MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

La crisis mundial más grave en la historia del sistema capitalista ha sido provocada por el capital financiero internacional, con sus latrocinios, irresponsabilidades y especulaciones, y con sus políticas de despojo de los recursos naturales de todos los pueblos. Comenzó en Estados Unidos –el país más endeudado del planeta, con un creciente déficit público de 13 billones (millones de millones, 12 ceros seguidos) de dólares–, ahora se extendió a la Unión Europea (la principal potencia económica mundial) y afectará pronto al sudeste asiático que, como China o Japón, destinan a ambos la mayor parte de sus importaciones y son los principales sostenedores del dólar y compradores de los bonos públicos estadunidenses. (Dicho sea de paso, uno nunca dejará de asombrarse ante la ligereza y el impresionismo de algunos supuestos analistas económicos internacionales de México y de otros países, que ridículamente anunciaban la muerte del dólar y su remplazo por el euro –hoy por los suelos– o por otras divisas, sin ver que todos los bancos centrales juegan el mismo juego y están atados por la misma cuerda sucia).

Los respectivos Estados salvaron a los banqueros –a golpe de cientos de miles de millones de dólares de los contribuyentes– y les entregaron la conducción de la economía que previamente habían devastado. O sea, concedieron a los responsables de la crisis la responsabilidad de la superación de la misma, y a los mafiosos y delincuentes, la protección del orden financiero.

El resultado está a la vista: con fondos públicos concedidos al uno por ciento, los ladrones de guante blanco, recicladores además de los fondos de la droga (estimados en 300 mil millones de dólares anuales, o sea, tanto como la industria petrolera), de la venta de armas y de la prostitución, prestan ese dinero ajeno a países como Grecia, a tasas que llegan a ocho por ciento, y los endeudan aún más.

El capital financiero sigue dirigiendo, como si nada hubiera sucedido, el gran casino mundial y se juega en la ruleta el destino de países enteros y de miles de millones de personas. El comercio de divisas, altamente especulativo, mueve tres billones (en español, o sea, millones de millones) de dólares cada día, y el mercado de derivados (opciones y futuros) asciende a mil billones (equivalentes a 16 veces el producto interno bruto anual de todos los países, grandes y chicos, de este planeta). Ese es el tsunami que sumerge las economías nacionales.

Eso es posible porque ningún gobierno toca al capital financiero ni intenta ponerle cortapisas. Por el contrario, ante la crisis que éste provocó, los gobiernos prolongan la edad para jubilarse, reducen o congelan los salarios, aumentan el impuesto al valor agregado –que pesa sobre todo entre los pobres–, sin pensar siquiera en ponerles a los bancos impuestos a las ganancias o a las operaciones financieras. Si los centenares de miles de millones de dólares que arrojaron al pozo sin fondo de los bancos ladrones hubiesen servido para crear bancos públicos y para sostener la demanda de sus poblaciones, la crisis sería menos extensa y menos cruel. Porque las políticas deflacionarias, a costa de los salarios y los ingresos, reducen el poder adquisitivo de las mayorías y, por consiguiente, su nivel de consumo, y agravan tanto la desocupación como la desindustrialización relativa, ya que los capitales no van a los sectores productivos, sino que se orientan a los que otorgan alta ganancia inmediata, como los delincuenciales, entre los cuales destacan los centros del capital financiero.

Éste no sólo les mete la mano en el bolsillo a asalariados, pequeños comerciantes, artesanos, campesinos y jubilados, sino que también roba la soberanía de los pueblos junto con los recursos de todo tipo. La banca de negocios sucios Goldman Sachs, por ejemplo, indujo al gobierno conservador de Karamanlis, en Grecia, a endeudarse en condiciones leoninas. Inmediatamente el pueblo griego votó en forma aplastante en favor de los socialistas y contra las políticas de ajuste brutal que querían imponer los conservadores. Pero ese voto no valió nada, porque el FMI y los bancos decidieron por su parte e impusieron al gobierno de Atenas una política económica y una orientación fiscal opuestas a las exigencias de los electores, anulando así la soberanía de éstos e imponiendo a Grecia un gobierno financiero supranacional, con la complicidad del gobierno socialdemócrata, que prefirió suicidarse políticamente porque la alternativa era desconocer la deuda fraudulenta contraída por los conservadores a sugerencia de Goldman Sachs, hacer una auditoría de toda la deuda, meter presos a los responsables de ese atentado contra el pueblo y contra el país, hacer un plan de emergencia basado en aplicar impuestos a los beneficiarios de la crisis y a los que más tienen, para dar trabajo y promover la industralización local, y convocar a un referendo para decidir respecto del no pago de la deuda injusta y fraudulenta y de la política económica.

La prosperidad y las altas ganancias de los bancos contrastan en toda Europa con el aumento de la desocupación y la pobreza. La evasión fiscal, por otra parte, es normal en el caso de las grandes empresas y del capital financiero. Por ahí habría que comenzar el ajuste: expropiando los bancos, creando una banca nacional de desarrollo, haciendo pagar a los evasores.

Pero esto plantea urgentemente la cuestión de quién debe gobernar el país. Los capitalistas y sus servidores políticos han demostrado su corrupción, su ineptitud y su carácter antisocial y antinacional. No basta ya con protestar. Es hora de reclamar y de preparar una alternativa.

Por Guillermo Almyera
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Jueves, 13 Mayo 2010 07:21

Sepa lo que es el capitalismo

El capitalismo tiene legiones de apologistas. Muchos lo hacen de buena fe, producto de su ignorancia y por el hecho de que, como decía Marx, el sistema es opaco y su naturaleza explotadora y predatoria no es evidente ante los ojos de mujeres y hombres. Otros lo defienden porque son sus grandes beneficiarios y amasan enormes fortunas gracias a sus injusticias e inequidades. Hay además otros ("gurúes" financieros, "opinólogos", "periodistas especializados", académicos "bienpensantes" y los diversos exponentes del "pensamiento único") que conocen perfectamente bien los costos sociales que en términos de degradación humana y medioambiental impone el sistema. Pero están muy bien pagados para engañar a la gente y prosiguen incansablemente con su labor. Ellos saben muy bien, aprendieron muy bien, que la "batalla de ideas" a la cual nos ha convocado Fidel es absolutamente estratégica para la preservación del sistema, y no cejan en su empeño. 

Para contrarrestar la proliferación de versiones idílicas acerca del capitalismo y de su capacidad para promover el bienestar general examinemos algunos datos obtenidos de documentos oficiales del sistema de Naciones Unidas. Esto es sumamente didáctico cuando se escucha, máxime en el contexto de la crisis actual, que la solución a los problemas del capitalismo se logra con más capitalismo; o que el G-20, el FMI, la Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial, arrepentidos de sus errores pasados, van a poder resolver los problemas que agobian a la humanidad. Todas estas instituciones son incorregibles e irreformables, y cualquier esperanza de cambio no es nada más que una ilusión. Siguen proponiendo lo mismo, sólo que con un discurso diferente y una estrategia de "relaciones públicas" diseñada para ocultar sus verdaderas intenciones. Quien tenga dudas mire lo que están proponiendo para "solucionar" la crisis en Grecia: ¡las mismas recetas que aplicaron y siguen aplicando en América Latina y África desde los años ochenta! 

A continuación, algunos datos (con sus respectivas fuentes) recientemente sistematizados por CROP, el Programa Internacional de Estudios Comparativos sobre la Pobreza radicado en la Universidad de Bergen, Noruega. CROP está haciendo un gran esfuerzo para, desde una perspectiva crítica, combatir el discurso oficial sobre la pobreza elaborado desde hace más de treinta años por el Banco Mundial y reproducido incansablemente por los grandes medios de comunicación, autoridades gubernamentales, académicos y "expertos" varios.

Población mundial: 6.800 millones, de los cuales 

1.020 millones son desnutridos crónicos (FAO, 2009)

2.000 millones no tienen acceso a medicamentos (www.fic.nih.gov)

884 millones no tienen acceso a agua potable (OMS/UNICEF 2008)

924 millones “sin techo” o en viviendas precarias (UN Habitat 2003)

1.600 millones no tienen electricidad (UN Habitat, “Urban Energy”)

2.500 millones sin sistemas de dreanajes o cloacas (OMS/UNICEF 2008)

774 millones de adultos son analfabetos (www.uis.unesco.org)

18 millones de muertes por año debido a la pobreza, la mayoría de niños menores de 5 años. (OMS)

218 millones de niños, entre 5 y 17 años, trabajan a menudo en condiciones de esclavitud y en tareas peligrosas o humillantes como soldados, prostitutas, sirvientes, en la agricultura, la construcción o en la industria textil (OIT: La eliminación del trabajo infantil: un objetivo a nuestro alcance, 2006) 

Entre 1988 y 2002, el 25% más pobre de la población mundial redujo su participación en el ingreso mundial desde el 1,16% al 0,92%, mientras que el opulento 10% más rico acrecentó sus fortunas pasando de disponer del 64,7 al 71,1% de la riqueza mundial . El enriquecimiento de unos pocos tiene como su reverso el empobrecimiento de muchos.

