MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Los impactos de la crisis climática empeoraron en 2020 pese a la covid-19

El Informe sobre el Estado del Clima Global, que publica la Organización de Naciones Unidas, refleja que el clima extremo combinado con la covid-19 fue "un doble golpe para millones de personas en 2020".

 

Los impactos e indicadores de la crisis climática, al sumarse el clima extremo a la covid-19, empeoraron durante el año 2020, que fue uno de los tres años más cálidos desde que hay registros a pesar del enfriamiento generalizado que provoca el fenómeno La Niña, según concluye un estudio de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y otros organismos.

El Informe sobre el Estado del Clima Global, que publica la Organización de Naciones Unidas, refleja que el clima extremo combinado con la covid-19 fue "un doble golpe para millones de personas en 2020" y que la desaceleración económica relacionada con la pandemia no logró frenar los impulsores de la crisis climática y la aceleración de los impactos.

En concreto, el estudio señala que la temperatura media a nivel mundial de 2020 estuvo 1,2 grados centígrados (ºC) por encima de los valores preindustriales (1850-1900) y concluye que los últimos seis años, desde 2015, han sido los más cálidos jamás registrados, al tiempo que, en su conjunto la década transcurrida entre 2011 y 2020 fue la década más cálida nunca antes observada.

En rueda de prensa, el secretario General de la OMM, Petteri Taalas, ha destacado que han pasado ya 28 años desde que la organización emitió su primer informe del estado del clima, en 1993, por las "preocupaciones planteadas en ese momento sobre el cambio climático proyectado".

Así, ha subrayado la "solidez de la ciencia climática basada en las leyes físicas que gobiernan el comportamiento del sistema climático" ya que "todos" los indicadores climáticos clave y la información de impacto asociada que se proporciona en este informe destacan "el incesante y continuo cambio climático, una creciente ocurrencia e intensificación de eventos extremos y graves pérdidas y daños que afectan a las personas, las sociedades y las economías".

Por ello, alerta de que la tendencia negativa del clima seguirá en las próximas décadas independientemente del éxito en la mitigación e incide en la importancia de invertir en adaptación. "Varios países menos desarrollados tienen importantes lagunas en sus sistemas de observación y carecen de servicios meteorológicos, climáticos y de agua de última generación", recuerda el secretario general de la OMM.

En esta línea, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, quien ha defendido que el informe muestra que no hay tiempo que perder porque el clima está cambiando y los impactos "ya son demasiado costosos". "Este es el año de la acción. Los países deben comprometerse con emisiones netas cero para 2050. Deben presentar, mucho antes de la COP26 en Glasgow, planes climáticos nacionales ambiciosos que recorten colectivamente las emisiones globales en un 45% en comparación con los niveles de 2010 para 2030. Y deben actuar ahora para proteger a las personas contra los efectos desastrosos del cambio climático", ha reclamado.

Empeoran los datos

El Estado del clima 2020 refleja que las concentraciones de los principales gases de efecto invernadero siguieron aumentando en 2019 y 2020. El promedio mundial de las fracciones molares de dióxido de carbono (CO2) ya ha superado las 410 partes por millón (ppm), y si se mantiene la tendencia de la concentración de CO2 de los años anteriores, podría alcanzar o superar las 414 ppm en 2021, según se desprende del informe.

En cuanto a los océanos, la OMM explica que su acidificación y la desoxigenación ha seguido produciéndose, lo que incide en los ecosistemas, la vida marina y la pesca. En 2019, el contenido calorífico de los océanos alcanzó el nivel más alto del que se tenga registro, y es probable que esta tendencia se haya mantenido en 2020.

De acuerdo con el Servicio de Vigilancia Medioambiental Marina de Copernicus de la Unión Europea, la tasa de calentamiento de los océanos en el último decenio fue superior a la media a largo plazo, lo que indica una absorción continua del calor atrapado por los gases de efecto invernadero. Durante el año 2020 en más del 80 por ciento del océano se produjo, al menos, una ola de calor marina y el porcentaje del océano en el que se registraron olas de calor marinas "fuertes" (45%) fue superior al correspondiente a las olas de calor marinas "moderadas" (28%).

De hecho, desde 1993 se ha observado un aumento del nivel medio del mar a escala mundial. Las temperaturas del aire en superficie del Ártico se han elevado, al menos, dos veces más rápido que la media mundial desde los años 80, algo que el informe alerta de que podría tener importantes consecuencias para el clima mundial.

Respecto a 2020, informa de que el valor mínimo de extensión del hielo marino en el Ártico tras el deshielo estival fue de 3,74 millones de km2; desde que se tienen registros, esta fue la segunda vez que se ha reducido a menos de 4 millones de km2. Las temperaturas máximas récords que se registraron al norte del círculo polar ártico en Siberia provocaron una aceleración del derretimiento del hielo marino en el mar de Siberia oriental y el mar de Laptev, en los que se produjo una ola de calor marina prolongada.

En Groenlandia la capa de hielo siguió perdiendo masa por desprendimientos de témpanos se situó en el extremo superior del registro satelital de 40 años. En la Antártida se observa una fuerte tendencia a la pérdida de masa desde finales de los años 90 que se aceleró desde 2005. Las lluvias intensas y las inundaciones afectaron también a grandes zonas de África y Asia y provocaron una plaga de langostas del desierto en África, mientras que en Asia se registraron precipitaciones inusualmente elevadas en diferentes momentos del año.

En América del Sur, una grave sequía afectó en 2020 especialmente en el norte de Argentina, Paraguay y zonas fronterizas de Brasil un país que tuvo pérdidas agrícolas de casi 3.000 millones de dólares. También en el sur de África hubo una sequía prolongada, sobre todo en Sudáfrica.

madrid

20/04/2021 10:37

Actualizado: 20/04/2021 10:50

Agencias

Publicado enMedio Ambiente
Fuentes: CTXT [Foto: Ferran Puig Vilar. Cedida por el entrevistado]

Entrevista a Ferran Puig Vilar, ingeniero y periodista

 

La gota que desborda el vaso. La última vez que el hacha golpea el árbol antes de caer. El último barril rentable de extraer en un pozo de petróleo. Hay tantos ejemplos de Tipping points (TP) como se quieran buscar. Son puntos de vuelco, de no retorno, y están de moda. Aunque menos de lo que debieran.

Múltiples informes llevan tiempo indicando que había que prestar atención a los que afectan a subsistemas climáticos como el Amazonas, el hielo de Groenlandia o el permafrost. Hace ya más de 20 años empezaron a provocar debates. Desde entonces, se han escrito miles de páginas describiendo sus interrelaciones, alertando del desastre venidero. Como en este paper en Nature de figuras clave en la ciencia climática, o este artículo de National Geographic. Sin embargo, y pese a la gravedad del asunto, el silencio mediático sigue siendo atronador. Incluso aún se oyen algunos berridos negacionistas en prime time.

En nuestro país, creo que no ha habido un trabajo de divulgación más valiente, desinteresado y completo, que el que lleva haciendo durante más de una década –por amor al arte y sobre todo al Ártico– el ingeniero y periodista Ferran Puig Vilar, que ahora está publicando información sobre el estado de esos puntos clave en su prestigioso blog, que fue reconocido con un premio entregado por la actual ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera. 

¿Qué es un tipping point climático? 

Es un punto de vuelco, de inflexión en el equilibrio de un elemento o subsistema significativo (permafrost, Amazonas, corriente termohalina, Groenlandia) cuyo rebasamiento lo desestabiliza y genera un cambio de fase, llevando al sistema a un nuevo estado que puede –o no– ser de equilibrio. Hay 15 especificados y 9 de ellos están en fase de degradación o ya sobrepasados. Entre ellos se interrelacionan provocando cascadas de efectos.

¿Cuál es el estado de esos TP y cómo se relacionan?

Groenlandia está asumido que se va a fundir por completo. Ya no nieva tanto como se está deshelando. La Antártida occidental, con toda probabilidad, también. Entre esos dos, el nivel del mar ya subiría 10 metros. Pero, claro, si sólo fuera eso. Resulta que al verter el deshielo grandes cantidades de agua dulce  –por ejemplo en las costas de Groenlandia– esto afecta a las corrientes por factores de salinidad, densidad y temperatura. La corriente termohalina, ya ralentizándose mucho, incluso podría llegar a detenerse, acentuando los inviernos fríos en el norte. Además, como todo está conectado, la corriente termohalina influye también en el Pacífico, en los fenómenos de El Niño-Super Niño amplificándolos y haciéndolos más frecuentes. Estos eventos tienen asociados sequías –y por tanto megaincendios– en el Amazonas. Eso aumenta la deforestación acercando al propio Amazonas a su punto de no retorno, en el que se irá convirtiendo en sabana. Todo ello aumenta las emisiones de carbono, con lo cual el ciclo de realimentaciones se autorrefuerza. 

Y aún nos quedaría hablar, entre otros, del enorme problema del permafrost –esa bomba de relojería–. Hasta ahora se decía que sus emisiones no eran netas por el efecto limitado de fertilización del carbono –tan cacareado por la industria de los combustibles–. Eso ya ha cambiado. Hay un modelo reciente, desarrollado por gente de mucho prestigio como Jørgen Randers –uno de los firmantes del crucial informe a los límites del crecimiento de 1972 que tanto acertó–. Su modelo muestra que el permafrost se fundiría aunque mañana cesaran las emisiones. Es decir, muy probablemente, tipping point superado.   

¿Podríamos decir que son como los órganos de un cuerpo, es decir, si falla el hígado, el riñón, el resto de órganos, obviamente van a sufrir? 

