Lunes, 09 Noviembre 2020 06:17

Caja vacía

Caja vacía

En un bello ensayo, por su brevedad, contenido y forma, Rafael Sánchez Ferlosio trata sobre el individuo que profesa el orden liberal y, desde ahí, plantea la tendencia progresiva del capitalismo a sustituir el "individualismo posesivo" por el "individualismo adquisitivo".

Imagina, respecto del segundo enunciado, un algo y un qué; una noción que puede expresarse como la existencia de un continente que justifique al objeto que lo llene. Esto lleva a la idea de una caja que precede a la naturaleza específica de las cosas que vayan llenándola. De ahí la denominación de caja vacía.

La caja ferlosiana no está ligada a la existencia o, incluso, a la prefiguración de algo concreto que la llene, es el punto de partida que promueve los elementos que la llenen y su justificación es, precisamente, la demanda de saciarla. "Vivimos en un mundo en que no son las cosas las que necesitan cajas, sino las cajas las que se anticipan a urgir la producción de cosas que las llenan".

En un ejercicio de alargamiento, esta noción podría aplicarse aquí a contenidos que no sean de índole material, por ejemplo, a una cuestión eminentemente política. Así, podría pensarse en las recientes elecciones en Estados Unidos que ofrecen un caso asimilable a la caja: el de la democracia; un asunto colectivo por naturaleza, pero que, finalmente, tiene por necesidad una expresión particular para los individuos.

Cuáles son hoy los elementos que exige la población, o los subconjuntos de ella, para llenar la caja de lo que todavía se llama como democracia y sobre la que al parecer se desvanece un consenso funcional.

Las circunstancias político electorales en Estados Unidos permiten formular un abanico de argumentos, obligadamente preliminares. La democracia en este caso (y otros también) puede calificarse con un adjetivo: democracia de mercado, por las enormes cantidades de dinero que exige ponerla en marcha para encontrar, primero, un candidato y luego al presidente y a los centenares de congresistas; proceso que se replica a su manera a escala estatal y municipal.

Así, la caja se va llenando. Las fuentes de ese dinero sesgan el funcionamiento del sistema político formalmente democrático. Hay personas y grupos, bien identificados, que literalmente invierten de modo abierto en la configuración de la democracia: los quienes, los qué y los cómo, incluyendo a los poderosos cabilderos de Washington. Esto no es ningún secreto, menos una conspiración, así está diseñado el sistema.

De la presidencia de Trump hay suficiente información disponible y cada uno la evaluará como prefiera. El caso es que, según los resultados de la elección, el voto mayoritario de los ciudadanos lo obtuvo Biden. Pero es una mayoría que exhibe un fenómeno social que seguirá ahí aun sin Trump. Lo relevante es que ahora podría atenderse esa situación sin un presidente manipulador, estridente, engañador y tuitero. Ésa será una condición relevante, sin duda.

Biden tiene hasta ahora una mayoría de alrededor de 4 millones del voto popular, 74 millones en total. Es obvio que el país está dividido. El triunfo es suficiente para ocupar la Casa Blanca, con obstáculos esperables para legislar y con una parte sustancial del mapa político pintado de rojo (color del Partido Republicano). Un mapa que muestra una configuración, llamémosla "translitoral", es decir, los demócratas con dominio de la costa oeste y del noreste.

Detrás de esa imagen hay un cúmulo de consideraciones, sociológicas, geográficas, religiosas, económicas, culturales y raciales. Al respecto puede verse el libro de J. D. Vance, Hillbilly Elegy : A Memoir of a Family and Culture in Crisis. Un mapa que indica que si sólo hubiese votado la población blanca, Trump habría ganado con una gran mayoría y si se tratará de la población de hombres blancos el triunfo sería completo. Esos no son datos menores en un país donde el conflicto racial sigue a flor de piel.

El triunfo de Biden no borra esas condiciones. Trump provocó al final un hartazgo en el que incidieron asuntos como la pésima gestión de la pandemia, la crisis económica asociada con ella, la permanente confrontación social; las fuertes fricciones raciales, el apoyo finalmente inequívoco al supremacismo blanco, el desdén por las repercusiones del cambio climático, las dificultades del sistema de salud, etcétera. Aun así, la mitad de los votantes lo eligieron.

En términos políticos, de los sistemas o modos de gobierno, de estilos de quienes lideran, cabe insistir en el cuestionamiento: ¿De qué se llena hoy la caja de la democracia? Una cosa parece clara y es que el contenido ha cambiado de modo significativo y por razones diversas, pero finalmente convergentes hacia un mayor tinte nacionalista, autoritario y populista. En algunas partes se aprecia todavía un mayor aguante, pero eso no conforma un dique tal que resista la marea. Habrá que ver el efecto que tenga la reciente elección estadunidense. Ésa es una gran incógnita.

El tema que desata la elección de Biden, crucial me parece, se verá con distintos ojos y con diversos ánimos en cada sociedad. Abre puertas para advertir lo que ocurre en conjuntos complejos de demografías, geografías y estructuras sociales.

1 "Las cajas vacías" en El alma y la vergüenza, Destino, Barcelona, 2000.

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Imagen ilustrativa. El desmantelamiento de cruceros en Esmirna, Turquía, el 2 de octubre de 2020.Umit Bektas / Reuters

Según Patrick Kirby, el mundo es testigo de una de las mayores recesiones en 150 años.

 

La economía mundial podría no volver nunca al ritmo de crecimiento prepandémico, opinó Patrick Kirby, el economista jefe del Banco Mundial en una conferencia digital de Moscow Exchange Forum. 

Kirby declaró que los sólidos resultados del crecimiento económico mundial en el tercer trimestre de 2020 reflejan más la contracción de la profundidad de caída de la economía que un signo del crecimiento real.

Incluso después de estos resultados optimistas, la actividad económica en muchos países se mantiene en los niveles de los peores días de las crisis. Además, la propagación del coronavirus provocó la desaceleración de los precios, dado que la demanda se ha visto más afectada que la oferta, opinó el experto del Banco Mundial.

El economista enfatizó que el mundo tendrá que recorrer un largo camino de recuperación porque la pandemia deja un umbral de problemas: interrupciones en cadenas de suministro, lastre fiscal después de las medidas de apoyo implementadas por los gobiernos, posibilidad de quiebras de los negocios afectados por la pandemia y problemas en la esfera educativa y sanitaria. Todos estos factores podrían prevenir que la economía mundial volviera a crecer a los ritmos registrados antes de la pandemia de covid-19. 

El experto dijo que, en esta situación, los bancos centrales de los países continuarían imponiendo bajas tasas de interés. Al mismo tiempo, la inflación se mantendría en un nivel bajo, dado que muchos países hoy día luchan por recuperarla desde debajo de cero. "En general es una historia triste, esperamos que esta pandemia contribuya a una de las más grandes recesiones en 150 años, comparable a la registrada durante la gran recesión o la Segunda Guerra Mundial". 

Nick Carter llega a una reunión en la oficina del primer ministro para discutir la respuesta del gobierno al brote de coronavirus.Henry Nicholls / Reuters

Publicado: 8 nov 2020 21:24 GMT

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Donald Trump, Qanon y el lado oscuro de la derecha

La secta conspirativa que se expande por el mundo

La habitan los antisemitas y racistas, se obsesiona con un gobierno secreto mundial dedicado a la pedofilia, y ve a Trump como el primero en decir la verdad, un cruzado por los pueblos.

 

Desde París. La locura se exporta muy bien, sobre todo si proviene de Estados Unidos y su origen son grupos que hacen de las teorías conspirativas un campo de acción y una deslegitimación de las democracias. Uno de esos grupos es Qanon. Se trata de una secta virtual que se comunica mediante mensajes encriptados cuyo sentido oculto millones de personas a través del mundo se encargan de descifrar. Después de prosperar en el territorio estadounidense a partir de 2017, gracias al foro 4chan, se ramificó en Canadá, Brasil, Gran Bretaña, Bélgica, Alemania y ahora llega a Francia. Ya se empiezan a ver en París algunos grafitis que representan, en rojo y en negro, la letra Q. 

Qanon es una mezcolanza de sensibilidades cuyo principal postulado consiste en creer que existe una suerte de “Estado Profundo”, tentacular e híper organizado, que controla Estados Unidos y el resto del planeta. Ese Deep State está compuesto por una elite de “criminales pedófilos satanistas” al mando del clan Clinton-Obama cuya misión esencial es, desde las sombras, boicotear la presidencia de Donald Trump e impedirle salvar al país y al mundo. Toda esta galaxia se articula en torno a los mensajes criptografiados y a una persona que se hace llamar “Q”, quien se presenta como un funcionario de Washington con acceso a altísimos niveles de seguridad en el sector de la energía. En esos mensajes, Trump aparece como un héroe investido de una misión: sanear la podredumbre de Hollywood, la pedofilia y la corrupción, y devolverle la grandeza a Estados Unidos. Quienes alimentan esta red han logrado plasmar uno de los mitos más estrafalarios de la actualidad y convencer con él a millones de personas a lo largo del planeta.

François es un miembro francés de esta trama y solía instalarse con frecuencia ante su computadora para deleitarse con la página francófona que el grupo abrió en Facebook, 17FR, cerrada por Facebook el 6 de octubre. ”Ni profetas, ni fachos. Lúcidos. Trump es el único soldado que ha osado enfrentar a esa secta pedosatánica que se esconde en las administraciones”, afirma François con mucha autoridad. ”Cuando uno de nosotros va, vamos todos”, dice su slogan principal. La pandemia y todas las teorías conspirativas que circulan en torno al coronavirus han acrecentado su influencia a escala planetaria. Para este joven francés Qanon no es una secta sino “una perspectiva de transformación completa del mundo. Trump no ha mentido. Contrariamente a los demás dirigentes del mundo, Donald Trump cumplió con sus promesas”. 

Esta teoría conspirativa global tiene a la extrema derecha como inspiración y ha sabido infiltrar a los movimientos que se oponen al Estado, a los militantes contra los oligopolios, a un sector de las extremas izquierdas y a los individuos que sienten una profunda desconfianza en las instituciones democráticas. En Francia, los primeros grafitis de Qanon aparecieron justamente entre 2018 y 2019 durante las manifestaciones de los chalecos amarillos. El pasado 6 de septiembre, en el curso de una manifestación contra la pedocriminalidad, varios de sus miembros franceses iban mezclados a los manifestantes. Entre ellos estaba Jérémie, un abogado recién egresado para quien “ya no se puede negar que existe una elite globalizada, tan corrupta como viciosa, que conspira contra los valores. Ahí está el partido demócrata de Estados Unidos, Georges Soros, el Príncipe Andrew y su gran amigo violador de mujeres, Jeffrey Epstein, y también Bill Gates”.

La pandemia y la desconfianza que esta hizo prosperar hacia el Estado, el liberalismo, los laboratorios multinacionales (los “Big Pharma”) o las medidas de protección social ampliaron considerablemente su audiencia. No es una casualidad el hecho de que, en casi todos los países donde Qanon está muy activo, los antimáscaras adhieren a sus teorías complotistas. La doctora Eve Engerer fue suspendida por el Colegio Médico de Francia a raíz de que, en Facebook, difundió un falso certificado médico que permitía a la gente no usar las máscaras. Esta doctora de la región francesa de Alsacia considera que la “máscara es un ritual de los pedo-satánicos. Es un acto de sumisión”. La suspensión que le impusieron le importó un bledo porque, dijo, “juré ante Dios y por Hipócrates, no ante Bill Gates y Big Pharma”.

Su retórica es la misma que circula en los portales de Qanon a través del planeta: el presidente norteamericano es el jinete de la salvación y el infectólogo francés Didier Raoult, el promotor de la cloroquina, su mano derecha”. Jérémie acota al respecto: "Antes de Trump, todos los mandatarios fueron marionetas, unos títeres cobardes de esa elite sumergida en la profundidad del Estado que tiene sólo dos intereses: ganar toda la plata del mundo y celebrar sus cultos pedosatánicos”. El portal francés de Qanon y su pagina en YouTube (Dissept.com y DéQodeurs) reproducen con repetitiva eficacia la temática del complot de esa elite. Ambos portales cuentan con decenas de miles de seguidores y bajo su ascendente se han creado muchos más con una retórica similar. En Francia, Alemania, Canadá o Estados Unidos esos portales siguen el hilo de los mensajes de Q y la filosofía de su contenido.

La primera cruzada parece tomada del lenguaje de la izquierda. Para ellos existe un complot “de los medios dominantes”. La salvación primera es leer los mensajes de Q e interpretar su sentido. Aquí, afirma el portal francés, encontrará “información verificada, cierta, autentica, no manipulada”. Ocurre que esas informaciones “verificadas” son un catálogo de disparates y aserciones fantasmagóricas sin prueba alguna. Pero funciona. François, el primer Qanon francés, explica en la más pura tradición trumpista que ”lo que dicen los medios es todo un fake colosal. Ellos nunca hablan de la otra realidad porque protegen a la secta pedosatánica que les paga el salario. Son agentes de la misma orgia encubierta”. 

Qanon funciona como una metateoría que se mueve como un camaleón: se adapta al país en el que se despliega. Por ello puede modificar su narrativa según la región del mundo donde va ganando adeptos. La elite pedófila y el Partido Demócrata en los Estados Unidos, el Estado tramposo y “cómplice” de las multinacionales en Francia, la “invención de la covid-19 como instrumento de sometimiento de la sociedad en Alemania, etc, etc. ”Les DéQodeurs nos explican extraordinariamente bien el sistema mundial y las elites que nos dirigen”, afirma uno de los Canales YouTube afiliados a esta galaxia.

Más allá de los mensajes del gurú Q, Qanon carece de estructura piramidal. Este flujo se articula un poco por adhesión metódica en torno a valores donde no faltan los platos fuertes de la extrema derecha como al antisemitismo o los anti musulmanes. Jérémie, el segundo Qanon francés, nos explica que ese mundo Q “nos deja en libertad, no nos inculca ideologías, sino que nos muestra lo que está detrás del telón y nos permite que busquemos el secreto por nosotros mismos. Somos exploradores de la verdad verdadera sin que haya un guía diciéndonos lo que debemos hacer. Nadie puede ser tan inocente como para no percibir que detrás de teatro democrático existe una entidad secreta y viciosa que gobierna el mundo. Cuanto más numerosos seamos los Qanon, más rápido los vamos a desenmascarar. La poderosa injusticia que sentimos todos y que vimos en directo con los chalecos amarillos es promovida por esa elite del Deep state”. François completa su pensamiento y alega: ”pronto vendrá el día del Gran Despertar". Los Q designan con esa expresión el esperado gran momento del “despertar” global”, o sea, cuando esas “elites manipuladoras serán vencidas”.

Qanon es un producto genuino de la subcultura de internet y ha crecido mundialmente como una enredadera en la pared de las fallas democráticas y la ingenuidad de la sociedad. Postula cualquier cosa: desde que la superficie de Venus no existe, pasando a que el asesinato del ex presidente John Fitzgerald Kennedy fue un simulacro, la afirmación según la cual todas las pruebas sobre la trama rusa son un montaje de las elites pedófilas diseñado para perjudicar a Trump, hasta que Bill e Hillary Clinton manejan una fundación que roba dinero del Estado y se dedica al tráfico de niños del tercer mundo, en especial de Haití. 

