Martes, 04 Agosto 2020 06:01

El discreto desencanto de la burguesía

El discreto desencanto de la burguesía

Agosto de 2020. La pandemia de covid-19 continúa azotando al planeta. Su letalidad es baja pero ya infectó a cerca de 15 millones y se cargó a centenares de miles. Un interrogante insólito atormentó –y, hasta cierto punto, continúa haciéndolo– a la mayoría de los gobiernos: “¿la economía o la vida?”. Gran parte de los que optaron por la “economía” luego tuvieron que adaptarse un poco más a los requerimientos de la “vida” y los que optaron –en una forma demasiado concesiva de decirlo– por la “vida” más tarde debieron inclinarse hacia la “economía”. Todos estos cambios, no obstante, resultan de lo más pragmáticos y en muchas oportunidades responden esencialmente a las “relaciones de fuerzas” y no a algún tipo de evaluación científica de “algo”. Dicho más prosaicamente, responden, en buena medida, al temor de los gobiernos a que “se los lleven puestos”.

Lo cierto es que los brotes y rebrotes de un virus –con comportamientos aún desconocidos por las ciencias médicas– paralizaron en una porción significativa a la economía capitalista mundial, poniendo en acto una crisis peor que la de 2008/9 y la más profunda desde la Gran Depresión de la década del ‘30. Una cuestión que ya es manifiesta en términos de caída del PBI global o del empleo –en lo observable hasta el momento, al menos, en países como Estados Unidos o España– y aún está por verse en lo relativo a la contracción del crecimiento del comercio mundial [1]. Como resultado, el planeta está preñado de una incertidumbre profunda, mezcla de catástrofe en apariencia “natural” con hecatombe económica que pone al desnudo la vulnerabilidad del sistema. Un sistema que a pesar del desarrollo de las “redes neuronales”, la robótica y los niveles alcanzados por la manipulación genética –que por momentos lo hacían lucir invencible– queda sometido a opciones que más bien parecen de la Edad Media.

Si miramos un poco más atrás, vemos que este shock dual y entrelazado de pandemia y crisis se acopla al estancamiento relativo, a la debilidad endémica y a la particular falta de fuerzas que la economía capitalista venía arrastrando en el curso de los últimos diez años, es decir, en el período de la recuperación post 2008/9. No resulta una cuestión menor este encadenamiento. Los ritmos de la pandemia determinarán, en parte, los tiempos y la dinámica de una recuperación económica que, naturalmente, emergerá en algún momento. Sin embargo, diversas circunstancias [2] hacen esperar que resulte –al menos en el mediano plazo– aún más débil que la del período post Lehman, sin que la economía consiga retornar a la tendencia pronosticada antes de la crisis. Si en el curso de la década pasada emergieron de manera abierta los límites del neoliberalismo y la globalización –que constituyeron, vale recordarlo, las condiciones de salida de la economía capitalista de la crisis de la década del ‘70–, esos confines se magnifican bajo las condiciones actuales. Una de las definiciones más interesantes del período actual reside en la constatación de que el capitalismo se encuentra falto de una estrategia clara de reemplazo. La debilidad económica lacerante y la ausencia de estrategia, reforzadas ahora por la pandemia y el Gran Confinamiento, vienen dando lugar a dos circunstancias que, consideradas conjuntamente, tienen el aspecto de novedad histórica.

Incertezas

La primera consiste en el hecho de que la clase dominante deja ver, a través de muchos de sus ideólogos, una pérdida de confianza o de certeza respecto de la infinitud, de la eternidad o, si se quiere, de las fuerzas internas del capitalismo. Una cuestión que se pone de manifiesto en al menos tres dimensiones.

Primero, en la tesis del “estancamiento secular”. Sostenida fundamentalmente por el ex Secretario del Tesoro de Bill Clinton, Lawrence Summers, constata esencialmente que a diferencia de lo sucedido en los mejores momentos de las décadas neoliberales, las gigantescas masas de dinero introducidas desde la crisis de 2008/9, no logran que la economía vuelva a la tendencia pronosticada previamente. Es decir, verifica el hecho novedoso y alarmante de que la economía capitalista no encuentra una fuerza que la dinamice siquiera al ritmo de la moderación de las décadas previas. Hace algunos años, Paul Krugman, refiriéndose a esta “falta de motor” e imaginando algún tipo de impulso comparable al de la Segunda Guerra Mundial, ironizaba sobre la necesidad de una “invasión alienígena” en Estados Unidos [3]. Es de esperar que la debilidad endémica de la economía continúe reinando al menos en el mediano plazo del próximo mundo post pandemia.

Segundo, en la famosa tesis del “fin del trabajo”. Un concepto que si bien merece ser discutido desde su propia definición –debido a que conlleva una carga propagandística poderosa y planteada en los estrechos límites del capitalismo resulta falsa– también guarda un elemento de verdad. Jeremy Rifkin, autor de la vieja tesis homóloga –en boga en la década del ‘90 [4]– y miembro permanente del establishment de la Unión Europea, escribió hace unos pocos años un libro titulado The zero marginal cost society (La sociedad del costo marginal cero) [5]. En ese libro –en el que, vale señalar, “el eclipse del capitalismo” aparece mencionado desde la bajada del título– Rifkin alerta que gran parte de la “vieja guardia” en el ámbito comercial no puede imaginar cómo procedería la vida económica en un mundo en el que la mayoría de los bienes y servicios resultaran casi gratuitos, las ganancias caducaran, la propiedad perdiera sentido y el mercado fuera superfluo [6]. El autor se refiere a la que sería la consecuencia lógica del desarrollo libre y acabado de las nuevas tecnologías que, al menos en el terreno digital, muestran la capacidad de reproducir ciertos servicios –música, películas, libros, etc.– sin necesidad de incorporar trabajo y casi sin gasto de capital, lo que en términos neoclásicos, se define como “costo marginal cero”. Aunque no vamos a desarrollar este complejo tema aquí resultan necesarias dos acotaciones. La primera consiste en que no puede pensarse el desarrollo libre de las tecnologías bajo condiciones capitalistas. La propiedad privada de los medios de producción moldea y hasta cierto punto coarta el desarrollo tecnológico, adaptándolo –hasta donde le es posible– a sus necesidades. Las patentes, las “subvenciones cruzadas” [7], entre otros mecanismos, son parte de las múltiples formas a través de las cuales el capital consigue convertir en valor aquello que no lo era o ponerle precio a aquello que no lo tiene. La segunda consiste en constatar la parte de verdad relativa contenida en el razonamiento de Rifkin. Porque si las tecnologías no estuvieran sujetas a los condicionamientos del capital, efectivamente su desarrollo libre exigiría cada vez menos esfuerzo de trabajo humano, supondría una mayor abundancia de bienes y servicios, el avance hacia la gratuidad, la pérdida de sentido de la propiedad privada y del mercado y, junto con ellos, de las ganancias. Advertimos que, aunque en absoluto se trate de un fenómeno enteramente nuevo –“abundancia” y “escasez” constituyen términos relativos y determinados socialmente–, lo cierto es que se vuelve mucho más agudo y contradictorio para el propio capital desde el momento en el que es posible la reproducción gratuita de determinados servicios digitales. La idea general del “fin del trabajo” en tanto tendencia y como sustrato de la eliminación progresiva del valor, los precios y la propiedad privada de los medios de producción es, a decir verdad, original de Marx y está expresada desde hace muchas décadas en los Grundrisse [8]. Los ideólogos del capital la reviven de una manera doble: por un lado, como propaganda y amenaza con pretensiones disciplinadoras de aquello que podría suceder bajo condiciones de producción capitalistas y por el otro, como percepción de la fuerza de una tendencia histórica. Vale destacar que, incluso en su acepción propagandística, la idea del fin del trabajo presupone de algún modo la segunda arista dejando traslucir la impresión de un sistema que se imagina impotente para garantizar por sus propios mecanismos internos la subsistencia de las mayorías. Una cuestión que se aprecia con bastante claridad en la difusión de la idea de la Renta Básica Universal (RBU). Propuesta sujeta a múltiples interpretaciones y cada vez más “conversada” en el contexto pandémico. Es bueno resaltar, no obstante, que las tribulaciones más actuales sobre la RBU se derivan de las consecuencias de la crisis económica y no precisamente de las del “desempleo tecnológico”.

Tercero, en la constatación del crecimiento aberrante de la desigualdad social que –con mucho atraso– conmovió al mundo académico y al establishment. Corroboración teorizada y popularizada en los últimos años por Thomas Piketty [9], economista francés que sigue los postulados del Mainstream –aunque en la actualidad viene mostrando un relativo giro a la izquierda [10]. La tesis de Piketty consiste esencialmente en demostrar que el incremento de la desigualdad patrimonial y del ingreso –característica de las décadas neoliberales– se deriva de la combinación de una alta tasa de rendimiento del capital y una baja tasa de inversión que da origen al crecimiento rezagado de una economía ascendentemente “rentística”. En sus términos, esta realidad conjunta representa la “norma” del capitalismo que resultó limitada solo excepcionalmente tras grandes shocks como las dos guerras mundiales del siglo XX, la revolución rusa de 1917 y la crisis de los años ‘30. El retorno de la “norma”, determina que la desigualdad tienda a recuperar en el presente siglo los niveles paradigmáticos de fines del siglo XIX. El problema para Piketty es que, como resabio de la excepcionalidad de posguerra, aún persiste una “clase media patrimonial” amenazada de empobrecimiento que suscitará fuertes reacciones políticas.

La tesis de Robert Gordon, economista de Harvard e integrante a través de las décadas de distintos órganos de consejo estatal, guarda puntos de contacto con la de Piketty aunque su objeto de estudio radica en la historia de las tecnologías, la productividad y el crecimiento de la economía norteamericana. Desde una visión de la economía en la que la especificidad histórica del capital y el capitalismo desaparecen casi por completo, Gordon remite a una mayoría de la existencia humana caracterizada por una “normalidad” de bajo crecimiento. Statu quo sacudido solo por el “siglo revolucionario” que se extiende entre la Guerra Civil norteamericana y la década de 1970 aunque, muy particularmente, por la Segunda Guerra Mundial y la posguerra. A partir de los años ‘70 la economía pierde fuerza y –con la excepción del período 94/2004– tiende a restablecerse la “normalidad” de bajo crecimiento que se intensifica en el período post Lehman. Para el próximo cuarto de siglo, Gordon –opositor acérrimo a la tesis de una “Cuarta Revolución Industrial”– vaticina un crecimiento de la productividad y del producto claramente por debajo del promedio de los años 1970-2014. Una situación que incluso podría empeorar debido a lo que denomina “vientos en contra” conformados por la desigualdad creciente, el rezagado incremento del nivel educativo, el bajo crecimiento poblacional y la jubilación de la generación de baby boomers y, finalmente, la trayectoria ascendente e insostenible de la relación deuda/PBI [11].

En términos más generales, la constatación de la debilidad del crecimiento económico y de la inversión “real” junto con el incremento de todo tipo de deudas –personales, públicas, corporativas–, la “amenaza” tecnológica y el aumento acelerado de la desigualdad, trasciende distintas vertientes ideológicas [12] y emerge como una suerte de “nueva normalidad”. Una de sus consecuencias más inquietantes reside en la destrucción de las “clases medias” –eufemismo que normalmente se emplea para hacer referencia a amplios sectores de las clases trabajadoras [13]– o de su símbolo más acabado, el “sueño americano”, como base necesaria de sustentación de las “democracias capitalistas”. Un tema ya recurrente que, al calor de la pandemia, emerge como más urgente y preocupante en el pensamiento de diversos autores como, por ejemplo, en el del principal comentarista económico de Financial TimesMartin Wolf.

Falsas promesas (o el fin del “progreso”)

La segunda circunstancia surge del modo en el que estas vulnerabilidades del capital se traducen en la sensibilidad de millones de trabajadores y sectores populares de los países centrales y no centrales.

Lo cierto es que la debilidad económica post crisis 2008/9 aniquiló el sustituto débil de “progreso” ofrecido por el neoliberalismo a cambio de la “globalización” y la destrucción de las conquistas del llamado “Estado de Bienestar”. De alguna manera y en particular en el curso de las décadas del ‘90 y ‘2000, la proliferación del crédito al consumo –incluidas las hipotecas subprime–, la mitigación de la desigualdad entre países –habilitada por el ascenso de los llamados BRICS–, la reducción relativa de la pobreza –entendida en los términos del Banco Mundial [14]–, el “sueño chino”, el indio y hasta cierto punto el brasileño, entre otros, actuaron como factores compensatorios frente al incremento –global y al interior de la mayoría de los países– de la desigualdad. Este “intercambio satánico” es lo que, en el curso de la última década, se fue diluyendo primero en el “centro” y más tarde en la “periferia”.

Llama un tanto la atención el hecho de que, luego de tantas décadas neoliberales signadas por el incremento de la desigualdad –que originó múltiples estudios sobre el tema->https://www.jornada.com.mx/2014/09/03/opinion/034a1eco]–, recién hace pocos años el asunto alcanzara el centro de las preocupaciones de buena parte del mainstream, incluido el Fondo Monetario Internacional. Pero no es tan extraño. Lo que movilizó esta mutación es la circunstancia de que, desde el punto de vista de los “deciles menos favorecidos”, resulta más tolerable la desigualdad que la idea de la imposibilidad de “progreso” o peor aún, la del propio retroceso. Como señala Wolf, en determinadas sociedades la desigualdad como tal puede no resultar tan social o políticamente desestabilizadora. Pero la sensación de deterioro de las perspectivas para uno mismo y para los hijos, ciertamente importa como también lo hace una fuerte sensación de “injusticia”. También apuntaba, hace unos años y en base a un informe del Instituto Global McKinsey el hecho de que, mientras el aumento de la prosperidad reconcilia a las personas con las disrupciones económicas y sociales, su ausencia fomenta la ira. Recordemos que la llamada “Primavera árabe” comenzó en 2009 con la inmolación de un vendedor ambulante con título universitario en una ciudad tunecina. La falta de perspectiva se encuentra en la base de los fenómenos políticos e ideológicos que, a derecha y a izquierda, conmueven desde hace varios años a las élites o a las estructuras tradicionales en una muy vasta cantidad de países. Incluso, poco antes de la pandemia asistimos a fenómenos abiertos de lucha de clases que recorrieron gran parte del planeta.

La comunión entre pandemia y Gran Confinamiento, magnifica de una manera bastante literal esta sensación de ausencia de perspectivas. Aunque –hasta cierto punto– también actúa como factor disciplinador sumado a la contención de las políticas billonarias implementadas por los Estados. No obstante, aquello que Wolf denomina “una fuerte sensación de injusticia” desató, tras el asesinato de George Floyd, un movimiento profundo e integrador de múltiples decepciones y opresiones de negros y blancos en el corazón del imperio.

Por su parte, la letánica y lacerante distopía del “fin del trabajo” –una especie de estocada final a la idea de “progreso”– adquiere una muy particular triple manifestación en el contexto de la crisis pandémica. Por un lado, la pérdida directa de millones de puestos de trabajo no aparece asociada al “desempleo tecnológico” sino al Gran Confinamiento como imagen de la fusión entre la enfermedad y la crisis económica. Por el otro, las “cuarentenas”, en tanto elemento central de paralización económica, actúan como prueba definitiva y “auto percepción” global de que –al menos por el momento– los trabajadores y no los robots fungen como la fuerza fundamental que mueve la economía. Finalmente y muy significativo, las “empresas tecnológicas” –entre ellas PayPal, Alphabet, Facebook, Tencent, Tesla, Apple, Microsoft, Amazon– son las que más incrementaron su capitalización bursátil bajo condiciones de pandemia. También el boom alcanzó a otras menores como Rappi, Globo o Pedidos Ya, de entrega de comida a domicilio. Pero, lejos de expulsar trabajo, estas empresas emergen como núcleos del llamado “trabajo esencial” y se consolidan como áreas de vanguardia de la precarización laboral. Incluso aquellos “unicornios” [15] que despidieron trabajadores, no lo hicieron en función del reemplazo tecnológico sino de su reestructuración debida a la propia crisis.

De conjunto, la pandemia y la crisis económica agudizaron el sentimiento de decepción y falta de expectativas en un sistema que, se percibe, no tiene demasiado para ofrecer. El politólogo estadounidense, Ian Bremmer, alertaba sobre este sentir hace no mucho tiempo en su libro Us vs. Them: The Failure of Globalism [16], donde incorpora el concepto de “globalismo” como intento de las élites de transmitir la idea de que la “globalización” acarrea una mejora para todos los sectores sociales. Esa es, efectivamente, la “creencia” que desapareció del imaginario y se aleja aún más con los efectos económicos de la pandemia. Cuestión que, ciertamente, genera bastante pavor en el establishment. solo por ponerle una metáfora a los nuevos vientos de época vale la pena observar que Fukuyama, por ejemplo, vuelve a evocar -a su modo- la idea de lucha de clases.

¿Vuelta al “Estado de Bienestar”?

Ya no guarda novedad alguna el hecho de que la intervención estatal sobre la economía –fundamentalmente en los casos estadounidense, de los países de la Unión Europea y Japón, en términos de magnitud– superó ampliamente los estímulos monetarios y fiscales implementados en la crisis 2008/9. La Unión Europea, incluso, acaba de aprobar un “plan anticrisis” de 750 mil millones de euros financiados con deuda común y dirigidos, bajo la modalidad de préstamos y subsidios, a los países más afectados del bloque.

