James Richard Verone de Carolina del Norte pasó toda su vida siguiendo las reglas y sin meterse en problemas. Trabajando como despachador para la Coca Cola por 17 años, Verone era conocido como un buen trabajador y hombre honesto.
 
Cuando fue despedido de la Coca Cola hace tres años, Verone estaba desesperado por encontrar empleo. Eventualmente encontró empleo en una tienda, cuando comenzó a notar una protuberancia en su pecho. Desarrolló artritis y síndrome del túnel carpiano, y pronto el dolor fue demasiado para soportar. Él se registró por discapacidad, pero el gobierno federal le negó cualquier tipo de cobertura.
 
Así que a principios de este mes, Verone fue hasta un banco RBC local y le dijo al cajero que él estaba robándolos por un dólar. Dijo que quería robar el banco para ir a la cárcel y obtener atención médica.
 
Verone no quiso asustar a nadie, Él ejecutó el robo en la forma más pasiva que sabía. Le entregó al cajero una nota exigiendo un dólar, y atención médica. “No tuve ningún temor”, dijo Verone. “Le dije al cajero que me sentaría por aquí y esperar a la policía”.
 
Verone expresó que no es hombre de política. Pero que él tiene mucho que decir sobre el tema de asistencia médica socializada. 
 
Él sospecha que no estaría hablando a un periodista a través de una pantalla de metal usando un traje color naranja, si esta opción fuese disponible en Estados Unidos. “Si usted no tiene su salud, usted no tiene nada”, dijo Verone. El hombre tiene grandes esperanzas con su reciente encarcelación. El ha visto a varias enfermeras y tiene una cita con el médico el viernes. El escenario ideal incluiría cirugía de pie y espalda y un diagnóstico y tratamiento de la protuberancia en su pecho, expresó.
 
Verone dijo a la prensa local que quisiera servir en prisión lo suficiente para ser capaz de salir a tiempo para recibir los beneficios del Seguro Social que él pagó durante toda su vida. Verone dice que no lamenta terminar tras las rejas y que no tuvo alternativa.
 
Entre continuar una vida con dolor y escoger la prisión, él está feliz con la decisión. “Si yo no hubiera ejercido todas las alternativas estaría sentado aquí diciendo, ‘Hombre me siento mal por eso’”, dijo Verone. “Escogí la cárcel”.

Por Thinkprogress.
Traducción de Ivana Cardinale, para Aporrea
21 Junio 2011

 

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Martes, 14 Junio 2011 07:49

Trabajo

25 millones –más que la población combinada de Guatemala, El Salvador y Costa Rica; más que la población de Australia– no tienen trabajo de tiempo completo en Estados Unidos.

No es que sean ignorados: cada día en los medios se habla de los desempleados y subempleados, de cómo la tasa de desempleo se mantiene alta, de que es raro que esta “recuperación” esté generando tan poco empleo. Pero, como afirma el ensayista e intelectual Lewis Lapham, el tema se trata casi igual como si en una cena de ricos se hablara del “problema de los sirvientes”.

Los políticos han logrado hablar del tema sin hacer casi nada para resolverlo. Desde el presidente a los alcaldes en todo el país, y sus múltiples voceros, expertos, comentaristas y analistas, lo registran. El tema político central no es el empleo ni los trabajadores, sino déficit presupuestales, impuestos y la deuda; las propuestas a debate son cuántos desempleados más y recortes en programas sociales se requieren para resolver esos problemas. Lo de los sirvientes, perdón, los humanos, es asunto secundario aunque sí, a veces, se lamentan estas consecuencias “desafortunadas” de la crisis.

La tasa de desempleo se ha mantenido en niveles históricamente altos durante más de dos años; hoy es de 9.1 por ciento (y sería de más de 10 por ciento si se contara a los que ya se dieron por vencidos en encontrar chamba). Según cálculos y análisis de datos oficiales por el Instituto de Política Económica (EPI por sus siglas en inglés), en Washington, la tasa de subempleo, una medida más amplia que incluye tanto los oficialmente desempleados como los que se vieron obligados a tomar un empleo de tiempo parcial pero desean uno de tiempo completo, y los que han abandonado el intento de encontrar chamba, ha llegado a 15.8 por ciento, cifra que equivale a 24.6 millones de personas.

Se han generado tan pocos empleos que ahora en este país hay 4.6 desempleados para cada nuevo empleo disponible, o sea, para 3 de cada 4 trabajadores no existe la posibilidad de un empleo.

Mientras tanto, el desempleo afecta de manera mucho más dramática a los jóvenes y a las minorías. En mayo, la tasa de desempleo era de 17.3 por ciento en trabajadores de entre 16 y 24 años de edad (casi el doble de la tasa general de 9.1 por ciento). En trabajadores afroestadunidenses la tasa de desempleo en mayo era de 16.2 por ciento, y en latinos, de 11.9 por ciento.

Datos, cifras, análisis de todo tipo ofrecen un panorama desolador para los trabajadores. Pero esto no sólo se refleja en el desempleo, sino en lo que implica, y por supuesto, también revela a quién beneficia.
Los salarios se han mantenido casi estancados durante más de 30 años a pesar de enormes avances en productividad. Pero para los ricos es otra historia: la riqueza que se ha generado a lo largo de estas últimas décadas se ha concentrado cada vez más en un reducido numero de súper ricos.

