Las vidas son negras, el dinero es blanco

Por qué ciertos estados de EE.UU. se apuran tanto en levantar la cuarentena

Los más apurados son los que muestran mayor divergencias entre su porcentaje de habitantes afroamericanos y las muertes por raza.

 

Varios estados en esa unión de cincuenta que son los Estados Unidos están reabriendo en todo o en parte su economía. De los cuatro costados les avisan que levantar las cuarentenas implica un costo en vidas, que están haciendo casi un cálculo de cuánto cuestan los muertos, a ver si vale la pena en dinero. Pero esas advertencias no tienen en cuenta un lado importante de la ecuación. No es “la vida o el dinero”, si no “la vida de quién o el dinero de quién”. En los estados más apurados en reabrir, quedó en claro que el dinero es de la mayoría blanca y las vidas de la minoría negra.

Los gobernadores de esos estados “aperturistas” argumentan que reciben presiones de pequeños comerciantes y de trabajadores desempleados. Pero según la encuestadora Civis Analytica, el setenta por ciento de los que opinan que es hora de abrir la economía son blancos que no perdieron su puesto de trabajo por la cuarentena. Es decir, que apenas un tercio se dice dispuesto a correr el riesgo del coronavirus por desesperación, por pobreza. La amplia mayoría está cómoda y a salvo.

La explicación está en la diferencia en la tasa de mortalidad de la covid-19 por raza, que en algunos estados llega a ser brutal. De los quince estados con minorías negras importantes, nueve muestran las mayores disparidades. De esos nueve, siete son gobernados por republicanos más o menos alineados con el presidente Donald Trump. Para dar una idea de la diferencia, en Kansas el seis por ciento de habitantes afroamericanos puso el 33 por ciento de los muertos hasta ahora. En Michigan, donde los milicianos de ultraderecha tomaron la legislatura armados con fusiles automáticos para reclamar la reapertura, el 14 por ciento de población negra puso el 44 por ciento de los muertos.

Pero el estado más aberrante es el de Georgia, gobernado por un republicano duro, Brian Kemp. Georgia es “el sur profundo”, una expresión que implica la vieja tradición confederada, una economía original de plantaciones con esclavos, racismo, Ku Klux Klan y una verdadera manía por andar armado. El 32 por ciento de los habitantes de este estado es negra, y no sólo puso la mitad de los muertos de covid-19 hasta ahora, sino que un asombroso 83 por ciento de todos los pacientes que fueron a parar a un hospital resultaron ser afroamericanos.

El gobernador Kemp autorizó a reabrir hasta las peluquerías.

En Alabama, otro símbolo del apartheid norteamericano, el 27 por ciento de los habitantes es negro y puso el 46 por ciento de los muertos. En ese estado, una buena cantidad de comisarios de pueblo -sheriffs, les dicen- simplemente se negaron a hacer cumplir la cuarentena. El gobernador acaba de abrir las playas.

En el discurso demócrata, camino a las elecciones, ya se instaló la idea de que la pandemia del coronavirus dejó al descubierto las disparidades raciales y sociales del país. El Centro de Control de Enfermedades, el ya famoso CDC, coincide. En un estudio a nivel nacional, encontró que el 18 por ciento de los norteamericanos de raza negra ya puso la tercera parte de los muertos de esta emergencia. Exactamente el 33 por ciento.

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El FMI presta 3.483 millones de dólares a 11 países de América Latina, pero con las temidas 'recetas' de ajuste pospandemia

El Fondo Monetario Internacional (FMI) otorgó préstamos por 3.483 millones de dólares a 11 de los 17 países de América Latina y el Caribe que le han solicitado créditos para enfrentar la crisis sanitaria provocada por la pandemia de coronavirus.

 

De acuerdo con el reporte más reciente del organismo, entre el 15 de abril y el 1 de Mayo fueron aprobados préstamos a Bolivia, Costa Rica, Dominica, Ecuador, El Salvador, Granada, Haití, Panamá, Paraguay, República Dominicana y Santa Lucía.

El menor monto correspondió a Dominica, con 14 millones de dólares, mientras que el más alto, de 650 millones de dólares, fue para República Dominicana, pero las líneas de crédito permanecen abiertas porque hay otros países que las han solicitado.

En el caso de Jamaica, su petición se evaluará en la reunión que la Junta Ejecutiva del FMI sostendrá el próximo viernes, mientras que están pendientes los trámites de Colombia, que solicitó 11.000 millones de dólares, mismo monto que pide Perú. Honduras, en tanto, solicitó 340 millones de dólares.

Hasta ahora, el organismo solo les ha negado financiamiento de emergencia a Venezuela y Nicaragua.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, pidió un crédito de 5.000 millones de dólares, pero el organismo no se lo otorgó con el argumento de que hay una "confusión" sobre quién encabeza el gobierno, ya que algunos países reconocen al autoproclamado Juan Guaidó. El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, por su parte, solicitó 470 millones de dólares, pero las autoridades del FMI lo rechazaron al considerar que estaba haciendo un "mal manejo" de la crisis.

 

¿Cuáles son las condiciones?

 

Con el resto de los países, el Fondo ha recurrido a dos herramientas de emergencia. Una es el Mecanismo de Crédito Rápido, conocido como RFC por sus siglas en inglés, y que presta asistencia inmediata con condiciones limitadas a Estados de bajos ingresos que tienen necesidades urgentes de equilibrar su balanza de pagos. La segunda es el Instrumento de Financiamiento Rápido (RFI), que tiene los mismos objetivos, pero para todos los países miembros del organismo. En ambos casos se flexibilizan los créditos sin que ello implique revisiones de las políticas económicas de los beneficiarios, que sí se aplican en otros tipos de deuda.

En América Latina obtuvieron los préstamos a través del RFC Dominica, Granada, Haití y Santa Lucía, mientras que a Bolivia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Panamá y Paraguay se les adjudicaron a través del RFI. En todos los casos, el FMI autorizó los desembolsos para paliar la emergencia sanitaria y reconoció las políticas sociales aplicadas hasta ahora por los gobiernos, pero advirtió que, en la etapa pospandemia, se deberán repetir las añejas recetas de ajuste del gasto público.

 

Exigencias para cuando pase la crisis

 

El primer país beneficiado con un préstamo del FMI debido a la pandemia fue El Salvador, ya que el 14 de abril se autorizó un crédito de 389 millones de dólares. Al anunciar la medida, Mitsuhiro Furusawa, subdirector gerente del organismo, reconoció que la necesidad de incrementar el déficit presupuestario para preservar la salud pública y contener el impacto económico del coronavirus, pero solo de manera eventual.

"La estabilidad macroeconómica debe preservarse permitiendo que estas medidas temporales caduquen el próximo año, una vez que termine la pandemia, y comprometiéndose con un ajuste fiscal gradual a partir de 2021. Dicha estrategia debería apuntar a un saldo fiscal primario del 3,5 % del PIB para fines de 2024 y poner la deuda pública en una senda firmemente decreciente para alcanzar el 60 % del PIB para 2030", dijo.

El 16 de abril, Panamá recibió un crédito por 515 millones. El organismo reconoció que las perspectivas macroeconómicas de este país habían cambiado debido a la pandemia hasta abrir una brecha en la balanza de pagos estimada en 3.700 millones de dólares. En ese momento, Furusawa reiteró que cuando termine la emergencia habrá que modificar el gasto público.

"Volver a un ajuste gradual una vez que la pandemia retroceda aseguraría que la relación deuda pública / PIB se mantenga en un camino sostenible (…) Las respuestas políticas y las medidas macroprudenciales tendrían que recalibrarse a medida que evoluciona la situación", señaló.

Bolivia recibió el 17 de abril un préstamo por 320 millones de dólares que había solicitado el gobierno de la autoproclamada presidenta Janine Añez. El crédito avanzó sin comentario alguno por parte del FMI a la anómala situación que hay en un país en donde el año pasado hubo un golpe de Estado que terminó con el gobierno de Evo Morales, el expresidente que jamás quiso solicitar deuda al organismo. Las elecciones para recuperar el sistema democrático estaban previstas para el 3 de mayo, pero se postergaron al 20 de junio debido a la pandemia.

Al avalar el financiamiento, Furusawa aseguró que la respuesta de Bolivia a la crisis sanitaria ha sido "oportuna, bien focalizada y apropiada" y confió en la determinación del gobierno para "garantizar la estabilidad macroeconómica y la sostenibilidad de la deuda" una vez que haya pasado la emergencia.

Ese mismo día se autorizó un préstamo de 111,6 millones de dólares para Haití, el país más pobre de la región, que padece una caída brusca de sus remesas y una reducción de sus exportaciones textiles a raíz de la pandemia. Este es el único caso en el que el FMI anunció de manera explícita que auditará los recursos y aludió de manera directa a la corrupción del gobierno de Jovenel Moïse.