La conjunción del impulso económico catastrófico de la pandemia, la crisis del esquema neoliberal –visualizado, ante todo, como incapacidad de contención sanitaria– y la situación social y política descrita más arriba, no puede, por supuesto, desvincularse de esta macro intervención. Tampoco puede pensarse abstrayéndose de las diferencias inmediatas entre los países centrales –que con tasas de interés cero o negativas poseen mayor capacidad de endeudamiento– y los países dependientes o semicoloniales de los que se fugaron en los últimos meses más de 100.000 millones de dólares. La reflexión más interesante radica, sin embargo, en los pronósticos pospandemia. Diversos sectores concluyen que, a partir de esta intervención estatal, podría abrirse paso una suerte de “estatismo reformista”. Pero el problema es que esta perspectiva no puede imaginarse por fuera ni de la debilidad que la economía capitalista arrastra hace más de 10 años encadenada sin solución de continuidad con la convulsión actual, ni de la crisis del neoliberalismo y los límites de la globalización, ni de la decadencia e incógnita sobre la “estrategia de reemplazo”, temas a los que hicimos referencia más arriba. Nos proponemos aquí solo dejar planteadas algunas líneas para la reflexión.

En primer término, consideramos que las formas particulares que adopta la actual intervención estatal no se derivan esencialmente de una “opción política” sino de las necesidades de la estructura misma del capital en el período presente. Tomemos, por ejemplo, el caso paradigmático de Estados Unidos. El economista marxista Robert Brenner señala que de los alrededor de 6 billones de dólares de estímulo fiscal implementados –según sus cálculos– en los últimos meses por el estado norteamericano, el 75 % –equivalente a aproximadamente 4,5 billones– resultó derivado al “cuidado” de las más grandes y mejores compañías mientras sólo un monto cercano a 600.000 millones tuvo como destino pagos directos en efectivo a individuos y familias, seguro de desempleo adicional y préstamos estudiantiles. A su vez, la mayor parte de aquel 75 % con destino a las grandes empresas carece de restricciones para ser utilizado en recompra de acciones, bonificaciones a los CEO, etc. [17]. Por un lado, aunque evidentemente la desproporción es notable, vale observar que incluso aquellos 600.000 millones de dólares no son poca cosa y su activación se encuentra indisolublemente asociada a las necesidades de contención del “estado de ánimo” del que hablamos en el apartado anterior. Pero por otro lado, lo que más interesa resaltar aquí es que la ausencia de restricciones para el destino de la mayor parte de aquel 75 % –que habilita, por ejemplo, la recompra de acciones como explícita contracara de la debilidad de la inversión– responde estrictamente a una modalidad de “acumulación” del capital exacerbada en el curso de la última década. La acción del Estado tiene por objeto garantizar ese patrón, del mismo modo que lo hace la compra ilimitada de deuda corporativa garantizada por la Reserva Federal desvinculando –transitoriamente– las capitalizaciones bursátiles de las tendencias de la “economía real”. Se trata de “formas” cuyo desenfreno –tanto como la necesidad estatal de sostenerlas– no se deriva, en lo esencial, de “decisiones de política” sino del agotamiento de las nuevas fuentes para la acumulación del capital conquistadas bajo el auge de las décadas neoliberales. Las crecientes tensiones chino-estadounidenses expresan, justamente, una faceta fundamental de ese agotamiento.

Si en segundo término, y en estrecha relación con el punto anterior, reflexionamos sobre el lugar del New Deal en los años ‘30, resulta obligado observar su posibilidad como estrechamente asociada a la circunstancia de que Estados Unidos, a pesar de la gran crisis, era ya la nación económicamente más pujante del planeta. Por solo acercar un ejemplo, en 1929 producía el 80 % de los vehículos automotores del mundo [18]. La ley Glass Steagall –que desvinculó a la banca de inversión de la banca comercial– resulta emblemática en tanto no puede disociarse de las posibilidades de acumulación “productiva” del capital de una nación que se abría espacio como el poder industrial del mundo. Muy lejos se ubican las características de poder financiero que, en su decadencia, distinguen al Estados Unidos de hoy. Es en el contexto de estas condiciones económicas específicas en el que debe interpretarse la laxa e incluso ambigua ley Dodd-Frank –aprobada en 2010 e impulsada por Elizabeth Warren, del ala izquierda del Partido Demócrata– como la restricción financiera más audaz a la que dio lugar el desastre desencadenado por la caída de Lehman. Las relaciones inquebrantables entre la banca comercial y de inversión, responden a las características de un capitalismo en extremo financiarizado.

En tercer término y profundizando el contraste con el New Deal, su implementación tampoco puede escindirse de las tensiones sociales insoportables generadas por la Gran Depresión combinadas con la presión ejercida por la presencia de la Revolución rusa. Circunstancias que convirtieron a la década del ‘30 en la de mayor agitación obrera de Estados Unidos. Por supuesto y sí, como es esperable, una mayor lucha de clases tiene lugar en el período pospandemia, no puede descartarse que –en tanto se transforme en una amenaza para las bases del capital– la distribución entre aquel “75 y 25 %” se modifique parcialmente ni que, incluso, se imponga algún tipo de limitación algo más firme a las operaciones financieras de las grandes corporaciones y la banca. Pero incluso, eventuales medidas tibiamente reformistas para contener procesos de lucha de clases muy probablemente resulten contestadas con mayor violencia por los sectores dominantes de un capital que adolece de nuevas fuentes rentables para su acumulación ampliada. En este contexto, también las nuevas tecnologías serán utilizadas –muy probablemente y como siempre lo fueron– como arma contra la resistencia y para incrementar la explotación y flexibilización del trabajo, lejos de eliminarlo. Vale recordar que, aún en las mencionadas condiciones excepcionales de la década del ‘30, el New Deal resultó impotente para que la economía estadounidense retornara a la tendencia pre-crisis. Incluso, en 1937 el parlamento y el establishment económico vetaron su continuidad y se produjo una nueva caída abrupta. Recién el “milagro económico” [19] de la Segunda Guerra Mundial rescató –como lo señala Gordon– a la economía norteamericana del “estancamiento secular” de los tardíos años ‘30 [20].

Más allá de las medidas inmediatas –que variarán también según los ritmos de la pandemia, la crisis y las diversas tensiones que se jueguen en los escenarios electorales– es de esperar que bajo las condiciones de su realidad actual el capital refuerce la agresividad. De hecho, ya lo estamos presenciando a través de las nuevas modalidades de flexibilización laboral implementadas bajo la excusa de la pandemia. Del mismo modo, ni bien sea posible, volverán a emerger nuevos intentos de reformas previsionales con la excusa de los enormes déficits fiscales acumulados. A su vez, los límites del neoliberalismo que se expresan –en gran medida– en contradicciones crecientes entre los Estados, es muy probable que conduzcan a diversas expresiones de mayor belicismo aunque no podamos definir sus expresiones concretas. Es de esperar que la ausencia de una “estrategia de reemplazo” y la gran dependencia económica que aún guarda la relación chino-norteamericana se traduzca, entre otras cosas, en una ofensiva más violenta estadounidense no solo para doblegar a China como competidor sino también para incrementar la libertad de acción de sus capitales en el país. Los métodos a utilizar como así también los resultados, están abiertos. Pero sean cuales fueren los escenarios, caben pocas dudas de que no es un panorama de “estatismo reformista” el que se abre para el período próximo. Asumir estas circunstancias constituye un elemento fundamental de la preparación y la estrategia necesarias para actuar en próximos acontecimientos si se desean evitar nuevas catástrofes para los trabajadores y los sectores populares, es decir, para la enorme mayoría de la humanidad.

Por Paula Bach | 04/08/2020 

 

NOTAS
[1] La Organización Mundial del Comercio pronostica una contracción para 2020 de entre el 13 y el 32 %. La brecha resulta aún demasiado amplia para proponer comparaciones históricas de utilidad.

[2] Por un lado, si las mismas políticas estatales que luego de 2008/9 buscaron contener la crisis, limitaron la destrucción de capitales y con ello, paradójicamente, acotaron la fuerza de la recuperación, es de esperar que este efecto se repita en la actualidad debido a políticas de contención estatal significativamente mayores, ver Juncal Santiago, “Pandemia y crisis: ¿adónde va la economía global?”, entrevista en La Izquierda Diario, 1/7/2020. Por otro lado, es de esperar que la reducción cualitativa de los ingresos que están sufriendo amplias franjas de trabajadores y sectores populares, sumadas a los temores instalados por la pandemia, limiten una recuperación del consumo. También, los tiempos desiguales de la pandemia en los distintos países retrasan, naturalmente, el retorno a la “normalidad” de las relaciones económicas internacionales. Además y como factor esencial, las condiciones de cooperación interestatal que en el post 2008/9 resultaron claves, se encuentran en la actualidad significativamente más dañadas y enfrentan contradicciones estructurales profundas, ver, Bach, “Paula, Crisis económica mundial: ¿escaparán los “espíritus subterráneos”?”, Ideas de Izquierda, 15-3-2020.

[3] Véase, Krugman, Paul, Acabad ya con esta crisis!, Madrid, Crítica, 2012.

[4] Rifkin, Jeremy, El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era, Madrid, Paidós, 2014.

[5] Rifkin, Jeremy, The zero marginal cost society. The internet of things, the collaborative commons, and the eclipse of capitalism, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2014.

[6] Rifkin, Jeremy, op. cit.

[7] Véase, Srnicek, Nick, Capitalismo de plataformas, Buenos Aires, Caja Negra, 2018.

[8] Véase, Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI editores, 1982. Antonio Negri revalorizó los Grundrisse y desarrolló en los años ‘90, una interpretación propia de esta tendencia formulada por Marx. Para una exposición sintética del planteo de Negri y una crítica, véase, Bach, Paula, “Valor, forma y contenido de la riqueza en Marx y en Antonio Negri: Una diferencia sutil pero esencial”, Estrategia Internacional 17, otoño de 2001.

[9] Véase, Piketty, Thomas, El capital en el siglo XXI, México, Fondo de Cultura Económica, 2014. Véase también, Esquenazi, Matías y Hernández, Mario (compiladores), El debate Piketty. Sobre El capital en el siglo XXI, Provincia de Buenos Aires, Metrópolis, 2014.

[10] Véase, Piketty, Thomas, Capital e ideología, Buenos Aires, 2019. Para una crítica, véase entre otras, Mercatante, Esteban, “Algo huele a podrido en el capitalismo: comentarios sobre lo nuevo de Thomas Piketty”, Ideas de Izquierda, 27/10/19.

[11] Véase, Gordon Robert, The rise and fall of American growth.The U.S. standard of living since the Civil War, Princeton, Princeton University Press, 2016.

[12] Véase, por ejemplo, Streeck Wolfgang, ¿Cómo terminará el capitalismo? Ensayos sobre un sistema en decadencia, Madrid, Traficantes de sueños, 2017, o Harvey, David, Marx, El capital y la locura de la razón económica, Buenos Aires, Akal, 2019.

[13] El Banco Mundial define a la “clase media” como hogares que tienen una baja probabilidad de caer en la pobreza pero no son ricos y cuyos ingresos oscilan entre 13 y 70 dólares diarios (PPA de 2011). Lac equity lab: pobreza, Banco Mundial, disponible online.

[14] El Banco Mundial coloca en la categoría de “pobres extremos” a aquellas personas que viven con menos de 1,9 dólares al día. Según un informe de la institución, en los 25 años transcurridos entre 1990 y 2015, la tasa de pobreza extrema –que significa, agregamos, dejar de ser muy pobre para pasar a ser solamente pobre– se redujo globalmente, en promedio, un punto porcentual por año –de casi el 36 % al 10 %– lo que significa que alrededor de 1.000 millones de personas salieron de ese estado. Sin embargo, la pobreza extrema solo disminuyó un punto porcentual entre 2013 y 2015. Banco Mundial, comunicado de prensa, septiembre 2018, disponible online. Ver, también, la crítica metodológica del jurista australiano Philip Alston, relator especial sobre extrema pobreza y derechos humanos de las Naciones Unidas, a las investigaciones del Banco Mundial. Alston, Philip, “El lamentable estado de la erradicación de la pobreza”, Concejo de Derechos Humanos de la ONU, julio 2020, disponible online.

[15] Los llamados “unicornios” son empresas emergentes, innovadoras en tecnologías, valuadas en 1.000 millones de dólares o más.

[16] Bremmer, Ian, Us vs. Them: The Failure of Globalism, Nueva York, Penguin, 2018.

[17] Brenner, Robert, “Escalating Plunder”, New Left Review 123, mayo-junio 2020, disponible online.

[18] Gordon, Robert, op. cit.

[19] “Milagro” que, como es sabido, implicó más de 60 millones de muertos, la destrucción de gran parte de Europa, Hiroshima y Nagasaki, entre otros muchos hechos prodigiosos.

[20] Ídem.

Fuente: https://www.izquierdadiario.es/El-discreto-desencanto-de-la-burguesia

Publicado enSociedad
Lunes, 03 Agosto 2020 06:29

Oro

Oro

El carácter tan particular de la crisis económica derivada de la pandemia de coronavirus exhibe que “cuando la economía se queda sin consumidores se pone de manifiesto que nada se sostiene sin la gente”. La aseveración (de David Trueba, El País, 28/7/20) parece obvia y, sin embargo, enunciarla así de modo directo le confiere una contundencia argumentativa que no debe perderse de vista.

Ahora, no se trata de una caída del gasto total por las razones usuales asociadas con el comportamiento cíclico de la acumulación del capital; las distorsiones que suelen provocar los déficits públicos; los efectos de la inflación que puede desbocarse, o bien los recurrentes excesos financieros que generan crisis.

Lo que ocurre hoy es el desplome de plano del consumo por efecto del confinamiento para enfrentar la pandemia. ¡No hay quién gaste! Las ventas y la producción en sectores enteros de la economía se han derrumbado de tajo. Eso tuvo que compensarse con gasto público, con recursos asignados directamente a las personas y empresas que perdieron sus fuentes de ingreso.

La pandemia y la gestión de los gobiernos ha provocado que ese gasto, enorme en muchos casos: más de 2 billones ( trillions) de dólares en Estados Unidos hayan sido insuficientes y ahora se debata un nuevo presupuesto de ayudas. Lo mismo ocurre en la Unión Europea.

Por eso hay premura por reabrir la actividad económica y retomar el proceso de ingreso-gasto, pero la cosa no sale bien, pues se provocan rebrotes de contagio y se tiene que dar marcha atrás. Ese dilema está ocurriendo ahora por todas partes, en unas mucho más que en otras, como sucede en México, donde el reconocimiento oficial explícito de la magnitud de la crisis económica está ausente.

Esta situación debería provocar un vuelco en el pensamiento acerca del proceso económico y las políticas públicas, o sea, cómo generar ingresos para la población, ganancias para las empresas, crédito para consumir y producir e impuestos para que recaude el gobierno. El arreglo no se va a dar de modo automático y, de cualquier modo, va a tardar mucho tiempo.

Mientras tanto, la caída del nivel de la actividad económica ha sido brutal en el segundo trimestre del año en todas partes. Muchas actividades económicas cambiarán de modo significativo su estructura y muchos participantes desaparecerán.

Una de las expresiones de la crisis que provoca profundas distorsiones ocurre en las actividades financieras. Desde hace largo tiempo se extiende como reguero una creciente especulación y, a la par, la mayor concentración de la propiedad y la riqueza.

La pandemia refuerza su efecto adverso en el mercado, que se hace cada vez más monopólico y también modifica buena parte de las formas de consumo, de comunicación e interacción social. Esto se advierte, por ejemplo, en el caso de las grandes empresas, en el campo de la tecnología (Amazon, Google, Facebook, Apple) y otras en las que se ha inflado su valor hasta el exceso.

La actividad financiera se distancia de la inversión que crea empleos e ingresos; se aleja de la producción y de la generación de riqueza asociada con mecanismos socialmente eficaces de tipo distributivo.

Los gobiernos en Estados Unidos y Europa están creando dinero a borbotones para incitar la recuperación económica. El precio del crédito es prácticamente cero, cuando no negativo. El dinero no tiene valor ni poder intrínseco, sólo vale lo que representa: capacidad de compra.

Cada dólar, euro o peso mexicano debería apuntar a que sea usado, en algún lado, para producir una unidad de riqueza mediante la producción. El crédito creado por los bancos debería significar que en algún lugar y de alguna manera un dólar, euro o peso mexicano está en proceso de crear producción; para repetir, riqueza.

Pero las finanzas están perdidas en su propio mundo, distanciadas del proceso de generación de riqueza productiva, del proceso que crea recursos que pueden ser distribuidos. En este sentido es una forma de desperdicio social.

La especulación es la reina y cuando ésta misma se convierte en fuente insuficiente de recursos o en un mecanismo con riesgos que se consideran excesivos resurge el atesoramiento. El dinero se puede usar para consumir o ahorrar. El ahorro se entiende como la parte no gastada del ingreso, pero queda disponible para que otros lo gasten o inviertan productivamente.

