Una niña mira desde su ventana al exterior en Madrid, durante el confinamiento. ÁLVARO GARCÍAAlvaro Garcia (EL PAÍS) 406

 Sociólogos, psicólogos y pedagogos piden que se permita a los niños salir como en Bélgica o Francia. Otros especialistas ven riesgos

 

Lucas, de 8 años, lleva la cuenta del encierro como un preso en Alcatraz. “Son 12, bueno, 12 días y medio sin pisar la calle. Menos mal que está Harry Potter”, dice. Cuando el Gobierno anunció el domingo una ampliación de 15 días del estado de alarma se llevó las manos a la cabeza: “¿Pero están locos estos políticos? No saben lo que es ser niño y estar encerrado un mes”.

La inquietud de Lucas es también la de las familias de los más de ocho millones de menores que no pueden salir de casa durante el estado de alarma. Aunque el pasado 17 de marzo, una modificación del decreto les permitió, al menos, acompañar a su madre o padre al supermercado en caso de quedarse solos en casa.

“Es curioso y sintomático que en los discursos del presidente se ha mencionado más a las mascotas que a los niños”, apunta César Rendueles, profesor de Sociología de la Universidad Complutense. “Son vulnerables y deberían recibir una atención especial. Pero han desaparecido. Ni siquiera se está planteando si esto es sostenible para ellos”, alerta.

Mientras las familias españolas se atrincheraban en sus casas, países como Francia y Bélgica permitían que los niños salieran a la calle para pasear a pesar del aislamiento. “Salidas indispensables para el equilibrio de la infancia en espacios abiertos en la proximidad del domicilio, manteniendo la distancia y evitando todo encuentro”, recoge el decreto francés.

CULTURA ADULTOCÉNTRICA

Rendueles cree que la diferencia de estos países con España a este respecto es que la nuestra es una cultura adultocéntrica: “A la pobreza en las políticas de infancia se suma una sociedad donde los niños lo único que pueden hacer es no molestar. Y a ello se une el clasismo de quienes deciden los decretos: no es lo mismo vivir en un piso interior de 40 metros cuadrados, caldo de cultivo de violencia y estrés, que en un chalet de 200 metros con jardín”.

Pero en la vicepresidencia de Asuntos Sociales explican que sí se ha tenido en cuenta la vulnerabilidad de la infancia en esta situación y que se ha planteado un debate de forma interna. “Somos conscientes de que hay un derecho del niño y la niña al esparcimiento, pero estamos en una situación muy extrema y se están teniendo más en cuenta sus derechos a la salud y a la protección. Si se siguiera prolongando esta circunstancia nos plantearíamos otra respuesta para colectivos con una especial necesidad. La prioridad ahora mismo es parar la transmisión. Porque si por ejemplo permitimos la salida de los niños menores de 4 años con un adulto serían más de dos millones de personas por la calle lo que supondría una nueva situación de riesgo que no podemos permitirnos”, explica un portavoz.

¿Cuál es el riesgo real de que los niños salgan a la calle, de forma controlada? ¿Qué consecuencias podría tener para ellos y sus familias un encierro prolongado?

El argumento más repetido para justificar la clausura estricta es que pueden contagiar el virus. La microbióloga Silvia Carlos, profesora del departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra, explica que “el riesgo está en la socialización, y es difícil controlarla en niños. Tenerlos encerrados permite cortar la cadena de transmisión y nos hace conscientes del peligro”, explica por teléfono.

#CORONAINFANCIAS

La semana pasada una petición en la plataforma Change.org solicitaba flexibilidad en las restricciones para la movilidad de los niños, y en pocas horas lograron más de 5.000 firmas y hoy son casi 8.000. Esta semana Twitter se ha poblado de mensajes de niños en los que explican cómo viven el encierro con el hagstag #Coronainfancias. La autora del texto y la iniciativa, Heike Freire, es pedagoga y psicóloga. “Se habla de las necesidades fisiológicas de los perros, pero no de las de los niños. Y para desarrollarse adecuadamente necesitan la vitamina D del sol, moverse, correr y jugar. Y si este encierro se prolonga, puede tener consecuencias para ellos”, denuncia.

En casa de Lucas y Ana, los decibelios aumentan con los días. “Esto es muy agobiante”, dice el niño ante la enésima bronca. Freire explica que la situación irá a peor. “Es como una olla exprés. Y muchos niños ni siquiera tienen ventana, viven hacinados en pisos compartidos con varias familias o en situaciones de tensión muy extremas. Y existen maneras seguras de que salgan a la calle”.

Para la experta en microbiología de la Universidad de Navarra lo complicado es controlar cada movimiento de los niños en la calle. “Sería seguro si no se relacionan con más gente, si no tocan el mobiliario urbano, o si van en patinete o bici, pero ¿cómo lo controlas?”, plantea. Rendueles apunta que ahí hay una contradicción: “Los científicos consideran que las salidas controladas son aceptables, pero se presupone que los padres vamos a incumplir las normas. En cambio, a los paseantes de perros, o a los que van a la compra, no se les presupone esa culpabilidad”.

NO SERÁ DETERMINANTE

El neurobiólogo y catedrático de la Universidad de Salamanca, José Ramón Alonso, explica que las carencias que va a provocar este confinamiento no van a condicionar el desarrollo de los menores: “Para que tuviera consecuencias neuronales deberían pasar años. Les ocurrió a los Médici, pero pasaron su infancia encerrados en un palacio sin ver el sol, y cubiertos hasta las orejas”. Apunta a que el entorno familiar es el mejor para el desarrollo cerebral en un confinamiento. “Tienen cariño, estímulos y juego y es una oportunidad para estar en familia que siempre nos falta tiempo y podemos dedicárselo ahora. Es más estresante para los adultos, que no bajan el ritmo, que para los niños. Si se les explica bien, lo asimilan sin problema”.

Pero esta escena bucólica de madres y padres dedicados a contar cuentos y jugar con sus hijos dista bastante de lo que viven las familias, sobrepasadas por las tareas escolares y el teletrabajo. La psicóloga Beatriz Janín, del Forum de Infancias de Madrid, reconoce que los niveles de estrés no nos permiten mantener la calma, la paciencia, ni las ganas de jugar con ellos. “Los niños detectan los temores de los padres, y lo muestran estando muy demandantes, lloran sin motivo, se mueven sin parar, están agresivos, enfadados y comen sin medida. Es su manera de decir que ellos también lo sufren”, apunta. Y propone “escucharlos, crear redes de adultos (virtuales), compartir con amigos lo que está pasando, y que hablen con otros niños por teléfono o videoconferencia”.

El neurobiólogo recuerda que la situación extrema actual requiere de medidas radicales. “La amenaza de muerte es real, debemos ser responsables, y aprovechar para leer más a nuestros hijos, jugar, y cambiar el chip y no tratar de trabajar como si no pasara nada. Y si la curva se aplana, se podrán relajar las medidas”. Y concluye: “Saldremos de esta habiendo aprendido, pensado, y valorando más el trabajo de nuestros maestros, que se pasan ocho horas al día con nuestros hijos y aún nos atrevemos a reprocharles su trabajo”.

Las personas con discapacidad sí pueden salir

Tras decretarse el estado de alarma, varios colectivos de personas con discapacidad reclamaron que se permitiera que estas personas pudieran salir a la calle por motivos terapéuticos. La vicepresidencia de Asuntos Sociales cursó entonces una petición al Ministerio del Interior para que se incluyera esta excepción, y así se planteó en la disposición adicional del 19 de marzo que contempla: “Las personas con discapacidad, que tengan alteraciones conductuales, como por ejemplo personas con diagnóstico de espectro autista y conductas disruptivas, el cual se vea agravado por la situación de confinamiento (...) pueden realizar los desplazamientos que sean necesarios, siempre y cuando se respeten las medidas necesarias para evitar el contagio”. Aún así varias familias han reportado sanciones. Por eso, la plataforma Plena Inclusión recomienda solo “las salidas imprescindibles que impliquen actividades de asistencia o cuidado en la vía pública y de carácter terapéutico” y advierte de que esto no puede ser “un salvoconducto para toda salida”. Y apunta además que debe ser “durante el tiempo imprescindible, acompañados de una persona de apoyo, no se podrá entrar en contacto con otras personas para evitar el riesgo de transmisión, y se deberá presentar la documentación acreditativa de la discapacidad y los informes sobre su situación”. Sería el caso también de los niños hiperactivos que el estado de confinamiento les puede agravar su estado de salud mental y tendrán las salidas permitidas. Pero siempre deben aportar el informe que garantice su diagnóstico. Otro de los colectivos que preocupan en la vicepresidencia de Asuntos Sociales son los menores que puedan estar en riesgo de violencia intrafamiliar. “En estos casos se está haciendo un especial seguimiento vía telefónica de tal modo que al menos haya algún tipo de contacto tanto con los menores como con sus familias”, concluyó un portavoz.

