Domingo, 25 Enero 2009 07:41

Obama, o al rengo se le ve cuando camina

Es peligroso confundir a Barack H. Obama, el personaje político del establishment estadunidense, con el movimiento social de protesta aún informe y desorganizado que se opuso a Bush e impuso al desconocido Obama, primero como candidato presidencial –venciendo a los elefantes blancos conocidos y conservadores del Partido Demócrata que apoyaban a Hillary Clinton bajo la dirección del marido de ésta–, y después como encargado de barrer al desprestigiado y odiado Bush.

El primero es un político segundón, sin experiencia ni mucha claridad (votó contra la guerra en Irak diciendo “no me opongo a la guerra, sino a guerras estúpidas”) y despierta si no las esperanzas, al menos las expectativas de los grandes capitalistas. Éstos, en efecto, desean que siga alimentando con fondos de los contribuyentes las arcas de los grandes bancos y de las grandes empresas que ellos mismos vaciaron por “codicia e irresponsabilidad”, como dijo Obama, pero sobre todo porque en eso consiste el capitalismo, que no es otra cosa que la búsqueda desesperada de la ganancia a cualquier precio, explotando, colonizando, matando, sin ética ni norma moral alguna. Hay que decir a este respecto que el gran capital no está muy contento con Obama a pesar de su evidente continuismo con las políticas esenciales de Bush y de su carácter conservador y, en el día de la asunción del mando y tras su discurso, votó a su manera haciendo caer todas las bolsas del mundo…

El segundo (el hombre que la ola de protesta llevó a la Casa Blanca esperando que haga un cambio, que dé trabajo digno y bien pagado, evite que le roben sus casas a la gente, les dé planes de asistencia médica, escuelas decentes, paz y libertades pisoteadas por Bush) siente en su nuca el aliento de millones de negros, latinoamericanos, asiáticos, discriminados (recordó, en efecto, que su padre “no hubiera podido entrar en un restorán” hace 40 años). Si 2 millones de personas, con varios grados bajo cero, sin centro ni organización colectiva, unidos por el mismo sentimiento, llenaron las calles de Washington para apoyar a Obama en su asunción del gobierno, es porque quieren empezar a tener poder y dejar de ser nadie, y para eso se agarran de Obama y le exigirán medidas sociales.

La degradación política y social en Estados Unidos es vieja, pero el Día sin inmigrantes (un paro nacional sui generis) dio conciencia a los trabajadores pobres y a los oprimidos de que podían contar, y la candidatura de Obama les dio posteriormente un centro político y una esperanza, deformados, pero de gran importancia. Porque no se puede separar el triunfo de los obreros que ocuparon e hicieron funcionar una fábrica de puertas y ventanas de ambos procesos: el de la acción en autogestión de los inmigrantes y el electoral, que dio el impulso inicial a una politización y organización de millones de estadunidenses trabajadores, con una plataforma de reformas democráticas y económicas que el capitalismo no puede conceder, particularmente en esta época de crisis. Aparece así, potencialmente, un proceso político de masas que va mucho más allá de Obama, su canal transitorio.

Si en los años 30 un proceso similar fue canalizado por los sindicatos y después absorbido por Franklin D. Roosevelt (al cual Obama no nombra, y no por casualidad), eso fue gracias a la preparación de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué base hay hoy, en cambio, para un keynesianismo masivo y para la domesticación por el Estado de los trabajadores estadunidenses? ¿Dirige Obama un cambio?

A riesgo de desilusionar a muchos “progresistas”, gobernantes o no, Obama no ha hablado, entre sus prioridades, ni de planes masivos para dar trabajo ni de los emigrantes. Cuando mucho, tiene un plan que, si tiene éxito, podría crear en dos años 3 millones de empleos, o sea, apenas la cantidad que se perdieron en los últimos seis meses. Por otra parte, ni ha mencionado el genocidio en Gaza.

Además, si piensa reforzar las tropas en Afganistán, aunque reduzca gradualmente las que están en Irak, y si va a salvar a los bancos y las grandes empresas, ¿podrá dar seguro social a 70 por ciento de personas que no lo tienen?, ¿y podrá devolverles sus casas y el nivel de vida y los empleos que perderán en este año cuando sostiene que la crisis se debe sólo a algunos “irresponsables y codiciosos” y no a la estructura misma del sistema? ¿Cuál cambio prepara con respecto de la paz si tiene como jefe de gabinete al doble ciudadano estadunidense e israelí Rahm Emanuel Israel, que fue soldado en el ejército judío? ¿O cuando mantiene como ministro de Defensa a Robert Gates, elegido por Bush, y manda a Afganistán al general Petraeus, dictador en Irak, también del equipo de Bush? ¿El clan Bill e Hillary Clinton, que controla la política exterior, asegura acaso un cambio cuando la primera es ardientemente filoisraelí y el segundo pidió en el Senado medidas firmes de Obama contra “la amenaza” de Venezuela y Cuba? ¿El propio Obama no declara acaso que Hugo Chávez “exporta actividades terroristas y apoya a las FARC”, intoxicando a la opinión pública con mentiras insostenibles como hizo Bush respecto de Irak? ¿Qué puede esperar América Latina si uno de los principales asesores de Obama para la región es Greg Craig, abogado del ladrón y asesino Gonzalo Sánchez de Lozada, ex presidente de Bolivia refugiado en Estados Unidos, que sigue negando su extradición? En lo económico, ¿qué cambio puede producir cuando el jefe de sus asesores es Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro de Clinton, responsable de la más amplia y masiva desregulación bancaria?

Es seguro que Obama no es igual a Bush. También que se verá obligado a hacer concesiones a quienes reclaman cambios urgentes y profundos. Pero éstas serán simbólicas, superficiales. Porque Obama, aunque mulato, es un hombre del sistema, educado en Harvard. Sin duda es histórico que en un país donde el Capitolio fue construido por esclavos y en el que en los años 60 un negro no podía entrar en un restorán ni utilizar el mismo baño que un blanco, un mulato sea presidente. Pero, como dicen los haitianos, “un mulato pobre es negro y un negro rico es mulato”. No estamos sólo ante un problema racial, sino ante la más profunda crisis del capitalismo y muy posiblemente el comienzo de un vasto conflicto entre las clases.

Por, Guillermo Almeyra

 

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Miércoles, 21 Enero 2009 08:18

Gatopardismo imperial

Finalmente llegó el gran día. Toda la prensa mundial no hace sino hablar de la nueva era abierta con el acceso de Barack Obama a la Casa Blanca. Esto confirma los pesimistas pronósticos acerca del retrógrado papel que cumplen los medios del establishment al profundizar, con las ilusiones y los engaños de su propaganda, la indefensión de la “sociedad del espectáculo”, una forma involucionada de lo social donde el nivel intelectual de grandes segmentos de la población es rebajado sistemáticamente mediante su cuidadosa des-educación y desinformación. La agobiante “obamamanía” actual es un magnífico ejemplo de ello.

Obama llegó a la presidencia diciendo que representaba el cambio. Pero los indicios que surgen de la conformación de su equipo y de sus diversas declaraciones revelan que si hay algo que va a primar en su administración será la continuidad y no el cambio. Habrá algunos, sin duda, pero serán marginales, en algunos casos cosméticos y nunca de fondo. El problema es que la sociedad norteamericana, especialmente en el contexto de la formidable crisis económica en que se debate, necesita cambios de fondo, y éstos requieren algo más que simpatía o elocuencia discursiva. Hay que luchar contra adversarios ricos y poderosos, y nada indica que Obama esté siquiera remotamente dispuesto a considerar tal eventualidad. Veamos algunos ejemplos.

¿Cambio, designando como jefe de su Consejo de Asesores Económicos a Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro de Bill Clinton y artífice de la inaudita desregulación financiera de los noventa causante de la crisis actual? ¿Cambio, ratificando al secretario de Defensa designado por George W. Bush, Robert Gates, para conducir la “guerra contra el terrorismo” por ahora escenificada en Irak y Afganistán? ¿Cambio, con personajes como el propio Gates, o Hillary Clinton, que apoyaron sin ambages la reactivación de la Cuarta Flota destinada a disuadir a los pueblos latinoamericanos y caribeños de antagonizar los intereses y los deseos del imperio? En su audiencia ante el Senado, Clinton dijo que la nueva administración de Obama debería tener “una agenda positiva” para la región para contrarrestar “el temor propagado por Chávez y Evo Morales”. Seguramente se referiría al temor a superar el analfabetismo o a terminar con la falta total de atención médica, o al temor que generan las continuas consultas electorales de gobiernos como el de Venezuela o Bolivia, mucho más democráticos que el de Estados Unidos en donde todavía existe una institución tan tramposa como el colegio electoral, que hace posible, como ocurriera en el 2000, que George W. Bush derrotara en ese antidemocrático ámbito al candidato que había obtenido la mayoría del voto popular, Al Gore. ¿Puede esta Secretaria de Estado representar algún cambio?

