Sábado, 09 Mayo 2009 08:25

Un léxico de la desilusión

No todo marcha bien en la tierra de fans de Barack Obama. No queda claro exactamente a qué se debe el cambio de humor. Quizá sea el rancio olor que emana el último rescate bancario realizado por el Tesoro. O la noticia de que el principal consejero económico del presidente estadunidense, Larry Summers, ganó millones de dólares de los bancos y los fondos de cobertura que ahora protege de la re-regulación. O quizá comenzó antes, con el silencio de Obama durante el ataque de Israel a la franja de Gaza.

Lo que sea que haya sido la gota que derramó el vaso, un creciente número de entusiastas de Obama comienza a pensar en la posibilidad de que su hombre no va a salvar al mundo con el solo hecho de que todos nosotros estemos muy esperanzados.

Está bien. Si la cultura de superfans que llevó a Obama al poder se va a transformar en un movimiento político independiente, uno lo suficientemente fuerte como para presentar programas capaces de afrontar las crisis actuales, todos vamos a tener que dejar de tener esperanza y comenzar a demandar.
 
Sin embargo, la primera etapa consiste en comprender cabalmente el incómodo lugar intermedio en el que están muchos movimientos progresistas estadunidenses. Para hacerlo, necesitamos un nuevo lenguaje, uno específico para el momento Obama. He aquí un comienzo.

La cruda después de la esperanza [hopeover. Juego de palabras: hangover es una cruda. N de la T]. Así como una cruda, se trata de una sensación que proviene de haberse excedido en algo que se sentía bien en ese momento, pero que en realidad no era tan saludable, lo cual origina sentimientos de culpa, y hasta de vergüenza. Es el equivalente político de un bajón después de un prendón de azúcar. Ejemplo: “Cuando escuché el discurso económico de Obama, mi corazón se emocionó. Pero luego, cuando intenté explicarle a un amigo sus planes respecto a los millones de despidos y ejecuciones hipotecarias, descubrí que no tenía nada que decir. Tengo un serio sentimiento de cruda después de la esperanza.”

La montaña rusa de la esperanza. Como ocurre en una montaña rusa, describe las intensas subidas y bajadas emocionales de la era de Obama, el viraje de la alegría de tener un presidente que apoya la educación sexual al abatimiento porque el seguro médico universal no está en la agenda justo ahora que podría volverse una realidad. Ejemplo: “Estaba tan emocionada cuando Obama dijo que cerrará Guantánamo. Pero ahora luchan como locos para asegurarse de que los prisioneros en Bagram no tengan derechos legales de ninguna clase. Detiene esta montaña rusa, ¡me quiero bajar!”

Extrañar la esperanza [hopesick. Juego de palabras, homesick significa extrañar el hogar, la gente cercana, el país. N de la T]. Así como quienes extrañan el hogar, los individuos que extrañan la esperanza tienen una intensa nostalgia. Extrañan el adrenalinazo de optimismo de la campaña electoral y eternamente intentan revivir esa cálida sensación de esperanza, por lo general mediante exagerar la importancia de actos decentes, pero relativamente menores, de Obama. Ejemplo: “Con el tema de la escalada en Afganistán, realmente extrañaba la esperanza; pero vi un video en YouTube de Michelle en su jardín orgánico y de nuevo me sentí como el día de la toma de posesión. Unas horas más tarde, cuando escuché que la administración de Obama estaba boicoteando una importante conferencia sobre racismo convocada por Naciones Unidas, me pegó muy duro la sensación de extrañar la esperanza. Así que miré fotografías de Michelle llevando ropa elaborada por diseñadores de moda independientes, étnicamente diversos, y eso como que ayudó”.

Adicto a la esperanza. Conforme baja el nivel de esperanza, el adicto a la esperanza, como el adicto a las drogas, entra en un severo síndrome de abstinencia, y hará lo que sea por perseguir el prendón. (Parecido a “extrañar la esperanza”, pero más fuerte, normalmente afecta a los hombres de mediana edad.) Ejemplo en una frase: “Joe me dijo que cree que Obama metió a Summers a propósito, para que el rescate fracasara, y luego tendría la excusa que necesita para hacer lo que de verdad quiere: nacionalizar los bancos y convertirlos en uniones de crédito. ¡Qué adicto a la esperanza!”

Esperanza-rota. Como amante con el corazón roto, el obamista que tiene la esperanza rota, no está enfurecido sino terriblemente triste. Proyectó poderes mesiánicos en Obama y ahora está inconsolable en su desilusión. Ejemplo: “De verdad creía que Obama finalmente nos obligaría a confrontar el legado de la esclavitud en este país e iniciaría una seria conversación nacional sobre la raza. Pero ahora nunca menciona la raza, y usa torcidos argumentos legales para evitar que ni siquiera enfrentemos los crímenes de los años de gobierno de Bush. Cada vez que lo oigo decir ‘vayamos hacia delante’, me vuelve a romper la esperanza”.

Esperanza que se revierte. Como un contragolpe, la esperanza que se revierte es un giro de 180 grados en reversa, con respecto a todo lo relacionado con Obama. Quienes lo sufren, alguna vez fueron los más apasionados evangelistas de Obama. Ahora son sus críticos más enfurecidos. Ejemplo: “Al menos, con Bush todos sabíamos que era un imbécil. Ahora tenemos las mismas guerras, las mismas prisiones sin ley, la misma corrupción en Washington, pero todos echan porras como si fueran esposas de Stepford [En Stepford wives, novela y luego películas, las mujeres son sumisas, como robots, conformistas y aceptan cualquier abuso. N de la T]. Es hora de un contragolpe de la esperanza a todo lo que da”.
Mientras intentaba ponerle nombre a estas enfermedades relacionadas con la esperanza, me pregunté qué hubiera dicho el finado Studs Terkel acerca de nuestra colectiva cruda después de la esperanza. Seguramente hubiera insistido que no cediéramos ante la desesperanza.

Acudí a uno de sus últimos libros, La esperanza muere al último. No tuve que leer mucho. El libro comienza con las palabras: “La esperanza nunca gotea, nunca va de arriba hacia abajo. Siempre brota de abajo hacia arriba”.

Y eso lo dice todo. La esperanza era un buen lema mientras se apoyaba a un candidato presidencial que tenía remotas posibilidades de ganar. Pero como postura frente al presidente de la nación más poderosa del mundo, es peligrosamente deferente. La tarea, mientras vamos hacia delante (como le gusta decir a Obama), es no abandonar la esperanza, sino encontrarle hogares más apropiados, en las fábricas, los vecindarios y las escuelas, donde tácticas como las tomas y las ocupaciones resurgen.

El politólogo Sam Gindin escribió recientemente que el movimiento laboral puede hacer más que sólo proteger el status quo. Puede demandar, por ejemplo, que las plantas automotrices que están cerradas sean convertidas en plantas verdes, capaces de producir vehículos de transporte masivo y tecnología para un sistema de energía renovable. “Ser realista significa sacar la esperanza de los discursos”, escribió, “y ponerla en manos de los trabajadores”.
Lo cual me lleva a la última anotación en el léxico: Raíces de la esperanza [hoperoots. Juego de palabras con grassroots, “de base”, como en “organización de base” o “activismo de base”. N de la T]. Ejemplo: “Es hora de dejar de esperar que la esperanza sea ofrecida desde arriba, y empezar a empujarla hacia arriba, desde las raíces de la esperanza”.

