Insólito "nacionalismo" del "GAFAT" de Silicon Valley

Ante el cataclismo del globalismo neoliberal brota todo tipo de nacionalismos: político/económico/étnico/religioso y ahora hasta la variante tecnológica del GAFAT (Google/ Apple/Facebook/Amazon/Twitter).

Chris Hughes, cofundador de Facebook, aboga la fractura de la triada monopólica Facebook/WhatsApp/Instagram, pero advierte que "la atomización de Facebook o de otras trasnacionales tecnológicas de EU pudiera ser un problema a la seguridad nacional, ya que los avances en la inteligencia artificial requieren inmensas cantidades de datos y poder computacional cuando solamente trasnacionales como Facebook, Google y Amazon pueden procurar tales inversiones" (https://bit.ly/2LCGzOU).

La connivencia del Pentágono y el GAFAT es circular: desde su génesis del DARPA/ARPANET hasta la rama Defense Innovation Board (DIB) que preside el israelí estadunidense Joshua Marcuse, donde se encuentran los principales dirigentes de las joyas estratégicas de Silicon Valley que tienen como finalidad, sino destruir a sus competidores más eficientes de China, por lo menos contenerlos.

Sheryl Sandberg, ejecutiva de Facebook, comentó que la fractura de la triada Facebook/WhatsApp/Instagram debilitaría a EU en su batalla tecnológica con China, mientras Pekín no hará lo mismo con sus empresas tecnológicas (https://cnb.cx/2Ywd0jF).

Según Sherisse Pham, la restricción de la empresa tecnológica china Huawei por Google a su sistema operativo Android, debido a la "lista negra" de Trump por pretextos de "seguridad nacional", es un "tremendo golpe", ya que Huawei tenía contemplado colocarse como "la primera marca de teléfonos inteligentes a finales de 2020" (https://cnn.it/2HvcAo5).

Las empresas de EU no podrán vender los celulares Huawei sin licencia del gobierno.Huawei depende de los servicios GOOGLE para sus dispositivos como el sistema Android y Google Play.

Un grave problema para Huawei y su cadena de suministros es el retraso en todo el mundo de los servicios de su tan temido 5G (http://tiny.cc/8vm46y).

La guerra tecnológica de Trump/Google contra Huawei tomó un dramático vuelco nacionalista cuando en China los usuarios empiezan a boicotear los productos de EU (https://bit.ly/2HR1LeH).

Conor Sen –columnista de Bloomberg y gerente de portafolios de New River Investments de Atlanta– sustenta que "Silicon Valley contempla las virtudes (sic) del nacionalismo" ante la alternativa de su atomización, cuando el GAFAT "proclamará que son clave para la seguridad nacional de EU contra sus rivales como China" (https://bloom.bg/2HyHlbO).

Para Conor Sen la era de las joyas estratégicas de Silicon Valley no habían crecido con este nuevo "género de cultura nacional" ya que la "era del Internet de Silicon Valley coincidió con el pico de la globalización" cuando el objetivo se centraba en "conectar al mundo y hacer las fronteras nacionales menos importantes".

Hoy las fronteras "nacionales" han regresado con sus muros inexpugnables.

el columnista comenta que no es gratuito que Amazon haya instalado su segunda matriz de "Norteamérica" al norte de Virginia, "cerca del FBI (¡mega-sic!), el Pentágono y otros centros de espionaje".

Así las cosas, según Conor Sen,"el gobierno y la seguridad nacional se están convirtiendo en un círculo pleno para Silicon Valley".

sen concluye que "la industria tecnológica de EU puede decidir que abrazar el nacionalismo estadunidense y acoplarse con la administración Trump representa su mejor opción".

La realidad es que, en la fase de acelerada desglobalización en los dos ejes anglosajones –desde el Brexit hasta el trumpismo y su "proteccionismo nacionalista económico"–, la catástrofe del globalismo neoliberal hizo resucitar las características de supervivencia de la aplastante mayoría del planeta que se expresan en sus caleidoscópicos nacionalismos.

Lo único que hacen las joyas estratégicas del GAFAT de Silicon Valley es cambiarse de piel ante el ascenso geoestratégico irresistible de China y Rusia para dejar atrás su caduco globalismo neoliberal por la modalidad del "nacionalismo tecnológico".

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La república de Facebook emite su propia moneda

Cuando Marco Polo viajó a China (1295) se sorprendió de un invento inaudito: el papel moneda. Así, el viajero veneciano dedicó un capítulo entero de su libro a transmitir a la nobleza europea la buena nueva. El papel de aquella insólita moneda se fabricaba con la corteza del árbol de la seda, que ya seca y aplanada tenía una textura como de tela de algodón, aunque de color negro. Descrito el objeto físico, Marco Polo detallaba cómo operaba ese dinero tan improbable: "La factura de este papel moneda es autentificada con tanta ceremonia como si fuera de oro o plata pura... y de esta manera recibe completa autenticidad como dinero. El acto de falsificación se castiga con pena de muerte... Todos los vasallos [del Gran Khan] lo reciben sin titubeos, porque... pueden disponer de él para comprar las mercancías que requieran, como perlas, joyas, oro o plata. Con ella, digo, se puede conseguir cualquier artículo".

El papel moneda era, así, una cosa fantástica –casi inconcebible. Y es que los mercaderes europeos de la época, provenían de pequeñas repúblicas que dependían de su comercio exterior. Los estados que avalaban y defendían a esos comerciantes no tenían el poder para garantizar una moneda que no estuviera hecha de un material que tuviera un valor intrínseco. Por eso, la moneda estaba hecha de oro, plata o hierro, por ejemplo, y su peso y pureza determinaban su valor.

Bien. Pues ayer Facebook anunció que emitirá su propia moneda, que será conocida como libra. El fenómeno me es casi igual de asombroso de lo que fue para Marco Polo el papel moneda. Una empresa trasnacional (Facebook) ha lanzado una moneda propia, que tendrá circulación a escala planetaria. Si entiendo bien, la libra facebookeana funcionará mediante una aplicación en el teléfono inteligente y los clientes podrán comprar libras usando otras monedas de pago. Adquirida la libra facebookeana, el tenedor podrá transferir dinero a cualquier otro usuario sin costo alguno, tan fácil y velozmente como si se tratara de un mensaje de Whatsapp.

Facebook tiene hoy 2.4 mil millones de usuarios, poco menos de un tercio de la población mundial. Muchos de esos usuarios no tienen cuentas bancarias, por lo que se calcula que esta nueva moneda será muy socorrida como forma de pago, especialmente por migrantes trasnacionales, que además no tener cuentas bancarias, pagan cuotas elevadas a las compañías como Western Union o Elektra. Con la moneda facebookeana se acabarán esas cuotas y se terminarán, además, los días de espera para recibirlas. El traspaso será, en vez, instantáneo y gratis (aparte del costo que tendrá comprar libras).

La iniciativa de Facebook está siendo resistida por la banca tradicional, que con ella podría perder cualquier cantidad de dinero. Hay también algo de nerviosismo respecto de las implicaciones que pueda tener la libra para las monedas tradicionales, como el dólar, el peso o la libra esterlina. Con razón. No hay ningún país del mundo que tenga una población del tamaño de la de los usuarios de Facebook. Quizá la libra facebookeana reduzca la circulación de las monedas tradicionales –como sucedió con el oro y la plata cuando entró el papel moneda; que esas monedas sirvan para respaldar el valor de la nueva moneda, pero que poco a poco dejen de ser instrumento principal de transacción.

