Kevin Kühnert, el líder de los jóvenes socialdemócratas alemanes que quiere colectivizar BMW

Apenas tiene 29 años, pero son suficientes para guiar el actual debate sobre cuestiones económicas y sociales de la izquierda en Alemania. Se llama Kevin Kühnert. Con sus sonadas propuestas suele agitar al establishment político alemán. Sus ideas, como esa que formulaba hace unos días y según la cual sería bueno "colectivizar" una empresa tan importante como el fabricante de coches BMW, levantan ampollas, especialmente en la que es su familia política: el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD).


Kühnert, el líder de Jusos –la organización juvenil del SPD–, se empeña últimamente en traer ingentes dosis para el gran partido de centro-izquierda germano de eso que el semanario liberal británico The Economist llama "Socialismo milenial". Sus ideas no pasan desapercibidas porque tienen mucho que ver con un número creciente de cuestiones que preocupan a grades sectores de las sociedades occidentales.


De hecho, Kühnert se ha hecho un nombre en política hablando de problemas como la precariedad y la temporalidad en el mercado de trabajo, de la necesidad de un mayor salario mínimo, de imponer mayores impuestos a las rentas más altas o, más recientemente, la colectivización. Estos son temas con los que han crecido en influencia y relevancia figuras de la política internacional como la congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez o el actual líder del laborismo británico Jeremy Corbyn.


Control democrático de los beneficios


En su última y más comentada intervención, Kühnert se mostraba a favor de una colectivización de empresas como BMW en una larga entrevista sobre el tema del socialismo concedida a la revista Die Zeit. BMW es una de las compañías que ejercen de referente internacional para la reputada industria alemana del automóvil. "El reparto de los beneficios debe estar controlados democráticamente", decía Kühnert a Die Zeit en su primer número de mayo a cuenta de la colectivización de BMW.


Por hacer esas declaraciones a Kühnert le llovieron críticas por todas partes. Las hubo de otros socialdemócratas y, por supuesto, de responsables de partidos rivales: liberales, conservadores y ultraderechistas. Asociaciones empresariales también salieron a la palestra para criticar al líder de Jusos. "¡Populistas del mundo uníos!", llegó exclamar el diario conservador Die Welt, ilustrando en fila a Kühnert junto a Jean-Luc Mélechon, líder de Francia Insumisa, y a Pablo Iglesias, líder de Podemos, entre otros.


En declaraciones a la revista Der Spiegel, Kühnert se reafirmaba días después de la lluvia de críticas tras la publicación de la entrevista y decía haber hablado "en serio" cuando mencionaba la idea de colectivizar empresas como BMW. La colectivización no figura precisamente entre las prioridades del SPD, partido que actualmente forma una coalición gubernamental con la Unión Cristiano Demócrata (CDU) de Angela Merkel y la Unión Socialcristiana de Baviera (CSU), partido conservador bávaro hermanado a la formación de la canciller.


De ahí que hubiera personalidades del SPD, como el diputado del Bundestag Johannes Kahrs, que descalificaron abiertamente al líder de Jusos. "Menudo disparate. ¿Qué ha fumado éste?", afirmaba Kahrs en su cuenta de Twitter. En tono menos ofensivo pero no por ello más conciliador reaccionaba la presidenta del SPD, Andrea Nahles. "Veo equivocadas las respuestas que da Kevin Kühnert", dijo la lideresa de los socialdemócratas germanos. Sin embargo, en el SPD, también los hay comprensivos con Kühnert y con los motivos por los que el líder de Jusos habla ahora de colectivizar BMW o, como el año pasado, de subir el salario mínimo a 12 euros la hora cuando ese mismo salario mínimo estaba entonces en algo más de 8,5 euros la hora. La coalición de Gobierno lo incrementó a 8,84 euros el año pasado.


"La excitación causada por las afirmaciones de Kühnert muestran que ha planteando el buen interrogante: (…) la cuestión del reparto de la riqueza", ha dicho en este sentido el responsable de Interior de la ciudad-estado de Berlín, el también socialdemócrata Andreas Geisel. Con él coincide Alexander Kritikos, del Instituto Alemán para la Investigación Económica (DIW, por sus siglas alemanas).


Un SPD sumido en una crisis existencial


"Uno tiene que diferenciar entre esas afirmaciones de Kühnert y el por qué él dice lo que dice. A saber, uno tiene que pensar en qué se puede hacer para que la economía de mercado funcione mejor", dice Kritikos a eldiario.es. "Hay problemas como el reparto de la riqueza. En los últimos años, aunque hubo crecimiento económico, la mitad menos favorecida no sacó provecho de ese crecimiento", abunda este investigador. Éste es el contexto en el que se expresa Kühnert, quien no habla de socialismo queriendo repetir experiencias como la de la extinta República Democrática de Alemania (RDA).


El SPD, como muchos otros partidos socialdemócratas en Europa, se ha convertido de un tiempo a esta parte en un partido en crisis. Los socialdemócratas, liderados por Martin Schulz, firmaron el peor resultado de su historia en las pasadas elecciones generales de 2017 (20,5%). Ese desastre electoral forzó en último término que a Schulz le sustituyera Nahles. Pero con ella al frente, el SPD, que en su día fue el gran referente de la izquierda alemana, sigue sumido en una profunda crisis existencial.


Los sondeos no hacen pensar que la depresión políltica socialdemócrata esté resuelta. Al partido los sondeos de intención de voto le atribuyen ahora un 15%. El SPD está por detrás en las encuestas de la CDU/CSU (29%) y de Los Verdes (20%), y no muy por encima de la ultraderecha. La formación ultra Alternativa por Alemania (AfD) se identifica hoy por hoy con un 13% del electorado.


Las ideas de Kühnert, aunque no sirvan para reanimar del todo a su partido, permiten al SPD no perder de vista lo que parece ser para la izquierda el signo de los tiempos. "No sé si la idea de la colectivización va ayudar al SPD a forjarse un perfil, pero el SPD tiene todavía que plantearse qué políticas quiere representar, y posicionarse", concluye Kritikos.

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El poder en Francia vive bajo el influjo amarillo

El movimiento dejó una estela poderosa que abrió brechas de debates y cuestionamientos sobre la economía, la solidaridad colectiva y las fallas de la democracia.

Ya no importa saber si son muchos o pocos, si llegan a 50 mil o a apenas unos miles. Los chalecos amarillos se han metido por todos los intercisos de la sociedad y la habitan de forma expandida, más allá de las cifras de sus movilizaciones, los relatos de sus divisiones o la contra propaganda del gobierno y los medios que, con todas las artimañas, intentan expulsarlos de la escena social a través de procesos groseros y violentos de deslegitimación. El movimiento que surgió a mediados de noviembre de 2018 es una pesadilla de un solo color. Este sábado, en lo que fue el acto número XXV de su irrupción callejera, el movimiento reunió en París no más de 2000 personas. Pero el impacto de esa estrecha presencia callejera testimonia una suerte de tensión que rodea todo lo que ocurre en torno al color amarillo. Primero fueron un enigma social, luego un desafío al poder, después un dolor de cabeza político y un cuestionamiento de la desigualdad arraigada en el sistema liberal, más tarde una exigencia de renovación institucional y de justicia fiscal, al fin, un fenómeno cultural a través del cual se interrogan todas las injusticias pasadas y presentes de los liberalismos que gobiernas al mundo. Aún no pasó a la historia y, no obstante, el movimiento amarillo vive en un tiempo presente que se prolonga y ha atraído detrás de él una extraordinaria producción de libros, artículos y ensayos. Es hoy un vasto territorio de papel surgido desde el fondo de un país al que se creía “indiferente” ante la política.