Sólo ese 6,4 % de aumento de la riqueza de los más ricos sería suficiente para duplicar los ingresos del 70% de la población mundial, salvando innumerables vidas y reduciendo las penurias y sufrimientos de los más pobres. Entiéndase bien: tal cosa se lograría si tan sólo se pudiera redistribuir el enriquecimiento adicional producido entre 1988 y 2002 del 10% más rico de la población mundial, dejando intactas sus exorbitantes fortunas. Pero ni siquiera algo tan elemental como esto es aceptable para las clases dominantes del capitalismo mundial.

Conclusión: si no se combate la pobreza (¡ni se hable de erradicarla bajo el capitalismo!) es porque el sistema obedece a una lógica implacable centrada en la obtención del lucro, lo que concentra la riqueza y aumenta incesantemente la pobreza y la desigualdad económico-social. 

Después de cinco siglos de existencia esto es lo que el capitalismo tiene para ofrecer. ¿Qué esperamos para cambiar al sistema? Si la humanidad tiene futuro, será claramente socialista. Con el capitalismo, en cambio, no habrá futuro para nadie. Ni para los ricos ni para los pobres. La sentencia de Friedrich Engels, y también de Rosa Luxemburgo: "socialismo o barbarie", es hoy más actual y vigente que nunca. Ninguna sociedad sobrevive cuando su impulso vital reside en la búsqueda incesante del lucro, y su motor es la ganancia. Más temprano que tarde provoca la desintegración de la vida social, la destrucción del medio ambiente, la decadencia política y una crisis moral. Todavía estamos a tiempo, pero ya no queda demasiado. 

Atilio A. Boron
http://www.atilioboron.com
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Martes, 04 Mayo 2010 07:01

Alternativas desde la sociedad

“A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”: 
Madre Teresa de Calcuta (1910-1997).
 
Las sociedades en el mundo están cansadas del modelo de desarrollo depredador del capitalismo globalizador. Sí. Y no es sólo un síntoma de las personas que habitan en las ciudades perdidas de cualquier país en desarrollo, porque lo padecen en carne propia todos los días. No. También es parte de aquellas personas que incluso tienen otro nivel de vida y habitan en las grandes ciudades, pero igualmente están percibiendo en su vida cotidiana los males en que está degenerando el capitalismo global.
 
Y los efectos de la descomposición están a ojos vistos por todas partes. Porque la polaridad entre riqueza y pobreza ha alcanzado niveles tales que el mismo capital acumulado ya no tiene frente a sí muchas opciones. O mejor dicho, ha entrado en un callejón sin salida. Porque el capital está para crecer sin importar que en su proceso arrastre tras de sí, incluso, al mismo planeta. Y al parecer, el mundo de la riqueza ya entró en un ciclo perverso de autodestrucción. La fuga de petróleo en el Golfo de México se encamina hacia una catástrofe de enormes dimensiones y elevadísimos costos para el planeta. Tiende a ser un desastre mundial, de alcance mucho mayor que una “catástrofe nacional”, como la ha clasificado Estados Unidos.
 
Es decir, que el uso y el abuso de los recursos naturales han alcanzado ya un grado de límite extremo. Eso en lo que corresponde al capital destructivo y rapaz, el de los procesos industriales. Pero el capital especulativo, el capital financiero que se mueve entre las bolsas del mundo, tampoco encuentra opciones ya. Y la mejor prueba es que en EU la crisis del capital financiero no tiene salidas. Y no las tiene porque las busca afuera, y no adentro del mismo sistema. Quiere el sacrificio de otros, no autoflagelarse.
 
Es por eso el tiempo pertinente para que las sociedades aceleren sus procesos de compartir experiencias para la autoayuda, para salir del hoyo al que las ha encaminado el capitalismo globalizador sin otro remedio que la depredación natural y el exterminio de la raza humana. La fuerza de la sociedad es incalculable. Y queriendo, u obligada por la necesidad, la sociedad puede mover el mundo. Salir de la crisis como lo hizo la sociedad argentina en los años aciagos de la debacle de 1995.
 
Pero, en general, la sociedad en muchas partes del mundo cuenta con experiencias alternativas al desarrollo del capital, porque como dicta un refrán de algunas comunidades indígenas de México, zapatistas claro: “otro mundo es posible”. Y llegó el tiempo de echar a andar todas las experiencias (entre todos) como sociedad-mundo. Para eso antes hay que compartirlas primero, y darlas a conocer. Todas las que ya existen, para sopesar en dónde se pueden instrumentar.
 
Ayer comenzó en el Zócalo de la Ciudad de México el Foro Social Mundial (FSM) ahora “México 2010”.La duración será de tres días. Y es un foro para compartir. El zócalo de la capital del país, se abre ahora como el espacio óptimo en donde las organizaciones sociales, movimientos y colectivos de la sociedad civil estarán aterrizando el viejo sueño del esfuerzo para sumar experiencias que permitan, por qué no, construir una alternativa nacional. Es la suma de los esfuerzos con otros países para construir las alternativas al neoliberalismo de la globalización.
 
Promover e impulsar la participación colectiva, social y comunitaria, donde la propia comunidad encuentra soluciones a los problemas que le plantea el sistema del capital neoliberal, y la necesidad incesante de compartir esas experiencias, es lo que hace enriquecedor este tipo de eventos. Más tratándose de un foro como el FSM, que ha alcanzado un elevado prestigio desde que surgió en junio de 2000, entre la propia sociedad civil mundial.
 
Lo anterior, pese al cuestionamiento de los detractores en el sentido que (especialmente el que se realiza cada año de modo alterno al Foro Económico Mundial de Davos que reúne a la crema y nata de los hombres de negocios del mundo, y ocurre en Porto Alegre, Brasil, bajo los auspicios del gobierno de ese país latinoamericano), el foro es pagado por las mismas empresas multinacionales responsables o activos principales de la tan cuestionada globalización.
 
Pero no importa. El caso es que el FSM va más allá de la catarsis que muchos le ven a estos encuentros. Porque sirven para lavar las conciencias de los depredadores. Y las manifestaciones como tales minimizan las presiones en su contra. No lo creo así. Porque encuentros como el FSM socializa las experiencias y comparte los esfuerzos, incluso de las comunidades. Porque aquí los participantes, actores todos, expresan sus vivencias y muestran la madera de la que está hecha el hombre de carne y hueso que sirve para mucho más que carne de cañón o para ser exprimida en los procesos de producción industrial.
 
Porque la sociedad tiene necesidad de participar y ser tomada en cuenta. Quiere encontrar las soluciones que el capital depredador no le proporciona. Ni en los países desarrollados, como tampoco en los de desarrollo medio o “en vías de desarrollo”.
 
Pablo González Casanova, el sociólogo mexicano que en los últimos años de su vida se ha inclinado por la búsqueda de alternativas al neoliberalismo, dijo ayer en el foro central que las opciones existen. Sólo hay que socializarlas y quitarse algunos tabúes (no con esas palabras). “El capital no tiene solución a la crisis”. Al contrario, va por la destrucción de la tierra. El hábitat del ser humano. Por eso planteó que el derrumbe del capitalismo es inminente, “por la pura lógica de la acumulación”.
 
Por lo mismo planteó alternativas. Entre otras, trabajar unidos bajo principios morales y de respeto a todas las voces, independientemente de raza, color o sexo. Elaborar un proyecto común, de acción conjunta, individual y colectiva. Dignificar la lucha de los excluidos, como son los pobres de la tierra. Y en el ejemplo los zapatistas no sobran. Alternativas al fin en un foro que se organiza para eso: las alternativas posibles en contra del neoliberalismo depredador.

Por Salvador González Briceño
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Ante una situación caracterizada por una triple crisis: ecológica, económica y socio-política, los movimientos tranformadores necesitan nuevas respuestas y caminos de actuación. Desde una parte de la izquierda anticapitalista y desde la ecología política, se ha otorgado al decrecimiento un papel de herramienta política de alta validez. De manera efectiva pensamos que puede servir para superar un capitalismo que pretende virar hacia lo “verde” sin poner en cuestión su lógica injusta e insostenible, así como afrontar el triste futuro que nos depara el cambio climático si no actuamos con decisión.
Básicamente el concepto del decrecimiento pone en cuestión los grandes fundamentos del productivismo al exponer que no hay crecimiento infinito posible en un planeta finito. Apoyándose en autores de varias procedencias ideológicas como Iván Illich, André Gorz o Nicholas Georgescu-Roegen se opone, por lo tanto, al consenso generalizado según el cual el crecimiento económico es el alfa y el omega del bienestar humano e, incluso, de la conservación de los ecosistemas. Asimismo, de la mano o a pesar del incremento constante del PIB mundial desde hace 50 años, la huella ecológica de la humanidad –es decir el impacto de nuestras sociedades sobre el medio ambiente– excede hoy en casi un 30% la capacidad de regeneración del planeta. Si todas las personas vivieran como la ciudadanía vasca se necesitarían tres planetas. Mientras tanto las injusticias y desigualdades aumentan dejando en la brecha no sólo a los países del Sur sino también al casi 9% de personas que viven debajo del umbral de la pobreza relativa en Euskadi (20% en el Estado español); eso sin contar el déficit democrático que supone el imposible control de la ciudadanía sobre las cuestiones energéticas y la inexistencia de mecanismos de democracia participativa y directa.

