Los lobos supremos de Wall Street: JP Morgan Chase y Bernard Madoff

Deben existir otros lobos más sanguinarios en Wall Street que quizá no convenga capturar ahora o nunca, pero al corte de caja de hoy despunta el convicto israelí-estadunidense Bernard Madoff, máximo defraudador en la historia de la humanidad (Ver Bajo la Lupa, 17 y 21/12/08, 15/03/09, 12 y 15/12/10, 8/8/12 y 11/12/13), quien confesó desde la cárcel que su socio JP Morgan Chase (a mi juicio, el lobo mayor de Wall Street) conocía perfectamente sus engaños.


JP Morgan Chase, fusionado con el anterior banco de la legendaria familia Rockefeller, es el máximo megabanco de inversiones del mundo (http://www.bloomberg.com/news/2013-05-13/it-s-official-sort-of-jpmorgan-is-world-s-biggest-bank.html) con 2.3 millones de millones de dólares (trillones en anglosajón) de activos y el manejo de la descomunal cifra de 70.6 millones de millones de dólares en derivados financieros.
El demoledor reporte de 300 páginas del Senado de Estados Unidos, Las transacciones de ballena de JP Morgan Chase con los riesgos y abusos de los derivados (http://www.hsgac.senate.gov/subcommittees/investigations/hearings/chase-whale-trades-a-case-history-of-derivatives-risks-and-abuses), exhibe su contabilidad creativa y su ocultamiento de 6 mil millones de dólares de pérdidas, además que no compartió información con los reguladores y engañó al público. Su robo fue bautizado como La Ballena de Londres.


Gretchen Morgenson, del New York Times (16/03/13), comentó que JP Morgan Chase, el mayor tratante de derivados del mundo, es demasiado grande para ser regulado y que el reporte del Senado había servido al público al iluminar (sic) los rincones oscuros del mundo financiero –donde han sido puestos en la picota Goldman Sachs y las ciegas calificadoras anglosajonas S&P, Fitch y Moody's.


Perseguido judicialmente por sus macabras transacciones con el bankster Madoff (cuyo hijo fue hallado suicidado en forma extraña), JP Morgan Chase acordó indemnizar con 2 mil 600 millones de dólares (una bicoca frente a sus montos criminales) a las autoridades federales de EU y a otros querellantes.


En forma cínica, Philip Stephens, del rotativo británico The Financial Times (17/1/14), alardea que es hora de admitir la derrota. Los banqueros se han salido con la suya.


The Financial Times, portavoz de la bancocracia que domina el neoliberalismo global, es controlado conjuntamente con la revista The Economist por el megabanco BlackRock –que preside el polémico israelí-estadunidense Lawrence Fink, quien maneja el máximo de activos del mundo del orden de 15 millones de millones de dólares: el principal beneficiado con la privatización de Pemex (ver Bajo la Lupa, 11/12/13).


BlackRock es el principal accionista de JP Morgan Chase y su sinergia expone los vínculos entre la banca de Wall Street y la banca de Israel, no se diga con la Reserva Federal (http://www.haaretz.com/opinion/.premium-1.565997), específicamente la triada financierista de Lawrence Fink, Jacob Aharon Frenkel y Bernard Madoff, este último vilipendiado como uno de los presuntos operadores financieros globales del Mossad (servicios de espionaje de Israel), según Wayne Madsen (http://www.effedieffe.com/index.php?option=com_content&task=view&id=6484&Itemid=152).


La firma de Madoff formaba parte del complejo enjambre financiero de JP Morgan Chase, cuyos tentáculos alcanzan al polémico Banco Medici de la banquera Sonja Kohn y donde aparecen como accionistas el ex primer ministro británico Tony Blair y el inmaculado think tank Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés, http://www.muckety.com/Council-on-Foreign-Relations/5000520.muckety).
El defraudador Madoff solamente sopló uno de sus tantos asociados que pudo haber delatado (http://www.muckety.com/Bernard-L-Madoff/94883.muckety) como la banquera Sonja Kohn del pestilente Banco Medici (Ver Bajo la Lupa, 12 y 15/12/10), el Palm Beach Country Club y megafinancieros vinculados a la banca de Israel (12/10/08) y a su banco central (mediante sus anteriores gobernadores, Jacob Aharon Frenkel y Stanley Fischer, éste nominado por Barack Obama para vicegobernador de la Reserva Federal con Janet Yellen).


No se puede entender el predominio militar de Israel sin su desproporcionado poder financiero global, donde destacan los directivos de su banco central.


JP Morgan –uno de los cuatro mayores bancos de EU, con Bank of America, Citigroup y Wachovia/Wells Fargo (supremo blanqueador en México: http://www.theguardian.com/world/2011/apr/03/us-bank-mexico-drug-gangs)– ostenta en su international council un nexo al más alto nivel de la cúpula del poder estadunidense: George P. Shultz, secretario de Estado de Reagan y ex directivo de Bechtel Group Inc., miembro del ominoso Committee on the Present Danger, de Hoover Institution y del CFR (http://www.muckety.com/George-P-Shultz/528.muckety). Los juegos bancarios en EU pertenecen a su poder cupular.


La rama trasnacional JP Morgan Chase & Co. ostenta como presidente a Jacob Aharon Frenkel, Chicago Boy y anterior gobernador del Banco Central de Israel, quien fue arrestado en Hong Kong por haber robado un portafolio en una tienda.


La filial consultiva JP Morgan Chase International Council es jefaturada por el controvertido ex primer ministro británico Tony Blair y donde aparecen Kofi Annan (ex secretario general de la ONU), el cada vez más visible Alberto Baillères (presidente del ITAM), vinculado a Pedro Aspe (Ver Bajo la Lupa, 8/1/14), Henry Kissinger, Álvaro Uribe Vélez (ex presidente de Colombia), etcétera (http://files.shareholder.com/downloads/ONE/0x0x652207/8f7ec58e-e5cd-47ec-913b-8bc6c16dd23b/JPMC_2012_AR_CorpInfo_Boards.pdf).
Según Andrew Gavin Marshal (3/7/13; Occupy.com), la mayor parte de la élite político-financiera de EU pertenece a JP Morgan Chase, donde destaca la plana mayor del think tank CFR.


El connotado investigador Matt Taibbi ( Rolling Stone, 25/10/13) comenta que nadie debe derramar una lágrima por JP Morgan Chase y que los banqueros gánsteres son demasiado grandes para encarcelar. Sucede que las inmundicias de JP Morgan ya no podían ser ocultadas debajo del tapete cuando habían sobresaturado el edificio entero.


Según The New York Times (18/7/09) el controvertido Jamie Dimon, mandamás de mandamás de JP Morgan Chase y banquero favorito (¡súper sic!) de Obama se encuentra entre los 40 más influyentes neoyorquinos (http://www.muckety.com/Most-Influential-New-Yorkers/5098059.muckety): nieto de un banquero griego y esposo de una israelí-estadunidense, fue director clase A del Consejo de Administración de la Reserva Federal de Nueva York.


La película El Lobo de Wall Street, que versa sobre la vida depravada del israelí-estadunidense Jordan Belfort (Rob Eshman, 31/12/13; jewishjournal.com) puede ser extrapolada a todo el sector bancario de Wall Street en su mezcla de codicia, drogas, prostitución, fraudes y blanqueo, como también lo había delatado el documental Inside Job, narrado por Matt Damon que obtuvo el Óscar en 2010.


Wall Street y la City, supremas plazas financieras del poder anglosajón, representan las nuevas Sodoma y Gomorra de la postmodernidad.


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Viernes, 10 Enero 2014 07:03

Los nuevos-nuevos movimientos sociales

En un libro clásico y monumental, Theda Skocpol analiza las tres grandes revoluciones (francesa, rusa y china) desde una mirada centrada en los estados, su desintegración y la reconstrucción posrevolucionaria. En Los estados y las revoluciones sociales (Fondo de Cultura Económica, 1984), pone bajo la lupa cómo los procesos revolucionarios afectaron y modificaron las instituciones. Para quienes nos formamos en Marx, llega a conclusiones incómodas.


Luego de la comparación minuciosa de los tres procesos, concluye que el estado ha sido central en todos, pero que los cambios estatales no pueden explicarse en función de los conflictos de clase. Destaca el poder autónomo de los Estados, no reductible a ninguna de las clases sociales, aunque tampoco neutral respecto a ellas.


El aspecto más actual de su análisis estriba en tres conclusiones que destila al final de su trabajo. La primera es que las revoluciones no se producen por actividades deliberadas de las vanguardias; cita en su apoyo al militante antiesclavista Wendell Phillips: Las revoluciones no se hacen, ellas solas vienen (p. 41).


La segunda es que la desintegración de los estados del antiguo régimen activó la espoleta del conflicto social que se tradujo en la expropiación de las clases dominantes. La irrupción de los de abajo fue decisiva para modificar las relaciones entre las clases, evitar el triunfo de la contrarrevolución y neutralizar las estabilizaciones liberales.


La tercera es que de las tres revoluciones surgieron estados más centralizados, burocráticos y autónomamente poderosos en el interior y en el exterior (p. 441). En el interior, los campesinos y los obreros quedaron más directamente incorporados a la política nacional y a los proyectos apoyados por el Estado.


El análisis histórico es inobjetable, realista y contundente. Otra cosa es que resulte agradable, para quienes seguimos pensando que el Estado es una maquinaria opresiva y aspiramos –siguiendo a Marx y a Lenin– a su extinción.


Lo que no señala la autora es que las fuerzas antisistémicas estaban dispuestas de modo jerárquico, con una distribución del poder interno que era calco y copia de las instituciones estatales, y llevaban el saber desde fuera a los sujetos rebeldes. Tampoco señala que los estados nacidos de las revoluciones se convirtieron con el tiempo en maquinarias de dominación, muy similares a las que sustituyeron, al punto de que se pudo comparar el régimen de Stalin con el de Pedro el Grande, y a los funcionarios comunistas chinos con los mandarines imperiales.


El último ciclo de luchas en la región sudamericana parece confirmar la tesis de Scokpol: los estados fueron debilitados por las privatizaciones neoliberales, lo que disparó el conflicto social que llevó al gobierno a fuerzas progresistas que cerraron el ciclo con el fortalecimiento de los estados. En paralelo, los nuevos movimientos cumplieron su ciclo histórico: nacieron en la etapa final de las dictaduras, crecieron bajo el neoliberalismo, se institucionalizaron y entraron en lento declive.


