Un niño sentado sobre los escombros tras un bombardeo de la coalición saudí en Sanaa, Yemen, en octubre de 2019. — Reuters

Con el cambio de administración, Washington ha prometido cambios sustanciales en su política en el Golfo Pérsico, especialmente en relación con los derechos humanos. El problema es que los mandatarios se resisten a abandonar las vigentes formas de gobierno porque que si lo hacen pueden perder el poder. El equipo de Biden tendrá que hallar un terreno común sin cuestionar demasiado las autarquías tradicionales.

 

Oriente Próximo se halla inmerso en un gran lío endémico que se agravó con Donald Trump. La situación debe cambiar rápidamente puesto que ya se ha escapado de las manos, algo de lo que es consciente el actual presidente americano Joe Biden, quien tiene la oportunidad de enderezar algunos de los múltiples problemas que asolan la región.

Aunque parece imposible que todos los conflictos, de Irán a Libia y de Siria a Yemen, vayan a resolverse de la noche a la mañana, es necesario que la administración cambie el paso cuanto antes en el Golfo. La problemática más acuciante vinculada con el Golfo es la de Yemen, un país hundido en un sinfín de calamidades a las que Estados Unidos y Europa han contribuido con la venta masiva de armas.

En un artículo aparecido en Foreign Affairs, el senador Chris Murphy afirma que la política de Estados Unidos en esa zona está "desfasada" y es preciso "reformatearla" para evitar que las catástrofes avancen al ritmo que lo han hecho en los últimos años.

Murphy fue uno de los primeros senadores en oponerse a la campaña militar de saudíes y emiratíes en Yemen, instando a Washington a suspender la venta de armas a los dos países. En 2017 acusó a la administración Trump de complicidad en los crímenes de guerra cometidos en ese país y a finales de 2018 defendió una ruptura con el príncipe saudí Mohammad bin Salman por su implicación en el asesinato de Jamal Khashoggi.

Sin embargo, Murphy ha defendido las políticas de Israel en los territorios palestinos ocupados, firmando con el lobby judío AIPAC una carta dirigida en 2016 al presidente Barack Obama exigiéndole que rechazara las medidas "unilaterales" de las Naciones Unidas contra el estado judío. Israel respalda e incita a Arabia Saudí y los Emiratos en la guerra de Yemen, un conflicto estrechamente vinculado a toda la región.

En la época de Carter, el 29% de la energía que consumía EEUU provenía del Golfo, mientras que hoy ese porcentaje desciende al 13%

A finales de los años 70 el presidente Jimmy Carter estableció una doctrina que consideraba que el Golfo Pérsico era "vital" para los intereses de Estados Unidos, doctrina que sigue vigente a pesar de que la realidad ha experimentado cambios notables desde entonces.

En la época de Carter, el 29% de la energía que consumían los Estados Unidos provenía del Golfo, mientras que hoy ese porcentaje es solo del 13% y sigue descendiendo. Esta realidad, dice el senador Murphy, debe modificar la actitud de Washington de manera que se refuercen los valores de Estados Unidos y se priorice la paz y la estabilidad.

Sin embargo, no está claro que la propuesta de Murphy sea fácil de llevar adelante. Es cierto que Biden y su administración han hablado en repetidas ocasiones de los derechos humanos en Oriente Próximo, pero también es cierto que una imposición forzada podría desestabilizar una región que se sustenta sobre valores ajenos a la experiencia occidental.

Una prueba es que este fin de semana numerosos países han expresado su apoyo al príncipe saudí Bin Salman en el caso Khashoggi. Las recientes críticas de Washington al príncipe no han sentado bien a los demás países de la zona, cuyos líderes han pensado que si Biden se carga a Bin Salman, ellos pueden ser los siguientes, de ahí que se hayan solidarizado con el príncipe.

Murphy argumenta que a largo plazo la represión destruirá a los países del Golfo, por lo tanto es necesario que sus líderes se responsabilicen de los derechos humanos.

Las políticas que han guiado a la administración Trump durante los pasados cuatros años han sido desastrosas. Es necesaria una sacudida, pero lo difícil es determinar hasta dónde puede llegar el cambio sin excederse para no provocar un efecto más negativo.

Lo más urgente es poner coto a las aventuras militaristas de los Emiratos Árabes Unidos desde Yemen hasta Somalia pasando por Libia. El príncipe emiratí Mohammad Bin Zayed ha arrastrado a Bin Salman en muchas de esas aventuras que solo logran desestabilizar a Oriente Próximo y que hasta ahora han encontrado el respaldo de Washington, que ha alimentado los conflictos perpetuos de la región.

Otra prioridad es alcanzar un acuerdo con Irán y con él un entendimiento entre Teherán y los países del Golfo que espoleados por Israel prefieren la confrontación a pesar de que sus intereses son distintos a los de Tel Aviv.

Una causa y consecuencia de todos estos conflictos es la multimillonaria venta de armas que satisfacen a la insaciable industria americana y europea. Murphy propone que las armas que se vendan a esos países sean defensivas y no ofensivas con el fin de limitar los conflictos y las violaciones de los derechos humanos.

También propone que Estados Unidos reduzca el número de bases militares que se multiplicaron tras la invasión de Irak en 2003, bases que no compensan lo que cuestan al contribuyente. Es posible que los Emiratos y Arabia Saudí se opongan a esta idea, pero el senador considera que sería positiva para evitar una permanente carrera de armamentos.

 

segovia

02/03/2021 07:15

Por Eugenio García Gascón

Publicado enInternacional
Sábado, 30 Enero 2021 05:34

¿Acabarán alguna vez?

¿Acabarán alguna vez?

Llega el 20º aniversario de la Guerra contra el Terrorismo.

 

“Este es un nuevo tipo de guerra, que llevaremos a cabo agresivamente y metódicamente para interrumpir y destruir la actividad terrorista”, anunció el presidente George W. Bush apenas dos semanas después de los ataques del 11-S. “Algunas victorias se conseguirán fuera de la vista pública, en tragedias evitadas y amenazas eliminadas. Otras victorias quedarán claras para todos”.

 

Este año marcará el 20º aniversario de la guerra contra el terrorismo, incluyendo el conflicto sin declarar de EE UU en Afganistán. Después de que el apodo original de esa guerra, Operación Justicia Infinita, fuera rechazado por ofender sensibilidades musulmanas, el Pentágono la renombró como Operación Libertad Duradera. A pesar de no haber ni victoria clara ni la más ligera evidencia de que la libertad duradera se hubiera impuesto alguna vez en ese país, “las operaciones de combate de EE UU en Afganistán terminaron”, según el Departamento de Defensa, en 2014. En realidad, ese combate simplemente continuó bajo un nuevo nombre, Operación Centinela de la Libertad, y se prolonga hasta hoy.

Igual que la invasión de Iraq de 2003 —conocida como Operación Libertad Iraquí—, Libertad Duradera y Centinela de la Libertad, no consiguieron hacer justicia a sus nombres. Ninguno de los apodos aplicados a las guerras de EE UU post 11-S atrapó tampoco nunca la imaginación pública; los campos de batalla se extendieron desde Afganistán e Iraq hasta Yemen, Somalia, Filipinas, Libia, Siria, Níger, Burkina Faso y más allá, con un precio superior a 6,4 billones de dólares y un coste humano que incluye al menos 335.000 civiles asesinados y al menos 37 millones de personas desplazadas de sus hogares. Mientras tanto, las durante tanto tiempo claras victorias prometidas nunca se materializaron incluso mientras el número de grupos terroristas en el mundo proliferaba.

El mes pasado, el principal general de EE UU ofreció una evaluación de la guerra afgana que fue tan adecuada como sombría. “Creemos que, tras dos décadas de esfuerzo consistente, hemos logrado una pizca de éxito”, dijo Mark Milley, presidente del Estado Mayor Conjunto. “También diría que durante los últimos cinco o siete años como mínimo hemos estado en una situación de tablas estratégicas”. Las declaraciones de Milley ofrecían apelaciones mucho más adecuadas que aquellas con las que el Pentágono había soñado durante años. Si el Departamento de Defensa hubiera abierto las guerras post 11-S con nombres como Operación Pizca de Éxito u Operación Tablas Estratégicas, al menos los estadounidenses habrían tenido una idea realista sobre qué esperar en las décadas siguientes mientras tres presidentes llevaban a cabo tres guerras no declaradas sin conseguir victorias en ningún lugar del Gran Oriente Medio o África.

Qué traerá el futuro en términos de los muchos conflictos armados de este país está más oscuro que nunca mientras el Gobierno de Trump ha perseguido una variedad de esfuerzos en el último momento interpretados como intentos de último minuto para hacer buenas las promesas de terminar las “interminables guerras” de este país o simplemente como intentos llenos de amargura para desestabilizar, minar y sabotear al “Estado profundo” (la CIA en concreto) a la vez que para dejar sin mano de obra a la próxima política exterior del Gobierno de Biden. En realidad, sin embargo, las tambaleantes tácticas finales del presidente Trump, aunque en absoluto terminan las guerras de EE UU, ofrecen al Gobierno de Biden una oportunidad única para poner esos conflictos en los libros de historia, si el presidente electo elige aprovecharse del involuntario regalo que le dio su predecesor.

El tercer presidente que no terminó la Guerra contra el Terrorismo

Durante cuatro años, el Gobierno de Trump ha llevado a cabo una guerra en múltiples frentes, no solo en Afganistán, Iraq, Somalia, Siria y en otros lugares del planeta, sino también con el Pentágono. Donald Trump entró en la Casa Blanca prometiendo detener las incesantes intervenciones en el extranjero de EE UU y repetidamente flirteó con terminar esas “guerras interminables”. No lo hizo. En vez de eso, él y su gobierno siguió llevando a cabo los muchos conflictos de EE UU, aumentó las tropas en Afganistán y Siria, y amenazó con ataques nucleares contra enemigos y aliados por igual.

Cuando finalmente el presidente empezó a hacer gestos hacia reducir los conflictos interminables del país e intentó retirar tropas en varias zonas bélicas, el Pentágono y el Departamento de Estado empezaron a dilatar y obstaculizar a su comandante en jefe, engañándole, por ejemplo, cuando se trató de algo tan básico como el número real de tropas estadounidenses en Siria. Incluso tras llegar a un acuerdo con los talibanes para finalizar la guerra afgana y ordenar significativas retiradas de tropas de ese país y otros a medida que se convertía en un presidente incapaz, no consiguió detener una sola intervención armada que hubiera heredado.

