«El planeta se nos va y es necesario frenar de inmediato la locomotora del crecimiento»

Entrevista al profesor y activista Carlos Taibo

 

El profesor y activista publica Decrecimiento, un libro en el que resume su «propuesta razonada» para sortear el colapso ecológico y revertir los estragos del capitalismo.

Siempre ha habido personas en la historia que han sido rechazadas, vilipendiadas e incluso ejecutadas por revelar la verdad. El asunto es tanto más desagradable cuando chocan religión y ciencia. Giordano Bruno, Miguel Servet o Galileo Galilei son ejemplos de sobra conocidos.

En Occidente, en el siglo XXI, hay una nueva religión que, sin hogueras, está tan poco dispuesta a que se cuestionen sus dogmas como las antiguas iglesias cristianas. Se trata de la religión impuesta por la economía capitalista y los mercados. Millones de vidas humanas son sacrificadas cada año en el altar de los mercados. El objetivo, siempre, es crecer. Y no crecer, o no crecer lo suficiente, provoca un reguero de víctimas en todas las especies del planeta. Antes de dejar de crecer, el capitalismo parece dispuesto a extinguir la vida en la Tierra. El dios que se esconde detrás de esta locura, tan sádico e implacable como el del Antiguo Testamento, tiene un nombre: Producto Interior Bruto (PIB).

Carlos Taibo (Madrid, 1956), conforme a lo descrito anteriormente, es un hereje. Como activista y como profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid ha denunciado los excesos del sistema señalando lo que debería ser obvio para cualquier economista: de donde no hay no se puede sacar. «Si vivimos en un planeta con recursos limitados no parece que tenga mucho sentido que aspiremos a seguir creciendo ilimitadamente», afirma al inicio de su libro Decrecimiento (Alianza Editorial, 2021). Su «propuesta razonada» para hacer frente a la emergencia climática es un cambio radical de paradigma: hay que decrecer.

Para entender la perversión que se esconde tras este sistema económico es adecuado tener en cuenta que el PIB es «un índice que considera la contaminación como riqueza». Quemar combustibles fósiles incrementa el PIB. Talar un árbol incrementa el PIB. La obsolescencia programada que exige la explotación de más y más recursos naturales incrementa el PIB. Hay que parar esta rueda infernal y hay que hacerlo ya.

Para explicar esta premura, Taibo, que en libros y conferencias gusta de citar a sus maestros y colegas dentro del movimiento decrecentista (Serge Latouche, Nicholas Georgescu-Roegen, Ivan Illich, André Gorz…), suele recurrir a una enseñanza de Cornelius Castoriadis que podríamos llamar «la parábola del hijo enfermo». Dice así: «Si a un padre le comunican que es muy posible que su hijo tenga una gravísima enfermedad, la única reacción plausible del progenitor consistirá en colocar a su vástago en manos de los mejores médicos, para que determinen si el diagnóstico es certero o no. Lo que ese padre, o esa madre, en cambio, no podrá hacer será razonar diciendo: ‘Bien, si es posible que mi hijo tenga una gravísima enfermedad, también es posible que no la tenga, con lo cual parece justificado que me quede cruzado de brazos’. Ésta es, sin embargo, la actitud que la especie humana parece haber asumido en relación con la crisis ecológica».

¿No cree que el problema es precisamente ese, que no vemos el planeta como un hijo o alguien amado, como si estuviéramos por encima de él o fuera de él? Aun a riesgo de simplificar en exceso, ¿no es el «marco cultural» impuesto por el capitalismo el peor enemigo en esta crisis climática?

Así es. O, por decirlo de otra manera, el capitalismo ha conseguido colocar dentro de nuestra cabeza un puñado de ideas de las que es difícil, muy difícil, liberarse. Ideas que, claro, generan las conductas correspondientes en terrenos como los de la competitividad, la productividad, el consumo y el crecimiento económico. Los habitantes del Norte rico nos topamos con enormes problemas para salir de ese mundo. Las circunstancias son diferentes en muchas áreas de los países del Sur en las que perviven con fuerza culturas precapitalistas mucho más marcadas por la lógica del apoyo mutuo y mucho menos hechizadas por la identificación entre consumo y bienestar. Una identificación simplota donde las haya.

Nuestra relación con el planeta no se caracteriza precisamente por el amor y los cuidados. Lo demuestra la crisis climática y el agotamiento de las materias primas energéticas. Pero es que ese marco cultural nos dificulta también entender lo que significa la explotación cotidiana de miles de millones de seres humanos en un escenario lastrado por el trabajo asalariado, por la mercancía y, naturalmente, por la plusvalía.

¿Por qué el decrecimiento es la solución más lógica?

Prefiero acogerme a la idea de que el decrecimiento, que es una propuesta de alcance limitado, constituye un agregado, un complemento. Pero este complemento es imprescindible para cualquier proyecto serio de contestación del capitalismo en el siglo XXI. He dicho muchas veces que ese proyecto tiene que ser por definición decrecentista, autogestionario, antipatriarcal e internacionalista. Yo no soy un decrecentista libertario. Soy un libertario decrecentista: el meollo de mis percepciones lo proporciona la apuesta por la autogestión, por la democracia directa y por el apoyo mutuo. Ese es un buen modelo, sobre todo ahora. En un planeta que visiblemente se nos va, es necesario poner freno de inmediato a la locomotora del crecimiento.

¿Y cómo se decrece?

En el Norte opulento tenemos que reducir los niveles de producción y de consumo, pero tenemos que asumir otras muchas iniciativas: recuperar la vida social que hemos ido dilapidando, apostar por formas de ocio creativo, repartir el trabajo, reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras que empleamos, estimular la vida local frente a la lógica desbocada de la globalización. En definitiva, apostar por la sobriedad y la sencillez voluntarias.

En su libro pone usted mucho énfasis en ese aspecto: tomar el camino del decrecimiento debe ser una decisión «colectiva y voluntaria». Pero para eso necesitamos décadas, generaciones de pedagogía. ¿Tenemos tiempo para eso?

Tal y como están las cosas, entiendo que la pregunta es legítima. No hay más que echar una ojeada a los programas, productivistas y desarrollistas, de la abrumadora mayoría de los partidos. O a lo que defiende el grueso de los medios de comunicación. Pero creo que hay dos dimensiones que no deben escapársenos. La primera ya la he señalado: la posibilidad de que muchas de las respuestas que aquí, en el Norte rico, nos faltan lleguen de habitantes de países del Sur con poblaciones mucho menos corroídas por la lógica mercantil del capitalismo. La segunda sugiere que la conciencia de la proximidad de un colapso general podría provocar, también en el Norte, cambios importantes y rápidos en la conducta de grandes grupos de población. Y ya hemos visto señales de esto. Creo que esos grupos de apoyo mutuo que proliferaron al inicio de los confinamientos, hace un año, significan que una parte de la gente común empieza a hacerse las preguntas pertinentes. Y remarco lo de «gente común». No hablo de activistas hiperconscientes de movimientos sociales críticos.

Su discurso suele incomodar a la izquierda y a la derecha. Que incomode a la derecha es lógico, ¿pero cómo quiere convencer a la izquierda de que abandone sus viejos postulados? Usted critica a los nostálgicos de la vieja normalidad, los que añoran la socialdemocracia de posguerra, la industrialización, los sindicatos, el Estado del Bienestar… Muchos de esos derechos se han perdido. ¿No merece la pena luchar por recuperarlos?

Esa es una lucha muy respetable, claro que sí, pero en el mejor de los casos, es pan para hoy y hambre para mañana. Creo que la figura del Estado del bienestar debe vincularse, y estrechamente, con un momento histórico que ha quedado atrás: la llamada era del petróleo barato.

Hay que renunciar al pasado entonces.

Es que no creo en ningún proyecto que no acarree, con claridad, la voluntad de dejar atrás el universo del capitalismo. Y eso me obliga a ser profundamente escéptico. Y hay razones históricas para serlo. Eso que llamamos Estado del Bienestar obedece a unas fórmulas de organización económica y social propias y exclusivas del capitalismo, lo que dificulta hasta extremos inimaginables la práctica de la autogestión desde abajo. No cuestionan el orden de la propiedad imperante. Beben de una filosofía mortecina, la socialdemocracia, y de un burocratizado sindicalismo de pacto. Ya hemos visto cómo esta socialdemocracia y este sindicalismo no han venido a liberar, como anunciaban, a tantas mujeres que son hoy víctimas de una doble o de una triple explotación. Y, además, no responden a ningún proyecto de solidaridad con los habitantes de los países del Sur y no exhiben ninguna condición ecológica solvente.

Globalización disparatada

Cuando Taibo subtitula su libro con la frase «una propuesta razonada» no lo hace a la ligera. En Decrecimiento hay hasta 26 páginas de citas y bibliografía. El despliegue de ejemplos, datos y fuentes es abrumador. Citemos sólo algunos.

Los detractores del decrecimiento piensan que éste nos llevará de vuelta a la Prehistoria. Está calculado y, por supuesto, no es verdad. Para salvar el planeta debemos reducir nuestra huella ecológica y situarla en niveles no tan lejanos: «La década de 1980 no es la Edad de Piedra».

Hablemos de turismo: «El número de turistas que salen de su país pasó de 25 millones en 1950 a 1.500 millones en 2019, con efectos desoladores. (…) En Goa, en la India, un hotel de cinco estrellas consume el agua equivalente al abastecimiento de cinco pueblos, mientras la tubería que lo sirve cruza numerosas localidades que carecen de agua corriente».

¿Y qué decir de la industria de la alimentación? «La lechuga que procede del valle de Salinas, en California, se desplaza por carretera 5.000 kilómetros para llegar a Washington, con lo cual consume 36 veces más energía –en forma de petróleo– que lo que contiene en calorías. Cuando la lechuga llega, en fin, a Londres, ha consumido 127 veces más energía que la que corresponde a las calorías que incorpora». Y ya ni hablamos del uso de fertilizantes tóxicos que se usan en su producción. La apuesta por los productos locales y de proximidad, por tanto, no es una extravagancia hippie. Es una necesidad y tampoco es que suponga un sufrimiento insoportable.

Bueno, pensemos que hemos dejado atrás el capitalismo. ¿Qué ocurre con el ocio? Usando un viejo sintagma de las luchas obreras, necesitamos «el pan y las rosas». Usted señala que «el pan», gracias a formas de producción más enfocadas en la economía local y de cercanía, no es un problema. ¿Pero qué ocurre con «las rosas»?

La perspectiva del decrecimiento defiende lo que se suele llamar «ocio creativo». es decir, un ocio desmercantilizado que escapa a la creación artificial de necesidades. Y con esto se consigue otra cosa: evitar la uniformización, que es un proceso habitual en el mundo del ocio. Y más allá de él, también en el de la cultura.

Entonces, ¿en un futuro decrecentista no habría espacio para Netflix, para el fútbol, para los grandes conciertos?

Parece inevitable que pierdan peso, claro. La descentralización de los procesos de creación debe permitir que rebroten las culturas autóctonas y los medios de comunicación alternativos frente al poder ejercido por los conglomerados transnacionales. En ese contexto, pierden importancia las grandes plataformas mediáticas y esas parafernalias que están tan obscenamente vinculadas con los intereses de las élites dirigentes y que, a fin de cuentas, reproducen la miseria dominante.

Usted usa en diferentes pasajes de su libro un término acuñado recientemente: «convivencialidad». Creo que es un término que está empezando a ganar adeptos en Francia. ¿Es una maniobra léxica para dejar atrás el término «comunismo», o incluso «comunismo libertario» , que está maldito en nuestro marco cultural, que parece históricamente tóxico?

El término convivencialidad fue difundido, hace ya tiempo, por Ivan Illich. En mi percepción conviene oponerlo a la mercantilización que marca el grueso de las reglas que se nos imponen. Y conviene vincularlo también con la lógica del apoyo mutuo y con la defensa de los bienes relacionales frente a los bienes materiales. No tengo nada en contra del comunismo, a pesar de la enorme perversión que ha marcado su sistema de «capitalismo burocrático de Estado». Y tampoco tengo nada contra el concepto de comunismo libertario, o contra el anarcocomunismo. Me molestan, eso sí, y mucho, las gentes que en el mundo anarquista piensan que el comunismo es, por definición, un proyecto intrínsecamente perverso. En cualquier caso, creo que es más importante lo que colocamos por detrás de estos conceptos que su formulación verbal.

Hablemos de las mujeres y de su importancia en el decrecimiento. Se ha hablado del antropoceno. Luego, para acotar más el concepto, se ha hablado de capitaloceno. Y usted afina aún más y habla de androceno. ¿Por qué?

No lo hago sólo yo. Lo hace cada vez más gente. Parece evidente que muchas de las lógicas que vinculamos con los desastres producidos durante eso que se llama antropoceno o capitaloceno tienen una dimensión masculina y se vinculan estrechamente con la sociedad patriarcal y sus reglas. Estos conceptos, antropoceno y capitaloceno, arrastran cierta dimensión simplificadora, eso es obvio. Pero creo que, a la vez, subrayan de manera más fina en dónde tenemos que buscar responsabilidades. Salta a la vista que no todos los integrantes de la especie humana son responsables por igual del colapso que se avecina. La responsabilidad de hombres y mujeres no es la misma.

¿Usted cree, como Pablo Servigne, que el colapso es inevitable y que debemos centrarnos en cómo será la sociedad después de la catástrofe o cree que aún puede pararse el golpe?

Bueno, antes de responder a eso habría que preguntarse qué entendemos por colapso y qué diferencias tendrá geográficamente. Pero dejando estos matices al margen, creo que la postura de Servigne es defendible. Lo que suelo señalar es que, conforme a mi intuición, el colapso es inevitable. Así que lo único que podemos hacer al respecto es mitigar algunas de sus consecuencias más negativas y postergar un poco en el tiempo su manifestación. Y sí, creo que ahora una de las tareas más honrosas es anticipar los rasgos de la sociedad poscolapsista desde el horizonte del decrecimiento, la desurbanización, la destecnologización, la despatriarcalización, la descolonización y la descomplejización de nuestras mentes y de nuestras sociedades.

¿Cómo afronta usted las críticas de quienes intentan menospreciar su propuesta tachándola de primitivista, ludita y poco realista?

Prefiero que me atribuyan esos adjetivos antes que pasar por frívolo. La frivolidad es una condición que suele acompañar a esas críticas. Además, esas críticas, lo que hacen en el fondo es defender la miseria existente. En cualquier caso, habría que escarbar en el sentido preciso de esos adjetivos que usted invoca. Sospecho que me quedaría con muchos de los elementos de lo que se suele entender por primitivismo o por ludismo, que son, como poco, dos propuestas que merecen atención.

¿Y con lo de «poco realista»?

Eso también me lo quedo. Soy orgullosamente no realista en la medida en que hago mía la aserción de Bernanos: «El realismo es la buena conciencia de los hijos de puta». Éstos invocan la realidad como si viniese dada por la naturaleza y fuese, por tanto, inmodificable, cuando con toda evidencia esa realidad que invocan es el producto de la defensa obscena de los intereses más ruines y mezquinos.

Para terminar, denos alguna receta, alguna clave contra el ecofascismo. Díganos por qué es inmoral afrontar el reto climático como un problema demográfico.

Eso es fácil. Ya sabemos que el ecofascismo no es un proyecto negacionista ni del cambio climático ni del agotamiento de las materias primas energéticas. El ecofascismo parte de la certeza de que en el planeta sobra gente, de tal forma que, en la versión más suave, se trataría de marginar a quienes sobran. Y en la más dura postularía, literalmente, el exterminio. La música recuerda poderosamente a la que tocaron los jerarcas nazis. Otra cosa distinta es, claro, que, habida cuenta de los límites medioambientales y de recursos del planeta, asumamos un ejercicio voluntario de autocontención como el que postulan en el terreno demográfico la mayoría de las escuelas decrecentistas. Como antídotos contra el ecofascismo me remito a lo que ya dije antes: decrecimiento, desurbanización, despatriarcalización… Todo eso combinado con la defensa de sociedades asentadas en la autogestión, en la democracia directa y en el apoyo mutuo. Cien años después de la muerte de Kropotkin, la lectura de su libro me parece, por cierto, una recomendación muy sensata.

Por Manuel Ligero | 08/05/2021

Publicado enMedio Ambiente
Jueves, 06 Mayo 2021 06:26

EU: ¿guerra o emergencia climática?

EU: ¿guerra o emergencia climática?

Al parecer la intensa emergencia climática no impacta a Biden ocupado en bombardear y operar en "estado de excepción". En camino a una delicada negociación planetaria, Estado Unidos prosigue con el manejo colonial-imperial. El bombardeo a Siria se operó en un contexto de ilegal unilateralismo rusofóbico y chinofóbico generando tensión e incertidumbre en un planeta en que persiste un torrente de gases de efecto invernadero (GEI) que retiene energía solar a un ritmo diario estimado por James Hansen en el equivalente a la explosión de 400 mil bombas atómicas tipoHiroshima.

Sus devastadores impactos por los torrentes e inundaciones del deshielo de glaciares del Himalaya ya causaron 12 mil muertes ( The Guardian 2/4/21). Por la ausencia de freno a los GEI, los científicos de EU y el mundo advierten riesgos de "cambio climático abrupto e irreversible" despuntando con enormes incendios forestales en California y, desde los años 90, en la acelerada aridificación del suroeste de América del Norte.

