Lunes, 20 Enero 2020 06:10

¿Se avecina una crisis?

¿Se avecina una crisis?

Luego de la crisis financiera de 2008 se preguntaba recurrentemente cómo era posible que no se hubiese previsto.

Los economistas académicos y profesionales estaban en otra cosa, asentados en las respectivas conveniencias, y aún no parecen advertir del todo ni expresamente lo que ocurrió y su significado.

Los políticos y funcionarios en los ministerios de hacienda y bancos centrales aceptaban de buen modo los excesos que ocurrían en los mercados y se adaptaban a la “exuberancia irracional”, término que englobaba lo que sucedía. Pero no se impulsaba reacción alguna para frenarla y reorientar el destino de los fondos para invertir; en cambio, era como si se echara más leña al fuego.

A medida que ha pasado el tiempo, lo que se repiten son las advertencias de las derivaciones negativas de dicha crisis: las de carácter social, productivo, comercial y la fragilidad financiera que persiste en el mundo, disfrazada de distintas maneras.

Apenas hace unos días, la directora del Fondo Monetario Internacional dijo en una reunión en el Instituto Peterson de Washington DC que las tendencias económicas actuales se asemejan a las observadas en la década de 1920 y que culminaron en la Gran Depresión.

Se centró en el hecho de que la desigualdad económica al interior de los países se ha acrecentado y que, en el caso de los países de la OCDE, llega a cifras récord. Esto, predijo, junto con el cambio climático y el proteccionismo comercial agravarán la agitación social y la fragilidad financiera.

Deberán discutirse los escenarios políticos vigentes y también la visión del FMI, institución cuya propia historia y entorno político están de por medio y que no puede obviarse.

La enorme intervención que hizo la Reserva Federal, inundando con liquidez los mercados financieros, luego de la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, llevó a una política monetaria que provocó un entorno de tasas de interés prácticamente de cero.

Este ambiente se mantuvo de diciembre de 2008 a finales de 2015, para luego irse ajustando hacia arriba, progresivamente, hasta el 1.75 por ciento actual.

Así se regresaba a lo que se considera la norma de la política monetaria. Pero está muy lejos de fincar un escenario de crecimiento sostenido, con una mejor distribución, menor volatilidad en los mercados de dinero y de capitales y menos confrontación de los intereses nacionales.

El proceso provocó distorsiones significativas en la asignación de las inversiones que buscaban mejores retornos, como es igualmente la norma. Así ocurrió en los mercados de bienes raíces, acciones y bonos, y, en general, en los precios relativos de todos los activos, en una perspectiva altamente especulativa.

La generación de valor en la producción se relegó, beneficiando los rendimientos provenientes de las rentas, con un impacto más grande en la desigualdad de los ingresos y la riqueza.

El fenómeno, iniciado en Estados Unidos, se propagó a otros países y en Europa, por ejemplo, hay casos de tasas negativas de interés para los depósitos.

El dinero disponible para la inversión de tipo financiero se coloca en mercados con mayores rendimientos, como fondos de bienes raíces; índices de inversión en las bolsas de valores; los que se colocan en mercados fuera de Estados Unidos y Canadá; los bonos de distintos tipos; el petróleo o el oro. En todos estos casos los retornos han estado por encima de la inflación promedio.

Los bancos, como los de Estados Unidos que estuvieron en el centro de la crisis financiera, se restructuraron siguiendo un patrón definido por el Tesoro y la FED, en un fuerte proceso de concentración de los activos que controlan. Sus ganancias se han recuperado con creces en el ambiente especulativo predominante. En esencia, un entorno de bajas tasas de interés favorece los márgenes que se ganan cuando se realizan las transacciones en los distintos mercados.

En este contexto es que se ha propuesto la noción de un estancamiento secular. El reducido crecimiento productivo exacerba la diferencia entre el ahorro y la inversión, y se provoca así una hipertrofia del sistema financiero. La política fiscal puede reforzar el efecto adverso cuando se reducen los impuestos a los estratos de más altos ingresos.

Lo que ha quedado fuera de foco es la necesidad de generar producción y empleo, aumentar el ingreso relativo de la gente que trabaja y ordenar la política fiscal y monetaria para aminorar las distorsiones que ocurren a partir del ámbito de las operaciones financieras.

Las advertencias sobre las condiciones de persistente inestabilidad, desigualdad, estancamiento, calentamiento global y confrontación social no pueden sino seguir creciendo, pero por lo pronto yacen en un campo poco fértil para que las políticas vigentes se transformen.

¿Qué papel juega la constante advertencia de una posible crisis?

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Sábado, 18 Enero 2020 06:41

Mucho ruido y pocas nueces

Mucho ruido y pocas nueces

El acuerdo comercial preliminar entre Estados Unidos y China.

 

El gobierno estadounidense firmó este miércoles con su par chino un documento de 86 páginas al que describe como crucial, importantísimo y de grandes consecuencias, y que ofrece una pausa en la disputa comercial entre las dos economías más grandes del mundo. Pero los insultos, las amenazas y las represalias trumpianas lograron pocas de sus metas.

 

Durante su campaña electoral de 2016 y en los primeros dos años de su presidencia, Donald Trump enardeció a sus seguidores proclamando que China robaba a Estados Unidos, y prometió a creyentes e indecisos que le asestaría a Pekín un marronazo comercial tal que los chinos vendrían gateando a firmar los términos de intercambio dictados por Washington.

Lo que por casi dos años Estados Unidos y China han intercambiado son amenazas, fanfarronerías y aranceles que han gravado el comercio por cientos de miles de millones de dólares de parte y parte.

Así hemos llegado a enero de 2020, cuando a Trump le apura la concreción de algunas de sus promesas más rimbombantes, si es que desea al menos que parezca que las cumple cuando faltan menos de trescientos días para las elecciones presidenciales. Otras promesas espectaculares han quedado por el camino, como la que alentó a los trumpistas a corear “Lock her up!”, clamando por el encarcelamiento de la candidata demócrata en 2016, Hillary Clinton. En realidad, quienes han ido ya a prisión o la tienen en su agenda anotada son varios colaboradores muy cercanos de Trump. O la promesa de construcción de una muralla que cerraría la frontera de 3.200 quilómetros con México gracias a un muro que sería impenetrable, alto, indestructible. Y por el que México pagaría. Ahora el presidente anda desviando fondos asignados por el Congreso para el Pentágono, y su gobierno ha construido apenas 150 quilómetros de muro, de los cuales 144 corresponden al reemplazo de estructuras más viejas. México, por supuesto, no ha pagado un centavo, y el gasto lo cubren los estadounidenses con sus impuestos.

Suerte parecida han tenido las promesas de reducir la deuda nacional y el déficit fiscal, situaciones que Trump en 2016 describía como catastróficas. La deuda nacional estaba en los 19 millones de millones de dólares en el último período fiscal bajo la presidencia de Barack Obama, y está ahora encima de los 22 millones de millones. El déficit del gobierno federal fue de 585.000 millones de dólares (equivalente al 3,1 por ciento del producto bruto interno) al cierre de la presidencia de Obama, y llegó a 1 millón de millones de dólares (5 por ciento del Pbi) en 2019.

Trump asimismo prometió que reduciría el déficit comercial de Estados Unidos con el mundo entero y, en particular, con China. En los primeros 11 meses del año pasado el déficit en el comercio de bienes y servicios fue de 562.965 millones de dólares, casi sin cambios comparado con los 566.872 millones de dólares en el período similar del año anterior. El déficit comercial con China fue, de enero a noviembre del año pasado, de 320.823 millones de dólares, y había sido de 379.697 millones de dólares.