Cuando el riesgo percibido de las transacciones dinerarias crece en demasía se recurre al atesoramiento, sacarlo del circuito productivo. Una forma primordial es tener oro; una indicación de la esencia atávica del valor del metal y lo primitivo de la esencia humana.

Se admite que puede fluctuar mucho su valor, no es fácil deshacerse de él; preferiblemente debería tenerse de modo físico y no mediante un título que ampare la propiedad y esté guardado en alguna bóveda suiza al cuidado de alguien cuya reputación es finalmente desconocida. Eso está ocurriendo ahora de nuevo con el oro, signo de la desconfianza radical en las condiciones económicas y políticas en el mundo.

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Lunes, 03 Agosto 2020 06:09

El monstruo ya está aquí

El monstruo ya está aquí

Entrevista a Mike Davis

 

El reconocido historiador Mike Davis acaba de publicar El Monstruo ya está aquí, un libro sobre la pandemia, los sistemas sanitarios y las desigualdades provocadas por el capitalismo. El trabajo retoma los pronósticos realizados por el mismo autor en su libro El monstruo llama a nuestra puerta, publicado hace poco más de una década. En esta entrevista, Davis afirma que viviremos una época de pandemias múltiples y plantea que el sistema actual difícilmente pueda atajarlas de modo correcto.

Se ha hablado mucho sobre el origen de los coronavirus. ¿Cómo se relaciona con la agricultura industrial y el papel de las multinacionales? ¿Son estas las nuevas plagas del capitalismo?

Sabemos que el virus pandémico, el SARS-CoV-2, se originó en los murciélagos, al igual que los SARS iniciales de 1992-1993. Una cuarta parte de todos los mamíferos son murciélagos –unas 1.500 especies– y albergan una increíble variedad de virus, incluyendo cientos de coronavirus, que tienen el potencial de dar el salto a los seres humanos, ya sea directamente o a través de un animal salvaje que actúa como intermediario. La cadena de transmisión del virus actual no se conoce y, de hecho, puede que nunca se conozca, pero la constante expansión de cultivos y granjas en zonas silvestres de China es probablemente un factor clave, junto con la tradición cultural de consumir murciélagos y animales exóticos.

En el caso de nuevas gripes –que siguen representando un riesgo inminente–, el crecimiento exponencial de la producción industrial de cerdos y pollos en el suroeste de Asia y en otros lugares ha amplificado enormemente esta amenaza pandémica. Los cerdos, que pueden ser huéspedes de una doble infección de cepas de gripe aviar y humana, son reactores biológicos claves, ya que los segmentos del genoma de dos virus pueden a veces recombinarse para crear híbridos monstruosos. Las industrias avícolas, por su parte, actúan como aceleradores virales para la propagación de estas nuevas cepas.

A escala mundial, la deforestación es el mazazo que rompe los muros entre la naturaleza salvaje y sus enormes reservas de virus, por un lado, y las ciudades humanas superpobladas por el otro. Un ejemplo citado en mi libro es el caso de la región costera del África occidental, la zona de más rápida urbanización del planeta. Tradicionalmente, las aldeas y ciudades dependían del pescado como la principal fuente de proteínas. Pero a partir de la década de 1980 las flotillas industriales de Europa y Japón extrajeron aproximadamente la mitad del pescado del Golfo de Guinea. Los pescadores locales perdieron sus medios de vida y los precios del pescado se dispararon en los mercados urbanos.

Simultáneamente, las multinacionales madereras estaban abriéndose paso con motosierras a través de los bosques tropicales del Congo, Gabón y Camerún. Con el objeto de mantener bajos los costos de la mano de obra, contrataron a cazadores para matar animales salvajes, incluyendo primates, para alimentar a las cuadrillas. Esta «carne silvestre» pronto encontró una enorme demanda en las ciudades ávidas de proteínas, especialmente entre las poblaciones de los barrios pobres que vivían en condiciones sanitarias terribles. Esta cadena causal –la expoliación de los recursos pesqueros sostenibles, la tala de bosques que rompió las barreras naturales entre las poblaciones humanas y los virus salvajes, el aumento de la caza de animales silvestres a gran escala para abastecer de carne los mercados urbanos y el crecimiento exponencial de los barrios pobres– fue la fórmula maestra para la aparición tanto del virus de inmunodeficiencia humanaVIH como del ébola.

Hace quince años escribió El monstruo llama a nuestra puerta: la amenaza global de la gripe aviar. Desde aquel momento, numerosos estudios advirtieron de la posibilidad de una pandemia. ¿Por qué hemos llegado a este punto casi sin ninguna prevención y sin el desarrollo de la investigación científica adecuada para combatir este tipo de virus?

En realidad, en los últimos 25 años ha habido una enorme cantidad de investigaciones y modos de preparación para una pandemia. En cierto sentido todo fue vaticinado, pero algunos países se negaron a prestar atención a las advertencias o, como Estados Unidos bajo Donald Trump, desmantelaron deliberadamente estructuras cruciales para la alerta temprana y el control. Además, Reino Unido, Estados Unidos y algunos países europeos habían recortado drásticamente el gasto en salud pública, ya sea por razones ideológicas o por las medidas de austeridad posteriores a 2008. En Estados Unidos, por ejemplo, nos enfrentamos al brote a finales de enero con 60.000 trabajadores sanitarios menos que los que habían estado en las nóminas de los gobiernos locales y del Estado en 2007.

Mientras tanto, la gran industria farmacéutica ha continuado obstaculizando el desarrollo de antivirales que se necesitan con urgencia, antibióticos de nueva generación y vacunas genéricas. El otoño pasado, el propio Consejo de Asesores Económicos de Trump le advirtió que no se podía contar con las grandes empresas farmacéuticas en una crisis pandémica, ya que en general habían abandonado el desarrollo de medicamentos para enfermedades infecciosas, a menos que el gobierno federal interviniera con miles de millones de dólares de subsidios.

Por otra parte, las empresas de biotecnología más pequeñas que estaban siendo precursoras de nuevos medicamentos y vacunas se vieron privadas del capital necesario para llevar sus descubrimientos a las etapas finales de prueba y producción. Después de la aparición del SARS en 2003, por ejemplo, un consorcio de laboratorios de Texas había desarrollado una posible vacuna contra el coronavirus que nadie estuvo dispuesto a financiar. Si se hubiera desarrollado, dada la coincidencia de 80% entre los genomas del SARS-1 y el SARS-2, podría haber sido una base excelente para la producción acelerada de una vacuna contra el covid-19.

Lo más importante es que la mayoría de los países de Asia oriental, tanto los autocráticos como los democráticos, han logrado contener la pandemia hasta ahora gracias a planes de respuesta bien preparados (un legado de las anteriores crisis del SARS y de la gripe aviar), una amplia aceptación del liderazgo científico, la inmediata aceleración de la producción de mascarillas y respiradores y, un factor clave que en su mayor parte ha sido ignorado, la capacidad de movilizar a grandes ejércitos de trabajadores y voluntarios para responder a nivel de base. A pesar de su condición de nación en vías de desarrollo y de la escasez de médicos, el éxito de Vietnam ha sido notable y probablemente sea el resultado de la combinación de laboratorios de categoría mundial (los Institutos Pasteur en Hanoi y Ciudad Ho Chi Minh) con una red nacional de trabajadores sanitarios públicos a escala de aldea y de barrio.

El talón de Aquiles de la planificación previa en muchos países ricos ha sido apoyarse exclusivamente en los profesionales de la salud, cuando una educación pública universal acerca de las amenazas de enfermedades y la organización de una reserva de voluntarios capacitados son casi igualmente importantes para combatir las tormentas virales. Como la tragedia nos está obligando a comprender, no vivimos en una pandemia sino en una era de pandemias.

El discurso de los gobiernos es que de esta pandemia «salimos todos juntos», pero la realidad es que el virus sí entiende de racismo y capitalismo. ¿Cómo afecta esta crisis a los trabajadores precarios, latinos y afroamericanos?

Los distintos países, por supuesto, difieren ampliamente en cuanto al acceso a una atención médica asequible, los indicadores de la desigualdad de ingresos y los legados estructurales de la discriminación racial y étnica. Entre las naciones de altos ingresos, Estados Unidos es la que tiene la peor puntuación en las tres categorías. Pero incluso en países con atención médica universal y niveles de desigualdad mucho más bajos hay poblaciones vulnerables que han quedado desprotegidas y a menudo invisibles en la crisis actual.

Las residencias de ancianos se han convertido en morgues a ambos lados del Atlántico, y son el origen de 40% a 50% de las muertes de covid-19 en muchos países. En Estados Unidos, donde el número de víctimas de este tipo supera ya las 50.000, se estima que la mitad son afroestadounidenses. Aquí es donde las vidas de los negros parecen importar menos.

Si los expertos en salud pública sabían que estas instalaciones se convertirían rápidamente en focos de infección, ¿por qué los gobiernos nacionales y locales no crearon inmediatamente grupos de trabajo especiales para intervenir? ¿Y por qué las ONG y los partidos políticos progresistas no hicieron de esto una demanda contundente? Las mismas preguntas, por supuesto, deberíamos hacernos sobre las cárceles, las prisiones y los campos de refugiados. La actitud pasiva de las autoridades solo puede ser caracterizada como una negligencia criminal.

La crisis también permitió visibilizar la importancia de los «trabajadores esenciales» para el funcionamiento de la sociedad. Y son los más expuestos al contagio.

Los que ahora reconocemos como «trabajadores y trabajadoras esenciales» ante la pandemia incluyen desde investigadores científicos hasta conserjes y personal de cuidado a domicilio. Además de todas las categorías de personal médico, millones de personas que trabajan en la agricultura y en la industria frigorífica, en la venta y distribución de alimentos, en servicios públicos como el transporte, la vigilancia y la sanidad, y en la industria logística (almacenamiento y reparto). Estos son precisamente los sectores que tienen los mayores porcentajes de trabajadores pertenecientes a minorías con salarios bajos, inmigrantes recientes y empleados eventuales.

En Estados Unidos, casi la mitad de estos trabajadores son negros, latinos o asiáticos y, salvo que pertenezcan a un sindicato, es poco probable que tengan un seguro médico adecuado (o que tengan alguno). Muchos han pasado largos periodos sin recibir tratamiento por enfermedades que se habrían atendido de forma rutinaria de haber tenido seguro médico y, por lo tanto, sufren de dolencias crónicas como el asma y la diabetes. Sus trabajos están entre los más peligrosos, tienden a trabajar jornadas más largas y, en el caso de quienes tienen bajos ingresos, viven en las peores condiciones de vivienda. Durante seis meses se han enfrentado al mayor grado de exposición ante la amenaza del coronavirus, generalmente sin equipos de protección o sin el derecho a reclamar contra las precarias condiciones laborales.

Estos trabajadores han sido completamente traicionados por la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA) –un organismo del Departamento de Trabajo de Estados Unidos–, que se ha negado a poner en marcha normas obligatorias para proteger a los trabajadores o atender las miles de quejas que se han presentado de forma oficial. Por eso, la industria frigorífica en el Medio Oeste, donde la mayoría de los trabajadores pertenecen a minorías o son inmigrantes recientes, ha sido tan devastada por el covid-19. Y por eso los trabajadores estadounidenses han hecho huelga o han organizado protestas furiosas en más de 500 ocasiones desde abril.

En este contexto, ¿qué papel están jugando empresas como Amazon?

El blanco frecuente de protestas ha sido Amazon, el máximo especulador con la pandemia, y que ha violado notoriamente los derechos de los trabajadores. El patrimonio personal de Jeff Bezos aumentó en unos astronómicos 33.000 millones de dólares entre marzo y abril, en tanto que la empresa se convirtió en una vía fundamental para la entrega de alimentos y suministros básicos para las familias confinadas en sus hogares. Al mismo tiempo, se ha apresurado a ocupar de forma permanente los espacios vacíos dejados por el cierre de tantos miles de pequeños negocios minoristas (una estimación común en la prensa internacional especializada es que una cuarta parte de las pequeñas tiendas afectadas en Europa y Estados Unidos nunca volverán a abrir).

Los demócratas, con excepción de Elizabeth Warren, no han abordado los problemas que plantea el creciente poder monopólico de Amazon. Durante las dos guerras mundiales del siglo pasado, se impusieron con éxito impuestos a los «beneficios extraordinarios» de las principales empresas en la industria armamentística, pero los dirigentes demócratas se han negado a considerar una regulación similar para Amazon o para las grandes empresas farmacéuticas. Hacia fin de año, la economía estadounidense se parecerá aún más a la sociedad capitalista pura y dura descrita por Fritz Lang en su famosa película Metrópolis.

En su libro Planeta de las ciudades miseria, analiza ese fenómeno de las gigantescas metrópolis donde la superpoblación y el hacinamiento son la normalidad. ¿Puede haber derecho a la salud en estas condiciones de la geografía urbana capitalista?

Desde principios del siglo XX ha habido un debate esencial y recurrente sobre cómo controlar las epidemias a escala mundial. La posición estadounidense, respaldada por los enormes recursos de la Fundación Rockefeller, se centró en librar guerras contra enfermedades específicas con recursos masivos enfocados en el desarrollo y la distribución de vacunas. Estas cruzadas por las vacunas han dado lugar a grandes éxitos (viruela y poliomielitis) e igualmente a grandes fracasos (paludismo y sida). El enfoque basado en intervenciones técnicas específicas para cada enfermedad ha salvado vidas, pero deja en su sitio las condiciones sociales que promueven las enfermedades.

La otra vertiente en el debate ha dado prioridad a la inversión en infraestructuras de atención primaria de salud en las regiones y países más pobres. Se inspira en las ideas de la «medicina social» propuestas por el gran patólogo alemán Rudolf Virchow en la década de 1880 y ampliamente adoptadas en el siglo XX por partidos de la izquierda, así como por un amplio espectro de reformadores que deseaban reorientar la medicina hacia la prevención de enfermedades junto con reformas sociales radicales.

Durante gran parte de la posguerra, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estuvo dominada por Estados Unidos y el paradigma Rockefeller, pero los defensores de la medicina social obtuvieron una importante victoria en 1978 cuando la OMS emitió la «Declaración de Alma-Ata», en la que se afirmaba que el acceso a servicios sanitarios de calidad era un derecho humano universal. Se adoptó un plan de campaña que subrayaba la importancia de la participación de la comunidad y de un enfoque desde abajo para lograr «salud para todos en el año 2000». Pero la contrarrevolución neoliberal que siguió a la elección de Margaret Thatcher y Ronald Reagan convirtió esta declaración en letra muerta.

El covid-19 está revelando hasta qué punto hay dos humanidades inmunológicamente diferenciadas. En las naciones ricas, alrededor de un cuarto de la población cae en la categoría de alto riesgo debido a la edad y a los problemas de salud crónicos, a menudo relacionados con la raza y la pobreza. En cambio, en los países con ingresos bajos y en muchos países con ingresos medios, entre la mitad y tres cuartas partes de la población se encuentra en situación de riesgo. El cofactor más importante es la disminución de la inmunidad debido a la malnutrición, las infecciones gastrointestinales generalizadas y las enfermedades descontroladas y no tratadas como la malaria y la tuberculosis.

1.500 millones de personas viven actualmente en asentamientos precarios en África, el sur de Asia y América Latina, que son las perfectas incubadoras de la enfermedad. Sabemos que allí la pandemia está fuera de control, pero en gran medida permanece invisible en las actuales estadísticas fragmentarias. Y si Europa muestra cierta disposición a compartir eventuales stocks de vacunas con los países pobres, el gobierno de Trump demostró recientemente, con la compra de todas las existencias mundiales del medicamento Remdesivir, que no tiene intención de compartir nada. America First significa África en último lugar.

En las últimas campañas, la corriente progresista del Partido Demócrata ha ignorado en gran medida estas cuestiones de la salud y la pobreza a escala mundial. También ha defraudado las expectativas de sus simpatizantes. Hace pocas semanas se anunció que las negociaciones entre los sectores de Joe Biden y Bernie Sanders han dado lugar a una plataforma demócrata que está muy por debajo de «seguro médico universal», la demanda central de la campaña de Sanders, a pesar de que la pandemia y el colapso económico han demostrado un millón de veces su urgente necesidad.

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El coronavirus y el fin de la era neoliberal

Después de repetirnos durante cuarenta años los dogmas neoliberales, la crisis financiera sacudió seriamente nuestra fe en ellos, pero al final se mantuvo el sistema. Esta vez es diferente. La coronacrisis y las medidas socioeconómicas para salvar el sistema hicieron caer, uno a uno, los dogmas neoliberales. Es hora de hacer algo nuevo.

 

Los dogmas caídos

 

«Vivimos por encima de nuestras posibilidades, no hay dinero”

Llevan años diciéndonos eso. La atención sanitaria era demasiado cara, los subsidios de desempleo demasiado generosos, los salarios demasiado altos y simplemente no había dinero para asuntos sociales o culturales. El déficit y las deudas del gobierno se tenían que reducir y por eso teníamos que ahorrar en todo.

Ahora, de la noche a la mañana parece haber dinero y parecen haber encontrado gigantescos botes de dinero. Hoy en día se gastan miles de millones de euros como si nada. Un déficit en el presupuesto de más de tres veces el 3 % acordado en el tratado de Maastricht o una deuda mucho mayor que el 100 % del PIB, de repente, dejaron de ser un problema.

