MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Diez píldoras para después de la pandemia

Si creemos que después de la pandemia se volverá al supuesto estado del bienestar, en forma de Green New Deal o similares, somos el colmo de la ingenuidad.

Se recomienda no tragarlas todas de golpe. Pueden provocar una reacción excesiva. Écheles un vistazo a todas, pero luego, si le apetece, vaya tomando una cada tres días, dejando que se disuelva lentamente en el aparato de sentir, pensar y decidir. O como mejor le venga, claro.

  1. El sistema no ha provocado directamente la pandemia, pero es muy probable que la haya producido indirectamente. Tal vez no ha causado la crisis puntual, la del corona­virus -parece que no les gusta que mezclemos el virus con la corona, pero así son las cosas-, pero sí que ha generado las precondiciones: vuelco climático, reducción de es­pacios naturales, movimientos desmesurados de personas y mercancías (suponiendo que para el capital sean cosas distintas) por la globalización, la deslocalización y el tu­rismo, alimentación basura, contaminación “urbi et orbi”...
  2. Lo que sí es seguro es que ha creado las condiciones para la extensión de la pande­mia y el colapso sanitario. La contrarreforma neoliberal se ha cebado en los servicios públicos y sociales (y en las condiciones laborales) para abrir nuevos nichos de lucro con las necesidades básicas. Al tiempo, “su” estado destinó a las empresas centena­res de millones de euros para cubrir sus espaldas. El pueblo paga cada vez más por cada vez menos, los amos pagan cada vez menos por cada vez más.
  3. El sistema no ha provocado la pandemia, pero está dispuesto a sacarle el jugo: en lo social, en lo político y en lo económico. El capitalismo no es superinteligente ni omni­potente, pero es sumamente listo para sacar provecho de cualquier circunstancia. Hasta la última gota. Caiga quien caiga. Y más ahora que está senil y desesperado por la imposible recuperación de la perdida lozanía. Es su ocasión para expulsar a más gente del sistema, para más autoritarismo (incluso neofascismo) y para más negocio (o lo que es lo mismo, en las actuales circunstancias, más especulación, es decir, más casino financiero).
  4. La pandemia no es la causa (la precondición) de la crisis, sino su precipitante. Esta­mos acostumbrados a analizar las crisis como fases cortas. Esas son las pequeñas. Tal vez nos deberíamos habituar a considerarlas como fases largas. Esas son las pro­fundas. Esta empezó, sin necesidad de fechas precisas, en el último tercio del siglo veinte (o en el último cuarto, qué más da) y puede durar siglos. Para pasar del escla­vismo al capitalismo (su versión mejorada y modernizada) se necesitó toda una Edad Media.
  5. ¿Y para qué aprovechan la crisis? Para recuperar, fortalecer e incrementar precisa­mente el sistema que la ha producido y que la ha convertido en caótica. Las grandes empresas por delante de la gente. Muy por delante, suponiendo incluso que la gente del pueblo esté en la fila. Solo hay que saber comparar cifras. Sí, para salir de la crisis (y de la pandemia) pretenden apoyar en primer y casi exclusivo lugar a quienes la han producido y/o expandido, aunque no hayan mostrado el más mínimo signo real de arre­pentimiento. Todo muy razonable y justificado.
  6. Pero esta pretendida salida de la crisis no afecta solo a lo económico. Si quieren tener más beneficios y más dinero es para tener más poder. Si quieren tener más poder es para tener más beneficios y más dinero. Como los tiempos que se avecinan van a os­cilar entre lo muy duro y lo terriblemente duro prevén que van a necesitar más estado. Y más subordinado. Y más subordinante. Así que el autoritarismo, la vigilancia, la mili­tarización, el ultranacionalismo, la xenofobia, el neofascismo (incluso el ecofascismo), la aporofobia (el odio a los pobres), etc., se van a mezclar con nuevos chivos expiato­rios a los que culpar (el sectarismo, por principio, no tiene límites) y el fomento de las “guerras entre los de abajo” -no vayan a señalar a los verdaderos culpables-, ataques a los servidores y no a sus amos, etc.
  7. Esta gran crisis (la importante, la de fondo) puede contener muchas crisis puntuales. Y la siguiente puede ser peor que esta. Y la siguiente… Si creemos que después de la pandemia se volverá al supuesto estado del bienestar, en forma de Green New Deal o similares, somos el colmo de la ingenuidad. Tendrían que verse con el agua al cuello por la resistencia o la movilización popular… o por la imposibilidad de recuperar sus ganancias. Tendríamos que no haber aprendido nada para caer de nuevo en la misma argucia: el capital pacta cuando está débil para poder lanzar la ofensiva cuando recu­pera la fuerza. Elemental.
  8. Nunca hemos estado mejor preparados para afrontar una crisis de fondo. El pensa­miento y la ética antagónicos, ecofeministas, solidarios, autogestionarios… ya no son marginales, aunque tal vez sigan siendo minoritarios. Nunca este pensamiento y esta ética han estado mejor y más unitaria y, al mismo tiempo, diversamente expuestos. No digo nombres (muchos femeninos), porque no cabrían.
  9. Y no es solo el pensamiento y la ética, sino, lo que es más importante, la multitud de pequeños colectivos movilizados y de pequeñas experiencias refe­renciales de otro modo de con-vivir: comunitarias, agroecológicas, educativas, comuni­cacionales… Gente que ha situado en la práctica una vida digna y feliz al margen de la acumulación de beneficios, del sacrificio del tiempo y de las relaciones humanas insatis­factorias y del consumismo idiota. Al mismo tiempo, nunca nues­tras posibilidades de organización en red han sido tan potentes.
  10. Ahora solo queda la última píldora: siempre nos jugamos mucho. En el día a día. Pero hay momentos específicos en la historia -acontecimientos- que van a suponer un cam­bio de sentido. Para peor, para mucho peor, o para mejor, para mucho mejor. Ojalá acumulemos suficiente asco y rabia y la transmutemos en acción resistente y creativa, en apoyo mutuo y dignidad. No sé si seremos capaces pero, en principio, esperanza. Mucha esperanza.

Por Ricardo Sosa

31 mar 2020 11:44

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Sábado, 28 Marzo 2020 07:03

Contagiar otro mundo

Contagiar otro mundo

Frente a los decretos de excepción expedidos por diversos gobiernos, el “ shock sicótico-viral” extendido por los pueblos del mundo, y el peligro científicamente probado del coronavirus, movimientos sociales crean formas de extender la solidaridad. Primero, para atender a las personas mayores, el sector más vulnerable en la pandemia. Después, para enfrentar los costos sociales que ya se colocan sobre los hombros de los de abajo.

Italia es un buen ejemplo. De larga tradición partisana, anarquista y autonomista, la Italia social reinventa sus formas de ayuda mutua. Christian Peverieri, integrante del colectivo Centros Sociales del Noreste, herederos del movimiento autónomo de la década de los setenta, colabora con lugares ocupados y en la lucha por los derechos de vivienda, de los migrantes y trabajadores: "después del decreto que nos obligó a quedarnos en casa, hemos empezado a pensar que podríamos hacer para no desaparecer como movimiento".

Una de las iniciativas más fuertes en Italia es la asamblea nacional por el salario de cuarentena, en la que movimientos sociales convergen en una línea: "esta crisis no la pueden pagar los pueblos". Así, un fuerte movimiento laboral podría estar en puertas, algo que abarque diversos sectores, especialmente a quienes sus condiciones materiales no les permiten parar, y cuya vida está en riesgo ante el virus y las exigencias del mercado: cambios en la producción, obligación de sostener la vida de quienes están en casa, ocupar gasto social para rescatar corporaciones y flexibilización del trabajo.

Lucia Arese de Carovane Migranti agrega: "Los más golpeados son siempre los sectores más vulnerables, con menos privilegios, menos protegidos por el Estado, los que están al margen del sistema". A las personas que viven al día y sin parar, se suman otras poblaciones excedentes. Por ejemplo, los migrantes y refugiados de los campos de Lesbos, donde ya se confirmó el primer caso de coronavirus. Los obreros cuyas industrias no querían detenerse y se fueron a paro ellos mismos. Y los presos ahí y en Colombia, quienes se amotinaron por sus condiciones de hacinamiento y fueron masacrados.

En diversas localidades de España, Francia y Alemania las redes vecinales en Internet trabajan a tope. Además de apoyar a adultos mayores, ofrecen asesoramiento legal y laboral ante despidos injustificados y cuidado de niñas y niños. Radios comunitarias y viejos movimientos por el derecho al hogar digno hoy claves para informar.

En Irán, el país olvidado de la pandemia, donde el gobierno asesinó a centenas durante las protestas de 2019 y ahora miente sistemáticamente sobre el virus, la población no tiene más que organizarse. El poeta Mohsen Emadi cuenta: "tenemos una huelga no manifestada. Se trata de tomar el control de su vida, porque el régimen no la puede cuidar".

Así, las redes organizadas dan un vuelco a las medidas de excepción, los discursos de los medios, y hasta rebasan a los filósofos críticos europeos, ahora centrados en debates sobre el Estado, el control, el estancamiento, la producción, pero han ignorado a las formas-de-vida que a diario practican la insurrección por venir.

Aunque, es cierto, vivimos el perfeccionamiento digital y policial de un Estado de excepción perpetuo. O más, una sociedad de la excepción: mercados, crimen organizado, medios de comunicación, redes sociales, son su garante. Estos poderes declararon la guerra a los manifestantes de los movimientos plebeyos y populares de 2019, y arremeten ahora contra un "enemigo" invisible no humano-el virus. Colombia e Irán, Ecuador y Francia, Chile y España, las calles de los países que se levantaron contra el neoliberalismo hace pocos meses están bajo sitio. De manera simultánea, los gobiernos mandan al Ejército a ocupar ciudades y lanzan programas de rescate, para corporaciones.

También es cierto que los pueblos han hallado la forma de retomar estas luchas. Un potente cacerolazo resonó en ciudades como Bogotá, Río de Janeiro y Barcelona el 18 de marzo. En los países sudamericanos el enojo es contra la ineptitud de sus gobiernos. En España las cacerolas truenan contra el rey Juan Carlos I, a quien se exige que ponga a disposición de los afectados el dinero que supuestamente le donó el difunto rey saudí. Toman la calle, pero de una manera distinta: con sonidos. O, incluso, como la fronteriza ciudad de Mexicali, miles se ven forzados a salir a manifestar su repudio por la imposición de una cervecera en su territorio, la cual amenazara el acceso popular al agua. Así, nos dicen: "arriesgamos la vida en el presente por la vida del futuro."

