Sábado, 30 Marzo 2019 06:17

Terrorismo, un concepto vacío

Terrorismo, un concepto vacío

Los criminales ataques contra dos mezquitas de Nueva Zelanda, si bien han sido ampliamente condenados, han suscitado también vivas polémicas en las redes sociales, pues ciertos responsables políticos, determinados media e intelectuales calificaban a regañadientes a Brenton Tarrant, el autor de la masacre, como terrorista. 

Numerosos comentaristas han subrayado que tal timidez no aparecía jamás cuando se trataba de calificar al responsable musulmán de este tipo de acciones sanguinarias.


Sin embargo, más allá de estos justificados reproches que señalan a la islamofobia dominante en Occidente, habría que reflexionar sobre el término terrorismo, que se ha vuelto de uso tan corriente que ya nadie se pregunta verdaderamente sobre su significado y que parece ser utilizado para desacreditar toda violencia de carácter político.


Desacreditar a los movimientos de liberación nacional


Un pequeño repaso histórico permite sin embargo aclarar el debate. El calificativo de terrorista se ha aplicado a grupos muy diferentes, cuyas ideologías políticas cubren un amplio espectro que va desde la extrema derecha a la extrema izquierda: desde grupúsculos fascistas italianos de los años 1970 a los Tigres tamiles, pasando por el Ejército Republicano Irlandés (IRA) o la organización separatista vasca ETA. Ponerles en el mismo saco resulta una simplificación primaria.


Para comprender las razones de su acción, hay que estudiar concretamente la situación en la que se han desarrollado; ninguno se reclama del terrorismo o hace del terrorismo su objetivo, al contrario que el comunismo, el fascismo, los nacionalismos, que tienen proyectos claramente reivindicados.


En los años 1950-1960, el calificativo de terrorista se agitó muy frecuentemente para denunciar a los movimientos de liberación nacional, desde el Frente de Liberación Nacional argelino a la Organización de Liberación de Palestina (OLP), pasando por el Congreso Nacional Africano (ANC).


Recordemos que estos dos últimos grupos fueron denunciados como terroristas por Ronald Reagan, Margaret Thatcher y, por supuesto, las y los dirigentes israelíes, cuyo país colaboraba estrechamente con el África del Sur del apartheid.


Ahora bien, todos esos ejemplos han probado que terroristas de ayer son a menudo gobernantes de mañana. ¿El gobierno británico no calificó de terroristas a los grupos sionistas en los años 1940, antes de crear el Estado de Israel?


El arma de los débiles


En el mejor de los casos, se puede inscribir el terrorismo en la lista de los medios militares. Y, muy a menudo, es el arma de los débiles.
Figura brillante de la revolución argelina, detenido por el ejército francés en 1957, Larbi Ben M’hidi, jefe de la región autónoma de Argel, fue interrogado sobre la razón por la que el FLN depositaba bombas, ocultas en el fondo de capazos, en los cafés o en los lugares públicos. “Si nos dan sus aviones, les daremos nuestros capazos”, respondió a sus torturadores, que le asesinarían fríamente unos días más tarde.


La desproporción de medios entre una guerrilla y un ejército regular provoca una desproporción del número de víctimas.


Si se debe considerar como terroristas a Hamas y sus aliados por haber matado a tres civiles durante la guerra de Gaza en el verano de 2014, ¿cómo habría que calificar al Estado de Israel que, según las estimaciones más bajas (las del propio ejército israelí), masacró entre 800 y 1000 personas, entre ellas un gran número de niños y niñas?


Reducir la lucha a un enfrentamiento entre el Bien y el Mal


El uso del término terrorista tomó una nueva dimensión con el lanzamiento de la guerra contra el terrorismo por George W. Bush tras el 11 de septiembre de 2001.
Denunciando a los responsables de los ataques, el presidente americano declaró ante el Congreso americano: “Odian lo que ven en esta asamblea, un gobierno democráticamente elegido. Sus dirigentes se designan ellos mismos. Odian nuestras libertades: nuestra libertad religiosa, nuestra libertad de palabra, nuestra libertad de votar y de reunirnos, de estar en desacuerdo unos con otros”.


Se trataba por tanto, en particular en Próximo Oriente, de emprender una guerra de civilización contra grupos que amenazarían el modo de vida occidental.


El problema del concepto de guerra contra el terrorismo es que dispensa de todo análisis político y reduce la lucha a un enfrentamiento entre el Bien y el Mal. Si los terroristas están movidos fundamentalmente por su odio a la libertad occidental, es inútil preguntarse sobre las razones por las que esos grupos se han desarrollado, sus motivaciones, sus objetivos.
De ese modo se puede poner en la misma categoría a Hamas y a Al Qaeda, a Hezbolá y el grupo Estado Islámico (EI). Con el riesgo de caer en algunas contradicciones sobre las que no se hacen muchas preguntas: así, Occidente incluyó al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) de Turquía en la lista de las organizaciones terroristas, pero para oponerse al Estado Islámico ayuda militarmente a las Unidades de Protección del Pueblo (YPG), el brazo armado de su rama siria.


Una guerra contraproductiva


Diecisiete años después del 11 de septiembre, se puede medir el fracaso de esa guerra contra el terrorismo, por no hablar de su coste financiero o del terrible balance humano.
Implicados en Afganistán en el conflicto más largo de toda su historia, Estados Unidos se preparan para abandonar ese país cediendo el poder a los talibanes (sin embargo calificados de terroristas), que quisieron derrocar pero que prefieren al Estado Islámico, ya sólidamente implantado en el país.


Es verdad que en Irak el Estado Islámico ha sido aplastado, pero no es inútil recordar que en el momento de la invasión americana de 2003 Al Qaeda no existía en Irak y que el Estado Islámico no habría aparecido nunca sin la guerra americana. Y que, incluso vencido militarmente, el Estado Islámico conserva fuertes bases políticas. Pero sobre todo, la región jamás ha sido tan inestable, tan dividida, tan violenta.


Así pues, el uso de la expresión guerra contra el terrorismo ha permitido prescindir de cualquier análisis político o intento de comprender las causas reales de la inestabilidad. Ha permitido ignorar las consecuencias de las políticas occidentales en Palestina o en Irak que, sin embargo, han hecho bastante más para reforzar el terrorismo que la llamada ideología islamista radical.


¿Se piensa verdaderamente que el reciente reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel y de la soberanía israelí sobre el Golán sirio por la administración Trump contribuirá a reducir la violencia en la región?


Hay que repetirlo: la resolución de los problemas políticos es la única capaz de reducir las tensiones y de cortar la hierba bajo los pies de los llamados grupos radicales.


Pero, ¿cómo calificar entonces los actos criminales como los ataques contra civiles con fines políticos? ¿Hay que banalizarlos? El derecho internacional contiene conceptos como crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, genocidios, que permiten calificar esas acciones y también hacer avanzar la idea de una justicia internacional.


Pero también hay que ser claro. Si grupos como Al Qaeda y el Estado Islámico remiten a la justicia internacional, también se tendría que poder llevar ante los tribunales a los dirigentes políticos (y no solo africanos) responsables de crímenes de guerra y de crímenes contra la humanidad en Irak, en Siria o en Palestina.


Alain Gresh es el director del diario en línea Orient XX (https://orientxxi.info). Antiguo redactor jefe de Le Monde Diplomatique, es autor de numerosos trabajos, entre ellos Un chant d’amour. Israël-Palestine, une histoire française, avec Hélène Aldeguer (La Découverte).

Por Alain Gresh
Middle East Eye

Publicado enSociedad
Viernes, 29 Marzo 2019 05:59

Estados mafiosos y poder político

Estados mafiosos y poder político

Ante nuestros ojos podemos observar cómo los Estados-nación se van deslizando hacia instituciones controladas por grupos paramilitares, mafias policiales y narcotraficantes. Lo que antes parecía una excepción, acotada a situaciones casi extremas, ahora se está convirtiendo en norma, a medida que el Estado ya no es aquella institución capaz de controlar territorios y asegurar el monopolio de la violencia legítima, como sostuvo Max Weber.

La crisis de los estados va de la mano con el crecimiento de grupos que ocupan los espacios que en otros tiempos fueron controlados por aquellas instituciones. El sociólogo brasileño José Claudio Alves, especialista en las periferias urbanas, asegura que las "milicias" de Río de Janeiro controlan la adjudicación de las áreas donde los migrantes del nordeste pueden comprar terrenos y construir sus viviendas, gracias a "informaciones privilegiadas obtenidas dentro del Estado" (goo.gl/KSQY5G).

"Me impresiona mucho el poder que tienen estos grupos y la fragilidad de la justicia frente a ese poder", sostiene Alves. Está haciendo referencia a un poder territorial que tiene su propio brazo político, anclado en las bancadas de la ultraderecha y partidos con una lógica fundamentalista religiosa, en el caso de Brasil. Como sucedió con Marielle Franco, concejala negra y lesbiana asesinada hace un año, se asiste a un aumento de las ejecuciones sumarias ante la nula respuesta estatal.

No se están registrando ni homicidios ni desapariciones, por lo menos en Río, porque el miedo es más poderoso que la voluntad de denunciar. Estamos ante la pérdida de derechos y la situación va empeorando, en toda la región latinoamericana. "Cinco décadas de grupos de exterminio han elevado hasta 75 por ciento la votación para Bolsonaro y la extrema derecha en la Baixada Fluminense", la región carioca más violenta del estado, según Alves. La violencia actual fue construida durante la dictadura y profundizada en democracia.

Las milicias van cambiando. Ahora detectan dónde se está moviendo el capital (grandes obras de infraestructura, como parte del modelo extractivo), y controlan de forma violenta el acceso al empleo que esas obras generan, de modo que cobran "impuestos" a las personas que quieren trabajar en las empresas, ya sean privadas o estatales. Los empleados deben entregar parte de sus salarios a los paramilitares.

Esto lo he visto en Medellín, en Río de Janeiro y cada vez en más ciudades de América Latina, ya sea bajo gobiernos conservadores o progresistas, porque estamos ante una mutación estructural de esa relación que llamamos Estado. "Otra novedad es la milicia marítima", sigue Alves. Aborda a los pescadores en el mar, les pide licencia de pesca y exige dinero para que sigan haciendo su trabajo de sobrevivencia. "Controlan incluso el acceso a los servicios médicos de los hospitales de Río", cobrando tasas y negando el ingreso a quien no paga.

Conclusión: "La relación de las milicias con el Estado es determinante para que se transformaran en una estructura de poder absoluta, amplia, autoritaria, potente y creciente en Río de Janeiro". Actúan de forma legal, con acceso a informaciones económicas que consiguen del Estado mediante aliados; pero también ilegal: asesinan, torturan y desaparecen. "Salimos de la dictadura oficial, para la dictadura de los grupos de exterminio y las milicias", apunta Alves, para quien nunca existió un fin de la dictadura.

Ante esta deriva creo que podemos hacer dos reflexiones.

La primera es que la crisis de los estados es el aspecto determinante que lleva a la creación de poderes como las milicias, paraestatales que no antiestatales. Este es el cambio estructural en relación con las instituciones; algo que he visto días atrás en Barcelona, donde el poder municipal no pudo detener la represión policial a los inmigrantes. Este poder creció incluso bajo Lula o los Kirchner, no por culpa de ellos sino porque estamos ante un proceso global, irreversible por ahora.

La segunda se relaciona con nuestras estrategias. Incrustarse en el Estado, ocupar el Estado o tomarlo, o como se llame a ese proceso consistente en ganar elecciones y administrar lo existente, tenía sentido cuando los Estados-nación encarnaban una configuración mínimamente democrática. Ahora puede ser muy peligrosa, porque nos paraliza ante enemigos que desbordan cualquier control institucional y nos hace cómplices de sus desmanes.

