Brasil: ¿un "hitlerismo tropical"? II y última

Michael Löwy, el filósofo marxista brasileño, hijo de migrantes judío-austriacos que en la década de los 30 huyeron del hitlerismo, discutiendo el auge de la extrema derecha en Brasil y en el mundo –"un proceso con raíces en la crisis neoliberal y en la debilidad de la izquierda"− apuntaba a ciertas semejanzas entre Bolsonaro y el clásico fascismo europeo de los años 20-30: a) sus facetas autoritarias mezcladas con apariencias republicanas (como en los primeros años del régimen de Mussolini); b) su estigmatización de los enemigos (la izquierda, PT, las feministas, los ecologistas, los indígenas, MST, et al.), y c) su compulsivo anticomunismo. “La historia obviamente no se repite −subrayaba Löwy−, pero estas semejanzas son muy preocupantes” bit.ly/35m3oey). Enzo Traverso, por su parte, rehuyéndose a hablar del "fascismo" en caso de Trump, Orbán o Modi y prefiriendo el término de "posfascismo" −Löwy empleaba el prefijo "semi" y/o "neo"− destacaba "la antropología neoliberal" de los nuevos "hombres fuertes" que "suelen denunciar a las élites financieras, pero con las cuales mantienen lazos muy cercanos", como p.ej. Trump, "un líder posfascista sin fascismo" ( The new faces of fascism. Populism and the far-right, 2019, p. 34). Este análisis podría aplicar también a Bolsonaro sobre todo a la luz de la traversiana "dialéctica de continuidades y discontinuidades" entre los fascismos de ayer y hoy, que permite ver cómo el bolsonarismo intenta "ponerle una nueva cara" a la derecha brasileña (bit.ly/2Chzejj) reorganizando el campo de sus continuidades y discontinuidades (la dictadura, et al.) en un plano material de los intereses capitalistas.

En este sentido –y a pesar de que, como subraya Federico Finchelstein, él "es uno de los líderes populistas que más se acerca al fascismo" (bit.ly/2Z6pmlt) o de que la pandemia del Covid-19 en Brasil dio a luz una "verdadera política fascista de la enfermedad" (bit.ly/2Dg6gRD , bit.ly/3hTiQWB)− Bolsonaro, juzgando por sus propias declaraciones en las que reivindicaba la dictadura pinochetista (bit.ly/31Tqr1W), mirando las filas del propio equipo (el pinochetista Paulo Guedes) y los planes de su radical ajuste neoliberal (bit.ly/2O3AKs7), se parece, igual de acuerdo con el análisis de Traverso, más a "un nuevo Pinochet" (bit.ly/3gz3vJs) que a "un nuevo Hitler" y ésta sería su analogía histórica más adecuada, una que reflejaría mejor su lugar y papel en el sistema capitalista mundial (bit.ly/31Y3quQ). No sólo que la proliferación del "neofascismo" hoy se entiende mejor como un proyecto de defensa del "libre mercado" y el laissez-faire −como es el caso del bolsonarismo o el trumpismo, proyectos procapitalistas tan reaccionarios que hasta hace poco parecía imposible que llegasen al poder por la vía electoral y uno que en Chile subió al poder sólo gracias a las bayonetas−, sino que todo su arsenal retórico del viejo anticomunismo con Bolsonaro asegurando "haber salvado la nación que estuvo al borde del socialismo" (bit.ly/3gC3cxz) parece ser recortado y pegado de aquella época junto con todo su balbuceo y pifias (Pinochet aseguraba que “Allende llevó al país al borde del abismo y que ‘nosotros hicimos un gran paso adelante’”, mientras para el almirante Merino los bolivianos y... los brasileños eran unos "auquénidos metamorfoseados" y "seres primitivos").

Muy en este tenor, Ernesto Araujo, canciller de Bolsonaro, reseñando (sic) el libro de S. Zizek sobre la pandemia ( Pandemic!: Covid-19 shakes the world, 2020, p. 140), tildó las medidas de contener el virus, junto con la nueva ola de solidaridad global vaticinada por Zizek como "un complot comunista" −"la lucha global contra el Covid-19 quiere instaurar un mundo sin fronteras y sin libertad auspiciado por la Organización Mundial de la Salud"− y comparó el distanciamiento social a... "los campos de concentración nazis", subrayando que "ahora serán los comunistas que nos querrán encerrar en ellos" y que el lema de este aprisionamiento será igual Arbeit Macht Frei (bit.ly/2Ve8aZb) −Zizek analiza de paso este lema colocado cínicamente en las puertas de varios campos de concentración y/o exterminación− sólo para luego decir que fue "malentendido", pintarse como el más grande amigo de Israel (bit.ly/37XlSEE) y acusar al autor de Pandemic... de… antisemitismo (bit.ly/3du0qs4).

Si al lector ya le dio un vértigo intelectual es pertinente recordar que el propio Bolsonaro, que acaba de contraer este "virus comunista" (sic), dijo que "Hitler era de izquierda" (bit.ly/2C8pSqb), en sí misma una expresión del negacionismo del Holocausto (sic) y una fake news calculada para alejar las acusaciones de que él mismo fuera "un fascista" o que el mencionado lema nazi (O trabalho libertará) acabó siendo usado por su administración en los anuncios gubernamentales para la campaña de "reabrir la economía" (bit.ly/2VTjTwr). Si usted todavía siente fiebre, vértigo, náuseas, todos los síntomas del coronavirus, no es necesario reportarlos a su centro de salud más cercano. Es una reacción natural y pasajera: el neolenguaje hitleriano (¡Klemperer!) reciclado hoy por los nuevos autoritarios, junto con su retórica divisiva y antagonista convertida en su nueva lingua franca (bit.ly/2ByDQSt) –todo de lo que Jair Bolsonaro es un verdadero campeón–, son sólo los viejos delirios verbales de siempre.

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Viernes, 26 Junio 2020 06:31

Brasil: ¿un "hitlerismo tropical"?/I

Brasil: ¿un "hitlerismo tropical"?/I

Cuando Renato Aroeira, un caricaturista brasileño, dibujó a Jair Bolsonaro con un tarro de pintura negra haciendo intervenciones sobre la cruz roja, convirtiéndola en una esvástica ( Hakenkreuz) (bit.ly/37YTzWD), con un golpe de pincel captó y tocó varios procesos que tienen convulsionado a Brasil: el creciente despotismo y autoritarismo −que según algunos bordea ya con el fascismo− del errático gobierno de Bolsonaro (bit.ly/2ByWQ2J), su desastroso manejo de la pandemia del Covid-19 y su apología y blanqueamiento de la historia de la dictadura militar brasileña (1964-1985): el monero fue acusado de "calumnia y difamación del presidente de la república" con base en la Ley de la Seguridad Nacional que data aún de sus tiempos.

