Reino Unido aprueba la reproducción asistida con el ADN de tres padres

La Cámara de la Comunes da luz verde por 382 votos a favor y 128 en contra a esta técnica para evitar la transmisión de enfermedades genéticas

 

LONDRES.- La Cámara de la Comunes británica dio hoy luz verde a la técnica que utiliza el ADN de tres personas en la reproducción asistida, a fin de evitar la transmisión de enfermedades genéticas.

 

Los diputados aprobaron esta técnica, denominada donación mitocondrial, por amplia mayoría, con 382 votos a favor frente a 128 en contra

 

Si prospera la legislación, que pasará ahora a la Cámara de los Lores, el Reino Unido se convertirá en el primer país del mundo que legaliza la reproducción asistida con genes de tres individuos.

 

Aunque el Gobierno británico ha dado su respaldo al procedimiento, los diputados pudieron hoy ejercer el voto libre, sin someterse a la disciplina de su partido, por tratarse de un tema muy sensible.

 

La viceministra de Sanidad y Asistencia Social, la conservadora Jane Ellison, dijo en la Cámara de los Comunes que la técnica es "la luz al final del túnel para muchas familias afectadas", como es el caso de Sharon Bernardi, de Sunderland (noreste de Inglaterra), que perdió siete niños por enfermedades mitocondriales. "Para el Parlamento, este es un paso audaz, algo que se ha pensado mucho", explicó Ellison.


Los científicos estiman que alrededor de 2.500 mujeres en el Reino Unido podrían beneficiarse de este procedimiento, que cuenta con el apoyo de numerosos científicos de todo el mundo.

 

La técnica, que ha sido desarrollada por investigadores de Newcastle (noreste de Inglaterra), utiliza una versión modificada de la fertilización 'in vitro' para reunir material genético de los dos padres más el de una tercera persona, una mujer con mitocondrias sanas.

 

El tratamiento implica intervenir en el proceso de fertilización para eliminar las mitocondrias defectuosas de la madre y sustituirlas por las de la donante.

 

Las mitocondrias son partes constitutivas de las células del organismo que actúan como diminutas generadoras de energía y que, si son defectuosas, pueden dar lugar a problemas de corazón, trastornos cerebrales o ceguera.

 

El procedimiento se ha diseñado para ayudar a familias con disposición genética a este tipo de enfermedades, que pasan de generación en generación por línea materna y que afectan a alrededor de uno de cada 6.500 niños en todo el mundo.

Martes, 20 Enero 2015 14:33

Fascismo, liberalismo e izquierda

Fascismo, liberalismo e izquierda

"Las recientes vicisitudes del fundamentalismo musulmán confirman la vieja visión de Walter Benjamin de que 'cada ascenso del fascismo es testigo de una revolución fracasada': el auge del fascismo es el fracaso de la izquierda, pero a la vez una prueba de que había un potencial revolucionario, la insatisfacción, que la izquierda no fue capaz de movilizar", dice Zizek en esta columna.

[...] Las recientes vicisitudes del fundamentalismo musulmán confirman la vieja visión de Walter Benjamin de que "cada ascenso del fascismo es testigo de una revolución fracasada": el auge del fascismo es el fracaso de la izquierda, pero a la vez una prueba de que había un potencial revolucionario, la insatisfacción, que la izquierda no fue capaz de movilizar. ¿No se sostiene lo mismo hoy sobre el llamado "islamo-fascismo"? ¿El ascenso del islamismo radical no es exactamente correlativo a la desaparición de la izquierda secular en los países musulmanes? Cuando allá por la primavera de 2009 los talibanes se hicieron cargo del valle de Swat en Pakistán, el New York Times informó que diseñaron "una revuelta clasista que aprovecha las profundas fisuras entre un pequeño grupo de ricos terratenientes y sus arrendatarios sin tierra". Sin embargo, si por "aprovecharse" de la difícil situación de los agricultores los talibanes están "provocando alarma sobre los riesgos en Pakistán, que sigue siendo en gran medida feudal", ¿qué impide que los demócratas liberales en Pakistán, así como en Estados Unidos, se "aprovechen" de esta difícil situación y traten de ayudar a los campesinos sin tierra? La triste consecuencia de este hecho es que las fuerzas feudales en Pakistán son el "aliado natural" de la democracia liberal.

 

Entonces, ¿qué pasa con los valores fundamentales del liberalismo: la libertad, la igualdad? La paradoja es que el liberalismo en sí no es lo suficientemente fuerte como para salvarlos de la embestida fundamentalista. El fundamentalismo es una reacción –una falsa, desconcertante, reacción, por supuesto– en contra de un fallo real del liberalismo, y es por ello que una y otra vez ha sido generado por el liberalismo. Abandonado a sí mismo, el liberalismo lentamente se socava a sí mismo; lo único que puede salvar sus valores fundamentales es una renovada izquierda. Para que este legado clave pueda sobrevivir, el liberalismo necesita la ayuda fraterna de la izquierda radical. Esta es la única manera de derrotar al fundamentalismo, de barrer el suelo bajo sus pies.


Pensar en respuesta a los asesinatos de París significa dejar caer la autosatisfacción de suficiencia de un liberal permisivo y aceptar que el conflicto entre la permisividad liberal y el fundamentalismo es en última instancia un falso conflicto, un círculo vicioso de dos polos que se generan y presuponen mutuamente. Lo que Max Horkheimer había dicho sobre el fascismo y el capitalismo en 1930 –"aquellos que no quieren hablar de manera crítica sobre el capitalismo también deberían guardar silencio sobre el fascismo"– debería aplicarse también al fundamentalismo de hoy: "los que no quieren hablar críticamente sobre la democracia liberal también deben guardar silencio sobre el fundamentalismo".


(Fragmento de una columna publicada por este filósofo esloveno en el New Stateman de Gran Bretaña.)

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Miércoles, 07 Enero 2015 20:33

Una revolución tranquila

Una revolución tranquila

Sin duda alguna los eventos más importantes en Colombia durante el año que terminó (2014) fueron, por un lado, la continuación y el avance de los diálogos de Paz en La Habana, y por el otro, la defensa ciudadana y popular – política, cultural, ideológica y jurídica –, del gobierno de Gustavo Petro y la Bogotá Humana. Ambos hechos se constituyeron en una derrota para Uribe y el Procurador Ordoñez. Además, se neutralizó a los empresarios corruptos que se apoderaron de los servicios públicos en la capital de la república a la sombra, primero, de Lucho Garzón y después, de Samuel Moreno. Claro, ambas situaciones están relacionadas.


La arbitraria pero fallida destitución e inhabilidad política del actual alcalde de Bogotá fue un ataque directo contra el proceso de Paz. Las fuerzas más reaccionarias, corruptas y derechistas del país se unieron con empresarios uribistas y santistas, políticos y funcionarios corruptos del Distrito Capital, taurinos semi-feudales, ideólogos clericales y homofóbicos, para derrotar al "movimiento democrático" que tiene en Petro a una de sus principales figuras, así éste a veces cometa serios errores. De haberlo conseguido, el mensaje para los líderes de la guerrilla habría sido absolutamente negativo: Si a un ex-guerrillero que lleva 24 años de ejercicio pacífico le cobraban de esa manera su rebeldía... ¿qué podrían esperar ellos hacia el futuro?


El proceso de Paz... dramas y tragedias


Sin embargo, con relación al conflicto armado los colombianos tenemos dudas. Decía Marx que "La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos", y ello cae como anillo al dedo a nuestro país. La generalidad de los colombianos queremos la Paz pero tantos años de violencia nos pesan. El drama del proceso de Paz es que los actores – guerrilla y gobierno – quieren utilizar ese escenario para vender una imagen "pacifista" que no se corresponde con la realidad que percibe la población. Las amplias mayorías ciudadanas no le tienen confianza a la cúpula guerrillera y saben que Santos le teme a Uribe. El ex–presidente utiliza hábilmente ese hecho para explotar miedos e inseguridades. Y lo hace especialmente entre las "clases medias" que no quieren saber nada de un gobierno de izquierda que vaya a implementar políticas "estatistas" como las que Chávez y sus herederos aplican en Venezuela. ¡La amenaza del "castro-chavismo" efectivamente asusta!

Es importante recordar que la insurgencia después de 1983 inició un proceso acelerado de crecimiento. Se apoyó y financió con recursos obtenidos de gravar la economía del narcotráfico. También recurrió a la extorsión y el secuestro que eran resultado de aplicar sus propios impuestos de guerra. Ese desarrollo progresivo de sus fuerzas y frentes insurgentes, llevó a pensar – erróneamente –, a los dirigentes farianos, que hacia 1998 habían conseguido el "equilibrio estratégico" frente a las fuerzas militares oficiales. Grave error de lectura política que también cometió Sendero Luminoso en el Perú. La línea militar se había impuesto en esta fase de la lucha, representada por Jorge Briceño (a. el "Mono Jojoy"), el mejor exponente y sucesor de Jacobo Arenas dentro de las nuevas generaciones guerrilleras. En esa etapa se sacrificó la calidad y la formación política de la militancia insurgente siendo sustituida por la cantidad y la preparación militar y logística. Así, la "guerra sucia" diseñada para degradar a la guerrilla encontró terreno fértil. El sentido ético de la lucha revolucionaria se fue diluyendo. Es lo que hoy tanto le cuesta a la insurgencia y el pueblo le cobra con creces. El miedo a una dictadura de las FARC es explotado por sus enemigos y es reforzado por la actitud arrogante y la soberbia que aún muestran muchos de sus comandantes.