Lejos de terminar con las interminables guerras, el presidente Trump intensificó las más interminables de todas: los conflictos en Afganistán y Somalia, donde Estados Unidos ha estado involucrado de forma intermitente desde los años 70 y 90, respectivamente. Los ataques aéreos en Somalia, por ejemplo, se han disparado bajo el Gobierno de Trump. De 2007 a 2017, el Ejército de EE UU llevó a cabo 42 ataques aéreos declarados en ese país. Bajo el presidente Trump, se ejecutaron 37 ataques en 2017, 48 en 2018, y 63 en 2019. El año pasado, el Mando África de Estados Unidos (AFRICOM) reconoció 53 ataques aéreos en Somalia, más que durante los 16 años de los gobiernos de George W. Bush y Barack Obama.

Los motivos de ese aumento siguen envueltos en el secreto. En marzo de 2017, sin embargo, el presidente Trump supuestamente designó partes de Somalia como “áreas de hostilidades activas”, mientras eliminaba las reglas de la era de Obama que requerían que hubiera seguridad de que los ataques aéreos no hirieran o mataran no combatientes. Aunque la Casa Blanca rechaza confirmar o negar explícitamente que esto ocurriera alguna vez, el general de brigada retirado Donald Bolduc, que encabezaba el Mando África de Operaciones Especiales en ese momento, dijo a The Intercept que “la carga de la prueba respecto a qué se podía considerar objetivo y por qué motivo cambió dramáticamente”. Ese cambio, apuntó, llevó a AFRICOM a llevar a cabo ataques que previamente no habrían tenido lugar.

El aumento en los ataques aéreos ha sido desastroso para los civiles. Mientras el Mando África reconoció recientemente cinco muertes de no combatientes en Somalia por estos ataques aéreos, una investigación de Amnistía Internacional descubrió que, en solo nueve de ellos, murieron 21 civiles y otros 11 fueron heridos. Según el grupo de seguimiento del Reino Unido Airwars, la evidencia sugiere que hasta 13 civiles somalíes han sido asesinados por ataques aéreos estadounidenses solo en 2020, y la reciente decisión de Trump de retirar las fuerzas estadounidenses de allí no terminará con esos ataques aéreos, y mucho menos la guerra de EE UU, según el Pentágono. “Aunque es un cambio en el despliegue, esta acción no es un cambio en la política de EE UU”, se lee en una declaración del Departamento de Defensa que siguió a la orden de retirada de Trump. “EE UU retendrá la capacidad de llevar a cabo operaciones de contraterrorismo focalizadas en Somalia y de recoger advertencias e indicadores tempranos respecto a amenazas contra la patria”.

La guerra en Afganistán ha seguido una trayectoria similar bajo el presidente Trump. Lejos de rebajar la intensidad del conflicto mientras negociaba un acuerdo de paz con los talibanes y buscaba retiradas de tropas, la administración intensificó la guerra en múltiples frentes, desplegando inicialmente más tropas aumentando su uso de poder aéreo estadounidense. Como en Somalia, los civiles sufrieron enormemente, según un informe reciente de Neta Crawford, del proyecto Costes de la Guerra de la Brown University.

Durante su primer año en el cargo, el Gobierno de Trump relajó las normas de combate e intensificó la guerra aérea en un esfuerzo por conseguir una mejor posición en la mesa de negociaciones. “Desde 2017 hasta 2019, las muertes civiles debidas a los ataques aéreos de EE UU y fuerzas aliadas en Afganistán aumentaron dramáticamente”, escribió Crawford. “En 2019, los ataques aéreos mataron a 700 civiles, más que en ningún otro año desde el comienzo de la guerra en 2001 y 2002”. Después de que EE UU y los talibanes alcanzaran un acuerdo de paz provisional el pasado febrero, los ataques aéreos estadounidenses disminuyeron, pero nunca cesaron por completo. Tan recientemente como el mes pasado, EE UU supuestamente llevó a cabo uno en Afganistán que dio lugar a víctimas civiles.

A medida que esas muertes civiles por la fuerza aérea estaban disparándose, una unidad paramilitar afgana de elite formada por la CIA, conocida como 01, en alianza con fuerzas de Operaciones Especiales de EE UU, estuvo involucrada en lo que Andrew Quilty, escribiendo en The Intercept, denominó como “una campaña de terror contra civiles”, incluyendo “una serie de masacres, ejecuciones, mutilación, desapariciones forzosas, ataques sobre instalaciones médicas, y ataques aéreos con el objetivo de estructuras conocidas por albergar civiles”. En total, la unidad mató al menos 51 civiles en la provincia afgana de Wardak entre diciembre de 2018 y diciembre de 2019.

Como Akhtar Mohammad Tahiri, el jefe del consejo provincial de Wardak, dijo a Quilty, los estadounidenses “pisan todas las reglas de la guerra, derechos humanos, todas las cosas que dijeron que traerían a Afganistán”. Están, dijo, “comportándose como terroristas. Muestran terror y violencia y piensan que traerán control de esta forma”.

La decisión del presidente Biden

“No somos un pueblo de guerra perpetua, es la antítesis de todo lo que defendemos y de todo por lo que lucharon nuestros ancestros”, escribió el secretario de Defensa en funciones como parte de un informe de dos páginas a los empleados del Departamento de Defensa el pasado noviembre, añadiendo: “Todas las guerras deben terminar”. Su predecesor, Mark Esper, aparentemente fue despedido, al menos en parte, por resistirse a los esfuerzos del presidente Trump de retirar tropas de Afganistán. Pero ni Miller ni Trump resultaron estar comprometidos con acabar de verdad con las guerras de Estados Unidos.

Tras perder la reelección en noviembre, el presidente dictó una serie de órdenes retirando algunas tropas de Afganistán, Iraq y Siria. Virtualmente todo el personal militar va a ser retirado de Somalia. Allí, sin embargo, según el Pentágono, algunas o todas esas fuerzas serán simplemente “reposicionadas desde Somalia a países vecinos para permitir operaciones transfronterizas”, por no hablar de las continuas “operaciones focalizadas de contraterrorismo” en ese país. Esto sugiere que la prolongada guerra aérea seguirá ininterrumpida.

Lo mismo ocurre con otras zonas bélicas donde está previsto que las tropas estadounidenses permanezcan y no se ha anunciado ningún cese de los ataques aéreos. “Todavía vas a tener la capacidad de hacer las misiones que hemos estado haciendo”, dijo el mes pasado un veterano cargo del Pentágono respecto a Afganistán. Miller se hizo eco de esto durante un reciente viaje a ese país cuando dijo: “Especialmente quiero ver y oír el plan para nuestro continuado papel de apoyo aéreo”. Irónicamente, el informe ‘todas-las-guerras-deben-terminar’ del documento de noviembre de Miller en realidad defendía una actitud de guerra eterna insistiendo en la necesidad de “acabar con la guerra que Al-Qaeda trajo a nuestras orillas en 2001”.

En la clásica forma de ‘EE UU-finalmente-ha-dado-el-paso-definitivo’, Miller afirmó que Estados Unidos está “a punto de vencer a Al-Qaeda y sus socios” y “debe evitar nuestro pasado error estratégico de no librar la batalla hasta el final”. Para cualquiera que pueda haber pensado que estaba señalando que la guerra contra el terrorismo estaba acercándose al final, Miller ofreció un mensaje que no podía haber sido más sucinto: “Esta guerra no ha terminado”.

Al mismo tiempo, Miller y varios otros nombrados por Trump tras las elecciones, incluidos su jefe de personal Kash Patel y el vicesecretario de Defensa para Inteligencia en funciones, Ezra Cohen-Watnick, han buscado hacer importantes cambios de política de último minuto en el Pentágono, molestando a miembros de la elite de la seguridad nacional. El mes pasado, por ejemplo, responsables del Gobierno de Trump entregaron al Estado Mayor Conjunto una propuesta para desvincular la Agencia de Seguridad Nacional y el Cibercomando de EE UU. Miller también envió una carta a la directora de la CIA Gina Haspel informándola de que está en peligro un antiguo acuerdo en el que el Pentágono ofrecía apoyo a la agencia.

Informes de prensa indicaron que el Departamento de Defensa está revisando su apoyo a la CIA. El motivo, contaron a Defense One antiguos y actuales responsables gubernamentales y militares, era determinar si fuerzas de Operaciones Especiales deberían ser redirigidas desde las operaciones de contraterrorismo de la agencia hacia misiones “relacionadas con la competencia con Rusia y China”. The New York Times sugirió, sin embargo, que el verdadero propósito sería “hacer difícil” que la CIA llevara a cabo operaciones en Afganistán.

Las retiradas de tropas y los cambios de última hora en la política han sido desechados por expertos y defensores de la elite de la seguridad nacional como los despreciables actos finales de un presidente fracasado. Sea lo que sean, también representan una genuina oportunidad para un presidente electo que ha defendido un giro en la política de seguridad nacional. “Biden acabará con las guerras interminables en Afganistán y Oriente Medio, que nos han costado incalculable sangre y riqueza”, se lee en el plan para “Liderar al Mundo Democrático” en JoeBiden.com. Allí, también, en la letra pequeña, acecha una serie de lagunas sobre luchar-hasta-el-final como la de Miller, como sugieren las palabras en cursiva en esta frase: “Biden traerá a casa la inmensa mayoría de nuestras tropas de Afganistán y centrará nuestro enfoque en Al-Qaeda e ISIS”.

Bajo un acuerdo que el Gobierno de Trump alcanzó con los negociadores talibanes el año pasado, Estados Unidos promovió retirar todas las tropas que quedan en Afganistán para el 1 de mayo de 2021, si ese grupo cumple sus compromisos. Si el equipo de Biden quisiera aprovecharse tanto del pacto de retirada del Gobierno de Trump como de su desesperado esfuerzo para maniatar a la CIA, una parte importante de la guerra estadounidense simplemente expiraría esta primavera. Aunque esto sin duda suscitaría aullidos de angustia por parte de los defensores de esa guerra fallida, el presidente Biden se podría remitir a los poderes de guerra asignados constitucionalmente al Congreso, dejando al poder legislativo la decisión de declarar la guerra en ese país tras todos estos años o simplemente permitir que el conflicto termine.

