Jean-Luc Godard en el Festival de Cannes. Contra la sociedad del espectáculo

A los 87 años, el gran cineasta de la modernidad presentó en competencia oficial su nueva película, un objeto poético que se permite reflexionar, con una libertad formal absoluta, sobre el tren de la Historia del siglo XX y la relación de Europa con el mundo árabe.



Hace exactamente cincuenta años, Jean-Luc Godard fue –junto a François Truffaut, Louis Malle y Roman Polanski, entre otros directores famosos– uno de los primeros en subirse al escenario del viejo Palais de la Croisette e interrumpir las proyecciones del Festival de Cannes, en adhesión a la revuelta estudiantil que por esos mismos días sacudía a París y al país todo. El Mayo francés estaba en su apogeo y el festival no podía ser la excepción. “Nosotros hablamos de solidaridad con estudiantes y trabajadores y ustedes de primeros planos o ángulos de cámara. Son unos imbéciles”, les respondía iracundo a quienes pretendían que el festival continuara como si nada. Medio siglo después, todo Cannes está decorado hoy con una foto icónica de una de sus películas mayores –el beso de auto a auto de Jean-Paul Belmondo y Anna Karina en Pierrot le fou (1965)– que el festival eligió este año como su imagen insignia. Y no sólo eso, Godard envió a la competición oficial su película más reciente, Le livre d’image (El libro de imagen), un film como vienen siendo todos los suyos de los últimos años, un objeto poético de una libertad formal absoluta, como si el director (que en diciembre pasado cumplió 87 años) hubiera dejado atrás hace milenios las nociones de ficción y documental para adentrarse en otra dimensión, en la cual el cine es capaz de convertirse en una incesante máquina de pensar.


Para ello, Godard ya ni siquiera necesita filmar. Como ya lo había hecho en sus Histoire(s) du cinéma (1989-1999) le basta con recluirse en su refugio legendario, del que no sale ni siquiera para recibir a su vieja amiga Agnès Varda (como ella comprueba tristemente en la reciente Visages villages), y desde allí, en su casa-estudio en Rolle, Suiza, parece conjurar al mundo, como si fuera Próspero, el anciano hechicero imaginado por Shakespeare para La tempestad. Como Próspero, él también está recluido en una isla: su isla de edición, donde como un alquimista mezcla imágenes y sonidos –de films clásicos e ignotos, de noticieros y de capturas de internet– y eventualmente las solariza o las vuelve ominosos negativos monocromáticos. Y les quita el sonido o les pone otros y encuentra en ese collage sorprendente y muchas veces violento –como si abriera cisuras en la tela de un cuadro, o arrancara páginas de un libro– un sentido nuevo. “Sólo en los fragmentos encontramos autenticidad”, dice Godard citando a Brecht.


Y si el cine es para Godard una máquina de pensar, ¿en qué piensa El libro de imagen? En principio, en todo aquello en que Godard ha venido reflexionando desde Film socialismo, presentada aquí mismo en Cannes hace ocho años: en las guerras, en la identidad de Europa, en su pasado, en su incierto futuro. Y luego en la relación de Occidente con el mundo árabe, una cuestión que siempre lo preocupó, desde que con el Grupo Dziga Vertov hizo el clásico Ici et ailleurs (1976), donde contrastaba las vidas de dos familias, una francesa y otra palestina.


¿Y cómo lo hace? En sus propias palabras, con “una historia en cinco capítulos, como los cinco dedos de una mano”. Las manos son el leitmotiv de Le livre d’image desde las primeras imágenes, cuando se ven las de un montajista manipular en la moviola un rollo de 35mm. “Es una condición del hombre, pensar con las manos”, dice Godard, claramente asumiendo su condición de cineasta. Y de montajista, porque la idea de montaje es esencial, constitutiva de su film. Esos capítulos como dedos de una misma mano irán dando paso a distintas asociaciones, que pueden parecer libres –y sin duda lo son, en más de un sentido– pero que también van tejiendo un discurso.


La sucesión inextinguible de imágenes de trenes, por ejemplo: desde los expresos de Shanghái y de Berlín –con Marlene Dietrich y Robert Ryan, como sus respectivos pasajeros– hasta aquellos que transportaban al pueblo judío a los campos de exterminio, otra de las eternas obsesiones de Godard, como corresponde a todo aquel que fue contemporáneo de ese genocidio. Allí, en esas vías infinitas, en esas estaciones brumosas por el humo de las locomotoras, en esas despedidas románticas que se pierden en una línea de fuga, se intuye que Godard invita a subirnos al infatigable tren de la Historia del siglo XX, a ser todavía sus últimos pasajeros.

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Actrices y cineastas protagonizan histórica protesta en festival de cine de Cannes

 

Cate Blanchett, Marion Cotillard, Salma Hayek y decenas de otras mujeres de la industria del cine advirtieron el sábado en Cannes que es hora de un cambio y exigieron “igualdad salarial”, en una protesta histórica durante el mayor festival del mundo.

“Desafiamos a nuestros gobiernos y a los poderes públicos a aplicar las leyes sobre igualdad salarial”, dijeron en nombre de todas ellas Blanchett y la cineasta francesa Agnès Varda, en la primera edición del certamen tras el escándalo Weinstein y la ola mundial #MeToo.


En total, 82 mujeres, entre ellas otras actrices como Kristen Stewart y Claudia Cardinale, así como cineastas y productoras desfilaron agarradas por el brazo hasta la escalinata.


Simbólicamente, se pararon a la mitad de las escaleras para mostrar que todavía tienen barrado el paso a la cima, pero dejaron claro que eso ya no puede seguir siendo así.


“Las escaleras de nuestra industria deben ser accesibles a todos. Vamos a escalar”, dijo Blanchett, presidenta del jurado en esta edición. Además de su demanda de ser tan valoradas como los hombres profesionalmente, reclamaron un “espacio seguro de trabajo”.


82 es el número de mujeres seleccionadas en competición por la Palma de Oro, desde la primera edición del Festival en 1946, frente a 1.688 hombres.


Blanchett recordó que solo dos mujeres ganaron una Palma de Oro en Cannes frente a 71 hombres: la neozelandesa Jane Campion (ex aequo) en 1993 por “El Piano” y Varda, que se alzó con una honorífica.

Estas cifras son “elocuentes e irrefutables”, dijo la actriz australiana, figura destacada de la fundación contra el acoso sexual Time’s Up.

Esta protesta histórica se produce meses después de la lluvia de acusaciones de acoso sexual y violaciones contra el productor estadounidense Harvey Weinstein y la ola de denuncias que suscitó el #MeToo, así como la movilización de las mujeres por la igualdad en la profesión.

El Festival de Cannes hizo un gesto en su apoyo al nombrar a un jurado de mayoría femenina presidido por Blanchett, pero había sido criticado por haberse limitado a cumplir con lo mínimo.

Solo tres mujeres de 21 cineastas compiten por la Palma de Oro este año: la francesa Eva Husson, que este sábado presentó “Les filles du soleil”, sobre un batallón de combatientes kurdas, la italiana Alice Rohrwacher y la libanesa Nadine Labaki.

“No habrá nunca una selección basada en una discriminación positiva hacia las mujeres”, dijo al respecto el mes pasado el delegado general del festival, Thierry Frémaux. “Hay una diferencia entre las mujeres cineastas y el tema del #MeToo”, señaló.

Paralelamente, el Festival de Cannes, donde durante casi dos semanas se celebran encuentros profesionales y fiestas privadas, exigió un “comportamiento correcto” y distribuyó folletos con un número de teléfono para denuncias contra el acoso sexual.

“Todavía no tenemos cifras, pero ha habido llamadas”, afirmó el sábado la secretaria de Estado francesa por la Igualdad, Marlène Schiappa. Cannes tiene que ser “un lugar seguro para las mujeres”, defendió.

Esta protesta en la alfombra roja de Cannes – habitualmente reservada al glamur y al desfile de estrellas con vestidos de ensueño – coincide con el 50º aniversario de Mayo del 68, cuando cineastas como Jean-Luc Godard y Carlos Saura lograron interrumpir el certamen en solidaridad con los estudiantes y obreros alzados.

