Lunes, 14 Septiembre 2020 06:05

Asfixia

Manifestantes de Black Lives Matter levantan el puño al paso de una caravana en respaldo al presidente Donald Trump ayer en un vecindario de Los Ángeles.Foto Afp

“En Estados Unidos, 2020 se podría llamar ‘el año que nos quitó el aliento’: del Covid a George Floyd, gas lacrimógeno y ahora incendios forestales”, me comenta la veterana luchadora social y política, Barbara Dudley, quien reside en Portland, Oregon.

El año empezó con alarma por la transmisión aérea del nuevo virus, obligándonos a cubrir boca y nariz, a no respirar juntos, para no contagiarnos entre todos, y menos cantar (ya que eso lo arrojaba más lejos y amplio).

Continuó con la muerte de George Floyd cuando un policía colocó su rodilla sobre el cuello del afroestadunidense durante casi nueve minutos hasta quitarle la vida. Las últimas palabras de Floyd fueron no puedo respirar, las cuales se han convertido en una de las consignas del masivo movimiento de protesta social Black Lives Matter, que ha sacudido al país.

En varias ciudades las protestas fueron confrontadas por las autoridades con violencia y gas lacrimógeno. Las imágenes de calles bajo nubes de gas desde Washington DC hasta Portland, entre varias ciudades más, fueron transmitidas por el mundo. Esas imágenes ahora son utilizadas por Trump y su campaña de relección advirtiendo que así se verá Estados Unidos en un gobierno de Biden (el candidato demócrata). El único problema –aunque los seguidores del presidente parecen no entenderlo– es que esas son imágenes de un Estados Unidos con Trump.

Mientras, la costa noroeste del país ahora padece de la peor calidad de aire en el mundo por los cientos de incendios incontrolados sin precedente en esa región. El humo y la ceniza de bosques incendiados ha vuelto entre anaranjados y rojos los cielos de San Francisco y la costa del norte de California, Oregon y el estado de Washington, ocultando a veces el sol.

El gobernador de California declaró: si quieren ver los efectos del cambio climático, vengan aquí. No son sólo incendios sino, según los científicos, son los fenómenos pronosticados durante años por los efectos del cambio climático. Sólo que no se esperaban tan pronto, y con tanta furia. La magnitud de los incendios no tiene precedente en esa región, con cientos de miles de hectáreas quemadas en unas cuantas semanas, con más de 10 por ciento de la población de Oregon bajo órdenes de evacuación y con funcionarios expresando temor de un incidente de fatalidad masiva.

Ni los incendios escapan de la tormenta política, en la cual Trump casi ha ignorado la catástrofe (algunos señalan que los tres estados más afectados son mayoritariamente demócratas), aunque anunció que pasará por parte de esa zona este lunes mientras criticaba el manejo de los bosques por los gobiernos demócratas. Al mismo tiempo, la FBI ha tenido que desmentir mensajes que circulan en redes sociales de que los anarquistas, los antifas y otros izquierdistas son responsables de los incendios y que tienen la intención de asaltar casas evacuadas para robarlas.

Pero los incendios son responsabilidad de todos los gobernantes, de ambos partidos, que rehusaron atender la emergencia del cambio climático durante años. No se puede respirar como resultado directo de la inacción e irresponsabilidad de las cúpulas políticas del país, incluyendo ahora a un presidente que ha ordenado el retiro de Estados Unidos del pacto de París sobre el cambio climático y sistemáticamente anulando normas ambientales desde que llegó a la Casa Blanca.

En tanto, no dejan de quitar el aliento las maniobras de Trump y la derecha para sabotear el proceso electoral, suprimir la disidencia y a los periodistas, entre otras actividades conocidas por los que han vivido bajo gobiernos autoritarios.

Esta máquina mata a fascistas, dice un letrero al lado del piano que toca un músico callejero en medio de Washington Square en Nueva York, obviamente en homenaje a la misma frase que decoraba la guitarra de legendario cantautor Woody Guthrie. Tal vez cantando se podrá empezar a respirar otra vez en este país. Pero mucho depende de la canción y de las dimensiones del coro que la cante para interrumpir la asfixia en el Estados Unidos de 2020.

https://youtu.be/E-1Bf_XWaPE

https://youtu.be/55s3T7VRQSc

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Luis Arce lidera los sondeos pero no evitaría el ballottage

A 35 días de los comicios presidenciales en Bolivia

El candidato del MAS, partido de Evo Morales, aventaja en 10 puntos a Carlos Mesa, de cara a las elecciones del 18 de octubre. 

 

 A 35 días de las elecciones en Bolivia solo existen dos certezas. El futuro político del país se definirá bajo las condiciones que impusieron los golpistas y el Movimiento al Socialismo (MAS) que lidera todas las encuestas tiene asegurado su paso a una eventual segunda vuelta. Como en los comicios de octubre de 2019, resta saber si le sacará un margen indescontable a Comunidad Ciudadana (CC), la segunda fuerza. Luis Arce Catacora orilla una ventaja cercana a los 10 puntos sobre Carlos Mesa, porcentaje que necesita además del 40 % de los votos para no ir al ballottage donde los distintos partidos de derecha se aliarían en su contra. En esa eventual entente están Juntos, de la presidenta de facto Jeannine Añez, el Frente Cívico de Luis Fernando Camacho que lidera los sondeos en su bastión, Santa Cruz y otros candidatos como Chi Hyung Chun y Tuto Quiroga que por ahora no mueven demasiado el amperímetro. El otro dato clave es que Evo Morales fue proscripto la semana pasada y no podrá aspirar a una banca en el Senado. Lo reemplazará por el Departamento de Cochabamba el dirigente cocalero Leonardo Loza.

  El panorama electoral convive en Bolivia con la pandemia que atraviesa un crecimiento sostenido de los casos. Hay 125.172 contagiados y 7.250 muertos según las últimas cifras conocidas. El país lejos está de detener al coronavirus. Añez admitió errores en su política sanitaria a fines de mayo e incluso separó del cargo al entonces ministro de Salud, Marcelo Navajas, quien quedó detenido por un hecho de corrupción en la compra de respiradores. El gobierno y los sectores que acompañaron el golpe creen haberse librado del MAS con las medidas judiciales que tomaron para marcarle la cancha pero están muy lejos de conseguirlo. Algunas señales de preocupación se perciben en el oficialismo y las fuerzas destituyentes que apartaron del poder a Morales el 10 de noviembre pasado. 

El candidato a vice de Añez, Samuel Doria Medina, uno de los hombres más ricos de Bolivia y referente de Unidad Nacional (UN), dijo: “voy a gastar lo que sea necesario para que ganemos”. Según las últimas encuestas difundidas, la fórmula que integra con la presidenta viene tercera cómoda detrás de Mesa, el exmandatario que podría pasar a la segunda vuelta si el exministro de Economía de Evo no le saca una ventaja decisiva.