Aparte del virus que va infectando a la gente –y de paso al lenguaje "destruyendo la semántica, aislando el significado y trivializando la crisis" (bit.ly/37Xz0cW)−, parece rondar por el mundo también "un fantasma de las analogías". Un verdadero espíritu del tiempo ( Zeitgeist) de hacer apresuradas comparaciones históricas, sobre todo entre la Alemania de los 20/30, la Segunda Guerra Mundial y el presente. Un afán, en principio noble, que acompaña el auge global de la extrema derecha, de "sacar las lecciones de la historia" y "evitar repetir las tragedias y los errores del pasado", pero que a menudo oscurece más que explica. Esta búsqueda de paralelas que tuvo su clímax respecto a Donald Trump (bit.ly/2BC2gKt), está en curso igual respecto a Bolsonaro (bit.ly/382h699), gracias también –aparte de algunos ecos preocupantes: su desdeño a la democracia, sus políticas de odio, etcétera− a sus propias declaraciones en las que ensalzó a Hitler como "un gran estratega" (sic) o las de su ex ministro de Cultura que, con Wagner de fondo, plagió todo un discurso de Goebbels (bit.ly/2Z8SxmG). Así, para algunos, dada su conexión con sectores paramilitares −los modernos Sturmtruppen (bit.ly/2BGPFFB)− estamos observando "el ascenso de un hitlerismo tropical" (bit.ly/3dxnINO, bit.ly/2CGyhl2), él mismo es "un fascista del siglo veintiuno" (bit.ly/2VlyQau), “un Führer en Brasilia” (bit.ly/37XWn6o), o "un destructor de la democracia a la par con Hitler y Mussolini" (bit.ly/2B95TaM). No obstante, como apuntaba Richard J. Evans –historiador de la época y el biógrafo de Hitler− al margen de este uso y abuso de las comparaciones, "Por más nefastos que sean los ecos, no estamos reviviendo los años 30; en el siglo veintiuno las democracias caen de otras maneras. No habrá repetición directa" (bit.ly/3i30Nxi). Si la democracia en Brasil está agonizando, lo está haciendo a su propio modo y a su propio ritmo.

Más que al nazismo, incapaz, igual que Donald Trump (bit.ly/381da8L), de llevar a cabo una "sincronización de todos los sectores del Estado" ( Gleichs-chaltung), inmerso en conflictos internos e institucionales –dicho sea de paso he aquí un caso a qué nivel llegamos con las comparaciones: uno de los ministros bolsonaristas, el duodécimo en dejar el cargo, aludió a la pelea de su administración con el sector judicial, enfatizando su propia victimización (bit.ly/2NuUzIM), como... "La noche de los cristales rotos" ( Kristallnacht); mejor le habría quedado "La noche de los cuchillos largos" ( Nacht der langen Messer), pero incluso así, todo esto ya llegó ad absurdum...−, lo que trata de reconstruir Bolsonaro es el bloque de poder que estaba detrás del golpe de 1964 para qui-tar las restricciones puestas al capital durante los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff, por más laxos que hayan sido(bit.ly/3i1Atnh). De allí la base material de su empuje revisionista para rescribir la historia de la dictadura como "un régimen democrático de fuerza" (sic) o de su defensa de sus verdugos y torturadores, un característico afán de la derecha actual que neutralizando el pasado, trata de normalizar la toxicidad de sus políticas del presente ( wapo.st/382oJMB).

La desastrosa política sanitaria es un buen ejemplo de esto: su negacionismo de la gravedad del coronavirus −la alusión al negacionismo del Holocausto aquí parece apropiada−, su menosprecio como "gripecita" (sic), su alentar a sus seguidores a no respetar medidas de aislamiento social e incluso "a invadir los hospitales" para demostrar "que no hay tantos enfermos" (sic) y –copiados de Donald Trump− los llamados a "volver a la normalidad" con los cuales "desarrollaba un discurso que invertía la realidad, que lo absolvía y endilgaba sobre otros las responsabilidades", un verdadero "discurso genocida" (sic) di-rigido a los ricos que controlan la economía y quieren volver a ganar dinero a cualquier precio (bit.ly/2Z7dKh8), no sólo expuso límites y fallas de su propio proyecto (bit.ly/2Yv48O4), sino simplemente puso en riesgo la salud y la vida de millones de brasileños. Brasil ya es el segundo país más afectado detrás de Estados Unidos con más de 50 mil muertos por el Covid-19, entre los que –muy en el tenor con el propio racismo de Bolsonaro− "lideran" los negros (bit.ly/3eBxVdE) y los indígenas del Amazonas al borde de un verdadero genocidio (bit.ly/2B8ZDji)−, algo que llevó a unos comentaristas –¡el espíritu del tiempo no nos deja en paz!− a comparar su actitud con la "falta de compasión" –una envenenada influencia de Nietzsche (bit.ly/3fSjlOY)− de los perpetradores del Holocausto, como Hans Frank, el nefasto jefe del Generalgouverment en la Polonia ocupada (bit.ly/3dwkoT9).

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Lunes, 02 Marzo 2020 19:14

Nuevas derechas, nuevas resistencias

Nuevas derechas, nuevas resistencias

En un período como éste, sería irresponsable lanzar las campanas al vuelo creyendo que el triunfo del mundo nuevo está a la vuelta de la esquina, un sentimiento que cultivamos con fruición los setentistas y que, ahora, vuelve de la mano de las culturas juveniles y feministas, quizá por el agobio de tantas opresiones y la necesidad de respirar nuevos aires, sin más demora, aquí y ahora. Siento que es positivo para la lucha emancipatoria, porque lo peor sería congelarnos en el lugar de víctimas, esperando una mano del Estado o del caudillo de turno.

Para avanzar, necesitamos practicar un doble ejercicio. Por un lado, tantear el terreno, reconocer la realidad por desagradable que sea, sin concesiones pero incluyendo también nuestros errores e insuficiencias. La otra tarea consiste en potenciar lo que ya somos, los espacios y potencialidades de los mundos otros, no capitalistas ni patriarcales ni coloniales. En suma, resistir y crear, resistir creando, porque necesitamos espacios propios (de los pueblos, de las mujeres, de las más diversas opresiones) para fortalecer las resistencias.

Daniel Urresti, exgeneral y exministro fue el congresista más votado.  Imagen: AFP

Daniel Urresti ganó repitiendo sus mensajes de mano dura contra la delincuencia

Las elecciones legislativas dejaron preocupaciones: un exgeneral procesado por asesinato fue el candidato con más votos; un partido xenófobo y promotor de la pena de muerte quedó como tercera fuerza y una secta evangélica en segundo lugar. 

 

Las elecciones parlamentarias del domingo dejaron varias sorpresas y preocupaciones: un represor procesado por asesinato como el candidato más votado, la aparición como tercera fuerza en el Congreso de un partido radical xenófobo y promotor de la pena de muerte ligado al encarcelado ex militar Antauro Humala, hermano del ex presidente Ollanta, y la irrupción como segundos en la votación nacional de una secta evangélica ultraconservadora. Un escenario complicado para un nuevo Congreso atomizado, en el cual habría diez bancadas para 130 escaños. La primera fuerza parlamentaria, la centro derechista Acción Popular, tendrá solamente 24 legisladores.

