Viernes, 21 Junio 2019 06:46

Gramsci, Fanon y después

Gramsci, Fanon y después

Alguien escribió hace no tanto tiempo que lo importante no es quién habla, sino desde dónde lo hace. Recién pude comprender aspectos centrales del pensamiento de Antonio Gramsci en las comunidades campesinas de su Cerdeña natal, donde estoy participando en debates con la Coordinación de Comités Sardos que agrupa a 60 organizaciones de base.

 

El concepto de "subalternidad", fundante de toda una corriente teórica anti-colonial (aunque se denominan de formas algo más sofisticadas), no habría sido formulado por Gramsci si no hubiera nacido en una isla colonizada durante siglos por potencias extranjeras, que la convirtieron en "colonia de explotación".

 

En el pensamiento perezoso, del que nunca estamos a salvo, existe la creencia de que todo el Occidente es colonizador y todo el Sur es colonizado. Cuando en la realidad, existen periferias en una y otra parte del mundo. Y resistencias formidables.

 

En 1906, cuando Gramsci tenía 15 años, Cerdeña fue sacudida por luchas obreras y revueltas campesinas, que se erguían sobre los fuertes desequilibrios Norte-Sur, la represión implacable del Estado italiano y un amplio movimiento "sardista" que el joven llevó en su maleta y en su corazón cuando emigró al Turín proletario. Pudo comprender la Rusia soviética y campesina por su experiencia en Cerdeña, incluyendo el papel de los intelectuales en el proceso de emancipación.

 

Aunque nunca me afilié al pensamiento de Gramsci, por prejuicios y desconfianzas, puedo ver que plantó un mojón en el pensamiento crítico con su mirada anti-colonial y su apuesta por el papel de los "subalternos".

 

La siguiente etapa, por decirlo de un modo mecánico y seguramente injusto, corresponde a Frantz Fanon, en el periodo de la descolonización y las revoluciones del tercer mundo. Si Gramsci debe parte de sus sentimientos e ideas a Cerdeña, Fanon está en deuda con la Argelia que se levanta para sacudirse el yugo colonial francés.

 

Comprendió como pocos la "inferiorización" que provoca la dominación, por su experiencia como siquiatra en el hospital de Blida y, luego, en la militancia activa en el Frente de Liberación Nacional al que entregó su vida y sus sueños. En esta etapa del pensamiento crítico, los sujetos de la descolonización son los de "más abajo", campesinos y desocupados, portadores de la energía colectiva que impulsa los cambios. Critica el papel que la izquierda, en los países colonizados, concede a la clase obrera, por traslado mecánico de la experiencia en la metrópolis.

 

Quienes nacimos a la militancia en la década de 1960, estamos en deuda profunda con Fanon, ya que pudo escalar la pendiente más difícil, la que lo llevó a debatir cómo sacudirnos la interiorización del dominador que tanto daño ha producido a los procesos revolucionarios. Sólo este inestimable aporte, debe colocarlo en un lugar destacado del mundo nuestro.

 

Pero es en el tercer momento cuando se registran los cambios más asombrosos y esperanzadores. Es el momento actual, digamos, el que transcurre desde el fin del socialismo real y que tiene uno de sus centros en América Latina. El pensamiento crítico anti-colonial empieza a trenzarse con el pensamiento anti-patriarcal, fecundando un anti-capitalismo radical, enraizado en sujetos y sujetas colectivas que, en adelante, llamaremos "pueblos en movimiento".

 

El concepto me llegó por medio de una joven estudiante quechua de Abancay (Perú), Katherin Mamani, en un debate en el que rechazamos la idea eurocéntrica de "movimiento social". La menciono porque encarna el núcleo del momento actual.

 

Lo primero, es que resulta imposible separar ideas de prácticas. Las masivas y constantes acciones de los pueblos, son el combustible del pensamiento crítico, que se torna estéril cuando sólo se mira en el espejo de la autosatisfacción intelectual.

 

Lo segundo, es la impronta de las mujeres de abajo. Esto resulta tan evidente que me exime de mayores comentarios. Aunque habría que superar el concepto de pensamiento cuando nos referimos a la palabra de las mujeres que luchan, algo que aún estamos lejos de conseguir.

 

Lo tercero, es que estamos ante pensamientos colectivos, comunitarios, que hacen casi imposible determinar quién acuñó tal o cual concepto, lo supera la herencia patriarcal/colonial legada por las academias. Ideas que van germinando por fuera de las instituciones, aunque éstas siempre pretendan cooptarlas, y que son el fruto de las comparticiones entre los abajos cuando debaten y combaten.

 

Por último, los nuevos desarrollos sólo tienen validez si muestran alguna utilidad para potenciar las emancipaciones colectivas. Y, sobre todo, para construir lo nuevo. Porque de lo que se trata, además de ponerle límites a los proyectos de arriba, es construir y crear vida allí donde el sistema, a derecha e izquierda, sólo produce muerte.

 

No es poco en los tiempos que corren. El camino andado en poco más de un siglo, es notable. Estamos ante pensamientos colectivos que nacen poniendo el cuerpo al sistema y a sus represiones.

 

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¿En la era del perdón o de la agresión?

Las reclamaciones de disculpa y de indemnización por atrocidades cometidas en las relaciones entre pueblos o países fueron frecuentes a lo largo del siglo XX. Son ejemplo de ello las iniciativas de Alemania en el caso del holocausto y de Estados Unidos en el caso de los japoneses estadounidenses presos durante la Segunda Guerra Mundial. El siglo XXI ha sido particularmente insistente en la exigencia (no siempre atendida) de reclamaciones de disculpa por crímenes, atrocidades y violencias cometidas en el pasado más o menos lejano en el contexto del colonialismo europeo.

En ocasiones, las reclamaciones de disculpa se acompañan de la solicitud de reparaciones o indemnizaciones. He aquí algunos ejemplos. En 2004, el Gobierno alemán reconoció la atrocidad cometida contra el pueblo de Namibia, el genocidio de 65.000 personas de etnia herero que se habían rebelado contra el colonizador en 1904. En 2018, el gobierno de Namibia exigía la solicitud formal de disculpas y la reparación financiera por el mal cometido, lo que fue rechazado por el gobierno alemán. En 2008, en visita a Libia, el por entonces primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, pidió formalmente disculpas al pueblo libio por las "profundas heridas" causadas por los treinta años de la colonización italiana y prometió una inversión de 5000 millones de dólares como compensación. Poco tiempo después, Libia era invadida y destruida por las "fuerzas aliadas" de las que Italia formaba parte. En 2014, la Comunidad del Caribe aprobó una propuesta de la Comisión de Reparaciones a fin de impartir justicia a las víctimas del genocidio, la esclavitud, el tráfico de esclavos y el apartheid racial considerados por la Comisión como crímenes contra la humanidad. La propuesta estaba dirigida a los principales países esclavistas en la región (Holanda, Reino Unido y Francia), pero abarcaba potencialmente a otros países. Se trataba de una propuesta muy amplia que incorporaba un plan de acción con las siguientes dimensiones: perdón formal, repatriación, programa de desarrollo de los pueblos nativos, instituciones culturales, salud pública, erradicación del analfabetismo,programa de promoción de los conocimientos africanos, rehabilitación psicológica, transferencia de tecnología. En 2015, en visita a Jamaica, David Cameron, entonces primer ministro de Reino Unido, excluyó cualquier posibilidad de reparación. Dos años antes, el mismo David Cameron, en visita a la India, reconocía que la masacre en 1919 de 1000 indios desarmados que protestaban contra el colonialismo británico había sido "profundamente vergonzosa", pero no pidió formalmente disculpas ni accedió a pagar indemnizaciones. Presionado por una acción judicial, en 2013 Reino Unido accedió a pagar 2600 libras a cada uno de los 5.000 kenianos, integrantes del movimiento Mau Mau, presos y torturados en la década de 1950 por su resistencia contra el colonialismo británico y a "lamentar sinceramente” lo sucedido. Sin embargo, cerca de 44.000 kenianos vienen exigiendo la misma indemnización por los malos tratos recibidos en el periodo colonial. En 2017, Emmanuel Macron, entonces candidato a la presidencia de la república de Francia, reconoció que la colonización de Argelia había sido un crimen contra la humanidad.