¿Cambio, producido por un líder político que quedó encerrado en un estruendoso mutismo ante el brutal genocidio perpetrado en Gaza? ¿Qué autoridad moral tiene para cambiar algo quien actuó de ese modo? ¿Cómo suponer que representa un cambio una persona que dice, como lamentablemente lo hizo Obama hace apenas un par de días a la cadena televisiva Univisión, que “Chávez ha sido una fuerza que ha impedido el progreso de la región, (...) Venezuela está exportando actividades terroristas y respalda a entidades como las FARC”? Tamaño exabrupto y semejantes mentiras no pueden alimentar la más mínima esperanza y confirma las prevenciones que suscita el hecho de que uno de sus principales consejeros sobre América latina sea el abogado Greg Craig, asesor de la inefable Madeleine Albright, ex secretaria de Estado de Bill Clinton, la misma que dijera que las sanciones en contra de Irak luego de la Primera Guerra del Golfo (que costaron entre medio millón y un millón y medio de vidas, predominantemente de niños) “valieron la pena”. Craig, además, tiene como uno de sus clientes a Gonzalo Sánchez de Lozada, cuya extradición a Bolivia está siendo solicitada por el gobierno de Evo Morales para juzgarlo por la salvaje represión de las grandes insurrecciones populares del 2003 que dejaron un saldo de 65 muertos y centenares de heridos. Sus credenciales son, por lo visto, inmejorables para producir el tan deseado cambio.

En esa misma entrevista, Obama se manifestó dispuesto a “suavizar las restricciones a los viajes y al envío de remesas a Cuba”, pero aclaró que no contempla poner fin al embargo decretado en contra de Cuba en 1962. Agregó además que podría sentarse a dialogar con el presidente Raúl Castro siempre y cuando “La Habana se muestre dispuesta a desarrollar las libertades personales en la isla”. En fin, la misma cantinela reaccionaria de siempre. Un caso de gatopardismo de pura cepa: algo tiene que cambiar, en este caso el color de la piel, para que nada cambie en el imperio.

Por Atilio A. Boron
* Politólogo.
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Martes, 20 Enero 2009 09:10

Obama frente a los escombros

La entrada en funciones de Barack Obama confirmará una triple ruptura

1) En primer lugar, una ruptura política. Es la primera vez desde 1965 que un presidente demócrata aborda su mandato en un contexto de debilidad, incluso de derrota, de las fuerzas conservadoras. En 1977, James Carter los venció en primer lugar (justamente) gracias a su promesa de una renovación ética («Yo no os mentiré nunca») tras el escándalo del Watergate; su mandato estuvo marcado por una política monetarista y por las primeras grandes medidas de desregulación; En 1993, William Clinton se presentó como el hombre que «modernizaría» el partido demócrata asumiendo para sí numerosas ideas republicanas (la pena de muerte, el cuestionamiento de la ayuda social o la austeridad financiera)

2) Después, una ruptura económica. El neoliberalismo al estilo de Reagan no es defendible ni siquiera por sus partidarios. Durante su última conferencia de prensa como presidente, el lunes 12 de enero, George W. Bush ha «admitido voluntariamente»: «Yo dejé de lado algunos de mis principios liberales cuando mis asesores económicos me informaron de que la situación que estábamos viviendo podría llegar a ser peor que la Gran Depresión (la crisis de 1929)». «Peor», de todos modos, es un poco exagerado teniendo en cuenta que la crisis de 1929 hizo fermentar las «uvas de la ira» y la quiebra puso al país al borde del caos.

Sin embargo, 2008 se ha cerrado con una pérdida de 2.600.000 empleos en Estados Unidos, 1.900.000 de ellos sólo en los últimos cuatro meses del año. Es el peor resultado desde 1945, en otras palabras, una caída libre. Podría pasar si el país tuviera las cuentas equilibradas y una posibilidad ilimitada de relanzamiento por el endeudamiento. Pero eso está lejos… El déficit presupuestario va a llegar este año a 1,2 billones de dólares y el 8,3 del PIB. Una cifra impresionantemente mala que no sólo supera el peor resultado de la era Reagan (6% en 1993), sino que además marca que el déficit se ha multiplicado por tres de un año para otro.

3) Una ruptura diplomática. Nunca, sin duda, desde la Segunda Guerra Mundial, la imagen de Estados Unidos en el mundo había estado tan degradada. La mayoría de los países consideran que la superpotencia estadounidense desempaña un papel negativo en los asuntos del mundo, a menudo en una proporción abrumadora. Iraq, Oriente Próximo, Afganistán: El statu quo aparece insostenible, tan costoso y mortífero al mismo tiempo. Después de todo, fue invocando la necesidad de una retirada de Iraq como Obama comenzó su campaña en 2007 y ha sido gracias a su insistencia en este punto como venció a Hillary Clinton –su futura Secretaria de Estado…- en las primarias. Sin embargo, el calendario de dicha retirada parece que enfrenta al presidente electo (muy impaciente) con los militares (más «prudentes» (1)). Pero la impaciencia del primero no se explica en absoluto por una posición pacifista. La retirada, en primer lugar, conlleva la voluntad de Obama de reasignar en Afganistán una parte de las tropas retiradas de Iraq. Sin embargo no es cierto que las perspectivas de hundimiento sean menores en Kabul que en Bagdad.

Políticamente, el nuevo presidente tiene las manos libres. El paisaje de escombros que hereda va a obligar a una cierta contención a sus adversarios políticos. Su amplia victoria se ha beneficiado del impulso de las fuerzas vivas del país, especialmente los jóvenes. Y además están los sugerentes reportajes especiales, a menudo hagiográficos, que la prensa del mundo entero ha dedicado a Obama. La esperanza que suscita su entrada en la Casa Blanca es inmensa; y eso no se explica únicamente por el hecho de que el presidente de Estados Unidos sea negro. De un golpe, la «marca de América» se recuperó. Algunas decisiones de alto valor simbólico relativas al cierre de Guantánamo y la prohibición de la tortura han reforzado ese sentimiento de nueva era. «Debemos poner el mayor cuidado en reafirmar nuestros valores y en proteger nuestra seguridad», ha declarado el nuevo presidente.

Después vienen los problemas. No es suficiente irrigar la economía estadounidense de liquidez para que la máquina económica y el empleo recuperen el movimiento. La inquietud de la población en cuanto al futuro es tal, que lejos de dedicarse a consumir, ahorra más que nunca (2). La tasa de endeudamiento de las familias, que no había dejado de crecer desde 1952, ha conocido su primer retroceso en el tercer trimestre del año pasado. Así, algo que seguramente es deseable a medio y largo plazo, pone en peligro el relanzamiento rápido a través del consumo y la inversión que espera el nuevo equipo de la Casa blanca. «Si no hacemos nada, esta recesión podría durar años» ha advertido Obama, deseoso de que su programa de gastos suplementarios de 775.000 millones de dólares, compuesto de gasto público y rebajas de de los impuestos, sea adoptado rápidamente por el Congreso. ¿Será suficiente? Algunos economistas demócratas, como Paul Krugman, consideran que es insuficiente y está mal planeado (3).

La situación internacional tampoco parece prestarse a un resultado inmediato. Deliberadamente o no, los dirigentes israelíes han colocado a su gran aliado ante un hecho consumado –una guerra especialmente impopular en el mundo árabe- y obligan al nuevo presidente a hacerse cargo de un asunto minado que no constituía en absoluto su prioridad. La parcialidad en este asunto tiene el peligro de demostrar que Estados Unidos ya no podrá defender nunca una posición equilibrada en Oriente Próximo, y esto podría empañar muy deprisa su popularidad en el ámbito internacional.

Pero todo no se resume en un hombre, aunque sea nuevo. Sobre todo porque la novedad es mucho menos sorprendente cuando se examinan las actuaciones de Obama en cuanto a su gabinete. Por una ministra de Trabajo próxima los sindicatos, Hilda Solis, que promete una ruptura con las políticas anteriores, nombra a una ministra de Asuntos Exteriores, Hillary Clinton, cuyas orientaciones diplomáticas rompen menos con el pasado, y a un ministro de Defensa, Robert Gates, claramente heredado de la administración Bush. En cuanto a la diversidad del equipo, seguramente no es de naturaleza sociológica. Veintidós de los treinta y cinco primeros nombrados de Obama son diplomados de una universidad de élite estadounidense o de un encopetado colegio británico… Esto recuerda un poco la vuelta a la «competitividad» de los «best and brightets» (los mejores y más brillantes) de la administración Kennedy-Johnson. La prepotencia que caracteriza a este tipo de individuos a menudo los conduce a alardear de su poder y convertirse en fabricantes de catástrofes mundiales, como se observó durante la guerra de Vietnam. Pero Estados Unidos, en los tiempos que corren, está más bien en el abatimiento «centrista» que en la audacia del «Yes, we can», que constituiría la amenaza más temible.

(1) «Timetable for Iraq too slow for Obama» (Calendario de Iraq demasiado lento para Obama) International Herald Tribune, 15 de enero de 2009.

(2) «Hard-Hit Families Finally Saving Aggravating Nation’s Economic Woes» (Las familias más afectadas al final serán la solución de los crecientes problemas económicos de la nación) The Wall Street Journal, 6 de enero de 2009.

(3) Paul Krugman «The Obama Gap» The New York Times, 8 de enero de 2009.

Texto original en francés: http://www.monde-diplomatique.fr/carnet/2009-01-16-Obama-investiture

Serge Halimi es periodista de Le Monde diplomatique y autor del libro Les Nouveaux Chiens de Garde (Los nuevos perros guardianes), Raisons d’agir, 2ª edición, 2005.

Por, Serge Halimi, director Le Monde diplomatique Francia

Traducido para Rebelión por Caty R.

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Martes, 13 Enero 2009 07:26

Continuidades

Todo hace pensar que el 2008 no terminó el 31 de diciembre. El tiempo inerte del calendario deja paso al tiempo incierto de las transformaciones sociales. Mucho de lo que se desencadenó el año pasado va a proseguir, sin solución de continuidad, en 2009 y más allá. Analicemos algunas de las principales continuidades.