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“Deberíamos preocuparnos por la calidad de lo que comemos”

El director de Memoria del saqueo continúa con su serie de documentales y ahora se ocupa del modelo agrosojero que amenaza la salud de la población: “Hay muchas cosas que no sabe el común de la gente: va al verdulero y compra cosas que están todas envenenadas”.



En el octavo film de la serie documental de Fernando “Pino” Solanas, Viaje a los pueblos fumigados, el director de La hora de los hornos profundiza en los severos problemas para el medio ambiente y los seres humanos que genera la utilización de los agrotóxicos como los herbicidas, pesticidas e insecticidas con que se fumigan parte de los campos argentinos. Filmada en las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, Salta, Chaco y Misiones, la nueva película de Solanas investiga las consecuencias sociales –no sólo ambientales– que dejó el modelo transgénico con esos agrotóxicos. El film denuncia que en la Argentina actual para lograr mayor volumen exportador se producen granos, carnes, verduras y otros alimentos con sustancias químicas muy dañinas. Para poder concretar su investigación cinematográfica, Solanas contó con testimonios de ingenieros, productores, chacareros, maestros y directores de escuelas rurales, médicos, profesores universitarios, investigadores del Conicet y víctimas de las fumigaciones. A través del contacto con la población afectada, el cineasta pudo comprobar el aumento de cánceres, diabetes y malformaciones de los embriones, entre otros graves problemas para la salud humana. Viaje a los pueblos fumigados está en las antípodas del documental televisivo porque tiene la marca identitaria del cine de Solanas, caracterizado por la fusión de géneros. El film se estrena el jueves 3 de mayo, tras una proyección especial que tuvo en la Berlinale, en febrero pasado.


“Era una asignatura pendiente que la venía postergando porque aparecieron otros temas con más urgencia. Acá hay secuencias que yo filmé en 2003”, cuenta Solanas en diálogo con PáginaI12. “Empecé esta obra con la idea de hacer una película larga, grande, una suerte de La hora de los hornos en cuanto al análisis y lo testimonial. Después, me fui dando cuenta de que eso iba a ser enorme, y no se iba a poder ver. Nadie soporta una película de más de una hora y cincuenta”, cuenta Solanas. Y explica la diferencia que tiene este tipo de cine con el comercial: “Estas son películas que exigen al espectador porque son de reflexión. No son de acción. Podés ver cinco horas de films de acción porque te llevan como una montaña rusa. Es causa y efecto, causa y efecto: no son películas para pensar sino para dejarse llevar. Y en ésta se dicen y se muestran cosas y se analiza lo que se ve y lo que se muestra. Es un cine más ligado al ejercicio de la lectura”.


A finales del 2002, Solanas se dio cuenta de que tenía que pensar en varias películas. “Primero, fue Memoria del saqueo, con lo que pasó en los 90. En cuanto a cómo se defendieron las víctimas de los años 90 lo mostré en La dignidad de los nadies. Y así se fueron concatenando. La que estreno ahora se vino postergando, pero forma parte de una larga obra. El tema central son algunos aspectos de la crisis social de la Argentina contemporánea. Mejor dicho, lo que quedó después de las privatizaciones de los años 90, lo quedó después del saqueo monumental de los 90. Y lo que quedó es un bote a la deriva de la correntada”, plantea el director que en junio presentará una versión restaurada de La hora de los hornos en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín, con motivo de cumplirse los cincuenta años de su estreno.


–¿Qué fue lo que más le impactó al investigar la producción de alimentos con agrotóxicos?


–Lo que me llamó la atención es la desinformación de la población, porque la población sufre muchas enfermedades que cuesta diagnosticar. Vivimos en un mundo de una alta contaminación. Por ejemplo, en la ciudad de Buenos Aires vivimos con un smog altamente contaminante y es una ciudad que todavía no nos informa cuál es la tasa de contaminación del día. Las grandes ciudades del mundo marcan todos los días en sus noticieros y en sus diarios cuál es la tasa de smog y de contaminación. Dicen: “Mañana los autos impares no entran más a la ciudad”. Reducen a la mitad el parque automotor y toman medidas. Las aguas también tienen índices de contaminación. Si agarramos un vaso de agua y lo analizamos encontramos algunos problemas, pero la dosis es insignificante, se dice. El tema es que esta insignificancia junto a la que traen los alimentos, todo suma, y mucho. Lo más sorprendente es que no existen investigaciones públicas, programas de investigación en hospitales y en universidades sobre las consecuencias de la salud de la población de las fuentes de contaminación. Y esas fuentes de contaminación vienen por dos orígenes. Uno es que la industria química hace varias décadas comenzó a meterse en la industria alimentaria: conservantes, colorantes, saborizantes, etcétera. Después, la producción de vegetales, hortalizas, frutas, yerba mate, todo se hace con pesticidas, fungicidas y agrotóxicos. Algunos dirán: “Qué exagerado. No son agrotóxicos. Son agroquímicos”. Y otros dirán: “No son agroquímicos, son fitosanitarios”. Estas sustancias químicas son tóxicas, algunas en reducida medida, y otras, en gran medida.


–¿El motivo del empleo de los agrotóxicos es que permite una mayor rentabilidad del negocio del agro o hay otros factores que intervienen?


–En el fondo de esto, está la búsqueda de los productores de una mayor eficiencia productiva. Eficiencia productiva quiere decir producir más cantidad a menor costo. Esa ecuación de producir en escala, reducir los costos y reducir la mano de obra ha llevado a este modelo. La siembra directa con la receta de la semilla transgénica que prospera si está rodeada de una batería de agrotóxicos o herbicidas eliminó el 90 por ciento de la gente en el campo.


–¿Por qué no está prohibido el uso de glifosato en la Argentina si, de acuerdo a lo que se desprende del documental, está comprobado científicamente que produce malformaciones en los embriones, cánceres y retardos mentales, entre otros efectos?


–Este es el gran problema y por eso hacemos este documental. Si esto estuviera bajo control, a lo mejor no tendría mucho interés la película. Yo he buscado con estas películas colocar la lupa sobre algunos grandes temas sociales de la Argentina contemporánea, no sólo para dar testimonio sino para abrir el debate. Ninguna película tiene la posibilidad de tratar a fondo un tema. Lo puede tratar un libro o una investigación, pero la película tiene la ventaja de que es un campanazo fuerte que te abre la ventana hacia un paisaje desconocido. La gente debería empezar a preocuparse de cómo se producen los alimentos que come. Y no ir y comprar en el supermercado esa verdura sino buscar algunos de los negocios que venden verdura orgánica; digamos, agricultura ecológica. En general, la exigencia del hombre y la mujer contemporáneos es tal que comenzaron a delegar en los fabricantes de alimentos la calidad, con qué y de qué manera se producen los alimentos. Nadie sabe cómo se producen. “Esta marca es importante. Yo confío que esta marca está colocando lo mejor”, piensa la gente. La realidad es muy otra. El gerente de la gran empresa o la multinacional que produce tiene como objetivo cumplir con la pauta que la dirección de arriba le ha marcado: pauta de producción, pauta de insumo, pauta de costos. Su rol no es cuidar la salud de la población.


–Igual, el debate no es sólo si está prohibido o no porque usted señaló que el Endosulfán está prohibido en la Argentina desde 2013 y, sin embargo, esa prohibición se vulnera. ¿Fallan los controles?


–Totalmente. Yo diría que en la Argentina prácticamente los controles son mínimos. Acá no se controla casi nada. Una cosa es el verso y otra cosa es la realidad. Tomemos el caso de la verdura: llega a los mercados concentradores de madrugada. Y se vende dos horas después y no queda nada. A las 5 de la mañana están los verduleros eligiéndola. A las 7, la instalan en sus locales. Y a las 7.30, 8 están vendiendo la verdura. No se puede controlar. La única manera de hacerlo es controlar la fuente de producción. Cuando ves al Senasa con un presupuesto paupérrimo, ¿qué puede controlar el Senasa? No hay control. Lo único que le importa al productor, que está semiquebrado, es que no lo desalojen, poder pagar la factura de luz que si no se la cortan. “Yo estoy compitiendo y si tengo que rociar dos veces a los pimientos o a los tomates para que no tengan ninguna pinta lo hago”. Estás vendiendo tomates que son “perfectos” y acá el cliente, el consumidor compra por los ojos. Compra lo que no tiene ninguna pinta, lo que es igualito, lo que es perfectito. No compra por el gusto. Y los “perfectitos” son lo que están más formateados químicamente y controlados químicamente. Una ensalada que presuntamente es el plato más sano y liviano para comer tiene de diez a veinticinco fungicidas y plaguicidas.