23 mar 2020 - 19:03 COT

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La historia del Ñeñe, que se iba de parranda, piscina y fototeca con el presidente nos recuerda que somos una narcorepública

Narcocultura

En el fondo, el asunto del Ñeñe Hernández, del que tanto se ha hablado últimamente, no involucra solo a Duque, o a Uribe.

Aquél no es simplemente el mundo de Álex Char, Aida Merlano o Pablo Escobar. Aquí no es Ordóñez, no es Pretelt, no es De la Espriella, no es Popeye: somos los colombianos. Es lo que somos. Nos comportamos y actuamos como Ñeñes.

Nos gusta el visaje, la vía fácil. El billete mata cabeza; la silicona diluye belleza; el griterío elude la ética; el matoneo goza; y la justicia se va de baile con los matones y corruptos. Somos ñeñes y en ñeñes nos hemos convertido.

A eso lo podemos llamar narcocultura, pero es narcocapitalismo y no es solo colombiano, sino universal.

El Neñe

José Guillermo “Neñe” Hernández era un reconocido ganadero de una familia tradicional del Cesar, casado con bella reina convertida en silicona. Millonario, entrador, extrovertido. Hablaba duro, amenazaba con sus amistades, delinquía con whisky. Un gran personajazo a la colombiana.

Lo asesinaron el año pasado mientras iba en un taxi en un pueblo de Brasil. Se dice que por robarle un Rolex de oro que costaba millones. Lo cierto es que a raíz de su muerte se destapó su relación de años con Marquitos Figueroa —reconocido narcotraficante— y se conoció que era investigado por el asesinato de un joven de Barranquilla —el hijo de un prestamista al que le debía plata—.

Así y todo, narcoamigo y acusado por mandar matar, era amigo íntimo de los militares —que lo paseaban en helicóptero y se tomaban fotos con él—; se codeaba con personalidades de la música vallenata y de la política local y nacional, incluyendo al propio Iván Duque —con quien compartió parrandas e incluso fue invitado de honor a su posesión—.

De él, el señor del ganado —José Félix Lafaurie— dijo “es un GRAN señor”; el ejército dice “simpatiquísimo y de buena familia”; Duque —que no se ha enterado de que es presidente— dice «las fotos que están en las redes son en eventos públicos», o sea en la campaña, en la piscina, en la parranda… pero que “no tuvo hermandad con él”; de él Uribe dice que “nunca [lo] conoció ni mucho menos fue [su] amigo”, a pesar de la foto en la que salen juntos.

La ñeñepolítica

Es a ese mismo Ñeñe al que le interceptaron llamadas en las que dice que “hay que buscar una plata para pasar bajo la mesa para soltarla en los departamentos” y María Claudia ‘Caya‘ Daza —quien trabajaba en la unidad de apoyo legislativo de Uribe—, le responde que consiguió mil “paquetes”. Ambos estaban preocupados y trabajando —a la colombiana— por la exitosa elección de Duque-Uribe en los departamentos de La Guajira y Cesar.

Finalmente, la escudera moral de Uribe, la señora Daza, renunció y huyó del país y afirma que hizo un “sacrificio mediático” para salvar a su jefe. Y su jefe, como siempre, dice “he luchado con toda pulcritud” y que, si su ex mano derecha compró votos, él ni se enteró.

Nada raro:

  • • Las malas conductas de Uribe y sus negaciones son costumbre;
  • • Que Duque parezca la primera dama del país—y en vez de poner la cara hable de humos como la economía naranja o el coronavirus en manos de su ministro de salud— es normal: no manda, obedece y huye en el humo digital; y
  • • Que el Ñeñe Hernández sea un delincuente con licencia para delinquir y aprobación de las fuerzas militares, la justicia y las fuerzas ganaderas: esa es la Colombia de siempre.

Por eso, como bien lo dice Francisco Gutiérrez, “no se trata de un hecho aislado”, esto es “la radiografía de las estructuras del poder en Colombia”.

ÑeñeColombia

El Ñeñe no es un personaje nuevo o extraño. Al contrario, es el más fiel representante del éxito en Colombia. El Ñeñe es nuestro ídolo. Así es como se triunfa en esta sociedad del cinismo y la apariencia.

La negación del Ñeñe no habla mal de Uribe. Así es como siempre se ha comportado el senador-finquero: negando todo, asumiendo nada, atacando a otros. Y la negación del Ñeñe por Duque tampoco hace quedar mal al presidente. Él no se ha enterado de que gobierna, ni cómo, ni por qué.

El Ñeñe Hernández es el espejo donde nos vemos en la moral colombiana. En él se junta lo mejor de nuestra tierra: todo por la plata, todo por el trago, todo por las mujeres, todo por el matoneo. Este es el evangelio de Ñeñe y Uribe, de los grandes empresarios, los ganaderos y los terratenientes: los poderosos de familia, dios y propiedad triunfan porque obligan a la justicia a actuar a su favor, arrodillan políticos y pisotean gobiernos.

Colombia es una narco–sociedad no porque trafique con drogas sino porque se comporta con sus valores:

  • • Billete mata cabeza;
  • • El éxito es el trago, las mujeres, los Rolex, el vallenato y los caballos;• La ley se compra;
  • • Delinquir y corromper paga; y
  • • Evadir la responsabilidad pública es la norma.

Para que esto sea posible, la justicia mira para otro lado —si el fiscal general de la nación sirve a Duque, poco se puede esperar de él—; los militares apoyan al delincuente —“con usted, pa´ las que sea”—, los políticos se amparan en su cinismo —estoy en la foto, pero nunca he hablado con él—. Y todo esto representa el Ñeñe Hernández.

Todo es posible porque la fiesta a la colombiana lo olvida todo: nuestra única moral es Silvestre Dangond cantando, Uribe mandando, Duque obedeciendo, la justicia a favor de los ricos, el coronavirus distrayendo y todo con el patrocinio de la iglesia católica, las reinas y los medios.

To be continued…

No se si quiero ver en la próxima bionovela de Caracol:

  • • La cenicienta de la política: Aidagate, ‘esa maravillosa mujer que venida de abajo pone en evidencia la podredumbre del poder político en Colombia’; o
  • • La maravillosa y fastuosa vida de El Ñeñe, esa manera de ser exitoso a la colombiana donde se hace todo por la plata.

Ambas demostrarían como somos de perversos y cínicos en el poder a la colombiana: esa oda al bolsillo y ese olvido de la democracia. A su vez, servirían para mostrar cómo somos de divertidos y exuberantes en nuestra ética pública.

Si el Ñeñe no existiera, habría que inventarlo. La paradoja es que ñeñes existen muchos, y son quienes gobiernan a Colombia.

Por Ómar Rincón | 23/03/2020

Omar Rincón, Profesor del Centro de Estudios en Periodismo, CEPER, de la Universidad de los Andes, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Jueves, 12 Marzo 2020 06:01

Domingo viralizado

Domingo viralizado

Domingo. Tocan la puerta de casa. Atiendo “¿Está enterado que hay una peste mundial de coronavirus?” “Sí”. “Por eso mismo, no sé si sabe que aquí en la Biblia --es una mujer de vestimentas austeras, frugales, imperativas--, ya estaba todo previsto”. “Ah”. “Venimos entonces a ofrecérsela como bálsamo y explicación”. No sé si repito con exactitud la expresión de la predicadora, que ya había sacado una reproducción del Apocalipsis de su repleto bolso. Estábamos ante un tema donde la Biblia perdía todo su interés pues se convierte en predictiva, clausurando sus paradojas y metáforas. Pasaba a dictaminar sin eslabones intermedios, sobre las complejas maquinarias que producen el pánico mundial. Sin embargo, a condición de respetar la necesaria distancia con las alegorías y la lógica internas de los lenguajes --sea el de la infectología o el de la teología--, todo puede conducirnos a interpretar creativamente hechos aún no sucedidos. La fuerza de esos lenguajes --de todo lenguaje--, es precisamente el respeto de lo imprevisible. No obstante, no se lo dije a la catequista. Los criterios de interpretación surgidos de pensamientos mesiánicos, milenaristas o escatológicos son atractivos, porque ahorran los pasos desconocidos inherentes a todo pensamiento. Apoyándose en un uso meramente literal de la Biblia, ella pierde el encanto inmemorial de no predecir nada. La retiran entonces de lo más valioso que tiene, hacer que toda lengua esté en estado de disquisición permanente. A la lectura rígidamente profética de la Biblia puede desde siempre oponérsele la lectura que indaga en los múltiples senderos en que se bifurcan sus magníficas metáforas y relatos.

