Gobernemos los algoritmos (para que no nos gobiernen ellos)

 

Desde 2018 el debate sobre los sesgos y efectos perversos de los algoritmos cobra cada día mayor importancia. Fue entonces cuando salió a la luz el caso de la empresa británica Cambridge Analytica, que utilizó datos privados obtenidos de Facebook para intentar influir en las elecciones. Esto nos hizo reflexionar sobre los riesgos de aplicar algoritmos personalizados que explotan las características psicológicas del individuo con fines políticos.

En palabras de Chris Wylie, el exempleado de la empresa que destapó el caso:

Esta experiencia, generalizada pero no compartida, es llamada filter bubble o echo chamber (burbuja de filtro o cámara de eco, en español). El término evidencia cómo las mismas tecnologías que nos conectan también nos aíslan en burbujas informativas que refuerzan determinadas opiniones y nos hacen cada vez más vulnerables a la manipulación.

El caso de Cambridge Analytica forma parte de un conjunto de intentos de manipulación masiva de la opinión pública a través de ingeniería social, que Facebook denomina Information Operation (Operación Información). Es decir, acciones emprendidas por actores organizados (gobiernos u organismos no estatales) para distorsionar los sentimientos políticos de la población, al fin de lograr algún resultado estratégico y geopolítico específico.

 

Capitalismo de vigilancia

 

La psicóloga social Shoshana Zuboff, en su libro The age of surveillance capitalism (La era del capitalismo de vigilancia), nos habla de forma más articulada de algo que ya intuíamos: que la manipulación de opiniones y comportamientos es parte integrante del capitalismo basado en la vigilancia digital.

En este contexto, el dato, sobre todo el de carácter personal, juega un papel clave por dos razones. La primera es que forma parte de la base de la economía digital, el modelo de desarrollo económico más prometedor que tenemos. La segunda, que su análisis permite orientar el comportamiento colectivo, cada vez a mayor escala y de forma más rápida.

Por desgracia, el requisito básico de cada sistema informático que sea capaz de escalar conlleva la amplificación exponencial del riesgo de un posible fallo. La matemática Cathy O’Neil hablaba en 2017 de armas matemáticas de destrucción masiva (Weapons of Math Destruction) para enfatizar la escala, el daño potencial y la opacidad de los sistemas de toma de decisión basados en algoritmos de aprendizaje automático (machine learning).

El profesor de Derecho y experto en inteligencia artificial Frank Pasquale habla del problema de introducir mecanismos de rendición de cuentas (que buscan la equidad y la identificación de responsabilidades) en los procesos automatizados, en lugar de tratar esos procesos como una caja negra. Así, se esconden tras los derechos propietarios de las empresas privadas que los han desarrollado.

Solon Barocas, que investiga las cuestiones éticas y políticas de las inteligencias artificiales, hablaba en 2013 de la “gobernanza de los algoritmos” y de la necesidad de cuestionar estos artefactos y analizar sus efectos desde una perspectiva legal y de políticas públicas.

El congreso FAT*, cuya tercera edición se celebrará en Barcelona en enero de 2020, se ha convertido en el encuentro de referencia para los que quieren abordar cuestiones de transparencia, justicia y rendición de cuentas de los sistemas automatizados.

 

Europa vs. EE UU

 

En Europa, el artículo 22 del Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) nos obliga a garantizar que haya supervisión humana y derecho de apelación de las decisiones tomadas por sistemas automáticos y de perfilado (profiling).

En EE UU, fallos como la incapacidad de algoritmos, entrenados con bases de datos con una sobrerrepresentación de fotos de personas blancas, para identificar a personas de color, también motivan la voluntad de abrir y auditar estos sistemas.

Estos casos, junto a otros más inquietantes en el ámbito jurídico y policial, han sido tomados como ejemplos de la falta de sensibilidad entre los programadores sobre las cuestiones raciales y de género. Así lo argumentan Sarah Myers West, Meredith Whittaker y Kate Crawford en el libro blanco Discriminating Systems: Gender, Race, and Power in AI (Sistemas discriminatorios: género, raza y poder en las IA).

La publicación está en línea con otros autores como Andrew Selbst, que investiga los efectos legales de los cambios tecnológicos. Pretende llamar la atención sobre la necesidad de contextualizar cualquier discurso sobre desarrollo tecnológico y analizarlo como sistema tecnosocial, como ya hacen los estudios de ciencia, tecnología y sociedad.

La automatización de procesos de decisión conlleva un gran desafío técnico, legal, de gestión corporativa y moral. Esto ocurre en todas las áreas, que van desde la detección de noticias falsas y fraudes hasta el diagnóstico médico y la encarcelación de sospechosos. Por ello, es necesaria la creación de un espacio de dialogo multidisciplinar.

Los sistemas de inteligencia artificial siempre serán producto de los sesgos, la heurística y los puntos ciegos de los programadores . Abrir un debate sobre qué valores queremos grabar en nuestros sistemas para que la humanidad florezca es responsabilidad de todos.

10/06/2019

Es por esto que Estados Unidos está persiguiendo a Julian Assange

Hace una década estuve en Kabul cuando Wikileaks publicó un tramo masivo de documentos del Gobierno de los Estados Unidos sobre los conflictos en Afganistán, Irak y Yemen. El día del lanzamiento yo estaba organizando por teléfono con un funcionario estadounidense una reunión informativa no formal. En el curso de nuestra conversación, le conté de lo que me acababa de enterar por los cables de noticias.

Él se mostró muy interesado y me preguntó qué se sabía sobre el grado de clasificación de los archivos. Cuando le dije, dijo en tono aliviado: "entonces no son secretos reales".


Cuando nos encontramos más tarde en mi hotel, le pregunté por qué rechazaba las revelaciones que causaban tanto alboroto en el mundo. Explicó que el Gobierno de los Estados Unidos no era tan ingenuo como para no darse cuenta de que hacer que estos documentos estuvieran disponibles para una amplia gama de funcionarios civiles y militares significaba que era probable que se filtraran. Cualquier información realmente dañina para la seguridad de los Estados Unidos habría sido eliminada.


En cualquier caso, dijo: "No vamos a aprender los secretos más grandes de WikiLeaks porque estos ya han sido filtrados por la Casa Blanca, el Pentágono o el Departamento de Estado".


Encontré su argumento persuasivo y más tarde escribí un artículo diciendo que los secretos de Wikileaks no eran tan secretos.


Sin embargo, el amable funcionario estadounidense y yo éramos ingenuos, ya que olvidábamos que el verdadero propósito del secreto de Estado es permitir que los gobiernos establezcan su propia versión de la verdad, interesada y a menudo mendaz, mediante la selección cuidadosa de "hechos" para ser transmitida al público. Se sienten enfurecidos por cualquier revelación de lo que realmente es o por cualquier fuente alternativa de información. Tales amenazas a su control de la agenda de noticias debe ser suprimidas cuando sea posible y, donde no lo consiguen, los responsables deben ser perseguidos y castigados.


Hemos tenido dos buenos ejemplos de hasta dónde un gobierno, en este caso el de los Estados Unidos, irá para proteger su propia versión contaminada de los eventos. El primero es la acusación al fundador de Wikileaks, Julian Assange, en virtud de la Ley de espionaje por filtrar 750.000 documentos confidenciales militares y diplomáticos en 2010.


El segundo ejemplo ha ocurrido en los últimos días. Es posible que los medios internacionales no siempre se hayan cubierto de gloria informando sobre la guerra en Yemen, pero hay periodistas valientes y organizaciones de noticias que han hecho precisamente eso. Uno de ellos es el reportero yemení Maad al-Zikry que, junto con Maggie Michael y Nariman El-Mofty, es parte de un equipo de Associated Press (AP) que ganó el premio internacional Pulitzer de este año por su excelente cobertura sobre el terreno de la guerra de Yemen. Sus historias incluían revelaciones sobre los ataques con aviones no tripulados estadounidenses en Yemen y sobre las prisiones mantenidas allí por los Emiratos Árabes Unidos (EAU).


Al Gobierno de los Estados Unidos claramente no le gustó este tipo de periodismo crítico. Cuando el Pulitzer fue otorgado el martes pasado en Nueva York, Zikry no estaba allí porque le habían negado una visa para ingresar a los Estados Unidos. Ya no hay embajada de EE.UU. en la capital yemení, Sanaa, pero hace dos meses se dirigió a la embajada de los EE.UU. en El Cairo, donde su solicitud de visa, aunque con el respaldo total de AP y muchas otras instituciones prestigiosas, fue rechazada.


Después de que AP ejerciera más presión, Zikry hizo una segunda solicitud de visa y esta vez fue visto por un consejero en la embajada. Se pregunta a sí mismo: "¿Piensa la embajada de los Estados Unidos que un periodista de investigación yemení que hace informes para AP es un terrorista? ¿Estás diciendo que soy un terrorista?


El consejero dijo que "trabajarían" con su visa o, en otras palabras, que preguntarían a los poderes en Washington qué hacer. "Entonces, esperé y esperé, y esperé", dice. "Y hasta ahora no oí nada de ellos".


Por supuesto, Washington es totalmente capaz de desechar cualquier prohibición de otorgar una visa a un yemení en un caso como este, pero decidió no hacerlo.


¿Se puede comparar lo que hicieron Assange y Wikileaks en 2010 con lo que hicieron Zikry y AP en 2019? Algunos comentaristas, para su vergüenza, afirman que la búsqueda de Assange y su encarcelamiento actual en espera de una posible extradición a los Estados Unidos o Suecia no tiene nada que ver con la libertad de expresión.


De hecho, estaba haciendo lo que todo periodista debía hacer y lo hacía con mucho éxito.


Tomemos a Yemen como un ejemplo de esto. Es una historia de gran importancia actual porque en los últimos días altos funcionarios estadounidenses han denunciado a Irán por presuntamente dirigir y armar a los rebeldes hutíes que luchan contra las fuerzas saudíes y respaldadas por los Emiratos Árabes Unidos. La acción de estos supuestos representantes iraníes podría ser un casus belli en el enfrentamiento entre los Estados Unidos e Irán.


El secretario de Estado de los EE.UU., Mike Pompeo, dice que Irán ha proporcionado a los hutíes "el sistema de misiles, el hardware y la capacidad militar" que han adquirido.


El asesor de seguridad nacional, John Bolton, dijo el miércoles que Irán arriesgó una "respuesta muy fuerte" de los Estados Unidos por, entre otras cosas, los ataques con aviones no tripulados por parte de los hutíes en Arabia Saudita de los que responsabiliza a los iraníes.


Estas acusaciones de los Estados Unidos, Arabia Saudita y quien sea su aliado yemení del día en que los hutíes son títeres de Irán armados con armas suministradas por Irán tienen una larga historia. Pero, ¿qué sabemos de lo que Washington realmente piensa de estas acusaciones que no han variado mucho con los años?


Aquí es donde Wikileaks viene al rescate.


La embajada de Estados Unidos en Saná puede cerrarse hoy, pero se abrió el 9 de diciembre de 2009 cuando el embajador de Estados Unidos, Stephen Seche, envió un informe detallado al Departamento de Estado titulado: “¿Quiénes son los hutíes? ¿Cómo están luchando?”. Citando numerosas fuentes, se sabe que los hutíes“obtienen sus armas del mercado negro yemení” y por acuerdos corruptos con los comandantes militares del Gobierno. Un oficial de inteligencia yemení de alto rango dice: "Los iraníes no están armando a los hutíes. Las armas que usan son yemeníes". Otro funcionario de alto rango dice que el ejército antihutí" encubre sus fallas diciendo que las armas [de los hutíes] provienen de Irán".


Expertos yemeníes en el conflicto dicen que la adquisición de armas por parte de los hutíes hoy en día tiene poco que ver con Irán. Yemen siempre ha tenido un floreciente mercado negro de armas donde se pueden obtener armas, grandes y pequeñas, si el dinero es legal. Las fuerzas antihutí, generosamente suministradas por Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, están felices de obtener ganancias vendiendo armas a los hutíes o a cualquier otra persona.


En un período anterior, el estudio de la embajada cita "informes delicados", presumiblemente de la CIA u otra organización de inteligencia, diciendo que los extremistas de Somalia, que querían los cohetes Katyusha, simplemente habían cruzado el Mar Rojo y los habían comprado en el mercado negro yemení.


Por revelar información importante sobre la guerra de Yemen, en la que murieron al menos 70,000 personas, es la razón por la que el Gobierno de los Estados Unidos está persiguiendo a Assange y Zikry.


El desafiante periodista yemení dice que "una de las razones clave por las cuales esta tierra está en esa condición trágica tan empobrecida que ha alcanzado hoy es por el castigo masivo de Yemen por parte de la administración estadounidense". Esto es demostrablemente cierto, pero sin duda alguien en Washington lo considera un secreto.

 


(Publicado de The Independent con autorización del autor o representante)

Por Patrick Cockburn
The Unz Review

Traducido del inglés para Rebelión por J. M.

 

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Snowden alerta ante el esquema de control social más efectivo de la historia

El antiguo empleado de la CIA y de la NSA denuncia que el Gobierno de EE.UU. explota la necesidad natural de los seres humanos de pertenecer a grupos para obtener datos confidenciales.