–¿Por qué la población argentina no es consciente de este grave problema? ¿Tiene que ver con las máscaras publicitarias de los alimentos?


–Por supuesto. Todo es publicidad. Compran la mayor parte en el supermercado. Hay una gran incultura. Esto no lo sabe la población: va al verdulero y compra cosas que están todas envenenadas. Tampoco hay una cultura defensiva, que sería lavar bien la verdura que comprás. La podés lavar con lavandina, con bicarbonato de sodio, otros le ponen mucho vinagre, la dejan en remojo. Todo eso mata lo que está afuera, lo que es exterior. Pero lo que es interior a la planta, no lo mata. Y como esa planta creció con toda esta batería de elementos, eso está en su estructura. Como todo esto es nuevo y como estas cosas emergen con el tiempo, los daños ambientales o los daños de la contaminación en la infección son con el tiempo. Yo me tomo un vaso de agua. Si es aislado es una cosa. Si durante 365 días tomo agua que tiene determinado metal pesado o una dosis de arsénico –que es lo común en el agua– superior, al final de uno o dos años me hizo un agujerito adentro. Si vas a un médico, en quince minutos te despacha. Estas son enfermedades y daños nuevos en la salud.


–¿Cree que es posible modificar el modelo agrario actual que destruyó los bosques?


–Por supuesto. No hay solución de un día para el otro, pero hay solución. Va a llevar tiempo. Por ejemplo, el modelo agroindustrial que va desde la semilla transgénica para producir en gran escala, se siembra y luego con el empleo de los agrotóxicos, es un combo. No se puede salir de un día para el otro porque esa renta, esa producción del campo, de alguna manera lo financia en buena parte el Tesoro Nacional. Tampoco podés desfinanciar el Estado de un día para el otro. Por supuesto que con decisión política, seguida de planificación y si se compensa lo que vas sacando, se puede. Todo es complejo para que lo pueda explicar en este momento, pero hay posibilidades. Por ejemplo, hay producción orgánica en la Argentina agroecológica. Toda la soja orgánica que se cultiva se exporta. Te la sacan de las manos porque hay un consumidor en el norte europeo que no quiere el cereal transgénico, quiere el orgánico. No le importa pagar un poquito más.


–¿Cómo notó que importa este tema en Europa a partir de haber presentado la película en la Berlinale?


–La película llegó a la Berlinale en un momento crucial. Pocas semanas antes había culminado un gran debate que llevó todo el año pasado: si se iba a prorrogar la autorización de utilizar glifosato en Europa. Fue un gran debate. Finalmente, ese debate se decidió en Alemania, se perdió por un voto, pero semanas o meses después que la Bayer había comprado Monsanto. Es un gran debate. Hoy en día, se utilizan los pesticidas en todos los países agrícolas. Lo más interesante que yo creo que muestra esta película es que revela lo que no se ve. ¿Qué es lo que no se ve? Lo que no se ve y se oculta son las consecuencias negativas que tiene el modelo en lo social. Apuntemos ahí el éxodo rural, la migración espectacular que ha habido hacia las ciudades o pueblos. Hoy hay una agricultura sin agricultores. Las otras son las consecuencias en el suelo porque esta pampa de la tierra negra, la famosa pampa argentina está llena de bichos, lombrices y bacterias que son la riqueza del suelo y hacen que el suelo tenga vida. El suelo no es roca inerte. La vida se la da todo ese mundo de bacterias y en la naturaleza todo tiene un rol. De la misma manera que el puma come al cabrito o a alguna otra especie porque si no sería plaga. Los ciclos de la naturaleza son trágicos, pero al mismo tiempo sabios. Se han generado a través de miles de años. Y todo tiene un sentido en la naturaleza. Entonces, el suelo ha sido severamente castigado con los agrotóxicos. Son suelos muertos. Matan todo y para darle vida ahí van los herbicidas, el fósforo y todo lo que se le coloca para darle fertilidad al suelo. Pero lo más trágico es el daño a la salud de la población. Y esos daños no se verifican en el momento, como tampoco uno se da cuenta de qué daño se le hizo al suelo en unos meses o en un año.

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El periodismo debe servir a los gobernados, premisa de The Post


Aborda la filtración al diario, en 1971, de documentos del Pentágono que revelaban mentiras del gobierno de EU sobre la guerra de Vietnam

 

En un momento delicado para la prensa en Estados Unidos respecto de su relación con la Casa Blanca, se estrenó este fin de semana The Post, reciente película de Steven Spielberg y una de las más destacadas al abordar la relación entre los medios y el poder.

La reciente película de Steven Spielberg, una de las más importantes de la temporada, se estrenó en México el 2 de febrero, no obstante, el público en el país lamentó que únicamente se exhiba en Cinemex.

La cinta, que en español lleva el título de The Post: los oscuros secretos del Pentágono, es protagonizada por Tom Hanks y Meryl Streep, y retoma los sucesos de junio de 1971, cuando The Washington Post protagonizó una cruzada en favor de la libertad de expresión, al revelar documentos del Pentágono que exponían las mentiras del gobierno de Estados Unidos sobre la guerra de Vietnam.

Fue Katherine Graham (Streep) la primera mujer propietaria de un medio de comunicación, el Post, y su director, Ben Bradlee (Hanks), quienes así relanzaron un periódico entonces en decadencia, al aliarse con la audacia de The New York Times y desenmascarar, sobre todo, a la administración del presidente Richard Nixon, antes del caso Watergate.

El largometraje está nominado al Óscar en las categorías de mejor película y mejor actriz para Meryl Streep, quien obtuvo su postulación 21 por este papel.

En un momento delicado para la prensa en Estados Unidos respecto de su relación con la Casa Blanca, la película ha calado hondo entre la ciudadanía de aquel país al detallar la batalla jurídica emprendida por Bradlee y Graham.

Thriller vertiginoso

La investigación secreta, encargada en 1967 por el entonces secretario de Defensa, Robert McNamara, revelaba que el gobierno estadunidense había mentido sistemáticamente sobre sus prácticas militares en la guerra de Vietnam, entre 1945 y 1967.

La precaria distribución en México, respecto de otras producciones, sólo le dio este fin de semana 8.9 millones de dólares, en contraste con los más de 60 millones que lleva recaudados en Estados Unidos. En redes sociales, varios cinéfilos tacharon de anticine a las cadenas que no se interesaron en exhibir The Post.

A decir del diario británico The Independent, gran parte de la cinta se desarrolla en oficinas, salas de dibujo y comedores, “no hay persecuciones, ni peleas ni subtramas románticas. Aparte de una obertura de Vietnam, en la que vemos al analista militar del Departamento de Estado de Estados Unidos, Daniel Ellsberg (que más tarde filtró los papeles), cuando él estaba incrustado con las tropas estadunidenses, ninguna característica de armas tampoco. Sin embargo, esto es un thriller con ritmo vertiginoso, y lo hace para una visión muy entusiasta.

“Hanks da un rendimiento agradable que reproduce recuerdos de Walter Matthau y Jason Robards como editor del Post, o Ben Bradlee, figura gruñona, sardónico pero idealista, que ama el negocio del periodismo.”

Destaca en la producción que Steven Spielberg y su cinefotógrafo, Janusz Kamiski, hacen todo lo posible para que el oficio periodístico parezca cinematográfico.

Algunos espectadores en Estados Unidos opinan que es importante no por lo que enseña sobre el gobierno, sino por lo que se puede aprender acerca del periodismo, porque sólo hay garantía de tener un gobierno honesto si existe una prensa honesta.

En redes sociales, otro cinéfilo (@Tonsanjr), opina: “Después de ver la película The Post: los oscuros secretos del Pentágono siente uno lo maravilloso que es el periodismo. Una frase de uno de los jueces de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos: ‘La prensa debe estar al servicio de los gobernados ¡y no de los gobernantes!’”

