Martes, 05 Junio 2012 20:34

El doble negocio de la desocupación

El doble negocio de la desocupación
Los pobres desempleados e improductivos que viven de la ayuda del Estado en realidad no son un mal negocio para las grandes empresas. No sólo ayudan a mantener los sueldos deprimidos, según ya se sabía en el siglo XVIII, sino que, además, en nuestra civilización de las cosas son consumidores perfectos. La ayuda que estos pobres desempleados reciben del Estado va destinada completamente al consumo de bienes básicos o de diversion y dis-track-tion, lo que significa que las megaempresas aún así continúan haciendo un gran negocio con el dinero de los contribuyentes. Por supuesto, todo tiene su arte y su línea de naufragio.

Por otro lado, esta realidad sirve para una crítica o un discurso en principio aceptable y enquistado en la conciencia popular del mundo rico, producto del bombardeo mediático: mientras las grandes compañías producen (en varios sentidos de la palabra) y generan puestos de trabajo, los holgazanes se benefician de ellas a través del Estado. Las grandes compañías son las vacas sagradas del progreso capitalista y el Estado con sus holgazanes son las lacras que impiden la aceleración de la economía nacional.

En primera instancia es verdad. Este mecanismo no sólo mantiene una cultura de la pereza en las clases más bajas esperando esa ayuda del Estado (cuando existe un sistema de seguro social como en Estados Unidos) sino que además alimenta el odio de las clases trabajadoras que deben resignarse a seguir pagando sus impuestos para mantener a ese margen de desocupados que básicamente significan una carga y también una permanente amenaza de mayor criminalidad y más gastos en prisiones. Lo cual también es cierto, ya que es más probable que un desocupado profesional se dedique a alguna actividad criminal que un trabajador activo.

Este odio de clases mantiene el status quo y, por ende, el dinero sigue fluctuando de la clase trabajadora a la clase ejecutiva, entre otros medios, vía holgazanes-desocupados. Si esos desocupados estuviesen en el circuito de trabajo, probablemente consumirían menos y exigirían mejores salarios y educación. Estarían mejor organizados, no tendrían tanto resentimiento por aquellos que se levantan temprano para ir a sus trabajos, serían menos víctimas de la demagogia de los políticos populistas y de las sectas empresariales que son, en definitiva, las dueñas del capital y, sobre todo, del know-how social --los know-why y los know-what son irrelevantes.

Para alguien que debe vender un mínimo anual de toneladas de azúcar a la industria de la alimentación, por decirlo de alguna forma, un trabajador nunca será una mejor opción que un desocupado mantenido por el Estado. Para los empresarios de la salud, tampoco. Algunos estudios recientes indican que el consumo de azúcar en las gaseosas es tan perjudicial para el hígado como el consumo de alcohol, ya que el hígado de cualquier forma debe metabolizar el azúcar (glucólisis), por lo cual tomar una soda, en última instancia y sin considerar las alteraciones de la conducta, es lo mismo que beber whisky (Nature, Dr. Robert Lustig, Univ. of California). Una Coca-Cola ni siquiera tiene las ventaja que tiene el vino para la salud. Sin embargo, en los últimos años la proporción de azúcar en las bebidas y la cantidad que consume cada individuo ha ido aumentando en el mundo entero, a pesar que nuestro organismo sólo tuvo tiempo de evolucionar para tolerar el azúcar de las frutas, una temporada al año. Los especialistas consideran que ese aumento del consumo se debe a la presión política de las compañías que están involucradas en la comercialización del azúcar. Como consecuencia, en Estados Unidos y en muchos otros países tenemos poblaciones cada vez más obesas y más enfermas, lo que de paso significa mayores ganancias para la industria de la salud y los laboratorios farmacéuticos.

Pero así funciona la lógica del capitalismo tardío, que es la lógica global hoy en día: si no hay consumo no hay producción y sin ésta no hay ganancias. Sería mucho más saludable para los consumidores si los vendedores de alimentos a base de sabrosos shocks de sal-azúcar, asaltaran a cada consumidor antes de entrar a un supermercado. Pero esto, como el incremento de impuestos, es políticamente incorrecto y demasiado fácil de visualizar por parte de los consumidores. Siempre me llamó la atención el hecho universal de que los drogadictos roban y matan a personas honestas para comprar drogas y no roban ni asaltan a los mismos vendedores de drogas, lo cual sería un camino más directo e inmediato para una persona desesperada. Pero la respuesta es obvia: siempre es más fácil asaltar a un trabajador honesto que a un delincuente que conoce el rubro. Por lo general, esto último es casi imposible, al menos para un consumidor común.

El objetivo primario de cualquier empresa son las ganancias y todo lo demás son discursos que intentan legitimar algo que no puede ser cambiado dentro de la lógica puramente capitalista. Cuando esta lógica funciona sin trabas, se llama progreso. Las compañías progresan y como consecuencia progresan los individuos --hacia la destrucción propia y ajena.

Recientemente la ciudad de Nueva York prohibió la venta de las botellas gigantes de soda alegando que estimulaban el excesivo consumo de azúcar. Este tipo de medidas nunca sería tomada, ni siquiera propuesta, por una empresa privada cuyo objetivo es vender, al menos que venda agua mineral. Pero en este caso la prohibición explícita de una empresa sobre otra iría contra las leyes del mercado, razón por la cual esta lucha normalmente se produce según las leyes de Darwin, donde los más fuertes devoran a los más débiles.

Estos límites a la “mano invisible del mercado” sólo pueden establecerlos los gobiernos. Lo mismo ocurrió con la lucha contra el tabaquismo. Los gobiernos suelen estar infestados, inoculados por los lobbies de las grandes corporaciones y suelen responder a sus intereses, pero no son monolitos y cada tanto recuerdan su razón de ser según los preceptos modernos. Entonces se acuerdan de que existen para la población, y no al revés, y actúan en consecuencia reemplazando las ganancias por la salud colectiva.

Las libertades no han progresado por las corporaciones empresariales y financieras sino a pesar de estas. Han progresado a lo largo de la historia por aquellos que se han opuesto a los poderes hegemónicos o dominantes del momento. Siglos atrás esos poderes eran las iglesias o los Estados totalitarios, como los antiguos reyes y sus aristocracias, como en la Unión Soviética y sus satélites. Desde hace varios siglos hasta hoy, cada vez más, esos poderes radican en las corporaciones que son las que poseen el poder en forma de capitales. Cualquier verdad que salga de los grandes medios estará controlada de forma directa o de forma sutil –por ejemplo, a través de la autocensura-- por estas grandes firmas, que son las que mantienen los medios a través de los anuncios publicitaros. Los medios ya no sobreviven, como en el siglo XIX y gran parte del siglo XX, de la venta de ejemplares. Es decir, los grandes medios cada vez dependen menos y, por lo tanto, cada vez se deben menos a la clase media y trabajadora. La Era digital podrá un día revertir este proceso, pero por el momento los individuos aislados se limitan a reproducir noticias y narrativas sociales prefabricadas por los grandes medios que básicamente viven de los anuncios publicitarios de las grandes empresas y corporaciones. Es decir, los superyós sociales. El control es indirecto, sutil e implacable. Cualquier cosa que vaya contra los intereses de los anunciantes significará la retirada de capitales y, por ende, la decadencia y el fin de esos medios, que dejarán lugar a otros para cumplir su rol de marionetas.