El historiador Emilio Gentile señala que la novedad de la ultraderecha actual consiste en "el peligro de que la democracia se convierta en una forma de represión con consentimiento popular" (goo.gl/5v37eS ). Una fachada electoral que encubre la falta de democracia es un mal asunto porque nos entretiene mientras desarma los poderes propios, que son los únicos que nos pueden permitir enfrentar y superar esta fase del capitalismo extractivo que depreda los bienes comunes, desarticula los estados-nación y arremete contra los pueblos del color de la tierra.

 

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Planta de Abengoa en Chile. Imagen del Gobierno de Chile.

En este artículo dividido en dos partes, abordamos los tratados de inversión y sus respectivas cláusulas ISDS (Investor-State Dispute Settlement), también conocidas como los tribunales privados de justicia. Estos organismos poco transparentes pueden dirimir en disputas entre Estados soberanos y empresas internacionales, potencialmente dando la razón a estas últimas a costa de medidas sociales, sanitarias o regulaciones medioambientales.


En un contexto de globalización al servicio de los intereses privados de una minoría, se tratan de una gran amenaza para la defensa del derecho a la energía. Quién sabe, para el cese de la nuclear al afectar a los beneficios de las compañías del oligopolio

Un punto caliente que está sangrando nuestras arcas públicas, y que está impidiendo que se puedan llevar a cabo inversiones en otros ámbitos tales como la lucha contra la pobreza energética son los tratados de inversión y sus respectivas cláusulas ISDS (Investor-State Dispute Settlement), firmados por nuestro país.


Los acuerdos internacionales para la protección de las inversiones, ya sean de carácter bilateral o multilateral, específicos sobre inversión o parte de un tratado comercial, han sido unos de los incentivos que los Gobiernos de los países en vías de desarrollo, o del sur global, y políticamente más inestables, han usado tradicionalmente para atraer las inversiones foráneas y dotarse de infraestructuras (como hospitales, carreteras, centrales hidroeléctricas, etc.). Ello ha contribuido a la expansión internacional de las empresas transnacionales que tienen, en estos acuerdos, un instrumento más que eficaz para proteger sus intereses.


Esta figura comenzó a generalizarse en los años cincuenta cuando el Estado anfitrión garantizaba al inversor extranjero (empresa, multinacional generalmente) un alto estándar de protección asegurándole que no sería objeto de trato discriminatorio, siendo tratado de manera justa y equitativa. Para la eventual violación del tratado por parte del Estado receptor, estos tratados solían llevar aparejada, como garantía adicional, una cláusula de resolución de diferencias mediante arbitraje internacional o ISDS, dando la opción a la empresa inversora de acudir a los tribunales del Estado anfitrión o a un tribunal de arbitraje internacional, pero no a los dos a la vez. En teoría, todas las partes ganaban. Las empresas tenían derecho a un árbitraje neutral en el caso de que surgiesen problemas y podían reclamar la correspondiente compensación por el perjuicio económico causado.


Actualmente existe un buen número de estos tribunales privados de arbitraje internacional como el Centro Internacional para el Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones (CIADI) del Banco Mundial, el Instituto de Arbitraje de la Cámara de Comercio de Estocolmo o la Comisión de Naciones Unidas para el Derecho Mercantil Internacional (UNCITRAL). La Corte de Arbitraje de la Cámara de Comercio Internacional (con sede en París), la Corte Permanente de Arbitraje (con sede en La Haya), el Sistema de Solución de Diferencias de la OMC o el Centro de Arbitraje Internacional de Hong Kong son otros de los tribunales arbitrales internacionales. Los conflictos son dirimidos por árbitros, en principio, imparciales y resueltos mediante laudos arbitrales.


Sin embargo, las supuestos beneficios de estos tribunales privados de justicia, auténtico sistema paralelo al poder judicial, dista mucho de lo que pregona la propaganda que les rodea. Se argumenta en su favor la seguridad jurídica de las resoluciones que son vinculantes para las partes, rapidez al haber menos instancias, imparcialidad y menor coste económico. Pero ninguna de estas características son ciertas.


Respecto a la seguridad jurídica, esta es más que dudosa. El sistema es muy opaco, las resoluciones no son públicas y, por tanto, no hay manera de saber con seguridad los argumentos jurídicos empleados por las partes.


En cuanto a la agilidad, si bien es verdad que no hay tantas instancias a las que recurrir dado que los laudos arbitrales no son recurribles y solo pueden ser anulados por defecto de forma, la media para resolver un caso se sitúa en cuatro años y medio. Así se indica para el CIADI en el trabajo Justicia privatizada. El Estado español y los mecanismos de resolución de controversias inversor-Estado, Ecologistas en Acción, 2016.


Por lo que se refiere a la imparcialidad, es preocupante que en muchos casos la mayor parte de los árbitros han actuado como asesores jurídicos en otras disputas, con el conflicto de intereses que puede surgir. Se habla de corrupción generalizada en estos ámbitos.


A todo ello le acompaña el escandaloso gasto que supone, pues si bien las estadísticas hablan de dos millones de euros en concepto de gastos para resolver un conflicto en una corte internacional, los laudos reflejan un coste que puede superar los ocho millones de euros. Así, la factura solo del presidente del tribunal del CIADI, en el primer laudo dictado frente a España por una demanda interpuesta por un fondo de inversión por la modificación de la normativa sobre renovables, fue de 232.796 euros en concepto de honorarios, más de 80.000 euros en concepto de gastos administrativos y 238.000 euros de gastos directos en concepto de mensajería, impresión y copias del laudo.


Pero lo realmente grave es que se trata de un sistema en el que las compañías multinacionales pueden llevar ante la justicia internacional a Estados soberanos y doblegarlos haciéndoles cambiar normas de gran calado social, económico, cultural o medioambiental porque tengan un efecto restrictivo sobre sus beneficios privados y sean contrarias a sus intereses. Es la instancia que garantiza el cumplimiento de la Lex Mercatoria, es decir, las miles de normas contenidas en los acuerdos de inversión, tratados comerciales, contratos y normas de comercio. Es la instancia que privilegia a escala planetaria los intereses de las grandes empresas y sus accionistas frente a los derechos de las personas, los pueblos y del medio ambiente.


Como ejemplo, señalar el caso de la corporación estadounidense Cargill, que en 2009 demandó al Estado mexicano por la creación de una tasa que el Gobierno había impuesto a las bebidas azucaradas por una cuestión de salud pública. La demanda ganada ante el CIADI le hizo embolsarse 66 millones de euros. O el de las españolas Abengoa y COFIDES, que también demandaron al Gobierno mejicano en 2009 por haberles impedido la puesta en funcionamiento de una planta dedicada al almacenamiento y gestión de desechos industriales peligrosos en Zimapán, en el estado de Hidalgo, percibiendo 31,14 millones de euros. Alegaron que la medida atentó contra “sus derechos de inversionistas”.


El presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos, John Roberts, ya dijo en 2014: "Es alarmante que puedan cambiar las leyes de una nación o anular las resoluciones de Gobiernos y jueces. Además, operan en cualquier parte del mundo y juzgan actos soberanos".

Por Cecilia Sánchez
Ecologistas en Acción

publicado
2019-03-25 06:40:00

 

Publicado enEconomía
Miércoles, 20 Marzo 2019 05:42

El poder y la muerte

El poder y la muerte

Abdelaziz Bouteflika, el actual presidente de Argelia, viene de un pasado de lucha que ahora parece tan remoto, sobre todo a los jóvenes. Se alistó a los 17 años de edad en la guerra de liberación contra la égida colonial francesa, y tras la independencia conquistada en 1962 entró y salió de la cúpula del poder a lo largo de las décadas. Por fin llegó a la cúspide absoluta en 1999 al ganar las elecciones, para sumar ahora cuatro periodos.

Un total de 20 años en el poder, siempre triunfador por abrumadora mayoría de votos, tan abultada que desde lejos huele a fraude y engaño, en un país que lejos de los tiempos heroicos de la independencia, sufre la carcoma de la corrupción.

Ha envejecido, pero parece que no lo sabe, o no quiere darse cuenta. Ya tiene 82 años, más que suficiente para sentarse a contemplar el pasado de la propia vida. Pero desde su lecho de enfermo en un hospital de Ginebra, ya a las puertas del fin de su cuarto periodo, anunció que se presentaría por quinta vez como candidato.

El asunto es que los jóvenes que llenan las calles en tumultuosas manifestaciones en su contra, como no se veía desde la primavera árabe de 2010, no quieren saber nada de él. Entonces, mandó decir que ya no se presenta, y que llamará a elecciones, pero sin poner plazo. Es decir, siempre se queda.

Bouteflika sufre de una ancianidad penosa. Tras un derrame cerebral severo, ha quedado sin la posibilidad de darse a entender de voz, y lo que quiere decir debe ser explicado por los médicos que lo custodian; cuando traga la comida el bocado suele desviarse a las vías respiratorias, lo que le causa infecciones severas en los pulmones; sus funciones neurológicas están deterioradas, y debe ser movilizado en silla de ruedas.

Pero se cree insustituible. Sufre el síndrome del poder para siempre, tan conocido entre nosotros, obcecado en su ambición aunque sea al borde de la tumba, o convertido en su propio fantasma mudo.

Y por mucho que no pueda articular palabra, y se escape de ahogar cada vez que da un bocado, aunque tenga que ser asistido para realizar sus funciones fisiológicas, y que su dormitorio haya sido convertido en un cuarto de hospital, no cede, no se rinde. Prisionero de la enfermedad no la toma en cuenta, y si lo hace sopesa entre la enfermedad, que se queda en ilusión, y el poder, que se torna la realidad. El peor de los delirios.

En su balance, cada vez que abre los ojos rodeado de aparatos, tubos y batas blancas, se impone su amor malsano al poder aunque de verdad ya no lo ejerza, y otros se lo repartan para mandar en su nombre. No se reconoce como paciente geriátrico. El dolor, la incapacidad física, son prescindibles; lo que importa es no salirse de ese cono de luz que nunca va a apagarse aunque en el escenario lo que los reflectores alumbren sea su lecho. Una puesta en escena en la que atrás suena una fanfarria militar.

Y seguramente alguien le sopla al oído: usted es imprescindible, Excelencia, volverá a recuperarse, saldrá de nuevo al balcón para escuchar ese rumor inmenso de las multitudes, ese bramido que es como el del mar. Ese es su verdadero alimento, el único que no se va a las vías respiratorias. Y todo debe ocurrir como en sueños donde no se cuelan los gritos de verdad, los que exigen su marcha.

Pero Bouteflika y sus pares, porque los ejemplos sobran, tampoco conciben la muerte como algo que pueda afectarlos a ellos, en lo personal. La muerte es algo que ocurre a los demás. Un mal ajeno. Algo que le pasa sólo a los enemigos.

Es lo que consigna Oriana Fallaci en su célebre entrevista de 1972 al emperador Hailé Selassié, quien entonces ya tenía 80 años. Ella hizo una pregunta final que lo desconcertó: "¿cómo mira a la muerte?" Él se mostró extrañado: "¿A qué? ¿A qué?", preguntó a su vez. "A la muerte, majestad", insistió ella. Y eso desbordó la paciencia del soberano, que ahora sí parecía haber comprendido: "¿La muerte? ¿La muerte? ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde viene? ¿Qué quiere de mí? ¡Fuera, basta!"

Allí, entre las paredes inexpugnables de su palacio de Adís Abeba, la periodista era para él la embajadora de la muerte, o la muerte misma que le recordaba lo indeseado, o lo que no existía del todo, o no debería insistir. Moriría tres años después, pero por supuesto no lo sabía, ni querría saberlo.

