Elecciones europeas con muchas variables nuevas

El Brexit, la influencia de la Rusia de Vladimir Putin en los destinos europeos, las manipulaciones de masa, las fake news, en la agenda electoral.

En los tiempos políticos y sociales, 40 años no es mucho, pero en Europa han sido un flujo mutante de cambios, trastornos y reconfiguraciones. Cuatro décadas es la distancia que separa las primeras elecciones europeas con las que tendrán lugar este 26 de mayo para renovar la eurocámara. En 1979, sólo participaron 9 países, en las próximas son 28. Entre tanto se vino abajo el Muro de Berlín (1989) y, entre las precedentes de 2014 y estas de ahora, se introdujeron muchas variables nuevas.


El Brexit, la influencia de la Rusia de Vladimir Putin en los destinos europeos, las manipulaciones de masa, las fake news, la crisis migratoria en el Mediterráneo, los populismos candentes que han hecho de Europa un planeta de conquista, el ocaso de la socialdemocracia y el auge de la extrema derecha. El ex partido Frente Nacional, hoy rebautizado Reagrupamiento Nacional, ya no está solo en el escenario del Viejo Continente. En casi todos los países europeos el populismo gris se extendió como una enredadera por las columnas vertebrales de las sociedades. La líder de la ultraderecha francesa, Marine Le Pen, finalista en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2017, encara esta consulta europea con un horizonte lleno de aliados ideológicos, empezando por el líder de La Liga en Italia, Matteo Salvini, con quien ha pactado una fórmula para asaltar Europa.


Aquella extrema derecha francesa que se reactivó en los años 80 gracias a las manipulaciones grotescas del ex presidente socialista François Mitterrand se ha remodelado completamente. Hoy vuelve a estar en condiciones de reiterar su éxito de 2014 y convertirse en el partido más votado de Francia. Los sondeos más recientes ubican al partido de Marine Le Pen un punto por encima o casi igualado con el partido presidencial de Emmanuel Macron, La República en Marcha. Con alrededor del 22 por ciento de los votos cada uno, el llamado “extremo centro” de Macron y el lepenismo han dejado muy atrás a las demás fuerzas políticas: en tercer lugar se ubica la derecha tradicional de Los Republicanos, 13 por ciento, seguido por Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, 10 por ciento, Europa Ecología Los Verdes, siete por ciento, el destartalado Partido Socialista y sus aliados, 4,5 por ciento, y un par de listas surgidas del movimiento de los chalecos amarillos, 3,5. En suma, después de Macron y Le Pen, los senderos políticos son un desierto. Los antaños partidos de la alternancia democrática, los socialistas y los conservadores, nunca se recuperaron ni de la derrota en las presidenciales de hace dos años, ni de las fracturas internas que los acorralaron al borde de la ruina.


La ultraderecha avanza así a campo abierto, tanto más legitimada cuanto que Emmanuel Macron se posicionó como la única opción contra la ultraderecha. “Yo o el caos” ha sido la estrategia del jefe del Estado. El, es la opción liberal, pro europea y globalizadora, el caos es el nacionalismo populista anti europeo de las extremas derechas. En ese sentido, al macronismo le ha convenido mucho la persistencia y el progreso del partido de Marine Le Pen así como la alianza de la líder francesa con Matteo Salvini y los otros representantes de esa corriente como el primer ministro húngaro Víctor Orban. Asustan y es la configuración perfecta para que, espantado por un lado y, por el otro, sordo a las retóricas y los programas de la socialdemocracia y la derecha, el elector vuelva a percibir al macronismo como casi la única opción ante los extremos.


En el espacio europeo, las encuestas adelantan que las expresiones populistas de derecha serán las ganadoras. La Liga de Salvini sería la segunda fuerza política con 27 escaños, apenas adelantada por los 29 de la CDU alemana. Las derechas agrupadas en el seno del Partido Popular Europeo podrían continuar siendo la fuerza mayoritaria, con 183 diputados. Los socialistas llegarían a 135 y los liberales a 75. Sin embargo, si se suman todas las opciones euroescépticas, estas alcanzarían más de 150 diputados. Allí se despliegue otra paradoja monumental: las fuerzas que están contra la construcción europea, que pugnan por salir de la Unión y por acabar con el euro, participan en los comicios de las instituciones que aspiran a borrar del mapa. Hace unos días, el presidente de la Eurocámara, Antonio Tajani, recalcó que la Unión Europea era “un proyecto único y compartido, consolidado mediante la cooperación pacífica, que se ve amenazado por distintas fuerzas que quieren destruir lo que hemos conseguido juntos”.


Centro-derecha liberal contra ultraderechas serán nuevamente los actores de las elecciones de este mes de mayo. Fuera de algunas excepciones como el Bloco de Esquerda portugués, el Vänsterpartiet sueco, o Podemos en España, las llamadas izquierdas radicales o post comunistas han sacado poco provecho del desencanto masivo que suscitó la socialdemocracia. La izquierda de la izquierda, aquella que aún responde a las tradiciones obreras de Europa, no ha adquirido el estatuto de actor mayor. El electorado a preferido el populismo de extrema derecha y, como árbitro, el liberalismo más expandido.

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Autocrítica comunicacional y cultural. Geopolitica de todo lo que no hicimos

Estamos bajo el fuego de (al menos) tres guerras simultáneas: una guerra económica desatada para dar otra “vuelta de tuerca” contra la clase trabajadora, una guerra territorial para asegurarse el control, metro a metro, contra las movilizaciones y protestas sociales que se multiplican en todo el planeta y una guerra mediática para anestesiarnos y criminalizar las luchas sociales y a sus líderes. Tres fuegos que operan de manera combinada desde las mafias financieras globales, la industria bélica y el reeditado “plan cóndor comunicacional” empecinado en silenciar a los pueblos. Todo con la complicidad de gobiernos serviles especialistas en gerenciar los peores designios contra la humanidad. Hay que decirlo con claridad y sin atenuantes. 

En particular, pero no aislada, se ha desatado contra el pueblo trabajador, de todo el planeta, una guerra mediática sin clemencia (aunque algunos todavía se nieguen a verla). Tal guerra mediática es extensión de la guerra económica del capitalismo y es inexplicable sin explicarse (histórica y científicamente) cómo opera el capitalismo en sus fases diversas incluyendo su actual fase imperial. La guerra contra los pueblos no se contenta con poner su bota explotadora en el cuello de los trabajadores, quiere, además; que se lo agradezcamos; que reconozcamos que eso está “bien”, que nos hace “bien”; que le aplaudamos y que heredemos a nuestra prole los valores de la explotación y la humillación como si se tratara de un triunfo moral de toda la humanidad. La guerra oligarca contra los pueblos nunca ha sido sólo material y concreta… ha sido ideológica y subjetiva. Nada de esto es nuevo, no se anota aquí como descubrimiento ni como verdad revelada, es la condena de clase sobre la que se verifica nuestra existencia. Mayormente en silencio.


Al lado de las consecuencias concretas de la “triple guerra”, que en cada país deja huellas específicas, está el problema de entender sus efectos supra, trans e intranacionales. Una parte del poder económico-político de las empresas trasnacionales tiene su identidad vernácula desembozada o maquillada por prestanombres de todo tipo. Se trata de una doble articulación alienante que supera a los poderes nacionales (no tributa, no respeta leyes y no respeta identidades) mientras ofrece respaldo a operaciones locales en las que se inclina la balanza del capital contra el trabajo. Así empresas como Shell (energética) aliada con bancos locales o internacionales, financia frentes mediáticos (televisoras, radios, periodistas, prensa) y promueve “estrategias” de defensa para los estados aliados. Sus aliados. El discurso financiado es un sistema de defensa estratégica transnacional operada desde las centrales imperiales con ayudas vernáculas. Mismo modelo imperial con décadas de añejamiento pero tecnología actualizada. Es decir, nada de esto es nuevo, lo supimos y los sabemos.


En su fase “neoliberal”, o neocolonial, el capitalismo imperializado se dispuso a descargar contra la clase trabajadora el peso de la crisis financiera provocada por ellos en el año 2008. Han instrumentado modelos bancario-financieros de endeudamiento y dependencia monetaria inspirados en la retracción del papel del Estado para reducir y suspender derechos históricos adquiridos. Y, al mismo tiempo, se multiplican las bases militares con objetivos represores enmascarados bajo todo tipo de disfraces. Y ahí, las alianzas de los “medios de comunicación” que conforman un plan de discurso único directamente entregado a camuflar las guerras judiciales, las guerras económicas y los muchos episodios de represión, táctica y tecnológicamente, actualizados.


Nuestro presente está teñido por una red de emboscadas “políticas” en las que lo menos importante es fortalecer las democracias, devolverle el habla a los pueblos y garantizar la soberanía económica. Todo lo contrario, reinan por su estulticia los peores ejemplos con las peores prácticas desde Brasil hasta Honduras, desde la deformación grotesca de instituciones como la OEA hasta desfondar iniciativas nacientes como UNASUR. Quedaron desnudas mil y una tropelías de jueces y tribunales que a contra pelo de toda justicia desatan persecuciones, encarcelamientos y condenas basadas en la nada misma, o dicho de otro modo, basada en cuidar los intereses del gran capital vernáculo y trasnacional que funge como su verdadero jefe. Hoy contamos con un repertorio muy completo y complejo de tipologías y secuencias diseñadas para la ofensiva triple que aquí se describe.


No obstante, contra todas las dificultades y no pocos pronósticos pesimistas, los pueblos luchan desde frentes muy diversos y en condiciones asimétricas. Con experiencias victoriosas en más de un sentido es necesaria una revisión autocrítica de urgencia mayor. Intoxicados, hasta en lo que ni imaginamos, vamos con nuestras “prácticas comunicacionales” repitiendo manías y vicios burgueses a granel. La andanada descomunal de ilusionismo, fetichismo y mercantilismo con que nos zarandea diariamente la ideología de la clase dominante, nos ha vuelto, a muchos, loros empiristas inconscientes capaces de repetir modelos hegemónicos pensando, incluso convencidos, que somos muy “revolucionarios”. Salvemos de inmediato a las muy contadas excepciones.


Tan delicado como imitar contenidos es imitar formas. Las formas no son entidades a-sexuadas o inmaculadas, quien lea información seria (pero con el estilo de los noticieros mercantiles) deberá someter su esquizofrenia al veredicto de algún tratante especializado. Al menos, claro, que lo hiciere con ironía intencional y entendible. Quien redacte, hable o actúe, incluso sin darse cuenta, como redactan, hablan o actúan los referentes mercantiles de los mass media, con el pretexto de que “eso si llega”, de que “así la gente entiende”, de que “esto vende”… repite una trampa lógica en la que se corren riesgos de todo tipo, comenzando por legitimar el modo dominante para la producción de formas expresivas. No quiere decir esto que no se pueda expropiar (consciente y críticamente) el terreno de las formas para ponerlas al servicio de una transformación cultural y comunicacional pero debe tenerse muy en cuenta, qué realmente es útil y por qué no somos capaces de idear formas mejores. Hay que estudiar cada caso minuciosamente y eso es algo que muy poco se hace.


Todavía somos víctimas del individualismo y no logramos construir la unidad de clase que nos permita aliar nuestras fuerzas comunicacionales en torno a un programa emancipador. Muchos se sienten “genio único” y “gurú” revelador de verdades mesiánicas. Uno de los cercos mediáticos más duros de romper está en la certeza soberbia -e individualista- del que se piensa “genio comunicacional” poderoso. Por eso nos derrotan con toda facilidad mientras las oligarquías se organizan y se reordenan para atacarnos. No es que seamos incapaces de lograr metas magníficas, el problema es que estamos desorganizados y no logramos concretar la dirección que nos haga entender el lugar que tenemos en la batalla comunicacional, unidos.