¿Crisis financiera o noche de gala de las finanzas? Los últimos cuatro meses revelaron claramente las dos partes en que el mundo está dividido: el mundo de los ricos y el de los pobres, separados pero unidos para que el mundo de los pobres continúe financiando al de los ricos. Dos ejemplos. Hoy se habla de crisis porque alcanzó al centro del sistema capitalista. Hace treinta años que los países del llamado Tercer Mundo atraviesan una crisis financiera y para resolverla solicitan, en vano, medidas muy similares a las que ahora generosamente son adoptadas por los Estados Unidos y la Unión Europea. Por otro lado, los 700 mil millones de dólares del salvataje están siendo entregados a los bancos sin restricción alguna y no llegan a las familias que no pueden pagar la hipoteca o la tarjeta de crédito, que pierden el empleo y congestionan los bancos de alimentos.

En el país más rico del mundo, uno de los grandes bancos rescatados, el Goldman Sachs, declaró en su informe fiscal que el último año apenas pagó el uno por ciento de impuestos. Mientras tanto, fue apoyado con dinero de los ciudadanos que pagan entre un 30 y un 40 por ciento de impuestos. A la luz de esto, los ciudadanos de todo el mundo deben saber que la crisis financiera no está siendo resuelta en su beneficio y que eso será evidente en este 2009. En Europa, los jóvenes griegos fueron los primeros en darse cuenta y cabe esperar que no sean los únicos.

Zimbabwe: el fardo neocolonial. La crisis de Zimbabwe es la mejor prueba de que las cuentas coloniales todavía siguen impagas. Su importancia reside en que la cuestión subyacente –la cuestión de la tierra– podría estallar próximamente en otros países, en Africa del Sur, Namibia, Mozambique, Colombia, etc. Cuando Zimbabwe se independizó, en 1980, unos 6 mil agricultores blancos poseían 15,5 millones de hectáreas, en tanto 4,5 millones de agricultores negros apenas poseían 4,5 millones de hectáreas, casi todas de tierra árida. Los acuerdos de la independencia reconocieron esta injusticia y establecieron el compromiso de Inglaterra de financiar la redistribución de las tierras. Pero eso nunca sucedió. Robert Mugabe es un líder autoritario que suscita muy poca simpatía y cuyo poder puede estar llegando a su fin, pero hasta ahora su supervivencia se asienta en la idea de justicia anticolonial, con la que los zimbabuenses están de acuerdo, incluso quienes consideran incorrectos los métodos de Mugabe. Recientemente se habló de una posible intervención militar, una cuestión que divide a los africanos y en la que, una vez más, los Estados Unidos podrían meter la mano (con el recién creado Comando Africano). Sería un error fatal no dejar que siga su curso la diplomacia africana.

Sesenta años de derechos poco humanos. La celebración en 2008 del 60º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dejó un sabor amargo. Los avances tuvieron lugar más en los discursos que en las prácticas. La inmensa mayoría de la población mundial no es sujeto de derechos humanos, antes es objeto de derechos humanos, objeto de discursos por parte de los reales sujetos de derechos humanos, los gobiernos, las fundaciones, las ONG, las iglesias, etc. Será preciso un año mucho más largo que el 2008 para revertir esta situación.

Cuba: ¿el comienzo de la transición? Pese a que los cincuenta años de la Revolución Cubana se celebran este año, en 2008 se habló mucho de Cuba. La enfermedad de Fidel Castro planteó la cuestión de la transición. ¿Desde dónde y hacia dónde? Va a ser otro tema del largo 2008, más importante para el futuro del mundo de lo que puede imaginarse. Porque si es posible decir que Europa y Norteamérica serían lo que son aun cuando no hubiera sucedido la Revolución Cubana, no puede decirse lo mismo de América latina, de Africa y Asia, o sea, de las regiones del planeta donde vive cerca del 85 por ciento de la población mundial.

La dolorosa verdad es que Cuba se transformó en un problema difícil para la izquierda socialista mundial y, particularmente, para la de Latinoamérica. Decir que Cuba es un problema difícil para la izquierda implica aceptar tres ideas: que, en su estado actual, Cuba dejó de ser una opción de izquierda viable; que los problemas que enfrenta, sin ser insuperables, son de difícil solución; y que, si esos problemas fueran resueltos en los términos de un horizonte socialista, Cuba podría volver a ser un motor de renovación de la izquierda, pero sería entonces una Cuba diferente, que podría construir un socialismo diferente del que fracasó en el siglo XX y, de ese modo, contribuir a la urgente renovación de la izquierda mundial, una renovación sin la cual la izquierda no entrará en el siglo XXI.

¿Un réquiem por Israel? El aspecto más trágico del largo 2008 está ocurriendo en Palestina, con la más reciente y más brutal masacre del pueblo palestino cometida por las fuerzas de ocupación israelíes, que cuentan, más allá del poderío militar, con la complicidad criminal del mundo occidental. Esta complicidad está hecha de silencio, hipocresía y una grotesca manipulación de la información que transforma a los ocupantes en ocupados, a los agresores en víctimas, a la provocación ofensiva en legítima defensa. El Estado de Israel constituye el más reciente (nunca el último) acto colonial de Europa, tanto por las condiciones en que fue creado como luego apoyado por Occidente. Hace sesenta años, unos 750 mil palestinos fueron expulsados de sus tierras ancestrales y condenados a una ocupación sangrienta y racista para que Europa expiase el repugnante crimen del Holocausto contra el pueblo judío. Hoy es evidente que, para los sionistas de Israel, el verdadero objetivo, la solución final de la cuestión palestina es el exterminio del pueblo palestino, y es eso lo que está en curso. ¿Habrán olvidado que las “soluciones finales” terminan siempre con la eliminación de quienes intentan realizarlas? ¿No temen que muchos de los que defendieron la creación del Estado de Israel hoy se cuestionen si, en estas condiciones –y repito, en estas condiciones–, el Estado de Israel tiene derecho a existir?

Por, Boaventura de Sousa Santos *

* Doctor en Sociología del Derecho; profesor de la Universidad de Coimbra (Portugal) y de la Universidad de Wisconsin (EE.UU.).
Traducción: Javier Lorca.
 

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“Ustedes son testigos del parto de una nueva época”. Hugo Chávez se abrocha el cinturón de seguridad. El avión presidencial, equipado con una pequeña oficina, un cuarto y ceniceros dorados, sirve de escenario para la entrevista. “Vamos a hablar un poco, y después intentaremos descansar un rato”.

La conversación se remonta atrás en el tiempo. Hasta el piso de tierra, allá en Sabaneta, un pueblo humilde en el llano venezolano, donde Hugo Rafael Chávez Frías nació en 1954. Así que el descanso se quedará para más tarde. El vuelo sólo dura tres horas.

Mientras el avión despega, Chávez empieza aquel cuento largo que tantas veces ha contado: “Porque yo vengo de ahí. Yo vengo de las catacumbas de la pobreza. He vivido la pobreza. La he visto y la he sentido”. Sin embargo, sus dos padres trabajaban como maestros en una escuela. No es el peor destino para un niño en una zona donde la gran mayoría ni siquiera tenía oportunidad de terminar su educación básica.

“Yo fui un niño andante”, dice Chávez refiriéndose al tiempo que pasó vendiendo frutas y dulces caseros para ayudar a la apretada economía familiar. En escuelas, plazas, durante eventos deportivos y a bordo de todo tipo de medio de transporte. Incluso burros. De ese tiempo, durante las largas caminatas en ese campo pobre, proceden sus primeros pensamientos políticos.

“Fue una sensación de intranquilidad y malestar ante toda esta pobreza. Y yo creo que la política justamente se trata de esto. De dejarse mover por un impulso ético y espiritual que conecta la existencia de uno con la de los otros y el bienestar o malestar de la sociedad”. El presidente baja ligeramente la voz, echa una mirada hacia la ventana antes de concluir con un concepto más o menos prestado de Aristóteles: “Yo creo que nací un animal político”.

Chávez pudo haber nacido un “animal político”, pero como tantos otros niños venezolanos su gran sueño fue el de convertirse en pelotero y llegar hasta las Grandes Ligas, la división élite del béisbol norteamericano. En aquel entonces, como ahora, los equipos de béisbol norteamericanos buscaban jóvenes talentos venezolanos a precio de remate. La esperanza de Chávez fue llegar a ser descubierto por su equipo favorito, San Fransisco Giants.

La pasión por el béisbol le llevaría a una de las decisiones personales más importantes en su vida. Para un niño pobre del campo existía sólo un camino hacia el ambiente ‘beisbolista’ alrededor de Caracas y el centro del país: el Ejército. Según Chávez fue eso, y no una vocación militarista lo que lo hizo enrolarse en el Ejército a sus 16 años.

El soldado

La vida de soldado en Venezuela era dura, pero al mismo tiempo las Fuerzas Armadas eran un peldaño en la “escalera social”. A través del aparato educativo de las Fuerzas Armadas, hombres jóvenes de los sectores populares, que eran sistemáticamente excluidos de los estudios superiores universitarios, podían obtener posiciones altamente reconocidas de buen sueldo y beneficios para ellos y sus familias. “En ese tiempo nos mandaron a luchar contra la guerrilla. Pero esa guerra no me convenció”, sostiene Chávez.