Sin embargo, los movimientos que protagonizaron este ciclo eran distintos de aquellos que los precedieron, cuyo molde y modelo fueron los sindicatos tradicionales. No todos se plegaron a los nuevos modos de gobernar y algunos siguen caminos propios, mostrando que la historia no es un camino delineado por las lógicas estructurales. Aunque no pudieron romper completamente con las viejas culturas políticas estadocéntricas, fueron más lejos que la camada de movimientos anteriores y dejaron huellas potentes que siguen siendo referencias.


En los últimos años está naciendo una nueva camada de movimientos que se diferencian no sólo de los viejos, sino también de los nuevos. En varias ocasiones hemos mencionado al Movimiento Passe Livre (MPL), de Brasil, y a la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES), de Chile. No son los únicos, aunque quizá sean los más conocidos. El movimiento contra la minería en Perú puede ser incluido en esta camada, así como el Movimiento Popular La Dignidad, de Argentina, y otros que no hay espacio para mencionar.


Algunos han nacido tiempo atrás, como el MPL, con características novedosas, tanto por su cultura política (autonomía, horizontalidad, federalismo, consenso, apartidismo) como por las formas de acción que emplea. Otros movimientos se han reinventado o refundado en procesos de resistencia. Los Guardianes de las Lagunas peruanos nacieron a partir de las Rondas Campesinas, organizaciones comunales de defensa creadas en los setenta.


Entre los nuevos y los más recientes, los nuevos-nuevos, existe una notable diferencia de cultura política: no se referencian en el Estado, con el que pueden mantener diálogos y negociaciones, ni reproducen en su interior las formas jerárquico-patriarcales. Los Guardianes de las Lagunas se inspiran en las comunidades andinas; los estudiantes chilenos y los jóvenes brasileños en sus formas de vida cotidiana en las periferias urbanas, en sus grupos de sociabilidad y afinidad, en el hip-hop, en las diversas culturas juveniles en resistencia.


No han formado estructuras-aparatos, ni han entronizado dirigentes permanentes por encima de los colectivos. Son movimientos que nacieron después de las dictaduras (los nuevos nacieron contra el autoritarismo) y reciben la influencia de dos movimientos que emergieron en el continente en las últimas décadas: el feminista y el indígena.


Se nutren de sus variantes más antisistémicas: los feminismos campesinos y populares, los feminismos comunitarios e indígenas; comparten con un sector del movimiento indio su vocación autonómica, su aspiración a cambiar el mundo por fuera del Estado y a crear instituciones posestatales, como las Juntas de Buen Gobierno. Se organizan para construir un mundo nuevo, no para incrustarse en las instituciones. Encarnan la posibilidad concreta de que florezca una nueva cultura política que trabaje para que los cambios vengan de abajo.

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Jueves, 26 Diciembre 2013 10:19

Izquierda y progresismo: la gran divergencia

Izquierda y progresismo: la gran divergencia

ALAI AMLATINA, 24/12/2013.- Uno de los mayores cambios políticos vividos en América Latina en los últimos veinte años fue el surgimiento y consolidación de los gobiernos de la nueva izquierda. Más allá de la diversidad de esas administraciones y de sus bases de apoyo, comparten atributos que justifican englobarlos bajo la denominación de "progresistas". Son expresiones vitales, propias de América Latina, en cierta manera exitosas, pero ancladas en la idea de progreso. Su empuje, e incluso su éxito, está llevando a que esté en marcha una divergencia entre este progresismo con muchas de las ideas y sueños de la izquierda latinoamericana clásica.


Para analizar estas circunstancias es necesario tener muy presente la magnitud del cambio político que se inició en América Latina en 1999 con la primera presidencia de Hugo Chávez, y que se consolidó en los años siguientes en varios países vecinos. Quedaron atrás los años de las reformas de mercado, y regresó el Estado a desempeñar distintos roles. Se implantaron medidas de urgencia para atacar la pobreza extrema, y su éxito ha sido innegable en casi todos los países. Vastos sectores, desde movimientos indígenas a grupos populares urbanos, que sufrieron la exclusión por mucho tiempo, lograron alcanzar el protagonismo político.


Es también cierto que esta izquierda latinoamericana es muy variada, con diferencias notables entre Evo Morales en Bolivia y Lula da Silva en Brasil, o Rafael Correa en Ecuador y el Frente Amplio de Uruguay. Estas distintas expresiones han sido rotuladas como izquierdas socialdemócrata o revolucionaria, vegetariana o carnívora, nacional popular o socialista del siglo XXI, y así sucesivamente. Pero estos gobiernos, y sus bases de apoyo, no sólo comparten los atributos ejemplificados arriba, sino también la idea de progreso como elemento central para organizar el desarrollo, la economía y la apropiación de la Naturaleza.


El progresismo no sólo tiene identidad propia por esas posturas compartidas, sino también por sus crecientes diferencias con los caminos trazados por la izquierda clásica de América Latina de fines del siglo XX. Es como si presenciáramos regímenes políticos que nacieron en el seno del sendero de la izquierda latinoamericana, pero a medida que cobraron una identidad distinta están construyendo caminos que son cada vez más disímiles. Es posible señalar, a manera de ejemplo, algunos puntos destacados en los planos económico, político, social y cultural.


La izquierda latinoamericana de las décadas de 1960 y 1970 era una de las más profundas críticas del desarrollo convencional. Cuestionaba tanto sus ideas fundamentales, incluso con un talante anti-capitalista, y rechazaba expresiones concretas, en particular el papel de ser meros proveedores de materias primas, considerándolo como una situación de atraso. También discrepaba con instrumentos e indicadores convencionales, tales como el PBI, y se insistía que crecimiento y desarrollo no eran sinónimos.


El progresismo actual, en cambio, no discute las esencias conceptuales del desarrollo. Por el contrario, festeja el crecimiento económico y defiende las exportaciones de materias primas como si fueran avances en el desarrollo. Es cierto que en algunos casos hay una retórica de denuncia al capitalismo, pero en la realidad prevalecen economías insertadas en éste, en muchos casos colocándose la llamada "seriedad macroeconómica" o la caída del "riesgo país" como logros. La izquierda clásica entendía las imposiciones del imperialismo, pero el progresismo actual no usa esas herramientas de análisis frente a las desigualdades geopolíticas actuales, tales como el papel de China en nuestras economías. La discusión progresista apunta a cómo instrumentalizar el desarrollo y en especial el papel del Estado, pero no acepta revisar las ideas que sostienen el mito del progreso. Entretanto, el progresismo retuvo de aquella izquierda clásica una actitud refractaria a las cuestiones ambientales, interpretándolas como trabas al crecimiento económico.


La izquierda latinoamericana de las décadas de 1970 y 1980 incorporó la defensa de los derechos humanos, y muy especialmente en la lucha contra las dictaduras en los países del Cono Sur. Aquel programa político maduró, entendiendo que cualquier ideal de igualdad debía ir de la mano con asegurar los derechos de las personas. Ese aliento se extendió, y explica el aporte decisivo de las izquierdas en ampliar y profundizar el marco de los derechos en varios países. En cambio, el progresismo no expresa la misma actitud, ya que cuando se denuncian derechos violados en sus países, reaccionan defensivamente. Es así que cuestionan a los actores sociales reclamantes, a las instancias jurídicas que los aplican, incluyendo en algunos casos al sistema interamericano de derechos humanos, e incluso a la propia idea de algunos derechos.


Aquella misma izquierda también hizo suya la idea de la democracia, otorgándole prioridad a lo que llamaba su profundización o radicalización. Su objetivo era ir más allá de la simples elecciones nacionales, buscando consultas ciudadanas directas más sencillas y a varios niveles, con mecanismos de participación constantes. Surgieron innovaciones como los presupuestos participativos o los plebiscitos nacionales. El progresismo, en cambio, en varios sitios se está alejando de aquel espíritu para enfocarse en mecanismos electorales clásicos.Entiende que con las elecciones presidenciales basta para asegurar la democracia, festeja el hiperpresidencialismo continuado en lugar de horizontalizar el poder, y sostiene que los ganadores gozan del privilegio de llevar adelante los planes que deseen, sin contrapesos ciudadanos. A su vez, recortan la participación exigiendo a quienes tengan distintos intereses que se organicen en partidos políticos y esperen a la próxima elección para sopesar su poder electoral.


La izquierda clásica de fines del siglo XX era una de las más duras luchadoras contra la corrupción. Ese era una de los flancos más débiles de los gobiernos neoliberales, y la izquierda lo aprovechaba una y otra vez ("nos podremos equivocar, pero no robamos", era uno de los slogans de aquellos tiempos). En cambio, el progresismo actual no logra repetir ese mismo ímpetu, y hay varios ejemplos donde no ha manejado adecuadamente los casos de corrupción de políticos claves dentro de sus gobiernos. Asoma una actitud que muestra una cierta resignación y tolerancia.


Otra divergencia que asoma se debe a que la izquierda latinoamericana luchó denodadamente por asegurar el protagonismo político de grupos subordinados y marginados. El progresismo inicial se ubicó en esa misma línea, y conquistó los gobiernos gracias a indígenas, campesinos, movimientos populares urbanos y muchos otros actores. Dieron no sólo votos, sino dirigentes y profesionales que permitieron renovaron las oficinas estatales. Pero en los últimos años, el progresismo parece alejarse de muchos de estos movimientos populares, ha dejado de comprender sus demandas, y prevalecen posturas defensivas en unos casos, a intentos de división u hostigamiento en otros. El progresismo gasta mucha más energía en calificar, desde el palacio de gobierno, quién es revolucionario y quién no lo es, y se ha distanciado de organizaciones indígenas, ambientalistas, feministas, de los derechos humanos, etc. Se alimenta así la desazón entre muchos en los movimientos sociales, quienes bajo los pasados gobiernos conservadores eran denunciados como izquierda radical, y ahora, bajo el progresismo, son criticados como funcionales al neoliberalismo.


La izquierda clásica concebía a la justicia social bajo un amplio abanico temático, desde la educación a la alimentación, desde la vivienda a los derechos laborales, y así sucesivamente. El progresismo en cambio, se está apartando de esa postura ya que enfatiza a la justicia como una cuestión de redistribución económica, y en especial por medio de la compensación monetaria a los sectores más pobres y el acceso del consumo masivo al resto. Esto no implica desacreditar el papel de ayudas en dinero mensuales para sacar de la pobreza extrema a millones de familias. Pero la justicia es más que eso, y no puede quedar encogida a un economicismo de la compensación.