También podría utilizar el intimidante púlpito de la presidencia para llamar a la expiración de la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar (AUMF, por sus siglas en inglés) de 2001, una resolución de 60 palabras aprobada por el Congreso tres días después de los ataques del 11 de septiembre, que se ha utilizado para justificar 20 años de guerra contra grupos como el Estado Islámico que ni siquiera existían el 11-S. Podría hacer lo mismo con la Autorización en Iraq para el Uso de la Fuerza Militar de 2002, que autorizó la guerra contra el régimen de Saddam Hussein en Iraq, pero fue sin embargo citada el año pasado en la justificación del Gobierno de Trump para el asesinato con drones del general iraní Qasem Suleimani.

Tras dos décadas después de que el presidente George W. Bush lanzara “un tipo diferente de guerra”; más de una década después de que el presidente Barack Obama entrara en la Casa Blanca prometiendo evitar las “guerras estúpidas” (aunque prometiendo ganar la “guerra correcta” en Afganistán); seis meses después de que el presidente Trump se comprometiera a “acabar con la era de las guerras interminables”, el presidente electo Biden entra en la Casa Blanca con una oportunidad para empezar a hacer buena su propia promesa de “acabar con las guerras interminables en Afganistán y Oriente Medio”.

Como el presidente Bush señaló en 2001: “Algunas victorias se ganarán fuera de la vista pública, en tragedias evitadas y amenazas eliminadas”. Las guerras de Estados Unidos en el siglo XXI han sido, en vez de eso, tragedias para millones y han llevado a una proliferación de amenazas que dañaron a Estados Unidos de forma importante. El presidente electo Biden ha reconocido esto, apuntando que “quedarse atrapado en conflictos imposibles de ganar solo consume nuestra capacidad de liderar en otros asuntos que requieren nuestra atención, y nos impide reconstruir los demás instrumentos del poder estadounidense”.

Las guerras fallidas sin fin son, sin embargo, también un legado de Joe Biden. Como senador, votó a favor del AUMF de 2001, el AUMF de 2002, y después secundó a un presidente que expandió las intervenciones en el extranjero de EE UU, y nada en su historia personal sugiere que tomará las valientes acciones necesarias para lograr poner un fin a los conflictos internacionales de Estados Unidos. “Ya es hora de que terminemos con las guerras infinitas”, anunció en 2019. En realidad, al entrar en el Despacho Oval se encuentra ante una decisión formidable: ser el primer presidente de EE UU de este siglo que no redoble la apuesta en conflictos internacionales malditos o el cuarto que descubra el fracaso en guerras que nunca se pueden ganar.

Por Nick Turse

30 ene 2021 04:49

tomdispatch.com

Artículo publicado originalmente por Tomdispatch.com y traducido para EL Salto por Eduardo Pérez

Publicado enInternacional
Viernes, 29 Enero 2021 05:19

Hacia un capitalismo feudal

La Plaza de San Marco, en Venecia, inundada por el "Acqua Alta", fenómeno agravado por el cambio climático. Foto: Roberto Trombetta

Las crisis son siempre un momento de reconfiguración del capitalismo. Eso define los campos de lucha y las formulas de resistencia y ofensiva de las clases subalternas.

 

Vivimos tiempos de ansiedad. La pandemia del covid-19 ha catalizado de forma concreta una serie de tendencias ya presentes en el sistema-mundo: los problemas son globales, ecológicos, caracterizados por la agudización de las contradicciones entre las clases y entre diferentes territorios. En Occidente, la emergencia de corrientes de extrema derecha forma parte de la nueva normalidad política. Las viejas clases medias, asustadas ante el impacto de una crisis que las empuja hacia el despeñadero de la historia, luchan por aliarse con las élites en un frente común contra una gran mayoría de la población cada vez mas precarizada y aplastada.

Para las clases populares del mundo, la situación es extremadamente complicada. La reconfiguración de un proyecto político, social y cultural alternativo al capitalismo es todavía incipiente y amarga, llena de saltos, oportunidades, retrocesos y derrotas. En realidad, si nos viéramos “desde fuera”, comprenderíamos que es un proceso habitual. Configurar un proyecto anticapitalista necesita tiempo: condensar experiencias, trasmisiones de saberes, organizaciones, intelectuales, referencias... le llevó al movimiento obrero clásico décadas de conflictos, derrotas y pequeños avances que parecían insignificantes. Por supuesto, no afirmo que tengamos tanto tiempo. La crisis ecológica introduce una nueva temporalidad. No hay duda de que es el problema central de nuestro tiempo, porque sin resolverlo, no podremos afrontar los demás.

Dicho esto, me parece interesante destacar que las crisis son siempre un momento de reconfiguración del capitalismo. Para los que luchamos por un cambio social radical, estas tendencias no son secundarias. Definen los campos de lucha y las formulas de resistencia y ofensiva de las clases subalternas. En ese sentido, la idea fundamental que quiero destacar es que vivimos una reconfiguración en términos feudales del capitalismo: el poder político se torna cada vez más insignificante, y oscila entre la impotencia y el servilismo funcional ante los todopoderosos señoríos “libres” de las multinacionales.

El caso de la UE con las farmacéuticas refleja bien ese proceso. Incapaces de generar una estructura productiva y distributiva propia, los Estados capitalistas delegan en empresas supranacionales funciones que en una época de excepción deberían ser fundamentales. No es solo que privaticen los beneficios y les regalen financiación pública. Es que han perdido el control sobre las empresas. Esto es un cambio cualitativo con respecto a otras épocas de crisis. Por ejemplo, en la Primera Guerra Mundial, los Estados asumieron la centralización económica como forma de enfrentarse a los retos que la guerra les imponía. No estoy reivindicando aquel terrible modelo burocrático-industrial belicista. Lo que me interesa destacar es que a día de hoy, los Estados son incapaces de hacer una operación similar ante una crisis de magnitudes desconocidas.

La cuestión es qué tipo de geografía política se deriva de esta nueva configuración política del capital. Es pronto para saberlo, pero si que podemos avanzar algunas tendencias. La que me parece más destacable por sus posibles repercusiones es que comienza a reaparecer la desconfianza contra la clase política. Esto podría ser un síntoma de una nueva “crisis orgánica”, es decir, de una nueva fase en la separación y conflicto entre “gobernantes” y “gobernados”. La última crisis generó momentos de ese estilo y con expresiones variadas: las revoluciones árabes, el 15M. No podemos saber que tipo de revueltas generará esta nueva crisis, pero si podemos estar seguros de una cosa. La clase política no será percibida como parte de la solución, si no como parte del problema, fundamentalmente, por su combinación de incapacidad y servilismo frente a los intereses irracionales a corto plazo del gran capital.

Ante esta situación la respuesta desde la izquierda no puede ser que “no todos los políticos son iguales”, auto-posicionándose como el ala moralmente respetable de una casta despreciada y odiada por amplios sectores de la población. Sin duda, una respuesta de esas características sería la mejor muestra de que la izquierda ya no es capaz de ofrecer e inventar otra política, lo cual tendrá como consecuencia ser percibidos como parte del problema. La respetabilidad de los sillones tienen su costes.

La nueva derecha ha optado por explorar su propio camino ante este nuevo capitalismo feudal. Por supuesto, no ofrecen ninguna solución frente a los nuevos señores feudales. Les ofrecen mas pleitesía, pero a cambio de aplastar con más virulencia a los de abajo. La izquierda tiene que pensar como afronta esta nueva convulsión que viene. Las formas de protesta no serán siempre desfiles organizados, aunque tengamos que llegar con más fuerza organizada que nunca para tener alguna posibilidad de vencer. La radicalidad de la crisis que viene provocará también revueltas abigarradas, sin predeterminación ideológica, de toda esa nueva clase trabajadora que se está conformando bajo el nuevo feudalismo capitalista. Comenzar a pensar en que lado queremos estar y contra quien queremos confrontar los próximos años es también una tarea urgente.

Por Brais Fernández

Es militante de anticapitalistas y de la redacción de Viento Sur.

29 ene 2021 06:13

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China, a punto de igualar el poder de EEUU en el Indo-Pacífico

La región Indo-Pacífico está llamada a convertirse en una de las claves en el diseño del nuevo orden global pos pandemia.

 

Según un informe reciente, en ese lugar, EEUU registró la mayor caída de poder entre todos los demás países y la ventaja que aún mantiene sobre China se redujo a la mitad en los dos últimos años, lo que marca un ritmo de ascenso imparable de la nación asiática.

Esta es la conclusión de un reciente informe del Instituto Lowy de Australia, el Asia Power Index 2020, reproducido por el diario oficialista chino Global Times. El Lowy Institute es un think tank independiente con sede en Sydney, fundado en 2003 por el empresario Frank Lowy para investigar cuestiones estratégicas y económicas internacionales. El Asia Power Index, una de sus publicaciones más relevantes, este año registró un descenso del poder de EEUU en la región y sitúa a China a sólo cinco puntos, de un total de 100.

 Es por eso que, como sucede en las aguas del vecino Mar del Sur de China, la Armada de EEUU se empeña en realizar ejercicios con sus aliados, en particular Japón y Australia, "para apoyar la libertad de navegación en el Indo-Pacífico".

Pero a diferencia de la región Asia-Pacífico, la Indo-Pacífico abarca hasta las costas de África y la península arábica, controlando la entrada a los estratégicos Mar Rojo y Golfo Pérsico. Una región tan amplia, es la contracara marítima de Eurasia, considerada como el corazón geopolítico del sistema mundo.

El informe del Instituto Lowy es interesante ya que no está centrado sólo en cuestiones de economía y poder militar, como suelen hacer buena parte de los centros de investigación, sino que abarca una gama de ocho áreas: capacidad militar, influencia cultural, redes de defensa y resiliencia, en las que sigue liderando EEUU; y relaciones económicas, influencia diplomática, recursos futuros y capacidad económica, en las que lidera China.

Aunque sigue siendo la potencia más poderosa en la región, las tendencias que marca el citado informe son muy claras. "En una perspectiva de largo plazo, EEUU comenzó a declinar desde la crisis financiera de 2008", escribe Su Hao, director y fundador del Centro de Estudios Estratégicos y de Paz de la Universidad de Asuntos Exteriores de China.

Si se mira el mundo en el largo plazo, "el dominio mundial de Occidente, especialmente EEUU, está cayendo rápidamente". Su Hao agrega que "la campaña de EEUU contra China en realidad ha divido a toda Asia", pero China y otros países de la región "se han elevado de manera prominente".

Global Times entrevista al director del Asia Power Index, Hervé Lemahieu, en una extensa cobertura, inusual en el medio, en la que matiza "la mayor caída en el poder relativo" de EEUU.

