La paliza a Macri y un futuro sin certezas

Si algo se merecía la soberbia clasista de Mauricio Macri es una derrota contundente, aplastante, a manos de los adversarios que tanto ha fustigado en los últimos años.

Perder por 15 puntos (47 a 32% a escala nacional) y hacerlo por dos puntos adicionales en la provincia de Buenos Aires, donde competía su pupila más aventajada, María Eugenia Vidal, otra soberbia pero con perfil más popular, estaba fuera de los cálculos del poder y también de la oposición.

Como enseñan los resultados por provincia y por distritos, las clases acomodadas de la capital federal y del norte de la provincia siguieron apostando por Macri. Una parte considerable de las clases medias lo abandonó, pero los sectores populares fueron los que le otorgaron el triunfo aplastante a la oposición. En efecto, en algunas secciones del cinturón pobre de las grandes ciudades la diferencia a favor de Alberto Fernández fue de hasta 40 puntos.

Se trató de una decisión masiva y maciza de aquella porción de la población que más sufrió el sinceramiento de las tarifas de los servicios públicos (gas, electricidad, transporte), que tuvieron aumentos superiores al 1.000% en los cuatro años macristas.

En ese sentido, se puede afirmar que fue una derrota del neoliberalismo salvaje, el que no se veía en ese país desde la década en la que gobernó Carlos Menem (1989-1999), con su secuela de privatizaciones y la desarticulación del aparato productivo de un país que décadas atrás había figurado entre las naciones más desarrolladas y, sin duda, el que contaba con la industria más potente de América Latina.

Aquel neoliberalismo no fue solo económico. Encarnó un ataque sin precedentes a los derechos humanos, hasta que llegó la actual ministra de Interior, Patricia Bullrich. Hubo mano blanda con los militares que torturaron y desparecieron en dictadura (1976-1983), represión de la protesta social y ataques mediáticos a los organismos de derechos humanos y a los sindicatos opositores, completaron un panorama de neoliberalismo social que nunca se había practicado, de forma tan extrema, en nombre del peronismo.

Los cuatro años de Macri serán recordados, además, por la brutal escalada del dólar que abrió el 2018 a 18 pesos, trepó hasta los 40 a mediados de ese año y ahora pegó otro salto hasta superior los 60 pesos. Una devaluación que tendrá impactos muy negativos en los precios internos, en la inflación, pero también en la pequeña y mediana empresa, que siguen siendo las que más empleo aportan.

La innecesaria sumisión del Gobierno Macri al FMI y, personalmente, a su todavía directora, Christine Lagarde, hicieron más bochornoso aún el pedido de préstamos que deja a la Argentina en una situación de gran dependencia, con altas probabilidades de impago de su deuda. Un nuevo default dejaría al país en una situación de enorme vulnerabilidad, algo que el mercado global ya está previendo.

La pregunta es si el impago lo declarará Macri (algo que el tándem Alberto y Cristina Fernández debe desear), o será un fruto envenenado que recogerá el próximo Gobierno. Lo cierto es que, cuando el riesgo país supera los 1.500 puntos y la economía está paralizada, las empresas argentinas cayeron hasta un 60% en Wall Street y la Bolsa de Buenos Aires se desplomó un 37%, el descalabro es mera cuestión de tiempo.

Pero aquí no se terminan los problemas. Son apenas el comienzo. La impresión es que en las elecciones presidenciales de octubre ganará el neokircherismo en primera vuelta, ya que la diferencia de votos es irreversible en apenas dos meses.

Encuentro varios problemas que me permiten concluir que el neoliberalismo salvaje derrotado en las urnas dará paso a un neoliberalismo más suave, pero en modo alguno a un postneoliberalismo, como estiman algunos comentaristas.

El primero es que la situación global cambió profundamente en los últimos años, con una guerra comercial implacable que coloca a la economía global al borde de la recesión, incluyendo países tan importantes como Alemania. Cuando Macri ganó las elecciones en 2015, no gobernaba Trump ni había un Brexit duro a la vuelta de la esquina. Esta coyuntura no concede mucho margen de maniobra a ningún gobierno del mundo.

La segunda es que, en consecuencia, el capital financiero (esa realidad que los analistas denominan los mercados) está más nervioso e intransigente que antes. La consultora Bloomberg describe de este modo la coyuntura argentina: "Los inversores no están dispuestos a dar al líder opositor Alberto Fernández —presumiblemente, el próximo presidente de Argentina— el beneficio de la duda".

Esta realidad llevó a Alberto Fernández a asegurar, una y otra vez, la "absoluta voluntad de pago" de un eventual gobierno peronista. Solo atinó a decir que habrá que negociar algunos aspectos del acuerdo firmado por Macri con el FMI.

El tercer asunto es que la sombra de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández (2003-2015) sigue planeando sobre la sociedad argentina y, de modo muy particular, sobre las clases medias. En la actual campaña electoral los voceros de la candidatura opositora se empeñaron en asegurar que aprendieron de los errores del pasado, que no van a imponer un nuevo cepo cambiario ni a promover la intervención del Estado en la economía, que provocó fuertes distorsiones en las tarifas de los servicios públicos y alejó a los inversores del país.

El problema es que más allá de las afirmaciones de los candidatos, la duda sigue existiendo para una parte importante de la población, que recuerda además la corrupción que envolvió al Gobierno de Cristina. Eso explica que, a pesar de la desastrosa situación económica, un 32% de los argentinos se hayan pronunciado por el continuismo macrista.

La cuarta y última, es que la población más pobre y vulnerable ha sido duramente castigada por la política económica de Macri y no parece estar dispuesta a aceptar cualquier solución a sus reclamos. En los últimos cuatro años, los sindicatos y los movimientos territoriales de las periferias urbanas estuvieron de forma casi ininterrumpida en la calle, un escenario que no van a abandonar hasta que no vean satisfechas por lo menos algunas de sus demandas.

Este conjunto de factores hace que, sea cual sea el color del próximo gobierno, no habrá mucho margen para el optimismo.

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 Mark Goff, fotógrafo acreditado del Festival de Woodstock, aparece en un autorretrato de 1969. En esa época trabajó para un periódico clandestino en Milwaukee. Algunas docenas de imágenes captadas por Goff, fallecido en noviembre pasado, se exhiben medio siglo después.Foto Ap

Entre el 15 y el 18 de agosto de 1969 tuvo lugar, en la localidad de Bethel, Nueva York, el mítico, emblemático y legendario Festival de Woodstock. Medio siglo después, la pregunta obligada es: ¿Qué queda de ese hito histórico?

El Festival de Woodstock fue un gran, un masivo encuentro revolucionario que no dejará de llamar la atención y provocar la admiración de la gente, haya pasado el tiempo que sea. ¿No es acaso un acto revolucionario una reunión de casi medio millón de jóvenes a lo largo de más de tres días, en donde se prescindió de la presencia de ejército, policía o cuerpo de seguridad alguno o de mecanismos de vigilancia, control o censura? Después de 50 años de celebrado ¿se sabe de algún homicidio, feminicidio, violación o cualquier forma de abuso sexual o violencia que haya tenido lugar ahí? ¡Ninguno! La masa asistente a ese festival, (protagonista del más grande portazo de la historia), tomó, en los hechos, el control de su situación, de su vida; dejó que la libertad y creatividad, arriba y abajo del escenario, fluyeran sin tapujo alguno. En muchos sentidos dio la razón a filosofías anarquistas y comunistas en general: las autoridades y el Estado son el peor obstáculo para una vida plena y humana. "La nación de Woodstock", como en su momento se le llamó, los hizo a un lado, fue libre.

Para cuando el festival se desarrolló, Los Beatles (unos de los grandes ausentes) habían sintetizado en tres palabras su concepción global del mundo: amor, saber, sí (Love, Know, Yes). En 1968 esa idea había quedado plasmada en la película de dibujos animados El submarino amarillo, ubicada en el paraje utópico llamado Pimientilandia (Pepperland). Pues bien, el Festival de Woodstock intentó exitosamente llevar a la realidad esos tres principios: 1. Amar: se trataba de dar y recibir el afecto de/a todo individuo que allí se encontrara, a partir del hecho de que cualquier persona es, primero que nada, un sujeto del amor y como tal debería ser tratado. 2. Saber, conocer, comprender el mundo para transformarlo de raíz. La comprensión y el conocimiento como la transformación y como un acto mismo de libertad. 3. Decir que sí. Aceptar que en la vida se tienen deseos placenteros en el plano sexual, estético, intelectual y que la vida debe ser búsqueda y satisfacción de los mismos. Responder afirmativamente a las propuestas de satisfacción de los placeres, elaborarlas, satisfacerlas construir otras nuevas.

Tres conceptos románticos radicales y revolucionarios que encontraron su lugar en la materialidad del festival de Woodstock.

Esa búsqueda de sensibilidades ilimitadas tuvo su eje rector en los músicos que ahí se presentaron. La mayoría ya tenía años inundando el ambiente con sus propuestas. Otros, aun desconocidos, se dieron a conocer al mundo, como Joe Cocker y su voz rasposa profunda, Santana y sus fusiones rockero-caribeño-blueseras. Ahí estuvieron la sicodelia de Jefferson Airplane y Grateful Dead; los increíbles malabarismos guitarreros de Alvin Lee con Ten Years After; los llamados a la libertad de Richie Havens y de una Joan Baez embarazada de seis meses; Jimi Hendrix con su celebérrima interpretación del himno de Estados Unidos, desgarrando en el aire el patriotismo belicista gringo; The Who, Canned Heat, Janis, The Band, Mountain, CSNY, Creedence, Sly Stone, Johnny Winter ¡¡¡¡Tssssssss!!! Toda la propuesta musical de esos tres días constituyó un despedazamiento del hipócrita esteticismo pequeño-burgués.

No fue un acto de diversión ni mucho menos de entretenimiento, fue una poderosa escalada de producción artística, de realización humana a través de la música.

Por todo esto, el festival de Woodstock constituye un punto nodal de esa revolución mundial ocurrida hace cinco décadas. El posmodernismo actual y las visiones pesimistas del mundo argumentarán que se fracasó, que la utopía quedó en frustración y que la libertad no es posible. A esto contrapongo un lacónico ¡Vencimos! ¡En Woodstock alcanzamos la victoria! Ninguna revolución puede completar todas las tareas y objetivos que se propone, toda revolución tiene contenido el germen de su opuesto: la contrarrevolución. Desde luego, ésta ocurrió y echó para atrás muchas conquistas de esos tiempos, pero nunca pudo ni podrá desmantelar el mundo de la imaginación, de la creatividad artística, de la subjetividad liberadora. Como alguna vez mi amigo Gritón, célebre pintor dijera: las muchas o pocas libertades de que gozamos en la actualidad no pueden entenderse sin aquellas jornadas revolucionarias; es motivo de gran satisfacción haber sido partícipe de ellas, y lo más importante ¡No hay nada de lo que haya que arrepentirse!