Finalmente, en un plano que podríamos calificar como cultural, el progresismo elabora diferentes discursos de justificación política pero que cada vez tienen mayores distancias con las prácticas de gobierno. Se proclama al Buen Vivir pero se lo desmonta en la cotidianidad, se llama a industrializar el país pero se liberaliza el extractivismo primario exportador, se critica el consumismo pero se festejan los nuevos centros comerciales, se invocan a los movimientos sociales pero se clausuran ONGs, se felicita a los indígenas pero se invaden sus tierras, y así sucesivamente.


Estos y otros casos muestran que el progresismo actual se está separando más y más de la izquierda clásica. El nuevo rumbo ha sido exitoso en varios sentidos gracias a los altos precios de las materias primas y el consumo interno. Pero allí donde esos estilos de desarrollo generan contradicciones o impactos negativos, estos gobiernos no aceptan cambiar sus posturas y, en cambio, reafirman el mito del progreso perpetuo. A su vez, contribuyen a mercantilizar la política y la sociedad con su obsesión en la compensación económica y su escasa radicalidad democrática.


El progresismo como una expresión política distintiva se hace todavía más evidente en tiempo de elecciones. En esas circunstancias parecería que varios gobiernos abandonan los intentos de explorar alternativas más allá del progreso, y prevalece la obsesión con ganar la próxima elección. Eso los lleva a aceptar alianzas con sectores conservadores, a criticar todavía más a los movimientos sociales independientes, y a asegurar el papel del capital en la producción y el comercio.


El progresismo es, a su manera, una nueva expresión de la izquierda, con rasgos típicos de las condiciones culturales latinoamericanas, y que ha sido posible bajo un contexto económico global muy particular. No puede ser calificado como una postura conservadora, menos como un neoliberalismo escondido. Pero no se ubica exactamente en el mismo sendero que la izquierda construía hacia finales del siglo XX. En realidad se está apartando más y más a medida que la propia identidad se solidifica.


Esta gran divergencia está ocurriendo frente a nosotros. En algunos casos es posible que el progresismo rectifique su rumbo, retomando algunos de los valores de la izquierda clásica para buscar otras síntesis alternativas que incorporen de mejor manera temas como el Buen Vivir o la justicia en sentido amplio, lo que en todos los casos pasa por desligarse del mito del progreso. Es dejar de ser progresismo para volver a construir izquierda. En otros casos, tal vez decida reafirmarse como tal, profundizando todavía más sus convicciones en el progreso, cayendo en regímenes hiperpersidenciales, extractivistas, y cada vez más alejados de los movimientos sociales. Este es un camino que lo aleja definitivamente de la izquierda.


Por Eduardo Gudynas, analista en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social), Montevideo.

Twitter: @EGudynas

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"Si fuera presidente de Colombia, habría un golpe de Estado"

Entre el equipo que ha acompañado al alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, a Washington se ha instalado un moderado optimismo ante la posibilidad de que el regidor logre esquivar, aunque sea temporalmente, el fallo de la Procuraduría General de Colombia que el pasado 9 de diciembre decidió destituirlo de su cargo e inhabilitarlo durante 15 años por presuntas irregularidades en el proceso de desprivatización de basuras de la capital colombiana. Las declaraciones del fiscal general colombiano a una radio nacional a primera hora del viernes, asegurando que una sentencia de la Corte Constitucional le faculta para suspender la decisión del procurador, Alejandro Ordóñez, si constata que se excedió en sus funciones o incumplió la ley al adoptar su resolución, se percibe entre los asesores del regidor como una confirmación velada de que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) podría otorgar las medidas cautelares para suspender su destitución que Petro le solicitó el pasado miércoles.


El exguerrillero del M19, sin embargo, prefiere mantener la cautela. "No me quiero crear falsas ilusiones y, si algo saqué de mi educación católica, es que prefiero ver los hechos antes de pronunciarme", asegura a EL PAÍS en el último día de su visita a la capital de EE UU, donde entre sus múltiples reuniones, se ha encontrado con el secretario general de la OEA. Petro ha presentado su caso como el detonante para abordar la regeneración democrática que, sostiene, necesita Colombia. En pocos días, el alcalde ha conseguido movilizar a la ciudadanía, tanto a su favor como en contra del polémico procurador, con quien ha entablado un pulso político cuyo último órdago se dirimirá en la CIDH antes del 3 de enero, cuando se hace efectiva la destitución de Petro. Aunque ha apelado a las vías legales, el regidor también invoca a la suerte para que le ayude en el desenlace de su envite, cuyo resultado espera tranquilo.


Pregunta. ¿Le ha pedido usted al fiscal general que inicie el proceso para lograr la suspensión del fallo de la Procuraduría?


Respuesta. Yo no he activado ningún proceso ante la Fiscalía. Se trata de una actuación de oficio, es una posibilidad jurídica que debe valorar el fiscal.


P. En todo caso, esa decisión, de producirse, nunca llegaría antes del 3 de enero


R. Es ése límite cronológico de la aplicación de la decisión del procurador lo que hace que hayamos optado por solicitar las medidas cautelares ante la CIDH para que suspenda provisionalmente mi destitución. Si no se hace antes de que se haga efectivo el fallo de la Procuraduría, no sólo se produciría un daño irreparable a mi propio derecho de acabar mi Gobierno o ser elegido para otro cargo público en el futuro, sino a los derechos políticos de mis electores y para evitar eso es para lo que hemos venido a Washington

P. Sólo existe un antecedente de otorgamiento de medidas cautelares por la CIDH en un caso de protección de derechos políticos y, de otorgarlas, lo cual evitaría al presidente Juan Manuel Santos la incómoda posición de tener que ejecutar la decisión del procurador, podría provocarse un efecto dominó, empezando por los centenares de cargos públicos destituidos como usted por la Procuraduría, y por otros ciudadanos en países como México o Perú, donde también se contempla la destitución administrativa. ¿Habló de ello con el secretario ejecutivo de la Comisión, Emilio Álvarez Icaza?


R. Planteamos varios de esos temas. Que no existan grandes antecedentes no significa que la CIDH no pueda otorgar medidas cautelares. Pero lo que aquí se ha producido de manera clara es una violación del artículo 23 de la Convención Americana de Derechos Humanos que establece que exclusivamente se puede limitar por ley el derecho a elegir y ser elegido por causas específicas, entre ellas, la condena por un fallo judicial emitido por un juez de lo Penal, no por medidas disciplinarias y, mucho menos, por una autoridad administrativa como el procurador. El procurador contravino un proceso judicial, los hechos de los que se me acusa no son constitutivos de delito. Lo que él está haciendo es sancionar una política pública que no le gusta, que es la desprivatización del servicio de basura.


El pulso político con el procurador


P. Si, como usted sostiene y defienden muchos otros juristas colombianos y extranjeros, es tan evidente que con su decisión el procurador ha infringido la Constitución, ¿por qué cree que él adoptó una medida aparentemente tan drástica y desproporcionada, según coinciden la mayoría de analistas?


R. Creo que en Colombia, en general, no hay claridad jurídica alrededor del peso del derecho convencional, pero, en medio de esa situación de desconocimiento, el procurador está atravesado por varios tipos de presiones. Una proviene de él mismo. Él es un integrista que pertenece a una secta excomulgada por la Iglesia católica, que es el lefebvrismo, que reivindica el concilio de Trento. Yo respeto las creencias del procurador, si no fuera porque en su concepción religiosa del Estado se contempla la lucha contra los impíos y, de todos ellos, yo soy el impío mayor, porque me levanté en armas, fui un insurgente de izquierdas y, después de firmar la paz, redactamos una Constitución que ellos no respetan porque allí se consagran derechos a favor de las personas discriminadas. Al frente de la alcaldía yo he desarrollado políticas inclusivas que han provocado la reacción del procurador. Mirando otros casos de personas que han sido destituidas por él, sí hay una lógica que nos lleva a pensar que ha transformado la Procuraduria en un aparato de policía político-religiosa.


P. ¿Es posible que perder su pulso con el procurador acabe siendo beneficioso para su futuro político? Si no se paralizara el proceso de destitución, usted podría ser restituido en sus derechos dentro de tres o cuatro años -de acuerdo con los plazos que suele tardar en pronunciarse la CIDH y la Corte Interamericana- en condiciones muy ventajosas para aspirar a un alto cargo político, como la presidencia, sin el lastre del desgaste político de la alcaldía de Bogotá y con el apoyo popular de los que ven en la decisión del procurador una maniobra para acabar con su carrera política intacto.

..
R. [Risas] Es un cálculo bien hecho pero ingenuo. Porque, si no se cambia la situación estructural de un régimen que permite que se pueda destituir a un alcalde simplemente porque no gustan sus políticas, sin intervención de un juez y violando el derecho al voto, hay que proyectar ese cálculo. Si no se resuelven esas causas estructurales y yo fuera presidente de la República, lo que sobrevendría es un golpe de Estado. No hay una diferencia entre un golpe de Estado clásico y lo que ha pasado aquí. Pero estos mismos sectores que ahora me han destituido, ante un ascenso al Gobierno de la República de un proyecto de izquierdas, harían lo mismo que en Chile, porque no están preparados para eso y lo del alcalde de Bogotá es una demostración. Si no son capaces de resistir el que un proyecto alternativo gobierne en la capital por cuatro años, cómo iban a resistir el que por cuatro años, con opción de reelección, un proyecto de esa misma calidad gobierne el país. Plantearse ese cálculo es lícito, pero yo vivo en un país en el que sé lo que pasa e, independientemente de lo que ocurra conmigo, lo que es necesario es profundizar en las reformas democráticas antes de pensar en otra cosa.


Vinculación de la destitución con el proceso de paz


P. Manteniéndonos en el peor de los escenarios posibles para usted, si no prosperaran las medidas cautelares solicitadas ante la CIDH, ni la fiscalía instara la suspensión del fallo del procurador, ¿qué tiene planeado hacer?