Está bien visto, efectivamente. Se influyen mutuamente y dependen unos de otros. Y siguiendo con esa metáfora, ahora tenemos que dejar de ser los patógenos que degradan esos subsistemas u órganos de la Tierra y ser más bien glóbulos blancos, el sistema inmunitario. Regenerarlos, en la medida de lo posible. Dejar de degradar y comenzar a reparar. Y esperar que no sea demasiado tarde para evitar la cascada sistémica que supondría haber rebasado el punto de no retorno global, que nos llevaría a la Tierra Invernadero anticipada por algunos de los mejores científicos vivos que tenemos.

¿Hay relación directa entre la degradación de los TP y el aumento de los fenómenos extremos tipo Filomenas, DANAs, etc.? 

Si vas buscando la causa encuentras obviamente el aumento del CO2 y el aumento de la temperatura en todos esos fenómenos, es una causa indirecta. Las Filomenas se dan con más frecuencia por una debilidad de la corriente en chorro o Jet Stream que pierde su adherencia al polo norte y esto provoca que se desestabilice el patrón de temperaturas y fenómenos habituales también más al sur. 

Peor de lo esperado. Así ha definido una tendencia: que las previsiones científicas suelen pecar de conservadoras y son revisadas habitualmente a peor. Como ha ocurrido en el caso de los TP, que se pensaba que no se verían comprometidos hasta llegar a los 5º, luego a los 3º, a los 1’5º… ¿Por qué ocurre esto?

Están los factores inevitables, la ciencia no solo es un método, es un proceso, y a veces hay tanto debate, que se obvia el problema hasta que no haya una conclusión más consensuada. Por eso las opiniones más extremas no suelen considerarse. Empujar el conocimiento científico hacia adelante tiene riesgos; por ejemplo, si la ciencia fuese más atrevida, el negacionismo organizado aprovecharía para seguir retrasando el avance. Todo esto ayuda a que se den otros factores de autocensura que podrían ser más evitables. Y que ocurren también porque a según qué posiciones, muy contrarias a la “lógica” del sistema, no les renovarían los fondos de investigación si dicen cosas demasiado catastrofistas o revolucionarias. Es complicado, ellos mismos se preguntan si están fallándonos comunicativamente al resto.El sexto informe del IPCC es en 2021. Con semejante panorama ¿qué esperas?

De momento tenían que sacarlo en abril y lo han alargado hasta junio. Tienen un marrón. Los sucesivos informes han ido empeorando las previsiones gradualmente, pero ahora los cambios son muy sustantivos. La diferencia será más grande y más difícil de justificar. Hasta ahora los Acuerdos de París y demás se han basado en el informe de 2013, así que la actualización es importante.

Entremos en el tema de la biodiversidad y su relación con las pandemias, ¿esto evidencia que no es un problema simplemente de “emisiones” sino de un sistema que presiona excesivamente a los ecosistemas que lo sostienen? 

Sí, hablar de “biodiversidad” es el eufemismo para hablar del extraordinario ritmo de extinción de especies. La invasión del espacio natural por parte de la especie humana no puede tener otra consecuencia que la invasión de algunos aspectos no deseados –patógenos, pandemias, mosquitos transmisores, especies invasoras– del mundo natural en los hábitats de la especie humana.  

Hay valores que cuando uno los observa se estremece: En los últimos 50 años según el “Living Planet Report” de 2020 hemos liquidado nada menos que el 68% de todos los individuos vertebrados del mundo: mamíferos, pájaros, peces, anfibios y reptiles. Una masacre gigantesca en solo en 50 años. Y esta heroicidad del progreso mal entendido sí se podría detener mañana. Tenemos que reaprender nuestra relación con la Tierra, salir del dualismo y el mecanicismo.

Y esto evidencia que ni la geoingeniería ni los proyectos de secuestro y captura de carbono (BEECS) son soluciones. Acaso, quizá, ojalá, para una parte del problema, pero el problema es más amplio y cultural.

Sí, y no hemos hablado de los océanos, que también tienen su tipping point. Cada vez más acidificados, llenos de microplásticos que acaban en nuestros estómagos. Hay que ir entendiendo que la tecnología, y la producción tal y como las entendemos, lejos de ser la solución, son el problema. Desde la Ilustración, nos hemos ido creyendo que siempre más es mejor, que todo está en la razón. Y eso no es cierto. Quizá habría que recuperar lo que el romanticismo reabrió y cerró a la vez, un romanticismo 2.0 cuya óptica no sea sólo la del hombre occidental. Se me ocurren por ejemplo, las ideas de la filósofa Marina Garcés

La geoingeniería espero que se evite, sería el último estertor, la última arrogancia: creer que se puede dominar el conjunto del planeta. Es una ilusión de control. La cantidad de peligros, efectos no deseados que tienen es tal –estoy pensando en los sistemas de gestión de la radiación solar–, que mejor ni intentarlo. No estoy en contra de que se estudie, pero las soluciones no van por ahí.

En cuanto al secuestro de carbono, habría que retirar tanto –volver a entre 300 y 350 partes por millón de CO2– para estabilizar el clima, que de momento es una quimera absoluta, pretender enterrar mágicamente nuestros residuos es nuestra forma de esconder el problema debajo de la alfombra. Y de momento, los acuerdos de París y demás, se basan en esto. No tiene sentido. 

Por Juan Bordera | 20/04/2021

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La guerrilla global de científicos que intenta proteger los datos ambientales de interferencias de los gobiernos

Cuando en noviembre de 2016 Donald Trump nombró como director de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos a un negacionista del cambio climático, el antropólogo ambiental Nick Shapiro decidió a escribir un email urgente a una docena de científicos.

La conversación que el investigador había tenido con un par de compañeros le puso en guardia sobre el problema que el nuevo presidente podría crear en el futuro. El Gobierno conservador de Stephen Harper en Canadá había eliminado datos científicos irrecuperables durante su mandato de 2006 a 2015, y en la época de George W. Bush varias páginas del organismo dedicado a la protección del medio ambiente se habían "caído". Escuchar a Trump referirse a la Agencia de Protección Ambiental como "el hazmerreír del mundo" tampoco tranquilizaba. "Quizá es el momento de salir de nuestras respectivas madrigueras", dijo Shapiro a sus colegas en el email, "intercambiar opiniones, pensar en nuestras formas de investigación y empezar a trabajar".

Nick Shapiro recuerda un tanto sorprendido cómo aquel mensaje puso en marcha un movimiento que descubrió un problema con un impacto global y en el que todavía queda mucho por hacer. El correo, al que respondieron tanto científicos como personas que trabajaban en la protección del medio ambiente, desencadenó un debate para proteger el acceso a las bases de datos a través del llamado "archivo de guerrilla".

En los primeros meses, Shapiro y el pequeño grupo, que tomaron el nombre de Environmental Data & Governance Initiative (EDGI en sus siglas en inglés), copiaron y analizaron miles de páginas web del Gobierno y las pusieron a disposición del público a través de la biblioteca digital Internet Web Archive. Además, empezaron a buscar personal de la Agencia de Protección Ambiental para hacer entrevistas que recogieran su experiencia y conocimiento. Esas entrevistas, que hoy llegan a 150 y han empezado a publicarse tras el cambio de Gobierno con nombres reales, resultan, según sus autores, una fuente de enorme valor sobre lo que estaba ocurriendo desde dentro.

Hoy en día, EDGI sigue trabajando para asegurar el acceso del público a la información ambiental. "El trabajo aún no ha terminado", asegura Shapiro, que ahora colabora en el proyecto de forma más ocasional. En el último año, la organización empezó a publicar las sanciones de la agencia ambiental para que las comunidades puedan encontrar en qué regiones las compañías incumplen las leyes ambientales. También ha creado las tarjetas informativas para los distritos congresuales, donde se recopila para cada distrito las infracciones y cómo han variado en el tiempo.

La idea es evitar que los cambios de Gobierno interfieran en la información que recibe el público o con pérdidas de evidencias ambientales. "Solo cuando los ciudadanos pueden acceder a los datos hay una verdadera democracia", explican los organizadores detrás de este proyecto.

La Administración de Trump sirvió para aprender en el propio terreno los obstáculos al conocimiento que puede crear un cambio gubernamental. Según los informes que ha publicado este organismo, durante los primeros meses de su presidencia, el término cambio climático descendió casi un 40% en las páginas de las agencias ambientales federales de Estados Unidos; algunas páginas gubernamentales dificultaron el acceso a la información sobre la contaminación; y ciertas webs que contenían datos sobre las regulaciones dirigidas a proteger el aire y el agua de diferentes regiones se retiraron previamente a que la Administración de Trump propusiera revocarlas.

Nick Shapiro asegura que movimientos similares de protección de los datos serían útiles en otras zonas del mundo. "En el centro de nuestra crisis ambiental se encuentra un problema de imputar responsabilidades y nuestros gobiernos no van a implementar protecciones por sí solos", señala, "más bien necesitan que lo exija una coalición amplia apoyada con evidencias".  

El trabajo de EDGI trascendió enseguida a los medios de comunicación y muchos de los que allí trabajan creen que esto frenó algunas acciones. Pero los científicos también descubrieron que, incluso en el gobierno federal dominaba la desorganización y competían diversos intereses, por lo que ninguno está seguro de los motivos de algunos cambios.

Alejandro Paz, un estudiante de la Universidad de Boston al que un colega recomendó el proyecto de EDGI, se sorprendió cuando descubrió por sí mismo como voluntario el caos detrás de las páginas federales. "Como bibliotecario estaba interesado en las nuevas tecnologías digitales que facilitan nuestra tarea", dice Paz, "y en ver cómo podía mejorar hacer accesible y fácil de encontrar la información. Aprendí lo importante que era el archivo de páginas web para la libertad de información".

Tanto Paz como Shapiro admiten que el gran éxito de EDGI ha sido construir una infraestructura y un programa informático que permite mantener un control sobre millones de páginas en todo Internet. El trabajo del equipo internacional de informáticos ha conseguido una herramienta que ahora forma parte del corazón del megaarchivo digital Internet Wayback Machine y que podría tener ramificaciones globales.