En opinión de Lemahieu, este año EEUU ha perdido prestigio en la región "por su manejo de la pandemia", mientras el poder global de China se ha mantenido estable, aunque "su posición diplomática también ha disminuido". No obstante, sostiene que "muchos de los factores del declive de EEUU en Asia se deben a elecciones políticas más que a fuerzas estructurales".

Anticipa que el deterioro de las relaciones de China con India y Australia "es un gran problema para el predominio de China", mientras EEUU puede revertir su aislamiento con "una forma más multilateral de liderazgo". Su conclusión mayor es que "no va a haber un orden asiático unipolar, ya sea liderado por EEUU o China".

Pero el centro del análisis del Instituto Lowy reside en que la hegemonía dependerá del que logre vencer en la carrera de superioridad tecnológica, por lo que estima que en la región Indo-Pacífico "China alcanzará a EEUU en 2030", aventurando que al finalizar la década "incluso puede superar marginalmente" a la ex superpotencia.

"Será el país que prevalezca en la carrera de armamentos tecnológicos el que esté en mejores condiciones para superar al otro. De modo que esto será más importante que cualquier tipo de nueva estrategia de guerra fría", concluye Lemahieu, en referencia a las recientes políticas comerciales y diplomáticas de la administración de Donald Trump.

Como se trata de un análisis dinámico y complejo, también establece los puntos débiles de China, y asegura que será muy difícil que el Dragón logre reemplazar al Águila como garante de la seguridad regional. Advierte que Pekín deberá tener mucho cuidado "para manejar las consecuencias del envejecimiento de la población".

En este punto, recuerda cómo el factor demográfico está teniendo una seria influencia en el largo estancamiento japonés, ya que aumenta la población que no trabaja y declina en su consumo, dejando de ser un factor dinámico en la economía.

En algunos aspectos, Rusia está a la cabeza según el Instituto Lowy. En las áreas de "disuasión nuclear" y "recursos de seguridad" (definidos como "acceso seguro a la energía" y "recursos esenciales para la economía"), Moscú supera holgadamente a EEUU que se sitúa en 66 puntos, mientras a Rusia le otorga 99,9, un 50% por encima.

Sin embargo, en el área de "influencia cultural" (sobre todo en medios de comunicación y universidades), la ventaja de EEUU es abrumadora, lo que le permite moldear a la opinión pública internacional y de ese modo influir en los gobiernos, de modo directo e indirecto.

En el terreno estrictamente militar, EEUU sigue siendo preponderante incluso en la región Indo-Pacífico. En particular, en cuanto a sus plataformas de guerra terrestre, marítima y aérea, sus "ventajas tácticas y estratégicas para la guerra asimétrica" y la "capacidad para desplegarse rápidamente durante un período prolongado en caso de un conflicto interestatal en Asia".

El aspecto más interesante de este informe son los matices. En un mundo en el que nos hemos acostumbrado a ver las cosas en blanco o negro, leer un informe rico en dibujar tendencias y contratendencias, destacando cuestiones como la influencia cultural o la resiliencia de las potencias, resulta un aporte interesante para comprender dónde estamos y hacia dónde es posible que caminemos.

Finalmente, en un apartado tan defintivo como 'resiliencia' (definida como "capacidad para disuadir amenazas reales o potenciales a la estabilidad del Estado"), el informe dibuja un mundo tripartito:

  • EEUU con 86 puntos;
  • Rusia con 78;
  • China con 70.

En ningún aspecto debe considerarse a cada país por separado sino destacar, como hace el informe, la capacidad de tejer alianzas, que no es más que recordar el modo como se decidieron las dos guerras mundiales

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Armenia y Azerbaiyán no están solos en su guerra del Cáucaso

Turquía, Israel, Rusia e Irán son actores involucrados en el conflicto

La región de Nagorno Karabaj es el principal escenario de los combates actuales; las tensiones históricas han vuelto a agudizarse en plena pandemia.

 

La guerra entre Armenia y Azerbaiyán que se libra en la región de Nagorno Karabaj o Artsaj no es sólo lo que parece. Un conflicto centenario, rémora de la época en que existía la Unión Soviética cuando la gobernaba Stalin. Las mutuas acusaciones entre los dos países sobre quién atacó primero no explican lo que en realidad sucede. Esta vez, como nunca antes había pasado, el involucramiento de otros actores amenaza con desestabilizar la zona del Cáucaso a niveles insospechados. Turquía, aliado incondicional de los azeríes, los apoya dándoles logística a mercenarios islámicos que lucharon contra el gobierno sirio y que ahora viajaron para combatir contra los armenios a razón de 2 mil dólares mensuales. Pero el gobierno de Recept Erdogan no es el único socio poderoso del estado islámico de Azerbaiyán. Aunque parezca contradictorio, Israel le está aportando armas en el marco de un amplio acuerdo de intercambio que se firmó en 2016. Este dato no sorprendería si se considerara que la nación surgida después del holocausto jamás reconoció que hubo un genocidio contra el pueblo armenio cometido por el Imperio Otomano, que antecedió al actual estado turco.

Armenia, que no podría resistir sola a semejante despliegue más allá de su determinación histórica, es apoyada con cierta equidistancia por Rusia y la república de Irán que mantiene diferencias con la dinastía gobernante en Bakú pese a que comparten religión y frontera común. Estas condiciones y la propia geografía hacen muy compleja la resolución de tensiones históricas que han vuelto a agudizarse en plena pandemia.

En un conversatorio reciente, el doctor en Estudios Internacionales de la Universidad de Miami, Khatchik DerGhougassian, un argentino de origen armenio y especialista en el tema, explicó: “Para ningún pueblo la guerra es deseable ni es su sentido de ser. Pero si uno mira el mapa de Armenia y de Karabaj los encuentra en una posición en que es difícil pensar de forma realista que se pueda aspirar a tener una región de paz como en Sudamérica”.

La república de Artsaj o antes Nagorno Karabaj - no reconocida por la comunidad de naciones – es el principal escenario de los combates actuales. De mayoría armenia, en su territorio de 11,458 km² viven algo más de 150 mil habitantes. El pequeño enclave se ubica dentro de las fronteras de Azerbaiyán. Este país lo reclama como propio basado en que Stalin se lo cedió en 1923 pese a que tenía lazos históricos con Armenia.

Su población se autoproclamó independiente en 1991 después de la caída de la Unión Soviética, lo que dio paso a hostilidades que recrudecieron ahora a fines de septiembre. Es curioso, pero en la década del 20 la URSS ocupó Najicheván, otro enclave aunque ubicado en Armenia, con mayoría azerí y que sería la contracara de Nagorno Karabaj. En agosto pasado, tropas de Turquía y Azerbaiyán hicieron maniobras militares en ese lugar que, como ahora se comprueba, fueron un preludio de las hostilidades que se desarrollan en estos días.

La intensificación de los combates genera una creciente preocupación política en los vecinos. El ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergei Lavrov – según un informe de la agencia TASS-, le señaló el peligro de la participación de combatientes sirios y libios a su homólogo iraní, Mohammad Javad Zarif, durante un diálogo telefónico. La llegada de esos mercenarios a la zona del Cáucaso –la región montañosa ubicada entre los mares Negro y Caspio – trae reminiscencias de lo que ocurrió durante la guerra en Siria. El director del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia, Sergei Naryshkin, confirmó que esos grupos apoyados por Turquía ingresaron de manera solapada en la zona de conflicto.

El Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH), informó el fin de semana pasado la muerte de al menos 64 combatientes de esa nacionalidad en la lucha que vienen librando las tropas que defienden posiciones en las cercanías de Stepanakert – la capital de Artsaj- y el ejército azerbaiyano que intenta recuperar territorios ocupados por Armenia, más allá del enclave. Los gobiernos de Ereván y Bakú se acusan mutuamente de utilizar armas prohibidas – bombas de racimo - , atacar poblaciones civiles y el inicio de esta escalada, la más grave desde la guerra de 1991-1994 que causó, según la mayoría de las estimaciones, 30 mil muertos y alrededor de un millón de desplazados en los dos países.

Turquía siempre ha sido un aliado previsible de los azeríes. Desde que gobierna Erdogan se transformó en un protagonista central de varios conflictos en la región con un perfil expansionista cada vez más nítido. Pero lo que más sorprende en este momento es la dualidad de Israel, que por un lado le suministra armas al gobierno de Ilham Aliyev cuando el mes pasado había restablecido relaciones plenas con Ereván. Por primera vez Armenia envió un embajador a Tel Aviv. Su sede diplomática en Israel se inauguró oficialmente en septiembre en la víspera de Rosh Hashaná, el año nuevo judío. Hoy ese representante regresó a su país para una ronda de consultas. Una respuesta contundente al desagrado que causó el apoyo no declarado del gobierno de Benjamín Netanyahu a Azerbaiyán.

Según un informe de AFP, en los últimos dos años, como parte de la cooperación de seguridad entre los países, aviones de transporte del Ministerio de Defensa de Azerbaiyán aterrizaron en reiteradas ocasiones en una base de operaciones israelí y cargaron equipos de seguridad. A veces fueron aviones IL-76 Allusion enviados por el propio ministerio de Azerbaiyán, y en otras aviones de transporte de Silk Way Airlines que operan para el gobierno de Bakú.

Citado por la misma agencia, el periodista del diario digital israelí Ynet, Ron Ben Yishai, un especialista en asuntos militares y de seguridad, asegura que el interés de Tel Aviv para mantener “un buen vínculo con Azerbaiyán” proviene de los buenos precios del petróleo y de la frontera común con Irán, un país cuyo 23% de la población es de origen azerí, entre ellos el líder supremo Ali Jamenei. Israel, más allá de su aparente neutralidad, recibe el 40% de su suministro de petróleo desde Azerbaiyán, un país que también exporta gas. Aquella parece una razón comercial de peso, que se suma al equilibrio geopolítico que intenta mantener el gobierno de Tel Aviv en una región dividida por cuestiones étnicas, religiosas y estratégicas, axacerbadas por diferencias ancestrales.

Si Turquía e Israel son coprotagonistas en este conflicto imprevisible – al que ciertos analistas llaman la guerra congelada-, Rusia está llamada a ser un primer actor. Su presidente, Vladimir Putin, declaró a la televisión estatal rusa Rossiya 24: “Estamos muy preocupados, porque Azerbaiyán, Armenia y Alto Karabaj son todos territorios en los que viven personas que no nos son ajenas. Unos 2 millones de azerbaiyanos viven en Rusia y más de 2 millones de armenios. Numerosos ciudadanos rusos mantienen relaciones amistosas y familiares con ambos países. Desde luego es una gran tragedia. Muere gente y hay pérdidas grandes en ambos lados”.