En el caso de México, ¿cuáles serán las consecuencias? Quién sabe, pero quizá sean considerables. En 2018 ingresaron al país 33 mil millones de dólares en remesas (cerca de 3 por ciento del PIB). Ese dinero es objeto de toda clase de tasaciones y ha sido la base de importantes de negocios, como Banco Azteca y Elektra. Sin embargo, los migrantes mexicanos todos usan Facebook y Whatsapp. Es de suponerse que todos ellos se aficionarán a la moneda de Facebook para hacer envíos y dejar así de pagar cuotas por las transferencias. Si eso sucediera, disminuirá además la compra del peso mexicano y habrá menos cambio de moneda en los bancos. En otras palabras, se fortalecerá la presencia de Facebook en la vida socoeconómica del país.

Sin duda, como Marco Polo, aún no entendemos lo que significaría vivir en una economía de esa naturaleza, formar parte de la república mundial de Facebook.

Por otra parte, está ya asegurada la obsolescencia de la visión que existe de las redes sociales formada desde la política interna del país –resumida en la fórmula obradorista de "las benditas redes sociales". Esa fórmula no describe ni remotamente la naturaleza de las implicaciones políticas, sociales o económicas de las redes sociales y el nacionalismo que estamos viviendo; es, en realidad, un espejismo.

México está montado en un proceso de integración económica mundial que avanza y toca cada vez más aspectos de nuestra vida social. La política nacional está, en ese sentido, desfasada. En la era de la república de Facebook, adoptar el nacionalismo del siglo XX es adoptar la política del avestruz.

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La producción de cocaína consume un cuarto de toda la gasolina vendida en Colombia

Por cada kilo de pasta de coca se requieren unos 284 litros de gasolina. Además, hace falta combustible para hacer funcionar los generadores de los laboratorios

La industria de la cocaína en Colombia sigue prosperando pese al acuerdo de paz alcanzado por el Gobierno en 2016 con las FARC

 

 

El municipio colombiano de Riosucio se encuentra a orillas del río Atrato, cerca de la frontera con Panamá. Con una población de unas 20.000 personas, al asentamiento no se puede llegar desde la carretera principal. Y, sin embargo, el año pasado aquí se vendieron más de 4,5 millones de litros de gasolina.

Las autoridades colombianas han calculado que más de un cuarto de la gasolina vendida en 2018 en el país fue utilizada para la producción de drogas, que utiliza el combustible como ingrediente y fuente de energía.

La oficina del Procurador General de Colombia ha anunciado estar investigando 33 gasolineras. Muchas estarían ubicadas en zonas problemáticas de frontera donde hay escasa presencia de las fuerzas de seguridad y la ley es débil. 

"Existe una relación directa entre el narcotráfico y la gasolina", ha explicado Pedro Piedrahita Bustamante, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Medellín. "Esto se aprecia cuando uno viaja por zonas rurales: se comienzan a ver bombonas de gasolina que son transportadas hacia donde hay coca", ha contado. 

La gasolina es un ingrediente clave en la primera fase de la producción de cocaína, cuando se extraen los agentes psicoactivos de las hojas de coca: se necesitan unos 284 litros de gasolina para cada kilo de pasta de coca, que después se refina para obtener cocaína. También hace falta combustible para hacer funcionar los generadores que proporcionan energía a los laboratorios de narcóticos, que normalmente se localizan en zonas remotas.

La industria de la cocaína en Colombia sigue prosperando pese al acuerdo de paz alcanzado por el Gobierno en 2016 con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que históricamente ha financiado su guerrillera con el narcotráfico. El acuerdo incluía una serie de ayudas para que los agricultores reemplazaran el cultivo de la hoja de coca por alternativas legales como el café y el cacao.

Sin embargo, lejos de reducirse, el cultivo de hojas de coca sigue aumentado: en 2017 se destinaron unas 171.000 hectáreas, 25.000 hectáreas más (un 17%) que en 2016, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). Los agricultores han denunciado que no logran subsistir con los cultivos legales.

Algunas gasolineras del pueblo están controladas por los narcotraficantes, que a menudo se alían con grupos paramilitares de derecha que actúan en complicidad con las fuerzas estatales. "Todo gira en torno a la coca", ha declarado un líder comunitario. "Estas pandillas narco-paramilitares son la autoridad aquí y las fuerzas armadas tienen conocimiento sobre sus acciones", ha denunciado. 

Las investigaciones también se han enfocado en Tumaco, una ciudad de unos 200.000 habitantes cerca de la frontera sur con Ecuador. La región que lo rodea, de escasa población, aloja 20.000 hectáreas dedicadas al cultivo de coca, y cuenta con 78 gasolineras.

"Tumaco tiene casi el 62% de todas las gasolineras de la provincia de Nariño", ha explicado a medios locales Carlos Humberto Bueno Gualdrón, director de investigaciones de la Policía Antinarcóticos. "Es sorprendente, por ejemplo, que se consuma más combustible en Tumaco que en la capital de la provincia", ha apuntado. 

El cálculo de las autoridades no incluye el combustible que entra de contrabando a través la frontera con Venezuela, donde la gasolina está subsidiada y, cuando puede conseguirse, es prácticamente gratuita.

Por Joe Parkin Daniels - Bogotá

16/06/2019 - 21:15h

Traducido por Lucía Balducci

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Lunes, 03 Junio 2019 06:38

Baile non grato

Baile non grato

Trump, líder del partido cuyo símbolo es un elefante, acusa a México de aprovecharse de Estados Unidos durante décadas, de permitir una "invasión" de personas y drogas y que no hay nada de que hablar con sus contrapartes mexicanas hasta que cumplan sus órdenes.

O sea, el mismo guion con que arrancó su campaña presidencial y que aparentemente funciona para sus fines político electorales internos. Esto no tienen nada que ver con los hechos, los datos y los argumentos sobre una de las relaciones bilaterales más complejas en el mundo.

Una invitación al diálogo para resolver el actual conflicto binacional tiene un problema de inicio: no hay problema más que el provocado por Trump a través de su fabricada emergencia nacional en la frontera. O sea, ¿qué se está negociando, si no existe el problema?

¿Qué es lo que quiere Trump? Primero, nutrir la histeria de sus bases con fines electorales; segundo, desviar la atención de las investigaciones sobre su corrupción, sus engaños y encubrimiento y, tercero, según su propio jefe de gabinete, que México sea su migra, que incluye aceptar el acuerdo de ser un "tercer país seguro".

Ceder ante esto sólo llevará a nuevas exigencias de más concesiones al ritmo de lo que la Casa Blanca necesite para sus fines electorales, y el tema de la migración, queda claro, está y estará al centro de la campaña de relección de Trump. O sea, todo indica que el uso de la crisis inventada con México empeorará.

La historia, la literatura y la filosofía universales ofrecen ejemplos de que ceder ante un bully, y peor aún, un bully imperial, abre la puerta a más y más de lo mismo, un cuento de no acabar.

¿Y qué tal si ya no se coopera con esta Casa Blanca? Esa ha sido palabra sagrada en la relación bilateral. Pero él es quien no está cooperando y por lo tanto, tal vez es tiempo de ignorarlo. ¡Uy no!, se escucha el coro de expertos de ambos lados de la frontera. Pero qué tal si se le presenta una serie de demandas que él tiene que cumplir para comprobar que él está cooperando, afirmar que México y otros países se comprometen a cumplir con sus obligaciones según el derecho internacional, bajo los acuerdos y los tratados que imperan desde el ámbito de derechos humanos hasta los derechos del capital y su comercio, y que se espera lo mismo de Trump. Le corresponde a los estadunidenses aceptar o no el comportamiento de su presidente, incluyendo las consecuencias económicas de sus amenazas para su propio país (economistas, empresarios y políticos de ambos partidos advierten de que el uso de los aranceles contra México podrían detonar una recesión en Estados Unidos).