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Domingo, 04 Febrero 2018 08:45

Llámame por tu nombre

Llámame por tu nombre

Un círculo encantado. En el intenso relato de seducción amorosa que ofrece Llámame por tu nombre (Call me by your name), del director siciliano Luca Guadagnino, se advierten ecos muy notables de algunos de sus realizadores predilectos. En primer término, Bernardo Bertolucci; después, el André Téchiné de Los juncos salvajes, y de modo más perdurable aún, el veterano británico James Ivory, quien en 1987 adaptara Maurice (1913), la novela de EM Forster sobre una pasión socialmente reprimida, dedicada a esos tiempos mejores en los que el amor de los parias sexuales podrá tal vez, al fin, revelar su nombre. Basada en la novela homónima de André Aciman, nacido en Egipto y afincado en Estados Unidos, Llámame por tu nombre debía al inicio ser dirigida por James Ivory, quien se contentó con escribir el guión que adapta la novela de Aciman de manera libre y con resultados formidables.

En 1983, en un pequeño poblado al norte de Italia, la llegada del apuesto Oliver (Armie Hammer), joven académico estadunidense, al hogar del profesor Perlman (Michael Stuhlbarg), quien lo ha invitado como asistente en una investigación sobre Heráclito, provoca un alboroto entre las jóvenes del pueblo que muy pronto sucumben a su poderosa personalidad y a su físico atlético. En la residencia veraniega de la familia anfitriona, Elio (Timothée Chamalet, en una actuación soberbia), el hijo adolescente de 17 años, también habrá de sucumbir, luego de reticencias iniciales, a la atracción física e intelectual que sobre él ejerce Oliver, un deseo soterrado, perturbador e imperioso, hasta ese momento desconocido.

En el círculo encantado de los Perlman, el trato civilizado ha alcanzado su expresión más refinada. Un espíritu cosmopolita y una enorme tolerancia reina en el ambiente. En ese lugar utópico del comercio intelectual, los personajes se comunican indistintamente en cuatro idiomas, ahí se aprecia en todo momento el hallazgo artístico y el lánguido placer de la lectura sin apremios utilitaristas y sin la sospecha aún de la revolución tecnológica que se avecina, y que con Internet y los smartphones y las redes sociales muy pronto sacudirán esa insólita armonía. En ese ambiente de absoluta calma se produce para el joven Elio el mayor cataclismo imaginable. Sus primeras certidumbres eróticas y morales se resquebrajan en un instante con el contacto fugaz de la carne masculina. Pero muy lejos de sentir un asombro o una culpa insuperables, lo que invade al adolescente es un placer indescriptible e intensamente lúdico. Un Oliver, 10 años mayor que él, se vuelve súbitamente figura tutelar y cómplice emocional, un maestro en el arte de la seducción y el mayor reto posible para forjar su propia madurez y su carácter. Al respecto, señala el director de la cinta: Elio es un chico extraordinario y sus padres son igualmente extraordinarios. En casa de los Perlman no hay lugar ni paciencia para el prejuicio o la intolerancia, menos aún para la hipocresía moral. Ese círculo encantado tal vez sea un atisbo de esos tiempos mejores que anhelaba EM Forster, y que posiblemente no estén ahora ya tan lejanos, si juzgamos por el enorme reconocimiento de que goza hoy la cinta.

Lo que se reconoce en esta película, gran favorita para los Óscares este año, es posiblemente su manera de capturar en una atmósfera ciertamente idílica los dilemas morales que alguna vez destrozaron tantas existencias socialmente marginadas, y que por virtud de la representación artística ahora se plantean con libertad inusitada, expresados por personajes vigorosos y serenos, para nada atormentados ya por la vergüenza ni tampoco víctimas de la ignorancia circundante. Ni siquiera abrumados por la rabia sorda de un interminable ajuste de cuentas con una sociedad opresora. Elio y Oliver son emblemas de un deseo polimorfo que tan sólo se permite privilegiar una preferencia sexual. Son camaradas del juego erótico y así ensayan las estrategias de la seducción y del cortejo, comparten con fruición sus aficiones intelectuales, su gusto no acallado por las mujeres, su placer por las salidas al campo; hacen de sus vestimentas fetiches muy intensos y de paso juegan a intercambiar sus nombres. Es el viejo ideal platónico del amante como un complemento perfecto. La cinta describe con elegancia, sensualidad y minucia el proceso de esa revelación compartida. Recordando viejos tiempos ciertamente no mejores, el profesor Perlman contempla ahora fascinado, a lado de su esposa, la eclosión de una pasión amorosa vivida al fin al aire libre, misma que será orgullo y dolor para su hijo y para ellos mismos, y para todos una nueva oportunidad de madurez afectiva.

Se exhibe en la Cineteca Nacional y en salas comerciales.

Twitter: @Carlos.Bonfil1

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Yance Ford: el primer director transgénero nominado al Oscar

Esta semana desde PARK CITY, Utah — Yance Ford acaba de hacer historia. Se convirtió en el primer director transgénero que resulta nominado para un premio Oscar. Su documental, “Strong Island” (la isla Long Island, Nueva York, en la jerga del hip-hop), cuenta la trágica historia de la muerte de su hermano mayor, William Ford Jr. El 7 de abril de 1992, el joven afroestadounidense de 24 años de edad recibió un disparo en el corazón, del mecánico Mark Reilly, un joven blanco de 19 años de edad. Aunque la causa de la muerte fue registrada como “homicidio” y nadie niega que Reilly haya disparado el arma, un gran jurado compuesto por 23 personas blancas se negó a presentar cargos. Si bien la histórica nominación al Oscar de un hombre transgénero es sin duda un motivo de celebración, este logro está impregnado de dolor, un dolor evocado muy elocuentemente en esta obra maestra poética y atrapante.


En el nivel más superficial, el documental presenta la investigación de un caso que dejó de investigarse por falta de pruebas. Yance abre la película con una llamada telefónica al fiscal del condado de Suffolk que fue responsable del caso hace más de un cuarto de siglo. “Llamo para ver si estaría dispuesto a... responder algunas de las preguntas que me han estado aquejando”, le preguntó, a lo que el fiscal respondió bruscamente: “Todo lo que sucede en el gran jurado es confidencial... no quiero discutir el caso con usted”. Al día siguiente de recibir la nominación al Oscar, Yance declaró en una entrevista para el programa de noticias Democracy Now!: “El caso de mi hermano, hace 25 años, sencillamente confirma lo que vemos ahora; esto es, que no importa si sigues las reglas. El sistema judicial no está diseñado para la gente de color en este país”.
En el estado de Nueva York, las personas que declaran ante el gran jurado son libres de contar sus experiencias; así lo indican la madre de Yance, Barbara Dunmore Ford, y el mejor amigo de su hermano, Kevin Myers. A través de sus experiencias vemos un sistema fragmentado por el racismo. En la película, Yance afirma: “La policía había convertido a su propio hijo en el principal sospechoso de su propio asesinato”.


Kevin Myers fue interrogado ante el gran jurado, pero nadie se molestó en decirle que se trataba de un gran jurado. Myers solo intentaba ayudar a las autoridades a seguir con el caso, pero estas parecían estar más interesadas en la estatura y el peso de William, mientras construían una imagen de él como un hombre afroestadounidense grande e imponente que podría haberle generado a Reilly suficiente miedo como para justificar haber disparado en defensa propia. Sin embargo, William medía solamente 1,72 metros, según lo que nos dijo Yance Ford en la entrevista para Democracy Now!: “La que siente un miedo histórico es la persona de color que termina asesinada, no la persona blanca que reacciona exageradamente con fuerza letal en estas situaciones”.


La madre de Yance, Barbara, el pilar de la familia, tiene un papel central en la película. Al ser entrevistada por Yance en la cocina de la casa, su madre dijo: “No sentí que nos recibieran como los padres de una víctima. Tu padre me dijo ‘Estas personas son crueles. A tu hijo le dispararon. Como a un perro’”.
Para concentrarse en la edición de la película, en medio de la reciente y muy comentada serie de asesinatos de tantos afroestadounidenses desarmados, Yance Ford se trasladó a Europa por varios meses. El director relató: “Conceptualmente era muy importante para mí que la película tuviera protagonistas negros, porque a menudo las personas negras y morenas, y las personas que pierden a sus seres queridos desarmados a manos de la violencia, son apartados del camino. Como si, de alguna manera, fueran testigos poco confiables de la vida de sus muertos”.