El Gobierno de Estados Unidos tiende a secuestrar y militarizar las innovaciones en el ámbito de las telecomunicaciones, aprovechándose del deseo humano natural de comunicarse y explotándolo para conseguir poder ilimitado, denunció el exempleado de la CIA, Edward Snowden, vía videoconferencia desde Moscú ante una audiencia en la Universidad de Dalhousie (Halifax, Canadá). El video de su discurso completo fue publicado en la cuenta de YouTube del centro educativo el pasado 31 de mayo.


"Tomaron nuestra capacidad nuclear y la transformaron en el arma más horrible que el mundo había presenciado", dijo Snowden, argumentando que en el siglo XXI se está observando la misma tendencia, pero con las ciencias de la computación. "Su alcance es ilimitado... ¡pero las medidas de su salvaguardia no!", advirtió.


"El medio de control social más efectivo"


Snowden, que en 2013 filtró información altamente confidencial sobre los programas de vigilancia globales de los servicios de inteligencia estadounidense —lo que le valió la acusación de traidor—, argumenta que las tecnologías modernas militarizadas, con ayuda de los medios sociales y los gigantes tecnológicos, permite que los gobiernos se vuelvan "todopoderosos" en su capacidad de monitorear, analizar e influir en el comportamiento de la gente.


"Es a través del uso de nuevas plataformas y algoritmos […] que pueden cambiar nuestro comportamiento. En algunos casos, son capaces de predecir nuestras decisiones, y también pueden empujarlas hacia diferentes resultados", declaró Snowden.


Según él, la necesidad de los seres humanos de pertenecer a grupos sociales está siendo explotada, ya que los usuarios de las redes voluntariamente consienten en proveer sus datos privados al firmar acuerdos cuidadosamente redactados que casi nadie lee jamás.


"Tienen cientos y cientos de páginas de jerga legal que no estamos calificados para leer y evaluar y, sin embargo, se consideran vinculantes para nosotros. Y ahora estas instituciones, que son tanto comerciales como gubernamentales, [...] lo han estructurado y afianzado hasta convertirlo en el medio de control social más efectivo en la historia de nuestra especie",

Publicado: 3 jun 2019 04:27 GMT | Última actualización: 3 jun 2019 09:37 GMTconcluyó.

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Sábado, 01 Junio 2019 06:50

5G: Pinky en el mundo digital

5G: Pinky en el mundo digital

Imaginemos un satélite capaz de filtrar imágenes de la Tierra donde sólo aparecieran las señales que emiten nuestros dispositivos digitales (celulares, laptops, controles, Pcs…), las conexiones se verían en color azul, los mensajes en tenues líneas blancas. Probablemente, el efecto sería muy parecido al que se obtiene cuando se fotografía un cerebro humano con tecnología 3D. Un enjambre pulsante de nerviosas conexiones.

Un cerebro, que al igual que el cerebro humano –aunque sin muchas de sus funciones– tendría su propio discurrir fuera del alcance de la voluntad de quienes integra como cuerpo. En este caso, el planeta humano. La paradoja sería que lejos de acercar a cada uno de los cuerpos que lo componen los habrá abismado entre sí a tal grado que quede poco o nada de su inmanencia. Porque si algo ha traído consigo la conectividad digital es la más grave crisis de la presencia que se recuerde en la historia de la modernidad.

De alguna manera hemos dejado de ser seres para convertirnos en usuarios. Embotados y aislados durante horas y horas al día somos abducidos por el vértigo de las energías y los deseos que se evaporan en la red. Tan sólo para encontrar que lo que antes llamabamos "realidad" es un simple páramo o un pie de página de lo que nos ha ocurrido –o mejor dicho: no sucedido– en el incrédulo abismo de las pantallas de cristal líquido. Como en la fatal predicción de Niklas Luhmann, frente al exocerebro digital, el ser humano aparece como su simple y maleable entorno.

Hasta hoy la conectividad del sistema se regía por la tecnología de Cuarta Generación, 4G. Una conectividad basada en redes de microondas que llegaban hasta nuestros cuerpos a través de la telefonía celular. Incluso cuando se empezo a divulgar hace década y media en su versión 3G, se suponían graves efectos biomentales: angustia, insomnio, depresión… hasta los más severos: cáncer y tumores. Sin duda los produce sin alcanzar todavía sus variantes más agravantes.

Lo que está por inaugurarse en los meses próximos es la denominada Quinta Generación de los sistemas de conectividad, la tecnología 5G. La diferencia con la 4G es que sus ondas son más cortas, precisas y manipulables. Y habrá de permitir la conexión ya no sólo de celulares, sino de todos los artefactos denuestra geografía cotidiana: automóviles, televisores, puertas, estufas, camáras, baños, camas, lo que se quiera. El dilema es que en estas frecuencias, las microondas ya no son traslúcidas a los muros, los árboles y los parques. De ahí que sea preciso instalar cajas celulares cada 100 o 150 metros en edificios, calles, casas y departamentos, parques y paradas de transportes. En los próximos años, 20 mil satélites habrán de proveer esta tecnología, que en palabras de una de sus más firmes detractoras, la doctora. Sharon Goldberg, habrán de "cocinar a la humanidad con radiación de microondas".

Las impugnaciones a la tecnología 5G datan desde 2017 en un documento firmado por 185 científicos notables de 35 naciones. Hace poco, en una audencia en Washington, el senador Patrick Colbeck recogió una cantidad impresionante de estudios y testimonios que mostraban los efectos biomentales devastadores de la 5G.

Las compañías imbricadas en su desarrollo y diseminación han desoído por completo las críticas. Es muy simple. La 5G traerá consigo "la necesidad" de cambiar ¡todo! el parque celular del planeta y renovar la mayoría de los artefactos que nos rodean, desde el cochecito de juego de los niños hasta el automóvil. Una nueva fuente casi infinita de acumulación de capital.

Es aquí donde la Casa Blanca en alianza con Google ha entrado en conflicto con Huawei, la compañía china de tecnología digital. El argumento principal de Washington es que Huawei –léase: el Estado chino– pondrá en peligro la seguridad nacional de Estados Unidos. Lo que no dicen es que Google y las empresas estadunidenses pondrán bajo la vigilancia más inimaginable a la mayor parte de sus habitantes y una buena parte de la ciudadanía de Occidente. La 5G volverá transparentes todas y cada una de las acciones de los individuos en su habitat cotidiano.

La discusión parece entresacada de esa vieja caricatura que circuló en la década de los años 90, Pinky y Cerebro, que ironizaba sobre los sueños de control mundial. Cada capítulo daba inicio siempre de la misma manera:

“-¿Qué vamos hacer hoy?- preguntaba Pinky.

“-Vamos a conquistar el mundo- respondía Cerebro.”

Y Pinky, que era el supuesto bobalicón del par, se encargaba de refutar todas las ambiciones de Cerebro.

La diferencia es que la 5G sí ofrece una precisión de control sobre deseos, voluntades y acciones que incluso hoy resulta inconcebible. En realidad, la discusión ya ha llegado a México. Todo el debate sobre la necesidad de ampliar Internet a una cobertura nacional no es en realidad más que la fachada donde se dirimen los intereses que habrán de definir a la teconología dominante en México. ¿Cablear con cables de fibra óptica el territorio o adquirir satélites que hagan posible la implantación de la tecnología 5G? El más grave error sería dejar todo en manos de la 5G.

 

Las grandes empresas tecnológicas y el capitalismo de vigilancia

Mientras que antes era el mundo social y natural el que se veía subordinado a la dinámica del mercado, ahora, según nos dice, ha llegado el momento de sacar rentabilidad de la extracción de nuestra propia experiencia humana.


Hace unos años, después del colapso financiero de 2008, Matt Taibbi, de la revista Rolling Stone, describió a Goldman Sachs, el gran titán del capitalismo financiero, como “un gran calamar vampiro que envuelve el rostro de la humanidad y mete a la fuerza inexorablemente su conducto sanguíneo en cualquier cosa que huela a dinero”. Según Shoshana Zuboff, autora de Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power (“Capitalismo de vigilancia: la lucha por un futuro humano en la nueva frontera del poder”), diez años después, podríamos decir lo mismo, e incluso cosas peores, acerca del capitalismo de vigilancia.


Pero esta vez, es un calamar más grande y mete ese conducto sanguíneo a través de los móviles, las televisiones inteligentes, las tabletas y, dentro de poco, los hogares inteligentes; llega hasta el último rincón de nuestra privacidad individual y colectiva. Lo que se suponía que nos iba a liberar y que iba a estar a nuestro servicio, que era lo que esperaba Tim Berners Lee, el creador de internet, ha evolucionado a lo que él mismo definió como “un motor de injusticia y división movido por fuerzas poderosas que lo usan para sus propios planes”. El registro y mercantilización de nuestros datos, la estructura depredadora de perfiles de usuarios y de vigilancia está en el ADN del capitalismo de vigilancia. Cambridge Analytica solo es la punta del iceberg.


Zuboff señala en su brillante libro que el capitalismo de vigilancia, dominante, furtivo y omnipresente, ha explotado la experiencia humana para recoger materia prima gratuita y traducirla en datos conductuales. El excedente conductual (nuestras emociones, miedos, voces y personalidades) alimenta la “inteligencia de las máquinas” pensantes y luego se reconfigura en productos predictivos. Son productos diseñados especialmente para anticiparse a lo que vas a hacer hoy o la semana que viene a través de la modificación conductual. Pero el capitalismo de vigilancia no solo predice, sino que también nos anima influyendo en nuestro comportamiento a través de anuncios específicos personalizados e intrusivos.


Como dice la autora de un modo tan memorable, una vez que buscamos en Google, Google (y el resto) nos busca a nosotros. La lógica despiadada de las exigencias de la rentabilidad de las grandes tecnológicas nos ha desposeído digitalmente. Mientras que antes era el mundo social y natural el que se veía subordinado a la dinámica del mercado, ahora, según nos dice, ha llegado el momento de sacar rentabilidad de la extracción de nuestra propia experiencia humana.


Nuestros datos, que se han ido recopilando con remordimientos en los últimos años sin nuestro consentimiento real, se han convertido en un arma contra nosotros con eficiencia militar, según declaró Tim Cook, de Apple nada menos, al crear un perfil digital que permite que las empresas nos conozcan mejor que nosotros mismos.


¿Rebuscado o poco convincente? Considera lo siguiente


Los rastreadores de emociones portátiles tienen sensores integrados que miden y rastrean las señales biométricas de su portador (la temperatura de la piel, la frecuencia cardíaca y el pulso). Estos datos se envían a un aparato vinculado mediante tecnologías inalámbricas, como Bluetooth. Entonces se compilan enormes conjuntos de datos que, sin duda, se pueden analizar mediante algoritmos con el objetivo de detectar patrones y correlaciones a partir de los que se pueda predecir el comportamiento futuro. Quizás, cada vez que nos sintamos tristes, nuestros teléfonos nos den un chute de oxitocina o serotonina.


Todo esto se comercializa como bienestar para el consumidor, pero, en realidad, es una agresión a nuestros yos inconscientes que ayuda a los negocios a vender productos oscuros y a aumentar sus ingresos. Extraen esas microemociones y esas sensaciones más íntimas en tiempo real para obtener beneficios.


¿Te parece extraño? Vayamos un poco más lejos. Amazon patentó hace poco un diseño “de ahorro de trabajo” para llevar en la muñeca, que monitoriza las manos de los operarios de almacén y los impulsa con más rapidez a prácticas de trabajo más eficiente mediante vibraciones ultrasónicas. No hace mucho, este era el tipo de cosas que aparecía en la ciencia ficción distópica; ahora, una supervisión electrónica a distancia muy restrictiva que haga que los trabajadores no se salgan de los roles asignados se ve como una posibilidad.


Hace veinte o treinta años, la gente se hubiera indignado ante tales propuestas y vulneraciones de la persona. A finales de los ochenta, los verdes alemanes pelearon con el estado a cuenta de un censo nacional: el eslogan era “Solo se cuentan las ovejas”. En 1983, el Tribunal Constitucional alemán sentenció que las preguntas del censo propuesto eran intrusivas e innecesarias y que se podía producir un abuso de la información. Los tiempos han cambiado.


Hace poco, dos miembros del sacerdocio de la élite digital, Tom Cook y Mark Zuckerberg, exigieron más privacidad y una mayor regulación de internet. Zuckerberg, además, prometió que Facebook “iba a avanzar gradualmente hacia servicios privados y encriptados que permitieran a los usuarios confiar en que lo que hablan entre ellos permanezca seguro”.


Los dos anuncios son desvergonzados, interesados y cínicos y se ejercen en la dirección equivocada. Los principios de confianza, privacidad y comportamiento ético nunca han sido una prioridad cuando desarrollaban su hegemonía digital, social y cultural. Han hecho muy poco por proteger nuestros datos. En realidad, legalmente hablando, son sus datos, y siempre tuvieron la intención de que fuera así. Las leyes que protegen nuestros datos están siendo, desde hace mucho tiempo, socavadas por un laberinto de contratos online y términos y condiciones que nadie lee y que a los que podríamos llamar eufemísticamente un marco regulatorio laxo.


Como muchas de las sedes europeas de las grandes tecnológicas estadounidenses se encuentran en Irlanda, la comisión de protección de datos irlandesa es, de facto, la normativa europea desde que se materializó el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD). Aun así, el comisionado irlandés dijo el año pasado que no iban a investigar el rastreo secreto por parte de Google de la localización de los usuarios de Android. Supongo que es mejor no molestar demasiado al imperio con ideas de privacidad y derechos y libertades de los individuos. Hace unos años, el antiguo taoiseach (primer ministro irlandés) Enda Kenny dijo que Irlanda era el “mejor país pequeño” del mundo en el que hacer negocios. Quizá se refería a eso.