Recordó también que su país mantiene compromisos bilaterales con Armenia porque ambos integran el pacto político-militar de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) junto a Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán. Además dijo que está en contacto permanente con el primer ministro Nikol Pashinián, aunque aclaró que “este conflicto no se lleva a cabo en territorio armenio”. Lo que puede entenderse como un apoyo con reservas que cristalizaría solo si su pequeño vecino es atacado por Azerbaiyán dentro de sus fronteras reconocidas. 

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Rusia y China poseen satélites mortales, según el Pentágono

El pugnaz Secretario del Pentágono Mark Esper comentó que "China y Rusia han colocado armas en los satélites y desarrollan armas energéticas dirigidas para explotar los sistemas de EU y así desgajar (sic) nuestra ventaja militar".

Mark Esper –que no repetirá como secretario del Pentágono en caso de una relección de Trump– arremetió contra China y Rusia que "buscan erosionar nuestro duradero (sic) dominio de poder en los cielos mediante fuegos de largo alcance, sistemas anti-acceso/área-de negación y otras capacidades asimétricas diseñadas para contrarrestar nuestras fortalezas", mientras que, "en el espacio, Moscú y Pekín han convertido la otrora arena pacífica en un dominio de guerra". ¡Cuando ha sido todo lo contrario!

Esper abundó que “Rusia, China, Norcorea, Irán y algunos grupos extremistas violentos buscan explotar el ciberespacio para socavar la seguridad de EU sin tener que confrontar su superioridad convencional en un entorno incremental de ‘zona gris’ de compromiso que nos mantiene en un estado perpetuo (sic) de competencia”.

Agregó que para el año fiscal 2020, los rubros de investigación y desarrollo son los más grandes de la historia de EU que se concentran en "tecnologías críticas tales como armas hipersónicas, energía directa y sistemas autónomos", además de la "ciberguerra" y las tecnologías de punta como la inteligencia artificial y el G5, mientras busca trasladar las guerras a las nubes computacionales.

La exageración habitual del "peligro" ruso y chino sirve como pretexto para el descomunal incremento fiscal de la militarización del espacio por el Pentágono (https://bit.ly/2REf1Jb).

Trump ordenó en junio al Pentágono la creación de la sexta rama del ejército de EU: la fuerza espacial.

HispanTV da vuelo a las bravatas de Mark Esper y rememora que "el Pentágono ya había advertido desde febrero pasado que el espacio se convertirá en un campo de batalla de EU con China y Rusia", ya que "Rusia y China están desarrollando tecnologías que podrían acabar con la preminencia de la posición de EU en el sector espacial" y que "con sus armas antisatelitales, incluidos los sistemas de guerra electrónica, investigan desarrollar armas láser para perturbar, degradar o dañar los satélites de EU y sus sensores" (https://bit.ly/3c7tqqw).

Mas aún: "China, además de armas láser de energía dirigida, cuenta con un misil capaz de atacar satélites en órbita baja alrededor de la Tierra".

HispanTV señala que "Michael Griffin, responsable de innovaciones militares del Pentágono, había anunciado en septiembre de 2019 que EU evaluaba la posibilidad de llevar misiles antibalísticos al espacio y nuevos sensores para detectar la trayectoria de misiles súper rápidos e hipersónicos".

El zar Vlady Putin advirtió a EU de no usar "el espacio como teatro de guerra", ya que Moscú se opone a su militarización (https://bit.ly/33SXT8n) y fustigó que "el liderazgo militar-político de EU considera al espacio ultraterrestre como un teatro de operaciones militares" que busca "preservar su dominación estratégica" (https://bit.ly/2ZKzCzK).

La militarización del espacio por EU infringe el Tratado del Espacio Ultraterrestre que prohíbe la militarizacióny fue firmado en 1967 por más de 100 países, incluido EU.

Rusia alerta que una guerra en el espacio "podría tener consecuencias nefastas para la seguridad internacional y la estabilidad estratégica".

La cancillería de Rusia señala que no busca los "objetivos de dominación y superioridad, sino que persigue su uso pacífico y llevar a cabo exploraciones en el espacio".

China no se queda atrás y advirtió a Trump de "no crear un campo de batalla en el espacio": EU "ha estado empujando su estrategia de dominación espacial, yendo más allá en el camino del emplazamiento de armas en el espacio exterior y arriesgándose a convertirlo en un nuevo escenario de guerra" (https://bit.ly/3hGLRUb).

La próxima guerra de las tres superpotencias, que buscan el precario "equilibrio estratégico", se desarrollaría en el espacio: tanto el cibernético como el orbital.

http://alfredojalife.com

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Miércoles, 02 Septiembre 2020 05:55

América Crece: el caballo de Troya de EEUU 

América Crece: el caballo de Troya de EEUU 

La expansión de la influencia de EEUU en Latinoamérica y el Caribe mediante la Iniciativa América Crece permite a ese país evadir controles parlamentarios obligatorios en los países involucrados y avanza hacia un reformateo de la dependencia económica, financiera y política de la región.   

 

La iniciativa América Crece que fue lanzada en 2019 tiene un formato muy trumpiano: es expedita, escueta, y no requiere de negociación alguna entre instancias gubernamentales. Tampoco precisa de consultas a los parlamentos, mucho menos involucra a segmentos de la sociedad civil, porque el formato de Memorando de Entendimiento así lo permite.

Así como le gusta al presidente norteamericano Donald Trump, el mecanismo para afianzar la presencia de empresas norteamericanas en Latinoamérica y el Caribe impone la firma de un Memorando de Entendimiento, MoU por sus siglas en inglés, que sella el compromiso del gobierno en cuestión, para cumplir la hoja de ruta que trazarán los distintos organismos y agencias norteamericanas.

¡Cuidado! Abarcan más que el TLC

Mediante este procedimiento ya no se involucrarán en engorrosas negociaciones de tratados de libre comercio, TLC, para mejorar su balanza comercial, para obtener jugosos contratos estatales, realizar cambios a la legislación y en general adecuar a sus intereses el diseño del esquema de inversiones de los países.

Dicho así, suena aún más grosero que los propios TLC. Esos tratados de libre comercio que a Trump tampoco le gustan. No por nada ya sepultó el TLCAN e impuso sus propias reglas en el T-MEC. 

Además, las distintas administraciones ya aprendieron la historia de resistencia de la sociedad civil latinoamericana que durante años se opuso a esos tratados y que les generó muchos dolores de cabeza no solo a los distintos gobiernos de EEUU, sino también a los gobernantes de los países de Latinoamérica y el Caribe. 

Trump y su administración tampoco quieren enmarcarse en las reglas de la Organización Mundial de Comercio. Por eso ha encontrado el formato, que al parecer puede funcionarle por ahora, pues los gobiernos con los que ha firmado (nótese la palabra: firmado, no negociado) esos MoU permanecen genuflexos ante la voluntad del empresario presidente. 

A través de América Crece, Estados Unidos y los gobiernos de la región (donde por ahora son parte Argentina, Chile, Jamaica, Panamá, Colombia, Ecuador, Brasil, El Salvador y Honduras y hace poco se incorporó Bolivia) hacen un compromiso diplomático de alto nivel de encaminar la agenda que será trazada por los organismos y agencias norteamericanas y sus respectivas entidades empresariales de los países.

El MoU que avala a América Crece es un amplio paraguas que aguanta todo, absolutamente todo lo que el gobierno de turno permita, mientras la población no lo sepa, permanezca en cuarentenas caóticas, con hambre y esté sumida en el miedo por la pandemia.

Es previsible que EEUU y sus agencias no estarán interesados en realizar inversiones de caminos rurales, o mejoras hospitalarias en algún poblado alejado de las capitales, salvo que sea para la foto. Ahora con América Crece avalada por el MoU firmado, tienen el mecanismo para orientar las inversiones de los gobiernos hacia obras de gran infraestructura, útiles a sus intereses, donde se mencionan especialmente los proyectos energéticos, entiéndase gas, litio y proyectos hidroeléctricos de envergadura, por ejemplo.

Hay que subrayar y reiterar dos aspectos fundamentales en este formato que ahora aplica EEUU:

  1. La firma de un MoU permite evadir (por ahora) a los parlamentos, pues no son tratados o acuerdos, que según algunas constituciones deben pasar por el escrutinio de esos entes e incluso someterse a referendos. El mecanismo legal de Memorando de Entendimiento les permite evitar ese dispositivo de control. 
  2. Se trata no solo de una fuerte señal política, sino fundamentalmente de un compromiso de los gobiernos firmantes de priorizar, consultar y coordinar con EEUU y sus agencias los temas importantes de inversión.
    Este segundo punto es una enérgica señal no solo hacia afuera, sino fundamentalmente hacia el interior de sus países, ya que impone la ruta del destino de las inversiones. 

Lo mañoso de estos memorandos es que parecen inocuos, pues no llaman mucho la atención, ya que, a diferencia de tratados o acuerdos, no es el presidente o presidenta quien firma, sino un ministro o ministra quien asume compromisos que atingen a todo el Estado.

Aquí cabe por tanto alertar sobre las dimensiones y las áreas críticas que involucra dicho mecanismo del MoU, y sus posteriores acuerdos a partir del mismo. Los parlamentos pueden y deben hacer las consultas y advertencias necesarias para evitar que las futuras inversiones o diseños de proyectos de los países sean digitados desde el norte. 

No se debe olvidar que cuando EEUU habla de "buenas prácticas" y de "transparencia", en realidad se refiere a la implementación más allá de sus fronteras, de sus propias normas. Asimismo, hay que prestar atención que este Memorando es un paraguas donde están cobijados muchos temas importantes, tales como el apoyo a "mejorar sus marcos normativos y sus estructuras de adquisición para satisfacer las necesidades de financiación de proyectos con recursos limitados".

En los hechos se refiere a un tema no menor para los países: las compras estatales. En cualquier país del mundo, los mayores compradores son los gobiernos, quienes realizan los mayores contratos. Por ese motivo este tema merece especial atención, porque es un mecanismo importante para promover la industria y a las empresas de varios sectores nacionales. Lamentablemente es también un foco de corrupción, por eso debe estar bajo el escrutinio nacional, más aún ahora. 

