El temor a un ciclo recesivo derrumba los mercados financieros de Europa y EU

China reporta los peores niveles de crecimiento de la producción industrial en 17 años

 

Los mercados financieros de Europa y Estados Unidos se fueron a pique este miércoles ante temores de que la economía mundial se acerque a un ciclo recesivo.

La contracción de la actividad en Alemania, primera economía de Europa, y el surgimiento de indicios de una recesión en Estados Unidos contribuyeron a alentar una venta masiva de acciones en Wall Street, que tuvo su peor día del año.

En Nueva York el Dow Jones, que representa a las 30 empresas más importantes en Estados Unidos, perdió 800 puntos, 3.05 por ciento, y quedó con 25 mil 497.42 unidades. El índice Standard and Poor’s (S&P) 500, que agrupa las acciones de 500 empresas y considerado el más representativo de la situación del mercado, cayó 2.9 por ciento a 2 mil 840.60 puntos, mientras el índice compuesto Nasdaq, de empresas de tecnología y electrónica, descendió 3 por ciento a 7 mil 773.94 puntos.

Las monedas y los mercados latinoamericanos fueron arrastrados por la tendencia, las más afectadas fueron las bolsas de Brasil, Colombia y Argentina, que cayeron 3, 2.5 y 1.86 por ciento, respectivamente.

La liquidación de acciones se produjo luego de que, por primera vez desde 2007, el rendimiento de los bonos del Tesoro estadunidense a 10 años se ubicó temporalmente por debajo del rendimiento del bono a dos años. Los inversores optaron por recuperar rápidamente su dinero, en lugar de obtener mayores intereses por plazos más largos, una dinámica vista como presagio de una recesión.

A esta inquietud se sumaron resultados económicos de China, donde el crecimiento de la producción industrial en julio fue de 4.8 por ciento, su nivel mínimo en 17 años, en la más reciente señal de que las presiones comerciales de Estados Unidos han golpeado la demanda en la segunda mayor economía del mundo.

En Alemania la actividad económica se contrajo 0.1 por ciento en el segundo trimestre, en momentos en que su industria automotriz, uno de los motores de la economía regional, encara nuevos estándares sobre emisiones de gases y la amenaza de aranceles por parte de Washington. Tras el reporte, las bolsas de valores de esa zona registraron pérdidas de 2 por ciento en promedio.

La intensificación de la guerra comercial de Estados Unidos con China ha sido un factor clave en las preocupaciones sobre la desaceleración de la economía mundial, pero después de la caída en Wall Street el presidente estadunidense Donald Trump, renovó sus ataques contra la Reserva Federal y su presidente, Jerome Powell, a quien él mismo designó.

Los precios del petróleo cayeron más de 3 por ciento: el Brent perdió 1.82 dólares y se cotizó en 59.48 por barril, el estadunidense West Texas Intermediate cedió 1.87 dólares y se vende a 55.23 dólares, mientras la mezcla mexicana de exportación se hundió 2.33 dólares (4.58 por ciento) a 48.53 dólares.

Al tiempo, el yen japonés, el índice dólar y el oro subieron, pues los operadores decidieron buscar activos considerados refugio seguro para las inversiones.

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Los dos grandes pelean, el mundo se resfría

 EE UU y China desenfundan la divisa como arma en un conflicto que ya no es solo comercial y para el que no hay visos de acuerdo. Se agravan así los temores a un frenazo de la economía global

 

“¿Cómo negocias con mano dura con tu banquero?”, se preguntaba en 2009 la entonces secretaria de Estado de EE UU, Hillary Clinton. Esta frase, recogida en un cable revelado por Wikileaks, resumía la complicada relación de Washington con China, que controlaba deuda pública de la mayor potencia mundial por valor de un billón de dólares. Una década después, el país asiático ha aumentado ligeramente su cartera de bonos estadounidenses. Pero eso no ha impedido que el hoy presidente Donald Trump use todas las armas contra su gran competidor global, que además sigue siendo su mayor banquero.

En el conflicto, China ha echado mano esta semana de una nueva arma: el tipo de cambio. Tras el anuncio por parte de Trump de nuevos aranceles a partir de septiembre —una tasa del 10% para productos chinos por valor de 300.000 millones de dólares—, Pekín respondió poniendo fin a lo que hasta entonces parecía un tabú: su banco central dejó traspasar la barrera psicológica del cambio de siete yuanes por dólar.

Con esta (moderada) devaluación, China ha despertado el temor a que el choque comercial, que ya mutó en tecnológico, avance hacia una guerra de divisas. Los expertos consultados dudan que se haya llegado a este punto. China ha contenido hasta ahora la caída de su moneda, que habría sido mayor sin la intervención gubernamental. El dólar, por su parte, sí está sobrevalorado: entre el 6% y el 12%, según un informe del FMI de julio. El yuan puede ir perdiendo valor poco a poco, pero los analistas no esperan un brusco desplome, ya que, entre otros motivos, originaría una fuga de capitales que en Pekín nadie desea.

“No creo que estemos en una guerra de divisas, sino en una espiral de represalias. Al devaluar su moneda, China ha mostrado que si es preciso va a librar esta batalla con otras armas más allá de los aranceles”, responde el técnico comercial Enrique Feás. Su compañero del Real Instituto Elcano Miguel Otero coincide. “El movimiento de la divisa es un pequeño detalle en una gran partida. Lo que se juega aquí es la hegemonía geopolítica y tecnológica y la capacidad de las dos potencias de influir en todos los ámbitos. Esa es la gran partida”, añade. Como ejemplo, Otero ve más importante el que Huawei acabe de presentar su propio sistema operativo que la, por ahora, ligera oscilación del yuan.

Ya sea el inicio de una serie de devaluaciones competitivas o un mero ajuste, el movimiento del banco central chino desató una tormenta en los mercados. Al día siguiente, la Bolsa de Nueva York registró su mayor caída del año. Y la huida de los inversores a valores considerados seguros tumbó la rentabilidad de la deuda de EE UU y Alemania.

En el fondo, esta nueva disputa chino-americana —que fue acompañada de la denuncia de Washington a Pekín por manipular su divisa y del cese por parte de China de compras de productos agrícolas estadounidenses— muestra que el conflicto global está lejos de resolverse. Y que amenaza con contagiar a una economía global ya en desaceleración y sobrada de riesgos. En una encuesta publicada el viernes por Reuters, los economistas daban un 45% de probabilidades a que EE UU caiga en recesión en los dos próximos años, 10 puntos más que un mes atrás. China también encajará el golpe: Commerzbank acaba de rebajar su previsión de crecimiento para la segunda potencia mundial a causa de la batalla con la primera.

Raymond Torres, director de Coyuntura de Funcas, recuerda que tres de los cuatro motores del mundo —EE UU, China y Alemania— ya se acercaban al fin de ciclo alcista y que los últimos acontecimientos elevan la probabilidad de que este frenazo de las supereconomías sea más brusco que lo esperado. Las reverberaciones del terremoto se notarían en todo el mundo. En Europa, además, se suman los mayores riesgos por un Brexit fuera de control y la preocupante situación de Italia.