Entre 1979 y 2005, la quinta parte de los hogares más pobres de la escala de ingresos percibieron un crecimiento promedio en términos reales de sólo 200 dólares en total. Para 0.1 por ciento de los hogares más ricos del país, el ingreso promedio en esos mismos 26 años fue de un total de casi 6 millones de dólares, calcula EPI.

Con semejante tendencia no debe sorprender que ahora (en 2009), 5 por ciento más rico controlaba 63.5 por ciento de la riqueza del país. El 80 por ciento de abajo controlaba sólo 12.8 por ciento de la riqueza en Estados Unidos.

Pero esta prosperidad entre ricos no es un fenómeno sólo estadunidense. Recientemente, el Wall Street Journal reportó que un nuevo informe del Boston Consulting Group registra que los millonarios del mundo, 0.9 por ciento de la población del planeta, controlan 39 por ciento de la riqueza mundial. Su riqueza acumulativa que puede ser empleada para inversiones es ahora de 47.4 billones de dólares. El número de familias millonarias se incrementó 12.2 por ciento en 2010 para alcanzar un total de 12 millones 500 mil. Estados Unidos permanece como la sede principal de millonarios en el mundo, con 5.2 millones de hogares de millonarios, seguido por Japón, con 1.5 millones; China, con 1.1 millones y el Reino Unido, con 570 mil.

¿Y cómo es posible que esta desigualdad continúe a pesar de estar a la vista de todos? El economista Paul Krugman, columnista del New York Times, dice que es resultado de un “gobierno de rentistas”. Sólo así se explica que a pesar de que el desempleado estadunidense promedio ahora ha estado sin chamba durante casi 40 semanas, “no hay voluntad política para hacer algo sobre la situación. Lejos de estar dispuestos a gastar más en generar empleo, ambos partidos están de acuerdo en que es momento de reducir el gasto –destruyendo empleos en el proceso–, con una mínima diferencia entre ellos”. Las recetas políticas que se promueven, agrega, tienen un elemento en común: “protegen los intereses de los acreedores, sin importar el costo”, y éstos son los banqueros y los ricos: los que gozan de mayor acceso a los formuladores de política en este país.

“Enmarcar el problema del desempleo del país como una metástasis desafortunada del problema de sirvientes no debería sorprender. El país está en manos de una oligarquía acaudalada, contenta con la lectura de Voltaire sobre sus derechos”, escribe Lapham en su revista maravillosa Lapham’s Quarterly. Dice que ante toda la atención dedicada al desempleo entre políticos y en los medios, “me fijo en que no tiene mucho que ver con seres humanos, y mucho menos con el entendimiento del trabajo de un hombre como el significado de su vida o la libertad de su mente”.

Sí, sólo es un problema para decenas de millones de trabajadores y sus familias que en apariencia deben agradecer que, de vez en cuando, los más afortunados (o sea, con fortunas) hablan de los problemas de los sirvientes en tonos muy educados y hasta decorados con expresiones de simpatía. “La comodidad de los ricos depende de una oferta abundante de pobres”, afirmaba Voltaire (recuerda Lapham).

Por David Brooks
La Jornada
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En la mayor parte del mundo, el primero de mayo es una fecha feriada de los trabajadores internacionales, ligada a la amarga lucha de los trabajadores estadunidenses en el siglo XIX en demanda de una jornada laboral de ocho horas. El primero de mayo pasado lleva a una reflexión sombría.

Hace una década, una palabra útil fue acuñada en honor del Día del Trabajo por los activistas laborales italianos: precariedad. Se refería, al principio, a la cada vez más precaria existencia de la gente trabajadora en los márgenes –mujeres, jóvenes, inmigrantes. Luego se extendió para aplicarse al creciente precariado en el núcleo de la fuerza laboral, el proletariado precario que padecía los programas de desindicalización, flexibilización y desregulación que son parte del ataque contra la fuerza laboral en todo el mundo.

Para ese entonces, incluso en Europa había preocupación creciente acerca de lo que el historiador laboral Ronaldo Munck, citando a Ulrich Beck, llama la brasilinización de Occidente (...) la proliferación del empleo temporal e inseguro, la discontinuidad y formalidad relajada en las sociedades occidentalizadas que hasta entonces han sido bastiones del empleo completo.

La guerra del Estado y las corporaciones contra los sindicatos se ha extendido recientemente al sector público, con legislación para prohibir las negociaciones colectivas y otros derechos elementales. Incluso en Massachusetts, favorable a los trabajadores, la Cámara de Representantes votó, justo antes del primero de mayo, por restringir marcadamente los derechos de los oficiales policiacos, maestros y otros empleados municipales en cuanto a negociar sobre la atención a la salud –asuntos cruciales en Estados Unidos, con su sistema privatizado disfuncional y altamente ineficiente de cuidado a la salud.

El resto del mundo puede asociar el primero de mayo con la lucha de los trabajadores estadunidenses por sus derechos básicos, pero en Estados Unidos esa solidaridad está suprimida en favor de un día feriado jingoísta. El día primero de mayo es el Día de la Lealtad, así designado por el Congreso en 1958 para la reafirmación de la lealtad a Estados Unidos y por el reconocimiento del legado de libertad americana.