Asimismo, América Crece promete agilizar el acceso del sector privado a los recursos financieros del gobierno de EEUU y con eso el candidato de EEUU a la presidencia del BID, Mauricio Claver-Carone, quien aún se desempeña como asistente adjunto del presidente y director senior de asuntos del hemisferio occidental, trabaja intensamente para allanar su camino a dicha organización. 

La pandemia prácticamente ha agotado los recursos de los países y sus reservas también. Por tanto, es el momento preciso para que, quienes tienen esos recursos, otorguen préstamos condicionados. 

Por ese motivo suena seductora la promesa de EEUU hacia algunos gobiernos ávidos de dinero. La iniciativa América Crece promete mayor inversión, generar empleos, pero con la ayuda ineludible de las agencias norteamericanas que incluyen los Departamentos de Estado, Tesoro, Comercio y Energía, la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID), la Agencia de Comercio y Desarrollo de los EEUU (USTDA) y la Corporación de Inversiones Privadas en el Extranjero (OPIC).

No cabe duda de que se trata de un caballo de Troya. Trump y sus mecanismos tramposos no serán quienes estén dispuestos a ayudar a resolver los problemas de dependencia y empobrecimiento de Latinoamérica y el Caribe, ¿o acaso alguien cree que sí? 

16:55 GMT 30.08.2020(actualizada a las 18:43 GMT 30.08.2020)URL corto

Por María Luisa Ramos Urzagaste

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Foto de portada: Víctimas de las guerras libradas por EE.UU. en el Medio Oriente. [Arko Datta/Reuters]

Las nuevas guerras de EE.UU.

 

El deterioro de la política doméstica de los Estados Unidos tiene correlato en la degradación de su política exterior. La tradición injerencista de Washington busca impedir su paulatina declinación como referencia de la política mundial y apela a innovadoras conceptualizaciones y prácticas para evitar un mayor deterioro

En un intento por sortear las repetidas derrotas estratégicas sufridas desde la Guerra de Corea hasta la actualidad, el exparacaidista y contratista militar (eufemismo de mercenario), actualmente devenido en académico, Sean McFate, publicó un libro en 2019 que se constituyó en el texto de cabecera de las usinas de información del Departamento de Seguridad Nacional y del Departamento de Estado. El almirante James Stavridis, que fuera responsable del Comando Sur hasta 2009 y luego Jefe  Supremo de la OTAN hasta 2013, catalogó a McFate como el nuevo Sun Tzu, en referencia al general chino del siglo V, autor de El arte de la guerra.

El libro de McFate se titula Las nuevas reglas de la guerra: la victoria en épocas de desorden, y se ha constituido en el texto de consulta obligada para los funcionarios que ejecutan las políticas de intervención en los países que Estados Unidos considera bajo su ámbito de influencia. Desde el prólogo, se anuncia que es una respuesta a los peligros detectados por los oficiales que han participado de las últimas aventuras trágicas del modelo imperial: el ascenso de China, el resurgimiento de  Rusia, la creciente escasez de los recursos naturales  y las conflictividades intraestatales. Las sugerencias planteadas por McFate exhiben con total procacidad las iniciativas de manipulación, vigilancia, simulación y engaño sistémico utilizadas por Washington para intentar conservar su poder devaluado. El desembozado injerencismo planteado en Las Nuevas Reglas reivindica la militarización de la política a partir de la utilización de los medios de comunicación, la gestión del desorden y la generación de conflictos internos.

La hipótesis central del autor es que Estados Unidos ha sido derrotado en todas las confrontaciones militares desde la Segunda Guerra Mundial (Corea, Vietnam, Cuba, Afganistán, Irak y Siria) porque no ha comprendido el cambio de los desafíos bélicos. Según McFate, el centro de las nuevas guerras está en la política y no en el territorio de la acumulación de armas. Las batallas del presente y del futuro se llevan a cabo en un nuevo escenario: la construcción de imaginarios y de sentido común; la búsqueda por imponer formas de realidad; y –sobre todo– el manejo de la información, los datos y la segmentación de que deriva e esos agregados. “La victoria moderna no se obtiene en un campo de batalla sino en la conciencia de una sociedad”.

El enfoque supone que la victoria en el campo de batalla es obsoleta. El autor afirma críticamente que Estados Unidos invierte billones de dólares en aviones de combate y robots asesinos y que, sin embargo, no logra imponerse: “Necesitamos el dominio de (…) la subversión estratégica para evitar que los problemas se conviertan en crisis y las crisis en conflictos”. Para eso se requieren más académicos, más Hollywood, más ONGs, más servicios de inteligencia y menos portaviones. El conflicto actual se desenvuelve en las sombras, en los ejércitos privados (las empresas contratistas de mercenarios), el anonimato, las operaciones de confusión y propaganda. Las fuerzas militares convencionales –profetiza McFate– deben ser reemplazadas por grupos enmascarados ajenos a las regulaciones convencionales de la guerra. Entre sus propuestas, llega a considerar la creación de cuerpos similares a la Legión Extranjera, con agentes reclutados de diferentes países, capaces de defender los intereses estratégicos de las corporaciones dentro de territorios (catalogados) sin Estado.

Sus actores prioritarios estarán en guerra permanente porque las escenas bélicas no comenzarán ni terminarán. Serán una continuidad acorde con el desorden global, los ejércitos privados, la entropía, el terrorismo, las operaciones de inteligencia y la búsqueda permanente por ganar la legitimidad; es decir, la aquiescencia de una población. Lo que McFate propone –y las delegaciones diplomáticas de Washington están ejercitando– es la exaltación de una guerra total en la que se asume la imposibilidad de respetar las regulaciones de los conflictos armados (la Convención de Ginebra, por ejemplo), porque ese tipo de enfrentamiento ya no existe y porque supone un handicap para los antagonistas. La tortura, el asesinato de civiles, la utilización de minas personales, el secuestro extrajudicial, el acatamiento de la soberanía de los aliados, el exterminio de prisioneros de guerra, etc., son cláusulas que ya no pueden ser respetadas porque su acatamiento supone una ventaja sobre los formatos actuales del conflicto.

Entre las sombras 

La nueva biblia bélica pretende ser una caracterización pero termina imponiéndose como un decálogo de ejecución. Los corolarios de su doctrina se observan con claridad en los capítulos tercero y cuarto del Documento de Seguridad Estratégica de diciembre 2017, difundido por Donald Trump, donde se ensayan reconversiones de las fuerzas militares en grupos de operaciones dedicados a tareas especiales, cuyo centro son los contenidos culturales, los memes, la ridiculización de dirigentes políticos enemigos, las operaciones judiciales, el control de los aparatos comunicacionales y el engaño planificado. La política ya no se piensa como una forma diferente de la guerra, sino que es una de sus facetas. “Si los gobiernos pueden hacer que la comunicación estratégica sea rentable –subraya McFate–, el sector privado puede ser creativo para satirizar a Putin montando osos. En esa misma lógica cuestiona que China haya comprado algunos estudios de Hollywood, hecho que hace imposible “presentar al gigante asiático como un villano en las películas”, enfoque que ayudaría más que las armas para enfrentarlos.

Para poder insertarse en el nuevo mundo de la guerra, habrá que derivar parte de inmensos recursos bélicos a la administración de mentiras comunicacionales (fake-news) ajenas a cualquier regulación soberana. Esto supone el retorno a un mundo pre-westfaliano (casi hobbesiano, de guerra de todos contra todos) donde conviven ejércitos privados, guerras sin Estados y organizaciones terroristas de triple bandera, dirigidos por fondos de cobertura financieros. Lejos de rechazar la anarquía y la anomia, McFate –autor también del libro El mercenario moderno– las conceptualiza como un territorio fértil para los nuevos formatos bélicos. Se trata de una conflictividad atemporal, de pugnas duraderas sin bandos totalmente triunfantes. Una administración permanente de la crisis global para sostener el status quo del liderazgo global de Washington. Un reciente ejemplo de este paradigma fue transparentizado por el sincericidio del empresario Elon Musk, quien afirmó por redes sociales: “Derrocaremos a quien haga falta” para poder acceder al recurso natural que se requiere para la producción de sus autos eléctricos (el litio).

Algunos de los apotegmas apuntados en Las Nuevas Reglas indican que “las mejores armas no disparan balas”, sino que son campañas efectivas de propaganda, lobby y relaciones públicas, basadas en la compra de voluntades y en el poder blando que supone la utilización de cócteles diplomáticos, la concesión de ventajas aspiraciones y la invitación a Congresos de Seguridad y lucha antiterrorista: una Green Card –sugiere McFate– puede comprar a muchos políticos, jueces o periodistas. Las batallas sangrientas, afirma, serán cada vez menos eficaces. La nueva guerra debe transformarse en un espectáculos de héroes y villanos, luego de que se demonice al contrincante y se lo caracterice ante el gran público como el enemigo del pueblo, en clara analogía de Henrik Ibsen.

En la misma lógica que el recordado libro de Jean Baudrillard (La guerra del Golfo no ha existido), pero con un tono más cínico, McFate señala que siempre será necesario el camuflaje de las acciones políticamente consideradas incorrectas, con el objetivo de obtener ventajas. No se puede salir derrotado de Vietnam –sugieren Las Nuevas Reglas– porque se autorice la divulgación del uso generalizado del napalm. Su pensamiento, inserto en una lógica imperial (que pretende la supresión de soberanías de terceros países), priva a McFate de  identificar las verdaderas causas estructurales de la conflictividad mundial: la desigualdad, el hambre, el control corporativo de los recursos naturales, la degradación ambiental, la violencia patriarcal sistémica, el neocolonialismo y/o la beligerancia funcional a la comercialización de armas.

En el anexo, el autor brinda 36 recomendaciones para los nuevos comandantes político-militares, responsables de garantizar a futuro la continuidad de la hegemonía de Washington. Las estratagemas devienen de  exégesis arbitrarias y forzadas de las indicaciones realizadas por Sun Tzu hace 15 siglos.