Silicon Valley, que siempre ha sido una especie de religión cienciológica digital poblada por gente que utiliza el dialecto propio del Atlántico medio como lengua franca, ha roto a sabiendas el pacto social, y ahora que los han pillado y sus beneficios podrían verse mermados, exige que haya una regulación.


Zuckerberg vino a Dublín hace poco y, en un reportaje del Irish Times, que parece un boletín de prensa de Facebook, dijo de las leyes de privacidad en Europa y el RGPD: “Creo que es una buena base que codifica muchos de los valores importantes de las personas, para que puedan elegir cómo son tratados sus datos...”. Facebook ha crecido despiadadamente gracias a una campaña casi religiosa de recogida de datos casi a cualquier precio. Embriagado por las mediciones del comportamiento y rastreando nuestras interacciones, se ha comportado como ese calamar gigante que chupa la sangre, oliendo el dinero donde sea que se agarre a esa curiosidad y debilidad humana.


Los datos que se usan (y esto significa que son recabados sin piedad, explotados y vendidos al mejor postor) no son más que una desviación de las relaciones públicas, lo que sería irrisorio, si no fuera tan obvio. Somos nosotros, y nadie más, los que debemos decidir cómo se usan nuestros datos, si es que se van a usar.


Esto no es más que propaganda interesada de Zuckerberg. Mentiras del departamento de Relaciones Públicas de Silicon Valley para intentar mejorar su “imagen corporativa” empañada. Después de todo, hasta cuando desactivas el rastreo, Facebook te sigue rastreando. Asimismo, te persigue por internet a través del código que implanta en tu navegador. Adiós a la tan aclamada promesa de Zuckerberg de remodelar Facebook y convertirla en una plataforma «“centrada en la privacidad”.


Lo que es aún más irrisorio, Facebook paga al Daily Telegraph como parte de su campaña de marketing para que cuente historias positivas sobre la plataforma bajo el título: “Ser un humano en la era de la información”. Como Orwell podría haber dicho sobre esas piezas propagandísticas: no podríais inventároslo.


Shoshanna Zuboff señala exactamente que los oligarcas digitales son los capitalistas sin escrúpulos del siglo XXI. Su modelo de negocio está basado en el “adormecimiento psíquico” y en nuestra percepción inconsciente de lo que han estado haciendo.


Que las grandes tecnológicas exijan ahora una normativa es una estrategia de los de relaciones públicas cínica, porque durante años se han opuesto a que existiera una normativa, puesto que dificulta la “innovación”, y la privacidad ya no es, según Zuckerberg, una regla social. Sin embargo, las tecnologías con las que ganan miles de millones solo han sido posibles gracias a las cuantiosas ayudas estatales y a contratos de investigación públicos. Sin el presupuesto de defensa de los Estados Unidos, o lo que es lo mismo, el dinero de los contribuyentes estadounidenses, varias generaciones de ordenadores no se habrían construido. Dicho de otro modo, es el capitalismo de Estado reestructurado como emprendimiento de libre mercado.


Lo que escribió Noam Chomsky en 2009 lo explica bien:


“El núcleo de la economía depende en gran medida del sector estatal, y eso está claro. Por poner como ejemplo el último boom económico, que estuvo basado en la tecnología de la información. ¿De dónde ha venido? De los ordenadores y de internet. Los ordenadores e internet estuvieron casi en su totalidad en el sistema estatal durante unos 30 años (investigación, desarrollo, adquisición, otros dispositivos) antes de que, por fin, se cedieran a empresas privadas para que se lucraran con ellos”.


La relación Silicon Valley / Estado está en desarrollo y aún es recíproca. Eric Schmidt, ex CEO de Google, ahora es el presidente del Consejo de Innovación en Defensa creado por el Pentágono y constituido por expertos procedentes de Silicon Valley, profesores universitarios y la industria de defensa estadounidense para “innovar” (otra vez esa palabra) y analizar el uso de la inteligencia artificial en la guerra, entre otras cosas. La innovación, en este momento, es en realidad un recurso retórico y un poder otorgado para violar nuestra privacidad y cosas peores.


Es sorprendente que otro miembro de la junta, el profesor de Derecho de Harvard Cass Sunstein, propusiera hace unos años la idea innovadora y propia de Huxley de la “infiltración cognitiva”, idea que supone que “los agentes del Gobierno (y sus aliados) podrían entrar en salas de chat, redes sociales en línea e, incluso, en grupos reunidos en espacios físicos e intentar socavar teorías de la conspiración filtradas planteando dudas sobre sus hipótesis objetivas, su lógica causal o consecuencias por actuaciones políticas”. El camino al infierno se ha pavimentado con buenas intenciones y efectos inesperados. Quizás. O quizás, no. A lo mejor, su momento, por fin, ha llegado.


Se podría decir que hay privacidad para los ricos y el panóptico de las redes sociales para todos los demás. No es, ni más ni menos, que la devastación gradual de la libertad humana, como la fábula de la rana en el agua hirviendo, y ha pasado incluso antes de que nos demos cuenta de lo que estaba pasando.


¿Por qué es importante todo esto? La vigilancia constante crea una cárcel para la mente. Las innovaciones de vigilancia de las grandes tecnológicas golpean directamente a lo que nos hace humanos: nuestra privacidad, nuestra voluntad, nuestra autonomía y nuestra necesidad de soledad.


Sin soledad, ¿cómo podemos comprender quiénes y qué somos? Sin ella, no podemos ser totalmente humanos y, sin duda, nunca podemos ser totalmente libres.


Reagan, Thatcher, Blair y otros nos dijeron que el capitalismo neoliberal iba de la libertad y la liberación del individuo de la economía y de la libertad económica. Internet nos prometió una emancipación similar y, aun así, hemos acabado en un capitalismo de vigilancia.


El artículo de Richard Barbrook y Andy Cameron titulado The Californian Ideology now, publicado hace más de veinte años, parece extraordinariamente profético. En él, advertían de que “las tecnologías de la libertad se están convirtiendo en las máquinas de dominación”. Tim Berners Lee estaría de acuerdo. De una forma estrambótica para todos nosotros, la ideología californiana de individualismo libertario de la disconformidad y el capitalismo de libre mercado han convergido y se han transformado en un capitalismo de vigilancia rapaz.


El utopismo tecnológico es la nueva ortodoxia digital del día y la “innovación” se ha convertido en la representante de la intrusión profunda en nuestra privacidad, e incluso, como nos advierte Ruboff, en la conciencia que tenemos de nosotros mismos. La doctrina de la inevitabilidad tecnológica de Silicon Vally, añade la autora, “trae consigo un virus convertido en arma del nihilismo moral programado para dirigirse a la capacidad humana de tomar decisiones y borrar del texto de la posibilidad humana la resistencia y la creatividad”.


Como se ha dicho en otro lugar, el modelo de negocios de las grandes tecnológicas no es compatible con nuestros derechos, valores humanos ni con nuestras democracias. Y lo que es más importante, no es compatible con la propia idea del ser humano. Zuboff termina este libro providencial con una advertencia que deberíamos tener en cuenta:


“No está bien que nuestros movimientos, emociones, expresiones y deseos sean catalogados, manipulados y, después, utilizados para llevarnos en manada de manera subrepticia a través del tiempo futuro para beneficio de alguien”.


En este momento, hay asimetrías de conocimiento sin precedentes con multimillonarios como Eric Schmidt y Zuckerberg, pues ellos saben muchísimo sobre nosotros, pero nosotros sabemos muy poco de ellos. Como señala Zuboff: “Aspiran a que nadie les cuestione su poder para saber, para decidir quién sabe y quién decide”.


Pero ¿y si surge de todo esto un monstruo burocrático, estatal y corporativo? Este monstruo, como advierte David Samuels, de la revista Wired, tiene capacidad para “rastrear, clasificar, enloquecer, manipular y censurar a los ciudadanos”, algo similar al Estado-Gran Hermano de China. ¿Y si la libertad digital que creíamos tener no es libertad en absoluto, sino un tipo de tiranía disfrazada de libertad? ¿Y si durante nuestra somnolencia digital inducida el calamar monstruoso ya ha llegado?

 
Traducción: Isabel Pozas González.

publicado
2019-05-30 06:26:00
Publicado enSociedad
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El veto de Trump sobre Huawei y China afecta directamente a la libertad de los consumidores europeos, pero encierra una lucha por el control de la infraestructura

"Quien controla la infraestructura tiene un control muy alto sobre qué se mueve por ella, cuándo y a qué velocidad", recuerdan los expertos

 

Hace una década, decir que Internet como red libre estaba para tirar a la basura y empezar de cero con otra era considerado una postura radical. Hoy es lo que propone uno de sus padres, Tim Bernes-Lee, el ingeniero que inventó del concepto de la World Wide Web. A través de la fundación que dirige está buscando apoyos para desarrollar una red descentralizada y que impida por concepto que los gobiernos y las grandes empresas vuelvan a cerrarla, como han hecho con la actual. Internet no es neutral y nunca lo ha sido, pero está yendo a peor.

Que EEUU haya decidido determinar a la población mundial sobre qué dispositivos comprar, bloqueando que haya software o componentes estadounidenses en los dispositivos que fabriquen la empresas chinas Huawei o ZTE es el último ejemplo. Pero hay muchos más, mirando arriba, abajo y a los lados.


No hay ninguna autoridad pública que gobierne los asuntos de Internet. Esta circunstancia, considerada positiva por los expertos como un plus en sus primeros años, está en cuestión tras escándalos como el de Facebook y Cambridge Analytica. No hay nadie que ponga reglas, pero eso implica que tampoco hay nadie encargado de que proteger la red como un espacio neutral.


Otros aspectos están gobernados de forma estrictamente privada. Es el caso de la asignación de nombres de dominio, como los ".com" o ".es", sobre los que decide el ICANN, una institución privada aunque sin propósito de lucro radicada en California. Puede parecer que su labor no es demasiado trascendental, hasta que se topa con un debate con aristas, como sobre el que se ha posicionado esta semana: ¿el dominio ".amazon" debe ser de Amazon o de los países de la cuenca del Amazonas?


Un conflicto de siete años que el ICANN ha resuelto este jueves a favor de la multinacional. Esta solicitó primero la gestión del ".amazon", cuando la organización anunció que permitiría un mayor grado de personalización de los dominios. Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela solicitaron una "gobernanza compartida": argumentan que no pretenden impedir que Amazon pueda utilizar "kindle.amazon" o "ebooks.amazon" como desee, pero no querían depender de la buena voluntad de la multinacional para otros como "tourism.amazon". Ahora tendrán 90 días para presentar alegaciones al ICANN que, si no son aceptadas, supondrán el punto final de sus aspiraciones a decidir sobre ".amazon".
"En realidad, si te pones a buscar en la materialidad sobre la que se asienta Internet, en sus infraestructuras físicas, en qué zonas geográficas, y te das cuenta de que en realidad la red lleva privatizada casi desde su surgimiento", recuerda en conversación con este medio Enric Luján, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona. "Ves que la gran mayoría de cables de Internet los controlan megacorporaciones internacionales, que los intercambiadores de paquetes y todos los centros logísticos están en manos privadas. Al final, quien controla la infraestructura tiene un control muy alto sobre qué se mueve por ella, cuándo y a qué velocidad".


"La decisión de Trump de vetar a Huawei, más que ser un game breaker, lo que hace es confirmar la tendencia de segmentación que Internet ha tenido desde el principio. Ahora perdemos también la libertad de escoger una u otra marca. Se te restringe el acceso a Internet incluso como usuario, como cliente, desde determinados soportes, solo porque sobre ese soporte hay un boicot activo y descarado para beneficiar a unas marcas por delante de otras", continúa Luján, experto en la relación entre filosofía y tecnología y coautor del libro Resistencia digital.


El Gobierno estadounidense escudó su veto a Huawei en motivos de "seguridad nacional", acusándola de espionaje. EEUU no ha ofrecido pruebas de ello, mientras que las investigaciones que se han abierto en otros países tampoco han hallado evidencias. Varias fuentes de empresas del sector digital español con presencia en toda Europa confesaron a eldiario.es que detrás del veto ven motivos económicos, ya que esta empresa es puntera en el desarrollo de la tecnología 5G, clave en el proceso de robotización de la sociedad y el futuro de proyectos como el del coche autónomo, y está en negociación con varios gobiernos europeos para suministrarles su tecnología.


Fronteras y privatización cada vez más visibles


La cuestión de la soberanía digital ha vuelto con fuerza al debate público europeo a raíz del recorte de libertades que un gobierno tercero ha impuesto al resto del mundo a la hora de elegir la marca del dispositivo que desea comprar. Pero en los países de fuera de la órbita de EEUU como China o Rusia. Estos países sospecharon desde el principio de la neutralidad de la red estadounidense y de las empresas estadounidenses que le daban forma. Las primeras vetadas fueron las empresas de redes sociales y Google. Tienen compañías que dan servicios paralelos, pero nacionales y bajo la vigilancia de sus gobiernos.


Los chinos viven directamente en su propio ciberecosistema vallado: su buscador censurado Baidu es el más usado del mundo. Apenas usan productos de Google. En el otro extremo, las cifras de venta de Huawei en EEUU son muy pequeñas, lo que deja a Europa como uno de los territorios más afectados por el veto de Trump.