Naomi Klein
* Es autora de La doctrina del shock.
© 2009 Naomi Klein
Traducción: Tania Molina Ramírez
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¿Podrá? ¿Podrá el presidente Fernando Lugo y su equipo cambiar las cosas en Paraguay, el país más corrupto de América Latina, en el que la clase dirigente no se ha conformado nunca con robarle al Estado un 40% de sus bienes, como en otros países del área, sino que ha rapiñado casi con el 100%? Los paraguayos decidieron en agosto de 2008 echar del gobierno al Partido Colorado, que llevaba más de 60 años en el poder, y colocaron al frente a un hombre de Iglesia, el hasta entonces obispo Fernando Lugo, de probada honestidad. Han pasado siete meses y empiezan a preguntarse si el presidente podrá hacer frente al bloqueo del Parlamento y si conseguirá sacar su reforma adelante. Lugo reconoce, en conversación con EL PAÍS, en el palacio presidencial de Asunción, que la mayoría de la sociedad está angustiada ante la falta de respuestas rápidas, pero asegura que se han logrado ya algunos avances y renueva su convicción en que logrará responder al ansia de cambio de la sociedad paraguaya.

Pregunta: ¿Tienen razón quienes le critican por excesiva lentitud?
Respuesta: Yo procuro ver desapasionadamente las cosas y creo que hubo avances y, también, cierta falta de velocidad en la expectativa de cambio en la ciudadanía. Para mí, un avance importante fue el cambio en la consideración internacional del país, la voluntad de acompañar el proceso paraguayo, diferenciado de los otros de la región. En el ámbito interno, se esta haciendo una revisión del estado en que estaban las instituciones cuando desembarcamos. El proceso de ir por dentro, limpiar, pulir, dar honor a las instituciones, es muy lento. Aquí los ministerios eran el botín de guerra del partido gobernante. Funcionalizar esos ministerios lleva mucho tiempo, y es verdad que hemos ido a una velocidad más lenta de la que esperaba la ciudadanía. Pero es justo recordar que llegamos al gobierno dentro de una Alianza muy amplia ideológicamente, y sin tener mayoría en el Congreso.

P: Esa es una de las grandes dudas, ¿quiénes son sus aliados para llevar adelante una reforma tan profunda?
R: Necesitamos un Parlamento que no sea obstruccionista. Creo que es importante que analicemos las últimas encuestas, según las cuales el gobierno, con todas las limitaciones, sigue teniendo un índice de popularidad del 72%, frente a un 39% del Parlamento y un 32% del Poder Judicial. Eso debería ayudar a llevar adelante el proceso paraguayo.

P: ¿Quiere decir que puede llevar adelante la reforma apoyándose en ese sostén popular? Algunos grupos afines a su gobierno le reprochan que no impulse usted una mayor movilización popular o un partido político propio.
R: Somos conscientes de que esa aceptación popular debe ser articulada. Nuestros programas y proyectos nacieron de la ciudadanía y yo creo que cuando haya cuestiones evidentes de obstrucción, esa propia ciudadanía sabrá leer los acontecimientos y dar un paso como co-responsables de un proceso que hemos iniciado con ellos.

P: ¿No teme que ese apoyo se vaya diluyendo si la población no aprecia rápidamente una mejora en sus condiciones de vida?
R: Este es un Gobierno que ha salvaguardado el rostro de Paraguay, del país más corrupto de América Latina, el segundo o tercero en el mundo. Ningún ciudadano duda de la gestión transparente y honesta que hacemos y ese es un gran capital. No obstante, somos conscientes de ese peligro. Si esto no se traduce en una gestión eficaz, que de respuestas eficaces a las grandes demandas sociales, históricamente postergadas, puede llegar un momento en que se digan "bueno, hasta aquí hemos llegado, no vemos los signos del cambio".

P: La reforma agraria fue uno de los principales puntos de su proyecto político, pero esta misma semana ha habido manifestaciones de campesinos que protestan por la falta de avances.
R: Para pensar en una reforma agraria eficaz hay que tener en cuenta la estructura de la tenencia de la tierra y también el desarrollo de la producción agraria. Paraguay es uno de los pocos países del mundo donde no existe ni tan siquiera un catastro. El Banco Mundial dio hace años un préstamo de 40 millones de dólares para hacerlo, pero no se ha realizado ni en un 15%. Esa es la realidad. Hay una enorme irregularidad en la tenencia de la tierra pero necesitamos un punto de partida y por eso estamos negociando con organismos internacionales que pueden ayudarnos a hacer ese catastro, un catastro dinámico que nos permita ir avanzando. Además de eso, hemos recuperado ya tierras malhabidas, unas 100.000 hectáreas, y hemos provisto una asistencia institucional en asentamientos rurales que estaban totalmente abandonados, sin presencia alguna del Estado.

P: ¿Es suficiente?
R: Son tres pasos que ya hemos dado, cosas que no podían esperar ni un día más, pero también hemos sido honestos con la ciudadanía al explicarle que la reforma agraria es parte de un proceso largo.

P: Las asociaciones campesinas exigen una reforma más rápida, al menos en cuanto a expropiación de latifundios.
R: Tenemos que aceptar que el fin del latifundio, que los movimientos campesinos toman como bandera, tiene una limitación constitucional. Soy consciente de que si no se cambia la Constitución Nacional, si no se realiza alguna reforma, será imposible hacer una reforma agraria integral.

P: ¿Una reforma constitucional previa?
R: Sin duda. Si se quiere hacer una reforma agraria contundente con transformaciones sociales y tocando la estructura de tenencia de la tierra y el fin del latifundio improductivo, esto debe pasar por una reforma constitucional. Hoy lo que existe son grandes extensiones de tierras en manos de unos pocos, que no son tanto productores latifundistas sino especuladores de la tierra. Mientras no se tenga una política fiscal que grave a las tierras improductivas, mientras no haga ese cambio en la Constitución, va a ser muy difícil realizar esas reformas rápidas que exige gran parte de la ciudadanía.

P: Para cambiar la Constitución, usted necesitaría apoyos parlamentarios grandes, ¿Dónde los encontrará? ¿En el Partido Liberal, en el Colorado?
R: Hoy muchos están convencidos de la necesidad de esa reforma constitucional. La misma Corte Suprema de Justicia, que no goza de mucho prestigio, propone la reforma de la Constitución. Yo creo que esto debe pasar por un gran debate nacional.

P: Ya se que usted no quiere hablar de fechas, pero ¿hay algún proyecto concreto en marcha?
R: Ya hay varios proyectos, hechos por el Colegio de Abogados, por profesores de la Universidad Católica y por algunos constitucionalistas individuales. Un proyecto de Constitución que tiene que ser debatido ampliamente por la ciudadanía antes de llegar a la Asamblea Nacional Constituyente.

P: Si el Parlamento se niega, ¿prevé usted convocar un referéndum para que la población apoye la reforma constitucional?
R: No hay nada que adelantar. Yo creo que hay un sentir generalizado en la ciudadanía y que hay un apoyo implícito a esta reforma constitucional.