En el libro Le fond de l’air est jaune (El Fondo del aire es amarillo), el periodista Joseph Confraveux (Mediapart) pone de relieve una dimensión fuera de lo común: durante los últimos 30 años de luchas sociales y movimientos de todo tipo, nadie logró instalar en la sociedad el tema de la “injusticia social”. Los chalecos amarillos sí. Se han convertido en una suerte de subconsciente que desvela a quienes tratan de presidir los destinos colectivos de Francia. La presidencia de la República y el gobierno llevan seis meses diseñando respuestas para contener la bronca de esa Francia que no ha perdido su encono hacia el poder. Desde diciembre de 2018, cada paso del poder sigue las huellas amarillas. A finales de abril, el presidente Emmanuel Macron inició un proceso de descontaminación de la imagen que lo persigue desde mayo de 2017 y cuyos rasgos fueron acentuados por los chalecos amarillos. Una suerte de presidente Rey que todo lo hace, todo lo puede y todo lo controla. Macron decidió “compartir” con el primer ministro Edouard Philippe la implementación de las medidas que el mismo Macron anunció unos días antes como resultado del “gran debate nacional” que el macronismo inventó como fórmula para apaciguar la revuelta amarilla cuando esta se encontraba en su máximo nivel. Todo empieza de amarillo y termina con el mismo color. Emmanuel Macron animó en persona ese debate al cabo del cual reconoció que en el país existía “un profundo sentimiento de injusticia fiscal, territorial y social. Y hay que darle una respuesta”. El mandatario decidió mejorar las jubilaciones y bajar los impuestos. No se sabe aún de donde sacará los 5000 millones de euros que ese recorte fiscal implica pero lo cierto es que es una de las respuestas directas al malestar que originó el volcán de los chalecos. Aunque las manifestaciones amarillas de los sábados atraen cada vez menos gente, estas se han institucionalizado y convertido en un “termómetro” al que se consulta como un oráculo. El movimiento dejó una estela poderosa que abrió múltiples brechas de debates y cuestionamientos sobre la economía, las finanzas, la fiscalidad, la democracia, la justicia social, la solidaridad colectiva, la igualdad, los medios de comunicación, las redes sociales, las fallas de la democracia representativa y los muchos mecanismos de sumisión de que cuenta el poder. El llamado “sistema” recibió un golpe de tales magnitudes que, incluso si no perdió el combate, sigue en medio del ring aturdido por los golpes.


Hace un par de días, el diario Libération publicó una columna firmada por más de 1500 actores de la cultura en respaldo a la revuelta amarilla. Bajo el título “Chalecos amarillos, no nos engañamos”, actores, periodistas, científicos, escritores, dibujantes y guionistas escriben que no sólo se trata de un fenómeno “sin precedentes” sino, también, de que los chalecos amarillos constituyen “un movimiento que el poder quiere desacreditar y al que reprime severamente cuando, en realidad, la violencia más amenazadora es económica y social”. Los “chalecos amarillos somos nosotros”, escribe este grupo. Los firmantes impugnan de forma muy firme el extraordinario arsenal legislativo y policial con el que el macronismo se dotó para reprimir a los chalecos amarillos y, por añadidura, a todo aquel que se le ocurra manifestar. Los autores de la columna estiman que esa represión “pisotea nuestras libertades individuales”. Basta con salir a la calle con los chalecos para comprobar la exacerbación y la violencia desmedida con la que actúa la policía. De los palos y los gases, en París, no se salva nadie: hombres o mujeres, jóvenes o de tercera edad, sanos o minusválidos, todos han vivido el violatorio privilegio de verse insultados, agredidos o maltratados por la policía. Y los que fueron arrestados incluso de forma injustificada, con falsas acusaciones policiales, experimentaron la justicia parcial y expeditiva de los tribunales de “comparecencia inmediata”.
El poder vive aún bajo el influjo amarillo, tiene miedo e incurre en una suerte de exceso autoritario que termina por empanar la ética democrática de la cual el país se prevalece ante el resto de los mundo. Sin buscar ese objetivo, los chalecos amarillos mostraron todas las contradicciones de las democracias modernas: desde su desigualdad de raíz, hasta su autoritarismo armado cuando se trata de reprimir y criminalizar a los movimientos sociales. Esa violencia, sumada a la que desparraman los Black Blocs y otros extremistas, fueron poco a poco adquiriendo el protagonismo de las marchas amarillas. Por ello, los autores de la columna publicada en el matutino Libération invitan a renovar la apuesta para resurgir:

“utilicemos nuestro poder, el de las palabras, el de la música, el de la imagen, el del pensamiento y el del arte para inventar un nuevo relato y apoyar a todos aquellos y aquellas que, desde hace meses, luchan en las calles y las rotondas”. Los chalecos amarillos ganaron una batalla objetiva y subjetiva substanciales: empujaron al poder a reflexionar, a trastornar su agenda, a mirar hacia la gente. Luego, reinstalaron temáticas de autonomía, de libertad y de justicia que parecían enterradas. Entonces no importa cuántas personas manifestarán cada sábado. Los chalecos amarillos han impregnado toda la sociedad. Llegaron a ese cielo influyente donde viven los poderes inmateriales.


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 Luz Marina Monzón. Camilo Rozo

La directora de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas, surgida de los acuerdos de paz, calcula cerca de cien mil casos

Luz Marina Monzón (Villavicencio, 1964) lleva media vida dedicada al tema de los desaparecidos en Colombia. Desde que comenzó a trabajar con la Comisión Colombiana de Juristas, hace más de 20 años, ha representado algunos de los casos más emblemáticos. Abogada con especializaciones en ciencias penales y criminológicas y derechos humanos, dirige desde hace poco más de un año la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), la entidad encargada de atender las estremecedoras dimensiones del fenómeno en medio del conflicto armado que durante más de medio siglo ha asolado Colombia. Con cerca de cien mil casos, la cifra supera a todas las dictaduras del Cono Sur.


Surgida de los acuerdos de paz con la exguerrilla de las FARC, la Unidad hace parte del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, en conjunto con la Comisión de la Verdad y la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), que dos años y medio después de la firma del pacto aún enfrenta resistencias en algunos sectores del Centro Democrático, el partido del presidente Iván Duque. En este contexto, Monzón comienza este lunes una gira para fortalecer relaciones con autoridades, organizaciones de derechos humanos y familiares en el exilio en Madrid, Berlín y Barcelona.