No sería dejar de cooperar con Estados Unidos, con sus empresas, gobernadores, alcaldes, legisladores respetuosos y diversos sectores de esta sociedad. Sólo no con el insultador en jefe.

Pero, responde el coro muy experto, eso llevará a cosas peores. Ofender al pueblo mexicano (y otros), perseguir con violencia a los migrantes, generar odio peligroso, enjaular a niños y familias, violar los derechos humanos y civiles de ellos y sus defensores, y hasta amenazar con fuerza militar en la frontera. ¿Algo peor?

Una de las voces más influyentes entre las filas y apologistas de Trump, el locutor Tucker Carlson, de Fox News, acaba de declarar que "México es un poder extranjero hostil" ante el cual Estados Unidos tiene que defenderse. Varios asesores de la Casa Blanca están de acuerdo. ¿Estamos en guerra?

¿O será que el autoproclamado "genio extremadamente estable" sólo necesita un poco de simpatía y que alguien lo agarre de la manita para decirle que no se asuste tanto, que ya nos portaremos mejor (bueno, tantito)? El líder del país más poderoso de la historia insiste en que otros países "se han aprovechado" de su país, y que niños y sus padres huyendo de la pobreza y la violencia son tal "amenaza" que han tenido que declarar una emergencia nacional. Pobrecito, tanto miedo.

La cooperación y la diplomacia es una danza, pero es imposible bailar con los elefantes (por lo menos, éste). Ante la locura, no funciona la racionalidad. Es hora de nombrarlo persona non grata y dejar de invitarlo al baile.

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Guerra global de tarifas de EU y guerra financieracontra China de Trump

Si Trump está blofeando en su "guerra global de tarifas", pues ya se metió en serios problemas que le pueden afectar uno de sus pilares con el que pretende relegirse: la economía, que empieza a sufrir los estragos de tantos frentes abiertos.

Trump, dotado de un inventario total de 6 mil 185 bombas atómicas (https://bit.ly/2IbPFNG) y el segundo ejército más poderoso del mundo detrás de Rusia (https://bit.ly/2CbHXjy), ha militarizado el comercio. Con Japón "negocia" su déficit comercial a cambio del paraguas nuclear estadunidense (https://bit.ly/2Qvwm5I).

Con su vecino y presumible "socio comercial" en el T-MEC estancado (y pésimamente negociado por Luis Videgaray y Enrique Peña), amenaza con iniciar tarifas deletéreas a partir del 5 de junio con el fin de chantajear en forma electorera el delicado contencioso de la migración, que se ha constituido en una crisis regional desde Centroamérica, pasando por México, hasta el sur de Estados Unidos, en particular Texas, hoy bajo la férula del Partido Republicano, donde Trump plantea construir sus 330 kilómetros de muro detenidos por orden judicial, cuando el estado de la "única estrella" se mexicaniza a pasos acelerados, como ocurrió con California.

Un día después de que Trump amenazó a México con sus sádicas tarifas –cuando en forma contradictoria días antes había derogado los aranceles del acero y el aluminio–, China aplicó nuevas tarifas hasta por 25 por ciento a bienes estadunidenses con valor por 60 mil millones de dólares y en represalias a la duplicación de tarifas de Trump a bienes chinos con valor de 200 mil millones de dólares.

Como China no está manca,también anunció que planea colocar en la lista negra “algunas empresas foráneas y a individuos (sic) que considere perniciosos a sus intereses (https://bbc.in/2W5ysdD)”.

La guerra mercantil que libra Trump puede sonar insignificante ante la verdadera guerra tecnológica que ha iniciado contra Huawei, que lleva gran delantera en lo referente al 5G, no se diga la gran batalla geoestratégica de Estados Unidos para detener los dos vitales proyectos de Pekín: 1) La autarquía tecnológica de "China 2025", y 2) las magnificentes tres rutas de la Seda: la continental, donde entra el aniquilamiento de Irán como uno de sus principales puntos de tránsito; la marítima, donde no hay que olvidar los múltiples atentados sincronizados en la isla de Sri Lanka, uno de sus puntos de trayecto, y la del Ártico (https://bit.ly/2TA9RNe).

El mismo Steve Bannon, supremo estratega de Trump, confesó que la golpiza tecnológica de Estados Unidos a Huawei, que incluye la humillación de la barbárica detención bajo fianza de la hija de su dueño en Canadá (https://bit.ly/2EePRtn), "equivalía a 10 guerras comerciales" contra China ( https://bit.ly/2MakpDU ). Justamente en su entrevista a SCMP, Bannon amenazó con expulsar del mercado de capitales de Wall Street a las empresas y bonos de China.

En forma coincidente, la revista globalista The Economist mueve el espectro de una guerra financiera de Estados Unidos contra China, en particular contra sus joyas tecnológicas como Alibaba, que tiene una capitalización de mercado de 400 mil millones de dólares y cuyas acciones "están listadas solamente en Estados Unidos" (https://econ.st/2MlgGDv).

El temor de Alibaba no es menor y empieza a considerar "deslistarse" de Nueva York para asentarse en Hong Kong: ejemplo que sería imitado por otras empresas chinas que buscarían "depender menos de las finanzas de occidente".

Precisamente SCMP, propiedad de Alibaba en Hong Kong, refiere que Dai Xiang-long, anterior gobernador del Banco Central de China, juzga que existe "poca probabilidad para un arreglo" cuando se reúnan Trump y el mandarín Xi al margen de la cumbre del G-20 en Japón (https://bit.ly/2EM8Uwa).

Sin contar el arsenal de armas letales que aún posee China bajo la manga –entre ellas los "minerales de tierras raras"–, de aquí a la cumbre del G-20 el 28 de junio en Osaka, Japón, Trump –quien, a mi juicio, se ha encajonado sin saber cómo salir de su agujero– usará todos sus trucos de legendario negociador inmobiliario y de casinero, donde el dueño siempre gana. Not anymore.

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 Una mujer cambia el vestuario de maniquíes en una tienda de Sao Paulo. NACHO DOCE REUTERS

Las familias echan el freno en el gasto y compran marcas más baratas para ahorrar. En la mayor ciudad del país, São Paulo, cierran más tiendas de las que abren

Matos ha visto cómo en los últimos meses bajaba el movimiento en su peluquería canina, localizada en un barrio central de São Paulo: los clientes han empezado a reducir gastos en sus animales domésticos, a los que llevan a lavar y cortar el pelo cada vez menos. “Algunos dueños, que traían el perro una vez por semana, empezaron a venir cada 15 días. Otros, solo una vez al mes. Con el estancamiento económico, la clase media tiene poco dinero, la gente tiene que ahorrar”, dice Matos. Es el fiel reflejo de una economía, la brasileña, se encuentra inmersa en una parálisis que ha obligado a los brasileños a rehacer sus cuentas bajo tiempos más modestos. La cifra de contracción del PIB en el primer trimestre —del 0,2%— confirma lo que la población siente en su día a día: el dinero circula en menor intensidad y hay que buscarse la vida para hacer más con menos. A los empresarios como Matos no les queda otra que adaptarse.