En el MAS también analizaron como un gesto de nerviosismo la invitación con cierto apuro a debatir que le cursó Mesa al candidato que encabeza las pesquisas electorales. El jefe de campaña de CC, Ricardo Paz, le comentó a la red Unitel: “Estamos expectantes a su respuesta, esperamos que ésta sea positiva y que Luis Arce se anime y no como hacía Evo Morales, huir del debate”. Sebastián Michel, el vocero del Movimiento al Socialismo, respondió: “que guarde un poco de paciencia que vamos a tomar una decisión a cuál de todos los debates vamos a asistir”. Uno de ellos está programado para el 4 de octubre en La Paz con los ocho candidatos presidenciales y lo convocaron la Asociación Nacional de Periodistas, la Confederación de Empresarios Privados, la Fundación Jubileo, la Universidad Mayor de San Andrés y varios medios de Comunicación.

La estrategia de Añez

Añez sabe que no le dan los números para prolongar su estadía en el gobierno y apunta a esmerilar a Mesa que le llevaría hasta ahora casi 7 puntos porcentuales. En sus últimas declaraciones señaló que consiguió frenar al partido de Evo “en dos oportunidades”, y se preguntó: “¿Carlos Mesa frenó al MAS alguna vez?”. Su estrategia se completa con el intento de poralizar con Morales – como si fuera un candidato imaginario -, quien se encuentra refugiado en la Argentina y vio caer su última chance de competir por una senaduría la semana anterior.

“Aún tenemos la lucha contra el virus, por la reactivación y el empleo, y la lucha contra el tirano, porque Evo Morales intentará volver para tumbar a este gobierno y al siguiente, pero mientras yo esté en esta presidencia quiero garantizarles algo: ese señor solo va a volver a Bolivia para dar explicaciones a la justicia”. El ataque de la presidenta se produjo durante un mensaje que dio el último sábado al cumplir diez meses de mandato.

Arce Catacora se muestra aplomado en cada aparición pública y aún cuando es presionado por la prensa complaciente con el régimen de Añez, no consiguieron correrlo de su eje. Sobre la medida judicial que le impide competir a Evo por una banca señaló que se respetará la decisión del Tribunal paceño, tal como había anticipado el líder histórico del MAS el lunes. Incluso agregó que “no hay posibilidad legal de realizar otro recurso”. La resolución se tomó después de que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) lo inhabilitara a Morales y que el fallo fuera validado por la Sala Constitucional Segunda de La Paz con dos votos a favor y uno en contra.

Querella por crímenes de lesa humanidad

Donde también avanzó una causa pero contra el gobierno de facto de Añez es en Córdoba. La Cámara Federal de la provincia deberá resolver una querella por crímenes de lesa humanidad en Bolivia. Uno de los abogados que se presentó ante el tribunal de la provincia, Rafael Ortiz, aportó como pruebas para invocar la jurisdicción universal informes de Amnistía Internacional y la Defensoría del Pueblo boliviana, entre otras organizaciones. El próximo 8 de octubre, además, está convocada una audiencia ante la CIDH. El frente internacional nunca dejó de ser complicado para los golpistas. Hace unos días se conoció un informe de Human Rights Watch titulado La justicia como arma: Persecución política en Bolivia, en el que advirtió sobre los “cargos desproporcionados contra Evo Morales” y le exigió al gobierno que abandonara su campaña contra el expresidente en el exilio.

El TSE que le impidió inicialmente al líder del MAS presentarse a las elecciones lo conduce el sociólogo y escritor Salvador Romero designado por el gobierno de facto. Revelaciones de WikiLeaks en el pasado hicieron evidente su estrecho vínculo con el Departamento de Estado de EE.UU. y con la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Una organización de superficie que opera a menudo como un solo bloque junto a la CIA.

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Sábado, 12 Septiembre 2020 06:19

Bolivia, ¿ruptura o consolidación del golpe?

Bolivia, ¿ruptura o consolidación del golpe?

A cinco semanas de las elecciones generales en Bolivia –18 de octubre–, el panorama se complica más y más. La polarización advertida entre el MAS y los golpistas se agudiza, mientras Carlos Mesa intenta mantener un perfil bajo que le ayude a ganar votos de una derecha desencantada con un gobierno transitorio que se hunde después de casi un año de escándalos de corrupción y mal manejo de la crisis de salud.

Las últimas encuestas son favorables al MAS-IPSP que tiene al ex ministro de Economía Luis Arce Catacora como candidato presidencial. El partido de Evo Morales obtiene 26.2 por ciento en el reciente estudio de Mori (la única que acertó el resultado del referéndum del 21 de febrero de 2016), que cuando se pondera filtrando sólo los votos válidos se transforma en 37.3 por ciento frente a 24.2 de Carlos Mesa o 14.4 por ciento de Jeanine Áñez. Es decir, Luis Arce estaría cerca de ser presidente electo en primera vuelta, siempre que alcance 40 por ciento de votos válidos y 10 puntos de diferencia sobre Mesa, lo que puede suceder con una buena campaña y si los golpistas no bajan a Áñez de la carrera presidencial. En caso de que no se alcance 40 por ciento, o la presidenta actual decline y Mesa se acerque a menos de 10 puntos de diferencia, la segunda vuelta sería inevitable y en ese caso el 14 por ciento de los golpistas, sumado al del “cívico” Fernando Camacho (12.4 por ciento), que lidera la intención de voto en la ciudad más poblada del país, Santa Cruz, el conservador Chi Hyun Chung (5.9 por ciento) o el hombre del Departamento de Estado en Bolivia Tuto Quiroga (3.8 por ciento) se unirían contra Evo Morales y Luis Arce, provocando la derrota segura del MAS.

Dos semanas antes de la elección, el 4 de octubre, se celebrará el debate entre los aspirantes presidenciales, organizado por la Asociación Nacional de Periodistas de Bolivia, la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia, la Fundación Jubileo, la Universidad Mayor de San Andrés y una red de medios de comunicación. Los 14 días posteriores al debate serán claves para que diferentes sectores puedan consolidar su voto y para la posible declinación de Áñez.

Mientras tanto, en el gobierno golpista intentan por todos los medios lavar su imagen y ensuciar la de Evo Morales y el MAS, y han impulsado una denuncia de la Procuraduría General del Estado ante la Corte Penal Internacional, acusando a Evo de incurrir en delitos de lesa humanidad. Los autores físicos e intelectuales de las masacres de Sacaba y Senkata, donde murieron asesinadas más de 30 personas por las balas de las fuerzas de seguridad, acusan al ex presidente boliviano de la muerte de más de 40 personas por la falta de oxígeno durante los bloqueos carreteros de agosto.

Al mismo tiempo, y tras un viaje a Estados Unidos de Arturo Murillo, ministro de Gobierno, donde se reunió con Luis Almagro, secretario general de la OEA, representantes del Departamento de Estado y los senadores republicanos Ted Cruz y Marco Rubio, ha empezado a operar en Bolivia la empresa estadunidense CLS Strategies, vinculada a los servicios de inteligencia gringos y que supuestamente va a dar asesoría al gobierno boliviano “de transición” en temas relacionados con la democracia.