Para cambiar los términos del Estado de excepción y cuidar la vida ante el virus, la poeta de la India, Nabiya Khan, escribe: "distancia física con solidaridad social". Y los zapatistas, al anunciar el cierre de sus caracoles autónomos, llamaron: "a no perder el contacto humano, sino cambiar temporalmente las formas para sabernos", una manera quizás, de seguir contagiándonos, en su raíz etimológica: seguir en contacto. Esto nos coloca ante lo que los personajes de Albert Camus dicen en la novela La Peste: "no he tenido nada que aprender con esta epidemia, si no es que tengo que combatirla al lado de usted".

Así que, paradójicamente, el coronavirus amplía la disputa por otro mundo y revela el antagonismo: ¿cantamos el himno nacional italiano o español desde el balcón, o la canción partisana antifascista Bella Ciao? O nos adaptamos al capitalismo, su actualizado control biopolítico, o nos situamos en un “ momentum de emancipación anárquica y recreación en común del mundo humano en su simbiosis con lo no humano”, como escribió recientemente el joven filósofo chileno Gonzálo Díaz Letelier.

Esto implica una triada: actividad desde abajo, paro organizado y reflexión crítica. Quizás, como planteó el EZLN en estos días: "La palabra y el oído, con el corazón, tienen muchos caminos, muchos modos, muchos calendarios y muchas geografías para encontrarse. Y esta lucha por la vida puede ser uno de ellos".

Al-Dabi Olvera, cronista

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Jueves, 26 Marzo 2020 06:55

¿A quién vamos a matar?

¿A quién vamos a matar?

Las formas de producción, distribución y consumo propias del capitalismo son las que están generando la crisis climática, no el mero aumento de la población. Sin embargo, la desinformación o el desconcierto ante el covid19 ha dado relevancia a discursos teñidos de la peligrosa ideología del ecofascismo.

Un jabalí pasea tranquilamente por la calle Balmes, en Barcelona. Atraviesa una Diagonal desierta y silenciosa y sigue su camino. Alguien lo graba con el móvil y lo sube a las redes sociales. En pocos minutos, el vídeo acumula miles de reproducciones. La imagen es hermosa, pero también inquietante. Se parece demasiado a las escenas apocalípticas que hemos visto cientos de veces en el cine y la televisión. El vídeo se viraliza en unos minutos y comienza a extenderse por Twitter, por Facebook, por WhatsApp. No es el único de este tipo que ha circulado por las redes sociales en los últimos días. Hemos visto también pavos reales en las calles de Madrid, delfines en el puerto de Cagliari, peces en los canales de Venecia. Los vídeos aparecen acompañados de comentarios. Un buen número de ellos afirma que esas imágenes son la prueba de que la verdadera pandemia es el ser humano, que el verdadero virus somos nosotros.

No es la primera vez que leemos este tipo de afirmaciones desde la extensión del covid19. La reducción de los niveles de contaminación en Wuhan, el primer foco de extensión de la pandemia, también fue interpretada por un buen número de usuarios de las redes sociales como una prueba de que el planeta se defendía de la nocividad del ser humano creando una enfermedad para la que no teníamos cura. La Tierra se purgaba de la plaga humana. Gaia se vengaba de nosotros.

La mayoría de estos tuits y posts no tenían una reflexión estructurada detrás. Eran simples comentarios rápidos que mezclaban ecologismo mal entendido, culpa judeocristiana y cultura de la distopía. Sin embargo, aunque las personas que los lanzaban a las redes no fueran conscientes de ello, compartían un marco de pensamiento peligroso. No solo porque eran tremendamente insensibles con el sufrimiento de miles de personas que están viendo enfermar y morir a sus seres queridos, que están luchando ellos mismos contra el virus o que están afrontando despidos y pérdida de ingresos, sino también porque contribuían a extender el sustrato necesario para el desarrollo de una ideología peligrosa, el ecofascismo.

Las semillas del ecofascismo

Detrás de la afirmación de que el ser humano es una plaga para el planeta está la idea de que la solución a la crisis ecológica es la eliminación de parte de la población. En este marco de pensamiento, lo que se identifica como causa de la crisis es el exceso de seres humanos, por lo que la muerte de una buena cantidad de ellos sería la única posibilidad de restaurar el equilibrio ecológico.

La pregunta entonces es ¿quién va a morir? Parece difícil creer que las personas que defienden este tipo de ideas estén pensando en organizar el suicidio colectivo de su familia o asesinar a sus amigos. Lo más probable es que piensen que eso no va a sucederles a ellos, que van a estar en el grupo de población que no se vea afectado por esa medida. ¿A quién vamos a considerar “desechable” entonces? ¿Qué población vamos a eliminar? En una sociedad capitalista parece bastante plausible que se esgrimiesen criterios de productividad y meritocracia, que en realidad solo encubrirían una tremenda violencia de clase contra los de más abajo. Los “desechables” probablemente serían los expulsados del sistema, como las personas sin techo, los inmigrantes ilegales o los habitantes de poblados chabolistas y barriadas de infraviviendas. Esto puede parecer exagerado, pero basta un vistazo a la historia de violencia contra estos colectivos para darnos cuenta de que no es tan lejano.

Otra posibilidad sería que, desde esta ideología ecofascista, se quisiese aplicar un criterio demográfico. En la actualidad, la zona del mundo que presenta una mayor tasa de crecimiento de población es el África subsahariana, así que parece bastante probable que los países occidentales quisieran externalizar el exterminio de población a esta zona. La historia de violencia colonial niega cualquier tentación de considerarlo exagerado.

Más allá del exterminio directo de la población, se podrían optar por medidas como la esterilización. De nuevo, surge la misma pregunta ¿las personas que piensan que el ser humano es una plaga están considerando esterilizar a sus amigos, a sus seres queridos? ¿A quién vamos a esterilizar? Las esterilizaciones masivas tampoco son nuevas en la historia, ni ajenas a las democracias liberales: el Perú de Fujimori esterilizó sin consentimiento a 300.000 personas, la mayoría mujeres indígenas, entre 1996 y 2001; Japón esterilizó a 25.000 personas con enfermedades hereditarias o diversidad funcional entre 1948 y 1996 gracias a la Ley de Protección de la Eugenesia que buscaba “un Japón mejor”; Estados Unidos esterilizó forzosamente a más de 60.000 personas en la primera mitad del siglo XX, gracias a leyes de eugenesia que daban potestad a los funcionarios públicos para esterilizar a personas consideradas “no aptas” para tener hijos, la mayoría mujeres negras, indias, latinas y con diversidad funcional. Y podríamos seguir con decenas de ejemplos más por todo el mundo.

Otra posibilidad sería establecer políticas de limitación del número de hijos, como la política del hijo único vigente en China durante varias décadas. Sin embargo, con una natalidad desplomada en Occidente, lo más probable es que de nuevo esto se aplicase, haciendo uso de un alto grado de violencia colonial, a las zonas del mundo que tienen una tasa de fecundidad superior a la tasa de reposición, como África subsahariana o Asia occidental.

Si seguimos el razonamiento de muchos de los comentarios en redes sociales, parece que es el propio planeta el que se va a hacer cargo de la “purga” de la población a través de pandemias y enfermedades. Esto va bien para descargarnos de la responsabilidad de tener que asesinar o esterilizar, pero lo cierto es que es bastante absurdo. El planeta no es un ente con capacidad de pensar, no hace planes, no se venga del daño que le han causado los humanos. Esta especie de ecofascismo místico que antropomorfiza al planeta no solo no resiste ningún tipo de razonamiento lógico, sino que además es bastante desconsiderado con el sufrimiento de enfermos y familiares. Tienes que ser una persona bastante terrible para decirle a alguien que acaba de perder a su madre que en realidad es un sacrificio de Gaia.

Desviar el foco

El marco ideológico del ecofascismo no es ajeno a algunos de los principales partidos de extrema derecha europeos. El Frente Nacional de Marine Le Pen o el Fidesz de Viktor Orban ya han hablado en varias ocasiones de la necesidad de endurecer el cierre de fronteras como medida de lucha contra el cambio climático. En una entrevista hace unos meses, Le Pen argumentaba que la preocupación por el clima es “inherentemente nacionalista” y que los “nómadas”, como llama a los migrantes, “no se preocupan por el medio ambiente porque no tienen patria”. De momento, las medidas que proponen no incluyen el exterminio o la esterilización forzosa de la población, pero parece irresponsable alimentar en redes el sustrato de este marco ideológico. Al fin y al cabo, solo hay un paso entre uno y otro, y la experiencia histórica ya nos advierte de lo sencillo que es recorrerlo.

Pero además de contribuir a extender las semillas del ecofascismo, los comentarios que señalan el exceso de población como causa de la crisis ecológica también desvían el foco del problema principal: el capitalismo. Las formas de producción, distribución y consumo propias del capitalismo son las que están generando la crisis climática, no el mero aumento de la población. Esta misma población, con otra forma de organización social, podría vivir de forma sostenible.

Un estudio publicado en la revista Nature en enero de este mismo año mostraba que el planeta sería capaz de alimentar a 10.000 millones de personas, casi 3.000 millones más que en la actualidad, sin sobrepasar los límites ecológicos. Para ello, claro, serían necesarios cambios en la producción y en la dieta, como el descenso en el consumo de carne, la sustitución de unos alimentos por otros o la reducción del regadío y la fertilización química en determinadas zonas del planeta. El informe partía de un escenario capitalista, por lo que es fácil imaginar lo que podríamos hacer en otro escenario.

Responsabilizar de la crisis climática al conjunto de la población por igual también supone desviar el foco del problema de clase. La realidad, sin embargo, es que el 10% de la población más rica del planeta genera la mitad de las emisiones derivadas de los hábitos de consumo. La mitad más pobre del planeta, en cambio, solo contribuye con un 10%. Las medidas destinadas a reducir la población parecen poco efectivas para hacer frente a una contaminación que es producida de forma mayoritaria por un conjunto bastante pequeño de la población mundial.

Si de verdad nos preocupa la crisis ecológica y esta no es una mera excusa para imponer políticas de cierre de fronteras y control de la población, deberíamos poner el foco en las relaciones de producción y consumo capitalistas y no en la cifra global de población. Y si nos preocupan las tasas de natalidad de algunas zonas del planeta ─según los datos de la ONU la global ya descendió hasta el 2,3 mujeres por hijo, muy cerca de la tasa de reposición de 2,1─ deberíamos hacernos fervientes feministas, porque si algo nos ha demostrado la experiencia histórica es que las tasas de natalidad descienden cuando las mujeres tienen el control sobre sus propios cuerpos y pueden acceder libremente a métodos anticonceptivos y a abortos seguros.

