Viernes, 28 Agosto 2020 05:48

Las cuentas le salieron mal

Las cuentas le salieron mal

El Banco Mundial admitió irregularidades en sus estadísticas

 

 El Banco Mundial publicó una declaración en donde admite "irregularidades" en las estadísticas vinculadas a su reporte periódico "Doing Business", a través del cual el organismo analiza los costos para el capital empresario en cada país.

"A lo largo de sus 17 años de existencia, el reporte 'Doing Business' ha sido una herramienta valiosa para la medición de los costos de hacer negocios en distintos países. Los indicadores buscan mejorar los climas de negocios. Una serie de irregularidades han sido informadas vinculadas a cambios en los datos de los reportes de 2018 y 2020. Los cambios en los datos eran inconsistentes con la metodología del informe", admitió el Banco Mundial en una declaración publicada este jueves.

El último ranking de Doing Business elaborado por el Banco Mundial ubica a Nueva Zelanda como país más sencillo para operar para el capital, seguido de Singapur, Hong Kong, Dinamarca, Corea del Sur, Estados Unidos, Georgia, el Reino Unido, Noruega y Suecia. El país mejor ubicado de América latina es Chile, en el puesto 59, seguido de México (60), Colombia (67) y Perú (76). Argentina está en el puesto 126.

Ante las irregularidades admitidas en el comunicado, el organismo asegura haber tomado cartas en el asunto: "Estamos llevando a caso una revisión sistemática de los cambios en los datos que ocurrieron en los últimos cinco reportes", indicó. Agregó que  "hemos preguntado al grupo independiente de auditores del Banco Mundial para que recolecten información sobre la seguridad e integridad de los datos".

"Actuaremos en función de los descubrimientos que se hagan y corregiremos de forma retrospectiva los datos de los países que fueron más afectados por las irregularidades. La publicación del reporte "Doing Business" será pausada mientras se desarrollan estas acciones.

Publicado enEconomía
Green New Deal: del capitalismo verde al cambio de sistema

Si bien el debate de los últimos meses en los movimientos ecologistas está fundamentado en “Green New Deal vs decrecimiento”, quizá sería más acertado plantearlo en términos de “Green New Deal para el decrecimiento", ¿cómo lo hacemos”?

 

Hay pocas formas más brillantes y sencillas de describir la crisis socioecológica a la que nos enfrentamos que la que expuso Greta Thunberg en el Foro de Davos en 2019: nuestra casa está ardiendo. Vivimos en un escenario de urgencia, donde la economía, la política y la cultura hegemónicas le han declarado la guerra a la vida, a través de la construcción de sus paradigmas completamente en contra de las bases materiales que la sostienen. La ciencia actual confronta la idea de que es posible alcanzar una economía sostenible bajo el mantra del crecimiento ilimitado. Iago Otero y algunos de sus colaboradores concluyen en su trabajo que la única forma de frenar la pérdida de biodiversidad es abandonando esa línea, igual que ocurre si queremos respetar los límites de emisiones de gases, y por tanto resistir el cambio climático, como señala Jason Hickel.

En el imaginario colectivo parece imposible la renuncia a este sistema tóxico, y aunque “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, la cuestión es si podemos pagar el precio de creer que no existen alternativas. O visto desde otro ángulo, si podemos pagar el precio de pensar que todo lo que está respaldado por la razón nos va a permitir construir políticas públicas, o tiene más de mantra sobre el que fundamentamos nuestros discursos. Quizá tener un discurso basado únicamente en el conocimiento científico, pero que no apele a nuestros deseos, dudas y sentimientos, que es lo que nos hace humanos, no sea suficiente para construir hegemonía en torno a esas alternativas.

Además, nos surge otra dificultad: la necesidad de conseguir este cambio por el que llevamos décadas luchando, en apenas cinco años, el margen de seguridad con el que contamos si no queremos presenciar la sexta extinción masiva, o la emigración forzada de casi un tercio de la población mundial huyendo de la sequía, las inundaciones y el hambre.

En este escenario de urgencia, no nos queda alternativa a elegir que el camino más corto entre nuestra realidad y el mundo nuevo que hay en nuestros corazones —que decía Buenaventura Durruti— y asegurarnos victorias que nos permitan generar una transición que no deje a nadie atrás. Y si bien el decrecimiento es la única opción a largo plazo, no parece que sea una alternativa realista en el corto, cuando tenemos que disputar hasta las medidas más obvias de transición ecosocial, como las zonas bajas en emisiones en el centro de las ciudades.

Por ello, la posibilidad de contar con un Acuerdo Verde, puede ser el primer paso (insisto, el primer paso, no el fin) para mantenernos bajo los límites de seguridad ecológica, mientras generamos el resto de condiciones materiales que nos permitan el cambio de sistema, inevitable para garantizar nuestra supervivencia.

Por ello, si bien el debate de los últimos meses en los movimientos ecologistas está fundamentado en “Green New Deal vs decrecimiento”, quizá sería más acertado plantearlo en términos de “Green New Deal para el decrecimiento, ¿cómo lo hacemos?”. Y es que si bien muchos de los modelos presentados por distintas naciones en torno a esto se basan en que todo cambie para que nada cambie, la indefinición manifiesta de este tipo de políticas nos permite reapropiarnos de ellas, de forma que el Green New Deal nos interese en tanto en cuanto sea una herramienta para el cambio de sistema.

Tenemos que articular medidas y marcos de referencia que superen la tibieza del mismo, y aunque es una propuesta arriesgada sabiendo la facilidad que tiene la economía de reapropiarse de nuestro discurso y despojarlo de cualquier elemento emancipador, no podemos esperar a que, parafraseando a Jorge Riechmann, lo necesario ecológicamente se haga posible políticamente. Y quizá sea esta una de las palancas que hagan posible lo imposible.

Resignificar el Green New Deal implica de base incidir en que esta propuesta tendrá que ir unida a la reparación al Sur Global y no a perpetuar nuestras dinámicas colonialistas, a democratizar la alimentación y la energía, a incluir una mirada feminista y de cuidados en las propuestas económicas o a expulsar al poder corporativo de los procesos internacionales de toma de decisiones. Lamentablemente, la fina diferencia lingüística entre lo que el Green New Deal “es” y lo que “puede ser” puede cambiar el devenir de la humanidad.

Empujar en esa dirección implica en primer lugar asegurar lo que ya tenemos, y por tanto crear y mantener redes de resistencia para evitar los peores efectos sobre los ecosistemas y las personas vulnerables. Junto con esto, y más si entendemos el Green New Deal como un proceso, tenemos la tarea de crear e implementar alternativas en todos los sectores que nos permitan esa transición, a la vez que aseguramos recorrido.

Por último, y quizá lo más importante, necesitamos una movilización masiva que presione a empresas e instituciones en la dirección que debemos tomar, que no puede ser otra que la superación de la economía neoliberal. Este es posiblemente el punto también más complicado, ¿cómo conseguimos que decenas de miles de personas se movilicen por un cambio de sistema que no permitirá el desarrollo de muchos planes que comercialmente nos han prometido? ¿Cómo asociamos esa movilización a un esfuerzo por imaginar un mundo más allá del consumo desenfrenado?

En septiembre tendrá lugar la Online Youth Gathering for Climate and Social Justice, un evento online organizado por la red Young Friends of the Earth y con el apoyo de decenas de organizaciones, que reunirá a jóvenes de toda Europa para debatir, reflexionar y avanzar en la creación de escenarios realistas posibles y ambiciosos para la configuración de una sociedad más justa y respetuosa. Grupos de base de todo el continente nos reuniremos del 3 al 13 de septiembre, en un encuentro abierto a escuchar las voces de todos y todas, generando redes de resistencia y creación de alternativas.

Puede que esto sea uno de los pasos que nos permita tener a miles de personas bloqueando instalaciones extractivistas, cultivando huertas en las ciudades o instalando placas solares junto a sus vecinas. Puede que tengamos días oscuros, pero no podemos perder. Porque hay mucho en juego. Y para ganar solo tenemos una receta: movilizar, resistir y transformar.

Por Miguel Díaz-Carro

responsable de Juventud en Amigos de la Tierra (@MDiazCarro)

27 ago 2020 05:25

Publicado enMedio Ambiente
Fuentes: Rebelión -Foto AP: protesta contra clases presenciales, Georgia Tech, Atlanta, 17 de agosto de 2020.

En Estados Unidos, la educación universitaria se ha convertido en una costosa mercancía, ofrecida tanto por las universidades estatales como por las privadas. Eso no siempre ha sido así, sino que ha sido resultado del neoliberalismo educativo, que fue impulsado primero en el Estado de California por su gobernador, Ronald Reagan, durante el período 1967-1975, y que después se extendería a todo el país.

El coronavirus ha sacado a relucir las peores lacras del capitalismo, revelando el carácter destructor de la forma mercancía, que se ha impuesto brutalmente en todos los ámbitos de la sociedad. La forma mercancía domina la vida cotidiana de buena parte del mundo, pero es la reina indiscutible en los Estados Unidos, y por esa razón en ese país se hacen más ostensibles sus contradicciones en esta época de pandemia. No es que se hayan originado por el Covid-19, simplemente el virus ha sido el detonante que ha hecho explotar el espejismo del “sueño americano”. Esto se nota en el trabajo, la salud, la recreación, la vivienda, la educación.

En este articulo nos vamos a referir a la mercantilización de la educación, a partir de una noticia en dos momentos: la decisión del gobierno de Donald Trump de expulsar de Estados Unidos a los estudiantes universitarios del resto del mundo que solo estuvieran recibiendo clases on line y la reacción de Estados federales y universidades que se opusieron a dicha disposición. Sobre esta reacción quedaba cierta sensación de que el rechazo a la medida inicial de Trump, que finalmente fue revocada, se debía a la defensa de la democracia y al derecho de extranjeros de estudiar en los Estados Unidos, pero si se mira con detenimiento la conducta de las universidades nos remite a la venta de la mercancía educativa y las fabulosas ganancias que genera para los mercachifles de la universidad.

EDUCACIÓN UNIVERSITARIA: UNA COSTOSA MERCANCÍA

En Estados Unidos, la educación universitaria se ha convertido en una costosa mercancía, ofrecida tanto por las universidades estatales como por las privadas. Eso no siempre ha sido así, sino que ha sido resultado del neoliberalismo educativo, que fue impulsado primero en el Estado de California por su gobernador, Ronald Reagan, durante el período 1967-1975, y que después se extendería a todo el país, cuando ese mismo actor de quinta categoría alcanzó la presidencia de los Estados Unidos (1981-1989). Reagan, un individuo atrabiliario e ignorante, llegó a decir, para justificar la privatización de las universidades, que los contribuyentes no debían “subvencionar la curiosidad intelectual” y eso lo debían financiar las propias universidades. Ese proyecto implicó la reducción en las transferencias estatales a las universidades, que se fue agravando con el paso del tiempo. Así, entre 1987 y 2012, la financiación pública de las universidades disminuyó en un 30% y en el 2019 en Alaska, para dar un ejemplo, la reducción de presupuesto alcanzó los 135 millones de dólares.

Las universidades recurrieron como vía alterna de financiación al aumento de matrículas, las que se dispararon a niveles estratosféricos hasta convertir a la educación universitaria de los Estados Unidos en la más costosa del mundo. Hasta tal punto esos ingresos son importantes, que el presupuesto de las universidades públicas depende en un 25% de las matrículas y de las privadas en un 35%. Estas cifras adquieren sentido si se compara con lo que sucede en algunos países europeos, donde o las matrículas son gratuitas, como Alemania, o muy bajas, como en Francia.

Como resultado, las matrículas se han elevado en las universidades de Estados Unidos en un 260% entre 1980 y 2014. En concreto, estudiar en una universidad de los Estados Unidos cuesta hasta unos 70 mil dólares por año. Como a ese costo solo puede acceder una ínfima minoría de Estados Unidos y del resto del mundo, el sistema interno que se ha desarrollado es el de los préstamos, que en el 2013 constituirán el 50% del total de presupuesto de las universidades (cuyo monto era de 75 mil millones de dólares). Esto ha dado origen a los endeudados educativos, esclavizados con el sistema financiero que está detrás de las universidades, y al cual las familias de los estudiantes debían, en 2019, 1.5 billones de dólares por préstamos para estudiar.

