Lunes, 23 Noviembre 2020 05:41

Primer mundo

El coach Gary Patterson participó como voluntario en la entrega de alimentos a miles de estadunidenses en Arlington, Texas. La semana pasada había imágenes de interminables filas de autos en Dallas, anteriormente símbolo de riqueza, en espera para recibir asistencia alimenticia para sus familias. Foto Ap

A mí me aseguraron que este era un país de primer mundo. Me engañaron. Recuerdo el viejo chiste de que aquí no había golpes de Estado porque no había una embajada estadunidense. Ahora sólo falta que Luis Almagro llegue con la OEA para anular la elección y rescatar al país de los "comunistas", como alega Trump y su gente.

Aquí en los últimos días hay imágenes y declaraciones que ponen en duda eso de "primer mundo" y más aun, eso de "faro de la democracia". Lo que más asombra es que después de estos cuatro años, y sobre todo después de este proceso electoral, que aún hay en este país aquellos que siguen ofreciendo proclamaciones, juicios y recomendaciones a otros países sobre democracia, elecciones, procesos democráticos, derechos humanos y más. Sería bueno que guardaran un tantito de silencio mientras aplican todo eso a su propio país, para empezar, incluso solicitar unas recomendaciones de otros países que saben de todo esto.

La semana pasada había imágenes de interminables filas de autos en Dallas –anteriormente símbolo de riqueza– en espera para recibir asistencia alimenticia para sus familias. En El Paso, presos fueron reclutados para ayudar a las autoridades a trasladar cuerpos de los hospitales abrumados por casos de Covid. Estas escenas no son exclusivas a Texas, se repiten a lo largo de un país donde hay cada vez más hambre en medio de la devastación económica y social provocada por el manejo político irresponsable y criminal de la peor crisis de salud pública en un siglo.

Millones están al borde de ser lanzados de sus hogares por no poder pagar rentas o hipotecas, millones más se encontraran sin asistencia de desempleo en las próximas semanas –o sea, como regalo de Navidad– si el gobierno no aprueba más fondos y extiende las moratorias de pago de deudas y rentas. Ni hablar de los inmigrantes –entre ellos los llamados "trabajadores esenciales" que están rescatando al país en medio de estas crisis–, quienes no tienen derecho a ninguna asistencia, y más bien sólo derecho a ser explotados y desechados.

La semana pasada, la organización Families Belong Together colocó más de 650 ositos de peluche en una jaula a las afueras del Capitolio para recordar a los legisladores que mas de 650 niños inmigrantes arrancados de los brazos de sus familias por el gobierno de Trump aún no han sido reunificados.

Mientras Trump enviaba saludos a manifestaciones de supremacistas blancos y neonazis que se manifestaban en apoyo del presidente, la FBI reportó que los crímenes de odio en este país han llegado a su nivel más alto en una década (7 mil 314), entre los cuales se registró el número más alto de homicidios motivados por odio desde que la FBI empezó a ofrecer esa cifra. De los 51 homicidios por odio en 2019, 22 fueron cometidos en El Paso por un joven motivado por las palabras de Trump y cuyo objetivo era matar a "mexicanos".

Ni hablar sobre la elección, y lo que parece ser un intento, aunque muy mal hecho hasta ahora, de un autogolpe de Estado por Trump y su equipo. Al declarar la existencia de un magno fraude desde antes de la elección y cumpliendo por ahora su promesa de no reconocer el resultado si no salía ganando, las acusaciones han llegado a niveles espectaculares. En una de las conferencias de prensa más extrañas en la historia del país, Rudy Giuliani y otros abogados encargados de demostrar el fraude, acusaron que Hugo Chávez –quien murió en 2013– era uno de los responsables, junto con George Soros, los cubanos y tal vez los chinos. Más tarde, sugirieron que en el estado de Georgia, el gobernador republicano fue sobornado por venezolanos y la CIA para entregar la elección –con el triunfo del demócrata Joe Biden–- a "comunistas".

Entre golpes de Estado y chavistas tomando por asalto a Georgia, en medio del epicentro mundial de la pandemia, la imagen del fin de semana fue Trump jugando golf, igual que Nerón con su violín.

Y me dicen que estoy en algún lugar del primer mundo.

Cuando los universos chocan, Gogol Bordello https://open.spotify.com/ track/3d090eNCOhcrUde6vZXSiN? si=Hd73vsbCQCS7e788RuKBJw

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Domingo, 22 Noviembre 2020 05:51

La gran victoria de Putin en Estados Unidos

Partidarias del presidente con camisetas “Lesbianas por Trump” se manifestaron en Lansing, Michigan (EMILY ELCONIN / Reuters)

Visto desde el presente, la trayectoria vital de Donald Trump ha sido un entrenamiento para llegar a este preciso instante.

A este momento en el que los estadounidenses le han dicho en las urnas “estás despedido”.

Antes de que existiera Twitter, plataforma que usa para potenciar su ego, atacar al que no le complace y propagar conspiraciones sin fundamento, él se inventó un personaje alternativo que utilizó como un precedente de esta red social.

Se presentaba como John Barron o John Miller. En ambos casos era un relaciones públicas que telefoneaba a los diarios para explicar lo maravilloso que era Trump, fustigar a los que no le seguían la cuerda o relatar como todas las mujeres se le rendían.

“El mejor sexo de mi vida”, tituló en portada The New York Post , según chivatazo de Miller a partir de una supuesta confesión de Marla Maples, la que sería su segunda esposa. A los periodistas les fascinaba como ese relaciones públicas sonaba igual que Trump, pero negaba serlo.

En su Twitter sigue diciendo falsamente que ha ganado.

Antes de que formulará una retahíla de reclamaciones legales en contra del resultado electoral, Trump ha sobrevivido a un impeachment (proceso político por el Rusiagate ), dos divorcios, 26 acusaciones de acosos sexual, seis quiebras y unos 6.000 pleitos.

Esta vez, sin embargo, ha topado con Joe Biden y parece que se le ha acabado la suerte.

De los 33 litigios cuestionando la victoria del rival, ya se han resuelto 31, todos perdidos.

Sus abogados, Rudy Giuliani y Sidney Powell, apelaron el jueves a la existencia de “un complot centralizado” que afecta a todo EE.UU. Ni una prueba. La clave está en las máquinas de conteo automático de votos, que están manipuladas en un asunto en el que Powell implicó a Hugo Chávez, el dictador venezolano fallecido en el 2013, y al financiero George Soros, el sospechoso habitual de los conspiranoicos.

Los legisladores de Michigan, hospedados en el hotel Trump, dicen que no ven nada que cambie el resultado

Christopher Krebs, como responsable de la agencia de ciberseguridad. difundió un estudio del que se concluía que estas elecciones han sido “las más seguras”. Trump lo echó del cargo por dar “información incorrecta”.

El informe de ciberseguridad descartó una interferencia rusa. Esta vez, el megáfono para difundir ese mensaje destructivo no está en manos de Vladímir Putin y sus infiltrados del Kremlin. No, el megáfono lo sostiene el presidente Trump, que pregona en Twitter esas teorías en las que él es el ganador a costa de desvirtuar la realidad. Esta es la gran victoria de Rusia, subrayan los analistas. Para Biden, el obstruccionismo de Trump supone “enviar mensajes increíblemente dañinos al resto del mudo sobre cómo funciona la democracia”.

A las dos semanas de que se declarase ganador a Biden, a los expertos les queda claro que lo único que persigue Trump es hacer descarrilar el pilar de la democracia, que los dirigentes republicanos de varios estados anulen los votos populares y designen los votos electorales, todos a su favor. Este es el golpe trumpista .

El secretario de estado de Georgia, el republicano Brad Raffensperger, ratificó el viernes los resultados –“los números no mienten”–, después de un segundo recuento y, como el otro, concedió la victoria a Joe Biden. El gobernador Brian Kemp, también republicano, certificó los 16 votos electorales para el demócrata. Trump dispone hasta el martes para pedir otro recuento.

Este lunes es otra fecha decisiva. Michigan y Pensilvania (previa resolución de uno de los pleitos judiciales pendiente) deben ratificar la victoria de Biden.

Trump ha atacado fuerte en Michigan. Primero llamó a los dos miembros de la junta electoral del condado de Wayne, que abarca Detroit, quienes al día siguiente firmaron una declaración jurada intentando dar marcha atrás a su rúbrica del recuento. Ya estaban fuera de plazo.

Y este viernes, Trump invitó a la Casa Blanca a los principales legisladores republicanos en la cámara de Michigan. En un comunicado conjunto al concluir la visita, Mike Shirley, jefe de la mayoría en el Senado, y Lee Chatfield, líder en la cámara de representantes, señalaron “no ser conscientes de ninguna información que pudiera cambiar el resultado de las elecciones”. Biden lidera por más de 154.000 votos.

El tuit de Trump les dejó en mal lugar, porque dijo que se había hablado de un fraude masivo.

La presidenta del Partido Republicano de Michigan y el Comité Nacional solicitaron por carta este sábado aplazar dos semanas la certificación de la junta electoral (formada por dos republicanos y dos demócratas) para auditar el condado de Wayne.

La junta electoral estatal mantenía la cita del lunes. En caso de bloqueo (por empate a dos), eso iría al tribunal de apelación (controlado por conservadores) y, si no hubiera solución, la gobernadora Gretchen Whitmer (demócrata) tiene la potestad de quitar a los dos que se negaran a la ratificación. Todos los estados deben enviar el 8 de diciembre sus resultados al Congreso y el 14 votan los electores que representa la voluntad popular.