Todavía somos víctimas de la improvisación empirista. No pocos padecen alergia al estudio y no pocos sufren mareos sólo de pensar en planificar racionalmente las tareas que nos tocan. Por eso muchos repiten y repiten errores que no se cometerían con sólo abrir las páginas de algún libro medianamente especializado -y serio- o con trabajar en colectivo con las bases. Por eso, no pocos salen a filmar documentales, a grabar programas radiofónicos, salen a escribir reportajes o entrevistas… sin saber, siquiera, el nombre de sus interlocutores. Por eso muchos se sienten frustrados por los magros resultados, cuando el problema está en el método y en su praxis.


Todavía perdemos horas y días y semanas y meses buscando desesperadamente a quien echarle la culpa de nuestras “desgracias”. Hay camaradas que se resisten a entender que sólo la fuerza organizada de la clase trabajadora podrá generar las transformaciones que necesitamos y que de nada sirven las rogativas a las puertas de las burocracias ni de las sectas iluminadas.


Nos equivocamos si creemos que “nos las sabemos todas”. Nos equivocamos si pensamos que nuestros diagnósticos inventados en noches diletantes son la “verdad revelada”. Nos equivocamos si no trabajamos en un frente de base al lado de los trabajadores que luchan por emanciparse. Nos equivocamos si creemos que todo se logra saliendo en la tele o siendo famosos. Nos equivocamos si abandonamos la militancia directa en las organizaciones de base. Nos equivocamos si creemos que los medios de comunicación lo “arreglarán” todo. Nos equivocamos si creemos que con “mensajes” ultra-revolucionarios se logra mágicamente el avance de la conciencia. Nos equivocamos, en fin, si nos contentamos con repetir fórmulas y especialmente las fórmulas que la burguesía ha ideado para someternos y no nos damos cuenta. Es verdad que ellos generan efectos poderosos en nuestra contra pero nada serían si no dominaran, primero, la base económica y política desde donde financian sus máquinas de guerra ideológica.


Ninguno de nuestros errores podrá borrar los aciertos magníficos que siguen siendo orientadores e inspiradores. Pero no olvidemos que la primera de las manías, primera en importancia por su carácter dañino, es la carencia casi total de autocrítica y que somos víctimas de una especie de soberbia voluntarista plagada con empirismos de todo tipo. “Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase” Lenin.


Esto no es un réquiem. Insistamos. Aunque hoy parece una “perogrullada” que, a fuerza de repetirse, puede perder “sentido”, conviene recordar (aunque moleste) que una de nuestras grandes debilidades y fallas, se expresa en la incapacidad para transmitir nuestras ideas y acciones. Especialmente las ideas y las acciones de los frentes sociales y sus luchas emancipadoras. Queden salvadas las excepciones honrosas.


Transferimos al aparato empresarial bélico, bancario y mediático -sin frenos y sin auditorias- sumas ingentes. Hicimos leyes que no cumplimos, adquirimos tecnología sin soberanía, no consolidamos nuestras escuelas de cuadros, no creamos una corriente internacionalista para una comunicación emancipadora organizada y apoyada con lo indispensable, no creamos las usinas semióticas para la emancipación y el ascenso de las conciencias hacia la praxis transformadora, no creamos un bastión ético y moral para el control político del discurso mediático y el desarrollos del pensamiento crítico… y no es que falten talentos o expertos, nos es que falte dinero ni que falten las necesidades con sus escenarios. Hizo estragos, nuevamente, la crisis de dirección política transformadora. Hablamos mucho, hicimos poco. Ni el “Informe MacBride” (1980) supimos escuchar y usar como se debe.


Se ha convertido en una “tara” echar la culpa de todos nuestros “males” a los “medios de comunicación” de la clase dominante. Un recurso “fácil” que por su obviedad parece incontestable y parece reducto inapelable para refugiar a ciertos discursos plañideros. Cuando la culpa (toda la culpa) es de los “malos”, y nada se explica por los errores que cometemos, tributamos pleitesía a una emboscada que nos tendemos nosotros mismos para quedar encerrados en justificaciones a granel y con pocas esperanzas de superación concreta.


Nuestra dependencia tecnológica en materia de comunicación es pasmosa, gastamos sumas enormes en producir comunicación generalmente efímera y poco eficiente, nuestras bases teóricas están mayormente infiltradas por las corrientes ideológicas burguesas que se han adueñado de las academias y escuelas de comunicación, no tenemos escuelas de cuadros especializadas y no logramos desarrollar usinas semánticas capaces de producir contenidos y formas pertinentes y seductoras en la tarea de sumar conciencia y acción transformadora. Con excepción de las excepciones.


Para colmo, la clase dominante desarrolla permanentemente medios y modos para anestesiarnos sin clemencia. Inventa falsedades alevosas que transitan con impunidad, y sin respuesta, a lo largo y ancho del planeta, siempre con un poder de ubicuidad y de velocidad que nosotros no podemos siquiera medir ni tipificar en tiempo real. Y la inmensa mayoría de las veces lo miramos desde nuestras casas (dormitorios incluso) en forma de “noticieros”, “entretenimiento” o reality show. Consumismos sus productos, engordamos sus rating y rumiamos nuestra impotencia, hacemos catarsis indignados y enredados en frases hechas mayormente inútiles e intrascendentes. Eso es parte de la guerra.


No es que falten iniciativas o buenas voluntades que asumen su papel y emprenden tareas en la lucha comunicacional bien cargadas con intereses muy diversos y (a veces) contradictorios. Algunas son iniciativas que anhelan dar pasos transformadores jalonando a destajo voluntades de todas partes. Otras veces, las menos, surgen tareas comunicacionales desde el corazón de las luchas sociales para especializarse, casi exclusivamente, en sí mismas. El panorama es de un archipiélago inmenso cargado con buenas ideas pero inconexo. Una muchedumbre de iniciativas sin programa de acción común. Fuerza debilitada. No nos detendremos en analizar ciertos sectarismos, individualismos, egolatrías ni oportunismos que hacen de las suyas de manera desigual y combinada. Con sus debidas excepciones.


Visto así, en lo general, vale decir que ya a nadie le sorprende -ni le ofende- semejante panorama. Nos acostumbramos. Hemos sido más audaces en el diagnóstico que en la acción. Ha sido más grande la petulancia que la eficacia. Somos campeones del empirismo ciego y le rendimos culto a la palabrería “progre” antes que a la acción organizada de la clase trabajadora en pie de lucha. Vamos a palos de ciego “dando respuestas artesanales” a la segunda mega industria de la guerra ideológica que más recursos económicos y tecnológica mueve en todo el planeta. Nos derrota más el auto-engaño que la fuerza. Pontificamos soluciones sin un programa de lucha, de unidad y consensuando porque, entre otras cosas, creemos que tenemos la razón y no tenemos por qué entablar acuerdos de lucha unificados. Por cierto “unidad” no es uniformidad.


Claro que hay grandes iniciativas y grandes avances. Claro que contamos con victorias de lo particular a lo general y viceversa. Claro que en nuestras filas hay grandes genios y genialidades individuales y colectivas. Y claro que con eso no nos alcanza en una lucha que además de su amplitud, duración y profundidad, crece exponencialmente porque, además de su carácter alienante, es un gran negocio muy rentable. El negocio de embrutecernos.


No vamos a salir del atolladero haciendo promesas para dejarlas truncas. No tenderemos fuerza comunicacional improvisando siempre mientras aguardamos que las “musas” nos iluminen. No conseguiremos transmitir nuestras ideas, ni construiremos un plan de lucha conjunto, aislados por nuestros egos ni resignados a la marginalidad. La clave no es imitar las fórmulas del éxito burgués ni copiar a sus operadores ideológicos creyendo que, siguiendo las biblias del márquetin, vamos a ser exitosos progres. Necesitamos organizar una lucha comunicacional y cultural que no repita los errores ni las taras más comunes y necesitamos romper todo cerco entre nosotros mismos comenzando por poner en agenda, y acompañar sistemáticamente, las luchas del pueblo trabajador. Necesitamos que nuestra agenda prioritaria en comunicación no seamos nosotros mismos sino las luchas transformadoras de la clase trabajadora y de su mano. Hombro con hombro. No adelante, no encima. Estamos a tiempo.

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“No estamos frente al capitalismo, sino que vivimos en su mundo”

Discípulo de Althusser, ha escapado a los vicios de una tradición marxista fosilizada confrontando su pensamiento con las luchas concretas de los dominados.

Hay formas de pensar no diferente sino en disidencia, de no repetir el agotador mensaje del diagnostico del mal y, al mismo tiempo, de descubrir las posibilidades infinitas de la acción humana. El filósofo francés Jacques Rancière pertenece a esta dinastía de los rebeldes con magia y argumentos. Quien se acerque a su profusa obra saldrá con sus convicciones trastornadas. Discípulo de Louis Althusser, Rancière ha sin embargo escapado a los vicios de una tradición marxista fosilizada confrontando su pensamiento con las luchas concretas de los obreros y los dominados. La palabra obrera, La noche de los proletarios o La filosofía de los pobres fueron los primeros libros que publicó a partir de los años 70. Le siguió un cuerpo de obra monumental cuyo centro ha sido siempre la emancipación humana, la lucha de clases y la igualdad. Rancière es un insurgente inspirado que, en los últimos años y a partir de obras como El odio a la democracia, El espectador emancipado, Los tiempos modernos, Arte, tiempo, política o ¿En qué mundos vivimos? ha atraído a un público joven y comprometido, hastiado del pensamiento que se consume como un plato congelado cocinado en un microondas.


Es un pensador realista cuando escribe: “no estamos frente al capitalismo sino que vivimos en su mundo”. Cine, teatro, literatura, exploración de los lazos entre política y estética son igualmente temáticas que integran su obra en una búsqueda constante de comprender la multiplicidad de los tiempos en los que vivimos. Porque para el filosofo francés nacido en Argelia en 1940, la idea de que existe una suerte de modernidad única, un tiempo universal y lineal es una construcción tramposa. No hay una línea temporal sino varias a lo largo de las cuales se despliegan nuestras realidades y rebeldías . Esa pluralidad del tiempo es, según expresa en esta entrevista con PáginaI12 realizada en París, una de las posibilidades más ricas de reconstruir una acción colectiva y efectiva. En suma, una semilla para derrotar al sistema. Adepto de las brechas, las islas o los instantes de rebeldía, Rancière defiende la idea de que los movimientos de protestas sólo tienen éxito cuando logran detener el curso del tiempo e instaurar, por un momento, otro, fuera de las agendas del sistema. Son semillas de autonomía que producen bosques de transformación. Revoluciones, movimientos de protestas, posibilidades de acción contra el liberalismo, extremas derechas y ocaso de las izquierdas centradas y de las extremas son algunos de los temas que el filósofo francés borda en esta entrevista, donde lo esencial es la posibilidad humana de la emancipación ante un sistema de opresión voraz.


–El sistema liberal mundial cerró con candado todas las posibilidades de una transformación fría, es decir, sin violencia, mediante la concertación y la negociación. Usted, en su abundante obra, postula un modo de acción espacial y temporal casi como única legitimidad de acción colectiva para confrontar al sistema.