Otra forma de financiación de las universidades se basa en la firma de convenios con entidades privadas, como con canales de televisión, y ventas de cursos de verano y conferencias, arrendamiento de campos deportivos…. Un buen rubro de ingreso de las universidades son los estudiantes extranjeros, puesto que en Estados Unidos están matriculados más de un millón, la mitad de los cuales proceden de China e India. En el año escolar 2016-2017, estos alumnos extranjeros desembolsaron por matriculas 37 mil millones de dólares.

Este sistema de financiación de la universidad ya estaba en crisis antes de la emergencia del coronavirus, como se muestra con la insolvencia de muchas universidades y la quiebra de alguna de ellas. En 2019, estaban en situación de insolvencia 946 universidades, 60 de las cuales quebraron.

EL IMPACTO DEL COVID-19 EN LAS UNIVERSIDADES

El Covid-19 ha agravado una situación ya existente y ha mostrado las limitaciones de la mercantilización educativa. El impacto del cierre de los campus universitarios se ha sentido de inmediato en ese sistema universitario mercantil, que dejara de recibir ingresos por las ventas de verano, así como por la deserción de estudiantes estadounidenses, que puede llegar al 15%, lo que significa una reducción de ingresos de 23 mil millones de dólares en el próximo año académico. A eso se suma que muchos de los estudiantes están inconformes con la educación on line, debido a que ello supone dejar de responder por otros compromisos de las universidades, como vivienda y alimentación, que les siguen cobrando a los estudiantes. Muchos estudiantes ya han demando a las universidades para que cumpla con los contratos a que se comprometen y por los cuales cobra mucho dinero. A esto se le deben sumar los 32 mil millones de dólares y los 300 mil empleos que se perderían si los estudiantes extranjeros no se matriculan para el próximo año escolar.

En este contexto de crisis financiera agravada de las universidades, que se calcula en unos 47 mil millones de dólares, la decisión de Donald Trump sobre expulsar a los estudiantes extranjeros no podía llegar en peor momento. Aunque se hayan hecho declaraciones como la de la senadora Elizabeth Warren, quien señaló que “expulsar a los estudiantes internacionales en medio de una pandemia global” es “un sinsentido, cruel y xenófobo” o la del profesor Stephen Walt de la Universidad de Harvard quien ha dicho: “asumo que Trump y Miller (Stephen Miller, su asesor en inmigración) están encantados con que los estudiantes acaben en la Universidad de Tsinghua (China)” o la del gobernador de Nueva Jersey, Phil Murphy, quien sostuvo: “no podemos ser un líder mundial si le cerramos la puerta al futuro a los estudiantes”. Esas son declaraciones demagógicas, que esconden el problema real que originó el grito de protesta de los dueños de las universidades y de gobernadores estatales, así como de políticos ligados al lobby educativo: la pérdida de ingresos por no recibir el costo de la matricula y otros gastos de un millón de estudiantes extranjeros. Aquí el patriotismo barato de Trump se estrella con los fabulosos ingresos que llenan las faltriqueras de las universidades mercantiles, para las cuales su única patria es el dólar. El resto es cháchara barata.

Por Renán Vega Cantor | 26/08/2020

Publicado enSociedad
Radiografía de la derecha «bannonista»

Steve Bannon, que acaba de ser detenido por quedarse ilegalmente con un millón de dólares proveniente de la campaña trumpista para construir el muro entre México y Estados Unidos, es algo más que un publicista de la extrema derecha. Junto con personajes como el ruso Alexandr Dugin y el brasileño Olavo de Carvalho, expresa una crítica a la globalización que no propone una superación, sino una perspectiva reaccionaria. Los ideólogos de la extrema derecha contemporánea combinan filosofías que atacan el núcleo duro de la Modernidad.

 

La extrema derecha global fue ignorada, despreciada y finalmente temida. Ahora llegó el momento de comprender cómo funciona, qué piensa y por qué tiene tanto éxito para capitalizar el descontento que deja detrás un neoliberalismo predador. ¿O es parte de lo mismo?

La tarea de comprender a la nueva extrema derecha no es fácil, porque más allá de cierto eje común que reúne el racismo, el antisemitismo, el antifeminismo o el uso de delirantes teorías conspirativas y de datos e inteligencia artificial, la derecha se adapta con facilidad a los miedos y frustraciones particulares de los olvidados de cada país. El ingrediente más novedoso de esta derecha extrema es el uso eficiente de tecnologías para detectar temores, frustraciones, rasgos de personalidad o deseos, con datos obtenidos de distintas maneras. Con ese insumo, infinitamente más rico que el provisto por muestreos estadísticos, es posible detectar a los persuadibles y afectar su comportamiento para favorecer ciertas acciones. La capacidad de manipular a las poblaciones por medio de la nueva potencia de los datos, algoritmos e inteligencia artificial hizo su brutal entrada en la escena gracias al escándalo de Cambridge Analytica, pero su diversidad se manifiesta en las grietas que proliferan en las sociedades occidentales.

Sin embargo, sería un error creer que todo se explica por Facebook, Twitter o WhatsApp. Cada vez más analistas entienden la necesidad de escuchar, de ir un poco más allá de la indignación, para entender qué está ocurriendo en el mundo. ¿Qué piensa la extrema derecha?

El hilo

«Vivimos en el neofeudalismo. Esto no es capitalismo». ¿A quién pertenece la frase? ¿A sectores intelectuales anarquistas, socialistas del siglo XXI, a alguna patrulla perdida del comunismo revolucionario? No, pertenece nada menos que a Steve Bannon, quien fuera el jefe de la campaña electoral de Donald Trump en 2016. Bannon, que acaba de ser detenido por quedarse ilegalmente con un millón de dólares proveniente de la campaña trumpista para construir el muro entre México y Estados Unidos, es un personaje peculiar. Director del sitio de noticias de ultraderecha Breitbart News (famoso por sus brutales ataques contra quienes se interponen en el camino de sus protegidos y por el uso de noticias falsas), fue despedido de la Casa Blanca en agosto de 2017 por sus posiciones extremas, sobre todo las contrarias a la globalización. Desde entonces se dedicó a asesorar a buena parte de los sectores más radicalizados y racistas de Europa y América Latina. En este personaje particular, afecto a usar dos camisas superpuestas, se catalizan las ideas de una derecha que perdió la vergüenza de decir lo que piensa y que cuenta con una gran capacidad tecnológica para cultivar los discursos de odio en el fértil estiércol neoliberal.

Bannon es la cara visible de uno de los grandes inversores de la derecha radical, el oscuro Robert Mercer, un informático que se hizo millonario gracias al High Frequency Trading, un precursor sistema de inteligencia artificial que compra y vende acciones en la bolsa miles de veces por segundo ganando centavos cada vez. Este multimillonario es un fuerte donante en organizaciones no gubernamentales de derecha y uno de los inversores de Cambridge Analytica, en la que ubicó como vicepresidente a Steve Bannon. Esta empresa, desaparecida tras el escándalo de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, era una filial estadounidense de SCL, compañía inglesa especializada en operaciones psicológicas. Mercer es muy reservado, no da charlas ni entrevistas, pero, como explica la periodista inglesa Carol Cadwalladar en el documental Fake America Great Again, al seguir el rastro de su dinero se comprende lo que piensa. Bannon es quien pone la cara por las ideas que Mercer financia. Por eso vale la pena detenerse en el recorrido del hombre que estuvo detrás de las campañas, en general exitosas, no solo de Trump, sino también del Brexit en Reino Unido, de Jair Bolsonaro en Brasil, de Viktor Orbán en Hungría, de Matteo Salvini en Italia, del partido Vox en España y de Marine Le Pen en Francia (quien luego rechazó trabajar con él), entre otros. En esos años fundó El Movimiento, una organización pensada para ayudar a los partidos nacionalistas europeos en sus campañas políticas. También, según puede verse en el documental Nada es privado (Karim Amer y Jehane Noujaim, 2019), colaboró con la campaña de Mauricio Macri en Argentina y trabajó para Guo Wengui, un exiliado chino multimillonario opositor al régimen de su país.

Bannon es un ex: ex-militar, ex-agente de bolsa (con la que hizo varios millones de dólares), ex-productor de cine y ex-alcohólico. En una extensa entrevista que brindó para el documental America’s Great Divide (Michael Kirk, 2020), cuenta que le interesaba la política pero que su actividad se detonó con el rescate financiero, el bailout que el presidente Barack Obama brindó al sistema de finanzas estadounidense luego de la crisis de 2008. «Nadie se ha hecho responsable de la crisis financiera», dice indignado. Ninguno de quienes se beneficiaron con esa brutal crisis terminó preso o resignó sus millonarios bonos de fin de año. «Hemos puesto el peso del salvataje en la clase trabajadora y en la clase media. Por eso nadie tiene nada. Los millennials de hoy no son más que los siervos rusos del siglo XIX. (...) No van a tener nada. (...) Esto no se trata de demócratas o republicanos, es la forma en que trabaja el sistema. Se trata de cómo el sistema se une para protegerse a sí mismo y seguir adelante».

No hace falta ser de derecha para indignarse con él. Es cierto que Obama había abierto una enorme expectativa de cambio respecto a los gobiernos de Clinton y Bush, ambos alineados, a pesar de sus diferencias partidarias, con el poder de Wall Street. Al aceptar el rescate, no quiso o no se animó a aprovechar la oportunidad de poner un límite a la voracidad del poder financiero. Con esa firma, se sentenció la esperanza de cambiar un sistema financiero que produce desigualdad, trabajos chatarra, endeudamiento y frustración en la clase trabajadora de ese país. Para Bannon, en ese panorama se hacía necesario un populismo nacionalista liderado por alguien dispuesto de patear el tablero, un vengador que llamase las cosas por su nombre. Un hombre como Trump. Sin ese contexto, no es posible comprender el éxito de las campañas de desinformación brutales que fueron sembradas intencionalmente, pero que echaron raíces y florecieron en una población enfurecida que veía al poder financiero, a los demócratas y a los republicanos, la corrección política, el feminismo y a los movimientos por los derechos de las minorías como un combo indistinguible que los empobrece y humilla. No solo deben endeudarse para sobrevivir, sino que se los acusa de machistas, xenófobos, racistas y contaminadores, quitándoles cualquier reserva de dignidad, sobre todo a los varones (las mujeres también votan a la derecha, aunque Trump exagera los porcentajes). Su mundo tiembla y ni siquiera pueden refugiarse en la seguridad de una identidad ahora sacudida por el mandato progresista.

Según Bannon, el camino hacia el populismo nacionalista debía iniciarse controlando al Partido Republicano por medio de ataques brutales desde las redes (cancel culture es el nombre que recibe esta campaña en Estados Unidos) a cualquier senador que se sentara a dialogar con los demócratas. Los rebeldes eran dinamitados a través de las redes con las municiones provistas por Breitbart y otros medios hasta hacerlos retroceder. Así, podían leerse comentarios que decían que «solo un traidor negocia con un nazi, un comunista, defensor de Wall Street, africano, dictador» y todo lo demás que se pudiera decir sobre Obama desde los medios de derecha. El resultado fue la parálisis del gobierno demócrata, que se desangró para lograr una moderada reforma en el sistema de salud.

Y así llegó Trump. El plan de Bannon se centraba sobre todo en dos cuestiones: primero, en construir un muro como símbolo de la lucha contra la inmigración ilegal utilizada por las empresas para deprimir aún más los ingresos ya «neofeudales» de los trabajadores y trabajadoras. En segundo lugar, y con el mismo objetivo, enfrentar a China, que se lleva el trabajo de la clase obrera. En este sentido, Bannon dice en una entrevista a Benjamin Teitelbaum: «Lo que tenemos ahora es un sistema en el que esclavos chinos fabrican productos para los desempleados de Occidente».

A primera vista, no parece un plan demasiado elaborado para gobernar el país más poderoso del mundo. Pero... ¿hay realmente un plan maestro para la derecha global?

Tomárselo en serio

A principios de este año salió el libro War for Eternity, del etnomúsico Benjamin Teitelbaum, quien lleva años estudiando a oscuros pensadores de derecha (anteriormente escribió Lions of the North, sobre el nacionalismo en Escandinavia). Al escuchar a Bannon en sus entrevistas, Teitelbaum elaboró una hipótesis: él, al igual que algunos otros pensadores de la derecha, es un tradicionalista.

