Franco Berardi ‘Bifo’: “Tenemos que entrar en sintonía con el caos”

El filósofo italiano Franco Berardi Bifo presentó su libro El umbral. Crónicas y meditaciones, donde comparte su diario durante la pandemia y analiza la situación geopolítica que cristalizó el coronavirus.

 

Bifo dice que el comienzo de la pandemia le produjo una soledad eufórica: “Se desató un tiempo tan terrible como útil. Escribir sobre mi experiencia personal ha sido una manera casi involuntaria de analizar muchos acontecimientos que pasan en el psiquismo global”. Sobre la portada del libro El umbral. Crónicas y meditaciones (Tinta Limón, 2020), donde destaca una ilustración de su autoría, cuenta que es resultado de momentos donde está “un poco nervioso” y necesita conectarse con “una esfera menos racional”. Referente del movimiento de la autonomía obrera italiana y fundador de importantes experiencias de comunicación alternativa, Bifo se transformó en una de las voces más influyentes para leer la coyuntura internacional.

¿Qué significa que el coronavirus pasó de ser un biovirus a un infovirus y por qué eso nos coloca como humanidad ante un umbral?


Tengo que anticipar el discurso a un período anterior a la explosión de la pandemia. Al final del año 2019, durante la explosión de revueltas en todo el mundo. De Hong Kong a Quito, La Paz, Santiago de Chile, Barcelona, París, Beirut. En el otoño de 2019 me pareció que se estaba verificando algo de nuevo muy espasmódico. Me pareció que estábamos ante una confusión del cuerpo global. Como si el cuerpo de las nuevas generaciones, especialmente de la generación precarizada, hubiese nacido en el interior de la aceleración telemática.

Esta generación estaba produciendo un rechazo muy violento, muy corpóreo a la sofocación. Esa sofocación es el punto de partida de todo esto. La imposibilidad de respirar que el movimiento negro expresa con las palabras “I can’t breathe”. Es el símbolo y el síntoma al mismo tiempo del efecto que 40 años de dictadura neoliberal ha producido sobre el cuerpo y el cerebro, entendido de una manera neurofisiológica casi. Es esta corporeidad conectiva la que explota sin proyecto, sin estrategia. Desde mi perspectiva, el centro de la revuelta de otoño de 2019 es Chile. Porque en Chile todo empezó. En Chile todo puede terminar. La dictadura fascista y neoliberal.

Pero la explosión fue como un estallido de locura, una convulsión. Y la convulsión anticipaba el colapso que llegó en febrero con la pandemia. En este momento es el caos lo que tenemos que interpretar. No podemos interponer fórmulas políticas del pasado. Tenemos que entrar en sintonía con el caos. Cuando se verifica una situación de caos es inútil y peligroso pensar que tenemos que hacer la guerra contra el caos. El caos se alimenta de la guerra.

Es la primera vez que se puede usar la palabra extinción en un sentido político y no biológico. Porque la extinción se ha vuelto muy probable. Lo que tenemos que hacer es captar un nuevo ritmo, a nivel sensible, a nivel de formas de vida. Es un proceso que puede ser muy largo y muy doloroso. Yo creo que la pandemia obliga a la sociedad global a buscar un ritmo sintónico con la situación caótica que 40 años de locura neoliberal han producido. Estamos en el umbral. El pasaje de la oscuridad a la luz y de la luz a la oscuridad.

¿Y qué evidenció el virus?


Cada vez más la fuerza dominante ha sido la abstracción tecnofinanciera que ha impuesto sus reglas y que ha destrozado unos estructuras de la vida social. Pero durante la pandemia nos damos cuenta de que el problema no es el dinero. Lo importante son cosas muy concretas como las estructuras sanitarias, las mascarillas, la comida. Lo que necesitamos básicamente se impone como lo que está al centro de la atención.

Entonces, la frugalidad es la palabra que mejor expresa esta vuelta a lo concreto. Frugalidad no significa pobreza significa una relación buena, feliz, entre lo que necesitamos y lo que podemos tener. Pero hay un punto que vamos a ver claramente en el futuro: solo una redistribución de la riqueza, de los recursos a nivel planetario y local podrá permitir una salida de la crisis espantosa que se está desarrollando en el mundo. Redistribución de la riqueza, frugalidad, igualdad.

Lejos de esta posibilidad, las crecientes expresiones de derecha en el mundo han negado la pandemia y pujan desde el comienzo por volver a “encender la máquina”. Lo vemos en Brasil y en Estados Unidos, donde cada vez más se habla de un proceso de guerra civil.


El fenómeno Bolsonaro es tan extremo en su vulgaridad que me hace pensar en una especie de Berlusconi en una fase de senilidad extrema. Creo que la senilidad y la impotencia son claves muy importantes para entender la ola de violencia machista y racista. En cuanto a Estados Unidos, la guerra civil se está desarrollando. Es un potencial que no se desarrolla en las calles, se desarrolla en las grandes instituciones del imperialismo estadounidense. Pero existe también una guerra racial y social que ha explotado en los últimos cuatro meses y no parará con las elecciones. Es una crisis psíquica.