El represor convertido en el congresista con mayor respaldo de votos es el exgeneral y exministro del Interior Daniel Urresti. Su oscura historia está ligada a los años del conflicto armado entre el Estado y el grupo maoísta Sendero Luminoso, que dejó 70 mil muertos. Urresti fue enviado en los años 80 como capitán del ejército a Ayacucho, zona andina donde nació Sendero y fue el epicentro del conflicto. Asumió la dirección de inteligencia, puesto clave en las operaciones militares. Eran tiempos en los cuales los secuestros, torturas, desapariciones, ejecuciones extrajudiciales y matanzas de comunidades campesinas, cometidas por militares y senderistas, eran cosa cotidiana en esa región.

En noviembre de 1988, el periodista Hugo Bustíos fue asesinado por los militares. Fue acribillado y luego volado con una granada en un paraje rural de Ayacucho cuando iba en una moto a cubrir el asesinato de dos personas. Los militares, que sabían de su viaje, lo habían estado esperando. Varios testimonios involucran en el crimen a Urresti, que como jefe de inteligencia tenía un importante puesto de mando. Una campesina, que vivía cerca al lugar, lo ha acusado de haberla violado el mismo día del asesinato del periodista y amenazado con matarla si hablaba. El hoy congresista electo niega los cargos y califica a sus acusadores de “delincuentes” y “terroristas”.

Después de largos años de impunidad, Urresti fue procesado, pero en 2018 fue absuelto. Sin embargo, la Corte Suprema anuló el juicio por una serie de irregularidades y el militar deberá ser juzgado nuevamente, pero ahora eso no podrá ocurrir porque estará protegido por la inmunidad parlamentaria.

 Urresti fue ministro del Interior del ex presidente Ollanta Humala (2011-2016), cargo desde el cual empezó a construirse una imagen de luchador contra la inseguridad ciudadana, aspecto clave para su triunfo electoral del domingo. Se formó esa imagen con operativos policiales con más espectacularidad y difusión mediática, que efectividad. En octubre de 2018 postuló a la alcaldía de Lima, con un mensaje de mano dura contra la delincuencia, quedando segundo. Fue derrotado, pero había comenzado a construir una base electoral.

Ahora Urresti ha ganado la elección parlamentaria repitiendo sus mensajes de mano dura contra la delincuencia. Postuló como cabeza de lista por el partido Podemos Perú, agrupación nueva formada por el cuestionado empresario José Luna, que se ha hecho millonario con el negocio de la educación universitaria de baja calidad y que tiene varias acusaciones de corrupción. En sus primeras declaraciones como congresista electo, Urresti ha buscado acercarse al gobierno de Martín Vizcarra, ofreciéndole apoyo. Después de esta victoria electoral, el represor se posiciona como un posible candidato presidencial para las elecciones de abril de 2021.

Otro que aspira a ser candidato en 2021 es Antauro Humala. El partido Unión por el Perú (UPP), que respalda a Antauro, se ha convertido en la tercera fuerza del Congreso con 17 legisladores. Pero Antauro la tiene más complicada porque está en prisión cumpliendo una condena por el asalto a una comisaría que dejó cuatro policías muertos en enero de 2005, en un farsesco intento de derrocar al ex presidente Alejandro Toledo (2001-2006). Cumple su condena en 2024, por lo que no podrá ser candidato. Pero UPP ha anunciado que utilizará su fuerza en el Parlamento para pedir la excarcelación de Antauro y que se habilite su candidatura.

UPP sorprendió con su votación en las zonas andinas más empobrecidas. Antauro y los de UPP disparan contra el modelo neoliberal y se dicen de izquierda, pero asumen posturas que los ubican en la ultra derecha: tienen un discurso xenófobo -proponen prohibir que se les dé trabajo a los extranjeros-, exigen la pena de muerte y que los militares salgan a las calles para controlar la seguridad. Homofóbico, alguna vez Antauro habló de fusilar a los homosexuales. Este extraño personaje, entre pintoresco y peligroso, es el otro gran ganador, junto al represor Urresti, de las elecciones parlamentarias del domingo.

También está la sorpresa de la secta evangélica Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal, que a través del Frente Popular Agrícola del Perú (Frepap), dejó a todos mudos con su segundo lugar, con 8,9 por ciento. Hasta el domingo nadie los tomaba en serio. Se hace llamar “israelitas” y su mayor presencia está en las zonas rurales, especialmente amazónicas y andinas.

“Los homosexuales tienen el mal enquistado en su corazón y en su sangre, pero van a tener oportunidad de conocer el decálogo universal y mediante eso van a entrar en la moral. Nuestro señor Dios de Israel creó hombre y mujer. Promoveremos en los colegios una educación con moral”, han sido las declaraciones con las que el vocero de los israelitas, Wilmer Cayllahua, probable congresista, debutó luego de su inesperado segundo lugar en las elecciones. 

El fujimorismo, duramente derrotado, ya ha comenzado a moverse para buscar acuerdos con esta secta mesiánica y ultraconservadora.   

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La verdadera historia de los errores futuros

La verdad de un sistema equivocado es el error. Para ser políticamente eficaz, este error ha de repetirse de manera incesante, difundirse ampliamente y ser aceptado por la población como la única verdad posible o creíble. No se trata de una repetición cualquiera. Es necesario que cada vez que el error se ponga en práctica lo sea como un acto inaugural —la verdad finalmente encontrada para resolver los problemas de la sociedad. No se trata de una difusión cualquiera. Es necesario que lo que se difunde se perciba como algo con lo que naturalmente tenemos que estar de acuerdo. No se trata, finalmente, de cualquier aceptación. Es necesario que lo que se acepta sea aceptado para el bien de todos y que, si implica algún sacrificio, sea el precio a pagar por un bien mayor en el futuro.

El avance de las fuerzas políticas de derecha y de extrema derecha alrededor del mundo se basa en estos presupuestos. Es difícil imaginar la supervivencia de la democracia en una sociedad en la que estos presupuestos se concreten plenamente, pero las señales de que tal concreción puede estar más cerca de lo que se piensa son muchas y merecen una reflexión antes de que sea demasiado tarde. Abordaré las siguientes señales: la reiteración del error y la crisis permanente; la orgía de la opinión y la fabricación masiva de ignorancia; y el paso de la sociedad internética a la sociedad métrica.


La reiteración del error es hoy patente. Desde hace décadas, los países capitalistas centrales, más desarrollados, han asumido la obligación política de dedicar una parte de su presupuesto a la "ayuda al desarrollo". El objetivo es, como su nombre indica, ayudar a los países periféricos, subdesarrollados, a seguir el rastro de los más desarrollados e, idealmente, a converger con estos en niveles de bienestar en un futuro más o menos próximo. Es evidente que la brecha que separa a los países centrales de los países periféricos es cada vez mayor. La llamada "crisis de los refugiados" y el alarmante aumento del movimiento de poblaciones migrantes indeseadas son los signos más evidentes de que las condiciones de vida en los países periféricos son cada vez más intolerables. Lo mismo cabe decir de las políticas de reducción de la pobreza llevadas a cabo por el Banco Mundial desde hace décadas. El balance es negativo si por reducción de la pobreza entendemos la disminución de la brecha entre ricos y pobres dentro de cada país y entre países. La brecha no ha cesado de aumentar. Del mismo modo, las políticas de austeridad o de ajuste estructural que han sido impuestas a los países en dificultades financieras, de las que Portugal y Grecia son ejemplos cercanos, no han logrado sus objetivos, y el propio FMI ha reconocido esto de manera más o menos velada ("exceso de austeridad", "deficiente calibración", etc.). A pesar de ello, las mismas políticas se imponen una y otra vez como si en aquel momento aquella fuera la mejor o incluso la única solución. Lo mismo puede decirse de la privatización de la seguridad social y, por tanto, del sistema público de pensiones. El objetivo más reciente es la seguridad social en Brasil. Según los estudios disponibles, en cerca del 70% de los casos en los que la privatización se realizó el sistema falló y el Estado tuvo que rescatar el sistema para evitar una profunda crisis social. No obstante, la receta sigue siendo impuesta y vendida como la salvación del país.