Si bien se pueden discutir algunas implicaciones que poseen la utilización e idoneidad del término “decrecimiento”, constatamos que en la mayoría de los casos el rechazo al concepto enmascara en realidad un fuerte temor a su contenido subversivo y a la dificultad que entraña la posibilidad de manipularlo (a diferencia de lo ocurrido con el “desarrollo sostenible”). Igualmente, un número cada vez más importante de personas y movimientos sociales está empezando a utilizar el decrecimiento no sólo para vivir acorde con sus principios de simplicidad voluntaria, sino también para organizarse, reflexionar y aportar propuestas concretas de cambio. Además en Francia, en Italia o en el Estado español a nivel político el movimiento verde está dando un fuerte impulso a la cuestión y los movimientos de la izquierda anticapitalista trabajan cada vez más sobre el tema.

Sin duda el concepto de decrecimiento, al introducir la finitud del planeta y el lema “vivir mejor con menos”, posee una serie de virtudes innegables y, desde una perspectiva política, puede aportar elementos centrales para el futuro como:

Una revisión de conceptos como desarrollo, trabajo o riqueza, y una profundización y rescate de otros como justicia social, ciudadanía o democracia.

Propuestas novedosas desde la justicia ambiental y las relaciones Norte-Sur, la reubicación de los procesos de producción-consumo o la apuesta por nuevos modelos urbanísticos y energéticos como las ciudades en transición.

El valor de la coherencia entre el comportamiento individual y la acción colectiva.

Un puente entre sociedad y espacios de transformación social, y la creación de un nexo estratégico entre partidos y movimientos verdes, anticapitalistas y ecosocialistas.

Por lo tanto, ante el modelo capitalista de crecimiento infinito, el decrecimiento propone una alternativa no por sencilla de comprender menos revolucionaria. Frente a la dictadura del PIB volvamos a situar a la persona en el centro de los debates. Dejemos de perder el tiempo con el “hay que ganarse la vida” y de destruir el medio ambiente; apostemos por la emancipación personal y colectiva y la conversión ecológica de la economía reduciendo el consumo y produciendo según nuestras necesidades reales, compartamos el trabajo y liberemos tiempo para invertirlo en actividades creadoras de riqueza social y ecológica. En definitiva, optemos por la ciudadanía, la justicia social y ambiental, hoy y mañana, en el Norte y en el Sur. En otras palabras, ¡apostemos por vivir mejor con menos!"

En definitiva, el decrecimiento no es algo totalmente nuevo; probablemente ni siquiera puede caracterizarse como una ideología política per se. Sin embargo posee la capacidad de dar alternativas a un sistema depredador e injusto y de crear puentes entre diferentes tradiciones políticas y sociales, lo que lo convierte en una poderosa herramienta política estratégica y una apuesta de transformación social. 
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Los autores Florent Marcellesi, Igor Moreno Jauregi e Iñaki Valentín son, respectivamente, miembros de Berdeak/Los Verdes, Gorripidea-Zutik y Antikapitalistak.
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¿Por qué es preciso pensar en una transición anticapitalista? ¿Y qué es lo que sería tal transición? La participación de David Harvey, profesor de Geografía y Antropología de la City University, de Nueva York, en el seminario de evaluación de los 10 años del Foro Social Mundial, en Porto Alegre, fue una tentativa de responder a estas preguntas. 

La respuesta, en realidad, incluye, en primer lugar una justificación de la pertinencia de las preguntas. Después de la derrota de la Unión Soviética, de los regímenes socialistas del Este Europeo y de la caída del Muro de Berlín, hablar de anticapitalismo se tornó prohibido. El comunismo fracasó, el capitalismo triunfó y no se habla más del asunto: ese mensaje cruzó el planeta adquiriendo aires de sentido común. Pero los muros del capitalismo siguieron en pié y creciendo. Y excluyendo, provocando crisis, pobreza, hambre, destrucción ambiental, guerra…

Y es en los últimos años que se volvió a hablar de anticapitalismo y en la necesidad de pensar otra forma de organización económica, política y social. David Harvey vino a Porto Alegre a hablar de eso. Para él, la necesidad de volver hablar de anticapitalismo se apoya sobre algunos datos: el aumento de la desigualdad social, la creciente corrupción de la democracia por el poder del dinero, el alineamiento de los medios de comunicación con el gran capital (y su consecuente papel de cómplice de la corrupción de la democracia), la destrucción acelerada del medio ambiente. Ese escenario exige una respuesta política, resume Harvey. Una respuesta política, en su criterio, de la naturaleza anticapitalista. ¿Por qué? El autor de La producción capitalista del espacio , presenta algunos datos de naturaleza económica para justificar esa afirmación.

El capital ficticio y la fábrica de burbujas 

El capitalismo, en cuanto sistema de organización económica, está basado en el crecimiento. En general, la tasa mínima de crecimiento aceptable para una economía capitalista saludable es del 3 por ciento. El problema es que se está poniendo cada vez más difícil sostener esa tasa sin recurrir a la creación de variados tipos de capital ficticio, como viene ocurriendo con los mercados de acciones y con los negocios financieros en las últimas dos décadas. Para mantener esa tasa media de crecimiento será preciso producir más capital ficticio, lo que provocará nuevas burbujas y nuevos estallidos de las burbujas. Un crecimiento compuesto del 3 por ciento exige inversiones del orden de los 3 billones de dólares. En 1950, había espacio para eso. Hoy involucra una absorción de capital muy problemática. Y China está siguiendo el mismo camino, dice Harvey. 

Las crisis económicas de los últimos 30 años, asegura, reposan (y al mismo tiempo, profundizan) en una disfunción creciente entre la cantidad de papel ficticio y la cantidad de riqueza real. “Por eso necesitamos alternativas al capitalismo”, insiste. Históricamente esas alternativas son el socialismo o el comunismo. El primero terminó transformándose en una forma menos salvaje de administración del capitalismo; el segundo fracasó. Sin embargo, esos fracasos no son una razón para desistir hasta porque las crisis del capitalismo se están volviendo cada vez más frecuentes y más graves, replanteando el tema de las alternativas. Para Harvey, el Foro Social Mundial al proponer la bandera de “otro mundo es posible”, debe asumir la tarea de construir otro socialismo u otro comunismo como alternativas concretas.

La irracionalidad del capitalismo 

“En tiempos de crisis, la irracionalidad del capitalismo se vuelve más clara para todos. Excedentes de capital y de trabajo existen uno al lado del otro sin una forma clara de unirlos, en medio de un enorme sufrimiento humano y de necesidades insatisfechas. En pleno verano de 2009, un tercio de los bienes de capital en los Estados Unidos permaneció inactivo, mientras cerca del 17 por ciento de la fuerza del trabajo estaba desempleada o trabajando involuntariamente en regímenes de medio tiempo. ¡Qué podría ser más absurdo que eso!- sostiene Harvey en su libro Enigma del capital, que será lanzado próximamente por la editorial Profile Books. Él descarta, por otro lado, cualquier inevitabilidad sobre el futuro del capitalismo. El sistema puede sobrevivir a las crisis actuales, admite, pero a un costo altísimo para la humanidad.

No basta, por lo tanto, denunciar la irracionalidad del capitalismo. Es importante recordar, señala, Harvey, lo que Marx y Engels apuntaron en el Manifiesto Comunista con respecto a los profundos cambios que el capitalismo trajo consigo: una nueva relación con la naturaleza, nuevas tecnologías, nuevas relaciones sociales, otro sistema de producción, cambios profundos en la vida cotidiana de las personas y nuevos arreglos político-institucionales. “Todos esos momentos tuvieron un proceso de co-evolución. El movimiento anticapitalista tiene que luchar en todas esas dimensiones y no solamente en una de ellas como muchos grupos hacen actualmente. El gran fracaso del comunismo fue el no conseguir mantener en movimiento todos esos procesos. Fundamentalmente, la vida diaria tiene que cambiar, las relaciones sociales tienen que cambiar”, afirma.

“Necesitamos hablar de un mundo anticapitalista” 

Harvey está hablando de la perspectiva de un posible fracaso del capitalismo, de un punto de inestabilidad que afecte a los engranajes del sistema. Pero al mismo tiempo, él no apunta a ninguna inevitabilidad o destino histórico. Se trata de un diagnóstico sobre el tiempo presente. “El capitalismo entró en una fase de cada vez más destrucción y cada vez menor creación”. Y cuáles serían, entonces, las fuerzas sociales capaces de organizar un movimiento anticapitalista en los términos antes señalados. La respuesta de Harvey es corta y directa: Hoy no hay ningún grupo pensando o hablando de eso. “Las ONGs y los movimientos sociales que participan en el FSM precisan comenzar a hablar de un mundo anticapitalista. La izquierda debe cambiar sus patrones mentales. Las universidades necesitan cambiar radicalmente”.

¿La justificación de esos imperativos? Harvey da un ejemplo más de la “racionalidad” capitalista actual. En enero de 2008, 2 millones de personas perdieron sus casas en los Estados Unidos. Esas familias, en su mayoría pertenecen a las comunidades afroamericanas y de origen hispano, perdieron, en total, aproximadamente 40 mil millones de dólares. En aquel mismo mes, Wall Street distribuyó un bono de 32 mil millones de dólares entre aquellos “inversores” que provocaron la crisis. Una forma peculiar de redistribución de la riqueza, que muestra que, con esta crisis, muchos ricos están quedando más ricos. “Estamos viviendo un momento de negación de la crisis en los Estados Unidos. Los trabajadores, y no los grandes capitalistas, son quienes están siendo señalados como responsables. Es por eso que necesitamos una transformación revolucionaria del orden social”.