Un dato esencial es la subida ininterrumpida del consumo de drogas oficiales que lleva a una intoxicación masiva, sobre todo de la población blanca senilizante. En junio se vendieron tres millones de armas de fuego, que fue una de las mercancías más vendidas durante la pandemia: hay 300 millones de armas de fuego bajo los colchones. La insurrección del movimiento norteamericano después del asesinato de George Floyd se explica en términos de reactivación psíquica del organismo pensante de la organización colectiva. Un intento subconsciente por evitar una depresión suicida en el largo plazo.

¿Cómo vivir ante la posibilidad de la extinción en el horizonte?


El problema es que el colapso no puede ser superado al interior del paradigma neoliberal. La cuestión principal que yo me pongo es la siguiente: ¿se puede imaginar vida feliz en el horizonte de la extinción? La respuesta es sí. Es la única manera para escapar de la extinción. Seguir imaginando ternura, imaginando erotismo, imaginando aventura. 

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La pesadilla del coronavirus: Bogotá, entre el miedo y la esperanza

Aun cuando la pandemia todavía avanza sin clemencia en América Latina, las grandes urbes de esta región del globo se volvieron a poblar. Atrás, quedaron los largos días de encierro involuntario y un montón de promesas. Ahora, de regreso a la ‘normalidad’, este relato nos recuerda el discurrir de las primeras semanas de confinamiento en la capital de Colombia y su posterior ruptura.

 

Bogotá, hoy, parece otra ciudad. Incluso, peor –¿o mejor, realmente?–, Bogotá, hoy, parece una ciudad de otro planeta. La gente ha desaparecido repentinamente de las calles. Tampoco hay autos en las vías. Y la tóxica mancha gris, presente de manera habitual desde hace algún tiempo en el cielo de esta inmensa metrópoli andina, se ha esfumado también.

¿Qué pasó –entonces– con la Bogotá abarrotada de vehículos y buses atestados de pasajeros corriendo desenfrenadamente para sus trabajos desde la madrugada y luego a casa al morir el día? ¿Dónde están los miles de vendedores de toda clase de cachivaches que suelen ocupar los andenes de aquí y allá en modo rebusque? ¿Qué se hicieron los estudiantes y sus mochilas y sus risas y sus sueños? ¿Adónde han ido todos?

En su lugar, un magistral coro de pájaros de diversas especies –de regreso a sus viejos nidos: cedros, nogales, eucaliptos, cauchos sabaneros y guayacanes, desparramados por barrios y avenidas– no cesa de trinar, como antaño, regalándonos los más increíbles conciertos al amanecer. Y en las noches, cada noche, una nueva estrella se asoma en el cielo, ahora límpido. Y otra. Y una más.

Podría tratarse de una película de ficción –e incluso de un poema: la luna en lo alto sobre la ciudad vacía–. Pero, no. Es el día número 11 de un confinamiento obligatorio inimaginado para escondernos en nuestros hogares del ataque de un invisible y microscópico asesino que nos tiene a todos contra la pared, a unos rezando y a otros renegando.

La ciudad y las familias sufren una súbita metamorfosis. Cada quien trata de arreglárselas de la mejor manera. Pero, lo peor se avecina. El planeta está paralizado y la economía mundial tambalea. Bogotá y Colombia no escapan a ello.

Afuera, únicamente permanecen los prestadores de servicios esenciales: abarrotes, aseo, farmacias y funerarias, transportadores, domiciliarios, vigilantes y autoridades. Y, desde luego, un ejército que también ha sufrido pérdidas en sus propias filas por salvar las vidas de los más golpeados por el virus: el de los galenos, enfermeras, camilleros y auxiliares médicos, que adicionalmente y en no pocas ocasiones se han convertido en víctimas de la paranoia e ignorancia de unos cuantos ciudadanos que los insultan y agreden cuando los ven ingresar o salir de los edificiosdonde residen o de los supermercados donde se abastecen, por temor a ser contagiados.

 

El hambre no da tregua

 

Transcurren los días y en Bogotá, al igual que en el resto de Colombia y del globo entero, las ‘cifras’ comienzan a aumentar dramáticamente y pese a que en nuestra ciudad –según las autoridades– estas se encuentran por debajo de los estimativos iniciales, cada muerto nos duele y causa alarma. En tal parte, van ‘tantos’, dicen los noticiarios. Tantos contagiados. Tantos hospitalizados. Tantos en unidades de cuidados intensivos. Tantos fallecidos.

A estas alturas y sin dinero en el bolsillo para lo indispensable, aparecen en las calles los primeros que se resisten al encierro. Son los del rebusque. Los de las ventas de cachivaches en andenes y calles. Los de los malabares en los semáforos. Los que no pueden seguir esperando las ayudas gubernamentales ni las donaciones, porque sí llegan pero no alcanzan: las necesidades son superiores y «si no nos mata el coronavirus nos mata el hambre», repiten en cada esquina.