El tradicionalismo es una corriente filosófica de comienzos del siglo XX con fuertes vínculos con el fascismo y que establece que la historia es cíclica, con cuatro periodos que se repiten. Cada uno de estos periodos se vincula a una clase que tiene el poder: los filósofos, los guerreros, los mercaderes y los esclavos (siempre varones, por supuesto). La fase final, la de los esclavos, marca la descomposición del sistema hasta el inicio de un nuevo ciclo. Esta corriente filosófica también plantea la necesidad de las jerarquías en la sociedad y la validez de todas las religiones para organizarlas bajo una doctrina superior. Es una corriente antiiluminista que plantea que las verdades son alternativas: dependen de las cosmologías culturales, un vínculo directo con los «hechos alternativos» puestos en boga durante la campaña de Trump, que constituyen el eje de lo que se ha dado en llamar la posverdad. Si bien Teitelbaum reconoce la heterogeneidad de esta corriente, hay una tendencia a considerar la superioridad de la raza aria, cuyas raíces están en la India. Todo el combo viene sazonado con una buena dosis de esoterismo opuesto al materialismo encarnado por el consumismo, pero también por el comunismo.

Bannon conoce el tradicionalismo, pero se define de una manera más humilde: «Soy solo un fucking tipo que va viendo mientras avanza». Sin embargo, a lo largo de las conversaciones, se transparenta que conoce esa corriente filosófica, aunque hace sus propias interpretaciones y prefiere no profundizar en las partes más esotéricas. Bannon no es el único poderoso con esa visión antimaterialista y antiiluminista que cobró relevancia en los últimos años. Entre ellos está también Alexandr Dugin, uno filósofo ruso con varios libros escritos, que asesora a Vladímir Putin (a veces directamente y a veces en las sombras). El otro personaje que también se reúne con Teitelbaum es un conocido referente de la actual política brasileña: Olavo de Carvalho. Este asesor de Bolsonaro utilizó su canal de YouTube para apoyarlo en su carrera política y despotricar sobre todo contra la ideología de género y el comunismo. Sin embargo, una vez que su protegido llegó a la Presidencia, rechazó formar parte de su gabinete y solo recomendó a personas de confianza para ocupar cargos claves. Cabe aclarar que este pilar ideológico parece estar abandonando a un Bolsonaro en picada y cada vez más aislado.

Pese a las afinidades que encuentra, Teitelbaum reconoce que más allá de las críticas al sistema y cierta cosmología, el hilo ideológico que une a estos personajes es delgado. Los tres coinciden en la necesidad de potenciar los nacionalismos locales para producir una disgregación de los países y revertir la globalización materialista e iluminista que arrasa con los valores espirituales tradicionales. Pero luego surgen las diferencias: Carvalho, que practicó el sufismo en su juventud, se define como un hombre único, «un filósofo, pero no un discípulo», y discute fuertemente con otro tradicionalista como Dugin acerca de qué país representa mejor la próxima etapa del reino de los filósofos por llegar (Rusia o Estados Unidos). La sensación es que la falta de un marco teórico coherente reduce las coincidencias a muy poca cosa y, para peor, permite interpretaciones distintas sobre la actualidad. ¿Es China materialista? O incluso, como dice Carvalho, ¿representa Estados Unidos una visión materialista del mundo o solo lo hacen miembros de su elite explotadora? ¿Es la clase trabajadora de ese país, simple y conservadora, el sujeto histórico emancipador que buscan?

Un denominador común entre estos ideólogos de la derecha es la necesidad de destruir el Estado tal como lo conocemos: su burocracia, su corrupción, su simbiosis con los poderes fácticos, pero también sus sistemas de salud, educativos y científicos, las agencias ambientales, el aparato diplomático. «La destrucción es parte del ciclo», le dice Bannon a Teitelbaum en una entrevista. En la práctica, más allá de un puñado de ideas básicas comunes, las derechas se adaptaron a las coyunturas particulares para llenar el vacío de legitimidad que dejan a su paso el neoliberalismo y una izquierda tradicional incapaz de modificar estructuras de poder y que se dedicó a trabajar la agenda de los derechos humanos o el ambientalismo. Como se suele decir, la política odia el vacío y fue la derecha la que mejor supo llenarlo.

El estallido de la tecnopolítica

El contexto favorece el estallido de una tormenta perfecta en Occidente. Una tormenta que parece ser la de los líderes fuertes y carismáticos que, como diría Max Weber, son capaces de cambiar la inercia de un sistema en el que quienes toman decisiones solo quieren mantener el statu quo. Lo que quieren los humillados es una venganza contra ese establishment (o lo que ellos consideran como tal). En ese contexto en el que no hay mapas cognitivos que permitan comprender qué pasa, las lecturas conspirativas simples y descarnadas que confirman quiénes son los malos funcionan como un salvavidas emocional. Las redes sociales, que carecen por completo de una «responsabilidad editorial», son el espacio ideal para que surjan, se testeen, desarrollen y florezcan posiciones extremas sin fundamentos argumentativos. Bannon explica en su entrevista cómo se consolidó la usina de noticias falsas que dirigía: «Fue la sección de comentarios la que comenzó a construir algo del poder de Breitbart, además de que nosotros éramos más inteligentes (...) Teníamos una increíble optimización para aparecer en las búsquedas. Fue la unión de tecnología y contenido. En particular, yo tenía un equipo entero dedicado a deconstruir los algoritmos de Facebook. Sin Facebook, Breitbart nunca podría haber alcanzado el tamaño que logró». Las redes sociales y toda una batería de nuevas tecnologías basadas en datos e inteligencia artificial permiten utilizar la comunicación como laboratorio sin los límites de la corrección política: los humillados pedían sangre y ellos se la iban a dar. En el laboratorio digital se puede analizar en tiempo real qué mensajes generan la mayor pasión y despiertan más respuestas (engagement) para utilizarlos como munición infinita en cualquier ocasión. Los Trump y los Bolsonaro son los candidatos ideales para una campaña basada en la destrucción de los contrincantes sin necesidad de apelar a la verdad. Como en un judo discursivo, la fuerza del contrincante se utiliza para irritar aún más a los propios y hacerlos reaccionar. Un ejemplo paradigmático de esta desventaja estratégica es lo que ocurrió con el «Ele não» [Él no] de Brasil, cuando miles de mujeres salieron a la calle para rechazar la candidatura presidencial de un misógino explícito. El resultado de la marcha multitudinaria fue una aún más potente reacción en las redes que atacó a aquellas caras más visibles de la manifestación, como Daniela Mercury o Anitta. Lo mismo les ocurrió a quienes se pusieron en el camino de Trump en su camino a la Casa Blanca, no solo «crooked [deshonesta] Hillary», sino también varios senadores republicanos. Las respuestas indignadas que venían de sectores percibidos como aliados del sistema empobrecedor servían para ratificar la confianza en el líder que los insultaba en la cara.

Si bien las grandes líneas del descontento social son perceptibles por cualquier analista político, al mirar a las personas de cerca surgen matices particulares que requieren una comunicación segmentada, como la que llevaron adelante Cambridge Analytica o los numerosos trollcenters del mundo que activan a los sectores más radicalizados a tomar las calles como nunca antes. Eso es lo que permiten las redes sociales: poner en juego las noticias, verdaderas o falsas, y encontrar las que se instalan en la sociedad para utilizarlas como encuadre de las noticias futuras que continúen abonando una mirada sobre el mundo. Como dice Teitelbaum: «El tipo de activismo apoyado por Cambridge Analytica fue una forma innovadora y potenciada de algo que la extrema derecha llama metapolítica. La estrategia implica hacer campaña no a través de la política, sino a través de la cultura, a través de las artes, el entretenimiento, los intelectuales, la religión y la educación. Esos son los lugares donde se forman nuestros valores, no en una cabina de votación». Los militantes deberán insertarse en todos los espacios, sobre todo los apolíticos, y comenzar a bajar su mensaje de a poco, buscando crear un nuevo sentido común, no ya con ancianos aburridos hablando pausado sino de una manera atractiva, seductora y con herramientas que permitan medir en tiempo real la circulación de los mensajes, como hacen los influencersy youtubers de derecha. Como decía el fallecido Andrew Breitbart, el creador del sitio que luego dirigió Bannon, «la política se encuentra corriente abajo de la cultura».

Esa lucha cultural se está transformando en algo brutal, con campos enfrentados que perciben la realidad desde lugares distintos y sin puntos de contacto. El gran éxito de la nueva derecha en Estados Unidos ha sido construir un solo enemigo que condensa al capital financiero, globalizador, exportador de trabajo, centrado en los derechos humanos, de los homosexuales, feminista, ecologista, etc. La prueba de que son lo mismo, como dice Bannon, es que «el presidente más progresista de la historia de Estados Unidos, el presidente Obama, salvó a los ricos». Esa desconfianza contra todos es la que le permite a Trump señalar a los periodistas y decirles en la cara «ustedes son las noticias falsas» sin ruborizarse.

En el mismo lodo

En cada país la derecha supo adaptarse a los contextos. En Brasil, por ejemplo, parte del éxito de gobiernos extremistas como el de Bolsonaro puede entenderse por las limitaciones del Partido de los Trabajadores (PT) para producir cambios estructurales, pero también por el constante ataque de los medios del establishment cuando efectivamente el PT intentaba producirlos. Buena parte de la sociedad, cocinada a fuego lento en el odio destilado por los medios tradicionales, estaba preparada para absorber las más delirantes noticias falsas o teorías conspirativas que se pudieran inventar y testear desde la derecha a través de Facebook, Twitter o, como ocurrió en Brasil, Whatsapp. Contexto, dinero y tecnología permitirían desarrollar ese potencial para que Bolsonaro ganase en las urnas.

Estas líneas permiten trazar algunas respuestas sobre el avance de la derecha global, pero es mucho lo que queda por responder. ¿Alcanza el rechazo de amplios sectores del establishment para no considerar a estos nuevos populismos de derecha simplemente como otra «vuelta de rosca» neoliberal? ¿Son sostenibles estos gobiernos basados en mantener irritadas a sus bases de apoyo y en neutralizar a sus adversarios? ¿Qué lugar tiene la realidad material, como expone brutalmente la pandemia, para socavar sus discursos anticientíficos y antiiluministas? Hasta ahora la receta ha sido duplicar la energía de cada ataque, pero ¿hay un límite? ¿Podrán sobrevivir al nivel de descomposición social que ellos mismos potenciaron? Y, sobre todo, ¿qué viene después de sus cada vez más evidentes fracasos para satisfacer las expectativas de las bases electorales?

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 Personas pasean en Colonia, Alemania, el 22 de abril de 2020.Thilo Schmuelgen / Reuters

El estudio tiene como objetivo evaluar los cambios en los patrones de conducta de los participantes.

 

Alemania llevará a cabo un experimento con la renta básica universal, proporcionando dinero a un pequeño grupo de ciudadanos para determinar cómo estos pagos regulares sin condiciones afectan su modo de vivir, y evaluar los beneficios potenciales de expandir esa práctica.

Se otorgarán 1.200 euros (1.420 dólares) al mes a cada una de 120 personas en el marco del estudio piloto destinado a fijar cambios en los patrones laborales y de ocio de los participantes.

Experimentos semejantes han sido realizados en otras partes del mundo, y la idea ha recibido especial atención como método de apoyo a las personas durante la pandemia de coronavirus y los inconvenientes económicos vinculados.

Los partidarios de la idea creen que la asistencia económica regular ayudará a lidiar con la pobreza, flexibilizará las prácticas laborales y permitirá a algunos ciudadanos pasar más tiempo cuidando de sus familiares de edad mayor.

"Quienes se oponen aseguran que el ingreso básico universal llevará a que la gente deje de trabajar para quedarse acostada en el sofá con comida rápida y servicios de 'streaming'", afirmó a Der Spiegel el investigador Jurgen Schupp, quien lidera el proyecto en el Instituto Alemán de Investigación Económica.

Según él, se puede mejorar esta debate reemplazando los estereotipos con un conocimiento probado empíricamente.