«El mercado libre lo resuelve todo, el Estado es ineficiente»

Privatizar y desregularizar lo más posible, esa era la consigna. El Estado tenía que “adelgazar” lo máximo posible e intervenir lo menos posible (1). Para Bart De Wever, el presidente del partido más grande de Flandes, “el estado es un monstruo que aspira el dinero y lo escupe después”.

Durante la coronacrisis el mercado libre falló completamente. Quizás lo más notable fue el caso de los tapabocas. Al mismo tiempo vimos tanto un dramático retorno como la rehabilitación del gobierno público. Se hizo visible para todos que sólo el Estado puede controlar y superar una crisis de tal magnitud. Se nacionalizaron fácilmente en su totalidad o en parte sectores importantes de la economía. Según el Wallstreet Journal, las medidas de estímulo económico en los Estados Unidos son “el mayor paso hacia una economía de planificación centralizada que jamás haya dado Estados Unidos”.

«El capital y la empresa crean riqueza”

Son los empresarios los que crean riqueza. Gracias a su capital, coraje e innovación, crean empleo y aumentan la riqueza de un país.

Los confinamientos en los distintos países revelaron todo lo contrario en todas partes: son los trabajadores y su trabajo los que crean la riqueza. Cuando parte de la población activa se vio obligada a dejar de trabajar, el crecimiento económico se desplomó. Es el trabajo el que crea al capital y no al revés. El confinamiento también demostró que a menudo son los trabajos más esenciales los que están peor pagados.

«Lo que es bueno para los ricos es bueno para todos”

Precisamente porque la riqueza la crean el capital y los empresarios, los tenemos que mimar. Las medidas que favorecen a los empresarios y a las rentas altas (regalos fiscales, subsidios salariales, ayudas estatales, etc.) aumentan la inversión y crean puestos de trabajo. Su ventaja se filtra finalmente hasta abajo. Este llamado efecto de goteo fue la excusa para justificar la política diseñada para el 1 % más rico.

El coronavirus destruyó esta falacia por completo. Gracias a las medidas de apoyo, los súper ricos se benefician enormemente. Desde el 18 de marzo, los multimillonarios de los Estados Unidos ya han visto aumentar sus activos en una quinta parte, o sea 565.000 millones de dólares. JPMorgan, el banco más grande de los EE.UU., reportó las mejores cifras que jamás haya tenido en un trimestre. La compañía de inversiones Goldman Sachs registró un crecimiento del 41 % en comparación con el año anterior. Pero poco de ese “efecto de goteo” se nota. En todo el mundo cientos de millones de personas se ven empujadas a la pobreza extrema. En Bélgica aumentó el número de personas que van a los bancos de alimentos en un 15 % y esto es sólo el comienzo.

«La gente es egoísta”

El ser humano es capaz de hacer el bien, pero por naturaleza es malo. Está impulsado en primer lugar por el interés propio. Esto es lo que los gurús neoliberales nos han estado diciendo durante décadas. Al final, según ellos, esto es ventajoso porque el interés propio lleva a la competencia y eso es precisamente lo que impulsa nuestra economía.

La solidaridad espontánea y masiva que surgió durante la coronacrisis arrasó con esta cínica imagen del ser humano. Los jóvenes fueron a hacer compras para sus vecinos ancianos, miles de voluntarios hicieron tapabocas o se presentaron en los bancos de alimentos para ayudar. A pesar de la falta de equipos de protección, las enfermeras empezaron a cuidar de sus pacientes arriesgando su propia salud y, por tanto, sus vidas. Ciertamente, había grupos a los que no les importaban las medidas de seguridad, pero esas eran las excepciones que confirmaban la regla. La coronacrisis muestra hoy más que nunca que el ser humano es esencialmente un súper colaborador, como lo describieron el autor belga Dirk Van Duppen y el periodista holandés Rutger Bregman. Wendy Carlin, profesora de economía, lo expresa así: “Habrá que actualizar finalmente el modelo del actor económico como amoral y egocéntrico”.

 

No repetir los errores de 2008

 

Todos los partidos tradicionales, incluidos los Verdes y los Socialdemócratas, han contribuido, o al menos han apoyado, la política neoliberal en los últimos cuarenta años (2). Las consecuencias de esta política antisocial se han hecho dolorosamente claras en estos últimos meses. En los centros de salud y los centros de atención a los ancianos, los ahorros y las privatizaciones costaron muchas vidas humanas. Además, las recetas neoliberales parecen ser totalmente inadecuadas para dar una respuesta firme al colapso económico.

Un enfoque similar al del período posterior a 2008 – imprimir dinero extra e insertarlo a la economía combinado con una política de austeridad – sería un gran error. Un nuevo dopaje financiero podría arruinar la ya gravemente debilitada economía. Los nuevos ahorros erosionarían aún más el poder adquisitivo y causarían una profunda crisis social y política. Las advertencias del Financial Times son inequívocas: “Si queremos que el capitalismo y la democracia liberal sobrevivan al COVID-19, no podemos permitirnos repetir el enfoque erróneo de ‘socializar las pérdidas y privatizar los beneficios’ de hace diez años”. “El regreso a la austeridad sería una locura, una invitación a la agitación social generalizada, si no a la revolución, y una bendición para los populistas”.

 

La gran llamada para un cambio de paradigma

 

Está claro, el neoliberalismo ha terminado, es hora de algo nuevo. Excepto por unos pocos fanáticos, nadie quiere volver al mundo precorona. La crisis y las medidas que se tomaron han provocado muchas frustraciones y han radicalizado a una parte importante de la población activa. En los EE.UU. el 57 % de la población cree que su sistema político sólo funciona para los que tienen dinero y poder. La mayoría de los jóvenes menores de 30 años están a favor del socialismo. En Reino Unido apenas el 6 % quiere volver al mismo tipo de economía que antes de la pandemia. Sólo el 17 % cree que las medidas de estímulo deberían financiarse con nuevos ahorros.

El 70 % de los franceses piensa que es necesario reducir la influencia del mundo financiero y de los accionistas. En Flandes tres cuartas partes de la población creen que el dinero debería provenir de las grandes fortunas y dos tercios creen que los políticos deberían trabajar en una ambiciosa redistribución de la riqueza después de la crisis.

El mundo académico y cultural también está en esa longitud de onda. Tres mil científicos de 600 universidades creen que la sociedad debe cambiar radicalmente su rumbo y volver a poner a los trabajadores en el centro de la toma de decisiones. Doscientos artistas, incluidos Robert de Niro y Madonna, lanzaron un llamamiento al “mundo” para no volver a la “normalidad” de antes de la pandemia, sino para cambiar radicalmente nuestro estilo de vida, de consumo y economía.

Esta idea penetró hasta el mundo de los negocios. Klaus Schwab, fundador y presidente del Foro Económico Mundial (Davos) habla de un “gran reseteo del capitalismo”. Según él, la pandemia puso de manifiesto las deficiencias de un “viejo sistema” que había descuidado la infraestructura, la atención de la salud y los sistemas de seguridad social. “Si seguimos como hasta ahora, podría llevar a una rebelión.” En ese contexto los súper ricos están rogando en una carta abierta que se les aumenten los impuestos.

Según el Financial Times, debe haber “reformas radicales” sobre la mesa. “Los gobiernos tendrán que aceptar un papel más activo en la economía. Deberían ver los servicios públicos como inversiones y no como costos, y buscar formas de hacer que el mercado laboral sea menos inseguro. La redistribución de la riqueza volverá a estar en la agenda. Las políticas que hasta hace poco se consideraban excéntricas, como la renta básica y el impuesto sobre el patrimonio, deberían incluirse en la mezcla”.

Según este mismo periódico, la democracia liberal “sólo sobrevivirá a este segundo gran choque económico si se realizan ajustes en el marco de un nuevo contrato social que reconozca el bienestar de la mayoría por encima de los intereses de unos pocos privilegiados”. La prestigiosa revista Foreign Affairs también habla de un “nuevo contrato social”. Su objetivo es “el establecimiento de un ‘estado de bienestar’ que proporcione a todos los ciudadanos los servicios básicos necesarios para mantener una calidad de vida decente”. Esto presupone “el acceso universal garantizado a una atención sanitaria y a una educación, ambas de alta calidad”. Lo que hasta hace poco solo lo pedía la extrema izquierda, se ha convertido en la corriente principal.

 

Una respuesta a cuatro crisis

 

Los desafíos a los que nos enfrentamos son muy grandes: El nuevo paradigma debe ser capaz de responder a por lo menos cuatro crisis (3).

1. Estancamiento económico

En los últimos veinte años la economía mundial ha experimentado tres grandes crisis: la crisis de las puntocom en 2000, la crisis financiera en 2008 y, en los últimos meses, una depresión tras una pandemia. Esto deja claro que el COVID no es la causa sino el detonante de la tormenta económica. Una economía sana debería en principio ser capaz de hacer frente a tal coronachoque, un país como China lo demuestra. Pero para la economía capitalista eso no parece ser el caso en absoluto. El crecimiento de la productividad casi se ha paralizado, las tasas de beneficio (porcentaje de la ganancia sobre el capital invertido) están disminuyendo constantemente y la deuda mundial ha aumentado hasta uno insostenible 322 % del PIB. Además, cada crisis no significa nada más que miseria para millones de personas. Esta crisis empujará una vez más a varios cientos de millones de personas a la pobreza. No puede seguir así.

2. Escandalosa brecha entre ricos y pobres

En el capitalismo la producción está dirigida únicamente a los beneficios de un pequeño grupo de propietarios privados y no funciona de acuerdo a las necesidades sociales o las oportunidades de desarrollo de la gran mayoría. Esto crea una escandalosa brecha entre ricos y pobres.

Con la riqueza que se produce hoy en día en todo el mundo cada familia con dos adultos y tres niños tiene un ingreso mensual potencial disponible de 4.100 euros (sí, lo has leído correctamente) (4). Sin embargo, una de cada tres personas de la población mundial no tiene saneamiento básico y una de cada ocho no tiene electricidad. Uno de cada cinco vive en una casa de contrachapado y uno de cada tres no tiene agua potable.

En Bélgica el 5 % de los más ricos posee tanto como el 75 % de los más pobres. En uno de los países más ricos del mundo un 20 % de las familias corre el riesgo de caer en la pobreza, una cuarta parte de las familias tiene dificultades para pagar los gastos médicos, un 40 % no puede ahorrar y un 70 % de las personas desempleadas tiene dificultades para llegar a fin de mes.

Estos no son excesos del sistema. Se derivan directamente de su lógica.

3. Las próximas pandemias

Desde principios del siglo pasado sabemos que casi todas las epidemias modernas son el resultado de la intervención del hombre en su entorno ecológico inmediato. Los mamíferos y las aves son portadores de cientos de miles de virus que son transmisibles a los seres humanos (5). Debido a la explotación de zonas naturales anteriormente inaccesibles cada vez hay más posibilidades de que estos virus se transmitan a los seres humanos.

Los principales expertos lo han estado advirtiendo durante más de diez años en respuesta al VIH, SARS, ébola, MERS y otros virus. En realidad, tuvimos suerte de que no nos hayan llegado otros virus más mortales. En 2018 los científicos de EE.UU. elaboraron un plan detallado para prevenir tales pandemias. Se estima que las pérdidas a causa del COVID-19 alcanzan los 12.500.000 millones de dólares. El costo del plan de prevención de 2018 era de apenas 7.000 millones de dólares.

Aún no se ha encontrado ningún financiador para el proyecto. No debería sorprender, porque esa investigación está en gran parte en manos privadas y no en interés público, sino con fines de lucro. Chomsky lo dice muy claramente: “Los laboratorios de todo el mundo podrían haber trabajado en la prevención de posibles pandemias de coronavirus. ¿Por qué no lo hicieron? Las señales del mercado no eran buenas. Dejamos nuestro destino en manos de tiranías privadas, que se llaman corporaciones y que no tienen que rendir cuentas ante el público, en este caso, la industria farmacéutica. Para ellos, producir nuevas cremas es más rentable que encontrar una vacuna que pueda proteger a la gente de la destrucción total”.

4. La degradación del clima

La búsqueda del máximo beneficio socava el sistema ecológico de la tierra y amenaza la supervivencia de la especie humana. Según la conocida escritora y activista Naomi Klein, el mundo se enfrenta a una decisión decisiva: o salvamos el capitalismo o salvamos el clima. Esta decisión es particularmente aguda en el sector de la energía fósil, que es el principal responsable de las emisiones de CO2. Las 200 empresas más grandes de petróleo, gas y carbón tienen un valor de mercado combinado de 4 trillones de dólares y obtienen unos beneficios anuales de decenas de miles de millones de dólares. Si queremos mantener el aumento de la temperatura por debajo de los 2°C, estos gigantes de la energía deben dejar entre el 60 % y el 80 % de sus reservas intactas. Pero eso iría en detrimento de sus expectativas de ganancias y hundiría instantáneamente su valor en el mercado de valores. Por eso siguen invirtiendo cientos de miles de millones de dólares anuales en la búsqueda de nuevos yacimientos. Si se mantiene la política actual, en lugar de disminuir drásticamente, la demanda de combustibles fósiles habrá aumentado casi un 30 % en los próximos veinte años, sin que se vislumbre un pico.

Dentro de la lógica de las ganancias, el calentamiento global es imparable. Según The Economist, el portavoz de la élite económica mundial, el costo financiero es simplemente demasiado alto para combatir el calentamiento global.

En respuesta a la coronacrisis los gobiernos han tomado medidas sin precedentes. Habrá que tomar medidas igualmente radicales para hacer frente a la degradación del clima. “Si hay algo que la pandemia ha demostrado”, dice el Financial Times, “es el peligro de que se ignoren las advertencias de los expertos”.

 

Lucha por un sistema social diferente

 

¿Qué nos enseñan estas cuatro crisis? Que tendremos que repensar completamente nuestras políticas y nuestra economía. Para salir del actual estancamiento económico primero será necesario frenar los mercados financieros y romper el poder desproporcionado de las multinacionales. Para hacer frente a los problemas sociales la economía ya no debe centrarse en los beneficios privados de unos pocos, sino en las necesidades sociales de muchos. También debe haber una redistribución de la riqueza. Para armarnos contra futuras pandemias la industria farmacéutica tendrá que hacer un profundo cambio de rumbo. Después de todo, la política climática es demasiado importante como para dejarla en manos de los gigantes de la energía y su lógica de beneficio. Hay que romper su omnipotencia de modo que haya espacio para una política climática responsable.

Para lograr todo esto tendremos que subordinar la esfera económica a la esfera política. Dónde y en qué se invierte, la distribución de los excedentes económicos, el comercio, las finanzas, etc., todo ello debe centrarse en las prioridades y necesidades de la comunidad actual y las de las generaciones futuras. Esta “planificación” (6) no implica de ninguna manera un control total del Estado, sino que la economía esté controlada por un órgano político (elegido) y no por propietarios privados. Significa que la lógica económica se subordina al Estado y no al revés.

Un sistema social diferente es necesario y urgente, pero no se logrará por sí solo. Las ideas correctas son importantes, pero no lo suficiente como para provocar un cambio. Hay enormes intereses detrás del sistema actual. Los que se benefician de este sistema nunca renunciarán voluntariamente ni estarán dispuestos a hacer concesiones, aunque haya capitalistas ilustrados que están convencidos de que tales concesiones son esenciales para preservar el sistema. Las organizaciones de empresarios incluso tratarán de aprovechar la situación de crisis para imponer una estrategia de choque.

La historia nos enseña que el tipo de sociedad y nuestro futuro dependerán de la batalla que libremos. Como dice el sociólogo Jean Ziegler, “no debemos ser optimistas, debemos movilizar a la gente” (7). Para que esta movilización sea poderosa tendremos que organizarnos con firmeza, porque el oponente está muy bien organizado. O como dice Varoufakis “si no logramos unirnos ahora, mi temor es que este sistema sólo profundice su cruel lógica”.

En cualquier caso, estos serán tiempos emocionantes y decisivos. Prepárate.

Por Marc Vandepitte | 30/07/2020

 

Notas:

(1) La retirada del Estado no se aplica a los principales monopolios, por el contrario. Debido a su gran concentración de poder, tienen cada vez más impacto en el sistema estatal. Utilizan el poder del Estado para fortalecer su posición competitiva y garantizar las máximas ganancias. Esto se hace de varias maneras. Las más conocidas son los contratos públicos, los subsidios y las tasas impositivas favorables. El gobierno también está llamado a explorar nuevos sectores o productos. Aquí las inversiones son inciertas y a menudo requieren grandes cantidades de capital. Las agencias gubernamentales están asumiendo esta fase inicial costosa y arriesgada, a menudo en el contexto de la industria de la guerra. En una etapa posterior, luego se transfieren al sector privado, se privatizan literalmente. Para dar algunos ejemplos recientes, ese fue el caso con la PC, Internet, el algoritmo de Google, las redes inalámbricas, la tecnología de pantalla táctil, GPS, microchips, biotecnología, nanotecnología y muchos otros productos o sectores rentables. El financiamiento inicial de Apple provino de una compañía de inversión del gobierno de los Estados Unidos.

