Coronavirus. La infinita solidaridad entre los de abajo

Huelgas obreras, solidaridad popular en los barrios y cacerolazos, son algunas de las manifestaciones del pueblo italiano contra el modo como el gobierno impuso la cuarenta a todo un país, que los grandes medios silencian y ocultan para seguir inoculando miedo y subordinación.

El diario del izquierda Il Manifesto informa en su edición del viernes 13: “El mundo obrero ha vuelto a hablar con una sola voz. Es la incredulidad y la rabia de los que piden ser tratados como todos los demás trabajadores. Una rabia, obrera, por la decisión del gobierno de no detener la producción en las fábricas que se ha materializado el jueves cuando se abrieron las puertas: huelgas espontáneas, asambleas, el cese temporal de la producción”(Il Manfesto, 13 de marzo de 2020).

Huelgas en Milán, Mantua, Brescia, Terni, Marghera, Génova, en grandes empresas como continuará hoy en Electrolux, Iveco, Tenaris, Beretta y el Grupo Arcelor Mittal entre otras. Un crecimiento de la desobediencia obrera que obligó al presidente Conde a convocar una videoconferencia con los sindicatos y llevó al presidente de la Confindustria a decir que las huelgas son “irresponsables”.

No son huelgas por el salario sino por la dignidad, porque los obreros de la industria quieren ser tratados como los demás trabajadores. Demandan parar la producción para “higienizar, asegurar y reorganizar los lugares de trabajo”, como exigieron los sindicatos metalúrgicos.

Los obreros del metal de la fábrica Bitron Cormano cerca de Milán, declararon a la Radio Popolare que trabajar en esas condiciones es muy duro. “En febrero pedimos guantes, máscaras y antisépticos y no hicieron nada, por eso fuimos a la huelga”. Agregan: “Es muy duro trabajar así. Nos miramos como si fuésemos extraños”.

En estos días tremendos de soledad y miedo, fomentados por los grandes medios de forma histérica pero calculada, nos sobre-informan sobre los riesgos de salir de casa, de relacionarse con otros, sobre cómo avanza la epidemia/pandemia, y todos aquellos datos que nos paralizan.

Hay mucho más, que merece ser destacado. Los obreros de la fabrica recuperada Rimaflow en Milán, libraron un comunicado: “Creemos que una reducción real de los riesgos no puede recaer en los sectores más frágiles y económicamente precarios. Para contener realmente la epidemia, ninguna persona debe verse obligada a ir a trabajar, todos deben tener acceso a un ingreso de cuarentena y la posibilidad de recibir servicios, tratamientos y necesidades básicas en el hogar”.

Luego dicen que en esta situación tan difícil, “queremos seguir construyendo lazos de solidaridad”, y ofrecen sus servicios a quienes lo necesiten para cuidar niños, comprar alimentos y llevarlos a las casas de quienes lo pidan, aportando sus teléfonos y disponiéndose a cualquier consulta legal y sindical.

Lo que sucede en los barrios, donde existen más de mil centros sociales, merece mención aparte. Los jugadores e hinchas del club de “fútbol popular” Borgata Gordiani, de la periferia obrera de Roma, se han puesto a disposición de “los ancianos y cualquier persona que se encuentre en dificultades” (ver Pigneto Today).

Colgaron volantes en las puertas de los edificios ofreciendo, solidariamente, hacer las compras y llevarlas los martes y jueves a las familias. En ese barrio donde Passolini rodó alguna de sus películas, decenas de personas dispuestas a trabajar para los demás, como sucede también en el centro social del barrio, y de muchos otros de las ciudades italianas. Esos ancianos que están siendo abandonados por el Estado y los empresarios, son atendidos por la solidaridad de clase.

En varias ciudades, particularmente en Nápoles, decenas de familias realizaron cacerolazos en sus balcones. Para el viernes 13 se convocó un cacelorazo nacional. “Abrimos las ventanas, salimos al balcón y hacemos ruido”, dice la convocatoria que espera convertirse en “un concierto gratuito gigante” (https://bit.ly/2WlzHJF).

Los grandes medios que se empeñan en meter miedo, ocultan la inmensa solidaridad entre los abajos. Seguramente porque le temen, porque allí anida otro mundo. Una prueba de ello, es que pese a las restricciones, siguen adelante con las mayores maniobras militares de la OTAN desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Se trata de las maniobras “Defender Europa 2020”, planeadas antes de la epidemia pero que no han sido aplazadas. “Muchos han interpretado el despliegue de 30.000 soldados en Europa, de los cuales 20.000 estadounidenses (el mayor despliegue de tropas estadounidenses en Europa desde finales de la Guerra Fría) para una serie de ejercicios militares, como el preludio de algo más grande” (https://bit.ly/39ZqL0x).

Según las declaraciones oficiales, las maniobras están destinadas a proteger al continente de una “invasión rusa”. Sin embargo, llama la atención el amplio despliegue militar de la OTAN en carreteras y ciudades, mientras la población debe estar confinada en sus casas.

De la descripción anterior, necesariamente recortada, surgen algunos elementos que quiero compartir.

El primero es la solidaridad de clase, de los diversos abajos, porque en ese ser solidario hay varias generaciones que en la vida cotidiana no se relacionan, jóvenes y ancianos, por ejemplo. Pero también hay migrantes, mujeres, negros, gais, musulmanes, y la enorme diversidad del mundo de abajo. Es la única esperanza que tenemos en este momento de locura de la humanidad.

La segunda es la racionalidad egoísta de los de arriba, de esos empresarios que no gastan en proteger a los obreros porque quieren seguir acumulando riquezas. Los hacen trabajar, lo que ya es discutible cuando hay cuarentena, pero además no les dan los mínimos elementos de protección.

La tercera, la más temible, es la militarización en marcha. Policías y militares son los encargados de vigilarnos, cada vez de forma más sofisticada, con millones de cámaras y ahora también con aplicaciones que nos siguen a todas partes, como en China, donde la identificación facial hace imposible saltarse las normas más absurdas.

Si hubiera que agregar algo más, diría: sólo la solidaridad de clase, de género, de color de piel, puede dar forma a ese gigantesco paraguas multicolor que salve la vida en el planeta.

 

 

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Las lecciones que puede dar el coronavirus a la especie humana

Contemplamos a un diminuto virus desde lo alto del antropocentrismo, de Occidente, del neoliberalismo y de la globalización; pero tal vez podamos aprender algo de él.

En los últimos 6.000 años, pero sobre todo en los pasados 200 y, más concretamente, a partir de los años 50, las sociedades humanas han ido tomando altura. Mucha altura. Desde arriba, contemplamos a un diminuto virus y, tal vez, podamos aprender algo de él.

Desde lo alto del antropocentrismo

El ser humano primigenio era un predador que también podía ser cazado por otros predadores. Pero gracias a su increíble capacidad de coordinación y su desarrollo tecnológico ha conquistado la cúspide de la cadena trófica concibiéndose como invulnerable y todopoderoso.

Sin embargo, la vida surgió desde los seres vivos más minúsculos y sigue basándose en ellos. No en los superpredadores. El reino de lo pequeño es el que permite que exista la vida en el planeta. Sin las bacterias no habría suelo fértil y muchas otras cosas. De manera más general, sin ellas no sería posible la reutilización de los elementos (carbono, nitrógeno, fósforo, etc.) en grados de reciclaje inimaginables por la tecnología humana (del orden del 99,5-99,8%). No olvidemos que vivimos en un planeta en el que no entra materia nueva, que tenemos que apañarnos con lo que hay.

El coronavirus puede servir para hacernos recordar que lo minúsculo es determinante en la Tierra. Y que, en la trama de la vida, realmente somos prescindibles.

Desde lo alto del sistema agroindustrial

Para nuestro control de todos los seres vivos, el sistema agroindustrial resulta determinante. La domesticación de algunas especies animales y vegetales, y la transformación de los ecosistemas para que puedan medrar estas y no otras.

Desde el principio de la agricultura y la ganadería, esto ha provocado que distintos virus hayan saltado de otros animales a los seres humanos: de las vacas, el sarampión y la tuberculosis; de los cerdos, la tosferina; o de los patos, la gripe. Esto no ha dejado de ser así en las últimas décadas. Es más, es algo que se ha acelerado conforme se incrementaba la destrucción de distintos ecosistemas. Como refleja Sonia Shah: “Desde 1940, han aparecido o reaparecido centenares de microbios patógenos en regiones en las que, en algunos casos, nunca antes habían sido advertidos. Es el caso del VIH, del ébola en el oeste de África o del zika en el continente americano. La mayoría de ellos (60%) son de origen animal. Algunos provienen de animales domésticos o de ganado, pero principalmente (más de dos terceras partes) proceden de animales salvajes”. Este parece ser el caso del coronavirus, que puede tener como huésped original a los murciélagos.

Por otra parte, el sistema agroindustrial también es uno de los factores directores del cambio climático, como sabemos. Un reciente estudio muestra cómo el cambio climático ayuda a la transmisión de virus entre distintas especies de mamíferos. De este modo, en un mundo donde la disrupción ecosistémica es la norma, el ser humano no solo tiene cada vez menos defensas (por ejemplo, pierde potenciales principios farmacológicos, pues la mayoría de ellos provienen de otros seres vivos), sino que sufre amenazas crecientes. El desequilibrio ecosistémico es en todas las escalas, también la microbiana, y afecta de lleno a los seres humanos. Un ejemplo es el coronavirus.

Desde lo alto de Occidente

Entremos en las sociedades humanas, porque en ellas también se han producido escaladas de unas formas determinadas de organización social. La forma de vida occidental ha arrasado con todas las demás. Se ha convertido en la hegemónica, lo que ha supuesto una importante homogeneización social. Un ejemplo es la primacía de lo urbano, de lo moderno, de lo tecnológico. Una primacía que ha ido igualando los espacios de sociabilidad humana en todo el planeta pero que tiene, indudablemente, su epicentro en las regiones centrales.