Con la tormenta asomando en el horizonte, crece la presión sobre los bancos centrales para que echen una mano en la tarea de esquivar la recesión. Estos días, países tan distantes como Nueva Zelanda, India, Tailandia o Filipinas han recortado sus tipos de interés. Todo apunta a que la Reserva Federal de EE UU —que acaba de bajar tipos por primera vez en 11 años— y el Banco Central Europeo (BCE) harán lo mismo a la vuelta del verano. “La calificación de China como manipulador de divisas es un serio aviso para la eurozona. Si el BCE aprueba en septiembre nuevos estímulos, EE UU podría incluirlo en la lista negra, aumentando la probabilidad de nuevos aranceles a los productos europeos”, recalca Carsten Brzeski, economista jefe de ING.

En el fondo, la divisa no es un elemento nuevo en un conflicto que se alarga desde 2018. Trump lleva tiempo insistiendo en lo que él considera prácticas desleales de otros países para hacer más competitivas sus exportaciones. Cuando el presidente del BCE, Mario Draghi, insinuó la aprobación de nuevas medidas de estímulo, el mandatario norteamericano le atacó por lo que consideraba una triquiñuela para devaluar el euro. Trump es el primer líder estadounidense en décadas que aboga abiertamente por un dólar débil.

A China, por su parte, no le interesan grandes fluctuaciones. El régimen comunista busca estabilidad por encima de todo. Y es consciente de que en una guerra de divisas todos saldrían perdiendo. Pero también tiene claro que si es golpeado, tendrá que responder. Cristina Varela, economista de BBVA Research, cree que por ahora China está sufriendo más los ataques que EE UU. Pero también recuerda que el gigante del este dispone de más margen para impulsar políticas que sostengan el crecimiento que su rival occidental. “Lo ocurrido esta semana sirve como recordatorio de que la guerra comercial evoluciona hacia una guerra económica hecha y derecha”, cierra Brzeski.

Madrid 11 AGO 2019 - 02:40 COT

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China gana influencia global: diez indicadores que revelan su estatus de superpotencia

¿Se puede considerar todavía a China un mercado emergente, o está en condiciones de rivalizar con EEUU por la hegemonía mundial? Esta cuestión se sigue planteando en numerosas cancillerías internacionales. Aunque, cada vez, con menos predicamento. Porque el régimen de Pekín sigue ganando peso global a marchas forzadas.

 

Desde el cambio de milenio, el salto geoestratégico de China no ofrece dudas. Pero las potencias industrializadas, sobre todo las occidentales, se resisten, por unas razones u otras, a otorgar a Pekín el estatus de superpotencia. En toda la dimensión del término. En ocasiones, porque dicen que no cumple con los parámetros de una economía de mercado, condición que le aleja de ser miembro de foros como la OCDE. Otras diplomacias comparten la visión de que un mercado en teoría aún emergente, que aún recibe fondos multilaterales al desarrollo, no debe tener plácet de entrada en organismos como el G-7. A pesar de ser, con creces, la segunda economía global.

Pero, al margen de estas disquisiciones -todas con la vitola de realistas- China se ha convertido, en especial, tras la crisis financiera de 2008, en un actor global de primer orden. Indispensable a la hora de abordar cuestiones de índole geoestratégico. De hecho, en algún think-tank se llega a advertir que la comunidad internacional confía ya más en el liderazgo chino que en el de EEUU. Es la conclusión del último informe anual del Institute for Economics and Peace (IEP), tendencia que se inició, según sus expertos, a comienzos de 2016. Coincidencia o no, con el aterrizaje de Donald Trump en la Casa Blanca.

 “La fidelidad en la influencia global estadounidense ha caído mucho más que la de Rusia, China o Alemania en los últimos cinco años, hasta el punto que el liderazgo de Pekín despierta muchos más adeptos entre los países del planeta que la imagen que despliega EEUU”, asegura sin fisuras el 2019 Global Peace Index. El índice de aprobación americano en el mundo ha caído 17 puntos desde 2008. Pero, sobre todo, su decadencia a los ojos del resto de naciones del planeta, se ha concentrado entre 2016 y 2018. Nada menos de 11,2 puntos se ha dejado en el primer trienio de la Administración Trump. Retroceso que ha sido común en casi todas las regiones del mundo.

China ocupa, sin lugar a dudas, para este centro de investigación con sede en Sídney, el puesto hegemónico en la actualidad. Steve Killelea, su fundador y presidente ejecutivo, dice a Business Insider que el repunte del peso internacional del gigante asiático “en estos últimos cuatro años” se ha producido, sobre todo, en estados autoritarios y, en menos medida, en países con la vitola de alta calidad democrática”.

Pero también en estos últimos -incide- “se ha presenciado mayor acercamiento” a los planteamientos de Pekín. La guerra comercial con la Casa Blanca, la errática diplomacia americana en asuntos geoestratégicos de alto riesgo -en Oriente Próximo, con Arabia Saudí como aliado frente a Irán, en el conflicto norcoreano, la propensión a una intervención armada en Venezuela, el abandono de los tratados de desarme, las hostilidades con Europa en el seno de la OTAN y, en especial, el acercamiento a Taiwán y el envío de contingentes al Mar del Sur de China- y la “conflictividad” dialéctica del actual inquilino de la Casa Blanca, han dado pábulo al papel estelar de China en el mundo. La expansión militar, los gastos armamentísticos, las batallas arancelarias contra rivales y aliados, han reducido la confianza global en EEUU hasta niveles desconocidos (…) desde finales del primer mandato de George W. Bush.

“En perspectiva, el presidente Obama fue muy popular en la arena internacional” -enfatiza Killelea- a una notable distancia de Trump, al que le atribuye la visión de global de que, con él en el Despacho Oval, “se ha elevado el grado y el número de amenazas mundiales, crecido las tensiones militares y los gastos en defensa y reducido los fondos de misiones de paz de la ONU”. A su juicio, este estado de confrontación permanente también se aprecia en la política doméstica norteamericana, con las “discusiones constantes sobre la necesidad o no de abrir un proceso de destitución a Trump”.

China encuentra su liderazgo en el mundo

Pero, aparte del aumento de la influencia internacional, ¿está China en condiciones de exhibir su rol de superpotencia? Un diagnóstico del World Economic Forum (WEF), entidad fundadora de la cumbre de Davos, realizado en el transcurso de un reciente foro, este mes de julio, de esta institución en la ciudad de Dalian, ayuda a entender el músculo actual de China. Y no sólo por la sucesión de datos irrebatibles. Por albergar la quinta parte de la población mundial, o por llevar cuarenta años de crecimiento económico próximo al 10% anual. También la esperanza de vida ha saltado hasta los 75 años en los hombres y los 78 en las mujeres, según la OMS. Aunque tiene importantes obstáculos, como el ser el mayor emisor de CO2 a la atmósfera. Sin embargo, hay diez indicadores que ayudan a entender el salto hacia la modernización del gigante asiático.