(2) En todos los países en los que gobernaron los socialdemócratas ayudaron a dar forma a las políticas neoliberales. En Reino Unido Blair lanzó la “Tercera Vía” entre el capitalismo y el socialismo, e hizo un pacto con el ultraderechista Berlusconi. En Alemania Gerhard Schröder, el líder de los socialdemócratas, presentó el modelo de salarios bajos que inició una espiral de disminución salarial en toda Europa. En Bélgica los socialdemócratas son en parte responsables del deterioro del poder adquisitivo, las malas condiciones de trabajo, los recortes en la seguridad social y la atención médica, y el empeoramiento de los sistemas de pensiones.

Hasta ahora los Verdes no han gobernado mucho y donde lo hicieron, no han cambiado el curso de las políticas neoliberales. En Alemania han defendido con entusiasmo el modelo de bajos salarios. Durante su única participación gubernamental en Bélgica (1999 a 2004) los Verdes lograron producir solo cambios menores. En el Parlamento Europeo los Verdes han respaldado casi por completo las medidas neoliberales, como el Six Pack y, por lo tanto, son en parte responsables de las drásticas políticas de austeridad en la UE.

(3) Para una versión más elaborada de tal modelo alternativo, ver ‘Otra economía es necesaria y posible’ y ‘Crisis del Capitalismo’.

(4) El cálculo para una familia media se basa en la hipótesis plausible de que el ingreso disponible de los hogares es un 70 % del PIB. Utilizamos el producto mundial bruto: 136 billones de dólares en 2019. Esta cifra, expresada en dólares PPA [Paridad del Poder Adquisitivo], tiene en cuenta unas diferencias de precios entre países para los mismos bienes o servicios y expresa el poder adquisitivo real. Hemos convertido esta cifra en euros según el método de cálculo del Banco Mundial: para Bélgica 1 dólar PPA equivale a 0,808 euros. Fuentes: https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_countries_by_GDP_(PPP); https://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.MKTP.PP.KD; http://www.worldometers.info/world-population/world-population-by-year/; https://data.oecd.org/conversion/purchasing-power-parities-ppp.htm.

(5) Se estima que se trata de 350.000 a 1.3 millones de virus. Fuente: The Economist.

(6) Se podría definir la planificación económica como la capacidad de imponer objetivos decididos democráticamente para el desarrollo económico sostenible. Hay diferentes grados y niveles de planificación. La planificación debe ponerse en práctica de manera cualitativa, es decir, en relación a las necesidades humanas vitales, y en que se debe evitar la aplicación de una planificación burocrática.

(7) “Geciteerd in een Interview, Solidair, julio-agust de 2020, p. 31.

Traducido del neerlandés por Sven Magnus.

Fuente: https://www.dewereldmorgen.be/artikel/2020/07/20/het-neoliberalisme-in-ademnood-maar-komt-er-nu-ook-eindelijk-een-einde-aan/

Publicado enEconomía
Miércoles, 29 Julio 2020 06:18

Proyecciones preocupantes de la CEPAL

Proyecciones preocupantes de la CEPAL

Con información hasta el 30 de junio del 2020, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, la CEPAL, actualizó el impacto regional de la situación económica, afectada por el receso derivado del COVID19. [1] Señala el informe, con base en el Banco Mundial, que “La economía mundial experimentará su mayor caída desde la […]

Con información hasta el 30 de junio del 2020, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, la CEPAL, actualizó el impacto regional de la situación económica, afectada por el receso derivado del COVID19. [1]

Señala el informe, con base en el Banco Mundial, que “La economía mundial experimentará su mayor caída desde la Segunda Guerra Mundial y el producto interno bruto (PIB) per cápita disminuirá en el 90% de los países, en un proceso sincrónico sin precedentes”.

El dato es en sí mismo muy grave porque afecta al orden mundial emergente en la segunda posguerra, con preminencia del dólar y el poderío ideológico y militar de EEUU.

No se trata de un problema circunstancial, sino y más allá de la disputa con China, como hemos sostenido en varias ocasiones, se constituye en un problema civilizatorio, que trasciende a la economía. No es solo la dominación lo que se discute, sino que la propia supervivencia del planeta y la humanidad está en cuestión por la afectación de la Naturaleza.

Queda claro que, si el tema es global, entonces, la región nuestramericana se ve también afectada, más aún cuando el COVID19 toma a la región como epicentro.

No solo es Brasil o México los que preocupan, con casi 87.000 y 43.000 fallecidos respectivamente, sino que tomando muertes por millón de habitantes encabeza la lista Perú, seguidos por Chile y recién Brasil y México.

Enfatizo este dato, porque ambos países andinos, Perú y Chile, han sido destacados en el último tiempo como los “modelos económicos” a seguir, tomando sus procesos de liberalización económica como paradigmas a imitar.

Las consecuencias de la mercantilización se hacen notar ahora en la pauperización de la población y el deterioro de la salud pública, que recae sobre la población más desprotegida.

Proyecta el informe de CEPAL:

“para el conjunto de la región, una caída promedio del PIB del 9,1% en 2020, con disminuciones del 9,4% en América del Sur, el 8,4% en Centroamérica y México, y el 7,9% en el Caribe, sin incluir Guyana, cuyo fuerte crecimiento lleva el total subregional a una caída del 5,4%”.

En ese marco, es Sudamérica la zona más afectada, con datos por encima del promedio para Brasil con una baja del -9,2%, la Argentina con una caída del -10,5%, Perú del -13% y Venezuela en las peores condiciones del -26%.

Hay que destacar para el caso venezolano, que más allá de los problemas locales, las sanciones y el bloqueo estadounidense perjudican seriamente el funcionamiento económico.

Sobresalen algunos datos sobre la recesión en curso, en especial se menciona que:

“La producción industrial en México cayó un 29,3% interanual en abril, mientras que la actividad total de la economía en el mismo período disminuyó un 26,4% en la Argentina, un 15,1% en el Brasil, un 14,1% en Chile, un 20,1% en Colombia y un 40,5% en el Perú.”

No se trata de la especificidad de una economía, sino que a los problemas locales se suma una situación agravada mundialmente por el coronavirus.

Dimensión social del problema

El impacto es fenomenal para buena parte de la población en Nuestramérica.

“La fuerte contracción en 2020 se traducirá en una caída del PIB per cápita regional del 9,9%. Después de que hubiera prácticamente un estancamiento entre 2014 y 2019 (cuando el crecimiento promedio anual fue de solo un 0,1%), esta caída del PIB per cápita implica un retroceso de diez años: su nivel en 2020 será similar al registrado en 2010.”

Recordemos que, para la década del 80 del siglo pasado, la CEPAL popularizó la frase de la “década perdida”, a propósito de la crisis de la deuda mexicana de 1982 y las secuelas derivadas de la generalización de la hegemonía neoliberal.

Es la década, bajo el liderazgo de Fidel, en la que se intenta crear el Club de los países deudores, para enfrentar al de los acreedores, que estaba bajo la gerencia del FMI.

Se trataba del estancamiento económico en un decenio caracterizado por políticas de ajuste y reforma estructural, las que se generalizaron y popularizaron bajo el designio del Consenso de Washington en los 90.

Así se impusieron las privatizaciones, la desregulación, la liberalización y el aliento a la iniciativa privada con normas orientadas al ajuste fiscal.

Ese saldo se proyectó en el último decenio del Siglo XX como una “media década perdida”, que se sumaba a la anterior.

Los primeros 10 años del Siglo XXI aparecen como de repunte, con crecimiento y distribución del ingreso, producto de la combinación de precios internacionales de exportación en alza y una voluntad política para la mejora en la distribución del ingreso.

El clima de cambio político en toda la región indujo la extensión de las políticas asistenciales, más allá de la orientación a izquierda o derecha de los diferentes gobiernos.

Por eso, resalta el hecho que la CEPAL nos recuerde ahora que el 2020 lleva a la región al nivel registrado en 2010, por lo que consolida otra década perdida, que supone un impacto social regresivo en materia de empleo y pobreza, agravando y consolidando la desigualdad.

El mercado laboral será fuertemente impactado, al comentar la CEPAL que:

“…la tasa de desocupación regional se ubique en alrededor del 13,5% al cierre de 2020, lo que representa una revisión al alza (2 puntos porcentuales) de la estimación presentada en abril de 2020 y un incremento de 5,4 puntos porcentuales respecto del valor registrado en 2019 (8,1%).”

Afirma que:

“Con la nueva estimación, el número de desocupados llegaría a 44,1 millones de personas, lo que representa un aumento cercano a 18 millones con respecto al nivel de 2019 (26,1 millones de desocupados).”

Agrega que:

“Estas cifras son significativamente mayores que las observadas durante la crisis financiera mundial, cuando la tasa de desocupación se incrementó del 6,7% en 2008 al 7,3% en 2009 (0,6 puntos porcentuales).”

En rigor, no es novedad, ya que la OIT contempla una escalada del desempleo y la informalidad en el ámbito global, con mayor perjuicio hacia las mujeres y los jóvenes.

Así, en un marco de ofensiva del capital contra el trabajo, las condiciones de la recesión mundial y regional consolida la iniciativa capitalista que en la coyuntura aceleró una demanda demorada por el trabajo a distancia, remoto o teletrabajo.

Es parte de la búsqueda por disminuir el costo de producción laboral, transfiriendo a las trabajadoras y trabajadores parte del gasto en mantenimiento de los instrumentos y medios de trabajo.

Por eso no hay que sorprenderse que el mercado laboral haga evidente el costo en términos de ingreso y empleo que demuestran los datos de la CEPAL.

Más grave aún resulta el tema en términos de pobreza e indigencia.

“La CEPAL proyecta que el número de personas en situación de pobreza se incrementará en 45,4 millones en 2020, con lo que el total de personas en situación de pobreza pasaría de 185,5 millones en 2019 a 230,9 millones en 2020, cifra que representa el 37,3% de la población latinoamericana. Dentro de este grupo, el número de personas en situación de pobreza extrema se incrementaría en 28,5 millones, pasando de 67,7 millones de personas en 2019 a 96,2 millones de personas en 2020, cifra que equivale al 15,5% del total de la población.”

Señala el informe que:

“Los mayores incrementos de la tasa de pobreza (de al menos 7 puntos porcentuales) se producirían en la Argentina, el Brasil, el Ecuador, México y el Perú.”.

Para el caso de la Argentina, la pobreza extrema pasa de 3,8% al 6,9%, con una variación de 3,1 puntos porcentuales de crecimiento; y la pobreza pasa del 26,7% al 37,5%, con 10,8 puntos porcentuales de incremento.

Hace tiempo que la región nuestramericana llama la atención por los niveles de desigualdad, que son crecientes y este informe corrobora.

En esta ocasión no se difunden los datos de la concentración del ingreso y de la riqueza, que agravan la situación de inequidad que configura a Latinoamérica y al Caribe como el territorio de mayor desigualdad en el sistema mundial.

Propuestas de la CEPAL

Sostiene en el informe cuatro líneas de acción:

  1. a) un ingreso básico de emergencia como instrumento de protección social;
  2. b) un bono contra el hambre;
  3. c) el apoyo a las empresas y los empleos en riesgo;
  4. d) el fortalecimiento del rol de las instituciones financieras internacionales.

Parece poco, y discutible, para un diagnóstico tan crudo, aun cuando sustenta medidas urgentes que promueven buena parte de los perjudicados social y económicamente.

Son demandas, las tres primeras, que se sostienen desde las organizaciones sociales y políticas que agrupan en el territorio a los sectores más desprotegidos.

Las dos primeras son sugerencias para la emergencia social y la tercera apunta a contener el entramado de pequeñas y medianas empresas, incluso las “micro”, que son en conjunto, el principal sustento del empleo en todos los países.

Más difícil resulta la última, que remite a un fortalecimiento de organismos que debieran incluirse más como parte del problema que, como solución, más aún cuando detrás del diagnóstico aparece la dependencia financiera y el sobreendeudamiento de varias de las economías con problemas.

Sin ir más lejos, el caso argentino es paradigmático en la coyuntura, cuando se encuentra discutiendo el refinanciamiento de su deuda con grandes Fondos Financieros y con un FMI que hundió al país con un préstamo impagable que condiciona el presente y futuro de la economía y su pueblo.

Es tiempo de pensar en una perspectiva civilizatoria en contra y más allá del capitalismo.

Nota:

[1] CEPAL. Informe especial COVID19, 15/07/2020, en:  https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/45782/1/S2000471_es.pdf

 

Por Julio C. Gambina | 29/07/2020 

Julio C. Gambina es presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP

Publicado enEconomía
Domingo, 02 Agosto 2020 18:30

Cuando el melodrama es nuestra historia

Personas en situación de calle en el centro de París. AFP, CHRISTOPHE ARCHAMBAULT

A propósito del ciclo de conversatorios “El general Naranjo”: entre la ficción, la realidad y la falsedad histórica. Un debate necesario, realizado entre el 8 y 10 de julio, organizado por el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, la fundación Carlos Pizarro y el periódico desdeabajo, reaviva la pregunta por los usos políticos del pasado y las luchas por la memoria cuando estas transitan por los medios de comunicación.

 

Tal vez es en la última década que los colombianos acudimos a un cambio en las narrativas de las series de televisión, me refiero a cierto boom o fijación con las adaptaciones telenoveladas de personajes que se han instalado en la historia del país y que van desde los siniestros Pablo Escobar, Carlos Castaño o “Popeye”, pasando por artistas como Joe Arroyo y Rafael Orozco, hasta sujetos más caricaturizados en las versiones audiovisuales como Luis Eduardo Díaz, más conocido por “La gloria de Lucho”.

Resalta como una constante en la mayoría de estos relatos la fusión de la realidad con la ficción, que en primera medida puede explicarse desde la construcción narrativa del clásico melodrama latinoamericano (los amores imposibles, los conflictos de clase, la bondad de los menos favorecidos, la necesidad de un antagonista), pero que sin lugar a dudas genera cierto nivel de debate entre aquellos que son expuestos desde sus vínculos directos como familiares y allegados con los relatos y sus protagonistas; familiares y allegados que demandan la reivindicación del derecho a la verdad –que una sociedad como la nuestra requiere–, más cuando la historia no logra posicionarse como una prioridad en las políticas que delimitan los currículos escolares y, por tanto, no alcanza a cobrar su dimensión de producción de referentes simbólicos para la comprensión de lo que somos y de lo que nos ha sucedido como sociedad.

El debate se intensifica cuando aludimos a una representación ficcionada de un pasado violento claramente identificable en la historia reciente del país y que, aunque puede estar resuelto en los fallos judiciales y en los acercamientos a una verdad histórica, aún actúa como un elemento sensible e irreconciliable en términos de las disputas por la memoria que intentan posicionar una versión particular de ese pasado no resuelto. Es el caso de “El general Naranjo”, la serie producida en el 2019 por FOX Telecolombia y que el Canal Caracol acaba de presentar en la televisión nacional.

Basada en el libro “El general de las mil batallas” de Julio Sánchez Cristo, se anunció en Colombia bajo la promesa de ser “la historia contada desde el lado de los buenos”, una historia para acompañar las noches de los fervorosos televidentes de este canal, pero que terminó siendo una versión bastante cuestionable de la historia de la Colombia de las dos últimas décadas del siglo pasado y las que van de este, con una clara intención de posicionar en la opinión pública una representación particular del pasado reciente de la violencia política en el país, de sucesos como la toma del Palacio de Justicia en 1985, que en ese entramado de ficción y realidad confunde y tergiversa los hechos investigados y documentados en fallos judiciales, libros y otras producciones culturales sobre este acontecimiento, estableciendo una versión ya recurrente en informativos y series de televisión que relacionan la toma del Palacio con una alianza entre el entonces M-19 y el cartel de Medellín, caso que al parecer en el libro de Sánchez Cristo no se relata como en la novela.

La disputa por la memoria

Estamos ante un tema que no es menor. La memoria en América latina ha significado la posibilidad de conservar los proyectos políticos de una clase. La memoria también ha sido el mecanismo por el cual se mantienen vivos aquellos hombres y mujeres vinculados a las luchas populares, que hoy ya no están pero que se convierten en inspiradores de colectivos y organizaciones. En el Cono Sur las maneras como se nombran y se explican los procesos de violencia política establecen el campo de las luchas por la memoria de los diversos actores involucrados.

Cuando estas representaciones del pasado se ponen en público y logran cierto grado de prevalencia en la sociedad, no solo están manteniendo “algo” que vale la pena recordar, sino que como lo plantea Eugenia Alier (2010), se constituyen en pasados-presentes, en la medida que permiten la construcción de unas identidades, referentes de acción y objetos de las luchas memoriales en las calles, en los centros educativos, en los medios de comunicación; con la pretensión de convertirse en las versiones socialmente legitimadas y apropiadas por la mayoría. Pero estas memorias también son un proyecto de futuro, pues permiten plantear un horizonte posible a partir de ese reconocimiento de un pasado particular y la proyección de las transformaciones necesarias en la idea de la no repetición o de lo que “no nos puede volver a pasar”.

Es por eso que no puede reducirse esta interpretación de la historia de Colombia, planteada en el argumento de cada capítulo del “General Naranjo”, a un requerimiento de la narrativa propia de las series de televisión y, por tanto, pasar por alto cada una de las “imprecisiones” históricas allí contenidas, pues sus efectos no son de poca monta ni en el presente ni en el futuro de nuestro ser nacional.