P: La Corte Suprema es corrupta. ¿Por qué no la ha cambiado usted?
R: Porque dependen exclusivamente del Parlamento. Hay dos maneras de cambiar a los miembros de la Corte: por renuncia voluntaria o por un juicio político. La renuncia es impensable, porque sus actuales miembros se sienten muy bien donde están, y para el juicio político tendríamos que tener mayoría en el Parlamento y no salen los números. Hay argumentos de sobra para ese juicio político, pero los partidos tradicionales no quieren arriesgarse a perder sus privilegios exponiéndose a jueces más independientes y autónomos.

SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ, Enviada especial - Asunción - 28/03/2009

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Domingo, 25 Enero 2009 07:41

Obama, o al rengo se le ve cuando camina

Es peligroso confundir a Barack H. Obama, el personaje político del establishment estadunidense, con el movimiento social de protesta aún informe y desorganizado que se opuso a Bush e impuso al desconocido Obama, primero como candidato presidencial –venciendo a los elefantes blancos conocidos y conservadores del Partido Demócrata que apoyaban a Hillary Clinton bajo la dirección del marido de ésta–, y después como encargado de barrer al desprestigiado y odiado Bush.

El primero es un político segundón, sin experiencia ni mucha claridad (votó contra la guerra en Irak diciendo “no me opongo a la guerra, sino a guerras estúpidas”) y despierta si no las esperanzas, al menos las expectativas de los grandes capitalistas. Éstos, en efecto, desean que siga alimentando con fondos de los contribuyentes las arcas de los grandes bancos y de las grandes empresas que ellos mismos vaciaron por “codicia e irresponsabilidad”, como dijo Obama, pero sobre todo porque en eso consiste el capitalismo, que no es otra cosa que la búsqueda desesperada de la ganancia a cualquier precio, explotando, colonizando, matando, sin ética ni norma moral alguna. Hay que decir a este respecto que el gran capital no está muy contento con Obama a pesar de su evidente continuismo con las políticas esenciales de Bush y de su carácter conservador y, en el día de la asunción del mando y tras su discurso, votó a su manera haciendo caer todas las bolsas del mundo…

El segundo (el hombre que la ola de protesta llevó a la Casa Blanca esperando que haga un cambio, que dé trabajo digno y bien pagado, evite que le roben sus casas a la gente, les dé planes de asistencia médica, escuelas decentes, paz y libertades pisoteadas por Bush) siente en su nuca el aliento de millones de negros, latinoamericanos, asiáticos, discriminados (recordó, en efecto, que su padre “no hubiera podido entrar en un restorán” hace 40 años). Si 2 millones de personas, con varios grados bajo cero, sin centro ni organización colectiva, unidos por el mismo sentimiento, llenaron las calles de Washington para apoyar a Obama en su asunción del gobierno, es porque quieren empezar a tener poder y dejar de ser nadie, y para eso se agarran de Obama y le exigirán medidas sociales.

La degradación política y social en Estados Unidos es vieja, pero el Día sin inmigrantes (un paro nacional sui generis) dio conciencia a los trabajadores pobres y a los oprimidos de que podían contar, y la candidatura de Obama les dio posteriormente un centro político y una esperanza, deformados, pero de gran importancia. Porque no se puede separar el triunfo de los obreros que ocuparon e hicieron funcionar una fábrica de puertas y ventanas de ambos procesos: el de la acción en autogestión de los inmigrantes y el electoral, que dio el impulso inicial a una politización y organización de millones de estadunidenses trabajadores, con una plataforma de reformas democráticas y económicas que el capitalismo no puede conceder, particularmente en esta época de crisis. Aparece así, potencialmente, un proceso político de masas que va mucho más allá de Obama, su canal transitorio.

Si en los años 30 un proceso similar fue canalizado por los sindicatos y después absorbido por Franklin D. Roosevelt (al cual Obama no nombra, y no por casualidad), eso fue gracias a la preparación de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué base hay hoy, en cambio, para un keynesianismo masivo y para la domesticación por el Estado de los trabajadores estadunidenses? ¿Dirige Obama un cambio?

A riesgo de desilusionar a muchos “progresistas”, gobernantes o no, Obama no ha hablado, entre sus prioridades, ni de planes masivos para dar trabajo ni de los emigrantes. Cuando mucho, tiene un plan que, si tiene éxito, podría crear en dos años 3 millones de empleos, o sea, apenas la cantidad que se perdieron en los últimos seis meses. Por otra parte, ni ha mencionado el genocidio en Gaza.

Además, si piensa reforzar las tropas en Afganistán, aunque reduzca gradualmente las que están en Irak, y si va a salvar a los bancos y las grandes empresas, ¿podrá dar seguro social a 70 por ciento de personas que no lo tienen?, ¿y podrá devolverles sus casas y el nivel de vida y los empleos que perderán en este año cuando sostiene que la crisis se debe sólo a algunos “irresponsables y codiciosos” y no a la estructura misma del sistema? ¿Cuál cambio prepara con respecto de la paz si tiene como jefe de gabinete al doble ciudadano estadunidense e israelí Rahm Emanuel Israel, que fue soldado en el ejército judío? ¿O cuando mantiene como ministro de Defensa a Robert Gates, elegido por Bush, y manda a Afganistán al general Petraeus, dictador en Irak, también del equipo de Bush? ¿El clan Bill e Hillary Clinton, que controla la política exterior, asegura acaso un cambio cuando la primera es ardientemente filoisraelí y el segundo pidió en el Senado medidas firmes de Obama contra “la amenaza” de Venezuela y Cuba? ¿El propio Obama no declara acaso que Hugo Chávez “exporta actividades terroristas y apoya a las FARC”, intoxicando a la opinión pública con mentiras insostenibles como hizo Bush respecto de Irak? ¿Qué puede esperar América Latina si uno de los principales asesores de Obama para la región es Greg Craig, abogado del ladrón y asesino Gonzalo Sánchez de Lozada, ex presidente de Bolivia refugiado en Estados Unidos, que sigue negando su extradición? En lo económico, ¿qué cambio puede producir cuando el jefe de sus asesores es Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro de Clinton, responsable de la más amplia y masiva desregulación bancaria?

Es seguro que Obama no es igual a Bush. También que se verá obligado a hacer concesiones a quienes reclaman cambios urgentes y profundos. Pero éstas serán simbólicas, superficiales. Porque Obama, aunque mulato, es un hombre del sistema, educado en Harvard. Sin duda es histórico que en un país donde el Capitolio fue construido por esclavos y en el que en los años 60 un negro no podía entrar en un restorán ni utilizar el mismo baño que un blanco, un mulato sea presidente. Pero, como dicen los haitianos, “un mulato pobre es negro y un negro rico es mulato”. No estamos sólo ante un problema racial, sino ante la más profunda crisis del capitalismo y muy posiblemente el comienzo de un vasto conflicto entre las clases.