R. Seguiría por los procesos ordinarios que me darán la recuperación de mis derechos en dos, tres años, quizás más, pero sólo los míos. Nunca se podrán recuperar los derechos conculcados a mis electores, a más de 700.000 ciudadanos, y eso tiene una consecuencia grave en la historia de Colombia y es que, por ese tipo de hechos, llevamos dos siglos de guerra.


P. ¿Augura usted movilizaciones ciudadanas que puedan acabar en brotes de violencia?


R. Hemos provocado una movilización permanente que ha llenado la plaza de Bolívar cinco veces, y aún continúan. La movilización pacífica sin ningún hecho de violencia es un derecho. El problema de fondo es lo que va generándose en la mentalidad de la juventud en el sentido de constatar que los mecanismos pacíficos en la disputa del poder no son posibles. Eso nos daña. Me pasó a mí cuando era joven.


P. ¿Insinúa que podría producirse un nuevo 19 de abril?


R. Esa es una pregunta de la prensa colombiana que trata de demostrar que quiero volver a las armas. Yo hice un compromiso al contrario.
P. Pero acaba de decir que ha sido la frustración ante decisiones políticas como la que le afecta a usted la que ha provocado 200 años de guerra civil en Colombia.


R. El mensaje que ha mandado el procurador es un mensaje violento. Cuando tú le dices a una sociedad que no puede disputar el poder pacíficamente, cuando se plantea algo así, generalmente, en la historia no se producen procesos pacíficos. Esa es la historia de la propia España. Yo lo que quiero es sentar unas bases sólidas que, con la excusa del ataque que yo he sufrido, permitan demostrar que el ejercicio de poder en Colombia se puede hacer de manera pacífica y ese es el dilema de fondo.


P. ¿Cómo afectaría una protesta social generalizada a su favor al clima social de Colombia, ahora que está en medio de un proceso para poner fin a uno de los conflictos más sangrientos y divisorios de su país? ¿Cree que podría dañar el proceso de paz con las FARC?


R. No lo va a dañar pero sí le afecta. Es evidente que es un contra mensaje. Si a un hombre que deja las armas y decide el camino del voto y gana en ese camino, se le suspende arbitrariamente, entonces ¿qué va a pasar con los que hoy están en armas? Obviamente, se trata de un mensaje negativo.


P. Se ha empezado a criticar que esté vinculando su caso con el proceso de paz


R. Eso es lo que insinúan varios sectores de la prensa colombiana, que está en manos de los hombres más ricos del país que no comulgan con mi planteamiento. Pero es que es un hecho que mi caso está articulado a las negociaciones con las FARC. Hay pronunciamientos al respecto desde La Habana y el mismo embajador de Colombia en EE UU ha manifestado que mi destitución podría perjudicar a las negociaciones.

P. ¿Estaría usted dispuesto a rebajar o a solicitar que se suspendieran las manifestaciones de apoyo a su causa en aras de beneficiar el desarrollo de los diálogos en La Habana?


R. La prensa que me ataca hoy era la misma que cuando gané decía que mi caso era un ejemplo de paz. Parte de mi esfuerzo y de mi lucha, que es por lo que estoy aquí, es para promover ese ejemplo. El que no se me destituya por delito, como ordenan las normas sino por una política pública que congenia con lo que estaba en mi programa, todo eso da un mensaje profundamente negativo hacia la paz y quienes lo han promovido lo hacen precisamente por eso. No es que desconozcan este tema, no es que yo lo esté manipulando, es que quienes han impulsado mi destitución lo que quieren es que no haya proceso de paz.


P. ¿El procurador, entonces, ha actuado contra usted porque él mismo está en contra de ese diálogo o porque quiere contentar a esa parte política de su país que usted sostiene que está en contra del proceso?


R. Ambas cosas. El procurador tiene la convicción del que el proceso de paz en La Habana no sirve, de hecho, fue a La Haya a quejarse sin consultar al presidente. Y también hace parte de agrupaciones políticas y sociales que no quieren ese proceso a las que pertenece el anterior presidente de la república.


Reforma democrática


P. Volviendo a su reivindicación de una regeneración democrática, ¿cree factible que en plenas negociaciones de paz, un proceso electoral en marcha y la implacable oposición del expresidente Álvaro Uribe, Colombia puede llevar a cabo esa reforma democrática, ese cambio de la Constitución de 1991, que apoyó el M19, que usted demanda?


R. Viéndolo desde lo positivo, que también es un albur, esto que acaba de acontecer da la oportunidad de acometer un profundo proceso de regeneración democrática, que además se conjuga con el actual proceso de paz en marcha. Y la paz es una democratización del país, no es solo que unos señores armados dejen de estarlo. Desde un escenario optimista, ahora se pueden conjugar las condiciones para esa reforma democrática, pero habría que ver si Santos está dispuesto a dar ese paso audaz.


P. ¿Y usted ve en el presidente esa predisposición? Iniciar el proceso de diálogo con las FARC demuestra cierta audacia.

R. El del diálogo fue un paso audaz, pero quienes hagan ese proceso deben tener un respaldo ciudadano muy fuerte. El presidente dio ese paso nada más ser elegido e, inmediatamente, le respondieron sus antiguos compañeros sociales y políticos, y empezó a haber titubeos. El país va polarizándose, pero creo que construir un movimiento ciudadano a favor de la paz y la democracia, como el que se ha generado estos días en las calles de Bogotá, es fundamental para darle la solidez y la contundencia al axioma que es la democratización del país.
Excesiva victimización


P. La Procuradoría lo ha sancionado, la Registraduría ha convocado un referéndum revocatorio y el fiscal general también lo está investigando por el proceso de desprivatización de basuras. ¿Reconoce errores en esa gestión o se equivocan todas las instituciones públicas al centrarse en ese tema?


R. En una política pública siempre habrá fallas, no existe en el mundo una política pública infalible. Toda planificación, toda política pública es atravesada por el conflicto social que se puede tratar de predecir pero nunca al máximo. Errores indudablemente hay, hubo y habrá.


P. ¿Sigue sosteniendo, entonces, que el principal causante de la crisis sanitaria de Bogotá en 2012 lo provocó un boicot de las anteriores empresas privadas concesionarias del servicio de basuras?


R. El sabotaje lo hubo y nosotros lo denunciamos. Antes de la finalización de los contratos reclamamos la devolución de los camiones para garantizar la continuidad del servicio. Lo operadores privados debían completar la entrega paulatina al distrito de la flota para no provocar problemas y eso no sucedió.


P. Muchos se quejan de que está pecando de excesivo victimismo con este caso para tapar ocultar, así, una mala gestión al frente del Ayuntamiento de Bogotá

R. Las estadísticas sociales claves indican que hemos logrado muchos éxitos en la ciudad. La mala gestión es un calificativo que nos dan las clases medias-altas. Hemos hecho una política diferente que fue previamente discutida en las elecciones y que estaba consignada en nuestro programa de Gobierno con el que ganamos las elecciones y del cual nadie se debería extrañar porque simplemente la estamos aplicando.

P. Pero hasta su destitución, sólo el 35% de los bogotanos aprobaban su gestión, de acuerdo con una encuesta de Gallup, y ahora el nivel de respaldo casi roza el 50%

R. Esa es una encuesta. Nosotros hacemos sondeos internos para medir momentos difíciles y son mucho más optimistas y hay otras encuestas públicas similares a las nuestras. Antes de la destitución teníamos el 50% de apoyo y el 39% en contra del Gobierno, que no es un mal guarismo. No he tenido resultados después de entonces, pero todas coinciden en que son mejores.

 

 

 

 

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Sábado, 21 Diciembre 2013 07:04

Karzai exige respeto

Karzai exige respeto

El presidente Hamid Karzai, de Afganistán, no es tomado muy en serio en Estados Unidos –ni por el gobierno, ni por los medios, ni por el público en general. Una pieza de la evidencia es ésta: el 10 de diciembre otorgó una larga entrevista a Le Monde que el periódico publicó tanto en el inglés original como en traducción al francés, y esta bastante detallada entrevista ameritó tan sólo una cita (o menos de una oración) en el New York Times.


Esto es más notable aún porque Karzai hizo algunas aseveraciones muy fuertes, bastante diferentes a lo que uno lee en la prensa estadunidense. Es como si todo mundo asumiera que las afirmaciones de Karzai son una tontería, están muy equivocadas o son inconsecuentes o meras tácticas para la negociación. Nadie jugaría con la idea de que las expresiones del gobierno estadunidense pudieran ser una tontería, estar equivocadas o ser inconsecuentes o meras tácticas para la negociación.


Lo menos que deberían hacer los estadunidenses (así como todos los demás) es leer con cuidado lo que Karzai está diciendo. El presidente afgano comienza la entrevista insistiendo en que él argumenta desde hace ocho años que la guerra contra el terrorismo no puede pelearse y no debe pelearse en los poblados afganos, en los hogares afganos. Si es que debiera haber una guerra contra el terrorismo, ésta debería llevarse a los santuarios terroristas (supongo que en Pakistán), donde son entrenados y alimentados.


Después afirma que este es el problema principal, pero que un segundo conflicto es su creencia de que Estados Unidos no está haciendo un esfuerzo visible y genuino por ayudar al proceso de paz. Karzai insiste en que ha estado en contacto con los talibanes y que ellos están listos para negociar oficialmente con el Alto Consejo de Paz (ACP) que Karzai creó.


Karzai alega que ciertas fuerzas en Occidente no quieren que ocurran estas negociaciones. En cambio, han intentado etnificar los conflictos en conversaciones arregladas entre los señores de la guerra y los grupos étnicos... Estamos convencidos de que se hizo un esfuerzo deliberado por debilitar a Afganistán para volverlo una serie de feudos (con) un gobierno central débil.


Karzai asegura que estaría dispuesto a firmar de inmediato el Acuerdo Bilateral de Seguridad (ABS) con Estados Unidos y la OTAN en cuanto tuviera garantías de que Estados Unidos pondría fin a los ataques sobre los hogares afganos y de que los estadunidenses respaldarían el lanzamiento de un esfuerzo de pacificación.


El reportero pregunta a Karzai si considera adversario a Estados Unidos. Karzai responde que atacar los hogares afganos es un acto de agresión –no el comportamiento apropiado de un aliado. Y pregunta si Estados Unidos lanzaría aviones no tripulados (drones) en casa, en persecución de un terrorista en Estados Unidos. ¿Por qué entonces piensa que lo puede hacer en Afganistán? ¿Por qué piensan que la vida afgana vale menos que la vida estadunidense? No somos menos valiosos.