Con algunas excepciones, ni los pobres ni los trabajadores pueden hacer lobbies en los parlamentos. En tiempos de elecciones, son los las corporaciones quienes pondrán miles de millones para elegir un candidato o el otro. Ninguno de los candidatos cuestionará la realidad básica que sostiene la existencia de esta lógica pero cualquiera de ellos que sea elegido y luego electo --o viceversa-- estará hipotecado en sus promesas cuando asuma el poder y deberá responder en consecuencia: ninguna empresa, ningún lobby pone millones de dólares en algún lugar sin considerar eso como una inversión. Si lo ponen para combatir el hambre en África será una inversión moral, “lo que les sobra”, como dijera Jesús refiriéndose a las limosnas de los ricos. Si lo ponen en un candidato presidencial será, obviamente, una inversión de otro tipo.

El poder desproporcionado de estas corporaciones, muchas secretas o discretas son el peor atentado contra la democracia en el mundo. Pero pocos podrán decirlo sin ser etiquetados de idiotas. O aparecerán en algunos grandes medios voceros del establishment, porque cualquier medio que se precie de democrático deberá pagar un impuesto a su hegemonía permitiendo que se filtren algunas opiniones verdaderamente críticas. Estas, claro, son excepciones, y entrarán en conflicto con un público acostumbrado al sermón diario que sostiene el punto de vista contrario. Es decir, serán entendidas como productos infantiles de aquellos que no saben “cómo funciona el mundo” y defienden a los holgazanes desocupados que viven del Estado, mientras éste vive de y castiga a las grandes empresas más exitosas. Sobre todo en tiempos de crisis, el Estado las castiga con rebajas de impuestos, préstamos sin plazo y rescates sin límites.

Desde la última gran crisis económica de 2008 en Estados Unidos, por ejemplo, las grandes empresas y corporaciones no han parado de aumentar sus ganancias mientras la reducción del empleo ha sido débil y un caballito de batalla para la oposición al gobierno. Los economistas más consultados por los grandes medios llaman a esto “aumento de la productividad”. Es decir, con menos trabajadores se obtienen mayores beneficios. Los trabajadores que sobran como consecuencia del aumento de productividad son derivados a la esfera del maldito Estado que debe asegurar que --aunque desmoralizados o por eso mismo-- sigan consumiendo con el dinero de la clase media para aumentar aún más las ganancias de los mercaderes de las elites dominantes que, sin pagar esos salarios pero sin dejar de venderles las mismas baratijas y las mismas sodas azucaradas y las mismas chips saladas, verán aumentadas aún más la efectividad, la productividad y las ganancias de sus admirablemente exitosas empresas.

Nosotros podemos llamar a todo este mecanismo perverso “el doble negocio de la desocupación” o “los milagros de las crisis financieras”.

Jorge Majfud
Jacksonville University
majfud.org
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Viernes, 01 Junio 2012 06:25

Desempleo y disolución social

Desempleo y disolución social
Difícil imaginar el mundo actual y la sociedad creada por la “civilización capitalista”, con la enorme concentración de las poblaciones en los centros urbanos y en sus periferias, sin referirse al simultaneo poder “disolvente” y “aglutinador” del capitalismo industrial en sus dos siglos de existencia.

 
Disolvente porque desde su origen en Inglaterra, para imponerse como el sistema dominante, el capitalismo tuvo que destruir las antiguas formas de propiedad y de relaciones sociales que permitían el empleo y la subsistencia de la mayoritaria población rural, provocando así el éxodo de la población rural empobrecida que fue aglutinándose en los nacientes centros urbanos donde los recién creados talleres, fábricas, depósitos, comercios de exportaciones e importación, y la naciente burocracia necesitaban de una abundante mano de obra “libre”, asalariada, que podía ser libremente contratada y despedida. La acelerada urbanización en China es un ejemplo viviente de este doble proceso.
 
Pero ahora, en este “nuevo capitalismo” nacido de las políticas neoliberales, por el desempleo masivo y crónico entramos en un nuevo ciclo de “disolución social”, con todos los interrogantes que eso implica en términos económicos, sociales y políticos.

 
Un poco de actualidad

 
El diario Washington Post reporta (30-05-2012) que la proporción de estadounidenses entre los 25 y 45 años de edad que tienen un empleo es la más baja de los últimos 23 años anteriores a la recesión del 2008.

 
Las estadísticas no filtradas, que incluyen el desempleo crónico y el subempleo (1), muestran que el paro real en Estados Unidos (EE.UU.) es muchísimo más elevado que el 8.1 por ciento de las cifras oficiales.

 
En este contexto el gobierno de Washington, según el diario The New York Times (30-05-2012), cortará los pagos del seguro contra el desempleo a “cientos de miles de desempleados” a pesar del alargamiento hasta finales del 2012 que el Congreso había adoptado para ese subsidio. Los cesantes de larga duración, unas cinco millones de personas que están sin trabajo desde hace más de seis meses, serán los más afectados.

 
En España, donde la cesantía afecta a una cuarta parte de la población trabajadora y al 50 por ciento de la juventud, el gobierno conservador de Mariano Rajoy, según el diario británico The Guardian, sigue comprometido en “cortar el gasto para que el país siga perteneciendo a la zona euro”. En la Unión Europea (UE), nos recuerda el diario, hay más de 25 millones de personas aptas para el trabajo que están sin empleos, y otra decena de millones subempleadas.

 
La trituradora que se llama “flexibilidad laboral”

 
 En este contexto no debe sorprendernos el rápido aumento de los suicidios por problemas económicos derivados de la pérdida del empleo, por el estrés en el empleo o por las bajas en los salarios y las pensiones. Esto se constata en muchos países de la UE, pero también en EE.UU.

 
La cuestión del desempleo y del subempleo constituye el mayor problema estructural del capitalismo en su fase actual. El “metabolismo” del sistema capitalista para sintetizar la riqueza extraída de la explotación del trabajo asalariado, la plusvalía, y sostener el ciclo de consumo que permita realizar esa plusvalía y garantizar la reproducción del sistema, ha dependido del equilibrio entre el empleo y el desempleo, y de los “estabilizadores” que durante las crisis económicas, los momentos de mayor desempleo, permitieron en el pasado compensar financieramente a los trabajadores cesanteados hasta el momento en que las economías se recuperaban y creaban empleos. Esto lo confirma un estudio de la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas (NEBR, en su sigla en inglés) de EE.UU. (2)

 
Todo esto tiene vastas consecuencias sociales y políticas, muchas de las cuales son ya perceptibles en el mundo del “capitalismo avanzado”.

 
La transnacionalización de las empresas, el libre comercio, el combate para minar los sindicatos de trabajadores y poder así bajar los salarios y “flexibilizar” el mercado laboral, la desregulación financiera, la privatización de las empresas estatales y el desmantelamiento de los programas sociales, o sea las políticas neoliberales implantadas desde hace tres décadas y con creciente rigor, junto a cambios en el modo de producción con la introducción de la automatización en las cadenas de producción y de la informática a nivel general, es el marco del gran problema estructural del empleo en el capitalismo avanzado.