Valter Luiz Sanchez, socio y gerente de un bar en el barrio paulista de Vila Mariana, también ha sentido la disminución de clientes. “Empezamos el año optimistas con el cambio de Gobierno, pero no surte efecto. Todo el mundo está recortando gastos y lo primero que eliminan son las salidas y las comidas fuera”, explica. En lo que va de año, las cosas siguen igual que estaban: algunos meses han sido buenos y otros, horribles. “Por lo menos me salen las cuentas”, dice. Sin embargo, para bajar los gastos, el empresario ha decidido reducir la plantilla y cambiar el menú en un intento por atraer nuevos clientes: ha la Intención de Consumo de las Familias, recogida por la Confederación Nacional de Comercio de Bienes, Servicios y Turismo (CNC), muestra una reducción del 1,7 % en mayo respecto al mes anterior, la tercera seguida. El estancamiento de las ventas —que solo han aumentado un 0,3 % en el primer trimestre con relación al anterior— también está teniendo consecuencias: por primera vez desde el inicio de la tímida recuperación económica, hoy se vuelven a cerrar más tiendas de las que se abren. Tanto en centros comerciales como en las calles de São Paulo, los cierres son visibles: al menos 39 tiendas han echado el candado entre enero y marzo.


La cifra parece pequeña, pero es un termómetro realista de la trayectoria de la economía brasileña en los tres primeros meses del año y muestra un cambio de dirección, según el economista Fabio Bentes, de la central sindical CNC. “En el último trimestre del año pasado hubo un período de mucho optimismo con el resultado de las elecciones. Se abrieron casi 5 000 establecimientos comerciales y existía la expectativa de que se produciría un choque que aceleraría el crecimiento. Pero no se ha confirmado y, a pesar de que el índice de confianza de los empresarios sigue siendo alto, el cierre de tiendas es un indicador más real”, explica.


En abril se han registrado casi 130 000 nuevos empleos formales en Brasil, pero los datos de empleo en las empresas minoristas siguen sin ser halagüeños: en los tres primeros meses del año se han eliminado 101 000 puestos de trabajo en empresas de venta detallista. “Detrás del deterioro del sector hay un desempleo que crece más de lo esperado este año y una inflación también más alta y contaminada principalmente por el aumento del precio de los alimentos. Al ser un producto de primera necesidad, si sube, el consumidor tiene que sacrificar bienes durables y servicios más superfluos”, afirma Bentes. Además, agrega el economista, la dificultad del Gobierno de Jair Bolsonaro de construir pactos ha paralizado los planes reformistas, como la del sistema de pensiones, y ha devuelto a los empresarios y consumidores un sentimiento de cautela.


Todo vale para reducir gastos en tiempos de vacas flacas. Los productos de marcas blancas —las pinturas Leroy Merlin o los alimentos Qualitá y Taeq, del Grupo Pão de Açúcar, por ejemplo—, que se venden un 20% más baratos que los de la competencia, están ocupando cada vez más espacio en los carros de la compra, las farmacias y las tiendas de material de construcción. “Son bienes cuyo consumo empieza a crecer en momentos de inseguridad política y económica”, dice Neide Montesano, presidenta de la Asociación Brasileña de Marcas Propias y Tercerización (Abmapro). “Los productos con marca propia nunca han tenido tanta importancia en Brasil como en los últimos dos años”, comenta Montesano, que calcula un crecimiento del 10% en las ventas del sector desde julio del año pasado. “Desgraciadamente, crecemos con la crisis del país”, concluye.


Algunos economistas, como el desarrollista José Luis Oreiro, profesor de la Universidad de Brasilia, subrayan la elevada probabilidad de que Brasil entre en recesión técnica —dos trimestres seguidos de contracción— en el segundo trimestre del año. Otros, como el jefe de análisis económico del banco Itaú, Mário Mesquita, también tienen dudas sobre el próximo trimestre. Pero creen que de mayo a junio, el gigante sudamericano regresará —por poco— a la senda del crecimiento económico. El banco Itaú calcula un levísimo avance del 0,1% en la actividad en ese periodo, pero resalta que los datos de mayo son aún preliminares.


Esta semana, el consenso de los analistas ha vuelto a reducir —aunque por la mínima— la estimación de crecimiento de la economía brasileña para este año: la media de los pronósticos de las instituciones financieras se ha reducido del 1,24% al 1,23%, según el estudio Focus divulgado por el banco central. Para 2020, el pronóstico se mantiene en el 2,5%. Mientras las reformas no salen del papel, el consumo no termina de repuntar y los índices no avanzan mucho, la mayor economía de América Latina sigue en compás de espera.

Por Heloísa Mendonça
31 MAY 2019 - 19:11 COT

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Guerra fría, imperialismo, telón de acero

Se ha abierto una fase de desglobalización, con consecuencias imprevisibles


Conceptos como guerra fría, imperialismo, telón de acero son los más utilizados ahora para describir el estado de animosidad permanente que se ha instalado entre una potencia emergente, China, y la superpotencia mundial, EE UU. Recuérdese que la Guerra Fría fue el enfrentamiento entre EE UU y la Unión Soviética, tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, en ámbitos como el económico, político, social y hasta militar; que el imperialismo era la fase superior del capitalismo y se manifestaba en ideas como la superioridad y dominación entre países; o que el telón de acero trataba de la frontera ideológica y política entre Europa occidental y Europa oriental.


¿Qué ha ocurrido? Que a la guerra comercial, considerada hasta ahora de baja intensidad, entre Washington y Pekín, con subidas mutuas de aranceles, se le ha añadido un conflicto tecnológico de gran significación mundial: la firma china Huawei ha sido incluida en una lista negra por Donald Trump, por lo que a partir de hacer efectiva esa decisión ninguna empresa norteamericana podrá venderle ni soft¬ware nihardware sin licencia estatal. Huawei es una de las sociedades más agresivas en el desarrollo de la tecnología 5G, que, según los expertos, va a cambiar la visión económica del planeta en poco tiempo.


La primera incógnita es si China establecerá una reciprocidad con Apple u otra gran empresa tecnológica americana. Y más allá, si esta confrontación se extenderá a otros sectores, incluido el de la deuda pública (China es el gran comprador de bonos americanos). Al final de la reflexión está la lucha por la hegemonía tecnológica —y a través de ella, política— de los dos grandes países.


Se demuestra así que Trump está dispuesto a utilizar todas las armas de la política para contener la rivalidad de un país que se incorporó a principios de siglo a las reglas de la Organización Mundial de Comercio, aprovechándose de ellas en lo que le interesaba, pero sin cumplir con el resto de las normas de la competencia internacional (entre ellas, aplicando el dumping social y una mínima protección social a sus ciudadanos).


En otro momento de la historia, con gobernantes distintos a estos, el resto de los países occidentales no hubieran tenido dudas del lado en el que se situarían; hoy esto está mucho más difuso, como muestra la recepción de la tecnología china 5G en muchos países europeos, así como la buena acogida a las inversiones multimillonarias relacionadas con la red de infraestructuras chinas conocidas como Ruta de la Seda. Trump asusta.


El investigador Federico Steinberg ha sido de los más incisivos (‘La guerra tecnológica y el nuevo imperialismo’, diario Expansión, 21 de mayo). Describe lo que sucede como un neoimperialismo en el que tanto EE UU como China utilizarán su poder para debilitar al otro (lo que Joan Robinson denominaba “políticas de perjuicio al vecino”), obligando a los demás países a tomar partido y someterse a las normas del imperio al que se adhieran, y siendo las amenazas estadounidenses a las empresas europeas que hagan negocios con Irán o Cuba parte de esa clave neoimperialista. Recuerda Steinberg que los actuales líderes imperiales, Trump, Xi Jinping y Putin, “no son precisamente admiradores de la democracia liberal”.