Por, Guillermo Almeyra

 

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Martes, 20 Enero 2009 09:10

Obama frente a los escombros

La entrada en funciones de Barack Obama confirmará una triple ruptura

1) En primer lugar, una ruptura política. Es la primera vez desde 1965 que un presidente demócrata aborda su mandato en un contexto de debilidad, incluso de derrota, de las fuerzas conservadoras. En 1977, James Carter los venció en primer lugar (justamente) gracias a su promesa de una renovación ética («Yo no os mentiré nunca») tras el escándalo del Watergate; su mandato estuvo marcado por una política monetarista y por las primeras grandes medidas de desregulación; En 1993, William Clinton se presentó como el hombre que «modernizaría» el partido demócrata asumiendo para sí numerosas ideas republicanas (la pena de muerte, el cuestionamiento de la ayuda social o la austeridad financiera)

2) Después, una ruptura económica. El neoliberalismo al estilo de Reagan no es defendible ni siquiera por sus partidarios. Durante su última conferencia de prensa como presidente, el lunes 12 de enero, George W. Bush ha «admitido voluntariamente»: «Yo dejé de lado algunos de mis principios liberales cuando mis asesores económicos me informaron de que la situación que estábamos viviendo podría llegar a ser peor que la Gran Depresión (la crisis de 1929)». «Peor», de todos modos, es un poco exagerado teniendo en cuenta que la crisis de 1929 hizo fermentar las «uvas de la ira» y la quiebra puso al país al borde del caos.

Sin embargo, 2008 se ha cerrado con una pérdida de 2.600.000 empleos en Estados Unidos, 1.900.000 de ellos sólo en los últimos cuatro meses del año. Es el peor resultado desde 1945, en otras palabras, una caída libre. Podría pasar si el país tuviera las cuentas equilibradas y una posibilidad ilimitada de relanzamiento por el endeudamiento. Pero eso está lejos… El déficit presupuestario va a llegar este año a 1,2 billones de dólares y el 8,3 del PIB. Una cifra impresionantemente mala que no sólo supera el peor resultado de la era Reagan (6% en 1993), sino que además marca que el déficit se ha multiplicado por tres de un año para otro.

3) Una ruptura diplomática. Nunca, sin duda, desde la Segunda Guerra Mundial, la imagen de Estados Unidos en el mundo había estado tan degradada. La mayoría de los países consideran que la superpotencia estadounidense desempaña un papel negativo en los asuntos del mundo, a menudo en una proporción abrumadora. Iraq, Oriente Próximo, Afganistán: El statu quo aparece insostenible, tan costoso y mortífero al mismo tiempo. Después de todo, fue invocando la necesidad de una retirada de Iraq como Obama comenzó su campaña en 2007 y ha sido gracias a su insistencia en este punto como venció a Hillary Clinton –su futura Secretaria de Estado…- en las primarias. Sin embargo, el calendario de dicha retirada parece que enfrenta al presidente electo (muy impaciente) con los militares (más «prudentes» (1)). Pero la impaciencia del primero no se explica en absoluto por una posición pacifista. La retirada, en primer lugar, conlleva la voluntad de Obama de reasignar en Afganistán una parte de las tropas retiradas de Iraq. Sin embargo no es cierto que las perspectivas de hundimiento sean menores en Kabul que en Bagdad.

Políticamente, el nuevo presidente tiene las manos libres. El paisaje de escombros que hereda va a obligar a una cierta contención a sus adversarios políticos. Su amplia victoria se ha beneficiado del impulso de las fuerzas vivas del país, especialmente los jóvenes. Y además están los sugerentes reportajes especiales, a menudo hagiográficos, que la prensa del mundo entero ha dedicado a Obama. La esperanza que suscita su entrada en la Casa Blanca es inmensa; y eso no se explica únicamente por el hecho de que el presidente de Estados Unidos sea negro. De un golpe, la «marca de América» se recuperó. Algunas decisiones de alto valor simbólico relativas al cierre de Guantánamo y la prohibición de la tortura han reforzado ese sentimiento de nueva era. «Debemos poner el mayor cuidado en reafirmar nuestros valores y en proteger nuestra seguridad», ha declarado el nuevo presidente.

Después vienen los problemas. No es suficiente irrigar la economía estadounidense de liquidez para que la máquina económica y el empleo recuperen el movimiento. La inquietud de la población en cuanto al futuro es tal, que lejos de dedicarse a consumir, ahorra más que nunca (2). La tasa de endeudamiento de las familias, que no había dejado de crecer desde 1952, ha conocido su primer retroceso en el tercer trimestre del año pasado. Así, algo que seguramente es deseable a medio y largo plazo, pone en peligro el relanzamiento rápido a través del consumo y la inversión que espera el nuevo equipo de la Casa blanca. «Si no hacemos nada, esta recesión podría durar años» ha advertido Obama, deseoso de que su programa de gastos suplementarios de 775.000 millones de dólares, compuesto de gasto público y rebajas de de los impuestos, sea adoptado rápidamente por el Congreso. ¿Será suficiente? Algunos economistas demócratas, como Paul Krugman, consideran que es insuficiente y está mal planeado (3).

La situación internacional tampoco parece prestarse a un resultado inmediato. Deliberadamente o no, los dirigentes israelíes han colocado a su gran aliado ante un hecho consumado –una guerra especialmente impopular en el mundo árabe- y obligan al nuevo presidente a hacerse cargo de un asunto minado que no constituía en absoluto su prioridad. La parcialidad en este asunto tiene el peligro de demostrar que Estados Unidos ya no podrá defender nunca una posición equilibrada en Oriente Próximo, y esto podría empañar muy deprisa su popularidad en el ámbito internacional.

Pero todo no se resume en un hombre, aunque sea nuevo. Sobre todo porque la novedad es mucho menos sorprendente cuando se examinan las actuaciones de Obama en cuanto a su gabinete. Por una ministra de Trabajo próxima los sindicatos, Hilda Solis, que promete una ruptura con las políticas anteriores, nombra a una ministra de Asuntos Exteriores, Hillary Clinton, cuyas orientaciones diplomáticas rompen menos con el pasado, y a un ministro de Defensa, Robert Gates, claramente heredado de la administración Bush. En cuanto a la diversidad del equipo, seguramente no es de naturaleza sociológica. Veintidós de los treinta y cinco primeros nombrados de Obama son diplomados de una universidad de élite estadounidense o de un encopetado colegio británico… Esto recuerda un poco la vuelta a la «competitividad» de los «best and brightets» (los mejores y más brillantes) de la administración Kennedy-Johnson. La prepotencia que caracteriza a este tipo de individuos a menudo los conduce a alardear de su poder y convertirse en fabricantes de catástrofes mundiales, como se observó durante la guerra de Vietnam. Pero Estados Unidos, en los tiempos que corren, está más bien en el abatimiento «centrista» que en la audacia del «Yes, we can», que constituiría la amenaza más temible.

(1) «Timetable for Iraq too slow for Obama» (Calendario de Iraq demasiado lento para Obama) International Herald Tribune, 15 de enero de 2009.

(2) «Hard-Hit Families Finally Saving Aggravating Nation’s Economic Woes» (Las familias más afectadas al final serán la solución de los crecientes problemas económicos de la nación) The Wall Street Journal, 6 de enero de 2009.

(3) Paul Krugman «The Obama Gap» The New York Times, 8 de enero de 2009.

Texto original en francés: http://www.monde-diplomatique.fr/carnet/2009-01-16-Obama-investiture

Serge Halimi es periodista de Le Monde diplomatique y autor del libro Les Nouveaux Chiens de Garde (Los nuevos perros guardianes), Raisons d’agir, 2ª edición, 2005.