Woodstock vive…

Por Julio Muñoz Rubio, investigador del CEIICH-UNAM y coordinador de los libros A medio siglo del Sargent Pepper’s y John Lennon, un humanista subversivo.

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El presidente de Perú plantea un referéndum para adelantar un año las elecciones

Para Vizcarra, el Parlamento desvirtuó las leyes de la reforma política y denegó la cuestión de confianza

 

 

El presidente peruano, Martín Vizcarra, usó el mensaje anual de Fiestas Patrias para encarar al Legislativo, que lidera la oposición fujimorista, luego de que la noche del jueves terminó de aprobar seis leyes de la reforma política propuesta por el Ejecutivo, pero modificándolas sustancialmente. El mandatario ha planteado como salida a la "crisis institucional" un referendum de reforma constitucional para adelantar las elecciones generales al 28 de julio de 2020, y recortar el mandato del Congreso y el propio. Los comicios en Perú se realizan cada cinco años y estaban previstos para marzo o abril de 2021.

De acuerdo a una encuesta de abril del Instituto de Estudios Peruanos, un 70% de ciudadanos está de acuerdo con el cierre del Parlamento y un 84% desaprueba su desempeño.

La sociedad civil peruana ve, en particular desde julio de 2018, con mayor desconfianza el sistema de justicia y el Legislativo luego de las revelaciones de corrupción de una red llamada los Cuellos Blancos del Puerto, integrada por jueces, fiscales, empresarios, miembros del Consejo Nacional de la Magistratura y empresarios, algunos de ellos vinculados a políticos del partido fujimorista Fuerza Popular, que posee la mayoría en el Legislativo.

La primera semana de junio, Vizcarra solicitó al Congreso una cuestión de confianza como una forma de presionar a que ponga en debate proyectos de ley para contrarrestar la corrupción en la política, ya que dos de esas iniciativas implicaban reformas constitucionales, y si no se aprobaban antes del 26 de junio, no serían aplicables en las elecciones de 2021.

El jefe de Estado reemplazó en el cargo a Pedro Pablo Kuczynski en marzo de 2018 y durante el período de PPK, el Congreso había rechazado la confianza en una ocasión. De acuerdo a la Constitución, si por segunda vez el Parlamento la denegaba a este Gobierno, el presidente podría cerrarlo y convocar unas nuevas elecciones legislativas.

El fujimorismo bloqueó en particular una ley que planteaba que un órgano autónomo decidiera el levantamiento de la inmunidad parlamentaria. Un congresista sentenciado a prisión este año por delitos cometidos cuando era comandante general del Ejército está prófugo por la demora del Parlamento en el levantamiento del fuero.

Asimismo, Fuerza Popular rechazó que en las elecciones de 2021 se aplicaran los criterios de paridad y alternancia en las listas al Parlamento, y solo aprobó un 40% de candidatas mujeres en las listas para 2021, y 50% dentro de diez años.

"El problema no es solo la demora, sino que las solicitudes de levantamiento de inmunidad vienen siendo rechazadas sin ningún sustento", cuestionó el presidente peruano en el hemiciclo al final de un mensaje de más de hora y media de duración.

"No hay un lugar del Perú donde no haya recibido el reclamo de 'presidente, cierre el Congreso'", expresó, mientras los congresistas protestaban y sonaba la chicharra para intentar poner orden.

"Las reglas que tenemos hoy están quebradas e infiltradas de corrupción. ¿Dónde está la confianza que supuestamente el Congreso nos ha otorgado", reclamó el mandatario.

"El Perú reclama a gritos un nuevo comienzo, con esta acción se reforzarán los cimientos de la República, aunque ello implique que todos nos tengamos que ir", manifestó.

Por Jacqueline Fowks

Lima 29 JUL 2019 - 01:56 CO

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 El químico Roger Kornberg, fotografiado en Valencia tras la entrevista. MÓNICA TORRES

Ganador del Nobel e hijo de otro galardonado, Roger Kornberg sugiere que la ciencia hace innecesarias las explicaciones religiosas

 

En agosto de 1946, Roger Kornberg todavía era una única célula, formada por la unión de un óvulo de su madre, la bioquímica Sylvy Ruth Levy, y de un espermatozoide de su padre, el también bioquímico Arthur Kornberg. Esa célula ya tenía dentro el código hereditario necesario para formar un Roger con brazos y piernas y mantenerlo vivo desde que nació hace 72 años en San Luis (EE UU) hasta hoy, una soleada tarde en una cafetería de Valencia. El padre, Arthur, ganó el Nobel de Medicina en 1959 por iluminar los mecanismos de formación de ese manual de instrucciones de la célula, el ADN. Casi medio siglo después, el propio Roger también ganó el Nobel, esta vez el de Química, por ir un paso más allá que su progenitor.

Aquella célula de 1946 que acabaría siendo Kornberg tenía dos metros de ADN plegados en su diminuto núcleo, como casi cualquier célula de cualquier persona. Gracias a un proceso denominado transcripción, las células copian esas instrucciones escritas en su ADN y las redactan en otro idioma, el de las moléculas de ARN que sí son capaces de salir del núcleo celular. Allí afuera, empieza la fiesta. Esas palabras de ARN dirigen la fabricación de las proteínas, las verdaderas protagonistas de la vida, como la hemoglobina de la sangre que nos permite respirar y el colágeno que construye huesos, tendones, dientes y hasta el blanco de los ojos.

“La vida es química: nada más y nada menos”, repite una y otra vez Kornberg, de paso por Valencia para formar parte del jurado de los Premios Rey Jaime I. El investigador, de la Universidad de Stanford, recibió el Nobel de Química en 2006 por desentrañar esta conversión del ADN en ARN, un proceso que, si se tuerce, puede desembocar en un cáncer. Pese a haberse asomado al mundo de las aberraciones humanas, o precisamente por ello, Kornberg es muy optimista: cree que llegaremos a vivir en un mundo sin enfermedades.

 

Pregunta. Conocer nuestra base química tiene un aspecto filosófico.

Respuesta. Sí, ese es el quid de la cuestión. La vida es química: nada más y nada menos. El funcionamiento del cerebro se comprende tan poco que se tiende a asociarlo a significados mágicos o místicos. Pero químicamente el cerebro es una colección de cables e interruptores. Todos los cerebros humanos son más o menos iguales y las pequeñas diferencias son el resultado de distintos patrones en los interruptores, basados en una combinación de nuestra genética y de nuestras experiencias. Pero, al final, es química, nada más y nada menos, aunque la gente se resiste a la idea. Muchas personas quieren asociar a sus propias experiencias algún significado especial, como la religión. Pero es química.

 

P. Usted habla de “máquinas” moleculares diminutas que transforman las instrucciones del ADN en ARN. Esa maquinita puede cometer errores que conduzcan a la muerte. ¿Podemos morir simplemente por azar?

R. Todo —desde la forma de nuestro cuerpo a los detalles de nuestro funcionamiento— es una consecuencia de la información genética. Pero averiguar cómo es exactamente este proceso sigue siendo un gran desafío. Entendemos el primer nivel. Sabemos que la información en nuestros genes se copia en otra molécula llamada ARN, que entonces dirige la síntesis de proteínas. Y las proteínas hacen todo. La idea esencial es que la información en los genes es la base de todo lo que hay que saber sobre nosotros. Es cierto que puede haber modificaciones por la experiencia, pero todo empieza en la información que hay en nuestros genes. Cada célula del cuerpo contiene las mismas instrucciones genéticas, todo el ADN, pero sin embargo tenemos 200 tipos diferentes de células: nerviosas, del hígado, del músculo, de la sangre, de la piel. La diferencia entre ellas es qué genes se utilizan en cada tejido. Y esta decisión se toma a la hora de copiar la información desde el ADN al ARN. Si se comete un error, si se activa el gen equivocado en un tejido en el que debería estar silenciado, muy a menudo se genera un cáncer. Un cambio en una sola de las miles de letras de un gen puede causar una enfermedad.

 

P. ¿Es una lotería?

R. Es una lotería en el sentido de que la información en nuestros genes, que heredamos de nuestros padres, debe copiarse con absoluta precisión. Un cambio en una letra entre 1.000 millones de letras puede ser fatal o puede provocar una susceptibilidad a una enfermedad. La química de la vida es extraordinaria en muchos aspectos. Nuestro ADN sufre mutaciones debido a la radiación cósmica, al oxígeno, a la luz del Sol y a sustancias químicas de todo tipo, especialmente de los alimentos. Sufrimos dos trillones de daños cada día. Y todos deben ser corregidos, porque uno solo de ellos podría causar un cáncer u otra enfermedad. Esa es otra característica extraordinaria de nuestra fisiología y de nuestra química: la capacidad de reparar todos estos daños sin error cada día. Es asombroso.

 

P. Una de sus charlas se titula "El fin de la enfermedad". ¿Usted se imagina un futuro sin enfermedades?

R. Por supuesto, porque la vida es química. Cuando entendemos las bases químicas de las enfermedades, automáticamente podemos concebir estrategias químicas para corregirlas. No hay duda de que esto se puede aplicar a enfermedades hereditarias y al envejecimiento. Obviamente, cuando aprendamos a prevenir el envejecimiento crearemos nuevos problemas para la sociedad. Pero la respuesta a la pregunta es sí. El hecho esencial es que todo en la vida es química y todas las enfermedades reflejan una distorsión de la química. Encontraremos medios químicos para corregirlas. Esto no ocurrirá pronto, y quizá no ocurra a lo largo de nuestra vida, pero algún día ocurrirá.

 

P. Casi todas sus investigaciones han sido financiadas por los Institutos Nacionales de la Salud de EE UU. ¿Qué opina del papel de las grandes farmacéuticas?

R. Es un error pensar que las farmacéuticas pueden sustituir a la investigación con fondos públicos. Nuestra investigación es básica, en el sentido de que está movida por la curiosidad sobre la naturaleza, sin saber dónde te va a llevar. Un descubrimiento, por definición, no se puede predecir. Nunca descubres algo intencionadamente. Descubres cosas intentando comprender la naturaleza. Y estos descubrimientos son la única base para el avance de la medicina. Lo que distingue a la iniciativa académica de la farmacéutica es que la primera no está orientada a unos objetivos. Esa es la esencia de la investigación académica. Las farmacéuticas, por otro lado, no pueden justificar una inversión en algo que no tiene unos fines obvios. Una empresa no puede invertir dinero para hacer algo que quizá nunca tenga un beneficio. Es imposible.