¿Por qué se insiste en el error de imponer medidas cuyo fracaso es de antemano reconocido? Son muchas las razones, pero todas convergen en la que considero más importante: el objetivo de crear una situación de crisis permanente que fuerce las decisiones políticas a concentrarse en medidas de emergencia y de corto plazo. Estas medidas, a pesar de implicar siempre la transferencia de riqueza de los más pobres a los más ricos e imponer sacrificios a los que menos pueden soportarlos, son aceptadas como necesarias e inviabilizan cualquier discusión sobre el futuro y alternativas a corto y medio plazo.


La orgía de la opinión. El error reiterado y su amplia aceptación no serían posibles sin un cambio tectónico en la opinión pública. Los últimos cien años fueron el siglo de la expansión del derecho a tener opinión. Lo que era antes un privilegio de las clases burguesas se transformó en un derecho que fue efectivamente ejercido por amplias capas de la población, sobre todo en los países más desarrollados. Esta expansión fue muy desigual, pero permitió enriquecer el debate democrático con la discusión de alternativas políticas significativamente divergentes. El concepto de razón comunicativa, propuesto por Jürgen Habermas, se basaba en la idea de que la libre formulación y la discusión de argumentos a favor y en contra en cualquier área de deliberación política, transformaba la democracia en el régimen político más legítimo porque garantizaba la participación efectiva de todos.


Ocurre que en los últimos treinta años la sociedad mediática, primero, y la sociedad internética, después, produjeron una escisión insidiosa entre tener opinión y ser propietario de la opinión que se tiene. Hemos sido expropiados de la propiedad de nuestra opinión y pasamos a ser arrendatarios o inquilinos de ella. Como no nos dimos cuenta de esta transformación, pudimos seguir pensando que teníamos opinión e imaginamos que era nuestra. Empresarios de opinión de todo tipo entraron en escena para simultáneamente reducir el abanico de opiniones posibles e intensificar la divulgación de las opiniones promovidas. Los principales agentes de esta transformación fueron los partidos políticos del arco de gobierno, los medios de comunicación oligopólicos y los sistemas de publicidad, inicialmente orientados al consumo masivo de mercancías, los cuales fueron gradualmente dirigidos hacia el consumo de masas del mercado de las ideas políticas. Así surgió la sociedad mediática y la política-espectáculo, donde las diferencias sustantivas entre las posiciones divergentes son mínimas, pero se presentan como si fueran máximas. Fue el primer paso.


El segundo paso se produjo cuando pasamos de la sociedad mediática a la sociedad internética. En este paso, el derecho a tener opinión se expandió sin precedentes y la expropiación de la opinión, de la que somos usuarios (más que titulares), alcanzó nuevos niveles. Surgieron los empresarios, tanto legales como ilegales, de la manipulación de la opinión pública, cuyo ejemplo paradigmático son las redes y las páginas de Facebook y de WhatsApp que producen “tácticas de desinformación” particularmente activas en períodos electorales, como sucedió recientemente en las elecciones para el Parlamento Europeo. La conocida organización Avaaz identificó 500 páginas sospechosas, seguidas por 32 millones de personas, que generaron 67 millones de interacciones (comentarios, likes, comparticiones). La empresa Facebook cerró 77 de esas páginas que eran responsables por el 20% de flujo de informaciones en las redes identificadas


Esta extraordinaria manipulación de la opinión tuvo tres consecuencias que, aunque pasaron desapercibidas, constituyeron un cambio de paradigma en la comunicación social. La primera fue que esta vigilancia policial de las redes se legitimó a pesar de haber controlado apenas la punta del iceberg. El recurso cada vez más intenso a los big data y a los algoritmos para llegar a cada individuo en sus gustos y preferencias, y hacerlo simultáneamente para millones de personas, hizo posible mostrar que los verdaderos propietarios de nuestra opinión son Bill Gates y Mark Zuckerberg. Como todo es hecho para no darnos cuenta de eso, nos consideramos deudores gratos de El Dorado de información que nos proporcionan y no como acreedores de un desastre democrático de consecuencias imprevisibles por las cuales ellos debían ser personalmente responsabilizados.


La segunda consecuencia es que la información que comenzamos a usar, pese a ser tan superficial, no puede ser contestada con argumentos. O es aceptada o es rechazada, y los criterios para decidir son criterios de autoridad y no de verdad. Si sirve a los intereses del líder político de turno, el pueblo es exaltado como teniendo finalmente opinión propia, capaz de contradecir a la opinión de las élites tradicionales. Si no sirve, el pueblo es fácilmente considerado como “ignorante e incapaz de ser gobernado democráticamente”. En la medida en que el pueblo sigue la opinión del líder, es el líder quien sigue la opinión del pueblo. En la medida en que el pueblo diverge de la opinión del líder, debe, como pueblo ignorante, confiar en la opinión de líder. Según le convenga, el líder populista puede aparecer ora como seguidor del pueblo, ora como su tutor. Aquí reside la razón última de la reemergencia del populismo. Este capital de confianza se crea fácilmente en la medida en que todo sucede en la intimidad del individuo y de su familia. Mientras la sociedad mediática transformó la política en un espectáculo, la sociedad internética la convierte en un show íntimo, un auténtico peep-show en el que toda la interacción afectiva ocurre entre el líder y el ciudadano, sin argumentos ni mediaciones.


La tercera consecuencia de la sociedad internética es que las redes sociales crean dos o más flujos de opiniones unánimes que corren en paralelo y, por tanto, nunca se encuentran. Es decir, en ningún caso pueden ser contradichos o ser objeto de contraargumentación en un debate democrático. Así, la política errada puede ser aceptada ampliamente si cabalga sobre uno de los flujos de unanimidad. Este es el caldo comunicacional de la radicalización política, el ambiente ideal para el clima de polarización, de odio y de demonización del enemigo político, sin que sea necesario usar argumentos discutibles y únicamente recurriendo a frases apocalípticas.