El presidente venezolano cuenta que desde temprano “oyó sobre socialismo y revolución”, cuando como niño visitaba amigos cuyos padres pertenecían a la izquierda. “Yo recuerdo cuando mataron al Che Guevara clarito. Yo tenía, como el niño que era, la ilusión muy peliculista de que al Che no lo iban a matar. Porque salía por los periódicos y en la radio que estaba rodeado, que mataron a tantos camaradas. Y yo pensaba que Fidel Castro iba a mandar unos helicópteros a rescatarlo y llevarlo a Cuba”.

Quizás esa creencia de la infancia contribuyera a que el encuentro con la guerrilla venezolana y su fracaso en llevar a cabo una revolución a la cubana, despertara en Chávez más curiosidad que temor y rechazo. En 1977, diez años después de que muriera la ilusión de la inmortalidad del Che, el entonces joven oficial Hugo Chávez sopesaba su inclusión en la guerrilla a la que habían mandado eliminar.
“Hoy”, dice el presidente a través del ruido fuerte del motor del avión, “estoy feliz por no haberlo hecho”. Mientras los partidos tradicionales AD y COPEI institucionalizaban su monopolio de poder en un pacto de alternancia conocido como Punto Fijo, la izquierda fue excluida mediante asesinatos políticos, censura de prensa y la prohibición del Partido Comunista.

El comandante

El 5 de febrero de 1992 un desconocido coronel paracaidista aparecía en las pantallas de televisión en Venezuela. La rebelión armada contra el presidente Carlos Andrés Pérez, fruto de 15 años de conspiración dentro de las Fuerzas Armadas, tomó durante la noche el control de puntos estratégicos en las ciudades de Maracay, Valencia y Maracaibo. Según el entonces Ministerio de Defensa, 14 personas perdieron la vida durante los combates. La estabilidad democrática que reinaba en Venezuela desde 1958 se consideraba una luz en la oscuridad de un continente caracterizado por golpes y dictaduras. Entonces, ¿cómo puede el presidente, quien dice haber rescatado la democracia venezolana, justificar este intento de tumbar un Gobierno democráticamente electo? Resulta que para Chávez, el régimen vigente en Venezuela no era una democracia.

“Vivíamos bajo la dictadura de la oligarquía”, dice Chávez, para continuar hablando de corrupción, represión política y de un aparato estatal en plena descomposición. A pesar de los gigantescos ingresos del petróleo, la mayoría de la población vivía en la pobreza profunda. En los años ‘90 la desigualdad entre pobres y ricos sobrepasó la de Sudáfrica durante el régimen del Apartheid.

El Caracazo, una fuerte ola de protestas reprimidas con una auténtica masacre en febrero de 1989, marcó la época. El entonces presidente, Carlos Andrés Pérez, luego de haber sido elegido con un programa de gobierno radical que prometía detener las privatizaciones, aumentar los servicios públicos y una ruptura con el FMI, dio un giro de 180 grados y decidió implementar una versión turbo de los programas de ajuste estructural.

“Esa traición fue la prueba del fracaso de aquella democracia falsa. Ya la miseria y la pobreza se había extendido por Venezuela. Y, para colmo de males, Carlos Andrés Pérez asumió la política de shock del FMI. Mucha gente ya no sabía cómo sobrevivir”, asegura Chávez. Sin embargo, la parte más traumática fue la respuesta del Gobierno. Organizaciones de derechos humanos calculan que el número de víctimas mortales producidas por la represión del Ejército se sitúa cerca de 3.000 personas.

“Eso era la libertad de expresión en aquel entonces. Aunque yo no participé en la masacre, sentía algo de culpa y una enorme vergüenza porque las Fuerzas Armadas, de las que formaba parte, había asesinado inocentes, mujeres, niños y ancianos. La indignación que muchos sentíamos estimuló la planificación de la rebelión armada contra ese Gobierno asesino tres años más tarde”, explica el presidente venezolano.

Pero el golpe de Estado contra el Gobierno de Carlos Andrés Pérez fracasó. Chávez fue rodeado y se entregó, con la condición de poder dirigirse a sus compañeros de armas en los medios de comunicación. Le fueron concedidos 30 segundos. “Nuestros objetivos no fueron alcanzados por ahora”, dijo, y asumió la responsabilidad de lo que denominó el “movimiento bolivariano cívico y militar”.

Las pocas palabras que Chávez alcanzó a pronunciar antes de que se lo llevaran detenido se quedaron grabadas en la conciencia colectiva de los venezolanos. El “por ahora” se convirtió en un eslogan que resumía la esperanza de quienes deseaban la muerte del sistema bipartidista. El resto del camino hacia el poder es un cuento conocido, que Chávez cuenta entre bocados después de recibir una sólida ración de comida aérea.

“Luna de miel con la burguesía”

La campaña electoral de 1998 ya estaba en marcha cuando las élites económicas venezolanas decidieron abandonar sus operadores políticos tradicionales y apoyar a una ex miss universo y a un multimillonario carismático para detener al recién liberado teniente coronel que no paraba de subir en las encuestas. Pero no pudieron, y mientras los fuegos artificiales

y “las hordas”, como se denomina a los pobres entre los capitalinos pudientes, gritaban en coro en escenas eufóricas, el nerviosismo se extendía en otros grupos. El programa de reformas fue bautizado como “la revolución bolivariana”. Entre sus promesas principales figuraba la lucha contra la pobreza y la corrupción y una ruptura radical con las políticas neoliberales.

“Al principio, cuando formamos el Gobierno, era como una luna de miel con la burguesía y el imperialismo”, recuerda Chávez. “Las élites en Venezuela no podían ganarme en elecciones y optaron por amansar el bicho. A través de familiares y persones claves en posiciones gubernamentales importantes querían influir en mi dirección para proteger sus privilegios”, dice Chávez.

“Así que empecé a buscar la soledad, a aislarme para reflexionar. Me alejé de amigos, supuestos amigos. Porque me di cuenta de que por esa vía, por la vía de la ingenuidad donde me querían empujar, ahí terminaría como un traidor. Uno de los muchos que prometen cambio pero dejan que las cosas sigan como antes”.

El bicho despierta

En el transcurso de 1999 los venezolanos eligieron una Asamblea Constituyente, que redactó una nueva Constitución, aprobada por el 70% en un referéndum popular en diciembre de ese año. El poderoso presidente de la petrolera estatal PDVSA, Luis Giusti, arquitecto de la liberalización de la industria petrolera, fue despedido junto al resto de la cúpula de PDVSA. La fuga de capitales se aceleró, y bancos inversores, terratenientes y empresas petroleras extranjeras veían con terror el paquete de reformas de 49 leyes que implicaba una expansión fuerte del papel del Estado en la economía. “El poder se le subió a la cabeza. Quiere convertir a Venezuela en otra Cuba”, fue el juicio unísono de los medios y la oposición, que a partir de entonces sólo llamaban a Chávez “el teniente coronel”, “el dictador”, “el loco” o “el mono”. La palabra “presidente” desapareció hasta del vocabulario de los telediarios.

“Cuando se dieron cuenta de que el intento de amansar el bicho había fracasado, las élites decidieron acudir a la violencia. Fueron las leyes revolucionarias las que provocaron el golpe de Estado”, dice el presidente. Durante el golpe del 11 de abril de 2002, Hugo Chávez fue hecho prisionero durante casi 48 horas, mientras el entonces presidente de la patronal y recién nombrado dictador, Pedro Carmona, disolvía la Asamblea Nacional y la Corte Suprema de Justicia, al tiempo que se concedía el derecho de nombrar y despedir alcaldes y gobernadores a su antojo.

Dos días después, corrientes leales de las Fuerzas Armadas y el apoyo popular se encargaron de que la dic- tadura de Carmona quedara como una de las más breves de la historia. En diciembre del mismo año, la cúpula y las capas medias de PDVSA pararon por completo la producción petrolera –y con ello casi la totalidad de la economía venezolana– demandando la dimisión de Chávez y el compromiso de que nunca se vuelva a presentar a las elecciones. Dos meses, varios llamados a otro golpe de Estado y 3.000 empresas quebradas más tarde, Hugo Chávez declaró que “ni siquiera el sabotaje petrolero puede parar la revolución bolivariana”, aunque se habían perdido al menos 14.000 millones de dólares.
El presidente Chávez salió fortalecido de los dos episodios, mientras la oposición perdió sus más importantes bastiones de poder dentro del aparato estatal, en donde empezaron a rodar las cabezas. El FMI y la Administración Bush, que dieron su apoyo incondicional a los golpistas, desde entonces se vieron obligados a dirigir su apoyo financiero a la oposición venezolana por vías más discretas.
“Como dijo Trotsky, toda revolución necesita el látigo de la contrarrevolución. Yo creo que se trata de un proceso de maduración, una decantación, de quemar etapas. Yo ya había cruzado mi Rubicón”, dice Chávez.

Socialismo casero

Chávez no duda al afirmar que las medidas que hicieron subir a la superficie la profunda división latente en la sociedad venezolana valen la pena. “La nacionalización del petróleo, por ejemplo. Si no hubiéramos asumido el control de PDVSA y hubiéramos fiscalizado a las transnacionales, ¿cómo haríamos para satisfacer las necesidades del pueblo? Estaríamos secos ya”. Frente a las medidas sociales y las 21 ‘misiones’ (programas educativos, médicos, asistenciales, etc.), algunos le acusan de populismo y compra de votos. “Yo lo llamo socialismo. Socialismo del siglo XXI”, responde Hugo Chávez. Después de salir victorioso en 11 procesos electorales, y pese a recibir en diciembre de 2007 un golpe cuando su propuesta de reforma constitucional perdió por un pequeño margen, todavía goza del apoyo de más del 60% de la población.