 

P. ¿Y los académicos?

R. Los académicos se arriesgan, intentan hacer cosas que pueden conducir a algo o no. Y te la juegas, porque si no llegas a nada puedes perder tu posición académica. Las farmacéuticas son alérgicas al riesgo por naturaleza. Los negocios evitan los riesgos. Otra diferencia es la escala de tiempo. No sabes cuánto tiempo necesitarás. Muchas investigaciones requieren décadas. Yo nunca he hecho nada en menos de 20 años. Y cada vez más, desafortunadamente, los gestores de las farmacéuticas tienen que informar de sus beneficios cada tres meses. ¿Qué consejero delegado va a decirle a su junta directiva que la empresa ha hecho una gran inversión en investigación que puede no llevar a nada y que requerirá 20 años? Y, al mismo tiempo, sin ese tipo de investigaciones las farmacéuticas no tienen nada. Mi mensaje fundamental es que el Gobierno, en representación de los ciudadanos, tiene que apoyar las investigaciones que impliquen riesgos y puedan requerir mucho tiempo. Básicamente, esa es la única solución para problemas como las infecciones, las enfermedades genéticas y el cáncer.

 


 

"Puedes no saber nada sobre Cervantes o Shakespeare y tener una vida muy productiva"

 

Pregunta. Usted ha dicho en varias ocasiones que si una persona culta tiene que saber algo, ese algo es la química.

Respuesta. La química es lo más útil, porque nos ayuda a entender el mundo que nos rodea: el cuerpo humano y todo lo relacionado con la salud y el medio ambiente. La química está en la intersección entre la física, que son las leyes de la naturaleza, y la biología, que es su manifestación. Sin saber química no puedes tomar decisiones informadas sobre tu salud, sobre el medio ambiente... Es ridículo.

 

P. Pero se valora más saber de Cervantes o de Shakespeare que de Dmitri Mendeléyev, el padre de la tabla periódica de los elementos químicos.

R. Es curioso, porque puedes no saber nada sobre Cervantes o Shakespeare y tener una vida muy productiva. Pero si no sabes nada de química, en mi opinión, no te beneficias de todo lo alcanzado por la civilización. Los tiempos han cambiado y la química es lo primero. Hace 100 años se sabía tan poco sobre cualquier ciencia que no necesitabas saber mucho de física para ser una persona culta y exitosa. ¿Importaba lo que supieras de termodinámica o cosmología? No realmente. Pero en el siglo XX surgieron la química, la biología, la bioquímica, la medicina moderna. Hace poco más de 100 años, las enfermedades se atribuían a desequilibrios de los líquidos del organismo. No había cura para ninguna enfermedad, había tratamientos: sangrados, purgantes agresivos. Si hace 200 años no sabías nada de química, de biología o de medicina, no había grandes diferencias en tu vida. Pero hoy hay muchísima diferencia. Creo que si la gente estuviera mejor formada en química y en biología estaría menos dispuesta a abusar de su propia fisiología con drogas, tabaco...

 

Por Manuel Ansede

Valencia 12 JUL 2019 - 00:51 COT

Noruega confirma que gobierno y oposición dialogarán esta semana en Barbados

El diálogo, auspiciado por Noruega, continuará en "una mesa que trabajará de manera continua y expedita"

 

 

El objetivo es salir de la profunda crisis de Venezuela. El instrumento que demandan millones de opositores al chavismo son unas elecciones presidenciales con garantías. El sector más radical del régimen se niega a que esa posibilidad sea siquiera objeto de debate. No obstante, esa es la principal disputa que enfrenta a los enviados de Nicolás Maduro y de Juan Guaidó. Los contactos se reanudaron esta semana en Barbados bajo el auspicio de Noruega y, según ese Gobierno, seguirán en “una mesa que trabajará de manera continua y expedita”.

Las conversaciones entre los representantes del Gobierno y de la Asamblea Nacional, reactivadas con discreción en la isla caribeña, suponen el enésimo intento de aproximación entre las partes después de varios desengaños. La novedad es que la parálisis política e institucional, la crisis económica y el deterioro democrático son cada día más insoportables. Esas premisas, junto con la creciente presión internacional en torno a Nicolás Maduro, han reabierto la puerta al diálogo.

Según Guaidó, reconocido como presidente interino por más de 50 países, solo representa un frente de lucha. La meta no se ha alejado, asegura, del mantra de la oposición. Esto es, cese de la usurpación, Gobierno de transición y elecciones libres. Hasta ahora, el Ejecutivo solo se había avenido a la posibilidad de adelantar unos comicios legislativos, una oferta insuficiente. Por eso, las nuevas rondas de contactos buscan ir más allá, aún entre dificultades. El escenario de una renuncia de Maduro es más que improbable a corto plazo. Sin embargo, el ministro de Comunicación, Jorge Rodríguez, calificó el acercamiento de “exitoso intercambio”. El vicepresidente del Parlamento, Stalin González, miembro de la delegación opositora que viajó a Barbados, pidió avances para “poner fin al sufrimiento de los venezolanos”. “Necesitamos respuestas y resultados”, manifestó.

La Cancillería noruega emitió un comunicado que augura “una solución acordada y en el marco de las posibilidades que ofrece la Constitución” y recordó a las partes, que ahora consultarán internamente los próximos pasos, “la importancia de que tomen la máxima precaución en sus comentarios y declaraciones respecto al proceso”.

En los anteriores encuentros, celebrados en Oslo, participaron algunas de las figuras que mayor consenso generan en los dos bandos. Entre ellos, el gobernador del Estado de Miranda, Héctor Rodríguez, considerado uno de los dirigentes jóvenes con más proyección dentro del chavismo. O el exrector del Consejo Nacional Electoral Vicente Díaz y exministro del Gobierno de Carlos Andrés Pérez, Fernando Martínez Mottola, veteranos negociadores enviados por Guaidó.

Este ha evitado abundar en los pronunciamientos sobre el diálogo porque es consciente de los recelos que produce en los sectores más duros de la oposición. Pero pidió confianza a sus seguidores y les exhortó a apartar sus dudas, al menos por el momento. Por otro lado, en el aparato del régimen, fue Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional Constituyente y de facto número dos del chavismo, el encargado de lanzar mensajes internos al ala más radical, negando tajantemente que el Gobierno deba hacer concesiones. “Nosotros no tenemos nada que negociar con ellos. Muchos de ellos piensan que a los chavistas hay que desterrarlos y matarlos”, dijo en su programa de televisión. Y la noche del miércoles aludió abiertamente a la convocatoria de elecciones.

“Hay gente nuestra que cae en esos rumores de creer que nosotros estamos negociando unas elecciones presidenciales y que el candidato va a ser tal o cual; aquí no hay elecciones presidenciales, aquí el único presidente es Nicolás Maduro Moros, que apenas tiene seis meses en esta nueva fase de gobierno. Aquí hay compañeros que caen en el juego”, afirmó.

Cabello se limitó a especular de nuevo sobre unas legislativas, una hipótesis que de por sí muy probablemente haría saltar la mesa de diálogo. “En muy poco tiempo habrá elecciones”, dijo, dejando claro que la única instancia que puede adelantarlas es la Constituyente, en la práctica una extensión del Ejecutivo.

 

Por Francesco Manetto

Caracas 12 JUL 2019 - 02:15 COT

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Viernes, 12 Julio 2019 06:03

El sueño de la razón

El sueño de la razón

El triunfo de la revolución nicaragüense en 1979, hace 40 años, fue fruto del heroísmo de miles de jóvenes combatientes que lograron derrotar al ejército pretoriano de Somoza, pero también lo fue, y en una medida trascendental, de una hábil y brillante operación política que movilizó a la población, despojó de temores a la clase media, pospuso las aprehensiones de los empresarios, logró un sólido respaldo internacional y una interlocución con el gobierno de Estados Unidos.

 

Una "transición ordenada" fue negociada con la administración Carter, lo que implicaba la salida de Anastasio Somoza al extranjero con su familia y allegados y la formación de un mando militar conjunto entre oficiales de la Guardia Nacional y comandantes guerrilleros. No resultó así al final, porque el vicepresidente Francisco Urcuyo, que sólo debía entregar el mando a la Junta de Gobierno organizada en el exilio, desconoció el acuerdo, y eso precipitó el avance de las fuerzas insurgentes del FSLN y el desmoronamiento del ejército.

 

Los jóvenes en armas, y la gente que los apoyaba, jugándose también la vida, entendían poco de artificios ideológicos, y su urgencia era derrocar a una dictadura opresora y corrupta. Y allá abajo empezaron a juntar fuerzas antes de que se llegara a firmar un acuerdo de unidad entre las tres tendencias en que el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) se hallaba dividido.

 

Pero hay pecados capitales que definen la historia de un proceso revolucionario, y definen, a final de cuentas la historia misma. Un pecado capital de los líderes de la revolución nicaragüense consistió en poner la ideología por encima de las posibilidades de la realidad. El socialismo, como idea redentora, despreció la realidad, y ésta terminó imponiéndose.

 

Las concepciones leninistas sobre el poder no dejaban de flotar arriba, en el estrato de la vanguardia, encarnada en los nueve comandantes, dueños del papel de conducir una revolución que, contraria a cualquier molde, se había hecho con novedad e imaginación.

 

Desde el primer momento, en el proceso revolucionario convivieron dos planos: las intenciones de crear a largo plazo un Estado socialista bajo la guía de un partido único o al menos hegemónico, y la proclama de pluralismo político, economía mixta y el no alineamiento internacional.

 

Antes de un año, la unidad de fuerzas políticas diversas que había hecho posible el derrocamiento de la dictadura saltó en añicos. Muy temprano el FSLN decidió que la responsabilidad de gobernar era en exclusiva suya, y este fue otro pecado capital. No sólo alejó a sus aliados, sino que les estorbó o impidió, que formaran o consolidaran partidos de oposición. Cuando fueron llamadas las elecciones de 1984, ya en auge la guerra de los contras, quiso atraerlos de nuevo, pero la administración Reagan les impidió participar como parte de la estrategia de cerco y debilitamiento que ya estaba en marcha.

 

En términos estratégicos, la revolución se amparó en el campo soviético, y en Cuba, para el apoyo militar, y para los suministros básicos que incluían el petróleo; mientras del otro lado prevalecía el embargo comercial de Estados Unidos junto con una decidida política de aislamiento que, a los ojos del mundo, situaba a David frente a Goliat.

 

La única posibilidad de redimir a los pobres era creando riqueza, pero la estatización de sectores claves de la propiedad, empezando por la agraria, y los controles del comercio exterior e interior, resultaron en fracaso, y la guerra vino a desbarajustar las iniciativas de transformación social que eran la razón de ser de la revolución.

 

La empresa privada sobrevivía maniatada, sin iniciativas ni confianza, sujeta a las expropiaciones arbitrarias, y después se fue también por el embudo de la debacle que representó la falta de divisas para los suministros básicos, la inflación y el desabastecimiento.

 

Nadie en la dirigencia sandinista imaginó a Mijaíl Gorbachov sustituyendo a los viejos carcamales del Kremlin, ni que años después aterrizaría el canciller Eduard Shevardnadze en Managua con la notificación de que era necesario entenderse con Estados Unidos para que la guerra de los contras terminara; es lo que se había acordado entre Washington y Moscú. Tampoco fue previsible la desaparición de la Unión Soviética ni la caída del Muro de Berlín.

