Lunes, 11 Febrero 2019 06:30

¡Ahí vienen los socialistas!

La demócrata Alexandria Ocasio-Cortez forma parte del nuevo grupo de congresistas estadunidenses que se identifican como "socialistas democráticos".Foto Ap

Suenen las alarmas, ahí vienen los socialistas, declaró el jefe del régimen estadunidense en su informe presidencial. No se sabía que Estados Unidos estaba amenazado por el socialismo, supuestamente eso se había terminado con el desmantelamiento de un muro.

Fue el estreno de uno de los mensajes de la campaña de relección y acompañará a la otra amenaza representada por los inmigrantes "peligrosos". Seguramente se decidió con harta nostalgia recurrir de nuevo a la amenaza del "socialismo"; siempre ha funcionado antes.

Pero a diferencia de las últimas décadas, lo más curioso es que ahora tal vez tengan cierta razón.

En su informe a la nación esta semana, Trump, después de autoelogiar su deseo de cambiar el régimen de Venezuela, inmediatamente agregó que “estamos alarmados por nuevos llamados para adoptar el socialismo en nuestro país… Nacimos libres y permaneceremos libres. Esta noche renovamos nuestra determinación de que América nunca será un país socialista”.

No era accidental que Venezuela fuera parte del mensaje, ya que el mandatario y sus aliados han intentado atacar a algunos demócratas como promotores de un socialismo estilo venezolano.

A finales del año pasado, el Consejo de Asesores Económicos del la Casa Blanca emitió un informe sobre la amenaza, cuyo primer párrafo afirma que "Coincidiendo con el 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx, el socialismo está resurgiendo en el discurso político estadunidense", y señala que propuestas políticas de "autodeclarados socialistas están generando apoyo en el Congreso y entre gran parte del electorado".

Claro, es un término muy ambiguo, y aparentemente para algunos, están hablando de políticos como el senador Bernie Sanders y un grupo de nuevos diputados/as –entre las más conocidas Alexandria Ocasio-Cortez– que se identifican como "socialistas democráticos", quienes lejos de ser radicales –no proponen sustituir el sistema capitalista– serían considerados como "moderados" en tiempos de Franklin D. Roosevelt. Pero sus propuestas para promover y ampliar los programas de apoyo social, educación, salud y gravar más a los más ricos son calificadas por sus enemigos de "socialismo".

Es un término con raíces en movimientos masivos a lo largo de casi siglo y medio en este país, y fue empleado para reprimirlos en las campañas contra "los rojos", quienes frecuentemente eran inmigrantes. A la vez, vale recordar que el maestro político de Trump, el abogado Roy Cohn, fue el brazo derecho del senador Joe McCarthy en su campaña anticomunista de los años 50. Esa palabra, desde entonces, se convirtió en definición del "enemigo" a lo largo de la guerra fría.

Pero la nueva alarma sobre el socialismo promovida por Trump y sus aliados, no es necesariamente imaginada. Como hemos reportado repetidamente en La Jornada, al mismo tiempo que estaba surgiendo el fenómeno neofascista de Trump, también había otro fenómeno: una creciente percepción positiva del "socialismo". De hecho, Gallup reportó el año pasado que por primera vez las bases demócratas expresaban una percepción más positiva del socialismo (57 por ciento) que del capitalismo (47 por ciento). No sólo eso, sino que entre todos los jóvenes (18 a 29 años), la mayoría tienen una percepción positiva del socialismo.

Casi todos que expresan este apoyo están hablando de reformas y límites al capitalismo, no su sustitución; o sea, una visión socialdemócrata. El propio Sanders emplea como modelo para sus propuestas los países escandinavos.

Sin embargo, seguramente es alarmante que todas las encuestas recientes muestran que "el socialista" Sanders le ganaría a Trump en la elección presidencial de 2020 (y por más de 10 puntos). Mas aún, mayorías de estadunidenses apoyan las propuestas políticas presentadas por los "socialistas democráticos", en torno a seguros de salud, mayores impuestos sobre los ricos, más recursos para escuelas públicas y una economía más justa.

¿Y si de repente Estados Unidos es gobernado por un régimen socialista, habrá algún país o tal vez la OEA que envíe fondos a la "oposición" y amenace con intervenir para "rescatar" a este pueblo de su expresión democrática?

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“Tener el valor de mirar a los ojos del enemigo”. Entrevista

Sobre el recuerdo de las revoluciones, las apropiaciones de la derecha, una izquierda insegura y la relación con el estado.

 

Sebastian Friedrich: 200 años de Carlos Marx, 100 años de la revolución de octubre, 50 del 1968... estamos celebrando muchos aniversarios de fechas muy importantes para la izquierda. Pero solo con ello no se puede explicar únicamente la coyuntura actual de volver la vista al pasado. ¿Qué otras explicaciones hay?


Bini Adamczak: La explicación está muy relacionada con el espectáculo industrial-cultural actual. La revolución parece ser una aventura, en la cual pasan cosas inimaginables, el viejo orden se resquebraja, la gente anda por ahí con escopetas y los poderosos huyen. Uno se sienta cómodamente en casa, llueve fuera, y se lee una novela sobre la revolución. O una se sienta en un café, se bebe una copa de vino tinto y se elije una novela histórica de acción. ¡Qué tiempos aquellos! En el negocio cultural pasa algo parecido: Los debates históricos en las secciones de cultura se orientan a esos debates, lo cual interesa a las instituciones de la izquierda, las historiadoras y los intelectuales. Es una oportunidad de posicionar sus temas en los medios.


Pero esta no es la única razón. Tal vez el presente no ofrece suficientes ocasiones para hablar de este tipo de perspectivas radicales, como era el caso de 1968 o 1917. La mirada al pasado permite un planteamiento más radical y profundo de las condiciones elementales de nuestras condiciones de vida. Formulado de forma positiva: podemos comprender mejor la actual crisis del capitalismo en la disyuntiva entre la herencia y las luchas pasadas, que están enterradas y olvidadas, pero que al tiempo están inconclusas. Como diría Walter Benjamin: La confrontación con la historia nos da la posibilidad de crear una constelación entre dos tiempos. Podemos preguntarnos: ¿Qué nos dice 1968, qué nos dice 1917 o qué nos dice Carlos Marx hoy?


SF: ¿Entonces qué nos dice la revolución hoy?


BA: Las revoluciones nos dan la posibilidad de encontrar otra escala con la que podamos medir el presente. La revolución nos ofrece un ángulo más además de un objetivo más fino. Muchas de las cuestiones que hoy nos preocupan son luchas defensivas o traslaciones a los marcos dados, como cuando pedimos acabar con el (sistema de ayuda social represivo) Hartz IV, que suban los salarios o que se remunicipalicen la propiedad de la vivienda. Otra cosa muy diferente es poner en cuestión la propiedad en sí. Estoy a favor de que los alquileres no suban, ¿o estoy a favor de que no haya alquileres en absoluto? ¿Pongo en cuestión el que haya una función social de los propietarios que deciden cómo viven las personas en sus casas?


Hay muchas preguntas radicales que casi no se plantean en la realidad porque las relación de fuerzas las apartan a un lado. Esa perspectiva revolucionaria puede ser recuperada en el presente a través del rodeo de la historia. Nos permite percibir este mundo de una forma muy diferente. Al mismo tiempo, tal vez es así como nos es posible articular nuestros deseos y lujurias, que en la situación actual nos parecen irreales.


SF: ¿Qué significa para tí en realidad revolución?


BA: Mi definición de revolución es muy abstracta, en ello no se diferencia de otras teorías de la revolución. Revolución no significa hacer política bajo unas condiciones predeterminadas, sino politizar uno mismo las condiciones de la política. No es preguntar cómo se puede compaginar el trabajo con la familia, sino cómo se puede acabar con el trabajo y con la familia en sí. ¿Cómo podemos organizar las tareas de otro modo? ¿Qué relaciones se pueden hacer en el lugar de las familiares o las profesionales? Esas son preguntas revolucionarias, que también se realizaron en 1917 y en 1968. En mi libro sobre la revolución, que se publicó con motivo del aniversario de los 50 y 100 años de esas olas revolucionarias, intenté recordarlas de nuevo.


SF: La revolución se consideraba muerta al menos desde la desaparición de la Unión Soviética, cuando se hablaba del fin de la historia. Ahora cada vez más personas notan que la historia en realidad no parece haberse acabado. ¿A qué se debe que un término como el de revolución sea usado más a menudo por las personas de nuevo?


BA: El libro se publicó en 2017, pero comencé mucho antes a escribirlo. En un momento en el que las revoluciones eran algo históricamente marginal. Era solo un tema importante para las ciencias sociales o la filosofía de la historia, pero no tenía nada que ver con la política. Entonces en 2011 llegaron las primaveras árabes. Con ellas aparece de repente de nuevo la revolución de una forma clásica, con la caída de un gobierno. Vivimos poco después la derrota de esos movimientos, que en parte se acomodaron relativamente rápido, en parte fueron integrados y en parte formaban parte de un bloque neoliberal y terminan en parte en la guerra civil.


SF: Has hecho muchas presentaciones de tu libro. ¿Cuál fue tu experiencia con las discusiones con el público?


BA: Aquí, yo vivo por desgracia sobre todo en Alemania, domina una impresión de que un golpe o cambios radicales de la sociedad o bien la revolución serían dominados por la derecha. Veo cómo la izquierda y también los liberales están ocupados en construir terraplenes para defenderse de los ataques de la derecha al orden de cosas. Una buena parte de la izquierda en Alemania está dominada por una melancolía específica alemana que cree que no se puede hacer nada contra la autoridad o que la masa en todo caso tiende a la derecha política. Es una atmósfera que encuentro a menudo en las salas en las que discuto. Tenemos que preguntarnos si ese sentimiento de verdad refleja la correlación de poderes y si tiene sentido esa ideología de defensa espontánea de lo existente contra los ataques de la derecha.


SF: ¿Si partimos de que todo será siempre peor se aumenta el riesgo de que todo sea peor?


BA: A la izquierda en Alemania le resulta difícil reconocer los logros propios y festejar las victorias, reflexionar sobre los propios fallos y llorar las derrotas.


SF: ¿Puedes poner un ejemplo?


BA: La izquierda en Alemania tiene muy pocos recuerdos de uno de los mayores movimientos huelguísticos de la historia de este país, la ola de huelgas entre 1990 y 1994 en Alemania del este. Se concentró sobre todo en contra del cierre de empresas, que el capital alemán había decidido por poco dinero, y fue una de las mayores y más largas olas de resistencia social autoorganizada desde la revolución de noviembre. En 1991 y 1992 tuvieron lugar 200 huelgas “salvajes” (no autorizadas). Pero la lucha contra el capital alemán se perdió. Esa derrota no se ha digerido nunca de forma completa. Solo podemos suponer, que una derrota del intento de defenderse ante los poderosos, que no ha sido penada, llorada de forma adecuada, es el motivo de decisiones posteriores de ir contra los más débiles y de identificarse con los poderosos.


El no llorar las derrotas lleva a que las derrotas se reproduzcan. De ese modo se extiende el sentimiento de que no se puede cambiar nada, a pesar de que la realidad tal vez ofrece más muestras a favor del cambio. La izquierda alemana se encuentra así como parte de un discurso general alemán que provoca la impresión una y otra vez de que la derecha fascista fuese más fuerte de lo que en realidad es. Al mismo tiempo, las fuerzas de resistencia permanecen invisibles y parecen menores de lo que son.
SF: Pero la marcha de la derecha avanza de verdad...


BA: En 2018 también hemos visto cómo hay una fuerte resistencia contra la derecha, uno que en otoño por suerte también se pudo ver en forma de cifras, cuando un cuarto de millón de personas salieron a manifestarse por las calles de Berlín en la manifestación del movimiento “unteilbar” (indisoluble). Al mismo tiempo, la izquierda se está anotando puntos en varias luchas, pensemos en el bosque Hambacher Forst, en el fuerte movimiento feminista, en las luchas contra la gentrificación o en el verano de la inmigración de 2015. Desde un tiempo a esta parte hay un gran apoyo en buena parte de la población con respecto a personas que cruzan las fronteras.


En tiempos de crisis, en los que el orden dominante, la hegemonía neoliberal, se está resquebrajando el fascismo no se puede combatir solamente defendiendo el status quo. La única posibilidad que hay de ser antifascista de forma activa es en forma de un ataque que llame las consecuencias reales de la miseria por su nombre y que no deje pasar las maniobras de despiste de la derecha. Es lo que se está viendo en los Gilets Jaunes en Francia, el movimiento de los chalecos amarillos.


SF: ¿Qué piensas sobre los Gilets Jaunes?


BA: Estuve en París para una presentación de un libro y hablé con muchas personas. Con mi francés entrecortado traté de hablar con un conductor de taxi y le pregunté lo que opinaba sobre los Gilets Jaunes. Me dijo que eran una buena idea, un concepto muy bueno. No parecía sentir la más mínima necesidad de distanciarse de la violencia, algo que conocemos en el discurso alemán. Ahí se refleja una tradición francesa, la del conocimiento de que se puede llegar a decapitar al rey. Es la experiencia de que la vicroria está en el ámbito de lo posible, que puede ser exitoso oponerse a la autoridad.


Los intelectuales críticos con los que hablé en París primero tomaron una distancia crítica para con los Gilets Jaunes, porque el movimiento parecía ser de derechas. Desde entonces éste se ha ido moviendo casa semana, sino cada día, hacia la izquierda.


SF: ¿A qué se debe eso?