1.- Ha alunizado en la cara oculta de la luna. Su misión, Chang’e-4, analizó geológicamente esta inexplorable región lunar. La primera experiencia de “una importante estrategia para explorar el espacio”, cuyo viaje al exterior aprovechó experimentos tecnológicos de Holanda, Alemania, Suecia y Arabia Saudí. Pekín tiene previstas misiones a Marte y Júpiter, poner pie en la Luna y establecer una estación espacial permanente. La supremacía de EEUU en el espacio está puesta en entredicho.

2.- Líder en Inteligencia Artificial (IA). Las empresas chinas acapararon 473 de las 608 patentes con el sello digital en la Organización Mundial de Propiedad Intelectual (OMPI) en 2018, y la tercera parte de las certificaciones con metodología blockchain. El régimen de Pekín ha invertido miles de millones de dólares en proyectos de IA, entre los que destacan los 2.000 millones del parque tecnológico de IA en Pekín.

3.- La tercera parte de los 'unicornios' empresariales son chinos. En 2018, China contabilizó 186 start-ups con la consideración de unicornios (compañías que facturan más de 1.000 millones de dólares anuales) según Hurun List. La segunda economía del planeta fue capaz de generar 97 nuevas firmas de tal dimensión el pasado año, una cada 3,8 días, asegura South China Morning Post, publicación de la multinacional Alibaba. Además, Pekín está construyendo un enorme hub (centro) tecnológico-digital que engloba a once ciudades para rivalizar con Silicon Valley, el Pearl River Delta, que ya alberga a casi 70 millones de personas alrededor de una enorme megalópolis conocida como Greater Bay Area.

4.- Apuesta por las energías renovables. Es el gran emisor de gases de efecto invernadero. Pero, a la vez, esta implantando plantas de generación solar y eólica con capacidad de generación de electricidad sin parangón en otras nacionales. Tres de los cinco mayores parques solares están en China. También ha puesto en marcha un programa para acabar con las viejas centrales de carbón. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) asegura que, en 2040, los hogares de China duplicarán sus necesidades de energía eléctrica. Su mix energético está en plena transformación.

5.- La tercera parte de las plantaciones de vegetación mundiales están en China. Estrategia que se inició en 2000. A pesar de que tiene el 6,3% del territorio mundial. Sólo su proyecto Shandong ha conseguido plantar más de 67.000 hectáreas de árboles en espacios de alta salinidad costera y de elevada erosión en zonas montañosas del interior en el último lustro. El pasado año, declaró tres comarcas próximas a las zonas urbanas de Shenzhen, Guilin y Taiyuan como beneficiarias de planes para revigorizar con especies arbóreas, siguiendo las directrices de los objetivos de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible 2030.

6.- Dinamismo más lento, pero aún elevado. Desde finales de la década de los setenta, la media de crecimiento de su PIB roza el 10% anual. Hasta 850 millones de sus ciudadanos han salido del umbral de la pobreza desde entonces. En la actual década, se ha ralentizado ese vigor. Aunque mantiene un ritmo medio del 6,3%, tres puntos por encima del repunte global. Aun así, tiene un amplio abanico de desafíos por delante. El FMI menciona la alta desigualdad social -sobre todo, entre el ámbito urbano y rural- retos ineludibles con la preservación del medio ambiente y varios desequilibrios económicos. Entre otros, una deuda cada vez más desmesurada. Además de unas presiones demográficas crecientes por el envejecimiento de su población y notables problemas para gestionar la enorme migración laboral interna.

7.- Totaliza más de la mitad de las ventas globales de coches eléctricos. Los conductores chinos han comprado más de 1,1 millones de vehículos con propulsión eléctrica y sus grandes marcas han puesto en el mercado diez nuevos modelos este año. También fabrica más de la mitad de las baterías y dispone de una flota de 400.000 autobuses de energía limpia en funcionamiento. Shenzhen es la primera ciudad en reemplazar sus autobuses urbanos de combustibles fósiles y ahora pretende reemplazar todo su servicio de taxis.

8.- Los turistas chinos conquistan el mundo. El ritmo de ciudadanos chinos que eligen destinos vacacionales fuera de su país crece por encima del 6% en los últimos años, según la consultora McKinsey, que prevé que 160 millones salgan al extranjero en sus tiempos de ocio el próximo año. En 2017, gastaron un cuarto de billón de dólares. El Metro de Londres anuncia la llegada de trenes en mandarín.

9.- Ha decidido avanzar en igualdad de género. Los progresos son aún modestos. Pero ya se han puesto en marcha planes oficiales para suturar la brecha entre hombres y mujeres, que son marginales en la actividad parlamentaria y política, en la vida profesional, en puestos de trabajo técnicos y en la empleabilidad del sector terciario, el de servicios.

10.- El gran interlocutor global de los BRICS. Brasil, Rusia, China e India. Los grandes mercados emergentes. No sólo en asuntos geoestratégicos, donde comparte protagonismo con Rusia, sino también en índices de competitividad. El barómetro del WEF d 2018 valora el salto de China en inversión en I+D+i, infraestructuras y digitalización. Es una de las naciones punteras actualmente en la llamada Revolución Industrial 4.0, en rivalidad directa con Alemania, EEUU y Suiza. Salto que será de mayor dimensión si logra corregir las ineficiencias y rigideces de su mercado laboral y consigue inculcar mayor competencia entre sus empresas dentro de su mercado doméstico.

Alta exposición a la economía global

Jonathan Woetzel, director de McKinsey Global Institute, se adentra en las dinámicas que China ha emprendido para cambiar su relación con el mundo. A través de ocho parámetros. Y la nota final es espectacular. Se ha convertido en un catalizador global -e imprescindible- del ritmo de crecimiento. Entre otras razones, por la madurez adquirida por su industria, que demanda unos elevados flujos de bienes y servicios. El PIB chino ya era la de mayor dimensión del mundo si se mide en capacidad de poder de compra, indicador que tiene en cuenta la inflación o el valor de la moneda de uso legal, en 2014. Ahora, y en términos nominales, a precios actuales del dólar, supone el 66% de la economía estadounidense y el 16% del PIB mundial, según datos de 2018.

El repaso a los ocho indicadores no deja lugar a dudas. Es la mayor potencia comercial. Su cuota en el comercio internacional ha pasado del 1,9% en 2000 al 11,4% en 2017. Ya fue el principal exportador global en 2009. El quinto emisor de servicios al exterior (227.000 millones de dólares) y el primer demandante de ellos: un negocio de 468.000 millones en 2017. Sus empresas ya son multinacionales.

En 2018, tenía 110 firmas en el Global Fortune 500. Segundo inversor global y el primer destino de capital extranjero directo en los últimos cuatro años. Sus estudiantes están copando las aulas internacionales. Especialmente a Australia, EEUU y Reino Unido, donde acude el 60% de quienes salen a cursar sus estudios universitarios al exterior. Su gasto en innovación es escalofriante. Ha aumentado desde los 9.000 millones de dólares en 2000 hasta los 293.000 en 2018. Casi plena conectividad a Internet. El país con más usuarios, más de 800 millones de personas. Lucha contra el impacto medioambiental. Para paliar sus emisiones de CO2 que, en la actualidad, representan el 28% de los gases de efecto invernadero.