"Para garantizar el uso apropiado del financiamiento de emergencia, las autoridades deben preparar informes mensuales de ejecución del presupuesto sobre los gastos de Covid-19 y llevar a cabo una auditoría financiera y operativa (…) el FMI tiene la intención de seguir apoyando a Haití a través de un programa supervisado por el personal para ayudar a comenzar el proceso de restaurar la estabilidad y la sostenibilidad macroeconómicas, construir una mejor red de seguridad social y abordar las debilidades y la corrupción de la gobernanza", expresó Tao Zhang, director general adjunto del organismo.

El 21 de abril, Paraguay recibió un crédito por 274 millones de dólares. El FMI lamentó que la pandemia haya interrumpido la recuperación económica que se preveía este año en ese país. Ahora, en cambio, la recesión proyectada es del 1,0 % y el déficit fiscal, del 4,5 % del PIB.

"Una vez que la crisis disminuya, será necesario reducir el déficit presupuestario y Paraguay debería restablecer su regla fiscal, que ha anclado con éxito la estabilidad macroeconómica en los últimos cinco años", advirtió Furusawa.

Una semana después, el 28 de abril, el FMI avaló el préstamo de 65,6 millones de dólares para Dominica, Granada y Santa Lucía, países caribeños que, por sus dimensiones, son vulnerables a las crisis y cuyas economías dependen del turismo que quedó paralizado con la pandemia. Al otorgar el financiamiento, el organismo advirtió que estas naciones se habían comprometido a cumplir con el objetivo de que la deuda regional represente el 60 % del PIB para 2030, por lo que tendrán que aplicar las políticas de ajuste una vez que pase la crisis.

Costa Rica obtuvo financiamiento por 504 millones de dólares el 29 de abril. El FMI destacó en un comunicado la relajación temporal de los límites de gasto bajo la Ley de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas, la política monetaria y el tipo de cambio flexible aplicados por el gobierno de Carlos Álvaro Quesada. Furusawa admitió, de nuevo, que las necesidades médicas, sociales y económicas importantes e inmediatas provocadas por la crisis requieren ahora un mayor gasto fiscal, pero reiteró que habrá que revertirlas en cuanto se disipe la crisis de salud.

n esa misma fecha se confirmó el préstamo por 650 millones de dólares para República Dominicana, país que a raíz de esta emergencia debilitó sus perspectivas macroeconómicas. Zhang precisó entonces que, una vez que la pandemia retroceda, "será importante volver a una consolidación fiscal gradual, incluido el establecimiento de un marco fiscal a mediano plazo, para garantizar que la relación entre la deuda pública y el PIB se mantenga sostenible y en una senda en declive".

El 1 de mayo fue el turno de Ecuador, país que recibió asistencia por 469,7 millones de dólares. Al anunciar el préstamo, la directora del FMI, Kristalina Georgieva, señaló que la pandemia y la fuerte caída de los precios del petróleo plantearon un gran desafío para la economía ecuatoriana y generaron importantes restricciones financieras, ya que es uno de los mayores exportadores de crudo de América Latina.

"Las autoridades se comprometen a abordar los riesgos para la sostenibilidad fiscal y de la deuda. Con este fin, han tomado algunas medidas iniciales sustanciales, incluida la participación con acreedores del sector privado en una operación de deuda", destacó el FMI, al explicar el compromiso del presidente Lenín Moreno para garantizar la sostenibilidad de la deuda global del país y buscar una reestructuración en el mediano plazo.

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Lunes, 11 Mayo 2020 07:02

Alarma

Todos los trabajos son esenciales, se lee en el cartel que portan manifestantes afuera del Congreso estatal en Sacramento, California, para protestar hace unos días contra las medidas de aislamiento para frenar los contagios del Covid-19.Foto Ap

Más de 33 millones de desempleados y cerca de 80 mil muertos, pero la Casa Blanca insiste en que han hecho una labor maravillosa en controlar el desastre que este gobierno ha provocado y que ha llegado a tener dimensiones económicas y de salud sin precedente en casi un siglo.

Expertos en epidemias han señalado que 90 por ciento de las muertes en este país podrían haber sido prevenidas si el gobierno federal hubiese implementado las medidas de mitigación dos semanas antes. Nunca en la historia del país ha habido un fenómeno tan severo de desempleo en tan poco tiempo. Tardó dos años después del quiebre de la bolsa en 1929 para llegar a una tasa de desempleo oficial de 15 por ciento, algo que se logró ahora en sólo dos meses.

Ante ello, por primera vez, algunos de los que votaron por este presidente empiezan a tener dudas. Aparentemente, cuando millones se quedan sin chamba, se enferman y/o pierden un ser querido por el mal manejo de una peste, es algo negativo para los políticos.

Aunque sondeos recientes muestran un deterioro del apoyo para el mandatario, quien supuestamente está de cada vez peor humor al ver esfumarse lo que pensaba sería una relección fácil, no es momento para el optimismo. De hecho, Estados Unidos está entrando tal vez en una de las fases políticas más peligrosas de su historia. Un borracho de poder es capaz de hacer cualquier cosa para seguir bebiendo su veneno (aun si no es cloro), advierten muchos, incluyendo republicanos, desde que llegó Trump al poder. Bernie Sanders y Noam Chomsky, entre otros, lo han bautizado como "el presidente más peligroso" de la historia moderna del país.

Hay campos de concentración llenos de personas llamadas ilegales y ajenos, se ha secuestrado y colocado en jaulas a niños, hay uniformados parando a gente o tocando a sus puertas exigiendo: "sus papeles, por favor", hay una destrucción y perversión del sistema de justicia con el presidente y su procurador general interviniendo en casos legales para rescatar a sus colegas como acaba de suceder con el ex asesor de Seguridad Nacional, el general Michael Flynn; se ha cuestionado el patriotismo de los que se atreven a criticar o acusar al mandatario, los medios no alineados son calificados de "enemigos del pueblo", mientras la ciencia es descartada. El Ejecutivo comete repetidas violaciones de normas, libertades civiles y leyes constitucionales e internacionales (como anular el derecho al asilo). Mientras tanto, Trump ha calificado de "muy buenas personas" a bandas de personas con esvásticas y armadas que ingresaron a capitolios estatales para exigir la anulación de las medidas de mitigación de la pandemia; en Illinois, contra el gobernador demócrata –y judío–, un manifestante llevaba una pancarta con el lema “ Arbeit macht frei”, la frase que estaba sobre las rejas de Auschwitz.

"Personas muy buenas" no intentan determinar el curso de la política pública mostrando armas de fuego frente a funcionarios civiles y legisladores electos. “Los fascistas hacen eso.… Y eso es porque te gusta”, respondió al presidente, en un tuit, David Simon.

Por cierto, una nueva investigación publicada por la Reserva Federal de Nueva York concluye que los efectos de la "influenza española" de 1918 ayudaron en nutrir el surgimiento y apoyo al Partido Nazi en Alemania ( https://www.newyorkfed.org/ research/staff_reports/sr921).

Es irresponsable ser alarmista durante una emergencia. Pero es igual de irresponsable no llamar las cosas por su nombre. Aquí hay un peligro real, donde la arquitectura democrática de este país, con todos sus defectos, está al borde de una crisis existencial. Y si es así, todos, dentro y fuera de este país, tienen que tomar una decisión sobre si serán o no cómplices del régimen encabezado por Trump. La historia está llena de las lecciones de momentos como éste. No es nuevo, y lo más preocupante es recordar qué tan rápido puede suceder lo peor.

Por eso es tiempo de sonar la alarma (y celebrar la resistencia).

https://youtu.be/2QPBpFAKTGo

https://www.youtube.com/watch?v=Z2t-X-v7dAM

https://www.youtube.com/watch?v=ZSx91WBQLpg

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Lunes, 11 Mayo 2020 06:54

Prisa

Prisa

Han sido largas las semanas de confinamiento a raíz de la pandemia. Esta medida para prevenir el contagio y la saturación de los servicios de salud se ha utilizado prácticamente en todas partes.

Un caso aparte es el de Suecia, donde no se confinó a la población y se estima que, al final de mayo, 40 por ciento de los habitantes de Estocolmo tendrán algún tipo de inmunidad al virus, lo que limitará el impacto del rebrote de la infección que se espera para el otoño. Hasta ahora registra menos de 4 mil fallecimientos.

La pandemia ha impuesto urgencias a sociedades y gobiernos. La población se ha sometido a las restricciones por temor al contagio y ha acatado las medidas impuestas por los gobiernos.