Pero Shapiro admite que, cuando mandó su primer email, no tenía claro cómo acabaría. "No estaba seguro de qué podía esperar, si te soy sincero", contesta en uno de los mensajes que intercambiamos. "Había un sentido de anticipación y una corazonada que pendía sobre nosotros y nos motivaba a trabajar al máximo. Al cabo de dos meses vimos que algo muy especial estaba ocurriendo. Y sentimos que era un trabajo de equipo, como un esfuerzo colectivo que podía conseguir intervenciones importantes".

Por Laura Rodríguez

17 de marzo de 2021 23:17h

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Miércoles, 17 Marzo 2021 05:58

El rol de la educación para el desarrollo

El rol de la educación para el desarrollo

China es hoy la segunda economía mundial, principal voz en defensa del multilateralismo, la apertura comercial y la cooperación internacional. Hace pocos días se ha anunciado el fin de la pobreza extrema en todo el país, y actualmente lidera los rankings de empresas globales y avances en ciencia y tecnología. Hace 42 años que se inició el llamado "Proceso de reforma y Apertura" que ha permitido alcanzar importantes logros económicos y sociales. Sin embargo, es común subestimar el factor clave en estas décadas de vertiginoso desarrollo: la educación.

Acorde a los principios confucianos, la educación cumple el rol de motor para el desarrollo del país, la inclusión, la movilidad social ascendente, el sostenimiento de valores y la generación de perspectivas de mediano y largo plazo. Desde 1978, Beijing ha llevado a cabo uno de los cambios más extraordinarios en la educación de la historia moderna.

Para tomar dimensión del fenómeno, y la jerarquía que otorga la educación, China implementa un sistema de evaluación de conocimientos adquiridos durante la educación media, que determina en gran medida el rol que cada joven cumplirá en la sociedad. El llamado Gaokao, Examen de Ingreso a la Universidad, es uno de los momentos más importantes para la sociedad. Cada año, más de diez millones de jóvenes rinden el examen, en alrededor de siete mil lugares habilitados de todo el país, lo que requiere de la movilización de amplios sectores de la sociedad y la participación de fuerzas policiales.

El resultado obtenido en el gaokao determinará en primer lugar la posibilidad de acceder a una universidad, a un instituto profesional vocacional o quedarse fuera del sistema de educación pública superior. Entre aquellos que obtuvieron una calificación alta, la nota determinará el marco de posibilidades de carreras, ciudades y universidades. Por supuesto, para estudiar una carrera muy solicitada en una prestigiosa universidad de las principales ciudades chinas, el resultado debe ser muy destacado.

En 1978 el porcentaje de la población entre 18 y 22 años que accedía a la universidad era aproximadamente de sólo 1,5%, mientras que en la actualidad asciende más del 45%. Según informe del Ministerio de Educación chino, el país tenía 2.688 instituciones de educación superior en 2019, 25 más que el año anterior. Se calcula que China construye una universidad nueva por semana, generando un proceso de inclusión educativa sin precedentes. Cada año se gradúan más de 8 millones de jóvenes, diez veces más que hace sólo veinte años. En 1950, año posterior a la fundación de la República Popular China, sólo se graduaron 17 mil personas de las elites. En 2019, alrededor de 34 millones de estudiantes de grado se matricularon en universidades públicas en China y a nivel de posgrado hubo casi 3 millones de estudiantes de maestría y doctorado. Adicionalmente, más de 8 millones de personas ese año habían tomado cursos de grado y pregrado de forma online.

La educación en línea ha tenido un gran desarrollo en China desde antes de la pandemia de COVID19, dado que ya cuentan con más de 800 millones de usuarios de Internet, con una impresionante cobertura de fibra óptica y banda ancha, incluso en muchas regiones remotas. Sin embargo, la pandemia ha incentivado en gran medida la masificación total de esta modalidad de enseñanza. Para mediados del 2020, más de 17 millones de estudiantes universitarios habían participado del aprendizaje en línea, dado que las clases se virtualizaron a principios de febrero, cuando los campus universitarios fueron cerrados debido a la epidemia. Los cursos a los que asistieron estos estudiantes fueron impartidos de forma remota por más de un millón de profesores de casi 1500 universidades de todo el país.

Las plataformas de enseñanza virtual chinas han tenido un enorme crecimiento y proyección mundial, muchas de ellas totalmente gratuitas y conocidas, como Tencent meeting, wechat work o Voov meeting. Asimismo, el Ministerio de Educación de China y la Comisión Nacional de China para la UNESCO, han provisto como bien global durante la pandemia el uso de dos plataformas gratuitas, XuetangX y “iCourse International”, ofreciendo miles de cursos en línea masivos y abiertos.

Es importante recordar que el eje de la reforma de 1978 fue lo que Deng llamó, "las cuatro modernizaciones": la ciencia y la tecnología era una de ellas. China cuenta hoy con el mayor capital humano en ciencia y tecnología del mundo. Más de seis millones de investigadores forman un equipo de I+D que supera a cualquier otro país. El rol de la universidad pública ha sido clave, tanto como institución formadora y organizadora de los recursos humanos, como centro de desarrollo, innovación y emprendedurismo. Existen hoy 88 universidades e institutos tecnológicos en China, además de las cientos de altas casas de estudios con diversas áreas dedicadas a I+D. El 80 % de las universidades chinas ya hayan establecido instituciones de manejo de propiedad intelectual es una noticia determinante para afianzar la atracción de inversión local y extranjera, pero también de estudiantes, científicos e investigadores motivados por desarrollarse.

La masificación universitaria china también incluye procesos de internacionalización de forma acelerada. China ha sido uno de los principales impulsores del crecimiento mundial de la movilidad estudiantil en las últimas décadas y actualmente sigue siendo la principal fuente de estudiantes internacionales. Un total de 5,86 millones de chinos estudiaron en el extranjero desde 1978 hasta 2019, con más estudiantes chinos que estudian en el extranjero que de cualquier otro país. Más de 2,5 millones de estudiantes chinos estudiaron en el extranjero de 2016 a 2019 y se estima que el 80% de estos estudiantes ya regresaron después de completar sus programas.

De esta manera vemos la importancia que tiene la educación en China para su crecimiento y desarrollo. Y por otro lado vemos la gran oportunidad que hay para nuestro país, que es referente en educación en América Latina, para profundizar la cooperacion con China en intercambios y vinculación universitaria, para de esta manera continuar eliminando barreras para una mayor integración con el gigante asiatico.

Por Gonzalo Tordini, director de Educación del Centro Latinoamericano de Estudios Políticos y Económicos de China (CLEPEC) y Presidente de la Asociación de ex becarios Argentina China (ADEBAC)

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No hay vacuna para la catástrofe climática

La incapacidad de la humanidad para responder de forma colectiva a la pandemia es una representación a cámara rápida de nuestra ineptitud para combatir la crisis climática.

 

La destrucción causada por la COVID-19 representa una crisis sin precedentes en la historia reciente, aunque de una manera escalofriante nos resulte ya familiar. La pandemia ha reproducido muchas de las dinámicas de la crisis climática, pero en un periodo de tiempo mucho más comprimido. Nos hemos visto confrontados con una amenaza global inminente –cuyo alcance se desconocía en gran medida– que requería de una acción rápida, coordinada y colectiva. En su lugar, la reacción ha consistido en respuestas divergentes en función de las naciones, acusaciones cruzadas, llamamientos a la responsabilidad individual y una resistencia excesiva ante cualquier cambio fundamental en el statu quo.

Muchos pensadores de izquierdas, como Vijay Kolinjivadi, Andreas Malm, Rob Wallace y otros, han hecho importantes aportaciones sobre las formas en que la COVID-19 y la crisis climática están entrelazadas. Más concretamente, han señalado el hecho de que la pandemia es una manifestación más de la emergencia ecológica, y que ambas crisis están basadas en (y son resultado de) el capitalismo mundial.

En este ensayo, desarrollo estos argumentos y explico por qué hay también valor analítico en concebir esta doble crisis como un reflejo de cada una de ellas en la otra. En este sentido, la pandemia provocada por la COVID-19 es un microcosmos a cámara rápida de lo que está sucediendo con el calentamiento global. Por eso, un análisis de la pandemia y las respuestas a ella pueden ayudarnos a entender cómo estamos errando al lidiar con el cambio climático.

Circunstancias atenuantes

¿Qué parecidos hay entonces entre la COVID-19 y la emergencia climática? En primer lugar, nuestra capacidad para entender y discutir sobre ambas crisis se ve limitada por la desinformación generalizada, las teorías de la conspiración negacionistas, la presión ejercida por los lobbies corporativos a favor de la inacción, así como una genuina falta de acuerdo en torno a la idoneidad de las estrategias a adoptar. En este contexto han surgido dos facciones agrupadas en torno a dos propuestas de reacción política: quienes defienden una estrategia de mitigación para convivir con el calentamiento global y la pandemia moderando sus efectos perjudiciales, y quienes defienden la necesidad de una supresión total de las crisis mediante acciones rápidas y decisivas.

A excepción de un par de países que han aplicado bien estrategias de supresión a la pandemia –como Taiwán, Vietnam y Nueva Zelanda–, los gobiernos nacionales han optado por las variantes de la estrategia de mitigación para afrontar la COVID-19 y el cambio climático. Por lo general, estas medidas han sido reactivas y se han tomado por pura necesidad, ya que las lentas respuestas iniciales han hecho que las crisis se descontrolen, pero también son un reflejo del rechazo a involucrarse en la reestructuración de las relaciones capitalistas que requiere cualquier estrategia de supresión.

En el caso de la pandemia, la mitigación ha oscilado entre los intentos explícitos por conseguir la inmunidad de rebaño y los esfuerzos para “aplanar la curva” y evitar así la sobrecarga de los servicios de asistencia sanitaria. Resulta tentador observar las estrictas medidas adoptadas bajo presión durante la pandemia como prueba de la voluntad política de adoptar la estrategia de supresión, aunque de hecho no suceda así, como señala Andreas Malm: “La apariencia de acción enérgica contra la pandemia no es más que una fachada. El contraste entre la vigilancia del coronavirus y la complacencia climática es ilusorio”.