Los críticos mantienen que Chávez ha concentrado un poder casi totalitario en sus manos, atacado la libertad de prensa y que amenaza las instituciones democráticas del país. Pero el presidente no acepta que su “socialismo casero” cierre canales de televisión o reduzca derechos democráticos.

“Todo lo contrario”, dice Chávez, “uno de los errores más importantes de los intentos de construir el socialismo durante el siglo XX fue limitar la democracia. Yo pienso que debe ser al revés. Aquí los medios tienen plena libertad de hacer guerra mediática con llamados a golpes militares y el asesinato del presidente. Pero nuestra visión socialista de la democracia va más allá de las elecciones y el derecho de expresarse. El pueblo tiene que tener una posibilidad real de gobernar. Erradicar el analfabetismo, dar a los excluidos acceso a la educación... ésos son pasos importantes hacia la democracia verdadera. Hugo Chávez se entusiasma al hablar sobre cómo los repetidos llamados de la Administración Bush a los gobiernos de Brasil y Argentina para que aíslen a Venezuela encuentran oídos sordos, y cómo cada vez más países se declaran abiertamente seguidores del socialismo y de la idea integradora bolivariana.
“El nuevo ambiente que reina en América Latina, en los gobiernos y los pueblos, que están decididos a crear una región fuerte e independiente, me da mucho optimismo”, concluye el presidente.

Eirik Vold / Caracas (Venezuela)
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Lunes, 10 Noviembre 2008 19:29

Obama, 13 claves de su victoria

El triunfo de Obama marca una incisión en la historia política estadounidense. Junto a los triunfos de Lula y de Evo, y ‑a pesar de las marcadas diferencias que existen entre sus trayectorias, sus propuestas y los actores que representan‑, habla a las claras de la fuerza convocante de la esperanza como motor movilizador de los pueblos en los tiempos actuales.

Lo sobresaliente de la victoria de Obama no radica en su color. El es un líder afrodescendiente y, en tanto tal, estimula a que se proyecten en él –a su medida‑ las miradas que evocan a Martin Luther King Jr, Malcom X, Ángela Davis y tantos otros miles de pares golpeados, vilipendiados o asesinados por el sistema. Pero su proyección como figura política no se centró en ello; estuvo marcada por las banderas que levantó, los postulados que invocó y las puertas (oportunidades) que prometió abrir.

No se presentó tampoco como alternativa al sistema; buscó su elección dentro del sistema [norte]americano, pensando y actuando como [norte]americano. Rescatar y resaltar el "espíritu [norte]americano", apelar a sus mejores acervos político-culturales, fue precisamente lo que rubricó la fuerza cultural de su mensaje y constituyó el eje vertebrador de su estrategia para la victoria. El derrotero de su brevísimo camino a la Casa Blanca lo anuncia al mundo como un hábil estratega político. De ahí que resulte interesante destacar un grupo de claves que lo condujeron al triunfo.

○Desde su surgimiento como líder político, Obama tuvo claro que para llegar a ser Presidente hay que sentirse Presidente y actuar como tal. Para él, la presidencia no se protagoniza el día después del triunfo electoral, sino al revés: con las elecciones se corona lo que ya se es. Su discurso del 2004 así lo evidencia claramente: habló para todos, invocó los valores, el ideario y los imaginarios del legendario y ahora vilipendiado "espíritu [norte]americano". Apoyándose en ello convocó a jóvenes y viejos, hombres y mujeres, ricos y pobres, blancos y negros, demócratas y republicanos… y así lo reiteró en el discurso que pronunció luego de su triunfo. Esto lleva a otra clave:

○No sectorializó su participación ni su representación. No se asumió nunca como vocero o representante de los negros. No apeló a las armas de la justicia racial pretendiendo desde allí conquistar "el derecho" a la Presidencia. Haciéndose eco del fracaso de Jessie Jackson, por ejemplo, se presentó como [norte]americano, es decir, no como un negro, sino como un político con capacidad para representar a todos, como el Presidente ideal de los [norte]americanos. Para ello,

○No se auto-acorraló ni se dejó acorralar. Invocó valores omnipresentes, asentados (aunque relegados) en la idiosincracia [norte]americana: rescató al país de las oportunidades para todos, del reino de la libertad y de la democracia como vía. Y así lo mostró y demostró –entre otras cosas‑ disputando por su candidatura desde las primarias.

○Consciente de que la fuerza de la política radica en la sociedad, confió su candidatura a la ciudadanía y no a los acuerdos –aunque los hubo‑ con la cúpula demócrata. No fue designado ni nominado por un grupo, sino venciendo en la disputa democrática cuyos valores reivindica y encarna.

○No invocó cuestiones del pasado, no llamó a tomar revanchas, ni se refirió a los obstáculos. Mostró las posibilidades latentes presentes y futuras, y convocó a sus conciudadanos a hacerlas realidad.

○Levantó con fuerza la idea de oportunidad y de cambio, siendo esta última la palabra más reiterada de su campaña. Y no por casualidad, sino porque es la piedra angular de cualquier posibilidad de salida de la inocultable crisis profunda en la que se encuentra el país y más aún, el sistema capitalista que éste anima. Con ello,

○Supo identificar y llegar a los sectores sociales claves poseedores de la energía y fe necesarias para empujar el proceso en dirección al cambio y las oportunidades: los jóvenes y la clase media con ambiciones de movilidad social ascendente, muy golpeada por la crisis. Y no se equivocó: fueron la fuerza social central de la campaña y el voto Obama.

○No se comprometió radicalmente con nada: no definió el sentido ni los contenidos de los cambios y las oportunidades; permitió que cada uno depositara en sus palabras un contenido propio. Con lo cual,

○Estimuló la fantasía presente o dormida, y apeló a los sueños y la imaginación como vía para enfrentar el "realismo" aplastante y mediocre del mercado y el guerrerismo que invocaba Mac Cain, en su decadente convocatoria a profundizar el neoliberalismo.

○Frente a la chatura y mezquindad de "Joe el fontanero", su discurso sencillo (pero no simple) apeló a la solidaridad y a la paz, e invocó a lo mejor de los hombres y las mujeres, sabiéndolos deseosos de recuperar su orgullo y autoestima como país, tan vilipendiados por la administración Bush. Todo ello fue signando su arrollador carisma.

○No se presentó como "el cambio", sino como la oportunidad para hacerlo. Con lo cual convocó a millones a acompañarlo, para protagonizar entre todos la desafiante aventura de recrear América y el mundo.

○Esto significa o puede significar también, recrear las relaciones entre Norteamérica y Latinoamérica. Y con ello despertó esperanzas más allá de sus fronteras. Entreabre una delgada puerta hacia la posibilidad de poner fin al bloqueo a Cuba, hacia la posibilidad de cesar el injerencismo desestabilizador y golpista en los procesos de Bolivia, Venezuela y Ecuador (para solo mencionar algunos), y construir interrelaciones diferentes con el continente, basadas en principios de respeto a las integridades y designios nacionales en todo el planeta.

○No habló para Mac Cain ni para Hilary. No habló para un sector social en particular. No llamó a votar a favor de algunos (un sector), ni contra los otros (los republicanos), sino invocando el nosotros. Y con un lenguaje claro y directo se dirigió siempre a los millones de estadounidenses a quienes buscaba convocar.

La gigantesca victoria de Obama evidencia que los pueblos ‑en este caso el de EEUU‑, están por la vida, por la paz. Enseña que el pueblo [norte]americano, pese a su deambular "equivocado", tiene memoria de su valores y –crisis mediante‑, con Obama ha recuperado la esperanza y la fe en que es posible vivir de un modo diferente. Él supo despertar esos sentimientos, invocar los mejores valores de la idiosincrasia [norte]americana y constituirse en el ser humano que la personifica.

Por todo eso ganó

Esta situación permite también tomarle el pulso al universo: marca el fin del señorío absoluto del realismo cínico del neoliberalismo y del racionalismo chato que imperaron hasta ahora como horizonte máximo de lo único posible, y anuncia el retorno de la fe y la confianza en la posibilidad de construir y vivir en un mundo mejor. Con estas llaves Obama alimentó la esperanza y estimuló la movilización de miles de millones de hombres y mujeres en EEUU, con ecos en todo el plantea.

En cualquier caso, su triunfo no es casual. Es parte de las oportunidades abiertas por las luchas de los pueblos. Llega de la mano del empantanamiento bochornoso de la tropas estadounidenses en Irak, y al son de una de las más profundas crisis del sistema capitalista desde 1929. Esto muestra también que la incertidumbre se acepta como alternativa cuando –como escuché decir a un periodista‑ "se le ve la cara al abismo". Este abismo es la gran amenaza para Obama, pero a la vez su gran oportunidad y la de todos.

Indubitablemente, haber llegado a la cima del país más poderoso del mundo, hacerse cargo de una administración que es sostén del entrelazamiento de acero entre el poder financiero y el militarismo guerrerista/imperialista mundiales, no deja mucho margen  para pensar que Obama podrá "hacer lo que quiera", aunque todavía no ha expresado exactamente qué es lo que quiere. Habrá que ver qué define y  cómo se maneja, cómo hace para que los millones que lo votaron aprovechen las oportunidades que él abrió, o si ‑desdiciéndose‑ lo cocina todo tras las puertas de la Casa Blanca.