El poder para siempre, regalo de los dioses, o de la represión sangrienta y los votos falsificados, es consustancial con la idea de inmortalidad. Y se convierte en una piel que jamás se arruga, recubre el cuerpo del que lo detenta renovándose una y otra vez, como las mudas de las serpientes.

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" "El capitalismo está poniendo en riesgo la existencia misma del planeta, pues las desigualdades sociales son más lacerantes que nunca. Ante esto la izquierda tiene que recuperar un discurso contundente, radical, que frene este avance de la derecha porque la solución no puede venir de ahí; de hecho, va a empeorar las cosas", afirma Arnaldo Otegi".Foto Luis Castillo

El líder abertzale fue el artífice de la renuncia de ETA a la violencia // Sostiene que el procés catalán es irreversible y no tiene otra solución que su independencia // En el País Vasco la cuestión del referendo pactado será una constante en los próximos años, subraya

 

Como los independentistas catalanes, los abertzales anhelan llegar en un futuro a la creación de una república vasca, y Arnaldo Otegi, coordinador del partido Euskal Herria Bildu (EH Bildu) y artífice de los pactos que culminaron con la renuncia de Euskadi Ta Askatasuna (ETA) a la lucha armada, la define en términos muy llanos, inspirados por los independentistas irlandeses: "Una república de iguales".

Convencido de que el procés catalán es "irreversible" y que no tiene otra solución más que su independencia o el referendo pactado, considera que en Euskadi en los próximos años la cuestión de la consulta popular va a ser una constante.

Otegi, que pasó 14 años de su vida en la cárcel (tiene 60), cubre una apretada agenda de actividades en Ciudad de México estos días. En entrevista con La Jornada analiza las razones por las que la desaparición de ETA y las armas de la ecuación vasca no llevaron la esperada normalización a la vida política en la región. Habla también de sus orígenes, su familia materna y paterna, su juventud influida por la Iglesia católica y su decisión de militar en el independentismo de izquierda. Y de cómo los abertzales, como él, tienen en su horizonte el saber que algún día pueden caer presos. "La diferencia entre vascos y catalanes es que nosotros ya sabemos de lo que es capaz el Estado".

Fue bajo el liderazgo de Arnaldo Otegi que la principal fuerza política del independentismo vasco tuvo la visión y el empeño de forjar por décadas una estrategia de acuerdos y negociaciones entre el gobierno español y la organización armada ETA. Tras numerosas rupturas, ofensivas y entradas y salidas del dirigente de la cárcel, culminó con el anuncio del grupo de cesar definitivamente su actividad armada (2011) y de disolver todas sus estructuras (2017).

Desde entonces el partido que dirige, EH Bildu –que en décadas pasadas adoptó diversos nombres para sortear las ofensivas judiciales en su contra: Herri Batasuna, Batasuna, Euskal Herritarok, Sortu, Bildu– ha llegado a ser la segunda fuerza electoral, "con entre 20 y 25 por ciento de los votos", después del Partido Nacionalista Vasco (PNV, conservador). “Y esta tendencia va a seguir. En el País Vasco y en Navarra los partidos abertzales (independentistas) van creciendo y los nacionalistas españoles van decreciendo”.

Catalanes y vascos; misma meta, caminos distintos

–En Cataluña los resultados electorales de los partidos independentistas y el retroceso de los nacionalistas españoles fue uno de los factores que empujaron con mucha fuerza el proceso, ¿cierto?

–Si, lo que hizo Cataluña, a la postre, fue poner en crisis al Estado y puso en el contexto internacional sobre la mesa el debate real. Es un debate democrático, un debate en el que catalanes, vascos y otras naciones tenemos una posición de fortaleza, que es que la solución tiene que ser un referendo pactado.

"En el proceso catalán ya no sólo se habla de soberanistas y españoles, sino que habla de construir una realidad política para que la vida de la gente mejore. Y yo creo que este es el camino por el que el independentismo y el nacionalismo vascos también tienen que tener cita. La única posibilidad que tenemos, por relación de fuerzas, de construir una alternativa en el País Vasco, es siendo una república independiente. Seguir atados al gobierno y al Estado español es seguir atados a unas fuerzas que son terriblemente reaccionarias y que no nos llevan al siglo XXI sino al siglo XIX."

–Hay diferencias entre Cataluña y el País Vasco. Una de ellas es la presencia masiva, en las calles, de los independentistas catalanes. Esto no se han visto todavía en el País Vasco; no en esas dimensiones.

–No todavía, pero en el País Vasco se ha dado un fenómeno importantísimo para el independentismo y es que nosotros llevamos 40 años sembrando unos valores que ahora se han vuelto mayoritarios. Por ejemplo, se están dando enormes movilizaciones de jubilados que defienden sus pensiones. Y en el debate de fondo que se trasluce es: si seguimos perteneciendo a España nuestras jubilaciones van a estar en riesgo, si las gestionamos aquí, no.

“Hay una explosión del movimiento feminista vasco, centenares de miles de mujeres ocupando las calles. Están habiendo manifestaciones masivas demandando la libertad de los presos, en favor del derecho a decidir, en favor de la autodeterminación. Todo eso está ahí. En el momento en que todo esto conecte con la idea de la república veremos la masividad del movimiento como ocurrió en Cataluña, en demanda de la república.

–¿Cómo imaginan una república vasca?

–Nosotros la resumimos en una forma muy fácil de entender: una república vasca de iguales. Me gusta esta idea que es de los independentistas irlandeses: una república de iguales.

–¿Qué posibilidades existen de que en el País Vasco se llegue a un referendo?

–Nosotros hemos alcanzado con el PNV un acuerdo en torno a unas bases de un nuevo estatus político. Las grandes construcciones sociales no pueden estar sólo suscritas por los partidos políticos, sino que tienen que estar firmados por la gente. Hace tiempo tenemos una convicción: no podemos ir a Madrid a negociar como partidos, sino como pueblo. Vamos a preguntar a la gente si está de acuerdo. Si la gente en votación dice que está de acuerdo, ya no iremos a Madrid con el texto de unos partidos, sino con el texto de la gente.

"Por eso nosotros pensamos que la cuestión del referendo va a estar presente en la vida política vasca en los próximos años. Con los acuerdos que sean necesarios, con la paciencia que sea necesaria, pero los vascos también vamos a votar qué queremos ser."

"Los vascos sabemos de lo que es capaz el Estado español"

–En el procés catalán se vive la reacción represiva del Estado español, que ha terminado con una docena de los líderes y artífices de la proclamación de la república independiente en la cárcel. ¿No es un foco rojo para el País Vasco?

–La diferencia entre vascos y catalanes es que nosotros ya sabemos de lo que es capaz el Estado. A los compañeros catalanes les decíamos: no tengan ninguna duda de que aunque el proceso sea democrático el Estado va a responder con violencia. Al principio no nos creían. Hoy saben que es así.

–Muchos no quisieran ver a Otegi preso de nuevo…

–Yo tampoco (risas).

–Hablemos de sus años en la cárcel…

–En distintos periodos en total he estado 14 años de mi vida en la cárcel. En el más reciente estuve seis años y medio (entre 2009 y 2016). Ellos tuvieron un objetivo. Sabían que estábamos potenciando un cambio de estrategia en la lucha independentista, que queríamos sacar la lucha armada de la ecuación política vasca, algo que a ellos no les interesaba y lo que hicieron fue sacarnos seis años y medio de circulación.

“Hace algunas semanas el Tribunal Judicial de Estrasburgo determinó que ese fue un juicio injusto. En la experiencia de los vascos, pasar por la cárcel siempre ha estado dentro de nuestro horizonte. El objetivo es quebrar nuestra moral y nuestros principios. Pero nosotros siempre hemos aprovechado la cárcel para estudiar. Para la familia siempre es más duro. Yo les digo a los militantes abertzales: los funcionarios cuando terminan su carrera política muchas veces tienen al final un premio: algún buen puesto en algún consejo de empresa, algo así. A nosotros lo más probable es que nos toque la cárcel. Pero tenemos algo que ellos no tienen: el cariño de la gente.”
Una familia típica y Franco como suma de los miedos

Arnaldo Otegi Mondragon, nacido en Elgoibar, Guipúzcoa, viene de lo que llama "una familia típica en el País Vasco", un padre ligado al nacionalismo vasco, de familia religiosa, más bien conservadora, y una madre de familia republicana, anarquista. "Se conjugan las dos vertientes: por eso soy independentista y de izquierda".

Desde su infancia, el caudillo Francisco Franco representó "la encarnación de todos los miedos de mi familia y de todo mi sector. Fue el que bombardeó Guernica, el que prohibió nuestra lengua, el que prohibió nuestros símbolos nacionales y fue con quien nos hicimos antifascistas, por lo que empezamos a luchar en defensa de nuestro país".

Inició su militancia independentista por la vía de la cultura, del aprendizaje de su lengua. Y también por la histórica conexión entre cierto sector de la Iglesia católica vasca y su formación a la sombra de las juventudes obreras vascas propiciadas por los curas. “Ahí nos formamos en la historia –cosa que agradeceré siempre– estudiando desde los romanos hasta ETA, en las historias del socialismo, Cuba, Vietnam, las ideas del mundo”. Estudió filosofía y derecho.

–Ha escrito mucho sobre la actual crisis del Estado español…

–Es que es imposible entender lo que pasa en el Estado español si no se entiende que vive una crisis estratégica profunda. Son tres los factores que han llevado al Estado a esta situación. El primero, una crisis económica profunda. La última crisis demostró que España no tiene una economía competitiva frente a los mercados internacionales y con los niveles de endeudamiento y de corrupción brutales no tiene solución estratégica. Es un Estado que no puede aguantar una segunda crisis, que ya está en ciernes en todo el planeta.

“Lo segundo es que la ofensiva independentista catalana pone a prueba el régimen constitucional que se instala en el 78, la reforma franquista. El tema catalán hace saltar todas las costuras de una estructura territorial que no reconoce la plurinacionalidad del Estado español ni el derecho a la autodeterminación y que ya no tiene encaje en términos democráticos.

"Y el tercer factor es la desaparición de la lucha armada de ETA, que se había convertido en ese enemigo interno que permitía ocultar todas las grandes deficiencias del gobierno."

–¿Por qué el fin de la lucha armada debe representar un factor de crisis y no lo contrario, la oportunidad de transitar por una vía de normalización?

–Porque el Estado español construyó un gran edificio político y jurídico antiterrorista que se le cae con la desaparición de ETA. Entonces tiene que entrar en el juego del debate político; pero ahí no tiene una propuesta que hacer. Cuando en la mesa lo que está es el debate de las ideas, ellos no tienen otra idea que mantener unido al Estado español por la fuerza. Y esto es lo que le lleva a esta crisis.

–Es notorio el avance de la extrema derecha, en parte como continuidad del franquismo pero con nuevos elementos. ¿Cómo entender el posicionamiento del partido Vox?

"¿Dónde están los franquistas? En Vox"

–Eso que llamaron transición democrática sin ruptura con el franquismo para nosotros son dos cosas: impunidad con los crímenes del franquismo y defensa a ultranza de la unidad de España y la propiedad privada. Hubo una época en que nos preguntábamos ¿dónde están todos esos que apoyaban a Franco? Estaban en el Partido Popular. Pero ahora surge Vox porque en el contexto de la crisis económica y financiera, de la incertidumbre total, hay sectores que buscan certidumbres. A Vox lo apoya gente que siente incertidumbre por la migración, por la crisis económica, porque se rompe la unidad de España. Son sectores que no tienen certidumbre en el trabajo, en el futuro de sus hijos. Si la izquierda no ocupa esos espacios, los va a ocupar la extrema derecha.

–Es un fenómeno que se ve más en el sur de España. ¿Sucede lo mismo en el norte, en el País Vasco?