El coronavirus pone en solfa esa primacía. La infección comenzó en el mundo urbano. En uno de sus territorios de mayor desarrollo y, desde ahí, se está expandiendo a sus equivalentes marcando casi a la perfección cuales son las venas por las que corre la globalización. En todo caso, también es determinante que en el Hemisferio norte es invierno (o como se soliera llamar a esta estación antes del cambio climático).

El virus se expande de manera sencilla porque hemos cercenado la diversidad humana en una “aldea global”. En la historia de la vida, la aparición de formas más complejas no ha conllevado la desaparición de las formas más simples, sino que se ha producido una reacomodación simbiótica (desde la perspectiva macro). Esto ha permitido a los sistemas tener más resiliencia. Sin embargo, en las sociedades dominadoras —y más en el capitalismo—, el incremento de complejidad ha destruido las formas menos complejas, perdiéndose diversidad cultural, económica y política.

Desde lo alto del neoliberalismo

El capitalismo ha llegado a su paroxismo con la globalización y con el neoliberalismo, aunque en realidad son dos caras del mismo proceso. 

Una de las expresiones de la victoria del neoliberalismo es el desmantelamiento de lo público. Tantos años de desmontaje de la sanidad pública para que ahora, de manera dramática, descubramos que es lo único que tiene alguna posibilidad de parar el coronavirus y, a la vez, el sistema más vulnerable a la infección, ese por el que se cierras escuelas, ciudades y países para que no colapse. Mientras, la sanidad privada está escudada tras sus cláusulas de no atención en caso de pandemias.

La segunda es el desmantelamiento de lo común. Más dramático que el desmoronamiento de lo público ha sido el de lo común. El de las redes de apoyo mutuo sociales que permiten procesos de autoorganización. Es la victoria del sálvese quién pueda. Del individualismo absoluto. La epidemia del coronavirus muestra lo absurdo de esa estrategia. Las sociedades humanas están basadas en la hipercooperación (asimétrica, muy asimétrica).

No hay posibilidad de que nadie se salve en solitario porque dependemos del trabajo de muchísimas otras personas. Nos creemos individuos porque ocultamos las relaciones de cooperación forzada (podemos llamarlas explotación) que sostienen nuestra “individualidad”. Pero el coronavirus llega más lejos. El aislamiento para no expandir el contagio es, probablemente, el torpedo a la línea de flotación de lo que somos como especie más importante de la situación que estamos viviendo.

Desde lo alto de la globalización

El sistema socioeconómico actual tiene elementos de resiliencia importantes. Uno es que la alta conectividad aumenta la capacidad de responder rápido ante los desafíos. Por ejemplo, si falla la cosecha en una región, el suministro alimentario se puede garantizar desde otro lugar del planeta —si es que interesa— y lo mismo se podría decir de una parte sustancial del sistema industrial.

Sin embargo, la conectividad también incrementa la vulnerabilidad del sistema, ya que, a partir de un umbral, no se pueden afrontar los desafíos y el colapso de distintas partes afecta al conjunto. El sistema funciona como un todo interdependiente y no como partes aisladas que puedan sobrevivir solas. A partir de un elemento cualquiera, como el colapso por saturación de los servicios de emergencia, esta carencia se transmite al conjunto. En este sentido, demasiadas interconexiones entre sistemas inestables pueden producir por sí mismas una cascada de fallos sistémicos. Además, una mayor conectividad implica que hay más nodos en los que se puede desencadenar el colapso.

Pero el capitalismo global no solo está interconectado, sino que es una red con unos pocos nodos centrales. El colapso de alguno de ellos sería casi imposible de subsanar y se transmitiría al resto del sistema. Algunos ejemplos son: i) Todo el entramado económico depende de la creación de dinero (crédito) por los bancos, en concreto de aquellos que son “demasiado grandes para caer”. Además, el sistema bancario se ha hecho más opaco y, por lo tanto, más vulnerable con la primacía del mercado en la sombra. ii) La producción en cadenas globales dominadas por unas pocas multinacionales hace que la economía dependa del mercado mundial. Estas cadenas funcionan just in time (con poco almacenaje), son fuertemente dependientes del crédito, de la energía barata y de muchos materiales distintos. iii) Las ciudades son espacios de alta vulnerabilidad por su dependencia de todo tipo de recursos externos que solo pueden adquirir gracias a grandes cantidades de energía concentrada y a un sistema económico que permita la succión de riqueza. Pero, a su vez, son un agente clave de todo el entramado tecnológico, social y económico.

El colapso de esta maraña interconectada no tendrá una única causa, sino que se producirá por la incapacidad del sistema de solventar una multiplicación de desafíos en distintos planos en una situación de falta de resiliencia. El colapso se da en situaciones de altos niveles de estrés en distintos planos del sistema. Igual que sucede con el coronavirus: las personas que mueren por la infección lo hacen porque ya tenían un cuadro de patologías previas.

Pero el Covid-19, más allá de una metáfora de la vulnerabilidad de los sistemas con múltiples desafíos, es un desafío más a este sistema, como argumenta Nafeez Ahmed. El capitalismo global ya estaba en crisis antes de la pandemia de coronavirus —se puede leer a Michael Roberts—, pero las medidas de salud pública que se están tomando la refuerzan. Primero, al reducir de manera importante el número de personas trabajando para la reproducción del capital. Segundo, disminuyendo el número de personas que dan salida a los bienes y servicios producidos (el turismo es un ejemplo claro). Tercero, porque la propia producción se ve comprometida por cortarse las cadenas de producción (falta de actividad en unos lugares, falta de transporte en otros).

Más allá de estos elementos generales indispensables para la reproducción del capital, hay elementos concretos en la actual coyuntura que son centrales. Las crisis capitalistas conllevan un incremento de competencia entre los entes económicos respaldados por sus Estados que puede ser fatal. Por ejemplo, en el campo energético, donde ya hay una situación de crisis profunda fruto de haber alcanzado el pico del petróleo convencional y de acercarse todos los demás, la lucha se ha recrudecido. Arabia Saudí ha hecho que se desplomen los precios del crudo (ya bajos por la crisis económica). Con esto trata de torcer la mano de Rusia, pero quien más puede sufrir por todo esto es EE UU.

De los tres gigantes de extracción de hidrocarburos, el último es, con diferencia, quien tiene los costes de extracción más altos y, por lo tanto, quien va a sufrir más por unos precios del crudo por los suelos. Y la cuestión no es solo de la industria petrolera estadounidense, sino de su industria financiera, no en vano la primera está sostenida por inversiones gigantescas de la segunda. Y decir que hay problemas con las finanzas de EEUU es decir en realidad que están comprometidas las del mundo. Recordemos el crac del 2007/2008.

La cuestión no es solo de una crisis del sistema económico, sino también de la organización política, del Estado. El Estado tiene cada vez menos capacidad de hacer frente a crisis de amplio espectro. El coronavirus significa una desafío que pone al límite (ya veremos si supera) al sistema de salud. Ahora entendemos en Europa la construcción en Wuhan de un hospital gigantesco a marchas forzadas.

Pero la cuestión no es solo del sistema de salud. También está el control social. Hasta ahora, el miedo al contagio y la responsabilidad cívica han permitido implantar medidas muy duras de control social. Lo que hemos visto en China no tiene precedentes, al menos en las últimas décadas. Pero en Europa se está tomando un camino similar (con las adaptaciones político-culturales pertinentes). ¿Hasta cuándo será eso posible? Por ejemplo, si la mezcla entre desescolarización infantil y cierre de empresas se prolonga, ¿cuánto tardaremos en ver estallidos de las poblaciones más vulnerables? No imaginemos estallidos organizados, sino más bien estallidos desorganizados en forma de pillajes de supermercados. Unos estallidos que podrían reactivar la expansión del coronavirus, añadiendo de paso más complejidad a todo.

Ante estos estallidos, podemos prever una respuesta muy virulenta —el adjetivo viene que ni pintado— de la pujante extrema derecha, que pueda acrecentar la guerra que tiene declarada a los grupos sociales más vulnerables. Esto podría complicar mucho más la desestabilización sistémica si no logra tener éxito.

Tiremos de más hilos. Sin lugar a dudas, el Estado intentará responder a todos estos desafíos. Pondrá dinero para sostener las industrias petroleras, pondrá dinero para sostener los fondos especulativos, pondrá dinero para reprimir a la población, pondrá dinero para amortiguar el golpe en las clases más protestonas… Hasta que deje de poder hacerlo. Esto puede ser más rápido que tarde en una situación de agotamiento de las medidas tomadas frente a la crisis del 2007/2008, que aquí no hay espacio de desarrollar.

Estos son solo algunos ejemplos, podríamos pensar en más. El resumen es que el coronavirus no es el factor que va a provocar el colapso de nuestro orden social, pero puede ser el que lo desencadene en un contexto de múltiples vulnerabilidades del sistema (crisis energética, climática, material, de biodiversidad, de desigualdades, agotamiento de los espacios de inversión, deslegitimación del Estado, etc.). Y si no es el coronavirus, será otra la gota que colme el vaso.

Desde lo alto de la tecnología

En el imaginario social está la idea de que, pase lo que pase, el ser humano será capaz de resolverlo gracias a la tecnología. No lo decimos así, pero creemos que la tecnología nos permite ser omniscientes y omnipotentes.

Sin embargo, esto no es cierto. La tecnología tiene múltiples límites. Uno central —pero ni mucho menos único— es que para su desarrollo necesita grandes cantidades de materia y energía, justo dos de los elementos centrales que están fallando en la crisis múltiple que estamos viviendo. En el pasado, los cambios climáticos y las pandemias fueron factores determinantes en la evolución poblacional humana. Si en la historia reciente esto no ha sido así, se ha debido a que hemos tenido a nuestra disposición grandes cantidades de energía que, transformada en tecnología, nos ha permitido sortear estos desafíos. Esta disponibilidad energética —y por ello tecnológica)—abundante va a dejar de ser una realidad para siempre.