La estrategia de confinamiento se ha politizado inevitablemente de una u otra manera. Ejemplos sobresalientes y de diferente naturaleza son Estados Unidos, Brasil y España. Cada sociedad, a su manera, expresa sus contradicciones propias.

El conflicto adquiere nuevos tonos en la medida en que empiezan a proponerse y aplicarse medias para reabrir las calles y actividades económicas.

Esta etapa tiene un grado muy distinto de complejidad que el encierro. De la secuencia de la fase cero a la tres, ahora se plantea "desescalar", como se denomina en España, el estado de emergencia. Para ello definen otras tantas fases y sus tiempos.

Esto ocurre en un entorno de afirmaciones y rectificaciones, en el mejor de los casos. En otros se hace en medio de mucha inseguridad y de confrontación política. El proceso que se sigue ahora en Estados Unidos lo manifiesta claramente. La relección presidencial está de por medio. El fenómeno sociológico es, en general, muy relevante y están por verse las consecuencias.

Ciertamente, las muertes provocadas por el coronavirus son muy reducidas como proporción de la población total, pero ocurren al mismo tiempo. El argumento es válido, pero imagino que es más defendible cuando le ocurre a los demás y no a uno mismo y su círculo próximo. Se puede, claro, jugar a los dados. Las opciones individuales son una cosa, la dimensión social, económica y política es otra. Las ilusiones también.

El tránsito de la urgencia por contener el daño del coronavirus a la prisa por relajar el confinamiento introduce nuevas características a la naturaleza de la pandemia y sus repercusiones. La gente y las empresas demandan el relajamiento de las restricciones, las autoridades van cediendo de distintas maneras. En otros casos es alentada desde el poder.

El proceso está inmerso en el hecho de que el virus no desaparece. En un reciente artículo, el escritor Ian McEwan recuerda lo dicho por el epidemiólogo Larry Brilliant, quien contribuyó a erradicar la viruela: “Este manojo de ARN en su envoltura de grasa… se sienta a esperar con paciencia hasta que no haya más personas vulnerables”. En el caso que nos envuelve a todos hoy, no hay aún manera de conseguir la inmunidad contra el virus. No se ha comprobado que el sistema inmunológico lo consiga y no hay vacuna.

Algunas propuestas en favor de la apertura afirman que permitirá controlar el contagio. Para ello se necesita que las personas desarrollen la resistencia al virus y se consiga la "inmunidad de rebaño". La apertura en ese caso podría exigir aún más de los sistemas de salud, ya muy vapuleados. Ahí entra el debate sobre la extensión con que se deben aplicar las pruebas de contagio y, aunado a ello, el seguimiento de los contactos de los infectados.

Se habla de distinguir entre aquellos que son más vulnerables (obesos, diabéticos y viejos) y el resto de la población. Esto implica ya una manera específica de concebir la sociedad y la solidaridad, pero no debería causar demasiada sorpresa. Los fondos de pensiones estarían muy complacidos en poder eliminar el riesgo actuarial de los mayores de 60 años y liberar la presión sobre sus recursos, sobre todo ahora que hay tantos desempleados y son menores las contribuciones y las reservas.

En algunos casos se planea la apertura de ciertas actividades aun mientras los casos de contagio y defunciones van al alza. Esta etapa exigirá una renovada concepción del funcionamiento de la pandemia. Algunos, como ocurrió en el estado de Michigan, en Estados Unidos, entrarán en los recintos oficiales armados con pistolas y metralletas para exigir que se acabe el confinamiento.

¿Rebelión o protesta? ¿Incitados o motu proprio? Otros actuarán con más prudencia y hasta desobedecerán las prematuras acciones de apertura que planean sus gobiernos.

Planear la apertura, controlarla y cumplirla son tareas enormes en cuanto a su definición, aplicación y necesidad de revisión constante. Requiere de consensos y cuestiones prácticas que tienen que ser satisfechas: el control del contagio, los medios de protección disponibles, la disciplina social y un claro liderazgo técnico y político. Las cosas evolucionarán a un paso que puede ser incompatible con la prisa.

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El planeta de los humanos y los cuentos de hadas del crecimiento

Los documentales Planet of the Humans, de Jeff Gibbs y producido por Michael Moore, y Cuentos de hadas del crecimiento, de Pierre Smith Khanna, se han lanzado gratuitamente a la red con una temática similar: el decrecimiento inevitable en un mundo finito.

 

Di toda la verdad pero dila sesgada

el éxito se encuentra en el rodeo

La verdad debe deslumbrar poco a poco

o ciegos quedarán todos los hombres

Emily Dickinson

En las últimas semanas dos documentales se han lanzado gratuitamente a la red con una temática similar: el decrecimiento inevitable en un mundo finito, que ya sobrepasa muchos de los límites que su finitud le impone. Es un buen momento ahora para ver dos piezas que pueden alimentar muchos debates interesantes y sobre todo necesarios. [Alerta, spoiler]

El primero que pude ver fue Planet of the Humans, de Jeff Gibbs, producido por Michael Moore. Una pieza en mi opinión con mucho interés, valiente, y quizá por ello, temeraria, con alguna inexactitud y crítica difícil de justificar. Digamos que hace un ataque frontal a los lobbies de las renovables y a muchos de sus defensores a ultranza con un material que ha envejecido un poco —parece ser que llevaban tiempo planeando el documental—, en cuanto a datos de eficiencia que se han quedado algo desfasados. Y hace sangre con algún ambientalista como Bill Mckibben, que no debería estar en el documental al mismo nivel que, por ejemplo, Al Gore.

Ahora bien, el diagnóstico, el cuadro general, es certero y apunta donde duele. Una pequeña lista de los criticados en el documental: Apple, Goldman Sachs, Banco Mundial, Naciones Unidas, los hermanos Koch, Bloomberg, Tesla, Google u organizaciones ecologistas como el Sierra Club. No teme generarse enemigos, vamos, y era previsible que le cayeran palos por todas partes.

Es un documental que rompe con un tabú en la izquierda norteamericana, denuncia claramente que las renovables se merecen ese nombre sobre todo porque cada cierto tiempo, hay que renovarlas. Fabricación, ensamblaje, mantenimiento, todo ese proceso se hace con combustibles fósiles y materiales escasos, así que bueno, renovables, renovables, no son. Ni lo serán. La intermitencia de los factores que generan la energía hace imprescindible tener baterías y alternativas menos pulcras para mantener el suministro, eso incrementa los costes sucios de esas energías supuestamente “limpias y verdes” y las empequeñece. Es bastante obvio que se está exagerando el potencial de esas fuentes por varias razones.

La primera: el crecimiento no se cuestiona. Decir que las futuras fuentes energéticas (a día de hoy) nos permitirían mantener un 30% o un 40% de la energía actual es igual a 99% de colapso del sistema. Si cae la fe en la Iglesia del Perpetuo Crecimiento, el sistema de dinero deuda se vería en un aprieto por la falta de confianza=fe, y con él casi todos los bancos=parroquias. Estamos como sociedad en esa fase de negación casi lógica ante un problema enorme que nos sobrepasa. Hay que descomplejizar las sociedades opulentas del norte sí o sí, y eso va contra el dios mercado y la religión neoliberal. Pero la entropía, la atmósfera sobrecargada, o la ley de rendimientos decrecientes no negocian y el tiempo para atajar la emergencia climática se está acabando.

Y el factor más peligroso: el gatopardismo verde. En esta fase de capitalismo en crisis que el covid-19 simplemente ha acelerado, lo que parece es que la transición a renovables la va a pilotar BlackRock. Esto es como poner a Ortega Cano a dirigir el tráfico. Mal vamos. No parece descabellado pensar que si la “oportunidad de negocio” es ahora la transición a green, a sostenible, a limpio, pues la mayor empresa del mundo en gestión de activos, que se dedica a invertir como nadie en combustibles fósiles o en armamento —y que por cierto posee una buena parte del IBEX 35— se quita la camiseta sucia de sangre y aceite, se pone una verde reluciente, y… os presento a BlackRock, capitán ecologista. O mejor dicho, Capitán Greenwashing. Con mucho negocio paralizado o en pendiente cuesta abajo, las inversiones de los Green New Deal norteamericano y europeo van a suponer muchos millones para quien ejecute esas transiciones.

Eso explica los ataques despiadados que está recibiendo el documental de Gibbs y Moore por parte de casi toda la prensa y hasta de referentes del ecologismo, que no creen que sea un buen momento para esa crítica cáustica, y puede que tengan razón en parte. En defensa de esos referentes, como por ejemplo Naomi Klein o George Monbiot, hay que decir que el documental cae a veces en un sentimentalismo quizá excesivo. El tema de la superpoblación, en fin, es otro tabú, y lo toca de una manera muy tosca y algo primermundista, y de las nucleares por ejemplo no dice ni mu. Eso sí, está hecho para el público norteamericano, que quizá está en una fase de negación aún más exagerada que la nuestra, prueba viviente es su presidente.