–He tratado de demostrar que ya no hay más un poder central concebido como una fortaleza y la posibilidad de un asalto contra esa fortaleza. El capitalismo está en todas partes de la vida social, no estamos frente a él sino que vivimos en su mundo. Sin embargo, el capitalismo es también frágil. Su ley choca en todas partes con resistencias locales y puntuales. En todas partes se han dado una serie de revueltas protagonizadas por comunidades específicas contra le extensión del poder capitalista y el poder del Estado. Creo que en una situación como esta es importante que se desarrollen comunidades que tengan sus propias agendas políticas sin estar sometidas a las agendas parlamentarias porque estas se han vuelto de alguna manera agendas del Estado. En casi todos nuestros países los sistemas representativos han pasado a ser agentes del Estado, han dejado de ser una parte del poder popular. Una política efectiva o alternativa al sistema capitalista y al poder del Estado que está cada vez más integrado al poder capitalista puede existir únicamente de forma autónoma, es decir, con gente capaz de crear sus formas de organización, sus agendas y sus propios medios de acción. Se trata de desarrollar movimientos con una autonomía lo más amplia posible. Pueden ser formas de autonomía política separadas de las agendas parlamentarias, puede ser una autonomía económica a través de la creación de una red alternativa de producción, de consumo y de intercambios, o formas de autonomía ideológica o incluso militares, como en México por ejemplo. De todas maneras, esto no tiene nada que ver con las ideas que antes se tenían sobre la insurrección. Hemos dejado de estar en esa situación en la que se creía que el capitalismo produce su propia desaparición. La lógica marxista enunciaba que el capitalismo creaba un modelo de producción que lo haría explotar. Está claro que no es así. Incluso se pensó que el capitalismo se alimentaba a si mismo con el trabajo pero ya sabemos que el capitalismo lo que hace es destruir el trabajo para perpetuarse. No hay ninguna expectativa de que el capitalismo produzca el socialismo, ni tampoco de que el pueblo armado se rebele porque los obreros como las armas han desaparecido. No hay ni horizonte definido, ni fuerzas identificables. Lo que si vemos es la creación puntual de autonomías locales específicas en donde el sistema de dominación es frágil y se lo puede atacar y a partir de las cuales pueden constituirse fuerzas alternativas. Luego, esas zonas de autonomía extienden su poder tanto como pueden.


–En su filosofía la idea del tiempo y del papel que este juega tanto en los sistemas hegemónicos como en los intentos de trastornarlos es fundamental. Usted escribe al respecto que “una política de emancipación existe bajo la forma de una interrupción del tiempo”.

–Se tiene siempre la idea según la cual están, por un lado, los movimientos efímeros y, por el otro, las estrategias a largo plazo. Pero la historia del mundo es bastante diferente. Cuando se crean alternativas al sistema de dominación siempre ocurren durante momentos singulares. Las revoluciones fueron momentos singulares que duraron días, semanas, meses o años. Esto equivale a decir que el orden normal de las cosas fue interrumpido, que, en ciertos momentos, las reglas normales desaparecen, que el tiempo queda suspendido y al mismo tiempo se acelera porque los movimientos generan altas velocidades. Un ejemplo de ello es lo que pasó en Francia en Mayo de 1968: el orden normal del gobierno y de la economía de pronto se detiene, el tiempo se para, se bloquea. Y cuando el tiempo se detiene la gente empieza a reflexionar sobre la sociedad y se lanzan iniciativas que tienen efectos muy rápidos. Estamos entonces en una situación que el sistema no previó.

–¿El movimiento de los chalecos amarillos en Francia responde acaso a esa lógica?


–-Se trata de un movimiento interesante porque, al principio, fue protagonizado por una categoría de gente que nunca protesta. Y es interesante también porque es un movimiento de gente relativamente madura, de personas que no son oriundas de una tradición de la izquierda pero que terminan por adoptar formas pertenecientes a la izquierda internacional. Ocuparon las rotondas como los jóvenes indignados ocuparon las plazas en Madrid. Se pronunciaron a favor de una democracia horizontal, lo cual corresponde al anarquismo de la juventud intelectual. Creo que fue efectivamente un momento de suspensión que empezó como protesta contra un impuesto ecológico y acabó poniendo en tela de juicio todo el sistema. Después, los chalecos amarillos fueron un movimiento que se vio paralizado porque no sabía exactamente qué quería más allá de sus reclamos iniciales. No había un horizonte final, pero no es culpa de ellos sino porque es así: no hay horizonte final y nadie sabe hacia dónde mirar. Los chalecos amarillos reflejaron la situación global de los movimientos de protesta de los últimos años durante los cuales se vieron formas de interrupción del tiempo que al final se trabaron porque tuvieron un tiempo autónomo que no sabía hacia dónde se dirigía. Ocurre entonces que esos movimientos o se agotan o los gobiernos los transforman en enfrentamientos. Así se pierde la originalidad política de la situación.


–Esto equivale a pensar que resulta imposible constituir lo que usted llama “una comunidad de lucha contra el enemigo”.


–Se han creado esas comunidades de lucha y muchas obtuvieron victorias. Han sido victorias puntuales, locales. Pero en realidad, en la historia de la emancipación siempre ha sido así: hay momentos de emancipación colectiva. Esos momentos pueden ser pensados como etapas dentro de una temporalidad extensa y, al mismo tiempo, como momentos en cuales la gente vivió con libertad y en igualdad. Serían como los momentos de los movimientos: vivir cierto tiempo en plena libertad colectiva. Se crean espacios, brechas, oasis, y se busca desarrollarlos, pero no es evidente. Por eso me gusta la idea de la ocupación de las plazas, de los espacios, porque indica que cuando se ocupan los espacios se crea otra forma de temporalidad.


–¿Cómo durar más allá de esos momentos?


–Ha habido intentos de crear movimientos que vayan más allá de la protesta para prolongarse en el tiempo hasta convertirse en movimientos capaces de organizar formas de vida alternativa. La historia nos demuestra sin embargo que fueron esos movimientos autónomos los que consigueron victorias, incluso parciales, contra el capital y el Estado. Hoy vemos claramente que ni los partidos revolucionarios ni los sindicalizados llegaron a ganar algo. No. Cuando hay medidas que van en contra del trabajo lo más eficaz no es la acción de los sindicatos sino la de los movimientos autónomos como los indignados, la noche de pie o los chalecos amarillos. Las estrategias de los partidos o los sindicatos ya no valen nada. Las fuerzas de la izquierda han sido integradas al Estado y llevan a cabo una política similar a la de las fuerzas de la derecha. Es paradójico porque al mismo tiempo que no sabemos hacia dónde se dirigen esos movimientos, son, de hecho, los únicos movimientos reales que impugnan al poder. En Francia, la izquierda tradicional no existe más. Queda por ahí ese presunto populismo de izquierda que intenta recuperar lo que hay y dotarse de una fuerza parlamentaria: Syriza en Grecia, Podemos en España o Francia Insumisa aquí. Pero esos partidos no organizaron ninguna lucha victoriosa contra el enemigo. En cambio, movimientos como los indignados sí lo hicieron. En Grecia, por ejemplo, Syriza cambió de bando. Al final, tenemos movimientos que nos sabemos hacia donde van pero son los únicos que existen.


–Esas tres izquierdas europeas, la de Grecia, Francia y España, al final no desembocaron en nada. Están en una situación de ocaso lento.


–A mi me llamó mucho la atención el hecho de que en España, Podemos, cuando se constituyó, su primera acción consistió en presentar una lista para las elecciones europeas en vez de actuar allí donde su acción tenía un sentido. Creo no obstante que, como la izquierda adoptó en todas partes el perfil de la derecha, hay un lugar para la izquierda de la izquierda. Sin embargo, hasta ahora, esa izquierda de la izquierda no fue capaz de organizar ninguna acción autónoma.


–¿Qué deberíamos reformular? ¿Hacer un inventario de toda la herencia de la izquierda revolucionaria y la de transformación y, desde allí, pensar en otra cosa?


–La única herencia real con lo que contamos hoy es la herencia que nos dejaron los movimientos momentáneos. No hay herencia de los partidos de izquierda, ni tampoco de los partidos revolucionarios que apenas consiguen escasos porcentajes en las elecciones. No estoy diciendo que se debe rechazar a los partidos de la izquierda. Se trata de constatar la verdad. En Francia, la resistencia al liberalismo ha sido tal vez más fuerte que en otros lados, pero sólo gracias a la herencia de mayo del 68 y no a los partidos de la izquierda que, más bien, lo que hicieron fue confiscar esa herencia.


–Lo efímero es entonces lo trascendente.


–Lo efímero es lo que rompe el curso del tiempo de la dominación y lo que deja una herencia. No es sólo una herencia sentimental sino que son hechos. En Francia, las victorias obtenidas contra la reforma de la jubilación (1995) y contra una ley de reforma laboral en 2006 se consiguieron por la herencia de mayo del 68 y no por la acción de los partidos de la izquierda.


–Las extremas derechas son la gran figura renacida del panorama mundial. Fueron creciendo proporcionalmente al ocaso de la socialdemocracia. Para usted, ¿ese retorno es un momento efímero o veremos un arraigo temporal más consistente?


–El fenómeno mayor, para mi, no es el de una extrema derecha que regresa después de haber estado escondida. No, lo esencial es cómo la derecha tradicional se fue a los extremos. En la medida en que la izquierda implementa la misma política económica y social que la derecha, la derecha tuvo que buscarse una figura especifica para existir. Es por eso que la derecha necesita radicalizarse y apelar a toda una serie de instintos y pasiones que hace 30 años no necesitaba. Antes, la derecha se presentaba como una fuerza de centro, medio liberal, medio modernista. Ahora eso se acabó. Para existir en el parlamento deben radicalizarse. Por eso no pienso que la extrema derecha sea una expresión de las clases populares. Ese es el análisis oficial. El auge de la extrema derecha se debe a la radicalización de la derecha. Desconfío de la idea acerca de un supuesto arraigo popular de la extrema derecha. La idea de un pueblo francés racista que tiene enfrente a los inmigrados ha sido construida por todo un sistema de propaganda.


–Hago una escala en uno de sus libros más bellos: “Los tiempos modernos”. Por lo general se habla de “modernidad” y no de tiempos modernos. ¿Cuál es la diferencia entre la modernidad y los tiempos modernos?


–-Para mi la idea de la modernidad es totalmente falsa, tanto como el enunciado según el cual la modernidad ha funcionado como una declaración de la autonomía del arte. Siempre traté de demostrar que era lo contrario, es decir, que si existía una modernidad artística ésta consistía en la voluntad de unir el arte con la vida y no de hacer que el arte fuera autónomo. Con este libro quise demostrar que no existe una temporalidad de la modernidad sino que hay varias maneras de construir la modernidad. Tiempos Modernos porque son varios y varias: está la modernidad económica y la modernidad industrial y ambas no se corresponden con la modernidad política o espiritual. No hay un sólo tiempo moderno. Una historia con una gran H y un tiempo homogéneo no existe. Hay, sí, temporalidades diferentes. También se ha acuñado la falsa idea de que la modernidad es un proceso continuo dentro de un tiempo único y similar. No, no hay tiempo sino tiempos. El arte y los artistas crean en cierto momento un tipo de tiempo moderno que no es en nada homogéneo. Es una suerte de paradigma de la modernidad, una manera de ligar el tiempo, el movimiento, la comunidad, el presente, el futuro.


