolir las cárceles privadas y las fianzas en metálico y reformar al completo los departamentos policiales.


En vez de demonizar a las personas indocumentadas como hace nuestro presidente, lo que deberíamos hacer es luchar por implantar una reforma migratoria asentada, que facilite la vía para tramitar la ciudadanía y otorgue de forma inmediata el estatus legal para los menores que quedan adscritos al programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia. También para proteger en términos humanitarios a aquellos que solicitan asilo en la frontera.


Tenemos que defender a las mujeres y su derecho a decidir sobre su propio cuerpo, especialmente en un momento en el que no solo este sino muchos otros están siendo atacados a nivel local, federal y estatal.


Para hacer frente a la epidemia de violencia por armas, necesitamos acabar con la Asociación Nacional del Rifle, ampliar las investigaciones por antecedentes, poner fin a las lagunas legales y prohibir la venta y distribución de armas de asalto.


Y, finalmente, debemos eliminar el apoyo que ha fundado Trump hacia los líderes autoritarios. Estamos necesitados de una política exterior que se enfoque en la democracia, los derechos humanos, la paz mundial, la igualdad global en riqueza, el cambio climático y la evasión fiscal a gran escala.


En 2016, nuestra campaña comenzó la revolución política. Las ideas por las que luchábamos, que entonces se tacharon de "radicales" y "extremas", ahora son avaladas por la sociedad estadounidense. Por lo tanto, es ahora el momento para derrotar a Donald Trump, culminar esa revolución e implementar la visión por la que tanto hemos luchado.

 

Por Bernie Sanders
The Guardian / El diario
Traducido por Naiara Bellio

 

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Cuba aprueba su nueva Constitución tras la celebración de un referéndum

El 86,8 % de los votantes (73,3 % de todos los electores cubanos) votó 'Sí' a la reforma de la carta magna surgida del debate popular realizado entre agosto y noviembre de 2018.

Este domingo 24 de febrero los cubanos y cubanas votaron en un referéndum a favor de reformar la Constitución vigente desde 1976. Con una participación del 84,40 % (el voto no es obligatorio), el 86,85 % de los votantes respondió 'Sí' a la pregunta: "¿Ratifica usted la nueva Constitución de la República?".


Esto corresponde a un apoyo de 6.816.169 ciudadanos (el 73,31 % del padrón electoral), mientras que 706.400 personas (el 7,59 % del padrón y el 9,39 % de los votos válidos) marcaron el 'No' en la consulta popular. La Comisión Electoral Nacional cubana anuló 127.100 boletas, y las restantes 198.674 quedaron en blanco.


El jefe de Estado, Miguel Díaz-Canel, declaró a los medios, luego de asistir al centro de votación, que se trata de una carta magna "moderna" que "formula un Estado socialista de derecho". "Nos va a permitir destrabar procesos y avanzar de una manera más decidida en la construcción del modelo económico-social", añadió.


A su vez, recordó que "el 24 de febrero de 1976, Cuba aprobó la primera Constitución socialista, ya en Revolución", lo que implicó un "momento de crecimiento, de avance institucional, jurídico y constitucional".


Finalmente, sostuvo que la votación fue "también por América Latina, por Venezuela y la dignidad de la región". "Estamos viviendo un momento de amenaza imperial, existe la intención de imponer una plataforma de restauración capitalista en América Latina", agregó en relación a la crisis que se vive en Venezuela y las amenazas de intervención militar por parte de EE.UU


"Los pueblos latinoamericanos tenemos que aprender a defender nuestra identidad. Esta guerra que se nos hace es económica, ideológica y cultural", completó.
¿Qué plantea la nueva Constitución.


El texto aprobado en el referéndum de este domingo supone una serie de modificaciones de distinta índole y mantiene derechos consagrados por el modelo cubano. Entre los artículos más importantes se destacan:


• Título II: actualización del modelo económico y reconocimiento del mercado, la propiedad privada y la inversión extranjera para hacer frente al bloqueo de EE.UU.
• Artículo 4: se ratifica que el país no volverá al capitalismo y se destaca el carácter "irrevocable" del sistema socialista.
• Artículo 82: se considera al matrimonio como una forma de organización familiar que "se funda en el libre consentimiento y en la igualdad de derechos, obligaciones y capacidad legal de los cónyuges". De esta manera, se modifica la descripción que planteaba que era la unión de un varón y una mujer, abriendo la puerta para que el matrimonio igualitario sea legalizado en el futuro.
• Artículos 126 y 127: se crea el cargo de presidente del país que tendrá un mandato de cinco años con opción a una sola reelección por un período de tiempo similar. Además, la edad mínima requerida para aspirar a este cargo serán 35 años y la máxima 60 a la hora de presentarse por primera vez.
• Artículo 15: se explicita el carácter laico del Estado y se mantiene la libertad de credo y el respeto igualitario a todos ellos.
• Artículo 55: se declara que "los medios fundamentales de comunicación social", en cualquiera de sus formas y soportes, son de propiedad socialista y "no pueden ser objeto de otro tipo de propiedad".

• Artículo 42: todas las personas recibirán "igual salario por igual trabajo, sin discriminación alguna".

• Artículos 72 y 73: tanto la Salud como la Educación serán garantizadas por el Estado de forma gratuita.

• Artículo 86: se reconoce a los niños, niñas y adolescentes como sujetos de pleno derecho para garantizar "su desarrollo armónico e integral" teniendo en cuenta "su interés superior en las decisiones y actos que les conciernan".


Un proceso de debate inédito en el mundo


El primer borrador de la nueva Constitución fue presentado a mediados de 2018 en la Asamblea Nacional y sometido a un debate popular de varios meses, que comenzó el 13 de agosto y finalizó el 15 de noviembre.


Según informó Prensa Latina, casi 9 millones de cubanos –sobre 11.500.000 habitantes– participaron de 133.000 reuniones de discusión que se llevaron a cabo en barrios, centros de trabajo y estudio. De allí surgieron alrededor de 783.000 propuestas de modificación, adición o eliminación de artículos.

Publicado: 25 feb 2019 20:22 GMT | Última actualización: 26 feb 2019 09:31 GMT

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La Constitución y el pollo congelado. Cubanos a las urnas

Este domingo, los cubanos decidirán si aceptan la reforma constitucional que vienen discutiendo, en una jornada que, por fin, ofrece algunas incertidumbres. El contenido y el nivel de las polémicas y la difícil coyuntura económica en que se dieron son los ejes de esta nota.

 

A comienzos de este mes, el pollo “regresó”a Cuba. La expresión podría parecer un burdo ejercicio de sensacionalismo, pero no lo es. En realidad, a finales de noviembre del año pasado, los paquetes de pollo congelado comenzaron a desaparecer de los anaqueles de las tiendas en todo el país; durante diciembre y enero su ausencia fue total.


Todo sucedió en el peor momento posible. Por los mismos días habían sufrido roturas los tres molinos de harina de trigo existentes en la isla, lo que puso en crisis diversas producciones alimentarias. La del pan fue la más afectada, al punto de que en muchas regiones se decidió suspender su elaboración, debido a la pésima calidad de la materia prima disponible. El panorama se completó con la aguda escasez de carne de cerdo, que venía arrastrándose desde el año precedente, que impidió a numerosas familias celebrar las tradicionales cenas de Nochebuena y Fin de Año.


En días tan difíciles, la revolución conmemoró su aniversario número 60. Santiago de Cuba, la ciudad escogida para el acto central, semejaba un oasis de “fervor revolucionario” en medio del malestar reinante en buena parte de la geografía nacional. La inquietud se hacía más profunda ante las perspectivas del futuro inmediato, que el presidente Miguel Díaz-Canel definió como “de sacrificios y mucho trabajo”. Confirmando sus palabras, en el presupuesto aprobado por la Asamblea Nacional a finales de diciembre se preveía una reducción de más de 400 millones de dólares en las importaciones para el primer semestre de 2019 (una reducción de alrededor de 10 por ciento respecto de las ya magras partidas de 2018). Como nota al pie, vale apuntar que el gobierno cubano dedica una cuarta parte de sus divisas a la adquisición de alimentos; el mismo objetivo, dentro del presupuesto de una familia promedio, puede llegar a demandar hasta la totalidad de los ingresos mensuales… por insólito que parezca.


¿QUÉ SE VOTA ESTE DOMINGO?


Más de ocho millones y medio de cubanos están convocados a las urnas este 24 de febrero, en el primer referendo constitucional organizado en el país desde 1976. Aunque a todas luces resultará virtualmente imposible igualar el masivo respaldo que por aquella época mereció la actual carta magna (97,7 por ciento de aprobación, con 98 por ciento de asistencia), en la isla son pocos quienes dudan de que el proyecto conseguirá el respaldo necesario para salir adelante.


A estas alturas del proceso, las únicas preguntas válidas parecen ser las relativas a la magnitud que alcanzará el porcentaje de votos en contra, anulados o en blanco, y si la activa campaña oficial será capaz de revertir –o, al menos, contener– la tendencia decreciente en la asistencia a los colegios. Durante los últimos procesos electorales, el primero de esos segmentos ha ido ganando seguidores, hasta englobar un pequeño pero en modo alguno despreciable 5,6 por ciento de los sufragios. En paralelo, la participación cayó a 85,6 por ciento en los comicios generales de marzo del año pasado, que a su vez marcaron un descenso de 5 por ciento respecto de la más reciente consulta de ese tipo, organizada en enero 2013.