En los últimos meses, sobre todo en Estados Unidos, Canadá y Alemania, han participado en actos violentos como la toma del Reichstag, en Berlín, en agosto de 2020. El éxito sorprende incluso a sus portavoces en Europa. Léonard Sojli, el animador del portal francés Dissept.com y del canal YouTube DéQodeurs, reconoce que “si bien fundé el portal en marzo pasado, desde el mes de junio el canal y el portal explotaron hacia arriba”. Sojli asegura, no obstante, que ”no tengo la intención de convertirme en un gurú con miles de personas que me siguen. La particularidad de Qanon reside en que no es ni de izquierda ni de derecha, que hay todo tipo de gente, desde abogados, policías, bomberos, médicos o amas de casa. Nosotros no somos guías y siempre estamos defendiendo la autonomía intelectual”. 

François, Jérémie o Léonard Sojli nunca han tenido tanta fe como ahora. Para ellos, el “Storm” (la tempestad) está muy cerca: ”el mundo será pronto más libre, más justo y más limpio”, asegura François lleno de emoción. El rey de la elite corrupta y evasora de impuestos, Donald Trump, ha conseguido convencer a millones de personas que él es el elegido para limpiar a esos “satanes sin moral”. La extensión global de Qanon es una prueba más de que nuestros sistemas democráticos están en una zona muy peligrosa, donde ya no los amenaza un tirano, sino la tiranía sutil de la mentira, la manipulación, el delirio la estafa moral y la ilusión de una metamorfosis esencial. ”De alguna manera –dice Jérémie—nuestro lema puede traducirse como 'todos para uno, uno para todos' (Where We Go One We Go All). Allí donde vamos somos una multitud. Eso quiere decir que hemos dejado de ser un pueblo de solitarios”.

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Clases subalternas, luchas sociales e insurgencias populares tras las pistas de Gramsci

Alrededores de Sevilla, invierno de 1936: se acercan las elecciones españolas.

Anda un señor recorriendo sus tierras, cuando un andrajoso se le cruza en el camino.

Sin bajarse del caballo, el señor lo llama y le pone en la mano una moneda y una lista electoral.

El hombre deja caer las dos, la moneda y la lista, y dándole la espalda dice:

‒En mi hambre, mando yo.

Eduardo Galeano, Peligro en el camino.

 

Al leer los Cuadernos de la Cárcel, resulta casi imposible no dejarse instigar por la forma como Gramsci valoriza los impulsos de rebelión y los “trazos de iniciativa autónoma” de los de abajo. Con su lupa de historiador integral parece buscar los movimientos de los subalternos en los márgenes de la historia, pero para romper su cerco: como movimientos populares de masas que puedan asumir el desafío de la construcción de la hegemonía. Gramsci nos dejó un conjunto de criterios metodológicos, pero también innumerables pasajes de interpretación de la actuación de las masas trabajadoras y campesinas de Italia, donde observamos estos instrumentos en pleno funcionamiento. No siempre con una delimitación teórica unívoca; por momentos, más próximo de un trabajador manual que busca los instrumentos para “abrir” la realidad, pero con la certeza de quien busca las fuerzas subjetivas de los procesos históricos. Tuvo siempre como referencia irrefutable el protagonismo de las masas trabajadoras, de cuya trinchera organizativa formó parte como dirigente.

¿Por qué reivindicar esta interpretación para reconstruir a los movimientos de las clases subalternas en los días actuales? La categoría de subalternidad –presente en los conceptos de clases y grupos subalternos– nos es tan necesaria porque posee una amplitud y una suerte de movilidad (interna) que nos permite identificar, valorizar, descifrar y comprender momentos diferenciados de la actuación de estos grupos, en el contexto de la lucha hegemónica. Al repasar la historia de los grupos subalternos, Gramsci no constata de forma inamovible la dominación, ni celebra identidades coaguladas, pues la subalternidad es un estado a ser superado. Pero Gramsci también se pregunta por los sujetos del antagonismo de clases desde la pedagogía de la pregunta (Ouviña, 2012): “¿por qué perdimos? La pregunta va a retumbar en el silencio del encierro de la prisión fascista y será el motor de su ansia por conocer el mundo de los subalternos en clave de su posible expresión antagónica. De ahí la importancia de la perspectiva de la subalternidad para descifrar la diversidad de los grupos subalternos, pero también para pensar los momentos de derrota y los contextos de reflujo de los movimientos, para reabrir la confrontación hegemónica en los tiempos futuros (Modonesi, 2010)

Para reconstruir el movimiento de las clases subalternas

Proponemos reconstruir la categoría de subalternidad, privilegiando su abordaje como fenómeno de clase, relacionada con procesos colectivos y sociales (Liguori, 2011 y 2015). Por lo tanto, no es sinónimo de grupos oprimidos, dominados o identidades diversas. Su vida fragmentada es expresión de la situación de explotación y opresión en que se encuentran: no se trata de una condición a ser preservada o afirmada, sino superada hegemónicamente (Durante, en Del Roio, 2017 y 2018).

¿Quiénes son las clases y grupos subalternos?Al leer las fragmentarias notas sobre los grupos subalternos en los Cuadernos de la Cárcel, parecería que Gramsci está ensayando un concepto de clase que tiene que ser lo suficientemente amplio como para dar cuenta de la diversidad, pero también útil para captar impulsos de rebeldía diferenciados en las masas trabajadoras y campesinas.

En los análisis de Liguori (ibidem) se destacan dos acepciones: a) como un concepto que nos permite pensar en segmentos de clase diferenciados que aún no son hegemónicos (desde segmentos de clase fundamentales, como el proletariado industrial, hasta segmentos de clase marginales y periféricos); b) como un término dialécticamente relacionado pero opuesto al de “dominante”: clases subalternas en oposición directa al concepto de clase dominante.

Gramsci observa, simultáneamente, con el mismo instrumento conceptual, una diversidad de relaciones de clase: desde los campesinos y trabajadores agrícolas –olvidados por la ausencia de una reforma agraria durante el Rissorgimento, sometidos a diversos sistemas de explotación de la tierra (Boothman, en Del Roio, 2017)– hasta los trabajadores del corazón industrial de Turín. Pero también está interesado en descifrar los procesos de subordinación, al delimitar el término en un campo opuesto (pero dialécticamente relacionado) al de los grupos “dominantes”. Lo interesante es que estos procesos de subordinación suceden dentro y más allá del ámbito de la producción, abarcando grupos sociales subalternos –camadas sociales que no siempre pueden ser definidas como segmentos de clase propiamente dichos– que tienden a sufrir la iniciativa de la hegemonía burguesa. Sin embargo, es en las brechas de la subordinación que surgen los impulsos de rebeldía y los elementos de antagonismo social de este heterogéneo mundo popular –pues se trata de segmentos con diversa capacidad organizativa y de conciencia. Modonesi (2010: 37) identifica en Gramsci un esfuerzo de conceptualizar la experiencia de la subordinación, con todas sus contradicciones: “El concepto de subalterno permite centrar la atención en los aspectos subjetivos de la subordinación en un contexto de hegemonía: la experiencia subalterna, es decir, en la incorporación y aceptación relativa de la relación de mando-obediencia y, al mismo tiempo, su contraparte de resistencia y de negociación permanente”.

Con un mismo concepto, Gramsci refleja la preocupación de mostrar un conjunto diverso de segmentos de la clase que tienen en común el hecho de no ser hegemónicos y, al mismo tiempo, los procesos de subordinación que los silencian, produciendo inclusive impulsos de rebeldía de radicalidad diferenciada. Tal como alerta Liguori (2015), con el par hegemónicos/subalternos, Gramsci nos ofrece categorías más amplias que entrelazan mejor la posición social y la subjetividad, el elemento estructural y el elemento cultural e ideológico. Es una perspectiva que nos permite abordar a los explotados y oprimidos en un sentido amplio, pues los antagonismos de clase son iluminados por nuevas determinaciones, más allá de los conflictos del mundo del trabajo: “Gramsci fue más allá de las clases fundamentales del capitalismo y descubrió, en el silencio de la historia de las camadas subalternas, las dimensiones culturales que no podían incorporarse simplemente al concepto de proletariado europeo, blanco y masculino. Gramsci no abandonó la centralidad de la clase trabajadora definida por la inserción en las relaciones de producción capitalista. La subalternidad era una dimensión acrecentada, que permitía cruzar las diferentes formas de sujeción de trabajadoras y trabajadores en un sentido amplio” (Secco, en Del Roio, 2017: 16).

¿Cómo se mueven las clases subalternas?

Queriendo descifrar las particularidades de la lucha de clases en Italia, Gramsci se sumerge en la acción caótica y episódica de los grupos subalternos –aún “no dominantes”, “no hegemónicos”. Lejos de designar atributos fijos, intenta pensar en su dinámica de movimiento: ¿cómo se rebelan? ¿será que pueden tornarse fuerzas antagónicas al capital? ¿Cómo superan el estado de subalternidad? Así, pasa a esbozar características y criterios metodológicos que aparecen, a veces enunciados, a veces en pleno funcionamiento en su análisis de las masas populares. En sus palabras:

“La historia de los grupos sociales subalternos es necesariamente desagregada y episódica. Es indudable que, en la actividad histórica de estos grupos, existe una tendencia a la unificación, aunque en términos provisorios, pero esta tendencia es continuamente destruida por la iniciativa de los grupos dominantes […]. Los grupos subalternos sufren siempre la iniciativa de los grupos dominantes, incluso cuando se rebelan e insurgen: sólo la victoria ‘permanente’ rompe, y no inmediatamente, la subordinación. En realidad, incluso cuando parecen victoriosos, los grupos subalternos están en estado de defensa, bajo alerta […]. Por eso, todo trazo de iniciativa autónoma por parte de los grupos subalternos debe ser de valor inestimable para el historiador integral” (Gramsci, 2002: 135).

Más allá de esta primera caracterización, es interesante observar el esfuerzo gramsciano por valorizar los “trazos de iniciativa autónoma”, ya sea como expresiones más espontáneas (especialmente en sus segmentos marginales y periféricos), o como insurgencias con potencialidades de unificación y construcción de otra hegemonía. En una cuidadosa búsqueda de los impulsos de autonomía presentes en el mundo popular, en su variada radicalidad, Gramsci señala: “Hay, por lo tanto, una ‘multiplicidad’ de elementos de ‘dirección consciente’ en estos movimientos, pero ninguno de ellos es predominante o supera el nivel […] del sentido común” (2000b: 194). Y al volver a la experiencia del movimiento turinense afirma: “Este elemento de ‘espontaneidad’ no fue descuidado, mucho menos despreciado: fue educado, orientado, […] para tornarlo homogéneo en relación con la teoría moderna, pero de una manera viva, históricamente eficiente” (ibidem, 196). Aquí, las clases subalternas fundamentales (a través de su instrumento político) tendrían la función de dar una dirección consciente a los movimientos espontáneos, para romper con la subalternidad y evitar posibles escenarios de reacción.

Pero hay más. Con su lupa, Gramsci busca momentos de antagonismo y potenciales impulsos de rebelión en las más variadas expresiones culturales de las masas, valorando áreas de subjetivación cuya politicidad no solía ser reconocida (Modonesi, 2010). No por casualidad afirmará que toda relación de hegemonía es una relación pedagógica. Al sumergirse en la ideología de las clases subalternas, en las formas contradictorias como construyen su identidad de clase, se preguntará por el “núcleo saludable del sentido común”; por el significado de la cultura popular y el folclore; de la religiosidad; del lenguaje; de los “elementos de la psicología popular”; sobre “las aspiraciones más elementales y profundas de los grupos subalternos” (2002: 143). Si las masas “sienten” y “razonan con la experiencia” (Dias, en Del Roio, 2017: 73), es al sumergirse en ellas que el historiador integral puede entender y extraer pistas para la construcción de nuevas relaciones hegemónicas: no para celebrarlas en su expresión desagregada, sino para elevarlas, promoviendo su progreso a través de una reforma intelectual y moral que deshaga el dominio ideológico de la burguesía. He aquí su invitación:

“El elemento popular ‘siente’, pero no siempre entiende o sabe; el elemento intelectual ‘sabe’, pero no siempre entiende y, menos aún, ‘siente’. […] El error del intelectual consiste en creer que se puede saber sin comprender y, principalmente, sin sentir y estar apasionado (no sólo por el conocimiento mismo, sino también por el objeto del conocimiento), es decir, en creer que el intelectual puede ser un intelectual (y no un mero pedante), incluso cuando se distingue y se diferencia del pueblo-nación, es decir, sin sentir las pasiones elementales del pueblo, comprendiéndolas y, por lo tanto, explicándolas y justificándolos en determinada situación histórica, así como relacionándolas dialécticamente con las leyes de la historia” (1999: 221).

Como buen intelectual orgánico de las clases subalternas, entiende, a la luz de la experiencia histórica, que la creación de una cultura antagónica (y subjetividad) – la “conquista colectiva del mismo clima cultural” (ídem, p. 399) – es un momento central en la lucha anticapitalista: “Crear una nueva cultura no significa sólo hacer descubrimientos ‘originales’ individuales; significa también, y sobre todo, difundir críticamente las verdades ya descubiertas, ‘socializarlas’ […] transformarlas en la base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral” (ibidem: 96).

Gramsci nos ofrece también criterios metodológicos que funcionan como una lente para cualificar las fases a través de las cuales los grupos subordinados podrían adquirir autonomía; una suerte de guía para leer su existencia objetiva; sus diferenciaciones internas; su representación política; sus niveles de politización y organización. Para identificar este “grado de conciencia histórico-político al que estas fuerzas innovadoras han llegado progresivamente”, se necesitan dos parámetros: a) investigar e identificar las fases a través de las cuales se adquiere autonomía en relación a los enemigos (“separación”); b) adhesión de los grupos que las ayudaron de forma activa y pasiva, es decir, la capacidad de “unificar en torno de sí al pueblo” (Gramsci, 2002: 141).

De esta forma, al analizar el significado de la actuación de las clases subalternas, Gramsci identifica diferentes momentos de extrema utilidad para entender las luchas sociales:

  • Valoriza los núcleos de contestación a partir del llamado “espíritu de cisión”: las pequeñas “chispas” del descontento popular, las rebeliones y las insurgencias, dando visibilidad a reivindicaciones concretas, pero buscando elevar los núcleos de dirección consciente, presentes en las manifestaciones más espontáneas;
  • Señala la necesidad de su expresión antagónica: por lo tanto, su capacidad de “separación” de los grupos dominantes;
  • Busca entender su capacidad de unificación “en torno de si” (formando movimientos de masas), es decir, su capacidad de dirección hegemónica en relación con otros grupos: “entre los grupos subordinados, uno ejercerá o tenderá a ejercer una cierta hegemonía a través de un partido” (ibidem, 140).

Este proceso aparece retratado en un pasaje clásico: “¿Qué se puede contraponer, por parte de una clase innovadora, a este formidable complejo de trincheras y fortificaciones de la clase dominante? El espíritu de cisión, es decir, la conquista progresiva de la conciencia de la propia personalidad histórica, espíritu de cisión que debe tender a expandirse de la clase protagonista a las clases aún potenciales: todo esto requiere un trabajo ideológico complejo” (Gramsci, 2000a, 79).