Marco Aurélio Weisheimer
Carta Maior

Traducción para www.sinpermiso.info : Carlos Abel Suárez 
Tomado de: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3259

 
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La crisis de 1929 había colocado al liberalismo a la defensiva o hasta fuera del campo ideológico de los debates, por existir consenso en culparlo de la anarquía de los mercados existente en la base de la mayor crisis vivida por el capitalismo. El modelo keynesiano, la economía soviética centralmente planificada y los modelos fascistas -especialmente en Alemania e Italia– tienen componentes antineoliberales tanto en el plano económico como en el político.

El agotamiento del ciclo largo expansivo del capitalismo de la segunda posguerra permitió el renacimiento del liberalismo en el plano económico, con el diagnóstico de que solamente la desregulación de la economía permitiría recuperar el crecimiento. Fue un diagnóstico vencedor, ante el agotado keynesianismo –y con él la social democracia- y ante la ausencia de una interpretación anticapitalista que disputase la hegemonía del nuevo modelo ascendente, que retomaba las tradiciones liberales en el plano económico.

Por otra parte, el fin de la URSS y del campo socialista permitieron recomponer la vigencia del liberalismo político, a partir de las teorías del totalitarismo –que partiendo de la polarización democracia/totalitarismo como predominante para interpretar la historia contemporánea, busca amalgamar en dicha categoría al nazismo y al socialismo soviético-. El esquema formal de la democracia liberal ganó carácter de valor universal, convirtiéndose en la propia definición de la democracia, con sus reglas generales: elecciones periódicas, separación de los poderes del Estado, pluralidad de partidos, prensa “libre”, identificada como prensa privada.

Esa ofensiva liberal – ya sea en las dos dimensiones la económica y la política o ya sea en una de ellas - funcionó como un vendaval en el campo teórico arrasando con las resistencias keynesianas, especialmente en el campo de la izquierda. Como si, condenados al capitalismo, fuese mejor optar por su versión “democrática”, es decir liberal, aunque estuviese acompañada del ideario económico neoliberal. Ya que sería un freno defensivo contra las recaídas –consideradas estructurales– del socialismo en totalitarismos.

Un análisis fundamental de Perry Anderson demuestra como los teóricos clásicos de la radicalización de la democracia y en un caso, la fusión del socialismo y el liberalismo –como John Rawls, Habermas, Bobbio- terminan defendiendo a las “guerras humanitarias” como forma de imponer los valores supuestamente universales del liberalismo (Nota: Anderson, Perry, “Arms and Rights: The Adjustable Center”, en Spectrum, Ed. Verso, Londres 2005).

El eurocentrismo, ahora en la versión yanqui del “modo de vida usamericano” creció en todos los cuadrantes, conquisto aires de universalismo, se mareó con el derecho a invadir, destruir, ocupar, imponer su modo de vida, como si hubiese sido legitimado por un derecho universal. (Terminada la URSS, Tony Blair recicló la OTAN para transfomarla en un bastión de los “derechos humanos” en el mundo, acuñando la expresión “guerra humanitarias” nueva bandera de los imperios, especie de “imperialismo humanitario “ o de “imperialismo de los derechos humanos” contra las periferies).

El socialismo reducido al destino totalitario, el capitalismo al inexorable destino de la democracia se redujo a la democracia liberal, el sistema económico a capitalismo.. Desaparecerán esas especificidades, con el socialismo desaparecerá también su antípoda –el capitalismo- como victoria de la tesis del “fin de la historia”. Todo lo que aconteciere se producirá en el horizonte de la democracia liberal y de la economía de mercado, lo demás serían retrocesos, no avances.

La fuerza ideológica de la derecha procede del renacimiento del liberalismo. Aun con el agotamiento del modelo neoliberal, su expresión política parece sobrevivir sin heridas, como si entre ellos no existiesen relaciones umbilicales. La democracia reinstaurada en el Brasil tuvo límites claramente liberales, que no alteraron las relaciones de poder –de la tierra, del dinero- heredadas de la dictadura, a tal punto que ha sido víctima indefensa de las políticas neoliberales, de absoluta mercantilización de la sociedad a las que resultó funcional.

Superar el modelo neoliberal supone no solo desarrollar un nuevo modelo económico sino un modelo político que democratice profundamente las estructuras del Estado y se adapte a las necesidades de profunda democratización de nuestra sociedad: de la propiedad de la tierra, del capital financiero, de los medios entre tantos otros aspectos.

Superar el neoliberalismo como un objetivo urgente significa también encarar la superación del liberalismo y del capitalismo. Crear un nuevo bloque social, político y cultural de fuerzas de nivel nacional que hegemonice el proceso de transformaciones antineoliberales, en una dinámica de construcción de nuevas formas de poder popular y de una sociedad humanista, solidaria, socialista.

Emir Sader
Carta Maior
Traducción de Susana Merino
http://www.cartamaior.com.br/templates/postMostrar.cfm?blog_id=1&post_id=432
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Martes, 12 Enero 2010 06:42

CO2: El nuevo tráfico de indulgencias

Ginebra.- El elemento esencial de las indulgencias es la cesión a favor de una persona de los méritos realizados por otros. La doctrina básica era que la oración y las buenas obras tienen un valor acumulable que constituye el “Tesoro de la Iglesia”, una cuenta en el otro mundo. El depósito inicial serían los méritos de Jesús, luego abonaron los santos y miles de conventos y millones de devotos que elevan sus rezos[1]. Esas santas emisiones sumaron a la iglesia unos “trillions” en misericordia celestial. La iglesia giraba sobre esa cuenta divina a favor de los pecadores que hacían la buena obra de dar a la iglesia dinero sonante y de este mundo. 
 
La Historia nos cuenta como ese ávido truco creó un mercado conocido como el “Tráfico de Indulgencias”. Un tráfico que fue de las más graves acusaciones esgrimidas por la rebelión protestante y que obligó a reformar el uso de sus indulgencias a la propia Iglesia Católica.
 
Ahora se habla otra vez del cielo y otra vez de indulgencias. Los ricos compran unos “Bonos de Carbono”, que les perdonan sus emisiones y que obligan a los países en desarrollo a no aumentar las suyas. El efecto es congelar la mala repartición de la riqueza mundial. Como en la Organización Mundial de Comercio (OMC), con subsidios a la agricultura de los ricos, que arruinan la agricultura de los pobres. Otra vez los pobres deben salvar el planeta y redimir a los pecadores ricos. Lo peor, es que la histeria creada en torno al CO2 , un gas benéfico, desvía hacia un fantasma futuro, la atención que requiere la presente y muy real contaminación ambiental. 
 
La verdadera contaminación ambiental
 
El planeta está contaminado y continúa contaminándose. Una culpa es la ignorancia, pero la causa mayor es la codicia, la prédica del lucro como fin supremo. El estimular al consumo para ganar más y ahorrar gastos dejando impregnar el aire, la tierra o el mar de desechos tóxicos. Minería a cielo abierto. Lagos, ríos y playas negras de petróleo. Sobre-pesca. Bosques talados para soya y palma aceitera. Plásticos y desechos tóxicos en el mar. Basura indiscriminada. Desechos tóxicos vaciados en acuíferos. Munición radioactiva de la OTAN causando bebes deformes. Bombas racimo israelíes que matan niños libaneses. La lista es muy larga y no se convoca ninguna cumbre mundial para remediarlo.
 
Casi todo lo ensuciado se puede limpiar y recuperar, con un esfuerzo. Europa ya recuperó muchos lagos, ríos y bosques. El alto nivel de educación y una conciencia pública ambiental obligó a sus políticos a actuar y sin dejar de ser una gran potencia industrial. El país más contaminador con restos tóxicos son los Estados Unidos (que además produce el 30% del CO2 mundial), pero eso casi no se dice. El Pentágono contamina el mundo entero con su guerra sin fin y desde unas 800 bases, pero esas emisiones no cuentan. Estados Unidos pide en todas las negociaciones –Kyoto o Copenhagen - que la contaminación del Pentágono quede excluida[2], que no se mida; por razones de seguridad, naturalmente. 
 
La diabolización del CO2
 
Otra vez la pureza del cielo la asedia un demonio. Otra vez el diablo es un ángel caído: el CO2, el gas con que la fotosíntesis produce oxigeno. Las plantas decaen si el CO2 baja a 220 ppm[3] y mueren con 160 ppm. El nivel óptimo es cerca de 1000 ppm. 
 
El aire es una mezcla de gases, 78% de nitrógeno, 21% de oxígeno y 1% de otros gases, entre ellos el CO2[4]. Esa ínfima parte de CO2 oscila con los océanos: el agua fría absorbe CO2 y el agua caliente lo libera. Los océanos almacenan un 25% del CO2 para plantas y seres marinos. El CO2 es parte de la respiración humana. Cuidado, que de pronto nos cobran por respirar. 
 