“Doy por hecho que el proyecto tal cual está –por muchas razones; una de ellas, que no se ha podido hacer una campaña contrapuesta al voto Sí– será aprobado”, anticipó días atrás el jurista y bloguero Eloy Viera Cañive, al participar en un panel desarrollado en el centro cultural Padre Félix Varela, adscripto al arzobispado católico de La Habana. En su opinión, la atención debe centrarse, antes que en el texto en sí, en las numerosas normas que habrán de complementarlo. El proyecto “dice en más de ochenta ocasiones que la ley posterior regulará algo que debió haber dejado por lo menos claro, llano y diáfanamente enunciado. Lo que le queda a la ciudadanía activa por delante es un proceso de veeduría de las formulaciones, porque en esas se van a materializar más control o menos control, más defensa o menos defensa de la ciudadanía”.


Lograrlo no será fácil, consideró en la ocasión otro de los asistentes, el doctor en ciencias jurídicas Julio Antonio Fernández Estrada, al recordar los estrechos márgenes en que se movió el debate constitucional dentro del Parlamento. “Es muy extraño que no haya habido en el voto nominal ni un No. Eso liquida la posibilidad de que la Asamblea Nacional represente a todos los sectores de la población, como se ha dicho hasta ahora. Para eso tendría que haber al menos un voto negativo. Todos los que voten No el 24F estarán sin representante en el órgano legislativo”.


Casi desde el comienzo de la discusión, a mediados de 2018, la nueva carta magna perdió su condición de texto jurídico para convertirse en una suerte de bandera plebiscitaria acerca de “la continuidad del socialismo”. A lo largo de sus distintas etapas (que arrancaron con el anteproyecto redactado por una comisión presidida por el propio Raúl Castro), el proceso ha sido aprovechado para que Díaz-Canel acumule respaldo popular sobre la base de una retórica inclusiva, dominada por mensajes como el de “aceptar todos los criterios”, y constantes recorridos por el interior del país, un ejercicio que Fidel y Raúl Castro postergaron en los epílogos de sus respectivos mandatos.


Más de seis meses después, lo acontecido genera visiones contrapuestas. En tanto la disidencia interna asegura por medio de Internet que grandes colectivos sociales se oponen al proyecto, las autoridades estatales dan por descontado “el éxito del referendo” o, en otras palabras, el triunfo arrollador del Sí.


De cara al 24 de febrero, la autotitulada oposición resulta poco menos que intrascendente, por su número y los continuos años de peleas entre grupos rivales, más preocupados por las asignaciones del exterior que por presentar un proyecto alternativo de país. Desde hace tiempo, su agenda se centra en amplificar cuanto hecho delictivo se produce en la isla y promover mediáticas marchas de protesta, en las que los agentes de la seguridad del Estado y los curiosos superan con creces al número de sus manifestantes.


Partiendo de esa “ausencia de rivales”, analistas progubernamentales, como el escritor y periodista Iroel Sánchez, han proyectado un escenario en el que el éxito de la propuesta se perfila como inevitable, tras la masiva asistencia a las asambleas de consulta del texto. “Entre agosto y noviembre de 2018 emanaron más de 700 mil propuestas que modificaron el 60 por ciento del proyecto. O sea que el pueblo participó directa, libre y ampliamente en un proceso iné-dito en muchas otras naciones”, resaltó Sánchez en una entrevista aparecida días atrás en medios españoles y replicada en su blog, La Pupila Insomne.


DE LA CALLE A LA LEY.


A comienzos de semana, una “guía” difundida por el sitio digital alternativo El Toque ofreció a sus lectores 11 aspectos positivos e igual número de negativos a tener en cuenta en el momento de acudir a las urnas. Entre sus motivos para ratificar la propuesta, sobresale el reconocimiento al “sistema de derechos humanos como base de regulación” (algo inédito en la legislación local) o la reasunción de la autonomía municipal, abriendo la posibilidad a una participación más amplia y efectiva de la población en el gobierno. Desde una óptica negativa, son asumidos el monopolio político ratificado para el Partido Comunista, que lo coloca por “encima de los órganos estatales”, y la distinción hecha entre la inversión extranjera (que se promueve) y la nacional (obviada en todas las versiones del texto), lo que avala “la discriminación de lo cubano con respecto a lo extranjero”.


En diciembre, a poco de haber sido llevada a la Asamblea Nacional la versión que ahora se somete a escrutinio, el sitio digital oficialista Cubadebate publicó un amplio resumen de los planteamientos de la ciudadanía. Significativamente, sólo tres artículos (de entre 224) habían motivado 45 por ciento de las intervenciones. El primero de ellos era el que abría la puerta al matrimonio igualitario, en definitiva “diluido” en el compromiso de convocar un referendo sobre el nuevo Código de Familia dentro de dos años. Los otros dos artículos se centraban en los protocolos establecidos para la elección de un cargo hasta ahora inexistente (el de presidente de la República), y no fueron modificados.


Tampoco encontraron cabida en el documento final las más de 50 mil opiniones que demandaban establecer la obligatoriedad del trabajo, pues esa idea, resaltaron desde la comisión constituyente, “no se ajusta a los convenios internacionales firmados por nuestro gobierno”, y una larga lista de propuestas (49,9 por ciento del total) quedó fuera por haber sido consideradas “improcedentes desde el punto de vista jurídico”.


A pesar de las urgencias cotidianas, el “tema de la Constitución” se ha mantenido por meses en el espectro de intereses del cubano promedio, mas tal grado de prioridad no puede conservarse de forma indefinida. Sobre todo cuando asuntos tan vitales como la adquisición de alimentos demanda todo el tiempo y los recursos disponibles. Y menos cuando buena parte del camino por venir ya tiene trazada su hoja de ruta, cualesquiera sean las estadísticas que nos deje el domingo.

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Viernes, 15 Febrero 2019 06:54

Lecciones no aprendidas

Lecciones no aprendidas

Tras solventar muchos impedimentos, los 11 miembros de una misión del Parlamento Europeo pudieron cumplir por fin su visita a Nicaragua propuesta desde noviembre del año pasado.

El presidente de la misión, el eurodiputado Ramón Jáuregui, presentó antes de partir unas conclusiones terminantes sobre la urgente necesidad del cese de la represión, la libertad de los presos políticos, la restitución de la libertad de información, y el restablecimiento de la democracia por medio de elecciones confiables.

Y en sus declaraciones Jáuregui dijo algo que parecería obvio pero en Nicaragua resulta esencial: "la democracia tiene una regla que es aceptar la posibilidad de la derrota".

Es lo que hizo el Frente Sandinista tras las elecciones de 1990, cuando los votantes decidieron confiar la presidencia a doña Violeta de Chamorro: aceptó la derrota, y eso le dio entonces el inmenso prestigio de haber entregado por los votos el poder ganado por las armas una década atrás.

Hasta entonces la filosofía dominante había sido la del poder popular confiado a la vanguardia por una especie de voluntad divina. Las revoluciones eran, además, invencibles. ¿Dónde se había visto que el pueblo mismo fuera a derrotar a una revolución popular forjada con sangre? Pero ocurrió.

En enero de 1988, Carlos Fuentes hizo una visita a Nicaragua. Lo acompañaba el periodista Stephen Talbot, que escribía un reportaje sobre el escritor mexicano para la revista Mother Jones.

En una de las conversaciones que sostuvo Fuentes con los dirigentes sandinistas se habló de las posibilidades que tenía la contra de ganar la guerra, recuerda Talbot, y el comandante Tomás Borge “dijo decididamente que algo así era imposible, porque los contras van a contrapelo de la historia”.

Fuentes interrumpió para preguntar: "¿Y cuál fue la experiencia de Guatemala en 1954 y de Chile en 1973? ¿No se demostró que la izquierda puede ser derrotada?”. "No", respondió Borge, cortante. "Ellos no armaron al pueblo, por eso perdieron".

Después se discutió sobre el tema de las elecciones y los partidos de oposición. “Borge dijo que su opinión personal era que ningún partido de oposición podía llegar a ganar a los sandinistas en las urnas. ‘Ahora no’, asintió Fuentes, ‘pero en el futuro, ¿por qué no?’ ‘Sólo si son antimperialistas y revolucionarios’, proclamó Borge, ‘si un partido reaccionario ganara, yo dejaría de creer en las leyes del desarrollo político’. ‘Yo no estaría tan seguro de esas leyes’, advirtió Fuentes”.

Tras aceptar la derrota de 1990, el Frente Sandinista perdió la oportunidad de recuperar los espacios electorales, luchando bajo las reglas democráticas para conquistar de nuevo la mayoría de los votantes. El criterio obsoleto de la vanguardia dueña de la verdad, que representa al pueblo aunque tenga en contra la mayoría, volvió a imponerse.