Esta misma preocupación vuelve a aparecer al analizar diferentes momentos en la “relación de fuerzas” políticas, proponiendo considerar el grado dehomogeneidad, autoconciencia y organización alcanzado por los diversos grupos sociales. De esta forma, nos ofrece un parámetro para comprender los diversos momentos de la conciencia política colectiva de los grupos subalternos: el primer momento económico-corporativo, donde “se siente la unidad homogénea del grupo profesional y el deber de organizarlo, pero aún no la unidad del grupo social más amplio” (Gramsci, 2000b: 41); un segundo momento “en el que se alcanza la conciencia de solidaridad de intereses entre todos los miembros del grupo social, pero todavía en el ámbito puramente económico” (ibidem) (la cuestión del Estado ya aparece, pero en los marcos existentes, en el ámbito de lograr una igualdad jurídica y política con los grupos dominantes); un tercer momento en el que se entiende que los propios intereses corporativos pueden y deben convertirse en intereses de otros grupos subordinados: la fase más estrictamente política y universal.

Por último, algunas observaciones que se relacionan con la tradición política y teórica de la que Gramsci formaba parte. Aun extremamente actuales, aunque en condiciones históricas radicalmente diferentes: la subalternidad es un estado a superar, teniendo como premisa la necesaria unificación de las clases subalternas a través de un instrumento político que teja esta universalidad y las prepare para la lucha por la hegemonía, para la conformación de un nuevo Estado (y su posterior extinción). Vamos a desagregar esta afirmación en todos sus significados:

La subalternidad es un estado a superar, requiriendo instrumentos y momentos de unificación de los grupos subalternos desde una perspectiva de clase. No parece haber en Gramsci lecturas que propongan una uniformidad de los sujetos diversificados que los componen, pero queda claro que su autonomía sólo puede ejercerse en la unidad, para neutralizar tendencias apaciguadoras que buscan su abolición y esterilización (Secco, en Del Roio, 2017); para disolver los mecanismos de subordinación que los mantienen fragmentados y desarman las luchas por la hegemonía. Las clases subalternas se rebelan, pero esto no es suficiente, de ahí la necesidad de los elementos de dirección consciente proporcionados por la experiencia del partido político de clase. Este instrumento jamás podría ser una “dirección arbitraria” o una estructura separada, sino que debería surgir de una relación dialéctica con las masas (una suerte de dialéctica partido-movimientos) (Liguori, 2015). Como proceso educativo, la vida colectiva y la autoorganización de la clase alimentarían el movimiento del partido, consolidando un instrumento que se estructuraría a partir de las luchas sociales de las masas trabajadoras. Dirigente y educador de las masas, pero originado y educado por las masas de las que es un producto. Funcionaría como un instrumento capaz de canalizar la rebeldía de los subalternos, tejiendo impulsos de enfrentamiento del orden, promoviendo una reforma intelectual y moral que niegue la subalternidad, uniendo y liderando una alianza de clases y grupos sociales (Green, 2016; Schlesener, en Del Roio, 2017; Del Roio, 2018).

Los impulsos de rebeldía presentes en las clases subalternas deben ser comprendidos en el contexto de las luchas por la hegemonía. Protagonizan insurgencias y rebeliones, pero deben organizarse; tornarse orgánicas; prepararlas en su disposición para la lucha (superando el espontaneísmo); consolidándose como movimientos de masas. Esto significa que la lucha pulsa, pero no en un plano meramente corporativo, sino a un nivel político-universal – requiriendo cualidades excepcionales de paciencia y espíritu inventivo. Cualidades a ser ejercitadas en las fortalezas y casamatas que custodian la hegemonía burguesa a través de la guerra de posición. Es una lucha que requiere la progresiva elevación intelectual de las masas y la organización de los grupos subalternos en cuanto clase; de ahí el papel pedagógico desarrollado por los movimientos, los partidos y otros instrumentos organizativos. Entre los impulsos de rebeldía y las luchas por la hegemonía, hay un largo camino por recorrer que debe abrirse en clave de la “correlación de las fuerzas políticas”, de la que hablamos páginas atrás.

Para salir de los márgenes de la historia, las clases subalternas deben tornarse Estado. Dijimos que clases subalternas es un concepto opuesto al de clase dominante, estando su condición ligada a “una función desagregada de la sociedad civil”, al hecho de no ser Estado. De allí que superarla implica el desafío de tornarse Estado, elaborando una propuesta de reorganización de toda la estructura nacional y provocando rupturas en su esencia de clase: afirmando la “autonomía integral”, aglutinando y unificando en torno de sí a las diversas fuerzas populares, poniendo “las grandes masas populares en contacto con el Estado” (Gramsci, 2002: 93).

Nuevas determinaciones para descifrar las luchas del tiempo presente

La riqueza de la categoría de subalternidad también deriva de su capacidad de iluminar un análisis más amplio de las clases y de la propia lucha de clases, permitiendo una apertura categorial que permite ensanchar y pluralizar estas concepciones (Liguori, 2011 y 2015; Semeraro et al., 2013; Del Roio, 2017 y 2018; Secco, en Del Roio, 2017). Inclusive afirmando que “la hegemonía nace de la fábrica”, podemos pensar que hay en Gramsci pistas para entender el movimiento de las clases subalternas, más allá del ámbito de la producción, dando visibilidad a los procesos de subordinación que operan en la disputa por la hegemonía. Gramsci nos permite ampliar la noción de clase porque los subalternos están más allá del espacio de la dominación de la fábrica, de ahí que en el contexto estructural de la explotación capitalista (y la subordinación económica) podamos entender otras formas de sujeción que afectan a diversos grupos sociales explotados y oprimidos (Secco, en Del Roio, 2017).

Vale la pena un pequeño paréntesis. No hay dudas acerca de la necesidad de trabajar con una noción de clase que exprese su diversidad actual, relacionada con diferentes formas de explotación del trabajo, pero que forman parte del mismo circuito de producción del valor. Desde una perspectiva de totalidad, supone también dar visibilidad a los circuitos de explotación y expropiación que producen diversos antagonismos sociales. Gramsci nos permite añadir otro elemento, en la medida en que al problematizar la subalternidad nos remite a los efectos de la subordinación al capital más allá de la esfera de la producción, y, por lo tanto, afectando también a grupos sociales expropiados y oprimidos más allá de su condición de trabajadores.

Por ello, sería un error entender conflictos, luchas y movimientos sociales que no derivan directamente del mundo de la producción de forma desvinculada de la dinámica de la sociedad de clases, o considerar tan sólo dimensiones culturales de la opresión y de la identidad de los subalternos, sin reconstruirlos dentro de los antagonismos de clase. Pero también sería un equívoco pensar que las luchas de los subalternos podrían tener un lugar secundario en relación con la lucha de clases, como si sus reivindicaciones pudieran ser verdaderamente resueltas sin antagonismo con el capital. Por ejemplo, las luchas de las mujeres contra el patriarcado no deben entenderse como externas o secundarias en relación con las luchas de clase: si las luchas feministas ponen al descubierto el hecho de que la explotación del trabajo reproductivo es un momento central para el capital, éstas producen una conciencia teórica que resulta importante no sólo para las mujeres, sino también para los procesos de construcción de una reforma intelectual y moral. Los procesos de construcción de la subalternidad de las mujeres en la sociedad capitalista patriarcal son inseparables de las necesidades de la acumulación; por lo tanto, sus luchas no podrían abandonar el estado de subalternidad sin causar rupturas en los antagonismos de clase. Es una apuesta por entender a los movimientos feministas en el campo de las relaciones de hegemonía (Durante, en Del Roio, 2017).

Encontramos en Gramsci pistas que nos permiten entender momentos y sujetos diferentes del antagonismo de clases, que forman parte de una misma totalidad – aunque no siempre aparezcan de manera articulada en la conciencia y en la práctica histórica de los subalternos. A pesar de la interdependencia dialéctica (como en las interpretaciones de Clovis Moura) entre los procesos de colonización de América Latina y la acumulación primitiva que empujó el ascenso del modo de producción capitalista, es difícil encontrar análisis que reconstruyan la simultaneidad dialéctica de diversos sujetos que fueron capaces de desnudar y enfrentar diferentes expresiones de los antagonismos de clase, ya sea en la periferia, o en el corazón del capitalismo central: geográficamente distantes; con formas políticas y sujetos diferentes, pero partes simultáneas de la misma totalidad de la explotación capitalista. José Carlos Mariátegui fue otro intelectual que reflexionó en esta misma dirección, relacionando la subalternidad indígena con el problema de la tierra (y la particularidad de las relaciones de clase en Perú), utilizando una noción ampliada de clase. Es por esta razón que la noción de clases y grupos subalternos puede ser útil para comprender sujetos colectivos, característicos de la periferia capitalista, presentando importantes confluencias con movimientos e insurgencias populares históricas o contemporáneas, como sugieren los análisis de Liguori (2015) o Semeraro (2013).

¿Como salir de los márgenes de la historia? Algunas conclusiones provisorias

La categoría de subalternidad es extremadamente útil para descifrar el universo de las insurgencias populares en su capacidad para alimentar la construcción de procesos de hegemonía. Es una perspectiva teórico-metodológica y política fundamental para aquellos que quieren entender expresiones de rebeldía inmediata; la organización de movimientos populares; reflexionar sobre el significado de los procesos de autoeducación y elevación intelectual de las masas. Pero también nos advierte sobre los riesgos de su esencialización, como si su capacidad disruptiva fuera automática en relación con conflictos y antagonismos (Modonesi, 2010).

Gramsci nos inspira a pensar que el trabajo manual del historiador integral es el de reconstruir estas subjetividades colectivas a la luz de las luchas, pero inmersas en la experiencia contradictoria de la dominación, en los laberintos de las relaciones entre rebeldía y obediencia. Es apostar por el conocimiento de las clases subalternas, partiendo de sus impulsos de rebeldía inmediata, indagando su potencial capacidad político-organizativa; la capilaridad de sus luchas en los territorios y periferias; identificando la “conciencia teórica” presente en sus actividades; su potencialidad para la realización de la “gran política” (Semeraro, 2013).

Afirmamos también que esta categoría nos proporciona una cierta movilidad para capturar diferentes momentos en el proceso de tornarse clase de los grupos subalternos. Es lo suficientemente amplia como para permitirnos valorar desde tímidos trazos de iniciativa autónoma hasta momentos de rebelión e insurrección; porque ilumina la necesidad de la expresión antagónica de los subalternos (sin despreciar los elementos espontáneos, sino educándolos, orientándolos); porque señala el desafío de la construcción de movimientos de masas, pero en la perspectiva de la unificación del conjunto de las clases subalternas; porque no celebra impulsos coagulados de autonomía, sino que muestra que para salir de los márgenes de la historia es necesario romper con la subordinación y asumir el desafío de la disputa por la hegemonía; pero muestra que esta tarea de unificación se hace a muchas manos, distante de cualquier construcción política de minorías. Al proponer un balance del movimiento de Turín, nuestro intelectual afirmaba: “Esta unidad de ‘espontaneidad’ y ‘dirección consciente’ […] es exactamente la verdadera acción política de las clases subalternas como política de masas y no simples aventuras de grupos que invocan a las masas” (2000b: 196).

Las luchas, los movimientos populares y los procesos organizativos de los y las de abajo son fundamentales para la unificación de las clases subalternas, para su constitución como clase, para la realización de la reforma intelectual y moral para una nueva hegemonía. Podemos extraer de Gramsci preguntas que nos guían: preocupaciones, claves analíticas e hipótesis de trabajo para indagar al mundo de los subalternos, desde la perspectiva de su expresión antagónica. Una apuesta por ubicarlos en el tablero de la guerra de posición. ¿Cuáles son los instrumentos organizativos capaces de cumplir este papel pedagógico? ¿Cómo reconstruir el espíritu de escisión? ¿A partir de qué referencias culturales y organizativas es posible reconstruir la identidad de clase? ¿Qué organismos populares son capaces de arrancar influencias regresivas que operan en la sociabilidad contemporánea de las masas y promover su elevación cultural? ¿Cómo disolver el consenso y la movilización en torno a valores retrógrados que proliferan en tiempos de reacción? ¿Quién organiza a los subalternos? ¿Cómo se organiza el conformismo social? ¿En qué consiste el aparato cultural de la hegemonía burguesa que opera cimentando la subalternidad?

Es importante volver a poner la lupa sobre los elementos de la cultura popular, en las expresiones de rebeldía espontánea, en los organismos de autorganización y en los posibles momentos de unificación. Sumergirnos en el universo de las insurgencias populares para rescatar y valorar el espíritu de escisión, para iluminar los momentos en que los grupos subalternos puedan finalmente afirmar: “¡en mi hambre, mando yo!”.

Katia Marro es docente de la Carrera de Servicio Social de la Universidad Federal Fluminense (Rio das Ostras, Brasil).

Por Katia Marro

22 octubre 2020

 

Referencias

Coutiño, Carlos Nelson (1999) Gramsci. Um estudo sobre seu pensamento político. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

__________ & Teixeira, Andreia (Org.) (2003) Ler Gramsci, entender a realidade. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

Del Roio, Marcos (Org.) (2017) Gramsci: periferia e subalternidade. São Paulo, Edusp.

__________ (2018) Gramsci e a emancipação do subalterno. Editora UNESP.

Gramsci, Antônio (1999) Cadernos do Cárcere. Volume 1. Introdução ao estudo da filosofia. A filosofia de Benedetto Croce. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira, 1999.

__________ (2000a) Cadernos do Cárcere. Volume 2. Os intelectuais. O princípio educativo. Jornalismo. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

___________(2000b) Cadernos do Cárcere. Volume 3. Maquiavel. Notas sobre o Estado e a política. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

___________(2002) Cadernos do Cárcere. Volume 5. O Risorgimento. Notas sobre a história da Itália. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

Green, Marcus (2016) “Gramsci e as lutas subalternas hoje: espontaneidade e organização política”, Revista Outubro. Revista do Instituto de Estudos socialistas, nº 25, p. 53-81, março de 2016. Disponible en http://outubrorevista.com.br/wp-content/uploads/2016/03/3_Green-traducao.pdf (consultado el 25 de junio de 2020).

Liguori, Guido (2011) “Tre accezioni di “subalterno” in Gramsci”, Revista Critica marxista, Roma, Dedalo, 6, p 33-41, 2011. Disponible en https://criticamarxistaonline.files.wordpress.com /2013/06/6_2011liguori.pdf (consultado el 20/02/20).

__________(2015) “Classi subalterne” marginali e “classi subalterne” fondamentali in Gramsci”, Revista Critica Marxista. Roma, Dedalo, 4, p. 41-48, 2015. Disponible en http://igsarchive.org/article/classi-subalterne-marginali-e-classi-subalterne-fondamentali-in-gramsci/ (consultado el 10/02/20).

Mattos, Marcelo Badaró (2019) A classe trabalhadora, de Marx ao nosso tempo. São Paulo: Boitempo.

Modonesi, Massimo (2010) Subalternidad, antagonismo y autonomía: marxismos y subjetivación politica. Buenos Aires: Clacso/Prometeo.

Semeraro, Giovanni et al (2013) Gramsci e os movimentos populares. Niterói, Editora da UFF.