De la sociedad internética a la sociedad métrica. Vivimos otra orgía, la orgía de la cuantificación de la vida individual y colectiva. Nunca nuestras vidas colectivas estuvieron tan dependientes del número de seguidores en Facebook, de los likes en las interacciones en las redes, de los scores en los concursos, de los rankings en las universidades, en la cuantificación de la producción científica. Sabemos que la lógica de la cuantificación es extremadamente selectiva y muy sesgada por los criterios que usa y por los campos que selecciona para cuantificar. Deja fuera todo lo que es más esencial a la existencia individual y colectiva. Deja fuera sectores sociales que, por su inserción social, no pueden ser adecuadamente contados. Las personas sin hogar son contadas por ser sin hogar, y no por lo que hacen durante el día; la agricultura familiar, informal, pese a que en la mayoría de los países continúa alimentando hoy a una gran parte de la población, así como el trabajo no pagado de la economía del cuidado en casa, no cuentan para el PIB. Lo que está predominantemente a cargo de las mujeres no entra en las estadísticas del trabajo, a pesar de ser crucial para reproducir la fuerza de trabajo. Si no estuviera avalada cuantitativamente, la calidad de la producción científica no contaría para la carrera de los investigadores. Y el gran problema de nuestro tiempo es que lo que no es contado, no cuenta.


Estas son algunas de las dinámicas subterráneas que van minando la democracia y creando una cultura pública y privada indefensa ante errores de los que la derecha y la extrema derecha se van alimentando.

 

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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Sábado, 30 Marzo 2019 06:42

La breitbartización de la política

La breitbartización de la política

Breitbart.com era una web de noticias fundada por Andrew Breitbart, que venía a representar la opinión de la derecha estadunidense clásica. En 2012, tras la muerte de su fundador, Steve Bannon pasó a ser su director ejecutivo, transformando la web en un portal de noticias cuyo objetivo era, y es, convertirse en la plataforma de la derecha nacionalista, la ahora famosa alt-right.

La alt-right, o derecha alternativa, no es más que un eufemismo para nombrar a posiciones de ultraderecha en el panorama político estadunidense, donde caben desde los nacionalistas económicos a los supremacistas blancos.


El paso de Steve Bannon de director de Breitbart a jefe de gabinete de la administración Trump simboliza muy bien lo que pasó en 8 años, donde se pasó del primer presidente negro de la historia de Estados Unidos a un personaje como Trump.


Las guerras culturales que han dado pie al ascenso de Trump y la alt-right han supuesto una breitbartización de la política, donde lo que importa ya no son los hechos en sí, sino el relato. Y ahí, la derecha ha sabido construir un relato y adaptarse muy bien al mundo del Internet y las redes sociales.


Dice el sociólogo Manuel Castells que la clave del poder hoy es la constante interacción y lucha en torno a quien controla información, y cómo se permite o no y para quién y de qué manera, la comunicación. Otro sociólogo que viene estudiando el momento de las redes sociales como una era de fragilización social, César Rendueles, plantea que después de la crisis del capitalismo de 2007/2008 ya nadie cree demasiado en la capacidad del mercado para resolver conflictos políticos (más bien los acelera), por lo que la gente deposita en la tecnología la fe en que dé lugar al surgimiento de algún tipo de nuevo orden.


El poder por tanto está hoy en disputa en torno a la información y la tecnología, y eso fue muy bien entendido por la alt-right. Mientras la izquierda seguía inmersa en dar la batalla a la industria cultural hegemónica (o en no dejarse absorber por ella), la derecha ya estaba haciendo contenido instantáneo que impactaba entre los sectores más jóvenes, nuevos votantes en muchos casos. La izquierda estadunidense intentaba disputar contenido progre en Hollywood, mientras la derecha se dedicaba a hacer memes y en una sola imagen sintetizaba el odio al establishment.


La historia nos enseña que el neoliberalismo se apropió en primer lugar del multiculturalismo, convirtiéndolo en la expresión posmoderna del capitalismo en el ámbito cultural. Después, se apropió del feminismo, e hizo de Hillary Clinton el paradigma de feminismo liberal del 1 por ciento que tan bien critica Nancy Fraser desde el corazón del imperio.


Pero la alt-right desecha la corrección política, apropiándose de la estética de la transgresión y la contracultura, que han sido expresiones habituales de la izquierda. El mejor ejemplo podría ser la revista Vice, definida por Angela Nagle como una imagen de marca construida gracias a la combinación degenerada de vacua estética hípster y transgresión pornificada. Nagle escribió Kill all Normies, disecciona las guerras culturales que han dado lugar al surgimiento de la alt-right y Trump, un troll de Twitter con un botón nuclear al alcance de su mano.
Una alt-right que se sustenta en una guerra contra el marxismo cultural y la ideología de género y que por eso encontró en Trump el ariete, el personaje ideal para encarnarla, el paradigma de la incorrección política, el supremacismo blanco y el machismo.


Y en este escenario tanto Steve Bannon como Breitbart han jugado un papel clave para ganar la batalla cultural. Bannon ha sido el estratega para lograr pasar del activismo de clic al voto, sin pasar por las calles que tanto añora la izquierda. En una sociedad en la que ya no hay emisores y receptores, sino en la que todas y todos somos emisores y receptores a la vez, la sociedad-red de Castells, o la sociedad-enjambre de Byung-Chul Han, las estrategias de comunicación deben responder a los sueños e imaginarios de la gente, pero también a los insomnios y emociones de una sociedad destrozada socialmente por el neoliberalismo, no sólo como proyecto económico, sino, sobre todo, cultural.


Bannon sabe interpretar el momento. En una de sus recientes entrevistas, y haciendo referencia al fenómeno mediático de la demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, Bannon afirmar haber interpelado a los republicanos: “Necesitamos más camareros y menos abogados”.
Para ello, Bannon ha creado The Movement, una plataforma política para articular a l

a derecha populista, nacionalista y tradicionalista, plataforma que define como un motor evangelizador sustentado en los pilares del soberanismo, la seguridad, y la economía, algo que podemos traducir como una apuesta por un neoliberalismo nacionalista en lo económico, y un neoliberalismo excluyente en lo social, que defiende el modelo de familia tradicional y apela a la xenofobia antinmigrante.


Pero la alt-right, que por medio de The Movement ya está articulando una Internacional Populista de ultraderecha para tener una fuerte presencia en el próximo Parlamento Europeo, que ya cuenta con dos cabezas de playa en los gobiernos de Trump y Bolsonaro en Brasil, ha podido conquistar estos avances a partir de una blitzkrieg en la net war, donde el uso de las redes sociales, las fake news, y la inteligencia artificial, ha sido clave para esta guerra relámpago.


Ahí también, Bannon y la plataforma Cambridge Analytics han jugado un papel fundamental, que diseccionaremos en el próximo artículo.

Katu Arkonada, politólogo especialista en América Latina

 

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Steve Bannon, el mito detrás de los monstruos

 

Publicado enPolítica
Viernes, 15 Marzo 2019 06:37

Poder evangélico contra el feminismo

Poder evangélico contra el feminismo

En algún momento en los próximos años, la ola evangélica alcanzará todos los países de América Latina, porque está creciendo de forma exponencial, se está convirtiendo en un tsunami social y político capaz de modificar los escenarios a los que estamos acostumbrados. De modo que deberíamos aprender algo de lo que está sucediendo allí donde esa ola se ha impuesto.

Brasil es el caso más sintomático del crecimiento evangélico y pentecostal. Los estudios que van apareciendo muestran que el triunfo de Jair Bolsonaro fue posible gracias al electorado evangélico. (goo.gl/YbPEoW). Entre la población católica hubo un empate entre Bolsonaro y el candidato del PT, Fernando Haddad. Entre las otras religiones, así como entre ateos y quienes no profesan ninguna religión, hubo una leve mayoría en favor del candidato de izquierda.