A la vuelta de casa hay un lavadero atendido por una pareja de nacionalidad china, que viajaron a su país y aun no retornaron. Un pesado tejido de sospechas, hablados en voz baja, rodea esta circunstancia que podría tener múltiples significaciones. Pero sabemos que ahora hay solo una. Como con la interpretación de la Biblia bajo un pavor determinista, tomada por un providencialismo sin gracia, un virus anunciaría a toda la humanidad que habría un camino unívoco de salvación, que de tan estrecho y claustrofóbico, necesitaría de la proliferación de actitudes de sospecha, de prejuicios que serían imprescindibles para la expulsión del mal. Por cierto, hay un problema médico, los virus son misteriosos, pequeñas partículas que para algunos encierran el secreto del origen de la vida, y que alojadas en bondadosos huéspedes --un mosquito, una rata, un murciélago--, pueden dispersarse o diseminarse afectando los cuadros celulares establecidos, en principio del cuerpo humano. Que se contaminan entre sí. He aquí un dilema, que afecta las bases universales de convivencia. Si el calentamiento global se presenta como el peligro del productivismo voraz, la dispersión fatal de un virus puede verse como la absurda inmovilización de la vida productiva ¿No son necesarios, entonces, mejores acercamientos a lo que ahora expondría a nuevos riesgos las bases generales de la civilización humana? Algo ocurre cuando el dengue es solo una amenaza social, y el coronavirus se gradúa según la metafísica de la peste. Y cuando un virus es noticia, pero toda noticia tiene forma de “viralización”.

Deberíamos percibir entonces la necesidad de una nueva visita a las doctrinas de la culpa. No la podemos suponer en el que involuntariamente transmite un bacilo, en la infracción de un impensado portador que tos en un avión o del que escupe en el ascensor ignorando que está “prohibido escupir en el suelo desde 1903”. Ascendida a la categoría de pecado, la capacidad que tiene el virus de desmadejar o desmantelar un cuadro humano asociativo es pavorosa. Interesa como profecía, no como evento de la salud pública. En el primer caso interesa por ser un equivalente de la contaminación mística, en el segundo por la posible diferencia con el dengue, al ser un virus de los “tirifilos”. Mientras escribo esto recrudecen en mi computadora los avisos, irrumpiendo sistemáticamente, como asaltantes descuidistas de la pantalla, advirtiendo que “usted puede tener un virus” ¿Yo? Millones en el mundo deben estar recibiendo el mismo sermón. Aprendimos que la red informática contiene como concepto central el de virus --como la infectología y quizás toda la medicina--, dándole otra dimensión al peso que tiene el contagio y la infección en el modo masivo de existencialidad contemporánea.

Ya, nos conduce al hecho de que hay infecciones en una doble bifurcación, biológica e informática. Si el tono general de los medios de comunicación es la magnificación de catástrofes, el de la medicina o del poder médico en general, no debe ser el de manejo de poblaciones a través de normas y protocolos inmunizadores que parecen siempre aceptables. Sin duda lo son, taparse la boca ante un acceso de tos, cuidarse al dar las manos, medidas que parecen minúsculas, pero tienen profundo calado disociativo en las relaciones diarias. La cuarentena, ancestral método que aísla totalmente a poblaciones o conjuntos humanos, puede ser aceptable, pero no podemos pasar por alto que la inevitabilidad de estas medidas, amparadas en la costumbre y en la ciencia popular ya establecida, no pueden pasar por alto que no solo la venta de medicamentos, sino la venta de noticias, exige demasiado la invocación de una calamidad cercana. El esquema de la calamidad con su salida utópica, difícil pero “para usted posible”, es un encuadre que gobierna noticias, conversaciones e ideologías mediáticas. Un ejemplo es la noticia de que “en un planeta lejano a cien mil años luz las condiciones de vida son iguales a las de la tierra”. Perfecto, hay peligro de calentamiento o de virus, pero hay solución. Lógicamente demorada por esa ingente cantidad de luz que habría que recorrer. Con paciencia usted lo logra.

Creo que es lo que quiso decir Albert Camus con La Peste, donde deseó palpar un humanismo moral con forma de una rebeldía contra el poder anónimo de la desesperanza. Eligió, según recuerdo, el sacrificio de un puñado de médicos que no se rendía ante la evidencia de ese apocalipsis, de esa “revelación de la peste” en la ciudad argelina de Orán. Que ocurriera en una ciudad localizable, daba cierto realismo a esta fábula moral, inspirada en el Diario de la Peste de Daniel Defoe, este sí un escrito alcanzado por una increíble actualidad. Va recogiendo los datos de los afectados puntuales y de cómo los rodea el rumor y la fábula. No había diarios cuando ocurre esa peste en Londres en el silgo XVII. En Milán, la peste del 1600 la describe Manzoni en el clásico Los novios, como trasfondo del episodio amoroso central. La peste bubónica de Buenos Aires en 1871 debido al mosquito Aedes Aegypti -el del dengue, entonces no identificado-, es un dramático espacio histórico para reflexionar sobre lo que hoy ocurre. La fiebre amarilla modificó Buenos Aires, se consideró la peste como resultado de la guerra contra Paraguay y flotaba en el ambiente la culpabilidad presunta de los inmigrantes italianos. Se incluía la demonización de los conventillos de San Telmo. Queda el gran cuadro mitológico de Blanes, con el doctor Argerich inclinándose con su fúnebre galera ritual, ante la muerte de una inmigrante

En la novela de Camus, el sacerdote Paneloux pontifica diciendo que la peste, transmitida por las ratas, no afectará a los creyentes. Fulminará solo a los ateos. Los médicos laicos, en tanto, debaten con su propio sacerdocio. Las incógnitas éticas ante el peligro de la vida humana colectiva, y sobre los dilemas científicos cuando no alcanzan para definir lo que exige, en verdad, el concurso de un sentido de resistencia y solidaridad. Todo ocurre en Orán inspirado en una peste real ocurrida a mediados del siglo XIX.

Fabulísticamente, la historia de la humanidad es la historia de sus pestes, catástrofes y también de los miedos ante el Cordero abriendo los Siete Sellos para revelar el destino humano. La ciencia médica podrá decir, esperemos la próxima vacuna y la consecuente mutación del virus. Todos esperamos. Pero falta analizar el modo paralelo de la aparición de la lengua de los virus, esa suerte de anticristo de las computadoras y redes, planificado en las fábricas de Antivirus. El lenguaje de los grandes medios comunicacionales se presenta con una aparente inmediatez. Al suprimir ilusoriamente las mediaciones, las lejanías y el tiempo real, que es amorfo y brumosamente cotidiano, todo virus puede asumir el modo de una diseminación total. Por eso le digo, señora catequista, que usted tiene razón, no desprecio el arte escéptico de las profecías, pero no del modo panfletario en que las presenta. Ningún problema de la biología humana es solo biológico, pero si evitamos tratarlo apocalípticamente, es también muy fácil encontrarlo en los vocabularios de la diferencia social, la dominación financiera y el control de las naciones. 

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Prisioneros del machismo: la maté porque era mía

Nos guste o no somos parte del problema: la opresión de género. Ser consciente de ello es el primer paso para cuestionar las conductas machistas. Estamos sometidos, unos, los hombres, y otras, las mujeres, a vivir con estereotipos que nos enajenan y empequeñecen. Condenados cual Sísifo a repetir los mismos papeles, cualquier esfuerzo en sentido contrario se muestra estéril. Sísifo movía una pesada roca hasta la cima de una montaña y por su peso caída de inmediato, debiendo recomenzar una y otra vez la tarea. Pero cuando hablamos de machismo, los hombres se ubican en la cúspide de la pirámide y otean el mundo bajo su particular óptica, mientras las mujeres, en la base, acaban subordinadas a vivir el mundo de los hombres. Tenemos comportamientos discriminatorios, hirientes e hipócritas con las mujeres. Homófobos, machistas y misóginos. Veamos un ejemplo. Pablo Iglesias, hoy vicepresidente segundo del gobierno de la monarquía, defensor a ultranza del proyecto de la ley de libertad sexual, defendió su aprobación señalando que en el gobierno hay "mucho machista frustrado". Su compañera sentimental, a la sazón ministra de Igualdad, había sido criticada por las formas, redacción incluida, por miembros socialistas del consejo de ministros. Tal actitud de Iglesias podría considerarse un acto de compromiso feminista si la memoria reciente no lo desnudase. El susodicho se refirió a la presentadora de televisión, Mariló Montero en Instagram en el año 2016 de esta guisa: "La azotaría hasta que sangrase... Esa es la cara B de lo nacional popular... Un marxista algo perverso convertido en un sicópata".

El machismo llama a la puerta para recordar sus vergüenzas.