Poco a poco, y conforme lo autoriza el gobierno, a estos primeros hombres y mujeres, procedentes principalmente de las zonas marginales, se van sumando los obreros de las construcciones que quedaron paralizadas y luego los de las fábricas que dejaron de producir inesperadamente. Más tarde, se incorporarán otros trabajadores y posteriormente los demás grupos de población, han anunciado el presidente de la nación –un tantourgido de hacerlo– y la alcaldesa de la capital–no tan convencida de que sea el momento–.

De manera que, ahí van, bajo el miedo y la zozobra, bajo las carencias y las esperanzas, recorriendo las lluviosas calles de la ciudad, en una y otra dirección, luciendo el nuevo atuendo, la nueva prenda de vestir que se impone en el mundo de la moda 2020, igual en Europa que en América o en Asia que en África o en Oceanía: el tapabocas, esa mascarilla de la que no podremos desprendernos en mucho tiempo, pero que algunos tampoco usan, porque lo que está ocurriendo les parece una farsa o porque está agotada o porque su costo aumentó ridículamente –¡corruptamente! – y no tienen para comprarla.

Sí, podría tratarse de una película de ficción –e incluso de un poema: cualquier poema–. Pero, no. Es el día 17… 21… 29… 35… 43… 52… 60… de un confinamiento obligatorio inimaginado, que se prolonga cada tanto y que ha quebrado innumerables empresas y que ahora tiene a millares y millares sin empleo y sin para comer y sin para pagar el arriendo y sin para pagar los recibos de servicios públicos que no paran de llegar y que por el contrario vienen más caros, exagerada e injustificadamente más caros…

De forma «progresiva e inteligente», explica el gobierno, la ciudad y el país –como todas las ciudades y todos los países del mundo– van regresando a la ‘normalidad’ o intentando hacerlo. Hay que detener la otra pandemia, la de la fuerte crisis económica derivada del coronavirus. Por consiguiente, cada día hay más gente en la calle. Y también más riesgo de que el microscópico asesino alcance a quienes se descuiden.

Y ahí va el miedo, disfrazado de tapabocas. Y los muertos –sin funeral– rumbo al crematorio… ¿Aparecerá otra vez la tóxica mancha gris en el cielo? ¿Huirán los pájaros de nuevo? Sí, Bogotá, hoy, parece otra ciudad. Incluso, peor –¿o mejor, realmente?–, Bogotá, hoy, parece una ciudad de otro planeta… y el planeta parece otro planeta.

—Desde mi refugio, día 70 de confinamiento.

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Mario Henao Quevedo es periodista y guionista de nacionalidad colombiana; autor de diversos libros; ha escrito en desde abajo en varias ocasiones.

Publicado enColombia
Sábado, 30 Mayo 2020 10:56

“Por el bien de la sociedad”

“Por el bien de la sociedad”

De quince en quince, así nos llevan en la actual crisis. “Se declara confinamiento obligatorio para todo el país, el cual irá entre los días…”.

Una quincena, ese es el máximo de tiempo que quienes controlan las riendas del poder han decidido declarar una y otra vez como intervalo supuestamente adecuado para ‘controlar’ o valorar la evolución del virus. Así han actuado hasta sumar dos meses. Este es el caso particular de Colombia, país en el cual la sociedad, arrinconada por el miedo al contagio y posible muerte por el covid-19, ha asumido con relevante conformismo la crisis en curso.


Es esta una actuación calculada. Valorando el inconformismo que pudiera suscitar el hecho de reconocer de una vez que por ahora no hay otros mecanismos de control conocidos ante el virus de moda –además de llamar al distanciamiento social–, y que por tanto la crisis de salud pública se prolongará por tiempo indeterminado, las autoridades han decidido declarar el confinamiento gota a gota, quince a quince. Estamos ante un manejo calculado de la respuesta ciudadana ante una medida que la limita y la somete, que la coarta, que arrincona parte de los Derechos Humanos, pero ‘indispensable’, ya que es “por el bien de la totalidad de la sociedad”. Es un proceder de menor riesgo y menor costo político para quienes están al frente del gobierno nacional, así como de los municipios, ante lo cual la sociedad –como voz activa– nunca fue tomada en cuenta: simplemente se le somete para que cumpla o, en su defecto, padezca consecuencias de todo orden.

Se actúa con aprendizaje de las formas de gobernar, ya que es un remedo de lo hecho una y otra vez con asuntos como el alza de tarifas en el transporte o en los servicios públicos domiciliarios: incrementarlos centavo a centavo, peso a peso y no en cientos, como lo hicieron en otras épocas, y suscitando amplias protestas, neutralizando el factible inconformismo que la medida pudiera desatar.

Ese aprendizaje en las formas de gobernar queda reflejado también en las maneras empleadas al enviar el mensaje, así como su tono, la recurrencia en el uso de ciertas palabras y el énfasis en lo beneficioso de la decisión –en que siempre prima el “bienestar general” y no lo individual–; pero también con conocimiento exhaustivo del poder del miedo y sus mecanismos psicológicos, de las reacciones defensivas que genera.