En paralelo, los gobiernos han cometido grandes errores a la hora de coordinar sus esfuerzos de forma efectiva, y han optado por depositar todas sus esperanzas en soluciones técnicas al estilo deus ex machina, tanto para la pandemia como para la emergencia climática. También hay una cierta obsesión sobre qué países “lo están haciendo mejor”, aunque ello tenga un valor limitado para problemas globales, interconectados y que trascienden fronteras artificiales.

¡Seamos realistas! Inmunidad de rebaño y adaptación climática

Puestos a observar los paralelismos entre el cambio climático y la lógica de la mitigación en el caso de la COVID-19, podemos considerar los escritos del escéptico ante la acción climática Bjørn Lomborg, que, por motivos económicos, se opone a los intentos de contener la crisis climática, y que también se opone abiertamente a las medidas estrictas dirigidas a suprimir los estragos de la pandemia. Por ejemplo, citando un estudio publicado en World Development, Lomborg sostiene: “Reducir las emisiones hasta las del acuerdo de París desembocará en un incremento de la pobreza de en torno al 4 por ciento”.

Este argumento contra las acciones climáticas coordinadas reproduce las objeciones de quienes se oponen a los confinamientos para frenar la pandemia por el daño que causan en la economía, y sobre todo en el sustento de los más pobres y vulnerables. De hecho, la Declaración de Great Barrington – un comunicado publicado a comienzos de octubre y difundido a gran escala en el que se defiende la búsqueda de la inmunidad de rebaño– sostiene que las medidas de supresión dañan de forma desproporcionada a “la clase trabajadora y a los miembros más jóvenes de la sociedad”. Cabe añadir que la declaración se firmó en las instalaciones del American Institute for Economic Research, un think tank libertario neoliberal que también ha restado importancia a los daños del colapso medioambiental.

“La humanidad –incluida la gente más pobre– estará mucho mejor en un escenario de ‘desarrollo impulsado por combustibles fósiles’ que en uno ‘sostenible’, con menos CO₂”, continúa Lomborg, en esencia utilizando el argumento de que solo tenemos que aprender a convivir con las adversidades del cambio climático. Este pensamiento se asemeja al de los defensores de la mitigación del coronavirus, como el antiguo epidemiólogo de estado sueco Johan Giesecke, que escribió: “La tarea más importante que se nos plantea no es el fútil intento de detener el contagio, sino concentrarnos en ofrecer una atención óptima a las desafortunadas víctimas”. También el profesor de Stanford John Ioannidis sostiene que los confinamientos en toda la sociedad dirigidos a reducir la propagación viral están “matando a la gente”.

En ambas crisis, los defensores de la mitigación no se equivocan cuando afirman que las respuestas gubernamentales reactivas y mal planteadas han tenido un impacto negativo en los sectores de la población más pobre y vulnerable, sobre todo debido a los reiterados fallos a la hora de acompañar las medidas del apoyo social necesario. Y tampoco se equivocan en que los planes de acción climática o los confinamientos por la COVID-19 a menudo ignoran este hecho y se convierten en formas de exhibicionismo para las poblaciones pudientes y de clase media, que no se ven afectadas en particular por las regulaciones a las industrias contaminantes o las órdenes de hacer teletrabajo.

Lo que no reconocen es que los pobres globales también sufren de forma desproporcionada por la inacción, y que, sin un cambio fundamental y estructural, su sufrimiento continuará y se agravará en situaciones de crisis perpetuas.

Las poblaciones marginales obtienen la peor parte de ambos mundos, ya que soportan la mayor parte de la enfermedad y padecen a la vez los efectos secundarios más agudos del tratamiento. Esto puede comprobarse en el contexto sueco en su respuesta laissez-faire a la pandemia, que se tradujo en un índice de mortalidad tras la exposición al virus tres veces más probable entre la población pobre, que tiene que lidiar al mismo tiempo con la mayor recesión económica del país en los últimos 40 años. Nuestra comprensión de la propia crisis requiere de una aproximación interseccional, que reconozca las múltiples y solapadas formas en que las personas que están en los márgenes son desfavorecidas.

Así mismo, la resistencia generalizada a cualquier respuesta a una crisis que represente un cuestionamiento del statu quo podría considerarse una expresión de lo que el teórico cultural Mark Fisher llamó “realismo capitalista”, es decir, la situación en la que el capitalismo se presenta como el único sistema socioeconómico viable. Si bien los trabajos recientes han puesto de relieve el hecho de que el realismo capitalista comienza a “deshacerse por los bordes” –resquebrajándose en una nueva configuración que Kai Heron denomina “catastrofismo capitalista–, esto no excluye la existencia (e incluso la intensificación) de los discursos realistas capitalistas frente al absurdo argumento de que el capitalismo es, en algún modo, realista.

En los casos de la COVID-19 y el cambio climático, la lógica de la mitigación existe porque mucha gente es incapaz de conceptualizar las diversas formas de organización socioeconómica que son necesarias para afrontar la catástrofe inminente. A pesar de que a menudo se atribuya esta falta de imaginación al centro y a la derecha, la izquierda no está inmunizada, como evidencia el hecho de que la revista Jacobin considerara oportuno publicar una entrevista a Martin Kulldorff –uno de los precursores de la Declaración de Great Barrington–, en la que argumenta su posición en contra de los confinamientos.

En este contexto, la muerte y la enfermedad en masa resultan más fáciles de concebir que las alternativas radicales al sistema capitalista. Así, los defensores de la mitigación quedan atrapados en el planteamiento de burdos análisis sobre costes y beneficios, fundamentados en la idea de que nuestra economía política actual tendrá que permanecer estática e inalterada por necesidad; una falacia ya en tiempos normales –que ignora la naturaleza dinámica de las estructuras sociales– y un grave error de juicio en periodos de rápida y crucial agitación socioeconómica provocados por una crisis. 

En pocas palabras, tanto el cambio climático como el coronavirus han puesto de manifiesto una incapacidad generalizada para percibir y abordar una crisis que es continua, acumulativa y colectiva. En nuestra posición actual, parece que estamos alineados con las crisis aisladas y fijas que existen en un único espacio y tiempo. En más de un sentido, somos la consabida rana en la olla que hierve lentamente.

A cámara rápida

Un lado positivo, quizás, de la crisis provocada por la COVID-19 es que nos ha permitido evaluar los resultados de la lógica de mitigación a cámara rápida. Los críticos más destacados de los enfoques de supresión de la pandemia, como Johan Giesecke y el biofísico ganador del premio Nobel Michael Levitt, han hecho públicas muchas predicciones sobre un supuesto final natural de la pandemia con pocas muertes en términos relativos, y todas han resultado ser incorrectas. En lugar de admitir sus errores, estos defensores de la mitigación han profundizado en ellos, y han encontrado pruebas cada vez menos convincentes de que la inmunidad de rebaño y la vuelta a la normalidad están a la vuelta de la esquina.

Estos fallos a la hora de entender la dinámica mortal de la COVID-19 se deben a una falta de comprensión fundamental sobre cómo funciona la sociedad humana. En lugar de poblaciones interconectadas e interdependientes que afrontan un problema colectivo, ven individuos atomizados; un “árboles que no dejan ver el bosque” de manual. Esto les permite dar rienda suelta a fantasías engañosas, como que los grupos de riesgo están “protegidos” mientras el resto de la población obtiene la inmunidad de rebaño. Esta idea ignora que no existe ninguna forma viable de separar a las personas vulnerables de las sociedades en las que existimos.

La respuesta a la COVID-19 nos ayuda a ver, en una suerte de cámara rápida, cómo los defensores de la mitigación intentan responder a la catástrofe climática en curso, que sucede a cámara lenta. Los impulsores de la adaptación al cambio climático piensan, básicamente, que el planeta se está calentando, y proponen formas en que podemos adaptarnos a esta situación, o incluso capitalizarla. Lo que no entienden es que estos cambios espectaculares que infligimos a nuestro ecosistema desencadenarán puntos de inflexión irreversibles, y alterarán las condiciones de vida en el planeta en un grado todavía inconcebible; aunque con efectos seguramente devastadores.

En última instancia, quienes abogan por la mitigación de la COVID-19 y la adaptación al cambio climático adolecen de estrechez de pensamiento a nivel sistémico: ven el mundo como un conjunto de simples relaciones individuales, y no como ecosistemas complejos e integrados que poseen propiedades emergentes. Con la COVID-19, su incapacidad de comprender el daño irreparable que la muerte y la enfermedad repentina infligen a las sociedades y las economías ha tenido unas consecuencias terribles. Por ello, ante la aun mayor crisis inminente de cambio climático a la que nos enfrentamos, lo inteligente sería no prestarles más atención.

En su lugar, deberíamos considerar soluciones aparentemente “radicales”, como el decrecimiento, el Green New Deal o muchos otros imaginarios poscapitalistas que están surgiendo en la era actual de intensificación de la crisis. Todas ellas entienden la gravedad de la situación y la consecuente necesidad de una acción coordinada, colectiva y solidaria ante la catástrofe inminente. Como señala Malm: “Al fin y al cabo, ser ‘radical’ significa dirigirse a la raíz de los problemas; ser radical en la emergencia crónica equivale a dirigirse a las raíces ecológicas de los desastres perpetuos.”

Vacunas para el futuro

¿Qué posibilidades hay de que la humanidad dé este necesario giro radical? Si consideramos la respuesta global a la COVID-19 como un microcosmos a cámara rápida y como un síntoma de la crisis climática, entonces el pronóstico es bastante desalentador.

