El filósofo Will Kymlicka con Sue Donaldson, coautora del libro 'Zoópolis, una revolución animalista'

 


Kymlicka ha ofrecido en el CCCB de Barcelona la charla Derechos de los animales. El fin de la supremacía humana, sobre la teoría que ha desarrollado con Sue Donaldson en su célebre libro Zoópolis, una revolución animalista, publicado recientemente en España por la editorial errata naturae: no basta con reconocer el estatus moral de los animales si no encontramos la manera de otorgarles un estatus político


Publicamos una entrevista con el filósofo, precedida de una reseña de Zoópolis

 

Zoópolis es probablemente una de las más deseables apuestas de traducción a la lengua castellana sobre temática animalista. El libro constituye el primer intento sistemático de transferir el debate sobre la consideración moral de los demás animales a un marco estrictamente político. Esto no implica, al contrario de lo que pueda parecer, una ruptura con la teoría de los derechos animales tal y como se ha hecho hasta el momento. Kymlicka y Donaldson aceptan la premisa básica del planteamiento de los derechos de los animales como una extensión natural del concepto de igualdad moral entre individuos. Los animales no humanos, en función de su condición sintiente, deben ser reconocidos como titulares de ciertos derechos inviolables.


Sin embargo, les autores consideran que este planteamiento ha sido, en gran parte, ineficaz, permaneciendo a día de hoy injustificadamente marginal en el ámbito político. Esta es la razón por la que necesitamos “una teoría ampliada sobre los derechos de los animales” que, reconociendo, como hasta ahora, los derechos básicos universales de todos los animales sintientes -en particular, “a no ser poseído, asesinado, confinado, torturado o separado de la propia familia”-, añada a la ecuación la existencia de deberes positivos hacia los individuos de las demás especies. En particular, deberes de cuidados, alojamiento o reciprocidad acorde a las relaciones generadas entre humanos y no humanos. La propuesta política de Zoópolis es, así, mediante la teoría de la ciudadanía, diseñar un mapa antiespecista que, en función de coordenadas geográficas e históricas, acomode derechos y responsabilidades diferenciados hacia los no humanos, desde los que se encuentran bajo cuidado humano hasta los que viven distantes e independientes en el medio salvaje. En la práctica, ampliar los derechos animales vía la teoría de la ciudadanía conlleva el reconocimiento de ciudadania para los animales domesticados, cuasi-ciudadania para los animales liminales y soberanía para los animales salvajes.


Zoópolis constituye una oportunidad excelente para repensar viejas cuestiones sobre las relaciones entre humanos y no humanos, pero sobre todo llena un vacío moral importante en lo que toca a nuestras obligaciones hacia un número abrumador de animales que han sido hasta la fecha prácticamente ignorados por la teoría tradicional de los derechos animales. Estos son, quizás de forma sorprendente para muches, animales libres de explotación humana, aunque no libres del sufrimiento que implica la vida en los límites de las comunidades humanas o en la precariedad de la naturaleza. Y aunque Zoópolis sea un libro que en ocasiones peque de optimista, sobre todo en lo que toca al nivel de bienestar global de las poblaciones de animales que viven en la naturaleza (según determinadas posiciones, más bien caracterizados como “estados fallidos”), es encomiable el esfuerzo intelectual y el compromiso ético que exige escribir un libro así. Un libro que no solo pone al descubierto el prejuicio especista de prácticamente toda la filosofía política contemporánea, sino también de prácticamente toda la teoría de los derechos animales.


Son razones más que fuertes para leerlo de inmediato, y nos impulsaron a entrevistar para El caballo de Nietzsche a uno de sus dos autores, Will Kymlicka, quien el pasado 5 de noviembre ofreció una charla en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB).


Zoópolis. Una revolución animalista, libro que usted co-escribió con Sue Donaldson, ha sido traducido recientemente al castellano. Se podría decir que el libro explora, como ningún otro hasta la fecha, la idea de que necesitamos pasar de la teoría moral a una teoría realmente política de los derechos de los animales. ¿Por qué cree que este cambio de perspectiva es necesario?


La idea de que los animales tienen un estatus moral es ahora un debate cada vez más extendido y está cada vez más aceptada, pero esto aún no ha tenido ningún impacto en la forma en la que pensamos y hablamos sobre conceptos políticos, como democracia o soberanía. Los animales todavía son invisibles en las teorías contemporáneas de la democracia y de la autodeterminación, como si fuera inconcebible que los animales pudieran tener un interés legítimo en ser representados en los procesos democráticos o en ejercer sus propias formas de soberanía. Reconocer el estatus moral de los animales tendrá poco impacto en sus vidas si no encontramos una manera de otorgarles un estatus político.


Necesitamos vincular los derechos de los animales con debates más amplios sobre el significado de la democracia, de la representación y de la autoridad legítima. Creemos que esta perspectiva más política no solo sería más eficaz a la hora de garantizar la justicia para los animales, sino que también ayudaría a aclarar lo que de hecho exige la justicia. Las teorías morales de los derechos animales han tendido a centrarse exclusivamente en lo que les debemos a los animales en virtud de su estatus moral intrínseco, pero diferentes categorías de animales tienen diferentes relaciones con las comunidades políticas humanas, y estas relaciones son importantes. Del mismo modo que tenemos diferentes obligaciones hacia ciudadanos y extranjeros, aunque todos los humanos tengamos el mismo estatus moral intrínseco, también tenemos diferentes obligaciones con los animales domesticados y con los animales salvajes, aunque tengan el mismo estatus moral intrínseco. Un enfoque político puede dar cuenta de estas obligaciones diferenciadas.

Zoópolis examina por primera vez de forma sistemática uno de los temas más descuidados en la teoría de los derechos de los animales: nuestras obligaciones positivas hacia los animales salvajes. ¿Por qué cree que es importante introducir los animales salvajes en el enfoque antiespecista?

La teoría de los derechos de los animales ha dicho tradicionalmente que nuestra obligación con los animales salvajes es simplemente "dejarlos estar", es decir, respetar sus derechos negativos a no ser capturados o asesinados. Pero para que los animales salvajes puedan desenvolverse [ flourish], necesitan derechos positivos; por ejemplo, derechos territoriales y derechos de movilidad. Necesitamos reconocer que parte del territorio les pertenece a ellos, no a nosotros, y que tienen el derecho de pasar por áreas de asentamientos humanos. Esto, a su vez, nos obliga a pensar en nuestras relaciones con los animales salvajes en términos más políticos: ¿qué se considera una división justa del territorio, cómo se deben trazar los límites y qué se considera una distribución justa de los riesgos (dado que les imponemos riesgos y viceversa)?


Este es el tipo de preguntas que surgen en el derecho internacional en el caso humano y sugerimos que nuestras relaciones con los animales salvajes pueden considerarse relaciones con "otras naciones" u "otros pueblos". Un principio fundamental del derecho internacional es el respeto por la autonomía de otras naciones/pueblos, por lo que, en general, no debemos interferir con las formas de vida de los animales salvajes, pero también puede haber casos en los que pueda estar justificada algún tipo de "intervención humanitaria” para reducir su sufrimiento, si esto puede hacerse sin violar sus derechos al territorio y a la autonomía. Para abordar estos problemas difíciles sobre territorio, riesgo e intervención, necesitamos ir más allá de las consignas sobre "dejarlos estar”.

A pesar de la amplia acogida que el libro ha tenido en el mundo académico, me parece que no ha recibido la atención que merece en el activismo común en defensa de los animales. ¿Cree que esto es así y que les defensores de los animales podrían beneficiarse de su lectura?

Muchas personas que defienden a los animales se centran en campañas urgentes para prohibir ciertas prácticas opresivas en zoológicos, laboratorios médicos o granjas. Nuestro libro no ofrece muchos argumentos nuevos sobre por qué estas prácticas son injustas: las teorías tradicionales sobre los derechos de los animales ya han hecho un buen trabajo al explicar por qué el cautiverio, la experimentación y la ganadería son injustos. En cambio, nuestro libro se centra en una pregunta a largo plazo: si rechazamos la idea de que los animales existen para servirnos, ¿cómo debemos relacionarnos con ellos? ¿Qué tipo de relaciones deberían sustituir a los zoológicos, los laboratorios y las granjas? Algunos activistas creen que especular sobre estas relaciones futuras es un lujo que no pueden permitirse dada la urgencia de sus campañas inmediatas. Entendemos perfectamente esa reacción.


Pero según nuestra experiencia, hay activistas que están interesados en esta pregunta a largo plazo y que piensan que puede ayudar a la defensa de los animales. Por ejemplo, algunos teóricos de los derechos de los animales han defendido que, dado que la domesticación implica la cría de animales para fines humanos, los animales domesticados son inherentemente degradados, serviles y antinaturales. Esto tiene el efecto perverso de reforzar los prejuicios populares contra los animales domesticados, y hace imposible pensar en ellos como seres capaces de llevar una vida buena. Para contrarrestar estos prejuicios contra los animales, debemos imaginar un mundo en el que los animales domesticados sean agentes y coautores de sus relaciones con nosotros. Muchos defensores de los animales sienten la necesidad de encontrar formas de hablar sobre los animales que van más allá de presentarlos como víctimas que sufren, al igual que varios movimientos de justicia social en el caso humano han necesitado ir más allá de marcos de victimización en el sufrimiento.

Uno de los desafíos más fuertes a los que se enfrenta el antiespecismo proviene de lo que algunas personas consideran tensiones insuperables entre los intereses no humanos y los derechos de ciertas “minorías". ¿Cómo responde a esta preocupación en el contexto de su trabajo más general en filosofía política?


La percepción de que las “minorías” (no occidentales) maltratan a los animales tiene una historia específica de la que debemos ser conscientes. En los siglos XIX y XX, los europeos utilizaron el tratamiento de los animales como una señal de "civilización". Los colonizadores europeos consideraban las prácticas animales no europeas como "atrasadas" o incluso "bárbaras", mientras que presentaban sus propias prácticas como "civilizadas". Por lo tanto, la caza indígena era "bárbara", mientras que la caza británica del zorro o la caza de trofeos era "civilizada". Esto era completamente hipócrita: las prácticas europeas implicaban con frecuencia imponer un sufrimiento mucho mayor a los animales por beneficios humanos más triviales, y ha dejado una percepción en gran parte del mundo de que la preocupación por los animales es una cortina de humo que los grupos dominantes utilizan para justificar la marginación y estigmatización de los pueblos y las culturas no occidentales.


Desafortunadamente, esto no es sólo un fenómeno histórico. Incluso hoy vemos ejemplos de grupos de derechas que luchan contra el sacrificio ritual, no porque se preocupen por los animales sino porque quieren hacer perjudicar la vida de los musulmanes. El movimiento de defensa de los animales debe tener mucho cuidado con esto. Ningún grupo étnico o religioso debe estar inmune a la crítica por la forma en la que tratan a los animales, pero la crítica nunca debe formularse de una manera que se base en o reproduzca los estereotipos colonialistas de culturas civilizadas frente a culturas bárbaras. Y la mejor manera de asegurar esto es enfocar nuestras energías en las prácticas del grupo dominante. En todas las democracias occidentales, la gran mayoría de los daños injustos que se causa a los animales son cometidos por la mayoría, dentro de las instituciones convencionales, como granjas, laboratorios y zoológicos. En otras palabras, la verdadera tensión insuperable a la que nos enfrentamos es entre los intereses no humanos y las prácticas de la mayoría.

El pasado día 5 usted ofreció una charla en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) titulada Derechos de los animales. El fin de la supremacía humana. ¿Puede exponer brevemente sus argumentos?