De modo que mientras la segunda economía más grande del mundo y potencia global emergente, China, ha tomado todo el barullo comercial en el contexto de una estrategia que mira la historia –y calcula que, quizá, después de enero próximo Trump ya no esté en la Casa Blanca–, Estados Unidos llegó a este primer paso de un primer movimiento hacia un posible avance con gran alharaca.

LA TREGUA. 

La llamada “fase uno” de un acuerdo comercial más amplio que también sigue siendo una promesa compromete a China a comprar productos estadounidenses adicionales por unos 200.000 millones de dólares a lo largo de los próximos dos años. Esto incluye 77.700 millones de dólares en bienes manufacturados y 32.000 millones de dólares en productos agropecuarios.

Estados Unidos había buscado que China comprara productos agropecuarios por 40.000 a 50.000 millones de dólares. Hasta noviembre pasado, el Departamento de Agricultura había distribuido unos 6.700 millones de dólares entre los productores agrícolas y ganaderos estadounidenses afectados en 2019 por la caída de sus exportaciones a China como resultado de la querella comercial. Las áreas rurales y semirrurales de Estados Unidos son el territorio electoral más favorable a Trump. Por otra parte, su gobierno no divulgó todos los detalles sobre las futuras compras chinas de bienes agropecuarios, a fin de evitar aumentos abruptos de esas materias.

Muy al tono negociador del presidente, que desprecia los mecanismos multilaterales, como los utilizados por la Organización Mundial del Comercio (Omc), ambas partes se pusieron de acuerdo en que resolverán las disputas que surjan mediante un proceso de consultas directas sujeto a la amenaza de nuevos aranceles. Este mecanismo para vigilar el cumplimiento del acuerdo incluye un cronograma para el manejo de las quejas por parte de cualquiera de los gobiernos. Si los funcionarios de bajo nivel no logran resolver las disputas, estas pasan a funcionarios de más alto rango, hasta llegar al nivel del representante comercial de Estados Unidos y su contraparte en China. Si aun a este nivel la disputa no se resuelve, los presidentes de ambos países pueden tomar medidas que incluyen la imposición de tarifas o aranceles punitivos. Muy lejos han quedado los mecanismos que desde las conversaciones de la Ronda Uruguay en 1994 llevaron a la creación de la Omc, en la que Estados Unidos y más de un centenar de países habían repudiado este tipo de arreglos por la distorsión que causan en el comercio global.

El acuerdo baja al 7,5 por ciento los aranceles de 15 por ciento que habían sido impuestos sobre unos 120.000 millones de dólares en bienes, pero la mayor parte de los gravámenes más altos –que afectan otros 360.000 millones de bienes chinos y más de 100.000 millones de dólares en exportaciones estadounidenses– permanecen en pie.

Fuentes del gobierno de Trump señalaron que el acuerdo firmado este miércoles no especifica que Beijing esté comprometido a bajar los aranceles que impuso a las importaciones desde Estados Unidos, lo que deja abierta la puerta para que la disputa vuelva a calentarse en un futuro próximo. Pero China prometió que dará a las empresas estadounidenses mayor acceso en el sector de servicios financieros, que no devaluará su moneda para ayudar a los exportadores chinos y que ya no obligará a las firmas estadounidenses a que compartan su tecnología como condición para hacer negocios en el país asiático.

LA FACTURA. 

De este lado del océano Pacífico, quienes han pagado y pagan el plato son los consumidores. Varios economistas han calculado que el costo para ellos y las empresas ha sido de unos 40.000 millones de dólares tras 20 meses de disputa. La Oficina de Presupuesto del Congreso ha calculado que la incertidumbre relacionada con los aranceles ha cortado un 0,3 por ciento del crecimiento económico estimado para Estados Unidos, lo que redujo el ingreso promedio de los hogares en 580 dólares al año desde 2018.

El acuerdo ahora alcanzado, que no requiere la aprobación del Congreso, también dejó sin solución las preocupaciones de Estados Unidos acerca del impacto que tienen los subsidios industriales chinos sobre los mercados mundiales. Si bien el déficit comercial estadounidense con China disminuyó en los 12 meses transcurridos hasta noviembre pasado, el déficit estadounidense con el resto del mundo subió, lo que en la práctica borró casi el 90 por ciento de la disminución lograda en el déficit con China.

Más allá de los dos gigantes trenzados en esta disputa, se calcula que la “guerra comercial” recortará en más del 0,5 por ciento el crecimiento de la economía mundial. Sin embargo, algunos países han salido beneficiados al reencaminarse las corrientes comerciales estimadas en unos 165.000 millones de dólares. Por ejemplo, Vietnam, Taiwán y México han visto un incremento de las inversiones estadounidenses, que se han apartado de China, y la Reserva Federal calcula que el aumento de las importaciones estadounidenses desde México benefició en un 0,2 por ciento el crecimiento económico en el país vecino.

LA POSGUERRA. 

“El mayor impacto a corto plazo del acuerdo firmado esta semana es, simplemente, que quita del camino algo de la incertidumbre perniciosa creada por la disputa misma”, escribió el analista Nathaniel Taplin, en The Wall Street Journal. En tanto, “el impacto más duradero de esa disputa es un deterioro notable y rápido en las relaciones generales entre Estados Unidos y China”. Taplin señaló que “las hostilidades comerciales abiertas pueden permanecer contenidas por ahora al aproximarse la temporada electoral estadounidense, pero la competencia tecnológica, de seguridad e ideológica siempre subyacente en las relaciones chino-estadounidenses, se ha recargado con el conflicto”. “Los inversionistas seguirán lidiando con las consecuencias por muchos años”, añadió (The Wall Street Journal, 15-I-19).

Mientras tanto, el jefe de la minoría demócrata en el Senado, Charles Schumer, de Nueva York, comentó en conferencia de prensa que “el presidente se jacta de que este es ‘el acuerdo más grande de la historia’. Yo creo que la impresionante falta de reforma sustancial y de largo plazo lograda perjudicará a los trabajadores y a la industria de Estados Unidos”.

Lo cierto es que el miércoles, y en el tono de desprecio por la diplomacia que Trump ostenta como virtud, el presidente estadounidense describió como “pillaje” la política comercial de China mientras el vice primer ministro de China, Liu He, y otros funcionarios chinos de alta jerarquía aguantaban de pie la ceremonia de firma del acuerdo y la conferencia de prensa de 45 minutos. Cuando le llegó su turno, Liu leyó un mensaje del presidente Xi Jinping, quien escribió que el pacto “refleja el respeto mutuo” entre ambos países.

En la ocasión, en la Sala Este de la Casa Blanca, estuvieron miembros republicanos del Senado y de la Cámara de Representantes, junto con decenas de ejecutivos muy infatuados de grandes corporaciones como Boeing y Honeywell, y financieros de Citibank, J P Morgan y Citadel. No hubo, en cambio, representantes de los sindicatos, cuyos afiliados supuestamente se beneficiarán con este pacto.

Por Jorge A. Bañales

17 enero, 2020

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Trump anunció la firma de un primer acuerdo con China. Principio del fin a la guerra comercial

El presidente de Estados Unidos comunicó que la rubrica de la "fase uno" del pacto con China será el 15 de enero en la Casa Blanca.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunció la firma de un acuerdo comercial con China. La fase uno del pacto será rubricada el 15 de enero en la Casa Blanca, indicó el mandatario. Allí se abordan temas como la transferencia de tecnología, la propiedad intelectual, la expansión del comercio y el establecimiento de mecanismos para la resolución de disputas comerciales, entre otros. En 2019 la falta de acuerdo entre Estados Unidos y China fue uno de los elementos que generó volatilidad a nivel global. La firma del convenio terminaría formalmente con un año y medio de guerra comercial.