A los 120 participantes los estudiarán frente a un grupo de control de 1.380 personas que no recibirán la renta básica.

Los investigadores esperan atraer a un millón de solicitantes para el próximo mes de noviembre. De ellos se seleccionará a 1.500 personas requeridas para el experimento de tres años de duración, financiado por donantes privados.

El mes pasado la ONU propuso la idea de lanzar una renta básica universal para un tercio de la población mundial, es decir, 2.700 millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza en 132 países, con el objetivo de afrontar la crisis económica por la pandemia.

20 ago 2020 08:39 GMT

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Fuentes: Jacobin Magazine - CTXT

Elecciones en EE.UU.

 

Ambos son en esencia el mismo político, siempre en el lado equivocado de la historia.

Bueno, finalmente ha sucedido. Después de meses y semanas de discusiones, críticas, reverencias y ruidos, y varios plazos incumplidos, Joe Biden ha elegido finalmente a su compañera de fórmula: la antigua fiscal y actual senadora de California, Kamala Harris.

Lo que se puede hacer es observar la senda que ha recorrido Biden para llegar a este punto como anticipo de lo que nos espera si gana las elecciones. El proceso de selección de la vicepresidencia ha sido especialmente caótico porque había bandos distintos y antagónicos (desde informantes de Biden, hasta activistas progresistas, funcionarios demócratas y grupos de donantes principales), compitiendo por influir, persuadir y hasta amenazar a Biden para que eligiera a su favorito.

Hubo ávidos contendientes que subieron hasta lo más alto, se reunieron en privado con Biden, aparecieron en televisión con él, recaudaron fondos para su campaña con ansias y luego, de repente, cayeron en desgracia. En algunas ocasiones aplastó cruelmente sus esperanzas en directos de televisión y en otras ocasiones se hundieron bajo una tormenta de filtraciones que pretendían debilitarlos. En última instancia, con todo este caótico proceso, Biden terminó saltándose al menos tres de sus plazos autoimpuestos.

Biden es conocido desde hace tiempo por su falta de disciplina y por su indecisión

Sin embargo, esto dista mucho de ser algo exclusivo de la búsqueda de vicepresidente. Biden es conocido desde hace tiempo por su falta de disciplina y por su indecisión, algo que ha trasladado a la actual campaña, hasta el punto de casi haberse saboteado a sí mismo antes de empezar, por un comienzo atrasado que le hizo perderse los principales fichajes. Hasta el Times tuvo dificultades para encontrar los eufemismos que le permitieran adornar esas carencias, a las que se refirió como “procesos de decisión no lineares” y “costumbre de extender los plazos de tal forma que algunos demócratas se muestran ansiosos y molestos”.

O lo que es lo mismo, Biden dirigió una campaña que puede describirse de forma generosa como relajada, en la que su eventual resurgimiento y victoria en las primarias se debió casi en exclusiva a una coalición de medios centristas y al trabajo y sacrificio de los demócratas para arrastrarlo hasta la meta, incluso a pesar de él. No obstante, aunque no es seguro aún que este proceso caracterice la presidencia de Biden, ya hemos sido testigos de cómo la lucha entre las diferentes facciones del partido ha tenido como resultado que elija a Harris como vicepresidenta.

El posible ascenso de Harris a la Casa Blanca consolida lo que la nominación de Biden ya representaba: la derrota, al menos de forma temporal, de la izquierda del partido demócrata a manos de la facción corporativa del partido, y la fijación de sus élites por seguir adelante con la política superficial y corporativa de la era Obama, que se basa ante todo en rebajar las expectativas de la gente común y corriente.

De hecho, una de las razones de que fuera tan difícil imaginar que otra persona, aparte de Harris, fuera quien acabara liderando la lista es que ella encarna a la perfección al partido demócrata moderno, lo que también significa que casi todo lo que se va a escuchar sobre ella a partir de ahora no tiene nada que ver con quién es en realidad.

Incluso en un partido que hizo suyo el estilo de políticas inflexibles con la delincuencia como las que promovieron Biden y Clinton, Harris destaca por su crueldad

Harris está lejos de ser la “fiscal progresista” por la que lleva haciéndose pasar desde que presentó su candidatura en 2019, su historial no guarda ninguna similitud con otras personas que sí podrían ajustarse a esa descripción, como por ejemplo Larry Krasner o Keith Ellison. Incluso en un partido que hizo suyo el estilo de políticas inflexibles con la delincuencia como las que promovieron Biden y Clinton, Harris destaca por su crueldad: luchó por mantener a gente inocente en la cárcel, bloqueó las indemnizaciones a personas injustamente condenadas, defendió que los delincuentes no violentos permanecieran en la cárcel y siguieran trabajando como mano de obra barata, ocultó pruebas que podrían haber liberado a numerosos detenidos, intentó desestimar una demanda para terminar con el régimen de aislamiento en California y negó la operación de reasignación de género a presos transexuales. Un informe reciente detallaba cómo casi se la acusa de cometer desacato al tribunal por resistirse a una orden judicial que decretaba la liberación de presos no violentos, y que un profesor de derecho comparó con la resistencia del sur de EE.UU. a las leyes desegregadoras de los años 50.

A Harris le encanta reírse. Harris desternillándose como un malvado de dibujos animados al hablar de procesar a los padres por las ausencias repetidas de los niños en edad escolar es posiblemente una de las cosas más escalofriantes que se pueden ver en política. ¿Otras cosas que le hayan hecho gracia a Harris? La idea de construir escuelas en lugar de cárceles y la noción de legalizar la marihuana. Cinco años después volvió a reírse, en esa ocasión cuando se estaba postulando para presidenta y recordó con cariño sus días de fumar porros para embelesar a una audiencia más bien joven. Supergracioso fue también que su oficina hubiera condenado a casi 2.000 personas por delitos relacionados con la marihuana cuando trabajaba como fiscal de distrito en San Francisco.

La falta de sensibilidad que Harris muestra hacia los pobres e indefensos solo es comparable a la simpatía que siente por los ricos y poderosos. Lo más destacado fue cuando Harris desestimó la recomendación de su propia oficina para procesar al banco de rapiña del actual secretario de Hacienda, Steve Mnuchin (que más tarde hizo una donación a su campaña para el Senado), y luego supuestamente intentó ocultar su pasividad.

A pesar del estatus de California como el epicentro de las estafas de ejecución hipotecaria, la Fuerza de Ataque contra el Fraude Hipotecario de Harris procesó menos casos de estafas de consultores en ejecuciones hipotecarias que muchos otros fiscales de distrito de otros condados.  En lugar de utilizar su despacho para frenar el crecimiento de los monopolios tecnológicos, algunos correos a los que tuvo acceso hace poco el Huffington Post muestran cómo les hacía la corte, a cambio de lo que recibió un considerable apoyo financiero de Silicon Valley.

Hace poco se ha decretado como inapropiado hablar de su ambición, aunque la verdad es que a Harris, al igual que a Biden, a Obama y, tristemente, a la mayoría de los políticos, le motiva por encima de todo su propia trayectoria profesional. Solo hay que ver estosvídeos de una Harris con 44 años explicando en agosto de 2008 (cuando la pobreza, la guerra y una crisis inmobiliaria en ciernes atenazaba a EE.UU. y a su estado en particular) qué es lo que cambiaría después de ocho años de una presidencia con ella a la cabeza: que “estaríamos dispuestos a abrazar la idea de que realmente poseemos una increíble cantera de talentos”, que Estados Unidos tendría “una población de gente que estaría informada no solo sobre su gran historia, sino también sobre historia internacional” y que “decidiríamos con orgullo que todos somos, como estadounidenses, patriotas”, que llevarían, todos, banderas en las solapas.

O lo que es lo mismo, que no tenía ni idea.

Por ese motivo, si Harris no es en realidad una progresista con ambiciosos compromisos políticos, ¿qué aporta realmente a la candidatura? Los medios alineados con el partido demócrata han mencionado su ascendencia mixta, india y jamaicana, porque confían que estimulará a los votantes de color en noviembre, y su inflexibilidad y agresividad, que anticipan que desplegará contra Trump y, sobre todo, contra el vicepresidente Mike Pence en su eventual debate.

Tras abandonar la carrera presidencial, casi todos los expertos declararon su sorpresa por el fracaso de Harris a la hora de conseguir el apoyo de los votantes negros

Pero es difícil compatibilizar esas dos cosas con la realidad. En contra de lo que afirma el extraño mundo de los consultores y medios liberales, la población afroamericana y latina no vota a quien sea solo porque comparte su color de piel o sus raíces nacionales. Tras abandonar la carrera presidencial, casi todos los expertos declararon su sorpresa por el fracaso de Harris a la hora de conseguir el apoyo de los votantes negros; apenas si consiguió inscribirse en su propio estado cuando terminó todo. Al final se retiró de la carrera antes de que se celebrara ninguna primaria y se ahorró el bochorno de dar un espectáculo en Iowa –y los siguientes estados– como el que dio Biden en las primarias de 2008.

En lo que respecta al segundo elemento, la débil actuación de Harris en las encuestas vino acompañada de una vacilante campaña en la que se vio a la antigua fiscal decepcionar en los debates y alejarse de sus propias posturas. Tras copatrocinar en 2017 el proyecto Medicare for All de Bernie Sanders, se unió a este para ser uno de los dos únicos candidatos demócratas que defendieron en un debate, que se celebró junio de 2019, la abolición de los seguros privados de salud, antes de dar rápidamente marcha atrás el día después y decir que no había entendido bien la pregunta.

Luego presentó su propio plan de salud nacional que ampliaba el papel de los seguros privados en la sanidad y añadía un absurdo período de transición de diez años, o dos mandatos presidenciales y medio.

Otro tanto sucedió en el momento más memorable de Harris en un debate: atacar a su actual compañero de ticket por el papel protagonista que tuvo en el movimiento racista antibusing [el transporte de desegregación es la práctica de asignar y transportar estudiantes a escuelas dentro o fuera de sus distritos escolares locales en un esfuerzo por reducir la segregación racial]. Por algún motivo, la campaña de Harris ya tenía listas para vender las camisetas que conmemoraban el momento a las pocas horas de que acabara el debate, pero Harris no tardó en aclarar que ella también había defendido la misma postura sobre el busing que la que acababa de reprochar a Biden. Más tarde, Harris se quedó sin palabras cuando Tulsi Gabbard la criticó en un debate por su historial como fiscal. Para finalizar, su intento de desafiar a Elizabeth Warren para que exigiera a Twitter que prohibiera la cuenta de Trump quedó en agua de borrajas.

Cada vez está más claro que los planes de Biden son conformar un gobierno que será muy parecido al de Obama, si no más conservador

Pero no, el valor real de Harris para Biden es triple. Por una parte está su popularidad entre la clase donante, pues consiguió embolsarse cantidades enormes de dinero para su campaña procedentes no solo de las grandes tecnológicas, sino también de Wall Street, los seguros privados y las farmacéuticas, además de varios multimillonarios. Poco después de que Biden la eligiera, aparecieron algunos ejecutivos de Wall Street en la cadena CNBC y alabaron la sabiduría de la decisión, en particular porque demostraba que Biden no se estaba desplazando hacia la izquierda, como se había repetido en numerosas ocasiones.

Esto nos lleva al segundo elemento. Cada vez está más claro que los planes de Biden son conformar un gobierno que será muy parecido al de Obama, si no más conservador, aunque tenga al frente un abanderado menos popular y menos inspirador. Mientras que el propio Biden carece del carisma y la base popular necesarios para convertirse en el cuidador eficaz de un sistema disfuncional que se está desmoronando, ese sí es un papel que Harris (que cuenta con una fanática cohorte de seguidores y los atributos para hacer historia que le faltan a la candidatura de Biden) puede hábilmente protagonizar, mejor de lo que podría haberlo hecho una relativamente desconocida Karen Bass, o alguien con menor carisma y sin base popular como Susan Rice.

Con la campaña de Biden, que se está centrando en dejar ver y oír lo menos posible del disminuido candidato, podemos esperar que la mayor parte de la atención y la propaganda se consagre a promover a Harris. Lo que también podemos esperar es ver a Harris defendiendo cualquier medida reaccionaria que el presidente Biden no pueda justificar por sí solo.