Y cuando Daniel Ortega, tras tres derrotas logró por fin ganar en 2006, no lo hizo porque tuviera de nuevo esa mayoría, sino porque selló un pacto con Arnoldo Alemán, entonces caudillo del Partido Liberal, por medio del cual se reformó la Constitución para que pudiera ganar en primera vuelta con 35 por ciento de los votos, la cifra máxima que el eterno e insustituible candidato había logrado sacar.

Por lo que ha sucedido a partir de entonces, estoy convencido de que Ortega se hizo la promesa de no volver a perder nunca, con lo que, a lo largo de estos años, en su esquema de preservación del poder a toda costa, ha estado ausente la voluntad de aceptar que la derrota es una regla esencial de la democracia.

Y hay otra cosa que en su comparecencia Jáuregui agregó a las reglas del juego democrático: el poder no es un fin en sí mismo, sino un medio para realizar un programa de gobierno. Asegurarse la permanencia en el poder a cualquier precio, sólo es capaz de acarrear crisis tan profundas como las que hoy vive Nicaragua.

El poder no puede ponerse en juego, la derrota no es una opción. Por eso es que los reclamos por un diálogo nacional no son escuchados; porque un diálogo lleva necesariamente a hablar de elecciones limpias, justas, con jueces imparciales y honestos, vigiladas internacionalmente. Ese es el atolladero del que hay que salir.

Hay que buscar cómo Ortega escuche a todos quienes le dicen, igual que el eurodiputado Jáuregui, que la democracia tiene una primera regla, que es aceptar la posibilidad de la derrota. Porque unas elecciones de una sola cara, con el mismo ganador, ya no son posibles en la nueva realidad que vive Nicaragua. Sólo harán más profundo el abismo.

La creencia de que el poder es un fin, y no un medio, es a estas alturas catastrófica. Y el reclamo para que el país empiece lo más pronto posible a vivir bajo un régimen de democracia abierta, de libre opinión, y elecciones transparentes, es lo que la inmensa mayoría de los ciudadanos quiere.

No hay que desmayar en esa insistencia, porque el diálogo, y las elecciones justas, son la única salida posible.

 

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Evitando el imperialismo climático: una visión izquierdista de la geoingeniería

Las técnicas de geoingeniería necesitan ser revisadas y examinadas cuidadosamente, pero ya es fácil discernir que algunas de ellas técnicas serán más conducentes a un enfoque izquierdista, mientras que otras probablemente reforzarán las estructuras de poder capitalistas.

Todas las personas están familiarizadas con el caos climático en desarrollo. Los niveles de dióxido de carbono han superado las 410 partes por millón (ppm), la posibilidad de evitar 2°C de calentamiento global es cada vez menor, y un Planeta Tierra Invernadero parece cada vez más probable.

El cambio climático ahora amenaza el proceso de acumulación de capital y el escenario sin introducción de cambios (business-as-usual). La geoingeniería, la manipulación a gran escala de los sistemas de la naturaleza no-humana, ahora es invocada por el IPCC como una solución de emergencia.


En realidad, el calentamiento global es geoingeniería; el capitalismo es geoingeniería —un proyecto a gran escala y de siglos de duración, que ha modificado la naturaleza, ha abierto fracturas metabólicas, y ha alterado la composición de la atmósfera como parte de una guerra de clases, persiguiendo la acumulación de capital y fuentes de naturaleza barata. En su mayor parte ha sido un proceso involuntario —la modificación climática como una externalidad es lo que nos ha traído hasta este precipicio— pero al igual que la geoingeniería intencional, ha afectado a la totalidad de la biósfera.


¿Tiene sentido probar y conducir esta geoingeniería en un intento por enmendar las heridas del capitalismo en la biosfera? En una palabra: sí.


La geoingeniería fácilmente podría perpetuar las estructuras de poder existentes, y exacerbar las injusticias que enfrentamos, pero estas tecnologías no deberían ser rechazadas de plano. Estas “exigen precaución y prudencia”, pero dirigidas hacia objetivos izquierdistas pueden ayudar tanto a mitigar el cambio climático como a crear un orden social, político y económico más justo.


Finalmente quizás no tengamos opción. Una cantidad de aumento de la temperatura está “atrapada” debido a la inercia acumulada, y una “una gran porción del cambio climático es en gran parte irreversible en escala de tiempo humana” a menos que ocurra una eliminación masiva del carbono atmosférico. Algunos modelos del cambio climático futuro plantean que la biodiversidad global sufriría más por el cambio climático que por la geoingeniería. Las emisiones de aerosoles por décadas de actividad industrial han estado enmascarando el “verdadero” calentamiento asociado con las emisiones de gases de efecto invernadero durante algún tiempo. Limpiar esta contaminación de aerosoles (y por lo tanto mejorar la calidad del aire y reducir las muertes asociadas con la contaminación del aire) llevará a un aumento de 1°C de calentamiento global.


La clase capitalista se puede adaptar fácilmente a un mundo más caliente hasta un punto: la riqueza puede comprar búnkeres subterráneos y oasis cerrados; el poder consigue muros fronterizos y robo de tierras. Una atmósfera compartida no significa que estemos juntos en esto.


No involucrarse en alguna forma de geoingeniería es tomar una posición privilegiada y condenar a los más pobres y vulnerables de nosotros a la desesperación y la degradación (0.1 grado Celsius puede significar la diferencia entre la vida y la muerte para millones de personas). No sorprenderá a nadie el hecho de que la geoingeniería implica riesgos. Modificar el clima o el tiempo metereológico, incluso a pequeña escala como en la siembra de nubes, tironea el tejido de la vida —y no siempre vemos qué hilos tiramos. Pero no toda geoingeniería es igual. Hay grandes diferencias entre reflejar la luz solar de vuelta al espacio y secuestrar dióxido de carbono.


Echemos un vistazo por algunas de las formas más problemáticas de geoingeniería.


La “gestión de la radiación solar” involucra la modificación de la cantidad de energía solar que entra al sistema atmosférico, a través de la inyección de aerosoles en el aire, potenciando el efecto albedo de la superficie de terrestre, o a través de reflectores espaciales. Es mejor comparada con la energía nuclear: requiere centralización y un sistema de gestión tecnocrático.


A pesar de las décadas de investigación, aún no está bien comprendida, y el entendimiento científico de los potenciales impactos “sigue siendo pobre”, según la American Geophysical Union. La idea de reflejar la luz solar lejos de la tierra con espejos espaciales gigantes o la “opción Pinatubo”, reduciendo las temperaturas mundiales mientras que se mantienen los niveles de consumo y emisiones de combustibles fósiles, es una solución atractiva para la clase capitalista. En vez de una transformación económica, promueve un enfoque de solución rápida, dotando a los procesos y entidades tecnológicas con el poder de resolver problemas hasta ahora intratables —un problema que David Harvey ha llamado tecno-fetichismo.
¿Qué impactos podemos esperar en un mundo que utilice la gestión de la radiación solar? Para empezar, no revertiría el daño en la agricultura causado por el cambio climático.

Tampoco evitaría una mayor acidificación de los océanos, ni tendría efecto en los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Lo que sí haría, sería aumentar la frecuencia de los huracanes, y eso provocaría descensos gigantes en las lluvias tropicales, y alteraría los monzones de verano, impactando negativamente en las precipitaciones sobre los cultivos que abastecen a millones de personas, quienes históricamente han tenido poca responsabilidad en provocar el cambio climático.


Los ciclos de temperatura y precipitación de la Tierra están tan fuertemente atados que incluso si el aumento de las temperaturas es revertido, el ciclo del agua no reaccionará de la misma forma: es poco probable que la gestión de la radiación solar vaya a restaurar el clima original del planeta.


También está el problema del “efecto de término”, un efecto de rebote donde las temperaturas mundiales subirán repentinamente si se despliega la gestión de la radiación solar y luego es detenida prematuramente. Esto nos amarraría a un programa de regulación antropogénica de la temperatura, porque sería muy peligroso detenerse —según estimaciones, se podrían inducir aumentos de la temperatura equivalentes a décadas en solo cinco años. Otros investigadores señalan que tal geoingeniería es más robusta de lo que se piensa, y podría ser eliminada lentamente sin desencadenar un efecto rebote en las temperaturas. Esto simplemente destaca las incertidumbres que rodean tales métodos de modificación del clima.


Los desafíos administrativos de un proyecto como ese serían inmensos, y podrían crear fácilmente una burocracia de expertos e ingenieros con una estructura de mando y control. La gestión de la radiación solar arriesga la reproducción de una agenda tecno-científica reminiscente de la Guerra Fría sin garantizar ningún resultado positivo.


¿Existen formas más razonables de geoingeniería?


La “remoción de dióxido de carbono” es la otra ala de la geoingeniería, bajando y secuestrando el carbono desde la atmósfera más que reflejando el sol de vuelta. Sus métodos abarcan desde la reforestación, el biocarbón (almacenar carbono en el suelo), la fertilización del mar con hierro y la captura de aire ambiental, apuntando a enfrentar la fuente de la crisis climática: las emisiones de gases de efecto invernadero.