Para muchas personas, la idea de "derechos humanos" está ligada a afirmaciones de supremacismo humano: se nos deben estos derechos básicos precisamente porque los seres humanos son superiores a los animales. De hecho, eso se afirmó de manera bastante explícita cuando la ONU adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Pero existe una tradición alternativa que defiende los derechos humanos sin ningún compromiso con la supremacía humana. Desde esta visión alternativa, debemos tener derechos humanos porque somos sujetos encarnados vulnerables, y en la medida en que los animales también son sujetos encarnados vulnerables también pueden merecer tales derechos básicos. En mi charla, trato de trazar la batalla entre estas dos formas enfrentadas de entender los derechos humanos, desde 1948 hasta hoy. También sostengo que la visión alternativa es mejor, no solo para los animales, sino también para los seres humanos. Existen cada vez más evidencias de que vincular los derechos humanos con las ideologías del supremacismo humano en realidad empeora, en lugar de mitigar, los prejuicios hacia los grupos humanos marginados.


¿En qué está usted trabajando en este momento y cuáles considera que son los temas más importantes en los que enfocarse quienes quieran seguir una carrera académica en la teoría de los derechos de los animales? De igual modo, ¿cuáles cree que son las áreas más apremiantes en las que enfocar el activismo en defensa de los animales?


¡Hay tantos temas en los que debemos trabajar! Por ejemplo, a medida que los humanos se apoderan más y más del planeta, hay cada vez menos espacios donde los animales salvajes pueden evitar el contacto humano, y así cada vez más animales se están convirtiendo en animales "liminales" que viven entre nosotros, en lugar de animales "verdaderamente salvajes” viviendo en la naturaleza apartados de los seres humanos. Esta amplia y creciente categoría de animales no domesticados que sin embargo viven entre nosotros plantea muchas preguntas que no están siendo bien abordadas por las teorías tradicionales, que generalmente operan en función de una dicotomía simplista entre animales “salvajes” y animales “domesticados”. Estos animales liminales a menudo se ven como "plagas" que no tienen lugar entre nosotros, por lo que son sometidos a exterminio. Necesitamos, por el contrario, desarrollar nuevos modelos de convivencia. Así que ese es un vasto terreno que necesita de exploración intelectual real, así como de estrategias prácticas de activismo.
Sin embargo, como la mayoría de los activistas por los animales, Sue y yo diríamos que un tema central para el movimiento sigue siendo el tratamiento de los animales de granja, ya que sufren la mayor parte de la opresión humana. Y así, en nuestro trabajo, tratamos de pensar más en lo que la justicia requiere de nosotros en nuestra relación con los animales de granja y, en particular, qué tipo de relaciones (si las hay) quieren tener estos animales con nosotros en un futuro más allá de la ganadería. También estamos interesados en el papel que los santuarios de animales de granja pueden jugar como lugares para explorar estas nuevas relaciones y para construir una verdadera "comunidad multi-especie”. Todavía tenemos mucho que aprender sobre cómo los animales quieren relacionarse con nosotros, si es que realmente lo quieren, y los santuarios son de los pocos lugares donde podemos hacer esta pregunta.

 

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¿América Latina sigue siendo el “patio trasero” de Estados Unidos?

A fines de la primavera de 2008, el prestigioso Consejo de Relaciones Exteriores, en Nueva York, publicó un informe titulado “Relaciones entre Estados Unidos y América Latina: una nueva dirección para una nueva realidad”. Programado para influir en la política exterior del próximo Gobierno estadounidense, el informe aseveró: “la era de EEUU como la influencia dominante en América Latina ha terminado”.


En la Cumbre de las Américas en abril del año siguiente, el presidente Barack Obama parecía estar en la misma página que los autores del informe, prometiendo a los líderes latinoamericanos una “nueva era” de “asociación igualitaria” y de “respeto mutuo”. Cuatro años más tarde, el segundo secretario de Estado que tuvo Obama, John Kerry, dio un paso más, declarando solemnemente ante sus contrapartes regionales en la Organización de Estados Americanos (OEA) que la “era de la Doctrina Monroe había terminado”. El discurso (anunciando el fin de una política de casi 200 años, ampliamente vista como un cheque en blanco para la intervención de Estados Unidos en la región) fue calurosamente aplaudido, y tal vez le ganó algo de perdón a Kerry por haberse referido a América Latina como el “patio trasero” de Estados Unidos unos meses antes.


En su enfoque hacia América Latina, el Gobierno del presidente Donald Trump ha tenido un tono decididamente diferente al del Gobierno de Obama. Poco después de mudarse a la Casa Blanca, Trump anunció que revertiría las políticas ampliamente elogiadas de Obama de normalización de las relaciones con Cuba. En lugar de confirmar la desaparición de la Doctrina Monroe, el primer secretario de Estado del presidente Trump, Rex Tillerson, declaró que “claramente había sido un éxito”. Para que nadie lo considere un ignorante de la historia de la doctrina, se hizo eco de los sentimientos de sus autores originales (el presidente John Adams y el secretario de Estado James Monroe) al señalar, con respecto a las crecientes relaciones de China en la región, que “América Latina no necesita nuevos poderes imperiales” y que “nuestra región debe ser diligente para protegerse de los poderes lejanos …

”.
Teniendo en cuenta estos y otros pronunciamientos de Trump y de su equipo, es tentador considerar que el actual Gobierno de EEUU tiene la intención de dar rienda a una política progresista e ilustrada hacia América Latina, iniciada bajo Obama. Pero un análisis más detallado de las políticas en curso sugiere que, en su mayor parte, el Gobierno de Trump persigue esencialmente los mismos objetivos políticos, económicos y de seguridad en la región que Obama, aunque a veces de una manera más descarada y agresiva. Del mismo modo, vale la pena señalar que la agenda de Obama en América Latina (con la importante y tardía excepción de la apertura con Cuba) no se diferenció significativamente de la de su predecesor, George W. Bush.


De hecho, los Gobiernos estadounidenses han estado siguiendo aproximadamente la misma agenda en América Latina desde al menos principios del siglo XX; aunque las tácticas empleadas han cambiado significativamente con el paso del tiempo. El objetivo general sigue siendo el mismo: mantener la hegemonía estadounidense en toda la región. Pero, aunque los actores regionales derechistas y proestadounidenses han protagonizado un retorno importante en los últimos años, mantener el control estratégico de Estados Unidos en América Latina puede ser difícil de sostener en el largo plazo, debido en parte al desplazamiento progresivo de EEUU como jugador económico dominante del hemisferio. Y el nacionalismo extremo de Trump puede contribuir a un despertar de los impulsos nacionalistas y antiimperialistas, como ha ocurrido recientemente en México.


Aunque a menudo está envuelta en una retórica de promoción de la democracia y derechos humanos, la agenda política de Washington en América Latina se puede resumir de la siguiente manera: mimar a los Gobiernos y movimientos que apoyan los objetivos económicos, de seguridad y de política exterior de EEUU, y tratar de erradicar a los que no. En este sentido, Obama le dejó en herencia a Trump unos buenos cimientos. Mientras que en el momento de la toma de posesión de Obama en 2009 la mayoría de los latinoamericanos vivían bajo Gobiernos progresistas que, en general, buscaban una mayor independencia de EEUU; cuando éste dejó el cargo, solo un puñado de países todavía tenían Gobiernos de izquierda.


Obama jugó un papel nada despreciable en la creación de este cambio político de repercusiones sísmicas. En 2009, él y su primera secretaria de Estado, Hillary Clinton, ayudaron a que un golpe militar de derecha triunfara en Honduras al obstaculizar los esfuerzos para restaurar al presidente electo de tendencia izquierdista, Manuel Zelaya. En el año siguiente, EEUU intervino en las elecciones haitianas y presionó con éxito a las autoridades del país para que cambiaran arbitrariamente los resultados electorales a fin de garantizar la victoria de un candidato derechista proestadounidense. En 2011, el Departamento de Estado de EEUU frustró los esfuerzos regionales para revertir un “golpe parlamentario” que eliminó al presidente izquierdista de Paraguay a través de un proceso ampliamente criticado.


Durante el verano de 2016, el Gobierno de Obama puso todo su poderío diplomático a disposición de los actores políticos corruptos de Brasil, quienes destituyeron a la presidenta de izquierda Dilma Rousseff a través de un proceso de impugnación viciado y controvertido. Por esa misma época, el Gobierno de Estados Unidos se oponía a los préstamos multilaterales al Gobierno izquierdista de Cristina Kirchner, agravando así una situación económica convulsa que ayudó a sellar la victoria del multimillonario de derecha, Mauricio Macri, en las elecciones presidenciales de 2015. La derrota de la izquierda en Brasil y Argentina significó que se habían eliminado dos pilares del movimiento de integración progresista de América Latina de comienzos del siglo XXI. Quedaba un pilar, resistiendo obstinadamente los repetidos intentos de Estados Unidos de derrocar a su Gobierno: Venezuela.


Obama hizo un gran esfuerzo por sacar del poder a los chavistas de Venezuela. Su Gobierno se negó a reconocer la victoria electoral en 2013 de Nicolás Maduro, a pesar de que no hay evidencia de fraude. En 2015, justo cuando estaba tomando medidas para normalizar las relaciones con Cuba, Obama declaró a Venezuela una “amenaza extraordinaria a la seguridad nacional y a la política exterior de Estados Unidos” para justificar la imposición de sanciones selectivas contra altos funcionarios del Gobierno. Pero en agosto de 2017, Trump superó a Obama, imponiendo amplias sanciones económicas que restringieron drásticamente el acceso de Venezuela a los mercados financieros internacionales, lo que exacerbó la actual crisis económica del país. Fuentes de la Casa Blanca revelaron que Trump también ha estado considerando una invasión militar en Venezuela.


¿Por qué esta obsesión con Venezuela, un país que no representa una amenaza para la seguridad de EEUU? Como se señala con frecuencia, la política de Washington en América Latina es a menudo un producto de la política interna; y la obsesión con Venezuela —alimentada en parte por sectores adinerados y de extrema derecha de la diáspora cubana y venezolana en Florida— es un ejemplo de ello. Pero más allá de esto, un Gobierno de izquierda en Venezuela plantea un desafío único a la hegemonía estadounidense, dada su vasta riqueza petrolera y su consiguiente capacidad de proyectar influencia por encima de sus fronteras (como lo ejemplifica el acuerdo Petrocaribe y otras iniciativas regionales venezolanas). Si bien estos dos factores han contribuido durante años al estatus de Venezuela como el enemigo número uno en el hemisferio, el equipo de política exterior de Trump incluye a un elenco de personajes particularmente virulento que ha llevado la obsesión con Venezuela a un nuevo extremo.


El “equipo de ensueño” de la política exterior de Trump incluye al asesor de seguridad nacional, John Bolton, un notorio neoconservador que se obsesionó con la “amenaza” venezolana mientras estuvo en el Gobierno de George W. Bush. Tillerson ha sido reemplazado por el “halcón” de la política exterior, Mike Pompeo. Si bien Tillerson generó controversia con su elogio a la Doctrina Monroe, fue en algunos aspectos más cauteloso que su sucesor, habiéndose opuesto a las sanciones financieras contra Venezuela, recomendadas por el entonces director de la CIA, Pompeo.


Finalmente, el senador cubano-estadounidense de Florida, Marco Rubio (que tiene fuertes relaciones con los sectores más intransigentes de la diáspora cubana y venezolana) se ha convertido, según todos los indicios, en el principal asesor de Trump en América Latina. Entre otras cosas, presionó con éxito para conseguir sanciones económicas contra Venezuela y pidió un golpe militar allí.


Aunque el equipo de Trump parece estar especialmente enfocado en Venezuela, no hay dudas de que también tiene su vista puesta en los otros pocos Gobiernos izquierdistas restantes en la región: Cuba, Bolivia, Nicaragua, El Salvador y, quizás incluso el de una izquierda muy moderada, Uruguay. A su disposición hay un arsenal completo de herramientas de “poder blando” para avanzar en la agenda de “democracia y gobernanza” de EEUU. La Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés) y la Fundación Nacional para la Democracia (NED, por sus siglas en inglés), financiada también por el Gobierno de EEUU, tienen programas de “promoción de la democracia” que brindan capacitación y financiamiento principalmente a organizaciones proestadounidenses que a menudo tienen vínculos con partidos políticos. En varios países —como Venezuela, Bolivia, Ecuador y El Salvador—, Estados Unidos ha utilizado estos programas para brindar apoyo material y táctico a los movimientos de derecha violentos y antidemocráticos.