No necesitamos medidas de control de la población ni esterilizaciones masivas, y tampoco necesitamos pandemias que lo hagan por nosotros. Necesitamos acabar con un sistema de producción y consumo que está llevándonos a una crisis ecológica sin precedentes y que ha supuesto ya el exterminio de cientos de miles de especies. Necesitamos entender que el capitalismo es un sistema fracasado que no es capaz de garantizar la supervivencia en el planeta y que debe ser sustituido por otra forma de organización social. Frente al riesgo de la extensión del ecofascismo, necesitamos articular un ecosocialismo que será necesariamente diferente del socialismo del siglo pasado, pero que nos permitirá garantizar la supervivencia de todos los habitantes del planeta ─humanos y no humanos─ y asegurar la mejor de las vidas posibles para todos, no solo para unos pocos. Quizá, como decía el filósofo Jason Read hace unos días, la elección del siglo XXI ya no es entre socialismo o barbarie, sino entre socialismo o extinción.

Por Layla Martínez

25 mar 2020 06:01

Publicado enSociedad
Periódico desdeabajo, 2014/03/17

Los tiempos cambian. Un virus ha colocado al mundo en un estado práctico de preguerra. Los distintos Estados y gobiernos aplican medidas de control y temor –en frontera con el terror/pánico y el total disciplinamiento– social que más parecen prueba contra alzamientos colectivos que para controlar un fenómeno de salud pública. En medio de ello, inyectan miles de millones para enfrentar la crisis de salud desatada y, a la par, la crisis económica, con signos de recesión que gana espacio.

Esa es la realidad que nos acecha. Si los tiempos cambian, también debe hacerlo la política, sobre todo la que pretende la mayor participación posible del país nacional, la que aspira que la dirección de sus vidas esté en manos de la propia gente y no de quienes dicen ser sus representantes, para el caso colombiano la oligarquía que en ningún momento de la historia local ha estado preocupada por el bienestar de quienes habitan esta parte del mundo.

Es un cambio de tiempo y de la política que obliga a todas las organizaciones y procesos sociales ligadas con la dinámica de inconformidad y protesta social despuntada el 21N a repensar el qué y cómo hacer, en particular en lo concerniente con el pliego petitorio.

Como es de conocimiento público, la elaboración de tal pliego se constituyó en motivo de discordia al interior del Comité nacional del paro a tal punto que el mismo en vez de ser racional y concreto creció como espuma, hasta resumir más de cien reivindicaciones. Un pliego de difícil difusión y complicada defensa en una negociación abierta, cierta, algo a lo que no ha trascendido el Gobierno.

Son reivindicaciones todas ellas válidas y necesarias de concretar, pero el cambio de la realidad global y local coloca al activismo social y político ante nuevas circunstancias, unas en la que la fragilidad e improcedencia del actual sistema socio-económico ha quedado al desnudo, evidenciando ante los ojos de todos el desastre social procurado por 30 años de neoliberalismo abierto.

No hay duda de ello. Ahora que nos tienen bajo amenaza de encerrarnos, sin posibilidad de llevar a cabo las actividades rutinarias con las cuales logramos los pocos dineros que reunimos para poder sobrevivir, es más evidente o notorio el desempleo –y sus consecuencias– que afecta a millones en el país así como el subempleo, el rebusque por cuenta propia, la informalidad –y sus consecuencias, en uno y otro caso, de todo orden–. Como es conocido, mucha de la gente que sobrevive en tales circunstancias pasa la mayor cantidad de horas del día en la calle, a la intemperie o protegida por rústicas casetas, parasoles y similares. No cuentan con otra opción, tienen que gritar sus servicios, ofrecer sus cuerpos para cargar mercancías, tratar de vender baratijas de todo orden, etcétera.

¿Qué y cómo harán estos millones para lograr sus ingresos si de un momento a otro el gobierno nacional o los gobiernos locales expiden una norma por medio de la cual prohíben salir de la casa? ¿Cómo sobrevivirán si los expulsan de las calles, su lugar de rebusque?

¿De dónde procurarán los dineros necesarios tanto para el alimento, como para cancelar el arriendo, la cuota para abonar al apartamento hipotecado, para pagar los recibos de los servicios públicos, los que, como es conocido, cuando no son pagados a tiempo son cortados por las empresas propietarias de agua, luz, teléfono? A la par, ¿cómo harán los pequeños productores y comerciantes para aguantar este embate en el cual verán, asimismo, contraídas sus ventas e ingresos?

En otra arista de igual problemática, dicen los ‘sabios’ del gobierno que debemos lavarnos las manos cada 3 horas, ¿dónde se las lavan quienes se rebuscan en la calle si el “derecho” para ingresar a un baño está mediado por cancelar entre $ 600 y hasta 1.000 pesos?
Esto para no llegar al extremo de quienes están despojados de todo, durmiendo en un rincón cualquiera, ¿dónde se lavan? ¿Quién les presta el servicio? Y en caso de enfermedad, ¿quién está pendiente de los miles que ahora deambulan sin ruta alguna?

Las medidas recomendadas, no reparan en que este es un país fracturado, donde unos pocos concentran miles de millones y donde las mayorías no acumulan sino necesidades y sueños. El ‘consejo de los gobernantes’ que no acudir al trabajo y desempeñar las funciones desde la casa, teletrabajo. Claro, en muchos hogares hay computador, pero no en todos, y no todos pueden pagar la conexión Wi-fi. ¿Qué hacer ante una realidad tan testaruda?

También recomiendan entretenerse en la casa, ver televisión, olvidando que su servicio público fue desmantelado, de manera que ahora hasta la televisión, que corre sus ondas por el espectro público, está privatizada. No existe proyecto de país y, por tanto, no existe proyecto cultural y con él una oferta de televisión y radio, así como en todos los campos que abre la internet. Tampoco existe en los barrios la oferta cultural en teatro, baile y otros campos, como espacio para cohesionar y ahondar pertenencias.

Todo esto, y mucho más, es lo que hace indispensable que los sectores sociales alternativos levanten un pliego reivindicativo de urgencia, deponiendo el construido y entregado al Gobierno meses atrás. Pueden hacer parte del mismo:

1. Servicios públicos gratuitos, por lo menos a lo largo de los próximos 6 meses, y más si la coyuntura que vivimos se prolonga.
2. Congelamiento de las deudas por compra –hipoteca– de vivienda, por un periodo igual o más amplio que el anterior. Anulación de toda medida de desahucio.
3. Poner en marcha políticas de atención y prevención en salud pública con redes de médicos en casa.
4. Garantía de mercado mensual, a cargo del gobierno nacional, en complemento con los gobiernos municipales y distritales, con todo lo indispensable para una alimentación equilibrada, para todas las familias estrato 1, 2, 3.
5. Ampliación de la oferta de los comedores comunitarios, tanto en cantidad (ampliación de cupos) como en calidad de los servido.
6. Wi-fi público y gratuito en todas las ciudades
7. Abocar la reconstrucción de la televisión nacional y de un proyecto cultural con proyecto de país soberano.
8. Fortalecimiento y ahondamiento de un proyecto educativo nacional, incluida la educación superior y universitaria, garantizando red de internet para todos los colegios y liceos de primera y secundaria. Educación gratuita, incluida la educación superior y universitaria.
9. Congelación de las deudas contraídas con la banca por pequeños y medianos agricultores.
10. Disposición de una red nacional para el mercadeo de todo tipo de productos, previendo y antecediendo de esta manera el monopolio, acaparamiento y especulación con productos básicos de la canasta familiar.
11. Desplegar una línea de crédito con un año de gracia, y para el segundo con un 0,5 de interés mensual, para apalancar a pequeños empresarios y comerciantes

Otras muchas medidas pueden y deben ser implementadas desde ya y con ello recuperar el sentido de lo público, no como lo fue en alguna época –bajo el control del Estado clientelar– sino colocando en cada instancia a las comunidades como parte fundamental de los equipos humanos que diseñen, ejecuten y controlen todo tipo de oferta pública, empezando a recorrer un camino que nos permita construir un país de todos/as y para todos/as.

Parte de estas propuestas pueden ser implementadas de manera inicial e ilustrativa, por gobiernos locales como el de Bogotá, Medellín y Cali, las cuales cuentan con empresas públicas en varios campos, con recursos económicos que les permiten cierta autonomía, y con miles de personas formadas en los más variados campos del saber, las cuales pueden liderar el diseño, ejecución y seguimiento de las mismas, siempre convocando y constituyendo amplios equipos comunitarios.

Son propuestas para la acción, para conectar con el país nacional. Toda crisis trae una oportunidad, no dejemos pasar la que tenemos ante nuestros ojos.

 

 

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Publicado enEdición Nº266
FMI: "La recesión por el coronavirus será al menos tan grave como la crisis financiera mundial o algo peor"

La directora gerente del FMI avisa del impacto de la crisis del coronavirus en los países emergentes donde "los inversores ya han retirado 83.000 millones de dólares de los mercados emergentes desde el comienzo de la crisis, la mayor salida de capital jamás registrada"

Kristalina Georgieva, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), ha señalado que debido al impacto económico del coronavirus "las perspectivas de crecimiento mundial: para el año 2020 son negativas, una recesión al menos tan grave como durante la crisis financiera mundial o algo peor. Pero esperamos la recuperación en 2021", en la rueda de prensa posterior al encuentro telemático del G20, la reunión de los países ricos y emergentes más importantes del mundo. 

"Es fundamental dar prioridad a la contención de la epidemia y fortalecer los sistemas de salud. El impacto económico es y será grave, pero cuanto más rápido se detenga el virus, más rápido y fuerte la recuperación será", ha señalado Georgieva.

La directora gerente del FMI ha avisado del fuerte descalabro que pueden sufrir las economías emergentes por la crisis económica de la pandemia cuando "los inversores ya han retirado 83.000 millones de dólares de los mercados emergentes desde el comienzo de la crisis, la mayor salida de capital jamás registrada. Estamos particularmente preocupados por los países de bajos ingresos con una crisis de deuda, una cuestión en la que estamos trabajando estrechamente con el Banco Mundial".

Ante la situación económica, la directora gerente del Fondo ha comentado que el organismo multilateral "va a aumentar masivamente la financiación de emergencia, que ya  casi 80 países están solicitando" y ha recordado que disponen de "una capacidad de préstamo de 1 billón de dólares", que ya anunció el pasado 16 de marzo.