Más recientemente, al señalar los quinientos años de la colonización de México, el presidente Andrés Manuel López Obrador solicitó al rey de España y al papa que pidieran formalmente disculpas por las atrocidades cometidas contra los pueblos indígenas durante el periodo colonial, comprometiéndose a hacer lo mismo como descendiente de los colonizadores. La petición fue terminantemente rechazada por el Estado español, pero el Gobierno de Cataluña se apresuró a reconocer los abusos, las muertes de millones de personas y la destrucción de culturas enteras cometidas por el colonialismo español. Más recientemente aún, el pasado 4 de abril, el Gobierno belga pidió disculpas a los "mestizos belgas", miles de niños hijos de padre belga y madre congoleña, nacidos al final de la colonización belga (entre 1940 y 1950), que fueron sustraídos a las familias e internados compulsivamente en orfanatos y a veces enviados a Bélgica.


¿Cuál es el significado de este movimiento de justicia histórica que, de hecho, se ha ramificado? En la actualidad incluye la reclamación de la devolución de los objetos de arte traídos (¿con qué derecho?) de las colonias europeas y exhibidos en los museos del Norte global. También incluye la devolución de tierras, por ejemplo, en Zimbabue y más recientemente en Sudáfrica con referencia al periodo del apartheid, una forma específica de colonialismo, y también en Australia. Los argumentos jurídicos o éticos en uno u otro sentido no parecen servir de mucho. Obviamente no se trata de encontrar razones para responsabilizar a las generaciones actuales de los países colonizadores por los crímenes que han cometido. El problema es político y emerge como resultado de un conjunto de factores de los cuales el más importante es la coexistencia de la independencia política con la continuidad de la dependencia colonial. Las luchas de liberación colonial en América Latina (siglo XIX) y en África y Asia (siglo XX) tenían por objetivo luchar por la justicia histórica, devolver los territorios a sus pueblos y permitirles construir un futuro propio.


Lo cierto es que nada de esto sucedió, como quedó patente de la manera más dramática en la primera liberación colonial, la de Haití, en 1804. Las condiciones impuestas a los esclavos liberados para superar el aislamiento internacional al que se vieron sometidos fueron brutales (tan brutales como las condiciones del ajuste estructural que el FMI sigue imponiendo impunemente en el Sur global) y el resultado es bien patente en el Haití de hoy. Kwame Nkrumah, primer presidente de Ghana, denunció brillantemente la continuidad de la dependencia colonial en 1965 al acuñar el término neocolonialismo, una realidad tan vigente entonces como hoy. El pillaje de los recursos naturales que caracterizó al colonialismo continúa hoy, llevado a cabo por empresas multinacionales del Norte global con la complicidad de las élites locales que, en el caso de América Latina, son descendientes de los colonos. La reclamación de la justicia histórica no es más que una forma adicional de legitimar la lucha contra la injusticia y la desigualdad que siguen caracterizando las relaciones entre los países centrales y los países periféricos. Y cuando la respuesta se traduce en meras reclamaciones de disculpa, sean estas aceptadas o no, no pasan de rituales legitimadores de quien los exige o acepta para que todo siga igual. Es decir, el colonialismo no terminó con las independencias políticas. Terminó solo el colonialismo de ocupación territorial por una potencia extranjera. No obstante, continúa hoy bajo otras formas, algunas más brutales que las del colonialismo histórico. Tal y como la esclavitud continúa hoy bajo la forma vergonzosa del "trabajo análogo al trabajo esclavo", para usar la terminología de la ONU, el colonialismo continúa hoy no solo en forma de dependencia económica, sino también en forma de racismo, xenofobia, apartheid racial, brutalidad policial contra la juventud negra, islamofobia, "crisis de los refugiados", "guerra contra el terrorismo", asesinatos de líderes sociales en lucha por la defensa de sus territorios contra la invasión de las empresas mineras, de extracción de madera o de agricultura industrial, desastres ambientales contra poblaciones desechables, viviendo en lugares asumidos como "zonas de sacrificio", etc.


En el caso de América latina, en el que las independencias fueron conquistadas por los descendientes de los colonizadores, la continuidad del colonialismo asumió una forma específica, el colonialismo interno al que fueron sometidos los pueblos indígenas y los pueblos de matriz africana, descendientes de esclavizados. Los "modelos de desarrollo" de los últimos 150 años han ignorado sistemáticamente los intereses, las aspiraciones y las culturas de estos pueblos.


Si López Obrador insiste en cualquier variante de estos modelos no puede sorprenderse si, en lugar de disculpas, los pueblos indígenas le exigen respeto efectivo por sus culturas y territorios, así como el abandono de megaproyectos y de políticas neoextractivistas una vez rechazados por las poblaciones después de ser previamente consultadas de manera informada y de buena fe. Al reclamar disculpas al colonizador y al comprometerse su gobierno en el mismo proceso, López Obrador trae algo nuevo a la polémica sobre la justicia histórica. Asume la estatura de una sinceridad política trágica en el sentido de la tragedia griega. Se mueve en el filo de una navaja que lo puede desequilibrar hacia la caída en el propio movimiento de levantarse. Sabe, quizá mejor que nadie, que presenta hoy el máximo de conciencia social posible de un modelo de desarrollo de vocación antisocial destinado a crear rentabilidades que en gran proporción irán a los bolsillos de intereses capitalistas globales. Sabe que el capitalismo de hoy, dominado por el capital financiero, solo acepta negociar los términos del saqueo si el pillaje no se cuestiona. Sabe que, con una u otra variante, este modelo fracasó en otros países de América Latina en tiempos muy recientes (Brasil, Argentina, Ecuador, Venezuela). Tiene al norte un muro imperial, vergonzoso, demasiado sólido para derretirse con la sangre de quien intenta pasar a través de él. En él está depositada la esperanza que queda en un continente desgarrado por el imperialismo estadounidense y europeo con la complicidad de las élites locales que nunca toleraron que las clases populares, los de abajo, soñaran con el fin del colonialismo. En estas condiciones, quien es responsable de la esperanza lo es también de la frustración. La respuesta del rey de España no fue un buen presagio. Pero también es verdad que de un rey de nada no se puede esperar todo.

Traducción de Antoni Aguiló

 

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Samuel Moncada, embajador de Venezuela ante las Naciones Unidas

El embajador de Venezuela en la ONU denunció el "pillaje colonialista" de EE.UU., cuyas órdenes ejecutivas pretenden pagar a acreedores de PDVSA, Citgo y otras empresas petroleras con el dinero confiscado a Caracas.

 

El embajador de Venezuela ante las Naciones Unidas, Samuel Moncada, acusó al Gobierno de Donald Trump de orquestar "un robo de proporciones históricas" con los bienes confiscados al pueblo venezolano para pagar los bonos petroleros.


Moncada informó sobre dos órdenes ejecutivas emitidas este viernes por el Departamento del Tesoro estadounidense en las que autorizan usar el dinero confiscado a Venezuela para pagar los bonos emitidos por Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA), Citgo (filial de PDVSA en EE.UU.) y otras empresas petroleras.