Trump también acogió la agenda de seguridad regional de su predecesor, que a su vez se basó en estrategias antidrogas y de contrainsurgencia desarrolladas bajo Clinton y George W. Bush. Ambos presidentes invirtieron miles de millones de dólares en el Plan Colombia, que apoyó vastas ofensivas militares, las que provocaron el desplazamiento de millones de personas y contribuyeron a miles de muertes civiles, sin tener prácticamente ningún impacto en la producción de cocaína.


A pesar de sus cuestionables resultados, el Plan Colombia fue aplaudido por gran parte del establishment de la política exterior. Igualmente, ha sido promocionado como modelo para la Iniciativa Mérida en México (2008), respaldada por Bush, , que apoyó una “guerra contra las drogas” militarizada, la que ha conducido a decenas de miles de muertes. Originalmente Mérida incluía a Centroamérica, pero el Gobierno de Obama la dividió y creó la Iniciativa de Seguridad Regional para América Central (CARSI, por sus siglas en inglés), que mueve decenas de millones de dólares en asistencia de seguridad principalmente para Honduras, Guatemala y El Salvador. En los últimos años, cada uno de estos países ha adoptado su propio enfoque militarizado para la aplicación de la ley, y cada uno ha experimentado oleadas de violencia que los ubican entre los países más violentos del mundo. Los estudios demuestran que esta violencia ha sido un factor importante en el fuerte aumento del número de migrantes de estos países que huyen hacia México y Estados Unidos.


Por supuesto, el Gobierno de EEUU ha tenido una robusta agenda de seguridad que abarca a gran parte de América Latina desde mucho antes de que Teddy Roosevelt declarara a Estados Unidos como el “poder policial internacional” de la región. Durante las primeras décadas del siglo XX, EEUU llevó a cabo numerosas intervenciones militares en América Latina y el Caribe, incluidas largas ocupaciones militares en Nicaragua, Haití y República Dominicana.


Después de la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno de EEUU desarrolló estrategias de compromiso de largo alcance con las fuerzas militares en todo el hemisferio. En 1946, el Departamento de Defensa de Estados Unidos emprendió la Escuela de las Américas (más tarde renombrada como Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad o WHINSEC, por sus siglas en inglés), donde miles de militares de toda América Latina recibieron entrenamiento contrainsurgente, supuestamente para defender a sus países del comunismo promovido por los soviéticos. La intervención militar directa de EEUU en la región se hizo menos frecuente, pero las fuerzas militares latinoamericanas a menudo actuarían en conjunto con los agentes de inteligencia estadounidenses para reprimir violentamente a los movimientos de izquierda y, en muchos casos, derrocar a los Gobiernos de izquierda.


La Guerra Fría pudo haber terminado oficialmente en 1991, pero los programas de entrenamiento de EEUU continuaron. El personal militar entrenado en EEUU estuvo involucrado en golpes militares en Haití (1991), Venezuela (2002) y Honduras (2009), así como en sangrientas campañas de contrainsurgencia en Guatemala, El Salvador y Colombia.


Los programas de entrenamiento de EEUU, junto con otras formas de asistencia en materia de seguridad, le han permitido al Pentágono mantener una fuerte y continua influencia dentro de las fuerzas militares de América Latina. Además, Estados Unidos ha expandido su presencia militar directa en la región a través de acuerdos formales e informales para establecer sus bases militares en varios países, incluidos Perú, Guatemala, Honduras y, por supuesto, Colombia, el principal socio estratégico del Pentágono en la región. Estos y otros acuerdos permiten que EEUU utilice instalaciones militares y otras instalaciones gubernamentales en varias partes de América Latina como plataformas para el lanzamiento de operaciones de seguridad o la realización de actividades de recopilación de información de inteligencia.


El resultado agregado de los programas de entrenamiento y de utilización de bases militares por EEUU, junto a otros acuerdos logísticos, es la consolidación del control estratégico del Ejército estadounidense sobre gran parte de la región. Mantener este control ha sido una prioridad para EEUU, independientemente del Gobierno de turno.


Honduras (donde EEUU ha tenido cientos de tropas apostadas desde principios de los años ochenta) ofrece una vívida ilustración de cómo una relación de seguridad estratégica puede, desde el punto de vista del Gobierno de EEUU, tener prioridad sobre cualquier otra consideración. En junio de 2009, los comandantes entrenados por Estados Unidos llevaron a cabo un golpe militar contra el presidente electo del país, Manuel Zelaya, quien, en su país, había desarrollado estrechas relaciones con los movimientos que habían hecho campaña contra la presencia militar estadounidense en Honduras y, a nivel exterior, forjó una fuerte alianza con el Gobierno venezolano. Como se describió anteriormente, Estados Unidos ayudó al golpe y luego aumentó la asistencia de seguridad a Honduras, a pesar del aumento en abusos contra los derechos humanos, incluyendo cientos de asesinatos de líderes sociales como la difunta Berta Cáceres, cuyos asesinos incluyeron a exmilitares entrenados por EEUU y a militares activos entrenados por EEUU.


A fines de noviembre de 2017, el presidente en ejercicio de derechas, Juan Orlando Hernández, fue declarado ganador de unas elecciones gravemente dañadas por el fraude, tanto que incluso la Organización de los Estados Americanos, alineada con Washington, pidió que se hicieran de nuevo. En las semanas que siguieron, las protestas estallaron en todo el país y fueron reprimidas violentamente por las fuerzas militares y policiales utilizando munición real, lo que provocó decenas de muertes de manifestantes desarmados. Sin inmutarse, el Departamento de Estado de EEUU reconoció el resultado de las elecciones y continuó brindando una contundente asistencia a las fuerzas de seguridad del país.


Con respecto a la agenda económica regional de EEUU, Trump se ha desviado bruscamente de las políticas de sus predecesores en algunos aspectos, en particular con su decisión de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Negociado bajo George H.W. Bush, aprobado por Clinton, y apoyado firmemente por George W. Bush y Obama, el TLCAN ha sido promocionado como un acuerdo comercial modelo por gran parte del establishment estadounidense (de forma muy parecida a como el Plan Colombia es visto como un modelo de programa de seguridad). Los nacionalistas económicos cercanos a Trump esperan reescribir el acuerdo de una manera que restaure las protecciones para algunas industrias pesadas de EEUU y reduzca los llamados derechos de los inversores, pero ellos enfrentan una férrea oposición de muchos miembros del gabinete y de donantes de Trump, quienes representan los intereses de corporaciones multinacionales y bancos de Wall Street.


Sin embargo, no hay indicios de que la camarilla de nacionalistas económicos de Trump esté tratando de poner fin a los esfuerzos para promover el neoliberalismo en toda la región, como ha venido haciendo el Gobierno de EEUU desde finales de los años setenta. Estados Unidos continúa desplegando una variedad de herramientas intrusivas para desarrollar políticas que desplacen el control de los factores económicos de los Estados hacia el sector privado, y que expandan la financiarización de las economías. Estas políticas han sido una gran ayuda para las multinacionales estadounidenses y Wall Street, pero no han logrado mejorar la vida de la mayoría de los latinoamericanos.


El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras instituciones financieras internacionales (IFIs) en las que EEUU ejerce un control efectivo sobre sus políticas, continúan condicionando préstamos que pueden llevar a ajustes monetarios y fiscales que paralizan la economía y obligan a los Gobiernos a abandonar estrategias de desarrollo y políticas industriales. Mientras tanto, los programas de ayuda económica de EEUU a menudo debilitan aún más el rol económico del Estado mediante el apoyo a la privatización de bienes y servicios públicos y mediante una “asistencia técnica” que debilita los marcos regulatorios para atraer inversiones extranjeras directas a cualquier costo.


En los años 80 y 90, América Latina experimentó estos “ajustes estructurales” neoliberales más que cualquier otra parte del mundo, en gran parte porque los Gobiernos requerían préstamos de las IFIs luego de la crisis de la deuda de principios de los 80. El resultado fue el final de un ciclo de desarrollo económico intenso para gran parte de la región y dos décadas de un crecimiento en gran medida estancado, con indicadores sociales en declive y la venta de servicios públicos.


A fines de la década del 90, los latinoamericanos ya estaban hartos y comenzaron a elegir Gobiernos de izquierda que, en diversos grados, se oponían al neoliberal “Consenso de Washington”. El resultado fue un período en el que las políticas económicas heterodoxas, incluidas la expansión de los programas de salud pública, educación y vivienda para los pobres y la renacionalización de las industrias estratégicas, se implementaron en muchos países, especialmente en América del Sur. Los resultados fueron en gran parte muy positivos, con aumentos significativos en el crecimiento económico y una reducción en los niveles de pobreza y desigualdad.


En los últimos años, la turbulencia económica (que se debe en parte a la caída de los precios de los productos básicos y otros factores externos) ha contribuido a que los actores de derecha neoliberales recuperen el poder. Como se examinó anteriormente, las ofensivas antidemocráticas respaldadas por Estados Unidos también han contribuido al cambio hacia la derecha. Como resultado, la agenda económica neoliberal de EEUU vuelve a ser dominante en la mayoría de América Latina. Sin embargo, el Gobierno de EEUU teme que la región pueda escaparse de su control una vez más; y estos miedos pueden estar bien fundados.
Por un lado, hay pocas ganas en la región de más reformas neoliberales. Es interesante observar, por ejemplo, que se han producido protestas masivas en tres países donde el FMI se ha involucrado recientemente en la formulación de políticas económicas:Argentina, Haití y Nicaragua (aunque en este último las protestas parecen haber recibido apoyo adicional de entidades respaldadas por EEUU). En Brasil se están aplicando medidas extremas de austeridad con el apoyo del FMI y el poderoso sector financiero, y la popularidad del presidente no electo del país se ha reducido al 5 por ciento.


En otras palabras, a pesar de los esforzados intentos del Gobierno de Estados Unidos para mantener a la izquierda fuera del poder, es probable que las elecciones favorezcan a los movimientos antineoliberales en el largo plazo. Aunque el riesgo de un retorno a los regímenes dictatoriales ya no es una posibilidad descabellada, particularmente si se consideran los acontecimientos recientes en lugares como Brasil (donde un popular expresidente ha sido encarcelado por cargos no comprobados) u Honduras (donde Estados Unidos apoyó una reelección fraudulenta e inconstitucional).


Pero el actual Gobierno de EEUU tiene más de qué preocuparse que por simples elecciones democráticas. Cuando Tillerson habló de la necesidad de “protegerse contra poderes lejanos”, no estaba hablando de manera abstracta; se estaba refiriendo principalmente a China, a la que acusó de “utilizar instrumentos de liderazgo económico para llevar a la región hacia su órbita”. La Estrategia de Seguridad Nacional 2017 de la Casa Blanca utiliza un lenguaje similar para describir a la “amenaza” china, al igual que los miembros del Congreso de los dos principales partidos.


Lo que todos parecen temer es el creciente predominio económico de China en América Latina. El comercio total entre China y América Latina ha pasado de $12 mil millones en 2000 a casi $280 mil millones en 2017. China también se ha convertido en un importante inversor en la región, y sus líneas de crédito, principalmente para proyectos de energía e infraestructura, ahora superan a las financiaciones del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo en conjunto.