El 45% de las inversiones en energías renovables -127.000 millones de dólares- se concentran en la actualidad en China. Impulso a su industria cultura. Aperturas de Institutos Confucio, de 298 en 2010 a 548 en 2017. Alta financiación de películas: el 12% de los 50 filmes más vistos en el mundo son de producción china. Su relevancia cultural, especialmente entre sus vecinos asiáticos, difundida a través de plataformas de streaming y música, ha crecido como la espuma. El resultado final es que China es la nación más expuesta a la economía global. La mitad que el resto de países juntos.

09/08/2019 08:26 Actualizado: 09/08/2019 08:26

Por DIEGO HERRANZ.

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EE UU acusa oficialmente a China de manipular su moneda y agita la guerra de divisas

El Departamento del Tesoro llama al FMI a eliminar esta supuesta práctica anticompetitiva del país asiático con el yuan

 

La disputa comercial entre Estados Unidos y China sube de nivel y camina hacia la declaración oficial de una guerra de divisas. Estados Unidos, tras un día de tensión en los mercados porque Pekín dejó caer su moneda al mínimo en 11 años, anunció que incluye China en la lista estadounidense de países manipuladores de su moneda para obtener una ventaja competitiva. China contraatacaba ante la imposición por parte de Estados Unidos de aranceles a sus productos por valor de más de 300.000 millones la semana anterior.

El presidente de la primera potencia mundial, Donald Trump, ya había sugerido esta posibilidad en sus numerosas intervenciones públicas, al acusar directamente a Pekín de estar devaluando artificialmente el yuan. Y ahora da un paso más allá y formaliza las acusaciones. El secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, explicó en un comunicado que va a solicitar ahora al Fondo Monetario Internacional (FMI) que “proceda a eliminar la ventaja competitiva injusta creada por las últimas acciones de China”. La maniobra de Washington contra Pekín podría así detonar una crisis aún mayor entre los dos países, tener severas ramificaciones en la economía global y sacudir con fuerza las monedas latinoamericanas, muy vinculadas a la evolución del billete verde.

Las autoridades chinas respondieron poco después, anunciando "contramedidas" que no detallaron. El yen japonés, el euro y el oro, activos considerados como refugio en momentos de turbulencias, se encarecieron tras el anuncio del Departamento del Tesoro estadounidense. Las Bolsas asiáticas cerraron la sesión del martes con fuertes pérdidas, que se suman a las cosechadas el lunes en los principales parqués del mundo.

La Casa Blanca hizo el lunes por la noche efectivas sus amenazas, menos de una semana después de que decidiese dar un paso más en la escalada al anunciar que los aranceles abarcarían a todos los bienes importados del gigante asiático. Es la primera vez en un cuarto de siglo —exactamente desde 1994— en que EE UU declara a China como país manipulador de divisas.

El Tesoro había evitado hasta ahora hacer la acusación formal, aunque se venía planteado esta opción desde que el valor del yuan se desplomó durante la pasada crisis financiera. El valor de la moneda china vuelve a estar a niveles de 2008, un hecho que favorece notablemente la capacidad exportadora de Pekín: sus productos ganan competitividad de forma inmediata y sin necesidad de abaratar la producción. En un momento en el que tiene que hacer frente a las repetidas rondas de aranceles de Washington, China puede compensar así el efecto de las tarifas.

 

De batalla arancelaria a guerra de divisas

 

Horas antes de que se conociese el movimiento de la Administración estadounidense, el temor a que la batalla arancelaria detonara en una guerra de divisas había provocado ya la peor jornada del año en Wall Street. Los dos principales índices de la Bolsa de Nueva York, el Dow Jones y el S&P 500, cerraron con sendas caídas cercanas al 3%, ya en zona de mínimos de dos meses. El Nasdaq, que refleja la evolución de los valores tecnológicos —muchos de ellos con un pie en EE UU y otro en China—, se dejó un 3,5%. Los números rojos se intensificaron después de que se conociese que, como respuesta a los nuevos aranceles anunciados la semana pasada, las empresas chinas dejarían de adquirir productos agrícolas de EE UU al considerar que se violaron los términos del pacto alcanzado entre Trump y Xi Jinping en el último G20.

Que las divisas se usen como arma no haría más que prolongar el enfrentamiento. Se da además la circunstancia de que esta vez no hay un encuentro a la vista entre los dos líderes que pueda contribuir a rebajar la tensión como sucedió en mayo pasado, la última vez que el parqué neoyorquino se vio atrapado en una espiral negativa similar. Preocupa, por tanto, que la situación no se pueda reconducir. Trump también ha señalado en varias ocasiones al Banco Central Europeo (BCE), pero no ha llevado sus acusaciones al terreno de los hechos, como sí ha hecho ya con China.

Reflejo de la incertidumbre, el tipo de los bonos del Tesoro a 10 años se colocó, entretanto, por debajo del 1,75% ante las expectativas de que la retórica de confrontación de Trump fuerce a la Reserva Federal a recortar de nuevo el precio del dinero en septiembre y previsiblemente otra vez en diciembre. La acción del banco central le podría ayudar, a la vez, a rebajar el valor del billete verde.


Yuan débil, exportaciones más baratas

 

Un yuan más débil hace que los productos estadounidenses sean más caros en el mercado chino. Eso afectó especialmente a multinacionales como Apple, que se dejó más de un 5%, y a compañías industriales porque las hacen menos competitivas frente a rivales locales. La guerra comercial es, en cualquier caso, un catalizador. El litigio tiene lugar en un momento en el que el crecimiento global se modera.

El Tesoro es el guardián del dólar en EE UU, no el banco central —la Reserva Federal—. La Administración Trump, sin embargo, puede recurrir a varias herramientas para intervenir si fuera necesario en el mercado de divisas y en ese caso la Fed podría ayudarle a vender dólares y comprar divisas. Es, en todo caso, un paso extremo y EE UU podría verse en la situación de actuar en solitario.

"China dejó caer el precio de su divisa a casi un mínimo histórico. Se le llama 'manipulación de divisas'. ¿Estás escuchando, Reserva Federal?", afirmó el lunes por la mañana el presidente Donald Trump en su cuenta de Twitter. Y como viene siendo habitual desde la campaña electoral, acusó al país asiático de robar a EE UU, a sus empresas y a sus empleados. "Nunca más", sentenció antes de que el Tesoro diese el paso definitivo, temido por los inversores por su potencial detonador de una guerra global de divisas.

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En qué va la guerra comercial de Estados Unidos.

 

Las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y China se reanudarán la primera semana de agosto en Shanghái. Hasta ahora, ninguno de los dos ha cedido a las condiciones del otro. Se recuerda que Estados Unidos busca reducir su déficit comercial, mejorar la productividad del aparato industrial interno, su competitividad en el mercado mundial y frenar el ascendente dominio comercial chino, mediante la ampliación de aranceles punitivos.

Recientemente, el mandatario estadounidense afirmó, vía Twitter, que “los aranceles (…) están teniendo un efecto importante”, pues “las empresas desean salir de China hacia países no arancelarios”, que se están “recibiendo miles de millones de dólares en aranceles de China” y que las “tarifas son pagadas por China devaluando y bombeando, ¡no por el contribuyente estadounidense!”. Dijo que China alcanzará, en el segundo trimestre, el nivel de crecimiento más bajo desde hace 27 años como resultado de su estrategia comercial internacional.