Pero la diferencia fue abrumadora entre la población evangélica, entre la cual consiguió más del doble de votos y le sacó una diferencia de 11 millones, lo que rubricó su triunfo. Otros análisis estiman que la mayor diferencia la obtuvo entre las mujeres pobres y evangélicas, donde la diferencia en favor de la extrema derecha sería aún mayor.

El cambio en las tendencias religiosas es muy importante en Brasil, aunque en otros países la región parece estarse dando un proceso similar aunque más atenuado. En 1950, los católicos representaban 93.5 por ciento de la población y los evangélicos 3.4 por ciento. En 2010 la población católica había caído a 64 por ciento y la evangélica trepaba a 22 por ciento.

En 2017 una investigación realizada por una fundación vinculada al PT, mostraba que entre los habitantes de las periferias urbanas de las grandes ciudades estaban avanzando valores individualistas que favorecían comportamientos conservadores (goo.gl/3LtZJT).

Uno de los trabajos más interesantes, por su carácter cualitativo, fue realizado en el Morro da Cruz, la mayor periferia pobre de Porto Alegre, que desde 1990 se había destacado por su creciente politización por medio del presupuesto participativo implantado por el PT en esa ciudad. El barrio votaba masivamente por Lula, pero en 2018 se volcó de forma también masiva por Bolsonaro.

La primera conclusión de la antropóloga Rosana Pinheiro, una de las organizadores del estudio, dice que "es imposible separar el bolsonarismo del antifeminismo" (goo.gl/HHVNuF). Observar los cambios en una misma población a lo largo de una década, les permitió comprender con mayor detalle las motivaciones profundas de quienes se volcaron por la ultraderecha. Sus conclusiones son tremendas, aunque contradicen otros estudios.

La crisis económica, desde 2014, afectó de forma dramática a las periferias que se sintieron abandonadas por el sistema político. En paralelo, desde las protestas de junio de 2013 nació una nueva movilización popular de mujeres, negros y LGTB. "Para los adolescentes de la periferia el bolsonarismo era una reacción a la nueva generación de chicas feministas, que era inédita en Brasil", concluye la investigadora.

Muchos maridos apoyaron a Bolsonaro "como una forma de agredir a las mujeres, que ahora están más empoderadas", agrega. Entre otras razones, porque es imposible separar la "crisis del macho" de la crisis económica, ya que ambas se retroalimentan.

La lucha por el reconocimiento de las minorías negras, LGBT y de las mujeres se desplegó en Brasil sólo en los pasados cinco años. Según Pinheiro, gran parte de la población vive tensión e inseguridad con su identidad, "dividida entre el papel de oprimida y el deseo de estar del lado del opresor". Concluye: "Como consecuencia de la colonización, hay también una lucha constante para ser/parecer de la élite. Eso explica porqué tantos pobres, negros, mujeres y LGBT apoyaron a Bolsonaro".

Creo que estos análisis alumbran algunos problemas que tenemos en los movimientos antisistémicos, para enfrentar a la nueva derecha.

El primero es que no hay otro camino que el trabajo territorial con los sectores populares, directo, sin atajos instituciones o políticas sociales. Sólo la presencia militante en el territorio puede permitirnos revertir esta situación. No podemos atribuir nuestros fracasos ni a las redes sociales ni a los medios (que hacen lo suyo), sino a nuestro abandono de los territorios populares.

El segundo es que es urgente abordar el lugar de los varones, en general, y el de los varones jóvenes pobres, en particular. En un trabajo más amplio, Pinheiro y su colega Lucia Mury Scalco, sostienen que uno de los factores decisivos para la formación de una juventud "bolsonarista", fue "la pérdida de protagonismo social y la sensación de desestabilización de la masculinidad hegemónica" (goo.gl/ZkGhYH).

Nos hemos acostumbrado mal, a que políticas macro, inspiradas en el Banco Mundial, pueden resolver los problemas políticos. Las tecnologías sociales de arriba no pueden sustituir la organización y la militancia que, como la educación popular, son las únicas capaces de modificar las realidades de abajo.

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El demócrata estadounidense Bernie Sanders y el exministro griego Yanis Varoufakis impulsan una Internacional Progresista

"Hay una guerra global en marcha contra los trabajadores, contra el medio ambiente, contra la democracia, contra la decencia. Una red de facciones derechistas se está extendiendo a través de las fronteras para erosionar los derechos humanos, silenciar la discrepancia y promover la intolerancia. Desde 1930 la humanidad no se enfrentaba a una amenaza así”. Con estas palabras tan directas arranca el manifiesto de la Internacional Progresista, una plataforma impulsada por el veterano senador izquierdista estadounidense Bernie Sanders y el célebre economista griego Yanis Varoufakis como respuesta a viejos y nuevos enemigos. Los viejos son las élites a las que acusan de crear un sistema económico cada vez más vez más desigual; los nuevos, unos movimientos populistas de corte conservador con los que nadie contaba hace unos años.

La victoria de Donald Trump en Estados Unidos, la de Jair Bolsonaro en Brasil o la del vicepresidente italiano Matteo Salvini en Italia les han dado la carta de naturaleza, una prueba empírica, casi una dirección postal. La Internacional Progresista busca de algún modo la suya. Se presenta como una llamada a crear una “red global” de izquierdas que contrarreste esa marea que llega por la derecha. Cuando políticos e intelectuales se reunieron entre los días 29 de noviembre y 1 de diciembre en Burlington (Vermont), el cuartel general del Instituto Sanders, para presentar la iniciativa, unos y otros llegaron a diagnósticos muy similares.

Entre los ponentes figuraba la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que en entrevista telefónica lo explica así: “Hemos visto a minorías privilegiadas que se están bunkerizando para mantener sus privilegios, por un lado, y una extrema derecha que crece con ese acento populista, pero también con un trasfondo muy establishment, que tiene mucho dinero detrás y que se está coordinando a nivel internacional, compartiendo estrategias. Si se organiza la extrema derecha, no puede ser que los movimientos sociales de cambio no lo hagan”. Cuando regresó a España de su viaje a Vermont, el partido radical Vox acababa de ganar sus primeros escaños en el Parlamento andaluz.

A la reunión de Vermont asistieron desde el economista Jeffrey Sachs hasta el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, pasando por la actriz y excandidata a gobernadora del Estado homónimo, Cynthia Nixon, entre otros. Una de las preguntas razonables sobre esta iniciativa es en qué medida comparten características el auge populista de Brasil y el de Estados Unidos, por ejemplo, o si la tradición socialdemócrata de posguerra en Europa se puede equiparar al movimiento liberal norteamericano (liberal en el sentido estadounidense de la expresión, es decir, progresista). En resumen, si las ideas de una Internacional Progresista pueden funcionar a ambos lados del Atlántico. El caldo de cultivo que ha favorecido este movimiento, para empezar, es el mismo. Y los programas de Sanders y del nuevo partido DiEM25 de Varoufakis —elaborados de forma independiente antes de esta alianza— guardan muchas similitudes. El del estadounidense es heredero del New Deal y la Great Society, y el del griego, de la cultura del Estado de bienestar con que se construyó la Europa moderna.