“Firmaré nuestro amplio y completo acuerdo comercial de fase uno con China el 15 de enero". Así lo adelantó el presidente norteamericano a través de su cuenta en Twitter. "La ceremonia tendrá lugar en la Casa Blanca. Representantes de alto nivel de China estarán presentes. En una fecha posterior, iré a Pekín, donde comenzarán las conversaciones sobre la Fase Dos", detalló Trump a través de la misma red social.

El presidente de Estados Unidos había asegurado hace una semana que estaba cerca de firmarse el acuerdo con su par chino, Xi Jinping, para poner fin a la guerra comercial entre ambas naciones. El mandatario chino señaló que el convenio bilateral se basa en el respeto mutuo y los principios de igualdad. Aseguró que uno de los principales objetivos del acuerdo es contribuir a la paz y a la prosperidad a nivel mundial.

El viceministro de Comercio chino, Wang Shouwen, confirmó que la primera fase del pacto entre ambas economías aborda temas sensibles como la transferencia de tecnología y la propiedad intelectual. La disputa por el desarrollo de las redes de transferencia de datos 5G es uno de los puntos que en los últimos meses generó mayores tensiones.

El acuerdo comercial tendrá entre sus prioridades ir retirando por etapas los aranceles de importación que en el último año y medio fueron aplicándose ambas economías para distintos productos estratégicos del comercio bilateral. El acuerdo implica, no obstante, que se mantienen aranceles estadounidenses del 25 por ciento a importaciones chinas valoradas en 250 mil millones de dólares. También se mantendrán los gravámenes del 7,5 por ciento para la importación de productos por un volumen de 120 mil millones.

En sus últimas previsiones macroeconómicas de octubre, el Fondo Monetario Interancional rebajó sus proyecciones de expansión del PIB global al 3 por ciento. Se trata de dos décimas menos que en julio y la explicación de la baja fue la disputa comercial entre China y Estados Unidos. Los activos financieros en 2019 experimentaron una fuerte volatilidad a nivel internacional ante los anuncios de aranceles a la importación y las noticias en las que se adelantaba la caída del acuerdo comercial. Estados Unidos y China representan a la primera y segunda economía del mundo. Lo que ocurre en sus relaciones bilaterales tiene un fuerte efecto para el resto de los países desarrollados y emergentes.

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Las grandes tecnológicas nacieron entre las cenizas de la crisis financiera y ahora son otro incendio imparable

Facebook, YouTube, Uber o Airbnb nacieron hace una década, durante el colapso de la crisis financiera, y con la promesa feliz de un futuro digital

Diez años después, son grandes potencias que se comportan de una manera que recuerda a la burbuja previa a la crisis financiera

Con una estructura mínima y unos beneficios que crecen exponencialmente, la economía de escala de las grandes plataformas globales arrasa con toda competencia local

 

A finales de la primera década del siglo XX, las redes sociales estadounidenses MySpace y Facebook libraban una batalla por acaparar el mercado del resto del mundo con estrategias de expansión "radicalmente diferentes", como publicó entonces el portal TechCrunch. MySpace invertía tiempo y dinero en desarrollar una infraestructura local en cada nuevo mercado, con equipos sobre el terreno que traducían el portal a los diferentes idiomas y actividades de promoción para músicos y artistas locales; mientras, Facebook se limitaba a reclutar a un equipo de voluntarios que traduciría el portal al español, luego al alemán, al francés y a muchos más.

En 2010, MySpace comenzaba su larga decadencia y Facebook sumaba quinientos millones de usuarios en todo el mundo, con traducciones en más de 80 idiomas gracias a los voluntarios. Como dijo durante una entrevista en 2015 el exvicepresidente de marketing online de MySpace, Sean Percival, montar todas esas oficinas en el extranjero equivalió a "cientos de millones de dólares literalmente tirados a la basura". "La posición de Facebook, mientras tanto, era: 'No necesitamos abrir oficinas tan rápidamente, esto va a crecer por sí solo'".

Rendimientos crecientes a escala. Si hay un concepto que resume la última década de las empresas de internet es conseguir esos rendimientos. La escala es el santo grial de las startup tecnológicas con fondos de capital riesgo detrás, ese nivel en el que sus ingresos registran crecimientos exponenciales, mientras sus infraestructuras y costes se limitan a una progresión lineal. Facebook ha conseguido la escala para obtener esos rendimientos. Igual que Uber, Youtube, Airbnb y Amazon.

Conseguir rendimientos crecientes a escala ha permitido desarrollar negocios con una infraestructura física mínima (el caso de Facebook y de YouTube, entre otras compañías de software), o pasar a los contratistas el coste de la infraestructura y su mantenimiento (el caso de Uber y de Airbnb). Amazon logró desarrollar una economía de escala pese a necesitar una importante infraestructura física. WeWork no lo consiguió.

En la última década, ha habido una transición gigantesca de los negocios hacia las plataformas de internet, desde la industria publicitaria hasta los transportistas o las agencias de viaje. Las empresas locales han quebrado o se han adaptado, y en los dos casos, las plataformas de internet han salido ganando.

Los números que dan cuenta del tamaño de estas plataformas son difíciles de asimilar. En 2018, YouTube comunicó que sus usuarios subían 500 horas de vídeo por minuto, lo que equivale a 1.250 días de vídeo por hora, o más de 82 años de vídeo por día. Uber dice que, solo en EEUU, sus conductores hacen 45 viajes por segundo. Eso significa prácticamente 4 millones de viajes por día solo en EEUU.

Entre octubre de 2017 y octubre de 2018, Facebook eliminó 2.800 millones de cuentas falsas. Los 14 millones de usuarios de la red social con información personal hackeada (un número mayor al de los habitantes de Tokio) representaron menos del 1% de las personas con cuenta en Facebook. Airbnb dice tener alojamientos en más de 100.000 ciudades del mundo.

Es imposible que nadie esté al tanto de todo lo que pasa dentro de las plataformas y está claro que las empresas responsables de ellas ni siquiera se están molestando en intentarlo. Tal vez sea una de las ironías del siglo XXI: los cimientos de muchos de estos monstruos tecnológicos se fijaron sobre las cenizas de una economía mundial que lidiaba con el incendio de tener otra industria de escala monstruosa: la bancaria.

Un mes después de que Facebook comenzara su conquista del planeta con una inversión mínima y máxima velocidad, la Reserva Federal rescataba a Bear Stearns prestándole 25.000 millones de dólares. En el verano de ese año, se fundaba Airbnb, apenas unas semanas antes del estallido de Lehman Brothers; y en marzo de 2009, el Dow Jones tocaba un mínimo justo cuando se creaba Uber.

"Demasiado grande como para quebrar" se convirtió en la consigna de una era grotesca de la política en la que se rescataba a los bancos y se echaba de sus casas a los que no cumplían con la hipoteca. Una era de banqueros cobrando primas por desempeño y trabajadores pidiendo subsidios de desempleo. El sistema se tambaleaba, pero no se derrumbaba. Vista de cerca, la crisis provocó millones de pequeñas tragedias. Desde más arriba, todo estaba bien.

¿Es una coincidencia que los años de "demasiado grande como para quebrar" hayan sido el germen de empresas a las que en la década siguiente se les permitió crecer aún más y ser menos manejables? ¿O es que rescatar a los bancos sentó un mal precedente del que las tecnológicas podrían aprovecharse en el futuro? Los cómics de superhéroes dicen que a un gran poder siempre le acompaña una gran responsabilidad, pero eso no parece ser lo que están entendiendo las tecnológicas. Su postura es otra: con grandes escalas, viene la impunidad total.