Karzai acusa a Estados Unidos de lanzar una guerra sicológica que alienta a que las compañías abandonen Afganistán y que atemoriza a los afganos sobre las consecuencias de la retirada de las tropas extranjeras. A la pregunta del reportero de si Karzai considera que Estados Unidos actúa como un poder colonial, él responde: Absolutamente.


El gobierno de Estados Unidos parece determinado a mantener algunas tropas en Afganistán, pero igualmente ya parecía decidido a hacer esto con un ABS firmado antes del fin de diciembre. Estados Unidos no parece, sin embargo, listo a cumplir las dos precondiciones de Karzai. ¿Qué van a hacer entonces? El 3 de diciembre, el secretario de Estado, John Kerry, sugirió públicamente una solución que probablemente es de legalidad dudosa. Dijo que alguien debería firmar el ABS, pero no necesariamente el mandatario. Sería suficiente con que lo rubricara el secretario de la Defensa, que supuestamente está más listo a aceptar los términos de Estados Unidos. Sería suficiente con que alguien aceptara la responsabilidad, por el acuerdo.


¿Quién cederá al último minuto? De hecho, Karzai ha ganado en el muy corto plazo. El 11 de diciembre, el funcionario en jefe del Departamento de Estado estadunidense para Afganistán, James Dobbins, anunció que el 31 de diciembre no es ya el plazo final duro. El ABS debería firmarse, dijo, lo más pronto posible.


El resultado es poco claro ahora, aunque sospecho que Estados Unidos tiene la mano más fuerte, por el momento. Pero en el largo plazo, ¿no es éste otro de los casos en que uno se dispara a sí mismo en el pie? Y Karzai insiste: Si EU quiere ser nuestro aliado, tiene que ser un aliado respetuoso. Parece duro para una superpotencia, particularmente una en seria decadencia, el aprender cómo respetar a los aliados.


Traducción: Ramón Vera Herrera

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Viernes, 29 Noviembre 2013 07:08

"El sector estatal chino ha declinado"

"El sector estatal chino ha declinado"

China es uno de los grandes enigmas de la economía mundial. Este año el crecimiento ha caído por debajo de un 8 por ciento, algo que sería considerado una hazaña en otras partes del mundo, pero que en China equivale a una de-saceleración económica. Según algunos, esta desaceleración es un aterrizaje suave de una economía que crecía a niveles insostenibles, señal de un cambio de modelo, más vinculado con el consumo doméstico que con la exportación. Una visión más pesimista habla del agotamiento de un sistema heterodoxo que combina un poderosísimo sector estatal, una gran apertura a las multinacionales y un férreo control de las demandas laborales. El tercer plenario del Partido Comunista, que concluyó el 12 de noviembre, dio algunas pistas para entender hacia dónde avanza el país bajo el liderazgo de Xi Jinping, quien asumió en marzo la presidencia. Página/12 entrevistó al profesor del Departamento de Estudios Chinos de la Universidad de Nottingham, Hongyi Lai, para analizar el rumbo de la economía china.

 

–El tercer plenario del Partido Comunista suele ser el escenario de los grandes anuncios económicos. En 1978, bosquejó el cambio del modelo estatista de Mao Tse-tung al de economía mixta de Deng Xiao Ping. En 1993 inició el camino que culminaría con la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio en 2002, hecho que cambió tanto a China como al mundo. ¿Qué sabemos de este plenario? ¿Estamos ante el lanzamiento de una nueva ola de reformas?


–Los cambios anunciados son bastante más radicales de los que llevó adelante Hu Jintao en los diez años previos, pero al mismo tiempo sigue habiendo un mensaje equilibrado para conformar a todas las líneas internas. Según el comunicado final, el rol del Estado sigue siendo "primordial". Las empresas estatales se concentrarán en las empresas que son "la arteria" de la economía nacional, sea en servicios públicos o en industrias estratégicas. Estos sectores no estarán abiertos a la competencia privada. Pero el resto de la actividad económica estará abierta al sector privado que incluye a las empresas extranjeras, que podrán entrar en sectores como finanzas, arquitectura, salud, educación y manufactura.


–El comunicado decía que el mercado tiene que desempeñar un papel "decisivo" en la asignación de recursos. En el pasado se hablaba de un papel "básico". ¿Puede cambiar esta diferente adjetivación el actual equilibrio que existe en China entre un poderoso sector estatal y un también poderoso sector privado?


–Buena pregunta. En las últimas dos décadas el sector estatal ha declinado, cediendo cada vez más espacio a la propiedad mixta y a la privada. De modo que todo parece indicar que habrá un mayor papel aún para el sector privado en la asignación de recursos. En este sentido a nivel retórico hay un cambio muy importante. No es lo mismo decir "decisivo" que decir "básico". Pero quedan por verse muchas cosas, por ejemplo qué tanto se va a abrir el sector financiero. Es decir, como parte del ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio los bancos extranjeros han podido operar en el país, pero se ve muy poca participación de bancos privados chinos. Habrá que ver si esto cambia.


–Todos estos anuncios ocurren en el medio de un cambio de modelo económico que pone más el acento en el consumo interno que en la exportación. ¿Cuánto se ha avanzado en este camino?


–Desde la crisis mundial de 2008 una buena parte del crecimiento económico ha sido por la inversión masiva. Hoy hay mucho debate respecto de qué rol debe tener la inversión. En el comunicado del Partido Comunista hay una alusión a posibles cambios en el sistema de Houkou, el permiso de residencia, que es fundamental para tener acceso a la educación y la salud. Si se les permitiera a los campesinos migrar libremente a las ciudades, se avanzaría mucho en términos de consumo, porque se generaría una fuerte demanda de los bienes y servicios que requiere la vida urbana. Pero el gobierno siempre ha sido muy cauteloso sobre este sistema. Creo que habrá más experimentos y reformas parciales antes de avanzar en un cambio más profundo.


–Otra clave para avanzar en este cambio de modelo es la reforma del sistema de salud y de pensiones, que debería aportar una cobertura universal entre 2015 y 2020. Está claro que si los chinos no sienten seguridad sobre su vejez o la atención sanitaria, en vez de consumir van a ahorrar para cubrirse frente a esas eventualidades. ¿Cuánto se ha avanzado en suministrar este tipo de seguridad social?


–Se ha avanzado, pero falta mucho. Además, depende de definiciones. Cuando el gobierno dice "cobertura universal" en salud, es una cobertura muy limitada. Hay fuertes restricciones respecto de lo que se puede pedir de reintegro respecto del gasto hecho en una operación o en determinada atención sanitaria. No es una cobertura muy amplia. En algún momento se llegará a ese objetivo de que los más pobres tengan acceso a esa cobertura universal, pero por ahora es muy limitado.


–Otro pilar del cambio de modelo es el aumento salarial. En China no existe el derecho de huelga, pero los conflictos laborales son con frecuencia "tolerados" por las autoridades porque un aumento salarial es esencial para un mayor consumo doméstico.


–Los salarios han aumentado mucho en los últimos cinco años, tanto que algunos sectores de producción intensiva, dependiente de la labor humana, han perdido competitividad. China depende de otras ventajas ahora. No tanto del salario bajo, sino de su vasta infraestructura y de sistemas industriales bien integrados que producen todos los suministros necesarios para la manufacturación de los productos.
–Se ha hablado mucho de un agotamiento del modelo chino y de este crecimiento menor del 8 por ciento. ¿Cómo ve el futuro de la economía?


–Habrá que ver el impacto de estas medidas. Pero también hay otras tendencias que pueden ser fundamentales para el futuro de China. Una de esas tendencias es la urbanización. Tenemos millones de campesinos que quieren mudarse a zonas urbanas. De manera que se necesitará una política de vivienda, salud, servicios financieros que tiene un enorme potencial de expansión económica. Como en toda política económica hay riesgos. Uno de los temas de los que se ha hablado mucho es de la burbuja inmobiliaria que disparó los precios de la vivienda. El gobierno intervino y logró calmar la burbuja pero no ha domado por completo el problema.

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Jueves, 28 Noviembre 2013 17:25

El Estado olvidó a sus enfermos

Aldo Cadena - Secretario de Salud del Distrito

El presupuesto de la salud tiene sus días contados. Para los últimos de este mes, los hospitales tendrán que cerrar sus puertas para la atención pública por que el gobierno nacional no ha girado los dineros para su funcionamiento. En consecuencia, miles de usuarios quedarán a la deriva de sus tratamientos, claro, si la sociedad no reacciona en este tiempo de agonía.

 

La proximidad de la crisis propició que, por primera vez en la historia del país, se reunieran en Bogotá los secretarios de Salud de todos los departamentos y principales ciudades del país, así como gerentes de hospitales. Su llamado fue unánime: le pidieron a sus connacionales que se manifestaran para denunciar la difícil situación de la salud, los llamaron a movilizarse para obligar al gobierno central a reaccionar. desdeabajo aprovechó el evento para entrevistar a Aldo Cadena, secretario de Salud del Distrito, quien ratificó la proximidad y peligrosidad de un cierre de los hospitales públicos.

 

"Los hospitales tienen presupuesto hasta el mes de noviembre y terminado ese dinero cerrarán los servicios, por eso la reunión, como una alerta temprana, para evitar que todo esto conlleve a que terminen muriendo en las puertas de los hospitales los enfermos que requieran una intervención urgente", explico Cadena.

 

La agonía

 

La crisis se generó porque los hospitales tienen que cobrarle sus servicios a un intermediario llamado Empresas Promotoras de Salud (EPS), que no cancelan sino el 60 por ciento de lo que producen y el presupuesto de los hospitales se logra de lo que facturen. Es decir, que del cien por ciento ellos solo reciben el 60, con lo cual se acumula –poco a poco– un déficit, es así como para noviembre el presupuesto estará agotado y no podrán seguir atendiendo. Esta es la explicación del funcionario.

 

Y explicó "Este es uno de los puntos que genera crisis en el sistema de salud, además de los limitados tratamientos para quienes lo requieren, o la estrecha lista de enfermedades reconocidas por estas EPS para tratar. Es decir, que el actual sistema ha causado más muertos que la misma violencia que vive nuestro país".

 

El eje principal del problema es que la salud la convirtieron en un producto que sale al mercado, es decir, que la salud se convirtió en un negocio que –día a día– dinamita un derecho y un servicio vital, para convertirla en un producto de mercado.