Pregunta. El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) ha dicho que la búsqueda de desaparecidos es el reto de más largo aliento para Colombia


Respuesta. Estoy totalmente de acuerdo. Por un lado, la dimensión del problema es gigantesca. Nosotros estamos teniendo una aproximación a un universo que no está definido en el país, que es más o menos cien mil personas. La gran deuda es determinar cuántos y quiénes son los desaparecidos en Colombia. El período durante el cual ha tenido lugar la desaparición es extenso, eso indica que el desafío de la búsqueda implica abordar distintos escenarios históricos, geográficos… ¿Vamos a encontrar a todos los desaparecidos? No necesariamente. El desafío es de largo aliento. Si esta búsqueda se hace con la responsabilidad, con el respeto y con la entereza científica, personal y humanitaria que demanda este mandato podemos construir muchas bases de convivencia y paz.


P. Usted tiene una extensa trayectoria que precede a la Unidad. ¿Recuerda alguna historia en particular que ilustre el drama de la desaparición en Colombia?


R. La desaparición colectiva de 43 campesinos en el corregimiento de Pueblo Bello, en el Urabá [en 1990]. Pensar en una experiencia de un corregimiento de muy pocos habitantes, donde una noche se llevan 43 hombres de esa comunidad, cómo queda devastada no solamente la familia sino toda la población. Destruye no solamente la vida de esos familiares que se dedican a buscar, sino la seguridad de esa comunidad y los lazos que se construyeron de confianza, de progreso, de proyección. De la noche a la mañana llegaron y sometieron a estas personas, se las llevaron y nunca más volvieron a saber. Cómo se transformó esa vida colectiva de ese corregimiento me impactó bastante. Haber escuchado a los familiares decir que durante meses dormían en los potreros porque temían que si dormían en las casas iban a llegar nuevamente. Eso es atroz.


P. ¿Qué es lo más difícil de buscar personas desaparecidas en Colombia?


R. El mayor obstáculo es la información. Cuando emprendes la búsqueda deberías planificar, luego hacer los hallazgos y luego emprender lo que es todo un proceso de identificación. Todas esas actividades están sustentadas en algo común, que es la información. Qué calidad de información tienes disponible, qué tan actualizada está, qué tan completa, es lo que te permite llegar a conclusiones en cualquiera de esas fases. Eso no se ha consolidado en Colombia. La fiscalía tiene la información de la investigación penal; Medicina Legal la de su trabajo de necropsias sobre cuerpos; el Centro de Memoria Histórica la que le da su mandato de hacer memoria en este país; la Unidad de Víctimas, un registro dirigido a la reparación. Son pedacitos de información, valiosísimos, pero no completos. Ese es el gran desafío de la búsqueda.


P. ¿Cómo se articula el trabajo de la Unidad con la Comisión de la Verdad y la JEP?


R. Ha sido un gran desafío. El concepto es interesante, pero el diseño es retador. Es importante que se piense un sistema en el que una sola institución no sea encargada de la satisfacción de todos los derechos, sino que se divida el mandato. Sin embargo, las instituciones no tienen la misma vigencia. Hay una Comisión de la Verdad de tres años, una JEP que tiene 15 años (prorrogables otros cinco), y una Unidad de Búsqueda que tiene 20 años. La búsqueda no tiene el mismo dinamismo que tiene la construcción de un proceso de verdad, y mucho menos la construcción de un proceso judicial. La sincronía está siendo unos de los retos más grandes.


P. ¿Teme que algún sector se oponga a la búsqueda de víctimas?


R. No debería pasar, es un acto humanitario para darle alivio al sufrimiento de tanta gente que vive en la incertidumbre. Pero hay circunstancias que pueden ser un riesgo para la Unidad. Por ejemplo, la persistencia del conflicto armado.


P. ¿Que le pediría al presidente Duque para poder desarrollar su labor?


R. Que pusiera en su agenda prioritaria la búsqueda de los desaparecidos. Que comprendiera la necesidad que tiene el país de reconocer no solamente una reparación en los términos económicos en los que se ha implementado hasta ahora, sino en los términos de reconocimiento y dignificación de quienes buscan a tantas personas sobre las cuales no se conoce su paradero.


Son sufrimientos muy distintos. La Unidad no solamente va a buscar a las personas desaparecidas forzadas, va a tener que buscar a quienes fueron secuestrados, donde las familias dieron quizás mucha plata por su rescate y no supieron nunca más de ellos. Familias a las que un día les arrebataron a sus hijos de sus casas, de sus fincas, y nunca más volvieron a saber de ellos porque fueron reclutados. Todos están buscando, pero las vivencias son distintas. Todo eso conspira contra una convivencia pacífica. El reconocimiento y el respaldo a la búsqueda de los desaparecidos tiene que ser la perspectiva de la construcción de paz en este país.


P. ¿Ha llegado a sentir falta de recursos, o de voluntad política?


R. Sí. No tengo los recursos que deberían haberse dispuesto para este año por parte del Gobierno. No veo en algunos momentos la disposición a darle lugar a este tema en la agenda política, y creo que eso dificulta aún más la tarea.


P. ¿Cómo definiría el momento que atraviesa Colombia?


R. Un momento de un gran desafío, de una gran responsabilidad y de una gran oportunidad.


P. ¿El país está experimentando una batalla por la memoria y el relato del conflicto?


R. Sí, pero justamente me parece que esa es una gran oportunidad. Estamos dando una batalla por la memoria y no una batalla por la vida.

Por Santiago Torrado
Bogotá 6 MAY 2019 - 01:31 COT

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Martes, 30 Abril 2019 05:03

El poder y la locura

El poder y la locura

Quien consolida el mando sin término ni restricciones sólo atiende su propio criterio obsesivo

Los temas que la literatura nunca abandona, porque se hallan en la sustancia de la condición humana, son pocos: el amor, la locura, la muerte, el poder. Lo sabían bien los trágicos griegos, sabios en representar el poder como una forma de locura; y no hay nadie más explícito que Shakespeare al examinar esta enajenación capaz de trastornar el mundo. A Eurípides se atribuye una frase lapidaria, aquella de que los dioses vuelven loco primero a aquel a quien quieren perder, como ocurrirá con Ricardo III, “alguien criado en sangre, y en sangre asentado”.


El poder entorpece la razón de quienes lo ejercen con desmesura, y entonces terminan llamando la atención de los dioses, que, según recuerda Herodoto, nunca se ocupan de las acciones de los pequeños e insignificantes, porque estos, alejados del ruido, no suelen despertar sus iras, “puesto que la divinidad sólo tiende a abatir a aquellos que descuellan en demasía”. Para eso tienen a su disposición a Némesis, la deidad de la venganza, presta a lanzarse contra el demonio de la hubris, esa enfermedad que pierde a los mortales encumbrados en su vanidad y en su orgullo destructivo cuando son dueños del mando absoluto.


Némesis castiga sin piedad a quienes se erigen por encima de los demás mortales sin atender a ninguna clase de límites, sordos a los clamores de la ley y a las voces de la cordura, porque se convierten en posesos de esa hubris que emponzoña sus cerebros y los nubla de vapores maléficos. Es la locura a que Lady Macbeth incita a su marido para apoderarse del reino usando de los instrumentos más mortíferos y eficaces, la traición, la vileza, la falta de escrúpulos, la perfidia, y el asesinato como necesidad de estado.