Tenemos ante nosotros, por tanto, una obra de teatro con multiplicidad de actos en cuyo subir y bajar del telón la sociedad respira expectante al pensar que con el día 15 todo terminará, sin chistar, sin silbar, sin tirar cáscaras y otros objetos contra el escenario y su telón al enterarse unos minutos después, al subir de nuevo el telón, que el encierro obligatorio proseguirá, eso sí “por el bien de toda la sociedad”.

Una decisión tal, con un manejo calculado del tiempo, de las palabras, de los modos, de los cuerpos, de las decisiones tomadas –por decreto extraordinario, por presidencialismo en plena acción, que va mostrándoles toda su rentabilidad–, ante la cual no chistan ni siquiera aquellos sectores conocidos como de izquierda, alternativos o de oposición. Todos callan, convalidando una modalidad de administrar las circunstancias en curso y, por su conducto, consciente o inconscientemente, brindando mayor legitimidad a quienes tienen en sus manos las riendas del gobierno y del poder.


Sorprendente lo que el miedo despierta y potencia pero también lo que genera la debilidad discursiva, de conocimiento riguroso del motivo, las manifestaciones y las opciones que se pudieran esgrimir por parte de los sectores alternativos ante una crisis como la que tenemos. ¿Había, hay, otros mecanismos y énfasis para sobrellevar esta crisis o los únicos son los esgrimidos desde Bogotá, así como desde la Casa de Nariño?

De quince en quince. Así, ante el silencio generalizado a pesar de los significantes que acompañan cada una de las medidas tomadas, el Príncipe actúa enfatizando una y otra vez que todo lo que hace no persigue beneficios particulares porque él, “como el mejor gobernante que hayan podido imaginar” –así unas semanas atrás fuera todo lo contrario y su registro de imagen estuviera por el piso– decide y obliga por el bien de todos. No tengan duda, es “por el bien de todos y todas”, así unos salgan más perjudicados y otros, como dialéctica expresión, más beneficiados.

Vemos, pues, una actuación prodigiosa en la cual se destacan como los mejores entre los mejores los funcionarios (presidente o alcalde) que mejor enfaticen el mensaje del “bienestar general” y los que parezcan más rígidos y decididos con tal decisión, obligando a la ciudadanía a someterse, incluso bajo amenaza policial y militar, con altísimas sanciones pecuniarias, con violencia física de ser necesario. Y para ello, para ese benefactor de la totalidad que somos, quien esté dispuesto a ofrendar su vida por el común de los mortales –ignorantes, testarudos, indisciplinados…– brillará con luz propia. Estamos ante una crisis que nos afecta a todos, utilizada y manejada como botín político. Estamos en campaña electoral sin ser tiempo de esos tejemanejes.

Mientras tanto, para ahondar su poder y reforzar o recuperar la imagen de algunas de las instituciones y aparatos que lo sostienen en el poder, como la “violencia legítima”, aprovecha la crisis social que desata el covid-19 para desplegar aquí y allá –no en todas partes sino en los territorios en los cuales él sabe que su presencia no es compartida– la entrega de mercados no en manos de civiles sino de militares o de ambos en conjunción armoniosa, como lo han hecho por décadas, sobre todo en el campo, al implementar las operaciones “cívico-militares”, verdaderos laboratorios de guerra, espionaje y control social, tras los cuales queda una estela de dolor y muerte. En el caso de Bogotá y Cundinamarca, la presencia camuflada en Bosa y Soacha tiene una profunda connotación y resume una disputa de imaginarios populares de profunda significación.


También se han visto camuflados por distintas partes del país. En las grandes ciudades, además, con presencia aérea y terrestre de fuerzas policiales, arengando, entregando mensajes aquí y allá, para que actuemos ‘responsablemente’, claro, por el “bien de todos”.

De modo que se ha desatado el abordaje militarista de un asunto de salud pública que permite sospechar y disentir de cómo se actúa y se calcula desde el poder. Es un actuar sin oposición a pesar de que aquellos que sufren y acumulan padecimientos mayores en los meses y los años que vienen, sean los sectores populares, que siempre cargan sobre sus espaldas lo peor de cada crisis, económicas las más comunes y repetitivas.
Se impone un silencio de lo alternativo que no corresponde al momento vivido, cuando la crisis de salud pública desnudó las falencias más evidentes y las llagas más putrefactas de un sistema social, político, económico, militar, de minorías y para minorías.

Es lamentable la ausencia de voces discordantes que debieran estar llamando la atención sobre la urgente e inaplazable necesidad de acabar en nuestro país con la persistente distribución desigual de la riqueza, que ofende hasta las náuseas. En estos momentos se debiera desgajar masivamente la idea de realizar la indispensable desprivatización de los servicios públicos domiciliarios, y, a la par, la urgente reorientación de la política de salud pública, poniéndole fin al trato desigual que genera la peste arrasadora del neoliberalismo en este campo. No es moralmente defendible que los servicios de salud, bajo la óptica de lo privado, niegue en la práctica una salubridad efectiva, como fundamental derecho humano, que hoy se impone desde el establecimiento como negocio, como fuente de lucro para el capital privado.