"Hay varios estados, sobre todo los grandes países más autoritarios, que tienen su propio control de Internet, no cerrado del todo, pero sí muy controlado. Está China, Rusia o la India, pero hay otros", explica Andrés Ortega Klein, investigador del Real Instituto Elcano y director del Observatorio de las ideas. "La guerra comercial se está dando también por la preeminencia tecnológica. No solo por imponer tecnología propia a los demás países, sino por el control: Internet es también en un instrumento de control tanto de las poblaciones propias como del resto de países".


El experto recuerda en este punto las publicaciones de Edward Snowden, que demostraron que los servicios de inteligencia tenían túneles para espiar básicamente a todo el mundo, desde Angela Merkel a los técnicos brasileños que analizaban una de las mayores bolsas de petróleo del mundo que fue encontrada frente a su costa y por el que estaban pujando las petroleras estadounidenses.


"El resto de países se han dado cuenta de esto y los que pueden, quieren tener su propia infraestructura. Esto está fragmentado Internet en varias redes, cada vez más separadas", detalla el experto: "Además en poco tiempo puede venir una fragmentación superior, que son los Internet de diversa calidad", alude Ortega Klein en referencia a la intención de la administración Trump de romper la neutralidad que todavía existe entre los contenidos que circulan por la red y permitir a las operadoras priorizar unos sobre otros. Los que más paguen, concretamente.


Independízate si puedes


En el verano de 2013 acababa de estallar el escándalo de espionaje revelado por Snowden los europeos interrogaron a la UE por los motivos por los que la directiva de privacidad que debía protegerles de desmanes como aquel estuviera tan sumamente anticuada. Databa de 1995, antes siquiera de la expansión de Internet.


La entonces vicepresidenta de la Comisión Europea y responsable de la cartera de Justicia, Viviane Reding, dio una pista sobre el por qué de semejante retraso: "Nunca había visto un lobby tan potente", declaró, señalando al Gobierno estadounidense y sus multinacionales digitales. Explicó que en ese momento en Bruselas había más lobbistas tratando de dificultar que la nueva norma saliera adelante que burócratas comunitarios trabajando en ella: "[Las compañías norteamericanas] han presionado para que no se les aplicasen los estándares comunitarios. Y el Gobierno estadounidense ha ejercido presión, lo mismo que esas compañías".


"Los estadounidenses han entendido antes que los europeos la importancia de este dossier. Por eso intentan pararlo, porque suponía que no podrían actuar más como hasta ahora. Es un juego de poder. Y los estadounidenses lo han entendido", denunció Redding, del PP europeo.


El Reglamento General de Protección de Datos europeo seguiría retrasándose mucho más. Terminó entrando en vigor un lustro después, el 25 de mayo de 2018. Las autoridades comunitarias lo festejaron como una vía para poner a Europa en el mapa digital. No se independizaría del imperialismo digital estadounidense, pero al menos impondría los estándares más altos en cuanto a protección de derechos individuales en el entorno digital.


Una de sus medidas más publicitadas fue la posibilidad de multar a cualquier compañía que se lo saltara con un 4% de su facturación mundial anual. Un año después se su entrada en vigor esas grandes sanciones aún están por llegar.

Por Carlos del Castillo
23/05/2019 - 21:56h

“Ubicar en los jóvenes los males de la sociedad los deja sin salida”

La adolescencia es un momento de exposición a circunstancias inéditas, experiencias inaugurales y desafíos: un tránsito bueno si es creativo y no perjudicial para el sujeto. La especialista plantea precisamente cómo y cuándo intervenir desde la clínica analítica.


El mismo término define el estado: en el pasaje de la niñez a la siguiente etapa de la vida de un ser humano el sujeto adolece. La psiquiatra infantojuvenil y psicoanalista Sara Cohen, de larga trayectoria, lo estudió con detalle en Morir joven. Clínica con adolescentes (Editorial Paidós). Miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina y de la Asociación Psicoanalítica Internacional, Cohen entiende que la adolescencia es un momento de exposición a circunstancias inéditas, experiencias inaugurales y desafíos en el que la subversión del statu quo se vuelve central. Eso es bueno siempre y cuando el tránsito sea creativo y no perjudicial para el sujeto. El trabajo de Cohen plantea precisamente cómo y cuándo intervenir desde la clínica analítica. Para ello, combina relatos clínicos con textos literarios y casos que la propia autora se vio enfrentada en su labor terapéutica. 

Cohen destaca que cada sociedad tiene su manera de mandar a la muerte a sus jóvenes de manera directa o indirecta. “La actualidad es tremendamente hostil para cualquier ciudadano. Primero, hay un ofrecimiento de consumo muy grande. Pero además los jóvenes se encuentran con padres bastante castigados y tironeados por distintas circunstancias”, plantea la autora sobre la sociedad actual. En el momento en que un joven sale a probar suerte en muchos aspectos que la vida infantil lo protegía (aparentemente, porque está la singularidad de cada caso) “hay una emergencia de lo pulsional y pone en juego muchas cosas que hasta ese momento eran de otra manera”, entiende esta prestigiosa psiquiatra y psicoanalista, también poeta, sobre el pasaje más conflictivo de la vida humana. “Además, hay un abandono de lo que serían ciertas posiciones libidinales infantiles. Dentro de todo ese contexto, cómo están ubicados los padres es sustancial. Hay que admitir que, a veces, los padres están más castigados que los pibes y viven circunstancias muy graves actualmente.

Ahora, no es directo. Vivimos en una democracia que no es el gobierno militar que mandaba a matar a los jóvenes. O sea que dentro de nuestro sistema no es directo cómo los mandan a matar. Pero estamos en un sistema donde no hay soporte social y, a la vez, a los jóvenes no se les ofrecen perspectivas más o menos buenas. Además, es una sociedad que cree que el joven es como el punto fantástico para venderle cosas de consumo. Esa no es la situación más favorable para que el adolescente encuentre un eje con posibilidades vitales que implican su sexualidad, su desempeño de actividades, distintas posibilidades que le dan un margen creativo”, argumenta Cohen, quien forma parte del Servicio de Salud Mental Pediátrica del Hospital Alemán.


–¿Por todo lo que dice es que usted señala que cada joven llega a la adolescencia del modo que puede?


–Tal cual, porque el modo que puede involucra todo. A veces, se tiende a demonizar o patologizar a la juventud. En realidad, los casos son muy diversos. No es que todos tengan que decir:”¡Qué mal que anda la juventud!”. Hay manifestaciones sintomáticas que, por supuesto, asustan porque suponen riesgos. Cuando eso sucede, hay que indagar de qué se trata. Muchas veces pueden ser situaciones impulsadas por cuestiones del medio ambiente. No necesariamente quiere decir que el joven tenga una patología grave. Por eso, hay que escuchar al joven. El crecimiento también supone, en general en la adolescencia, un grado de oposición, de denuncia, de rebeldía porque para diferenciarse de los padres también hay que poder cuestionar. Eso no tiene que devenir en contra del pibe o la piba.


–Es que a nivel social hay una estigmatización de la juventud: “Los jóvenes de ahora se drogan, no quieren trabajar”, suele decirse con los prejuicios sociales del mundo adulto. Está muy instalado ese discurso.


–Y cuando lo ves en lo singular te encontrás con muchas situaciones que son lo contrario. Padres que por ahí tienen un consumo importante de psicofármacos que se autoadministran. No es que la psicofarmacología es mala sino que tiene que ser administrada cuando se necesita. En realidad, ubicar en los jóvenes los males de la sociedad es una situación que es engañosa y los perjudica porque los deja sin salida. Un joven que encuentra con quién discutir y con quién pelear se robustece. Pero los que pelean y discuten tienen que ser padres bien plantados, una sociedad que tenga algunos parámetros que funcionan porque si no, ¿a dónde vamos?


–¿Y la clínica consiste en articular esa emergencia pulsional con la singularidad de cada sujeto?


–Sí. Cada uno no sólo llega a la adolescencia de una manera que le es singular sino que además tiene diversos encuentros en la adolescencia. Los encuentros de esa etapa son sustanciales. Pueden ser encuentros con profesores, con intereses, con un amor. Los encuentros de la adolescencia son cruciales, son inaugurales. Es un hito muy importante. Ahí hay que ver cómo el joven puede encauzar algunas cuestiones de las que le están ocurriendo en ese momento evolutivo.


–¿El mayor conflicto en la etapa de la adolescencia está marcado por la relación entre sexualidad y muerte?


–Ahí hay un lazo muy fuerte entre la emergencia de lo pulsional y el tema de la posibilidad de muerte. No quiere decir que no pueda haber una modalidad en la cual esto se implemente más creativamente. Nosotros tenemos que separar, enojarnos, pelear, pero si eso está libidinizado, si eso es una posibilidad libidinal para un crecimiento, para un desarrollo es buenísimo. Alguien que se queda en una situación en la que no puede llevar a cabo mínimamente una actitud hostil de discusión, de pelea para ir armando algo que lo configure y que sea significativo para esa persona, es alguien que no va a poder crecer. El asunto es que esto no quede libre en condiciones que sean mortíferas para el joven. Si dejás en cualquier condición o en situaciones que son muy hostiles, donde el joven no puede procesar un montón de cosas que le pasan en las cuales también hay elementos que podrían devenir mortíferos, estás favoreciendo que ocurran cosas dramáticas o trágicas.


–Usted toma algunas tragedias clásicas y algunas preexistentes al psicoanálisis para articular con el relato clínico. ¿Qué fundamentos de la literatura sirven para la clínica psicoanalítica?


–A mí me sirve un montón. Todos los psicoanalistas somos distintos. A mí me gusta leer, escribo y las obras, tanto literarias como de otras disciplinas, aportan un material de una riqueza muy grande. Hay que entender que eso no es para aplicar algo que nosotros ya conocemos. Al contrario: es para aprender de eso que tiene quizás una riqueza mayor de muchas cosas que nosotros sabemos. Entonces, a uno lo deja con muchas preguntas y, a partir de eso, uno entra con ciertas preguntas. En realidad, uno tiene un pilar teórico, pero escucha, lee, ve qué pasa, se pregunta cosas. Si no, uno nunca podría servirle a ningún paciente pero, además, tampoco podría escribir nada ni ninguna obra de arte nos podría transformar. Yo creo que el arte también puede tener una condición transformadora.


–¿Dice “transformadora” en sentido terapéutico?


–No en forma directa. En realidad, el último capítulo del libro apunta a un devenir creativo. Esto supone que hay algún orden de experiencia en lo estético, a mi parecer, que algún punto de viraje condiciona algunas posibilidades interesantes para quienes pueden. A veces, pueden ser experiencias tempranas de la adolescencia respecto al encuentro con algunas obras, o encuentros azarosos ligados con el amor pero que, a la vez, condicionan algunas búsquedas y cuestiones estéticas. O cosas traumáticas que frente a cómo explicarse eso, el joven hizo ciertas búsquedas que le condicionan posibilidades futuras que tienen que ver con la creación. Esto es muy para cada uno. No puede decirse que el arte en sí mismo sea terapéutico. Ahora, que el encuentro con algunas obras es muy importante para algunas personas, eso es claramente así.


–¿La marca de la sociedad que impone reglas y modos de ser puede llevar a los jóvenes a tendencias autodestructivas?

–Hay una sociedad en un sentido amplio que usted menciona y después está el pequeño mundo de cada joven. Atendiendo a chicos y adolescentes, uno se sorprende muchísimo de cuántos mundos hay. Con los chicos o los adolescentes, los padres a veces tienen que recurrir porque “no hay otra”. No recurrirían jamás a que sea atendido y tienen un mundo cultural, personal, a veces muy endogámico, y uno se va dando cuenta de las reglas que funcionan ahí cuando va trabajando con ellos. Por eso, hablar en general es difícil porque hay muchos mundos. Es increíble la cantidad de contextos y de situaciones que se van develando a partir de alguna cosa que aparece en un síntoma en un adolescente. Pero cuando vas indagando ves distintas circunstancias que hacen a un modo de funcionamiento que ni te imaginabas. Y por más que estén incluidos acá en Buenos Aires, tienen un mundo en lo familiar y en lo social que tiene su cultura propia.


–La pregunta también apuntaba a esa escala de valores o disvalores que se bajan desde la sociedad. Por ejemplo, la cultura del exitismo. Se promueve mucho que la juventud tiene que ser exitosa, al menos en este sistema. ¿Eso puede afectar a un joven que, por ejemplo, tiene sensibilidad al fracaso?


–A ver: el tema es que cuando empezás a atender a un joven y lo escuchás, muchas cosas empiezan a caer. Te habla de que “Fulanito publicó esto” y todas estas cuestiones que circulan. Entonces, uno indaga un poco más y va al grano, va a las cuestiones que le pasan a ese adolescente. Y algunas cosas van cayendo. Cualquier pibe pensante, en definitiva, reubica las cosas. Las cuestiones actuales pueden amplificar algunas cosas que a los pibes los dejan mal parados pero, en realidad, un pibe tiene que ver con cómo está ubicado en su medio, con sus vínculos con sus pares, en la sociedad donde se mueve. No puede ser que eso en forma directa lo envíe a una cuestión autodestructiva. Tiene que ver con otras dinámicas.


–En ese sentido, usted también señala que hay casos en que los adolescentes son los seres más sensatos en una familia riesgosa. ¿Cómo se da eso?