Pero, más allá de eso, la tecnología no genera soluciones inmediatas. En el caso de las investigaciones médicas, diseñar una vacuna en casos óptimos puede llevar 12-18 meses. Y diseñar una vacuna no quiere decir tenerla disponible de manera universal, pues después habría que resolver los problemas de rentabilidad, financiación, fabricación y distribución, que no son nimios. Igual puede ser demasiado tarde para sortear una crisis sistémica. Cuando las sociedades se enfrentan a múltiples vulnerabilidades, el tiempo cuenta, y mucho.

Por todo ello, uno de los principales aprendizajes que podríamos adquirir del coronavirus es que los seres humanos somos vulnerables, vivimos en cuerpos que se pueden morir sin que podamos evitarlo.

Tomando tierra

En conclusión, igual lo que podemos aprender del coronavirus es que necesitamos tomar tierra. Bajar de las alturas del capitalismo hipertecnológico hasta entendernos como parte de la trama de la vida. Desterrar el antropocentrismo.

Desde una mirada ecocéntrica, para el conjunto de la vida, para Gaia —de la que no somos más que un simple organismo más—, el coronavirus es una excelente noticia. Está significando un parón en la actividad económica que implica un freno a la destrucción ambiental, la primera de todas la distorsión climática.

No nos engañemos, este tipo de frenazos en seco son los únicos que, a día de hoy, pueden evitar un cambio climático desbocado, que sería una catástrofe para el conjunto de la vida inimaginable. Este es el resultado de un trabajo reciente, en el que hemos mostrado cuáles podrían ser esas transiciones para la economía española. Lo único que permitiría tener opciones de sortear el desastre climático sería abordar rápidamente la triada decrecimiento-ruralización-localización con objeto de reintegrarnos de forma armónica en los ecosistemas. Ese es el camino que nos enseña el coronavirus.

El microorganismo también nos dice que para que esa reconversión se produzca con algo de garantía para las mayorías sociales son imprescindibles fuertes repartos del trabajo y de la riqueza.

Uno de los organismos que componen Gaia, debido a una mutación, se ha convertido en una pandemia que está poniéndola en serio riesgo. El coronavirus de Gaia son el antropocentrismo, el capitalismo o la tecnolatría. Por ello, hay que desterrarlos de forma urgente y tomando las medidas draconianas que sean necesarias.

Por Luis González Reyes

12 mar 2020 07:00

Publicado enSociedad
Martes, 10 Marzo 2020 06:13

Italia: Covid-19 y xenofobia

Italia: Covid-19 y xenofobia

¿Qué pasa en Italia? No es difícil rastrear el coronavirus a lo largo de las rutas de peregrinos musulmanes de Irán, pero parece mucho más difícil explicar la extraordinaria expansión del virus en Lombardía y otras 14 provincias italianas. ¿Por qué las autoridades de ese país pusieron en cuarentena a 16 millones de sus ciudadanos y al mismo tiempo no pueden explicar por qué la parte más rica de su país ha engendrado tantos casos de coronavirus en todo el mundo? A lo ancho de Europa, visitantes recientes a Italia han regresado como portadores, infectados y con potencial de infectar a sus familiares y amigos, así como a desconocidos en sus propios países. ¿Acaso hay algo que no sepamos acerca de Italia?

Primero, una digresión importante. En el momento en que escribo, 7 mil 375 personas han dado positivo y 366 han muerto en esa nación. Sin embargo, son sólo 20 más que los muertos en dos aviones Boeing 737 Max que se desplomaron en Indonesia y Etiopía, por terribles y trágicos que hayan sido estos desastres. Y, como todos sabemos, cada año fallecen hasta 626 mil personas por resfriado común o de jardín. Como repite todo el tiempo Alex Thomson en el Canal 4 británico: "perspectiva, perspectiva, perspectiva". Después de todo, cuando un experto habló en ese mismo canal del coronavirus y la Segunda Guerra Mundial en la misma oración, hace una semana, me hice algunas preguntas simples. Sí, actualmente hay más de 100 mil casos en todo el planeta, de los cuales casi 4 mil han muerto. Pero, ¿acaso la cifra total de muertos en la Segunda Guerra Mundial no estuvo cerca de 70 millones? ¿Acaso la Unión Soviética no perdió 20 millones de almas en la guerra contra Hitler?

Pero ahora regresemos a Italia. ¿Por qué es un centro del coronavirus en Europa? Mis viajes en las pasadas semanas han incluido Líbano, Turquía e Irlanda, así que Italia no ha estado en mi radar periodístico. De hecho, pude haber dejado al aire esta pregunta sobre la gente del norte de Italia si no hubiera escuchado un comentario hecho por el embajador italiano en Dublín, Paolo Serpi, a la RTE, la radiodifusora nacional irlandesa.

Serpi explicaba al auditorio del noticiario Drivetime que no deberían dramatizar en exceso o ponerse histéricos sobre el coronavirus. Los miembros de la UE –la república de Irlanda está en la Unión Europea, por supuesto, y sólo reporta 21 casos y ningún deceso– son responsables unos de otros. "Es una situación seria, pero no queremos transformarla en un drama cuando no lo es", comentó el hombre de Italia en Irlanda. Y lo mismo decimos todos.

Pero entonces el signor Serpi se refirió al norte de Italia, y añadió de pronto: "Tiene la mayor población china de Italia a causa de la industria textil. Por eso Italia fue el primer país europeo que se vio afectado en esa escala".

Siempre he sospechado que los periodistas y los policías tenemos mucho en común. Los dos vivimos de las estupideces humanas. Así pues, cuando leí esas palabras del signor Serpi, naturalmente me pregunté qué es lo que no nos han dicho acerca del brote de coronavirus en Italia. O si lo que nos han dicho es correcto. Porque los colegas italianos reportan que ni siquiera entre la mayor comunidad china del norte de Italia –en Prato, cerca de Florencia– ha habido un solo caso de coronavirus. Hay unos 300 mil chinos en Italia y 20 mil en la población de Prato, que es de 190 mil, es decir, uno de cada 10.

Los chinos son propietarios de casi toda la industria textil de Prato y, desde mucho antes de la actual pandemia, escritores y periodistas han examinado lo que esto significa para los italianos locales. Simple: la industria tradicional del vestido en la ciudad ha sido tomada por inmigrantes chinos, que importan textiles baratos de Wenzhou, en la provincia de Zhejiang –tierra natal de la mayoría de los chinos de Prato– y producen camisas, pantalones y sacos de bajo precio, así como prendas de lujo para casas de moda como Gucci y Prada. Las etiquetas llevan la preciosa –y precisa– leyenda: "Hecho en Italia".

Cuando el redactor del New Yorker DT Max visitó Prato, en la primavera de 2018 –casi dos años antes del brote de coronavirus–, encontró 6 mil negocios registrados a nombre de ciudadanos chinos y una infección de xenofobia entre los residentes italianos. Citó las palabras de un senador derechista, Patrizio La Pietr, a un diario local: la ciudad debía enfrentar la "ilegalidad económica china", cuya economía subterránea había "puesto a Italia de rodillas, eliminando miles de empleos, y exponiendo a incontables familias a padecer hambre". Residentes nativos acusan a los inmigrantes chinos de llevar a Prato crimen, guerra de mafias y basura. Una peletera italiana, quien declaró a Max que su marido fue obligado a dejar de producir bolsos por la competencia china, comentó de los inmigrantes: "Copian, imitan. No hacen nada original".

Max advirtió que la ciudad, tradicionalmente de izquierda, ahora votaba por políticos de derecha. Cierto, había evidencia de mafias chinas en Prato, las cuales, curiosamente, operaban sin ninguna conexión con la variedad local italiana. Había multitud de talleres clandestinos, pero también fábricas chinas de ropa bien administradas y modernas. Algunos empresarios chinos se cuentan entre los hombres y mujeres más ricos de Prato, y sus hijos asisten a una universidad de élite en Milán. Hay relaciones amistosas entre chinos e italianos.

Vayamos, sin embargo, a los orígenes de la población china de Prato. Con mucho, la vasta mayoría procede de Wenzhou, en la provincia costera de Zhejiang, a 800 kilómetros de Wurhan, el epicentro del brote original de coronavirus. Sin embargo, actualmente las autoridades chinas han puesto en cuarentena a 30 millones de personas alrededor de Wenzhou –algunas literalmente encerradas en sus casas, según un informe reciente del Washington Post–, hacia donde se ha extendido la enfermedad respiratoria. Wenzhoy tiene las mayores infecciones de coronavirus fuera de la provincia de Hubei, cuya capital es Wuhan, donde también viven más de 100 personas originarias de Wenzhou. Cuando el brote cundió, según el Post, 20 mil personas fueron puestas en cuarentena en hoteles de Wenzhou. Algunos visitantes a Wenzhou recibieron duros tratos al regresar a su casa en otros lugares de la provincia de Zhejiang. Al parecer la xenofobia, como el coronavirus, no conoce barreras.

Esto nos lleva de vuelta a los chinos de Wenzhou en Prato. Hasta fechas recientes había vuelos directos regulares entre Wenzhou y Roma, y se pensaría que esta era una clara forma de transmisión del virus desde China hasta una ciudad ubicada a escasos 35 kilómetros de Florencia. Sin embargo, parece que no es así. Miles de chinos de Prato, según los periódicos locales, se han aislado voluntariamente en sus casas por dos semanas, sin ninguna prueba de que puedan ser portadoras del virus; consideran este acto como un deber cívico hacia sus vecinos tanto chinos como italianos. Las condiciones miserables en las que muchos de esos chinos trabajan en Prato no han conducido, según parece, a un brote de coronavirus. Lo mismo se aplica al barrio chino de Roma, en la colina Esquilina, donde no se ha reportado ningún caso.

Entonces, ¿qué se puede concluir de los comentarios del signor Serpi? ¿En verdad la comunidad china es la explicación de por qué Italia es el primer país europeo afectado por el coronavirus en semejante escala? ¿O acaso deben los chinos permanecer lejos de los italianos en caso de que contraigan la infección de aquellos cuyas familias han vivido en Italia durante cientos de años?