 

"Cuando los derechos fundamentales se convierten en un negocio, afecta al ser humano y solo responde al capital, que es desalmado, inhumano, solo responde a los intereses de los dueños de esos negocios, pero deja a los necesitados al margen de lograr una salud digna. Si los empresarios quieren que el negocio sea próspero, no pueden hacer caridad. No importa quién llegue a solicitar el servicio, niños o ancianos, mujeres embarazadas o accidentados, a ninguno de ellos pueden ayudar. Todo está respaldado en un esquema frío de mercado". Y fue con esta realidad que toca a la puerta de los hospitales y demás centros de salud que se realizó el encuentro de gerentes de hospitales y secretario de salud del país.

 

Pero no solo fue el Encuentro, en menos de veinte días dos grandes movilizaciones de los empleados de la salud, coparon vías y parques en las principales ciudades del país, todas con el mismo fin: presionar al gobierno nacional para que la salud deje de ser un negocio, acabar con las EPS y garantizar el derecho de tratamientos dignos, acordes con las necesidades de los pacientes.

 

Por un paro general

 

Pero otros sectores de la salud también hacen sentir su voz. Para los dirigentes de los trabajadores hospitalarios la próxima protesta será un paro general de todos los hospitales que comprometa a los empleados del gremio, así como lo han hecho en las diferentes marchas realizadas en estos últimos meses.

 

En la última realizada en Bogotá, más de 15 mil personas marcharon por ese derecho vital. La movilización afectó la movilidad de la avenida Caracas, hacia el norte y la calle 19, en ambos sentidos, la avenida circunvalar y la calle 26, generando un monumental trancón que, según los participantes debería bloquear toda la ciudad, para que los habitantes entiendan la gravedad de la crisis y la factibilidad del paro que se avecina.

 

La masiva aglomeración inició pasadas las ocho de la mañana en las inmediaciones al Parque Nacional, en la carrera séptima, entre las calles 39 y 36, y con el lema 'Salvo mi hospital', funcionarios de hospitales, gremios, asociaciones y comunidad en general protestaron por la crisis ya descrita.

 

La deuda de las Empresas Promotoras de Salud (EPS) con la red hospitalaria del Distrito supera los 260.000 millones de pesos, este incumplimiento impide el pago de salarios a los trabajadores, para poder cubrir los compromisos con los proveedores.

 

Reforma al proyecto

 

En pleno marco de la protesta, el ministro de Salud, Alejandro Gaviria, anunció que retiraría del proyecto de reforma a la salud que tramitan en el Congreso, el artículo que les quitaba a las universidades la facultad de formar a los especialistas para que lo hicieran los hospitales; sin embargo, el anuncio no impidió la protesta del gremio médico, que ve el proyecto como nefasto y regresivo para el sector y los pacientes.

 

Por eso, la marcha de batas blancas realizada en todo el país unificó a médicos, enfermeras y directivos hospitalarios con internos, residentes, pacientes y todos los trabajadores y proveedores, «porque no peleamos solo por nuestro salario y la educación sino por la salud de los colombianos», explicaban los trabajadores de la salud.

 

Para ellos, la reforma no soluciona los problemas de fondo, que es el deterioro de la relación médico-paciente, en la que el paciente siente que cuando consulta «tiene que pelear por el servicio», explicó otro de los manifestantes.

 

Carmen Mayusa, secretaria ejecutiva de Anthoc, argumentó que la reforma conserva la intermediación de las EPS (ahora Gestoras de Salud). "La protesta es la indignación por la inoperancia de las EPS. La intermediación financiera no desaparece, que se vayan a hacer negocios con otras cosas, no con la salud".

 

"La reforma perpetúa y empeora la Ley 100 y afecta a los médicos en lo gremial, salarial, académico y científico. La Ley 100 coartó el libre ejercicio de la profesión porque estandarizó el salario y puso intermediarios para decidir qué pacientes atender y cómo cobrar. En Colombia los trabajadores de la salud no estamos en libertad, la mayoría no pueden ordenar procedimientos ni ayudas diagnósticas ni recetar los medicamentos que consideren necesarios, sino los establecidos por la ley. Desde la Ley 100, para acá, todo el sistema de salud se ha deteriorado en contra de los intereses de los usuarios", explicó la sindicalista.

 

Una velatón nocturno

 

Una tercera protesta se organizó la primera semana de noviembre en Bogotá. Apenas la noche cubrió el día, un carro fúnebre y un ataúd encabezaron la segunda marcha de ese día, para la cual y en la cual: médicos, estudiantes de medicina y pacientes se reunieron en lo que llamaron 'velatón' en donde no menos de 3.000 manifestantes con velas encendidas iluminaron la Plaza de Bolívar.

 

"La salud está muerta, nuestro Gobierno la mató", afirmó un médico que participó de la protesta. "Estamos en un velorio, la reforma a la salud que transita en el Congreso tiene que hundirse porque es peor que la original Ley 100 que tanto daño le ha generado a los colombianos", explicó.

 

"Estamos preocupados porque la reforma a la salud que presentó el Gobierno es perversa", aseguró otro médico.

 

Para los distintos sectores del sistema, las velas seguirán encendidas y las protestas continuarán hasta que el Gobierno ofrezca una solución de fondo a la crisis en el sistema.

Publicado enEdición N°197
"Estamos en plena guerra civil comunicaciona"

El autor del reciente Hugo Chávez, mi primera vida, explica por qué afirma que el líder bolivariano fue el "Fidel Castro del siglo XXI". Además, analiza el fallo de la Corte Suprema sobre la ley de medios y la actitud corporativa del Grupo Clarín. Y anticipa que el Pentágono busca criminalizar el periodismo de investigación.


Mediodía primaveral en Recoleta. El escritor Ignacio Ramonet habla en francés por su teléfono celular en el lobby de un hotel cool del patricio barrio porteño. La conversación del autor de La golosina visual gira, aparentemente, en torno de un vuelo que en pocas horas lo depositará en París. Dos señoras de alcurnia toman té en un sillón próximo. La dupla femenina no debe haber reparado, siquiera, que compartieron tiempo y espacio con un intelectual orgánico chavista que fue el autor intelectual de la famosa frase "Otro mundo es posible" cuando impulsó a comienzos del siglo XXI el Foro Social Mundial. O sí: es Recoleta.


Ramonet termina el diálogo con su amigo galo y recibe a Miradas al Sur. Viste, como siempre, con tonos oscuros. Sigue usando un bigote estrafalario, las cejas entrecanas y abultadas le acentúan su frente, tiene algunas arrugas pero, igualmente, lleva muy bien sus estrenados setenta abriles. Tiene el aspecto de un conde robespierriano. Posee un acento aristócrata y pulido pero cada cinco palabras pronuncia palabras como "corporación", "imperio", "revueltas". En los últimos veinte años publicó libros considerados de culto entre los estudiosos de la teoría de la comunicación. Pero, también ha hecho periodismo y análisis internacional categoría premium. Dirige desde 1973 el prestigioso mensuario Le Monde Diplomatique; primero lo hizo en Francia, ahora la edición española.


Especialista en geopolítica y estrategia internacional, y profesor de Teoría de la Comunicación en la Universidad Denis Diderot de París, Ramonet es doctor en Semiología e Historia de la Cultura por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, donde fue alumno de Roland Barthes, la máxima firma del post-estructuralismo francés. Fundador del grupo globalifóbico Attac, promotor del Foro Social Mundial, es indudable que Ignacio Ramonet jamás sería galardonado por la Sociedad Interamericana de Prensa. Pero sí ha sido homenajeado por varios gobiernos latinoamericanos por su contribución al pensamiento crítico para leer a los medios de comunicación concentrados. Ramonet destapa una botella de agua mineral con gas e invita a Miradas al Sur a dialogar sobre su último libro y las últimas novedades surgidas en Buenos Aires por la, ahora sí constitucional, Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. En una de las pantallas del lobby del hotel, el periodista Adrián Ventura, de la señal TN, sobreactúa su disgusto e informa que funcionarios de la AFIP intimidaron a "la respetuosa colega Magdalena Ruiz Guiñazú".

–¿Por qué decidió editar un libro sobre Hugo Chávez? ¿Qué lo encandila del líder político venezolano? ¿Fue Chávez el Fidel Castro de nuestros tiempos o tuvo el fundador del Movimiento V República su propia matriz de pensamiento?


–De alguna manera, cada uno alumbró su era política. Claro que no son enteramente comparables porque impulsaron proyectos diferentes. Pero, son líderes equivalentes en la medida que los dos inician una etapa nueva en la historia de América latina. De eso no cabe duda. Y tanto Chávez como Fidel son pioneros porque marcaron su época. Fidel cuando toma la iniciativa del asalto al Cuartel Moncada y, luego, conduce esa pequeña guerrilla que termina transformándose en un ejército popular fue un innovador porque nadie había triunfado aún en la región con la táctica de la guerra de guerrillas. Ese estilo insurgente estaba olvidado y él lo recupera y, finalmente, triunfa; luego, se enfrenta a los Estados Unidos y gana la batalla de Bahía de Cochinos contra los gringos en 1961. Y Chávez es igual. Dirigió una rebelión militar. En principio, contra el neoliberalismo en 1992. Luego, gana las elecciones. Sufre un golpe de Estado pero consigue volver al poder. También, al igual que Fidel, al principio no se proclamó como socialista pero, finalmente, toma el concepto de socialismo y le da otra energía. También realiza una Asamblea Constituyente que refunda al país. Saca a millones de venezolanos de la pobreza. Y eso se va a repetir en el continente. Porque, de repente, Chávez demuestra que ese estilo de gobierno puede funcionar. Que se puede derrotar al Consenso de Washington. Entonces, los dos son personajes muy simbólicos y representativos de dos etapas. Fidel, del período 1950-2000. Y Chávez, luego, fue el precursor del socialismo del siglo XXI, que es un proyecto que engloba a varios gobiernos de la región.

 

–La presentación de su libro en la Argentina coincidió con una semana clave para el futuro de la denominada ley de medios. ¿Considera que el Grupo Clarín, a diferencia de otros pools mediáticos suramericanos, posee una voluntad de poder mayor para constituirse como conductor de la élite conservadora local?

