Martes, 04 Diciembre 2018 06:03

Karl Marx, técnico de la diferencia

Karl Marx, técnico de la diferencia

Identificar un sujeto antagónico del actual tecno-capitalismo requiere ir más allá de la simple ideología de clase, y profundizar en el modo de funcionamiento de las fuerzas productivas materiales que la economía transustancia en el mero cálculo de valores de cambio.

Lejos de haber quedado obsoleta, la obra de Marx nos sigue ofreciendo claves útiles para comprender las fuerzas hegemónicas que actúan en nuestro mundo y desarticular los principales discursos idealistas que las encubren y tergiversan. En nuestra sociedad, uno de esos discursos es el economicismo entendido como aquella teoría que establece la primacía de las relaciones de producción concebidas según el valor de cambio sobre las fuerzas productivas materiales. Para poder escapar a la mistificación economicista debemos distinguir netamente entre la tecnología como palanca de la fuerza de trabajo material, y la economía como aparato de captura contable –esto es, formalista e idealista- del plusvalor producido por dicha fuerza. Esto nos permitirá redefinir en próximas entradas del blog algunos de los rasgos que deberían estar presentes en un sujeto político efectivamente antagónico respecto al tecnocapitalismo que nos invade.


RELACIONES Y FUERZAS PRODUCTIVAS


En el Prólogo a su obra de 1859, Contribución a la Crítica de la Economía Política, Marx establece una distinción fundamental entre “relaciones de producción” y “fuerzas productivas materiales”. Concretamente, afirma que “en la producción social de su existencia, los hombres establecen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un determinado estadio evolutivo de sus fuerzas productivas materiales. La totalidad de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se alza un edificio jurídico y político, y a la cual corresponden determinadas formas de conciencia social”. Uno de los errores cometidos por el marxismo economicista de la Segunda y la Tercera Internacional radicó en no prestar suficiente atención a la distinción establecida por Marx, unificando en un único ámbito las fuerzas productivas materiales (Fuerza de trabajo + estado de la Técnica) y las relaciones de producción (Sistema económico + organización social del trabajo) en tanto que estructura que (sobre)determinaría la ideología jurídico-política.


El punto clave de la tergiversación economicista radica en el lugar en el que se ubique la tecnología. En los tres volúmenes de El Capital, Marx ubica la tecnología como parte del capital constante, mientras que la fuerza de trabajo aportada por el trabajador es la única ubicada dentro del capital variable. Esta distinción llevó a la idea de que existía una oposición neta entre tecnología y fuerza de trabajo. Debido a la disciplina corporal que conllevaba, la primera fue considerada una herramienta de opresión del capital, mientras que la segunda fue identificada como la única susceptible de producir plusvalor. Esta última consideración fue reforzada por la descontextualización de algunas frases de Marx en las que se afirmaba que “la maquinaria, como todo lo que forma parte del capital constante, no crea valor” sino que simplemente “se limita a transferir el valor que ella encierra al producto que contribuye a fabricar”.


Lo importante aquí es leer esta afirmación en clave únicamente económica –como valor de cambio-, y no ontológica (como valor de uso). Desde un punto de vista económico la máquina no aporta más valor de cambio al producto producido que el calculado en el desgaste que experimentan los materiales con los que está construida cada vez que produce un determinado producto. En este sentido, el valor de cambio aportado por la maquinaria coincide con la mera amortización del valor de cambio pagado por su propietario en el momento en que la compró.


Si Marx diferencia entre capital constante -es decir, valor de cambio constante- y capital variable -esto es, valor de cambio variable- ello se debe a que como el propio término indica, dichas formas de capital implican diferentes tiempos de maniobra y cómputo contable por parte del capitalista. La distinción es utilizada por Marx porque todo su inmenso análisis del Capital ha sido concebido desde un punto de vista dinámico estrechamente ligado con el concepto de “ciclo”. Más concretamente, con el número de ciclos productivos posibles por unidad de tiempo (normalmente, un año). La diferencia entre maquinaria como capital constante y fuerza de trabajo como capital variable es pertinente únicamente de cara a realizar una Crítica de la Economía Política burguesa. En modo alguno para hacer una Filosofía de la Técnica o una propuesta de Política comunista.


PLUSVALOR Y DIFERENCIA(L)


Desde el punto de vista ontológico del valor de uso, Marx concibe la creación de valor como la capacidad de “convertir en trabajo la fuerza de trabajo”, entendiendo esta última en términos de “energías”, “capacidades” o “potencialidades” tanto físicas como mentales, es decir, tanto mecánicas como creativas y comunicativas. A este respecto, la mejor manera de ver el impacto de la tecnología sobre la producción de valor es a través de los conceptos marxistas de plusvalía absoluta y plusvalía relativa. Según Marx, “la producción de plusvalía absoluta se consigue prolongando la jornada de trabajo más allá del punto en que el obrero se limita a producir un equivalente del valor de su fuerza de trabajo”. En cambio, la producción de plusvalía relativa es aquella en la que manteniendo constante la fuerza de trabajo aportada por el obrero –en términos temporales, permaneciendo constante la jornada de trabajo- “se consigue producir en menos tiempo el equivalente del salario”, ampliando así la parte de la jornada destinada a la producción de plusvalor. Esto último es posible únicamente por dos medios: Mejorando la tecnología, o mejorando la cooperación social del trabajo. “La producción de plusvalía relativa revoluciona desde los cimientos hasta el remate los procesos técnicos del trabajo y las agrupaciones sociales”. Tecnología y co-operación son las dos grandes palancas con las que incrementar exponencialmente la productividad de la fuerza de trabajo de los individuos, y precisamente por ello, las únicas capaces de crear aquello que Marx utilizó para medir tanto la creación de plusvalor como el grado de explotación del trabajador: Tiempo.


Lo importante de cara a una posterior identificación del sujeto político antagónico de las sociedades tecnocapitalistas es no perder de vista la primacía, completamente materialista, del valor de uso sobre el valor de cambio: De la técnica y la co-operación social frente a una economía concebida como simple formalismo idealista a partir del cual contabilizar el plusvalor producido. A este respecto, un marxista materialista no es aquel que afirma que la economía sobredetermina la producción, sino precisamente todo lo contrario. En “Karl Marx, cazador de fantasmas” mostramos cómo la creencia supuestamente sociosimbólica en el valor del dinero únicamente se produce cuando es posible cambiarlo por algo que tiene un valor de uso. Ahora intentamos mostrar cuáles son las principales fuerzas materiales que determinan la capacidad de producción de valores de uso en un momento dado: La fuerza de trabajo, la tecnología y la cooperación social. Pero no el dinero.


En nuestra sociedad, el inmenso desarrollo acaecido en la automatización del trabajo mecánico debido a la aplicación de la electrónica digital y las telecomunicaciones está promoviendo que el tiempo de trabajo dedicado por el obrero para producir el valor de uso con el que reponer su propia fuerza de trabajo tienda a cero. Ello ha conllevado un movimiento masivo de la fuerza de trabajo humana desde sectores en los que su aplicación era utilizada prioritariamente para la transformación directa de la materia hacia aquellos en los que comienza a ser ante todo inmaterial, esto es, técnico-creativa. Dentro de este último ámbito, tanto el valor de cambio ¡¡como el valor de uso!! socialmente relevantes ya no es el producido por una única persona mediante el empleo de la fuerza mecánica de su cuerpo. El trabajo realizado por un hombre con una pala, por muy digno que pueda ser considerado, es socialmente irrelevante comparado con el realizado por un equipo de ingenieros con explosivos y retroexcavadoras. En sociedades de I+D+i con altos índices de automatización que permitan realizar trabajos mecánicos sin consumir la energía ni el tiempo de un obrero, la fuerza de trabajo humana susceptible de producir un valor socialmente relevante es únicamente aquella capaz de provocar una diferencia (una innovación), por aparentemente pequeña que sea, en alguna de las dos grandes palancas del plusvalor: la técnica o la cooperación creativa.


Para ilustrar lo que queremos decir con el término diferencia usaremos una triple analogía hidráulica, eléctrica y termodinámica. En el primer caso, la corriente (energía como “fuerza de trabajo”) únicamente fluye cuando hay una diferencia de presión. En el segundo, cuando la hay de potencial. Y en el tercero, cuando la hay de temperatura. Si no hubiera diferencial, todo estaría “en equilibrio”, no existirían procesos irreversibles y ningún agenciamiento se produciría. En terminología marxista, un mundo en equilibrio ontológico sería un mundo sin producción de plusvalor. El plusvalor es la diferencia que mueve el mundo, y establecer agenciamientos es producir diferencias.


Por supuesto, existen agenciamientos puramente técnicos como los realizados durante las tres primeras revoluciones industriales, y agenciamientos puramente sociales como el modelo-fábrica tan alabado por Lenin y/o la multitud propia del proletariado inmaterial descrita por Negri, pero también agenciamientos técnico-sociales como los que Deleuze denominó agenciamientos “hombre-máquina”, posibles únicamente a partir del desarrollo de las “tecnologías del silicio”. En la actualidad, es sobre estos últimos sobre los que pende la posibilidad de generar una diferencia política efectiva mediante la conformación de un sujeto revolucionario capaz de utilizar a su favor las fuerzas productivas materiales que sobredeterminan nuestras sociedades.