En medio del deterioro bioecológio, Leonado Boff advirtió que en la base de "la generalizada violencia contra opositores al régimen ultraderechista que azota Brasil" está, el proyecto de recolonizar América Latina y obligarla a ser solamente exportadora de commodities (carne, alimentos, minerales)… en esa estrategia perversa, Brasil es central por su enorme "reserva de bienes naturales que faltan en el mundo."

Es una profunda crisis existencial y de civilización. Ante el deterioro de EU en lo productivo, comercial y tecnológico, incluyendo la máquina herramienta (en costo, calidad de desempeño) se hace sentir el pesado fardo del complejo bélico-industrial acostumbrado a los sobrecostos e inadmisibles subsidios, retrocediendo ante productos de mejor precio, diseño y calidad chinos, rusos, alemanes, japoneses etcétera, parte de una diversificada competencia civil y militar.

El hegemón opta por el puño militar y una ilegal unilateralidad de atroces sanciones contra Venezuela en tiempos de epidemia, todo un crimen de lesa humanidad por el petróleo y los minerales, saqueando, además, los bienes y depósitos bancarios del gobierno venezolano, entregando miles de millones a un "autodeclarado presidente". Eso es despojo vil.

EU actúa en la unilateralidad desde el inicio del siglo XXI. Su retiro del Tratado sobre Misiles Antibalísticos (ABM), junto a ventas armamentistas al por mayor del tipo antibalístico en países a las orillas de las fronteras de Rusia, acentúa el riesgo de guerra entre potencias centrales de grave implicación para la estabilidad estratégica.

Urge una cumbre entre Putin y Biden cuyos países manejan 92 por ciento del arsenal nuclear del mundo que incluya la aprobación de la iniciativa demócrata liderada por Elizabeth Warren y John Adams para prohibir la estrategia nuclear de primer ataque por el alto riesgo terminal que conlleva .

Dicha estrategia fue revelada en 2017 por Daniel Ellsberg ex diseñador de escenarios de guerra nuclear durante el gobierno de Kennedy, ( The Doomsday Machine, Bloomsbury, 2017) En medio de este muy riesgoso desbarajuste estratégico y de estado de excepción desde 2003, EU se declara en esa condición bajo cubierta de los ataques del 11/S. Sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, Bush Jr atacó a Irak en marzo 2003. Fue una ruptura del contrato social internacional derivado de la Segunda Guerra Mundial que conllevó el ataque y ocupación de Afganistán e Irak prácticamente hasta estos días.

Téngase presente que para Jean Jacques Rousseau "el derecho de una guerra de conquista no tiene otra fundamentación que el derecho del más fuerte" planteado desde mediados del siglo XVIII al reflexionar sobre el tema en El contrato social, aseveración que calza al milímetro con la guerra y ocupación de corte mercantil e imperialista, de abierto saqueo de recursos minerales y combustibles fósiles de alto valor.

Hasta hace poco tiempo, Donald Trump planteó mantener las tropas de ocupación en Afganistán. En Democracy Now se develó la razón: la existencia de un remanente mineral estimado en una cifra cercana al billón ( trillion) de dólares. El tipo de ofensiva desplegada por Bush configuró crímenes de guerra. Nadie olvide que Bush amenazó con bombardear a la Corte Penal Internacional si se le sometía a juicio.

Hoy más que nunca es obligado recordar que durante los juicios de Nuremberg, y en la normatividad derivada de ellos, se considera de manera explícita que la "guerra de autodefensa preventiva" –"doctrina" tras la cual la Casa Blanca escuda su unilateralismo agresivo– es un crimen de guerra. No existe justificación para estas guerras que sin evidencia ni autorización del Consejo de Seguridad de la ONU persisten. Nadie olvide que el presidente Biden, recién llegado a la Oficina Oval, ordenó un bombardeo contra una indefensa población al margen de toda normatividad internacional.

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«Todos los instrumentos de la economía verde obedecen a la misma lógica perversa de financierización»

Entrevista a Amyra El Khalili

 

El debate ambiental tiene todo para ser escamoteado o repetir viejas tergiversaciones sobre desarrollo y sustentabilidad en el escenario electoral que empieza a calentarse. Más todavía en lo que se refiere a la denominada economía verde, concepto todavía nuevo para el público. Columnista del Correo de la Ciudadanía, la economista y activista socioambiental Amyra El Khalili acaba de presentar la 2ª edición del e-book Commodities Ambientales en Misión de Paz – nuevo modelo económico para Latinoamérica y el Caribe. Como el título sugiere, no se trata de un debate de fácil entendimiento. En esta entrevista, tratamos de traer tales conceptos a la luz.

Las commodities ambientales son el opuesto de las commodities convencionales por hacer contrapunto a los criterios de estandarización y comercialización, al cuestionarlos técnicamente confrontando  los números y estadísticas de las grande escalas de producción, incluyendo las variables sociales y ambientales, y principalmente las reivindicaciones de los que son los legítimos representantes de su “eminencia parda”, el Mercado, es decir, los productores y consumidores que somos todas y todos nosotros”, explicó.

En la extendida entrevista, Amyra El Khalili también critica los límites del discurso ambientalista mayoritario, pues en su visión pone frases de fácil asimilación – como “agua no es mercancía” – por encima del análisis del modelo de producción y consumo en el cual estamos todo inseridos. Por otro lado, trata de precisar las diferencias entre mercados financierizados y oligopolizados de los que involucran productores y consumidores de pequeña escala, a nombre de quiénes siempre se estimulan los instrumentos de economía sustentable, mitigación de daños, compensaciones ambientales, etc.

“Una cosa es financiar un proyecto de mitigación (reducción de emisiones), otra es emitir títulos para las Bolsas o negociar commodities en las Bolsas. Son cosas distintas, tienen funciones distintas; no deberían fundirse y mucho menos confundirse. Lo que ocurre es que, con los instrumentos de la economía verde anteriormente citados, están fundiendo y confundiendo deliberadamente los contratos en una arquitectura financiera peligrosa. Mitigación no ocurre de la noche al día, lleva años, y muchos que están firmando contratos, acuerdos y proyectos no estarán vivos para saber sus resultados, comprometiendo así el patrimonio ambiental y cultural de las presentes y futuras generaciones, como se da en el caso de las tierras de los pueblos indígenas y tradicionales.

Entrevista:

Correo de la Ciudadanía: Empezando por el título del libro ¿qué son commodities ambientales y cuales sus finalidades en la economía actual?

Amyra El Khalili: Primero es preciso comprender lo que son “commodities” para después definir lo que son “commodities ambientales”. Commodities son mercancías estandarizadas para compra y venta que adoptan criterios internacionales de comercialización en mercados organizados (bursátiles, es decir, de Bolsas de Mercancías y Futuros). Hoy día clasificamos las producciones convencionales en commodities agropecuarias (soya, maíz, café, ganado, arroz, cacao, azúcar, etc.) y commodities minerales (petróleo, gas, oro, plata, cobre, hierro, etc.).

Fue justamente con el objetivo de cuestionar a forma como se dan esos “criterios” de estandarización y su modus operandi que pasé a estudiar el binomio “agua y energía” y acuñé la expresión “commodities ambientales”. He sido operadora de commodities y de futuros por más de dos décadas, he entrenado y capacitado operadores para las corredoras, pasé a ser estratega en ingeniería financiera, he estructurado y montado cuatro agencias asociadas a la Bolsa de Mercancías & de Futuros (antigua BM&F, actual B3);en la década de los noventa negociaba dos toneladas de oro al día en los mercados (a la vista) y derivativos (futuros) hasta llegar a la condición de consultora de la BM&F asesorándola  en la implantación de instrumentos económico-financieros como, por ejemplo, el contrato futuro de soya en grano al por mayor. He hecho la ruta de la soya en Brasil para la presentación de este contrato futuro de soya. Como conozco ese engranaje por dentro, sé separar producción de finanzas, y también identificar cuando producción y finanzas se “funden y confunden”.

Las commodities ambientales son el opuesto de las commodities convencionales porque son un contrapunto a los criterios de estandarización y comercialización, al cuestionarlos técnicamente confrontando los números y estadísticas de las grande escalas de producción, incluyendo las variables sociales y ambientales y, principalmente las reivindicaciones de los que son los legítimos representantes de su “eminencia parda”, el Mercado, es decir, los productores y consumidores que somos todas y todos nosotros, pagadores e impuestos y tasas, además de pagar también las exorbitantes tasas de intereses practicadas en Brasil cuando recurrimos a préstamos  y financiamientos.

Así, las “commodities ambientales” son mercancías originadas de recursos naturales, producidas en condiciones sustentables, y constituyen los insumos vitales para la industria y agricultura. Estos recursos se dividen en siete matrices: 1. Agua; 2. Energía; 3. Biodiversidad; 4. Floresta; 5. Minerales; 6. Reciclaje; 7. Reducción de emisiones contaminantes (en el suelo, agua y aire). Las commodities ambientales están siempre conyugadas a servicios socioambientales – ecoturismo, turismo integrado, cultura y saberes, educación, información, comunicación, salud, ciencia, investigación e historia, entre otras variables que no son consideradas en las commodities convencionales.

Mientras las commodities convencionales (agropecuariasy minerales) se concentran en algunos pocos productos de la pauta de exportación, con escalas de producción, con alta competitividad y tecnología de punta (transgenía, nanotecnología, biología sintética, geoingeniería, etc.) en las commodities ambientales se desarrollan criterios de producción alternativa como la agroecología, agricultura orgánica, biodinámica, agricultura de subsistencia consorciada con investigación de fauna y flora, como plantas medicinales, exóticas y en extensión. Como, por ejemplo, el banco de germoplasma del bioma macaronesía (misto de bioma amazónico con mata atlántica).

Es el caso de la simiente de lino y de las tinturas rescatadas por el banco de germoplasma para bordados tradicionales de la “Ilha da Madeira”, en Portugal, que han sido clonados por los chinos e industrializados. El mercado fue inundado por falsificaciones chinas de esos bordados. Resultado: las bordadoras ya no quieren enseñar el oficio a sus hijas por ser exploradas por la industrialización y por empresarios que exportan sus bordados para boutiques y pagan una miseria para las bordadoras.

Otra contradicción: mientras en la Amazonía se combate la biopiratería, en los países del norte son investigadas las semillas y especies para recuperar lo que degradaron y desmataron. Son esas contradicciones, sus paradojos y reflexiones entre problemas y soluciones que estamos debatiendo y analizando al construir colectivamente el concepto de “commodities ambientales”. Las commodities ambientales son como un espejo frente a la cara del sistema financiero para que podamos ver, en tiempos de tinieblas, alguna luz al final del túnel, proponiendo un modelo de transición a la economía de mercado en su fase neoliberal (neo= nuevo; liberal = libre mercado).

Si vivimos en una economía en la cual comanda el libre mercado ¿Por qué solamente los detentores de capital pueden decir sobre qué, cómo y de qué forma debemos producir y consumir? Si es libre para los capitalizados ¿Por qué somos rehenes de ellos y estamos “presos”? ¿Debemos ser eternamente “esclavos del libre mercado”?

Si somos los que producen, los que consumen, los que pagan impuestos, tasas y intereses ¿por qué tenemos que estar subordinados a las reglas de estandarización y comercialización internacionales, fuera de nuestra realidad y todavía aceptar que ese mercado se “autorregule”?

En Brasil sabemos que el legislador es cuestionable y muchas veces injusto; cuando la ley beneficia el reo (el degradador) y penaliza la victima (el ambiente). Cuando es conveniente para bancos y corporaciones, prevalece lo negociado sobre lo legislado.

Correo de la Ciudadanía: ¿Usted considera sustentable la exploración de las commodities ambientales? ¿Cuál la “separación del joyo del trigo” que hay que hacer, como la obra propone?

Amyra El Khalili: Las matrices de las commodities ambientales son recursos naturales y procesos renovable y no renovables; el agua, la energía, la biodiversidad, la floresta, el mineral, el reciclaje, la reducción de emisiones de contaminantes (en el suelo, agua y aire). No son mercancías, no pueden ser “comoditizadas” porque se trata de bienes difusos, de uso común del pueblo.

Las commodities ambientales son las mercancías que se originan de esas matrices, por ejemplo, el dulce de guayaba de la productora de dulces de Campos dos Goytacazes (RJ). El árbol de guayaba es la matriz, la guayaba es la materia prima, el fruto. La mercancía es el dulce de guayaba. La prestadora de servicio es la mujer dulcera en Campos dos Goytacazes y que aprendió con la india Goytacá la receta tradicional de la guayabada. La mujer dulcera se organiza en asociación y cooperativa. El agua y la energía como commodity ambiental, en este caso, es el insumo usado por la mujer dulcera para producir el dulce de guayaba. Se vuelve commodity ambiental cuando esa mujer cuida de la cuenca hidrográfica y trabaja con energía renovable y/o maximizando el uso del agua y de la energía para producir su dulce. Es cuando agua y energía son captadas de la naturaleza y pasan a la cadena productiva.

En las commodities ambientales trabajamos las siete matrices integradas al aprender cómo funciona un ecosistema. Separamos em sete matrices para poder estudiar y analizar los impactos socioeconómicos de su uso, para no permitir la exploración desenfrenada y ni la extracción industrializada como ha ocurrido en el desastre ambiental con la minería en Mariana, Minas Gerais.

Estamos hablando de commodity, o sea, de mercado organizado y no de extracción simplemente (sin organización social). Commodity no se da en la informalidad y ni es posible decir que cualquier cosa se vuelva commodity en la ilegalidad y sin criterio de estandarización. La mercancía tanto puede ser lícita como ilícita. ¡La cantidad de cosas ilícitas que se vuelven mercancías es enorme!

En economía verde se denominan los procesos de servicios ecosistémicos y ambientales. Lo que ocurre es que tampoco son “servicios”, ya que la naturaleza no está a servicio de los humanos, no cobra por su trabajo. En el concepto de “commodities ambientales” estamos hablando de “beneficios providenciales” y no de servicios ambientales.

Si alguien presta algún servicio en esta ecuación es la mujer que hace el bordado en Ilha da Madeira, la costurera, el extractivista, la que quiebra el coco babaçu, el ribereño pescador, la mujer que recoge la guayaba manteniendo la planta en pie y sembrando otra guayabera al lado de dónde cogió el fruto, los pueblos indígenas y tradicionales que protegen y guardan las florestas y las aguas. Estos, sí, prestan servicios y deberían ser debidamente remunerados por mantener los “beneficios providenciales” que la naturaleza nos proporciona. Ellos y ellas trabajan para que tengamos agua en cantidad, así como aire, tierra y mar.

Correo de la Ciudadanía: Y los verdaderos prestadores de servicio ¿están siendo excluidos de los beneficios económicos?

Amyra El Khalili: La academia y las grandes ONG tienen por hábito crear nuevas expresiones y palabras-claves para desviar la atención de lo principal, tanto los que defienden el neoliberalismo cuanto los que lo critican. Es mucha tergiversación política, distorsión y sesgo de las banderas y justas causas que defendemos y discutimos en el mundo real. Pero el pueblo no es tonto. Es bueno, pero no es tonto. Como dijo un líder Jaminawá: “¡Capibara es capibara, paca es paca, culebra es culebra y no vengan con esos nombres complicados que no sabemos lo que son! Para nosotros las cosas son sencillas”.

Si usamos a palabra-expresión “commodities” es porque dominamos el asunto y estamos rebatiendo argumentos flojos e inconsistentes. Derribando mitos que se presentan como verdades absolutas e incuestionables. Quienes nos escuchan y nos leen con atención entienden perfectamente de lo que estamos hablando.

También nunca supe de un inversionista que pusiese su dinero en algo que no entendiese, por el contrario, si lo hacen sin entender es porque los están engañando. Engañar personas es estelionato (abuso de la buena fe del individuo) y si tiene papeles con palabras-expresiones enroladas, certificadores dudosos, auditores incompetentes (en la mejor de las hipótesis) es fraude. Si tiene juros impracticables y exorbitantes, es usura. De ahí la cuestión sale del campo técnico e ideológico y pasa a la condición de jurídico-económico. En esa hipótesis es crimen.

Por lo tanto, estamos entrando en el territorio del derecho penal, más específicamente en el derecho ambiental y el derecho humano, sin perder de vista que estamos tratando también con derecho económico, tributario y fiscal. Es materia multidisciplinar y no es una simple mortal que será doctora en el tema. ¡Yo no me atrevería a tanta prepotencia!

Sino veamos. Cuándo privatizaron la Vale do Rio Doce ¿qué vendieron? ¿Una empresa estatal? No, vendieron las riquezas del subsuelo, el bien público, el mineral explorado por la Vale do Rio Doce que pasó a tener accionistas extranjeros y someterse a las reglas de mercado (¡o a su ausencia!). Aquí estoy hablando de mercado financiero y no del mercado como un todo que somos todos nosotros, productores y consumidores de bienes y servicios.

Cuando subastaron el pré-sal, entregaron para exploración de otros países en territorio brasileño el bien común del pueblo, el petróleo. Yo respondo a su pregunta con otra pregunta: ¿es viable?

Tomemos como hecho a reciente huelga de los camioneros. Al indexar los precios de los combustibles al precio practicado en las bolsas internacionales, los puestos de gasolina y alcohol pasaron a la condición de corredores y cambistas, con reajustes de precios diarios y inesperados.