El crecimiento de la economía de Estados Unidos en el segundo trimestre se desaceleró, mientras que China se mantiene estable en 6,2 por ciento, porque el arancel es un impuesto aplicado por el gobierno importador; es pagado por el importador y el consumidor final. La lógica es aumentar el precio de la mercancía importada para reducir su consumo y, de este modo, favorecer las mercancías locales. Salvo que los importadores sean empresas o consumidores chinos en Estados Unidos, no hay modo de que los aranceles sean transferidos a la economía china, a menos que China tenga un solo mercado, pero Estados Unidos es el mercado mayor de China (20 por ciento) cuyo comercio se reparte: 45 por ciento a países de Asia, 22 por ciento a países de la Unión Europea y 9 por ciento a América Latina y África.

De ahí que la respuesta a las medidas proteccionistas de un Estado con otro no puedan ser más que alzas arancelarias en sentido contrario, no hay otra. En esta ocasión, después de cinco rondas de subidas arancelarias, una breve tregua e incontables amenazas, la guerra no parece favorecer a nadie. Se estima que el total de las medidas impuestas ha alcanzado 250.000 millones de dólares a las importaciones chinas y 110.000 millones a las estadounidenses. De este modo, la cuestión estratégica sería cuantitativa en determinados bienes de consumo final y cualitativa para ciertas ramas industriales. El impacto, empero, está recayendo sobre el comercio internacional en su conjunto.

En un sentido limitado, es cierto que el déficit estadounidense con China ha disminuido, pero apenas a niveles previos al inicio de la guerra. El acumulado hasta mayo de 2019 disminuyó en 9,9 por ciento respecto a mayo de 2018, pero China aún corresponde al 38 por ciento del total del déficit comercial estadounidense. En cambio, el déficit total hasta mayo de 2019 alcanzó -359.579,8 millones de dólares, 25 por ciento mayor que el año anterior. Este incremento corresponde en buena parte al creciente déficit con México.

La reducción del déficit comercial con China ha sido producto de una contracción de sus importaciones. Esta situación, dadas las condiciones del aparato productivo de Estados Unidos, sólo complica aun más sus niveles de productividad y competencia internacional. La reducción de las importaciones refleja su nivel de consumo interno y la limitada capacidad de crecimiento de la economía. De ahí que también el Buró de Análisis Económico del Departamento de Comercio estadounidense anunciara que el crecimiento del Pbi cayó de 3,5 por ciento en el segundo trimestre de 2018 a 2,1 por ciento en el segundo trimestre de 2019, anticipando menos crecimiento para 2019 que para 2018.

Asimismo, una buena parte de las cadenas productivas americanas dependen de insumos chinos. En 2017, el 50 por ciento de sus compras estuvo compuesto de aparatos electrónicos, maquinaria de radiodifusión, cómputo, partes y piezas electrónicas y demás insumos industriales y de consumo final. El nivel técnico y de especialización que incorporan los productos chinos, apoyados en bajísimos costos de producción, ha desplazado a los productos estadounidenses. Esta condición del aparato productivo estadounidense no le permite sustituir las importaciones chinas sin encarecer los productos y generar inflación.

A la inversa, la matriz exportadora de Estados Unidos está compuesta, principalmente, por maquinaria (22 por ciento), equipo de transporte, mayormente automóviles (15 por ciento), productos químicos (14 por ciento) y derivados del petróleo (11 por ciento). Como lo ha mostrado la trama Huawei y la red 5G, la economía estadounidense ha perdido el liderazgo en las ramas tecnológico-industriales y no parece encontrar vías para recuperarlo. Lo que le ha quedado es asegurar su mercado interno (ampliado) vía el tratado México-Estados Unidos-Canadá (Tmec), ponerle aranceles punitivos a la Unión Europea (especialmente a Alemania) y esperar que su proteccionismo merme el crecimiento chino de 6,2 por ciento, sin afectar aun más su sufrido 2,1 por ciento.

Finalmente, si consideramos que hay una recesión autoinducida en México debido a los ajustes en el gasto fiscal, y es probable que la caída en la demanda en Estados Unidos continúe, el resultado final debería ser menos importaciones y un mayor déficit estadounidense con México para diciembre de 2019. Esto podría significar más aranceles para los bienes mexicanos, dada la peculiar visión que el equipo económico estadounidense tiene del mundo. La ley de aranceles Smoot-Hawley de 1930 debe tenerse en cuenta, así como la no ratificación del Pacto de la Sociedad de las Naciones, en 1920, fundada por el presidente Woodrow Wilson en 1919. La bancada republicana, liderada por Henry Cabot Lodge, argumentó entonces que “la Liga comprometería a Estados Unidos con una organización costosa que reduciría la capacidad de Estados Unidos para defender sus propios intereses”. Los gobiernos republicanos han sido conocidos por su aislacionismo y xenofobia en el pasado. Esto podría significar que nuevos males económicos en Estados Unidos podrían llevar a nuevas medidas aislacionistas con terribles impactos en la economía mundial, como en 1930.

Por  Por Óscar Ugartech, investigador titular del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam), Sistema Nacional de Investigadores-Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y coordinador del Observatorio Económico Latinoamericano (obela). Economista, doctorando en estudios latinoamericanos de la Unam y miembro de obela

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Viernes, 02 Agosto 2019 05:50

Otro capítulo de la guerra comercial

Otro capítulo de la guerra comercial

Estados Unidos impondrá desde el primero de septiembre un pequeño arancel adicional del 10 por ciento a bienes y productos que llegan desde China.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, volvió a la carga en la guerra comercial con China al anunciar la implementación de nuevos aranceles a las importaciones provenientes del país asiático. “Estados Unidos impondrá desde el primero de septiembre un pequeño arancel adicional del 10 por ciento al resto de 300 mil millones de dólares en bienes y productos que llegan a nuestro país desde China”, escribió el mandatario en su cuenta de Twitter. La medida se sumaría al arancel del 25 por ciento que rige sobre 250 mil millones de dólares en importaciones desde China, con lo cual todo el abanico de bienes y servicios que se dirigen desde el país asiático hacia la economía norteamericana quedaría sujeto a aranceles adicionales. La novedad aparece en el marco de las negociaciones bilaterales para encauzar las disputas comerciales.

En la antesala del anuncio comercial, Trump tuiteó que “creíamos que habíamos alcanzado un acuerdo –con China-- hace tres meses. Por desgracia, China decidió renegociarlo justo antes de firmarlo. Más recientemente, China acordó la compra de grandes cantidades de producción agrícola de Estados Unidos, pero no lo ha hecho”. A pesar de que aclaró que “las conversaciones siguen” y que desea “continuar un dialogo positivo con China”, Trump avanzó con nuevos aranceles. Según el Fondo Monetario Internacional, la guerra comercial entre Estados Unidos y China redujo las perspectivas de crecimiento económico a nivel global, lo cual a su vez fue uno de los factores citados por el presidente de la Reserva Federal estadounidense, Jerome Powell, para reducir los tipos de interés de referencia, por primera baja en once años.