Este primer documental de Yance, un poderoso documento sobre el origen étnico y la sociedad, así como un tributo profundamente conmovedor a su hermano, es un enorme logro. Yance Ford, el primer director transgénero que resulta nominado al Oscar, también considera este momento como una oportunidad: “En este país, todos los años las personas transgénero de color son asesinadas a un ritmo atroz. Los organismos de seguridad deberían considerarlo una prioridad, pero no lo hacen. Si mi nominación puede ayudar de alguna manera a avanzar en los temas de igualdad para las personas transgénero y protección para las personas LGTBQ conforme a la ley, entonces me siento tan honrado por eso como por la nominación”.

Columna26 de enero de 2018
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Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: Gabriela Díaz Cortez y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Foto del director de cine Sergei Eisenstein

 

Conocido como el padre del montaje, su película ‘El acorazado Potemkin’ (1925) está considerada una obra maestra de la historia del séptimo arte

 

El polifacético Sergei Eisenstein ha pasado a la historia por su maestría en las filmaciones y, sobre todo, por su teoría del montaje en un momento en el que el cine apenas contaba con un par de décadas de existencia. Sin embargo, el vanguardista director también destacó por sus amplios conocimientos de arte, estudió ingeniería y hablaba francés, alemán e inglés.

Todo ello contribuyó a que a pesar de su escasa filmografía —que no llega a 20 películas y algunas de ellas inacabadas—, su obra siga vigente y se continúe revisando con asiduidad por sus aportaciones e influencias en el rodaje, la escenografía, y el montaje en el cine europeo y americano.

Sergei Mijailovich Eisenstein nació en Riga, capital de la actual Letonia y por aquel entonces ciudad del Imperio Ruso, el 22 de enero de 1898. Hijo de padre judío y de madre eslava, desde muy pequeño destacó por su facilidad y precisión por el dibujo, don que lo llevó en 1914 a ingresar en la Escuela de Arquitectura de San Petersburgo. En ella permaneció tres años, ya que en 1917, año de la Revolución de Octubre, el futuro arquitecto dio un giro a su orientado porvenir.

Atraído por la revolución marxista y convencido de sus ideales y de que con el arte podría ser útil a la revolución, Eisenstein se alistó en 1918 en el Ejército Rojo, donde entró en contacto con el teatro al trabajar como responsable de decorados y como director e intérprete de pequeños espectáculos para la tropa. Desmovilizado en 1920, se instaló en Moscú con la idea de aplicar su habilidad pictórica a la escenografía teatral.

Fue sin duda su experiencia como director de escena del Teatro Obrero (1920) lo que lo impulsó a estudiar dirección teatral en la escuela estatal. Sin embargo, cuando tenía 25 años Eisenstein puso fin a su carrera teatral tras un fracaso en el montaje de la obra Máscaras de gas, en el que, según sus palabras, “el carro se rompió en pedazos y el conductor se cayó de cabeza”. Este incidente lo hizo abandonar el teatro y centrarse en el medio que le dio prestigio internacional, el cine, en el que fue un pionero del uso del montaje, ya que para él, la edición no era un simple método utilizado para enlazar escenas, sino un medio capaz de manipular las emociones de su audiencia.

Su primer contacto con el cine fue el rodaje de un pequeño cortometraje incluido en la obra teatral El sabio, que llevaba por título El diario de Glomow. Tal fue su interés por el nuevo medio artístico que, en 1924, rodó el largometraje La huelga, con una famosa secuencia en la que utilizó imágenes de ganado sacrificado en el matadero intercaladas con otras de trabajadores fusilados por soldados zaristas.

 

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Sergei Eisenstein

 

 

La única copia que había de la película la incautó la censura y no se pudo volver a distribuir hasta después de su muerte, aunque llegó a ser exhibida en Europa y obtuvo el premio en la Exposición Internacional de París en 1925.

Desde ese momento el joven Sergei dedicó gran parte de su trabajo a investigar sobre el montaje. Posteriormente desarrolló su propia teoría, algo que tendría una gran influencia en los directores europeos y de Hollywood y que aún continúa vigente.

Sergei Eisenstein no solía utilizar actores profesionales en sus montajes porque el argumento de sus obras iba dirigido a cuestiones más amplias de la sociedad, especialmente a los conflictos de clases. Sus actores, por tanto, eran en la mayoría de los casos personas sin entrenamiento en el campo dramático y provenían de ámbitos sociales adecuados para cada papel.

Con una sola película rodada, el joven director recibió el encargo de rodar la conmemoración de la Revolución de 1905, y la que se convertiría en la obra más célebre de su carrera y una de las mejores de la historia del cine: El acorazado Potemkin (1925). Para entonces la expectación ya era grande porque había dotado de cobertura intelectual al recién nacido espectáculo de masas que era el cine. En la película, la escena del amotinamiento en el barco y la vertiginosa escena de acción de la escalinata constituyen hitos del lenguaje cinematográfico y uno de los mayores logros del cine mudo.

 

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Cartel de la película muda 'El acorazado Potemkin', de 1925, dirigida por Sergei Eisenstein

 

El acorazado Potemkin dio a conocer su nombre en todo el mundo y posiblemente sea la película sobre la que más se ha escrito en toda la historia del cine. El guión fue escrito para una película de ocho episodios, pero al rodar el capítulo dedicado al motín del acorazado Eisenstein decidió centrar la película en ese episodio. Para ello buscó a los supervivientes de la masacre y localizó los dibujos de un francés que había sido testigo de lo ocurrido. Gracias a una serie de experimentos técnicos (pantallas reflectantes, fotografía desenfocada y plataformas móviles entre otros) los resultados fueron asombrosos.

Eisenstein rueda su película en 1.290 planos combinados con genial maestría mediante un montaje rítmico, ya que considera innecesarios los movimientos de cámara, y solo realiza varios travellings. En El acorazado Potemkin destaca la escena de la escalinata, con 170 planos, en la que el pueblo es brutalmente agredido por las fuerzas zaristas y donde crea un ‘tempo’ artificial que hace que la secuencia dure casi seis minutos. La película, con una espléndida fotografía en la que la masa se convierte en la auténtica protagonista de la obra, acabará por ser considerada la primera obra maestra del cine.

Tras esta gran película realizará dos trabajos más, la genial Octubre (1927), en la que narra los sucesos del asalto al Palacio de Invierno durante la Revolución rusa de 1917, y La línea general (también conocida como Lo viejo y lo nuevo), película sobre la reforma agraria, aunque por los cambios en la Unión Soviética tuvo que modificar su guion en varias ocasiones. En estas dos obras Eisenstein volvió a experimentar con un nuevo lenguaje a través de las imágenes, pero por su complejidad no llegaron a ser muy bien comprendidas en su época.

En ese momento, Sergei Eisenstein empezó a tener serios problemas con la censura soviética, que lo llevaron a viajar a Europa en 1930 para investigar sobre el sonido y a firmar después un contrato con la Paramount y trasladarse a Estados Unidos, donde llegaría a cobrar hasta 900 dólares a la semana.

Lo que Eisenstein llevaba de bagaje cuando llegó a Hollywood era tres películas: La huelga, El acorazado Potemkin y Octubre, algo más que suficiente para que el mismo Hitler, tras llegar al poder en Alemania, lo hubiera puesto como ejemplo por su practicidad marxista para copiarlo en el cine nazi de adoctrinamiento.

Sin embargo, el consagrado Eisenstein no consiguió el permiso de residencia en Estados Unidos ni poner en marcha ningún proyecto, por lo que decidió viajar a México. Nada más llegar al país fueron encarcelados tanto él como sus dos ayudantes de dirección, todos rusos, pero gracias a la intervención de un amigo español el panorama cambió hasta el punto de que lo nombraron en huésped de honor. Inició en el país centroamericano la producción ¡Que viva México!, en la que experimentó diferentes montajes, aunque no pudo acabarla al quedarse sin patrocinador.