De manera complementaria, y según filtraciones del entorno del gabinete, los golpistas tienen sobre la mesa una propuesta para eliminar el registro jurídico del MAS-IPSP, junto con un análisis de lo que implicaría dicho acto en cuestión de movilización y respuesta social. La apuesta es clara: una segunda vuelta entre Carlos Mesa y Jeanine Áñez, donde sólo habría un ganador: Estados Unidos y sus intereses en Bolivia.

En las calles, al menos entre la clase media urbana, la sensación es que se quería un cambio, pero no así, y eso está haciendo que Mesa se desplace hacia la derecha para ganar el voto más ultra que ya no se siente representado por Áñez, lo cual a su vez podría hacer que el voto más moderado de centro se acercara al MAS, pues entre la disyuntiva de pensar cómo y cuándo estaban mejor, en septiembre de 2019 (las elecciones fueron en octubre y el golpe en noviembre de 2019) o en septiembre de 2020, es claro que esa clase urbana tenía mejores condiciones sociales, y sobre todo económicas, hace un año.

La crisis económica hace que la gente prefiera vivir en septiembre de 2019. En 14 años de proceso de cambio se le pagaba a tiempo a la gente y podía ahorrar, en nueve meses la gente ha perdido su trabajo y gastado sus ahorros. Ése es el nuevo sentido común que se está posicionando entre una buena parte de la población boliviana.

Si ese sentido común se hace más grande decantando la balanza a favor del MAS-IPSP, entonces la alternativa de quienes hoy gobiernan parece ser un nuevo golpe dentro del golpe que impida que Evo Morales, jefe de campaña del Movimiento al Socialismo, pudiera retornar a una Bolivia gobernada por Luis Arce Catacora.

Twitter: @katuarkonada

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La estrategia del miedo: el espejismo con el que Trump intenta ganar las elecciones

Los robos y homicidios han aumentado en las grandes ciudades, pero siguen en cifras récord a la baja respecto a la violencia en las calles cuando Nixon o Reagan llegaron al poder

 

Quedan menos de dos meses para las elecciones y Donald Trump cree saber cómo ganar. Quiere presentarse como "el candidato de la ley y el orden" frente a los "agitadores anarquistas" de "las ciudades demócratas infestadas de crimen". Confía en que el bombardeo de imágenes de protestas y contraprotestas, de disturbios y abusos policiales, ponga otra vez de moda una canción que los republicanos llevan interpretando con éxito desde hace décadas: aquí lo que hace falta es mano dura.

El planteamiento puede funcionar, pero tiene varios problemas fundamentales. El primero es que cuando Trump promete "ley y orden", a diferencia de Nixon en 1968 o Reagan en 1980, él ya es presidente. Normalmente uno denuncia que hay caos cuando está en la oposición, no cuando está en el gobierno y debería ser capaz de solucionarlo. El segundo problema de su estrategia es que, aunque se esfuerce cada día en pintar un panorama apocalíptico de crimen y violencia, los datos no respaldan una realidad tan extrema y menos aún que sea consecuencia de las protestas antirracistas.

Más muertes, pero... ¿por qué?

No hay una ola de crimen comparada a la décadas pasadas, pero el número de asesinatos está creciendo en las grandes ciudades respecto al año pasado, en algunos lugares por encima del 20%. Los robos y los homicidios han aumentado en las metrópolis tras los meses más duros de confinamiento, en particular a partir de mayo, aunque hay que tener en cuenta que 2019 fue un año de récord a la baja en la tasa de asesinatos en las grandes ciudades.

A pesar de esto, no hay ninguna evidencia de que ese aumento en las muertes violentas esté relacionado con las manifestaciones de Black Lives Matter o con los disturbios que a veces las suceden. Esos homicidios, salvo en casos contados, suceden en lugares y contextos completamente diferentes a los de las protestas y pueden tener otras explicaciones.

Algunas de las posibles razones que se han dado para el aumento de los asesinatos tienen que ver con el coronavirus: el aumento repentino de la pobreza, los jóvenes sin colegio durante meses, las familias conviviendo muchas más horas de lo habitual, el aumento espectacular de la venta de armas durante la pandemia o la puesta en libertad de algunos presos por temor a que se contagien en las cárceles. A pesar de las generalizaciones de Trump, no está nada claro. Los crímenes suelen crecer con la llegada del verano y en grandes ciudades como Nueva York o Chicago, el aumento de los asesinatos pasó antes que las protestas.

El único vínculo razonable que se ha propuesto entre el aumento de la violencia y las manifestaciones antirracistas es la posibilidad de que el crecimiento de los asesinatos tenga que ver con una menor vigilancia policial. La teoría viene a decir que, al haber más agentes ocupados en vigilar las protestas o aplacar los disturbios, están dejando de hacer parte del trabajo policial que evitaba esas muertes. También está la posibilidad, poco agradable de contemplar, de que cuando los agentes se conciencian tras una desgracia y emplean menos violencia, eso haga subir la criminalidad. Es un fenómeno que se ha estudiado después de casos de brutalidad policial en Ferguson o en Baltimore.

Una mentira histórica

En cualquier caso, el discurso apocalíptico que Trump ha heredado de Nixon y Reagan resiste mal la comparación histórica. Sus dos antecesores prometían cambios profundos en momentos complicados (la guerra de Vietnam y la segunda crisis del petróleo), mientras que Trump ha presidido una gestión desastrosa de la COVID-19. El énfasis de Nixon por la “ley y el orden” tenía algo más de sentido ya que cuando llegó al poder la incidencia de crímenes violentos se había duplicado en menos de una década. Del mismo modo, la tasa de asesinatos por habitante en Estados Unidos nunca había estado tan alta como el año que Reagan ganó las elecciones. La situación actual de la criminalidad, por mucho que insista Trump, tiene poco que ver. 

En los últimos 27 años, la tasa de crímenes violentos en EEUU se ha reducido a la mitad. Incluso en esas “ciudades demócratas” que Trump demoniza y donde efectivamente están empeorando ahora las cifras, estamos muy lejos de vivir una emergencia: en Nueva York subieron los asesinatos el año pasado, pero se produjeron menos de la mitad que en el año 2000. Chicago ha tenido un verano complicado, pero el año pasado tuvo un 25% menos de muertes que el año que Nixon ganó y un 43% menos que en el de la victoria de Reagan.

Un mensaje para un público

Las cifras son elocuentes, pero Trump sabe que muchos de los votantes no tienen esas estadísticas en la cabeza. De aquí a las elecciones va a intentar transmitir esa idea de que todo se desmorona y de que es culpa de los alcaldes demócratas, que gobiernan la inmensa mayoría de las grandes urbes y que, según el relato del presidente, están empeñados en no pedirle ayuda. Él dice que está listo para intervenir, aplicar mano dura y acabar con las protestas, pero que no le invitan. El mensaje, en definitiva, es que su rival Joe Biden está en manos de los radicales demócratas y que si gana habrá cuatro años de desorden, incendios y saqueos. 