El presidente Eisenhower proclamó, además, que el Día de la Lealtad es también el Día de la Ley, reafirmado anualmente con el izamiento de la bandera y la dedicación a la Justicia para Todos, Fundaciones de Libertad y Lucha por la Justicia.

El calendario de Estados Unidos tiene el Día del Trabajo, en septiembre, en celebración del retorno al trabajo después de unas vacaciones que son más breves que en otros países industrializados.

La ferocidad del ataque contra las fuerzas laborales por las clases de negocios de Estados Unidos está ilustrada por el hecho de que Washington, durante 60 años, se ha abstenido de ratificar el principio central de la ley laboral internacional, que garantiza la libertad de asociación. El analista legal Steve Charnovitz lo llama el tratado intocable en la política estadunidense y observa que nunca ha habido un debate sobre este asunto.

La indiferencia de Washington respecto de algunas convenciones apoyadas por la Organización Internacional del Trabajo (ILO, en sus siglas en inglés) contrasta marcadamente con su dedicación a hacer respetar los derechos de precios monopólicos de las corporaciones, ocultos bajo el manto de libre comercio en uno de los orwellismos contemporáneos.

En 2004, la ILO informó que inseguridades económicas y sociales se multiplican con la globalización y las políticas asociadas con ella, a medida que el sistema global económico se ha tornado más inestable y los trabajadores soportan cada vez más la carga, por ejemplo, mediante reformas a las pensiones y a la atención de la salud.

Este era lo que los economistas llaman el periodo de la Gran Moderación, proclamado como una de las grandes transformaciones de la historia moderna, encabezada por Estados Unidos y basada en la liberación de los mercados y particularmente en la desregulación de los mercados financieros.

Este elogio al estilo estadunidense de mercados libres fue pronunciado por el editor del Wall Street Journal, Gerard Baker, en enero de 2007, apenas meses antes de que el sistema se desplomara –y con él el edificio entero de la teología económica sobre el que estaba basado– llevando a la economía mundial al borde del desastre.

El desplome dejó a Estados Unidos con niveles de desempleo real comparables con los de la Gran Depresión, y en muchas formas peores, porque bajo las políticas actuales de los amos esos empleos no regresarán, como lo hicieron mediante estímulos gubernamentales masivos durante la Segunda Guerra Mundial y en las décadas siguientes de la era dorada del capitalismo estatal.

Durante la Gran Moderación, los trabajadores estadunidenses se habían acostumbrado a una existencia precaria. El incremento en el precariado estadunidense fue orgullosamente proclamado como un factor primario en la Gran Moderación que produjo un crecimiento más lento, estancamiento virtual del ingreso real para la mayoría de la población y riqueza más allá de los sueños de la avaricia para un sector diminuto, una fracción de uno por ciento, en su mayor parte de directores ejecutivos, gerentes de fondos de cobertura y otros en esa categoría.

El sacerdote supremo de esta magnífica economía fue Alan Greenspan, descrito en la prensa empresarial como santo por su brillante conducción. Enorgulleciéndose de sus logros, testificó ante el Congreso que dependían en parte de una moderación atípica en los aumentos de compensaciones (que) parece ser principalmente una consecuencia de una mayor inseguridad de los trabajadores.

El desastre de la Gran Moderación fue rescatado por esfuerzos heroicos del gobierno para recompensar a los autores del mismo. Neil Barosky, al renunciar el 30 de marzo como inspector general del programa de rescate, escribió un revelador artículo en la sección de Op-Ed del New York Times acerca de cómo funcionaba el rescate.

En teoría, el acto legislativo que autorizó el rescate fue una ganga: las instituciones financieras serían salvadas por los contribuyentes, y las víctimas de sus malos actos serían compensadas en cierta forma por medidas que protegerían los valores de los hogares y preservarían la propiedad de las mismas. Parte de la ganga fue cumplida: las instituciones financieras fueron recompensadas con enorme generosidad por haber causado la crisis económica, y perdonadas por crímenes descarados. Pero el resto del programa se vino a pique.

Cono escribe Barofsky: las ejecuciones hipotecarias siguen aumentando, con entre 8 millones y 13 millones de juicios previstos durante la existencia del programa en tanto que los mayores bancos son 20 por ciento más grandes de lo que eran antes de la crisis y controlan una parte mayor de nuestra economía que nunca antes. Asumen, razonablemente, que el gobierno los rescatará nuevamente, de ser necesario. De hecho, las agencias de clasificación de crédito incorporan rescates futuros del gobierno en sus evaluaciones de los bancos más grandes, exagerando las distorsiones del mercado que les proporcionan una ventaja injusta sobre instituciones más pequeñas, que continúan luchando por sobrevivir.

En pocas palabras, el programa del presidente Obama fue un regalo para los ejecutivos de Wall Street y un golpe al plexus solar para sus indefensas víctimas.

El resultado debe sorprender sólo a aquellos que insisten con ingenuidad inalterable en el diseño e implementación de la política, particularmente cuando el poder económico está altamente concentrado y el capitalismo de Estado ha entrado en una etapa nueva de destrucción creativa, para pedir prestada la famosa frase de Joseph Schumpeter, pero con un giro: creativa en cuanto a formas de enriquecer y dar más poder a los ricos y poderosos, mientras que el resto queda libre para sobrevivir como pueda, mientras celebra el Día de la Lealtad y de la Ley.