Debieran, pues, aparecer numerosas y vibrantes voces que reclamen, izando planes de choque en lo económico y social, la necesidad de instaurar otro modelo de vida que sí es posible, dentro de políticas efectivas que encaren la creciente problemática del desempleo, así como impongan medidas de socialización de la renta nacional (equivalente, por lo pronto, a un salario por el tiempo que dure el confinamiento) que le procuren a la mayoría unas condiciones mínimas para estar en casa, y que hacia el futuro permitan que la sociedad colombiana ingrese de lleno en el siglo XXI, en el cual deberá dominar otra concepción sobre el tiempo, el trabajo-ingreso, la vida, lo público, la relación del ser humano con la naturaleza, la justica, etcétera.

Pero también se requieren urgentemente voces-en-cuello que reclamen gratuidad para el acceso tanto a la salud como a la educación, y a la par, la implementación de una política de lo común para administrar, planear y proyectar toda la infraestructura que tenga el título de público, en vías a que de verdad lo sea, soportado por el Estado, pero con este bajo el registro y el control social como un todo. Es decir, poniendo de cara al sol lo que ahora está de espalda: no el Estado que oprime con su peso a la sociedad sino sometido y controlado por esta, domándolo, como lo que es: expresión de todos, manifestación de la voluntad popular, la cual, por tanto, podrá desaparecerlo cuando la democratización plena de la vida cotidiana alcance suficiente relieve, es decir, el día en que los millones que somos perdamos el temor de gobernarnos abierta, directa y colectivamente, sin delegar poderes extraordinarios en nadie; o sea, el día en que la voluntad general tome plena conciencia de su razón de ser y estar en este lugar del universo.

Mientras ello no suceda, mientras el silencio sea el espacio que le permite legitimidad al poder y al gobierno que oprime y hace sufrir a las mayorías de excluidos, cualquier medida mediamente razonable que tome ese poder aparecerá como la panacea para el conjunto, como la máxima expresión de que ese poder no era antipopular y sí está a la altura de lo que la colectividad requiere.

Dicen que, en política, todo espacio que no llena quien pretende ser solución alternativa se constituye en un regalo para quien controla las riendas del poder. La primera condición para llenar ese espacio es romper el silencio. Es tiempo de hacerlo.

 

 

 

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Publicado enEdición Nº268
Miércoles, 27 Mayo 2020 10:31

“Por el bien de la sociedad”

“Por el bien de la sociedad”

De quince en quince, así nos llevan en la actual crisis. “Se declara confinamiento obligatorio para todo el país, el cual irá entre los días…”.

Una quincena, ese es el máximo de tiempo que quienes controlan las riendas del poder han decidido declarar una y otra vez como intervalo supuestamente adecuado para ‘controlar’ o valorar la evolución del virus. Así han actuado hasta sumar dos meses. Este es el caso particular de Colombia, país en el cual la sociedad, arrinconada por el miedo al contagio y posible muerte por el covid-19, ha asumido con relevante conformismo la crisis en curso.


Es esta una actuación calculada. Valorando el inconformismo que pudiera suscitar el hecho de reconocer de una vez que por ahora no hay otros mecanismos de control conocidos ante el virus de moda –además de llamar al distanciamiento social–, y que por tanto la crisis de salud pública se prolongará por tiempo indeterminado, las autoridades han decidido declarar el confinamiento gota a gota, quince a quince. Estamos ante un manejo calculado de la respuesta ciudadana ante una medida que la limita y la somete, que la coarta, que arrincona parte de los Derechos Humanos, pero ‘indispensable’, ya que es “por el bien de la totalidad de la sociedad”. Es un proceder de menor riesgo y menor costo político para quienes están al frente del gobierno nacional, así como de los municipios, ante lo cual la sociedad –como voz activa– nunca fue tomada en cuenta: simplemente se le somete para que cumpla o, en su defecto, padezca consecuencias de todo orden.

Se actúa con aprendizaje de las formas de gobernar, ya que es un remedo de lo hecho una y otra vez con asuntos como el alza de tarifas en el transporte o en los servicios públicos domiciliarios: incrementarlos centavo a centavo, peso a peso y no en cientos, como lo hicieron en otras épocas, y suscitando amplias protestas, neutralizando el factible inconformismo que la medida pudiera desatar.

Ese aprendizaje en las formas de gobernar queda reflejado también en las maneras empleadas al enviar el mensaje, así como su tono, la recurrencia en el uso de ciertas palabras y el énfasis en lo beneficioso de la decisión –en que siempre prima el “bienestar general” y no lo individual–; pero también con conocimiento exhaustivo del poder del miedo y sus mecanismos psicológicos, de las reacciones defensivas que genera.

Tenemos ante nosotros, por tanto, una obra de teatro con multiplicidad de actos en cuyo subir y bajar del telón la sociedad respira expectante al pensar que con el día 15 todo terminará, sin chistar, sin silbar, sin tirar cáscaras y otros objetos contra el escenario y su telón al enterarse unos minutos después, al subir de nuevo el telón, que el encierro obligatorio proseguirá, eso sí “por el bien de toda la sociedad”.