–Eso se ve bastante. Para que un pibe tenga algún tipo de situación donde es adulto dentro de un contexto familiar, primero tiene que tener recursos para poder serlo, ya que si todo se viene abajo en una familia por ahí el pibe también se viene abajo. Ahora, si el pibe trata de sostener algunas cosas con los recursos que tiene, eso tiene un costo elevado porque es una cuestión de sobreadaptación, pero se entiende también que tiene los recursos para eso. No es bueno para el desarrollo del mismo porque, en realidad, el pibe tiene que ser el que puede discutir, pelear, salir, vivir su adolescencia. Es decir, todas las cosas que hace un adolescente como el experimentar cosas. Si un adolescente se vuelve muy responsable frente a todo lo que se está cayendo en su entorno es como que pierde el vivenciar de su adolescencia porque tiene que hacer un adultito desde jovencito. Es una macana pero son las maneras que encuentran para poder sobrellevar algunas circunstancias que son muy difíciles.


–Un tema que aborda en el libro tiene que ver con la intimidad. ¿Es una búsqueda en la adolescencia?


–Es importante y, a veces, paradójica porque parece que los jóvenes muestran mucho y con lo que uno se encuentra es que son tímidos y le temen a la presencia del otro y no a lo virtual. Hay que entender que depende de la psicopatología. Una gran cantidad de jóvenes, en realidad, tienen miedo de encontrarse con alguien. Inclusive, beber alcohol y todo eso es para vencer la timidez porque no saben cómo hablar, cómo estar. Y todo esto que se puede llegar a decir de “cuánto que se muestran”, en realidad son conductas que no quiere decir que sean desfachatados y que vaya a saber todo lo que hacen.

Publicado enSociedad
La ruptura de Google con Huawei muestra el peligro de la dependencia tecnológica... y las ventajas del 'software' libre

Una decisión político-comercial puede suponer un duro golpe a determinadas compañías, pero a determinada escala siempre es un perjuicio para los ciudadanos. No obstante, en el caso de Google y Huawei, puede que esta decisión —forzada desde la Casa Blanca— suponga a la larga una buena noticia para todos.



La guerra comercial entre EEUU y China se está convirtiendo en una auténtica escalada. Una de las últimas consecuencias es la suspensión por parte de Google de una importante porción de su negocio con Huawei tras la inclusión de esta compañía en la 'lista negra' estadounidense de empresas que suponen una "amenaza para la seguridad nacional". Se demuestra una vez más el riesgo que supone dejar en manos de empresas de otros países elementos esenciales de un producto, como el 'software', de tal forma que una decisión de la Casa Blanca puede terminar perjudicando a ciudadanos de todo el mundo.


Esta decisión de la Administración Trump, que ataca directamente a la próspera división de teléfonos móviles del fabricante chino, supone que Huawei pierde el acceso a la mayoría de las transferencias del gigante estadounidense: sus móviles, a partir de ahora, dejarán de tener acceso a Google Mobile Services, la plataforma que aglutina los servicios del gigante estadounidense como Google Play Store (la 'tienda' de aplicaciones), el cliente de correo electrónico Gmail, la aplicación de YouTube y el navegador Chrome para móvil: los nuevos teléfonos no podrán llevar esas 'apps'.


La empresa asiática, eso sí, aún tendrá acceso a la versión libre de Android a través de licencias de código abierto, disponibles para cualquiera que quiera usarlas. De hecho, Huawei tiene desarrollado un sistema operativo derivado basado en Android; la instalación de este sistema, que ya no dependería de Google para nada, podría generar todo un mercado alternativo mundial: no olvidemos que la compañía china logró colocar el pasado año en todo el mundo nada menos que 200 millones de dispositivos móviles.


"Si dependes de un proveedor que está en un país y se somete a sus reglas, y mañana ese país se enfada con el tuyo por la razón que sea, pues tienes un problema", comenta a Público, en conversación telefónica, el abogado especializado en tecnología David Maeztu.


Este caso es el ejemplo perfecto que muestra cómo la dependencia de terceros radicados en otros países puede convertirse en una vulnerabilidad para el negocio de gigantes tecnológicos (entre otros muchos problemas), pero también cómo el 'software' libre puede suponer una garantía frente a determinadas decisiones políticas.


"Lo bueno del 'software' libre es que compañías desarrollen productos propios basándose en lo que otros ya han hecho, es decir, uno no tiene por qué empezar de cero, y además todo ese trabajo nuevo se aporta a la comunidad", recuerda el citado experto.


Efectivamente, el punto fuerte de Android es que su base es 'software' libre, lo que va a permitir a Huawei reaccionar mejor que si tuviese que crear un sistema operativo desde cero. "Lo que es bueno para ti se convierte en algo bueno para la comunidad, lo que además extiende la estandarización, los sistemas se vuelven más interoperables, y si mañana un gobierno toma una decisión como la que ha tomado EEUU, el impacto puede ser menor".


La capa básica de Android cuenta con licencias Apache y GPL, comenta Maeztu, que apunta que el principal problema que va a tener Huawei va a ser el quedarse sin acceso a las aplicaciones de Google. "Pero es que los teléfonos ya funcionan sin ellas", afirma, y aventura: "Imaginemos que un fabricante como Huawei se mete a saco con la distribución".


"Que la decisión de un país pueda afectar a consumidores y ciudadanos de otros países, pues que parece que redefine un poco las reglas de la gobernanza global: EEUU puede obligar a Google a hacer determinadas acciones por el hecho de estar radicada allí", razona Maeztu, que apunta: "Igual deberíamos ir pensando en ir avanzando hacia sistemas más abiertos, y que internet sea lo que era: gente que volcaba conocimiento y libertad para usarlo".


Todo este movimiento puede suponer, en un futuro no muy lejano, la ruptura del monopolio 'de facto' que ejerce Google en los sistemas operativos móviles. Y esto puede ser una buena noticia.


Soberanía tecnológica


Para el abogado especializado en internet y doctor en filosofía Javier de la Cueva, un histórico defensor del 'software' libre, en el caso de Google y Huawei "existe una cuestión de soberanía tecnológica que está íntimamente ligada a la libertad de competencia: en el momento en el que viene desde fuera una disposición estadounidense en la que se establece es una prohibición de competencia precisamente a través de un código, lo que se está haciendo es beneficiar a una serie de productos frente a otros".


"Como siempre, la pregunta que hay que hacerse es: ¿a quién beneficia todo esto? o bien, ¿quién se lleva el dinero?", se pregunta De la Cueva, para quien estamos ante "una acción teledirigida económicamente, eso es evidente, aquí lo que realmente importa es el dinero". "La Unión Europea, por cierto, tendría que verificar si esa decisión atenta contra el libre mercado, para empezar", añade: "Y yo creo que sí".


Este letrado denuncia, además, que la acción "demuestra cómo, precisamente a través del código, lo que se está haciendo es montar una normativa en sí; es decir, cuando impido realizar una serie de actualizaciones lo que hago es que, mediante el propio acceso a ese código, expulso a un actor del mercado".


De la Cueva realiza una interesante reflexión sobre el código abierto. "La base de internet mismo, lo que realmente hizo que estallase la revolución de la Red, fueron los Request for Comments (RFC), que son de licencia libre. Internet es la obra de propiedad intelectual libre más grande y relevante de la historia, como ninguna otra obra propietaria".


"En un momento dado", añade, "Google se hizo con el kernel de Linux, y usó ese núcleo para montar un sistema operativo —Android—que atrapa a los consumidores; lo que vemos aquí es que hasta qué punto cualquier sistema libre puede ser utilizarse para el mal". "Todo esto muestra cómo Google ya estaba usando ese sistema libre para cooperar en la sociedad de control en la que vivimos —nos prometieron la sociedad del conocimiento, nos han devuelto la sociedad del control—, y muestra también que esa sociedad del control existe realmente, no sólo sobre los individuos sino también sobre las empresas".


"Es interesante lo que está pasando porque, de alguna manera, obliga a Huawei —no olvidemos que también es un gigante— a hacer un fork o bifurcación (un proyecto derivado de otro que usa el código fuente del proyecto ya existente).", comenta este experto, que añade: "A largo plazo, EEUU podría estar dándose un tiro en el pie: está forzando a los chinos a hacer una versión alternativa a la dominante bajo la batuta de Google, de modo que se genere un importante mercado con móviles sin Google". Un ejemplo de un sistema derivado que es libre es LineageOS.


"Y oye", ironiza De la Cueva, "nos vendría muy bien a muchos, en concreto a los parlamentarios españoles que llevan en sus bolsillos móviles con aplicaciones que envían su geolocalización a servidores de compañías estadounidenses: ¿Cómo es posible los representantes de la soberanía popular están cediendo sus datos a Google? ¿Estamos locos?".
Para este jurista, "hay una oportunidad para poner en valor no la tecnología china o la estadounidense, sino la 'tecnología ciudadana': a lo mejor esto produce un impulso en los grupos de desarrollo de 'software' libre, ya que bajo el paraguas del código libre puede entrar cualquier tipo de agente".


"No sabemos las consecuencias que puede tener todo este movimiento, pero sí sabemos que lo que pasaba hasta ahora no era asumible: la situación de monopolio 'de facto' a la que estábamos entregados tanto con Google (Android) como con Apple (iOS)", afirma, y concluye: "A lo mejor, todo esto que está pasando es hasta bueno".


El origen de todo esto


La guerra comercial entre las dos primeras superpotencias del mundo tiene varias patas, y esta última medida en forma de sanciones es sólo una ramificación de una de ellas: la batalla por el despliegue de la tecnología 5G en Europa.


La periodista especializada Marta Peirano explica a la perfección y muy claro, en un hilo en Twitter, cómo las acusaciones de espionaje por parte de la Casa Blanca contra compañías tecnológicas chinas ha derivado en un pulso político y judicial que tensiona las ya difíciles relaciones entre ambos países.


Por tanto, esta lista negra que ha obligado a Google y otras tecnológicas de EEUU a romper con Huawei es una decisión política que es necesario analizar desde una perspectiva más amplia. No se trata sólo de espionaje o seguridad.


"De momento, no se han aportado pruebas de que el gobierno de China hace lo mismo que el gobierno de EEUU", comenta irónicamente David Maeztu, que añade: "No sabemos si EEUU acusa a las empresas chinas de espiar, o de que no les da la información que obtienen al espiar".


Visto con un poco más de distancia, lo que está en juego es el dominio de la tecnología móvil durante las próximas décadas. Y si por el camino se rompen uno o dos monopolios, o se consigue concienciar a uno o dos políticos, quizá deberíamos aprovecharnos de ello.

20/05/2019 23:50 Actualizado: 20/05/2019 23:50
Por Pablo Romero
@pabloromero

Sábado, 18 Mayo 2019 07:00

La batalla por las calles

La batalla por las calles

Cuba y el control de la protesta pública.

Luego de que el gobierno decretara la cancelación de las tradicionales “congas” de la diversidad sexual, unas doscientas personas marcharon en La Habana por los derechos de la comunidad Lgtbiq, un acontecimiento que terminó con varios detenidos y levantó críticas contra la actuación policial. El episodio echa luz sobre los límites de la “apertura” cubana y la compleja posición de las disidencias.
La primera convocatoria había sido anunciada para la mañana en la ciudad de Santiago de Cuba, la segunda más importante del país, casi mil quilómetros al sureste de La Habana. Pero hacia las nueve ya era evidente su fracaso: sólo una veintena de personas había acudido a la Plaza de Marte para participar en la inédita marcha del orgullo gay. Ese sábado 11 en la tarde, en declaraciones a un medio digital alternativo, Ezequiel Fuentes Morales, uno de los congregados, aseguró que “aunque la comunidad (Lgtbiq) está disgustada, teme a la represión y prefiere callar”.


Por primera vez la celebración no era organizada bajo el auspicio del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), institución adscripta al Ministerio de Salud Pública y dirigida por la socióloga y diputada Mariela Castro, hija del todavía primer secretario del Comité Central del Partido Comunista, Raúl Castro.


Días atrás, el Cenesex había anunciado que este año no saldrían a la calle sus tradicionales “congas por la diversidad”. Como argumento justificatorio, se expuso “la agudización de la agresividad contra Cuba y Venezuela (que) ha envalentonado a grupos (que) intentan tergiversar la realidad de Cuba, y (…) pretenden utilizar nuestra conga para desacreditar, dividir y sustituir el verdadero sentido de esta actividad”.
Durante la última década, las “congas por la diversidad” –una suerte de marcha de la diversidad en versión tropical– han constituido el momento cumbre de las Jornadas Cubanas contra la Homofobia y la Transfobia, que cada mes de mayo tienen sus “sedes centrales” en La Habana y en alguna capital de provincia escogida a tal efecto. Este año la elección recayó en la centroriental ciudad de Camagüey, la tercera de la isla en cuanto a población e importancia, pero una de las más conservadoras debido a la influencia de iglesias, como la católica.


Mientras se discutían allí los planes para los festejos (no fue hasta mediados de la semana anterior que las autoridades aprobaron una versión limitada de la programación original), en La Habana se desataba una tormenta de mensajes, convocatorias y contraconvocatorias a través de Facebook y otras redes digitales. La esencia de los debates podía resumirse en dos posiciones: aceptar la suspensión de la conga e incorporarse al resto de la cartelera preparada por el Cenesex, o acudir el sábado en la tarde al céntrico Paseo del Prado capitalino, para marchar sin autorización oficial. A pesar del fracaso matutino en la “cuna de la Revolución”, a las cuatro y media de la tarde unos doscientos habaneros optaron por esa última opción.