 
En septiembre pasado el sociólogo estadounidense Richard Sennett, quien desde hace casi medio siglo viene estudiando la evolución del trabajo y del empleo, escribía en The Guardian que este “hecho depresivo” –el desempleo y el subempleo masivo- no es causa de la Gran Recesión del 2008, y que en efecto desde hace más de una generación la prosperidad financiera en Europa y Estados Unidos dejó de depender de una robusta fuerza laboral a nivel domestico porque lo que las transnacionales producen puede ser hecho a costos más bajos, y a veces con mejor calidad, “en otros lugares”. Los políticos de Washington nunca se interesaron en ver las consecuencias de la automatización.

 
En el 2011, recordaba Sennett, en Estados Unidos (EE.UU.) y Gran Bretaña el 14 por ciento de la fuerza laboral sufría el “subempleo involuntario”, o sea que las personas que perdieron un trabajo a tiempo completo se debían contentar con un empleo a tiempo parcial y con un salario más bajo. El impacto del subempleo se ve en el dramático decaimiento de la salud de esos trabajadores, añade el sociólogo.

 
Refiriéndose a esta “flexibilización” y después de haber revisitado a finales de los 90 a esos trabajadores de Boston que había estudiado a comienzos de los 70, Sennett (3) afirma que los trabajadores son obligados a comportarse con habilidad y abrirse a los cambios repentinos. Y añade que este énfasis en la flexibilidad cambia el sentido mismo del trabajo…Al atacar a la burocracia rígida (del pasado) y enfatizar el riesgo, dicen sus promotores, la flexibilidad da a la gente mayor libertad para conformar sus vidas. De hecho, el nuevo orden impone nuevos controles en lugar de abolir las reglas del pasado, pero esos nuevos controles son difíciles de entender. Muy seguido el nuevo capitalismo es un ilegible régimen de poder.

 
Según Sennett el cambio en la estructura institucional moderna fue acompañado por la imposición de empleos de corta duración, por contrato o episódicos. En lugar de las organizaciones en forma de pirámide, los ejecutivos quieren ahora pensar sus organizaciones en términos de redes…Esto significa que las promociones y despidos suelen no estar basadas en reglas claras y fijas, como tampoco lo están las tareas de trabajo secamente definidas; la red está constantemente redefiniendo su estructura… Las empresas se rompen o se fusionan, los empleos aparecen y desaparecen, como hechos que no se relacionan entre sí. La creación destructiva…necesita de personas que no teman las consecuencias de los cambios, o que ignoren lo que se les viene encima, escribe el sociólogo estadounidense.

 
Una prueba actual del estrés causado por los controles del “nuevo orden” a que se refiere Sennett es la encuesta de las firmas Sciforma y Zebaz en Francia (basada en mas de ocho mil entrevistas y publicada en Le Figaro del 31-05-2012), donde se confirma que quienes tienen trabajo se ven sometidos a un insoportable estrés: El 89 por ciento de los franceses afirman que trabajan en la urgencia y todos se quejan del impacto del estrés laboral sobre su vida privada. Agendas de trabajo excesivas, mayor estrés y siempre menos tiempo para ejecutar las tareas.

 
¿El retorno del “tribalismo”?


 
Escribiendo en The Times of Malta, el antropólogo Ranier Fsadni (4) se pregunta si la solidaridad, como principio de la organización social, tiene algún futuro en un mundo en que ser solidario no significa, en la práctica, más que una expresión de simpatía o buena voluntad, y no un compromiso con ciertas políticas o para la cooperación política, y recuerda que Sennett escribió que el nuevo orden económico está erosionando la capacidad misma de imaginar una real pertenencia a la sociedad, que la “sociedad moderna” nos desarticula, nos deshabilita para la práctica de la cooperación, que la gente está perdiendo sus habilidades para “tratar con las diferencias intratables” y con todas las capacidades de cooperación que son necesarias para que funcione una sociedad compleja. Y, por lo tanto, que el “tribalismo”, la solidaridad restringida a personas que “son como nosotros”, está vivo y se porta bien.

 
El antropólogo explica las tres condiciones que crearon el contexto de esta deshabilitación. La primera es la creciente desigualdad entre las clases sociales, entre ricos y pobres, que reduce el terreno común que puede ser compartido entre los diferentes miembros de la sociedad, incitando a las “políticas de la tribu”.
 

La segunda condición son los importantes cambios en el mundo del trabajo que “minan tanto el deseo como la voluntad de trabajar” con aquellos que difieren o son diferentes. La compartimentación de la división del trabajo provoca el “efecto silo”, y Fsadni elabora en las prácticas de la organización del trabajo en este mundo de contratos a tiempo limitado, y en un contexto en el cual –citando a Sennett-, se ve como “normal” que en EE.UU. del 15 al 18 por ciento de la fuerza laboral esté sin un empleo de tiempo completo por más de dos años, y que el desempleo afecte al 20-25 por ciento de los jóvenes.

 
La tercera condición es la “reacción violenta” o el contragolpe cultural a esta realidad, cuyos síntomas son los votos ganados por los partidos de extrema derecha, que proclaman solidaridad y proteccionismo, pero sólo para quienes tienen las condiciones para pertenecer a la “tribu”.

 
Y nuevamente cita a Sennett, para quien que la respuesta a esta “deshabilitación” ha sido el nacimiento de un nuevo tipo de carácter: un carácter dispuesto a minimizar las diferencias –políticas, étnicas, religiosas o eróticas- para proclamar que todos somos “básicamente lo mismo”. Pero que constituye una forma de abstenerse, de no comprometerse, y por lo tanto es algo problemático para aquellos cuya diferencia es evidente.

 
Refiriéndose al alto porcentaje de votos que en las ultimas elecciones presidenciales en Francia recibió el xenofóbico partido Frente Nacional de Marine Le Pen, Fsadni puntualiza que eso fue posible porque Le Pen no tuvo temor de plantear cuestiones fundamentales sobre la solidaridad y la desigualdad, y porque sus respuestas fueron “tribales”.

 
Los políticos europeos deberán tener el valor de plantear estas cuestiones, no sólo de manera retórica, sino dando respuestas complejas y realizables. De no ser así, para Fsadni, la cohesión social que es posible por la solidaridad perderá su “promesa de emancipación” y retornará a “sus connotaciones de unidad represiva”.
 

Muchos se preguntan si los partidos de la derecha, en muchos países europeos, podrán resistir a la tentación totalitaria, a ese tribalismo que representa la extrema derecha.

 
Pero no todo es tan sombrío como parece. En países europeos estamos asistiendo en el contexto de un gran descontento popular, particularmente de la juventud, al renacimiento o fortalecimiento de una izquierda radical organizada (los frentes y coaliciones de izquierda) con capacidad de movilización popular y de convocatoria electoral.

 
La Vèrdiere, Francia.

 
1.- Ver http://www.shadowstats.com/alternate_data/unemployment-charts
 
2.- Ver (NBER Working Paper No. 17830) en http://www.nber.org/
 
3.- Traducción libre de citas del libro The Corrosion of Character: The Personal Consequences of Work in the New Capitalism (1998) de Richard Sennett, que revisita la investigación en Boston a finales de los 60 y comienzos de los 70, tema del libro The Hidden Injuries of Class, Richard Sennett y Jonathon Cobb, 1972.
 
Ver http://newlearningonline.com/literacies/chapter-2-literacies-purposes/sennett-on-the-new-flexibility-at-work/
 
4.- Ranier Fsadni, The future of solidarity. 3 de mayo 2012 en The Times of Malta.
 