Otro factor a analizar es la dicotomía creciente en la sociedad norteamericana. Si haces una crítica a las renovables, ya te posicionan muchos medios del lado diestro que defiende a Trump y al lobby de las petroleras, eso está ocurriendo con algunos artículos contra Michael Moore y Jeff Gibbs, y hay que evitar caer en la trampa. Hay grises entre esas dos posturas. Ni el sector aparentemente progresista está limpio en su totalidad, ni todo es mentira en la crítica al sistema que se puede entrever en la alt-right estadounidense. De hecho, una parte de esa legítima crítica, la están copando Bannon y compañía por el buenismo a veces algo acrítico de ciertos sectores de la izquierda. Es un tema muy complejo en el que los matices son importantes. La transición a renovables es inevitable, pero también la crítica constructiva al “progreso” al que, como diría Benjamin, a veces hay que detener aún tirando del freno de emergencia.

Lo que me parece cuanto menos para reflexionar, es por qué al documental de Di Caprio, (Before The Flood) o al de la misma Naomi Klein (Esto lo Cambia Todo) no le zurraron tanto los grandes medios de comunicación  —financiados por muchas de esas empresas criticadas, que dependen en muchos casos de los bancos, y en los que nada más entrar a sus webs puedes ver banners relucientes de Iberdrola y la transición a renovables, guiño, guiño—. Igual es que no metían el dedo en la llaga: se acabó crecer y crecer y nada lo puede evitar. Para entender mejor el documental y los límites de las renovables recomiendo seguir lo que dicen https://crashoil.blogspot.com/2020/04/umans.html">Antonio Turiel y Antonio Aretxabala, dos científicos expertos en energía fósil y renovable de los que yo aprendo cada día, y que han publicado sus opiniones sobre el documental en sus respectivos blogs. 

Y entonces, cuando más cabreado estaba por las críticas a ese trabajo estimulante y más que digno, un humilde documental llamado Cuentos de hadas del crecimiento apareció por algoritmagia ante mis ojos. Es un documental hecho en Barcelona por Pierre Smith Khanna, miembro del colectivo Research and Degrowth, en el que se hace un recorrido menos sentimental y más histórico del problema ecológico-energético y que es más propositivo, habla más de soluciones. Eso me encanta. Creo que estamos saturados de críticas, necesitamos propuestas.

En realidad, es mejor documental, sobre todo para iniciarse en la problemática o comprenderla. Pero no recibirá ningún ataque. A nadie le va a molestar y —ojalá me equivoque—, poco debate habrá con él. Es una obra que hasta que sea evidente que daba en el clavo, pasará probablemente inadvertida. Igual pasan los años y es reverenciada, pero ahora mismo, como no busca polémica y no está avalada por una persona mainstream como el oscarizado Michael Moore, tiene difícil llegar a mucha gente.

Y para eso está esta crítica, para decir que ambos trabajos valen mucho la pena. Juntos son unas dos horas. Dos capítulos de la serie de tu vida. Y, perdonadme, no hay ficción que supere a esta realidad donde Pablo Casado cita a Orwell sin pestañear, un tipo de barril de petróleo (los futuros de West Texas) se ha llegado a vender a - 37 dólares, es decir te pagan porque te lo lleves a casa, y Abascal hace de defensor de la causa LGTBI.

Por Juan Bordera

11 may 2020 04:37

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Avianca, la segunda aerolínea más grande de América Latina, se declara en quiebra voluntaria por el covid-19

"Acogerse a este proceso fue necesario debido al impacto imprevisible de la pandemia covid-19, que ha provocado una disminución del 90% del tráfico mundial de pasajeros", han explicado desde el consorcio.

 

El consorcio aerocomercial latinoamericano Avianca Holdings —que surgió en el 2010 como resultado de la fusión de la aerolínea colombiana Avianca y la salvadoreña TACA Airlines— ha anunciado este 10 de mayo que inicia el procedimiento de reorganización voluntaria para preservar operaciones debido a la pandemia de coronavirus.

En este contexto, el consorcio ya presentó ante el Tribunal de Bancarrota del Distrito Sur de Nueva York una solicitud para acogerse voluntariamente al Capítulo 11 del Código de Bancarrota de EE.UU.

"Acogerse a este proceso fue necesario debido al impacto imprevisible de la pandemia covid-19, que ha provocado una disminución del 90% del tráfico mundial de pasajeros y se espera que reduzca los ingresos de la industria en todo el mundo en 314.000 millones de dólares, según la Asociación de Transporte Aéreo Internacional (IATA)", ha explicado la empresa en un comunicado, acompañado por la etiqueta Avianca #SeguiráVolando.

Desde la aerolínea, la mayor de Colombia y El Salvador, y la segunda más grande de América Latina, han detallado que, a lo largo del proceso de quiebra, supervisado por el tribunal, Avianca continuará operando.

Además, "Avianca continúa participando en conversaciones con el Gobierno de Colombia, así como con los de sus otros mercados clave, con respecto a las estructuras de financiamiento que proporcionarían liquidez adicional a través del proceso del Capítulo 11 y que desempeñarían un papel vital para garantizar que la compañía salga de su reorganización como una aerolínea altamente competitiva y exitosa en las Américas", han asegurado.

Publicado: 10 may 2020 23:43 GMT

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La ética del cuidado, el pacto ecosocial y el pacto ecoeconómico como futuro posibles post covid-19

En esta etapa de la Pandemia del covid-19, la constante observación de noticias ha despertado mi interés no solo en el seguimiento y evolución de cómo los Gobiernos del mundo abordan y enfrentan el desafío de contener la propagación del virus, los diferentes mecanismos de prevención, las estrategias para evitar el colapso de los sistemas de salud, y de otro lado, los escenarios futuros y posibles postpandemia.

Partamos del postulado que en este periodo de crisis es necesario abandonar sí o si, el discurso bélico, el cual una vez aplanada la curva de contagios, al menos en los Estados Unidos, se generará como un sofisma distractor. Donald Trump empezará a materializar y fundamentar sus acusaciones contra el gobierno de China y China a su vez tratará de demostrar que el virus fue producido en una base militar americana, distrayendo a la sociedad de lo realmente relevante postpandemia.

Los Gobiernos una vez superada en una primera fase la crisis, deberían de inmediato asumir las causas ambientales de la pandemia, junto con las sanitarias, y colocarlas también en la agenda política, esto nos ayudaría a prepararnos positivamente para responder al gran desafío de la humanidad, la crisis climática, y a pensar en un gran pacto ecosocial y ecoeconómico.

El 2020 ha patentizado la encrucijada civilizatoria en curso. Frente a nuevos dilemas políticos y éticos, nos permite repensar la crisis económica y climática desde una nueva óptica, tanto en términos multiescalares (global/nacional/local) como en ámbitos geopolíticos (relación norte/sur bajo un nuevo multilateralismo). Creo que todo se reduce a formular dos posibles escenarios: O bien vamos hacia una globalización neoliberal más autoritaria, o bien, sin caer en una visión ingenua, la crisis puede abrir paso a la posibilidad de la construcción de una globalización más democrática, ligada al paradigma de la ética del cuidado, por la vía de la implementación y el reconocimiento de la solidaridad y la interdependencia como lazos sociales e internacionales; de políticas públicas orientadas a un «nuevo pacto ecosocial y ecoeconómico», que aborde conjuntamente la justicia social y ambiental.

Las crisis y las revoluciones, no hay que olvidarlo, también generan procesos de «liberación cognitiva», toda revolución y toda crisis siempre han generado ganancias incalculables para la sociedad. En la mayoría de los casos las ganancias esperadas son distantes de los objetivos y sentidos que motivaron dichos movimientos. Esto hace en gran medida posible la transformación de la conciencia de los potenciales afectados; esto hace posible, también, superar el fatalismo o la inacción y tornar viable y posible aquello que hasta hace poco era inimaginable.

Esto supone entender que la suerte no está echada, que existen oportunidades para una acción transformadora en medio del desastre. Lo peor que podría ocurrir es que nos quedemos en casa convencidos de que las cartas están marcadas y que ello nos lleve a la inacción o a la paralización, como el trinomio (cuarentena-miedo-parálisis), pensando que de nada sirve tratar de influir en los procesos sociales y políticos que se abren, así como en las agendas públicas que se están instalando. Lo peor que podría suceder es que, como salida a la crisis sistémica producida por esta emergencia sanitaria, se profundice «el desastre dentro del desastre». Debemos partir de la representación de que estamos en una situación extraordinaria, de trance sistémico, y que el horizonte civilizatorio no está cerrado y todavía está en disputa.