Mientras que la deforestación es una fuente significativa de emisiones de gases de efecto invernadero (según algunas estimaciones es la segunda fuente de emisiones de dióxido de carbono, detrás de los combustibles fósiles), la forestación y reforestación de zonas de la Tierra es un método obvio para reducir los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Descrita como el método de geoingeniería más eficiente y ambientalmente benigno, puede tener un “impacto significativo” en los niveles de dióxido de carbono atmosférico en el largo plazo.


El “cultivo de carbono” es una técnica de geoingeniería. Esto involucra cambios en las prácticas agrícolas, incluyendo el uso del biocarbón y la agroforestería para potenciar la captura de carbono. Esto, junto con la reforestación puede ayudar incidentalmente además a revertir la desolación de los suelos del mundo, y mitigar la declinante habilidad para capturar carbono de los bosques existentes, además de contribuir a lo que Murray Bookchin llamó la agricultura radical.


Moviéndonos de la tierra al mar, la “fertilización” de florecimientos de fitoplancton con nutrientes de hierro es otro método para disminuir el carbono que evita conflictos por el uso de las tierras, aunque la incertidumbre científica persiste. La captura de carbono como un detritus orgánico que cae hacia la superficie oceánica, puede remover carbono del ciclo de carbono por miles de años, pero a medida que decae el plancton se pueden crear zonas muertas sin oxígeno.


Algunas especies de fitoplancton pueden producir dimetilsulfuro lo que a gran escala podría potenciar la cobertura de nubes y aumentar el efecto albedo de las nubes, pero tal como las otras formas de gestión de la radiación solar, podría afectar negativamente las precipitaciones y los recursos hídricos en Europa y partes de África y el Medio Oriente. Las plantaciones de alga son otro método de bajar el dióxido de carbono y al mismo tiempo evitar la competencia por tierras agrícolas o agua fresca, y pueden ser extremadamente efectivas si se integran con el uso de bioenergía.


Otro método es utilizar lo que la Royal Society llamó “la infraestructura de captura y almacenamiento de carbono”. Esto involucra extraer el dióxido de carbono desde el aire, y usar los gases capturados para la agricultura o para combustibles fósiles sintéticos. Esta captura de carbono llevada a cabo por máquinas podría ser necesaria si se alcanzan los límites biológicos, pero es fácil ver cómo estos enfoques pueden ser absorbidos dentro de las prácticas capitalistas existentes (en 2015 Bill Gates fue el mayor financiador a nivel mundial de la geoingeniería).


Todas estas técnicas son pasos enormes hacia la reducción de los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Pero la necesidad de escalarlos hasta hacerlos efectivos tendrá efectos negativos. A partir de las estimaciones actuales, las exigencias de tierra para la captura de carbono con bosques serían inmensas, afectando la seguridad alimentaria al competir por tierras fértiles de la misma forma en que ocurrió con los biocombustibles a inicios de este siglo.


Los investigadores detrás del Atlas para el Fin del Mundo son más directos: no habrá tierras suficientes para usar la silvicultura como único mecanismo para secuestrar carbono. Como Holly Jean Buck señala, la Remoción de Dióxido de Carbono es compleja y posiblemente arriesgada —y se necesita hablar de esto—.


Todas las formas de geoingeniería necesitan ser revisadas y examinadas cuidadosamente, pero algunas de estas técnicas serán más conducentes a un enfoque izquierdista, mientras que otras probablemente a reforzar las estructuras de poder capitalistas. Ya sea que la geoingeniería sea un proyecto izquierdista o uno capitalista depende del grado hasta el cual pueda ser usada para maximizar la democracia y la responsabilidad, la amplia participación, y producir una distribución justa de sus consecuencias.


Si una técnica fuera a fortalecer más la desigualdad económica, dar poder a una pequeña elite gobernante, y mantener un enfoque extractivista y ecocida hacia el mundo natural, debe ser arrojada por la borda. Una geoingeniería capitalista es otra forma para el capitalismo de extender sus tentáculos hacia la red de la vida, manteniendo su naturaleza extractivista, unos niveles de producción derrochadores y de paso arrojar una “cuerda de rescate” a la supervivencia del statu quo climático (business as usual). Es una geoingeniería que ya está ocurriendo.


Decenas de países en la actualidad mantienen programas de siembra de nubes, entre los que se destaca la modificación del clima por parte de China en el Tíbet, que se ubica en la frontera entre un ajuste de la lluvia y la geoingeniería en toda regla. En el futuro, países individuales — persiguiendo sus propias agendas e intereses— no dudarán en implementar programas de geoingeniería para salvarse en un mundo más caliente, reducir los impactos locales sin tener consideración por el impacto en sus vecinos. Esto impulsaría la armamentización del clima, la convención Enmod sobre modificación ambiental estaría condenada:“la emergencia de una nación puede ser la oportunidad de otra”.


Este sería un mundo disciplinado no solo por el capital, sino que por una élite tecnocrática obteniendo ganancias de la pasividad climática y las patentes de tecnologías de geoingeniería, mientras permite la escasez producida por el clima para saquear al resto de nosotros: un mundo de oasis de abundancia verdes y cerrados rodeados por una población sitiada.

Pero, ¿cómo sería una geoingeniería izquierdista?


El socialismo es la democratización de la producción. Esto involucraría un control descentralizado y organizado democráticamente sobre las tecnologías que pueden modificar la atmósfera, a pequeña y gran escala. También involucraría el control colectivo sobre las tecnologías energéticas y los procesos industriales, quitando la búsqueda de ganancia de toda la toma de decisiones. Sería una economía planificada de alta tecnología, en la que los niveles de gases de efecto invernadero serían monitoreados a través de tecnologías de sensores y observatorios locales por medio de comités de coordinación horizontales.


La ciencia detrás de la geoingeniería propuesta debe ser clara y transparente. Bajo el capitalismo hay un desincentivo a comunicar la información —el conocimiento es patentado, oculto, alejado por la competitividad a corto plazo, alentando el culto tecnocrático—. Necesitamos una “ciencia socialmente responsable” en interés de la sociedad en general, no para el interés del capitalismo y el estado. Algo como la Resolución Durham, escrita por la Sociedad Real para la Responsabilidad Social en la Ciencia, es un buen punto de partida.


La infraestructura requerida para una geoingeniería socialmente justa está en las manos de la clase capitalista – como todos los medios de producción, y necesita ser tomada y utilizarse para el bien mundial. Costará trillones de dólares secuestrar suficiente dióxido de carbono para evitar la catástrofe climática. Esto será una hazaña de Hércules, algo nunca antes hecho. Es imperativo que la clase trabajadora controle e impulse estos programas, o la biosfera será la víctima más reciente (y quizás la última) sacrificada al apetito del capital.


Parafraseando a Albert Camus, la geoingeniería es un peligro solo en el modo en que sería utilizada bajo el capitalismo. Los beneficios deben ser aceptados incluso si sus estragos son rechazados.


Izquierdista o no, la geoingeniería no es una bala de plata. Las soluciones tecnocráticas, que rechazan la participación o comprensión populares, no harán nada por rectificar la crisis climática. Como el autor de ciencia ficción Kim Stanley Robinson enfatizó, la mejor tecnología de geoingeniería es “un giro rápido hacia la justicia social y el fin del capitalismo”. Y tenemos razones para ser optimistas: ya sabemos cómo mitigar apropiadamente la crisis climática. No será fácil, pero es posible.


Pero la geoingeniería tiene solo una parte en una estrategia izquierdista más amplia para detener la biocrisis y evolucionar más allá del capitalismo. Tiene que trabajar junto con sistemas de decrecimiento, reduciendo el crecimiento económico y redistribuyendo la riqueza. La geoingeniería se puede mezclar fácilmente con la meta de una descarbonización completa y la generación del 100% de la energía a partir de fuentes renovables.


Al mismo tiempo, puede ayudar a debilitar los impactos del cambio climático que ya no se pueden detener, ayudándonos a crear infraestructuras de adaptación socialmente justas, promoviendo redes de apoyo mutuo, resistencia y comunismo de desastres.


La izquierda no debe tener miedo de hacer demandas a favor de una geoingeniería progresista. Los proyectos de reforestación con participación pública masiva, la mejora de la disponibilidad de carbono en el suelo en granjas locales, demandar la propiedad pública de la infraestructura de captura de carbono y la investigación de los riesgos e incertidumbres de la geoingeniería —estas son solo algunas formas de integrar la geoingeniería dentro de nuestras demandas climáticas y al mismo tiempo educar al público sobre cómo se vería un proyecto de geoingeniería izquierdista.


Ignorar la posibilidad de modificación ambiental a gran escala deja el campo de batallas de las ideas abierto a la explotación por parte de fuerzas reaccionarias, de tecnócratas indiferentes y capitalistas despiadados.


No podemos dejar que el termostato del planeta sea controlado por la mano invisible. Somos cuidadores de este mundo, queramos asumir ese rol o no.

Por James Wakefield

Traducido por Daniel Ruilova.

2019-02-13 06:16:00

Lunes, 11 Febrero 2019 06:30

¡Ahí vienen los socialistas!