Puede que Harris posea el carisma de Obama para movilizar a la base del partido y para venderles un programa político conservador, al igual que lo  hizo el antiguo presidente. Pero eso también acarrea sus riesgos: seguiría siendo la presidencia de Biden y ella podría verse arrastrada por el peso de cualquier tipo de medida impopular que decida implementar el presidente.

Aunque por otro lado, ella estaría preparada para liderar el partido una vez que Biden desapareciera de escena, y conseguiría así neutralizar cualquier futura victoria del ala izquierda del Partido Demócrata y mantendría, tanto a la formación como a Washington, en manos de la élite corporativa.

Por último, Harris cumple el deseo de Biden de encontrar una vicepresidenta que esté en su misma sintonía. Si dejamos de lado las diferencias superficiales, Biden y Harris son en esencia el mismo político. Los dos han estado permanentemente en el lado equivocado de la historia; los dos persiguieron objetivos crueles y de derechas durante la mayor parte de sus vidas con el fin de avanzar en sus carreras profesionales; y los dos tienen la costumbre de tergiversar sus creencias e historiales. Es lo más apropiado: al fin y al cabo, Biden es uno de los creadores de la vieja escuela que dio pie a la política demócrata de favorecer a las corporaciones que Harris ha promovido durante toda su carrera.

Puede resultar absurdo o paradójico, pero mientras en Estados Unidos se vive un malestar social sin parangón, como consecuencia de la brutal represión policial, y mientras sus habitantes claman contra la histórica desigualdad económica y la dominación corporativa, el Partido Demócrata ha elegido como avatares a uno de los principales arquitectos de ese sistema y a una de sus soldados más entusiastas.

No obstante, tanto Harris como Biden, aunque este en menor medida, han demostrado una limitada, pero prometedora, propensión hacia los gestos de izquierda cuando se encuentran bajo presión. Las actuales condiciones sin precedentes, junto con el aún pequeño, pero creciente, poder de la izquierda en EE.UU., significan que los próximos cuatro años no están necesariamente condenados a ser una repetición de los años de Obama.

Veremos si eso marca la diferencia entre llevar a cabo el cambio sistémico que hace falta para evitar el desastre o realizar un mero “programa de condonación de la deuda estudiantil para los receptores de la beca Pell que funden una empresa que tenga sus actividades durante tres años en alguna comunidad desfavorecida”.

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Por Branko Marcetic, redactor de Jacobin y autor de Yesterday’s Man: The Case Against Joe Biden [El hombre de ayer: La causa contra Joe Biden]. Reside en Toronto, Canadá.

Este artículo fue publicado originalmente en Jacobin.

Traducción de Álvaro San José.

 

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¿Por qué el capitalismo está en constante conflicto con la democracia?

El sistema económico capitalista ha tenido siempre grandes problemas con la política en sociedades dotadas de sufragio universal. En previsión de tal situación, la mayoría de los capitalistas se opusieron y resistieron durante mucho tiempo a extender el sufragio más allá de los ricos poseedores de capital. Solo presiones masivas desde abajo forzaron repetidas ampliaciones del derecho al voto hasta que se logró el sufragio universal, al menos legalmente. Hasta el día de hoy, los capitalistas desarrollan y aplican todo tipo de mecanismos legales e ilegales para limitar y restringir el sufragio. Entre todos aquellos que están comprometidos con la conservación del capitalismo, el miedo al sufragio universal es profundo. Trump y sus republicanos ejemplifican y actúan sobre ese miedo al avecinarse las elecciones presidenciales de noviembre de 2020.

El problema surge de la propia naturaleza básica del capitalismo. Los capitalistas que poseen y gestionan empresas comerciales —los empleadores como grupo— constituyen una pequeña minoría social. En cambio, los empleados y sus familias son la mayoría social. La minoría de empleadores domina claramente la microeconomía dentro de cada empresa. En las corporaciones capitalistas, los principales accionistas y la junta directiva que aquellos seleccionan toman todas las decisiones clave, incluida la distribución de los ingresos netos de la empresa.

Sus decisiones asignan una gran parte de esos ingresos netos a ellos mismos en forma de dividendos de accionistas y paquetes remunerativos para los ejecutivos de la alta dirección. Por tanto, sus ingresos y riqueza se acumulan con mucha mayor velocidad que los promedios sociales. En las empresas capitalistas privadas, sus propietarios y altos directivos se comportan de manera similar y disfrutan de un conjunto parecido de privilegios. La renta y la riqueza desigualmente distribuidas en las sociedades modernas fluyen principalmente de la organización interna de las empresas capitalistas. Los propietarios y sus altos directivos utilizan así su desproporcionada riqueza para moldear y controlar la macroeconomía y la política que va entretejida con ella.

Sin embargo, el sufragio universal permite a los empleados deshacer por medios políticos las desigualdades económicas subyacentes del capitalismo cuando, por ejemplo, las mayorías ganan las elecciones. Los empleados pueden elegir políticos cuyas decisiones legislativas, ejecutivas y judiciales reviertan efectivamente los resultados económicos del capitalismo. Las leyes sobre impuestos, salario mínimo y gasto público pueden redistribuir el ingreso y la riqueza de muchas formas diferentes. Si la redistribución no respeta la forma en que las mayorías han elegido acabar con los inaceptables niveles de desigualdad, pueden adoptarse otras medidas. Las mayorías podrían, por ejemplo, votar a las organizaciones internas de empresas en transición de las jerarquías capitalistas a las cooperativas democráticas. Los ingresos netos de las empresas serían entonces distribuidos no por las minorías que están en lo alto de las jerarquías capitalistas sino por decisiones democráticas de todos los empleados, cada uno con un voto. Así, los múltiples niveles de desigualdad típicos del capitalismo desaparecerían.

El problema político actual del capitalismo ha sido cómo evitar de la mejor forma posible que los empleados formen precisamente esas mayorías políticas. Durante sus épocas recurrentes de especial dificultad (cracs periódicos, guerras, conflictos entre industrias monopolizadas y competitivas, pandemias…), el problema político del capitalismo se intensifica y amplía. Y se convierte en la mejor manera de evitar que las mayorías políticas de los trabajadores acaben por completo con el capitalismo e impulsen a la sociedad hacia un sistema económico alternativo.

Para resolver el problema político del capitalismo, los capitalistas, como pequeña minoría social, deben forjar alianzas con otros grupos sociales. Esas alianzas deben ser lo suficientemente fuertes como para desactivar, disuadir o destruir todas y cada una de las mayorías emergentes de trabajadores que puedan amenazar los intereses de los capitalistas o la supervivencia de sus sistemas. Cuanto más pequeñas o débiles son las minorías capitalistas, más importante es la alianza con los militares. En muchas partes del mundo, el capitalismo está asegurado por una dictadura militar que ataca y destruye los movimientos emergentes a favor del cambio anticapitalista entre los trabajadores o entre los sectores no capitalistas. Incluso donde los capitalistas son una minoría relativamente grande y bien establecida, si su dominio social se ve amenazado, por ejemplo, por un gran movimiento anticapitalista desde abajo, la alianza con una dictadura militar puede ser un mecanismo de supervivencia de último recurso. Cuando tales alianzas culminan en fusiones de capitalistas y aparato estatal, se produce la llegada del fascismo.

Durante momentos no extremos del capitalismo, cuando no se ve amenazado por inminentes explosiones sociales, su problema político básico permanece. Los capitalistas deben impedir que las mayorías de trabajadores arruinen el funcionamiento y los resultados del sistema económico capitalista y especialmente sus distribuciones características de ingresos, riqueza, poder y cultura. Con ese fin, los capitalistas buscan segmentos de la clase trabajadora con quienes aliarse para desconectarlos de otros compañeros de trabajo. Por lo general, trabajan con partidos políticos y los utilizan para formar y mantener tales alianzas.

En palabras del gran teórico marxista Antonio Gramsci, los capitalistas utilizan a sus partidos políticos aliados para formar un “bloque político” con porciones de la clase trabajadora y posiblemente otras de fuera de la economía capitalista. Ese bloque debe ser lo suficientemente fuerte como para frustrar los objetivos anticapitalistas de los movimientos de la clase trabajadora. Para los capitalistas, en el mejor de los casos, su bloque debería gobernar la sociedad —ser el poder hegemónico—, controlar los medios de comunicación, ganar elecciones, producir mayorías parlamentarias y propagar una ideología en las escuelas y más allá que justifique el capitalismo. De esta forma, la hegemonía capitalista mantendría los impulsos anticapitalistas desorganizados o incapaces de construir un movimiento social en un bloque contrahegemónico lo suficientemente fuerte como para desafiar la hegemonía del capitalismo.

Trump ilustra las condiciones actuales de la hegemonía capitalista. En primer lugar, su gobierno financia generosamente y homenajea a los militares. En segundo lugar, concedió un enorme recorte de impuestos en 2017 a las corporaciones y a los ricos, a pesar de haber disfrutado de varias décadas anteriores de redistribución ascendente de la riqueza. En tercer lugar, sigue desregulando empresas y mercados capitalistas. Para mantener la generosidad de su gobierno hacia sus patrocinadores capitalistas, cultiva notoriamente alianzas tradicionales con segmentos de la clase de los empleados. El Partido Republicano que Trump heredó se había permitido ciertos fallos, se había debilitado y provocado pérdidas políticas peligrosas. Había que reconstruirse y fortalecerse o, de lo contrario, el Partido Republicano ya no podría ser el medio para que los capitalistas construyeran y mantuvieran organizativamente un bloque hegemónico. El Partido Republicano probablemente se evaporaría, dejando que los capitalistas se aliaran y utilizaran al Partido Demócrata para lograr ese bloque tan hegemónico.

Los capitalistas han cambiado repetidamente de aliados y agentes hegemónicos entre los dos partidos principales en la historia de Estados Unidos. Al igual que el Partido Republicano dejó caer sus alianzas con sectores de la clase trabajadora abriendo el espacio para Trump, también lo hizo el Partido Demócrata con sus aliados tradicionales. Eso abrió espacio para Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez y los progresistas. Para recuperar y reconstruir el Partido Republicano como aliado hegemónico con los capitalistas estadounidenses, Trump tuvo que dar bastante más a los fundamentalistas cristianos, los supremacistas blancos, las fuerzas antiinmigración, los chovinistas (y antiextranjeros), los entusiastas de la ley y el orden y los amantes de las armas que el antiguo establishment republicano. Esa fue la causa de que pudiera derrotar a ese establishment. Por razones históricas, Clinton, Obama y el antiguo establishment del Partido Demócrata sobrevivieron una vez más a pesar de dar muy poco a sus aliados de la clase empleada (trabajadores, sindicatos, afroamericanos, latinos, mujeres, estudiantes, académicos y desempleados). Mantuvieron el control del partido, bloquearon a Sanders y el creciente desafío progresista y ganaron el voto popular en 2016. Pero perdieron las elecciones.

Los capitalistas prefieren utilizar a los republicanos como socios hegemónicos porque estos cumplen de manera más fiable y regular que los demócratas lo que quieren los capitalistas. Pero si/cuando el bloque republicano de alianzas se debilita o funciona de manera inadecuada como socio hegemónico, los capitalistas estadounidenses se inclinarán hacia los demócratas. Aceptarán políticas menos favorables, al menos por un tiempo, si obtienen a cambio un socio hegemónico sólido. Si las alianzas de Trump con segmentos de la clase de los empleados se debilitaran o se disolvieran, los capitalistas estadounidenses se decantarían por los demócratas Biden-Clinton-Obama en su lugar. Si fuera necesario, también se unirían a los progresistas, como hicieron en la década de 1930 con Franklin Delano Roosevelt.

Trump intenta repetidamente fortalecer sus alianzas con más de un tercio de los empleados estadounidenses que parecen aprobar su régimen, sin importar cuánto ofenda a los demás. Él cree que eso es suficiente para que la mayoría de los capitalistas se queden con los republicanos. Después de todo, la mayoría de esos capitalistas prefiere a los republicanos; su régimen ha apoyado con toda firmeza el lucro militar y empresarial. Solo los fracasos colosales de Trump y los republicanos para preparar o contener tanto la pandemia como el colapso económico causado por el capitalismo podrían cambiar el sentimiento de los votantes y elegir a los demócratas. Así que Trump y los republicanos se concentran en negar esos fracasos y distraer la atención pública de los mismos. El establishment del Partido Demócrata intenta persuadir a los capitalistas de que un régimen con Biden manejará mejor la pandemia y el colapso, brindará una base de masas más grande que apoye al capitalismo y solo marginalmente reformará sus desigualdades.