"La crisis de liquidez mundial se afianza, necesitamos se proporcionen líneas de intercambio adicionales", ha resaltado Georgieva que ha añadido que el FMI busca que sus países miembros amplíen las líneas de liquides y que el organismo multilateral va a proponer "una red más amplia de líneas de intercambio".

El presidente del Banco Mundial, David Malpass, ha afirmado que los países "necesitan moverse rápido para incrementar su gasto sanitario, fortalecer sus redes de seguridad social, apoyar al sector privado y revertir la interrupción de los mercados financieros", según informa Europa Press.

Malpass, que también ha intervenido en la teleconferencia del G20, ha solicitado a los países presentes que consideren que suspendan el cobro de deudas soberanas hasta que el Banco Mundial y el FMI hayan hecho una valoración plena de sus necesidad de financiación ante el coronavirus.

23/03/2020 - 18:11h

Publicado enEconomía
Coronavirus o la posibilidad de imaginar lo nunca imaginado

La resignación es el peor de todos los virus. Es importante, crucial, no aceptar el relato del “shock” y construir nuevas narrativas alternativas a las del establishment y el poder establecido.

veces nos parece que determinados acontecimientos son completamente nuevos y que todo es impredecible. Parece que no podíamos imaginarnos que fuéramos a pasar días y días en un encierro en nuestras casas debido a un virus cuyos primeros contagios se produjeron a miles y miles de kilómetros. Vivimos atrapados y atrapadas en nuestras propias vida, enredadas en nuestra rutina y, ciertamente, la mayoría bastante tiene con sacar adelante su vida precaria, mal remunerada y peor reconocida.

Pero todo ello no quita para que reconozcamos que lo que está ocurriendo era predecible. Estábamos avisados. El sociólogo alemán Ulrich Beck autor de La sociedad del riesgo escribió hace ya 28 años lo siguiente: “en la modernidad avanzada, la producción social de riqueza va a acompañada sistemáticamente por la producción de riesgos” (Beck, 2002:25)

No voy a entrar a valorar en cómo y por qué se generó el covid19, si hay razones para pensar en teorías conspirativas y qué intereses geoestratégicos puede haber detrás de todo ello. No tengo datos y creo que el tiempo irá poniendo las cosas en su sitio. En todo caso, lo cierto es que un virus que hace pocos meses se inicia en la región China de Wuhan se ha extendido ya por todo el mundo y que ello ha generado, entre otras cosas, que millones de personas en todo el mundo permanezcan confinadas en sus casas (aquellos que disponen de una..)

Esta extensión a nivel mundial de los riesgos también fue prevista por el sociólogo alemán cuando afirmaba que los riesgos de la modernización tienen una “tendencia inmanente a la globalización” (Beck, 2002:42). Vivimos en una sociedad donde los efectos de la contaminación y calentamiento global se extienden a nivel mundial mediante un aire que no reconoce fronteras. Pero, además, vivimos en un mundo que ha acortado las distancias (y los tiempos) y que, por tanto, acelera también los procesos de irradiación de los virus y de los riesgos.

Todo parece surrealista, todo parece increíble, jamás lo hubiéramos imaginado y ahora vemos como nuestras calles se apagan, el silencio se abre camino, todos y todas nos tenemos que recluir y no sabemos nada de nuestro inmediato futuro. No sabemos cuántas personas serán infectadas, cuántas personas morirán y cuándo vamos a volver a una situación que se le parezca a la de antes de ayer…

Todo parece que ha cambiado, pero no del todo. Aunque Ulrich Beck decía que la sociedad de riesgo había venido a sustituir a la sociedad de clases él mismo nos recordaba que “la historia del reparto de los riesgos muestra que estos siguen, al igual que las riquezas, el esquema de clases, pero al revés: las riquezas se acumulan arriba, los riesgos abajo” (Beck, 2002:41).

Han hecho falta sólo unos pocos días para comprobar que las consecuencias del coronavirus no nos van afectar a todas las personas por igual. No es lo mismo viajar en coche privado que en un transporte público ahora reducido y lleno de aglomeraciones, no es lo mismo confinarte en una casa de 60 metros cuadrados que en una villa, no es lo mismo tener que ir a trabajar por miedo a ser despido que poder llevar tu empresa o tus negocios desde casa.

Obviamente, tampoco es lo mismo que tengas que estar reponiendo o trabajando en la caja de un supermercado o poder trabajar desde casa con el ordenador, por cierto, como voy a poder hacer yo. Como hemos visto, tampoco es lo mismo que tengas un negocio de comestibles (te dejan abrir) o un puesto de verduras en un mercado al aire libre (los han prohibido). No es lo mismo vivir de rentas que trabajar de cuidadora en una residencia de ancianos. Y tampoco es lo mismo trabajar en una cadena de montaje o de costura de ropa que ser el dueño de la misma.

No tenemos los mismos privilegios ni las misma posibilidades para hacer frente a la situación de riesgo y es evidente que si bien el virus no reconoce a las clases, todas las clases no tienen los mismo recursos para hacerle frente. O dicho de nuevo en palabras de Beck, “los riesgos parecen fortalecer y no suprimir a la sociedad de clases” (Beck, 2002:41). Y en esa sociedad de clases, y dentro de la clase trabajadora las mujeres, las personas mayores, jóvenes y migrantes son por mucho los sectores que peor lo van a pasar en esta crisis sanitaria que pronto será también económica, laboral o de los cuidados.

El pasado sábado, en comparecencia extraordinaria, Sanchez Castejón aplicaba un 155 sanitario y se hacía cargo de todas las policías y de los recursos sanitarios de todas las comunidades autónomas. Una medida, por cierto, aplaudida hasta por Vox. Sin embargo, la supuesta “valentía” demostrada para hacer efectiva una medida que jamás en la historia del Estado se había tomado, no ha tenido su reflejo en aspectos más importantes para la vida y la salud de las personas.

Si, la policía (¡y el ejército!) ya pasea bajo nuestras ventanas y balcones instándonos por megafonía a no salir a la calle, pero cuidado de aquel o aquella que se le ocurra priorizar su salud y la de su familia o compañeras de convivencia, a los intereses de la empresa en la que trabaja. No sólo eso. A partir de esta semana miles de personas serán despedidas o se les aplicará un ERTE por trabajar en negocios y establecimientos que van a permanecer cerrados o que van a padecer un fuerte disminución en su demanda. Los empresarios, una vez más, no están dispuestos a hacerse cargo de ningún tipo de consecuencia económica de esta crisis. Desde hace tiempo, ellos son muy conscientes de que el sistema capitalista es aquel que privatiza las ganancias en tiempos de oro y que permite hacer públicas las perdidas en tiempos de crisis, sea esta financiera o sanitaria como la actual.

Por si todo lo anterior fuera poco, ya se vislumbra qué tipo de empresas van a poder, incluso, sacar tajada de esta situación: Amazon, grandes cadenas de alimentación, empresas de comida a domicilio que utilizan a riders que se tendrán que someter a peores situaciones laborales y de riesgo, farmacéuticas, etc.). No hay escrúpulos en el mundo del business.

En la pasada crisis financiera el estado con el apoyo del PP y del PSOE regaló 60.000 millones de euros a la banca en forma de “rescate”. Sin embargo, ahora parece que a esos mismos no se les pasa por la cabeza la posibilidad de paralizar, por ejemplo durante una semana, la economía que no sea absolutamente necesaria para “rescatar” la salud y la vida de las personas. Tampoco, por supuesto, se les ocurre utilizar una cantidad similar para sufragar mediante licencias retribuidas, o bajas médicas reconocidas explícitamente al respecto, a todas las personas que tengan a alguien a su cargo y que tengan que cuidarlas debido al cierre de centros escolares o centros de días.

En una reunión realizada esta misma semana la consejera de la comunidad autónoma vasca Arantxa Tapia dijo explícitamente que iban a abrir una vía de ayudas a las empresas vascas por el efecto del coronavirus, pero nadie de su ejecutivo ha propuesto el incremento de ayudas sociales, la creación de nuevas ayudas dirigidas a los sectores más desfavorecidas por la crisis social que se nos avecina o la condonación de la facturación energética o del agua. Nada de eso entra en sus cabezas formateadas por una ciencia económica que sólo habla de empresas y que se ha olvidado de las personas. El capital o la vida, y ellos están del lado del capital, sin contemplaciones, sin disimulo. 

El neoliberalismo que se nos ha impuesto estas últimas décadas, no sólo ha generado recortes sociales que nos obligan ahora a confinarnos en casa para no colapsar unos centros y recursos sanitarios restringidos y mermados a golpe de decretos de austeridad. El neoliberalismo imperante no sólo lleva décadas privatizando empresas públicas con beneficios y publificando negocios privados con pérdidas, sino que además, todo ello, se hace mediante el discurso del TINA (There is no alternative).

Como decía Bourdieu el discurso neoliberal no es un discurso más, sino que es un discurso fuerte y su función principal es la de “orientar las preferencias económicas de aquellos que dominan las relaciones económicas” (Bourdieu, 1998). Ese discurso económico es el que subraya la importancia de las empresas en la creación de la riqueza a partir de los sectores productivos y ese es el discurso, en este caso el no discurso, que hace invisible los cuidados y las labores reproductivas. Y a partir de ahí, los estados, con nuestro dinero, ayudan a las empresas y permanecen ciegas ante las desigualdades sociales que el sistema provoca.

Sin embargo, ahora, en plena crisis sanitaria, la realidad de los cuidados y la importancia de los aspectos reproductivos han salido a la luz como nunca. Nos obligan a quedarnos en casa para garantizar nuestra salud (aspecto reproductivo de la vida) y/ cuidar de criaturas y mayores, a la vez que nos obligan a ir a trabajar para seguir incrementando sus beneficios.

Hablando de la crisis que vivimos estos últimos años la economista feminista Amaya Pérez Orozco nos recordaba que “la situación a la que se enfrentan los hogares se caracteriza por una creciente dependencia del mercado para acceder a los recursos que el Estado deja de garantizar al mismo tiempo que el acceso a los ingresos es cada vez más incierto para la mayoría” (Pérez Orozco, 2014:140).