El hecho de que algunos países hayan conseguido eliminar el virus demuestra que una acción conjunta, coordinada y colectiva es posible, pero que esta es la excepción a la regla. La gestión de crisis escalonadas y acumulativas como la pandemia, o bien de amenazas más grandes como la emergencia climática, requiere de solidaridad global y de una movilización masiva, y ambas escasean por el momento. De hecho, la pandemia ha generado desconfianza y ha alimentado la competición entre naciones, lo que ha conllevado un incremento de las tensiones geopolíticas y de la violencia racista contra personas asiáticas en todo el mundo.

El potencial para la acción colectiva se ha visto obstaculizado por el ubicuo discurso que defiende que las restricciones en la libertad individual en aras del bien común implican una deriva autoritaria. Desde luego que regímenes como Hungría o China han utilizado la pandemia para consolidar el control social y para desarrollar nuevas tecnologías de vigilancia, pero es evidente que la movilización colectiva para eliminar las crisis puede ser solidaria por naturaleza, en lugar de autoritaria. Por desgracia, los debates sobre derechos humanos durante la pandemia han girado en su mayor parte en torno a derechos individuales limitados, ignorando el derecho de las poblaciones vulnerables de existir sin la constante amenaza del contagio y la muerte.

La emergencia de un potencial deus ex machina para la COVID-19 en forma de vacuna también conlleva implicaciones sobre la percepción de la crisis en el futuro. Por supuesto que el pronto desarrollo de varias vacunas es una genial noticia, pero también puede reforzar la idea de que nuestra era de intensificación de las crisis se puede “curar” mediante la tecnología.

Este es el relato que los defensores de la mitigación quieren que creamos, y la narrativa en la que basan su tesis de que el cambio hacia un modo de organización socioeconómica más colectivo y basado en la solidaridad es impracticable e incluso nocivo para la humanidad. En su lugar, nos instan a intensificar nuestro compromiso con el capitalismo destructivo para así facilitar el siguiente avance tecnológico. Y, por supuesto, este enfoque de “matar moscas a cañonazos” no comprende la compleja naturaleza de la destrucción del medio ambiente.

La cruda realidad es que curar los síntomas no contribuirá en nada a tratar nuestra condición subyacente, ni tampoco cambiará la partida cuyas cartas estaban ya echadas: no hay vacuna para el colapso ecológico que se avecina. La única esperanza es liberar nuestras imaginaciones colectivas y articular un movimiento de masas capaz de organizar una acción coordinada y solidaria en favor del bien común.

Por Nicholas Loubere, profesor asociado de Estudios sobre China en la Universidad de Lund. Sus investigaciones analizan el desarrollo rural y el microcrédito en la China contemporánea, y la migración china en el extranjero para la extracción de recursos. Es coeditor jefe de Made in China Journal

16 mar 2021 04:00

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Y la guerra contra la Tierra desembocó en una pandemia global

Un año buscando un culpable. Durante estos 365 días de pandemia, los dedos de la humanidad han apuntado hacia todo tipo de causas sin encontrar respuestas, sólo estigmas y conspiraciones. Lo evidente es que las explicaciones a este colapso parcial de los sistemas socioeconómicos –que durante los primeros meses de epidemia adquirió tintes distópicos– no están ligadas a la aleatoriedad de la naturaleza, ni a los intereses rebuscados de una nación asiática por alterar el orden geopolítico mundial, sino que se relacionan directamente con la forma en la que el ser humano se relaciona con la Tierra. El origen del nuevo coronavirus no es un pangolín, tampoco un laboratorio, sino una crisis ecológica provocada por las sociedades neoliberales y su cultura del crecimiento material.

«No hay duda de ello», asiente Fernando Valladares, doctor en Ciencias Biológicas e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Si bien no se sabe el origen exacto de la covid-19, todas las certezas científicas del momento apuntan a la pérdida de biodiversidad generada por actividades económicas como la deforestación, el comercio y la cría intensiva de especies animales. La propia ONU ha advertido de cómo la guerra contra la Tierra y el deterioro de los ecosistemas está llevando a la humanidad a una nueva era marcada por la aparición de epidemias. Tanto es así que el último informe del IPBES (Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de Ecosistemas) señala que en la naturaleza hay 1,7 millones de virus desconocidos que podrían saltar a la especie humana en cualquier momento en un proceso de zoonosis.

Para Valladares, la destrucción de la naturaleza es esencial para entender el origen de esta coyuntura epidémica en la que las civilizaciones modernas se han visto inmersas. «Estamos defecando sobre los ecosistemas, los estamos volviendo prácticamente disfuncionales y eso tiene unas consecuencias», advierte el experto. Donde hay un bosque, donde hay poblaciones de mamíferos y aves, hay biodiversidad, que no es otra cosa que un escudo protector que pone distancias entre el ser humano y los patógenos que se concentran en los reservorios naturales. Existen tres niveles de variedad natural que contribuyen a controlar la proliferación de patógenos. Por un lado, La diversidad de formas de vida: predadores y presas, carnívoros y herbívoros, de sangre fría y de sangre caliente. Cada una de estas funciones aportan un equilibrio natural que impide que haya sobrepoblación de especies que alberguen mayor número de reservas víricas. Por otro lado, en los ecosistemas hay una biodiversidad que afecta a animales dentro de un mismo grupo, es decir, diferentes tipos de roedores, de aves, de mamíferos. «Esto es un mecanismo de dilución que ayuda a disminuir las cargas víricas», matiza el investigador. Por último, hay una tercera escala de biodiversidad que afecta a un nivel genético, de tal forma que un virus no afecta de la misma forma a todos los animales de una misma especie concreta. «Este mecanismo lo tenemos los propios humanos y lo hemos visto con el coronavirus, cuando la enfermedad se ha manifestado de formas muy diferentes en cada uno de los pacientes».

La forma en la que el ser humano interactúa con animales, el modo en el que elimina hectáreas de bosques y expande sus ciudades sobre la naturaleza contribuye a que todos estos mecanismos se alteren, provocando que los virus y bacterias que permanecen ocultos puedan saltar al ser humano. «La Tierra es un sistema muy complejo de relaciones, donde cada especie tiene su función. De alguna forma, llevamos décadas irrumpiendo en los ecosistemas , alterando hábitats y poniendo especies salvajes cerca de nosotros. Esto no ha hecho más que incrementar los riesgos de que haya zoonosis», expone Gema Rodríguez, responsable de Especies Amenazadas en el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). 

Un círculo vicioso de malas prácticas

En la pérdida de biodiversidad y el incremento de riesgos de zoonosis intervienen elementos que se retroalimentan en un círculo vicioso. Por un lado, el cambio climático provocado por la actividad económica del ser humano basada en la quema intensiva de combustibles fósiles y el cambio de usos de la tierra. La subida de temperaturas del planeta resulta crucial para entender la propagación de la covid, tal y como apunta una investigación reciente de Science of the Total Environment, que detalla cómo los cambios en el termómetro han terminado alterando los ecosistemas de tal forma que las poblaciones de murciélagos –animal que sirve de reservorio de diversos tipos de coronavirus– de Myanmar o Laos se desplazarán hacia Yunnan, China.

La economía fósil ha provocado una gran crisis climática que es determinante para entender cómo los vectores de contagio de virus de origen animal se acercan cada vez más al ser humano. La covid no es un caso aislado. El zika, la malaria o el dengue también guardan relación con la forma en la que especies de mosquitos se trasladaron a nuevos hábitats con la progresiva subida de los termómetros. En el caso de España, el último informe del Ministerio para la Transición Ecológica y la Fundación Biodiversidad advierte de cómo las transformaciones en el clima pueden convertir la península ibérica en un lugar perfecto para que se asienten mosquitos que transmiten el virus del Nilo o las garrapatas que propagan la Fiebre Hemorrágica Crimea-Congo (FHCC).

«Esta pandemia es un síntoma más de que el ser humano no está en paz con el planeta Tierra. Desde el punto de vista semántico podríamos decir que la relación con el Planeta es violenta», opina Unai Pascual, economista del Centro Vasco para el Cambio Climático (BC3) y uno de los autores del último informe del IPBES sobre biodiversidad y pandemias. Se refiere el experto a otros impulsores directos de procesos de zoonosis, que a su vez aceleran o contribuyen al cambio climático. «Los cambios del uso de la tierra son determinantes», sostiene. En este punto, el experto señala que la deforestación tiene «unas implicaciones notables, ya que la tala masiva de árboles es una forma directa de destrucción de la biodiversidad, además de ser una de las causas principales de la aparición enfermedades infecciosas de origen zoonótico» como el SARS o el ébola, cuya propagación estuvo condicionada por el desplazamiento de especies de animales tras la devastación de selvas y bosques, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), que estima que el 70% de los brotes tienen que ver con esa pérdida de espacios verdes.

La deforestación –que lleva asociada una carga de emisiones de CO2 y destruye sumideros de carbono que ayudan a combatir el cambio climático– se relaciona directamente con el modelo agropecuario industrializado, en tanto que donde hoy se eliminan bosques, mañana se plantarán monocultivos de soja o aceite de palma destinados a la alimentación del ganado en las macrogranjas. Tanto es así, que según el Instituto Real de Asuntos Internacionales, el 76% de la tala masiva de árboles tiene que ver con este tipo de cultivos. El peso que ha adquirido la ganadería industrial en la economía neoliberal es, según Valladares, «una bomba de relojería» de cara a la irrupción de nuevas epidemias. Y es que las macrogranjas –además de generar una importante masa de gases de efecto invernadero– han sido en las últimas décadas reservorios de patógenos que han terminado saltando al ser humano. La gripe aviar o la gripe porcina son los dos ejemplos más recientes.