 

Cuando se impuso la necesidad de los acuerdos de paz con la contra, que también se había quedado sin respaldo del Congreso de Estados Unidos, vinieron, como consecuencia, las elecciones de 1990, que el sandinismo perdió. El proyecto hegemónico colapsó y las concepciones ideológicas cogieron rápidamente herrumbre.

 

La revolución terminó entonces mediante una gran paradoja: por la vía de unas elecciones que eran el símbolo de la democracia representativa, que la teoría marxista rechazaba por opuestas a la democracia popular.

 

Quizás el más aleccionador de los pecados capitales de la revolución, vista ahora como un fenómeno ya lejano, es la concepción del poder político para siempre en manos de un partido, que viene a terminar indefectiblemente en el poder de una persona o de una familia.

 

Siempre resulta que el sueño de la razón produce monstruos.

 

www.sergioramirez.com

 

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Hacia un Nuevo Orden Mundial de la Cultura y la Comunicación

 

Toda organización política (y, por lo tanto, toda organización) debe tener en su “agenda” la problemática histórica actual en materia de Cultura y Comunicación. No es mucho pedir y no hay escapatorias. Ya tuvimos tiempo de sobra para aprender que, entre todas las batallas que la humanidad libra hacia su emancipación, los “territorios” de la Cultura y la Comunicación han sido especialmente colonizados y mayormente plagados con derrotas muy severas.

Pero no se trata de priorizar a la Cultura y a la Comunicación en una “agenda” donde se las entienda exclusivamente como “espectáculo”, “entretenimiento” o “curiosidad”… como suele hacer cierto sector de las oligarquías y sus burocracias. No se trata de fingir, con discursos, que nos ocupa o preocupa la “diversidad” expresiva de los pueblos. No se trata de repetir la mueca clientelista que reparte becas, o subsidios, a los amigos y a los amigos de los amigos. No se trata de convencernos con sesudas disquisiciones academicistas ni convenciones internacionales plagadas con naderías en la práctica. De lo que sí se trata es de habilitar, profundizar y ensanchar el ejercicio de derechos humanos inalienables como son el Derecho a la Cultura y el Derecho a la Comunicación, no sólo en igualdad de “oportunidades” sino, principalmente, en igualdad de condiciones.

Una “agenda” de Cultura y Comunicación para nuestro tiempo, debe interesarse por la democratización de las herramientas de producción, distribución e interlocución del “sentido”. Debe interesarse por el ascenso de una corriente semántica renovada por el fragor de las luchas sociales que en todos los ámbitos (ciencias, artes, filosofías, tecnologías…) viene librando la especie humana para garantizarse un lugar digno en su propio desarrollo y no un lugar de “espectador” sometido por un sector social acaparador e históricamente opresor de las mayorías. Tal “agenda” debe interesarse, (inter, multi y transdisciplinariamente) por erradicar los medios y los modos con que los pueblos han sido infiltrados con “valores” o “antivalores” que sólo convienen el statu quo y que han inoculado núcleos de “falsa conciencia” redituables a la ignorancia funcional, al mundo de la mentira como verdad, al sometimiento de consciencias y al mercantilismo desaforado infectado de individualismo y consumismo.

De las fuerzas políticas actuales (que dicen ser emanación de la voluntad popular o de las clases trabajadoras) no podemos espera menos que un modelo comprensivo y dinámico que, en materia de Cultura y Comunicación, se disponga a corregir las asimetrías en el campo de la disputa por el sentido. Que sepa desarrollar un arsenal de herramientas para la crítica (en todos los “sentidos”) ante la hegemonía de la “Iniciativa Privada”; contra el burocratismo clientelista y contra el silenciamiento de las comunidades semánticas más variadas que, además de diversas, son mayoría abrumadora. Que, además de las herramientas para la crítica ponga al alcance de todos los cuerpos legales, las fuentes metodológicas, los espacios de formación, las herramientas de producción, las infraestructuras de transmisión, los modelos de evaluación y la dinámica de la retroalimentación. Abiertas, participativas, auto gestionadas, autónomas y de revocabilidad consensuada desde las bases. Para empezar.

No es posible aceptar políticas de Cultura y Comunicación sin consultas desde las bases y desde la historia. No es aceptable abandonarse a los caprichos del mecenazgo, no es recomendable aspirar al mundo feliz de las “industrias culturales” reproductoras de la lógica de la mercancía en el campo de las ideas y las emociones sociales. Cultura y Comunicación no son mercancías, son Derechos Humanos Fundamentales y al Estado compete su desarrollo, ensanchamiento y profundización. O será nada.

Una organización política que en su “agenda” no contenga, como prioridad de corto plazo, el desarrollo de una Política de Cultura y Comunicación, descolonizadora y transformadora, debe revisarse a fondo contrastándose con los hechos duros y crudos que han venido amenazando a las democracias en las décadas recientes, tal como lo advirtió el Informe MacBride de 1980. No es que falten casos ejemplo, autores denunciantes ni amarguras realmente existentes en el escenario actual donde la Cultura y la Comunicación han sido secuestradas por los poderes monopólicos trasnacionales. Lo que sí está faltando es la decisión política de fuerzas organizadas, con mandato de la clase trabajadora, para desplegar una experiencia nueva y renovadora atenta a las exigencias de los tiempos actuales y del futro inmediato.

“Se requieren nuevos discursos y enfoques que sirvan de referencia a las políticas culturales” ya reclamaba Irina Bokova de la UNESCO. En su reclamo, desde luego están las exigencias cualitativas y cuantitativas, están las consideraciones administrativas y de gestión gubernamental, además de estar a expectativa geopolítica acentuada en una visión Sur-Sur. Y lo que está faltando es la ordenación de las acciones que garanticen un cambio de paradigmas, a fondo, por cuanto compete a la comprensión teórica y práctica de la Cultura y la Comunicación no sólo como expresiones “reflejo”, “espejo” del pensar y el “sentir” social sino como instrumentos para la acción transformadora directa. Hay que romper con resabios y taras de las “culturas” desarrolladas por los colonialismos para contar con pueblos mansos y tributarios de la riqueza para los “amos”.

Hace falta sepultar a la andanada mercantilistas creadora de las “culturas” de la adicción (como el alcoholismo, la farmacodependencia y todas las adicciones autodestructivas). Hay que romper con todo lo que oprime y deprime a los pueblos, obligándolos a resignarse a una cultura de esclavo, a una moral de súbditos y a una estética colonizada que derivan siempre en beneficios comerciales para las clases opresoras. Eso le falta a las Políticas de Cultura y Comunicación que han de nacer en esta etapa y en el seno de las organizaciones políticas que quieran ser respetadas por su respeto histórico a las luchas de sus pueblos. Cultura y Comunicación para la emancipación. Nuevo orden.

 

Fuente: Rebelión/Instituto de Cultura y Comunicación UNLa

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La ciencia y la urgencia de la labor revolucionaria

 

En la base de todos los problemas históricos, nacionales, religiosos y políticos está siempre el problema económico, el más importante, y esencial de todos, no solamente para los que trabajan, sino también para toda las demás clases, para el Estado y para la Iglesia. La riqueza ha sido siempre, y sigue siendo, la condición necesaria para la realización de todo lo humano: la autoridad, el poder, la inteligencia, el conocimiento, la libertad… Hasta tal punto es esto cierto que la más idealista de las Iglesias del mundo -la cristiana-, que predica el desprecio de los bienes terrenos, tan pronto como consiguió hacer desaparecer el paganismo y cimentó su propio poder sobre las ruinas de peste, dedicó toda su energía a la adquisición de riquezas.

El poder político y la riqueza son inseparables. Los que tienen poder disponen de medios para adquirir riqueza y tienen que orientar todos sus esfuerzos a adquirirlos, pues sin ella no podrían retener aquél. Los que son ricos deben hacerse fuertes, pues, si carecen de poder, corren el riesgo de verse privados de sus riquezas. Los trabajadores han careado siempre de poder porque han sido pobres, y han sido pobres porque carecían de un poder organizado. Por ello, no es de extrañar que, de entre todos los problemas con que se enfrentan, hayan visto y vean como primero y más importante el problema económico, el de ganar el pan.

Los trabajadores, las víctimas perpetuas de las civilización, los mártires de la historia, no siempre vieron y entendieron este problema como lo hacen ahora, pero siempre han sido profundamente sensibles a él, y puede afirmarse que siempre que un acontecimiento histórico ha suscitado su simpatía pasiva, en todas sus luchas y sus esfuerzos instintivos en el campo religioso y político, tuvieron una sensibilidad especial para el problema económico e intentaron resolverlo. Todo pueblo, tomado en su conjunto, [es socialista] y todo trabajador perteneciente al pueblo es un socialista en virtud de la posición que ocupa en la sociedad. Y esta manera de ser socialista es incomparablemente más seria que la de esos socialistas que, perteneciendo a la clase dirigente en virtud de las condiciones de vida privilegiadas de que disfrutan, se adhieren al socialismo solamente por la ciencia y el pensamiento.

De ningún modo pretendo subestimar la ciencia o el pensamiento, y me doy cuenta de que son estos dos factores los que distinguen al hombre del resto de los animales; los reconozco como la luz que guía el progreso humano, pero al mismo tiempo comprendo que se trata de una luz fría siempre que no vaya al unísono de la vida, y que su verdad se convierte en impotente y estéril cuando no e apoya en la verdad vital. Siempre que entran en contradicción con la vida, la ciencia y el pensamiento degeneran en sofística y se ponen al servicio de la mentira, o por lo menos se convierten en cobardía vergonzante e inactividad.

Pues ni la ciencia ni el pensamiento existen aislados, en abstracto; se manifiestan solamente en el hombre real, y todo hombre real es un ser integral que no puede buscar la verdad escrita y disfrutar a la vez en la práctica de los frutos de la mentira. En cualquier hombre, incluso en el socialista más sincero, que pertenezca a la clase dirigente y que explote a los demás, no por nacimiento, sino por circunstancias accidentales de su vida, se puede encontrar esa contradicción entre el pensamiento y la vida; e invariablemente esa contradicción le paraliza y le hace impotente. Por ello, solamente puede convertirse en un socialista totalmente sincero cuando ha roto todos los lazos que le unen al mundo de los privilegiados y ha renunciado a todas sus ventajas.

Los trabajadores no tienen nada a lo que renunciar, ni nada con lo que romper; son socialistas por su situación en la sociedad. Hundido en la pobreza, herido, oprimido, el obrero se convierte por instinto en el representante de todos los indigentes, de todos los heridos, de todos los oprimidos; y ¿qué es el problema social más que el problema de la emancipación total y definitiva de todo el pueblo oprimido? La diferencia básica entre el socialista culto que pertenece, aunque sólo sea por su cultura, a la clase dirigente, y el socialista inconsciente que pertenece a la clase trabajadora, estriba en el hecho de que el primero, aun deseando ser socialista, nunca puede serlo totalmente, mientras que el segundo, aun siendo socialista, no es consciente de ello, no sabe de la existencia de una ciencia social en este mundo y nunca ha oído hablar de socialismo.