Esta frase que sirve para entender lo que ha ocurrido estos últimos años, toma toda su fuerza y se multiplica por mil para comprender lo que ocurre en estos momentos en decenas de miles de hogares. Los mismos Estados que no tuvieron problemas en ayudar a los bancos, a las empresas automovilísticas o a las energéticas en tiempos de crisis, ni se plantean ayudar a unas unidades familiares o convivenciales en un momento donde al riesgo de la infección del virus le puede seguir una pandemia de despidos, ERTEs y procesos de precarización que todavía den una vuelta de tuerca más a las condiciones de vida y trabajo de las clases populares.

Y es que efectivamente, como ya nos ha hecho ver Naomi Klein y su bien estudiada y desarrollada “doctrina del shock”, presumiblemente esta crisis sanitaria también va a ser utilizada para meternos el miedo hasta los tuétanos y, con ello, permitir la adopción de medidas económicas, laborales y sociales todavía más draconianas.

Si no vas a trabajar te despiden y si vas a trabajar te bajarán el sueldo, porque la economía está muy mal y ésta crisis, también, la tienes que pagar tú. No sólo tienes más posibilidad de ser contaminado por el coronavirus, sino que, además, el virus neoliberal de recortes sociales y laborales también ta va afectar a ti y sólo a ti. Mientras las grandes corporaciones seguirán haciendo público los beneficios de su último ejercicio como acaba de hacer Iberdrola con sus 3.000 millones de euros de beneficio neto.

Bien, esta es la realidad y los riesgos a los que nos enfrentamos. Como dice Marina Garcés “la condición póstuma se cierne hoy sobre nosotros como la imposición de un nuevo relato, único y lineal: el de la destrucción irreversible de nuestras condiciones de vida” (Garcés, 2017:22). Pero la resignación es el peor de todos los virus. Es importante, crucial, no aceptar ese relato y construir nuevas narrativas alternativas a las del establishment y el poder establecido. En palabras también de la filosofa catalana, “hemos de declararnos insumisos a la ideología póstuma” (Garcés, 2017:30). Una cosa es aceptar la gravedad de la situación y poner en el centro el cuidado de las personas, y otra muy diferente es tragarnos un discurso autoritario y lleno de miedo que no pretende otra cosa que limitar el ámbito de lo posible.

Afortunadamente, esta crisis también ha puesto encima de la mesa el sinsentido de un sistema capitalista y patriarcal que entra en crisis y cae en picado por un virus invisible, aunque con gran capacidad de contagio. ¿No se parece esa invisibilidad al modo en que pretenden también inyectarnos el miedo en todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida? ¿Y si fuéramos capaces de contagiarnos en otra dirección? ¿Y si fuéramos capaces de demostrar que este sistema no funciona y que cuando no funciona los estados nación actuales acuden a socorrerlo a costa de nuestro sudor, sangre y lágrimas? ¿Y si nos atreviéramos a ensanchar el marco de lo posible que la economía de hoy nos dice que es imposible? ¿Y si nos contáramos unas a otros que es posible construir otra sociedad, otra comunidad y que en plena crisis hemos sabido tejer lazos de solidaridad y cuidados que pueden servirnos de referencia? ¿Y si en vez de un estado que centraliza de arriba a abajo a favor de los de siempre dijéramos que queremos construir repúblicas socialistas y feministas de abajo arriba? ¿Y si nos creemos que los ayuntamientos en colaboración y gobierno comunitario con organizaciones sociales, sindicales o cooperativas pueden empezar desde hoy a dar pie a nuevas realidades sociales y económicas? ¿Y si nos convenciéramos y animáramos a boicotear a cualquier empresa que utilice esta crisis para enviar a trabajadores al paro o para precarizar más las condiciones de trabajo? ¿Y si saliéramos a la calle no a dar las gracias a las trabajadores de la salud pública, que también, sino a reivindicar una mayor inversión pública en salud y gasto social para revertir los recortes de esta última década? Es mucho lo que podemos hacer, pero para ello primero tenemos que empezar por imaginarlo, por creerlo, hacerlo real en nuestras mentes y empezar a socializarlo.

¿No nos damos cuenta que un sistema que no funciona como es el sistema capitalista y patriarcal se mantiene única y exclusivamente porque el discurso de que no hay alternativa ha taladrado nuestras mentes hasta pensar que es posible rescatar a los bancos pero no a las personas? ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta de la debilidad de un sistema que se basa en la mentira de una mano invisible que no ha funcionado nunca? ¿Cuándo comprenderemos el poder que ostentamos las personas para contaminarnos unas a otras de una utopía que vaya cerrando el escenario de caos actual y abrir paso a uno nuevo ciclo de igualdad y justicia social? ¿Por qué no aprovechamos esta desgracia para certificar la muerte de la necropolítica neoliberal y abrir paso a una política basada en la innovación social que teja redes entre lo comunitario y lo público a partir del reconocimiento de las diferentes soberanías (alimentaria, energética, cultural, económica, de los pueblos, de nuestros cuerpos, etc.) y que apueste por sociedades libres en donde personas libres puedan vivir vidas que merezcan ser vividas?

Que todo ello es difícil es indudable, pero no imposible. Nos han dicho que nos limpiemos las manos más de una vez al día, está bien y os animo a hacerlo. Pero podemos también aprovechar la ocasión para lavarnos nosotros y nosotras mismos la cabeza y quitarnos esa mancha neoliberal incrustada desde hace años y que nos dice lo que es posible y no es posible en la economía.

La economía es una ciencia social. Punto. Los margenes de lo posible y lo imposible lo dictan única y exclusivamente la voluntad de las personas, las comunidades y, claro está, los recursos naturales que tenemos que preservar. El resto no son más que excusas y virus al servicio e interés de los de siempre. Imaginémonos lo inimaginable para hacer posible lo que hoy se nos presenta como imposible. Como bien decía Mandela, todo es imposible hasta que se hace.

Por JOSEBA PERMACH

ECONOMISTA Y SOCIÓLOGO. ES MIEMBRO DE IRATZAR FUNDAZIOA

18 MAR 2020 16:03

Bibliografía

Beck (2002): La Sociedad del Riesgo. Paidós.
Bourdieu (1998): “La esencia del neoliberalismo”
Perez Orozco (2014): “Subversión feminista de la economía”. Traficantes de Sueños
Garcés (2017): “Nueva ilustración radical”. Anagrama

Publicado enSociedad
Sábado, 21 Marzo 2020 06:31

Sobre el colapso

Sobre el colapso

Me permito resumir aquí, con vocación fundamentalmente pedagógica, algunas de las tesis que defiendo en Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo (Los Libros de la Catarata). Lo hago, por lo demás, desde la certeza de que el debate relativo a un eventual colapso general del sistema que padecemos falta llamativamente tanto en los medios de incomunicación como entre los responsables políticos. Dicho esto, agrego que no estoy en condiciones de afirmar taxativamente que se va a producir ese colapso general, y menos lo estoy de adelantar una fecha al respecto. Me limito a señalar que ese colapso es probable. No sólo eso: que los datos que van llegando invitan a concluir que es cada vez más probable, algo que, por sí solo, invitaría a asumir una estrategia de reflexión, de prudencia y, claro, de acción.

¿Qué es el colapso?


El colapso es un proceso, o un momento, del que se derivan varias consecuencias delicadas: cambios sustanciales, e irreversibles, en muchas relaciones, profundas alteraciones en lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas, reducciones significativas en el tamaño de la población humana, una general pérdida de complejidad en todos los ámbitos -acompañada de una creciente fragmentación y de un retroceso de los flujos centralizadores-, la desaparición de las instituciones previamente existentes y, en fin, la quiebra de las ideologías legitimadoras, y de muchos de los mecanismos de comunicación, del orden antecesor.

Importa subrayar, de cualquier modo, que algunos de los rasgos que se atribuyen al colapso no tienen necesariamente una condición negativa. Tal es el caso de los que se refieren a la rerruralización, a las ganancias en materia de autonomía local o a un general retroceso de los flujos jerárquicos. Esto al margen, es razonable adelantar que el concepto de colapso tiene cierta dimensión etnocéntrica: es muy difícil –o muy fácil- explicar qué es el colapso a un niño nacido en la franja de Gaza; no lo es tanto, por el contrario, hacerlo entre nosotros.

¿Cuáles son las previsibles causas de un colapso general del sistema?


Conforme a una visión muy extendida, y controvertida, habría que identificar dos causas principales del colapso, en el buen entendido de que en la trastienda operarían otras que llegado el caso podrían adquirir un papel prominente u oficiar como multiplicadores de tensión. Las dos causas mayores son el cambio climático y el agotamiento de las materias primas energéticas que empleamos.

En lo que al cambio climático se refiere, parece inevitable que la temperatura media del planeta suba al menos dos grados con respecto a los niveles anteriores a la era industrial. Cuando se alcance ese momento nadie sabe lo que vendrá después, más allá de la certeza de que no será precisamente saludable. Conocidas son, por otra parte, las consecuencias esperables del cambio climático: además de un incremento general de las temperaturas se harán valer –se hacen valer ya- una subida del nivel del mar, un progresivo deshielo de los polos, la desaparición de muchas especies, la extensión de la desertización y de la deforestación, y, en fin, problemas crecientes en el despliegue de la agricultura y la ganadería.
    

Por lo que respecta al agotamiento de las materias primas energéticas, lo primero que hay que subrayar es nuestra dramática dependencia en relación con los combustibles fósiles. Si renunciamos al petróleo, al gas natural y al carbón, no quedará nada de nuestra civilización termoindustrial. Según una estimación, sin esos combustibles un 67% de la población del planeta perecería. Antonio Turiel sostiene que el pico conjunto de las fuentes no renovables se producirá en 2018, de tal suerte que inequívocamente la producción de aquéllas se reducirá y los precios se acrecentarán en un escenario en el que habrá que aportar cada vez más energía para obtener cada vez menos energía. Aunque se pueden imaginar cambios en la combinación de fuentes que hoy empleamos, con un mayor peso asignado, por ejemplo, a las renovables y al carbón, no hay sustitutos de corto y medio plazo para las fuentes presentes. Cualquier cambio reclamará, inequívocamente, transformaciones onerosísimas.