Los legisladores de Michigan pasaron la noche en el hotel Trump. Las fotos de la cena y las copas provocaron la sospecha de que el presidente les presionó, de que había una relación entre la visita a la Casa Blanca y la carta pidiendo la auditoría.

 

Francesc Peirón, Nueva York. Corresponsal

22/11/2020 02:33| Actualizado a 22/11/2020 10:49

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Tijanóvskaya. La voz de la oposición. Foto: Sipa vía AP Images

Desde mayo pasado, cuando arrestaron a su esposo, Svetlana Tijanóvskaya saltó a la palestra política para defender las libertades en Bielorrusia. En agosto incluso fue la candidata electoral de la oposición unificada que enfrentó al gobierno de Aleksandr Lukashenko, quien lleva 26 años en el poder y se niega a dejarlo pese al veredicto de las urnas. Hoy, desde el exilio, Svetlana habla de sus anhelos de regresar a su país a vivir con mayores libertades. Y sentencia: “Resistiremos al invierno, a la primavera, a lo que sea necesario. No pararemos”.

 

ROMA (Proceso).– "No acepto que se me diga que (nuestro movimiento) ha sido derrotado”, contesta tajante Svetlana Tijanóvskaya cuando se le señala un hecho: tres meses después de las elecciones de agosto pasado en Bielorrusia, en las que los opositores acusaron al presidente Aleksandr Lukashenko de fraude e iniciaron jornadas de protesta, él sigue inamovible y no hay avance en las negociaciones para llevar a cabo nuevos comicios.

“Son tres meses que los bielorrusos salen a la calle, protestan contra este régimen y su violencia y muestran solidaridad. Es una victoria. La forma de pensar de los bielorrusos ha cambiado para siempre; ya hemos ganado. Sólo es cuestión de tiempo”, sostiene desde el exilio la lideresa de la oposición bielorrusa unificada.

Incluso anticipa: “Resistiremos al invierno, a la primavera, a lo que sea necesario. No pararemos”.

Svetlana Tijanóvskaya (Mikashévichy, 1982) tiene 38 años y encabeza la rebelión contra Aleksander Lukashenko, el político europeo que ha estado en el poder durante 26 años y es considerado como una de las últimas reliquias soviéticas. 

Esta batalla sin final hace temblar el tablero geopolítico. Por un lado está el involucramiento de la cercana Rusia –aunque el movimiento de protesta no tiene un marcado sesgo antirruso y el sector económico y de la defensa bielorrusa están fuertemente vinculados a Moscú–; por el otro, está la escalada represiva del gobierno de Minsk y el parangón con la Venezuela de Nicolás Maduro que algunos analistas han hecho.

Hasta mayo pasado, Tijanóvskaya era una figura desconocida. Pero el arresto ese mes de su marido, el bloguero Serguéi Tijankovki –un opositor bielorruso muy activo–, dio un vuelco a su vida. 

Ese hecho la convirtió en la candidata independiente en el proceso electoral que culminó en agosto, pues ella supo aunar los sectores de la oposición y en los últimos tres meses se convirtió en el rostro y voz de un movimiento dispuesto a echar del poder a Lukashenko. 

En esta lucha Tijanóvskaya ha tenido a su lado a otras dos mujeres: Maria Kolesnikova, quien hoy está en la cárcel, y Veronika Tsepkalo, quien optó por el exilió para evitar la prisión.

Desde Vilna (Lituania), donde se refugió tras denunciar el fraude electoral, Tijanóvskaya atendió a esta periodista en una videollamada que culminó con una reflexión sobre la pandemia de la covid-19 y el papel que ella ha desempeñado en este proceso de cambio en Bielorrusia, país inmerso en el estancamiento económico.

 

Nadie nos ha escuchado

 

–¿Señora Tijanóvskaya, se considera aún la presidenta electa de Bielorrusia? –se le pregunta a la opositora bielorrusa. 

–Nunca me consideré así. Algunos me llaman de esa manera pero no le doy importancia; yo misma evito ese término. Lo que es evidente es que hubo fraude en las últimas elecciones y por eso no sabemos cómo votaron los bielorrusos. 

–En efecto, la cuestión es que, tres meses después de su acusación de fraude y de la escalada represiva del gobierno, Luka­shenko sigue ahí y no ha habido avances en la petición de la oposición de una transición que lleve a unas nuevas elecciones. ¿Es una derrota? ¿Qué ha fallado? 

–Nada ha ido mal. Todo está yendo maravillosamente. ¿Ha visto lo que ha pasado y sigue ocurriendo en Bielorrusia? ¡Son tres meses que los bielorrusos salen a la calle, protestan contra este régimen y su violencia, muestran solidaridad! Es una victoria. La forma de pensar de los bielorrusos ha cambiado para siempre. No, no acepto que me diga que ha sido una derrota. Ya hemos ganado; sólo es cuestión de tiempo…

–Pero esto no ha pasado aún. Supongo que estará molesta. 

–Sí que estoy molesta. Se ha declarado presidente sin serlo (pese a que fue reconocido sólo por dos grandes potencias, Rusia y China, Lukashenko juró como presidente en septiembre). Hace como si nada hubiera pasado, como si viviera en otro mundo y nosotros no fuéramos nada. Pero si de verdad fuera un líder se daría cuenta de que los bielorrusos han cambiado y escucharía a su gente. 

“El primer mes nosotros intentamos dialogar con él. No nos respondió. Entonces intentamos buscar la ayuda de mediadores europeos para entablar un diálogo. Pero tampoco nos ha escuchado. 

–¿Cuál es su objetivo ahora? 

–Nuevas elecciones transparentes, libres y justas, con observadores internacionales y una nueva comisión electoral. Y, por supuesto, considerada la violencia sin precedente (de las fuerzas del orden bielorrusas contra los manifestantes) de estos meses, ahora también queremos que los responsables de esas atrocidades sean castigados. 

–¿Qué piensan hacer? 

–Continuar las protestas, manifestarnos hasta el final. No hay manera de que Lukashenko pueda impedirlo; no somos un movimiento que se mueve ahora con un solo líder. Hay mucha autoorganización. No hay nadie que él pueda encarcelar que nos haga colapsar. Queremos vivir con mayores libertades. 

–¿No se está enfriando ya la protesta? 

–El movimiento se está transformando. Tal vez algunos días ha habido menos gente en la calle, por el miedo que hay, pero el reto permanece. No se pueden olvidar todos los golpes, las muertes –al menos tres desde el inicio de las protestas–, los arrestos –de 800 manifestantes el domingo 8 tras una protesta para exigir la renuncia de Lukashenko– . Es duro, pero no nos rendiremos. 

–¿Cree que resistirán al invierno y a la pandemia? 

–Resistiremos al invierno, a la primavera, a lo que sea necesario. No pararemos. El gobierno (de Lukashenko) lo debería entender: la única salida es el diálogo. No queremos que nadie sufra física y económicamente. Queremos diálogo. Tan sencillo como esto: sentarse y hablar. 

–¿Hablar con quién, con Lukashenko? 

–Si hay algo que hemos entendido en estos meses es que él no se sentará en una mesa con nosotros. Por eso estamos esperando a otra persona del gobierno que asuma esta responsabilidad (de abrir una negociación con la oposición unificada), dispuesta a acabar con la violencia y a escuchar a las personas de Bielorrusia. En Luka­shenko no confiamos más. Es un hombre que se considera por encima de su gente. 

 

Nuevas señales

 

–¿Se ha establecido alguna negociación hasta ahora? 

–No. Nada. Le tienen tanto miedo que nadie se atreve. 

–Y eso que también la relación entre Lukashenko y Rusia parece de amor–odio. 

–Si hablamos del Kremlin, al principio sí vimos que le daban dinero y lo apoyaban, pero ahora no lo están apoyando abiertamente, sólo están observando y esperando a ver qué pasa. Hace unos días en los medios rusos incluso mostraron imágenes de la protesta y de la violencia contra los activistas. Nos pareció una señal.

–¿Qué cree que lo empujaría a irse?

–Mucha presión, fuera y dentro del país. La presión del mundo.

–En estos meses de exilio, usted se ha dedicado a buscar nuevos apoyos para su causa. Pidió ayuda al gobierno británico, a la canciller alemana, Angela Merkel, y a la UE (Unión Europea). ¿Se ha sentido realmente respaldada?

–Las sanciones (de la UE a funcionarios cercanos a Lukashenko) han sido un apoyo real y concreto. Estoy segura de que a la brevedad serán ampliadas. Además, la UE no ha reconocido la legitimidad de su presidencia. Entendemos que Europa no puede ponerse en nuestro lugar pero sí quisiéramos que las naciones europeas fueran más valientes y rápidas en sus respuestas.

–¿Sigue intacta la alianza entre los movimientos de la oposición que usted lidera?

–Sí. Han dicho muchas cosas de nosotros, cosas horribles: así es la propaganda… Pero seguimos unidos como nunca en nuestra determinación de lograr un cambio.

–En su protesta ha habido una participación muy activa de las mujeres.

–Porque estamos luchando juntas. No hemos estado detrás, también hemos estado físicamente delante de ellos, cuando la policía los quería golpear.

–Se vieron imágenes duras de la represión de la policía bielorrusa, pero al menos al principio también pareció que se rehusaban a lanzarse contra las mujeres. ¿Tienen simpatizantes en las fuerzas del orden? 