Por Alberto Rabilotta, periodista argentino - canadiense.
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Lunes, 30 Abril 2012 07:30

Primero el Tercer Mundo

Primero el Tercer Mundo

Un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) determinó que en 2012 habrá seis millones más de desempleados que en 2011. Mientras en Europa la tendencia se vuelve especialmente preocupante –la tasa de personas sin actividad laboral aumentó en casi dos tercios desde 2010–, en América latina el organismo constató una mejora del mercado laboral y prevé un menor riesgo de problemas sociales. El texto destacó que son principalmente las políticas de austeridad aplicadas por los países en crisis las que ensombrecen las perspectivas del trabajo para este año.
 

El estudio es poco alentador a nivel mundial. “Nuestra estimación provisional es que el desempleo total habría sido de 196 millones de personas en 2011, y que pasaremos en 2012 a 202 millones, un aumento de 6 millones, y en 2013 a 207 millones. Esto significa que se alcanzaría una tasa de desempleo de alrededor de 6,1 por ciento en 2012”, declaró el director del Instituto Internacional de Estudios Sociales de la OIT, Raymond Torres.
 

Según la OIT, hay un déficit de unos 50 millones de empleos con respecto a la situación previa a la crisis financiera de 2008 y, afirma el organismo, es poco probable que la economía crezca a un ritmo suficiente en los dos próximos años para colmar el actual déficit de empleos y al mismo tiempo dar trabajo a las más de 80 millones de personas que llegarán al mercado laboral en el mismo período.
 

Los especialistas señalaron que Europa será la más afectada por esa tendencia, ya que la tasa de desempleo aumentó en casi dos tercios desde 2010. La recuperación del mercado laboral tampoco avanza en el resto de los países desarrollados. Los expertos señalaron que el aumento de puestos de trabajo está en “punto muerto” en Japón y Estados Unidos, por ejemplo. En otros puntos del globo, la oferta de trabajo no está a la altura de las necesidades de una población activa cada vez más abundante y cualificada, como en China. De hecho, el déficit de empleo es crítico en la mayor parte del mundo árabe y en Africa, marcó la OIT.
 

El informe deduce que este deterioro del mercado laboral se traduce en un mayor riesgo de problemas sociales, en especial en Europa, Oriente Medio, el norte de Africa y el Africa subsahariana. Sin embargo, la OIT observa un menor riesgo de problemas sociales en América latina, donde constata una mejora del mercado laboral.
 

Para la OIT, la degradación de la situación laboral se debe a las dificultades de acceso al crédito, sobre todo para las pequeñas y medianas empresas en las economías avanzadas, y a las medidas de austeridad aplicadas para “tranquilizar a los mercados financieros”. Torres definió esas políticas como “contraproducentes”, ya que han dado lugar a un débil crecimiento económico y han destruido empleo, sin ni siquiera reducir de forma considerable los déficit presupuestarios.
 

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Precarios, proletarios, informales… sumergidos
El primero de mayo de 2012 deberían remarcarlo los subordinados por la confluencia de dos hechos, cuya importancia quizá se decante con el tiempo: primero, la realización de la décima parada de los precarios o mayday, que tuvo su primera expresión en Milán, Italia, en el 2003, y que de allí se extendió por toda Europa a partir del 2005 (luego de la llamada declaración de Middlesex); y, segundo, la convocatoria de la primera huelga general en USA.

Si esos sucesos tienen algo de particular es porque acontecen en el corazón mismo del capitalismo, y porque ambos, para utilizar el lenguaje de los medios oficiosos significan, ni más ni menos, que la reintegración de los pueblos de los países del centro en “la comunidad internacional”. Es decir, que declaran, de hecho, que ya no requieren de turismo mental caritativo para entender los efectos de la marginación y la exclusión. Como la muerte, el capitalismo avanza en la igualación totalizante de los de abajo y por lo bajo.

El exitoso y generalizado ataque del capital ha sido posible por dos procesos que han transformado la estructura productiva mundial, de un lado, la llamada tercearización de la economía, y, del otro, la fuerte reestructuración de la división internacional del trabajo, que al deslocalizar la producción manufacturera hacía países con abundante mano de obra ha jalonado las remuneraciones a la baja, facilitando los recortes salariales en las naciones de vieja industrialización, en un proceso que hasta ahora da sus primeros pasos.

Tercearización y precarización


En los años sesenta del siglo XX, el personal empleado en los servicios superó, en los países de capitalismo maduro, a los ocupados en la industria y la agricultura, dando lugar a que los intelectuales del llamado primer mundo, con las obras de Colin Clark, Daniel Bell y Alain Touraine, inauguraran la fiebre de la literatura posindustrialista, que hasta hoy se sigue produciendo y publicando. Sin embargo, El mundo como un todo, tendría que esperar hasta el 2001 para experimentar el mismo fenómeno. Quizá ese hecho, y no el derribamiento de las torres Gemelas, ese mismo año, llegue a ser el verdadero hito histórico que amojona el inicio de las nuevas condiciones.

Es innegable que el llamado proceso de tercearización de la economía, o predominio del sector servicios sobre la agricultura y la industria, es una tendencia que ha seguido su curso desde la segunda mitad del siglo pasado. En los cuarenta y nueve años que van de 1960 a 2009, la agricultura perdió 23 puntos en la tasa de participación de la fuerza de trabajo, mientras la industria apenas ganaba tres, y eso en gracia a la entrada masiva en la producción (y también en el consumo) de bienes industriales de potencias demográficas como China e India (entre 1960 y el 2000, la industria tan sólo creció un punto). Los servicios, entre tanto, aumentaban 20 puntos (ver tabla).

Lo anterior no significa que en términos absolutos el número de trabajadores industriales en el mundo haya empezado a decrecer, como si ha sucedido en los países de las economías del centro capitalista que entre 2000 y 2011 vieron desaparecer 17.4 millones de puestos de trabajo industriales. Ahora bien, lo que no se entiende, es por qué si se acepta que en el sector rural el número de trabajadores puede y debe decrecer en valores absolutos (sin que eso signifique disminuciones en la producción), como de hecho ha sucedido, eso les parezca imposible para la industria a algunos analistas, incluidos no pocos teóricos de la izquierda.

Pero, más allá de eso, lo cierto es que el predominio del empleo en el sector servicios ha representado cambios sustantivos tanto en la composición como en la cultura de las clases trabajadoras. En primer lugar, que una de las características de ese sector sea su dispersión geográfica en innúmeras unidades (piénsese en el comercio minorista, el transporte, los centros de salud o de educación), ha tenido como efecto lo que el pensador francés Robert Castel ha denominado la desconcentración de los trabajadores, y que indiscutiblemente ha incidido en la pérdida de identidad de los asalariados y el paso del predominio de la negociación colectiva al de su individualización.




De otro lado, la “satelización” de la producción manufacturera, que como estrategia ha aplicado el capital industrial para ceder las labores menos complejas a unidades empresariales pequeñas, y que eufemísticamente se denomina “empresa en red”, ha terminado por desestructurar la fuerza de trabajo convencional. El debilitamiento que eso provocó en la sindicalización y en su capacidad de contestación, permitieron introducir una legislación flexible que desreguló las relaciones contractuales entre capital y trabajo, permitiendo la generalización de los empleos precarios. Deslocalización, tercearización y satelización son los tres pilares sobre los que se sustentan las bajas remuneraciones y el trabajo intermitente que hoy sufre la mayoría.