El machismo es un hecho social, constato una realidad. Por ello las luchas feministas nos sitúan ante la posibilidad cierta de modificar nuestras conductas. Sin embargo, las resistencias al cambio se antojan múltiples. Perder privilegios no es algo que se haga de buena gana. Igualmente presenta más dificultades desaprender que aprender. Los patrones de comportamiento son parte del proceso de socialización y en el capitalismo adoptan formas específicas. Las relaciones de género no son la excepción. Se trata de la propiedad privada, de la enajenación, entre otros, del cuerpo inmerso en el proceso de trabajo y producción. En sus formas, el capitalismo, es constituyente de una relación de explotación contraria a los valores democráticos, la justicia social y la igualdad. Anclados en la apropiación privada del plusvalor, hemos sido adoctrinados en conductas donde se entrecruza la perspectiva de género, haciendo que cada uno de los sexos interiorice comportamientos validados socialmente, bajo el parámetro de la apropiación. Colores, juegos, lecturas, estética, emociones se enlazan hasta configurar un entramado cuya expresión es una relación de dominio y subordinación en el cual la construcción de género es una máxima. Patrones considerados apropiados o inadecuados según se nazca hombre o mujer. Es una realidad social, no una condición de naturaleza. Somos homínidos, bípedos y mamíferos vertebrados. Asimismo, las hembras de la especie dan a luz y amamantan, lo cual, no supone, por naturaleza, sometimiento, inferioridad o debilidad. Las escalas de valores son hechos sociales, institucionales. Producto de un sistema de dominación que adscribe papeles. Así nace el patriarcado. Bien señala Marcela Lagarde: "Desde la dimensión de la propiedad, la mujer no se pertenece, otros deciden por ella: los hombres, cada hombre importante en su vida, la madre, el padre, los parientes, los hijos y las hijas, las instituciones (políticas, civiles, eclesiales, militares), la sociedad, los dioses, la naturaleza. La propiedad se ciñe sobre la mujer y, en este sentido, es ser-de-otros. El orden patriarcal es un orden de propiedad social y privada de las mujeres a través de la apropiación, posesión, usufructo y desecho de sus cuerpos vividos, su subjetividad y sus recursos, bienes y obras". Pero también es parte de una percepción de ser hombre. Nuevamente Lagarde: "Los hombres se tienen como objetivo de sus energías vitales, de sus movimientos y de su subjetividad, como su centro, y cada hombre al crear o al destruir, al transformar el mundo, debe buscar indefectiblemente su gratificación y su goce. El paradigma del mundo patriarcal es el hombre, y el paradigma de cada hombre es él mismo".

Inmersos en la economía de mercado, el capital como relación social no puede dejar de explotar a hombres y mujeres, como lo realice, le es indiferente. La enajenación de cuerpo y mente de hombres y mujeres bajo la lógica del capital, impide realizar la condición de dignidad que es inherente al ser humano. Otra vez Lagarde: "Todas las relaciones íntimas y públicas de los hombres están marcadas por la opresión y desde luego por la relación ganancia-goce-éxito, trascendencia masculina, complementada con el daño, la expropiación y sufrimiento de las mujeres y hombres implicados". Democratizar las relaciones entre hombres y mujeres conlleva luchar contra el capitalismo, por el desarrollo humano, contra las relaciones de explotación de la mujer trabajadora en el marco de una sociedad de clases. En esta lucha estamos comprometidos. Cuanto antes lo asimilemos, antes será posible la emancipación de hombres y mujeres. Mientras tanto, la violencia de género hará posible su máxima: "La maté porque era mía".

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Viernes, 06 Marzo 2020 06:25

Palestina: palabras narrativas / I

Palestina: palabras narrativas / I

Edward W. Said, el gran intelectual palestino –y quintaesencia intelectual pública− que por sí solo y de manera pionera abrió las ciencias sociales a los modos en que mundos enteros quedan encasillados en palabras y narrativas ajenas − Orientalism (1978), Culture and imperialism (1993)−, en un texto triste, escalofriante y bello −por si esta palabra aplica a una reflexión sobre el sufrimiento de todo un pueblo escrita en medio de una enfermedad terminal− hablando de la peculiar crueldad de Israel −"un país poseído por la manía de castigar a los débiles"− reflejada en periódicas masacres de Gaza e interminable ocupación de Cisjordania, apuntaba que todo el lenguaje del sufrimiento y de la vida cotidiana palestina fue secuestrado o pervertido al punto de ser inútil e incluso servir como pantalla para ir infligiendo más muerte y tortura (bit.ly/3ck4pZ7).

Me acordé de esto pensando en el Acuerdo del Siglo ( The deal of the century) que preparado −sin ninguna participación palestina, pero sí con harta autoría israelí− por los "mediadores estadunidenses" cuya creatividad radicó básicamente en secuestrar las palabras y alterar su sentido: cambiar los nombres o estatus de los lugares contrario al derecho internacional (Jerusalén, asentamientos ilegales, etcétera.) para sancionar su ocupación y la próxima anexión o llamar ejército a un conjunto de enclaves sin continuidad, control del espacio aéreo/seguridad/política exterior, "el Estado", nació, con excusa y pantalla de "mejorar la vida cotidiana de los palestinos" ( bit.ly/3bERgJz) para seguir castigándolos e irles infligiendo "más muerte y tortura". “Matar, reducir, mutilar y ahuyentar hasta que ‘quiebren’”, escribía Said.

Por más que este supuesto "plan de paz" se presente como "un cambio de enfoque y narrativa frente a lo que no servía antes" (bit.ly/32PbFaM) en realidad es sólo la consumación de lo que ya hubo: los Acuerdos de Oslo a los que en su momento Said se opuso categóricamente prediciendo que esto iba a acabar así: todo para Israel, nada para Palestina ( The end of the peace process, 2000), y por más que el dúo Trump-Netanyahu que lo parió se vislumbre como "el milagro para Israel" −en efecto se le concedieron todos sus deseos− ya hemos tenido algo así.

¿Alguien se acuerda de la dupla Sharon-Bush Jr.?

Cuando en 2004 Israel se retiró unilateralmente de Gaza –una medida calculada para boicotear el proceso de paz y "ponerlo en formaldehído" (bit.ly/2x8j0GT)− G. W. Bush llamó a Ariel El Carnicero Sharon "el hombre de la paz" (sic) y abrazó su agenda nacionalista y anexionista dándole garantías por escrito (sic) −retención de partes de Cisjordania a su criterio y negación al retorno de los refugiados palestinos− que revertían, o desnudaban, la tradicional –"neutral"− postura de Estados Unidos (A. Shlaim, Israel and Palestine, p. 293).

Said llamó −en otro lugar− las jugadas israelí-estadunidenses de aquel entonces ( road map) gracias a las cuales Sharon, a pesar de tres acusaciones de corrupción en su contra, logró aferrarse al poder −¿a qué nos recuerda esto? (¡le hablan Mr. Netanyahu!)− y Bush Jr. consolidó el voto de los "sionistas cristianos" ante las elecciones que se avecinaban −¿a qué nos recuerda esto? (¡le hablan, Mr. Trump!)− no "planes de paz", sino de "pacificación": “de poner el fin al problema ‘Palestina’” (bit.ly/2wterGK).

El unilaterialismo sharoniano tenía un propósito: el "politicidio" de los palestinos: la disolución de Palestina como una legítima entidad que comprendía también una −total o parcial− limpieza étnica en Eretz Israel (B. Kimmerling, Politicide, p. 17).

El Acuerdo del Siglo que no por casualidad contiene un apartado sobre “ transfers poblacionales” −un eufemismo para la "limpieza étnica"−, o sea, un marco legal para ejecutarlos en el futuro ante los ojos del mundo indiferente, con su unilateralismo es sólo el siguiente ejercicio en "politicidio" y afán de desaparecer a los palestinos envuelto ahora en un novedoso lenguaje de "visiones" y "oportunidades económicas".

Si bien –como de costumbre− tiene razón Robert Fisk que basta echar un ojo a la palabrería de este documento −"absurdos, parodia y banalidad en casi igual proporción"− para ver que todo esto es sólo una siguiente "locura" ( mumbo-jumbo) y "vacilada" ( ballyhoo) trumpiana −"¿Hasta cuándo los periodistas, los escritores, estaremos tomando en serio estas palabras...?" (bit.ly/2GOYMmZ)–, balbuceo o no, allí está e incluso está siendo implementado (bit.ly/2PPZMMz).

Ya hace 18 años en aquel triste y –vuelvo a decir− bello texto, Said lamentaba la época pasada de Israel Shahak, Yeshayahu Leibowitz o Jakob Talman, los intelectuales que no temían decir verdades incómodas –como que la ocupación está pervirtiendo al propio Israel (nyti.ms/3cuBktX)− subrayando que eran pocos (Uri Avnery, Ilán Pappe, Zeev Sternhell, Gideon Levy, Amira Hass, Jeff Halper) quienes tenían el valor de luchar por las palabras en Israel.

La "paz" por ejemplo –un término que desapareció del vocabulario político israelí y está siendo usado para el público exterior− ya es una palabra muerta. Sólo queda la "pacificación".

Y las voces palestinas (y pro-palestinas) –múltiples, ricas, heterogéneas (bit.ly/39jwTjD)− quedan secuestradas, pervertidas, silenciadas y desaparecidas, como la Palestina misma (bit.ly/32ToelN).

Sólo queda el balbuceo del dúo Trump-Netanyahu.