Para James K. Galbraith —hijo de John K. Galbraith e integrante de esa esfera de economistas progresistas estadounidenses que incluye al citado Sachs—, el New Deal traza el mejor paralelismo histórico con la nueva Internacional Progresista, porque fue “un programa completo y muy imaginativo de acción pública con el objetivo de superar una gran crisis y servir de alternativa al fascismo, que era la gran alternativa, entonces y ahora”.

Pero el New Deal de los años treinta—cuya traducción literal es “nuevo acuerdo”— consistió en un programa económico intervencionista lanzado por el presidente Franklin D. Roosevelt para superar la Gran Depresión, la gran crisis económica que liquidó el 27% del producto interior bruto de EE UU entre 1929 y 1933 y disparó el nivel de desempleo del 3% al 25% en el país. El lanzamiento de la Internacional Progresista, sin embargo, hoy tiene lugar en un momento en el que ese mismo país tiene la tasa de desempleo más baja desde la guerra de Vietnam y atraviesa el segundo mayor periodo de expansión económica de su historia, solo superado por los 120 meses consecutivos de crecimiento en los noventa. ¿Por qué un New Deal ahora?

Tras el crash de 1929 y la II Guerra Mundial, con el impulso de las políticas keynesianas (inspiradas en el economista John M. Keynes, que defendía las políticas públicas y monetarias de estímulo en épocas de crisis), hubo tres décadas de enorme esplendor económico en EE UU que convencieron de una certidumbre a las familias: un joven podía dejar el instituto y encontrar un buen empleo en la fábrica de su ciudad, y con su sueldo comprar una casa, conducir un Ford y criar a sus hijos. Hoy, 10 años después del estallido del último crash financiero y del inicio de la Gran Recesión, aunque las grandes cifras macroeconómicas estén más que recuperadas, la clase trabajadora sigue presa de la incertidumbre.

Si la Gran Depresión demostró que la economía no se corrige sola, la Gran Recesión ha puesto fin a la idea de redistribución espontánea de la riqueza, ese llamado trickle-down(goteo) del crecimiento. En ese mar revuelto se han lanzado a pescar líderes populistas conservadores en América y Europa. Y en este contexto se explican estos llamamientos a un nuevo New Deal, de hecho un Green New Deal para ser exactos, como especifica el manifiesto de la Internacional Progresista, porque tiene un marcado acento en las políticas medioambientales.

El verdadero populismo, defiende el economista Dani Rodrik, tiene más que ver con Roosevelt que con Trump. En un artículo publicado en febrero en The New York Times, el profesor de Harvard recuerda que el populismo (término que en EE UU no tiene las mismas connotaciones peyorativas que en España) empezó a germinar a finales del siglo XIX, al calor de los movimientos de trabajadores y granjeros, y, como hoy, fue una respuesta a la ola de globalización que se vivía en aquel momento y que también causaba daños colaterales. Culminó con el New Deal. “La lección histórica consiste no solo en que la globalización y el rechazo social están íntimamente ligados”, reflexiona Rodrik, “sino que ese tipo de populismo malo engendrado por la globalización puede requerir un tipo de populismo bueno para ahuyentarlo”.

Galbraith cree que plataformas como la de Sanders y Varoufakis beben tanto de esa tradición populista de hace 100 años como del progresismo de principios del siglo XX que propugnaba una mayor regulación y control público del capitalismo desbocado. “Su objetivo es contener la Internacional Nacionalista que está prendiendo en Europa y en EE UU, que amenaza con la represión de los movimientos sociales y con la liberación del capitalismo sin control”,apunta.

El triunfo del trumpismo en EE UU ha corrido en paralelo con el auge de candidatos escorados a la izquierda en el Partido Demócrata. Políticos que no tienen problemas en definirse como socialistas en un país que suele asociar el término a la antigua Unión Soviética. John Samples, del think tank conservador Cato, en Washington, quita hierro a esta tendencia. “La gente sigue sin querer pagar más impuestos, cree que los ricos deberían pagar más, pero la mayor parte de la población cree que sus impuestos están bien así”, recalca. “Lo extraño de que se hable tanto del New Deal es que el Partido Demócrata en los años treinta no lo vio como un experimento socialista, sino como un intento precisamente de evitar el socialismo y el fascismo”. Al final, el New Deal revitalizó la economía de mercado. Según Rodrik, “salvó al capitalismo de sí mismo”.

 

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Jueves, 03 Enero 2019 07:29

Bolsonaro. Botón de muestra

Imagen: EFE

En su primer día como presidente, Bolsonaro bajó el salario mínimo fijado por su antecesor, puso las reservas indígenas en manos de la nueva ministra de Agricultura, ligada a los grandes terratenientes, y excluyó a la población LGBT de las políticas de derechos humanos.

El ajuste es verde oliva. El exmilitar y flamante mandatario Jair Bolsonaro determinó la reducción del salario mínimo en simultáneo a la entrada en funciones del ministro de Economía Paulo Guedes, formado en la Universidad de Chicago, dotado de “superpoderes” para llevar adelante la reforma previsional en paralelo con un paquete de privatizaciones, parciales o totales, de empresas como Petrobras y Eletrobras.

A partir de este mes el salario mínimo será de 998 reales en lugar de los 1006 reales (265 dólares) fijados en el presupuesto aprobado semanas atrás en el Congreso. Cuarenta y ocho millones de trabajadores que tienen ese monto como referencia para la actualización de sus sueldos serán afectados por el recorte.

Al adoptar este ajuste a menos de 24 horas de haber jurado el respeto de la Constitución de 1988, conocida como “ciudadana” por consagrar derechos antes inexistentes, Bolsonaro puso de manifiesto una decisión política. Y lo hizo con una urgencia sorprendente a través de un decreto publicado en una edición extraordinaria del Diario Oficial de la Unión.

Puso en práctica lo que había insinuado en campaña y confirmado semanas atrás cuando abogó por la precarización laboral. “Continúa siendo muy difícil ser patrón en Brasil” debido al costo que suponen los derechos como el aguinaldo, las vacaciones y la política de actualización del salario mínimo. En esa ocasión prometió llevar adelante una segunda reforma laboral por entender que es insuficiente la legislación en vigor, una norma leonina sancionada en 2017 por el expresidente Michel Temer. “Si no tenemos menos derechos no tendremos más empleos”. Con las organizaciones sindicales agobiadas económicamente debido a la legislación dejada por Temer y la extinción del Ministerio de Trabajo determinada por Bolsonaro, nada indica que haya una respuesta colectiva al hachazo sufrido por asalariados más pobres ayer.

El exministro de Trabajo de Luiz Inácio Lula da Silva, Luiz Marinho, lamentó “que con este gobierno llegó la destrucción de todo derecho social”.

Al contrario de Marinho la Bolsa de Valores de San Pablo reaccionó de buen grado a este anuncio salarial más la promesa de reforma previsional y de privatizaciones de Paulo Guedes (ver aparte). La principal plaza bursátil llegó a rozar los 4 puntos y cerró con un alza del 3,5% en lo que fue el mejor inicio de año desde 2009.