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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Soldados italianos revisan a los pasajeros que salen de la estación principal de Milán, este lunes. En vídeo, el shock que ha causado en Italia el aislamiento. (Foto:Antonio Calanni | Vídeo: EPV)

Los desplazamientos quedan prohibidos dentro del país salvo por motivos justificados de trabajo o salud

Italia ha dado este lunes un paso inédito en Europa para la contención del coronavirus de Wuhan, que ha puesto en jaque la economía mundial y los sistemas sanitarios de decenas de países. Su primer ministro, Giussepe Conte, ha anunciado esta noche que el país entero queda en situación de aislamiento, como ya lo estaban Lombardía y otras 14 provincias del norte. Los desplazamientos quedan prohibidos en todo el territorio y solo se permitirá viajar dentro de Italia por motivos justificados de trabajo, por cuestiones de salud y por otras razones de urgencia debidamente acreditadas. Ante el vertiginoso ascenso de los contagios —que este lunes alcanzaron los 9.172, de los que 463 han fallecido y 724 se han curado— “nos estamos quedando sin tiempo”, ha dicho. Y ha señalado que el lema a transmitir a los ciudadanos es “yo me quedo en casa”. El primer ministro ha anunciado, además, que la suspensión de la actividad didáctica en las escuelas y universidades se prorrogará hasta al menos el 3 de abril.

La noticia ha llegado el día en el que los 16 millones de personas que viven en las nuevas zonas en aislamiento comenzaban a asimilar que las próximas dos semanas sus vidas y sus costumbres sociales iban a cambiar por completo. Ahora, también tendrán que acostumbrarse en el resto del país a los controles que la policía y el Ejército ya han implantado en el norte para permitir los desplazamientos solo a quien tenga un motivo justificado. Las autoridades insisten en que la colaboración de los ciudadanos y mantener comportamientos responsables son fundamentales para ralentizar el ritmo de los contagios y evitar colapsar un sistema sanitario ya al límite.

Antes de que entrara en vigor el decreto, muchos aprovecharon para abandonar las zonas de aislamiento a toda prisa por temor a quedar atrapados y hubo quien llegó a pagar 1.200 euros de taxi para llegar a Roma, como ha contado al diario La Repubblica un taxista que la noche del sábado condujo durante seis horas para llevar a una joven de vuelta a su casa en la capital italiana.

La alarma original se ha ido transformando en resignación. “Creo que en todo este tiempo hemos estado infravalorando la gravedad de la situación”, cuenta al teléfono Michele Lafrancesco, desde Monza-Brianza, a 30 kilómetros de Milán. Trabaja como sanitario en una residencia de ancianos y este lunes, “por suerte”, dice, era su día de descanso. “Tenía miedo de que no pudiera ir a trabajar porque tengo que salir de mi provincia, pero luego entendimos que por motivos laborales sí podríamos movernos”, afirma. “Es preferible hacer caso a los expertos y quedarse en casa, salir solo a para lo imprescindible”, añade.

Blindar Lombardía, con Milán su capital, el principal motor económico del país que aporta en torno a una quinta parte del PIB nacional era la decisión que nadie quería tomar. Para limitar el impacto, tanto en el tejido empresarial de la zona, como en la vida de la gente, las autoridades permiten la libre circulación de mercancías y algunos tipos de desplazamientos, como los motivados por razones laborales o de salud y para volver al lugar de residencia. Habrá que ver ahora cómo se procede en el resto del país.

Firmar un documento

Siguiendo las órdenes del Ministerio de Interior, quienes necesiten salir o entrar en las zonas en aislamiento deberán firmar un documento en el que expliquen el motivo de fuerza por el que deben viajar. La policía podrá comprobar la veracidad de la información si lo consideran oportuno, pidiendo mayor documentación. En la estación central de Milán, desde primera hora del lunes, el Ejército estableció dos controles para comprobar la documentación de todos los viajeros: uno para los que accedían a los convoyes que se dirigían al sur y otro para los trenes regionales. Entre los pasajeros que llegaban a la estación, la policía ferroviaria realizó controles aleatorios. Las largas colas de espera entre mascarillas y certificados han marcado las imágenes de la jornada.

Este lunes, el modelo de autodeclaración que ha difundido el ministerio circulaba por la mayoría de chats de WhatsApp en el norte. “No sabemos si tenemos que llevarlo siempre encima, pero es mejor hacerlo por si acaso”, señala Nicola por teléfono, desde Urbino, otra de las áreas en aislamiento de la región de Las Marcas. En su zona, el primer día de las restricciones solo habían instalado un control, en la autovía a la altura de la frontera con Umbria. “Es la arteria principal en la que se concentra la mayoría del tráfico”, explica.

A última hora de la tarde, en cambio, no había nada en la frontera con Toscana. “La ciudad está inusualmente vacía”, cuenta por teléfono. Y señala que las farmacias pusieron en marcha un sistema de entrega a domicilio de los medicamentos para las personas más vulnerables, como ancianos que viven solos o personas con discapacidad.

Un cambio de estilo de vida

Este lunes se registraron casi 1.600 contagios más que el día anterior y las autoridades lo interpretaron como una cifra límite. Además, los números de pacientes en cuidados intensivos ha crecido de forma exponencial en la última semana, casi con una media de 100 casos por día, sobre todo en Lombardía, que ha necesitado trasladar a pacientes a otros hospitales de otras regiones por falta de espacio. Para evitar que la situación se agrave aún más, el primer ministro, Giuseppe Conte, ha pedido “sacrificio” a todos los ciudadanos para que cambien sus costumbres y estilo de vida y se adapten a una situación de emergencia que requiere reducir al mínimo indispensable cualquier contacto social que pueda favorecer la propagación del virus. “Todos tenemos que renunciar a algo por el bien de toda Italia y tenemos que hacerlo inmediatamente”, ha dicho el mandatario.

Por Lorena Pacho|Roma

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Un trabajador sanitario mide la temperatura a una profesora de una escuela primaria en Jiangsu. Zhao Qirui / SIPA Asia vía ZUMA / DPA

En los últimos meses, los ciudadanos han tenido que adaptarse a un nuevo nivel de intromisión y los expertos advierten que esto puede convertirse en la "nueva norma"

Lily Kuo - Hong Kong

09/03/2020 - 22:51h

En los últimos dos meses, los ciudadanos chinos han tenido que adaptarse a un nuevo nivel de intromisión gubernamental. Para entrar a tu complejo residencial o a tu lugar de trabajo ahora hace falta escanear un código QR y dejar por escrito tu nombre, tu número de DNI, tu temperatura y tus últimos viajes.

Los operadores de telefonía están rastreando los desplazamientos de la gente y redes sociales como WeChat y Weibo han abierto líneas directas para reportar sobre otros posibles enfermos. En algunas ciudades incluso se recompensa al que denuncia a un vecino enfermo.

A la vez hay empresas chinas desplegando tecnologías de reconocimiento facial capaces de distinguir entre la multitud a los que tienen fiebre o a los que no llevan la mascarilla. Hay varias aplicaciones que, a partir de los datos sanitarios de cada ciudadano, alertan al resto cuando se les acerca alguien infectado o alguien que ha estado en estrecho contacto con un infectado.

Además de cerrar ciudades enteras, las autoridades estatales han implementado un sinfín de medidas de seguridad para contener el brote del coronavirus. Todos los que tienen que hacer cumplir las normas, desde los altos cargos hasta los empleados municipales, repiten el mismo estribillo: estamos en un "momento extraordinario" (feichang shiqi) que requiere medidas extraordinarias.

Tras infectar a más de 80.000 personas y provocar la muerte de unas 3.000, el número de nuevas infecciones por coronavirus en China ya está en descenso, pero los ciudadanos y los analistas se preguntan cuántas de estas medidas extraordinarias van a pasar a ser ordinarias.

"No sé qué pasará cuando termine la epidemia, ni me atrevo a pensarlo", dice Chen Weiyu, de 23 años. Empleada en Shanghai, tiene que entregar diariamente una revisión médica a su empresa. Para poder pasar al parque de la oficina tiene que escanear un código QR y registrarse: "El control ya estaba por todas partes, la epidemia acaba de hacer transparente esa vigilancia, que en tiempos normales no vemos".

Otros, como el activista de Guangzhou Wang Aizhong, son más categóricos sobre el futuro. "No hay duda de que esta epidemia ha dado más razones al Gobierno para vigilar a la gente, no creo que las autoridades descarten mantener este nivel de vigilancia tras el brote", dice. "Podemos sentir un par de ojos mirándonos todo el rato en cuanto salimos o nos quedamos en un hotel, estamos completamente expuestos a la vigilancia gubernamental".

Según los expertos, el virus surgido en diciembre en Wuhan ha proporcionado a las autoridades la excusa perfecta para acelerar la recopilación masiva de datos personales y rastrear a los ciudadanos, una perspectiva peligrosa teniendo en cuenta la falta de leyes estrictas sobre el uso de los datos personales.

La misión tiene el objetivo de trepar lentamente para quedarse, sostiene la investigadora principal de China para Human Rights Watch, Maya Wang. En su opinión, lo más probable es que usen al virus como un catalizador para aumentar el régimen de vigilancia masiva, igual que los Juegos Olímpicos de 2008 en Beijing o que la Expo de Shanghai en 2010: "Tras estos eventos, las técnicas de vigilancia masiva se hicieron más permanentes".

"Con el brote del coronavirus, enseguida se hicieron realidad la restricción a la libertad de movimientos y la puntuación del riesgo de cada uno", dice Wang. "Con el tiempo cada vez vemos un uso de la tecnología más intrusivo y menos capacidad de los ciudadanos para resistirlo".