BA: La respuesta instrumental sería que con el tiempo simplemente han entrado más personas de izquierdas en el movimiento. Es cierto pero no explica la vuelta a la izquierda de forma suficiente. Otra respuesta sería que en el momento en el que el movimiento se volvió más fuerte ha desarrollado también la valentía para patear hacia arriba. Fue uno de esos momentos en los que un movimiento se atreve a desafiar a los poderosos. Es un momento que requiere el reconocimiento, cuando las personas en la calle se atreven a mirar al enemigo a los ojos. Entonces ya no están limitadas a patear hacia abajo a personas que están en una situación peor. Es un momento emancipador. La valentía para patear hacia arriba es de izquierdas. La de patear hacia abajo de derechas.


SF: Pero en este momento parece que para muchos es la mejor opción patear hacia abajo. ¿Porqué?


BA: Me gustaría mostrarlo a través de un ejemplo: Un amigo mío de Austria me contó sobre una cita que tuvo. Conoció a un controlador aéreo a través de una aplicación telefónica y descubrió que era de derechas. Ya no quería tener sexo con él, pero sí seguir discutiendo. Mi amigo le explicó al controlador que los rumores sobre los inmigrantes y los refugiados no son correctos y le recordó cuánto dinero pierde el estado a través de la evasión de impuestos de las grandes empresas. El tipo no sabía muchas de estas cosas todavía y se dejó convencer en parte. Pero entonces dijo algo interesante. Incluso aunque todo lo que contase fuese cierto y las grandes empresas fueran el problema, no tendríamos ninguna posibilidad contra ellas. En el momento en que los argumentos son intercambiados se muestra algo así como una realidad afectiva: Contra los de ahí arriba no lo podemos conseguir, por eso nos dirigimos mejor contra los de ahí abajo.


SF: En tu libro sobre las revoluciones analizas sobre todo la revolución de octubre de 1917. ¿Fué una victoria o una derrota?


BA: La diferencia entre victoria y éxito, así como de derrota y fracaso que hace Enzo Traverso me parece muy útil en este sentido. Una de las experiencias básicas de los revolucionarios de 1917 fur la Comuna parisina. No querían volver a repetir la experiencia de la derrota de nuevo, dejarse masacrar por la burguesía. A ello se unió la traición de la socialdemocracia en 1914. En ese contexto se entiende el impulso de la revolución de octubre en dirección al autoritarismo y militarismo. Pero también ahí estaba el peligro de la asimilación por el adversario. En ese sentido 1917 es por una parte una victoria, porque la revolución no sufre una derrota frente al adversario. Por otro lado es un fracaso de las propias pretensiones emancipatorias, porque la sociedad, que debía nacer allí en realidad, no fue creada.


SF: Por lo menos se pudo tomar el poder del estado. En 1968 no se consiguió.


BA: Los movimientos del ´68 no consiguieron en ningún lugar dirigir revoluciones triunfadoras, pero fueron en parte exitosos, porque impusieron cambios fuertes. También a nivel económico: el ´68 y los siguientes se caracterizan por fuertes y exitosos movimientos huelguistas. Estos éxitos retrocederán en las siguientes décadas. Algo diferente ocurre en la esfera que llamamos de lo social o cultural, en la cual ocurre la transformación de las relaciones entre géneros, la liberación sexual o la caída de las instituciones viejas y autoritarias. En esto ha sido el ´68 exitoso hasta nuestros días. Sin embargo muchas de las conquistas fueron apropiadas por el neoliberalismo más tarde en una toma hostil. En el ´68 las personas lucharon porque el trabajo no fuera determinado por otros. Pero solo consiguieron imponer una parte de sus reivindicaciones. Hoy pueden decidir muchos cuándo trabajan, pero la fecha de entrega la sigue imponiendo el capital. De ese modo se convierte la autogestión en autoexplotación. En muchos ámbitos de la vida ocurre lo mismo.


SF: Describes el ´68 como un acontecimiento en el cual los cambios de los sujetos y la direfencia se encuentran en un primer plano, mientras en 1917 el foco se concentró en tomar el poder estatal. Me parece un poco simplificado, ya que como resultado del ´68 no hubo solo individualismo y sexo, sino también muchos nuevos grupos comunistas que se orientarom hacia el 1917.


BA: Es una presentación esquemática. He intentado remarcar las diferencias entre 1917 y 1968. El ´68 es en principio ambas cosas, un movimiento de repetición y uno de diferencia. Primero se conecta con el impulso de 1917, después se le vuelve la espalda. El movimiento feminista continúa primero la tradición, para después romperla y llevar a un feminismo autónomo que da la espalda a la subordinación a la contradicción principal económica. En Alemania se simboliza esto con el lanzamiento de tomates a los cadetes del SDS (que desencadenó las protestas feministas). Al mismo tiempo, tiene lugar un nuevo redogmatización en grupos comunistas, que se desarrollan a partir de la derrota de 1968, porque la revolución no llegó tan pronto como esperaban los revolucionarios. Es por ello que la cuestión de la organización se volvió a lanzar y se reorientó a los clásicos como por ejemplo Lenin o Mao. Ya que éstos habían sido exitosos. Hubo muchas tendencias contrarias, pero yo he mirado un periodo de tiempo bastante amplio. Con esta mirada algo desenfocada a un siglo aparecen momentos en la imagen que también se han mantenido por la apropiacoón neoliberal.


SF: ¿Podemos aprender algo de la apropiación del ´68?


BA: Tenemos que recuperar el valor de ir más allá de la frontera de lo permitido. Las derecha se ha apropiado de la provocación política. Se escenifican como los que rompen tabús, tratando de decir lo que no es posible decir dentro del marco del discurso. En ese sentido ellos lo que quieren es retirar las conquistas de 1968. Muchas personas de izquierda ven como su tarea confirmar los tabúes que existen o asegurarse en la mayoría casi con miedo, de que aquello que dicen permanece en el marco de lo que puede decirse. En la izquierda controla en buena parte el miedo al Shitstorm. El ´68 era en ese sentido diferente. Se trataba de la provocación, del shitstorm, de ir hacia delante y de contar con una reacción fuerte, para poder abrir algo.


SF: Y llegamos de nuevo al miedo, a la falta de valor para la revolución. Junto a la revolución está el término de las relaciones en tu obra. ¿Qué quieres decir con ello?


BA: Me he planteado la pregunta de hacia donde apuntaban las revoluciones: la de 1917 hacia la totalidad, al poder del estado, para conquistar la sociedad a partir del estado. La de 1968 de forma retrospectiva se orientaba a los sujetos, a partir de los cuales se conforma la totalidad. “Todo cambia cuando tú te cambias”. En la teoría de las sociedades y en la filosofía se llama Problema de la estructura y la acción, en el cual el pensamiento se ve atrapado. Se trata de la pregunta de si las personas hacen las estructuras o bien las estructuras determinan a las personas. Dependiendo del punto de partida es siempre un tira y afloja.


Quiero mover la mirada hacia otra cosa. No se trata ni de la totalidad ni de sujetos individuales, sino de las condiciones entre personas, sujetos, formas de vida o entre las instituciones. Se trata de lo racional, es decir, de las relaciones en sí que componen lo que llamamos sociedad. Mi esperanza es: somos exitosos en pensar en cambios sociales, así como en su realización cuando tenemos claro que no se trata de transformar a las personas ni de conquistar el estado, sino de cambiar las relaciones. El término Beziehungsweise permite tener a la vista también las relaciones entre personas que no se conocen personalmente.


SF: Revolución, las formas de las relaciones... Aún queda un término clave: la solidaridad. Ésta parece ser el punto de fuga de muchas personas en la izquierda. Lo que se debe comprender a partir de ello no está claro. También la derecha y los neoliberales hablan de solidaridad. ¿Cómo se puede evitar que se corrompa este término?


BA: La solidaridad sin la libertad de poder retirarse o de poder decir que no, no es solidaridad alguna. Lo que la derecha ofrece es un espíritu corporal, una obligación de ser leal, la homogeneización hacia el interior (de la sociedad) comprada a partir de una diferenciación hacia fuera. Y una solidaridad sin igualdad, es decir, sin la pretensión de que todas las personas que se miran frente a frente a los ojos, tampoco es solidaridad.


Si el antiracismo se limita a mandar dinero a algún sitio y de ordenar que los receptores sean agradecidos. Entonces eso es paternalismo. Tenemos pues que combinar libertad, igualdad y solidaridad. Estas son nuestras medidas críticas en las cuales podemos medir nuestra propia práctica, en la cual podemos comprobar si en las formas de relación que perseguimos alcanzar y desarrollamos en efecto se trata de relaciones solidarias.


SF: Si miramos al terreno de las relaciones, ¿no tenemos en todo caso que tratar de cambiar el estado, tal vez de tomarlo, de abolirlo... de hacer algo con ese estado?


BA: En la tradición marxista-leninista existe la idea de que hay fuerzas organizadas y conscientes que primero tomarán el estado, y con su ayuda cambiarán las bases de la sociedad, que permitirán a hacer que ese estado sea innecesario hasta que finalmente desaparezca. Volvemos la vista a un experimento de hace 70 años y constatamos que no ha funcionado demasiado bien. Algo que no solo fue el producto de las condiciones exteriores, sino de que el concepto en sí es muy problemático. Un poder de estado tiene la tendencia a organizar su propia supervivencia. Quien tiene el estado encima no se libra de él tan fácilmente.


SF: ¿Cuál es entonces la alternativa?


BA: Una alternativa es dejar el estado a un lado y hacer sus propias cosas. En el peor de los casos, esto podría ser naiv porque el poder represivo, militar y policial, es decir, la contrarevolución organizada podría ser ignorada.


Destruir el estado, así lo formula el anarquista Gustav Landauer, significa crear otras relaciones. Ya que el estado en sí es una forma de relación. Es una relación burocrática y jerárquica, en la cual las órdenes son dadas y cumplidas por gente que tienen poca influencia en la creación de dichas reglas. La pregunta es ¿qué otras relaciones se pueden crear que sustituyan a las relaciones del estado? En Chiapas y en Rojava hay campos experimentales en los cuales se trabaja con otros modelos de administración. Se trata de evitar tanto como sea posible que lo común se independice como algo ajeno sobre los individuos.


SF: Si no queremos vivir en comunidades muy reducidas, se necesitará algo así como una solidaridad institucionalizada. ¿No hay en ello el mismo riesgo de que también ésta se independice y burocratice? Mi impresión es que la izquierda antiestatal se engaña con su retórica antiestatal.


BA: Bueno las instituciones y el estado no son idénticas directamente. El estado es una construcción institucional específica con forma autoritaria, mientras que institución es tan solo una práctica que se repite de forma constante. Pero es cierto que en teoría de la democracia hay un problema en ese sentido. Si hay personas que se juntan y acuerdan cómo quieren vivir y se dan determinadas reglas entonces también querrán que dichas normas tengan una relativa validez al día siguiente sean válidas y no sean puestas en cuestión. En las reglas se esconde siempre el peligro de la independización, es decir, el peligro de que la regla no sea ya una elección propia consciente. Por una parte tenemos la necesidad de libertad, de apertura, de carencia de reglas. Por otro lado tenemos la necesidad de estabilidad y de planificación segura. Esta contradicción no se puede disolver fácilmente, tan solo podemos tratar de encontrar una manera lo más transparente posible de lidiar con ello.


Eso significaría que por un lado uno se da reglas estables y al mismo tiempo también asegurar la disposición a que las reglas estén de nuevo a disposición de la gente cuando ésta lo reclame.


La apuesta de la izquierda es ésta: con ese problema de principios y democrático podemos encontrar una mejor forma de relación que las condiciones dominantes. Podemos encontrar una forma de relacionarnos que suponga una menor dominación, que sea más democrática. Entonces las personas sabrían que esas reglas que se han dado son sus reglas y que las pueden cambiar de nuevo juntos. Entonces no serían reglas que se independizasen de una forma fría y que como mucho sean útiles a una minoría.


(La entrevista la realizó Sebastian Friedrich, antiguo redactor de kritisch-lesen.de y experto en extrema derecha: https://kritisch-lesen.de/interview/der-mut-dem-gegner-in-die-augen-zu-s...).


Por Bini Adamczak
es una teórica social y escribe sobre política, queer y revoluciones. La editorial Akal publicó en 2017 su librito “Comunismo para todxs : breve historia de cómo, al final, cambiarán las cosas”, que ha sido traducido a una docena de idiomas.

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Bolivia: 13 años de Evo Morales, el escenario rumbo a las elecciones de octubre

Evo Morales inició el día uno de su año 13 de gobierno con un cambio de gabinete que pretende oxigenar su gestión y revertir el desgaste del ejercicio del poder en el comienzo de una larga campaña electoral. A diferencia de todas las elecciones desde 2006, esta vez el triunfo no está asegurado y su propia postulación está en cuestión por violentar la Constitución de 2009. No obstante, la estabilidad económica, su capital simbólico y la falta de proyectos alternativos en la oposición dejan abierto el escenario rumbo a octubre de 2019.

 

13 años y un día después de su llegada al Palacio Quemado, Evo Morales afinó su gabinete con vistas a las elecciones de octubre de este año en un contexto muy diferente del de todas las votaciones populares de la larga década del «proceso de cambio»: por primera vez, el presidente boliviano no tiene asegurada su victoria y, adicionalmente, su postulación debió ser «habilitada» por el Tribunal Constitucional Plurinacional contra una cláusula constitucional y contra un referéndum en el que, en febrero de 2016, una estrecha mayoría votó «No» a la reforma constitucional para incluir la reelección indefinida.


El 22 de enero pasado, aniversario del Estado Plurinacional que hoy compite con el de la independencia, Morales pronunció su informe anual a la nación, en el que rescató los logros de estos 13 años y buscó generar algunas imágenes de futuro en un momento de desgaste del gobierno, especialmente entre los sectores urbanos.