La demócrata Alexandria Ocasio-Cortez forma parte del nuevo grupo de congresistas estadunidenses que se identifican como "socialistas democráticos".Foto Ap

Suenen las alarmas, ahí vienen los socialistas, declaró el jefe del régimen estadunidense en su informe presidencial. No se sabía que Estados Unidos estaba amenazado por el socialismo, supuestamente eso se había terminado con el desmantelamiento de un muro.

Fue el estreno de uno de los mensajes de la campaña de relección y acompañará a la otra amenaza representada por los inmigrantes "peligrosos". Seguramente se decidió con harta nostalgia recurrir de nuevo a la amenaza del "socialismo"; siempre ha funcionado antes.

Pero a diferencia de las últimas décadas, lo más curioso es que ahora tal vez tengan cierta razón.

En su informe a la nación esta semana, Trump, después de autoelogiar su deseo de cambiar el régimen de Venezuela, inmediatamente agregó que “estamos alarmados por nuevos llamados para adoptar el socialismo en nuestro país… Nacimos libres y permaneceremos libres. Esta noche renovamos nuestra determinación de que América nunca será un país socialista”.

No era accidental que Venezuela fuera parte del mensaje, ya que el mandatario y sus aliados han intentado atacar a algunos demócratas como promotores de un socialismo estilo venezolano.

A finales del año pasado, el Consejo de Asesores Económicos del la Casa Blanca emitió un informe sobre la amenaza, cuyo primer párrafo afirma que "Coincidiendo con el 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx, el socialismo está resurgiendo en el discurso político estadunidense", y señala que propuestas políticas de "autodeclarados socialistas están generando apoyo en el Congreso y entre gran parte del electorado".

Claro, es un término muy ambiguo, y aparentemente para algunos, están hablando de políticos como el senador Bernie Sanders y un grupo de nuevos diputados/as –entre las más conocidas Alexandria Ocasio-Cortez– que se identifican como "socialistas democráticos", quienes lejos de ser radicales –no proponen sustituir el sistema capitalista– serían considerados como "moderados" en tiempos de Franklin D. Roosevelt. Pero sus propuestas para promover y ampliar los programas de apoyo social, educación, salud y gravar más a los más ricos son calificadas por sus enemigos de "socialismo".

Es un término con raíces en movimientos masivos a lo largo de casi siglo y medio en este país, y fue empleado para reprimirlos en las campañas contra "los rojos", quienes frecuentemente eran inmigrantes. A la vez, vale recordar que el maestro político de Trump, el abogado Roy Cohn, fue el brazo derecho del senador Joe McCarthy en su campaña anticomunista de los años 50. Esa palabra, desde entonces, se convirtió en definición del "enemigo" a lo largo de la guerra fría.

Pero la nueva alarma sobre el socialismo promovida por Trump y sus aliados, no es necesariamente imaginada. Como hemos reportado repetidamente en La Jornada, al mismo tiempo que estaba surgiendo el fenómeno neofascista de Trump, también había otro fenómeno: una creciente percepción positiva del "socialismo". De hecho, Gallup reportó el año pasado que por primera vez las bases demócratas expresaban una percepción más positiva del socialismo (57 por ciento) que del capitalismo (47 por ciento). No sólo eso, sino que entre todos los jóvenes (18 a 29 años), la mayoría tienen una percepción positiva del socialismo.

Casi todos que expresan este apoyo están hablando de reformas y límites al capitalismo, no su sustitución; o sea, una visión socialdemócrata. El propio Sanders emplea como modelo para sus propuestas los países escandinavos.

Sin embargo, seguramente es alarmante que todas las encuestas recientes muestran que "el socialista" Sanders le ganaría a Trump en la elección presidencial de 2020 (y por más de 10 puntos). Mas aún, mayorías de estadunidenses apoyan las propuestas políticas presentadas por los "socialistas democráticos", en torno a seguros de salud, mayores impuestos sobre los ricos, más recursos para escuelas públicas y una economía más justa.

¿Y si de repente Estados Unidos es gobernado por un régimen socialista, habrá algún país o tal vez la OEA que envíe fondos a la "oposición" y amenace con intervenir para "rescatar" a este pueblo de su expresión democrática?

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“Tener el valor de mirar a los ojos del enemigo”. Entrevista

Sobre el recuerdo de las revoluciones, las apropiaciones de la derecha, una izquierda insegura y la relación con el estado.

 

Sebastian Friedrich: 200 años de Carlos Marx, 100 años de la revolución de octubre, 50 del 1968... estamos celebrando muchos aniversarios de fechas muy importantes para la izquierda. Pero solo con ello no se puede explicar únicamente la coyuntura actual de volver la vista al pasado. ¿Qué otras explicaciones hay?


Bini Adamczak: La explicación está muy relacionada con el espectáculo industrial-cultural actual. La revolución parece ser una aventura, en la cual pasan cosas inimaginables, el viejo orden se resquebraja, la gente anda por ahí con escopetas y los poderosos huyen. Uno se sienta cómodamente en casa, llueve fuera, y se lee una novela sobre la revolución. O una se sienta en un café, se bebe una copa de vino tinto y se elije una novela histórica de acción. ¡Qué tiempos aquellos! En el negocio cultural pasa algo parecido: Los debates históricos en las secciones de cultura se orientan a esos debates, lo cual interesa a las instituciones de la izquierda, las historiadoras y los intelectuales. Es una oportunidad de posicionar sus temas en los medios.


Pero esta no es la única razón. Tal vez el presente no ofrece suficientes ocasiones para hablar de este tipo de perspectivas radicales, como era el caso de 1968 o 1917. La mirada al pasado permite un planteamiento más radical y profundo de las condiciones elementales de nuestras condiciones de vida. Formulado de forma positiva: podemos comprender mejor la actual crisis del capitalismo en la disyuntiva entre la herencia y las luchas pasadas, que están enterradas y olvidadas, pero que al tiempo están inconclusas. Como diría Walter Benjamin: La confrontación con la historia nos da la posibilidad de crear una constelación entre dos tiempos. Podemos preguntarnos: ¿Qué nos dice 1968, qué nos dice 1917 o qué nos dice Carlos Marx hoy?


SF: ¿Entonces qué nos dice la revolución hoy?


BA: Las revoluciones nos dan la posibilidad de encontrar otra escala con la que podamos medir el presente. La revolución nos ofrece un ángulo más además de un objetivo más fino. Muchas de las cuestiones que hoy nos preocupan son luchas defensivas o traslaciones a los marcos dados, como cuando pedimos acabar con el (sistema de ayuda social represivo) Hartz IV, que suban los salarios o que se remunicipalicen la propiedad de la vivienda. Otra cosa muy diferente es poner en cuestión la propiedad en sí. Estoy a favor de que los alquileres no suban, ¿o estoy a favor de que no haya alquileres en absoluto? ¿Pongo en cuestión el que haya una función social de los propietarios que deciden cómo viven las personas en sus casas?


Hay muchas preguntas radicales que casi no se plantean en la realidad porque las relación de fuerzas las apartan a un lado. Esa perspectiva revolucionaria puede ser recuperada en el presente a través del rodeo de la historia. Nos permite percibir este mundo de una forma muy diferente. Al mismo tiempo, tal vez es así como nos es posible articular nuestros deseos y lujurias, que en la situación actual nos parecen irreales.


SF: ¿Qué significa para tí en realidad revolución?


BA: Mi definición de revolución es muy abstracta, en ello no se diferencia de otras teorías de la revolución. Revolución no significa hacer política bajo unas condiciones predeterminadas, sino politizar uno mismo las condiciones de la política. No es preguntar cómo se puede compaginar el trabajo con la familia, sino cómo se puede acabar con el trabajo y con la familia en sí. ¿Cómo podemos organizar las tareas de otro modo? ¿Qué relaciones se pueden hacer en el lugar de las familiares o las profesionales? Esas son preguntas revolucionarias, que también se realizaron en 1917 y en 1968. En mi libro sobre la revolución, que se publicó con motivo del aniversario de los 50 y 100 años de esas olas revolucionarias, intenté recordarlas de nuevo.


SF: La revolución se consideraba muerta al menos desde la desaparición de la Unión Soviética, cuando se hablaba del fin de la historia. Ahora cada vez más personas notan que la historia en realidad no parece haberse acabado. ¿A qué se debe que un término como el de revolución sea usado más a menudo por las personas de nuevo?


BA: El libro se publicó en 2017, pero comencé mucho antes a escribirlo. En un momento en el que las revoluciones eran algo históricamente marginal. Era solo un tema importante para las ciencias sociales o la filosofía de la historia, pero no tenía nada que ver con la política. Entonces en 2011 llegaron las primaveras árabes. Con ellas aparece de repente de nuevo la revolución de una forma clásica, con la caída de un gobierno. Vivimos poco después la derrota de esos movimientos, que en parte se acomodaron relativamente rápido, en parte fueron integrados y en parte formaban parte de un bloque neoliberal y terminan en parte en la guerra civil.


SF: Has hecho muchas presentaciones de tu libro. ¿Cuál fue tu experiencia con las discusiones con el público?