Por el lado del gobierno el drama de Santos es no poder desprenderse decididamente de la sombra uribista. Es dramático porque él sólo no lo puede hacer. Y no lo va a hacer si la misma insurgencia no le facilita el camino. El actual Presidente de la República fue Ministro de Defensa de Uribe, estuvo al frente de todas las operaciones – muchas de ellas ilegales, criminales y mafiosas – que el Estado adelantó contra las FARC y contra amplios sectores del pueblo, que así no tuvieran nada que ver con la guerrilla, fueron arrasadas y exterminadas a sangre y fuego. Pero además, Santos es un representante del más fiero y brutal neoliberalismo que se aplica en América Latina. Así lo hace desde los años 90s. Ya lo pregonaba antes desde el Diario El Tiempo pero se decidió a ejecutarlo a partir de su participación como Ministro de Comercio en el gobierno de César Gaviria Trujillo (1990-1994). Por ello, aunque tocaba votar por él para evitar que el uribismo puro y rabioso, decididamente guerrerista y paramilitar, llegara nuevamente a la Presidencia, la verdad es que Santos se mantiene en una posición de equilibrista, entre Uribe y la Paz. En lo único que se diferencia es en que se atrevió a iniciar los diálogos sobre la base de reconocer la existencia del conflicto armado. El problema es que un día avanza y al día siguiente retrocede.

La dificultad consiste en que si Santos le cede mucho a la guerrilla – así teóricamente sea en favor del "pueblo" – el uribismo se fortalece. Si no cede mayor cosa, la insurgencia se echará atrás, lo que beneficia también a quienes viven de la guerra. Entre más se envalentone la guerrilla en la mesa o en el monte, menos apoyo popular va a obtener. El actual cese unilateral de fuegos está en la dirección correcta pero la dirigencia guerrillera todavía no entiende que su mayor fortaleza sería mostrarse arrepentida de haberse dejado degradar. Es urgente ser más consciente de los errores cometidos – posiblemente forzados y provocados por la guerra sucia –, y ser humilde frente al pueblo (no tanto frente a las clases dominantes), poniéndose al servicio de la salida negociada sin mayores pretensiones. Y en ello radica su principal dificultad, porque a la vez, debe presentarle a su militancia unos logros mínimos para poder garantizar su transformación en actor político y social, especialmente en las zonas de colonización donde han estado desde siempre. El tema de la justicia transicional va a ser definitivo en la recta final de los diálogos y tendrá que haber mucha moderación de ambas partes, para obtener el respaldo popular para lo que se acuerde.

Nuevos sujetos políticos citadinos

Lo ocurrido con Petro es una confirmación de que se consolida una nueva etapa en la vida política del país. El protagonismo político de la población de las ciudades está en evolución. La participación de decenas de miles de jóvenes que se expresaron en la "ola verde" y en los "cacerolazos" de solidaridad con el paro nacional agrario en 2013, son el anuncio de que en las ciudades se mantiene y fortalece el despertar político de las nuevas generaciones. El apoyo a la Bogotá Humana es una manifestación clara de ese "movimiento democrático" pero desgraciadamente Petro y la cúpula de los "progresistas-petristas" no lo entienden plenamente. No logran generar un espíritu verdaderamente democrático e incluyente en su trabajo político-administrativo. Los celos y recelos con el resto de la izquierda – especialmente con el Polo –, se les notan por encima. Por ello, no consiguen trasmitir entre el grueso de esa juventud y de la población bogotana, una imagen de anti-burocracia y no se muestran enteramente dispuestos a gobernar con la amplia participación de la gente. La consulta de los tres candidatos "petristas" a la Alcaldía para aspirar al siguiente período, que es de hecho un cierre de espacios frente a otros candidatos de la talla de Clara López o de Carlos Vicente de Roux, envía ese mal mensaje.


Pero el problema va más allá. Lo que podemos observar haciendo un balance del año que terminó es que en Colombia la gente no quiere grandes cambios. Especialmente las "clases medias". Los profesionales y tecnólogos proletarizados, los técnicos, micro y medianos empresarios, los "emprendedores", comerciantes y proveedores de bienes y servicios, están relativamente cómodos y aceptan los males del capitalismo. Muchos de ellos, se ven insertos a través del comercio y el consumo en la economía globalizada y son relativamente beneficiados por los TLCs, así sea marginalmente. Les molesta la corrupción, los privilegios de altos funcionarios, los injustos impuestos, pero no quieren cambios drásticos que impliquen nuevas polarizaciones, tensiones y violencias. Una "revolución tranquila", pacífica, ciudadana, "suave", es con lo que la gente sueña. Por ello, la izquierda nacionalista y "estatista" no logra empatar con ese amplio espectro de la población que en Colombia ha crecido a la sombra de una economía inflada con recursos del narcotráfico, importantes inversiones extranjeras y la explotación petrolera y minera.


Es por esa razón que la necesidad de construir un Nuevo Proyecto Político empieza a estar en la cabeza de muchas personas. Un nuevo intento que no puede desechar los esfuerzos anteriores pero que debe alimentarse del espíritu y sentir de esa población citadina que, en el caso de Bogotá, participa en política en forma independiente durante las últimas dos décadas. Habrá que ser paciente, ir al ritmo que la gente propone, ser astuto y amable, proponer soluciones, dejar de ser apocalípticos y "casandras del desastre", mostrar optimismo y seguridad, hacer a un lado la eterna queja y el negativismo ideologizado. Además, proponer metas alcanzables y posibles que tengan consecuencias inmediatas. "Arañando el cielo y arando la tierra", "soñar con los pies bien puestos en el suelo". Si logramos hacerlo en el 2015, seguro que avanzaremos.

Diferenciarnos de la izquierda tradicional

Es evidente que se debe hacer un ejercicio de diferenciación de la "izquierda tradicional". Y tendrá que hacerse sobre temas fundamentales. Ya no se trata sólo de superar el gamonalismo y caudillismo de nuevo tipo que hemos detectado que se manifiesta en que cada parlamentario de izquierda o progresista tiene su grupo dentro de su respectivo partido. Ahora les llaman "tendencias" para camuflar los intereses individuales y grupistas. Para poder avanzar con el Nuevo Proyecto Político habrá que aclarar temas más gruesos, entre los que está, por ejemplo, el modelo de Estado que requiere la Nación para una fase de "post-acuerdos" (post-conflicto) y para avanzar por caminos que superen incluso lo que se está haciendo en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Uruguay y demás países de Sudamérica, en donde el "estatismo" empieza a hacer crisis, especialmente en aquellos países en donde los presupuestos gubernamentales dependen de los ingresos de la explotación de recursos naturales energéticos (gas y petróleo), que hoy se ven mermados por la crisis de los precios internacionales de los hidrocarburos.


Es igualmente claro que el Nuevo Proyecto Político que empieza a emerger no puede "cargar con los muertos de la guerrilla". No podemos desconocer las causas que originaron el conflicto armado pero tampoco tenemos que asumir errores que no son nuestros. Por ello tiene que haber una importante distancia con los actores armados e incluso con sus cercanos. Sólo una fuerza democrática que, siendo consciente de nuestra tragedia no compre ni herede los resentimientos y odios, podrá avanzar y desbrozar el camino de la reconciliación hacia el futuro. La juventud citadina será fundamental en ese proceso. El arrepentimiento sincero y el perdón auténtico serán las herramientas para lograrlo, pero ello seguro nos llevará décadas. Hay que empezar.


También somos conscientes que la "izquierda tradicional" no ha podido desligarse de las herencias "estatistas" que construyó la burguesía burocrática en América Latina desde hace 50 años. Se confunde la "defensa de lo público" con el monopolio absoluto del Estado en la gestión pública. Y ello se presenta en lo fundamental porque la "izquierda tradicional" representa principalmente los intereses de los trabajadores del Estado y actúa entonces, no como una fuerza política que está interesada en el conjunto de la sociedad, sino que acciona como un gran sindicato, defendiendo los intereses "laborales" de esos trabajadores (educación, salud, justicia, servicios públicos). No es casual que parte de esa izquierda hoy se enfrente a Correa en el Ecuador y a Evo en Bolivia, colocándose al frente de esos trabajadores. El tema de la "privatización" está en el medio. En el ejercicio de Petro en relación al servicio de aseo se alcanzó a iniciar el debate pero no se profundizó. El modelo que tiene en mente la izquierda tradicional es crear una gran empresa pública – tipo la que maneja el acueducto de Bogotá – y no les gustó la idea de compartir la recolección y el reciclaje con cientos de microempresas de recicladores porque para ellos eso es privatización. No entienden que una cosa es garantizar buena calidad, oportunidad, eficiencia y tarifas equitativas y proporcionales a los ingresos de los usuarios, y otra cosa es la operación del servicio que puede ser estatal, privada, comunitaria, cooperativa, social o mixta.