Con las numerosas sanciones al Gobierno venezolano, como el congelamiento de 7.000 millones de dólares en activos de PDVSA, la Casa Blanca autorizaría pagos a los acreedores que ellos escojan.


"Así los acreedores financieros de Venezuela son los primeros en recibir 'ayuda humanitaria'", señaló irónicamente Moncada en su cuenta de Twitter.
"Es claro que los abogados del Dpto. del Tesoro están beneficiando a un grupo muy específico de acreedores 'con acceso al poder' para que hagan un gran negocio con dinero del Pueblo venezolano", agregó.


De acuerdo con analistas, con el bloqueo de Venezuela de los mercados financieros internacionales, el país latinoamericano está impedido a recurrir a mercados de valores mundiales para renovar sus títulos de deuda pública o solicitar nuevos.


En este contexto, el autoproclamado presidente interino, Juan Guaidó, nombró una nueva junta directiva de Citgo. Además, su equipo ha dejado ver que solicitarían permiso a EE.UU. para usar una cuenta de garantía bloqueada, con el fin de pagar un bono emitido por PDVSA.


"Los jefes en Washington usarán a su títere en Venezuela quien 'autorizará' el saqueo de su propio país al mismo tiempo que mendiga migajas a sus jefes para la 'crisis humanitaria'", denunció Moncada.

Publicado: 9 mar 2019 03:58 GMT | Última actualización: 9 mar 2019 04:03 GMT

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“El capital viene al mundo chorreando sangre”

Dice Marx en el capítulo 14 de El capital. Es cierto: no hay lugar del mundo donde el capitalismo no haya surgido así. Lo curioso es que sus actuales defensores, quienes creen que debe permanecer para siempre y que es el fin de la historia, porque corresponde a la naturaleza humana, no sólo olvidan eso: olvidan que a cada nuevo ciclo, vuelve a imponerse “chorreando sangre y lodo”, y que a más de 500 años de depredar las riquezas del orbe, sigue siendo un modelo que excluye a las mayorías y las condena a la pobreza.


Cada nuevo ciclo: la llamada por sus propagandistas “bella época”, construyó un aparente bienestar y una democracia de aparador en Europa y Estados Unidos… montado sobre el saqueo despiadado de los recursos de las colonias y las naciones periféricas, de la misma manera que hoy se intenta poner muros a 70 por ciento de la humanidad que vive en las regiones del mundo sistemáticamente expoliadas.


Pero no se trata sólo de saqueo: de 1870 a 1914 se impuso el capitalismo mediante la sangre. Las masacres que impusieron la “civilización” no son menores que los que siempre recordamos: los de Hitler y Stalin. ¿Por qué se tiende a olvidar o minimizar aquellos? Porque los perpetraron las prístinas democracias occidentales…


Lo recuerdo porque cayó en mis manos un estudio ya clásico sobre el colonialismo: Adam Hochschild, El fantasma del rey Leopoldo, una historia devastadora que detalla el saqueo imperialista de Congo, particularmente entre 1885 y 1908, pero que nos permite una mirada de largo alcance… Afirmo arriba que cada ciclo del capitalismo nace chorreando sangre y lodo. Congo es un ejemplo: a raíz de la primera globalización, traficantes europeos esclavizaron a cientos de miles de congoleños, arrastrados a las plantaciones del continente americano y provocaron la ruina política y económica de la región. A ese ciclo del capitalismo corresponde, en México, la catástrofe demográfica y social provocada por la irrupción española iniciada en 1519.


El inicio del capitalismo industrial no afectó particularmente a Congo, pero sí el del imperialismo: según los cálculos de Hochschild, de 1890 a 1910 el territorio bajo control personal del rey Leopoldo pasó de 20 a 10 millones de habitantes. Los cálculos más bajos ofrecen la cifra de no menos de 3 millones de personas fallecidas de muerte no natural. ¿Causas de esa mortandad? a) los asesinatos y masacres; b) hambruna, agotamiento y abandono (de niños y ancianos, cuando las comunidades huían y se refugiaban en la selva); c) enfermedades agravadas por desnutrición, agotamiento, desesperanza y falta de atención, y d) el descenso del índice de natalidad por la ausencia de varones y rechazo al embarazo en esas condiciones.


¿La causa? Según los pocos africanos cuyo testimonio pudo recogerse, es una: el caucho. Es decir, la expoliación inmisericorde de los recursos, en beneficio de los oligopolios imperialistas. Y el autor no comete el error de creer que Congo es un caso aislado: muestra también que en las regiones caucheras bajo dominio francés, alemán y portugués, los porcentajes de muertos eran similares a los de Congo. Muestra también el silencio británico an¬te las peculiaridades inhumanas de su imperio. A ese ciclo del capitalismo corresponde, en México, la esclavitud real y descarnada en las plantaciones y monterías del sureste (documentadas por Armando Bartra en El México bárbaro) y las guerras de exterminio contra los apaches, comanches, mayas y yaquis: el porfiriato.


Tras la Segunda Guerra Mundial, el ca¬pi¬talismo entró en otro periodo y las poten¬cias se vieron obligadas a reconocer la In¬de¬pendencia de sus colonias, tras previo trabajo que garantizara la continuidad de su dependencia económica. Cuando el recién electo primer ministro de Congo Patricio Lumumba amenazó poner límites a esa dependencia casi total, la CIA, con la anuencia (documentada) del presidente Eisenhower, ordenó su asesinato. Luego fue impuesto, con beneplácito y apoyo de Washington y París, Desiré Mobuto, quien gobernó en pro de las trasnacionales. Al dejar el poder (1997), su fortuna y extravagancia eran parecidas a las de Leopoldo. Sus métodos preceden y luego son parte integral de los esquemas neoliberales de saqueo. Hoy día, según datos relativamente fiables, 10 por ciento de la población de Congo busca refugio económico y humano, huyendo de un país devastado. Son parte de la nueva tragedia humanitaria del capitalismo: la de los migrantes.


Pd 1: El libro documenta también la campaña de ocultamiento que hizo de Leopoldo un filántropo y un benefactor; un rey demócrata y liberal.
Pd 2: Leopoldo respaldó cuanto pudo la experiencia imperialista de su hermana y su cuñado Maximiliano, un príncipe “filántropo y benefactor; demócrata y liberal”.


Twitter: @HistoriaPedro
Blog: lacabezadevilla.wordpress.com

 

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Los significados históricos de la revolución kurda

La experiencia revolucionaria del pueblo kurdo, que ha puesto en práctica particularmente en Rojava (norte de Siria) el llamado Confederalismo Democrático, junto con los gobiernos autonómicos de los mayas zapatistas del EZLN en Chiapas, constituyen procesos emancipatorios alternativos sumamente avanzados mundialmente. El Confederalismo Democrático se fundamenta en autonomías comunitarias de varios niveles, en democracias participativas de sectores, pueblos y grupos culturales de la sociedad, en la sustentabilidad ecológica y en la mujer como sujeto de transformación con capacidad de decisión en todos los ámbitos políticos, militares, sociales y económicos.

El Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), que alienta esta causa y proviene de un marxismo ortodoxo y una lucha de más de 40 años, abandona la idea de un Estado nacional, hace una crítica tanto al socialismo real como a todos los gobiernos existentes. El PKK sostiene que el Estado encierra la semilla del capitalismo y que libertad y Estado nunca pueden coexistir, ya que éste desarrolla el poder de una minoría sobre el resto de la población.