Por, Serge Halimi, director Le Monde diplomatique Francia

Traducido para Rebelión por Caty R.

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El 31 de octubre de 2004, se abrió una nueva etapa política en Uruguay con la primera victoria electoral de la izquierda en la historia del país. El Frente Amplio, integrado por socialistas, comunistas, antiguos guerrilleros del MLN (tupamaros) y otros sectores progresistas, arribó a la Presiden- cia gracias a los deseos de cambio acumulados en el pueblo, agotado tras sucesivos gobiernos conservadores y sus fracasadas recetas neoliberales.

En estos cuatro años, la sociedad ha tomado aire bajo el mandato de Tabaré Vázquez y, si hacemos caso a las encuestas, su intención es seguir respirando otro ratito. No obstante, el Frente Amplio termina la legislatura entre llamamientos a la unidad de la izquierda, quizá porque ésta se haya desgastado o porque haya ciertas palabras, como desilusión, desengaño o traición, que se escuchan con frecuencia en su base social.

La ley impide la reelección presidencial, de forma que la coalición se halla inmersa en el proceso de elección de su nuevo candidato para las elecciones de 2009. La pugna entre Danilo Astori, ex ministro de Economía, y Pepe Mújica, senador e histórico líder tupamaro, se inclina a favor del segundo tras el congreso del Frente Amplio de diciembre. En él, Mújica denunció presiones y chantajes para «retirarlo» de la carrera presidencial, a la que dijo sumarse muy a su pesar y sólo porque los compañeros se lo pidieron, tal vez para que trate de corregir la deriva centrista del Gobierno, demasiado vertiginosa y notoria para muchos. Y con Astori aún lo sería más, o así debieron interpretarlo los delegados, porque el director de la política económica gubernamental quedó tercero en la contienda. Un fracaso de Astori y una victoria de Mujica que, previsiblemente, se ratificarán en las elecciones internas convocadas para junio.

Críticas al Gobierno

Una corriente interna del Frente, el PST, razonaba su «no» a Astori mediante una abierta crítica a la política económica impulsada por su Ministerio: Porque eligió pagar la deuda externa antes que desarrollar políticas de desarrollo social; porque la ha aumentado de 19.145 a 29.354 millones de dólares; porque el PIB ha crecido al ritmo que baja el poder adquisitivo de los uruguayos; por la reforma tributaria que mantuvo el peso de los impuestos al consumo (igual que antes) y aumentó los impuestos al trabajo frente a los del capital (peor que antes); porque las inversiones extranjeras no han generado desarrollo; porque el modelo exportador concentra el 90% de los ingresos en las diez empresas más concentradas...

Y todo con el ansiado Gobierno de izquierdas, que, si bien se ha mostrado más eficaz que sus predecesores y ha impulsado algunas políticas esperanzadoras, lo ha hecho con tanta prudencia y a veces tan lento que ha terminado por exasperar a los sectores afectados. Interesantes proyectos sociales como el nuevo plan de sanidad no acaban de dar los frutos prometidos; ni la supuesta bonanza económica se percibe en las clases populares; ni los sindicatos están contentos... Sí que hubo avances en materia de derechos humanos, como el procesamiento de varios responsables de la dictadura (1973-1985) o la búsqueda de desaparecidos, pero finalmente se vieron eclipsados por la negativa del Gobierno a anular la Ley de Caducidad (1986), que nació para dar impunidad a los represores y que ahora los sectores populares tratan de tumbar con una masiva recogida de firmas a favor de un referéndum.

También fue muy contestado el veto presidencial que, hace unas semanas, echó por tierra la Ley de Interrupción del Embarazo aprobada por el Parlamento. En un Estado históricamente laico, Tabaré Vázquez puso su catolicismo y su potestad presidencial por encima de la mayoría parlamentaria y del 60% de la ciudadanía que, según las encuestas, apoya la reforma legislativa que pretendía acabar con los abortos clandestinos, el encarcelamiento de mujeres y su muerte en salas de operaciones improvisadas. «¡Qué desilusión!», clamaban las pancartas. Pero el Arzobispo de Montevideo felicitó a Vázquez, quien, en una postura de fuerza, acabó dándose de baja del Partido Socialista en desacuerdo con su postura favorable a la despenalización.

También estuvo cargado de simbolismo, y de críticas, el triple agasajo a George W. Bush; primero en su visita a Mar del Plata, Argentina (2005), adonde acudió una delegación con el presidente a la cabeza; después en el viaje de Vázquez a EEUU (2006); y, finalmente, cuando el mandatario estadounidense fue recibido en Uruguay (2007). Estos coqueteos con Bush generaron contradicciones en el partido y manifestaciones en la calle, algunas de las cuales terminaron en incidentes, discutidas intervenciones policiales, dos decenas de detenidos y cinco condenas de cárcel. Estos encarcelamientos generaron nuevas protestas y se llegó a procesar por «vilipendio a los símbolos patrios» a un sindicalista acusado de quemar unos papelitos que imitaban la bandera yanqui. Por éstos y otros episodios -como la detención de 65 trabajadores (2006) que ocupaban y trataban de autogestionar la mayor imprenta del país, cerrada meses atrás-, sectores de izquierda acusan al Frente Amplio de utilizar los resortes del poder para criminalizar a los disconformes con sus políticas, utilizando medidas represivas más contundentes incluso que las desplegadas por los gobiernos de derecha.

Raíces participativas

Por encima de los aspectos concretos en los que el Frente Amplio se haya olvidado de reivindicaciones históricas o promesas electorales, quizá lo que más indigna a los críticos son las formas. Porque, tras décadas de dictaduras y gobiernos de derechas, resulta que la vieja familia de izquierdas también es acusada de tratar de erosionar, como los anteriores, los espacios de democracia popular que todavía se mantienen en muchos ámbitos de la sociedad uruguaya.

Para entender la importancia de la cuestión, debemos reparar en las fortísimas raíces participativas de la tradición política del país. El sistema electoral, por ejemplo, es un caso seguramente único. El voto es obligatorio y queda registrado en un documento oficial, la credencial cívica, imprescindible para realizar gestiones como sacar un pasaporte o inscribirse en la Universidad. Además, no sólo se vota al partido, también a la corriente interna, así que los comicios definen el reparto de escaños de cada formación política y, dentro de ellas, el número de electos que obtendrá cada sector.

El sistema educativo es otro de los ámbitos que, históricamente, ha mantenido unas notables cotas de democracia participativa. De esta forma, la Universidad de la República se rige mediante un sistema de cogobierno de docentes, estudiantes y licenciados, representados democráticamente en un órgano autónomo que dirige los destinos de las facultades: Política educativa, reparto de cargos, régimen interno... Y la única injerencia del Gobierno sólo puede venir de la asignación presupuestaria, que es una de sus pocas competencias.