En fin, ese es uno de los temas a estudiar y profundizar. El otro es la actitud frente a la economía globalizada. Oponernos totalmente a los TLCs no parece ser la mejor posición. El "nacionalismo estrecho" no convoca en Colombia. Y lo que se observa en el resto de Sudamérica es que la construcción de verdadera autonomía económica tendrá que pasar por un paciente proceso de integración regional y un largo camino de industrialización de nuestros procesos productivos sin que ello signifique desligarnos de los mercados internacionales. Por el contrario, tendremos que hacer grandes esfuerzos por ser competitivos en ese terreno, apropiarnos de la comercialización directa de nuestras materias primas y productos procesados, constituir un nuevo tipo de empresas transnacionales con carácter latinoamericano, aprovechar las tensiones y conflictos entre los bloques económicos en juego (EE.UU., Unión Europea, BRICS, Japón, etc.), y construir paulatinamente nuestro propio modelo de desarrollo colocando la defensa del medio ambiente en un lugar importante y prioritario.


Recién estamos empezando pero es necesario abrir el debate. Ese es el propósito al que convocamos en el año nuevo. Con sencillez y modestia. Sin protagonismos individuales. Construyendo "proceso" y "corrientes de pensamiento" más que aparatos organizativos. Ayudando a construir unidad en las dinámicas locales y regionales para disputar los gobiernos municipales y departamentales en las elecciones de octubre de 2015. En donde existan condiciones y se pueda, se debe derrotar al conjunto de los partidos tradicionales, y en donde sea obligatorio, hay que construir convergencias más amplias para derrotar el uribismo y defender el proceso de Paz. Cada caso debe ser mirado con lupa y los intereses del "movimiento democrático" deben estar muy por encima de los intereses individuales y de grupo. ¡Si se puede!

Nota: En un balance del año 2014 tendrían que haberse destacado los triunfos deportivos de Nairo Quintana, James Rodriguez y la Selección Colombia. También las tragedias como la ocurrida con los niños quemados en un bus en Fundación (Magdalena) y los nativos de la Sierra Nevada muertos por un fulminante rayo. La sequía, el hambre y la tragedia ambiental en La Guajira y Casanare, ligada a la explotación indolente de los recursos naturales a manos de empresas transnacionales. Los desmayos inexplicables de jovencitas en Carmen de Bolívar. La anécdota de Doña "Mechas" llamando a apoyar a "Juanma" y contra "Zurriaga". La persistencia guerrerista de Uribe y el debate parlamentario realizado por Iván Cepeda contra el paramilitarismo. La muerte de Gabo. El paro judicial y la acumulación de problemas en la justicia. La lentitud en la restitución de tierras. La crisis de los precios del petróleo y su impacto fiscal. La tensión mundial entre EE.UU. y Rusia que parece la re-edición de la "guerra fría". En fin tantos hechos que muestran la vitalidad de nuestra sociedad y los grandes problemas acumulados que no van a tener solución si no nos unimos y derrotamos a la casta oligárquica.

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Lunes, 05 Enero 2015 08:43

El viento de cambio viene del sur

El viento de cambio viene del sur

En caso de ganar en Grecia, Syriza se convertiría en el primer partido europeo que llega al poder con un discurso en contra del ajuste y contra los dispositivos de rescate financieros monitoreados por la UE, el Banco Central Europeo y el FMI.

 

Desde París

 

Entre septiembre y diciembre, la Unión Europea (UE) vive una de sus más agitadas pesadillas. Después del referéndum soberanista en Escocia de septiembre pasado, el auge de las llamadas izquierdas radicales europeas viene a introducir un ingrediente suplementario de agitación y de profundo cuestionamiento del modelo financiero con el que la Unión Europea funciona desde hace años. Las alternativas que ofrecen las izquierdas radicales de España –Podemos– o de Grecia –Syriza– y la atracción electoral que las confirman como nuevas fuerzas políticas ineludibles pusieron a Bruselas en un tenso compás de espera. La historia se aceleró en los últimos días luego de que, ante la incapacidad de designar a un nuevo presidente –en este caso el conservador Stavros Dimas, que contaba con el respaldo de la UE–, Grecia convocara a elecciones legislativas anticipadas para este 25 de enero. Las encuestas de opinión vaticinan un triunfo de la izquierda radical de Syriza, el partido de Alexis Tsipras. Con un 30 por ciento de las intenciones de voto, Syriza se apresta a protagonizar la primera victoria de la "izquierda de la izquierda" en Grecia y, también, el inicio de un ciclo histórico: en caso de ganar: Syriza se convertiría en el primer partido europeo que llega al poder con un discurso en contra de la austeridad y contra los dispositivos de rescate financieros monitoreados por la "troika" –el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y la UE–. El líder griego ya dijo que "la política de austeridad será muy pronto una cosa del pasado".

Grecia, Portugal, Chipre, Irlanda o España, la brisa del cambio viene principalmente de los países del sur. La tendencia hacia la izquierda en estos países contrasta con lo que ocurre en el norte de Europa, donde la crisis y la austeridad propulsan más bien a la extrema derecha. Ante una socialdemocracia inerte y pactista, las izquierdas radicales encontraron un terreno de legitimidad muy fértil. Como lo explica al vespertino Le Monde el profesor y especialista de los radicalismos políticos, Jean-Yves Camus, "para los socialdemócratas ya no hay más utopía. Ya no hay más proyecto de emancipación económica colectiva sino únicamente individual. A lo sumo, la socialdemocracia propone una utopía de sociedad, como por ejemplo el matrimonio para todos. La izquierda radical se opone a ello e intenta hacer comprender a los electores que el software actual puede ser algo muy distinto que una simple adaptación al mundo". Las propuestas de Podemos en España y Syriza en Grecia van en esa dirección. El horizonte griego es para Bruselas una confirmación de esos postulados. No se trata sólo de ideas, sino de contenidos que van en contra de la ortodoxia liberal de la Unión Europea, empezando por la renegociación de los planes de rescate otorgados a Grecia por la troika a partir de 2010. El primero, que se extendió de 2010 a 2012, ascendió a 110 mil millones de euros. El segundo, por 130 mil millones, cubría el período de 2012 a 2014 y tenía que ser desembolsado por etapas y según la evolución de las reformas estructurales planteadas por los prestamistas. Por ahora, el FMI suspendió el pago de la ayuda hasta después de las elecciones. Bruselas teme que Syriza salga de la tutela financiera de la Unión Europea antes de que concluyan las negociaciones sobre el segundo plan de rescate. Y los europeos, como ya ocurrió en las elecciones de 2012, no se privan de agitar los pañuelos rojos, de esgrimir el ya conocido discurso "nosotros o el desastre", o de afirmar que todo voto contra los planes de austeridad es, de hecho, un voto contra Europa. El comisario europeo para los asuntos financieros y monetarios, Pierre Moscovicci, llamó a los griegos a que, en las elecciones legislativas, "reafirmen una política pro europea porque las reformas emprendidas son necesarias".

Más cínico, el actual presidente de la Comisión Europea, el ex primer ministro luxemburgués Jean-Claude Juncker, dijo "mi preferencia sería volver a ver rostros familiares en enero". En suma, los adversarios de la izquierda radical griega, tanto dentro de Grecia como en el seno de la Unión Europea, acusan a Syriza de conducir el país a la quiebra y de empeñarse en querer que Grecia salga del euro. La falacia es absoluta. En ningún punto del programa del movimiento figura esta propuesta. El partido de Alexis Tsipras ya fijó las condiciones de la resurrección: un programa de 1300 millones de euros destinado a paliar las consecuencias de la "crisis humanitaria". Y en el capítulo que toca a la pesadilla europea, Tsipras anunció que reclamará a la Unión Europea una quita "realista" de una deuda que, según él, "es imposible de pagar". El equipo económico de Syriza calcula que la deuda griega podría cancelarse en un 50 por ciento y que el resto "se pagaría con crecimiento".

Las estadísticas griegas distan de ser tan optimistas como las que presentan los tecnócratas de la Unión Europea y la prensa del sistema: el país lleva seis años en recesión, tiene una deuda equivalente al 177 por ciento de su PIB, una evasión fiscal que la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) evalúa en un 25 por ciento del PIB, un desempleo que roza el 40 por ciento según los sectores mientras que, sólo en Atenas, hay cerca de 25 mil personas sin techo. La retórica de la izquierda radical es mucho menos incendiaria que hace unos años. Incluso incluye en su paquete de soluciones a la Unión Europea y al mismo Banco Central Europeo, con la diferencia de que, ahora, la prioridad no es reembolsar a costa de sacrificios sino pagarles a los sacrificados todos los esfuerzos que hicieron.

No sólo Syriza ha movido sus posiciones, también lo hizo la guardiana de la ortodoxia financiera de Europa, Alemania y su canciller Angela Merkel. A diferencia de hace cinco años, cuando Berlín impuso una camisa de fuerza de austeridad a Europa e insistió en que en ningún caso Grecia debía salir de la zona euro, Alemania modificó su postura con un plan revelado por el semanario Der Spiegel y bautizado "Grexit". Según la revista alemana, Merkel y su equipo económico calculan que es ineluctable la salida de Grecia del euro si gana Syriza. Pero contrariamente a 2010, ahora, escribe Der Spiegel, los riesgos de que la zona euro se haga añicos sin Grecia "son limitados". Alemania habría cambiado su análisis y opta ahora ya no por la idea de que el desastre de uno acarrea el desastre de los demás, sino por el principio de "la cadena". La revista alega que la "teoría de la cadena es la opción dominante: si uno de los miembros más débiles de la cadena se cae, el resto de la cadena se torna más sólida". Es lícito recordar que Europa ha reforzado su sistema mediante dispositivos de rescate como el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) y otros planes piloteados por el Banco Central Europeo, el BCE.