Una decisión tal, con un manejo calculado del tiempo, de las palabras, de los modos, de los cuerpos, de las decisiones tomadas –por decreto extraordinario, por presidencialismo en plena acción, que va mostrándoles toda su rentabilidad–, ante la cual no chistan ni siquiera aquellos sectores conocidos como de izquierda, alternativos o de oposición. Todos callan, convalidando una modalidad de administrar las circunstancias en curso y, por su conducto, consciente o inconscientemente, brindando mayor legitimidad a quienes tienen en sus manos las riendas del gobierno y del poder.


Sorprendente lo que el miedo despierta y potencia pero también lo que genera la debilidad discursiva, de conocimiento riguroso del motivo, las manifestaciones y las opciones que se pudieran esgrimir por parte de los sectores alternativos ante una crisis como la que tenemos. ¿Había, hay, otros mecanismos y énfasis para sobrellevar esta crisis o los únicos son los esgrimidos desde Bogotá, así como desde la Casa de Nariño?

De quince en quince. Así, ante el silencio generalizado a pesar de los significantes que acompañan cada una de las medidas tomadas, el Príncipe actúa enfatizando una y otra vez que todo lo que hace no persigue beneficios particulares porque él, “como el mejor gobernante que hayan podido imaginar” –así unas semanas atrás fuera todo lo contrario y su registro de imagen estuviera por el piso– decide y obliga por el bien de todos. No tengan duda, es “por el bien de todos y todas”, así unos salgan más perjudicados y otros, como dialéctica expresión, más beneficiados.

Vemos, pues, una actuación prodigiosa en la cual se destacan como los mejores entre los mejores los funcionarios (presidente o alcalde) que mejor enfaticen el mensaje del “bienestar general” y los que parezcan más rígidos y decididos con tal decisión, obligando a la ciudadanía a someterse, incluso bajo amenaza policial y militar, con altísimas sanciones pecuniarias, con violencia física de ser necesario. Y para ello, para ese benefactor de la totalidad que somos, quien esté dispuesto a ofrendar su vida por el común de los mortales –ignorantes, testarudos, indisciplinados…– brillará con luz propia. Estamos ante una crisis que nos afecta a todos, utilizada y manejada como botín político. Estamos en campaña electoral sin ser tiempo de esos tejemanejes.

Mientras tanto, para ahondar su poder y reforzar o recuperar la imagen de algunas de las instituciones y aparatos que lo sostienen en el poder, como la “violencia legítima”, aprovecha la crisis social que desata el covid-19 para desplegar aquí y allá –no en todas partes sino en los territorios en los cuales él sabe que su presencia no es compartida– la entrega de mercados no en manos de civiles sino de militares o de ambos en conjunción armoniosa, como lo han hecho por décadas, sobre todo en el campo, al implementar las operaciones “cívico-militares”, verdaderos laboratorios de guerra, espionaje y control social, tras los cuales queda una estela de dolor y muerte. En el caso de Bogotá y Cundinamarca, la presencia camuflada en Bosa y Soacha tiene una profunda connotación y resume una disputa de imaginarios populares de profunda significación.


También se han visto camuflados por distintas partes del país. En las grandes ciudades, además, con presencia aérea y terrestre de fuerzas policiales, arengando, entregando mensajes aquí y allá, para que actuemos ‘responsablemente’, claro, por el “bien de todos”.

De modo que se ha desatado el abordaje militarista de un asunto de salud pública que permite sospechar y disentir de cómo se actúa y se calcula desde el poder. Es un actuar sin oposición a pesar de que aquellos que sufren y acumulan padecimientos mayores en los meses y los años que vienen, sean los sectores populares, que siempre cargan sobre sus espaldas lo peor de cada crisis, económicas las más comunes y repetitivas.
Se impone un silencio de lo alternativo que no corresponde al momento vivido, cuando la crisis de salud pública desnudó las falencias más evidentes y las llagas más putrefactas de un sistema social, político, económico, militar, de minorías y para minorías.

Es lamentable la ausencia de voces discordantes que debieran estar llamando la atención sobre la urgente e inaplazable necesidad de acabar en nuestro país con la persistente distribución desigual de la riqueza, que ofende hasta las náuseas. En estos momentos se debiera desgajar masivamente la idea de realizar la indispensable desprivatización de los servicios públicos domiciliarios, y, a la par, la urgente reorientación de la política de salud pública, poniéndole fin al trato desigual que genera la peste arrasadora del neoliberalismo en este campo. No es moralmente defendible que los servicios de salud, bajo la óptica de lo privado, niegue en la práctica una salubridad efectiva, como fundamental derecho humano, que hoy se impone desde el establecimiento como negocio, como fuente de lucro para el capital privado.