 

–No conozco los detalles de la historia del Grupo Clarín. Pero, lo que creo es que Clarín está en una lógica, que es la de los años noventa. En ese momento, los grupos mediáticos sentían que había posibilidades tecnológicas de constituir grandes corporaciones. Porque los grupos mediáticos no existen desde siempre. Antes existían grandes periódicos o grandes cadenas de televisión. Pero, en los años noventa, la tecnología informática equipara por primera vez el texto, el sonido y la imagen en una misma plataforma. Por otra parte, empiezan a entrar en crisis algunos medios tradicionales. Entonces, la solución es la de constituir grupos, conglomerados. Es algo característico de los años noventa. Y Clarín tiene esa lógica. Claro, en América latina, esas corporaciones mediáticas al expandirse lograron no tener rivales en su terreno y así comenzaron a intimidar a los poderes gubernamentales. Paralelamente, estos grupos funcionan como aliados de otros bloques conservadores, económicos o judiciales, que les permiten conservar su ecuación de poder. Me parece que Clarín actúa en consonancia con las familias hegemónicas que creen poder controlarlo todo. Pero, hoy, esos grupos están en crisis por la llegada de Internet. Comenzando por el más grande de todos, que es el Grupo Murdoch (The Times, cadena Fox).


–Usted advirtió ese fenómeno en La explosión del periodismo (Capital Intelectual, 2011). ¿Sigue entendiendo que Internet puso en jaque a los medios tradicionales?

 

–Sigo pensando igual. A ver, la compra del The Washington Post por el magnate Jeff Bezos, que es el fundador de Amazon, o las revelaciones de Edward Snowden (el ex agente de la CIA exiliado en Moscú) lo confirman. Se acabaron los medios-sol. Todo está cambiando muy rápido. Estamos pasando de la era de los medios de masas a la era de la masa de medios. Antes, unos cuantos medios-sol en el centro del sistema determinaban la gravitación universal de la comunicación y de la información a su alrededor. Ahora, los medios-polvo, diseminados por todo el sistema, son capaces de aglutinarse para convertirse, llegado el caso, en superplataformas mediáticas gigantes. A la lógica del depredador solitario le sucede la estrategia del enjambre.

 

–¿Por qué los argentinos votan a Cristina Fernández pero leen Clarín? ¿Por qué Rafael Correa arrasa en todas las elecciones pero los medios oficialistas quiteños siguen bajos en ventas? ¿Por qué O Globo continúa siendo el grupo, en ventas, más popular de Brasil y, paralelamente, el lulismo no cuenta con una plataforma de prensa atractiva y con audiencia? ¿Por qué, en definitiva, los gobiernos populares ganan elecciones pero no pueden tallar en la batalla cultural mediática?

 

–Es uno de los grandes debates universales sin resolver. La respuesta es porque, en general, los medios públicos no tienen bastante experiencia en términos de seducción de audiencia. Por consiguiente, estas plataformas púbicas suelen elaborar una información con demasiado componente ideológico. Pero, depende de los países. Porque, por ejemplo, si tomamos cuatro países: España, Francia, Italia e Inglaterra, veremos que en esas cuatro naciones, las televisiones públicas están entre las de mayor audiencia.

 

–Todos ejemplos europeos.

 

–Es que en América latina estamos en plena guerra civil comunicacional. Entonces, es lógica la carga ideológica de los programas públicos porque se están dando las batallas fundacionales contra las corporaciones de prensa. Claro, a veces, se hace de una forma un poco primaria, con bastantes slogans repetitivos. Entonces, para ver eso, la gente opta por ver programa de canciones o de telerrealidad (reality shows) que, aparentemente, no son ideológicos pero, claro que sí lo son. Entonces, pienso que cuando la batalla mediática contra los grandes medios se tranquilice y se reflexione más; quizás, se logre desde los Estados otro tipo de productos. Más distendidos, con más diversión, porque la diversión no es reaccionaria. Entonces, probablemente, se pueda conservar uno o dos noticieros, pero bien hechos, con buenos periodistas, que no sean necesariamente progubernamentales y, de esa manera, se va a ganar cada vez más audiencia. Esa experiencia ha pasado en Europa y, perfectamente, se puede repetir en América latina.
–Hay futuro.

 

–Pero, claro que hay futuro. Y hay futuro porque el presente es de batalla. Estamos en plena guerra civil mediática. Por eso, no hay serenidad suficiente para elaborar un mensaje estratégico desde lo público. Y las cadenas privadas tienen tres o cuatro décadas construyendo hegemonía cultural y eso lo hacen sentir todos los días con sus diarios, sus radios y sus televisoras.

 

–Usted afirmó que el impacto del meteorito Internet, comparable al que hizo desaparecer a los dinosaurios, estaba provocando un cambio radical de todo el ecosistema mediático y que, en una lógica darwinista, sólo iban a sobrevivir los mass media más fuertes. ¿Tiene identificado a los medios que han sabido sobreponerse a esta nueva cultura líquida de la producción?

 

–Evidentemente, están surgiendo nuevas experiencias. En Francia, por ejemplo, hay una plataforma, puramente digital, que se llama Mediapart, y es uno de los medios con más prestigio en el país. Mediapart está teniendo una influencia en la vida pública superior a la de periódicos que ya tienen muchos años en la calle. Otros ejemplos. Los últimos premios Pulitzer han ido a periodistas de medios electrónicos no lucrativos que están financiados, o por poderes municipales, o por filántropos millonarios, o por soportes de fundaciones. Está surgiendo una nueva forma de hacer periodismo. Eso es irreversible. Hoy, los grandes medios tradicionales no tienen recursos para pagar una investigación de largo recorrido. En cambio, estas fundaciones, que se hacen con el aporte de microcrowdfundings, pueden financiar esos trabajos de largo aliento. En Corea del Sur, que es un país en que se lee mucho, está el Korea News, un medio puramente electrónico, y hoy lidera la audiencia en el país asiático. A ver, ¿cuál es la gran innovación periodística de los últimos tiempos? WikiLeaks, otra experiencia que se da en el terreno de la web.

 

–Green Greenwald (periodista que publicó en The Guardian las denuncias de Snowden contra el MI5) advirtió que el Pentágono norteamericano quiere criminalizar el buen periodismo de investigación. ¿Exageró con dicha afirmación?

 

–Para nada. Primero, el periodismo de investigación está desapareciendo. En La explosión del periodismo lo explico, hay géneros periodísticos que están en peligro de extinción por razones de recursos. Segundo, el periodismo de investigación está siendo criminalizado por los grandes poderes porque es un género de revelación que, esencialmente, muestra el lado oscuro de los poderes.

 

–¿Piensa que Snowden es el nuevo Julian Assange?

 

–Yo lo que pienso es que Assange, Bradley Manning, Snowden y Greenwald son los nuevos héroes del periodismo. Lo que fue Rodolfo Walsh para el periodismo libre contra la dictadura pues, hoy, son ellos. Y no se enfrentan a dictaduras, se enfrentan a democracias. Y eso merece una reflexión.


–La última pregunta, de orden geopolítico. ¿El escándalo del espionaje de la NSA (Agencia Nacional de Seguridad norteamericana) modificará la relación entre el presidente Barack Obama y Europa?

 

–No creo que Obama tenga mucha voluntad de recomponer las relaciones con Europa. Ahí la última palabra la tienen la NSA y el Pentágono. En ese sentido, considero que los servicios secretos norteamericanos profundizarán la cooperación con sus pares europeos porque necesitan recolectar información para primar, por ejemplo, en la batalla comercial con los países del Brics.

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Lunes, 11 Noviembre 2013 06:25

El problema es mucho mayor que el 1%

 El problema es mucho mayor que el 1%

Existe hoy en amplios sectores de las fuerzas progresistas del país una postura ampliamente compartida entre sus movimientos políticos y sociales que asume que el capitalismo ha variado de tal manera que ha hecho irrelevantes los esquemas utilizados en el discurso político tradicional de las izquierdas (tales como la existencia de izquierdas versus derechas) o en el análisis social (tales como la existencia de clases y de la lucha de clases). Términos como burguesía, pequeña burguesía y clases trabajadoras han desaparecido en la narrativa de esta nueva postura. En su lugar, la lucha es entre la gran mayoría (el 99%) de la población y el 1%, que es, supuestamente, el que controla los hilos de la estructura financiera, económica y mediática del país. Esta nueva teoría se ha importado de EEUU, donde el movimiento Occupy Wall Street se hizo famoso por utilizar esta figura, el 1%, como el responsable de la crisis y continuo deterioro de la calidad de vida y bienestar de la gran mayoría de la ciudadanía.


Este 1% es lo que solía llamarse la clase capitalista e incluye el sector sumamente minoritario de la población que consigue sus ingresos de las rentas del capital y tiene un enorme poder financiero, empresarial, mediático y político, resultado de su control de los medios financieros, de producción, de información, difusión y persuasión, conseguido con la complicidad del Estado, cuyas políticas han facilitado la enorme concentración de las rentas. En EEUU este 1% poseía en 2008 el 28% de la renta nacional. Es probable que este porcentaje en España, incluyendo Catalunya, sea incluso mayor.


Ahora bien, esta teoría que asume que la lucha de clases se ha sustituido por la lucha del 99% frente al 1% es insuficiente y puede llegar, como ya está ocurriendo, a la inoperancia, tal como le ha ocurrido al movimiento Occupy Wall Street. En realidad, si el adversario fuera solo un 1%, la tarea transformadora de nuestras sociedades sería mucho más fácil. Como decía un compañero sindicalista estadounidense "firmaría enseguida si la realidad fuera tan sencilla". Pero no lo es. Y el proyecto transformador es mucho más difícil que la existencia del 1%.


Y la mayor causa de ello es que este 1% tiene como aliados, al menos, otro 9%, un porcentaje clave para la reproducción del dominio y explotación de la mayoría a costa de este 1%, y cuyos intereses están intrínsecamente ligados a los del 1%. En terminología clásica, no son capitalistas, pero reproducen el sistema capitalista con el cual están intrínsecamente ligados. En realidad, en otro sistema más sensible a las necesidades de la mayoría de la población, no existiría este 9%.