Tras su mala experiencia como cineasta en el exilio, Sergei regresó a la Unión Soviética, donde continuaron las dificultades para desarrollar su trabajo, así que decidió dedicarse a la redacción de textos teóricos mientras desde el poder se atacaba tanto su obra como su persona. Pese a ello, rodó Alexander Nevski (1938), su primera película sonora y con la que ganó el Premio Stalin.

En 1943 inició, con el rodaje de Iván el Terrible, un ambicioso proyecto biográfico concebido como trilogía sobre a la figura del zar Iván IV de Rusia, pero el régimen soviético interpretó la obra como una denuncia a la personalidad de Stalin y prohibió la segunda parte -después de haber conseguido otro Premio Stalin con la primera- hasta la muerte del dictador en 1953, cinco años después del fallecimiento del propio director cinematográfico. Tras esa decisión Eisenstein no rodó ni la tercera parte ni ninguna película más.

Sergei Eisenstein, que plasmó sus estudios en obras como Teoría y técnica cinematográfica, La forma en el cine, Reflexiones de un cineasta y La realización cinematográfica, entre otras, murió el 11 de febrero de 1948, a los 50 años, tras sufrir una gran hemorragia a raíz de un infarto.

La genialidad artística de Eisenstein, su teoría del montaje y sus enseñanzas en el lenguaje cinematográfico, no solo contribuyeron en su momento a la mayoría de edad del cine, sino que siguen vigentes hoy en día como una referencia e influencia muy clara en los grandes directores.

 

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Martes, 09 Enero 2018 06:35

Su tiempo se acabó

Su tiempo se acabó

 

En 1964 yo era una pequeña niña sentada en el piso de linóleo de la casa de mi madre, en Milwaukee, viendo a Anne Bancroft presentar el Oscar al Mejor Actor en la 36ª entrega de los Premios de la Academia. Ella abrió el sobre y recitó cinco palabras que literalmente hicieron historia: “El ganador es Sidney Poitier”.

Subió entonces al escenario el hombre más elegante que yo hubiera visto jamás. Su corbata era blanca y su piel era obviamente negra... y lo estaban celebrando. Nunca había visto que celebraran a un hombre de raza negra de esa manera. He intentado muchas, muchas veces explicarme qué es lo que significa un momento cómo ese para una pequeña niña, una niña que miraba desde “los asientos baratos”, mientras su mamá entraba por la puerta, cansada de limpiar las casas de otras personas. Pero lo único que puedo hacer es citar lo que dice Sidney Poitier durante su actuación en Los lirios del valle: “Amén, amén, amén, amén”.

En 1982, Sidney recibió el premio Cecil B. DeMille justo aquí, en los Globos de Oro, y no sería extraño que en este momento haya otras niñas pequeñas mirando la televisión mientras me convierto en la primer mujer de raza negra en recibir ese mismo premio. Es un honor y es un privilegio el compartir esta noche con todos aquellos, con los hombres y mujeres increíbles que me han inspirado, que me han desafiado, que me sostuvieron y que hicieron que mi viaje hacia este escenario fuera posible. Dennis Swanson, quien se arriesgó por mí en AM Chicago. Me vio en el programa y le dijo a Steven Spielberg: “Ella es Sofía, en El Color Púrpura. Gayle (King), quien encarna la definición de lo que es ser amiga y Stedman (Graham), quien ha sido mi roca.

Quiero agradecer a la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood (HFPA, por sus siglas en inglés). Sabemos que la prensa está bajo asedio en estos días y también que la dedicación insaciable por descubrir la verdad absoluta es lo que nos impide “hacer la vista gorda” ante la corrupción y la injusticia, frente a los tiranos y a las víctimas, a los secretos y a las mentiras. Quiero decir que ahora valoro a la prensa mucho más que nunca antes, cuando intentamos navegar en estos tiempos tan complicados, lo que me lleva a la siguiente conclusión: estoy segura de que contar nuestra verdad es la herramienta más poderosa que todos tenemos. Y estoy especialmente orgullosa e inspirada por todas esas mujeres que se han sentido lo suficientemente fuertes y empoderadas como para hablar y compartir sus historias personales. Cada uno de los que estamos en esta sala estamos siendo premiados por las historias que contamos. Sin embargo, este año, nosotras nos convertimos en esa historia.

Pero no es una historia que solo afecte a la industria del entretenimiento. Es una que cruza cualquier cultura, geografía, raza, religión, posición política o espacio de trabajo. Así que yo quiero expresar esta noche mi gratitud hacia todas las mujeres que han soportado años de abuso y agresiones porque ellas, como mi madre, han tenido hijos qué alimentar y cuentas qué pagar y sueños qué perseguir. Ellas son mujeres de las que nunca sabremos sus nombres. Son empleadas domésticas y del campo. Están trabajando en fábricas y en restaurantes; igual que en la academia, la ingeniería y la ciencia. Son parte del mundo de la tecnología, la política y los negocios. Ellas son nuestras atletas en las Olimpiadas y nuestros soldados en la milicia.

Y hay otra persona, Recy Taylor, un nombre que conozco y que ustedes deberían conocer. En 1944, Recy Taylor era una esposa joven y una madre que regresaba de un servicio religioso al que había atendido en Abbeville, Alabama, cuando fue secuestrada por seis hombres blancos armados, quienes la violaron y la dejaron vendada a un lado del camino. Ellos la amenazaron con matarla si le decía a alguien, pero su historia fue denunciada a la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (Naacp, por sus siglas en inglés), donde una joven trabajadora con el nombre de Rosa Parks se convirtió en la principal investigadora de su caso y juntas buscaron justicia. Pero la justicia no era una opción en la era de Jim Crow (la de las leyes que promovían la segregación racial). Los hombres que trataron de destruirla nunca fueron perseguidos. Recy Taylor falleció hace 10 días, poco antes de cumplir 98 años. Ella vivió, como todos lo hemos hecho, demasiados años en una cultura quebrada por hombres brutalmente poderosos. Por mucho tiempo las mujeres han sido ignoradas y no se las ha escuchado cuando se atrevieron a contar su verdad sobre el poder que tienen esos hombres. Pero su tiempo se acabó. Su tiempo se acabó (en referencia a la frase en inglés Time’s Up, que es además el nombre del movimiento que ha servido para crear un fondo de ayuda legal a víctimas del acoso machista).

Su tiempo se acabó. Y yo tengo la esperanza de que Recy Taylor haya muerto sabiendo que su verdad, como la verdad de muchas otras mujeres que fueron atormentadas en esos años –y que siguen siendo atormentadas en estos días– y que sin embargo siguen adelante, como el corazón de Rosa Parks que tantos años después encontró la fuerza para quedarse sentada en ese autobús y no ceder su asiento en Montgomery, y está en cada mujer que aquí mismo elige decir “Yo también” (“Me too”, en referencia a las mujeres que han denunciado haber sido ser víctimas de acoso), y en cada hombre que elige escuchar.

En mi carrera, lo que siempre intenté hacer con todas mis fuerzas, ya sea en cine o televisión, es tratar de decir algo sobre cómo los hombres y las mujeres se sienten realmente. Contar cómo nosotros experimentamos vergüenza, cómo amamos, cómo nos enojamos, cómo fallamos, cómo emprendemos la retirada, cómo perseveramos y cómo, finalmente, nos superamos. He entrevistado y retratado a personas que fueron capaces de resistir algunas de las peores tragedias que la vida te puede arrojar. Todos ellos tienen una cualidad en común: la habilidad de mantener la esperanza en un mañana mejor, aún durante las noches más oscuras. Así que quiero que todas las jóvenes que están viendo en este momento sepan que un nuevo día está en el horizonte. Y cuando ese nuevo día finalmente comience, será porque muchas de esas magníficas mujeres, muchas de las cuales están aquí en la sala, y algunos hombres fenomenales, están peleando duro para asegurarse de convertirse en los líderes que nos lleven al tiempo en el que nunca nadie tenga qué decir de “Yo también” otra vez.

* Texto completo del discurso que la famosa presentadora y actriz pronunció durante la entrega de los Globos de Oro.

 

 

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Según los sondeos tras el discurso de Oprah Winfrey, mucha gente la imagina como futura presidenta de Estados Unidos.