–¿Si tenemos simpatizantes en la policía? 

–Sí, en la policía y, más en general, en las instituciones. ¿Los tienen?

–Estoy absolutamente segura de que de las personas que forman parte de la policía y de las instituciones la mayoría también quiere un cambio y le gustaría apoyarnos, pero, como le dije, mantienen un comportamiento de sumisión, como si fueran esclavos. 

–¿Por qué Lukashenko se niega a irse? 

–No conozco sus razones. Es un hombre solo que vive con el miedo a que lo traicionen y que ahora, estoy segura de esto, siente pánico porque sabe que la gente ha cambiado mucho. 

 

Cada persona es un líder

 

–¿Sus protestas seguirán siendo pacíficas? 

–Mire, nuestra estrategia ha sido esa: mantenernos pacíficos. Y hasta ahora esto se ha mantenido. No ha habido violencias procedentes de nuestro bando. Pero no soy responsable por lo que hace cada persona en Bielorrusia. 

–¿Cuántos activistas hay encarcelados? 

–Ya durante la campaña electoral había unos 100; ahora muchos otros entran y salen. 

–Su marido es uno de ellos, sigue en prisión, ¿verdad? 

–Sí.

–¿Tiene algún contacto con él? 

–Todos tienen derecho a recibir a sus abogados, pero no a sus familias; tampoco podemos hablar con ellos por teléfono. Nuestras prisiones son inhumanas.

–¿Tienen pruebas de torturas?

–Tenemos muchas pruebas de maltratos, torturas e incluso violencias sexuales contra personas arrestadas después de las protestas de agosto. El Estado no ha abierto investigación alguna. De lo que ocurre en las prisiones sabemos menos porque los que están allí tienen mucho más miedo, no quieren hablar. Estamos recolectando documentación. Por eso es importante lo del Mecanismo de Moscú (la OSCE usó esta herramienta para publicar el 6 de noviembre un informe, rechazado por Lukashenko y Rusia, en el que se sostiene que hubo fraude en las elecciones de agosto).

–¿La pandemia ha tenido algún papel en la protesta?

–Fue uno de los motivos que ha empujado a las personas a protestar. (En los meses de la primera ola) todos vieron cómo el gobierno no ayudaba a la gente, ni a los médicos, nos decían que podíamos curarnos bebiendo vodka. Hubo una actitud muy irrespetuosa de las autoridades hacia los ciudadanos: funcionarios que se burlaron de los enfermos, médicos y enfermeros abandonados a sí mismos y completamente desprotegidos. Y, a la vez, también se organizaron colectas de dinero para costear las mascarillas y el material sanitario de los hospitales. Así, las personas entendieron que, uniéndose, pueden lograr el cambio.

–¿Tiene planes de volver a Bielorrusia? 

–Claro que sí. Amo a mi país. Quiero vivir en Bielorrusia. Quiero que mi gente viva allá. Regresaré tan pronto como me sienta segura allí. Ahora estoy bajo investigación criminal en mi país; mi marido está en prisión, y realmente no puedo permitirme volver. 

–Efectivamente, casi todos los líderes de la protesta están en el exilio o en la cárcel. 

–Pero, ¿sabe qué? Ahora cada persona es un líder. 

* Una versión reducida de esta entrevista fue publicada en el diario español El Periódico en su edición del sábado 14.

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Protesta de seguidores del presidente Donald Trump el domingo en Pensilvania. En la pancarta se demanda que cuenten sólo los "votos legales". Foto Ap

Desde el punto de vista del tan olvidado abordaje dialéctico, son relevantes las sensatas y lúcidas posturas de dos fuentes pro Biden que no caen en un vulgar exorcismo del contrincante –lo cual colisiona con la genuina democracia que implica la existencia de un vencedor como de un perdedor, con la tácita aceptación magnánima de respeto a las minorías–, como son los casos de Edward Luce, del Financial Times (https://bit.ly/3pjxbzl), y del portal The Hill –en alusión a la "colina", sede del Congreso de EU– que se puede clasificar como cercano a Biden, en mi muy humilde percepción (https://bit.ly/36poiMc).

The Hill expone que el "proceso de conteo aún no concluye" y coincide con Edward Luce sobre el destino del Senado a mayoría de los republicanos, así como el tropiezo en el Congreso de la católica Nancy Pelosi, quien, pese a ello, conserva la mayoría de los demócratas que no obtuvieron su cacareada “avalancha ( landslide)”.

El "presidente-electo" Biden, segundo católico en la diacronía estadunidense tras el asesinado Kennedy, obtuvo el mayor número de votos en la historia de EU: 75.3 millones –si es que no existe purga de los votos "por correo" y/o por “ausencia ( absentee ballot votes)”– frente a los asombrosos 71 millones de Trump, quien obtuvo 8 millones más que la vez anterior. Ambos sufragios superan el máximo de Obama en 2008 de 69.5 millones.

The Hill expone como "resultado probable" lo consabido: un "gobierno dividido (sic) en un país dividido (sic)", y vaticina tres escenarios en movimiento (sic): 1. "La división (sic) del país es real (sic) y será difícil sanar (sic)": Biden no obtuvo "mandato" para gobernar. 2. "Los demócratas están divididos (sic)". Es más que evidente la colisión en temas trascendentales de "progresistas" del ala Bernie Sanders/Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) y el SQUAD frente a los "centristas" que epitomiza Biden. 3. "Trump no está desapareciendo (sic)". Se asienta lo que previmos en Bajo la Lupa:"un trumpismo, con o sin Trump", cuando el polémico presidente –en funciones hasta el 20 de enero, en su peor escenario, con la responsabilidad del botón nuclear– retiene una "tonelada (sic) de poder como candidato" para 2024. Aquí discrepo, ya que Trump tendría en cuatro años los 78 que cumple Biden este 20 de noviembre (https://bit.ly/3kf0aAR).

The Hill concluye que "ninguno de los tres escenarios postulados hará para nada fácil la gobernabilidad en el futuro inmediato".

Entre tanto, la dinámica caótica poselectoral acelera sus tintes dramáticos cuando los 20 votos electorales de Pensilvania parecen tambaleársele al "presidente electo" Biden, quien expresó que el “fracaso de Trump para conceder es una vergüenza (https://bit.ly/2JX05Fp)”.

Llama poderosamente la atención que los republicanos impugnen los resultados en varios “estados volátiles ( swing states)” –en particular en Pensilvania, así como en Arizona/Nevada/Georgia/Carolina del Norte/Michigan/Wisconsin–, mientras el supuesto "perdedor" y presidente saliente Trump se fue a jugar golf dos días consecutivos y se dio el lujo de expulsar a su secretario del Pentágono Mark Esper –¿para imponer una probable ley marcial frente a la revuelta del dúo BLM/Antifa?–, cuando el vicepresidente Mike Pence se fue de vacaciones a Florida. What’s going on?

El procurador en funciones, William Barr, autorizó investigar las "irregularidades electorales" donde hayan sido impugnadas, lo que valió la renuncia de su director (https://bit.ly/32OhYgn). El caso mas fantasmagórico lo constituye la inescrutable declaración de Mike Pence –ex director de la CIA, confeso "cristiano sionista" y hoy pugnaz secretario de Estado– de que la relección de Trump está dada y habrá una “transición tersa (https://bit.ly/3pegZzr)”. ¡Uf!

¿Qué tendrán bajo la manga los republicanos? El caos poselectoral apenas empieza.Falta mucho por ver en un territorio inexplorado donde la “democracia bananera (https://bit.ly/2IqFaJW)” de EU, fracturado en dos pedazos, quedó hecha añicos, sea el resultado que fuere.

¿Se encamina EU a una guerra civil?

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Bolivia: la descolonización de la política

El triunfo electoral obtenido el 18 de octubre pasado por la fórmula Luis Arce-David Choquehuanca, postulados por el Movimiento al Socialismo (MAS), constituyó una hazaña de la otrora nación clandestina. Se trata de una victoria con un enorme significado para América Latina: derrotó el golpe en las urnas y pacíficamente, restauró la democracia, llamó a la reconciliación e implicó una autocrítica a los errores cometidos al final de la gestión de Evo Morales y Álvaro García Linera. Además, infligió una derrota a Donald Trump y al ex director de la CIA Mike Pompeo y restauró el ímpetu de independencia e integración latinoamericana.

El movimiento social en Bolivia está retomando un proceso de descolonización de la política. La colonia, la república, el neoliberalismo y el reciente golpe persiguieron y reprimieron el pensamiento, la ética y las prácticas comunitarias de la población indígena. Como acertadamente ha planteado Rafael Bautista ( La descolonización de la política. Introducción a una política comunitaria) el capitalismo y la sociedad occidental moderna colonizaron al Estado republicano. En la actualidad, como señala el filósofo paceño, la descolonización implica repensar los conceptos capitalistas europeos y analizar críticamente la hegemonía de una tradición filosófica que ha negado el valor de otras tradiciones filosóficas y políticas. El ren­cuentro con la riqueza de otras tradiciones intelectuales permitirá postular otra forma de polis latinoamericana construida a partir de perspectivas comunitarias y de liberación.

