Los conflictos entre divisas que estallaron la semana pasada entre Estados Unidos, China y Japón evidencian profundas contradicciones en el corazón mismo de la economía capitalista mundial.

Hace tiempo que las disputas entre Estados Unidos y China por el tipo de cambio dólar-renminbi han alimentado las tensiones monetarias internacionales, pero el miércoles pasado el conflicto adquirió una nueva dimensión cuando el gobierno japonés intervino en los mercados de divisas. Las autoridades monetarias del Japón gastaron más de $23.000 millones de dólares para que el valor del yen bajara 3% con respecto al dólar estadounidense.

La relevancia de la intervención no solamente radica en su magnitud, sino en que el gobierno japonés actuara de manera unilateral. Este hecho despertó las críticas de las autoridades europeas, que señalaron: “Las medidas unilaterales no son la vía para lidiar con desequilibrios globales”, y suscitó la condena de Chris Dodd, presidente de Comité de Banca del Senado estadounidense, quien afirmó: “La intervención viola los acuerdos internacionales”. Cabe notar que, pese a ello, el gobierno de Obama, que ve en Japón un aliado en su conflicto con China, no hizo comentario alguno.

Las tensiones entre Estados Unidos y China volvieron a adquirir protagonismo la semana pasada cuando Timothy Geithner, Secretario del Tesoro de Estados Unidos, en una comparecencia ante el Congreso, pidió que China permitiera a su moneda aumentar de valor con mayor rapidez frente al dólar. Afirmó que el gobierno estadounidense estaba “analizando la importante cuestión de qué combinación de herramientas, al alcance de Estados Unidos y también conforme a enfoques multilaterales, podrían ayudar a las autoridades chinas a tomar medidas más rápidas”. Tal como lo señaló Robert Reich, ex Secretario del Trabajo de Clinton, el mensaje concreto que hay detrás de esas declaraciones es: “Estamos a punto de amenazarlos con sanciones comerciales”. También se comentó que el conflicto entre divisas significaba que el mundo se había acercado aún más al tipo de guerra comercial que marcó la década de los treinta.

La fuente inmediata de antagonismos es la campaña de las grandes potencias capitalistas por contrarrestar los efectos del estancamiento de la economía mundial mediante la expansión de sus exportaciones. El gobierno de Obama desea un dólar más bajo para inyectar competitividad a la industria estadounidense, pero las autoridades chinas temen que un alza demasiado rápida del renminbi golpee a las empresas manufactureras que operan con bajos márgenes de ganancia, lo que fomentaría el desempleo y echaría leña al fuego de las tensiones sociales. Los exportadores japoneses argumentan no poder operar con rentabilidad mientras el tipo de cambio yen-dólar se mantenga en los niveles de la década de los ochenta e insisten en que debería situarse en alrededor de 95 yenes por dólar. Las potencias europeas, particularmente Alemania, cuyas exportaciones representan alrededor de 40% del PIB, quieren mantener el valor del euro en torno al $1,30, en lugar del $1,50 que alcanzó el año pasado.

Si bien estos conflictos se exacerban debido a la situación económica inmediata en el mundo, su relevancia histórica es profunda, ya que constituyen una de las evidencias de la contradicción irresoluble que habita el corazón mismo del sistema capitalista: la que se establece entre la economía global y la división del mundo en Estados-nación rivales.

Todo país capitalista tiene su propia moneda, respaldada por el poder del Estado al interior de sus fronteras; pero ninguna moneda constituye en o por sí misma lo que se denomina dinero mundial. En todo caso, para que el sistema capitalista funcione debe haber un medio de pago internacionalmente reconocido.

Al principio, el oro y otros metales preciosos cumplieron esa función, pero la expansión de la economía capitalista, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, hizo que la base del sistema monetario fuera cada vez más restrictiva y tuviera que buscarse un mecanismo que sustituyera a los metales. El auge de Gran Bretaña como potencia económica dominante la dotó de los medios para lograrlo.

Si bien el oro siguió siendo la base oficial del sistema monetario mundial, en la práctica la economía operó cada vez más en función del patrón libra esterlina. Como reflejo del poder de la economía británica y su sistema financiero, en gran medida gracias a la enorme cantidad de recursos extraídos de la India y otras partes del Imperio Británico, la libra esterlina funcionaba como dinero mundial.