Por Noam Chomsky
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Washington, 13 de abril. La pérdida de puestos de trabajo en el mundo llegó a un nivel récord y golpea en especial a los jóvenes, alertó este miércoles Dominique Strauss-Kahn, director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI). Lo que debería haber sido un breve periodo en el desempleo se está convirtiendo en una cadena perpetua, posiblemente para una generación perdida por completo, advirtió.

La crisis que estalló en 2009 echó a la calle a 30 millones de trabajadores, según datos dados hoy por Strauss-Kahn, en un discurso pronunciado en la Brookings Institution, en esta capital, en el marco de la reunión de primavera del FMI y el Banco Mundial. Actualmente 200 millones de personas en el mundo están buscando un empleo. Al mismo tiempo, dijo, la desigualdad en muchos países alcanza niveles sin precedente.

Para atacar la crisis de empleo, Strauss-Kahn recomendó a los países que pongan en práctica políticas pragmáticas. El crecimiento de la actividad económica, señaló, no es suficiente para atender este problema. Lo que se requiere son medidas bien concebidas que influyan directamente sobre el merado laboral, planteó.

La crisis nos enseñó que políticas bien concebidas al respecto pueden conservar empleos, añadió. Debemos ser pragmáticos. Debemos superar la oposición binaria y estéril entre flexibilidad y rigidez en los mercados laborales y preguntarnos, por el contrario, si las políticas son eficaces para la creación y conservación de empleos. Algunas veces lo son, algunas otras no lo son, dijo.

Strauss-Kahn refirió también que la desigualdad ha crecido como consecuencia de la recesión de 2009. La desigualdad, aseguró, puede hacer que un país sea más propenso a sufrir crisis económicas, especialmente si está relacionada con el sistema financiero.

Por el contrario, añadió, el FMI ha encontrado en diversos estudios que el crecimiento sostenido por varios años está asociado con una más equitativa distribución del ingreso.

Por Roberto González Amador
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El número de extranjeros sin empleo en España aumentó hasta 1’095.300 personas en 2010 y uno de cada 4 desempleados que generó la crisis pertenece a este colectivo, según un informe de la Asociación de Grandes Empresas de Trabajo Temporal (Agett) difundido ayer.

Los extranjeros en España representan el 11,5% de la población total y han sufrido de una forma especialmente virulenta la crisis económica, que ha elevado la tasa de desempleo en el país a más del 20% de la población activa.

Del total de 2,9 millones de desempleados provocados por la crisis económica mundial desde 2008, el 24,6% es extranjero (715.300).

Además, su tasa de desempleo (30,4%) se sitúa muy por encima de la media nacional (20,33%) y está más que duplicada desde el tercer trimestre de 2007 (11,8%).

Según cifras del censo, Ecuador y Colombia aportan a España el segundo mayor grupo de ciudadanos extranjeros no pertenecientes a la Unión Europea (UE), después de Marruecos.

De acuerdo con los últimos datos del Ministerio de Trabajo de España, el desempleo registrado en el país subió en enero en 130.930 personas, lo que situó el número total de personas sin trabajo en 4’231.003.

Los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), que publica el Instituto Nacional de Estadística (INE),  sitúan también el desempleo en España en el 20,3% de la población activa al término de 2010, con 4’696.600 personas sin trabajo.

Según la asociación, los trabajadores extranjeros han sido uno de los grupos más castigados por la crisis, sobre todo en el primer trimestre de 2009, cuando por primera vez en la historia superó el millón de desempleados. 

En el cuarto trimestre de 2010, del total de desempleados extranjeros, que ascendió a 1’095.300, el 56,2% fue  de varones y el 43,8% de mujeres.

El perfil del desocupado de este colectivo que reside en España es el de un hombre de entre 25 y 34 años, grupo que supone el 36,7 % del total de estos desempleados, según este estudio.

La crisis económica en España también ha afectado a aquellos migrantes que quieren retornar a sus países de origen y cuyas solicitudes están sufriendo importantes demoras.

Así, de acuerdo con el ministro español de Trabajo e Inmigración, Valeriano Gómez, la entrada de inmigrantes en España se ha reducido “drásticamente” con motivo de la crisis económica mundial y se ha incrementado el retorno voluntario de extranjeros con la puesta en marcha del programa de regreso asistido.

EFE
Madrid, España
 
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Jueves, 20 Enero 2011 08:30

Tal como era antes de la crisis

El desempleo urbano en América latina y el Caribe cayó hasta 7,4 por ciento en 2010. Luego del retroceso registrado durante la recesión de 2009, cuando la desocupación trepó a 8,1 por ciento, el crecimiento regional y las políticas activas desplegadas por los diferentes gobiernos latinoamericanos permitieron generar 1,2 millón de puestos de trabajo. La región recuperó así los niveles de empleo previos a la crisis financiera global. A pesar de las mejoras registradas, el desempleo en las zonas urbanas de la región afecta a 16,9 millones de personas. El Panorama Laboral 2010 que publicó la Organización Internacional del Trabajo (OIT) advierte que una porción significativa de los nuevos asalariados fueron a engrosar las filas del sector informal. La entidad tripartita que conforman gobierno, sindicatos y empresarios proyecta para 2011 que el desempleo continuará cayendo a un ritmo menor para alcanzar el 7,2 por ciento.