Debido a esta peculiar naturaleza del sistema político-social uruguayo, y a sus raíces laicas y participativas, éste fue el primer país en legalizar el divorcio (1907), uno de los pioneros en establecer el sufragio femenino, el primero que instauró un sistema educativo gratuito, obligatorio y laico (1877), y el precursor en Latinoamerica del reconocimiento y legalización de las uniones civiles, incluyendo parejas del mismo sexo. Y es por esta tradición horizontal e igualitaria, incrustada en el pueblo y orgullo de la izquierda, por lo que han causado tanto enojo las decisiones unilaterales del presidente; o el desprecio de las resoluciones del Parlamento; o los intentos de hurtar el debate, la voz y el voto popular.

La reforma educativa

La última polémica ha venido de la mano de una reforma educativa que desconoce las principales demandas sindicales y que deja la gestión de la enseñanza secundaria en manos del Ejecutivo, frente a la autonomía y el cogobierno que pedían estudiantes y docentes. Así, todos los sindicatos se oponen a la ley y hasta la Universidad de la República pidió la retirada del proyecto, pero eso no impidió que éste se aprobara con el apoyo de 16 de los 17 senadores del Frente Amplio, ya que sólo la representante del Partido Comunista discrepó de la línea oficial. Así, en aquella sesión del Senado se representó una vez más la aparente dicotomía entre lo que piensa la izquierda social y lo que hace la política. Y no fue sólo eso, ya que un grupo de docentes accedió a la tribuna y expresó su protesta, silbando y lanzando octavillas, hasta que aparecieron las fuerzas de seguridad y se desató un forcejeo que derivó en una fenomenal pelea, captada con detalle por todas las cámaras de televisión y repetida hasta la saciedad en los noticieros. Los sindicatos apoyaron inmediatamente a los docentes y criticaron a la Policía y al Gobierno por la violencia del desalojo. Pero el Ejecutivo, espoleado por la derecha y los medios de comunicación, pidió su procesa- miento y cuatro de ellos acaban de ser condenados por un delito de atentado a la autoridad, en un nuevo episodio de criminalización de la protesta social, denuncian.

¿El Frente, al centro?

Ante este panorama, cabría interpretar que el Frente Amplio siente prietas las filas por la izquierda, ante la casi absoluta falta de alternativas políticas por este lado, y dirige la mirada hacia los caladeros del centro, como tratando de no irritar demasiado a las clases medias y acomodadas para asegurarse la victoria en 2009. Porque éstas también sintieron la ilusión por el cambio, y muchos votaron por Vázquez, pero ahora podrían verse atraídos por los mensajes alarmistas de la derecha, que clama por el desgobierno y el caos que, aseguran, asola al país.

Las encuestas dan una importante ventaja al Frente Amplio de cara a las elecciones de octubre de 2009. Y todo hace suponer que Mújica será un presidente distinto en esta Latinoamérica convulsa: Un mandatario que transgreda protocolos, que se amarre a su origen humilde y que, como grita una pintada en Montevideo, descarte las corbatas por considerarlas nudos en el cuello. Pero lo importante será el rumbo que dé a su mandato, comprobar si marca algo más que un nuevo estilo o si, por el contrario, acumula nuevas decepciones sobre las de su predecesor, no vaya a ser tan histórico y querido tupamaro quien acabe de enterrar las utopías de varias generaciones de uruguayos.

Segio Labaien
Gara
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Domingo, 16 Noviembre 2008 11:33

La victoria de Obama: temor y esperanza

La totalidad de Estados Unidos y, de hecho, del mundo observó y casi toda ésta vitoreó la elección de Barack Obama como próximo presidente de Estados Unidos. Y aunque durante la campaña electoral casi todos disminuyeron la central importancia del aspecto racial, el 4 de noviembre pareció que nadie podía hablar de nada más. Hay tres cuestiones centrales de esto que casi todos los comentaristas llaman un “evento histórico”. ¿Qué tan importante es? ¿Qué es lo que explica la victoria? ¿Qué es lo más probable que pase ahora?

La noche del 4 de noviembre una inmensa multitud se reunió en el parque Grant, en Chicago, para escuchar el discurso de aceptación de Obama. Todos aquellos que observaron la televisión estadunidense vieron que la cámara hizo zoom sobre Jesse Jackson y que él estaba llorando. Esas lágrimas reflejan el punto de vista virtualmente unánime de todos los afroestadunidenses, que consideran la elección de Obama como el momento de su integración definitiva al proceso electoral estadunidense. No creen que el racismo haya desaparecido. Pero se cruzó una barrera simbólica, primero que nada para ellos, y luego para el resto de nosotros.

Este sentimiento es bastante paralelo al de los africanos en Sudáfrica el 27 de abril de 1994, cuando votaron para elegir a Nelson Mandela presidente de su país. No ha importado que Mandela, como presidente, no haya cumplido con todas las promesas de su partido. No importará que Obama no cumpla todas las promesas de su campaña. En Estados Unidos, como en Sudáfrica, ocurrió el amanecer de un nuevo día. Aun cuando sea un día imperfecto, es un mejor día que antes. Los afroestadunidenses, pero también los hispanos y la gente joven en general, votó por Obama en aras de la esperanza –esperanza difusa, pero real.

¿Cómo fue que ganó Obama? Como cualquiera que triunfa en una situación política compleja: reuniendo una enorme coalición de fuerzas políticas diferentes. En este caso, el espectro abarcó desde muy a la izquierda hasta la derecha del centro. No habría podido sin ese enorme rango de respaldo. Y, por supuesto, ahora que ya ganó, los diferentes grupos quieren que gobierne como cada uno de ellos prefiere, lo cual, por supuesto, es imposible.

¿Quiénes son esos diferentes elementos y por qué lo respaldan? En la izquierda, aun muy a la izquierda, votaron por Obama debido al profundo enojo por el daño que el régimen de Bush infligió a Estados Unidos y al mundo, y por el temor genuino a que McCain no fuera mejor, tal vez fuera peor. En el centro-derecha los independientes y muchos republicanos sufragaron por él, sobre todo porque se han horrorizado de la siempre creciente dominación de la derecha cristiana en la política del Partido Republicano, sensación que quedó subrayada por la elección de Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia. Esa gente votó por Obama, porque tuvo miedo a la fórmula McCain/Palin y porque Obama los convenció de que era un sólido y sensato pragmatista.

Y entre esos dos grupos están los llamados demócratas reaganitas, en gran medida obreros industriales –muchos católicos, muchos racistas– que han tendido a desertar de las bases del partido demócrata en las elecciones recientes porque consideran que el partido se había movido muy hacia la izquierda y desaprueban sus posiciones en cuestiones sociales. Estos votantes se regresaron al partido demócrata no porque su postura haya cambiado, sino por miedo. Les asustó mucho la depresión económica hacia la que se ha movido Estados Unidos y piensan que su única esperanza es un renovado Nuevo Trato. Votaron por los demócratas, pese a que Obama es afroestadunidense. El temor pudo más que el racismo.

¿Y qué va a hacer Obama ahora? ¿Qué puede hacer ahora? Es muy pronto todavía para estar seguros. Parece claro que se moverá con prontitud para sacar ventaja de la situación de crisis, como lo puso su nuevo jefe del gabinete, Rahm Emanuel. Yo sospecho que veremos una dramática serie de iniciativas en los tradicionales 100 primeros días. Y mucho de lo que Obama haga puede ser sorprendente.