Hay una campaña para culpar al CO2 por un aumento de la temperatura terrestre. El trompetista más notorio de la acusación es Al Gore, que no es un científico, sino un político norteamericano. Su documental “Una verdad inconveniente” manipula desde el título mismo. Su error más neto es decir que los mares se calientan por las emisiones de CO2, cuando es a la inversa; el mar primero se calienta y luego emite más CO2. Es un hecho básico conocido y explica la coincidencia de las curvas ascendientes de temperatura y CO2. Temo que es otro caso de etiquetar con lo contrario para vender fechorías: una mentira conveniente. 
 
Sabemos, desde bachillerato, que la temperatura terrestre fluctúa con las radiaciones solares. La vida existe porque hay “Efecto Invernadero” y el gas que más lo causa es el vapor de agua, las nubes. La tesis del “Calentamiento Global Generado por el Hombre”[5] parece explotar con fines políticos la simpatía de quienes queremos defender el ambiente de la contaminación. Se está fabricando un pretexto para imponer una autoridad mundial que administre el uso de la energía fósil, cree nuevos impuestos, cree otro mercado de valores falsos y desarrolle un mercado para bienes ambientales con tecnología de las empresas apátridas. Mientras tanto, se desvía la atención de la contaminación verdadera. 
 
Contradicciones desde el origen
 
En 1988, se creó en la ONU un “Panel Intergubernamental de Cambio Climático-IPCC[6] que contrató un grupo de expertos. En 1995 los expertos presentaron un borrador que decía: 
 
“1. Ningún estudio ha mostrado evidencia de cambio climático debido a gases de invernadero; 
 
2. Ningún estudio atribuye algún cambio climático atribuible a las actividades humanas.”
 
En el Sumario para legisladores del reporte final del IPCC se cambiaron esas dos claras negaciones por una afirmación que dice: “La balanza de la evidencia sugiere una influencia humana discernible en el clima global.” Hubo un gran escándalo[7]. Los expertos contratados por el IPCC se indignaron, muchos renunciaron y exigieron al IPCC que se borrase sus nombres del Reporte Final. 
 
Millares de científicos firman su desacuerdo con el informe del IPCC. Alguno puede que sea pagado por las petroleras, como dicen, pero tienen buenos argumentos. Todos dicen que desde siempre han habido cambios globales de temperatura. Épocas de hielo hasta los Alpes y otras calientes (900 -1200) en que la helada Groenlandia era verde y una flota china surcó el Ártico. Otro argumento válido es que los astrónomos reportan un aumento de temperatura general en todos los planetas, por una mayor actividad energética del Sol[8]. No parece culpa humana. 
 
El mercado del Carbono
 
Es la idea favorita de grandes empresas, bancos, políticos y algunas ONGs. Una autoridad mundial administraría un mercado de derechos a emitir CO2. El volumen de emisiones legal sería el de los niveles históricos, o sea, que no se disminuye, se congela. Quienes sobrepasen el nivel de emisiones legal pueden comprar bonos a quienes  emiten menos de lo permitido. Europa tiene algo así con el nombre de Sistema de Comercio de Derechos de Emisión (EU ETS). El Presidente Sarkosy ya anunció de impuestos indirectos (consumidor) al carbono.
 
Congelar las emisiones históricas es la esencia de la propuesta. El desarrollo necesita energía y esa proviene- hoy - de combustibles fósiles que generan CO2 y también gases tóxicos. El mercado de carbono es un medio para frenar a los países en desarrollo y crear otra bolsa para  jugar con las emisiones de dólares sin fondos que contaminan la economía internacional. 
 
Pandemonio en Copenhague
 
El objetivo oculto de la cumbre en Copenhagen era poner precio al CO2. Se presentó un papel  ya “negociado” con los países en desarrollo “cooperativos” de  siempre. El acceso a las reuniones se jerarquizó. Se admitió sólo a  países representados por presidentes y se excluyó a los representados por Cancilleres. Una clara violación del derecho internacional. Aún así, se excluyó a Hugo Chávez y Evo Morales, presentes en Copenhagen, por no ser “cooperativos”.
 
Luego ocurrió algo para los anales de la mala práctica diplomática. El Primer Ministro de Dinamarca, Anders Rasmussen, con el papel en la mano, ordenó a los países estudiarlo en una hora, aprobarlo y cerrar la sesión. Se levantó para irse, pero la Secretaría lo invitó a escuchar a las delegaciones que pidieron la palabra. Dejó hablar, pero sólo a los de siempre. 
 
La delegada de Venezuela, Claudia Salerno, golpeó inútilmente con su pancarta, pidiendo la palabra. Al final, con su mano sangrante increpó a Rasmussen: “¿Es que debo tener sangre en las manos para poder hablar? ¡Esto es una vergüenza!”. Al fin se le dio la palabra. Le siguieron Cuba, Bolivia y las otras delegaciones del ALBA, todas rechazando el papel. 
 
El Sr. Rasmussen escuchó, sin tomar notas como hace todo presidente de una reunión. Luego vino la segunda “gaffe”, sin más,  preguntó cuantos estaban en contra, para pasar a votación. De nuevo Venezuela lo puso en su lugar y le recordó que las decisiones en la ONU se toman por consenso. El Sr. Rasmussen pidió una pausa, de la que ya no regresó. La reunión terminó presidida por un Vicepresidente, de Bahamas, quien hizo lo adecuado: tomar nota del papel. 
 
Conclusión
 
Combatir la polución es urgente. Señalar el CO2 con el espantajo del “Cambio Climático” parece una fabulación dirigida a controlar el CO2, que es controlar energía. Se quiere crear un derecho adquirido al consumo de energía y el derecho de negarlo a otros. La OMC es ejemplo del juego con niveles históricos: quienes daban subsidios agrícolas antes los pueden seguir dando y se prohíbe darlos a quienes producían sin usar subsidios. No estamos locos y no esperamos un resultado distinto. Errare humanum est, perseverarem diavolicum. 
 
Por Umberto Mazzei, doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia. Ha sido profesor en temas económicos internacionales en universidades de Colombia, Venezuela y Guatemala. Es Director del Instituto de Relaciones Económicas Internacionales en Ginebra.
http://www.ventanaglobal.info

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[1] Tomás de Aquino, Summa Theologica,1947, en sacred-texts.com
[2] Bryan Farrell:  "The Green Zone: The Environmental Costs of Militarism", 2009
   Jeffrey Salmon: "National security and military policy issues involved in the Kyoto treaty," George Marshal Institute, May 18, 1998: “complete military exemption from greenhouse gas emissions limits.”
[3] Ppm : partes por millón. Es el número de moléculas de dióxido de carbono (CO2) dividido por el número de todas las otras moléculas presentes en una cantidad de aire.   
[4] El porcentaje de CO2 en el aire varia entre 0,036% y 0,039%. 
[5] Antropogenic Global Warming-AGW
[6] Intergovernmental Panel of Climate Change (IPCC)
[7] Zbignew Jaworosky: CO2 : The greatest scandal of our time, Science, March 16, 2007.
Tom Segalstad: The distribution of CO2 between Atmosphere, Hydrosphere, and Lithosphere; Minimal Influence from Anthropogenic CO2 on the Global “Greenhouse Effect,” 1995, Global Warming Debate, European Science & Environmental Forum, 1996.
[8] Pier Corbyn et al.:www.weatheraction.com: “The most significant and persistent cycle of variation in the world's temperature follows the 22-year magnetic cycle of the sun's activity… IPCC uses the 11 warmer ones.” 
 
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Veinte años después de su debut, Roger & Me (1989), Michael Moore ha urdido la que a sus ojos es su obra definitiva, la culminación de dos décadas de activismo, fanfarronadas, exhibicionismo y no poca demagogia en pos de la lucha contra el neoliberalismo. Desde luego, no se le puede arrebatar a Moore la facultad de acertar en su siempre oportuno destape de los pozos negros del sistema, aunque en Capitalismo: una historia de amor se pase de autoconsciente, lacrimógeno y predicador religioso.

Él mismo lo ha dejado claro: "Aunque empecé la producción en la primavera de 2008, en realidad estoy haciendo esta película desde hace 20 años. Capitalismo: una historia de amor no sólo es la continuación de Roger & Me sino que es su culminación".

No en balde, su nueva película presentada en la pasada Mostra de Venecia contiene no pocas referencias a aquel primer filme en el que un Moore menos megalómano contaba las nefastas consecuencias de la desindustrialización de su pueblo natal, Flint (Michigan). En su última obra vuelve a su ciudad, pero también recala en Wall Street, en el Capitolio una vez más y en cuanto estado americano tenga un hogar en desahucio.

He aquí las vetas hiperbolizadas de la personalidad del documentalista más mediático del siglo XXI.

El salvador


El pastel era demasiado jugoso: en plena producción, estalló la crisis financiera que corroboraba lo que Moore había venido predicando desde hacía años: el desastroso impacto que el dominio de las corporaciones tiene sobre la vida de los estadounidenses. Moore estaba allí donde la crisis de las hipotecas subprime y el endeudamiento familiar conducía a la ruina y al desahucio, donde las empresas se lucraban con las muertes de sus trabajadores y, por supuesto, en el advenimiento de la esperanza Obama.