De todas maneras, incluso con su anunciada victoria, Syriza no podría gobernar solo. Su triunfo no resolvería completamente el problema de gobernabilidad de Grecia. Ioannis Papadopulos, politólogo en la Universidad de Macedonia, reconoce que "Syriza ya empezó a centrarse e, inevitablemente, tendrá que asociarse con un partido socialdemócrata para gobernar. Ello no quita que las izquierdas rojas de Europa viven una renovada primavera. "La borrasca viene del sur", escribe el matutino Libération. Los dos huracanes son, desde luego, Syriza y Podemos. Ambos han restaurado una idea que en los últimos años hacía reír a quienes escuchaban su enunciado: la lucha de clases, la certeza de que las sociedades modernas se han divido cada vez más entre quienes ganaron con la globalización y quienes perdieron con ella, entre los asistidos que pierden sus ayudas y los inversores que ganan en todos los casilleros. La Europa del Sur se ha convertido en un laboratorio espontáneo frente a ese ya experimentado laboratorio del liberalismo que es la Unión Europea. Este nuevo aporte no es tampoco ajeno a la idea de construcción europea, contrariamente a quienes sólo ven a Europa como un manantial liberal. De los 42 escaños que los partidos de la izquierda radical ganaron en las elecciones europeas del año pasado, ninguno de estos euroescépticos están contra de Europa o de la integración europea. Anne Sabourin, miembro del Partido de la Izquierda Europea (GUI), asegura "no estamos contra Europa sino por otra Europa". El motor de esta izquierda es la transformación, no la eliminación. Ahí está uno de sus hallazgos. El otro es haberse hecho escuchar pese a la brutal corrupción del pensamiento y de la política, a la propaganda de los medios, a la dictadura de la opinión única, el ejército de robots-analistas-comentaristas que destilan en los canales de televisión la sinfonía única del miedo, de la austeridad como destino salvador y del infierno si a alguien se le ocurre renunciar a ella.

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Domingo, 07 Diciembre 2014 09:46

Un movimiento genuino por el cambio social *

Un movimiento genuino por el cambio social *

La guerra es la salud del Estado, escribió el crítico social Randolph Bourne en un ensayo clásico cuando Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial:
Automáticamente pone en movimiento en toda la sociedad esas fuerzas irresistibles de uniformidad, de cooperación apasionada con el gobierno para forzar a la obediencia a grupos minoritarios e individuos que carecen del sentimiento de rebaño... Otros valores, como la creación artística, el conocimiento, la razón, la belleza, la mejoría de vida, son sacrificados de inmediato y casi en forma unánime, y las clases significativas que se han constituido en agentes aficionadas del Estado se dedican no sólo a sacrificar esos valores para sí mismas, sino a obligar a otras personas a sacrificarlos.


Y al servicio de las clases significativas de la sociedad estaban los intelectuales, adiestrados en la dispensa pragmática (exención del deber religioso de no matar), inmensamente listos para la ordenación ejecutiva de los acontecimientos, dolorosamente impreparados para la interpretación intelectual o el enfoque idealista de los fines.


Están alineados al servicio de la técnica de guerra. Parece haber una particular afinidad entre la guerra y esos hombres. Es como si hubieran estado esperándose mutuamente.


El papel de los intelectuales tecnocráticos en la toma de decisiones es predominante en aquellas partes de la economía que están al servicio de la técnica de guerra y vinculadas de cerca con el gobierno, que apuntala su seguridad y crecimiento.


Poco es de extrañar, pues, que los intelectuales tecnócratas estén típicamente comprometidos con lo que el sociólogo Barrington Moore llamó en 1968 la solución depredadora de la reforma simbólica en el interior y el imperialismo contrarrevolucionario en el exterior.


Moore ofrece el siguiente resumen de la voz predominante de Estados Unidos en el interior y el exterior, una ideología que expresa las necesidades de la élite socioeconómica del país, que es postulada con diversos grados de sutileza por muchos intelectuales estadunidenses y que gana adhesión sustancial de la mayoría que ha obtenido alguna participación en la sociedad acaudalada:


"Uno puede protestar con palabras todo lo que quiera. Sólo hay una condición inherente a la libertad que nos gustaría mucho alentar: las protestas pueden ser tan estentóreas como sea posible, siempre y cuando permanezcan inefectivas... A quien recurra a la fuerza, de ser necesario, lo borraremos de la faz de la tierra mediante la respuesta mesurada que hace llover fuego de los cielos."


Una sociedad en la que esta es la voz predominante sólo puede mantenerse mediante alguna forma de movilización nacional, la cual puede variar en extensión desde, como mínimo, una asignación de recursos sustanciales hasta una amenaza creíble de fuerza y violencia.


Dadas las realidades de la política internacional, este compromiso sólo puede mantenerse en Estados Unidos mediante alguna forma de sicosis nacional: una guerra contra un enemigo que aparece con muchos disfraces: burócrata del Kremlin, campesino asiático, estudiante latinoamericano y, sin duda, guerrilla urbana dentro del país.


Tradicionalmente, el intelectual ha quedado atrapado entre las demandas en conflicto de la verdad y el poder. Le gustaría verse como el hombre que busca discernir la verdad, decir la verdad como la ve, actuar –colectivamente donde pueda, individualmente donde deba– para oponerse a la injusticia y la opresión, para contribuir a dar forma a un mejor orden social.


Si elige este camino, puede esperar ser una criatura solitaria, despreciada o injuriada. Si, por el contrario, pone sus talentos al servicio del poder, puede lograr prestigio y riqueza.


También puede tener éxito en persuadirse –tal vez con justicia, en un momento dado– de que puede humanizar el ejercicio del poder de las clases significativas. Quizás espere unirse a ellas o incluso remplazarlas en la función de manejo social, en interés final de la eficiencia y la libertad.


El intelectual que aspira a este papel puede valerse de la retórica del socialismo revolucionario o de la ingeniería social del Estado de bienestar al perseguir su visión de una meritocracia en la que el conocimiento y la capacidad técnica confieran poder.


Puede representarse a sí mismo como parte de una vanguardia revolucionaria que abre el camino hacia una nueva sociedad, o como un técnico experto que aplica tecnología gradual al manejo de una sociedad que puede atender sus problemas sin cambios fundamentales.


Para algunos, la elección puede depender de poco más que una evaluación de la capacidad relativa de las fuerzas sociales en competencia. No resulta sorprendente, pues, que con mucha frecuencia los papeles cambien: el estudiante radical se vuelve el experto en contrainsurgencia.


En cualquier caso, es necesario ver sus afirmaciones con recelo: propone la ideología convenenciera de una élite meritocrática que, según la frase de Karl Marx (aplicada en este caso a la burguesía), define las condiciones especiales de su emancipación (como) las únicas condiciones generales por las que la sociedad moderna puede ser salvada.

 

El papel de los intelectuales y los activistas radicales, pues, debe ser sopesar y evaluar, intentar persuadir, organizar, pero no capturar el poder y gobernar. En 1904, Rosa Luxemburgo escribió: Históricamente, los errores cometidos por un movimiento verdaderamente revolucionario son infinitamente más fructíferos que la infalibilidad del comité central más brillante.

 

Estas observaciones son una guía útil para el intelectual radical. También brindan un refrescante antídoto al dogmatismo tan típico del discurso de la izquierda, con sus áridas certidumbres y su fervor religioso con respecto a asuntos que apenas si se entienden: el autodestructivo equivalente en la izquierda a la petulante superficialidad de los defensores del statu quo, incapaces de percibir sus propios compromisos ideológicos más de lo que un pez percibe que nada en el mar.


Siempre se ha dado por sentado entre los pensadores radicales, y con justa razón, que la acción política efectiva que amenaza intereses sociales arraigados conducirá a la confrontación y la represión. Es, por consiguiente, un signo de bancarrota intelectual para la izquierda buscar construir confrontaciones; es una clara indicación de que los esfuerzos por organizar una acción social significativa han fallado.


Particularmente objetable es la idea de diseñar confrontaciones con el fin de manipular a los participantes inconscientes para que acepten un punto de vista que no surge de una experiencia significativa, de un entendimiento real. No es sólo un testimonio de irrelevancia política, sino también, precisamente porque es manipulador y coercitivo, una táctica propia sólo de un movimiento que apunta a mantener una forma elitista y autoritaria de organización.


Las oportunidades de los intelectuales de tomar parte en un movimiento genuino de cambio social son muchas y variadas, y creo que ciertos principios generales son claros. Los intelectuales deben estar dispuestos a encarar los hechos y abstenerse de erigir fantasías convenientes.


Deben estar dispuestos a emprender el arduo y serio trabajo intelectual requerido para hacer una aportación real al entendimiento. Deben evitar la tentación de unirse a una élite represiva, y deben ayudar a crear las políticas de masas que contrarresten –y en última instancia controlen y remplacen– las fuertes tendencias a la centralización y al autoritarismo que están profundamente arraigadas, pero no son inescapables.