Sin embargo, la situación cambió radicalmente después de la Primera Guerra Mundial. Gran Bretaña resultó victoriosa, pero había sufrido un deterioro económico considerable en comparación con sus adversarios. Además, para pagar los costos de la guerra se había retirado del patrón oro, es decir, la libra ya no tenía tanto valor como este metal.

El intento del gobierno británico por restaurar el patrón oro en 1925 se vino abajo en 1931 cuando, en medio de una crisis bancaria en Europa, se devaluó la libra. En el resto de aquella década la economía mundial se vio envuelta en la Gran Depresión y el mercado mundial se fragmentó, dando paso a bloques económicos rivales que acabarían por iniciar el conflicto armado en 1939.

El Acuerdo de Bretton Woods de 1944, según el cual el dólar estadounidense quedaba atado al oro con un tipo de cambio de $35 por onza, tenía por objetivo establecer un sistema monetario mundial sin el que la economía global habría vuelto rápidamente a las condiciones de la década de los treinta.

Este acuerdo, en el que el dólar estadounidense, en virtud del aplastante dominio económico del capitalismo estadounidense, funcionaba de hecho como dinero mundial, desempeñó un papel decisivo en la restauración del comercio y los flujos de inversiones en el globo. Sin embargo, el sistema de Bretton Woods se fundaba en una contradicción: para mantener la liquidez internacional se requería de un flujo constante de dólares desde Estados Unidos al resto del mundo, pero esa salida de capitales minó la relación entre el dólar y el oro a medida que los dólares que circulaban en la economía mundial superaron con creces el oro en manos del Tesoro estadounidense.

La brecha entre el dólar y el oro se abrió más y más en la década de los sesenta, hasta que el 15 de agosto de 1971 el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, declaró que en adelante no sería posible cambiar el dólar por oro. Al poner fin al sistema de Bretton Woods, la capacidad del dólar estadounidense de seguir funcionando como dinero mundial dependió de la solidez de la economía de ese país y la de sus mercados financieros... pero esa solidez ha venido declinando continuamente.

Hacia fines de la década de los ochenta, Estados Unidos había dejado de ser el principal prestamista del planeta para convertirse en el principal deudor, al depender de los flujos de capital provenientes del resto del mundo. Esta entrada de dinero disfrazaba, hasta cierto punto, la descomposición y el deterioro del sistema financiero estadounidense, pero la verdad habría de salir a la luz cada cierto tiempo a través de una serie de crisis, empezando por la caída de la bolsa en 1987 y con distintos episodios en la década de los noventa: la crisis de los bonos en 1994, el colapso de la firma de gestión de fondos de cobertura Long Term Capital Management en 1998 y la denominada “crisis de las puntocom” entre 2000 y 2001, para culminar con la debacle desatada por el colapso de Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008.

La subsiguiente crisis financiera internacional y los conflictos entre divisas apuntan hacia la intensificación de la contradicción entre la economía mundial y el sistema del Estado-nación. Para funcionar, la economía capitalista global requiere de una divisa de reserva (dinero mundial) que sea estable; pero el dólar estadounidense se muestra cada vez menos capaz de desempeñar ese papel. Tampoco hay otra divisa (ni el euro ni el yen ni el renminbi) que esté en posibilidades de sustituirlo.

La creciente falta de confianza en todas las divisas se refleja en el aumento del precio del oro, que constantemente alcanza nuevos récords. No obstante, volver al patrón oro tampoco es factible, ya que se produciría una contracción masiva del crédito y la economía mundial se sumiría en una depresión equiparable o peor que la de los años treinta.

En medio de un caos en ascenso, se ha propuesto la posibilidad de que las principales potencias lleguen a algún tipo de pacto similar al Acuerdo Plaza de 1985 que propició la disminución concertada y organizada del valor del dólar estadounidense. Sin embargo, basta con ponderar las diferencias entre la situación de 1985 y la actual para ver por qué ese proyecto es inviable. Hace 25 años Estados Unidos todavía tenía la hegemonía económica y las economías atlánticas constituían el centro principal de crecimiento en el globo. Las cosas han cambiado: Estados Unidos está en declive económico y el centro económico de gravedad transita rápidamente al este.