Pero quizás llevó hasta el delirio su papel de predicador de la rebeldía anticapitalista. Pocas dudas nos deja de que él es el salvador que EEUU necesita. Que disculpe Obama. "Mucha gente considera que es suficiente con agachar la cabeza y taparse la nariz para apañárselas. Pero alguien tiene que alzar la voz", reconoció al presentar el documental.

La formación católica del director de Bowling for Columbine (2002) estudió en un seminario y quiso ser cura brota en este filme sin tapujo. Moore apoya su discurso en el cristianismo y busca respaldo, como si las pruebas que expuso no fueran suficientes, en dos curas y un obispo que le secundan al decir que el capital es el mal.

Lacrimógeno


"En el mundo no hay suficientes toallitas desinfectantes para limpiar Washington", mantiene el director. Tampoco suficientes paquetes de pañuelos para las lágrimas que derraman las víctimas del capital que Moore retrata. El de Flint siente debilidad por las tomas a moco tendido, por el comentario lacrimógeno y el patetismo. Después de Sicko, donde el director llevó a cotas delirantes su estética del dramón, Capitalismo: una historia de amor contiene quizás los momentos más sentimentales y gruesos de la carrera del director.

Gamberro escénico


Entregado al drama, la película prescinde durante demasiado tiempo del humor. En Capitalismo: una historia de amor no hay capítulo alguno que se compare con el abordaje a la casa de Charlton Heston en Bowling for Columbine. Su gamberrismo se edulcoró, aunque la acción de encordonar Wall Street con una cinta policial donde se lee Zona de crimen tenga su gracia subversiva. Aún así Moore reconoce que su finalidad última es que el espectador "se divierta y se rebele". A las barricadas, pues.


SARA BRITO - MADRID - 06/01/2010 22:00
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El fin del neoliberalismo

El neoliberalismo tocó fin definitivamente con la crisis estallada en 2008. No hay vuelta atrás. El mercado, por sí mismo, es autodestructivo. Necesita soportes y contenedores. La sociedad capitalista, arbitrada por el mercado, o bien se depreda, o bien se distiende. No tiene perspectivas de largo plazo.

Después de 30 años de neoliberalismo ocurrieron las dos cosas. La voracidad del mercado llevó a límites extremos la apropiación de la naturaleza y la desposesión de los seres humanos. Los territorios fueron desertificados y las poblaciones expulsadas. Los pueblos se levantaron y la catástrofe ecológica, con un altísimo grado de irreversibilidad, comenzó a manifestarse de manera violenta.

Los pueblos se rebelaron contra el avance del capitalismo bloqueando los caminos que lo llevaban a una mayor apropiación. Levantamientos armados cerraron el paso a las selvas; levantamientos civiles impiden la edificación de represas, la minería intensiva, la construcción de carreteras de uso pesado, la privatización de petróleo y gas y la monopolización del agua. El mercado, solo, no podía vencer a quienes ya estaban fuera de su alcance porque habían sido expulsados y desde ahí, desde el no-mercado, luchaban por la vida humana y natural, por los elementos esenciales, por otra relación con la naturaleza, por detener el saqueo.

El fin del neoliberalismo inicia cuando la medida de la desposesión toca la furia de los pueblos y los obliga a irrumpir en la escena.

Los cambios de fase

La sociedad capitalista contemporánea ha alcanzado un grado de complejidad que la vuelve altamente inestable. De la misma manera que ocurre con los sistemas biológicos (Prigogine, 2006), los sistemas sociales complejos tienen una capacidad infinita y en gran medida impredescible de reacción frente a los estímulos o cambios. El abigarramiento con el que se edificó esta sociedad, producto de la subsunción pero no eliminación de sociedades diferentes, con otras cosmovisiones, costumbres e historias, multiplica los comportamientos sociales y las percepciones y prácticas políticas a lo largo y ancho del mundo y abre con ello un espectro inmenso de sentidos de realidad y posibilidades de organización social.

La potencia cohesionadora del capitalismo ha permitido establecer diferentes momentos de lo que los físicos llaman equilibrio, en los que, a pesar de las profundas contradicciones de este sistema y del enorme abigarramiento que conlleva, disminuyen las tendencias disipadoras. No obstante, su duración es limitada. En el paso del equilibrio a la disipación aparecen constantemente las oportunidades de bifurcación que obligan al capitalismo a encontrar los elementos cohesionadores oportunos para construir un nuevo equilibrio o, en otras palabras, para restablecer las condiciones de valorización del capital. Pero siempre está presente el riesgo de ruptura, que apunta hacia posibles dislocamientos epistemológicos y sistémicos.

Los equilibrios internos del sistema, entendidos como patrones de acumulación en una terminología más económica, son modalidades de articulación social sustentadas en torno a un eje dinamizador u ordenador. Un eje de racionalidad complejo que, de acuerdo con las circunstancias, adopta diferentes figuras: en la fase fordista era claramente la cadena de montaje para la producción en gran escala y el estado en su carácter de organizador social; en el neoliberalismo el mercado; y en el posneoliberalismo es simultáneamente el estado como disciplinador del territorio global, es decir, bajo el comando de su vertiente militar, y las empresas como medio de expresión directa del sistema de poder, subvirtiendo los límites del derecho liberal construido en etapas anteriores del capitalismo.

Los posneoliberalismos y las bifurcaciones

La incertidumbre acerca del futuro lleva a caracterizarlo más como negación de una etapa que está siendo rebasada. Si la modalidad capitalista que emana de la crisis de los años setenta, que significó una profunda transformación del modo de producir y de organizar la producción y el mercado, fue denominada por muchos estudiosos como posfordista; hoy ocurre lo mismo con el tránsito del neoliberalismo a algo diferente, que si bien ya se perfila, todavía deja un amplio margen a la imprevisión.

Posfordismo se enuncia desde la perspectiva de los cambios en el proceso de trabajo y en la modalidad de actuación social del estado; neoliberalismo desde la perspectiva del mercado y del relativo abandono de la función socializadora del estado. En cualquiera de los dos casos no tiene nombre propio, o es un pos, y en ese sentido un campo completamente indefinido, o es un neo, que delimita aunque sin mucha creatividad, que hoy están dando paso a otro pos, mucho más sofisticado, que reúne las dos cualidades: pos-neo-liberalismo. Se trata de una categoría con poca vida propia en el sentido heurístico, aunque a la vez polisémica. Su virtud, quizá, es dejar abiertas todas las posibilidades de alternativa al neoliberalismo –desde el neofascismo hasta la bifurcación civilizatoria–, pero son inciertas e insuficientes su fuerza y cualidades explicativas.

En estas circunstancias, para avanzar en la precisión o modificación del concepto es indispensable detenerse en una caracterización de escenarios, entendiendo que el espectro de posibilidades incluye alternativas de reforzamiento del capitalismo –aunque sea un capitalismo con más dificultades de legitimidad–; de construcción de vías de salida del capitalismo a partir de las propias instituciones capitalistas; y de modos colectivos de concebir y llevar a la práctica organizaciones sociales no-capitalistas. Trabajar todos los niveles de abstracción y de realidad en los que este término ocupa el espacio de una alternativa carente de apelativo propio, o el de alternativas diversas en situación de coexistencia sin hegemonismos, lo que impide que alguna otorgue un contenido específico al proceso superador del neoliberalismo.

El posneoliberalismo del capital

Aun antes del estallido de la crisis actual, ya eran evidentes los límites infranqueables a los que había llegado el neoliberalismo. La bonanza de los años dorados del libre mercado permitió expandir el capitalismo hasta alcanzar, en todos sentidos, la escala planetaria; garantizó enormes ganancias y el fortalecimiento de los grandes capitales, quitó casi todos los diques a la apropiación privada; flexibilizó, precarizó y abarató los mercados de trabajo; y colocó a la naturaleza en situación de indefensión. Pero después de su momento innovador, que impuso nuevos ritmos no sólo a la producción y las comunicaciones sino también a las luchas sociales, empezaron a aparecer sus límites de posibilidad.

Dentro de éstos, es importante destacar por lo menos tres, referidos a las contradicciones inmanentes a la producción capitalista y su expresión específica en este momento de su desarrollo y a las contradicciones correspondientes al proceso de apropiación y a las relaciones sociales que va construyendo:

1. El éxito del neoliberalismo en extender los márgenes de expropiación, lo llevó a corroer los consensos sociales construidos por el llamado estado del bienestar, pero también a acortar los mercados. La baja general en los salarios, o incluso en el costo de reproducción de la fuerza de trabajo en un sentido más amplio, fue expulsándola paulatinamente del consumo más sofisticado que había alcanzado durante el fordismo. La respuesta capitalista consistió en reincorporar al mercado a esta población, cada vez más abundante, a través de la producción de bienes precarios en gran escala. No obstante, esta reincorporación no logra compensar ni de lejos el aumento en las capacidades de producción generadas con las tecnologías actuales, ni retribuir las ganancias esperadas. El grado de apropiación y concentración, el desarrollo tecnológico, la mundialización tanto de la producción como de la comercialización, es decir, el entramado de poder objetivado construido por el capital no se corresponde con las dimensiones y características de los entramados sociales. Es un poder que empieza a tener problemas serios de interlocución.