Simionatto, Ivete (2009) “Classes subalternas, luta de classe e hegemonia: uma abordagem gramsciana”, Revista Katalysis. Universidade Federal de Santa Catarina, Florianópolis,12, vol. 1, p. 41-49.

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Martes, 20 Octubre 2020 05:37

Caminando hacia una nueva civilización

Caminando hacia una nueva civilización

El mundo no aguanta más, es decir, las sociedades y sus naturalezas. Las evidencias están a la vista con la confluencia de la pandemia del Covid-19, la crisis ecológica de escalas local, regional, nacional y global, la amenaza latente de una guerra nuclear, y la desigualdad social tocando su máximo nivel en la historia de la especie. Es obvio que se requiere una transformación radical en todos los ámbitos de la vida social, y la primera es aceptar que no estamos frente a un simple cambio económico, tecnológico o cultural, sino ante una transformación civilizatoria. Esto lo registramos hace casi tres décadas, y en este lapso se han acumulado las evidencias sin que hayamos avanzado mayormente en las vías para lograrla. Las rebeliones ciudadanas que se hacen cada vez más frecuentes e intensas son la demostración de un malestar colectivo que vislumbra o intuye ese cambio profundo, pero que no alcanza a concebirlo y menos a construirlo. Si hace una década el malestar ciudadano se hizo presente en los países del mundo árabe, en los últimos años alcanzó a Islandia, Hong Kong, Francia, España, Chile, Bolivia, Ecuador, etcétera, y en los últimos meses a Estados Unidos, Bielorrusia, Tailandia y otros. El problema es que estas protestas y resistencias se enfocan en objetivos parciales o secundarios y no llegan a detectar y reconocer las causas profundas de la crisis: la doble explotación, del trabajo de la naturaleza y del trabajo de los seres humanos, que una minoría de minorías realiza cada vez con más amplitud y encono. Se requiere entonces de una doble liberación y emancipación: ecológica y social. Deben, pues, surgir rebeliones ambientales, igualitarias, anticapitalistas, antipatriarcales y capaces de construir una "sociedad sustentable" y de reformular las relaciones entre los individuos, y entre éstos y la naturaleza.

Estamos, por tanto, en un fin de época, en la fase terminal de la civilización moderna, pero aún sin poder visualizar la que la sustituirá. Si se me permite una metáfora, es como estar en el circo y observar al trapecista en el preciso momento en que se encuentra soltando el trapecio sin haber cogido el otro, y con el vacío esperándolo abajo. He aquí que los intelectuales y teóricos de la emancipación no han realizado su trabajo, en buena medida porque siguen mirando al mundo con los mismos catalejos anticuados. Es decir, carecen de instrumentos a la altura de la complejidad del mundo actual. Esta limitante es la dimensión epistemológica de la propia crisis de civilización, y requiere de la superación de teorías y métodos que enclavados en la larga tradición occidental, se han vuelto un estorbo. "No hay solución moderna a la crisis de la modernidad", ha dicho Boaventura de Sousa Santos, mientras Albert Einstein asentó que "no es posible solucionar los problemas con el mismo tipo de pensamiento con que fueron creados". Hay una cierta "sequía intelectual" en los teóricos de la liberación.

Termino de manera optimista, con un listado de temas que me parece deberían ser explorados como posibles fundamentos para la transformación civilizatoria. Provienen de numerosos casos exitosos de carácter local y regional, y de al menos dos experiencias de escala nacional: Bután y Bolivia. Son parte de mi agenda de estudio de los próximos meses y lo comparto como un adelanto de publicaciones futuras. Diez son los temas claves. 1. La re-aparición de la naturaleza como la actriz principal en todos los ámbitos, pero sobre todo en el mundo de la política, y consecuencia de lo anterior. 2. La restitución de la "conciencia de especie" en todos los ciudadanos. 3. La recuperación de la espiritualidad ( cooptada desde hace 2 mil años por los grandes monoteísmos). 4. El resurgimiento de la comunalidad, es decir, del "instinto social" o colectivo casi exterminado por la sociedad moderna dedicada a impulsar el individualismo y la competencia. 5. El empoderamiento de lo social frente al poder político (partidos y gobiernos) y al poder económico (empresas, corporaciones y mercados). 6. Gobernanza desde abajo, esto es, democracia radical o participativa y disolución total de la representativa o electoral. 7. Re-conquista de los territorios, es decir, las comunidades locales y municipales ejerciendo control sobre los procesos en el espacio. 8. Sustitución de las grandes empresas y corporaciones por cooperativas y empresas familiares y de pequeña escala (economía social y solidaria). 9. Politización de la ciencia y la tecnología y su cambio de orientación hacia el bienestar social. Todo ello debe re-orientar toda la acción humana (praxis) hacia: 10. La búsqueda del "buen vivir" (la felicidad), como lo han demostrado los pueblos indígenas, y desechar los dogmas modernos del desarrollo, el progreso y el crecimiento.

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Como de costumbre, el Banco de Suecia recompensa a los guardianes académicos del sistema capitalista

 Premio Nobel de Economía 2020

 

El premio del Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel, llamado Premio Nobel de Economía, ha sido atribuido este año a Paul Milgrom y a Robert Wilson , ambos profesores de la Universidad de Stanford, California, especialistas en la venta en subasta.

Es decir que se han especializado en el estudio de los mecanismos por los que se llega a establecer el precio definitivo en el  que se realiza la transacción de un producto o servicio en el juego entre  uno o varios oferentes y potenciales adquirentes. Juego en que el o los oferentes tratan de obtener el precio  más elevado y los adquirentes el precio más bajo.

Un caso particular  sería el de las licitaciones públicas.

Esta  teoría  pretende  explicar –con modelos matemáticos, abscisas y ordenadas-  la manera en que se  llega al precio de mercado o precio de equilibrio de cualquier producto o servicio.

El “detalle”  consiste en  que dicha teoría es totalmente ajena a una explicación de cómo funciona la economía real. Es decir no aporta nada a la economía  política.

Es un residuo de las teorías marginalistas y subjetivistas que, en el mejor de los casos aportaron a la explicación de fenómenos económicos fragmentarios  sin llegar nunca a una comprensión global  y unitaria de la economía  y  a deducir las leyes generales de su funcionamiento.

Milgrom y Wilson hablan del mercado  pero ignoran qué es realmente el mercado: el lugar donde se encuentran  productores y consumidores, donde los primeros “llevan” los productos  fabricados  para ser vendidos  y/o los servicios  creados para –pago mediante- ser utilizados.  Y aparentan ignorar que en el caso particular de las licitaciones públicas, donde  la corrupción -pasiva  de los funcionarios  y activa de las empresas  oferentes- es habitual y distorsiona  totalmente  el “precio de equilibrio”.

Ignoran también cómo es el proceso de fabricación de  los productos y de  los servicios  destinados al mercado, en el cual  participan por un lado  los dueños del capital, de los instrumentos  y  medios de producción y  por el otro los productores reales: los trabajadores manuales e intelectuales,  por el otro.   Proceso en el que tiene lugar la explotación capitalista, fuente del beneficio de los dueños del capital (plusvalía)  y genera  la contradicción principal del sistema: que entre la producción y el consumo se interpone la explotación del productor/consumidor  final.

Hablan del mercado como si en él existiera la competencia pura y perfecta, ignorando que el precio lo fijan los monopolios  y oligopolios y la enorme influencia   de los mecanismos  que incitan a la gente a consumir por encima  de sus necesidades básicas y de sus posibilidades económicas. Por ejemplo la compra incesante e innecesaria de nuevos modelos de teléfonos portátiles, de videojuegos, de zapatillas de marca o de automóviles, según sea el nivel socio-económico del eventual comprador.

Quizás no es casual que en la misma Universidad de Stanford donde son profesores los nobelizados de este año, funciona un Laboratorio de Tecnología Persuasiva que dirigido por el psicólogo  B. J Fogg, quien ha escrito un libro cuyo título lo dice todo: Tecnología Persuasiva: utilizar las computadoras para cambiar lo que pensamos y lo que hacemos (tecnologías interactivas [Persuasive Technology: Using Computers to Change What We Think and Do (Interactive Technologies)]. También se llama a esta disciplina captología.

En resumen: no hay tal “precio de equilibrio”  que se alcanzaría en un juego limpio entre productor  y consumidor actuando  libremente.

El productor capitalista necesita vender aunque el consumidor común no tenga la capacidad adquisitiva  necesaria de  la que, como productor, fue despojado  por el capitalista  durante el proceso de producción (plusvalía).

Y esto se manifiesta claramente en tiempos de crisis,  que cada vez son más recurrentes y prolongadas.

Por ello el sistema inventa mecanismos para robotizar  al común de la gente despojándolos de discernimiento y de lo que le queda de libre arbitrio, mediante la “tecnología persuasiva”.

Los economistas nobelizados ignoran o simulan ignorar  cómo funciona realmente el mercado contemporáneo, dominado por los grandes monopolios y oligopolios y que el poder económico está confiscando el poder de decisión en todos los órdenes (en cuanto a  qué se produce, qué se consume, cómo se trabaja [si se consigue trabajo], qué se lee, qué información se difunde  y cómo se presenta ésta, qué se piensa, cómo se ocupa el tiempo libre, etc.)

Y el Banco de Suecia se ocupa de  otorgarles  una aureola de prestigio a individuos que tratan  de esconder con  teorías que no tienen nada de  científicas    la realidad del sistema capitalista imperante.

El rasgo común de estos economistas “nobelizados” es que nunca aciertan en sus previsiones. Ni cuando pronostican el fin de las crisis (jamás aciertan a preverlas) ni cuando nos prometen “un mundo feliz” con el capitalismo mundializado.

Un caso ejemplar (pero no único) de los desaciertos de los economistas nobelizados es el de Robert Merton y Myron Scholes, que recibieron el premio Nobel de economía en 1997. Scholes fue el creador, junto con Black, de un método matemático “infalible” para prevenir los riesgos financieros. Merton y Scholes eran asesores de Long-Term Capital Management (LTCM) un gestor de hedge funds de primera línea. Pero el método Scholes-Black no impidió que LTMC quebrara en 1998 y fuera salvado en última instancia por un aporte de 3500 millones de dólares proveniente de 14 grandes bancos.

Otro ejemplo. Stiglitz, muy solicitado en tribunas académicas y políticas y celebrado por los “progresistas” de todo el mundo, recibió en 2001, junto con Akerlof y Spence, el Premio Nobel de Economía por su contribución a la teoría de la asimetría de la información, que sostiene que las fallas del mercado capitalista no se deben a la inexistencia de una competencia “pura y perfecta” (“la mano invisible del mercado”) sino que es el resultado de una información asimétrica e imperfecta que, dice, podría “tener profundos efectos en la forma en la que se comporta la economía”. Véase: http://www.project-syndicate.org/commentary/asymmetries-of-information-and-economic-policy/spanish.

Una prueba de la ineficacia de las teorías y de los métodos de Stiglitz para analizar la economía real es un informe que elaboró en 2002, encomendado por los grupos financieros Fannie Mae y Freddie Mac, donde afirmó que la actividad de dichos grupos, que garantizaban los préstamos hipotecarios concedidos por los Bancos a clientes poco solventes, no implicaban prácticamente ningún riesgo para el sistema bancario. Según Stiglitz el riesgo era del orden de entre uno sobre medio millón y uno sobre tres millones.Véase: Implications of the New Fannie Mae and Freddie Mac Risk-based Capital Standard. Joseph E. Stiglitz, Jonathan M. Orszag and Peter R. Orszag.

Contra las “previsiones” de Stiglitz, basadas en modelos matemáticos, las políticas de Fannie Mae y Freddie Mac contribuyeron en buena medida a desencadenar la crisis financiera que dura hasta hoy.

Otros nobelizados se han dedicado a estudiar por qué la gente compra una cosa y no otra,  la llamada “decisión en condiciones de incertidumbre o teoría de la elección”. O a  realizar estudios que se utilizan  en las operaciones de mercadotecnia para fomentar el consumismo. Son una actualización de las orientaciones subjetivistas en economía  con un agregado “neurobiológico” (neuroeconomía y neuromercadotecnia). Así es como en 2002 se le otorgó el Premio Nobel de Economía al psicólogo Daniel Kahneman por sus trabajos sobre la “teoría de las perspectivas”, base de la “finanza comportamental” y por sus trabajos sobre la “economía de la felicidad”.

Los personajes como Milgrom y Wilson, otros nobelizados en Economía y muchos otros profesores y académicos convenientemente mediatizados  ya fueron caracterizados por Marx, quien escribió en el Epílogo a la segunda edición alemana de El Capital (Londres 1873):

“La burguesía, en Francia e Inglaterra, había conquistado el poder político. Desde ese momento la lucha de clases, tanto en lo práctico como en lo teórico, revistió formas cada vez más acentuadas y amenazadoras. Las campanas tocaron a muerto por la economía burguesa científica. Ya no se trataba de si este o aquel teorema era verdadero, sino de si al capital le resultaba útil o perjudicial, cómodo o incómodo, de si contravenía o no las ordenanzas policiales. Los espadachines a sueldo sustituyeron a la investigación desinteresada, y la mala conciencia y las ruines intenciones de la apologética ocuparon el sitial de la investigación científica sin prejuicios”.

Por Alejandro Teitelbaum | 19/10/2020 | 

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“Ni la teoría marxista es una disciplina científica ni el marxismo es una ciencia”

Entrevista a Francisco Erice sobre En defensa de la razón (II)

 

El profesor Francisco Erice es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Oviedo y miembro de la Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM).

En los últimos años, ha centrado sus investigaciones en los problemas de la memoria colectiva, la historia del comunismo y la historiografía. Fruto de ello son libros como Guerras de la memoria y fantasmas del pasado. Usos y abusos de la memoria colectiva (2009) y Militancia clandestina y represión. La dictadura franquista contra la subversión comunista, 1956-1963 (2017), así como numerosos artículos en revistas y capítulos en obras colectivas.

En Siglo XXI de España, Erice ha publicado E.P. Thompson. Marxismo e historia social (2016, junto a José Babiano y Julián Sanz, (eds.) y un capítulo en Historiografía, marxismo y compromiso político en España. Del franquismo a la actualidad (2018, José Gómez  Alén, ed.) y En defensa de la razón (2020). En este último libro centramos nuestra conversación.

*

Estábamos en este punto. Hay una referencia y comentario en tu libro, sorprendente para mí, sobre El queso y los gusanos de Ginzburg. ¿Este ejemplo de “microhistoria”, deslumbrante en mi opinión, alimentó también las críticas posmodernas en contra de los “grandes relatos”, de la macrohistoria?

El queso y los gusanos, que a mí también me parece deslumbrante, y la microhistoria en general, no se presentan como manifestaciones del posmodernismo, sino como reflejo de un clima historiográfico general en el que entran en cuestión los paradigmas estructurales y excesivamente deterministas. Los referentes teóricos de esta corriente son diversos y eclécticos. Pero Ginzburg no es un posmoderno; baste ver las diferencias en cómo trata a su personaje (Menocchio), ensanchando los límites de lo individual pero sin negar las reglas sociales, frente a un Foucault que, al tratar del asesino Pierre Rivière, excluye cualquier interpretación para no forzarlo -dice- reduciéndolo a la razón ajena.