La movilización "desde abajo" que permitió el triunfo de la fórmula Arce-Choquehuanca se reconstruyó mediante una juiciosa reflexión colectiva que implicó una profunda autocrítica y la recuperación de los valores originales. El golpe, sin duda condenable –reflexionaron muchas asambleas indígenas, campesinas y de trabajadores–, fue posible en el contexto de un proceso de debilitamiento del último gobierno de Evo Morales provocado por el surgimiento de fenómenos como: el personalismo, el intento de relección, el tráfico de influencias, la corrupción, cierta tolerancia al acoso laboral a las compañeras, las concesiones a las élites económicas y el paulatino desplazamiento de los cuadros indígenas en las áreas de gobierno. La irrupción de las desviaciones mencionadas crearon condiciones de vulnerabilidad política y nutrieron una oposición heterogénea y desorganizada que en principio incluía desde fuerzas realmente de izquierda desgajadas del gobierno hasta fuerzas de ultraderecha. En algún momento la extrema derecha apoyada desde el exterior se apoderó de la oposición y la condujo al golpismo. El ejército forzó la renuncia de Evo Morales. Una vez en el poder, esa ultraderecha recurrió numerosas veces a la violencia contra protestas pacíficas. Quemó la Wiphala. Impuso la Biblia. Armó listas negras de militantes. Incendió casas de gobernadores. Vapuleó a alcaldes. Solapó a un grupo paramilitar que golpeó a las bartolinas en Cochabamba. Acechó a las personas en las redes. La corrupción se generalizó escandalosamente. El gobierno de facto infligió mucho sufrimiento al pueblo y destruyó vertiginosamente las conquistas sociales y económicas alcanzadas desde 2006. Actualmente hay 43 procesos abiertos por fenómenos como el robo del dinero destinado a la pandemia o la compra de respiradores artificiales a sobreprecio.

La reacción al golpe fue lenta y confusa. Quienes respondieron rápido y contundentemente fueron masacrados en Senkata y Sacaba. El MAS y otros movimientos comenzaron una intensa discusión interna, una reflexión sobre la forma en que se fue desvirtuando el proceso original y plantearon la necesidad de renovar cuadros.

Como ha planteado Orietta E. Hernández Bermúdez, en "El camino a la recuperación de la democracia en Bolivia es un campo minado" ( América Latina en Movimiento, 29/10/20) la victoria del pasado 18 de octubre fue una hazaña del pueblo boliviano, en medio de obs­táculos que parecían insalvables: la existencia de un activo y racista gobierno de facto, las injustificables acusaciones de terrorismo contra Evo Morales y la postergación de las elecciones en tres ocasiones. La presidenta de facto Jeanine Áñez, aún en su puesto, calificó recientemente a los masistas "de indios y bestias salvajes".

Luis H. Antezana nos recuerda en "Dos conceptos en la obra de René Zavaleta: formación abigarrada y democracia como autodeterminación" (en el libro Pluralismo epistemológico) que René Zavaleta afirmó que en Bolivia existía un desfase entre el Estado y la sociedad civil, "una reducción histórica, oligárquica, señorial, ciega y ajena" a las cualidades sociales reales de la sociedad boliviana, marcadamente indígena. De acuerdo con el sociólogo boliviano, en 1952 “las impolutas hordas de los ‘que no se lavan’ [como los llamaban las élites] entraron en la historia cantando siempre”. Podemos agregar que volvieron a irrumpir en 2005 y se hicieron presentes una vez más en 2020 reinventándose a "sí mismas". Aunque obviamente el camino está lleno de retos y tentaciones, la puesta en juego de una política comunitaria será importante en un nivel local, pero muy probablemente relanzará la diplomacia del buen vivir y contribuirá a la lucha del sur global en la búsqueda de soluciones a las múltiples crisis empalmadas que estremecen al mundo.

Por Alberto Betancourt Posada*

*Doctor en historia por la UNAM. Profesor de tiempo completo de la Facultad de Filosofía y Letras de esa universidad

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Lunes, 09 Noviembre 2020 05:55

¿Qué nos pasa?

 El presidente Donald Trump, quien se niega a reconocer su derrota en las elecciones, estuvo el fin de semana en su club de golf en Sterling, Virginia.Foto Afp

En lo más esencial, lo que ocurrió en Estados Unidos fue la derrota de un proyecto neofascista. Las grandes coaliciones de fuerzas progresistas que fueron claves para vencer al inquilino de la Casa Blanca incluyen organizaciones de migrantes de varias esquinas del mundo, sindicalistas, la comunidad gay, integrantes de movimientos por la justicia racial y de derechos civiles, ambientalistas y contra las armas, o sea, el gran mosaico multirracial que está en la lucha por los derechos fundamentales, la dignidad y la justicia.

El sábado bailaron en calles, plazas, barrios y centros de trabajo porque se triunfó contra una bestia derechista. Pero notable por su ausencia, e incluso por su desdén, en esta fiesta popular, es uno de los movimientos progresistas más importantes del mundo, el de México. ¿Qué pasó?

Ha dejado asombrados, indignados y dolidos a progresistas en Estados Unidos, incluidos líderes sociales mexicanos, escuchar a los que suponían eran sus aliados en México y otros países latinoamericanos expresar que la elección estadunidense no era más que una contienda entre dos caras del mismo aparato imperial en Washington y, por lo tanto, daba igual quien ganara. Aún más alarmante, dirigentes y activistas en México circularon opiniones de que incluso Trump sería preferible o más conveniente para la relación bilateral. Y para colmo, algunos hasta emplean los argumentos tramposos seudolegalistas de los estrategas de Trump para justificar su posición en relación con la pugna electoral estadunidense.

Ese argumento en algunos circuitos progresistas en México y otras partes de América Latina de que los demócratas son igual o peores que los republicanos se comparte o por lo menos se entiende por sus contrapartes aquí, pero en esta coyuntura ese no es el punto. Se está luchando contra un proyecto neofascista de una derecha con amplios vínculos con fuerzas derechistas en América Latina y Europa, o sea, contra un enemigo común. Ese es el punto.

Por ahora se logró derrotar a uno de sus líderes más peligrosos para el planeta, y extraña que algunos progresistas al otro lado de la frontera no se sumen a la fiesta o por lo menos envíen felicitaciones a los que dieron esa lucha.

Pareciera que de repente funciona el muro de Trump para la izquierda. De repente los que están en lucha contra las mismas fuerzas de la derecha tanto en Estados Unidos como en México y otros países latinoamericanos son separados por una barrera. Esto no se trata de cúpulas ni de posiciones oficiales (aunque parece que hay algunos progresistas mareados allá arriba), sino de luchas populares democratizadoras y de esos principios básicos de cualquiera que se identifique como progresista: la solidaridad y el internacionalismo.

Aquí ese enemigo llegó al poder declarando que los mexicanos eran criminales y por eso era urgente construir un muro para frenar su ingreso, fue quien giró órdenes para arrebatar a niños de los brazos de sus padres para colocarlos en jaulas, quien estableció un estado de terror permanente contra los migrantes obligando a padres a despedirse de sus hijos cada día recordándoles que si no regresaban a casa es porque fueron detenidos por la migra, con ese temor cotidiano viven los niños. ¿Eso da igual?

Al parecer, algunos en México y América Latina que han luchado por la democratización de sus países, por los derechos humanos y civiles, contra la censura y los ataques a la prensa, por un planeta sustentable, por el agua, por la salud, por un salario digno, contra la represión, se les ha olvidado que tienen sus contrapartes en Estados Unidos que luchan, y por siglos, por eso mismo; sí, en diferentes circunstancias, condiciones y más, pero a fin de cuentas esencialmente por lo mismo.

Los que están en lucha contra ese proyecto neofascista y/o neoliberal en un país son por definición aliados de los luchan contra ese mismo monstruo en sus países. Es así de sencillo. Es un principio básico de quien se diga progresista, ¿no? Una injusticia contra uno es una injusticia contra todos, se decía.

¿Qué nos pasó?

https://www.youtube.com/watch? v=UDi2mJcByns&feature=youtu.be

https://www.youtube.com/watch? v=BlIREcAu0PI&feature=youtu.be

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 ▲ En Pensilvania y otras ciudades de EU festejaron el virtual triunfo de Joe Biden.Foto Afp

China, Irán y palestinos degustan el "triunfo" pírrico de Joe Biden a sus casi 78 años –cuando a los demócratas, la católica Nancy Pelosi en la Cámara y el israelí-neoyorquino Schumer, no les fue muy bien que se diga–, mientras Edward Luce, corresponsal clintoniano del rotativo globalista Financial Times –vinculado a los intereses de los banqueros Rothschild/Soros– en un muy lúcido artículo, a tres días del resultado "oficial", había diluido la victoria de Biden, pese a su hazaña de haber recibido el mayor número de votos en la historia presidencial ( FT 04/11/20).

A juicio de Edward Luce, el "voto fue ardientemente cuestionado" cuando "EU se encuentra amarga, energética y casi equitativamente dividido (sic)". Con un "mandato equívoco" en el mejor de los casos, será magro lo que pueda conseguir el centrista Biden: "el más moderado de los contendientes del Partido Demócrata".

A lo sumo, "Biden será suertudo en empujar aún las partes incrementales (sic) de su agenda": amplias inversiones en la tecnología verde, las colegiaturas gratuitas para los estudiantes universitarios de clase media, y la opción pública (sic) para el seguro médico.

No se escenificarán "las esperanzas de cambios de época" de los progresistas que "han sido hechas añicos".

Considera Edward Luce que Biden no tendrá opción para abolir el filibusterismo en el Senado ni agregar nuevos estados como Puerto Rico y el distrito de Columbia ni expandir el tamaño de la Suprema Corte con el famoso “ package (empaquetado)” con el fin de diluir la mayoría de los republicanos que cuentan con seis de los nueve magistrados. Tan simple como que el líder senatorial triunfador Mitch McConnell "bloquee cualquier nominación de Biden".