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Jueves, 27 Febrero 2020 05:32

Parasite no es fantasía

Parasite no es fantasía

Una vez al año, trecientos profesores surcoreanos son llevados en autos con ventanas ciegas a un lugar desconocido en la montaña a definir las preguntas del examen anual que rinden 548.000 aspirantes universitarios del que saldrá un ranking nacional: un 4% de alumnos entrará a las tres mejores universidades del país. Esos selectos docentes permanecen un mes incomunicados sin internet ni teléfono. Su misión es secreta por contrato, so pena de ir dos años a la cárcel: salvo la esposa o marido, nadie deberá saber en los siguientes años que ese profesor ha confeccionado esas preguntas.

Antes de comenzar la reclusión voluntaria, un detector de metales garantiza que no ingresen dispositivos electrónicos. Un batallón de servicios secretos del Estado controla que nadie salga ni entre del lugar durante el mes y queman in situ toda la basura para que no sea posible revisar bollos de papel buscando las codiciadas preguntas que se digitalizan un día antes de ir a la imprenta: de allí salen en camiones y la TV lo transmite en vivo.

En una sociedad marcada por la cosmovisión confuciana, la educación es un gran símbolo de status y la posibilidad más cierta de ascenso social. Este tema es el punto de partida del guion de la premiada película Parasite de Bong Joon-ho: un joven de clase baja va a darle clases particulares de inglés a una adolescente de familia rica quien --como casi todo coreano-- vive con una espada de Damocles clavada de nombre Suneung, ese examen que dura ocho horas y veinte minutos donde se define el futuro de casi todo coreano. La película pone de relieve los daños colaterales del Milagro Coreano que generó un desarrollo económico frenético, mientras crecía una desigualdad estratosférica con familias como la del docente de Parasite viviendo en subsuelos que fueron refugio antimisiles (los ricos tienen sus propios búnkeres pero preventivos).

Desde el jardín de infantes, muchos niños son entrenados para vencer y reciben clases de inglés. A tal punto escaló la psicosis educativa que el Estado debió promulgar una ley prohibiendo que los pequeños aprendan inglés antes que coreano. El día del Suneung la bolsa de comercio abre dos horas más tarde y una campaña nacional invita a no sacar el auto a la calle para que el tránsito fluya. Si un estudiante se retrasa 5 minutos no entra y pierde un año de su vida. Se habilita un call center para rezagados y una flota de vehículos policiales que salen con la sirena a rescatar dormilones (algunos duermen en un hotel cercano y se recomienda que el día anterior todos hagan el viaje a modo de prueba). El tránsito se corta 200 metros a la redonda de cada sede y los vuelos se suspenden durante los 40 minutos del examen oral de inglés.

Esa misma tarde se revelan las respuestas del multiple choice y cada quien intuye si sirvió sacrificar la infancia y la adolescencia casi completas para entrar a una buena universidad: lo logran con 490 puntos sobre 500. Algunos tienen más posibilidades: es el caso de los hijos de la familia rica de Parasite que contrata docentes privados en casa en lugar de mandarlos a institutos con aulas de 20 alumnos.

La ONG coreana Mundo lo dice sin eufemismos: “los jóvenes pasan de 70 a 80 horas semanales estudiando y están entre los peores en los ranking mundiales de felicidad y salud mental; su creatividad y sociabilidad están sofocadas”. Muchos adolescentes se levantan antes de las 6 a.m. y los fines de semana también van a institutos de apoyo. Un estudio del Centro de Prevención de Enfermedades de Corea concluyó que los alumnos de secundaria duermen en promedio 5,5 horas por noche y el 83% de los chicos de 5 años asisten a clase extracurricular 5,2 veces por semana. En 2003, el Comité por los Derechos de los Niños de la ONU declaró: “la naturaleza altamente competitiva de este sistema educativo obstaculiza el desarrollo de los niños en su completo potencial”.

Mantener un hijo en Corea del Sur cuesta entre 300.000 y 400.000 dólares hasta que se gradúa en la universidad. Los exitosos en esta carrera social tampoco la tienen fácil: un ingeniero en programación raso en Samsung trabajando 12 horas de lunes a viernes --y unas horas los sábados e incluso domingos-- gana 3000 dólares al mes en una ciudad como Seúl donde un departamento de 80 m² cuesta medio millón de dólares.

Los niveles de stress de la juventud son altos y una suma de 1500 alumnos de primaria, secundaria y terciario se suicidan por año, la mayoría por presiones en el estudio y la soledad derivada del mismo. La debacle trágica en que deriva la frustración de la familia pobre en Parasite es la manera en que explotó en esa “verosímil” ficción la olla de presión coreana, por lo general bien contenida por el confucianismo.

Todo esto comenzó, al menos, durante la dinastía coreana Joseon --siglos XIV a XIX-- que elegía sus funcionarios a través de un riguroso examen y abrazó al confucianismo como ideología de Estado: desde allí permeó a la base social. Según el filósofo chino Confucio, en lo más alto de la escala social se ubicaban los ilustrados, los únicos preparados para gobernar con justeza y honestidad. El cosmos regido por el Tao en el Este de Asia se compone de dos fuerzas complementarias en armonía, donde el hombre es la única disonancia. Confucio propuso máximas virtuosas buscando que ese hombre armonizara con el cosmos y sus semejantes. El primer paso era el respeto sagrado de la autoridad del gobernante y las leyes en pos del equilibrio social. Esa obediencia conservadora debía extenderse a todas las relaciones de la pirámide social: el respeto de los menores a los mayores (“sabios seres del crepúsculo”), de la mujer al hombre, de los hijos a los padres y del campesino al intelectual.

El confucianismo reflejó un modo de pensar colectivo que viene de la cultura del arroz y su trabajo comunitario. El trasfondo es que el individuo no debe rebelarse y tendrá siempre que cumplir bien su rol, siguiendo los rigores productivos y aceptando toda desigualdad y jerarquía. Y tiene que renunciar a su individualidad en función del grupo como totalidad. Todo esto ha sido naturalizado al nivel de un ancestral inconsciente colectivo: por eso es tan difícil cuestionárselo. Cada persona se reduce a un engranaje que, si se sale del curso, será punida por su entorno social. Así funcionan estas sociedades autoreguladas: “clavo que sobresale se hunde de un martillazo”. Si la mayoría acepta que el objetivo central de la vida --y de la nación, ese grupo mayor-- es el progreso vía el estudio para entrar a una compañía tecnológica, todos deben intentar lo mismo. Ese modo de pensar allanó el terreno para la fase hiperproductiva del capitalismo tigreasiático con el soldado corporativo como punta de lanza.

El precio de diferenciarse de la masa --y de no subirse al curso del río social-- implica resignarse a vivir en los subsuelos de la sociedad como la desempleada familia Kim en la película, a riesgo de terminar nadando en una cloaca. Su salvación parece ser parasitar ingeniosamente y sin escrúpulos a una familia rica hipersensible al olor a pobre, e incluso a otros desclasados que no lograron ser parte del exitoso “gran colectivo confuciano” que es Corea del Sur.

Julián Varsavsky es coautor con Daniel Wizenberg del libro Corea, dos caras extremas de una misma nación (Ediciones Continente).

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El paraíso perdido de las ciencias sociales latinoamericanas

Hemos extraviado el Sur. La mayoría de los análisis presentes buscan en el pasado una ruptura inhabilitante para pensar nuestra realidad. Como argumento: el abandono de un edén de las ciencias sociales latinoamericanas. Nuestro pecado, dejar de abrevar en la teoría de la dependencia. Hacerlo, se recalca, supuso renegar del carácter marxista de sus postulados, dejar de pensar en América Latina y una contrarrevolución ideológica. Lo cierto, la teoría de la dependencia, en todas sus vertientes, fue la última cosmovisión omnicomprensiva de las estructuras sociales y de poder en América Latina. Asimismo, logró articular, es verdad, una alternativa anticapitalista, uniendo ciencias sociales y acción política. En 1969, Ruy Mauro Marini, se decantó por un sugestivo título para su ensayo publicado en Siglo XXI Editores: Subdesarrollo y revolución. Por su parte, en 1972, Theotonio dos Santos, optó por un encabezado más específico: Socialismo o fascismo: El nuevo carácter de la dependencia y el dilema latinoamericano. Casi una premonición del golpe de Estado que en septiembre de 1973, derrocaría al gobierno popular de Salvador Allende en Chile. La perspectiva dependentista no ha tenido sustitutos.