Al igual que en el proyecto multiétnico y de tolerancia religiosa del EZLN, en el Confederalismo Democrático del norte de Siria, los kurdos, conviven con árabes, asirios, turcomanos, chechenos, circasianos, musulmanes, cristianos, yezedis y otras doctrinas y sectas, a partir de la coexistencia mutua y la fraternidad entre los pueblos. En el Contrato Social de la Federación Democrática del Norte de Siria, se "garantiza la igualdad de todos los pueblos en materia de derechos y deberes, respeto a los estatutos de derechos humanos y preservación de la paz nacional e internacional".

Este documento fundante instituye que la Federación Democrática se basa en la colectivización de la tierra, el agua y los recursos energéticos; adopta la economía social y la industria ecológicas; la riqueza y los recursos naturales son de propiedad pública; no permite la explotación, el monopolio, ni la cosificación de las mujeres; aporta una cobertura social y sanitaria a todos los individuos. Se reitera que las mujeres disfrutarán de su libre albedrío en la familia democrática, construida sobre la base de una vida común igualitaria y que los jóvenes son la fuerza motriz de la sociedad y su participación debe estar garantizada en todos los ámbitos. La opresión y asimilación cultural, el exterminio y la ocupación se consideran un crimen contra la humanidad y la resistencia a estas prácticas es legítima. En la Federación la educación es gratuita en todos los niveles, siendo la primaria y la secundaria obligatorias; mientras los derechos al trabajo, la salud y la vivienda están asegurados.

El sistema político-social de la Federación se basa en la formación de comunas, instituciones sociales, sindicatos y asambleas, siendo la comuna la forma organizativa fundamental de la democracia directa, la instancia de gestión y toma de decisiones, mientras las asambleas son las unidades sociales que representan al pueblo, en las que se debate y decide en el nivel de pueblos, barrios, ciudades, distritos, regiones y cantones.

En Turquía, el Confederalismo Democrático opera por medio del Partido Democrático de los Pueblos y el Partido de la Sociedad Democrática, los cuales participaron victoriosamente en las elecciones de más 100 ayuntamientos, hasta que el gobierno turco, con una ley de emergencia, los declaró terroristas y ocupó con sus delegados los aparatos gubernamentales. Este golpe de Estado produjo una gran represión que encarceló a más de 10 mil hombres y mujeres, que hoy son parte de los numerosos presos políticos de origen kurdo. Desde el año de 2016, la aviación y la artillería turcas bombardearon nueve ciudades kurdas, y su ejército ocupó a sangre y fuego la ciudad de Afrin, en el norte de Siria, hasta la fecha, preparándose para una ofensiva contra otros dos cantones de Rojava.

En Irak, los kurdos mantienen una autonomía relativa, con autogobiernos y partidos que sustentan la idea de establecer un Estado nacional. Sin embargo, la influencia del Confederalismo Democrático en urbes iraquís se deja sentir en el Partido de la Solución Democrática, mientras en regiones montañosas liberadas que cubren territorios de Irak, Turquía e Irán, se establece el Confederalismo Democrático, custodiado por agrupamientos guerrilleros de autodefensa.

En Irán, el pueblo se organiza mediante el Partido del Kurdistán Este Libre, el Partido de la Sociedad Democrática y el Partido Vida Libre, brutalmente reprimidos por el gobierno confesional de los ayatolas. Aquí operan igualmente fuerzas guerrilleras de autodefensa separadas de hombres y mujeres.

La revolución kurda busca por encima de todo la transformación interior de los individuos. Se trata de erradicar la ideología patriarcal, clasista y racista para lograr la liberación de la sociedad y el fin del capitalismo y el imperialismo.

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Viernes, 16 Noviembre 2018 05:44

La Gran Guerra no ha terminado

La Gran Guerra no ha terminado

Hubo algo horriblemente familiar sobre la forma en que conmemoramos el supuesto fin, hace cien años, de la Primera Guerra Mundial. No sólo las cascadas de amapolas ni los nombres ya conocidos: Mons, Somme, Ypres, Verdún. Sino el casi total silencio sobre los que murieron en ella, cuyos ojos no eran tan azules como los nuestros ni sus pieles tan rosadas como las nuestras, aun cuando el sufrimiento que les causó la Gran Guerra continúa hasta hoy.

Incluso en los suplementos dominicales que se atrevieron a alejarse del frente occidental sólo para tocar brevemente el impacto posterior que la guerra tuvo en la nueva Polonia, la nueva Checoslovaquia, la nueva Yugoslavia y la Rusia Bolchevique, hubo una sola mención a Turquía. De la hambruna masiva –que causó quizá 1.6 millones de muertos– de los árabes de Levante causado por el saqueo de los turcos y el bloqueo de los aliados durante la Primera Guerra Mundial no se dijo una sola palabra. Lo que es aún más sorprendente: no encontré una sola referencia al mayor crimen contra la humanidad de la Primera Guerra Mundial; no hablo del asesinato de rehenes belgas a manos de tropas alemanas en 1914, sino del genocidio armenio de millón y medio de civiles cristianos en 1915, cometido por el imperio Otomano turco aliado de Alemania.

¿Qué le ocurrió a ese documento clave de la Primera Guerra Mundial en Medio Oriente en la declaración de Balfour de 1917 que prometió una patria para los judíos en Palestina y condenó a los árabes palestinos (que entonces eran mayoría en la zona) a lo que yo llamo condición de refugiados? ¿O al acuerdo Sykes Picot que partió en pedazos a Medio Oriente y traicionó la promesa de independencia hecha a los árabes? ¿O el avance del general Allenby sobre Jerusalén durante el cual ejecutó el primer ataque con gas en Medio Oriente y que fue olvidado por nuestros amados comentaristas?

Estamos tan enamorados de la salvaje historia moderna de Siria e Irak que nos olvidamos –o desconocemos– que los hombres de Allenby dispararon bombas de gas contra el ejército turco nada menos que en Gaza. Pero los ataques con gas permanecieron confinados en la memoria colectiva al Frente Occidental el pasado fin de semana.

Los cementerios de la guerra tanto en Medio Oriente como en Europa contienen decenas de miles de tumbas musulmanas –de argelinos, marroquíes, indios– y no vi una sola fotografía de ellas. Tampoco de las de trabajadores chinos que murieron en el Frente Occidental, cuando transportaban bombas para las tropas británicas, ni de los soldados africanos que lucharon y murieron en Somme, Francia. El presidente Macron fue el único que, al parecer, recordó este hecho, como debía ser, pues más de 30 mil hombres de las islas Comores, Senegal, Somalia, Guinea y Benin murieron en la Gran Guerra.

Existió un monumento en memoria de estas tropas en la ciudad francesa de Reims, pero los alemanes lanzaron un feroz ataque racista contra los soldados negros que participaron en la Primera Guerra Mundial y ocuparon Alemania: los acusaron de violar a mujeres y "poner en peligro el futuro de la raza alemana". Todo era mentira, por supuesto, pero cuando las legiones de Hitler volvieron a invadir Francia en 1940 el monumento fue destruido, pues la propaganda nazi en contra de estos hombres funcionó. Asimismo, más de 2 mil soldados negros que eran parte de las fuerzas francesas fueron masacrados por la Wehrmacht. Este monumento acaba de ser reconstruido a tiempo y fue develado para el centenario del Armisticio.

Además están las sepulcrales ironías de los muertos. De los 4 mil soldados marroquíes –todos ellos musulmanes– enviados a la batalla de Marne de 1914 sólo sobrevivieron 800. Otros murieron en Verdún. De los 45 mil soldados marroquíes del general Hubert Lyautey, 12 mil murieron antes de 1918. Fue la pequeña revista francesa Jeune Afriqueto la que publicó una nota sobre las tumbas de los marroquíes que aún están marcadas con la estrella y la luna creciente que eran símbolos del califato turco otomano. Pero los marroquíes, si bien eran habitantes del imperio Otomano y tenían esa nacionalidad, lucharon en las filas francesas contra los aliados turcos de Alemania. La estrella y la luna creciente jamás fue símbolo oficial de los musulmanes. En todo caso, los marroquíes ya tenían su propia bandera antes de la Gran Guerra.