Entre los elementos acompañantes del colapso que podrían adquirir, en su caso, un relieve principal no está de más que mencione los que siguen: (a) la crisis demográfica; (b) una delicadísima situación social, con más 3.000 millones de seres humanos condenados a malvivir con menos de 2 dólares diarios;(c) la esperable extensión del hambre, acompañada, en muchos casos, de una escasez de agua; (d) la expansión de las enfermedades, en la forma de epidemias y pandemias, de multiplicación de los cánceres y las enfermedades cardiovasculares y de reaparición de dolencias como la tuberculosis;(e) un entorno invivible para las mujeres –son el 70% de los pobres y desarrollan el 67% del trabajo, para recibir sólo un 10% de la renta-;(f) el presumible efecto multiplicador de la crisis financiera, con sus secuelas en forma de caotización, inestabilidad, pérdida de confianza e incertidumbre;(g) la quiebra de muchos Estados, estrechamente vinculada con las guerras de rapiña asestadas por las potencias del Norte;(h) las secuelas de la subordinación de la tecnología a los intereses privados;(i) una huella ecológica disparada –el espacio bioproductivo consumido hoy es de 2,2 hectáreas por habitante, por encima de las 1,8 que la Tierra pone a nuestra disposición-, y (j) una inquietante idolatría del crecimiento económico.

¿Cuáles son los rasgos previsibles del escenario posterior al colapso?


Cualquier respuesta a esta pregunta tiene que ser por fuerza especulativa. Para que no fuese así deberíamos conocer las causas mayores del colapso, si éste tiene un carácter repentino o no, sus eventuales variaciones geográficas o la naturaleza de las reacciones suscitadas. Aunque tampoco es posible fijar el momento del colapso, no está de más que señale que muchos analistas se refieren al respecto a los años que separan 2020 y 2050.

Aun con ello, y si se trata de identificar los rasgos generales de la sociedad poscolapsista, bien pueden ser éstos: (a) una escasez general de energía, con efectos visibles en materia de transporte, suministros y turismo, y al amparo de una general desglobalización; (b) graves problemas para la preservación de muchas de las estructuras de poder y dominación, y en particular para las más centralizadas y tecnologizadas; (c) una aguda confrontación entre flujos centralizadores, hipercontroladores e hiperrepresivos, por un lado, y flujos descentralizadores y libertarizantes, por el otro; (d) inquietantes confusiones entre lo público y lo privado, con una manifiesta extensión de la violencia de la que serán víctimas principales las mujeres; (e) una trama económica general marcada por la reducción del crecimiento, el cierre masivo de empresas, la extensión del desempleo, la desintegración de los llamados Estados del bienestar, la subida de los precios de los productos básicos, la quiebra del sistema financiero, el hundimiento de las pensiones y retrocesos visibles en sanidad y educación; (f) un general deterioro de las ciudades, con pérdida de habitantes y desigualdades crecientes; (g) un escenario delicado en el mundo rural, resultado de la mala gestión de los suelos, del monocultivo, de la mecanización y de la mercantilización, y (h) una reducción de la población planetaria.

En el caso preciso de la península Ibérica, los antecedentes son malos, como lo testimonian el abandono de las energías renovables, el despilfarro y la escasa eficiencia energética, la lamentable apuesta por la alta velocidad ferroviaria y por las autopistas, la baja producción de materias primas energéticas, el alto consumo de petróleo y, en fin, en la trastienda, la deuda. El cambio climático se traducirá ante todo en una subida notable de las temperaturas en la mitad meridional de la península, con efectos graves sobre la agricultura y una insorteable crisis de la industria turística. Esto al margen, se harán valer fenómenos planetarios como los vinculados con la quiebra de empresas, la explotación laboral, el empobrecimiento, la crisis financiera, la desnutrición, el deterioro de la sanidad y el descrédito de las instituciones.

4. ¿Qué proponen, como alternativa, los movimientos por la transición ecosocial?


En sustancia lo que proponen no es otra cosa que una recuperación del viejo proyecto libertario de la sociedad autoorganizada desde abajo, desde la autogestión, desde la democracia y la acción directas, y desde el apoyo mutuo.

Si se trata de identificar, de cualquier modo, algunos de los rasgos de esa transición ecosocial, y del escenario final acompañante, bien pueden ser los que siguen: (a) la reaparición, en el terreno energético, de viejas tecnologías y hábitos, en un escenario de menor movilidad y de retroceso visible del automóvil en provecho del transporte público; (b) el despliegue de un sinfín de economías locales descentralizadas; (c) el asentamiento de formas de trabajo más duro, pero en un entorno mejor, sin desplazamientos, con ritmos más pausados, con el deseo de garantizar la autosuficiencia, y sin empresarios ni explotación; (d) la progresiva remisión de la sociedad patriarcal, en un escenario de reparto de los trabajos y de retroceso de la pobreza femenina; (e) una reducción de la oferta de bienes, y en particular de la de los productos importados, en un marco de sobriedad y sencillez voluntarias; (f) la recuperación de la vida social y de las prácticas de apoyo mutuo; (g) una sanidad descentralizada basada en la prevención, en la atención primaria y en la salud pública, con un menor uso de medicamentos; (h) el despliegue de fórmulas de educación/deseducación extremadamente descentralizadas; (i) una vida política marcada por la autogestión y la democracia directa; (j) una general desurbanización, con reducción de la población de las ciudades, expansión de la vida de los barrios y progresiva desaparición de la separación entre el medio urbano y el rural, y (k) una activa rerruralización, con crecimiento de la población del campo en un escenario definido por las pequeñas explotaciones y las cooperativas, la recuperación de las tierras comunales y la desaparición de las grandes empresas. Cinco verbos resumen, acaso, el sentido de fondo de muchas de estas transformaciones: decrecer, desurbanizar, destecnologizar, despatriarcalizar ydescomplejizar.

¿Qué es el ecofascismo?


Aunque el prefijo “eco-“ se suele identificar con realidades saludables, no está de más que señale que en el partido nazi, el partido de Hitler, operaba un poderoso grupo de presión de carácter ecologista, defensor de la vida rural y receloso ante las consecuencias de la industrialización y de la tecnologización. Cierto es que este proyecto se volcaba en favor de una raza elegida que debía imponerse, sin pararse en los medios, a todos los demás...

Carl Amery ha subrayado que estaríamos muy equivocados si concluyésemos que las políticas que abrazaron los nazis alemanes ochenta años atrás remiten a un momento histórico singularísimo, coyuntural y, por ello, afortunadamente irrepetible. Amery nos emplaza, antes bien, a estudiar esas políticas por cuanto bien pueden reaparecer entre nosotros, no defendidas ahora por ultramarginales grupos neonazis, sino postuladas por algunos de los principales centros de poder político y económico, cada vez más conscientes de la escasez general que se avecina y cada vez más decididos a preservar esos recursos escasos en unas pocas manos en virtud de un proyecto de darwinismo social militarizado, esto es, de ecofascismo. Este último, que en una de sus dimensiones principales responde a presuntas exigencias demográficas, reivindicaría la marginación, en su caso el exterminio, de buena parte de la población mundial y tendría ya manifestaciones preclaras en la renovada lógica imperial que abrazan las potencias occidentales. Cierto es que el escenario general de crisis energética puede debilitar sensiblemente los activos al servicio de un proyecto ecofascista.

¿Qué es lo que la gente común piensa del colapso?


El colapso suscita reacciones varias. Una de ellas se asienta, sin más, en la ignorancia, visiblemente inducida por el negacionismo que proponen las grandes empresas con respecto al cambio climático o al agotamiento del petróleo. Una segunda reacción bebe de un optimismo sin freno, traducido en una fe ciega en que aquello que deseamos se hará realidad, en la intuición de que los cambios serán lentos, predecibles y manejables, en la certeza de que todavía tenemos tiempo o, en fin, en la confianza en los gobernantes. Una tercera posición es la de quienes estiman que inexorablemente aparecerán tecnologías que permitirán resolver todos los problemas. No faltan, en un cuarto estadio, quienes prefieren acogerse al carpe diem y, al efecto, consideran que sólo debe preocuparnos lo más inmediato y lo que está más cerca. Hay quien se acoge, en suma, al concepto de culpa y aduce, bien que no tiene obligación alguna de resolver los problemas que crearon otros, bien que la especie humana se ha hecho merecedora, por su conducta, de un castigo severísimo.
     

En este mismo orden de cosas, Elisabeth Kubler-Ross ha identificado cinco etapas en el procesamiento del colapso: la negación, la angustia, la adaptación, la depresión y la aceptación. Por detrás de muchas de las reacciones mencionadas se aprecia, de cualquier modo, el designio, en buena parte de la población del Norte opulento, de no renunciar a su modo de vida presente, y de preservar los niveles actuales de consumo y de status social. Y se aprecia también una firme negativa a pensar en las generaciones venideras y en las demás especies que nos acompañan en la Tierra.

¿Esquivar el colapso?


El capitalismo es un sistema que ha demostrado históricamente una formidable capacidad de adaptación a los retos más dispares. La gran pregunta hoy es la relativa a si, llevado de un impulso incontenible encaminado a acumular espectaculares beneficios en un período de tiempo muy breve, no estará cavando su propia tumba, con el agravante, claro, de que dentro de la tumba estamos nosotros.

Ante el riesgo de un colapso próximo, en el mundo alternativo las respuestas son, en sustancia, dos. Mientras la primera entiende que no queda otro horizonte que el de aguardar a que llegue ese colapso -será el único camino que permita que la mayoría de los seres humanos se percaten de sus deberes-, la segunda considera que hay que salir con urgencia del capitalismo y que al respecto, y a título provisional, lo que se halla a nuestro alcance es abrir espacios autónomos autogestionados, desmercantilizados y, ojalá, despatriarcalizados, propiciar su federación y acrecentar su dimensión de confrontación con el capital y con el Estado. Si unos interpretan que estos espacios nos servirán para esquivar el colapso, otros creen que es preferible concebirlos como escuelas que nos prepararán para sobrevivir en el escenario posterior a aquél. Lo más probable, de cualquier modo, es que no consigamos evitar el colapso: lo que está a nuestro alcance es, antes bien, postergar un poco su manifestación y, tal vez, mitigar algunas de sus dimensiones más negativas.
     

Parece claro, de cualquier modo, que no hay ningún motivo serio para depositar nuestra esperanza en unas instituciones, las del sistema, sometidas a los intereses privados, jerarquizadas, militarizadas y aberrantemente cortoplacistas. Una de las estratagemas mayores del capitalismo contemporáneo se beneficia de la enorme habilidad que el sistema muestra a la hora de evitar que nos hagamos las preguntas importantes.Y es que un empeño principal del capitalismo de estas horas consiste en buscar desesperadamente materias primas y tecnologías que nos permitan conservar aquello de lo que hoy disponemos, sin permitir que nos preguntemos por lo principal: ¿realmente nos interesa conservar esto con lo que hoy contamos, o con lo que cuentan, mejor dicho, unos pocos?