–No, somos un pueblo con una gran tradición antifascista. La diferencia es que la izquierda vasca y catalana fueron antifascistas. La española, no.

–El movimiento abertzale ha llamado a establecer alianzas con los partidos nacionalistas de todas las regiones y todas las ideologías. Esto incluye al Partido Nacionalista Vasco (PNV). ¿Cómo va esta estrategia?

–Hemos estado haciendo llamados a las grandes alianzas y lo que nosotros hemos llamado "acuerdos de país". Es evidente que las grandes naciones se construyen sobre estos grandes acuerdos. Independientemente de si gana la derecha o la izquierda, deben existir mínimos que no se puedan tocar: un sistema educativo progresista, laico, igualitario; un acuerdo sobre la vertebración del país; acuerdos sobre la política energética. Desgraciadamente hoy hay líderes del PNV que decían que sin ETA el trabajo entre los abertzales (independentistas) y los nacionalistas iba a ser posible, han desplazado su política de alianzas hacia el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Pero nosotros vamos a seguir insistiendo.

–Hace poco menos de un año sale el Partido Popular (PP) del gobierno y llega Pedro Sánchez. ¿De qué manera cambia el clima político del país con el PSOE en la presidencia?

–La izquierda abertzale dio su voto en favor de la moción de censura al PP porque nosotros siempre vamos a dar nuestro voto gratis contra la derecha autoritaria. Es una cuestión de principio. Dicho esto, hay que recordar que nuestra experiencia, ya muy larga, con el PSOE, no es muy gratificante. El PSOE no tiene mucha palabra. Entró a la transición diciendo que España no entraría a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y nos metió; ha hecho reformas económicas contrarias al interés de la gente y respecto al problema vasco siempre ha mostrado una cara de flexibilidad en el exterior pero en el interior siempre ha sido tímido a la hora de las decisiones. Por ejemplo, decía que ya sin ETA los presos políticos ya no tendrían razón de ser y no ha sido así. Nuestra expectativa hacia ellos no es muy halagüeña.

–En el contexto europeo también hay un deslizamiento hacia la derecha. ¿Cómo afecta esto a partidos del signo como EH-Bildu?

–Yo veo a las izquierdas muy despistadas, instaladas en la defensa de valores culturales, de libertades civiles, democráticas, con algunos avances como los que se han consolidado en la lucha por los derechos LGTBI. Pero creo que lo que debe recuperar la izquierda es su discurso sobre el mundo, volver a lo fundamental. Para mí es que el capitalismo está poniendo en riesgo la existencia misma del planeta, que las desigualdades sociales son más lacerantes que nunca. Ante esto la izquierda tiene que recuperar un discurso contundente, radical, que frene este avance de la derecha porque la solución no puede venir de ahí; de hecho, va a empeorar las cosas.

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El rápido ascenso de China como un nuevo centro de acumulación de capital ha aumentado el conflicto con los Estados Unidos. Ashley Smith, de ISR, entrevistó al activista y académico Au Loong Yu sobre la naturaleza de la emergencia de China como un nuevo poder imperial y sobre qué significa para el sistema-mundo.

El rápido ascenso de China como un nuevo centro de acumulación de capital ha aumentado el conflicto con los Estados Unidos. Ashley Smith, de ISR, entrevistó al activista y académico Au Loong Yu sobre la naturaleza de la emergencia de China como un nuevo poder imperial y sobre qué significa para el sistema-mundo.


Uno de los más importantes desarrollos en el sistema-mundo de las últimas décadas ha sido el ascenso de China como nuevo poder en el sistema-mundo. ¿Cómo ha ocurrido esto?


El crecimiento de China es el resultado de una combinación de factores desde su reorientación en la producción dentro del capitalismo global en la década de 1980. Primero, en contraste con el bloque soviético, China encontró un camino para beneficiarse, con un giro de ironía histórica, de su legado colonial. Gran Bretaña controló Hong Kong hasta 1997, Portugal controló Macau hasta 1999 y los EE. UU. continúan usando Taiwán como un protectorado.


Estas colonias y protectorados conectaron a China con la economía-mundo incluso antes de su entrada total dentro del sistema-mundo. En la era de Mao, Hong Kong proveyó alrededor de un tercio de la moneda extranjera de China. Sin Hong Kong, China no habría sido capaz de importar tanta tecnología. Tras el final de la Guerra Fría, durante el mandato de Deng Xiaoping, Hong Kong fue muy importante para la modernización de China. Deng usó Hong Kong para conseguir mayor acceso aún a moneda extranjera, para importar todo tipo de cosas, incluyendo alta tecnología, y tomar ventaja de su fuerza de trabajo cualificada, como directivos profesionales.


China usó Macau primero como un sitio ideal para contrabando de bienes dentro de la China continental, aprovechando la notoria falta de aplicación legal de la isla. Y así China utilizó la Casino City como plataforma ideal para la importación y exportación de capital. Taiwán fue muy importante no solo en términos de inversiones de capital, sino que más significativa en la larga carrera fue su transferencia de tecnología, primera y principalmente en la industria de semiconductores. Los inversores hongkoneses y taiwaneses fueron también una de las razones clave para el rápido crecimiento de las privincias chinas de Jiangsu, Fujian y Guandong.


Segundo, China poseía lo que el revolucionario ruso Leon Trotsky llamó el «privilegio del atraso histórico». El Partido Comunista de Mao se valió de su pasado como país precapitalista, una herencia de fuerte estado absolutista que podría reutilizar y usar para su propio proyecto nacional de desarrollo económico. También se valió de un campesinado precapitalista atomizado, el cual estaba acostumbrado a un absolutismo de dos mil años, para exprimir trabajo de ellos en una así llamada acumulación primitiva desde 1949 hasta la década de 1970.

Más tarde, desde la década de los ochenta en adelante, el Estado chino movió su fuerza de trabajo del campo a las grandes ciudades para trabajar como mano de obra barata en zonas de exportación. Crearon casi 300 millones de trabajadores rurales migrantes como esclavos en fábricas altamente explotadoras. Así, el atraso del estado absolutista chino y de sus relaciones de clase ofrecieron a la clase dominante china ventajas para desarrollar un capitalismo tanto estatal como privado.


Este atraso de China también hizo posible que se saltara etapas de desarrollo reemplazando medios y métodos de desarrollo arcaicos por los capitalistas avanzados. Un buen ejemplo de esto es la adopción de China de alta tecnología en telecomunicaciones. En lugar de seguir cada paso de las sociedades capitalistas avanzadas, comenzando con el uso de líneas telefónicas para comunicación en línea, instaló cable de fibra óptica a través del país casi al mismo tiempo.


El liderazgo chino estaba muy interesado en modernizar su economía. Por un lado, por razones defensivas, buscaban asegurarse que el país no fuera invadido ni colonizado como cien años atrás. Por otro, por razones ofensivas, el Partido Comunista busca restaurar su estatus como gran potencia, reanuadando el así llamado mandato celestial. Como resultado de todos estos factores, China ha logrado la modernización capitalista que tomó cien años en otros países.


China es ahora la segunda economía más grande en el mundo. Pero esto es contradictorio. Por un lado, muchas de las multinacionales son responsables de su propio crecimiento, ya sea directamente o a través de subcontrataciones de firmas taiwanesas o chinas. Por el otro, China está desarrollando rápidamente su propia industria como campeones nacionales en el sector estatal y privado. ¿Cuáles son sus fortalezas y sus debilidades?


En mi libro China’s Rise, digo que China tiene dos dimensiones de desarrollo capitalista. Una es lo que llamo acumulación dependiente. El capital extranjero avanzado ha invertido enormes sumas de dinero a lo largo de los últimos treinta años inicialmente en industrias de trabajo intensivo y más recientemente en las de capital intensivo. Esto desarrolló a China pero la mantuvo al final de la cadena global de valor, incluida la alta tecnología, como la terrible fábrica mundial. El capital chino recaudó una pequeña parte del beneficio, yendo la mayoría a EE. UU., Europa, Japón y otras potencias capitalistas avanzadas y sus multinacionales. El mejor ejemplo de esto es el teléfono móvil de Apple. China simplemente ensambla todas las partes, las cuales son en su mayoría diseñadas y fabricadas fuera del país.


Pero hay una segunda dimensión, la acumulación autónoma. Desde el comienzo el estado ha ido concienzudamente guiando la economía, financiando investigación y desarrollo y manteniendo un control indirecto sobre el sector privado, el cual da cuenta ahora de más del 50% del PIB. En los puestos de mando de la economía, el estado mantiene el control a través de las empresas de propiedad estatal. Y el estado está realizando sistemáticamente ingeniería inversa para copiar le tecnología occidental y desarrollar así sus propias industrias.
China tiene otras ventajas que otros países no tienen; es enorme, no solo en dimensiones del territorio, sino también en poblacion. Desde la década de 1990, China ha sido capaz de tener una división del trabajo en tres partes del país. Guandong es una zona de exportaciones de trabajo intensivo. El delta Zhejiang está también orientado a la exportación, pero más de capital extensivo. Alrededor de Pekín, China ha desarrollado su industria de alta tecnología, comunicación y aviación. Esta diversificación es parte de la estrategia a conciencia del estado para desarrollarse como una potencia económica.


Al mismo tiempo, China sufre de debilidades también. Si miras su PIB, China tiene el segundo más grande en el mundo. Pero si mides su PIB per cápita, sigue siendo un país de ingresos medios. Se ven también debilidades incluso en areas donde está alcanzando a potencias capitalistas. Por ejemplo, el teléfono móvil Huawei, el cual es ahora una marca mundial, fue desarrollado no solo por propios científicos chinos, sino también contratando científicos japoneses. Esto muestra que China fue y sigue siendo dependiente de recursos humanos extranjeros para investigación y desarrollo.


Otro ejemplo de debilidad fue revelado cuando la compaía de telecomunicaciones china ZTE fue acusada por la administración de Trump de violar sus sanciones comerciales a Irán y Corea del Norte. Trump impuso un veto comercial a la compañía, denegando el aceso de software y componentes de alta tecnología diseñados por EE. UU., amenazando a la empresa con el colapso inmediato. Xi y Trump resolvieron un acuerdo para salvar la compaía, pero la crisis de ZTE sufrida manifiesta el problema actual de China de desarrollo dependiente.


Este es el problema que China está tratando de sobrepasar. Pero incluso en alta tecnología, donde hay un intento de ponerse al día, su tecnología de semiconductores está dos o tres generaciones detrás de los Estados Unidos. Se está tratando de sobrepasarla con un incremento enorme de inversión en investigación y desarrollo, pero si miras de cerca los grandes números de patentes chinas, estos están todavía en su mayoría no en alta tecnología sino en otras áreas. Por lo tanto, sigue sufriendo de debilidad tecnológica autóctona. Donde se está poniendo al día a gran velocidad es en inteligencia artifical, y esta es un área por la que los EE. UU. están muy preocupados, no solo en términos de competición economica, sino también militar, donde la inteligencia artificial juega un creciente rol central.


Por encima de estas debilidades económicas, China sufre de otras políticas. China no tiene un sistema gubernamental que asegure la sucesión pacífica del poder de un mandatario al siguiente. Deng Xiaping estableció un sistema de límites del liderazgo colectivo que comenzó a superar este problema de sucesión. Xi ha abolido este sistema y reinstituido el mandato de un hombre sin mandato límite. Esto podría establecer más luchas entre facciones por la sucesión, desestabilizar el régimen y potencialmente comprometer el ascenso económico.

Xi ha modificado dramáticamente la estrategia de China en el sistema-mundo fuera de la cautelosa comenzada por Deng Xiaoping y sus sucesores. ¿Por qué está Xi haciendo esto y cuál es su programa para el reconocimiento de China como una gran potencia?