En esa línea, varios expertos en el mundo consideran que ciertas puertas deben no abrirse (por ejemplo, no podemos aceptar una solución como la de 2008, que beneficie a los sectores más pudientes, corruptos y contaminantes), y otras que deben abrirse más y potenciarse (un Estado que valorice el paradigma de la ética cuidado y la vida), tanto para pensar la salida de la crisis como para imaginar otros mundos posibles. Se trata de proponer salidas a la actual globalización, que cuestionen la actual destrucción de la naturaleza y los ecosistemas, que cuestionen una idea de sociedad y vínculos sociales marcados por el interés individual, que cuestionen la mercantilización y la falsa idea de «autonomía». En mi opinión, las bases de ese nuevo lenguaje deben ser tanto la instalación del paradigma del cuidado como marco sociocognitivo como la implementación de un gran pacto ecosocial y económico, de ámbito nacional y global.

En primer lugar, más que nunca, se trata de valorizar el paradigma del cuidado, un paradigma relacional que implica el reconocimiento y el respeto del otro, la conciencia de que la supervivencia es un problema que nos incumbe como humanidad y nos involucra como seres sociales. Como manifiesta Maite Pérez Echarri “Solo aquel que comprende que es incompleto, indigente y vulnerable es capaz de cuidar”. La ética del cuidado puede ayudarnos a repensar los vínculos entre lo humano y lo no humano, a cuestionar la noción de «autonomía» que ha generado nuestra concepción moderna del mundo y de la ciencia; a colocar en el centro nociones como la de interdependencia, reciprocidad y complementariedad.

Esto significa reivindicar que aquellas tareas cotidianas ligadas al sostenimiento de la vida y su reproducción, que han sido históricamente despreciadas en el marco del capitalismo patriarcal, son tareas centrales y, más aún, configuran la cuestión ecológica por excelencia. Lejos de la idea de falsa autonomía a la que conduce el individualismo liberal, hay que entender que somos seres interdependientes y abandonar las visiones antropocéntricas e instrumentales para retomar la idea de que formamos parte de un todo, con los otros, con la naturaleza. En clave de crisis civilizatoria, la interdependencia es hoy cada vez más leída en términos de ecodependencia, pues extiende la idea de cuidado y de reciprocidad hacia otros seres vivos, hacia la naturaleza.

En este contexto de tragedia humanitaria a escala global, el cuidado no solo doméstico sino también sanitario como base de la sostenibilidad de la vida cobra una significación mayor. Por un lado, esto conlleva una revalorización del trabajo del personal sanitario, mujeres y hombres, médicos generales, internistas, infectólogos, epidemiólogos, enfermeros, conductores de ambulancia, camilleros, en fin, el conjunto del cuerpo humano de trabajadores de la salud, que afrontan el día a día de la pandemia, con las restricciones y déficits de cada país, al tiempo que exige un abandono de la lógica mercantilista y un redireccionamiento de las inversiones del Estado en las tareas de cuidado y asistencia. Por otro lado, las voces y la experiencia del personal de la salud serán cada vez más necesarias para colocar en la agenda pública la relación que existe entre salud y ambiente, con vistas al colapso climático. Nos aguardan no solo otras pandemias, sino la multiplicación de enfermedades ligadas a la contaminación y al agravamiento de la crisis climática. Hay que pensar que la medicina, pese a la profunda mercantilización de la salud a la que hemos asistido en las últimas décadas, no ha perdido su dimensión social y sanitarista, tal como podemos ver en la actualidad, y que de aquí en más se verá involucrada directamente en los grandes debates societales y, por ende, en los grandes cambios que nos aguardan y en las acciones para controlar el cambio climático, junto con sectores ecologistas, feministas, jóvenes y pueblos originarios.

En el contexto de esta pandemia, ha habido algunas señales. Por ejemplo, Chris Stark, jefe ejecutivo del Comité sobre Cambio Climático del Reino Unido (CCC), sostuvo que la inyección de recursos que los gobiernos deben insuflar en la economía para superar la crisis del covid-19 debe tener en cuenta los compromisos sobre el cambio climático, esto es, el diseño de políticas y estrategias que no sean solo económicas sino también un «estímulo verde». En Estados Unidos un grupo de economistas, académicos y financistas agrupados bajo la consigna del estímulo verde (greenstimulus) enviaron una carta en la que instaron al Congreso a que presione aún más para garantizar que los trabajadores estén protegidos y que las empresas puedan operar de manera sostenible para evitar las catástrofes del cambio climático, especialmente en una economía marcada por el coronavirus.

Varios académicos proponen pensar en términos de un gran pacto ecosocial y económico. Sabemos que, en nuestras latitudes, el debate sobre el Green New Deal es poco conocido, por varias razones que incluyen desde las urgencias económicas hasta la falta de una relación histórica con el concepto, ya que en América Latina nunca hemos tenido un New Deal, ni tampoco un Plan Marshall. Así que, no hay en América Latina un imaginario de la reconstrucción ligado al recuerdo del Plan Marshall (Europa) o el New Deal (Estados Unidos). Lo que existe es un imaginario de la concertación social, en el cual la demanda de reparación (justicia social) que tanto auge y renombre tuvo en el proceso de paz colombiano, continúa asociada a una idea hegemónica del crecimiento económico, que hoy puede apelar a un ideal industrializador, pero siempre de la mano del modelo extractivo exportador, el agronegocio y a la minería a cielo abierto. La presencia de este imaginario extractivista/desarrollista poco contribuye a pensar las vías de una «transición justa» o a emprender un debate nacional en clave global del gran pacto ecosocial y económico. Antes bien, lo distorsiona y lo vuelve decididamente peligroso, en el contexto de crisis climática.

De lo que se trata es de construir una verdadera agenda nacional y global, con una batería de políticas públicas, orientadas hacia la transición justa. Esto exige sin duda no solo una profundización y debate sobre estos temas, sino también la construcción de un diálogo norte-sur, con quienes están pensando en un Green New Deal, a partir de una nueva redefinición del multilateralismo en clave de solidaridad e igualdad.

Nadie dice que será fácil, pero tampoco es imposible. Necesitamos reconciliarnos con la naturaleza, reconstruir con ella y con nosotros mismos un vínculo de vida y no de destrucción. El debate y la instalación de una agenda de transición justa pueden convertirse en una bandera para combatir no solo el pensamiento liberal dominante, sino también la narrativa colapsista y distópica que prevalece en ciertas izquierdas y la persistente ceguera epistémica de tantos progresismos desarrollistas. La pandemia del coronavirus y la inminencia del colapso abren a un proceso de liberación cognitiva, a través del cual puede activarse no solo la imaginación política tras la necesidad de la supervivencia y el cuidado de la vida, sino también la interseccionalidad entre nuevas y viejas luchas (sociales, étnicas, feministas y ecologistas), todo lo cual puede conducirnos a las puertas de un pensamiento holístico, integral, transformador, hasta hoy negado.

Referencias.

  1. Henri Acselrad: «Movimiento de justicia ambiental. Estrategia argumentativa y fuerza simbólica» en Jorge Riechmann (coord.): Ética ecológica. Propuestas para la reorientación, Nordman, Montevideo, 2004.
  2. David Schlosberg: «Justicia ambiental y climática: de la equidad al funcionamiento comunitario» en Ecología Política, 18/6/2011.
  3. Ramón Fernández Durán: «Fin del Cambio Climático como vía para ‘Salvar todos juntos el Planeta’» en Ciudades para un Futuro más Sostenible, 2010.
  4. Carosio, A., «La ética feminista: más allá de la justicia», Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, Vol. 12, nº 28, junio 2007.
  5. Koggel, C., y Orme, J. «Care Ethics: New Theories and applications», Ethics and Social Welfare,Vol. 4, nº 2, 2010, pp. 109-114, p. 109.81.

 Por: Daniel Nicolás Cabral Bonilla[1]

[1]Magister en Dirección de Personas y Recursos Humanos. Universidad de Barcelona – España, Magister en Direccionamiento Estratégico de la Organizaciones. Universidad de Barcelona y EAE (Escuela de Administración de España). Barcelona España. Colombiano, residente en la ciudad de New York.

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Domingo, 10 Mayo 2020 07:42

El Estado al rescate

 El presidente Emmanuel Macron en una visita a la escuela Pierre de Ronsard, de París / Foto: Afp, Ian Langsdon

Keynesianismo de ocasión en tiempos de emergencia.