Tomemos como ejemplo la implantación de Facebook en el mundo. Oficialmente, la red social ya está traducida en 111 idiomas, pero hasta abril de 2019 las reglas de publicación que vetan temas clave como los discursos del odio, las incitaciones a la violencia, la desinformación en asuntos de salud y las autolesiones, solo habían sido traducidas a 41 idiomas. Según la investigación de la agencia Reuters de esa fecha, los 15.000 moderadores de contenido de la empresa hablan con fluidez solo unos 50 idiomas y las tan promocionadas herramientas de moderación automática contra el contenido peligroso solo funcionan en unos 30. El periódico The Guardian consultó a Facebook si esas cifras habían mejorado desde abril, pero no obtuvo respuesta.

La jefa de políticas globales de la red social, Monika Bickert, había dicho antes a Reuters que traducir las reglas de contenido, un manual que contiene unas 9.400 palabras en inglés, había representado "un gran esfuerzo". No tener la página traducida en 2008, cuando Facebook aún era una startup que perdía dinero, puede haber sido una acertada decisión estratégica. Pero el beneficio neto de la empresa ha superado los 69.100 millones de dólares desde 2010. No tenerlo todo traducido hoy es sencillamente imperdonable.

Los discursos del odio y la propaganda descontralada pueden tener un efecto mortal. La incapacidad de Facebook de ponerle freno a los discursos del odio ha sido directamente relacionada con la campaña de limpieza étnica de Myanmar y con los disturbios anti-musulmanes de Sri Lanka. La barrera lingüística les impidió entender y reaccionar ante lo que estaba sucediendo en los dos países.

Es solo uno de los muchos ejemplos que demuestran la resistencia de Facebook y de otras grandes tecnológicas a asumir la responsabilidad de sus propias empresas, escudándose en el tamaño de la plataforma para escurrir el bulto.

En 2018, más de tres mil pasajeros denunciaron agresiones sexuales a bordo de un Uber en EEUU. Cuando la empresa publicó el informe argumentó que se debía a un problema general de la sociedad: "Solo en Estados Unidos hay más de 45 viajes de Uber por segundo", escribió en un blog el director jurídico, Tony West. "A esa escala, no somos inmunes a los más importantes retos de la sociedad en materia de seguridad, incluyendo las agresiones sexuales". La única diferencia es que la sociedad no se lleva una tajada de cada uno de esos viajes. Uber sí lo hace.

En el año 2015, YouTube lanzó una versión de su portal para niños. Han pasado cuatro años y un sinfín de escándalos, pero la empresa de vídeos online sigue sin incorporar un control de contenidos previo a la publicación para asegurarse de que, en efecto, sean aptos para niños.

Amazon se ha quedado con una posición dominante de mercado gracias a su decisión de permitir que terceros vendan en su plataforma. La medida ha sido muy rentable para Amazon pero, según una investigación de The Wall Street Journal, el portal ahora vende miles de artículos que no cumplen con los protocolos de seguridad, incluyendo productos para niños.

La lógica bajo la que parecen operar las compañías es esta: si das de comer a 10.000 niños y solo se intoxican 10, es un número perfectamente aceptable teniendo en cuenta la escala.

Ahora que nos acercamos al inicio de una nueva década, una de las pocas cosas que parecen claras es que seguiremos lidiando con las consecuencias de tener un puñado de tecnológicas de escala inmanejable. La magia de las plataformas de internet con economías de escala es que los beneficios son solo para ellas pero las consecuencias las pagamos todos.

Por Julia Carrie Wong - Oakland (EEUU)

29/12/2019 - 20:40h

Traducido por Francisco de Zárate

Lunes, 16 Diciembre 2019 07:29

Corbyn

Corbyn

La victoria del Partido Conservador fue contundente. En la elección del pasado 12 de diciembre los votantes prefirieron con creces un gobierno liderado por Boris Johnson y dieron un duro golpe a los laboristas y a su líder Jeremy Corbyn.

Esta elección estaba marcada por el largo conflicto en torno del Brexit, mismo que definió la lucha política en Gran Bretaña en los últimos tres años. La disputa costó el puesto en ese lapso a dos primeros ministros conservadores: Cameron y May, pero acabó dando un mandato indiscutible a Johnson. Ahora podrá finalmente negociar la salida de la Unión Europea y también gestionar la agenda conservadora en materia económica y social.

La debacle laborista fue contundente; el partido obtuvo el menor número de parlamentarios desde 1935. El resultado, ciertamente, ha puesto en la mira el efecto que el Brexit tuvo sobre el electorado; el partido de Nigel Farage contribuyó al triunfo de los tories; la jornada electoral equivalió a un referendo sobre la salida de la Unión Europea. Pero fue, igualmente, una masiva retirada del voto laborista ante el liderazgo de Jeremy Corbyn. Según parece, este último fue el factor decisivo de la derrota.

Corbyn no planteó de modo decisivo su postura sobre el Brexit y más bien parecía especular con ella buscando beneficiarse de los vientos cambiantes al respecto. Así, fue víctima del largo desgaste político y social producido por ese caso. El líder laborista fue señalado por posturas antisemitas, lo que provocó denuncias de diversos frentes y renuncias de miembros del partido. También Johnson ha sido señalado por sus inclinaciones islamofóbicas.

La situación política abre de nuevo el asunto de Escocia. El triunfo del Partido Nacionalista Escocés y la abrupta caída del laborismo en ese país abren de nuevo la puerta a un referendo por la independencia. Nicola Sturgeon, la jefa del gobierno, ha dicho que Johnson no tiene derecho a interponerse en ese camino. La unión del reino está en cuestionamiento, resultado esperable del Brexit, y ahora, además, por el triunfo conservador.

Un asunto significativo de la elección fue que los conservadores tuvieron mejores resultados en aquellos lugares en los que bajó la participación de los votantes respecto de la elección de 2017. Esto ocurrió principalmente en los distritos mayoritariamente laboristas.

Todo apunta a la pobre atracción de Corbyn y sus propuestas entre los votantes del propio partido y sus simpatizantes. En la última fase de la campaña emitió un manifiesto político titulado Es tiempo de un cambio real, un muy ambicioso plan de intervención pública en sectores clave en materia social, económica y ambiental.

Uno de los asuntos álgidos en disputa en Gran Bretaña tiene que ver con el sistema público de salud; el manifiesto proponía una fuerte intervención en esta materia para contener las medidas de privatización que se están imponiendo. Del mismo modo se ofrecía nacionalizar áreas de la economía privatizadas desde hace décadas, como es el caso de ferrocarriles, agua, correo y provisión de energía.

El poco eco del manifiesto laborista, presentado a destiempo, parece indicar que las medidas económicas impulsadas por Margaret Thatcher entre 1979 y 1990 se han ido asentando, que la gente responde de modo distinto a la que quiere hacer el gobierno y la manera en que interviene en la economía y en los asuntos públicos y, en ocasiones, en los de índole privada.

Las propuestas de Corbyn, como lo exhibió el resultado electoral, no reforzaron su proyecto político. Tras la derrota, declaró que se sentía orgulloso del manifiesto. Esto es irrelevante, pues el caso es que con el nuevo gobierno conservador, que puede durar cinco años, hay en realidad pocas, si no es que nulas, posibilidades de que algo de su contenido se aplique.