 

Los Globos de Oro mostraron el cambio de época

Time’s up, se terminó: la consigna de batalla contra los ultrajes sexuales de los “altos mandos” de la industria se hizo fuerte durante la entrega de premios, con todas las mujeres vestidas de negro como señal de protesta y un discurso impresionante de Oprah Winfrey.

 

Hollywood reacciona. Por una vez, la frase de la noche –de la tarde-noche, si se prefiere– no fue, el domingo pasado en el Hotel Beverly Hilton de Los Angeles, “And the winner is...”, sino “Time’s Up”. Se terminó el tiempo en que para conseguir o no perder su empleo, una chica debía soportar toda clase de ultrajes sexuales de parte de los “dueños de la pelota” de la industria: accionistas, ejecutivos, productores, directores. Time’s Up es la consigna de batalla que sucedió a Me Too desde el momento en que The New York Times dio a conocer las primeras denuncias de acoso sobre el productor Harvey Weinstein, en octubre pasado, que generaron un impresionante efecto bola de nieve que se extendió por el mundo entero. Primero fue Me Too –a mí también me abusaron o quisieron hacerlo– como modo de blanquear la situación. Luego, la consigna superadora, Time’s Up: se terminó, no va más, de ahora en más el que quiera ejercer el derecho de pernada se queda sin trabajo. Que es lo que viene sucediendo en Hollywood desde el derrocamiento de Weinstein, con varios “caídos” por día. Contra eso se levantaron de sus asientos las mujeres presentes en la 75º entrega de los Globos de Oro, y la comunidad hollywoodense en pleno, a la vez que celebraron el fin de esos tiempos. La del domingo fue una ceremonia de protesta y fundación, tal como reflejó el impresionante discurso de Oprah Winfrey (ver Contratapa), equivalente al que Meryl Streep dio el año pasado contra Trump al recibir el mismo premio (el Cecil B. de Mille a la trayectoria) en el mismo escenario.

Se sabía de antemano el tinte que iba a tener la ceremonia organizada por la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood, incluso en sentido literal. La indicación corrió como reguero de pólvora por Tinseltown y todo el mundo (las damas, en realidad, ya que para los varones no es novedad) concurrió vestido con un único color, el negro. Si se trataba de un funeral, era el del abuso como práctica impune, incluso en manos de los propios pares. Kevin Spacey debió haber estado en el Beverly Hilton y en su lugar estuvo, en la categoría Mejor Actor Secundario, Christopher Plummer, que es quien lo remplazó en la película Todo el dinero del mundo, cuando se hicieron públicas las denuncias que llevaron a los productores a desistir de él. De no haber admitido las acusaciones en su contra, no hubiera sido raro que el humorista y guionista Louis C.K. acompañara a su colega Pamela Adlon, nominada al rubro Mejor Actriz de Comedia por la genial sitcom Better Things, cocreada por ambos. ¿Y la ganadora a Mejor Película Animada no fue acaso Coco, la nueva joyita del sello Pixar? ¿No ha optado acaso John Lasseter, creador de ese estudio, por un oportuno exilio de la industria, debido a ciertos “desaciertos” no especificados en el terreno sexual?

En el monólogo inicial, Seth Meyers, conductor de un talk show de medianoche, no tardó más que un par de minutos en hacer referencia a Weinstein y Spacey. De Weinstein dijo que si en veinte años se lo incluye en un recordatorio fúnebre, va a ser el primero en la historia en ser abucheado. Y el público abucheó. Hubo presencias de alto valor simbólico, como la de Salma Hayek, que se hizo presente para entregar un premio. En diciembre pasado, Hayek publicó en The New York Times una nota en la que contaba detalladamente la persecución a la que la sometió Harvey Weinstein en 2002, cuando produjo Frida, película que la actriz mexicana protagonizó. Estuvo también entre los concurrentes, aunque no en el escenario, Ashley Judd, una de las más notorias denunciantes de Weinstein. Hubo también asociaciones no casuales: quien presentó el premio a Oprah Winfrey fue Reese Witherspoon, que a poco de estallar el escándalo Weinstein confesó haber sufrido “múltiples experiencias de abuso y ataques sexuales” dentro de la industria. Algo más inadvertidas pasaron algunas oportunas “omisiones”, como la de Amy Sherman-Palladino, creadora de The Marvelous Mrs. Maisel, ganadora a la Mejor Comedia en series de televisión, que agradeció a Amazon su apoyo. A quien no agradeció fue al productor Roy Price, obligado a renunciar en octubre tras haber sido acusado de abuso.

 

La mujer es el negro del mundo


Pero el abuso no fue lo único que se denunció en esa improvisada (o no tan improvisada) tribuna en que se convirtió el escenario en la tarde-noche del domingo. “Vamos a anunciar a los nominados, que son todos hombres”, dijo, inmutable, Natalie Portman, una de las presentadoras del rubro Mejor Director de Película Dramática, ganado por Guillermo del Toro, por la maravillosa La forma del agua. “A ver si emparejan los salarios de las mujeres con los de los hombres”, bromearon Susan Sarandon y una reaparecida Geena Davis, cuyo 1.83 m de altura hizo lucir a su compañera, de 1.70, como una enana. ¿Sarandon & Davis? Thelma & Louise, claro. La más famosa pareja de justicieras femeninas no podía faltar en la noche del domingo. Barbra Streisand contó algo asombroso: desde que ella fue premiada con el Globo de Oro a la Mejor Dirección, en 1983 por Yentl, ninguna otra mujer volvió a ganarlo. Van 34 años y sigue el conteo.

Podría decirse que el domingo Greta Gerwig le pasó raspando a ese premio vacante. No lo ganó ella pero sí su elogiadísima ópera prima indie Lady Bird (tiene estreno asegurado en la Argentina), en el rubro Mejor Comedia. Actriz habitualmente contenida, Gerwig estaba totalmente desbordada, dando la sensación de que no se esperaba el premio. Tal vez le apostaba a The Disaster Artist, por la cual ganó James Franco como Mejor Actor. Muy divertido el gag (involuntario) que protagonizaron Franco y Tommy Wiseau, el actor y director malísimo de The Room, la película en la que The Disaster Artist se inspira. Franco había llevado a Wiseau, aunque éste estaba sentado por otro lado. Cuando anunciaron el premio, Franco tomó de la mano a su hermano Dave, que actúa en la película, para subir juntos al escenario. Detrás de ellos fue Wiseau, a quien la cámara tomó de espaldas, con su característica melena, como imitando su primera aparición en The Disaster Artist. Franco agradece, Wiseau se acerca, Franco lo saluda, Wiseau se acerca al micrófono y Franco le cruza la mano, como diciendo “Vos no hablás”. Y no habló.

En tren de ausencias asombrosas, se saldó una no menor a la de Mejor Directora. El actor afroamericano Sterling K. Brown, ganador del Globo al Mejor Actor en Serie Dramática por This Is Us, es, lisa y llanamente, el primero en la historia en ganarlo. Brown, que el año pasado se había destacado como abogado defensor en la miniserie The People vs O.J. Simpson, le agradeció al creador de This Is Us, Dan Fogelman, que haya escrito un personaje negro. “Creaste un papel de hombre negro que sólo podía ser interpretado por un hombre negro”, dijo Brown desde el escenario.

 

La otra Oprah


Las reivindicaciones que se hacían oír desde el escenario parecían volver como un búmeran desde varias de las películas o series premiadas. La película más galardonada, Tres avisos por un crimen, Missouri (se estrenará en la Argentina el jueves 18 de enero) trata sobre la batalla que da una madre (Frances McDormand) para hacer justicia con su hija violada y asesinada, en un pueblito sureño que parecería reacio a toda ley... y a que sean las mujeres las que quieran hacerlas cumplir. Dirigida por Michael McDonagh, la película ganó los Globos correspondientes a Mejor Película Dramática, Mejor Guión, Mejor Actriz y Mejor Actor Secundario. A su turno, las series favoritas resultaron Big Little Lies y The Handmaid’s Tale. La primera de ellas, que emite HBO y protagonizan Nicole Kidman, Reese Witherspoon y Laura Dern, trata sobre tres madres de chicos de primer grado, que se hacen amigas.