Tillerson y otros funcionarios advirtieron que China está promoviendo un nefasto “modelo de desarrollo liderado por el Estado”, mientras que la NED publicó recientemente un informe advirtiendo que China está capitalizando “su fortaleza económica para aumentar su influencia política en toda la región”. En realidad, no hay evidencia que sugiera que China no está cumpliendo con su política de no intervención en los asuntos internos de otros países. Al contrario de las prácticas crediticias del FMI, del Banco Mundial y de otras IFIs respaldadas por Estados Unidos, el financiamiento chino no está condicionado a la aplicación de políticas económicas ortodoxas (o de la cualquier otra política macroeconómica) por parte de los Gobiernos.


Desde la perspectiva de los principales responsables políticos de Estados Unidos, de hecho, este es el problema. China, al no imponer condiciones políticas en sus transacciones comerciales y financieras, proporciona a sus socios latinoamericanos el espacio para que desarrollen sus propias alternativas económicas y políticas, incluidas las medidas “lideradas por el Estado” que chocan con la agenda de EEUU. Aunque las declaraciones de los funcionarios estadounidenses suenan cada vez más intimidatorias frente a la “amenaza” china en América Latina (recientemente con intensos ataques contra el Gobierno de El Salvador después de su decisión de romper relaciones con Taiwán y normalizar las relaciones con Beijing), es poco lo que realmente pueden hacer para detener el avance inexorable de China en la región.


Gran parte de la agenda agresiva e intervencionista de Trump en América Latina, al igual que las similares agendas de sus predecesores, no genera controversia dentro de la corriente dominante de Estados Unidos (salvo la demanda de un muro fronterizo pagado por México y algunos otros pronunciamientos escandalosos). Durante muchas décadas, la mayoría de la élite de la política exterior del país ha aceptado silenciosamente la idea de que Estados Unidos debe mantener una influencia política, militar y económica hegemónica en la región. Incluso los liberales John Mersheimer y Stephen Walt, expertos en relaciones internacionales (quienes adoptan la noción de un mundo multipolar) han argumentado que “preservar el dominio estadounidense en el Hemisferio Occidental” es “lo que realmente importa”. Para muchos, se trata de asegurar la credibilidad internacional de Estados Unidos como una superpotencia.


Pero indudablemente la resistencia latinoamericana a la agenda regional de EEUU continuará, impulsada por el declive relativo de Estados Unidos como potencia económica, junto con el inevitable antiamericanismo generado por las payasadas xenófobas de Trump. La última señal de resistencia proviene de México, donde décadas de neoliberalismo y una fallida y devastadora guerra contra las drogas apoyada por Estados Unidos impulsaron la victoria arrolladora de un candidato de izquierda por primera vez en la historia contemporánea del país. En un momento en que la mayoría de los Gobiernos de la región están comprometidos con Washington, la notable transformación política en curso justo al sur de la frontera con Estados Unidos brinda un rayo de esperanza para los pueblos de América Latina y su búsqueda de una verdadera independencia.

 

Por Alexander Main
Director de política internacional del Centro para la Investigación Económica y Política (Center for Economic and Policy Research, CEPR) en Washington, DC.
16/09/2018

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El Departamento de Estado se prepara a la guerra contra Rusia y China

Sergey Latyshev, del think tank ruso Katehon, desnuda los “planes del Departamento de Estado para garantizar la primacía global de EU”(http://bit.ly/2Q5oebs).

El texano Wess Mitchell, asistente del Departamento de Estado para Europa y Asia, sentenció ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de que EU “castiga a Rusia debido a que Moscú previene a Washington de establecer su control sobre Eurasia con el fin de restaurar su supremacía mundial” (http://bit.ly/2M2v5zi).


El Departamento de Estado se ha radicalizado en el traslado de dominio de su anterior secretario Rex Tillerson –jerarca de Exxon Mobil que compartía intereses con Rusia– al pugnaz Mike Pompeo, anterior director de la CIA.


Según la exégesis de Sergey Latyshev sobre la comparecencia de Wess Mitchell, “EU admitió por qué luchan contra Rusia y que no aceptarán otro resultado en la presente confrontación con Moscú que no sea su capitulación (¡mega-sic!), porque la supremacía mundial (sic) de EU es imposible sin el total control de toda (sic) Eurasia, que están lejos de poseer”.


Wess Mitchell acusó a Putin de ser el “padre” de “una estrategia del caos con efectos estratégicos” e imputa a Rusia de buscar el derrocamiento del gobierno de EU (¡mega-sic!), citando a Facebook (sic).
Wess Mitchell afirmó el “reconocimiento que EU ha entrado a un periodo de competencia con las superpotencias” como “punto de partida de la Estrategia de Seguridad Nacional”.


Tal “punto de partida” de la competencia de EU contra las dos superpotencias Rusia y China –que realizarán a partir del 11 de septiembre ejercicios militares conjuntos” (http://bit.ly/2Q53Eb9)– se consolidó dos meses después de la Estrategia de Seguridad Nacional enunciada por Trump (http://bit.ly/2Q20aWN), mediante la Revisión de la Postura Nuclear del Pentágono (http://bit.ly/2MODE5c).


Sin tomar en cuenta las vulnerabilidades militares de EU, expuestas por Andrei Martyanov, quien considera que Rusia va adelante 10 años en su ventaja tecnológica militar sobre EU (http://bit.ly/2LpNLsg), el burócrata Wess Mitchell juzga que las anteriores administraciones no estaban preparadas para este escenario de “competencia” y su victoria (sic):“Uno de los intereses primordiales de la seguridad nacional de EU es prevenir el dominio de la masa euroasiática por las potencias hostiles”.


Wess Mitchell no reconoce la supremacía militar convencional/nuclear de Rusia y asienta que para “ser efectiva la diplomacia de EU con Rusia debe ser apuntalada por su inigualable poder militar y estar plenamente integrada con nuestros aliados y todos nuestros instrumentos de poder” –que incluye dos nuevos comandos de la OTAN con el fin de “implementar los preparativos de guerra híbrida”: Léase: las guerras comerciales/económicas/financieras en curso...


Según Sergey Latyshev, Mitchell coloca la política de EU hacia Rusia en la “categoría militar”cuando externa el “énfasis particular de EU en reforzar a los países en la primera línea de Europa que es más susceptible a la presión geopolítica de Rusia. En Ucrania y Georgia donde EU ha levantado restricciones sobre la adquisición de armas defensivas para resistir la agresión territorial rusa”.


¿Por eso tales fuerzas de la “primera línea” habrán asesinado al líder Alexander Zakharchenko de la república autónoma de Donetsk? (https://read.bi/2Q0DeYd)


Para Mitchell, el Cáucaso, la región del mar Negro, aún Europa Central, constituyen zonas de combate geopolítico contra Rusia donde EU compite por “los corazones y las mentes”.


Nada nuevo en la conceptualización nihilista de EU de un cuarto de siglo: desde el derrotado neoconservador straussiano israelí-estadunidense Paul Wolfowitz hasta la pugnaz dupla Mike Pompeo/Wess Mitchell.
Mitchell rumia los axiomas anglosajones de todo el siglo XX propalados por el británico Mackinder y el polaco-canadiense-estadunidense Brzezinski.


Sus asertos alucinatorios sobre el dominio de EU en Eurasia equivalen a expulsar a China y Rusia de su geografía natural, no se diga, controlar aún más a la sumisa Europa.


Sergey Latyshev pregunta si Rusia debe “prepararse a la Tercera Guerra Mundial”. ¿O es otro bluff más del Deep State?


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De la guerra comercial a la guerra militar

En la guerra la superioridad del armamento tiene poca importancia. Muchos conflictos bélicos fueron ganados por la parte que tenía armamento más pobre y menos sofisticado, como sucedió en la guerra de Vietnam. Incluso en las guerras entre estados, ha sido frecuente que los ejércitos mejor armados y más capacitados terminaran derrotados, como sucedió con la Alemania nazi.


En estos momentos el mundo sufre varias guerras, con armas y sin armas o, mejor, con diversos tipos de armamento, pero todas ellas peligrosas. La más reciente es la guerra comercial desatada por el gobierno de Donald Trump contra China, una guerra focalizada en las tarifas comerciales que tiene como objetivo poner de rodillas al país asiático.


Todas las guerras persiguen lo mismo: destruir y aniquilar enemigos, sean éstos naciones, pueblos o sectores sociales. Sin embargo, quienes nos organizamos como pueblos, clases o sexos, los movimientos antisistémicos, no podemos ni debemos encarar la guerra con la misma lógica que los estados mayores de las fuerzas armadas. Si disponemos nuestras fuerzas para aniquilar al enemigo, nos convertiremos en algo similar a lo que combatimos. Es la historia de la Unión Soviética bajo Stalin.


En la coyuntura actual, signada por la proliferación de guerras, parecen necesarias algunas consideraciones sobre lo que está sucediendo y las perspectivas que se van abriendo ante nosotros.


La primera es que no debemos desestimar la actual guerra comercial o económica, ya que anticipa una guerra militar porque apunta al mismo objetivo: poner de rodillas al otro. Si observamos el mundo en perspectiva, podemos afirmar que hemos ingresado en un periodo de destrucción masiva capitaneado por el capital financiero y su brazo armado, el Pentágono.


Vivimos un agravamiento del clima bélico que llevará, nada es inevitable por cierto, hacia una confrontación armada entre potencias nucleares. No debe descartarse, por tanto, la utilización de armas atómicas, con toda su gravedad para la vida en el planeta.


Sin embargo, el arma atómica no modifica la lógica de la guerra, como lo anticipó hace décadas uno de los más brillantes estrategas, Mao Tse Tung, con una tremenda frase: la bomba atómica es un tigre de papel, que es utilizada para intimidar a los pueblos.


Las guerras las ganan los pueblos que muestren mayor cohesión (que no unanimidad) y coraje para defenderse, y que se hayan dotado de una dirección política que interprete esa voluntad. El pueblo soviético derrotó a los nazis por su contumaz decisión de defender la patria, al igual que los vietnamitas frente a los yanquis y los argelinos ante los franceses. Cuba superó la agresión y el bloqueo por la energía y la voluntad de su pueblo.

Fueron decisiones tomadas abajo, en los espacios de la vida cotidiana, las que blindaron a esos pueblos para defenderse colectivamente.


La segunda cuestión deriva directamente de la anterior: el punto clave es la defensa, que es mucho más potente que la ofensiva. Es en la defensa cuando un pueblo asume su condición de tal, cuando le da forma y sentido a su ser colectivo. La defensa ante ataques exteriores tiene la capacidad de cohesionar, mientras la ofensiva debilita al enemigo si somos capaces de perdurar.


Por tanto, en estos momentos la clave es la permanencia, persistir y sostenernos para sobrevivir como pueblos. Incluso la retirada sin combatir puede tener sentido si se trata de seguir existiendo. Esto vale para los pueblos y para las naciones, las clases y los grupos sociales. No tiene el menor sentido jugarse el futuro en un arrebato para destruir a quien nos ataca.


Los pueblos están optando por la defensa no violenta de sus territorios. Es lo que observamos entre los mapuche, los nasa-misak, los zapatistas, los afros y los aymaras que resisten de forma masiva y maciza, organizados comunitariamente. No hay atajos para evitar el dolor y la muerte, pero hay capacidad para transmutarlos en potencia colectiva.


La tercera cuestión es la más compleja, porque los movimientos emancipatorios no tenemos mucha experiencia en un camino tan necesario como inédito: desarmar la estrategia de aniquilar al enemigo porque es, de forma simultánea, el camino para interiorizar la lógica del enemigo.


La racionalidad de la guerra corre pareja con la propuesta de ocupar el Estado y convertirlo en la principal herramienta para la emancipación. Este fue un camino razonable un siglo atrás, cuando no había ninguna experiencia sobre los enredos que esa estrategia suponía para los movimientos anti-sistémicos. Como sabemos, señaló el rumbo de su conversión en movimientos conservadores y represivos.