BA: Aquí, yo vivo por desgracia sobre todo en Alemania, domina una impresión de que un golpe o cambios radicales de la sociedad o bien la revolución serían dominados por la derecha. Veo cómo la izquierda y también los liberales están ocupados en construir terraplenes para defenderse de los ataques de la derecha al orden de cosas. Una buena parte de la izquierda en Alemania está dominada por una melancolía específica alemana que cree que no se puede hacer nada contra la autoridad o que la masa en todo caso tiende a la derecha política. Es una atmósfera que encuentro a menudo en las salas en las que discuto. Tenemos que preguntarnos si ese sentimiento de verdad refleja la correlación de poderes y si tiene sentido esa ideología de defensa espontánea de lo existente contra los ataques de la derecha.


SF: ¿Si partimos de que todo será siempre peor se aumenta el riesgo de que todo sea peor?


BA: A la izquierda en Alemania le resulta difícil reconocer los logros propios y festejar las victorias, reflexionar sobre los propios fallos y llorar las derrotas.


SF: ¿Puedes poner un ejemplo?


BA: La izquierda en Alemania tiene muy pocos recuerdos de uno de los mayores movimientos huelguísticos de la historia de este país, la ola de huelgas entre 1990 y 1994 en Alemania del este. Se concentró sobre todo en contra del cierre de empresas, que el capital alemán había decidido por poco dinero, y fue una de las mayores y más largas olas de resistencia social autoorganizada desde la revolución de noviembre. En 1991 y 1992 tuvieron lugar 200 huelgas “salvajes” (no autorizadas). Pero la lucha contra el capital alemán se perdió. Esa derrota no se ha digerido nunca de forma completa. Solo podemos suponer, que una derrota del intento de defenderse ante los poderosos, que no ha sido penada, llorada de forma adecuada, es el motivo de decisiones posteriores de ir contra los más débiles y de identificarse con los poderosos.


El no llorar las derrotas lleva a que las derrotas se reproduzcan. De ese modo se extiende el sentimiento de que no se puede cambiar nada, a pesar de que la realidad tal vez ofrece más muestras a favor del cambio. La izquierda alemana se encuentra así como parte de un discurso general alemán que provoca la impresión una y otra vez de que la derecha fascista fuese más fuerte de lo que en realidad es. Al mismo tiempo, las fuerzas de resistencia permanecen invisibles y parecen menores de lo que son.
SF: Pero la marcha de la derecha avanza de verdad...


BA: En 2018 también hemos visto cómo hay una fuerte resistencia contra la derecha, uno que en otoño por suerte también se pudo ver en forma de cifras, cuando un cuarto de millón de personas salieron a manifestarse por las calles de Berlín en la manifestación del movimiento “unteilbar” (indisoluble). Al mismo tiempo, la izquierda se está anotando puntos en varias luchas, pensemos en el bosque Hambacher Forst, en el fuerte movimiento feminista, en las luchas contra la gentrificación o en el verano de la inmigración de 2015. Desde un tiempo a esta parte hay un gran apoyo en buena parte de la población con respecto a personas que cruzan las fronteras.


En tiempos de crisis, en los que el orden dominante, la hegemonía neoliberal, se está resquebrajando el fascismo no se puede combatir solamente defendiendo el status quo. La única posibilidad que hay de ser antifascista de forma activa es en forma de un ataque que llame las consecuencias reales de la miseria por su nombre y que no deje pasar las maniobras de despiste de la derecha. Es lo que se está viendo en los Gilets Jaunes en Francia, el movimiento de los chalecos amarillos.


SF: ¿Qué piensas sobre los Gilets Jaunes?


BA: Estuve en París para una presentación de un libro y hablé con muchas personas. Con mi francés entrecortado traté de hablar con un conductor de taxi y le pregunté lo que opinaba sobre los Gilets Jaunes. Me dijo que eran una buena idea, un concepto muy bueno. No parecía sentir la más mínima necesidad de distanciarse de la violencia, algo que conocemos en el discurso alemán. Ahí se refleja una tradición francesa, la del conocimiento de que se puede llegar a decapitar al rey. Es la experiencia de que la vicroria está en el ámbito de lo posible, que puede ser exitoso oponerse a la autoridad.


Los intelectuales críticos con los que hablé en París primero tomaron una distancia crítica para con los Gilets Jaunes, porque el movimiento parecía ser de derechas. Desde entonces éste se ha ido moviendo casa semana, sino cada día, hacia la izquierda.


SF: ¿A qué se debe eso?


BA: La respuesta instrumental sería que con el tiempo simplemente han entrado más personas de izquierdas en el movimiento. Es cierto pero no explica la vuelta a la izquierda de forma suficiente. Otra respuesta sería que en el momento en el que el movimiento se volvió más fuerte ha desarrollado también la valentía para patear hacia arriba. Fue uno de esos momentos en los que un movimiento se atreve a desafiar a los poderosos. Es un momento que requiere el reconocimiento, cuando las personas en la calle se atreven a mirar al enemigo a los ojos. Entonces ya no están limitadas a patear hacia abajo a personas que están en una situación peor. Es un momento emancipador. La valentía para patear hacia arriba es de izquierdas. La de patear hacia abajo de derechas.


SF: Pero en este momento parece que para muchos es la mejor opción patear hacia abajo. ¿Porqué?


BA: Me gustaría mostrarlo a través de un ejemplo: Un amigo mío de Austria me contó sobre una cita que tuvo. Conoció a un controlador aéreo a través de una aplicación telefónica y descubrió que era de derechas. Ya no quería tener sexo con él, pero sí seguir discutiendo. Mi amigo le explicó al controlador que los rumores sobre los inmigrantes y los refugiados no son correctos y le recordó cuánto dinero pierde el estado a través de la evasión de impuestos de las grandes empresas. El tipo no sabía muchas de estas cosas todavía y se dejó convencer en parte. Pero entonces dijo algo interesante. Incluso aunque todo lo que contase fuese cierto y las grandes empresas fueran el problema, no tendríamos ninguna posibilidad contra ellas. En el momento en que los argumentos son intercambiados se muestra algo así como una realidad afectiva: Contra los de ahí arriba no lo podemos conseguir, por eso nos dirigimos mejor contra los de ahí abajo.


SF: En tu libro sobre las revoluciones analizas sobre todo la revolución de octubre de 1917. ¿Fué una victoria o una derrota?


BA: La diferencia entre victoria y éxito, así como de derrota y fracaso que hace Enzo Traverso me parece muy útil en este sentido. Una de las experiencias básicas de los revolucionarios de 1917 fur la Comuna parisina. No querían volver a repetir la experiencia de la derrota de nuevo, dejarse masacrar por la burguesía. A ello se unió la traición de la socialdemocracia en 1914. En ese contexto se entiende el impulso de la revolución de octubre en dirección al autoritarismo y militarismo. Pero también ahí estaba el peligro de la asimilación por el adversario. En ese sentido 1917 es por una parte una victoria, porque la revolución no sufre una derrota frente al adversario. Por otro lado es un fracaso de las propias pretensiones emancipatorias, porque la sociedad, que debía nacer allí en realidad, no fue creada.


SF: Por lo menos se pudo tomar el poder del estado. En 1968 no se consiguió.


BA: Los movimientos del ´68 no consiguieron en ningún lugar dirigir revoluciones triunfadoras, pero fueron en parte exitosos, porque impusieron cambios fuertes. También a nivel económico: el ´68 y los siguientes se caracterizan por fuertes y exitosos movimientos huelguistas. Estos éxitos retrocederán en las siguientes décadas. Algo diferente ocurre en la esfera que llamamos de lo social o cultural, en la cual ocurre la transformación de las relaciones entre géneros, la liberación sexual o la caída de las instituciones viejas y autoritarias. En esto ha sido el ´68 exitoso hasta nuestros días. Sin embargo muchas de las conquistas fueron apropiadas por el neoliberalismo más tarde en una toma hostil. En el ´68 las personas lucharon porque el trabajo no fuera determinado por otros. Pero solo consiguieron imponer una parte de sus reivindicaciones. Hoy pueden decidir muchos cuándo trabajan, pero la fecha de entrega la sigue imponiendo el capital. De ese modo se convierte la autogestión en autoexplotación. En muchos ámbitos de la vida ocurre lo mismo.


SF: Describes el ´68 como un acontecimiento en el cual los cambios de los sujetos y la direfencia se encuentran en un primer plano, mientras en 1917 el foco se concentró en tomar el poder estatal. Me parece un poco simplificado, ya que como resultado del ´68 no hubo solo individualismo y sexo, sino también muchos nuevos grupos comunistas que se orientarom hacia el 1917.