Algunos se apresuran a tomar distancia y a vaticinar que su gobierno será un desastre, que él es (o será) simplemente un instrumento del sistema. James Petras lo define como "el candidato de Wall Street" porque, para él, mientras "la esencia" del sistema no cambie, nada tiene importancia, y entonces –prácticamente‑ lo mismo le da Obama que Mac Cain. Chomsky supone que la ideología guarda una relación directa de correspondencia con la pertenencia etno/genética de cada ser humano, y por tanto define ideológicamente a Obama como "un blanco que tomó mucho sol". Otros se lamentan por la confusión que –aseguran‑ va a desatar, y otros alertan sobre su posible (y aparentemente inevitable) "traición". La pregunta en tal caso sería, ¿traición a quiénes? Porque Obama no se planteó terminar con el sistema, ni reclamó la Presidencia como acto de justicia racial. No se postuló –reitero‑ como el candidato negro de los estadounidenses, sino como el candidato de todos los estadounidenses, es decir, como el salvador de los estadounidenses y su sistema social, económico, político y cultural, y también de su liderazgo mundial, pero redefiniéndolo y reconstruyéndolo desde un lugar y con modos diferentes al hasta ahora ensayado por los republicanos. No cabría entonces considerar una "traición" que se reúna y pretenda gobernar junto con algunos de ellos. Habrá que ver en función de qué políticas, con quiénes y cómo.

Todavía no se estrenó en sus funciones, sin embargo, las dificultades, los obstáculos y las amenazas comienzan ya a disputarle el oxígeno que respira. Conociendo el historial del poder [norte]americano no resulta disparatado vislumbrar a Obama transitando por el corredor de la muerte. Pareciera recomendable entonces, no precipitarse a realizar juicios absolutos y, para saber qué atenerse, esperar.

Con Mac Cain todas las puertas estaban cerradas. La llegada de Obama a la Presidencia concita interés por las puertas que abre o las que puede –tal vez‑ llegar a abrir.

Para no cerrar el diapasón del análisis, concedamos que tal vez Obama no quiera hacer algo diferente a los republicanos. Pero aun si así fuera, si finalmente resultara igual que Bush, ello no borrará el hecho real y concreto de que el pueblo lo votó por lo que dijo y por lo que prometió, y las suyas no fueron palabras ni banderas de guerras ni odios, sino de paz, de vida, de esperanza y de cambio.

Obama es la muestra mundial de que lo aparentemente imposible puede ser realidad. Desafió la hegemonía ideológica y mediática del neoliberalismo y con su triunfo mostró que es posible cambiar, que a pesar de tantas derrotas y desaciertos hay cabida para los sueños. Y lo hizo con la fuerza de ser ‑desde las entrañas‑, la encarnación afirmativa de esa posibilidad.

¿Será realmente capaz de aprovecharla a favor de su pueblo y de los pueblos todos?

Ciertamente no sabemos lo que será su gestión de gobierno. Más aún si tenemos presente que en política no existen garantías, que no hay nada absolutamente inevitable y predeterminado.

Pero vale concluir subrayando que, cualquiera sean los rumbos que Obama tome a partir del 20 de enero, nada modificará el significado trascendente de su victoria, que ha activado la esperanza de todos los condenados de la tierra, que hoy tienen en él una muestra palpable de que es posible triunfar. Y no mañana, sino hoy, ahora.

Isabel Rauber[*]
Buenos Aires, 8 de noviembre de 2008
[*] Dra. En Filosofía. Directora del Programa de estudio de las realidades de los movimientos sociales, políticos y culturales de América latina, de la Universidad Nacional de Lanús.
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Martes, 15 Junio 2010 06:59

Verde verde. Centro centro

Concluye lánguidamente la coyuntura electoral, y de alguna manera en forma anticipada si miramos sus resultados ya cantados.

Todo era promisorio desde el 26 de febrero cuando la Corte Constitucional cerró el paso a la perpetuación en persona de Alvaro Uribe en la presidencia de Colombia, pero estamos llegando al final infeliz de escoger entre dos modalidades de continuismo: el declarado de Uribe en cuerpo ajeno, y el del neoliberalismo antipolítico y decente.

Va pasando la “calentura” y regresan las aguas a sus cauces de antes del 26 de febrero; la polarización entre una izquierda democrática minúscula y un establecimiento prepotente con nueva cara y mejor apellido en la casa presidencial. Por un lado el uribe-santismo fortalecido cuantitativamente con sus aliados tradicionales, y por el otro, el Polo y lo que quede del partido Liberal, en el mejor de los casos acompañados de los sectores más independientes de la sociedad civil: parte del periodismo investigativo y de opinión, otra parte aún más pequeña de la academia, algunos sectores de la justicia, algunas minorías culturales, defensores de derechos humanos y organizaciones de lucha contra la pobreza.

La política colombiana se ha vuelto trágicamente previsible. Es como si se hubiera escapado a la Ciencia Social y se burlara de quienes tratamos de interpretarla a diario buscando sus desajustes, sus esguinces y sus novedades en cada coyuntura. Aquí estamos pues de nuevo, en la polarización, en la continuidad del presidente más polarizante que ha tenido Colombia después de Laureano Gómez, y la continuidad también de una oposición golpeada con todas las armas posibles siempre al borde de su desaparición, cuando no desaparecida de verdad y luego resucitada.

Hablar de polarización remite a dos cuestiones básicas: a la estructura socioeconómica y sus indicadores, y a la estructura política con sus expresiones partidistas; dos asuntos que a muy pocos les gusta relacionar, y al no hacerlo contribuyen tanto a la confusión como a no pocas frustraciones colectivas.

En busca de la clase media

En lo social, Colombia es un país fuertemente polarizado por donde se le mire. Es la sociedad nacional más desigual o inequitativa de América Latina y la de mayor índice de desempleo, con cerca de cinco millones de desplazados y altísimos índices de pobreza e indigencia; la concentración del ingreso es una de las más altas del mundo. Todo lo anterior nos conduce a la pregunta por las “clases medias” en Colombia; la pregunta por su existencia, su dinámica y sus tránsitos, para luego pisar los terrenos de sus expresiones políticas y partidistas.

Durante la existencia del incipiente estado de bienestar colombiano, convengamos que hasta la década de los 70s, fungieron como clases medias en nuestro país los profesionales, los empleados del sector de los servicios, bancarios, educativos, de la salud, etc., los pequeños comerciantes, artesanos, pequeños industriales y mandos medios de la industria. Todos estos sectores, a partir de complejos procesos de política económica, han sido despojados de sus privilegios y hoy son damnificados de un aparato económico fuertemente informalizado que quebró sus relaciones laborales y sus lazos de integración con los grandes capitales del país. La casi totalidad de esas fuerzas sociales subsisten ahora como contratistas asimétricas frente a verdaderos pulpos del capital globalizado. Muchos han tenido que correr a afiliarse al Sisben y han hecho así inviable el neoliberal sistema nacional de salud. Su pauperización es generalizada!

No podemos seguir hablando alegremente de clases medias en Colombia, o que nos expliquen en la mitad de qué es que están, o entre quiénes es que pueden mediar esas clases. El centro social ha desaparecido prácticamente en este país. Dejó de desarrollarse y al contrario, tiende a cero el desarrollo de esas fuerzas sociales que en otras sociedades garantizan los equilibrios políticos, las estabilidades y la tramitación democrática de los grandes conflictos. En tanto el centro social es un vacío, el centro político es “una casa en el aire” donde solo habita la Antipolítica.

¿Y el centro?

Una cosa son las democracias europeas, donde los centrismos tienen bases sociales importantes que en alguna medida sustentan la estabilidad y la alternación en el poder; y otra bien distinta sociedades como la nuestra, donde la voracidad de sus clases dirigentes ha desmontado las bases materiales del equilibrio político para perpetuar privilegios cada vez más ilegítimos.

La erradicación de esas bases materiales ha sido al mismo tiempo la erradicación del centro político como opción de poder en Colombia. Las “opciones centro”, el “centro-centro” y el “centro profundo” que soplan sobre la política Colombiana cada vez que tenemos elecciones a la vista, han sido y son alternativas que terminan girando alrededor de los nuevos modales que se proponen para el establecimiento. Eso han sido, para aterrizar esta hipótesis, los dos gobiernos de Mockus en Bogotá y el de Fajardo en Medellín.

El Centro político en Colombia, hoy encasillado en la antipolítica Mockus-fajardista y el neoliberalismo peñalosista, no se ha atrevido a reivindicar los privilegios perdidos de las clases medias colombianas, es decir, se niega a representar al Centro social porque si lo hace, queda atrapado por el programa del Polo Democrático. A cambio de correr ese riesgo, nuestros centristas verdes, principalmente durante el último mes al verse obligados a ser explícitos, han declarado que el discurso de la equidad social tiende a justificar la violencia, que la salud y la educación no tienen que ser derechos fundamentales, rechazaron formular una nueva política internacional basada en la soberanía nacional, y como si algo les quedara faltando, aclararon que ellos no serán un partido de oposición, que simplemente apoyarán la continuidad de lo bueno y criticarán lo malo del antecesor, es decir el “ni uribismo ni antiuribismo” ya conocido de Fajardo.

El Centro en Colombia, solo puede existir como retórica para producir fenómenos electorales, así haya sido utilizada por nuestros bien intencionados exalcaldes, además alcanzando una votación mayoritariamente juvenil que envidian la izquierda y los partidos tradicionales.