"La vigilancia intrusiva ya es la nueva norma"

Para mucha gente en China, los nuevos niveles de vigilancia pública son obstáculos burocráticos extra, más frustrantes que siniestros, y una demostración de la incapacidad del Gobierno en la gestión del brote. Aunque los altos cargos hablen de ella con orgullo, el sistema de vigilancia de China está lleno de lagunas. Hubo muchas críticas por el caso de una ex paciente infectada que logró viajar de Wuhan a Beijing en febrero, mucho después de que la cuarentena entrara en vigor.

En la mira de los ciudadanos está la aplicación 'Código de Salud', de Alipay. Utilizada en más de 100 ciudades, la app distingue a los individuos con uno de tres colores en función de sus últimos viajes, del tiempo pasado en los focos de contagio y de la cercanía a posibles portadores del virus. Dentro de poco se van a introducir en el programa los números del DNI para permitir a cada persona comprobar el color de los demás.

Un internauta se quejaba en la red social Weibo de que su color había pasado de verde a amarillo (que obliga a cuarentena) solo por conducir a través de Hubei, sin parar. "Ni siquiera puedo salir a comprar pan o agua", decía otro en la provincia de Jiangsu, después de que su código pasara inexplicablemente a amarillo tras un viaje de trabajo.

Muchos se quejan de que la aplicación es sólo "para la galería" (xingshi zhuyi), una forma de que los funcionarios de menor nivel impresionen a sus superiores imponiendo restricciones a los ciudadanos. "Tengo un código de salud, un pase para mi complejo residencial y otro certificado de salud y aún así no puedo entrar en mi casa", escribió alguien en el apartado de comentarios. "Esto es una estupidez, por favor, déjennos movernos", puso otro.

Entre las medidas hay soluciones de tecnología avanzada y otras más comunes. En los espacios públicos se ha desplegado un ejército de empleados públicos para vigilar los puntos de entrada, exigir a los peatones que anoten sus datos o interrogar a la gente sobre sus últimos desplazamientos. Se han cerrado los lugares de culto, como las mezquitas, y en muchas ciudades y regiones se han prohibido las reuniones y hasta las cenas de pocas personas.

En febrero, empleados públicos de la provincia de Sichuan disolvieron un grupo de 10 personas que se había reunido en una fiesta para jugar al mahjong y les obligaron a leer en voz alta una disculpa que grabaron en vídeo. "Nos equivocamos, prometemos que no habrá una próxima vez y también vigilaremos a los demás", se los escucha decir en el vídeo, con las cabezas ligeramente inclinadas.

En otros vídeos publicados en Internet se ha visto a funcionarios locales atando a un hombre a un poste o tirando a la gente al suelo por no llevar la mascarilla. Hace poco despidieron a los policías de Wuhan que fueron grabados golpeando a un hombre por vender verduras en la calle.

La agencia oficial de noticias Xinhua recordó la semana pasada a los ciudadanos que quienes violen las medidas de prevención y control pueden ser condenados a entre tres y siete años de prisión, si es un caso especialmente grave, de acuerdo con lo estipulado por el código penal chino.

"La vigilancia intrusiva ya es la 'nueva normalidad'", cuenta Stuart Hargreaves, que en la Facultad de Derecho de la Universidad China de Hong Kong se especializa en leyes de privacidad y de información. "La pregunta para China es saber, si es que existe, cuál es el nivel de vigilancia que la población se niega a tolerar", añade.

Algunos temen que, en parte, las medidas continúen porque los ciudadanos se acostumbren a ellas. Desde Chengdu, Alex Zhang, de 28 años, lo relaciona con la teoría sobre el estado de excepción del filósofo italiano Giorgio Agamben, que escribió sobre la continuación de medidas tomadas durante emergencias.

"Este tipo de gestión y de pensamiento para enfrentarse al brote también puede usarse en otros ámbitos, como en los medios de comunicación, en el periodismo ciudadano o en los conflictos étnicos", dice Zhang. "Los ciudadanos aceptarán el método porque ya ha sido usado, se convertirá en lo normal".

Traducido por Francisco de Zárate

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Cientos de miles de cámaras escrutan Moscú

Las organizaciones de derechos civiles alertan de que la expansión de los sistemas de videovigilancia y reconocimiento facial pueden ser un arma de represión masiva

Moscú aspira a desafiar a China como uno de los lugares más video-escrutados del mundo. La capital rusa ha amasado una de las redes de videovigilancia más completos, con hasta 200.000 cámaras en una sofisticada malla público-privada. El alcalde, Serguéi Sobyanin, aliado de Putin y a quien muchos ven como un posible sucesor, aspira no solo a que esa telaraña se desarrolle sino también a que toda la red disponga de uno de los sistemas de reconocimiento facial más avanzados fuera del gigante asiático como parte de su arsenal de lucha contra el crimen. Pero en un país que reprime la protesta y acalla a los opositores, esta videovigilancia masiva inquieta a las organizaciones de derechos civiles, que alertan de que se podrá usar para rastrear a personas ‘incómodas’ para el poder; además del riesgo del uso de esos datos.

Aliona Popova está convencida de que ha sido víctima de ese sistema de Gran Hermano. La abogada y conocida activista por los derechos de las mujeres fue detenida después de haber participado en una protesta contra el acoso. Sospecha que fue rastreada por una de las miles de cámaras de vigilancia con sistema de reconocimiento facial sembradas por Moscú. “Sin transparencia y garantías, en las manos equivocadas, esta tecnología se convertirá en un arma para la represión masiva de las libertades civiles”, lamenta Popova, que ha acudido a los tribunales con su caso y tiene otros procesos abiertos para limitar el uso de estos sistemas. Sus primeras demandas han sido desestimadas por ahora, despejando el camino para el escrutinio masivo. La ley rusa no regula el análisis de imágenes de vigilancia no consensuada, una laguna que deja su uso muy abierto.

La frondosa maraña de cámaras de vigilancia en el metro moscovita, las calles, organismos oficiales o en los portales de multitud de edificios graba al menos 1.500 millones de horas de metraje al año. Y Moscú, que lleva años apostando por el uso de las nuevas tecnologías y que se ha convertido en número uno en “efectividad del Gobierno electrónico en la prestación de servicios públicos", según un ranquin de la ONU, quiere usar la inteligencia artificial y el Big Data para analizar esos millones de datos. Ahora, la capital rusa ha elevado el envite y ha adquirido un sofisticado –y controvertido— sistema que permite el reconocimiento facial “en tiempo real” en las bases de datos policiales y de seguridad.

El software, desarrollado por la compañía NtechLab, busca los rostros pero también proporciona un reconocimiento en directo, por lo que es más rápido, ha afirmado la compañía, que se hizo famosa hace unos años por lanzar una polémica aplicación (FindFace) que permitía hacer una foto a alguien y rastrearlo en la red social rusa VKontakte (similar a Facebook y con 97 millones de usuarios activos al mes); una herramienta definida como “el fin del anonimato” que NTechLab cerró para centrarse en soluciones para empresas y Gobiernos. Como el sistema que ha vendido a Moscú por casi 3 millones de euros, según la licitación, y que las autoridades de la capital rusa combinarán con otros.

La mitad de las cámaras de la red de vigilancia de Moscú tienen ahora algún tipo de herramienta de reconocimiento facial. Y pronto, esa red “se convertirá en una de las más grandes del mundo, solo rivalizada por los sistemas chinos”, presumió el alcalde Serguéi Sobyanin. La capital de Rusia está todavía lejos del nivel de China, pero es la segunda ciudad de Europa con más cámaras, tras Londres, según varios análisis. “Será magnífico, los delincuentes se mantendrán alejados de Moscú; no habrá lugar para que se escondan aquí”, argumentó el político durante una reunión con el presidente ruso, Vladímir Putin, a mediados del año pasado. El Ayuntamiento de Sobyanin, que aspira a convertir Moscú en el modelo-espejo en el que se miren todas las ciudades del país, asegura que el sistema condujo a la “captura” de hasta 10 delincuentes buscados cada mes el año pasado. “Las grabaciones de las cámaras de vigilancia se utilizan en la investigación de aproximadamente el 70% de los delitos. No solo faltas administrativas, también de delitos importantes”, afirma un portavoz del Consistorio. Y en plena epidemia global de coronavirus, las autoridades han recalcado que utilizarán estos sistemas para detectar a todo aquel que vulnere la cuarentena.

En los últimos meses, la alarma de las organizaciones de derechos civiles por el uso de la videovigilancia en Moscú se ha intensificado. En verano, en plena oleada de protestas por unas elecciones libres en la capital, el Ayuntamiento realizó un nuevo pedido de tecnología de reconocimiento facial –que se empezó a implantar por primera vez antes del Mundial de Fútbol de 2018— e implantó un mecanismo para transmitir en vivo las protestas a los funcionarios de seguridad. Entidades como Human Rights Watch o Amnistía Internacional (AI) sostienen además que los datos captados por las cámaras no solo se compararán con los archivos de seguridad sino también con toda la información disponible online, lo que permitirá poco a poco trazar perfiles, algo más similar al modelo chino.

"La tecnología de reconocimiento facial es por naturaleza profundamente intrusiva, pero además la ausencia total de transparencia y responsabilidad puede derivar en que se tomen represalias contra la protesta pacífica a un nivel inédito”, considera Natalia Zviáguina, responsable de AI Rusia.

También tiene un carácter disuasorio, dicen. “Muchas personas evitarán participar en acciones de protesta, asistir a reuniones religiosas o ir a un club sabiendo que les están siguiendo. Y esto ya supone una violación del derecho a la protesta civil pacífica, el derecho a la reunión y la libertad de expresión”, remarca Sarkís Darbinián, abogado de la organización especializada RosKomSvoboda. “La gente vivirá con miedo constante”, añade. Organizaciones como la suya creen que el caso de Aliona Popova no es único y que algunos de los ciudadanos detenidos tras una protesta fueron identificados gracias al sistema videovigilancia; también al rastreo que hacen los oficiales de seguridad de las imágenes difundidas por los medios y las redes sociales.