Por Enrique Cano  / Jorge León Casero
Profesores de Ingeniería Mecánica y de Filosofía. Universidad de Zaragoza.

publicado
2018-12-04 10:00:00

Publicado enSociedad
Martes, 04 Diciembre 2018 05:48

Los marxistas en su laberinto del siglo XXI

Los marxistas en su laberinto del siglo XXI

Diría Francisco, no el Papa de Roma, sino mi recién fallecido padre ¡que terquedad la tuya, intentar debatir lo que nadie parecer querer cambiar! Y es que es el pragmatismo se viene imponiendo como razón política en las propias izquierdas. Solo los más osados se atreven a plantear uno u otro tema teórico que muestre algún nivel de atasco en su implementación en la praxis. Lo hacen a sabiendas que desde múltiples lugares se le acusará de revisionistas, renegados, intelectuales pequeño burgueses o, hasta de ser parte de la nómina de algún servicio secreto internacional, hecho del cual los acusados no se habían enterado hasta la fecha. A pesar de ello, tomo aire para buscar aliento y me decido a hacer las veces de secretario de multitudes diversas y, en consecuencia, procedo a tomar nota de los planteamientos y dudas que en tono de murmullos se escuchan cada vez con mayor insistencia en distintos lugares de lucha de nuestraamérica. La única intención de este escriba –aunque sospecho que dirán que tengo ocultas e innobles intenciones– es la de intentar contribuir a la construcción de una agenda compartida sobre los desafíos epistémicos, conceptuales y de acción de los socialistas libertarios a finales de la segunda década del siglo XXI.

Por supuesto me refiero al socialismo científico sistematizado por Karl, el nacido en Tréveris. Fíjense que digo que él “sistematizó” y en ningún momento que creó, porque Marx fue un científico social y no un religioso, ni un infalible gurú. Y allí dos problemas iniciales, sobre los cuales volveré más ampliamente en otros artículos. El primero de ellos reside en el hecho que a través del tiempo ha surgido una especie de ortodoxia marxista que se siente facultada para establecer los cánones del marxismo, la legalidad y legitimidad del pensar la transformación, que ha convertido el pensamiento crítico en estático alejado del dinamismo dialéctico, para el cual categorías como imperialismo, obrero fabril, partido revolucionario, trabajadores, ideología, alienación, entre otras, no han sufrido cambios en el terreno concreto de la lucha de clases a más de un siglo de haberlas definido inicialmente. Marx siempre estuvo atento a la influencia de las realidades históricas concretas en la teoría, entendiendo que la dialéctica no era una externalidad analítica, sino que tocaba al propio pensamiento socialista. El segundo de ellos, es la creciente invisibilización del hecho que Carlos Marx se reclamó socialista científico, algo que ahora pasan por alto muchos apologistas neo metafísicos que atacan sin cesar cualquier apelación a la mentalidad científica. La transformación estructural de las sociedades capitalistas para abrir paso al socialismo no es un acto solo de voluntad –que la requiere- sino también de pensamiento estructurado, de conocimiento en profundidad de las ciencias puestas al servicio de la liberación del hombre por el hombre. En consecuencia, el marxismo es el pensamiento científico transdisciplinario que reflexiona, estudia y propone ideas para el cambio estructural de las sociedades a partir del estudio de cada coyuntura histórica, nunca en abstracto, ni desde el inmovilismo cognitivo.


Marx fue un hombre de su tiempo histórico. Como pocos comprendió el impacto del desarrollo científico y tecnológico en el modo de producción capitalista. Carlos Marx fue un enamorado de las posibilidades que encerraban la primera y segunda revolución industrial para romper las profundas y estructurales desigualdades acumuladas por siglos. Por ello interpretó de manera acertada el impacto de la relación del trabajo colectivo de los obreros industriales y fabriles alrededor de las máquinas y las innovaciones, en los procesos de producción de mercancías. Construyó una interpretación única y singular respecto a la conciencia de esa clase social, constituida en el corazón del modo de producción, a la cuál caracterizó como el motor de la nueva historia de la lucha de clases y de las posibilidades de construcción de la vida colectiva del común, el socialismo.


Marx construyó una teoría que hemos denominado marxismo, no como un nuevo relato teológico, sino como un método para actualizar de manera permanente el presente y el devenir de las luchas. Karl, el gigante revolucionario no podía prever –ni era su tarea histórica– que precisamente el desarrollo tecnológico que ocurriría 150 años después de la elaboración del Manifiesto Comunista (1848) conocería una tercera y cuarta revolución industrial (1960-2019/ 2020- ) que ahora no solo deja de agrupar a los trabajadores en fábricas para la producción de mercancías, sino que comienza a expulsarlos de ellas, impactando la idea de lo colectivo en la producción, reconfigurando también el papel de otras clases sociales consideradas en algún momento subalternas al proyecto socialista.


El problema es que la reflexión sobre estas dinámicas es muy precaria aún en América Latina y el Caribe y ahora, para colmo, se nos anuncian las consecuencias inmediatas de la primera ola del desembarco (década de los 20 del siglo XXI) de una cuarta revolución industrial (fábricas 4.0, expulsión en masa de amplios sectores de la clase obrera de las fábricas, crisis humanitaria laboral en los países altamente industrializados, ALC como simple campo de extractivismo de materias primas de viejo y nuevo cuño), así como de la llamada era de la singularidad (fusión de tecnología con vida humana), en medio de una crisis ecológica planetaria sin precedentes.


¿Cuál es el impacto de estas nuevas realidades en el plano teórico general del socialismo, en las organizaciones revolucionarias y en el propio programa de acción de las luchas socialistas? Sobre esto seguiremos escribiendo, como simples secretarios de múltiples voces que reclaman un espacio y una agenda emergente para mantener viva y con posibilidades de disputa del poder la idea socialista por parte de quienes vivimos del trabajo en el siglo XXI.

 

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Lunes, 03 Diciembre 2018 05:33

Transformaciones

Transformaciones

Ver el gran brote de luz y esperanza en México desde este país lleva a pensar que tal vez "la cuarta transformación" podría ayudar a rescatar –por lo menos en parte– a Estados Unidos.

Como me comentó un buen amigo aquí, México está saliendo de un largo periodo de oscuridad justo cuando Estados Unidos se está sumiendo en un hoyo cada vez más negro, y ahora la pregunta es cuándo podrá pasar algo parecido al norte de la frontera.

Mientras editorialistas, analistas, expertos y otros en Estados Unidos siguen cuestionando si el nuevo gobierno de México será "pragmático" o "populista", y varios expresan alarma de que podrían estar en peligro las grandes "reformas", las instituciones y la misma "democracia" en el país vecino, es a veces increíble que a estas alturas no entiendan que están cuestionando la esencia de la democracia electoral que dicen defender: la expresión en las urnas de la voluntad de un pueblo. Que no les guste el resultado es otra cosa.

A la vez, muy pocos aquí muestran un tantito de vergüenza en esta coyuntura cuando en su propio país se desata una de las ofensivas más antidemocráticas en la historia moderna, con un régimen que lanza políticas de persecución y agresión contra inmigrantes, minorías, mujeres y medios, y abiertamente desafía a las ramas judiciales y legislativas e incluso sus propias agencias de seguridad pública.

En estos últimos días se han registrado aquí más síntomas de descomposición y desesperanza en el país más rico del mundo, ese que insiste en que aún es el faro de la democracia y la libertad. Una profesora de la escuela de educación de la Universidad Columbia especializada en historia judía, entre otras cosas, llegó a su oficina para encontrarse con suásticas pintadas en las paredes, sólo un incidente más en una ola creciente de crímenes de odio. Al mismo tiempo, la tasa mortal por sobredosis de drogas –sobre todo por opiaceos– en este país llegó a un nivel sin precedente según nuevas cifras oficiales, incrementándose 9.6 por ciento en 2017 sobre el año anterior al causar 70 mil 237 muertes. La tasa de suicidios se elevó 33 por ciento entre 1999 y 2017. En parte por esto, el Centro de Control de Enfermedades informó que la expectativa de vida en este país se redujo en 2017; no se ha registrado una reducción sostenida de la expectativa de vida desde los años de la Primera Guerra Mundial.

Pero hay fuerzas que reconocen las dimensiones de esta crisis y que promueven no sólo la resistencia sino una transformación aquí. Se expresan cada vez más: en estas últimas elecciones intermedias, en acciones que provocaron pánico entre la clase gobernante cuando decenas de miles de maestros estallaron en huelga en los estados más conservadores hace unos meses, o los jóvenes que crearon un movimiento nacional en rechazo de la violencia por las armas, los jóvenes inmigrantes, entre otros.

El pasado viernes, en medio de un foro de figuras progresistas en Vermont, se emitió un llamado para fundar una Internacional Progresista impulsado por el senador socialista democrático Bernie Sanders y el ex ministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis con el propósito de enfrentar a las fuerzas derechistas nacionalistas del mundo.