Para los progresistas de dentro y fuera del Partido Demócrata se avecina una gran elección. Muchos están sintiéndolo así. Por un lado, los progresistas pueden acceder al poder como los aliados hegemónicos más atractivos para los capitalistas. Al agudizar las críticas sociales en lugar de moderarlas, los progresistas pueden dar a los empleadores capitalistas alianzas hegemónicas más fuertes con los empleados que las que el establishment tradicional demócrata puede o se atreve a ofrecer. Eso es más o menos lo que hizo Trump al desplazar al establishment tradicional del Partido Republicano. Por otro lado, los progresistas se verán tentados por su propio crecimiento a romper con la alternancia bipartidista que mantiene la hegemonía del capitalismo. Además, los progresistas podrían abrir la política estadounidense para que el público tuviera una mayor libertad de elección: un partido anticapitalista y prosocialista compitiendo contra los dos partidos tradicionales procapitalistas.

El problema político del capitalismo surgió de su yuxtaposición intrínsecamente antidemocrática entre una minoría de empleadores y una mayoría de empleados. Las contradicciones de esa estructura chocaron con el sufragio universal. Las interminables maniobras políticas alrededor de bloques hegemónicos con sectores alternativos de empleados permitieron sobrevivir al capitalismo. Sin embargo, esas contradicciones excederían finalmente la capacidad de las maniobras hegemónicas para contenerlas y controlarlas. Una pandemia combinada con un colapso económico importante puede provocar y permitir que los progresistas rompan con todo eso, cambien la política de los Estados Unidos y hagan realidad cambios sociales largamente esperados.

(Este articulo contó con el apoyo de Economy for All, un proyecto del Independent Media Institute.)

Por Richard D. Wolff, profesor emérito de economía en la Universidad de Massachusetts, Amherst. Actualmente es profesor invitado en la New School University de Nueva York. Pueden consultarse sus trabajos en: rdwolff.com y en democracyatwork.info.

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Fuente:
https://www.counterpunch.org/2020/08/11/why-capitalism-is-in-constant-conflict-with-democracy/

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¿Brasil se doblega en la disputa EEUU-China?

Aunque China es el principal socio comercial de Brasil, que le compra tres veces más que Estados Unidos, el Gobierno de Jair Bolsonaro insiste en una relación asimétrica con Washington que provoca hondos perjuicios a su país.

 

Son demasiado evidentes los fracasos cosechados por la subordinación de Brasil a Estados Unidos, como lo prueba la patada en el trasero de Boeing a Embraer, que deja a la aeronáutica brasileña en condiciones difíciles para seguir adelante en medio de una fuerte crisis del sector.

Ahora Brasilia está utilizando "barreras técnicas" para frenar las inversiones de China en el área de energía y telecomunicaciones, aunque también puede afectar al área comercial. Un informe de Folha de Sao Paulo asegura que uno de los proyectos más importantes paralizados es la reanudación de la planta de energía nuclear Angra 3.

Para esta obra la empresa favorita, porque ofrece los costos más competitivos, es la China National Nuclear Corporation (CNNC), pero el gobierno estaría dispuesto a concederla a la estadounidense Westinghouse, desplazando además a la francesa EDF y la rusa Rosatom. El concurso para adjudicar la obra aún no tiene fecha definida.

La administración de Angra 3 corresponde a la brasileña Eletronuclear, empresa estatal vinculada a Eletrobras que es la responsable del proyecto, paralizado en 2015 con el 60% de las obras ya terminadas. La empresa fue investigada por la Policía Federal porque su director, el almirante Othon Luiz Pinheiro, fue parte de un esquema de corrupción con el pago de sobornos por parte del contratist.

El almirante fue procesado a 43 años de prisión por el juez Sergio Moro en el marco de la Operación Lava Jato, pero fue puesto en libertad dos años después. Othon Luiz Pinheiro es considerado el padre del programa nuclear brasileño, ya que fue uno de los principales responsables del desarrollo de una tecnología para el enriquecimiento de uranio llamada ultracentrifugación.

De ahí que militares brasileños hayan considerado en su momento que el objetivo del juez Moro, en sintonía con Washington, giraba en torno a razones "geopolíticas". Despejado el camino, ahora sería una empresa estadounidense la encargada de finalizar las obras de la central nuclear.

El segundo proyecto que está siendo retrasado, esta vez por el ministro de Economía, el ultraliberal Paulo Guedes, es la participación china en un fondo de inversiones para proyectos de infraestructura creado en 2017, por 20.000 millones de dólares de los cuales Pekín aportará tres cuartas partes.

"Desde que Guedes asumió el ministerio de Economía el fondo se ha estancado por la resistencia del Gobierno brasileño", asegura Folha de Sao Paulo.

Más grave aún es la amenaza del embajador de EEUU en Brasilia, Todd Chapman, quien en una entrevista a O Globo dijo que Brasil sufrirá "consecuencias económicas negativas" en caso de optar por la tecnología de Huawei para las redes telefónicas 5G.

Tanto Bolsonaro como su ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo, y el de Seguridad Institucional, general Augusto Heleno, se muestran favorables a vetar a Huawei, aunque el vicepresidente Hamilton Mourao, también general en situación de retiro, no descartó que Brasil se incline por la empresa china.

Quien realmente muestra preocupación por la decisión del gobierno respecto a la telefonía 5G, es la ministra de Agricultura, Tereza Cristina, porque sospecha que China puede sustituir a Brasil en sus compras agrícolas. En efecto, en los primeros cuatro meses de 2020 las ventas agroindustriales a China representaron el 47% de las exportaciones, con una cifra récord de 31.400 millones de dólares.

Sobre este asunto existen lecturas muy distintas en Brasil. Las compras de EEUU representan apenas el 6,1% del total de las exportaciones brasileñas y varios técnicos aseguran que China podría diversificar las compras de soja, el principal producto de importación.

"Las simulaciones indican que si los chinos dejan de comprar sólo el 10% de nuestros productos, habrá una pérdida de al menos 8.000 millones de ventas y se eliminarán 800.000 empleos directos", explicaron técnicos agrícolas a los medios.

Por el contrario, el canciller Araújo, que profesa una ideología ultraderechista y se lo considera muy cercano a Donald Trump, sostiene que es China la que depende de los productos agrícolas brasileños y defiende la propuesta estadounidense de no considerar a China como una economía de mercado, lo que equivale a colocarla fuera de la Organización Mundial de Comercio.

Estas opiniones coinciden con las del área económica. El secretario de Comercio Exterior del Ministerio de Economía, Roberto Fendt, dijo a Folha que no habrá consecuencias ante un eventual veto a Huawei. "China tiene poco agua y siempre va a necesitar proveedores de alimentos y de otras materias primas".

Fendt razona que si China no le compra a Brasil, no podrá comprarle productos agrícolas a grandes exportadores como EEUU o Australia, porque con esos países también mantiene conflictos diplomáticos y comerciales.

De las declaraciones de la autoridades brasileñas de las últimas semanas pueden desprenderse algunas conclusiones.

La primera es que al interior del Gobierno de Bolsonaro se están evaluando decisiones estratégicas respecto a China. Todo indica que el alineamiento con EEUU es sólido, pero existen temores de que un veto a Huawei pueda enfurecer a China, que podría tomar represalias comerciales. Sin embargo, hasta ahora China no ha dado ese paso con Australia, donde compra importantes cantidades de mineral de hierro y con la que mantiene un serio contencioso con ramificaciones en el Mar del Sur de China.

La segunda es que más allá de las opciones geopolíticas e ideológicas que llevan a Brasil a seguir las orientaciones de Washington, el gabinete económico de Bolsonaro está enseñando fisuras importantes. Estos días se produjo una "desbandada" en el ministerio de Economía con la renuncia de dos secretarios por la demora en iniciar el proceso de privatizaciones.

No son las primeras bajas en el equipo de Guedes, que meses atrás se vio diezmado por otras renuncias importantes como la del presidente del Banco do Brasil, Ruben Noaes, y el secretario del Tesoro, Mansueto Almeida.

Según el diario O Globo, se trata de una "fractura" dentro del gabinete, dividido entre el ministro de Economía Guedes, partidario de las privatizaciones, mientras del otro lado se situaría el general Walter Souza Braga Netto, el poderoso ministro de la Casa Civil que representa el ala militar.

La división interna del Gobierno y la necesidad de aumentar el gasto público por la pandemia, están apartando a Bolsonaro de su programa electoral original. En este momento se registra una fuerte pugna que enseña, como apunta el periodista Tales Faria, que "los militares están más para el desarrollismo que para el ultraliberalismo económico".

17:28 GMT 14.08.2020

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Acechado, renunció el gobierno del Líbano

Lo anunció el premier Hassan Diab, seis días después de las dos explosiones en Beirut

La caída del gobierno se produce en medio de la creciente indignación popular tras el enorme estallido de un depósito con nitrato de amonio en el puerto de la capital. 

 

El primer ministro libanés, Hassan Diab, anunció la renuncia de su gobierno tras la partida de varios ministros y las protestas sucesivas por la devastadora explosión ocurrida hace seis días en Beirut.

El jefe del gobierno, que se presenta como independiente, culpó a la clase política tradicional de su fracaso, y arremetió contra la "corrupción" que llevó a este "terremoto que golpeó al país".

"Hoy, anuncio la dimisión de este gobierno", dijo en un discurso televisado. "La catástrofe que afectó a los libaneses en el corazón ocurrió a causa de la corrupción endémica en la política, la administración y en el Estado", añadió Diab, profesor universitario que formó su gabinete en diciembre de 2019, en respuesta a la ola de protestas que estalló en el país el 17 de octubre en contra de la clase política tradicional. 

"Algunos no han leído bien la revolución de los libaneses del 17, era contra ellos, pero no lo entendieron", agregó siempre sin dar nombres.

Responsabilizó de la catástrofe de Beirut a la "clase política" que "lucha con todos los medios sucios" y subrayó que su Gobierno tecnócrata hizo "todo lo que pudo por salvar el país", pero hay una "gran barrera" frente al cambio.

Este gobierno que se presentó como un equipo de tecnócratas tuvo que negociar las carteras con un solo campo político, el movimiento chiíta del Hezbolá y sus aliados, especialmente el partido presidencial, la Corriente patriótica libre (CPL).

Tras anunciar su decisión, Diab se reunió con el mandatario del país, Michel Aoun, en el palacio presidencial para informarle oficialmente de la decisión. Aoun aceptó la renuncia del gobierno, pero le pidió que siga en funciones hasta la formación de un nuevo Ejecutivo.

Cuando Diab iniciaba su discurso, se registraron choques en el centro de la ciudad en los alrededores del parlamento. Manifestantes lanzaron piedras contra las fuerzas de seguridad que replicaron con gases lacrimógenos.

"¡Renunció, renunció!", gritaba Rasha, de 27 años, en medio de unos tímidos gestos de celebración, mientras un centenar de manifestantes se enfrentaba con las fuerzas de seguridad. "Lo que pasó ahora tendría que haber pasado antes. La explosión mató a gente y por eso dimiten, pero no es suficiente. Todo el sistema debe cambiar, empezando por el presidente hasta los diputados", afirmó Rasha, mientras se aleja con prisa del centro de los disturbios.

Esta renuncia no daría satisfacción al movimiento de protestas que pide la salida de toda la clase política acusada de corrupción e incompetencia.

Cuatro miembros de su gabinete ya habían dimitido después de la explosión del 4 de agosto que provocó la muerte de al menos 160 personas y 6.000 heridos y reactivó las protestas populares.

Casi una semana después de la explosión, las autoridades libanesas acusadas de corrupción e incompetencia por la ciudadanía aún no respondían con claridad a la pregunta que se hace todo el mundo: ¿por qué una enorme cantidad de nitrato de amonio se encontraba almacenada en el puerto de la capital libanesa?