El uno sabe todo lo que hay que saber sobre socialismo, pero no es un socialista; el otro es un socialista, pero no lo sabe. ¿Cuál de ellos es preferible? En mi opinión, es preferible ser un socialista. Es casi imposible pasar, por así decirlo, del pensamiento abstracto -de un pensamiento desprovisto de la vida y del impulso que dan las necesidades vitales- a la vida. En cambio, toda la historia de la humanidad ha demostrado que es posible pasar de la existencia concreta al pensamiento, y en la actualidad la historia de la clase trabajadora nos está dando nuevas pruebas de este proceso.

Todo el problema social queda ahora reducido a una cuestión muy simple. La mayor parte de la humanidad ha estado, y sigue estando, condenada a la pobreza y a la esclavitud y ha constituido siempre una gran mayoría en relación con la minoría explotadora y opresora. Esto quiere decir que siempre ha tenido de su parte la ventaja del número. ¿Por qué entonces no ha hecho uso de ella hasta ahora para desprenderse de ese funesto yugo? ¿Cabe imaginar que haya existido un tiempo en el que las masas hayan amado la opresión y no hayan sentido ese yugo angustioso? Pensar eso sería contrario al sentido compón, a la propia Naturaleza. Todo ser viviente lucha por la prosperidad y por la libertad, y ni siquiera es necesario ser un hombre, sino que basta con ser un animal para odiar a su opresor. Así, pues, hay que recurrir a otras razones para explicar la larga paciencia de las masas.

No cabe duda de que una de las causas principales se encuentra en la ignorancia del pueblo. Debido a esa ignorancia, no puede concebirse a sí misma como una masa todopoderosa unida entre sí por lazos de solidaridad. Como resultado de las circunstancias opresivas en que viven, las gentes del pueblo tienen una concepción individualista de sí mismas, del mismo modo que están disgregadas en su vida. Y esta doble desunión es la causa principal de la impotencia cotidiana del pueblo. Debido a ello, entre la gente ignorante, situada en los niveles culturales más bajos, o que posee una escasa experiencia histórica y colectiva, toda persona y toda comunidad considera los infortunios y opresiones que sufren como un fenómeno personal o individual, y no como algo de carácter general que afecta en igual medida a todos y que, por tanto, debería unirlos en una empresa común, tanto en la resistencia como en el trabajo.

Lo que sucede en la realidad es justamente lo contrario: cada región, comunidad, familia e individuo considera a los demás cmo enemigos dispuestos a imponer su yugo y a despojar al otro y, mientras continúa esta mutua alienación, todo grupo que tenga una cierta cohesión, incluso los que apenas están organizados, toda casta o grupo de poder dentro del Estado, aunque sólo represente a un número relativamente pequeño de gente, puede embaucar, aterrorizar y oprimir fácilmente a millones de trabajadores.

La segunda razón (que también es una secuela directa de esa misma ignorancia) consiste en que el pueblo no ve y no conoce las principales fuentes de su miseria, y a menudo se limita a odiar la manifestación de la causa y no la propia causa, del mismo modo que un perro muerde el bastón del hombre que le está pegando, pero no al hombre que lo maneja. Por consiguiente, los gobiernos, castas y partidos, que hasta ahora han basado su existencia en las aberraciones mentales del pueblo, pueden engañarle fácilmente. Al ignorar las verdaderas causas de sus desgracias, el pueblo no puede saber tampoco la manera de emanciparse, se deja empujar de una vía falsa a otra vía falsa, busca la salvación donde no la podrá encontrar y se presta a ser instrumento de los explotadores y opresores contra sus propios hermanos.

Así, pues, las masas del pueblo, impelidas por la misma necesidad social de mejorar su vida y librarse de una opresión intolerable, se dejan llevar de una forma de absurdo religioso a otra, de un sistema político concebido para oprimir al pueblo a otro similar o peor, del mismo modo que un hombre atormentado por la enfermedad se vuelve de un lado a otro y se siente peor a cada movimiento.

Esa ha sido la historia de la clase trabajadora en todos los países del mundo entero. Una historia sin esperanza, abominable, terrible, capaz de llevar a la desesperación a cualquiera que pretenda buscar la justicia humana. Pero, a pesar de todo, no hay que dejarse vencer por ese sentimiento. Por muy horrible que haya sido hasta ahora la historia, no puede afirmarse que todo haya sido en vano o que no haya servido para nada. ¿Qué se puede hacer si, por su misma naturaleza, el hombre está condenado a abrirse camino a través de todo tipo de abominaciones y tormentos, desde la más negra oscuridad a la razón, desde el estado de animalidad al de humanidad? Los errores históricos y las calamidades que les acompañan han creado multitud de analfabetos que han pagado con su sudor y su sangre, con su pobreza, su hambre, su trabajo de esclavo, con el tormento y con la muerte cada nuevo paso al que les empujaron las minorías que los explotaban. La historia ha grabado estas lecciones no en los libros que ellos no podían leer, sino en su piel, por lo que no es fácil que las olviden. Al pagar muy caro toda nueva fe, esperanza o error, las masas populares alcanzan la razón a través de las estupideces históricas.

La amarga experiencia les ha enseñado la vanidad de todos los credos religiosos, de todos los movimientos nacionales y políticos, y el resultado ha sido que, por primera vez, la cuestión social se ha llegado a plantear con la suficiente claridad. El problema surge de un instinto primitivo y secular que a través de siglos de desarrollo, desde el comienzo de la historia del Estado, ha sido empañado por las brumas religiosas, políticas y patrióticas. Las brumas se han despejado y el problema social convulsiona ahora a Europa.

En todas partes las masas comienzan a percatarse de la verdadera causa de sus miserias, se hacen conscientes del poder de la solidaridad y empiezan a comparar su inmensa multitud con el insignificante número de sus eternos expoliadores. ¿Qué les impide entonces liberarse ahora si es cierto que han alcanzado ese estado de consciencia?

La respuesta es: La falta de organización y la dificultad de llegar a un acuerdo entre ellos.

Ya hemos visto que en toda sociedad históricamente desarrollada, como en la sociedad europea de hoy, por ejemplo, la población total se divide en tres categorías principales:

1) La gran mayoría, cuya desorganización es profunda, que es explotada, pero que no explota a los demás.

2) Una considerable minoría, que comprende todos los estamentos, una minoría que explota y es explotada en la misma medida, oprimida y opresora a la vez.

3) Y, por último, la pequeña minoría de explotadores y opresores puros y simples, conscientes de su función y completamente de acuerdo entre ellos sobre el plan de acción común: el estamento gobernante supremo.

Hemos visto también que, a medida que crece y se desarrolla, la mayoría de los que constituyen los diferentes estamentos de la sociedad se convierten en una masa semi-instintiva, por así decirlo, organizada en un Estado, pero carente de entendimiento mutuo y de dirección consciente en sus movimientos y acciones de masa. En cuanto a las masas trabajadoras que carecen por completo de organización, está claro que las clases que forman el Estado desempeñan el papel de explotadores y continúan explotándolas no por medio de un plan deliberado y de mutuo acuerdo, sino a través de la fuerza y la costumbre y del derecho consuetudinario y escrito, en cuya legalidad y carácter sagrado cree la mayoría.

Pero, al mismo tiempo, en lo que respecta a la minoría que controla el gobierno, es decir, al grupo que cuenta con un entendimiento mutuo y explícito en cuanto a su plan de acción, este grupo intermedio desempeña la función más o menos pasiva de víctima explotada. Y como esta clase media, aunque insuficientemente organizada, posee más dinero, más educación, mayor libertad de movimiento y acción y más medios para organizar conspiraciones y organizarse que la clase trabajadora, ocurre con frecuencia que las rebeliones que surgen e esa clase media terminan a menudo con una victoria sobre el gobierno y con la sustitución de éste por otro. De este tipo han sido todas las conmociones políticas nacionales de las que nos habla la historia.

De estos levantamientos y rebeliones no podía resultar nada bueno para el pueblo, pues tuvieron su raíz en los intereses lesionados de los estamentos del reino, y no del pueblo, y tenían como objetivo dichos intereses y no los de éste. Por mucho que los estamentos luchen entre sí y por mucho que se rebelen contra el gobierno existente, ninguna de sus revoluciones ha tenido ni tendrá nunca como finalidad terminar con los fundamentos económicos y políticos del Estado que permiten la explotación de las masas trabajadoras, es decir, la existencia real de las clases y del principio de las clases. Por muy revolucionarias de espíritu que sean esas clases privilegiadas y por mucho que puedan odiar una determinada forma de Estado, el Estado en sí mismo es sagrado para ellas, y su integridad, su poder y sus intereses se consideran unánimemente como los intereses supremos. Han estimado siempre que el patriotismo, es decir, el sacrificio de la vida y e la propiedad en aras del Estado, es la virtud más excelsa.

Por lo tanto, no existe ninguna revolución, por muy atrevida y violenta que pueda ser en sus manifestaciones, que haya osado poner su mano sacrílega sobre el arca del Estado. Y como no puede existir el Estado sin organización, administración, ejército y un cierto número de hombres investidos de autoridad (es decir, que es imposible que exista sin un gobierno), a la caída de un gobierno, sigue necesariamente el establecimiento de otro, más de acuerdo con las clases triunfadoras en la lucha y más útil para ellas.

Pero, a pesar de su utilidad, después de un período de luna de miel, el nuevo gobierno empieza a concitar la indignación de las mismas clases que lo elevaron al poder. La naturaleza de toda autoridad es que está condenada a funcionar mal. Y cuando digo funcionar mal no lo digo desde el punto de vista de los intereses del pueblo: el Estado, como bastión de las clases medias, y el gobierno, como guardián de los intereses del Estado, constituyen siempre un mal absoluto para el pueblo; me refiero al mal del que se resienten las mismas clases para cuyo beneficio exclusivo es necesaria la existencia del Estado y de los gobiernos. Digo que, a pesar de esa necesidad, el Estado constituye siempre una pesada carga para esas mismas clases y, si bien sirve a sus intereses fundamentales, también los esquilma y oprime, aunque en menor grado que a las masas.

Un gobierno que no abuse de su poder, que no sea opresor, que sea imparcial y honrado y actué solamente en interés de todas las clases, sin olvidar esos intereses en beneficio de las personas que están a su frente, sería un círculo cuadrado, un ideal inalcanzable por ser contrario a la naturaleza humana. La naturaleza humana, la de cualquier hombre, es tal que, una vez que tiene poder sobre los demás, los oprimirá invariablemente; si se le coloca enana situación de privilegio y se le separa de la igualdad humana, se convertirá en un déspota. La igualdad y la carencia de autoridad son las únicas condiciones esenciales para la moralidad de todo hombre. Tómese al revolucionario más radical y colóquesele en el trono de todas las Rusias, o désele el poder dictatorial con el que sueñan tantos de nuestros jóvenes revolucionarios, y en un año se convertirá en alguien peor que el propio emperador.