El profesor Dani Rodrik, de la Universidad de Harvard, ha tratado de matizar en sus últimos textos la idea de que todo libre intercambio de bienes y servicios trae beneficios al conjunto de las partes. En uno de sus libros (Hablemos claro sobre el comercio mundial, editorial Deusto) pone numerosos ejemplos de una globalización mal gestionada en la que no se logra un equilibrio entre la apertura económica y el derecho a la gestión del espacio político de los Estados. En todos ellos los protagonistas actúan como representantes del “capitalismo de Estado”. Ahora, el temor es que la tensión acabe en dos sistemas tecnológicos incompatibles entre sí, lo que obligaría al resto del mundo a elegir. Ello supondría una fase de desglobalización que podría semejarse a la que se desarrolló en el periodo de entreguerras, con el resultado padecido por todos.

Por Joaquín Estefanía
25 MAY 2019 - 17:00 COT

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Sábado, 18 Mayo 2019 06:04

China, en estado de urgencia

El presidente de los EEUU, Donald Trump (i), y su homólogo chino, Xi Jingping (d), ofrecen una rueda de prensa en el Gran Palacio del Pueblo en Pekín (China) el 9 de noviembre de 2017. EFE

Trump no solo quiere que China compre más productos americanos. Los halcones que le asesoran pretenden ralentizar el desarrollo tecnológico del gigante asiático


Este es el inicio de una rivalidad sistémica que va a durar décadas, y que hace que los mandarines de Pekín no solo estén pensando en si Trump va a ganar las próximas elecciones. Las autoridades chinas confían en su capacidad de resistencia


El Gobierno chino controla las palancas macroeconómicas y pueden estimular la economía por el lado fiscal o monetario. Trump se da cuenta: ha declarado que la FED debería ser súbdita al ejecutivo como lo es el banco central chino y ayudarle


Escribo estas líneas desde Shanghái. Esta semana he tenido la oportunidad de hablar con empresarios, académicos y personas cercanas al Gobierno chino y la sensación de inquietud es palpable. La intensificación de la guerra comercial entre EEUU y China es el mayor tema de debate en la televisión y en la calle. En la última semana no solo ha habido la subida de aranceles de 10% a 25% a un volumen equivalente a 200.000 millones de dólares de importaciones chinas por parte de Donald Trump, y la consecuente represalia de Pekín sobre 60.000 millones de dólares de productos americanos, sino que el presidente de los EEUU ha decidido prohibir incluso –por orden ejecutiva– el uso de equipamiento de Huawei y ZTE en suelo americano e introducir un proceso de obtención de licencias para aquellas empresas americanas que quieran vender tecnología a las compañías de telecomunicaciones chinas.

Esto es un torpedo a la línea de flotación de las empresas chinas, ya que Huawei, por ejemplo, depende del suministro de semiconductores de la estadounidense Qualcomm. Por lo tanto, el convencimiento en China es que Trump está jugando demasiado duro en las negociaciones que están librando los dos países y que su órdago le puede salir mal, ya que si una cosa no puede hacer el Gobierno chino, y eso está muy grabado en el ADN de este país, es "perder la cara", es decir, mostrar que cede al chantaje de otro, sobre todo si ese otro es la encarnación contemporánea del occidental imperialista que en el siglo XIX humilló a China y la condenó a un siglo de inestabilidad. Antes de capitular a las presiones de Trump, la población china está dispuesta a sufrir, y por eso mismo el Gobierno ya se está preparando para lo peor.


Al fin y al cabo, Trump no solo quiere que China compre más productos americanos. Eso se podría lograr en la próxima reunión bilateral entre Trump y el presidente Xi Jinping en la cumbre del G20 en Japón el próximo mes. Lo que realmente quieren los halcones que asesoran a Trump es ralentizar el desarrollo tecnológico del gigante asiático y ese no es un tema que se vaya a resolver en unas cuantas rondas de negociación, como a veces se pretende indicar. Esto es solo el inicio de una rivalidad sistémica que va a durar décadas, y que hace que los mandarines de Pekín no solo estén pensando en si Trump va a ganar las próximas elecciones o no, sino mucho más allá. El Gobierno chino es consciente que se enfrenta a un rival de un poderío enorme, pero como me ha comentado un interlocutor esta semana: "si tiramos la toalla, y cedemos, vamos a perder, así que tenemos que luchar, porque si luchamos, puede que no perdamos".


Pese a la gran preocupación que hay, y a la evidente desaceleración que se observa en la economía, la sensación que queda después de esta semana es que las autoridades chinas confían en su capacidad de resistencia. Saben que controlan las palancas macroeconómicas, y que si es necesario pueden estimular la economía por el lado fiscal o monetario, o los dos a la vez. Trump se da cuenta de eso, y ya ha declarado que la FED debería ser súbdita al ejecutivo como lo es el banco central chino y ayudarle a aguantar el pulso. El temor evidente es que, para compensar los aranceles sobre sus productos, China devalúe su moneda y se mantenga así competitiva. Relacionado con esto está el hecho de que EEUU (y también Europa) pueden bloquear la compra de tecnología por parte China, y ya lo están haciendo, pero ante eso China ya está desarrollando programas para atraer talento internacional y desarrollar la tecnología en suelo chino. Hoy en día, cualquier joven emprendedor con una patente tiene un talonario esperándole en Shanghái para desarrollar su idea y cumplir su sueño.


Finalmente, otro factor que les ofrece confianza a las autoridades chinas es la capacidad de trabajo (y de sacrificio) de su población. Cualquier extranjero que visite o viva en este país lo percibe. La ambición y el hambre por mejorar son impresionantes. Jack Ma, el presidente de Alibaba, suele comentar en sus intervenciones públicas que espera que sus empleados trabajen bajo la fórmula: 9-9-6. Es decir, empezar a las 9 de la mañana, acabar a las 9 de la noche y trabajar 6 días de la semana. Según parece, al Gobierno chino también está promoviendo esta misma fórmula entre sus empleados. Teniendo en cuenta que el Estado domina directamente cerca del 50% del PIB chino y que tiene algo o mucha influencia en el otro 50%, queda claro que EEUU se enfrenta a un hueso duro. Tanto que el Gobierno chino incluso se está planteando aumentar los días de vacaciones “obligatorios” para promover el consumo y así la actividad económica si fuese necesario.


China, luego, vive en un cierto estado de urgencia. Hace un año había dos grupos de opinión entre las élites. Los que pensaban que había que ceder ante las presiones de Trump y los que se oponían. Hoy esos dos campos están de acuerdo en que no se puede ceder, y se han dividido en otros dos grupos. Los que piensan que lo mejor para enfrentarse a EEUU es hacer reformas domésticas y estimular la innovación del mercado y el consumo interno para estar más protegidos y los que creen que la mejor defensa es apostar por el modelo chino de capitalismo de estado, reforzar el sector público y depender lo mínimo posible del exterior. Ambos están cada vez más convencidos que el mundo se va a dividir en un hemisferio norte, liderado por EEUU, y un hemisferio sur, donde China tiene cada vez más influencia. Bienvenidos al eterno retorno de la geopolítica.