  1. Se deben esconder las verdaderas intenciones. En el caso de Argentina, el discurso de los valores, la república y la corrupciónson claros ejemplos de cómo se enmascara la cruda intención de impedir la integración regional, la soberanía estatal, el empoderamiento de los sectores populares y la democratización de la renta, la propiedad y la riqueza.
  2. Hay que detectar aliados antes de considerar los ataques. Las delegaciones diplomáticas de Washington funcionan habitualmente como un centro de reclutamiento de elites locales dispuestas a impedir el fortalecimiento de las representaciones nacionales y populares. “Dispone alianzas con los enemigos de tus enemigos”.
  3. Es necesario falsificar, tergiversar, confundir y complejizar el discurso y el debate social. Se buscará, sobre todo, que sea imposible comprender con claridad los beneficiarios y víctimas de cada una de las medidas políticas. El autor lo dice más claramente: “Es necesario inventar realidades creíbles”. Para ejemplificar esta máxima, afirma: “Cuando Rusia quiere desestabilizar Europa, no amenaza con una acción militar, como hizo la URSS. En cambio, bombardea Siria. Esta táctica llevó a decenas de miles de refugiados a Europa y exacerbó la crisis migratoria, instigando el Brexit”.
  4. Hay que irritar al enemigo. Se trata de entablar negociaciones sobre problemas aparentes para impedir que se aborden aspectos estructurales. “Marea a tu enemigo, sorpréndelo, discute cosas intrascendentes (…) Vuelve loco a tu enemigo, ponlo nervioso, ritualízalo”. El autor propone el diseño de subversiones a medida, revolución de colores y operaciones psicológicas de prensa como centro estratégico de la doctrina militar.

Por Jorge Elbaum | 31/08/2020 

Fuente: https://www.elcohetealaluna.com/las-nuevas-guerras/

 

 

Fuentes: Algérie Résistance

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Guerra fría entre EU y China es una amenaza a la paz mundial: expertos

Expertos internacionales señalaron ayer que los comentarios y acciones agresivos del gobierno de Estados Unidos contra China representan una amenaza para la paz mundial, y una potencial nueva guerra fría sobre China es contraria a los intereses de la humanidad. Los comentarios surgieron durante una reunión virtual sobre la campaña internacional contra una nueva guerra fría sobre China, que reunió a expertos de varios países incluyendo Estados Unidos, China, Reino Unido, India, Rusia y Canadá.

Jenny Clegg, conferencista de estudios internacionales de la Universidad de Lancashire Central, dijo que el deterioro en las relaciones entre las dos potencias es una significativa amenaza para la paz mundial.

John Ross, importante miembro del Instituto Chongyang, de la Universidad Renmin de China, describió la actitud hostil de Estados Unidos con sus ataques verbales y bélicos a Irán, Irak y Libia, el abandono del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF) y las sanciones unilaterales sobre Irán y Venezuela.

"Por supuesto, la amenaza de guerra con China por sí misma sería una catástrofe inimaginable", indicó.

Medea Benjamin, cofundadora de Codepink, una organización de bases dirigida por mujeres que trabaja para dar fin a las guerras, comentó que es preocupante que líderes estadunidenses reclamen por una agresión china cuando Estados Unidos tiene bases militares en todo el mundo. "Estados Unidos necesita entender que China no es nuestro enemigo, pedimos cooperación con China", indicó Benjamin.

Dirección equivocada

Magaret Kimberley, columnista de Black Agenda Report, señaló que Washington acusó erróneamente a China sobre asuntos relacionados con la pandemia del Covid-19, y ha escalado en su agresión al clausurar el consulado de China en Houston, en violación al derecho internacional.

Expertos asistentes a la reunión emitieron un comunicado en el que piden a Estados Unidos retirar su amenaza de una guerra fría y también de otros peligrosos amagos hacia la paz mundial en que se ha involucrado.

Dijeron que Estados Unidos sigue una dirección equivocada al retirarse del Tratado INF, del Acuerdo de París sobre cambio climático, así como su creciente separación de organismos de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

"Apoyamos a China y a Estados Unidos basando sus relaciones en el diálogo mutuo y centradas en asuntos comunes que unan a la humanidad", dijo el comunicado, pidiendo un esfuerzo colectivo para manejar desafíos globales como cambio climático, pandemia y desarrollo económico.

Uniformados entran en consulado chino

Pekín condenó la entrada de fuerzas de seguridad de Estados Unidos en el territorio del consulado general chino en Houston, Texas, declaró este sábado el portavoz del Ministerio de Exteriores de China, Wang Wenbin.

El periódico Houston Chronicle informó ayer que varios uniformados estadunidenses entraron en el consulado chino en Houston cerrado por orden del gobierno de Donald Trump, 40 minutos después de que lo abandonaran los diplomáticos chinos.

"El edifico del consulado general de China en Houston es un territorio del consulado diplomático, así como una propiedad estatal de China. Con arreglo a la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares, la parte estadunidense no debe entrar en ningún caso en el territorio del consulado", dijo Wang.

Según el diplomático, “China expresó una fuerte insatisfacción y una enérgica protesta contra una entrada forzada de la parte estadunidense en el territorio del consulado.

"China, por lo tanto, tomará medidas necesarias y legales de respuesta", indicó.

Washington ordenó a China que cerrara este fin de semana su consulado en Houston por las acusaciones de que los diplomáticos estaban involucrados en operaciones de espionaje ilegal e injerencia en el país.

El viernes, Pekín ordenó el cierre del consulado de Estados Unidos en Chengdu.

Una científica china, acusada de ocultar sus vínculos con el ejército de China en su solicitud de visa para trabajar en Estados Unidos, fue fichada en una cárcel del norte de California y está previsto que el lunes comparezca ante una corte federal.

Los registros carcelarios del condado de Sacramento muestran que Juan Tang, de 37 años, fue encarcelada el viernes en nombre de las autoridades federales tras ser arrestada por agentes del Servicio de Alguaciles Federales de Estados Unidos.

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La gestión de la pandemia ha acrecentado el enfrentamiento entre Estados Unidos y China.

El coronavirus ha disparado la rivalidad entre las dos potencias y cada vez es más evidente que los demás países no podrán permanecer neutrales y se tendrán que posicionar.

 

George Kennan, jefe adjunto de la misión de Estados Unidos en Moscú tras la segunda guerra mundial, supo capturar en sus memorias cómo en las relaciones internacionales las percepciones cambian con gran rapidez. En el libro, el diplomático estadounidense, al que muchos consideran el autor intelectual de la guerra fría, señalaba que si hubiera enviado su famoso Telegrama Largo de 1946 sobre la naturaleza expansionista de la Unión Soviética seis meses antes, su mensaje "probablemente habría sido recibido con muchas reservas por el departamento de estado de la época. Por otra parte, si lo hubiera enviado seis meses más tarde, habría sonado redundante, como si predicara a los conversos”.

Ahora, en un contexto de enfrentamiento de Estados Unidos con China por la pandemia de coronavirus, parece que muchas de las democracias del mundo están adoptando, tan rápidamente como en 1946, una nueva percepción del orden mundial. Mike Pompeo, el Secretario de Estado de Estados Unidos, ha declarado que el partido comunista chino es la principal amenaza para la seguridad nacional, por delante del terrorismo internacional, y un número creciente de países parece estar de acuerdo con esta afirmación.

Aquellos que defendían la teoría de que si China se liberalizaba económicamente después lo haría políticamente temen haber estado del lado equivocado de la historia. La firmeza del gobierno chino es patente a lo largo y ancho del país; desde el espacio aéreo sobre Taiwán, los rascacielos de Hong Kong, la fría Himalaya en la frontera con India y los arrecifes que rodean las islas Xisha/Paracelso en el Mar de la China Meridional. Son muchos los países que están reevaluando la naturaleza de esta potencia. La decisión del gobierno australiano de denunciar un ciberataque orquestado por un país, sin nombrar a China, es solo un ejemplo de la percepción imperante. Ahora, Estados Unidos exige que sus aliados no sólo reconozcan que han sido ingenuos sino que se unan a una alianza en contra de la potencia. Por otra parte, China, tal vez menos abiertamente, está presionando a otros países para que se unan a un bloque rival.
 
Muchos países están tratando de evitar las presiones de ambas superpotencias, pero cada vez es más evidente que se está reduciendo la posibilidad de ser un país neutral o no alineado. India, por ejemplo, que siempre ha estado orgullosa de lo que su ex asesor de seguridad nacional Shivshankar Menon llama su "autonomía estratégica", tiene dificultades para posicionarse después de que el ejército chino apaleara brutalmente a sus soldados en el valle de Galwan [en el enfrentamiento murieron 20 soldados indios que patrullaban la frontera]; un acto que según Menon no tiene precedentes por su alcance y las implicaciones sobre las relaciones entre los dos países vecinos.

Durante mucho tiempo Menon ha argumentado que India debería evitar las alianzas permanentes con otros países. “Evidentemente, la posición ideal para India es estar muy cerca tanto de China como de Estados Unidos, mucho más cerca de lo que estas dos potencias están entre sí”, ha señalado. Sin embargo,  a medida que la retórica y las amenazas se intensifican, es cada vez más difícil navegar entre las dos potencias de la forma que defendía Menon. Más bien parece que se está gestando una nueva guerra fría, en la que se lucha tanto con tecnología y aranceles como con armamento convencional.

De hecho, la gran pregunta para los próximos seis meses es hasta qué punto los países que se oponen a que el mundo vuelva a dividirse en dos bloques podrán mantenerse neutrales y si los países a lo largo y ancho del mundo están tan conectados económicamente que el precio del desacoplamiento que exige Estados Unidos es demasiado alto.
 
Solo unos años atrás, muchos hubieran argumentado que íbamos a plantearnos estas cuestiones a finales de esta década. Al fin y al cabo, durante la presidencia de Barack Obama, ya se fue gestando lentamente una rivalidad entre superpotencias. Sin embargo, con la llegada de Donald Trump estas preguntas requieren una respuesta más urgente. En palabras de uno de los asesores de Trump caídos en desgracia, Steve Bannon, “estamos ante dos sistemas que son incompatibles, y uno va a ganar y el otro va a perder”. El coronavirus, el Gran Acelerador, ha llevado esta cuestión a un punto crítico antes de lo esperado.

Según Kishore Mahbubani, fellow del Asia Research Institute, Trump se ha preparado de forma caótica para esta batalla. "El problema clave es que Estados Unidos ha decidido librar una batalla geopolítica contra China, la civilización más antigua del mundo, sin diseñar primero una estrategia detallada sobre cómo lo va a hacer. Es muy desconcertante. Para Corea del Sur y Japón esto no es un problema abstracto. Estados Unidos quiere que ambos se separen de China, pero para ambos países esta brecha es un suicidio económico".