No sólo la ganadería intensiva es un factor de riesgo; el coronavirus también ha puesto en el foco mediático el impacto en la salud que pueden tener los mercados húmedos y la cría de especies invasoras. El mercado de Wuhan, epicentro de la pandemia de la covid-19, ha sido determinante para entender cómo el ser humano se expone al entrar en contacto con especies sacadas de sus hábitats. No en vano, esta epidemia también ha revelado los problemas de otras prácticas peligrosas que se desarrollan en Europa, como la cría intensiva de visones americanos, una especie invasora que ha sido el origen de múltiples rebrotes en el viejo continente durante 2020. Gema Rodríguez, cuya organización reclama el cierre de las fábricas peleteras, argumenta que «la cría de especies salvajes equivale a criar vectores de enfermedades». La cría de especies silvestres es muy común en España, donde existen granjas de jabalís o de liebres destinadas a las sueltas cinegéticas, cuya concentración en espacios reducidos debilita su sistema inmunológico y favorece la propagación de patógenos y enfermedades como la tuberculosis.

La raíz del problema

La ganadería industrial, la deforestación, la cría de especies salvajes o el propio cambio climático son impulsores directos para la aparición de nuevas epidemias como la del coronavirus; prácticas concretas y visibles que, según Valladares, conducen a la humanidad hacia una era donde las pandemias pueden ser cada vez más frecuentes. «Si seguimos así, es objetivo decir que tendremos más procesos de zoonosis. De hecho, es posible que haya múltiples epidemias al mismo tiempo. Es una cuestión de probabilidad y estadística, cuanta más biodiversidad perdamos, menos capacidad tendrán los ecosistemas de protegernos», expone el biólogo. 

Para el economista del BC3, es importante entender que los impulsores directos de la pandemia se sustentan en impulsores indirectos relacionados «con la gobernanza, la economía y las normas que regulan el comercio a nivel local, regional y global». En otras palabras, la tala masiva de árboles o la financiación de la agricultura y la ganadería no son prácticas aisladas, sino que responden a los mecanismos económicos del sistema neoliberal de crecimiento expansivo y a una cosmovisión sociocultural basada en el consumo material. «Que haya unas normas que permitan estas actividades no quiere decir que estas sean buenas. Eso es de lo que debemos empezar a hablar; de meter mano a todo metabolismo económico», argumenta Pascual.

El sistema de crecimiento económico se está topando con los límites físicos del planeta, del que cada vez quedan menos recursos que extraer. La naturaleza, de una forma casi mitológica, envía sus señales de alerta con forma de pandemia; con forma de colapso. Y es que la tiranía del PIB, la cultura de medir la prosperidad de un Estado en función de su riqueza material, está empezando a tener resultados paradójicamente antieconómicos. «Necesitamos bajar el consumo, reorientar la economía hacia los cuidados, desacelerar. Antes de pisar el freno tenemos que distribuir y asignar los recursos productivos de las economías de una forma sostenible. Si no cambiamos los mecanismos de gobernanza a todos los niveles, seguiremos perdiendo biodiversidad, acelerando el cambio climático y padeciendo pandemias» con un gran coste, no sólo humano, sino en la economía de los países. «La única forma de prevenir nuevos virus es desacelerar. No es una opinión, es un hecho basado en toneladas de artículos científicos que nos dicen que es más costosos reaccionar ante una pandemia que prevenir», sostiene Pascual.

Para Valladares, los estragos causados por la covid debería bastar para que la humanidad «aprenda» una lección valiosa sobre la importancia de la biodiversidad. «El enfoque, hasta ahora, ha sido muy paternalista y marcado por actuaciones simbólicas. Hemos tratado de salvar al lince, al lobo, al oso panda, pero no hemos ido a la raíz del problema, que es avanzar hacia un sistema que garantice que los ecosistemas nos puedan aportan seguridad», advierte Valladares. Sin embargo, un año después del estallido de la covid, con la vacuna cada vez más cerca, los datos no hacen ver que las cosas puedan cambiar. De hecho, no se observa un retroceso en actividades económicas vinculadas a la deforestación. Buena prueba de ello es que, tal y como apunta Pascual, mientras el precio del petróleo se tambaleó durante 2020, el de commodities agrícolas como la soja o el aceite de palma ha experimentado un crecimiento lineal durante todo el año.

Cuando la covid llego hace un año,  los cimientos del sistema económico se tambalearon. Las grandes ciudades se vaciaron, los hospitales colapsaron y las economías nacionales se desplomaron. En cierto modo, la pandemia es un espejo que devuelve el reflejo destructivo de la actividad humana. Ahora, la luz que anuncia el final del túnel parece tan cercana como un pinchazo de aguja, pero la pregunta, tras este mal sueño, es si la nueva normalidad traerá una vacuna para los ecosistemas.

10 de marzo de 2021

Publicado enMedio Ambiente
Marxismo ecológico, elementos teóricos

Uno de los puntos de partida en la búsqueda de algún atisbo político-ecológico en la obra de Marx y Engels, es el análisis que los fundadores del materialismo histórico hacen del metabolismo entre la sociedad y la naturaleza mediada por el trabajo.

A pesar de los prejuicios en el ecologismo en relación con la teoría marxista, cabe resaltar los diversos pasajes en los cuales Marx y Engels analizaron los vínculos entre el mundo social y el mundo natural (Sabbatella y Tagliavini, 2011a), específicamente, el intercambio material que existe constantemente entre la sociedad y la naturaleza mediante la actividad productiva del ser humano, la cual se sustenta de la misma naturaleza a la que transforma y por la que es transformado(Arias Maldonado, 2004, p. 78). La teoría marxista identifica al ser humano como parte de la naturaleza, no como esta creada para el ser humano. Como menciona Schmidt: “la naturaleza es para Marx un momento de la praxis humana y al mismo tiempo la totalidad de lo que existe”(1977, p. 23).

     El trabajo permite crear las condiciones necesarias para el desarrollo de la vida humana en la naturaleza, es la actividad que permite al ser humano, a diferencia de los demás seres vivos que pueden adaptarse de manera orgánica al medio natural, sobrevivir a este medio(Bosch, Carrasco y Grau, 2005, p. 329). Por medio del trabajo se actúa sobre la naturaleza, de esa forma se crea una realidad objetiva externa la cual da sentido y fundamenta la existencia del ser humano(Ortega Hernández, 2018, p. 4). Además, como señala Arias Maldonado: “la transformación de la naturaleza a través del proceso del trabajo es, a fin de cuentas, el origen y motor de la historia en el materialismo histórico marxista” (2004, p. 63).Es decir, el estudio de la historia de la sociedad parte del análisis del intercambio material entre el ser humano y la naturaleza. “Es a partir de este a priori social como Marx puede construir toda una concepción de la sociedad, constituyendo una teoría verdaderamente comprensiva de la totalidad social” (Koppmann, 2013, p. 30).

Para Marx la transformación de la naturaleza externa al ser humano es, al mismo tiempo, una transformación de su naturaleza interna. La relación del ser humano con su naturaleza externa es dialéctica, pues el ser humano no solo transforma el medio, sino que, al hacerlo, se transforma a sí mismo en sus propias relaciones interespecíficas (Foladori, 2005, p. 123). Por ende, en la teoría marxista deja de tener fundamento la consideración del ser humano como un ente abstracto y totalmente aislado. La ciencia (marxista) de la sociedad adquiere un nuevo concepto de naturaleza, reunificando la ciencia natural con la ciencia de la sociedad en la medida en que ambas constituyen la ciencia de los seres humanos en el mundo social (Koppmann, 2013, p. 30).

La naturaleza contiene desde el punto de vista del análisis marxista un elemento objetivo y otro subjetivo. Como señala Foladori, el elemento objetivo está dado por las características materiales del medio, por ejemplo, la biodiversidad, mientras que el elemento subjetivo está dado por el hecho de que la biodiversidad sea apropiada yexplotada, y las consecuencias ambientales de su transformación y destrucción afecten de forma desigual a los diferentes grupos y clases sociales (2005, p. 123).En los Tomos I y III de El Capital, expuso Marx las consecuencias diferenciadas de la apropiación de las características materiales del medio, específicamente en relación con el desarrollo de la agricultura moderna del sistema capitalista: la acumulación en pocas manos de grandes extensiones de tierra tiene como consecuencia el desplazamiento rural y, por consiguiente, el hacinamiento urbano de los desposeídos y la disminución gradual de los medios de vida (Bellamy Foster, 2000, pp. 240-241).Marx no analizó la agricultura de manera abstracta, sino el desarrollo de la agricultura capitalista en una sociedad dividida en clases antagónicas, haciendo énfasis en la producción de plusvalía mediante la explotación tendencialmente creciente de la naturaleza y la clase trabajadora, objetivo último de las fuerzas productivas en el capitalismo (Pérez y Ramírez Chaves, 2020, pp. 61-62).

Fue Marx el primer economista en incorporar en su estudio de la sociedad capitalista las nociones de energía y entropía, que surgen de la primera y segunda leyes de la termodinámica. Por ende, su análisis de la ruptura del metabolismo entre los seres humanos y el suelo, parte del “resultado del traslado de alimentos y fibras a la ciudad, donde los nutrientes extraídos del suelo, en lugar de regresar a él, terminan contaminando el aire y el agua” (Bellamy Foster,citado en Boltvinik, 2015, p. 21). Marx subrayó la naturaleza y el trabajo como fuentes de la riqueza, distinguiendo y criticando a quiénes consideraban únicamente al trabajo como fuente de toda riqueza. En general, la naturaleza en la obra de Marx adquiere un carácter fundamental, entendida ésta como la fuente de los valores de uso, que al final son los que verdaderamente integran la riqueza material.Y especial énfasis hace Marx en la irracionalidad de la propiedad privada de los bienes naturales, cuando la función de la humanidad es su conservación para garantizar el sostenimiento (generacional) de la especie humana sobre la Tierra:

Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan absurda como la propiedad de un hombre en manos de otro hombre. Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como boni patres familias [buenos padres de familia], a las generaciones venideras (Marx, 2009, p. 987).