Ginzburg tiene claro -y así lo recalca- que de la propia época y clase “nadie se escapa” y que los individuos pueden optar entre diversas posibilidades latentes, pero dentro de una “jaula visible e invisible” que construyen la lengua y la cultura, ejerciendo dentro de ella una “libertad condicionada”. Las críticas más importantes que pueden hacerse a la microhistoria van por otras vías; por ejemplo, por las dificultades de reconstruir el sentido de las acciones individuales sin el conocimiento previo enmarcador de los contextos sociales y culturales en las que se producen.

Te has referido a Foucault en dos ocasiones pero tengo que preguntarte: ¿también Michel Foucault, desde tu punto de vista, es un pensador posmoderno?

Lo es sin duda alguna. No por casualidad se le considera (junto con Derrida, Barthes, Deleuze y algún otro) una de las figuras fundamentales de lo que en Estados Unidos se ha conocido como French Theory, del posestructuralismo, eje central del posmodernismo. Pero, además, Foucault refleja como pocos algunos de los rasgos cardinales del pensamiento posmoderno, entre otras cosas por su conexión directa con Nietzsche: la fragmentariedad y la discontinuidad (piénsese en su teoría de las “epistemes”, sus libros sobre la locura o la prisión, etc.), la ruptura con la idea de causalidad y el descriptivismo (su seguidor Paul Veyne, lo califica como el primero historiador “totalmente positivista”), la negación de la objetividad, etc.

Otra cosa es que Foucault sea, dentro de los posmodernos, el mas interesante, al menos para los historiadores, con algunas aportaciones -y sobre todo sugerencias- importantes.

¿Nos puedes citar alguna de sus aportaciones importantes?

En realidad, más que aportaciones sólidas, yo diría intuiciones o incluso ideas-fuerza que han estimulado investigaciones históricas o sociológicas relevantes, aunque representen también factores de debilidad conceptual o desviación de los enfoques con respecto a otras posibilidades fructíferas.  Pienso por ejemplo en su noción del “poder difuso”, la relación entre saberes y poder, su interés por los márgenes, el análisis de los “sistemas disciplinarios” o incluso -aunque a mí no me parecen especialmente interesantes- sus nociones de biopolítica, de gubernamentalidad o poder pastoral. Son ideas que han generado y generan debates. Aunque en una entrevista reciente convertían una frase incidental mía, donde afirmaba que probablemente Foucault estaba sobrevalorado, en titular llamativo, no pretendía con eso negar todo valor a su obra. Ni siquiera soy, en esto, la mitad de radical que Thompson, que decía que Foucault era “un charlatán”, o de Ginzburg, que lo reducía en gran medida a “una nota a pie de página de Nietzsche”; o incluso del gran marxista español, fallecido hace unos años, Juan Carlos Rodríguez, que relacionaba lo que denominaba “mito Foucault” con un cierto “antimarxismo sutil”.

Sobre estas cuestiones me remito al libro, donde se habla más extensamente de todo ello. 

Ciertamente, le dedicas un capítulo entero, el IV, “Miseria y grandeza del foucaultismo”, título que de nuevo recuerda a Brecht, el del “Terror y miseria del Tercer Reich”.

Hablabas antes de Nietzsche: ¿por qué, como afirmas, Nietzsche y Heidegger son dos predecesores reaccionarios del posmodernismo?

Al hablar de ambos pensadores como precursores del posmodernismo no descubro ningún secreto, porque son las dos grandes figuras influyentes, en mayor o menor medida, en los autores posmodernos. Es bien conocido, por ejemplo, el fuerte influjo heideggeriano en Derrida, o el quizás aún mayor nietzscheano en Foucault. Del carácter política y socialmente reaccionario de ambos filósofos alemanes creo que no caben demasiadas dudas, por más que se haya intentado interpretar a “Nietzsche contra Nietzsche” o “Heidegger contra Heidegger”.

El rechazo al racionalismo ilustrado, las idas de diferencia o discontinuidad, el papel central del lenguaje, el relativismo y tantos otros elementos del pensamiento posmoderno se inspiran en gran medida en ellos. Al presentarlos, en el libro, bajo el epígrafe de “Dos precursores reaccionarios”, se intenta resaltar el llamativo contraste entre pensadores posmodernos sedicentemente de izquierdas y la influencia determinante en ellos de pensadores tan ultraconservadores como los dos citados, o la de Carl Schmitt entre los politólogos posmodernos.

Es difícil pensar que puedan separarse tan radicalmente sus opiniones políticas del resto de sus ideas. Visto así, hablar de “nietzscheanos de izquierdas” o “heideggerianos de izquierdas” va más allá de un simple oxímoron o una “contradictio in terminis”.  

También incluyes a Laclau y Mouffe entre los pensadores posmodernos. Sin embargo, como sabes, no sé si con inconsistencias, algunas formaciones políticas de la llamada nueva izquierda reivindican su pensamiento, su concepción de la política y lo político. ¿Es posible entonces un posmodernismo político de izquierdas?

Laclau y Mouffe son claramente posmodernos; sus influencias declaradas y el desarrollo de sus esquemas de análisis son, en ese sentido, inequívocos. También lo son (aunque con más matices) Negri y Hardt en su teoría del Imperio. Y hay también un “posmodernismo desde el Sur” con muchas variantes (Boaventura de Sousa Santos, Dussel, Aníbal Quijano, etc.).

El posmodernismo ha influido mucho en los a veces llamados “nuevos movimientos sociales” y en los análisis histórico-sociales ligados a los mismos (Historia de género, Cultural Studies, Estudios poscoloniales, etc.). Eso significa que hay, evidentemente posmodernismo que se reivindica de la izquierda, y cuyos defensores son muchas veces firmes y consecuentes militantes de la izquierda. Por eso es importante el debate, la confrontación crítica con estas posiciones desde la izquierda de orientación marxista, para delimitar posiciones de manera clara, pero, por supuesto, entendiendo que estas diferencias no deben excluir las posibles y necesarias colaboraciones prácticas.

En el caso de Laclau y Mouffe, defensores de un “posmarxismo” teórico que se proyecta políticamente como “populismo de izquierdas”, creo que cabe reprocharles, desde posiciones marxistas, su remisión al campo lingüístico de las contradicciones sociales, la separación de lo social (que prácticamente se difumina) y lo político, la ambigüedad de sus posiciones sobre la transformación social o la concepción de la política como una movilización sobre la base de las emociones y los sentimientos, tremendamente peligrosa por su potencial irracionalismo, que condena objetivamente a los movilizados a una posición subalterna.        

¿Ha habido aportaciones importantes, destacables y reconocidas, del posmodernismo en el ámbito de la historia, o sus reflexiones se han centrado más bien en la metahistoria o en la filosofía en general? ¿Hay historia posmoderna interesante por decirlo de algún modo?

Suele decirse que hay mucha reflexión teórica posmoderna en el campo de la Historia (Hayden White es un claro ejemplo), pero pocos historiadores posmodernos, y creo que es cierto, aunque con algunos matices. La razón está en que llevar a la práctica postulados posmodernos extremos supone atentar contra la misma lógica del oficio de historiador; no es de extrañar que uno de los defensores de estas tesis, Jenkins, llegue a pronosticar el fin próximo de la Historia (de la Historia como disciplina) y hable de futuras sociedades que ya no necesiten a los historiadores. Por eso lo que sí hay es una amplia gama de influencias parciales o de posmodernismo light o moderado. Y, sobre todo, un clima propicio a la difusión de este tipo de planteamientos, siempre mezclado con otros o matizado. La Historia posmoderna más completa, lo que sus cultivadores llaman, por ejemplo, la Historia postsocial, es hoy bastante minoritaria. 

Pero esto que señalas del fin de la historia como disciplina científica o la consideración de que de hecho nunca lo fue, ¿no son también tesis o consideraciones próximas a Althusser o a sus discípulos o seguidores?

La proximidad de Althusser a algunos de estos autores es evidente (por ejemplo, su influencia en Laclau), aunque, en todo caso, Althusser tenía una concepción “cientifista” del marxismo y hablaba pomposamente de Marx como descubridor del “continente de la Historia”. A lo mejor parte del problema es qué entiende por ciencia o la contraposición ciencia-ideología.

Para los historiadores, creo que los dos principales problemas que plantea Althusser tienen que ver con el “anti-historicismo” y “anti-empirismo” por un lado, y el “antihumanismo” por otro. Thompson percibió bien -aunque no sé si lo formuló del todo correctamente- los efectos deletéreos para la Historia de un “anti-empirismo” que degenera en “teoricismo”, rompiendo el “diálogo” de la construcción teórica con el material empírico. El antihumanismo, además, degradando el papel de la acción humana, refleja el carácter “políticamente sombrío” del marxismo althusseriano, como decía Eagleton, reforzado por su noción de ideología, que subraya la opacidad necesaria de los procesos sociales incluso en el ámbito de una hipotética sociedad emancipada.    

¿Cuáles serían tus principales críticas a lo que llamas historia de género?

La llamada “Historia de género”, y no digamos ya la Historia de las mujeres, noción más amplia pero estrechamente relacionada con ella, han hecho aportaciones verdaderamente sustanciales a la renovación historiográfica de las ultimas décadas. Lo que el libro critica no es este campo historiográfico, ni la noción en sí de género, entendido como construcción cultural de los roles atribuidos a hombres y mujeres. Más bien se cuestiona una determinada manera de definir el género, vinculada precisamente a las teorías posmodernas, que entiende las diferencias como mera construcción lingüística y se desvincula del estudio de las relaciones materiales y sociales que afectan a las mujeres.

Es esta Historia reductivamente “culturalista”, tremendamente peligrosa además para la misma legitimación de los movimientos feministas, la que debe ser teóricamente combatida. Hay, por el contrario, intentos de imbricación de género y clase o de explicación histórica materialista de la historia de las mujeres, ligada a las condiciones materiales de su existencia, sin olvidar -claro está- los factores culturales, que constituyen una vía de desarrollo historiográfico verdaderamente prometedora para el futuro.     

La tercera parte de tu libro lleva por título “La historia marxista después de la tormenta. Propuesta para una reconstrucción”. Son muchas las sugerencias y tesis que en ella defiendes. Sobre algunas de ellas. ¿Qué fue Marx en tu opinión? ¿Un economista, un filósofo, un revolucionario, un historiador? ¿Todo en uno?

Humildemente, debo reconocer que esta tercera parte tiene quizás más sugerencias que tesis perfiladas. En todo caso, sin querer decir que en las dos anteriores se planteen los análisis de manera más sólida o afianzada, me pareció que era más oportuno subrayar, en esta parte final, el carácter abierto de los debates sobre cómo reconstruir un marxismo historiográfico que recoja lo mejor de la tradición materialista y a la vez no se repliegue sectariamente frente a las contribuciones del propio desarrollo de la Historia como disciplina.

Con respeto a la identificación “gremial” de la obra de Marx o en el encasillamiento de su figura, creo que posee todas esas dimensiones y alguna más. Pero todas ellas, lejos de superponerse, se integran en una visión unitaria, como Schumpeter supo ver bien a propósito de la Economía y la Historia. Creo que Marx absorbe y combina muchos ingredientes y perspectivas, pero nunca es “ecléctico”. Quizás la dimensión central más justificable de su obra sería la de filósofo, más que de científico. Y por supuesto, la de revolucionario, que asume la “crítica de las armas” como realización del “arma de la crítica”.

Desde luego, no es exactamente un historiador, pese a que Pierre Vilar le gustaba identificarlo como tal (las obras de Marx, si acaso, nos recuerdan a las actuales Sociología histórica o Historia del Presente), por su evidente y fundamental tendencia a “pensarlo todo históricamente”.    

¿La teoría marxista de la historia es una disciplina científica? Si lo fuera, ¿qué tipo de ciencia sería?

Ni la teoría marxista es una disciplina científica ni el marxismo es una ciencia. Pero sí creo que la concepción marxista, racionalista, materialista y crítica, nos ayuda a la construcción de la Historia como ciencia. El marxismo lo que nos ofrece o nos permite construir es una teoría de la sociedad que funcione como un “horizonte metodológico” o “ideal regulativo” (tomo las expresiones de Moradiellos) para el análisis de los materiales históricos. Pero no hay una “ciencia marxista”, como no la hay “proletaria” o “feminista”.

Las ciencias, sin que ello implique sacralizarlas, representan el horizonte máximo de racionalidad metódica y sistemática alcanzado por las sociedades humanas. Hablar de la Historia como ciencia se sitúa en las antípodas del posmodernismo, que la identifica en lo esencial con la Literatura o la ficción, o que niega principios esenciales como el de causalidad, determinación o continuidad. Obviamente, la Historia es una ciencia “humana”, en la que el sujeto operatorio (el historiador) es imposible de neutralizar del todo (como sucede en las ciencias físico-naturales) en el proceso de construcción del conocimiento. Pero existen mecanismos que permiten alcanzar grados de veracidad significativos (la crítica rigurosa de las fuentes, los principios deontológicos del trabajo del historiador, la socialización “gremial” o el contexto institucional de los conocimientos, etc.), que permiten a la Historia figurar decorosamente en el campo de las ciencias humanas o sociales que se ha ido institucionalizando a lo largo de los dos últimos siglos. Creo que la teoría de la ciencia de Gustavo Bueno plantea correctamente el asunto, sin renunciar al análisis sociológico de la misma, pero no incurriendo en el sociologismo o el relativismo.  

Tomemos un respiro. El último.

Como quieras.

Por Salvador López Arnal | 14/10/2020 

Fuente: El Viejo Topo, septiembre de 2020

Primera parte: Entrevista a Francisco Erice sobre En defensa de la razón (I), «Pensamientos y lenguaje no forman un mundo aparte, son ‘expresiones de la vida real’», https://rebelion.org/los-pensamientos-y-el-lenguaje-no-forman-un-mundo-aparte-sino-que-son-con-toda-su-complejidad-expresiones-de-la-vida-real/

Publicado enPolítica
Paul R. Milgrom y Robert B. Wilson, ganadores del premio Nobel de Economía (Niklas Elmehed / Academia Sueca de las Ciencias)

 

Ambos estadounidenses, la Academia Sueca reconoce también la invención de nuevos formatos de subastas

 

El premio Nobel de Economía ha premiado este año a los estadounidenses Paul R. Milgrom y Robert B. Wilson por sus mejoras en la teoría de las subastas e invención de nuevos formatos de subastas, según ha anunciado este lunes la Real Academia Sueca de las Ciencias.

“No solo han clarificado cómo funcionan las subastas y por qué los que hacen una oferta se comportan de cierta manera, sino que han utilizado sus descubrimientos teóricos para inventar nuevos formatos de subasta totalmente nuevos para la venta de bienes y servicios”, se expone desde la entidad.

Wilson ha desarrollado la teoría de subastas para objetos con valor común, que es incierto de antemano pero que tiende a ser igual para todo el mundo finalmente, como el valor de las radiofrecuencias. Asimismo, ha demostrado por qué los que hacen una oferta tienden a ofrecer menos del valor que creen que tiene el producto: se preocupan por la “maldición del ganador”, que consiste pagar mucho o salir perdiendo.

Milgrom ha formulado teorías más generales y determinado que el subastador logrará más ingresos si los que ofertan saben más sobre el valor que creen que tienen los otros sobre el producto o servicio por el que pujan.