BA: Es una presentación esquemática. He intentado remarcar las diferencias entre 1917 y 1968. El ´68 es en principio ambas cosas, un movimiento de repetición y uno de diferencia. Primero se conecta con el impulso de 1917, después se le vuelve la espalda. El movimiento feminista continúa primero la tradición, para después romperla y llevar a un feminismo autónomo que da la espalda a la subordinación a la contradicción principal económica. En Alemania se simboliza esto con el lanzamiento de tomates a los cadetes del SDS (que desencadenó las protestas feministas). Al mismo tiempo, tiene lugar un nuevo redogmatización en grupos comunistas, que se desarrollan a partir de la derrota de 1968, porque la revolución no llegó tan pronto como esperaban los revolucionarios. Es por ello que la cuestión de la organización se volvió a lanzar y se reorientó a los clásicos como por ejemplo Lenin o Mao. Ya que éstos habían sido exitosos. Hubo muchas tendencias contrarias, pero yo he mirado un periodo de tiempo bastante amplio. Con esta mirada algo desenfocada a un siglo aparecen momentos en la imagen que también se han mantenido por la apropiacoón neoliberal.


SF: ¿Podemos aprender algo de la apropiación del ´68?


BA: Tenemos que recuperar el valor de ir más allá de la frontera de lo permitido. Las derecha se ha apropiado de la provocación política. Se escenifican como los que rompen tabús, tratando de decir lo que no es posible decir dentro del marco del discurso. En ese sentido ellos lo que quieren es retirar las conquistas de 1968. Muchas personas de izquierda ven como su tarea confirmar los tabúes que existen o asegurarse en la mayoría casi con miedo, de que aquello que dicen permanece en el marco de lo que puede decirse. En la izquierda controla en buena parte el miedo al Shitstorm. El ´68 era en ese sentido diferente. Se trataba de la provocación, del shitstorm, de ir hacia delante y de contar con una reacción fuerte, para poder abrir algo.


SF: Y llegamos de nuevo al miedo, a la falta de valor para la revolución. Junto a la revolución está el término de las relaciones en tu obra. ¿Qué quieres decir con ello?


BA: Me he planteado la pregunta de hacia donde apuntaban las revoluciones: la de 1917 hacia la totalidad, al poder del estado, para conquistar la sociedad a partir del estado. La de 1968 de forma retrospectiva se orientaba a los sujetos, a partir de los cuales se conforma la totalidad. “Todo cambia cuando tú te cambias”. En la teoría de las sociedades y en la filosofía se llama Problema de la estructura y la acción, en el cual el pensamiento se ve atrapado. Se trata de la pregunta de si las personas hacen las estructuras o bien las estructuras determinan a las personas. Dependiendo del punto de partida es siempre un tira y afloja.


Quiero mover la mirada hacia otra cosa. No se trata ni de la totalidad ni de sujetos individuales, sino de las condiciones entre personas, sujetos, formas de vida o entre las instituciones. Se trata de lo racional, es decir, de las relaciones en sí que componen lo que llamamos sociedad. Mi esperanza es: somos exitosos en pensar en cambios sociales, así como en su realización cuando tenemos claro que no se trata de transformar a las personas ni de conquistar el estado, sino de cambiar las relaciones. El término Beziehungsweise permite tener a la vista también las relaciones entre personas que no se conocen personalmente.


SF: Revolución, las formas de las relaciones... Aún queda un término clave: la solidaridad. Ésta parece ser el punto de fuga de muchas personas en la izquierda. Lo que se debe comprender a partir de ello no está claro. También la derecha y los neoliberales hablan de solidaridad. ¿Cómo se puede evitar que se corrompa este término?


BA: La solidaridad sin la libertad de poder retirarse o de poder decir que no, no es solidaridad alguna. Lo que la derecha ofrece es un espíritu corporal, una obligación de ser leal, la homogeneización hacia el interior (de la sociedad) comprada a partir de una diferenciación hacia fuera. Y una solidaridad sin igualdad, es decir, sin la pretensión de que todas las personas que se miran frente a frente a los ojos, tampoco es solidaridad.


Si el antiracismo se limita a mandar dinero a algún sitio y de ordenar que los receptores sean agradecidos. Entonces eso es paternalismo. Tenemos pues que combinar libertad, igualdad y solidaridad. Estas son nuestras medidas críticas en las cuales podemos medir nuestra propia práctica, en la cual podemos comprobar si en las formas de relación que perseguimos alcanzar y desarrollamos en efecto se trata de relaciones solidarias.


SF: Si miramos al terreno de las relaciones, ¿no tenemos en todo caso que tratar de cambiar el estado, tal vez de tomarlo, de abolirlo... de hacer algo con ese estado?


BA: En la tradición marxista-leninista existe la idea de que hay fuerzas organizadas y conscientes que primero tomarán el estado, y con su ayuda cambiarán las bases de la sociedad, que permitirán a hacer que ese estado sea innecesario hasta que finalmente desaparezca. Volvemos la vista a un experimento de hace 70 años y constatamos que no ha funcionado demasiado bien. Algo que no solo fue el producto de las condiciones exteriores, sino de que el concepto en sí es muy problemático. Un poder de estado tiene la tendencia a organizar su propia supervivencia. Quien tiene el estado encima no se libra de él tan fácilmente.


SF: ¿Cuál es entonces la alternativa?


BA: Una alternativa es dejar el estado a un lado y hacer sus propias cosas. En el peor de los casos, esto podría ser naiv porque el poder represivo, militar y policial, es decir, la contrarevolución organizada podría ser ignorada.


Destruir el estado, así lo formula el anarquista Gustav Landauer, significa crear otras relaciones. Ya que el estado en sí es una forma de relación. Es una relación burocrática y jerárquica, en la cual las órdenes son dadas y cumplidas por gente que tienen poca influencia en la creación de dichas reglas. La pregunta es ¿qué otras relaciones se pueden crear que sustituyan a las relaciones del estado? En Chiapas y en Rojava hay campos experimentales en los cuales se trabaja con otros modelos de administración. Se trata de evitar tanto como sea posible que lo común se independice como algo ajeno sobre los individuos.


SF: Si no queremos vivir en comunidades muy reducidas, se necesitará algo así como una solidaridad institucionalizada. ¿No hay en ello el mismo riesgo de que también ésta se independice y burocratice? Mi impresión es que la izquierda antiestatal se engaña con su retórica antiestatal.


BA: Bueno las instituciones y el estado no son idénticas directamente. El estado es una construcción institucional específica con forma autoritaria, mientras que institución es tan solo una práctica que se repite de forma constante. Pero es cierto que en teoría de la democracia hay un problema en ese sentido. Si hay personas que se juntan y acuerdan cómo quieren vivir y se dan determinadas reglas entonces también querrán que dichas normas tengan una relativa validez al día siguiente sean válidas y no sean puestas en cuestión. En las reglas se esconde siempre el peligro de la independización, es decir, el peligro de que la regla no sea ya una elección propia consciente. Por una parte tenemos la necesidad de libertad, de apertura, de carencia de reglas. Por otro lado tenemos la necesidad de estabilidad y de planificación segura. Esta contradicción no se puede disolver fácilmente, tan solo podemos tratar de encontrar una manera lo más transparente posible de lidiar con ello.


Eso significaría que por un lado uno se da reglas estables y al mismo tiempo también asegurar la disposición a que las reglas estén de nuevo a disposición de la gente cuando ésta lo reclame.


La apuesta de la izquierda es ésta: con ese problema de principios y democrático podemos encontrar una mejor forma de relación que las condiciones dominantes. Podemos encontrar una forma de relacionarnos que suponga una menor dominación, que sea más democrática. Entonces las personas sabrían que esas reglas que se han dado son sus reglas y que las pueden cambiar de nuevo juntos. Entonces no serían reglas que se independizasen de una forma fría y que como mucho sean útiles a una minoría.


(La entrevista la realizó Sebastian Friedrich, antiguo redactor de kritisch-lesen.de y experto en extrema derecha: https://kritisch-lesen.de/interview/der-mut-dem-gegner-in-die-augen-zu-s...).


Por Bini Adamczak
es una teórica social y escribe sobre política, queer y revoluciones. La editorial Akal publicó en 2017 su librito “Comunismo para todxs : breve historia de cómo, al final, cambiarán las cosas”, que ha sido traducido a una docena de idiomas.

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Bolivia: 13 años de Evo Morales, el escenario rumbo a las elecciones de octubre

Evo Morales inició el día uno de su año 13 de gobierno con un cambio de gabinete que pretende oxigenar su gestión y revertir el desgaste del ejercicio del poder en el comienzo de una larga campaña electoral. A diferencia de todas las elecciones desde 2006, esta vez el triunfo no está asegurado y su propia postulación está en cuestión por violentar la Constitución de 2009. No obstante, la estabilidad económica, su capital simbólico y la falta de proyectos alternativos en la oposición dejan abierto el escenario rumbo a octubre de 2019.

 

13 años y un día después de su llegada al Palacio Quemado, Evo Morales afinó su gabinete con vistas a las elecciones de octubre de este año en un contexto muy diferente del de todas las votaciones populares de la larga década del «proceso de cambio»: por primera vez, el presidente boliviano no tiene asegurada su victoria y, adicionalmente, su postulación debió ser «habilitada» por el Tribunal Constitucional Plurinacional contra una cláusula constitucional y contra un referéndum en el que, en febrero de 2016, una estrecha mayoría votó «No» a la reforma constitucional para incluir la reelección indefinida.