El óscuro y heterogéneo panorama del trabajo actual


El reconocimiento de que se entró en una etapa de déficit estructural permanente en el empleo convencional, es decir, estable y a tiempo completo, ha motivado a los especialistas a concentrarse de nuevo en la categoría trabajo, cuya complejidad puede percibirse en su variada clasificación. Ensayemos un vistazo muy ligero a tal complejidad.

Que empleo y trabajo no son sinónimos, por ejemplo, lo han resaltado muchos colectivos, entre los que se debe destacar la insistencia de las mujeres feministas, que han luchado por la visibilización y reconocimiento del trabajo doméstico, o de cuidados, como algunas prefieren llamarlo. Ese trabajo, no remunerado (a diferencia del empleo), pero fundamental en el proceso de acumulación de capital, no es el único gratuito que se realiza de forma masiva en nuestras sociedades, pues también tiene lugar el trabajo sin pago realizado para familiares en unidades mercantiles; y cuya importancia es de tal magnitud que se incluye en las estadísticas de instituciones como la organización internacional del trabajo (OIT). En un país como Colombia, este último tipo de trabajadores sin remuneración, según el DANE, alcanza el 6% de la fuerza de trabajo, lo que significa que cerca de 720.000 personas están en esa condición, siendo, además, uno de los grupos con mayor crecimiento.

En cuanto al trabajo remunerado, existe aquel que se realiza por cuenta propia y el asalariado (que viene a ser el empleo propiamente dicho). Éste último puede, a su vez, dividirse en convencional y atípico. Las labores remuneradas también se clasifican en formales e informales, según estén o no sujetas a las condiciones de regulación vigentes. Y, por último, existen las actividades laborales abiertamente ilegales, que algunos clasifican como trabajo sumergido. Esto, como veremos, es una categorización aún muy gruesa pero que es indicadora de la complejidad del mundo laboral.

La OIT, en su informe “Tendencias Mundiales del Empleo 2012”, señala cómo la crisis actual ha retirado de la búsqueda de empleo a cerca de 29 millones de personas (22,3 millones de adultos y 6,4 millones de jóvenes), dejando al descubierto que si las tasas de desempleo (determinadas por el número de personas que busca trabajo remunerado y no lo encuentran) no son mayores, es porque un número creciente de trabajadores se ha visto obligado a abandonar los intentos de emplearse, y ha pasado a engrosar el grupo de quienes viven resignadamente del “rebusque”. Lo que significa que para el conocimiento del estado del mundo del trabajo, las cifras de desempleo son cada vez más engañosas y más irrelevantes, en la medida que el volumen de actividad laboral asume cada vez menos la condición de empleo tradicional.

Pero, aún guiándonos por las cifras oficiales, la situación no se muestra nada halagüeña. La tasa de desempleo promedio en el mundo se ha estancado en el 6% (en los países dominantes esa tasa es del 10%), lo que significa que 200 millones de personas buscan trabajo convencional. Adicionalmente, de los 3.300 millones de trabajadores que se estiman en total, 900 millones viven por debajo de la línea de pobreza (tienen ingresos menores a dos dólares diarios), sin contar a los trabajadores pobres del mundo desarrollado (a propósito ¿cuál debe ser el ingreso de un trabajador en esos países para considerarse pobre? ¿Por qué esa discusión no se ha abordado?).

El aumento de los desempleados, desde 2007, fue de 27 millones de personas, lo que no tiene antecedentes en el mundo laboral moderno, según expresión de la misma OIT, siendo una prueba adicional de la degradación de lo laboral. Del total de la fuerza de trabajo, 1520 millones (46%) viven en condiciones de ocupación vulnerable (trabajos por cuenta propia y trabajadores de familiares, sin remuneración) mostrando que el empleo convencional tiene un peso cada vez menor.

Si entendemos por precaria una situación que revela carencias fundamentales, es claro que el trabajo precario no solo es aquel que no garantiza la subsistencia, sino también el realizado en condiciones de indignidad o el que atenta contra la tranquilidad de las personas. Por eso, si bien las cifras de la OIT son insuficientes y carecen de la pertinencia necesaria para una aproximación precisa al volumen de la precariedad laboral actual, de allí se puedan entresacar algunas señales sobre su peso creciente. Que esa organización haya iniciado una campaña por el trabajo decente, es una muestra más del estado del problema.

El mini-empleo, trabajo ocasional y de pocas horas, que se ha denominado “trabajo basura” (se conoce en la literatura especializada como mini-job, por su denominación en inglés) se ha constituido en la otra cara del “milagro” alemán. Se estima que en este momento no menos de 4,6 millones de personas trabajan en ese país con ese tipo de contratos, en jornadas de entre 10 y 15 horas semanales, por un salario de 400 euros mensuales. Con lo que se ha instituido la figura del pluriempleado que además de tener que servir a muchos “señores”, si es que quiere redondear la subsistencia, termina laborando muchas más horas que las de una jornada normal. La crisis actual parece invitar a que este tipo de situación se extienda por toda Europa y luego, como es al uso, se importe a estas latitudes.

Los datos estadísticos tampoco reflejan nada del trabajo marcadamente ilegal. La prostitución, el contrabando de armas, la producción y venta de sustancias sicotrópicas, el plagio y suplantación de marcas, entre muchas otras actividades, han dejado de ser ocupaciones marginales, en el sentido de minoritarias. Y si bien se trata de actividades sumergidas, el capital las subsume de forma creciente y las convierte en espacios de la valorización y por tanto de explotación de seres humanos. La izquierda siempre ha sido remisa a abordar el tema y se ha limitado a adjetivar como “lumpen”, a quienes desde una posición de subordinación, se ven reducidos a éste tipo de labores, esquivando la toma de posición sobre el asunto.

En América Latina, donde se ha conocido la informalidad desde siempre, el Banco mundial estima que el 57% del trabajo puede considerarse de tal categoría, siendo los informales independientes el 24% y los informales asalariados el 33% restante. Pero, pese a la evidencia de que el trabajo precario, desregulado y cada vez más informalizado es un fenómeno estructural, nuestros neoliberales criollos siguen culpando a los impuestos a la nómina (los llamados parafiscales) como la causa del fenómeno, con una porfía que tan sólo puede ser hija del dogmatismo o la ignorancia.

La hora de los grandes cambios estructurales


Las visiones alternativas ya han avanzado y sustentado propuestas racionales que no por su audacia deben ser esquivadas. El tanque de pensamiento británico new Economics Foundation (NEF), por ejemplo, publicó el año pasado un estudio en el que se sustenta no sólo la viabilidad sino la necesidad de reducir la jornada laboral a 21 horas semanales. Los movimientos feministas han mostrado desde hace tiempo que el trabajo de cuidados (doméstico), no remunerado en la actualidad, es “productivo” en el sentido de que sin él no hay continuidad de la fuerza de trabajo, y que por tanto debe tener no sólo reconocimiento social sino económico; y los teóricos de la Renta Básica han demostrado que su propuesta es aplicable y ventajosa. Queda claro, entonces, que sin una fuerte redistribución del trabajo y del ingreso, no hay posibilidad de soluciones reales, y que la búsqueda de esas metas debe convertirse en bandera universal tanto de trabajadores convencionales como no convencionales, en el mismo sentido que lo fueron el lema de las “tres ochos” a finales del siglo diecinueve y principios del veinte (Ocho horas de trabajo, ocho de estudio y ocho de descanso).