Estas cuestiones indican la naturaleza de las disputas políticas que surgen hoy en muchas partes del mundo y que no pueden seguirse planteando en los términos convencionales del análisis político. No es cuestión trivial, sino exigencia, plantearse qué es lo que quieren las poblaciones respecto de sus gobiernos y hasta dónde están dispuestas a llegar.

Jonathan Freedland, columnista de The Guardian, planteó esta cuestión en el caso de la elección británica de hace unos días. Escribió el pasado viernes 13: “Podemos estar enojados por la victoria de los tories en esta elección, pero debemos sentir una ira equivalente respecto de quienes lo han permitido. Hablo de aquellos que llevaron al principal partido de oposición hacia un callejón sin salida…Vista la magnitud de esta calamidad: perder frente a un gobierno que ha generado nueve años flacos, que pretendió un cuarto periodo que casi nunca se ha concedido; un gobierno tan dividido internamente, que purgó a dos cancilleres anteriores y algunos de sus mejores miembros del Parlamento, liderado por un mentiroso…Un partido de oposición que funcionara sólo a medias hubiese barrido con los tories, pero en lugar de eso fue aplastada por ellos”.

Los políticos deben preguntarse qué quieren de ellos los ciudadanos, hasta dónde pueden llegar y cuánto tiempo duran con alguna frescura en el poder. En este caso, Corbyn no se salva y Johnson lo puede descubrir pronto.

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Las autoridades chinas implicadas en la negociación con EE UU, en rueda de prensa en Pekín. En vídeo, declaraciones del portavoz del Ministerio de Comercio de China, Gao Feng. JASON LEE (REUTERS) | REUTERS

El acuerdo paraliza la subida de aranceles prevista para este domingo pero está pendiente de la firma oficial del texto

 

China y Estados Unidos han cerrado la primera fase de un acuerdo para resolver la guerra comercial que arrastran desde hace más de año y medio. Casi 24 horas después de que en Washington se diera a conocer que el presidente de EE UU, Donald Trump, había dado el visto bueno al acuerdo, el Ministerio de Comercio de China ha confirmado finalmente este viernes la fumata blanca en una rueda de prensa convocada de urgencia, a última hora de la noche en Pekín.

Según lo trascendido hasta el momento, Pekín aumentará sus importaciones de energía, productos agrícolas y farmacéuticos y dará entrada a más servicios financieros de Estados Unidos. El documento, según ha indicado el viceministro de Comercio Exterior Wang Shouwen en la rueda de prensa, tiene nueve capítulos, que incluyen también un mecanismo de resolución de disputas y medidas sobre la propiedad intelectual, entre otros asuntos.

Con este anuncio queda paralizado el aumento de aranceles mutuo que los dos países tenían previsto a partir del domingo. Estados Unidos iba a elevar un 15% las tasas sobre cerca de 165.000 millones de dólares en productos chinos, mientras que Pekín tenía previsto hacer lo propio sobre cerca de 75.000 millones de dólares en productos estadounidenses. Los nuevos aranceles de EE UU iban a aplicarse sobre productos electrónicos de consumo procedentes de China como televisores y teléfonos móviles, entre otros. Todo en plena campaña navideña de compras y en puertas de un año electoral.

Con el nuevo pacto, los dos países retirarán gradualmente algunos de los aranceles que han ido aplicando en los últimos 18 meses, indicó el viceministro Wang. Ese punto, subrayó, es una parte “fundamental” de las exigencias chinas. No obstante, no precisó un calendario ni cifras de esa eliminación por fases. El alto funcionario subrayó que el pacto es “mutuamente beneficioso”, una condición sine qua non en la que China había insistido una y otra vez en sus declaraciones públicas durante las negociaciones.

Antes de proceder a la firma oficial, no obstante, será necesaria una revisión del documento por parte de los respectivos equipos legales y una comprobación minuciosa de las traducciones. También la negociación del protocolo específico para la firma del pacto, incluido dónde y cuándo firmarlo. Washington espera que se pueda hacer durante la primera semana de enero.

Entre los compromisos adquiridos, China aumentará de modo significativo su compra de productos agrícolas, confirmó el viceministro de Agricultura, Han Jun, aunque no aportó cifras al respecto. Sí precisó que la compra incluirá trigo, y aseguró que esas adquisiciones no perjudicarán a los agricultores nacionales. Para el presidente estadounidense, Donald Trump, esa era una de sus principales exigencias.

Desde Washington, el representante de Comercio Internacional de Estados Unidos, Robert Lighthizer, ha calificado el acuerdo con China de “histórico”. El negociador estadounidense ha señalado que como parte del pacto, Pekín deberá acometer reformas estructurales en su modelo económico y cambios en el régimen comercial en áreas como la propiedad intelectual, las transferencias de tecnología, la agricultura, los servicios financieros y en divisas.

También se establece un mecanismo de solución de disputas y China se compromete a realizar “compras sustanciales adicionales” de productos y servicios de EE UU por valor de 200.000 millones durante los próximos dos años. En el caso de los productos agrícolas, Lighthizer explicó se acordó que adquirirá 16.000 millones adicionales anuales sobre los 24.000 millones de referencia en 2017. 

Esa cifra podría incluso acercarse a los 50.000 millones en un plazo de dos año si Pekín accediera a elevar más las compras, como busca Trump. Lo que no se detalla es el desglose por producto y la parte china evitó comprometerse en público con una cifra. El acuerdo, insiste Lighthizer, permitirá reequilibrar la relación comercial entre los dos países. El pacto se ha cerrado la misma semana que el texto definitivo del tratado comercial del país norteamericano con México y Canadá.

El presidente de EE UU aclaró, a través de Twitter, que el arancel que entró en vigor el pasado mes de septiembre sobre importaciones valoradas en 120.000 millones de dólares se rebaja del 15% al 7,5%. Para el resto de productos, por unos 250.000 millones, se mantiene en el 25%. Trump dice que utilizará los aranceles del 25% como palanca en la segunda fase de la negociación. La intención que es la discusión arranque en cuando se firme el pacto.

Fue el propio Trump el que este jueves disparó el optimismo de los inversores al asegurar que un “gran acuerdo” con China estaba “muy cerca”. El presidente se reunió horas después en el Despacho Oval con sus asesores en comercio y representantes de las empresas y dio el visto bueno al principio de acuerdo. Pero no hubo un anuncio oficial ni por parte de la Casa Blanca ni de la Oficina de Comercio Exterior, a la espera de la rueda de prensa en Pekín.

Por MACARENA VIDAL LIY / SANDRO POZZI

Pekín / Nueva York 13 DIC 2019 - 14:08 COT

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El conservador Boris Johnson arrasó en las elecciones con el Brexit como bandera

Desde Londres. El primer ministro Boris Johnson cumplió con las formalidades de la asunción antes de dirigirse a la nación después de su aplastante victoria electoral. A las 11 de la mañana visitó a la Reina Isabel II para comunicarle que contaba con la mayoría parlamentaria necesaria para formar gobierno. El discurso a la nación llegó por la tarde, más conciliador que triunfalista. “Quiero dirigirme a aquellos que no me votaron y que posiblemente todavía quieran permanecer en la Unión Europea. Les quiero decir que nunca los olvidaremos. Este es el momento perfecto, cuando estamos por dejar la Unión Europea, de recrear los sentimientos que tenemos por nuestros amigos uropeos para tener un nuevo acuerdo que será nuestro proyecto para el próximo año. Espero que todos, de un lado y otro del argumento, podamos empezar a cicatrizar las heridas”, dijo Johnson.