El cambio del gabinete tuvo por objetivo potenciar las áreas que el presidente boliviano considera claves para su re-reelección. Así, retornó al gabinete el ministro de Economía y arquitecto del «milagro» boliviano, Luis Arce Catacora. El ministro, que garantizó más de una década de crecimiento económico y estabilidad, asumió junto a Morales en enero de 2006 y debió renunciar en 2017 por problemas de salud; ahora, su regreso busca reforzar la imagen de «estabilidad» que fue la bandera del Movimiento al Socialismo (MAS) en las elecciones de 2014, cuando Morales fue reelegido con más de 60% de los votos y 35 puntos por encima del contendiente más cercano.


En su discurso más corto ante el Congreso (50 minutos contra tres o cuatro horas en el pasado), Morales resaltó que el PIB de Bolivia creció 327% durante sus gobiernos y llegó a 44.885 millones de dólares en 2018; mientras que el «colchón financiero», que incluye las reservas internacionales, los depósitos y los aportes a las administradoras de fondos de pensiones (AFP), subió a 53.269 millones de dólares. Contrapuso esas cifras a las de 2005, cuando «el PIB era de 9.574 millones de dólares y el ‘colchón financiero’ llegaba solo a 7.600 millones».


Otro que volvió es Juan Ramón Quintana, un ex-militar y sociólogo con fama de «duro», quien ocupará nuevamente el Ministerio de la Presidencia, una virtual jefatura de gabinete. Comunicación recayó en Manuel Canelas, ex-diputado y viceministro, quien tiene como misión recuperar a las clases medias distanciadas del proceso de cambio. Canelas fue el primer diputado abiertamente gay, vivió en España y se mantiene muy cerca de los líderes de Podemos; ahora será el encargado de renovar un discurso que ya no entusiasma. Y otra de las apuestas para enfrentar el desgaste es el nombramiento de una figura de peso en el Ministerio de Salud: la ex-presidenta del Senado Gabriela Montaño, una médica cruceña que llegó a ocupar el Poder Ejecutivo de manera interina y tiene la tarea de lanzar una revolución en la salud, uno de los rubros en que el gobierno de Evo Morales demostró menos capacidad de gestión y que, en los últimos años, generó fuertes cuestionamientos. En este marco, se puso en marcha un seguro universal de salud y se anunció un multimillonario acuerdo con Rusia para la construcción de centros de atención primaria y varios hospitales de alta tecnología especializados en oncología, cardiología, gastroenterología, neurología y nefrología.


En síntesis, se trata de más comunicación, política y gestión para enfrentar al ex-presidente Carlos Mesa, el líder opositor mejor ubicado en las encuestas. Como Emmanuel Macron en Francia, Mesa intenta construir una «plataforma ciudadana» que incorpore a viejos políticos y a la vez mantener un discurso de lo nuevo y evitar ser visto como el constructor de una coalición «con el pasado», que es precisamente como el MAS buscar presentar al ex-vicepresidente de Sánchez de Lozada que llegó al Palacio Quemado tras la «Guerra del Gas» de 2003. Y, claramente, a diferencia de Macron, Mesa no es ni tan joven ni tan nuevo y parece carecer de una verdadera voluntad de poder, pero expresa a los sectores que cuestionan la postulación «inconstitucional» de Morales y mantiene un discurso moderado. No obstante, necesita a la derecha más radical entusiasmada con el triunfo de Jair Messias Bolsonaro en Brasil.


La estrategia del gobierno es polarizar generacionalmente la elección entre «viejos» y «jóvenes», con algunos nombramientos simbólicos, como el de Canelas (37 años) y, especialmente, la elección de Adriana Salvatierra como presidenta del Senado y tercera en la línea de sucesión. La senadora de 29 años representa a la «nueva generación» del MAS de Santa Cruz y pertenece a un grupo «guevarista» llamado Columna Sur.


Empero, las escenificaciones revolucionarias oficiales conviven con fuertes dosis de pragmatismo. La calificación de Bolsonaro como «hermano presidente» en el tuit de felicitación tras la victoria del candidato de la extrema derecha fue seguida de la entrega a Italia, sin proceso previo, de Cesare Battisti, un ex-integrante del grupo armado Proletarios Armados por el Comunismo (PAC) de los «años de plomo» italianos, condenado a cadena perpetua en ausencia. Battisti, quien vivió refugiado durante casi cuatro décadas en México, Francia y Brasil, fue entregado en menos de 24 horas al ministro Matteo Salvini, quien lo recibió vestido de policía y dijo que el «asesino comunista» se va a «pudrir en la cárcel». Morales justificó la entrega señalando que el italiano había entrado ilegalmente al país, tras su fuga de de Brasil, donde Bolsonaro había prometido entregar a Salvino al «bandido amigo de Lula».
«¿Usted lo siente como hermano a Bolsonaro?», le preguntó un periodista del diario El Deber al presidente boliviano. «Quienes nacimos de esta tierra, somos hermanos porque nacimos de la misma tierra sudamericana, somos hijos de América Latina, al margen de las diferencias ideológicas y programáticas, somos hermanos», respondió. Sin con Estados Unidos se trata de un antiimperialismo distante, Brasil es una potencia regional fronteriza con peso económico y político. Y Morales busca mostrarse hoy cercano a Nicolás Maduro pero, al mismo tiempo, con buenas relaciones con mandatarios de signos ideológicos opuestos en la región.


Cabe destacar también una suerte de rutinización de las escenificaciones revolucionarias, incluido el habitual puño en alto, que se fueron volviendo más bien ceremoniales. Desde el comienzo, el proceso de cambio fue moderado y pragmático. Pese al discurso socializante del gobierno y las denuncias opositoras sobre una inminente «venezuelización», en estos años florecieron los mercados, hubo un boom de consumo de sectores populares y clases medias, se desarrollaron los servicios financieros y los cafés y restaurantes chic conviven con una renovación del parque automotor en grandes ciudades como La Paz o Santa Cruz. Al tiempo que el teleférico de transporte urbano, el más grande del mundo, transformó el paisaje paceño y reconectó las diversas partes de la ciudad con efectos en la sociología urbana de mediano y largo plazo.


Quizás la mejor imagen de la simbiosis de voluntarismo modernizador e invocación de la ancestralidad indígena que caracteriza al gobierno es la inauguración en agosto pasado de la Casa Grande del Pueblo, que reemplaza al vecino Palacio Quemado, antigua sede de la Presidencia y emblema de la «república colonial», según Evo Morales. Este edificio de 28 pisos, expresión de un cierto brutalismo arquitectónico mitigado por incrustaciones de símbolos neoandinos, ha causado mucha polémica en la medida en que altera la armonía urbana de la Plaza Murillo y parece encarnar una cierta megalomanía política.


Para contrarrestar estas críticas, el gobierno la abrió a las masas, atrayendo a multitudes de recién casados y otros visitantes a su terraza, con el majestuoso telón de fondo de las nieves eternas de los cerros que circundan La Paz. Pero la Casa Grande del Pueblo es una especie de Coliseo del proceso de cambio; la materialización de una idea de permanencia, de matriz plebiscitaria, que choca contra los principios de la democracia republicana. El problema es que la derrota de 2016 obliga a hablar ya no en nombre de la mayoría del pueblo tout court, como lo hacen los movimientos nacional-populares, sino del pueblo verdadero, es decir, los sectores sociales movilizados en favor de la continuidad («vinimos para quedarnos 500 años»).


El gobierno de Morales fue sin duda, un gobierno excepcional en muchos aspectos hasta 2014. A partir de ese momento, la voluntad de permanencia –y la consolidación de Morales como líder irremplazable– fue erosionando la agenda transformadora, debilitando el apoyo urbano y obligando al Poder Ejecutivo a pasar por encima de cláusulas de la Constitución aprobada durante el «proceso de cambio». Parte de esa agenda de cambio es la que se busca retomar, ahora, de apuro, rumbo a las elecciones.


Mientras, la oposición, sin proyecto de país alternativo más allá de algunas proclamas republicanas, busca capitalizar el desgaste del gobierno. Y, Mesa, de perfil centrista, deberá hacer frente a una radicalización política –que incluye expresiones racistas más abiertas, sobre todo en las redes sociales– de un sector de la oposición, que ha asumido parte del discurso «anticomunista» de las derechas alternativas (Alt-Right) y se entusiasma con el nuevo clima regional abierto por Bolsonaro. Pero también deberá enfrentar la falta de diversidad étnica y de género que hasta ahora muestran las capas dirigentes de su espacio en formación.


Así, 2019 será el primer año desde 2006 en que el escenario político está abierto, y gobierno y oposición se disputarán la bandera del cambio. La primera parada será el 27 de enero, fecha en que están convocadas unas primarias que Morales imagina como la posibilidad de dejar atrás el referéndum perdido del «21F».


Pablo Stefanoni, periodista e historiador, editor de la revista Nueva Sociedad

03/02/2019

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Bukele pone fin al bipartidismo en El Salvador mientras el FMLN se hunde

Nayib Bukele arrasa en las elecciones de El Salvador con más del 53% de los votos. No tendrá que ir a segunda vuelta. El antiguo alcalde de la capital por el FMLN certifica el fin del bipartidismo que operó desde el fin de la guerra, en 1992, y hunde a sus antiguos compañeros.

“Este día 3 de febrero de 2019 El Salvador ha pasado la página de la postguerra”. Con estas palabras, Nayib Bukele se proclamó triunfador de las elecciones del país centroamericano. Arrasa con el 53% de los votos, más que todos sus rivales juntos, y se impone sin necesidad de ir a una segunda vuelta. Con este triunfo, el exalcalde de la capital salvadoreña rompe con el bipartidismo de los últimos 30 años. Desde la firma de los acuerdos de paz, en 1992, la derecha y la izquierda tradicionales, Arena y Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) dominaron el sistema político. Las primeras dos décadas fueron de hegemonía derechista. En 2009, la izquierda llegó por primera vez al poder. Diez años después, apenas supera el 10% de los votos: el FMLN es el gran damnificado del descrédito del sistema político salvadoreño.


“Yo voté siempre al FMLN, tuvieron su oportunidad, pero después de 10 años necesitamos un cambio”. Miguel Flores, comerciante de 55 años, resume lo que se escuchó durante toda la jornada en decenas de colegios electorales en El Salvador: antiguos votantes de la izquierda, la guerrilla que dio el paso a la vía de las urnas, que le dan la espalda decepcionados tras una década efemelenista en el gobierno. Flores es residente de la colonia Ciudad Futura, en Cuscatancingo, a escasos 15 kilómetros de la capital. Este es territorio que controla la Mara Salvatrucha (MS-13), que junto al Barrio 18 es una de las dos grandes pandillas que operan en Centroamérica, México y Estados Unidos.


“Nuestro problema es la falta de trabajo y la violencia”, dice el hombre. Mira a su alrededor, justo al lugar en el que se encuentran dos policías, y afirma: “es mentira que las autoridades tengan el control del territorio”. Ya no se ven los característicos “placazos”, las pintadas con los lemas de la pandilla, pero el dominio de estas estructuras criminales es absoluto.
Flores dice que vivió los tiempos del conflicto, que no tomó las armas pero que siempre simpatizó con la guerrilla. Son las 10.00 de la mañana y ya vaticina lo que ocurrirá 12 horas después: “Nayib va a ganar en primera vuelta”. Todas las encuestas lo habían predicho y, por una vez, las prospecciones acertaron.


Si uno pregunta en esta colonia del extrarradio de San Salvador, sobre cuáles son las grandes preocupaciones de los electores encuentra dos respuestas: la violencia y la falta de oportunidades. La violencia se expresa por unas cifras de homicidios terroríficas. En 2018, un total de 3,340 personas fueron asesinadas. Esto quiere decir que nueve personas murieron en circunstancias violentas cada día durante el año pasado. La falta de oportunidades se muestra a través de la pobreza: el 34% de su población vive en condiciones de pobreza.

Violencia y pobreza son el motivo de que, cada año, cientos de salvadoreños abandonen el país con destino a Estados Unidos. Algunos se han sumado a las caravanas de migrantes que, desde octubre de 2018, han sacado de la clandestinidad el éxodo centroamericano. Otros siguen con la vía tradicional: pagar un dineral a un coyote (el precio ahora está en torno a los 9.000 dólares por tres intentos) y jugársela en un incierto y arriesgadísimo trayecto.


Que el FMLN no iba a obtener buenos resultados era algo que podía esperarse. Especialmente, tras la debacle de marzo de 2018, en las elecciones parlamentarias. Con sus 23 escaños de 84, obtuvo su peor resultado en la historia y un severo correctivo que sus dirigentes prometieron enmendar. No había mucho margen para la “remontada” que sus directores de campaña vaticinaron, pero el golpe ha sido mayor incluso de lo esperado. La derrota duele todavía más si se mira hacia arriba: Bukele, exalcalde de San Salvador por el FMLN, expulsado del partido en octubre de 2017, ha logrado lo que sus excompañeros jamás acariciaron: imponerse sin tener que disputar una segunda vuelta.

Bukele, publicista de 37 años, ha capitalizado el descontento. En una campaña carente de debates profundos y alejada de grandes preocupaciones como las que expresaba Flores, el exalcalde ha sabido conectar con un sentimiento: la necesidad de un “cambio”. Primero, castigar a los que estaban. Después, ya veremos.