Deben estar preparados a enfrentar la represión y a actuar en defensa de los valores que postulan. En una sociedad industrial avanzada existen muchas posibilidades para la participación popular activa en el control de las grandes instituciones y la reconstrucción de la vida social.


Hasta cierto punto, podemos crear el futuro en vez de limitarnos a observar el flujo de los acontecimientos. Dado lo que está en juego, sería criminal dejar que las verdaderas oportunidades pasen inexploradas.


* Este artículo está adaptado del ensayo Conocimiento y poder: los intelectuales y el Estado de bienestar-guerra, que apareció en el libro de 1970 La nueva izquierda, editado por Priscilla Long. El ensayo está reimpreso en Masters of Mankind: Essays and Lectures, 1969-2013, por Noam Chomsky.
** El libro más reciente de Noam Chomsky es Power Systems: Conversations on Global Democratic Uprisings and the New Challenges to U.S. Empire. Interviews with David Barsamian (Sistemas de poder: conversaciones sobre levantamientos democráticos mundiales y los nuevos desafíos al imperio de EU: entrevistas con David Barsamian. Chomsky es profesor emérito de lingüística y filosofía en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en Cambridge.
© 2014 Noam Chomsky
Distributed by The New York Times Syndicate
Traducción: Jorge Anaya

Publicado enPolítica
Lunes, 24 Noviembre 2014 06:48

"Bienvenidos de vuelta al caos"

"Bienvenidos de vuelta al caos"

Es reconocido como uno de los mayores intelectuales de la comunicación y la cultura en América latina. Todos los estudiantes de comunicación de los países de la región y de buena parte del mundo han leído y debatido sobre sus textos, en particular sobre Los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía (1987), que transformó profundamente el pensamiento sobre la comunicación, intentando poner a las personas, a la cultura y no a los medios, en el centro del proceso comunicacional. Jesús Martín Barbero (77), español de nacimiento y colombiano por decisión, estuvo en Buenos Aires y dialogó con Página/12.


–Desde su llegada a Buenos Aires lo hemos escuchado hablar insistentemente sobre la necesidad de "volver al caos". Llegó a decir "bienvenidos al caos". ¿Es posible pensar en el caos?

–Por supuesto. La Biblia nos acostumbró a pensar que vivíamos en el caos, porque cuando Dios creó el mundo, creó el orden. ¿Sí? Pero lo anterior al orden y a la creación es el caos. La creencia popular moderna tiene ya que ver con un mundo bastante ordenado. En la Edad Media –por hablar de una época que nos concierne– hubo también una sensación de caos porque se acabó todo lo relativo a aquello que dominó gran parte del mundo entonces conocido: el Imperio Romano. Entonces llegaron unos señores distintos, a quienes los historiadores llamaron "bárbaros", porque venían del caos. Es decir que el imperio era el orden y lo que quedaba fuera del imperio era el caos. Para los cristianos la palabra caos ha quedado marcada por algunas figuras del Antiguo Testamento, pero en realidad yo tendría que haber dicho simplemente "bienvenidos de vuelta al caos". Porque a lo largo de nuestra historia ha habido varias épocas de caos. Y yo creo que actualmente este mundo está tan fuera de órbita que solo un regreso al caos nos va a permitir reinventar la sociedad. Reinventar una sociedad con capacidad de acoger toda la diversidad que hoy existe en este planeta, toda la diversidad de sensibilidades, de chancearon, de inventiva, de tipos de esperanza, toda la diversidad narrativa que hay hoy, la explosión narrativa de los jóvenes. Entonces, nuevamente, bienvenidos al caos.

–Pero la modernidad nos ha acostumbrado a asimilar conocimiento con orden y con disciplina. Por ese motivo puede ser muy difícil comprender lo que ahora usted está diciendo.


–Hay un libro de Alessandro Baricco –el autor de Seda– que aconsejo cada vez más. Se titula Los bárbaros. Son textos por entregas en una revista de Italia. O sea que son textos para leer, para gente del común. Lo más chocante del libro es que cuando empieza a entrar realmente en tema –antes habla de cómo ha cambiado el fútbol, cómo se hace el fútbol, cómo ha cambiado el vino, cómo se hace el vino, y así siguiendo– aparece un señor que está ante una ciudad derruida por los bárbaros y la pregunta es ¿los bárbaros construyen una ciudad? La respuesta es "sí... pero mucho después. Primero la destruyen". Todavía hay mucho por destruir, estamos en la época de destruir. Eso es lo difícil, pensar que realmente hay algo que destruir. Porque en nuestra cultura destruir equivale a perder memoria. No se piensa que destruir es crear espacio para construir una vez que ya está todo construido como en este mundo. En un mundo superconstruido como el nuestro, en cualquier aspecto, la única manera de hacer espacio libre, espacio verde, es destruir.

–Me pregunto y le pregunto, ¿la digitalización es algo así como una máquina de demolición respecto de lo que está construido?

–¿Me lo preguntas?

–Se lo pregunto.


–Exactamente. Esa es la máquina que está produciendo ya... perdón por el verbo... está reconfigurando a los seres humanos en relación con muchas dimensiones vitales. Pienso en la soledad. Hoy existen montones de asociaciones de padres de familia que están preocupadísimos por la cantidad de horas que sus adolescentes, niños incluso, pasan ante la pantalla del computador. Y dicen: ¡Pero están solos! La soledad de la que hablan estos papás no tiene doscientos años. Antes, los solos eran los que se iban de la ciudad al campo y se subían a un pino. La modernidad inauguró un tipo de soledad: el que está más solo es el que camina por una gran avenida de cualquier gran ciudad, en medio de una gran muchedumbre. O sea que el individuo en soledad no es el que salía, es el que estaba metido. Esa era la soledad moderna.

La soledad de este tiempo es otra, porque esos adolescentes están profundamente acompañados por otros, dibujando, insultándose, intercambiando canciones. Hay otros modos de estar juntos y esto –que para unos puede ser completamente superficial– para otros puede ser vital. Y no sólo por edades. Los papás se quejan de que los hijos están solos cuando, en verdad, la adolescencia es la época en que si no asumes la soledad, no creces. La adolescencia es el primer tiempo en el cual el sujeto humano tiene que asumir que está solo en el mundo. Que su vida no es la de su papá, ni la de su mamá, ni la de su amigo. No. Es la suya solita. Y va a estar con él, solito, para toda su vida. Vivir con la soledad no es una enfermedad, es una valiosísima dimensión de la vida humana.


–¿Y cómo se relaciona todo esto con el mundo digital?

–Allá vamos. El mundo digital supone, sobre todo, la demolición de la hegemonía letrada. Digámoslo fuerte: la demolición de lo que Julio Ramos llamó "la ciudad letrada". Esa ciudad que sigue ignorando que millones de personas, en nuestras ciudades de América latina, son indígenas de la cultura oral, incluso en Argentina, aunque pasaran por una escuela que les enseñó a leer y que les enseñó a escribir. La cultura cotidiana es oral. Y el mundo digital mueve el piso. El caos mueve el piso a las seguridades que teníamos. Aquella seguridad que sostenía que para ser inteligente había que ser letrado.

–Si la idea es que recuperamos el caos y retomamos la oralidad, ¿qué hacemos con la noción de progreso y con el concepto de desarrollo?

–Es una pregunta muy interesante. ¿La verdad? El progreso se fue al diablo... hace mucho tiempo. Poca gente ha leído y divulgado a Walter Benjamin, un señor que no fue ni filósofo, ni teólogo, ni literato... sino todas esas cosas juntas. O sea... fue un caos. Ese era el problema que tenía Benjamin con los amigos que le publicaban artículos para que pudiera vivir. ¿Esto qué es? ¿Literatura?, le decían. Esto no es literatura, es crítica literaria... Tampoco. ¿Es filosofía? Pero ¿de qué? Bueno... el caos empezó allá, en un señor que dijo que ha habido una patraña: pensar la historia en términos de progreso. Eso es lo que harían los niños, los bebés. Pero no un ser con un poquito más de razón, con un poquito más de edad. La idea del progreso es la de un tiempo homogéneo y vacío. Hemos creído que el tiempo nos conducía a algún sitio y nos preparaba para llegar a ese sitio. El progreso era eso.


–Pero en función de esta perspectiva organizamos también nuestro modo de pensar...