Sin embargo, la concienciación de la existencia de un precariado ha llevado, en algunos países, a una fuerte confrontación con lo que se considera el trabajador clásico. El mayday actual, si bien se realiza el primero de mayo, tiene lugar separadamente de los actos de las centrales obreras. No se ha difundido, por ejemplo, que el mayday original fue una celebración pagana y anti-autoritaria (se consideraba el día del desgobierno) en la que no se reconocían diferencias sociales, y que se prohibió en 1664 por su carácter libertario. El primero de mayo, mucho antes de convertirse en el día del trabajo fue el día del no-trabajo, pues era una fecha en la que no se requería de permiso del patrón para ausentarse de la fábrica o el taller.

De allí que sea tan significativo que los norteamericanos quieran recuperar ese día con su primera huelga general, y que el lema de ésta sea “un día sin el noventa y nueve por ciento”. El valor de los nuevos movimientos reside en que no sólo han identificado al enemigo sino que han medido su tamaño. Y desde esa perspectiva, así parezca una exageración, nos debemos convencer que ese enemigo es pequeño, pues si en realidad, como lo sostienen los datos, los verdaderos dueños del poder ni siquiera llegan al uno por ciento, sino que se reducen al 0,1%, es por lo menos incomprensible, que siete millones de personas puedan seguir imponiendo sus intereses a los 6.993 millones restantes.

Se hace necesario entender que el llamado Estado del Bienestar tan sólo fue un parpadeo en la historia de la clase trabajadora y que el obrero, fuera de ese periodo, siempre fue precario. Así mismo, que los “treinta años gloriosos” (1945-1975) no pasaron de ser una breve tregua del capital a la que se le ha dado el pitazo final, y que el sistema no va a reversar.

El “análisis concreto de la realidad concreta”, para utilizar una expresión “setentera” (y que seguramente sonará chocante a los oídos más sofisticados), es una necesidad perentoria para que los movimientos sociales que toman fuerza puedan acertar. Grecia, Portugal y España, son apenas una pequeña muestra de la dureza de los ajustes que se propone el capital, si los movimientos sociales no responden. La toma de las calles y no un solo día, sino los que sean necesarios sin el 99 por ciento en sus sitios tradicionales, es el único correctivo posible a la contrahecha situación que se está pre-dibujando. El primero de mayo es un espacio para la convergencia de los subalternos, y es nuestra obligación intentarla.
Publicado enEdición 179

Nuevos datos alarmantes sobre el desempleo en España, esta vez de la mano de Eurostat, que muestra cómo el nivel de paro en febrero alcanzó el 23,6% y como más de la mitad de los jóvenes españoles (el 50,5%) se encuentra sin trabajo.
 

Además, el desempleo en la zona euro se ha situado en el 10,8%, un nivel récord que supera en una décima el dato de enero y que supone ocho décimas más que el registrado en 2011. España lidera los malos datos con tres décimas más de desempleo que en el mes anterior.
 

Preocupa especialmente el paro juvenil (menores de 25 años), que en el conjunto de la zona euro sube hasta el 21,6%. Por sexos, el desempleo masculino aumentó cuatro décimas, hasta el 23,3%, y el femenino subió dos décimas, hasta el 23,9%.


Por su parte, en el conjunto de la Unión Europea la tasa de desempleo se situó en febrero en el 10,2%, una décima por encima del mes anterior, y siete décimas más que en febrero de 2011. El paro juvenil en el conjunto de la UE se situó en el 22,4%, una décima más que en enero.
 

La agencia estadística europea calcula que 24,550 millones de personas carecían de empleo en enero en la UE, de los que 17,134 millones se encontaban en la zona euro, lo que supone un aumento mensual de 167.000 parados en el conjunto de la UE y de 162.000 en la zona euro. Respecto a febrero de 2011, la cifra de desempleados entre los Veintisiete subió en 1,874 millones de personas y en 1,476 millones en la zona euro.
 

Entre los países miembros cuyos datos estaban disponibles, las menores tasas de paro se registraron en Austria (4,2%), Países Bajos (4,9%) y Luxemburgo (5,2%), mientras que las más altas fueron las de España (23,6%), Grecia (21% en diciembre de 2011), Portugal (15%) e Irlanda (14,7%).
 

Por su parte, la tasa de paro masculino se incrementó en la zona euro desde el 10,6% de enero al 10,7% de febrero, mientras que en la UE se mantuvo en el 10,1%. En el caso del paro femenino, subió una décima en ambas áreas, hasta el 11% y el 10,2%, respectivamente.
 

PÚBLICO.ES/EUROPA PRESSMADRID/LUXEMBURGO02/04/2012 11:10 Actualizado:
 

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Nueva York, 8 de julio. El desempleo se incrementó en Estados Unidos nutriendo temores de un estancamiento económico y hasta de una segunda recesión y golpeando la fortuna política del presidente Barack Obama en el arranque de su campaña de relección en 2012.

Los números oficiales sobre empleo emitidos hoy por el Departamento de Trabajo sorprendieron a la Casa Blanca, inversionistas y economistas al ser los peores en los pasados nueve meses, y generar serias dudas sobre la recuperación económica de Estados Unidos.

Sólo 18 mil empleos fueron creados en junio –el número más bajo en 9 meses– y los expertos pronosticaban que esa cifra sería de entre 90 y 110 mil. Con ello, la tasa de desempleo oficial se incrementó de 9.1 por ciento a 9.2 por ciento. Así, dos años después del fin oficial de la recesión económica, aun no se han logrado reducir de manera significativa los altos niveles de desempleo y sólo se ha logrado recuperar una fracción (aproximadamente un millón) de los 8 millones de empleos que se esfumaron en la crisis.

Para Obama, el problema del desempleo podría determinar su relección; la economía será el tema central y las tendencias, si siguen igual, anularán su argumento de que ha logrado rescatar al país de la peor crisis económica desde la Gran Depresión. De hecho, ningún presidente desde la Segunda Guerra Mundial ha logrado su relección con una tasa de desempleo mayor de 8 por ciento, reporta el Washington Post, agregando que los economistas de la Casa Blanca calculan que estará a ese nivel para las fechas de la elección en noviembre de 2012.

Obama reconoció que "el informe de empleo de hoy confirma lo que la mayoría de estadunidenses saben: aún tenemos un largo camino y mucho trabajo que hacer para darle a la gente la seguridad y la oportunidad que merecen".

Para los aspirantes republicanos a la presidencia, la noticia sirvió para lo que será su consigna electoral. Tal como comentó hoy Mitt Romney, líder (por ahora) en las preferencias entre los candidatos presidenciales republicanos, "el abismal informe de hoy de empleo confirma lo que todos sabemos, que el presidente Obama ha fracasado en lograr que esta economía arranque de nuevo".

El informe mensual del Departamento del Trabajo indica que 14.1 millones de trabajadores estaban desempleados en junio (comparado con 13.9 millones en mayo). De éstos, mas de 6 millones han estado desempleados por más de seis meses –un nivel récord. Este minúsculo incremento en empleo fue resultado de contrataciones en el sector privado, y gran parte de las pérdidas de empleo fueron en el sector público.

Como resultado de la crisis económica los gobiernos (federal, estatal y municipal) han enfrentado problemas deficitarios en sus presupuestos, y en junio se reportó una reducción de 39 mil empleos en el sector público; en mayo fueron 30 mil. Junio fue el octavo mes consecutivo en que se registró una reducción de empleos en el sector público.