Si bien Trump busca seducir con este tipo de medidas a una parte del electorado norteamericano que tiene una posición anti-globalización y fue perjudicado por la desindustrialización que sufren muchas ciudades estadounidenses, entre los economistas abundan las críticas. "Cuando construyes equipos para fábricas, compras acero, aluminio, productos importados. Si entonces nosotros les aplicamos aranceles, el incentivo fiscal que te dimos con una mano te lo arrebatamos con la otra”, criticó Gary Cohn, director del Consejo Económico Nacional en el gobierno de Trump entre enero de 2017 y abril de 2018.

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Una guerra digital en ciernes entre Trump y Macron

El mandatario estadounidense amenaza con represalias a la "tasa Google" que impone Francia

EE.UU. anunciará una "acción recíproca sustancial" luego de que el gobierno francés decidiera aplicar un impuesto del 3 % a las empresas que componen el grupo GAFA: Google, Amazon, Facebook y Apple.

 

Otra vez la sombra de la guerra. Europa y Estados Unidos con Francia en primera línea vuelven a estar al borde de una confrontación que se disparó luego de que el gobierno francés decidiera aplicar una estrategia contra las artimañas fiscales de los grandes grupos de internet. Se trata de un impuesto conocido como “la tasa Google” o “tasa GAFA” que aplica un impuesto del 3% a las empresas que componen el denominado grupo GAFA: Google, Amazon, Facebook y Apple. Estas empresas son depredadores universales de los sistemas fiscales en los países donde operan. Un armado llamado “optimización fiscal” les permite saltarse las obligaciones fiscales de los países donde están implantadas. Francia lidera desde hace mucho esta iniciativa y ahora la ha hecho realidad una vez que, el pasado 11 de julio, el Parlamento adoptó dicha tasa. 

 El Míster furibundo que preside los destinos de Estados Unidos salió enseguida con su Twitter-espada a amenazar a Francia con represalias. El presidente norteamericano tuiteó este texto: “anunciaremos próximamente una acción reciproca substancial después de la estupidez de Emmanuel Macron. Siempre dije que el vino norteamericano era mejor que el vino francés”. Seguro que Trump no conoce mucho de vinos. En todo caso, el mandatario cursó órdenes al Secretario de Comercio exterior, Robert Lighthizer, para que evaluara el perjuicio que este impuesto podría acarrear para sus empresas. El mandatario norteamericano dejó claro que podría castigar a las importaciones francesas de productos como el vino o el sector automotriz. La investigación “301” es la misma que desató la guerra de aranceles con China.

Antes de que Francia votara la tasa, Washington buscó disuadir a París de que implementara el impuesto a través de una retórica al mejor estilo de la guerrilla comercial. En junio, Robert Lighthizer dijo que ese impuesto “está dirigido a perjudicar desproporcionadamente a las empresas estadounidenses", y que, por consiguiente, Washington debía “tomar fuertes medidas". El Ministro francés de Economía, Bruno Le Maire, le respondió de forma tajante: ”Francia es un Estado soberano, que decide soberanamente sus disposiciones fiscales”. París lidera desde hace mucho la iniciativa de una tasa que debió ser aplicada por el conjunto de los países de la Unión Europea. Sin embargo, las reticencias de Irlanda, Suecia, Dinamarca y Finlandia frenaron que Europa se presentara unificada. La tasa GAFA también concierne a empresas como Meetic, Airbnb e Instagram y debería aportarle al Estado unos 400 millones de euros en 2019 y 650 en 2020. La idea consiste en que el impuesto recaiga sobre las empresas cuya cifra de negocios digitales supera los 750 millones de euros en el mundo y, a partir de allí, imponerles un gravamen del 3% de la cifra de negocios concretada en Francia, especialmente en lo que atañe a la publicidad en línea elaborada a través de perfiles y la venta de datos (todos robados por esas empresas a sus usuarios). 

El presidente francés, Emmanuel Macron, había anunciado la imposición de este gravamen a finales de 2018, cuando la crisis de los chalecos amarillos estaba en su apogeo. La meta del impuesto apuntó a contribuir al financiamiento de las medidas de urgencia económicas y sociales (10 mil millones de euros) adoptadas en plena crisis.

El tema de esta tasa siempre desató fuertes divisiones en el mundo y demostró sobradamente la pavura que ciertos países manifiestan ante el poderío norteamericano y sus mecanismos de retorsión. Durante la cumbre del G20 celebrada en Japón a principios de junio pasado, la tasa figuró entre las negociaciones como un medio de “poner la justicia social en la fiscalidad internacional” (Bruno Le Maire). Por ahora, Francia navega sola en estas aguas soberanas. Estados Unidos detenta leyes como la Trade Act que los autoriza a imponer aranceles en caso de que un país adopte medidas consideradas “desproporcionadas” o “injustas” capaces de dañar el negocio de sus empresas globales. 

Los responsables franceses estiman que el capitalismo, tal y como está modelado hoy con su mezcla de destrucción de los recursos naturales y las diferencias fiscales abismales “entre las empresas digitales y las otras va camino a su perdición” (Bruno Le Maire). Día tras día, las amenazas fueron subiendo de tono. El trumpismo sacó a relucir su arte marcial de las relaciones internacionales. Judd Deere, una de las portavoces de la Casa Blanca, dijo hace unos días que “el gobierno de Trump no se quedaría de brazos cruzados”.

Obedecer o morir es la consigna de la Casa Blanca. Con todo, existe una negociación en curso que apunta a armonizar este impuesto. Este pasaría por un esquema elaborado por la OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económico), la “GAFA Global”, capaz de contener reglas aceptables por todos los estados (127) cuya presentación está prevista para 2020. La iniciativa francesa es un paso pequeño pero altamente simbólico y de mucho coraje político en un contexto donde las empresas digitales ganan miles de millones de dólares, no pagan impuestos y, además, basan su fortuna en el robo masivo de datos, la confección de perfiles y el abuso de la confianza que los usuarios han depositado en las nuevas tecnologías. Para las poblaciones mundiales expoliadas por estos cleptómanas digitales disfrazados de modernos lo que está en juego es enorme. Quentin Parrinello, portavoz de Oxfam Francia, recordó hace poco que “las multinacionales transfieren hasta el 40% de sus beneficios realizados en el exterior hacia los paraísos fiscales. Las reglas fiscales en vigor no permiten que esas multinacionales paguen una parte justa de los impuestos”. En 2015, en Francia, esas empresas evadieron impuestos por un monto de 118 mil millones de euros.

La confrontación que se abrió ahora es delicada pero, por una vez, pionera y necesaria. Aunque modesta, la tasa GAFA francesa busca romper el muro y hacer que las negociaciones con vistas a una armonización fiscal globalizada y aplicada a los gigantes digitales no sólo avancen sino, también, ganen adeptos. Después de la fracasada diplomacia del beso asumida por Emmanuel Macron tras la elección de Donald Trump, la hora de los antagonismo claros y asumidos parece ser la nueva etapa. Como los conflictos modernos, la guerra será digital.