–Claro. Organizamos todo. Mejor dicho: nos dejamos organizar por esa idea. Porque la idea del progreso, la idea secular, de la providencia, nos van dando, a cada edad y en cada tiempo, lo que necesitamos para poder. ¿Por qué? Porque si tú quieres llamar progreso a lo material, tienes derecho. En el año 1900 el promedio de vida en los países más desarrollados de Europa era de 50 años. A fines de ese siglo es de 80. Si eso es progreso está muy bien. Tienes derecho a pensarlo, disfrútalo. Pero hay muchísimos otros índices que no se consideran. Estamos por llegar a no sé cuántos millones de habitantes en este planeta... que con sólo respirar van a hacer irrespirable el planeta en menos de 50 años. Y ni pensemos en términos de alimento. Si piensas en algo que dura menos de mil años puedes pensar en términos de progreso. De lo contrario no. ¿Cuántos siglos, o miles de siglos, o de tiempo real, ha tardado este "animalito" en llegar adonde está? Si lo pones en perspectiva de tiempo real del planeta, ¿de qué estamos hablando? Y si, por otra parte, hablamos realmente de la mayoría de la humanidad lo que llamamos progreso comienza a rebajarse enormemente. A menos que lo identifiquemos con unas cuantas variables del tipo "tiene menos ébola", "tiene menos tal... que nosotros". No es que la palabra progreso no nombre algo que sucede. Pero no es cierto que eso permita pensar la historia, porque es indefinido hacia adelante. Eso es lo que nos ha pasado. Es indefinido hacia adelante y ha sido un atraso, en montones de aspectos. La palabra desarrollo, la palabra desarrollar, sufrió una perversión: desarrollarnos para ser como otros. Y apenas unos poquitos en América latina lograron torcerle el cuello a eso para plantear que aquello nos "subdesarrollaba", que un desarrollo autónomo es otra cosa. Y hemos tenido muchos problemas para poder retomar la palabra desarrollo.

Porque esa palabra se inventó en Europa. Arturo Escobar, un fabuloso antropólogo colombiano –más conocido afuera que adentro– en un texto titulado "El salvaje", muestra la trampa fuertísima del desarrollo. Porque desarrollar no sólo era crecer, era la palabra que sustituía a progreso para los países pobres. Hasta Naciones Unidas identificó durante muchos años desarrollo con crecimiento económico. La idea de crecimiento es una idea demasiado chiquita para pensar en la historia de la humanidad. Es demasiado torpe. Y, en el fondo, desarrollo es crecimiento. Sabemos lo que es crecimiento y sabemos lo que dura un ser humano. ¿Qué es el crecimiento? Caminar hacia la vejez, jodida como ya sabemos que es.

–Y frente a este razonamiento, ¿cuál es la idea de la emancipación, cuál es el sentido de la emancipación?

–Para pensar la emancipación hay que salirse de la categoría del progreso, hay que salirse de todas las categorías que nos hablan del crecimiento, del desarrollo, y hay que empezar a pensar la historia, o sea, el tiempo. Hay que volver a la palabra tiempo para pensar en los destiempos, en los contratiempos. Porque la historia está hecha de eso: de tiempos, destiempos y contratiempos. Y, finalmente, de intervalos. Yo propongo pensar la emancipación en términos de intervalos. Hay intervalos en el tiempo en los que se pueden hacer cosas que no se pueden hacer en el tiempo normal. Emancipación es otra cosa, es libertarnos. Es otra palabra, refiere a otro mundo de categorías, emancipar al ser humano es otra cosa. Tiene que ver con libertad, con acrecentamiento de la libertad a sabiendas de las contradicciones que tiene toda libertad, de los conflictos que genera la libertad. En el fondo es más fácil ser feliz siendo esclavo. Hegel nos lo contó así: un esclavo lo pasa mal, pero cuando piensa en cambiar se asusta porque lo único que piensa es en matar al amo para ser amo él mismo. Entonces, no salimos nunca de la situación de esclavitud. La emancipación es otra cosa, no es matar al amo. Emancipación es aquel tipo de libertad que nos haga más iguales, es decir, que vaya destruyendo todas las desigualdades que se colincharon (nota: en Colombia colinchar: integrar, unir), que se colgaron de una noción completamente perversa, no emancipada, de libertad. Es el ricachón que piensa que con su dinero, como es suyo, puede hacer lo que la da la gana. Un momento. En este planeta vivimos todos y entonces tienes que comenzar a pensar en la mayoría y cuando empiezas a pensar en la mayoría te das cuenta lo difícil que es ayudar a emanciparnos personalmente. Y sabemos la cantidad de cosas de las que nos tendríamos que emancipar.

–¿Tenemos conciencia clara de aquello que nos esclaviza?

–Costumbre es una palabra mucho más linda que esclavitud. Es mi costumbre, son las costumbres de mi pueblo, algo que yo le digo a mi esposa y a mis hijos veinte veces por día. "Oye... es que yo vengo de un pueblito de España... entonces yo tengo otras costumbres." Otras costumbres son otros gustos, son otros modos de ver el mundo, de hablar. Aquí no hay recetas, pero hay contradicciones y, por lo tanto, hay intervalos, hay destiempos. Esa fue la imagen que yo recibí de Brasil. Son las brechas. Brecha es una palabra brasileña. No hay muro que no tenga brecha, pero hay que pasar la mano muchas veces, muy despacio, para detectarla. Y si tú puedes detectar la brecha, tú horadas, tú tumbas... Hay que trabajar sobre las brechas. Este es un poco el tema. El tiempo no está a favor de nosotros, olvídense. Por eso las revoluciones son esos momentos que han permitido avanzar a la humanidad. Con un montón de muertos, sí, pero lo han intentado. Otra cosa es que las revoluciones producen sus monstruos, y algunos muy rápido como ocurrió con el comunismo. Los franceses creyeron que la emancipación iba a durar más, así a la vista. Un historiador francés de la cultura me contó que a los pocos días de la revolución llegó una comisión de Gran Bretaña porque estaban convencidos de que, si los ciudadanos eran todos y eran iguales, no tenían por qué venir a París a pedir permiso para hablar bien su idioma o hacer cosas que tenían que ver con sus costumbres. ¿Y saben qué les hizo Robespierre? Les mandó a cortar la cabeza. Si hay un país centralista en el mundo, la contradicción de las contradicciones, es Francia.

–Lo escucho y reflexiono. Podemos coincidir o no, pero el sujeto del progreso y del desarrollo es un sujeto que suma saber y poder. Por un lado, un saber técnico científico, y por el otro, un poder basado, en la propiedad privada que tiene su reflejo simbólico en el dinero. Ese, para mí, es el sujeto de la modernidad que construye un modo de entender el progreso. ¿Cuál es el sujeto de la emancipación?

–El sujeto de la emancipación tiene, indudablemente, junto con la precariedad de los intervalos, algo de saber y algo de poder.

–¿Pero qué es saber y qué es poder desde la concepción de la emancipación?

–Es un tipo de saber menos pensado desde el sujeto individual y más desde un sujeto comunitario, o sea, libertario. Un saber que está en función de que más gente sepa. La emancipación para mí pasa por un saber desligado del saber y del poder hegemónico. Porque hay otros vocabularios, otros saberes, otras formas de poder. Porque a otros tipos de saberes es más difícil de meterles el gol de que el único poder es el económico.

–Pensando otra vez en los sujetos de la emancipación, los pienso como sujetos situados en un ámbito concreto. ¿El sujeto de la emancipación es un sujeto genérico o es un sujeto inserto en un lugar que lo constituye de alguna manera? Me cuesta pensar en sujetos genéricos.

–La palabra sujeto la has puesto tú. Yo no la puse.

–De acuerdo. ¿Actores?


–Bueno. Pero hago la pequeña advertencia porque es el enredo en el que se mete uno cuando pone la palabra sujeto. Es una palabra con una ambigüedad terrible. Foucault intentó acabar con ella y Derrida hizo todo lo posible también. Primero porque en el lenguaje común "sujeto" es el que está sujeto a otro. O sea, todo lo contrario de lo que significa noblemente hablando. Sujeto es sujetado. Pero lo que pasa es que tiene una historia filosófica que tiene que ver con Descartes. No es una palabra que no existiera antes, pero el sentido que nosotros le hemos dado es el de la modernidad: el sujeto moderno es un sujeto autónomo. Es una contradicción desde los términos ya. Pero, bueno... sujeto autónomo moderno. Eso es. Es el emancipado. Sujeto autónomo emancipado... el capaz de pensar con su cabeza. El capaz de tomar decisiones que no sean inducidas ni por la costumbre, ni por el poder. ¿Eso es el sujeto moderno? Eso es el ciudadano que creemos que ha existido y que es el ideal para tener una sociedad democrática, una sociedad que respeta la diversidad, que es difícil, que está contra la desigualdad, que es mucho más difícil todavía. De manera que la emancipación está ahí: luchar contra la desigualdad, a favor de la diversidad.

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La necesaria y urgente revolución democrática

El movimiento transformador del sistema económico, político y social presente en el mundo occidental más importante que existió en el siglo XX fue el socialismo, tanto en su versión leninista (en los países en vías de desarrollo), como en su versión socialdemócrata (más dominante en los países capitalistas desarrollados). En contra de lo que se anuncia en los mayores medios de comunicación y en los fórums conservadores y neoliberales, la experiencia empírica existente muestra que, a pesar de sus errores, la humanidad entró en el siglo XXI con mayor bienestar del que hubiera tenido si no hubiera existido el socialismo (ver mi artículo "¿Ha fracasado el socialismo?", Público, 22.09.14). La estrategia socialista tenía como objetivo conseguir la eliminación de la explotación, predominantemente de clase social, por parte de los propietarios y gestores de los principales medios de producción. De ahí que una demanda central de esta estrategia transformadora fuera la nacionalización de tales medios. El agente social eje de este proyecto era el movimiento obrero, y sus instrumentos y partidos políticos. Ni que decir tiene que la aparición de estos partidos en el panorama político despertó una enorme hostilidad, incluyendo la brutal represión por parte de los poderes económicos y financieros y de la clase social que controlaban aquellos medios de producción, y que dominaban o ejercían una enorme influencia sobre los Estados en donde dichos medios estaban ubicados.