La contundente mayoría que obtuvo - 368 diputados sobre un total de 650 – le da margen para buscar una posición más centrista que la adoptada por el Partido Conservador desde el referendo a favor del Brexit en 2016. Johnson tiene un Jeckill and Hide en sus genes, mezcla del xenófobo y oportunista con el conservador popular y paternalista, o “one nation Conservative”, como se definió en el discurso que dio delante de 10 Downing Street, residencia oficial del primer ministro. “Vamos a unirnos como nación, a nivelarnos, y consolidar la unión con Escocia, Gales, Inglaterra y el Norte de Irlanda”, dijo Johnson.

El contraste con los laboristas no podía ser más marcado. En la autopsia del peor resultado electoral desde 1935 sobran las acusaciones cruzadas y recriminaciones buscando un responsable de la debacle. El líder laborista Jeremy Corbyn señaló que dejará la jefatura del partido en los primeros meses del año entrante una vez que concluya el período de reflexión sobre la derrota. “Estoy muy triste por el resultado y por el impacto que tendrá en comunidades golpeadas por la austeridad. Pero al mismo tiempo siento orgullo por el programa electoral que presentamos y que tuvo un amplio apoyo a nivel social. El problema es que la elección se definió por el Brexit”, dijo Corbyn a la BBC.

Entre sus rivales, muchos se asombraron que no hubiera renunciado de inmediato y negaron que el voto se redujera al Brexit. “Corbyn fue un desastre. Todos sabíamos que no podía liderar el partido y la clase trabajadora. Ahora lo que quiero es que Momentum y la pequeña secta que lo ha rodeado buscando conservar la pureza del partido, se vayan”, señaló a ITV Alan Johnson, un sindicalista que ocupó varias carteras durante el Blairismo, último período del laborismo en el poder.

Los sondeos confirman que Corbyn es el líder de la oposición más impopular de las últimas décadas, pero no cabe duda que el primer ministro – y un equipo encabezado por el Rasputinesco Domimic Cummings – acertó con convertir al Brexit en el centro de su mensaje electoral. En las zonas que votaron por la salida de la Unión Europea (UE) en el referendo de 2016, muchas de ellas bastiones laboristas, Johnson se hizo un picnic.

Con un mensaje simplón ("get Brexit done"), los conservadores horadaron la “muralla roja” en el norte de Inglaterra, cinturón industrial y post industrial que votó durante toda su historia al laborismo. Una ex comunidad minera, Blyth Valley, centro de las batallas campales contra el Thatcherismo en los 80, cayó alrededor de la medianoche. A las 2 de la mañana hora británica, se anunció otra de las grandes sorpresas de la noche. Wrexham, en el norte de Gales, localidad laborista durante 80 años, pasaba a manos de los Tories. Lo mismo sucedió en Great Grimbby, ciudad portuaria del norte, que había votado al laborismo desde la segunda guerra. Decenas de escaños del laborismo histórico cruzaron este Rubicón tabú: votar por el enemigo conservador.

Europa, Escocia

La elección enterró las exiguas posibilidades que había de un nuevo referendo para evitar la salida de la UE. La semana próxima el nuevo parlamento aprobará el acuerdo de salida del bloque europeo que logró Johnson en Octubre: el 31 de enero, el Reino Unido no será miembro pleno de la UE.

Es una salida formal, parte de una transición que durará hasta diciembre. En esos 11 meses el Reino Unido seguirá siendo parte del Mercado Común Europeo, de la Unión Aduanera y contribuirá al presupuesto, pero no tendrá voz ni voto. El gran enigma es si durante estos meses podrá negociar un tratado de libre comercio con la UE o saldrá del bloque sin acuerdo. La UE representa la mitad de los intercambios comerciales del Reino Unido. Si no hay acuerdo, el comercio se regirá por las reglas de la Organización Mundial del Comercio con una fuerte suba de aranceles e impacto directo en la producción, inflación y empleo.

La abrumadora mayoría de Johnson le da margen para negociar un acuerdo más suave con el bloque europeo que el que le exigen sus sectores ultra que ahora tendrán menos poder para imponerle condiciones. El tiempo no le juega a favor. A menos que se llegue a un acuerdo básico provisorio, algo que se podría alcanzar el año próximo, la negociación promedio de tratados con la UE es de siete años: a mediados de 2020 Johnson tendría que solicitar una extensión de la negociación más allá del año próximo o jugarse por el Brexit duro (salida sin acuerdo).

El otro frente que se le abre a Johnson con esta victoria apabullante es el de la muralla roja. Estos votantes quieren el Brexit, pero también quieren servicios e inversión pública, seguridad social, ayuda industrial, políticas que no tienen nada que ver con los conservadores. Johnson tiene cinco años de gobierno por delante, pero la alianza que le dio un triunfo contundente puede entrar en crisis mucho antes.

Escocia es otro frente complicado. Los nacionalistas del SNP ganaron 48 de los 59 escaños en juego en Escocia. El SNP, que levantó la bandera de la independencia durante la campaña, dejó en claro que quiere un nuevo referendo: Boris Johnson ya dijo que no lo autorizaría. El problema que tiene es que los tories perdieron 7 de los 13 escaños que tenían en Escocia. El Reino Unido está partido en dos: nacionalista en Escocia, conservador en Inglaterra. Con este panorama, hay crisis constitucional a la vista. A pesar de las diferencias notorias, el fantasma de Cataluña rondará esta pelea.

El futuro del Partido laborista

Un impecable análisis del semanario The Economist este viernes predice un “Corbynismo sin Corbyn”. Los Corbynistas dominan las palancas del partido, tienen unos 40 mil militantes nucleados en torno a "Momentum", su ala juvenil, y los sindicatos han girado a la izquierda. El semanario cita una exhaustiva investigación del British Election Study que muestra que el electorado que votó a Johnson tiene muchas posiciones afines al Corbynismo en temas como la desigualdad o los servicios públicos.

Con este trasfondo el Blairismo difícilmente pueda meterse en la lucha por la sucesión porque no tiene peso propio en un partido dominado por el voto de sus miembros, unos 500 mil afiliados. La contienda que se avecina será entre un ala “moderada” del Corbynismo, representada por Keir Starmer, portavoz en temas del Brexit, y Emily Thornberry, portavoz de temas exteriores. Starmer es el favorito de los corredores de apuestas, que no descansan un minuto en este reino del Puritanismo, pero no tiene muchas chances por una cuestión de género. A diferencia de los conservadores, que tuvieron dos primer ministros (Margaret Thatcher y Theresa May), el laborismo no ha tenido una líder mujer: está desesperado por cambiar esta historia.

El problema con Emily Thornberry es que representa al sur inglés pro-europeo. Las candidatas de la izquierda, Rebecca Long-Bailey y Angela Rayner, parecen dar la talla que exige este momento. Son de la clase trabajadora del norte del país, jóvenes, y tienen el apoyo de los pesos pesado del laborismo y los sindicatos. Ambas están bien situadas para encarnar un “Corbynismo sin Corbyn”, que siga con sus políticas de nacionalización, industrialización y justicia social y que le añadan un tono de patriotismo, ausente en el líder laborista, pero muy presente en la clase trabajadora.  

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El Banco de México recorta la previsión de crecimiento para 2019 hasta situarla en negativo

La institución también rebaja la proyección para 2020 a una horquilla de entre el 0,8% y 1,8

El Banco de México ha recortado este miércoles la previsión de crecimiento del PIB para 2019 hasta situarla por primera vez en números negativos. El informe trimestral rebaja las perspectivas para este año de un intervalo de entre 0,2% y 0,7% a uno de entre -0,2% y 0,2%. Para 2020, el banco vaticina una recuperación, aunque esta también será menor a la prevista al colocarla en una horquilla de entre 0,8% y 1,8%, por debajo del intervalo de 1,5% y 2,5% antes previsto. La institución cita una "debilidad de mayor magnitud y duración a la anteriormente prevista" y la "menor actividad automotriz" en el país para justificar la rebaja. 