Sin duda la crisis de las divisas recorrerá muchos vericuetos en los tiempos por venir, pero la lógica general del proceso está clara. La economía mundial se atomizará cada vez más y dará lugar a bloques regionales y de divisas rivales, y el fantasma del conflicto armado amenazará de nuevo.

La única manera de evitar este desastre es luchar por el programa del internacionalismo socialista: derrocar al sistema de obtención de ganancias y al sistema del Estado-nación en el que se fundamenta, y establecer una economía mundial racionalmente planificada.
 

Nick Beams
wsws.or

Traducción del inglés: Atenea Acevedo

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Miércoles, 17 Junio 2009 06:10

¿Defunción del G-7 y nacimiento del BRIC?

Esperábamos una divisa BRIC” (Ver Bajo la Lupa 7, 10 y 14/6/09) y los magos del nuevo orden multipolar, el presidente ruso Dimitri Medvediev y su homólogo chino Hu Jintao, se sacaron de la manga “la divisa del Grupo Shanghai” (Shanghai Cooperation Organization: SCO, por sus siglas en inglés) que “apoyó la propuesta rusa de usar las divisas nacionales en sus intercambios, así como introducir una moneda común del grupo” (RIA Novosti, 16/6/09). ¿Se creó la “divisa del Grupo Shanghai”?
Esta nueva divisa, que proponemos sea llamada “divisa Shanghai”, será, según RIA Novosti, “similar a la unidad monetaria europea, que fue usada hasta la introducción del euro en 1999”.
 
El hexapartita Grupo Shanghai (con “observadores” de enorme peso como India, Irán y Pakistán, además de Mongolia) fustigó “la presente estructura del sistema mundial de divisas, dominado por el dólar como la principal divisa de reserva global, lo cual se encuentra lejos de lo ideal”, y consideró que “la aparición de nuevas divisas de reservas era inevitable (sic)”.
 
Dmitri Medvediev, el anfitrión estrella, arremetió contra la unipolaridad del dólar antes, durante y después de las Cumbres Shanghai y BRIC: “el presente conjunto de divisas de reserva y la principal divisa de reserva, el dólar, han fracasado en funcionar como debieran”, y propulsó el “rublo como divisa de reserva en el futuro cercano”.
 
La cumbre Shanghai se acopló a la cumbre del BRIC: las dos grandes potencias euroasiáticas globales, Rusia y China, optaron por levantar la puja de la reforma del caduco orden financiero mundial mediante el Grupo Shanghai, en lugar de la cumbre del BRIC. Esta sutileza no es menor, ya que Brasil e India (miembros del BRIC) no pertenecen al Grupo Shanghai (aunque Nueva Delhi figure como “observador”).
 
La transmutación operada en la misma ciudad de Yekaterinburg pareciera haber optado por la “divisa Shanghai”, bajo la protección nuclear de una agrupación más cohesiva que lleva ocho años de edificación, en lugar de la “divisa BRIC” que hubiera tomado mucho mayor tiempo implementar.
Tampoco se debe soslayar el traslape funcional que existe entre el Grupo Shanghai, añejo de ocho años, con el recién entronizado BRIC, precisamente a través de sus dos miembros comunes: Rusia y China.
 
La cumbre cuatripartita del BRIC, donde sorpresivamente brilló el tema energético, que supuestamente correspondía al Grupo Shanghai en exclusiva, “apoyó el diálogo energético y su estímulo”, así como “el empuje de las inversiones en dicho sector” y “la coordinación y cooperación entre productores y consumidores, incluidos los países de tránsito, con el fin de reducir la incertidumbre y asegurar la estabilidad y continuidad”.
 
El BRIC se pronunció por la “diversificación de los recursos energéticos y el abastecimiento de productos energéticos, que incluya la energía renovable”. También apoyó sutilmente la incorporación de India y Brasil como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y anunció que su segunda cumbre se llevará a cabo el año entrante en Brasil, lanzado así a la estratósfera geoeconómica.
 