La explosión de casi 3.000 toneladas de nitrato de amonio que estaban almacenadas en el puerto desde 2014 sin las debidas medidas de precaución, tal y como admitió Diab el día de los hechos, ha generado un efecto dominó, mientras el número de muertos sigue creciendo.

El Ministerio de Salud elevó ayer a 220 los fallecidos y señaló que ya hay "menos de veinte" desaparecidos, aunque sigue la búsqueda de cuerpos bajo los escombros tras la catástrofe, que causó además más de 7.000 heridos.

El Ejército libanés anunció en un breve comunicado que equipos de rescate militares de este país, junto a los grupos de búsqueda de Francia y Rusia, recuperaron cinco cadáveres.

Tras las tensas manifestaciones de sábado y domingo, los ministros de Finanzas, Ghazi Wazni, y de Justicia, Marie-Claude Najm, anunciaron su dimisión, lo que elevó a cuatro las renuncias de integrantes del ejecutivo. El domingo ya habían anunciado su marcha del ejecutivo la ministra de Información, Manal Abdel Samad, y el de Medio Ambiente, Damianos Kattar. Nueve diputados también renunciaron a su cargo.

El primer ministro había asegurado que estaba dispuesto a mantenerse dos meses en su cargo hasta la organización de elecciones anticipadas.

En las protestas del fin de semana, reprimidas por las fuerzas de seguridad, los manifestantes clamaban venganza contra una clase política acorralada.

"Todos quiere decir todos", gritaban los manifestantes que desconfían de la clase política.

En el lugar de la explosión, los socorristas perdieron la esperanza de encontrar a nuevos supervivientes. Quedan menos de 20 personas desaparecidas, según las autoridades.

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La COVID-19 podría cambiar totalmente la geopolítica

O cambia todo (o no cambia nada)

No confío en Vd.

No se lo tome como algo personal. No me importa que sea amigo o extraño. No me importa su identidad o su ideología política, dónde trabaja ni si trabaja, si usa mascarilla o lleva pistola.

No confío en Vd. porque es, de momento, un posible portador de un virus mortal. ¿No tiene ningún síntoma? Quizás sea un superpropagador asintomático. Aunque me muestre los resultados negativos de su prueba, seguiré teniendo dudas. No tengo ni idea de lo que ha estado haciendo desde que le tomaron la muestra y recibió los resultados. Además, ¿podemos confiar de verdad en que la prueba es precisa?

Francamente, Vd. no debería confiar en mí por las mismas razones. Ni siquiera estoy seguro de poder confiar en mí mismo. ¿Acaso no me toqué la cara en el supermercado después de palpar los aguacates?

Estoy aprendiendo a vivir con esta desconfianza. Me mantengo alejado de otras personas. Estoy usando mascarilla. Me estoy lavando las manos. No estoy acudiendo a los bares.

Sin embargo, no estoy seguro de que la sociedad pueda vivir con este nivel de cosas. Afrontemos la realidad: la confianza hace girar el mundo. Las protestas estallan cuando se viola nuestra fe en las personas o en las instituciones: cuando no podemos confiar en la policía (#BlackLivesMatter), cuando no podemos confiar en los colegas varones (#MeToo), cuando no podemos confiar en que el sistema económico actúe con un mínimo de justicia (#OccupyWallStreet), o cuando no podemos confiar en que nuestro gobierno haga algo correctamente (#notmypresident).

Todo esto arroja ahora un asesino silencioso y oculto en esta mezcla combustible de desconfianza, ira y consternación. Es suficiente para desgarrar un país, para lanzar un vecino contra otro vecino y a un gobernador contra otro gobernador, para precipitar una guerra civil entre enmascarados y desenmascarados.

Esos problemas solo se multiplican a nivel global donde la desconfianza impregna ya el sistema: conflictos militares, guerras comerciales, luchas contra la migración y la corrupción. Por supuesto, también ha habido suficiente confianza para mantener en marcha la economía global, las negociaciones de los diplomáticos, el funcionamiento de las organizaciones internacionales, evitando así que el planeta se salga de control. Pero la pandemia puede sacar de su eje todo ese mundo conocido.

Soy muy consciente del debate en curso entre las facciones del “no mucho” y “todo”. Una vez que una vacuna lo elimine de nuestro sistema, el coronavirus podría no tener un efecto duradero en nuestro mundo. Incluso sin vacuna, las personas no pueden esperar para volver a la vida normal saltando a las piscinas, yendo al cine, asistiendo a fiestas, incluso en Estados Unidos, donde los casos continúan aumentando de forma espectacular. La epidemia de gripe de 1918-1919, que se cree mató al menos a 50 millones de personas, no cambió fundamentalmente la vida cotidiana, aparte de impulsar la medicina alternativa y socializada. Esa gripe salió de nuestra mente hacia la historia y, por supuesto, igual podría ocurrir con la COVID-19.

O bien, al igual que la peste negra en el siglo XIV separó el mundo medieval de todo lo que siguió, esta pandemia podría trazar un antes y un después en nuestra historia. Imaginemos que este nuevo virus sigue circulando y volviendo a circular, que nadie adquiere inmunidad permanente, que se convierte en una nueva y desagradable adición a la estación fría, excepto que solo mata a un par de personas de cada cien que lo contraen. Esta nueva normalidad sería ciertamente mejor que si el virus del Ébola, con una tasa de mortalidad del 50% si no se trata, se convirtiera en un riesgo perenne en todas partes. Pero incluso con una tasa de mortalidad de un dígito bajo, la COVID-19 lo cambiaría necesariamente todo.

Los medios de comunicación están llenos de especulaciones sobre cómo será el futuro con una pandemia periódica. El fin del teatro y de los deportes de espectadores. La institucionalización del aprendizaje a distancia. La muerte de oficinas y locales comerciales.

Pero echemos un vistazo un poco más allá, a un panorama más amplio. Consideremos por un momento el impacto de esta nueva potente desconfianza en las relaciones internacionales.

El futuro del Estado-nación

Digamos que vive en un país donde el gobierno respondió de manera rápida y competente ante la COVID-19. Supongamos que su gobierno estableció un sistema confiable de pruebas, rastreo de contactos y cuarentena. O que cerró la economía por un período doloroso pero corto, o que su sistema de pruebas fue tan bueno que ni siquiera necesitó cerrar del todo. En este momento, su vida estará volviendo a una apariencia de normalidad.

Es afortunado.

El resto de nosotros vivimos en Estados Unidos. O en Brasil. O en Rusia. O e la India. En estos países los gobiernos han demostrado ser incapaces de cumplir la función más importante del Estado: proteger la vida de sus ciudadanos. Si bien la mayor parte de Europa y gran parte de Asia oriental han suprimido la pandemia lo suficiente como para poder poner en marcha sus economías, la COVID-19 continúa fuera de control en aquellas partes del mundo que, miren qué coincidencia, también están dirigidas por electos autócratas de derechas.

En estos países dirigidos por incompetentes, los ciudadanos tienen muy buenas razones para desconfiar de sus gobiernos. En Estados Unidos, por ejemplo, la administración Trump hizo una chapuza en la cuestión de las pruebas, fracasó a la hora de coordinar los cerramientos, eliminó la supervisión de los rescates financieros y presionó para reabrir la economía a pesar de las objeciones de los expertos en salud pública. En la última señal de demencia precoz de la administración Trump, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Kayleigh McEnany, declaró este mes que “la ciencia no debería interponerse” en la reapertura de las escuelas en otoño.

Los votantes, por supuesto, podrían expulsar a Trump en noviembre y, suponiendo que realmente abandone la Casa Blanca, recuperar cierta cordura en los asuntos públicos. Pero la pandemia está contribuyendo a erosionar de forma abrumadora la confianza en las instituciones nacionales. Incluso antes de que el virus atacara, en su Barómetro de Confianza 2018, la firma de relaciones públicas Edelman registró una caída sin precedentes en la confianza pública relacionada con… ¿qué más?… la elección de Trump. “El colapso de la confianza en Estados Unidos se debe a una espectacular falta de fe en el gobierno, que cayó 14 puntos, al 33%, entre la población en general”, señaló el informe. «Las instituciones restantes de negocios, medios de comunicación y ONG también experimentaron caídas de 10 a 20 puntos”.

Y no le sorprenderá saber que la situación no había mostrado signos de mejora para 2020, con los ciudadanos estadounidenses desconfiando aún más en las instituciones de su país que sus homólogos en Brasil, Italia o la India.

Esa pérdida institucional de fe refleja una tendencia a más largo plazo. Según la última encuesta Gallup, solo el 11% de los estadounidenses confía ahora en el Congreso, el 23% en las grandes empresas y los periódicos, el 24% en el sistema de justicia penal, el 29% en el sistema de escuelas públicas, el 36% en el sistema médico y el 38% en la presidencia. La única institución en la que confía una mayoría significativa de los estadounidenses -consideren esto una ironía, dadas las interminables guerras de Estados Unidos en el siglo XXI- es en el ejército (73%). La parte verdaderamente aterradora es que esas cifras se han mantenido constantes, con pequeñas variaciones, con dos administraciones muy diferentes durante la última década.

¿Hasta dónde deba caer el índice de confianza de un país antes de que deje de ser un país? Los comentaristas ya se han pasado diez años discutiendo la polarización del electorado estadounidense. Se ha derramado mucha tinta sobre el impacto de las redes sociales en la creación de cámaras de resonancia política. Han pasado 25 años desde que el politólogo Robert Putnam observó que los estadounidenses estaban “jugando a los bolos en solitario” (es decir, ya no participaban en actividades grupales o asuntos comunitarios como lo hicieron las generaciones anteriores).

El coronavirus ha demostrado, por lo general, ser un importante multiplicador de la fuerza de esas tendencias al hacer que las reuniones espontáneas de personas de mentalidad diferente sean cada vez menos probables. Sospecho que soy alguien típico. Evito a los peatones, ciclistas y otros corredores cuando salgo a correr. No voy a las cafeterías. No me pongo a hablar con personas en la fila del supermercado. Claro, estoy mucho tiempo metido en Zoom, pero casi siempre es con personas que ya conozco y con las que estoy de acuerdo.

En estas circunstancias, ¿cómo superaremos las enormes brechas de percepción ahora evidentes en este país para lograr lo que constituyen los entendimientos básicos más profundos que requiere un Estado-nación? ¿Perderán los estadounidenses la fe por completo en las elecciones, los periódicos, los hospitales y el transporte público, dejando así totalmente de ser ciudadanos?

La confianza es el combustible que hace funcionar esas instituciones. Y parece que perdimos el pico de la confianza hace mucho tiempo y que podríamos estar en un trineo de la COVID-19 yendo cuesta abajo a toda velocidad.

La globalización se desmorona

La economía global también se basa en la confianza: en las transacciones financieras, en la seguridad de las condiciones del lugar de trabajo, en el transporte de mercancías a larga distancia y en las expectativas del consumidor de que el producto comprado cumpla lo que anuncia.

Para causar el colapso en la línea de ensamblaje global, la COVID-19 no tuvo que introducir dudas en cada paso de esta cadena de suministro (aunque, al final, eso fue lo que hizo). Solo tuvo que cortar un eslabón: el lugar de trabajo. Cuando el Gobierno chino cerró las fábricas a principios de 2020 para contener la pandemia, lo que provocó una disminución del 17% en las exportaciones en enero y febrero en comparación con el año anterior, las empresas de todo el mundo se enfrentaron repentinamente a una escasez crítica de recambios de cochecomponentes de teléfonos inteligentes y otros bienes clave.

El lugar de trabajo demostró ser un eslabón débil en la cadena de suministro global por otra razón: el coste. La mano de obra ha sido tradicionalmente el principal gasto en la manufactura, lo cual, desde la década de 1990, llevó a las corporaciones a externalizar el trabajo a lugares más baratos como México, China y Vietnam. Desde entonces, sin embargo, la línea de ensamblaje global ha cambiado y, como explica la consultora McKinsey, “actualmente, más del 80% del comercio mundial de bienes [ya no es] de un país de bajos salarios a un país de altos salarios”.