Si se incluye al subempleo, hoy unos 25 millones de estadunidenses padecen falta de empleo o empleos de menor remuneración o tiempo de lo que necesitan. La economía debe generar más de 200 mil empleos al mes para mantenerse a la par con el crecimiento de la población. Los 18 mil empleos generados en junio son por tanto un monto casi insignificante.

"Miserable, horrendo, alarmante, pésimo" y otros adjetivos fueron empleados por analistas al evaluar las cifras reveladas hoy, lo cual desinfló toda expectativa de que estaba en marcha una recuperación lenta pero sólida de la economía. Algunos advirtieron que podría indicar que la economía está al borde de una segunda recesión, y otros señalaron que confirma un estancamiento que requiere de mayor intervención gubernamental.

En Washington, la gran disputa es justo sobre qué tipo de intervención. El tema central entre los líderes de ambos partidos no es el empleo, sino el déficit del presupuesto. Obama y el liderazgo republicano del Congreso negocian intensamente un acuerdo para reducir el déficit por entre 3 y 4 billones en los próximos 10 años. Tanto Obama como los republicanos han llegado a un consenso de que el déficit es el tema fundamental, y la disputa es sobre los mecanismos necesarios para reducirlo –qué combinación de recortes a programas sociales como el Seguro Social junto con fórmulas para incrementar el ingreso a las arcas públicas, incluyendo impuestos.

Pero para los críticos este enfoque es justo el problema. El economista Paul Krugman, Premio Nobel y columnista del New York Times, insistió una vez más en que se requiere mayor estímulo económico, no reducciones del gasto, en esta etapa de crisis, y advierte que "intentar balancear el presupuesto en tiempos de peligro económico es una receta para profundizar el desplome".

Subrayó que recortes en el gasto público en este momento "reducirán el crecimiento e incrementará el desempleo". Criticó a Obama por afirmar que la reducción del déficit impulsaría el crecimiento económico, algo que Krugman comparó con las premisas del presidente Herbert Hoover, quien enfrentó la Gran Depresión.

Mientras debaten el problema en Washington, no pocos en el país empiezan a desear que varios de estos políticos sean los próximos desempleados sumados a las cifras oficiales.
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Sábado, 02 Julio 2011 09:03

No registrado

En los procesos sociales que la literatura convencional define como económicos, el análisis estático constituye la principal falencia para su evaluación. Es usual en economistas con visibilidad mediática que la presentación de cifras oficiales relacionadas al universo laboral, la producción o el mercado de cambio los precipite a brindar sentencias categóricas. Luego, inmediatamente gatillan sus predicciones, arte que se ha probado que no dominan. En esas afirmaciones tajantes sobre el dato coyuntural y en esos pronósticos de pitonisa no consideran el recorrido pasado, para tener perspectiva histórica, ni las condiciones estructurales, para contextualizar, que permitirían una mejor comprensión de determinado fenómeno socio-económico. Esto resulta clave para elaborar un mejor diagnóstico y, para los hacedores de política, para permitir una intervención más eficaz. La situación del empleo no registrado, que popularmente se denomina “en negro”, brinda la posibilidad de realizar ese ejercicio más complejo que los rústicos análisis que dominan el espacio público.

El empleo no registrado constituye una de las principales expresiones de la precariedad laboral. A ese trabajador no le hacen los descuentos jubilatorios sobre la remuneración que percibe, lo que implica que no se encuentra declarado y, por lo tanto, en su vida laboral no cuenta con el beneficio de una obra social, asignaciones familiares, seguro por desempleo, cobertura por invalidez y muerte. Esta práctica fuera de las normas realizada por empresas se desarrolla ante las limitaciones de los controles estatales, que aumentaron en los últimos años pero resultan insuficientes por la heterogeneidad y variedad del trabajo no registrado. El sector informal en la economía está integrado por unidades de baja productividad relativa y precaria inserción económica, además de actividades ilícitas que por su naturaleza no pueden ser regularizadas. También tiene mucha relevancia el particular tipo de contratación que presenta la actividad de las trabajadoras del servicio doméstico.

Las principales características del empleo informal son las siguientes:
  • Más mujeres que varones por el peso del sector servicio doméstico.
  • Jóvenes hasta 24 años y mayores de 59 años. Entre estos últimos la mayoría cobra jubilación, o sea ese trabajo es un ingreso complementario.
  • Afecta a los sectores con menor nivel educativo.
  • La rotación es más elevada, o sea la permanencia en el mismo lugar de trabajo es menor.
  • Tienen una jornada laboral más reducida.
  • Remuneraciones más bajas.
  • Habitan en hogares pobres.

Respecto de este último punto, es motivo de controversia entre especialistas determinar si el hecho de tener un empleo no registrado provoca la caída de los trabajadores bajo la línea de pobreza; o si determinadas condiciones estructurales por provenir de un hogar pobre provocan que se inserten en sectores productivos que en general cuentan con puestos de trabajo no registrados.

La población económicamente activa se estima en alrededor de 17 millones de personas y con una tasa de desempleo del 7,4 por ciento, existen cerca de 15.670.000 ocupados, de los cuales 12 millones son asalariados. Según el último dato oficial, el empleo irregular se ubica en el 34,1 por ciento en el primer trimestre de este año. Esa cifra porcentual equivale a unos 4,0 millones de trabajadores. Esa tasa continuó mostrando una tendencia descendente, sin embargo en valores absolutos la cantidad se mantiene constante. Esto sugiere que gran parte de los nuevos empleos que se crean son “en blanco”, sin un proceso de conversión de los actuales empleos “en negro” hacia la registración, lo que define entonces como un núcleo duro de informalidad de difícil perforación. Esos trabajadores están distribuidos de la siguiente manera:

  • 900 mil empleadas domésticas.
  • 1,9 millón en unidades económicas hasta cinco ocupados.
  • 1,2 millón en establecimientos desde seis operarios.

El servicio doméstico es la actividad productiva que concentra a la mayor cantidad de asalariados no registrados, seguido por comercio, industria manufacturera y construcción. En conjunto, estas ramas de actividad agrupan algo más de las dos terceras partes del empleo no registrado localizado en las áreas urbanas, que a nivel nacional equivale a 2,7 millones de personas. Un elevado porcentaje de estas unidades productivas desarrollan actividades precarias de bajo rendimiento que, en general, se encuentran al margen de la economía declarada. En ese grupo, el empleo no registrado suele ser interpretado por especialistas en temas laborales como una problemática específica de la economía marginal, en la cual las políticas de inspección suelen tener una eficacia limitada o directamente no son factibles de realizar. En cambio, los 1,2 millón de asalariados no registrados en establecimientos de más de cinco ocupados componen el grupo donde esa situación estaría vinculada con la decisión de los empleadores de no declarar a sus trabajadores para no afrontar el pago de contribuciones patronales y previsionales del empleado. En estos casos, ese comportamiento está asociado a la evasión tributaria: la empresa produce o vende por un monto que sólo puede justificar con una determinada plantilla, pero como desembolsan impuestos por una suma menor al giro de la actividad, conforma un plantel de personal en condiciones legales acorde a esa magnitud de producción, manteniendo en la irregularidad el resto. Por la visibilidad que presentan los establecimientos de más de cinco trabajadores, las inspecciones pueden rendir frutos concentrándose en ese objetivo.