Mahbubani fue el representante de Singapur ante las Naciones Unidas. El primer ministro del país, Lee Hsien Loong, defiende con la misma vehemencia que a Asia no le conviene adoptar el punto de vista de Bannon. "Los países asiáticos ven a Estados Unidos como una potencia residente [una potencia que no tiene territorio en una región pero sí influencia] con intereses vitales en la región", dice. "Al mismo tiempo, China es una realidad muy cercana. Los países asiáticos no quieren que se les obligue a decantarse por uno. Y si alguno de los dos intenta forzar esa elección - si Washington intenta contener el ascenso de China o Pekín intenta construir una esfera de influencia exclusiva en Asia - iniciarán una trayectoria de confrontación que durará décadas y pondrá en peligro el tan anunciado siglo asiático".

Loong urge a Estados Unidos a no ver esta situación como una repetición de lo que pasó en 1946. "China está lejos de ser un pueblo de Potemkin o de la tambaleante economía dirigida que definió a la Unión Soviética en sus últimos años. Es poco probable que cualquier confrontación entre las grandes potencias termine, como la guerra fría, con el colapso pacífico de un país".

Europa también lucha por mantenerse neutral. Sí, es cierto que un año atrás Europa declaró que China era “un rival sistémico” y la mayoría de los países de la UE están tratando de diversificar sus cadenas de suministro, limitar las subvenciones extranjeras o revisar la forma en que regulan las delicadas inversiones internas chinas. Pero Josep Borrell, el jefe de la política exterior de la UE, es reacio a ser arrastrado a la guerra total de Trump. Después de las conversaciones por vídeo con el ministro de Asuntos Exteriores chino Wang Yi a principios de este mes, reveló la doctrina de Sinatra; Europa lo hará “a su manera”.

Borrell ha insistido en el hecho de que China no es una amenaza militar y ha reconocido que Wang le había dicho que a China no le gusta que la llamen "rival sistémico". Borrell ha tenido que reconocer a regañadientes que  "las palabras importan", antes de tener que compartir una enrevesada teoría lingüística sobre el significado de la palabra "rival".  ¿'Rival' en qué? ¿Es 'sistémico' una cuestión de rivalidad entre sistemas? ¿O es una rivalidad sistemática? Hay dos interpretaciones".

Para países como Alemania no se trata de un juego de palabras. China se gastó 96.000 millones de euros (87.000 millones de libras esterlinas) en productos exportados alemanes en 2019, casi la mitad que la UE. Volkswagen vendió 4,2 millones de coches a China en el año fiscal 2017. Si Deutsche Telekom se viera obligada a retirar de su red a los proveedores de equipos chinos - un escenario llamado Armagedón - tomaría 5 años y costaría miles de millones. Berlín no tiene ningún interés en cultivar una rivalidad sistémica con China, y tampoco es lo que quieren los alemanes.  En una encuesta tras otra afirman que Trump es una amenaza mayor para la paz mundial que Xi.

De manera similar, en América Latina resulta sorprendente ver cómo giran en torno a  China. Para Chile, probablemente la economía de mercado más libre del continente, China es su principal socio comercial tanto en términos de importaciones como de exportaciones.

El presidente de China, Xi Jinping, ha extendido su firma de política exterior, la iniciativa Cinturón y Ruta [de la Seda, una iniciativa que fomenta el tránsito de mercancias], a toda América Latina, a la que se han sumado 14 de los 20 países de la región. China ha superado a Brasil como el mayor socio comercial de Argentina. El presidente argentino, Alberto Fernández, predica que "las relaciones comerciales deben desideologizarse".

En Brasil, donde los seguidores del presidente Jair Bolsonaro han enviado tweets racistas sobre los planes de Beijing para la "dominación mundial", las exportaciones a China aumentaron un 13,1% en los primeros cinco meses del año en comparación con el mismo período en 2019. Un tercio de la deuda de Ecuador - 18.400 millones de dólares (15.000 millones de libras esterlinas) - está en manos de bancos chinos.

México, Venezuela y Bolivia también tienen fuertes vínculos comerciales con China. Si otrora fue el patio trasero de Estados Unidos, en la actualidad América Latina se está convirtiendo en el patio delantero de China. Con los vínculos económicos más estrechos viene la calma política. En cuanto a la cuestión de Taiwán, Panamá, la República Dominicana y El Salvador han pasado de Taiwán a China desde 2017. A cambio, han obtenido financiación e inversión en infraestructura.

China ha tenido a África como su mayor acreedor durante mucho tiempo. "Para África no hay ninguna otra estrategia mejor cuando se trata de la financiación", dice el historiador Niall Ferguson. "Nosotros [Occidente] no estamos compitiendo de manera efectiva", dijo recientemente a la Sociedad Henry Jackson.

Según los datos de la Universidad Johns Hopkins, los países africanos han pedido prestado hasta 150.000 millones de dólares - casi el 20% de su deuda externa - a China.

En los últimos años, los préstamos de China han crecido hasta superar los préstamos combinados del FMI, el Banco Mundial y el Club de París, según el Instituto de Economía Mundial de Kiel. Sin embargo, cerca del 50% de los préstamos internacionales de China a los países en desarrollo y emergentes no se incluyen en las estadísticas oficiales. China dice que como parte del G20, hará su parte para aliviar la carga de la deuda de África, suspendiendo los pagos por lo menos durante ocho meses. Pero no ha anunciado los detalles, y las condiciones de muchos de sus préstamos son confusas.

"Las condiciones de estos préstamos son muy opacas y se necesitará mucho tiempo para reestructurarlas", señala William Jackson, economista jefe de mercados emergentes de la empresa de investigación Capital Economics. "Los países africanos tienen un poder de negociación escaso. China está en la posición más fuerte".

Gradualmente China ha utilizado esta red mundial para tener capacidad de influencia en las instituciones de la ONU, propiciado por el hecho de que Estados Unidos ha ido distanciándose de estos mismos foros internacionales. Occidente recibió la primera señal de alerta en 2017, cuando el candidato del Reino Unido para dirigir la Organización Mundial de la Salud fue derrotado por el candidato etíope que contaba con el apoyo de China, el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus. La propia China encabeza ahora cuatro de los 15 organismos especializados de la ONU. Antes de la elección del director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en 2019, China condonó 78 millones de dólares de la deuda del gobierno de Camerún, cuyo candidato nominado casualmente retiró su candidatura poco después. China venció al candidato francés, obteniendo 108 de los 191 votos.

Tras tener durante años una presencia mínima en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, ahora las autoridades de Pekín se han vuelto muy proactivas. Han presentado mociones y en julio de 2019 consiguieron sofocar las criticas occidentales al trato que China dispensa al millón de uigures musulmanes del país.

De hecho, la votación sobre esta cuestión fue considerada una prueba de fuego de la influencia china. Veintidós países occidentales apoyaron una resolución que criticaba a China, pero más de 50 países firmaron una carta en la que se oponían a esta resolución y acusaban a Occidente de "politizar los derechos humanos" y elogiaban los "logros notables" de China en materia de derechos humanos. Ni un solo país musulmán apoyó a Occidente. El llamado "Grupo de Países en Desarrollo de ideas afines" todos apoyaron a China o se quedaron fuera. Del mismo modo, un grupo de países de Europa del Este se negó a condenar a Pekín.

El episodio demostró que cualquier suposición de que hay una mayoría innata dispuesta a interpretar y gestionar el autoritarismo de China como quiere Estados Unidos es una fantasía. Mahbubani argumenta que los países que, sumados, representan el 20% de la población mundial están dispuestos a unirse a una alianza en contra de China, pero el resto no lo haría.

El doctor Keyu Jin, profesor asociado de la Escuela de Economía de Londres, señala una brecha a nivel mundial: "La actitud de muchos mercados emergentes hacia China es muy, muy diferente a la de los países industrializados ricos. Quieren aprender y aspirar al modelo de China. Asocian a China con la innovación en tecnología. Hace diez años, durante la crisis financiera, China fue la que llenó los vacíos financieros cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos sólo tenía líneas de intercambio con seis grandes economías avanzadas".

China ha tenido suerte con su enemigo. Así como China ha cortejado a sus aliados, Trump ha insultado a los suyos. Mira Rapp-Hooper, en su nuevo libro Shileds of the Republic [Escudos de la República], documenta cómo Trump se ha crecido con la destrucción de alianzas, como el precio que Estados Unidos están pagando con la actitud de su presidente. Afirma que  "Trump no necesita legalmente romper las alianzas de los tratados - al tratarlas como chanchullos por los que las partes protegidas nunca devolverán lo suficiente, las obvia. Al alinearse con los adversarios, desafía la misma noción de que sus aliados comparten amenazas". No es de extrañar que algunos diplomáticos chinos acogieran con agrado la reelección de Trump, y el hecho de que ha supuesto un duro golpe para las alianzas entre países de Occidente. Sin embargo, los acontecimientos podrían dar un giro inesperado en el último momento, en gran parte debido a que China se ha comportado de una forma tan torpe como Trump. Para Aaron Friedberg, un consejero del National Bureau of Asian Research,  la reacción de China ante la pandemia de COVID-19 es muy reveladora. "Es como si en cada nuevo episodio de esta crisis hubiera quedado un nuevo hecho en evidencia, revelando facetas aún más feas del carácter del régimen y poniendo de relieve todas las amenazas que representa para los demás".

La amenaza que se cierne sobre Hong Kong, y los conflictos en la frontera con la India, son sólo un síntoma de una serie de medidas chinas que han hecho más difícil el día a día de los países no alineados, y que han causado indignación entre los politólogos chinos más tradicionales, como Lanxin Xiang. El experto argumenta que con sus fantasías de orgullo nacional, China se está haciendo un daño incalculable a sí misma y a las relaciones con Occidente.

Si China corre el riesgo de perder su oportunidad de liderar, otros han calculado que existe una posibilidad fugaz de que las potencias intermedias, algunas con armas nucleares, tengan mayor influencia. Se habla de un D10 de democracias - en esencia, el G7 más Australia, India y Corea del Sur. Es una idea que podría prosperar si el candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Joe Biden, gana las elecciones en noviembre. Sin embargo, requeriría que Washington fuera más moderado y prudente cuando reta a China.

Nunca ha podido dirigir un think tank internacional, pero en una reflexión sobre el anterior interregno, el comunista italiano Antonio Gramsci, hizo una afirmación muy acertada: “El viejo mundo se muere y uno tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

Por Patrick Wintour

28/06/2020 - 21:20h

Publicado enInternacional
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