El periódico oficioso chino People’s Daily (16/6/09) no oculta el cambio de paradigma global que se escenificó en Yekaterinburg: “una crisis económica grave implica la reconfiguración del mapa económico global y un nuevo orden en la moderna historia mundial; sin embargo, esto es absolutamente (¡súper sic!) inevitable e independiente de la voluntad humana. Frente al deterioro de la presente crisis financiera, la situación parece mejor para los países del BRIC y el papel que jugarán en la economía global. Así, existen bases para que los analistas predigan que las economías emergentes del BRIC probablemente asuman el liderazgo para salir de la recesión económica global”.

Una cosa quedó clara en Yekaterinburg: el BRIC, una agrupación geoeconómica de reciente nacimiento oficial, es probable que de ahora en adelante funcione bajo la sombra militar del Grupo Shanghai. En términos pulcramente geoeconómicos el BRIC se volvió el primer competidor global, si no el sustituto, del agónico G-7.
 
Horas antes de la cumbre del BRIC, Arkady Dvorkovich, principal asesor económico de Dimitri Medvediev, anticipó la voluntad de Rusia de “invertir parte de sus reservas monetarias en bonos emitidos por Brasil, China e India” (Ap, 16/6/09).
 
Rusia y China, atoradas en la trampa global del dólar (y su irresponsable impresión de billetes que subsidia su belicismo planetario), buscan desesperadamente diversificar sus cuantiosas reservas en otro tipo de instrumentos financieros, por lo que Arkady Dvorkovich propuso “revisar la manera en que se valoran las obligaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI)” y exhortó a que “el rublo, el yuan y el oro (¡extra-súper-sic!) formen parte de una categoría revisada de monedas”, con el fin de “formar la valoración de los Derechos Especiales de Giro (SDR, por sus siglas en inglés)”, que representan la unidad monetaria contable del FMI.
 
Actualmente los SDR reflejan el viejo orden monetario mundial mediante una canasta de divisas en la que predomina el dólar, al unísono del euro, el yen nipón y la libra esterlina, lo cual es una enorme aberración.
 
La cúpula rusa ha emitido señales encontradas para iniciar las exequias formales del dólar, mientras Dvorkovich se encarga de diluir el ímpetu de su jefe Dimitri Medvediev, quien ha encabezado con China y Brasil el fin de la hegemonía del dólar: “existe un entendimiento (sic) de que la última cosa que necesitamos ahora son turbulencias en los mercados financieros”, por lo que “nadie desea la ruina (¡súper sic!) del dólar, incluyéndonos a nosotros” (The Economic Times, 16/6/09).
 
A nuestro juicio, las cuantiosas reservas del BRIC –paradójicamente en dólares y prácticamente 40 por ciento de las reservas totales de las divisas mundiales– poseen la capacidad letal para sepultar al dólar, pero al precio quizá de su propio suicidio, ya que no existe todavía una divisa alterna. Y ésta representa precisamente la gran tarea conjunta tanto del Grupo hexapartita de Shanghai como del cuatripartita del BRIC.
 
Con antelación a la cumbre del BRIC, el canciller brasileño Celso Amorim sentenció que “el G-8 está muerto” y comentó “que el BRIC tendrá mayor influencia global que algunos países del mismo G-8 en la presente situación económica” (Xinhua, 15/6/09). Habría que corregir respetuosamente al visionario canciller brasileño, ya que la verdadera defunción sucede ya en el seno del G-7 (sin Rusia) que en el G-8 (con Rusia).
 
Quiérase o no, Rusia se convirtió en la bisagra de transición del viejo orden financiero internacional, mediante su incrustación en el moribundo G-8, al incipiente nuevo orden financiero global como uno de los líderes del cuatripartita BRIC y del hexapartita Grupo Shanghai.

Alfredo Jalife-Rahme
 
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El nuevo orden mundial se jugará en el ámbito geofinanciero, donde impera la aberrantemente anómala unipolaridad dolarcéntrica, más que en los rubros geoestratégico y geoeconómico (incluido el geoenergético), donde las tendencias se han acentuado en pro de la multipolaridad plural y en detrimento de Estados Unidos en franca decadencia.