Hay que tomar en cuenta el accidentado camino que ha transitado hasta imponerse en las elecciones. Después de ser expulsado, fundó su propio movimiento, Nuevas Ideas. Logró más de 200.000 firmas en un fin de semana pero, finalmente, no fue aceptado por el Tribunal Supremo Electoral. Despojado de su herramienta, Bukele inició un peregrinaje buscando las siglas que le permitiesen concurrir a los comicios. Lo intentó con Cambio Democrático, un pequeño grupo que había obtenido un único diputado en las parlamentarias de 2018, pero la formación fue cancelada. A pocas horas de que venciese el plazo, anunció un pacto con Gana, un partido fundado en 2010 que surgió como escisión de Arena. Es decir, que estamos ante un candidato que se escindió de la izquierda y que ha terminado por concurrir con un partido de derechas. Ingeniería partidista ante las dificultades que se impusieron desde el statu quo electoral. Si observamos los resultados históricos, vemos que Gana (lastrado por graves casos de corrupción) jamás estuvo ni siquiera cerca de tocar un triunfo en unas presidenciales. Así que lo ocurrido el domingo no es cosa de siglas, sino de un nombre.


El discurso de Bukele se ha centrado más en diferenciarse de sus rivales que en plantear un proyecto propio. Ha calado la estrategia de equiparar a Arena y FMLN como si se tratasen de las mismas prácticas y su discurso “sin ideología” ha permitido que arrase en un contexto de profundo descrédito de la clase política. Ahora habrá que ver cómo gestiona su triunfo. Tendrá que enfrentarse con una asamblea en la que Arena tiene mayoría y hacer frente a graves problemas estructurales.


En el otro extremo se encuentra el FMLN: su histórica derrota le obliga a repensarse. El economista César Villalona, cercano a la formación izquierdista, cree que las divisiones internas y las medidas de ajuste son algunas de las razones que explican los malos resultados. Acertar en el diagnóstico será clave para un movimiento que ha sido referente para la izquierda en América Latina, tanto en su faceta armada, durante la guerra civil entre 1980 y 1992, como tras los acuerdos de paz.


El Salvador entra en una nueva fase. Qué es lo que viene no está tan claro como qué es lo que sus ciudadanos no desean. La imagen de la plaza Gerardo Barrios abarrotada en un mar de banderas azules, símbolo del movimiento de Bukele, es un primer paso. “Sí se pudo”, coreaban sus seguidores, adoptando un cántico que lo mismo sirve ya para un roto que para un descosido. Solo el futuro dirá si el exalcalde outsider si tiene éxito o nos encontramos ante el comienzo de una nueva decepción para los salvadoreños.

04/02/2019 09:10 Actualizado: 04/02/2019 09:10
ALBERTO PRADILLA
@albertopradilla

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La revuelta escolar calienta el debate ambiental en el corazón de Europa

Las huelgas de estudiantes llevan el cambio climático a la agenda del Gobierno belga


Bélgica está sorprendida. Sus adolescentes se han lanzado a la huelga en los institutos y en esta ocasión no piden tasas educativas más bajas ni oportunidades de empleo al salir de las aulas. Desde hace tres semanas, miles de estudiantes de secundaria y bachillerato han dejado de asistir a clase los jueves y desfilan por las calles de Bruselas escoltados por la policía con un objetivo altruista: reclamar medidas efectivas contra el cambio climático. El crecimiento de la protesta es exponencial. El 10 de enero fueron 3.000 manifestantes, luego 12.500 y la pasada semana 35.000.


En la mañana de este jueves vuelven a estar convocados, esta vez en la Estación del Norte de la capital belga, donde alumnos de todo el país se reunirán para una nueva demostración de fuerza. La cuestión climática ha aglutinado en Bélgica un descontento generacional tan poderoso como inesperado. Su potencia en la calle se ha vuelto imposible de ignorar. Y ha llevado la ecología a la agenda del primer ministro, Charles Michel, obligado a explicar en qué ha contribuido su Gobierno a frenar el deterioro del planeta. “Hemos hecho mucho, pero quizá no lo hemos sabido explicar demasiado bien”, justificó en el diario Le Soir.


Como en tantos otros movimientos, las redes sociales han sido claves en la organización de las marchas. ¿Por qué ahora? Una joven sueca tiene parte de culpa. A sus 16 años, Greta Thunberg inició en su país una protesta para apelar a los políticos a actuar contra los efectos del cambio climático. Decidió dejar de ir a clase los viernes y dedicar ese tiempo a sentarse ante el Parlamento con un cartel que rezaba “huelga escolar por el clima”. Su gesto no pasó inadvertido. Fue invitada a intervenir en la cumbre del clima de Katowice, y luego en el Foro Económico de Davos. Una frase demoledora lanzada a la cara de los líderes mundiales en la ciudad polaca terminó por convertirla en un icono para los defensores del planeta: “Estáis robando el futuro a vuestros hijos”.


Esa lúgubre advertencia impregna el movimiento en Bélgica. La flamenca Anuna de Wever, de 17 años, vio a Thunberg abochornar a los mayores y se propuso imitarla. Grabó un vídeo llamando a la huelga escolar por el clima y pronto se hizo viral en Facebook. Tras su llamamiento en redes sociales, su vida ha adquirido un ritmo frenético. El domingo intervino al término de una marcha contra el cambio climático en Bruselas en la que participaron 70.000 personas. Se ha reunido con ministros. Aparece en televisión. Está escribiendo un libro. Y ayer viajaba en tren a Bruselas desde su Flandes natal para acudir a una reunión en el Parlamento belga. Desde su asiento en el vagón, explicaba por teléfono el sentir de su generación sobre el deterioro del planeta. “Los jóvenes están muy asustados. Por eso, cuando conocí el movimiento de Greta Thunberg, me inspiró y me dije que tenía que hacer lo mismo en Bélgica. Pensé que podía ser una revolución que nuestra generación luchara en cada país”. ¿Cuándo pararán las huelgas? “Cuando el Gobierno consensúe un plan de acción contra el cambio climático con expertos”, contesta De Wever.


Para el sociólogo Johan Tirtiaux, de la Universidad de Namur, si el Ejecutivo quiere contentar a los escolares debe evitar la autocomplacencia y dar una respuesta ambiciosa y concreta, perceptible en el día a día. “El sentimiento general es que se hace poco”, alerta. Tirtiaux dirigió en 2016 un macroestudio sobre las inquietudes de los jóvenes de entre 18 y 34 años basado en 30.000 entrevistas. El medio ambiente apareció como la primera preocupación por delante del acceso al empleo y la calidad del sistema educativo. Un síntoma del malestar que hoy empuja a las calles a los hijos, sobrinos o hermanos pequeños de los que respondieron.


Descolocados ante la corta edad de los manifestantes, hay quien ve en el movimiento una mera excusa para perder clase. "No creo en la caricatura de que sean vagos que no quieren ir al colegio", rebate Tirtiaux. El sociólogo ve muy ambicioso que puedan mantener el poder de convocatoria actual cada jueves, aunque una protesta muy diferente, la de los chalecos amarillos, suma 11 sábados seguidos en las calles de París. Aún así, Tirtiaux cree que no hay que subestimar el aviso de los adolescentes. "Hay que tomar en serio ese sentimiento de declive. Esta generación ha crecido en medio de un discurso de crisis muy fuerte. Un relato de que todo se deteriora e incluso será peor para sus hijos y nietos".


Habitualmente desconectados del debate político, la fuerza con que el mensaje de la joven Greta ha conectado con adolescentes de todo el mundo tiene pocos precedentes. Sin llegar a las altas cifras de asistentes de Bélgica, ha habido marchas similares en Alemania, Australia, Canadá o Suiza. De Wever confía en que el fenómeno se vuelva global: “Quiero animar a todos los estudiantes a sumarse. Es importante que hagamos esto juntos”.

 

Por ÁLVARO SÁNCHEZ
Bruselas 30 ENE 2019 - 18:05 COT

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La OIT, cien años después, trata de definir qué es el trabajo

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) inauguró las festividades que marcarán su centenario a lo largo de este año 2019 y dio a conocer las bases del informe que con el objetivo de medir los desafíos que se avecinan encomendó hace dos años a una Comisión de expertos independientes sobre el futuro del trabajo.

Lo que sorprende del trabajo comenzado es que en la ausencia del mundo real de la informalidad, la fragmentación del empleo y el trabajo no pagado directamente, el informe naufraga con recomendaciones con un mundo que ya no existe, todo resumido en un fondo de emergencia ambiental


Inicios y presente


Tal vez sea un hecho poco conocido, que la organización del trabajo nació en Versalles. De hecho, la Conferencia de Paz estableció una Comisión sobre el derecho internacional del trabajo y le ordenó que desarrollara la Constitución de una organización internacional permanente. El contexto era por entonces importante para dar una respuesta creíble a la "cuestión del trabajo", aunque el objetivo apenas velado estaba dirigido en particular para contener el riesgo de la internacionalización de la revolución comunista de 1917 que parecía instalarse en Alemania.


Un siglo después, el contexto es totalmente diferente. Con el fin de medir los desafíos que se avecinan, la OIT encomendó a una Comisión de expertos independientes hace dos años que pensara en el futuro del trabajo.


Copresidida por el mandatario de Sudáfrica Ciryl Ramaphosa y el primer ministro de Suecia Stefan Löfven, la Comisión propone una visión de un programa centrado en las personas, basado en la inversión en las capacidades de los individuos, las instituciones laborales y en el trabajo decente y sostenible. Entre las diez recomendaciones se encuentran:


• Una garantía universal de empleo que proteja los derechos fundamentales de los trabajadores garantice un salario que permita un nivel de vida digno, horas de trabajo limitadas y lugares de trabajo seguros y saludables.


• Una protección social garantizada desde el nacimiento hasta la vejez que atienda las necesidades de las personas a lo largo de su ciclo de vida.


• Un derecho universal al aprendizaje permanente que permita que las personas se formen, adquieran nuevas competencias y mejoren sus cualificaciones.


• Una gestión del cambio tecnológico que favorezca el trabajo decente, incluso a través de un sistema de gobernanza internacional de las plataformas digitales de trabajo.
• Mayores inversiones en las economías rurales, verdes y del cuidado.


• Una agenda transformadora y mensurable a favor de la igualdad de género.


• La reestructuración de los incentivos a las empresas a fin de estimular las inversiones a largo plazo.


Este informe es el resultado de un examen realizado a lo largo de 15 meses por los 27 miembros de la Comisión Mundial, constituida por destacadas personalidades del mundo empresarial, laboral y académico, grupos de reflexión y organizaciones gubernamentales y no gubernamentales. 

 

La contracara del informe


Aquellos que esperaban una visión ambiciosa se decepcionarán. El genio de cada experto parece haber disminuido, por no decir silenciado, en este trabajo grupal, ya que el punto de partida y el estado de la realidad están ausentes del informe. Como resultado, el texto flota en la ambigüedad de las buenas intenciones y se hace evidencia misma la falta de cemento en el hormigón del trabajo humano a comienzos del siglo XXI.


Si bien la definición de trabajo adoptada por la OIT abarca toda actividad relacionada con la producción de bienes, servicios individuales y colectivos, el texto de la Comisión sólo se ha centrado en el trabajo remunerado. Deja por fuera dos universos socioeconómicos importantes: por un lado, trabajo remunerado en otros contextos como salarios (independiente e informalidad) y el trabajo que tiene lugar sin (plena) remuneración directa – como el trabajo doméstico.


Recordemos que el trabajo doméstico tan importante en volumen como el trabajo remunerado,– según la OIT, estimaba a 67 millones de personas – es otro aspecto en que la Comisión no aborda realmente, excepto cuando habla del mundo rural en los países en desarrollo. Este silencio tal vez sea menos sorprendente porque esta actividad escapa a toda estadística seria de trabajo, de la misma forma que es ignorada por las estadísticas de producción.


Las estadísticas de la OIT demuestran que, a nivel mundial, la ganancia salarial es menos de la mitad del trabajo remunerado. Si corresponde al 85% de los "puestos de trabajo" (en sentido estadístico) en los países de ingresos altos, la proporción recae en el 25% en los países menos adelantados, donde el servicio público es el principal proveedor de este tipo de trabajo.


El resto es responsabilidad de los trabajadores autónomos y de los miembros de la familia. Incluso si la Comisión pide la ampliación del diálogo social, el aprendizaje permanente, la cobertura universal de la seguridad social, las condiciones de trabajo decente y la garantía de un salario digno para todos, es una brecha abismal en el contexto actual de la locura capitalista.


El 82% de la riqueza mundial generada durante 2018, fue a parar a manos de 26 multimillonarios, el 1% más rico de la población mundial, mientras que el 50% más pobre – 3.700 millones de seres humanos- no se benefició lo más mínimo de dicho crecimiento, según el reciente Informe de Oxfam.


En realidad, el informe de los expertos propone la ampliación al mundo de un modelo que se está agotando en la mayoría de los países como resultado de la "uberización" y la fragmentación del trabajo.


Aunque esté plenamente comprendida en la definición de la labor adoptada por la propia OIT, la Comisión del centenario de la OIT no agota (y lejos está de hacerlo) el problema del futuro del trabajo. Destaca además que la inteligencia artificial, la automatización y la robótica darán lugar a una pérdida de empleos, en la medida que las competencias se volverán obsoletas.


Sin embargo, muchos son los que piensan que estos mismos avances tecnológicos, junto a la ecologización de las economías, también crearán millones de empleos, si se aprovechan las nuevas oportunidades.


Este tipo de diálogo social “puede contribuir a que la globalización nos beneficie a todos”, declaró el primer ministro sueco y copresidente de la Comisión Mundial, Stefan Löfven. “El mundo del trabajo experimenta grandes cambios que crean numerosas oportunidades para más y mejores empleos. Pero los gobiernos, los sindicatos y los empleadores necesitan trabajar juntos a fin de hacer que las economías y los mercados laborales sean más inclusivos”, añadió.