Salvo un descalabro, cuando faltan tres senadurías por resolverse, los republicanos retendrán el control del Senado.

Lo mejor que puede aspirar Biden –quien, por cierto, mantiene una óptima relación con McConnell– es conseguir un "modesto (sic) estímulo" financiero para paliar el marasmo económico producto de los estragos pandémicos.

Luce predice el obstruccionismo jurídico de Trump quien difícilmente compartirá los estudios en sus manos sobre la vacuna contra el coronavirus y quien, en el mejor de los casos, hará desaparecer miles de documentos de la Casa Blanca.

Tampoco Biden podrá elevar el salario mínimo ni imponer mayores impuestos a la plutocracia de EU.

Así las cosas, "la presidencia de Biden corre el riesgo de ser atrapada entre dos fuerzas irreconciliables (sic): una derecha trumpiana empecinadamente atrincherada y una izquierda amargada (sic) de los d emócratas"–pese a que el combativo grupo SQUAD, que encabeza Alexandria Ocasio-Cortez, obtuvo tres escaños más en la Cámara que dificultarán la tarea de Nancy Pelosi que sufrió fuertes descalabros.

Edward Luce vislumbra correctamente el panorama tanto en el Senado, con probable mayoría de los republicanos, como en la Cámara donde los "demócratas perdieron varios asientos", cuando los "nuevos republicanos elegidos son todavía más trumpianos que Trump".

A mi juicio, puede suceder que se asiente un "trumpismo sin Trump" que enarbole el supremacismo blanco de los WASP (white anglosaxon protestant: blancos protestantes anglosajones; https://bit.ly/2I88Hsm), hoy a la defensiva reactiva que impugna su "derrota".

Biden sólo tendrá "libertad de maniobra" en su política exterior.

Edward Luce concluye que "el fantasma de Trump acosaría a Biden".

Guste o disguste, con o sin Trump, el trumpismo es una realidad en EU fracturado que vive su acelerada delicuescencia y el reflejo de su "democracia bananera" (https://bit.ly/3ldNICA).

Pobres ilusos a-históricos y anti-históricos que alucinan que a México le irá mejor con los demócratas que con los republicanos o con los republicanos que con los demócratas.

Sugiero consulten el Museo de las Intervenciones, en Churubusco, Ciudad de México (https://bit.ly/36ectbp).

La historia de México NO empezó con la imposición neoliberal de Daddy Bush a Salinas con su TLCAN.

México es un país milenario con varias civilizaciones y culturas en su seno de las que carece Estados Unidos.

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En Detroit, Michigan, cientos marcharon para celebrar la victoria de Joe Biden; Black Lives Matter también se movilizó para denunciar la violencia policial.Foto Afp

Nuevo York., Joseph Biden es presidente electo, pero la noticia que la mayoría festeja es que Donald Trump fue derrotado en una elección que fue, sobre todo, un referendo de su presidencia.

Biden y su compañera de fórmula, Kamala Harris, junto con gran parte de la cúpula política y económica del país, así como casi todos los medios y decenas de mandatarios que enviaron sus felicitaciones alrededor del mundo, de inmediato empezaron a preparar la transición, ignorando por completo la insistencia de Trump en que esto no ha acabado.

Trump rehusó reconocer el resultado, por ahora. Esta mañana escribió en un tuit: "Yo gané en grande", y se fue a jugar golf, donde recibió la noticia de que su contrincante fue declarado victorioso por los principales medios. Poco después agregó que "el hecho es que esta elección está lejos de acabarse", y mientras repite que la contienda "fue robada", informó que a partir del lunes su equipo la estará disputando en tribunales.

A la vez, rompiendo con la tradición, el alto liderazgo republicano guardó silencio sobre el triunfo de Biden, provocando aún más tensión sobre el conflicto que busca detonar el presidente. Pero la atención ya no giraba en torno a él, sino en el inicio de la era posTrump.

Biden ofreció su primer discurso como presidente electo esta noche cerca de su casa en Wilmington, Delaware, y nunca mencionó el nombre del actual mandatario. Declaró: "Me comprometo a ser un presidente que no busca dividir, sino unificar", y resaltó su mensaje de campaña, de buscar la presidencia "para restaurar el alma de Estados Unidos" y que ésta "es la hora para sanar".

Afirmó que el mandato de esta contienda es "promover las fuerzas de la decencia", la ciencia y la esperanza para "la batalla contra la pandemia, por la justicia racial y para salvar al mundo al controlar el cambio climático".

Aseguró que esta elección "fue una victoria por nosotros, el pueblo" (primera frase del preámbulo a la Constitución) y que se ganó con la mayor cantidad de votos (74 millones) en la historia. Indicó que su campaña fue impulsada por una coalición multirracial amplia y de identidades, incluyendo republicanos, y que como presidente gobernará para todos.

"Esta noche todo el mundo está viendo a Estados Unidos", al cual llamó "un faro para el mundo, pero no sólo por nuestro poder, sino por nuestro ejemplo", y con ello subrayó que trabajará para recuperar el respeto internacional por este país.

Ofreció una apasionada defensa del mito del "sueño americano", y aseguró que su país ofrece una oportunidad igual a todos. Insistió en que “somos un pueblo bueno… Somos Estados Unidos de América, no hay nada que no podamos hacer”. Y concluyó: "Seamos la nación que sabemos que podemos ser".

Harris, quien hace historia como la primera mujer, persona de color e hija de migrantes (su madre es de India y su padre de Jamaica) en ocupar la vicepresidencia, declaró al presentar a Biden en el acto de victoria: “Por cuatro años ustedes marcharon y se organizaron por la igualdad y la justicia, por nuestras vidas y nuestro planeta y después votaron… Optaron por la esperanza, la unidad, la decencia, la ciencia, y sí, la verdad”.

Resaltó el papel de las mujeres, sobre todo las de color, que han rescatado esta democracia constantemente. En cuanto al momento histórico de su próximo papel, dijo: "Yo seré la primera mujer en este puesto, pero no la última". Ahora empieza la tarea más difícil: combatir la pandemia, el racismo, la crisis económica. Estados Unidos "está listo, y también Joe y yo".

El festejo concluyó con fuegos artificiales, configuraciones aéreas con el número 46 y otras realizadas por drones guiados por computadora.

Después de cuatro años de ser considerado por una amplia gama como "el presidente más peligroso de la historia" de Estados Unidos, caracterizado por la persecución de migrantes, incluyendo el enjaulamiento de niños, el abierto endoso de agrupaciones supremacistas blancas y neonazis, el desmantelamiento de normas ambientales, el deterioro de los derechos civiles y el manejo irresponsable de la pandemia, Trump es ahora también el primer presidente desde 1992 en no ser relegido.

Biden será el presidente de Estados Unidos número 46. Ganó su tercera candidatura con el mensaje de restaurar la unidad y la "normalidad" política, así como su empatía personal en un país agotado debido al manejo errático de un mandatario distinguido por haber mentido y engañado más de 20 mil veces, incluso sobre su manejo de la pandemia, que fue probablemente el factor principal de su derrota.

Biden, quien cumplirá 78 años este mes, será el presidente de mayor edad al iniciar su mandato. También será el segundo católico, después de John F. Kennedy.

Pero estos comicios no fueron entre candidatos de dos partidos, sino, como repetía el senador Bernie Sanders, "entre la democracia y Donald Trump". El presidente electo, cuya carrera de 48 años en Washington lo distinguió como político centrista del Partido Demócrata y campeón de esfuerzos y negociaciones bipartidistas, nunca generó entusiasmo masivo entre el electorado.

Por lo tanto, su tarea de reparación de daños y restauración de normas también tendrá que responder a las diversas corrientes dentro y fuera del Partido Demócrata, un abanico amplio de sectores e intereses que se unieron en su objetivo de derrotar a Trump, pero que no tienen un consenso más allá de eso.

El triunfo electoral no fue de las dimensiones que deseaban los demócratas, quienes esperaban una "ola" suficientemente masiva como para ahogar la era Trump y proclamar que fue un desvío anormal de esta democracia. Pero aunque Biden obtuvo 4 millones más votos que Trump, su contrincante llegó a más de 70 millones, incrementando la cifra con que ganó en 2016. Por lo tanto, la amenaza del populismo derechista con tintes neofascistas no se ha aniquilado, sino estará más que presente al iniciar la era posTrump.

Pero aun con gran parte de Washington, Wall Street y el mundo reconociendo el resultado, Trump rehúsa ingresar a su postera y procederá a disputar la legitimidad de esta elección, tanto ante tribunales como con sus bases ultraderechistas en las calles, como empezó a suceder hoy en varias entidades, donde coreaban el lema "Alto al robo".

El nuevo presidente tiene cita el 20 de enero de 2021 para asumir su puesto. Entre hoy y esa fecha, Trump sigue como residente de la Casa Blanca y todos saben que es capaz de hacer mucho daño en lo que deben ser sus días finales.

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Elecciones en Estados Unidos: "pueblo de brutos"

"Si pierden el camino de la libertad, miren hacia el Sur"

 

"La condición de un pueblo embrutecido es peor que la condición de un pueblo de brutos ". 257 años separan esta frase escrita en 1763 por el filosofo francés y creador de la Enciclopedia Denis Diderot de este final de 2020. Lo que está ocurriendo en Estados Unidos en este momento respira en cada palabra de esa frase. Un pueblo embrutecido elige a un déspota y regala su libertad. La brevedad lapidaria de Diderot retrata magistralmente, más allá de los tiempos, la involución dramática de una sociedad y de una cultura que representó lo más avanzado de la modernidad democrática, muy por encima del cínico almidón europeo. 