Banqueros que auguran el fin del capitalismo salvaje y la llegada de un Estado más “maternal”; ministros liberales que no hacen ascos a las nacionalizaciones; gobiernos ajustadores que anuncian planes de gastos millonarios… Sin embargo, detrás de apariencias e ilusiones, la nueva normalidad aún no se aleja mucho de la vieja.

 

Sucede a menudo en ocasiones de grandes crisis: el Estado toma sus armas de caballero y a capa y espada sale a escena a dar la cara. Cuanto más grande era antes de la crisis, más dinero podrá poner el valiente para salvar también a quienes antes querían achicarlo, adelgazarlo, vaciarlo, y volverán a querer hacerlo cuando todo pase y la “nueva normalidad” se instale, tan parecida ella a la vieja.

Un escenario así se está viendo ahora. En casa (véase contratapa de Brecha, 9-IV-20) y en “el mundo”. A veces incluso las sorpresas son grandes. Se hizo famoso un editorial del Financial Times, vocero consuetudinario de ese protagonista tan invisible como el coronavirus al que llaman “los mercados”, que al comienzo de esta crisis global, el 3 de abril, llamó a que tras la pandemia se pongan sobre la mesa de discusión de los grandes del planeta “reformas radicales que reviertan la dirección principal de las políticas de las últimas cuatro décadas” y apunten a dar al Estado un papel mucho más protagónico en la economía. Los gobiernos, afirmó el señero diario británico, “deberán ver a los servicios públicos como inversiones, no como cargas, y buscar fórmulas para que los mercados laborales sean menos inseguros. La redistribución será debatida otra vez; los privilegios de las personas mayores y de los más ricos serán cuestionados. Políticas consideradas excéntricas hasta ahora, como la renta básica y los impuestos a las rentas más altas, tendrán que formar parte de las propuestas”. No sólo el Financial Times se internó por ese camino de la conversión. Banqueros, políticos, economistas habitualmente ubicados en su misma cuerda fueron más o menos en igual sentido. En Francia, por ejemplo, Patrick Artus, economista del banco de inversión Natixis, dijo que si alguna conclusión se puede sacar del desastre causado por la pandemia, es que el“capitalismo neoliberal, que optó por la globalización, la reducción del papel del Estado y de la presión fiscal, las privatizaciones y una protección social débil, llegó a su fin”(Libération, 1-IV-20). Y previó también que la era del Después del Coronavirus será menos salvaje. Más “maternal”, dijo otro banquero, italiano él, de vieja raigambre liberal él, pensando en un Estado que arrope y deje a la “menor cantidad posible” de gente por el camino. “Quizá cuando las imágenes tan fuertes que estamos viendo ahora de hospitales desbordados, de cuerpos amontonados en morgues, de ciudades como Bérgamo casi diezmadas, pasen, como pasó la de Aylan, el niñito sirio que se ahogó en las costas italianas, podamos creer otra vez en lo mismo. La peste por ahora no nos deja, pero quién sabe.”

Quién sabe.

***

La megacrisis ha llevado a que señores que hasta hace muy, muy poco no hablaban más que de privatizaciones hoy piensen en la posibilidad de incrementar la participación del Estado en algunas grandes empresas al borde de la quiebra o incluso en nacionalizarlas. Bruno Le Maire, ministro de Finanzas del gobierno francés, se dijo, mes y medio atrás, dispuesto a estudiar “todas las posibilidades” para salvar compañías que la pandemia “ha puesto de rodillas”, como Air France o Renault. “Se podrá proceder a recapitalizaciones, a tomas de participación, puedo incluso emplear el término ‘nacionalizaciones’”, afirmó el muy liberal ministro que condujo unos pocos años atrás la privatización en condiciones bastante escandalosas de La Française des Jeux, una empresa pública que desde 1976 tenía el monopolio de las loterías y las apuestas deportivas, y la no menos escandalosa de Aeropuertos de París, aún no terminada. En 2006, cuando operaba para otro gobierno liberal, tuvo un papel central en las privatizaciones de la empresa estatal de gas y de las autopistas, que generaron gigantescas ganancias a los concesionarios, y respaldó la venta de una de las empresas que hoy “no descarta” nacionalizar, la compañía aérea Air France. A fines de marzo, Le Maire recibió de inmediato el apoyo entusiasta de Geoffroy Roux de Bézieux, presidente del Medef, la confederación patronal. “No hay que aferrarse a tabúes en estos temas. El Estado deberá efectivamente estar allí para asistir cuando sea el caso de aquellas empresas que pasen por una situación financiera muy compleja”, dijo este hombre, presente en los consejos de administración de empresas de variados sectores y autor, en 2011, del libro Pour sortir de la crise, le capitalisme (“Para salir de la crisis, el capitalismo”).

“Difícil creer que el ministro de Finanzas haya cambiado en unas pocas semanas de convicciones”, afirma el portal francés Mediapart en un informe consagrado al “concurso de hipocresías que rodea a la idea de nacionalizaciones” (28-III-20). Lo que Le Maire, Roux de Bézieux y otros grandes empresarios pretenden preservar, dice el autor de la nota, Laurent Mauduit, “es al capitalismo financiero, promoviendo ahora soluciones de emergencia”, de salvataje, que están en línea con los intereses de los accionistas privados de la empresa. Lo mismo que hicieron los gobiernos occidentales en la crisis de 2008 y otras anteriores, cuando destinaron miles de millones de euros de las arcas públicas al salvataje de bancos en quiebra. “Es el viejo principio del liberalismo: el Estado debe estar presente para socializar las pérdidas y ya será tiempo, cuando la crisis se supere, de reprivatizar las ganancias”, recuerda Mauduit. El Estado actuó, entonces, como “soporte del desarrollo del neoliberalismo”, señaló en declaraciones para otra nota de Mediapart Lenny Benbara, encargada de publicaciones del Instituto Rousseau, un laboratorio de ideas recientemente creado en Franciaal margen de los partidos de izquierda.

Con ese espíritu es que se ha movido en general el gobierno de Emmanuel Macron, como la mayoría de sus pares occidentales, en esta crisis en la que tanto se insiste acerca de los cambios copernicanos que tendrán lugar, casi como por encanto, cuando la pandemia sea historia y una suerte de neokeynesianismo se apodere de las mentes de los Connie Hughes del universo. Contribuyó a la confusión que en tantos y tantos países el freno de mano impuesto a “la economía” haya obligado a destinar paladas de dinero a planes sociales de todo tipo y a colocar en consecuencia algunos dogmas en el congelador; o que muchos liberales reconocieran que habían ido demasiado lejos con la idea de manejar los servicios públicos como si fueran empresas, en especial los de la salud; o que por estos lares algunos ilustres defensores del “todo al mercado” murmuraran que, bueno, y por qué no una vuelta a la sustitución de importaciones; o que en Europa surjan en filas del centroderecha discursos contra una mundialización que llevó, por ejemplo, a deslocalizar la producción de artículos de primera necesidad.

Pero basta mirar con un poco de detenimiento la composición de las políticas implementadas en la mayor parte de los países occidentales para darse cuenta de que nada ha cambiado demasiado y que esa famosa “nueva normalidad” tal vez no se aleje demasiado de la vieja. “Desde hace 30 años, cada gran crisis alimenta la esperanza desrazonable de un retorno a la razón, de una toma de conciencia, de un basta ya”, escribe Serge Halimi, director editorial de Le Monde Diplomatique en la edición de abril de este mensuario. “Hace un poco más de una década, para salvar su sistema en peligro, los liberales ya habían aceptado un aumento espectacular del endeudamiento, nacionalizaciones, estímulos fiscales, el restablecimiento parcial del control de capitales. Luego, las políticas de austeridad les permitieron retomar aquello de lo que habían debido desprenderse en el marco de ese sálvese quien pueda general.” No sólo recuperaron el terreno perdido, sino que adelantaron un poco más sus peones: “Los asalariados trabajaron más, y más tiempo, y en condiciones de mayor precariedad, mientras los ‘inversores’ y los rentistas pagaron menos impuestos”. El cambio civilizatorio del que tanto se habló por entonces lejos estuvo de producirse.

Aunque la pandemia coloque las cosas en otro lugar –no necesariamente en el de una “crisis del sistema”–, Halimi piensa que un escenario del mismo tipo de aquel de hace 10-11 años, o de los períodos posteriores a otras grandes debacles globales, está entre los más esperables.

Lo que el historiador económico Luis Bértola prevé para Uruguay en una reciente entrevista de Brecha (24-IV-20) –“un conjunto de reestructuraciones muy proempresariales y debilitadoras del rol del Estado”–, las notas de Mediapart lo extienden a Francia y a la mayor parte de los países europeos. A pesar de todas las apariencias.