ParaSacristán, generaciones de marxistas profundizaron su análisis, por ejemplo, en cuestiones relacionadas con la tecnificación de la agricultura o la reducción de la población agrícola en relación con los pasajes acerca de la agricultura capitalista en El Capital, “pero sin reparar en lo que decían acerca de la relación entre la especie humana y la naturaleza” (1984, p. 46). No obstante, la desestabilización del metabolismo sociedad-naturaleza a escala planetaria debido al proceso de acumulación infinita de capital, conllevó a una fundamentación más ecológica de la teoría marxista, resaltando la importancia del intercambio material y las consecuencias en las relaciones de clase de la apropiación desigual de las condiciones materiales (Bellamy Foster, 2017, p. 96). Teniendo en cuenta que “los problemas de ecología política son problemas prácticos, no ideológicos” (Sacristán, 1984, p. 40), la teoría marxista ha influido en la práctica ecológica, y la ecología ha influido en la práctica socialista. Por ende, la relación entre la teoría marxista y la ecología ha sido compleja, interdependiente y dialéctica (Bellamy Foster, 2017, p. 88).

     Respecto al marxismo ecológico en sí, fue James O’Connor (2001) quien acuñó el término basándose en el metabolismo sociedad-naturaleza de la teoría marxista y analizando la inminencia de crisis económicas derivadas de la subproducción de capital que la apropiación y destrucción de la naturaleza suscita. Lo anterior, debido a la degradación de las condiciones naturales de producción, cuyos costos ecológicos disminuyen la rentabilidad del capital (Boltvinik, 2015, p. 25). A lo anterior, O’Connor le llamó la segunda contradicción del capitalismo.

La segunda contradicción del capitalismo

O’Connor (2001) distingue el origen de las crisis económicas en la teoría marxista tradicional del origen en la teoría marxista ecológica. Para la teoría marxista tradicional, el origen de las crisis económicas es la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Es decir, la contradicción entre la producción y la realización (o apropiación) del valor y la plusvalía. Para la teoría marxista ecológica, el origen de las crisis económicas es la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, por un lado, y las condiciones naturales de producción, por el otro. Dichas contradicciones son denominadas primera y segunda contradicción del capitalismo, respectivamente.

     Marx distinguió tres tipos de condiciones naturales de producción (O’Connor, 2001): (1) las condiciones físicas externas (condiciones naturales); (2) la fuerza de trabajo (condiciones personales); y, (3) el medio construido (condiciones comunales). Las condiciones naturales de producción no son producidas de manera capitalista, sin embargo, el capital las trata como si fuesen mercancías. Por lo tanto, “sus condiciones de oferta (cantidad y calidad, lugar y tiempo) tienen que ser reguladas por el Estado o por capitales que actúan como si fuesen el Estado”. En general, la base fundamental de la segunda contradicción del capitalismo es la apropiación autodestructiva por parte del capitalismo de las condiciones naturales de producción, que al final constituye la creación de límites físicos para la acumulación infinita del capital, generando una crisis de costos. El capital, para existir, debe expandirse de manera infinita, y, por ende, tiende a degradar las condiciones de su propia producción (Kovel, citado en Crevarok, 2006, p. 238). Para el capital no basta con apropiarse de la naturaleza para tratarla como una mercancía, sino “rehace[r] a la naturaleza y sus productos biológica y físicamente (y política e ideológicamente) a su propia imagen y semejanza” (O’Connor, 2000, p. 16).

     La sustentabilidad del capitalismo tambalea cuando se incrementan significativamente los costos de las condiciones naturales, personales y comunales, ya que además de la primera contradicción, el capitalismo enfrenta la posibilidad de una segunda contradicción, que está acompañada de una crisis económica (O’Connor, 2000, p. 21).El capital es incapaz de abstenerse de autodestruir sus propias condiciones naturales de producción, lo cual genera un aumento de los costos. Además, la cuestión del abastecimiento de las condiciones naturales de producción puede ocasionar un problema para la producción de la plusvalía, representando una barrera externa para la acumulación de capital (Sabbatella y Tagliavini, 2011). O’Connor señala que la crisis de costos se origina de dos maneras: primero, cuando el capital obtiene ganancias degradando las condiciones materiales y sociales de producción, sin lograr mantenerlas en buen estado durante largo tiempo. Por ejemplo, el incremento de los costos de las condiciones sanitarias de trabajo o el descenso de la productividad de la tierra. Y segundo, cuando la presión de los movimientos sociales obliga al capital a preservar y restaurar las condiciones naturales de producción (2000, p. 22).

     No obstante, la segunda contradicción no puede entenderse de manera abstracta, sino objetiva y subjetivamente según el análisis marxista. Es decir, la afectación diferenciada de la crisis según la clase social. Y en el marco de la globalización, según la marcada diferencia entre el Norte rico y el Sur pobre. No es un secreto que el capitalismo en su afán de acumular ocasiona la destrucción ecológica más descarada, e incluso que pueda lucrarse con la degradación de la naturaleza hasta llegar al punto de no-retorno (Boltvinik, 2015, p. 26). Cuando las condiciones naturales de producción del Norte empiezan a degradarse y generar tensión en la formación social capitalista, el problema es desplazado al Sur. El Sur es obligado, por ejemplo, a aceptar los residuos del Norte, someterse a severas limitaciones de producción industrial, e incluso desarrollar formas de producción ecológicamente más sustentables en nombre del desarrollo (Wallerstein, citado en Sabbatella y Tagliavini, 2011b). Lo anterior, es una característica del proceso de valorización infinito de la naturaleza en general que traspasa las fronteras del Estado-nación, pero que enfrenta las barreras físicas de las condiciones naturales de producción, más cuando la restauración de dichas condiciones lleva más tiempo del que se tardó en ser destruidas. Claramente la consecuencia de la destrucción de los bienes naturales afecta desigualmente según la clase social, independientemente si adquiere dimensiones globales.

La segunda contradicción que genera en un primer momento una crisis ecológica “constituye cada vez más la amenaza más obvia no sólo para la existencia del capitalismo sino para la vida del planeta” (Bellamy Foster, 1992, p. 167).

Pero mientras el capital encuentra en la práctica salidas a sus barreras físicoeconómicas, la población en general, y las clases trabajadoras con mayor razón, se ven sometidas, crecientemente, a vivir en un mundo cada vez más inhóspito por causa principal, aunque no exclusiva, de las relaciones mercantiles y capitalistas (Foladori, 1996, p. 133).

Por Juan Camilo Delgado Gaona | 02/03/2021

 

Referencias

Arias Maldonado, M. (2004). Prometeo desencadenado. Sobre la concepción marxista de la naturaleza. RIPS, 3(2), 61-83.

Bellamy Foster, J. (1992). La ley general absoluta de la degradación ambiental en el capitalismo. Ecología Política, 4, 167-169.

Bellamy Foster, J. (2000). La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza. Ediciones de Intervención Cultural / El Viejo Topo.

Bellamy Foster, J. (2017). Marxismo y ecología: fuentes comunes de una gran transición. Contraste Regional, 5(9), 87-101.

Bosch, A., Carrasco, C. y Grau, E. (2005). Verde que te quiero violeta. Encuentros y desencuentros entre feminismo y ecologismo. En E. Tello.La historia cuenta: del crecimiento económico al desarrollo humano sostenible (pp. 321-346). El Viejo Topo.

Boltvinik, J. (2015). Límites objetivos del capitalismo, múltiples tendencias que anuncian el fin del capitalismo y paradoja de Lauderdale. Mundo Siglo XXI, 11(37), 11-26.

Crevarok, C. (2006). El capitalismo y la ‘crisis ecológica’. Lucha de Clases, 6, 235-246.

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Juan Camilo Delgado Gaona. Ingeniero Ambiental. Militante de la Juventud Comunista Colombiana

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Domingo, 28 Febrero 2021 05:28

Bill Gates: el clima de los billonarios

Bill Gates: el clima de los billonarios

El 16 de febrero de 2021, Bill Gates, el tercer hombre más rico del planeta, lanzó su libro Cómo evitar un desastre climático. Gates no sabía nada de cambio climático hasta hace pocos años, aunque su "huella climática" personal y empresarial es enorme, miles de veces mayor que la de cada persona de la vasta mayoría de la población mundial. Nada propone para cambiar esa realidad. Su receta es aplicar una mezcla de tecnologías extremas de alto riesgo –energía nuclear, nuevos transgénicos y geoingeniería–, mercados de carbono y fondos de inversión, y que los gobiernos apoyen a las empresas para ello con incentivos económicos, normativas a su favor e infraestructura con dinero público.

El libro no agrega nada a sus propuestas ya conocidas. Es más bien un resumen organizado para gobiernos, empresas e investigadores, en formato “como salvar el planeta para dummies” (o tontos, usado en manuales para referirse a principiantes). En una reciente entrevista con el periodista Anderson Cooper, Gates dice que el primer libro que leyó sobre clima hace 10 años, fue Weather for dummies (El tiempo para principiantes) (https://tinyurl.com/47x45b9v). En el libro aclara que además de otras lecturas, expertos como los promotores de la geoingeniería David Keith y Ken Caldeira le han estado informando sobre el tema.

La lista de tecnologías propuestas por Gates da vértigo: no duda en manipular desde los átomos a los genomas y el clima. La combinación de su mentalidad de ingeniero que ve al mundo, la naturaleza, el clima y los pueblos como partes de una máquina donde todo se puede mover con tecnología e inteligencia artificial, contrasta con sus rampantes declaraciones de fe de que nada de eso tendrá ningún problema, al menos ninguno que no pueda afrontar con más tecnología. Propone, por ejemplo, desplegar masivamente reactores para energía nuclear –que asegura que ahora no tendrán problemas como los desastres de Chernóbil o Fukushima; nuevas megaplantaciones de agrocombustibles, que al ser con semillas transgénicas y microbios de biología sintética ahora no competirán con la producción de alimentos, al igual que más plantaciones de soya y maíz transgénico para fabricar carne sintética en laboratorio, tambien con microbios manipulados genéticamente. Promueve la geoingeniería tanto para remover carbono como la geoingeniería solar. Financia la tecnología de impulsores genéticos para extinguir especies que, pese a presentarla como combate a la malaria, tiene sobre todo aplicaciones en agricultura industrial y química.