El llamado afirma que "el momento ha llegado para que los progresistas formen un movimiento por la justicia global; movilizar a los trabajadores, a las mujeres y los marginados alrededor del mundo detrás de una visión compartida de democracia, prosperidad, sustentabilidad y solidaridad" (ver el video y el llamado).

Tal vez México podría ayudar a impulsar un transformación aquí a través del ejemplo, por inspiración y/o a través de la presencia de México dentro de este país. Después de tanto tiempo en que Estados Unidos fue presentado en y ante su vecino del sur como el modelo a seguir, de repente podría ser al revés. Tal vez parte de "la cuarta transformación" debería incluir un movimiento de solidaridad mexicano para, ahora, apoyar la democratización de Estados Unidos.

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Asumió López Obrador con la promesa de cambio

Propuso bajar el precio de los combustibles, subir el salario mínimo, otorgar diez millones de becas a estudiantes y crear cien universidades públicas. También, contratar a 2,3 millones de jóvenes como aprendices pagos en empresas.

 

El nuevo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, asumió ayer el enorme desafío de impulsar un cambio radical en el país que acabe con la corrupción, la impunidad y la inseguridad al tiempo que aplicaría costosas medidas sociales en beneficio de las clases más desfavorecidas. La magnitud del reto es descomunal por los graves problemas que arrastra México con un 43 por ciento de la población en situación de pobreza a lo que se une un sistema de corrupción público y privado que atenaza el crecimiento y desarrollo del país.
La ceremonia se realizó en la sede de la Cámara de Diputados, donde el diputado Porfirio Muñoz Ledo colocó la banda presidencial que antes el mandatario saliente, Enrique Peña Nieto, le había entregado al legislador y ex alcalde de la Ciudad de México, al igual que su amigo López Obrador. “No tengo derecho a fallar”, afirmó el nuevo presidente en su discurso, en el que prometió además trabajar 16 horas, reunirse con su gabinete a partir de las seis de la mañana y trabajar sin descanso. “El poder político y económico se han nutrido mutuamente y se ha implantado como modus operandi el robo de los bienes del pueblo y de la nación”, afirmó.


López Obrador, de 65 años, prometió también someterse a una consulta de revocación dentro de dos años y medio para que el pueblo decida si prosigue su mandato o se vuelve a casa. Entre las promesas se incluyen, por ejemplo, bajar el precio de los combustibles, construir una nueva refinería de petróleo, otorgar diez millones de becas a estudiantes y crear cien universidades públicas. También, contratar 2,3 millones de jóvenes como aprendices remunerados en empresas, aumentar la pensión de adultos mayores al doble y con carácter universal, dar un millón de pensiones por discapacidad y ayudas sociales a las clases más necesitadas y sin intermediarios. También prometió aumentar el salario mínimo y dijo que no volverá a fijarse por debajo de la inflación.


López Obrador apuesta que todo ello lo conseguirá con un trabajo desmedido y la confianza absoluta en el pueblo mexicano. A ello se suma acabar con la violencia en un país con casi doscientos mil asesinatos en los últimos seis años y un poder de los carteles del narcotráfico cuyos tentáculos llegan a todo el país. El nuevo mandatario se comprometió a crear una nueva Guardia Nacional para combatir la inseguridad y la violencia en México.


“A partir de ahora se llevará a cabo una transformación pacífica y ordenada, pero al mismo tiempo profunda y radical, porque se acabará con la corrupción y la impunidad que impiden el renacimiento de México”, subrayó ante un pletórico Congreso, dominado por su partido, el Movimiento Regeneración Nacional (Morena).En su discurso de investidura, López Obrador prometió resolver los males del país comenzando por la corrupción y la impunidad, además de hacer inversiones millonarias en proyectos de infraestructuras y aplicar programas sociales para los jóvenes y las clases más desfavorecidas.


Todo ello, además, con la promesa de no aumentar la deuda pública del país, que se ha multiplicado de manera exponencial en los últimos 18 años.


López Obrador arremetió en su discurso contra las políticas neoliberales de las ultimas décadas que han provocado, aseguró, “un desastre y una calamidad” para el país, causal de una “inmunda corrupción pública y privada”. Las recetas del nuevo presidente para tamaña empresa se basan en una mezcla de medidas distributivas y la apuesta de imponer la decencia en la toma de decisiones para acabar con la corrupción.


La austeridad es parte de la marca política de López Obrador: desde vender el avión presidencial para viajar en vuelos regulares a la rebaja de un 40 por ciento en su sueldo o garantizar que será castigado de inmediato cualquiera de su Gobierno, comenzando por su familia, que comenta la mínima felonía.


El entusiasmo y la fe de sus seguidores era palpable ayer durante la ceremonia de cambio de mando. Frente a ello permanece el escepticismo de la población que no votó por su partido, Morena, que propugna políticas de izquierdas y de beneficio a los más desfavorecidos. Frente a la reserva de empresarios y una parte de la población, López Obrador recibió ayer el enorme respaldo internacional al acudir a la ceremonia de investidura la mayor representación internacional que ha asistido a la toma de posesión de un presidente mexicano.
Desde el vicepresidente de EE.UU., Mike Pence, la hija del presidente Donald Trump, Ivanka, al rey Felipe VI de España y los presidentes de Colombia, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Cuba y otros representantes de más de 50 países, incluyendo la vicepresidenta argentina Gabriela Michetti, le dieron a López Obrador un fuerte respaldo.


También acudió a la ceremonia el poderoso e influyente empresario mexicano Carlos Slim, considerado uno de los hombres más ricos del mundo. Cuando López Obrador agradeció la presencia de los representantes extranjeros y nombró al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro (quien no se encontraba en el recinto), varios personas presentes en la sala empezaron a gritar “dictador, dictador”.


López Obrador se mostró convencido del éxito de su gestión. “Nos vamos a convertir en una potencia económica mundial y, sobre todo, en un país modelo que habrá de demostrar al mundo que acabar con la corrupción es posible”, concluyó.

 

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“Evo es el único que puede dar continuidad a este proyecto”

García Linera sostiene que, a diferencia de otros países, en Bolivia el modelo económico no está en debate, porque “la derecha no tuvo la capacidad de interpelar las estructuras de crecimiento”. Habla de los desafíos de la izquierda.


Este es un corto invierno para las fuerzas progresistas, augura el vicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera, en conversación con PáginaI12, en su corta y aclamada pasada por Buenos Aires. El pensador boliviano intervino en el Primer Foro Mundial de Pensamiento Crítico de Clacso y delineó las claves para el regreso de las izquierdas en la región. “En lo práctico las izquierdas tienen que hacer otras combinaciones de gestión económica y en lo político tienen que construir otro relato, otra manera orgánica de concentrar expectativas distintas a las que han prevalecido en las últimas décadas”, afirmó. Linera junto al presidente indígena Evo Morales lideran un proceso transformador en Bolivia que va por su cuarta elección.


–En estas dos semanas en curso Buenos Aires es sede dos eventos importantes. El primer foro de pensamiento crítico de Clacso, pero también del G-20. ¿Qué cuestiones se disputan en cada uno de esos espacios?


–Yo veo al encuentro convocado por Clacso como un gran escenario de construcción de un horizonte colectivo frente al conjunto de problemas y retrocesos que se presentan en el mundo –y que se irán agudizando–. De este encuentro la izquierda mundial tiene que sacar lecciones tanto de los logros pero también de las derrotas. Y en cambio el encuentro del G-20 va a ser el encuentro de un capitalismo esquizofrénico, carente de horizonte compartido y lleno de confrontaciones porque los países que alaban la iniciativa privada, como Estados Unidos, ahora hablan de protección. Y los países que tenían una fuerte presencia estatal en la economía ahora hablan de globalización y librecambio. Entonces el encuentro de Clacso es en cierta medida el esfuerzo más racional que tenemos hasta ahora de buscar salidas y alternativas, desde el ámbito de lo popular, a este derrumbe de certidumbres y horizontes compartido por parte de las grandes potencias mundiales.


–¿Hace falta una actualización de las categorías para entender este nuevo desorden?


–Necesariamente necesitamos una profunda renovación de los lenguajes que nos permita generar nuevas preguntas donde las antiguas no son suficientes para proponer algo en el mundo. Ahora hay un gran desorden, un caos de sentido y para sobrepasar este momento necesitamos una gran dosis de creatividad.


–¿A qué se debe la pérdida de horizonte y este caos de sentido?


–Es que se agotó la narrativa y se agotó el combustible de la acumulación neoliberal que surgió en los años 70. La lógica de un mundo dirigido a procesos cada vez más globalizadores y de aperturas de fronteras que se supone que iba a generar bienestar y progreso para todos, no funcionó. Los primeros malestares aparecieron en América Latina donde las fuerzas progresistas intentaron dar una respuesta a ello. Pero después vimos cómo llegaron los descontentos a las articulaciones centrales de la economía mundial. Lo vimos en Grecia, España, Francia e Italia, y últimamente en Gran Bretaña con el Brexit y en Estados Unidos con Trump. Entonces, la idea de que la globalización era el medio mediante el cual la humanidad iba a progresar fracasó, es una promesa fallida.


–Sin embargo, Bolivia parece ser el único país de América latina que logró mantener un gobierno progresista que además tiene un gran crecimiento económico. ¿Cuáles son las claves para entender este proceso?