***

En un artículo publicado el martes 5, Romaric Godin, periodista económico del izquierdizante portal francés, reconstruye grosso modo el escenario que se ha visto un poco por todos lados desde que se declaró la pandemia y más de la mitad de la población mundial fue puesta bajo confinamiento: las actividades económicas no esenciales quedaron en el limbo, mientras el Estado tomó la posta para “asegurar una apariencia de funcionamiento normal” a través de mecanismos de seguros de paro, que garantizan parte de los ingresos de algunos asalariados durante cierto tiempo, ayudas a algunas categorías de trabajadores independientes y préstamos a las empresas para compensar sus pérdidas. Este sistema, “bastante inédito en regímenes capitalistas”, se sustenta en una “congelación de la economía”: “No se modifica nada de lo anteriormente existente, o apenas marginalmente, sino que se lo preserva en la perspectiva de un retorno a cierta normalidad” apostando a que la reactivación limite las pérdidas por vía del consumo. Pero superada la crisis sanitaria, “el doble choque de una menor oferta y una menor demanda” hará que las crisis económica y social tengan efectos tal vez más letales que el covid-19, sugiere Godin. Máxime cuando a pesar de todos los discursos, las salidas que se avizoran en la mayor parte de los países no difieren demasiado de las políticas de mercado implementadas hasta ahora. En Francia, apunta la nota, el gobierno de Macron está dando signos de que las medidas actuales de seguros de paro parciales bonificados se irán eliminando y que se dejará progresivamente el mercado del empleo librado a lo que puedan hacer o no las empresas. El presidente francés no ha renunciado a sus planes de reforma de la seguridad social, frenados primero por las movilizaciones sociales de chalecos amarillos y sindicatos, y luego por la pandemia. Apenas los postergó hasta el otoño europeo. Varios de sus ministros anunciaron por estos días que de ninguna manera se olvidaron de ellos. Pocos siguen hablando hoy en el gobierno francés y aledaños de medidas como la instauración de una renta básica (aunque más no sea por unos meses), aumento de impuestos a los más ricos, prohibición de desalojos por no pago de alquileres, o congelamiento de tarifas públicas, medidas todas de perfil “social” que habían sido evocadas apenas algunas semanas atrás. Hablan, sí, por el contrario, de aumentar la jornada de trabajo, de “aliviar las cargas de las empresas para que puedan invertir y crear empleos”, de suavizar algunas restricciones ambientales, con idéntico objetivo, etcétera, etcétera.

“Como el neoliberalismo contiene elementos keynesianos, esta opción no es necesariamente incompatible con medidas de estímulo, buscando un equilibrio socialmente menos doloroso”, escribe Godin. Pero “si se piensa que es la acumulación de capital la que debe crear empleo y que ‘la economía’ se limita a esa necesidad infinita de acumulación, la función del Estado se limitará a acompañar esta búsqueda de ganancias”, sustituyéndola en tiempos de crisis y retirándose nuevamente a cuarteles de invierno en períodos de calma. La misma visión neoliberal de 2008, que ahora vuelve por sus fueros, concluye el periodista de Mediapart.

***

La discusión en torno al viejo-nuevo papel del Estado en la economía ha generado en la alicaída progresía francesa nuevas esperanzas de que tal vez haya llegado la hora de que sus propuestas puedan volver a tener apoyo en la sociedad. De Francia Insumisa a sectores socialistas, pasando por el Partido Comunista y la ecología política, se vuelve a debatir de nacionalizaciones, de aumento de la protección social y ambiental, de reindustrialización, de impuestos a los más ricos, de renta básica, universal permanente, de planificación, hasta de “anulación de la deuda”. Las discusiones arrecian entre las distintas sensibilidades de la izquierda y tienen muchas aristas: ¿de qué se habla cuando se habla de “un papel más protagónico del Estado”? ¿Qué tipo de Estado, con qué funciones? ¿Más Estado o mejor Estado? ¿No habría acaso que promover desde la izquierda iniciativas de poder popular por fuera de las estructuras estatales, desarrollar estructuras como las cooperativas, por ejemplo, u otras, apostar más a impulsar instancias descentralizadas? ¿Qué estatuto acordar a los servicios públicos: de propiedad estatal, lo que equivale a dar al Estado la potestad de enajenarlos, o declararlos bienes comunes invendibles? “Todas estas discusiones son básicas para los tiempos que se vienen. Partamos de la base de que el Estado no es neutro ni monolítico. Y que no es suficiente para luchar contra fenómenos como el cambio climático, que debe ser pensado evidentemente por fuera de las fronteras nacionales”, dijo al diario Libération la diputada comunista Clémentine Autain.

En su informe sobre las hipocresías que rodean al eventual reimpulso de las nacionalizaciones, Mediapart englobaba entre los “hipócritas” a muchos socialistas que compartieron las políticas de privatizaciones y las impulsaron desde el gobierno con igual fervor que los partidos de derecha o centroderecha. Desconfiemos cuando conceptos como ese salen de la boca de gente que no se diferenció demasiado de los Le Maire, advierte el portal. También para ellos las nacionalizaciones fueron una forma de socializar las pérdidas y sacarles las castañas del fuego a capitalistas en dificultades, señala. En Francia y en España los partidos socialistas hablan ahora de nacionalizaciones temporarias, igual que cuando se plantean instaurar un sistema de renta básica, piensan en un ingreso mínimo de emergencia, mientras que en Unidas Podemos o en Francia Insumisa apuntan a una renta básica universal y permanente, y se habla de nacionalizar empresas estratégicas.

Mediapart se sorprendió, por otra parte, de la debilidad propositiva de algunos de los planteos que están más en boga en ambientes que buscan nuevas confluencias en la izquierda francesa. Cita entre otros un documento publicado el 25 de marzo en Libération por un colectivo de militantes de distintas corrientes de la izquierda, en el que se habla de “nacionalizar el sistema de salud”. El texto parte de “supuestos muy loables”, hace una descripción detallada y precisa  cómo el sistema ha sido desmantelado en función de los intereses de los privados, pero a la hora de proponer alternativas se limita a plantear la participación del Estado como accionista minoritario en algunos laboratorios, evalúa Mediapart.“Bien se sabe que cuando el Estado tiene una participación minoritaria en una empresa –se lo vio en Air France o en Renault–, no cambia en nada las lógicas del capitalismo de accionistas, que destroza al mundo del trabajo y cubre de oro a los privados.” Hay como una resignación de fondo en cierta izquierda, lamenta el autor de la nota.

“Esta demanda de retorno a un Estado protector, regulador, anticipador, es un balón de oxígeno en el contexto actual”, constata Clémentine Autain. Pero habría que hacer un esfuerzo para que “surgiera un nuevo imaginario” de izquierda, dice.

Después de todo, nunca las crisis por sí mismas parieron ninguna revolución. Si no hay fuerzas que los impulsen, los cambios no se producen. Tampoco cuando el miedo prima sobre el deseo de cambio o la rebelión. Y si algo ha hecho el coronavirus o los humanos que lo manejan, es meter mucho miedo y congelar la rebelión.

Por Daniel Gatti

8 mayo, 2020

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Un hombre sostiene  una bandera de Finlandia durante una protesta en Helsinki. - AFP

Finlandia presenta las conclusiones definitivas del mayor experimento realizado sobre esta prestación en Europa. Los perceptores no dejaron de buscar un trabajo al tiempo que aumentó su seguridad económica y su bienestar mental.

 

En enero de 2017 el Gobierno finlandés puso en marcha una renta básica para comprobar si entregando 560 euros al mes sin ningún tipo de condición a un grupo de desempleados a lo largo de 2017 y 2018 se podía incentivar la búsqueda de empleo entre los parados y de paso limitar la burocracia. 

El proyecto original consistía en entregar una renta básica de 560 euros al mes libres de impuestos durante 24 meses a 2.000 parados de entre 25 y 58 años, que fueron elegidos al azar entre las 175.000 personas de todo el país que percibían algún tipo de subsidio por desempleo. Los seleccionados, que estaban obligados a participar en el experimento si querían mantener sus prestaciones sociales, seguirían recibiendo la renta básica incluso si  encontraban trabajo durante ese tiempo.

Al mismo tiempo, se estableció un grupo de control formado por desempleados de la misma franja de edad a los que no se concedió la renta básica, sino que percibieron los subsidios habituales, y con quienes posteriormente se compararon los resultados obtenidos.

El ensayo, el primero de este tipo en Europa y cuyo coste ascendió a 20 millones de euros –no se amplió más allá de 2018 por falta de fondos– tenía como objetivo estudiar la modernización del sistema finlandés de seguridad social para adaptarlo a los desafíos de un mercado laboral en la era digital, en un tiempo marcado por la robotización y las nuevas tecnologías.