La centralidad de la mano de obra en la ubicación de la fabricación se había visto erosionada por el crecimiento de la automatización, que, según los economistas, tiende a aumentar durante las recesiones. De hecho, tanto la inteligencia artificial como la robotización iban ya en ascenso incluso antes del impacto de la pandemia. En 2030 hasta 20 millones de puestos de trabajo en todo el mundo serán ocupados por robots. El Banco Mundial estima que, con el tiempo, reemplazarán a un sorprendente 85% de los empleos en Etiopía, 77% en China y 72% en Tailandia.

Luego tenemos los costes ambientales de esa misma línea de ensamblaje global. El transporte de carga contribuye con el 7% al 8% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, siendo el transporte aéreo la vía contaminante más intensa de carbono. (Agreguen a eso, por supuesto, la huella que dejan de carbono las propias fábricas).

Si todo eso no consigue cambiar la opinión de los directores ejecutivos sobre los beneficios de la globalización, entonces quizá las consideraciones de seguridad nacional pudieran hacerlo. La pandemia expuso la vulnerabilidad de los países en términos de productos básicos. Debido a que China es responsable de producir más respiradores, máscaras quirúrgicas y prendas protectoras que el resto del mundo combinado, los países comenzaron a entrar en pánico cuando la COVID-19 golpeó por primera vez, porque ya no tenían suficiente capacidad nacional para producir las herramientas básicas para lidiar ellos mismos con la propagación pandemia. Lo mismo se aplica a las medicinas esenciales. Por ejemplo, Estados Unidos dejó de producir penicilina en 2004.

La amenaza de infección, la propagación de la automatización, el impacto ambiental, el riesgo de un control extranjero: la línea de ensamblaje global ya no parece tener mucho sentido. ¿Por qué no trasladar la fabricación de vuelta a casa, a una “fábrica oscura” que está totalmente automatizada, no necesite luces, calefacción o aire acondicionado y esté prácticamente a prueba de pandemias?

Desde luego que la actual pandemia no implicará el fin de la globalización. Las corporaciones, como señala el informe de McKinsey, seguirán encontrando razones convincentes para reubicar la fabricación y los servicios en el extranjero, incluido el “acceso a mano de obra cualificada o recursos naturales, la proximidad a los consumidores y la calidad de la infraestructura”. Los consumidores seguirán queriendo piñas en invierno y teléfonos inteligentes baratos. Pero los capitalistas que miran el resultado final, en combinación con los nacionalistas al estilo Trump que insisten en que el capital regrese a casa, desmontarán cada vez más lo que todos dábamos por sentado como globalización.

La economía mundial no va sencillamente a desaparecer. Después de todo, la agricultura ha persistido en la era moderna. Solo que emplea un segmento cada vez menor de la fuerza laboral. Es probable que ocurra lo mismo con el comercio mundial en una era de pandemia. En la primera parte del siglo pasado, la mano de obra excedente ya no era necesaria en las granjas y emigraba a las ciudades para trabajar en las fábricas. La pregunta ahora es: ¿qué pasará con todos esos trabajadores que ya no se necesitan en las líneas de ensamblaje global?

Ni la comunidad internacional ni el libre mercado tienen preparada una respuesta, pero los populistas autoritarios sí: impedir que todos esos trabajadores desplazados emigren.

Un mundo amurallado

Desde el momento en que descendió por la escalera mecánica de la Torre Trump hacia la carrera presidencial, el empeño de Donald Trump por precintar la frontera de Estados Unidos con México ha constituido su posición política característica. Ese “muro grande, gordo y hermoso” suyo puede ser simplista, antiinmigrante, xenófobo y desconfiado del mundo -y puede que nunca llegue a completarse-, pero, desafortunadamente, no ha estado solo en su obsesión por los muros.

Israel fue pionero en la construcción moderna de muros a mediados de la década de 1990 para aislar a los palestinos en la Franja de Gaza, que fue seguido por una barrera de 710 kilómetros de largo para aislar a Cisjordania. En 2005, respondiendo a una ola de migrantes que escapaban de las guerras y la pobreza en el norte de África y Oriente Medio, Hungría construyó nuevos baluartes a lo largo de sus fronteras del sur para mantener fuera a los desesperados. Bulgaria, Grecia, Eslovenia y Croacia han hecho lo mismo. India ha cercado la región de Cachemira desde Pakistán. Arabia Saudí ha construido una barrera de mil kilómetros a lo largo de su frontera con Iraq.

En 1989 había alrededor de una docena de muros importantes separando países, incluido el Muro de Berlín, que pronto caería. Hoy, ese número ha crecido hasta llegar a 70.

En este contexto, el nuevo coronavirus resultó ser un regalo caído del cielo para los nacionalistas de todo el mundo que creen que si las buenas cercas hacen buenos vecinos, lo mejor de todo es una gran muralla. Más de 135 países agregaron nuevas restricciones en sus fronteras después del brote. Europa restableció las fronteras internas del espacio Schengen por primera vez en 25 años y también cerró las externas. Algunos países, en particular Japón y Nueva Zelanda, prácticamente se amurallaron.

Aunque la pandemia está atenuándose en ciertas partes del mundo, muchas de esas nuevas restricciones fronterizas siguen vigentes. Si quiere viajar a Europa este verano, solo puede hacerlo si pertenece a uno de la docena de países que figuran en una lista aprobada por la Unión Europea (y eso no incluye a los estadounidenses). Nueva Zelanda ha tenido solo un puñado de casos en los últimos meses (con un máximo de cuatro casos nuevos el 27 de junio), pero sus fronteras permanecen cerradas prácticamente para todos. Incluso está fuera de cualquier posibilidad, por ahora, una “burbuja de viaje” con la cercana Australia. Japón ha prohibido la entrada a personas de 129 países, incluido Estados Unidos, pero existe una exención para los soldados estadounidenses que viajan a bases militares estadounidenses. Un reciente brote de coronavirus en tales guarniciones en la isla de Okinawa bien podría hacer que Tokio endureciera aún más sus ya estrictas reglas.

Y esas restricciones fronterizas son en potencia solo el comienzo. Hasta ahora, la pandemia ha desatado un espíritu de sálvese quien pueda: desde restricciones a la exportación de productos esenciales, hasta una competencia febril para desarrollar primero una vacuna. Las Naciones Unidas han hecho varios llamamientos para una mayor cooperación internacional, su secretario general incluso urgió un “alto el fuego global” entre las partes en conflicto. La Organización Mundial de la Salud (OMS) intentó organizar una respuesta global al virus en su reunión anual. Sin embargo, la administración Trump anunció de inmediato que se retiraría de la OMS, muy pocos combatientes observaron un alto el fuego COVID-19, y no hay una respuesta internacional coordinada a la pandemia fuera de la comunidad de científicos que comparten investigaciones.

Entonces, ¿será este el futuro: cada país transformado en una comunidad cerrada? ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir el sentimiento de internacionalismo en un mundo amurallado?

Reconstruir la confianza

Los conservadores solían burlarse de la izquierda por su inclinación al relativismo, por argumentar que todo depende del contexto. “Si me preguntas cuál es el mayor problema en Estados Unidos, no voy a decirte que la deuda, el déficit, las estadísticas, la economía”, dijo el expresidente republicano de la Cámara de Representantes Paul Ryan en 2011, “te diré que es relativismo moral”. Érase una vez que la derecha arremetió contra los deconstruccionistas que hacían hincapié en la interpretación de los hechos.

¿Qué hacer, entonces, con el Partido Republicano hoy? Muchos de sus líderes, incluido el presidente, no creen en la ciencia, ya sea sobre el cambio climático o la COVID-19. Muchos de ellos abrazan las teorías de la conspiración más locas y algunos candidatos actuales al Congreso incluso creen, a través de la teoría de conspiración de extrema derecha QAnon, que una camarilla de abusadores de niños satánicos en Hollywood, el Partido Demócrata y varias organizaciones internacionales controlan el mundo. En julio, Donald Trump logró el dudoso hito de decir más de 20.000 mentiras durante su mandato como presidente. En otras palabras, hablando de relativismo, el Partido Republicano ha depositado su confianza en un hombre desconectado de la realidad.

Y luego apareció esa pandemia como un líquido inflamable sobre un incendio forestal. La conflagración resultante de la desconfianza amenaza con extenderse fuera de control hasta que no quede nada, ni el Estado-nación, ni la economía global, ni la comunidad internacional.

En esta era de pandemia, un incendio en algún lugar es un incendio en todas partes, ya que al virus no le importan las fronteras. Pero la clave para restaurar la confianza debe comenzar donde el déficit de confianza ha crecido más y ese lugar es sin duda Estados Unidos. No solo los estadounidenses han perdido la fe en sus propias instituciones, sino que, al parecer, también todos los demás. Desde 2016 ha habido una caída del 50% en la confianza del mundo en Estados Unidos, la mayor caída jamás registrada en la encuesta de los mejores países de US News and World Report.

Y la razón por la que Estados Unidos tiene el peor historial en la lucha con el coronavirus es bastante simple: Donald Trump. Es el líder de una proporción cada vez menor de público que sigue creyendo que el coronavirus es un engaño o que se niega a cumplir con las precauciones básicas para evitar su propagación. Un presidente malhechor que se niega a exigir el uso de mascarillas (incluso después de colocarse oficialmente una para su feed de Twitter) inspira a una minoría maleante que pone en riesgo a la mayoría.

Para restaurar la confianza en el sistema público de salud y la gobernanza de este país debe comenzarse con un sistema competente de pruebas, rastreo de contactos y cuarentena. Sin embargo, la administración Trump se niega aún a dar este paso necesario. Los republicanos del Senado han presionado para que se dediquen 25.000 millones a ayudar a establecer sistemas de pruebas y rastreo a nivel estatal, pero el presidente quiere ahora eliminar incluso esta modesta cantidad del presupuesto (junto con los fondos adicionales para las agencias gubernamentales encargadas de abordar la pandemia).

Los estadounidenses desconfían cada vez más de sus instituciones porque un número creciente de nosotros creemos que cada vez obtenemos menos beneficios de ellos. Por lo general, la administración Trump ha hecho todo lo posible para empeorar las cosas de manera desastrosa; solo recientemente, en medio de la pandemia y con millones de desempleados, exigió que la Corte Suprema eliminara el seguro médico proporcionado por la Ley de Atención Médica Asequible de la administración Obama. La mayor parte de los fondos de estímulo aprobados por el Congreso se destinó a personas y corporaciones adineradas, y los hombres del presidente ni siquiera ejercieron la debida diligencia para evitar que casi 1.400 millones de dólares en cheques de estímulo se enviaran por correo a personas fallecidas.

La próxima administración (suponiendo que haya una) tendrá que hacer un trabajo de limpieza masiva que restaure una fe de cualquier tipo en un sistema tan desigual y roto. Después de abordar la crisis aguda de la pandemia, tendrá que demostrar que el Estado de derecho está nuevamente funcionando. La prueba más espectacular sería, por supuesto, empurar a Donald Trump y a sus facilitadores más cercanos. Han violado tantas leyes que la confianza en el sistema legal se debilitará aún más a menos que sean juzgados y castigados por sus delitos, incluida su disposición a sacrificar vidas estadounidenses en cantidades asombrosas en pos de la reelección del Donald.

En 1996 Bill Clinton habló de construir un puente hacia el siglo XXI. Dos décadas después de este siglo, Donald Trump ha derribado eficazmente ese puente y lo ha reemplazado con un muro (aún en gran parte sin construir) que recuerda las fortificaciones de la Edad Media. La COVID-19 solo ha reforzado la paranoia insular de este presidente y sus seguidores. El camino de vuelta a la confianza, tanto a nivel nacional como internacional, será difícil. Habrá monstruos que combatir en el camino. Pero al final, es posible que recuperemos este país, creemos una economía global justa y sostenible y reconstruyamos la comunidad internacional.

Vds. y yo podemos hacer esto. Juntos.

Créanme.

 

Por John Feffer* | 10/08/2020

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

*John Feffer, colaborador habitual de TomDispatch, es autor de la novela distópica Splinterlands (publicada por Dispatch Books) y director de Foreign Policy in Focus en el Institute for Policy Studies. Su última novela es Frostlands (Haymarket Books), segundo volumen de su serie Splinterlands.

Fuente:https://www.tomdispatch.com/post/176733/tomgram%3A_john_feffer%2C_the_no-trust_world/#more

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