Trump se dirige fundamentalmente a un público muy concreto de votantes blancos, particularmente mujeres, que le votaron en las elecciones de 2016 y que ahora se han planteado abandonarlo. Espera convencerlas de nuevo con un argumento que los republicanos han usado en muchas ocasiones: “mira cómo están las ciudades, gobernadas por demócratas, ¿quieres que esa violencia llegue a tu urbanización a las afueras?”. Durante décadas esas zonas residenciales conocidas como suburbs han sido la clave del poder republicano, el hogar de millones de estadounidenses blancos que huyeron de la ciudad, y ahora Trump las necesita para seguir en el cargo. 

Joe Biden cree que puede demostrarle a esos votantes que es un demócrata diferente, un moderado que no tiene nada que ver con el retrato que le hace Trump cada día. Los demócratas también piensan que los suburbs de hoy son más diversos y más difíciles de aterrorizar que los de hace 40 años. Veremos quién resulta más convincente.

Por Carlos Hernández-Echevarría

@carlos_hem

10 de septiembre de 2020 23:41h

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Chile: La caída en descrédito del modelo vigente desde el golpe de 1973

Unas pocas horas antes de su muerte, el 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende dirigió un mensaje radial a los chilenos: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor …”, termina el presidente. De fondo se oyen los estruendos de los bombardeos.

Allende habló desde el Palacio de La Moneda que estaba rodeado por las fuerzas armadas golpistas y su mensaje fue difundido por una emisora de onda corta del Partido Comunista chileno, Radio Magallanes, que era la única que aún no había sido ocupada o destruida por los putschistas. El centro de Santiago estaba controlado por los blindados y la infantería que desde temprano, aquel día, habían comenzado con su brutal represión de los partidarios del gobierno constitucional elegido apenas tres años antes.

Johnny Norden, quien fue agregado cultural de la embajada de la República Democrática Alemana entre 1971 y 1973, recuerda así cómo fue el proceso para sacar las cintas de la grabación del último discurso de Allende, del país asolado por los militares golpistas, y darlo a conocer al mundo.

“La noticia de la muerte de Salvador Allende, así como la noticia de su último mensaje dio la vuelta al mundo rápidamente el mismo día del golpe. En la embajada confiaban en que alguien había grabado ese mensaje y se propusieron encontrarlo. ¿Cómo hacerlo? Existía la posibilidad de contactar a los compañeros de la Radio Magallanes con la esperanza de que lo hubieran grabado. Como sabían de mi amistad con Eulogio Suárez, el director de Radio Magallanes, se me encargó la tarea de contactarlo y preguntarle si existía tal grabación. No era tarea sencilla puesto que el régimen de Pinochet había iniciado una cacería despiadada en contra de los partidarios del gobierno depuesto y también contra todos los pocos, que sin serlo, se oponían al golpe. Tenía pocas esperanzas de que Eulogio no hubiera caído víctima de la persecución. Llamé a su casa y pregunté por él. Su esposa me dijo que no estaba. Eso podía significar cualquier cosa: que hubiera sido asesinado o detenido. Le pedí que le trasmitiera saludos de Johnny Norte. No abrigaba muchas esperanzas de una respuesta. A los dos o tres días, sin embargo, Eulogio me llamó a mi casa y me propuso encontrarnos al día siguiente. Yo era consciente de la peligrosidad de la empresa: en el país dominaba el terror. Nos encontramos al mediodía en un conocido restaurante y me entregó a un sobre sin que yo alcanzara a decirle nada. Nos despedimos rápidamente sin mayores demostraciones. Pocos días después la República Democrática Alemana (RDA) rompió la relaciones diplomáticas con el régimen de Pinochet, y yo junto a mi esposa y mi pequeña hija, volvimos a nuestro país. En la Televisión pública de la RDA se trasmitió el mismo mes de septiembre un programa especial dedicado al golpe de estado en Chile, que tenía como sonido de fondo el último mensaje de Allende acompañado de una traducción al alemán. La sección Eterna de la empresa estatal VEB Deutsche Schallplatten de Berlín, hizo una edición de 5000 ejemplares de la grabación que se agotó rápidamente”. ( “Salvador Allende: So wurde seine letzte Rede gerettet”. Johnny Norden, 02-09-2020, Berliner Zeitung)

Sueños Destruidos

El golpe de estado tuvo un impacto enorme en amplias capas de la izquierda mundial,que asistieron así al fracaso de la opción política para alcanzar una sociedad más justa por medios democráticos. El mismo Allende lo expresa en su mensaje: “Mis palabras no tienen amargura, sino decepción”.

El golpe de septiembre de 1973 fue uno más del ciclo de gobiernos militares que asolaron al cono sur en la década del 70. Fue precedido por el golpe militar de Hugo Banzer en Bolivia en 1971; continuado por el golpe en Uruguay en el mismo año y seguido, menos de tres años después en Argentina, en marzo de 1976. Pero el de Chile fue el que más tiempo duró: 17 años. Y el que más influencia ejerció en la sociedad y en el sistema político chilenos, influencia que perdura hasta la actualidad. En la coalición de partidos que llevó al gobierno a Sebastian Piñera, campean corrientes y personajes pinochetistas. Tampoco pudieron o quisieron erradicar dicha influencia los gobiernos de los partidos demócratas cristianos y socialistas que se sucedieron desde entonces.

La Cordillera de los Sueños

El cineasta Patricio Guzmán en su más reciente film “La Cordillera de los Sueños” que se estrenó en 2019, plantea que la cordillera que recorre Chile de norte a sur, impregna al país de ciertas características de aislamiento. “Existen las montañas y el océano. Nos movemos dentro de ese estrecho corredor que conforma no sólo nuestra geografía sino nuestra mentalidad”, dice Guzmán en una entrevista.

Pero la cordillera puede ser también una buena metáfora de la situación actual del país en donde el tiempo parece suspendido, pero que de tanto en tanto, estalla en forma de terremotos o erupciones volcánicas.

Los estallidos sociales que tuvieron lugar durante 2019 fueron de los más radicales en la historia de Chile. Y pusieron en cuestión un sistema que resultó un fiasco para la mayoría de los chilenos.

Qué sucederá después de la pandemia, que parece haber suspendido el acontecer político en Chile es la gran incógnita, no sólo para el país hermano sino para el resto de Latinoamérica. Lo que sí es evidente, es el descrédito en que cayó el modelo económico y social neoliberal vigente en Chile, desde el golpe del ´73 y que la derecha quiso presentar como ejemplar al resto del mundo. 

Mario Bomheker es director cinematográfico y documentalista. 