Es imposible convivir con esa situación cuando ni los camioneros logran saber lo que están pagando para seguir en la carretera; cuando ni sus salarios están garantizados y más, corren riesgo de vida con asaltos y pésimas condiciones de trabajo con la flota en mal estado, o sin saber cómo van a pagar las cuotas de los camiones nuevos que han comprado.

Cuando proponemos “las commodities ambientales” estamos hablando de alternativas de generar empleo e ingresos para los que viven de la minería, da exploración desenfrenada del bien común, pues los argumentos de las empresas mineras y del agronegocio son de que tal actividad extractivista genera empleo e ingresos, trae divisas (dinero de inversionistas extranjeros) para el país. Pero sabemos que las empresas multi y transnacionales que se establecen en Brasil viene en búsqueda de insumos (agua y energía), de materia prima (minerales y productos agropecuarios) y mano de obra barata o aún gratuita y esclavizada.

Traen sus empleados bien pagados de exterior, altamente capacitados, hablando dos o más idiomas, con maestrías y doctorados, no contratan mano de obra regional, exploran el ambiente local con la complicidad de políticos. Así se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas.

Correo de la Ciudadanía: En ese sentido, en textos en el Correio da Cidadania usted escribe provocativamente que agua, energía y alimentos son sí mercancías, a pesar de los slogans más famosos en movimientos sociales o en discursos de grupos y partidos. ¿Cómo explicar eso?

Amyra El Khalili: Digo que es el contrario de esas campañas que vienen de fuera hacia adentro, elaboradas por ONG internacionales cuando la palabra commodities traducida literalmente significa mercancía. Queriendo “estandarizar las campañas” para que sean usadas en todos los continentes, las ONG cometen un equívoco y alimentan todavía más la confusión entre producción y finanzas. Hacen los mismo que los colonizadores que tanto critican: Nos someten a su voz de comando sin preguntarnos si esas expresiones nos sirven para decir lo que nos gustaría decir.

Explico: commodities la palabra-expresión  utilizada en finanzas puede ser más que simples mercancías, dependiendo de cómo se la usa y en que contexto se la emplea, como el agronegocio en sus propagandas cuando afirma que Brasil se volvió el mayor exportador de soya con el boom de las commodities, con los chinos comprando nuestra producción, tanto cuanto lo que dicen que “todo va a volverse commodity” sin explicar cómo es posible esa metamorfosis desconsiderando que todavía tenemos una Constitución Federal con el artículo 225, además del derechos económico, tributario y fiscal.

El texto sintetiza: el bien ambiental es definido por la Constitución como siendo “de uso común del pueblo”, es decir, no es bien de propiedad pública, pero sí de naturaleza difusa, razón por la cual nadie puede adoptar medidas que impliquen gozar, disponer, fruir del bien ambiental o destruirlo. Al contrario, al bien ambiental es solamente conferido el derecho de usarlo, garantizando el derecho de las presente y futuras generaciones.

Están usando la palabra-expresión commodities de forma sesgada, distorsionada y descontextualizada o sencillamente lanzando la palabra-expresión de un lado a otro sin profundizar el debate que está en curso hace décadas, y de esta forma desviando la atención de lo principal y en la mayor parte de las veces invirtiendo el sentido de nuestros planteamientos, demostrando que no saben de qué están hablando y que desconocen los embotellamientos de las cadenas productivas de bienes y servicios.

Correo de la Ciudadanía: ¿Mercantilización de la Naturaleza?

Amyra El Khalili: Desde que o primero colonizador puso los pies en este continente latinoamericano y caribeño, a naturaleza fue mercantilizada. Estamos en otra fase: la militarización de la naturaleza. Sin duda es incuestionable que el objetivo de la “militarización” es seguir mercantilizando todo y cualquier cosa, de la naturaleza a la vida – sería hipocresía decir que la vida todavía no ha sido mercantilizada. Ya son más 500 años de colonización mercantil y nadie hizo nada. A cada gobierno, sea de derecha o izquierda, se reproduce el mismo el mismo “modus operandi”. En una charla en la sede del BNDS (en el 2000) promovida por el gobierno de los EUA, hablé sobre el Plan Colombia, en que pusieron veneno en las plantaciones de coca, amapola, marijuana, que además de matar a la tierra alcanzaron a la población con graves secuelas.

¿Alguien ha mencionado esa charla en los informes? ¡Nada! Lo que los periodistas escribieron en la “prensa grande” fue solamente lo que le interesaba al mercado de carbono, pero no mencionaron lo que yo había dicho sobre la necesidad de crear alternativas ecológicas para los pobres campesinos y campesinas que siembran coca, marijuana y amapolas (BERNA, Vilmar 2018).

De esta forma soy solidaria con las propuestas del “Comunicado del Componente de FARC en el Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS)”. Si queremos paz en las florestas, campos, montañas y aguas tenemos que caminar hacia las soluciones de los problemas y no “problematizar más y más poniendo gasolina donde ya hay incendio”.

¿Cómo es posible explicar para Doña María, para Don Juan que alimento no es mercancía si ellos tienen que comprar en la feria, supermercado, panadería, carnicería la comida para sus hijos? ¿Cómo es posible explicar para mi madre que agua y energía no son mercancías se las cuentas de agua, luz, gas y combustible están demasiadamente altas?

¿Será que podemos utilizar ese argumento con las Empresas-Estados que nos suministran agua, luz y gas, que no son mercancías? ¿Que el Estado tiene que suministrarnos servicios que jamás deberían ser mercantilizados, como salud, educación, seguridad pública, previdencia, entre otros que pagamos con impuestos y tasas, en la hora que tenemos que saldar nuestras deudas? ¿El empleado que me atiende me puede exentar de pagar eso, solamente con tal argumento?

Pienso que la afirmación de que “agua, energía y alimento no son mercancías” no explica nada a nadie, a no ser para los empleados públicas y la gente de la academia que tienen sus salarios garantizados todo fin de mes y pueden disponer de becas de investigación para quedar estudiando e investigando, con los gastos de viaje pagados por el Estado o por instituciones, para participar en seminarios, reuniones, encuentros y charlas, mientras la gran mayoría, en la cual me incluyo, apenas logra mantener sus empleos con sus certificados de curso superior y algunas especializaciones. Y vea que no me quedé rica negociando commodities en Bolsas. Sigo en caravana dictando clases en comunidades pobres, muchas veces trabajando sin remuneración.

No hay duda de que debemos discutir la calidad de lo que producimos y consumimos, si lo que comemos nos alimenta o si lo que pagamos tiene el precio justo, pero debemos evitar confundir aún más, lo que ya está confuso y oscuro. Al final ¿para quién estamos hablando y con quién estamos dialogando? Esa es la pregunta que no quiere callar.

Para los simples mortales, gallina es gallina, paca es paca, como dice sabiamente líder Jaminawá del Acre.

Correo de la Ciudadanía: Usted establece diálogo directo con lo que llama de “eminencia parda”, el mercado. ¿Cuál es el grado de incidencia de este ente en las políticas ambientales? ¿Y cómo usted describe los instrumentos financieros que desarrolla como incentivos de preservación ambiental?

Amyra El Khalili: Vamos a identificar quién es esa eminencia parda: el Marcado. Esa provocación yo la hago después de años y años escuchando al sistema financiero hablar en mi nombre sin preguntarme qué pienso o qué me gustaría decir. Como el operador de la Bolsa repetía todos los días: el mercado subió, el mercado cayó, el mercado está nervoso, el mercado está parado. Y uno ni siquiera sabe lo que él está diciendo, de tan condicionado que estamos en ese universo.

El mercado a que me refiero en el e-book “Commodities ambientales en misión de paz”, como he dicho antes, somos todos nosotros que producimos y consumimos, y no el mercado financiero, que absolutamente no produce nada y ha sobrevivido como parasita de la manipulación de la renta y de la especulación.

El colega Ladislau Dowbor esclarece esa cuestión con rigor científico en su indispensable libro “La era del capital improductivo”. Ladislau también coordina un grupo de estudios sobre “financierización” al cual contribuimos y apoyamos por considerar importante la iniciativa de organizar un frente que sea contrapunto al modelo neoliberal globalizado.

El actual sistema financiero es que está determinando lo que su eminencia parda, el Mercado, debe producir y consumir. Por eso, siéntense cómodo hablando en nombre de su eminencia parda, el mercado, de forma generalizada, sin separar mercado financiero de mercado de trabajo, de mercado alternativo, de mercado de producción, de mercado de bienes y servicios. Hay mercados y mercados y distinguir producción de finanzas es el primer paso para no confundir trigo con joyo.

Por otro lado, sucede también que la economía que vivimos se ha establecido (establishment) en el paradigma mecanicista onde todo tiende a ser mercantilizado, con escalas de producción utilitarias y no como producción con valor de uso social. Es evidente que cualquier instrumento económico-financiero que se piense en ese paradigma será utilizado para concentrar aún más el capital rentista (que vive de intereses y no de producción) que en realidad usarse efectivamente para financiar la producción. E consecuentemente termina por ser usado para financierizar (endeudar) los que producen bienes y servicios.

Por lo tanto, las críticas a los instrumentos económicos de la economía verde, como Créditos de Carbono, REDD – Reducción de Emisiones por Desmate y Degradación, Créditos de Efluentes, Créditos de Compensación, Pagos por Servicios Ambientales, Pagos por Servicios Ecosistémicos etc. son pertinentes y merecen atención. Principalmente que órganos fiscalizadores y reguladores, así como el Ministerio Público, apuren las denuncias que se están registrando en nuestras redes de información.

Sin embargo, no podemos generalizar y confundir gente seria y con buena intención con oportunistas, especuladores y criminales. Muchos creen ingenua y equivocadamente que tales instrumentos financiarán la transición de una economía parda hacia una economía verde, y no están comprendiendo las trampas financieras y jurídicas engendradas con operaciones que involucran cuestiones de orden geopolítica casadas con tierras y recursos naturales estratégicos, reglados y legislados con la complicidad de políticos para implementación de estos peligrosos contratos financieros y mercantiles. Es el paquete que viene de la llamada economía verde o economía de bajo carbono.

Correo de la Ciudadanía: Hablando sobre esos instrumentos ¿qué piensa usted sobre créditos de carbono y otras modalidades de compensación ambiental?

Amyra El Khalili: He escrito el artículo “¿Qué son créditos de carbono?” en el año 1998 (está en el e-book) para explicar la diferencia entre títulos bursátiles (negociados en Bolsas) y commodities (mercancía estandarizada) y aclarar que “créditos de carbono” no pueden ser “commodities ambientales”.

Cuestiono: si hay emisión de un título ¿para qué y para quién debería servir? Si es un crédito, sea de lo que sea ¿cómo se puede usar-aplicar ese crédito? En primer lugar, carbono no puede ser considerado mercancía si la intención es reducirlas emisiones. No existe cuenta para reducir nada en el sistema financiero, solamente para multiplicar. Confunden “secuestro de carbono” con “créditos de carbono”.

En la naturaleza, el secuestro de carbono es la fotosíntesis. Las plantas capturan el CO2 para después eliminar el oxígeno. En finanzas no hay cómo hacer esa ecuación. Aún más en el mercado de commodities que está desregulado y hoy Chicago Board negocia hasta 100 veces el mismo saco de soya por acción de especuladores y manipuladores que nada tiene que ver con la actividad productiva. Tales acciones distorsionan los precios y perjudican los financiamientos de las plantaciones, condicionando los agricultores a comprar tecnologías de punta que los países del norte han patentado, como semillas, agrotóxicos, químicos, máquinas y equipos.

Una cosa es financiar un proyecto de mitigación (reducción de emisiones), otra es emitir títulos para las Bolsas o negociar commodities en las Bolsas. Son cosas distintas, tienen funcione distintas; no deberían fusionarse y mucho menos confundirse. Lo que ocurre es que, con los instrumentos de la economía verde ya mencionados, están fundiendo y confundiendo a propósito los contratos en una arquitectura financiera peligrosa.

La sospecha es que lo hacen para apropiarse de tierras y recursos naturales estratégicos (bienes comunes). Con la crisis financiera internacional de 2008 tras la quiebra del Banco Lehman Brothers, las inversiones que estaban en el subprime (hipotecas de residencias) migraron para lo que llamamos de subprime ambiental (hipotecas de tierras).

Como he dicho, ningún inversionista pone dinero en lo que no conoce y ni firma contratos que no entiende. Aún más en contabilidades complejas, en contratos financieros y mercantiles que necesariamente deben medir la cantidad de carbono secuestrado. ¿Cómo se hace la medición? ¿Quién audita tal ingeniería?

Si en la academia hay divergencias de lo que puede o no ser “secuestrado”, si expertos a todo momento publican estudios e informes que echan por tierra tesis y proyectos de carbono ¿en quién confiar tal tarea para firmar acuerdos, contratos y proyectos que envuelven mil millones y aún alienan tierras por 30, 40, 50 y hasta 100 años?

Mitigar no ocurre del día para la noche, tarda años y años, y muchos de los que están firmando contratos, acuerdos y proyectos ni estarán vivos para saber sus resultados, comprometiendo así el patrimonio ambiental y cultural de las presentes y futuras generaciones, como en el caso de las tierras de los pueblos indígenas y tradicionales.

Correo de la Ciudadanía: Mientras ese debate queda ausente del conocimiento público, las experiencias aquí criticadas avanzan por Brasil.

Amyra El Khalili: Sí, y no necesitamos ir a la Amazonía para verificar: aquí, en territorio de São Paulo, las tierras de los agricultores pueden quedar en garantía por tantos años y alienadas solamente para recibir el cambio de tales “servicios ambientales y ecosistémicos”, sea de secuestro de carbono o de la gestión de agua de una represa, cascada o río que pasa adentro de una propiedad o hacienda. ¿Será que no están poniendo en riesgo el patrimonio público (como las tierras indígenas y tradicionales de la Unión) o privado, como las tierras de mis abuelos maternos y paternos en Minas Gerais y en Palestina para cobrar un valor insignificante, cuando esas tierras valen mucho más, no para ser exploradas hasta el agotamiento, pero por nos proporcionar los “beneficios providenciales” que nos mantienen vivos, como agua, ar y suelo?

Analizando un contrato que estamos auditando, encontramos lo siguiente: han contratado una consultora individual en capacitación para sembrar huertos comunitarios por la módica cantidad de R$ 95.000,00 por 15 (quince) meses; en contrapartida ofrecieron a un líder indígena el valor de R$ 180.000,00 (para tres aldeas) por año a cambio de firmar un contrato de REDD+ (entre otros). Vea que la consultora individual cobra poco más de la mitad del valor ofrecido para tres aldeas. Es una discrepancia absurda. Nunca recibimos esa módica cantidad para capacitar comunidades en los cursos de commodities ambientales. Como estamos auditando, por secreto de justicia no voy a revelar nombres.

Todos los instrumentos de la economía verde obedecen a la misma lógica de otros contratos financieros y mercantiles tanto cuanto la lógica de los préstamos internacionales que esclavizan nuestra economía, tales como los préstamos del FMI, del Banco Mundial, de los Bancos Multilaterales para financiamiento de obras públicas, de transporte e de saneamiento básico. Basta ver a cantidad de obras paradas cuyas inversiones han hecho de carreteras, rieles y trenes un montón de desechos.

Correo de la Ciudadanía: ¿Qué usted piensa, en líneas generales, de los conceptos de economía verde?

Amyra El Khalili: Participamos de varios frentes que se oponen al modelo económico-financiero denominado de “economía verde”. Somos contra  los proyectos de “economía verde” que vienen de arriba hacia abajo y de afuera para dentro, como la implementación de una agenda de venta rápida, con objetivos de como legislar, dar números y estadísticas.

Hay tres principales mercados mundiales ilícitos: armas, narcotráfico y biopiratería. Ese dinero pasa por el sistema financiero – el verdadero responsable por el financiamiento del mercado de armas y de todo el aparato generador de guerras y miserias. Defendemos proyectos socioambientales que, focalizados en la preservación y conservación ambiental, contribuyan para la seguridad pública, combatan las drogas, la violencia contra la mujer, la criminalidad, la discriminación étnica, racial y religiosa, promuevan la igualdad de género, concurran para la generación de empleo, ocupación e ingresos.

Como alternativa construimos colectivamente la economía socioambiental. Diferentemente de la economía verde, la socioambiental pasa por un proceso de consulta a la base popular, amplia consulta pública y suficientemente lenta para ser entendida. El proceso que adoptamos es desde abajo hacia arriba y de dentro hacia afuera. Es, sobre todo, desvinculado de la agenda de elecciones. Todo el trabajo de consulta y construcción colectiva tarda años, dadas las dificultades de llegar adonde pocos lo logran, a regiones apartadas y sin acceso a la comunicación, locales caracterizados por una población que necesita asistencia y orientación sobre impactos socioambientales.

Actuamos en dos frentes: primero, al orientar sobre la producción de un proyecto económico, financiero y jurídico con el cambio de paradigma; segundo, al divulgar y publicar informes producidos por formadores de opinión y líderes que participaron de cursos y talleres que aplicamos en conjunto con universidades, centro de investigación y grupos locales, además de divulgar también los informes de otros frentes que apoyamos.

Los informes indican el mapa de la región, el perfil de la población, las características del bioma, identifican las potencialidades alternativas de la biodiversidad, entre otras informaciones relevantes. De esa forma, pueden presentar los tipos de problemas conectados, como agua contaminada, enfrentamiento de violencia, drogas, degradación ambiental, exclusión y desigualdades sociales. Y proponer soluciones. Es así como se idealizan proyectos socioambientales y se buscan formas de hacerlos viables.