Todo este tufillo de las festividades del centenario de la OIT tiene mucho sabor a la conciliación de clases, cuesta aun admitir, sin tratarnos de trasnochados, que la lucha de clases es un fenómeno que se refiere al eterno conflicto entre las dos clases sociales existentes, entre los que producen y los que no producen, entre los que sin trabajar se adueñan de la producción y excluyen a los que trabajan.


Es la lucha entre explotadores y explotados; entre esos 26 multimillonarios, que destacan los informes, entre ese 1% más rico de la población mundial, que abarca la misma riqueza de 3.700 millones de seres humanos.


La lucha de clases, es decir, la lucha entre el trabajo y el capital no es en absoluto un concepto que pertenece al pasado. En un mundo de creciente desigualdad, es una realidad más pertinente que nunca.


Con la victoria del neoliberalismo, los gobiernos han dejado de actuar como mediadores entre el capital y el trabajo con el objetivo de mitigar la desigualdad. Por lo tanto, los sindicatos que todavía sólo se basan en la idea de asociación, a menudo son incapaces de librar luchas ofensivas. En el mejor de los casos, luchan por mantener el statu quo y, aun así, la mayoría de las veces no tienen éxito.


Por ello se genera un sentimiento, cuasi una necesidad urgente de que se escuchen otras voces en 2019 y puedan proporcionar a la organización con sede en Ginebra otros análisis y otras hipótesis de trabajo con el fin de enfrentar el mundo real de la informalidad, la fragmentación del empleo y el trabajo no pagado directamente, todo en un fondo de emergencia ambiental. Inteligencia Artificial si, robotización sí, …pero aquello de la justicia social, ¿dónde queda?

 

Por Eduardo Camín,  Periodista uruguayo, miembro de la Asociación de Corresponsales de prensa de la ONU. en Ginebra. Asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la
Rebelión
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Jueves, 17 Enero 2019 06:21

El amor de antes, el amor de ahora

El amor de antes, el amor de ahora

Por qué la idea del poliamor despierta tanta curiosidad y fascinación, se pregunta la autora. ¿Será tal vez que la fantasía de estar con un tercero está siempre latente o porque sabemos que es imposible prometer un amor eterno?, arriesga. El amor virtual y el poliamor, desde la mirada psicoanalítica.


Desde hace ya algún tiempo, asistimos a una nueva modalidad en la comunicación: nadie está exento de leer un diario, mandar un Whatsapp o subir un post a una red social, pero hasta hace poco no podíamos imaginar la posibilidad de establecer un vínculo de pareja también por esta vía.


En estos tiempos de arrasadora virtualidad, parece irrumpir un modo muy particular de amor, un amor a distancia. Evitar el encuentro con el otro sexo, pero sobre todo protegerse del sufrimiento que la experiencia amorosa pueda ocasionar: amar a resguardo, dejando que el amor quede alojado en el plano del ideal en vez de salir al encuentro de lo que efectiva y sorpresivamente allí se produzca: ¿será éste el amor platónico de la posmodernidad?


Llegué a saber de la existencia del amor virtual gracias al trabajo con pacientes púberes y adolescentes.


Recuerdo un relato de S: “Me puse de novia por chat, lo conozco del otro colegio pero no lo veo, solo nos hablamos por acá, asi estoy más tranquila, no quiero complicarme, ¿para qué?”


Creo que es fundamental poder escuchar este “para qué”, pues señala el nudo de la cuestión: como si el amor se tratara de algo funcional o utilitario y no causal: no es lo mismo “amar porque”, a “amar para”, aquí el eje se desplaza.


En la actualidad el amor virtual sucede y esto tiene su lógica: no hay espacio, ni tiempo, ni objeto que quiera resignarse, ¿será este síntoma de época un facilitador de una nueva idea del amor: un amor “simple” y “sin complicaciones”?


En este nuevo tiempo donde prima la autosuficiencia y la prescindibilidad, cabría preguntarse si necesitamos del amor de “un-otro”.


Lo que resulta evidente es que el amor romántico, apasionado y exclusivo ha dejado su lugar a una modalidad novedosa: el amor libre, inclusivo y múltiple.


Si evocamos al mito de Aristófanes podremos acercarnos a una idea del amor que remite a la teoría de la “media naranja”: el amor como un modo de ser completado, acabado por el otro, que tendría aquello que a nosotros nos falta, por tanto solo nos resta encontrar quien sea su portador.


Lacan plantea una posición crítica respecto a esta idea proponiendo que no existe tal complemento y afirmando además que la relación sexual, el encuentro con el otro, es de por sí imposible (tanto en lo sexual como en lo discursivo): no hay sino encuentro fallido, mal-entendido. Por lo tanto, siempre buscaremos para no encontrar o lo que encontramos no será nunca lo que buscamos.


Donde más claramente se cristaliza esta contemporánea noción del amor es en el actualmente mediáticamente conocido “poliamor”, expresión que verifica que la idea originaria del amor ha empezado a caer en desuso.


Hasta hace no mucho tiempo, el contacto cuerpo a cuerpo, el poder pasar el tiempo juntos era como “tocar el cielo con las manos”, aquello a lo que toda pareja aspiraba con ansias. De hecho, las más apasionantes historias de amor (como Romeo y Julieta, por ejemplo), mostraban justamente esta tragedia: la imposibilidad de encontrarse les resultaba tan tortuoso que en eso se les iba la vida. Hoy, claramente, esto no sería un problema, ya que la ausencia del encuentro físico no es un impedimento para el amor. Verse o no verse resulta anecdótico, lo importante, sí, es poder nombrar el vínculo, definir qué somos; una vez determinado el rol, lo demás pasa a un segundo plano. Por lo tanto, podríamos pensar que la relación hoy no se construye día a día, encuentro tras encuentro sino que se pacta: “somos novios” y al parecer eso basta: la palabra es acto.


Tradicionalmente la idea del amor era entendida como un estar dispuesto a dar todo por el otro. En el amor romántico, amar lo era todo en la vida de un sujeto, se soñaba con llegar a encontrar el amor de la vida, creyéndose que esa persona existía y por tanto ese encuentro era posible. El amor tradicional era más aristofánico que lacaniano.


No surgen dudas al afirmar que amar es elegir, por lo tanto, resulta crucial rescatar el valor de apuesta en relación al amor y que por lo tanto dicha elección conlleva, inexorablemente, una pérdida. Amar es, por decirlo de un modo deleuziano, un acontecimiento: marca un antes y un después en la vida de un sujeto. ¿Cuántas veces nos encontramos diciendo que nunca volveremos a ser el que fuimos, al haber atravesado una experiencia amorosa?


Sucede que este punto nodal que define al amor como una decisión con su consecuente renuncia, en el poliamor parece no ponerse en juego. Entonces ¿será necesario redefinir el concepto de amor a la luz de estos tiempos que corren?


¿Podemos validar la existencia del amor diversificado o será el poliamor un oxímoron?


En principio, parecería desprenderse del concepto de “polivínculo” la idea de que aquí no hay renuncia: el amor múltiple puede habilitar a plantear que aquí nada se pierde, sería una versión del amor que nos recuerda que a diferencia de lo que sucedía en otros tiempos ahora no habría lugar a lo imposible.


Entonces tal vez el poliamor podría definirse como un modo de amar contemporáneo o tal vez como una excepción del amor o cabría la posibilidad de pensarlo como un semblante (entendiendo por semblante aquello que juega a ser pero que en esencia no es).


De todas formas, si bien el poliamor se instala con más fuerza actualmente, no se podrá afirmar que es realmente novedoso: Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre vivieron una larga y apasionada historia de amor libre (un modo más antiguo de nombrar lo mismo).


Algo más de 50 años juntos en una establecida y acordada pareja abierta que, según los relatos de cada uno de ellos, no hubiera podido funcionar de otra forma.
Una de las cuestiones en las que habría que poner el acento está sustentado en la idea de que no es necesario tener que elegir, allí se cede algo invaluable: la libertad. Por lo tanto ¿se podría hablar de un acto de amor frente a la elección de una no elección, o de lo que se tratará allí será más bien, de la inhibición del acto? La no aceptación de que algo siempre se pierde, esto es la asunción de que, ante la castración, no hay escapatoria posible.


Se podrá argumentar que en el poliamor también hay algo que se termina perdiendo indefectiblemente (si elijo A y B pierdo C) pero en definitiva lo que se pierde allí no sería más que su valor narcisista. La contracara de ello será lidiar con la responsabilidad de la incondicionalidad y el consecuente sentimiento de culpa que adviene frente a un posible conflicto o un eventual fracaso. En este sentido, la idea del polivínculo podrá ser entendido como un bálsamo, ya que trae aparejado un importante efecto de alivio. Ahora bien, ¿será que una relación abierta es menos exigida y por ello menos conflictiva? Por otro lado, si la prohibición genera el deseo, si la falta nos ubica como deseantes, ¿no podrá ser el poliamor el causante del aplastamiento del deseo? Todo esto está aún por verse.


Sea como fuere, creo que hay algo en el amor de antes y en el amor actual que se mantiene intacto, y es el punto en el que todo amor representa una ficción, es el que uno se inventa. Como dice Charly García, “un amor real es como dormir y estar despierto”.


Por lo tanto, de lo que se tratará es de decidir si se quiere ficcionar o no, a sabiendas de que aunque se esté con otro, aunque por momentos ambos estén inmersos en esa especie de “locura a dúo”, esa invención es necesariamente singular.


La pregunta necesaria es por qué la idea del poliamor despierta tanta curiosidad y fascinación, ¿será tal vez que la fantasía de estar con un tercero está siempre latente o porque en definitiva sabemos de la imposibilidad de prometer un amor que sea eterno? Acaso esta nueva modalidad de amor nos alivia, nos aligera aunque no por ello nos garantice nada.
Nunca hemos faltado tanto a la verdad como en nombre del amor, otorgando a la mentira cierta función protectora.


Cuántas veces hemos escuchado frases como: “nunca querré a nadie como a vos”, “te amo desde el día en que te conocí”, “sin vos me muero”. Ninguna de ellas puede ser contrastada pero a su vez sabemos de su insustentabilidad. ¿Cómo saber si amaremos por siempre, cómo medir el amor, cómo suponer la inminencia de la muerte frente a su ausencia?
El amor nos confronta con el hecho de que, como en toda ficción, llegará el momento del desenlace y el desencanto que podrá anunciar el final definitivo o tal vez no, que podrá llevar a una resignificación del amor, o no.


Y esto compete tanto al amor de antes como al amor de ahora, porque amar, para que siga siendo un acto y no devenga un simulacro, implica inevitablemente el atravesamiento de conflictos; si ello no ocurre en vez de amor, tal vez estemos hablando de otra cosa.


Q Psicoanalista.

 

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 Carteles de Rosa Luxemburgo y Lenin en una manifestación en Berlín contra la guerra de Vietnam, el 18 de febrero de 1968. Rogge/ ullstein bild Getty Images

Antimilitarista, defensora de la democracia en el seno de la revolución, está considerada como la dirigente marxista más importante de la historia. Se cumple un siglo de su asesinato, pero su vasta producción teórica sigue viva

En el hotel Eden de Berlín, el soldado Runge le destroza el cráneo y la cara a culatazos; otro militar, también al servicio del capitán Pabst, la remata de un tiro en la nuca. Atan su cadáver a unos sacos con piedras para que pese y no flote, y es arrojado a uno de los canales del río Spree, cerca del puente Cornelio. No aparecerá hasta dos semanas después. El Gobierno del socialdemócrata Friedrich Ebert acababa así con la vida de Rosa Luxemburgo (RL), la más importante dirigente marxista de la historia, antigua militante del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), la líder más significativa de la Liga Espartaquista y fundadora del Partido Comunista de Alemania.


Unos minutos antes, los mismos personajes habían asesinado al principal compañero de RL en su larga marcha. Karl Liebknecht, el único parlamentario que en primera instancia (año 1914) votó en el Reichstag (Parlamento) en contra de los créditos de guerra para financiar la presencia de Alemania en la Primera Guerra Mundial, iba a ser trasladado a la cárcel desde el mismo hotel, pero antes de abandonar el local donde había sido interrogado le dan dos culatazos que lo dejan aturdido y se desmaya; arrastrado hasta un automóvil, es trasladado al Tiergarten, el gran parque berlinés, donde es rematado a sangre fría con disparos de pistola y abandonado en el suelo hasta que alguien lo encuentra. “Intento de fuga”, dirá la nota oficial; la de Luxemburgo rezará: “Linchada por las masas”.


Era la noche del 15 de enero de 1919. Este martes se cumplirá el centenario de la detención y asesinato de los principales líderes de la Liga Espartaquista e iconos históricos de la revolución alemana de 1918-1919, que estalla inmediatamente después de que el Ejército germano fuese derrotado y humillado en la Gran Guerra. RL había pasado los cuatro años largos de la guerra en prisión, después de que en un mitin, en Fráncfort, hubiera pedido a los soldados, con su arrolladora oratoria, que se negasen a combatir, hermanos contra hermanos, y a los trabajadores de su país, que iniciasen una huelga general que se debía contagiar a los trabajadores de los otros países en el bando contrario, para que todos confluyesen bajo la misma bandera más allá de las patrias. Sale de la cárcel a principios de noviembre de 1918 y se une a la oleada revolucionaria que inunda las calles de las principales ciudades y, sobre todo, de Berlín. Dos años antes, en otro mitin, el 1 de mayo de 1916, en medio de la conflagración, Liebknecht finaliza su arenga al grito de “¡Abajo la guerra, abajo el Gobierno!”. También es detenido y pasa en prisión dos años y medio. Sale el 23 de octubre de 1918.