Me estoy refiriendo a todos aquellos que gestionan las instituciones reproductoras del sistema financiero, económico, mediático y político, incluyendo el poder de reproducir los valores, la ideología dominante y la promoción de imágenes, todo ello esencial y básico para la reproducción del sistema, tan o más importante que las instituciones de control y represión. Creerse que este sector es parte del 99% es erróneo y puede crear una enorme confusión. Asumir, por ejemplo, que grandes gurús mediáticos (y yo podría poner una larga lista de nombres, tanto aquí en Catalunya, como en el resto de España) son parte del 99% es estar equivocado. Su función es la de sostener el poder de este 1%. Y lo hacen exitosamente.


Es este 10% (1% + 9%) el que se ha beneficiado enormemente del incremento de las rentas del capital a costa de las rentas del trabajo. En EEUU este 10% alcanzó a tener el 52% de todas las rentas en 2008, mientras el 90% restante tenía el 48%. Lo cual me lleva a subrayar la enorme importancia de continuar utilizando las categorías de poder como clase social, categoría que ha sido deliberadamente ocultada en el lenguaje oficial y apenas utilizada incluso por las izquierdas. Y este ocultamiento, signo en sí del enorme poder del 1% (de la clase capitalista), tiene como objetivo silenciar la lucha de clases. A fin de evitarlo, se presenta una sociedad, que objetivamente está estructurada en clases sociales, como una sociedad de clases medias (que incluye desde el que es casi rico al que es casi pobre, es decir, la gran mayoría de la ciudadanía).


Pero los datos y la realidad están ahí para todo el que quiera verlos. Venga a Barcelona y paséese por la ciudad. Y verá que hay barrios burgueses, barrios pequeño burgueses, barrios de clase media y barrios de clase trabajadora. Poner toda esta variedad bajo la categoría del 99% imposibilita entender las necesidades que tiene cada clase social y sus distintos niveles de compromiso en un proyecto transformador. De la misma manera que la explotación de género configura un grado diferencial de exigencia de cambio, la explotación del mundo trabajador es distinta a la del pequeño burgués (que puede estar explotado, por cierto, por el burgués), lo cual niega estrategias distintas de transformación.


La evolución del capitalismo ha ido favoreciendo las alianzas de estos proyectos de transformación. Así, la pérdida reciente de autonomía de las clases profesionales y el deterioro de sus condiciones de trabajo (lo que solía llamarse "la proletarización de los profesionales") han hecho que amplios grupos de estos profesionales sean más afines y apoyen proyectos más transformadores, incluso radicales. En EEUU, la Asociación de Cirujanos, uno de los grupos más conservadores de la profesión médica, está apoyando la propuesta de reforma sanitaria de las izquierdas (el Single Payer), que eliminaría las compañías de seguros privados en la gestión y financiación del sistema sanitario.
Esta evolución facilita el establecimiento de amplias alianzas en las que el conflicto de intereses no es solo entre la clase trabajadora y la burguesía (que continúa existiendo), sino entre una mayoría de la población (alianza de las clases medias y de la clase trabajadora) y una minoría (el 10%) que domina y gobierna el mundo financiero, económico, mediático y político del país. Ignorar la existencia de clases (poniéndolas a todas –excepto los ricos y pobres- bajo la categoría de clases medias) y sus distintos intereses, ha llevado al movimiento Occupy Wall Street a limitar su influencia política, pues ha dejado de lado al grupo social, la clase trabajadora, que padece más la explotación y represión y que tiene mayor motivación para el cambio. El hecho de que las izquierdas no hablen de ello y hayan abandonado el análisis y narrativa de clases sociales, contribuye más y más al distanciamiento y alienación de las clases populares, incluyendo la clase trabajadora, hacia los partidos de izquierda, sustituyendo su apoyo a estos partidos con apoyos a partidos y voces radicales, incluso de carácter fascista y chauvinista, que llenan el vacío que tales partidos de izquierda crearon.


11 nov 2013

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Lunes, 04 Noviembre 2013 06:49

Ser de izquierda en la era neoliberal

¿Qué es ser de izquierda en los tiempos de hegemonía neoliberal, cuando varias fuerzas que estaban en el campo de la izquierda –socialdemócratas, nacionalistas– han desertado, para asumir programas neoliberales?


El marco latinoamericano es una desmentida concreta a los que han planteado el fin de la división entre derecha e izquierda. La diferencia entre gobiernos como los de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera y el de Hugo Chávez; la diferencia entre los gobiernos de Fernando Collor de Mello y de Fernando Henrique Cardoso y los de Lula y Dilma Rousseff; la diferencia entre los gobiernos de los partidos de derecha uruguayos y los gobiernos de Tabaré Vázquez y de Pepe Mujica; la diferencia entre los gobiernos previos a los de Evo Morales y de Rafael Correa y los gobiernos de éstos bastarían para demostrar que las contraposiciones siguen vigentes y definen el campo politico de los grandes enfrentamientos que vive América latina.


Nadie puede negar que esos países han cambiado mucho y han cambiado para mejor con los nuevos gobiernos. Así como nadie puede negar que esos gobiernos defienden tesis frontalmente contrapuestas a los programas neoliberales, así como a las defendidas por el gobierno de los Estados Unidos, por el FMI y por el Banco Mundial. Defienden la centralidad de las políticas sociales –más que justificada en el continente más desigual del mundo– y no de los ajustes fiscales. Defienden la prioridad de los proyectos de integración regional y no de los Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos. Defienden un rol activo en lo económico y lo social del Estado, en lugar del Estado mínimo y de la centralidad del mercado.


Son esos gobiernos los responsables de recuperar la expansión económica para nuestros países y hacer de América latina el continente que más contribuye a la disminución de la desigualdad y de la miseria en un mundo donde esos fenómenos se expanden.
Son esos gobiernos los que hacen de América latina la única región del mundo que tiene procesos de integración regional autónomos respecto de Estados Unidos –con el Mercosur, Unasur, el Consejo Sudamericano de Defensa, el Banco del Sur, la Celac, el Alba, Petrocaribe, entre otros procesos regionales de integración–. Además del privilegio de la integración regional, el del intercambio Sur-Sur, que han permitido que esos países resistan a la recesión del centro del capitalismo.


La lucha de resistencia al neoliberalismo y la construcción de alternativas posneoliberales es la más grande tarea contemporánea de la izquierda. Porque el neoliberalismo es el traje que viste el capitalismo en el período histórico actual.


El anticapitalismo, que siempre ha caracterizado a la izquierda, a lo largo del tiempo, fue asumiendo formas distintas, conforme el propio capitalismo se fue transformando, de un período histórico a otro, de un modelo hegemónico a otro. La izquierda fue antifascista, en los años 1920 y 1930, fue adepta al Estado de Bienestar social y al nacionalismo en la segunda posguerra, fue democrática en los países con dictaduras. Así como la derecha fue cambiando de traje, en la misma medida: fue liberal, fue fascista, fue adepta a la Doctrina de Seguridad Nacional, conforme a las configuraciones históricas que tuvo que enfrentar.


En la era neoliberal, impuesta tras inmensos retrocesos económicos, sociales, políticos e ideológicos, con reveses históricos en escala mundial, los ejes centrales de los debates y de las polarizaciones han cambiado, así como las configuraciones de los campos políticos.
La derecha logró imponer su modelo liberal renovado, marcado por la centralidad del mercado, del libre comercio, de la hegemonía del capital financiero, de la precarización de las relaciones de trabajo, del privilegio del consumidor sobre el ciudadano, de las relaciones mercantiles sobre los derechos. A la par de la descalificación de las funciones reguladoras del Estado, de las políticas redistributivas, de la política, de los partidos, de los derechos de ciudadanía.


Es en ese marco que América latina ha pasado de víctima privilegiada del neoliberalismo a única región del mundo con gobiernos y políticas posneoliberales, que se proponen concretamente la superación del neoliberalismo, con políticas como las mencionadas arriba, con el privilegio de las políticas sociales, de los procesos de integración regional, de rescate del rol del Estado. Esa contraposición define los campos de la izquierda y la derecha realmente existentes en la era neoliberal.


Los pueblos de esos países se han manifestado reiteradamente a favor de esas alternativas, eligiendo, reeligiendo a sus gobernantes, así como a sus sucesores, a lo largo de su primera década posneoliberal, después de rechazar, derrotar y aislar a los responsables por la maldita era neoliberal. Se han constituido nuevas mayorías políticas en nuestros países, apoyados en los nuevos derechos sociales que esos gobiernos han promovido.


En la era neoliberal, la línea divisoria fundamental está impuesta por el modelo neoliberal, que sigue vigente en escala mundial y mantiene todavía fuertes posiciones dentro de nuestros propios países. Lo nuevo da una dura pelea para afirmarse, mientras lo viejo lucha desesperadamente para sobrevivir. Es la lucha más grande de nuestro tiempo, entre neoliberalismo y posneoliberalismo.
En prácticamente todos los períodos históricos hubo una izquierda moderada y una izquierda radical. La socialdemocracia fue un ejemplo de la primera, mientras que los comunistas y las fuerzas de la izquierda radical, de la segunda.


En el período histórico actual hay, en América latina, gobiernos posneoliberales moderados –como los de Brasil, Argentina, Uruguay– y radicales –como los de Venezuela, de Bolivia, de Ecuador y además, está claro, el de Cuba. Unos y otros han roto con los tres principios estratégicos mencionados del neoliberalismo: centralidad del ajuste fiscal, de los TLCs, del mercado, y avanzan en su superación concreta.
El primer grupo de gobiernos es antineoliberal, mientras que el segundo, además de antineoliberal, se propone ser anticapitalista, articular la lucha contra el neoliberalismo con la lucha contra el capitalismo. La unidad férrea de los dos grupos de gobiernos es condición esencial para los avances de todos esos gobiernos.


Ser de izquierda hoy es luchar contra la modalidad asumida por el capitalismo en el período histórico contemporáneo, es ser antineoliberal, en cualquiera de las dos modalidades. La moderación o la radicalidad están en las formas de articulación –o no– entre antineoliberalismo y anticapitalismo. La comprensión de la naturaleza del período histórico contemporáneo, con todos sus rasgos nuevos –pasó del mundo bipolar al mundo unipolar, bajo hegemonía imperial norteamericana; pasó de un ciclo largo expansivo del capitalismo a un ciclo largo recesivo; pasó de la hegemonía de un modelo regulador, de bienestar social a un modelo liberal de mercado, con todos los retrocesos en la correlación de fuerzas que han traído–, es condición esencial para captar las condiciones de lucha para la izquierda contemporánea, la izquierda del siglo XXI.

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