–Hoy vivimos dentro de varios tiempos dictados por la tecnología y dentro de la noción de “pos”: pos modernidad, pos verdad. Se evoca así el fin de todo pero todo sigue…

–El término pos, en realidad, corresponde un poco al discurso del intelectual cansado que dice “todo está terminado”. Ya se empezó a decir que todo estaba terminado en los años 1820…En aquella época ya se hablaba de la literatura industrial y se afirmaba que la literatura y la cultura se habían terminado, que sólo importaba el mercado. Hace dos siglos que se afirma esto. Este discurso le conviene a todo el mundo: tanto a quienes se presentan como los últimos defensores de la civilización como a los que se creen innovadores de un nuevo tiempo y portavoces de ese tiempo. Son nociones sin interés porque después, bueno, todo sigue, continúa, no estamos ni en el pos ni en el fin de la civilización. Es una construcción falsa aunque sea intelectualmente tan útil para los filósofos crepusculares como para los se creen vanguardistas. Es un doble juego donde, en lo que atañe a la verdad, se decreta que la verdad se ha terminado, que los hechos carecen de importancia y que lo importante es el análisis y la interpretación porque estamos más allá de todo, en un pos infinito. Aquí vemos claramente que estamos ante a una forma de administrar la opinión en donde los hechos han dejado de ser necesarios y donde lo importante es integrarlos en un sistema de explicación preexistente y, por consiguiente, no hace falta que los hechos sean verdad.
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Jueves, 18 Abril 2019 07:05

Erotizar y liberar la sociedad.

Erotizar y liberar la sociedad.

Recordando a Marcuse 40 años después de su muerte.

 

A Rubén Jaramillo Vélez, introductor de la Escuela de Frankfurt en Colombia.

 

Hace 40 años, en 1979, falleció el pensador alemán Herbert Marcuse. No sólo fue uno de los filósofos más importantes de la llamada primera generación de la Escuela de Frankfurt, sino uno de los autores que inspiraron la Revolución de mayo del 68 en Francia. En esta nota recordamos su legado.

 

En una carta del 12 de mayo de 1948 Herbert Marcuse le escribía a Heidegger: “sería imposible explicar el hecho de que un hombre como tú, capaz de comprender la filosofía occidental como ningún otro, pudiera ver en el nazismo una renovación espiritual de la vida en su completud”. Este malestar de Marcuse con el autor de Ser y tiempo por su affaire con el nazismo, nos lleva 20 años atrás cuando Marcuse lo conoció en Friburgo, y cuando embrujado por Ser y tiempo- como muchos otros- veía de manera positiva la analítica de la existencia heideggeriana.


Ya en los años treinta, Marcuse pensó en realizar su habilitación docente con su investigación La ontología de Hegel y la fundamentación de una teoría de la historicidad, y si bien él mismo había desechado la posibilidad de ser profesor, luego salió a la luz que Heidegger “bloqueó la habilitación docente de Marcuse”, como lo trae a colación Rolf Wiggerhaus en su monumental La Escuela de Fráncfort. A decir verdad, Marcuse tras conocer y estudiar la primera edición de los Manuscritos económico-filosóficos de Marx, en 1932, ya había iniciado la separación teórica de Heidegger, pues consideraba que su lectura no profundizaba en las condiciones históricas concretas en las cuales existe el individuo. En pocas palabras, que a su analítica de la existencia le faltaba concreción.


Desde esa época Marcuse mantuvo un vivo interés por el pensamiento de Hegel, de Marx, al cual sumó su pasión crítica por Freud. Esto se verá en dos de las obras más importantes del pensador berlinés. En efecto, en 1941 apareció en inglés publicada la obra Razón y revolución. Hegel y el surgimiento de la teoría social. En ella se encuentra no sólo una de las mejores exposiciones del pensamiento de Hegel, sino algunos de los motivos que acompañarán su pensamiento posterior: la idea de la abolición del trabajo, que él analiza en Marx, y su crítica del totalitarismo social. Frente a esto último decía: “la forma de sociedad existente logra un orden universal sólo a través de la negación del individuo” y “el ataque al pensamiento crítico independiente forma parte del control totalitario”.
En Razón y revolución Marcuse sostiene: “el más alto grado de desarrollo de las fuerzas productivas coincide con el más alto grado de opresión y de miseria”. Y es justamente la certeza de que el alto grado de productividad de la sociedad capitalista, junto a fenómenos como la automatización de la producción, pueden satisfacer las necesidades humanas y favorecer el tránsito hacia una sociedad sin represión, donde el ser humano pueda desarrollar todas sus potencialidades y realizar su libertad plena. Ésta idea es desarrollada en su magnífico libro Eros y civilización. Una investigación filosófica sobre Freud de 1953.


Este libro, considerado por el propio autor como una contribución a la filosofía del psicoanálisis parte de la tesis de Freud según la cual la civilización se basa necesariamente en la represión de los instintos. Esa represión constante es la que produce el malestar en la cultura. Sin embargo, la tesis que sostiene Marcuse, es que es posible ir más allá de Freud, y postular una civilización que permita la liberación del principio del placer- subyugado por el capitalismo industrial avanzado-, y elimine la represión excedente (lo que implica conservar un mínimo de represión necesaria, aspecto que, como he mostrado en mi texto Crítica, psicoanálisis y emancipación. El pensamiento político de Herbert Marcuse, es uno de los más problemáticos de su planteamiento). ¿Cómo se logra esto? Marcuse cree que el capitalismo que ha sometido la libido y la ha puesto al servicio del trabajo, de las actividades útiles y productivas, minando a la vez la libertad del hombre e impidiendo la felicidad humana, contiene en sí mismo las posibilidades de emancipación y liberación. La respuesta está en la automatización: “la automatización amenaza con hacer posible la inversión de la relación entre el tiempo libre y el tiempo de trabajo, sobre la que descansa la civilización establecida, creando la posibilidad de que el tiempo de trabajo llegue a ser marginal y el tiempo libre llegue a ser tiempo completo”.


De tal manera que la alta productividad y la automatización permitiría la creación de una sociedad del tiempo libre donde el hombre puede tener todas las necesidades satisfechas, por consiguiente, la represión se torna innecesaria. De esta forma, se produciría una liberación del cuerpo reprimido, se posibilitaría la liberación de las energías sexuales, la erotización de todo el cuerpo más allá de la genitalidad, y la liberación de la sensualidad y de la naturaleza de la lógica del dominio instrumental.


Desde luego, esta transformación implica crear nuevos valores y formas de vida, a la vez que exige una conversión de la racionalidad tecnológica en una nueva racionalidad científica y de la gratificación. Se hace necesaria una “razón libidinal” que transforme el trabajo en juego y “organizar la producción y la distribución de tal manera que se emplee el menor tiempo posible para poner todas las necesidades al alcance de todos los miembros de la sociedad”.


Marcuse postuló estas cuestiones sólo en el campo teórico, pero estaba consciente de que eran posibles de acuerdo a las tendencias del capitalismo de su época. Hoy sabemos que muchas de sus ideas son realizables, al menos parcialmente: el actual capitalismo tiene un alto desarrollo técnico, una alta productividad y cada vez más sectores de la producción se automatizan sustituyendo al ser humano, de ahí que el desempleo parece una tendencia inevitable de la actual civilización. En estas condiciones, es posible reducir las horas de trabajo a la semana a unas 25 o 30 horas, reducciones que ya se han iniciado en los países del Norte de Europa. Desde luego, realizar las ideas de Marcuse requiere también una necesaria redistribución de la riqueza, la eliminación de la pobreza y la satisfacción de las necesidades básicas.


Es, realmente, en los años sesenta cuando Marcuse logra un gran reconocimiento. La publicación en 1964 de su libro El hombre unidimensional le dio fama mundial. En este libro, y teniendo en mente sobre todo la sociedad americana, describe lo que él llama la Sociedad Industrial Avanzada, como una sociedad de la administración total sobre la vida, con un alto nivel productivo, pero, ante todo, como un orden que logra minar y contener las posibilidades de liberación desatadas por el mismo sistema. En este sentido, la sociedad unidimensional elimina cualquier oposición política a la misma, integra al individuo, le crea falsas necesidades y organiza su libertad, de tal manera que éste llega a sentirse verdaderamente libre. Desde luego, es una libertad ilusoria, pues “la libre elección de amos, no suprime ni a los amos ni a los esclavos”. Esta sociedad también manipula el arte y pone la cultura al servicio de la sociedad represiva existente. Ya desde los años 30 Marcuse había hablado el “carácter afirmativo de la cultura”, con lo cual sentaba parte de las bases de la crítica de las “industrias culturales” que realizaron Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración. Son con estos dispositivos como la sociedad crea un hombre unidimensional, plenamente adaptado y con una aparente “conciencia feliz”.


Uno de los análisis más interesantes y vigentes que hace Marcuse en este libro es el del “lenguaje funcionalizado”. Allí sentenció: “Orwell predijo hace mucho que la posibilidad de que un partido político que trabaja para la defensa y el crecimiento del capitalismo fuera llamado ‘socialista’, un gobierno despótico ‘democrático’, y una elección dirigida ‘libre’, llegaría a ser una forma lingüística y política familiar”. En este lenguaje, la guerra se convierte en paz, el terrorismo internacional de los Estados en ayuda humanitaria, el desplazamiento en migración interna, una reforma tributaria en ley de financiamiento, etc. Es decir, el lenguaje empieza a formar parte de la manipulación política, se convierte en un general que das órdenes. Por eso, dijo Marcuse, los “mass-media” constituyen la “mediación entre sus amos y los servidores”.


El lenguaje se torna, entonces, en un arma de guerra contra las posibilidades de cambio y en un instrumento de control y manipulación mental. Igualmente, el uso de siglas oculta el contenido, la utilización reiterada de un adjetivo al lado de un sustantivo esconde los otros significados del sustantivo, por ejemplo, en la expresión seguridad democrática la gente olvida que toda seguridad implica algo de represión y vigilancia, y la hace ver como si fuera un acuerdo, un consenso, de todos. En fin, lo que enseña Marcuse- mucho antes que Ernesto Laclau- es que los conceptos, y los universales, como libertad, igualdad, etc., son campos de batallas, de lucha política.


Fue en El hombre unidimensional donde Marcuse mostró que el proletariado había sido integrado a la sociedad, razón por la cual ya no era una clase revolucionaria. Ahora la revolución requería de la participación de los proscritos, los extraños, los nuevos ‘bárbaros’ de la sociedad, es decir, de todos aquellos que no había sido cooptados por el sistema: los explotados, “y los perseguidos de otras razas, y de otros colores, los parados y los que no pueden ser empleados […] su vida es la necesidad más inmediata y la más real para poner fin a instituciones y condiciones intolerables”. De esta manera, ambientalistas, jóvenes, intelectuales, estudiantes, hippies, mujeres, negros, desempleados, inmigrantes, pasaron a formar parte del sujeto revolucionario; ellos eran, en sí mismos, proyectiles contra la sociedad represiva. Hay que aclarar, sin embargo, contra lecturas reduccionistas, que Marcuse nunca prescindió de la clase obrera como sujeto para la revolución: él simplemente ensanchó la base social de la misma y ahora la revolución la deben hacer “todas las clases dependientes contra el capital”, o lo que él llamó “la Nueva Izquierda”. Así aparece en su texto Contrarrevolución y revuelta de 1972, donde sostiene: “mi deseo es que este libro sea ampliamente leído. Para mí significa una rectificación necesaria de mi obra”.


Por eso, el cuestionamiento que Marcuse hizo al uso de los instintos sexuales en la monogamia, para la procreación; el llamado a la erotización de la sociedad, su apuesta por una liberación de la naturaleza, el rescate de la fantasía, la imaginación, la sensualidad; así como la convicción de que los estudiantes eran la negación erótico-política de la sociedad capitalista, cristalizaron en la revolución de mayo del 68 donde Marcuse fue, junto a Sartre, Marx, Mao Zedong, un referente fundamental. Mayo del 68 convirtió a Marcuse en un “ídolo de estudiantes en rebelión”, según dice el citado Rolf Wiggerhaus.