A diferencia de otros Nobel, que se conceden desde 1901 en algunos casos, el de Economía no se empezó a entregar hasta 1969 debido a que esta categoría no aparecía en el testamento de Alfred Nobel. De hecho, el galardón dedicado a esta disciplina es oficialmente el “Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel” pero con los años, y por comodidad, se ha abreviado para simplificarlo.

Desde entonces se han entregado 51 premios, 25 de forma individual. El premio de 2019 recayó en el indio Abhijit Banerjee, la francesa Esther Duflo y el estadounidense Michael Kremer por “su aproximación experimental a aliviar la pobreza global”. Duflo fue la segunda mujer en ganar el Nobel de Economía, tras Elinor Ostrom en 2009.

En esta ocasión, en un año atípico y marcado por la pandemia del coronavirus. Durante el anuncio no hay periodistas como años anteriores y tampoco habrá entrega del premio en la tradicional ceremonia que se realiza en Estocolmo (Suecia) anualmente. Cancelada por seguridad, cada galardonado recibirá su diploma y medalla de oro en su país de residencia y se hará una entrega virtual en la ciudad sueca. El premio cuenta también con una dotación económica de 10 millones de coronas suecas, cantidad cercana al millón de euros.

La dotación económica que acompaña al premio también varía en este 2020, que pasa de nueve a diez millones de coronas suecas, lo que se traduciría en 960.000 euros. La mejora de la situación financiera de la Fundación Nobel en los últimos años ha permitido aumentar la suma, según indica la propia institución.

Por Piergiorgio M. Sandri, Barcelona

12/10/2020 11:52 | Actualizado a 12/10/2020 12:09

Publicado enEconomía
Linda Chesser en su autocaravana con la que recorrió EEUU para escribir su libro 'País nómada'. IMAGEN CEDIDA POR CAPITÁN SWING.

Jessica Bruder recorrió durante tres años 24.000 kilómetros para escribir 'País nómada' (Capitán Swing), una crónica sobre el nuevo modelo de trabajo estadounidense: cientos de miles de trabajadores itinerantes viviendo en furgonetas y vagando por el país para encontrar un empleo mal pagado, extenuante y con apenas derechos. Y, como telón de fondo, una crítica demoledora de Amazon como paradigma del capitalismo de Estados Unidos.

 

Una crónica sobre el fin de la clase media y sobre un modelo económico que se está imponiendo con un ímpetu que desafía el Estado de derecho y la estabilidad social. Esto es lo que retrata la periodista y profesora de periodismo Jessica Bruder en País nómada. Supervivientes del siglo XXI, que acaba de editar Capitán Swing: un reportaje de 300 páginas producto de tres años de trabajo que llevaron a Bruder a recorrer 24.000 kilómetros a lo largo y ancho de Estados Unidos. El balance es rotundo y desolador: "Este capitalismo [en Estados Unidos] está expulsando a la clase media y a las personas mayores de la sociedad", dice Bruder a Público.

La película basada en el libro, producida y protagonizada por Frances McDormand, obtuvo el León de Oro el pasado 12 de septiembre en el Festival de Venecia. McDormand interpreta a Fern, un trasunto de la personaje principal del libro, Linda Chesser, una exasesora académica en la Universidad del Estado de Washington que tenía de 68 años cuando conoció a Bruder y que es una de los cientos de miles de trabajadores itinerantes que deambulan por las carreteras y los campos de trabajo de ese país nómada, como si fueran de nuevo los años treinta.

Ese telón de fondo de País nómada está poblado con dos tipos de personajes: Por un lado, empresas como Amazon, responsables del auge del modelo económico y laboral cada vez más agresivo para el trabajador, un modelo que se extiende como un tsunami a consecuencia del declive de la industria manufacturera estadounidense (Bruder cuenta los casos del cierre en 2011 de una planta de US Gypsum, fabricante de placas de yeso, y de la empresa de fundición de cobre propiedad de Phelps Dodge que cerró en 1987).

Por otra parte, los de abajo, los ciudadanos de ese país nómada: las personas, en su mayoría, de más de 60 o 70 años que habían sido clase media y hasta media alta durante décadas y que, de pronto, a esa edad, se quedaron sin nada debido a un capitalismo sin red de coberturas sociales públicas. Así que para sobrevivir tuvieron que declararse en bancarrota o venderlo todo, comprarse una furgoneta y convertirse en trabajadores itinerantes. Como aquellos que ya retrató John Steinbeck en Las uvas de la ira, libro y autor que Bruder cita en varias ocasiones. Los Estados Unidos de aquellos años treinta de la Gran Depresión retratados por Steinbeck regresan casi un siglo más tarde, esta vez a los Estados Unidos del capitalismo financiero y la economía telemática y digital.

"En aquella crisis hubo mucha gente que tuvo que recurrir a la itinerancia, pero cuando las cosas se recuperaron volvieron a sus trabajos y a su vida de clase media del sistema tradicional", dice Bruder. "Sin embargo, creo que ahora es diferente –añade–, porque la deriva de este capitalismo hace indicar que no vamos a regresar al modelo previo, a la situación anterior. Todos los trabajadores itinerantes piensan que ya no hay ni habrá en la sociedad un espacio para ellos, así que están formando una nueva comunidad en la carretera de personas en su misma situación".

Bruder cuenta en País nómada que en enero de 2011 visitó la planta de US Gypsum. El exdirector de la cadena de suministros dijo: "He enviado algunos currículos, pero sin resultado... Puede que acabe talando leña para ganarme la vida". Monika Baker, una joven de 22 años que buscaba trabajo en la planta y se encontró con su cierre, dijo: "Tendré que trabajar en una tienda de Walmart o de Lowe". Empire, el pueblo construido junto a la fábrica quedó vaciado en pocas semanas y hasta su código postal (89405) fue anulado por las autoridades. Situaciones así son la antesala de la furgoneta, la carretera y los campos de trabajo.

Bezos y su riqueza de 200.000 millones de dólares

Esta situación económica, unida a la práctica inexistencia de un modelo social público en Estados Unidos (la sanidad, la educación y las pensiones son eminentemente privadas, el despido es libre, no hay bajas laborales pagadas ni desempleo, etcétera), fue el terreno abonado que terminaría por denominarse como el modelo Amazon, que acabaría implantándose tras la crisis económica de 2008 y sigue haciéndolo con la actual de la pandemia. De hecho, el propietario y fundador de la compañía Jeff Bezos no ha dejado de incrementar su riqueza desde la llegada del coronavirus, con un patrimonio que el pasado 27 de agosto un valor récord de 200.000 millones de dólares.

"Estamos en una situación tremenda en la que el 1% más rico de Estados Unidos ha doblado la porción de su riqueza desde 1980 al mismo tiempo que el país registra datos récords en desigualdades sociales", dice Bruder, quien denuncia en el libro que "la sociedad estadounidense es la más desigual de todos los países desarrollados".

Si a un capitalismo sin red de coberturas públicas, con los salarios estancados desde hace años y los precios de la vivienda en alza se le añade una crisis económica (2008) o dos (2020), la situación de máximo riesgo recae principalmente en la población de mayor edad. Esas fueron las que Bruder encontró como trabajadores itinerantes en su periplo por las carreteras y campos de trabajo de Estados Unidos. Todas ellas, además, cumplían un patrón común: personas que sufren un golpe de la vida (un divorcio, quedarse en el paro en los últimos años de la vida laboral, contraer una deuda médica por una enfermedad repentina) que, en un sistema como el estadounidense, resulta ser fatal, de manera que a sus 60 o 70 años sólo les queda una opción para huir de la indigencia: hacerse como sea con una vieja furgoneta y echarse a la carretera en busca de un trabajo por mal pagado dondequiera que esté. Todo eso de un hogar fijo, una comunidad donde arraigar, unos vecinos estables, se acabó.

"La gente que yo conocí en la carretera piensa sobre todo en poder ganar algo dinero para poder jubilarse definitivamente. Claro que no hay muchas opciones para eso en Estados Unidos, con un salario mínimo federal de apenas 7,25 dólares la hora [6,15 euros]. Es disparatado. Nadie debería estar condenado a endeudarse para proveerse de lo básico y poder cubrir cubrir sus necesidades básicas como ser humano", dice Bruder.

La vivienda y la educación, dos derechos básicos fundamentales, atraviesan malos momentos en Estados Unidos. En febrero, la deuda por estudiar alcanzó su récord histórico de 1,54 billones de euros. Es muy frecuente que en EEUU cualquiera que haya estudiado una licenciatura en la universidad y después un máster amase una deuda de 100.000 o 200.000 dólares.

Por otro lado, los desahucios están también en cotas récords. A falta de datos oficiales para todo el país, una base de datos creada por unos investigadores de la Universidad de Princeton revela que en 2016 un total de 2,3 millones de personas fueron expulsadas de sus viviendas. El Estado de Virginia ocupó el triste primer puesto nacional en esa clasificación con una ratio de desalojos del 5,12% (más del doble que la media nacional). Es decir, que cada cada año cinco de cada cien viviendas reciben una orden de desalojo. En algunas ciudades del Estado esa cifra llegaba al 10%.

Amazon creó en 2008 su primera estrategia de contratación de trabajadores itinerantes, el programa CamperForce. Según cuenta Bruder, la empresa había tenido problemas para contratar a personas en momentos de actividad punta. Amazon lanzó entonces de forma experimental esta iniciativa para el almacén de Coffeyville, Kansas, para el período de navideño de máxima actividad. Resultó ser un éxito y ahora es un patrón para toda la compañía en Estados Unidos. Los almacenes de Amazon son el lugar donde acaban esos cientos de miles de seres humanos convertidos en hormigas casi invisibles que van yendo y viniendo a lo largo y ancho de su país en busca de un trabajo mal pagado, con malas condiciones, extenuante, con escasas coberturas y sin apenas derechos laborales asociados. Olvídese de un salario mínimo decente, de una cobertura médica digna, de una asociación sindical, de un horario razonable o de una baja laboral pagada.

Medidores de productividad en tiempo real

El retrato que hace Bruder de las condiciones de trabajo en los almacenes de Bezos son la distopía hecha realidad. Y no sólo por lo que le cuentan a Bruder sino por lo que la propia periodista experimentó en carne propia: se hizo contratar por uno de ellos, en Haslet, Texas, con un tamaño de 19 campos de fútbol.

Cuenta Bruder que en las instalaciones de Amazon hay medidores de productividad personales en tiempo real y cualquier descenso puntual en la curva de productividad es acompañado de una reprimenda, dispensadores de analgésicos en las paredes para combatir el dolor, pasillos interminables poblados por trabajadores que llegan a caminar veinte y treinta kilómetros diarios en jornadas extenuantes entre robots sherpas "de color naranja, 100 kilos de peso y que parecen aspiradores gigantes", y cintas transportadoras… Todo ello, por supuesto, con el recordatorio generoso de que la empresa valora enormemente que no estén sindicados ni organizados.

"Para este tipo de trabajadores, que están yendo y viniendo y no tienen arraigo en un sitio concreto, es muy complicado asociarse en un movimiento organizado a medio o largo plazo", dice Bruder, que denuncia que "hay muchos ejemplos de gestores de Amazon que impelen a sus trabajadores a no que se organicen ni se asocien, hay hasta vídeos sobre esto". A pesar de todo, añade la escritora: "Creo que existe en Estados Unidos un interés renovado por estas organizaciones y por el poder del trabajador frente al empresario y por cómo pueden organizarse los trabajadores para luchar por sus derechos y sus condiciones laborales. En diciembre de 2019 cubrí una historia para la revista Wired sobre cómo la comunidad africana en Mineápolis (Minesota), fundamentalmente somalíes, se había convertido en la primera organización de gestión laboral estable en Amazon en términos de reclamar mejores condiciones de trabajo para los empleados". En cualquier caso, Bruder recuerda en su libro que una investigación de Morning Call de 2011 "reveló [en los almacenes de Amazon] unas condiciones de explotación similares a las de los talleres clandestinos".

"De todos modos", dice Bruder, "yo misma trabajé en Amazon [también lo hizo en una planta de remolacha azucarera en Dakota del Norte], pero el libro no es sobre mí. Entré en Amazon para entender las condiciones en que trabajaban las personas sobre las que escribía y qué podían sentir viviendo situaciones así, pero no para convertirme en un personaje del libro. Realmente la idea no era infiltrarme sino estar durante unos días en el mismo mundo que esos trabajadores itinerantes".

Aunque en País nómada son mencionadas otras empresas como Walmart o Uber, Amazon es la que tiene una presencia nuclear. "Amazon es enorme y domina muchísimo el mercado en Estados Unidos y la gente no sabe de la existencia de estos trabajadores itinerantes", dice Bruder, que añade: "Tenemos un sistema que en teoría fomenta la competición y tiene leyes antimonopolio, pero eso ha dejado de funcionar: Amazon es una compañía muy singular en términos de lo que hace y del poder que tiene en la economía".

Linda Chesser es la persona central de esa odisea hacía ninguna parte que narra Bruder. Pero enseguida Bruder descubrió que no era un perfil estrambótico entre los trabajadores itinerantes. La reportera encontró a gente como Don Wheeler, de 69 años, quien en su anterior vida había trabajado con un buen puesto en una empresa de informática; su salario había llegado a ser tal que gastaba 100.000 dólares anuales (85.000 euros) pero "en la nueva vida", cuenta Bruder en libro, "ha aprendido a sobrevivir con 75 dólares [64 euros] a la semana". También aparece LaVonne Ellis, una periodista de 77 años, que había trabajado para la cadena nacional ABC y como directiva de una emisora de Mineápolis. También recorría el país en su furgoneta y acampaba aquí y allá según el trabajo que encontrara.

"En Estados Unidos hay cientos de miles de personas así, hay estimaciones y las recojo en su libro, aunque no hay datos, y esto es muy preocupante. Ahora, además, debe haber mucha más gente por la crisis desatada por la pandemia", dice Bruder. "Realmente deseo que alguien estudie este fenómeno porque es uno de esos terrenos donde es imprescindible tener datos. El problema es que para ejercer tus derechos realmente en Estados Unidos es muy importante tener un trabajo en un lugar estable: el seguro de salud depende del trabajo, para obtener el permiso de conducir uno ha de tener una dirección estable en algún sitio, para votar también, etcétera, y estamos hablando de una gran cantidad de población".

Entre los datos indirectos que ofrece Bruder en País nómada destaca éste: casi nueve millones de personas de 65 años o más siguen trabajando en Estados Unidos, un 60% más que diez años antes, y sólo un 17% de los estadounidenses prevé dejar de trabajar en sus últimos años de vida.

"Arruinado, solo y sin casa"

A lo largo de las 300 páginas de País nómada las personas con las que habla Bruder comentan su situación, unos con más pesar que otros, pero ninguno de ellos carga contra las grandes fortunas o las empresas que están promoviendo este modelo económico y laboral y tampoco se cuestiona frontalmente el sistema del país, simplemente, comentan con resignación que el modelo en el que vivían se ha terminado. Como hace Bob, un trabajador itinerante que lanzó una web para contar su experiencia y reflexiones; escribió: "Hubo un tiempo en que teníamos un contrato social que establecía que, si una persona cumplía las normas (estudiaba, conseguía un empleo y trabajaba duro), todo iría bien. Ya no es así. Uno puede hacerlo todo bien […] y aun así acabar arruinado, solo y sin casa".