Las dictaduras militares de corte neoliberal, la represión, la clausura de las facultades de ciencias sociales coadyuvó al naufragio del pensamiento crítico latinoamericano. Del golpe, asestado en medio de la guerra fría, una parte de la izquierda intelectual no ha sabido recuperarse. Las nuevas generaciones se han dejado arrastrar por modas, teorías de usar y tirar propias de un pensamiento chatarra con obsolescencia programada. El abandono de los estudios dependentistas dejó un vacío, trasformado en nostalgia. Su espacio no ha sido cubierto. En su lugar queda un saber fragmentado. Para unos, se trata de una crisis de pensamiento, para otros de una falta de renovación, y en medio, una amalgama de opciones obsesionadas en concebir nuestras ciencias sociales como parte de una ciencia social burguesa, encubridora y alienante. En esta dinámica, no debe estudiarse nada con visos de impurezas provenientes de las categorías del saber occidental producido en los centros hegemónicos. Sea Europa o Estados Unidos. Un sinsentido que ha logrado hacerse un hueco en algunos nichos académicos. Todo lo post es bienvenido. Como si el pensamiento marxista, el lenguaje, las técnicas de investigación social, la estadística y la teoría no formasen parte o estuviesen adscritas a una razón cultural, la occidental, desde la cual, para bien o mal, pensamos el mundo y buscamos transformarlo. Atrincherarse en lo vernáculo como única opción de conocimiento emancipador es un dislate. Su base, la nostalgia que facilita parapetarse en una versión idílica del pasado en el desarrollo de las ciencias sociales latinoamericanas. Un relato donde el saber y el conocimiento habrían fluido a borbotones, liberadas de pensar el mundo desde las categorías occidentales. Luego vino el caos y la oscuridad. Ese sería el comienzo del desastre. A partir de ese instante todo ha ido de mal en peor. Lo que prometía ser un vergel terminó en un erial. Un desierto cuyos oasis se han ido secando a medida que se ha perdido la unidad en el pensamiento crítico latinoamericano hasta terminar hablando de crisis de la las ciencias sociales.

¿Acaso la propuesta zapatista no está enraizada en la historia de México? Su aporte al pensamiento emancipador latinoamericano es el resultado de una síntesis de experiencias donde transitan el colonialismo interno, la digna rabia, los Caracoles, un lenguaje capaz de interpretar los cambios de un capitalismo analógico a un capitalismo digital. Ha sido capaz de poner encima de la mesa del debate teórico la necesidad de repensar la democracia, las formas de lucha y resistencia. No menos abrir la discusión a conceptos como la dignidad, la justicia social, el poder. Su convocatoria desde 1994 es inclusiva. No es una visión milenarista o indigenista. Los cuentos del viejo Antonio y Durito de la Lacandona cobran vida para explicar el racismo, la miseria, la memoria colectiva, el sentido ético del quehacer político. La propuesta zapatista no es la única, sus postulados han servido para repensar los procesos constituyentes en Venezuela, Bolivia o Ecuador. El buen vivir, el Sumak Kawsay, los derechos de la naturaleza o la articulación de un Estado multiétnico y plurinacional, son parte de la ruptura del colonialismo interno. Su pensamiento debe ser reconocido como un aporte destacado al desarrollo de la ciencia política contemporánea, una manera de romper la visión castrante y nostálgica de haber perdido el rumbo. No todo pasado fue mejor. Hoy el pensamiento latinoamericano esta en ebullición, crea y propone, tanto como busca, romper las visiones que lo encorsetan y frenan. Basta ver el movimiento de protesta en Chile y Colombia, como la expansión del movimiento feminista en su crítica abierta al capitalismo patriarcal. Nunca existió un paraíso, ni hay que salir en busca de un edén perdido del pensamiento social latinoamericano.

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Estanislao Zuleta: rebeldía intelectual y democracia radical.

Aquel sábado 17 de febrero de 1990, solitario en su apartamento del barrio Meléndez de Cali, Estanislao Zuleta dejaría de entregarle al mundo sus últimas expresiones de rebeldía intelectual. A 30 años de su partida, su obra se convertiría en precursora y dejaría aportes sugerentes para lo que luego sucedería: décadas después los colombianos hemos sido testigos de la transición de la guerra a la paz, de la superación parcial de la confrontación armada y la adaptación colectiva gradual a una saludable disputa ideológica.

Vivimos actualmente en medio de un maremágnum social, producto de un acumulado de luchas históricas libradas por décadas, traducidas en el ascenso de las movilizaciones, los movimientos ciudadanos, y una multiplicidad de demandas populares que reclaman cimentarse y superar el descontento espontáneo.

Los aportes de Estanislao Zuleta en el campo educativo, literario, y su crítica feroz al "dogmatismo mecanicista", son un desagravio  teórico, que es digno de ser rescatado en este siglo XXI, dominado por la inmediatez, la levedad y el conocimiento compartimentado por profetas, salvadores, y advenedizos “expertos”.

La conexidad con que Zuleta supo articular tan variados tópicos ayuda en tiempo presente a dotar de contenido a un conglomerado de iniciativas subalternas que en el plano cultural, económico, social, y político, de la Colombia contemporánea, no logran definir una identidad única que antagonice con el sentido común  hegemónico de las élites criollas.

Zuleta despreció los credos, las verdades reveladas, las ideas vedadas, el aburguesamiento y la domesticación de su pensamiento. Por eso prefirió pensar por sí mismo a convertirse en un cómodo administrador de ideas ajenas. En vida prefirió cuestionar, provocar y disfrutar de su papel de piedra en el zapato de lo predestinado, de lo establecido.

Estanislao marcó un hito en las ciencias sociales latinoamericanas por haber sido el precursor del maridaje entre el psicoanálisis freudiano y el marxismo, herencia de su profunda pasión por la obra de Jean Paul Sartre, para quien la dicotomía entre palabra y acción fue siempre paradójica, problemática. Reinterpretar el marxismo sin nociones esquemáticas, y sin determinismo, le permitió entender a este pensador antioqueño la importancia de la singularidad de los dramas particulares, asfixiados por la reduccionista “lucha del proletariado y los desposeídos contra el capital”.

Zuleta se dio cuenta de la necesidad de defender una democracia radical, por parte de las izquierdas en la sociedad colombiana, al  final de los años ochenta, en tiempos marcados por la Perestroika y el Glasnot soviético,  respuestas tardías a las fallas del capitalismo de Estado en la moribunda “cortina de hierro”.

Mientras Zuleta defendía las noción de democratizar la democracia y darle cabida a los disensos en la Colombia política dominada por el tándem liberal-conservador, en otras latitudes sus tesis coincidían cronológicamente, probablemente sin haberlas leído nunca, con las de nuevos pensadores adscritos al denominado postmarxismo[2] (Zizek, Laclau) que entendieron la necesidad de reinventar la izquierda haciendo del afloramiento de múltiples disensos la forma de ampliar los linderos de la participación popular y de romper con el desprecio del comunismo por la democracia representativa.

Zuleta dedicó la última década de su vida, sus últimos esfuerzos, a una incansable tarea pedagógica en materia de paz y democracia como asesor cultural y de derechos humanos de los Gobiernos de Belisario Betancur y Virgilio Barco. Su forma de leer el futuro democrático de la convulsa Colombia de finales de los años ochenta coincidía con el pluralismo agonístico de Chantal Mouffe, que defiende el sentido de lo político como conflictividad continua y hace una clara diferenciación entre enemigo y oponente, frontera que separa  al antagonismo del agonismo[3].

Su Conferencia en Santo Domingo (Cauca) ejemplificó su profundo compromiso por ensanchar las fronteras de la política, y lo político, en la sociedad colombiana. Aquel 14 de mayo de 1989 Zuleta, ante un puñado de guerrilleros en proceso de reincorporación, señalaba "Una característica esencial de la mentalidad democrática, en un sentido moderno, es la aceptación del pluralismo por la sola razón de la imposibilidad de conseguir la unanimidad. Los hombres, los partidos, los grupos de intereses, piensan distinto; las gentes tienen diversas opiniones, creencias, religiones, gustos. Someternos a una sola idea o creencia produce terror absoluto, aunque por el terror es imposible someter al ser humano”[4].

 

Ese carácter indómito de la obra de Zuleta lo llevó no solo a enfilar baterías en sus escritos, intervenciones, y conferencias contra el establecimiento liberal-conservador, sino contra los aparatos burocráticos, los comités sindicales, y  todo lo que él categorizaba como los “especialistas en revolución", de raigambre estalinista en su mayoría[5]

Para Estanislao era inconcebible la coalescencia entre el igualitarismo abstracto del socialismo real, y la defensa férrea que la teoría de Marx hacía del individualismo radical, una interpretación que se acercaba de forma más concreta a los problemas reales del hombre.

Sus cuestionamientos principales a estas estructuras, a las cuales enfrentó

durante su paso por el Partido Comunista (PC) de Gilberto Vieira, se centraban en dos aspectos: 1) la idealización que realizaban de los desfavorecidos, a quienes consideraban, como bien lo señala Eduardo Gómez   “una especie de sector predestinado a realizar la revolución”[6]; 2) la supresión que éstas estructuras ejercían sobre cualquier resquicio de individualidad, y de diferenciación, entre los miembros que componían a tan homogéneas colectividades.

Como era de esperarse dichos desencuentros dialécticos en el seno del PC, lo llevaría a abandonar sus filas en 1963 y a crear, junto a Mario Arrubla y Oscar Hernández, su propio partido: el Partido para la Revolución Socialista, disuelto en 1965 por las acaloradas discusiones internas, en las cuales un sector influenciado por el triunfo de la revolución cubana, el nacimiento de las Farc, y el auge de las guerrillas en Latinoamérica abogaba por la defensa de la lucha armada como única forma de alcanzar el poder, al fragor de los albores del Frente Nacional.  