–Una de las claves de la sostenibilidad de un gobierno progresista es y tiene que ser la economía. Al mismo tiempo esa es quizás una de las debilidades que se ha mostrado en esta primera oleada. En el caso de Bolivia, parte del éxito radica en esta preocupación de la economía, fruto de que nuestra generación vivió la derrota de la izquierda hace 20 años precisamente por una mala gestión económica que abrió paso a que la derecha avasallara durante 20, 25 años. De aquella experiencia apuntamos cuatro cuestiones centrales. Primero que el Estado controle como propietario los principales sectores generadores de excedente económico: hidrocarburos, electricidad y telecomunicaciones. Segundo: redistribuir la riqueza pero de una manera sostenible de forma que los procesos de reconocimiento y ascenso social de los sectores subalternos populares e indígenas tenga una sostenibilidad en el tiempo. Tercero: apuntalar el mercado interno; cuarto: articulación entre el capital bancario y el productivo, lo que implica que el 60 por ciento de los ahorros de los bancos se dirige al sector productivo, generando mano de obra. Y por último, estabilizamos la moneda y bolivianizamos los ahorros.


–En el último tiempo aparecieron en escena las fake news. ¿Qué lectura hace de este fenómeno?


–No considero que las redes fabrican victorias. Si no que lo que hacen las redes es debilitar fortalezas del opositor. Me parece que la pregunta que tenemos que hacernos en este momento es: “¿qué condiciones latentes hay en la sociedad que pueden ser explotadas y radicalizadas mediante las redes?”. Lo que es interpelado con las redes es un conjunto de componentes del sentido común neoliberal: el miedo, el individualismo, la competencia, el gregarismo, el racismo y la salvación externa. Este sentido común popular está latente desde hace mucho tiempo y el momento progresista no lo pudo anular, simplemente los fracturó temporalmente.


–Además se ve un uso de la información personal con fines políticos...


– Todo ese tema nos agarró a los gobiernos progresistas en pañales, como quien dice. Porque quienes son más hábiles para manejar esos temas son los que usan los algoritmos en las empresas, los que ya hacen negocios. Cuando entras al celular, esas empresas ya saben tus compras, tus preferencias. Hay un algoritmo que es utilizado para incentivar a comprar otra cosa. Mientras nosotros estamos pensando como mostrarnos buenas gentes en las redes, otros supieron utilizar las emociones para generar animadversión contra los compañeros. “¿quiénes tuvieron esa facilidad?”, fueron las personas que se movían ya tiempo atrás en el uso de los algoritmos para fomentar las compras empresariales. Ahí el sector empresarial nos llevaba ventaja por lo menos de media década. Lo que hicieron fue traspasar el uso económico de las redes al uso político, mientras que nosotros recién estábamos descubriendo el uso político de las redes de una manera muy ingenua. Y eso ha contribuido a que estemos atrasados en esta batalla.


–¿Cómo se puede fortalecer la democracia y no permitir que los gobiernos sean víctimas de golpes blandos como los que sucedieron en la región?


–No puedo hacer consideraciones particulares de lo que sucede en otros gobiernos, pero si sé que no es posible ser permanentemente impune ante los agravios, ante la gente. Los abusos que se están incrementando en América latina no pueden ni van a ser indefinidos. La gente tiene tolerancia, es flexible, pero eso no es un cheque en blanco para un uso indefinido de esas tolerancias morales de la gente. Los agravios se acumulan, los abusos se sedimentan y habrá un momento en que la gente se canse de los abusos y de los maltratos. Y ahí es cuando estallan las protestas, las resistencias y las indignaciones morales que mueven a sociedades. Entonces, todo gobernante tiene que saber que no se puede abusar indefinidamente de la buena fe de las personas y que la gente tarde o temprano despierta, rompe los moldes, las tolerancias y pasa factura al gobernante.


–El año que viene hay elecciones presidenciales en Bolivia, sin embargo hasta ahora la oposición va fragmentada. ¿Cómo ve ese escenario?


–Nosotros tenemos una ventaja y es que la derecha en Bolivia no tuvo la capacidad de interpelar las estructuras de crecimiento de nuestro país, es decir que lo que está en debate en las próximas elecciones no es un modelo económico, como si pasa en el resto de la región. Si no que el debate gira en torno a quien le da continuidad a nuestro proyecto económico. Esa es nuestra ventaja y lo que tenemos que transmitir, que Evo es el único que puede garantizar la continuidad.


–¿Qué opina de Trump?


–Me provoca curiosidad. En cierta medida Trump es una respuesta anómala a un malestar popular y laboral norteamericano que el ala demócrata no supo entender, no supo captar. En el fondo los populismos de derecha son el resultado de una audaz y agresiva política progresista y de izquierda. Y en cierta medida (Bernie) Sanders expresaba lo que se estaba gestando, un malestar frente a la globalización. Un malestar frente al incumplimiento de las expectativas de la globalización y la izquierda en vez de articular ese malestar y canalizarlo progresivamente, se volvió cómplice de esas políticas. Y al hacerlo provocó que el ala de los republicanos canalizara ese malestar pero hacia el ala más pervertida, buscando la explicación de la frustración o de la falta de empleo de cierto sectores no en la globalización sino en los migrantes, en los extranjeros. Algo parecido al fenómeno de Trump, pasó en Italia y estuvo a punto de suceder en Francia. Por eso esto es un llamado más de atención a las fuerzas progresistas porque era la izquierda la llamada a armar un relato movilizador de ese descontento y no lo hizo.


–¿Cree que en la región tenemos para largo rato con la vuelta de estas derechas neoliberales?


–No es lo que esperamos. Este es un corto invierno para nosotros porque la vuelta al mando de las fuerzas neoliberales carece de expectativas de mediano y largo plazo. Los gobiernos que están dirigiendo ahora la política latinoamericana no han fundado su regreso en el diseño de un horizonte de esperanzas, de expectativas, sino que han basado su regreso en una muralla de resentimientos y de odio, y ese no es un combustible que dure mucho. Despierta emociones muy intensas, despierta pasiones muy acentuadas pero también pasiones y emociones efímeras. La derecha está ahora en un momento de impasse histórico. La derecha planetaria y las derechas continentales no saben el rumbo que van a tomar, se apegan de manera casi ciega y desesperada a viejas prácticas y viejas decisiones que están empeorando la economías de sus países -que están generando más malestar que el que quisieron resolver- y no tienen otro libreto. Esta es una derecha tacticista y no puede mantener indefinidamente una sociedad en una situación de incertidumbre estratégica. Ninguna sociedad aguanta. Esta es una derecha sin brillo y que no puede generar adhesiones fuertes y duraderas.


–¿Qué camino deben tomar ahora las izquierdas?


– En principio las fuerzas progresistas tienen que crear la capacidad de remontar el ruido y volver a redefinir un camino más o menos claro y preciso de cómo superar este conjunto de adversidades que ahora agobia a la gente. En lo práctico las izquierdas tienen que hacer otras combinaciones de gestión económica y en lo político tienen que construir otro relato, otra manera orgánica de concentrar expectativas distintas a las que han prevalecido en las últimas décadas. Porque la izquierda llega al gobierno con un discurso movilizador agrupando a los agraviados, planteando una reivindicación, pero cuando fruto de sus acciones hay una parte que asciende socialmente, el discurso del desagravio ya no funciona. Y ahí es cuando tienen que complejizar el discurso. Y la otra cuestión clave es que las políticas de movilidad social de los sectores populares tienen que tener una sostenibilidad en el tiempo porque cuando no lo son, los sectores sociales que ascendieron fácilmente pueden adoptar el punto de vista de los sectores más conservadores que desde un inicio se opusieron a estas políticas de movilidad social. Y entonces se da la paradoja que gobiernos progresistas pierden por la votación de personas que habían logrado ascender socialmente gracias a la política económica de los gobiernos progresistas.

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Domingo, 18 Noviembre 2018 07:17

Educación crítica y movimiento social

Educación crítica y movimiento social

Hoy, cuando de nuevo se abre el debate sobre la educación en Colombia, es necesario llevar el tema un poco más allá de la coyuntura del financiamiento y el acceso a la Universidad. Y esto nos lleva a recorrer el camino ya transitado por los sectores sociales para ganar espacios dentro de la educación formal, y en los procesos formativos de cada una de las organizaciones.

Es una disputa con memoria. A finales de la década de los ochenta una de las grandes problemáticas era la cobertura en los primeros niveles de enseñanza y el bachillerato. Viejas fórmulas se veían a medio camino cuando enfrentaban la realidad de infraestructuras deficientes que no daban abasto para una población cada vez concentrada en las principales ciudades de nuestro país. La Ley 115 de 1994 dio paso a un proyecto donde la modernización, por lo menos en el discurso, necesitaba transformar los colegios públicos en receptores efectivos de quienes se acercaban a las aulas tratando de procurarse un mejor futuro. Si bien los indicadores en cobertura aumentaron de manera exponencial, lo cierto es que se logra debilitar al Movimiento Magisterial e implantar un modelo educativo propio de los países capitalistas periféricos: Educación para el trabajo, logros, competencias, estándares…una nueva vulgata tecnocrática vino a reemplazar la reflexión educativa crítica que apenas una década atrás había bebido de las fuentes de Paulo Freire, Lola Cendales, Orlando Flas Borda y Eduardo Umaña Luna, entre otros.