Correo de la Ciudadanía: ¿La mayor transparencia sobre los conceptos de economía verde no llevaría a observar dilemas y juegos de interés parecidos con lo que el país en crisis enfrenta en ese momento?

Amyra El Khalili: Antes de idealizar un proyecto socioambiental es necesario que la sociedad sea debidamente informada en lenguaje de fácil comprensión sobre cuestiones técnico-científicas. Nuestra propuesta cuestionar ese modelo económico para que los actores sociales se informen mejor sobre las alternativas y riesgos al tomar sus decisiones. A fin de cuentas, en casos como los de los proyectos oriundos del mercado de carbono, recusar dinero es un derecho, sino un deber.

Podemos citar varios casos. Por ejemplo: con la divulgación del Dossier Acre hemos dado visibilidad a las denuncias hechas con proyectos de mercado de carbono y pagos por servicios ambientales en el Estado del Acre. Elaborado en 2012, el estudio no había logrado todavía el merecido espacio en los medios y en los más diversos foros de debate, como también era ignorado su punto de vista técnico, operacional, jurídico, socioeconómico, además de la intervención esas políticas de arriba hacia abajo en el modo de vida de las comunidades indígenas, tradicionales y campesinas de la región amazónica.

Tenemos, actualmente, más de cinco mil distribuidores, multiplicadores y parceros en la producción y diseminación de información. Son esas colaboraciones y “nudos de comunicación” que forman la “alianza” que tiene más de dos décadas de trabajo voluntario, sin recursos de empresas ni de gobierno. Apoyamos los medios alternativos para que también logren sus financiamientos, ya que nos prestan un servicio relevante de utilidad pública.

Hace más de 20 años que trabajamos en ese proyecto de envergadura geopolítica, por la cultura de paz, autodeterminación y emancipación de los pueblos, con la cultura de resistencia cuyos resultados serán a largo plazo. No buscamos resultados inmediatos, sino duraderos y verdaderamente sustentables, formando “alianzas” inquebrantables.

Por Gabriel Brito | 03/05/202

Versión en español: Beatriz Cannabrava, Diálogos del Sur.

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 01 Mayo 2021 06:42

Los tiempos de barbarie exigen osadía

Los tiempos de barbarie exigen osadía

Entevista a Michael Löwy

El fascismo y la crisis ecológica se recrudecen en todo el mundo. En esta entrevista, el militante y pensador ecosocialista Michael Löwy nos explica cómo la convergencia de fuerzas en el campo anticapitalista podría ayudarnos a superar los desafíos que tenemos por delante.

La pandemia de coronavirus se presentó como un desafío global y expuso las enormes desigualdades que existen entre los distintos países, desigualdades que van desde el acceso a un sistema de salud justo y de calidad hasta los distintos abordajes de la pandemia según los gobiernos de turno. Las crisis, inevitablemente, están relacionadas con las fronteras por su naturaleza internacional y por las dinámicas económicas y geopolíticas que generan disputas sobre proyectos y recursos entre distintos países. No es posible hablar, por ejemplo, de la crisis de Venezuela sin considerar los elementos externos a Venezuela. No se puede comprender el bolsonarismo sin notar la influencia ideológica de la derecha estadounidense y las dinámicas de desmonte y privatización en Brasil que complacen a una burguesía internacional.

La inminente catástrofe ecológica que, si bien excede al cambio climático, encuentra en él su mayor catalizador, nos urge a desplegar nuestra capacidad de movilización contra el capitalismo y sus falsas soluciones, mientras perseguimos al mismo tiempo la autonomía de los pueblos oprimidos. Esta conversación con Michael Löwy, militante e intelectual ecosocialista, ilumina posibles caminos para la acción.

SF: Michael, me gustaría comenzar con un pequeño debate sobre cómo se plantea la cuestión de las fronteras en el contexto específico del siglo XXI. Parece que los cambios climáticos evidencian a veces el carácter artificial de las fronteras entre los países. Sin embargo, otras veces muestran lo importantes que son en relación con la disputa geopolítica sobre los posibles rumbos del planeta.

ML: De hecho, la crisis ecológica y el cambio climático no conocen fronteras. Por eso el internacionalismo, la organización de un movimiento planetario contra la oligarquía fósil y, en última instancia, contra el sistema capitalista –que es, como reconoce el Papa Francisco, intrínsecamente perverso– son más decisivos que nunca.

Esto no impide que las potencias capitalistas, en tanto promueven la globalización neoliberal, estimulada activamente por el Banco Mundial, el FMI y la Organización Mundial del Comercio –todos comprometidos con la industria fósil y el ecocidio– disputen los distintos sectores del mercado mundial e intenten imponer su hegemonía imperial. La verdad es que asistimos a un fenómeno nuevo, el «nacional-liberalismo», con Donald Trump, Bolsonaro, Shizo Abe en Japón, Boris Johnson y otros, que proclaman un nacionalismo agresivo y un neoliberalismo brutal a la vez, lo que no es para nada contradictorio. A pesar de que las fronteras sean cada vez más artificiales, los distintos gobiernos de las potencias imperialistas intentan, por todos los medios, construir muros, barreras con alambres de púas electrificados, e instalan patrullas policiales para impedir el acceso de los inmigrantes desesperados que intentan escapar de sus países para sobrevivir.

¿No había explicado Marx que el sistema capitalista no puede existir sin formas de dominación violentas y bárbaras?

SF: Es interesante, porque la derecha liberal, que ayudó a fortalecer a figuras como Bolsonaro, ahora finge ser diferente. Por ejemplo, en la medida en que la extrema derecha exhibe este fuerte tenor nacionalista y de conservadurismo social, los liberales intentan distanciarse de la imagen negativa de Bolsonaro. Pero sabemos que en realidad no tienen ningún problema en seguir apoyando las políticas de Paulo Guedes, en caso de que lleguen nuevamente al Ejecutivo. Como decías, este vínculo no es para nada contradictorio. Los estudios serios sobre la historia del liberalismo prueban su relación con los sistemas más perversos, como la esclavitud. ¿Será que lo que vivimos hoy es un modo de capitalismo que busca garantizar las ganancias sin importar los medios a los que tenga que recurrir? Lo cual valdría tanto para los gobiernos que muestran alguna preocupación por los derechos humanos como para gobiernos que parecen adquirir rasgos cada vez más autoritarios. ¿Es esta la tendencia de esta década?

ML: Efectivamente, a los capitalistas, a la oligarquía financiera, a los grandes industriales y al agronegocio solo les interesa garantizar sus ganancias. El resto son detalles sin mucha importancia. Si el gobierno garantiza una agenda económica neoliberal, como la de Paulo Guedes, contará con el apoyo –activo en algunos sectores, pasivo en otros– de las clases dominantes. Es cierto que los miembros más cultos de las élites, o más liberales en el sentido político, pueden sentirse incómodos con las locuras y el autoritarismo neofascista de Bolsonaro, pero, ¿asumirán una oposición consecuente? Hasta ahora esto no sucedió… En Estados Unidos la situación es diferente. Un sector de la élite dominante, asociada al Partido Demócrata, está dispuesta a ponerle fin al episodio delirante de Trump.

Nada de esto es nuevo. El capitalismo puede adaptarse a casi todo: esclavitud, trabajo «libre», democracia parlamentaria, fascismo, dictadura militar, gobiernos liberales, socialdemócratas, nacionalistas o autoritarios. Lo esencial es que se garantice la tasa de ganancia y la acumulación del capital.

SF: Las grandes potencias poseen una doctrina imperialista que concibe a sus propias fronteras como impenetrables, pero a las de los otros países como blancos a ser penetrados o demolidos. ¿Cómo se manifiesta esto en la construcción de la resistencia en los países periféricos?

ML: Las intervenciones imperialistas se multiplicaron en las últimas décadas, tanto en América Latina como en Medio Oriente. Tenemos que combatir estas intervenciones, que obedecen exclusivamente a los intereses económicos y geopolíticos de esas potencias, en especial los Estados Unidos, sin que eso nos lleve a apoyar los regímenes dictatoriales que se encuentran en conflicto con el imperio, en particular en Medio Oriente.

La cuestión es diferente en América Latina, donde los gobiernos son progresistas, por ejemplo, en Venezuela, en Bolivia y en Cuba, que, con todos sus límites, enfrentan la intervención imperialista estadounidense. En estos casos, la solidaridad internacional con la resistencia antimperialista es importante.

SF: Creo que uno de los grandes méritos de la dialéctica marxista, especialmente en la interpretación del marxismo humanista, es romper con una visión dualista, según la cual los problemas estaría solamente en el individuo, que debería transformar su propia microrrealidad, o totalmente localizados en la estructura, al punto de negar la agencia de los individuos. Aun así, siento que todavía es difícil transmitir nuestros esfuerzos de politización, sobre todo porque la doctrina neoliberal hace recaer la responsabilidad simplemente sobre el individuo y algunos grupos socialistas niegan la importancia de la agencia y de la libertad individuales. ¿La conciencia ecológica puede ser un terreno fértil para unir estos campos de batalla?

ML: En los escritos del joven Marx encontramos una concepción dialéctica humanista que rompe tanto con el individualismo liberal como con el organicismo conservador. En efecto, la lucha socioecológica es un buen ejemplo de la necesidad de una visión marxista dialéctica de la agencia individual y colectiva. Eso se traduce en dos niveles: uno es la complementariedad entre las iniciativas individuales, por ejemplo, la alimentación vegetariana, y las transformaciones estructurales como el fin de los subsidios a la industria de la carne, o la defensa de las selvas contra le expansión destructora de la ganadería. Para los ecosocialistas no se trata de oponer una iniciativa a otra, sino de ganar a los vegetarianos para las luchas sociales. Las movilizaciones socioecológicas, y un posible procesos revolucionario de transición al ecosocialismo, no son posibles sin que un gran número de individuos se unan a ese combate colectivo.

Sin duda esa lucha exige una amplia coalición social de fuerzas: trabajadores del campo y de la ciudad (de ambos sexos), juventud rebelde, comunidades indígenas, comunidades cristianas, población negra, mujeres, intelectuales, artistas y mucho más. Pero estos grupos o estas clases están compuestos de individuos, cada uno con su historia, su cultura, su conciencia. Su motivación puede ser cristiana, socialistas, ecológica, feminista, o una convergencia de todas. Puede ser también resultado de una experiencia directa de destrucción ambiental.

Marielle Franco era una persona única, singular, por su compromiso irreductible con el pueblo negro de las favelas, con las mujeres oprimidas, con el socialismo y con la ecología; pero, al mismo tiempo, era parte de varios colectivos, de organizaciones y de un partido combativo, el PSOL.

En la primera línea de combate ecológico se encuentran las víctimas directas de los desastres provocados por la voracidad destructora del capitalismo: comunidades indígenas, mujeres, movimientos, campesinos. Pero también en este caso son individuos los que encarnan el combate. Individuos que muchas veces pagan con sus vidas ese compromiso, como fue el caso, entre tantos otros, de Berta Cáceres, dirigente indígena en Honduras, víctima de la violencia paramilitar por encabezar la resistencia a los proyectos ecocidas.

No es casualidad que en estos dos ejemplos se trate de dos mujeres, que representan la dignidad y el coraje del combate sociológico: no es que exista una esencia femenina abstracta, sino que su condición social concreta hace más sensibles a las mujeres frente a los estragos ambientales que provoca el sistema.

SF: Esa convergencia de motivaciones es algo muy fuerte en el movimiento ecosocialista. Vemos personas que se reúnen a partir de las preocupaciones más diversas. ¿El ecosocialismo es un gran punto de convergencia de las luchas sociales a partir del materialismo histórico? ¿Una síntesis socialista que, al poner la naturaleza en primer plano, suma la potencia de todas las luchas? Esto me recuerda lo que suele decir Sônia Guajajara: la lucha por la Madre Tierra es la madre de todas las luchas. Me parece que negar, como lo hacen algunas organizaciones socialistas, que la naturaleza atraviesa todas nuestras luchas representa un gran atraso.

ML: El ecosocialismo puede contribuir a la convergencia de las luchas, al revelar, con ayuda del materialismo histórico, la íntima relación que existe entre la explotación capitalista, el racismo, la dominación patriarcal y la destrucción de la naturaleza. Pero esa convergencia debe respetar la autonomía de los movimientos y de las luchas sociales, sus respectivas agendas, sus objetivos. La convergencia no está dada inmediatamente, debe ser pacientemente construida por medio del diálogo y de las experiencias de lucha. El Foro Social Mundial, con todos sus límites, fue una experiencia interesante de convergencia de este tipo.

La cuestión ecológica, la relación con la Madre Tierra, es actualmente –y lo será más todavía– la cuestión política decisiva de nuestra época. En los próximos años, en la lucha para impedir la catástrofe del cambio climático irreversible, se decidirá el futuro que enfrentará la humanidad durante los siglos, si no durante los milenios futuros. Es muy decepcionante que tantos compañeros socialistas todavía no se den cuenta de este desafío: todavía no les cayó la ficha, como se decía en mi época, cuando todavía había teléfonos con fichas. Es nuestra tarea, como ecosocialistas, criticar esa ceguera política e intentar pacientemente convencer a nuestros compañeros.

SF: Recientemente me topé con algunos análisis sobre el «ecofascismo», que me recuerda a ciertos elementos del movimiento ambiental más misántropo, especialmente de fines del siglo XX. Incluye desde debates que culpan al ser humano como especie, en vez de al conjunto del modo de producción y al patrón «civilizatorio», hasta discusiones alarmistas sobre el crecimiento poblacional y el miedo a los refugiados. En el fondo, me pregunto si las conclusiones de tales movimientos y personas no se conforman con una salida fácil, que parte al mismo tiempo de una respuesta equivocada. ¿Enfrentamos el riesgo de que la lucha ambiental sea cooptada, no solamente por los ecocapitalistas y sus soluciones de mercado, sino también por los conservadores de la extrema derecha?

ML: Sin duda, ese peligro existe. Hay ecologistas «fundamentalistas que denuncian a la especie humana como responsable por la catástrofe ecológica. Otros, sin ir más lejos, piensan que el problema principal es el exceso de población. Unos pocos llegan al extremo de proponer una especie de dictadura ecológica, idea con la que especuló un filósofo ecologista del siglo pasado, Hans Jonas. Pero son pocos los que representan un verdadero «ecofascismo»: se trata, al menos por el momento, de un fenómeno marginal. La extrema derecha «fascistizante», en Europa por ejemplo, insiste en que la ecología no interesa, en que el verdadero problema son los refugiados y los inmigrantes. Manifiestan un odio exacerbado hacia figuras como Greta Thunberg, a la que algunos acusan de ser una peligrosa «hechicera», una comunista, una enemiga de la civilización occidental, etc.

Los principales representantes del neofascismo del siglo XXI, personajes como Donald Trump o Jair Bolsonaro, son fanáticamente antiecológicos, niegan el peligro del cambio climático y buscan, por todos los medios, promover los intereses ecocidas de la oligarquía fósil en Estados Unidos y del agronegocio en Brasil. Terminar con los regímenes de estos personajes siniestros es un imperativo categórico y, al mismo tiempo, inseparablemente social y ecológico. Lo que están haciendo es, simplemente, acelerar al máximo el tren suicida de la civilización capitalista industrial en dirección al abismo del cambio climático. Por su parte, los «razonables», los capitalistas «ecológicos», proponen pintar de verde la locomotora.

SF: Veo que varios capitalistas intervinieron en los debates como el Green New Deal para garantizar que cualquier proyecto de ley aprobado en ese sentido sea favorable a sus inversiones. Como muestra Naomi Klein en Esto lo cambia todo, hay hasta grandes burgueses de la industria de los combustibles fósiles que invierten en renovables. ¿Cuál es la magnitud del desafío que enfrentamos a la hora de poner la ecología en el centro del debate, si los mismos capitalistas mueven todo su aparato para avanzar un paso más en la mercantilización de la naturaleza? La financierización de la naturaleza es una realidad en el mercado global.

ML: De hecho, hace muchos años que existe un «capitalismo verde», que está interesado en el mercado de las energías renovables, y gobiernos que proponen políticas de «desarrollo sustentables». Hasta el Fondo Monetario Internacional jura que promoverá una economía ecológica. ¿Cuál es el resultado de todo esto? ¡Nada! O peor: a medida que los discursos se vuelven cada vez más verdes, el cielo se vuelve cada vez más gris… Las emisiones de gases fósiles no solo no disminuyeron, sino que continúan aumentando, y los científicos, cada vez más preocupados, hacen sonar señales de alarma. Bajo el pretexto de «proteger» la naturaleza, se desarrollan políticas de privatización de las selvas y los bosques. Se desarrollan enormes mercados de derechos de emisión, que son un negocio óptimo para los bancos y las empresas, pero pésimo para el medioambiente.

Existen excelentes trabajos de pensadores ecosocialistas que desmitifican estas propuestas: Lo imposible del capitalismo verde, de Daniel Tanuro, y El Dios que fracasó: el capitalismo verde, de Richard Smith. El capitalismo no puede existir sin una expansión ilimitada, sin el productivismo y el consumismo, y depende, hace dos siglos, de las energías fósiles. Solo una batalla socioecológica intransigente puede hacerlo retroceder, en un primer momento, antes de superarlo con otro modo de producción, o mejor, con otro modo de vida.