LA CALLE, DE LOS REVOLUCIONARIOS.


La de las calles fue una de las primeras batallas libradas por Fidel Castro y sus seguidores luego del 1 de enero de 1959. Pocas victorias han tenido una importancia mayor. Un estudio publicado en 2015 por la investigadora Claudia González Marrero, doctoranda en el Centro de Estudios para la Cultura de la Universidad Justus Liebig, de Berlín, lo resalta desde su propio título: “La calle es de los revolucionarios: Políticas normativas e imaginario social cubano”.


El monopolio de la movilización popular y de la representación de sus intereses constituye una fuente esencial de legitimidad para la dirigencia isleña. “Expresiones de disconformidad o cuestionamiento público han sido conductas, si bien no negadas, reorientadas y absorbidas por el propio proceso normativo. Las críticas han sido aceptadas siempre que sean emitidas desde los espacios instituidos y organizados para ello”, apunta la estudiosa al describir una dinámica de poder que ha evolucionado a la par del país.


Los hechos confirman su efectividad. No fue hasta el 5 de agosto de 1994 que en La Habana se produjeron los únicos disturbios de alguna consideración, que registra la historia reciente de Cuba. Significativamente, las contramarchas que aquella tarde pusieron fin a los desórdenes avanzaron bajo la consigna de“¡Esta calle es de Fidel!”, remarcando un derecho de posesión que el gobierno-partido está obligado a conservar.


Tal privilegio es refrendado por la nueva Constitución, que de manera implícita subordina libertades individuales, como las de reunión, manifestación y asociación, a la “necesidad de proteger nuestra soberanía e independencia”, según explicación brindada en el Parlamento por el secretario del Consejo de Estado, Homero Acosta. Aun así, teniendo en cuenta las numerosas normas que habrán de complementar la carta magna aprobada el 24 de febrero, no faltó quien especulara respecto a la posibilidad de que fuera establecida una suerte de protocolo para la convocatoria ciudadana de marchas y otras iniciativas de esa índole. Como anticipándolo, a comienzos de abril fue autorizada una manifestación en contra del maltrato animal, que reunió en La Habana a casi medio millar de personas. Poco después, la solicitud para un evento similar era recibida por el gobierno de la central ciudad de Santa Clara, y en otras, como Camagüey y Pinar del Río, grupos interesados en el tema se preparaban para presentar las suyas.


En definitiva, la tendencia fue cortada de raíz a finales del mes pasado, con la destitución del funcionario que había dado luz verde a la solicitud capitalina y la denegación de la presentada ante las autoridades santaclareñas. La facultad “movilizadora” seguirá siendo derecho exclusivo del gobierno, el partido y las organizaciones de masas que se le subordinan.


¿POR QUÉ LOS ANIMALES Y LA COMUNIDAD LGTBIQ?


La marcha por la diversidad sexual, que finalmente tuvo lugar el 11 de mayo en La Habana, fue cubierta por una miríada de corresponsales extranjeros, que pudieron enviar a sus redacciones una jugosa cosecha informativa. Como era de esperar, el momento cumbre de la tarde se produjo cuando la marcha arribó al final de la zona peatonal del Prado y pretendió cortar el tránsito de la concurrida calle San Lázaro para continuar rumbo a Malecón.


¿A dónde se dirigía? Nadie parece saberlo. “Todos los amigos de mi grupo que nos reunimos ese día nos pusimos de acuerdo en Facebook. Por lo que se decía, siempre pareció que la caminata tendría lugar en el Parque Central y el Prado”, contó a Brecha una joven comunicadora social para quien la culminación “natural” de la cita era la “besada” pública, que en la ocasión protagonizaron decenas de parejas. De ahí en más, “creo que todo el mundo tenía sus propios planes. Una amiga mía, por ejemplo, iba preparada para seguir luego hacia el José Antonio (el círculo social José Antonio Echevarría, donde el Cenesex desarrollaba a esa misma hora una fiesta)”.


Muchos, en efecto, lo hicieron. Si bien al día siguiente las portadas de numerosos diarios extranjeros resaltaron la “fuerte represión ordenada por el régimen”, lo cierto es que sólo cuatro personas terminaron esa tarde en el asiento trasero de un coche de patrulla. Cotejando las imágenes y los testimonios de algunos de los presentes, es posible definir casi con exactitud el momento de la confrontación. Sobre su principal animador no quedan dudas: fue el biólogo Ariel Ruiz Urquiola, quien hace un año se vio envuelto en un enmarañado proceso judicial contra funcionarios del Cuerpo de Guardabosques y vecinos suyos en una finca que usufructúa en el paradisíaco Valle de Viñales. Con independencia de la publicación que se revise, es su detención la que acapara los lentes, por el dramatismo de verlo forcejear entre varios agentes vestidos de civil. Los fotorreporteros tuvieron poco más con que trabajar, pese al fuerte dispositivo policial montado en torno del Prado.


“Todo indica que la apuesta de algunas conocidas figuras de la llamada disidencia, que nunca se preocuparon ni ocuparon con propuestas ni mensajes constructivos por nuestros derechos como personas Lgtbi, era por enrarecer aun más el ambiente”, opinó Francisco Rodríguez Cruz en su blog, Paquito el de Cuba, un conocido reportero de la prensa estatal que se autodefine como “martiano, comunista y gay”. “Fue la agencia Efe la que reportó que en ese grupo había quienes al parecer tenían la intención de provocar un incidente (…), y es evidente que en parte lo lograron”, lamentó.


En los últimos años, el activismo por los derechos de los animales y de las personas con orientaciones sexuales diversas ha asumido buena parte de la centralidad mediática que en otros tiempos acaparaba la lucha contra la discriminación racial. De hecho, durante los debates populares sobre la nueva Constitución, el artículo 68 del proyecto (relativo a la posibilidad del matrimonio igualitario) fue uno de los más discutidos, motivando cerca del 10 por ciento de las intervenciones y propuestas. La campaña animalista, pese a no estar contemplada en el texto, también ganó notoriedad, aunque su mayor impacto estuvo en Internet y entre algunos sectores urbanitas, fundamentalmente capitalinos.


Para muchos, el matrimonio igualitario funcionó como una suerte de cortina de humo durante la consulta. El programa televisivo de mayor popularidad en el país, el humorístico Vivir del cuento, lo alertaría en una de sus emisiones. Como en la ficción, muchas reuniones terminaron centrándose en las implicaciones que tendría la hipotética modificación constitucional y no en temas como la política económica o la relación del Partido Comunista con el Estado.


Desde el exterior tampoco faltan los dobles raseros. Regularmente llegan a La Habana generosos donativos individuales para proyectos centrados en la protección de animales callejeros, la conservación del medioambiente o la promoción de colectivos minoritarios, por citar sólo algunos de los más comunes. La casi totalidad de tales emprendimientos se unifican bajo una premisa, al menos formalmente: no “recurrir a gobiernos, partidos políticos, ni Ong de ninguna parte (mucho menos a instituciones estatales cubanas)”. La frase textual pertenece a Isbel Díaz Torres, líder de Abra, un centro social y biblioteca libertaria definido como “empeño autoemancipatorio” por sus miembros. Tres años de campaña internacional permitieron allegar los fondos para que comenzara a funcionar en mayo de 2018, declaró, por entonces, el propio Isbel, quien el sábado se vio impedido de participar en la marcha del Prado, tras ser detenido junto con su pareja por la policía.


Entre las publicaciones más recientes de su perfil en Facebook llama la atención una que recuerda el Día Internacional de la Objeción de Conciencia al Servicio Militar (este 15 de mayo), asumiendo una posición contrapuesta a la del gobierno de La Habana, que en las últimas semanas ha manifestado su preocupación por la agresividad estadounidense y ha reafirmado la defensa como una de sus “tareas estratégicas”. Vale apuntar que la base de las Fuerzas Armadas Revolucionarias radica en los conscriptos del servicio militar, que por ley están obligados a cumplir todos los hombres mayores de 18 años; significativamente, la homosexualidad es uno de los contados motivos de exoneración.


“Con el matrimonio igualitario y la ley de protección animal se aplicó aquello de ‘jugar con la cadena, pero no con el mono’: con seguridad, alguna gente se extendió en esos tópicos para no meterse en problemas opinando sobre otros que podían ser complicados. Si fue una ‘habilidad’ del gobierno, fue una muy buena”, reflexiona un profesor universitario que durante el proceso de consultas integró uno de los cientos de dúos de “facilitadores” encargados de conducir las asambleas y recoger las opiniones de sus asistentes. La misma sombra de duda puede proyectarse sobre el fin último de muchos de los emprendimientos “alternativos” que florecen en la isla. Entre el activismo militante y el oportunismo media una frontera en extremo difusa.


CUESTIÓN DE SUPERVIVENCIA.


Esta marcha “dilata lo que otros activistas hicimos cuando el peligro parecía incluso mayor. Esa memoria estimula a la de hoy, esos rostros de ahora son una certeza que ansío pueda ser la de muchas otras esperanzas. La batalla real comienza ahora”, escribió esta semana el dramaturgo cubano Norge Espinosa, que reside en España. Sus palabras se alinean con las de creadores como el actor Luis Alberto García, y los músicos Silvio Rodríguez y Vicente Feliú, críticos de la actuación de la policía y las “mentalidades que tienen la retranca puesta en todo lo que se intenta mejorar”, según el último. Opiniones similares predominan en las redes sociales y en los despachos noticiosos fechados en La Habana.


Leyéndolos, pareciera que Cuba se detuvo el sábado en la tarde. En realidad, no ha sido así. Lo ocurrido en el Prado quedó –en buena medida– allí; a las provincias han llegado sólo ecos lejanos y videos filmados con móviles, que para la mayoría de la población no pasan de registrar “cómo la policía dispersó la marcha de los maricones”. Al cubano promedio, sobre todo al “del campo”, lo siguen convocando más las urgencias cotidianas que los pulsos contra el gobierno. Conscientes de ese divorcio entre las elites capitalinas y el país profundo, las autoridades evitaron en todo momento informar sobre lo acontecido en el Prado. A la par, fueron anunciadas medidas contra el acaparamiento y la especulación, a favor del incremento de la cantidad de productos que se comercializan de forma controlada, y la próxima entrada en funcionamiento de nuevos servicios de transporte.


Al redactarse esta nota, el presidente Miguel Díaz-Canel completaba una intensa semana de apariciones públicas visitando su provincia natal, Villa Clara, centro de la comunidad Lgtbiq en la isla, que en la jornada de marras permaneció en absoluta tranquilidad. Mirado a contraluz, el recorrido parece destinado a trasmitir un mensaje claro, a tenor de las reiteradas imágenes del mandatario dialogando ante grandes concentraciones de sus conciudadanos: al margen de lo sucedido el sábado, las calles no han cambiado de manos.

Por Amaury Valdivia
17 mayo, 2019

Publicado enInternacional
La gentrificación del pago: la extensión de la red financiera digital

Utilizar —o ser obligado a utilizar— el pago digital supone entrar en la esfera de poder e influencia de las multinacionales.

 

Hay un fenómeno que se desarrolla lentamente por todo el mundo. Tendrá graves consecuencias, pero muy pocas personas son conscientes de ello, quizá porque supone algo aparentemente trivial y benigno: la extensión del pago digital. No sólo ocurre en las ciudades principales de los países más económicamente desarrollados, sino también en los más pobres, a menudo con la ayuda de los programas de ‘inclusión financiera’ de las organizaciones de desarrollo internacional, en compañía de las instituciones financieras más relevantes. 

El crecimiento del pago digital —a veces bajo las etiquetas de ‘e-money’ o ‘dinero móvil’—, vinculado a la eliminación gradual del dinero físico, da a las instituciones financieras y a los gobiernos nuevos medios de supervisión financiera y control a una escala nunca vista. Según argumentaré, este fenómeno puede ser visto como la gentrificación del pago.
El término ‘gentrificación’ suele remitir a los procesos urbanos en los que una comunidad marginada, a menudo caracterizada por sus redes de economía informal, sus mercadillos callejeros y su clima de dureza, ve cómo sus espacios de vida se ven paulatinamente reducidos por la aparición de recién llegados más pudientes, que los encarecen y que usan su comunidad como asentamiento para nuevos mercados formales.


Este proceso pone en marcha una ‘limpieza’ de la informalidad, en la que los recién llegados, atraídos por ciertas expresiones deseables de la comunidad como la música o el clima festivo, eliminan los elementos amenazantes que acompañan la precariedad original: las bandas, los pequeños traficantes o los mercadillos callejeros.


El proceso de gentrificación del barrio termina con el vaciado de la comunidad original, la neutralización del riesgo que representa para la gente más pudiente y la aparición de una imitación inofensiva de esa comunidad, con propietarios de la élite de los negocios y enormes instituciones de fondo.


Puede que todo comience con la sustitución de los pequeños talleres artesanales por tiendas de ropa hipster, pero termina necesariamente con las franquicias apareciendo y reemplazándolo todo, desde las charcuterías familiares a los centros religiosos comunitarios.