Si el alcance de las luchas por la memoria está en la construcción del sentido, es necesario pensar qué es lo que hacemos con los pasados que construimos desde estas series, a qué grupos o personas les interesa volver hegemónica estas interpretaciones y cómo estas memorias, elaboradas desde la lógica del entretenimiento, contribuyen al afianzamiento de un modelo social a la medida de quienes detentan el poder.
Pero la memoria no solo tiene implicaciones analíticas, también es una demanda social, de ahí la importancia de su articulación con la verdad y la reparación (justicia). Las experiencias en Argentina, Chile y Uruguay nos muestran que es importante el reconocimiento público de las memorias y su validación social, por ser el punto de partida para el enjuiciamiento de quienes perpetraron los ciclos de violencia. En estos países surgieron comisiones de investigación, y aunque les ha costado muchos años han logrado avances en ese sentido.

La particularidad histórica de Colombia complejiza esta pretensión, pues tal como lo plantea el debate sobre estas series televisivas, estamos disputando las memorias al tiempo que se recrudecen los ejercicios de violencia política. De ahí los interrogantes: ¿Cómo disputar un pasado que no acaba de pasar?, ¿o un pasado que es presente y que limita la emergencia de todas las versiones y de todas las voces?

Finalmente, propongo una problematización de lo que implican estas memorias del entretenimiento con su inestable búsqueda entre el acontecimiento y la ficción; una realización que, a partir de sus tramas melodramáticas y esa interconexión con las memorias de la violencia, logra captar la atención de la audiencia en tanto que ocupan el mismo espacio público y son canalizadas por las pantallas sin el cuestionamiento de sus espectadores.

De otro lado, corresponde pensar la manera de vincular experiencias desde las organizaciones sociales que estén produciendo sus memorias en lógica de lucha con estos relatos de los medios convencionales, para disputar en el escenario de lo público con otras representaciones del pasado, a través de lenguajes que reconozcan los intereses y preferencias de las mayorías hoy cautivadas por “caines”, “naranjos” y “capos”.

 

Referencia:
Allier Montaño, E. (2010). Batallas por la memoria. Los usos políticos del pasado reciente en Uruguay. Montevideo: Instituto de Investigaciones Sociales unam/Editorial Trilce.

 

El General Naranjo: Entre la ficción, la realidada y la flalsedad histórica
julio 2020

Responsabilidad social en los medios de comunicación
(incluso en la ficción)
Julio 8 de 2020

Consecuencias, la distorsión de la memoria desde la televisión
Julio 9 de 2020

Narrativas, verades judiciales y verdad histórica
Julio 10 de 2020

 

Publicado enEdición Nº270
La coronacrisis y el camino hacia un nuevo paradigma

La coronacrisis abre las puertas para que las izquierdas planteen la posibilidad de un nuevo paradigma. Un sistema de cuidados sostenible y con equidad de género debe ser uno de los pilares fundamentales de ese modelo a crear. El concepto de «seguridad humana» debe imponerse por sobre los criterios neoliberales del presente.

 

Con todos los desafíos planteados actualmente por la crisis mundial desatada por la pandemia del Covid-19, queda muy claro que, más allá de las estrategias para mitigar sus consecuencias a mediano y largo plazo, poco se dice sobre la necesidad básica de un cambio sistémico fundamental. La presente crisis probablemente sea un impulso para al menos dos cambios fundamentales de paradigma: uno relacionado con el trabajo de cuidados y el otro, relacionado con los cambios institucionales en materia de seguridad humana.

El núcleo de este doble cambio de paradigma es un redireccionamiento de las inversiones hacia sistemas sostenibles y preventivos que prioricen la asistencia y la seguridad de las personas. Esta redistribución no va en contra de los intereses económicos, sino a favor de una profunda transformación socioecológica.

Primero: cambio de paradigma para una remuneración justa e inversión en trabajo de cuidados

La pandemia de Covid-19 dejó algo muy claro: en la crisis global, son principalmente las mujeres las responsables de mantener los «sistemas», ya sea en espacios públicos como hospitales, centros de atención y cajas de supermercados, o en el hogar, en calidad de maestras, madres o familiares a cargo. En todas estas áreas, las mujeres representan más de 70% de la fuerza laboral o realizan la mayor parte del trabajo no remunerado.

Y a pesar de lo alta que pueda ser la valoración emocional de este trabajo en la actualidad, para muy pocas mujeres (con la excepción de las docentes o las médicas mencionadas anteriormente) esto se refleja en buenas remuneraciones.

Por lo tanto, este es el momento adecuado para provocar finalmente el cambio de paradigma –especialmente en lo que atañe al trabajo de cuidados– que hace tiempo hemos reclamado desde una perspectiva feminista.

Tenemos que:

- romper de una vez la lógica de productividad del modelo económico neoliberal,
- llevar a cabo una profunda redistribución de las inversiones en servicios públicos y en la creación de regímenes de cuidados resilientes,
- respecto del el trabajo de cuidados no remunerado, a) repartirlo con equidad de género y b) remunerar, con un cronograma de actividades y compensaciones salariales, el trabajo de cuidados no remunerado de familiares que prestan cuidados y ejercen al mismo tiempo una profesión,
- revalorar y remunerar mejor las profesiones sociales y minimizar el empleo precario (además de emprender la organización sindical y lograr convenios colectivos para los cuidadores y las cuidadoras),
- romper las cadenas de atención globales mediante a) un buen trabajo para quienes cumplen trabajos de cuidado en los países «emisores» y b) una revalorización y una ofensiva de cualificación para las profesiones relacionadas con el trabajo de cuidados en los países «receptores».

Con una crisis económica inminente como resultado de la pandemia, la atención se centra una vez más principalmente en los sectores de la producción. Pero incluso en epidemias y crisis económicas pasadas, fueron principalmente las mujeres quienes finalmente tuvieron que pagar el precio más alto, y quedaron relegadas. Los estudios sobre las pandemias de ébola y zika han demostrado, por ejemplo, que las respuestas ante las crisis ignoraron las desigualdades estructurales entre los sexos, con lo que se exacerbaron los efectos negativos para las mujeres. Las intervenciones en la autodeterminación sexual y los derechos reproductivos solo afectaron a la parte femenina de la población. También la mayor responsabilidad del trabajo de cuidados recae en ellas.

En la última crisis financiera y económica, las políticas de austeridad han profundizado enormemente las desigualdades y puesto en evidencia la desigualdad de género en muchos países. Algunas redistribuciones (como la bonificación por desguace en la industria automotriz y los subsidios de desempleo parcial) se pagaron mediante recortes en la infraestructura social. Los puestos de trabajo industriales masculinos se han asegurado a expensas de las mujeres que trabajan principalmente en otros sectores. También ahora, las mujeres corren un riesgo desproporcionado de perder sus fuentes de ingresos, especialmente muchas cuentapropistas y autónomas: peluqueras, modistas, artistas o libreras. Para las mujeres, el trabajo a tiempo parcial es la forma de combinar el trabajo de cuidados y el trabajo profesional, pero esto también revela desigualdad de ingresos y pobreza en la vejez.

Estas injusticias han dejado distorsiones profundas que continúan teniendo impacto en la actualidad.

Evitar errores del pasado

No se podrán evitar otras epidemias y crisis. Por lo tanto: ¡este es el momento de «inmunizar» a las sociedades y la economía! Sobre todo, se debe contrarrestar el argumento de que las cuestiones de género son un asunto menor o simplemente una distracción de la crisis real. Por el contrario, son un asunto central.

La crisis del coronavirus es global y continuará durante mucho tiempo, tanto en el plano de la medicina como en el de la economía. Pero también ofrece una oportunidad. Podría ser la primera crisis mundial en la que el género y las diferencias de género son registrados y tenidos en cuenta por investigadores y funcionarios. Los primeros análisis macroeconómicos ya están en marcha.

Durante demasiado tiempo, los políticos han partido del supuesto de que el trabajo de cuidados puede ser asumido por particulares, especialmente mujeres, quienes a su vez subsidian indirectamente a trabajadores y trabajadoras remunerados de otros sectores de la economía. Es hora de que la política socialdemócrata ponga fin a esta distorsión. Esto significa cambiar el paradigma del trabajo de cuidados, romper las cadenas de atención y mejorar las condiciones para el trabajo de cuidados dentro y fuera de los sectores asistencial y sanitario. ¡El trabajo de cuidados remunerado y no remunerado debe estar en el centro de la planificación de políticas macroeconómicas!

Segundo: cambio de paradigma a un sistema de «seguridad humana»

También desde una perspectiva global queda más claro que nunca que no hay sistemas regionales o supranacionales capaces de funcionar en caso de crisis. En cambio, a menudo son las constituciones nacionales, los planes de rescate, las legislaciones y las instituciones estatales las que entran en juego en la gestión de crisis.

La pandemia global ha dejado algo en evidencia: los inmensos déficits y la ineficacia de los sistemas de prevención disponibles en términos de seguridad humana. Las medidas de «seguridad humana» (human security) han sido durante décadas peor diseñadas y equipadas que los sistemas de seguridad tradicionales, es decir, los presupuestos militares y de defensa. Recién ahora el gobierno alemán ha confirmado su objetivo de aumentar el gasto militar a 2% del PIB, conforme a los acuerdos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Para estar mejor preparados ante futuras pandemias –que seguramente vendrán–, hay que hacer evaluaciones de riesgo y evaluaciones de impacto completamente nuevas, también con miras a encontrar soluciones interestatales y supraestatales. Los problemas de seguridad humana (incluidas las migraciones y la sostenibilidad ambiental) no se detienen en las fronteras nacionales y deben tener prioridad sobre las cuestiones de seguridad tradicionales. Estas nuevas cuestiones de seguridad también requieren inversiones prioritarias. Estas no solo tienen que ir a los sistemas sociales y de salud. La sociedad civil organizada, los servicios de voluntarios y las organizaciones sin fines de lucro también deben ser capaces de enfrentar y mitigar estos riesgos.

¡Hora de actuar!

Es hora de un cambio disruptivo que nos aleje de los patrones de la retórica y de las respuestas de la guerra, hay que ir hacia una arquitectura de seguridad humana comunitaria y basada en la solidaridad.

¿Cuándo, si no ya mismo? ¡Es hora de congelar o recortar los presupuestos militares que continúan expandiéndose en todo el mundo y aumentar la inversión en salud, educación, protección climática, lucha contra las causas de las migraciones forzosas y las infraestructuras públicas!

La coronacrisis es otro desastre para la humanidad que indica que con el aumento de la globalización y la urbanización, los riesgos para la seguridad humana también aumentan. Es muy probable que haya nuevas cepas del virus, tan virulentas como letales. Mientras tanto, los efectos del cambio climático y los patrones climáticos extremos nos afectarán aún más. La creciente desigualdad está alimentando conflictos, enfrentamientos militares, huidas en masa y desplazamientos, pero esto no puede combatirse con medidas de seguridad tradicionales, al menos en sus causas.

La política socialdemócrata tiene la misión de garantizar las condiciones de seguridad humana, y esta misión se acrecienta en la medida en que aumentan estos nuevos riesgos. Al tratarse una redistribución en términos de transformación socioecológica, la política socialdemócrata debería, sobre todo, echar mano también al presupuesto de defensa. Un doble cambio de paradigma que canalice la inversión en seguridad humana y trabajo de cuidados sostenible y con equidad de género es una oportunidad para salir de la crisis.

Traducción: Carlos Díaz Rocca

Fuente: FES

Publicado enSociedad
Sábado, 11 Julio 2020 06:14

Nuevos virus, cerdos y debates urgentes

Nuevos virus, cerdos y debates urgentes

“Cualquiera que pretenda comprender por qué los virus se están volviendo más peligrosos debe investigar el modelo agro-industrial y, más específicamente, la producción ganadera plantea Rob Wallace, autor de Grandes granjas crean grandes gripes”. Y continúa: “El capital está encabezando la apropiación de tierras en los últimos bosques primarios y zonas de cultivo de pequeños propietarios en todo el mundo. Estas inversiones impulsan la deforestación y conducen a la aparición de enfermedades por patógenos previamente encerrados, que se extienden a las comunidades locales de ganado y humanos”. En la pandemia actual, tanto por gobiernos como medios y comunidad científica, se minimiza el análisis de las causas. El virus zoonótico, que “saltó” de una especie silvestre acorralada por destrucción de su ambiente natural y cambios en el clima, ya mató a más de 500.000 personas en todo el mundo, y está lejos de ser contenido.

En este contexto las declaraciones de la Cancillería que encabeza Felipe Solá del avance en el “acuerdo estratégico” con China, que involucra la provisión de carne de cerdos al gigante asiático son preocupantes.

En agosto de 2018 se declaró oficialmente el estallido de un fuerte brote de la Peste Porcina Africana (PPA) en China que diezmó la población de cerdos de ese país. Según GRAIN “Sólo una pequeña porción de este desastre se registró en las estadísticas oficiales. El estado chino afirma que un 1,2 millones de cerdos fueron sacrificados, pero al interior de la industria se dice que el número real de cerdos muertos por el brote de PPA está cerca de los 200 millones. Se estima que la república popular podría tardar entre 5 y 10 años en controlar la enfermedad.

El brutal colapso de las poblaciones de cerdos chinos obligó a aumentar las importaciones de carne para abastecer la demanda interna. El aumento del PIB per cápita disparó allí el surgimiento de una enorme clase media que empezó a cambiar su dieta incorporando proteína animal, carne. Como sabemos, la alimentación es infinitamente más que la ingesta de nutrientes, y representa el hecho cultural más importante de nuestra especie. Pero satisfacer las aspiraciones de esas 440 millones de personas tiene y tendrá impactos en la realidad, sobre todo si se hace con la lógica del capital de la que habla Wallace.

Sobre llovido mojado: El descubrimiento de un nuevo virus de influenza porcina que infecta a humanos acaba de ser anunciado en “el imperio del centro”. Entre 2011 y 2018, se hicieron miles de hisopados nasales a cerdos de granjas industriales detectando una gran cantidad de virus (179) y entre ellos uno llamó particularmente la atención: una cepa de la famosa “gripe porcina” que golpeó con fuerza al mundo en 2009. Tiene el aséptico nombre de “G4 EA H1N1” y se ha convertido en predominante en las poblaciones porcinas desde 2016. Al testear a los trabajadores de las plantas descubrieron que muchos tenían anticuerpos; es decir que fueron infectados por ese virus. Aunque todavía no contagia de humano a humano, el hacinamiento de cerdos en granjas industriales es la condición ideal para nuevas mutaciones.

Los autores del estudio indicaron que los virus G4 tienen todas las características esenciales de un candidato a virus pandémico  y la OMS ya envió equipos para profundizar la pesquisa.

¿Importar pandemias?

El mito de la “Argentina supermercado del mundo” sigue alimentando espejismos y riesgos. Además de proveer millones de toneladas de soja transgénica y derivados para que coman los chanchos, la gula corporativa también moldea nuestros territorios como proveedores de esa carne que falta en el oriente. China ya es el destino principal de las exportaciones de carne Argentina. Delegaciones de funcionarios chinos viajaron para las inspecciones que a posteriori habilitaron a más de 50 frigoríficos para la exportación. Aves, cerdos, vacas: “China es una aspiradora de la carne argentina” celebran los portales del agronegocio.

El 6 de julio la cancillería argentina difundió la comunicación entre Felipe Solá y el ministro de Comercio de la República Popular China Zhong Shan, brindando algunos detalles de la “asociación estratégica”. Sobre producción de carne porcina anuncia “inversión mixta entre las empresas chinas y las argentinas” para “producir 9 millones de toneladas de carne porcina de alta calidad”, lo que “le daría a China absoluta seguridad de abastecimiento durante muchos años”. “Ya llegaron a un acuerdo sobre este proyecto la Asociación China para la Promoción Industrial y la Asociación Argentina de Productores Porcinos” concluye. Esas 9 millones de toneladas de carne representarían 14 veces el total de lo producido por el país en todo el 2019.

La propia experiencia China y mundial debería hacernos encender alarmas, y ayudarnos a ampliar la mirada.

En todo el mundo cada brote en enfermedades como la PPA implicó sacrificar enormes cantidades de animales, lo que llevó a la ruina a pequeños y medianos productores, y generó mayor concentración en la nueva estructura productiva. Se estima que en Argentina la agricultura familiar campesina e indígena produce casi la mitad de la carne de cerdo que se consume en el país, con formas muy distintas a los feedlot industriales.

En términos ambientales la ganadería industrial no sólo es responsable de la destrucción de ambientes naturales, sino también de enormes emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Aunque las grandes compañías se cuidan de ocultar los datos, GRAIN y IATP estiman que las 20 primeras corporaciones de carnes y lácteos producen más GEI que Alemania, Canadá, Australia, Reino Unido o Francia; y que las 5 más grandes del rubro (JBS, Tyson Foods, Cargill, Dairy Farmers y Fonterra) emiten juntas más que la Shell, Exxon Mobil, o British Petroleum. 

Por último el aspecto sanitario: estamos en medio de una pandemia mundial con millones de infectados y cientos de miles de muertes; que sucede superpuesta a la epidemia de fiebre porcina que liquidó la mitad de la población total de cerdos en China, y estamos encendiendo alarmas por nuevos virus. Sorprende entonces el entusiasmo de algunos sectores.