Por mi parte, creo que de los autores de la primera Escuela de Frankfurt fue Marcuse el que mantuvo un mayor compromiso político hasta el final de su vida. No dio virajes hacia la teología como Horkheimer, ni se centró en la estética como Theodor Adorno. Fue fiel a sus intuiciones iniciales y mantuvo la convicción de que “la historia es el reino de la posibilidad en el reino de la necesidad”. Por eso, hoy cuarenta años después de su fenecimiento físico, vale la pena retomar parte de su obra y ponerla a hablar con la contemporaneidad.

Por: Damián Pachón Soto

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Lunes, 15 Abril 2019 06:33

Fósiles

Fósiles

El uso de la energía es esencial en el proceso de desarrollo económico. Entraña transformaciones relevantes en la actividad productiva, el empleo, los ingresos y la asignación de los recursos disponibles.

Hoy, el uso de los combustibles fósiles, como petróleo, carbón y gas natural, está en cuestionamiento, en medio de las alternativas tecnológicas que están surgiendo. A esto se suma el efecto negativo sobre el clima y el calentamiento global del planeta, así como las reacciones sociales que provoca.


Una reseña publicada por el New York Review of Books (Bill McKibben, A future without fossil fuels?, abril 4, 2019) aborda este asunto a partir de una pregunta: ¿En qué momento una nueva tecnología provoca que una industria empiece a perder valor significativamente?


Uno de los documentos reseñados apunta a la posibilidad de que la industria de combustibles fósiles se debilite mucho antes de lo que se ha pensado. El asunto es de importancia en general y amerita una atención especial hoy en México.


Las transiciones tecnológicas asociadas con el uso de la energía pueden apreciarse entre muchos otros casos en el paso del caballo al automóvil, del trabajo manual a la máquina de vapor, de la telefonía por líneas terrestres a la celular.


Un aspecto central de estos procesos es la rapidez con que ocurren los cambios. Algunos estudios apuntan a que la velocidad tiende a incrementarse no sólo por sus condiciones intrínsecas, sino incluso en virtud de que los inversionistas advierten cuando una tecnología da cuenta de un mayor ritmo de crecimiento en un determinado sector productivo y lo hace más atractivo.


Un ejemplo de esto es la rápida caída del precio de la energía solar y eólica, así como de la baterías de iones de litio y la consiguiente expansión de su uso, aunque todavía muy por debajo de los combustibles fósiles.


En el caso del sol y el aire sólo producen alrededor de 6 por ciento de la oferta total de electricidad en el mundo, pero representan 45 por ciento del crecimiento de esa oferta y su costo sigue bajando. Según sugiere el texto reseñado, puede alcanzarse el punto más alto del uso de combustibles fósiles no por su agotamiento, sino porque los recursos renovables se abaratan y se hacen más eficientes para los usuarios y atractivos por su rentabilidad.


Una afirmación provocativa del estudio es que en los primeros años de la próxima década la demanda de combustibles fósiles podría dejar de crecer. Y ese es un punto de inflexión que en esa transición es asimilada por los mercados financieros, cuando el valor de las empresas (tomado como el precio de sus acciones) tiende a caer.


El petróleo podría tener una ventaja competitiva sobre el gas natural, por ejemplo, debido al uso de los automóviles y los aviones. En 2017 se estimaba que 3 millones de un total de 800 millones de vehículos eran eléctricos, pero significaron 22 por ciento del crecimiento de las ventas; y se prevé que puedan dar cuenta de todo el crecimiento hacia la mitad de la década de 2020. Esto se mira en la pérdida de valor de compañías como GM y Ford, o bien en la debacle de General Electric, verdadero coloso industrial y financiero productor dominante de turbinas para plantas que funcionan con carbón y gas, y que aunque produce turbinas de viento no tiene en ese caso el mismo poder de mercado.


Las transiciones tecnológicas están en el centro de lo que se conoce como el proceso de destrucción creativa, propuesto por Schumpeter como eje del desarrollo económico. Se destruyen formas de producir para crear otras que generan más valor. Un caso muy sonado es el de la industria de las comunicaciones en las pasadas dos décadas, en las que el Internet se consolidó. Eso ha ocurrido con la prensa escrita, la televisión y el cine; Newsweek se vendió por un dólar, pero otras surgieron y han llegado a un enorme valor de mercado.
En 2015 el gobernador del banco de Inglaterra advirtió acerca de las condiciones del sector de los combustibles fósiles y la exposición de los riesgos que tiene para los bancos. Tanto el factor tecnológico, el de los precios y las exigencias medioambientales, dijo, pueden hacer que las inversiones en pozos petroleros, oleoductos, minas de carbón y otros sectores se desvaloricen notablemente. Urgió a los bancos a prepararse para un mundo con menor uso de esos combustibles; hay evidencia de que las empresas financieras reacomodan sus portafolios para acoplarse al nuevo escenario de riesgos en el sector energético.


La transición tecnológica y, en particular, la estrategia energética son elementos cruciales para elevar el nivel de crecimiento de un país y crear las condiciones para el incremento de la productividad, la generación de riqueza y mayor bienestar colectivo. Ese es un elemento necesario para establecer las políticas de promoción e inversión públicas.

 

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Domingo, 07 Abril 2019 05:51

Cambio y continuismo económico en Cuba

Cambio y continuismo económico en Cuba

Al cumplirse el 60 aniversario de la revolución cubana es oportuno examinar lo que ha cambiado y lo que permanece. La economía de mercado existente hasta 1958 fue transformada desde 1961 en un sistema de planificación centralizada, con enorme predominio de la empresa estatal y una agricultura colectivizada. El mercado quedó supeditado al plan. Este modelo ha fracasado en el mundo, pero su esencia continúa en Cuba resultando en una monumental ineficiencia económica que ha dañado el crecimiento.


La dependencia en la venta de azúcar—75% de la exportación total en 1958—se sustituyó por una dependencia del 80% en la venta de servicios profesionales y turismo. En 1958 Cuba no exportaba servicios profesionales y el número de turistas en 2018 se había multiplicado por 18 veces y por 53 veces el ingreso por esta actividad. La producción de petróleo ha crecido 79 veces y ahora Cuba produce gas natural. La dependencia en la importación energética se ha reducido desde el 99% al 50%. Los servicios sociales antes estabanprincipalmente limitados a las zonas urbanas y eran en parte privados, ahora son estatales y virtualmente universales y gratuitos. Por el contrario, la deuda externa de Cuba entre 1958 y 2017 saltó 190 veces, y ello después de lograr importantes condonaciones con acreedores del Club de París, Rusia y otros países. La tasa de crecimiento de la población en 1953 (último censo) era de 2,1% y se desplomó a -0,2% en 2017, debido al acelerado envejecimiento; la proporción de adultos mayores en la población subió del 9% al 20%. Cuba tiene la población más envejecida de la región lo que aumenta el coste de la salud y las pensiones.


Respecto a la continuidad, en los seis decenios transcurridos, la economía socialista cubana no ha conseguido eliminar o reducir la enorme concentración del comercio, inversión, ayuda y subsidios con otra nación. De la dependencia con los EE UU (un 52% de las exportaciones) se pasó a una con la URSS (72%) y desde comienzos del siglo XXI con Venezuela (44%). Entre 1960 y 1990, la URSS otorgó a Cuba 58.500 millones de euros y solo pagó 450 millones, el resto fueron subsidios de precios y ayuda no reembolsable. La desaparición del campo socialista en los años noventa provocó una gravísima crisis en Cuba. En su cima en 2012, la ayuda, subsidios e inversión venezolana equivalían a 11% de PIB cubano.


A pesar de esa ayuda substancial, debido a la ineficiencia del sistema, la economía se estancó a un promedio anual de 1,7% en 2014-2018 y la meta para 2019 es 1,5%, un cuarto del 6% oficialmente fijado para generar un crecimiento apropiado. En 2017, la mayoría de la producción manufacturera, minera (salvo petróleo), agropecuaria y pesquera estaba por debajo del nivel de 1989. Solo el turismo ha progresado de forma notable. El comercio externo ha sufrido déficit sistemático (6.760 millones en 2017) y el excedente que generaba la primera fuente de divisas, que son las exportaciones de servicios profesionales (médicos, enfermeras, etc.), menguó un 35% en 2012-2018, debido a la crisis económica de Venezuela que compraba el 75% de dichos servicios; además redujo su comercio del 44% al 17%, el suministro de petróleo a la mitad y paró la inversión.


Estos problemas forzaron un recorte de ocho puntos porcentuales en el gasto social en 2008-2017, con el consiguiente deterioro de los servicios de salud y educación; en 1989-2017, el valor de las pensiones cayó en 50%, la construcción de viviendas en un 80%, y el salario ajustado a la inflación en el 61%.


Se culpa al embargo estadounidense por estos problemas. Esto era cierto hace 25 años, pero Cuba tiene ahora comercio con al menos 80 países, incluyendo EE UU, así como inversiones de múltiples naciones. El embargo todavía causa daño, como las sanciones a los bancos internacionales que realizan transacciones con Cuba, pero la causa fundamental de los problemas ha sido la incapacidad para generar exportaciones que financien las importaciones esenciales; ambas han declinado en años recientes.


Entre 2007 y 2018, Raúl Castro intentó resolver los problemas explicados con reformas estructurales orientadas al mercado, pero estas no tuvieron efectos tangibles debido a su extrema lentitud, desincentivos, impuestos y una reversión desde 2017. Tanto el nuevo presidente Miguel Díaz-Canel como la Constitución que se refrendó el 24 de febrero no cambian la esencia del modelo y el primero ha ratificado el continuismo. Una actitud absurda frente al colapso de la economía venezolana y el tambaleo de su régimen por la rebelión interna y la presión internacional. Una caída de Maduro agravaría aún más la actual crisis en Cuba.

Por Carmelo Mesa-Lago, catedrático de Servicio Distinguido Emérito de Economía y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Pittsburgh

5 ABR 2019 - 12:52 COT

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Nancy Fraser: las mutaciones neoliberales

I. “Si miras todo su ‘cuerpo de obra’ –remarcaba una comentarista– puedes notar la expansión de la cuestión feminista en conexión con el capitalismo hacia todas otras esferas” (bit.ly/2UgT6L7). Nancy Fraser, una destacada filosofa y teórica estadunidense, es una de las principales impulsoras del feminismo anticapitalista. Trabajando desde la ‘teoría crítica’ frankfurtiana y el pos-estructuralismo, es mejor conocida por sus críticas de las políticas identitarias (dada su "complicidad" en el reavivamiento del fundamentalismo librecambista) y sus re-conceptualizaciones de la justicia ("post-Westfaliana y democrática"). En libros como Justice interruptus (1997) o Scales of justice (2009) trata de "salvarla" de diferentes reduccionismos y "ajustarla" a los tiempos pos-socialistas de la primacía del "reconocimiento" hegeliano –por sexo, género o raza (bit.ly/2Ul4pBL)–, censurando a la vez el mainstream feminista por abrazar "lo cultural" y desertar de la economía política y debates sobre redistribución (Redistribution or recognition, 2003).