 

Por Miguel Otero Iglesias 

17/05/2019 - 21:45h

Publicado enEconomía
China a EEUU: "Vamos a luchar hasta el final"

El mensaje fue lanzado al aire por Televisión Central de China (CCTV) mediante un editorial titulado: "China ha hecho la preparación integral". En él se anuncia la posición de Pekín en la guerra comercial lanzada por EEUU, durante la emisión del programa diario de noticias. El medio oficialista asegura que "no queremos esta lucha, pero no tenemos miedo y vamos a luchar si es necesario".


Para la inmensa mayoría de la población china, la guerra comercial no es una cuestión económica sino de dignidad nacional. El editorial anónimo lo explica con una metáfora histórica: "Para la nación china que ha experimentado varias tormentas en los últimos 5.000 años, ¿hay alguna situación que no hemos visto antes? En el proceso de la gran revitalización de la nación, tiene que haber dificultades e incluso olas terribles. La guerra comercial provocada por los EEUU. es sólo una barrera en el camino de desarrollo de China, y no es un gran problema en absoluto".

La referencia no es un dato menor para una nación que fue ultrajada varias veces en conflictos recientes en los siglos XIX y XX. Quizá por esa razón, en pocas horas la página del programa oficial recibió más de tres millones de visitas en twitter y dos millones de "likes".

Varios observadores destacaron que semejantes comentarios son "muy inusuales", por la severidad del tono, en los medios chinos. Algo así no se produjo siquiera después del ataque aéreo de la OTAN en 1999 a la embajada china en Belgrado y cuando la colisión de aeronaves Mar Meridional de China en 2001.


El sentido común de los chinos, tanto de la sociedad como del gobierno, indica que deben seguir su camino sin importar lo que hagan los demás. En el mismo sentido, un medio generalmente crítico de Hong Kong, el South China Morning Post, destaca que en las negociaciones con EEUU, "Pekín no podía ceder a las demandas de Washington por la dignidad nacional y cuestiones de principio".

Trump decidió elevar los aranceles a una parte considerable de las importaciones desde China, medida que fue retrucada por Pekín en lo que se considera un "ojo por ojo" que no tendría fácil solución.

El presidente de EEUU cuenta con alguna ventajas, gracias al bajo desempleo, el crecimiento de más del 3% en el primer trimestre, la baja inflación y la subida de los salarios.
Que lo anterior lo consiga a costa de un creciente endeudamiento público y un alto déficit presupuestario, no parece importarle a quien comparecerá en las urnas en poco más de un año.


El columnista de Asia Times, David P. Goldman, ensaya una mirada estratégica que implica mirar mucho más lejos: "Trump quiere restaurar un pasado en el que América dominó la producción, y su estrategia de negociación recuerda el juego de Monopoly, en el que los jugadores intentan extraer rentas. China está jugando el juego de estrategia antigua de Go, con el objetivo de supremacía tecnológica".

A mi modo ver, este es el punto central. China no pierde el rumbo y tiene mucho margen para negociar, por varias razones.

La primera es que no debe someter a su dirección política al escrutinio de las urnas, por lo que no necesita hacer nada destinado a conformar a la opinión pública que siempre es volátil y depende de los avatares de la economía, en particular en Occidente.


La segunda ventaja es la ya mencionada historia de derrotas y humillaciones, que lleva a Pekín a poner en primer lugar la soberanía de la nación, la dignidad del país y de sus habitantes, que se muestran afines al llamado nacionalista. Se trata de una actitud defensiva, mientras la de Washington es a todas luces ofensiva y guerrerista en pugna por la supremacía global.


La tercera es que China no pierde el rumbo, sabe que la guerra comercial no es tal sino una guerra por la supremacía tecnológica, como se desprende de la ofensiva contra Huawei desatada desde 2018.


Para EEUU es difícil de aceptar que la multinacional china lleve ventaja en las telecomunicaciones y sea la punta de lanza de la Ruta de Seda. Goldman nos recuerda que Huawei superó a Apple en la venta de teléfonos en el primer trimestre de 2019 pese a que no puede vender en EEUU. Por el contrario, las empresas de alta tecnología de EEUU dependen de sus ventas a China.


El núcleo de la guerra tecnológica son los semiconductores, rama en la que los chinos no son inferiores a Apple. Goldman concluye: "China espera salir de la guerra comercial con una ventaja indiscutible en la fabricación y diseño de semiconductores. Si tiene éxito, se convertirá no sólo en el poder económico dominante, sino en la potencia militar dominante".
La industria de semiconductores nació en EEUU pero migró a Asia en la etapa inicial del neoliberalismo salvaje. Ahora Asia, y China en particular, llevan la delantera. Revertir esta situación no será sencillo, por más empeño que ponga la administración Trump. Lo peor es que ni la Unión Europea ni el reino Unido, o sea sus más importantes aliados, se sumaron a la guerra contra Huawei, en lo que el analista de Asia Times considera "la peor humillación para la diplomacia estadounidense desde el final ignominioso a la guerra de Vietnam".


La guerra está servida y no tiene marcha atrás. La opinión pública estadounidense y las elites dominantes, seguirán el camino emprendido por Trump, más allá del resultado electoral. En una guerra gana el que tiene mayor voluntad, el que es capaz de aferrase al terreno, aquel pueblo que sabe lo que quiere y no teme los sacrificios. Las guerras no las ganan ni los liderazgos, ni las armas más sofisticadas, ni los discursos más encendidos. La historia de la Segunda Guerra Mundial, cuando el nazismo parecía arrollar el mundo, mostró que los pueblos pueden más.

00:26 15.05.2019(actualizada a las 00:44 15.05.2019)

Publicado enInternacional
Diez claves para entender el conflicto comercial (y geoestratégico) de EEUU y China

La tensión entre las dos grandes potencias alcanza el punto de ebullición. Los mercados tiemblan cada vez que aumentan los decibelios en las negociaciones entre Washington y Pekín, mientras el FMI cataloga esta guerra comercial bilateral como el mayor riesgo geoestratégico


El clima de crispación que se respira por todas las latitudes del planeta emergió a partir del lema que le encumbró a la Casa Blanca. El mensaje America, first que enarboló Donald Trump durante su triunfal campaña electoral de 2016 está detrás del cambio en el orden mundial que, de forma soterrada, ha ido modificando el status quo de la globalización. Hasta poner patas arriba varias de sus estructuras más sólidas. En el ámbito monetario, con el retorno a la política de un dólar fuerte, que ha convulsionado el mercado cambiario y la subida de tipos de interés de la Reserva Federal, el complemento ideal para encarecer el acceso a la financiación internacional de firmas privadas, inversores y Estados.


En el geoestratégico, en el que subyace una lucha soterrada, pero incesante, por el cetro de la hegemonía internacional entre las tres principales superpotencias nucleares -EEUU, China y Rusia, todas ellas, inmersas en procesos de nacionalismo exacerbado- y una toma de posiciones constante y con escaso espacio para la diplomacia en puntos convulsos como Oriente Próximo o Venezuela y en asuntos energéticos como el precio del petróleo.


Y, por supuesto, en el económico-comercial, donde el agresivo tacticismo de la Administración Trump para imponer rebajas fiscales de calado a ciudadanos y empresas y, al mismo tiempo, formalizar en los presupuestos incrementos ingentes de gasto en Defensa, está dirigiendo a la endeudada economía americana -con una ratio de deuda de 20 billones de dólares, por encima del valor de su PIB- a un agujero fiscal que superará el billón de dólares en el próximo lustro.