Para explicar esto, Bruder recurre a sendas frases de los escritores norteamericanos Kurt Vonnegut y John Steinbeck. Los estadounidenses pobres se burlan de sí mismo y ensalzan a los más afortunados que ellos, dijo el primero. "Y Steinbeck dijo algo parecido: que los americanos no se revelaban porque se consideraban todos no como obreros sino como capitalistas temporalmente avergonzados", dice Bruder.

Según cuenta Bruder en el libro, muchos no se califican de trabajadores itinerantes, simplemente se ven dentro de una fase transitoria para ganar algo de dinero porque puntualmente les ha ido mal. Incluso, hay quien presume con orgullo de ser uno de esos que trabaja duro. Un trabajador itinerante le contó a Bruder: "Hay muchísimos quejicas indolentes, holgazanes y vagos deseosos de quejarse de casi cualquier cosa y no es difícil encontrarlos. Yo no soy uno de ellos".

Bruder describe alguna oferta de trabajo sin salario asociado y otras en la que señalan que lo importante es la experiencia de trabajar y de conocer a gente nueva, qué más da las condiciones. En el fondo de esto, como cuenta la periodista en País nómada, hay una concepción casi nacionalista o religiosa del trabajo. Como le dijo el antiguo supervisor de calidad de la instalación de la planta de US Gypsum, Calvin Ryle, que había trabajado 39 años y 7 meses en la misma hasta que cerró: "Lo peor que puede ocurrir en una fábrica es echar el cierre. Aquí participamos en la construcción del país".

"Sin embargo", dice Bruder, "todo esto se produce en un sistema que se basa en poner todo el riesgo sobre los hombros del trabajador, que tiene la falsa apariencia de que todo es posible y eso se traduce como la existencia de un grado máximo de libertad. Y cuando las cosas te van mal el sentimiento más común es la vergüenza".

"Mucha gente que conocí y que trabajaban en almacenes de Amazon acaban sus jornadas laborales exhaustos y su vida depende del cheque con el que cobraban su sueldo. Para protestar o clamar contra esa situación supondría poner toda esa responsabilidad sobre sus hombros. Es una situación realmente difícil para ellos", dice Bruder.

Linda Chesser recorría con su furgoneta los campos de trabajo de Estados Unidos, pero tenía un plan. Se acercaba a los 70 años y no podía seguir así toda la vida. Quería comprar un terreno e instalarse. Una casa sostenible. Muchos trabajadores itinerantes, cuenta Bruder, tienen sueños anticonsumistas: hacerse una casa sencilla con sus propias manos y materiales duraderos, que use energía solar o eólica, pozos de agua, que aproveche el agua de la lluvia y vivir así con lo mínimo. Nada de esa cultura de comprar en el centro comercial o por internet para tirarlo todo al poco tiempo o que se rompa y volver a la misma rueda una y otra vez a costa de la tarjeta de crédito.

Linda encontró primero un terreno muy barato en el árido suelo de Arizona. Lo allanó y trató de construir una casa. "Pero aquellas tierras eran demasiado cálidas", dice Bruder, "fue demasiado para ella, así que las donó a una organización, Home in Wheels Alliance, que ayuda a las personas nómadas y los trabajadores itinerantes. Después de eso, Linda se mudó cerca de Taos, un pueblo de unos 5.000 habitantes en el Estado de Nuevo México. Allí planea construir sus proyectos de vida sostenible y sencilla junto a otros cuatro amigos que encontró en la carretera: Gary, LaVonne y una pareja que vivía en un autobús escolar". Todos ellos tienen más de 70 años. Será la Ítaca que dé el carpetazo final a tantos años en la carretera.

Washington

12/10/2020 07:58

Por manuel ruiz rico

@ManuelRuizRico

Publicado enSociedad
Domingo, 04 Octubre 2020 05:03

Proyectos en disputa

Proyectos en disputa

 Existen sólidos fundamentos para caracterizar que en China no impera un régimen capitalista, ni tampoco socialista. Al cabo de varias décadas prevalece una formación intermedia con signo indefinido y desenlaces pendientes. La nueva clase capitalista no ha logrado el control del Estado, que permanece en manos de una capa política autónoma de la burguesía.

Ese status singular de una formación burocrática puede desembocar en varios resultados. Un curso futuro estaría signado por la consolidación definitiva del capitalismo y otro contrapuesto por una recreación de la transición socialista. Ambos caminos dependerán de circunstancias externas, luchas políticas y acciones del movimiento popular. Esta mirada es compartida por varios enfoques, inspirados en evaluaciones convergentes.

Una tesis afín a nuestra visión destaca que la economía china no está sujeta al regulador pleno de la ganancia, mantiene sectores estratégicos en manos del Estado, garantiza el control de los capitales y procesa una irresuelta disputa entre sectores pro-capitalistas y críticos de ese devenir. Remarca el continuado predominio del Partido Comunista sobre los centros neurálgicos de la economía y explica las altas tasas de crecimiento por la preeminencia de activos del sector público (Roberts, 2017, 2016a: 209-212, 2018, 2016b). Este retrato resalta los distintos rasgos de un régimen no capitalista, sin proveer una denominación específica para ese sistema.

Las categorías actuales no ofrecen un término satisfactorio para dar cuenta del modelo chino. Algunos estudiosos utilizan el término de “managerialismo” para destacar la primacía del funcionariado en la gestión de la economía. Ilustran cómo los administradores comandan ese desenvolvimiento, mediante supervisiones y asociaciones con el segmento capitalista (Duménil; Lévy, 2014, 2012).

Otros pensadores proponen combinar los componentes capitalistas y socialistas del esquema chino en la sintética noción de “social-capitalismo” (O’Hara, 2006). La dificultad para encontrar un nombre adecuado deriva del carácter inédito del contexto actual. Las categorías utilizadas por los marxistas entre 1917 y 1989 -socialismo, comunismo, Estado obrero burocratizado, colectivismo burocrático- se contrastaban con el capitalismo liberal o keynesiano de la época, con la mira puesta en el objetivo pos-capitalista. Ese contrapunto ya no presenta la nitidez del pasado.

Pero lo importante no es la denominación, sino la caracterización del régimen chino. Allí prevalece una sociedad con clases capitalistas ya constituidas que no ejercen el poder del Estado. Como destacan otros analistas esa combinación retrata una restauración no concluida (Heller, 2020). Ese escenario sitúa al país en un área de tránsito variable entre el capitalismo y el socialismo. Prescindiendo de estos dos conceptos básicos, la localización histórica de China carece de guías para evaluar su devenir.

Los enfoques que adoptan estas brújulas ubican el debate en coordenadas reconocibles. Habitualmente se discute si la reintroducción del capitalismo en China altera, cancela o facilita el avance hacia el socialismo. Las miradas intermedias no avalan, ni justifican esa regresión y destacan tanto los límites como la potencial reversión de ese proceso.

¿Socialismo de mercado? 

Muchas caracterizaciones de China coinciden en la descripción de una formación intermedia pero evitan esa denominación. Discrepan con ubicarla en el universo pleno del socialismo o del capitalismo, pero optan por situarla en alguna sub-variante de esas dos grandes opciones. Los principales exponentes de la primera corriente identifican al país con el socialismo de mercado.

Esa mirada resalta la naturaleza socialista de China, en una enfática reacción contra la vertiente opuesta. Cuestiona los argumentos “simplistas” e “ingenuos” que localizan al país en el universo del capitalismo (Guigue, 2018).

Pero esa contraposición limita el análisis y no ofrece respuestas al complejo perfil de una formación económico-social, que nunca se adoptó formas acabadas de los dos sistemas en debate. Atravesó períodos de transición al socialismo y ahora de restauración al capitalismo, sin madurar ninguna de esas opciones.

Es cierto que China difiere cualitativamente de las grandes economías occidentales y que no afronta todas las contradicciones de capitalismo (Lo Dic, 2016). Pero ha incorporado muchas tensiones de este sistema y comienza a exportarlas al resto del mundo. No es una economía financiarizada, ni neoliberal, pero debe lidiar con la sobre-inversión, la superproducción y la búsqueda de mercados, para los excedentes generados en su actividad industrial. Esos desequilibrios no presentan ninguna familiaridad con las tensiones de una economía socialista.

Es un error situar a China en un ámbito de socialismo de mercado por los deslumbrantes resultados que logró en materia de crecimiento. Con ese argumento desarrollista se podría exaltar también el enorme desenvolvimiento logrado por Corea del Sur u otros regímenes brutales del capitalismo asiático.

La identificación actual de China con el socialismo de mercado observa continuidades donde hubo rupturas. Se concibe a la expansión mercantil de los 80 y a las privatizaciones de los 90 como dos momentos de un mismo curso pos-capitalista. En esa presentación se omite la diferencia cualitativa que separa la ampliación del mercado dentro de la planificación con la preeminencia del beneficio, la competencia y la explotación.

La denominación “socialismo de mercado” podría quizás aplicarse al primer momento de esa secuencia, pero no al segundo. En este último período se forjó una clase propietaria de grandes empresas, que choca abiertamente con las metas igualitarias del socialismo.

La presencia de ese sector capitalista no expresa la simple extensión de la gestión mercantil. Indica un punto de ruptura o eventual gestación de una “economía mixta”. No es lo mismo la existencia de múltiples formas de propiedad (pública, provincial, comunal, cooperativa, privada) que la vigencia de normas de privatización. Los millonarios chinos ubicados en el ranking de Fortune no son partícipes de ningún conglomerado socialista.

El desconocimiento de esos datos impide evaluar el sentido de las luchas políticas que se libran en el país. Esas tensiones no expresan sólo las habituales disputas entre fracciones por el manejo poder que describe la prensa occidental. Tampoco responden a meras oleadas de limpieza de corruptos. En esos conflictos subyace la confrontación por acelerar o contener la restauración capitalista. Con la óptica del “socialismo de mercado” resulta difícil comprender el sentido de esos choques.

El énfasis analítico puesto en contraponer el próspero modelo asiático con su decadente contraparte occidental suele obstruir la evaluación de esas tensiones internas de China. Es totalmente cierto, que sin pilares socialistas China no hubiera podido erradicar la pobreza, en un conglomerado tan gigantesco y en un plazo tan breve (Jabbour, 2020). El capitalismo no permite consumar mejoras de esa envergadura. Pero esa extraordinaria conquista no se obtuvo con una simple y uniforme gestión socialista, que fue mutando de facetas a lo largo de 70 años. El impulso revolucionario inicial sentó las bases para una expansión posterior, que no tuvo signos unívocos, ni benefició exclusivamente a las mayorías populares.

La tesis de la continuidad socialista acepta todas las variantes seguidas por China, como un curso necesario para el desarrollo de las fuerzas productivas. Esa expansión es acertadamente destacada como una condición imprescindible para forjar alternativas al capitalismo (Andreani; Herrera, 2013).

Pero la mirada indiferenciada y acrítica de todos los periodos atravesados por el país, omite que no existe un sólo camino para ese desenvolvimiento. Tasas elevadas de crecimiento pueden lograrse expandiendo el mercado interno o la Ruta de la Seda, apuntalando o restringiendo la tasa de ganancia, favoreciendo o contrarrestando la desigualdad social.

Ese desarrollo puede exigir una enorme incidencia del mercado en la fijación de precios y en la escala de negocios privados. Pero traspasada cierta frontera, ese curso deja de constituir un desvío hacia el socialismo para transformarse en un sendero opuesto de retorno al capitalismo. Si esta disyuntiva no es explicitada, la restauración puede simplemente consolidarse a través de la auto-propulsión que genera el imperio del lucro.

Algunos pensadores suponen con cierta crudeza o ingenuidad que cierto desarrollo capitalista permitirá retomar luego la vía al socialismo, como si esos giros pudieran implementarse con la sencillez de una disposición ministerial. La historia brinda abrumadoras pruebas de la feroz defensa que despliegan los capitalistas para defender sus privilegios. Si afianzan estructuralmente sus beneficios de clase, no renunciarán a esas conveniencias cuando el timbre del socialismo suene en sus portones.

¿Capitalismo consumado?

En el polo opuesto de los teóricos del socialismo de mercado se ubican los pensadores que diagnostican la restauración total del capitalismo. Consideran que China se ha transformado en una pieza más del tablero global y que el status social de la nueva potencia no se distingue de sus pares de Occidente.

Esa visión es frecuentemente presentada en polémica con los analistas, que ponen reparos a la caracterización de un capitalismo completado e irreversible. Los intérpretes de ese cierre remarcan que “ya no hay vuelta atrás”, en la definitiva preeminencia del mismo sistema que impera en el resto del mundo (Sáenz, 2018).

El principal argumento económico para evaluar esa consolidación es la vigencia de todos los mecanismos del capitalismo. Estiman que en China prevalecen las normas de la explotación, la ganancia y la concurrencia (Carccione, 2020).Consideran que allí impera el mercado de trabajo, la propiedad privada de los medios de producción y la competencia entre las empresas (Au Loong, 2018).

¿Pero la ausencia de financiarización y neoliberalismo no obstruye el funcionamiento pleno de esas normas? ¿La alta regulación estatal, las restricciones al movimiento de capitales, la propiedad pública de la tierra, el control oficial de los bancos y las empresas estratégicas no influyen sobre el curso de la acumulación?

Los teóricos del capitalismo consumado relativizan la presencia de esas limitaciones y no explican por qué razón persisten en ese país, los controles que el neoliberalismo erradicó en el grueso del planeta. La privatización, la desregulación financiera, la apertura comercial y la flexibilización laboral fueron introducidas, para oxigenar al capitalismo de los obstáculos al beneficio que interponía el modelo keynesiano previo. En China no se concretó ese giro.

Quienes estiman que esa nación sepultó por completo su trayectoria previa, tampoco aclaran cuándo se produjo el entierro. La caracterización de ese viraje es clave para definir qué significado se asigna al concepto de capitalismo o socialismo.

Algunos pensadores estiman que la restauración ha sido un proceso ascendente desde fines de los años 70, que contó con el beneplácito de toda la dirigencia. Por eso resaltan el consiguiente aburguesamiento de las capas dirigentes (Laufer, 2020). Consideran que la era Deng, la fase de las privatizaciones y el equilibrio de Xi Jinping constituyen distintos momentos de un mismo proceso.

Pero con esta mirada se ignora la diferencia cualitativa que separa a un modelo de gestión mercantil en el marco de la planificación, de otro con expansión de la propiedad capitalista y de un tercero que limita esa extensión. La importancia de esas distinciones desborda la evaluación de China e involucra el proyecto general del socialismo. El ejemplo asiático justamente interesa para considerar ese futuro.

Quienes rechazan en forma indiscriminada todas las políticas económicas de últimas décadas, implícitamente objetan la reintroducción del mercado. No registran que esa gestión fue compatible con la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin en los años 20 y resulta insoslayable para cualquier proyecto pos-capitalista en los países subdesarrollados. ¿O acaso era mejor el esquema opuesto de planificación compulsiva y centralizada de la URSS en 1950-60?

El debate sobre China entre los marxistas no es meramente descriptivo. Exige opiniones sobre esas alternativas, para explicitar cuál es el proyecto económico socialista concebido por cada analista.