II. Si bien –a ojos de Fraser– la segunda ola del feminismo (con su "politización de lo personal" y crítica estructural del androcentrismo capitalista) nació y creció junto con otros movimientos emancipatorios de la pos-guerra, pronto perdió su filo crítico (Fortunes of feminism. From state-managed capitalism to neoliberal crisis, 2013, p. 14-15). Al abrazar el identitarismo –y al pasar "de redistribución al reconocimiento"– abandonó la economía, para –solamente– transformar la cultura. Este "giro" que coincidió con el ocaso del viejo capitalismo estatal y el auge de su nueva –"desorganizada"/flexible/transnacional– modalidad, hizo que sus legítimas críticas al estatismo y paternalismo (salario familiar, estado-niñera, economicismo) en vez de rehacer al estado de bienestar, sirvieran para desmontarlo y devinieran pilares ideológicos del nuevo orden (p. 218-221).

III. Así en su famosa aseveración: “el feminismo se volvió ‘la sirvienta del capitalismo’” acabó fortaleciendo el individualismo consumista, su crítica del sexismo legitimó nuevas formas de desigualdad y explotación (bit.ly/2m23X77). Sin desearlo acabó nutriendo "el nuevo espíritu del capitalismo" (Boltanski/Chiapello) de la mutación neoliberal. La lucha por la igualdad en su seno fue sustituida por la "meritocracia" que apuntaba sólo a que las mujeres avanzaran en las jerarquías (corporaciones/gobiernos/ejércitos), mientras –para Fraser– "el feminismo siempre trataba de romperlas". Empoderamiento –en práctica– pasó a significar ganar el derecho a explotar a otras mujeres (trabajadoras domésticas-migrantes) para ir escalando. Subrayando que este dominante tipo del feminismo –liberal, corporativo, "de Davos" (Lagarde/Sandberg/Clinton), "colaboracionista del sistema opresor"– ha fallado a la mayoría (bit.ly/2usW6W4) Fraser llama a un "feminismo para el 99%" –“¡no queremos romper los ‘techos de cristal’ sólo para que las otras limpien los vidrios!”– libre de sus nexos con el neoliberalismo ( Feminism for the 99%: a manifesto, 2019).

IV. “Desde hace tiempo escribo acerca de [aquel] ‘desvío neoliberal’ de movimientos sociales [pero no alcanzaba a bautizar bien este proceso] –decía– y las pasadas elecciones en EU me ayudaron a verlo: ¡H. Clinton era su perfecta encarnación!” (bit.ly/2rgMuyA). ¿Su nombre? El "neoliberalismo progresista", un bloque dominante desde los noventa, coalición de sectores de negocios y algunos movimientos –“una impía alianza de emancipación y financiarización: ‘LGBTQ & Goldman-Sachs’”– armado por demócratas que combinaron su economía de derecha con políticas de reconocimiento (pero sólo a cambio del desmantelamiento de protección social y redes de redistribución). Su choque con el populismo reaccionario de Trump, elección entre multiculturalismo y etnonacionalismo, significaba sólo más de lo mismo: neoliberalismo y desindustrialización (bit.ly/2V4Rzoo). Así el auge del populismo, tanto de derecha como de izquierda –que Fraser ve como una "política de transición" y favorablemente a la Laclau (bit.ly/2uIGjCz)– fue "una revuelta de los atropellados por el neoliberalismo progresista" y "síntoma de la crisis de la forma específica del capitalismo de hoy" (bit.ly/2Q5Sd6K).

V. Dicha crisis –"cuya cara es Trump" (bit.ly/2FDzJm2)– es para ella la de lahegemonía. El neoliberalismo progresista que una vez creó un amplio consenso gramsciano y bloque hegemónico llega a su fin (bit.ly/2ive0Tj). No obstante, el trumpismo –frágil y caótico– no constituye un nuevo bloque. Vivimos en ruinas de lo viejo, en –otra vez Gramsci– un interregnum, dice Fraser (The old is dying and the new cannot be born, 2019), marcado a su vez por otra crisis, la de la reproducción social. "El capitalismo financiarizado sistemáticamente consume nuestras capacidades de sostener los lazos sociales comiéndose su propia cola" (bit.ly/2dog8sQ). Con austeridad y recortes externaliza los costos –también– en cuerpos de las mujeres "dependiendo del trabajo doméstico no remunerado más que cualquier otra forma del capitalismo" [!] (bit.ly/2QHVd9C): "pasamos por una nueva mutación de la sociedad capitalista que no obstante ofrece oportunidad de reinventar el modelo de familia y la división producción-reproducción" (bit.ly/2K20nuk).

Por Maciek Wisniewski, periodista polaco

Twitter: @MaciekWizz

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“La derecha gana porque la izquierda abandonó el campo de batalla”

Raúl Zibechi, periodista y escritor uruguayo analiza el avance de la derecha en América Latina y afirma que la organización “desde abajo” es la apuesta de resistencia.

 

Es jueves 7 de marzo y cae la tarde en Montevideo. El feriado de la semana de carnaval marca un ritmo tranquilo y despreocupado de una ciudad que, al día siguiente, se teñirá de violeta con 300 mil personas marchando en el Paro Internacional de Mujeres. Aprovechamos para tomar unos mates con Raúl Zibechi y conversar sobre el viraje a la derecha en la región, la crisis de las izquierdas y la territorialización de la marea feminista.

“La región camina, sin dudas, a un período de ultraderecha muy pesado”, dice Zibechi apenas se prende el grabador. Periodista, educador popular y activista uruguayo, muy ligado a las luchas y resistencias de los movimientos sociales de América Latina, se acomoda en la silla para compartir su mirada coyuntural.


La vuelta al patio trasero


Es necesario analizar varios planos para entender dónde estamos parados, afirma. El primero relacionado a las garras imperialistas sobre nuestro continente: “Por un lado, tiene que ver con la disputa geopolítica China-Estados Unidos, que es muy fuerte en este momento. Estados Unidos viene de una derrota muy fuerte en Siria”, que se suma a las enormes dificultades “para mantenerse en el mar del sur de China, que es otra zona estratégica ante la pujanza China”. Esto da como resultado que “Estados Unidos está en un proceso de retirada de algunos escenarios fundamentales”, comenta.


“En este período de declive de la hegemonía de Estados Unidos, es que necesita afirmarse en su patio trasero. Y, sobre todo, en el Caribe y Centroamérica”, asegura Zibechi y enumera el largo prontuario de invasiones, ocupaciones y golpes militares llevados a cabo desde el siglo XIX por los vecinos del norte. “El escenario es ese: Estados Unidos nuevamente con mucha fuerza en América Latina”, remarca.


La opción por el miedo y la intolerancia


La segunda parte de esa lectura se complementa con “un viraje a la derecha muy fuerte de las sociedades y del arriba”. Los gobiernos neoliberales de Colombia y Chile hoy se fortalecen en bloque junto a sus pares de Argentina, Ecuador, Paraguay y Brasil, y en oposición a Venezuela como eje aglutinador. En este escenario, el peso de las políticas reaccionarias de Brasil en la región es determinante.


Más allá de las clases dirigentes, lo que preocupa es cómo repercute en los pueblos. “Una sociedad que se ha vuelto radicalmente intolerante –explica Zibechi-. Si bien creo que el arriba está muy mal y muy derechizado, el abajo también. Clases medias y sectores populares donde las iglesias pentecostales están haciendo un laburo muy profundo y donde la gente los apoya”.


“La palabra fascista me parece que hay que llenarla de contenido –analiza el periodista uruguayo, autor de varios libros-. Hablamos de una sociedad que quiere el orden militar y policial. Donde se tejen alianzas con los militares, con el narco y con los paramilitares para matar negros y poner en su lugar a las lesbianas y disidencias. Entonces, es una sociedad que ha hecho una opción muy jodida. Es una opción de miedo, de no saber dónde pararse. Es una reacción muy fuerte contra el feminismo”.


Y esta coyuntura presenta un horizonte negro para los tres gobiernos progresistas que quedan. “Venezuela asediada y aislada, con una oposición interna muy fuerte; Bolivia y Uruguay que tienen elecciones este año donde es muy posible que gane la derecha. El escenario es muy negativo para el progresismo, muy negativo para las izquierdas que han perdido protagonismo y que han perdido, sobre todo, trabajo de base”, afirma Zibechi.


La izquierda te la debo


Según el análisis del periodista uruguayo, las dificultades para delinear una estrategia política emancipadora y el abandono del trabajo territorial son los puntos nodales para entender el cambio de hegemonía en la región y donde los gobiernos progresistas y los movimientos sociales nos debemos una fuerte autocrítica.


Lo que caracteriza hoy al movimiento popular “es una falta de norte en casi toda la región, muy claramente en Brasil, donde hay muy poquitos grupos que están haciendo un trabajo territorial”, destaca.


“La izquierda brasileña de lo único que habla es de Lula –apunta Zibechi-. Está muy bien pedir por la libertad de Lula, yo defiendo la libertad de Lula. Pero no se puede hacer política en base a la libertad de Lula: tenés que estar en la favela, tenés que estar en los barrios, en los quilombos, en los lugares donde está la gente y organizar. Eso es lo que hacían hace 50 años las comunidades eclesiales de base, la educación popular, la izquierda. Y hoy se abandonó. La derecha gana porque la izquierda abandonó el campo de batalla”.
“Hoy, lo único que queda como izquierda es un aparato sindical muy pequeño, que defiende intereses corporativos -y que está bien que los defienda-, pero, definitivamente, esa no puede ser la única expresión de la izquierda”, sentencia Zibechi.


Los pies en la tierra


En esa misma línea, el periodista asevera que “el gran desastre que dejó la crisis del progresismo es la pérdida de horizonte a largo plazo: la pérdida de horizonte estratégico”.
Dentro del campo popular, se puede ver “una gran desorientación, un gran desnorteo, una incapacidad para distinguir lo estratégico de lo táctico”. Y se refiera a lo que es lo estratégico: “Es en lo que nos afirmamos: trabajo territorial, trabajo de largo plazo, de organización, de formación, de soberanía alimentaria, de educación, de salud. Y tácticamente, vemos y nos movemos. Por ejemplo, si creemos que con un gobierno progre nos va ir mejor con el de Macri, jugamos algunas fichas a eso. Pero no hipoteco la organización para irme detrás del candidato. Creo que hay mucho de eso”.


Zibechi no duda en definir que el trabajo estratégico es la recuperación de territorio. Enumera varias experiencias que, en los últimos tiempos, vienen profundizando el trabajo de base y los pies en la tierra, como el Movimiento Passe Livre (MPL), la Unión de Trabajadorxs de la Tierra (UTT) o el Encuentro de Organizaciones (EO), por nombrar algunos. “El trabajo territorial fue el gran salto adelante del movimiento piquetero. Ante el cierre de fábricas, retornamos al territorio y hacemos en el territorio otro tipo de organización, otra vida. Organización y trabajo arraigado en el territorio”, señala.


La recuperación territorial como horizonte estratégico es en lo que se basa la práctica de algunas organizaciones urbanas, campesinas y también los pueblos originarios, ahí es donde el entrevistado reconoce la potencia: “Yo creo que ese es el futuro”. “Y si somos cuatro haciendo trabajo territorial y cuatro mil mirando la tele y aplaudiendo al candidato, no me importa: porque esos cuatro son los que empiezan con todo”, agrega Zibechi.


La marea, cuando baja, ya no tiene vuelta atrás


—¿Y cómo leés la marea feminista?


—El feminismo es la luz en medio de las sombras. Es el movimiento que ha marcado un punto de inflexión, sobre todo, en el cono sur, y que le ha puesto límites al conservadurismo, al poder, al Estado. Y que, además, atraviesa a toda la sociedad.


El uruguayo ceba un mate y se queda en silencio. Afuera, ya se vive la ansiedad por un nuevo Paro Internacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans, que, en Montevideo, reunirá cerca de 300 mil personas en un rugir violeta. Tiempo de rebelión. Zibechi no puede ocultar su entusiasmo sobre la territorialización del feminismo.