2. Estas enormes capacidades de transformación de la naturaleza en mercancía, en objeto útil para el capital, y la capacidad acumulada de gestión económica, fortalecida con los cambios de normas de uso del territorio y de concepción de las soberanías, llevaron a una carrera desatada por apropiarse todos los elementos orgánicos e inorgánicos del planeta. Conocer las selvas, doblegarlas, monopolizarlas, aislarlas, separarlas en sus componentes más simples y regresarlas al mundo convertidas en algún tipo de mercancía fue –es– uno de los caminos de afianzamiento de la supremacía económica; la ocupación de territorios para convertirlos en materia de valorización. Paradójicamente, el capitalismo de libre mercado promovió profundos cercamientos y amplias exclusiones. Pero con un peligro: Objetivar la vida es destruirla.

Con la introducción de tecnologías de secuenciación industrial, con el conocimiento detallado de genomas complejos con vistas a su manipulación, con los métodos de nanoexploración y transformación, con la manipulación climática y muchos otros de los desarrollos tecnológicos que se han conocido en los últimos 30 años, se traspasó el umbral de la mayor catástrofe ecológica registrada en el planeta. Esta lucha del capitalismo por dominar a la naturaleza e incluso intentar sustituirla artificialmente, ha terminado por eliminar ya un enorme número de especies, por provocar desequilibrios ecológicos y climáticos mayores y por poner a la propia humanidad, y con ella al capitalismo, en riesgo de extinción.

Pero quizá los límites más evidentes en este sentido se manifiestan en las crisis de escasez de los elementos fundamentales que sostienen el proceso productivo y de generación de valor como el petróleo; o de los que sostienen la producción de la vida, como el agua, en gran medida dilapidada por el mal uso al que ha sido sometida por el propio proceso capitalista. La paradoja, nuevamente, es que para evitar o compensar la escasez, se diseñan estrategias que refuerzan la catástrofe como la transformación de bosques en plantíos de soja o maíz transgénicos para producir biocombustibles, mucho menos rendidores y tan contaminantes y predatorios como el petróleo.

El capitalismo ha demostrado tener una especial habilidad para saltar obstáculos y encontrar nuevos caminos, sin embargo, los niveles de devastación alcanzados y la lógica con que avanza hacia el futuro permiten saber que las soluciones se dirigen hacia un callejón sin salida en el que incluso se van reduciendo las condiciones de valorización del capital.

3. Aunque el neoliberalismo ha sido caracterizado como momento de preponderancia del capital financiero, y eso llevó a hablar de un capitalismo desterritorializado, en verdad el neoliberalismo se caracterizó por una disputa encarnizada por la redefinición del uso y la posesión de los territorios, que ha llevado a redescubrir sociedades ocultas en los refugios de selvas, bosques, desiertos o glaciares que la modernidad no se había interesado en penetrar. La puesta en valor de estos territorios ha provocado una ofensiva de expulsión, desplazamiento o recolonización de estos pueblos, que, evidentemente, se han levantado en contra.

Esto, junto con las protestas y revueltas originadas por las políticas de ajuste estructural o de privatización de recursos, derechos y servicios promovidas por el neoliberalismo, ha marcado la escena política desde los años noventa del siglo pasado. Las condiciones de impunidad en que se generaron los primeros acuerdos de libre comercio, las primeras desregulaciones, los despojos de tierras y tantas otras medidas impulsadas desde la crisis y reorganización capitalista de los años setenta-ochenta, cambiaron a partir de los levantamientos de la década de los noventa en que se produce una inflexión de la dinámica social que empieza a detener las riendas sueltas del neoliberalismo.

No bastaba con darle todas las libertades al mercado. El mercado funge como disciplinador o cohesionador en tanto mantiene la capacidad desarticuladora y mientras las fuerzas sociales se reorganizan en correspondencia con las nuevas formas y contenidos del proceso de dominación. Tampoco podía ser una alternativa de largo plazo, en la medida que la voracidad del mercado lleva a destruir las condiciones de reproducción de la sociedad.

El propio sistema se vio obligado a trascender el neoliberalismo trasladando su eje ordenador desde la libertad individual (y la propiedad privada) promovida por el mercado hacia el control social y territorial, como medio de restablecer su posibilidad de futuro. La divisa ideológica del “libre mercado” fue sustituida por la “seguridad nacional” y una nueva fase capitalista empezó a abrirse paso con caracaterísticas como las siguientes:

1. Si el neoliberalismo coloca al mercado en situación de usar el planeta para los fines del mantenimiento de la hegemonía capitalista, en este caso comandada por Estados Unidos, en esta nueva fase, que se abre junto con la entrada del milenio, la misión queda a cargo de los mandos militares que emprenden un proceso de reordenamiento interno, organizativo y conceptual, y uno de reordenamiento planetario.

El cambio de situación del anteriormente llamado mundo socialista ya había exigido un cambio de visión geopolítica, que se corresponde con un nuevo diseño estratégico de penetración y control de los territorios, recursos y dinámicas sociales de la región centroasiática. El enorme peso de esta región para definir la supremacía económica interna del sistema impidió, desde el inicio, que ésta fuera dejada solamente en las manos de un mercado que, en las circunstancias confusas y desordenadas que siguieron al derrumbe de la Unión Soviética y del Muro de Berlín, podía hacer buenos negocios pero no condiciones de reordenar la región de acuerdo con los criterios de la hegemonía capitalista estadounidense. En esta región se empieza a perfilar lo que después se convertiría en política global: el comando militarizado del proceso de producción, reproducción y espacialización del capitalismo de los albores del siglo XXI.

2. Esta militarización atiende tanto a la potencial amenaza de otras coaliciones hegemónicas que dentro del capitalismo disputen el liderazgo estadounidense como al riesgo sistémico por cuestionamientos y construcción de alternativas de organización social no capitalistas. Sus propósitos son el mantenimiento de las jerarquías del poder, el aseguramiento de las condiciones que sustentan la hegemonía y la contrainsurgencia. Supone mantener una situación de guerra latente muy cercana a los estados de excepción y una persecución permanente de la disidencia.

Estos rasgos nos llevarían a pensar rápidamente en una vuelta del fascismo, si no fuera porque se combinan con otros que lo contradicen y que estarían indicando las pistas para su caracterización más allá de los “neos” y los “pos”.

Las guerras, y la política militar en general, han dejado de ser un asunto público. No solamente porque muchas de las guerras contemporáneas se han enfocado hacia lo que se llama “estados fallidos”, y en ese sentido no son entre “estados” sino de un estado contra la sociedad de otra nación, sino porque aunque sea un estado el que las emprende lo hace a través de una estructura externa que una vez contratada se rige por sus propias reglas y no responde a los criterios de la administración pública.

El outsourcing, que se ha vuelto recurrente en el capitalismo de nuestros días, tiene implicaciones muy profundas en el caso que nos ocupa. No se trata simplemente de privatizar una parte de las actividades del estado sino de romper el sentido mismo del estado. La cesión del ejercicio de la violencia de estado a particulares coloca la justicia en manos privadas y anula el estado de derecho. Ni siquiera es un estado de excepción. Se ha vaciado de autoridad y al romper el monopolio de la violencia la ha instalado en la sociedad.

En el fascismo había un estado fuerte capaz de organizar a la sociedad y de construir consensos. El estado centralizaba y disciplinaba. Hoy apelar al derecho y a las normas establecidas colectivamente ha empezado a ser un disparate y la instancia encargada de asegurar su cumplimiento las viola de cara a la sociedad. Ver, si no, los ejemplos de Guantánamo o de la ocupación de Irak.

Con la reciente crisis las instituciones capitalistas más importantes se han desfondado. El FMI y el Banco Mundial son repudiados hasta por sus constructores. Estamos entrando a un capitalismo sin derecho, a un capitalismo sin normas colectivas, a un capitalismo con un estado abiertamente faccioso. Al capitalismo mercenario.

El posneoliberalismo nacional alternativo

Otra vertiente de superación del neoliberalismo es la que protagonizan hoy varios estados latinoamericanos que se proclaman socialistas o en transición al socialismo y que han empezado a contravenir, e incluso revertir, la política neoliberal impuesta por el FMI y el Banco Mundial. Todas estas experiencias que iniciaron disputando electoralmente la presidencia, aunque distintas entre sí, comparten y construyen en colaboración algunos caminos para distanciarse de la ortodoxia dominante. Bolivia, Ecuador y Venezuela, de diferentes maneras y con ritmos propios, impulsan políticas de recuperación de soberanía y de poder participativo, que se ha plasmado en las nuevas Constituciones elaboradas por sus sociedades1.

La disputa con el FMI y el Banco Mundial ha determinado un alejamiento relativo de sus políticas y de las propias instituciones, al tiempo que se inicia la creación de una institucionalidad distinta, todavía muy incipiente, a través de instancias como el ALBA, el Banco del Sur, Petrocaribe y otras que, sin embargo, no marcan una pauta anticapitalista en sí mismas sino que apuntan, por el momento, a constituir un espacio de mayor independencia con respecto a la economía mundial, que haga propicia la construcción del socialismo. Considerando que, aun sin tener certeza de los resultados, se trata en estos casos por lo menos de un escenario posneoliberal diferente y confrontado con el que desarrollan las potencias dominantes, es conveniente destacar algunos de sus desafíos y paradojas.