The Handmaid’s Tale, basada en la novela homónima de Margaret Atwood, ya se sabe, es una fábula sobre una sociedad del futuro que se sostiene sobre la esclavización de la mujer. Big Little Lies ganó Mejor Actriz de Miniserie (Kidman), Actriz de Reparto (Dern) y Actor de Reparto (Alexander Skarsgard). The Handmaid’s Tale, Mejor Serie Dramática y Mejor Actriz de Serie Dramática (Elizabeth Moss). Cuando todo el equipo de esta última subió al escenario a recoger el premio, el productor hizo un llamamiento para que la sociedad del futuro no sea como la que la serie imagina.

Pero, como quedó dicho, el bombazo de la noche fue el discurso de Oprah Winfrey, que es toda una institución en Hollywood. Institución que se diversifica en un montón de ventanillas. Winfrey empezó como conductora de talk shows y eventualmente actriz (El color púrpura), pero su popularidad fue creciendo de tal manera que además de terminar siendo dueña de una cadena de televisión pasó también a la producción de cine (produjo Selma), no se ahorra sus opiniones políticas (fue una de las más notorias sostenedoras de Obama dentro de la comunidad hollywoodense) y es la mujer afroamericana más rica de los Estados Unidos. Según los sondeos que arrojan los tweets y opiniones emitidas por las redes tras su discurso del domingo, podría arrancar con buen pie una nueva actividad: la de Presidenta de los Estados Unidos. ¿Alguien está queriendo lanzarla? Vaya a saber.

Lo cierto es que su discurso estuvo espléndidamente articulado, puntualizando con claridad que éste es un momento en que la industria del entretenimiento debe mirar hacia afuera, hacia el mundo. De ese afuera, Oprah trajo la historia de una mujer llamada Recy Taylor, que en tiempos de Segunda Guerra fue violada por seis hombres armados, no logró que se hiciera justicia y murió hace apenas un par de semanas, a los 98 años. Así como llegó desde su infancia hasta esa noche a través de una cadena precisa de vinculaciones, Winfrey hizo algo parecido con la historia de esta mujer, llegando hasta el presente. “Ella vivió, como todos nosotros, demasiados años en una cultura destrozada por hombres poderosos y brutales”, dijo. “Pero su tiempo terminó. Su tiempo terminó. Su tiempo terminó.” No hizo falta que los presentes se levantaran a aplaudirla: estaban de pie prácticamente desde el comienzo de su discurso.

 

 

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Sábado, 21 Octubre 2017 06:54

Soy mujer, escucha mi rugido

Soy mujer, escucha mi rugido

“Soy mujer, escucha mi rugido, en números imposibles de ignorar”. Así comienza la famosa canción de Helen Reddy, que en 1972 se convirtió en himno del creciente movimiento por los derechos de las mujeres. A 45 años de su debut, esta canción podría servir como banda sonora de una película que documente el abusivo ascenso y la estrepitosa caída del magnate de Hollywood Harvey Weinstein. Ojalá fuera tan solo una película. Hasta el momento, 55 mujeres han tomado la valiente decisión de hablar públicamente y han acusado a Weinstein de diversos delitos sexuales, desde acoso sexual hasta violación. Esto colocó en primer plano el tema de la violencia contra las mujeres en la vida estadounidense.


La ola de declaraciones personales ya fue mucho más allá de Weinstein, y fue canalizada en las redes sociales bajo la etiqueta “YoTambién” (“MeToo”, en inglés), propuesta el domingo en un posteo por la actriz Alyssa Milano. “Si todas las mujeres que han sido abusadas o acosadas sexualmente escribieran ‘yo también’ en su estado, podríamos darles a las personas una idea de la magnitud del problema”, escribió, y agregó: “Si has sido acosada o agredida sexualmente, escribe ‘yo también’ en respuesta a este tuit”. Más de medio millón de mujeres (y algunos hombres también) han usado la etiqueta #YoTambién y expusieron en pocos días lo generalizados que están los delitos de acoso sexual y violación.


Si bien Alyssa Milano impulsó el movimiento “YoTambién” en el foro público, este fue fundado hace 10 años por Tarana Burke, una feminista afroestadounidense de larga trayectoria que actualmente se desempeña como directora de programa en Girls for Gender Equity, una organización que lucha por la igualdad de género.


Tarana Burke relató en una entrevista para Democracy Now!: “Como sobreviviente de violencia sexual, como una persona que se encontraba luchando por averiguar cómo podía llegar a curarse, también veía personas jóvenes, y particularmente a mujeres jóvenes de color, en la comunidad en la que trabajaba, que luchaban con la misma problemática e intentaban hallar una forma concreta de mostrar empatía. El ‘YoTambién’ es muy poderoso, porque alguien me dijo eso y cambió el curso de mi proceso de curación”.


Los perpetradores que son celebridades, así como las víctimas que también lo son, pueden poner rápidamente un problema en primer plano. Pero Burke ha estado trabajando durante décadas con gente común: “Por cada R. Kelly o Bill Cosby o Harvey Weinstein, está el dueño de la tienda de comestibles, el entrenador, el maestro, el vecino, que están haciendo lo mismo... no le prestamos atención hasta que se trata de una gran celebridad. Pero este trabajo es permanente, porque es un problema generalizado”.


Alicia Garza, una de las fundadoras del movimiento Black Lives Matter (“Las vidas afroestadounidenses importan”, en español), también habló del tema en Democracy Now!: “Primero quiero expresar mi profundo agradecimiento a Tarana por crear este espacio para sobrevivientes como yo. Sin ese espacio, no hubiera podido contar mi historia, y miles y miles de otras personas que conozco no podrían contar sus historias”. Garza agregó: “Este tipo de violencia es tan estadounidense como nuestra famosa tarta de manzana”.


Además de la avalancha de acusaciones que enfrenta Harvey Weinstein, el Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York y Scotland Yard están realizando nuevas investigaciones penales. Con este tema instalado en el debate público, el director de Amazon Studios, Roy Price, se vio obligado a renunciar cuando aparecieron acusaciones de haber acosado sexualmente a una productora.


Todo esto ocurre en el primer aniversario de la difusión de una grabación del programa “Access Hollywood” de 2005, en la que Donald Trump fue capturado por la cámara cuando presumía ante el presentador de televisión Billy Bush sobre su acoso sexual hacia las mujeres: “Me atraen automáticamente [las mujeres] bellas... Simplemente empiezo a besarlas. Es como un imán. Simplemente las beso. Ni siquiera espero. Y cuando eres una estrella, ellas te dejan hacerlo. Puedes hacer cualquier cosa. [...] Agarrarlas por el chocho. Puedes hacer cualquier cosa”. Sí, así hablaba Donald Trump sobre agarrar a las mujeres de sus genitales y “hacer cualquier cosa” con ellas.
Dos años más tarde, en 2007, Summer Zervos, concursante del programa “El aprendiz”, denunció que Trump la había agredido sexualmente: “Me abrazó por la fuerza e intenté apartarlo. Empujé su pecho para que hubiera más espacio entre nosotros. Luego dije ‘vamos, hombre, compórtate’ y él repetía mis palabras lentamente, ‘compórtate’, mientras comenzaba a apoyar sus genitales contra mi cuerpo. Intentó besarme de nuevo, incluso cuando mi mano seguía sobre su pecho”.


Trump negó las acusaciones de Zervos, así como otros testimonios similares de más de una decena de mujeres que el año pasado lo acusaron públicamente de haberlas agredido sexualmente. Trump prometió demandarlas después de las elecciones. A la fecha, no lo ha hecho. Sin embargo, Zervos sí ha presentado una demanda contra Trump, donde lo acusa de difamación por usar su poderoso púlpito acosador (pongamos énfasis en la palabra “acosador”) para tratarla de mentirosa. Como parte de su demanda, la abogada de Zervos ha pedido que se cite a la campaña de Trump por todos los documentos relacionados con su cliente y con otras mujeres que declararon haber sufrido contacto inapropiado o no deseado por parte de Trump.


Al terminar la entrevista con Democracy Now!, Tarana Burke se quitó su suéter animal-print y exhibió con orgullo su camiseta negra. Adelante, en letras rosadas, se podía leer “Yo también”. Burke se dio vuelta con una sonrisa. En la parte posterior, la consigna decía: “No estás sola... ¡Esto es un movimiento!”.
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Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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