Mijaíl Aksel trata de bromear con que el suyo fue uno de los primeros casos. El “detenido piloto”, ironiza. El joven de 21 años, activista destacado del partido de extrema izquierda La otra Rusia, vinculado al escritor Eduard Limonov, fue detenido en el metro de Moscú en 2018. Se le informó que los sistemas de seguridad de la estación lo habían identificado como un criminal buscado. Le mostraron su ficha, con su foto y otros datos personales, pero como no aparecía ningún cargo ni tampoco un número de caso, hicieron una llamada rápida y terminaron por soltarle. “Creo que estaban probando el sistema, debieron empezar por orden alfabético y me tocó. Pero lo que sucedió conmigo le puede ocurrir a cualquiera”, alerta.

Hace unas semanas, Katrín Nenásheva también fue arrestada. Pero la activista de 25 años buscó las controvertidas cámaras y las desafió. La joven artista forma parte de un movimiento que se maquilla el rostro para protestar de manera simbólica contra los sistemas de videovigilancia. “No entendemos cómo funciona esta tecnología, tampoco dónde van a parar nuestros datos, que además tienen sin nuestro consentimiento. El sistema es un auténtico peligro”, remarca.

Pero estas herramientas de reconocimiento facial es solo una de varias medidas similares que Rusia está implementando de forma masiva, alertan las organizaciones de derechos civiles. Una nueva ley permite y dispone que se graben las llamadas a los móviles, por ejemplo, recalca el abogado Darbinián. Y recuerda que el Kremlin ha puesto en marcha normas para controlar Internet y que las autoridades obligan a las empresas a almacenar los datos de sus usuarios en territorio ruso. Las que se han negado, como Facebook o Twitter, han recibido multas o incluso el bloqueo en Rusia, como LinkedIn.

También está la ansiedad por el destino y el acceso a esos miles de datos. Más de 16.000 empleados del Gobierno, oficiales de inteligencia y de seguridad pueden acceder a los 1.500 millones de horas de metraje grabados por la red moscovita. La realidad es que muchas de esas grabaciones están disponibles para la compra en Internet. Y ni siquiera en la Deep Web, sino en páginas fácilmente accesibles por cualquiera, señala el periodista Andrey Kagánskij, que hizo una investigación hace meses. Las imágenes cuestan unos 2.500 rublos (unos 30 euros al cambio), afirma el reportero, colaborador de MBK media, que tuvo acceso a algunas de esas filmaciones “a la carta”.

Pero mientras que en los países occidentales la privacidad se ha convertido en una gran preocupación, en Rusia no está en la lista de inquietudes principales de los ciudadanos. De hecho, se cuentan por miles quienes se están ofreciendo como voluntarios para los programas que han puesto en marcha bancos o supermercados para pagar con el perfil biométrico.

Por María R. Sahuquillo

Moscú - 08 Mar 2020 - 07:48COT

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Coronavirus: la militarización de las crisis

Hay que remontarse a los periodos del nazismo y del estalinismo, casi un siglo atrás, para encontrar ejemplos de control de población tan extenso e intenso como los que suceden en estos días en China con la excusa del coronavirus. Un gigantesco panóptico militar y sanitario, que confina a la población a vivir encerrada y bajo permanente vigilancia.

Las imágenes que nos llegan sobre la vida cotidiana en amplias zonas de China, no sólo en la ciudad de Wuhan y la provincia de Hubei, donde viven 60 millones, dan la impresión de un enorme campo de concentración a cielo abierto por la imposición de cuarentena a todos sus habitantes.

Ciudades desiertas donde sólo transita el personal de seguridad y de salud (https://bit.ly/2P2rlls). Se toma la temperatura a todas las personas a la entrada a los supermercados, centros comerciales y conjuntos residenciales. Si hay miembros de la familia en cuarentena, un sólo miembro tiene derecho a salir cada dos días para comprar víveres (https://bit.ly/2wCDnM7).

En algunas ciudades quienes no usen máscaras pueden terminar en la cárcel. Se alienta la utilización de guantes desechables y lápices para presionar los botones del ascensor. Las ciudades de China parecen lugares fantasmas, al punto que en Wuhan casi no encuentras personas en las calles (https://bbc.in/37KPKT3).

Es necesario insistir en que el miedo está circulando a mayor velocidad que el coronavirus y que en contra de lo que se hace creer, "el principal asesino en la historia de la humanidad fue y es la desnutrición", como destaca una imprescindible entrevista en el portal Comune-info (https://bit.ly/2SNMnqq).

Lo habitual en la historia ha sido poner en cuarentena a personas infectadas, pero nunca se ha aislado de este modo a millones de personas sanas. El médico y académico del Instituto de Salud Global de la University College London, Vageesh Jain, se pregunta: "¿Se justifica una respuesta tan drástica? ¿Qué pasa con los derechos de las personas sanas?" (https://bit.ly/2wCDnM7).

Según la OMS, cada infectado de coronavirus puede contagiar a dos más, mientras el enfermo de sarampión contagia de 12 a 18 personas. Por eso Jain asegura que más de 99.9 por ciento de los habitantes de la provincia de Hubei no están contagiados y que "la gran mayoría de la población atrapada en la región no se encuentra mal y es poco probable que se infecte".

El boletín 142 del Laboratorio Europeo de Anticipación Política (LEAP) reflexiona: "China desencadenó un plan de acción de emergencia de magnitud sin precedentes después de sólo 40 muertes en una población de 1.2 mil millones de personas, sabiendo que la gripe mata a 3 mil personas en Francia cada año". En 2019 la gripe mató a 40 mil personas en Estados Unidos (https://bit.ly/3bYb9eX). El sarampión mata 100 mil personas cada año y la influenza (gripe) medio millón en el mundo.

El LEAP sostiene que estamos ante un nuevo modelo social de gestión de crisis, que cuenta con el visto bueno de Occidente. Italia siguió ese camino al aislar 10 pueblos con 50 mil habitantes, cuando había sólo 16 personas con coronavirus (https://bit.ly/32fmyCE).

China ejerce un sofisticado control de la población, desde la video-vigilancia con 400 millones de cámaras en las calles hasta el sistema de puntos de "crédito social" que regula el comportamiento de los ciudadanos. Ahora el control se multiplica, incluyendo la vigilancia territorial con brigadas de vecinos "voluntarios" en cada barrio.

Quisiera entrar en varias consideraciones, no desde el punto de vista sanitario sino del que deja el manejo de esta epidemia a los movimientos antisistémicos.

La primera, es que siendo China el futuro hegemón global, las prácticas del Estado hacia la población revelan el tipo de sociedad que las élites desean construir y proponen al mundo. Las formas de control que ejerce China son sumamente útiles a las clases dominantes de todo el planeta para mantener a raya a los debajo, en periodos como de hondas convulsiones económicas, sociales y políticas, de crisis terminal del capitalismo.

La segunda, es que las élites están usando la epidemia como laboratorio de ingeniería social, con la finalidad de estrechar el cerco sobre la población con una doble malla, a escala macro y micro, combinando un control minucioso a escala local con otro general y extenso como la censura en Internet y la video-vigilancia.

Considero que estamos ante un ensayo que se aplicará en situaciones críticas, como desastres naturales, tsunamis y terremotos; pero sobre todo ante las grandes convulsiones sociales capaces de provocar crisis políticas devastadoras para los de arriba. En suma, ellos se preparan frente a eventuales desafíos a su dominación.

La tercera, es que los pueblos aún no sabemos cómo vamos a enfrentar estos potentes mecanismos de control de grandes poblaciones, que se combinan con la militarización de las sociedades ante revueltas y levantamientos, como está sucediendo en Ecuador (https://bit.ly/2v56pmE).

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La sociedad exige explicaciones sobre la implementación de sistemas de reconocimiento facial en América Latina

Mientras los gobiernos siguen ignorando las innumerables evidencias internacionales que comprueban los sesgos y fallas de las tecnologías biométricas de vigilancia, organizaciones de la región cuestionan la ausencia de compromisos con la transparencia, participación y protección de los derechos de las poblaciones afectadas.

Por todos los casos de errores y fallas  que hemos visto alrededor del mundo, nos queda claro que la implementación de sistemas de reconocimiento facial puede generar innumerables riesgos al ejercicio de derechos humanos. Sin embargo, algo de que no solemos hablar es el costo que la adquisición y uso de esas tecnologías representan en los bolsillos de las poblaciones donde estos sitemas se implementan. 

La situación es particularmente grave en América Latina: a pesar de que el argumento de la crisis económica es constantemente utilizado para explicar la disminución de inversiones en servicios básicos como educación y salud, los gobiernos siguen invirtiendo en vigilancia. Y, peor aún, invierten en tecnologías incapaces de cumplir con sus propias promesas. 

Las justificaciones en general vienen de la necesidad de mejorar la seguridad pública, planteando la posibilidad de agilizar la búsqueda de prófugos de la justicia y una identificación más eficaz de delincuentes… Pero los resultados distan de ser los esperados. En 2019, un hombre identificado a través de un sistema de reconocimiento facial estuvo seis días preso por error en Buenos Aires. Lo mismo pasó con una mujer en Río de Janeiro que fue detenida tras ser confundida con otra persona por las cámaras instaladas en algunos barrios de la ciudad, hace alrededor de un año durante el Carnaval.

Nada de eso fue suficiente para impedir que el gobierno del estado de São Paulo decidiera invertir más de 13 millones de dólares (más de 58,6 millones de reales) en la implementación de un sistema de reconocimiento facial para su red de metros. El nuevo sistema puede afectar a millones de personas que circulan diariamente en las líneas donde serán instaladas las cámaras. A pesar de esto, ni el impacto financiero ni el humano fueron considerados suficientemente relevantes para que el proceso de contratación e implementación del sistema incluyera medidas de transparencia y participación. La existencia de obligaciones de rendición de cuentas previstas en la nueva ley general de protección de datos brasileña –que entra en vigencia en agosto de este año– tampoco fue considerada. 