A partir de ese momento, a los dos dirigentes espartaquistas les quedaban apenas dos meses de vida, y dedican sus fuerzas a publicar un periódico (La Bandera Roja) y a fundar el Partido Comunista de Alemania (KPD). Se convierten en objeto del desprecio y del odio de sus antiguos compañeros de la socialdemocracia, que gobernaban en Alemania desde unas semanas antes. Odio mortal. El historiador Sebastian Haffner (La revolución alemana de 1918-1919; Historia Iné¬dita) escribe que el asesinato de RL y de Liebknecht se planeó, como tarde, a principios de diciembre de 1918 y se ejecutó de forma sistemática. Aparecieron carteles en los postes de las calles que decían: “¡Obreros, ciudadanos! ¡A la patria se le acerca el final! ¡Salvadla! Se encuentra amenazada y no desde fuera, sino desde el interior, por la Liga Espartaquista. ¡Matad a sus líderes! ¡Matad a Liebknecht! ¡Entonces tendréis paz, trabajo y pan!”. Firmado: “Los soldados del frente”. A pesar de las generalizadas amenazas, ninguno de los dos abandonó Berlín ni llevaba guardaespaldas; simplemente cambiaban de domicilio.


¿Quiénes fueron los autores intelectuales del asesinato? El protagonista material fue el capitán Pabst (quien décadas más tarde, en 1962, protegido por la prescripción del delito, habló abiertamente de lo sucedido) y su escuadrón de la muerte, pero —según el historiador Haffner— no actuaron como simples ejecutores que obedecían con indiferencia una orden, sino como autores voluntarios y convencidos de lo que hacían. La prensa burguesa y socialdemócrata difundió sin pudor sucesivas incitaciones al asesinato, mientras que los responsables socialdemócratas —Ebert, Noske, Scheidemann…— miraban hacia otro lado y permanecían callados.


Cuando RL y ¬Liebknecht salen de la cárcel, los frentes alemanes de la guerra se van desmoronando y se extiende la desmoralización en las trincheras. El káiser Guillermo II se refugia en Holanda. El mismo día en que RL es liberada, el socialdemócrata Scheidemann proclama la república alemana desde un balcón del Reichstag. Ebert ocupa la presidencia, forma un Consejo de Ministros socialdemócratas moderados y pide al pueblo que abandone las calles y vuelva a la normalidad. El ala mayoritaria del SPD quería la república y las libertades, mientras que los espartaquistas pretendían la revolución proletaria, como indican las proclamas: “Ha pasado la hora de los manifiestos varios, de las resoluciones platónicas y las palabras tonantes. Para la Internacional ha sonado la hora de la acción”. Ambas facciones, reformistas y revolucionarios, lucharán encarnizadamente en las calles de Berlín, a veces edificio por edificio. El Gobierno de Ebert confía la represión de los insurrectos al socialdemócrata moderado Noske, que organiza una fuerza militar en la que permite la integración de los oficiales del antiguo Ejército monárquico. El 13 de enero había sido sofocada la insurrección espartaquista. Dos días después, acaban violentamente con la vida de sus principales líderes.


RL no llegó a cumplir los 50 años. Nacida en la Polonia rusa en el año 1871 en el seno de una familia judía, pronto se dio cuenta de que la lucha por su ideario marxista sería muy reducida si se quedaba en su país y que para tener influencia debía traspasar la frontera de Alemania, donde existía el Partido Socialdemócrata (SPD) más fuerte del mundo. Para ser ciudadana alemana legal, firmó un matrimonio de conveniencia con un socialista alemán, lo que le dio derecho a la nacionalidad de ese país. A partir de ese momento, Alemania fue su principal campo de acción. En el seno de la socialdemocracia y de la Segunda Internacional, aunó teoría (multitud de artículos y libros muy importantes) y praxis (intervención en congresos, debates con muchos de los popes del marxismo —su amigo Franz Mehring la definió como “la mejor cabeza después de Marx”—, clases en la escuela de formación del partido…). En cambio, no tenía dotes organizativas. Su presencia física era una mezcla de fuerza y de ternura, de decisión y de prudencia, dicen sus biógrafos. Un dirigente judío la describe del siguiente modo: “Rosa era pequeña, con una cabeza grande y rasgos típicamente judíos, con una gran nariz, un andar difícil, a veces irregular debido a una ligera cojera. La primera impresión era poco favorable, pero bastaba pasar un momento con ella para comprobar qué vida y qué energía había en esa mujer, qué gran inteligencia poseía, cuál era su nivel intelectual”.


De su vasta producción teórica destacan los temas que forman parte de su legado y que constituyen lo que, una vez muerta Rosa, se denominó “luxemburguismo”, una escuela marxista de características propias: su pacifismo, su lucha contra el revisionismo y la defensa de la democracia en el seno de la revolución. Sus posiciones, a veces intransigentes, le hicieron polemizar con las figuras más relevantes del socialismo marxista, como Lenin, Trotski, Bernstein, Kautsky…


Reivindicándose del mejor marxismo (aunque también polemizó con algunas de las ideas del Marx economista en el libro La acumulación de capital), argumentó en favor del internacionalismo como forma de pensar y de vivir. El Manifiesto comunista terminaba con la célebre fórmula de “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, y RL y Liebknecht la hicieron suya relacionándola con la Gran Guerra. Los partidos socialdemócratas habían defendido tradicionalmente que en caso de conflicto bélico entre potencias capitalistas, los trabajadores se negarían a combatir y llamarían a la huelga general (la “huelga de masas” en la terminología luxemburguista). Pero en el momento decisivo, el SPD, el partido más grande y más influyente de la Segunda Internacional (más de un millón de afiliados), votó a favor de los empréstitos de guerra, y el resto de los partidos socialistas siguió sus pasos. Cada uno de ellos se puso detrás de sus Gobiernos. Prevaleció la patria sobre la clase social.


Ya a principios del siglo XX, en un congreso de la Internacional en París, RL presentó una ponencia de convicciones profundamente antimilitaristas, las que mantendría hasta el final de sus días. En ella se defendía que los ataques armados entre potencias imperialistas devendrían en formidables coyunturas revolucionarias. Diecisiete años después, la revolución bolchevique fue un testimonio irrefutable de esta tesis. RL recomendaba no solo una crítica abierta al imperialismo, sino que se preparase a las masas con vistas a aprovechar las crisis internacionales y las eventuales crisis nacionales generadas por aquellas para asaltar el poder. Consideraba imprescindible intensificar la acción de todos los partidos socialistas contra el militarismo.


Siete años después, en otro congreso de la Internacional, RL presenta una enmienda firmada conjuntamente con Lenin y Mártov (que luego sería el líder menchevique) que sostiene que, si existe la amenaza de que la guerra estalle, es obligación de la clase trabajadora y de los representantes parlamentarios, con la ayuda de la Internacional como poder coordinador, hacer todos los esfuerzos por evitar los enfrentamientos violentos; en el caso de que a pesar de ello se multiplicase el conflicto armado, era su obligación intervenir a fin de ponerle fin enseguida y aprovechar la crisis creada por la guerra para agitar los estratos más profundos del pueblo para “precipitar la caída de la dominación capitalista”. Estas palabras suponían una llamada a la insurrección, que fue lo que hicieron los espartaquistas en 1919, con la participación de RL.


Esa Rosa Luxemburgo, asesinada por los soldados prusianos, más que posiblemente con la complicidad activa o pasiva de sus antiguos compañeros socialdemócratas, fue despedida en su entierro por su amiga Clara Zetkin (otra espartaquista) con las siguientes palabras: “En Rosa Luxemburgo, la idea socialista fue una pasión dominante y poderosa del corazón y del cerebro; una pasión verdaderamente creativa que ardía incesantemente. (…) Rosa fue la afilada espada, la llama viviente de la revolución”.



LENIN, STALIN Y LOS MARXISMOS

J. E.


El núcleo de aliados políticos de Rosa Luxemburgo fue siempre muy pequeño. Todo lo contrario que el de sus adversarios, entre los que se encontraron muchos de los dirigentes del ala derecha de la socialdemocracia y los sindicalistas burocratizados, a los que atacó sin piedad. Pero ambos núcleos fueron blancos móviles: dependían de los momentos y de los temas. Lenin, Trotski, Kautsky, Jaurès, etcétera, fueron algunos de los marxistas legendarios que compartieron y disintieron del ideario y la práctica política de la alemana. Un ejemplo de ello fue la relación con Lenin, el líder soviético; ambos se admiraron y pactaron, pero también se criticaron.


En 1918, apenas unos meses después del triunfo de la revolución bolchevique, RL publica un folleto titulado La revolución rusa que reivindica los acontecimientos de Leningrado y Moscú, pero que critica algunos aspectos que pueden torcer su futuro, sobre todo los relacionados con el terror revolucionario (que protagonizaría en buena parte un amigo polaco de RL, que dirigiría la Cheka y la sede de la Lubianka, el sangriento Félix Dzerzhinski) y la supresión de la democracia.


En el folleto citado, RL escribe que sólo la libertad de los que apoyan al Gobierno, sólo la libertad para los miembros de un partido, “no es libertad en absoluto. La libertad es siempre libertad para el que piensa de manera diferente”. Creía que el socialismo sólo puede ser resultado del desarrollo de la sociedad que lo construye, y para ello se requiere la más amplia libertad entre el pueblo (lo que no quiere decir que no sea necesario el control político). Si se sofoca la vida política, la parálisis acabará afectando a la vida de los sóviets; sin elecciones generales, sin libertad de prensa y de reunión, sin la libre confrontación de las opiniones, la vida de cualquier institución política perecerá, se convertirá en una vida aparente en la que la burocracia será el único elemento vivo.


En su libro sobre la revolución rusa, la revolucionaria RL acierta premonitoriamente con lo que iba a suceder en la Unión Soviética, sobre todo a partir del momento en que se inicia el futuro estalinista. Algunas decenas de dirigentes del Partido, animados por una energía inagotable y por un idealismo sin límites, dirigirán y gobernarán; el poder real se encontrará en manos de unos pocos de ellos, dotados de una inteligencia singular. La aristocracia obrera será invitada de cuando en cuando a asistir a las reuniones para aplaudir los discursos de los dirigentes y votar por unanimidad las resoluciones propuestas; en el fondo será un gobierno de camarillas, una dictadura en verdad, pero no la dictadura del proletariado, sino una dictadura de un puñado de políticos. En muchos casos la realidad superó a los pronósticos luxemburguistas.


A pesar de este severo cuestionamiento, reivindica el papel histórico del partido de Lenin, siempre en contraposición con sus camaradas alemanes: “Por eso los bolcheviques representaron todo el honor y la capacidad revolucionaria de la que carecía la socialdemocracia occidental. Su insurrección de octubre no sólo salvó la revolución rusa; también salvó el honor del socialismo internacional”.


Con esta idea de la democracia se explica que Stalin no subiese nunca a Rosa Luxemburgo al altar de la iconografía máxima del socialismo. Fue una heterodoxa hasta el final de su vida.

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Miércoles, 09 Enero 2019 07:00

Los desafíos de la continuidad

Los desafíos de la continuidad

“La continuidad de la revolución está asegurada por las nuevas generaciones y la unidad del pueblo”, asegura una de las frases más repetidas del discurso oficial cubano. Pero el Partido Comunista cuenta cada vez con menos militantes y es evidente la desmovilización de un pueblo consciente de los privilegios que disfrutan las familias de los principales dirigentes y empresarios del país.

La anécdota tal vez no rebase las fronteras del mito, mas poco importa. El desenlace concuerda perfectamente con la personalidad que convirtió al Che Guevara en un símbolo de la lucha revolucionaria.


Corrían los años iniciales de la década de 1960 y en Cuba comenzaban a sentirse las escaseces provocadas por el bloqueo estadounidense, los errores del nuevo gobierno y el reto de por primera vez intentar satisfacer las necesidades de toda la población. Apostando por un futuro mejor, el país afrontaba con entereza un presente de privaciones en el que incluso una maquinilla de afeitar o un juego de ropa interior pasaban a convertirse en artículos de lujo. Al mismo tiempo se exigían “sacrificios” de los ciudadanos, con largas jornadas de trabajo (a veces hasta 14 horas), con el objetivo de que el país pudiera desarrollarse.


Ni siquiera los domingos quedaban reservados al descanso. Ese día los trabajos voluntarios se extendían como una marea que podía llevar al ingeniero a sembrar plantas de café o al agricultor a levantar las paredes de una obra en construcción.


En aquellos tiempos difíciles el Che parecía inmune al desánimo o el cansancio. Incapaz de aceptar que no todos compartieran su entusiasmo, podía llegar a ser injusto. Así sucedió en una ocasión, cuando increpó a uno de los empleados del Ministerio de Industrias por quejarse de tantos sacrificios. El cuestionado le respondió: “Usted habla así, comandante, porque tiene una dieta especial”. La respuesta desarmó al argentino.


Cuenta la leyenda que esa misma noche el Che confrontó a su esposa en busca de la verdad. En efecto, como las familias de otros altos dirigentes, ellos recibían una asignación adicional de alimentos, ropas y artículos para el hogar. Nada que en cualquier otro país pudiera considerarse muestra de ostentación, aunque sí lo suficiente como para marcar estatus. A la mañana siguiente, el ministro-guerrillero buscó por todas partes a su subordinado y, al encontrarlo, lo abordó con un reclamo de disculpa. “Ayer hablabas con razón”, le dijo, “yo tenía una dieta especial”. Poco antes había exigido que nunca más le dispensaran un trato de privilegio.

LOS MÁS IGUALES.