En este recodo de la historia no tenemos otra alternativa que la creatividad. Repetir las estrategias que nos llevaron al fracaso es garantía de volver a tropezar con las mismas piedras. En un periodo de gran confusión, necesitamos apegarnos a una ética que nos dice que las herramientas nunca fueron ni pueden ser neutrales.

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¿Un «desorden global» sin alternativas?

El nuevo «desorden global» adopta la forma de una confrontación muy parecida a la del período de entreguerras del siglo XX, salvo por una diferencia crucial. Antes, el conflicto enfrentaba a dos revoluciones: una fascista y otra comunista, que el capitalismo amenazado trataba de cooptar o frenar a su favor. Ahora, en cambio, no hay ninguna alternativa real al capitalismo. Los límites de la imaginación son el mercado o la propia comunidad identitaria.

 

En la década de 1990, el conocido paleontólogo Stephen Jay Gould formuló la teoría del «equilibrio puntuado» que se ajusta a los registros fósiles mejor que el ortodoxo gradualismo darwiniano. Este modelo describe largos periodos de estasis o estabilidad de las especies biológicas bruscamente «puntuada» por breves períodos de cambios rápidos, intensos y decisivos a escala geológica. Los períodos de estabilidad duran millones de años mientras que los de cambio abarcan decenas de miles, cifras en cualquier caso inasibles para la imaginación humana. La vida evoluciona a trompicones, alternando las largas siestas (compuestas, eso sí, de luchas y tumultos) con los acelerones trágicos y las catástrofes vertiginosas. En este modelo ni la estabilidad ni el cambio concentran mayor verdad, justicia o progreso natural que su contrario.


Si se nos permite la licencia de extrapolar este modelo a la escala antropométrica, podríamos decir que la historia humana se comporta de la misma manera. La última siesta de la historia se llamó Guerra Fría y, como para confirmar que estabilidad y paz no son sinónimos, produjo cien guerras y millones de muertos. Contenía, en todo caso, una regla geopolítica y social que, a partir de 1990, se ha ido descomponiendo muy deprisa. Algunas veces lo he contado de esta manera: el rápido deshielo de la Guerra Fría, puntuado de reivindicaciones democráticas a escala mundial (las «revoluciones de colores», sí, pero también el ciclo progresista latinoamericano) tuvo su última expresión en el «mundo árabe», congelado desde la Segunda Guerra Mundial, donde se habían atrincherado las últimas dictaduras del planeta. En respuesta a la larga sacudida popular de 2011 –de Marruecos a Bahréin– distintas «contrarrevoluciones» enfrentadas entre sí acabaron chocando en Siria, con un enfrentamiento multinacional por vía interpuesta que reveló la debilidad de Estados Unidos como potencia hegemónica y abrió paso a un «nuevo desorden global». Tiene razón el intelectual sirio Yassin Al-Haj Saleh cuando insiste en la centralidad de Siria en este acelerón y desplazamiento del marco geopolítico, y no solo por los cambios que ha introducido sino por los que ha iluminado: de algún modo «hacía falta» la «guerra siria» para que tomáramos nota de las esperanzas fallidas y de las transformaciones ya acaecidas.


Este nuevo «desorden global» que, en el mundo árabe, ha restablecido bajo nuevas formas el viejo círculo vicioso y sin salida de dictaduras, intervenciones y yihadismo ha revelado, asimismo, la crisis política y civilizacional de Europa y EEUU y ha invertido el impulso popular democrático de 2011 en un proceso de «desdemocratización» general que, con la elección de Donald Trump, parece cerrar definitivamente un ciclo e inaugurar otro dominado ahora por el autoritarismo, la contracción identitaria y la erosión dramática de los Estados de Derecho. La rápida transición, preñada de otros mundos posibles y fallidos, ha desembocado –también muy deprisa– en un marco nuevo en el que todo lo que aún nos resulta familiar es peligroso y todo lo que nos resulta desconocido es, por eso mismo, amenazador.


La tentativa de aplicar los viejos esquemas de la Guerra Fría a un estallido cuya lógica era puramente interna dañó al mismo tiempo las esperanzas populares y la fortaleza de las potencias implicadas. Todas ellas reaccionaron con los atavismos reflejos de la política de bloques y, si echaron por tierra los cambios democráticos en la región «árabe», lo hicieron a costa de la propia estabilidad interna y externa en un mundo privado de pronto de verdadero hegemón. El caso, por ejemplo, de la América Latina progresista es ejemplar: en la periferia de un conflicto en el que siempre fue a remolque, abandonó a los pueblos en rebeldía para alinearse de manera instintiva en un bloque que ya no existía y que esa misma rebeldía cuestionaba. El posicionamiento de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Cuba al lado de los dictadores «antiimperialistas», no solo facilitó en Medio Oriente la respuesta contrarrevolucionaria de los «imperialistas» sino que aceleró en el continente americano el fin del llamado «ciclo progresista». El nuevo marco en el que hoy celebran sus cumbres Vladímir Putin y Trump o Nicolás Maduro y Recep Tayyip Erdoğan es un mundo fluido y casi subatómico en lo que atañe a las alianzas y muy pétreo, uniforme y sombrío en su calidad democrática. En lugar de bloques hay cristales caleidoscópicos muy provisionales; en lugar de «socialismo del siglo XXI» tenemos retoños inquietantes del siglo XIX. Como he escrito en otras oportunidades, estamos retrocediendo a los comienzos de la centuria pasada: nos enfrentamos a un Weimar global de conflictos inter-imperialistas no ideológicos, como en la Primera Guerra Mundial, pero ahora con armas de destrucción masiva, crisis ecológica y nuevas tecnologías que aceleran los cambios al mismo tiempo que promueven la ilusión de cambio como motor a su vez de nuevos cambios.


Si dejamos a un lado los pueblos, el gran perdedor de este «acelerón» es Europa. Tanto la desdemocratización como la reconfiguración caleidoscópica de las alianzas debilitan la posición «semihegemónica» de Europa. El Brexit, la guerra comercial promovida desde EEUU, la rusofobia institucional y el «destropopulismo» neofascista amenazan la existencia misma de la Unión Europea y condenan a Europa a un papel cada vez más periférico. La respuesta, estrictamente neoliberal y crecientemente autoritaria acelera esta disolución entrópica. Habría que detenerse en un minucioso análisis económico y antropológico, pero la cuestión decisiva es esta: en algún sentido, la «regla de cambio» gouldiana que regía la historia de Europa desde 1789 se ha quebrado. Por contarlo de una manera sencilla y banal, podemos decir que desde hace 200 años la juventud europea transformaba –o intentaba transformar– la sociedad cada 30 años a través de una triple experiencia: una guerra, una revolución y un movimiento poético. Los movimientos poéticos han desaparecido en el seno de las nuevas tecnologías, cuyo proceso constituyente ininterrumpido hace imposible la mínima estabilidad que necesita todo estilo y toda ruptura estética con el pasado. En cuanto a las guerras, que vuelven a lamer la periferia (primero los Balcanes, ahora Ucrania), el esfuerzo que se ha hecho por mantenerlas «fuera» es inseparable de la experiencia misma de la UE, pero también ahora de su quiebra. Por fin y respecto de la revolución, el modelo «francés» dominante durante dos siglos murió precisamente en Francia en 1968. Quizás esta muerte sea buena además de inevitable –la discusión sería larga y no nos pondríamos de acuerdo– pero lo cierto es que la «regla de cambio» no es ya la histórica que asociaba juventud a revolución. En los últimos cincuenta años la juventud europea ha quedado absorbida en el imaginario del mercado al mismo tiempo que expulsada del mercado laboral, contradicción que hace tan necesaria como imposible la revolución y que –por cierto– deja fuera de juego a la izquierda (al menos a la realmente existente) en la construcción de cualquier nuevo marco de transformación que excogitemos.


En ausencia de la «regla de cambio» que haga efectivo el cambio social que la crisis demanda, la desdemocratización de Europa –y de buena parte del mundo– adopta la forma de una confrontación muy parecida a la del período de entreguerras del siglo XX, salvo por una diferencia crucial. Hace 90 años el conflicto enfrentaba a dos revoluciones, una fascista y otra comunista, que el capitalismo amenazado trataba de cooptar o frenar a su favor. Hoy no hay ninguna alternativa real –ni buena ni mala ni regular– al capitalismo. Tampoco hay ninguna revolución en marcha. O, mejor dicho: la única revolución real es precisamente la del neoliberalismo, con la devastación de los territorios –colectivos e íntimos– que acompaña su ininterrumpido proceso constituyente. La única alternativa real al capitalismo es la de una demanda de seguridad, muy conservadora e identitaria, de la que se han apropiado los «destropopulismos» y los neofascismos. Frente al capitalismo y sus horrores, los europeos no quieren democracia ni Estado de Derecho. Los europeos no quieren tampoco Europa. No quieren, desde luego, una revolución socialista o un «hombre nuevo»; quieren seguridad y bienestar en los límites de su imaginación. ¿Y cuáles son los límites de su imaginación? El mercado y la propia comunidad identitaria (nación, barrio o militancia especializada).


Desde un punto de vista geopolítico, a los bloques ha sucedido un desorden global caleidoscópico de conflictos interimperialistas sin ideología. En términos políticos se trata de una confrontación entre revolución capitalista y comunitarismo destropopulista que alimenta, cualquiera que sea el resultado, la «desdemocratización global» y deja fuera de juego a la izquierda, tentada unas veces por el progresismo neoliberal y otras por el comunitarismo autoritario. La batalla que se ha perdido es la de los límites –materiales de la imaginación.

 

Por Santiago Alba Rico
Nueva Sociedad

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El Imperio, hegemonía y nuevos desafíos en América Latina

Los países de América Latina y el Caribe recibieron una Inversión Exterior Directa (IED) de 161.673 millones de dólares en 2017, un 3,6% menos que en 2016 y un 20% inferior si se compara con 2011, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de Naciones Unidas. La caída de 2017 se concentró en Brasil y Chile. En cuanto a la fuente de las inversiones exteriores, el país más destacado fue Estados Unidos -28% del total-, aunque los países europeos en bloque alcanzaron el 37,3%. La IED estadounidense predomina de manera clara en Centroamérica y la República Dominicana -29% del total en 2017- y México (46%).

En 2017 las empresas de Estados Unidos realizaron inversiones en México por valor de 13.939 millones dólares, seguido por las españolas con 3.201 millones de dólares. Además las norteamericanas se posicionaron en segundo lugar en Brasil -22% de la IED en el país- y Colombia (15%), y en primer lugar en Paraguay, Guatemala, Costa Rica, Panamá y Nicaragua. Las corporaciones estadounidenses han protagonizado algunas de las fusiones y adquisiciones corporativas en 2017. Así, Delta Air Lines compró el 32% del grupo Aeroméxico por 614 millones de dólares; American Tower, las infraestructuras de telecomunicaciones urbanas de KIO Networks en México por 500 millones de dólares; y la farmacéutica Merck & CO, la empresa brasileña de productos de salud animal Vallée por 400 millones de dólares.


“El concepto de ‘dominación no compartida’ ha sido siempre el núcleo duro de la proyección de Estados Unidos en la región”, destaca el sociólogo e historiador cubano Juan Valdés Paz (La Habana, 1938) en las jornadas “Geopolítica Sur” del Frente Cívico-Valencia. Valdés ha sido profesor en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, de Sociología del Trabajo en el Instituto Azucarero y, entre 1980 y 1996, investigador del Centro de Estudios sobre América (CEA). “En el hemisferio norteamericano tenemos una superpotencia, Estados Unidos, y todos los demás países –salvo quizá con alguna discusión, Canadá- son dependientes y periféricos”. Aunque, matiza, “con los gobiernos de centro y progresistas –a partir de 1999, con la presidencia de Hugo Chávez en Venezuela- Estados Unidos se enfrentó por primera vez en los últimos 200 años a una correlación de fuerzas adversa; pero estos procesos se han revertido”. Hoy, concluye Juan Valdés, “América Latina está invadida por gobiernos de derecha, por ejemplo en Brasil, Argentina, Chile, Perú y Colombia, de modo que la región transita hacia una recuperación hegemónica estadounidense”.