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Lunes, 07 Septiembre 2020 06:00

Mal estado

Manifestantes de Black Lives Matter exigieron ayer en Portland, Oregon, reformas para terminar con la brutalidad policiaca y el racismo.Foto Afp

La república/ democracia/ imperio estadunidense está en mal estado. Aquí una selección de algunos de los síntomas del malestar exhibidos en la última semana:

Varios medios, expertos electorales y políticos se están preparando para unos comicios en el país que proclama ser el modelo supremo de democracia, en los cuales no todos los votos cuentan, no se contarán todos los votos, millones con derecho al voto no podrían ejercerlo y Donald Trump, quien busca su relección, declarando repetidamente que el proceso será viciado por un magno fraude y que no reconocerá el resultado si es en su contra.

En un mitin en Carolina del Norte, el presidente invitó a sus seguidores a votar dos veces, una por correo y otra en persona. Eso es un delito.

La disidencia masiva expresada en movimientos como Black Lives Matter, los ambientalistas, los defensores de derechos y libertades civiles y hasta la cúpula neoliberal demócrata, ha sido acusada por el régimen de ser una "izquierda radical" que incita a la violencia en las calles y, por lo tanto, debe ser reprimida y enfrentada por milicias armadas "patriotas". (Ojo, 93 por ciento de las acciones de protesta de Black Lives Matter han sido pacíficas).

El presidente amenazó con suspender fondos federales a ciudades con gobiernos demócratas que, según él, han permitido a los "anarquistas" crear zonas sin ley ni orden.

El Departamento de Seguridad Interna, según informes oficiales preliminares, califica a los supremacistas blancos como el peligro más letal del "terrorismo doméstico" que enfrenta Estados Unidos, reporta Politico.

Estados Unidos continúa como el país más contagiado por Covid-19 en el mundo. Cuando la cifra de muertos por la pandemia se aproxima a 190 mil en este país, el presidente está jugando golf.

Al continuar la crisis económica detonada por el manejo de la pandemia, casi uno de cada ocho hogares no cuenta con suficiente comida, reporta el New York Times.

El comandante en jefe llamó "perdedores" y "tontos" a militares estadunidenses fallecidos en guerras, reportó The Atlantic el pasado jueves, citando cuatro fuentes. La Casa Blanca descalificó el reportaje como fake news y Trump –quien evitó hacer el servicio militar empleando, como muchos niños ricos, una excusa médica comprada al doctor de la familia– proclamó su amor eterno a las tropas y denunció la versión como otro ataque "engañoso" de sus enemigos. El reportaje fue confirmado poco después por la agencia Associated Press, el Washington Post, y hasta Fox News.

Estados Unidos, país con una larga y ampliamente documentada historia de intervenciones encubiertas y abiertas en los procesos políticos de otros países, es ahora "víctima" de tales actos de "violacion de soberanía": los demócratas acusan que los rusos están interviniendo otra vez en el proceso electoral para beneficiar a Trump, mientras los republicanos aseguran que los chinos intervienen a favor de los demócratas (algunos recordarán acusaciones parecidas de intervenciones por esos mismos poderes en lugares como Sudamérica o África en otros tiempos, a veces para justificar la intervención estadunidense).

El régimen de Trump anunció la semana pasada que no participará en el esfuerzo coordinado por la Organización Mundial de la Salud para crear y distribuir una vacuna contra el Covid-19. Por separado, anunció sanciones contra dos oficiales del Tribunal Penal Internacional por atreverse a investigar posibles crímenes de guerra cometidos por fuerzas militares estadunidenses en Afganistán.

Decenas de lanchas y yates participaron en una procesión acuática de apoyo a Trump en un lago en Texas. Cuatro de las lanchas, con todo y sus grandes banderas de "Trump", se hundieron. Algunos optimistas proclamaron que fue señal de que el régimen tendrá la misma suerte que el Titanic. Sólo falta ver quién hace el papel del iceberg.

Por ahora, sigue la búsqueda de un antídoto para el mal estado de Estados Unidos.

Hoy se festeja el Día del Trabajo en Estados Unidos, para ello ofrecemos estas rolas:

https://youtu.be/jZOrkPIZ1JU

https://youtu.be/n8Kxq9uFDes

https://youtu.be/HKEr5U8ERgc

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Domingo, 06 Septiembre 2020 06:10

¿Qué haremos si gana Trump?

¿Qué haremos si gana Trump?

 En algún momento de los dos meses siguientes tendremos que decidir si absolveremos al pueblo estadunidense si relige a Donald Trump. Hubo un tiempo en 2016 –pese a que Michael Moore ya describía al candidato como un "perverso, ignorante y peligroso payaso de medio tiempo y sociópata de tiempo completo"– en que quizás habríamos disculpado a los electores de ese país si resultara que habían cometido un error en esa primera vez. Hasta los demócratas seguían farfullando después de la elección que quizá Trump llegaría a volverse "presidencial". Pero esas excusas ya no valen el día de hoy.

Para algunas naciones, no importa. Pregunten a los árabes. Es un extraño fenómeno que, cuando los obligan a votar por su tirano local en elecciones por completo fraudulentas, los perdonamos por su elección considerando que las votaciones son una farsa o que no tienen alternativa, o porque –digámoslo con franqueza– se trata sólo de las "masas" árabes y los occidentales preferimos tratar con sus amos sobre la base de si esos dictadores harán lo que queremos. Aún más extraño es que, mientras más alto es el falso porcentaje que los autócratas sueñan –y mientras más "legitimados" se sienten–, más reconocemos su poder y aceptamos sus dichos.

Así, después que el mariscal de campo Abdel Fatah el-Sisi –cuyos servicios de seguridad habían dado muerte a miles de egipcios, aprisionando a decenas de miles más y destruido la libertad de expresión– "ganó" la elección presidencial de 2018 con 97 por ciento de los votos, Trump lo llamó para ofrecer sus "sinceras felicitaciones". Un año después se refería a Sisi como su "dictador favorito". Pero cuando el pobre Alexander Lukashenko alardeó de un mero 80.1 por ciento de la votación presidencial en Bielorrusia, este mes, Trump habló de una "terrible situación" en ese país.

Esto ocurre una y otra vez. Nadie cuestiona el afecto de los jordanos por su intrépido reyezuelo Abdalá, aunque nadie les ha pedido votar en una elección monárquica (o ni siquiera presidencial). De todos modos, sabemos cuál sería el resultado. En cuanto al viejo sha de Irán, no necesitó triunfar en elecciones inexistentes después de que Jimmy Carter se refirió al "respeto, admiración y amor que su pueblo le profesa" cuando cenó con él en Teherán en 1977. Fue un acto casi trumpiano en su irrealidad. En cambio resultó un poco demasiado, sobra decirlo, cuando Saddam Hussein ganó un referendo en 2002 con 100 por ciento de los votos… después de todo, ya lo estábamos perfilando como el Hitler árabe para la invasión del año siguiente.