Los estamentos se convencieron de ello hace mucho y acuñaron un proverbio según el cual “el gobierno es un mal necesario”; necesario, por supuesto, para ellos, pero de ningún modo para el pueblo, para quien el Estado, y el gobierno requerido por éste, no es un mal necesario, sino fatal. Si las clases dirigentes pudieran arreglárselas sin un gobierno y mantener sólo el Estado, es decir, la posibilidad y el derecho de explotar el trabajo del pueblo, no sustituirían un gobierno por otro. Pero la experiencia histórica (por ejemplo, el triste destino sufrido por la república polaca con un gobierno débil) les demostró que sería imposible mantener un Estado sin gobierno. La falta de gobierno engendra la anarquía, y la anarquía conduce a la destrucción del Estado, es decir, a la esclavización del país por otro Estado, como sucedió con la desgraciada Polonia, o a la total emancipación del pueblo trabajador y a la abolición de las clases, que, esperamos, será lo que ocurra pronto en Europa.

Con objeto de reducir al mínimo el mal producido por cada gobierno, las clases dirigentes del Estado crearon varios órdenes y formas constitucionales que han condenado ahora a los actuales estados europeos a oscilar entre la anarquía de clases y el despotismo del gobierno y que han conmovido el edificio estatal hasta un extremo que incluso nosotros, que somos ya viejos, podemos esperar ser testigos y agentes activos de su destrucción final. No cabe duda de que cuando llegue el momento de la destrucción total, la gran mayoría de los que pertenecen a las clases dirigentes del Estado cerrarán sus filas en torno a él, olvidando su odio hacia los gobiernos existentes, y lo defenderán contra la furia del pueblo trabajador para salvar al Estado, piedra angular de su existencia como clase.

Pero, ¿por qué es necesario el gobierno para el mantenimiento del Estado? Porque ningún Estado puede existir sin una conspiración permanente, conspiración que, por supuesto, está dirigida contra las masas de trabajadores, para la esclavización y arruinamiento de las cuales existen todos los Estados. Y en todo Estado el gobierno no es más que una conspiración permanente por parte de la minoría contra la mayoría, a la que esclaviza y esquilma. De la propia esencia del Estado se deduce claramente que nunca ha existido ni podía existir una organización estatal que no se oponga a los intereses del pueblo y que no sea profundamente odiada por éste.

Debido al atraso del pueblo, ocurre con frecuencia que, lejos de levantarse contra el Estado, le profesan un cierto respeto y afecto y esperan de él justicia y venganza para sus males, y por consiguiente parecen estar imbuidos de sentimientos patrióticos. Pero cuando observamos de cerca la actitud de cualquiera de ellos, incluso del más patriota, encontramos que lo que aman y reverencian en él es solamente la concepción ideal del mismo, y no su manifestación real. El pueblo odia la esencia del Estado en la medida en que entra en contacto con él y está dispuesto a destruirlo en todo momento, siempre que no se lo impida el poder organizado del gobierno.

Ya hemos visto que cuanto más grande se hace la minoría explotadora del Estado, menos capaz es de dirigir directamente los asuntos de aquél. La multiplicidad y heterogeneidad de intereses de las clases gobernantes crean a su vez el desorden, la anarquía y el debilitamiento del régimen estatal necesario para que el pueblo explotado siga obedeciendo. Por lo tanto, los intereses de todas las clases dirigentes exigen que cristalice en su interior una minoría gubernamental aún más compacta que sea capaz, por su reducido número, de ponerse de acuerdo entre sí para organizar su propio grupo y todas las fuerzas del Estado en beneficio de los estamentos y en contra del pueblo.

Todo gobierno tiene un doble objetivo. Uno, el principal y declarado abiertamente, consiste en mantener y fortalecer el Estado, la civilización y el orden civil, es decir, el dominio sistemático y legalizado de la clase dirigente, sobre el pueblo explotado. El otro objetivo, que es igualmente importante para el gobierno, aunque no se declare tan abiertamente, s la conservación de sus privilegios estatales exclusivos y de su personal. El primero de los objetivos se refiere a los intereses generales de las clases dirigentes; el segundo, a la vanidad y a los privilegios excepcionales de los individuos que forman parte del gobierno.

El primero de estos dos objetivos coloca al gobierno en una actitud hostil hacia el pueblo; el segundo le enfrenta tanto al pueblo como a las clases privilegiadas, dándose situaciones en la historia en que el gobierno se hace aparentemente más hostil hacia las clases poseedoras que hacia el pueblo. Esto sucede siempre que en aquéllas crece el descontento contra el gobierno, y tratan de derrocarlo o de limitar su poder. En estos casos, el instinto de autoconservación obliga al gobierno a olvidar el objetivo principal que da sentido a su existencia: el mantenimiento del Estado o del dominio de clase y de los privilegios de clase en contra del pueblo. Pero esas situaciones no pueden durar mucho tiempo, porque el gobierno, cualquiera que sea su naturaleza, no puede existir sin las clases privilegiadas, del mismo modo que éstas no pueden existir sin un gobierno. Cuando no dispone de otras clases, el gobierno crea una clase burocrática propia, como nuestra nobleza en Rusia.

Todo el problema del gobierno consiste en lo siguiente: cómo mantener al pueblo obediente o dentro del orden público, utilizando la menor cantidad posible de elementos de ese mismo pueblo, de la forma mejor organizada, y a la vez salvaguardar la independencia, no del pueblo, lo que por supuesto es algo que ni siquiera se plantea, sino de su Estado contra los designios ambiciosos de las potencias vecinas, e incrementar además sus posesiones a expensas de esas mismas potencias. En una palabra, guerra interior y guerra exterior, tal es la vida del gobierno. Tiene que mantenerse armado e incesantemente en guardia tanto contra los enemigos del interior como contra los del exterior. Aunque respira opresión y engaño por todos los poros, el gobierno tiene tendencia a considerar a todos, dentro y fuera de sus fronteras, como enemigos, y ha de mantener una permanente actividad conspiratoria contra todos ellos.

No obstante, la mutua enemistad de los gobiernos que los dirigen no puede compararse con la enemistad de cada uno de ellos hacia el pueblo trabajador, y del mismo modo que dos clases dirigentes ocupadas en una guerra cruenta están dispuestas a olvidar sus odios más acendrados siempre que amenaza una rebelión del pueblo trabajador, dos Estados y gobiernos están dispuestos a olvidar su enemistad y guerra abierta tan pronto como asoma en el horizonte la amenaza de una revolución social. El problema esencial y fundamental de todos los gobiernos, Estados y clases dirigentes, sea cual sea la forma, nombre o pretexto que utilicen para disfrazar su naturaleza, es subyugar al pueblo y mantenerlo esclavizado, por tratarse de una cuestión de vida o muerte para todo lo que se denomina civilización o Estado civil.

Cualquier medio le está permitido al gobierno para alcanzar esos objetivos. Lo que en la vida recibe el nombre de infamia, vileza, crimen, se convierte para los gobiernos en valor, virtud y deber. Maquiavelo tenía mucha razón cuando afirmaba que la existencia, prosperidad y poder del todo Estado -tanto si se trata de una monarquía como de una república- debe basarse en el crimen. La vida de todo gobierno consiste necesariamente en una serie de actos viles, injustos y criminales contra los pueblos extranjeros y también, en mucha mayor medida, contra su propio pueblo trabajador. Es una eterna conspiración contra su prosperidad y su libertad.

Durante siglos se ha ido desarrollando y perfeccionando la ciencia del gobierno, y no creo que nadie me acuse de exagerar si digo que esa ciencia constituye la forma más acabada de bellaquería del Estado, ya que se ha desarrollado a base de constantes luchas y aprovechando la experiencia de todos los estados del pasado y del presente. Es la ciencia que enseña a esquilmar al pueblo de la forma más disimulada y eficaz -ya que cualquier cantidad de excedente que se le dejara contribuiría a aumentar su poder-, procurando al mismo tiempo no privarles del mínimo necesario para conservar sus miserables vidas y seguir produciendo riqueza.

Es la ciencia que enseña a sacar a los soldados del pueblo y a organizarlos mediante una hábil disciplina, para formar un ejército regular, que constituye la principal fuerza represiva del Estado destinada a mantener subyugado al pueblo. Es la ciencia que enseña a distribuir, de forma inteligente y expeditiva, unos cuantos millares de soldados colocándolos en los lugares más importantes de una determinada región para asegurarse el miedo y la obediencia de la población. Es la ciencia que enseña a cubrir países enteros con una fina red de organización burocrática y sujetar, desunir y debilitar, por medio de reglamentaciones, decretos y otras medidas, al pueblo trabajador para que no pueda nunca unirse y avanzar, y quede así siempre en la situación salutífera de una relativa ignorancia (es decir, salutífera para el gobierno, el Estado, las clases dirigentes), situación que hace difícil que el pueblo se deje influir por nuevas ideas y personalidades dinámicas.

Este es el único objetivo de la organización gubernamental, de la conspiración permanente del gobierno contra el pueblo. Y la conspiración, que se declara abiertamente como tal, abarca toda la diplomacia, la administración interior (militar, civil, política, tribunales, finanzas y enseñanza) y la Iglesia.

Y es contra esa gigantesca organización, armada con todos los medios de represión mentales y materiales, legales e ilegales, y que en último extremo puede siempre contar con la colaboración de todas o casi todas las clases dirigentes, contra la que tiene que luchar la gente pobre. El pueblo, aún constituyendo mayoría aplastante en número, está desarmado, es ignorante y desorganizado. ¿Es posible su victoria? ¿Existe alguna posibilidad de que salga vencedor en su lucha?

No es suficiente que el pueblo despierte y que se dé cuenta de su miseria y de las causas de la misma. Es cierto que posee una gran cantidad de poder básico, más que el gobierno, con todas las clases dirigentes; pero un poder elemental, no organizado, no constituye un poder real. El Estado se apoya precisamente en esa indiscutible ventaja de la fuerza organizada sobre la fuerza elemental del pueblo.

Por consiguiente, el problema no estriba en si [el pueblo] tiene o no la capacidad de rebelarse, sino en si puede crear una organización que le permita alcanzar la victoria con su rebeldía -y no sólo una victoria casual, sino un triunfo prolongado y definitivo.

En eso, y solamente en eso, estriba todo este acuciante problema. Por tanto, la primera condición para conseguir la victoria del pueblo es alcanzar un acuerdo entre el pueblo o la organización de sus fuerzas.

Libros relacionados: Mijaíl Bakunin, 1870.

Publicado originalmente en El Viejo Topo

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Pregunta siempre vigente. ¿Qué hacer?

I

Hace ya más de un siglo, en 1902, Vladimir Lenin se preguntaba cómo enfocar la lucha revolucionaria; así, parafraseando el título de la novela de su compatriota Nikolai Chernishevski, de 1862, igualmente se interrogaba ¿qué hacer? La pregunta quedó como título de la que sería una de las más connotadas obras del conductor de la revolución bolchevique. Hoy, 117 años después, la misma pregunta sigue vigente: ¿qué hacer?