El libro “Territorios vigilados” (Debate, 2012) de la periodista Telma Luzzani apuntaba la existencia de 28 bases militares operativas de Estados Unidos y la OTAN en América del Sur, y otras 43 en Centroamérica y el Caribe; entre los países con mayor presencia figuran Puerto Rico, Panamá y Colombia. Entrevistada en el programa “Bajo la lupa de Galeb” de Annur TV en mayo de 2017, se refirió a “más de 80” instalaciones; “uno de los países de los que poco se sabe y concentran mayor número es Perú, donde entran 112 marines diarios; no es que tengan siempre el cartel de ‘base militar’, muchas veces se trata de centros científicos, de entrenamiento de cascos azules o misiones humanitarias”, afirmó la investigadora argentina. Así, en mayo de 2018 representantes de la embajada de Estados Unidos en Perú, el Gobierno Regional de Huánuco y el Instituto Nacional de Defensa Civil inauguraron el Centro de Operaciones de Emergencia Regional (COER) en Huánuco, financiado por el Comando Sur de Estados Unidos (SOUTHCOM) para responder a los desastres naturales. Estados Unidos ha construido 14 COER en otras tantas regiones de Perú, informa la embajada estadounidense.


El cinco de abril de 2012 el embajador de Estados Unidos y representantes del ejército chileno inauguraron el Fuerte Aguayo de Concón en la región chilena de Valparaíso; el Comando Sur del ejército estadounidense invirtió cerca de 500.000 dólares en la construcción. Según un comunicado de la Armada chilena, consistía en un centro de entrenamiento para “cascos azules”, dependiente del Centro Conjunto para Operaciones de Paz en Chile (CECOPAC), a su vez bajo el mando del Ministerio de Defensa. El Centro de Entrenamiento de Fuerzas de Paz, según la Armada, se enmarcaba “dentro de estrictos protocolos definidos por Naciones Unidas”. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos denunciaron que se trataba de una base militar que violaba la soberanía chilena.


Con más de medio siglo de existencia y sede actual en Florida, el SOUTHCOM abarca 31 países de América del Sur, América Central y el Caribe. Según su página Web, el comando está integrado por 1.200 militares y personal civil. En términos oficiales, es responsable de “proporcionar planificación de contingencia, operaciones y cooperación a la seguridad”, así como de la protección de los “recursos militares” de Estados Unidos. El pasado 25 de junio el Comando Sur realizó maniobras militares aéreas durante tres días en Guatemala; en febrero los entrenamientos –definidos como “programa de cooperación técnica en seguridad”- se desarrollaron en Panamá y, en junio de 2017, el Comando Sur inició en el Mar Caribe (Barbados y Trinidad y Tobago) las maniobras militares “Tradewinds”, en las que participaron una veintena de países.


La periodista Stella Calloni ha informado en el diario argentino Contexto del documento secreto “Plan ‘Masterstroke’ para derrocar la dictadura venezolana”, de febrero de 2018, firmado por el almirante Kurt W. Tidd, jefe del Comando Sur. La primera propuesta del informe de once páginas es “fomentar la desafección popular por el aumento de la escasez y los precios de los alimentos, medicinas y otros bienes esenciales para los habitantes”; además el plan apela a “continuar el fuego continuo en la frontera con Colombia” y a “reclutar paramilitares principalmente de los campos de refugiados en Cúcuta, la Guajira y Norte de Santander”. El 14 de julio, antes de asumir la presidencia de Colombia, Iván Duque visitó la sede del SOUTHCOM en Miami, donde se reunió con Kurt Tidd. La Agencia Efe tituló de este modo el teletipo que informaba del encuentro: “Duque promoverá en diplomacia regional el rechazo a la ‘dictadura’ de Maduro” (Estados Unidos cuenta con al menos siete bases militares en Colombia).


“Todo este despliegue militar es la dimensión dura y menos visible de la dominación geopolítica”, concluye Juan Valdés Paz, coeditor del libro “América Latina y el Caribe. La política social en el nuevo contexto” (Flacso-Unesco, 2011). El politólogo afirma que cualquier intento de ruptura, progresismo o desalineamiento en la región es traducido por Estados Unidos como una cuestión de Seguridad Nacional. Adscrita al organigrama del Comando Sur figura la Cuarta Flota de los Estados Unidos, constituida durante la Segunda Guerra Mundial, disuelta en 1950 y reactivada en abril de 2008. ¿En qué contexto se dio el restablecimiento? El primero de marzo de 2008 se produjo el ataque a un campamento de las FARC-EP en Ecuador, ordenado por el expresidente colombiano Álvaro Uribe; a ello se agregaba la caída de los precios de los bienes primarios en los mercados internacionales (un tercio de los ingresos fiscales de Venezuela, México y Ecuador procedían de la producción petrolera), la victoria electoral de Fernando Lugo en Paraguay, el conflicto entre la presidencia de Evo Morales y las regiones de la llamada “Media Luna” boliviana, las revueltas en Haití y los precedentes de gobiernos de izquierda en Venezuela y Ecuador.


En junio de 2017 la Cuarta Flota participó en las maniobras militares conjuntas “Teamwork South” en las costas de Chile; incluían al destructor USS Chafee (DDG90), que transportaba dos helicópteros MH-60R del escuadrón HSM-37, un submarino de ataque rápido y dos aeronaves P-8A Orion. Los ejercicios incorporaron “escenarios preestablecidos y enfocados en la respuesta a los acontecimientos”, según la embajada de Estados Unidos. Para celebrar el décimo aniversario de la reactivación, mandos de la Armada de Perú, Brasil, Chile, Colombia y Ecuador visitaron en junio el cuartel general de la Cuarta Flota en la ciudad de Jacksonville (Florida). El objetivo, según un comunicado de la Marina de Guerra del Perú, era “continuar con el fortalecimiento de los lazos de camaradería, amistad, cooperación e interoperabilidad”.


Juan Valdés Paz apunta otro concepto clave en la dominación estadounidense, el de la Cuenca del Caribe, donde figuran México, Centroamérica (incluido el Canal de Panamá), el Caribe insular, Colombia y Venezuela; “es la absoluta prioridad geopolítica de los Estados Unidos”, afirma el sociólogo cubano. Además de otras fuentes, documentos desclasificados en octubre de 2017 respecto al asesinato de Kennedy revelan que tres expresidentes de México -Adolfo López Mateos (1958-1964), Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) y Luis Echeverría Álvarez (1970-1976)- trabajaron para la CIA.


Otro país estratégico en la Cuenca del Caribe es Colombia, donde Estados Unidos invirtió 9.635 millones de dólares entre 2000 y 2017 en “asistencia en seguridad” (1.435 millones de dólares en 2007), según la organización WOLA con sede en Washington; esta fuente agrega que de los 107 programas mundiales de “asistencia” promovidos por el Pentágono, 75 “pueden operar” en América Latina y el Caribe. En cuanto a Venezuela, el expresidente Obama firmó un decreto en marzo de 2015 que declaraba a este país “amenaza” para la Seguridad Nacional e imponía sanciones a siete funcionarios de la República Bolivariana. En marzo Trump prorrogó esta orden ejecutiva. “Seguiré ocupándome de Cuba”, afirmó Donald Trump tras la elección del nuevo presidente cubano, Miguel Díaz-Canel; un mes antes aprobó una partida de 20 millones de dólares para “promover la democracia” en la isla durante 2018. En septiembre de 2017 la Embajada de Estados Unidos en La Habana anunció recortes de personal y suspender la emisión de visados por un supuesto “ataque acústico” contra la legación diplomática.


¿Existe algún contrapeso geopolítico en América Latina a la hegemonía de Estados Unidos? “No como tal”, responde Juan Valdés Paz, “aunque hay una importante presencia económica de otros actores”. El documento sobre Inversión Extranjera Directa de la CEPAL destaca que Europa en conjunto representaba en 2017 el 52% de las inversiones en Brasil (un 66% en el periodo 2012-2016), encabezadas por Países Bajos; en Colombia el porcentaje se situó en el 45% y en México, en el 29%. Entre otros ejemplos de la penetración europea en Latinoamérica, en 2017 la multinacional italiana Enel compró por 640 millones de dólares la distribuidora eléctrica brasileña CELG, hasta ese momento bajo el control de la estatal Petrobras (fue la primera privatización bajo la presidencia de Temer); la cervecera holandesa Heineken adquirió por 1.090 millones de dólares la filial brasileña del grupo japonés Kirin Holding; y la suiza Glencore pagó 734 millones de dólares por un incremento de su participación en Volcán Compañía Minera de Perú. Por países, la inversión española lidera la ratio en Argentina y Colombia. Valdés Paz resalta influencia de la banca española. Así, en el primer semestre de 2018 el Banco Santander declaró unos beneficios de 3.752 millones de euros, a los que contribuyó principalmente el mercado brasileño. El BBVA también tiene una presencia sólida en América Latina, con un peso preeminente de México.


Las corporaciones chinas, centradas básicamente en Brasil, participaron en cinco de las 20 mayores operaciones empresariales de 2017 en la región. Por ejemplo, el gigante eléctrico chino State Grid se hizo con el control de CPFL, la mayor distribuidora de electricidad de Brasil. La mayoría de las inversiones chinas se produjeron en los sectores energético y minero (que alcanzan cerca del 80% de las inversiones) y agropecuario, particularmente en el negocio de las semillas. El comercio entre América Latina y el Caribe y China multiplicó su valor por 22 entre 2000 y 2013. Sin embargo, “exportamos sólo cinco productos básicos en 2017 –porotos de soja, mineral de hierro, mineral de cobre, cobre refinado y petróleo, lo que representa el 70% del valor de los envíos”, advirtió en enero la secretaria ejecutiva de la CEPAL, Alicia Bárcena. Brasil, Perú y Argentina recibieron más del 80% de las inversiones chinas en el periodo 2005-2017.

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Cultura de masas y propaganda: la infantilización de las decisiones

La insoslayable naturaleza gregaria del ser humano entra en contradicción con la creación de conceptos nuevos generados por la Revolución industrial y el surgimiento de la modernidad, allá por el siglo xvii y xviii, que creó el concepto de individuo y otros igualmente trascendentes: subjetividad y libre albedrío, que llevan a la búsqueda de la independencia individual que nunca es total, pues vincularnos con otros, sobre todo en una relación amorosa, requiere ceder algo y, a veces, mucho, de la independencia personal en aras de la creación de una imprescindible interdependencia al darle un lugar privilegiado, prioritario, al ser amado. En la relación amorosa se requiere de una posibilidad dinámica: de una entrega amplia, a veces fusional, pero transitoria, para después recuperar la individualidad.

La pareja es el ejemplo más acentuado de la importancia que tienen para los seres humanos los grupos: de familiares, de amigos, de colegas, etcétera. Pero los grupos tienen también un efecto contradictorio: algunos son protectores, tranquilizantes y otros son inquietantes e inclusive atemorizantes. Además, tienen un efecto peculiar sobre los individuos que los integran, crean un efecto regresivo a etapas tempranas del desarrollo, tanto más acentuado cuanto más grande es el grupo, con la consecuencia de que domine el polo emocional sobre el racional. Piénsese, por ejemplo, en los cambios que se generan en los individuos cuando acuden a un partido de fútbol.


Esto llevó a que grandes pensadores, como Gustave Le Bon, Freud y Lacan consideraran a los grupos sólo como generadores de ilusiones y distorsiones del pensamiento por el predominio en ellos de la emocionalidad y la impulsividad. A partir de las experiencias de trabajo de Wilfred Bion con grupos psicoanalíticos durante y después de la segunda guerra mundial se cambió dicha comprensión: las emociones generadas por los grupos pueden ser fuente de distorsión del pensamiento, pero también pueden estimularlo, generar nuevos pensamientos y la consecuente creatividad.