“En esta oportunidad no se recurrió a las recetas de políticas de ajuste recesivas contra el crecimiento económico, el empleo y los derechos laborales como en otras crisis”, explica el documento de la OIT publicado ayer. En ese sentido, el Panorama Laboral destaca el rol de las políticas activas de empleo y aquellas destinadas a sostener la demanda, así como la ampliación de la protección social, el aumento de los salarios mínimos y los programas de transferencias como fueron la Asignación Universal por Hijo, el subsidio del Programa de Recuperación Productiva (Repro) en Argentina y las moratorias previsionales. Por eso, el documento sostiene que “el nivel de desempleo dependerá del ritmo de recuperación de los componentes de la demanda agregada y del contenido y énfasis de las políticas económicas y de empleo que se adopten”, sostiene el documento difundido ayer.

Los quiebres con las políticas de ajuste y flexibilización permitieron que durante la crisis el desempleo no se dispare y garantizaron una pronta recuperación mientras que las economías centrales como España o Estados Unidos exhibieron fuertes alzas en la desocupación. En el país europeo el desempleo superó el 20 por ciento y en Estados Unidos llegó al 9,9 por ciento. En cambio, en América latina la desocupación trepó desde 7,3 por ciento en 2008 hasta 8,1 por ciento en 2009 y el año pasado regresó a los niveles previos al estallido de la crisis. En Argentina, el desempleo ascendió hasta 9,1 por ciento en su peor momento y retrocedió hasta 7,5 por ciento, según los datos oficiales correspondientes al tercer trimestre de 2010. “Países como Argentina y Perú que se vieron beneficiados por las alzas en el precio de sus principales exportaciones supieron también aprovechar sus amplios mercados internos. En el caso de Argentina, fue la política salarial expansiva la que estimuló la demanda interna y la expansión del gasto social dirigido hacia los grupos más vulnerables”, sostiene el informe.

Si bien en los últimos años se registraron avances significativos en materia de empleo y distribución del ingreso, los mercados de trabajo de América latina arrastran un conjunto de debilidades estructurales como las elevadas tasas de informalidad y precariedad laboral, marcada heterogeneidad sectorial y fragmentación, dificultades para la inserción de los jóvenes en puestos de trabajo de calidad, bajos salarios, una considerable brecha de género y escuetos niveles de cobertura sindical (excepto Argentina y Brasil).

El desempleo informal en Ecuador, Panamá, Colombia, México y Perú trepó en 2010 al 53,8 por ciento contra el 53,6 por ciento observado en 2009. El aumento de la ocupación informal en un período de recuperación económica no necesariamente implica un deterioro en las condiciones laborales sino que puede estar reflejando que esos empleos precarios son los primeros que se recuperan a la salida de una crisis. En Argentina, según datos correspondientes al tercer trimestre del año pasado, la informalidad laboral asciende al 35,8 por ciento. Por su parte, el desempleo femenino es 1,4 vez superior al registrado entre los hombres y la diferencia es mayor si la comparación se realiza a partir del nivel de ingresos promedio.

Por Tomás Lukin
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Martes, 04 Enero 2011 07:46

¿Qué nos depara el 2011?

La economía global termina el 2010 más dividida que a comienzos del año. Por un lado, los países con mercados emergentes como India, China y las economías del Sudeste Asiático están experimentando un crecimiento fuerte. Por otro lado, Europa y Estados Unidos afrontan un estancamiento –de hecho, un malestar al estilo japonés– y un desempleo tenazmente altos. El problema en los países avanzados no es una recuperación sin empleo, sino una recuperación anémica. O peor, la posibilidad de una recesión de doble caída.

Este mundo de dos pistas plantea algunos riesgos inusuales. Mientras que la producción económica de Asia es demasiado pequeña para impulsar el crecimiento en el resto del mundo, puede bastar para hacer subir los precios de las materias primas.

Mientras tanto, los esfuerzos de parte de Estados Unidos por estimular su economía a través de la política de “alivio cuantitativo” pueden fracasar. Después de todo, en los mercados financieros globalizados, el dinero busca las mejores perspectivas en todo el mundo, y estas perspectivas están en Asia, no en Estados Unidos. De manera que el dinero no irá adonde se lo necesita, y gran parte de ese dinero terminará donde no se lo quiere, causando mayores incrementos en los precios de los activos y las materias primas, especialmente en los mercados emergentes.

Dados los altos niveles de desempleo en Europa y en Estados Unidos, es poco probable que el “alivio cuantitativo” suponga un brote de inflación. Podría, en cambio, aumentar las ansiedades sobre la futura inflación, derivando en tasas de interés más altas a largo plazo, precisamente lo contrario del objetivo de la Reserva Federal.

Este no es el único riesgo de impacto negativo, ni siquiera el más importante, que afronta la economía global. La mayor amenaza surge de la ola de austeridad que arrasa al mundo, mientras los gobiernos, particularmente en Europa, afrontan los grandes déficits originados por la Gran Recesión y mientras la ansiedad sobre la capacidad de algunos países para cumplir con sus pagos de la deuda contribuye a la inestabilidad de los mercados financieros.