SF: ¿Podría comentar cómo la colonización sigue siendo un factor central en la reproducción económica, cultural y militar de América Latina? Hay regiones ricas en bienes naturales que parecen ser muy vulnerables a la dominación extranjera, especialmente cuando existen relaciones de opresión históricas. Pienso, por ejemplo, en las mineras canadienses y en el rol destructivo que tienen en nuestra región. Actúan también de forma contradictoria en Canadá, que es un símbolo del desarrollo aunque sigue expropiando territorios a los pueblos originarios del norte.

ML: José Carlos Mariátegui, el genial fundador del marxismo latinoamericano, advirtió en 1928: si no hay una alternativa socialista indoamericana (hoy diríamos afroindoamericana), los países de América Latina están condenados a ser semicolonias del imperio norteamericano. Es lo que vemos hasta el día de hoy, bajo formas «modernizadas»: para retomar la famosa imagen de Eduardo Galeano, las venas de nuestra América siguen abiertas, y nuestras economías siguen sometidas a los imperativos del mercado mundial, controlado por Nueva York, Londres, Berlín, etc.

Y no se trata solamente del pillaje de nuestras riquezas naturales: se trata de la destrucción sistemática del medioambiente, de los bosques y las selvas, del envenenamiento de los ríos. El caso de la multinacional petrolera Chevron en Ecuador, que dejó un inmenso territorio completamente contaminado y destruido, es solo un ejemplo entre muchos. Todo esto sucedió, bien entendido, con la complicidad activa de los varios gobiernos neoliberales que se sucedieron en América Latina durante las últimas décadas. La excepción fue Cuba, desde 1959, y, de forma parcial, algunas experiencias antimperialistas en el continente, como la de Hugo Chávez en Venezuela. Marx había previsto, en El capital, que el «progreso» capitalista es un progreso sobre la ruina de dos fuentes de riqueza: la tierra y el trabajador. América Latina es un bello ejemplo de esa regla.

Está claro que las multinacionales yanquis no son las únicas que promueven la destrucción ambiental. Las canadienses no se quedan atrás, en términos de devastación de nuestro continente, y enfrentan, en muchos casos, tenaces resistencias populares. Es el caso, por ejemplo, de Perú, en donde la población de Cajamarca se opuso a una empresa minera canadiense que pretendía explotar una mina de oro utilizando el agua de los ríos. Bajo la consigna «¡Agua sí, oro no!», se inició una movilización popular contra este proyecto destructivo.

Incluso en Canadá, las multinacionales que explotan el petróleo más sucio del planeta, en términos de emisiones de CO2, y las llamadas «áreas bituminosas», intentan expropiar las tierras indígenas y construir enormes oleoductos en sus territorios. James Hansen, el famoso científico del clima estadounidense, dijo que, si ese petróleo llega a ser extraído y exportado por los oleoductos, la lucha contra el cambio climático estará perdida. Las comunidades indígenas de Canadá desplegaron una lucha audaz contra estos siniestros proyectos de «desarrollo», con apoyo de socialistas, ecologistas y sindicalistas. Al defender sus territorios ancestrales y sus ríos, esas comunidades están en la primera línea del combate de la humanidad para prevenir la catástrofe ecológica planetaria.

Los anticolonialistas se movilizan en todo el mundo en solidaridad con los indígenas de Canadá. Recientemente se publicó en varias lenguas un manifiesto internacional de apoyo a su lucha, firmado por alrededor de doscientos artistas y poetas surrealistas de decenas de países.

SF: En uno de tus textos recientes se habla de la «racionalidad democrática de las clases populares». Una visión tradicional y elitista de la política afirma con frecuencia que la mayor parte de la población tiene prejuicios que le impiden participar en política más allá del voto, pero creo que se trata de un problema de tiempo y de organización política. Una mujer de la periferia trabaja ocho horas al día fuera de su casa, pasa tres horas en el transporte público y además realiza las tareas domésticas. Si no participa de las decisiones políticas cotidianas no es necesariamente por falta de interés, sino por cansancio. ¿Qué políticas pueden ayudarnos a romper las barreras temporales de disponibilidad para facilitar el florecimiento de esa racionalidad democrática?

ML: La racionalidad democrática de las clases populares es una apuesta de los revolucionarios. No siempre el comportamiento de la población obedece a tal criterio pero, en última instancia, nuestra esperanza es que esa racionalidad se vuelva hegemónica.

En la lucha para permitir que los sectores oprimidos, en particular las mujeres, puedan participar de la vida política, la exigencia de la reducción de la jornada laboral juega un papel muy importante. Con menos horas de trabajo y más tiempo libre se generan condiciones para una efectiva participación democrática. No es casualidad si Marx escribió en El capital que la reducción de la jornada laboral era el primer paso para instituir el reino de la libertad. En el caso de las mujeres, es esencial la lucha por los servicios públicos dirigidos a las infancias, como las guarderías, y la repartición igualitaria de tareas domésticas entre los sexos.

Con todo, aun en las difíciles condiciones actuales, y en las últimas décadas, no faltaron momentos en que la irrupción de las masas populares, de los trabajadores, de la juventud, de las mujeres, logró colocar en el orden del día una agenda democrática y popular: las grandes huelgas del ABC en 1978-1979, la fundación del PT en 1980 y del MST algunos años después, la movilización por las «Directas ya» en 1984, la campaña por el impeachment de Collor, y así hasta llegar a las jornadas de 2013. No tengo duda de que volverá a suceder lo mismo, tarde o temprano, frente la banda neofascista que actualmente gobierna Brasil.

SF: En el caso de 2013, tuvimos un desafío. Las jornadas tuvieron al comienzo rasgos populares, especialmente la reivindicación por el derecho a la ciudad, pero la despolitización creció a medida que las calles se llenaban. Veo que existe hoy en la izquierda un cierto miedo hacia los movimientos masivos sin direcciones centralizadas, pues la derecha, sobre todo a través de los grandes medios, tiene una capacidad de cooptación enorme. Al mismo tiempo, Bolsonaro y Trump alimentan la desconfianza contra los grandes medios que no los favorecen, pero con la intención de promover fake news que son todavía más despolitizadoras. ¿Cómo desplegar una batalla por la comunicación y por medios más democráticos en este contexto?

ML: Es muy importante que la izquierda y las fuerzas populares construyan sus propios medios y utilicen las redes sociales para difundir su mensaje. En Brasil, un sector importante de la Iglesia es solidario con los movimientos sociales y utiliza sus propias redes de comunicación. Existen también algunos espacios en los grandes medios que pueden ser utilizados, sobre todo cuando estos se ven obligados a oponerse al gobierno, como sucede en Brasil. Tenemos que utilizar todos los medios para combatir las fake news que siempre fueron, desde Joseph Goebbels, el método favorito de los fascistas.

La batalla por la comunicación en Brasil no pasa solamente por los medios. ¡El Carnaval es un espacio fundamental y la actuación de las Escolas de Samba de izquierda el año pasado fue un gran avance! Lo mismo vale para las hinchadas de fútbol, que este año asumieron la vanguardia en la protesta contra Bolsonaro.

Es verdad que la derecha logró hegemonizar las protestas callejeras de 2014 a 2016, pero es improbable que esto suceda de nuevo dado que la capacidad de movilización del bolsonarismo está en franca decadencia.

SF: Cuando se declaró la pandemia de coronavirus, se habló mucho en los grandes medios sobre una «nueva normalidad», en la que las personas se sentirían más conectadas y revisarían sus posturas frente a la muerte y al sufrimiento. Sin embargo, el sistema parece haberse adaptado una vez más. ¿Es posible que un gran acontecimiento global funcione como catalizador de un cambio civilizatorio, sin que este sea consecuencia directa de una campaña ecosocialista?

ML: No puedo prever si habrá o no acontecimientos catalizadores en el futuro. Pero no podemos esperar a una catástrofe o epidemia para luchar por un cambio civilizatorio. Necesitamos comenzar ya mismo a popularizar nuestro programa ecosocialista. Es muy importante difundir conferencias, panfletos, libros y multiplicar las iniciativas en las redes sociales para explicar nuestra propuesta, la imposibilidad de un «capitalismo verde» y la necesidad de una transición ecológica revolucionaria. No es casualidad que el interés por el ecosocialismo esté creciendo en Brasil y en todo el mundo. Por cierto, acaba de fundarse una Red Global Ecosocialista (Global Ecosocialist Network) que se propone establecer vínculos entre los ecosocialistas del Norte y del Sur globales.

Mientras tanto, el principal punto de partida son las luchas socioecológicas concretas que se enfrentan con la lógica del sistema. Por ejemplo, las luchas de las comunidades indígenas en el Amazonas y en otras regiones del país contra la devastación de nuestras selvas y nuestros ríos que ocasionan la megaminería, el agronegocio, la expansión de la ganadería y la soja; la lucha del MST contra los pesticidas y por una reforma agraria que favorezca la agricultura orgánica, y la lucha de la juventud de las grandes ciudades por el transporte público gratuito. Podría multiplicar los ejemplos. Es en estas luchas que se desarrolla la conciencia anticapitalista, como también la comprensión de la necesidad de la autorganización desde abajo y la conciencia de que solamente mediante el combate colectivo se consigue imponer las exigencias de los oprimidos y de los explotados.

La tarea de los ecosocialistas es participar de estas luchas, apoyarlas, ayudarlas, organizarlas e integrar en ellas la propuesta ecosocialista.

SF: Si lo «normal» era parte del problema y la «nueva normalidad» es más de lo mismo, especialmente cuando consideramos el enriquecimiento del que se beneficiaron los multimillonarios durante los períodos más duros que enfrentó la población mundial, ¿qué medidas inmediatas serían útiles para unir las demandas generales y desafiar ese orden que vuelve a imponerse?

ML: En efecto, las clases dominantes, apenas la pandemia se los permita, intentarán retomar la normalidad de los negocios, volver a lo mismo de siempre, al paraíso de los explotadores, en el que una decena de multimillonarios posee el equivalente de la riqueza de la mitad de la humanidad.

Elaborar un programa de reivindicaciones es una tarea colectiva, no puedo dar una respuesta concreta. Pero creo que un programa de este tipo, en Brasil, debería incluir, entre otros objetivos, una profunda reforma fiscal que termina con los escandalosos privilegios de una ínfima minoría de oligarcas; una reforma agraria radical, con criterios ecológicos, que favorezca la agricultura campesina y orgánica contra el agronegocio ecocida; la defensa del Amazonas y de los pueblos que viven en ella contra la saña destructora de las mineras y de los terratenientes, y la reducción de la jornada laboral, sin disminución del salario, como solución al dramático crecimiento del desempleo.

SF: Frente a todo esto, ¿es posible mantener «el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad»? Mientras el coaching liberal promueve la búsqueda del «lado bueno de las cosas», es fácil para nosotros desanimarnos con las derrotas. ¿Qué habría que decirle a alguien que se siente desanimado políticamente en este momento?

ML: Las derrotas, como las victorias, forman parte de la historia del socialismo y de las luchas sociales. El pesimismo de la razón nos advierte sobre la gravedad de la situación, el peligro creciente de la catástrofe ecológica y el gran poder de nuestros adversarios, los neofascistas y los neoliberales (¡o los dos al mismo tiempo!). Pero también hay señales de esperanza: el socialismo nunca tuvo tantos partidarios y simpatizantes en Estados Unidos y en Inglaterra como hoy. La movilización de la juventud contra el cambio climático, inspirada por Greta Thunberg, logró el apoyo de millones de personas en todo el mundo. Podríamos multiplicar los ejemplos, incluso en Brasil. Obviamente, no hay ninguna garantía de que el ecosocialismo vencerá, ni de que la humanidad logrará escapar a la catástrofe. Esta es, como dirían Lucien Goldmann, mi maestro, y Daniel Bensaïd, mi compañero, una apuesta en la cual se nos va la vida, en términos individuales y colectivos. Si los revolucionarios solo se movilizaran cuando están seguros de la victoria, nunca habría habido una revolución. Entonces, se trata del optimismo de la voluntad: como decía Brecht, quien lucha, puede perder; quien no lucha, ya perdió.

Por Sabrina Fernandes | 01/05/2021

Sobre la entrevistadora:

Sabrina Fernandes es doctora en Sociología y militante ecosocialista. Es colaboradora y editora en Jacobin Magazine y consultora editorial de Jacobin Brasil. Está realizando un posdoctorado en el Grupo Internacional de Investigación sobre Autoritarismo y Contraestrategias de la Fundación Rosa Luxemburgo y la Universidad de Brasilia. Genera contenidos para el canal de izquierda radical de YouTube Tese Onze.

Traducción: Valentín Huarte

Publicado enSociedad
Barbara Stiegler: "Pasamos mucho tiempo adaptándonos"

La filósofa francesa analiza el neoliberalismo y la pandemia

La pensadora asume el imperativo de transformar el mundo desde la acción colectiva y no quedarse en la torre de marfil de la teoría o los grandes ideales. La revalorización de sus ensayos escritos mucho antes de la pandemia.

 

Pensar la historia y las evoluciones del liberalismo e inscribirse al mismo tiempo en la acción colectiva concreta no son dos vertientes que se articulen con frecuencia. La filósofa francesa Barbara Stiegler las incorpora en una obra nutrida en la acción cuyo desarrollo teórico plasmó luego en dos libros que la llevaron rápidamente a ser reconocida. 

El último, Del Rumbo a las huelgas (Du Cap aux grèves), es la crónica reflexiva del movimiento de los chalecos amarillos que estalló en Francia entre 2018 y 2019, en el cual Barbara Stiegler participó en cuerpo y alma. El título remite a una situación que explotó en casi todo el planeta cuando los movimientos sociales impugnaron de forma inédita y globalizada a la monarquía neoliberal. El rumbo que la revolución neoliberal le había fijado a las sociedades humanas dejó de ser la única alternativa. El mundo dijo un basta rotundo a ese rumbo cuyo credo fue, desde siempre, ”es preciso adaptarse”. A fuerza de adaptación a un modelo destructor, los individuos dejaron de ser ellos mismos y perdieron la noción de emancipación

Argentina, Ecuador, Chile, Argelia, Hong Kong, Irak o Francia se levantaron contra esa dictadura de la adaptabilidad que había hecho de la condición humana un cordero en manos de un ante que sancionaba a quienes rehusaban adaptarse. Del Rumbo a las huelgas completa el primer libro de la autora publicado en 2019: Hay que adaptarse (Il faut s’adapter)

Ese ensayo es un vertiginoso viaje desde la matriz del modelo neoliberal hasta las orillas del fracaso de su patrón evolucionista, cuyo límite no fue precisamente una ideología opuesta, sino la crisis medioambiental. 

Flujos de capitales, flujos de información, flujos de mercancías y globalización chocan, dice la autora, contra los muros de su propia imposibilidad, contra la destrucción del planeta y el hartazgo de los seres humanos. Muchos analistas vieron en ese libro la explicación al movimiento de los chalecos amarillos. Por primera vez, una autora radiografiaba de forma original la identidad de esa crisis cuyos orígenes estaban arraigados desde hace mucho. 

Además, en Hay que adaptarse Barbara, Stiegler ponía de relieve otro de los componentes del ultraliberalismo: la forma en que hasta los gobiernos de izquierda abrazaron e implementaron ese modelo creyendo, a veces, que lo estaban combatiendo. La autora demuestra cómo se creó una suerte de confusión muy útil en torno a la definición de lo que era realmente el proyecto ultraliberal. 

En ambas obras, Stiegler asume además un imperativo: transformar el mundo desde la acción colectiva y no quedarse en la torre de marfil de la teoría o los grandes ideales. Se trata, dice la filósofa francesa, de crear una red de resistencia desde la acción inmediata, desde el lugar donde vivimos y trabajamos. 

En los dos ensayos y mucho antes de la pandemia, Barbara Stiegler volcó su experiencia en los hospitales, donde trabajó junto a médicos y enfermeros para interpretar desde allí la barbarie liberal.

--Su último libro está escrito con la experiencia de la calle, en el calor de las multitudes en rebelión y los gases lacrimógenos de las manifestaciones. Entre los dos términos del título, rumbo y huelgas, está concentrada la historia de los últimos 40 años.

--El rumbo que describo es el rumbo impuesto por la revolución neoliberal que se impuso en casi en todo el mundo desde hace 50 años y cuya historia remonta a un siglo atrás. Ese rumbo es la adaptación de todas las sociedades a la globalización, a un mundo en el cual no hay más fronteras y donde los ritmos se aceleran. Pues ese rumbo fue seguido por muchas sociedades y es cierto que desde hace algunos años hay movimientos sociales por todas partes que muestran que existe un rechazo a continuarlo. 

En este contexto llegan las huelgas, es decir, esa idea de dejar de trabajar según las modalidades obligatorias que nos imponen y, a partir de allí, repensar nuestra relación con el trabajo, con las interacciones sociales. Basta, nos detenemos, empieza un trabajo de reflexión, de reelaboración del sentido. Hoy se trata de saber si este movimiento de huelgas se acabó a causa de la pandemia. Creo que estamos congelados. Estábamos en plena acción, en plena efervescencia y nos vimos brutalmente congelados. Si observamos rápidamente tendremos la impresión de que nos hemos sometido, que hemos renunciado. Pero eso es solo si se mira la situación desde el exterior. Sin embargo, si hablamos con la gente, percibimos que está más enojada que antes. La gran pregunta que se plantean hoy los gobiernos consiste en saber qué ocurrirá cuando las manifestaciones en la calle, los festivales, los cafés y toda la vida social se reanuden. Creo que, al menos en Francia, el poder le tiene miedo a ese momento.