La primera cosa que hay que entender es la tensión en el Partido Comunista sobre su proyecto en el mundo. El Partido Comunista Chino es una gran contradicción. Por un lado, hay una fuerza por la modernización económica. Por otro lado, ha heredado un muy fuerte elemento de cultura política premoderna. Esto ha sentado las bases de conflictos entre facciones dentro del régimen.


A comienzo de la década de los 1990 hubo un debate entre los grandes elencos de la burocracia sobre qué facción debería tener el poder. Un grupo es el así llamado sangre azul, los hijos de los burócratas que gobernaron el estado tras 1949 –la segunda generación roja de burócratas. Son fundamentalmente reaccionarios. Desde que Xi ha llegado al poder, la prensa habla sobre el retorno de «nuestra sangre», que significa que la sangre de los viejos cuadros ha sido reencarnada en la segunda generación.


El otro grupo es el de los nuevos mandarines. Sus padres y madres no fueron cuadros revolucionarios. Fueron intelectuales o gente que lo hizo bien en su educación y consiguieron un ascenso. Normalmente ascendían a través de la Liga de la Juventud Comunista de China. No es casual que el liderazgo del partido de Xi haya humillado pública y repetidamente a la Liga en los años recientes. El conflicto entre los nobles sangre-azul y los mandarines es una nueva versión de un viejo patrón; estas dos facciones han estado en tensión por dos mil años de absolutismo y mandato burocrático.


Entre los mandarines, hay algunos con orígenes humildes, como Wen Jiabao, quien gobernó China de 2003 a 2013, que era un poco más «liberal». Al final de su mandato, Wen dijo que China debería aprender de Occidente la democracia representativa, arguyendo que las ideas occidentales como los derechos humanos poseían cierta clase de universalismo. Por supuesto, esto era mayormente retórica, pero es muy diferente a Xi, quien trata la democracia y los así llamados «valores occidentales» con desprecio.


Ganó en su lucha contra los mandarines, consolidó su poder y ahora promete que los nobles de sangre azul mandarán para siempre. Su programa es fortalecer la naturaleza autocrática del estado en casa, declarar China como una potencia en el extranjero y afianzar su poder en el mundo, a veces en desafío a los Estado Unidos.


Pero tras las crisis de ZTE, Xi efectuó un poco de retirada táctica, ya que dicha crisis expuso las debilidades persistentes chinas y el peligro de declararse demasiado rápido como gran potencia. De hecho, hubo un arrebato de críticas a uno de los asesores de Xi, un economista llamado Hu Angang, quien defendió que China era ya económica y militarmente un rival para los EE. UU. y podría por tanto desafiar a Washington en el liderazgo del mundo. ZTE demostró que es simplemente falso que China esté a la par con lo EE. UU. Desde entonces, muchos liberales comenzaron a criticar a Hu. Otro bien conocido académico liberal, Zhang Weiying, cuyos escritos fueron censurados el pasado año, fue autorizado a publicar en línea sus discursos.


Existía ya un caluroso debate entre estudiosos de diplomacia. La línea fuerte argumenta a favor de una posición más dura en relación con los EE. UU. Los liberales, sin embargo, defendían que el orden internacional es un «templo» y que si pudiera acomodarse el ascenso de China, Pekín debería ayudar a construir ese templo en lugar de demolerlo y construir uno nuevo. Este ala diplomática fue marginalizada cuando Xi eligió ser más de línea dura, pero recientemente su voz ha reemergido. Desde el conflicto de ZTE y la guerra comercial, Xi ha realizado algunos ajustes tácticos y ha reculado un poco en su previa y descarada proclamación del estatus de gran potencia de China.


¿Cuánto de esto es una retirada temporal? También, ¿cómo el Plan China 2025 y la Franja y la Ruta de la Seda intervienen en el proyecto a largo plazo de Xi de lograr un estatus de gran potencia?


Déjame decir claramente que Xi es un reaccionario sangre azul. Él y el resto de su grupo están determinados a restaurar la hegemonía del pasado imperial chino y reconstruir el así llamado mandato celestial. El estado de Xi, la academia china y los medios de comunicación han producido una gran cantidad de ensayos, disertaciones y artículos que glorifican este pasado imperial como parte de la justificación de su proyecto de convertirse en una gran potencia. Su estrategia de largo plazo no será disuadida fácilmente.


La facción de Xi es también consciente de que antes de que China pueda lograr su ambición imperial debe eliminar el peso de su legado colonial, i. e., encargarse de Taiwán y cumplir la histórica tarea del PCC de la unificación nacional primero. Pero esto llevará necesariamente tanto una dimensión de defensa china (incluso los EE. UU. reconocen que Taiwán es «parte de China») como también una rivalidad interimperialista. En vistas de la «unificación con Taiwán», por no hablar de una ambicion global, Pekín debe primero tratar las debilidades persistentes de China, especialmente en su tecnología, su economía y su falta de aliados internacionales.


Esto es por lo que aparece el China 2025 y la Franja y la Ruta de la Seda. A través del China 2025 quieren desarrollar sus capacidades tecnológicas independientes y ascender en la cadena de valor mundial. Quieren usar la Franja y la Ruta de la Seda para construir infraestructuras por toda Eurasia, en línea con los intereses chinos. Al mismo tiempo, debería estar claro que la Franja y la Ruta son también un síntoma de los problemas chinos de sobreproducción y sobrecapacidad. Están usando la Franja y la Ruta para absorver todo su exceso de capacidad. No obstante, ambos proyectos son centrales en el plan imperialista chino.


Ha habido un gran debate en la izquierda internacional sobre cómo entender la emergencia de China. Algunos decían que es un modelo y aliado para el desarrollo del «tercer mundo». Otros ven a China como un estado subordinado en un imperio estadounidense informal que regula el capitalismo mundial neoliberal. Otros lo ven como una potencia imperial en crecimiento. ¿Cuál es tu punto de vista?


China no puede ser un modelo para países en desarrollo. Su ascenso es el resultado de factores muy concretos que he mencionado previamente y que otros países del tercer mundo no poseen. No creo que sea incorrecto decir que China es parte del neoliberalismo mundial, especialmente cuando ves que China dice que reemplazará a los EE. UU. como guardian del libre comercio de la globalización.


Pero el decir que China es una parte del capitalismo neoliberal no captura la imagen completa. China es una distinta potencia capitalista estatal y en expansión, la cual no desea ser un segundón de los EE. UU. China es así un componente del neoliberalismo global y también una potencia capitalista estatal, que se destaca frente al resto. Esta peculiar combinación significa simultáneamente beneficios del orden neoliberal y representa un desafio para él y para el estado estadounidense que lo supervisa.


El capital occidental es irónicamente responsable de su problema. Sus estados y capitales llegaron a entender el desafío de China demasiado tarde. Inundaron de inversiones el sector privado o iniciaron aventuras con las compañías estatales en China. Pero no eran del todo conscientes de que el estado chino está siempre detrás incluso de las corporaciones privadas. En China, incluso si una compañía es genuinamente privada, debe responder a las demandas que le pone el estado.


El estado chino ha usado esta inversion privada para desarrollar su propia capacidad estatal y privada y comenzar así su reto tanto al capital estadounidense como al japonés y al europeo. Es de todos modos naif acusar al capital público y privado chino de robar propiedad intelectual. Es lo que planearon hacer desde el principio.
Así, los estados y empresas capitalistas avanzadas permitieron la emergencia de China como ascendente potencia imperial. Su peculiar naturaleza de capitalista estatal la hace particularamente agresiva y tendencial a actualizarse y provocar a las potencias que invirtieron en ella.


En los Estados Unidos está en crecimiento un consenso entre los dos partidos capitalistas de que China es una amenaza para el poder imperial estadounidense. Y tanto China como EE. UU. están estimulando un nacionalismo contra el otro. ¿Cómo caracterizarías la rivalidad entre EE. UU. y China?


Hace algunos años, muchos analistas dijeron que había un debate entre dos bandos sobre si colaborar con China o confrontarla. Llamaron a esto una lucha de «osos panda que abrazan versus dragones asesinos». Hoy día los dragones asesinos están en el asiento del conductor de la diplomacia china.


Es cierto que hay un creciente consenso entre demócratas y republicanos contra China. Incluso prominentes liberales estadounidenses golpearon a China esos días. Pero muchos de esos políticos liberales deberían ser culpados por esta situación en primer lugar. Recordar que después de la Masacre de Tiananmén de 1989 fueron políticos liberales como Bill Clinton en los EE. UU. y Tony Blair en Gran Bretaña los que perdonaron al Partido Comunista Chino, reabrieron relaciones comerciales y fomentaron flujos de inversion dentro del país.


Por supuesto, se trataba de rellenar los libros de contabilidad de las multinacionales occidentales, que cosecharon grandes benedicios de la explotación del trabajo barato en las fábricas chinas. Pero también creyeron verdaderamente, si bien ingenuamente, que la creciente inversión llevaría a China a aceptar las reglas como un estado subordinado dentro del capitalismo neoliberal global y «democratizarse» a la imagen de Occidente. Esta estrategia ha fracasado, permitiendo el crecimiento de China como rival.


Los dos bandos de pandas de abrazan versus dragones asesinos encuentran a su vez sus teóricos en la academia. Hay tres escuelas principales de política exterior. En la cima de ellas, cada escuela tiene su propio panda que abraza y dragón asesino, que pueden denominarse también optimistas y pesimistas. Dentro del lado optimista, diferentes escuelas argumentan diferentes perspectivas. Mientras los internacionalistas liberales piensan que el comercio democratizaría China, por el contrario, los realistas defienden que incluso si China tiene sus propias ambiciones estatales de retar a los EE. UU., es todavía demasiado débil para ello. La tercera escuela es el constructivismo social; creen que los compromisos económicos y sociales internacionales transformarían China.


En el pasado, la mayoría de políticos compraron el discurso de los liberales optimistas. Los liberales fueron cegados por su propia creencia de que el comercio podría cambiar China hacia un estado democrático. El ascenso de China ha llevado a todas las escuelas optimistas a una crisis, ya que sus predicciones sobre China han resultado erróneas. China se ha convertido en una potencia emergente que ha comenzado a ponerse al día y a retar a los EE. UU.


Ahora es el lado pesimista de estas tres escuelas el que está tomando el terreno. Los pesimistas liberales ven ahora que el nacionalismo chino es mucho más fuerte que la influencia positiva del comercio y la inversión. Los pesimistas realistas creen que China está rápidamente reforzándose y que nunca se comprometerá con Taiwán. Los constructivistas sociales pesimistas creen que China es muy rígida en sus propios valores y rechazará el cambio.


Sin embargo, si la escuela pesimista está ahora en lo cierto, sufre también de una gran debilidad. Asume que la hegemonía estadounidense está justificada y es correcta, ignora el hecho de que los EE. UU. son actualmente un cómplice del gobierno autoritario chino y su régimen de fábricas esclavistas, y por supuesto nunca examina cómo la colaboración y rivalidad entre los EE. UU. y China ocurre dentro de un profundamente contradictorio y volátil capitalismo global, y junto a todo esto un conjunto de relaciones de clase mundiales. No hay sorpresa para nosotros; los pesimistas son ideólogos de la clase dominante estadounidense y su imperialismo.


China está moviéndose en una trayectoria imperialista. Estoy en contra de la dictadura del Partido Comunista, de su aspiración a convertirse en gran potencia y sus reclamos en el Mar de la China Meridional. Pero no pienso que sea correcto pensar que China y los EE. UU. estén en el mismo barco. China es un caso especial ahora mismo; existen dos lados de este crecimiento. Un lado es común entre estos dos países –ambos son capitalistas e imperialistas.