Pero, desde luego, los verdaderos símbolos de la Primera Guerra Mundial y sus sangrientos resultados están en Medio Oriente. Los conflictos en la región –Siria, Irak, Israel, Gaza, Cisjordania y el Golfo– tienen su génesis en nuestra titánica Gran Guerra. Sykes-Picot dividió a los árabes. Fue esa guerra la que, apenas comenzada la batalla de Gallipoli, permitió a los turcos destruir a su minoría cristiana armenia. Los nazis, por cierto, amaban a Mustafa Kemal Ataturk porque limpió a sus minorías. Cuando Ataturk murió, la primera plana del periódico alemán Volkisher Beobachter se imprimió con un marco negro.

La división entre Líbano y Siria y sus sistemas sectarios de administración fueron inventados por los franceses después de que aseguraron un mandato posguerra para gobernar en Levante. La rebelión iraquí contra el mandato británico fue en parte alentado por el rechazo a la declaración de Balfour.

Traviesamente, me puse a buscar en los viejos libros de historia de la biblioteca de mi difunto padre, quien traviesamente luchó en la Tercera Batalla de Somme en 1918. Ahí encontré la ira y el dolor de Winston Churchill, quien escribió sobre el "holocausto" de los armenios (de verdad usó esa palabra) pero no pudo prever el futuro del mundo árabe en los cuatro volúmenes de su historia de la Gran Guerra publicada en 1935. La única disertación sobre el imperio otomano, que aún ardía a fuego lento, viene en un apéndice de dos hojas en la página 1647 titulada: "Un Memorando sobre la Pacificación de Medio Oriente".

En cuanto a los palestinos que despiertan cada mañana entre el polvo y la mugre de los campamentos de Nahr el Bared, Ein el Helwe o Sabra y Chatia en Líbano, la pluma de Balfour dejó su firma en este documento sobre el despojo no en 1915, sino apenas anoche, pues estos refugiados aún habitan en chozas y casuchas en este momento en que usted lee estas palabras, por lo que la Primera Guerra Mundial no ha terminado, ni siquiera ahora, después del centésimo aniversario de su "fin".

Traducción: Gabriela Fonseca

 

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Jueves, 02 Agosto 2018 08:34

Los conceptos que nos faltan

Los conceptos que nos faltan

A diferencia de los pájaros, los seres humanos vuelan con raíces. Parte de las raíces están en los conceptos que hemos heredado para analizar o evaluar el mundo en el que vivimos. Sin ellos, el mundo parecería caótico, una incógnita peligrosa, una amenaza desconocida, un viaje insondable. Los conceptos nunca retratan exactamente nuestras vivencias, ya que estas son mucho más diversas y variables que las que sirven de base a los conceptos dominantes. Estos, al fin y al cabo, son los conceptos que sirven a los intereses de los grupos social, política, económica y culturalmente dominantes, aunque matizados por las modificaciones que van introduciendo los grupos sociales que resisten a la dominación. Estos últimos no siempre recurren exclusivamente a estos conceptos. Muchas veces disponen de otros que les resultan más próximos y verdaderos, pero que reservan para el consumo interno. Sin embargo, en el mundo de hoy, surcado por tantos contactos, interacciones y conflictos, no pueden dejar de tener en cuenta los conceptos dominantes, a riesgo de ver sus luchas aún más invisibilizadas o más cruelmente reprimidas. Por ejemplo, los pueblos indígenas y los campesinos no disponen del concepto de medio ambiente porque este refleja una cultura (y una economía) que no es la suya. Solo una cultura que separa en términos absolutos la sociedad de la naturaleza para poner esta a disposición incondicional de aquella, necesita tal concepto para dar cuenta de las consecuencias potencialmente nefastas (para la sociedad) que pueden resultar de dicha separación. En suma, solo una cultura (y una economía) que tiende a destruir el medio ambiente necesita el concepto de medio ambiente.


En verdad, ser dominado o subalterno significa ante todo no poder definir la realidad en términos propios, sobre la base de conceptos que reflejen sus verdaderos intereses y aspiraciones. Los conceptos, al igual que las reglas del juego, nunca son neutros y existen para consolidar los sistemas de poder, sean estos viejos o nuevos. Hay, sin embargo, periodos en los que los conceptos dominantes parecen particularmente insatisfactorios o imprecisos. Se les atribuyen con igual convicción o razonabilidad significados tan opuestos, que, de tan ricos de contenido, más bien parecen conceptos vacíos. Este no sería un problema mayor si las sociedades pudieran sustituir fácilmente estos conceptos por otros más esclarecedores o acordes con las nuevas realidades. Lo cierto es que los conceptos dominantes tienen plazos de validez insondables, ya sea porque los grupos dominantes tienen interés en mantenerlos para disfrazar o legitimar mejor su dominación, bien porque los grupos sociales dominados o subalternos no pueden correr el riesgo de tirar al niño con el agua de bañarlo. Sobre todo cuando están perdiendo, el miedo más paralizante es perderlo todo. Pienso que vivimos un periodo de estas características. Se cierne sobre él una contingencia que no es el resultado de ningún empate entre fuerzas antagónicas, lejos de eso. Más bien parece una pausa al borde del abismo con una mirada atrás.


Los grupos dominantes nunca sintieron tanto poder ni nunca tuvieron tan poco miedo de los grupos dominados. Su arrogancia y ostentación no tienen límites. Sin embargo, tienen un miedo abisal de lo que aún no controlan, una apetencia desmedida por lo que aún no poseen, un deseo incontenido de prevenir todos los riesgos y de tener pólizas de protección contra ellos. En el fondo, sospechan ser menos definitivamente vencedores de la historia como pretenden, ser señores de un mundo que se puede volver en su contra en cualquier momento y de forma caótica. Esta fragilidad perversa, que los corroe por dentro, los hace temer por su seguridad como nunca, imaginan obsesivamente nuevos enemigos, y sienten terror al pensar que, después de tanto enemigo vencido, son ellos, al final, el enemigo que falta vencer.


Por su parte, los grupos dominados nunca se sintieron tan derrotados como hoy, las exclusiones abisales de las que son víctimas parecen más permanentes que nunca, sus reivindicaciones y luchas más moderadas y defensivas son silenciadas, trivializadas por la política del espectáculo y por el espectáculo político, cuando no implican riesgos potencialmente fatales. Y, sin embargo, no pierden el sentido profundo de la dignidad que les permite saber que están siendo tratados indigna e inmerecidamente. Días mejores están por llegar. No se resignan, porque desistir puede resultar fatal. Sienten que las armas de lucha no están calibradas o no se renuevan hace mucho; se sienten aislados, injustamente tratados, carentes de aliados competentes y de solidaridad eficaz. Luchan con los conceptos y las armas que tienen pero, en el fondo, no confían ni en unos ni en otras. Sospechan que mientras no tengan confianza para crear otros conceptos e inventar otras luchas correrán siempre el riesgo de ser enemigos de sí mismos.
Al igual que todo lo demás, los conceptos también están al borde del abismo y miran atrás. Menciono, a título de ejemplo, uno de ellos: derechos humanos.