A comienzos de noviembre, Ciber Cuba, un conocido sitio digital, aseguró que “el nieto guardaespaldas de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro”, se había mudado a la lujosa residencia que hasta pocos días antes ocupaba el embajador español en La Habana.


La “noticia” encontró amplio eco en redes sociales y otras publicaciones sin que nadie se asegurara de su veracidad. Un recorrido por la urbanización en la que se ubica el inmueble hubiera permitido comprobar que lo dicho era falso: la vivienda sigue perteneciendo al representante de Madrid en la isla y la salida del anterior embajador se debía simplemente al proceso de relevos que se emplea en servicios diplomáticos de todo el mundo.


Pero Ciber Cuba había conseguido incrementar el número de sus lectores y cuestionar la imagen de las autoridades, objetivo último de su línea editorial. La facilidad con que lo hizo parte de una circunstancia notoriamente pública: los lujos que disfrutan las familias de los principales dirigentes y empresarios del país.


Un ejemplo que lo evidencia es la familia del primer secretario del Partido Comunista. Si bien la historia sobre su nieto era un bulo, la idea en la que se basó no resulta descabellada. De hecho, en el propio reparto Cubanacán, en una vivienda similar a la señalada en el artículo, vive la sexóloga Mariela Castro Espín, la hija más mediática de Raúl Castro. En promedio, las mansiones de esa barriada del oeste de La Habana –en la que antes de 1959 residían muchas de las familias más adineradas de la isla– superan los 600 metros cuadrados y se ubican en parcelas en las que menudean las piscinas y canchas de tenis.


Por el contrario, para el cubano común la vivienda se mantiene como un problema virtualmente insoluble. Durante los últimos años el maquillaje de las cifras oficiales ha hecho descender la proporción de los inmuebles “en regular y mal estado” desde casi 70 por ciento del fondo habitacional a poco menos de 40 por ciento, pero no ha conseguido evitar el reconocimiento de que harían falta alrededor de 660 mil nuevas viviendas para satisfacer las necesidades acumuladas a lo largo de décadas.


Un plan anunciado a comienzos de noviembre por el presidente Miguel Díaz-Canel pretende cambiar tan adverso panorama contando con la “producción local de materiales y otras reservas insuficientemente aprovechadas”, mas la situación económica de La Habana pone entre signos de interrogación sus posibilidades de éxito (datos de organismos internacionales ubican a Cuba entre los países del continente con menores consumos per cápita de cemento y acero, por ejemplo, y las perspectivas no anticipan un escenario más favorable).


Cualquiera sea el caso, ni la intención ni la realidad apuntan a que las edificaciones proyectadas vayan a semejarse a las lujosas propiedades de urbanizaciones como Cubanacán, desde las que parten cada mañana miles de autos hacia las oficinas donde se decide el rumbo de la nación.


Los privilegios de sus habitantes no se limitan a un techo de mejores condiciones o a disponer de vehículos propios (lujo sumamente valioso debido a la endémica crisis del transporte público). La cúpula dirigente también tiene acceso a opciones de mayor calidad en cuanto a recreación, alimentación o incluso atención médica. Como un símbolo, el más avanzado centro hospitalario del país, el Cimeq (el Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas), se levantó en el corazón del también exclusivo reparto Siboney, colindante con Cubanacán. Entre sus pacientes se han contado Hugo Chávez, y Fidel y Raúl Castro. Mientras en sus instalaciones se suceden los más avanzados artilugios tecnológicos, en los hospitales de provincia siguen utilizándose jeringuillas de vidrio y las listas de espera quirúrgica se extienden por meses o hasta años.


HIJO DE PAPÁ.

Una norma no escrita pero férrea impide a la prensa estatal hablar de tal orden de cosas. Sólo en una ocasión, en noviembre de 2015, un periódico de circulación local, Tribuna de La Habana, se atrevió a publicar una críptica alusión a las interminables y costosas vacaciones de Antonio “Tony” Castro, uno de los hijos de Fidel.


Poco antes se había conocido que durante una de sus estancias en un lujoso resort de la costa turca del Egeo, sus guardaespaldas habían golpeado a un paparazzi que intentaba fotografiarlo. Por aquellas semanas el presidente Erdogan preparaba una visita a Cuba, y las autoridades de Ankara se apresuraron a echar tierra sobre el asunto, pero el rotativo cometió la imprudencia de llevar a imprenta el comentario de marras. En él se hablaba satíricamente de un supuesto Gulliver júnior y sus viajes por el mundo. “Navegar en la flota de papá es un privilegio hereditario”, ironizaba el autor del texto, al retratar un personaje casi idéntico a Tony Castro, pero con otro nombre: un playboy que a lo largo de la última década ha tenido bajo su control los destinos del deporte nacional, el béisbol. Más allá de sus pretendidos o reales méritos, cabría preguntarse si –de no haber contado con su apellido– le habría sido tan fácil agenciarse el puesto de médico del equipo nacional de ese deporte, y luego la presidencia de su federación en Cuba y la vicetitularidad de la Confederación Mundial. Todo ello sin perder oportunidad de asistir a las fiestas de cuanta celebridad veranea en la isla y convertirse –en 2013– en el campeón nacional de golf.

EL PARTIDO.

Una de las máximas del discurso oficial cubano proclama que “la continuidad de la revolución está asegurada por las nuevas generaciones y la unidad del pueblo”. La frase, sólo con ligeras variaciones, es repetida como un mantra por dirigentes y campañas de comunicación.


Sin embargo, los hechos dibujan un país mucho más diverso y complejo que el que por décadas siguió el liderazgo de Fidel Castro. Su muestra más significativa se presenta dentro del Partido Comunista. Aunque sus órganos directivos preservan como un secreto de Estado los detalles de su funcionamiento, a ojos vistas un problema de fondo pone en peligro su vitalidad actual y futura: cada día menos “cubanos de a pie” aceptan militar en sus filas.


El de “cubano de a pie” es un término que motiva escozor entre la ortodoxia gobernante debido a su constante empleo por parte de agrupaciones disidentes; sin embargo, pocas figuras semánticas permiten contraponer de forma tan absoluta las dos visiones de país que coexisten en la isla: de una parte, los triunfadores (vinculados al entramado estatal o al emergente sector privado); de la otra, la masa. Mientras los primeros se movilizan en autos propios o del gobierno, los segundos penan por llegar a sus destinos empleando los más disímiles medios de transporte. Un abismo separa al satisfecho conductor de su compatriota que espera su transporte bajo el sol junto a cualquier avenida o carretera vecinal. Y el gobierno no pretende ni puede cerrarlo.


“La gente está cansada”, confiesa a Brecha un ex oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias que luego de más de treinta años de servicio activo, y de misiones internacionalistas en Etiopía y Angola, se ve obligado a depender de la ayuda de un hijo emigrado para llegar a fin de mes. Toda su vida adulta militó en el partido. Por mucho tiempo tal condición fue uno de sus mayores orgullos, pero las decepciones lo condujeron a la tarde en que entregó “el carné” como colofón de una discusión con funcionarios llegados a su núcleo (agrupación básica de la formación política) para “exigir” de los ciudadanos “mayor compromiso y enfrentamiento con lo ‘mal hecho’”. Con lo “mal hecho” se referían a comportamientos ilegales de los ciudadanos como, por ejemplo, comprar en el mercado negro. “Siguiendo su lógica, debíamos combatir a medio mundo, pero ninguno se preocupaba por que las calles de nuestro barrio llevaran años sin alumbrado y llenas de baches, o de que los precios suban todos los días como una espiral sin fin. No me sorprende que en tantos núcleos zonales los jubilados nos estemos dando de baja en masa y que sean tan pocos los jóvenes que quieran convertirse en militantes.”


A semejanza de lo ocurrido en la Unión Soviética durante sus últimas décadas de existencia, desde hace años en Cuba el partido y su rama juvenil (Unión de Jóvenes Comunistas) han tenido que nutrir su membresía con funcionarios de la administración pública y el sector empresarial. Para muchos, el carné rojo constituye un impulso fundamental en sus carreras en los ámbitos del Estado. Poniéndolo en los términos de un joven directivo del Ministerio de Comercio Interior, “ser del partido implica ser ‘confiable’, y ser confiable es la premisa para ocupar cualquier cargo”. Cabría agregar que un militante con tal grado de confiabilidad difícilmente será un militante cuestionador.

DIVERSIDADES.

Una vanguardia política anquilosada y un gobierno lastrado por la corrupción y la burocracia resaltan entre las causas de la disminución del “fervor revolucionario” que en otras épocas se percibía en la isla. Además, las nuevas reivindicaciones de derechos (como aquellos de la comunidad Lgbt) y las nuevas circunstancias económicas –con su carga de desigualdades– llevan años contribuyendo a una heterogeneidad social que comienza a reclamar cauces políticos.


Así lo resaltaba en una entrevista reciente Ricardo Torres, doctor en ciencias económicas y subdirector del Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana. “La diversidad de Cuba en todos los ámbitos tiene que estar presente en la representación del Estado y del gobierno, y no solamente a nivel de los representantes, sino en la toma de decisiones. Nuestro sistema político tiene que aspirar a representar esa diversidad. Si se queda al margen, corremos el riesgo de que esa enajenación aumente y se solidifique.”
Sobre la necesidad de una representación política de la diversidad existe un gran consenso en sectores intelectuales cubanos. Algunos, como Mirtha Arely del Río, doctora en ciencias jurídicas y profesora titular de la Universidad Central de Las Villas, alertan que no basta con crear espacios formales “para canalizar la participación del pueblo en los asuntos del Estado”. En contraposición con la práctica cotidiana, la investigadora consideraba algunos meses atrás –en un artículo para la revista Cuba Socialista, la publicación teórica del Comité Central del Partido Comunista de Cuba– que el ejercicio de la ciudadanía no debe asumirse “como un mero fin (…) esto puede llevarnos a dar por democráticas formas o modos de participación que en realidad no lo son, como cuando nos concentramos más en las cifras, en el número de participantes o de asistentes y no en la calidad de la participación, o cuando se da por democrático un proceso en el que los ciudadanos sólo intervinieron para dar su aprobación respecto a decisiones ya tomadas o incluso ejecutadas”.


Las circunstancias en las que se dio el recién concluido debate sobre la reforma constitucional parecieran destinadas a corroborar su tesis. A poco de iniciarse, el joven profesor universitario cubano José Raúl Gallego, doctorando en la Universidad Iberoamericana de México, alertó sobre las dificultades que enfrentaría la campaña de discusión popular sobre el anteproyecto de la reforma debido a factores como la premura con que se pretendía desarrollarla, la incapacidad de sus organizadores para motivar el interés de la ciudadanía, o la falta de confianza de esta última en la utilidad o conveniencia de sus intervenciones. “En medio de este panorama, preguntémonos con franqueza: ¿cuán numerosa será la cantidad de personas que sacrificarán parte de su tiempo para realizar un estudio concienzudo del anteproyecto y llegar a esas reuniones con planteamientos meditados?”


Luego de concluido el proceso, las autoridades publicaron estadísticas aparentemente halagüeñas, pero que para los cubanos no pasan de un lugar común. En primer lugar, porque los altos índices de asistencia en las cerca de 135 mil asambleas celebradas en todo el país estaban garantizados; la inmensa mayoría tuvieron lugar en centros de trabajo y estudio, en los que la participación se consideraba poco menos que obligatoria. En segundo lugar, porque cada encuentro contó en promedio con 11 intervenciones. Discusiones pobres a la luz de la cantidad de artículos (224) del texto que el discurso oficial lleva meses presentando como “decisivo para el futuro del país”.

SOBREVIVIR A FIDEL CASTRO.


En la oriental ciudad de Santiago de Cuba, en el cementerio de Santa Ifigenia, reposan las cenizas de Fidel Castro. Movido por una singular interpretación de la modestia, el comandante en jefe decidió que su tumba se ubicara junto a la del héroe nacional José Martí, el paradigma humano y político de mayor relevancia en el imaginario de la nación. Poco después del entierro de Fidel, Raúl Castro completó la remodelación del camposanto trasladando hasta allí los restos de los próceres independentistas Carlos Manuel de Céspedes y Mariana Grajales, padre y madre de la patria, respectivamente.


Cada día, cientos de personas visitan el lugar. La mayoría de los extranjeros lo hace como parte de recorridos turísticos que han convertido Santa Ifigenia en una atracción más de la llamada “capital del Caribe”. Los cubanos, en tanto, casi siempre llegan en visitas organizadas por centros de trabajo o estudiantiles, o diversas organizaciones sociales.
Desde su muerte, los homenajes a Fidel Castro se han convertido en lugar común para la ortodoxia revolucionaria. A su iniciativa se han atribuido todos los logros de los últimos 60 años. Un ejemplo reciente de ello fue cuando el primer vicepresidente del país, Salvador Valdés Mesa, semanas atrás, convocó a consultar los escritos del comandante “en busca de todas las respuestas que necesitamos para rescatar la ganadería”.


Las implicaciones del predominio de la figura de Fidel en la política actual ha sido un tema debatido en círculos de la izquierda cubana disidente en los últimos años. “No es posible hacer un extracto de millones de rostros y sintetizarlos en uno solo; millones de nombres no pueden diluirse en cinco letras”, argumentaba por ejemplo un año atrás la periodista Mónica Rivero, en un artículo colgado en Internet por Late, una revista progresista de jóvenes periodistas latinoamericanos. “La unipersonalidad de estas décadas ha sido trágica para la isla de la revolución. Y no lo es menos el hecho de que ahora se enarbole una bandera de continuidad que se abraza al pasado como si se colgara del futuro”, afirmó.
A tanto tiempo de aquel 1 de enero que la colocó en el centro de los grandes acontecimientos mundiales, la Cuba de 2019 intenta encontrarse entre infinidad de retos e interrogantes. Por entonces, el propio Fidel Castro se apresuró a disipar las esperanzas de quienes creían que luego del triunfo todo sería más fácil, también a aclarar que la revolución no podría ser jamás la obra de un solo hombre.