Burguesía y funcionarios sin fusión 

Los teóricos del capitalismo completado consideran que esa concreción se consumó con gran protagonismo del Estado. Estiman que los conductores del sistema anterior encabezaron la restauración, transformando a la antigua crema de Partido Comunista en la nueva élite del capitalismo (Carccione, 2020).

Pero esa mirada registra identidades donde prevalecen separaciones. La nueva clase burguesa y la burocracia que controla el Estado permanecen como dos sectores diferenciados. El primero no capturó el poder y el segundo no se transformó en un mero grupo de propietarios enriquecidos.

La continuidad de esta distinción no invalida que varios millonarios ocupen altos cargos oficiales o que las familias de muchos jerarcas exhiban un nivel de vida ultra-acomodado. Lo que interesa conceptualmente no ese cómputo de riquezas, sino el papel objetivo que cumple cada sector en una formación económico-social.

Lo que distingue a China de Rusia o Europa de Este es la continuada diferencia entre la estructura de la sociedad y el Estado, que mantiene a la clase capitalista alejada del control del poder político. Esa brecha podría disiparse con el tiempo, pero aún no se ha disuelto. Quienes estiman que la fusión ya se ha consumado aceptan el contraste entre la trayectoria seguida por China y el fenecido “bloque socialista”, pero sin extraer conclusiones de ese contrapunto.

También subrayan la gravedad de la crisis capitalista contemporánea y enfatizan los límites históricos de este sistema. Pero eluden indagar cómo ha podido un régimen social en declive expandirse con tanta facilidad e intensidad, en el país más poblado del planeta. No es muy lógico remarcar la asfixia objetiva que afronta el capitalismo occidental y describir sin ningún asombro, cómo ese mismo sistema florece en la principal nación asiática.

La presentación del crecimiento chino como un resultado del empalme funcional con el capitalismo global ilustra tan sólo una cara de la moneda. El país logró su extraordinario desarrollo como un efecto combinado de pilares socialistas, regulaciones estatales y restricciones a la financiarización. La creciente afluencia del capitalismo no frenó esa expansión, pero introdujo grandes desequilibrios de sobreinversión, sobreproducción y desigualdad.

Es muy controvertido suponer que el capitalismo penetra sin ningún escollo bajo el comando consciente del Partido Comunista. Se extrema un razonamiento inspirado en ironías de la historia, al imaginar que la restauración avanza naturalmente por ese insólito carril. No parece muy sensato considerar que los textos de Marx, Lenin o Mao sean utilizados para implantar el sistema que esos escritos repudian. Más lógico es lo ocurrido en Rusia y Europa del Este, donde se alaba al capitalismo incinerando esos libros. La permanencia del marxismo como literatura oficial en China ilustra lo obvio: la restauración no ha concluido y afronta resistencias.

Lucha, represión y legado

La tesis del capitalismo completado atribuye ese resultado a una derrota histórica de la clase obrera. Considera que esa regresión se afianzó a fines de los 80 con Tiananmén, se consolidó con los grandes despidos en empresas estatales durante los 90 y se reforzó definitivamente con un sistema político dictatorial (Au Loong, 2016). Esa visión es coherente con el presupuesto que el capitalismo avanza con tasas crecientes de explotación y pérdidas de conquistas sociales.

Pero ese diagnóstico choca con incontables evidencias de mejora del salario, reducción de la pobreza y expansión del consumo. El enorme crecimiento económico ha sido acompañado de un incremento mayúsculo de la desigualdad, pero sin la tragedia social imperante en los países bajo gestión neoliberal. Las condiciones generales de vida en el país han seguido un rumbo muy contrapuesto, por ejemplo, al observado en América Latina.

Estos avances no retratan los méritos del retorno capitalista. Ilustran la fuerza social de los trabajadores y el impacto de sus demandas efectivas o potenciales. En las últimas dos décadas emergió un nuevo proletariado, con expresiones de resistencia y alta capacidad para hacer valer sus exigencias.

Los propios teóricos de la restauración culminada describen esas protestas como la “peor pesadilla” de la burocracia (Yunes, 2018). Recogen registros de la significativa capacidad exhibida por los operarios para imponer sus derechos (Hernández, 2016)

Esos informes indican que los gerentes de las empresas y los altos funcionarios actúan con cautela, frente al revulsivo potencial de la clase obrera. Esa conducta añade otro argumento a favor de la tesis de un modelo capitalista no concluido.

La misma evaluación se extiende a la caracterización del régimen político. Es evidente que en China no rige una democracia socialista. Esa meta se encuentra muy lejos de su implantación y son numerosas las evidencias de inadmisibles restricciones a los derechos democráticos. Pero los teóricos de la restauración plena no se limitan a constatar o criticar este hecho. Postulan la vigencia de una descarnada dictadura que funciona con normas cuartelarías y consecuencias sanguinarias. Estiman que ese sistema es análogo a la tiranía derrotada por la revolución socialista (el Koumintang) o a la terrorífica junta militar coreana de 1961-1987 (Au Loong, 2016).

China no sólo padecería un retorno del capitalismo, sino también una regresión a la tragedia política de la primera mitad del siglo XX. El país estaría bajo el control de una clase dominante despiadada, que sojuzgaría a los desposeídos mediante un sistema político análogo a las formas pre-modernas que utilizaban los emperadores y mandarines.

Pero resulta muy difícil congeniar estas descripciones con la modernización que ha protagonizado el país y la consiguiente complejidad de su estructura político-social. Si la imagen de un capitalismo meramente destructor contrasta con los avances en el nivel de vida, la presentación de un tirano al comando de 1500 millones de personas, no condice con la variedad de tendencias políticas actuantes en China. Ese contexto es imperceptible con mirada atadas a un razonamiento convencional de contraposición de totalitarismos con democracias (Mobo, 2019).

La presentación de China como una simple dictadura capitalista también presupone que el legado socialista ha sido completamente demolido. Se estima que esa tradición ha quedado profundamente desacreditada, en un marco de viraje nacionalista de la intelectualidad y apatía política de la juventud (Au Loong, 2016).

Pero ese retrato no coincide con la aparición de nuevas vertientes de izquierda, ni con la continuada gravitación del marxismo. Esa corriente de pensamiento mantiene actualmente mayor vivacidad en China que en sus tradicionales centros de Europa. Ese dato no es irrelevante e indica un escenario mucho más promisorio, que el expuesto por los diagnósticos pesimistas.

¿Un transitorio capitalismo de Estado? 

La restauración no está concluida, pero es una tendencia en curso que podría efectivizarse a través de ciertos episodios decisivos. La sustitución china de Occidente en el comando de la globalización constituiría uno de esos desencadenantes. No se sensato suponer que una formación burocrática asumirá el timón de capitalismo mundial, sin ejercitar a pleno las reglas de la ganancias, la competencia y la explotación. Su captura del liderazgo mundial bajo las normas imperantes en la actualidad, no sería otro jalón del renacimiento histórico de China. Constituiría un punto de viraje hacia la consolidación definitiva del capitalismo.

Otra variedad de ese curso se verificó en los momentos de mayor euforia de “chinamerica”. En el cenit de esa asociación algunos analistas concibieron, que las monumentales acreencias asiáticas de Estados Unidos se convertirían en propiedades del gigante oriental. Supusieron que grandes empresas norteamericanas quedarían bajo el control de socios o gerentes chinos. Estimaron que esa conversión podría constituir el primer paso hacia la conformación de la tan debatida, pero inexistente clase dominante transnacional.

En los hechos la concreción de ese proceso fue abortada por el acoso imperialista que inició Obama y reforzó Trump. Esa escala de agresiones dio lugar a la reacción defensiva de Xi Jinping y a un cambio de escenario. El contexto de amigable globalización ha quedado sustituido por un perdurable marco de tensiones.

El resultado de esa confrontación es incierto. Puede abrir caminos de internacionalización capitalista de China, con sus empresas rivalizando más intensamente por lucros, mercados y cuotas de plusvalía. Pero también puede desembocar en choques geopolíticos, depresiones económicas y protestas populares, que algunos pensadores identifican con el debut de un escenario pos-capitalista (Dierckxsens; Formento; Piqueras, 2018). La actual formación intermedia china con sus clases adineradas, su regulación estatal y su retórica oficial marxista redefinirá su perfil en el escenario que se avecina.

El status transitorio de esa formación económico-social es destacado por muchos pensadores. A falta de una denominación más adecuada, algunos utilizan el término de “capitalismo de Estado” para tipificar ese régimen. Recurren a ese concepto para resaltar el papel del Estado como un gran timonel de la economía, en la fijación de todos los parámetros y las restricciones de la acumulación (Brenner, 2019).

Pero justamente por ese motivo el término es inadecuado. El capitalismo de Estado obviamente presupone que el capitalismo ya impera con plenitud en la sociedad y en el aparato estatal. Opera a través de ese organismo para forzar el cumplimiento de las metas de inversión, acumulación o desarrollo que ambiciona la clase dominante. Fue la dinámica que imperó por ejemplo en Japón.

Lo que distingue a China de ese antecedente ha sido la preexistencia de una revolución socialista, que cortó una trayectoria inicial del capitalismo. Ese componente socialista estuvo ausente en todas las versiones que adoptó el capitalismo de estado a lo largo del siglo XX.

Esa singularidad es registrada por otro enfoque, que utiliza el mismo concepto para destacar que China retomará un desemboque en el socialismo (Amin, 2013). Sugiere que el capitalismo de Estado constituye un eslabón hacia ese objetivo. Pero también da a entender que formas de capitalismo regulado son indispensables para la paulatina gestación de una sociedad igualitaria. Lo que resulta muy difícil de imaginar es cómo el socialismo emergería de una secuencia de capitalismos de distinto molde. La tesis de un status intermedio evita esos inconvenientes.

Confrontación de intereses y programas

China no es una sociedad uniforme, acallada y sometida. En el propio Partido Comunista coexisten millones de personas, que confrontan propuestas y posturas a través de distintos canales.

Las discrepancias que salieron a la superficie durante la pandemia constituyen un indicador de esos contrapuntos. En esa emergencia actuaron junto al oficialismo distintas asociaciones que no pertenecen al partido hegemónico. Es importante conocer esas actividades para superar los estereotipos que difunden los medios de comunicación, en su presentación de una sociedad simplemente esclavizada a los mandatos de una autocracia (Prashad, 2020).

Esa imagen no evalúa a Estados Unidos con la misma vara. Omite que en ese país impera en los hechos una dictadura bipartidista de la misma elite, que intercambia periódicamente el timón presidencial entre exponentes Demócratas y Republicanos. Esa manipulación no impide la existencia de un escenario multifacético de tendencias políticas de variado tipo. La misma (o mayor) diversidad impera en China.

La tesis del monolitismo asiático choca con el simple registro de las corrientes políticas del país. Una analista distingue seis vertientes significativas. Los neoliberales proponen expandir las privatizaciones, reducir el estado de bienestar y anular las leyes de salario mínimo. Los socialistas democráticos propician una economía mixta gestionada con formas políticas multipartidarias. La Nueva Izquierda defiende las empresas públicas, cuestiona la inserción en la globalización y rechaza desigualdad. Los milenaristas retoman los ideales de Confucio, para postular una reorganización del país con parámetros éticos. Las marxistas singulares exigen combinar normas de eficiencia con ideales altruistas y sus colegas tradicionalistas retoman ideas de Mao, para priorizar la defensa del país y la continuidad de las empresas estatales (Enfu, 2012).

Ese retrato sugiere una diversidad que no es perceptible con las anteojeras del institucionalismo burgués. Refuta la imagen de homogeneidad en una nación que alberga a un sexto de la población mundial. No es la brecha cultural o la barrera idiomática lo que impide tomar contacto con esa realidad. La obstrucción deriva de un prejuicio que contrapone el autoritarismo asiático con la floreciente diversidad occidental.

Los pensadores que tuvieron más familiaridad con la vida política china, resaltaron en los últimos años la intensa confrontación entre la corriente neoliberal y antiliberal. Describieron la pugna entre los partidarios del librecomercio globalista y los promotores de la regulación estatal (Amin, 2013).

Pero un proceso más interesante se desarrolla en torno a la denominada Nueva Izquierda. Esta corriente surgió a mitad de los años 90 cuestionando los proyectos de privatización y postulando la redistribución del ingreso, mediante un curso de modernización alejado del patrón capitalista (Ban Wang; Jie Lu, 2012).

La Nueva Izquierda denuncia el fetichismo del crecimiento, defiende el sistema de seguridad social y condena la amnesia de la herencia revolucionaria. Auspicia la acción colectiva y estima que Tian An Men fue una rebelión contra la corrupción y la injusticia (Keucheyan, 2010: 177-185).

Los partidarios de esta corriente también objetan la mirada angelical de los cultores de Confucio (Rofel, 2012). Critican la despolitización y reivindican las protestas populares (Wang Hui, 2015). Promueven, además, una revisión de la Revolución Cultural alejada de la demonización prevaleciente, cuestionando el énfasis unilateral en las facetas negativas de ese episodio (Mobo, 2019).

La evaluación del maoísmo es uno de los principales temas en debate en la Nueva Izquierda. Algunos analistas destacan la existencia de varias corrientes herederas de Mao. Una vertiente de peso en las estructuras oficiales prioriza la defensa nacional frente a la agresión de Estados Unidos. Otra se desenvuelve fuera de ese ámbito y propicia la organización autónoma de los sindicatos (Quian Benli, 2019).

La Nueva Izquierda convoca a renovar el proyecto socialista, en confrontación con el presupuesto de conveniencia (o inexorabilidad) de una etapa capitalista. Estima que la instauración de ese sistema entraña consecuencias nefastas y despliega una intensa batalla contra la cultura de la mercantilización (Lin Chun 2013:197-215).

Los exponentes de esta mirada denuncian los desequilibrios que ha introducido el capitalismo, reconociendo las mejoras registradas en el nivel de vida y la complejidad creada con la gestación de una nueva clase media urbana (Lin Chun 2009).

Objetan la primacía asignada a la expansión externa, destacando que China no necesita transformarse en una potencia mundial, ni actuar como faro del libre-comercio. Debe priorizar el cúmulo de mejoras pendientes en la esfera doméstica (Lin Chun 2019). Señalan que en lugar de comprometer a la economía con riesgosas inversiones foráneas convendría canalizar el ahorro excedente hacia los circuitos locales, para revitalizar las empresas estatales e incrementar los gastos sociales.

Esta orientación privilegia la actividad económica interna buscando una reconciliación entre el socialismo y el mercado (Lin Chun 2009). En el plano externo promueve retomar las ideas antiimperialistas que el país alentaba antes de amoldarse a la euforia de globalismo (Lin Chun 2019).

Este programa de la Nueva Izquierda es coherente con un diagnóstico de limitada reconversión capitalista de China. La implantación definitiva de ese sistema puede ser contenida mediante un curso opuesto de renovación socialista basado en el protagonismo popular.

Lo que está en juego es una confrontación de intereses. La discusión sobre la naturaleza capitalista, socialista o intermedia de China no es una controversia académica sobre la clasificación de la nueva potencia. Sintetiza distintas miradas y propósitos para el país que definirá el curso del escenario global.

 

18-9-2020

Por Claudio Katz, es economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

Referencias

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