El otro lado es que China es el primer país imperialista que fue previamente un país semicolonial. Esta es una diferencia con los EE. UU. y cualquier otro país imperialista. Tenemos que tener esto en cuenta en nuestro análisis para entender cómo China funciona en el mundo. Para China hay siempre dos niveles de asuntos. Uno es la legítima defensa propia de un antiguo país colonial bajo el derecho internacional. No debemos olvidar que hasta la década de 1990 aviones de combate estadounidenses volaron por la frontera sur de China y derribaron un avión chino, matando al piloto. Este tipo de eventos naturalmente recuerdan al pueblo chino su penoso pasado colonial.


Gran Bretaña hasta recientemente controlaba Hong Kong y el capital internacional sigue ejerciendo enorme influencia allí. Un ejemplo de imperialismo occidental ha ocurrido recientemente. Un reportaje reveló que justo antes de retirarse Gran Bretaña de Hong Kong disolvieron su policía secreta y la reasignaron dentro de la Comisión Independiente Contra la Corrupción (ICAC). La ICAC disfrutó de gran popularidad aquí ya que hace Hong Kong un lugar menos corrupto. Pero solo la cabeza del gobierno hongkonés, elegido en su momento desde Londres y ahora elegido desde Pekín, nombra el comisionado, mientras que el pueblo no tiene en absoluto ninguna influencia sobre él.


Pekín fue muy consciente de que la ICAC podría se usada para disciplinar al estado chino y sus capitales. Por ejemplo, en 2005 la ICAC procesó a Liu Jinbao, la cabeza del Banco de China en Hong Kong. Parece que Pekín está tratando de tomar el control de la ICAC, pero el público se mantiene en la oscuridad sobre esta poderosa lucha. Por supuesto, debemos estar felices de que la ICAC vaya contra gente como Liu Jinbao, pero debemos también reconocer que puede ser utilizado por el imperialismo occidental para avanzar en su agenda. Al mismo tiempo, Pekín, afianzando su control, significaría la consolidación por parte del estado y los capitalistas chinos, algo que no sirve a los intereses de las masas trabajadoras chinas.
Existen otros vestigios coloniales del pasado. Los EE. UU. básicamente mantienen Taiwán como un protectorado. Deberíamos, por supuesto, oponernos a la amenaza china de invadir Taiwán; deberíamos defender el derecho de autodeterminación de Taiwán. Pero debemos también ver que los EE. UU. usan Taiwán como una herramienta para proteger sus intereses. Este es el lado oscuro del legado colonial que motiva al Partido Comunista a comportarse de manera defensica contra el imperialismo estadounidense.


China es un emergente país capitalista pero uno con debilidades fundamentales. Yo diría que el Partido Comunista Chino tiene por delante obstáculos fundamentales antes de poder convertirse en un país imperialista estable y sustentable. Es muy importante ver no solo las coincidencias entre los EE. UU. y China como países imperialistas, sino también las particularidades chinas.


Obviamente para los socialistas en los EE. UU., nuestro principal deber es el de oponerse al imperialismo estadounidense y contruir solidaridad con los trabajadores chinos. Esto significa que debemos oponernos a la implacable China atacando no solo a la derecha sino también a todos los liberales e incluso al movimiento laborista. Pero no deberíamos caer en la trampa de dar apoyo político al régimen chino, sino a los trabajadores del país. ¿Cómo te aproximas a esta situación?


Debemos contar con la mentira usada por la derecha estadounidense de que los trabajadores chino han robado el trabajo de los obreros estadounidenses. Esto no es cierto. La gente que realmente tiene el poder de decidir no son los trabajadores chinos sino el capital estadounidense como Apple, que elige ensamblar sus teléfonos en China. Los trabajadores chinos no tienen absolutamente nada que decir sobre tales decisiones. Actualmente, son víctimas, no gente que debería ser acusada de la pérdida de empleos en Estados Unidos.


Como he dicho, Clinton, no los gobernantes o trabajadores chinos, fue el culpable de la exportación de estos trabajos. Fue el gobierno de Clinton el que trabajó con el régimen asesino chino tras la Plaza de Tiananmén para permitir a las grandes corporaciones estadounidenses invertir en China a una escala masiva tal. Y cuando se perdieron los empleos en los EE. UU., los que aparecieron en China no eran el mismo tipo de empleos en absoluto. Los empleos estadounidenses perdidos en en automóvil y acero eran sindicalizados y tenían buenas pagas y beneficios, pero aquellos creados en China no eran otra cosa que empleos semiesclavos. A pesar de los conflictos de hoy, los grandes líderes de los EE. UU. y China, no los trabajadores de cada país, pusieron en su lugar el mísero orden mundial neoliberal que existe.


Una cosa que debemos hacer aquí en los EE. UU. es ayudar a poner en movimiento a los trabajadores chinos en huelgas para poder construir solidaridad entre trabajadores estadounidenses y chinos. ¿Existen otras ideas e iniciativas que se puedan tomar? Hay un peligro real de nacionalismo fomentado en ambos países contra los trabajadores del otro país. Parece que arreglar esto muy importante. ¿Qué piensas?


Es importante para la izquierda del resto del mundo reconocer que el capitalismo chino tiene un legado colonial y que existe todavía. Así, cuando analizamos las relaciones entre China y los Estados Unidos, debemos distinguir estas partes legítimas de «patriotismo» fomentadas por el Partido. Hay un elemento de patriotismo de sentido común en el pueblo que es el resultado del último siglo de intervención imperial de Japón, potencias europeas y de los Estados Unidos.


Esto no significa que nos acomodemos a este patriotismo, debemos distinguir esta forma del nacionalismo reaccionario del Partido Comunista. Y Xi está ciertamente tratando de estimular el nacionalismo en favor de sus grandes aspiraciones de poder, al igual que los mandatarios estadounidenses están haciendo al cultivar apoyo popular para las aspiraciones del régimen de mantener China sometida.


Dentro de la gente común el nacionalismo ha decaído en lugar de incrementarse ya que desprecian al Partido Comunista Chino y muchos de ellos no confían en su nacionalismo y odian su gobierno autocrático. Un ejemplo gracioso de esto es una reciente encuesta que preguntó al pueblo si apoyaría a China en una guerra con los Estados Unidos. La respuesta de los internautas fue realmente interesante. Uno de ellos dijo: «Sí, apoyo una guerra de China contra los EE. UU., pero primero enviando primero a los miembros del Politburó a luchar, después a los del Comité Central y después al Partido Comunista Chino entero. Y después de que ganen o pierdan, al menos seríamos libres». Los censores, por supuesto, inmediatamente eliminaron estos comentarios, pero es un indicativo de la profunda desafección con el régimen.


Esto significa que hay una base entre los trabajadores chinos para construir una solidaridad internacional con los trabajadores estadounidenses. Pero esto requiere que los trabajadores estadounidenses se opongan al imperialismo de su propio gobierno. Solo esta posición construiría confianza entre los trabajadores chinos.


Las amenazas del imperialismo estadounidense son reales y conocidas en China. La Marina estadounidense acaba de mandar dos barcos de guerra al Estrecho de Taiwán en una clara provocación a China. La izquierda estadounidense debe oponerse a este militarismo para que el pueblo chino entienda que te opones a la agenda imperialista estadounidense en la cuestión de Taiwán –aunque se debe reconocer también el derecho de Taiwán a comprar armas de los EE. UU. Si el pueblo chino escucha esta fuerte voz antiimperialista de la izquierda estadounidense, se podría ganar algo más para los intereses comunes internacionales contra los imperialismos estadounidenses y chinos.


Por Au Loong-Yu
Veterano activista, escritor y miembro de Pioneer, una organización socialista de Hong Kong.

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El futuro de los chalecos amarillos: entre el regreso de los incidentes y la confluencia con los ecologistas

Tras cuatro meses de protestas, en París confluye la marea amarilla con manifestantes ecologistas y contra la violencia policial. Una confluencia que podría consagrarse ante el futuro incierto de los chalecos amarillos.


Era el día después del final del llamado “gran debate nacional”. Los chalecos amarillos habían planteado las manifestaciones de este 16 de marzo en Francia como un ultimátum para el presidente francés, Emmanuel Macron. Como era de esperar, el día D no llegó. Las protestas de este sábado abren numerosos interrogantes, pero también interesantes hipótesis, sobre la evolución de este singular movimiento. El decimoctavo fin de semana de protestas de los chalecos amarillos estuvo marcado por una incipiente convergencia de luchas con otros movimientos ecologistas y contra la violencia policial en las banlieues.


Miles de chalecos amarillos tomaron los Campos Elíseos desde primera hora de la mañana. Según las criticadas cifras del Ministerio del Interior, había unas 10.000 personas. La realidad es que se trataba de una marcha más numerosa que las de las semanas anteriores, aunque tampoco fue una marea humana. Entre los manifestantes, destacaba la presencia de black blocks (agitadores). Como sucedió durante los primeros fines de semana de diciembre, se produjeron múltiples destrozos materiales y confrontaciones con la Policía. En total, unas 80 tiendas resultaron dañadas y 20 de ellas saqueadas, según los comerciantes de la famosa avenida parisina. Esta vez el símbolo de los destrozos fue el restaurante Fouquet’s, emblema del lujo y la alta burguesía parisina.


“Actualmente, hay gente que intenta por todos los medios dañar la República”, aseguró Macron, que interrumpió su fin de semana de esquí para regresar a París y ponerse al frente de una nueva célula de crisis. De esta forma, contemplar la aprobación de nuevas medidas de seguridad, a pesar de los controvertidos resultados de la mano del joven presidente francés: más de 2.200 manifestantes heridos (la mayoría de ellos pacíficos) por la violencia policial y la aprobación de una controvertida ley liberticida.


Confluencia entre chalecos amarillos y ecologistas


No obstante, mientras que los medios mainstream concentran su atención en los incidentes en los Campos Elíseos, otra movilización humana más numerosa tuvo lugar este sábado por las calles del centro de París. Miles de chalecos amarillos y militantes ecologistas confluyeron en la llamada Marcha del siglo, organizada para alertar ante la urgencia social y climática y apoyar el recurso judicial que el pasado jueves cuatro oenegés presentaron para llevar el Estado francés ante los tribunales por inacción climática. Entre 100.000 (según los organizadores) y 50.000 personas (según el gabinete independiente Ocurrence) participaron en esta manifestación en París. Otras decenas de protestas tuvieron lugar en el resto de Francia. Según los organizadores, un total de 350.000 personas formaron parte de esta marea verde y amarilla en el conjunto del país.


“Desde el 8 de diciembre había pedido esta confluencia, ya que nuestras reivindicaciones convergen integralmente. Hacer pagar a los ultra ricos, penalizar a las multinacionales que contaminan… Esto los poderosos nunca lo harán. Espero que el día de hoy sea histórico”, aseguró el abogado François Boulot, uno de los referentes de los chalecos amarillos en Rouen (Normandía), durante una rueda de prensa organizada el sábado por la mañana por los organizadores de la Marcha del siglo.


“Tenemos que levantar la voz, ya que la única respuesta que hemos obtenido del Gobierno ha sido el gran debate (considerado por la mayoría de los manifestantes como una operación de comunicación)”, afirmó, por su lado, Elodie Nace, la portavoz del movimiento ciudadano ecologista Alternatiba, durante esta misma comparecencia en la plaza de Trocadero, en la zona de la Torre Eiffel.


Además de la convergencia entre chalecos amarillos y militantes ecologistas, la manifestación del sábado en París también confluyó con otra marcha organizada por colectivos de la banlieue contra la violencia policial. Lo que dio lugar a imágenes que parecían inimaginables hace cuatro meses cuando emergió este singular movimiento de indignación, con el pretexto del aumento del precio del combustible. Es decir, ver manifestarse conjuntamente a ecologistas (muchos de ellos urbanitas de clase media), chalecos amarillos (clases populares) y colectivos de migrantes sin papeles. El éxito de esta movilización se vio reflejado en un aumento significativo del número de manifestantes en comparación con otras marchas por el clima en París, que en otoño del año pasado solo reunían a unas 15.000 personas.