Debido a que como especie estamos condenados a vivir en grupos y en sociedad, tenemos que aprender a obtener lo mejor de esta realidad sin dejar que se distorsionen nuestros ideales y pensamientos, situación difícil cuando la cultura postmoderna y las técnicas de publicidad desarrolladas desde hace un siglo están diseñadas precisamente para manipular los deseos e ideales de los ciudadanos con fines económicos y políticos.


Ahí está planteado el dilema contemporáneo: ¿podemos mantener nuestro pensamiento, ideales y relativa independencia sin afectación a pesar de las presiones de la cultura y los medios de difusión, o seremos fácil presa de sus ardides?

Razón de ser de la propaganda y su relación con la época

En una entrevista filmada y difundida por Spanish Revolution a través de las redes, el gran pensador Noam Chomsky plantea que la industria de las relaciones públicas y la industria de la publicidad, que se dedican a crear consumidores, fueron desarrolladas hace aproximadamente un siglo en Inglaterra y es por una razón que se les volvió clara: ya no podían controlar por la fuerza a la población porque habían ganado demasiada libertad y, en consecuencia, buscaron otras maneras de mantener el control social y encontraron que una de las mejores maneras de controlar a las personas estaba y está relacionada con sus creencias y actitudes, sobre todo en la práctica de “fabricar consumidores”, para que se dediquen a obtener cosas que están a su alcance (aunque sean prescindibles) y que eso sea la esencia de su vida; de esa manera quedarán atrapados no sólo como consumidores sino como consumistas.


Eso fue logrado por el modelo económico neoliberal de manera masiva alrededor de los años cuarenta o cincuenta del siglo pasado, con la creación de supermercados y grandes centros comerciales promovidos desde la publicidad en los medios masivos de difusión, estimulando los nuevos ideales de narcisismo, hedonismo y consumismo, así como creando consumidores desinformados que toman decisiones irracionales por medio de la manipulación publicitaria que apela a las emociones y bloquea las decisiones racionales, y plantea cómo debe ser la vida ideal con el tipo de aparatos que se deben tener y que frecuentemente no son necesarios, así como el tipo de vida a llevar siempre orientada a lo rentable para el sistema comercial.


En el caso de los procesos electorales para alcanzar puestos políticos el procedimiento funciona de la misma manera: buscan crear un electorado desinformado que tome decisiones irracionales, a menudo en contra de sus propios intereses, por medio de la creación de grandes espectáculos manipuladores que conforman el proceso electoral supuestamente racional, que sólo es alcanzable para unos pocos ciudadanos con suficiente espíritu crítico y con posturas racionales no dogmáticas.

Infantilización, medios masivos de difusión y cultura de masas

Lo que Chomsky no aborda en su magnífico y sintético análisis sociológico son los mecanismos psicosociales que se echan a andar para lograr estos objetivos mediante la manipulación regresiva o infantilización propia de la cultura de masas vigente en la actualidad.


La cultura de masas se ha definido como el conjunto de formas de expresión cultural que atraen a los individuos en condiciones donde se encuentran influenciados por masas reales o fantaseadas, es decir, en condiciones donde la psicología de las masas opera sobre ellos (Kernberg). Así, la cultura de masas contemporánea se caracteriza por la manipulación de éstas y su consecuente control social.


La novedad contemporánea es que las masas no tienen que estar reunidas físicamente en el mismo lugar: el mismo efecto psicológico se logra cuando multitud de televidentes individuales –cada uno en su hogar– ve el mismo noticiero o programa televisivo de diversión, o se conecta a internet para atender la misma noticia o fuente de información. La industria del entretenimiento a través de la prensa, radio, cine y televisión, redes sociales, así como las dis¬cotecas o el deporte como espectáculo, son la expresión contemporánea más acabada de este fenómeno.


Esta conformación de una cultura de masas por medios virtuales genera una visión llena de convencionalismo y conformismo acorde con el mundo interno de la etapa infantil que transcurre entre los cinco y diez años de edad, época en que los niños no se independizan todavía de los valores de los padres y de la cultura, asumiéndolos en formas muy simplificadas, como el bueno y el malo en las películas del oeste, sin matices ni contradicciones. Simultáneamente, hay deseos y fantasías de poder que hacen que el niño se interese por las historias de héroes y superhéroes.

Cultura de masas e industria del entretenimiento

En la cultura de masas la formación de grupos que funcionan en un nivel de inmadurez, de infantilismo, “puede provocarse también mediante el placer que se siente en la experiencia regresiva al formar parte de un proceso grupal, y por el goce de la fusión regresiva con los otros, derivado de los procesos generalizados de identificación en la masa” (Kernberg), que se relaciona con el concepto de Canetti del gentío festejante.


A esto hay que agregar la dimensión económica del neoliberalismo, productor de condiciones que impactan todos los ámbitos, donde perdemos importancia como ciudadanos para quedar como meros consumidores sujetos al imperio del mercado. La trascendencia económico-política de poder producir agrupamientos pree¬dípicos, o infantilizados, mediante el placer de la experiencia regresiva, es que reúnen un ideal capitalista de control social: son eficaces, rentables y reproducibles al infinito.

Manipulación política

Este fenómeno de masas infantilizadas que generan los medios de difusión da lugar a un incremento de la credulidad y la emocionalidad en el público, lo cual inhibe el análisis racional de los contenidos. Por eso la propaganda y la publicidad se dirigen fundamentalmente a generar ciertas emociones en el público, donde la racionalidad no importa y, de hecho, se utiliza para impedir que aparezca.


De la misma manera, en la propaganda política no son sustantivos los programas de gobierno ni las posturas ideológicas, sino la generación de emociones descalificadoras o esperanzadoras, muchas veces sin sustento objetivo alguno, pero eficaces para manipular a un público crédulo. Por eso también en el voto dominan las emociones en lugar de la racionalidad sustentada en datos objetivos.
Unos votan desde el estómago y la dependencia, y venden su voto por unos pesos; otros votan desde el hígado y emiten voto de castigo a un partido político porque el mandatario anterior tuvo posturas impopulares, aunque votar por el otro partido signifique una lesión grave a los beneficios obtenidos para las capas populares y medias que son su origen de clase y generen después –demasiado tarde– manifestaciones masivas de protesta. Otros votan desde el temor de perder sus privilegios, por posturas xenófobas, o caen en las explicaciones simplistas de políticos demagogos que atribuyen el desempleo a la afluencia de migrantes en vez de atender a la explicación real de que los empleos se han perdido por la introducción de la automatización en muchos procesos fabriles, y por el modelo económico neoliberal que produce las mercancías en los lugares del mundo donde encuentra menores costos de operación y, en consecuencia, saca las empresas del país de origen.
Pero la cultura postmoderna no sólo estimula la infantilización en la comunicación masiva, sino también en la conformación de los caracteres y da lugar a la patología postmoderna. Esta situación, nada casual, facilita la manipulación de la población para fines comerciales y políticos, así como para su dominación por medios psíquicos que afectan la subjetividad y los vínculos al servicio del control social por el sistema.


Por ello, en el psicoanálisis se ha pasado de tratar problemáticas centradas en el control excesivo, inhibitorio, de los impulsos sexuales y agresivos, al predominio de caracteres infantilizados con comportamientos donde destacan la impulsividad y la fragilidad en algunos, y la omnipotencia y egoísmo en otros.


En los casos más graves de inmadurez, denominados fronterizos simbióticos o de nivel bajo, el síntoma de difusión de la identidad destaca por su importancia y produce personalidades adhesivas, ambiguas y “gelatinosas”.


La sumatoria de estos dos hechos da un resultado terrible: la conformación de un sector amplio de la población infantilizada y manipulable, al que se agregan eficaces técnicas publicitarias en los medios masivos de difusión que permiten infantilizar y manipular al auditorio, tanto más a los ya infantilizados, para venderles productos prescindibles, así como para inducirles el sentido de su voto.

 

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Israel lanza el mayor bombardeo en Siria desde 1973 en respuesta a un ataque de Irán un día después de la ruptura del pacto nuclear

La operación israelí "es una de las mayores operaciones aéreas en los últimos años y la mayor contra objetivos iraníes" en Siria, según fuentes militares. Previamente, Israel denunció el lanzamiento de 20 cohetes desde territorio sirio por parte de la Fuerza Al Quds de la Guardia Revolucionaria iraní.

 


Israel atacó a lo largo de la noche docenas de objetivos militares iraníes en Siria tras sufrir anoche el lanzamiento de 20 cohetes, de los que 4 fueron interceptados y el resto cayeron en suelo sirio, aseguraron fuentes militares.


"Hemos atacado docenas de objetivos militares en Siria", dijo a un grupo de periodistas el portavoz militar Johnatan Conricus, que agregó que han "estado en esta operación varias semanas, casi un mes, en los que se ha conseguido frustrar varios ataques iraníes".


"El ataque de anoche fue uno de los más graves de la Fuerza Al Quds de la Guardia Revolucionaria contra la soberanía israelí, fue ordenado y comandado por el general Suleimaní y no logró sus objetivos", añadió.


Ninguno de los veinte cohetes tipo Grad y Fajr que lanzaron contra Israel cayeron en el país, cuatro de ellos fueron interceptados y resto se quedaron cortos e impactaron en Siria.


El ataque iraní fue lanzado desde las afueras de Damasco, a unos 30 o 40 kilómetros de la divisoria y "fue muy grave" a pesar de que no provocó víctimas y apenas daños.


La operación israelí de anoche "es una de las mayores operaciones aéreas de la Fuerza Aérea en los últimos años y la mayor contra objetivos iraníes. Se atacaron docenas de objetivos: centros de inteligencia, bases militares, almacenes, misiles balísticos y un vehículo que sirvió como lanzadera de los cohetes", añadió Conricus. De hecho, este es el mayor bombardeo de Israel sobre Siria desde la guerra del Yom Kippur en 1973.


"Nos centramos en destruir las capacidades iraníes en Siria, no en causar daños personales. Hemos destruido un trabajo de meses de Irán allí" afirmó Conricus, que confirmó que "todos los objetivos atacados fueron destruidos y nuestros aviones volvieron sin daños".


"Esto es algo que habíamos previsto, pero la Inteligencia y la Fuerza Aérea y otras fuerzas fueron capaces de minimizar daños" y eso a pesar de que, aunque advirtieron a Siria que no interviniera, los aviones de combate se enfrentaron a "fuego masivo de las defensas antiaéreas" sirias.


Entre los objetivos en Siria atacados por Israel se cuentan: centros de inteligencia asociados con Irán y el Eje Radical, una sede de logística de la Fuerza Quds, una instalación militar logística en Al Kiswah, un complejo militar iraní al norte de Damasco y almacenes de munición de la fuerza Quds en el aeropuerto de Damasco.


También se destruyeron sistemas de inteligencia y puestos asociados con la fuerza Quds, puestos de observación militares y de munición en la zona de nadie de la frontera y un lanzador iraní desde donde salieron los cohetes hacia Israel.


"Los ataques de la Fuerza Aérea fueron llevados a cabo entre fuego de las defensas aéreas sirias, que dispararon a pesar de la advertencia israelí. En respuesta, atacaron varios sistemas de interceptación (SA5, SA2, SA22, SA17) del Ejército sirio" reza un comunicado militar.


Las autoridades han decidido que la vida civil en el territorio ocupado de los Altos del Golán continúe con normalidad, por lo que habrá colegios y trabajo, pero pide a los ciudadanos que se mantengan alerta y solo permite agrupaciones de más de mil personas en lugares abiertos.


"Continuamos teniendo alerta alta en el norte. Israel no permitirá la presencia iraní en el Golán ni en Siria. No buscamos una escalada, sino lo contrario", dijo Conricus, que advirtió que "los iraníes todavía tienen capacidades en Siria que les permitirían volver a atacar", pero señaló que el Ejército "está preparado para defenderse de la continua agresión iraní en cualquier escenario".