Las luchas de los movimientos obreros, aliados con otras fuerzas y movimientos sociales, consiguieron una notable mejora del bienestar de las poblaciones a nivel mundial. Y los datos están ahí para el que quiera verlo. Europa, por ejemplo, no hubiera alcanzado el grado de bienestar que tenía a finales del siglo XX sin que hubiera existido el socialismo en su seno. En realidad, su propio éxito determinó, a partir de los años ochenta, una respuesta –una contrarrevolución del mundo del capital- que se caracterizó por un intento (que ha sido exitoso) de reducción, cuando no eliminación, de los derechos sociales, laborales y políticos que se habían conseguido durante la mayor parte del siglo XX. Esta reducción se realizó a base de imponer, a partir de los años ochenta, las políticas neoliberales, siendo el neoliberalismo el proyecto generado y promovido por el capital.


Estas políticas neoliberales han llevado a una situación de enorme concentración de la riqueza y de las rentas, que ha tenido como consecuencia el deterioro de la democracia como resultado de la enorme influencia sobre el Estado de los beneficiarios de dicha concentración. Nunca antes había existido en el sistema democrático europeo tal grado de influencia política por parte de los poderes financieros y económicos, que prácticamente controlan el Estado y las instancias supranacionales, como las instituciones que gobiernan Europa (el Consejo Europeo, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Parlamento Europeo).


El porqué de la exigencia de una revolución democrática ahora y no antes


De ahí que haya aparecido ahora, y no antes, la demanda y la exigencia de una democracia real, demanda que tiene como objetivo la participación de la ciudadanía en el gobierno de la sociedad, tanto en las instituciones políticas como en las económicas, financieras y mediáticas. Esta demanda, centrada de momento en la esfera política, de exigir democracia, es una demanda auténticamente revolucionaria, es decir, que se enfrenta directamente con las estructuras de poder, cuestionando su permanencia y existencia. Hoy, exigir que cada ciudadano tenga el mismo poder de decisión y de gobernar el país, a través de formas de participación tanto directa (como referéndums basados en el derecho a decidir) como indirecta (a través de la vía representativa), es una demanda auténticamente revolucionaria. No es ya la nacionalización de los medios de producción, sino la exigencia de que exista una democracia real, lo que crea pánico en los establishments de estos países, como lo muestra muy claramente el caso de España. La Transición, que, como documenté hace ya años (ver Bienestar insuficiente, democracia incompleta. Sobre lo que no se habla en nuestro país, 2002), distó mucho de ser modélica, no significó una ruptura con el Estado dictatorial, sino una modificación (resultado, predominantemente, de la presión del movimiento obrero) para permitir elementos y componentes democráticos en ese Estado, sujetos a enormes limitaciones. Y entre ellas, el funcionamiento de las instituciones representativas dentro de un contexto mediático altamente controlado por grupos financieros y económicos que ejercen una excesiva influencia sobre el Estado. La Transición de la dictadura a la democrática se centró en dar mayor poder de decisión sobre todo a las élites gobernantes de los partidos políticos, los cuales canalizaron la única democracia posible, que era la democracia indirecta o representativa, en la que la ciudadanía escoge (a través de un sistema escasamente proporcional, sesgado hacia las fuerzas conservadoras) unos partidos (con escasísima democracia interna) con aparatos que se reproducen a sí mismos y que se aferran por todos los medios a su sillón y a sus privilegios. Así se crearon las castas, centradas predominantemente, pero no exclusivamente, en los partidos mayoritarios del país. Esta estructura domina no solo la rama legislativa y ejecutiva del Estado, sino todas las ramas y aparatos del Estado. Sus relaciones con el poder financiero y económico son de interdependencia y complicidad, lo que determina una serie de políticas públicas neoliberales que no tienen ningún mandato popular, pues no estaban en sus programas electorales. Una derivada de esta complicidad es la excesiva corrupción.


No es, pues, de extrañar, que apareciera un movimiento de protesta de enorme importancia en el país, el movimiento 15-M, que puso en el centro de su proyecto la denuncia de este sistema que se autodefine como democrático. Sus eslóganes ("Lo llaman democracia y no lo es"; "No nos representan"; "No hay pan para tanto chorizo") iban directamente al grano y fueron inmensamente populares. Casi de inmediato surgió una gran simpatía hacia este movimiento, de tal manera que hoy la mayoría de la ciudadanía española está de acuerdo con que los gobiernos no la representan. Nunca antes, durante el periodo democrático, el Estado había alcanzado un nivel tan alto de descrédito y de pérdida de legitimidad, pérdida acentuada todavía más en la aplicación de políticas públicas que carecen de mandato popular.

La aparición de movimientos democráticos contestatarios

Es, por lo tanto, lógico y predecible que la aparición de un movimiento político basado en la cultura y la dinámica del 15-M, como lo es Podemos, fuera repentina, y que este movimiento se convirtiera, en poco tiempo, en la opción preferida por grandes sectores de la población, hartos e insatisfechos con la situación actual, transformándose en la tercera fuerza política del país. Ni que decir tiene que la casta política y el establishment financiero (según el banquero Emilio Botín, recientemente fallecido, el mayor peligro para su supervivencia era Podemos y lo que él llamaba el problema catalán), económico y mediático del país se movilizaron enseguida, con una gran agresividad por parte de las derechas españolistas, con la vulgaridad y la estridencia (casi sin precedentes en Europa) que les caracterizan. La derecha española, situada en la ultraderecha en el panorama político europeo, carece de cultura democrática, siendo la heredera de la derecha del régimen anterior. Su grado de corrupción (que ha contaminado a otros partidos) es continuador del existente en el Estado dictatorial. Lo que es lamentable es que la nueva dirección del PSOE haya añadido su voz, refiriéndose a Podemos como "populista", "demagógico", "utópico", etc. (ver mi artículo "¿Qué es populismo?", Público, 13.11.13).


Esta demanda de democracia aparece también en Catalunya con el movimiento a favor del derecho a decidir (que apoya alrededor de un 80% de la población e incluye, aunque no es lo mismo, el derecho a la secesión, que lo apoya alrededor de un 50%), lo que se convierte en un problema mayor cuando el Estado no permite el ejercicio de tal derecho, pues el Estado teme, con razón, las consecuencias de que este derecho a decidir (democracia participativa y directa) se expandiera al resto de España. El mal llamado problema catalán es el problema español, creado por una transición inmodélica que dio como resultado un Estado escasamente democrático, pobre, poco redistributivo, con escasa conciencia social (el gasto público social por habitante continúa siendo uno de los más bajos de la Unión Europea de los 15) e incapaz de reconocer la plurinacionalidad de España.


El mayor reto de estos nuevos movimientos radicales, exigiendo democracia real, y los nuevos partidos políticos es el de organizarse sin reproducir los defectos de las organizaciones políticas actuales, estableciendo un sistema de participación en el que sea la ciudadanía la que decida directamente (el derecho a decidir, a través de formas de democracia directa, hoy prácticamente inexistentes en España), relacionándolo con la de democracia indirecta, es decir, la democracia donde el ciudadano delega a su representante la toma de decisiones. Una fuerza política debería reproducir en su seno el tipo de sociedad que desea. De ahí el enorme daño de los partidos políticos, al no reflejar en su interior el tipo de sociedad que la ciudadanía desea. Lo que hoy estamos viendo es una oposición a la profesionalización de la política.

La respuesta a la exigencia democrática

Las medidas con las que los partidos actuales intentan responder a esta exigencia de mayor democracia son muy insuficientes. La introducción de primarias en los partidos políticos, de listas abiertas y de otras reformas, son medidas necesarias, pero enormemente insuficientes, pues no tocan otros elementos como la financiación privada de los partidos, fuente constante de la enorme corrupción. Pero algo incluso más preocupante es la falta de atención -en realidad, olvido (cuando no ocultación)- al desarrollo de formas de participación directa o democracia directa. Hoy, el derecho a decidir debería tener un protagonismo a nivel central, autonómico y local. Y de hecho ni se habla de ello. Es vergonzoso, y define a la Marca España, que no se permita que el pueblo catalán sea, ni siquiera, consultado. He vivido durante muchos años de mi exilio en EEUU, y el referéndum vinculante es una práctica común a los niveles estatales (equivalente a las autonomías) y locales en aquel país, incluyendo, por cierto, el derecho a separarse del Estado federal, como ocurre con el Estado de Texas, que tiene el derecho a la secesión si así lo deseara.