Debieran, pues, aparecer numerosas y vibrantes voces que reclamen, izando planes de choque en lo económico y social, la necesidad de instaurar otro modelo de vida que sí es posible, dentro de políticas efectivas que encaren la creciente problemática del desempleo, así como impongan medidas de socialización de la renta nacional (equivalente, por lo pronto, a un salario por el tiempo que dure el confinamiento) que le procuren a la mayoría unas condiciones mínimas para estar en casa, y que hacia el futuro permitan que la sociedad colombiana ingrese de lleno en el siglo XXI, en el cual deberá dominar otra concepción sobre el tiempo, el trabajo-ingreso, la vida, lo público, la relación del ser humano con la naturaleza, la justica, etcétera.

Pero también se requieren urgentemente voces-en-cuello que reclamen gratuidad para el acceso tanto a la salud como a la educación, y a la par, la implementación de una política de lo común para administrar, planear y proyectar toda la infraestructura que tenga el título de público, en vías a que de verdad lo sea, soportado por el Estado, pero con este bajo el registro y el control social como un todo. Es decir, poniendo de cara al sol lo que ahora está de espalda: no el Estado que oprime con su peso a la sociedad sino sometido y controlado por esta, domándolo, como lo que es: expresión de todos, manifestación de la voluntad popular, la cual, por tanto, podrá desaparecerlo cuando la democratización plena de la vida cotidiana alcance suficiente relieve, es decir, el día en que los millones que somos perdamos el temor de gobernarnos abierta, directa y colectivamente, sin delegar poderes extraordinarios en nadie; o sea, el día en que la voluntad general tome plena conciencia de su razón de ser y estar en este lugar del universo.

Mientras ello no suceda, mientras el silencio sea el espacio que le permite legitimidad al poder y al gobierno que oprime y hace sufrir a las mayorías de excluidos, cualquier medida mediamente razonable que tome ese poder aparecerá como la panacea para el conjunto, como la máxima expresión de que ese poder no era antipopular y sí está a la altura de lo que la colectividad requiere.

Dicen que, en política, todo espacio que no llena quien pretende ser solución alternativa se constituye en un regalo para quien controla las riendas del poder. La primera condición para llenar ese espacio es romper el silencio. Es tiempo de hacerlo.

 

 

 

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Las vidas son negras, el dinero es blanco

Por qué ciertos estados de EE.UU. se apuran tanto en levantar la cuarentena

Los más apurados son los que muestran mayor divergencias entre su porcentaje de habitantes afroamericanos y las muertes por raza.

 

Varios estados en esa unión de cincuenta que son los Estados Unidos están reabriendo en todo o en parte su economía. De los cuatro costados les avisan que levantar las cuarentenas implica un costo en vidas, que están haciendo casi un cálculo de cuánto cuestan los muertos, a ver si vale la pena en dinero. Pero esas advertencias no tienen en cuenta un lado importante de la ecuación. No es “la vida o el dinero”, si no “la vida de quién o el dinero de quién”. En los estados más apurados en reabrir, quedó en claro que el dinero es de la mayoría blanca y las vidas de la minoría negra.

Los gobernadores de esos estados “aperturistas” argumentan que reciben presiones de pequeños comerciantes y de trabajadores desempleados. Pero según la encuestadora Civis Analytica, el setenta por ciento de los que opinan que es hora de abrir la economía son blancos que no perdieron su puesto de trabajo por la cuarentena. Es decir, que apenas un tercio se dice dispuesto a correr el riesgo del coronavirus por desesperación, por pobreza. La amplia mayoría está cómoda y a salvo.

La explicación está en la diferencia en la tasa de mortalidad de la covid-19 por raza, que en algunos estados llega a ser brutal. De los quince estados con minorías negras importantes, nueve muestran las mayores disparidades. De esos nueve, siete son gobernados por republicanos más o menos alineados con el presidente Donald Trump. Para dar una idea de la diferencia, en Kansas el seis por ciento de habitantes afroamericanos puso el 33 por ciento de los muertos hasta ahora. En Michigan, donde los milicianos de ultraderecha tomaron la legislatura armados con fusiles automáticos para reclamar la reapertura, el 14 por ciento de población negra puso el 44 por ciento de los muertos.

Pero el estado más aberrante es el de Georgia, gobernado por un republicano duro, Brian Kemp. Georgia es “el sur profundo”, una expresión que implica la vieja tradición confederada, una economía original de plantaciones con esclavos, racismo, Ku Klux Klan y una verdadera manía por andar armado. El 32 por ciento de los habitantes de este estado es negra, y no sólo puso la mitad de los muertos de covid-19 hasta ahora, sino que un asombroso 83 por ciento de todos los pacientes que fueron a parar a un hospital resultaron ser afroamericanos.

El gobernador Kemp autorizó a reabrir hasta las peluquerías.

En Alabama, otro símbolo del apartheid norteamericano, el 27 por ciento de los habitantes es negro y puso el 46 por ciento de los muertos. En ese estado, una buena cantidad de comisarios de pueblo -sheriffs, les dicen- simplemente se negaron a hacer cumplir la cuarentena. El gobernador acaba de abrir las playas.