¿Vamos dejar que el capital nos siga arrastrando de crisis en crisis, de pandemia en pandemia?

En estos más de 100 días de aislamiento la luz no se ha ubicado lo suficiente sobre la producción industrial de carnes, y más en general sobre el modelo agroalimentario dominante del que habla Wallace. Esto es gracias a las cortinas de humo que proveen los multimedios socios del agronegocio, y también por las especulaciones en torno a la crisis económica actual.

En nuestro país la pandemia va dejando un dramático tendal sobre un tejido productivo ya desflecado por la gestión neoliberal de Macri, al tiempo que se renegocia la deuda pública que dejó con los lobos de Wall Street. A los millones de pobres que había, se están agregando nuevos contingentes a los que el Estado asiste en parte, pero no alcanza… Toda esta tensión tiñe cualquier discusión económica, sobre todo alrededor de la generación de divisas que el país necesita. Muchos sectores de adentro y afuera del gobierno, apuestan a la agroindustria para salir del pozo, y aunque la reflexión sobre la soberanía alimentaria ganó mucho espacio en nuestra sociedad también podríamos retroceder merced a esta crisis. Por eso ahora es clave aportar reflexiones de amplio espectro.

Criar cerdos para el afán (acomodado y extranjero) de proteína animal, asumiendo todos los riesgos y externalidades de ello, claramente no es Soberanía Alimentaria. Si es verdad que “el virus no te busca a vos, sino que vos vas a buscar al virus” (Alberto Fernández dixit) es fundamental asumirlo para no comprar llave en mano nuevos desastres.

Frente a la crisis las organizaciones populares están haciendo una cantidad de propuestas muy importante que necesitamos conocer y amplificar: el llamado Plan San Martín, el Ingreso Universal Ciudadano, las Colonias Agrícolas Integrales de Abastecimiento Urbano, la Empresa Pública de Alimentos, las EPAS en Santa Fe; nuevos ordenamientos y defensa de los territorios; garantía de derechos junto a urgentes reformas estructurales.

Si de los laberintos se sale por arriba, empecemos a trepar con ellas

10 julio 2020.

Publicado originalmente en Huerquen

Para enfrentar los efectos de la pandemia y de la recesión capitalista: Un Plan humano para los de abajo

Desde marzo pasado Colombia vive el golpe de la covid-19 y con ella el desnudo de su precario sistema de salud; al mismo tiempo vive una crisis/recesión que agobia su economía. Las dos juntas, la de salud pública y la del aparato productivo, han dado paso a una crisis de calado mayor que restriega los ojos de todos. Así, con ojos libres de cualquier suciedad, es imposible negar o disfrazar el deformado cuerpo de una sociedad tallada por una desigualdad de ribetes descomunales y por unos riscos donde anidan unos pocos que nadan en la abundancia.

Esa es parte de nuestra realidad, la misma que será más espeluznante toda vez que producto de esta crisis millones padecerán empobrecimiento, seguramente sufriendo por prolongados meses desempleo –en caso de haber gozado de trabajo fijo en algún momento–, embargo de sus viviendas o desalojo de la ocupada en arriendo, congelamiento de sus estudios por incapacidad de pago, largas temporadas de mala alimentación, y otras muchas manifestaciones de los efectos de la crisis por ausencia de un gobierno que vele por las mayorías.

Esa es una realidad hoy palpable pero que lo será mucho más en el futuro cercano. La crisis es y será dolor, pero también oportunidad para replantearnos como sociedad, para que pensemos en el país de nuestros sueños, para que nos dispongamos a luchar por él. Una realidad y una posibilidad tal que nos lleva a preguntarnos por un posible plan humano “para los de abajo”. Un plan con medidas económicas inmediatas y mediatas para neutralizar la tragedia social que ya padecen millones y que al seguir acumulándose padecerán muchos más; una tragedia que desnuda, en su real cuerpo e intereses, al gobierno que tenemos y la minoritaria clase que representa.

Un plan que reivindique como propósito urgente y central de nuestra sociedad en el actual momento la disposición de todas sus capacidades y recursos para rescatar a quienes padecen con crudeza los efectos de la doble crisis que desploma al país. Es un plan, por tanto, con medidas de choque y otras de mediano y más largo plazo, proceso en medio del cual debemos afrontar una discusión abierta a toda la sociedad para avanzar en lo que comprendemos por humanidad, sociedad, solidaridad, justicia, vida digna, democracia, salud, etcétera.

Sabiendo que no es posible lograr acuerdo sobre estos tópicos, lo valioso de esta acción política es que alcancemos a comprometer al mayor número de connacionales en reflexiones que implican su vida de hoy y de mañana, estimulando de esta manera su organización como sujeto activo, pasando de la contemplación y pasividad –de quien delega en otros el diseño y administración de su vida– a la acción consciente que asume en sus propias manos su presente y futuro, condición fundamental para avanzar hacia la construcción de sociedades en donde la democracia deja de ser forma, para ser esencia.

 


Medidas

 

 

Inmediatas

• Ingresos

Ingresos. Para enfrentar la actual crisis económica y avanzar en inclusión social: implementar la Renta Básica (RB) que cubra no menos del 50 o 60 por ciento de la población, con beneficio de un salario mínimo a lo largo de los próximos tres meses, y la que luego deberá ser permanente, con una transferencia de al menos el 70 por ciento del salario mínimo vigente*.

* Beneficios de la RB inmediata: al estimular la demanda interna ayuda a reactivar el aparato productivo local y, con ello, a reducir el desempleo. Es de suponer que la primera demanda de los hogares beneficiado de la RB será de bienes de la canasta familiar, especialmente de la canasta básica agrícola, o bienes de consumo abastecidos en su mayoría por producción local.


• Empleo

El Estado debe asegurar que las políticas que está aplicando para enfrentar la pandemia tengan una orientación fundamental: quebrar el ciclo recesivo contraccionista económico y social, para lo cual debe proveer incentivos para la reactivación, invirtiendo en sectores clave relacionados con la seguridad sanitaria y alimentaria, en la transición ecológica, en la reconstrucción del tejido social y de la infraestructura física, todo ello a lo largo y ancho del territorio nacional.

Para así proceder y reunir la suficiente mano de obra que este esfuerzo requerirá, abrir bolsas de empleo por lo menos en el 30 por ciento de los municipios del país, privilegiando a los ubicados en las zonas donde se pondrán en marcha todos y cada uno de los proyectos que implique la inversión en sectores clave de la economía nacional. En algunos casos, para ser más eficientes, deberán acordarse alianzas con organizaciones de la economía solidaria y del rango comunitario, así como otro tipo de organizaciones privadas. Guiar este tipo de alianzas por la máxima: el interés público debe primar por sobre el interés privado.


De igual manera, restablecer el papel del Estado por lo menos en las siguientes áreas:

Salud. Desmercantilizar la prestación de este derecho humano, para que el conjunto social pueda entrar en igualdad de condiciones a su goce. Las clases altas pueden asegurarse privadamente, si así lo desean, pero la gran mayoría de la población debe acceder a servicios de salud eficientes no mercantilizados y para ello la única posibilidad es el Estado como responsable.

La Ley 100/93 hay que replantearla y ver dentro de la nueva función del Estado, que no es volver al estatismo tradicional planificador central de hace unas décadas sino a un Estado proactivo, intervencionista en aquello que debe intervenir pero responsable y eficiente para las condiciones modernas**.

**La pandemia develó, una vez más, las grandísimas falencias en el sistema de salud y la inconveniencia de la Ley 100/93. Desprivatizarlo es condición sine qua non para que en algún momento llegue a cumplir de manera adecuada con los propósitos que le competen.
El Estado debe garantizar este derecho humano fundamental, y organizar su prestación de tal manera que el nivel preventivo destaque, relacionándolo con entornos saludables y alimentación equilibrada. organización territorial, vivienda, alimentación, medio ambiente, atención social; como mínimo estos campos de la vida diaria deberán estar integrados y atendidos de manera conjunta para que la salud deje de ser un asunto de quirófanos.

 


 

 

Educación. Además de la gratuidad para acceder a la educación primaria y secundaria, universalizar este derecho cubriendo, inclusive, la educación universitaria y superior en general. Ampliar la infraestructura instalada en las universidades pública ya existentes, además de fundar nuevas universidades, cada una de ellas con perfiles en investigación y formación académica según las potencialidades de los territorios donde sean edificadas. Crear las bases para un amplio y dinámico proyecto en ciencia y tecnología.

Transporte urbano e intermunicipal. El desestímulo del uso del vehículo privado, y por esa vía avanzar en política ambientales que en efecto descontaminen los centros urbanos y sus alrededores, demanda la construcción e implementación de un eficiente servicio de transporte público. Para el mismo debe privilegiarse la movilidad con base en energías limpias, dejando a un lado el motor diesel y de gasolina. Para el caso urbano, deben complementarse variedad de modelos de transporte entre ellos los troles, tranvías, trenes de cercanías, cables aéreos. Para el intermunicipal hay que recuperar el sistema férreo –ver medidas de largo plazo.

Seguridad alimentaria. Para el caso de nuestro país la pandemia demostró con nitidez que si no hubiera sido por la producción campesina de bienes básicos agrícolas no habría sido posible garantizar la seguridad alimentaria en tiempos de confinamiento. Esto revaloriza la seguridad y la provisión de bienes agrícolas de la economía rural, particularmente de la campesina. Inyectarle fuertes sumas de dinero a este sector, estimulando la producción ampliada de cereales, verduras, frutas, tubérculos, así como la producción en piscicultura y granjas para la producción cárnica a baja escala, recuperando canales de regadío, construyendo otros, diseñando eficientes líneas de mercadeo que acerquen al producto directo a los mercados barriales –reduciendo de esta manera la intermediación y encarecimiento que conlleva–, son retos por acometer de inmediato. El diseño de líneas de crédito a muy bajo costo es una medida que reconoce el esfuerzo de los campesinos y favorezca su labor. Todos estos aspecto, más la misma propiedad de la tierra, son factores clave para la inclusión social del campesinado.

Tierra. Condición fundamental para que el país garantice soberanía alimentaria es la realización efectiva de una reforma agraria que garantice a millones de campesinos el derecho a la tierra que aún les es negado. Un paso paralelo a ello es la formalización de la propiedad de la tierra, entregando sus títulos a quienes la han laborado por años.


 

Mediano plazo

 

Agua y luz. En la vida moderna es imposible gozar de vida digna sin tener acceso permanente, con calidad y eficiencia, a estos bienes fundamentales.

Para construir empresas que los garanticen con calidad y eficiencia, hay que propiciar que sean bienes comunes y como tal en su diseño y funcionamiento debe participar la sociedad de manera activa, no solo para fiscalizar sino también para diseñar y proyectar su perfil y funcionamiento. Para garantizar su carácter, la ganancia deja de ser propósito central, su principal objetivo es que ningún hogar quede por fuera de su goce, de ahí que socializar sus ganancias sea uno de los mecanismos para que el conjunto social los pueda recibir a plenitud.

Para así garantizarlo, el Estado puede asociarse con variedad de agentes, por ejemplo con asociaciones comunales como las que ahora mismo velan por los acueductos comunitarios en diversidad de municipios, pero también con agentes privados que se sometan a las condiciones que les establezca la sociedad –por ejemplo, poca ganancia, eficiencia y transparencia en su funcionamiento.
Intervenir el sector financiero y crear bancos de fomento. No es posible tener el más mínimo control sobre la economía sino se cuenta con una regulación estricta que ponga en cintura el sistema financiero. De igual manera, la sociedad tiene que dotarse de instrumentos para administrar, financiar y apalancar el conjunto de sus iniciativas productivas, de organización urbana y rural, de transporte, en todo lo cual son indispensables los bancos de fomento.

Vivienda. Poner en marcha un amplio proyecto de vivienda digna, que supere en espacio, diseño, estética, espacios públicos, lo construido hasta ahora. Dejar como mal recuerdo el modelo de vivienda social implementado a lo largo de las últimas 4 décadas. Vincular al diseño y ejecución de los nuevos modelos de vivienda a toda la población interesada. Abrir amplio debate sobre la propiedad del suelo en los centros urbanos, buscando apoyo social para que su propiedad pase a manos del Estado, eliminando por esta vía el factor fundamental de especulación y encarecimiento de la vivienda.

Recuperar el sistema férreo, que como es reconocido, es menos contaminante, más económico, más eficiente en capacidad de transporte, tanto de población como de mercancías. Aprovechar los tendidos de rieles ya existentes, y sobre ellos renovarlos, reforzarlos y ampliarlos en extensión cubriendo nuevos poblados que hasta hace 40 años –cuando aún existía Ferrocarriles Nacionales– no estaban tan poblados. Integrar este sistema con la red de transporte urbano y con la de cabotaje que también debe recuperarse, logrando en el largo plazo que ríos como el Magdalena sean retomados como una de las principales autopistas acuáticas del país.


Largo plazo

 

Una masiva política de empleo vendrá de la renovación-reubicación de los principales centros urbanos existentes en el país, buscando con ello calidad de vida, descontaminar, recuperar miles de hectáreas –continuas a grandes poblados– para la producción agrícola, reorganizar su diseño interno, facilitar el transporte diario, ganar para la vida miles de horas que cada año se dilapidan en viajes entre casa-trabajo-casa.

Construcción de nuevos centros urbanos. Hay que regresar al país de regiones y de ciudades que llegamos a ser, impidiendo la existencia de megalópolis, totalmente antinaturales. Construir, por lo menos, dos nuevas ciudades por cada una de las regiones con que cuenta el país, tratando que ninguna de ellas supere el millón de pobladores. Diseñar la ampliación, asimismo, de por los menos 2 o 3 centros poblados de los hoy existentes, a los cuales llegaría parte de la población reubicada de las principales capitales de departamento.


 

Recursos frescos para financiar este esfuerzo. Para ello:

 

Reforma estructural tributaria, que cumpla con los principios constitucionales de progresividad financiera, eficiencia y transparencia para los siguientes propósitos:

1. Aumentar el esfuerzo fiscal, de toda la sociedad, es decir la proporción del recaudo respecto del producto interno bruto (PIB), asumida en un periodo de 3 años por los menos 6 puntos del PIB o un poco más.

Para poder hacerlo hay que cambiar la estructura, que debe ser progresiva: que los más ricos paguen proporcionalmente tarifas según su riqueza respecto al resto de la población. Con la actual estructura existente, los más ricos pagan menos tarifas o incluso equivalentes a los que paga la clase media, lo mismo con las empresas. Este cambio llevará a que gran parte del esfuerzo tributario adicional de la población provenga fundamentalmente de los sectores más ricos de la sociedad.


2. Incrementar la eficiencia y la transparencia del sistema. Existe una gran evasión de los sectores ricos de la sociedad, hay una serie de mecanismos con visos de legalidad que propician la evasión masiva de los más ricos de la sociedad. Hacer esto realidad obliga a unas decisiones muy complejas que dependen de la voluntad política de quienes gobiernan, para taponar figuras y formas que favorecen únicamente a los ricos, no a la clase media ni a los pobres. La reforma estructural tributaria no solo debe garantizar un cambio efectivo en al recaudación de impuestos , para darle mayor financiación al Estado, sino también avanzar hacia un Estado social de derecho como pregona la Constitución del 91.

3. La tributación debe cumplir su efecto primigenio que es la redistribución del ingreso. Hasta ahora el sistema tributario colombiano ha demostrado ser regresivo, y aún el impuesto a la renta no redistribuye. Debemos tener un sistema


 

Hay que replantear la geografía colombiana ya que en dos décadas no será la misma


Cuando hablamos de revalorar y reconsiderar la política de seguridad alimentaria y del desarrollo rural, partimos de reconocer que con el cambio climático que viene habrán muchos territorios hoy agrícolas que dejarán de serlo, vendrán cambios en la configuración agropecuaria, y estaremos abocados a realizar reasentamientos humanos y relocalización de la producción. Una labor que no puede acometerse de manera efectiva si el Estado no estimula una amplia participación social, en consulta masiva con todos los sectores y personas interesadas en tal realidad.

Colombia, cuya riqueza está centrada en la biodiversidad, en la naturaleza, en la ecología, el Estado tiene un papel central en la conducción de la transición ecológica del modelo actual al modelo que privilegie la sustentabilidad socioeconómica del modelo de desarrollo buscando aprovechar, desarrollar y preservar la gran riqueza del 60 por ciento del territorio colombiano que está alrededor de la ecología y a la transición ecológica hacia nuevas formas de consumo y de desarrollo social.

Transición ecológica hacia fuentes renovables dejando los combustibles fósiles y privilegiando otras formas de energía en las sociedades en la cual Colombia, sino acabamos de destruir lo existente, podría tener una gran ventaja intergeneracional y ahí el estado es el único que tiene esa labor responsable para que el sistema de mercado actual no privilegie con sus precios, la conservación de los recursos y el desarrollo de la naturaleza. Si no hay un Estado fuerte, no se podrá realizar esa transición ecológica.

 


 

Replantear el papel del Estado


La mercantilización y privatización de algunos ámbitos del Estado, como está demostrado en el mundo, no es lo más adecuado en aras de poder enfrentar de manera socialmente eficiente la crisis generada por la pandemia del covid-19.

