Jueves, 21 Mayo 2009 09:51

Los demonios de mayo

Es viernes 1º de mayo de 2009 y son las 6 de la tarde. Estamos en el centro de Bogotá, exactamente en las inmediaciones del Chorro de Quevedo. La movilización por el Día del Trabajo ya ha llegado a su fin. La fiesta organizada por algunos colectivos de trabajo en la Plaza de la Concordia también ha terminado. Sin embargo, la policía no descansa; en sus rostros observo algo de disgusto, de ira, de ganas de molestar. Con sus perros, sus motocicletas, sus pistolas, sus camiones y bastones de sumisión merodean por el sector, pidiendo papeles, escarbando los bolsillos, amedrentando a la gente, interrumpiendo a las parejas, a los amigos –en particular a los jóvenes–… abusando de la ‘seguridad democrática’. Para evitar problemas –y mi pareja me corrige, para disimular–, mejor nos tomanos un tinto.

7 de la noche, en la puerta del Teatro Libre, a media cuadra del camión de la policía, es el estreno de Los demonios, de Fedor Dostoievski, adaptación de Patricia Jaramillo, dirección de Ricardo Camacho, reza el tremendo afiche amarillo. Buena forma de terminar aquel día, pensé. En el teatro hay numerosas personas, jóvenes, adultos mayores, hombres, mujeres, de todo. Quería reconocer personas de la Marcha pero no las encontré. Por un momento pensé que no conseguiríamos entradas. “La fila, la fila, oye no te distraigas”, nuevamente mi pareja me llama la atención; unos compran una; otros, dos; otros, cuatro. Llegamos. “Dos, por favor”. Entramos.

Tercera llamada. “Desconecten sus celulares”. Se apagan las luces. Rusia, mediados del siglo XIX. Es la Rusia zarista, más oriental que occidental, imbuida por las ideas que llegaban de Europa, pero en su vida, en su cultura, en sus costumbres, impregnada de Oriente; a los ojos de Occidente, de atraso. En ese escenario, una incipiente burguesía ilustrada, extasiada por los ideales de la Revolución Francesa, unos jóvenes que piensan cómo liberarse, que estudian, que conspiran, a quienes el poder les atrae tanto como pretenden liberarse de él. Y, por otra parte, unos campesinos que solamente labran la tierra y unos obreros que recientemente comienzan a liberarse de la opresión de las fábricas y sus patrones capitalistas. Son tiempos de conspiraciones, aún no de revoluciones. En la novela asistimos a retratos de distintos personajes, en la adaptación teatral, todos articulados a una misma historia.

Los demonios (1872) parte de un hecho real, un crimen consumado en el interior de una célula revolucionaria, por sospechas de delación de uno de sus integrantes, donde al final todos se matan en un vórtice de traición y violencia. Todo esto, enmarcado en unos juegos de conspiración/revolución, de amoríos y desprecios, de afectos y tensiones, de discusiones filosóficas acerca de dios, la política, Rusia. Todo parece verdad pero quizás aún es mentira.

Es mentira pero no es un juego. Recordemos: ellos –la policía– no descansan. De este lado, sólo las conspiraciones. De todos los personajes, me llamaron la atención dos: Stavrogin (Héctor Bayona) y Pyotr (Diego Barragán). Padre e hijo, ambos de ideas progresistas para su época. Stavrogin es un viejo influido por el discurso de la Revolución Francesa que se la pasa cantando La Marsellesa, tomando vino y haciendo discursos, sólo discursos, temeroso y calculador de sus ofensas respecto del poder y los alcances de sus proclamas. El otro, Pyotr, sin escrúpulos y malintencionado, pero sobre todo manipulador, se siente a sus anchas conspirando en células revolucionarias y por igual en los cocteles del poder. Conoce de la fuerza de su discurso y del poder de sus acciones, pero también sabe que puede venderlas al mejor postor. En este momento recuerdo a Antonio Gramsci y la necesidad que tienen las clases subalternas de contar con sus intelectuales orgánicos, con su organización política, con su partido. Porque, si no, aparecerán estos personajes, nuevamente para suplantar y traicionar sus ilusiones.

Mientras los gobernantes ofrecen una fiesta, a la cual la oposición también asiste, la ciudad arde. No sabemos si por la acción de los obreros o si se trata de un simple montaje, una manipulación más del poder para después justificar la represión.

El poder se recompone con la ayuda de los traidores, en este caso la llamada oposición. Como en la obra teatral, en nuestras vidas –en el presente del país– dudamos. Aún somos pocos. La organización casi que no existe. Era Rusia, año 1869. Todavía faltan casi 50 años para la Revolución de Octubre.

Ficha técnica
Teatro Libre
Adaptación: Patricia Jaramillo
Dirección: Ricardo Camacho
Actores: Héctor Bayona, Christian Ballesteros, Diego Barragán, Angie Bueno, Nelson Celis, Sonia Estrada, Javier Franco, Carolina González, Alejandra Guarín, Carolina Herrán, Carlos Martínez, Fabián Martínez, John Mora, Germán Naranjo y Walter Suaza
Escenografia y vestuario: Pilar Caballero
Música: Víctor Hernández


Publicado enEdición 146
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