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¿Quién va ganando la guerra comercial entre EU y China? // Boris Johnson coquetea con la Ruta de la Seda // Uno espera, el otro desespera

En México se suele estar abrumado por los multimedia de Estados Unidos/Gran Bretaña y sus sucursales locales, y no se toma en cuenta dialécticamente la antítesis de la contraparte afectada, como es el caso flagrante de China en la guerra comercial que inició Trump.

 

Si uno se basa en los tuits de Trump, pues prácticamente China estaría liquidada en forma absurda, lo cual atenta contra la realidad.

 

Trump es un excelente propagandista como se entrenó 13 años en su programa de reality show The Apprentice (https://imdb.to/2K3Pjtn), además de ser un consagrado blufista de póquer, lo aprendió en sus casinos o con su socio israelí Sheldon Adelson, mandamás de Las Vegas y Macao.

 

Sucede que hay categorías entre los 193 países de la ONU, cuando unos, como vulgares naciones bananeras sucumben al primer amago de amenazas de Trump, y otros, como las superpotencias, Rusia y China –incluso India– lo paran en seco.

 

En estos momentos Norcorea e Irán –y hasta la Unión Europea– han descubierto los alcances de los blufs de Trump, que pueden ser muy letales cuando los países afectados carecen de anticuerpos, ya no se diga de un sistema inmunológico ni de resiliencia ni carácter.

 

El punto de vista de China sobre la guerra comercial que libra EU es diametralmente opuesto a la propaganda electorera de Trump.

 

Yu Jincui, del Global Times, alega que “EU está más ansioso para un arreglo que China (https://bit.ly/2LFv5t2)”.

 

La guerra comercial de Trump, que ha durado un año, ha afectado a importantes segmentos de la economía de EU –aunque no la bolsa de Wall Street, donde la inminente disminución de las tasas de interés puede servir a Trump para su anhelada relección, entre otros factores–, como el área rural que ha periclitado, además del sector ya de por sí alicaído de la manufactura que se encuentra al borde de la recesión cuando la deuda de EU está a punto de alcanzar su récord.

 

En síntesis, a juicio de Yu, los consumidores, los granjeros y los manufactureros son todos víctimas, por lo que Trump confronta una presión creciente para finiquitar su guerra comercial contra China, en rechazo a la cual se han expresado públicamente sus Cámaras de Comercio.

 

Pese a que Trump se ha autoelogiado como el Rey de las Tarifas (en)marcadas con su frase indeleble las guerras comerciales son buenas(sic) y fáciles(sic) de ganar –relativizando el grado de codependencia del país afectado–, los tuits del presidente no han (con)movido a China, a pesar de que en la histórica cumbre del G-20 en Osaka, en la reunión bilateral al margen entre Trump y el mandarín Xi acordaron una tregua, donde el mandatario de EU ni siquiera pudo sacar la firma de Beijing para la necesitada compra de sus productos rurales, sino vagas promesas no-vinculantes, cuando China busca la exoneración de Huawei, una de sus joyas tecnológicas, y guarda en el bolsillo dos armas letales: la prohibición y/o el incremento de las tarifas a la exportación de sus “minerales de tierras raras (https://bit.ly/2EGM09J)”, y el dumping de sus cuantiosas reservas de Bonos del Tesoro de EU que pondrían a prueba el orden financiero global basado en la unipolaridad aberrante del dólar.

 

Yi juzga que China y EU desean concluir la guerra comercial, pero China está más tranquila que EU.

 

Hoy hasta Boris Johnson, el flamante premier británico y supremo aliado de Trump, coquetea con la Ruta de la Seda de China.

 

Es absurdo pretender que una de las dos superpotencias geoeconómicas va a ganar. Las dos pierden, máxime que tienen una gran complementariedad en sus cadenas de suministro, lo cual daña las economías del mundo entero, con mayor dolo en Latinoamérica.

 

Ni siquiera EU tiene fácil el panorama militar cuando China acaba de publicar su vigoroso Libro Blanco de “Defensa para una Nueva Era (https://bit.ly/2ZeHcAn)”.

 

El tiempo chino le gana a Trump: China lleva una ventaja institucional cuando puede esperar el desenlace de la elección presidencial de EU, mientras el mandarín Xi ha sido elegido de por vida por su Partido Comunista.

 

China espera y EU desespera.

 

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El programa secreto de ayuda exterior de Trump

El plan del presidente ronda los 40.000 millones, la mayor donación a otras naciones desde el Plan Marshall

 

 

Donald Trump se queja a menudo de que los medios no reconocen el mérito de sus logros. Y puedo pensar en al menos un caso en el que eso es cierto. Que yo sepa, casi nadie está hablando de que bajo su mandato ha tenido lugar un gran —aunque oculto— aumento en la ayuda exterior, el dinero que EE UU da a los extranjeros. De hecho, el programa oculto de Trump, que actualmente ronda los 40.000 millones de dólares anuales, constituye probablemente la mayor donación a otras naciones desde el Plan Marshall. Por desgracia, la ayuda no va ni a países pobres ni a los aliados de Estados Unidos. En vez de eso, se dirige a ricos inversores extranjeros.

Pero antes de llegar a eso, hablemos un momento de una afirmación que Trump hace a menudo sobre un aspecto muy visible de su estrategia económica: los aranceles que ha impuesto a las importaciones de China y otros países. Trump insiste una y otra vez en que China paga estos aranceles y representan miles de millones en beneficios para EE UU. Sin embargo, esta afirmación es falsa. Normalmente, los aranceles los pagan los consumidores del país importador, no los exportadores. Y podemos confirmar que esto es lo que está ocurriendo con los aranceles de Trump: los precios de los productos sujetos a esos impuestos han aumentado drásticamente, más o menos en línea con los aumentos de los aranceles, mientras que los precios de los productos no sujetos a los nuevos impuestos no han subido. De modo que los aranceles de Trump no son un impuesto para los extranjeros, independientemente de lo que él piense. Por otro lado, sus otras políticas han dado a determinados extranjeros un gran respiro fiscal.

Recuerden que el único gran logro legislativo de Trump hasta ahora es la Ley de Reducción de Impuestos y Empleo de 2017. El núcleo de ese proyecto de ley fue una brusca reducción de la tributación empresarial, hecho que llevó a una drástica caída de la recaudación fiscal, del orden de 140.000 millones de dólares el año pasado.

¿Quién sale ganando con este recorte impositivo? Los defensores del proyecto de ley afirmaron que los beneficios llegarían a los trabajadores en forma de salarios más altos e insistieron en la importancia de la avalancha de anuncios de incentivos para las empresas a principios de 2018. Pero aquellos incentivos no fueron en realidad muy grandes y no continuaron. De hecho, a estas alturas está claro que la oleada de incentivos, tal y como estaba planteada, trataba sobre todo de evadir impuestos: al adelantar los pagos que iban a hacer de todas formas, las empresas podían deducir el gasto con el antiguo tipo impositivo, más elevado. Ahora que esta opción ha expirado, los incentivos han vuelto a su nivel normal o incluso han descendido un poco.