¿El final de las manifestaciones semanales?


“Con los chalecos amarillos hemos recuperado la idea de que protestando podemos obtener avances sociales”, reconoce Fanny H., una estudiante de máster en sociología que por la mañana participó en la manifestación de los chalecos amarillos en los Campos Elíseos y por la tarde en la marcha contra la violencia policial y contra el cambio climático. Tras cuatro meses de protestas, este singular movimiento ha ganado una batalla cultural poniendo en el centro del debate las cuestiones sociales. También ha servido como chispa para impulsar la movilización popular. Según un sondeo reciente del instituto Elabe, el 61% de los franceses apoyan o aseguran sentir simpatía por este movimiento.


Sin embargo, el cansancio por las manifestaciones de cada sábado empieza a ser palpable. También entre los manifestantes. “El movimiento debería organizarse mejor, que los representantes de los chalecos amarillos estén mejor coordinados”, afirma Roger Sanchez, de 55 años, enfermero, y un histórico manifestante de los chalecos amarillos en París que participó el sábado en la marcha por la urgencia social y climática.


Con las protestas de este sábado, de hecho, surgen numerosos interrogantes sobre la continuidad de las manifestaciones cada sábado. “Tras esta jornada (el 16 de marzo), en cualquier caso, para mí, se habrán terminado las manifestaciones. Manifestarse hemos visto que no funciona”, declaró el camionero Éric Drouet, uno de los impulsores del movimiento, que ahora apuesta por bloquear sectores estratégicos de la economía.


Además, ha resultado un fracaso el intento de algunos chalecos amarillos de impulsar una candidatura para las elecciones europeas. La mediática auxiliar de enfermería Ingrid Levavasseur, que debía liderarla, renunció a hacerlo. Otros chalecos amarillos persisten con la idea de crear una lista para los comicios del 26 de mayo, pero sus perspectivas electorales son muy modestas, según los estudios de opinión.


Tampoco parece beneficiarse de este heterogéneo movimiento la ultraderecha de Marine Le Pen. Aunque los sondeos apuntan a un duelo entre la República en Marcha de Macron y la Reagrupación Nacional, las perspectivas electorales de la extrema derecha prácticamente no han variado desde el inicio de este movimiento. De hecho, Le Pen marcó distancias el pasado jueves respecto a los chalecos amarillos durante una entrevista en Émission politique, uno de los programas de política con una mayor audiencia en la televisión francesa. “No estoy en guerra contra los ricos”, aseguró la líder de la ultraderecha, que mostró una gran ambigüedad a la hora de defender un aumento de los salarios más modestos, una de las principales demandas de los manifestantes.


Tras cuatro meses de este movimiento, resulta evidente el giro de las reivindicaciones de los chalecos amarillos hacia posiciones identificadas tradicionalmente con la izquierda. Pero la división de las fuerzas progresistas —en las europeas habrá al menos cinco candidaturas con la Francia Insumisa, los socialistas, los verdes, Générations de Benoît Hamon y el Partido Comunista— y la debilidad de sus aparatos dificultan que cualquier partido de izquierdas se beneficie de ello. Al menos de momento.

PARÍS
18/03/2019 07:39 Actualizado: 18/03/2019 07:39
Por ENRIC BONET

Publicado enInternacional
Domingo, 10 Marzo 2019 06:05

Cómo luchar una lucha de clases

Cómo luchar una lucha de clases

Las luchas de clases son eternas, pero la manera en que las luchamos depende del actual estado del sistema-mundo en que estamos localizados.

Los sistema-mundos tienen tres temporalidades. Vienen a existir y esto necesita ser explicado. Segundo, son estructuras estabilizadas y operan de acuerdo con las reglas con que fueron fundadas. Y tercero, las reglas por las que mantienen su relativa estabilidad cesan de funcionar efectivamente y entran en una crisis estructural.


Hemos estado viviendo en el moderno sistema-mundo, que es el sistema-mundo capitalista. Actualmente estamos en la tercera etapa de su existencia, aquella de la crisis estructural.
Durante la fase previa, esa de las estructuras estabilizadas o normalidad, hubo un gran debate dentro de la izquierda acerca de cómo podía uno conseguir el objetivo de destruir el capitalismo como sistema. El debate ocurría dentro de los movimientos creados por la clase trabajadora o proletariado (como los sindicatos o los partidos social-demócratas) y dentro de los partidos nacionalistas o los movimientos de liberación nacional.


Cada lado de este gran debate creía que su estrategia y sólo ella podría vencer. De hecho, mientras cada lado creaba zonas en que parecía tener triunfos, ninguno tuvo tales logros. Los ejemplos más dramáticos de relatos de un supuesto logro que resultaron incapaces de evitar ser jalados de regreso a la normalidad son la Unión Soviética, por un lado, y el colapso de la revolución cultural maoísta, por el otro.


El punto de inflexión fue la revolución mundial de 1968, que estuvo marcada por tres rasgos: fue una revolución mundial en la que eventos análogos ocurrieron por todo el sistema-mundo. Todos rechazaban la estrategia orientada al Estado y la estrategia transformadora cultural. Era un asunto, decían, en que no podían decir si ésta o la otra, sino ambas.


A fin de cuentas, la revolución mundial de 1968 fracasó también. Trajo, sin embargo, un fin a la hegemonía del liberalismo centrista y a su poder de domesticar tanto a la izquierda como a la derecha, que fueron liberadas para retornar a la lucha como actores independientes.


Al principio, la derecha resurrecta pareció prevalecer. Instituyó el Consenso de Washington y lanzó la consigna de TINA ( there is no alternative, no hay alternativa). Pero la desigualdad se tornó tan extrema que la izquierda contraatacó y constriñó la capacidad de Estados Unidos de mantener o restaurar su dominación.


El retorno de la izquierda a un papel predominante también llegó a un final cambiante. Y así comenzó un proceso de salvajes vaivenes, un rasgo definitorio de una crisis estructural. En una crisis estructural, la izquierda necesita proseguir una política de establecer, en el muy corto plazo, tanto el poder del Estado para minimizar las penurias del 99 más bajo de la población, y además, a mediano plazo, buscar una transformación cultural para todo mundo.


Estos objetivos en apariencia contradictorios son muy desconcertantes. No obstante, son el único modo de emprender la lucha de clases en los años restantes de la crisis estructural. Si logramos hacerlo, podremos ganar. Si no lo logramos, perderemos.


Traducción: Ramón Vera-Herrera

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Todo lo que Stieg Larsson sabía del asesinato del primer ministro sueco

El periodista Jan Stocklassa retoma la investigación del novelista sobre el homicidio de Olof Palme. El libro implica a neonazis suecos y a servicios secretos sudafricanos

Soy Lisbeth Palme, ¿es que no lo ve? Y ese que está ahí es mi marido, Olof Palme, el primer ministro”, gritaba la mujer del dirigente sueco a la policía a escasos centímetros del cadáver de su esposo cuatro minutos después de que un desconocido le disparase una bala de gran calibre calibre en una calle de Estocolmo, el 28 de febrero de 1986. Esta llamada desesperada fue el inicio de una serie de errores y conspiraciones que dejaron el prestigio de Suecia por los suelos y el caso sin resolver. Obsesionado con el magnicidio y su conexión con la extrema derecha sueca, el escritor y periodista Stieg Larsson dedicó parte de sus energías a trazar una teoría razonable. La complejidad del asunto, oscuros intereses y su muerte dejaron la labor inconclusa. Ahora, 33 años después, el periodista sueco Jan Stocklassa coge el testigo en Stieg Larsson. El legado. Claves ocultas del asesinato de Olof Palme (Roca), un híbrido entre el ensayo, el reportaje de investigación y el espionaje que transita el camino abierto por el autor de Millennium y se acerca a la solución definitiva. Con los nuevos datos proporcionados en las investigaciones de Larsson y Stocklassa, los servicios de información suecos y sudafricanos están trabajando conjuntamente para esclarecer el crimen.

“La policía fue tremendamente incompetente”, asegura Stocklassa por teléfono a EL PAÍS desde Estocolmo para resumir hechos como que hubiera oficiales que siguieran de vacaciones, que la investigación se le encargara a alguien “leal pero que nunca había trabajado en un homicidio” o que horas después decenas de comisarías no supieran que el primer ministro sueco había sido asesinado. “Hubo pánico en aquellas primeras horas y después gente dentro de la policía que no quería que se descubriera al culpable y que intentó frenar la investigación”, añade antes de señalar a Hans Holmér, el inspector jefe, quien, asegura: “Jugó uno de los papeles más oscuros de la historia de Suecia. Hay un sentimiento unánime de que lo estropeó todo”. Holmér, convertido después en escritor de éxito, alimentó la tesis que culpaba a un grupo kurdo y se negó durante años a investigar la pista de la extrema derecha y su conexión con el régimen sudafricano, esgrimida por el propio Larsson, auténtico experto en el auge de grupos neonazis en su país.


“Ahora sabemos que pocas semanas después del crimen Larsson estaba muy cerca de la verdad. Era muy ambicioso como investigador, increíble. Con el tiempo y el dinero que habría tenido tras el éxito de su trilogía habría llegado a descubrirlo. Su prioridad era destapar a los grupos de extrema derecha en Suecia y eso le llevó a intentar resolver el asesinato de Palme”, cuenta este reportero que se ha valido de los documentos dejados por Larsson para seguir con la investigación del mayor caso de asesinato abierto en el mundo (por un cambio de ley no ha prescrito). En sus noches de insomnio, en sus monólogos obsesivos, en las cartas que escribía a otros colegas europeos o mientras fumaba alguno de los 60 cigarros que consumía al día, Larsson trataba de darle sentido a todo. Murió en 2004 sin llegar a verlo resuelto, con el caso languideciendo tras 10.225 interrogatorios, un falso culpable y cientos de miles de folios de sumario que una persona instruida en Derecho tardaría nueve años en leer.


Según esta tesis, a Palme lo mataron en una operación preparada entre la extrema derecha sueca y los servicios secretos sudafricanos –que odiaban al político sueco por su activismo contra el régimen del apartheid y su denuncia del tráfico de armas destinadas a ese país a pesar del bloqueo– con espías del nivel del legendario Craig Williamson implicados. El exoficial de la ONU en Congo, hombre fuerte del ejército sudafricano en las sombras, Bertil Wedin –a quien Stocklassa interroga en Chipre en una operación encubierta que es uno de los mejores momentos del libro– sería el enlace. La infraestructura la ofrecieron grupos nazis suecos liderados por el activista Alf Enerström, artífice de las campañas contra el primer ministro, y el gatillo lo apretó algún pobre hombre del que luego poder deshacerse. Larsson es sistemáticamente ignorado por la policía cuando publica sus artículos en semanarios o cuando les hace llegar esta información, que el escritor guardó en cajas perdidas hasta ahora. Los investigadores hicieron caso omiso también de los 10 avisos que recibieron en los meses anteriores al asesinato y que alertaban de un compló contra Palme.


Considerado por muchos el político más importante de la historia de Suecia, Palme cambió la imagen y las prioridades de su país en el mundo, pero sus enemigos desataron al tiempo una campaña de odio sin precedentes que en parte explica su muerte y el hecho de que no se haya resuelto todavía. “La campaña empezó antes de que fuera primer ministro. Duró casi 20 años y como fue gradual fue tolerada. Los sudafricanos nunca habrían podido preparar esto en Suecia si no hubiera habido gente que creyera que Palme trabajaba para el KGB y que iba a vender el país a los soviéticos, algo que es totalmente ridículo”, explica Stocklassa.