En definitiva, una decidida apuesta por el proteccionismo que, además, no está impidiendo que el déficit de la balanza comercial del país navegue de nuevo por aguas turbulentas. Las barreras arancelarias, pues, lejos de corregir su brecha con sus principales socios -el antiguo Nafta, ahora rebautizado como USMCA y Europa, ni con sus rivales; esencialmente China. El desequilibrio comercial está en cotas desconocidas desde la crisis de 2008.


El escenario futuro no es nada halagüeño. Pero, ¿cómo se ha llegado a esta compleja coyuntura? Y, sobre todo, ¿tiene visos de solución?, ¿cómo afecta la doctrina trumpiana a otras naciones y espacios económicos? Decálogo para entender los efectos del peligroso Make America Great Again (MAGA).


¿Cuándo y cómo empezó el proteccionismo americano?


Trump dejó claro desde el comienzo de su mandato, que iba a dinamitar varios pilares de la economía estadounidense. Sobre todo, en el ámbito comercial. Una de sus primeras medidas fue apartarse del Trans-Pacific Partnership (TTP) suscrito en los últimos meses del segundo mandato de Barack Obama. Como prometió con el MediCare, trata de poner una losa sobre los grandes hitos de la presidencia de su antecesor demócrata.


El TTP representaba el 40% de la economía global, incluyendo a EEUU y a la decena de economías bañadas por las aguas del mayor océano del planeta: Japón, Australia, Brunei, Canadá, Chile, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam. China quedó de forma deliberada -por consenso entre EEUU y Japón- de este tratado. Al igual que India. Los reiterados esfuerzos por involucrar a Trump en esta aventura -sobre todo, desde Tokio, Ottawa y Canberra- han sido en vano. El líder republicano se cerró en banda. Empezó a aducir que el mapa de pactos de libre comercio atentaba contra la seguridad nacional.


Con posterioridad, incluyó entre sus objetivos al Nafta, el área aduanera con sus vecinos del norte y del sur -Canadá y México- y a la UE. No comulgaba con la pasarela transatlántica. Hasta que, en marzo de 2018, la Casa Blanca aprobó una subida de aranceles del 25% sobre las importaciones de acero y del 10% sobre las del aluminio. Política típica de mandatarios republicanos. El último, sin éxito, Bush, hijo. Desde entonces, ha dirigido sus dardos especialmente sobre China. Sin descuidar a Europa. Por medio, y bajo una cruzada diplomática que amenazó ruptura con Canadá, una renegociación del Nafta, ahora conocido con las siglas USMCA.


¿Por qué se obceca Washington en la guerra comercial con China?


Por considerarla la mayor de las amenazas a su, hasta ahora, indiscutible liderazgo mundial. Junto a Rusia. Y desplazando al terrorismo islamista como el primer riesgo exterior. Lo acaba de suscribir el Pentágono en su último informe de situación. El gabinete Trump, con el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, ha impuesto como requisito sine qua non que Pekín abandone la política de intervención del tipo de cambio de su divisa en los mercados internacionales, el rinminbi, sometida a una banda de fluctuación demasiado rígida y controlada desde su banco central.


Pero Washington también persiste en otras exigencias. Reclaman una corrección drástica de su déficit bilateral, poniendo coto primero a los productos manufactureros y equipos electrónicos made in China y, luego, a los servicios tecnológicos. Además de reclamarle el cumplimiento en materia de patentes. China desafía a Estados Unidos en tecnología con una avalancha de patentes. Según datos oficiales, en la última década, China está ganando la carrera competitiva frente a EEUU en la adquisición de derechos de propiedad industrial e intelectual relacionados con la Inteligencia Artificial (IA), con las cadenas de bloques (blockchain) y con otras disciplinas de la Revolución Digital 4.0.


En este contexto, también surge el conflicto sobre la petición de extradición a Canadá de la directora financiera de Huawei, Meng Wanzhou, a instancias de la Administración Trump, que acusa a la firma china de transferir innovación tecnológica americana y occidental a los servicios secretos chinos por su posición aventajada en el negocio del 5G.


Todo ello está detrás de la nueva subida arancelaria sobre otros miles de bienes importados desde China y valorados en 250.000 millones de dólares que, desde la semana pasada, pasan de tener un arancel del 10% al 25%. Medida proteccionista activada en plena ronda de negociaciones bilaterales para tratar de prorrogar la tregua de 100 días otorgada por Trump a comienzos de año.


La respuesta del régimen de Pekín no se hizo esperar. Ha impuesto tarifas adicionales sobre otro amplio abanico de mercancías y servicios estadounidenses. Por un valor de 60.000 millones de dólares. Es el penúltimo capítulo de una batalla que se inició realmente en 2017, cuando Trump inició una investigación sobre la política comercial de China.


¿Qué tarifas están en juego en esta batalla bilateral?


El pasado año, Washington aprobó tres rondas de nuevos aranceles, en distintos baremos alcistas, que ahora alcanzan una escalada del 25% y que afectan a distintas ramas industriales, desde equipamientos ferroviarios hasta bolsos. Pero, si las amenazas de Trump surten efecto en próximas fechas, el montante total de mercancías chinas que tendrán que sufragar más gastos de entrada al mercado estadounidense llegarán a los 325.000 millones de dólares.


EEUU adquirió bienes comerciales a China, en 2018, por más de 539.000 millones de dólares. Pekín, por su parte, ha elevado el valor tarifario a productos estadounidenses hasta un rango de valor de 110.000 millones de dólares, para “hacer frente a la mayor guerra económica de la historia”. Incluye productos químicos, carbón o equipos médicos, para los que establece una subida del 5% al 25%. Al igual que a bienes especialmente protegidos por el partido republicano, como la soja.


¿Qué tarifas están en juego en esta batalla bilateral?


El pasado año, Washington aprobó tres rondas de nuevos aranceles, en distintos baremos alcistas, que ahora alcanzan una escalada del 25% y que afectan a distintas ramas industriales, desde equipamientos ferroviarios hasta bolsos. Pero, si las amenazas de Trump surten efecto en próximas fechas, el montante total de mercancías chinas que tendrán que sufragar más gastos de entrada al mercado estadounidense llegarán a los 325.000 millones de dólares.


EEUU adquirió bienes comerciales a China, en 2018, por más de 539.000 millones de dólares. Pekín, por su parte, ha elevado el valor tarifario a productos estadounidenses hasta un rango de valor de 110.000 millones de dólares, para “hacer frente a la mayor guerra económica de la historia”. Incluye productos químicos, carbón o equipos médicos, para los que establece una subida del 5% al 25%. Al igual que a bienes especialmente protegidos por el partido republicano, como la soja.


El flujo de mercancías de EEUU en China apenas sobrepasó los 120.000 millones de dólares. Al término de 2018, el saldo entre exportaciones e importaciones americanas ahondó su tendencia negativa. Hasta abrir una brecha de 621.036 millones de dólares. Un 12,5% más profundo que en el conjunto de 2017 y un 23% superior al que heredó de Obama. Los datos reflejan que el desequilibrio bilateral de mercancías con China alcanzó los 419.200 millones; un 11% más.


¿Cuál es la doctrina que se esconde detrás del Despacho Oval?


Kevin Hassett, presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, admite que la estrategia de Trump le parece más propia del Siglo XVIII. De la era de la Revolución Industrial. Es -dice- como batallar contra el escorbuto en los navíos de la época. Necesitabas limones frescos para curar la dolencia, explica y, hasta conseguirlos, los almirantes de flotas con tripulación bajo el efecto de esta enfermedad mantenían a sus tropas en largas cuarentenas varias millas fuera de los puertos de destino.