¿Y qué decir del argumento según el cual los recortes fiscales propiciarían un aumento de la inversión empresarial que tirará de los salarios? Pues que tampoco está ocurriendo; en lo que respecta a la inversión empresarial, el recorte fiscal ha sido un gran fiasco. Entonces, ¿quién se está beneficiando de la rebaja de impuestos? Básicamente, los accionistas, que han recibido dividendos más altos y han visto grandes ganancias de capital ya que las empresas no utilizan este dinero caído del cielo para invertir, sino para recomprar sus propias acciones. Y una buena parte de estas ganancias de los accionistas ha ido a parar a extranjeros.

Al fin y al cabo, vivimos en una era de finanzas globalizadas, en la cual los inversores ricos poseen activos en muchos países. Los estadounidenses poseen billones en capital extranjero, tanto directamente en forma de acciones extranjeras como indirectamente en forma de acciones de empresas estadounidenses con filiales extranjeras. Los extranjeros, a su vez, tienen grandes intereses en EE UU, de nuevo tanto a través de la posesión directa de acciones como mediante la operación de sus filiales corporativas.

En conjunto, los extranjeros poseen el 35% del capital en empresas sujetas a la fiscalidad estadounidense. Y como consecuencia de ello, los inversores extranjeros han recibido el 35% de los beneficios de la rebaja fiscal. Como he dicho antes, eso es más de 40.000 millones anuales. Para poner esto en perspectiva, los aranceles que Trump ha impuesto a China han recaudado 20.000 millones hasta ahora. Aunque China pagase esos aranceles —cosa que no está haciendo— eso se quedaría muy corto con respecto al regalo que Trump ha hecho a los inversores extranjeros. Alternativamente, podemos comparar el obsequio de Trump a los inversores extranjeros con nuestro gasto real en ayuda exterior. En 2017, EE UU gastó 51.000 millones en “asuntos internacionales”, pero una buena parte de eso corresponde al coste de operar embajadas o a la ayuda militar. Las desgravaciones fiscales de Trump para los inversores extranjeros son considerablemente mayores que la cantidad total que gastamos en ayuda exterior propiamente dicha. Ahora bien, la economía estadounidense es casi inconcebiblemente enorme y produce más de 20 billones de dólares en productos y servicios anualmente. Además, EE UU es un país en el que los inversores confían a la hora de saldar deudas, así que la rebaja de impuestos, por irresponsable que sea, no está provocando ningún estrés fiscal inmediato.

De modo que el regalo de Trump a los inversores extranjeros no nos va a hacer ni bien ni mal, aunque probablemente sea suficiente para garantizar que la rebaja fiscal será, sobre todo, un claro lastre para el crecimiento económico: aunque la rebaja de impuestos tenga algún efecto positivo sobre los beneficios totales generados en EE UU (lo cual resulta dudoso), este se verá probablemente más que contrarrestado por el aumento del porcentaje de beneficios que perciben los extranjeros en vez de los ciudadanos estadounidenses. Así y todo, incluso en EE UU, 40.000 millones por aquí, 40.000 millones de dólares por allá, y al final estamos hablando de dinero de verdad. Es más, parece oportuno señalar que aunque Trump se jacte de quitar dinero a los extranjeros, sus políticas reales están haciendo exactamente lo contrario.

Por PAUL KRUGMAN

26 JUL 2019 - 11:35 COT

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times, 2019.

Traducción de News Clips.

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Lunes, 22 Julio 2019 09:48

¡Libre comercio o ecología!

Eduardo Esparza, detalle de la serie “Desentierros 3” (Cortesía del autor)

Al obtener el 10 por ciento de los escaños en las elecciones al Parlamento Europeo, los ecologistas han despertado un antiguo debate sobre el posicionamiento político de su movimiento. ¿Estilo más bien de izquierda, como sugiere la mayoría de las alianzas concluidas hasta ahora, o más bien liberal, como lo indican tanto la adhesión a Emmanuel Macron de varios ex dirigentes ecologistas (Daniel Cohn-Bendit, Pascal Canfin, Pascal Durand) como algunas coaliciones que en Alemania ya incluyen a la derecha y a los Verdes?


A priori, el liberalismo y la protección del medio ambiente deberían constituir una pareja explosiva. En efecto, en 2003 un teórico liberal tan esencial como Milton Friedman afirmaba: “El medio ambiente es un problema ampliamente sobrevalorado. [...] Contaminamos por el sólo hecho de respirar. No vamos a cerrar las fábricas con el pretexto de eliminar todas las emisiones de dióxido de carbono en la atmósfera. ¡Sería como ahorcarse ahora mismo!” (1). Y diez años antes que él Gary Becker, otro destructor de lo que aún no se llamaba “ecología punitiva”, él también “Premio Nobel de Economía”, había sostenido que “el derecho laboral y la protección del medio ambiente se han tornado excesivos en la mayoría de los países desarrollados”. Pero él ya anunciaba: “El libre comercio reprimirá algunos de estos excesos obligando a todos a seguir siendo competitivos frente a las importaciones procedentes de los países en desarrollo” (2).


¿Ola verde en Europa?

 

Por lo tanto, es comprensible que las angustias relativas al futuro del planeta hayan rehabilitado el término durante largo tiempo vilipendiado de “proteccionismo”. En Francia, durante un debate de la campaña electoral europea, los principales candidatos socialistas y ecologistas han pedido, incluso casi en los mismos términos que Marine Le Pen, “un proteccionismo en las fronteras de la Unión Europea” (3). Medimos las eventuales consecuencias de tal cambio de rumbo dado que el libre comercio constituye el principio histórico fundador de la Unión, al mismo tiempo que es el motor económico de su Estado más poderoso, Alemania. De ahora en más, todo el mundo sabe que el elogio, que pasó a ser consensual, de los productores locales, los circuitos comerciales cortos, el reprocesamiento de los residuos in situ, es incompatible con un método de producción e intercambio que multiplica las “cadenas de valor”, es decir organiza la noria de los buques portacontenedores en los que los componentes de un mismo producto “atravesarán tres o cuatro veces el Pacífico antes de llegar a las estanterías de un comercio” (4). En las próximas semanas no va a faltar la oportunidad de confirmar en la práctica su negativa a un libre comercio ecológicamente destructivo. En efecto, los parlamentarios de la Unión Europea tendrán que ratificar –o rechazar– un acuerdo de liberalización comercial con cuatro Estados latinoamericanos, entre ellos Brasil y Argentina (UE-Mercosur), otro con Canadá (Ceta) [Acuerdo Económico y Comercial Global], un tercero con Túnez (Aleca) [Acuerdo de Libre Comercio Completo y Profundo]. Veremos entonces si realmente una “ola verde” se extendió por el Viejo Continente.

1. Entrevista con Henri Lepage, Politique internationale, N° 100, París, verano de 2003.
2. Gary Becker, “Nafta: The pollution issue is just a smokescreen”, Business Week, 9-8-1993, en Le Grand Bond en arrière, Agone, Marsella, 2012.
3. France 2, 22-5-19.
4. Ben Casselman, “Manufacturers adapt to trade war, but the cost could be steep”, The New York Times, 31-5-19.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Teresa Garufi

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