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“La gente está drogada, dormida, hay que despertarla”

:El filósofo esloveno dice que no defiende el viejo comunismo, sino un nuevo comunalismo globalista. Los nuevos retos, afirma, son la ecología, renovar el Estado del Bienestar y evitar la "guerra digital cognitiva"

 

Slavoj Zizek, el gran provocador. Genial, paradójico, contradictorio, torrencial, mediático. Las reflexiones sobre la actualidad de este filósofo esloveno de 69 años, posmarxista, psicoanalítico, cinéfilo hasta el infinito y enamorado de los chistes como espejo cóncavo de la vida siguen provocando pasiones. Jamás deja a nadie indiferente.


El autor del trepidante Problemas en el paraíso, entre otros muchos títulos, acaba de publicar dos libros: El coraje de la desesperanza (Anagrama) y una minisíntesis de su obra (“siempre me canibalizo, me autoplagio”, alega). La titula La vigencia de ‘El manifiesto comunista’, aunque en ella sostiene que “hoy en día el comunismo no es el nombre de una solución, sino el nombre de un problema”. Desmadejado y de verbo seductor, nos recibe entre sus libros, en su casa de Liubliana.


PREGUNTA. Usted dio la bienvenida a Donald Trump.


RESPUESTA. Porque Trump es una bendición, aunque protagoniza un tipo de conducta horrible, capaz de todas las rupturas. Precisamente por eso puede despertar, desencadenar, alguna reacción. Lo que hace Trump es una locura, pero antes ocurría lo mismo paulatinamente. Con el medio ambiente, con todo. Algunos izquierdistas hacen comparaciones erróneas. Si te disgusta Trump o el nuevo autoritarismo, y eres vago para analizarlo, la analogía es cómoda: “¡Oh, es fascismo!”. Esa analogía con los años treinta es demasiado sencilla. Es más adecuado remitirnos a la decadencia anterior a la Primera Guerra Mundial cuando, igual que hoy, todos se preparaban para la guerra, pero nadie la creía posible.


P. La tesis leninista de “cuanto peor, mejor” nunca trajo nada bueno.


R. Lenin sostuvo que la guerra era buena porque traería la revolución. Dudo que ahora una guerra aportase nada. Mi afirmación era específica para EE UU, no para otros casos. Ahora están pasando cosas cruciales en el Partido Demócrata, surgen los nuevos demócratas de izquierdas. Eso no habría ocurrido sin Trump. Fue quien rompió el consenso liberal centrista. Las democracias son homogéneas y funcionan muy bien; todas las luchas se producen compartiendo un trasfondo de valores y procedimientos. Por eso cuando la derecha llegó por primera vez al poder en Suecia, mantuvo el sistema socialdemócrata. Republicanos y demócratas también compartían muchas cosas. Ahora ese pacto se está quebrando.


P. Mientras, mucha gente sufre más con Trump que sin él. Esa pretendida buena noticia cuesta cara a ciudadanos concretos.


R. Sí, pero no idealice el estado de las cosas antes de Trump. ¿Qué le llevó al poder? El abandono a la clase media y baja. Este proceso ya existía antes. No culpe de todo a Trump. ¿De dónde llegó? ¿De la luna?


P. Es al revés, la reforma sanitaria de Obama protegía a la clase media baja.


R. Estoy de acuerdo en que la señal de Trump puede ser extremadamente peligrosa. EE UU atraviesa un estado de guerra civil fría interna. Las corrientes políticas no hablan el mismo lenguaje. No pueden pactar. Eso no durará. Habrá que ir hacia otro consenso, que será más radical, algo más a la izquierda. Ya ocurre con Sanders y sus seguidores. O con el milagro de Jeremy Corbyn.


P. ¡Vaya milagro! No es un heraldo del futuro, sino del pasado.


R. Le entiendo, ni siquiera tiene grandes ideas. Pero es un milagro en el sentido de que nadie lo habría previsto hace 10 años. Vivimos una época extraña. Muchas socialdemocracias eran más radicales hace medio siglo que los Sanders o Corbyn de hoy.


P. Usted sostiene que los problemas de la inmigración no son solo culpa nuestra, sino también de ella.


R. Por decir esto, ¿sabe cuántos izquierdistas ya me tildan de neofascista? El gran error de la izquierda no es pensar que no hay problemas, sino que el único culpable es nuestro racismo, que nuestro colonialismo ha provocado la desgracia en todo el mundo, por tanto, pase lo que pase, somos culpables. Que no somos bastante abiertos para integrar a los inmigrantes. ¿Por qué suponemos que quieren integrarse? Muchos no quieren, prefieren mantener su estilo de vida. No forman un grupo único. En Alemania muchos jóvenes se vuelven más radicales que sus padres.


P. Entonces, ¿hay que cerrar fronteras?


R. No. Yo abogaría por una cierta apertura. Pero con condiciones. Primero, moralizar el problema de aceptar o no a los inmigrantes es erróneo. Debemos pensar de una manera más estratégica: ¿por qué vienen? Repensemos nuestra política en Siria, Irak, Libia, Yemen. Vienen. Forman parte del problema del mal funcionamiento del capitalismo actual. No es solo un problema moral. Sino económico. Segundo, asumamos que hay un conflicto entre estilos de vida. Deberíamos admitir que hay un auge del fundamentalismo en todo el mundo. Que explosiona como reacción al progreso occidental en los derechos de los homosexuales, los transexuales…

P. También vienen por causas políticas, les atrae la libertad europea.


R. Eso ya es más problemático.


P. Huyen de la guerra, así que vienen por la libertad.


R. En principio, sí. Estoy de acuerdo…, pero ¿qué quiere decir con libertad? ¿Nuestra libertad?


P. Sí. Hablar con libertad, publicar como usted publica…


R. Estoy de acuerdo, solo me pregunto si la mayoría… Usted idealiza la situación. A la mayoría de la gente que viene, los refugiados pobres, le preocupa la seguridad y el hambre, pero dudo hasta qué punto viene por la libertad en nuestro sentido occidental.


P. Hay muchos que quieren acogerse al derecho de asilo, consagrado en la ley internacional. ¿Dónde colocar los límites entre refugiados económicos y políticos?


R. Mi argumento contrario es este: ¿por qué solo hablamos de nuestros límites, si vivimos en un mundo global? ¿Qué hay que cambiar en él? El error es que ya somos cómplices en su creación. Mire a Libia. La fastidiamos por el modo en que derrocamos a Gadafi. O el Congo y otros países africanos. Serán un caos, pero están totalmente integrados en el capitalismo mundial. ¿Dónde establecemos el estándar para la coexistencia multicultural? El multiculturalismo es una noción complicada. El primer estándar es la tolerancia hacia otras culturas. No solo deberíamos tolerarlos a ellos, sino que ellos deberían tolerarnos a nosotros incondicionalmente. ¿Y ante un conflicto en su comunidad? No me preocupa que las musulmanas se cubran. Pero sí que obliguen a hacerlo a una chica que no quiere taparse. Es una víctima por falta de libertad individual. Debemos protegerla.


P. Porque al final los derechos humanos son una ideología válida en todo el mundo.


R. Aquí empiezan los problemas. Nos dirán: “Ustedes imponen su colonialismo”. Nos culparán de que los derechos humanos europeos dan demasiada preferencia al individuo, que ellos tienen derechos colectivos. Los musulmanes quieren que respetemos su estilo de vida. Pueden incluso respetar a un cristiano. Pero no a gente como yo, que soy ateo.


P. Las libertades y el Estado de bienestar siguen teniendo un inmenso poder de atracción.


R. Aceptemos que la gente viene aquí porque, a pesar de toda la corrupción, seguimos ofreciendo al mundo quizás el gran modelo de bienestar relativo, un modelo único que combina bienestar y libertad, el mejor hasta ahora en la historia mundial. Por tanto, deberíamos estar orgullosos de nuestro destino europeo. Lo fantástico de nuestra tradición democrática es que la imperfección está dentro del sistema, forma parte de la capacidad de nuestra democracia para ser crítica consigo misma. Es un sistema único que incluye la autocrítica.


P. ¿Existe algo así como un capitalismo global?


R. No en el ámbito político. Existe como mercado mundial.


P. El mercado no es el capitalismo. Hay muchas formas de capitalismo.


R. Y coexisten. El asunto consiste en qué forma de capitalismo se está volviendo predominante. El capitalismo socialdemócrata, con Estado del bienestar, está amenazado. Se dice que el comunismo no funcionó. Pero mire lo que ha pasado en China en el último medio siglo. ¿Ha habido alguna vez en la historia de la humanidad un desarrollo económico tan explosivo? Es impresionante. La figura que anunció nuestra época fue Lee Kuan Yew, el fallecido líder de Singapur. Creó la fórmula de autoritarismo “de valores asiáticos”. China demuestra, a nivel masivo, que funciona. El chino es el capitalismo bajo dominio de un partido autoritario. Es una nueva combinación de capitalismo mundial en la que el país participa en el mercado global, pero ideológicamente funciona hacia adentro de una manera patriótica, etnocéntrica.


P. Inquietante.


R. Lo que me preocupa es que Europa está perdiendo. Por eso apoyo el último llamamiento de Emmanuel Macron y Merkel para crear un Ejército europeo. Es fundamental para Europa seguir unida como Unión Europea, con todas sus imperfecciones y con su corrupción. Trump y Putin trabajan sistemáticamente para des¬unir a Europa. Ese es su objetivo. Putin, de una manera muy perversa, estaba a favor de la secesión de Cataluña. O del Brexit. Fue muy hipócrita. Siempre que la unidad europea muestra problemas…


P. Sí, y tiene problemas económicos con China, baja su demanda por las medidas proteccionistas de EE UU.


R. La clave es el nuevo desarrollo de los coches eléctricos. El temor es que China intente desarrollar este tipo de coches. Pues no es ya solo la cadena de ensamblaje de la economía mundial, sino que desarrolla su propia economía. Los izquierdistas tradicionales odian dos cosas del orden mundial actual: al mercado libre, loco, con su caos; y a los Estados autoritarios. China aúna ambas cosas. Ahora instaura el miedo. Los disidentes son marxistas, estudiantes que estudian marxismo y proponen organizar a los trabajadores, tan explotados allí. Esto es lo peor que puedes hacer en China hoy: proteger los derechos de los trabajadores. Los “desaparecen” durante 15 días.


 Un provocador profesional


Zizek quiso ser director de cine. Esa pasión la incorpora a todos sus libros, plagados de pelis como parábolas. Y ocupa muchas tardes como habitual en las salas de proyección de Liubliana. Pero no se vio con talento suficiente para el séptimo arte. Optó por su segundo amor, la filosofía. Y agradece a “la opresión comunista” no haber encontrado empleo durante años. Solo apaños de traductor y tareas menores, para acabar al fin en un pequeño instituto de investigación: “Por eso soy del todo libre para investigar, no como un profesor de pueblo”.


Eso le catapulta a afrontar “los nuevos retos”, que resume en el ecológico, la renovación del Estado del bienestar, o la “digitalización directa del cerebro humano” mediante la que el ordenador “detecta lo que piensas” y resultas vulnerable a cualquier dominación sofisticada. “No defiendo el viejo comunismo de ninguna manera”, se parapeta, sino un nuevo comunalismo globalista, porque “nuestro cerebro es nuestra herencia común”.


Reconoce ser un provocador profesional, para incomodar al público y hacerle reaccionar. Considera que la gente está “drogada, dormida” y que hay que “despertarla”. De modo que “la medida de la libertad de expresión es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”. Sobre todo a la izquierda con la que sintoniza, y a aquella con la que disiente: las libertades occidentales “serán falsas, pero las estalinistas no eran siquiera falsas”; o “no creo en eso de escuchar a la gente normal y corriente, como dice Pablo Iglesias, porque la gente normal y corriente está atrapada por la ideología, está a favor de echar a los inmigrantes”.


Respeta a Marx, pretende entroncar con sus preguntas fundacionales y se ríe de quien le tacha de “leninista loco”: “Mis ideas”, dice, “son hegelianas”. Su enfoque estriba en centrarse en cómo pueden salir mal las cosas, y luego preguntarse hasta qué punto era necesario que fuese así. “Por ejemplo”, aunque admira al vicepresidente de Evo Morales, Álvaro García- Linera, tiene “el honor de no haber sido engañado por Hugo Chávez”. Zizek advirtió durante años que el militar acabaría mal, porque “no veía lo nuevo”, solo era “un Fidel con dinero, no resolvía los problemas, echaba dinero a los problemas”.


Así que el pensamiento crítico “duele” y “trae malas noticias”. Pero siempre “hay que provocar”. Aunque cuando profetiza males mayores, de tan estentóreo, cuesta adivinarle la intención provocadora. Así, le inquieta al máximo el “extraordinario progreso que está registrando la industria del armamento”, por su cruce con la civilización digital. Nos abocamos a “una guerra digital, cognitiva”, que “influirá en los cerebros”.


China puede ser el paradigma de la nueva tensión. Como lleva décadas sin experimentar su armamento sobre el terreno, a diferencia de EEUU “necesita probarlo, y la mejor forma de hacerlo es con una guerra”. Es “la situación más peligrosa”, deletrea.

 

Por Xavier Vidal-Folch 

16 DIC 2018 - 10:46 COT

Publicado enCultura