Aunque ya se habían avanzado algunos datos preliminares, ahora acaban de publicarse las conclusiones definitivas. La principal de todas, saber si una renta básica universal e incondicionada desincentiva el trabajo o no, ha sido positiva: en ningún momento disuadió a los perceptores en la búsqueda de un trabajo; es más, el grupo de personas que recibía una renta básica trabajó más días de media que el grupo de control, que no obtuvo el ingreso.

Además, la renta básica tuvo efectos positivos en los perceptores: contribuyó a aumentar su seguridad económica y su bienestar mental.

Según los datos definitivos, quienes recibieron la renta básica trabajaron una media de 78 días en el segundo periodo de comparación establecido –entre noviembre de 2017 y octubre de 2018–, mientras que los parados del grupo de control lograron trabajar 73 días.

Las diferencias del primer periodo de comparación -el año 2017- fueron aún más insignificantes, ya que los receptores de la renta básica trabajaron una media de 49,6 días, frente a los 49,3 días del grupo de control.

"En general, los efectos sobre el empleo fueron pequeños. Esto indica que para algunas personas que reciben subsidios de desempleo los problemas para encontrar trabajo no están relacionados con la burocracia o los incentivos financieros", afirma en un comunicado el investigador Kari Hämäläinen, uno de los autores del estudio.

Según Hämäläinen, los resultados sobre el empleo de este ensayo se vieron afectados en 2018 por la entrada en vigor del llamado "modelo de activación laboral", una reforma que endureció los criterios para recibir los subsidios de desempleo, pero no la renta básica.

En cambio, los autores del estudio coinciden en que la renta básica sí tuvo efectos claros en la percepción de los desempleados de su propio bienestar económico y mental, como confirma una encuesta realizada poco antes de terminar el programa piloto.

 

Se vive mejor

 

De los receptores de la renta básica que participaron en la encuesta, el 13% dijo vivir cómodamente y el 47% sin apuros económicos serios, frente al 8% y al 44% del grupo de control, respectivamente. En Alaska, donde existe una especie de renta básica, se ha podido comprobar que supone un estímulo para la natalidad.

En el otro extremo, un 12% de quienes cobraron la renta básica afirmó que sobrevive a duras penas y un 28% tiene serios apuros económicos, mientras que en el grupo de control las cifras equivalentes fueron del 15% y el 32%, respectivamente.

"Los encuestados que recibieron la renta básica tenían una percepción más positiva de sus ingresos y su bienestar económico que el grupo de control. La mayoría siente que su situación financiera es manejable y que tiene margen de maniobra", señaló Minna Ylikännö, investigadora de la Seguridad Social de Finlandia (Kela).

En cuanto al bienestar mental, el 22% de los receptores de la renta básica admitió sufrir depresiones, diez puntos porcentuales menos que el grupo de control.

Asimismo, la satisfacción con la vida de los receptores de la renta básica fue de 7,3 (en una escala de cero a diez), frente al 6,8 del grupo de control

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El experimento como modelo

 

El experimento finlandés despertó un gran interés internacional y muchas voces lo consideraron un fracaso cuando el país nórdico presentó los resultados preliminares en febrero de 2019, algo que las autoridades finlandesas no comparten.

"La ejecución del experimento fue un éxito y proporcionó nueva información", afirma el investigador Olli Kangas, máximo responsable del ensayo

"La ejecución del experimento fue un éxito y proporcionó nueva información que no habría sido posible obtener sin él", afirmó en un comunicado el investigador Olli Kangas, máximo responsable del ensayo.

La ministra finlandesa de Sanidad y Asuntos Sociales, Aino-Kaisa Pekonen, coincide con Kangas y cree que "la información obtenida gracias al experimento será utilizada para afrontar la reforma del sistema de seguridad social".

Aunque otros países como Canadá, Holanda o Escocia también han lanzado experimentos de renta básica, el de Finlandia es el primero del mundo a nivel nacional, aleatorio y cuya participación es obligatoria por ley, lo cual aporta conclusiones más fiables, según sus responsables.

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Médicos y enfermeras aplauden en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital de Paitilla, en Panamá, después de que la última prueba de Covid en paciente contagiado resultó negativa.Foto Afp

Nueva York., La Organización de Naciones Unidas (ONU) triplicó su petición de ayuda, de 2 mil a 6 mil 700 millones de dólares, para combatir la propagación y los efectos desestabilizadores de la pandemia del nuevo coronavirus en 46 países vulnerables, principalmente de África y América Latina.

Si bien Estados Unidos y Europa aún enfrentan el brote, Mark Lowcock, secretario general adjunto para Asuntos Humanitarios, advirtió que el virus alcanzará su punto más álgido en los países pobres entre los próximos tres o seis meses, por lo que podría revivir un nuevo periodo de desestabilización.

"En los países más pobres, ya podemos ver economías contraerse debido a la desaparición de las ganancias por exportaciones, remesas y turismo. A menos que tomemos medidas ahora, deberíamos prepararnos para un aumento significativo de conflictos, hambre y pobreza", afirmó en videoconferencia.

Desde la primera petición, hecha el 25 de marzo, la ONU dijo que se han recaudado 923 millones de dólares de 2 mil millones, para respaldar las medidas contra el Covid-19 en 37 países. El nuevo monto –que deberá cubrir hasta diciembre– incluye a Benín, Yibuti, Liberia, Mozambique, Pakistán, Filipinas, Sierra Leona, Togo y Zimbabue.

David Beasley, director del Programa Mundial de Alimentos, dijo que se ayuda a casi 100 millones de personas en un día y "a menos que no podamos mantener esas operaciones esenciales activas, a la pandemia sanitaria le seguirá pronto una pandemia de hambre".

El número de casos en la mayoría de los países en vías de desarrollo que optan a la ayuda de la ONU "podría parecer pequeño, pero sabemos que la vigilancia, las pruebas de laboratorio y la capacidad de los sistemas de salud de esos países son escasas", dijo Tedros Adhanom Ghebreyesus, titular general de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La pandemia alcanzó ayer un saldo de 262 mil 709 muertos, 3 millones 744 mil 585 contagiados y un millón 238 mil 250 pacientes recuperados en el mundo, según la Universidad Johns Hopkins. El Consejo Internacional de Enfermeros estima que se han infectado al menos 90 mil trabajadores de la salud, y es posible que la cifra sea el doble, mientras los reportes de escasez de equipos sanitarios protectores continúan.

Por otro lado, Antonio Vitorino, director de la Organización Internacional para las Migraciones, alertó en otra videoconferencia que miles de migrantes están atrapados, "extraviados", en todo el mundo, incapaces de moverse por el cierre de fronteras.

Temor por levantar confinamientos

Aseguró que los campamentos donde están forzados a residir algunos de los indocumentados son focos de contagio, pero confirmó que solicitó a los gobiernos el acceso a esos albergues para evaluar cuál es la situación sanitaria.

La pandemia y la limitación de desplazamientos han complicado la producción y el tráfico de drogas a escala mundial, según un informe de la ONU, que constata los efectos que tienen las restricciones para el contrabando por vía aérea.

En tanto, las divisiones políticas y regionales están surgiendo en muchos países en torno a qué tan rápido levantar los confinamientos decretados para combatir la pandemia del coronavirus, mientras las preocupaciones por una devastación económica chocan con los temores de una segunda ola de muertes.

Los alcaldes franceses están resistiéndose al llamado del gobierno central a reabrir las escuelas; mientras, los gobernadores italianos quieren que el gobierno central afloje el encierro a mayor velocidad, cuando las autoridades ya reabrieron la economía en algunas zonas y están dispuestos a reanudar las misas a partir del día 18.

Se espera que el primer ministro británico, Boris Johnson, extienda por seis semanas más las medidas de encierro, pero adelantó que relajará algunas restricciones que afectan a la economía y vida social la semana próxima.

Francia sufrirá un "empobrecimiento general" a causa de la pandemia del nuevo coronavirus, indicó el primer ministro francés, Édouard Philippe, quien detalló que el desconfinamiento en la nación, que se inicia el día 11, será más estricto en París.

Hans Kluge, jefe de la oficina de la OMS para Europa, señaló que esta agencia está "profundamente preocupada" por que los reportes de violencia doméstica se incrementaron 60 por ciento en el continente durante la pandemia, especialmente en Bélgica, Gran Bretaña, Francia, Rusia y España.

El virus podría matar entre 83 mil y 190 mil personas en África en el primer año de la pandemia, alertó la OMS, cuando en el continente se superó la barrera de los 50 mil casos, con más de 2 mil decesos.

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