Donald Trump boicotea su propio país con la misma filosofía con la que los esbirros de Washington boicotearon nuestras democracias durante un largo periodo del Siglo XX. Sus sicarios se llamaron Pinochet, Videla, Duarte, Bordaberry o Stroessner y diseminaron en los años 70 un tendal de horrores que la memoria colectiva guarda como actos de barbarie encubiertos por la impunidad y la fuerza. De Siglo a Siglo, de Pinochet y Videla a Donald Trump, se derrumba una ficción alimentada por el imperio y surge, potente e íntegra, una fuerza que dio vuelta la historia y puso al Sur de América en el camino de su resurrección soberana y al exportador de crímenes ante los mismos extremos que el expandió. La víctima de esos crímenes tiene las manos en las riendas de su destino. Chile, con el plebiscito para la reforma de la Constitución, se sacó de encima la herencia del autoritarismo, de la violación de la ley y la contaminación de las instituciones con la que Trump ha gobernado e intenta seguir en el poder. La historia vuelve a ser nuestra y respira en el Sur.

Los procesos son simultáneos: Chile se libera y nos libera en lo real y lo simbólico de ese pasado de sicariato, de una Constitución diseñada en Washington, mientras Estados Unidos ingresa en el túnel del tiempo del que Chile acaba de salir: el imperio que exportó muertes, torturas y dictaduras se fabricó un autócrata mentiroso y corrupto que pisoteó todas las leyes y dejará un legado mucho más arraigado de lo que se sospecha: el trumpismo no se acaba con Donald Trump sino que recién empieza. 

En 2020, Donald Trump le agregó 5 millones de votos (68 millones) a los que había obtenido en 2016. Instituciones vaciadas o corrompidas, un Partido Republicano aliado a lo más nefasto que haya existido y orientado hacia la confrontación y la trampa, servicios secretos y organismos de seguridad en el fango y una Corte Suprema cautiva del trumpismo se han instalado por unas cuántas décadas en el corazón de esa democracia degradada. Mientras Chile despedía el legado de la dictadura-cultura que Washington exportó, Estados Unidos entraba de lleno en la era del autoritarismo mesiánico. El renacido espectro de Augusto Pinochet se mudó al Capitolio y allí permanecerá por un tiempo. En el discurso que pronunció cuando prestó juramento (27 de enero de 2017), Trump saludó a aquellos norteamericanos que habían votado por él “para formar un movimiento histórico como el mundo jamás ha visto hasta el momento”. Y allí está, lejos, muy lejos de la “majestad de la democracia norteamericana” con la que el ex presidente Georges Bush saludó la victoria de Bill Clinton en las elecciones de 1993. 

La “majestad” es un trapo pisoteado por un demente en quien millones de votantes siguen viendo un Mesías. Trump es más que Trump: es el interciso a través del cual se ve el derrumbe moral de una sociedad que se cansó de fabricar en el cine héroes morales para terminar eligiendo al actor más acabado de la inmoralidad. El sueño americano se transmutó en pesadilla planetaria. En el abismo entre uno y otro, del sueño a la pesadilla, no sólo cae la puerilidad del mito. En esa caída también se desnuda nuestra mansa y constante rendición a los pies de un modelo cultural, financiero y tecnológico que ha hipnotizado a todo el planeta. Los años durante los cuales, en América Latina y en Europa, se exploraban y realizaban intentos de estéticas soberanas en muchos campos culturales se esfumaron o reciclaron en una dependencia cultural y tecnológica que no tiene precedentes en la historia humana. Jamás hubo tantos millones de seres humanos, oriundos de culturas y geografías tan diferentes como distantes, usando o mirando embobados los productos confeccionados por un mismo imperio. 

La dependencia mental con respecto a Estados Unidos ha sido una abdicación global. Ni siquiera el imperio ha podido controlar sus propias invenciones. Ha acumulado una fuerza imperial tan destructora que ya no tiene armas para protegerse a sí mismo. Una vez más, Facebook, Twitter o YouTube fueron incapaces de frenar o gestionar el flujo de informaciones falsas generado por las elecciones en Estados Unidos y el posterior diluvio de aberraciones difundidas por Donald Trump y sus partidarios. En inglés --únicamente en inglés-- Twitter colgó una advertencia sobre los dudosos mensajes de Trump, pero no evitó su propagación. En cuanto a Facebook, la totalidad de los mensajes mentirosos del mandatario denunciando supuestos “fraudes masivos” están en acceso libre. En español o en francés no hay freno alguno: los repetidores conspiracionistas los traducen y los retwittean con plena holgura. Así aparecieron en español mensajes vistos por millones de personas que hablaban de fraudes en Arizona o denunciaban la presencia imaginaria de milicias de ultra izquierda desplegándose en el territorio norteamericano. Ni hablar de YouTube y sus canales alternativos. 

Las mal llamadas redes sociales han vuelto a probar que son Armas de embrutecimiento masivo (AEM). De esa subcultura surgió Qanon. Este grupo de extrema derecha radical, adepto a la violencia, híper trumpista, antisemita, islamofóbico, anti latino y anti afroamericano funciona mediante mensajes encriptados propagados en la red y cree que existe un Estado profundo manejado por una elite de pedófilos que conspira contra quien es, para ellos, el salvador del mundo, Donald Trump. Ese delirio violento presentó 20 candidatos y uno de ellos ingresó hace unos días a la Cámara baja: la hoy senadora Marjorie Greene (Georgia). Es rubia, racista, pro Qanon, armada hasta los dientes, promotora de una campaña bélica contra los “pedosatánicos” del supuesto “Deep State” y los socialistas. El FBI considera a Qanon como una amenaza terrorista con “capacidades de motivar a extremistas nacionales a llevar a cabo actividades criminales y violentas”. El más perfecto y expandido útil tecnológico engendró un monstruo que se come su propia democracia.

A los verdaderos demócratas de Occidente les vendría muy bien mirar hacia nuestro Sur para reinventarse. Hemos resistido dictaduras asesinas, a las desapariciones, las torturas, al terrorismo de Estado, a las privatizaciones, al colonialismo interior, a los evangelistas liberales, a la expoliación de nuestros recursos naturales, a la deslealtad de nuestras burguesías, a la manipulación de las instituciones, a la corrupción, la impunidad, el subdesarrollo, la desigualdad como filosofía política y a la guerra permanente que, desde el inicio, Estados Unidos le declaró a América Latina. Siempre han estado en guerra contra nosotros. No ha habido presidente norteamericano que no nos haya legado una dictadura. Obama nos dejó el golpe de Estado en Honduras (Manuel Zelaya) y Trump y la OEA la mascarada patética del golpe en Bolivia contra Evo Morales. 

Hemos mirado a los ojos y respirado el aliento de la barbarie durante décadas. Nunca dejamos de ser el sueño colectivo de libertad con la que se forjaron nuestras historias americanas. ¡Qué enorme y sórdida paradoja ! Hoy le toca a la primera potencia mundial y a la democracia piloto luchar por su propia libertad. Y los demás imperios coloniales de Europa están sacudido e invadidos por una extrema derecha violenta y xenófoba que corroe todo lo que roza. La Argentina le está diciendo al mundo mucho más de lo que la confrontación interna y la basura mediática permite escuchar. Bolivia regresó a los tiempos modernos democráticos después de una pausa en el Siglo XIX y Chile desterró los suspiros moribundos de una infamia institucional. Los medios globales miran el Brasil de Bolsonaro, pero la epifanía somos nosotros. Late en ese triángulo mágico del Sur acechado y violentado que ha sabido restaurar y creer en lo que Occidente no cree más. El autoritarismo galopante que se extiende en Occidente contrasta con la lenta pero firme conquista de nuestras libertades. 

El Siglo de las Luces que preside el nacimiento de la democracia occidental se dejó envolver por el sigilo de las sombras. ¿Quién nos hubiese dicho que un fantoche grosero convertiría la Casa Blanca en el Castillo sombrío de una autocracia naciente? El trumpismo nos revela mucho de nosotros porque enfoca, en su fatal contradicción, nuestra potencia emancipadora, los horrores que padecimos por la libertad y la forma irrenunciable en que la fuimos consolidando. También nos demuestra la futilidad de la dependencia y el costo que aún acarrea. 

Hoy es el Sur quien puede ayudar, con las manos abiertas y la memoria sin rencores, al pueblo estadounidense a liberarse. Tenemos mucha experiencia en autócratas formados en Washington. Sabemos, mejor que ellos, cómo salir vivos y libres de la sumisión. No hemos levantado una Escuela de las Américas para capacitar dictadores como lo hizo Estados Unidos, sino desarrollado una práctica democrática con identidad nueva.