Cuando miramos de lejos y generalizamos, la ‘gentrificación’ aparece simplemente como el proceso por el que las redes comunitarias informales e impredecibles, potencialmente peligrosas para el interés de los negocios hegemónicos, son sustituidas por estructuras empresariales formales, estandarizadas y predecibles acompañadas de un aire de ‘amabilidad cool’ y comodidad. La figura del ‘consumidor’ que busca una ‘experiencia de compra’ en un centro comercial reemplaza al miembro de la comunidad buscando sentimiento de pertenencia en redes de amistad, de familia y de compañeros.


¿Qué tiene esto que ver con el pago? El efectivo es una forma de pago vinculada desde hace mucho con las clases más bajas de las economías poscoloniales —la lonja de Maputo, los peluqueros clandestinos de Bombay, el comerciante de manualidades andino...— que emiten los Estados pero se escapa fácilmente de su control más directo. El pago digital, sin embargo, es el dominio de las empresas financieras transnacionales, y no se puede separar ni escapar de ellas. Utilizar —o ser obligado a utilizar— el pago digital supone entrar en su esfera de poder e influencia.


En todo proceso de gentrificación, los desposeídos se apoyan en estructuras informales, o adoptan una identidad, significado y sentido de pertenencia al usar esas estructuras. Sin embargo, desde la perspectiva de las grandes instituciones, estas personas suelen ser vistas de forma implícita como subdesarrollados, incluso criminales, que tratan de escapar de la mirada benevolente y responsable de las instituciones sin las que estarían mejor.


La comunidad de la inclusión financiera, cuyo fin es llevar los servicios financieros formales a la gente sin acceso a ellos, gusta de presentarse como un agente de empoderamiento social, pero a menudo se apega más a los intereses del gran mercado financiero y tecnológico. Una simple búsqueda en Google Imágenes de «inclusión financiera África» muestra incontables imágenes promocionales de mujeres campesinas sonriendo frente a la pantalla de sus móviles, buscando una aplicación creada por algún grupo lejano de hombres de alguna ciudad grande, y vinculada a un centro de datos que monitoriza y rastrea sus acciones con el fin de encontrar oportunidades económicas.


Los tecnicismos del pago


Para desmenuzar esto, antes hay que entrar en los fundamentos. Las economías de mercado modernas reciben a diario una infinidad de interacciones sociales básicas. Dos personas se encuentran en un puesto del mercado; una de ellas le entrega algo específico e inmediato ─ya sean plátanos, una tostadora artesanal o un servicio concreto─, y la otra le da algo general y dirigido al futuro: dinero físico, que le dará acceso a un abanico de potenciales bienes y servicios de parte de terceros.


Si nos alejamos, podremos ver una vasta red interdependiente de personas y empresas que desplazan bienes y servicios reales en una dirección, e intercambios de dinero físico en la otra. Todos estamos enredados en, y dependemos de, esas redes del mercado monetario.


La mayoría de gente usa la divisa nacional, dinero efectivo que sólo funciona en un área geográfica concreta. Estas divisas nacionales tienen fundamentalmente dos formas. En primer lugar el dinero en efectivo, físico, acuñado por instituciones vinculadas al Estado, como los bancos centrales y la tesorería del Gobierno; en segundo lugar, los depósitos bancarios digitales, el ‘dinero’ que vemos en nuestra cuenta bancaria.


Esta moneda digital es legalmente distinta del efectivo. Son pagarés privados que emite un banco, con la promesa de que accedas a la divisa nacional. Ir al cajero para sacar efectivo es, entonces, convertir los pagarés de tu cuenta bancaria en lo que te han prometido. Además, podemos transferir esos pagarés a otras entidades por medio de transferencias bancarias.
El ‘dinero bancario’, es decir, los depósitos digitales, es distinto al ‘dinero del Estado’ (efectivo), pero aun así los manejamos como si fueran funcionalmente equivalentes: hay muchos lugares en los que puedo entrar a una tienda y pagar ‘en efectivo o con tarjeta’. Sin embargo, el dinero bancario no es distinto al dinero acuñado por el Estado sólo legalmente, sino también tecnológicamente —en su implementación— y vivencialmente —en su ‘tacto’, psicología, en la forma en la que interactuamos con él—.


El dinero físico consiste en objetos producidos por una casa de la moneda, y las transacciones con él implican fundamentalmente a sólo dos personas. Entrego efectivo en una tienda, y a cambio recibo una chaqueta. Podríamos querer efectuar la transacción más adelante, y en ese caso nos podríamos quedar con algún registro, como por ejemplo una factura; pero, en principio, sólo son necesarias dos personas para este intercambio.


El dinero bancario, por otro lado, toma forma de ‘objetos-dato’, de unidades registradas en una base de datos controlada por bancos comerciales. Puedo llevar conmigo efectivo, pero no este otro dinero: se mantiene como información en el centro de datos de mi banco, y la única forma de ‘moverlo’ a otra persona es contactando con mi banco para pedirles que lo carguen en mi cuenta y lo abonen en la cuenta de la persona que recibe el dinero.


Hoy en día hay toda una plétora de dispositivos y aplicaciones de pago digital, pero el esquema básico de las transacciones económicas digitales cuenta con cuatro elementos predecibles:


1. Necesitas una cuenta bancaria.


2. Necesitas un modo de demostrar quién eres y que eres el legítimo propietario de la cuenta.


3. Necesitas un modo de mandar mensajes seguros al centro de datos de tu banco para iniciar la transacción.


4. El vendedor necesita un modo de recibir la confirmación del pago.


Estos elementos pueden implementarse de diferentes formas. Por ejemplo, puedo insertar una tarjeta de crédito Visa en la terminal de un punto de venta de un supermercado e introducir un código PIN, después de lo cual la terminal enviará mis datos (a través del sistema Visa) y la petición de mi transferencia a mi banco. Puedo acceder a una aplicación de pagos usando un lector de huellas dactilares en mi móvil, y escanear entonces un código QR que me dé los datos del vendedor. O puedo usar una aplicación de Apple Play vinculada a mi tarjeta de crédito.


El proceso puede implicar distintos niveles de instituciones intermediarias, desde empresas de telecomunicaciones a redes de tarjetas de crédito, pero en última instancia es lo mismo: mi banco (o un proveedor secundario que use un banco para compensar las transacciones) recibe una petición para alterar mi cuenta.
Incluso cuando parece que los bancos no están involucrados, lo están. Servicios como PayPal, o M-Pesa en Kenya, o Paytm en la India, o WeChat en China, son fundamentalmente nuevas capas construidas sobre el sistema económico bancario, o negocios en colaboración con los bancos, o intermediarios entre un banco y tú. Puedes tener cuentas en estos servicios, pero a su vez ellos tendrán cuentas con bancos.


La dinámica psicológica


Aunque podríamos utilizar tanto dinero efectivo como digital para conseguir lo mismo —comprar algo en una tienda—, cada cual tiene características técnicas y empíricas distintas, que suponen una diferencia muy relevante. Generalmente, cuando se le pide a la gente que describa esa diferencia, se fijan en las propiedades más inmediatas: opinarán sobre cuál es más rápido, más adecuado o más fácil de usar en el momento del intercambio, o sobre cuál es culturalmente más relevante, o cuál parece más seguro. Si lo han pensado más, podrían hacer observaciones más profundas sobre sus implicaciones psicológicas. Por ejemplo, quizá crean que gastan más al usar dinero digital, porque parece ‘menos real’.


Es importante estudiar todas esas características, pero están sobrerrepresentadas hasta el extremo en los debates sobre las bondades del pago digital. La diferencia más importante entre el dinero efectivo y el dinero bancario no es tan trivial como cuál de ellos es más rápido. Más bien se trata de la diferencia tecnológica o estructural.


El dinero efectivo es un ‘instrumento del portador’ que no necesita de terceras partes para intermediar entre un comprador y un vendedor, mientras que el dinero digital es un sistema de ‘dinero de libro de cuentas’, que exige varios terceros para intermediar. A menudo parece que la gente no sea consciente de esto, o crea que es irrelevante, quizá porque esa intermediación suela ocurrir tan rápido que no nos damos cuenta, como un misterioso proceso de fondo que funciona ‘como magia’. Sin embargo, es en ese proceso donde surgen las políticas y posibilidades más importantes del pago digital.


Políticas y posibilidades de la intermediación a distancia


Entonces, ¿cuáles son esas políticas y posibilidades? La naturaleza remota e intermediada del pago digital produce determinadas características iniciales:


• Si te encuentras lejos de la persona con la que estás tratando de negociar, pero tienes acceso a la infraestructura de telecomunicaciones, puedes pagar sin estar físicamente cerca de ella. Es por esto que el pago digital es idóneo para el comercio por internet, pero también para otras muchas circunstancias en las que se deben suministrar los bienes a distancia. Por ejemplo, un vendedor ambulante podría querer adquirir bienes de un mayorista en los alrededores de una ciudad, sin tener que dejar su puesto para llevar a cabo una transferencia personal de efectivo.
• Si la infraestructura de distribución de efectivo ha quebrado, no funciona adecuadamente o está muy poco desarrollada (p.e., un pueblo con sólo un cajero roto), aún se podría pagar simplemente teniendo acceso a las telecomunicaciones.
• La ausencia de dinero físico significa que es hipotéticamente ‘más seguro’ (suponiendo que no se está sujeto a fraude o pirateo de tu cuenta digital).


La comunidad financiera convencional se centra inicialmente en esta clase de características. Estas comunidades incluyen grupos como la Fundación Bill y Melinda Gates, la Omidyar Network, el CGAP [siglas en inglés de Grupo de Consultoría para Apoyar a los Pobres], la Better Than Cash Alliance (“Alianza Mejor que el Efectivo”), y muchas otras que presentan el dinero digital como más seguro o adecuado a los consumidores, y más eficiente para los vendedores (que potencialmente procesarían más transacciones de forma más segura).
Los académicos del sector han estudiado las dinámicas psicológicas e interpersonales de tener el dinero en mano en comparación a tenerlo en centros de datos bancarios, mientras que varias start-ups de tecnología financiera subrayan los costes aparentemente menores de la oferta de infraestructuras digitales de cara a alcanzar áreas rurales en las que puede no haber cajeros ni sucursales bancarias.


En general, estos grupos quieren un mundo en el que el pago digital supere las limitaciones del físico para permitir la expansión de oportunidades de comercio. La tendencia fundamental ha sido el lanzamiento de las tecnologías financieras como un agente de inclusión financiera y crecimiento económico, ya sea proveyendo a la gente ‘de debajo de la pirámide’ de alguna herramienta básica para evitar las dificultades relacionadas con el dinero en efectivo, ya sea dándole acceso a los beneficios de una economía digital de la que, de otro modo, sería excluida.


La extensión de la red digital


El relato de la ‘inclusión’ se narra fundamentalmente a través de la modernidad aspiracional. El relato es, a grandes rasgos, como sigue:


La riqueza, la sofisticación y el desarrollo están relacionados con el acceso a las tecnologías más modernas, y estas son todas digitales. Los habitantes de las grandes ciudades ricas son las primeras en adoptar esas tecnologías, y se encuentran en lo alto de la economía global digital que beneficia a un exclusivo grupo internacional. El objetivo debe ser, entonces, darle a los demás las herramientas para entrar en ese grupo y compartir los beneficios.


La historia está implícita en muchos reportajes, discursos políticos y anuncios de empresas en torno a la tecnología financiera, y es muy atractiva.


Pero ‘inclusión’ es un concepto escurridizo. Por ejemplo, imaginemos que hay un club exclusivo, en el que tienes que estar afiliado para entrar. Algunos son incluidos y otros excluidos. Fomentar la ‘inclusión’ puede suponer dos cosas, en este contexto. Puede suponer relajar los requisitos de afiliación para permitir entrar a más gente; o bien puede suponer que se mantengan esos requisitos, al tiempo que se trata de ayudar a entrar a las personas dándole herramientas y formación para ello.


Consideremos, por ejemplo, el debate en el Reino Unido en torno a cómo incluir a los grupos más marginados en las principales Universidades, como Oxford y Cambridge. Se reconoce implícitamente que la dirección política y el sistema económico del Reino Unido están dominados por élites socioeconómicas de ambas universidades; pero en vez de romper con ese elitismo estructural, los esfuerzos se concentran en cómo un abanico algo más diverso de gente entra en esas élites.


La inclusión financiera tiene un problema parecido. Se reconoce implícitamente que la economía global se caracteriza por la desigualdad jerárquica, con una jerarquía geopolítica de naciones y una jerarquía de divisiones de clase en cada uno de esos países. En la cima están las clases profesionales urbanas en las ciudades principales, como Nueva York, San Francisco, Londres, Tokio y demás, y sobre todo aquellas que están en los círculos tanto tecnológicos como financieros.


En general no se discute que la economía digital dominante que presiden sea algo bueno, y el objetivo no es terminar con las jerarquías fundamentales en ella. Más bien, el objetivo de la ‘inclusión’ es incorporar más personas a la red digital, pero en la posición de subordinación de quien acepta y utiliza pasivamente la tecnología desarrollada en las principales ciudades globales.


Si asumes que extender la dependencia del pago digital es bueno, hay muchas oportunidades a considerar:


• Dar a la población acceso a cuentas bancarias o, alternativamente, a cuentas con proveedores de pagos digitales sustentadas en el sector bancario.
• Ofrecer medios para comunicarse con esas instituciones a distancia a través de dispositivos digitales y móviles, aplicaciones y demás.
• Proporcionar nuevos medios para demostrar quién se es (verificación de identidad) al abrir cuentas o al comunicarse con los bancos o las empresas que hospedan esas fichas.
• Eliminar gradualmente los medios alternativos de pago: el efectivo.