En The Moscow Times (El rublo como divisa de reserva no parece tan loca, 13/5/09), Martin Gilman, anterior representante del FMI en Rusia, propone a ese país y a China desechar el dólar: ninguna de las precondiciones necesarias para que el rublo funcione como divisa de reserva ha sido cumplida, pero los recientes días de pánico en el mercado de bonos en EU podría ser ominoso para el futuro del dólar.

Henrik Gullberg, estratega de divisas del Deutsche Bank AG en Londres, principal banco cambista de divisas del mundo, reconoce que la postura rusa para adoptar una nueva divisa global ha contribuido a debilitar al dólar (Bloomberg, 2/6/09).

En entrevista a CNBC (1/6/09), el presidente ruso, Dimitri Medvediev, se pronunció por algún tipo de medio universal de pagos que podría crear la base del futuro sistema financiero internacional, mientras su portavoz, Natalya Timakova, dejó entrever que sea muy probable que el BRIC (Brasil, Rusia, India, China) discuta la propuesta de crear una divisa mundial (The Business Times, 4/6/09).

Aunque el BRIC todavía representa una entelequia, el 16 de junio celebrará su primera cumbre formal en Ekaterimburgo (tercera ciudad rusa más importante), Medvediev destaca su paulatina integración: los países del BRIC representan hoy los principales centros de crecimiento económico del mundo. Más de la mitad de la población mundial vive en los países del BRIC.

El viceministro de Finanzas ruso, Dimitri Pankin, afirmó que las divisas de reserva regionales (¡supersic!) constituyen una parte inevitable de la regionalización (¡supersic!) del sistema financiero global.

Mediante la regionalización multipolar de las divisas de la que Bajo la Lupa ha sido pionera (ver Hacia el nuevo orden financiero global: ¿bipolaridad del dólar y el yuan?, 25/3/09), pareciera insinuarse la creación de la divisa BRIC.

Por lo pronto, Rusia, China y Brasil han exhibido su entusiasmo por la sustitución del dólar como única moneda de reserva global, mientras India practica la meditación discreta.

Aunque sea más que obvio, nadie dice que el BRIC detenta 38 por ciento del total de las reservas mundiales, que ascienden a 7.47 millones de millones de dólares (trillones en anglosajón): Brasil posee 206 mil millones (junio 2009); Rusia 404 mil millones (mayo 2009); India 262 mil millones (junio 2009); China 1.95 millones de millones (marzo 2009).

¡Lo trágico del asunto es que el BRIC tiene la mayor parte de sus reservas en dólares!

Cuando agregamos a las reservas de China aquellas del circuito étnico chino (concepto acuñado por Bajo la Lupa), entonces el BRIC alcanzaría 47 por ciento de las reservas mundiales: Hong Kong ostenta 186 mil millones de dólares (marzo 2009); Macao, 20 mil millones (diciembre 2008); Taiwán, 305 mil millones (abril 2009), y Singapur, que cuenta con 70 por ciento de población china, 166 mil millones (marzo 2009).

Cuando la liquidez es emperatriz en medio del tsunami financiero global –que en la etapa involutiva de la economía se manifiesta ahora en un desorden hiperinflacionario que ha disparado como vaticinamos en Bajo la Lupa (ver Hacia la hiperinflación [con devaluación del dólar], 17/5/09) el precio del petróleo, el oro y la plata (ésta incrementó su valor en más de 26 por ciento en un solo mes)– Jack Spitz, director ejecutivo de cambio de divisas del National Bank of Canada, se pregunta cuánto tiempo tomará a los países del BRIC colocar entre todos una divisa cuando al euro le tomó décadas establecerse.
Guo Shuqing, anterior director de la Administración de Cambios de Divisas de China y actual presidente del China Construction Bank, en entrevista con The Financial Times (1/6/09), apaciguó la fogosidad de China al afirmar que en el corto plazo (¡supersic!) no existe sustitución al dólar.