La Ley 30 de 1993 creaba la ilusión de un Estatuto Universitario estable para un país que entraba en el escenario internacional con una nueva Constitución. Lo cierto es que, como ahora es evidente, se desfinanciaba la universidad pública, se creaban ciclos más pensados para el trabajo que para el desarrollo tecnológico y se creaban instituciones a medio camino (universidades de garaje) que supuestamente cubrirían el déficit en cobertura de la educación superior en nuestro país. Los gobiernos de turno impusieron rectores más interesados en imponer reformas afines al capital Ante este panorama el estudiantado ha luchado y movilizado por décadas.


Por otro lado, los movimientos sociales se fortalecieron a pesar de los embates de la apertura económica de Gaviria, el neoliberalismo de Samper y Pastrana, así como el gobierno Uribe I y II, y la estigmatización de todas las formas de resistencia. En la búsqueda de una paz negociada las bases buscaron, en la educación popular y alternativa, una reflexión que definiera el cómo de la construcción de nuevos escenarios de lucha ante el gran capital. Los medios de comunicación alternativa llegaron para acompañar y aportar en el camino de la formación de nuevos líderes que entendieron que la estrategia para el cambio debe ser integral y abarcar varios frentes de construcción de lo público.


Hoy, en el centro del debate, la educación necesita ser pensada en clave de la lucha y de los movimientos sociales, y en este sentido no puede alejarse del pensamiento crítico. Su razón de ser se enmarca en claves como:


1. Una educación crítica: que dé cuenta de los problemas y retos de la actualidad. En este sentido, no puede alejarse de la coyuntura (acontecer cotidiano) y la estructura (causas de los hechos). Una educación que dé respuesta al hoy para la construcción del mañana. Siguiendo a Foucault una “Ontología del presente”. En este sentido el objetivo es crear sujetos libres, capaces de leer su entorno y transformarlo colectivamente. No una educación de contenidos con la cual prime el bien individual y el “éxito”, más bien una dinámica unida a procesos donde el bien común siempre esté en primer lugar.

2. Una educación popular: que emerja de las bases, de los movimientos sociales dando espacio para la singularidad de los mismos. En este sentido, debe ser una educación originaria, raizal, obrera, estudiantil, urbana a la vez que campesina. Debe recoger las luchas de los actores sociales subalternos, tan pacientemente olvidados por la historia oficial, para iluminar los nuevos escenarios de resistencia. De suma importancia reconstruir archivos propios, escribir la historia de los colectivos dejando un insumo invaluable para futuras luchas.

3. Una educación liberadora: Como ya lo enunciaría Paulo Freire, no basta con un discurso pedagógico bancario (con saberes acumulados) sino que es necesario una dinámica donde el sujeto se construya y transforme al mismo tiempo su entorno social. De lo contrario la Universidad seguirá siendo lo que hasta ahora la caracteriza: simple reproductora de saberes del capitalismo. No asumir la educación del opresor es también no asumir su proyecto. Una educación verdaderamente liberadora y libre es capaz de pensar por fuera del capital y construir un mundo verdaderamente humano.

4. Una educación inclusiva: que borre las barreras, construidas artificialmente entre los saberes teóricos y los prácticos. Esto que es más notorio en los procesos sociales de base, donde ha retrasado la integración de profesionales, muchos salidos de sus propias entrañas, proyectados a las dinámicas de transformación de las comunidades. Pero también una educación capaz de pensar en términos de alteridad, donde sea posible acoger los diferentes saberes originarios y ancestrales; donde la diferencia no sea un obstáculo sino un pilar sobre el cual construir.

5. Una educación en sintonía con nuestra Casa Común: Uno de los grandes temas a trabajar en nuestras comunidades es el cuidado del planeta en sintonía con una Ecología Profunda. Leonardo Boff plantea esta como una lucha más allá de los tópicos aceptados por el capitalismo. El sistema capitalista y la existencia del planeta son incompatibles, no entenderlo así solo produce reflexiones funcionales a un sistema depredador. Un nuevo paradigma debe surgir, donde el ser humano se reconoce como parte de un entramado de relaciones que lo obliga a replantear su proyecto, donde la Tierra está en el centro como un ser vivo.


Sin duda, el debate por la Educación y la Universidad se extenderá, en clave de resistencia, durante el actual gobierno. Se avecina toda una etapa de movilización, reflexión y unidad. Pero, sin duda, los hombres y mujeres que componen los diferentes movimientos sociales están dispuestos a la resistencia por un país mejor. Citando a una de mis estudiantes “[…] un lugar en el mundo donde la hogaza no se haga roca, ni los ríos sean sangre”, un país donde pensar y actuar diferente sea sinónimo de cambio.

Por Álvaro Lozano Gutiérrez
Colectivo Surgente

 

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El filósofo Will Kymlicka con Sue Donaldson, coautora del libro 'Zoópolis, una revolución animalista'

 


Kymlicka ha ofrecido en el CCCB de Barcelona la charla Derechos de los animales. El fin de la supremacía humana, sobre la teoría que ha desarrollado con Sue Donaldson en su célebre libro Zoópolis, una revolución animalista, publicado recientemente en España por la editorial errata naturae: no basta con reconocer el estatus moral de los animales si no encontramos la manera de otorgarles un estatus político


Publicamos una entrevista con el filósofo, precedida de una reseña de Zoópolis

 

Zoópolis es probablemente una de las más deseables apuestas de traducción a la lengua castellana sobre temática animalista. El libro constituye el primer intento sistemático de transferir el debate sobre la consideración moral de los demás animales a un marco estrictamente político. Esto no implica, al contrario de lo que pueda parecer, una ruptura con la teoría de los derechos animales tal y como se ha hecho hasta el momento. Kymlicka y Donaldson aceptan la premisa básica del planteamiento de los derechos de los animales como una extensión natural del concepto de igualdad moral entre individuos. Los animales no humanos, en función de su condición sintiente, deben ser reconocidos como titulares de ciertos derechos inviolables.


Sin embargo, les autores consideran que este planteamiento ha sido, en gran parte, ineficaz, permaneciendo a día de hoy injustificadamente marginal en el ámbito político. Esta es la razón por la que necesitamos “una teoría ampliada sobre los derechos de los animales” que, reconociendo, como hasta ahora, los derechos básicos universales de todos los animales sintientes -en particular, “a no ser poseído, asesinado, confinado, torturado o separado de la propia familia”-, añada a la ecuación la existencia de deberes positivos hacia los individuos de las demás especies. En particular, deberes de cuidados, alojamiento o reciprocidad acorde a las relaciones generadas entre humanos y no humanos. La propuesta política de Zoópolis es, así, mediante la teoría de la ciudadanía, diseñar un mapa antiespecista que, en función de coordenadas geográficas e históricas, acomode derechos y responsabilidades diferenciados hacia los no humanos, desde los que se encuentran bajo cuidado humano hasta los que viven distantes e independientes en el medio salvaje. En la práctica, ampliar los derechos animales vía la teoría de la ciudadanía conlleva el reconocimiento de ciudadania para los animales domesticados, cuasi-ciudadania para los animales liminales y soberanía para los animales salvajes.


Zoópolis constituye una oportunidad excelente para repensar viejas cuestiones sobre las relaciones entre humanos y no humanos, pero sobre todo llena un vacío moral importante en lo que toca a nuestras obligaciones hacia un número abrumador de animales que han sido hasta la fecha prácticamente ignorados por la teoría tradicional de los derechos animales. Estos son, quizás de forma sorprendente para muches, animales libres de explotación humana, aunque no libres del sufrimiento que implica la vida en los límites de las comunidades humanas o en la precariedad de la naturaleza. Y aunque Zoópolis sea un libro que en ocasiones peque de optimista, sobre todo en lo que toca al nivel de bienestar global de las poblaciones de animales que viven en la naturaleza (según determinadas posiciones, más bien caracterizados como “estados fallidos”), es encomiable el esfuerzo intelectual y el compromiso ético que exige escribir un libro así. Un libro que no solo pone al descubierto el prejuicio especista de prácticamente toda la filosofía política contemporánea, sino también de prácticamente toda la teoría de los derechos animales.


Son razones más que fuertes para leerlo de inmediato, y nos impulsaron a entrevistar para El caballo de Nietzsche a uno de sus dos autores, Will Kymlicka, quien el pasado 5 de noviembre ofreció una charla en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB).


Zoópolis. Una revolución animalista, libro que usted co-escribió con Sue Donaldson, ha sido traducido recientemente al castellano. Se podría decir que el libro explora, como ningún otro hasta la fecha, la idea de que necesitamos pasar de la teoría moral a una teoría realmente política de los derechos de los animales. ¿Por qué cree que este cambio de perspectiva es necesario?