Pero en 2014 Assad se atribuyó una victoria de 88.7 por ciento en la elección presidencial, que fue aprobada por Rusia –reconociendo caritativamente que un montón de sirios no pudieron votar a causa de la guerra civil– y por la cual Assad recibió la felicitación nada menos que de Alexander Lukashenko y de Afganistán (cuyas falsas elecciones presidenciales obtuvieron la congratulación de Barack Obama a Hamid Karzai en 2009). Los "consejeros" de Trump lograron disuadirlo de felicitar también a Assad.

Así pues, cuando se trata de los ciudadanos de esos países, en realidad no los tomamos en cuenta. Sabemos lo que valen sus votos. Tan conscientes estamos de la naturaleza opresiva de los regímenes árabes que, cuando nos disponemos a bombardearlos, nos vamos a los extremos para asegurar a los árabes que viven en Medio Oriente que en realidad no estamos contra ellos… sólo contra sus dictadores. Desde luego, cada vez que un presidente de Estados Unidos anuncia que no está "contra el pueblo de Libia/Irak/Siria" (bórrese según corresponda) –sino sólo contra los tiranos–, podemos estar seguros de que los millones de civiles que viven dentro de sus fronteras correrán hacia sus refugios antiaéreos.

El enorme respeto, admiración y amor que sentimos por los árabes cuando vamos a la guerra no los salvará de nuestros misiles. Miremos a Trípoli, Bagdad, Mosul y Raqqa.

De hecho, Irak ofrece el ejemplo más poderoso de por qué los árabes deben recelar de las promesas estadunidenses de afecto. De las decenas de miles de iraquíes que perecieron del modo más terrible bajo fuego estadunidense en los años posteriores al derrocamiento de Saddam en 2003, muchos sin duda poseían el voto democrático que se les confirió en las elecciones que siguieron a la invasión angloestadunidense. En realidad, gracias a la invasión, tuvieron algo que decir sobre el futuro de su país. De mucho que les sirvió una vez muertos.

En cambio, cuando se trata de Occidente, se aplica un conjunto diferente de normas. Como este 3 de septiembre marcó el aniversario del día en que Gran Bretaña y Francia "desenvainaron la espada" por la más o menos democrática Polonia en 1939, vale la pena recordar que, pese a una masiva violencia e intimidación, Hitler nunca obtuvo en realidad una mayoría en elecciones democráticas en Alemania: fue la subsecuente "ley de habilitación" de los nazis la que le concedió poderes dictatoriales. Sin embargo, nadie dudó que la mayoría de los alemanes apoyaron a Hitler una vez que comenzó la Segunda Guerra Mundial, y por tanto hubo poca simpatía por las víctimas civiles del conflicto (salvo en personas como el arzobispo de Chichester, Vera Brittain y, en una ocasión, Winston Churchill). No fueron absueltos de los crímenes de Hitler.

Resulta interesante que a los italianos los tratamos mejor, aunque Mussolini, después de ejercer violencia e intimidación, sí obtuvo una mayoría en las elecciones de 1924. Tal vez porque era un bufón y su malignidad era menos obvia que la de Hitler –y en especial porque el país cambió de bando en 1943–, los italianos fueron perdonados. Mussolini, como Trump, era un sicópata ridículo, malvado, perverso e ignorante –aquí se aplican también las palabras de Moore–, pero fue despachado con una bala y colgado de manera ritual de una viga en una gasolinera (boca abajo), lo que de algún modo absolvió a su pueblo. Por necesidad evitaremos aquí toda mención de los dictadores fascistas Franco y Salazar (porque ayudaron a los aliados cuando fue obvio que Hitler estaba condenado). La neutralidad portuguesa fue por ello más valiosa que la irlandesa, la cual sin duda fue apoyada por el pueblo que eligió democráticamente a Eamon de Valera como su Taoiseach. Pero Gran Bretaña quiso en 1940 que le devolvieran los puertos navales cedidos por tratado y los irlandeses no quisieron entregarlos, así que Churchill no los perdonó. Tampoco los estadunidenses los perdonaron más tarde, y demoraron el intento irlandés de unirse a las nuevas Naciones Unidas.

En la Europa actual, supongo que el húngaro Orban –un poco bufón, pero autócrata de todos modos– se acerca más a Mussolini, aunque nadie pone en disputa los resultados del populista de derecha en las elecciones de su país, aunque su conducta dejara que desear. La nueva legislación le permite gobernar por decreto. Es un juego de manos como los que eran de esperarse en la década de 1930. Las elecciones en Polonia tienen mejor registro, pese a las campañas xenófobas, así que no es mucho lo que podemos hacer para cambiar los aspectos antidemocráticos de sus resultados. Pero esas son naciones de Europa oriental (o central), y es probable que todavía tengamos conciencia culpable por haberlas dejado –en especial a Polonia– soportar la hegemonía rusa durante más de cuatro décadas.

Cuando el Reino Unido eligió salir de la Unión Europea, pudimos afirmar –con muy buenas razones– que el electorado había sido embaucado, que le habían mentido, que el referendo en sí estuvo mal construido. Muchos europeos –y un montón de británicos– lo consideraron una aberración. Sin embargo, las elecciones generales del año pasado cambiaron todo: Gran Bretaña ya no pudo lavarse las manos ni su pueblo ser absuelto de sus pecados. Afirmar que la retirada del Reino Unido no fue más que un mero reflejo de su retiro del imperio –Palestina, India, tal vez el último "hurra" en Suez– ya no fue suficiente para perdonar al pueblo por esa locura. ¿Dónde deja todo esto a Estados Unidos? Todos hemos decidido contener más o menos el aliento hasta noviembre, sobre la base de que será el momento en que el país gire en redondo, recupere su antiguo prestigio y los demócratas triunfantes nos ofrezcan disculpas a todos por los desquiciados años de Trump. Como todos los esnobs, hemos adoptado la opinión de que Trump en realidad no representa los valores estadunidenses, así como los dictadores árabes no reflejan las opiniones de su pueblo. De hecho, más bien hemos tratado a Estados Unidos como si fuera una tiranía, y a su lunático presidente como un cruce entre la ostentación de Mohammad bin Salman y la chifladura de Kadafi. Mi colega Patrick Cockburn ha esbozado con ingenio los paralelos con Saddam Hussein.

Hemos esperado, orado y nos hemos inducido a creer que fue sólo una autocracia temporal, una desviación, un viejo y confiable amigo que padece una enfermedad mental seria, pero al final curable. Sin embargo, mientras más observo a la élite demócrata alinearse detrás del nada inspirador Joe Biden, dando pasos vacilantes entre la condena y el lugar común –¿quién creería que escucharíamos al anciano hablar esta semana a sus partidarios de "sanar" y "mirar hacia delante"?–, más me pregunto cómo miraremos a los estadunidenses si los años de Trump se convierten en la era de Trump, o si su temible y ambiciosa familia se transforma en el califato Trump. Sin duda, el viejo lenguaje estalinista y de la Cortina de Hierro acerca del imperialismo y sus "tigres de papel" resurgirá bajo nuevas formas.