Sin embargo, las dos situaciones más importantes se encuentran más allá de su control –la transformada geopolítica del sistema-mundo y la catastrófica situación económica mundial. Sí, el planeta recibió la victoria de Obama con júbilo, pero también con prudencia. Es notable que dos centros de poder importantes emitieran declaraciones muy expresas y directas acerca del escenario geopolítico. Tanto la Unión Europea, en una declaración unánime, como el presidente Luiz Inacio Lula da Silva, de Brasil, dijeron estar dispuestos a renovar su colaboración con Estados Unidos, pero esta vez como iguales, no como socios menores.

Obama se saldrá de Irak más o menos en los términos prometidos, aunque no sea sino por el hecho de que el gobierno iraquí insistirá en ello. Intentará una graciosa salida de Afganistán, lo cual no será fácil. Pero que vaya a hacer algo significativo en relación con el empantanado conflicto entre Israel y Palestina o que pueda avanzar hacia un Pakistán más estable, eso es más incierto. Y tendrá menos qué decir de lo que él piensa. ¿Podrá Obama aceptar el hecho de que Estados Unidos ya no es el líder mundial, sino únicamente un socio con otros centros de poder? Y si puede hacerlo, ¿podrá hacer que el pueblo estadunidense acepte esta nueva realidad?

En cuanto a la depresión, sin duda tendrá que buscar una salida. Obama, al igual que los otros líderes importantes del mundo, es un capitán en un mar tormentoso, y puede hacer relativamente un poquito más que sólo evitar que su barco se hunda por completo.

Donde Obama tiene margen de maniobra es en la situación interna. Hay tres cosas donde se espera que actúe y pueda actuar, si es que está listo para ser audaz. Una es la creación de empleos. Esto sólo puede hacerse eficazmente en el corto plazo mediante acciones gubernamentales. Y se realizará mejor si se invierte en la reconstrucción de la degradada infraestructura de Estados Unidos y en medidas que reviertan el deterioro ambiental.

La segunda cuestión es el establecimiento, por fin, de una estructura de atención a la salud en Estados Unidos que sea decente, en la cual todos, sin excepción, estén cubiertos y en la cual haya énfasis considerable en medicina preventiva.

Una tercera área es enmendar todo el daño que el gobierno de Bush hizo contra las libertades civiles básicas, pero que también hicieron gobiernos anteriores. Esto requiere una revisión fundamental del Departamento de Justicia y del aparato legal y paralegal que se ha construido en los últimos ocho (pero también en los últimos 30) años.

Si Obama actúa decididamente en estos tres ámbitos, entonces podremos decir que ésta fue en verdad una elección histórica, una en la que el cambio ocurrido fue algo más que simbólico. Si no lo logra, el desencanto será mayúsculo.

Muchos intentan distraer su atención hacia ámbitos en los que no puede hacer mucho y en los cuales su mejor postura es guardar un bajo perfil, aceptando la realidad de un mundo nuevo. Hay mucho que temer en torno a las acciones futuras de Obama, pero también mucho que ofrece esperanzas.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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Lunes, 10 Noviembre 2008 19:29

Obama, 13 claves de su victoria

El triunfo de Obama marca una incisión en la historia política estadounidense. Junto a los triunfos de Lula y de Evo, y ‑a pesar de las marcadas diferencias que existen entre sus trayectorias, sus propuestas y los actores que representan‑, habla a las claras de la fuerza convocante de la esperanza como motor movilizador de los pueblos en los tiempos actuales.

Lo sobresaliente de la victoria de Obama no radica en su color. El es un líder afrodescendiente y, en tanto tal, estimula a que se proyecten en él –a su medida‑ las miradas que evocan a Martin Luther King Jr, Malcom X, Ángela Davis y tantos otros miles de pares golpeados, vilipendiados o asesinados por el sistema. Pero su proyección como figura política no se centró en ello; estuvo marcada por las banderas que levantó, los postulados que invocó y las puertas (oportunidades) que prometió abrir.

No se presentó tampoco como alternativa al sistema; buscó su elección dentro del sistema [norte]americano, pensando y actuando como [norte]americano. Rescatar y resaltar el "espíritu [norte]americano", apelar a sus mejores acervos político-culturales, fue precisamente lo que rubricó la fuerza cultural de su mensaje y constituyó el eje vertebrador de su estrategia para la victoria. El derrotero de su brevísimo camino a la Casa Blanca lo anuncia al mundo como un hábil estratega político. De ahí que resulte interesante destacar un grupo de claves que lo condujeron al triunfo.

○Desde su surgimiento como líder político, Obama tuvo claro que para llegar a ser Presidente hay que sentirse Presidente y actuar como tal. Para él, la presidencia no se protagoniza el día después del triunfo electoral, sino al revés: con las elecciones se corona lo que ya se es. Su discurso del 2004 así lo evidencia claramente: habló para todos, invocó los valores, el ideario y los imaginarios del legendario y ahora vilipendiado "espíritu [norte]americano". Apoyándose en ello convocó a jóvenes y viejos, hombres y mujeres, ricos y pobres, blancos y negros, demócratas y republicanos… y así lo reiteró en el discurso que pronunció luego de su triunfo. Esto lleva a otra clave:

○No sectorializó su participación ni su representación. No se asumió nunca como vocero o representante de los negros. No apeló a las armas de la justicia racial pretendiendo desde allí conquistar "el derecho" a la Presidencia. Haciéndose eco del fracaso de Jessie Jackson, por ejemplo, se presentó como [norte]americano, es decir, no como un negro, sino como un político con capacidad para representar a todos, como el Presidente ideal de los [norte]americanos. Para ello,

○No se auto-acorraló ni se dejó acorralar. Invocó valores omnipresentes, asentados (aunque relegados) en la idiosincracia [norte]americana: rescató al país de las oportunidades para todos, del reino de la libertad y de la democracia como vía. Y así lo mostró y demostró –entre otras cosas‑ disputando por su candidatura desde las primarias.

○Consciente de que la fuerza de la política radica en la sociedad, confió su candidatura a la ciudadanía y no a los acuerdos –aunque los hubo‑ con la cúpula demócrata. No fue designado ni nominado por un grupo, sino venciendo en la disputa democrática cuyos valores reivindica y encarna.

○No invocó cuestiones del pasado, no llamó a tomar revanchas, ni se refirió a los obstáculos. Mostró las posibilidades latentes presentes y futuras, y convocó a sus conciudadanos a hacerlas realidad.

○Levantó con fuerza la idea de oportunidad y de cambio, siendo esta última la palabra más reiterada de su campaña. Y no por casualidad, sino porque es la piedra angular de cualquier posibilidad de salida de la inocultable crisis profunda en la que se encuentra el país y más aún, el sistema capitalista que éste anima. Con ello,

○Supo identificar y llegar a los sectores sociales claves poseedores de la energía y fe necesarias para empujar el proceso en dirección al cambio y las oportunidades: los jóvenes y la clase media con ambiciones de movilidad social ascendente, muy golpeada por la crisis. Y no se equivocó: fueron la fuerza social central de la campaña y el voto Obama.

○No se comprometió radicalmente con nada: no definió el sentido ni los contenidos de los cambios y las oportunidades; permitió que cada uno depositara en sus palabras un contenido propio. Con lo cual,

○Estimuló la fantasía presente o dormida, y apeló a los sueños y la imaginación como vía para enfrentar el "realismo" aplastante y mediocre del mercado y el guerrerismo que invocaba Mac Cain, en su decadente convocatoria a profundizar el neoliberalismo.