Es decir: qué hacer para cambiar el actual estado de cosas. Si vemos el mundo desde el 20% de los que comen todos los días, tienen seguridad social y una cierta perspectiva de futuro, las cosas no van tan mal. Si lo miramos desde el otro lado, no el de los “ganadores” sino del restante 80% de la población planetaria, la situación es patética. Un mundo en el que se produce aproximadamente un 40% de comida más de la necesaria para alimentar a toda la humanidad sigue teniendo al hambre como principal causa de muerte; mundo en el que el negocio más redituable es la fabricación y venta de armamentos y donde un perrito hogareño de cualquier casa de ese 20% de la humanidad que arriba mencionábamos come más carne roja al año que un habitante de los países del Sur. Mundo que está buscando agua en el planeta Marte mientras la niega a la gran mayoría de la población mundial en esta Tierra. Mundo en el que es más importante seguir acumulando dinero, aunque el planeta se torne invivible por la contaminación ambiental que esa misma acumulación conlleva. Mundo, entonces, que sin ningún lugar a dudas debe ser cambiado, transformado, porque así, no va más, porque es el colmo de la irracionalidad, de la injusticia, de la asimetría.

Entonces, una vez más surge la pregunta: ¿qué se hace para cambiarlo? ¿Por dónde comenzar? Las propuestas que empezaron a tomar forma desde mediados del siglo XIX con las primeras reacciones al sistema capitalista dieron como resultado, ya en el siglo XX, algunas interesantes experiencias socialistas. Si las miramos históricamente, fueron experiencias balbuceantes, primeros pasos. No podemos decir que fracasaron; fueron primeros pasos, no más que eso. Nadie dijo que la historia del socialismo quedó sepultada. En la Rusia actual, por ejemplo, ahora que abrazó el capitalismo, mayoritariamente la población desea retornar a la era soviética, donde las condiciones de vida eran muy superiores. No se puede decir que ahí el socialismo fracasó; fueron los primeros pasos, simplemente. Pasos que dieron resultado, por cierto. “Hay 200 millones de niños de la calle en todo el mundo. Ninguno de ellos vive en Cuba”, pudo afirmar orgulloso Fidel Castro. Quizá habría que considerar esas experiencias del siglo XX (Rusia, China, Cuba) como la Liga Hanseática, allá por los siglos XII y XIII en el norte de Europa, en relación al capitalismo: primeras semillas que germinarían siglos después.

Los procesos históricos son insufriblemente lentos. Alguna vez, en plena revolución china, se le preguntó al líder Lin Piao sobre el significado de la Revolución Francesa, y el dirigente revolucionario contestó que… “aún era muy prematuro para opinar”. Más allá de la posible humorada, hay ahí una verdad: los procesos sociales van lentos, exasperantemente lentos. De la Liga Hanseática al capitalismo globalizado del presente pasaron varias centurias; hoy, terminada la Guerra Fría, se puede decir que el capitalismo ha ganado en todo el mundo, dando la sensación de no tener rival. Para eso fue necesaria una acumulación de fuerzas fabulosas. Las primeras experiencias socialistas –la rusa, la china, la cubana– son apenas pequeños movimientos en la historia. Apenas ha pasado un siglo de la Revolución Bolchevique, pero la semilla plantada no ha muerto. Y si hoy nos podemos (debemos) seguir planteando ¿qué hacer? ante el capitalismo, ello significa que la historia continúa aún. El sistema capitalista, más allá de su derroche consumista y su continuo bombardeo ideológico-propagandístico anticomunista, no puede solucionar problemas ancestrales de la humanidad: hambre, enfermedades previsibles, dignidad de vida para todos, seguridad.

II

El mundo, como decíamos, para la amplia mayoría no sólo no va bien sino que resulta agobiante. Pero el sistema global tiene demasiado poder, demasiada experiencia, demasiada riqueza acumulada, y hacerle mella es muy difícil. La prueba está con lo que acaba de suceder estas últimas décadas: caída la experiencia de socialismo soviético y revertida (¿apaciguada?) la revolución china con su tránsito al capitalismo (o socialismo de mercado), los referentes para una transformación de las sociedades faltan, se han esfumado. ¿Es acaso China el modelo a seguir? Ese país puede experimentar esa rara combinación: mercado capitalista y planificación socialista, con un Partido Comunista férreo que ya tiene planes para el siglo XXII, haciendo que las cosas le marchen viento en popa. Pero China tiene 1,500 millones de habitantes y 4,000 años de historia. ¿Podrá un país como Cuba, por ejemplo, seguir ese modelo? La pregunta está abierta y es parte del debate en torno a ese ¿qué hacer?

Movimientos armados que levantaban banderas de lucha y cambios drásticos algunos años atrás ahora se han amansado, y la participación en comicios “democráticos” pareciera todo a cuanto se puede aspirar. Lo “políticamente correcto” vino a invadir el espacio cultural y la idea de lucha de clases fue reemplazándose por nuevos idearios “no violentos”. La idea de transformación radical, de revolución político-social, no pareciera estar entre los conceptos actuales. Pero las condiciones reales de vida no mejoran para las grandes mayorías; aunque cada vez hay más ingenios tecnológicos pululando por el mundo, las relaciones sociales se tornan más dificultosas, más agresivas. Las guerras, contrariamente a lo que podía parecer cuando terminó la Guerra Fría, siguen siendo el pan nuestro de cada día desde la lógica de los grandes poderes que manejan el mundo. La miseria, en vez de disminuir, crece. No está de más agregar que las guerras pasaron a constituir uno de los más redituables negocios del sistema capitalista. De hecho, la inversión en armamentos es el rubro comercial más desarrollado y que más ganancias otorga en este momento (se gastan 35,000 dólares por segundo en la industria bélica, lo cual favorece solo a un minúsculo grupo. Las mayorías siguen postergadas, hambrientas… ¡y muriendo en esas guerras!).

Una vez más entonces: ¿qué hacer? Hoy, después de la brutal paliza recibida por el campo popular con la caída del muro de Berlín y el retroceso sufrido en las condiciones laborales (pérdidas de conquistas históricas, desaparición de los sindicatos como arma reivindicativa, condiciones cada vez más leoninas, sobre-explotación disfrazada de cuentapropismo) las grandes mayorías, en vez de reaccionar, siguen anestesiadas. Una vez más también: el sistema capitalista es sabio, muy poderoso, dispone de infinitos recursos. Varios siglos de acumulación no se revierten tan fácilmente. Las ideas de transformación que surgen a partir del pensamiento labrado por Marx y Engels, puntales infaltables en el pensamiento revolucionario, hoy día parecieran “fuera de moda”. Por supuesto que no lo son, pero la ideología dominante así lo presenta.

Hoy es más fácil movilizar a grandes masas por un telepredicador o por un partido de fútbol que por reivindicaciones sociales. ¡Pero no todo está perdido! Los mil y un elementos que el sistema tiene para mantener el statu quo no son infalibles. Continuamente surgen reacciones, protestas, movimientos contestatarios. Lo que sí pareciera faltar es una línea conductora, un referente que pueda aglutinar toda esa disconformidad y concentrarla en una fuerza que efectivamente impacte certeramente en el sistema. ¿Por dónde golpear a ese gran monstruo que es el capitalismo? ¿Cómo lograr desbalancearlo, ponerlo en jaque, ya no digamos colapsarlo? Los caminos de la transformación se ven cerrados. Quizá el presente es un período de búsqueda, de revisiones, de acumulación de fuerzas. Hoy por hoy, no se ve nada que ponga realmente en peligro la globalidad del sistema-mundo capitalista. Las luchas siguen, sin dudas, y el planeta está atravesado de cabo a rabo por diversas expresiones de protesta social. Lo que no se percibe es la posibilidad real de un colapso del capitalismo a partir de fuerzas que lo adversen, que lo acorralen. El proletariado industrial urbano, que se creyó el germen transformador por excelencia –de acuerdo a la apreciación absolutamente lógica de mediados del siglo XIX cuando el auge de la revolución industrial– hoy está en retirada (la robotización lo va supliendo). Los nuevos sujetos contestatarios –movimientos sociales varios, campesinos, etnias, reivindicaciones puntuales por aquí y por allá– no terminan de hacer mella en el sistema. Y las guerrillas de corte socialista parecen hoy piezas de museo. ¿Quién levantaría la lucha armada en la actualidad como vía para el cambio social?

En medio de esa nebulosa, sin embargo, siguen surgiendo protestas, voces críticas. La historia no ha terminado, definitivamente. Si eso quiso anunciar el grito victorioso apenas caído el muro de Berlín con aquellas famosas frases pomposas de “fin de la historia” y “fin de las ideologías”, el estado actual del mundo nos recuerda que no es así. Ahora bien: ¿qué hacer para que colapse este sistema y pueda surgir algo alternativo, más justo, menos pernicioso?

III

Es más fácil decir qué no hacer que proponer cuestiones concretas. En otros términos: es más fácil destruir que construir. Pero sabido eso, y asumiendo que no resulta nada fácil marcar un camino seguro (por el contrario ¡es tremendamente difícil!) se puede señalar, en todo caso, por dónde no ir. Eso, al menos, ya nos recorta un poco el panorama, y nos dice lo que no debemos hacer. Luego, quizá, surja la hoy día ausente propuesta concreta de qué hacer, por dónde ir.

Hoy, dada las circunstancias históricas, de ningún modo es posible:

Impulsar la lucha armada. Las condiciones nacionales de ningún país, e incluso la coyuntura internacional, tornan imposible levantar esa propuesta en este momento. El agotamiento de esta opción, la respuesta absolutamente desmedida de que fueron objeto por parte del Estado con su estrategia contrainsurgente los distintos sitios donde aparecieron focos guerrilleros, el descrédito y el miedo que dejaron estas luchas en el grueso de la población, hacen imposible, en la actual coyuntura, volver a levantar esa iniciativa. La cuestión técnica, es decir: la enorme diferencia de poderío que se ha establecido entre las fuerzas regulares de cualquier Estado y las fuerzas insurgentes, no es el principal obstáculo para proponer esta salida. Los ideales, está probado, pueden ser más efectivos que el más impresionante dispositivo técnico. De todos modos, llegado el caso, esa diferencia de potencial bélico hoy es tan grande que habría que replantear formas de lucha. Por ejemplo: ¿puede llegar a plantearse seriamente como una opción que desestabilice al sistema una “guerrilla informática”, los hackers? Quizá eso no serviría como propuesta de transformación, y debería pensarse en otras opciones, como guerra popular prolongada con una vanguardia armada. Lo cierto es que hoy, dado la reciente historia, ésta no se vislumbra como una vía posible.