La necesidad de expandir la aplicación del proceso democrático

La democracia española no puede ser democracia si no hay plena libertad de expresión, con derecho a ser informados en lugar de ser persuadidos. La falta de diversidad ideológica de los medios, claramente sesgados hacia las posturas conservadoras y liberales, es uno de los mayores problemas democráticos del país. La revolución democrática tiene que intervenir en la falta de pluralidad de los medios, hoy enormemente influenciados por la banca como consecuencia de su endeudamiento. Pero esta democracia debe ser no solo política y mediática, sino también económica y social, dimensiones de la democracia inexistentes en España, y que debe incluir: el sistema de cogestión de las empresas, existente, por ejemplo, en Alemania (una de las causas de su bajo desempleo, al potenciar a nivel de cada empresa la distribución del tiempo del trabajo en lugar del despido); el sistema público de crédito; la eliminación de la especulación financiera; la extensión de los servicios públicos del Estado del Bienestar, con una democratización de sus sistemas de decisión y gestión; la democratización del sistema educativo y de formación; la corrección de las desigualdades, con medidas redistributivas que dificulten el establecimiento de una casta económica y financiera; la eliminación de la discriminación por clase social, género, raza, lugar de origen o edad. Esta democratización debería también afectar a las instituciones que reciben fondos públicos, como la Iglesia y el Ejército; y debería suponer también la democratización de los barrios, con un mayor poder de decisión territorial por parte de las organizaciones sociales y civiles (que deberían poder participar mediante medidas de democracia directa); la utilización masiva de referéndums vinculantes a todos los niveles del Estado, y así un largo etcétera. Esta es la nueva revolución (exigiendo democracia) que caracterizará el siglo XXI en España.

Una última observación. Alcanzar estas medidas exigirá todo tipo de medidas de presión, incluyendo la desobediencia civil. Hoy EEUU no tendría un Presidente negro si no hubiera habido una mujer negra que se opuso a la ley que le obligaba a sentarse en la parte de atrás del autobús. Y los sindicatos no existirían si no hubieran desobedecido las leyes antisindicales. La jornada laboral no se limitaría a 8 horas si los obreros de Chicago no hubieran desobedecido las leyes. En realidad, la desobediencia civil es el motor de la democracia. Frente a ello habrá una enorme represión, no solo política, sino económica. La mayor medida represiva hoy en España es el desempleo y la bajada de los salarios, pues atemorizan a la mayoría de la población, que es la que trabaja.


Pero he vivido suficientes años y en suficientes países para garantizar a la gente joven (de todas las edades) que si la mayoría de la población se moviliza puede alcanzar esta democracia. He vivido en muchísimos países para poder atestiguar que si la población explotada se moviliza (y hoy la población explotada por habérsele privado de la democracia es la mayoría) puede alcanzar lo que desea.

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Domingo, 07 Septiembre 2014 05:41

Vientos de cambio

Vientos de cambio

Hace seis meses, difícilmente se podía pensar que la presidenta de Brasil tuviera riesgo de perder la elección. Lo mismo el expresidente uruguayo Tabaré Vázquez, que parecía continuar sin dificultades el promocionado Gobierno de Mujica. Si añadimos que en Argentina la elección es una incógnita, aunque con aparente mayoría opositora, nos encontramos con que el viento vira en el sur de América.


No cabe darle a este aire renovado un sesgo ideológico. En Chile el cambio ya ocurrió y pasó de centro derecha a centro izquierda. En los otros, los signos no son tan claros. En Argentina se vive el ocaso de la hegemonía kirchnerista, pero bien puede seguir gobernando el incombustible peronismo, extraño camaleón que cambia de piel y sobrevive a huracanes y guerras civiles. En Brasil, no hay opción hacia la derecha, sino más bien hacia un centro muy moderado o la izquierda, mientras que en Uruguay los partidos tradicionales, con matices, reflejan las variantes del liberalismo, desde corrientes conservadoras a la inglesa a socialdemócratas prudentes.


¿Qué está pasando, entonces, cuando el crecimiento económico, desde hace una década, ha sido formidable y se registra una cierta baja de la pobreza?


Es verdad que las economías se han expandido al impulso de una bonanza exportadora producida por los altos precios de commodities, minerales o agrícolas, resultantes de la fuerte demanda asiática. No por ello la ciudadanía agradece. Primero, porque tiene claro que las mieles vinieron de afuera, y segundo, porque ya el panorama no es tan rosado: la dinámica expansiva ha detenido su velocidad y, si bien no se vislumbra una crisis, los tiempos serán más de rigor que de distribución.


La respuesta esta vez parece surgir de la política misma.

En Argentina, el kirchnerismo se ha agotado por su arbitrariedad, su voluntarismo y sus fantásticos escándalos administrativos. No se resiste más la retórica grandilocuente de la señora presidenta, envuelta siempre en banderas nacionalistas, en pugna con los enemigos exteriores que se conjuran para dañar a Argentina... Es cierto que un tercio del país está siempre pronto para recibir ese mensaje, como pasa ahora con una estrategia de choque en la deuda externa, que lleva la economía al default pero ubica al Gobierno en una lucha heroica contra los malqueridos especuladores internacionales. El resto de la opinión, sin embargo, advierte que se han malbaratado los beneficios de los grandes precios de exportación, desfondando las finanzas públicas sin mejorar la infraestructura, la educación y el acceso a la energía (pese a sus enormes recursos naturales).


En Brasil, la muerte de Eduardo Campos, candidato socialista que venía tercero en las encuestas, ha producido una ola emocional con fuerza de tsunami. La segunda de su fórmula, la ecologista Marina Silva, sustituye al fallecido y de un día para otro lleva su aprobación del 8%-10% al 20%-22%. Con esto se asegura que habrá segunda vuelta y que hay posibilidades para la oposición. ¿Por qué este cambio? Ante todo porque Marina Silva es conocida y se le reconoce honradez en lo personal tanto como en su defensa del ambiente. Frente a un PT desgastado por los escándalos, es un aire fresco. Naturalmente, Lula mantiene su popularidad y ha entrado ya en el escenario, pero todo es posible por estos días. Y falta bien poco.


En Uruguay, Vázquez lideraba cómodamente las encuestas hace seis meses, pero bastó que se iniciara la campaña para que todo comenzara a cambiar. Apareció un reclamo de juventud. En el propio Frente Amplio, hoy en el Gobierno, en la elección interna salió triunfante el joven Raúl Sendic, hijo del fundador del movimiento tupamaro, predominando sobre la senadora Topolanski, esposa de Mujica y ganando así la candidatura a la vicepresidencia. En el Partido Nacional, inesperadamente se produjo una contundente victoria de Luis Lacalle Pou, hijo del expresidente Luis Alberto Lacalle, quien con una campaña juvenil y positiva configuró rápidamente una oleada de moda. En el Partido Colorado ya se había producido ese cambio hacia la nueva generación con Pedro Bordaberry, quien pese a cargar con la pesada mochila de ser hijo de quien ejerció la dictadura, es reconocido como un candidato solvente. Hoy la opinión ha cambiado y los desgastes del Gobierno comienzan en la imagen de un candidato sin brío frente a los más jóvenes.


La variable política, entonces, luce dominante. Hay un fuerte rechazo a los episodios de corrupción administrativa, fatiga de viejas retóricas de una izquierda reiterativa y una voluntad de cambio asociada también a un viraje de los vientos del mundo. Se empieza a advertir, además, en los tres países en campaña electoral, que la bonanza de esta década no ha servido para mejorar la educación y modernizar la economía, apenas para mejorar salarios que dieron alivio momentáneo pero que hoy ya no se ven suficientes.

Una vez más queda claro que en este mundo de redes sociales y comunicación en tiempo real los cambios pueden irrumpir tan inesperadamente como las tormentas de verano.


Por Julio María Sanguinetti es abogado y periodista y fue presidente de Uruguay (1985-1990 y 1994-2000).

Publicado enPolítica
La Historiografía en el siglo XX. Historia e historiadores entre 1848 y ¿2025?

 

Edición 2010. Formato: 17 x 24 cm, 220 páginas
P.V.P:$25.000  ISBN:978-958-8454-17-7

 

Reseña:

La historiografía en el siglo XX. Historia e historiadores entre 1848 y ¿2025?, es una punzante obra que nos invita al abordaje del complejo tema de la historia de la historiografía del siglo XX, vista como unidad global, analizada desde un punto de vista genuinamente crítico.

Es ésta una renovada historia de la historiografía, ni positivista ni puramente enunciativa y monográfica, apta para elaborar los diversos modelos explicativos que requiere abordar el complejo campo de investigación de lo que ha sido la historiografía en el mundo, en los diferentes períodos por considerar.

Su autor, situado en la perspectiva del largo siglo XX historiográfico aún en curso, ubicado en el horizonte braudeliano de la extensa duración histórica y sostenido en los aportes de la Filosofía, la Sociología, la Lingüística, la historia de las ciencias de los últimos 150 años, propone un diagnóstico en verdad crítico de la contribución generada en las últimas 15 décadas por aquellos que, en un esfuerzo por entender el presente para poder participar en la construcción de un futuro diferente y mejor, acuden al estudio del pasado, autobautizándose precisamente con el noble término de historiadores.

 

Carlos Antonio Aguirre Rojas. es Doctor en Economía por la UNAM y ha realizado investigaciones posdoctorales en Historia en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Nació en la Ciudad de México en 1955. Organizador de las Primera Jornadas Braudelianas Internacionales (México, 1991). Sus artículos han sido traducidos al portugués, inglés, francés, italiano, alemán, ruso y chino. Desde hace más de veinte años contribuye a la difusión didáctica de metodologías de historia crítica, de Marx a Edward Thompson, pasando por Bloch, Benjamin, Elias y Ginzburg. Fue nombrado Directeur d’Etudes en la Maison des Sciences de l’Homme en seis ocasiones y profesor invitado en universidades de Francia, Estados Unidos, Cuba, Perú, Guatemala, Colombia, entre otros países

 

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