Algunas de las historias más controvertidas del sur global están relacionadas con este proceso. Un ejemplo conocido es el programa de ‘desmonetización’ del Gobierno indio en 2016, en el que se retiraban de la circulación los billetes, lo que causó una enorme alteración económica para muchas personas pobres que se apoyaban en el efectivo.


El Gobierno de Modi presentó el programa, en un principio, como una medida para luchar contra el ‘dinero negro’, la corrupción y el crimen, pero luego el relato cambió al de la modernidad digital aspiracional, un cuento sobre el adecuado, brillante y deseable futuro sin dinero físico al que la gente sería empujada, les guste o no.


Al día siguiente de que el Gobierno de Modi anunciara el programa, las empresas de pago digital iniciaron una carrera de seducción en los anuncios de las portadas de los periódicos, elogiando esta política. Por ejemplo, Paytm cubrió la portada del Times of India y el Hindustan Times con un anuncio: “¡Paytm felicita al Honorable Primer Ministro Sh. Narendra Modi por tomar la acción más decisiva de la historia financiera de la India independiente! ¡Únanse a la revolución!”


El colosal programa biométrico indio —el más grande del mundo—, Aadhar, también defiende ese mensaje en términos de inclusión financiera y modernización: la población debe verificar su identidad para abrir una cuenta de pago digital, y la biométrica se presenta como una posibilidad para la gente analfabeta o marginalizada.


El discurso oficial del gobierno indio se acerca mucho a los intereses comerciales del sector digital financiero, y estos son dos de tantísimos programas en todo el mundo para fomentar el cambio hacia el pago digital y la banca, que cruzan con infinidad de campañas privadas en la misma dirección, a menudo con apoyo de las principales instituciones internacionales de desarrollo.


Allí donde los servicios bancarios se encuentran poco desarrollados entre las comunidades más pobres, ha habido un intento de ‘saltarse’ a la banca tradicional mediante intermediarios móviles conectados a la infraestructura bancaria. Por ejemplo, M-Pesa en Kenya fue fabricado a partir de las redes móviles de Safaricom: buena parte de la población tenía tarjetas sim pero no cuenta bancaria, por lo que la estrategia era convertir el número de móvil en un equivalente del número de cuenta bancaria, mientras que la empresa de comunicaciones conectaba por su parte con el sector bancario.


El control digital


En estos esfuerzos entusiastas por la inclusión financiera digital, curiosamente, se han pasado por alto —o planteado como exclusivamente positivas— toda una serie de características clave del pago digital. La intermediación propia del dinero digital implica que:


• Los intermediarios pueden ver tus transacciones y recoger información sobre tus actividades económicas cotidianas.
• Los intermediarios pueden bloquear tus transacciones.
• Como no posees físicamente el dinero, las instituciones pueden expropiarlo o congelarlo.
• Si la infraestructura eléctrica o de telecomunicaciones falla, o si los intermediarios sufren un fallo en su hardware o software, puedes ser expulsado.
• La conexión digital propia de la infraestructura es susceptible de ciberataques y diferentes formas de pirateo.
• Aunque el discurso popular en la industria de las tecnologías financieras es que la gente opta ‘voluntariamente’ por el pago digital, visto de cerca el asunto resulta mucho menos claro.

Dicho sin rodeos, el pago digital favorece un nuevo y vasto horizonte de vigilancia y control financieros, al tiempo que expone los usuarios a nuevos riesgos que no existen en la infraestructura del pago físico.


En principio, los promotores de las finanzas digitales evitaron una reflexión crítica sobre estas posibilidades negativas, ya que la primera etapa de la mayoría de estos productos es ‘adicional’: los servicios digitales son añadidos a la situación del momento, así que se comienzan presentando como una excitante ‘nueva opción’. Por ejemplo, una economía que antes sólo tuviera acceso al efectivo adquiere una opción digital, que abre todo un abanico de nuevas posibilidades creativas.


Estas nuevas posibilidades pueden usarse para evitar algunos de los viejos problemas, aunque introduzcan algunos nuevos, o también pueden presentar la forma anterior como un ‘problema’, en comparación (por usar una analogía: nadie vería un problema en utilizar una hoguera para calentarse, hasta que su vecino tiene electricidad). En consecuencia, la suma es entendida en general como algo positivo.


Sólo en las etapas posteriores, cuando se establece una forma nueva y se extiende lo suficiente como para comenzar a asfixiar los sistemas antiguos, comienza a adquirir un poder de ‘monopolio’. En el caso del pago digital, este proceso de ‘extensión monopolística’ se ha alimentado de varios factores. Aunque el discurso popular en la industria de las tecnologías financieras es que la gente opta ‘voluntariamente’ por el pago digital, visto de cerca el asunto resulta mucho menos claro.


1. Al principio, podemos ver esfuerzos políticos dirigidos a demonizar el dinero en efectivo con propaganda directa, a veces por parte del Estado (como es el caso del Gobierno de Modi en India), pero también por grandes empresas del sector, como Visa, cuyos intereses comerciales incluyen librarse del dinero físico. Por ejemplo, en un comunicado de prensa de 2016, Visa manifestó abiertamente que tenía una “estrategia a largo plazo para disminuir el efectivo para 2020”.


2. Después, se trata de incentivar el pago digital. Por ejemplo, Visa tiene un programa de recompensa a los pequeños negocios de moda, como cafeterías en áreas urbanas clave, para que “dejen de usar efectivo”, y por ende extiendan el mensaje y las normas del pago digital a sus clientes (los cuales podrían incluir, por ejemplo, comunicadores sobre tecnología e innovación, expertos en medios y consultores, que popularizarían más el mensaje).


3. Luego, se intenta dificultar el uso del dinero metálico, lo que supone hacer del uso digital algo relativamente atractivo, inspirando a la población a ‘elegirlo’. Por ejemplo, cuando la banca cierra cajeros, haciendo el efectivo más incómodo.


4. En adelante, las compañías y los cuerpos estatales tratan de introducir y mejorar la infraestructura para hacer el pago digital más viable y atractivo.


Estos procesos tienen muchas consecuencias sutiles y formas de retroalimentación. Conforme comienza a cambiar el entorno económico y cultural en favor de la digitalización, las empresas beneficiadas y los Estados usan este cambio como argumento para convencer de su uso incluso a la gente que no quiere usarlo.


Conforme se deriva más inversión a los servicios financieros y menos a las ramas no digitales, se comienza a penalizar —relativamente— a la gente que sigue usando dinero en metálico, que es vista por los propietarios de los negocios como una molestia y presentada en los noticiarios y los medios en general como luditas. La población se ve forzada o ‘alentada’ a usar medios digitales de pago.


Sin embargo, lo que en realidad tiene lugar es un proceso de expansión de la red digital financiera, que es fundamentalmente un proceso de consolidación del poder colectivo del sector bancario, la industria comercial que se asienta en él, y las empresas tecnológicas que ofrecen las aplicaciones y conexiones a ese sistema.


Aunque los bancos, individualmente, pueden tener sus luchas privadas contra los demás y con las compañías tecnológicas por determinadas porciones del pastel de las finanzas digitales, en general lo que dirige este cambio son los intereses de las instituciones financieras por automatizar sus procesos con el objeto de eliminar gastos y expandirse, extrayendo incluso más información sobre más clientes.


Es decir, que el interés de las instituciones financieras por automatizarse no tiene relación con lo que quieran sus clientes, sino con una dinámica interna propia, que justifican apuntando a segmentos de clientes (como los ‘millennials’) que son los primeros en adoptar estas finanzas digitales.


Aunque la economía digital se presenta en un comienzo como una opción más, a largo plazo implica la eliminación de las opciones no digitales con las que compite, reduciendo la elección en vez de añadirla. Por ende, se cierran las sucursales bancarias y cajeros de los pueblos formados sobre todo por jubilados en las zonas rurales británicas, porque los bancos pueden optimizar sus beneficios forzándoles a usar la banca digital, al tiempo que les dice que quienes “lideran el cambio” son los ‘millenials’.


Conforme los sistemas de pago digital se normalizan y el efectivo es demonizado, el relato de la inclusión digital se vuelve más afilado. Si hay consenso general entre los poderosos en que lo digital representa el progreso, y si una evidencia cada vez mayor de la dependencia de la economía digital (la mayoría organizada por las mismas instituciones financieras), entonces el riesgo de exclusión por no utilizarla es mayor que nunca, y proveer de acceso a ella parece más noble que nunca.


No hay mejor ejemplo de esta dinámica circular que la agenda y las prácticas de la Better than Cash Alliance, iniciativa dirigida bajo el auspicio del Fondo de las Naciones Unidas para el Desarrollo del Capital, pero financiado por Visa, Mastercard, Citibank, la Fundación Bill y Melinda Gates, la Omidyar Network, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional y muchas empresas internacionales y ONG convencionales.


La Alianza oscila entre el discurso sobre los beneficios que supone introducir el pago digital y la demonización del dinero metálico para fomentar la supresión de la competencia. Trabajan mucho para establecer como sentido común la idea de que la economía digital es empoderante, moderna y aspiracional, y presentar el efectivo como anticuado y peligroso, un lastre para la economía y un apoyo del submundo del crimen. El empoderamiento, en este discurso, implica la seguridad de que todo el mundo sea incorporado a la creciente red digital financiera.


La demonización de la informalidad


Los promotores de la economía digital no pueden esquivar el asunto de la vigilancia y la extracción de información que acompaña al sistema de pago digital. Sin embargo, en general la estrategia ha consistido en revestir este control de transparencia, y hacer hincapié en ello como una herramienta para arrancar de raíz la corrupción y las transacciones criminales.
La extracción de información se presenta también como un paso positivo de camino a ofrecer más servicios financieros, como los préstamos. Por ejemplo, Safaricom y el Banco Comercial de África presentaron el sistema de préstamos M-Shwari, que usa la información de pagos de las cuentas de M-Pesa beneficiarias de préstamos para calcular su capacidad de crédito.


No se puede negar que ciertas intervenciones digitales en esta línea pueden ser beneficiosas a nivel localizado e individual. No se trata de renegar de los esfuerzos que suponen iniciativas como la M-Shwari, sino de señalar el discurso sesgado que suelen apoyar. Se usan esta clase de campañas al servicio de un proyecto más amplio para promocionar los intereses generales de grandes empresas tecnológicas y financieras.


El discurso dominante se ha transformado en un discurso peyorativo para con la economía informal a pequeña escala, y acrítico respecto de los grandes sistemas coordinados a través de las principales compañías e instituciones gubernamentales. Estas últimas son presentadas como ejemplos de progreso, mientras que los acuerdos informales, las interacciones sin un control definido y las redes de relaciones personales impredecibles son vistas como el reino del retraso, del crimen y del fracaso.


Se nos deja entonces con la narrativa oficial, en la que el progreso legitima la eliminación del dinero efectivo y la transición hacia la dependencia de la arquitectura de pagos digitales que pueden ser usados para controlar, disciplinar, mercantilizar e influir a la gente.


Todo esto se justifica con una aseveración: que esta arquitectura traerá beneficios, que será más barata y más segura, y que ‘actualizará’ a la población al mundo moderno, usará la información de la población para dar mayor acceso a los servicios y contribuirá a la ‘higiene’ social.


Y sobre todo, es una narrativa en la que las relaciones informales se disuelven para ser reemplazadas por relaciones mediadas institucionalmente, y por tanto ‘limpiar’ la informalidad. Esto es la gentrificación del pago.


Gentrificar para controlar


Claro, que sólo comienzan a vislumbrarse las posibilidades negativas de esta red digital cuando asume completamente una posición de monopolio. El mejor ejemplo de esto es el nuevo “Sistema de Crédito Social” de China, un programa en desarrollo para monitorizar a los ciudadanos con el objeto de darles puntos de reputación, o amenazarles con ponerlos en una lista negra.


El objetivo es aparentemente crear un sistema de ‘palo y zanahoria’, que recompense a los que sigan las tradiciones oficiales y se comporten correctamente y penalice a quienes no lo hagan, excluyéndoles de servicios como los viajes por aire si se desvían.


Los detalles del sistema en construcción son opacos y aún están sujetos a especulación, pero los estudios indican que se está construyendo contando con las empresas de pagos digitales (como WeChat) o que se integrará con la información financiera y de pagos existente en las principales compañías de finanzas digitales como Ant Financial (empresa madre del sistema Alipay). La información no sólo se usa para la inclusión; se usa para la exclusión.


Aunque el Sistema de Crédito Social chino acecha en la imaginación occidental como si fuera un episodio de una película de ciencia ficción, este proceso de vigilancia, rastreo y condicionamiento digital se da en todo el mundo, a menudo respaldado abiertamente por los Estados democrático-liberales que quieren promover los intereses de las compañías financieras y tecnológicas.


La gentrificación del pago es un aspecto fundamental de todo este proceso. Es un programa fragmentado, parcialmente completado y sin embargo calculado, para dirigir a la población a la red financiera digital que puede ofrecer reducidos beneficios a corto plazo, al tiempo que la expone a amenazas colectivas a largo plazo que son sistemáticamente minimizadas. Es el momento de que los grupos y activistas de la sociedad civil comprendan este fenómeno y lo enfrenten.

Por Patricia Bolinches
Brett Scott

publicado
2019-05-17 06:05:00

Publicado enEconomía