El síndrome de hubris tiene hoy categoría clínica gracias al médico y político británico sir David Owen, quien define las características principales de este padecimiento mental, tan viejo y persistente, en su libro de 2008 En el poder y en la enfermedad; un trastorno de la personalidad que no se da sino en el medio de cultivo del poder, que lo activa y exacerba.
El poder que enajena los sentidos y altera radicalmente la conducta es aquel que llega a tener carácter de absoluto, y que ha sido conseguido gracias a un éxito aplastante, por ejemplo una revolución armada, un golpe de estado, un triunfo electoral avasallador que como consecuencia favorece la supresión de las reglas del juego democrático.


El predestinado obedece a su propia obsesión y se quedará por largos años, las más de la veces sin plazo definido, y sin controles ni contenciones, porque todo el aparato de estado llega a funcionar bajo su arbitrio único. El tiempo desaparece de su mente, y aún la idea de la muerte le llega a parecer extraña.


El poder que enajena los sentidos y altera radicalmente la conducta es aquel que llega a tener carácter de absoluto, y que ha sido conseguido gracias a un éxito aplastante
Quien consolida el mando sin término ni restricciones sólo atiende su propio criterio obsesivo; se niega a escuchar a los demás, y quienes lo rodean temen expresar sus propias opiniones; el examen de los detalles al tomar las decisiones se torna irrelevante porque lo que importa son los propósitos mesiánicos.


Es un poder narcisista, y lo único que vale es la búsqueda obsesiva de un lugar en la historia. Es cuando el dueño del poder absoluto comienza a hablar en tercera persona al referirse a sí mismo, o se envuelve en el nosotros mayestático. Y si llega a pensar que no es comprendido en su tiempo, tiene la certeza absoluta de que la historia, que también es propiedad suya, le hará justicia.


Ahora sólo es capaz de hablar consigo mismo. Es el monólogo de la soledad, donde sólo hay justificaciones complacientes ante cada acción emprendida. La pérdida de contacto con la realidad se le vuelve imperceptible.


Y la visión mesiánica, que crece en el vacío de la irrealidad, no se cuida de los costos políticos. Todas las decisiones son acertadas, y por tanto moralmente válidas. El dueño del poder, que es a la vez dueño de la verdad, se acerca al abismo sin darse cuenta porque no queda nadie que se lo advierta.


Némesis llega para restablecer el equilibrio natural del universo, en el que la desmesura debe ser corregida, no importan el ruido y la furia con que el hubris se deshace en pedazos en su caída. Al fin y al cabo se trata de derribar ídolos de sus pedestales de cera, y el bronce hueco resuena en ecos contra el suelo.

Por Sergio Ramírez
29 ABR 2019 - 17:00 COT

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Viernes, 26 Abril 2019 06:17

La ideología sin ideología (II)

La ideología sin ideología (II)

Poco después de la caída del muro de Berlín, tuvimos que soportar una avalancha de discursos, políticas neoliberales y muletillas como El fin de la historia (un verdadero poema épico) y El choque de las civilizaciones (nueva poesía llamando a nuevas hazañas). No era muy difícil ver que lo que tendríamos sería más bien un choque de intereses y que mientras haya algo por construir y por destruir habría historia, que es como decir mientras haya que respirar para seguir viviendo. 

Por entonces, a pesar de los múltiples ejemplos de recientes dictaduras capitalistas en América Latina, el dogma triunfante era la eucaristía entre el capitalismo y las democracias liberales a un punto que se confundía una con otra de la misma forma que se confundía socialismo con dictadura. Ambas confusiones que cualquiera puede detectar hoy en día en cierta clase de estadounidenses (o desesperados candidatos a serlo) anestesiados en los medios cada día, en los bares los sábados de noche y en las iglesias donde van a lavar los trapos sucios los domingos por la mañana.


Los heraldos de ese orden neoliberal y de pensamiento único nunca se imaginaron que unas décadas después estaríamos viviendo en un nuevo casamiento promiscuo entre la última forma de capitalismo y las nuevas variaciones de democracias antiliberales y, en casos, entre capitalismo y comunismo, como es el caso de China. El capitalismo ha sido un habilidoso promiscuo, capaz de mantener relaciones carnales con sus más impensados antagónicos, como lo fueron el cristianismo, las democracias liberales y el comunismo. No es casualidad ni es un fenómeno extraño. Si por algo se caracterizan los fanáticos de cualquier religión es por contradecir sus propias raíces para servir a sus propios intereses. Hoy en día, por ejemplo, son los cristianos conservadores quienes más obsesionados están en demonizar a los de abajo. Todos los grupos sociales siempre temen más a los de abajo que a los de arriba que los gobiernan y explotan. Pero en el cristianismo capitalista llega a la patología de demonizar a los más débiles de una sociedad (los pobres, los inmigrantes) y a arrodillarse indulgentes ante los más ricos y poderosos que hacen y deshacen el gobierno y el país a su antojo. Una paradoja vergonzosa para los seguidores de un rebelde que vivió rodeado de todo tipo de marginales y finalmente fue ejecutado por el poder imperial del momento. Todo lo cual no sólo es una contradicción sino una cobardía radical de quienes se asumen, como suelen repetir en el himno nacional, individuos “en la tierra de los libres y en la casa de los valientes”.


Tampoco esto es casualidad. Toda “narratura” es una máscara de una realidad que conviene invisibilizar o travestir. Uno de los pilares básicos de la narrativa neoliberal consistía en confirmar la “muerte de las ideologías”, como si la suya fuese una expresión de las ciencias o de la naturaleza y no una ideología en sí misma, una de primer grado. Claro que una de las fortalezas del neoliberalismo y de su padre, el capitalismo, consiste en la simpleza casi primitiva de sus fundamentos: creer que la libertad es una lluvia que cae sobre todos por igual o adoptar mitos como el que afirma que si ayudamos a los ricos a ser más ricos, algo de toda esa riqueza se derramará algún día a los de abajo. Basta con un simple acto de fe y cierto entrenamiento pornográfico para adoptar semejante fantasía.


Los otros pilares son también contradictorios: el nacionalismo apela a un sentido de la neutralidad ideológica. Esa bandera, que representa a España o a Brasil o a EE.UU., es la misma siempre y, al representar a todos los ciudadanos, debe ser neutral. Por supuesto, su uso y abuso narrativo no lo es.


Estas supersticiones no difieren de aquella que afirma que las iglesias son políticamente neutrales, que su objetivo y acción es la salvación de las almas y no de los cuerpos. No hay nada más político que la pretensión de neutralidad política. Si hubo un hombre político, en el sentido profundo de la palabra, ese fue Jesús, razón por la cual fue ejecutado.
El dogma, la ideología (neo)neoliberal a partir de los 70s, se podría resumir en los siguientes mandamientos:


• Privatiza. Los privados siempre lo hacen mejor que el gobierno.


• Reduce el maldito gobierno. Un momento. Reduce solo aquellos programas que beneficien a las mayorías sociales, como salud, educación, retiros, seguros de desempleo, canastas de alimentación, etc.