“Luego de esta gran explosión, cuando baje la ola y esta enorme fuerza del movimiento vuelva con las mujeres a los territorios, a los pueblos, a las comunidades y empiece a territorializarse, ahí cambia todo. Es donde empieza la historia más rica, el movimiento feminista con fuerza territorial. Ahora viene un momento fascinante”, resume Zibechi.

 

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“El feminismo es la respuesta a esta crisis del capitalismo”

La filósofa y teórica feminista Nancy Fraser habla sobre un cambio en el sistema político y económico a través de un movimiento feminista para el 99% de la población


Cuando Nancy Fraser (Baltimore, 1947) recuerda el pasado 8 de marzo, visualiza calles y plazas repletas en ciudades de todo el mundo, pero también una oportunidad para establecer una coordinación entre organizaciones de mujeres de diferentes países. Eso, apunta la filósofa y teórica feminista, es algo relativamente nuevo, “el comienzo de una base para internacionalizar el feminismo, desde abajo”. Alega que el movimiento está experimentando un renacimiento y es una alternativa a este “capitalismo en crisis”. Pero no de cualquier forma. El pasado 5 de marzo, la editorial Herder publicó Feminismo para el 99%, que Fraser firma junto a Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya y en el que repasan dos visiones del feminismo. Una liberal que ve “el feminismo como una criada del capitalismo”, encarnada por mujeres como Sheryl Sandberg [la número dos de Facebook] o Hillary Clinton. La otra apunta “a un mundo justo, cuya riqueza y cuyos recursos naturales sean compartidos por todos, en el que la igualdad y la libertad sean condiciones de vida reales, no solo aspiraciones”.

La profesora de Filosofía en The New School de Nueva York —que estuvo el pasado fin de semana en Madrid en una visita organizada por el Museo Reina Sofía y Medialab-Prado en coordinación con el Grupo de Estudios Críticos— habla sobre el momento "realmente extraordinario" para el feminismo y la política, sobre la necesaria ruptura con la corriente anterior, el neofeminismo liberal, y sobre los ingredientes de la reconversión del movimiento: anticapitalista, antirracista, ecologista, conectado con los derechos de la clase trabajadora y los emigrantes. Y que ha de poner fin a la jugada clave del capitalismo, una valoración perversa de la reproducción social: separar la producción de seres humanos de la producción de beneficios, asignando la primera tarea a las mujeres y subordinándolas a la segunda.


Los dos últimos 8 de marzo han reflejado el crecimiento del feminismo, algo que no siempre se traduce en cambios en el sistema. ¿Cuál debería ser el siguiente paso del movimiento?


Este feminismo está intentando dibujar un nuevo camino, reconociendo que los modelos políticos establecidos no nos ayudarán, que han alcanzado ya un límite, que han llevado a un terrible deterioro de nuestras condiciones de vida. Se trata de superar el feminismo corporativo de élite hacia uno que habla por la mayoría abrumadora de mujeres, recogiendo las preocupaciones de los pobres, la clase trabajadora, las mujeres racializadas, queer, trans, lesbianas, trabajadoras sexuales, amas de casa, mujeres con trabajos precarios... Estamos hablando de grupos sociales mucho más amplios, con muchas más inquietudes que exceden a aquellas del feminismo liberal, por lo que se podría llamar a esto una forma de feminismo de las clases trabajadoras, siempre que se defina esta idea de una manera mucho más amplia.


¿Hará eso que nos enfrentemos por otro lado a un crecimiento de ese feminismo de élite?


Hemos pensado en la clase de una manera demasiado estrecha en el pasado, porque la hemos identificado con el trabajador varón blanco, que pertenece a una nacionalidad mayoritaria, con los trabajadores de las grandes fábricas industriales. Esa ha sido nuestra imagen de la clase trabajadora durante el siglo XX. Pero hay que entender la importancia vital de la reproducción social para el sistema capitalista. El capital se basa en la reproducción social del trabajo no asalariado, algo que realizan las mujeres: la crianza, la creación de lazos y vínculos sociales y afectivos, los cuidados, la educación de niños y niñas que sustentan la fuerza del trabajo. Así que las relaciones de clase no se forman solo en la fábrica, se forman en y a través de los espacios de este trabajo reproductivo social. Eso significa que las mujeres son parte integrante de lo que llamamos la clase trabajadora, que no reciban un salario por ello no significa que no estén trabajando. Están trabajando en lo absolutamente esencial, sin lo que no se puede pensar en la idea estándar del trabajador asalariado o el capitalismo.Hablando de la reproducción social desde el feminismo para el 99% estamos desarrollando una imagen más amplia de lo que significa ser parte de la clase trabajadora.

¿Cómo puede el feminismo lograr su objetivo en un mundo en el que las desigualdades no desaparecen?


Esas fuerzas del capitalismo financiarizado que destruyen las vidas de las mujeres, que promueven la violencia, el cambio climático o empobrecen con la austeridad no son realmente manejables a nivel nacional. Tienen que ser abordadas en última instancia a nivel transnacional e incluso global. Es obviamente el caso del cambio climático o la especulación financiera y el aumento de la deuda, que están engullendo la capacidad de los gobiernos para resolver los problemas de su propia ciudadanía.


¿Tiene el movimiento la oportunidad o la responsabilidad de luchar por la erradicación de todas las desigualdades?


Las luchas nos son impuestas por la situación en la que vivimos. No se eligen. Creo que el feminismo del 99% debe enfrentarse a las desigualdades actuales producidas por el neoliberalismo y la actual forma de capitalismo financiarizado mediante un proceso de aprendizaje a través de la experiencia de las nuevas luchas feministas para que lo que parece estar separado en la superficie se perciba como realmente conectado a través del sistema social capitalista y patriarcal en el que vivimos y, por consiguiente, se convierte en objeto de disputa política.


¿Cómo puede encajar el feminismo en este capitalismo?


El contexto en el que emerge es en el de una crisis de este capitalismo neoliberal, agresiva, que está agotando nuestras energías y nuestro tiempo para hacer el trabajo social reproductivo necesario, que está consumiendo y destruyendo sus propias condiciones de fondo, la naturaleza, la capacidad de nuestros gobiernos para defendernos, para resolver nuestros problemas; están quemados por la deuda, que utilizan como una excusa para decir que no se pueden implantar determinadas políticas sociales urgentes, para liberalizar la economía y detener el gasto social. La gente siente que los partidos y la narrativa política dominante les ha fallado y nos han traído esta situación. Este feminismo del 99% es la respuesta a esa crisis, su objetivo es identificar claramente quién es el enemigo —y es esta forma de capitalismo—, y es el movimiento más ambicioso, comprometido a reimaginar una nueva sociedad que se construirá sobre bases totalmente nuevas.


Que incluyan discursos y necesidades plurales...


Este feminismo tiene una agenda muy amplia, cubre todos estos temas de la reproducción social, la violencia contra las mujeres, la situación de las trabajadoras sexuales o el acoso, que se ha convertido en un tema candente en parte gracias al estallido del movimiento MeToo. Creo que la gente olvida que el MeToo es, en efecto, un movimiento de clase, una lucha por un lugar de trabajo libre de acoso, de agresión sexual, libre de coacción por parte de superiores a sus subordinados. Aunque los medios de comunicación ponen la atención sobre las actrices glamurosas de Hollywood, el problema que el movimiento aborda está muy extendido y es muy agudo entre las trabajadoras agrícolas, las de los hoteles o las empleadas domésticas en casas privadas donde nadie está mirando y los jefes pueden hacer lo que quieran e imponen relaciones abusivas de poder sobre sus trabajadoras. Todo esto está relacionado con problemas de clase, poder y capitalismo. Podríamos hablar del alquiler de vientres y también estaríamos hablando de mercantilización y trabajo sexual. Ambas historias se refieren a la ausencia de buenas opciones para las mujeres pobres de las clases trabajadoras que tienen que alimentar a sus familias y tienen pocas opciones y pocos recursos para hacerlo por otros medios.


¿El movimiento es lo suficientemente fuerte como para luchar contra las adversidades externas y al mismo tiempo lidiar con las internas?


No tenemos más opción que atender a ambas. Aquí estamos, el momento de crisis que ha hecho posible nuestro propio crecimiento y nuestra propia radicalización, es el mismo que ha hecho posible el crecimiento y la radicalización de la derecha. Estamos ofreciendo nuestro movimiento como alternativa. Tenemos un vacío de liderazgo político, ya que los principales partidos están colapsando, la gente está buscando un cambio, hay muchos actores que saltan a este vacío y ofrecen diferentes propuestas. Estamos y debemos estar ahí, ofreciendo las nuestras. Por supuesto tendremos que luchar contra quienes tienen otras, pero somos fuertes y estamos creciendo. No veo por qué no deberíamos tener una buena oportunidad de prevalecer.


¿Cómo percibe la evolución política de esa derecha (y ultraderecha) y la composición social de la situación electoral del momento en España?


No debería hablar sobre Vox porque no lo conozco mucho. Pero podría decir mucho acerca de [Donald] Trump y lo que hizo posible su victoria: el neoliberalismo progresista. Es la alianza del capitalismo simbólico —Wall Street, Silicon Valley y Hollywood—, con parte de los nuevos movimientos sociales y fuerzas progresistas, que ahora quieren afianzar de nuevo el proyecto neoliberal agitando el miedo ante un fascismo inminente y amenazador, que en sentido estricto no es todavía real. El capital financiero de esta unión precarizó el trabajo, destruyó los sindicatos y redujo los salarios, destruyendo los estándares de vida de la clase trabajadora. La gente dijo que no quería más ese modelo. En 2016, en Estados Unidos solo hubo dos opciones: eligieron a Trump. No fue una buena opción. Pero Hillary Clinton tampoco lo era, representaba la continuidad con las fuerzas neoliberales progresistas, las mismas que habían desencadenado el actual escenario de profunda crisis social.


La estrategia, ahora, es tratar de recuperar a estratos importantes de las clases trabajadoras que ahora se sienten atraídas por Trump en Estados Unidos o por Vox aquí en España, o cualquier otro partido de derecha o extrema derecha. No creo que debamos descartarlos y decir que se han perdido para siempre, tienen que ser parte de una masa antisistema, un movimiento anticapitalista que incluya al feminismo para el 99%, a los movimientos obreros, ecologistas, antirracistas, en defensa de los emigrantes, la reproducción social y las clases trabajadoras. Si no tenemos una alternativa por supuesto que parte de estos grupos sociales van a virar políticamente hacia la derecha, pero ¿por qué deberíamos ceder a la derecha el monopolio sobre las grandes ideas para el cambio?


¿Un movimiento feminista podría producir una ruptura en este panorama político?


No creo que el feminismo pueda hacerlo por sí mismo, pero creo que, por razones coyunturales, es la fuerza más visible, creciente y radical que vemos. Pero tiene que aliarse con las corrientes antisistema de otros movimientos sociales y con los partidos de izquierda que están en escena y abiertos a ampliar su idea de la lucha de la clase trabajadora, a rechazar el dogmatismo sectario y a poner a las mujeres en el centro.

Por Isabel Valdés
Madrid 28 MAR 2019 - 02:27 COT

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"No podemos dejar que el temor a la ultraderecha nos lleve al feminismo liberal"

Nancy Fraser, filósofa política, intelectual y feminista estadounidense, es profesora de la New School for Social Research y una de las impulsoras del denominado Feminismo del 99%. Este viernes aterrizó en Madrid para participar en un ciclo de conferencias organizadas por El Grupo de Estudios Críticos, un proyecto de estudios del Centro Estudios del Museo Reina Sofía, en colaboación con Medialab. En esta entrevista con Público, Fraser desgrana las claves de este movimiento feminista, la necesidad de cambiar el modelo capitalista y los riesgos a los que nos enfrentamos en esta tarea.