Como buena conspiración, el caso tiene también su chivo expiatorio. Su nombre es Christer Petterson, un adicto al crack y alcohólico con pasado violento al que Lisbet Palme señaló en una rueda de reconocimiento ayudada por la policía. “Habían pasado dos años y 10 meses. Era demasiado tiempo para recordar, sobre todo teniendo en cuenta que durante los primeros días Lisbet, que era la única testigo, no fue capaz de describir a nadie”, aclara el autor de Stieg Larsson. El legado (que se publica el 14 de marzo) quien cree que ahora se puede estar cerca de la verdad. “Lisbet ha muerto y se puede decir a las claras que su testimonio era falso”. Petterson fue condenado, pero ante la ausencia de un arma homicida, de pruebas y de una motivación, fue absuelto en segunda instancia.


Diez años después de la muerte de Palme la policía sueca estaba en un callejón sin salida. Su jefe, Hans Olvebro, compareció para reconocer que habían fracasado y decir que la investigación no debía continuar. La cifra de agentes había quedado reducida a 14. Las tesis de Larsson fueron ignoradas y la policía y la sociedad prefirieron mirar a otro lado, no como ahora, con los servicios de información de Suecia y Sudáfrica colaborando con las nuevas pistas ofrecidas. “Era un país muy ingenuo. Ahora en cierto modo sigue siéndolo , pero se está hablando del caso en el extranjero y cada vez hay más presión”, reflexiona Stocklassa, que reconoce que se ha sentido amenazado. “Tendré más cuidado la próxima vez. Creo que hay algo en marcha pero no sé realmente lo que es”, asegura. Una prueba más, quizás, de lo cerca que estuvo Larsson de resolver el crimen del siglo.


Una historia de espías y antifascistas


Severin, el abuelo de Larsson, le inculcó desde pequeño una pasión por la lucha antifascista que llevó al autor de Millenium a dedicarse a ello en cuerpo y alma –en la agencia TT, en el semanario Expo y en medios extranjeros– hasta convertirse en el gran experto sueco en el auge de los movimientos neonazis.
“La realidad en Suecia y en Europa le ha dado la razón”, asegura Stocklassa, que trata de ir más allá que Larsson. “Cuando tuve las cajas con los documentos en mi mano supe que era un momento que ocurre una vez en tu vida”, confiesa. En Stieg Larsson. El legado, el periodista se entrevista con alguno de los sospechosos y utiliza a una joven checa, nombre en clave Lida, para algunas de sus pesquisas. “No es ficción. No es de la CIA, no me la invento. Ella es real y las entrevistas también. Tengo las grabaciones. Lida, de hecho, viajará conmigo a España para promocionar el libro”, defiende el autor.

 

Por Juan Carlos Galindo
Madrid 8 MAR 2019 - 03:17 COT

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La Constitución y el pollo congelado. Cubanos a las urnas

Este domingo, los cubanos decidirán si aceptan la reforma constitucional que vienen discutiendo, en una jornada que, por fin, ofrece algunas incertidumbres. El contenido y el nivel de las polémicas y la difícil coyuntura económica en que se dieron son los ejes de esta nota.

 

A comienzos de este mes, el pollo “regresó”a Cuba. La expresión podría parecer un burdo ejercicio de sensacionalismo, pero no lo es. En realidad, a finales de noviembre del año pasado, los paquetes de pollo congelado comenzaron a desaparecer de los anaqueles de las tiendas en todo el país; durante diciembre y enero su ausencia fue total.


Todo sucedió en el peor momento posible. Por los mismos días habían sufrido roturas los tres molinos de harina de trigo existentes en la isla, lo que puso en crisis diversas producciones alimentarias. La del pan fue la más afectada, al punto de que en muchas regiones se decidió suspender su elaboración, debido a la pésima calidad de la materia prima disponible. El panorama se completó con la aguda escasez de carne de cerdo, que venía arrastrándose desde el año precedente, que impidió a numerosas familias celebrar las tradicionales cenas de Nochebuena y Fin de Año.


En días tan difíciles, la revolución conmemoró su aniversario número 60. Santiago de Cuba, la ciudad escogida para el acto central, semejaba un oasis de “fervor revolucionario” en medio del malestar reinante en buena parte de la geografía nacional. La inquietud se hacía más profunda ante las perspectivas del futuro inmediato, que el presidente Miguel Díaz-Canel definió como “de sacrificios y mucho trabajo”. Confirmando sus palabras, en el presupuesto aprobado por la Asamblea Nacional a finales de diciembre se preveía una reducción de más de 400 millones de dólares en las importaciones para el primer semestre de 2019 (una reducción de alrededor de 10 por ciento respecto de las ya magras partidas de 2018). Como nota al pie, vale apuntar que el gobierno cubano dedica una cuarta parte de sus divisas a la adquisición de alimentos; el mismo objetivo, dentro del presupuesto de una familia promedio, puede llegar a demandar hasta la totalidad de los ingresos mensuales… por insólito que parezca.


¿QUÉ SE VOTA ESTE DOMINGO?


Más de ocho millones y medio de cubanos están convocados a las urnas este 24 de febrero, en el primer referendo constitucional organizado en el país desde 1976. Aunque a todas luces resultará virtualmente imposible igualar el masivo respaldo que por aquella época mereció la actual carta magna (97,7 por ciento de aprobación, con 98 por ciento de asistencia), en la isla son pocos quienes dudan de que el proyecto conseguirá el respaldo necesario para salir adelante.


A estas alturas del proceso, las únicas preguntas válidas parecen ser las relativas a la magnitud que alcanzará el porcentaje de votos en contra, anulados o en blanco, y si la activa campaña oficial será capaz de revertir –o, al menos, contener– la tendencia decreciente en la asistencia a los colegios. Durante los últimos procesos electorales, el primero de esos segmentos ha ido ganando seguidores, hasta englobar un pequeño pero en modo alguno despreciable 5,6 por ciento de los sufragios. En paralelo, la participación cayó a 85,6 por ciento en los comicios generales de marzo del año pasado, que a su vez marcaron un descenso de 5 por ciento respecto de la más reciente consulta de ese tipo, organizada en enero 2013.


“Doy por hecho que el proyecto tal cual está –por muchas razones; una de ellas, que no se ha podido hacer una campaña contrapuesta al voto Sí– será aprobado”, anticipó días atrás el jurista y bloguero Eloy Viera Cañive, al participar en un panel desarrollado en el centro cultural Padre Félix Varela, adscripto al arzobispado católico de La Habana. En su opinión, la atención debe centrarse, antes que en el texto en sí, en las numerosas normas que habrán de complementarlo. El proyecto “dice en más de ochenta ocasiones que la ley posterior regulará algo que debió haber dejado por lo menos claro, llano y diáfanamente enunciado. Lo que le queda a la ciudadanía activa por delante es un proceso de veeduría de las formulaciones, porque en esas se van a materializar más control o menos control, más defensa o menos defensa de la ciudadanía”.


Lograrlo no será fácil, consideró en la ocasión otro de los asistentes, el doctor en ciencias jurídicas Julio Antonio Fernández Estrada, al recordar los estrechos márgenes en que se movió el debate constitucional dentro del Parlamento. “Es muy extraño que no haya habido en el voto nominal ni un No. Eso liquida la posibilidad de que la Asamblea Nacional represente a todos los sectores de la población, como se ha dicho hasta ahora. Para eso tendría que haber al menos un voto negativo. Todos los que voten No el 24F estarán sin representante en el órgano legislativo”.


Casi desde el comienzo de la discusión, a mediados de 2018, la nueva carta magna perdió su condición de texto jurídico para convertirse en una suerte de bandera plebiscitaria acerca de “la continuidad del socialismo”. A lo largo de sus distintas etapas (que arrancaron con el anteproyecto redactado por una comisión presidida por el propio Raúl Castro), el proceso ha sido aprovechado para que Díaz-Canel acumule respaldo popular sobre la base de una retórica inclusiva, dominada por mensajes como el de “aceptar todos los criterios”, y constantes recorridos por el interior del país, un ejercicio que Fidel y Raúl Castro postergaron en los epílogos de sus respectivos mandatos.


Más de seis meses después, lo acontecido genera visiones contrapuestas. En tanto la disidencia interna asegura por medio de Internet que grandes colectivos sociales se oponen al proyecto, las autoridades estatales dan por descontado “el éxito del referendo” o, en otras palabras, el triunfo arrollador del Sí.


De cara al 24 de febrero, la autotitulada oposición resulta poco menos que intrascendente, por su número y los continuos años de peleas entre grupos rivales, más preocupados por las asignaciones del exterior que por presentar un proyecto alternativo de país. Desde hace tiempo, su agenda se centra en amplificar cuanto hecho delictivo se produce en la isla y promover mediáticas marchas de protesta, en las que los agentes de la seguridad del Estado y los curiosos superan con creces al número de sus manifestantes.


Partiendo de esa “ausencia de rivales”, analistas progubernamentales, como el escritor y periodista Iroel Sánchez, han proyectado un escenario en el que el éxito de la propuesta se perfila como inevitable, tras la masiva asistencia a las asambleas de consulta del texto. “Entre agosto y noviembre de 2018 emanaron más de 700 mil propuestas que modificaron el 60 por ciento del proyecto. O sea que el pueblo participó directa, libre y ampliamente en un proceso iné-dito en muchas otras naciones”, resaltó Sánchez en una entrevista aparecida días atrás en medios españoles y replicada en su blog, La Pupila Insomne.


DE LA CALLE A LA LEY.


A comienzos de semana, una “guía” difundida por el sitio digital alternativo El Toque ofreció a sus lectores 11 aspectos positivos e igual número de negativos a tener en cuenta en el momento de acudir a las urnas. Entre sus motivos para ratificar la propuesta, sobresale el reconocimiento al “sistema de derechos humanos como base de regulación” (algo inédito en la legislación local) o la reasunción de la autonomía municipal, abriendo la posibilidad a una participación más amplia y efectiva de la población en el gobierno. Desde una óptica negativa, son asumidos el monopolio político ratificado para el Partido Comunista, que lo coloca por “encima de los órganos estatales”, y la distinción hecha entre la inversión extranjera (que se promueve) y la nacional (obviada en todas las versiones del texto), lo que avala “la discriminación de lo cubano con respecto a lo extranjero”.


En diciembre, a poco de haber sido llevada a la Asamblea Nacional la versión que ahora se somete a escrutinio, el sitio digital oficialista Cubadebate publicó un amplio resumen de los planteamientos de la ciudadanía. Significativamente, sólo tres artículos (de entre 224) habían motivado 45 por ciento de las intervenciones. El primero de ellos era el que abría la puerta al matrimonio igualitario, en definitiva “diluido” en el compromiso de convocar un referendo sobre el nuevo Código de Familia dentro de dos años. Los otros dos artículos se centraban en los protocolos establecidos para la elección de un cargo hasta ahora inexistente (el de presidente de la República), y no fueron modificados.


Tampoco encontraron cabida en el documento final las más de 50 mil opiniones que demandaban establecer la obligatoriedad del trabajo, pues esa idea, resaltaron desde la comisión constituyente, “no se ajusta a los convenios internacionales firmados por nuestro gobierno”, y una larga lista de propuestas (49,9 por ciento del total) quedó fuera por haber sido consideradas “improcedentes desde el punto de vista jurídico”.


A pesar de las urgencias cotidianas, el “tema de la Constitución” se ha mantenido por meses en el espectro de intereses del cubano promedio, mas tal grado de prioridad no puede conservarse de forma indefinida. Sobre todo cuando asuntos tan vitales como la adquisición de alimentos demanda todo el tiempo y los recursos disponibles. Y menos cuando buena parte del camino por venir ya tiene trazada su hoja de ruta, cualesquiera sean las estadísticas que nos deje el domingo.

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