• Austeridad ante todo (¿Han observado que quiénes más recomiendan austeridad son los superricos?)


• Militariza. No todo el gobierno es malo. Aumenta el poder del ejército y la policía, que deben quedar en manos del gobierno porque le asegura a los más ricos (especialmente desde el siglo XIX en América Latina hasta hoy) estabilidad social ante las crisis que crean las políticas de libertad desigual. (Desde los tiempos de la colonia, todos los alzamientos sociales fueron provocados por las diferencias sociales del continente más desigual del mundo).


• Desregula, el trabajo de los de abajo y los límites de inversión y desinversión de los de arriba. Los trabajadores serán libres de irse sin sus trabajos y los inversores serán libres de irse con su dinero.


• Deja hacer. Elimina toda interferencia del gobierno en la economía, excepto cuando éste debe acudir al salvataje de sus sabios operadores del mercado. Los grandes inversores deben arriesgar seguro: cuando aciertan, se llevan las ganancias por mérito propio; cuando se equivocan, los gobiernos los salvan por vergüenza ajena.


• Libera el mercado. Cuando las democracias neoliberales no puedan contener el descontento popular, se debe garantizar esta libertad por todos los medios, incluso con dictaduras militares. En realidad no es libertad de mercado sino libertad de los capitales. Pero no lo digas así.


• Sacraliza y demoniza. Lloverás narraciones dogmáticas que incluyan la demonización de toda alternativa y la prevención de cualquier ejemplo alternativo. A los desastres sociales y económicos, como en el Chile de Pinochet, llámalos Milagro.


• Predica con el ejemplo. Las potencias occidentales se encargarán de invadir y aplastar “malos ejemplos” que pudiesen desafiar el dogma neoliberal, mientras los ejércitos vernáculos, como los de Medio Oriente, África y América Latina se especializarán en reprimir a sus propios pueblos, ya que prácticamente desconocen la guerra con otros ejércitos nacionales. Para eso están los ejércitos centrales de Europa, Estados Unidos y, pronto, China.


Todos estos preceptos son altamente ideológicos por lo cual la pastilla no está completa sin su cápsula, sin sus elementos ideoléxicos que consisten siempre en sustituir una realidad por su símbolo opuesto.


Por ejemplo, como anotamos al principio, para vaciar de elementos progresistas o independentistas de bloques como el Mercosur se recurre (Macri, Bolsonaro, etc.) al discurso de la desideologización, de la despolitización y la neutralidad de los mercados. Nada de eso se aplica cuando se bloquean económicamente países menores o más débiles como Cuba, Venezuela, Irán y cualquier país que no se alinea a los intereses y a la ideología del interesado. Nada de este rol de policía del mundo es cuestionado ni se sospecha de tener algo que ver con alguna ideología o con alguna dictadura capitalista como China o Arabia Saudí.


Más en Las narraturas del capitalismo (2019) y The Autumn of the West (2019)


Primera parte: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=255128

Jorge Majfud
Rebelión

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Sindicato de millonarios, huelga de capitales

Es mil veces más fácil y más efectivo creer que los pueblos le deben la justicia social y el progreso material a un puñado de multimillonarios que creer que el calentamiento global y la desaparición de los insectos les deben algo a los humanos.


Es mil veces más fácil y más efectivo organizar una huelga de capitales que una huelga de trabajadores. Es mil veces más fácil organizar un sindicato de millonarios para presionar, a su antojo, a los pueblos y a sus gobiernos, que un sindicato de maestros, de obreros, de empleados de un supermercado o de peones rurales. Cuando a un trabajador no le gusta su trabajo o su salario tiene la libertad de irse sin su trabajo y sin su salario a otra parte. Cuando a un inversor no le gusta el trabajo ajeno o los salarios ajenos, tiene la libertad de irse con su dinero a otra parte.


En los países donde es al revés, es porque la huelga de capitales ya ha ocurrido de una forma masiva y el país se encuentra quebrado o acosado por quienes gobiernan el sistema económico que nos gobierna a todos los demás.


En los países donde es al revés, las inundaciones son responsables de la lluvia y los trabajadores son responsables de la miseria y de las crisis sociales.


Ningún gobierno del mundo que promueva el interés general, la solidaridad social de programas de educación, de salud o de desarrollo equitativo puede tener alguna chance de continuidad y de crecimiento económico si antes no deja claro que reconoce la sacralidad de las transnacionales y sus escribas.


Ningún gobierno del mundo que promueva el interés general puede tener alguna chance de continuidad y de crecimiento económico si antes no se inclina ante aquellos inversores que juegan con miles de millones (de dólares y de personas) con la misma responsabilidad con la que beben whisky y le tocan el culo a una empleada de hotel.


Ningún gobierno que reconozca que todo el progreso social y económico del mundo presente no es el producto de un puñado de exitosos millonarios sino de siglos de luchas sociales y de miles de contribuciones de pensadores y de modestos genios de las ciencias y la tecnología, casi siempre asalariados, tiene posibilidades de continuidad.


Todos los gobiernos del mundo, sean de derecha o de izquierda, de arriba o de abajo, deben proteger, como perros rabiosos, la libertad absoluta de los capitales para aterrizar en sus países y para volar a sus paraísos seguros (safe havens) cuando se les plazca, que es siempre cuando a las sociedades se les ocurre realizar algún reclamo sobre su contribución a la riqueza. Es ahí cuando las sociedades quiebran y los pueblos entienden que con las limosnas vivían mejor.


Es decir, a los grandes capitales no sólo se los debe adular, en la práctica y en los cuentos de hadas, sino que también se les debe garantizar el derecho privado a la extorsión universal.
Está de más decir que este sistema, organizado y gobernado por un puñado de multimillonarios, padres fundadores y protectores de todo el progreso de cada país (desarrollado o subdesarrollado, exitoso o arruinado), padres sacrificados e incomprendidos protectores de la humanidad, de una humanidad irresponsable, no tiene un ápice de democrático.
Razón por la cual la Libertad y la Democracia son sus banderas, esas mismas que ondean como péndulos ante los ojos de los pueblos que luego irán a linchar a quienes no están de acuerdo con este estado de hipnosis colectiva.


* Escritor uruguayo-estadounidense.
Profesor en la Jacksonville University.

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Brasil: la demolición de una potencia global

Cuando se escriba la historia de la segunda década del siglo XXI, podrá decirse que una de las principales potencias emergentes, integrante de los BRICS y líder de la integración de la región sudamericana, ingresó en un proceso de demolición de sus posibilidades como nación independiente.

 

Los datos que van saliendo a la superficie avalan esa afirmación. Más aún, puede decirse que una parte de las elites militares, empresariales y del Estado brasileño, promovieron el desguace de todo vestigio de independencia nacional, lo que evidentemente favorece los intereses de Washington.


Tres son los aspectos destacados de esa auto-destrucción: el desmoronamiento de la burguesía brasileña que era la más importante de América Latina, el retroceso en los avances tecnológicos que sustentaban un desarrollo autónomo y la neutralización del nacionalismo militar. Las tres han estado estrechamente vinculadas desde la década de 1950, cuando el país comienza su industrialización.