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Alianza de EU e India contra China: ¿Qué hará Rusia?

A dos semanas de que Trump visite Pekín, Katrina Manson, del Financial Times, expone que el secretario de Estado, Rex Tillerson, ex mandamás de Exxon Mobil, "vislumbra lazos más estrechos con India para contrarrestar a China" https://goo.gl/GE6xdL).

El bombástico pronunciamiento de Tillerson fue lanzado en el influyente think tank del Centro Internacional de Estudios Estratégicos (CSIS, por su siglas en inglés), donde "entronizó a India como socio militar superlativo, y como parte de una nueva estrategia en el sur de Asia" (https://goo.gl/AnbLHQ).

La "visión estratégica con una más estrecha asociación militar, comercial (sic) y diplomática" está contemplada durar 100 años (¡súper-sic!) como escudo contra China”. Tillerson considera que "EU e India deben tener los mayores ejércitos" cuando EU "explora configurar una nueva arquitectura de seguridad en la región Indo-Pacífico, expandiendo potencialmente una agrupación trilateral de EU, India y Japón que incluya a Australia (sic) y otros países". ¿Vietnam?

Tillerson arremetió contra la "economía depredadora (sic)" de China y su mirífica Ruta de la Seda mediante su benigno financiamiento a la infraestructura con atractivas tasas de interés cuando ni EU ni el Banco Mundial (que controla Washington) son competitivos frente al flujo de caja de la banca china.

Ahora está de moda en los desinformativos multimedia de EU abultar la "amenaza china", como lo hicieron durante la guerra fría contra el "peligro soviético". Las guerras formales inician siempre como "guerras de propaganda".

¿Se tragará la milenariamente civilizada e inteligente India el cuento texano estadundense de compartir la defensa de su destino cuando quizá lo que solamente busca Trump, un vendedor de bienes raíces, es colmar a Delhi de juguetes bélicos para que se acaben matando con China y así emerja Washington como supremo vencedor?

Muchos de los aviones de ensueño que promete vender EU a India, se los procuró ya antes Washington a su archienemigo Pakistán.

Tanto Kissinger como Steve Bannon (https://goo.gl/NVz5Cj), ideólogo del trumpismo (con o sin Trump), temen que el magno proyecto de la Ruta de la Seda, en sus versiones terrestre y marítima, constituya un “ game changer (punto de inflexión)” de la geoestrategia que está moviendo el centro geopolítico de gravedad a Eurasia: al eje Rusia-China.

Tampoco hay que subestimar la maniobrabilidad de India –desde su independencia con el Partido del Congreso de los Nehru y los Gandhi– que ha mantenido una política de "no alineamiento", con cercanía selectiva a Moscú.

Aún con el supremacista indio, el primer ministro Narendra Modi, India aún no reniega de los Brics ni cayó en la trampa del agónico TPP (https://goo.gl/WhQQb4) de Obama (que enterró Trump) y pertenece con reticencias al RCEP-16 (Asociación Regional Económica Integral; https://goo.gl/nFe72c).

Narendra Modi ha desdeñado colaborar con China en la Ruta de la Seda, mientras llama la atención que no haya despreciado ser la sede en 2018 de la reunión anual del Asian Infraestructure Investment Bank (AIIB) (https://goo.gl/Lo8PjF), el mayor banco de inversiones del planeta, del que es su segundo accionista (https://goo.gl/9ZMhp4).

Ai Jun juzga en Global Times que "la relación de India y EU es más simbólica que sustancial" y que sería muy "ingenuo" de parte de India creer que EU dejará que crezcan "China en Asia Oriental e India en el Sur de Asia" (https://goo.gl/oE2Kse).

Yang Siling –de la Academia Yunnan de Ciencias Sociales–, considera que los ejercicios militares de 10 días de Rusia e India están destinados a posicionar la "influencia regional" de Delhi (https://goo.gl/JhbuPC), no lejos de Vladivostok, "cercana a China", cuando "bullen las tensiones en el noreste de Asia".

El atractivo ensayo del académico Yang Siling expone un hipotético acercamiento de India con Rusia y aleja a Moscú de China con quien supuestamente colabora en una "alianza estratégica".

Lo peor aquí es operar en forma maniquea/lineal en medio de la hipercomplejidad no lineal y multidimensional de la geopolítica en Asia donde resalta la tripolaridad del RIC (Rusia, India y China).

En el peor de los casos, se trata de un juego y/o equilibrio de tres actores fundamentales en Eurasia, el RIC, que EU busca fracturar y/o balcanizar.

Siling admite que "India es un socio importante de Rusia en materia militar" cuando "60 por ciento de las armas del ejército indio proviene de Rusia", mientras "profundizan sus lazos militares bilaterales y han iniciado investigación y desarrollo conjunto en tecnologías aeroespaciales, armas nucleares y tecnologías satelitales". ¡Qué impactante!

A juicio del académico Siling, "India desea equilibrar sus lazos de defensa tanto con EU como con Rusia", aunque en los años recientes "India se ha acercado a EU y a Japón".

Con la "estratégica escalada competitiva de EU con Rusia, India ha forjado una relación más estrecha con EU, provocando así la preocupación de Rusia" que desea apaciguar a India con sus ejercicios militares con Moscú.

El problema es que "desde que el primer ministro Modi llegó al poder, India ha operado un abordaje diplomático de línea dura hacia China a quien define como rival estratégico".

Aquí viene la parte candente, a mi juicio: según Yang Siling, "a los ojos de los estrategas (sic) indios, China y Rusia se contemplan como enemigos (sic) potenciales".

Curioso: lo mismo piensa Kissinger quien vislumbra a Rusia, por afinidad cultural, más cerca de Occidente que de China. Aquí se pueden equivocar los "estrategas indios" como Kissinger ya que China ganó más con la estratagema previa de EU contra Rusia, que fue vilmente engañada con el cándido Gorbachov.

Según Yang Siling, los estrategas indios "creen (sic) que Rusia espera posponer su conflicto potencial con China hasta que se encuentre capacitada, y lo mismo sucede con China", por lo que "India puede juntar sus manos con Rusia para contrarrestar a China".

Siling acepta que por lo pronto, "Rusia puede (sic) no tener planes contra China, pero India calcula usar a Rusia para mantener a China a raya". A mi juicio, esto puede representar un grave error de cálculo ya que, ¿quién garantiza que Rusia no esté usando a India en primer lugar?

No hay que perder de vista que a la hora de la verdad geoestratégica nuclear, el único rival paritario de Rusia es EU, ya que China e India son medianas potencias atómicas.Incluso, Pakistán posee 10 bombas atómicas más que India.

A mi juicio, la postura anti China de India proviene de su enemistad con Pakistán, hoy gran aliada de Pekín y quien le puede proveer su salida al Mar Arábigo con el puerto de Gwadar (https://goo.gl/eMXon4).

Un punto sobresaliente que expone Yang Siling es que "EU y Japón han mejorado la interacción con India en la cooperación de la seguridad marítima", mientras que los "ejercicios con Rusia también incrementa la presencia militar de India en el noreste de Asia", donde "puede tener un lugar" en sus contenciosos, como la crisis nuclear de Norcorea.

Lo que es incontestable es que "si Rusia, India y China se libran a una lucha por la influencia regional en Asia, ello juega en las manos de EU". ¡Divide y vencerás!

Si los "estrategas indios" y Kissinger siguen pensando que el zar Vlady Putin operará como Yeltsin y Gorbachov, se pueden llevar la sorpresa de su vida.

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Domingo, 18 Junio 2017 05:52

La diplomacia de la militarización

La diplomacia de la militarización

El anuncio sobre Cuba es parte de una escalada hacia la región en la que cobran fuerza el Comando Sur, los servicios de Inteligencia y la DEA.

 

Donald Trump se presentó el viernes en el salón Artime de Miami junto con su vicepresidente, Mike Pence, que vendrá en agosto a Buenos Aires y es una figura clave del régimen estadounidense en dos terrenos: el despliegue militar y la preservación de la influencia en América Latina.


Un día antes de acompañar a Trump en Miami, Pence disertó sobre las presuntas amenazas a la seguridad de los Estados Unidos provenientes de Guatemala, Honduras y El Salvador. Mencionó las pandillas y el narcotráfico. Y dijo que ni el narco ni la inmigración ilegal se detendrían sin incluir a Sudamérica en el sistema de cooperación de los Estados Unidos.


Pence también envió mensajes a Venezuela. “Todos nosotros debemos elevar nuestras voces para condenar al gobierno venezolano por su abuso de poder y su abuso contra el propio pueblo, y hacerlo ya”, dijo Pence. Llamó a mostrar a los venezolanos que “hay un camino mejor”. Para el vice, la libertad “es el único camino hacia la prosperidad”. Pero “la seguridad es el cimiento de la prosperidad”.


El mismo día el secretario de Estado, Rex Tillerson, alertó sin datos sobre las supuestas conexiones entre los carteles mexicanos de la droga y los fundamentalistas de ISIS, Estado Islámico.


El secretario de Seguridad Nacional John Kelly a su vez advirtió sobre la conexión entre “redes terroristas y redes criminales” como los narcos. Esas redes podrían traficar no solo drogas sino bombas sucias.


Un dato: antes de ser el jefe de Homeland Security, Kelly fue la cabeza del Comando Sur, el área de la Secretaría de Defensa y de las Fuerzas Armadas encargada de América Latina.


Un artículo de Jake Johnson en la revista Foreign Policy publicado la semana que pasó lleva este título: “La militarización de la política de los Estados Unidos hacia América Latina se está profundizando con Trump”.


El presidente norteamericano aumentó los gastos militares y bajó los del Departamento de Estado. “No esperen que los Estados Unidos simplemente se van a retirar”, recomienda pensar Foreign Policy. “Más bien esperen que se profundice el compromiso militar de los Estados Unidos en la región”. Incluso aunque no haya ningún anuncio oficial, el giro parece inevitable.


La tendencia había comenzado antes de Trump. Con Obama, ya el Pentágono dio ayuda a Colombia sin certificación previa de que no se estaban violando los derechos humanos.


Como sucedió en la década del ’20 con las ocupaciones territoriales, en la del ’50 con los golpes de Estado y en la del ’70 con la tortura, el laboratorio para todo el continente es la política hacia Guatemala, Honduras y El Salvador. “Con menos recursos por canales tradicionales se fortalecerá entre las embajadas norteamericanas la red de lazos entre la inteligencia, los agregados militares, los agentes de la DEA y otras autoridades de seguridad que están ganando poder para conducir la política exterior de los Estados Unidos”, dice el análisis de Foreign Policy. Con menos dinero a mano por los recortes presupuestarios, ellos son los que “administrarán las zanahorias”.


Hace una semana murió en La Habana uno de los intelectuales más prestigiosos de la Revolución, Fernando Martínez Heredia. Su último trabajo forma parte del libro “América Latina. Huellas y retos del ciclo progresista”, publicado por Editorial Sudestada en la Argentina.


“Eventos recientes adversos en Venezuela y algunos otros países latinoamericanos nos preocupan a todos y podrían indicar que el tipo de proceso que tuvo muchos logros en una parte de la región y generó tantas esperanzas está chocando con sus límites, y el imperialismo y sectores capitalistas locales han pasado a la ofensiva con el fin de liquidarlo y esparcir el derrotismo”, escribió Martínez Heredia en el libro. Para señalar, entre resignado y optimista: “Cuba mantiene su apoyo y acompañamiento a esos procesos, y lo expresa muy claramente. Si la tendencia actual avanza y se consolida, sin duda tendremos más dificultades y menos compañía, pero, como siempre, haremos causa común con nuestros pueblos hermanos y el país mantendrá la política de apoyo a las coordinaciones de América Latina y el Caribe, y al horizonte integracionista”.
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