Esta descripción permite plantear a cuánto puede disminuir ese tipo de modalidad laboral del actual 34,1 por ciento. En un contexto de continuidad del crecimiento económico, el mejor horizonte se encuentra en un rango del 22 al 26 por ciento, en un escenario donde se reduce hasta casi la eliminación de contratos irregulares en unidades productivas de más de seis empleados y disminuyendo el porcentaje de precariedad en el servicio doméstico. Una investigación de Diego Schleser de la Dirección General de Estudios y Estadísticas Laborales, del Ministerio de Trabajo, reconstruyó la serie de la tasa de empleo no registrado armonizada excluyendo a los beneficiarios de planes de empleo, durante el período comprendido entre 1980 y 2007, para el área metropolitana del Gran Buenos Aires. Una de las evidencias que refleja ese ciclo es que la tendencia creciente del empleo irregular se mantuvo tanto en fases expansivas como recesivas, y bajo regímenes económicos diversos de carácter desregulador y aperturista, así como en modelos más proteccionistas y con mayor intervención estatal. Se observa que el índice se incrementa prácticamente en todos los años desde 1980 hasta 2004. Desde ese año ha empezado a reducirse lentamente, hasta alcanzar el mencionado 34,1 por ciento. Dicha reducción de la tasa, a pesar de sus limitaciones, constituye el proceso más relevante de mejora operada sobre ese problema del mercado laboral desde 1980, cuando la informalidad era del 22 por ciento.

Esa tendencia positiva, a un ritmo mucho más suave que el crecimiento global de la economía, plantea el desafío de instrumentar políticas específicas conociendo las particularidades de ese mercado, además de saber que existe suficiente evidencia empírica que coloca el empleo informal estructural en un porcentaje elevado de la población ocupada.

Por Alfredo Zaiat
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Domingo, 26 Junio 2011 07:24

El drama del empleo en Estados Unidos

Cada mes –como en todas las economías del mundo– en la economía vecina del norte se contrata y se despide personal. Un seguimiento del saldo neto de este proceso es relevante. Permite entender ciclos y fases de la economía en general. Y de la ocupación en particular. Para empezar a sentir qué pasa allá, recordemos tres de los datos mensuales más tristes de su historia laboral.

En septiembre de 1945 ese saldo contratados-despedidos fue de un millón 966 mil a favor de los desempleados, de los que perdieron su ocupación. En noviembre de 2008 se quedaron sin empleo 908 mil personas. En mayo pasado –sí hace un mes, y en los momentos que algunos se atreven a llamar "de plena recuperación, a pesar de cierta regresión temporal" (FMI dixit)– perdieron su trabajo 946 mil personas.

Es el segundo mes en la historia reciente de nuestros vecinos con el saldo negativo entre altas y bajas. Independientemente de la calidad actual de los empleos y de su nivel medio de remuneración, veamos que en mayo de 2011 se ocuparon 139 millones 779 mil personas. Comparémoslas con las ocupadas en noviembre de 2007, hace apenas tres años y medio: 146 millones 584 mil personas.

A diciembre de 2009, por efecto de la crisis, se habían perdido 8 millones 624 mil empleos. En año y medio sólo se ha recuperado un millón 819 mil. Para igualar ese alto nivel, aún hay que crear 6 millones 805 mil empleos. Al ritmo mostrado, faltarían poco más de cinco años para lograrlo. Y es que el proceso no es lineal. El mes pasado –nada más el mes pasado– el saldo altas y bajas fue negativo. Muy negativo. Y, sin embargo, es cierto lo que argumentan mis estudiantes de la Facultad de Economía de la UNAM, cuando profundizan en lo que el agudo David Ricardo llama escasez de trabajo ("sacarcity of labour"); o cuando analizan el concepto de "ejército industrial de reserva" de Marx, en relación con los ciclos económicos que este brillante autor describe en el tercer tomo de El Capital.

Sí, es cierto, una visión más detallada y cuidadosa de este proceso muestra el gran fracaso de la todavía mayor economía del mundo (24 por ciento seguido por China con 9.5 por ciento). Pero hay que tener cuidado de juicios superficiales. Y nunca perder la memoria. Y en este terreno del empleo –así sea sólo de su volumen– menos. Y digo del volumen porque –como he sugerido antes– la calidad de los empleos y su nivel medio de remuneración exigen una reflexión aparte, similarmente detallada y cuidadosa. Avancemos un poco más.

Hoy –al inicio del verano de 2011– el nivel de desempleo (9.1 por ciento) en Estados Unidos es un poco menor que el mayor del periodo reciente (10.10 por ciento) de octubre de 2009. Y éste, a su vez, ligeramente inferior al máximo histórico (10.8 por ciento) del triste invierno de 1982. Recordemos, estos números porcentuales muestran la relación de dos totales. El de las personas mayores de 16 años dispuestas a trabajar y que al menos durante cuatro semanas han estado buscando empleo sin encontrarlo. Y el de la población mayor de los 16 años en condiciones de trabajar.

En mayo de este año, por ejemplo, se reconocieron 13 millones 914 mil personas en condición de desempleo, de un población civil en condiciones de trabajar de 153 millones 693 mil personas. La diferencia nos da el nivel de empleo mencionado: 139 millones 779 mil personas. Como marco, recordemos que la población en Estados Unidos es de 312 millones de personas. Así, esos desempleados de mayo 2011 representan 9.1 por ciento de la población civil en condiciones de trabajar. Y crecieron en relación con los registros de enero, febrero, marzo y abril también de 2011. De suyo esto muestra la enorme fragilidad de la recuperación de la economía vecina y –nos guste o no– de la nuestra. Estamos estrechamente vinculados a una economía que –sin duda– no ha retornado al máximo nivel histórico de desempleo del invierno de 1982 (10.8 por ciento). Pero que –tampoco– ha logrado uno los bajos niveles de desempleo como los que se vivieron en la primavera de 1982 (5 por ciento) o en el invierno de 1973 (4.6 por ciento), para no hablar del menor de toda la historia reciente de la economía vecina (2.5 por ciento) del verano de 1953. Para la población esto es un dato dramático. Severamente dramático.

Algo más –también dramático– distingue a este capitalismo de hoy. Nunca antes se requirieron 39.7 semanas para encontrar nuevamente ocupación. En buen romance esto significa que un desocupado en el vecino país tarda –en promedio– 278 días naturales para volver a encontrar trabajo.

Jamás se había llegado a periodo tan prolongado de persistencia del desempleo. Jamás. El mayor antecedente en este sentido era de no más de 21 semanas, en la primavera de 1983. En consecuencia, en esta crisis casi se ha duplicado el tiempo en que –en promedio– las personas permanecen en condición de desempleo. Esto es terrible. ¿Se imagina usted permanecer casi 10 meses sin trabajo? Eso sucede hoy en Estados Unidos. Eso y no otra cosa. Por ello, la recuperación de los índices Standard and Poors, Dow Jones y Nasdaq, sólo dan muestra de cierta recuperación de lo que llaman "ambiente de negocios". Pero no de las condiciones de empleo, por más que, esa recuperación está vinculada a la recuperación de los puestos de trabajo. Lamentable. Profundamente lamentable.

NB ¡Que no alce la voz el Presidente! ¡Que escuche…, que escuche… que…! En el Alcázar y fuera de él. Sólo eso. Al menos.

Por José Antonio Rojas Nieto


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