En la segunda década del siglo, Brasil perdió su sector de alta tecnología, lo que le impide llegar a ser un país innovador mientras se hunde como exportador de materias primas sin procesar, como mineral de hierro y soja. En la década de 1980, las empresas de alta tecnología representaban casi un 10% del PIB (9,7% exactamente), porcentaje que cayó al 5,8% en 2018.


Según el autor del estudio, el economista Paulo César Morceiro de la Universidad de Sao Paulo, "la industria de mayor tecnología en Brasil no consiguió sostener su pico de participación en el PIB ni siquiera durante una década". Considera que es un resultado penoso si se lo compara con la performance de los países en desarrollo. "Sin desarrollar ese sector, será difícil avanzar hacia el escalón de la industria 4.0, que combina industria y servicios sofisticados", concluye el economista.


El problema de Brasil es que tanto la agropecuaria como la industria extractiva cuentan con ventajas competitivas que abaratan las exportaciones, pero bloquean el desarrollo tecnológico, en el cual el Estado debe tener un papel destacado. "Hace mucho tiempo que la agenda predominante en Brasil se restringe a la macroeconomía. No hay política industrial ni inversiones en innovación", asegura Morceiro.


Brasil es un país desanimado, sin objetivos de largo plazo. El sector industrial retrocedió a 1947, al llegar a su menor participación en el PIB, con apenas el 11,3% en 2018. En 1986 la industria alcanzó su punto más alto, con una participación de 27,3% del PIB. Ningún sector de la industria aumentó su participación en la producción total desde la década de 1980: ni la de alta intensidad tecnológica ni la de menor, como textiles, vestimenta y bebidas.


Otro profesor de la USP, Glauco Arbix, sostiene que "los países que más se desarrollaron fueron empujados por empresas de alto dinamismo que aceleran el conjunto de la economía". El caso más exitoso ha sido la aeronáutica Embraer, que acaba de ser absorbida por la estadounidense Boeing, privando al país de un sector de alto contenido en tecnologías de punta.
Es probable que el desarrollo brasileño se haya agotado en la década de 1980, en la etapa final del régimen militar (1964-1985). Las elites parecen haber optado por mantener sus privilegios (Brasil está entre los diez países más desiguales del mundo), trasladando sus riquezas a paraísos fiscales, a costa de mantener al país estancado y sin rumbo.


La crisis política está agravando la falta de rumbo y la retroalimenta. El repliegue de un empresariado conservador crecido a la sombra de los contratos con el Estado, el temor de las elites a las mayorías negras y pobres, la falta de entereza y de pulso de los militares —que en otros períodos sustituyeron al empresariado y a los políticos como punta de lanza de un desarrollo con proyecto de nación—, están en la base de la crisis en curso.


En los momentos decisivos de la historia de Brasil, la década de 1930 y la de 1960, los militares fueron los encargados de ponerse al hombro las tareas que nadie se animaba a enfrentar: la quiebra de la oligarquía terrateniente en el primer período, para abrir las puertas a la industrialización; el diseño de un proyecto de nación, en la segunda posguerra. En ambos casos las fuertes inversiones en infraestructura, energía y transportes, y la modernización del parque industrial, sacaron durante un tiempo al país del atolladero.


El grueso de las grandes empresas estatales fueron creadas en uno de los dos períodos, desde Petrobras hasta Embraer. Ahora se proponen privatizar empresas estratégicas, como Embrapa (Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria), que juega un papel central en el desarrollo de tecnologías para la producción de alimentos y de la agroindustria.
Fue creada en 1973, cuenta con 41 centros de investigación, está presente en casi todos los estados, tiene casi 10.000 empleados, de los cuales 2.500 son investigadores. Ha desarrollado investigaciones que permitieron mejorar desde las razas bovinas (Brasil es uno de los primeros productores de carne del mundo) hasta variedades de caña de azúcar que pueden ser cosechadas mecánicamente.


Eliseu Alves, fundador y expresidente de Embrapa, muestra que desde 1973 hasta hoy "el conocimiento sobre sistemas de producción impactó más en la agricultura brasileña que los equipamientos, máquinas y semillas". Se refiere a "los conocimientos sobre la tierra, los factores de producción, el contexto de la tecnología".


Prueba de ello es que la producción agrícola crece a tasas más altas que los insumos, porque el llamado conocimiento "no cristalizado", el que se refiere a "lo que está entre las orejas", es responsable del 89,8% de la producción agrícola. En 1979 ese índice estaba en 64,1%.


La privatización de Embrapa sólo puede beneficiar a las grandes multinacionales del sector, como Monsanto. El argumento del ministro de Economía, el neoliberal Paulo Guedes, es que la empresa tiene déficit. Un argumento mediocre destinado a mantener la dependencia y estancamiento del país. Si el rumbo no cambia, dos de las empresas más importantes en tecnología (Embraer y Embrapa) habrán sido engullidas por las multinacionales.


Con este panorama, la demolición de Brasil habrá avanzado lo suficiente como hacer casi imposible un retorno al camino del país emergente, o "global player", que se podía imaginar años atrás.

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Sábado, 13 Abril 2019 16:07

Un espíritu fétido

Marluz Navarro

No pasa un día sin que se conozca de alguna arbitrariedad policial, creciente desde hace algunos meses, cuando el Código de Policía dejó su etapa pedagógica, para dejar escapar con su explayada y arbitraria aplicación el espíritu autoritario que lo insufla.


El primer asombro ciudadano llegó al conocerse la famosa multa sufrida por un transeúnte común y corriente, de más de 800 mil pesos –multa tipo 4*– por estar comprando una empanada en espacio público.
La respuesta en diversidad de sectores sociales fue de estupor, en algunos de rabia y en otros de incredulidad. ¡No puede ser!, decían unos y otros, pero así era, y así continúa siendo: día tras día, multas de tal estilo y cantidad de dinero son aplicadas por los más risibles comportamientos: por correr en una terminal de transporte y así “alterar el espacio público”; por ocupar y vender de manera ilegal en espacio público; por reírse e irrespetar a la “autoridad”; por actuar de manera solidaria con alguien que estaban multando e interponerse ante la “ley y la autoridad”.


Usted puede imaginar otro diez, cien, mil o más inculpaciones, creíbles e increíbles, argumentadas por el agente policivo de turno, pues la norma pretende reglar todo, disciplinar, encauzar el ‘buen’ comportamiento, garantizando así que algún día en este tipo de sociedad –del trópico– se deje la chabacanería y se atienda la ley –la legalidad, diría Duque–, única manera de ser productivos y pasar del “subdesarrollo” al “desarrollo”, como lo promete la reciente inclusión de Colombia entre los países de la Ocde, precisamente los de las “buenas prácticas”, entre las cuales demandan que el espacio público debe estar libre, facilitando así la efectiva circulación de mercancías. Además de garantizar la seguridad jurídica, pudieran decir otros –léase el monopolio del negocio–, para quienes están formalizados y cancelan los cada vez más onerosos tributos a las arcas municipales, además de sostener a la Cámara de Comercio, ese negocio de pocos que debiera ser público pero es privado.