○Frente a la chatura y mezquindad de "Joe el fontanero", su discurso sencillo (pero no simple) apeló a la solidaridad y a la paz, e invocó a lo mejor de los hombres y las mujeres, sabiéndolos deseosos de recuperar su orgullo y autoestima como país, tan vilipendiados por la administración Bush. Todo ello fue signando su arrollador carisma.

○No se presentó como "el cambio", sino como la oportunidad para hacerlo. Con lo cual convocó a millones a acompañarlo, para protagonizar entre todos la desafiante aventura de recrear América y el mundo.

○Esto significa o puede significar también, recrear las relaciones entre Norteamérica y Latinoamérica. Y con ello despertó esperanzas más allá de sus fronteras. Entreabre una delgada puerta hacia la posibilidad de poner fin al bloqueo a Cuba, hacia la posibilidad de cesar el injerencismo desestabilizador y golpista en los procesos de Bolivia, Venezuela y Ecuador (para solo mencionar algunos), y construir interrelaciones diferentes con el continente, basadas en principios de respeto a las integridades y designios nacionales en todo el planeta.

○No habló para Mac Cain ni para Hilary. No habló para un sector social en particular. No llamó a votar a favor de algunos (un sector), ni contra los otros (los republicanos), sino invocando el nosotros. Y con un lenguaje claro y directo se dirigió siempre a los millones de estadounidenses a quienes buscaba convocar.

La gigantesca victoria de Obama evidencia que los pueblos ‑en este caso el de EEUU‑, están por la vida, por la paz. Enseña que el pueblo [norte]americano, pese a su deambular "equivocado", tiene memoria de su valores y –crisis mediante‑, con Obama ha recuperado la esperanza y la fe en que es posible vivir de un modo diferente. Él supo despertar esos sentimientos, invocar los mejores valores de la idiosincrasia [norte]americana y constituirse en el ser humano que la personifica.

Por todo eso ganó

Esta situación permite también tomarle el pulso al universo: marca el fin del señorío absoluto del realismo cínico del neoliberalismo y del racionalismo chato que imperaron hasta ahora como horizonte máximo de lo único posible, y anuncia el retorno de la fe y la confianza en la posibilidad de construir y vivir en un mundo mejor. Con estas llaves Obama alimentó la esperanza y estimuló la movilización de miles de millones de hombres y mujeres en EEUU, con ecos en todo el plantea.

En cualquier caso, su triunfo no es casual. Es parte de las oportunidades abiertas por las luchas de los pueblos. Llega de la mano del empantanamiento bochornoso de la tropas estadounidenses en Irak, y al son de una de las más profundas crisis del sistema capitalista desde 1929. Esto muestra también que la incertidumbre se acepta como alternativa cuando –como escuché decir a un periodista‑ "se le ve la cara al abismo". Este abismo es la gran amenaza para Obama, pero a la vez su gran oportunidad y la de todos.

Indubitablemente, haber llegado a la cima del país más poderoso del mundo, hacerse cargo de una administración que es sostén del entrelazamiento de acero entre el poder financiero y el militarismo guerrerista/imperialista mundiales, no deja mucho margen  para pensar que Obama podrá "hacer lo que quiera", aunque todavía no ha expresado exactamente qué es lo que quiere. Habrá que ver qué define y  cómo se maneja, cómo hace para que los millones que lo votaron aprovechen las oportunidades que él abrió, o si ‑desdiciéndose‑ lo cocina todo tras las puertas de la Casa Blanca.

Algunos se apresuran a tomar distancia y a vaticinar que su gobierno será un desastre, que él es (o será) simplemente un instrumento del sistema. James Petras lo define como "el candidato de Wall Street" porque, para él, mientras "la esencia" del sistema no cambie, nada tiene importancia, y entonces –prácticamente‑ lo mismo le da Obama que Mac Cain. Chomsky supone que la ideología guarda una relación directa de correspondencia con la pertenencia etno/genética de cada ser humano, y por tanto define ideológicamente a Obama como "un blanco que tomó mucho sol". Otros se lamentan por la confusión que –aseguran‑ va a desatar, y otros alertan sobre su posible (y aparentemente inevitable) "traición". La pregunta en tal caso sería, ¿traición a quiénes? Porque Obama no se planteó terminar con el sistema, ni reclamó la Presidencia como acto de justicia racial. No se postuló –reitero‑ como el candidato negro de los estadounidenses, sino como el candidato de todos los estadounidenses, es decir, como el salvador de los estadounidenses y su sistema social, económico, político y cultural, y también de su liderazgo mundial, pero redefiniéndolo y reconstruyéndolo desde un lugar y con modos diferentes al hasta ahora ensayado por los republicanos. No cabría entonces considerar una "traición" que se reúna y pretenda gobernar junto con algunos de ellos. Habrá que ver en función de qué políticas, con quiénes y cómo.

Todavía no se estrenó en sus funciones, sin embargo, las dificultades, los obstáculos y las amenazas comienzan ya a disputarle el oxígeno que respira. Conociendo el historial del poder [norte]americano no resulta disparatado vislumbrar a Obama transitando por el corredor de la muerte. Pareciera recomendable entonces, no precipitarse a realizar juicios absolutos y, para saber qué atenerse, esperar.

Con Mac Cain todas las puertas estaban cerradas. La llegada de Obama a la Presidencia concita interés por las puertas que abre o las que puede –tal vez‑ llegar a abrir.

Para no cerrar el diapasón del análisis, concedamos que tal vez Obama no quiera hacer algo diferente a los republicanos. Pero aun si así fuera, si finalmente resultara igual que Bush, ello no borrará el hecho real y concreto de que el pueblo lo votó por lo que dijo y por lo que prometió, y las suyas no fueron palabras ni banderas de guerras ni odios, sino de paz, de vida, de esperanza y de cambio.

Obama es la muestra mundial de que lo aparentemente imposible puede ser realidad. Desafió la hegemonía ideológica y mediática del neoliberalismo y con su triunfo mostró que es posible cambiar, que a pesar de tantas derrotas y desaciertos hay cabida para los sueños. Y lo hizo con la fuerza de ser ‑desde las entrañas‑, la encarnación afirmativa de esa posibilidad.

¿Será realmente capaz de aprovecharla a favor de su pueblo y de los pueblos todos?

Ciertamente no sabemos lo que será su gestión de gobierno. Más aún si tenemos presente que en política no existen garantías, que no hay nada absolutamente inevitable y predeterminado.

Pero vale concluir subrayando que, cualquiera sean los rumbos que Obama tome a partir del 20 de enero, nada modificará el significado trascendente de su victoria, que ha activado la esperanza de todos los condenados de la tierra, que hoy tienen en él una muestra palpable de que es posible triunfar. Y no mañana, sino hoy, ahora.

Isabel Rauber[*]
Buenos Aires, 8 de noviembre de 2008
[*] Dra. En Filosofía. Directora del Programa de estudio de las realidades de los movimientos sociales, políticos y culturales de América latina, de la Universidad Nacional de Lanús.
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