La idea de que los animales tienen un estatus moral es ahora un debate cada vez más extendido y está cada vez más aceptada, pero esto aún no ha tenido ningún impacto en la forma en la que pensamos y hablamos sobre conceptos políticos, como democracia o soberanía. Los animales todavía son invisibles en las teorías contemporáneas de la democracia y de la autodeterminación, como si fuera inconcebible que los animales pudieran tener un interés legítimo en ser representados en los procesos democráticos o en ejercer sus propias formas de soberanía. Reconocer el estatus moral de los animales tendrá poco impacto en sus vidas si no encontramos una manera de otorgarles un estatus político.


Necesitamos vincular los derechos de los animales con debates más amplios sobre el significado de la democracia, de la representación y de la autoridad legítima. Creemos que esta perspectiva más política no solo sería más eficaz a la hora de garantizar la justicia para los animales, sino que también ayudaría a aclarar lo que de hecho exige la justicia. Las teorías morales de los derechos animales han tendido a centrarse exclusivamente en lo que les debemos a los animales en virtud de su estatus moral intrínseco, pero diferentes categorías de animales tienen diferentes relaciones con las comunidades políticas humanas, y estas relaciones son importantes. Del mismo modo que tenemos diferentes obligaciones hacia ciudadanos y extranjeros, aunque todos los humanos tengamos el mismo estatus moral intrínseco, también tenemos diferentes obligaciones con los animales domesticados y con los animales salvajes, aunque tengan el mismo estatus moral intrínseco. Un enfoque político puede dar cuenta de estas obligaciones diferenciadas.

Zoópolis examina por primera vez de forma sistemática uno de los temas más descuidados en la teoría de los derechos de los animales: nuestras obligaciones positivas hacia los animales salvajes. ¿Por qué cree que es importante introducir los animales salvajes en el enfoque antiespecista?

La teoría de los derechos de los animales ha dicho tradicionalmente que nuestra obligación con los animales salvajes es simplemente "dejarlos estar", es decir, respetar sus derechos negativos a no ser capturados o asesinados. Pero para que los animales salvajes puedan desenvolverse [ flourish], necesitan derechos positivos; por ejemplo, derechos territoriales y derechos de movilidad. Necesitamos reconocer que parte del territorio les pertenece a ellos, no a nosotros, y que tienen el derecho de pasar por áreas de asentamientos humanos. Esto, a su vez, nos obliga a pensar en nuestras relaciones con los animales salvajes en términos más políticos: ¿qué se considera una división justa del territorio, cómo se deben trazar los límites y qué se considera una distribución justa de los riesgos (dado que les imponemos riesgos y viceversa)?


Este es el tipo de preguntas que surgen en el derecho internacional en el caso humano y sugerimos que nuestras relaciones con los animales salvajes pueden considerarse relaciones con "otras naciones" u "otros pueblos". Un principio fundamental del derecho internacional es el respeto por la autonomía de otras naciones/pueblos, por lo que, en general, no debemos interferir con las formas de vida de los animales salvajes, pero también puede haber casos en los que pueda estar justificada algún tipo de "intervención humanitaria” para reducir su sufrimiento, si esto puede hacerse sin violar sus derechos al territorio y a la autonomía. Para abordar estos problemas difíciles sobre territorio, riesgo e intervención, necesitamos ir más allá de las consignas sobre "dejarlos estar”.

A pesar de la amplia acogida que el libro ha tenido en el mundo académico, me parece que no ha recibido la atención que merece en el activismo común en defensa de los animales. ¿Cree que esto es así y que les defensores de los animales podrían beneficiarse de su lectura?

Muchas personas que defienden a los animales se centran en campañas urgentes para prohibir ciertas prácticas opresivas en zoológicos, laboratorios médicos o granjas. Nuestro libro no ofrece muchos argumentos nuevos sobre por qué estas prácticas son injustas: las teorías tradicionales sobre los derechos de los animales ya han hecho un buen trabajo al explicar por qué el cautiverio, la experimentación y la ganadería son injustos. En cambio, nuestro libro se centra en una pregunta a largo plazo: si rechazamos la idea de que los animales existen para servirnos, ¿cómo debemos relacionarnos con ellos? ¿Qué tipo de relaciones deberían sustituir a los zoológicos, los laboratorios y las granjas? Algunos activistas creen que especular sobre estas relaciones futuras es un lujo que no pueden permitirse dada la urgencia de sus campañas inmediatas. Entendemos perfectamente esa reacción.


Pero según nuestra experiencia, hay activistas que están interesados en esta pregunta a largo plazo y que piensan que puede ayudar a la defensa de los animales. Por ejemplo, algunos teóricos de los derechos de los animales han defendido que, dado que la domesticación implica la cría de animales para fines humanos, los animales domesticados son inherentemente degradados, serviles y antinaturales. Esto tiene el efecto perverso de reforzar los prejuicios populares contra los animales domesticados, y hace imposible pensar en ellos como seres capaces de llevar una vida buena. Para contrarrestar estos prejuicios contra los animales, debemos imaginar un mundo en el que los animales domesticados sean agentes y coautores de sus relaciones con nosotros. Muchos defensores de los animales sienten la necesidad de encontrar formas de hablar sobre los animales que van más allá de presentarlos como víctimas que sufren, al igual que varios movimientos de justicia social en el caso humano han necesitado ir más allá de marcos de victimización en el sufrimiento.

Uno de los desafíos más fuertes a los que se enfrenta el antiespecismo proviene de lo que algunas personas consideran tensiones insuperables entre los intereses no humanos y los derechos de ciertas “minorías". ¿Cómo responde a esta preocupación en el contexto de su trabajo más general en filosofía política?


La percepción de que las “minorías” (no occidentales) maltratan a los animales tiene una historia específica de la que debemos ser conscientes. En los siglos XIX y XX, los europeos utilizaron el tratamiento de los animales como una señal de "civilización". Los colonizadores europeos consideraban las prácticas animales no europeas como "atrasadas" o incluso "bárbaras", mientras que presentaban sus propias prácticas como "civilizadas". Por lo tanto, la caza indígena era "bárbara", mientras que la caza británica del zorro o la caza de trofeos era "civilizada". Esto era completamente hipócrita: las prácticas europeas implicaban con frecuencia imponer un sufrimiento mucho mayor a los animales por beneficios humanos más triviales, y ha dejado una percepción en gran parte del mundo de que la preocupación por los animales es una cortina de humo que los grupos dominantes utilizan para justificar la marginación y estigmatización de los pueblos y las culturas no occidentales.


Desafortunadamente, esto no es sólo un fenómeno histórico. Incluso hoy vemos ejemplos de grupos de derechas que luchan contra el sacrificio ritual, no porque se preocupen por los animales sino porque quieren hacer perjudicar la vida de los musulmanes. El movimiento de defensa de los animales debe tener mucho cuidado con esto. Ningún grupo étnico o religioso debe estar inmune a la crítica por la forma en la que tratan a los animales, pero la crítica nunca debe formularse de una manera que se base en o reproduzca los estereotipos colonialistas de culturas civilizadas frente a culturas bárbaras. Y la mejor manera de asegurar esto es enfocar nuestras energías en las prácticas del grupo dominante. En todas las democracias occidentales, la gran mayoría de los daños injustos que se causa a los animales son cometidos por la mayoría, dentro de las instituciones convencionales, como granjas, laboratorios y zoológicos. En otras palabras, la verdadera tensión insuperable a la que nos enfrentamos es entre los intereses no humanos y las prácticas de la mayoría.

El pasado día 5 usted ofreció una charla en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) titulada Derechos de los animales. El fin de la supremacía humana. ¿Puede exponer brevemente sus argumentos?


Para muchas personas, la idea de "derechos humanos" está ligada a afirmaciones de supremacismo humano: se nos deben estos derechos básicos precisamente porque los seres humanos son superiores a los animales. De hecho, eso se afirmó de manera bastante explícita cuando la ONU adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Pero existe una tradición alternativa que defiende los derechos humanos sin ningún compromiso con la supremacía humana. Desde esta visión alternativa, debemos tener derechos humanos porque somos sujetos encarnados vulnerables, y en la medida en que los animales también son sujetos encarnados vulnerables también pueden merecer tales derechos básicos. En mi charla, trato de trazar la batalla entre estas dos formas enfrentadas de entender los derechos humanos, desde 1948 hasta hoy. También sostengo que la visión alternativa es mejor, no solo para los animales, sino también para los seres humanos. Existen cada vez más evidencias de que vincular los derechos humanos con las ideologías del supremacismo humano en realidad empeora, en lugar de mitigar, los prejuicios hacia los grupos humanos marginados.


¿En qué está usted trabajando en este momento y cuáles considera que son los temas más importantes en los que enfocarse quienes quieran seguir una carrera académica en la teoría de los derechos de los animales? De igual modo, ¿cuáles cree que son las áreas más apremiantes en las que enfocar el activismo en defensa de los animales?