Participar como partido político buscando la presidencia en elecciones generales para, desde allí, generar cambios. Sin descartar completamente la opción de la vía electoral, la opción transformadora no pasa por ocupar la administración del Estado capitalista. La experiencia lo ha demostrado infinidad de veces, a veces de manera trágica, que tomar el gobierno no es, en modo alguno, tomar el poder. Los factores de poder pueden admitir, a lo sumo, que un gobierno con tinte socialdemócrata realice algunos cambios no sustanciales en la estructura; si se quiere ir más allá, al no contarse con todo el poder real (las fuerzas armadas, el aparato de Estado en su conjunto, la movilización popular efectiva que representa un movimiento de masas siendo quien en verdad insufla la energía transformadora), al no haberse producido un cambio en las correlaciones de fuerzas reales en la sociedad, las posibilidades de cambio son nulas. Quizá pueda ser útil, sólo como un momento de la lucha revolucionaria, optar por ocupar poderes locales (alcaldías por ejemplo) o algunas bancas en el Poder Legislativo, para hacer oposición, para organizar, para constituirse en un referente alternativo. Pero en todo caso no hay que olvidar nunca jamás que esas instancias de la institucionalidad capitalista son muy limitadas: no están hechas para la democracia genuina, de base, revolucionaria. Son, en definitiva, instrumentos de dominación de clase, por eso no puede apuntarse a trabajar en ellas con la “ingenuidad” de creer poder transformar algo con instrumentos destinados a no cambiar.

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Sin tener claro por dónde, podemos ver algunos elementos interesantes, que deben llamar al análisis pormenorizado. En ese sentido, lo que sí se van dibujando como alternativas antisistémicas, rebeldes, contestatarias, son los grupos (en general movimientos campesinos e indígenas) que luchan y reivindican sus territorios ancestrales.

Quizá sin una propuesta clasista, revolucionaria en sentido estricto (al menos como la concibió el marxismo clásico), estos movimientos constituyen una clara afrenta a los intereses del gran capital transnacional y a los sectores hegemónicos locales. En ese sentido, funcionan como una alternativa, una llama que se sigue levantando, y arde, y que eventualmente puede crecer y encender más llamas. De hecho, en el informe “Tendencias Globales 2020 – Cartografía del futuro global”, del consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos, dedicado a estudiar los escenarios futuros de amenaza a la seguridad nacional de ese país, puede leerse: “A comienzos del siglo XXI, hay grupos indígenas radicales en la mayoría de los países latinoamericanos, que en 2020 podrán haber crecido exponencialmente y obtenido la adhesión de la mayoría de los pueblos indígenas (…) Esos grupos podrán establecer relaciones con grupos terroristas internacionales y grupos antiglobalización (…) que podrán poner en causa las políticas económicas de los liderazgos latinoamericanos de origen europeo. (…) Las tensiones se manifestarán en un área desde México a través de la región del Amazonas”. [1] Para enfrentar esa presunta amenaza que afectaría la gobernabilidad de la región poniendo en entredicho la hegemonía continental de Washington y afectando sus intereses, el gobierno estadounidense tiene ya establecida la correspondiente estrategia contrainsurgente, la “Guerra de Red Social” (guerra de cuarta generación, guerra mediático-psicológica donde el enemigo no es un ejército combatiente sino la totalidad de la población civil), tal como décadas atrás lo hiciera contra la Teología de la Liberación y los movimientos insurgentes que se expandieron por toda Latinoamérica.

Hoy, como dijo algún tiempo atrás el portugués Boaventura Sousa Santos refiriéndose al caso colombiano en particular, pero aplicable al contexto latinoamericano en general, “la verdadera amenaza no son las FARC. Son las fuerzas progresistas y, en especial, los movimientos indígenas y campesinos. La mayor amenaza [para la estrategia hegemónica de Estados Unidos, para el capitalismo como sistema] proviene de aquellos que invocan derechos ancestrales sobre los territorios donde se encuentran estos recursos [biodiversidad, agua dulce, petróleo, riquezas minerales], o sea, de los pueblos indígenas”. [2] Anida allí, entonces, una cuota de esperanza. ¿Quién dijo que todo está perdido?

IV

No hay dudas que la contradicción fundamental del sistema sigue siendo el choque irreconciliable de las contradicciones de clase, de trabajadores y capitalistas (empresarios industriales, terratenientes, banqueros), más allá que ahora se hayan “puesto de moda” los Métodos Alternativos de Resolución de Conflictos: MARC’s. Es decir: Marc’s en vez de Marx. Esa contradicción –que no ha terminado, que sigue siendo el motor de la historia, amén de otras contradicciones paralelas sin dudas muy importantes: asimetrías de género, discriminación étnica, adultocentrismo, homofobia, etc.– pone como actores principales del escenario revolucionario a los trabajadores, en cualquiera de sus formas: proletariado industrial urbano, proletariado agrícola, trabajadores clase-media de la esfera de servicios, amas de casa, intelectuales, personal calificado y gerencial de la iniciativa privada, subocupados varios, campesinos. Lo cierto es que, con la derrota histórica de este round de la lucha y el retroceso que, como trabajadores, hemos sufrido a nivel mundial con el capitalismo salvaje de estos años, eufemísticamente llamado “neoliberalismo” (precarización de las condiciones generales de trabajo, pérdida de conquistas históricas, retroceso en la organización sindical, tercerización, etc., etc.), los trabajadores estamos desorganizados, vencidos, quizá desmoralizados.

De ahí que estos movimientos campesinos-indígenas que reivindican sus territorios son una fuente de vitalidad revolucionaria sumamente importante.

La pregunta era: ¿por dónde ir? Sin dudas, la organización popular sigue siendo vital. Ningún cambio puede darse si no es con poblaciones organizadas, conscientes de su realidad, dispuestas a cambiar las cosas. Las élites esclarecidas no sirven para modificar una sociedad; más allá de su lucidez, la verdadera mecha del cambio está en la fuerza de la gente, no en el trabajo intelectual de una vanguardia (sin desmerecer lo intelectual en lo más mínimo, por supuesto). Evidentemente la potencialidad de este descontento que en muchos países latinoamericanos se expresa en toda la movilización popular anti industria extractivista (minería, hidroeléctricas, monocultivos destinados a la agroexportación) puede marcar un camino. Hoy día, en que pareciera que no hay ninguna claridad respecto a las sendas a transitar para lograr cambios reales, profundos y sostenibles, hoy día en que el sistema global parece tan monolítico y sin ningún resquicio por donde atacarlo, tal vez sea oportuno recordar al poeta (¿y quién dijo que el arte no puede ser infinitamente revolucionario?): “Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”.

 

Por Marcelo Colussi

Rebelión


Notas

[1] En Yepe, R. “Los informes del Consejo Nacional de Inteligencia”. Versión digital disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=140463

[2] Boaventura Sousa, S. “Estrategia continental”. Versión digital disponible en https://www.uclouvain.be/en-369088.html

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El presidente ruso, Vladimir Putin, asistió a una reunión con el presidente bielorruso, Alexander Lukashenko.Foto Ap

Lionel Barber del Financial Times (FT; 27/06/19), especialista en historia moderna y alemana, realizó una extensa entrevista al zar Vlady Putin en el Kremlin que causó revuelo.

 

Putin enuncia que la "clase media" de Estados Unidos "no se benefició con la globalización", a diferencia de China que "sacó a millones de la pobreza". Juzga que Trump percibió los "cambios en la sociedad de EU y tomó ventaja de ello".

 

Después de alardear que Rusia dispone de "más de 500 mil millones de dólares en reservas de oro y divisas foráneas", opera un diagnóstico implacable de las razones "internas" del colapso de la URSS cuando "la protección social y los sistemas de salud se derrumbaron y la industria se estaba desmoronando" y señala que en EU y Europa "las élites reinantes se han separado del pueblo": el "obvio (sic) problema es la brecha entre los intereses de las élites y la aplastante mayoría del pueblo", por lo que, la "idea liberal", que se ha vuelto "obsoleta", "ha olvidado su propósito", cuando el "multiculturalismo no es más sostenible" en la etapa de la fobia a la migración.

 

La réplica del Consejo Editorial del FT al día siguiente fue feroz, pero poco sustancial, de carácter nostálgico y publicitario: "No señor Putin, el liberalismo occidental no es obsoleto; los principales políticos de EU y la Unión Europea (UE) deben trabajar más duro para defender valores (sic) y enfocarse al malestar".

 

La réplica contó con una foto del encuentro, al margen del G-20 en Osaka (https://bit.ly/2FNcqqT), entre "Donald" y "Vladimir" –así se miman los dos–, colocando a ambos mandatarios de las máximas superpotencias nucleares como prototipos del ascendente "nacionalismo populista".

 

El Consejo Editorial del FT afirma que "pese a los reclamos del presidente ruso, es a Occidente (sic) que los pobres (¡súper-sic!) del mundo y los oprimidos todavía se dirigen apabullantemente". Aquí los hechos y las demografías rechazan la afirmación peregrina del FT cuando sumamos las poblaciones de China (mil 384 millones), India (mil 296 millones) y el mundo islámico (mil 700 millones), sin contar a sus opositores antiglobalistas en “Occidente (whatever that means)”.

 

Según FT, "tiene un aire de triunfalismo" la aseveración de Putin, quien "ha buscado socavar el orden liberal occidental".

 

Para FT, principal portavoz del globalismo –que pertenece al Grupo Pearson que controla la banca Rothschild–, "en la democracia liberal de mercado permanece el principio organizador en la mayor parte de los países no-petroleros con el más alto nivel de vida". Acepta que "es real" el “desafío de los "populistas nacionalistas" ya que "el dominio global de la post-Guerra Fría de EU y la UE y el sistema que representan se acabó".

 

Si dicho "sistema se acabó", ¿cómo, entonces, puede prevalecer su ideología subyacente?

 

FT practica la aburrida sinonimia de "nacionalismo" y "populismo" que suelen ser diferentes, dependiendo del país.

 

En forma absurda FT coloca en el mismo saco a Marine Le Pen, Viktor Orban, Matteo Salvini, Steve Bannon y Trump con Putin.

 

Sin EU, Francia, Italia, Hungría, Alemania (con el ascenso del AfD) y, no se diga con el Brexit de Gran Bretaña, ¿qué queda, entonces, del "Occidente" del Grupo Pearson?

 

FT considera a Trump "una mayor amenaza a la cohesión liberal de Occidente" que el mismo Putin cuando hoy lo que se encuentra en riesgo, a su juicio, son "la apertura de fronteras y los valores (sic) como la tolerancia social, derechos individuales, la democracia y el imperio de la ley", pero deja de lado las calamidades que ha suscitado el plutocrático y antidemocrático neoliberalismo global con el abandono de 99 por ciento de la población mundial.

 

Como catarsis, FT arremete contra la economía y la política de Rusia que no son un "modelo" a seguir y soslaya su parusía militar disuasiva con sus armas hipersónicas de ensueño.

 

A mi juicio, el ajedrecista y yudoca Putin cada día define más el rumbo multipolar, a sabiendas del posicionamiento geoestratégico de Rusia, mientras el "Occidente" inexistente hoy, que añora el FT, se encuentra en franca decadencia, para no decir putrefacción.

 

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