El alzamiento armado unilateral de las guerrillas, realizado de manera inconsulta con el pueblo que decía defender, se hacía intolerable para un demócrata radical como Estanislao. Ya entrados los comienzos de los ochenta, en su célebre ensayo “Sobre la guerra, esa borrachera colectiva” Zuleta maduraría ese distanciamiento a todo intento armado por acallar al otro al afirmar "Es preciso, por el contrario, construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo”[7].

Zuleta abandonó este mundo hace 3 décadas, sin presenciar como se cayeron a pedazos los vaticinios del nuevo orden mundial: no hubo fin de las ideologías, ni un idílico mundo sin guerra fría, sin conflictos y sin contradicciones.

Si todavía siguiera vivo,  es aventurado asegurar el papel que jugaría Estanislao Zuleta en estos tiempos de posverdad, pospolítica, y neoliberalismo en proceso de reformulación[8]. Podríamos atrevernos a lanzar una arriesgada hipótesis: probablemente sería un agudo crítico y polemizador vetado por los Gobiernos de turno, un burgués en continua rebelión contra esta absurda realidad que vivimos, dedicado a decirle a las ovejas que desconfíen profundamente de todos los pastores que quieren cuidarlas.

Por: Felipe Pineda Ruiz[1]

 

[1] Publicista, investigador social, colaborador de la Fundación Democracia Hoy. Director del laboratorio de iniciativas sociales y políticas Somos Ciudadanos. Editor de www.democraciaenlared.com

[2] Corriente teórica que reformula las tesis del marxismo clásico, y el determinismo que éste atribuye a la clase obrera como bloque hegemónico del cambio. En su lugar el postmarxismo reivindica la lucha de la multiplicidad de resistencias e identidades colectivas por encima del homogéneo proletariado. El libro “hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia” (1985), de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe ahonda en las profundidades de este concepto.

[3] Mouffe, Chantal (1999), El retorno de lo Político. Paidós, Barcelona, 1999, ps. 207

[4] Conferencia dictada por Estanislao Zuleta el 14 de mayo de 1.989

 en Santo Domingo (cauca), en la denominada ciudadela de la paz, campamento del movimiento insurgente M-19, previo a la firma del armisticio entre el Gobierno Nacional y esta guerrilla.

[5] Zuleta, Estanislao (1985). Sobre la idealización en la vida personal y colectiva : y otros ensayos. Procultura S.A, Bogotá, Colombia, p.59.

[6] Gómez Eduardo (2011). Memorias críticas de un estudiante de humanidades en la Alemania Socialista & Zuleta: el amigo y el maestro. Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, p. 59.

[7] Zuleta, Estanislao (1989). “La guerra, esa borrachera colectiva”, texto incluido en el libro Elogio de la Dificultad y Otros Ensayos de Hombre. Nuevo editores, Bogotá, Colombia.

[8] Como ha sucedido tantas veces, el gran capital mundial, y sus organismos multilaterales, han vuelto a hablar de capitalismo con “rostro humano”. Las recientes declaraciones de Kristalina Georgieva, presidenta del Fondo Monetario Internacional, de Christine Lagarde, nueva presidenta del Banco Central Europeo, y el Manifesto de la última reunion del Foro Económico Mundial, celebrado en Davos, dan cuenta de este nuevo salvavidas teórico al neoliberalismo global.

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Colombia quiere y admira a Nairo Quintana y a sus ciclistas más que a sus futbolistas

Fortuna, la marca de los cigarrillos rubios de Tabacalera, nunca patrocinó ni competiciones ni embarcaciones de vela, y, sin embargo, en las encuestas resulta que es la marca que más se asocia en España con la vela, cuentan año tras año en las escuelas de marketing, donde añaden que, claro, el velero con el que el rey Juan Carlos ganaba tantas regatas se llamaba Fortuna. La anécdota quiere explicar que las razones de los consumidores residen a veces en insondables vericuetos mentales, y que ese es uno de los filones que deben explotar los publicitarios, estudiosos del mercado que lo racionalizan y aprovechan añadiendo otro mandamiento a su credo: “para bien o para mal, la primera victoria es la que deja en la gente el recuerdo de la marca que la patrocinó”.

A Fernando Alonso, y tantos años han pasado, aún se le asocia con Renault antes que con McLaren o Ferrari, y en Telefónica saben que, aunque en las cunetas de Colombia ya no se vea mucho su maillot, cuando encuesten a los consumidores del país latinoamericano tan importante en la estrategia global de la empresa española, Nairo Quintana, vista el maillot que vista, será foreverMovistar, el equipo en el que corrió ocho temporadas y con el que ganó el Giro y la Vuelta y subió tres veces al podio del Tour.

Y, con 30 años ya cumplidos, Nairo, que en agosto pasado ya anunció que dejaba el equipo de Eusebio Unzue para firmar por los bretones del Arkea, una marca que nadie en Colombia sabe qué vende (es una banca), sigue siendo una figura primordial en Colombia.

Según las encuestas de popularidad que maneja Telefónica, Nairo era, en el cuarto trimestre de 2019, ya con Egan coronado en el Tour, el personaje más conocido y más admirado del país. Al León de Tunja le conocían el 99,2% de los encuestados, una décima más que al futbolista Falcao (99,1%) y más de un punto más que a su colega James Rodríguez (98,1%). El cantante Carlos Vives alcanzó un 97,7%, y detrás, en el ranking, figuran cuatro ciclistas: Rigo Urán (92,3%), Egan Bernal (91,8%), Fernando Gaviria (67,3%) y Miguel Ángel Superman López (64,5%).

Telefónica considera que el divorcio deportivo, inevitable al considerar ambas partes que se había alcanzado un fin de ciclo y que la convivencia no beneficiaría ni al corredor ni a su equipo, no debe conllevar el divorcio comercial y, según fuentes de la empresa, su estrategia es mantener la asociación con Nairo aunque corra en otro equipo. Por ello, Movistar Colombia sigue manteniendo su colaboración con el Gran Fondo de Nairo, la carrera popular y multitudinaria que organiza el ciclista todos los años en su Boyacá.

Según los datos del mismo estudio que maneja Telefónica, siempre en el sondeo del cuarto trimestre de 2019, un 75,5% admira a Nairo con una nota del ocho al 10, un 72% a Egan y un 69,7% a Rigo, tres ciclistas que son más queridos y ejemplares que los futbolistas: un 66,2% da la máxima nota a Falcao y solo un 54,3% a James.

No es descabellado, por tanto, colegir, y no hacen falta las imágenes de las muchedumbres apasionadas en las cunetas del reciente Tour Colombia para ello, que el ciclismo es el deporte número uno en Colombia, país que, además, es quizás su gran potencia mundial y su vivero de futuro. Por ello, la gente de Telefónica da un gran valor a una encuesta de asociación espontánea de marcas con el ciclismo en Colombia que lidera ampliamente Movistar desde el fichaje de Nairo en 2012, cuando el ciclista tenía 22 años. En el primer trimestre de 2015, un 68% de los encuestados asociaba a Movistar con el patrocinio ciclista, más de un 40% más que a Postobón, una de las marcas más tradicionales del ciclismo en Colombia.

El liderato de Movistar alcanzó su punto máximo en el tercer trimestre de 2017, cuando el podio de Rigo Urán en el Tour y el 12º puesto de Nairo, su peor clasificación. Postobón seguía segunda entonces (28,3%) y Sky, tercera, con su mayor valor histórico (21,8%). En el cuarto trimestre de 2019, el podio no varía pese a que Nairo ya comenzaba a desligarse de Movistar, Postobón había cerrado su equipo profesional y Sky había dejado de patrocinar al equipo de Froome y Egan. La empresa española, que ha comenzado este año, además, a patrocinar el Tour Colombia, mantenía un 81,8% de asociación espontánea de marca con el ciclismo, Postobón estaba en un 21,6% y Sky un 11,4%. Claro, la telefonía móvil latinoamericana, era cuarta, con un 7,3%, y el fabricante japonés de componentes Shimano, quinto, con un 3,2%. En el top ten, tras Tigo, Red Bull y Lotto, entra por primera vez Ineos, el patrocinador del antiguo Sky desde mayo pasado y con cuyo maillot vino tinto Egan se convirtió en julio en el primer colombiano que gana el Tour.

En Movistar son conscientes de que, sin Nairo corriendo con su maillot, está posición se debilitará, pero también saben, porque así lo dicen las leyes del mercado y las marcas, que tardará mucho en perder el liderato.

Por Carlos Arribas

Bogotá 17 FEB 2020 - 12:55 COT

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Bong levanta su puño en alto, aferrando uno de sus cuatro premios Oscar.

Un análisis de la ceremonia de la Academia de Hollywood

En el triunfo del film coreano hay un factor a tener en cuenta: en los últimos años, la Academia hizo un esfuerzo importante por ampliar su base de votantes con gente de cine que no necesariamente vive o trabaja en Hollywood. 