¿Qué es el feminismo del 99% y cuáles son los principales ideas?


Es un intento de dar nombre y un conjunto de ideas a un nuevo activismo feminista que se está desarrollando en los últimos años y que creemos que representa una alternativa real al tipo de feminismo que ha sido el predominante, al menos en USA, Reino Unido o Francia y algunos otros países (no estoy muy segura si en España). Hasta hace muy poco en estos países el feminismo liberal ha sido la forma más dominante y se ha centrado principalmente en las preocupaciones de las mujeres de clase media alta o las mujeres del top 10%. Son ellas las que se han beneficiado de este feminismo y han encontrado su camino para prosperar en jerarquía empresarial.
Le han dado al feminismo un mal nombre, diría yo. Porque lo han asociado con el elitismo, el individualismo, el consumismo… La idea de que las feministas son mujeres de carrera que se han hecho a sí mismas. No sé si es totalmente así, pero de esta forma lo entiende la gran mayoría de mujeres de la clase trabajadora. Personas que ven el presente, no como un momento de crecimiento, sino todo lo opuesto: un tiempo en el que las condiciones de vida van en declive, en el que se pierde el trabajo seguro, en el que se reducen salarios. En definitiva, un montón de caos en la vida.


Creo que este feminismo liberal ha perdido su credibilidad. Desde el punto de vista de EEUU, la derrota de Hillary Clinton en las elecciones de 2016 en favor de Donald Trump fue como una alarma para despertarse, porque las cifras indican que un 52% de mujeres blancas votaron por Trump.


Es una estadística sorprendente. Mostró que el feminismo corporativo de Clinton no era un feminismo para todas las mujeres. Ahora tenemos este nuevo tipo de activismo que es anti-austeridad, que defiende los estándares de la vida de una forma más amplia, que se interesa por los derechos de los migrantes, sobre la situación de las mujeres trabajadoras, las de color… Cuando escribimos el manifiesto para el feminismo del 99%, queríamos promover ese nuevo giro del feminismo. Lejos del liberalismo individualista y más cerca de las preocupaciones de la gran mayoría de mujeres, y también de hombres.


Nuestro manifiesto le da un nombre a este movimiento e intenta articular el pensamiento que lo puede convertir en un movimiento radical, genuinamente transformador y antisitémico.


¿Y se puede construir esto dentro de un sistema capitalista o hay que construir un nuevo sistema?


Definitivamente necesitamos un nuevo sistema de algún tipo. El actual sistema de capitalismo liberal financiero está en una crisis aguda y necesita cambios estructurales muy profundos: en nuestra relación con la naturaleza, un cambio en la relación entre producción y reproducción, entre el trabajo asalariado y la vida familiar… un cambio en sistema democrático.
Si este es un cambio que nos llevará más allá del capitalismo está todavía por ver. Tampoco sabemos si existe una forma de capitalismo que pueda responder adecuadamente a esta aguda crisis. Pero no creo que tengamos que responder a esa pregunta ahora. Mi corazonada es que necesitaremos movernos más allá del capitalismo.


Entonces ¿se va construyendo sobre la marcha y no como otras teorías políticas que marcaban un camino?


Creo que es un poco de los dos. A través de nuestras luchas vamos descubriendo cuánto puede o quiere darnos este sistema; si puede o no solucionar nuestros problemas y también descubrimos por el método de práctica y error cuáles son los cambios que necesitamos, cuáles son los que realmente queremos. Es decir, hay un proceso de ignición en el pensamiento que va sucediendo a través del activismo.


Diría que en mi vida he aprendido casi tanto del activismo como lo hice en la enseñanza universitaria formal. Este manifiesto propone algunas ideas como un boceto de lo que una alternativa puede llegar a ser, pero es más con un espíritu de intentémoslo y veamos como resulta. No es un dogma.


¿Cuáles son las principales ideas que contiene?


Una de las principales ideas es que el eje de las desigualdades de género en nuestra sociedad se debe a la separación que hace el capitalismo entre la producción de materias primas por lucro y la reproducción social o la producción de seres humanos. Es decir, La vida familiar y el sector social y la vida comunitaria.


Esa separación no existía antes del capitalismo. Todas estas actividades eran parte del mismo universo social. Cuando el capitalismo introdujo la idea de producción por beneficio en las fábricas, dividió nuestras vidas en estas dos partes y la división está organizada por género: la responsabilidad de las mujeres es trabajar en la esfera social (tanto privadamente sin recibir salario o como profesoras, enfermeras…).


Mientras, los hombres trabajan en las industrias, en el ejército… Esta división, en mi opinión, es la pieza central de la subordinación moderna de las mujeres. Ha habido otras formas pero funcionaban de otra manera. Es una organización en la que el trabajo de producción se paga en dinero y el de reproducción social, que es que realizan las mujeres, no se pagan en su inmensa mayoría. Esto pone a las mujeres en una desventaja estructural en la sociedad.


Simplemente entender esta dicotomía de producción y reproducción, nos propone un largo camino para pensar qué es lo que tiene que cambiar. Tenemos que reintegrar aspectos de la vida que ahora están separados y contrapuestos uno contra otro. No tenemos tiempo de cuidar a nuestra familia, si al mismo tiempo estás realizando un trabajo exigente, un trabajo pagado a tiempo completo, o incluso múltiples trabajos como mucha gente tiene que hacer hoy en día. En Estado Unidos las profesoras cobran muy poco, y muchas de ellas cogen un segundo trabajo en Wallmart por las tardes para ser capaces de ganar lo suficiente para vivir. Esto es tremendo. Cómo puedo, además, realizar los trabajos de reproducción social. Especialmente si los hombres, en una gran mayoría, no hacen la parte que les corresponde del trabajo de cuidados.


¿Cuál es el rol que deberían jugar los hombres?


Los hombres deberían convertirse en feministas también. Este feminismo para el 99% es un movimiento para mejorar la vida de todo el mundo, superando la desigualdad de género, la desigualdad de raza… todas las desigualdades. Pero no es un movimiento contra los hombres. Es un movimiento contra una estructura social, un sistema que crea todas estas desigualdades.


Esta crisis financiera que vivimos ¿es una crisis del sistema, o es el sistema en sí mismo?. La rebaja de salarios, la desinversión en servicios públicos… ¿Es una consecuencia o un plan organizado?


Hemos sufrido una tremenda reorganización del capitalismo en el tránsito de la anterior forma de capitalismo social demócrata, que era menos globalizado y menos financiero y que daba más apoyo estatal a la esfera de la reproducción social. No era un sistema perfecto, en absoluto, pero eso fue transformado en este capitalismo neoliberal y financiero.
En 2007 y 2008 tuvimos casi una fisión nuclear del sistema financiero mundial. Pero la crisis financiera es sólo uno de los cabos de una crisis mucho más amplia, que también incluye una crisis ecológica; una crisis democrática; de migración, y de los cuidados o de la reproducción social, tiene que ver con la desinversión en todas las necesidades sociales y la incorporación de las mujeres en los trabajos pagados a tiempo completo.


Todos estos son los distintos cabos de una sola gran crisis, que podemos llamar una crisis general del capitalismo neoliberal financiero. La crisis lo inunda todo debido al carácter contradictorio e insostenible de este sistema.

¿Y es el feminismo del 99% la respuesta a esta debacle?


El feminismo del 99% está emergiendo como una de las respuestas a esta crisis. Los supremacistas blancos también están respondiendo a esta crisis, los movimientos populistas… Hay una gran abanico de movimientos intentando dar respuestas. Nosotras somos una de las fuerzas que ha saltado en esta situación abierta e incierta y tratar de ofrecer una alternativa


¿Y cuáles son los riesgos?


Los riesgos son que este movimiento del 99% pueda perder contra movimientos de extrema derecha supremacistas y anti-inmigrantes, que son muy desagradables, como Trump en Estados Unidos o Vox aquí en España. El otro riesgo es que nos asustemos tanto de los movimientos ultraconservadores que en lugar de pelear por lo que realmente queremos, nos volvamos hacia el feminismo liberal. Y volver a esa alianza de feminismo y liberalismo no es la solución, porque entraríamos en un círculo vicioso: neoliberalismo, trumpismo, neoliberalismo, un trumpismo peor. Hasta que realmente lleguemos a un fascismo, del que aún estamos lejos.


Es necesaria una ruptura en el ciclo. Pero no podemos volver a las trincheras, a defender lo que tenemos o intentar no perder lo que ganamos, porque seguiremos en ese ciclo vicioso.


En España tenemos a partidos de derechas promoviendo un feminismo liberal que incluye la regulación de la prostitución y los vientres de alquiler entre sus postulados. Supongo que es a esto a lo que se refiera cuando dice no volver al neoliberalismo.


La gente está entendiblemente asustada de estas derechas extremas y pueden cometer el error de pensar que no pueden defender lo que creen, sino que toca defender el statu quo. Y es un error en mi opinión, porque defender el statu quo es lo que ha generado estos estos movimientos de extrema derecha.


Usted ha sido muy crítica con lo que denomina feminismo domesticado o de la élite. En España, Ana Patricia Botín, la presidenta del mayor banco se declaró feminista no hace mucho.¿Puede ayudar esto de alguna forma a la igualdad?


No la conozco, pero imagino nombres como Sheryl Sandberg, (directora ejecutiva de Facebook), Christine Lagard (directora gerente del FMI) o Hillary Clinton. Estas son tres caras, y probablemente la que me menciona encaja en este modelo. A ellas me refiero cuando afirmo que dan al feminismo un mal nombre. Si la gente llega a pensar que eso es feminismo, van a concluir que este movimiento no puede hacer nada por ellos y que porqué deberían apoyarlo si hace cosas que les hacen daño.


Este tipo de feminismo, lo que realmente hace, es lo que en el manifiesto llamamos: la dominación de la igualdad de oportunidades. Que cree que la clase dominante que gobierna, debe tener igualdad entre hombres y mujeres. Es decir, que la gente que arruina la vida de muchas personas no sólo deben ser hombres, sino también mujeres. Es una aspiración absurda.

Muchos partidos conservadores se han subido al carro del feminismo, aunque no quieren usar la palabra feminismo. Dicen que luchan por la igualdad. ¿Necesitamos redefinir el concepto de igualdad?


Totalmente. Creo que la mayoría a lo que se llama igualdad es, en realidad, meritocracia. Entienden el problema de la discriminación como una infrarreprosentación de las mujeres en la cima y que es necesario eliminar esa desigualdad para que las mujeres puedan subir de acuerdo a su talento, en relación a sus méritos. Esto deja totalmente intacta la estructura jerárquica y no puede beneficiar al 99% de las mujeres. Sólo beneficia al 1%, o pongamos que al top 10%. Es decir a la clase directiva profesional.


Estas mujeres pueden tener éxito en lo que hacen sólo porque contratan con sueldos muy bajos y en trabajos muy precarios a mujeres migrantes pobres de otras razas para limpiar sus casas, cuidar a sus hijos o atender a sus padres ancianos en residencias de la tercera edad. En otras palabras: hay una relación directa entre esta noción de igualdad y el incremento de la desigualdad. Es una idea de igualdad de clase que dice que las mujeres deben ser iguales a los hombres de su misma clase y al diablo con todas las demás. Definitivamente el feminismo liberal hace necesario redefinir una nueva idea de igualdad.

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