En los últimos cincuenta años, los derechos humanos se transformaron en el lenguaje privilegiado de la lucha por una sociedad mejor, más justa y menos desigual y excluyente, más pacífica. Tratados y convenciones internacionales existentes sobre los derechos humanos se fueron fortaleciendo con nuevos compromisos en el ámbito de las relaciones internacionales y del derecho constitucional, al mismo tiempo que el catálogo de los derechos se fue ampliando a fin de abarcar injusticias o discriminaciones anteriormente menos visibles (derechos de los pueblos indígenas y afrodescendientes, mujeres, LGTBI; derechos ambientales, culturales, etcétera). Movimientos sociales y organizaciones no gubernamentales se multiplicaron al ritmo de las movilizaciones de base y de los incentivos de instituciones multilaterales. En poco tiempo, el lenguaje de los derechos humanos pasó a ser el lenguaje hegemónico de la dignidad, un lenguaje consensual, eventualmente criticable por no ser lo suficientemente amplio, pero nunca impugnable por algún defecto de origen.


Cierto que se fue denunciando la distancia entre las declaraciones y las prácticas, así como la duplicidad de criterios en la identificación de las violaciones y en las reacciones contra ellas, pero nada de eso alteró la hegemonía de la nueva cultura oficial de la convivencia humana. Cincuenta años después, ¿cuál es el balance de esta victoria? ¿Vivimos hoy en una sociedad más justa y pacífica? Lejos de eso, la polarización social entre ricos y pobres nunca fue tan grande; guerras nuevas, novísimas, regulares, irregulares, civiles, internacionales continúan siendo entabladas, con presupuestos militares inmunes a la austeridad y la novedad de que mueren en ellas cada vez menos soldados y cada vez más poblaciones civiles inocentes: hombres, mujeres y, sobre todo, niños. Como consecuencia de esas guerras, del neoliberalismo global y de los desastres ambientales, nunca como hoy tanta gente fue forzada a desplazarse de las regiones o de los países donde nació, nunca como hoy fue tan grave la crisis humanitaria. Más trágico todavía es el hecho de que muchas de las atrocidades cometidas y de los atentados contra el bienestar de las comunidades y los pueblos se perpetran en nombre de los derechos humanos.


Por supuesto que hubo conquistas en muchas luchas, y muchos activistas de los derechos humanos pagaron con la vida el precio de su entrega generosa. ¿Acaso yo mismo no me consideré y me considero un activista de los derechos humanos? ¿Acaso no escribí libros sobre las concepciones contrahegemónicas e interculturales de los derechos humanos? A pesar de eso, y ante una realidad cruel que únicamente no salta a la vista de los hipócritas, ¿no será tiempo de repensar todo de nuevo? Al final, ¿de qué y de quién fue la victoria de los derechos humanos? ¿Fue la derrota de qué y de quién? ¿Habrá sido coincidencia que la hegemonía de los derechos humanos se acentuó con la derrota histórica del socialismo simbolizada en la caída del Muro de Berlín? Si todos concuerdan con la bondad de los derechos humanos,
¿ganan igualmente con tal consenso tanto los grupos dominantes como los grupos dominados? ¿No habrán sido los derechos humanos un artificio para centrar las luchas en temas sectoriales, dejando intacta (o hasta agravada) la dominación capitalista, colonialista y patriarcal? ¿No se habrá intensificado la línea abisal que separa a los humanos de los subhumanos, sean estos negros, mujeres, indígenas, musulmanes, refugiados o inmigrantes indocumentados? Si la causa de la dignidad humana, noble en sí misma, fue entrampada por los derechos humanos, ¿no será tiempo de desarmar el engaño y mirar hacia el futuro más allá de la repetición del presente?


Estas son preguntas fuertes, preguntas que desestabilizan algunas de nuestras creencias más arraigadas y de las prácticas que señalan el modo más exigentemente ético de ser contemporáneos de nuestro tiempo. Son preguntas fuertes para las cuales solo tenemos respuestas débiles. Y lo más trágico es que, con algunas diferencias, lo que ocurre con los derechos humanos sucede también con otros conceptos igualmente consensuales. Por ejemplo, democracia, paz, soberanía, multilateralismo, primacía del derecho, progreso. Todos estos conceptos sufren el mismo proceso de erosión, la misma facilidad con la que se dejan confundir con prácticas que los contradicen, la misma fragilidad ante enemigos que los secuestran, capturan y transforman en instrumentos dóciles de las formas más arbitrarias y repugnantes de dominación social. ¡Tanta inhumanidad y chauvinismo en nombre de la defensa de los derechos humanos; tanto autoritarismo, desigualdad y discriminación transformados en normal ejercicio de la democracia; tanta violencia y apología bélica para garantizar la paz; tanto pillaje colonialista de los recursos naturales, humanos y financieros de los países dependientes, con el respeto meramente protocolario de la soberanía; tanta imposición unilateral y chantaje en nombre del nuevo multilateralismo; tanto fraude y abuso de poder bajo el ropaje del respeto a las instituciones y el cumplimiento de la ley; tanta destrucción arbitraria de la naturaleza y de la convivencia social como precio inevitable del progreso!

 


Nada de esto tiene que ser inevitablemente así para siempre. La madre de toda esta confusión, inducida por quien se beneficia de ella, de toda esta contingencia disfrazada de fatalismo, de toda esta parada vertiginosa al borde del abismo, reside en la erosión, bien urdida en los últimos cincuenta años, de la distinción entre ser de izquierda y ser de derecha, una erosión llevada a cabo con la complicidad de quienes más son perjudicados por ella. Por vía de esa erosión desaparecieron de nuestro vocabulario político las luchas anticapitalistas, anticolonialistas, antifascistas, antiimperialistas. Se concibió como pasado superado lo que al final era el presente, más que nunca determinado a ser futuro. En esto consistió estar en el abismo y mirar atrás, convencido de que el pasado del futuro nada tiene que ver con el futuro del pasado. Es la mayor monstruosidad del tiempo presente.

 

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https://youtu.be/EKOUN14pDWc 

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Descolonizando la revolución sexual: Rompiendo cadenas de opresión

Construir una lucha política, desde las disidencias sexuales y de género en un país latinoamericano como Colombia, demanda ubicar la lucha y las corporalidades que las ejercen como sujetos históricos y culturales. En tal ubicación nos encontramos con que existimos dentro de sistemas de explotación y opresión nacidos con los procesos de colonización en nuestros territorios, los cuales siguen vigentes en la actualidad.


Este sistema colonial moderno, eurocentrado y heterosexual, se caracteriza por mantener una jerarquía de privilegio en cuya cima se encuentra el hombre blanco hetero. Para poder mantener esta jerarquía violenta y artificial, dicho sistema ha constituido a lo largo de los siglos la existencia de categorías ficticias que permitan explotar y oprimir a quienes no están en la cima de la jerarquía. Estas categorías son de raza, clase y género, las cuales no funcionan por separado, sino que tejen un entramado que atraviesa todos los espacios de existencia posible.
Un pasado muy presente


En medio del racismo histórico que hemos vivido en nuestros territorios latinoamericanos, comúnmente son ignoradas e invisibilizadas experiencias y realidades étnicas y culturales que se salen de un modelo de sociedad blanca –impuesta mediante la violencia–. La colonización es vista como un suceso distante en la historia en cuanto a la manera como se conformaron lo que hoy conocemos como naciones y estados.


En esta historia fue cotidiano que las personas africanas fueran esclavizadas y explotadas por parte de hacendados europeos y sus descendientes; las personas indígenas nativas fueron despojadas de sus territorios y culturas. Ese proyecto colonizador –que junto a la evangelización cristiana ha destruido miles de culturas y comunidades– continua su avance por implantar una sola verdad, un solo paradigma. Así que la colonización no está solo en el pasado, en el presente nos hace a todas y a todos esclavos de un modelo de pensamiento de universalidad occidental eurocentrado que se materializa en el acaparamiento y acumulación de la tierra y la propiedad, la destrucción de lenguas y prácticas culturales, la destrucción de economías agrarias autónomas, y la imposición de modelos de sexualidad y corporalidad que niegan los placeres y el bienestar.