--Al final, ambas cosas se congelaron: la bronca globalizada y la marcha del liberalismo.

--Sí, así es. Hay una forma de la globalización que se vio congelada. Pero esto no quiere decir que se terminó todo. Los partidarios de la globalización seguirán defendiéndola y desplegándola, mientras que sus adversarios seguirán oponiéndose a ella. Creo que este momento de congelamiento puede quintuplicar los conflictos.

--Usted pasó de la cátedra universitaria a la calle y de las protestas sociales, con el movimiento de los chalecos amarillos. ¿Qué le dejó como lección esa experiencia?

--Me permitió entender una forma de acción y trasladarla a lugares estratégicos de mi entorno, a la universidad, al hospital, al liceo. Me mostró que, en todas las clases sociales movilizadas, sean estudiantes, profesores o los chalecos amarillos, había una necesidad de reconstruir las cuestiones democráticas: ¿Qué es un ágora, quién debe hablar, cómo? Todo eso había que construirlo. 

Hay algo terrible en nuestras profesiones, en los maestros, profesores y universitarios. Muchos están inmersos en una actividad intelectual intensa, pero cuando los vemos actuar en el trabajo no existe conexión con lo que hacen. Muchos colegas denuncian el neoliberalismo, se presentan como adversarios teóricos, pero terminan aplicando en el mundo de la educación dispositivos neoliberales sin que ello les plantee ningún problema. Y sin reflexión, en una especie de acción mecánica. Hay una suerte de desprecio por el lugar de trabajo, por la interacción práctica. Creo que las cosas serían mucho mejores si los profesores, el personal de los hospitales, se definieran como trabajadores y pensaran un poco más en sus actos.

--Usted ha puesto de relieve uno de las grandes perversiones del liberalismo, esa suerte de orden permanente: es necesario adaptarse. 

--Con ese pensamiento perdemos la expresión de la identidad y la capacidad de emancipación. Pasamos mucho tiempo adaptándonos, aceptando los pliegues de la normalización, eso destruye la relación emancipada e impide la reafirmación del individuo. La idea de adaptación nos colonizó. Se construyó una suerte de hegemonía cultural en silencio. Es una herencia del siglo XIX, que proviene de la transferencia de las ideas de Darwin hacia el campo social y político. Es un pensamiento oriundo de los Estados Unidos, que recupera la idea según la cual nuestra especie está mal adaptada a la globalización y que es preciso readaptarse a ella través de amplias políticas públicas en campos como el de la educación, la salud o las políticas sociales, para instaurar la igualdad de posibilidades, la competencia en todos los niveles de la sociedad. En suma, se trata de una revolución social y política que, detrás del telón, esconde un principio biológico cuando habla de adaptación, de selección, de mutación y de evolución. 

--En su ensayo señala que pensamiento está impregnado por un relato que argumenta que la especie humana está siempre atrasada. ¿Esa sería la matriz del neoliberalismo?

--Sí, ese pensamiento incluye una amplia reflexión sobre la inadaptación. La tesis del teórico norteamericano que inspiró a los nuevos liberales y que lanzó la corriente neoliberal, Walter Lippmann, sostiene que la especie humana se adaptó a lo largo de un extenso período a un mundo relativamente estable y cerrado. Lippmann dice que el sentido de la historia, su misión casi revolucionaria, es la globalización del mundo, la división del trabajo con un capitalismo totalmente globalizado, y que, en ese movimiento, la especie humana no está a la altura de este porvenir. Por consiguiente, es preciso transformarla mediante políticas públicas muy ambiciosas, a fin de readaptarla a todos los niveles: afectivo, cultural, emocional, cognitivo. Se trata, entonces, de una empresa de readaptación integral de la especie humana por medio de una agenda, de un programa revolucionario.

--Señala que durante mucho tiempo hubo una dificultad para definir qué es el neoliberalismo. ¿Se tardó mucho en comprender su mecánica?

--¡Absolutamente! Se dijo que era una teoría económica que proponía un Estado lo más pequeño posible. Fue una confusión permanente. De hecho, en los años 30, el neoliberalismo partió de la evidencia según la cual, con la experiencia de la crisis de 1929, el capitalismo sin regulación no podía salvarse solo, que no se podía confiar en las interacciones espontáneas de las sociedades humanas porque los seres humanos eran inadaptados. Por consecuencia, era necesario reasumir la acción del Estado, con un Estado más fuerte y eventualmente autoritario, cuya primera misión consistía en fabricar el consentimiento. Lippmann hablaba de “manufactura del consentimiento”. Ese plan pasa por un conjunto de políticas culturales y educativas. 

Percibimos aquí que todo esto no tiene nada que ver con la imagen del neoliberalismo, con la idea de dejar que todo sea libre. Esto es muy grave porque no haber visto esto, mantenerse en esa confusión, permitió a partidos que se identificaban con la izquierda llevar a cabo políticas neoliberales sin que nos demos cuenta. En Europa, muchos partidos de izquierda rompieron con la izquierda, con el socialismo, y terminaron aplicando programas de ajuste y adaptación a la globalización. Y como los llevaron a cabo por medio de políticas públicas que exigían una suerte de igualdad de posibilidades y una regulación leal de las reglas, creyeron que así luchaban contra el neoliberalismo. En realidad, ese era el contenido mismo de la política neoliberal. De esta manera, muchos partidos de gobierno que reivindicaban ser de izquierda aplicaron una política neoliberal de forma continua desde los años 80.

--¿Fue ese el gran fracaso de la izquierda, no haber captado la realidad de su enemigo o, tal vez, querer imitarlo?

--Sí. Y es aquí donde podemos hablar de colonización o de hegemonía cultural. El neoliberalismo es una nueva derecha, una derecha al servicio de la globalización económica. Esa nueva derecha invadió todas las mentes y se volvió hegemónica.

--Esa idea neoliberal dejó prácticamente a la humanidad sin un lugar donde respirar libremente.

--Todo el orden gira en torno a esa idea asfixiante. No obstante, hay una novedad que surgió a partir del giro de los años 2000: el neoliberalismo, que carecía de oposición y se había infiltrado en todas partes por una suerte de capilaridad, de mimetismo, esa hegemonía liberal que se construyó a lo largo de un siglo, empezó a ser puesta en tela de juicio a raíz de la crisis medioambiental y de los estragos considerables de ese modelo capitalista globalizado. El neoliberalismo empezó a mostrar que era una cosa imposible. Hemos chocado contra los límites insuperables de la globalización y nos damos cuenta de que sus costos son considerables. Por esta razón la hegemonía neoliberal se ve profundamente cuestionada. Y eso es nuevo.

--Estamos en un momento tambaleante de la historia humana. ¿Cómo ve la emancipación futura de nuestras sociedades, qué formas podrán revestir la acción colectiva?

--No puedo anticipar el porvenir ni tener una visión global. Lo que sí puedo decir es lo que estoy haciendo yo ahora durante esta crisis sanitaria y lo que seguiré haciendo en el futuro. Creo que es fundamental que quienes desean asumir el conflicto y participar en la resistencia se pregunten dónde están, en qué lugar viven, dónde trabajan y dónde están sus vidas. Yo vivía en el campo, pero terminé de entender que mi vida estaba en Burdeos. Aunque no sea fácil, en cuanto logramos situarnos en algún lado ya tenemos un punto, podemos decir “este es mi lugar, aquí está mi trabajo, esto es lo que hago”. Recién a partir de ese marco particular es cuando se puede construir una lucha. A partir del lugar en el que nos encontramos y de las funciones sociales que ocupamos. Incluso si no tenemos trabajo también ocupamos una función, porque podemos ser padres o desempleados. Creo que a partir de una plataforma personal como esta es necesario y lógico constituir una red de resistencia. 

En la historia, la gente nunca construyó un programa para luego actuar: primero observaron lo que había alrededor para luego intentar hacer algo. Intentaron salvar lo esencial construyendo una oposición ante un poder aplastante. Trato de actuar así. Me gusta mucho la lógica de la red porque permite que construyamos una acción colectiva. Así es como se construye un programa o un pensamiento político: en la precisión de lo concreto.

 

Más que pandemia: sindemia

 

--Es una de los escasos pensadores que pensó el mundo a partir de un hospital, y ese lugar se ha vuelto central a raíz de la pandemia.

--He trabajado mucho con las personas del sector de la salud, con médicos y enfermeros. Mi pensamiento político se alimentó de su combate, de lo que viven y atraviesan. Lo que vemos hoy en la salud no es la privatización, no es un Estado que vende el hospital, más bien es un Estado que conserva el hospital y lo controla, al mismo tiempo que trata de transformar el sentido. Es una gestión asumida por el Estado que transforma los oficios del personal. 

Las enfermeras se convirtieron en administradoras que deben cumplir con toda una serie de objetivos. Son oficios que suscitan mucha vocación, pero esa vocación está destruida por una visión de la salud opuesta a la vocación. Lo mismo ha ocurrido en la enseñanza. Las reformas neoliberales inducen a los profesores a hacer lo contrario de lo que les señalaba su vocación. Esas instituciones republicanas han sido destruidas desde el interior por el mismo Estado, o por quienes se apropiaron del Estado para cambiarle el sentido. Y es precisamente allí, en los restaurantes, en los bares, en los medios obreros, donde se debe construir la resistencia, nuestra propia resistencia ligada a las demás. La meta consiste en tener una visión colectiva de lo que somos.

--Su pensamiento tiende a definir la pandemia como una sindemia, o sea, la suma de varios males.

--Al principio pensé que se trataba sólo de una pandemia, pero luego vi que era algo mucho más complicado, que era una epidemia muy difícil de controlar y que no se trataba en nada de un acontecimiento aleatorio. Coincido en esto con el redactor jefe de la revista The Lancet, Richard Horton, para quien esta epidemia no hace sino revelar los problemas estructurales de nuestras sociedades fundadas sobre la concurrencia y en las cuales nuestros modos de vida se degradaron, lo que condujo además a un aumento considerable de las enfermedades crónicas. Esto permite leer la pandemia y el pánico que se desató en el mundo entero como un revelador de patologías anteriores, patologías sociales, patologías medioambientales. En suma, todas las causas sociales y políticas atraviesan la pandemia.

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Publicado enCultura
Martes, 23 Marzo 2021 06:16

La nueva ciencia es subversiva

La nueva ciencia es subversiva

En diciembre de 2012 un investigador de sistemas complejos llamado Brad Werner, de la Uni­versidad de California en San Diego, presentó, con la ca­bellera pintada de rosa, su conferencia en el congreso anual de la Unión Geofísica Estadunidense celebrada en San Francisco y atendida por unos 24 mil científicos de la tierra y el espacio, bajo el título Is Earth Fucked? (¿Está jodida la Tierra?). Para responder a la pregunta, Werner utilizó un sofisticado modelo computacional basado en la teoría de sistemas complejos que in­cluía variables (incomprensibles para un ciudadano común) como perturbaciones, disipaciones, atrayentes, bifurcaciones y límites. Su conclusión general fue que la Tierra iba hacia el colapso y que sólo un factor de su modelo geofísico ofrecía esperanzas. Él le llamó "resistencia" e incluía todo movimiento social o ciudadano que cuestionara al capitalismo global, como causa final del estado peligrosamente inestable del planeta, y pasara a la acción mediante manifestaciones, bloqueos y sabotajes. (Naomi Klein: www.newstatesman.com 2013/10).

Seis años después, el 26 de octubre de 2018, 94 científicos in­gleses publicaron un manifiesto sobre la emergencia climática en el periódico The Guardian, llamando a la acción y apoyando la aparición de Extinction Rebellion, un movimiento de desobediencia civil pacífica. En unos pocos meses las acciones de esta nueva organización se multiplicaron y extendieron como fuego en países como Francia, Alemania, España, Australia, Argentina y Nueva Zelanda, hasta convertirse en un movimiento social mundial cuyo objetivo es influir sobre los gobiernos del mundo y las políticas ambientales glo­bales mediante la resistencia no violenta. Finalmente, en enero de 2020, unos 11 mil científicos de 153 países publicaron un llamado urgente a detener la crisis ecológica y pasar a la acción (BioScience, Volume 70, January 2020: 8-12, https://cutt.ly/MxckD0d y https://cutt.ly/OxckVqC).

En realidad estos acontecimientos proceden de dos procesos, uno epistemológico y el otro político. Por un lado, la aparición del llamado "pensamiento complejo" que formuló e integró una nueva teoría de carácter holístico o interdisciplinario para remontar el carácter parcelario y especializado del conocimiento científico dominante, que fracciona la realidad de acuerdo con disciplinas y separa el estudio de los procesos naturales de los procesos sociales. Ello dio lugar a una "ciencia de la complejidad" y en su versión más acabada a una "ciencia para la sustentabilidad" (sustainability science) que hoy por hoy publica 12 mil artículos anuales y que ha dado lugar a nuevas e innovadoras comunidades de contracorriente. Éstas han cuestionado los fundamentos teóricos, metodológicos, sociales y éticos de disciplinas como la economía, la historia, la pedagogía, la antropología o las áreas dedicadas a la producción de alimentos. Se trata de la economía ecológica, la historia ambiental, la educación ambiental, la etnoecología y la agroecología, respectivamente. En América Latina, por ejemplo, la agroecología no sólo compite ya con la agronomía convencional que privilegia los sistemas agroindustriales y los agronegocios, sino que agrupa asociaciones y redes nacionales y regionales, realiza gigantescos congresos, publica prolíficamente y, especialmente, acompaña proyectos con productores agropecuarios campesinos, indígenas, de afrodescendientes y de pescadores artesanales que abarcan ya decenas de miles, desde Cuba hasta Brasil, pasando por Argentina, Colombia, el norte de Centroamérica y México.

Por otro lado, la existencia de núcleos de científicos críticos han operado como "focos de infección" para las comunidades académicas en torno a las tremendas crisis sociales y ambientales del mundo contemporáneo y han hecho conscientes a los investigadores de sus acciones desde una perspectiva moral o ética. Este es el caso de Scientist Warning (Inglaterra), Science for the People (Estados Unidos), la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (México: www.uccs.mx), la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza (Argentina) y especialmente de la Union of Concerned Scientist (Estados Unidos) fundada desde 1969 y con ¡500 mil afiliados! En México, con la llegada del nuevo gobierno, se ha planteado un giro en la política seguida por el Conacyt hacia una ciencia pertinente y ha surgido una nueva manera de enseñar ciencia en las 140 universidades del sistema Benito Juárez (ver www.ubbj.gob.mx).

Esta nueva generación de científicos está develando la ideología que mantenía oculta la perversa relación entre ciencia y capitalismo, y como nuevo agente político se viene a sumar a los tres actores que, según quien esto escribe, son los que están cambiando al mundo: las mujeres, los pueblos indígenas y los ambientalistas. ¡Que así sea!

Finchelstein es el autor de la recientemente editada "Breve historia de la mentira fascista".

"Dejemos de hablar de posverdad, hoy circulan mentiras fascistas"

En su reciente libro el historiador radicado en Estados Unidos ubica las graves continuidades que encarnan figuras como las de Trump y Bolsonaro con el fascismo tal como se lo conoció en el Siglo XX, con sus criminales consecuencias.

 

Para Federico Finchelstein hay una continuidad directa que lleva del fascismo “clásico” a los florecidos populismos de derecha de la actualidad. Esa continuidad está dada tanto por el desprecio de la democracia y las tendencias dictatoriales, como por el culto sistemático de la mentira. El fascismo italiano invade Etiopía en los años 30 apelando a una continuidad con el Imperio Romano, en sus memorias Goebbels publica atentados que no recibió, el asesino de veinte personas en la localidad de El Paso invoca una “verdad inconveniente”, a Bolsonaro sus partidarios lo llaman “El Mito”, Trump inventa un fraude electoral y la ultraderecha estadounidense sostiene que Hillary Clinton se alimenta con sangre de bebé. En la era de la posverdad, las redes de derecha y las fake news, todo esto se entrelaza más intrincadamente, haciendo en ocasiones indiscernibles la verdad y la mentira

Especializado en la historia del fascismo y su relación con los populismos de derecha, en el recién publicado Breve historia de la mentira fascista (Taurus) Finchelstein traza la historia del fascismo y sus expresiones en distintos puntos del globo, desembocando en en populismo representado entre otros por Trump, Bolsonaro, el movimiento español Vox, la Liga italiana y el dictador húngaro Víctor Orbán.

- En Breve historia de la mentira fascista señala que los fascistas “clásicos” creían en sus mentiras, como las de la peligrosidad de los judíos como fuente de “contagio” para la raza aria, o el destino imperial de Italia. ¿Los actuales dirigentes populistas de derecha creen en sus mentiras, o son simples cínicos, convencidos de que si mienten y mienten, algo quedará?