El llamado “superministro” trasladó a Brasil su experiencia en el Chile de Pinochet, donde trabajó durante un tiempo con los mentores de un plan neoliberal ortodoxo aplicado a punta de bayoneta.

Otro compromiso asumido por el funcionario fue el de quitar recursos, eventualmente a la educación o la salud, si no se aprueba la reforma previsional a la chilena que planea presentará en el Congreso.

Ayer fue el día en que asumieron varios de los veintidós ministros del gabinete entrante, y Bolsonaro eligió asistir al acto que puso en funciones al general Fernando Azevedeo como titular de Defensa. En un discurso breve Bolsonaro no hizo mención de la eventual reforma previsional para las Fuerzas Armadas, autorizando la sospecha de que los militares podrán ser excluidos del recorte. Y elogió a los expresidentes José Sarney y Fernando Collor por haber aumentado los recursos destinados a los militares, dando lugar a la conclusión de que el recorte de gastos no será equitativo.

El capitán retirado dijo, dirigiéndose a los generales, que en su gobierno las Fuerzas Armadas recuperarán el lugar perdido a manos de políticos corruptos y que volverán a estar presentes en “todos los lugares de nuestro inmenso país”. Tal vez se refería a la demanda castrense por más injerencia en varias reservas indígenas ubicadas en zonas fronterizas como Raposa Serra do Sol, que está recostada sobre el límite con Venezuela. Durante años militares y hacendados presionaron para que el Estado le permita penetrar en territorio de los pueblos originarios. En el recién surgido gobierno bolsonarista una de los grupos de sustentación es precisamente el agronegocios y su influyente “bancada del buey” en el Congreso. Respondiendo a la exigencia de ese sector Bolsonaro resolvió ayer que la demarcación de tierras que antes de la conquista eran indígenas quede bajo la órbita del Ministerio de Agricultura, comandado por la ex legisladora Tereza Cristina, investigada por presuntos acuerdos ilegales con el frigorífico JBS, el más importante del renglón ganadero al cual se lo conoce por su avidez en conquistar tierras que no le corresponden.

La medida retiró todas las atribuciones sobre el tema que tenía la Fundación Nacional del Indio, que había sido defendida por varias etnias como la entidad idónea para fijar los límites de las reservas.

El balance del primer día del nuevo ciclo político, cívico-militar, inaugurado con Bolsonaro revela un plan de shock para ejecutar planes económica y socialmente regresivos, encuadrados en la fundación de un nuevo “orden” donde, no habrá más lugar para la “ideología de género” ni de minorías sexuales.

Dentro de la colección de anuncios también figura una resolución del presidente que quita a las demandas de la comunidad LGBT de las prioridades del ministerio de la Mujer, Familia y Derechos Humanos, al frente del cual está la pastora Damares Alves. En lugar de priorizar la agenda sobre las minorías sexuales Alves concentrará sus esfuerzos en la aprobación de un proyecto que pagará un subsidio estatal a las mujeres violadas que no interrumpan sus embarazos.

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Seguidores de Bolsonaro imitan el gesto de “disparar” tan característico del nuevo presidente.  Imagen: EFE

Desde Brasilia

 

Luiz Claudio Cunha es autor del libro mejor documentado y más exhaustivo sobre las relaciones entre la dictadura brasileña y sus socias sudamericanas durante los años del Plan Cóndor. Como investigador desmontó los mecanismos creados por los militares para controlar los aparatos de ideológicos fabricando consensos artificiales y la utilización de la fuerza contra los bolsones de resistencia. Uno de los blancos más atacados fueron las universidades, contra las que ahora parece ensañarse Bolsonaro.

En su discurso de toma de posesión el nuevo mandatario habló del sistema educativo del cual criticó su tendencia a formar “militantes” y pocos días antes había prometido extirpar la “basura marxista” de las escuelas y centros académicos.

Poco después de asumir como ministro de Educación, el profesor y teólogo colombiano Ricardo Vélez Rodriguez anunció ayer que, junto al programa Escuela sin Partido, va a crear una subsecretaría para impulsar la creación de escuelas bajo la dirección de policías o militares las cuales “benefician la disciplina de los niños”.

El investigador Cunha sostiene que los anuncios del gobierno entrante están cargados de una “sobredosis de un militarismo que nos recuerda a la paranoia anticomunista de la Guerra Fría. Es una lástima que en su primer discurso como jefe de Estado no se haya podido librar de su obsesión contra el marxismo, que también alcanza a su ministro de Educación, Vélez Rodriguez, que fue profesor de la Escuela del Estado Mayor del Ejército; está más acostumbrado a enseñar a generales que a niños”.

 

–El presidente suele remitir al gobierno militar como una utopía que debe ser recuperada.

–Es cierto, y esta reivindicación se apoya en falsedades, en imprecisiones. Bolsonaro reivindica la dictadura de la que esconde algunos números indispensables para que se la conozca. En ese período que él elogia hubo 200 mil detenidos bajo sospecha de subversión, de los cuales 50 mil fueron arrestados entre abril y agosto de 1964, es decir en los primeros meses del régimen. Quinientas mil personas fueron objeto de investigaciones por los organismos de inteligencia, diez mil fueron torturadas y otras diez mil se exiliaron. Este gobierno recién iniciado tiene 9 generales en su primera línea de la gestión, ninguna gran democracia del mundo les da tanto poder a tantos generales como el gobierno del capitán Bolsonaro. Son nueve militares en puestos llave, mientras la primera dictadura de 1964, de Humberto Castello Branco, tenía cinco y la última, de Joao Baptista Figueireido, designó a seis en su gabinete.

 

–Un tema recurrente en Bolsonaro es dar la “batalla” ideológica en las universidades.

–Lo que más asusta a los tiranos es la universidad, el santuario del conocimiento, del libre pensamiento y reducto de la conciencia crítica. Como Bolsonaro añora los años de la dictadura no está de más recordar que ocurrió con ellas durante ese período. Unos 300 profesores fueron castigados o separados de sus cargos entre 1964 y 1971. Las purgas también alcanzaron a rectores universitarios. Más de mil estudiantes fueron expulsados de sus facultades e impedidos de matricularse en otra casa de estudios durante tres años.

 

En 1964 el rector de la Universidad Federal de Río de Janeiro dijo al cónsul de Estados Unidos que no tenía nada que objetar a los organismos de inteligencia que detenía a estudiantes fuera de esa casa de estudios.

Aquí en Brasilia, la universidad creada por Darcy Ribeiro fue intervenida por los militares, que la dejaron a cargo del capitán de Marina José Carlos Azevedo, quien asumió en 1976 aplicando sanciones colectivas a los estudiantes que entraron en huelga. Más de mil jóvenes fueron expulsados y con ellos varios profesores de izquierda.

Azevedo estaba ligado a los servicios de inteligencia de la Marina que fueron los que secuestraron al presidente de la Unión Nacional de Estudiantes Honestino Guimaraes, de 18 años. Honestino fue ejecutado en la selva de Araguaia en la región amazónica y desde entonces continúa desaparecido.

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