1. Para avanzar en procesos de recuperación de soberanía, indispensable en términos de su relación con los grandes poderes mundiales --ya sea que vengan tras facetas estatales o empresariales--, y para emprender proyectos sociales de gran escala bajo una concepción socialista, requieren un fortalecimiento del estado y de su rectoría. Lo paradójico es que este estado es una institución creada por el propio capitalismo para asegurar la propiedad privada y el control social.

2. Los procesos de nacionalización emprendidos o los límites impuestos al capital transnacional, pasándolo de dueño a prestador de servicios, o a accionista minoritario, marca una diferencia sustancial en la capacidad para disponer de los recursos estratégicos de cada nación. La soberanía, en estos casos, es detentada y ejercida por el estado, pero eso todavía no transforma la concepción del modo de uso de estos recursos, al grado de que se estimulan proyectos de minería intensiva, aunque bajo otras normas de propiedad. Para un “cambio de modelo” esto no es suficiente, es un primer paso de continuidad incierta, si bien representa una reivindicación popular histórica.

3. El reforzamiento del interés nacional frente a los poderes globales o transnacionales va acompañado de una centralización estatal que no resulta fácilmente compatible con la plurinacionalidad postulada por las naciones o pueblos originarios, ni con la idea de una democracia participativa que acerque las instancias de deliberación y resolución a los niveles comunitarios.

4. Las Constituyentes han esbozado las líneas de construcción de una nueva sociedad. En Bolivia y Ecuador se propone cambiar los objetivos del “desarrollo” por los del “buen vivir”2, marcando una diferencia fundamental entre la carrera hacia delante del desarrollo con la marcha horizontal e incluso circular del buen vivir, que llamaría a recordar la metáfora zapatista de caminar al paso del más lento. La dislocación epistemológica que implica trasladarse al terreno del buen vivir coloca el proceso ya en el camino de una bifurcación societal y, por tanto, la discusión ya no es neoliberalismo o posneoliberalismo sino eso otro que ya no es capitalista y que recoge las experiencias milenarias de los pueblos pero también la crítica radical al capitalismo. Los apelativos son variados: socialismo comunitario, socialismo del siglo XXI, socialismo en el siglo XXI, o ni siquiera socialismo, sólo buen vivir, autonomía comunitaria u horizontes emancipatorios.

Ahora bien, la construcción de ese otro, que genéricamente podemos llamar el buen vivir, tiene que salirse del capitalismo pero a la vez tiene que transformar al capitalismo, con el riesgo, siempre presente, de quedar atrapado en el intento porque, entre otras razones, esta búsqueda se emprende desde la institucionalidad del estado (todavía capitalista), con toda la carga histórica y política que conlleva.

El posneoliberalismo de los pueblos

Otro proceso de salida del neoliberalismo es el que han emprendido los pueblos que no se han inclinado por la lucha electoral, fundamentalmente porque han decidido de entrada distanciarse de la institucionalidad dominante. En este proceso, con variantes, se han involucrado muchos de los pueblos indios de América, aunque no sólo, y su rechazo a la institucionalidad se sustenta en la combinación de las bifurcaciones con respecto a la dominación colonial que hablan de rebeliones larvadas a lo largo de más de 500 años, con las correspondientes a la dominación capitalista. Las naciones constituidas en el momento de la independencia de España y Portugal en realidad reprodujeron las relaciones de colonialidad interna y por ello no son reconocidas como espacios recuperables.

La resistencia y las rebeliones se levantan a veces admitiendo la nación, más no el estado, como espacio transitorio de resistencia, y a veces saltando esta instancia para lanzarse a una lucha anticapitalista-anticolonial y por la construcción-reconstrucción de formas de organización social simplemente distintas.

Desde esta perspectiva el proceso se realiza en los espacios comunitarios, transformando las redes cotidianas y creando condiciones de autodeterminación y autosustentación, siempre pensadas de manera abierta, en interlocución y en intercambio solidario con otras experiencias similares.

Recuperar y recrear formas de vida propias, humanas, de respeto con todos los otros seres vivos y con el entorno, con una politicidad libre y sin hegemonismos. Democracias descentradas. Este es el otro camino de salida del neoliberalismo, que sería muy empobrecedor llamar posneoliberalismo porque, incluso, es difícil de ubicar dentro del mismo campo semántico. Y todos sabemos que la semántica es también política y que también ahí es preciso subvertir los sentidos para que correspondan a los nuevos aires emancipatorios.

Lo que viene después del neoliberalismo es una abanico abierto con múltiples posibilidades. No estrechemos el horizonte cercándolo con términos que reducen su complejidad y empequeñecen sus capacidades creativas y emancipatorias. El mundo está lleno de muchos mundos con infinitas rutas de bifurcación. A los pueblos en lucha toca ir marcando los caminos.

Bibliografía

Acosta, Alberto 2008 “La compleja tarea de construir democráticamente una sociedad democrática” en Tendencia N° 8 (Quito).

Prigogine, Ilya 2006 (1988) El nacimiento del tiempo (Argentina: Tusquets).

Constitución de la República del Ecuador 2008.

Asamblea Constituyente de Bolivia 2007 Nueva Constitución Política del Estado (documento oficial)
Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa de la autora, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Ana Esther Ceceña
Rebelión

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El que Michael Moore acostumbre a meter el dedo en las llagas de su país no responde sino a su voluntad de recuperar el verdadero orgullo de ser americano, hipótesis que demuestra en Capitalismo: una historia de amor, el documental en el que busca a los culpables de la crisis.

"Llamarme antiamericano es como decir al Papa que odia a la Iglesia", se defiende en una entrevista con Efe el popular documentalista que, en su nueva cinta, no apela a la comparación con Europa o Canadá, sino a la capacidad de ilusión de su pueblo, a sus bases democráticas primigenias o a las políticas del New Deal de Roosevelt.

Esas políticas que, curiosamente, sentaron el Estado del Bienestar en Europa. "No veo Europa con visión de miope, ya sé que no sois una utopía. Tenéis muchos problemas. Si creyera que es tan genial, estaría viviendo allí, pero sigo viviendo aquí, así que en realidad prefiero esto", explica el ganador de un Óscar por Bowling for Columbine.

Con "esto" se refiere a Traverse City, la pequeña localidad del estado de Michigan en la que reside, en la que ha creado su propio festival de cine y en la que convocó a la prensa internacional.

"Quería que todos vosotros viniérais al lugar al que nunca vendríais: al estado con mayor tasa de desempleo del país. Estáis en medio de la depresión", asegura. Y en ella profundiza su película, en la que, por primera vez en su cine, el drama puede con el humor.

Quería abordar un romance: gente muy y su amor hacia el dinero Y es que, después de hacer una "comedia de situación" con Charlton Heston en Bowling for Columbine o de buscar la filosofía del apoyo incondicional de Britney Spears a George W. Bush en Fahrenheit 9/11, Moore quería abordar un romance.

"Ha sido una evolución natural -bromea-; es una historia de amor de gente rica que ama su dinero. Ellos no sólo quieren el dinero, también el nuestro. Querían todo el dinero. Estaban tan enamorados de ellos mismos y de su dinero que no pudieron pensar claro. Y, por su culpa, el resto del mundo ahora sufre", explica.

Al decir "el mundo", denuncia el mimetismo de Europa con la cara más feroz de los Estados Unidos. "Dejad de ser como nosotros. Vuestra sociedad sufrirá si privatizáis la sanidad, si retiráis el dinero de la educación, seréis como la América de mis películas", espeta.

"Os pido es que no adoptéis nuestras políticas, dejad de invadir otros países con nosotros. Apoyásteis a George W.Bush y le legitimásteis", reprocha.

 


Un cine por la democracia


El ex presidente de su país ha sido una atípica musa para su cine, pero no echa de menos la inspiración y da la bienvenida a la esperanza gracias a la elección de Barack Obama.

La administración Bush estimulaba su sorna, pero con Obama segrega optimismo. "Tengo mucha esperanza desde que Obama fue elegido", confiesa. Según él, ahora le toca a la gente estar a la altura y, por eso, Capitalismo: una historia de amor, llama a la revuelta popular.

"Me preocupa que los millones de personas que se activaron para que la victoria de Obama se produjera se sienten ahora en su casa y se pongan a ver la tele sin más", argumenta.

"No conseguiremos que su política avance en el Congreso si no estamos detrás de él. Como ocurrió con Roosevelt, cuando directores en Hollywood decidieron hacer cine sobre la condición humana, como Frank Capra, Preston Sturges y Will Rogers, o John Steinbeck escribió 'Las uvas de la ira'", prosigue.

Con sus películas intenta recuperar ese cine por la democracia. "Las cosas han cambiado en mí país: cuando hice Fahrenheit 9/11-por la que ganó la Palma de Oro en Cannes- el 70 por ciento creía en Bush y en la guerra. En 2004 era un 'outsider'. Pero en 2008 la mayoría de los americanos estaban de acuerdo conmigo", argumenta.

Pero, si el objetivo último de su cine es que el mundo se solucione, ¿qué sería de Michael Moore en un mundo perfecto?

"Me gustaría no ser necesario en este negocio. Si la gente empezara a hacer las cosas mejor y yo no tuviese que hacer más películas, estaría encantado", concluye.

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