- El populismo es históricamente una reformulación del fascismo en términos democráticos. Deja arás elementos centrales del fascismo luego de 1945, con su derrota, para participar del mundo de la democracia; en ese marco las mentiras al estilo fascista no son centrales en el populismo. En mi opinión los populistas mienten como otros políticos de otras tradiciones, liberales, conservadores, comunistas, socialistas. Como decía Hannah Arendt, la política y la mentira van de la mano y sin embargo en el fascismo las mentiras adquieren cortes de tipo cuantitativo y cualitativo. Los fascistas mienten mucho más y además creen en sus propias mentiras y a través de esta creencia intentan transformar la realidad. En ese marco, las mentiras de Trump tienen una inspiración más fascista que populista. Lo mismo que Bolsonaro, el primer ministro húngaro Victor Orbán o Narendra Modi, primer ministro de la India,

- ¿Se puede considerar a la llamada “posverdad” y las fake news como productos de la posmodernidad, que descree de la noción de verdad?

- Para nada, esta insistencia en que la información y prácticamente la realidad de tipo empírico es parte de las fake news, es la típica insistencia de Trump, no tiene origen en la tradición posmoderna sino más bien en la tradición fascista.

- ¿Serían imaginables las mentiras de ciertos políticos contemporáneos sin la existencia de las redes, capaces de convertir en hashtag cualquier cosa?

- Evidentemente este nuevo paisaje mediático, este mundo de las redes sociales, permite amplificar una tradición de mentira totalitaria, fascista, que ya existía antes. En la época del fascismo la radio, el cine y otros medios que en su momento representaban una avanzada tecnológica le sirvieron a estos fascistas que, como bien decía el historiador Jeffrey Herf, eran modernistas reaccionarios y usaron este tipo de tecnología para hacer avanzar las causas más retrógradas.

- ¿Por qué se habla de “posverdad”, como si fuera una fase posterior a la de la verdad, y no lisa y llanamente de mentiras? ¿Es un eufemismo instigado por los fabricantes de mentiras?

- Es una pregunta muy interesante porque justamente eso que se presenta como posverdad, en realidad son mentiras. Lo que muestra que muchos de estos mentirosos creen en la verdad de sus mentiras, y eso conlleva a una pregunta más bien filosófica, que ya habían planteado muchos. En el libro recuerdo el caso de Jacques Derrida, quien en una conferencia en la UBA se pregunta: ¿es mentiroso aquel que piensa que está diciendo la verdad? Por otra parte, desde un punto de vista de la historia de la mentira lo que vemos es que cuando esta mentira o así llamada posverdad es creída, conlleva riesgos importantes de violencia y de muerte, porque este tipo de mentiras matan. Lo extraño es que es un eufemismo muchas veces planteado por aquellos que no creen esas mentiras. En concreto, pienso que sería mejor admitir que hoy circulan mentiras fascistas, como planteo en el libro.

- En el libro derriba un mito, el de que Goebbels habría dicho una de las frases más citadas del último siglo: “Miente, miente, que algo quedará”. ¿Cómo generó esa creencia, Goebbels dijo algo parecido, lo dijo otro, o no lo dijo nunca nadie?

- Es un caso muy interesante: no lo dijo Goebbels ni lo dijeron los otros fascistas globales, ya sean los de China, India o Brasil, Alemania o México, que no eran cínicos en ese sentido, sino que eran fanáticos del culto a sus líderes, y creían que sus mentiras eran la verdad. Los fascistas como Goebbels pensaban que lo que decían era cierto y que incluso cuando eso no era cierto, la idea era volver lo que decían cierto, convertir la mentira en realidad. En el libro analizo justamente las mentiras que Goebbels mismo se creía. Incluso cuando percibían el corte, la diferencia, entre lo que se decía y la realidad, pensaban que la propaganda estaba al servicio de una verdad absoluta. Más bien atribuían eso a sus enemigos y de hecho hay una frase parecida a esa, que Goebbels atribuye a Winston Churchill: la idea de que si uno repite las mentiras algo queda. Para Goebbels y para tantos otros fascistas, la propaganda refleja la verdad, que cuando no es debería ser. Los fascistas proponen reemplazar la percepción por la intuición, es decir si la realidad no corresponde con el deseo, es la realidad la que tiene que ser reformulada a través de la violencia, la persecución y la muerte.

- Tras el ataque al Capitolio, los grupos de ultraderecha y sus disparatadas teorías conspirativas, el libro redobló su actualidad. La tierra plana, el Estado Profundo, la red pedófila de políticos, empresarios y ejecutivos de Hollywood, Hillary Clinton bebiendo sangre de niños, los invasores reptilianos escapados de Invasión V… ¿Los que lanzan estos globos creen en ellos? ¿Qué es lo que hace que tengan suficiente entidad como para que estemos hablando de ellos?

- Este tipo de paranoia política reflejada en teorías de la conspiración, de una personalidad conspirativa que cree en cualquier cosa, existe desde siempre. Ya la habían estudiado bastante bien Theodor Adorno y sus colaboradores, en sus estudios sobre la personalidad autoritaria. Se trata de gente que tiene la necesidad de que la complejidad del mundo les sea explicada de una forma simple a través de la idea de que todo aquello que el líder dice es verdad. Es en ese marco que este tipo de mentiras y delirios se vuelven todavía más "virales".

- ¿Cómo se explica que un personaje como la republicana Marjorie Taylor Greene, negadora de masacres como la de El Paso o postuladora de la delirante teoría del Pizzagate, según la cual Hillary Clinton dirigiría una red pedófila desde una pizzería, haya llegado a la Cámara de Representantes? ¿Su destitución de la comisión que presidía habla de buenos reflejos del sistema democrático, o es sólo una muestra de astucia frente al desprestigio institucional de Trump?

- La diputada Marjonie Taylor Greene representa quizás una forma más extrema de lo que es hoy el trumpismo y el Partido Republicano, o para decirlo de otra manera, el Partido Republicano es hoy en día el partido de Trump y en esa medida las cosas que esta señora dijo han sido muchas veces retuiteadas, repetidas y amplificadas por Trump. Más allá de estas cuestiones que son más bien cosméticas el partido, sigue alineado con el expresidente y sigue siendo entonces un partido de extrema derecha en este momento, comparable por ejemplo al salvinismo en Italia.

- ¿Tiene la época contemporánea alguna clase de inmunidad al disparate, o puede llegar a creer cualquier cosa? ¿O son pocos los que creen? ¿O nadie, en realidad, y se trata de puras excusas para tomar el Capitolio e intentar linchar al vicepresidente “traidor”?

- Yo creo que Trump usó una estrategia fascista de la gran mentira, de insistir con una explicación simple y por supuesto fantasiosa para negar la realidad de su derrota. Creo que la fe absoluta en esa gran mentira fue la gran motivación para este tipo de personajes que son fanáticos, creyentes, estos terroristas domésticos, como se los llama en Estados Unidos. Estos grupos paramilitares justamente reflejaron esa suerte de inmunidad frente a la realidad y sintieron esa motivación de participar del golpe de Estado propiciado por Trump.

- ¿Qué posibilidades hay de que esta fábrica de mentiras, y los que las creen o se amparan en ellas, sean una tendencia creciente? ¿Podrían llegar a masificarse, o se sigue tratando de unos miles de loquitos?

- A pesar de la derrota de Trump estos populismos de extrema derecha, en muchos casos aspirantes a la dictadura y al fascismo, siguen representando un peligro concreto. En el libro critico la idea de una patología personal para pensar a líderes como Trump y Bolsonaro pues demuestro en qué medida participan de una tradición fascista que, por cuestiones profundamente ideológicas, que son parte de su teología política, terminan negando la realidad.

- ¿Esos grupos podrían llegar a tener más éxito en el futuro?

- Todo depende con qué seriedad se afronta a estos grupos golpistas y paramilitares de extrema derecha. Para mí hay que tomarse con gran preocupación el riesgo que representan para la democracia y en el marco de la ley limitar drásticamente sus actividades, que en muchos casos son ilegales.

Lo que sorprende del caso del Capitolio es que mientras en Estados Unidos se reprimen sin ningún prurito minorías y a gente que levanta reclamos populares legítimos en contra del racismo, la discriminación y la desigualdad; a estos golpistas de derecha que son "terroristas domésticos" se los trató, casi diría, con guante blanco cuando lo necesario era el uso de la fuerza. Se debió reprimirlos y arrestarlos inmediatamente. Es necesario recordar que el fascismo triunfó en el pasado cuando la justicia y el Estado ignoraron la ilegalidad de su violencia. Que Trump no haya pagado por sus acciones es algo muy preocupante.

- ¿Qué lazos existen entre los “globos” conspirativos lanzados por la derecha estadounidense y los supremacistas blancos y otros grupos asumidamente fascistas?

- Existen lazos concretos. En los eventos del Capitolio, estos racistas se aliaron a sectores quizá más "moderados" del Partido Republicano, para intentar frenar el trabajo de la democracia. En el libro explico cómo estos vínculos entre neo-fascismos y trumpismo son ideológicos, en tanto militantes y líder comparten afinidades electivas sobre mitos, mentiras y enemigos.

- ¿Pueden llegar a crecer estos grupos en su prédica frente a un gobierno como el de Biden?

- Es difícil saber qué va a pasar, pero por un lado no parece disminuir la actividad de estos grupos extremistas. Por otro lado también dependerá del gobierno de Biden. ¿Qué hará Biden frente a la ineptitud, la desigualdad, el autoritarismo, la represión y la intolerancia generadas por Trump? La pregunta es qué hará Biden para desandar esos caminos que frenan la democracia. Veremos si estos grupos crecen o si Biden sigue manteniendo ese apoyo profundo que obtuvo de una gran mayoría de la población, que lo votó como líder de un frente anti-trumpista, por no decir anti-fascista.

- En el libro señala un ida y vuelta que va de las políticas racistas y segregacionistas en Estados Unidos a comienzos del siglo XX a Hitler, que las adoptó para sí, y vuelve ahora del nazismo al neonazismo estadounidense.

- Históricamente, el populismo fue una fusión entre democracia y autoritarismo y lo que vemos ahora en estos nuevos populismos de extrema derecha es menos democracia y más autoritarismo, llegando a esta intentona golpista también caracterizada por racismo, violencia, militarización de la política y mentiras del tipo totalitarias, que eran más bien típicas del fascismo. Lo que vemos es un retorno de muchos elementos que eran típicos de esa época del fascismo clásico.

- Si Trump decide dar un paso al costado, ¿puede surgir otro Trump, otro peor incluso que él? ¿Uno más “clásicamente” fascista?

- Sí, puede surgir otro Trump o incluso un Trump más eficiente y quizás lo que sería aún más peligroso es que surja un “Trump” menos cobarde que Donald Trump, quien dijo que iba a acompañar a sus seguidores al Capitolio y luego se quedó mirándolo por televisión. El peligro de que alguien tome la posta y aumente todavía más ese odio, esa vocación dictatorial, esa militarización de la política, es real.

Una vida dedicada a estudiar el fascismo

Nacido en Buenos Aires en 1975, Federico Finchelstein estudió Historia en la UBA y obtuvo su doctorado en Cornell University en 2006. En la actualidad se desempeña como profesor de Historia en The New York School for Social Research y en Eugene Lang College de la ciudad de Nueva York. Además es director del Programa Janey de Estudios Latinoamericanos.

Ha sido comentarista de política en los diarios The New York Times y The Guardian y ha publicado numerosos artículos en diversas revistas especializadas, así como ensayos en volúmenes colectivos acerca del fascismo, el Holocausto, la historia de los judíos en América Latina y Europa, el populismo en América Latina y el antisemitismo.

Es experto en lo que denomina “fascismo transatlántico”, que va de Mussolini al indomusulmán Khan al-Mashriqi (1888/1963), pasando por el español Ramiro de Maeztu, el padre Castellani, el integralista brasileño Plínio Salgado, los “leopardos” colombianos, el rumano Horia Sima (creador del grupo Guardia de Hierro) y los “camisas pardas” japoneses.

Entre sus libros destacan Los alemanes, el Holocausto y la culpa colectiva. El debate Goldhagen; La Argentina fascista. Los orígenes ideológicos de la dictadura; El canon del Holocausto; Orígenes ideológicos de la “guerra sucia”. Fascismo, populismo y dictadura en la Argentina en la Argentina del siglo XX y Del fascismo al populismo en la historia

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Domingo, 21 Marzo 2021 05:47

Tercer sistema: la propuesta indígena

Tercer sistema: la propuesta indígena

El mundo indígena, en particular el de Abya Yala (América), ha abierto otra vía a las convencionales provenientes desde el eurocentrismo de derecha e izquierda, quienes impusieron el binarismo para delimitar dos únicas posibilidades de elección como sistema de vida para toda la humanidad, y con ello han colonizado el mundo desde arriba por la derecha y desde abajo por la izquierda.

A quienes se salen de esta dicotomía neocolonial, son calificados por la derecha como una posición de ultra izquierda, y a su vez la izquierda sentencia como una derechización. El dogma del pensamiento único o universal se resiste a un nuevo escenario y han pegado los gritos al cielo con diferentes estribillos juzgadores y sentenciadores: pachamamismo, abyayalismo, esencialismo, etnocentrismo, fundamentalismo, etc.

Esta propuesta indígena no es la “tercera vía” que alguna vez la propuso el ex presidente Tony Blair de Inglaterra y otros más que se han hecho eco, pues ésta continuaba dentro de la misma lógica o paradigma eurocéntrico. El tercer sistema desde el paradigma indígena es un giro ontológico y epistémico a lo propuesto por el mundo occidental. En realidad, es un segundo paradigma pues la izquierda y la derecha son parte de un mismo patrón constitutivo y su diferencia es tan solo de clase. Pero para no entrar en confusiones o en mayores explicaciones, se ha optado por hablar de tercer sistema, tercera vía, tercera línea, etc.

Este planteamiento es un cuestionamiento a los mitos fundantes y a toda la estructura que configura el auto denominado “sistema occidental”, y el cual, a su vez se estableció destruyendo el sistema indígena europeo. Es decir, quién dio el primer giro fue el sistema helénico, constituido por varias fuentes alimentadoras y entre las que destacan el mundo semita proveniente del Asia Occidental y el mundo griego en la Europa oriental. El helenismo tomó mayor auge en Grecia, desde donde se fue abriendo; sin embargo, fueron los romanos ya helenizados los que se encargaron de helenizar toda la Europa indígena, y a su vez los helenizados europeos al mundo entero.

El fundamento central del helenismo fue la supremacía de la razón (logos) sobre todo lo demás, esto es, las emociones, los afectos, la sensibilidad, la sexualidad, la madre tierra, las diosas, etc. Todo lo cual, construyó lo que se auto denominó la civilización occidental, la cual ha entrado en un caos estructural, habiendo voces al interior de ese mismo mundo que también claman otro rumbo, y en el cual hay varias propuestas: bienes comunes, ecología profunda, biocentrismo, decrecimiento, etc.. 

El helenismo destruyó casi completamente el mundo indígena europeo, pero no lo logró en el resto del mundo, en el cual resiste el “senti-pensar” indígena o el “pensasiento” milenario. El cual reemerge o luego de haber sido sumergido se va enarbolando y cada vez va tomando más protagonismo, incluso al interior del monoculturalismo occidental. Todo lo cual, implica un cuestionamiento a todas las teorías e instituciones creadas históricamente por el helenismo hasta nuestro tiempo, esto es, el Estado, la democracia, el sistema de partidos políticos, la economía extractivista, ja justicia, la religión, la educación, el desarrollo, etc.

El mundo indígena en todo el planeta también creó sus instituciones, las mismas que se constituyeron en un proceso de por lo menos 30.000 años, mientras el helenismo tiene apenas unos 5000 años desde sus primeros pasos. El sistema indígena tiene su matriz o estructura en la comunidad o la aldea, con diferentes variantes en todo el mundo indígena de la Madre Tierra, las mismas que sobreviven a diferentes niveles en distintas regiones.

En el caso de los Andes supervive todavía, especialmente en las comunidades bien alejadas y a donde no ha podido entrar la civilización con su helenismo colonizador. Especialmente en ciertas regiones de Bolivia y Perú se mantienen bastante vivas, a pesar e irónicamente de que en el caso del gobierno de Evo las ha diezmado con sus políticas progresistas del socialismo del siglo 21. Un buen porcentaje de la población han abandonado las comunidades y se han ido a vivir a los grandes centros poblados, por lo que el campo se encuentra bastante desolado. La ciudad les va absorbiendo y poco a poco se ha ido perdiendo el sentido de comunidad o de ayllu, aunque hay ensayos de formas de comunidad urbana.

Aquellos que se mantienen en el campo y no se han dejado atrapar por la modernidad y el capitalismo, siguen manteniendo el espíritu de la comunidad, siendo desde ahí que ha comenzado a reverdecer el pensasiento indígena con su tercer sistema. Es decir, inspirados en este mundo latente se promueve la re-expansión. Si en la colonia y en la república fueron replegados y cercados, ahora se ha empezado una implosión para propagarse por todo el mundo. Los periféricos hoy se convierten en la vía de escape ante el derrumbamiento del mundo occidental o de la civilización. Este modelo no solo que está en crisis sino en caos y amenaza la destrucción de la vida humana. Ante ello, se plantea una trans-civilización como una necesidad de vida o muerte.