En el discurso demócrata, camino a las elecciones, ya se instaló la idea de que la pandemia del coronavirus dejó al descubierto las disparidades raciales y sociales del país. El Centro de Control de Enfermedades, el ya famoso CDC, coincide. En un estudio a nivel nacional, encontró que el 18 por ciento de los norteamericanos de raza negra ya puso la tercera parte de los muertos de esta emergencia. Exactamente el 33 por ciento.

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Lunes, 11 Mayo 2020 06:54

Prisa

Prisa

Han sido largas las semanas de confinamiento a raíz de la pandemia. Esta medida para prevenir el contagio y la saturación de los servicios de salud se ha utilizado prácticamente en todas partes.

Un caso aparte es el de Suecia, donde no se confinó a la población y se estima que, al final de mayo, 40 por ciento de los habitantes de Estocolmo tendrán algún tipo de inmunidad al virus, lo que limitará el impacto del rebrote de la infección que se espera para el otoño. Hasta ahora registra menos de 4 mil fallecimientos.

La pandemia ha impuesto urgencias a sociedades y gobiernos. La población se ha sometido a las restricciones por temor al contagio y ha acatado las medidas impuestas por los gobiernos.

La estrategia de confinamiento se ha politizado inevitablemente de una u otra manera. Ejemplos sobresalientes y de diferente naturaleza son Estados Unidos, Brasil y España. Cada sociedad, a su manera, expresa sus contradicciones propias.

El conflicto adquiere nuevos tonos en la medida en que empiezan a proponerse y aplicarse medias para reabrir las calles y actividades económicas.

Esta etapa tiene un grado muy distinto de complejidad que el encierro. De la secuencia de la fase cero a la tres, ahora se plantea "desescalar", como se denomina en España, el estado de emergencia. Para ello definen otras tantas fases y sus tiempos.

Esto ocurre en un entorno de afirmaciones y rectificaciones, en el mejor de los casos. En otros se hace en medio de mucha inseguridad y de confrontación política. El proceso que se sigue ahora en Estados Unidos lo manifiesta claramente. La relección presidencial está de por medio. El fenómeno sociológico es, en general, muy relevante y están por verse las consecuencias.

Ciertamente, las muertes provocadas por el coronavirus son muy reducidas como proporción de la población total, pero ocurren al mismo tiempo. El argumento es válido, pero imagino que es más defendible cuando le ocurre a los demás y no a uno mismo y su círculo próximo. Se puede, claro, jugar a los dados. Las opciones individuales son una cosa, la dimensión social, económica y política es otra. Las ilusiones también.

El tránsito de la urgencia por contener el daño del coronavirus a la prisa por relajar el confinamiento introduce nuevas características a la naturaleza de la pandemia y sus repercusiones. La gente y las empresas demandan el relajamiento de las restricciones, las autoridades van cediendo de distintas maneras. En otros casos es alentada desde el poder.

El proceso está inmerso en el hecho de que el virus no desaparece. En un reciente artículo, el escritor Ian McEwan recuerda lo dicho por el epidemiólogo Larry Brilliant, quien contribuyó a erradicar la viruela: “Este manojo de ARN en su envoltura de grasa… se sienta a esperar con paciencia hasta que no haya más personas vulnerables”. En el caso que nos envuelve a todos hoy, no hay aún manera de conseguir la inmunidad contra el virus. No se ha comprobado que el sistema inmunológico lo consiga y no hay vacuna.

Algunas propuestas en favor de la apertura afirman que permitirá controlar el contagio. Para ello se necesita que las personas desarrollen la resistencia al virus y se consiga la "inmunidad de rebaño". La apertura en ese caso podría exigir aún más de los sistemas de salud, ya muy vapuleados. Ahí entra el debate sobre la extensión con que se deben aplicar las pruebas de contagio y, aunado a ello, el seguimiento de los contactos de los infectados.

Se habla de distinguir entre aquellos que son más vulnerables (obesos, diabéticos y viejos) y el resto de la población. Esto implica ya una manera específica de concebir la sociedad y la solidaridad, pero no debería causar demasiada sorpresa. Los fondos de pensiones estarían muy complacidos en poder eliminar el riesgo actuarial de los mayores de 60 años y liberar la presión sobre sus recursos, sobre todo ahora que hay tantos desempleados y son menores las contribuciones y las reservas.

En algunos casos se planea la apertura de ciertas actividades aun mientras los casos de contagio y defunciones van al alza. Esta etapa exigirá una renovada concepción del funcionamiento de la pandemia. Algunos, como ocurrió en el estado de Michigan, en Estados Unidos, entrarán en los recintos oficiales armados con pistolas y metralletas para exigir que se acabe el confinamiento.

¿Rebelión o protesta? ¿Incitados o motu proprio? Otros actuarán con más prudencia y hasta desobedecerán las prematuras acciones de apertura que planean sus gobiernos.

Planear la apertura, controlarla y cumplirla son tareas enormes en cuanto a su definición, aplicación y necesidad de revisión constante. Requiere de consensos y cuestiones prácticas que tienen que ser satisfechas: el control del contagio, los medios de protección disponibles, la disciplina social y un claro liderazgo técnico y político. Las cosas evolucionarán a un paso que puede ser incompatible con la prisa.

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