Lo sociedad exige explicaciones

Frente a tal situación, seis organizaciones de defensa de derechos brasileñas decidieron presentar -el último 10 de febrero- una acción judicial demandando que se transparentara la información sobre el uso, procesamiento y almacenamiento de datos biométricos, así como las medidas de seguridad que serán implementadas para garantizar la privacidad de los millones de usuarios del metro. Y tuvieron éxito. Tras la solicitud de pruebas anticipada* de la Defensoria Pública do Estado de São Paulo, Defensoria Pública da União (DPU), Instituto Brasileiro de Defesa do Consumidor (Idec), Intervozes, ARTIGO 19, y el Coletivo de Advocacia em Direitos Humanos (CADHu) la Companhia Metropolitano de São Paulo tiene 30 días hábiles** contados desde el 12 de febrero para entregar la información solicitada.

Estas organizaciones también han manifestado su preocupación por la falta de transparencia en torno a la adquisicón millonaria de tecnologías de vigilancia que han demostrado ser problemáticamente propensas a errores y sesgos en Brasil, así como en otras implementaciones a nivel internacional

La solicitud de pruebas presentada las organizaciones brasileñas se suma a una serie de movimientos en la región para exigir explicaciones sobre los razonamientos que justifican la compra y adopción de tecnologías de vigilancia basadas en la recolección de datos masiva, así como las medidas que serán adoptadas para mitigar los riesgos que estas implican al ejercicio de los derechos humanos. 

En Paraguay, Tedic actualmente cuestiona la inconstitucionalidad de reglamentos presentados para justificar la negativa de acceso a la información sobre un sistema reconocimiento facial que se encuentra implementando desde 2018 y sobre el cual poco se sabe. En Argentina, ADC ha iniciado una acción buscando que se determine la inconstitucionalidad de la resolución que autoriza el sistema de reconocimiento facial en la Ciudad de Buenos Aires, donde se implementaron cerca de 200 cámaras en el espacio público (incluyendo estaciones de metro y trenes).

Si bien no han sido pocos los casos donde se ha expuesto el alto índice de errores que los sistemas de reconocimiento facial han mostrado en su debut como medida de seguridad, es importante destacar que las medidas ya implementadas se han desarrollado sin mecanismos efectivos de rendición de cuentas que permitan auditar y apelar el uso de estas tecnologías en el espacio público; donde sus afectaciones terminan polarizando las brechas de desigualdad y vulnerando aún más a las personas que son perseguidas y reprimidas por parte de sus gobiernos.

Ante la implementación de mecanismos de vigilancia masiva que se anuncian como medida para incrementar la seguridad de las poblaciones donde se despliegan, es importante señalar que ninguna medida puede estar por encima de la obligación de proteger y promover el ejercicio de los derechos humanos.

Desde Derechos Digitales seguimos acompañando y apoyando las acciones tomadas por las organizaciones de Argentina, Brasil y Paraguay esperando que se traduzcan en mayores compromisos de parte de los Estados de la región y sirvan de ejemplo para otros países.

Por Jamila Venturini | 22/02/2020 

Fuentes: derechosdigitales.org

* La solicitud de prueba anticipada es un mecanismo por el cual se pide judicialmente que se generen medios probatorios antes que exista una demanda en curso.

** Traducción hecha por Access Now. 

Fuente: https://www.derechosdigitales.org/14207/la-sociedad-exige-explicaciones-sobre-la-implementacion-de-sistemas-de-reconocimiento-facial-en-america-latina/

Cómo borrar datos personales que no deberían estar en la red

 

Existen herramientas que facilitan la eliminación de cuentas mientras que los buscadores tienen sus propios formularios

Es probable que si teclea su nombre en Google encuentre entradas que no sabía ni que existían. Desde páginas web con datos personales como su dirección o su teléfono a fotografías que en su momento no le preocupó subir a Internet. E incluso cuentas que creó en aplicaciones que apenas llegó a utilizar. A medida que se navega y comparte información en la web, se deja un rastro al que cualquier persona del mundo puede acceder sin levantarse del sofá. Borrar la huella digital por completo es complicado. Pero sí existen opciones para eliminar y llevar un control de la información personal sobre usted que aparece en Internet.

Todo lo que un usuario escribe en redes sociales, blogs, foros u otros servicios puede aparecer en Internet. Es posible editar o borrar gran parte de esta huella de forma manual. “Para localizar este contenido, lo más recomendable es acudir a Google y buscarse a uno mismo, escribiendo entre comillas tu nombre y tu apellido, para posteriormente ir, con mucha paciencia, eliminando toda esa información”, explica Fernando Suárez, presidente del Consejo de Colegios de Ingeniería Informática (CCII) de España.

El usuario puede eliminar una a una cada cuenta que ha creado en redes sociales y otros servicios. Pero hay herramientas que facilitan el trabajo. Por ejemplo, Deseat.me ofrece una lista de todas las cuentas que se ha creado una persona con un email determinado y le permite solicitar su eliminación con solo pulsar un botón. Mientras tanto, AccountKiller recopila enlaces directos para facilitar que cualquier usuario pueda eliminar su cuenta en sitios como Gmail, Instagram, Netflix o Microsoft. “¿Quiere deshacerse de su cuenta en línea? No debería ser un problema, ¿verdad? Desafortunadamente, en muchos sitios, incluidos los populares como Facebook, eliminar su cuenta puede ser un verdadero dolor”, explica en su propia web.

“Eliminar por completo la huella digital es prácticamente imposible: una vez publicamos información en Internet, perdemos el control sobre ella y no sabemos quién puede acceder y con qué objetivo”, advierte Suárez. Para él, “una vez publicado algo en la web, perdemos el control sobre ese contenido”. Pone el siguiente ejemplo: “Si publicamos una foto en una red social y posteriormente la eliminamos, no podemos tener la seguridad de que personas que hayan accedido a dicha fotografía no la hayan publicado en otros sitios web y, por lo tanto, su eliminación es mucho más complicada”.

Cómo borrar la información que aparece en Internet

Además, la la ley europea de derecho al olvido permite pedirle directamente a Google que desindexe cierta información. Es decir, que cuando alguien utilice el buscador, una web determinada no aparezca entre los resultados. Existe un formulario para hacerlo. El usuario debe indicar uno a uno qué enlaces desea que se retiren e indicar el motivo.

Google puede retirar información personal que suponga un riesgo importante de robo de identidad, fraude financiero u otro tipo de daños específicos. Así lo afirma Suárez: “Por ejemplo, números de identificación como el DNI o datos de la tarjeta sanitaria, números de cuentas bancarias o tarjetas de crédito, historiales médicos, imágenes de firmas o fotografías de contenido sexual explícito subido a la web sin nuestro consentimiento”.

Pero la opción de pedirle a Google que elimine cierta información tiene sus limitaciones. Juana María Perea, decana del Colegio Oficial de Ingeniería Informática de las Islas Baleares, destaca que rellenar el formulario no garantiza que desindexen los datos. La compañía de Mountain View revisa uno a uno los enlaces y elige si desindexarlos o no. “Cuando envías una solicitud, en Google buscamos el equilibrio entre los derechos a la privacidad de los usuarios afectados, el interés público que pueda tener esa información y el derecho de otros usuarios a distribuirla”, afirma el gigante tecnológico en su web.

Por ejemplo, la compañía puede rechazar retirar información sobre estafas financieras, negligencias profesionales, condenas penales o conductas de funcionarios. A ello se suma que este formulario solo garantiza la retirada de datos dentro de la Unión Europea. Por lo tanto, los datos seguirán apareciendo en las versiones internacionales del buscador.

Otros buscadores

Google es el líder indiscutible de los buscadores. En 2018 acaparó el 96% de las búsquedas de los usuarios, según Statista. Le siguen de lejos Bing, con un 3%, y Yahoo, con un 1%. Aún así, los expertos recomiendan controlar también qué aparece en estas alternativas. “El proceso anterior solo es aplicable a Google. Yahoo y Bing tienen su propio formulario para ejercer nuestro derecho a desaparecer de la red”, cuenta Perea. En ambos buscadores, en el caso de que acepten la solicitud, el contenido solo se retiraría en Europa.

Tanto Perea como Suárez coinciden en la importancia de controlar en qué sitios webs uno se da de alta. El presidente del CCII aconseja, ante todo, “prudencia antes de hacer uso de las herramientas de internet”: “No solo de aquellas en las que publicamos información de forma directa, como blogs o redes sociales, sino del propio rastro que dejamos, por ejemplo, al hacer búsquedas o navegar”. En este sentido, recomienda eliminar periódicamente las cookies, utilizar VPNs (red privada virtual, por sus siglas en inglés) u optar por buscadores alternativos a Google pensados para navegar sin dejar rastro.

Madrid 17 FEB 2020 - 20:06 CET

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Un grupo de alumnos prueba un sistema para controlar la concentración en clase. BrainCo

El científico Rafael Yuste, impulsor de la mayor iniciativa para conocer el cerebro, reclama a los gobiernos la creación de nuevas leyes frente a los riesgos de la neurotecnología

“Tenemos una responsabilidad histórica. Estamos en un momento en que podemos decidir qué tipo de humanidad queremos”. Son palabras mayúsculas, tanto como el reto que se plantea Rafael Yuste. A este neurocientífico español, catedrático de la Universidad de Columbia (EE UU), le susurran en la conciencia los fantasmas de otros grandes científicos de la historia que abrieron la caja de Pandora. Él, que ha impulsado la iniciativa BRAIN, la mayor apuesta por descubrir los secretos del cerebro, no elude su responsabilidad: “Lo llevo como un deber”. Yuste sabe bien lo que su campo, la neurotecnología, ya es capaz de ver y hacer en nuestras mentes. Y teme que se nos vaya de las manos si no se regula. Por eso reclama a los gobiernos de todo el mundo que creen y protejan unos derechos de nuevo cuño: los neuroderechos. Chile quiere ser el primer país que los recoja en su carta magna y ya se está negociando para que este espíritu se incluya en la estrategia del gobierno español para la inteligencia artificial.