El resultado de una consolidación fiscal prematura está casi anunciado: el crecimiento se desacelerará, los ingresos impositivos disminuirán y la reducción de los déficits será decepcionante. Y, en nuestro mundo globalmente integrado, la desaceleración en Europa exacerbará la desaceleración en Estados Unidos, y viceversa.

En una situación en la que Estados Unidos puede pedir prestado a tipos de interés bajos sin precedentes, y frente a la promesa de altos beneficios por las inversiones públicas después de una década de negligencia, resulta claro lo que se debería hacer. Un programa de inversión pública a gran escala estimularía el empleo a corto plazo, y el crecimiento a largo plazo, lo que al final redundaría en una deuda nacional menor. Pero los mercados financieros demostraron su miopía en los años que precedieron a la crisis, y lo están volviendo a hacer, al ejercer presión para que se realicen recortes del gasto, incluso si eso implica reducir marcadamente las inversiones públicas necesarias.

Es más, el atasco político asegurará que sea poco lo que se haga respecto de los otros problemas acuciantes que tiene ante sí la economía estadounidense: las ejecuciones hipotecarias probablemente sigan con toda su furia (dejando de lado las complicaciones legales); es probable que las pequeñas y medianas empresas sigan privadas de fondos, y es posible que los bancos pequeños y medianos que tradicionalmente les ofrecen créditos sigan luchando para sobrevivir.

En Europa, mientras tanto, es poco probable que las cosas vayan mejor. Europa finalmente logró salir al rescate de Grecia e Irlanda. En las vísperas de la crisis, ambos países estaban regidos por gobiernos de derecha marcados por un capitalismo de connivencia o peor, lo que demostraba una vez más que la economía de libre mercado no funcionaba en Europa mejor de lo que lo hacía en Estados Unidos.

En Grecia, como en Estados Unidos, la tarea de limpiar el desorden recayó sobre un nuevo gobierno. Tal vez como era de esperar, el Gobierno irlandés que alentó un préstamo bancario imprudente y la creación de una burbuja inmobiliaria no fue más apto para manejar la economía después de la crisis que antes.

Dejando la política de lado, las burbujas inmobiliarias dejan tras de sí un legado de deuda y de sobrecapacidad productiva en el mercado de bienes raíces que no se puede rectificar fácilmente, sobre todo cuando bancos políticamente conectados rechazan reestructurar las hipotecas.

En mi opinión, intentar discernir las perspectivas económicas para el 2011 no es una cuestión particularmente interesante: la respuesta es sombría, con escaso potencial alcista y mucho riesgo bajista. Más importante es: ¿cuánto tiempo les llevará a Europa y a Estados Unidos recuperarse y pueden las economías de Asia aparentemente dependientes de las exportaciones seguir creciendo si sus mercados históricos languidecen?

Mi mejor apuesta es que estos países mantendrán un crecimiento rápido en la medida en que viren su foco económico hacia sus mercados internos, vastos e inexplorados. Esto exigirá una reestructuración considerable de sus economías, pero tanto China como India son dinámicas y dieron pruebas de resiliencia en su respuesta a la Gran Recesión.

No soy tan optimista respecto de Europa y EE.UU. En ambos casos, el problema subyacente es una demanda total insuficiente. La máxima ironía es que existen simultáneamente una capacidad productiva excesiva, vastas necesidades insatisfechas y políticas que podrían restaurar el crecimiento si usaran esa capacidad para satisfacer las necesidades.

Tanto Estados Unidos como Europa, por ejemplo, deben adaptar sus economías para encarar los desafíos del calentamiento global. Hay políticas factibles que funcionarían en el contexto de limitaciones presupuestarias de largo plazo. El problema es la política: en Estados Unidos, el Partido Republicano preferiría ver fracasar al presidente Barack Obama antes que ser testigo de un éxito económico. En Europa, 27 países con diferentes intereses y perspectivas tiran en direcciones diferentes, sin suficiente solidaridad para compensar. Los paquetes de rescate son, desde esta perspectiva, logros impresionantes.

Tanto en Europa como en Estados Unidos, la ideología de libre mercado que permitió que crecieran las burbujas de activos de manera descontrolada –los mercados siempre saben más, así que el gobierno no debe intervenir– ahora les ata las manos a los responsables de formular las políticas a la hora de articular respuestas efectivas a la crisis. Uno podría haber pensado que la crisis en sí misma socavaría la confianza en esa ideología. Por el contrario, ha vuelto a salir a la superficie para arrastrar a gobiernos y economías por el sumidero de la austeridad.

Si la política es el problema en Europa y Estados Unidos, sólo cambios políticos probablemente los vuelvan a colocar en el sendero del crecimiento. De lo contrario, pueden esperar hasta que la amenaza de sobrecapacidad productiva disminuya, los bienes de capital se vuelvan obsoletos y las fuerzas restauradoras internas de la economía pongan a funcionar su mágica gradual. En cualquiera de los casos, la victoria no está a la vuelta de la esquina.

Por Joseph Stiglitz
La Vanguardia

http://www.lavanguardia.es/20110102/54096537634/que-nos-depara-el-2011.html
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México, DF. De los más de 211 millones de desempleados que se calcula que hay en el mundo, aproximadamente 81 millones (40 por ciento) son jóvenes de entre 15 y 24 años de edad, informó la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

En un estudio sobre la situación del desempleo mundial y su relación con el fenómeno migratorio, la OIT advirtió que la actual crisis económica “ha golpeado más fuerte a los jóvenes que a la población adulta y ha empeorado su situación en el mercado laboral”.