 

Libro relacionado

Ante el colapso. Por la autogestión y el apoyo mutuo

Edición 2019

Publicado enSociedad
Pánico social en momentos de desorden global

Más allá del Covid-19

Nadie puede negar que el pánico imperante en sociedades urbanas ha sido fomentado por la sobreexposición de la epidemia de coronavirus en los grandes medios del planeta.

 

En el continente americano mientras 3 millones de personas se infectaron con dengue en 2019, seis veces más que en 2018, provocando más de 1.500 muertes, toda la información está centrada en el coronavirus.

Este recorte informativo suena a operación mediática, con desastrosas consecuencias sobre nuestras sociedades.

Sin embargo, no todo el pánico y los miedos que se están difundiendo estos días provienen de los medios o de los gobiernos.

Una buena parte son temores que anidan en los sectores populares, entre las y los trabajadores formales e informales, muchas veces entre personas con formación técnica y profesional, bien informadas y razonables.

Creo que estos temores no son irracionales, aunque conduzcan muchas veces a comportamientos erráticos, sino que responden a la experiencia concreta de la población en las últimas décadas.

Intento exponer algunas de esas vivencias colectivas que, creo, pueden ayudarnos a comprender algo que a primera vista resulta chocante.

El primer aspecto es que llevamos tres décadas de neoliberalismo, que se traduce en el desmantelamiento del tipo de sociedad que conocimos y que provoca desconfianza en las instituciones y en los gobernantes, sean del color que sean.

Con ello no pretendo insinuar que todos los gobiernos sean iguales, sino que porciones crecientes de la población sienten que no son capaces de resolver sus problemas.

Si tuviera que graficarlo, diría que la tendencia a la abstención en las convocatorias electorales y a una fuerte volatilidad en las opciones políticas, en la mayoría de los países son señal de esa desconfianza.

En Chile, por ejemplo, más de la mitad no acuden a las urnas, no porque no les importe sino porque han votado derecha y luego izquierda, y nada cambió.

Otro escenario

 

La segunda es que vivimos un período de hondos cambios sistémicos, a escala global y regional, con la decadencia de una superpotencia como Estados Unidos y el ascenso de una nación como China, que era marginal en el escenario global.

Las personas que nacimos después de 1945, o sea la inmensa mayoría de la humanidad, conocimos el predominio incontestable de Estados Unidos, que orientaba al mundo a la vez que lo oprimía.

Los veloces cambios que se acumulan desde 2008, y que marcan el ascenso de China como nuevo hegemón planetario, provocan natural desconcierto e incertidumbre, más allá de las opiniones y sentimientos que cada quien profese hacia ambas potencias.

El tercer punto es el desmontaje de los estados del bienestar, particularmente en Europa y en algunos países de América Latina.

Durante varias décadas esos estados buscaron la integración de los trabajadores, arbitrando los espacios de negociación entre empresarios y sindicatos.

No sólo contribuyeron a mejorar la vida cotidiana de amplias camadas de la población, sino que la protegieron y promovieron un continuado ascenso social.

Con la crisis de los estados del bienestar y el triunfo del capital financiero sobre el capital productivo, asistimos a la deslocalización de las industrias, que aterrizaron en Asia por sus bajos salarios y baja sindicalización.

Fue el camino que encontró el capital para seguir acumulando beneficios, mientras dejaba un reguero de pobreza, desarraigo y frustración.

La salud a remate

 

Los servicios sanitarios se deterioraron, con fuertes recortes de los presupuestos con la excusa de la reducción del déficit fiscal, además de una creciente privatización de los servicios.

Con la excepción de Cuba, todos los países latinoamericanos presentan serios problemas estructurales en el sector sanitario, con creciente precariedad laboral y bajos salarios.

La población emigra hacia la salud privada, quien puede pagarla, o hacia terapias alternativas, ante la acumulación de fracasos del sistema sanitario público.

Cada invierno la gripe común desborda los centros de atención y enseña que el sistema no está en condiciones de atender a toda la población.

Sólo en Estados Unidos, cada año mueren 380.000 pacientes en residencias de ancianos que incumplen los procedimientos básicos de control de infecciones y no son controladas por el Estado (Viento Sur, 13 de marzo de 2020).

La acumulación de desastres ambientales es el cuarto aspecto que genera desasosiego en las poblaciones.

Episodios como la ruptura de la represa de Brumadinho, en Brasil, de la minera Vale, con un saldo de casi 300 muertos y desaparecidos, o el colapso del abastecimiento de agua en barrios de grandes ciudades, van tapizando nuestra geografía de agresiones al medio ambiente y a las personas.

Todo desastre ambiental es a la vez un desastre social, que afecta principalmente a los más pobres que viven en forma cada vez más precaria.

Lo excepcional se va convirtiendo en rutina, con una sucesión ininterrumpida de incendios e inundaciones, de derrumbes por lluvias hasta sequías persistentes.

Crisis cultural y de alternativas

En quinto lugar, el modelo neoliberal ha multiplicado la cultura del individualismo, con su contracara que es el consumismo, con la consiguiente ruptura del vínculo social comunitario.

Sin comunidades que las contengan ni Estados-nación que las protejan, las camadas populares (indígenas, negros, mujeres, niñas, niños y ancianos pobres) buscan alternativas en las religiones que prometen la salvación inmediata de las almas o, en el mejor de los casos, en las organizaciones populares.

La crisis ética de las izquierdas está restando credibilidad y capacidad de acción a muchos movimientos de campesinos y trabajadores. Sólo los movimientos de mujeres y de algunos pueblos originarios se mantienen como referentes de resistencia anticapitalista.

Por último, la globalización y los grandes medios de comunicación nublan la comprensión difundiendo una cultura del inmediatismo, sobrecargando a las poblaciones con informaciones que no aportan ideas ni permiten comprender el contexto global, regional y local.

A pesar de que nos esforzamos por entender lo que está sucediendo, muchos tenemos enormes dificultades para orientarnos en medio de tanta bruma, de tanta confusión. Ya sea la que surge de la realidad del sistema o la que promueven los medios.

De los seis aspectos que he abordado sucintamente, hay dos que me parecen centrales para comprender los pánicos que dominan nuestras sociedades: la velocidad de los cambios y el fin del ancla comunitaria.

Aunque uno apunta a lo macro y el otro a lo micro, la combinación de ambos nos está dejando perplejos y solos, desconcertados y sin referencias en un mundo que amenaza arrastrarnos hacia abismos desconocidos.

Raúl Zibechi17 | 03 | 2020, 16:54

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Cuatro razones por las que nuestra civilización no se irá apagando: colapsará

 

Foto: Studio Incendo – https://creativecommons.org/licenses/by/2.0/

Según se aproxima la fecha de caducidad de la civilización moderna, aumenta el número de estudiosos que dedican su atención a la decadencia y caída de las civilizaciones del pasado. Dichos ensayos proponen explicaciones contrapuestas de las razones por las que las civilizaciones fracasan y mueren. Al mismo tiempo ha surgido un mercado lucrativo en torno a novelas, películas, series de televisión y videojuegos post-apocalípticos para aquellos que disfrutan con la emoción indirecta del caos y los desastres oscuros y futuristas desde el confort de su sofá. Claro que sobrevivir a la realidad será una historia bien distinta.

El temor latente a que la civilización tenga sus horas contadas ha generado un mercado alternativo de ingenuos “felices para siempre” que se aferran desesperadamente a su confianza en el progreso ilimitado. Optimistas irredentos como el psicólogo cognitivo Steven Pinker tranquilizan a esta muchedumbre ansiosa asegurándole que la nave titánica del progreso es insumergible. Las publicaciones de Pinker le han convertido en el sumo sacerdote del progreso (1). Mientras la civilización gira alrededor del sumidero, su ardiente público se reconforta con lecturas y libros llenos de pruebas elegidas cuidadosamente para demostrar que la vida es ahora mejor de lo que nunca ha sido y que probablemente continuará mejorando. Sin embargo, cuando se le pregunta, el propio Pinker admite que “es incorrecto extrapolar que tenemos el progreso garantizado solo por el hecho de que hasta ahora hayamos progresado”(2).

Las estadísticas color de rosa de Pinker disimulan hábilmente el fallo fundamental de su argumentación: el progreso del pasado se consiguió sacrificando el futuro, y el futuro lo tenemos encima. Todos los datos felices que cita sobre el nivel de vida, la esperanza de vida y el crecimiento económico son producto de una civilización industrial que ha saqueado y contaminado el planeta para crear un progreso fugaz para una creciente clase media –y enormes beneficios y poder para una pequeña élite.

No todos los que entienden que el progreso se ha adquirido a costa del futuro piensan que el colapso civilizatorio será abrupto y amargo. Algunos estudiosos de las antiguas sociedades, como Jared Diamond y John Michael Greer, señalan acertadamente que el colapso repentino es un fenómeno raro en la historia. En The Long Descent, Greer asegura a sus lectores que “el mismo modelo se repite una y otra vez en la historia. La desintegración gradual, no una catástrofe repentina, es el modo en que finalizan las civilizaciones”. El tiempo que suelen tardar estas en apagarse y colapsar, por término medio, es de unos 250 años, y este autor no ve razones por las que la civilización moderna no vaya a seguir esta evolución (3).

Pero la hipótesis de Greer es poco sólida porque la civilización industrial muestra cuatro diferencias fundamentales con todas las anteriores. Y cada una de ellas puede acelerar e intensificar el colapso venidero además de aumentar la dificultad de recuperación.

Diferencia nº 1

A diferencia de todas las anteriores, la civilización industrial moderna se alimenta de una fuente de energía excepcionalmente rica, no renovable e irremplazable: los combustibles fósiles. Esta base de energía única predispone a la civilización industrial a tener una vida corta, meteórica, con un auge sin precedente y un descalabro drástico. Tanto las megaciudades como la producción globalizada, la agricultura industrial y una población humana que se aproxima a los 8.000 millones de habitantes son una excepción histórica –e insostenible– facilitada por los combustibles fósiles. En la actualidad, los ricos campos petroleros y las minas de carbón fácilmente explotables del pasado están casi agotados. Y, aunque contemos con energías alternativas, no existen sustitutos realistas que puedan producir la abundante energía neta que los combustibles fósiles suministraron todo este tiempo (4). Nuestra civilización compleja, expansiva y acelerada debe su breve existencia a esta bonanza energética en rápido declive que solo tiene una vida.