¿Cómo reaccionaremos si se cruza la línea, si el Estados Unidos con el que sentíamos que al final siempre podíamos contar –una vez que se hubiera sacudido la pequeña desventura trumpiana– se convierte en una nación en la que nunca podremos confiar?

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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Sábado, 05 Septiembre 2020 05:34

Activo tóxico

Activo tóxico

El presidente de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko, repudiado desde el 9 de agosto por cientos de miles de compatriotas que exigen su dimisión y la convocatoria de nuevas elecciones, ha perdido todo contacto con la realidad y parece dispuesto a hacer importantes concesiones a Rusia con tal de mantenerse en el poder.

Emulando al inolvidable Tin Tan en la película ¡No me defiendas, compadre!, Lukashenko llegó a decir que el espionaje militar bielorruso interceptó una llamada entre Varsovia y Berlín donde queda claro que no hubo ningún envenenamiento del líder opositor Aleksei Navalny, según él lo inventaron todo.

Tendría gracia el galimatías si no fuera porque Navalny sigue en coma desde el 20 de agosto y destacadas figuras del oficialismo ruso no descartan lo que llaman "probable conspiración occidental" para dañar la imagen del Kremlin, mientras Moscú dice haber creído la versión de Minsk de que en su territorio "están listos para entrar en acción no menos de 200 extremistas de Ucrania".

Acorralado Lukashenko, antes reacio a aceptar un papel secundario en una eventual confederación con Rusia, la coyuntura es favorable para que el Kremlin intente avanzar en la articulación de un proyecto de integración que prime sus intereses geopolíticos, más allá de evitar que Bielorrusia le dé la espalda, busque alinearse con la Unión Europea y, después, abra la puerta a la OTAN.

Esta semana ambos países intercambiaron visitas de alto nivel –el canciller bielorruso vino a Moscú y el primer ministro ruso estuvo en Minsk–, que mostraron el respaldo del Kremlin al gobierno de Lukashenko, previo a la anunciada reunión de éste con el presidente ruso Vladimir Putin en Moscú, en la cual se podrá ver hasta qué punto el huésped acepta las exigencias del anfitrión.

En paralelo, y pese a la represión, los adversarios de Lukashenko no cejan en sus demandas con multitudinarias manifestaciones y el sector más prorruso, el del banquero Viktor Barbariko, ahora en la cárcel, fundó Juntos, partido político que pretende agrupar a todos los inconformes.

Para el Kremlin, Lukashenko se presenta como mejor opción hasta que se defina la actual crisis en Bielorrusia, pero se convirtió en una suerte de activo tóxico y a la primera intentará deshacerse de él y promover a un político de su total confianza.

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Cincuenta años más tarde, la victoria chilena todavía nos habla

Hace cincuenta años, la noche del 4 de septiembre de 1970, me encontraba, junto a una multitud de mis compatriotas, bailando en las calles de Santiago de Chile.

Celebrábamos la victoria de Salvador Allende y su coalición de izquierda en los comicios presidenciales de ese año. Fue un triunfo que trascendió las fronteras nacionales. Hasta entonces, todas las revoluciones habían sido violentas, impuestas por la fuerza de las armas. La Unidad Popular proponía usar medios pacíficos y electorales para construir el socialismo, proclamando que no era necesario reprimir o eliminar a nuestros adversarios para alcanzar una justicia social duradera, que cambios estructurales de la economía podrían efectuarse dentro de los confines y promesas de la democracia.

Fue un privilegio haber vivido plenamente ese momento en que soñar lo imposible no era una mera consigna. Recuerdo al pueblo chileno, los trabajadores que habían construido ese país sin disfrutar de sus riquezas recorriendo con sus familias el centro de la ciudad que siempre les había parecido ajeno, recuerdo cómo su presencia rebelde y alegre pronosticaba un orden social que los reconociera como protagonistas y motores del porvenir.

¿Cómo podría haber evolucionado el mundo, cuán diferente sería, si los militares no hubieran derrocado a Allende tres años más tarde, si otras naciones hubieran podido adoptar ese modelo de una revolución no-violenta para satisfacer sus propias ansias de liberación e igualdad?

Conmemorar este aniversario no debe entenderse, sin embargo, como un ejercicio de nostalgia personal. Ese momento que auguraba un futuro que nunca llegó importa más que nada porque sigue hablándonos de múltiples maneras. Hay lecciones que aprender de aquel 4 de septiembre supuestamente remoto, especialmente en los Estados Unidos que afronta hoy su propia elección de dimensiones históricas.

Por cierto que nadie en USA propone el socialismo como una opción este 3 de noviembre venidero, por mucho que el delirante Trump describa a sus opositores como izquierdistas enfurecidos. Lo que sí va a decidirse es si la patria de Lincoln va a implementar reformas fundamentales o si va a empantanarse en el cenagal sofocante del pasado. Si Joe Biden, como parece más que probable, gana la contienda electoral que se avecina, los ciudadanos norteamericanos --y yo soy ahora uno de ellos-- tendrán que plantearse, como lo hicimos nosotros en Chile hace tantas décadas, una serie de preguntas acerca de cómo llevar a cabo aquellas reformas. ¿A qué ritmo deben realizarse? ¿Qué medidas deben cumplirse aceleradamente para asegurar que no haya posibilidades de una regresión conservadora? ¿Cuándo es mejor reducir la velocidad para obtener el apoyo de tantos votantes que temen excesivas alteraciones a su vida cotidiana estable, el fundamento de su identidad? ¿Cuándo negociar, cuándo insistir en reformas que no admiten espera? ¿Cómo contentar a la legión de impacientes e inspiradores activistas que frecuentemente confunden sus deseos con la realidad y quisieran avanzar con más rapidez de lo que la mayoría de la naciónpuede absorber? ¿Y cómo aislar a los antagonistas más fanáticos y bien armados que no van a ceder fácilmente sus privilegios y que, contando con inmensos recursos financieros, estarán dispuestos a desatar la violencia para socavar las reglas democráticas cuando éstas ya no les sirvan?

Si hubiésemos sabido resolver esos desafíos en Chile, se podría haber evitado la catástrofe de una dictadura militar y diecisiete años de represión brutal cuyos efectos todavía vivimos hoy. Pero más allá de los errores que pudimos haber cometido, hay otro factor que determinó el fracaso: los Estados Unidos promovieron ferozmente el derrocamiento de Allende y luego apoyaron y dieron aliento al régimen de terror que lo suplantó.

En un momento en que protestas masivas han sacudido a los Estados Unidos, exigiendo que el país enfrente la forma inhumana y sistemática en que tantos ciudadanos, pobres, negros, latinos, inmigrantes, mujeres, pueblos originarios, han sido maltratados y brutalizados, parecería también imperativo reconocer el sufrimiento impuesto a otras naciones por la incesante y desfachatada intervención de los Estados Unidos en sus asuntos internos. ¿Y qué mejor instancia que la actual para asegurar que tales injerencias no volverán a suceder?