Téngase en cuenta el momento en que fue tramitado el Código y el afán con que se aprobó –a pupitrazo limpio–, y no es extraño que hasta este tipo de Código, que todo lo incluye y lo pretende –Código de códigos–, haga parte de las exigencias de la Ocde para ganar la membresía al mismo.


De estupor. Según cifras conocidas, son más de 400 mil las multas impartidas en lo que tiene de vida este Código, lo cual se constituye en todo un récord, como también lo son las decenas de demandas interpuestas contra el mismo.
Supuestamente encaminado a favorecer la convivencia ciudadana, se trata de un código expedido para reglar los comportamientos cotidianos en un país cada vez más urbanizado, donde las mayorías no cuentan con trabajo formalizado o reglado por un contrato laboral. Es decir, el Código fue expedido para ayudar a la vida en común en un país donde las mayorías viven del esfuerzo individual y a riesgo propio de no menos de 13 millones de personas que cada día se levantan o trasnochan con la preocupación por reunir unos pesos con los cuales llevar algo a casa.


A todas luces, por las multas o las sanciones interpuestas, se puede deducir que quienes redactaron este Código de códigos no repararon en la vida real de nuestra sociedad sino que se pararon sobre ella, mirando desde el ideal inexistente de una economía que brinda miel y leche para el conjunto social, con hogares sin afanes, con ingresos regulares y capacidad de ahorro. De ahí el significativo monto de la multa tipo 4, similar a un salario mínimo que, como es conocido, no se alcanza a reunir en muchos hogares luego de un mes de intensa labor.


Exabruptos, estos y otros, como limitar la protesta social, autorizar el allanamiento de viviendas sin orden de autoridad judicial, etcétera, que le inyectan un aliento autoritario a esta norma y llenan de falsa autoridad a quienes la aplican, pavoneados por aquí y por allá como los que pueden hacer y deshacer, sin capacidad alguna de ponderación ante cada circunstancia, sin disposición a conciliar, sin sentido de justicia ni de realismo alguno. “La ley es la ley”, pensarán en su malformado fuero interno los llamados agentes de la (in)seguridad pública.


Este comportamiento policivo-represivo (no educativo ni para la convivencia) está ampliando aún más la histórica brecha entre policía y comunidad, la que, como es sabido, realza desde siempre, tal vez desde el tiempo en que los chulavitas –esa policía o paramilitarismo al servicio de terratenientes y jefes políticos godos– sembraron el terror por todo el territorio nacional.


No se olvida la acción de chulavitas: masacres, desplazamiento, robo de la tierra de miles de miles. Es un recuerdo transmitido por los genes de la sociedad colombiana, reproducido por la recurrente violencia con que actúan los integrantes de una institución que debiera estar al servicio de la comunidad pero en realidad le da la espalda. La misma que, en el caso de las unidades denominadas Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad), actúa como conjunto de verdaderos enfermos de la violencia. Numerosos casos así lo certifican.


¿Cómo están instruyendo al personal policivo para que cumpla con su misión, para que, en vez de lograr cercanía con aquellos a quienes dicen proteger, se merezcan cada vez más su animadversión?
¿Tiene algo que ver este Código con la recién expedida “Política de Defensa y Seguridad para la Legalidad, el Emprendimiento y la Equidad”? ¿Acaso el reclamado enfoque multidimensional, multisectorial e interagencial de la misma nada tiene que ver con la vida cotidiana de nuestra sociedad? ¿Por qué ensañarse con los excluidos de siempre, para quienes democracia y justicia son palabras que no trascienden el papel y el discurso del gobernante o del político de turno?


Todo lo fétido, si no queremos su transformación en foco de infecciones, requiere limpieza…

* Las multas tipo 3 y 4 contemplan medidas por arrojar basuras en espacio público, hacer mal uso de las línea de emergencia 123, vender celulares con reporte de hurto y realizar necesidades fisiológicas en espacio público, entre otros comportamientos contrarios a la convivencia.

C.G.

 

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Martes, 09 Abril 2019 09:57

Un espíritu fétido

Marluz Navarro

No pasa un día sin que se conozca de alguna arbitrariedad policial, creciente desde hace algunos meses, cuando el Código de Policía dejó su etapa pedagógica, para dejar escapar con su explayada y arbitraria aplicación el espíritu autoritario que lo insufla.


El primer asombro ciudadano llegó al conocerse la famosa multa sufrida por un transeúnte común y corriente, de más de 800 mil pesos –multa tipo 4*– por estar comprando una empanada en espacio público.
La respuesta en diversidad de sectores sociales fue de estupor, en algunos de rabia y en otros de incredulidad. ¡No puede ser!, decían unos y otros, pero así era, y así continúa siendo: día tras día, multas de tal estilo y cantidad de dinero son aplicadas por los más risibles comportamientos: por correr en una terminal de transporte y así “alterar el espacio público”; por ocupar y vender de manera ilegal en espacio público; por reírse e irrespetar a la “autoridad”; por actuar de manera solidaria con alguien que estaban multando e interponerse ante la “ley y la autoridad”.


Usted puede imaginar otro diez, cien, mil o más inculpaciones, creíbles e increíbles, argumentadas por el agente policivo de turno, pues la norma pretende reglar todo, disciplinar, encauzar el ‘buen’ comportamiento, garantizando así que algún día en este tipo de sociedad –del trópico– se deje la chabacanería y se atienda la ley –la legalidad, diría Duque–, única manera de ser productivos y pasar del “subdesarrollo” al “desarrollo”, como lo promete la reciente inclusión de Colombia entre los países de la Ocde, precisamente los de las “buenas prácticas”, entre las cuales demandan que el espacio público debe estar libre, facilitando así la efectiva circulación de mercancías. Además de garantizar la seguridad jurídica, pudieran decir otros –léase el monopolio del negocio–, para quienes están formalizados y cancelan los cada vez más onerosos tributos a las arcas municipales, además de sostener a la Cámara de Comercio, ese negocio de pocos que debiera ser público pero es privado.


Téngase en cuenta el momento en que fue tramitado el Código y el afán con que se aprobó –a pupitrazo limpio–, y no es extraño que hasta este tipo de Código, que todo lo incluye y lo pretende –Código de códigos–, haga parte de las exigencias de la Ocde para ganar la membresía al mismo.


De estupor. Según cifras conocidas, son más de 400 mil las multas impartidas en lo que tiene de vida este Código, lo cual se constituye en todo un récord, como también lo son las decenas de demandas interpuestas contra el mismo.
Supuestamente encaminado a favorecer la convivencia ciudadana, se trata de un código expedido para reglar los comportamientos cotidianos en un país cada vez más urbanizado, donde las mayorías no cuentan con trabajo formalizado o reglado por un contrato laboral. Es decir, el Código fue expedido para ayudar a la vida en común en un país donde las mayorías viven del esfuerzo individual y a riesgo propio de no menos de 13 millones de personas que cada día se levantan o trasnochan con la preocupación por reunir unos pesos con los cuales llevar algo a casa.