Empieza ya un viaje al revés. El Sur le puede transmitir al Norte la ética de la emancipación y la libertad que ese mismo Norte tantas y tantas veces interceptó para su conveniencia. Pueden contar con nosotros. Tal vez, nuestras debilidades e imperfecciones institucionales no nos legitimen ante Occidente. Pero somos hoy un halo de luz. Las sombras que proyecta el imperio iluminan nuestra propia grandeza colectiva, nuestro hondo pasado de violencia importada y nuestra resurrección soberana. Pueblo norteamericano, nuestras fosas comunes, nuestros vuelos de la muerte, nuestros desaparecidos, nuestros hijos robados, nuestros escuadrones de la muerte, nuestros pueblos originarios despojados, nuestras democracias vendidas son parte de la guerra encubierta que las sucesivas administraciones norteamericanas fueron implementando con los lacayos nacionales. Hemos vencido esas vicisitudes sangrientas. En la Argentina hemos hecho justicia y condenado a los criminales contra la humanidad. Tenemos mucha sabiduría acumulada para compartir. Si pierden el camino de la libertad, miren hacia el Sur.

Por Eduardo Febbro

Desde París.

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Las dos almas de América Entrevista a Patrick Iber

¿Representa realmente Donald Trump a sectores de clase trabajadora? ¿Qué pasó con el voto latino y afroaestadounidense? ¿Cuánto pesó la adscripción religiosa? ¿Cómo queda posicionada el ala izquierda del Partido Demócrata en un futuro gobierno de Joe Biden?

 

Para quienes esperaban una «ola azul», las elecciones estadounidenses dejaron un sabor amargo, aunque las proyecciones acercan a Joe Biden a la Casa Blanca. Si este resultado fue por la fortaleza de Donald Trump o por la debilidad demócrata será motivo de numerosos análisis. En esta entrevista, Patrick Iber, historiador y profesor de la Universidad de Wisconsin, analiza los resultados y las perspectivas que se abren. Es además autor de Neither Peace nor Freedom: The Cultural Cold War in Latin America [Ni paz ni libertad: La Guerra Fría cultural en América Latina] (Harvard up, Cambridge, 2015), escribe en Dissent y New Republic y fue asesor en la campaña de Bernie Sanders para las primarias.

Al menos por lo que sabemos hasta ahora, las encuestas no acertaron con el resultado electoral que anticipaba una holgada victoria de Joe Biden. ¿Qué es lo que pasó? ¿Por qué hubo momentos en los que se creyó incluso que Trump podía ganar?

Más que una jornada electoral hemos vivido una suerte de temporada de elecciones. Evidentemente hay una fecha de las elecciones, pero en Estados Unidos cada estado tiene la responsabilidad de organizarlas en su territorio. Es decir, no tenemos un sistema federal para organizar las elecciones. Y además, cada Estado tiene distintas reglas. En general, hay tres maneras de votar: por correo, en persona de manera anticipada o el día de las elecciones. Lo que hemos visto es que muchos demócratas han votado con anticipación o por correo, mientras que muchos más republicanos votaron el 3 de noviembre.

Realmente es difícil saber qué sucedió con las encuestas, excepto afirmar que algo similar sucedió en 2016. En aquel contexto, las encuestas daban ventaja a Hillary Clinton y las cosas resultaron muy diferentes. Un fenómeno que se ha hecho evidente es que muchas personas no dicen que votarán por Donald Trump. Sin embargo, hay que dividir la problemática de las encuestas entre lo estatal y lo nacional. En el ámbito nacional, más o menos acertaron. Sin embargo, el problema principal residió en el nivel estatal. En Wisconsin, en el estado en el que vivo, diversas encuestas daban una ventaja de entre 8 y 10 puntos de diferencia en favor de Biden, pero acabará ganando por aproximadamente 20.000 votos, es decir, por menos de un punto.

Esos momentos en los que veía que existía la posibilidad de un triunfo de Trump –o más bien que Biden iba perdiendo– la situación no era, en realidad, la que se percibía. En algunos estados, como Wisconsin o Michigan, no se pueden comenzar a contar los votos emitidos por correo hasta después de terminar el conteo de los emitidos personalmente. Por lo tanto, lo que se veía en los primeros resultados era el voto emitido el mismo día de la elección. Luego, con el conteo del voto emitido por correo, se verificó un aumento significativo del voto demócrata. Esto hace que la acusación de fraude de Trump esté completamente alejada de la realidad. Lo que se verifica, en realidad, es que el voto se desarrolló sin irregularidades en todo el país.

Algunos han escrito sobre la posibilidad de que el Partido Republicano se transforme en un partido conservador con base en la clase trabajadora, incluso más mutirracial que como lo conocíamos, sobre todo proyectando la sociología del voto de Florida, donde al final de impuso Trump.

Se ha hablado mucho del voto latino, especialmente en Florida, donde Trump en efecto ganó el Estado con el apoyo de buena parte de la comunidad latina. Yo quiero insistir en que sin saber los resultados finales es difícil construir un panorama global y completo. El voto latino en Estados Unidos incluye muchas comunidades y estas son distintas entre sí. Hay diferencias entre el voto de origen cubano de Florida y el de origen mexicano de Arizona. En este sentido, fue una sorpresa para muchos el triunfo de Biden en este último estado, considerado bastante conservador durante muchos años. El voto latino sindicalizado en Nevada, por ejemplo, también ha sido muy importante para la victoria de Biden en ese estado. Hay algo de mitología en la idea de que el trumpismo se ha convertido en un espacio multiétnico de clase trabajadora. Pero sí hay que decir que Trump ha tenido cierto grado de apoyo (entre 30% y 35%) en el voto latino y también en el voto asiático. El voto afroaestadounidense, en cambio, sigue siendo mayoritariamente demócrata (alrededor del 90%).

Lo que se evidencia especialmente en el estado de Florida es que el discurso articulado por Trump de que Biden es o bien un socialista o bien un aliado/rehén de los socialistas, ha tenido un impacto bastante fuerte. Hemos visto también la movilización de mensajes a través de Facebook y WhatsApp con fake news en ese mismo sentido. Lo que queda claro es que el discurso antisocialista importante en la base de Trump. Aunque durante los últimos años se ha hablado del racismo como parte del apoyo a Trump –y esto es cierto–, no se trata del único factor explicativo. El Partido Demócrata sigue teniendo ventaja en lo que en Estados Unidos llamamos «minorías» en términos raciales y culturales, pero también sigue teniendo ventaja entre la clase trabajadora. Aun así, se ha percibido que algo ha cambiado en los últimos años: que el nivel de educación influye como un factor importante. Una persona bastante acomodada con educación superior universitaria es mucho más probable que se incline por los demócratas. Esto no es algo que sucediera de este modo en el pasado. Es muy fácil simplificar y afirmar que el Partido Demócrata es un partido de las elites, mientras que el Partido Republicano es un partido blanco de clase trabajadora. La realidad es mucho más compleja y esas categorizaciones no siempre se verifican. En algunos casos, sucede todo lo contrario. Pero hay que indagar más en estas transformaciones.

Para eso hay que mirar los diferentes territorios…

Antes de las elecciones se hablaba mucho de esa posibilidad de que Trump conquistase un porcentaje más alto del voto afroestadounidense, especialmente entre los varones. También se afirmaba lo mismo en relación al voto latino. Lo que se sostenía es que su machismo podía producir cierto tipo de atracción en esas comunidades. Yo no me atrevería a plantear algo firme sobre esta materia porque los resultados finales nos permitirán hacer un desglose para verificar qué ha sucedido y qué no ha sucedido. Sin embargo, es posible hacer algunas conjeturas. Trump no parece haber ganado mucho en torno al voto afroestadounidense, aunque entre las múltiples comunidades latinas sí parece haber tenido ciertos avances, en algunos estados y en algunos sectores. Entre los cubanos y los venezolanos que viven en Florida el mensaje antisocialista es fuerte y penetra en parte de esas comunidades. Sin embargo, el voto puertorriqueño es muy fuerte a favor de Biden, tal como lo han sido el voto haitiano y el voto mexicano. Algo similar sucede con el voto dominicano en Nueva York.

Fuera de Florida, una de las sorpresas ha sido el Valle del Río Grande, en la frontera entre Texas y México. Tradicionalmente esta ha sido una de las zonas más pobres del país y ha tendido a votar a los demócratas. Allí Biden perdió bastante apoyo. En el condado de Zapata, por ejemplo, Clinton había ganado por 30 puntos y Biden perdió. Esa es una sorpresa y muchos están pensando en lo que significa esa merma de votos en un lugar que tiene sus particularidades: se trata de una zona fronteriza en la que buena parte del empleo se genera por lo que podríamos llamar el «complejo fronterizo-industrial». Los mensajes antiinmigrantes tienen cierto eco entre esas comunidades, incluso entre los latinos. Aunque a veces parezca difícil de entender, no es imposible encontrar latinos que abogan por una política de restricción con respecto a la inmigración, sosteniendo que mientras ellos han llegado al país de modo correcto y legal, los otros también deberían hacer lo mismo si pretenden ingresar. En ese sentido, hay que afirmar que se habla mucho sobre el racismo entre la comunidad blanca, dado que esta es la forma racista con mayor impacto político. Sin embargo, se habla menos del racismo contra los afros entre algunos latinos o algunos asiáticos, así como del racismo antilatino de algunos miembros de la comunidad afroestadounidense. Ese tipo de situaciones, aunque no son dominantes, existen.

¿Cómo juega la religión en todo esto? A menudo se piensa en ella de manera un tanto simplista

El discurso progresista en Estados Unidos, que comparto (no me molesta ser identificado como socialista democrático), ha insistido en que el problema fundamental de Trump está constituido por el racismo y la misoginia. Eso no es en absoluto falso. Pero también hay muchos ciudadanos y ciudadanas que no se consideran racistas (y en muchos casos no son blancos) que apoyan a Trump. Parte de esto se vincula con el fuerte apoyo que ha tenido por parte de la comunidad evangélica. Muchos de ellos no comparten su personalidad ni su forma de ser, pero defienden, por ejemplo, su oposición al derecho al aborto. En Estados Unidos el derecho al aborto es el resultado de una decisión tomada por la Corte Suprema en 1973.