Chile no es el único ejemplo de este desprecio flagrante hacia la soberanía ajena. Ahí están las democracias destruidas de Irán, Guatemala, Indonesia, el Congo. Pero la desestabilización de Chile, el asesinato de la esperanza con que bailamos en las calles de Santiago hace medio siglo tuvo consecuencias particularmente perversas.

La muerte de la democracia chilena --simbolizada en la muerte de Salvador Allende en el palacio de La Moneda el 11 de septiembre de 1973-- no sólo dio inicio a una tiranía letal sino que también convirtió el país en un despiadado laboratorio donde se ensayaron a mansalva las fórmulas del capitalismo neoliberal que pronto prevalecerían a nivel global. Es precisamente ese paradigma de desarrollo salvaje --la creencia ciega de que el mercado disipa todos los problemas, de que la avaricia es buena, de que la obscena concentración de riqueza y poder en manos de unos pocos beneficia a las grandes mayorías-- que hoy se cuestiona tan vigorosamente en los Estados Unidos y, maravillosamente, en el Chile actual, donde un movimiento rebelde popular ha sacudido las cimientos del sistema político que sustentala supremacía capitalista, revindicando el legado de Allende.

Sería ingenuo sugerir que si Allende hubiera tenido éxito ese modelo neoliberal no hubiera conquistado de todas maneras el mundo. Como sabemos desgraciadamente, otras naciones estaban prontas a llevar a cabo ese tipo de desmedido experimento. Es, no obstante, sombrío pensar que, de no haberse frustrado la tentativa de Chile de crear una sociedad justa y digna, tendríamos hoy un ejemplo radiante de cómo emerger de la crisis de desigualdadque nos aqueja, las divisiones que nos afligen.

Cuando los que ahora son mis compatriotas norteamericanos bailen en sus ciudades, como lo pienso hacer con mi mujer Angélica, la noche en que otra victoria electoral presagie el amanecer de una nueva era, me gustaría que algunos de ellos recordaran que no se encuentran solos, que érase una vez una tierra en que otros hombres y mujeres bailaban hacia la justicia, una tierra que, después de todo, no es tan lejana.

Ariel Dorfman es el autor de La Muerte y la Doncella y, más recientemente de las novelas Allegro y Cautivos y el ensayo Chile: Juventud Rebelde. Vive en Chile y en Carolina del Norte, donde es un distinguido profesor emérito de Literatura en la Universidad de Duke.

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La vuelta de Henrique Capriles sacude a la oposición venezolana

Mientras Guaidó pierde terreno, el ex candidato presidencial apuesta a las legislativas

El mapa opositor se modifica a tres meses de unas elecciones que serán clave en varios sentidos. Los indultos de Maduro no cambiaron la postura de Washington. 

 

Desde Caracas.Ya ni Mike Pompeo, secretario de Estado estadounidense, parece capaz de salvar a Juan Guaidó. El opositor venezolano que fue portada de revistas y periódicos, invitado a la Casa Blanca, está siendo desplazado por un antiguo dirigente de la política venezolana: Henrique Capriles, quien fue candidato presidencial contra Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

El resurgimiento de Capriles estaba preanunciado. El dirigente, alejado del centro de atención mediática, venía sosteniendo que la “ficción de gobierno” de Guaidó era insostenible, en particular debido al próximo escenario de elecciones de la Asamblea Nacional que implicará una renovación del poder legislativo.

Su regreso al centro de la escena se dio en cuatro pasos. En primer lugar, con su rechazo público al proceso de unidad planteado por Guaidó. En segundo lugar, con el reconocimiento del indulto otorgado por Maduro a 110 opositores venezolanos como un paso importante, a diferencia de dirigentes de la oposición que cuestionaron la medida.

Indultos

En tercer lugar, porque al día siguiente de los indultos trascendió la información que Capriles habría mantenido un contacto con el canciller de Turquía, Mevlut Cavusoglu, como parte de los esfuerzos de diálogos. El diplomático había estado en Caracas en agosto, luego de su paso por República Dominicana para la toma de posesión del presidente Luis Abinader, a la que asistió Pompeo.

En cuarto lugar, Capriles anunció el miércoles su decisión de dar la disputa en las elecciones legislativas: “no le vamos a regalar a Nicolás Maduro la Asamblea Nacional”, afirmó. Su postura de indefinición acerca del 6 de diciembre quedó así resuelta: apostará a la elección, alejándose de la línea abstencionista.

No es el único en haber dado ese giro. Stalin González, dirigente del partido Un Nuevo Tiempo, que también habría hablado con Cavusoglu, anunció su alejamiento del partido por no compartir la estrategia de no participar en las elecciones.

Esa migración política de la abstención al bloque de quienes participarán era predecible: Guaidó, acusado de acaparar política y recursos -con sonados casos de corrupción- no ha ofrecido nada nuevo en medio de su agotamiento, y Estados Unidos, que llama a la oposición a mantenerse tras de su figura, tampoco aportó ningún elemento novedoso más que anuncios de nuevas sanciones económicas.

En cuanto a las voces abstencionistas alejadas de Guaidó, tampoco tienen mucho eco. María Corina Machado, por ejemplo, quien plantea que es necesaria una “operación internacional de paz y estabilización” en el país, fue descalificada por Elliot Abrams, encargado de Estados Unidos para Venezuela, quien calificó su postura como de “realismo mágico”.

El mapa de la oposición venezolana se modifica así a tres meses de unas elecciones que serán clave en varios sentidos. Por un lado, para lograr que una parte mayoritaria de la oposición regrese al camino electoral, lo cual significa una ruptura con la estrategia de Washington. Por otro lado, para que exista un reconocimiento internacional de la contienda, del poder legislativo que emerja de los resultados, y de las elecciones a alcaldes y gobernadores que seguirán.

De cara al reconocimiento internacional, el gobierno venezolano envió una carta-invitación a la Unión Europea y la Organización de Naciones Unidas para participar como observadores y acompañantes electorales en las elecciones. El indulto presidencial fue bien recibido, por ejemplo por Josep Borrell, ministro de Asuntos Exteriores Europeos, por Michelle Bachelet, Alta Comisionada de Derechos Humanos de Naciones Unidas y por el canciller argentino Felipe Solá.

La postura estadounidense se mantiene: Washington no reconoce las elecciones del 6 de diciembre, llama a mantenerse tras Guaidó, y amenaza con nuevas sanciones económicas, entre las cuales podría estar el fin de las exenciones petroleras, que afectarían a Venezuela en su capacidad de abastecerse de diésel, combustible esencial para, entre otras cosas, el transporte por tierra de mercancías y personas.

¿Terminará Washington por soltar a Guaidó más adelante? Habrá que esperar los resultados del 3 de noviembre en Estados Unidos para tener mayores certezas al respecto. 

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