El tercer sistema abre luces y guías para rebasar esta situación escatológica y suicida, de la que son plenamente corresponsables la derecha y la izquierda, con sus propuestas de capitalismo y socialismo. El fracaso de estos sistemas conduce a reposicionar al sistema indígena milenario y no a nuevas aventuras como pretende la mente eurocéntrica con otros modelos y teorías. Este tercer sistema tiene como punto central, el tipo de relación con lo que occidente denominó la “naturaleza” y que para el mundo indígena es la Madre Tierra. Esto quiere decir un cuestionamiento profundo al antropocentrismo o a la idea de que el hombre es el centro de la vida, como plantea la derecha a través del mercado y la izquierda por medio del Estado. Como consecuencia, es un cuestionamiento al privatismo y al estatismo, con sus modelos intermedios, como los únicos paradigmas para toda la humanidad.

Este tercer sistema tiene como punto central, el tipo de relación con lo que occidente denominó la “naturaleza” y que para el mundo indígena es la Madre Tierra. Esto quiere decir un cuestionamiento profundo al antropocentrismo o a la idea de que el hombre es el centro de la vida, como plantea la derecha a través del mercado y la izquierda por medio del Estado. Como consecuencia, es un cuestionamiento al privatismo y al estatismo 

Este milenario tercer sistema tiene varios nombres y formas en toda la Madre Tierra, sin embargo, en donde ha cobrado mayor fuerza y preponderancia es en los Andes. Todos los sistemas indígenas de Abya Yala están actualmente cobijados o transversalizados en lo que se ha dado en llamar el Buen Vivir. El cual, ahora tiene una segunda oportunidad de posicionarse luego del fracaso de Evo y Correa, a través de Choquehuanca en Bolivia y de Yaku Pérez en Ecuador si logra entrar como presidente. En la constituyente de Chile también hay muchas posibilidades de que entre este tercer sistema dentro de la carta política y todo lo que ello implica. Aunque lo más importante es que se consolide en la práctica y en las formas de vida cotidiana, antes que en las reformas constitucionales.

Como consecuencia de todo esto han aparecido más furibundos detractores, desde la extrema derecha hasta algunos decoloniales con una serie de críticas destructivas. Evidentemente, que al intentar configurarlo teóricamente hubo errores, pero la crítica no es para que se enmienda sino para destruir la propuesta. Incluso, algunos decoloniales se declaran anti eurocéntricos, pero siguen apoyando al progresismo de clara matriz occidental, y que en el caso de Bolivia y Ecuador fueron los que tergiversaron completamente al Buen Vivir. Lo que da cuenta de cuál es su posición en el fondo, por más que se auto declaren anti eurocéntricos.

Lo importante es que este tercer sistema ya ha hecho acto de presencia masiva y se va abriendo paso paulatinamente en el mundo colonial. El movimiento zapatista, y en general todo el movimiento indígena de Abya Yala, se han inscrito en este propósito, aunque todavía hay un felipillismo de derecha e izquierda, los que también se han convertido en detractores. Por cierto, cuando hablamos de indígena no nos referimos a un fenotipo o una raza o una etnia, sino a una forma de concebir la realidad y de vivir. Existen indígenas en todo el planeta y de diferentes colores de piel, no nos referimos a gente que no sea blanca pues esto está más allá de los racismos y las racializaciones.

Valga precisar, que dentro de la dicotomía capitalista por táctica el tercer sistema se ubica en la izquierda, pero fuera del capitalismo está más allá del esquema neocolonial derecha-izquierda. El tercer sistema reconoce que hay la lucha de clases al interior del capitalismo, pero fuera de ella la lucha es ontológica y epistémica, entre dos paradigmas totalmente excluyentes, siendo este el asunto principal y en el que el clasismo es una parte de ella. La lucha es integral y sistémica contra el patriarcado, el colonialismo, el racismo, el ecocidio, el sexismo, el capitalismo, etc.

20 marzo 2021

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Miércoles, 17 Marzo 2021 06:24

Que no te oculten la luz del Sol

Que no te oculten la luz del Sol

Fuera de los iniciados, muchos intuyen que los males de este mundo recaen en el capitalismo, y su fe ciega en el progreso. Por ahí va. Y otros, primero Dios, que todo irá mejor cuando el socialismo sea realidad. Ídem anterior. Pero otros andan inquietos porque Bill Gates se propone tapar el sol para acabar con el calentamiento global.

Al impetuoso plutócrata poco le importa investigar si su filantropía incluye preocupación alguna por la persecución y creciente número de asesinatos de los defensores del medio ambiente.

A cargo de geoingenieros de Harvard, el proyecto empezará en junio y se llama Experimento de perturbación controlada estratosférica. O sea, vaciar en la atmósfera toneladas de carbonato de calcio "no tóxico (sic), que permitan atenuar la luz solar y así enfriar el planeta" (sic).

¿Tendrá éxito? Porque antes, el fundador de Microsoft podría ser citado para declarar luego del fallo de la Sala Penal de Apelaciones de Chincha y Pisco (departamento de Ica, Perú), que en la segunda semana de enero aseguró que "el Covid-19 fue una invención de las élites criminales a escala mundial".

Después de trascender a la opinión el contenido del auto del tribunal, la Oficina de Control de la Magistratura abrió una investigación preliminar a los magistrados que suscribieron la referida resolución ( Página 12, Buenos Aires, 12/1/21).

Aceleración de la tecnología. Crecimiento exponencial de las fake news. Sinsentido de la ideología neoliberal. Abruma. ¿Cómo lidiar con esto? Las tecnologías digitales, asienta el escritor Nicholas G. Carr, "están acabando con nuestra paciencia", así como la decreciente cobertura científica en los periódicos.

En "las redes", segundo a segundo, ganan las "noticias" que nos dejan turulatos. En septiembre pasado, por ejemplo, frente a la caída de 97.5 por ciento en sus vuelos internacionales impuestos por la pandemia, una compañía aérea de Australia, Quantas Airways, ofreció vuelos "a ninguna parte" (sic). Siete horas sobrevolando "lugares bellos e interesantes", y retorno del avión al punto de partida.

La iniciativa fue emulada por otras firmas. Pero si usted ha viajado en avión, entenderá mi duda en cuanto a la posibilidad de gozar del paisaje. En primer lugar, incómodo. Porque el personal a bordo está militarizado por "razones de seguridad", y te ordena volver al sillón. ¿Cómo gritar "¡ohhh!", yendo en la cabina de un lugar a otro? Y si el precio de esta gran alegría va de 787 a 3 mil 787 dólares, gracias.

Razonablemente, los ambientalistas se treparon a la lámpara: vuelos a "ninguna parte" que emiten contaminación de carbono sin justificación, etcétera. El año pasado el sector aéreo emitió 915 millones de toneladas de CO2 en todo el mundo. Lo que equivale a 2 por ciento del total. Aunque se prevé que las emisiones bajen… ¡gracias al Covid-19! Y luego, claro, le echamos la culpa a los chinos por paladear sopa de murciélago.

De veras… cuesta lidiar con "tanta información". Ni le cuento de la protagonizada por la pareja veneciana que zarpó en su navío desde la isla italiana de Lampedusa. Su objetivo: demostrar que la Tierra es plana. Entonces, se adentraron en el Mediterráneo, "en busca del final del planeta".

Obvio: se perdieron. Felizmente, un marino solitario que navegaba por esas aguas les enseñó a utilizar la brújula. Perdón… ¿estamos en 2020 o en la época de los celtas que, al menos, sabían orientarse por las estrellas? Los terraplaneros llegaron a buen puerto. Y allí, para su desgracia, las autoridades sanitarias le impusieron a la pareja dos semanas de cuarentena. ¡Horror! ¡Dictadura ­mundial!

Quiero seguir, pero… mejor no. Porque en diciembre pasado el ex jefe de seguridad espacial de Israel, Haim Eshed, declaró al Jerusalem Post que "los extraterrestes son reales", que Donald Trump tiene un pacto con una "federación intergaláctica", y que “los objetos voladores no identificados han pedido no publicar que están aquí… la humanidad no está lista” (sic).

De librarla, Bill y Melinda deberían saber que el Sol, posiblemente, ya tiene dueño. O dueña. La gallega Ángeles Durán, quien en noviembre de 2010 inscribió su adquisición en el registro de propiedad de Salvaterra de Miño (Pontevedra).

A La Voz de Galicia, Ángeles recordó: “Hay un convenio internacional por el que ningún país puede ser dueño de los planetas, pero no vincula a los ­particulares… (aunque) hay un estadunidense que escrituró casi todos los planetas y la Luna. Pero no el Sol”. (Afp, 26/11/10). Estoy pensando, seriamente, en abrir una pizzería.

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Avalancha de indignación: una fantasía pospandémica

No tenemos la rodilla de un policía asesino sobre nuestro cuello, pero tampoco podemos respirar. No podemos porque el capitalismo nos está matando.

 

Las puertas se abren. Puedes sentir la energía contenida incluso antes de que aparezcan sus caras. El confinamiento ha terminado. Ha estallado una presa, dando paso a un torrente de ira, ansiedad y frustración, sueños, esperanzas y miedos. Sentimos como si no pudiéramos respirar.

Todos hemos estado confinados. Aislados físicamente del mundo exterior, hemos intentado entender lo que está ocurriendo. Los expertos llevan muchos años advirtiéndonos de la probabilidad de una pandemia, aunque no supieran lo rápido que podría extenderse.

Ahora un extraño virus ha cambiado nuestras vidas, pero ¿de dónde vino? Apareció por primera vez en Wuhan, China, pero cuanto más leemos, más nos damos cuenta de que podría haber sido cualquier lugar, pues su origen radica en la destrucción de la relación que guardamos con nuestro entorno natural. Algunas pruebas de ello son la industrialización de la agricultura, la destrucción del campesinado a escala global, el crecimiento de las ciudades, la destrucción de los hábitats de los animales salvajes o la comercialización de estos animales con ánimo de lucro.

Y si no cambiamos radicalmente nuestra manera de relacionarnos con otras formas de vida, es muy probable que se avecinen más pandemias. Es una advertencia: o nos deshacemos del capitalismo o nos encaminamos hacia la extinción. Deshacerse del capitalismo, toda una fantasía. En nuestro interior surge cierto miedo e ira, e incluso la esperanza de que pueda haber alguna forma de conseguirlo.

A medida que el confinamiento continúa, nuestra preocupación cambia de rumbo y pasamos de centrarnos en la enfermedad a las consecuencias económicas que arrastra. Se dice que nos adentramos en la peor crisis económica desde, al menos, los años 30 y la peor de los últimos 300 años en Gran Bretaña. Más de cien millones de personas se verán abocadas a la pobreza extrema, informa el Banco Mundial. Otra década perdida para América Latina. Millones y millones de personas sin trabajo en todo el mundo. Gente que muere de hambre, que mendiga, más delitos, más violencia, esperanzas rotas y sueños destrozados. No habrá una recuperación rápida, lo más probable es que cualquier recuperación que se alcance sea frágil y débil.

Pensamos: ¿y todo esto porque tuvimos que quedarnos en casa durante un par de meses? Sabemos que no puede ser solo por eso. Claro que seremos un poco más pobres si la gente deja de trabajar un par de meses, pero ¿miles de millones de personas sin trabajo y muriendo de hambre? No puede ser. Un par de meses de descanso no puede tener tanto impacto. Al contrario, deberíamos volver descansados y cargados de energía para hacer todo lo que haya que hacer.

Pensamos un poco más allá y nos damos cuenta de que obviamente la crisis económica no es consecuencia del virus, aunque podría haberla provocado. De la misma forma en que la pandemia se vio venir, la crisis económica se predijo aún con más claridad. La economía capitalista ha vivido de prestado literalmente durante treinta años o más, ya que su crecimiento se ha basado en el crédito. Todo un castillo de arena a punto de derrumbarse.

Casi colapsó todo en 2008, con unas consecuencias funestas, pero se produjo una expansión renovada y gigantesca del crédito, aunque los analistas económicos sabían que no podía durar mucho tiempo. “Dios mandó una señal a Noé con el arco iris. No habrá más agua, la próxima vez será fuego”: la crisis financiera de 2008 fue la inundación, pero la próxima vez será el fuego, y no parece que quede mucho para que llegue ese momento.

El capitalismo desenmascarado

Eso es precisamente lo que estamos viviendo: el fuego de la crisis capitalista. Tantas esperanzas hechas añicos, hambre y miseria no por causa de un virus, sino para recuperar la rentabilidad del capitalismo. ¿Y si simplemente nos deshiciéramos del sistema basado en los beneficios? ¿Y si tan solo saliéramos a la calle con energías renovadas e hiciéramos lo que sea sin preocuparnos por los beneficios, como limpiar las calles, construir hospitales, fabricar bicicletas, escribir libros, plantar verduras o tocar música? Sin desempleo, sin hambre, sin sueños rotos.

¿Y qué hacemos con los capitalistas? Los podemos colgar del poste de luz más cercano (algo que siempre resulta ser una tentación) o simplemente nos olvidamos de ellos. Mejor nos olvidamos de ellos. Otra fantasía, aunque más que una fantasía es una necesidad urgente. Y nuestros miedos, enfados y esperanzas crecerán de nuevo en nosotros.

Hay más, pero muchos más elementos que han alimentado nuestra indignación durante el confinamiento. La pandemia del coronavirus ha conseguido desenmascarar el capitalismo. Rara vez había quedado expuesto de la manera en que está ahora. De muchas formas diferentes. Para empezar, la gran diferencia en la forma en que se vive un confinamiento depende del espacio que se tiene, por ejemplo, si se tiene un jardín o una segunda vivienda donde refugiarse.

El impacto del virus entre personas ricas y pobres también ha sido extremadamente desigual, algo que se ha evidenciado a medida que progresaba la enfermedad. Al igual que la gran diferencia en los índices de contagios y muertes entre la población blanca y negra.

La lista de evidencias es larga: la lamentable ineptitud de los servicios médicos después de 30 años de abandono y la terrible incompetencia de tantos estados, la flagrante expansión de la vigilancia y los poderes policiales y militares en casi todas partes, la exposición de muchas mujeres a una violencia aterradora, o la discriminación de la oferta educativa entre quienes tienen acceso a Internet y quienes no; por no hablar del aislamiento integral de los sistemas educativos de los cambios que están teniendo lugar en el mundo en el que viven los niños.

Todo esto y mucho más tiene lugar al mismo tiempo que los propietarios de Amazon, Zoom y tantas otras empresas tecnológicas y grandes multinacionales obtienen unos beneficios descomunales y el mercado bursátil, rescatado una vez más por la actividad de los bancos centrales, sigue transfiriendo descaradamente la riqueza de los pobres a los ricos. Nuestra indignación crece, así como nuestros miedos, desesperación y determinación de que esto no debe ser así, de que no debemos dejar que esta pesadilla se haga realidad.

La furia que arde en nuestro interior

Entonces las compuertas se abrieron y la presa estalló. Nuestros enfados y esperanzas irrumpieron en las calles. Escuchamos a George Floyd, sus últimas palabras, “No puedo respirar”, que resuenan una y otra vez en nuestras cabezas. No tenemos la rodilla de un policía asesino sobre nuestro cuello, pero tampoco podemos respirar, porque el capitalismo nos está matando. Nos sentimos violentados, sentimos la violencia que emana de nosotros. Pero ese no es nuestro camino, sino el suyo.

Aún así, nuestra ira, rabia y esperanza tienen que respirar. Tienen que respirar. Y así lo hacen en las manifestaciones masivas contra la brutalidad policial y el racismo en todo el mundo, en el lanzamiento de la estatua del traficante de esclavos Edward Colston al río de Bristol, en la creación de la Zona Autónoma de Capital Hill en Seattle, en el incendio de la comisaría de policía de Minneapolis, en tantos puños alzados.

El torrente de indignación, esperanzas, temores, anhelos, sueños y frustraciones se precipita, de un enfado a otro, viviendo cada ataque de cólera, respetando cada enfado y desbordándose sobre el siguiente. La furia que arde en nuestro interior no nace únicamente contra la brutalidad policial, contra el racismo o contra la esclavitud que dio lugar al capitalismo, sino también contra la violencia machista y todas las formas de sexismo, por eso las multitudinarias marchas del 8M surgen de nuevo alzando sus cantos.

La población chilena vuelve a salir a las calles y retoma su revolución. El pueblo kurdo hace retroceder a los estados que no pueden tolerar la idea de una sociedad apátrida, y la ciudadanía de Hong Kong anima al pueblo chino a repudiar la parodia del comunismo. “¡No más comunismo!”, gritan, “¡Practiquemos el procomún!”

Los zapatistas conciben un mundo conformado por diversos mundos y los campesinos abandonan sus barrios de chabolas, regresan a las tierras y comienzan a reconectar con otras formas de vida. Los murciélagos y los animales salvajes vuelven a sus hábitats naturales mientras los capitalistas se arrastran de vuelta a los suyos, a las alcantarillas.

Y el trabajo, el trabajo capitalista, esa maquinaria detestable que genera riqueza y pobreza, y que destruye nuestras vidas, llega a su fin. Empezamos, así, a hacer lo que queramos hacer, a crear un mundo diferente basado en el reconocimiento mutuo de las dignidades.

Será entonces cuando no habrá más décadas perdida, ni desempleo, ni cientos de millones de personas abocadas a la pobreza extrema, ni nadie morirá de hambre. Y entonces, sí, entonces podremos respirar.

 

Por John Holloway

John Hollowayes abogado, sociólogo y filósofo. Su trabajo está muy vinculado al movimiento zapatista en México, su hogar desde el año 1991. En la actualidad es profesor de sociología en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ver bio completa

2 mar 2021 04:00

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