A todas luces, por las multas o las sanciones interpuestas, se puede deducir que quienes redactaron este Código de códigos no repararon en la vida real de nuestra sociedad sino que se pararon sobre ella, mirando desde el ideal inexistente de una economía que brinda miel y leche para el conjunto social, con hogares sin afanes, con ingresos regulares y capacidad de ahorro. De ahí el significativo monto de la multa tipo 4, similar a un salario mínimo que, como es conocido, no se alcanza a reunir en muchos hogares luego de un mes de intensa labor.


Exabruptos, estos y otros, como limitar la protesta social, autorizar el allanamiento de viviendas sin orden de autoridad judicial, etcétera, que le inyectan un aliento autoritario a esta norma y llenan de falsa autoridad a quienes la aplican, pavoneados por aquí y por allá como los que pueden hacer y deshacer, sin capacidad alguna de ponderación ante cada circunstancia, sin disposición a conciliar, sin sentido de justicia ni de realismo alguno. “La ley es la ley”, pensarán en su malformado fuero interno los llamados agentes de la (in)seguridad pública.


Este comportamiento policivo-represivo (no educativo ni para la convivencia) está ampliando aún más la histórica brecha entre policía y comunidad, la que, como es sabido, realza desde siempre, tal vez desde el tiempo en que los chulavitas –esa policía o paramilitarismo al servicio de terratenientes y jefes políticos godos– sembraron el terror por todo el territorio nacional.


No se olvida la acción de chulavitas: masacres, desplazamiento, robo de la tierra de miles de miles. Es un recuerdo transmitido por los genes de la sociedad colombiana, reproducido por la recurrente violencia con que actúan los integrantes de una institución que debiera estar al servicio de la comunidad pero en realidad le da la espalda. La misma que, en el caso de las unidades denominadas Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad), actúa como conjunto de verdaderos enfermos de la violencia. Numerosos casos así lo certifican.


¿Cómo están instruyendo al personal policivo para que cumpla con su misión, para que, en vez de lograr cercanía con aquellos a quienes dicen proteger, se merezcan cada vez más su animadversión?
¿Tiene algo que ver este Código con la recién expedida “Política de Defensa y Seguridad para la Legalidad, el Emprendimiento y la Equidad”? ¿Acaso el reclamado enfoque multidimensional, multisectorial e interagencial de la misma nada tiene que ver con la vida cotidiana de nuestra sociedad? ¿Por qué ensañarse con los excluidos de siempre, para quienes democracia y justicia son palabras que no trascienden el papel y el discurso del gobernante o del político de turno?


Todo lo fétido, si no queremos su transformación en foco de infecciones, requiere limpieza…

* Las multas tipo 3 y 4 contemplan medidas por arrojar basuras en espacio público, hacer mal uso de las línea de emergencia 123, vender celulares con reporte de hurto y realizar necesidades fisiológicas en espacio público, entre otros comportamientos contrarios a la convivencia.

C.G.

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Lunes, 01 Abril 2019 06:03

Con Dios de nuestro lado

Con Dios de nuestro lado

Mike Pompeo, secretario de Estado de Estados Unidos, comentó el otro día que es muy posible que Dios haya sido quien colocó a Trump en la Casa Blanca. No está solo. La vocera de la Casa Blanca, Sarah Sanders, declaró a finales de enero que Dios "quería que Donald Trump se convirtiera en presidente y es por eso que esta ahí".

Pompeo, así como el vicepresidente Mike Pence, son cristianos evangélicos e igual que promueven políticas favorecidas por estas corrientes religiosas dentro de Estados Unidos, también condicionan la política exterior, desde Medio Oriente (sobre todo la defensa de Israel por motivaciones bíblicas), al financiamiento de programas antiaborto, y hasta en la construcción del muro fronterizo, entre otras cosas.

Pompeo, Pence, Jeff Sessions, ex procurador general, y Betsy DeVos, secretaria de Educación, son parte de un grupo de estudios de la Biblia encabezado por el pastor Ralph Drollinger, quien cree que los cristianos en el gobierno están obligados a contratar sólo a otros cristianos, informa Ron Charles, del Washington Post.

Trump –a pesar de sus pecados graves incluidos dos divorcios y constantes aventuras extramaritales incluso con estrellas de cine porno, entre otros– forjó una alianza con las corrientes cristianas conservadoras al adoptar sus posiciones antiaborto, antihomosexuales, la promoción de estudios bíblicos (incluidos los que hablan sobre la evolución) en escuelas públicas y la anulación (parcial) de la regulación federal prohibiendo el respaldo de candidatos políticos por iglesias, entre otras cosas, a cambio de ser coronado como un salvador. Robert Jeffress, líder nacional evangélico, declaró que “millones de estadunidenses creen que la elección del presidente Trump representó a Dios ofreciéndonos otra oportunidad, tal vez nuestra última oportunidad, para realmente hacer a América grande de nuevo”.

Sin embargo, Trump, comparado con sus antecesores, es el presidente con menor vínculo religioso a lo largo de su vida (es oficialmente presbiteriano). De hecho, aun si lo recuerdan, no sería bienvenido en las iglesias de su juventud hoy día, ya que se oponen a sus políticas, incluyendo la antimigrante. Pero como casi todo en su vida, esto se maneja como parte de un espectáculo y Trump está dispuesto hasta a poner su autógrafo en un libro que no sólo no escribió, sino que es difícil de creer que haya leído: la Biblia.

Este es el país mas religioso del primer mundo; "los estadunidenses rezan con más frecuencia, asisten más a servicios religiosos semanales y dan una importancia mayor a la fe en sus vidas" que los adultos de los demás países occidentales avanzados, registra el Centro de Investigación Pew. Aproximadamente 83 por ciento de adultos cree en Dios (63 por ciento de ellos en términos absolutos).

La consigna oficial en cada billete de dólar es "en Dios confiamos" (algo que primero se grabó durante la Guerra Civil y reapareció en 1956, cuando el Congreso lo declaró lema oficial). El Juramento de Lealtad (Pledge of Allegiance), un verso semioficial que se recita en las escuelas y en algunos actos oficiales, fue escrito en 1891, pero en 1954 la frase "bajo Dios" fue añadida en un esfuerzo por definir a Estados Unidos como un país de fe frente al enemigo: una Unión Soviética atea. Y aunque curiosamente la Constitución de Estados Unidos no menciona a Dios o alguna fuerza divina, las 50 constituciones estatales incluyen una referencia divina, informa el Pew.

Pero vale recordar que no hay un solo Dios aquí, y la historia de este país fue en parte escrita por las grandes corrientes religiosas progresistas que han nutrido magnos movimientos sociales y políticos por la abolición de la esclavitud, los derechos laborales, derechos civiles, movimientos antiguerra, de defensa de inmigrantes y refugiados, entre otros.

En pleno siglo XXI en el país más poderoso del mundo un Dios muy blanco y rico que, dicen, eligió a Trump, se enfrenta, otra vez, con el Dios de los que luchan por un paraíso de la justicia, la dignidad y la igualdad.

https://www.youtube.com/watch?v=cAgAvnvXF9U. También consultar en https://open.spotify.com/track/5hBOEqqkcQaUgkRhh6E yX4?si=r0q6chwHRNm7QC_unh_oKw

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