El año pasado, Yuste consiguió manipular el comportamiento de unos ratones. Y lo hizo interviniendo en los pequeños cerebros de estos roedores, amaestrados para sorber zumo cuando ven unas rayas verticales en una pantalla. Yuste y su equipo habían apuntado las neuronas concretas que se disparaban en ese momento y las estimularon directamente cuando en la pantalla no se veían las barras. Pero los ratones sorbieron zumo como si las hubieran visto. “Aquí en Columbia un colega mío ha desarrollado una prótesis visual inalámbrica para invidentes con un millón de electrodos, que permite conectar a una persona a la red. Pero también se puede usar para crear soldados con supercapacidades”, advierte Yuste. Ese aparato, financiado por DARPA (la agencia de investigación del Ejército de EE UU), podría estimular hasta 100.000 neuronas, aportando destrezas sobrehumanas.

Cuando Yuste comenzó hace dos años a trabajar en la iniciativa de los neuroderechos era casi un planteamiento abstracto, de ciencia ficción. "Pero ha aumentado la urgencia de la situación, hay problemas bastante serios que se nos vienen de frente; las compañías tecnológicas se están metiendo en esto de cabeza porque piensan, de manera acertada, que el nuevo iPhone va a ser una interfaz cerebro-computadora no invasiva", advierte Yuste. El hombre que impulsó un proyecto en EE UU de 6.000 millones de dólares para investigar el cerebro enumera con preocupación los movimientos de los últimos meses. Facebook ha invertido mil millones de dólares en una compañía que comunica el cerebro con los ordenadores. Y Microsoft otros mil millones en la iniciativa de inteligencia artificial de Elon Musk, que invierte 100 millones en Neuralink, una compañía que implantará finísimos hilos en el cerebro de sus usuarios para aumentar sus competencias. Y a Yuste le consta que Google está haciendo esfuerzos parecidos que no son públicos. Ha llegado la era del neurocapitalismo.

“Estas grandes tecnológicas se están poniendo nerviosas para no quedarse atrás con el nuevo iPhone cerebral. Tenemos que acudir directamente a la sociedad y a quienes hacen las leyes, para evitar abusos", afirma. La tecnología impulsada por Musk pretende ayudar a pacientes con parálisis o extremidades amputadas a controlar su expresión y movimiento o a ver y oír solo con el cerebro. Pero no oculta que el objetivo final es el de conectarnos directamente con las máquinas para mejorarnos con inteligencia artificial. La iniciativa de Facebook es similar: una empresa con el historial de respeto por la privacidad como la de Zuckerberg, accediendo a los pensamientos de sus usuarios. 

Estas pretensiones parecen de ciencia-ficción, pero un simple repaso por algunos logros de la neurociencia en los últimos tiempos ponen estas aspiraciones al alcance de la mano. En 2014, científicos españoles consiguieron transmitir "hola" directamente desde el cerebro de un sujeto al de otro, situado a 7.700 kilómetros de distancia, por medio de impulsos eléctricos. En varios laboratorios se ha conseguido recrear una imagen más o menos nítida de lo que un sujeto está viendo solo analizando las ondas cerebrales que produce. Gracias a la electroencefalografía se ha conseguido leer del cerebro palabras como "cuchara" o "teléfono" cuando alguien pensaba en ellas. También se ha usado para identificar estados de ánimo. En la Universidad de Berkeley fueron capaces de identificar la escena que estaban viendo los sujetos gracias a la nube de palabras que suscitaba su cerebro con el visionado: perro, cielo, mujer, hablar... Una tecnología que podría servir para descubrir sentimientos, dependiendo de las palabras que surjan al ver una imagen: por ejemplo, podría leer “odio” al visionar la imagen de un dictador.

Algunos de estos hitos tienen diez años de antigüedad y desde entonces se han invertido miles de millones en monumentales proyectos privados y gubernamentales, desde Facebook a DARPA, pasando por la Academia de Ciencias de China. "Piensa que el proyecto chino es tres veces más grande que el estadounidense, y va directamente al grano, al fusionar las dos vertientes: inteligencia artificial y neurotecnología", advierte Yuste, que asegura ser optimista sobre las bondades de la neurotecnología y por eso quiere regularla.

“A corto plazo, el peligro más inminente es la pérdida de privacidad mental”, advierte Yuste, que lanzó su iniciativa por los neuroderechos tras debatirlo en Columbia con un equipo de veinticinco especialistas en neurociencia, derecho y ética denominado el Grupo Morningside. Numerosas compañías ya tienen desarrollados dispositivos, generalmente en forma de diadema, para registrar la actividad cerebral de los usuarios que quieran controlar mentalmente drones y coches, o medir el nivel de concentración o el estrés de los trabajadores, como sucede con conductores públicos en China. También allí se están usando con escolares: la diadema lee sus ondas cerebrales y una lucecita muestra al profesor su nivel de concentración. El problema es que la compañía que los vende, BrainCo, aspira a conseguir así la mayor base de datos de este tipo de actividad cerebral. Cuanto más datos tenga, mejores y más valiosas serán sus lecturas, lógicamente. Cuando la industria tecnológica lleva una década extrayendo todos los datos que puedan obtener del uso de aplicaciones y dispositivos, la posibilidad de exprimir cada neurona es un filón irresistible.

Diademas que espían neuronas

La regulación que plantea el grupo de Yuste tiene dos enfoques. Uno de autorregulación, con un juramento tecnocrático que obligue deontológicamente a ingenieros, informáticos y otros especialistas dedicados a la neurotecnología. En este sentido, se está negociando con España para llevar el espíritu de este juramento a la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial que prepara el Gobierno. Por otro lado, Yuste aspira a que los neuroderechos se recojan en la Declaración de Derechos Humanos y a que los gobiernos establezcan un marco legal que evite los abusos. El pionero será Chile, con cuyo Gobierno tiene casi cerrada una legislación específica y su inclusión en la Constitución.

"Lo que me preocupa con más urgencia es el desciframiento de los neurodatos: la privacidad máxima de una persona es lo que piensa, pero ahora ya empieza a ser posible descifrarlo", avisa Yuste. "Lo estamos haciendo a diario en los laboratorios con ratones, en cuanto las compañías privadas tengan acceso a esta información, ríete tú de los problemas de privacidad que hemos tenido hasta ahora con los móviles. Por eso necesitamos neuroderechos, porque es un problema de derechos humanos", resume. El neurocientífico quiere alertar a la población porque "no hay nada de regulación y afecta a los derechos humanos básicos".

La neurobióloga Mara Dierssen, que no está implicada en la iniciativa de Yuste, destaca los problemas bioéticos derivados de las posibilidades de mejora del ser humano mediante neurotecnología. Aunque asegura que hay mucho sensacionalismo y arrogancia en torno a empresas como la de Musk, Dierssen resalta que "a largo plazo se pretende que los implantes puedan entrar en el campo de la cirugía electiva para quienes quieran 'potenciar su cerebro con el poder de un ordenador". "¿Qué consecuencias puede tener la neuromejora en un mundo globalizado, biotecnificado y socioeconómicamente desigual? Inevitablemente surge la gran pregunta de en qué medida esas técnicas serían accesibles a todos", plantea Dierssen, investigadora del Centro de Regulación Genómica y expresidenta de la Sociedad Española de Neurociencia.

Para la neurocientífica Susana Martínez-Conde es una iniciativa "no solo positiva sino necesaria". "Nos estamos dando cuenta como sociedad de que los avances tecnológicos van mucho más allá de lo que estamos preparados filosófica y legalmente. Nos enfrentamos a situaciones sin experiencia previa en la historia", asegura Martínez-Conde, directora del laboratorio de Neurociencia Integrada de la Universidad del Estado de Nueva York. "Es necesario que tomemos nota porque la neurotecnología tiene repercusiones directas sobre lo que significa ser humano. Existe un potencial para el desastre si dejamos que se nos siga yendo de las manos porque hay una total falta de regulación. Es momento de actuar antes de un desastre a escala global", avisa.

Este desastre tiene resonancias históricas. Mientras conversa desde su despacho de Columbia, Yuste observa el edificio en el que se lanzó el proyecto Manhattan, que desembocó con el lanzamiento de sendas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. "Esos mismos científicos fueron luego los primeros en la línea de batalla para que se regulara la energía nuclear. La misma gente que hizo la bomba atómica. Nosotros estamos al lado, impulsando una revolución neurocientífica, pero también somos los primeros que tenemos que alertar a la sociedad", asegura.

Nuevos 'neuroderechos'

El grupo impulsado por Rafael Yuste desarrolla sus preocupaciones en torno a cinco neuroderechos:

1.- Derecho a la identidad personal. Estos especialistas temen que al conectar los cerebros a computadoras se diluya la identidad de las personas. Cuando los algoritmos ayuden a tomar decisiones, el yo de los individuos puede difuminarse.

2.- Derecho al libre albedrío. Este neuroderecho está muy conectado con el de la identidad personal. Cuando contemos con herramientas externas que interfieran en nuestras decisiones, la capacidad humana para decidir su futuro puede verse en entredicho.

3.- Derecho a la privacidad mental. Las herramientas de neurotecnología que interactúen con los cerebros tendrán capacidad para recopilar todo tipo de información sobre los sujetos en el ámbito más privado que podamos imaginar: sus pensamientos. Los expertos consideran esencial preservar la inviolabilidad de los 'neurodatos' que generan los cerebros humanos.

4.- Derecho al acceso equitativo a las tecnologías de aumentación. Yuste cree que las neurotecnologías traerán innumerables beneficios para los humanos, pero teme que se multipliquen las desigualdades y privilegios de unos pocos, que accedan a estas nuevas capacidades humanas.

5.- Derecho a protección contra sesgos y discriminación. En los últimos años hemos conocido numerosos casos en los que los programas y algoritmos multiplican los prejuicios y sesgos. Este derecho pretende que esos fallos se busquen antes de ponerse en marcha.

Por Javier Salas

12 FEB 2020 - 17:12 COT