El 22 de enero pasado, aniversario del Estado Plurinacional que hoy compite con el de la independencia, Morales pronunció su informe anual a la nación, en el que rescató los logros de estos 13 años y buscó generar algunas imágenes de futuro en un momento de desgaste del gobierno, especialmente entre los sectores urbanos.


El cambio del gabinete tuvo por objetivo potenciar las áreas que el presidente boliviano considera claves para su re-reelección. Así, retornó al gabinete el ministro de Economía y arquitecto del «milagro» boliviano, Luis Arce Catacora. El ministro, que garantizó más de una década de crecimiento económico y estabilidad, asumió junto a Morales en enero de 2006 y debió renunciar en 2017 por problemas de salud; ahora, su regreso busca reforzar la imagen de «estabilidad» que fue la bandera del Movimiento al Socialismo (MAS) en las elecciones de 2014, cuando Morales fue reelegido con más de 60% de los votos y 35 puntos por encima del contendiente más cercano.


En su discurso más corto ante el Congreso (50 minutos contra tres o cuatro horas en el pasado), Morales resaltó que el PIB de Bolivia creció 327% durante sus gobiernos y llegó a 44.885 millones de dólares en 2018; mientras que el «colchón financiero», que incluye las reservas internacionales, los depósitos y los aportes a las administradoras de fondos de pensiones (AFP), subió a 53.269 millones de dólares. Contrapuso esas cifras a las de 2005, cuando «el PIB era de 9.574 millones de dólares y el ‘colchón financiero’ llegaba solo a 7.600 millones».


Otro que volvió es Juan Ramón Quintana, un ex-militar y sociólogo con fama de «duro», quien ocupará nuevamente el Ministerio de la Presidencia, una virtual jefatura de gabinete. Comunicación recayó en Manuel Canelas, ex-diputado y viceministro, quien tiene como misión recuperar a las clases medias distanciadas del proceso de cambio. Canelas fue el primer diputado abiertamente gay, vivió en España y se mantiene muy cerca de los líderes de Podemos; ahora será el encargado de renovar un discurso que ya no entusiasma. Y otra de las apuestas para enfrentar el desgaste es el nombramiento de una figura de peso en el Ministerio de Salud: la ex-presidenta del Senado Gabriela Montaño, una médica cruceña que llegó a ocupar el Poder Ejecutivo de manera interina y tiene la tarea de lanzar una revolución en la salud, uno de los rubros en que el gobierno de Evo Morales demostró menos capacidad de gestión y que, en los últimos años, generó fuertes cuestionamientos. En este marco, se puso en marcha un seguro universal de salud y se anunció un multimillonario acuerdo con Rusia para la construcción de centros de atención primaria y varios hospitales de alta tecnología especializados en oncología, cardiología, gastroenterología, neurología y nefrología.


En síntesis, se trata de más comunicación, política y gestión para enfrentar al ex-presidente Carlos Mesa, el líder opositor mejor ubicado en las encuestas. Como Emmanuel Macron en Francia, Mesa intenta construir una «plataforma ciudadana» que incorpore a viejos políticos y a la vez mantener un discurso de lo nuevo y evitar ser visto como el constructor de una coalición «con el pasado», que es precisamente como el MAS buscar presentar al ex-vicepresidente de Sánchez de Lozada que llegó al Palacio Quemado tras la «Guerra del Gas» de 2003. Y, claramente, a diferencia de Macron, Mesa no es ni tan joven ni tan nuevo y parece carecer de una verdadera voluntad de poder, pero expresa a los sectores que cuestionan la postulación «inconstitucional» de Morales y mantiene un discurso moderado. No obstante, necesita a la derecha más radical entusiasmada con el triunfo de Jair Messias Bolsonaro en Brasil.


La estrategia del gobierno es polarizar generacionalmente la elección entre «viejos» y «jóvenes», con algunos nombramientos simbólicos, como el de Canelas (37 años) y, especialmente, la elección de Adriana Salvatierra como presidenta del Senado y tercera en la línea de sucesión. La senadora de 29 años representa a la «nueva generación» del MAS de Santa Cruz y pertenece a un grupo «guevarista» llamado Columna Sur.


Empero, las escenificaciones revolucionarias oficiales conviven con fuertes dosis de pragmatismo. La calificación de Bolsonaro como «hermano presidente» en el tuit de felicitación tras la victoria del candidato de la extrema derecha fue seguida de la entrega a Italia, sin proceso previo, de Cesare Battisti, un ex-integrante del grupo armado Proletarios Armados por el Comunismo (PAC) de los «años de plomo» italianos, condenado a cadena perpetua en ausencia. Battisti, quien vivió refugiado durante casi cuatro décadas en México, Francia y Brasil, fue entregado en menos de 24 horas al ministro Matteo Salvini, quien lo recibió vestido de policía y dijo que el «asesino comunista» se va a «pudrir en la cárcel». Morales justificó la entrega señalando que el italiano había entrado ilegalmente al país, tras su fuga de de Brasil, donde Bolsonaro había prometido entregar a Salvino al «bandido amigo de Lula».
«¿Usted lo siente como hermano a Bolsonaro?», le preguntó un periodista del diario El Deber al presidente boliviano. «Quienes nacimos de esta tierra, somos hermanos porque nacimos de la misma tierra sudamericana, somos hijos de América Latina, al margen de las diferencias ideológicas y programáticas, somos hermanos», respondió. Sin con Estados Unidos se trata de un antiimperialismo distante, Brasil es una potencia regional fronteriza con peso económico y político. Y Morales busca mostrarse hoy cercano a Nicolás Maduro pero, al mismo tiempo, con buenas relaciones con mandatarios de signos ideológicos opuestos en la región.


Cabe destacar también una suerte de rutinización de las escenificaciones revolucionarias, incluido el habitual puño en alto, que se fueron volviendo más bien ceremoniales. Desde el comienzo, el proceso de cambio fue moderado y pragmático. Pese al discurso socializante del gobierno y las denuncias opositoras sobre una inminente «venezuelización», en estos años florecieron los mercados, hubo un boom de consumo de sectores populares y clases medias, se desarrollaron los servicios financieros y los cafés y restaurantes chic conviven con una renovación del parque automotor en grandes ciudades como La Paz o Santa Cruz. Al tiempo que el teleférico de transporte urbano, el más grande del mundo, transformó el paisaje paceño y reconectó las diversas partes de la ciudad con efectos en la sociología urbana de mediano y largo plazo.


Quizás la mejor imagen de la simbiosis de voluntarismo modernizador e invocación de la ancestralidad indígena que caracteriza al gobierno es la inauguración en agosto pasado de la Casa Grande del Pueblo, que reemplaza al vecino Palacio Quemado, antigua sede de la Presidencia y emblema de la «república colonial», según Evo Morales. Este edificio de 28 pisos, expresión de un cierto brutalismo arquitectónico mitigado por incrustaciones de símbolos neoandinos, ha causado mucha polémica en la medida en que altera la armonía urbana de la Plaza Murillo y parece encarnar una cierta megalomanía política.


Para contrarrestar estas críticas, el gobierno la abrió a las masas, atrayendo a multitudes de recién casados y otros visitantes a su terraza, con el majestuoso telón de fondo de las nieves eternas de los cerros que circundan La Paz. Pero la Casa Grande del Pueblo es una especie de Coliseo del proceso de cambio; la materialización de una idea de permanencia, de matriz plebiscitaria, que choca contra los principios de la democracia republicana. El problema es que la derrota de 2016 obliga a hablar ya no en nombre de la mayoría del pueblo tout court, como lo hacen los movimientos nacional-populares, sino del pueblo verdadero, es decir, los sectores sociales movilizados en favor de la continuidad («vinimos para quedarnos 500 años»).


El gobierno de Morales fue sin duda, un gobierno excepcional en muchos aspectos hasta 2014. A partir de ese momento, la voluntad de permanencia –y la consolidación de Morales como líder irremplazable– fue erosionando la agenda transformadora, debilitando el apoyo urbano y obligando al Poder Ejecutivo a pasar por encima de cláusulas de la Constitución aprobada durante el «proceso de cambio». Parte de esa agenda de cambio es la que se busca retomar, ahora, de apuro, rumbo a las elecciones.


Mientras, la oposición, sin proyecto de país alternativo más allá de algunas proclamas republicanas, busca capitalizar el desgaste del gobierno. Y, Mesa, de perfil centrista, deberá hacer frente a una radicalización política –que incluye expresiones racistas más abiertas, sobre todo en las redes sociales– de un sector de la oposición, que ha asumido parte del discurso «anticomunista» de las derechas alternativas (Alt-Right) y se entusiasma con el nuevo clima regional abierto por Bolsonaro. Pero también deberá enfrentar la falta de diversidad étnica y de género que hasta ahora muestran las capas dirigentes de su espacio en formación.


Así, 2019 será el primer año desde 2006 en que el escenario político está abierto, y gobierno y oposición se disputarán la bandera del cambio. La primera parada será el 27 de enero, fecha en que están convocadas unas primarias que Morales imagina como la posibilidad de dejar atrás el referéndum perdido del «21F».


Pablo Stefanoni, periodista e historiador, editor de la revista Nueva Sociedad

03/02/2019

Publicado enInternacional