Ahora, con una mayoría conservadora, podrían argumentar que esa decisión fue incorrecta y dejar que decida cada estado en lugar de mantener una legislación de carácter federal. Esto es percibido como un logro para parte de esa comunidad, dado que considera que se trata de un punto innegociable. Al igual que el nombramiento de jueces conservadores, no solo en la Corte Suprema. Sin embargo, esas posiciones son sostenidas por personas que no necesariamente se consideran racistas ni participan del supremacismo blanco. Lo mismo sucede con las opiniones sobre los derechos de la población LGTBI, que han sido fuertes ejes de debate por parte del progresismo. Estas cuestiones deben ser tenidas en cuenta, también considerando que parte de la población latina en Estados Unidos tiene estas adscripciones religiosas.

Al mismo tiempo, no podemos hacer generalizaciones sobre el voto religioso. Una de las grandes mitologías que se han construido es la de que el Partido Demócrata es antirreligioso, algo que es estrictamente falso. Biden mismo es un católico devoto y practicante, mientras que Trump no parece ser nada de eso. Trump, tres veces divorciado, no representa los valores defendidos por buena parte de las comunidades cristianas que articulan sus puntos de vista al menos parcialmente como una defensa de los valores y de la familia tradicional. Como ser humano, Biden representa mejor que Trump esos valores.

En ese sentido, cabe mencionar que el voto católico siempre ha estado dividido casi en partes iguales entre demócratas y republicanos. Asuntos como el aborto favorecen el voto a los republicanos, mientras que el discurso sobre la justicia social los acerca a los demócratas. Lo cierto es que, comparado con otros países con niveles más o menos similares de riqueza, Estados Unidos es un país mucho más religioso. Dado que no contamos con una Iglesia privilegiada y establecida del Estado, tenemos una diversidad de prácticas religiosas muy amplia. Y muchos de ellos tienen un compromiso con la justicia social, algo que favorece al Partido Demócrata. Históricamente, personajes como el pastor Martin Luther King han sido clave en este sentido. Al día de hoy, muchas iglesias afroestadounidenses siguen apoyando al Partido Demócrata. Y allí está, entre muchos otros, el caso del Reverendo William Barber II en Carolina del Norte.

Hay que evitar la idea de que el Partido Demócrata es un partido secular, mientras que el Partido Republicano es el partido de los religiosos. Eso no es así. Pero sin embargo se debe prestar atención al factor religioso, porque en muchos casos ha incidido, como comentaba recién respecto al llamado voto evangélico.

¿Cómo queda el sector socialista democrático con estos resultados?

Yo provengo de ese sector y, en tal sentido, apoyé e incluso trabajé para la campaña de Bernie Sanders. Tras su derrota en las primarias, Sanders dio todo su apoyo a Biden para sacar a Trump y, en la mayoría de los casos, los votantes que preferían a Sanders o a Elizabeth Warren apostaron por Biden sin ningún tipo de problema. Yendo a los socialistas democráticos, hemos visto la reelección de Alexandria Ocasio-Cortez por amplio margen y la llegada de algunas otras figuras como Jamaal Bowman. Esto supone la posibilidad de que miembros de Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés) ocupen posiciones que anteriormente estaban ocupadas por miembros de alas mucho más moderadas del Partido Demócrata.

Durante la campaña, la acusación de Trump de que Biden era un socialista llevó al candidato demócrata a responder que había sido justamente él quien había vencido a Sanders en la primaria. Esto le permitía distanciarse de la acusación, pero generaba una cierta incomodidad para el sector de izquierda del partido. Por un lado, entendían que era una forma de defensa de Biden, pero, por otro lado, no daba total cuenta del giro progresista del partido.

No obstante, hay dos o tres consideraciones que deben ser tenidas en cuenta. Todo indica que Biden terminará siendo electo y que mejoró respecto a la elección de Hillary Clinton en 2016. En varios estados, los márgenes son estrechos, pero en el nivel nacional es una victoria definitiva. Sin embargo, muchos de sus seguidores anticipaban una victoria más contundente de la que realmente se está produciendo. En ese sentido, había cierta esperanza de controlar el Senado, algo que parece que no sucederá (dependerá, probablemente, de una segunda vuelta en Georgia en enero). Por ende, enfrentaremos el riesgo de un gobierno dividido, con el Senado en manos de los republicanos y el Congreso y la Casa Blanca en manos de los demócratas. Esto deja a la izquierda en un problema. Los miembros de primer rango del gabinete de Biden deben ser aprobados por el Senado y Mitch McConnell, líder de los republicanos en la Cámara Alta, ya ha advertido que no aceptará a progresistas. La posibilidad que tenía Biden de colocar en esos puestos a miembros de la izquierda del Partido Demócrata (un sector que ha crecido considerablemente) puede quedar trunca. Y si el Partido Demócrata solo representa a una parte de sus seguidores, se deja afuera a una izquierda que ofreció su apoyo a Biden para sacar a Trump de la Casa Blanca. Esto todavía no ha sucedido aún, pero es una posibilidad cierta. Hay que aclarar, sin embargo, que esto solo es válido para los ministros del gabinete, pero no para los administradores designados por esos ministros. Ellos sí pueden escoger a personas que provengan del ala izquierda del Partido Demócrata sin necesitar la aprobación del Senado.

Muchos votantes de la izquierda demócrata esperaban que, en caso de conquistar el Senado, se pudiera además cambiar varias tradiciones políticas (como el «filibusterismo») y hacer reformas políticas pendientes. Si bien esas posibilidades no existen por el momento, hay que aclarar que la posibilidad a tensionar a Biden por izquierda no ha desaparecido. Los resultados de las primarias demócratas indicaron que Sanders –y la posición política del socialismo democrático– cuentan con un apoyo de entre el 30 y el 35% del partido. Esto le otorga una fuerza significativa a estas posiciones. Tras el fin de la campaña, Biden realizó una serie de encuentros y armó comisiones para la unidad del Partido Demócrata. Esas comisiones tenían a tres integrantes designados por Sanders y a cinco designados por Biden, lo que reflejaba las tendencias partidarias. Esas comisiones publicaron planes políticos estratégicos para ocho áreas, entre las que se destacaban el cambio climático y la política migratoria, entre otras. El resultado reflejó un compromiso entre las distintas tendencias del partido.

Especialmente con la temática del cambio climático, se evidenció que era posible influenciar a Biden y empujarlo hacia una posición más progresista y escorada hacia la izquierda. Si bien durante los debates Biden rechazaba el llamado Green New Deal, presentaba un plan alternativo que es bastante agresivo para enfrentar los problemas climáticos. En tal sentido, creo que los grupos organizados de izquierda tienen cierta esperanza en la posibilidad de influir en la presidencia de Biden. La complicación, claro, es, tal como mencionaba, el Senado. Es decir, se trata de una complicación institucional desarrollada desde fuera del Partido Demócrata.

Resulta interesante que en Florida, mientras ganó Trump, los electores votaron por amplia mayoría, en referéndum, un asalario mínimo que deberá llegar tendencialmente a 15 dólares la hora, lo que hasta hace poco era una consigna limitada a la izquierda, ¿cómo se entiende eso?

Hace relativamente poco, Fox News –una de las principales cadenas televisivas de la derecha– realizó una encuesta entre sus espectadores. El resultado fue algo sorprendente. La mayoría apoyaba la intervención estatal en salud y defendían la posibilidad de un salario mínimo. Estos dos temas han sido sistemáticamente atacados por la derecha y, de hecho, constituyen parte de la agenda de la izquierda. En tal sentido, la pregunta que debemos hacernos es por qué si hay apoyo para ese tipo de políticas, tantos ciudadanos deciden, igualmente, no votar a los demócratas que las impulsan. Carezco de una respuesta clara, pero es probable que sean reactivos a otras cuestiones propias de los demócratas. En particular, a ciertos discursos progresistas sobre otras esferas. Es claro que hay un «temor al socialismo» en ciertos grupos en el país, pero también hay un sector bastante extendido al que podríamos calificar como poseedor de «sentimientos antiprogresistas».

Estos sentimientos son realmente una fuerza en la política y hacen que la oposición, por ejemplo, a las políticas de diversidad, pesen más que las coincidencias con respecto al rol del Estado en ciertas materias. Eso puede llevarlos a votar a Trump. Yo creo que si Trump hubiese sido un poco más inteligente, habría impulsado un programa más populista en términos económicos. Pero hay que subrayar que el Partido Republicano no es un populista en términos económicos, sino neoliberal. Es probable que Trump habría podido torcer por lo menos parte de ese rumbo. En ese caso, podría haber sido antiprogresista en términos culturales (manteniendo su oposición a lo que llama la «cultura liberal») pero populista en términos de una defensa más real de la clase trabajadora. Sin embargo, no lo hizo, y aún así, pudo expandir su base político. El Partido Demócrata va a tener una oportunidad para demostrar que su gobierno puede beneficiar a la mayoría de la población. Pero el trumpismo, con o sin Trump, seguirá vigente. Esa es una de las cosas decepcionantes de esta elección. Hemos sacado un líder con tendencias autoritarias, lo cual no es poco, pero las tendencias autoritarias en el sistema de gobierno, y en la población, siguen presentando una amenaza.

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