Centro quiere decir comodín, o más bien estación de paso de todos aquellos que transitan de un lado al otro del espectro político.

Ahora: parece haber entonces, un secreto en los muy buenos resultados electorales del Centro, que en principio convocaba contra la trampa y la cultura del atajo enquistada en el uribismo, pero que se deslizó al final hacia la generalización maniquea de todo lo político como sujeto de corrupción.

Otra hipótesis es que ese secreto del éxito verde se llama Antipolítica, una práctica que empieza por “rebelarse” contra la correspondencia entre los discursos y los intereses, entre economía y política, entre formaciones partidistas y clases sociales, entre la lucha política y la estructura social. Proclamando la identidad maniquea entre corrupción y política trata de resolver su dilema huyendo de todo lenguaje que suponga conflicto, para refugiarse en los gestos y los símbolos, entre los cuales se prefieren los más simples y efectistas, los más aptos para consumidores despolitizados del video.

Su aspiración es a una política visual, liberada de complicaciones racionales ni preguntas alusivas a la crudeza de las materialidades sociales. La pregunta por su propia representación social sería perturbadora; interrogar su política de acuerdos y alianzas es una indiscreción; consultar si entrarán a la “unidad nacional” o harán oposición, es una necedad.

La anti, novedad continuista

La antipolítica es una expresión ideológica del liberalismo “neo” que después de la caída del muro de Berlín proclamó la victoria de su “pensamiento único” y la sepultura eterna y simultánea de la historia, las ideologías y las utopías. De tal suerte que su única verdad es el mercado, y en tanto la política no lo interprete o no sea su copia auténtica, debe también entrar al museo.

La Antipolítica en Colombia no se reduce a la simbología unas veces grotesca y otras veces confusa de Mockus; también hace parte de su baúl ese purismo ingenuo del que no se entiende con el otro para no perder la identidad, que nos retrae al sectarismo mesiánico de la vieja izquierda conspirativa de los años 60-70s, y que puede llevar a la cuestionada estrategia de convocar militancias ajenas al tiempo que se desprecian las “maquinarias” que las representan; todo bajo la tesis de las “alianzas ciudadanas”.

La Antipolítica además, es un boquete abierto en el estado a través del cual se introducen no unicamente exalcaldes exitosos. Ojalá así fuera. También entran, especialmente a los cuerpos legislativos, personajes de éxito en la televisión, el deporte y otros campos de la vida social muy poco vinculados con la gestión del interés público y de la sociedad en su conjunto.

La ola y el partido Verde podrían subsistir obviamente. Nadie les puede fabricar su lápida aún, mucho menos si hacen un giro a la izquierda o terminan el que ya iniciaron a la derecha; deberán precisar eso sí, su representación social y además, “reverdecerse” de verdad, ya que en esta campaña electoral nos dejaron esperando sus planteamientos y proyectos sobre la crisis ambiental del país, sobre la recuperación de sus ecosistemas estratégicos, los estragos ambientales de la minería industrializada, el destaponamiento del Darién, la sostenibilidad de nuestro desarrollo y un largo etcétera que en cualquier parte del expectro que se ubiquen, por lo menos les aportarían identidad y proyecto político.

De tal suerte que los Verdes no son todavía algo novedoso en la política colombiana. Aunque más desapercibidos, ya habíamos tenido Centrismo y Antipolítica en pasadas coyunturas electorales. Nuestra política tiende de nuevo a cerrarse en su propia “guerra fría” interna, ojalá no sea por otro largo cuatrenio.


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El pasado 10 de marzo se realizó en la Universidad Javeriana de Bogotá, un foro para discutir sobre la reelección del presidente Uribe en 2010. Un tema que los medios de comunicación quieren imponer en el ambiente social colombiano, pese a la urgencia de confrontar ideas ante la crisis económica mundial, las opciones para América Latina y el papel que deberá jugasr Colombia.

Al evento, organizado por una organización denominada “Revel”, fueron invitados los senadores Marta Lucía Ramírez, del Partido de la U; Rodrigo Lara Restrepo, de Cambio Radical; y Jaime Dussán, del Polo Democrático; además del representante Roy Barreras, de Cambio Radical; el ex precandidato a la Presidencia Rodrigo Rivera, del Partido Liberal; el periodista español Jorge Rabago, miembro del Partido Popular de su país, y el asesor presidencial José Obdulio Gaviria. Solamente este último dejó de asistir, ¡vaya alguien a saber por qué!

El evento, programado para las 8 de la mañana, desde muy temprano despertó el interés del público, en especial universitario, pues la fundación organizadora está conformada por miembros de distintos centros privados de educación. Más cerca de las 8 fueron llegando los asistentes más adultos, los panelistas invitados y los periodistas.

El auditorio Luis Carlos Galán, con lleno total, se alistaba para presenciar un debate democrático que seguramente, pretendiendo reflejar los resultados reales o amañados de las encuestas, contaba con un 85 por ciento de panelistas que son simpatizantes del gobierno Uribe, con un Jaime Dussán en representación del porcentaje restante. En ese momento no era muy claro el sentimiento político del auditorio, pero por los panelistas uno podía suponer que los más interesados serían los oficialistas; sin embargo, aún no era el momento de cálculos significativos. Luego de esperar por mucho tiempo a Roy Barreras y al asesor José Obdulio, el moderador procedió a comenzar el evento sin la totalidad de los invitados. Todo empezó como suele empezar ese tipo de cosas, con himnos e intervenciones que simplemente le dan una formalidad de la que la gente poco se percata.

En concordancia con los motivos de la convocatoria, se le dio la palabra a Rodrigo Rivera, quien en un discurso muy bélico habló de buscar la paz “a través de bombas atómicas populares por parte de los colombianos contra el terrorismo”, de su ya conocida propuesta de hacer de la ‘seguridad democrática’ una “política de Estado”. La solución política y negociada del conflicto armado en el ex senador Rivera es nula, pues, pese a los logros que, según él, ha dado la política guerrerista de Álvaro Uribe, no es factible negociar con una insurgencia “tan debilitada”. Para Rivera, el próximo presidente de Colombia no puede ser un “manoblandita” (retomando el término, sin rubor alguno, del ahora héroe suyo), celebra la extradición de los jefes paramilitares sin mencionar a las víctimas y pide más golpes “a todo tipo de criminales”. Dijo que la reelección de Uribe, de darse, no será por razones jurídicas ni políticas sino por mero “instinto de conservación”. Rodrigo Rivera nunca aclaró dónde estuvo el cambio en el ambiente político que lo ha llevado, en tres años, de hacer campaña contra la reelección del Presidente, y en pro de su propia elección, a estar hoy alzando muy fuerte las banderas del uribismo. ¿Involución pudiera llamarse este paso?

El siguiente en tomar la palabra fue Jaime Dussán, representante de la oposición en este foro tan ‘plural’. Dussán criticó fuertemente la estrategia política de Álvaro Uribe para aprobar la posibilidad de ser reelegido en 2010. Instigó la idea de constantes reformas a la Constitución, como lo hacen “Uribe y Chávez para hacerse reelegir”; señaló que el presidente Uribe nunca hubiera llamado a la oposición para juntos tratar de encontrar el camino hacia la paz, y mostró dos puntos estratégicos del Presidente para aprobar el “articulito” que le permita aspirar a una segunda reelección: por un lado, la aprobación a toda costa del referendo en el Congreso y, por otro, la aprobación de la reelección de alcaldes y gobernadores. Aseguró que Uribe quiere “hacerse el imprescindible”, mostrando como candidatos de su bancada a candidatos viejos o muy jóvenes que fortalecen “su imagen de imprescindible”. Criticó la fuerte crisis institucional que se agudiza cada día aupada por la reelección y el peligro que corre la división de poderes en Colombia.

Luego era el turno de la madre de la ‘seguridad democrática’, la senadora Martha Lucía Ramírez, quien ganó algunos minutos haciendo ostentación de su espíritu javeriano, saludando a la comunidad de su alma máter, a los estudiantes universitarios en general, a sus profesores, etcétera. Recordó que los colombianos no tienen necesidad de volver a “tomar decisiones políticas por temor” y que “la guerrilla está derrotada, al igual que el paramilitarismo”, sin tener en cuenta, por supuesto, las denuncias provenientes de todas partes frente al crecimiento de las llamadas bandas “emergentes” de paramilitares. Se ufanó de que en el país hay pluralismo político, aunque se le olvidó que el organismo que controla a la rama judicial y la oposición es el DAS. Ramírez cree en la continuidad de las ideas y en que las cosas no funcionaron antes en el país porque nunca hubo continuidad, omitiendo, por ejemplo, la hegemonía conservadora que gobernó entre 1887 y 1930, o la liberal, que lo hizo entre 1930 y 1946, entre otros muchos ejemplos. De pronto, para ella, la continuidad de las ideas es simplemente la continuidad de una persona en el poder. Pero al menos Martha Lucía reconoció que la falta de oportunidades sí es el sustento del conflicto armado y habló de políticas para solucionar tal problemática. Señala la “imprescindibilidad de Uribe”, ya que es quien se necesitaba para “frenar a la insurgencia”. No fija una decisión clara frente a la reelección, pues dice que, si los colombianos quieren reelección, sigue la ‘seguridad democrática’ por Uribe y, si no, por interpuesta persona, pero no contempla interrupciones en esa política.