Hay que replantear seriamente el papel del Estado en la sociedad, en la economía, buscando nuevas formas de asociación público-privadas y una instancia nueva, cada vez más importante: lo común, que no es público ni privado en estricto sentido, potenciando y garantizando así una participación creciente de la población en la organización, ejecución, seguimiento, evaluación y ajuste de todo lo que tiene que ver con la vida en sociedad.

Hay un papel fundamental del Estado en la economía. En el modelo neoliberal el Estado perdió ámbitos de competencia, dejando a las fuerzas del mercado amplios campos de la esfera económica que, está visto, no es el mejor camino. La idea no es que el Estado intervenga en todos los campos, pero existen sectores estratégicos –por la significancia de los mismos y por la magnitud de la invesión– donde su presencia es fundamental, así lo demuestra el caso de hidrocarburos con Ecopetrol.

La pandemia ha descubierto, inclusive, que muchos países no tenían seguridad ni soberanía en el abastecimiento del material básico sanitario (respiradores, mascarillas). Una de las importantes lecciones aprendidas es que no van a volver a depender de China, India o de terceros países para su propia seguridad sanitaria. Algo similar sucede con la seguridad alimentaria, ya enfatizan en la necesidad de tener unos estándares de seguridad sanitaria y alimenticia que garantice que haya producción local en amplios sectores de la producción agropecuaria.

A la sociedad como un todo, en una acción dinámica con el Estado, le compete buscar una nueva política rural para garantizar una seguridad alimentaria pero que sea equitativa e incluyente del campesinado, lo cual exige un Estado que no deja en manos de las llamadas fuerzas del mercado lo que ahí pueda suceder, sino que invierte lo requerido para contar en todas las zonas que lo requiere una infraestructura de bienes públicos y créditos para garantizar directamente no solo el bienestar sino también una mejor competitividad de la productividad e ingresos para el campesinado que nos garantice la deseada y necesaria seguridad alimentaria

En toda esta acción, sin dejarnos llevar por las demandas abiertas por la crisis, si bien hay que contar con el Estado no podemos llegar a renunciar a la quimera de su cada vez menor intervención, lo cual tiene que ver con una mayor participación y protagonismo social-comunitario en todo momento y en todos los campos. Debilitarlo, por la vía de fortalecer lo común, es condición esencial para ganar mayor espacios de libertad y protagonismo comunitario, para neutralizar su cada vez mayor autoritarismo y control social, así como el realce que en su estructura tiene todo lo relacionado con lo policivo y militar.

 

 

 

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Publicado enColombia
Sábado, 27 Junio 2020 06:53

Imaginarios para salir del desastre

Fuentes: Revista Anfibia - Ilustración Pablo Redondo

Conversación entre Angela Davis y Naomi Klein

 

Angela Davis y Naomi Klein reflexionan sobre la oportunidad que la crisis del coronavirus representa para movimientos sociales e izquierdas. Cruzan las instantáneas del presente con otros momentos fundamentales de la historia. Vuelven a pensar otro mundo posible basado en menos represión, más activismo, imaginación y perspectiva feminista.

Naomi Klein y Angela Davis se encontraron en una charla virtual organizada por The Rising Majority: “Coronavirus y construcción de un movimiento opositor”. Hubo más de 200 mil personas escuchando el vivo, en todo el planeta, en todos los horarios e idiomas, pero con una visión de mundo compartida. Hablaron de la crisis global, de la pandemia, de los feminismos, de los trabajos imprescindibles, del racismo, de las personas privadas de su libertad. Atravesadas por el acontecimiento reflexionaron sobre los desafíos que se vienen para los activismos y para la izquierda internacional en un escenario que nos impone la necesidad de desafiar los límites de la imaginación de lo posible. 

Angela Davis es activista antirracista, anticapitalista e histórica referente de las luchas afro en los Estados Unidos a gravés de las Panteras Negras. Es autora de Género, raza y clase y ¿Son obsoletas las prisiones? Naomi Klein es activista anticapitalista y ecologista, cineasta y periodista. Escribió No Logo y La doctrina del Shock. Modera la conversación la activista Thenkiwe Mcharris. 

THENJIWE MCHARRIS: Esta conversación intenta poner en común visiones transformadoras y nos invita a hablar de los cambios estructurales que necesitamos. ¿Qué nos dice esta crisis sobre el fracaso del capitalismo y sobre el riesgo de que el sistema aplique sus propias soluciones para afrontar el desastre?

NAOMI KLEIN: Esta es una crisis creada por el capitalismo. La pandemia misma es una expresión de nuestra guerra contra la naturaleza, de las enfermedades que vienen desde “lo salvaje” a la esfera humana porque nos estamos metiendo en ese plano de lo salvaje cada vez más. Estamos viendo cómo esta enfermedad se inserta en los sistemas inmunológicos débiles. Pero si tomamos distancia y ampliamos la perspectiva, vemos que nuestro sistema económico, dispuesto y construido en base a la voluntad de sacrificar la vida en beneficio de las ganancias, generó las condiciones previas para que esta crisis sea todavía más profunda, debilitando nuestro sistema inmune colectivo y generando las condiciones para que el virus se desarrolle de forma desenfrenada.

Esto se expresa de muchas maneras: a tavés de los sistemas médicos privados, en la denigración del trabajo de cuidado -al no brindar los equipos de protección adecuados-, y en la denigración de los trabajos de servicio: las personas que producen y entregan alimentos son tratadas como desechables. Todo ésto hace que el virus esté fuera de control. 

Además, tenemos el capitalismo del desastre. Vemos lo mismo de siempre: frente a tanto dolor y necesidad, el oportunismo corporativo no se pregunta cómo aportar soluciones sino cómo puede enriquecerse aún más. Algunos ejemplos son las regulaciones ambientales suspendidas en China y en Estados Unidos en nombre de ayudar a la economía, y el impuesto a la regulación financiera. Esta declaración de intenciones impulsa crisis encubiertas, son ataques explícitos a nuestras democracias ya débiles. Entonces vemos a un Viktor Orban en Hungría, a Jair Bolsonaro en Brasil, a Benjamin Netanyahu en Israel, a Trump en Estados Unidos… Son lo mismo. Todos usan la autoridad para obtener mayor poder de vigilancia. 

ANGELA DAVIS: Al escucharte, Naomi, pienso en lo que pasa en Palestina, en lo que pasa en Siria y en Kurdistán, pienso en las poblaciones que están expuestas a situaciones de represión como respuesta fallida al Coronavirus.

THENJIWE MCHARRIS: Angela, durante años nos hablaste del sistema carcelario. ¿Podemos pensar la coyuntura desde una perspectiva abolicionista?

ANGELA DAVIS: Al analizar el impacto y los intentos para mitigar el virus, se pensó en la situación de las personas forzadas a mentenerse encerradas. Hubo preocupación por quienes quedaron confinados en cruceros. Pero deberían preocuparnos -y más, incluso- las personas que están en prisión o en centros de detención de inmigrantes. Acá, en Estados Unidos, las personas quedan detenidas por un período de uno a seis meses, no más de un año. Sin embargo, en este contexto, una sentencia de tres meses puede significar la pena de muerte. Aquí muchas organizaciones -Critical Resistance, No New Jails, All Of Us or None, Transgender Gender-Variant & Intersex Justice Project- piden la liberación de prisionerxs. En Estados Unidos hay 2.3 millones de personas tras las rejas. Pedimos, en particular, la liberación de lxs ancianxs. Y considerando que la cárcel acelera el envejecimiento, hablamos de mayores de 50. Las apelaciones también piden la liberación de lxs niñxs que están en institutos para menores. 

Estaba leyendo un artículo de Mike Davisis en la “Jacobin”, donde menciona a la “corona-crisis” como un monstruo alimentado por el capitalismo. Dice que esta pandemia expande el argumento de que el capitalismo global parece biológicamente no sustentable por la ausencia de una infraestructura de salud pública global. Y afirma: “Tal infraestructura nunca existirá si los movimientos sociales no quiebran el poder de las grandes farmacéuticas y del sistema de salud privado”. La mirada abolicionista nos obliga a pensar de manera amplia y a recordar, por ejemplo, a aquellxs que no tienen casa. Incluso si se lleva a cabo la descarcelación de la cantidad de personas tras las rejas, muchxs sólo tendrán las calles como un lugar para refugiarse. Por lo tanto, también tenemos que pensar en el acceso a la vivienda y al alimento. Si Irán pudo liberar a 70 mil prisionerxs, es decir, un tercio de su población de detenidxs, los Estados Unidos deberían poder hacer lo mismo.

THENJIWE MCHARRIS: Esto nos lleva a la siguiente pregunta. ¿Cómo saber qué es posible transformar? ¿Cuánto más tenemos que involucrarnos? 

NAOMI KLEIN: Se necesita de un gran compromiso. Recién estamos en la primera etapa de esta tremenda crisis. Una vez que reconocemos que estamos en una emergencia, el gran compromiso es posible. Ahora, por ejemplo: todos los que estamos compartiendo esta conversación seguramente pasamos nuestras vidas tratando de convencer al mundo de que el status quo nos llevaba al desastre. Estados Unidos no vio esta pandemia como una crisis. Lo dijo FOX News: que las personas mayores y las enfermas debían morir en silencio, en nombre del mercado. La única razón por la que ha habido una movilización de esta escala tiene que ver con los viajes geográficos que hizo virus, y que antes de golpear a Estados Unidos golpeó a sociedades con un tejido social más fuerte. Entonces tuvimos presidentes como el de China, y algunos del sur de Europa, que clausuraron sus economías para salvar vidas, y ésto venció las medidas de Trump que de alguna manera se vio obligado a tomar decisiones similares. La crisis abre el sentido de lo que es posible. 

Cuando escribí Doctrina del Shock, cité a Milton Friedman: “Solo un procedimiento real de crisis produce un cambio real, y cuando ocurre la crisis depende de las ideas que están por ahí”. Milton Friedman estaba enfocado en tener una infraestructura intelectual de preparación para desastres para la derecha, para las corporaciones, porque entendió que cuando el capitalismo produce su propia crisis y las injusticias del sistema quedan al descubierto, como sucedió durante la Gran Depresión, la izquierda tiene una gran oportunidad. Milton Friedman escribió una carta a Pinochet en los ´70, y le dijo: “Todo salió mal en su país, como en el mío en la década de 30, cuando la gente tuvo la idea de que podían hacer cosas buenas con el dinero de otras personas”. Entonces, en otras palabras, toda la estrategia que están desplegando para moverse tan rápido ante una crisis, para impulsar su lista de deseos es porque tienen miedo de que impulsemos la nuestra, tienen miedo de que exijamos exactamente aquello de lo que Angela ha estado hablando. Que vaciemos las cárceles, que exijamos casas para todxs, que digamos: “Esperá un minuto. ¿Ganaste 6 trillones de dólares? Podríamos tener un buen comienzo de un nuevo acuerdo verde con ese dinero”. Quiero decir, si podés pagarle a la gente para que se quede en casa, podés pagarle a la gente para que se vuelva a entrenar fuera del sector de los combustibles fósiles. Si las corporaciones están de rodillas pidiendo rescates, los sectores más contaminantes del planeta, compañías petroleras, compañías de gas, aerolíneas, compañías automotrices, de cruceros, significa que podemos tomar posesión de estos sectores, podemos bajarles un cambio si están en guerra con la vida en la tierra, podemos cuidar a sus trabajadores. Lo que necesitamos, para citar a mis colegas de The Leap, que es una organización que co-fundé, es patear puertas, abrirlas a la posibilidad radical tan a lo ancho y a lo largo como sea posible. 

En esta crisis nos encuentra en una mejor posición que la de 2008, cuando la economía mundial colapsó y teníamos claro que nos veíamos obligados a pagar para salvar a los banqueros. Ocupamos las plazas y dijimos: “¡No!”. Pero en ese momento no impulsamos nuestras alternativas radicales con el coraje y con la fuerza suficiente. Esto es lo que debemos hacer ahora. Estoy tan inspirada por los trabajadorxs de Amazon, Hole Foods, Instacard, GI y los enfermeros. Todos son trabajadores de la primera línea pero su trabajo es denigrado y, literalmente, tienen que usar bolsas de basura para protegerse del virus. Es que así es como el capitalismo los ve, como basura. Pero ellos están de pie: “No, no somos basura. Nosotros sostenemos al mundo”. Esa es la energía que necesitamos para construir. Tenemos que ejercitar nuestro derecho a parar, a retener esa fuerza de trabajo. Necesitamos abrir la puerta de una patada, ¡y mantenerla abierta! 

THENJIWE MCHARRIS: Debemos ser audaces y tener confianza pero también expandir la ronda de posibilidades en nuestra imaginación. Entonces, ¿cómo avanzamos hacia un mayor nivel de demandas?

NAOMI KLEIN: Es una carrera contra el tiempo porque todavía no vimos sus peores ideas. La gente en Gaza nos dice que son un laboratorio para el resto del mundo. Hoy, en Bombay, fueron diagnosticados los primeros casos de Corona, en un barrio marginal. Eso es preocupante por lo que dice Ángela sobre la imposibilidad de las personas para aislarse cuando no tiene dónde hacerlo. ¿Qué respuesta da un estado carcelario? Sella el barrio pobre, lo convierte en Gaza. Salvo que estemos ahí diciendo: “¡No! Todos tienen derecho a una casa, hay muchos hoteles vacíos”. Creo que veremos peores instantáneas que las que estamos viendo ahora.

THENJIWE MCHARRIS: Y vos, Angela, ¿qué crees que esta crisis nos está pidiendo? 

ANGELA DAVIS: Estoy de acuerdo con Naomi: tenemos que pensar en las similitudes entre la década del 30 y ahora. Muchas personas se dan cuenta que el capitalismo no está preparado para responder a las necesidades de la gente y de otros seres de este planeta. El capitalismo global es responsable de la imposibilidad para abordar esta pandemia. También es responsable del gran número de personas en prisión, del alto costo de la atención médica, la vivienda y la educación. Las personas hoy tenemos la capacidad de darnos cuenta de que no tenía por qué ser así.

La crisis revela la naturaleza del capitalismo racial, el racismo dirigido contra asiático-estadounidenses, por seguir el ejemplo de… ¿cómo se llama el actual ocupante de la Casa Blanca? Estamos reconociendo y tenemos la capacidad de organizarnos contra el racismo de las instituciones, el racismo cotidiano. Y tenemos la capacidad de generar organización feminista, lo que podríamos llamar la organización feminista abolicionista, porque todas estas son cuestiones feministas. El racismo es una cuestión feminista, la falta de vivienda es una cuestión feminista, la abolición de las cárceles es una cuestión feminista. También deberíamos considerar que muchas de las personas que están en el centro de esta crisis, en la primera línea, son mujeres. Y quiero decir una cosa sobre la violencia de género y el abuso infantil: muchas mujeres están siendo forzadas a pasar las 24 horas del día con sus abusadores, siendo incapaces de conectarse con aquellos que han sido sus cuerdas de salvataje.

Deberíamos aprovechar ésto como una oportunidad para generar el tipo de organización que resalte el sentido de la necesidad de solidaridad internacional, y que tenga la capacidad de sacarnos de nuestro adormecimiento, de reconocer que podemos aceptar liderazgos de personas que se organizan en otras partes del mundo. 

(…)

NAOMI KLEIN: Mucho de lo que sé sobre el poder transformador de una crisis lo aprendí viviendo en Argentina, luego de la crisis económica del 2001, cuando tuvieron cinco presidentes en tres semanas y todo colapsó y la gente comenzó a construir algo nuevo en la multitud.  Una de las cosas que presencié y que realmente me cambió fue el movimiento de las fábricas que, siendo abandonadas por sus dueños, eran transformadas en cooperativas de trabajo. Eso es lo que reivindico cuando hablo de solidaridad internacional. También valoro lo que tenemos para aprender del movimiento por la soberanía alimentaria. 

También, hoy hay un nivel de organización digital increíble. Tenemos que defender también el derecho a tener internet, es un bien de uso público pero ahora está en manos de unas pocas grandes corporaciones. Cuando hablamos de respuestas represivas y autoritarias a la crisis eso incluye la capacidad de acallarnos cuando nos organizamos en plataformas de las corporaciones. Luchamos por derechos digitales reales como parte de la transformación que necesitamos. 

Recordemos un par de cosas de las que muchxs de nosotrxs nos estamos dando cuenta. Uno: nos extrañamos, aunque pasamos mucho tiempo frente a las pantallas. Cuando ésto pase, me gustaría pasar más tiempo en comunidad y construir una economía que valore, que eleve y que esté enraizada en la necesidad de cuidarnos entre todxs y cuidar el planeta. Es posible hacerlo, serán necesarias todas las herramientas que hemos mencionado, las huelgas de alquileres, las huelgas de deudas, tal vez incluso una huelga general. No creo que tenga un hashtag, así que tendremos que encontrar formas de organización que Silicon Valley no nos haya traído. Una de las cosas que más difíciles de esta crisis es tener un hijo de siete años y enseñarle a temer a la gente porque todxs tienen gérmenes, y eso es lo contrario a lo que trato de enseñarle.

Por Lucía Sbriller, Solana de la Torre | 27/06/2020 

Fuente: http://revistaanfibia.com/ensayo/imaginarios-salir-del-desastre/

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