Por ejemplo, en los países industrializados mientras la tasa promedio de desempleo entre los jóvenes representó este año 13.1 por ciento, el promedio entre los adultos fue de 4.8 por ciento.

Además se calcula que 152 millones de jóvenes en el mundo viven en hogares con ingresos menores a 1.25 dólares al día, a pesar de tener un empleo, por lo que muchos migran tanto a áreas urbanas de sus propios países como a otras naciones en busca de mejores opciones económicas.

Tan es así que actualmente los jóvenes representan 15 por ciento de la población migrante entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), es decir, un poco más de 9.1 millones de personas.

De acuerdo con la OIT, la migración puede representar efectivamente una opción para mejorar la calidad de vida de los jóvenes, su ingreso y su capacitación, e incluso para contribuir al desarrollo de los países emisores, por las remesas.

Tanto la OCDE como el Banco Mundial consideran que los temas de mercado laboral y jóvenes migrantes pueden ser incluidos en los próximos años en las agendas de distintos gobiernos, dada su creciente importancia.

Sin embargo, el éxito de esta migración depende de varios factores, por ejemplo si el migrante es recién llegado al país receptor o bien si es de segunda generación, es decir, nació en el país receptor como hijo de un migrante.

También es importante el dominio que tenga del idioma del país receptor, pues entre mayor dominio de la lengua que se habla en el lugar al que se migra, mejores posibilidades tendrá de competir en igualdad de condiciones en el mercado laboral con la población nativa de la misma edad.

Otro de los factores importantes es el estatus migratorio y la escolaridad que tengan. Si los jóvenes migran de manera legal y cuentan con estudios, tendrán mejores posibilidades de obtener un trabajo decente.

Notimex 
Publicado: 30/12/2010 11:03
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Domingo, 14 Noviembre 2010 18:52

Cuba: un documento peligroso y contradictorio

El Partido Comunista Cubano prepara su sexto congreso para abril próximo y, para ello, emitió un documento económico-social que –para los amigos de la revolución cubana– despierta grandes preocupaciones y para la población de la isla es un golpe brutal, desmoralizador. Desgraciadamente, salvo los enemigos del proceso revolucionario, que se regocijan con las dificultades por las que éste atraviesa, no se leen análisis ni se escuchan opiniones sobre el curso que está siguiendo la revolución cubana, que sin embargo es tan decisiva para el proceso de liberación de toda América Latina. Por eso, con los límites que resultan de la posibilidad de escribir sólo un corto artículo cada domingo, me veré obligado a dedicar a este tema una serie de artículos, a sabiendas de que siete o 14 días después pocos recordarán –si lo han leído– el anterior.

Haré aquí algunas consideraciones generales, dejando para las sucesivas entregas el estudio de los artículos más peligrosos del documento del PCC y, naturalmente, lo que podría ser una alternativa. En primer lugar, considero que seguir con detenimiento y pasión lo que sucede y podría suceder en Cuba es un derecho y un deber no sólo de todo socialista sino también de todo latinoamericano que lucha por la independencia de nuestros países y por la liberación nacional y social del continente. En efecto, lo de Cuba es demasiado importante y demasiado grave para que sea sólo tema de discusión de los cubanos.

En segundo lugar, considero que si se convoca el congreso para abril de 2011 supuestamente como instancia de consulta y de decisión, no es posible empezar ya este año a aplicar medidas fundamentales e irreversibles en muchos campos de la actividad económica, colocando a todos ante hechos consumados y al congreso mismo en el triste papel de simple aprobador-legitimizador de resoluciones adoptadas por pocos en el aparato estatal. La desgraciada fusión entre el Partido Comunista y el Estado subordina el primero al segundo y le hace adoptar como propias la lógica y las necesidades estatales, anulando así su propio papel de control y de crítico y vigilante, por no hablar de su papel indirecto de portavoz de opiniones y necesidades de los trabajadores.

Ahora bien, como recalcaba Lenin, el Estado es, incluso después de la revolución, un instrumento de clase, la expresión de la subsistencia del mercado mundial capitalista y de los valores y métodos burgueses de dominación, lo cual obliga al partido (y a los sindicatos) a defender los derechos particulares de los trabajadores incluso contra "su" Estado y, por lo tanto, a no someterse al mismo. El hecho de que el programa económico-social que analizamos sea un programa exclusivamente burocrático-estatal destinado, según proclama, al fortalecimiento de la institucionalidad y a la reforma del Estado y del gobierno, destaca aún más el achatamiento del partido frente a éstos. Porque si por institucionalidad se entiende poner coto al arbitrio y al voluntarismo desorganizadores de la economía y causantes del despilfarro, la incuria y la falta de control que permiten la corrupción y la burocratización, no se puede olvidar que el Estado no es sólo un aparato burocrático-administrativo o represivo sino una relación de fuerzas social y, por consiguiente, la reforma del Estado debe acordar mucho mayor peso a los órganos de democracia directa, a los trabajadores que a la vez son consumidores, productores y constructores del socialismo y no meros súbditos ni objetos pasivos de resoluciones verticalistas. Además, una revolución, por definición, no es sinónimo de institucionalizar sino de renovar y democratizar profunda y totalmente las estructuras de poder permitiendo la expresión de la diferencia que existe en ese doble poder siempre latente entre la revolución (los trabajadores, en el sentido más amplio del término) y las importantes expresiones del capitalismo (como el aparato estatal, que pretende comandar al viejo modo).