Metafóricamente -asegura- el gabinete Trump cree que las subidas de tarifas y otras armas comerciales son el mejor antídoto para luchar contra lo que tildan de plaga comercial: la facilidad de acceso de productos importados desde el extranjero. En términos exactos, Hassett lo sintetiza de forma gráfica: “Si tienes escorbuto y no consigues vitamina C, sabes que vas a morir. Incluso con este componente, la recuperación de esa dolencia podría no funcionar. Pero no hay opción. Así que, si yo tengo la vitamina C que tú necesitas serás consciente de que vas a morir primero, aunque aún puedes tratar de arrebatarme la solución: asumiendo mis reglas”.


Hassett matiza con precisión el sentido que esconde su teoría. Los economistas más cercanos a Trump están convencidos de que Trump está reparando una economía enferma, que ha sido contagiada por prolongadas décadas de un desastroso peso del comercio que ha entrado desde fuera de las fronteras estadounidenses por los sucesivos y numerosos pactos de libre comercio que ha sido formalizados por distintos presidentes norteamericanos. Esta política comercial -arguyen- ha propiciado una desventaja competitiva crónica a EEUU frente a sus competidores, especialmente China y México, aunque también Europa.


¿Qué efectos tiene sobre la economía americana?


La aportación de la industria exportadora de EEUU -ventas netas de bienes y servicios- restó 1,78 puntos a la tasa de crecimiento durante el último trimestre de 2018. Además, el desabastecimiento de mercancías está aumentando las presiones inflacionistas. Los consumidores empiezan a pagar más por el precio final de servicios y productos cotidianos. Desde las lavanderías hasta ordenadores.


En un momento en el que la Fed explora rebajas de tipos, como reclama Trump, que teme que la economía, que crece a un buen ritmo, del 3,5%, pueda emitir señales de debilidad durante las elecciones presidenciales de 2020. A no ser que la inflación se dispare. El mercado comparte la pesadilla del dirigente de EEUU. La curva de rentabilidad -diferencial en las tasas de retorno de los bonos a tres meses y a diez años- se invirtió por primera vez desde diciembre de 2007. Señal de recesión. En Citigroup otorgan entre un 37% y un 45% de posibilidades de que EEUU entre en números rojos este año.


¿Y sobre las bolsas?


El sónar de Wall Street empezó a emitir señales de peligro por las guerras comerciales de Trump en el último trimestre del pasado año. Otro de los puntos candentes del conflicto con China. Con pérdidas bursátiles desconocidas, sólo en diciembre, desde 1931, el año que concentró la mayor parte de los daños colaterales de la Gran Depresión.


El Dow Jones, por ejemplo, acumuló un descenso mensual del 8,7%, su peor comportamiento mensual desde febrero de 2009. En el conjunto del ejercicio, además, retrocedió un 5,6%, el año más bajista desde 2008. Mientras el S&P 500 se desplomaba un 9,2% y el Nasdaq, un 9,5% en términos mensuales, y un 6,2% y un 3,9% en todo el año, respectivamente.


¿Cómo repercutirá en la economía china?


Tampoco la coyuntura en China está boyante. Su PIB crecerá este año al 6,5% y el próximo, al 6%. Los ritmos más reducidos desde 1990, cuando apenas repuntó un 3,9% debido las sanciones por los acontecimientos de la Plaza de Tiananmen. La segunda economía global ha perdido fuelle. Y su merma exportadora le pasará otra factura.
Además, el mercado empieza a poner sus ojos en la deuda que, oficialmente se valora en casi 6 billones de dólares, el 38,1% de su PIB, según el FMI. Pero que analistas de Standard & Poor’s elevan en otros 890.000 millones de dólares, debido a la losa oculta que añaden sus gobiernos municipales. Para S&P, Pekín sólo muestra “la punta del iceberg”, porque sus vencimientos a medio plazo llegarían al 60% del PIB. “Nivel alarmante” para un mercado emergente sin estatus reconocido por las agencias de rating de inversor internacional.
Por si fuera poco, sus empresas también emiten signos de debilidad. Han dejado de protagonizar las compras internacionales. Y revelan quiebras por un valor de 5,8 billones de dólares sólo en el periodo entre enero y abril de este año, 3,4 veces más que en los mismos cuatro meses de 2018.


¿Y sobre los mercados emergentes?


Esencialmente, pueden poner en cuarentena la urgencia por rebajar tipos de interés. La mayoría de ellos se vieron en la obligación de seguir la estela de la Fed para contener las embestidas contra sus divisas por la fortaleza del dólar -todavía cotiza un 11% por encima del valor real del mercado, dice el FMI- y la carestía del acceso a financiación en billetes verdes por el precio del dinero estadounidense. Ahora, inician un compás de espera.


También se verán afectados por las tensiones geoestratégicas que EEUU ha provocado en Venezuela (para las economías latinoamericanas); en Irán, que ya ha generado volatilidad en el crudo y hacia Pekín en el Mar de China, donde los tigres asiáticos sufrirán estos daños colaterales en sus flujos de capitales y de comercio.


¿Cómo capeará el temporal Europa?


A duras penas. Con la economía del euro al ralentí, el sector exterior y manufacturero alemán en números rojos e Italia en situación crítica, tanto de crecimiento como de desequilibrios presupuestarios, a los que hay que añadir la suma debilidad de un sistema bancario que pide urgentemente una recapitalización masiva, los augurios no son nada buenos. Sobre todo, si como amenaza Trump, EEUU tratará de eliminar el déficit comercial con Europa a marchas forzadas.


La UE, que negocia con el cuchillo entre los dientes salvaguardas sobre su sector automovilístico -la llaga en la que hurga la Casa Blanca, genera el segundo de los grandes déficits comerciales estadounidenses. Sólo por detrás de China. De 169.300 millones de dólares, un 12% más que en 2017. La UE, además, ha empezado a certificar la amenaza de Pekín.
En un reciente informe de la diplomacia europea, señala al gigante asiático como uno de sus mayores desafíos por la influencia política y el músculo económico -comprando deuda soberana y protagonizando fusiones o adquisiciones empresariales- que ha desplegado en el continente. Las ventas europeas a China se han triplicado en el decenio posterior a la crisis. Aunque, ahora, la pérdida de vigor de su economía también supondrá una merma de las demandas de bienes y servicios europeos.


¿Y el sector exterior español?


También se verá perjudicado. No en vano, EEUU es el sexto socio comercial de España. China, el noveno. En 2018, el 4,8% de las ventas a terceros mercados se concentraron en EEUU, casi 12.500 millones. El resto, 5.500 millones (el 2,3% del total), tiene como destino China. Aunque el sector exterior hispano colocó un 3,2% menos de mercancías en el coloso americano respecto de 2017. Y, en China, tres puntos menos.


En medio de síntomas de cansancio exportador, uno de los motores de la recuperación. En conjunto, las hostilidades entre los dos mayores PIB del planeta restarán un 7% de las ventas españolas al exterior, según el Ministerio de Economía. La aceituna negra ha sido uno de los productos más damnificados de la política proteccionista americana. Le aplicaron correctivos antidumping y por subvenciones e impusieron un arancel de entrada del 34,75%. Las restricciones al vino español son, en cambio, una de las barreras recientes más problemáticas para el sector exterior hispano.

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