¡Hay tantos temas en los que debemos trabajar! Por ejemplo, a medida que los humanos se apoderan más y más del planeta, hay cada vez menos espacios donde los animales salvajes pueden evitar el contacto humano, y así cada vez más animales se están convirtiendo en animales "liminales" que viven entre nosotros, en lugar de animales "verdaderamente salvajes” viviendo en la naturaleza apartados de los seres humanos. Esta amplia y creciente categoría de animales no domesticados que sin embargo viven entre nosotros plantea muchas preguntas que no están siendo bien abordadas por las teorías tradicionales, que generalmente operan en función de una dicotomía simplista entre animales “salvajes” y animales “domesticados”. Estos animales liminales a menudo se ven como "plagas" que no tienen lugar entre nosotros, por lo que son sometidos a exterminio. Necesitamos, por el contrario, desarrollar nuevos modelos de convivencia. Así que ese es un vasto terreno que necesita de exploración intelectual real, así como de estrategias prácticas de activismo.
Sin embargo, como la mayoría de los activistas por los animales, Sue y yo diríamos que un tema central para el movimiento sigue siendo el tratamiento de los animales de granja, ya que sufren la mayor parte de la opresión humana. Y así, en nuestro trabajo, tratamos de pensar más en lo que la justicia requiere de nosotros en nuestra relación con los animales de granja y, en particular, qué tipo de relaciones (si las hay) quieren tener estos animales con nosotros en un futuro más allá de la ganadería. También estamos interesados en el papel que los santuarios de animales de granja pueden jugar como lugares para explorar estas nuevas relaciones y para construir una verdadera "comunidad multi-especie”. Todavía tenemos mucho que aprender sobre cómo los animales quieren relacionarse con nosotros, si es que realmente lo quieren, y los santuarios son de los pocos lugares donde podemos hacer esta pregunta.

 

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Lunes, 05 Noviembre 2018 07:21

Dos palabras

lexandra Ocasio Cortez, de 29 años, es candidata a un escaño en la Cámara de Representantes y se define como socialista. Nació en el Bronx, Nueva York, y de ganar se convertiría en la mujer más joven en ser electa a la cámara baja.

Ante la sorpresa de ser obligado a usar la palabra "fascismo" para reportar sobre Estados Unidos hoy día (a lo que se dedicó la columna previa), ahora resulta que la otra palabra necesaria es: "socialismo".

Socialismo era palabra tóxica, casi prohibida, y se usaba para tachar de enemigo en la narrativa política estadunidense fuera de los pequeños círculos marginados que se atrevían a insistir en usarla. El anticomunismo y la guerra fría en todas sus dimensiones buscaron anular esa palabra. Pero de repente, el socialismo esta resucitando y es ahora parte de la pugna sobre el futuro de Estados Unidos.

En un sondeo de la Universidad de Chicago (Genforward) efectuado en mayo entre jóvenes entre 18 y 34 años de edad –conocidos como los Millennials que ahora son la generación más grande y diversa del país– la mayoría creen que se requiere de la intervención firme del gobierno y no dejar al "mercado libre" los problemas económicos; más aún, 61 por ciento de los demócratas de esta generación tiene una visión "favorable" del socialismo. En una encuesta de Gallup realizada en agosto de este año, 51 por ciento de los jóvenes entre esas edades afirmaron que ven positivamente al socialismo y, por primera vez se registró entre demócratas que tienen una imagen más positiva (57 por ciento) del socialismo que del capitalismo.

Fue el senador Bernie Sanders, quien se proclamó como "socialista democrático" en su campaña como precandidato presidencial demócrata, quien elevó este fenómeno a escala nacional. Sanders llamó por una "revolución política" en este país para "recuperar la democracia" del control del 1 por ciento más rico, empleando la narrativa contribuida al discurso nacional por el movimiento Ocupa Wall Street.

Al inicio, todos los expertos esperaban que sólo con esa etiqueta Sanders sería aplastado por la reina de ese partido, Hillary Clinton. Pero al llegar a la convención nacional, Sanders contaba con 48 por ciento de los delegados, y a pesar de ser el candidato más viejo, tenía la abrumadora mayoría del voto joven. Desde entonces, hay una batalla intensa dentro del partido entre su cúpula y los insurgentes.

El "socialismo" de Sanders y de la mayoría de los que se identifican, así se refiere más bien a la socialdemocracia del New Deal de Franklin D. Roosevelt o los modelos escandinavos actualmente. Casi ninguno de éstos está promoviendo una revolución del sistema económico, sólo hablan de reformarlo.

En estas elecciones intermedias hay decenas de candidatos que se definen como socialistas, la mayoría compitiendo en contiendas para puestos locales y estatales y unos cuantos federales, incluyendo a Alexandra Ocasio Cortez, quien será la mujer más joven en ser electa a la cámara baja del Congreso federal.

Desde las elecciones de 2016, la membresía de la organización social demócrata Democratic Socialists of America (DSA) se ha incrementado de 5 mil a 35 mil a escala nacional, con el número de sus filiales locales elevándose de 40 a más de 180. Pero los "socialistas" también están organizados en otras agrupaciones, algunas parte de la diáspora de la campaña de Sanders, como Our Revolution o Justice Democrats.

Tan presente esta la palabra "socialismo" que en octubre la Casa Blanca emitió un informe amplio advirtiendo de los "costos del socialismo", y cuya introducción empieza así: "coincidiendo con el 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx, el socialismo está retornando en el discurso político estadunidense. Propuestas políticas detalladas de autoproclamados socialistas están logrando obtener apoyo en el Congreso y entre gran parte del electorado" (https://bit.ly/2ySJwkA).

El propio Trump ha acusado que "la agenda demócrata es el socialismo" (noticia para la cúpula de ese partido), lo cual podría volver al país en Venezuela, y advirtió que si los demócratas ganan la mayoría en el Congreso en esas elecciones intermedias, eso "llevaría a Estados Unidos peligrosamente más cerca al socialismo".

Aunque el país no corre ningún peligro inminente de volverse socialista, lo sorprendente es que ya no se puede hablar, ni reportar, sobre Estados Unidos sin incluir esa palabra.

Por David Brooks/II y última

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Lunes, 05 Noviembre 2018 06:51

Bolsonaro y el progresismo

Bolsonaro y el progresismo

El “progresismo” gusta de su programa más o menos impreciso. Le alcanza la confianza de ir para adelante intuyendo que los obstáculos de la historia se diluyen rápido. ¿Cuánto dura una pesadilla? La medida del progresismo son tiempos cortos para un mal sueño y todas las garantías de la razón para ver cómo se apartan las rémoras del camino. ¿En Brasil el progresismo no supo ver los listados que hacen los encuestadores? Ellos en general nos dicen, que tanto allá como aquí, existe una preocupación popular por la seguridad, luego por la inflación, luego –y quizás en primer lugar–, por la necesidad de “evaluar docentes”. Continuando por la corrupción, quizás no antes de las penurias económicas. Y después, a preguntas inquietantes como “qué haría si... por ejemplo, debiera juzgar al policía Chocobar, a la Gendarmería y su represión en el sur”..., la respuesta del “pensamiento popular” podría ser más bien benévola que indignada. ¿Entonces?

En los años veinte, Walter Benjamín escribió su célebre Para una crítica de la violencia, texto de absoluta actualidad, donde se constatan tanto las direcciones fundamentales de la violencia del mito y lo sagrado. Habría allí sendas violencias que bifurcan el modo de fundar sociedades, y también la propensión de un sentir amplísimo de las clases populares, dispuestas a promover la pena de muerte. El problema es de vieja data. Benjamin, en ese trabajo, estaría anunciando el nazismo. Los héroes de las estadísticas son el policía implacable antes que la maestra comprensiva, el gendarme antes que profesor universitario y el vecino que actuó por mano propia en obvia legítima defensa antes que el abogado garantista que puso en duda si era necesaria esa serie de empeñosos disparos vecinales.


Así, el progresismo que le confirió al pueblo la potestad de sujeto de la historia, titular de derechos cívicos, de decisiones igualitaristas y formas de vida emancipadas, no estaría viendo el rostro oscuro de las creencias. No habría podido interpretar una nocturna marejada de deseos informulados, ansiedades vicarias, expectativas mustias, palabras quebradas, inciertas adhesiones que abrigan secretos canjes emocionales, militarización de la fe, mitologías vitalistas en torno a la religión, el deporte y el consumo. ¿No ven que así es imposible, se les dice a los progresistas, pensar a ese pueblo que ustedes consideran depositario de un papel diáfano en la historia? Son los que no comprenderían lo terriblemente opaco de la existencia, el anuncio de una nueva reflexión sobre cómo se han diversificado los bagajes culturales, anclados en secreciones del lenguaje diario. En esoterismos imprevisibles que corren como río subterráneo bajo las vidas urbanas más previsibles, aunque rotas por dentro.


Sin exigencias reflexivas mayores, el progresismo ignoraría ese mundo anterior a los predicados políticos, constitucionales o argumentales. Se trata de un ser amorfo e inconcluso que, si por un lado es la base de la más exigente filosofía, del psicoanálisis y literatura del siglo XX, por otro lado es la materia del trabajo de las maneras predominantes con que las corporaciones informáticas crean individuos, que suponen dominar por entero en su intimidad, en su ridícula inmediatez pérfidamente feliz.