Es, en mi opinión, muy grave que el documento para el próximo congreso del partido, aunque tenga como centro la restructuración económica, no mencione a los trabajadores (ni siquiera a los sindicatos que, en el aparato estatal burocratizado, son la correa de transmisión de éste hacia aquéllos). En 32 páginas de texto la palabra "socialista" aparece, por otra parte, sólo tres veces y no hay ni una mención a la burocracia, su extensión y sus divisiones (que cualquier cubano ve como un problema grave), ni a la democracia de los productores, ni siquiera para explicar quiénes escogerán los que serán declarados "disponibles" (que suman nada menos que un 20 por ciento de la población económicamente activa). En cuanto a los órganos populares, democráticos, de control y de planificación, brillan simplemente por su ausencia.

Es igualmente grave el hecho de que este documento no esté acompañado por un texto del partido sobre la fase actual de la economía mundial, la sociedad cubana, los peligros sociales y políticos de una apertura mucho mayor al mercado mundial y al mercado libre en la isla, las causas que impusieron estas medidas drásticas y de guerra (incluyendo entre ellas, autocríticamente, los errores del partido y del gobierno entre congreso y congreso y en los últimos 40 años) y que no se prepare al partido y a los trabajadores para los peligros que derivarán del reforzamiento de los sectores burgueses y de los valores capitalistas, ni se fijen perspectivas. Porque la brutalidad de la agresión imperialista y de la crisis mundial puede obligar, es cierto, a abandonar conquistas y a dar pasos atrás, pero no hace obligatorio que se escondan los retrocesos y, menos aún, que se pinten los progresos igualitarios que se tienen que abandonar forzados por el mercado mundial como si hubiesen sido negativos. Pero sobre esto volveremos en los próximos artículos, analizando el texto que, para el congreso del PCC, presentan la burocracia y la tecnocracia que controlan el Estado.

Guillermo Almeyra /I
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El Gobierno británico va a anunciar hoy una reforma de las prestaciones por desempleo que incluye sanciones para los parados que rechacen un trabajo o la obligación de realizar faenas comunitarias so pena de perder el subsidio. El Libro Blanco sobre el paro que hoy presentará el secretario de Empleo y Pensiones, Ian Duncan Smith, forma parte de la política de recorte del gasto emprendida por el Gobierno de David Cameron para reducir el gasto público y enjugar la deuda pública. Ayer, los estudiantes protestaron en Londres por la subida de las tasas universitarias incluida en esa política, protestas que derivaron en un asalto a la sede del partido conservador, que terminó con destrozos en el edificio tory y varios detenidos y heridos.

Según informa el diario británico The Guardian, los parados perderán sus prestaciones durante tres meses si rechazan una primera oferta de trabajo, durante seis si lo hacen por segunda vez y durante tres años si rechazan una tercera. Se trata, según el diario, de las sanciones más severas impuestas por un gobierno británico a los desempleados. La reforma también incluye la obligatoriedad de realizar trabajos para la comunidad (jardinería, limpieza...) bajo la amenaza de perder la prestación.

En realidad, las sanciones ya existen para los casos en que los desempleados ignoren una llamada del adviser, el funcionario del centro de empleo donde residan, y estos funcionarios pueden sancionar, aunque actualmente rara vez lo hacen.

El ministro de Trabajo y Pensiones, Ian Duncan Smith, explicará hoy a los diputados las líneas de la reforma, en lo que se califica de la mayor reforma del Estado de Bienestar desde la Segunda Guerra Mundial. La reforma incluye también un único tipo de prestación que simplifique el actual sistema, en el que hay una treintena de prestaciones distintas.

El primer ministro, David Cameron, que ha viajado a Seúl para asistir a la cumbre del G-20, ya adelantó el tenor de las reformas. "El mensaje es claro. Si puedes trabajar, vivir de las prestaciones no será ya una opción. Si se pide a la gente que haga trabajos para la comunidad, se esperará que lo hagan. Si un funcionario les pide que soliciten un trabajo, tendrán que moverse. Si a personas que pueden trabajar se les ofrece un trabajo, se esperará que lo cojan. Ése es el trato. Si lo rompes, perderás tus prestaciones. Si lo haces tres veces, perderás tus prestaciones durante tres años".

Las críticas a la reforma vienen del hecho de que se espere que los parados acepten obligatoriamente los trabajos en un momento en que no abunda y se espera que aumente la tasa de paro.

Cameron argumenta que la reforma es necesaria para evitar una cultura de la dependencia. Apuesta por una reforma que haga que merezca siempre más la pena trabajar que permanecer parado cobrando una prestación. Cree el Gobierno que, con cinco millones de personas recibiendo una prestación por desempleo y otros dos millones de personas viviendo en hogares sin ingresos, está obligado a una reforma en profundidad del sistema.

Por WALTER OPPENHEIMER - Londres - 21/10/2010
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