Este modelo que heredamos de la colonización impuso que las poblaciones estaban divididas entre hombres y mujeres, entre propietarios y personas obligadas a ser explotadas y al trabajo; entre blancos, negros e indios, situando a las gentes blancas europeas como modelo a seguir, y las personas y comunidades asignadas en las otras categorías estaban destinadas a sufrir la violencia y la explotación.


La totalización de lo intotalizable


Una herramienta importante que nos permite entender la hegemonía blanca occidental es la de epistemicidio, la cual evidencia la gran cantidad de culturas, saberes, cosmovisiones y conocimientos basados en otras corporalidades que fueron destruidos, negados, invisibilizados y robados por ser parte de otras culturas que en el paradigma del colonialismo imperial racista fueron y siguen siendo vistas como culturas salvajes, primitivas, inferiores y premodernas. No por nada aun la palabra indio es un insulto y las múltiples culturas indígenas que aún sobreviven enfrentan graves dificultades para defender el agua, la tierra, los resguardos y sus vidas ante el avance de la colonización que se manifiesta actualmente en forma de extractivismo de recursos naturales.


La colonización también impuso un sistema sexo-género que universalizó tanto las categorías únicas y binarias de hombre y mujer, como los roles y comportamientos asignados a cada una. De manera que las múltiples maneras de las culturas para reconocer las corporalidades y las sexualidades que no encajaban en las visiones europeas de feminidad y masculinidad fueron relegadas para su destrucción. No por nada se marcó a las comunidades indígenas como pecadoras sodomitas por vivir sus cuerpos y sexualidades desde otras culturas y cosmovisiones


Es por estas razones que vemos la necesidad de reconocer el carácter colonial de la manera en la que habitamos el mundo y en las múltiples formas de violencia racista, heteropatriarcal, capitalista que vivimos en la actualidad. Por lo tanto, podemos repensarnos este modelo que domina nuestras vidas, y como personas de múltiples disidencias sexuales y de género proponemos entender el carácter histórico de las categorías sexuales; no queremos seguir reproduciendo esos modelos de masculinidad y feminidad binarios que nos confinan a violencias machistas; no queremos seguir viviendo la imposición de la heterosexualidad sobre nuestros cuerpos y sostener el ideal de familia burguesa, y el sistema de explotación capitalista que conforma.


El llamado a la descolonización


Las categorías gay, homosexual, heterosexual y transexual, entre otras, nos han llegado importadas del paradigma anglo y han configurado nuestras resistencias, pero si nuestra mirada reconociera las múltiples experiencias de vivir los cuerpos y sexualidades de comunidades racializadas, nos daríamos cuenta de la gran multiplicidad de posibilidades de experimentar nuestras maneras para rebelarnos ante la violencia heteropatriarcal. Por ejemplo, las experiencias de las comunidades “Dos Espíritus” en Estados Unidos, que promueven espacios seguros para disidencias sexuales y de género de las comunidades indígenas en Norteamérica; las experiencias Muxe en México que les permiten a personas asignadas como hombres asumir su identidad femenina, con el respeto de su comunidad.


Creemos necesario luchar contra el paradigma gay y blanco que se alió con el capitalismo al reconocer derechos con la condición de alimentar el consumismo y el mercado. Creemos necesario reconocer que nuestras comunidades de disidencias sexuales en Colombia y Nuestramérica son racializadas, empobrecidas, morenas, mestizas, que no encajan en ese ideal del gay blanco exitoso que nos venden los medios. Creemos necesario organizarnos para luchar contra la violencia heterosexual y machista dentro y fuera de comunidades urbanas, rurales, mestizas, indígenas, campesinas y afro.


El llamado a la descolonización pasa por reconocer las resistencias de gentes que se rebelaron ante las opresiones coloniales, personas empobrecidas, violentadas por la procedencia, el color de piel o por las ideas asociadas a nuestros genitales o a lo que hacemos con ellos; esas luchas nos permiten soñar y construir comunidades de libertad y rebeldía.


"Que vengan los hijos y las hijas de los bosques, que vengan los hombres y mujeres de montaña, que vengan las hermanas del río, que vengan los hijos de la calle, que nos acompañen todos nuestros dioses. Porque ese día entonaremos cantos de resistencia y nadie más se burlará de nuestros sueños".


*Kimy Pernía Domicó. Líder y defensor embera, a quien le quitaron la vida los paramilitares en 2001 por oponerse al proyecto Hidroeléctrico Urrá I; y su pueblo, fue despojado de su territorio ancestral, para ser inundado.

 

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Domingo, 25 Febrero 2018 06:08

El boom de los estudios poscoloniales

El boom de los estudios poscoloniales

Hace ya más de dos décadas una nueva corriente de pensamiento se impone en el debate teórico latinoamericano: la colonialidad del poder y el saber. Una propuesta toma cuerpo a partir de los estudios sudasiáticos de carácter interdisciplinario sobre el sujeto subalterno. Intelectuales residentes en Estados Unidos redactaron en 1995 un manifiesto inaugural para América Latina. Su punto de partida: los cambios provenientes de la globalización, la crisis de la izquierda y los efectos de la trasnacionalización del Estado-nación en las formas de dominación del capitalismo de los países dependientes. Un llamado a rescatar la historia del pensamiento subalterno, donde los pueblos originarios y sus formas de organización fueran el punto de partida para redefinir una propuesta emancipadora.


En medio de un reflujo de pensamiento crítico tuvo una acogida inmediata. Era maná caído del cielo, desde el cual reiniciar debates sobre la praxis del pensamiento emancipador tras la debacle de los años 80. Años de sequía, en los que se habló de crisis de la teoría, falta de referentes y diáspora del pensamiento liberador. Los estudios decoloniales no crecieron en tierra yerma. Los antecedentes se ubican en los estudios procedentes a cuestionar la razón cultural de Occidente y su racionalidad como fuente de conocimiento. Premonitoriamente, Sergio Bagú había enunciado el problema en su obra Tiempo, realidad social y conocimiento. Posteriormente, autores cuya obra no puede encasillarse o ser asimilada en los estudios poscoloniales, pero que ha sido subsumida por dicha escuela, desarrollaron una fuerte crítica a la modernidad y la racionalidad del saber hegemónico. Me refiero a Enrique Dussel y Aníbal Quijano.


En este boom intelectual de nuevo cuño conviven académicos cuyas posturas y posiciones se agrupan bajo el ideario de representar las visiones más avanzadas del pensamiento crítico latinoamericano. Prima su repulsa al eurocentrismo. En su interior subsisten visiones milenaristas, el rechazo al occidentalismo o la reivindicación de una cultura plebeya y subalterna, variantes sobre las cuales se fundamenta una narrativa rupturista al discurso occidental, a las dinámicas del poder, la dominación cultural y un marxismo identificado como clásico.


En las ciencias sociales las modas se imponen. Emergen como fórmula innovadora para explicar la cultura, la economía, la ciencia, la filosofía, el arte o la literatura. Asimismo, se presentan como un nuevo comienzo de la historia. La realidad se pone patas arriba. Lo decolonial se trasforma en una categoría omnicomprensiva. Todo puede ser visto bajo su óptica y sus lentes. Con un lenguaje atractivo, lleno de imprecisiones, barroco, en ocasiones alambicado, pero eficiente, se yergue en comodín, cuya función consiste en encajar las piezas del pensamiento subalterno, justificando la emergencia de un nuevo saber emancipador, postcolonial.