El recorte sitúa a la segunda mayor economía latinoamericana, por detrás de Brasil, ante un posible decrecimiento, aunque la institución evita hablar de recesión en su informe. Esta semana, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) publicó unas cifras revisadas que confirmaban que el país había entrado en recesión durante el primer semestre del año. Varios organismos internacionales han advertido ya de la debilidad económica del país y han ido revisando a la baja sus proyecciones en paralelo a un empeoramiento del panorama doméstico y mundial. El Fondo Monetario Internacional rebajó en octubre la proyección hasta el 0,4%, cinco décimas menos que en la estimación anterior.

La incertidumbre es el principal elemento del cuadro que pinta el banco central. La relación entre Estados Unidos y el país latinoamericano es uno de los puntos que despierta mayor preocupación. En primer lugar, la ratificación por parte del Congreso de EE UU del TMEC, el nuevo acuerdo comercial de Norteamérica, se puede retrasar todavía más, lo que puede afectar los niveles de inversión. Además, el Gobierno de Donald Trump puede tomar decisiones que agraven las tensiones comerciales, como sucedió en junio con el sorpresivo anuncio que pretendía imponer aranceles para todas las importaciones mexicanas, una amenaza que finalmente no se llevó a cabo. 

El Banco de México señala, además, otros elementos de riesgo doméstico: una posible reducción de la calificación de la deuda de la petrolera estatal Pemex, de la que ya han advertido las empresas calificadoras, y el debilitamiento de la producción automotriz. Este sector ha dado señales de cansancio con una caída del 2,6% en vehículos fabricados de enero a octubre, según cifras de la industria. Las finanzas públicas son otro foco rojo. La institución apunta al riesgo de un gasto presupuestario para 2020 menor al esperado. En 2019, la política de austeridad del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador provocó retrasos en el ejercicio del presupuesto.

El jarrón de agua fría de la institución monetaria llega apenas un día después de la presentación de un plan de obra pública con el que el Gobierno espera relanzar la inversión y, como dijo el billonario Carlos Slim hace una semana, dar una "sacudida" a la economía. De todos modos, el Ejecutivo empieza a replantearse algunas decisiones tomadas al principio del sexenio como la de no aumentar impuestos hasta la segunda mitad del mandato. El subsecretario de Hacienda, Gabriel Yorio, ha abierto la puerta este miércoles a adelantar una posible reforma fiscal en caso de no recaudar la cantidad prevista en el presupuesto. 

De cara a 2020, la recuperación se prevé "más gradual que lo anticipado". Esto se debe a una posible ralentización de la producción industrial de EE UU y a su efecto sobre las exportaciones manufactureras en México, el gran motor de la industria del país latinoamericano. Solo en 2021 se podría alcanzar datos de crecimiento superiores al 2% en el mejor de los casos. El banco advierte, en cualquier caso, del "alto grado de incertidumbre" que rodea a estas previsiones, aunque concluye que la economía "continuará enfrentando un entorno complejo". 

México 27 NOV 2019 - 17:12 COT

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Miércoles, 20 Noviembre 2019 05:58

La repentina devoción de Bolsonaro por China

La repentina devoción de Bolsonaro por China

La realidad es un hueso duro de roer para las mentes dogmáticas. Tan duro que al presidente Jair Bolsonaro le llevó un año entero comprender que no le conviene entablar una disputa con China, su principal socio comercial.

Un año atrás, durante la campaña electoral, Bolsonaro dijo que China pretendía comprar su país y que se comportaba como un predador que quiere dominar sectores cruciales de la economía de Brasil.

Días atrás, en el marco de la cumbre del grupo BRICS realizada en Brasilia, se produjo un completo viraje en su relación con el dragón: "Vamos a tratar cada vez más con mayor respeto y cariño los gestos del Gobierno chino". Su ministro de Economía, Paulo Guedes, anunció conversaciones para crear un "área de libre comercio" con China.

Para comprender este viraje de la diplomacia brasileña, que comenzó el año estrechando lazos con Washington y lo termina en brazos de Pekín, hay que repasar algunos hechos que impactaron en los dirigentes del Gobierno y en el propio presidente.

El viraje mencionado no sólo abarca cuestiones diplomáticas, sino que se focaliza en el comercio, que las partes se comprometieron a desarrollar "en pie de igualdad". Por su parte, Xi Jinping destacó la importancia que China otorga a "la influencia de Brasil en América Latina y el Caribe", lo que llevó al presidente chino a proponer una alianza global estratégica entre ambas naciones.

En el encuentro previo a la cumbre de los BRICS entre Xi y Bolsonaro, este dijo que "China hace cada vez más parte del futuro de Brasil". Agregó: "China es nuestro principal socio comercial y con todo mi equipo y el empresariado brasileño, queremos no sólo ampliar sino diversificar nuestras relaciones comerciales". Ambos mandatarios firmaron nueve acuerdos en áreas como comercio, agricultura y seguridad.

Bolsonaro visitó China a fines de octubre y enseñó la primera parte de su viraje. Se mostró entusiasmado porque del intercambio comercial de casi 99.000 millones de dólares, en 2018, hay un superávit de casi 30.000 millones para Brasil. Algo que ningún otro país del mundo puede ofrecerle.

Lo cierto es que luego de su visita, las petroleras chinas CNOOC y CNODC fueron las únicas que participaron en la subasta de los bloques petroleros del campo presal, con los cuales el Gobierno pensaba ingresar fondos frescos para resolver una parte de sus problemas. A mi modo de ver, este es el aspecto central que explica el viraje brasileño.

A comienzos de noviembre, Brasilia puso a subasta cuatro bloques petroleros, a 800 kilómetros de la costa debajo de una capa de sal, por lo que recibe el nombre presal. A la subasta se inscribieron catorce empresas, incluyendo las más importantes del sector en el mundo, pero las únicas que fueron presentadas el día marcado, fueron las de la estatal Petrobras en consorcio con dos empresas chinas con participación minoritaria.

La subasta se realizó el 6 de noviembre y fue un fracaso ya que pretendía recaudar 106.000 millones de reales (26.500 millones de dólares ), pero recibió apenas 70.000 millones (17.500 millones de dólares). Dos de las áreas ni siquiera recibieron propuestas y la totalidad de las grandes multinacionales occidentales huyeron de la subasta aunque las reservas comprobadas aseguraban un negocio exitoso.

Mientras la británica BP, la francesa Total, las estadounidenses Chevron y Exxon Mobil, la malaya Petronas y la anglo-holandesa Shell se abstuvieron, las estatales chinas dieron un paso al frente y mostraron su interés por seguir invirtiendo en Brasil. Algunos analistas estimaron que estas empresas huyeron de lo que denominan "riesgo Bolsonaro", caracterizado por la inestabilidad de su Gobierno y la falta de certeza de que los contratos que firmen se mantengan en el futuro.

El periodista Josias de Souza, en Folha de Sao Paulo, estima que el Gobierno se vio forzado a dar la espalda a los discursos más ideologizados de su canciller y que ahora "ruega a los chinos que compren las empresas estatales, los aeropuertos, los ferrocarriles, los puertos y toda suerte de emprendimientos de infraestructura".

De Souza sostiene que hay hasta 200 proyectos sobre la mesa. "Días atrás Brasil mendigaba una pequeña participación de estatales chinas en la subasta de petróleo cuando las grandes petroleras del mundo decidieron abstenerse".