Quien seguía a Ramírez era el senador Rodrigo Lara Restrepo, quien empezó hablando en un tono muy violento, pero no en el sentido guerrerista del oficialismo sino en el sentido de los argumentos jurídicos de algunos dignos representantes de quienes las encuestas han relegado al 15 por ciento. Para Lara, la discusión sobre la reelección no debe girar en torno a la ‘seguridad democrática’ y sus logros sino frente a la democracia en Colombia, y el respeto a las instituciones y al imperio de la ley. Para él, el pueblo colombiano es “inteligente y no dependerá de una sola persona para garantizar la seguridad”. Comparte con su colega Dussán su miedo por la amenaza a la división de poderes en el marco de una eventual reelección presidencial. Para él, “es demagógico acudir al pueblo para legitimarse” y, como Dussán cree que los “tiranos como Chávez” son quienes acuden constantemente a referendos, que desde su punto de vista sólo “agudizan la polarización y agravan las crisis sociales”, considerando eso como otro reflejo del irrespeto a las leyes. Señala que el buen gobernante es “quien respeta las leyes y no el líder providencial que hace buenas leyes”, en un tono irónico respecto al mesianismo creado alrededor de la figura de Uribe. Como argumento mayor, dice que es claro que el pueblo no quiere reelección, pues ésta, según la última encuesta, sólo tiene respaldo del 45 por ciento de los colombianos, aunque “los medios la manipularon y la mostraron como del 80”. Finalizó diciendo que estas figuras de “líderes providenciales” desacreditan el debate público a través de las encuestas.
Luego tendría la palabra el representante Roy Barreras, quien arrancó defendiendo el referendo como derecho del pueblo, ignorando la intervención del senador Lara sobre el reflejo en las encuestas de la voluntad nacional. Afirmó que el Congreso no es la representación de la voluntad del pueblo, por lo cual “la reelección es una decisión que debe ser tomada por el pueblo”. Señaló que los colombianos sí saben decidir y, por eso, en un referendo tomarán la mejor decisión. Sin embargo, señaló que lo único que resta, y como tarea de todos, es “reequilibrar la división de poderes”.

Finalmente, era el turno del español Rabago, quien en una intervención muy breve dijo que él respeta la coyuntura colombiana y que lo único que puede decir es que en España, por tradición, en cada campaña los ciudadanos deciden si reelegir o no. Sin embargo, desde su consideración, Colombia ya le dijo sí a la reelección. Sin duda, fue una intervención en la que la gente no entendió el sentido invitar a este personaje.

Finalizadas las intervenciones, se abrió una ronda de preguntas algo desordenada y en la cual tuvieron la palabra solamente los javerianos, una extraña coincidencia. Sin embargo, probablemente con un mal cálculo, las encuestas se voltearon y de repente las preguntas dirigidas en su mayoría a Rodrigo Rivera y a Martha Lucía Ramírez eran verdaderos dardos contra la ‘seguridad democrática’. Uno que otro disparo contra Rodrigo Lara y Jaime Dussán, controlado por el resto del público cuando, al final de cada respuesta, aplazaban las preguntas con prolongados aplausos. Inadvertido pasó Roy Barreras, quien sólo recibió una pregunta y eso que fue una de esas generales, y usó su intervención para atacar al Polo y su decisión del pasado Congreso de ratificar a Carlos Gaviria en la presidencia del PDA, a lo cual Dussán respondió que Gaviria la había tomado “sólo por tres meses”, y que va a ser lanzado a la precandidatura presidencial luego de ese período, a lo cual el público respondió con más aplausos prolongados. Desde ahí, Barreras poco y nada se vio.

Las intervenciones no tuvieron mucho de novedoso. En la de Rodrigo Lara, lo sorprendente no fue el contenido sino la persona, pues del vocero de Cambio Radical en el Senado nadie hubiera esperado críticas de ese calibre para el gobierno del presidente Uribe, lo que sorprendió a la concurrencia.
Muchas dudas quedaron al respecto, pues no todos fueron claros al responder la pregunta clave, ya que, por un lado, el temor a los argumentos mostrado por el periodista español, y, por otro, las aspiraciones políticas de Ramírez y Rivera, los coartaron para hablar con cierta libertad. Ese cálculo político les restó franqueza para responderles a los asistentes y sustentar con argumentos desde una postura guerrerista, como lo hizo Barreras, quien dio un sí radical; desde una postura política, como Dussán, quien dio un no rotundo; o desde una postura jurídica al estilo de Lara, quien lanzó un no profundísimo.

El evento terminó con la lagartería de siempre, con caras bajas en Rodrigo Rivera, Roy Barreras y Martha Lucía Ramírez, con un buen semblante en Dussán y Lara, y con un español que ratificó haber sido invitado sólo por su carné del Partido Popular. En fin, los javerianos como que dejaron ver el lado crítico de su formación jesuítica.

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“Retornamos a nuestras regiones pero no nos vamos”. Así lo enfatizó Aída Quinqué, Consejera Mayor de Tierradentro y representante del Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric). La frase fue pronunciado el domingo 23 de noviembre, en horas de la tarde, al momento de socializar los resultados de la reunión sostenida el sábado 22 con los representantes gubernamentales, en la cual el NO oficial fue la constante. El informe no pudo dibujar de manera más meridiana la voluntad política y el carácter del actual gobierno, obstinado en desconocer los derechos indígenas y los acuerdos firmados con representantes estatales en los últimos 17 años.

No a desistir del TLC. No a revisar las leyes rurales, de aguas y minera. No a la aprobación de la Convención de los pueblos indígenas firmada por la mayoría de países  miembros de Naciones Unidas. Así trascurrieron las 11 horas de debate en el recinto del Congreso de la República. No pudo obviarse, en el debate, desde luego, lo sucedido en el Resguardo La María, Piendamó, entre el 14 y 15 de octubre, días durante los cuales fue asesinado por tiro de fusil un comunero y heridos, por explosiones y tiros recalzados, no menos de otros 150 indígenas. La nota sobresaliente de esta parte del debate provino del coordinador de la Guardia Indígenas, que ante la crítica del Ministro de Defensa por el castigo –según el tortura- proferido contra un soldado infiltrado en La Minga, respondió: “Si, nos equivocamos en ese castigo pues al que se debiera de latigar es a usted”. 

Para negarse a cumplir con las demandas de los pueblos indígenas, que ahora ganan más y más simpatía nacional, el gobierno se valío de estratagemas jurídicas que realzan la seguridad democrática, la recuperación de la confianza inversionista y, que dejan en último lugar la inversión social, lo que impide a todas luces la sola posibilidad de diálogo sobre aspectos de beneficio común, así como dar cumplimiento a los acuerdos firmados de vieja data con diversidad de comunidades indígenas.

Razón más que suficiente para que La Minga continúe, no sólo como mecanismo para concretar los cinco puntos que le dieron origen y la dinamizan, sino además, y esto como factor fundamental, como estrategia y metodología para integrar los movimientos sociales colombianos, dotándolos de un referente de poder. La decisión de instalar el Congreso de los Pueblos, el próximo 12 de octubre, así lo confirma.

El regreso

Este lunes 24 partirán para sus regiones los más de 10.000 indígenas que con espíritu aguerrido emprendieron este largo viaje desde hace más de 20 días, caminando la palabra por distintas regiones del país y enseñándole a los citadinos que los indígenas no son como los pintan, indicándoles con total vitalidad que contra la injusticia y el mal gobierno el camino no puede ser el conformismo, sino la unidad y las resistencia civil de todo el pueblo colombiano.

Ayer domingo 23 partieron para sus regiones las comitivas del Tolima y Risaralda. Los viajantes desbordaban felicidad, las bocinas de la chivas sonaban a rabiar, mientras un ritual de manos en alto agradecían y proyectaban seguridad de triunfo para las luchas sociales. Una Minga que sintetiza, en su etapa inicial, el trasegar de la palabra. Y su desarrollo – proyección cuando los indígenas y sectores sociales del país entero comiencen a darle forma a una perspectiva de legislación de los pueblos.

Queda pendiente la evaluación colectiva de este ejercicio de resistencia. Por lo pronto algunos detalles, como los resumidos por Feliciano Valencia, Representante Cric, y vocero de La Minga, “muchos no conocían Bogotá. Para ellos esto es un sueño hecho realidad. Tomamos la decisión desde un comienzo de estar en la Universidad Nacional porque es el centro de pensamiento del país. Pero, quién lo iba a pensar, nosotros con esta Minga ya hemos estado en varias universidades: pasamos por la del Valle, luego por la del Quindio, Cundinamarca y ahora La Nacional. Y ha sido muy bonito, porque nosotros hemos aprendido de los estudiantes y ellos han aprendido de nosotros, esto es un intercambio de culturas. La Minga es una Universidad”.

Este lunes 24 se llevará a cabo una rueda de prensa, la entrega oficial de la Univesidad a sus autoridades y estudiantes y un mitín frente a la embajada de los Estados Unidos, con el cual los comuneros dejarán en claro su posición frente a la posiblidad de un TLC con ese país, al igual que con respecto a otros países, como Canadá y los mismos europeos, los cuales no hacen más que concretar beneficios para las multinacionales en Colombia. Acto que pretende ir al fondo “ir a la causa de la enfermedad. Tenemos que curar esa causa para no seguir enfermos y por eso tenemos que llegar a esos países, pues son ellos los que han generado este conflicto social, con su cultura de individualismo y consumo”, agregó Feliciano Valencia.

Por: Julián Carreño

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