¿Es por “comprender” mejor todo eso que ganó Bolsonaro? Es cierto que el candidato del PT fue un solvente profesor de la Universidad de San Pablo y que Bolsonaro supo simbolizarse con el trípode de una cámara convertida en una ametralladora, iconografía poderosa que definía sus pertrechos: mesianismo de las imágenes, evangelismo de las armas, y mitificación de su persona. Todo eso está en su gran logro publicitario, el gigante que emerge del mar para salvar a la Ciudad, ante el asombro de la población demudada. Hay que odiarlo o amarlo. Este exigente salvador parecía brutal, pero daba y reclamaba miedo o esperanza.


¿Qué debían pensar los progresistas frente a ello? ¿Dictaminar rápidamente que estábamos ante un retoño del neofascismo, del nazismo a secas? ¿Autoritarismos militaristas de masas? De resolver bien estas cuestiones depende nuestro futuro político, en tanto política en el interior de los pueblos. Afirmamos que no se puede solo cuestionar al progresismo, sino reconocer que también él es un movimiento de masas que quiere apartarse de los mitos, de los anacronismos culturales y recrear un pueblo con pedagogías ilustradas que convivan con el carnaval, el terreiro y los sincretismos religiosos. Aún limitado, siempre aceptó la cultura brasileña que navegaba a varias aguas, lo carnavalesco, lo espiritista, la nobleza ilustrada, el estado de transe corporal, el éxtasis religioso, las clases de Félix Guattari y la crítica al “hombre cordial”.


Ahora, con Bolsonaro todo ese debate se ha desplomado, porque este personaje funambulesco salido de esos momentos abismales de la sociedad, evangelizó las armas y arruinó todo mesianismo. Entonces los debates más riesgosos quedan paralizados por un letargo trágico, una aceptación de la violencia que los destruye, aunque algunos patanes de la furia la ven como salvadora, y los sorprendidos progresistas extraen una conjetura antifascista a las apuradas. ¿Está bien esta caracterización? No. Hay una mitologización construida como iconografía electoral de telenovela alrededor de Bolsonaro. Este lúgubre personaje tiene la importancia de marcar un fin de época, su mito no es la madeja intrincada de una conciencia contradictoria. Es un martillazo que obnubila el ser social, intimidatorio incluso de los antecedentes que pudieran importarle de las anteriores experiencias del “fascio brasilero”.


Por ejemplo, la del escritor modernista Plinio Salgado, que en los años treinta no fue ajeno al mussolinismo, creando formaciones políticas regimentadas a través del saludo de “anaué”, un concepto indigenista con revestimiento en la simbología fascista. No va por ahí la cosa que anima Bolsonaro, que descarría todo, pone la cultura brasileña ante un juicio final sumarísmo. A todo masacra. Tanto a lo popular, lo demonológico, lo milenarista, lo progresista, lo tecnocrático, lo sociológico, lo antropológico. Tanto a la vida ilustrada clásica como a la popular perteneciente al gran océano de creencias. El evangelismo no artillado, el candomblé, el umbanda, el cristianismo clásico. Ha removido y reutilizado aviesamente la idea de mito, que el progresismo denunció, pero sin interrogarlo adecuadamente.


El mito de Bolsonaro no es aquel que como sombra indescifrada acompaña toda la historia brasileña, esos pensamientos salvajes, festivos y artísticamente paradojales –que la figura de Antonio das Mortes representa muy bien–, y cuyo secreto gozante los gobiernos petistas no habrían sabido descifrar. Aceptemos que no les prestaron suficiente atención, y que siguen siendo lenguajes populares que una pedagogía nacional interpretativa no debe abandonar a priori. Los encuestadores, casandras de los abismos en que cae el movimiento popular, consideran facilongo renegar del ingenuo progresismo percibiendo que nada saben de narcotráfico, de policías, de bandas diversamente ilegales que atraviesan las vidas populares y sus creencias sedimentadas por el bazar ingenioso de todas las teologías universales.


Sin embargo, ¿con qué vacío nos quedaríamos cuando nos cansemos de alertar sobre la superficialidad de nuestros progresistas? El bolsonarismo es la apoteosis de la sociedad entendida como criminalidad latente. Lo actúa un apócrifo superdotado inventado por la publicística de los pastores de almas armados con ametralladoras Uzi. Varitas de acero con las que se descubre ahora un mítico frenesí popular con revólveres “Bullrich-Coltsonaro calibre 32” en las manos. Alerta máxima, entonces, para el progresismo con su idea lineal, permanente y solícita de la historia. Todo esto debe ser revisado, aunque no por eso abandonado. Debe incorporar, y producir una mutación, de todo aquello que corresponda a la reflexión sobre “el mundo oracular”. No para acatarlo y someterse a él, sino para desconstruir a Bolsonaro, que sin saberlo, estaba usando groseramente las piezas magistrales de la mitografía brasileña, para degradar la vida popular.

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La elección intermedia, referendo sobre Trump y la democracia en EU

En juego, 435 curules de la cámara baja; 35 escaños del Senado y 36 gubernaturas; se espera votación récord

Nueva York. Siempre dicen que "son las elecciones más importantes" de la década, del siglo, de toda la historia, pero en este caso, puede que tengan razón: las intermedias del 6 de noviembre son un referendo sobre Donald Trump y sus políticas, pero también sobre si aún funciona la luz de este país que se proclama el "faro de la democracia".

Más aún, definirán la configuración de la contraparte del gobierno entrante en México para los próximos dos años.

En estas elecciones intermedias está en juego el control del poder político en Washington, ahora bajo dominio republicano subordinado a Trump, donde están en juego las 435 curules que conforman la Cámara de Representantes, y 35 del Senado. El mismo día también culminan contiendas para gobernador en 36 de los 50 estados.

Las encuestas y analistas electorales coinciden en que los demócratas son favorecidos para reconquistar la cámara baja y que los republicanos mantendrán la mayoría en el Senado. Pero encuestas y analistas fracasaron monumentalmente en sus pronósticos de la elección presidencial de 2016, algo que tienen que reconocer una y otra vez en esta, su primera oportunidad para tratar de recuperar su confiabilidad.

Por lo tanto, aún es posible que el partido subordinado a Trump triunfe en ambas cámaras, con lo cual los próximos dos años se consolidaría no sólo el poder del presidente, sino que su agenda no enfrentaría ningún obstáculo. Igual, no se puede descartar la posibilidad de una derrota total de Trump y su partido, con los demócratas logrando la mayoría en ambas cámaras.

Casi todos afirman que esta elección es sobre todo el primer referendo sobre la presidencia de Trump. El propio presidente ha promovido eso, con su mensaje de que "voten como si yo estuviera en las boletas", y advirtiendo sobre consecuencias desastrosas para el país si gana esa "turba" demócrata que promoverá propuestas "socialistas" y abrirá las fronteras a los inmigrantes que llegarán no sólo a robarse empleos, sino que amenazarán al país si no por ser criminales, sí por votar.

El eje de la estrategia electoral promovida por Trump incluye la retórica y acciones antimigrantes, y Trump está apostando a que esto logrará mantener el control republicano del Senado por lo menos.

Trump no ha dejado de advertir que se aproxima una "invasión" de caravanas centroamericanas y que eso, combinado con "demócratas radicales", ponen al país en riesgo. Este domingo festejó cómo los soldados que está enviando están colocando un "bello alambre de púas" en la frontera.

Por su parte, Barack Obama, rompiendo con el protocolo de un ex presidente, ha reaparecido en actos de campaña para apoyar a su partido, afirmando que el "carácter mismo de nuestro país" está en juego y deploró que Trump y los suyos utilicen el temor a una caravana de pobres como "una amenaza existencial", como parte de su estrategia electoral.

Tanto los candidatos como un amplio espectro de ex políticos, figuras famosas de diversos sectores, desde las artes hasta los derechos civiles, argumentan que lo que está en juego en esta elección no es sólo el control del Congreso, sino la defensa de los fundamentos de la democracia en este país bajo asalto por Trump y sus aliados.

En gran medida en reacción a Trump, el elenco de contendientes tanto en las elecciones legislativas federales como en las estatales es el más diverso jamás visto: más mujeres candidatas que nunca, pero también más jóvenes, más musulmanes, más indígenas y más candidatos gay que nunca.

Ya se registra lo que se pronostica será un nivel récord de participación en una elección intermedia, algo que suele favorecer a los demócratas. Algunos datos preliminares indican que los jóvenes están votando en cantidades sin precedente en este tipo de comicios.

Pero tal vez lo más alarmante es que después de casi dos años de Trump, la oposición no sea aún más abrumadora.

Trump continúa con un bajo índice de aprobación; 41.9 por ciento en el promedio de las principales encuestas calculadas por FiveThirtyEight de ABC News. El campeón de la mentira y el engaño –según el conteo del Washington Post ha hecho 6 mil 420 declaraciones falsas en unos 650 días– Trump ha multiplicado su promedio de cinco mentiras por día a 30 durante las pasadas semanas, en la culminación el ciclo electoral.

Pero aun con las trampas, trucos, engaños, la apatía y sobre todo el dinero (ésta será la elección intermedia más cara de la historia), millones se movilizan en estos comicios para repudiar tal vez el asalto más brutal contra los derechos y las libertades civiles, las mujeres, las minorías, los migrantes y los medios en tiempos recientes en este país. La elección intermedia no sólo será un referendo sobre Trump; también medirá la fuerza de la resistencia a su régimen.

 

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