Gates afirma que el mayor desafío "para la humanidad" es llegar a reducir las emisiones de dióxido de carbono a cero en 2050. Una meta demasiado distante para no sobrepasar un aumento de temperatura global de más 1.5 grados, según el Panel de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Tanto Gates, como muchas empresas trasnacionales contaminantes y el Foro Económico de Davos, han anunciado compromisos de alcanzar "cero emisiones netas" en unas décadas. Es una trampa: Gates aclara en el libro que se refiere a emisiones cero "netas", es decir que se puede seguir emitiendo gases, incluso aumentar las emisiones, porque se puede asociar compensaciones ( offset), para que la suma sea cero. Esas compensaciones se harían con mercados de carbono y tecnologías de geoingeniería para remover carbono de la atmósfera una vez emitido. Nada de eso ha funcionado para enfrentar el caos climático, ni va a funcionar. Gates lo sabe, por ello exhorta a apoyar también el desarrollo de la geoingeniería solar para bajar la temperatura, para evitar que parte de los rayos del sol lleguen a la Tierra, como un plan B, aunque reconoce que tiene grandes riesgos.

Una de las técnicas de geoingeniería que presenta el libro es la captura directa de aire, en particular la empresa Carbon Engineering, donde Gates es inversor junto a Chevron, Occidental Petroleum y la minera BHP Billiton. La técnica requiere tanta energía para capturar y filtrar carbono de la atmósfera, que aumenta las emisiones totales de CO₂ si se tiene en cuenta todo el ciclo. Salvo con megainstalaciones de energías no fósiles, que de todos modos requerirán materiales, tierra, agua y competirán con mejores usos de tales fuentes de energía. El fundador (e inversor) de Carbon Engineering es David Keith, quien también dirige desde la Universidad de Harvard el programa de geoingeniería solar, financiado por Gates y otros millonarios. En este momento en el ojo de la tormenta por el cuestionamiento a su proyecto ScoPEx para experimentar en territorios indígenas cómo bloquear la luz del sol (https://tinyurl.com/t3wr59r5).

Aunque Gates declara que él y la Fundación Gates han retirado sus inversiones en las industrias petroleras, un ilustrativo artículo de Tim Schwab muestra lo contrario (https://tinyurl.com/dkuapxbk). Además, las empresas en las que invierte, como Microsoft y Carbon Engineering, siguen haciendo negocios con ellas. Señala, que aunque Gates promueve sus propias empresas, no es porque necesite más dinero. El punto más importante que comunica no es sobre clima, sino el poder de los milmillonarios sobre los gobiernos, para avanzar en lo que quieran, y qué éstos le pavimenten el camino.

Por Silvia Ribeiro, Investigadora del Grupo ETC

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Xi Jinping declara la erradicación completa de la pobreza extrema en China

El presidentechino Xi Jinping anunció hoy que China, el país más poblado del mundo, ha obtenido una “victoria completa” en su lucha contra la pobreza.

El mandatario hizo estas declaraciones al pronunciar un discurso en una reunión en Beijing para marcar los logros del país en el alivio de la pobreza y reconocer a los modelos a seguir en dicha causa.

En los últimos ocho años, 98,99 millones residentes rurales que vivían por debajo de la línea de pobreza actual se han liberado de este flagelo. Los 832 distritos empobrecidos y 128 000 aldeas en condiciones similares también se han retirado de la lista que recoge a las localidades afectadas por la miseria.

Desde la puesta en marcha de la reforma y la apertura a finales de los años setenta, 770 millones de residentes rurales han sido sacados de la pobreza, calculando sobre la base del umbral actual.

Aseguró que China ha aportado más del 70 por ciento de la reducción de pobreza global durante este período. Con tales logros ha creado otro “milagro” que “pasará a la historia”, afirmó Xi.

25 febrero 2021

(Con información de Xinhua)

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Un hombre corre en Nueva Delhi (India), una de las ciudades del mundo más golpeadas por la polución.SOPA Images / getty

Un estudio calcula las muertes que se pueden evitar con las medidas necesarias para cumplir el Acuerdo de París

Salvar millones de vidas y frenar el avance del cambio climático para dejar el calentamiento dentro de los límites menos catastróficos posibles. Es la receta que proponen los responsables de un estudio en el que se calculan los beneficios para la salud humana que pueden tener políticas climáticas relacionadas con las modificaciones en la dieta, la reducción de las emisiones que empeoran la calidad del aire y la movilidad.

El informe se centra en nueve países responsables del 70% de las emisiones de efecto invernadero mundiales y en los que vive el 50% de la población mundial, entre los que figuran los dos principales contaminantes del planeta: China y Estados Unidos. Los autores calculan que solo en esos nueve países se podrían salvar hasta 6,4 millones de vidas al año con la mejora de la dieta a partir de 2040. También, las políticas de reducción de la contaminación del aire propuestas evitarían 1,6 millones de muertes anuales y las de movilidad activa (como desplazarse más en bicicleta y andando) 2,1 millones de fallecimientos.

Para llegar a esas cifras los autores de este estudio publicado en la revista The Lancet Planetary Health parten de un escenario de cumplimiento del objetivo del Acuerdo de París de lograr que el incremento de la temperatura media del planeta se quede por debajo de los 2 grados respecto a los niveles preindustriales. Para cumplir esa meta se necesita que durante la segunda mitad de este siglo se alcancen las emisiones netas cero; y todos los países firmantes del pacto climático deben presentar planes de reducción de sus gases de efecto invernadero.

Los autores traducen esas medidas en beneficios para la salud de la población y proyectan las vidas que se pueden salvar. El ámbito en el que ven más margen de acción es en el referido a los cambios en la alimentación, que se debe transformar hacia un mayor consumo de frutas y verduras y la reducción en el consumo de carne roja y alimentos procesados, con lo que se acercan a las dietas flexiterianas (cercana a la vegetariana pero con proteína animal de forma ocasional). El estudio tiene en cuenta las diferencias locales, lo que hace que se proponga una reducción del consumo de carne roja dispar: mientras que en Suráfrica, el Reino Unido, el Brasil, China, Alemania y los Estados Unidos se plantea una disminución de entre el 86% y el 92%, en la India no se defiende que se baje debido a la poca cantidad de esta proteína que se consume allí.

Respecto a las políticas climáticas que llevarían a la mejora de la calidad del aire, el análisis apunta a que, si se cumple la meta de los 2 grados del Acuerdo de París, las concentraciones de las partículas PM2,5 relacionadas con los combustibles fósiles caerán un 73% en 2040 de media en los nueve países analizados. Esto haría que se evitan hasta 1,6 millones de muertes anuales. Por último, en lo que se refiere a la movilidad, los mayores beneficios para la salud de sus ciudadanos del aumento de los desplazamientos a pie o en bicicleta se lograrían en Estados Unidos, Suráfrica, China y el Reino Unido.

“En el fondo, el Acuerdo de París se puede considerar como un tratado de salud pública”, explica María Neira, directora del Departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS. La Organización Mundial de la Salud, explica esta doctora, lleva décadas incidiendo en la relación entre cambio climático y contaminación y los problemas de salud. Pero Neira admite que en los últimos años se ha producido un boom de estudios de este tipo. “En la OMS ponemos también mucho énfasis en los argumentos positivos; es decir, que la gente vea el cambio climático como un problema, pero que también vea que existen soluciones que son positivas para la salud”, señala relación con el informe de The Lancet, una publicación con la que su organización colabora desde hace años. “Las políticas contra el cambio climático tienen beneficios que también nos ayudarán a evitar vulnerabilidades respecto a las pandemias o la calidad del aire, y que suponen beneficios económicos”, añade Neira.

“El cambio climático es un problema de salud”, resume Julio Díaz Jiménez, investigador de la Escuela Nacional de Sanidad en Instituto de Salud Carlos III. Díaz también aprecia en los últimos años un incremento de los estudios y artículos en los que se relaciona el calentamiento global, la contaminación y los problemas de salud. “Durante años hizo mucho daño que se relacionara el cambio climático solo con los osos polares y la pérdida de biodiversidad”, añade este investigador, quien aplaude la proliferación de análisis que ponen la salud en el punto de mira.

Sin embargo, Díaz cree que se debe dar un salto más y pasar de los informes con “un enfoque global” a afrontar los impactos con un “enfoque local”. Por ejemplo, se tendría que intentar que los científicos vayan más allá de los modelos en los que se cifran las muertes prematuras causadas por la polución de forma global, para analizar estos problemas de forma local y así para poder aplicar planes de acción concretos. Además, este investigador pide más acción de los políticos en esa línea y plantea, por ejemplo, la necesidad de que España cuente con un observatorio de salud y cambio climático que permita tomar decisiones.

Víctimas de los combustibles fósiles

El estudio de The Lancet ha coincidido con otro artículo, este publicado en la revista Environmental Research, en el que se afirma que la contaminación generada por los combustibles fósiles está detrás del 20% de las muertes anuales en el mundo, lo que supone alrededor de ocho millones de personas fallecidas cada año. La OMS señala desde hace años que anualmente mueren en el planeta siete millones de personas por la mala calidad del aire y que el 75% son responsabilidad de los combustibles fósiles. El estudio publicado ahora eleva más esa cifra partiendo de los datos de 2012 y 2018 y de un nuevo modelo de contabilización. En España, se cifra en 44.603 personas mayores de 14 años las mueren cada año como consecuencia de la contaminación atmosférica por las partículas PM2,5 asociadas a los combustibles fósiles.

Por Manuel Planelles

Madrid - 10 feb 2021 - 06:44 UTC

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