Diferencia nº 2

A diferencia de las civilizaciones del pasado, la economía de la sociedad industrial es capitalista. Producir para obtener beneficios es su principal directriz y fuerza impulsora. En los dos últimos siglos, el excedente energético sin precedentes proporcionado por los combustibles fósiles ha generado un crecimiento excepcional y enormes beneficios. Pero en las próximas décadas este maná de abundante energía, crecimiento constante y beneficios al alza de desvanecerá.

No obstante, a menos que sea abolido, el capitalismo no desaparecerá cuando la prosperidad se convierta en descalabro. En vez de eso, el capitalismo sediento de energía y sin poder crecer se volverá catabólico.  El catabolismo es un conjunto de procesos metabólicos de degradación mediante el cual un ser vivo se devora a sí mismo. A medida que se agoten las fuentes de producción rentables, el capitalismo se verá obligado a obtener beneficios consumiendo los bienes sociales que en otro tiempo creó. Al canibalizarse a sí mismo, la búsqueda de ganancias agudizará la espectacular caída de la sociedad industrial.

El capitalismo catabólico sacará provecho de la escasez, de la crisis, del desastre y del conflicto. Las guerras, el acaparamiento de los recursos, el desastre ecológico y las enfermedades pandémicas se convertirán en las nuevas minas de oro. El capital se desplazará hacia empresas lucrativas como la ciberdelincuencia, los préstamos abusivos y el fraude financiero; sobornos, corrupción y mafias; armas, drogas y tráfico de personas. Cuando la desintegración y la destrucción se conviertan en la principal fuente de beneficios, el capitalismo catabólico arrasará todo a su paso hasta convertirlo en ruinas, atracándose con un desastre autoinfligido tras otro (5).

Diferencia nº 3

A diferencia de las sociedades del pasado, la civilización industrial no es romana, china, egipcia, azteca o maya. La civilización moderna es HUMANA, PLANETARIA y ECOCIDA. Las civilizaciones preindustriales agotaron su suelo fértil, talaron sus bosques y contaminaron sus ríos. Pero el daño era mucho más temporal y estaba geográficamente delimitado. Una vez que los incentivos del mercado perfeccionaron el colosal poder de los combustibles fósiles para explotar la naturaleza, las funestas consecuencias fueron de ámbito planetario. Dos siglos de quema de combustibles fósiles han saturado la biosfera con un carbono que ha alterado el clima y que continuará causando estragos durante las próximas generaciones. El daño causado a los sistemas vivos de la Tierra –la circulación y composición química de la atmósfera y del océano; la estabilidad de los ciclos hidrológicos y bio-geoquímicos; y la biodiversidad del planeta entero– es esencialmente permanente.

Los humanos se han convertido en la especie más invasora jamás conocida. Aunque apenas somos un mero 0,01 por ciento de la biomasa del planeta, nuestros cultivos y nuestro ganado domesticado dominan la vida en la Tierra. En términos de biomasa total, el 96 por ciento de los mamíferos que pueblan el planeta son ganado; frente al 4 por ciento salvaje. El 70 por ciento de todas las aves son aves de corral, frente a un 30 por ciento salvaje. Se calcula que en los últimos 50 años han desaparecido en torno a la mitad de los animales salvajes de la Tierra (6). Los científicos estiman que la mitad de las especies restantes desaparecerán hacia el final del siglo (7). Ya no quedan ecosistemas vírgenes o nuevas fronteras adonde las personas puedan huir del daño que han causado y recobrarse del colapso.

Diferencia nº 4

La capacidad colectiva de la civilización humana para afrontar sus crecientes crisis se ve paralizada por un sistema político fragmentado entre naciones antagonistas gobernadas por élites corruptas a quienes preocupa más la riqueza y el poder que las personas y el planeta. La humanidad se enfrenta a una tormenta perfecta de calamidades globales que convergen. El caos climático, la extinción desenfrenada de especies, la escasez de alimentos y agua dulce, la pobreza, la desigualdad extrema y el aumento de las pandemias globales están erosionando a marchas forzadas las bases de la vida moderna.

Pero este sistema político díscolo y fracturado impide casi por completo la organización de una respuesta cooperativa. Y cuanto más catabólico se vuelve el capitalismo industrial, más aumenta el peligro de que gobernantes hostiles aviven las llamas del nacionalismo y se lancen a la guerra por los escasos recursos. Por supuesto que la guerra no es algo nuevo. Pero la guerra moderna es tan devastadora, destructiva y tóxica que poco deja detrás. Ese sería el último clavo del ataúd de la civilización.

¿Resurgiendo de las ruinas?

El modo en que las personas respondan al colapso de la civilización industrial determinará la gravedad de sus consecuencias y la estructura que la reemplace. Los desafíos son monumentales. Nos obligarán a cuestionar nuestra identidad, nuestros valores y nuestras lealtades más que ninguna otra experiencia en la historia. ¿Quiénes somos? ¿Somos, por encima de todo, seres humanos que luchamos por sacar adelante a nuestras familias, fortalecer nuestras comunidades y coexistir con otros habitantes de la Tierra? ¿O nuestras lealtades básicas son hacia nuestra nación, nuestra cultura, nuestra raza, nuestra ideología o nuestra religión? ¿Podemos dar prioridad a la supervivencia de nuestra especie y de nuestro planeta o nos permitiremos quedar irremediablemente divididos según líneas nacionales, culturales, raciales, religiosas o de partido?

El resultado final de esta gran implosión está en el aire. ¿Seremos capaces de superar la negación y la desesperación, vencer nuestra adicción al petróleo y tirar juntos para acabar con el control del poder corporativo sobre nuestras vidas? ¿Conseguiremos promover la democracia genuina, mejorar la energía renovable, retejer nuestras comunidades, reaprender técnicas olvidadas y sanar las heridas que hemos causado a la Tierra? ¿O el miedo y los prejuicios nos conducen a terrenos hostiles, a la lucha por los menguantes recursos de un planeta degradado? Lo que está en juego no puede ser más importante.

Notas:

[1] Algunos de sus libros son: The Better Angels of Our Nature and Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress.

[2] King, Darryn. “Steven Pinker on the Past, Present, and Future of Optimism” (OneZero, Jan 10, 2019) https://onezero.medium.com/steven-pinker-on-the-past-present-and-future-of-optimism-f362398c604b

[3] Greer, John Michael.  The Long Descent (New Society Publishers, 2008): 29.

[4] Heinberg, Richard. The End Of Growth. (New Society, 2011): 117.

[5] Para más información sobre el capitalismo catabólico, léase: Collins, Craig. “Catabolism: Capitalism’s Frightening Future,”CounterPunch (Nov. 1, 2018).  https://www.counterpunch.org/2018/11/01/catabolism-capitalisms-frightening-future/

[6] Carrington, Damian. “New Study: Humans Just 0.01% Of All Life But Have Destroyed 83% Of Wild Mammals,” The Guardian (May 21, 2018). https://www.theguardian.com/environment/2018/may/21/human-race-just-001-of-all-life-but-has-destroyed-over-80-of-wild-mammals-study

[7] Ceballos, Ehrlich, Barnosky, Garcia, Pringle & Palmer. “Accelerated Modern Human-Induced Species Losses: Entering The 6th Mass Extinction,” Science Advances. (June 19, 2015). https://advances.sciencemag.org/content/1/5/e1400253

Craig Collins es autor de Toxic Loopholes, sobre el sistema disfuncional de protección al medio ambiente de EE.UU. Enseña ciencia política y derecho medioambiental en la Universidad de California en East Bay y fue miembro fundador del Partido Verde de California.

Por Craig Collins | 18/03/2020

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://www.counterpunch.org/2020/03/13/four-reasons-civilization-wont-decline-it-will-collapse/

Publicado enSociedad
Al comienzo de las operaciones, las compañías del Standard & Poor’s 500 perdieron más de 2 billones de dólares en valor de mercado.Foto Afp

Nueva York. El temor a que la pandemia del nuevo coronavirus genere una recesión global se convirtió en pánico en los mercados financieros este lunes. Un día después de que el banco central estadunidense redujo prácticamente a cero su tasa de interés, medida acompañada por otras autoridades monetarias del mundo que busca estimular la actividad al reducir el costo del crédito, las bolsas se desplomaron. Por segunda vez en menos de una semana las pérdidas alcanzaron cotas históricas, que sólo se comparan con la debacle de octubre de 1987.

Los líderes del G-7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) aseguraron: “Al actuar juntos trabajaremos para resolver los riesgos para la salud y económicos causados por la pandemia de Covid-19”.

La directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, dijo que el organismo está preparado para movilizar su capacidad de crédito por un billón de dólares para apoyar a los 189 países miembros. Aseguró que cerca de 20 naciones han contactado al organismo para preguntar por los programas de financiamiento.

Nueva suspensión de operaciones

En una jornada en la que la Bolsa de Nueva York tuvo que volver a suspender operaciones momentáneamente, el índice Dow Jones cayó 12.93 por ciento –cerca de 3 mil puntos–, el Standard & Poor’s 500 perdió 11.98 y el Nasdaq bajó 12.32.

En los primeros minutos de operaciones las compañías del S&P 500 restaron más de 2 billones de dólares en valor de mercado. Es una cantidad que, comparativamente, equivale a 1.6 veces el tamaño de la economía mexicana.

Apple, Amazon y Microsoft, juntas, perdieron casi 300 mil millones de dólares.

El presidente estadunidense, Donald Trump, advirtió que es posible una recesión.

La mayoría de los observadores del mercado se están preparando actualmente ante la probabilidad de que la economía se encamine a una recesión, pero es demasiado pronto para saber su potencial alcance, mencionó Reuters.

En Europa, donde el nuevo coronavirus se mueve rápidamente, la bolsa de Madrid cayó 8.27 por ciento (la caída más fuerte de las bolsas europeas), la de Milán 6.1 y la de París 5.75.

El índice paneuropeo Stoxx 600 finalizó la sesión con una baja de 4.9 por ciento. Aerolíneas y operadores de programas de turismo, como TUI, EasyJet, British Airways, IAG, Air France y KLM, presentaron los mayores declives.

Previamente, en la región Asia-Pacífico, la bolsa de Australia se hundió 9.7 por ciento. Mientras, el índice Nikkei 225 de la bolsa de Tokio cerró con una baja de 2.46.

En América Latina las pérdidas estuvieron encabezadas por la bolsa de Colombia, con un drástico retroceso superior a 15 por ciento. El índice Bovespa, de Brasil, se derrumbó 13.92.

El oro se desplomó más de 5 por ciento, ya que los inversionistas se deshicieron de los metales para mantener efectivo.

Reuters y Afp

Martes 17 de marzo de 2020

Publicado enEconomía