No es la primera vez que ocurre en las ciencias sociales latinoamericanas. En los años 60 se cruzaron debates en los que una categoría, la dependencia, acabó por copar todo el espacio. Los estudios acerca de las formas dependientes del capitalismo latinoamericano colapsaron la producción intelectual. Hubo aportes, sin duda, pero también incongruencias. Se dejaron de estudiar y analizar otras propuestas emergentes cuya dinámica no calzaba con los estudios dependentistas. Me refiero, por ejemplo, a los estudios sobre el colonialismo interno o la sociología de la explotación.


Bajo el encabezado Teoría de la dependencia hubo para dar y tomar. Dependencia socioeconómica, estructural, política, colonial, financiera, industrial. Dependencia e imperialismo, dependencia y marginalidad, dialéctica de la dependencia, colonias de tipo A, B, C o D. Nada se sustrajo a su influjo. Los dependentistas enarbolaron la bandera del pensamiento del marxismo, considerándose sus únicos representantes. La teoría de la dependencia suponía un antes y un después. Su postulado era irrefutable: las sociedades latinoamericanas se hayan determinadas por la integración dependiente al sistema capitalista mundial. Verdad particularmente evidente. Somos dependientes porque nuestras burguesías, estructuras de poder y nuestra cultura son dependientes. Fernando Henrique Cardoso sentenció: No hay razón para negar la existencia de un campo teórico propio, aunque limitado y subordinado a la teoría marxista del capitalismo, en el cual se inscriben los análisis sobre la dependencia. Y en este caso no hay por qué colocar entre comillas la expresión teoría. Existe, pues, la posibilidad de pensar en la teoría de la dependencia, siempre y cuando ella se inscriba en el campo teórico más amplio de la teoría del capitalismo o de la teoría del socialismo.


Hoy se repite el error, el descubrimiento de redes de subalternidad. Se convierte en punto de partida para recrear un sujeto social inmerso en la vorágine decolonial. Sin embargo, en este afán de ser moda se tira a la papelera el conjunto de estudios que dieron explicación del fenómeno llamando las cosas por su nombre: colonialismo interno y explotación de clases y etnias. Si bien es cierto que la globalización neoliberal supone nuevas formas de ejercicio del poder, el boom de los estudios decoloniales consiste en abandonar el colonialismo interno para explicar las formas de constitución del capitalismo latinoamericano. Esperemos que la moda pase pronto.

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El huracán María, con vientos de 250 kilómetros por hora, tocó el miércoles 20 de septiembre Puerto Rico. Con vientos huracanados, intensas lluvias y fuerte oleaje devastó la isla. El fenómeno provocó inundaciones extremas en varias zonas y bastantes daños en las edificaciones.

 

Las imagénes procedentes de Puerto Rico son conmovedoras. La llamada isla del encanto hoy carece de agua potable, mucha gente no tiene acceso a comida y medicina, no ha habido servicio eléctrico o telefónico, sin electricidad los hospitales no pueden operar y no hay forma de transportar los productos almacenados en el puerto a otras partes de la isla, ya que las carreteras están severamente dañadas.

Ante esta situación, Puerto Rico enfrenta una crisis humana agravada en parte por su relación colonial con Estados Unidos y las acciones de su clase política.

Antes del huracán María, Puerto Rico ya enfrentaba una severa crisis. La isla tiene una deuda impagable de 74 billones de dólares, producto del mal manejo del presupuesto, la corrupción, el neoliberalismo y de las relaciones coloniales que mantiene con Estados Unidos, que no le permite ejercer control sobre su economía.

De la misma forma que el huracán María arrancó los techos de las casas y destapó las raíces de los árboles, también puso al descubierto los cimientos estructurales que hoy día enfrenta la economía de Puerto Rico. El origen de la actual crisis se encuentran en la forma en que se insertó Puerto Rico a la economía estadunidense. Aquí los paralelos con México son reveladores.

Durante la mayor parte de su historia la industria azucarera y sus derivados era la más importante en la isla. Al final de los años 40 del siglo pasado, comenzó la llamada operación Manos a la Obra (Bootstrap), en la que se promovió la industrialización de Puerto Rico. Este plan se basaba en dar concesiones a empresas estadunidenses para reubicarse en la isla donde encontrarían una mano de obra barata. En su esencia, este plan serviría como ejemplo para el proyecto de maquiladoras que México adoptaría bajo su Programa de Industrialización de la Frontera Norte (1965).

Al igual que en México, en Puerto Rico la agricultura decayó, se abandonó el campo y se incrementó significativamente la inmigración a Estados Unidos.

A partir de la década de los 60 y 70, casi todas de las grandes empresas farmacéuticas de los Estados Unidos operaban en Puerto Rico para beneficiarse de incentivos fiscales ofrecidos por Wa-shington y la mano de obra barata. En su auge, casi la mitad de todas las medicinas utilizadas en Estados Unidos eran producidas en Puerto Rico.

La operación Manos a la Obra también preveía el turismo y la construcción de nuevos hoteles. Después de la Revolución Cubana, el turismo aumentó dramáticamente, y Puerto Rico se convirtió en la isla más visitada en el Caribe. A raíz de estos cambios, su economía parecía crecer en comparación con otras islas de la región, pero también eran evidentes los problemas estructurales que enfrentaría en futuras décadas.

Las ganancias obtenidas por las empresas que operaban en Puerto Rico eran repatriadas a Estados Unidos. Otro factor que afectó a la economía de la isla es la llamada Ley Jones (sobre cabotaje), que controla la procedencia de buques de carga cuyo destino era la isla. Se calcula que esta norma incrementa el costo de los precios y le cuesta a la isla millones de dólares al año. Cesarla sería importante, pero no resuelve los problemas fundamentales que afrenta ese territorio.

Puerto Rico no pudo escapar de las secuelas del neoliberalismo que tomaba forma en las décadas de los 80 y 90. Al igual que en México, la entrada de China a la Organización Mundial del Comercio introdujo nuevos cambios y alteró las relaciones comerciales, introduciendo nueva competencia. El gobierno de Bill Clinton impulsando el neoliberalismo, revocó los incentivos fiscales que ofrecía a compañías estadunidenses, las cuales comenzaron a abandonar la isla, produciendo una recesión económica. Para remediar la reducción en su presupuesto, los gobiernos puertorriqueños comenzaron a endeudarse al emitir bonos de origen sospechoso dados por grandes empresas financieras. El interés por estos llegó a tal grado que las autoridades de Puerto Rico no pudieron pagar la deuda. Se agregó el mal manejo del presupuesto, proyectos como el gasoducto en el cual se desperdiciaron millones de dólares y múltiples casos de corrupción, y ante todo esto nos encontramos con la crisis que hoy en día enfrenta.

Al igual que ha sucedido en México, la clase gobernante ha tratado de imponer medidas de austeridad, reducir las pensiones de los empleados del estado, recortar los presupuestos de las universidades y la salud, mientras se incrementan los precios de los servicios públicos, como el agua y la luz. La administración de Barack Obama le impuso a Puerto Rico una Junta de Supervisión con capacidad de manejar la deuda y potestad sobre los poderes soberanos de la isla.

El huracán María produjo una destrucción masiva, de eso no hay duda. Pero fueron las decisiones tomadas por la clase política y económica de la isla y de Estados Unidos que agravaron la situación y aseguran que las secuelas del meteoro se sentirán por varias décadas. Huracanes y terremotos son actos de la naturaleza, desastres son actos humanos.

 

*Departamento de Historia, Pomona College

 

 

 

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