El 70% de las exportaciones de Brasil a China son soja, mineral de hierro y petróleo, mientras le compra productos manufacturados entre los que destacan plataformas de explotación de petróleo, motores, generadores y circuitos de telefonía.

Semejante estructura del comercio bilateral es una muestra del tipo de países que mantienen esa alianza: una nación industrializada que ofrece tecnologías avanzadas y una nación desindustrializada que apenas puede vender productos primarios sin valor agregado.

La segunda cuestión que termina de acercar a Brasil con China es el tema ambiental, ya que Pekín defiende la soberanía de cada país en el tema. Recordemos que países de la Unión Europea como Francia y Alemania, reprocharon a Brasil por los incendios en la Amazonia. Este es un tema muy delicado para los militares brasileños que siempre sospecharon que los países del norte pretenden ocupar la selva para preservarla, en una actitud neocolonial que no están dispuestos a tolerar.

La declaración final de la cumbre de los BRICS no abordó la delicada situación de la región latinoamericana, pero abordó el tema ambiental desde el lugar preferido por ambos gobiernos.

Por lo tanto, se hizo hincapié en la importancia de la frase que sigue a la sentencia, dejando claro que otras naciones y organismos internacionales no deben interferir en la política pública interna.

Es evidente que el Gobierno de Bolsonaro empieza a sentirse más cómodo con Xi Jinping que con sus pares occidentales. La suma de un comercio exterior exitoso y las coincidencias diplomáticas están generando un clima de entendimiento que un año atrás parecía imposible.

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La cumbre de los BRICS evidencia la falta de cohesión de los emergentes

Los BRICS -el bloque de las principales economías emergentes- languidece lastrado por el frenazo económico y la disparidad de intereses entre sus cinco miembros. Las conclusiones de la cumbre que ha reunido en Brasilia durante dos días a los presidentes chino, Xi Jinping; al ruso, Vladímir Putin; al brasileño, Jair Bolsonaro; al sudafricano, Cyril Ramaphosa, y al indio, Narendra Modi, evidencian la falta de cohesión de un grupo que nació a lomos de su potencia económica y que no ha logrado desarrollar una agenda común de largo recorrido ni elevar la presencia de los emergentes en las instituciones internacionales a niveles acordes con su peso económico.

A la pérdida de empuje del bloque en los últimos tiempos, se suma el giro que ha dado su anfitrión. Bolsonaro, que se ha alejado de la tradicional diplomacia multilateral brasileña para sellar una alianza nacionalpopulista con Donald Trump, no ha mostrado interés en convertir esta cumbre en una plataforma de liderazgo regional. Las discrepancias sobre Venezuela, si debía estar representada o por quién, derivaron en la decisión de no convocar la cumbre de líderes regionales que suele acompañar a los encuentros de los BRICS. El actual Gobierno brasileño prefiere las relaciones bilaterales, como dejó claro la víspera el presidente Bolsonaro cuando cortejó abiertamente a China y quiso distinguirla del resto de los emergentes. Para el bolsonarismo, los BRICS son algo de la época de Lula da Silva, su gran antagonista. La política externa brasileña “tiene los ojos puestos en el mundo, pero primero en Brasil”, afirmó el presidente para disipar las dudas que pudiera haber.

Bolsonaro ha recibido en la capital brasileña a otros cuatro mandatarios con los que comparte cargo, género y edad; todos sexagenarios. El brasileño definió este miércoles la primera gran cumbre internacional de la que es anfitrión como una especie de “reunión de viejos amigos”. Juntos gobiernan países que suponen un tercio de la economía mundial y un 40% de la población. Pero en pocos asuntos de relevancia están de acuerdo o tienen aspiraciones comunes.

Al margen de llamamientos genéricos a estrechar la cooperación comercial entre sus países y defender el multilateralismo, los discursos de los líderes han reflejado las urgencias domésticas de cada uno de ellos.

La declaración final no incluye ninguna referencia a las crisis que tienen tan agitado al continente latinoamericano. Los negociadores prefirieron evitar los asuntos en los que las divergencias son mayores que las convergencias. Ni palabra sobre Venezuela —en la que China y Rusia apoyan al régimen de Nicolás Maduro, que Brasil quisiera ver sustituido por Juan Guaidó—. Tampoco mencionan la incierta situación en Bolivia, aunque Putin se ha sumado a Bolsonaro en el reconocimiento de la nueva presidenta interina, ni aparecen Chile o la Amazonia.

El documento menciona en cambio, los conflictos de Siria, Yemen o la desnuclearización de la península de Corea. Los negociadores brasileños han explicado que obedece a que estos últimos son “conflictos de envergadura global”, obviando las consecuencias regionales y mundiales, por ejemplo, del éxodo venezolano con sus más de cuatro millones de refugiados repartidos por buena parte del planeta. La situación en la embajada venezolana, donde la víspera entraron afines a Guaidó, volvió a la normalidad la noche del miércoles cuando abandonaron el edificio tras un incidente que pilló al Gobierno por sorpresa.

Xi criticó en Brasilia que el “creciente proteccionismo está llevando a la desaceleración de la economía mundial”. El mandatario se refería a la batalla que libra con Estados Unidos y en la que el brasileño tampoco quiere decantarse. “Yo no estoy metido en esa guerra comercial. Brasil comercia con todos”, recalcó el miércoles pero el año próximo, cuando se subasta el espectro para la tecnología 5G, China podrá participar en el concurso.

Putin se ha referido reiteradamente a la necesidad de que la economía despegue “para mejorar la calidad de vida de nuestras sociedades”, inquieto quizá ante las imágenes que llegan de Chile, donde el descontento con la desigualdad ha derivado en un inesperado estallido de violentas protestas. Solo el primer ministro Narendra Modi apremió a sus socios a implicarse de lleno con los BRICS y, en un discurso que más bien parecía el de un líder empresarial, les instó a ponerse “metas más ambiciosas, a identificar prioridades” y ponerse plazos y objetivos a cumplir.

Una de las principales aportaciones de Brasil al documento final es, según uno de los negociadores, la referencia a la protección de las minorías religiosas en la guerra de Siria, un guiño a los cristianos evangélicos, que son una importante base electoral de Bolsonaro.

El Pacto de París y la soberanía

En las conclusiones, difundidas antes del almuerzo con el que ha terminado la cumbre, destaca el compromiso de los BRICS de aplicar lo firmado en el Pacto de París contra el Cambio Climático, una postura relevante después de que Estados Unidos abandonara el pacto. Los BRICS también hacen un llamamiento a los países desarrollados para que respalden con ayuda financiera, tecnológica y de capacitación a los países en desarrollo.

Brasil ha logrado incluir en el documento una mención al respeto a la soberanía nacional en los proyectos de cooperación internacional para el desarrollo sostenible. Es una referencia a la polémica suscitada este verano por los incendios de la Amazonia, que se convirtieron en uno de los asuntos estrella del G7 organizado por el presidente francés, Emmanuel Macron y al misterioso derrame de petróleo que ha afectado a más de cien playas brasileñas desde septiembre.

Otros dos puntos importantes desde la perspectiva brasileña son la aplicación adecuada de la ciencia y la tecnología en la agricultura, con el objetivo de evitar falsas barreras sanitarias solo para asegurar los mercados junto a las críticas a las medidas proteccionistas y un llamamiento a “evitar medidas unilaterales y proteccionistas que sean contrarias al espíritu y las normas de la OMC (Organización Mundial del Comercio)”.

Por Naiara Galarraga Gortázar  / Afonso Benites

Brasilia 14 NOV 2019 - 15:05 COT

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