 

El libro Guinness de los récords ya debe estar preparando una entrada especial para el caso Parasite, la extraordinaria película coreana que en la noche del domingo (la madrugada del lunes para la Argentina) se convirtió en la gran ganadora de la ceremonia del Oscar de la Academia de Hollywood. Por primera vez desde la creación del premio, 92 años atrás, una película de habla no inglesa ganó la estatuilla al mejor film. Es la primera vez también que la película ganadora del Oscar a lo que hasta el año pasado se conocía como mejor film extranjero --y a partir de esta edición ha pasado a llamarse mejor film internacional-- hace doblete con el premio principal. Si a eso se le suma que su director, el talentoso Bong Joon-ho , también fue coronado como mejor director y autor del mejor guion original, el caso es ciertamente único. Hasta el domingo, ninguna película coreana había ganado un Oscar y de pronto, en una sola noche, Parasite obtuvo cuatro de los seis a los que estaba nominado.

Cinematografía poderosa como pocas, plena de talentos muy diversos, la coreana es una presencia constante en el circuito de festivales internacionales, pero se diría que esta feroz sátira social sobre la lucha de clases en la sociedad capitalista contemporánea tomó ahora a Hollywood por asalto, un poco como sus proletarios personajes protagónicos toman posesión de una lujosa casa ajena en Seúl. Algo así como si la familia Bong, proveniente de ese subsuelo que es toda película producida fuera de la Meca del cine, hubiera llegado de pronto a la colina de Hollywood y se hubiera apoderado del famoso cartel que la identifica.

Uno más entre los varios récords que rompe Parasite es el de quebrar una vieja maldición: por primera vez desde 1955 –cuando Marty, de Delbert Mann, se llevó ambos premios-- también la película ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes (como fue el caso del film de Bong en mayo del año pasado, en lo que constituye el primer triunfo del cine coreano en la muestra más influyente del mundo) gana el Oscar. Esta situación no sólo fortalece a Cannes en su rol de descubridor de talentos –Bong ya tenía presentados en la Croisette tres de sus films previos—sino también en su pelea con Netflix, que parece es también la de la Academia de Hollywood. Hay dos aliados allí, muy distintos entre sí, pero unidos frente a lo que consideran un enemigo común.

Si este año hubo una gran perdedora en la ceremonia no fue 1917, la película del británico Sam Mendes, que aparecía en todas las encuestas como la favorita a llevarse el premio principal y debió conformarse con tres estatuillas (estrictamente técnicas: fotografía, mezcla de sonido y efectos visuales) de las diez a las que aspiraba. La gran derrotada –hasta la humillación incluso-- fue El irlandés, la mejor película de Martin Scorsese en 30 años, que terminó ignorada olímpicamente: no consiguió ni uno de los diez Oscar a los que estaba nominado. La causa hay que buscarla, seguramente, en su compañía productora, Netflix.

Como en Cannes, en Hollywood también parece haber una resistencia férrea al modelo de exhibición de la plataforma online, que a todas luces no es vista como un par en la comunidad cinematográfica local, por más que la N roja haya hecho con The Irishman ese tipo de película que antes hacían los grandes estudios –con estrellas de la magnitud de Robert De Niro y Al Pacino— y que ahora se resisten a llevar a cabo, privilegiando en cambio las versiones de cómics que Scorsese abiertamente desprecia.

La ovación de pie de todo el Dolby Theatre al director de Taxi Driver, cuando el coreano Bong, con su Oscar al mejor director en la mano, confesó que se había formado como estudiante de cine con la obra de Martin Scorsese, puede haber sido un gesto hipócrita de la comunidad de Hollywood. Al fin y al cabo, fueron precisamente los que estaban allí quienes le negaron sus votos a El irlandés. Pero también puede ser leído como un mensaje especial a Marty: la cosa no es con vos, es con Netflix.

El año pasado, ¿Roma, de Alfonso Cuarón, podría habría ganado el Oscar a la mejor película de no haber sido producida por la odiada plataforma? La respuesta hoy, con Parasite en los más alto del podio, lleva a pensar que sí. Que la Academia quizás ya estaba preparada para premiar una película hablada en otro idioma que no fuera inglés. Además, el mexicano Cuarón forma parte de la comunidad de Hollywood hace años, donde ha hecho películas de gran presupuesto para sus principales compañías. A diferencia de Bong, es uno más de los “happy few” de Beverly Hills, esos sobre quienes ahora se lanza la troupe de Parasite. Pero la maldición Netflix cayó entonces sobre Roma como ahora sobre El irlandés, que sufrió todavía más. A mayor presupuesto, más dolorosa la caída.

Habrá que ver qué consecuencias tiene este segundo revés consecutivo –este año casi un insulto— en la política de producción y exhibición de la plataforma. Y en sus finanzas. Se sabe que Netflix ha tomado una deuda importante para acumular producción propia, pero su férrea resistencia a estrenar en salas (una decisión a escala global) y la prepotencia con la que quiere imponer su política de lanzamientos exclusivos online pareciera estar poniendo a la compañía en una situación difícil, por decir lo menos. Quizás desista de buscar prestigio y reconocimiento en el mundo del cine y se refugie en las series, que siempre fueron su fuerte.

Volviendo al triunfo de Parasite, hay otro factor a tener en cuenta. En los últimos años, la Academia ha hecho un esfuerzo importante por ampliar su base de votantes con gente de cine que no necesariamente vive ni trabaja en Hollywood (hay varios argentinos residentes en Buenos Aires incluso). Eso puede haber influido. Antes, en tiempos de Jack Valenti, de la Motion Picture Association of America (Mpaa), una suerte de Donald Trump de Hollywood, eso nunca hubiera sucedido. De hecho Valenti (fallecido en 2007), cuando percibió que el cine coreano se fortalecía en calidad y en cantidad en su mercado interno y por lo tanto eso menguaba el rendimiento del cine estadounidense en las salas de Seúl, hizo todo lo que pudo por debilitarlo y doblarle el brazo a su legislación, que imponía una fuerte cuota de pantalla para el cine local. No lo logró. Como declaró hace unos días Bong: “En los países europeos y americanos se asombrarían por la cantidad de espectadores coreanos que van a ver las películas nacionales. El porcentaje de habitantes que van a ver películas coreanas es mucho mayor que en la mayoría de los países del mundo. Solo le ganan India, los Estados Unidos y Francia. El cine coreano es muy querido dentro de Corea. Eso es un gran incentivo para la producción”.

Allí donde claramente no hubo sorpresas, fue en los rubros de interpretación. Ganaron los que se sabía que iban a ganar: Joaquin Phoenix (Guasón) y Renée Zellweger (Judy) se llevaron los premios al mejor actor y actriz respectivamente, mientras que las estatuillas a los intérpretes secundarios fueron para Brad Pitt (Había una vez en... Hollywood) y Laura Dern (Historia de un matrimonio), también favoritos en sus rubros. Es sin embargo sintomático el caso de Phoenix porque representa a un film de una oscuridad y un nihilismo fuera de norma no sólo para la Academia de Hollywood sino también para una franquicia como DC Comics. Una película muy influenciada por el cine de Scorsese sin duda, que desde ese lugar tangencial también pareciera haber sido reconocido como el gran maestro que es, a pesar de que los casi 8.500 académicos con derecho a voto se resistan a reconocerlo.

Otro eterno postergado es Quentin Tarantino, que no logra seducir a Hollywood ni siquiera cuando hace una película enteramente dedicada a su leyenda (más bien negra, es cierto) y que lleva hasta el nombre de la ciudad en su título. Los académicos solamente se avinieron a elegir a Brad Pitt como actor secundario por Había una vez… y a las venerables señoras que se ocuparon, desde la dirección artística, en reconstruirla tal como era en 1969, cuando el clan Manson asesinó a Sharon Tate, aquí salvada por un giro contrafáctico muy propio del director.

No importa: el hombre de la noche, Bong, también tuvo palabras de agradecimiento para Tarantino y sin duda (ya que anunció un par de veces su voluntad de festejar con unos tragos) no se perdió la oportunidad de tomar con él unas botellas de soju, la clásica bebida alcohólica coreana. Con ese tono campechano que tiene, Bong dijo que le gustaría que la Academia de Hollywood le permitiera “partir en cinco la estatuilla y compartirla con mis compañeros de rubro”. Y allí también hizo escuela. A partir de su declaración, los siguientes ganadores se sintieron en la necesidad de darse un baño de humildad (incluso Joaquin Phoenix, en su largo y errático discurso, donde empezó hablando del amor a la humanidad y terminó hablando de las vacas) y expresar su deseo de compartir su premio con sus contrincantes, compungidos en la platea. Más allá del exceso de shows musicales, que por momentos convirtieron a la velada en una variante de la ceremonia del Grammy, fue una noche ciertamente extraña, especial, que a diferencia de las veladas anteriores sin duda quedará para el recuerdo. Finalmente, después de muchos años, el Oscar principal se lo llevó una película que, por muchos motivos, no será fácil de olvidar. 

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