Existen señales encontradas en la cúpula rusa para degradar al dólar. Nada menos que el geoestratega Yevgeni Primakov, quien preside ahora la Cámara de Comercio e Industria de Rusia, durante una reunión del Club Mercury el pasado 18 de mayo, moderó el ímpetu del presidente Medvediev para la creación de múltiples divisas de reserva, al unísono de los gobiernos de Brasil y China. Tildó de fantasía romántica el salto nocturno (sic) a una multipolaridad del sistema monetario: un abordaje racional (sic) a la reforma financiera mundial no es compatible con la noción que sería posible degradar al dólar estadunidense, en la perspectiva de la poscrisis del corto plazo (sic), a una divisa regional o a la creación de una nueva superdivisa internacional. En el futuro (sic), esto sucederá obviamente, pero no mientras EU permanezca como importante potencia mundial en las relaciones económicas. La situación cambiará (sic) pero en forma gradual (¡supersic!). Diluyó el vino de los proponentes del rublo como moneda de reserva mientras no exista en Rusia un mercado doméstico estable: la expansión del rublo puede ser un objetivo estratégico (¡supersic!), pero no se puede promover artificialmente su consecución, puesto que esto ocasionaría severos costos políticos y económicos. A su juicio, Rusia deberá desarrollar antes un mercado financiero nacional (¡supersic!), que necesita convertirse en un sistema autosuficiente y en una fuente real de recursos de crédito para nuestros emprendedores.

La idea de una divisa BRIC empieza a permear en los cerebros de los estrategas de divisas, algo que nadie se hubiera atrevido a imaginar hace algunos años, con excepción de las mentes más estructuradas del planeta.

Pero tampoco hay que engañarse: la decadencia de EU lleva ineluctablemente al fin del dolarcentrismo, sea a corto o largo plazo, como expusimos en El fin de una era: turbulencias en la globalización (Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2007).

Y justamente esta es la gran tragedia geofinanciera de los tiempos presentes: aún no existe alternativa que supla al agónico dólar estadunidense, por lo que urge apresurar el trote para la creación de varias divisas regionales que reflejen el nuevo orden multipolar, y en la que la divisa BRIC jugaría un rol de anclaje y estabilización, al unísono de la regionalización del euro (la eurozona cuenta con 531 mil millones de dólares de reservas, febrero 2009) y del mismo dólar que cesaría de ser la divisa hegemónica.

Al desechar al dólar en sus tratativas comerciales bilaterales, ¿Brasil y China se adelantaron a la hipotética instauración de la divisa BRIC (ver Bajo la Lupa, 31/5/09)?

Por, Alfredo Jalife-Rahme
Columnista, "Bajo la vista"

 

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EE UU acusa a China de manipular su divisa y no descarta las sanciones comerciales. Barack H. Obama y su equipo han comenzado su mandato con fuerza. Durante el día dos, parte de las atenciones se han centrado en la comparecencia del ya Secretario del Tesoro, Timothy Geithner, ante los senadores que hoy han aprobado su cargo, pese a las irregularidades que cometió en su declaración de impuestos durante cuatro años. Ayer no dio muchas pistas, pero fueron más que suficientes para que los valores bancarios subiesen y tirasen de Wall Street hacia las ganancias.

Antes de ser confirmado en su cargo por el Senado, Geithner ha remitido un escrito al senado, en el que se ha centrado en China. "El presidente Obama cree que China manipula su divisa", ha asegurado Geithner. "Obama se ha comprometido a recurrir de manera intensiva a todas las vías diplomáticas disponibles para obtener un cambio en las política de China en materia de divisas", ha añadido el ex presidente de la Reserva Federal de Nueva York, que se ha
reservado para el final la mejor parte.

Así, tras defender un "dólar fuerte" como un factor de "interés nacional", Geithner ha vuelto a insistir en China y ha recordado que como senador, Obama aprobó una proposición de ley que preveía sanciones comerciales para aquellos países considerados culpables de manipular sus divisas. Una ley como ésta, considera Geithner, impediría a "países como China continuar violando todos los principios del libre cambio".

Conviene recordar que China tiene cerca de dos billones de dólares en reservas de divisas extranjeras, fundamentalmente dólar, y que es el país con el que Estados Unidos tiene el mayor déficit comercial. La administración norteamericana ha insistido siempre en que Pekín reevalúe su moneda, el yuan, que mantiene depreciada para así favorecer sus exportaciones. Sin embargo, la postura del hasta ahora secretario del Tesoro, Henry Paulson, ha sido la de fortalecer las acciones diplomáticas y evitar las sanciones, ni siquiera como amenaza.
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